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  • El auténtico William Wallace fue un hidalgo, sin mucha relevancia histórica, que encabezó una fracasada y breve rebelión contra los ingleses. El kilt, o falda escocesa, que visten los guerreros en la película, es un invento nacionalista moderno

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Es complicado trazar un perfil histórico sobre William Wallace que no esté barnizado por la propaganda. Su historia, de hecho, se escribió dos siglos después de fallecer. En manos de Hollywood, se antojaba obvio que la película sobre su vida, «Braveheart» (Mel Gibson, 1995), abrazaría con complacencia el mito para describir al rebelde escocés en términos idealizados. Entre una infinidad de inexactitudes, la cinta oculta los orígenes nobles de Wallace para presentarlo como un humilde líder del pueblo escocés que lucha contra los malvados ingleses en respuesta a una injusticia sufrida en el seno de su familia. En el mejor de los casos, se trata de una visión ingenua de un personaje con poca trascendencia histórica y cuya rebelión se evaporó en cuestión de un año.

Como ocurrió con el surgimiento del nacionalismo en Cataluña, e incluso en el País Vasco, una serie de escritores escoceses, pocas veces historiadores, crearon en los siglos XVIII y XIX un pasado romántico para situarse como víctimas recurrentes de la opresión inglesa. Según expone el libro «La invención de la tradición» de Eric Hobsbawn y Terence Ranger, el origen del proceso inventivo coincidió, como en Cataluña, con el auge en Europa del Romanticismo, que vanagloriaba la figura del noble salvaje que, al igual que los piratas, los guerreros celtas o los sitiados de Barcelona en 1714, lucha por defender sus ideas y su patria hasta la muerte. Un relato eminentemente literario empleado por el nacionalismo con fines políticos, que Mel Gibson asumió en «Braveheart», ganadora del Oscar a la Mejor película en 1995.

Un hidalgo escocés que iba para sacerdote

La cinta, como todas las obras de ficción sobre William Wallace, se basa en el poema épico «The Actes and Deidis of the Illustre and Vallyeant Campioun Schir William Wallace», escrito por Blind Harry alrededor de 1470, casi dos siglos después del nacimiento del líder escocés, y que posteriormente se popularizó con la adaptación del poeta William Hamilton en pleno proceso de recuperación de símbolos de una Escocia legendaria. No obstante, es complicado trazar una biografía verosímil sobre el personaje porque Blind Harry, cuyo poema sirvió de epicentro al relato histórico, afirmó haber empleado como fuente el libro de un amigo de la infancia de William Wallace, sin que nunca se haya podido encontrar el texto.

Del auténtico William Wallace histórico sabemos que fue un hidalgo nacido probablemente en Elderslee (condado de Ayrshire), y que inició la carrera eclesiástica como era costumbre entre los hijos segundos de la nobleza cristiana. No se conocen, sin embargo, las razones exactas por las que dejó el clero y se unió a la guerra contra Inglaterra. Algunos historiadores han apuntado como causa la muerte de su padre durante una incursión inglesa en 1291, o algún tipo de afrenta personal por parte de las fuerzas de ocupación inglesas. Así, Eduardo I de Inglaterra -apodado «El Martillo de los Escoceses»- se vio obligado a intervenir en Escocia a finales del siglo XIII, donde el rey títere colocado por los ingleses en sustitución del fallecido Alejandro III, Juan de Balliol, se había aliado con los franceses. La guerra comenzó con el saqueo de la ciudad de Berwick llevado a cabo por las tropas de Eduardo I de Inglaterra en marzo de 1296, seguido por la derrota de las tropas escocesas en la batalla de Dunbar y por la abdicación de Juan de Balliol ese mismo año.

Cuando la situación parecía bajo control inglés, emergió la figura de William Wallace, que, acompañado de Andrew de Moray, personaje omitido en la película, inició una nueva rebelión a principios del año 1297. «Un hombre alto con el cuerpo de un gigante, de aspecto jovial, con facciones agradables, ancho de espaldas y de huesos grandes», describe Walter Bower sobre el supuesto físico de Wallace. El 11 de septiembre de 1297, Wallace arrasó por completo al ejército inglés comandado por el conde de Surrey en la batalla de StirlingBridge. El ejército real, formado por 300 caballeros pesados y 10 000 hombres de infantería, fue dispersado por un ejército de apenas 5.000 hombres.

Un año después termina la rebelión y Wallace huye

Pese a los litros de tinta que se han gastada en cantar sus gestas, la aventura militar del hidalgo escocés terminó poco después de su famosa victoria sobre los ingleses y tras arrasar un centenar de pueblos del Norte de Inglaterra. Su trayectoria fue fugaz. En marzo de 1298, Wallace recibió el nombramiento de Guardián de Escocia, pero unos meses después fue vencido en la batalla de Falkirk. Aunque Eduardo I no consiguió finalizar completamente la rebelión, la reputación y liderazgo de William Wallace quedaron gravemente dañados, y tuvo que huir de las Islas británicas.

El líder escocés reclamó sin éxito apoyos al rey Felipe IV de Francia, al Papa Bonifacio VIIIy al rey Haakon V de Noruega. Este exilio es ignorado en la película, siendo emplazado su viaje al extranjero a antes de la rebelión. Tras regresar a Escocia en 1305 para reiniciar la rebelión, fue traicionado por un noble colaboracionista, John Mentieth, a cambio de dinero. Los ingleses lo capturaron en su refugio de Glasgow y lo ejecutaron de forma salvaje en Londres. Lo desnudaron y lo arrastraron por la ciudad atado de los talones a un caballo desde el Palacio de Westminster hasta Smithfield. De acuerdo con el método habitual de ejecución para los casos de alta traición, «fue ahorcado a una altura que no fuese suficiente para romperle el cuello, descolgado antes de que se ahogase, emasculado, eviscerado, y sus intestinos fueron quemados ante él, antes de ser decapitado». Finalmente, su cuerpo fue cortado en cuatro partes: la cabeza fue colocada en una pica encima del Puente de Londres y las extremidades repartidas por distintas partes de Inglaterra.

Entre otras imprecisiones históricas de la película, Mel Gibson omite que el uso de pinturas de guerra llevaba siglos en desuso y que el kilt, o falda escocesa, es un invento nacionalista moderno. «Cuando los escoceses se juntan hoy para celebrar su identidad nacional, la afirman abiertamente a través de un kilt, tejido en un tartán con los colores de su clan, y de una gaita. Este instrumento, al cual atribuyen gran antigüedad, es de hecho básicamente moderno como el kilt. Su uso se desarrolló mucho después de la Unión con Inglaterra como símbolo de protesta», explica Hugh Trevor-Roper en «La invención de la tradición». Así, lo que eran un instrumento rudimentario y una prenda asociada como signo de barbarie por la mayoría de los escoceses en el periodo de William Wallace han terminado por convertirse en los símbolos nacionales por excelencia.


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  • El hijo de Antípatro es señalado por las fuentes antiguas como el ideólogo de la muerte del conquistador macedonio. Es, además, el principal responsable de la desaparición de la Dinastía argéada, que había gobernado Macedonia durante varios siglos

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MANN Alejandro combate contra el rey persa Darío III en la batalla de Issos

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Alejandro combate contra el rey persa Darío III en la batalla de Issos

El 2 de junio del 323 a. C. Alejandro Magno, el dueño y señor de Asia, participó en un banquete organizado por su amigo Medio de Larisa en un lujoso palacio de Babilonia. Como era costumbre en fechas recientes, el general macedonio bebió copiosamente de manos de su copero Yolas, el hijo de Antípatro, uno de los pocos hombres de la corte de Filipo II todavía vivos. Alejandro enfermó gravemente esa misma noche y pereció doce días después. ¿Quién o qué había matado al macedonio? Pese a que sus síntomas podrían encajar con los producidos por la malaria, la fiebre tifoidea o el virus del Nilo, una vez más en Macedonia el principal sospechoso de su muerte fue el uso de algún tipo de veneno.

Las objeciones de los historiadores modernos a la teoría del envenenamiento se basan en que pasaron 12 días entre el comienzo de la enfermedad y su muerte, sin que en el mundo antiguo se conocieran venenos que tuvieran efectos de tan larga duración. Sin embargo, un estudio reciente del Centro Nacional de Venenos de Nueva Zelanda, publicado en la revista «Clinical Toxicology», apunta una sustancia tóxica que encajaría en la muerte de Alejandro. El «Veratrum álbum», más conocido como ballestera o eléboro blanco, es una planta de las familias de las liliáceas que crece en el centro y sur de Europa. Se sabe que los griegos ya conocían las propiedades de la planta y la usaban como tratamiento para inducir el vómito, pero también era capaz de provocar una muerte lenta y dolorosa en grandes cantidades.

Según la tradición antigua, el supuesto veneno fue arrojado por el copero real Yolas bajo instrucciones de Casandro de Macedonia –ambos hijos de Antípatro–, que se encargó de transportar la sustancia a Babilonia con una mula. También es posible que la tradición culpe a Casandro de la muerte de Alejandro más por sus pecados posteriores que por ser el auténtico responsable, pero el sanguinario empeño del hijo de Antípatro por hacer desaparecer a toda la estirpe del conquistador le convierte en un sospechoso recurrente. Fue, además, un personaje brutal y casi inédito más allá de su faceta como conspirador profesional.

