Lamoral Egmont, el héroe del Imperio español que fue ejecutado por el temido Gran Duque de Alba


ABC.es – Cesar Cervera

 

 Los últimos honores a los condes de Egmont y Horn, por Louis Gallat - Museo de Brooklyn

Los últimos honores a los condes de Egmont y Horn, por Louis Gallat – Museo de Brooklyn

La vida de Lamoral Egmont tiene muchos elementos de héroe crepuscular. El noble flamenco representó el fin de una forma de hacer la guerra, aquella protagonizada por la caballería, y el ocaso de la Europa de las monarquías subordinadas a los nobles. Sin haber hecho nada diferente a lo que los nobles hacían con frecuencia en la Edad Media, Lamoral Egmont pagó con su vida haber desafiado a su primo Felipe II. Así, el 5 de junio de 1568, el Conde de Egmont fue decapitado en el Mercado de caballos de Bruselas ante los ojos de una multitud sollozante y las lágrimas de su propio verdugo, el temido Gran Duque de Alba, del que se dice que no pudo contenerse al ver a uno de los últimos caballeros medievales muerto de esa manera.

El Conde de Egmont nació el 18 de noviembre de 1522, aunque bien podría haberlo hecho cien o doscientos años antes. El noble flamenco, que sirvió en los ejércitos de Carlos I y más tarde en los de su hijo Felipe II, conservaba un concepto idealizado y medieval de la guerra, más propio de las novelas de caballería que de los tiempos de la pólvora y los asedios interminables. Aquella idea caduca por poco le costó una grave derrota al Imperio español. En la batalla de Gravelinas (1558), Egmont venció a las tropas francesas empleando una táctica plagada de riesgos. Tras el contraataque francés que siguió a la batalla de San Quintín, las tropas galas creyeron oportuno regresar sobre sus pasos, planeando conquistar de camino Gravelinas, probablemente al estimar que se habían alejado demasiado de su línea de abastecimiento. En una decisión más propia de un caballero andante que de un general, el Conde de Egmont abandonó los bagajes y las máquinas de guerra para cortar a tiempo el paso francés. Pero, aunque la caballería encabezada por Egmont acabó estrellándose a causa de la maniobra, la intervención de la disciplinada infantería española logró reconducir la situación.

«El día es nuestro», se permitió gritar Egmont cuando reorganizó su fuerza de jinetes. La victoria de las Gravelinas reportó grandes recompensas a Egmont. A pesar de su temeraria estrategia, su capacidad de rehacerse le otorgó la infinita gratitud del Rey. No obstante, la primera reacción de Felipe II fue la de reprender al flamenco en sus cartas, pues había entablado combate sin su consentimiento ni el del mando superior, el Duque de Saboya. De perder la batalla, el Imperio español hubiera quedado gravemente herido y con gran probabilidad habría perdido Flandes. Por el contrario, la brillante locura de Egmont había cambiado definitivamente el curso de la guerra y el Rey Enrique II de Francia –sin opciones de oponerse– ofreció un generoso acuerdo a los españoles en la Paz de Cateau-Cambrésis. Egmont se convirtió de golpe en uno de los grandes héroes del Imperio español.

Egmont, el representante de la agitada nobleza

El Rey recompensó a Egmont con el cargo de estatúder de Flandes y Artois, en 1559, lo que le situó como uno de los más poderosos nobles de un país al borde de estallar en protestas religiosas. La postura de Egmont, como la de Felipe de MontmorencyConde de Hornes, en las encendidas peticiones a Felipe II para que rebajara la persecución religiosa sigue siendo motivo de polémica. Desde el principio ambos nobles se alinearon –sin alcanzar la virulencia de Guillermo de Orange– en contra de la implantación de la Inquisición en los Países Bajos y contra el que consideraban máximo instigador de dicha medida, el Cardenal Granvela, obispo de Arrás. En 1560, Egmont y Orange renunciaron a sus cargos en el Ejercito Imperial y exigieron la salida del país de los soldados de nacionalidad española como medida de protesta.

Sin excederse en sus quejas, Lamoral Egmont viajó en representación de la nobleza local hasta España para explicar su postura. En 1565, Felipe II le recibió en Madrid y fingió escuchar su petición por un cambio en la política religiosa en los Países Bajos. En resumen, se limitaron a entretenerle durante meses con falsas promesas y hacerle creer que sus gestiones estaban dando resultado. A su regreso a Flandes, el noble vendió las negociaciones con el Rey como fructíferas. Sin embargo, poco había logrado, salvo advertir al Monarca de que los tenidos por moderados incurrían en posturas inadmisibles desde su punto de vista.

Al frente de un gran ejército, el Duque de Alba se desplazó en 1567 a los Países Bajos con instrucciones muy claras, entre ellas, la orden de ejecutar a los tres líderes más visibles de la rebelión. Como caballero de la Orden del Toisón de Oro solo podía ser juzgado por el Gran Maestre de esa Órden, es decir, por Felipe II. Mientras Guillermo de Orange huía hacia Alemania al menor rumor de la llegada de tropas españolas, Egmont y el Conde de Hornes no mostraron ningún temor e incluso fueron a recibir al veterano general. El Duque de Alba era hombre severo e inquebrantable, pero siempre había mostrado deferencia en el trato con hombres de armas. Egmont era uno de aquellos, casi un monumento militar, y el noble castellano profesaba gran admiración por el conde a pesar de la caduca ideología militar que representaba.

