Tratado anglo-irlandés (1921)


El Tratado anglo-irlandés fue el tratado entre el Gobierno británico y la República irlandesa por el que se puso fin a la guerra anglo-irlandesa y se estableció el Estado Libre Irlandés. Fue firmado en Londres el 6 de diciembre de 1921.

Entre los signatarios que representaban al gobierno británico se encontraba David Lloyd George, que era el jefe de la delegación, mientras que la delegación de la República Irlandesa estaba encabezada por Michael Collins y Arthur Griffith. Según las cláusulas del tratado, debía ser ratificado por los miembros de los parlamentos británico e irlandés (‘House of Commons of Southern Ireland’). Aunque el tratado se ratificó, se produjo una división interna en el bando irlandés que condujo a la Guerra civil irlandesa en la que se acabó imponiendo el bando partidario del tratado.

El Estado Libre Irlandés que creaba el tratado entró en vigor el 6 de diciembre 1922 por proclamación real, una vez que su constitución había sido aprobada por el parlamento provisional de Irlanda del Sur y el Parlamento británico. Toda la isla se convirtió en el Estado Libre de Irlanda, pero el 8 de diciembre, se segregaron los seis condados del Ulster de la zona oriente del estado libre, de acuerdo con una votación de las Houses.

Contenido

Página de firmas del Tratado anglo-irlandés.

Entre los principales puntos del tratado destacan los siguientes:

  • El ejército británico se retiraría de la mayor parte de Irlanda.
  • Irlanda se convertiría en un dominio con autogobierno del Imperio Británico; un estatus que compartía con Canadá, Terranova, Australia, Nueva Zelanda y la Unión Sudafricana.
  • Al igual que en los otros dominios, el monarca británico sería jefe de Estado del Estado Libre Irlandés (Saorstát Éireann) y su representación la ejercería un Gobernador General.
  • Los parlamentarios del nuevo estado libre deberían hacer un juramento de lealtad al Estado Libre Irlandés. La segunda parte del juramento sería “ser fiel a S.M. el Rey Jorge V, sus herederos y sucesores por ley, en virtud de la ciudadanía común”.
  • Irlanda del Norte, que había sido creada con anterioridad por una ley de 1920, tendría la opción de retirarse del Estado Libre Irlandés durante el mes siguiente a la entrada en vigor del tratado.
  • Si Irlanda del Norte escogía retirarse, se constituiría una Comisión de Fronteras para trazar la frontera entre el Estado Libre Irlandés e Irlanda del Norte.
  • Gran Bretaña mantendría, por razones de seguridad, el control de un conjunto de puertos para su Armada Real. Estos puertos serían conocidos como «puertos del tratado».
  • El Estado Libre Irlandés asumiría la responsabilidad de su parte en la deuda del Imperio.
  • El Tratado tendría un estatus supremo en la ley irlandesa, es decir, que en caso de conflicto entre el Tratado y la nueva Constitución del Estado Libre Irlandés, que se aprobó en 1922, el Tratado tendría preferencia sobre esta.

Negociadores

Los negociadores eran:

Británicos 

  • David Lloyd George, Primer ministro.
  • Lord Birkenhead, Lord Canciller.
  • Winston Churchill, Secretario de Estado para las Colonias.
  • Austen Chamberlain.
  • Gordon Hewart.
Irlandeses

  • Arthur Griffith (presidente de la delegación), ministro de Asuntos Exteriores.
  • Michael Collins, secretario de Estado de Finanzas.
  • Robert Barton, ministro de Asuntos Económicos.
  • Eamonn Duggan
  • George Gavan Duffy

Robert Erskine Childers, autor de Riddle of the Sands (Enigma de las Arenas) y con anterioridad Funcionario de la Casa de los Comunes británica hizo de signatario por la delegación irlandesa. Tom Jones fue uno de los principales colaboradores de Lloyd George y describió las negociaciones en su libro Whitehall Diary.) Es de destacar que el Presidente irlandés, Éamon de Valera no asistió.

Winston Churchill tuvo un papel dual en el gabinete británico, en relación con el Tratado. En principio, como Secretario de Guerra, deseaba el fin de la Guerra Anglo-irlandesa en 1921; luego en 1922 como Secretario para las Colonias (que incluían los asuntos de los Dominios) se tuvo que encargar de ponerlo en práctica.

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Tratado de Rapallo (1920)


El Tratado de Rapallo de 1920 fue un acuerdo entre el Reino de Italia y el nuevo Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos que fijó las fronteras entre ambos Estados.

Antecedentes

El 15 de abril de 1915, los aliados de la Triple Entente, enfrentados entonces con los Imperios Centrales, firmaron el Tratado de Londres, de carácter secreto, por el que se comprometían a entregar amplios territorios austrohúngaros a Italia a cambio de su entrada en la guerra. Estos territorios estaban poblados mayoritariamente por italianos dentro de zonas eslavas.

Tras el final de la Primera Guerra Mundial, los representantes italianos en la Conferencia de Paz de París exigieron el cumplimiento del tratado de 1915 al que Gran Bretaña y Francia estaban sujetas, además de reclamar la cesión de Fiume que no les había sido concedida. Los representantes del nuevo Estado yugoslavo, creado oficialmente el 1 de diciembre de 1918, se negaron a admitir las exigencias territoriales italianas, contando a su favor principalmente con la simpatía estadounidense y, en menor medida, e intermitentemente, con la de británicos y franceses.

El presidente estadounidense Woodrow Wilson se opuso al reconocimiento del tratado, que su país no había firmado, por contravenir el punto noveno de sus Catorce Puntos (el trazado de la nueva frontera italiana de acuerdo con la nacionalidad de los habitantes).

Durante la conferencia de paz, se sucedieron las propuestas y contrapropuestas entre las dos delegaciones y las grandes potencias, sin lograrse un acuerdo. Entre ellas, el presidente estadounidense presentó la que se conoció como «línea Wilson» el 26 de abril de 1919, basada en estudios de los expertos de EE.UU. Esta seguía la frontera trazada por el Tratado de Londres hasta un punto entre Tolmino y Cercina, siguiendo entonces hacia el sur hasta la desembocadura del Arsa, dejando Fiume en poder de los yugoslavos.

El 9 de diciembre de 1919, al no haberse logrado un acuerdo entre italianos y yugoslavos, los Cuatro Grandes modificaron esta línea para favorecer a Italia, concediéndole parte de la costa de la Bahía de Kvarner (en italiano: Quarnero) y proponiendo la independencia de Fiume bajo amparo de la Sociedad de Naciones.

Ante la falta de acuerdo, en enero los italianos, ingleses y franceses propusieron a los yugoslavos una nueva frontera, más favorable a Italia, que obtenía la costa hasta Fiume y más territorio de Istria. El presidente Wilson se opuso a la propuesta de las potencias europeas. Declaró al tiempo que no se opondría a cualquier acuerdo al que pudiesen llegar las dos partes enfrentadas en negociaciones bilaterales, lo que llevó a la celebración de estas. Los yugoslavos, con la ausencia de los estadounidenses, enfrascados en problemas internos, y el deseo de franceses y británicos de resolver cuanto antes la cuestión, se hallaban en una posición de desventaja ante los italianos. Estos, sin embargo, deseaban también definir cuanto antes la frontera y acabar su enfrentamiento con los yugoslavos. Habiendo evacuado Dalmacia y abandonado sus exigencias sobre Albania, se presentaron ante británicos y franceses como moderados que sólo pedían una frontera de fácil defensa y ciertas compensaciones que calmasen a los nacionalistas.

Negociación y firma

Frontera en Istria. El trazado final era desfavorable a los yugoslavos tanto lingüística como militarmente

Frontera en Zara. La ciudad era un enclave de 7 km. de longitud rodeado por territorio yugoslavo en Dalmacia.

Los yugoslavos se prepararon en octubre para recibir la invitación italiana para enviar delegados para la negociación final que se debía de llevar a cabo en Rapallo para evitar publicidad incómoda para aquellos, que deberían hacer sacrificios territoriales que serían vistos con malos ojos en su país (las propuestas incluían la cesión de territorios poblados mayoritariamente por eslovenos a Italia).

Tras varios retrasos, la delegación yugoslava se halló en Rapallo lista para las conversaciones con los italianos el 8 de noviembre de 1920. El primer día no hubo avances, presentando cada delegación su postura pero rechazando la de la otra parte. El día 9 tampoco hubo avances. El día 10, ante la imposibilidad de lograr mejores condiciones de los italianos, los yugoslavos decidieron ceder para evitar la ruptura de las negociaciones. Ante la derrota electoral de Wilson en Estados Unidos y el apoyo franco-británico a los italianos, los delegados yugoslavos no vieron otra salida. Sabían además que el Gobierno italiano estaba dispuesto a aplicar unilateralmente las disposiciones del Tratado de Londres si no se alcanzaba un acuerdo.

El tratado se firmó finalmente entre las dos naciones en Rapallo, en la costa de Liguria, el 12 de noviembre de 1920. La redacción final reflejaba las exigencias italianas en la zona norte mientras concedía la mayoría del sur a los yugoslavos.

En el Norte, la frontera se parecía a lo estipulado en el Tratado de Londres, siendo más favorable a los italianos que la propuesta de Italia, Francia y Gran Bretaña de enero de 1920, a la que Wilson se había opuesto a finales de febrero. La nueva frontera privaba a los yugoslavos de parte del ferrocarril que unía Fiume, puerto natural de la región, con Liubliana. Por motivos estratégicos, zonas pobladas uniformemente por eslovenos pasaron a formar parte de Italia. Esta cesión se entendió como una compensación a Italia por renunciar a sus aspiraciones respecto a Fiume y Dalmacia. Los italianos, aparte del tratado, cedieron el puerto de Baros a Šušak, en las afueras de Fiume, a los yugoslavos.

Sobre Fiume, ambos Estados se comprometieron a reconocer su independencia perpetuamente.

En Dalmacia, el reino yugoslavo recibió la mayor parte del territorio, a excepción de la ciudad de Zara (en croata Zadar) y sus alrededores, y las islas de Lagosta (en croata Lastovo), Cherso (en croata Cres), Lussin (en croata Lošinj) y Pelagosa (en croata Palagruža), que pasaron a Italia.

Italia reconocía la integridad territorial del nuevo reino yugoslavo, abandonando su reconocimiento del antiguo Reino de Montenegro.

