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  • El material será presentado esta tarde en la UTN de San Rafael, será distribuido en forma gratuita en las escuelas de la región.

“Al sur del río Diamante”, un documental que registra 10.000 años de prehistoria y destaca las principales etapas de cambio que atravesaron las poblaciones humanas en el sur de Mendoza, será presentado a las 18.30 en la UTN Regional San Rafael.

El video, realizado por los documentalistas de Buenos Aires, Pablo Domínguez y Alejandro Mansilla, tiene una duración de 25 minutos, podrá ser distribuido gratuitamente en las escuelas, como también será utilizado en el Museo de Historia Natural de San Rafael.

El poblamiento, la extinción de la megafauna, el despoblamiento humano durante el Holoceno medio y la llegada de los primeros agricultores, son parte del contenido de este material que los documentalistas dejarán a las autoridades municipales para que pueda difundirse gratuitamente en los centros educacionales y aquellas organizaciones no gubernamentales que quieran conocer un poco más sobre la arqueología de la región.

Gustavo Neme, antropólogo, doctor en Ciencias Naturales e investigador del Conicet, comentó que el documental está realizado por un equipo integrado por sonidistas, camarógrafos y técnicos de la productora Pol-ka. Además señaló que tanto la introducción como el cierre están hechos por el  actor  Raúl Taibo que trabaja con los hacedores del material.

Cabe destacar que el audiovisual cuenta con la participación de los investigadores del Museo de Historia Natural de San Rafael, quienes fueron contactados por los documentalistas a través de la página web.  Así el equipo de documentalistas se acercó al museo y se  entusiasmó con la idea de hacer una serie de audiovisuales sobre la región. De a poco fueron acordando con los profesionales del museo, con quienes recorrieron algunos de los sitios arqueológicos de la zona y comenzaron a filmar.

Este es el primero y presenta un pantallazo general de la prehistoria del Sur de Mendoza. La idea de hacer estos documentales surgió con el objetivo de   vincular el patrimonio arqueológico con las comunidades en las que se encuentran los descubrimientos, con el objetivo de poner en valor los hallazgos y el trabajo científico dentro de la comunidad favoreciendo la conservación y los lazos con el pasado.

Estos hallazgos arqueológicos que formarán parte del audiovisual permiten reconstruir muchas cosas como los caminos, ejes de circulación, territorio y movilidad de las poblaciones.

Esta serie de audiovisuales busca contar interpretaciones científicas de manera actualizada y que resulten familiares y atractivas al público. Asimismo, busca generar conciencia sobre temas surgidos de la arqueología y significativos para la vida actual tales como los cambios climáticos, relaciones sociales y redes de intercambio.

Esta tarde, los documentalistas participarán de la presentación en las instalaciones de la UTN -Urquiza y General Paz- mientras que el jueves proyectarán el video en el museo La Olla, en el distrito de Real del Padre y darán una charla.


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  • Los trabajos de excavación en la ciudad romana de Los Bañales (Uncastillo, Zaragoza), que dirige el profesor de Arqueología de la Universidad de Navarra Javier Andreu, han descubierto un tercer pedestal que aporta más datos sobre el homenaje a Tiberio.
Foto: EP/UNIVERSIDAD DE NAVARRA

Foto: EP/UNIVERSIDAD DE NAVARRA

En esta ocasión, se trata de un pedestal en el que figuran datos sobre Quinto Sempronio Vitulo. El hallazgo se ha producido en la última semana de la Fase Previa de la VII Campaña de Excavaciones Arqueológicas en Los Bañales y apenas unos días antes de que se incorporen a ella más de treinta estudiantes procedentes de hasta siete universidades distintas de España y Europa, según un comunicado de la Universidad de Navarra.

A finales de mayo, en el transcurso de los trabajos que lleva a cabo la Fundación Uncastillo, por encargo de la Dirección General de Patrimonio del Gobierno de Aragón, se produjo el hallazgo de un pedestal dedicado al emperador Tiberio entre el verano del año 31 y el verano del año 32 d. C. Dicho pedestal había sido dedicado por un individuo llamado Quinto Sempronio Vitulo, del que aquel documento revelaba su condición de oficial de caballería de una unidad auxiliar del ejército romano no precisada.

La pieza hallada, con siete líneas de texto y apenas dañada en su parte lateral izquierda, muestra el currículum de Quinto Sempronio Vitulo, que fue oficial de caballería en el ala Tauriana (una unidad auxiliar del ejército romano que, probablemente, y gracias a este nuevo documento, podría asegurarse que estuvo en Hispania antes de su traslado a la Galia hacia el año 69 d. C.) y, después, debió partir hacia Germania para actuar como ayudante (subprefecto) del comandante de la cohorte de los Germanos, ‘la cohors Germanorum’.

La referencia a esa unidad auxiliar de infantería constituiría la primera mención a la misma en la documentación epigráfica hispana y una de las más tempranas de cuantas se conocen en el Occidente Romano. El documento abre ahora una serie de interrogantes sobre la identidad de este personaje, su posible procedencia de Los Bañales, su relación con el propio Tiberio y los motivos que le llevaron a querer colocar una serie de homenajes, que debieron obrar junto a otras inscripciones todavía no localizadas, en el foro de esta ciudad romana.

JORNADAS DE ARQUEOLOGÍA ESTE SÁBADO

Algunas de esas cuestiones serán tratadas en la Jornada de Arqueología que bajo el título ‘Victoria Augusti: aproximación a la imagen del poder imperial de Roma’ la Universidad de Navarra celebrará el próximo sábado, día 4 de julio, en el edificio Central de la Universidad con entrada libre.

Los trabajos de este año en la ciudad romana de Los Bañales son posibles gracias a la Comarca de las Cinco Villas, la Fundación ACS, General Eólica Aragonesa y los consistorios de Layana, Uncastillo, Sádaba y Biota. Este pedestal, junto con el dedicado a Tiberio y el erigido en honor de Lucio César, podrá verse en la Jornada de Puertas Abiertas del yacimiento que tendrá lugar el próximo 26 de julio.


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  • El cuerpo del militar francés estaba cubierto por una espesa capa de grasa, su piel era blanca y las espaldas estrechas. Los médicos que vieron su cadáver destacaron la belleza de sus brazos y de sus pechos redondos y sin pelo, «que muchas mujeres hubieran envidiado»
 ABC Napoleón en Santa Elena, por Francois-Joseph Sandmann

ABC | Napoleón en Santa Elena, por Francois-Joseph Sandmann

Tras el desastre que supuso la batalla de Waterloo, las tropas de la Séptima Coalición se adentraron en Francia a la captura de Napoleón. El 1 de julio, Von Blücher ocupó Versalles y una semana después se restauró la corona de Luis XVIII. En un último intento desesperado, Napoleón trató de huir en barco hacia América, pero fue capturado por los británicos que hicieron oídos sordos a sus peticiones de asilo. El otrora dueño de Europa fue desterrado a la remota Isla de Santa Elena, a cientos de kilómetros de África, donde pasó sus últimos seis años de vida afectado por una extraña dolencia que, según una hipótesis defendida en los años ochenta, pudo estar provocada por un mal glandular.

