Los samuráis del Imperio español: la épica defensa de Filipinas contra los holandeses en 1600


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  • Aunque los españoles lograron abordar dos barcos holandeses que bloqueaban Manila, el comandante enemigo se valió de un ardid para recuperar uno de los bajeles y masacrar a 250 españoles del San Diego, que en la retirada había naufragado de forma absurda
 Conquistador español, Pabellón de la navegación de Sevilla

Conquistador español, Pabellón de la navegación de Sevilla

A vueltas con los samuráis y los españoles, en las últimas semanas se ha hecho viral la falacia, por enésima vez, de que los combates de Cagayán (1582) fueron la primera vez en la que las armas occidentales, españolas para más señas, se impusieron a las japonesas. Es falso. Más allá de que se trató realmente de una lucha de piratas japoneses contra filipinos, indígenas mexicanos y un puñado de españoles; hay que recordar, sobre todo, que aquella no fue la primera vez en la que los europeos y los japoneses se enfrentaron. Ni la única, ni la última… Eso sin mencionar que los portugueses habían sometido repetidas veces a auténticos samuráis entre 1560 y 1580].

Los imperios ibéricos lucharon contra samuráis y soldados japoneses de todo tipo, pero también junto a ellos. El Imperio español tuvo que aliarse con extraños amigos con tal de defender su dominio sobre el Pacífico, donde el Imperio portugués, bajo la soberanía de Felipe II, también mantenía un enorme imperio comercial y numerosos enemigos. La Corona contrató samuráis para que lucharan en nombre de España contra los holandeses y las sublevaciones chinas, si bien lo hicieron en condición de mercenarios.

A finales del siglo XVI, la llegada de comerciantes y piratas holandeses e ingleses se convirtió en la nueva amenaza predilecta a los intereses ibéricos

En Filipinas, los españoles tuvieron que enfrentarse con frecuencia a piratas chinos y japoneses, sublevaciones de la población china en estas islas y a la amenaza de que un Japón al fin unificado pusiera sus ojos en los territorios vecinos. Además, a finales del siglo XVI la llegada de comerciantes y piratas holandeses e ingleses se convirtió en la nueva amenaza predilecta a los intereses ibéricos. Como ocurriera 50 años antes con las incursiones de piratas ingleses en el Caribe, los holandeses vieron en las indefensas posesiones ibéricas en el Pacífico la mejor manera de herir al gigante contra el que las Provincias Unidas llevaban décadas combatiendo en Europa. Lo que empezó como un rebelión local en los Países Bajos había cruzado dos océanos para adquirir la categoría de guerra internacional.

La llegada de Holanda al Pacífico

Tras varias intentonas de asentarse en el Pacífico, las Provincias Unidas planearon en 1599 una expedición que, más allá de fijar nuevas rutas, perseguía como principal fin saquear y destruir los puestos ibéricos. Una escuadra de cuatro buques al mando de Oliver Van Noort partió a finales de verano para enfrentarse a un viaje infernal. En los 14 meses que tardó en llegar al Estrecho de Magallanes y dirigirse al Mar del Sur, la escuadra perdió dos barco, sufrió enfermedades, desencuentros y ataques enemigos. Pero al fin llegó contra todo pronóstico a las aguas dominadas por los dos imperios ibéricos.

Haciéndose pasar por un marino francés con autorización real, Van Noort obtuvo provisiones de los propios españoles y se le permitió llegar a las proximidades de Manila. El complicado viaje les había dejado sin los medios para atacar directamente la capital filipina, por lo que los holandeses se decidieron a, simplemente, bloquear el puerto desde la entrada de la bahía. Van Noort buscaba así hacerse con los barcos mercantes, chinos en su mayoría, que acudían a Manila a vender productos e incluso con algún galeón español repleto de plata. El bloqueo marítimo, no obstante, causó el pánico en la escasamente defendida ciudad, que ni siquiera contaba con barcos en el puerto, salvo un mercante en reparación y una pequeña fragata. Y es que la mayoría de los soldados y barcos, mercenarios japoneses incluídos, habían partido a una expedición de castigo a Mindanao, base de los piratas esclavistas llamados «moros» (musulmanes del Pacífico).

Ciertamente, ya en ese momento se conocía de tropas samuráis al servicio de España, si bien es más preciso hablar únicamente de soldados japoneses, sin especificar su categoría social. La mayor parte de las veces se encuadraban como mercenarios al mando de oficiales españoles, aunque también hubo casos de oficiales indígenas. En esta condición participaron en varias misiones de castigo contra los piratas de la zona, entre ellas una contra lo que hoy es Taiwan. Asimismo, se contaron tropas de este tipo en la desesperada defensa que los españoles de Manila organizaron contra el bloqueo de los holandeses en 1600.

La acometida española iba a ser desesperada e incluso precaria. Los dos únicos barcos que dormitaban en el puerto, el mercante (el San Diego) y la pequeña fragata (el San Bartolomé), fueron armados con 14 y 10 cañones de tierra respectivamente. No obstante, como explica el historiador Agustín Rodríguez González en un artículo publicado en octubre de 1999 en la «Revista de defensa española», el mayor problema fue encontrar soldados de calidad para embarcar en estos buques. El oidor Antonio de Morga se hizo cargo de una tropa de unos centenares de hombres, la mitad españoles, muchos filipinos, negros y, por supuesto, mercenarios japoneses. Estos samuráis de fortuna gozaban de gran prestigio en el Pacífico, pero sonaban poco amenazantes frente a la flotilla holandesa. Solo el Mauritíus, el barco principal de los holandeses, contaba con más cañones que los dos barcos españoles juntos.

El plan de los españoles era de una simplicidad absoluta: embestirían los dos barcos con el viento y las mareas favorables contra el Mauritius, sin más objetivo que romper el bloqueo y hundir el barco principal. Y así se actuó al alba del 14 de diciembre. Van Noort ordenó levar anclas al ver el ataque español, mientras que el segundo barco holandés, el débil Eeridracht, se limitó a apartarse del área de acción.

El rápido abordaje protagonizado por el San Diego dejó fuera de juego al Mauritius. Después de que los arcabuces y mosquetes españoles barrieran la cubierta, treinta hombres al mando de un alférez se hicieron con el castillo y con los estandartes enemi­gos, lo que tradicionalmente significaba que el barco había sido sometido. De hecho, cuando llegó el San Bartolomé a descargar su fuego contra el barco holandés, el grupo de abordaje tuvo que identificarse a gritos para que no abrieran fuego contra soldados amigos. «España, España; vic­toria, se han rendido», vociferaron para evitar el fuego amigo.

Los holandeses supervivientes se atrincheraron bajo cubierta y soli­citaron rendirse. Pero por alguna razón hoy desconocida, Morga cayó en un estado de postración y permitió a los holandeses pensar un plan de fuga.

Una victoria que se convirtió en tragedia

En paralelo a esta situación de impasse, el San Barto­lomé emprendió la marcha para dar caza a la Eeridracht, que in­tentaba huir desesperada­mente a bastante distancia. Aún así lo interceptaron sin que en este caso hubiera dudas de cómo proceder. El comandante de la fragata, Juan de Alcega, abordó el barco e hizo prisionero al capitán Víesmann y otros veinticinco supervivientes.

Por el contrario, Van Noort ordenó resistir a los holandeses en­cerrados (26 de ellos heridos) en el Mauritius e incluso amenazó a los que querían rendirse con hacer volar la santabárbara si se movían un centímetro. Una amenaza en consonancia con la forma de proceder kamikaze típica de los Mendigos del Mar, que preferían quemar o hacer explotar sus barcos antes que rendirlos al Imperio español. Los holandeses sabían que los españoles los iban a ajusticiar en cuanto se rindieran, porque los consideraban piratas, herejes y rebeldes. No habría juicio. No tenían una salida fácil. ¿O sí?

Cuando ya se cumplían seis horas desde el inicio del com­bate, los españoles detectaron numerosas vías de agua en el San Diego, mientras que un incendio fue declarado en el Mauritius. ¿Qué desencadenó este fuego? Pudo ser accidental, causado por la lucha o tal vez organizado por el comandante holandés. Sigue resultando un misterio; pero bastó ver una columna de humo saliendo del barco para que los españoles abandonaran en desorden la cubierta enemiga, temiéndose que se tratara de otra de esas estrategias suicidas de los holandeses.

El problema estaba en que el San Diego donde se refugiaron se iba irremediablemente a pique. Camino de la cerca­na isla Fortuna, el barco español se hundió a cien metros del Mauritius, que había sido recuperado por los holandeses. Los desesperados náufragos españoles fueron masacrados por los hombres de Van Noort, con un balance de 250 hombres cruel­mente asesina­dos. Solo se salvó un centenar en los botes, suje­tos a cualquier resto que flotara o nadando, entre ellos el propio Morga.

Los españoles habían logrado romper el bloqueo, pero a costa de graves pérdidas humanas. Van Noort regresó a Holanda con su dota­ción agotada, su buque averiado por el incendio y con dos de los palos inúti­les. El San Bartolomé tampoco pudo o quiso perseguirlo. Ellos sí habían hecho preso al Een­dracht, cuya tripulación fue ejecutada al completo una vez en Manila.