Además de las cláusulas territoriales, el tratado incluía la protección de los intereses económicos italianos en Dalmacia y la posibilidad de los italoparlantes de optar por la nacionalidad italiana sin necesidad de abandonar el territorio yugoslavo, opción que los eslavos en territorio italiano no recibieron.

Consecuencias

La ratificación del tratado por los dos países fue rápida y a continuación los italianos devolvieron a los últimos prisioneros de guerra eslavos al nuevo país.

El pacto, que definió la última frontera yugoslava que quedaba por trazar, supuso un trago amargo para el nuevo país y el comienzo de un movimiento irredentista que perpetuó la tensión con Italia. En 1924, tras el ascenso a poder de Mussolini en Italia en octubre de 1922, Fiume fue anexionado a esta, con la aquiescencia renuente de los yugoslavos, a través del Tratado de Roma de enero de ese año.

Tratado de Rapallo
Firmado 12 de noviembre de 1920
Rapallo, Reino de Italia Bandera de Italia
En vigor 27 de noviembre de 1920, 8 de diciembre de 1920 (ratificación italiana, Congreso y Senado)
22 de noviembre de 1920 (ratificación yugoslava)
Firmantes Bandera de Italia Reino de Italia
Flag of the Kingdom of Yugoslavia.svg Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos

1810 – Batalla del Monte de las Cruces


La Batalla del Monte de las Cruces fue un enfrentamiento militar ocurrido en Monte de las Cruces, cercano a Toluca, en el municipio de Ocoyoacac, Estado de México, el 30 de octubre de 1810, entre las fuerzas del Ejército Insurgente, dirigido por Miguel Hidalgo e Ignacio Allende, y las fuerzas leales a la Corona española, comandadas por el coronel Torcuato Trujillo.

Tras triunfar en la Toma de la Alhóndiga de Granaditas, el 28 de septiembre los Insurgentes se dirigieron a Valladolid y más tarde tomaron Toluca, el 25 de octubre. El Virrey de la Nueva España, Francisco Xavier Venegas ordenó al general Trujillo, quien gozaba de mucho prestigio por su participación en la Batalla de Bailén, ponerse al frente de las pocas guarniciones realistas de la capital, y con ellas habría de emprender un intento para hacer frente a los independentistas. La mañana del 30 de octubre, les alcanzaron en un paraje cercano a la capital conocido como Monte de las Cruces. Los realistas fueron derrotados por los más de 80 000 insurgentes, quienes consiguieron gran parte del armamento español y estuvieron a un paso de tomar la Ciudad de México, pero por motivos desconocidos, Hidalgo decidió no entrar en México y retirarse al Bajío, donde el 7 de noviembre, Félix María Calleja infligió la primera derrota insurgente en la Batalla de Aculco, hecho que distanció a Hidalgo de Allende, ya que los jefes insurgentes tomaron rutas distintas; el primero marchó a Valladolid y el segundo a Guanajuato.

Monumento en el Monte de las Cruces en honor a los cabecillas de la batalla. De izquierda a derecha: Ignacio Allende, Miguel Hidalgo y Mariano Jiménez.

Antecedentes

La situación política de España, invadida por Napoleón Bonaparte en 1808, propició una serie de conflictos en México y en otros países de Hispanoamérica, que dieron origen a la Guerra de Independencia Hispanoamericana. El Virreinato de Nueva España vivió la Crisis política de México en 1808, agudizada por la Conspiración de Valladolid y la Conspiración de Querétaro, en 1809 y 1810, respectivamente. El 16 de septiembre, el cura de Dolores, Guanajuato, Miguel Hidalgo y Costilla lanzó el Grito de Dolores, con el que inició formalmente la Guerra de Independencia de México. El 28 de septiembre entraron en Guanajuato luego de una estruendosa batalla en la que murieron muchos combatientes de ambos lados en guerra. Sin ninguna resistencia, el generalísimo Hidalgo tomó Valladolid el 17 de octubre, desde donde planeó entrar en Toluca para luego apoderarse de la ciudad capital. Fue en este contexto cuando se realizó la batalla del Monte de las Cruces, que muchos historiadores consideran el primer encuentro bélico de los insurgentes realizado con formalidad, ya que el anterior, la Toma de Granaditas, es tomado en cuenta más como un motín que como una batalla.

Mientras Venegas intentaba organizar tropas en la capital, el comandante general de San Luis Potosí, Félix María Calleja del Rey salió de su territorio al frente de 600 infantes, 2.000 caballos y cuatro piezas de artillería, y se reunió con el intendente de Puebla, Manuel de Flon en Querétaro. Con el mando unificado de ambas fuerzas, el ejército realista de operaciones, fuerte de 2.000 infantes, 7.000 caballos y 12 piezas de artillería, marcha a sitiar a los insurgentes en Valladolid, pero teniendo noticias de que estaba siendo atacado San Juan del Río por los guerrilleros Villagranes, descabeza su columna rumbo a espa plaza.

Venegas, que había desguarnecido la capital enviándole gran parte de su guarnición a la división de Manuel Flon a Querétaro, como pudo reunió una fuerte y selecta división de 2.000 hombres al mando del joven Torcuato Trujillo, recién ascendido a coronel, y le ordena atrincherarse en Toluca para resistir el avance de los insurgentes y evitar a toda costa que entren al Valle de México. Componían esta fuerza los cuerpos de infantería Regimiento de Tres Villas y la caballería del Regimiento de Dragones de España, sin artillería, teniendo como subalternos de Trujillo al mayor José Mendívil y a los capitanes Antonio Bringas y Agustín de Iturbide. En la capital solo quedaron de guarnición el Regimiento Urbano de Comercio y el Regimiento de Patriotas Distinguidos de Fernando VII, cuerpos que nunca entrarían combate a lo largo de la campaña.

El avance insurgente

Tras fracasar en su intento de detener a los independentistas en Ixtlahuaca, Trujillo y su división se retiran a Toluca, esperando un posible ataque de las fuerzas de Hidalgo.

Así las cosas, Trujillo sale el 28 de octubre a reconocer el camino del norte, encontrándose con que un fuerte destacamento que había colocado en la cabeza del puente de San Bernabé, sobre el Río Lerma, había sido arrollado por la división de Mariano Jiménez, que avanzaba como tromba sobre Toluca.

Débil y sin conocer nada de la fuerza del enemigo a que debe enfrentar, el coronel Trujillo abandona Toluca y se retira a Lerma, población donde se fortifica, cerrando con fosos y trincheras la calzada que de Toluca conduce a ésta villa, interceptando de ésta manera el camino carretero de Ciudad de México.

El día 29 de octubre, sin embargo, un sacerdote le advierte que los insurgentes pueden ir a pasar por el puente de Atengo, hacia el sur, para tomar de esta forma el camino de Santiago Tianguistengo a Cuajimalpa, rodear los montes cortando la retirada a los realistas y caer sobre la capital por sorpresa, como llegando después de un paseo.

Alarmado por las noticias, Trujillo manda un destacamento a Tianguistengo, al sur de Lerma, ordenando previamente que se destruya el puente. Sin embargo, ya una fuerte división al mando de Mariano Jiménez había pasado el puente, desbaratando las avanzadas realistas, dirigiéndose a Cuajimalpa, tras la sierra de Toluca, ya en pleno Valle de México.

Mientras esto pasa, el grueso de las tropas de Hidalgo llaman la atención de Trujillo por su frente y derecha, por la calzada de Toluca; más, conociendo la fuerza real de los insurgentes, el coronel realista comprende aunque tarde sus faltas y dejando guardias y destacamentos escalonados, parte al terminar este día a tomar posiciones en el Monte de las Cruces, a donde llegó Ignacio Allende con sus regimientos de caballería media hora después.

Ejecuta Trujillo con rapidez éste movimiento que es toda una retirada, casi una fuga, dejando comprometido al coronel José Mendibil en Lerma al mando del Regimiento de Tres Villas, que se bate en retirada con brío y discreción hacia la columna realista internada en el monte, haciendo nutrido fuego sobre las desordenadas filas insurgentes, donde no hay bala española que no siembre la muerte

En la noche de este 29 de octubre, los dos ejércitos acampan uno frente a otro, habiendo escogido el jefe realista el fondo pedregoso y selvático de la estrecha meseta, inepta disposición del coronel Trujillo pues estaba dominada a los flancos por diversas alturas cubiertas de cedros, pinos y demás árboles.

Por la madrugada, Trujillo recibe entonces un parte del virrey Venegas:

Trescientos años de triunfos y conquistas de las armas españolas en estas regiones nos contemplan… Vencer o morir es nuestra divisa. Si a usted le toca pagar ese precio en ese punto, tendrá la gloria de haberse anticipado a mí de pocas horas en consumar tan grato holocausto: yo no podré sobrevivir a la mengua de ser vencido por gente tan vil y fementida.

Francisco Xavier Venegas de Saavedra, virrey de la Nueva España

El plan de batalla de Allende había sido combinado hasta el momento con toda habilidad, y era sencillo si se lograba, como en parte se hizo, obrar con la suficiente rapidez para sorprender o rodear al enemigo. Debía Mariano Jiménez seguir con su movimiento de flanqueo, envolviendo al enemigo por la izquierda, cerrándole la retirada en Cuajimalpa, mientras Allende le perseguía de frente, no sin llamarle falsamente la atención por el norte. Muy imperfectamente se ejecutó este plan, pero fue lo suficiente para ganar la terrible batalla.

La batalla

En la mañana del 30 de octubre de 1810, una división de avanzada al mando de Abasolo manda una carga a vanguardia de los realistas para reconocer la fuerza de resistencia del enemigo. Los irregulares insurgentes sostienen su avance de frente, resistiendo heróicamente tres descargas consecutivas de la fusilería realista, pero finalmente se descompone la columna y regresa a sus posiciones. Eran las ocho y media de la mañana.

En esos momentos, el coronel Torcuato Trujillo recibe un buen socorro. El virrey Venegas tiene noticias de su desesperada posición frente a Cuajimalpa y le envía un auxilio consistente en dos piezas de artillería de a cuatro libras, servidos por marinos al mando del teniente de artillería de marina, Juan Bautista de Ustoris, cincuenta jinetes de las haciendas del rico español Gabriel de Yermo y trescientos treinta mulatos bien armados. Esto hizo cobrar gran ánimo al jefe español y sus huestes, que no podrían resistir sin artillería otro ataque de los independientes, ni podía tomar la ofensiva, pues seria correr a pronta e inútil muerte.