«Siempre que veo las cartas de esos tres señores, me ahoga la cólera en términos que, si no me esforzara en reprimirla, creo que mi opinión parecería la de un hombre frenético»

Con todo, las primeras palabras del castellano, producto de su humor amargo o tal vez del largo viaje, han pasado a la historia de lo macabro: «Veis aquí un gran hereje». Fernando Álvarez de Toledo consiguió pasar aquellas palabras por una broma, simplemente, poco adecuada, pero en secreto aguardaba poner en marcha cuanto antes las órdenes del Rey. El Duque de Alba y Felipe II no guardaban dudas de la culpabilidad de ambos y se habían referido numerosas veces en términos gruesos a las misivas que llegaban de Egmont, Hornes y Guillermo de Orange a la corte española: «Siempre que veo las cartas de esos tres señores, me ahoga la cólera en términos que, si no me esforzara en reprimirla, creo que mi opinión parecería a Su Majestad la de un hombre frenético». Así, el 9 de septiembre de 1567 invitó a Egmont y Hornes a un banquete en nombre del hijo de Alba, el Prior Hernando, que terminó con el capitán español Sancho Dávila deteniendo a los dos nobles católicos. Ambos fueron encarcelados en celdas separadas.

«Esos hombres eran inocentes»

Ante la noticia del arresto, Margarita de Austria, que aún ostentaba el título de Gobernadora de Flandes, protestó al considerar que «esos hombres eran inocentes de cualquier cargo». Su dimisión, aceptada e instigada por Felipe II, dejaba vía libre al Duque de Alba para ejecutar la totalidad de su plan. Durante las investigaciones posteriores, el duque encontró cartas incriminatorias entre la correspondencia de Egmont y ordenó su ejecución pública en el Mercado de caballos de Bruselas.

Dicen que los ojos del gélido duque derramaron lágrimas de pesar cuando contemplaba la ejecución de Egmont desde su posición más alejada. Algunos, como el historiador Henry Kamen, han llegado a asegurar que hombres afines al Duque de Alta advirtieron al flamenco el día antes de su apresamiento de lo que iba a ocurrir –supuestamente, con el consentimiento del noble castellano- y que éste decidió no huir creyendo que el Imperio español no incurriría en tan grave traición. De ser cierta esta teoría, la ingenuidad de Egmont resulta conmovedora y vuelve a demostrar hasta que punto se equivocó de siglo.

En otra muestra de que incluso Alba dudó de que la ejecución hubiera sido lo más acertado, el castellano escribió semanas después del arresto una persuasiva carta al Rey pidiendo seguridad económica para la viuda de Egmont: «Siento gran compasión por la Condesa de Egmont y la pobre gente que deja. Ruego a Vuestra Majestad que se apiade de ellos y les haga una merced con la cual puedan sustentarse, pues con la dote de la condesa no tienen suficiente para alimentarse un año, y Vuestra Majestad me perdonará por dar mi opinión antes de que se me ordene hacerlo. La condesa es aquí considerada como una santa, y es cierto que desde que su marido fue encarcelado ha habido pocas noches en que ella y sus hijas no hayan salido tapadas y descalzas a visitar muchos lugares de devoción de esta ciudad, y antes de ahora tenían una buena fama».

En términos políticos, la ejecución de Lamoral Egmont fue una decisión funesta. Enardeció los ánimos de la población moderada y puso sobre la mesa el cómo se gastaban las gratitudes españolas. Por mucho que hubiera levantado la voz, el noble católico no alcanzaba el grado de rebelde, ni de traidor, ni mucho menos de hereje. Ante un conflicto militar abierto se antojaba rocambolesco que Egmont se hubiera alzado del lado de los calvinistas. Felipe II, además, debió advertir que la guerra en los Países Bajos iba a requerir concesiones para captar a los católicos moderados como Egmont. De hecho, el error provocó que hasta muchos años después los nobles católicos no se convencieran de que, efectivamente, el enemigo no era el Rey español.

Hubo que esperar a la etapa de Alejandro Farnesio como gobernador de Flandes para encontrar a valones sirviendo diligentemente al Imperio Español contra la auténtico hidra de las mil cabezas, Holanda. Para entonces, no en vano, Egmont ya estaba camino de elevarse en mártir y padre sentimental de la patria belga, así como en protagonista de una famosa obra teatral de Goethe y de otras composiciones artísticas que resaltan lo estoico de su figura.

 

El brutal saqueo de Amberes que desencadenó la «Furia española» de los Tercios


ABC.es / CÉSAR CERVERAC_Cervera_M

  • La propaganda holandesa se cuidó durante siglos de omitir que fue un incendio descontrolado el que arrasó casi un centenar de casas y no los actos de rapiña
 Ilustración de la lucha entre españoles y la población civil atrincherada en Amberes - Wikmedia

Ilustración de la lucha entre españoles y la población civil atrincherada en Amberes – Wikmedia

A comienzos de la Edad Moderna, Amberes era una de las urbes más importantes de Europa y la más cosmopolita, entendido esto como un lugar de intercambio cultural. Una suerte de Nueva York enclavado en el corazón de Flandes. Sin embargo, cuando estalló la rebelión contra Felipe II, la ciudad ya había perdido parte de su relevancia. En medio de este declive económico y comercial, Amberes sufrió un golpe mortal con el saqueo realizado por las tropas del Rey entre el 4 y el 7 de noviembre de 1576. Un episodio que dio origen a lo que la leyenda negra llamó «la Furia española», pero que, ni siquiera aceptando la premisa de que los soldados actuaron como salvajes, explica el nivel de destrucción de la ciudad. La propaganda holandesa se cuidó durante siglos de omitir que fue un incendio descontrolado el que arrasó casi un centenar de casas y no los actos de rapiña.

Al inicio de la rebelión, el Duque de Alba situó en la capital de Brabante la más desmesurada ciudadela de Flandes y destinó para su protección a su mejor hombre, Sancho Dávila. Se trataba de una ciudadela española dentro de la propia ciudad, con capacidad para 800 soldados y sus familias. El duque, además, repartió indicaciones para alzar una estatua de su figura en la plaza central de Amberes. Lo cual suponía un peliagudo movimiento político. Sancho Dávila tuvo que lidiar con la enemistad que producía la presencia de los españoles en la ciudad y de una estatua tan temida como odiada. Para mayor impedimento, tuvo que hacerlo siempre con escasez de fondos y problemas logísticos: «El agua lo deshace y el viento se lo lleva».