Haciendo un balance general, la expedición de Noort había resultado un desastre total y su única victoria era, si acaso, salvar la vida cuando todo parecía perdido

Haciendo un balance general, la expedición de Noort había resultado un desastre total y su única victoria era, si acaso, salvar la vida cuando todo parecía perdido. El regreso a Amster­dam fue tan terrible como el viaje de ida, fondeando allí tras tres años, el 26 de agosto de 1601, cuando solo que­daban vivos ocho tripulantes. Con todo, se convirtieron en los pri­meros holandeses en completar la vuelta al mundo.

A la travesía de Van Noort le siguió un auténtico desembarco holandés en Japón y otros territorios del Pacífico. Y serían los holandeses los que envenenaran las buenas relaciones entre los japoneses y los católicos, lo que desembocaría en la persecución de miles de cristianos en Japón. No obstante, aún en 1606 está documentada la participación de samuráis mercenarios en la sofocación de la rebelión de los sangleyeses (chinos) de Manila. En este sentido, también los holandeses imitaron posteriormente la estrategia ibérica y echaron mano de estos mercenarios.

 

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León X, el Papa hedonista que pagó con veneno su lealtad al Imperio español


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  • La venta de indulgencias realizada en tiempos de este papa florentino fue el principal detonante para que Martín Lutero iniciara, en 1517, una reforma eclesiástica que habría de escindir la comunidad cristiana

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El siglo XVI cuenta con algunos de los pontífices más excesivos de la historia de la Iglesia. Papas hedonistas, corruptos y de cuestionable moralidad, donde los Borgia, los della Rovere, los Médici y otras familias eclesiásticas ambicionaron convertir Roma y sus riquezas en parte de su patrimonio. ¡Es el oro, estúpido!, hubieran advertido en otro tiempo. Cuando Giovanni de Medici se sentó en la silla de San Pedro con el nombre de León X se hizo acompañar de poetas, artistas, banquetes y juegos. Por supuesto, las arcas de la Santa Sede no aguantaron el dispendio de aquel perfecto hedonista que, en última instancia, encargó pintar las estancias vaticanas a Rafael, trazar la monumental obra de Miguel Ángel en la capilla sixtina y continuar la construcción de la Basílica de San Pedro.

No cabía esperar menos del hijo de Lorenzo el Magnífico, uno de los mayores mecenas del Renacimiento. El Papa natural de Florencia, nacido en 1475, fue nombrado cardenal siendo un adolescente, pero no recibió las órdenes sagradas hasta cuatro años después. La invasión de Carlos VIII de Francia a Italia tuvo como consecuencia la expulsión de los Médici de Florencia, incluido el para entonces cardenal Giovanni. Su rencor hacia los franceses se forjó en esos años de refugiado en Roma e incluso pasó un tiempo bajo su cautiverio en Rávena.

Una vez fue Papa, la creciente necesidad de obtener nuevos ingresos para sostener su tren de vida derivó en la venta de indulgencias: oro por el perdón de los pecados. Algo que, a decir verdad, era un negocio ya amplicado por su predecesor para pagar la nueva Basílica, Julio II, pero que León X llevó al siguiente nivel. Esta escandalosa cuestión fue el principal detonante para que Martín Lutero iniciara en 1517 una reforma eclesiástica que habría de escindir la comunidad cristiana.

León X se decanta por Carlos

Los problemas alemanes, franceses y españoles eran los italianos, y viceversa. Aunque el Papa prefiriera una vida como mecenas de las artes, la guerra no iba a esfumarse de Italia porque él dejara de mirar. Del belicoso Julio II heredó sus guerras contra los «bárbaros» que venían a invadir Italia, esto es, los franceses y los españoles. Para Roma era tan amenazante la presencia de España en Nápoles como la de Francia en Milán. Como buen Médici se mostró ambiguo con ambos e incluso al principio apoyó a Francisco I de Francia en su pretensión de heredar la Corona imperial.

El peligro que suponía Lutero convenció a Carlos V y a León X de que se necesitaban mutuamente

En ese tiempo de buena sintonía con Francia, uno de sus mayores éxitos fue el que la Iglesia de este país terminara con su situación de independencia a raíz de la Pragmática Sanción promulgada por Carlos VII. Sin embargo, se posicionó finalmente con Carlos V en sus guerras frente al impetuoso Francisco de Francia a cuenta de lo que Roma se jugaba en Alemania. El peligro que suponía Lutero convenció a ambos de que se necesitaban mutuamente, incluso cuando las relaciones entre el Pontífice y el Rey francés iban in crescendo.

El monje agustino Lutero escribió las 95 tesis, un texto clavado en las puertas de la Iglesia del Palacio de Wittenberg en 1517, denunciando la doctrina papal sobre la venta de indulgencias para financiar la renovación de la Basílica de San Pedro en Roma. La respuesta de León X tardó en llegar, pese a lo cual no escatimó en dureza. Condenó las tesis luteranas en 1520 mediante la bula Exsurge Domine, que Lutero quemó públicamente. Al no arrepentirse, el Papa pronunció su excomunión y la de sus partidarios en 1521.

Además, León X instó a Carlos V a tomar medidas contra aquel súbdito suyo. En Worms, el popular monje y el imberbe Emperador tuvieron su primera confrontación teológica. Lutero se salvó por poco de ir a prisión, pero Carlos se mantuvo firme en su lugar. No en vano, la incapacidad de apagar una herejía que tenía mucho que ver con un emergente nacionalismo (los cristianos del norte se consideraban ajenos a esa forma de entender la religión tan latina representada por el Papa) les ha condenado a ambos a ojos de la Historia como los hombres que no supieron reaccionar con inteligencia ante aquella encrucijada. Los tiempos estaban cambiando… Eso era todo.

Olor a veneno en Roma

La alianza entre el Papa y Carlos V fue en detrimento de los franceses, expulsados por tercera vez de Milán en 1521. León X murió en medio de los festejos por la victoria sobre Francia el 1 de diciembre de ese año a la edad de 47 años. Una fiebre súbita consumió su vida en cuestión de tres días. La sospecha de que fue envenenado corrió por Italia sin que se haya podido nunca confirmar. Y no ayudó a desmentirlo que su cuerpo se hinchara y ennegreciera como era habitual en casos de muerte por veneno. El principal sospechoso de orquestar el asesinato fue su sumiller, Bernabé Malaspina, al que se le consideraba afín a Francisco I y proclive a que ese pontífice tan incómodo desapareciera de una vez.

Sus planes pasaban porque el médico entrara al servicio de León X y le envenenara aprovechando una operación de fístula

No hubiera sido la primera vez que alguien intentaba envenenar a León X. En 1517, el cardenal Petrucci conspiró para asesinar al Papa y contrató con este fin al médico florentino Bautista de Vercelli. Sus planes pasaban porque el médico entrara al servicio de León X y le envenenara aprovechando una operación de fístula.

Al conocerse la conspiración por una carta interceptada, se implicó a cuatro cardenales más y al secretario de Petrucci. Los principales sospechosos pasaron todos por el potro de tortura, tras lo cual Vercelli y el secretario fueron ahorcados y descuartizados. Petrucci fue despojado de sus beneficios y dignidades y posteriormente ajusticiado. El veneno se quedó en su fraco por esa vez.

El «annus mirabilis», la espectacular racha de victorias del Rey Planeta antes del ocaso del Imperio español


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  • Mientras Spínola tomaba Breda, una flota dirigida por el español Fadrique de Toledo se preparaba para recuperar Bahía de manos holandesas y Cádiz se defendía con éxito de un ataque inglés de dimensiones catastróficas
 El socorro de Génova por el segundo marqués de Santa Cruz, de Antonio de Pereda - Museo del Prado

El socorro de Génova por el segundo marqués de Santa Cruz, de Antonio de Pereda – Museo del Prado

El ascenso al poder de Felipe IV, «el Rey Planeta», y de Baltasar de Zúñiga, luego remplazado por su sobrino el Conde-Duque de Olvidares, provocó un cambio en la política exterior del Imperio español. De la política de pacificación de Lerma se pasó al belicismo de Olivares, que era defensor de retomar la guerra contra las Provincias Unidas. Las ganas no faltaban, pero la escasez de fondos no daba margen para grandes operaciones militares.

El 9 de abril de 1609 se firmó una tregua entre España y la República Holandesa. La paz supuso un descanso económico para ambas partes tras 40 años de guerra. Sin embargo, el cese de las hostilidades tuvo aspectos negativos para España. El Duque de Lerma no consiguió arrancar a los rebeldes concesiones religiosas para los católicos y no pudo evitar que los holandeses aprovecharan la tregua para acosar a las posesiones del Imperio español en América y en el Pacífico, sobre todo las pertenecientes a Portugal. Debido a la ambigüedad en algunos términos, las agresiones holandesas contra las colonias ibéricas fueron una constante de la llamada Compañía de las Indias Orientales, siendo el principal campo de batalla el Lejano Oriente. En abril de 1610 los neerlandeses sufrirían un duro revés cuando cinco buques de guerra fueron derrotados en las costas de Manila por una flota comandada por el gobernador de Filipinas. Solo era el primer aviso.