Por su lado, el general Ignacio Allende no desespera y forma a sus tropas en batalla. A la izquierda coloca cinco compañías de lo mejor del Regimiento de Celaya, el Regimiento Provincial de Valladolid y el Batallón de Voluntarios de Guanajuato; por la derecha forma al Regimiento de la Reina y los Dragones de Pátzcuaro; en el centro, los más bravos, diestros y mejor armados charros, rancheros y vaqueros a caballo, que dejaran sus haciendas para combatir por la independencia, compacto y fuerte núcleo; a retaguardia, el temible Regimiento del Príncipe, lo mismo que tres escuadrones de charros lazadores y cazadores a caballo, como fuerte reserva e impulsar el ataque.

Miguel Hidalgo e Ignacio Allende se dividieron el mando de la reserva, con Juan Aldama comandando la caballería de la derecha, el coronel Narciso María de La Canal la infantería de la izquierda y Abasolo mandó el frente.

Enfrente, Trujillo, ya animado con sus dos bocas de fuego y sus cuatrocientos hombres de refuerzo, oculta sus cañones entre la maleza del bosque. Se lanza la columna insurgente a vanguardia para la carga, tronando en ese momento la fusilería y los disparos de la artillería española. Se detiene un momento el ejército insurgente, pero resiste y desprecia las balas enemigas y avanza firme hacia las trincheras realistas, dando con las fuerzas de José Mendívil y el Regimiento de Tres Villas y trabándose un combate a la bayoneta.

De repente, hubo un flaqueo por parte de los realistas. Era que por su extrema izquierda, en lo alto de unas lomas se encontraba el general insurgente Mariano Jiménez al mando de tres mil indios y un cañón, flanqueando completamente la batalla española, dominando el núcleo y las reservas de Trujillo.

Entonces, el coronel español cambió el orden de batalla. Puso a la izquierda al capitán Antonio Bringas con los jinetes de Yermo y dos compañías del Regimiento Tres Villas; por la derecha mandó al teniente Agustín de Iturbide con las restantes compañías del mismo cuerpo, y en el centro a los mulatos de milicia y dragones a pie del Regimiento España, al mando de José Mendívil.

En ese instante, el combate se generalizó por todo el frente de batalla. Trujillo intenta, sin conseguirlo, contener a la división de Jiménez con sus reservas, viendo desmontado ya uno de sus cañones y al teniente Ustoris herido por un casco de granada.

El ataque se hizo cada vez más fuerte por parte de los insurgentes, que llamaban a los mexicanos realistas, invitándolos a rendirse, prometiéndoles puestos en sus filas. Sin embargo, un grupo de charros, armados con reatas, se abren paso a lanzazos entre la masa de dragones españoles, y llegando hasta el otro cañón que aún hacía fuego sobre la fuerza insurgente, lazándolo, se lo llevaron a cabeza de silla hasta el campo insurgente, donde inmediatamente fue servido contra los realistas.

En vano Agustín de Iturbide se lanza al frente de un pelotón de valientes del Regimiento de Tres Villas en busca del cañón capturado, pues fue frenado de súbito por los infantes de Valladolid, entablándose serio combate con armas blancas.

Media hora después, por entre el monte huían los restos de la división de Trujillo, perseguidos de cerca por la caballería de los insurgentes. La derrota española fue completa. Torcuato Trujillo se abre paso entre los dragones enemigos, acompañado de Iturbide y cosa de cincuenta fugitivos, resto de sus granadas tropas. Llega a Cuajimalpa donde se hace fuerte, pero acometido rudamente tiene que abandonar ésta Venta y seguir hasta Santa Fe, hasta donde no continuaron la persecución los jinetes independientes.

Acontecimientos posteriores

Los insurgentes estaban ansiosos por entrar a la Ciudad de México, entonces descrita por el viajero alemán Alexander von Humboldt como “La ciudad de los palacios”. Pero Hidalgo decidió enviar el 1 de noviembre a Mariano Abasolo y a Allende como emisarios para negociar con Venegas la entrega pacífica de la ciudad a las tropas sublevadas. El virrey, lejos de aceptar un acuerdo, estuvo a punto de fusilar a los negociantes, de no ser por la intervención del Arzobispo de México y otrora virrey, Francisco Xavier de Lizana y Beaumont. Pero Hidalgo comenzó a reflexionar y ordenó la marcha del Ejército Insurgente la noche del 3 de noviembre, no hacia la capital, sino con rumbo al Bajío, donde el 7 de noviembre Calleja les alcanzó en San Jerónimo Aculco, paraje en que fueron derrotados, hecho conocido como la Batalla de Aculco. Después de la derrota, surgió un distanciamiento entre Hidalgo y Allende, por lo que el cura de Dolores decidió retirarse a Valladolid, acentuando así las diferencias y el distanciamiento con Allende, que incluso intentó envenenarlo.

Batalla del Monte de las Cruces
Independencia de México
Fecha 30 de octubre de 1810
Lugar Monte de las Cruces, Estado de México
Coordenadas 19°19′46″N 99°18′59″O (mapa)
Resultado Victoria insurgente
Beligerantes
Insurgentes mexicanos Imperio español
Comandantes
Miguel Hidalgo
Ignacio Allende
Torcuato Trujillo
Fuerzas en combate
Total: 60 000-80 000
(50 000 infantes indígenas)
Total: 1400 -7000
(posiblemente 2500)
Bajas
3000 -5000 muertos y heridos 1000 -2500 muertos y heridos

 

312 – Batalla del Puente Milvio


Se conoce como la batalla del Puente Milvio al enfrentamiento militar que tuvo lugar el 28 de octubre de 312 entre los ejércitos de los emperadores Constantino I y Majencio. La victoria del primero derivó en el fin de la tetrarquía (forma de gobierno en la que el poder lo ejercen cuatro personas conocidas como tetrarcas) y lo llevó a convertirse en la máxima autoridad de los territorios occidentales del Imperio, mientras su cuñado Licinio reinaba en las provincias orientales.

Esta batalla constituye un importante punto de inflexión en la historia del cristianismo, ya que los historiadores cristianos de esta época y posteriores, influidos por la narración de Eusebio de Cesarea, atribuyeron la victoria de Constantino a una intervención divina, en la que supuestamente Constantino vio en el cielo una cruz con la leyenda, “por este signo vencerás”, lo cual le despertó esa supuesta tendencia al cristianismo y lo convirtió en la religión oficial del imperio, mas no por convicción alguna pues en la vida real siguió igual de pagano, adorando al dios sol y otros que nunca dejó atrás.

Contexto histórico

La causa subyacente del enfrentamiento residía en las rivalidades inherentes al sistema de gobierno instituido por Diocleciano, la tetrarquía. Casi de inmediato tras la renuncia al trono de Diocleciano y Maximiano, los administradores provinciales comenzaron a disputarse el control del Imperio, por lo que se necesitaba un líder joven y fuerte para restablecer el orden. Uno de los candidatos era Constantino, quien, aunque tenía derechos dinásticos al trono por ser heredero del emperador occidental Constancio Cloro, se veía afectado por el hecho de que la tetrarquía obviaba dichos derechos al considerar que el linaje imperial no era un requisito indispensable en los emperadores. Cuando Constancio murió, el 25 de julio de 306, sus tropas proclamaron Augusto a Constantino en Eboracum (York). En Roma, el favorito a la sucesión era el heredero de Maximiano, Majencio, quien se autoproclamó emperador el 28 de octubre de ese mismo año.

C. de 312 estos dos hombres mantenían una pésima relación conocida por los ciudadanos romanos, a pesar de que eran cuñados a través del matrimonio de Constantino con Fausta, la hermana de su rival.

Los escritos de Lactancio (De mortibus persecutorum) constituyen la más importante de las fuentes contemporáneas a este acontecimiento que documentan la batalla.

La batalla

En la primavera del año 312, Constantino reunió a sus tropas y decidió que sus diferencias con Majencio debían resolverse por la fuerza. Invadió fácilmente el norte de Italia y llegó a la capital a través de la Vía Flaminia a finales de octubre de ese mismo año. Sus hombres establecieron una base en la Malborghetto, cerca de la Prima Porta; en este lugar se localizan los restos de un monumento construido durante el reinado de Constantino en honor a su victoria.

Constantino esperaba que su enemigo permaneciera en la capital y se dispusiera a resistir un asedio, una estrategia que este emperador había empleado ya en dos ocasiones durante las invasiones de Flavio Valerio Severo (307) y Galerio (308); asimismo, la ciudad contaba con una considerable reserva de alimentos, por lo que rendirla por hambre supondría prolongar el sitio demasiado tiempo, poniendo a Constantino en una difícil situación. Sorprendentemente, Majencio optó por salir de Roma y enfrentarse a Constantino en batalla. Las fuentes contemporáneas atribuyen esta decisión a la intervención divina (Eusebio de Cesárea y Lactancio) o a la superstición (Zósimo). Estos escritores hacen hincapié en el hecho de que el día de la batalla fue también el día del nombramiento de Majencio como emperador, lo que se consideraba un buen augurio. Por su parte, Lactancio afirma que los ciudadanos romanos apoyaban a Constantino, aunque la fiabilidad de sus escritos ha sido puesta en tela de juicio.

Majencio ordenó levantar su campamento en frente del Puente Milvio, un puente de piedra que atravesaba el Tíber conectando la Via Flaminia con la capital imperial (este puente permanece hoy en día en este mismo emplazamiento, aunque ha sido remodelado y rebautizado con los nombres de Ponte Milvo o Ponte Molle, cuya traducción es «puente suave»). La defensa de esta zona era imprescindible si Majencio pretendía mantener a su rival alejado de Roma, donde el Senado se apresuraría a votar entregar la ciudad a su adversario. Ya que había destruido parte de la estructura del puente mientras se preparaba para resistir un asedio en la capital, el emperador se vio forzado a reparar el puente y a construir otro a fin de trasladar sus tropas al otro lado del Tíber.

Al día siguiente los dos ejércitos se enfrentaron en la batalla, de la que salió victorioso el emperador Constantino I. Reconocido como un hábil comandante, forzó a las tropas de su rival a retirarse hacia el Tíber, tras lo que Majencio ordenó volver a la capital decidido a resistir allí. No obstante, la única vía de escape era cruzando el puente, donde los hombres de Constantino infligieron enormes pérdidas a sus enemigos. Mientras esto ocurría, se derrumbó el puente provisional creado al lado del Milvio, a través del cual muchos soldados estaban tratando de escapar. Muchos de los hombres que habían permanecido en las orillas del Tíber fueron capturados o asesinados. El propio Majencio falleció tras ahogarse en el río en un desesperado intento por escapar. Cuando se encontró su cuerpo, Constantino ordenó que le precediera en su entrada triunfal a la capital como prueba de que él era el único soberano de Occidente.