Napoleón ya había permanecido desterrado en una remota isla, la de Elba, antes de iniciar los 100 días que terminaron con su estrepitoso fracaso en Waterloo. Sin embargo, las condiciones de su reclusión en Santa Elena fueron mucho más duras y afectaron mucho más a su ánimo. Cautivo de los ingleses, que en el futuro siguieron usando la isla como prisión de figuras políticas, y rodeado de un escaso puñado de seguidores, Napoleón Bonaparte empezó a sufrir de forma constante un dolor en el costado derecho idéntico al que su padre tuvo poco antes de su muerte, oficialmente a causa de un cáncer de estómago. El dolor, que algunos expertos también han apuntado a que pudo ser causado por envenenamiento, fue consumiendo poco a poco la vida de Bonaparte y vino acompañado de otros síntomas.

El síndrome de Zollinger-Ellison

Más allá de la hipótesis del envenenamiento o el cáncer de estómago, el doctor Robert Greenblat –especialista en endocrinología– defendió en los años ochenta una curiosa teoría que explicaría el extraño deterioro físico que fue sufriendo el «Gran Corso» en la última etapa de su vida. Su cuerpo fue redondeándose y sus partes genitales empezaron a atrofiarse, como advirtieron los que posteriormente se lanzaron a la profanación del cadáver. Según defendió este investigador norteamericano en la revista científica «British journal of sexual medicine», a partir de los cuarenta años de edad Napoleón Bonaparte mostró los síntomas de una enfermedad glandular que se conoce como síndrome de Zollinger-Ellison: una especie de transexualización.

El síndrome de Zollinger- Ellison está causado por tumores que, por lo general, están localizados en la cabeza del páncreas y en la parte superior del intestino delgado. Habitualmente, las personas afectadas por estos tumores derivan en neoplasia endocrina múltiple tipo I (NEM I), que provocan graves desordenes hormonales. Como prueba de ello, el doctor Greenblat apunta que en el examen posterior a su muerte se reveló que el cuerpo del Gran Corso estaba cubierto por una espesa capa de grasa, su piel era blanca, las espaldas estrechas, las manos y los pies pequeños, hasta el extremo de que varios forenses quedaron asombrados por la belleza de sus brazos y de sus pechos redondos y sin pelo, «que muchas mujeres hubieran envidiado».

Siendo un hombre de complexión atlética en su juventud y un fogoso amante –especialmente durante la época de su matrimonio con Josefina–, Napoleón empezó en su madurez a coger peso y a desarrollar algunos rasgos femeninos, como denota su escaso pelo facial o su piel extremadamente blanda. Su actividad sexual se redujo sobremanera tras su boda con la emperatriz María Luisa, y empezó a ser víctima de varias dolencias que le acompañaron hasta sus últimos días: letargia (somnolencia prolongada), entumecimiento de las piernas e intensos dolores de estómago.

El duro cautiverio en la isla de Santa Elena, donde pasó los últimos seis años de su vida, no ayudó ni mucho menos a que su estado de salud mejorara. Su última vivienda, Longwood House, era una enorme villa abandonada que se encontraba azotada por un clima insalubre. «Muero antes de mi tiempo, asesinado por la oligarquía inglesa, y su matón a sueldo», escribió Napoleón días antes de su muerte a los 51 años quejándose del trato recibido por los carceleros británicos. Finalmente, el corso falleció el 5 de mayo de 1821 a las 17:49h. siendo sus últimas palabras: «Francia, el ejército, Josefina».

Aunque Napoleón pidió en su testamento ser enterrado en París, los ingleses no quisieron alimentar el mito y ordenaron que el cuerpo no saliera de Santa Elena. Hubo que esperar hasta 1840 para que, a instancias del gobierno de Luis Felipe I, sus restos fueron repatriados a Francia.


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  • Ruy González de Clavijo, madrileño de nacimiento, fue enviado por el rey Enrique III hasta Samarcanda en el siglo XV para buscar una alianza contra el Imperio turco
 abc Ruy González de Clavijo, embajador del rey Enrique III, y la ruta que emprendió hasta Samarcanda (Uzbekistán)


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Ruy González de Clavijo, embajador del rey Enrique III, y la ruta que emprendió hasta Samarcanda (Uzbekistán)

Más de 7.000 kilómetros separan Madrid de Samarcanda, la segunda ciudad más importante de Uzbekistán y una de las regiones habitadas más antiguas de la Humanidad. Una diferencia de 84 horas en carretera y de más de 12 en avión que, sin embargo, se acorta hasta solaparse gracias a una relación nominal, relativa al homenaje que el Gran Tamerlán, el último gran conquistador de Asia Central, brindó en el siglo XV a Ruy González de Clavijo, a su vez el primer embajador europeo que alcanzó una relación diplomática estable con el emperador turco-mongol.

La capital de España, en lo que a su nombre se refiere, esconde por tanto una duplicidad respecto a su ubicación, pues no sólo es tal, sino que además es un barrio de Samarcanda; otrora una ciudad independiente. La historia, novelada en la obra «Embajada a Samarkanda» –atribuida a González de Clavijo– y recordada en ABC hace más de diez años por Santiago Ruiz-Morales, cónsul general honorífico de Uzbekistán en Madrid, narra el viaje de este madrileño de nacimiento hasta la región de la Gran Bukaria para buscar una alianza fuerte contra un enemigo en común: el Imperio otomano.

Encargo de Enrique III

Fue el entonces rey de Castilla, Enrique III de Trastámara, quien adivinó en el lugar, calificado ahora como Patrimonio de la Humanidad, una posibilidad para anular la amenaza que el emperador otomano Bayaceto suponía para la cristiandad, para Medio Oriente y para su propio reino. Por tal consideración, y por la premura de estrechar lazos diplomáticos con uno de los adversarios más contundentes de su enemigo, envió a Ruy González de Clavijo a Samarcanda para formalizar una alianza con el Tamerlán. Clavijo llegó a la Corte de Timur Lang –también denominado así– el 8 de septiembre de 1404, apenas dos años después de que su ejército derrotara a su homólogo turco en la batalla de Angora (Ankara).

Explica Ruiz-Morales en su artículo que el viaje por la Ruta de la Seda, a su paso por el Mediterráneo, el Mar Negro, Turquía Oriental, Persia y Afganistán, generó los escritos del embajador madrileño, de una gran riqueza «histórica, geográfica y etnográfica», disponibles en castellano en tres versiones además de la novela citada anteriormente. Según narra, basado en tales crónicas, Clavijo asentó en cierto modo el propósito para el que fue enviado gracias a las fiestas que el Tamerlán preparó; una bacanal cada tres días, un bucle de mujeres engalanadas, ceremonias, danzas y borracheras en las que, en el último caso, el español no participó por su condición de abstemio.