Casandro, un personaje oscuro y brutal

Antípatro de Macedonio fue uno de los más importantes y leales generales de Filipo II de Macedonia –padre de Alejandro Magno–, que, junto a Éumenes de Cardia –secretario de Filipo II y hombre de confianza de Alejandro–, Parmenión –el principal responsable de las grandes victorias contra el Imperio persa– y Clito el Negro, conformaron la vieja guardia que tuteló al imberbe joven, de 20 años, en su viaje hacia las entrañas de Asia. Cuando Alejandro abandonó Macedonia para conquistar el Imperio persa, Antípatro fue designado gobernador de Macedonia. Entre sus responsabilidades estaba la de mantener la paz en Grecia y la de velar por la seguridad de la madre de Alejandro, Olimpia de Epiro, quien no podía ser catalogada precisamente de mujer de trato fácil.

Las relaciones entre Antípatro y Olimpia se deterioraron rápidamente tras la partida de Alejandro, hasta el punto de que la madre del conquistador fue obligada a exilarse al Epiro, lugar de procedencia de la reina madre, en 331 a. C. Las cartas de Olimpia alertando de las intrigas de Antípatro llevaron a Alejandro a reclamar la presencia del veterano general de su padre en Babilonia un año antes de fallecer. Sin embargo, el gobernador de Macedonia envió en su nombre a dos de sus hijos, Casandro y Yolas, para defender su causa.

Fue en este contexto de rumores de sables cuando se produjo la muerte de Alejandro Magno. La ambigüedad en las últimas palabras de Alejandro condenó a su familia a la muerte y a su imperio a una lenta desintegración. «¿A quién le dejas tu puesto?», le interrogaron en su lecho de muerte. «Al más fuerte» (Krat’eroi), respondió según algunos presentes, pero posiblemente dijo «a Crátero» (Krater’oi), el nombre de su compañero más leal y el sucesor perfecto, solo superado por el recientemente fallecido Hefestión. No obstante, Crátero no estaba presente en el lecho de muerte –según algunas fuentes se preparaba precisamente para viajar a Macedonia a destituir a Antípatro por orden de Alejandro– y no guardaba ambiciones de ocupar el puesto.

ABC Roxana con Alejandro IV, hijo del general macedonio

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Roxana con Alejandro IV, hijo del general macedonio

Antípatro y su hijo Casandro, hasta entonces un desconocido en la escena política y militar de la época, se alzaron como dos importantes actores en las llamadas Guerras de los Diádocos (o los Sucesores) que enfrentaron a los sucesores de Alejandro entre sí por hacerse con las tierras conquistadas por éste. En medio del conflicto sucesorio, los escasos familiares de Alejandro se vieron envueltos en una vorágine de asesinatos. El primer damnificado fue el único hermano vivo del macedonio, Filipo Arrideo, hijo ilegítimo de Filipo II de Macedonia y de una bailarina de Tesalia, que se convirtió en un instrumento político en manos de Antípatro, quien conservó la regencia de Macedonia, y posteriormente de su hijo.

Si Alejandro Magno no había asesinado a Filipo Arrideo, como era costumbre para reducir las intrigas palaciegas, era porque tenía mermadas sus capacidades mentales y se le consideraba una reencarnación de la diosa Gaia, pero su coronación como Rey de Macedonia levantó el odio de Olimpia, quien defendía los derechos del hijo que había tenido el conquistador con la princesa bactriana Roxana. En el 317 a. C., el Rey Filipo III Arrideo y su esposa Eurídice fueron mandados asesinar por Olimpia de Epiro, que se encontraba exiliada en su reino natal junto a su nieto, la esposa de Alejandro y un antiguo aliado de Antípatro, Poliperconte.

No en vano, la muerte de Antípatro había entregado el poder real de Macedonia a Casandro en 319 a. C. Aunque el veterano general dejó estipulado en su testamento que le sucediera en la regencia de Macedonia su compañero Poliperconte, las intrigas de Casandro forzaron a éste a huir del reino para unirse a Olimpia. Y pese a que Poliperconte cosechó varios éxitos militares inicialmente, Casandro consiguió capturar a Olimpia en Pidna y dispuso su muerte en el 315 a. C. Según el relato que ha llegado a nuestros días, el hijo de Antípatro ordenó a los soldados macedonios que mataran a Olimpia, pero se negaron alegando que ellos no matarían nunca a la madre de su mítico jefe. Después de este fracaso pretendió ganar terreno con la difamación y la calumnia hacia Alejandro. Pero los nobles macedonios no estaban de acuerdo con este comportamiento y comenzaron a retirarle su apoyo. El recuerdo del gran Alejandro pesaba todavía mucho. Fue entonces cuando Casandro urdió una de sus habituales tramas sangrientas: acudió a los parientes de Eurídice, esposa de Filipo Arrideo, y los convenció para participar en una conjura contra la asesina de su familiar. Así terminó sus días la madre del dueño de medio mundo.

Quizá por miedo a levantar al pueblo macedonio contra su gobierno, Casandro conservó con vida a Roxana, la viuda de Alejandro, y a su hijo Alejandro IV, también capturados junto a Olimpia en Pidna, aunque prohibió tratarlos como miembros de la familia real. Sin embargo, en el año 311 a. C, Casandro reconoció frente a otros sucesores de Alejandro al hijo legítimo de éste como futuro rey a cambio de conservar el control de Macedonia y Grecia hasta que el joven llegase a la mayoría de edad. Por supuesto, el hijo de Antipatro no estaba dispuesto a ceder el poder y, menos de un año después, asesinó al joven rey Alejandro IV, de 13 años, y a su madre, Roxana, poniendo fin a la Dinastía argéada que había gobernado Macedonia durante varios siglos.

Asimismo, Poliperconte –el viejo aliado de Olimpia– proclamó Rey a Heracles, el supuesto hijo de Alejandro Magno con la noble persa Barsine, pero Casandro le sobornó, e hizo que le ejecutase en el 309 a.C, así como a su madre. Después de aquello, la posición favorable de Casandro en Grecia y Macedonia le permitió proclamarse rey en el 305 a. C. Solo la muerte del macedonio, por hidropesía, en el 297 a.C. puso punto final al interminable baño de sangre.


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  • Un enorme mastín custodiaba la casa del noble pensador Enrique de Villena, acusado de hereje y apresado por la Santa Inquisición en el siglo XV
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biblioteca nacional Los Doce Trabajos del Hércules, obra de Enrique de Villena

La moderna y cosmopolita Gran Vía que hoy conocemos nació en 1910. Su pasado más lejano, en cambio, esconde los vestigios y supersticiones propios de la época en la que se sitúa este relato. Cerca de la plaza de Callao, en el siglo XV, una callejuela oscura y estrecha se elevó en la Villa de Madrid como uno de los lugares a evitar, conocida coloquialmente como «la calle del perro».

En la calle, siempre observada y analizada de soslayo, con una prudencia miedosa, un enorme mastín de color negro custodiaba la entrada a una casa, lúgubre y misteriosa, considerada por los vecinos como una ventana al infierno. Era el hogar del defenestrado Enrique de Villena, hijo de Pedro de Aragón y Juana de Castilla y, otrora, Maestre de Calatrava. Villena, docto en letras, medicina y astrología, nunca alcanzó la posición que su linaje y sus conocimientos adivinaban. Fue repudiado en la corte y señalado como un hechicero, un «medium» atrapado entre dos mundos.

La estimación demoníaca de su casa y del perro guardián, del que se decía que en sus ojos y fauces se hallaba el Mal, remitía, por un lado, a la atribución de que allí se practicaban ciencias ocultas y el animal aseguraba el acceso. Por otro, a una leyenda que situaba a Enrique de Villena como discípulo del Diablo en una cueva de Salamanca, donde él y otros alumnos eran instruidos en lecciones de magia negra, adivinación y nigromancia. Ambas supersticiones, evidentemente, eran fruto de la ignorancia y del miedo calculado y administrado a la plebe, que permeabilizó la decisión de la Santa Inquisición de estigmatizar al autor como un hereje.

Objetivo de la Inquisición

Villena, creador de numerosos escritos y estudios, fue perseguido y condenado por la Inquisición. Su valiosa obra, centrada en el análisis del Hombre, fue quemada junto al acopio de libros en árabe, griego o hebreo, entre otros, que había hecho a lo largo de su vida. Prohibido por la Iglesia, su legado quedó arrasado mientras él, enfermo, fue internado en un penal.

Fallecido en Madrid en 1434 por unas fuertes fiebres, hay constancia, a pesar del esmero de sus captores, de varios de sus trabajos. Destacan Los 12 trabajos de Hércules, donde trata todos los niveles sociales de la época, y el Tratado sobre la lepra y la peste.


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  • El moscón presume de ignorancia para buscar de forma reiterativa la información que desea

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Mientras el mundo gira sin aparente importancia, los rumores y las habladurías siguen siendo la principal contrapartida del aburrimiento. Dependiendo de la persona que lo tenga, el tiempo libre puede ser muy dañino, toda vez, que en un planeta conectado de punta a punta, la diversificación del fisgoneo es hoy una realidad. Si las moscas son inevitables pero visibles, los moscones avanzan posiciones de tal forma que van tejiendo una red sin que la víctima haya tenido oportunidad de percatarse.

En esta línea se mueve Pancracio Celdrán, padre de «El Gran Libro de los Insultos», publicado por la editorial La Esfera, quien ve al aludido como un «sujeto inoportuno y pelmazo que da constantemente la lata con el mismo tema, y termina saliéndose con la suya y logrando lo que persigue, murmurando sin cesar entre dientes aquello que sabe que va a molestar a quien lo escucha; individuo que con terquedad y astucia consigue lo que se propone, fingiendo a menudo ignorancia, o haciéndose el tonto».