La rapidez con la que se propagó la enfermedad imposibilitó que Luis de Requesens pudiera dejar orden de su sucesión

Los sucesivos intentos del Gran Duque de Alba por apagar la rebelión acabaron en fracaso y Felipe II tomó la decisión a mediados de 1573 de remplazarle en el mando por el catalán Luis de Requesens. Si bien el catalán no gozaba del talento militar de su predecesor, la debilidad de la hacienda real obligaba a buscar una solución pacífica. No obstante, este cambio de estrategia fue interpretado entre las filas rebeldes como lo que era, un síntoma de flaqueza; y, a finales del otoño de 1573, Requesens tuvo que recurrir nuevamente a las armas para imponer su autoridad. En ese mapa militar heredado del Gran Duque de Alba, aunque se mantenía bajo control la mayor parte de Flandes, se habían perdido las ciudades norteñas de la zona de Holanda y de Zelanda. Requesens ordenó a Dávila, a Julián Romero y a otros maestres de campo que recuperaran el terreno perdido.

Con este proposito, Sancho Dávila hizo valer la superioridad de su infantería, los Tercios españoles, en la batalla de Mook, que tuvo lugar en el valle del Mosa. Allí perecieron dos hermanos de Guillermo de Orang e, el cabecilla de la rebelión contra la Corona, pero se obtuvieron pocas ventajas militares a consecuencia de lo que ocurrió tras la batalla.

Un motín en medio del levantamiento general

Luis de Requesens no pudo saborear siquiera la victoria. Cuando las tropas españolas al mando del coronel Cristóbal de Mondragón –con el agua al cuello y soportando los disparos de los soldados y marinos holandeses– avanzaban hacia Zelanda, se extendió un motín generalizado entre los ejércitos hispánicos por el retraso en las pagas de la soldada. El Rey enviaba más dinero que en el periodo de Fernando Álvarez de Toledo como gobernador (en 1574, más del doble que en los dos años anteriores), pero los gastos del Ejército, que en esas fechas contaba con 86.000 hombres, superaban con creces las posibilidades económicas de la hacienda real. El 1 de septiembre de 1575, Felipe II declaró la suspensión de pagos de los intereses de la deuda pública de Castilla y la financiación del Ejército de Flandes quedó en punto muerto. Sin fondos, sin tropas y cercado por el enemigo, que contraatacó al oler la sangre, Luis de Requesens trató de cerrar un pacto con las provincias católicas durante el tiempo que su salud se lo permitió. Enfermizo desde que era un niño, el catalán falleció en Bruselas el 5 de marzo de 1576, a causa posiblemente de la peste, dejando por primera vez inacabada una tarea que le había encomendado su Rey y amigo Felipe II.

La rapidez con la que se propagó la enfermedad imposibilitó que el Comendador de Castilla pudiera dejar orden de su sucesión. Fue el conde de Mansfeld quien se hizo cargo temporalmente del mando del disperso ejército de 86.000 hombres, que llevaban más de dos años y medio sin cobrar. Sancho Dávila, junto a otros veteranos capitanes como Julián Romero, Mondragón, Bernardino de Mendoza y Fernando de Toledo, trataron sin éxito de convencer a los amotinados para permanecer unidos ante el enemigo común: los rebeldes, que aprovecharon las disensiones para medrar terreno. Temiendo precisamente que pudiera caer Amberes, Dávila mandó proveer a la ciudadela con 400 soldados y provisiones para un largo asedio.

Guillermo de Orange se movió con rapidez para entablar conversaciones con varios miembros del Consejo de Estado –que firmó una orden para degollar a los españoles y a quienes les ayudaran– y con gobernantes de varias villas para iniciar un levantamiento generalizado. El Consejo de Estado, que era, de hecho, un órgano directamente subordinado a la Corona, vivió un pequeño golpe de estado en su seno. Los miembros del consejo leales a Felipe II fueron arrestados. Asimismo, los gobernantes ordenaron repartir armas entre la población civil, supuestamente para protegerse de los amotinados, y a continuación los líderes rebeldes escribieron a la Reina de Inglaterra y al hermano del monarca francés pidiéndoles que enviaran tropas al país de forma urgente.

Además del castillo de Amberes, solo quedaba guarnición española en Liere, Maastricht, Utrecht, Viennen, Gante, Valenciennes y en Alost, aunque en este último caso estaba bajo el control de los amotinados. Los españoles combatían en solitario en la mayor parte de las plazas, sin que se pudieran fiar de nadie más. En Maastricht, los mercenarios alemanes cambiaron de bando a golpe de oro, de manera que los españoles quedaron atrapados dentro de la ciudad en dos torreones del castillo. Afortunadamente para ellos, Don Fernando de Toledo, hijo bastardo del Duque de Alba, y Don Martín de Ayala acudieron en rescate de los españoles de Maastricht. Frente a este inesperado fracaso, los rebeldes se dirigieron a Gante y, como temía Sancho Dávila, finalmente a Amberes.