En total, permaneció allí dos meses, hasta el 21 de noviembre, con un agradecimiento tal de parte del conquistador turco-mongol que bautizó a una ciudad próxima a Samarcanda, capital de su Corte, con el nombre de Madrid, la cuna del primer europeo que recorrió medio mundo para visitarlo. Pasadas unas semanas desde la marcha de Clavijo, el Gran Tamerlán murió en su intento de invadir China.

Avenida de Ruy González de Clavijo

Predecesora de la Embajada de Payo Suárez de Sotomayor y Hernán Sánchez de Palazuelos, que se encontraron con el Tamerlán tras su victoria en Ankara y regresaron al Alcázar de Segovia con el consejero Mohammed El-Kesh, la propia de González de Clavijo fue la primera en enraizar la empresa demandada desde Castilla, con una profundidad todavía visible.

Fruto de aquella alianza y de la ponderación de Clavijo en Samarcanda, una avenida recibió su nombre en 2004; un hermanamiento entre ambas ciudades análogo al que, por ejemplo, mantienen Córdoba y Bujará –quinta urbe de Uzbekistán– por ser los ejes culturales en los años de transición entre los dos primeros milenios, como apuntó el cónsul en el mismo texto publicado en este periódico.


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  • Esta madrugada se tardará un instante más en pasar al día 1 de julio. El ajuste corrige un desfase entre el tiempo medido en relojes atómicos y el medido en función de la rotación terrestre

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Ni siquiera el tiempo se libra de la autoridad de los técnicos y sabios. Y es que, el Servicio Internacional de Rotación de la Tierra y Sistemas de Referencia (IERS), una de los organismos responsables de la medición y la distribución del tiempo, ha decidido que el año 2015 debe ser un segundo más largo para compensar las «imperfecciones» de la rotación terrestre.

Este segundo extra se añadirá justo antes de la medianoche de hoy, 30 de junio, cuando los calendarios estén a punto de cambiar al 1 de julio. Y el objetivo es, según dicen, mantener a los precisos relojes atómicos «en hora», en relación con la rotación de la Tierra, ya que la escala de tiempo de estos artilugios es más estable y fiable que la basada en el movimiento de nuestro planeta.

El segundo adicional se agregará al Tiempo Universal Coordinado (UTC) y permitirá evitar que las escalas de tiempo de los relojes atómicos y del tiempo medido en función de la rotación terrestre se separen cada vez más.

Problemas en internet

Existe un continuo debate sobre si se debe abolir o no el segundo intercalar y permitir que la hora atómica se separe poco a poco de la hora solar. Algunos países han propuesto eliminar esta medida por las dificultades que suponen para los sistemas que dependen de la sincronización exacta, como los sistemas informáticos e internet, y el tiempo y el esfuerzo necesarios para programar los equipos de forma manual, con el consiguiente riesgo del error humano.

Durante el último salto de un segundo en 2012, algunos sitios web, como Reddit, LinkedIn o Yelp experimentaron problemas. Para que este año no ocurra ningún incidente, Google ha estado preparándose, según explican en «The Verge». La solución del famoso buscador es cortar el segundo extra en milisegundos y luego repartir estas pequeñas porciones de tiempo en el sistema de manera imperceptible a lo largo del día.

El tiempo atómico

Para crear el UTC se genera primero una escala de tiempo secundaria, conocida como «tiempo atómico internacional» (TAI): el UTC sin segundos añadidos o quitados. Cuando se instituyó el sistema en 1972 se determinó que la diferencia entre el TAI y el tiempo real de rotación de la Tierra era de 10 segundos. Desde entonces se han añadido segundos en intervalos que van de seis meses a siete años, y el más reciente se agregó el 30 de junio de 2012.

Los relojes atómicos, basados en las vibraciones dentro de los átomos, son los más exactos que existen. En 2013, un par de relojes atómicos experimentales basados en átomos de iterbio establecieron un nuevo récord por su precisión. Diseñados en el estadounidense «National Institute of Standards and Technology» (NIST), funcionan como péndulos o metrónomos que podrían dar la hora de forma adecuada desde los últimos 21 siglos. Los físicos del NIST han explicado que es «más estable que cualquier otro reloj atómico». De hecho, su actividad es unas 10 veces mejor que cualquiera de los resultados presentados para otros relojes de estas características.


El Mundo

  • Un burgués con olfato para los ‘pelotazos’ se apresuró a poner ladrillos en la calle Serrano
  • La operación especulativa no le salió bien y acabó muriendo en la bancarrota total
  • Un libro recoge los detalles del origen de la zona ‘bien’ por antonomasia de la capital
Litografía del siglo XIX en la que aparece la antigua plaza de toros, derribada en 1860, junto a la puerta de Alcalá.

Litografía del siglo XIX en la que aparece la antigua plaza de toros, derribada en 1860, junto a la puerta de Alcalá.

A la ciudad de Madrid se le suele olvidar su origen musulmán aunque lo lleve grabado en el nombre. Aquella fundación medieval dejó impronta en el abigarrado e irregular callejero de la zona más antigua de la capital, donde se le da esquinazo a los ángulos rectos. Hubo que esperar hasta el siglo XIX para que los urbanistas cogieran la escuadra y el cartabón.

Tras el Ensanche de Barcelona, en 1860 Carlos María de Castro dibujó en cuadrícula las afueras de Madrid para que la ciudad pegara el estirón. Uno de los primeros en edificar siguiendo aquel plan en damero fue José de Salamanca, burgués que acabó siendo marqués y que acumuló la mayor fortuna española de la época por su olfato para los ‘pelotazos’. En el Ensanche de Madrid vio una oportunidad para los negocios, y se apresuró en poner ladrillos en los solares de la calle Serrano.

La jugada no salió bien y el marqués de Salamanca falleció en bancarrota. Sin embargo, esa operación especulativa que le llevó a la ruina supuso la fundación del barrio rico por antonomasia de Madrid.

No siempre fue así: sobre el plano, el urbanista De Castro lo diseñó como zona de residencia de la clase media, con grandes espacios ajardinados que el propio marqués de Salamanca hizo desaparecer para ganar edificabilidad. Cuando el promotor y magnate murió, en 1883, medio barrio quedaba por hacer, y no culminaría hasta la década de 1930.

Entonces el lujo no había convertido todavía en ‘milla de oro’ a la calle Serrano, donde se concentraban establecimientos humildes como carnicerías o tiendas de ultramarinos. Lo revela el historiador Francisco Juez Juarros en su libro ‘Barrio de Salamanca’ (Flashback Ediciones), el primero dedicado a la historia del barrio bien de Madrid e ilustrado con decenas de imágenes históricas.

«El barrio de Salamanca no fue absolutamente elitista, ni mucho menos, y desde su origen hay una presencia de distintas clases sociales, no solo aristocracia y alta burguesía, hay más diversidad de lo que el tópico nos dice», explica el investigador.