La visión de Constantino

Parte de la importancia de esta batalla reside en que los escritos que la relatan se ven afectados por la leyenda. Una de estas leyendas cuenta que la noche del 27 de octubre, cuando los soldados se preparaban para la inminente batalla, Constantino tuvo una visión que lo llevó a combatir bajo la protección del Dios cristiano. No obstante, la descripción de esta visión varía en función de la fuente que la relate. Los historiadores cristianos afirmaron que esta visión consistía en la aparición de la señal de la cruz acompañada por una voz que le decía a Constantino «en este signo, conquistarás» en griego.

Lactancio afirma que la visión que tuvo Constantino la noche antes de la batalla decía que debía «delinear la marca celestial en los escudos de sus soldados».7 El futuro emperador obedeció y marcó los escudos con el símbolo de Cristo; Lactancio describe este signo como un «staurogram», una cruz latina con su extremo superior redondeado en forma de P. A pesar de ello, no existen pruebas de que Constantino utilizara alguna vez el staurogram; de hecho, ciertos historiadores defienden que empleó la famosa chi-rho.

De Eusebio han sobrevivido dos escritos que describen la batalla. El primero de ellos consiste en un pequeño extracto de su Historia Eclesiática,que afirma que Constantino recibió ayuda divina durante la batalla, aunque no hace mención de la visión. No obstante, en su “Vida de Constantino”, ofrece una descripción detallada acerca de esta visión, y hace hincapié en que la había escuchado de boca del propio emperador. Conforme a este relato, Constantino y sus hombres se encontraban marchando (el historiador cristiano no especifica cuál era el objetivo de los constantinianos, aunque afirma que no se encontraban en la capital) cuando el emperador levantó la vista y observó que, por encima del Sol, se alzaba una cruz luminosa con estas palabras: «Εν Τούτῳ Νίκα», cuya traducción al latín es in hoc signo vinces – «en este signo, vencerás». En ese momento Constantino no tenía claro cuál era el mensaje que trataba de transmitirle esta revelación, no obstante, esa noche soñó con Cristo, que le decía que debía emplear ese signo contra sus adversarios. En este relato Eusebio describe el lábaro, el estandarte militar que usó Constantino durante el conflicto que le enfrentó a Licinio (chi-rho).

Estos dos escritos difícilmente pueden conciliarse con el resto de obras que hablan acerca de la batalla, aunque se han visto incluidos en aquellos que afirman que Constantino vio el chi-rho la noche anterior al combate. Lactancio y Eusebio coinciden en que este símbolo no estaba destinado a representar a Cristo, ya que no existen evidencias que prueben que el chi-rho era considerado una marca cristiana antes de su reinado. Este símbolo apareció por primera vez en una moneda de oro de la era constantiniana (c. 315), lo que viene a demostrar que Constantino había empezado a emplearlo por esta época, aunque no de una forma destacada. Sólo hizo un uso extensivo del chi-rho y del lábaro durante el conflicto con Licinio.

Como el Sol Invictus – el Sol Invicto, empleado frecuentemente en el labrado de monedas y monumentos constantinianos años después de esta victoria – esta visión ha sido interpretada como un fenómeno meteorológico (p. e. un halo) que podría haber sido modificada con el fin de encajar con las creencias de los seguidores cristianos del emperador.

Batalla del Puente Milvio
Fecha 28 de octubre del 312
Lugar Pons Milvius en el río Tíber, Roma
Coordenadas 41°56′08″N 12°28′01″E (mapa)
Resultado Victoria decisiva de Constantino I,
quien pasa a controlar el Imperio occidental
Beligerantes
Ejército de Constantino I Ejército de Majencio
Comandantes
Constantino I el Grande Majencio †
Fuerzas en combate
Estimación antigua:
90.000 infantes y 8.000 jinetes
Estimación moderna:
40.000 -45.000
Estimación antigua:
170.000 infantes y 18.000 jinetes
Estimación moderna:
70.000 -100.000

1086 – Batalla de Sagrajas


La batalla de Sagrajas o Zalaca ( الزلاقة en árabe) se libró en Sagrajas, en las proximidades de Badajoz (España), el 23 de octubre de 1086, entre las tropas cristianas de Alfonso VI de León y Castilla y las almorávides de Yusuf ibn Tasufin, con la derrota de las primeras.

Miniatura de 1086, año de la batalla de Sagrajas. Cuatro caballeros del Apocalipsis. Beato de Osma.

Antecedentes

Un año antes, Alfonso VI había tomado Toledo, lo que alarmó a los reyes de algunas taifas de la península ibérica, quienes solicitaron la ayuda militar de Yusuf ibn Tasufin. Desembarcó en Algeciras al mando de un ejército de musulmanes (los almorávides) con el que se dirigió hacia el norte. El monarca leonés, apoyado por el rey de Aragón, salió a su encuentro, que tuvo lugar en Sagrajas, cerca de Badajoz. Tras un primer empuje de las fuerzas leonesas y castellanas mandadas por Álvar Fáñez, los senegaleses de Yusuf destrozaron el ejército cristiano. Alfonso VI salvó la vida con la huida.

La historiografía moderna considera exageradas cifras de 60 000 combatientes para esta época. Las estimaciones de Bernard F. Reilly hablan de un ejército cristiano compuesto por 2500 hombres aproximadamente, de los que 750 corresponderían a la caballería pesada (las tropas de élite de los reinos cristianos, compuestas por nobles y acaudilladas por grandes magnates), otros 750 jinetes de caballería ligera y unos mil infantes de toda condición. Por su parte, el ejército de Yusuf contaría con unos 7500 soldados,2 la mayoría de infantería y caballería ligera.

Yusuf ibn Tasufin cruzó Andalucía con su ejército y marchó al norte de al-Ándalus hasta llegar a az-Zallaqah. Los dos líderes intercambiaron mensajes antes de la batalla: Yusuf ibn Tasufin ofreció tres posibilidades al enemigo: convertirse al Islam, pagar tributo (jizyah) o luchar. Alfonso VI decidió luchar contra los almorávides.

Desarrollo

La batalla comenzó al amanecer de un viernes, con el ataque del rey Alfonso. Yusuf ibn Tasufin dividió su ejército en tres divisiones: la primera la dirigía Abbad III al-Mu’tamid y era la más numerosa; la segunda estaba al mando del mismo Yusuf y la tercera división eran guerreros negros africanos con espadas indias y largas jabalinas.

La primera división, la dirigida por Abbad III al-Mu’tamid, luchó sola contra Alfonso VI hasta entrada la tarde, y después se unieron a ellos Yusuf ibn Tasufin y su segunda división, para rodear las tropas de Alfonso VI. Las tropas castellano-leonesas entraron en pánico y comenzaron a perder terreno. Entonces Yusuf ordenó a la tercera división atacar y terminar la batalla. Según los relatos de la época, las bajas en el ejército de Alfonso fueron considerables, la mitad del ejército según Reilly. Alfonso VI, por su parte, sobrevivió a la batalla, pero fue herido en una pierna.

El rey y la mayoría de los nobles sobrevivieron, si bien algunos cayeron en el combate, incluyendo a los condes Rodrigo Muñoz y Vela Ovéquez. También hubo importantes bajas en el otro bando, especialmente para las huestes al mando de Dawud ibn Aysa, cuyo campo incluso fue saqueado en las primeras horas de la batalla, y por el rey taifa de Badajoz, al-Mutawakkil ibn al-Aftas. El rey taifa de Sevilla, al-Mu’tamid, fue herido en el primer encuentro, pero su ejemplo personal y su valor empujó a las fuerzas de al-Ándalus en los momentos más difíciles de la carga cristiana, dirigida por Álvar Fáñez. Entre los muertos se encontraba un imán de Córdoba muy popular, Abu-l-Abbas Ahmad ibn Rumayla. Se dice que Yusuf por su parte se vio muy afectado por la carnicería.

Yusuf tuvo que volver prematuramente a África, por la muerte de su heredero, por lo que el Reino de León no perdió mucho territorio, a pesar de la aniquilación de la mayor parte de su ejército.

Batalla de Sagrajas
Reconquista
Fecha 23 de octubre de 1086
Lugar Norte de Badajoz (España)
Coordenadas 38°55′23″N 6°54′05″O (mapa)
Resultado Victoria almorávide
Beligerantes
Reino de León y Castilla
Reino de Aragón.
Imperio almorávide
Taifa de Sevilla
Taifa de Badajoz
Taifa de Granada
Taifa de Almería
Taifa de Málaga
Comandantes
Alfonso VI
Álvar Fáñez
Sancho Ramírez de Aragón
Yusuf ibn Tasufin
Al-Mu’tamid de Sevilla
Al-Mutawakkil de Badajoz
Abd-Allah de Granada
Fuerzas en combate
2500 unos 7500
Bajas
unas 1250 desconocidas

1642 – Batalla de Edgehill


La Batalla de Edgehill fue la primera batalla importante de la Primera guerra civil inglesa. Tuvo lugar cerca de Kineton en Warwickshire, el 23 de octubre de 1642. El resultado fue la victoria de las tropas parlamentaristas al mando del Conde de Essex sobre las tropas Realistas de Carlos I de Inglaterra comandadas por el Príncipe Ruperto del Rin, el resultado de la batalla imposibilito a los realistas tomar Londres y así asegurarse una victoria rápida sobre los Parlamentarios. A partir de esta batalla se iniciaron tres años de guerra civil.

El Rey Carlos I planeando la batalla de Edgehill. Obra de Charles Landseer. 1845.