Las tropas españolas que permanecían amotinadas en la ciudad de Alost acudieron en ayuda de sus compatriotas

El 3 de octubre aparecieron en Amberes los rebeldes dispuestos a rendir la ciudad. Los gobernadores locales traicionaron a los castellanos y entregaron la villa. A continuación, repartieron armas entre la población para sitiar la ciudadela, aún bajo el poder de los españoles. 14.000 ciudadanos armados y 6.000 soldados rebeldes iniciaron un asedio contra la pequeña fuerza defensora dirigida por Sancho Dávila. Sin embargo, al enterarse de la traición del pueblo de Amberes, las tropas españolas que permanecían amotinadas en la ciudad de Alost acudieron en ayuda de sus compatriotas. Lo que no habían conseguido las eternas negociaciones, ni las promesas del Rey, ni las noticias del levantamiento rebelde, lo pudo el ver a los compañeros traicionados y acorralados. Sin encontrar oposición, los amotinados consiguieron entrar en el castillo de Amberes ante la alegría de Dávila, que a esas alturas lo veía ya todo perdido.

Porque no hay nada más peligroso que acorralar a un animal herido. Los amotinados, cerca de 3.000, juntaron sus esfuerzos con 600 soldados traídos por el mítico capitán Julián Romero y arremetieron desde el castillo contra las 20.000 almas furiosas de Amberes. Fue cuando los españoles se prometieron, al estilo espartano, «comer en el Paraíso o cenar en la villa de Amberes». A pesar de la inferioridad numérica de los castellanos, los soldados de los tercios se abrieron paso entre las trincheras rebeldes provocando el caos entre sus filas. Al ver que muchos de sus enemigos se habían atrincherado en el Ayuntamiento de Amberes, desde cuya posición disparaban a los españoles, los soldados de los tercios prendieron fuego al edificio.

Un incendio arrasa la ciudad

El incendio se extendió a 80 casas vecinas para ruina de la ciudad. Así, lejos de lo que tradicionalmente se ha relatado, el responsable de la destrucción fue el fuego y no el saqueo, que paradójicamente fue bastante limitado para lo acostumbrado en aquella época. Los españoles habían actuado de forma colérica tomando en fechas recientes plazas como Naerden (1572) o Malinas (1572); pero nada comparado, en cualquier caso, con el saqueo de proporciones dantescas perpetrado por los ingleses el 9 de abril de 1580 también en Malinas. Los ingleses se tomaron un mes de saqueo y asesinatos en un episodio de la historia que suele ser omitido de los libros. «Con tan profunda avaricia de los vencedores, que después de saqueadas iglesias y casas, sin dejar cosa en ellas, después de haber obligado a los vecinos a redimir, no una vez sola, libertad y vida, penetró su crueldad hasta la jurisdicción de la muerte, arrancando las piedras sepulcrales, pasándolas a Inglaterra y vendiéndolas allí públicamente», escribe el cronista Faminiano Estrada sobre la participación en la guerra de un país, Inglaterra, que precisamente presumía de estar allí para combatir la crueldad de los españoles. Los ingleses arrancaron y vendieron incluso las lápidas del cementerio.

El saqueo de Amberes empujó definitivamente a los Estados Generales de Flandes a unirse a Holanda y Zelanda para concertar una tregua entre católicos y protestantes, la Pacificación de Gante. Además, la ciudad de Amberes cayó finalmente en manos rebeldes ante la tardanza de Don Juan de Austria en tomar posesión de su cargo de gobernador de Flandes, lo cual mantuvo el desorden entre las tropas durante casi dos años. A la muerte también de éste, Alejandro Farnesio –el enésimo general que Felipe II mandaba a los Países Bajos, y probablemente el único que estuvo cerca de la victoria final– acometió en 1584 un complejísimo asedio en Amberes que requirió construir un canal de 22,5 kilómetros de longitud para drenar parte de las aguas que rodeaban la ciudad y levantar un puente compuesto de 32 barcos unidos entre sí para poder entrar en la muralla principal.

Una vez finalizado el asedio, que esta vez no terminó en saqueo por orden de Farnesio, Amberes se transformó en las siguientes décadas en el símbolo de la Contrarreforma cultural que llevaron a cabo los católicos de la época. El principal responsable de este florecimiento cultural fue el pintor Pedro Pablo Rubens. Sus innovaciones y más tarde la de su discípulo, Anton Van Dyck, ayudaron a convertir a Amberes en uno de los principales centros artísticos de Europa.

 

El capitán Sancho Dávila, la mano de hierro del implacable Gran Duque de Alba


ABC.es

  • La muerte alcanzó al oficial de los Tercios de Flandes de forma absurda cuando, viendo herrar un potro, recibió una coz en el muslo. El golpe no parecía grave y la herida se cerró limpia, sin embargo nueve días después la zona se infectó con un desenlace fatal
Wikipedia Medallón de Sancho Dávila en el Pabellón de San Martín en la Plaza Mayor de Salamanca.

Wikipedia | Medallón de Sancho Dávila en el Pabellón de San Martín en la Plaza Mayor de Salamanca.

Revisar la carrera del abulense Sancho Dávila y Daza es recorrer la de otro natural de Ávila, si cabe, más ilustre: Fernando Álvarez de Toledo, III Duque de Alba. Ambos siguieron una trayectoria casi pareja, en parte por el empeño del duque de contar con el capitán en todas las campañas que iniciaba. Ser amigo de un noble, más de este, nunca es fácil. Ganarse la estima militar de un patriarca del ejército lo es menos, pero puede reportar ingentes beneficios.

Como Gonzalo Martín García narra en su libro «Sancho Dávila, soldado del Rey», el abulense comenzó su carrera militar tras abandonar Roma, donde había iniciado estudios eclesiásticos siendo un niño, para alistarse en el emblemático tercio de Álvaro de Sande. Corría el año 1543. Una vez más el Ejército ganaba un infante en detrimento de la Iglesia. Para la mente intrépida de Sancho, hijo de un comunero de Ávila –y por tanto, sospechoso de no ser muy de fiar a ojos del Rey–, no había duda de cuál debía ser su destino: demostrar su hondo talento para la guerra y su lealtad.