La paz supuso un descanso económico para ambas partes tras 40 años de guerra

A pesar de algunos reveses, la flota holandesa continuó en los siguientes años con sus ataques: en 1614 diez barcos de la Compañía de las Indias Orientales asolaron el tráfico marítimo y las poblaciones costeras de Filipinas. En África, las incursiones enemigas fueron igual de frecuentes. Los holandeses fundaron un fuerte en Moree, cerca de la base portuguesa de Sao Jorge da Mina. Y en América, los choques fueron dirigidos a las posesiones portuguesas en la cuenca del Amazonas y la costa de Guyana, pues estaban peor defendidas que las zonas estrictamente castellanas.

Rendición de Breda, la obra de arte de Spínola

En paralelo a todos estos ataques, las Provincias Unidas tejieron una red de alianzas con los enemigos tradicionales del Imperio español, esto es, los protestantes alemanes, las ciudades hanseáticas, Suecia, Saboya (ahora enemiga de España), el Imperio otomano y Venecia. El aumento de poder de los fanáticos calvinistas provocó que el país se preparara, al igual que España, para retomar el conflicto en la década de 1620. Ambrosio Spínola, un general genovés al servicio de España, se encargó de dirigir las operaciones militares en los Países Bajos, donde, a diferencia del reinado de Felipe II, ya no se buscaba recuperar la obediencia de las provincias rebeldes, sino redefinir las fronteras entre lo que luego sería Bélgica y Holanda.

En el verano de 1622 los españoles fracasaron en su intento de tomar Bergen-op-Zoom, por lo que la política de asedios parecía descartada por todos. Olivares consideraba que la mejor opción era una guerra económica sin grandes asedios. No así Ambrosio de Spínola, que se empecinó en tomar la fortaleza de Breda, una de las más rocosas de Europa. El general banquero contaba a sus espaldas un historial impresionante de asedios exitosos, por lo que ni Olivares ni Felipe IV consiguieron disuadirle de que pusiera fin a un sitio que se prolongó durante un año entero. Un observador inglés apuntó desde Bruselas: «El Marqués de Spínola ha tomado la determinación bien de someter Breda, bien de enterrar su cuerpo y su honor en las trincheras cavadas ante ellas». El 5 de junio de 1625, Spínola lograba la rendición de Breda

Mientras Spínola tomaba Breda, una flota dirigida por el español Fadrique de Toledo se preparaba para recuperar Bahía de manos holandesas. La flota holandesa, impaciente por sacar el máximo rédito al reinicio de las hostilidades, había tomado en 1624 la capital brasileña. La respuesta española consistió en la flota más grande que hasta entonces había cruzado el Atlántico, unas aguas acostumbradas a pequeñas escaramuzas de pocos bajeles. A su frente se puso el español Fadrique de Toledo, capitán general de la Armada del Mar Océano, que había vencido varias veces en combates navales a holandeses e ingleses.

Recuperar Salvador de Bahía de manos holandesas

El brillante almirante derrotó a la flota holandesa que protegía la ciudad brasileña y desembarcó 3.500 hombres de la temida infantería hispana. No en vano, el asedio se prolongó durante un mes hasta que los holandeses se rindieron. Las tropas españolas tomaron 18 banderas, seis naves, 260 caños y 500 quintales de pólvora, además, recuperaron las mercancías saqueadas en la toma de la ciudad, valoradas en 300.000 ducados.

Unos meses después arribó en Salvador de Bahía otra flota holandesa, con 34 buques, que desconocía que el asedio español había desembocado en una gran victoria. Sin rastro de los defensores holandeses, la sorpresa de la flota de refuerzo debió ser monumental cuando se topó con la peor bienvenida imaginada: los galeones españoles señalando la puerta de salida.

Una parte de esta flota se dirigió al Caribe para atacar San Juan de Puerto Rico el 24 de septiembre. Los holandeses saquearon la ciudad y la catedral, pero el fuerte de San Felipe del Morro aguantó cuatro semanas en una heroica defensa protagonizada por el gobernador Don Juan de Haro y 300 soldados. Los invasores desistieron de sus ataques y, tras contar su pobre botín, volvieron a reembarcar para lamerse las heridas: alrededor de 400 bajas. La diezmada flota volvió a Holanda tras meses merodeando, sin éxito, el Caribe, y de que muriera su comandante. El resto de supervivientes de la flota original se dirigieron a África, al fuerte Sao Jorge da Mina, que los holandeses pensaban defendido por solo 57 soldados. Y así era, salvo porque el gobernador Don Fernando de Sotomayor consiguió levantar un pequeño ejército de la nada de entre las tropas locales. Con él que emboscó a los invasores nada más poner un pie en África.

La diezmada flota volvió a Holanda tras meses merodeando, sin éxito, el Caribe, y de que muriera su comandante

En las aguas europeas las Provincias Unidas registraron también problemas ese mismo año. En octubre de 1625, una terrorífica tempestad asoló una flota anglo-holandesa que bloqueaba Dunkerque, la base desde donde el Imperio español y un grupo de corsarios católicos castigaban la flotilla holandesa en el Norte de Europa. Los corsarios aprovecharon las consecuencias de la tempestad para atacar una escuadra holandesa compuesta por unos 200 pesqueros y 6 buques de guerra. En un espacio de dos semanas, las Provincias Unidas perdieron cerca de 150 naves y les fueron hechos 1400 prisioneros.

Defensa de Cádiz ante un ataque inglés

En lo referido a Inglaterra, cuyo nuevo Rey declaró también la guerra a España ese año, el Duque de Buckingham, primer ministro de Carlos de Estuardo, planeó una gran expedición naval contra las costas peninsulares al estilo de las dirigidas por Francis Drake en el siglo anterior. En total, ingleses y holandeses reunieron 92 buques, 5.400 marinos y unos 10.000 soldados, cuyos objetivos eran causar el mayor daño posible a la Corona, capturar algún puerto y asaltar la Flota de Indias que llegaba a finales de año. No lograron cumplir con ninguna de estas instrucciones.

Una vez en las costas hispánicas, los ingleses insistieron en rememorar los éxitos de Isabel Tudor en Cádiz y pusieron cerco a este puerto. Y como si todos fueran víctimas de un bucle histórico, el encargado de defender Cádiz fue el Duque de Medina Sidonia, Juan Manuel Pérez de Guzmán y Silva, hijo del que mandó la Armada Invencible y defendió con tanta torpeza el puerto andaluz a finales del siglo pasado. Esta vez, sin embargo, el desastre lo protagonizaron los británicos. Asistido por Fernando Girón, un veterano militar que se movía en una silla para gotosos, Medina Sidonia rechazó el desembarco inglés, mal organizado y peor ejecutado. La Flota de Indias entró sin oposición en Cádiz el 29 de noviembre, lo cual casi agradecieron los ingleses que, de haberse topado con una fuerza así, habrían multiplicado sus pérdidas.

Además, una flota hispana bajo el mando del Marqués de Santa Cruz (el hijo del famoso almirante de Felipe II, Álvaro de Bazán) forzó a las fuerzas saboyanas y francesas a levantar su cerco sobre Génova, la patria de los Spínola y los Doria. Sin mediar declaración formal, la Francia de Richelieu empezó a guerrear junto a Saboya y Venecia contra España. Como represaría las propiedades francesas fueron confiscadas y el comercio entre ambos países prohibido.

Olivares aprovechó todas estas gestas, el «annus mirabilis», para poner en marcha una serie pictórica de doce obras que decorara el Salón de los Reinos, en el Retiro. Distintos autores se encargaron de pintar estas obras de carácter histórico-militar, entre las que brillaba el lienzo del joven Diego de Velázquez «La rendición de Breda» o de «Las Lanzas».

Lamoral Egmont, el héroe del Imperio español que fue ejecutado por el temido Gran Duque de Alba


ABC.es – Cesar Cervera

 

 Los últimos honores a los condes de Egmont y Horn, por Louis Gallat - Museo de Brooklyn

Los últimos honores a los condes de Egmont y Horn, por Louis Gallat – Museo de Brooklyn

La vida de Lamoral Egmont tiene muchos elementos de héroe crepuscular. El noble flamenco representó el fin de una forma de hacer la guerra, aquella protagonizada por la caballería, y el ocaso de la Europa de las monarquías subordinadas a los nobles. Sin haber hecho nada diferente a lo que los nobles hacían con frecuencia en la Edad Media, Lamoral Egmont pagó con su vida haber desafiado a su primo Felipe II. Así, el 5 de junio de 1568, el Conde de Egmont fue decapitado en el Mercado de caballos de Bruselas ante los ojos de una multitud sollozante y las lágrimas de su propio verdugo, el temido Gran Duque de Alba, del que se dice que no pudo contenerse al ver a uno de los últimos caballeros medievales muerto de esa manera.