Entre el vecindario había incluso vacas hasta hace pocas décadas, y también toros: frente a El Retiro, al lado de la Puerta de Alcalá, existió una plaza de toros que inspiró a Goya sus grabados de la serie Tauromaquia. Casualmente, después se construyó un nuevo coso en el barrio (donde ahora se encuentra el Palacio de Deportes) bautizado con el nombre del pintor. El barrio fue el primero en alojar un fenómeno propio del siglo XX como el fútbol: tanto el Real Madrid como el Atlético dieron sus primeras patadas al balón en terrenos de juego en los descampados que existían al sur de la calle O’Donnell.

Calles con solera

El libro de Juez Juarros también rescata edificios desaparecidos, como los elegantes palacios levantados entre La Castellana y Serrano que acabaron condenados a la piqueta. El historiador también ha querido recuperar «las pequeñas historias» que conformaban «la vida de barrio» en calles donde hoy el precio del metro cuadrado es prohibitivo.

«Hay una nostalgia de esa ciudad más amable, humana y de proximidad que ha sido hasta hace no muchas décadas», reflexiona el historiador. Aunque el barrio de Salamanca también ha tenido episodios trágicos, algunos casi olvidados. Por ejemplo, el derrumbe de un edificio en 1944 que sepultó a más de un centenar de trabajadores, o el estallido de un polvorín en la estación de Lista durante la Guerra Civil, que dejó decenas de muertos. Y eso que el ejército de Franco evitaba bombardear el barrio de Salamanca porque sabía que allí vivían los suyos.

«Por esa razón, los partidos de izquierdas y sindicatos se instalaron en el barrio durante la guerra para resguardarse de los bombardeos. Poca gente sabe, por ejemplo, que el Ayuntamiento de Madrid se trasladó entonces al palacio de Amboage, la actual embajada de Italia», apunta el historiador.


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  • Juan de Vivero fue asesinado a su regreso de Medina del Campo, aunque no por los motivos que imaginó Lope de Vega
Palacio Caballero de Olmedo Despacho de Lope de Vega, en el Palacio Caballero de Olmedo

Palacio Caballero de Olmedo
Despacho de Lope de Vega, en el Palacio Caballero de Olmedo

«Amor no te llame amor, el que no te corresponde». Los primeros versos que Lope de Vega puso en boca de don Alonso ya anticipaban la causa por la que moriría asesinado «El Caballero de Olmedo» en la célebre tragicomedia que dio a conocer universalmente a la Villa de los Siete sietes vallisoletana.

Don Alonso Manrique, como así llamó Lope al noble de Olmedo, regresaba de ver a su amada doña Inés en Medina cuando en lo alto de la llamada Cuesta del Caballero fue atacado a traición por don Rodrigo, el prometido de la joven al que corroían los celos. De nada sirvieron las advertencias en el camino («Sombras le avisaron / que no saliese / y le aconsejaron que no se fuese»). Don Alonso se encaminó solo hacia su terrible destino en esta famosa obra que se estrenó en 1620 y que tantas veces ha sido llevada a los escenarios.

Lope de Vega escribió «El Caballero de Olmedo» a partir de una seguidilla popular que por aquel entonces era muy conocida: «Que de noche le mataron, al Caballero, la gala de Medina, la flor de Olmedo».

La cantinela había alcanzado gran éxito en el primer cuarto del s. XVII, pero aludía en su origen a Juan de Vivero, un caballero de la Orden de Santiago asesinado el 6 de noviembre de 1521. Señor de Castronuño y Alcaraz, Vivero «fue muerto viniendo de Medina del Campo de unos toros, por Miguel Ruiz, vecino de Olmedo, saliéndole al encuentro», escribió Alonso López de Haro en su «Nobiliario genealógico de los Reyes y Títulos de España» (1622).

Juan Antonio de Montalvo daba más detalles en su «Memorial histórico de Medina del Campo» (1633) de «aquel suceso tan celebrado del caballero de Olmedo», fechando el crimen en «un día cerca de Todos los Santos» de 1521, durante el reinado de Carlos I ( y no de Juan II como en la obra de Lope). Tras el asesinato, Miguel Ruiz se refugió en el convento de religiosos jerónimos de la Mejorada, donde los frailes le protegieron del cerco de caballeros, amigos y deudos del muerto, según Montalvo. Vestido de fraile, Ruiz logró escapar de sus perseguidores y acabó embarcándose para las Indias, donde tomó el hábito de Santo Domingo en México, «fue lego y vivió casi sesenta años».

Joseph Pérez descubrió en 1966 varios documentos del Archivo Histórico de Simancas que probaron la historia real de «El Caballero de Olmedo». Estos escritos, que recogió en «La muerte del Caballero de Olmedo. La leyenda y la historia», dan cuenta de las detenciones llevadas a cabo tras la muerte de Vivero, de las acciones judiciales emprendidas por la viuda de don Juan, Doña Beatriz de Guzmán, y de cómo fueron confiscados los bienes de Miguel Ruiz, aunque sus huellas se perdieron. «La fecha (6 de noviembre de 1521), la identidad de la víctima, del asesino, el lugar y las circunstancias del crimen, están bien establecidas. Los motivos, por el contrario, continúan siendo oscuros», señalaba Pérez.

Francisco Rico resaltó en su estudio de la obra cómo «los móviles de Miguel Ruiz nunca quedaron establecidos satisfactoriamente, o eran, si acaso, demasiado prosaicos para impresionar a nadie», pero «sí era impresionante de suyo el asesinato sangriento de un noble joven y aureolado del prestigio de don Juan: caballero de Santiago, triunfador en Tordesillas (1520) y Villalar (1521) al servicio de Carlos V, recién electo regidor de Olmedo».

Un ajuste de cuentas

El móvil del crimen más verosímil sería precisamente «un ajuste de cuentas tras la batalla de Villalar», señala Benjamín Sevilla, citando el estudio «Sobre la realidad histórica de ‘El caballero de Olmedo’» de Antonio Blanco y desechando las versiones sobre una disputa a cuenta de unos galgos. «Juan de Vivero fue partidario de los comuneros y luego realista», explica el gerente del Palacio del Caballero de Olmedo.

Adelaida Sagarra Magazo, doctora en Historia de la Universidad de Burgos, relata cómo el conflicto fue muy virulento en Olmedo, ya que «parte de la ciudad se declaró comunera y fue capitaneada por don Juan de Vivero». Los Vivero eran una poderosa familia enfrentada tradicionalmente con los Troches, a los que apoyaba Antonio Fonseca. «Juan de Vivero, en el último momento, cuando los acontecimientos se decantaron definitivamente, cambió de bando. Además, Vivero aprovechó la huida a Flandes de Antonio de Fonseca tras el incendio de Medina, del que fue principal responsable, para adueñarse de la situación política local», señala Sagarra.

«Pero los Fonseca no se resignaron», añade la historiadora recordando los versos «que de noche mataron…» y la muerte del caballero el 6 de noviembre de 1521.