Bautizo en el Mediterráneo, gloria en Alemania

Sería en el duro invierno alemán cuando su nombre resonó entre el alto mando por primera vez. En su disputa con los príncipes luteranos, constituidos en la Liga Esmalcalda, Carlos V confió el control de sus ejércitos al Duque de Alba, que, bajo su habitual modus operandis, desgastó a la fuerza enemiga y sacó el máximo partido a la desunión entre las filas protestantes. Cuando el 24 de abril de 1547, no en vano, se presentó la ocasión de aniquilar a la fuerza enemiga el duque no rehuyó la batalla.

Nueve soldados, entre los que se encontraba Sancho Dávila, de solo 23 años, y el también célebre Cristóbal de Mondragón, cruzaron a nado y en completo silencio el helado río Elba. Después de silenciar a los exploradores, tomaron las barcas necesarias para garantizar el paso de todas las tropas. Alba y el Emperador encabezaron lo que se convirtió en una huida desesperada de los protestantes que se pensaban, erróneamente, resguardados por el río. Eran ajenos e ignorantes de la bravata de los nueve soldados castellanos. Tras la batalla, el Emperador recompensó a cada uno de aquellos nueve soldados con una vestimenta de terciopelo grana guarnecida de oro y plata, y cien ducados. Por su parte, el Duque de Alba recompensó a Sancho con mucho más, su confianza ciega a partir de entonces.

Después de aquella victoria en Europa, Dávila se enfrascó en la guerra por el Mediterráneo contra los turcos. El soldado abulense saboreó por primera vez la victoria en el ataque a Mahdia (1550), en cuyo asalto final hizo gala de gran audacia y valor, aunque también vivió años de suerte desigual. Dávila sufrió en sus carnes una de las mayores derrotas en la historia del Imperio español: El desastre de Gelves de 1560, con casi 9.000 muertes y 4.000 prisioneros entre las filas españolas. A su regreso de Estambul, donde permaneció brevemente cautivo, el abulense se sumió en un estado de melancolía al entender que su carrera militar se encontraba estancada.

A mediación del Duque de Alba, Sancho Dávila fue nombrado castellano de la fortificación de Pavía en 1561. Aunque la estancia y el cargo en Italia sobrepasaban las aspiraciones de alguien de su estrato social, el abulense soñaba con cotas todavía más altas. Su ambición no se conformaba ni siquiera con las mieles de un cargo plácido y lucrativo. Cuando el Duque de Alba marchó hacia la guerra de Flandes en 1567, le rogó que le llevara consigo.

Dávila fue puesto al frente de la guardia personal del duque. Una unidad de élite que encabezó las operaciones que requerían del más fino bisturí en el conflicto. 100 lanzas y 50 arcabuceros que marcharon a la cabeza de una masa militar de 16.000 almas, entre soldados, criados y mujeres. Ningún ejército había estado tan bien equipado y tan disciplinado en la historia, y, en opinión del cronista francés Brantome, ninguno había desfilado tan elegante: «Parecían todos príncipes y capitanes».

No esperaban en Flandes banquetes ni bacanales donde lucir vestimentas, sino barro y miseria. En 1568, el capitán abulense junto a Lope de Figueroa, con el que había coincidido en Los Gelves, tuvieron un papel crucial en la batalla de Jemmingen. Fue la suya una exhibición de cómo se conduce una encamisada. Esto es, un ataque nocturno entre las filas enemigas. Dávila –al mando de trescientos arcabuceros a caballo y quinientos de infantería– fue tomando una a una las esclusas donde las fuerzas de Guillermo de Orange, el gran líder de la rebelión contra Felipe II, permanecían atrincheradas.

«El agua lo deshace y el viento se lo lleva»

Tras sofocar la primera acometida de Orange, el Duque de Alba licenció a gran parte de sus tropas y ordenó repartir a cuatro mil españoles por las principales guarniciones de Flandes. A Sancho Dávila le reservó un lugar predilecto, la ciudadela de Amberes, donde debía coordinar las obras de una imponente fortaleza. Una pequeña ciudad dentro de la ciudad, con capacidad para 800 soldados y sus familias. El duque, además, había repartido indicaciones para alzar una estatua de su figura en la plaza central de Amberes, lo cual suponía un peliagudo movimiento político. Sancho Dávila tuvo que lidiar con la enemistad que producía la presencia de los españoles en la ciudad y con las críticas referidas a que un hijo de un comunero ostentara un cargo tan elevado. Y para mayor impedimento, siempre con escasez de fondos y problemas logísticos: «El agua lo deshace y el viento se lo lleva».

En Amberes, la envergadura de su posición le abrió las puertas de importantes figuras locales. Su amistad con Juan López Gallo, acaudalado banquero, le llevó a casarse con Catalina Gallo en 1569. No obstante, la felicidad no se posó mucho tiempo por Flandes. Días después de dar a luz a un hijo, Hernando, Catalina falleció en Amberes.

Fue por aquel tiempo cuando el castellano solicitó a Felipe II el hábito de Santiago. La Orden mostró dudas sobre la ascendencia de sus dos abuelas, de posible origen judío, y comenzó una investigación que perserseguiría al abulente durante toda su vida en su fallida pretensión de ser urgido caballero en alguna orden cristiana. No en vano, las indagaciones sacaron a la luz que no tenía pureza de sangre. Era aquella, la de Felipe II, una época donde los méritos militares pesaban menos que la calidad de la sangre. Una lección que el castellano nunca consiguió digerir.