Preludio

El rey Carlos I de Inglaterra se había enfrentado con La Cámara de los Lores y la Cámara de los Comunes desde el principio de su reinado por sus modos absolutistas. En 1641 tras los acuerdos del rey con los covenantistas escoceses y la sublevación de Irlanda donde los católicos matan a miles de protestantes en el Ulster, los miembros de la Cámara de los Comunes se inquietan y deciden votar una Gran Amonestación que atacaba a los católicos, obispos y cortesanos y que había sido redactada por Pym y que es aprobada por 159 votos a 148. El rey, sabedor del estrecho margen por el que ha sido aprobada la Gran Amonestación cree poder someter a la oposición abusando de su autoridad y dirige un mensaje a la Cámara para que se le entregue a Pym, a Hampden y a otros diputados acusados de alta traición. A la noticia del abuso de autoridad, Londres se subleva y Pym organiza un comité insurrecional ante la complicidad del Parlamento y del pueblo de Londres por lo que Carlos I abandona la ciudad el 10 de enero de 1642. La guerra civil inglesa estalla en agosto de 1642. El primer acto del rey es intentar apoderarse del puerto de Kingston-upon-Hull, donde había reunidas gran cantidad de armas, pero sus tropas son rechazadas. Entonces el Rey se traslada al sur, a Lincoln y Leicester donde obtuvo gran cantidad de armas. El 22 de agosto el rey Carlos I declara la guerra al Parlamento y se vuelve a trasladar, esta vez a Chester y posteriormente a Shrewsbury. Mientras tanto el Parlamento envió su ejército hacia el norte, al mando del Conde de Essex, para hacer frente al rey. Essex marcharon primero a Northampton, donde se reunió a casi 20.000 hombres. Essex luego marchó hacia el noreste hacia Worcester. El 23 de septiembre, en el primer enfrentamiento serio entre los ejércitos realistas y parlamentarista, la caballería realista del Príncipe Ruperto derrotó a la caballería de la vanguardia de Essex en la Batalla de Puente de Powick. Sin embargo, carente de infantería, los realistas abandonaron Worcester. La batalla de Edgehill tuvo lugar porque el rey Carlos I de Inglaterra dispuso a su ejército de tal forma que cortaba las líneas de comunicación del Conde de Essex con Londres y los parlamentaristas se toparon con su ejército haciendo inevitable la batalla.

Despliegue de los ejércitos

El ejército realista comandado por el Príncipe Ruperto había formado sobre una colina conocida como Edge mientras Essex formó desplegado parcialmente en una colina del “Valle del Caballo Rojo” entre Edge y el pueblo de Kineton.

Los realistas dejaron Edge y se situaron en las laderas inferiores con cinco brigadas de de infanterías en formación de ajedrezado flanqueadas por cuerpos de caballería, ambos en dos líneas. En las alas se apostaron los dragones y seis cañones se agrupaban en una batería a la derecha cerca de Buller Hill, otras 12 piezas se dispusieron a lo largo del frente. El Conde de Essex desplegó tres brigadas (vanguardia, retaguardia y centro). Las dos primeras estaban en la “pequeña colina” y la tercera, un poco retirada en la izquierda para aprovechar la elevación del terreno. Nueve cañones se extendían en el centro y la caballería ocupaba ambas alas. Sir James Ramsey estaba al mando de la caballería del ala izquierda y tenía mosqueteros por delante y tres cañones. Sir William Balfour dirigía dos regimientos de dragones en el ala derecha junto a cuatro cañones.

La batalla

Ruperto tomó la iniciativa y lanzo a la caballería del ala izquierda. Sir Richard Bulstrode, que participó en la carga cuanta que el Príncipe Ruperto mando a la caballería que marchara lo más compacta posible, manteniendo las espadas en alto para recibir la carga del enemigo sin disparar pistola ni carabina hasta abrirse paso entre el enemigo y hacer uso de las armas cuando fuera menester. En grupos compuestos por filas de tres, el ala derecha avanzó. Se trataba de un avance en marcha lenta hasta la distancia de fuego. Ramsey había escogido una buena posición defensiva y dispuso a sus hombres en una suave colina con un pequeño río a los pies de sus laderas y un bosque se extendía a izquierda y por delante. El paso de estos obstáculos retraso la marcha de los realistas y se pudo disparar contra ellos. Los mosqueteros formaban en filas de seis de fondo, con lo que, disparando por líneas podían mantener un fuego constante.

Sin embargo, el Príncipe Ruperto estaba rodeando el flanco de Ramsey y este se vio obligado a corregir su lado izquierdo reduciendo su ritmo de fuego, extendiendo su línea y debilitando su capacidad de resistencia. Los realistas estaban dispuestos a cargar colina arriba y saltaron sobre cinco o seis sotos y zanjas lo que desordeno la caballería.

Cuando el ataque de Ruperto se aproximaba la caballería parlamentaria respondió abriendo fuego con los cañones alineados entre sus caballos, con las carabinas y las pistolas. Entonces la caballería realista cargo contra ellos. A pesar de lo desordenada de la carga, los hombres de Ramsey abrieron fuego demasiado pronto y la mayoría de las balas no dieron en su objetivo. El reverendo Marshall, que luchó en la batalla por el lado de los parlamentaristas escribió: Nuestra ala izquierda, tras la segunda carga, huyo despreciablemente.

Los hombres de Ramsey emprendieron la huida y las tropas del Príncipe Ruperto los persiguió. Según Bulstrode: El Príncipe Ruperto, tan ansioso por obtener ventaja no estaba satisfecho con guardar la posición, por lo que persiguió con furia al enemigo que huyo hacia el otro lado de Keinton en dirección a Warwick.

La perdida de la segunda línea de Ruperto, que perseguía a los que huían, dejo al ejército realista sin la mitad de su reserva de jinetes.

Batalla de Edgehill

Mientras esto ocurría en el ala izquierda del ejército del Conde de Essex, en el centro, la brigada de Essex se veía enfrentada a la infantería realista cuando algunos jinetes que huían de su flanco izquierdo fueron a agruparse al centro formando tal desorden que los cuatro regimientos perdieron el orden y emprendieron la huida. Algo parecido esperaba al ala derecha parlamentarista. Este flanco descansaba en otro riachuelo ligeramente más profundo. El terreno no era apto para la caballería ni demasiado bueno para la infantería, pero resultaba idóneo para los dragones que por entonces no era un cuerpo de caballería y su función consistía en cabalgar hasta la posición, desmontar y combatir a píe, a menudo en orden abierto.

En el flanco izquierdo realista, que se enfrentaría con el ala derecha mandada por Balfour, estaba mandada por Lord Wilmot inició un avance contra la derecha de Essex para caer sobre la retaguardia enemiga. Sin embargo gran parte de sus jinetes se desviaron hacía la izquierda y no entablaron contacto con las tropas de Balfour, aun así parte de sus tropas cayeron sobre la segunda línea de Balfour que abrió fuego contra ellos para después esperarlos con las espadas en la mano. Los hombres que participaban en la carga doblaban a los que parlamentarista por lo que estos huyeron desordenadamente y los hombres de Wilmot los persiguieron.

El regimiento de Fairfax, ya derrotado huyó también. La segunda línea de Wilmot se unió a la persecución. Constituía la segunda mitad de la reserva de caballería realista. La derecha parlamentarista había sido dispersada, como también la derecha realista que los perseguía que se descompuso en pequeñas unidades.

La caballería realista victoriosa se ausentó totalmente del campo de batalla persiguiendo a la infantería enemiga por lo que la única caballería que permanecía en el campo era la parlamentarista.

Antes de la batalla el Conde de Essex había creado un nutrido cuerpo de coraceros, hombres experimentados que habían participado en su mayor parte en la Guerra de los Treinta Años y Balfour la hizo entrar en combate disponiéndolas en líneas de asalto que lanzó contra el centro realista, contra la infantería real abriendo grandes brechas entre la infantería para después replegarse hacía su posición inicial. Balfour, aprovecho estas brechas para lanzar el resto de sus reservas contra los flancos y el frente. Un regimiento de infantería realista quedó aislado y contra él se lanzó Balfour. De esta forma abatió a dos regimientos y pronto toda la brigada se derrumbó abalanzándose los soldados de Balfour contra ellos. En su huida los realistas barrieron a los hombres que manejaban los cañones ligeros. Parte de la caballería parlamentarista cortó el paso de los fugitivos conteniendo la fuga del enemigo.

Balfour atacó contra la batería principal de seis cañones situada en las laderas de Edgehill dispersando a los hombres y tras dejarlos inservibles volvieron a sus propias líneas para reordenarse.

Después, los coraceros, junto a la infantería se precipitó contra los bloques de picas más debilitados a las que se hizo retroceder y dispersar.

Al terminar el día, estas unidades, volvieron a cargar contra algunas unidades de caballería realista que volvía a aparecer por el campo de batalla.

Hacía la caída de la noche, el resto de caballería realista regresó al campo de batalla y encontró a su ejército desmembrado. La caballería de Ruperto y Wilmot estaba lo suficiente dispersa y cansada para no influir en el resultado de esta batalla. La batalla había terminado. La caballería realista había vencido en sus enfrentamientos directos pero al abandonar el campo de batalla habían permitido que la reserva de caballería parlamentarista decidiese el resultado de la batalla.

Batalla de Edgehill
Primera guerra civil inglesa
Fecha 23 DE OCTUBRE DE1642
Lugar Edgehill, Warwickshire
Coordenadas 52°08′24″N 1°29′03″O (mapa)
Resultado Victoria decisiva parlamentarista.
Consecuencias Imposibilito la toma de Londres y terminar con la guerra de forma rápida
Beligerantes
Realistas ingleses Parlamento inglés
Comandantes
Carlos I de Inglaterra Ruperto del Rin Conde de Essex
Fuerzas en combate
12.400 soldados2.500 jinetes, 800 dragones, 9,100 soldados de infantería

y 16 cañones

15.000 soldados:2.300 jinetes, 700 dragones, 12.000 soldados de infanteria,

13 cañones

Bajas
500 muertos 1.500 heridos 500 muertos 1.500 heridos

1094 – Batalla de Cuarte


Se conoce como batalla de Cuarte al encuentro bélico que se desarrolló el 21 de octubre del año 1094 entre las fuerzas de Rodrigo Díaz el Campeador y el Imperio almorávide en las proximidades de las localidades de Mislata y Cuart de Poblet, situadas a pocos kilómetros de Valencia.

Tras haber conquistado el Cid la ciudad de Valencia el 17 de junio, el Imperio almorávide reunió a mediados de agosto un gran ejército al mando de Muhammad ibn Tasufin, sobrino del emir Yusuf ibn Tasufin, con objeto de recuperarla. Hacia el 15 de septiembre Muhammad sitió la ciudad, pero Rodrigo salió a romper el cerco en batalla campal obteniendo una victoria decisiva que rechazó a los almorávides y aseguró su principado valenciano.

Fue, posiblemente, la más importante de las victorias del Cid y la primera contra un gran ejército almorávide en la península ibérica; además frenó su avance en Levante durante los años restantes del siglo XI. En el diploma de 1098 de dotación de la nueva Catedral de Santa María consagrada sobre la que había sido mezquita aljama Rodrigo firma «princeps Rodericus Campidoctor» considerándose un soberano autónomo pese a no tener ascendencia real, y el preámbulo de dicho documento alude a la batalla de Cuarte como un triunfo conseguido rápidamente y sin bajas sobre un número enorme de mahometanos.