El célebre Benito Pérez Galdós emplea el vocablo así en su obra Miau (1888):

Al bajar de la visita echaba siempre una parrafada con los memorialistas a fin de sonsacarles mil menudencias sobre los del cuarto: si pagaban o no la casa, si debían mucho en la tienda… si volvían tarde del teatro, si la sosa se casaba al fin con el gilí de Ponce, si había entrado el zapatero con calzado nuevo… En fin, que era una moscona insufrible, un fiscal pegajoso y un espía siempre alerta.

Y es que, como avisa Celdrán, «peores consecuencias tiene el término moscón referido a la mujer, ya que decimos moscona a la que es descarada y sinvergüenza». Por ejemplo, en Cantabria «llaman así a la hembra desvergonzada y pícara».

Tomás Carrasquilla, en La marquesa de Yolombó (1928), hace este uso del apelativo:

¡Qué ofuscamiento el de Doña Engracia! De pronto hace señas y salen al corredor los tres viejos y el moscón de Proto, siempre en cobijo.

 


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  • El misterioso navegante llevaba dos cuentas diferentes durante la primera travesía. Una, la que enseñaba a sus capitanes y anotaba menos leguas de las recorridas, y otra correcta que guardaba en secreto. Su oscura biografía alimenta las dudas
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ABC | Retrato de Cristóbal Colón conservado en la biblioteca del Congreso de los Estados Unidos de América.

La expedición castellana que Cristóbal Colón condujo hasta el Nuevo Mundo, aunque entonces nadie pensaba que se trataba de un nuevo continente, inició un encuentro entre dos civilizaciones que cambió la Historia. No eran, sin embargo, los primeros europeos en llegar a sus costas –sí los primeros en establecer una ruta fija– puesto que hay pruebas claras de que los vikingos estuvieron en la costa noroccidental de Terranova. Otras tantas teorías sitúan a navegantes chinos, turcos e incluso romanos en las costas americanas muchos siglos antes que Colón. Y puede que ni siquiera fuera el primer hispánico: los balleneros cántabros y vascos habían frecuentado Terranova sin que exista consenso sobre la fecha en la que comenzaron sus primeros viajes.

La hipótesis de que Cristóbal Colón pudiera haber estado anteriormente en América, o en contacto con marinos que lo habían estado, nace de su injustificado convencimiento en que lograría su propósito –a pesar de que fue incapaz de demostrarlo desde un punto de vista científico frente a los Reyes Católico– y de la siempre misteriosa biografía del descubridor. Nacido probablemente en Génova, dentro de una familia de tejedores de clase media, Colón se vinculó desde la juventud con el mar y la navegación, pese a que en su estirpe no había tradición marinera. «De muy pequeña edad entré en la mar, navegando, y lo he continuado hasta hoy», declaró en una ocasión el navegante a los Reyes Católicos. En valoración de Lourdes Díaz-Trechuel, autora de «Cristóbal Colón: primer almirante del mar océano» (1991), lo hizo a los 14 años como grumete en un mercante genovés.

Si bien no hay duda de que Colón tuvo contacto con la vida marítima desde muy joven, más difícil es atestiguar que tuviera conocimientos avanzados de astrología, cosmología, geometría y navegación; ciencias necesarias para plantear una expedición que desafiaba a todo lo conocido en la época. Al contrario, el genovés aprendió las primeras letras en una escuela que el gremio de artesanos, al que pertenecía su padre, sostenía en Génova, pero resulta poco probable que estudiara latín y gramática en la Universidad de Pavía como relató Hernando Colón, el hijo del navegante. No obstante, los historiadores que han buscado alguna referencia o matrícula en esta universidad han fracasado y consideran que fueron adornos del hijo para revestir a un hombre que fue completamente autodidacta.

El último documento firmado por Colón en Génova es del 7 de agosto de 1473: los siguientes 5 años resultan casi desconocidos para los historiadores. Según Díaz-Trechuelo, Colón pasó aquellos años embarcado como comerciante y corsario en aventuras que más tarde se cuidó en ocultar. Una de las banderas bajo las que sirvió fue la de Renato de Anjou, pretendiente al trono de Nápoles, que permanecía bajo el control de Aragón. Porque quizás no estaba interesado en que después se conociera su pasado hostil a la causa de Fernando «El Católico» se difuminaron los detalles de su participación como corsario en esta empresa.

Portugal le pone en contacto con otros aventureros

Tras adquirir una amplia experiencia en el Mediterráneo, Cristóbal Colón se lanzó al Atlántico a través de la Corona portuguesa, muy activa en la costa africana a finales del siglo XV. «Fue en el Atlántico, en sus islas, en sus costas, donde Colón concibió la gran idea de buscar el Levante por el Poniente», narra Paolo Taviani, autor de «Genesis de un descubrimiento». Para llevar a cabo su empresa, Colón tuvo la suerte de contar con las escrituras y cartas de marear de su difunto suegro Bartolomé Perestrello y estuvo en contacto con marineros que habían alcanzado los límites de lo que se consideraba el fin del mundo. Un piloto –así lo recoge el propio navegante– le dijo que a 450 leguas al oeste del cabo de San Vicente había encontrado en el agua un madero labrado por manos de hombre. Otro marinero daba fe de dos cadáveres de cara ancha naufragados en el cabo de la Verga, en la costa occidental de África. No en vano, Colón reparó en que los avistamientos de islas hacia poniente, donde se suponía que no había nada, se repetían frecuentemente entre los habitantes de Madeira, las islas del Hierro, Gomera y las Azores. No podía ser casualidad.

Coincidiendo con los testimonios que alcanzaban sus oídos, Colón entró en contacto en Portugal con el médico florentino, aficionado a la Cosmografía, Paolo del Pozzo, que le sirvió en bandeja la parte teórica para confeccionar su plan. Las autoridades portuguesas preguntaron al florentino sobre la posibilidad de buscar una ruta para el comercio oriental, puesto en jaque con la toma de Constantinopla por los turcos en 1453, a través de occidente. Toscanelli propuso navegar hacia el oeste desde Europa, sin sospechar que antes de llegar a las cosas orientales de Asia se interponía todo un continente. La posibilidad de realizar este viaje la avaló el florentino con una errónea medida basada en la longitud que Ptolomeo dio al grado terrestre. Colón tuvo acceso a esta información, incluido el error de cálculos, y elaboró un proyecto que presentó ante la corte portuguesa primero y ante la española después.

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Wikipedia | «Llegada de Cristóbal Colón a las Indias Occidentales», por John Vanderlyn

Si bien es complicado situar a Cristóbal Colón en otras expediciones previas al Descubrimiento, puesto que su biografía en los años portugueses cuenta con claridad los detalles de esta parte de su vida, personas de su entorno pudieron viajar al Nuevo Mundo poco tiempo antes que él. El primer cronista de las Indias, Gonzalo Fernández de Oviedo, recoge en sus textos una noticia que algunos han catalogado de leyenda. A una carabela que navegaba de España a Inglaterra le sobrevivieron vientos contrarios y «tuvo necesidad de correr al poniente tantos días que reconoció una o más islas destas partes e Indias». Bajó a tierra y halló gente desnuda. En la travesía de regreso murieron casi todos los hombres y solo el piloto (Alonso Sánchez de Huelva) y otros cuatro marineros llegaron a Portugal, tan enfermos que en pocos días fallecieron. El piloto, que era «muy íntimo amigo de Cristóbal Colón», fue a parar a su casa y en ella murió, pero antes pudo darle información del viaje, e incluso una carta de marear en la que había señalado las tierras que había visto.

«Como si en ellas hubiera estado ya»

Otro importante cronista del periodo, Bartolomé de Las Casas aporta un dato de interés al decir que los indios de Cuba tenían reciente memoria de que habían llegado a la vecina isla Española (Santo Domingo) «otros hombres blancos y barbados antes que nosotros no muchos años». Se trata de un testimonio que refuerza la teoría del predescubrimiento.

A su vez, fray Ramón Pane, compañero de Colón en el segundo viaje, recoge una creencia indígena, según la cual, llegarían a la isla «hombres vestidos, armados, de espadas capaces de dividirnos de un solo tajo, a cuyo yugo habría de someterse nuestra descendencia». Frente a estas evidencias, el profesor Juan Manzano afirmó en su libro «Colón y su secreto » (1976) que sin duda algunos portugueses habían llegado por azar a las islas antillanas, a La Española y, concretamente, a la región de Cibao. El encuentro entre algunos de estos marineros y Colón tuvo lugar, en opinión de Manzano, en Madeira hacia 1478, lo cual explicaría la seguridad con que el genovés defendía su proyecto «como si en ellas personalmente hubiera estado», que escribió Las Casas.

«Tan cierto iba de descubrir lo que descubrió y hallar lo que halló como si dentro de una cámara con su propia llave lo tuviera», dejó también registrado Bartolomé de Las Casas sobre la inquebrantable seguridad de Cristóbal Colón durante todo el viaje. Aunque el proyecto no había podido ser respaldado con argumentos científicos sólidos –tanto los asesores portugueses como luego los castellanos habían desaconsejado su ejecución–, fue finalmente aprobado por empeño personal de los Reyes Católicos que, fiándose de su instinto, abrazaron la interminable confianza que parecía radiar Colón. Presumiblemente, el navegante sabía más de lo que decía como atestigua el hecho de que llevara dos cuentas durante todo el viaje. Una, la que enseñaba a sus capitanes y en la que cada día anotaba menos leguas de las recorridas, y otra, secreta y acertada. La supuesta razón de portar dos cuentas era «porque si el viaje fuera luengo no se espantase ni desmayase la gente».