El Conde de Egmont nació el 18 de noviembre de 1522, aunque bien podría haberlo hecho cien o doscientos años antes. El noble flamenco, que sirvió en los ejércitos de Carlos I y más tarde en los de su hijo Felipe II, conservaba un concepto idealizado y medieval de la guerra, más propio de las novelas de caballería que de los tiempos de la pólvora y los asedios interminables. Aquella idea caduca por poco le costó una grave derrota al Imperio español. En la batalla de Gravelinas (1558), Egmont venció a las tropas francesas empleando una táctica plagada de riesgos. Tras el contraataque francés que siguió a la batalla de San Quintín, las tropas galas creyeron oportuno regresar sobre sus pasos, planeando conquistar de camino Gravelinas, probablemente al estimar que se habían alejado demasiado de su línea de abastecimiento. En una decisión más propia de un caballero andante que de un general, el Conde de Egmont abandonó los bagajes y las máquinas de guerra para cortar a tiempo el paso francés. Pero, aunque la caballería encabezada por Egmont acabó estrellándose a causa de la maniobra, la intervención de la disciplinada infantería española logró reconducir la situación.

«El día es nuestro», se permitió gritar Egmont cuando reorganizó su fuerza de jinetes. La victoria de las Gravelinas reportó grandes recompensas a Egmont. A pesar de su temeraria estrategia, su capacidad de rehacerse le otorgó la infinita gratitud del Rey. No obstante, la primera reacción de Felipe II fue la de reprender al flamenco en sus cartas, pues había entablado combate sin su consentimiento ni el del mando superior, el Duque de Saboya. De perder la batalla, el Imperio español hubiera quedado gravemente herido y con gran probabilidad habría perdido Flandes. Por el contrario, la brillante locura de Egmont había cambiado definitivamente el curso de la guerra y el Rey Enrique II de Francia –sin opciones de oponerse– ofreció un generoso acuerdo a los españoles en la Paz de Cateau-Cambrésis. Egmont se convirtió de golpe en uno de los grandes héroes del Imperio español.

Egmont, el representante de la agitada nobleza

El Rey recompensó a Egmont con el cargo de estatúder de Flandes y Artois, en 1559, lo que le situó como uno de los más poderosos nobles de un país al borde de estallar en protestas religiosas. La postura de Egmont, como la de Felipe de MontmorencyConde de Hornes, en las encendidas peticiones a Felipe II para que rebajara la persecución religiosa sigue siendo motivo de polémica. Desde el principio ambos nobles se alinearon –sin alcanzar la virulencia de Guillermo de Orange– en contra de la implantación de la Inquisición en los Países Bajos y contra el que consideraban máximo instigador de dicha medida, el Cardenal Granvela, obispo de Arrás. En 1560, Egmont y Orange renunciaron a sus cargos en el Ejercito Imperial y exigieron la salida del país de los soldados de nacionalidad española como medida de protesta.

Sin excederse en sus quejas, Lamoral Egmont viajó en representación de la nobleza local hasta España para explicar su postura. En 1565, Felipe II le recibió en Madrid y fingió escuchar su petición por un cambio en la política religiosa en los Países Bajos. En resumen, se limitaron a entretenerle durante meses con falsas promesas y hacerle creer que sus gestiones estaban dando resultado. A su regreso a Flandes, el noble vendió las negociaciones con el Rey como fructíferas. Sin embargo, poco había logrado, salvo advertir al Monarca de que los tenidos por moderados incurrían en posturas inadmisibles desde su punto de vista.

Al frente de un gran ejército, el Duque de Alba se desplazó en 1567 a los Países Bajos con instrucciones muy claras, entre ellas, la orden de ejecutar a los tres líderes más visibles de la rebelión. Como caballero de la Orden del Toisón de Oro solo podía ser juzgado por el Gran Maestre de esa Órden, es decir, por Felipe II. Mientras Guillermo de Orange huía hacia Alemania al menor rumor de la llegada de tropas españolas, Egmont y el Conde de Hornes no mostraron ningún temor e incluso fueron a recibir al veterano general. El Duque de Alba era hombre severo e inquebrantable, pero siempre había mostrado deferencia en el trato con hombres de armas. Egmont era uno de aquellos, casi un monumento militar, y el noble castellano profesaba gran admiración por el conde a pesar de la caduca ideología militar que representaba.

«Siempre que veo las cartas de esos tres señores, me ahoga la cólera en términos que, si no me esforzara en reprimirla, creo que mi opinión parecería la de un hombre frenético»

Con todo, las primeras palabras del castellano, producto de su humor amargo o tal vez del largo viaje, han pasado a la historia de lo macabro: «Veis aquí un gran hereje». Fernando Álvarez de Toledo consiguió pasar aquellas palabras por una broma, simplemente, poco adecuada, pero en secreto aguardaba poner en marcha cuanto antes las órdenes del Rey. El Duque de Alba y Felipe II no guardaban dudas de la culpabilidad de ambos y se habían referido numerosas veces en términos gruesos a las misivas que llegaban de Egmont, Hornes y Guillermo de Orange a la corte española: «Siempre que veo las cartas de esos tres señores, me ahoga la cólera en términos que, si no me esforzara en reprimirla, creo que mi opinión parecería a Su Majestad la de un hombre frenético». Así, el 9 de septiembre de 1567 invitó a Egmont y Hornes a un banquete en nombre del hijo de Alba, el Prior Hernando, que terminó con el capitán español Sancho Dávila deteniendo a los dos nobles católicos. Ambos fueron encarcelados en celdas separadas.

«Esos hombres eran inocentes»

Ante la noticia del arresto, Margarita de Austria, que aún ostentaba el título de Gobernadora de Flandes, protestó al considerar que «esos hombres eran inocentes de cualquier cargo». Su dimisión, aceptada e instigada por Felipe II, dejaba vía libre al Duque de Alba para ejecutar la totalidad de su plan. Durante las investigaciones posteriores, el duque encontró cartas incriminatorias entre la correspondencia de Egmont y ordenó su ejecución pública en el Mercado de caballos de Bruselas.

Dicen que los ojos del gélido duque derramaron lágrimas de pesar cuando contemplaba la ejecución de Egmont desde su posición más alejada. Algunos, como el historiador Henry Kamen, han llegado a asegurar que hombres afines al Duque de Alta advirtieron al flamenco el día antes de su apresamiento de lo que iba a ocurrir –supuestamente, con el consentimiento del noble castellano- y que éste decidió no huir creyendo que el Imperio español no incurriría en tan grave traición. De ser cierta esta teoría, la ingenuidad de Egmont resulta conmovedora y vuelve a demostrar hasta que punto se equivocó de siglo.

En otra muestra de que incluso Alba dudó de que la ejecución hubiera sido lo más acertado, el castellano escribió semanas después del arresto una persuasiva carta al Rey pidiendo seguridad económica para la viuda de Egmont: «Siento gran compasión por la Condesa de Egmont y la pobre gente que deja. Ruego a Vuestra Majestad que se apiade de ellos y les haga una merced con la cual puedan sustentarse, pues con la dote de la condesa no tienen suficiente para alimentarse un año, y Vuestra Majestad me perdonará por dar mi opinión antes de que se me ordene hacerlo. La condesa es aquí considerada como una santa, y es cierto que desde que su marido fue encarcelado ha habido pocas noches en que ella y sus hijas no hayan salido tapadas y descalzas a visitar muchos lugares de devoción de esta ciudad, y antes de ahora tenían una buena fama».

En términos políticos, la ejecución de Lamoral Egmont fue una decisión funesta. Enardeció los ánimos de la población moderada y puso sobre la mesa el cómo se gastaban las gratitudes españolas. Por mucho que hubiera levantado la voz, el noble católico no alcanzaba el grado de rebelde, ni de traidor, ni mucho menos de hereje. Ante un conflicto militar abierto se antojaba rocambolesco que Egmont se hubiera alzado del lado de los calvinistas. Felipe II, además, debió advertir que la guerra en los Países Bajos iba a requerir concesiones para captar a los católicos moderados como Egmont. De hecho, el error provocó que hasta muchos años después los nobles católicos no se convencieran de que, efectivamente, el enemigo no era el Rey español.

Hubo que esperar a la etapa de Alejandro Farnesio como gobernador de Flandes para encontrar a valones sirviendo diligentemente al Imperio Español contra la auténtico hidra de las mil cabezas, Holanda. Para entonces, no en vano, Egmont ya estaba camino de elevarse en mártir y padre sentimental de la patria belga, así como en protagonista de una famosa obra teatral de Goethe y de otras composiciones artísticas que resaltan lo estoico de su figura.

 

La conspiración del duque de Medina-Sidonia: el intento de separar Andalucía de España


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  • Con el apoyo de los rebeldes portugueses y de las flotas de Francia y Holanda, el sobrino del todopoderoso valido del Rey organizó una conjura para crear un reino andaluz separado de Castilla en 1641

    Museo del prado Retrato del Conde-Duque de Olivares, por Diego de Velázque, cuyo sobrino estuvo detrás de la conspiración de 1641

    Museo del prado
    Retrato del Conde-Duque de Olivares, por Diego de Velázque, cuyo sobrino estuvo detrás de la conspiración de 1641

En el año 1640, prendió la mayor crisis del Imperio español en su historia cuando Cataluña, Portugal, Nápoles y Sicilia emprendieron, con suerte desigual, sendas rebeliones contra Felipe IV. A raíz de esta oleada de sublevaciones, Portugal conseguiría la independencia plena varias décadas después y Cataluña pasó un lustro enfrascado en un complejo conflicto. Entre estas acometidas contra el gigante herido que era la Monarquía hispánica, pasó inadvertido una peligrosa conspiración a cargo de un grupo de nobles andaluces que pretendían separar la región de Andalucía, en ese momento integrada en la Corona de Castilla, del resto de España. El IX Duque de Medina Sidonia –emparentado precisamente con el encargado de apagar la rebelión, el Conde-Duque de Olivares– fue quien estuvo detrás de un episodio olvidado que pudo cambiar la historia de España.