Antecedentes

El 17 de junio de 1094, la Valencia musulmana (de nombre Balansiya) cayó en manos de Rodrigo Díaz. Yusuf ibn Tasufin, caudillo de los almorávides, ordenó reclutar unos 4.000 jinetes de caballería ligera y entre 4.000 y 6.000 soldados de infantería en Ceuta, a cuyo mando puso a su sobrino Abū ˁAbdallāh Muḥammad ibn Ibrāhīm ibn Tāšufīn, para emprender una expedición que intentara recuperar la ciudad. Destacaba en la hueste almorávide la guardia imperial, de carácter permanente y formada en parte por esclavos negros, que eran soldados de caballería o infantería bien equipada de élite que se distinguían por su valor y lealtad, y podían organizarse en cuerpos especializados, como arqueros. Además el ejército almorávide contaba con algunos cientos de guerreros de caballería pesada andalusí, de características similares a la caballería cristiana, que quizá incorporaran algún cuerpo de ballesteros, un arma usual en los sitios que los árabes llamaban qaws al ˁaqqār, qaws rūmī o ifranğī (‘arco mortífero’, ‘arco cristiano’ o ‘franco’). En total, el ejército almorávide sumaba un máximo de 10.000 efectivos.

Según el Albayān almuġrīb (‘Historia de los reyes de al-Ándalus y el Magreb’) de Ibn ˁIḏārī Almarrākušī, que recoge los relatos de Ibn ˁAlqamah, y probablemente el de Ibn Al-Farağğ (que fue wazīr, alguacil o ministro de Hacienda del régulo Al-Qadir, y del Cid durante su protectorado de 1089-1091), ambos testigos de los hechos, también fue desencadenante del conflicto la queja de los habitantes de la provincia almorávide de Denia, que pidieron ayuda al emperador Yusuf ante las continuas razias que sufrían por parte de los destacamentos de la Valencia cidiana.

Los contingentes almorávides desembarcaron en la península ibérica entre el 16 y el 18 de agosto de 1094. Al pasar por Granada (cinco días más tarde), se les unió parte de la guarnición del gobernador almorávide de esta provincia ˁAlī ibn Alḥāğğ, y del ejército regular de la antigua taifa zīrī integrado en el contingente militar granadino, y más adelante es bastante seguro que se sumaran tropas andalusíes de las taifas de Lérida (no más de trescientos caballeros al mando de su gobernador Ibn Abīlḥağğāğ Aššanyāṭī), Albarracín (que no llegarían al centenar de caballeros armados comandados por ˁAbd al-Malik ibn Huḏayl ibn Razīn, longevo señor de la taifa entre 1045 y 1103), y quizás también de Segorbe —a las órdenes de Ibn Yāsīn— y Jérica —cuyo señor era Ibn Yamlūl—, en cuyo caso aportarían unas decenas de soldados a caballo cada una, pues el Levante andalusí en esta época estaba fragmentado en fortalezas regidas por caídes o señores que dominaban poco más que su alfoz; a esto habría que sumar los peones que aportaran: entre 3 y 5 por cada caballero contando los escuderos, pajes y acemileros. La presencia de las guarniciones personales de las taifas andalusíes aún no sometidas al poder almorávide tenía sobre todo una finalidad política, y subrayaría la subordinación de las taifas respecto del Imperio magrebí. Además, las tropas hispanoárabes eran muy útiles por su conocimiento de las técnicas bélicas cristianas (junto a esta caballería habían peleado en numerosas ocasiones) y de las características de una guerra por asedio.

Tras el reclutamiento en Ceuta, el ejército almorávide cruzó el Estrecho mediante varios viajes, ya que no poseían la flota de alrededor de un centenar de barcos necesaria para transportar simultáneamente todo el ejército, y desembarcó seguramente en Algeciras. Desde allí emprendió una marcha de alrededor de 750 km a través de Málaga, Granada y Murcia, adonde llegaron veintidós días después del paso del Estrecho, entre el 7 y el 9 de septiembre de aquel 1094. A continuación tomó la ruta interior por Villena o Alcoy, y desde una de estas dos localidades a Játiva, aunque también era practicable la exterior que transitaba por la costa y Denia. Finalmente las tropas acamparon en la llanura situada entre Cuart de Poblet y Mislata, entre 3 y 6 km al oeste de Valencia, hacia el 15 de septiembre, e iniciaron el asedio justo antes del comienzo del mes de Ramadán, aunque de modo pasivo durante el mes sagrado musulmán. Terminado el periodo de ayuno el 14 de octubre, el ejército islámico empezó a incrementar las hostilidades.

Trazado de la muralla islámica de Valencia y localización de sus principales puertas. El primer contingente cidiano salió al mando del Campeador por la noche a través de la puerta sur-sudoeste de la ciudad (Puerta de Baytala, Buyatallah o Boatella, en el plano con el n.º 4) y se situó casi a espaldas de la retaguardia y el Real almorávide, al sur de Cuarte. Tras emplazarse emboscado el grueso del ejército cristiano, un segundo contingente de caballería más exiguo salió por la puerta de Bāb al-Ḥanaš, Bab al Hanax o Puerta de la Culebra (n.º 2 del plano) y avanzó directamente hacia la vanguardia del enemigo, situada al este de Mislata, con el fin de provocar el avance de la caballería almorávide y emprender una rápida retirada que la atrajera hacia Valencia en una maniobra de distracción similar al tornafuye. Con ello se debilitó la cohesión de la formación almorávide extendida ahora a lo largo de unos cinco kilómetros de longitud entre Cuarte y Valencia. A continuación el Cid, al mando del contingente principal, atacó la retaguardia almorávide, ante lo que se produjo la desbandada musulmana, tomó el Real y obtuvo una rápida victoria.

En cuanto el Campeador tuvo noticia de que el ejército almorávide se dirigía a Valencia, lo que sucedió en los primeros días de septiembre, comenzó a tomar medidas para resistir el asedio. Para ello revisó y reparó los muros de la ciudad y quizá construyó nuevas defensas amuralladas de tapial que protegieran los arrabales y las puertas de la urbe. Procedió, asimismo, a aprovisionarse de viandas, pertrecharse de armas y a reunir la mayor cantidad de guerreros posible, tanto cristianos como musulmanes, con un llamamiento a los señores y alcaides de la zona a unirse a su hueste. Aunque la estimación de los efectivos del Cid es insegura, se calcula que pudo allegar entre 4.000 y 8.000 combatientes, la mitad de ellos de caballería pesada, contando con cristianos y andalusíes. Formarían el ejército cidiano entre 2.000 y 4.000 caballeros aproximadamente y otro número similar de peones que contaría, además, con arqueros y ballesteros. Por otra parte, se aseguró de evitar en lo posible el riesgo de rebelión interna o quintacolumnistas dentro de la propia Valencia, un peligro muy considerable en una ciudad que albergaba a 15.000 habitantes aproximadamente y una facción proalmorávide numerosa, que había contribuido a derrocar al rey Al-Qadir en 1092 y a encumbrar al cadí Ibn Yahhaf inmediatamente antes de la conquista de Rodrigo Díaz. Por esta razón, el Cid confiscó todas las armas y objetos de hierro de la población y expulsó de la ciudad a todo sospechoso de mostrar simpatías hacia los almorávides. Más adelante, ya iniciado el asedio, procedió a deshacerse también de «bocas inútiles» haciendo salir a la mujeres e hijos de los musulmanes, a quienes envió hacia el campamento almorávide, un procedimiento habitual en situaciones de sitio, ya que se procuraba mantener en la ciudad solo a aquellos que estuvieran en condiciones de combatir.

Pero uno de los aspectos más alabados en el Cid por todas las fuentes, tanto cristianas como musulmanas, es su capacidad para la guerra psicológica. En este sentido Rodrigo Díaz llevó a cabo varias estrategias. Propagó la amenaza de que iba a ejecutar a los musulmanes que aún permanecían en Valencia si los almorávides la sitiaban, con lo que mantenía en estado de sumisión por terror a esta población que hubiera podido ser proclive a la colaboración con el enemigo; además, con esta medida elevaba la moral de la propia hueste. Para reforzarla todavía más, el Cid, conocido por sus facultades para la ornitomancia, divulgó el pronóstico de que la victoria iba a ser suya. No debe desecharse tampoco su capacidad para arengar adecuadamente a sus hombres. Sin embargo, lo más efectivo fue que difundió la noticia (fuera falsa o verdadera) de que iban a acudir al socorro tropas de Pedro I de Aragón y de Alfonso VI; de estos auxilios, que en el caso de Alfonso VI fue probablemente solicitado en realidad, solo el rey de León, Castilla y Toledo acudió (según fuentes árabes) a la llamada, aunque la batalla decisiva se produjo cuando este monarca se encontraba aún a medio camino. Independientemente de que se produjera históricamente la petición de socorro a estos reyes, la divulgación del rumor de que un ejército salvador acudía no solo reforzaba el ánimo de combate de los sitiados, sino que sembraba inquietud en el ejército enemigo acampado; lo que sumado a las dificultades logísticas propias de un ejército tan numeroso y heterogéneo y la prolongada baja actividad durante todo el mes de Ramadán en campaña, generó desconfianza, impaciencia y finalmente disensiones entre sus filas, que acabaron en deserciones y debilitaron el cerco. Ante la llegada del enemigo, Rodrigo dio también ejemplo con su propia actitud inmutable y serena ante la contemplación del enorme campamento enemigo, hecho recogido tanto por Ibn Alqama como por la Historia Roderici, y que en el Cantar de mio Cid —que en las partes correspondientes a la batalla de Cuarte sigue a la Historia Roderici y a otra fuente que «remontaría de forma independiente a los sucesos mismos […] por lo que su relato podría ponerse al servicio de la reconstrucción histórica, aun con las cautelas que exige su naturaleza poética»— se convierte incluso en un optimista humor irónico, cuando dice a su mujer que el campamento enemigo es solo riqueza que acrecentará sus bienes y ajuar que ofrecen a sus hijas casaderas, pues las victorias siempre eran seguidas de la captura del botín (vv. 1644-50):

Su mugier e sus fijas subiolas al alcácer,
alçavan los ojos, tiendas vieron fincar:
—¿Qué’s esto, Cid, sí el Criador vos salve?—
—¡Ya mugier ondrada, non ayades pesar!
Riqueza es que nos acrece maravillosa e grand;
á poco que viniestes, presend vos quieren dar,
por casar son vuestras fijas, adúzenvos axuvar.
A su mujer y sus hijas las subió al alcázar
alzaban los ojos, tiendas vieron plantar
—¿Qué es esto, Cid así os salve el Criador?
—¡Ay mujer honrada no tengáis pesar!
Nuestra riqueza se acrecienta grande y maravillosa;
hace poco que vinisteis, un presente os quieren dar,
por casar están vuestras hijas, os traen el ajuar.
Cantar de mio Cid, vv.1644-1650

Desarrollo de la batalla

Desarrollo de la batalla de Cuarte.