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  • Cientos de madrileños se refugiaban de los bombardeos en el suburbano, que sirvió al Ejército Republicano como fábrica y depósito de municiones
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Refugiados en el Metro de Madrid, durante la Guerra Civil española

Durante la Guerra Civil, en plena defensa republicana de Madrid, el Metro desempeñó una doble dimensión, elevada en la fecha sobre su consideración como medio de transporte. Por un lado, consecuencia de los bombardeos y la consiguiente desolación de la ciudad, sirvió como refugio para cientos de madrileños; por el otro, reconfigurado entonces en términos logísticos y belicistas, pasó a ser una fábrica de municiones y un almacén de explosivos al servicio del Ejército Republicano. El suburbano, como parte de la ciudad, acabó dinamitado y arrasado.

Bajo el suelo de la capital, asfaltado en la superficie de escombros, se ubicaba el improvisado centro de operaciones «rojo»; asentado al paso de la calle Torrijos, hoy denominada Conde de Peñalver. En el túnel comprendido entre las estaciones de Lista y Diego de León, en torno a 300 trabajadores, especialmente mujeres, se afanaban a diario en rellenar obuses y proyectiles y perfilar el armamento. El acopio del arsenal, desarrollado desde enero de 1937, tuvo un efecto nefasto.

Un suceso «secreto»

La Compañía Metropolitana de Madrid, gestora del entramado, ya había alertado de la peligrosidad de utilizar el andén para tal caso, pero su aviso fue inerte. Incluso se ignoró cuando una pequeña explosión inundó de humo los túneles, restableciéndose enseguida el servicio. Así, el 10 de enero de 1938, apenas un año después de hacerse efectivo el almacén, una gigantesca detonación arrasó el Metro desde la parada de Lista, cuya onda expansiva alcanzó hasta tres paradas anexas. Nunca llegó a confirmarse totalmente el origen, pero los indicios apuntan a un incendio; intencionado o no, no se sabe.

Los daños en la superficie, que afectaron a la estructura de los edificios contiguos, no fueron, siquiera, una mínima parte de los sufridos en el Metro. Varios trenes fueron alcanzados y decenas de personas murieron atrapadas bajo tierra. La edición de ABC Sevilla del 15 de enero cifraba en 700 a los fallecidos, según una información recogida de L’Epoque. El registro de La Almudena -según ciertos escritos-, sin embargo, fue de 63 muertos.

El breve apunte de ABC sobre el suceso fue una excepción, pues ningún medio se hizo apenas eco. El gobierno, en ese sentido, se esmeró en que la noticia no trascendiera, sin aportar reseña ni detalle alguno. Según un informe del bando nacional, existía la seguridad de que todo Madrid estaba conectado en el subterráneo, y depósitos similares estaban listos para ser explosionados en el momento que sus tropas entraran en la capital.


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  • El 23 de marzo de 1915 nació Vasili Záitsev, uno de los soldados rusos más condecorados por su puntería y su valor en Stalingrado
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En la Segunda Guerra Mundial lograron destacarse desde los determinantes carros de combate alemanes, hasta los militares soviéticos que combatieron valerosamente en la primera línea del frente. Sin embargo, esta contienda también dejó escritos para la posteridad nombres como el de Vasili Záitsev, un soldado que –armado únicamente con un fusil de precisión- logró sembrar el caos entre los nazis a pesar de luchar desde retaguardia. Su misión: acabar con los oficiales enemigos generando así el desconcierto en el enemigo que trataba de conquistar Stalingrado. Tantos quebraderos de cabeza causaron sus bajas en el oponente, que el propio Hitler envió a un tirador de élite a acabar con su vida, lo que generó uno de los duelos entre francotiradores más épicos jamás recordados.

La estepa rusa vio nacer a Vasili Grigórievich Záitsev, uno de los francotiradores más destacados de la U.R.S.S., el 23 de marzo de 1915. La región en la que vino al mundo fue el pueblo de Yeléninskoye, en los montes Urales, una zona situada al sur este del país cuyo frío extremo curtió a este soviético desde su infancia. Último eslabón de una larga familia de cazadores, no tuvieron que pasar muchos inviernos hasta que nuestro protagonista empezó a ser instruido en el arte del disparo y del camuflaje por su abuelo, Andréi Alexéievich. Con todo, la edad a la que realizó su primer disparo es una total incógnita, pues no informa de ello en sus memorias. En ellas se limita a señalar que su infancia terminó cuando le pusieron un arco en las manos. «Dispara apuntando con firmeza y mira a los ojos a tu presa, ya no eres un chiquillo», le dijo por entonces su mentor.

Desde ese momento, ya fuera mediante flechas o cartuchos de escopeta, el pequeño «Vasia» empezó a entrenarse en el arte de «hacerse invisible» (como él mismo afirmaba) para acechar y acabar con sus presas. Su pequeña estatura y su escasa envergadura le ayudaban a tal fin y pronto se hizo un verdadero maestro de la caza. «Pongamos que queremos echarle un vistazo a una cabra, para ello, hay que camuflarse de tal modo que el animal nos mire como si fuéramos un arbusto o una brizna de heno. Hay que permanecer inmóviles, sin respirar ni pestañear. Si lo que queremos es acercarnos a la madriguera de un conejo, tendremos que reptar en la dirección del viento, para bajo nuestro peso no cruja ni una sola hebra de hierba», explica el propio Záitsev en su obra«Memorias de un francotirador en Stalingrado».

En los años siguientes, Vasili aprendió las reglas de todo buen cazador, trucos que, posteriormente, puso en práctica cuando se hizo francotirador. Aunque, en esos casos, matando fascistas en lugar de ciervos. Con apenas diez años, adquirió la capacidad de interpretar las huellas de los animales como aquel que lee un libro y consiguió construir escondrijos tan bien camuflados que pasaban desapercibidos hasta para su abuelo. Aprendió tan rápido que, cuando tan sólo tenía doce años, Andréi le regaló su primera escopeta de caza. «Me puse firmes y me la colgó al hombro. Yo era tan bajito que la culata de la escopeta tocaba el suelo, pero por lo menos ya no era un niño», añade Záitsev. Ese también fue el día en que su padre le dio un consejo que jamás olvidaría en Stalingrado: «Usa cada bala a conciencia, Vasili. Aprende a disparar y no yerres nunca».

Además de aprender a disparar como un auténtico experto, Vasili se fue curtiendo poco a poco en los montes Urales hasta tal punto que, con 13 y 14 años, solía pasar varias noches fuera de su casa acechando a una presa. En una ocasión, por ejemplo, durmió dos noches a la intemperie para acabar con un lobo que, tras caer en una de sus trampas, había huido. Todo ello, con la única ayuda de su escopeta, sus perros y una fogata que impidió que las fieras acabaran con él tras la llegada de la oscuridad. Cuando regresó a casa con el cadáver de su víctima a hombros, sus familiares no solo no le felicitaron por la captura, sino que no giraron ni siquiera la cabeza. Para ellos, aquello era algo totalmente normal.

El niño se hace soldado

Las estaciones fueron pasando y, a los 22 años, Vasili fue llamado a filas tras haber cursado estudios superiores en contabilidad. A pesar de su corta estatura, fue aceptado como marinero y pudo ponerse la codiciada telniashka, la camisa propia de los militares destacados en el mar. «Durante cinco años lucí la telniashka con orgullo. Me prepararon para combatir en mar abierto… aunque finalmente me destinaron a luchar en tierra firme», añade Záitsev. Por entonces no le quedó más remedio que cambiar el ancla por el fusil, pues Adolf Hitler acababa de romper el pacto de no agresión firmado con la U.R.S.S. tras la conquista de Polonia y había invadido las tierras de Stalin en el marco de la «Operación Barbarroja». Hacían falta, por lo tanto, cuántos más soldados mejor para hacer frente a los miles de alemanes que atravesaban Rusia a pasos agigantados.

«La guerra había estallado un año antes. Después de mucho solicitar que me enviaran al frente, me incluyeron por fin en una lista de marineros que iban a ser transferidos a infantería», determina nuestro protagonista. «Vasia» fue entonces subido a un tren con rumbo a Stalingrado, donde se libraba una cruenta batalla entre los soviéticos (dispuestos a defender la ciudad que llevaba el nombre de su «camarada supremo» a costa de cuantas bajas hicieran falta) y los nazis (empeñados en tomar el enclave para infringir un tremendo golpe moral a sus enemigos). «Al frente. ¡Por fin! Durante el viaje, largo y tedioso, las ruedas no dejaron de tabletear. Yo no veía la hora de llegar a mi destino, y la lentitud del tren me exasperaba. Nuestro país estaba en peligro ¡a toda máquina!», completa el soldado.

Pero, para desesperación de Záitsev, aún les quedaba una última parada por realizar en las afueras de Stalingrado antes de entrar en plena refriega. En ella, todos los soldados aprendieron unas técnicas poco ortodoxas de combate cuerpo a cuerpo mediante «armas» como las palas de combate (ideadas para cavar zanjas), las clásicas bayonetas del fusil Mosin-Nagant e, incluso, sus propias manos. A su vez, la unidad de marineros de la que formaba parte Vasili aprendió a lanzar granadas a una posición enemiga. La máxima de los comisarios políticos soviéticos era que en la ciudad se acometía al enemigo metro a metro, y no serían pocas las ocasiones en las que tendrían que hacer uso de esas nuevas formas de matar. No andaban nada desencaminados.

La llegada a Salingrado

El 22 de septiembre de 1942, la 284 División de Fusileros (en la que se encuadraba Záitsev) llegó hasta el río Volga. En la orilla contraria se hallaba su objetivo: la ciudad de Stalingrado. Por entonces, el enclave no guardaba nada de su antiguo esplendor, pues los múltiples edificios habían sido derribados por las más de 1.000 toneladas de bombas lanzadas por la fuerza aérea alemana (la «Luftwaffe»). Los soviéticos, por su parte, luchaban calle por calle contra las tropas de Hitler, ansiosas de conquistar cada uno de los edificios. Casi se podía decir que no había frente de batalla, sino pequeños reductos diseminados de resistencia soviética que debían ser reforzados constantemente con grupos como el de Vasili para poder seguir dando guerra a los nazis. «La ciudad parecía un infierno de llamas y azufre, los edificios quemados brillaban como tizones y los incendios consumían a los hombres», añade nuestro protagonista.