Después de un breve periodo de paz, una rebelión estalló en Flandes de forma general en 1572. Lo que no había conseguido Guillermo de Orange, lo propició el Duque de Alba con su agresiva política fiscal y su irascible carácter. Con solo 7.000 hombres, el Gobernador de Flandes tuvo que hacer frente a tres ataques simultáneos: al norte, Guillermo de Orange cruzó el Rin con 20.000 infantes; en la zona costera los mendigos del mar redoblaron sus esfuerzos; y, al sur, Luis de Nassau tomó la ciudad de Mons con 3.000 hombres. Tras ello, el caudillo rebelde se guarneció en Mons a la espera de refuerzos franceses y de la llegada de su hermano con el grueso del ejército. Valorando la importancia de que los hugonotes no se implicaran en el levantamiento, el duque destinó toda su atención al frente abierto en Mons, al norte de Francia.

Atrapado entre la ciudad tomada por los rebeldes y los 20.000 soldados de Guillermo de Orange que estaban a pocos kilómetros, el Gran duque de Alba vivió, tal vez, la mayor encrucijada de su carrera militar. Y para enfrentarse a ella recurrió a todos los soldados españoles dispersos por Flandes. Entre ellos Sancho Dávila, que, ante el ataque marítimo, se había dirigido en un principio a Holanda para levantar el sitio de Middelburg, y ahora tenía que regresar desde la otra punta del mapa. Cuando Guillermo de Orange estaba cerca de darse la mano con la guarnición de Mons, Julián Romero y Sancho Dávila perpetraron una encamisada con 1.000 castellanos en el campamento rebelde. Las bajas fueron muy altas y el propio Guillermo de Orange escapó por poco. El ejército de socorro se había diluido y la guarnición se rindió a los pocos días.

La batalla de Mock: Dávila como general

En el trascurso de los siguientes meses, la guerra comenzó un periodo de no retorno, donde se vivieron los episodios más encarnizados. Ningún capitán de Flandes participaría en tantos como Sancho Dávila, especializado en conducir flotillas por Zelanda, dirigir escaramuzas, dominar los vados y apoderarse de puentes y barcazas. El abulense incluso sobrevivió a la marcha de su máximo valedor: el Duque de Alba. Lejos de desconfiar de su lealtad, Luis de Requesen –enviado para pacificar la zona en sustitución del veterano duque– valoró en alta estima la fidelidad mostrada por Dávila a su predecesor y le situó en su grupo de mando.

En el año 1574, Sancho Dávila obtuvo su mayor logro militar al frenar a Luis de Nassau en Mock. Por enésima vez en esa década, el hermano de Guillermo de Orange irrumpió desde Francia para atacar las provincias flamencas. Sancho Dávila se puso al frente de un ejército reforzado con unidades llegadas desde Italia y comenzó un cauteloso intercambio de amagos. Eso es probablemente lo mismo que hubiera dispuesto el Duque de Alba. Finalmente las maniobras desembocaron en una lucha campal donde la infantería española resistió con paciencia, y contraatacó con furia. Los españoles causaron la muerte de Luis de Nassau y Enrique de Nassau (otro de los hermanos de Guillermo «El taciturno»), así como de 3.000 hombres.

Desde la Corte, el Duque de Alba felicitó al capitán por su gran victoria como si de un hijo se tratase: «Todos los que os hallasteis en la batalla puedo decir que os he criado a mis pechos, especialmente vuesa merced, que tantos años andamos juntos en este oficio». Felipe II hizo lo propio y prometió enormes mercedes en el futuro. Como de costumbre, el Rey pagaba en forma de promesas. No obstante, la hazaña quedó empañada esa misma noche, pues los soldados decidieron cumplir sus amenazas previas y se amotinaron en protesta por las numerosas pagas atrasadas.

Comenzaba ese año un largo periodo donde los motines, los saqueos, las luchas internas y la muerte repentina de Requesens causaron la pérdida de prácticamente la totalidad de los Países Bajos. El capitán abulense se alzaría en estos años como el patriarca militar que sostuvo el orden cuando no había un mando superior y se encargó de camuflar el vacío de poder a ojos del enemigo. Aquel periodo terminaría con la llegada de Don Juan de Austria en 1577, quien portaba la instrucción de retirar la castellanía de Amberes a Dávila. Aunque aceptó la orden con obediencia, el veterano entendió en ese momento que su tiempo en Flandes había terminado.

A su regreso a España, Felipe II otorgó a Dávila el cargo de capitán general de Granada. Una disposición importante, pero con escaso ratio de acción. No fue hasta la campaña para tomar Portugal, en 1580, cuando Dávila, junto a un anciano Duque de Alba, recuperaron el primer plano militar. En el transcurso de esta guerra, el ejército castellano se impuso con brutal celeridad a los rebeldes lusos. El 11 de diciembre de 1582, pacificado todo el reino, el Duque de Alba fallecía a los 74 años en Lisboa. Y seis meses después lo hacía Sancho Dávila como queriendo no serle más a su mentor. La muerte le alcanzó de forma absurda cuando, viendo herrar un potro, recibió una patada del animal en el muslo. El golpe no parecía grave y la herida se cerró limpia, sin embargo nueve días después la zona se infectó con un desenlace fatal. La peor muerte para un guerrero, postrado en la cama.

El bastardo insigne del Gran Duque de Alba que triunfó en la caballería de Flandes


ABC.es

  • El hijo ilegítimo del Fernando Álvarez de Toledo fue un digno heredero del genio militar de su padre y tomó partido tanto en la guerra de Flandes como en la conquista de Portugal. Su madre era una molinera de Aldehuela (Ávila)

    Patrimonio casa de alba Fernando de Toledo, retratado cuando tenía 20 años por Cristophoro Passini

    Patrimonio casa de alba
    Fernando de Toledo, retratado cuando tenía 20 años por Cristophoro Passini

En 1527, una humilde molinera de Aldehuela engendraba a un bebé varón en esta localidad abulense. Ni el padre ni la madre estaban casados, pero lo realmente excepcional era la identidad de él. Fernando Álvarez de Toledo, III Gran Duque de Alba, se permitió pocas quiebras en su vida íntima. La mayor de ellas fue el niño, Fernando de Toledo, que tuvo con una campesina antes de contraer matrimonio con María Enríquez de Toledo y Guzmán. Pese a la mancha que suponía para su familia y para su fama de hombre recto, el Gran Duque de Alba no dudó en reconocer a su hijo y en otorgarle el título de caballero de la Orden de San Juan de Jerusalén.