Finalizado el Ramadán, los almorávides iniciaron las hostilidades el 14 de octubre con estruendo de tambores, añafiles y alaridos, saqueando las huertas y destruyendo, en lo posible, los barrios extramuros de la ciudad, y acompañando sus cotidianos ataques con lanzamiento de flechas por parte de los arqueros.

Sin embargo, los efectos de la guerra psicológica y la propaganda del Cid de que era inminente la llegada del ejército de Alfonso VI ya habían causado la defección de varios cuerpos almorávides, con lo que la zona sur y sudoeste de Valencia quedó sin cercar. La desmoralización y las bajas del ejército sitiador dio al Cid la oportunidad de preparar una salida para vencer en batalla campal a los sitiadores y romper así el asedio.

El Cid, tras soportar una semana de acoso por parte del ejército almorávide, decidió atacar el 21 de octubre de 1094. Salió de noche o madrugada de ese día comandando el grueso de su ejército por las puertas del sur de la ciudad (la puerta de Baytala, Buyatallah Boatella) y dando un amplio rodeo para alejarse lo más posible del ejército almorávide y no ser descubierto, para situarse tras la retaguardia y el real enemigo de modo que, cuando lanzaran el ataque desde aquel punto, a los almorávides les pareciera que efectivamente llegaban los refuerzos de Alfonso VI desde Castilla.

Al alba (hacia las 6:30 h), otro grupo menos numeroso de caballería cristiana salió de la ciudad por la puerta oeste (la de Bāb al-Ḥanaš, Bab al Hanax o Puerta de la Culebra), la más cercana a la vanguardia almorávide, simulando una espolonada o ataque rápido y con pocos efectivos de las que eran habituales en los cercos para procurarse algún respiro con escaramuzas en campo abierto que mitigaran las penurias del asedio. En realidad se trataba de una maniobra de atracción, para realizar algo similar a un tornafuye y, una vez que el grueso de la caballería almorávide de vanguardia saliera en persecución de este cuerpo, iniciar el ataque con el grueso de la caballería cristiana por la retaguardia.

Así se hizo y la parte principal del ejército cristiano tomó por sorpresa el real almorávide, posiblemente con el general Muhammad en él. Creyendo que era Alfonso VI quien había llegado, la retaguardia almorávide, ya de por sí con baja moral, fue vencida en el choque y huyó en desbandada en todas las direcciones. Pese a que el resto de los cristianos de la espolonada tuvieron problemas para defenderse de la vanguardia del ejército almorávide y sufrieron en su retirada algunas bajas, al percatarse el grueso de las tropas musulmanas de que un importante ejército atacaba por la retaguardia, vacilaron y probablemente se dividieron y desorganizaron. Al mediodía el Cid había conseguido una rápida victoria sin bajas y expulsado del campamento al sitiador.

De este modo el ejército del Cid, gracias a un hábil y astuto planteamiento de la batalla, logró una victoria decisiva arrancando del campo al ejército sitiador y, aunque no hubo alcance (persecución para aprovechar la victoria obteniendo el botín de los huidos) debido a que la huida se produjo en desorden y hostigar a los fugitivos hubiera desorganizado la mesnada cidiana, además de que la mayor riqueza en despojos era precisamente la que saquearon los cristianos a costa del campamento real almorávide, fue una victoria decisiva que obligó a una retirada sin paliativos del ejército sitiador.

Consecuencias

Las consecuencias inmediatas de la victoria de Rodrigo Díaz fueron la obtención de un extraordinario botín en riquezas, caballos y armas y la recuperación de la hegemonía en esta zona. En efecto, ya en 1098 había conquistado las importantes plazas fuertes de Almenara y, sobre todo, Murviedro (la actual Sagunto).

La victoria permitió a Rodrigo, que firmó el documento de dotación de la nueva catedral de Santa María en 1098 como «princeps Rodericus Campidoctor», asegurar y reforzar la posesión del principado de Valencia como plaza cristiana hasta su muerte a mediados de 1099 e impidió la expansión musulmana hasta 1102 en el Levante, que se replegó hacia Játiva. Todo ello facilitó la expansión del Reino de Aragón hacia el sur, al quedar aislada la Taifa de Zaragoza del auxilio almorávide. Dos años después de la batalla de Cuarte, Pedro I de Aragón conquista Huesca y se alía con el Cid, colaborando ambos soberanos en rechazar a un nuevo ejército almorávide en 1097 en la batalla de Bairén. No será hasta 1110, tras la muerte del Campeador, que la Taifa de Zaragoza caiga en manos almorávides, aunque solo pudieron mantener por espacio de ocho años la capital del valle medio del Ebro bajo el dominio islámico.

A la muerte del Campeador su esposa Jimena consiguió defender la ciudad con la ayuda de su yerno Ramón Berenguer III de Barcelona hasta mayo de 1102, en el que el rey Alfonso VI ordenó su evacuación y Valencia volvió a pasar a manos de los almorávides.

Batalla de Cuarte
Reconquista

Fecha 21 de octubre de 1094
Lugar Cuart de Poblet, Mislata, Valencia
Coordenadas 39°28′50″N 0°25′50″O (mapa)
Casus belli Conquista de Valencia por parte de Rodrigo Díaz y algaras del castellano por tierras de Denia
Resultado Victoria de Rodrigo Díaz el Campeador
Beligerantes
Principado de Valencia Almorávides
Comandantes
Rodrigo Díaz, llamado el Campeador Abū ˁAbdallāh Muḥammad ibn Ibrāhīm ibn Tāšufīn
Fuerzas en combate
De 4.000 a 8.000 combatientes. Aproximadamente la mitad caballeros (caballería pesada) De 8.000 a 10.000 combatientes. 4.000 jinetes almorávides de caballería ligera, unos 300 andalusíes de caballería pesada y aproximadamente 6.000 peones.

1465 – Batalla de Montenaken


La batalla de Montenaken tuvo lugar el 20 de octubre de 1465 en las afueras de Sint-Truiden en la localidad de Montenaken, situado entre Landen y Waremme, actualmente en Bélgica, entre las milicias del principado de Lieja, que esperaban el apoyo de Luis XI de Francia, contra las tropas de Felipe III de Borgoña, conducidas para su hijo Carlos, duque de Charolais.

La batalla

Los liejanos, conducida por Raes de la Rivière, señor de Heers se sublevó contra la autoridad del príncipe-obispo Luis de Borbón impuesto contra la voluntad del capítulo de la catedral de San Lambert.

La batalla acabó en victoria del ducado de Borgoña.

Consecuencias

Tras la derrota en la batalla de Montenaken y la destrucción de varias villas como Grand Hallet y Petit Hallet, Carlos el Temerario impuso la paz de Sint Truiden, por lo que los liejanos tuvieron que aceptar la autoridad del ducado de Borgoña que estableció un régimen dictatorial ejecutando muchos rehenes, aboliendo los derechos y las libertades del principado, e imponiendo a las villas el derribo de sus murallas.

Batalla de Montenaken
Subyugación de principado de Lieja
Fecha 20 de octubre de 1465
Lugar Montenaken, Bélgica
Coordenadas 50°43′20″N 5°08′04″E (mapa)
Resultado Victoria del ducado de Borgoña
Beligerantes
Blason fr Bourgogne.svg Ducado de Borgoña Wappen Bistum Lüttich.png Principado de Lieja
Comandantes
Blason fr Bourgogne.svg Carlos el Temerario Wappen Bistum Lüttich.png Raes de la Rivière

202 a.C. – Batalla de Zama


La batalla de Zama (19 de octubre del 202 a. C.) representó el desenlace de la Segunda Guerra Púnica. En ella se enfrentaron el general cartaginés Aníbal Barca y el joven Publio Cornelio Escipión, «el Africano Mayor», en las llanuras de Zama Regia.

A pesar de que Aníbal estaba en superioridad numérica al comienzo de la batalla, Escipión concibió una estrategia para confundir y derrotar a sus elefantes de guerra. Las caballerías de Masinisa y Lelio atacaron y provocaron la huida de la caballería numida de Tiqueo, mientras que los veteranos de Aníbal comenzaban a ganar terreno. Sin embargo, luego de perseguir a Tiqueo, tanto Masinisa como Lelio volvieron al campo de batalla y atacaron a los veteranos de Aníbal por la retaguardia, provocando su casi completa aniquilación y el final de la batalla. A pesar de la humillante derrota, Aníbal logró huir a Cartago.

Preludio

Cruzando los Alpes, Aníbal llegó a la península italiana en el año 218 a. C. y logró varias victorias importantes contra los ejércitos romanos. Al no haber podido derrotar a Aníbal o expulsarlo de Italia, los romanos cambiaron de estrategia y decidieron atacar directamente a Cartago, obligando a los cartagineses a llamar de vuelta a Aníbal, el cual estaba todavía en Italia, aunque estaba confinado al sur de la península. Escipion finalmente desembarcó en África en el año 203 a. C.

Unos cuantos años antes de la invasión, la decisiva victoria de Escipión en la batalla de Ilipa en España en el año 206 a. C. había asegurado a Roma el control de la península ibérica. En 205 a. C., Escipión regresó a Roma, donde fue elegido cónsul por voto unánime. Escipión, que ahora era lo suficientemente poderoso, propuso poner fin a la guerra al invadir directamente la tierra natal del cartaginés.

El Senado, persuadido por Fabio Máximo, se opuso inicialmente a este ambicioso plan. No obstante, Escipión y sus partidarios pudieron convencer al Senado de que ratificara el plan, y a Escipión se le dio la autoridad necesaria para intentar la invasión.