La conspiración secesionista de Andalucía fue un episodio a la sombra de la Sublevación de Portugal. Así, cuando dio comienzo la primera sublevación de Portugal en agosto de 1637, las operaciones para pacificar el Algarve le fueron encomendadas al IX duque de Medina Sidonia, en el ejercicio de sus funciones como Capitán General del Ejército de Andalucía. Y aunque esta primera rebelión fracasó, la pasividad de Medina-Sidonia volvió a repetirse en 1640. Frente a la rebelión general y la proclamación del Duque de Braganza como Rey de Portugal, Felipe IV y el Conde-Duque empezaron a preparar la reconquista de Portugal el 1 de diciembre de 1640. Para ello encomendaron al duque de Medina-Sidonia la capitanía general de un ejército que debía atacar a los rebeldes y derrocar Juan II de Braganza. No obstante, la lentitud y falta de iniciativa del noble andaluz dejaron entrever sus planes ocultos. Tampoco ayudó el hecho de que la nueva Reina de Portugal, Luisa de Guzmán, fuera hermana del duque de Medina-Sidonia y, de hecho, quien había convencido a su marido Juan II de Braganza para que aceptara la Corona diciendo, según la tradición: «Más vale ser Reina por un día que duquesa toda la vida!».

Las razones detrás del intento de secesión andaluz serían meramente particulares –como de hecho ocurría en Cataluña y Portugal–, sin que hubiera ningún trasfondo nacionalista, dado que Andalucía había sido repoblada durante la Reconquista por colonos castellanos y no albergaba ambiciones de separarse de una estructura política, la Monarquía hispánica, donde Castilla jugaba un papel protagonista. Fue, en esencia, los caprichos de un arruinado duque de Medina-Sidonia que se oponía a contribuir a que su hermana perdiera la corona lusa y buscaban recuperar la gloria de su casa. Pese a la inmensa fortuna familiar de los Medina-Sidonia, las finanzas de la casa pasaban por dificultades y la mayoría de su patrimonio estaba hipotecado.

Al parecer, la primera idea del levantamiento andaluz partió del marqués de Ayamonte, Francisco Manuel Silvestre de Guzmán y Zúñiga –titular de una de las ramas menores de la casa de Medina-Sidonia–, quien convenció a su primo para coordinarse con Portugal y las flotas de Francia y Holanda, las cuales debían tomar el puerto clave de Cádiz, y sublevar Andalucía. Un espía de La Haya fue el primero en alertar a Felipe IV de lo que se gestaba en el sur de España. Las sospechas desde Madrid quedaron confirmadas cuando en el verano de 1641 uno de los hombres de confianza de Felipe IV, Antonio de Isasi, interceptó en la frontera con Portugal una carta remitida por Ayamonte a Medina Sidonia en la que quedaba al descubierto la trama de la conspiración. Los «guzmanes» (llamados así por el apellido) fueron llamados a la Corte, pero el duque se excusó alegando razones de salud mientras conseguía tiempo para que acudiera la flota franco-holandesa a las costas portuguesas.

Medina-Sidonia se salva de la ejecución

La flota nunca hizo acto de presencia y todos los nobles castellanos sondeados se negaron a participar en una temeraria empresa que ni siquiera contaba con el apoyo de las clases populares. Sin que hubiera prendido todavía el levantamiento, Luis de Haro y Guzmán –el gran protegido del Conde-Duque– se presentó con presteza en Andalucía a conocer el alcance de la conjura y detener a Medina-Sidonia. El duque andaluz escapó a tiempo hacia Madrid para dar explicaciones en persona a su pariente el Conde-Duque. El hecho de que los principales cabecillas estuvieran emparentados con el valido amenazaba con complicar todavía más el asunto y con generar un conflicto de intereses, pero nada más lejos de la realidad. El Conde-­Duque persuadió a su sobrino para que confesara la conspiración a cambio de inmunidad, cuando en realidad no tenía la menor intención de usar su poder para proteger al responsable de una acción tan grave.

Pese a ello, la debilidad de la Monarquía hispánica quedó retratada cuando en un primer momento pareció que el único castigo lo iba a sufrir el marqués de Ayamonte. El marqués fue interrogado en Illescas y confinado en el Alcázar de Segovia. En los interrogatorios se declaró culpable cargando, no en vano, la mayor parte de la responsabilidad en el duque, a quien dijo haber advertido de que no le permitiría proclamarse Rey de Andalucía y que solo le apoyaría en la formación de una república andaluza. Tras un prolongado juicio, el marqués de Ayamonte fue condenado a la confiscación de sus bienes y a la pena de muerte. Si bien durante un tiempo se sopesó computar la pena de muerte por la cadena perpetua, la conspiración aragonesa del duque de Híjar en 1648 hizo necesario un castigo ejemplar para que no siguieran reproduciéndose actos de rebelión entre la nobleza. Ayamonte fue ejecutado en el Alcázar de Segovia, siendo degollado como correspondía a los traidores a la Corona.

El Rey perdonó la vida al Duque de Medina por su alto rango, aunque tuvo que pagar una multa de doscientos mil ducados como donativo a la Corona y sufrió el destierro de sus dominios andaluces. Solo cuando violó estas prohibiciones en 1642, coincidiendo con la presencia de una flota franco-holandesa en las proximidades de Cádiz, fue arrestado y encarcelado en el castillo de Coca. En 1645 se le privó del Señorío de Sanlúcar, que revirtió a la Corona, y de la Capitanía General del Mar Océano y Costas de Andalucía, que pasó a su rival el duque de Medinaceli. En un desesperado intento por lavar su imagen, Medina-Sidonia tuvo la estrafalaria idea de retar a duelo al Rey de Portugal. Le convocó a comparecer en Badajoz, cerca de Valencia de Alcántara, donde se desplazó el duque y su séquito, que esperó inútilmente ochenta días a la comparecencia del soberano.

El mito de que la bandera confederada americana está inspirada en el Imperio español


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  • La Cruz de San Andrés está presente en las banderas de los estados de Alabama y Florida como reconocimiento a su pasado hispánico, pero la base de la «Cruz sureña» fue posiblemente la Unión Jack del Reino Unido
EFE Una bandera Confederada es quemada por activistas durante una protesta en Los Ángeles (EE.UU.)

EFE | Una bandera Confederada es quemada por activistas durante una protesta en Los Ángeles (EE.UU.)

En los últimos días, la bandera identificada con el bando confederado durante la Guerra de Secesión americana (1861-1865), que sigue ondeando en algunos edificios oficiales del estado de Carolina del Sur, ha centrado el debate en EE.UU. por sus connotaciones racistas. Pero más allá de la polémica actual, existe la creencia equivocada de que «la Cruz Sureña» está inspirada, como las de muchos estados norteamericanos con herencia hispánica, en la Cruz de San Andrés usada por el Imperio español. Otro error común es creer que la famosa bandera «rebelde» tuvo la categoría de oficial durante la guerra.

La primera bandera oficial de la Confederación, llamada de «Barras y Estrellas», se inspiró en las armas del Archiducado de Austria, que acabarían originando más tarde la actual enseña nacional de Austria, y fue diseñada por el artista prusiano Nicola Marschall en Marion, Alabama. Sin embargo, el gran parecido de esta bandera –incluso con las posteriores modificaciones– con la empleada por la Unión, el bando norteño, hizo imposible que pudiera ser usado en el combate. Las tropas tenían muchos problemas en distinguir quién era el enemigo y quién el amigo.

Para remediar la confusión de la bandera «Barras y Estrellas» con la de la Unión, el general del ejército de Virginia P.G.T. Beauregard, entre otros, adoptó la Bandera de Batalla con la famosa cruz diagonal para encabezar a sus tropas. La «Navy Jack» confederada, también llamada «Cruz sureña», fue la precursora de esta enseña, salvo porque empleaba un azul más pálido. El diseño fue obra original del congresista de Carolina del SurWilliam Porcher Miles –muy posiblemente inspirado en la bandera de la Unión Jack– con la intención de convertirla en bandera nacional, pero fue desechada por el Gobierno confederado por parecerse demasiado a unos tirantes cruzados. El número de sus estrellas blancas fue evolucionando conforme avanzaba el conflicto hasta que finalmente tuvo un total de 13, que representan a los 13 estados de los Estados Confederados de América.