La estancia de la Corte en Valladolid de 1601 a 1606 «contribuyó de forma decisiva a que reviviera, se recreara y se divulgara la vieja leyenda del Caballero de Olmedo», según Francisco Rico.

La leyenda llegó a Lope sin referencias cronológicas ni móvil claro del crimen. De ahí que imaginara una intriga más sugerente para el espectador, convirtiendo a Olmedo en «uno de los espacios literarios universales» con «una de las historias de amor y muerte mejor contadas, capaz de que sus espectadores o lectores, no importa de qué tiempo o lugar, puedan de alguna manera reconocerse en sus protagonistas y conmoverse con su suerte», señalan desde el Palacio del Caballero de Olmedo. «Y todo esto sin que deje de resonar en ella el eco de un suceso ocurrido en algún momento de la historia real y mínima del camino de Medina a Olmedo».

La realidad histórica del caballero de Olmedo «ya no puede anular las consecuencias desprendidas de la tragicomedia de Lope. Ni en la Ciudad del Caballero, ni en la Ciudad del Caballero, ni en Castilla y León, tampoco en España, ni en el universo literario», decía Zenón García Alonso. Es Don Alonso Manrique, más que don Juan de Vivero, quien después de muerto vive «en las lenguas de la fama». El Caballero de Olmedo.


Olmedo Clásico 2015


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  • Los Reyes de España viajan a México esta semana pero, como es habitual y para evitar la controversia, no tienen previsto visitar la remota iglesia donde permanece enterrado el español más importante en la historia del país americano
ABC Retrato de Hernán Cortés en su vejez

ABC | Retrato de Hernán Cortés en su vejez

No se trata de ninguna clase de maldición azteca. No hubo como en el sarcófago egipcio de Tutankamon una inexplicable cadena de muertes. La maldición de Hernán Cortés es la un país que no sabe cómo tratar a un personaje histórico que participó decisivamente en la fundación de lo que hoy es México, pero que es recordado como uno de los mayores villanos de su historia. Y mientras el país sigue debatiendo qué hacer con su legado, la tumba del conquistador español permanece semioculta tras ser víctima de una intensa persecución en el pasado.

Tras sus éxitos militares en el nuevo continente, Hernán Cortés se cuidó de regresar a Castilla a dar cuenta de sus éxitos a Carlos I de España. La relación fue durante un tiempo cordial con el Rey, pero con el tiempo Cortés pasó a engrosar contra su voluntad la lista de nobles que merodeaban la Corte mendigando por cargos y prebendas. El extremeño, no obstante, se consideraba merecedor de reconocimientos sin necesidad de estar reclamando favores. «¿Es que su Majestad no tiene noticia de ello o es que no tiene memoria?», escribió Hernán Cortés, sin pelos en la lengua, ante las promesas incumplidas del Monarca. Para los europeos, los méritos en América sonaban a poca cosa y no requerían tanta atención. Así y todo, le concedió un botín considerable –extensas tierras, el cargo de capitán y el hábito de la Orden de Santiago–, acaso insuficiente a ojos de Cortés.

La muerte le alcanza cuando su fortuna decaía

El empeoramiento de su relación con Carlos I no evitó que en 1541 el conquistar español fuera uno de los primeros en acudir a la llamada del Rey para realizar una incursión contra Argel, un importante nido de la piratería berberisca. Sin embargo, Cortés fue ninguneado por el Rey y el resto de mandos y la campaña resultó un completo desastre. El repliegue no fue menos desastroso. Hubo que echar al agua a los caballos para hacer sitio a toda la gente naufragada en el proceso, entre ellos a Cortés y a sus hijos. Agotado y enfermo por el viaje, Hernán Cortés nunca recuperó completamente las fuerzas perdidas en la que fue su última expedición guerrera. Además, el extremeño extravió la enorme fortuna que portaba en su barco naufragado, 100.000 ducados en oro y esmeraldas. En los siguientes años se estableció en Valladolid, donde retomó su actividad empresarial y se arropó de un ambiente humanista. Allí observó impotente como sus protestas al Emperador eran sepultadas una y otra vez por las intrigas de la Corte. A finales de 1545, el conquistador se trasladó a Sevilla con la intención de viajar una vez más a México, quizás con el sueño de acabar sus días allí.

Hasta el final, Cortés reclamó sin éxito al Emperador nuevas ventajas por sus méritos militares, pero a esas alturas los tesoros de Pizarro eclipsaban a los traídos por el conquistador de México en el pasado. La fama de Cortés estaba en caída libre cuando, tras dos años en Sevilla planeando su regreso a la Nueva España, murió víctima de la disentería. El extremeño falleció en Castilleja de la Cuesta, provincia de Sevilla, el 2 de diciembre de 1547 de un ataque de pleuresía a la edad de 62 años. Su testamento estipulaba que fuera enterrado en México, aunque de forma provisional quedó en el panteón familiar de los duques de Medina-Sidonia, que habían velado por su bienestar en su etapa final.

En 1562, dos de los hijos de Cortés, Martín –nuevo marqués del Valle, y Martín –el hijo que tuvo con la interprete nativa doña Marina– llevaron los restos de su padre a México y le dieron sepultura en San Francisco de Texcoco. Comenzó entonces el largo peregrinaje de sus restos por la geografía mexicana. En 1629, quedó en una iglesia de Ciudad de México y luego, en 1794, en una fundación religiosa de la misma ciudad. Este nuevo traslado obedecía al interés del virrey, Conde de Revillagigedo, por dar un mausoleo más pudiente al héroe hispánico a costa del dinero de personajes influyentes de la ciudad.

Pero la independencia de México cambió radicalmente la imagen que tenía el país sobre Cortés. El extremeño tornó a ser el representante de la crueldad y la represión que destruyó la civilización azteca, e incluso fue tildado como genocida. A diferencia de otros países como Colombia que sí conservó el culto a Benalcázar o Ecuador con Orellana –en un intento de dar sentido histórico a sus países–, la oposición a Cortés se mantuvo firmemente enraizada hasta el punto de que en la actualidad no hay ninguna estatua de cuerpo entero del conquistador en todo el país. No en vano, los murales del artista mexicano Diego Rivera, pintados entre 1923 y 1928, recogen el sentimiento dominante sobre la figura del conquistador. Así, Cortés es una criatura encorvada y llena de deformidades que tiene el oro como única motivación.

La ubicación fue desconocida durante 110 años

Poco después de la independencia, empezaron a correr pasquines que incitaban al pueblo a destruir el sepulcro. Previniendo la inminente profanación, las autoridades eclesiásticas decidieron desmontar el mausoleo y ocultar los huesos. En la noche del 15 de septiembre de 1823, los huesos fueron trasladados de forma clandestina a la tarima del altar del Hospital de Jesús y el busto y escudo que decoraban el mausoleo fueron enviados a la ciudad siciliana de Palermo. Trece años después, los restos cambiaron su ubicación a un nicho todavía más oculto, donde permanecieron en el olvido durante 110 años. Su ubicación exacta fue remitida a la Embajada de España a través de un documento que fue perdido y luego recuperado en 1946 por investigadores del Colegio de México, quienes asumieron la aventura de buscar los restos ocultos. El domingo 24 de noviembre de 1946 hallaron los huesos y los confiaron al Instituto Nacional de Antropología e Historia.