Desde tiempos de Fernando el Católico, la Casa de Alba mantenía una fuerte vinculación con la Orden de San Juan de Jerusalén, también conocida como Orden de Malta. El prior Fernando de Toledo fue el portador de este reconocimiento en su generación, como representante de la orden en Castilla, y fue tratado, al menos en lo militar, como un hijo más del Gran Duque. Su juventud fue trazada por Lope de Vega en su comedia «Más mal hay en la Aldegüela de lo que suena», también conocida como «el Prior de Castilla», pero la mayoría de datos son más inventados que reales.

Tras una larga temporada asistiendo al Príncipe Felipe en el gobierno de la regencia, el Duque de Alba abandonó en 1545 la península ibérica para auxiliar al Emperador en su lucha contra los príncipes luteranos de Alemania, y lo hizo acompañado de su hijo. El joven condujo una compañía de caballeros lanzas en la batalla de Mühlberg, lo que fue la primera prueba de sus notables aptitudes militares. En 1554, don Fernando viajó a Inglaterra junto al Duque, en el séquito del Príncipe Felipe, que se dirigía a contraer matrimonio con María Tudor.

No en vano, la primera referencia importante al prior Fernando de Toledo fue en la campaña de Italia de 1555. Un destino envenenado, donde había sido enviado el Gran Duque de Alba por mediación del portugués Ruy Gómez de Silva –el máximo enemigo de la familia–, que pretendía ser la caída en desgracia de los Alba. Así y todo, el genio militar fue capaz de desarticular la alianza entre los rebeldes del Reino de Nápoles –perteneciente al Imperio español– el Rey de Francia y el Papa Paulo IV, que terminó con un cerco a Roma que desempolvó la amenaza a un nuevo saqueo como el acontecido en 1527. El 8 de diciembre de 1555, don Fernando fue nombrado capitán de 50 caballos en el ejército de Lombardía. Y un año después recibió el título de coronel de un tercio de infantería que se levantó en Castilla para reforzar las tropas del Duque en su campaña en Nápoles.

Pese al éxito de la campaña en Italia, el cambio generacional que supuso la retirada y muerte de Carlos I de España reforzó todavía más la influencia de Ruy Gómez de Silva en la siguiente década. No fue hasta 1565 cuando la complicada situación militar en los Países Bajos y en el Mediterráneo devolvió protagonismo a la familia Alba. Tras el fracasado intento por los turcos de conquistar la isla de Malta, sede de la orden Fernando de Toledo, Felipe II puso en marcha una serie de medidas para evitar que se repitiera una amenaza de aquella envergadura. El 18 de febrero de 1566 don Fernando recibió en Madrid el título de Capitán General para las tropas que Felipe II decidió mandar como refuerzo a La Goleta (Túnez). Durante el eficiente desempeño de este cargo, el prior demostró que, por formación y experiencia, estaba llamado a ser algo más que un mero bastardo con pretensiones de clarificar su sangre. De entre todos los hijos del Gran Duque, el ilegitimo fue siempre el más apto en lo militar y lo político.

La Guerra de Flandes: la tumba de la Casa de Toledo

En 1567, el Gran Duque de Alba fue destinado a Flandes para hacer frente a la inminente rebelión militar que los seguidores de Guillermo de Orange pretendían levantar contra el Imperio español. Ya en aquellas tierras, el prior Fernando ocupó su tiempo en la dirección genera de la caballería ligera (cinco compañías de caballos ligeros españoles, tres de italianos y dos de albaneses, más dos de arcabuceros montados). Como le había aleccionado su padre, el insigne bastardo demostró preocupación por el bienestar de sus hombres, pero también por el mantenimiento de la disciplina más férrea. La actuación de la caballería durante la campaña, pocas veces determinante en aquel periodo pero siempre necesaria, contribuyó a frustrar la doble invasión, una desde Alemania dirigida por Luis de Nassau y otra desde Francia a cargo de un grupo de hugonotes. «Con tanta reputación y autoridad de Vuestra Majestad cuanto en el mundo se podía desear», escribió el prior al Rey para informarle del devenir de la guerra.

Tras tres años de servicio militar, Felipe II asignó al hijo del Duque la misión de custodiar en 1570 el viaje de la sobrina del Rey y futura esposa, Anna de Austria, hasta Castilla. Descartada la ruta por Italia, el Monarca ordenó al Duque de Alba que la recibiera en Flandes y desde allí que su hijo tomara el mando de la expedición de 90 naves y 3.000 soldados valones, oficialmente para escoltar a la soberana, pero cuyo destino secreto era la guerra de Granada, todavía viva en aquel periodo. Después de poner en orden los asuntos de la Casa de Toledo y asistir a la boda del Rey en Segovia, el prior Fernando de Toledo acudió a la Corte para reclamar su recompensa por los servicios prestados. Su alejamiento de Flandes evitó que se viera afectado por una guerra que, por lo imposible de solucionarla solo por vías militares, arrastró al Duque y sus hombres, convertido en un villano por la propaganda holandesa, al abismo político.