La «Cruz sureña» se usó en batalla desde noviembre de 1861 hasta la derrota final. Tras la guerra, se convirtió en el símbolo más universalmente reconocido del sur de Estados Unidos, donde se la denomina familiarmente como bandera «rebelde», y es, entre otras cosas, un icono de la música country y el movimiento rockabilly, de raíces afroamericanas, que no la consideran ni mucho menos un símbolo racista ni xenófobo. A nivel oficial, la bandera sudista sigue presente en las enseñas de Georgia y Misisipi, y, además, ondea en el Capitolio de la ciudad de Columbia, Carolina del Sur, desde 1961, en honor a los caídos en aquella guerra.

España, presente en la simbología de EE.UU.

La creencia de que esta cruz, que guarda gran similitud con la cruz de San Andrés, está inspirada en la bandera del Imperio español nace de la profunda herencia hispánica todavía presente en la simbología de EE.UU, sobre todo en la zona del sur del país. Los conquistadores españoles fueron los primeros europeos en recorrer la mayor parte del territorio de lo que son los actuales EE.UU. Así, el conquistador español Álvar Núñez Cabeza de Vaca fue el primer europeo que pisó territorio texano el 6 de noviembre de 1528. El reverso actual del escudo de Texas, que incorpora las seis banderas de las naciones que ejercieron su soberanía sobre dicho territorio, reserva un importante hueco a España. En concreto, la bandera española está representada por la actual rojigualda con el escudo de Castilla y León en su interior.

Además del escudo, Texas sigue conservando su herencia hispana en los nombres españoles de cientos de pueblos, ciudades, condados y zonas geográficas de su territorio. Cuarenta y dos de los 254 condados tienen nombres o españoles o derivaciones anglicanizadas tales como «Galveston». Lo mismo ocurre con los nombres de algunos accidentes geográficos como «Llano Estacado», «Montañas Guadalupe» e «Isla Padre» que sirven como recordatorio de los exploradores y conquistadores españoles que cruzaron Texas mucho antes de que los ingleses se establecieran en la costa del Atlántico de Norteamérica.

Cuando los actuales estados de Alabama y Florida crearon sus banderas oficiales a finales del siglo XIX y principios del XX quisieron reconocer su pasado hispánico a través de la cruz diagonal roja, que algunos identifican de forma errónea con la cruz sudista, pero que fue usada por el Imperio Español en el periodo de los Habsburgo. Nada que ver con la bandera que William Porcher Miles diseñó con la vista puesta en la del Reino Unido, que también cuenta con una Cruz de San Andrés, pero, en su caso, en referencia a la bandera de Escocia e Irlanda.

El desastre de los Gelves en 1560, la mayor derrota en la historia del Imperio español


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  • En el mes de mayo de 1560, los ejércitos de Felipe II sufrieron una grave derrota en la isla más grande del Norte de África. La campaña terminó con más de 10.000 muertos y 5.000 prisioneros, que fueron trasladados a Estambul. Hasta 1848, una pirámide de huesos y calaveras de los españoles estuvo visible en la isla de Túnez a modo de advertencia
ABC Tapiz del ataque a Túnez por parte de los ejércitos de Carlos I, el epílogo del desastre de Los Gelves de 1560

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Tapiz del ataque a Túnez por parte de los ejércitos de Carlos I, el epílogo del desastre de Los Gelves de 1560

Las victorias tienen muchos padres y las derrotas suelen ser huérfanas, salvo en España. Víctimas de una especie de masoquismo histórico, los españoles han aceptados por válidas las derrotas que, como la Noche Triste, la Armada Invencible o la batalla de Rocroi de 1643, han sido distorsionadas por la historiografía extranjero a su antojo. Bajo la excusa de que estuvieron envueltas en la épica o de que fueron causadas por las inclemencias naturales, se ha asumido con complaciencia que la derrota en la Noche Triste fue una huida desastrosa de Hernán Cortés –cuando en realidad fue pródiga en episodios de meditado heroísmo–, que la Armada Invencible marcó el final de la hegemonía en los mares del Imperio español –lo cual supone, sin ir más lejos, obviar el fracaso mayúsculo de la Contraarmada que Inglaterra estrelló contra las costas españolas un año después–, o que en la batalla de Rocroi contra los franceses terminó la supremacía de los tercios españoles –lo cual no ocurrió realmente hasta 1658 con la derrota en las Dunas–. Sin embargo, los españoles han extraviado uno de los mayores y auténticos desastres de la historia del Imperio español: el ocurrido en 1560 en Los Gelves (Túnez).

El Mediterráneo habría de dar pocas alegrías a España en el siglo XVI hasta el Rescate a Malta y la batalla de Lepanto. El victorioso encuentro en el golfo de Lepanto fue una inesperada excepción tras décadas de penurias. Pero de entre todos los desastres, algunos tan dolorosos como la Jornada de Argel de 1541, ninguno fue tan trágico como el desembarco a Los Gelves en 1560. Los Gelves, también conocida como Djerba, es la isla más grande del Norte de África y un escenario clave en los choques entre Occidente y Oriente. Djerba vio sucederse a normandos de Sicilia, aragoneses, españoles y otomanos, enfrentados durante cuatro siglos por 514 kilómetros de terreno.

ABC | Mapa de Djerba por Piri Reis

ABC | Mapa de Djerba por Piri Reis

A principios de la Edad Moderna, el Imperio Otomano ayudó a los corsarios berberiscos a establecer una base permanente en la isla para lanzar desde allí sus ataques. Sin embargo, España no estaba dispuesta a ceder un territorio con tanto valor estratégico sin presentar batalla. Fernando «el Católico» fue el primero en el siglo XVI en retomar la fijación española por la isla. Tras conquistar Orán, Bugía, Trípoli y Argel, la Monarquía hispánica puso sus ojos sobre Djerba en 1510. Al ejército aragonés de Pedro Navarro, cabeza de la campaña, se sumaron 7.000 castellanos al mando de García Álvarez de Toledo –padre del célebre III Duque de Alba– para iniciar el desembarco terrestre. El calor, la falta de agua y la inexperiencia de García Álvarez de Toledo desembocaron en el grave tropiezo de 1510. Más de 4.000 hombres murieron durante una improvisada marcha por el desierto, entre ellos Álvarez de Toledo. La muerte de su primogénito sacudió de lleno a la Casa de Alba y marcó la infancia de Fernando Álvarez de Toledo, cuyo odio acérrimo al Imperio Otomano tiene su germen entonces.

Un desastre causado por la lentitud

Los esfuerzos bélicos permitieron que Los Gelves estuvieran finalmente bajo la soberanía española en distintos periodos, de 1520 a 1540 y de 1551 a 1560. No obstante, el dominio de la isla siempre fue más nominativo que real. El Imperio Otomano controlaba el Mediterráneo con una superioridad insultante y, en 1558, Pialí lo demostró arrasando Menorca a placer. Frente a la amenaza musulmana, Felipe II apeló al Papa Paulo IV y a sus aliados católicos para preparar una expedición combinada en 1560 contra Trípoli, ciudad arrebatada una década atrás por el corsario Dragut a la Orden de San Juan (trasladada ya entonces a la Isla de Malta). La coalición estaba formada por Génova, España (con fuerzas de Nápoles y Sicilia), Florencia, los Estados Pontificios y los Caballeros Hospitalarios. Y aunque las cifras sobre las fuerzas reunidas en las cercanías de Trípoli han sido objeto de muchas exageraciones –posiblemente 15.000 hombres (9.000 españoles)–, sí existe cierto consenso sobre el número de barcos congregados: en torno a 50 galeras y unas 40 embarcaciones menores.

El primer problema surgió cuando los preparativos se alargaron hasta sepultar el factor sorpresa. Cuando la operación fue puesta finalmente en marcha, los otomanos prepararon una enorme flota para contragolpear. Sancho de Leyva, encargado de las galeras de Sicilia (emplazadas en la Armada hispánica), escribió a Felipe II quejándose de la tardanza: «Yo no he tardado de decirle al duque de Medinaceli muchas veces que en la brevedad del tiempo consistía el mayor bien de esta empresa y que la dilatación era la mayor dificultad… que no parece que ha habido parte de Italia de donde no se haya traído gente y otras provisiones».

Giovanni Andrea Doria –asistido por su tío, el célebre Andrea Doria, que murió a los 94 años poco después de los preparativos– se encargó de capitanear la flota reunida en Messina. Previa parada en Malta a causa del mal tiempo –donde perdieron a 2.000 hombres por enfermedad–, la flota arribó en la costa de Trípoli a finales de febrero de 1560. Allí, la timidez de Doria, siempre temeroso a tomar riesgos (en la noche anterior a Lepanto fue el único que recomendó evitar el enfrentamiento) causó una desordenada retirada donde primó el sálvese quien pueda.

El grueso de la flota tuvo que refugiarse en Los Gelves, donde desembarcaron sin oposición. Juan de la Cerda, duque de Medinaceli y general de las fuerzas españolas, ordenó que se levantara un fuerte en el norte de la isla. Dicha fortificación debía estar finalizada en el plazo de varios meses, pero Piali Pacha al mando de 86 galeras no estaba por la labor de verlo jamás terminado. Los turcos se presentaron el 11 de mayo y en cuestión de horas hundieron más de la mitad de la flota cristiana. Con el viento en contra pocas galeras pudieron escapar al ataque sorpresa, pero entre las privilegiadas estuvieron las embarcaciones de Giovanni Andrea Doria y el duque de Medinaceli, quienes dejaron a su espalda a 2.000 hombres atrincherados entre los pilares del fuerte.