Aquella noche, Vasili cruzó como un soldado más el Volga junto a sus compañeros. Sin embargo, este trayecto fue bastante diferente a la que narra la película «Enemigo a las puertas»(la producción hollywoodense que cuenta sus vivencias). Y es que, mientras que en el largometraje se explica que el barco en el que viajaba recibió un fuego incisivo de la «Luftwaffe», la realidad es que fue un camino tranquilo sólo interrumpido por el temor de que la susodicha barcaza se fuera a pique debido a su ingente cantidad de agujeros. Tampoco es exacta la película al mostrarnos su primer día en la ciudad, pues tuvo que esperar toda una jornada para entrar en combate.

Su primer combate

El primer disparo que realizó Záitsev en Stalingrado se sucedió en la mañana del 23 de agosto. Fue entonces cuando su unidad recibió la orden de tomar una fábrica (cuya localización no se detalla en sus memorias) ubicada cerca de varios depósitos de carburante. Toda la zona estaba defendida por un grupo de nazis cuyos miembros contaban con artillería ligera y varias ametralladoras MG-42. El ataque soviético estuvo precedido por varias andanadas de misiles enviados por los lanzacohetes katiusha. «Pudimos ver como los katiushas pulverizaron las baterías de morteros de los “boches” [nazis] y como los alemanes salían despedidos con cada cohete que tocaba el suelo. Era impresionante ver las llamas amarillas de las explosiones y a los hombres saltando en pedazos en todas direcciones», explica Vasili.

Tras la andanada de cohetes, nuestro protagonista se preparó para combatir. «El teniente se levantó, alzó la pistola y gritando “¡En nombre de la patria!” corrió hacia los depósitos de gasolina dónde se habían apostado las ametralladoras alemanas», añade Záitsev. Acto seguido, y como respuesta al asalto de la infantería soviética, las MG-42 empezaron a tabletear con el clásico «Tac-tac.-tac» que indicaba el inicio de los disparos. En medio del ataque masivo, y entre la lluvia de balas, Vasili recibió un difícil encargo: «El teniente me ordenó que corriera hacia unos edificios medio derruidos y que atacara los nidos de ametralladoras con granadas».

Sin pensar en que recibir el impacto de uno de aquellos cartuchos significaría la muerte, Záitsev se dirigió a través de las balas y calló, según explica en sus memorias, una posición enemiga ubicada en uno de los flancos de los alemanes (cerca de los depósitos de combustible). El acto permitió a sus compañeros avanzar, pero lo peor estaba por llegar. Y es que, al ver que la unidad de marineros empezaba a romper las defensas que habían establecido, los «boches» ordenaron disparar a los morteros que habían logrado sobrevivir a los katiushas.

«Las bombas incendiarias de los alemanes provocaron un gran fuego y los tanques de gasolina comenzaron a estallar», explica el cazador de los Urales. El fuego se empezó a propagar entre su ropa impregnada de combustible, por lo que los soviéticos no tuvieron más remedio que quedarse en cueros y asaltar al enemigo… ¡Desnudos! Sea como fuere, terminaron logrando su objetivo a pesar de sufrir múltiples bajas. Así acabó el primer combate del futuro francotirador más famoso de Stalingrado. «Nos parapetamos entre las pequeñas casas que flanqueaban la calle. Alguien me lanzó una lona para que me cubriera. Nos quedamos así, desnudos hasta que nos trajeron nuevos uniforme. Aquel grupo de soldados rusos desnudos acababa de superar su bautismo de fuego», completa Záitsev.

Tras aquel extraño combate, Vasili vivió como cualquier otro soldado anónimo enStalingrado. Eso implicaba sufrir la privación de la comida (escasa en aquella orilla del Volga) y del sueño (pues el enemigo no se tomaba descansos). A su vez, pudo entender de primera mano lo que era defender aquella ciudad maldita en la que se luchaba no ya por cada calle, sino por cada habitación de un edificio. De hecho, no era raro que –por ejemplo- nazis y soviéticos pasaran la noche en la misma fábrica debido a que cada bando había logrado conquistar una parte. «Algunas veces podíamos escuchar las ventosidades del enemigo al otro lado de la pared», explica Záitsev en sus memorias.

De soldado anónimo, a francotirador

Los meses siguieron pasando y Záitsev continuó combatiendo sin ser conocido por nadie más que sus compañeros. Esto no tardaría en cambiar cuando, casi por azar, demostró su puntería. Según explica Vasili, corría una mañana de octubre cuando su unidad se hallaba descansando cerca de las ruinas de un edificio. En ese momento, y totalmente de improviso, una ametralladora pesada enemiga ubicada a unos 600 metros empezó a escupir ráfagas contra ellos. Era necesario acabar con los alemanes que la manejaban si no querían morir bajo sus balas, por lo que el cazador de los Urales decidió poner a prueba su puntería a costa de arriesgar su vida. «Empuñé el fusil y, casi sin apuntar, disparé. El tirador cayó. A los pocos segundos aparecieron otros dos, pero logré abatirlos rápidamente de un único disparo», añade nuestro protagonista.

Esta increíble muestra de habilidad dejó impresionado al coronel Batiuk (uno de sus oficiales) quien ordenó que Vasili fuera ascendido a francotirador y que le fuera entregado un fusil Mosin-Nagant equipado con una mira telescópica. «-Camarada Záitsev- me dijo –ya lleva usted tres. Siga la cuenta a partir de aquí-. Aunque las circunstancias no me permitieron incrementar la lista ese mismo día. En primer lugar, porque las bajas provocadas por los francotiradores deben verificarse mediante la cumplimentación de unos formularios en los que había que describir la situación y estampar la firma tanto del tirador como de un testigo, y yo todavía no estaba familiarizado con el proceso», completa el soldado en sus memorias. Fuera como fueses, ese fue el comienzo de uno de los tiradores de élite más famosos de toda la historia.

Ya como francotirador, Záitsev no tardó en sembrar el pánico entre sus enemigos haciendo uso de todo lo que había aprendido de su abuelo. Su especialidad era acabar con los soldados enemigos con una sola bala, y hacerlo en el fragor de la batalla y bajo el ruido de los disparos para evitar ser descubierto. Pronto se hizo famoso por camuflarse de una manera tan perfecta que, incluso, lograba engañar a los ojos más entrenados. En una ocasión, de hecho, uno de sus compañeros pasó varias veces cerca de él sin encontrarle. Los soldados tampoco tardaron en entender lo importante que era tener cerca suyo a un tirador experto que, llegado el momento, pudiera acabar con los servidores de ametralladoras pesadas (algo que les facilitaba sumamente el avance sobre una posición enemiga).

Vasili era tan efectivo –y los francotiradores soviéticos tan escasos- que los mandos le solicitaron que entrenara a un grupo de tiradores de élite con los que sembrar el desconcierto entre los enemigos. Como los recursos no eran especialmente abundantes en lo que se refiere a hombres, los oficiales limitaron su «reclutamiento» a militares que hubieran sido heridos en combate. Así se unieron a sus filas combatientes como Mijaíl Ubozhenco, Nikolái Kúlikov o el gigantesco Alexánder Griázev (quien, en lugar de portar el clásico Mosin-Nagant para francotiradores, solía acudir a la batalla con un fusil anti-carro de unos 20 kilogramos de peso). Todos ellos, y otros tantos, se convirtieron poco a poco en el terror de los nazis, quienes sabían que asomar el casco por encima de la trinchera podía acabar en una muerte segura.

A sus nuevos pupilos, Vasili les intentó enseñar todo aquello que él había aprendido siendo un niño. Tampoco faltaron los consejos sobre cómo acabar con los nazis de la forma más eficiente. En una de las primeras clases que Záitsev dio a Ubozhenco, por ejemplo, le explicó cómo dejar fuera de combate a dos enemigos teniendo únicamente un poco de cuidado a la hora de apretar el gatillo. «Disparar sobre un soldado que está construyendo una trinchera es como jugar al billar. Siempre tienes que pensar cuál será la jugada siguiente. Si disparas ahora, mientras te da la espalda, él y la pala caerán al foso. Pero si esperas y le das cuando está de cara, la pala se quedará arriba, a este lado del terraplén. Así, cuando su compañero vaya a recogerla, podrás abatirle a él también», explicó el tirador a su alumno.

A su vez, les explicó que, a pesar de que un francotirador necesita apenas dos segundos para disparar y segar una vida, los preparativos hasta llegar a ese punto llevan horas. Y es que, previamente era necesario dedicar varias horas a reconocer el terreno, hacer un croquis en su libreta con las defensas nazis y la distancia a la que se hallaban, construir una posición para pasar desapercibidos y, finalmente, tener la paciencia necesaria para acabar únicamente con el blanco al que se va a buscar (usualmente, un oficial o un servidor de ametralladora). Tampoco olvidó decirles que un militar con su misión debía estar bien descansado para «trabajar» de la manera más eficiente, aunque esa era una premisa que no solían cumplir. En una ocasión, tanto Vasili como sus alumnos estuvieron varias noches sin dormir debido a los cruentos combates que tuvieron que soportar en la colina Mamáyev (una posición sobre la que se dominaba casi toda Stalingrado y que, por lo tanto, estaba constantemente bajo ataques de uno y otro bando).