El 9 de julio de 1947, tras un estudio de los huesos, Cortés fue enterrado de nuevo en la iglesia Hospital de Jesús con una placa de bronce y el escudo de armas de su linaje. La única estatua de Cortés erigida en territorio mexicano permanece junto a esta humilde tumba, cuya existencia se guarda de forma discreta en un país que, en su mayor parte, sigue sin asumir el papel que jugó el conquistador en su fundación. Tampoco su otro país, el que le vio nacer, hace mucho por defender su figura.


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  • La biblioteca del monasterio fue la mayor colección privada de títulos de Europa en el siglo XVI. Entre ellos había ejemplares perseguidos por la Iglesia sobre ciencia, magia o religión
ABC Felipe II y la biblioteca del Real Monasterio de El Escorial

ABC | Felipe II y la biblioteca del Real Monasterio de El Escorial

Si de algo pecó Felipe II (1527-1598), el «rey prudente» y el más poderoso de su tiempo, fue de querer saberlo todo. Formado en Filosofía, Matemáticas y Ciencias, el monarca español acumuló desde joven una cantidad ingente de libros que acabaron conformando la real biblioteca del Monasterio de El Escorial. Una colección de títulos, la mayor parte de ellos religiosos, que alcanzó los 14.000 volúmenes a su muerte. Dejaba así la mayor colección privada de libros de Europa en su época que, más allá de su extenso número de ejemplares, era única por preservar alguno de los libros perseguidos por la Inquisición.

Felipe II se sentía fascinado por la ciencia y la magia a partes iguales. Creía en la astrología y muchas de las fechas clave de su trono las hizo coincidir con los pronósticos favorables de su horóscopo. De hecho, hasta el día de su muerte, el rey guardó junto a su cama el «Pronosticon», una predicción personal realizada para él por el mago alemán Matthias Hacus en 1550. Entre su colección privada había más de 200 libros relacionados con la magia, la alquimia y la cábala. La Inquisición no fue ajena a los intereses «herméticos» del poderoso monarca español.

Su biblioteca, la del Real Monasterio de El Escorial, fue objeto de especial interés por parte del Santo Oficio. Sin embargo, Felipe II supo mantener alejados a los censores de la Inquisición de sus preciados volúmenes. Para acallar cualquier insinuación de que el rey eludía los dictámenes eclesiásticos nombró, incluso, a su propio censor especial en El Escorial.

Felipe II fue, a tenor de los historiadores, un «ferviente católico» que, sin embargo, no quiso renunciar a ver y estudiar todo cuanto caía en sus manos. Se sabe que leyó la Arquitectura de Vitrubio, la Cosmografía de Apiano, los tratados de Arquímedes en griego y latín, y a Hipócrates, Galeno y a Aristóles, entre muchos otros autores capitales. También acumuló miles de manuscritos en griego y hebreo y medio millar de códices árabes.

Los libros «más raros y exquisitos»

Su intención al crear la biblioteca de El Escorial fue convertir el Real Sitio en un centro de eruditos y científicos. El rey quiso traer hasta Madrid los libros más «raros y exquisitos» del mundo, como dejó constancia en una carta enviada al embajador francés en 1567 presumiendo de su colección. Según los historiadores, en un listado elaborado en 1634 –36 años después de la muerte de Felipe II– por el bibliotecario del monasterio, El Escorial tenía cerca de 400 libros prohibidos en sus armarios. De ellos, según recoge en un estudio el historiador y académico José Manuel Sánchez Ron, 74 eran científicos.

La Inquisición quiso expurgar los libros prohibidos de Felipe II desde 1584. El rey consiguió eludir los mandatos eclesiásticos durante más de una década impidiendo que el Santo Oficio «limpiara» los fondos de su biblioteca y controlara el incesante ingreso de nuevos títulos. En 1597, solo un año después de que Felipe II le nombrara inquisidor general, Pedro Portocarrero se enfrentó al rey para pedirle que dejara a la Inquisición hacer su expurga en El Escorial.

Un año más tarde su «católica majestad» murió logrando su objetivo de mantener sana y salva su biblioteca. Su hijo y sucesor Felipe III preservó los deseos de su padre y, en 1613, logró el permiso de la Inquisición para tener libros prohibidos con la condición de que solo el prior, el bibliotecario y los catedráticos pudieran leerlos. Una lucha que ha permitido conservar, a lo largo de cuatro siglos, parte del gran tesoro bibliográfico de Felipe II.


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  • Las alianzas no han nacido en el S.XX, se llevan practicando durante siglos y, algunas, con trágicos resultados. Una de las más famosas de la Historia vino del amor entre la reina de Egipto y Marco Antonio

    wIKIMEDIA Su pacto político pretendía unir Roma y Egipto, pero acabó en tragedia para ambos

    wIKIMEDIA | Su pacto político pretendía unir Roma y Egipto, pero acabó en tragedia para ambos

Hace meses que estamos inmersos en una vorágine de pactos. Desde Andalucía, hasta Madrid y, todo ello, haciendo un pequeño desvío a través de regiones como Valencia. Cualquier zona es susceptible de caer bajo el yugo de las conversaciones, los acuerdos de gobierno y, en definitiva, la alta política. La práctica como tal parece sumamente moderna de tan habituados que estamos a verla a diario (elecciones mediante), pero la realidad es bien distinta, pues las alianzas entre partidos, asociaciones y personalidades de la clase dirigente se encuentran en nuestra Historia desde que el hombre empezó a caminar sobre dos patas. Algunas de ellas, como la de Marco Antonio y Cleopatra, prometían acabar con Roma, hacer resurgir a Egipto como capital de un nuevo imperio e, incluso, pudieron terminar con la reina viviendo en Hispania (lugar al que la reina barajó huir cuando su imperio empezó a tambalearse)

Sin embargo, aquel pacto político acabó como tantos otros que se han firmado a lo largo de la Historia: en absoluto desastre. De hecho, terminó con sus dos firmantes bajo tierra al más puro estilo Romeo y Julieta. Es decir, por un doble suicidio que perpetraron cuando sus enemigos (Octavio y sus legiones) les dieron de bofetadas en la batalla de Actium. Y es que, sabedores de que habían sido derrotados por Roma y que poco podían hacer para recuperar su antigua gloria, decidieron acabar con sus vidas para evitar la vergüenza de la derrota y las consecuencias de sus actos. En la actualidad –y por suerte- las asociaciones entre partidos no concluyen con sus firmantes muertos, pero sí suelen finalizar con alguna que otra «torta» política llena de rencor (y si no, solo hay que ver lo sucedido en Andalucía entre el PSOE e IU).