En pleno enfrentamiento entre la Generalitat y la Inquisición, Fernando de Toledo fue nombrado virrey de Cataluña para apagar el incendio. Auque este virreinato era considerado el de mayor rango dentro de sus homólogos ibéricos, no alcanzaba el prestigio de los mandos italianos, y así se lo hizo ver al Rey el Duque de Alba con sus quejas. Así y todo, fue el virrey de Cataluña que más tiempo ocupó el cargo de todo el reinado de Felipe II, nueve largos años en los que tuvo que hacer frente a la presencia creciente de herejes, bandidos, contrabando y todos los problemas vinculados a la defensa de una frontera con el peligroso reino de Francia. Y como el historiador Santiago Fernández Conti recuerda en su obra «El prior Don Hernando de Toledo, capitán de Felipe II», incluso llegó a proponer en 1572 un plan de ataque para entrar en Francia y asediar Narbona, que fue cortésmente rechazado por el Rey. No obstante, la situación en Francia, donde se enfrentaban los católicos contra los hugonotes desde hacía varias décadas, aconsejaba dejar que se desangraran solos sin intervenir directamente.

Los últimos años del prior en Cataluña estuvieron marcados por su enfrentamiento con la nobleza local y por su falta de apoyos en la Corte, donde el Gran Duque de Alba había caído en desgracia por culpa del matrimonio secreto de su hijo heredero, Fadrique, sin el consentimiento real. Fadrique quedó confinado en el Castillo de la Mota y el Duque fue desterrado de la corte, por un período de un año. Pese a todas estas dificultades, el balance positivo de Fernando como virrey de Cataluña lo hizo merecedor de un nuevo cargo importante. Tras barajarse la posibilidad de mandarlo al frente del almirantazgo de Nápoles o de que ocupara una plaza en el Consejo de Estado, la llegada del cardenal Granvela a la Corte para ejercer de mano derecha del Rey, luego de la caída del intrigante Antonio Pérez, consiguió la salida del prior Fernando en dirección a la guerra de Portugal.

Portugal, la última carga junto a su padre

Cuando Sebastián I de Avís perdió la vida en una demencial incursión por el norte de África, Felipe II –emparentado con la dinastía portuguesa por vía materna– desplegó una contundente campaña a nivel diplomático para postularse como el heredero a la Corona lusa. «El reino de Portugal lo heredé, lo compré y lo conquisté», aseguraría Felipe II años después. Y aunque el rey prudente contaba con el apoyo de buena parte de la nobleza portuguesa y el beneplácito de las potencias europeas (más bien resignación), el levantamiento popular promovido por Antonio, el Prior de Crato, hijo bastardo del infante Luis de Portugal, obligó al Imperio español a iniciar las operaciones militares. Para tan delicada tarea, y ante la insistencia de la nobleza castellana, Felipe II rehabilitó al Gran Duque de Alba, que se encontraba en Uceda (Guadalajara) desterrado de la Corte desde hace un año. A sus 72 años y encamado a causa de la gota, el Gran Duque de Alba se puso al frente de una operación relámpago que terminaría en menos de ocho meses y donde reclamó la presencia de su hijo Fernando. Por el camino, el veterano general recuperó su instinto guerrero y su celo en que las operaciones salieran sin la menor quiebra.

Mientras Sancho Dávila, otro de los hombres de confianza del duque en Flandes, era nombrado Maestre de Campo General, el veterano general reservó a su hijo el mando de los arcabuceros a caballo. La victoria sobre Portugal, donde la intervención del prior español se antojó clave, fue plena cuando la armada del Marqués de Santa Cruz se impuso en la batalla de las Islas Terceiras. Su licencia para volver a Madrid fue posiblemente la última concesión que don Fernando hubo de agradecerle a su ya moribundo padre. Tras asegurar la posición de Felipe II en Portugal, el III Duque de Alba falleció en Lisboa el 12 de diciembre de 1582. No en vano, el nuevo titular de casa, don Fadrique, cuyas relaciones con la Corona eran malas, mantenía también una relación fangosa con su hermanastro Fernando.

 ABC Ilustración de la batalla de Alcántara que cerró la conquista de Portugal


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Ilustración de la batalla de Alcántara que cerró la conquista de Portugal

«Mi voluntad es estar en la Corte y no apartarme de ella, si no fuese para tornar a ella», dejó escrito por aquellas fechas don Fernando. Por primera vez en su vida, el prior debía hacerse un hueco en la Corte sin la asistencia de su padre y, ante la pasividad de su hermano, le tocó ejercer de cabeza visible de la Casa de Toledo. No le fue bien en un primer momento, pese a su buena relación con Granvela y el secretario Mateo Vázquez. Desde 1583 a 1587, don Fernando estuvo lejos de la gracia real, sin oficio en la Corte, que era su máxima aspiración. Sin embargo, en marzo de 1587 recibió el preciado sillón del Consejo Real de Estado y Guerra. Representante de una generación que ya llegaba a su fin, Fernando ejerció un papel protagonista, aunque más técnico que el realizado por su padre, como principal y veterano asesor de Felipe II en materia militar. Curiosamente, a la muerte de Álvaro de Bazán en los preparativos de la conocida como «Armada invencible», el experimentado marinero Miguel de Oquendo propuso que fuera el prior el comandante de la Gran Armada. No obstante, esta propuesta no llegó a materializarse y fue el inexperto Duque de Medina-Sidonia quien llevó a la flota española al desastre.

Durante la flota enviada por los ingleses como contraataque ante el fracaso español, el prior fue nombrado capitán general del ejército que habría de repeler la invasión inglesa en Portugal, aunque no llegaría a trabar combate. La última ocasión que tuvo de comandar tropas tuvo lugar a raíz de la rebelión en Aragón que provocó el otrora secretario Pérez en su huida de las tropas de Felipe II en 1591. Pero lo hizo sin portar el mando genera de la contienda contra los rebeldes aragoneses. Éste lo recibió don Alonso de Vargas, para gran disgusto del prior, que se creía con más méritos para el puesto. Sin embargo, Don Fernando ni siquiera alcanzó a contemplar el resultado de la campaña aragonesa puesto que murió en Madrid a los 64 años.