Tras tres meses de asedio, la guarnición de Los Gelves se rindió el 31 de julio de 1560 a un ejército de casi 40.000 musulmanes. Durante la resistencia extrema vivida por esos 2.000 hombres, el maestre de campo Álvaro de Sande se alzó como un líder incombustible y encabezó una última salida desesperada días antes de la rendición. Una vez tomados los pozos de agua por los turcos, nada quedaba por hacer más que rendirse. Los 1.000 soldados que aún sobrevivían en julio fueron aniquilados o, en el mejor de los casos, llevados cautivos a Estambul. Los cadáveres de los muertos fueron empleados para levantar una macabra pirámide de huesos y calaveras recubiertas con tierra de la playa. Este dantesco monumento a la muerte estuvo visible hasta 1848, cuando el cónsul británico ordenó que los restos fueran trasladados a un cementerio católico.

Felipe II pierde 10.000 de sus mejores hombres

En total, las bajas cristianas sobrepasaron las 30 galeras hundidas, más de 10.000 muertos en el transcurso de toda la operación y 5.000 prisioneros. Entre estos, Piali se llevó a Estambul a los capitanes más destacados: Berenguer de Requesens, Sancho de Leyva, Lope de Figueroa, Sancho Dávila, Rodrigo de Zapata y Álvaro de Sande. No en vano, la mayoría fueron rescatados en poco tiempo, salvo Álvaro de Sande que fue liberado por el sultán solo después de la mediación del Rey Carlos IX de Francia, aliado del Imperio Turco, y del pago de 60.000 escudos de oro.

El extremeño Álvaro de Sande recordó el resto de su vida el tormento y el horror vivido en Los Gelves: «Mataron delante de mis ojos al capitán don Jerónimo de Sande, mi sobrino, otros amigos y muchas personas muy queridas». Y no fue el único que quedó aterrado por la demostración turca. El enorme desastre de Los Gelves causó el pánico por toda los puertos de la Cristiandad e incluso España autorizó a desalojar Orán, su plaza más avanzada en África, por considerarla indefendible. Pese a todo, la guerra de los otomanos en Persia impidió que el sultán lanzara al grueso de sus recursos a dar el golpe final a las posesiones hispánicas.

Porque la noche es más oscura justo antes de amanecer, el desastre sirvió para que Felipe II se percatara de la envergadura del problema en el Mediterráneo. El Imperio comenzó una intensa reforma de su flota de galeras que dio por resultado la derrota otomana en Malta en 1565 y, años después, la célebre victoria de Lepanto.

«Dios es español», la frase que retrató la hegemonía militar del Imperio español


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  • Entre 1500 y 1650, los tercios españoles se convirtieron en la más letal, efectiva y temida infantería de Europa. La guerra de Flandes fue el escenario de sus mayores hazañas, pero también el principio del fin de esta unidad legendaria
 Ferrer-Dalmau El milagro de Empel, por Augusto Ferrer-Dalmau (2015)


Ferrer-Dalmau
El milagro de Empel, por Augusto Ferrer-Dalmau (2015)

Tras las victorias españolas en la batalla de Bicoca de 1522 y en la batalla de Pavía de 1525 sobre los franceses, el poder del Imperio español sobre Italia era incontestable. Y aunque los episodios más oscuros del saqueo de Roma de 1527 fueron obra de mercenarios luteranos, Italia vio en el desafío español un sacrilegio sin castigo divino que tenía una única explicación: «Dios s’era fatto Spagnolo» (Dios estaba de parte de los españoles).

Entre 1500 y 1650, los tercios españoles se convirtieron en la más letal, efectiva y temida infantería de Europa. A imagen de las falanges macedonias y las legiones romanas, que también impusieron su superioridad militar, los tercios encontraron en la combinación de armas blancas (pica y espada) y de fuego (arcabuz y mosquete) una forma de aplastar el papel de la caballería pesada en Europa. No en vano, esta unidad española se diferenciaba de los mercenarios suizos, que fueron los primeros en dar protagonismo a la pica a comienzos de la Edad Moderna, en su capacidad de fragmentarse y adaptarse tácticamente a las diferentes situaciones de combate. El resultado fue una superioridad militar que, en primer lugar, se hizo patente en Italia.

Los italianos se defienden con humor

«No cabe duda de que los españoles aspiran al dominio universal, y que los únicos obstáculos que han encontrado hasta ahora son la distancia entre sus dominios y la escasez de gente», afirmó el cardenal Richelieu a su Rey Luis XIII de Francia cuando precisamente el Imperio español empezaba a mostrar síntomas de agotamiento. Atrás quedaba el periodo de mayor esplendor de las armas hispánica que, tras los experimentos iniciales a cargo del Gran Capitán en Nápoles, se inició simbólicamente con las batallas de Bicoca y Pavía, ya en el reinado de Carlos I de España.

ABC Relieve dedicado a la batalla de Pavía, por Juan de Orea

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Relieve dedicado a la batalla de Pavía, por Juan de Orea

Así, en Bicoca (una población al oeste de Milán) las debilidades de la infantería suiza al servicio de Francia quedaron retratadas por los arcabuceros castellanos de Carlos I. Como explican Fernando Martínez Laínez y José María Sánchez de Toca en su libro «Tercios de España, la Infantería legendaria», la facilidad con la que los arcabuceros desarmaron a los suizos, que gozaban de la supremacía desde hace cien años en los campos europeos, hizo que la palabra «bicoca» pasara a los vocabularios castellano y francés como sinónimo de ganga, «cosa que se adquiere a bajo precio o con poco trabajo».

Con la batalla de Pavía, donde el propio Rey de Francia Francisco I fue capturado y trasladado a Madrid por unos soldados españoles, los italianos se convencieron de que detrás de la superioridad militar de España estaba el hecho de que «Dios estaba de parte de España», lo cual venía a asemejarse a que la suerte siempre soplaba a su favor. Incapaces de poder expulsarlos de su tierra por las armas, el odio hacia los bárbaros españoles –que causaban aversión desde las incursiones militares de los aragoneses en Italia– hizo que los italianos recurrieran a la burla. Los soldados españoles fueron calificados como unos bravucones y fanfarrones, que no vencían por su habilidad sino porque eran más numerosos. De aquella época datan los chistes sobre las supuestas virtudes de los castellanos y sobre su «ridículo» sentido del honor, de los que la literatura ha dado cuenta en muchas obras del periodo. La «Commedia dell’arte» emplea frecuentemente al personaje del capitán español fanfarrón, un cobarde bocazas que huye cuando se presenta la primera dificultad en el combate.

El teatro de operaciones de los ejércitos del Imperio español se trasladó de Italia a Flandes con el inicio de la rebelión de carácter calvinista que tuvo lugar en este conjunto de provincias bajo la soberanía de Felipe II. En 1567, el Monarca envió a su mejor general, el Gran Duque de Alba, a enfrentarse a los rebeldes que se terminaron congregando en torno a la figura de Guillermo de Orange. Pese a que la guerra supuso la tumba del Imperio español a largo plazo, también fue el escenario predilecto para que los tercios españoles mostraran la superioridad de sus armas. Hasta avanzado el siglo XVII, los rebeldes no consiguieron formar un ejército capaz de causarle daños importantes al español, que en ocasiones pareció obrar verdaderos milagros.

De los milagros, al ocaso de 1658

El milagro de Empel fue uno de los pasajes más famosos de los tercios en Flandes, que, aunque eran una fuerza multinacional, estaban vertebrados claramente en torno a los infantes castellanos. De acuerdo con la tradición, el 7 de diciembre de 1585, el Tercio del Maestre de Campo Francisco Arias de Bobadilla quedó acorralado en la desembocadura del Escalda (Scheldt) a merced de que la poderosa flota rebelde llegará para exterminarlos. Sin embargo, una fuerte helada inmovilizó a la armada holandesa y permitió a la infantería española, que aguardaba apiñada y hambrienta, asaltar a pie los barcos rebeldes. Frente a la absoluta derrota holandesa, el almirante Holak claudicó con palabras gruesas: «Tal parece que Dios es español al obrar, para mí, tan grande milagro». Asimismo, el fortuito encuentro de una tabla flamenca con la imagen de la Inmaculada Concepción por parte de un soldado español fue visto como «un divino nuncio». La Inmaculada Concepción fue proclamada patrona de los tercios españoles desde entonces y de la actual infantería española.

La eterna guerra de Flandes y la progresiva recuperación de poder por parte de Francia marcaron el principio del fin de la hegemonía militar de España. Así y todo, en 1625 –el año de la Rendición de Breda, la expulsión de Holanda de Salvador de Bahía y la exitosa defensa de Cádiz frente a los ingleses–, el Conde-Duque de Olivares todavía se atrevería a recordar que «Dios es español y está de parte de la nación estos días». Y más allá del supuesto ocaso, la batalla de Rocroi de 1643, los tercios españoles continuaron siendo una unidad temida hasta 1658, cuando la batalla de las Dunas dejó al descubierto sus puntos débiles y acabó con la vida del grueso de sus veteranos. Para entonces, no obstante, poco quedaba de la veterana infantería que había dominado Europa con mano de hierro. La crisis demográfica que azotaba Castilla en el siglo XVII obligó a una importante disminución en los requisitos para alistarse en la infantería española: conforme desaparecieron los últimos veteranos se desangró la unidad a manos de soldados bisoños.