Odio, triunvirato y Cleopatra

Para encontrar el origen del pacto que pudo acabar con Roma y dar con los huesos de Cleopatra en Hispania es necesario viajar en el tiempo hasta el 15 de marzo del año 44 A.C. Fue entonces cuando Julio César fue asesinado a las puertas del Senado en una conspiración en la que, según el historiador Suetonio, participaron más de sesenta personas. Entre ellas destacaban Cayo Casio y Marco Bruto, perpetradores de un plan que se saldó con una muerte «anunciada» que se llevó a cabo mediante una veintena de sangrientas puñaladas. Después del entierro del líder (a manos de la 13ª Legión, sumamente dolorida por su cercanía con el dictador) comenzó un curioso «juego de tronos» que marcó la Historia.

Tras esta muerte se produjo el caos en Roma. Cada general inició el camino que más le interesaba seguir sin tener en cuenta ninguna lealtad. Uno de los primeros en armarse fue Marco Antonio quien, haciendo valer sus años al servicio de César, tomó el mando de varias legiones y exigió a uno de los asesinos de su mentor que le entregase la región que administraba en nombre del pueblo romano. Tampoco se quedó atrás Cayo Octavio (sobrino nieto de César y elegido heredero legítimo por él). Y es que, al saber que su enemigo natural para acceder a la poltrona se había marchado de Roma, se decidió a combatir y obtener por su «pilum» el poder que estaba ejerciendo, de facto, Antonio. La guerra civil estaba asegurada, y duró varios meses en los que las tropas de ambos se repartieron flechas y estocadas de «gladius» en plena contienda. Los dos luchaban por heredar un imperio.

Sin embargo, parece que la cordura (o el interés político, tan patente en Roma por cierto) acabó imperando entre los contendientes. Así pues, Octavio y Marco Antonio decidieron que eran mucho mejor aguantarse mutuamente y dirigir su odio contra los asesinos de César. Y es que, estos andaban armándose para, llegado el momento, saltar sobre los «cesarianos», como eran conocidos los valedores del dictador. De esta forma nació el Triunvirato, un pacto político mediante el que estos dos líderes y el banquero Lépido –otra de las personalidades de entonces- formaron un gobierno dictatorial sobre Roma. Se convirtieron, en definitiva, en los amos del mundo conocido.

«En este Triunvirato, Marco Antonio, Octavio y Lépido se aliaron con el objetivo de encontrar y capturar a los asesinos de César. Como necesitaban ayuda para perpetrar esta venganza, Egipto buscó acercarse a ellos en su propio beneficio. A los romanos tampoco les vino mal porque se querían acercar a las provincias orientales, así que llegaron rápidamente a un acuerdo. Cleopatra, reina de Egipto, se comprometió a ofrecerles apoyo económico a cambio de que Cesarión (el hijo que había tenido con César) fuera considerado el heredero de su trono en Egipto. La jugada fue astuta, pues así no entraba en conflictos con Octavio (el heredero legal de César) que quería tomar el poder en Roma», explica, en declaraciones a ABC Aroa Velasco, historiadora especializada en el Antiguo Egipto y autora de la página Web «Papiros perdidos».

Antonio y Cleopatra: amor, y orgías

El Triunvirato dio cierta tranquilidad a los romanos, pero lo cierto es que era difícil que un mero pacto político acabase con el odio entre Marco Antonio y Octavio, ambos dignos valedores de suceder a César. Por ello comenzaron a abundar las «puñaladas traperas» -que podríamos decir hoy en día- entre ambos. «Octavio siempre había querido gobernar solo y, para lograrlo, envió a Marco Antonio a luchar contra los partos en los territorios romanos de Siria y Oriente. La idea era sencilla: ponerle en peligro para que muriese en batalla», explica Velasco. Con todo, el oficial romano podía ser muchas cosas, pero no estúpido, por lo que -cuando vio la difícil situación militar que se le presentaba- corrió bajo las faldas de Cleopatra a solicitarle ayuda militar en un encuentro privado.

La reina de Egipto aceptó el encuentro, aunque solicitó que se hiciese en su navío con el objetivo de impresionar al romano. «Cleopatra fue al encuentro de Marco Antonio en un barco majestuoso con remos de plata. Quiso demostrar la riqueza de su pueblo, para lo que decidió regalar los cubiertos de oro a los soldados e invitados tras cada comida. La leyenda negra dice que estuvieron rodeados de orgías, explica Velasco. De la misma opinión es Pilar Rivero, de la Universidad de Zaragoza, quien, en su dossier «La política exterior de Cleopatra VII Filópator», remarca la forma en que la reina de Egipto se presentó ante Antonio: «Cleopatra llegó con una gran pompa, remontando el rio como si de la diosa Isis y su cortejo se tratara».

Lo cierto es que la majestuosidad de Cleopatra pareció funcionar, pues Marco Antonio (quien ya se sentía bastante atraído por Oriente) se quedó encandilado con ella y no ofreció demasiadas reticencias a las condiciones de su pacto. Se dice que tal fue el despliegue de los egipcios, que entre banquete y banquete se dieron las negociaciones. Aunque no se sabe a ciencia cierta, lo cierto es que no tardaron en llegar a un acuerdo. «Marco Antonio propuso a Cleopatra que le diese su apoyo militar contra los partos a cambio de eliminar a Sione IV (la hermana de Cleopatra, que quería acceder al trono). Ella acepto», añade la experta.

Además de aquel pacto político, en el barco también se vivió una historia de amor, pues ambos se encapricharon del otro y comenzaron una relación muy criticada desde Roma y que aprovechó, entre otros, el sobrino nieto de César. «Con el acercamiento entre ambos, Octavio vio una oportunidad para acabar con la credibilidad de Antonio. Por ello inició una campaña con la que buscó minar su imagen entre los romanos, le acusó de adorar la cultura oriental, de pedir ayuda a Cleopatra y de dejarse hechizar por sus extrañas artes. Todo ello fue incentivado por el filósofo Plutarco, contrario también a Antonio», completa Velasco. La treta funcionó y, a pesar de que el Triunvirato siguió activo, Marco Antonio se fue ganando, poco a poco, el odio de sus conciudadanos. Lo cierto es que tampoco ayudó que el romano trasladase su residencia a Alejandría y pasase las horas muertas con su nueva «novia».

Comienza la guerra

En los meses siguientes, Marco Antonio, el que en su día fue el primer general de César y el hijo predilecto de Roma, siguió viendo a Cleopatra y probó las miles de las riquezas y los lujos de Egipto. Eso sí, dando de lado a sus conciudadanos y al Triunvirato. Octavio, por su parte, supo usar desde cada comilona que su enemigo se daba en Alejandría, hasta las relaciones sexuales que este tenía con la reina de Egipto (con quien tuvo tres hijos, Alejandro Helios, Cleopatra Selene II y Ptolomeo Filadelfo) para que el pueblo le viese como un adorador de Oriente. El sobrino nieto de César no podía estar más feliz, pues –poco a poco- estaba acercándose a su plan: acceder al gobierno en solitario y no tener que rendir cuentas de ello a nadie.