Primeros duelos

Además de acabar con la vida de decenas de soldados enemigos (los números oficiales dicen que entre 220 y 245 objetivos) Vasili se hizo pronto famoso por dar buena cuenta de los francotiradores enemigos. Una tarea nada sencilla, pues requería de una dedicación completa. Y es que, además de reconocer el terreno -como hacía siempre para abatir a un enemigo-, Záitsev tenía que realizar todo tipo de indagaciones con el objetivo de descubrir dónde se encontraba su objetivo. Para empezar, debía hablar durante horas con múltiples heridos para saber si los agujeros que tenían en el cuerpo habían sido hechos o no por tiradores de élite.

Viendo sus heridas y averiguando posteriormente la región en la que habían sido disparados, podía discernir el lugar exacto en el que se hallaba su oponente. Detectar a su contrincante sabiendo su emplazamiento tampoco era sencillo, y Záitsev solía hacerlo valiéndose de señales tan minúsculas como el reflejo de la óptica de su fusil, la llama de su mechero o, si el nazi era muy torpe, el humo del cigarrillo que se encendía para calmar los nervios.

Si el cazador de los Urales no encontraba a su enemigo de esta guisa, solía poner señuelos para que su contrario disparase y desvelase su posición. Entre ellos, el que más utilizaba era ubicar en una posición determinada un maniquí ataviado con ropa soviética para que pareciese un francotirador. Todo ello, a sabiendas de que la forma de actuar de los alemanes era bien diferente a la de los soviéticos «Por lo general, los francotiradores nazis tomaban posiciones dentro de sus propias líneas defensivas, mientras que los nuestros se apostaban en el límite de la línea del frente. Además, los “boches” dejaban muchos señuelos, lo que hacía aún más difícil encontrar el objetivo correcto. Con la experiencia aprendí dos cosas esenciales: observar atentamente y tener templanza», señala Záitsev.

«Vasia» tuvo uno de sus primeros duelos contra un francotirador nazi en la colina Mamáyev. Su oponente fue un soldado que había acabado días antes con uno de sus compañeros. Tras investigar la zona, el ruso se percató de que, muy probablemente, el «boche» había hecho fuego desde el interior de una caja de munición ubicada entre varios arcones similares. La posición se hallaba tras una gran planicie y algunos metros detrás de las trincheras alemanas. Conociendo el lugar, ya sólo quedaba esperar en su pozo de tirador a que el enemigo hiciera un movimiento en falso. Sin embargo, harto de esperar, tendió una trampa a su presa junto con su compañero.

«Kúlikov retrocedió y con un palo levantó un casco unos centímetros por encima del terraplén en el que estábamos. El alemán disparó un tiro que atravesó el casco. Me sorprendió que hubiera picado el cebo. […] Observé por la mira como el tirador alemán acercaba la mano a la recámara y recogía el casquillo vacío. Recoger los cartuchos vacíos era el procedimiento habitual cuando se daba en el blanco. Al hacerlo, levantó la cabeza ligeramente de la mira. Eso dejaba a la vista los pocos centímetros de cuero cabelludo que yo necesitaba para apuntar… y en ese instante sonó mi disparo. La bala le dio en el nacimiento del pelo, el casco le cayó sobre la frente y el rifle quedó inmóvil, con el cañón en el interior de la caja», destaca en sus memorias Záitsev.

No menos impactante fue el combate que mantuvo con un francotirador alemán en la fábrica Octubre Rojo (en el centro de la ciudad). Aquel día, Záitsev fue requerido para acabar con un enemigo que había herido a tres soldados y a un teniente. En palabras de nuestro protagonista, el alemán era astuto, pues actuaba detrás de sus compañeros y camuflaba el sonido de sus disparos con el de las ráfagas de las ametralladoras. Era imposible saber dónde se hallaba, por lo que Vasili y su compañero (un novato apellidado Gorozháev) tendrían que emplearse a fondo. Para ello, se ubicaron tras uno de los muros del edificio y esperaron a que el enemigo disparase primero para poder descubrirle.

Záitsev decidió solicitar la ayuda de un capitán que sabía alemán para lograr desesperar a su oponente. Así pues, dijo a su superior que gritara insultos en germano con un altavoz. El plan funcionó a medias, porque un bombardeo interrumpió al oficial y éste, debido al sobresalto, tuvo que soltar su megáfono. Con todo, parece que sí logró hartar al enemigo, pues cuando el agitador trató de recuperarlo, el francotirador disparó desvelando su posición. No obstante, éste no se limitó a lanzar tan sólo un cartucho. «Sonó otro disparo, la bala pasó volando junto a mi oreja. En efecto, se había apostado frente a nosotros y buscaba la confrontación. Dos disparos más, uno tras otro. El nazi disparaba con rapidez y decisión. Me tenía acorralado tras los ladrillos, bastaba moverme un poco para que una bala explosiva pasara silbando junto a mi cabeza», destaca Vasili.

Al verse arrinconado, «Vasia» decidió dejar pasar unas horas y, finalmente, puso en práctica un curioso plan: ordenó a su compañero que buscase un espejo y dirigiese la luz del sol hacia los ojos de su enemigo. Cuando todo estuvo preparado, Gorozháev cumplió su cometido y, mediante esa distracción, dio a Záitsev un espacio de unos segundos para poder escapar del punto en el que estaba acorralo. A su vez, remató el plan ubicando un maniquí en su lugar y poniéndose a cubierto. La trampa estaba lista. Tras eludir el molesto reflejo, el alemán disparo contra el muñeco, desveló su posición de nuevo y el binomio soviético acabó con su vida. Otra muesca más en la culata del Mosin del cazador de los Urales.

El reto definitivo

A pesar de haber acabado con decenas de enemigos expertos, a Záitsev todavía le quedaba un último reto al que enfrentarse: un «superfrancotirador» (así le conocieron los mandos soviéticos) que había sido enviado por la plana mayor alemana para darle caza. «Al interrogar a un prisionero, supimos que los mandos de la “Wehrmacht” estaban seriamente preocupados por los daños infligidos por nuestros francotiradores, y que un tal mayor Konings, director de la Escuela de Francotiradores de la “Wehrmacht”, en las afueras de Berlín, había sido enviado a Stalingrado con el propósito de liquidar al, en palabras del prisionero, “gran conejo ruso”», explica Vasili. La noticia no pareció preocupar demasiado a los oficiales rojos. «Un mayor es pan comido para nuestros chicos. Tendrían que haber enviado al Führer en persona», dijo un coronel al saber la noticia.

A pesar de la calma mostrada por sus superiores, la noticia no gustó demasiado a Záitsev. Y más le inquietó cuando, tras unos breves combates en los días posteriores, Konings logró herir a dos de los francotiradores más experimentados de la unidad soviética. «El maestro», como comenzaban a conocer al alemán, sería un blanco difícil de abatir. Como primera medida, Vasili se dirigió junto con Kúlikov a la zona en la que el nazi había vencido a sus dos compañeros. Allí, su enemigo les dio la bienvenida a su modo. «El día estaba terminando. De repente, apareció un casco que se movía despacio por la trinchera. ¿Debíamos disparar? No, era una trampa: la inclinación del casco era muy poco natural. Lo movía el ayudante del francotirador, mientras este esperaba a que yo me delatase. De modo que permanecimos inmóviles hasta la noche», completa nuestro protagonista. La caza había comenzado, y solo la paciencia determinaría quien sería el vencedor.

En los siguientes días, el binomio soviético escudriñó con suma cautela lastrincheras enemigas buscando al «maestro», pero fue en balde. Por su parte, Konings no mostró los dientes hasta la tercera jornada. Su aparición la hizo cuando un comisario político llamado Danilov llegó a la trinchera para saludar a Záitsev y afirmó que había descubierto desde una posición de retaguardia donde se hallaba el enemigo. Al levantarse para señalar el lugar, el alemán le disparó un tiro perfecto que hirió al oficial. «Sólo un francotirador de élite era capaz de hacer un disparo como ese., sólo un especialista podía haber disparado con semejante rapidez y precisión. Sin duda, el alemán era un experto en el arte del camuflaje», afirma «Vasia».

Ese disparo permitió a Záitsev determinar la zona aproximada desde la que operaba su enemigo y, en base a ello, establecer una serie de lugares en los que probablemente se escondería. Así pues, intuyó que la más probable sería un escondrijo que había detrás de unos cuantos ladrillos apilados y una chapa metálica. Hasta ese momento, el lugar había pasado desapercibido, por lo que era sin duda un nido de francotirador perfecto. Para corroborar su presentimiento, Vasili ordenó a su compañero que alzara un guante militar atado a un palo por encima de la trinchera y… ¡premio, Konings disparó! «Ahí tenemos a nuestra serpiente», afirmó por su parte Kúlikov.

El binomio sabía dónde estaba su oponente, pero la caza debería esperar, pues cayó la noche y, con ella, los bombardeos de la «Luftwaffe». La pareja decidió que la mañana siguiente tampoco sería apropiada, pues la inclinación del sol podría haber hecho que las miras de sus fusiles resplandecieran al sol, lo que habría delatado su posición. La trampa llegó después de la hora de comer. «Kúlikov se quitó el casco y lo levantó despacio, tentando una finta que solo un tirador experto era capaz de ejecutar. El enemigo disparó. Kúlikov se puso en pie, gritó y fingió desplomarse», completa Vasili. Konings cayó en la trampa y, a continuación, alzó la cabeza por encima de la plancha de hierro para corroborar si había dado a su presa. Záitsev, por su parte, estaba preparado. «Apreté el gatillo y la cabeza del nazi desapareció», finaliza el cazador de los Urales. Caída la noche, Záitsev y Kúlikov acudieron a la posición enemiga para recoger el cadáver de Konings y, finalmente, entregaron su documentación a sus mandos como prueba. El resto, como se suele decir, es historia. Tras la liberación de Stalingrado, Vasili fue condecorado como Héroe de la Unión Soviética y recibió dos órdenes de Lenin y dos órdenes de la Bandera Roja (entre otras tantas). Finalmente, este héroe de la U.R.S.S. falleció en 1991, con una lista de entre 220 y 245 objetivos abatidos a sus espaldas. Curiosamente, sus palabras más recordadas fueron «Yo sólo sirvo a la Unión Soviética». Esta fue la frase de un soldado cuyas hazañas, a día de hoy, son criticadas por no pocos historiadores que afirman que sus vivencias fueron exageradas por los mandos de Stalin para lograr crear un héroe artificial.