La batalla

Aníbal regresó a África desde el sur de Italia en auxilio de Cartago, que en aquellos momentos había perdido batalla tras batalla contra el ejército romano que había desembarcado en 204 a.C. bajo el mando de Publio Cornelio Escipión. El general cartaginés consiguió unir a los hombres que pudo traer de Italia, los restos del ejército cartaginés en África, los evacuados del ejército de su hermano Magón en Liguria, los 4000 soldados macedonios enviados por Filipo V y nuevos contingentes de caballería númida de jefes tribales que aún permanecían fieles a Cartago. Igualmente añadió un importante contingente de elefantes hasta un número cifrado en 80 paquidermos, quienes protagonizarían la carga inicial de la batalla. Los romanos realizaron la estrategia de abrir pasillos entre sus filas para dejar pasar a las bestias, aprovechando la ocasión para saetearlas. Los que no fueron alcanzados y muertos huyeron despavoridos hacia el desierto.

Neutralizado el ataque de los elefantes, la caballería romana y de sus aliados númidas maesilios (Numidia Oriental) comenzaron a perseguir a la caballería cartaginesa y de sus aliados númidas masesilios (Numidia Occidental). Tras esto, se desarrolló una batalla de infantería en tres fases, en la cual los infantes romanos fueron destrozando cada una de las dos primeras líneas cartaginesas, hasta que se produjo el encuentro con la tercera línea, formada por los veteranos italianos de Aníbal. Este último combate permaneció igualado hasta que regresaron Cayo Lelio y Masinisa al mando de la caballería y el ejército púnico sucumbió, decidiéndose la batalla. Aníbal huyó con los restos de sus tropas.

Disposición inicial

Aníbal formó a sus 37 000 infantes (50 000, según Apiano) en tres líneas, 3000 jinetes a los flancos y alrededor de 80 elefantes en el frente. Este número de elefantes es mucho mayor que el que normalmente utilizaba Aníbal. Escipión formó alrededor de 20 000 legionarios, más 14 000 auxiliares y la caballería, que comprendía 4000 jinetes númidas traídos por Masinisa y 2700 equites romanos.

Los cartagineses formaron tres unidades, colocando a los 80 elefantes al frente. La primera unidad estaba formada por 12 000 mercenarios infantes entre ligures, galos, mauritanos y baleares; la segunda, por africanos y cartagineses, de los cuales había 10 000 ciudadanos que iban a luchar para defender su tierra, y una legión de 4000 macedonios al mando de Sópatro; la tercera unidad estaba formada por 15 000 a 18 000 infantes veteranos de Aníbal, en su gran mayoría brutios, directamente bajo sus órdenes.

Los romanos adoptaron la disposición clásica de batalla de la legión, denominada triplex acies: con los lanceros hastati en primera línea, los veteranos príncipes en segunda y los lanceros triarii, armados con lanzas largas, detrás. Las unidades se encontraban separadas por pequeños pasillos que les permitían maniobrar, por los cuales debían escapar los hostigadores vélites cuando la carga cartaginesa se hiciera insostenible, al mismo tiempo que evitarían que los elefantes rompieran la formación.

De acuerdo a Apiano, entre los mandos romanos y aliados númidas que secundaron a Escipión durante la batalla, estaba el propretor de la flota con base en Cerdeña, Cneo Octavio, un legado llamado Minucio Termo, Cayo Lelio, Dacamas y Masinisa.

Primera fase

Disposición de los ejércitos

Con ambos ejércitos frente a frente, los romanos soplaron los cuernos de batalla. Cundió el nerviosismo entre algunos de los elefantes, pues habían sido capturados recientemente, que retrocedieron en estampida contra la propia caballería númida de Tiqueo, creando un gran desorden.

Escipión tomó dos medidas geniales para contrarrestar el ataque de los elefantes: ordenó a sus hombres bruñir corazas, cascos y cualquier cosa de metal, de tal modo que el sol se reflejara en ellos y deslumbrara a los animales, y se hizo acompañar por músicos y los llevó a vanguardia, donde sus cuernos y trompetas espantaron a los animales de la izquierda, de tal modo que retrocedieron y sembraron la confusión entre la caballería númida.

Masinisa ordenó cargar a su caballería númida contra la menos numerosa de Tiqueo. Los elefantes, lanzados a la carga contra la infantería romana, tuvieron un efecto limitado gracias a los pasillos que había dejado Escipión. Atacados desde los flancos por las lanzas de los legionarios, los elefantes murieron o retrocedieron hacia las líneas cartaginesas. La caballería italiana de Lelio atacó, persiguiendo a los jinetes cartagineses fuera del campo de batalla.

Segunda fase

Los supervivientes del ejército de Magón se lanzaron contra los hastati, acabando con gran número de ellos. Aníbal ordenó avanzar a la segunda unidad para apoyar el ataque; sin embargo, los legionarios romanos comenzaron el contraataque antes de que llegara el apoyo. Provistos de sus escudos corporales, consiguieron rechazarles. Esta falta de cooperación sembró la semilla del caos en las filas púnicas, que se vieron obligadas a retroceder. Mientras tanto, los legionarios de Escipión acosaron a sus enemigos en retirada hasta que recibieron la orden de repliegue.

Una vez establecidos los cartagineses en posiciones más retrasadas, los romanos lanzaron una nueva ofensiva. Aníbal, deduciendo que sería necesaria una defensa firme, dispuso a su infantería veterana al frente, formando una fila perfecta de lanzas. Los oficiales púnicos dieron órdenes a las tropas en retirada de bordear a la tercera unidad.

El campo se hallaba cubierto de sangre y cadáveres, de modo que los veteranos hubieron de mantenerse a la defensiva. La entrada en combate de los veteranos de la guerra en Italia, desgastadas las menos numerosas tropas de infantería romanas, inclinó la balanza del lado de Aníbal, cuyas tropas empezaron a ganar terreno.

Conclusión

La caballería romana de Lelio y los jinetes númidas de Masinisa, ya reorganizados tras la persecución de los jinetes de Tiqueo, regresaron en aquel momento al campo de batalla. Atacaron la formación compacta de los cartagineses desde la retaguardia, de manera que se produjo el colapso del ejército de Aníbal, quien hubo de huir a Hadrumentum ante el temor a una posible persecución por parte de las tropas de Escipión. Tras unos días regresarían a Cartago derrotados.

Las bajas cartaginesas se elevaron a alrededor de 20 000 muertos, junto con 11 000 heridos y 15 000 prisioneros. Los romanos capturaron también 133 estandartes militares y once elefantes. Por otro lado, entre las filas romanas hubo 1500 muertos y 4000 heridos.

Consecuencias

Esta derrota marcaba el final de la Segunda Guerra Púnica. Las condiciones impuestas a Cartago fueron humillantes. Aníbal, que había ganado numerosas batallas en Italia operando durante 16 años en territorio enemigo, había sido derrotado en África, su tierra natal. Tras esto ejerció como funcionario del tesoro en Cartago, pero los sufetes le acusaron de robar fondos del Estado. Sintiéndose amenazado, huyó de la ciudad, pues sus dirigentes pretendían entregarle a Roma, en la cual había rumores de que el cartaginés se rearmaba para entrar nuevamente en guerra.

Como consecuencia de la derrota en la Segunda Guerra Púnica, Cartago sería forzada al desarme militar, y con la misma condición impuesta al ser derrotada en la Primera Guerra Púnica, prohibiéndosele tener una flota de guerra, algo que rompía su estatus de potencia. Sus acciones militares quedarían condicionadas a la autorización romana, algo que, junto con diversas humillaciones, terminaría desembocando en la Tercera Guerra Púnica, en la que la ciudad de Cartago sería finalmente arrasada.

Batalla de Zama
Fecha 19 de octubre de 202 a. C.
Lugar Zama Regia, cerca de Cartago (actual Túnez)
Coordenadas 36°17′56″N 9°26′57″E (mapa)
Conflicto Segunda Guerra Púnica
Resultado Victoria romana decisiva
Beligerantes
República romana
Reino de Numidia (Masilios)
República cartaginesa
Masesilos
Comandantes
Escipión el Africano
Masinisa, rey númida
Aníbal Barca
Tiqueo †
Fuerzas en combate
30 000-34 000 infantes
6000-6500 jinetes
(6000 infantes y 4000 jinetes eran númidas)
34 000-45 000 infantes
2000-5000 jinetes
80 elefantes de guerra
(2000 jinetes eran númidas)
Bajas
Total: 8000-9000
4000-5000 muertos y 4000 heridos
Total: 28 500-45 000
20 000-25 000 muertos y 8500-20 000 prisioneros

1816 – Batalla de Ibirocaí


La batalla de Ibirocaí también conocida como la batalla de Ibiracohý o Combate de la Capilla de Ñancaý, fue un enfrentamiento ocurrido el 19 de octubre de 1816 en el actual territorio del estado brasileño de Río Grande del Sur, en el marco de la invasión lusobrasileña.

Tropas lusobrasileñas alistándose para sitiar Montevideo

Cuando el comandante portugués Joaquín Javier Curado se enteró de los avances de las tropas orientales sobre el territorio lusobrasileño, en cumplimiento del plan de contra-invasión concéntrica, creado por José Gervasio Artigas, decidió atacar al teniente José Antonio Berdún, que estaba avanzando hacia el norte de la Banda Oriental y ya había cruzado el río Cuareim, destacando a Juan de Dios Mena-Barreto el día 13 de octubre de 1816. Después de 5 días de marcha se enteró de la posición de Berdún, que avanzaba hacia el norte procurando proteger al comandante guaraní Andresito Guazurarí y a Pantaleón Sotelo.

Enterado de la aproximación de los portugueses, Berdún se atrincheró en una posición ventajosa ―cerca de la capilla de Ñancaí―, donde decidió esperar el ataque de Mena Barreto, quien el 19 de octubre de 1816 se lanzó sobre él, derrotándolo después de una sangrienta lucha. Los soldados de Berdún fueron obligados a retroceder, con fuertes pérdidas. En el parte de Mena Barreto se reconoce que «estos insurgentes pelejam como desesperados».

A pesar de que Mena Barreto buscaba que las fuerzas de Berdún no se pudieran unir a las tropas de Andresito Guazurarí en su plan de contraataque de las Misiones Orientales, esto no fue posible: a pesar de la derrota, Berdún se unió a las fuerzas del comandante Andresito.

Batalla de Ibirocaí
la invasión lusobrasileña
Fecha 19 de octubre de 1816
Lugar Actual territorio de Río Grande del Sur, Brasil
Resultado Victoria luso-brasileña
Beligerantes
Provincia Oriental Reino Unido de Portugal, Brasil y Algarve
Comandantes
José Antonio Berdún Brigadier Juan de Dios Mena Barreto (I)
Fuerzas en combate
700 Desconocidos