El de Octavio no era un plan para tomar el poder rápidamente, sino eliminando, poco a poco, el poder de sus competidores. Hubo que esperar hasta el año 37 A.C. para que –con la renovación del Triunvirato- el sobrino nieto de César pusiera la última piedra para lograr acabar con su enemigo. Fue ese año cuando, a cambio de que el grupo siguiese gobernando en terna, exigió a Marco Antonio que se casase con su hermana Octavia. Oficialmente dijo que era para buscar un acercamiento entre ambos, pero la realidad era que diferente: buscaba poder cargar contra él cuando engañase a su nueva esposa con Cleopatra. «Marco Antonio, por su parte, pidió a Octavio que le enviase tropas para combatir contra los partos, con los que seguía en guerra. Este aceptó, pero nunca llegaron a su destino», añade la experta.

Casado con Octavia y al verse traicionado por Octavio, Marco Antonio se marchó desesperado a los brazos de Cleopatra. La reina de Egipto no dudó y aprovechó la desesperación de su amante. Podían ser compañeros de cama, pero el poder, era el poder (debió pensar). «Cleopatra aceptó el trato y le dio dinero, provisiones, tropas y barcos. A cambio, sin embargo, le solicitó que otorgara posesiones a los tres hijos que ambos tenían en común. Así pues, debía nombrar a Alejandro Elios rey de Armenia y Partia, a Cleopatra Selene, de Cirenaica y Lidia y, finalmente, a Ptolomeo Filadelfo de Siria y Ciricia. Además de todo ello, Cleopatra debía ser nombrada reina de reyes y reina de Egipto y Cesarión su heredero. El tratado fue conocido como las “Donaciones de Alejandría”», completa Velasco. A su vez, ambos contrajeron matrimonio según las costumbres egipcias. Un nuevo varapalo (y una nueva excusa) para Octavio.

Octavio, al fin, tenía una excusa para iniciar la contienda. De esta forma, y tras quitarse de encima a Lépido, cargó política y dialécticamente contra su enemigo hasta que consiguió tener de su parte al pueblo. Tras ello, nombró enemigo de Roma a Marco Antonio y declaró la guerra a la pareja. «Curiosamente no se la declaró a Marco Antonio, pues sabía que, de ser así, provocaría recelos entre sus legionarios, que luchaban más contra Cleopatra y el imperio oriental. Sin embargo, sabía que Antonio ayudaría a la reina», destaca la experta a ABC. Había comenzado la contienda, una lucha a muerte que llevaba tejiéndose y fraguándose años.

El plan para exiliarse a España

El enfrentamiento entre ambos se terminó decidiendo en el año 31 A.C. en la batalla de Actium (una región ubicada en la costa oeste de Grecia). En principio, Marco Antonio quería combatir en Italia, pero Cleopatra volvió a manipular al romano afirmando que sus tropas sólo acompañarían a las legiones de Oriente (las que se habían mantenido fieles a su amante) si se luchaba en la costa griega. No hubo más que hablar para el romano, que aceptó sin rechistar. El 2 de septiembre se combatió. Sin embargo, no fue en tierra, sino en el mar (donde el general romano no tenía ninguna experiencia). La contienda no había comenzado y la ventaja ya era para Octavio y sus buques.

En la contienda, los buques de Marco Antonio se pusieron en vanguardia; tras ellos se destacaron como reserva, los de Cleopatra. En total, los amantes sumaban unos 400 navíos. En frente suya se ubicaron imponentes los 400 de Octavio al mando de Marco Agripa. Los dos contenientes habían decidió usar estrategias similares. «Antonio, mediante un movimiento envolvente, trataría de desbordar el flanco siniestro enemigo (Agripa). De este modo quedaría abierto un hueco entre las naves que conformaban el centro de la línea octaviana y las que se situaban a su izquierda. Ese vacío sería rápidamente cubierto por las galeras de Cleopatra, que avanzarían desde la retaguardia, partiendo en dos la flota rival. Por su parte, Octavio buscaría hacer lo propio en el ala derecha de la armada contraria (Antonio)», explica el doctor en geografía Antonio García Palacios en su dossier «Octavio frente a Marco Antonio».

La victoria parecía plausible para los amantes, pero, según el Plutarco, la maniobrabilidad de los buques de Agripa y el arrojo de sus legiones terminaron siendo letales. Aun así, fueron necesarias varias horas de batalla para poder doblegar a Antonio y Cleopatra. «La batalla adquirió el carácter de un combate en tierra firme o, para ser exactos, el de un ataque a una ciudad fortificada. Tres o cuatro barcos de Octavio se agruparon en torno a cada uno de los de Antonio, y la lucha se llevó a cabo con escudos de mimbre, lanzas, palos y proyectiles incendiarios, mientras que los soldados de Antonio también disparaban con catapultas desde torres de madera», señaló el historiador romano.

Cuando Marco Antonio se vio desbordado y la batalla empezó a tornarse del lado de Agripa, Cleopatra inició la retirada con su flota hacia mar abierto, dejando sin apoyo a su esposo. Al parecer, ver huir a la mujer más poderosa de Oriente hizo acobardarse al romano, que giró su barcaza y siguió, como alma que lleva el diablo, a la egipcia. Sin su líder natural, solo fue cuestión de horas que las legiones aliadas se retirasen de forma pactada. Por su parte, marido y mujer decidieron cobijarse en Egipto. «Cuando Marco Antonio llegó a Alejandría, se refugió en una pequeña casa junto con dos criados, situada en el pequeño puerto de Paretorio; quizá pensaba en la posibilidad de una recuperación y de otro posible ataque a Octavio. La reina se fue a su palacio y se dedicó a planear la estrategia a seguir en el encuentro seguro, pero que se hizo esperar con Octavio», explica Rosa María Cid López, del departamento de Historia de la Universidad de Oviedo, en su obra «Cleopatra: Mito, leyenda e historia».

¿Cuál era su plan? En principio, reclutar todos los hombres que pudiese para poder plantar cara al romano. Sin embargo, si eso no daba resultado, tenía pensada una curiosa serie de alternativas. «Por si acaso era preciso huir, mandó mensajeros a sus aliados de Media y Partia, preparó embarcaciones para pasar el mar Rojo en dirección a Arabia e, incluso, estableció la posibilidad de huir a Hispania», explica, en este caso, Rivero. Lo cierto es que esta opción la habría permitido hacerse fuerte en la Península para iniciar un contraataque contra Octavio con ayuda de Antonio. Desde allí, también podría haber iniciado los preparativos para marcharse hacia otra parte de Europa. Sin embargo, nada de eso pudo suceder, pues la pareja acabó muerta (ambos se suicidaron) y su enemigo tomó el poder. Su pacto político, por lo tanto, terminó en desastre.

Tres preguntas a Aroa Velasco

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