La llegada al trono de Felipe V acabó definitivamente con los tercios. El 28 de septiembre de 1704, el Rey borbón decretó la transformación de los tercios en regimientos, lo que suponía la adopción del modelo del Ejército francés, que en aquel periodo luchaba por alcanzar la hegemonía militar en el viejo continente.

«Vestir a la española»: la corte madrileña impone el negro en toda Europa


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  • La hegemonía política y cultural del Imperio español queda patente hasta en la indumentaria usada en el continente durante los siglos XVI y XVII
«Vestir a la española»: la corte madrileña impone el negro en toda Europa

wIKIPEDIA | «El caballero de la mano en el pecho», pintado por el Greco

 La corte española se convirtió durante los siglos XVI y XVII en el mayor epicentro político de Europa. La hegemonía militar, política y cultural del Imperio español hizo que desde todo el continente se miraran con atención las modas y tradiciones que proponían los castellanos. Así, como más tarde ocurrió con Francia, el castellano se convirtió en una de las lenguas de referencia en Europa, los pintores españoles inmiscuyeron su estilo entre flamencos e italianos, y la vestimenta de los Reyes españoles dio lugar a una peculiar moda: «Vestir a la española».

La difusión de la indumentaria de la corte española tuvo su mayor auge entre 1550 y 1650. Si bien al inicio del Renacimiento se impuso en Europa la influencia italiana, con un estilo grandilocuente de colores alegres, pronto el cambio de los ejes de poder desembocó en la preeminencia del estilo español, que estaba influido por el ascetismo medieval.

Carlos I y Felipe II fueron los grandes valedores de esta nueva tendencia. En consonancia con la rectitud religiosa que querían proyectar al mundo, la dinastía de los Habsburgo adoptó en la corte un estilo de gran sobriedad, caracterizado por el uso de colores oscuros y prendas ceñidas, sin arrugas ni pliegues y aspecto rígido, sobre todo en las mujeres que usaban verdugado o guardainfantes (una falda hueca compuesta por un armazón de alambres o madera). Este estilo era sumamente incómodo para las mujeres, que necesitaban horas para vestirse. No obstante, la apariencia rigorista, de tonos oscuros, incorporaba algunos detalles de color como cadenas de oro o la cruz de alguna orden. Y en el caso de las mujeres, estaban permitidas algunas concesiones más en forma de complementos.

«Vestir a la española»: la corte madrileña impone el negro en toda Europa

Wikipedia | Los electores del Palatinado bailando en traje español, por Jan Frans van Douven

Rápidamente esta moda se extendió por Europa, sobre todo en Holanda, Francia, Flandes e Inglaterra. Felipe II mantuvo la estética planteada por su padre, pero le añadió la tradicional gola con la que el Monarca aparece en todos sus retratos. La gola era un adorno fruncido o plegado utilizado por hombres y mujeres alrededor del cuello que ya se empleaba en el centro de Europa desde la Edad Media. Y, por influencia directa del Imperio español, otras prendas fueron popularizadas como capas, corsés y guardainfantes.

Los excesos brillantes se suman al negro

En una sociedad regida por la condición social y la importancia de ser hijo de alguien («hidalgo de solar») la apariencia terminó por convertirse en una obsesión. A comienzos del siglo XVII, el traje nacional, sobrio y de color negro del periodo de Felipe II, dio paso a una moda más excesiva en adornos durante el reinado de Felipe III. El Barroco en todo su esplendor incorporó al traje negro perlas, perfumes, pedrerías, telas exóticas, e incluso la clásica gola fue desplazada por la lechuguilla (cuello exagerado en forma de gran abanico).

La tendencia al exceso era muy representativa del reinado de Felipe III, quien trataba de tapar las heridas del Imperio español con vendas doradas, y terminó con la llegada al trono de Felipe IV, que había sido señalado por la nobleza como el hombre capaz de retomar los éxitos de los primeros Austrias españoles. Con Felipe IV los colores de nuevo se apagaron y se volvió al negro, en contraposición al brillo de la emergente corte francesa. En 1623 se prohibió el llamada cuello de lechuguilla para ser sustituido por un tipo de cuello grande y plano que caía sobre los hombros. La mayoría de nobles agradecieron el cambio puesto que la disputa por ser el mejor engalanado había dejado maltrechos muchos bolsillos.

Pese a los esfuerzos del valido del Rey, el Conde-duque de Olivares, la corte abandonó pronto la austeridad y retomó el inagotable ritmo de fiestas. Así por ejemplo, a raíz de un hecho sin trascendencia para España, la coronación de Fernando III como Rey de los Romanos en Viena, la corte de Felipe IV celebró diez días de bailes, monterías, mascaradas, luminarias y otras fiestas que costaron 420.000 escudos a las arcas reales. Según los cálculos de Pablo Martín Gómez en su libro «El ejército español en la Guerra de los 30 años», con una cifra así de dinero se podría haber pagado el salario anual de 8.500 hombres en la Guerra de Flandes, donde el Imperio español se jugaba la hegemonía europea. Una algarabía de fiestas para esconder lo que era cada vez más obvio: la estructura Imperio vivía sus últimos días.

Francia desplaza al Imperio español

La hegemonía cultural y política se desplazó finalmente al Reino de Francia en la segunda mitad del siglo XVII. La monarquía francesa impuso en Europa una moda caracterizada por líneas simples y unas prendas, en el caso femenino, menos incómodas, desapareciendo así las anchas faldas ahuecabas. El escote también se amplió y dejó al descubierto el cuello e incluso los hombros. Por su parte, la peluca masculina fue introducida por Luis XIII para ocultar su incipiente calvicie y figuró durante más de un siglo como prenda indispensable en todo guardarropa.

La llegada de los Borbones al trono español borró los últimos vestigios de la moda conocida como «vestir a la española». No en vano, durante el reinado de Carlos IV apareció el majismo, una reacción de corte popular y nacionalista al monopolio de la moda francesa.

Cuando la batalla de Lepanto popularizó el uso del Santo Rosario


ABC.es

  • Aunque ya existía como práctica religiosa desde la Edad Media, la celebración posterior a la victoria naval encabezada por el Imperio español instauró la fiesta anual al rezo del Rosario
Cuando la batalla de Lepanto popularizó el uso del Santo Rosario

Wikipedia | Visión del Papa Pío V de la victoria de Lepanto

La victoria del bando cristiano, encabezado por el Imperio español, sobre la flota turca en el golfo de Lepanto desató la euforia en Roma. La flota del Imperio otomano parecía ahora menos imbatible, y el Papa Pío V –máximo valedor de la empresa– estaba empeñado en que la Cristiandad jamás lo olvidara. Como la batalla había tenido lugar el primer domingo de octubre, la victoria fue atribuida a la «Virgen del Rosario». Y a partir de esta fecha, el rezo del Rosario se popularizó entre las masas.

Según distintos relatos, mientras la batalla transcurría, el Papa Pío V aguardaba recitando en Roma el Rosario. Durante el rezo, el Papa salió de su capilla y, por aparente inspiración, anunció a todos los presentes y con gran calma que la Santísima Virgen le había concedido la victoria a los cristianos. Así, todos los 7 de octubre la Iglesia católica celebra una fiesta al rezo del Rosario, ya que se atribuyó la victoria directamente a la intercesión de la Virgen María.

La festividad se llamó en su origen «Nuestra Señora de las Victorias», pero el Papa Gregorio XIII modificó el nombre de la solemnidad por el de «Nuestra Señora del Rosario».

El Rosario (del latín rosarium «rosal») es un rezo tradicional católico que conmemora los veinte «misterios» de la vida de Jesucristo y de la Virgen María, recitando después de cada uno de ellos un padrenuestro, diez avemarías y un «gloria Patri». No en vano, su práctica se remonta al año 800, cuando se instauró para permitir a los cristianos que no sabían leer una forma sencilla de recitar avemarías. Aunque su uso se perdió a finales de la Edad Media, el beato Alano de la Roca se encargó de recuperar el rezo en Colonia (Alemania) durante el siglo XV.

Y tras la batalla de Lepanto, la Cristiandad –en especial los países del sur de Europa– adoptó en masa el rezo del Rosario. La demostración de su auge fueron los rosarios públicos que surgieron en Sevilla en 1690 y que se extendieron muy pronto por España y sus colonias americanas. En Sevilla llegó a haber en el siglo XVIII más de 150 cortejos que diariamente hacían su estación por las calles rezando y cantando las avemarías y los misterios. Los domingos y festivos salían de madrugada o a la aurora. Al principio eran masculinos, pero ya en el primer tercio del XVIII aparecieron los primeros Rosarios de mujeres que salían los festivos por la tarde.

Batalla de Lepanto, el zarpazo a los turcos