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  • Se cumplen 133 años del nacimiento de una profesora que consiguió dar clase cuando las mujeres no podían matricularse en la universidad
cc | Imagen de Emmy Noether

cc | Imagen de Emmy Noether

Si hay un nombre femenino que recordar en la historia de las matemáticas es el de Emmy Noether. Por lo menos para alguien que sabía del tema como Albert Einstein, quien la definió como la «genio creativa de las matemáticas más significativa desde que comenzó la educación superior para las mujeres».

De origen judío, Noether nació en la Baviera alemana hace este lunes 133 años –de ahí que Google lo celebre con un «doodle»– en una familia de matemáticos. Hasta tres generaciones se habían dedicado a los números y ella no quiso ser menos. Aprendió acudiendo a las clases que impartía su padre en la universidad, ya que era una época en la que no se admitían mujeres en las aulas. Iba de simple oyente.

Dada su persistencia, Emmy Noether consiguió que la dejasen matricularse en Erlangen, la universidad de su ciudad natal, donde se doctoró con un célebre trabajo sobre los invariantes. Tal fue su éxito, que el profesor David Hilbert la invitó a impartir una serie de conferencias en Gotinga, aunque no consiguió llevarlas a cabo por la oposición de parte del profesorado. Solo le permitieron acceder a un puesto no oficial de profesora asociada.

Consiguió revolucionar el campo de las matemáticascon teorías sobre anillos, cuerpos y álgebras. También el de la física, con el teorema que lleva su nombre y que relaciona dos ideas básicas: la invariancia de la forma que una ley física toma con respecto a cualquier tranformación y la ley de conservación de una magnitud física. Un teorema que se suele formular como «a cada simetría le corresponde una ley de conservación, y viceversa».

Exiliada en Estados Unidos

Reconocida en su mundo, no lo era por su propia nación, que le dio la espalda tras el ascenso de Hitler al poder. Aquella Alemania no estaba hecha para genios; no si eran judíos y Emmy Noether fue un caso más de los dotados que fueron ninguneados y olvidados. Le fue imposible seguir dando clase en la Universidad de Gotinga tras la aprobación de la Ley para la Restauración del Servicio Civil Profesional, que impedía mantener su puesto a los funcionarios judíos y políticamente sospechosos.

Sin poder dar clases ni conferencias bajo su nombre, Emmy Noether tuvo que exiliarse en Estados Unidos, donde continuó sus estudios y trabajos en el Instituto de Estudios Avanzados de Princeton, compaginándolos con su labor de profesora en Bryn Mawr. Allí desarrolló su labor hasta que, dos años más tarde, le descubrieron un tumor pélvico y falleció a consecuencia de la operación.


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  • En 1945, un experto organizó una estudiada sesión fotográfica para hacer creer al mundo que los soldados de Stalin habían hecho ondear la bandera roja en el Reichstag
 abc Elementos que fueron modificados sobre la fotografía principal

abc | Elementos que fueron modificados sobre la fotografía principal

Finales de abril de 1945. Berlín es sólo una sombra de la ciudad que un día fue durante el Tercer Reich. En las calles donde antes paseaban orgullosas a paso de ganso las tropas de Adolf Hitler, ahora se lucha encarnizadamente por impedir inútilmente que los aliados avancen. Repentinamente, en la azotea del Reichstag (la sede del parlamento alemán), un soldado soviético avanza hasta el punto más alto del edificio e iza una bandera roja ataviada con la hoz y el martillo. El acto significa la derrota de los nazis en la Segunda Guerra Mundial y, debido a su importancia y su simbolismo, es capturado por un atrevido y suertudo fotógrafo. Esta es la versión oficial que se explicó al mundo desde la U.R.S.S. en relación a una de las instantáneas más famosas de la contienda, unos sucesos que nada tienen que ver con la realidad.

Y es que, esta instantánea no fue fruto del azar ni se produjo durante la contienda, sino que fue realizada en una curiosa sesión fotográfica varios días después de que los combates hubieran cesado. Todo ello, por orden de un avispado fotógrafo con ganas de ganarse un hueco en la Historia. No contento con eso, el «artista» realizó además varios retoques en la imagen una vez que fue revelada para que causase el mayor impacto posible entre la población e, incluso, con el objetivo de que escondiera algunas vergüenzas del «glorioso Ejército Rojo». Esta gran mentira logró convencer a la población hasta la caída de la U.R.S.S. (momento en que la verdad sobre esta operación de propaganda salió a la luz).

Esta curiosa historia es una de las tantas que se pueden leer en «Las 100 mejores anécdotas de la Segunda Guerra Mundial», la tercera reedición de la famosa obra del historiador y periodista Jesús Hernández. Este libro, concretamente, fue con el que este experto en la Segunda Guerra Mundial se dio a conocer en el ámbito editorial en 2003. «Hoy muchos lectores saben de mi gracias a obras como “Enigmas y misterios de la Segunda Guerra Mundial” o “Breve Historia de la Segunda Guerra Mundial”, pero no tienen en su poder el libro con el que me di a conocer. Por eso lo he reescrito, he actualizado todos los datos y he añadido información que me ha parecido interesante para completarlo», afirma el autor en declaraciones a ABC.

La toma del Reichstag

Para entender la importancia de esta instantánea (conocida a la postre como «Alzando una bandera sobre el Reichstag», tal y como corroboran expertos como Gregorio Doval) es necesario viajar en el tiempo hasta el 16 de abril de 1945. Y es que, fue exactamente ese día cuando comenzó la Batalla de Berlín. Es decir, la última defensa a ultranza de la capital del Reich por parte de las escasas tropas alemanas que aún rendían culto a Hitler. En aquella época ya no era ningún misterio que los aliados (especialmente los soviéticos, quienes disponían de más de dos millones y medio de soldados y 6.000 carros de combate) avanzaban con el cuchillo entre los dientes hacia el último reducto del Führer.

En su contra, el que fuera uno de los líderes más poderosos de la primera mitad del SXX apenas pudo interponer 800.000 combatientes. Y la mayoría de ellos, además, no eran más que unos pobres niños reclutados de las «Juventudes Hitlerianas» con falsas promesas de gloria y un futuro imperio alemán comandado por un Hitler que, según les decían, resurgiría de sus cenizas. Mentiras. Estos pequeños soldados estaban acompañados, a su vez, de miles de ancianos armados y entrenados a la carrera por los restos de las escasas unidades que habían logrado sobrevivir a los continuos combates los aliados en media Europa. Eran, en definitiva, los estertores de muerte de un Reich que trataba de tomar sus últimas bocanadas de aire aún a sabiendas de que la suerte estaba más que echada.

Con el paso de los días, la situación se recrudeció todavía más para los defensores, quienes –a pesar de todo- estaban resueltos a defender al Führer. Un líder que, para muchos, ya había perdido la cabeza hacía semanas. «El 23 de abril, el general Weidling, comandante de la batalla de Berlín, informó a Hitler de que solo quedaba munición para dos días de combate. No obstante, afirmó que defendería sus posiciones mientras el cerco soviético se cernía sobre la ciudad, a escasas manzanas del búnker donde Hitler se sumía en sus delirios. El 30 de abril, Berlín era un infierno encarnizado en el que los rusos tenían un objetivo primordial: capturar el simbólico Reichstag, defendido con vigor por su guarnición», explica Chriss Mann en su obra «Las Grandes Batallas de la Segunda Guerra Mundial».

La misión de los soviéticos no era sencilla, pues entre los muros del edificio gubernamental se defendían nada menos que 5.000 miembros de las tristemente famosas Waffen-SS, las tropas más ideologizadas de toda Alemania. «El Reichstag se convirtió en una auténtica fortaleza. Para ello se minaron todas las calles que conducían al edificio, se colocaron barricadas y se cavaron trincheras y fosas antitanque. Los alemanes dispusieron varias piezas de artillería en el exterior y se hicieron fuertes en los sótanos, reforzados con vigas de hormigón y acero», determina Hernández en su obra «Las 100 mejores anécdotas de la Segunda Guerra Mundial».

A pesar de la defensa a ultranza del Reichstag, los soviéticos sabían del golpe moral que supondría para sus enemigos perder este edificio. Por ello, los rusos cargaron sus fusiles Mosin-Nagant y sus subfusiles PPSh para, a finales de abril, tomarlo al precio que costara. Y es que, como es mundialmente conocido gracias a la «Orden 227», Stalin no tenía problema en anteponer los objetivos a la vida de miles de sus soldados. A los militares del Ejército Rojo no les quedó más, finalmente, que combatir por cada una de las habitaciones del enclave para expulsar de él a los soldados de las SS.

La gran mentira

En medio de aquel caos, en medio de toda aquella vorágine de muerte, la versión oficial del gabinete de Stalin afirma que el 30 de abril (cuando todavía no se había tomado totalmente el Reichstag y aún resistían varios cientos de alemanes en varias de sus salas) un soldado soviético logró llegar hasta el tejado del edificio. Una vez allí, descolgó la bandera con la esvástica e hizo ondear el paño soviético con la hoz y el martillo simbolizando así la toma de Berlín. Aquel momento –según lo que contó la U.R.S.S.- fue tan impactante que un fotógrafo lo inmortalizó para la posteridad con su cámara, dando lugar a una de las instantáneas más conocidas de toda la Segunda Guerra Mundial. La verdad es bien diferente, pues la imagen fue un montaje que se realizó el día 2 de mayo en base a lo que, según algunos combatientes, había sucedido varias jornadas antes, pero había sido imposible de inmortalizar.

«La apertura de los archivos secretos de la Unión Soviética tras su disolución desmintió que la imagen fuera de aquel día. El fotógrafo de guerra Yevgeni Jaldéi (1917-1997), de la agencia de prensa TASS, preparó la escena el 2 de mayo, cuando el Reichstag estaba ya asegurado. Para ello pidió a varios soldados que posasen de esa manera, colocando la bandera en la parte más alta del edificio. De las numerosas fotos resultantes de la sesión, escogió la que luego se haría mundialmente conocida», explica Hernández en su obra. Al parecer, lo único que pretendían los soviéticos era hacer una instantánea igual de impactante que la de los americanos en Iwo Jima.

Con todo, esa no fue la única «trampa» que protagonizaron los soviéticos con dicha fotografía. Y es que, una vez que la instantánea llegó a Moscú, los mandamases de la época decidieron que no era todo lo que heroica que debía ser y que necesitaba algún que otro retoque para quedar perfecta. El primero de ellos fue eliminar uno de los dos relojes que el soldado del Ejército Rojo que portaba la bandera tenía en una de sus muñecas.

Puede parecer algo absurdo, pero la razón es bastante sencilla: lo había obtenido saqueando los cadáveres de los soldados alemanes asesinados por sus compañeros aquel día. No se podía tolerar que el resto de los mortales supieran ese dato, así que fue eliminado. A su vez, y tal y como señala Hernández en su obra, fueron añadidas dos columnas de humo en el fondo de la imagen para que la situación de Berlín pareciese más dramática.

Montado el teatro, ya sólo quedaba difundir la fotografía y esperar a que se hiciese famosa. «La histórica instantánea sería publicada por primera vez el 13 de mayo en la revista ilustrada Ogonyok; a partir de entonces sería ampliamente reproducida en todas las publicaciones soviéticas e, incluso, en sellos de correos», explica el historiador en su libro. Finalmente, la prensa hizo el resto del trabajo y «Alzando una bandera sobre el Reichstag» se convirtió pronto en todo un símbolo de la victoria de la U.R.S.S. sobre Adolf Hitler y sobre el nazismo. Acababa una guerra, pero comenzaba una leyenda… falsa.

Con todo, a día de hoy se desconoce quién fue el artífice de esta operación aunque, como en todo, no faltan las teorías. Hernández, tras llevar a cabo las pertinentes investigaciones, apunta directamente al «camarada Stalin», aunque explica que es imposible corroborarlo: «Se ha especulado con que fue el propio Stalin el que animó al Departamento de Propaganda a conseguir esta histórica fotografía al contemplar con envidia la gran difusión que estaba teniendo la imagen de los soldados norteamericanos izando la bandera de las barras y estrellas en Iwo Jima. Por lo tanto, según esta hipótesis, el dictador soviético decidió contrarrestarla con una escena similar».

¿Quién puso la bandera?

Además de esta operación secreta de propaganda, los soviéticos también mintieron en torno a quien fue el encargado de izar la bandera sobre el Reichstag. En principio, se consideró que el responsable fue un sargento georgiano llamado Meliton Kantaria (el cual fue condecorado como héroe de la Unión Soviética). Sin embargo, con el paso de los años y las sucesivas investigaciones históricas el honor fue pasando de soldado en soldado.

«En realidad, ese honor debía corresponder al hombre que realmente colocó por primera vez la bandera roja en el emblemático edificio, a las 22:40 del 30 de abril de 1945: el ruso Mijail Petrovich Minin. Cuando todavía se estaba combatiendo en las salas y pasillos del Reichstag, Minin y otros tres hombres se ofrecieron para subir a la azotea y plantar allí la bandera, con la promesa de sus superiores de que, si lo conseguían, serían nombrados héroes de la Unión Sovíetica», explica Hernández. No obstante, la operación de propaganda hizo que no recibieran tal honor hasta 1995.


El Mundo

  • Una empresa española diseña microchips para una nave que estudiará las lunas del planeta
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Recreación artística de la misión JUICE ESA

Cuando en 2022 el satélite europeo JUICE explore las lunas heladas de Júpiter, llevará a bordo componentes electrónicos diseñados por una joven pyme nacida en Leganés (Madrid) y que, a base de vender materia gris, se ha hecho un hueco en el sector aeroespacial europeo. Al director ejecutivo de Arquimea Deutschland, Ferran Tejada, no le preocupa en exceso la crisis ni la necesidad de trabajar en otros países, pero sí lamenta que la inversión española en I+D carezca de “un plan de consistencia a largo plazo”.

La misión espacial JUICE, que pretende examinar durante tres años los satélites Calisto, Europa y Gamínedes, es uno de los proyectos estrella de Cosmic Vision, el programa europeo de exploración planetaria para el que la pyme española Arquimea Ingeniería está diseñando dos complejos microchips, base sobre la que se elaborarán los futuros componentes electrónicos finales. La empresa, creada en 2005, tiene dos áreas principales de actividad: mecanismos actuadores basados en materiales inteligentes y circuitos integrados, microchips.

Su principal cliente es la Agencia Espacial Europea y trabajan con tecnologías que desarrollan desde un nivel de madurez bajo y que sirven de base para componentes que la ESA utiliza para sus misiones. Su éxito es la prueba de laboratorio que demuestra la validez de la siguiente fórmula: un eficiente uso de la inversión pública en I+D sumado a una estrategia empresarial muy enfocada a necesidades puntuales de la industria y productos de alto valor añadido dan como resultado un posicionamiento sólido en el sector en menos de diez años.

“Lo que hace Arquimea es enfocarse a un nicho muy concreto en el sector espacial, los materiales con memoria de forma, aleaciones inteligentes que cambian o recuperan su forma cuando cambia la temperatura, una capacidad que en Europa no tiene casi nadie. Somos además, en el campo de la microelectrónica, uno de los pocos en Europa especializados en diseños de señal mixta tolerantes a radiaciones. La radiación cósmica altera el funcionamiento de muchos circuitos y hay que diseñarlos con técnicas especiales que los hagan resistentes y tolerantes a esa radiación”, señala Tejada como líneas generales del enfoque de su actividad.

“Hemos participado en proyectos de I+D financiados por CDTI Centro de Desarrollo para Tecnología Industrial en España, por el Ministerio de Economía o el de Ciencia e Innovación en su momento”, relata, “y además lideramos varios proyectos europeos. Como partimos de tecnología base, es fácilmente vendible o financiable”, añade. En 2012, sin embargo, la empresa tuvo que dar el salto a Alemania, cuando los presupuestos públicos para Espacio sufren una grave caída en España debido la crisis. “Aquí la competencia es mucho mayor, pero la inversión es también 10 veces mayor. Nuestros principales clientes y socios estaban aquí, y trabajando en Alemania tenemos la posibilidad de transferir tecnologías a otros sectores, como automoción o industria. Este año estamos consolidando la empresa en el sector espacial y en dos o tres años pasaremos a los sectores médicos e industrial”, expone Tejada, uno de los 5 instalados en Fránkfurt Oder y que se suman a los alrededor de 30 empleados de la empresa en España. En este ejercicio fiscal facturarán más de 5 millones de euros, el 90% fruto de la exportación.

A pesar de los esfuerzos inversores españoles en I+D, muchas empresas se quedan en el camino. “Personalmente echo de menos un plan, una mayor consistencia de la estrategia. Me da la sensación de que cuando hay dinero se financia todo y cuando deja de haberlo se cortan cosas a medias, por lo que se pierde lo que se ha financiado antes. Sería interesante establecer una estrategia clara y comunicarla bien sobre a dónde quiere ir el I+D en España en cada uno de los sectores, así como conceder un mayor peso de las pymes a la hora de definir esos intereses respecto a las grandes empresas”, propone.

Pero para anclarse en un sector no basta con un nivel de inversión favorable, sino que además es necesaria la interacción muy intensa con otras empresas. “Los proyectos europeos propician la formación de consorcios con empresas o instituciones de investigación de al menos tres países, y después está lo que llamamos la puerta fría, que consiste en diseñar algo que crees que puede interesar a una empresa y tratar de contactar con ella en ferias, por ejemplo. Hace un par de años contactamos así con Daimler y redactamos dos patentes con ellos basadas en nuestros materiales de memoria de forma” se enorgullece, explicando la clave que permite posicionarse en un sector de inversión masiva, como es el aeroespacial, contando solo con ordenadores y dos laboratorios: “Poner un satélite en el espacio cuesta del orden de 400 millones de euros, pero hay componentes que cuesta fabricar desde cientos de miles de euros hasta varios millones. Cada antena, cada panel solar, cada CPU están compuestos a su vez por partes más pequeñas que cuestan menos y nosotros nos situamos en esa parte de la cadena”.

En un campo de competencia feroz, el plus que la ESA ha valorado en la licitación es su optimización del diseño, puesto que son circuitos integrados reconfigurables que muy posiblemente servirán para “procesar señales eléctricas de los instrumentos” del satélite JUICE o alguna de las demás misiones del ambicioso programa espacial europeo.

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