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  • El paisaje recuerda a algunas zonas de Egipto y refuerza la idea de que el Planeta rojo fue cálido y húmedo hace miles de millones de años
 Imagen de Aram Dorsum, en Arabia Terra - UCL

Imagen de Aram Dorsum, en Arabia Terra – UCL

Gigantescos ríos recorrieron Marte en el pasado. Un equipo de investigadores británicos ha descubierto una vasta extensión de antiguos lechos fluviales en una llanura del norte del planeta llamada Arabia Terra. El total, las cuencas ocupan más de 17.000 km. El hallazgo refuerza la idea de que el ahora frío y seco Planeta rojo tenía un clima cálido y húmedo hace unos 4.000 millones de años y el agua fluía por su superficie. (Dos «megatsunamis» arrasaron la superficie de Marte).

«Los modelos climáticos del Marte primitivo predicen la lluvia en Arabia Terra y hasta ahora había poca evidencia geológica en la superficie para apoyar esta teoría. Esto llevó a algunos a creer que Marte nunca fue cálido y húmedo, sino en gran medida un planeta congelado, cubierto de hielo y glaciares. Ahora hemos encontrado pruebas extensas de los sistemas fluviales en la zona, que apoyan la idea de que Marte era cálido y húmedo, proporcionando un entorno más favorable para la vida que un planeta frío y seco», ha explicado Joel Davis, profesor de Ciencias de la Tierra en el University College de Londres (UCL) y autor principal del estudio, que se publica en la revista «Geology».

Desde los años 70, los científicos han identificado valles y canales en Marte que se cree fueron tallados y erosionados por la lluvia y la escorrentía superficial, al igual que en la Tierra. Estructuras similares no se habían visto en Arabia Terra hasta que el equipo analizó las imágenes de alta resolución de la nave espacial Orbitador de Reconocimiento de Marte (MRO) de la NASA.

Del tamaño de Brasil

El área examinada cubre aproximadamente el tamaño de Brasil a una resolución mucho más alta de lo que era posible anteriormente, seis metros por píxel en comparación con 100 metros por píxel. Si bien se identificaron algunos valles, el equipo reveló la existencia de muchos sistemas de lechos de ríos fosilizados que son visibles como canales invertidos repartidos por la llanura.

Los canales invertidos son similares a los encontrados en otros lugares de Marte y la Tierra. Están hechos de arena y grava depositada por un río. Cuando el río se seca, los canales se quedan verticales a medida que el material circundante erosiona. En la Tierra, los canales invertidos se producen a menudo en ambientes secos, como el desierto de Omán, Egipto o Utah (EE.UU.), donde las tasas de erosión son bajas. En la mayoría de otros entornos, los canales se desgastan antes de que puedan llegar a quedar invertidos.

Buen lugar para buscar vida

«Las redes de canales invertidos en Arabia Terra tienen unos 30 metros de altura y hasta 1-2 km de ancho, por lo que creemos que son probablemente los restos de los ríos gigantes que fluían hace miles de millones de años. Arabia Terra era esencialmente una llanura de inundación masiva que bordeaba las tierras altas y bajas de Marte. Creemos que los ríos estaban activos hace 3.900-3.700 millones de años, pero poco a poco se secaron antes de ser enterrados rápidamente y protegidos durante miles de millones de años, lo que podría preservar cualquier material biológico antiguo que pudiera haber estado presente», apunta Davis.

«Estas antiguas llanuras de inundación de Marte serían buenos lugares para buscar evidencias de vida pasada. De hecho, uno de estos canales invertidos llamado Aram Dorsum es un sitio de aterrizaje candidato para la misión ExoMars Rover de la Agencia Espacial Europea (ESA), que se pondrá en marcha en el año 2020», añade Matthew Balme, profesor de la Open University y coautor del estudio.

Los investigadores planean estudiar los canales invertidos en mayor detalle, a partir de datos de mayor resolución de la cámara HiRISE del MRO.


El Pais

  • La inteligente decisión de una archivista permitió revisitar y mejorar esa imagen décadas después

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El 14 de agosto de 1966, la Lunar Orbiter I se convertía en la primera sonda de la NASA en entrar en órbita alrededor de la Luna. Su objetivo era fotografiar la superficie de ésta para ayudar a escoger lugares de aterrizaje para las misiones Surveyor y Apolo, así como medir la radiación y los impactos de micrometeoritos, tanto durante su viaje como una vez en órbita; también estaba equipada para medir el campo gravitatorio de la Luna.

La misión fue un éxito, pero si es recordada por algo es por la foto de la Tierra vista desde la Luna que tomó el 23 de agosto; era la primera vez que veíamos nuestro planeta desde allí.

La imagen fue bastante popular, aunque pronto quedó eclipsada por otras como Earthrise, una foto hecha por la tripulación del Apolo 8 en 1968 en la que se puede ver una toma parecida de nuestro planeta, pero en color.

Sin embargo. esta primera foto de nuestro planeta desde la Luna recibió una inyección de juventud gracias al Lunar Orbiter Image Recovery Project, el Proyecto Para Recuperación de Imágenes de los Lunar Orbiter, o LOIRP.

Creado a mediados de los 2000 por un grupo de entusiastas que incluye antiguos empleados de la NASA, y con la ayuda de ésta y de algunas empresas que trabajan con ella, su objetivo era digitalizar las cintas que contenían las imágenes obtenidas por las cinco Lunar Orbiter para procesarlas los programas de ordenador adecuados para extraer la mejor calidad posible de imagen de aquellos datos.

Y es que la tecnología de losa ños 60 no permitía más que pasar las imágenes almacenadas en cintas magnéticas a película fotografiando una pantalla, un proceso totalmente analógico que implicaba pérdida de calidad.

Fue una tarea muy complicada, ya que las cintas sólo eran compatibles con lectores Ampex FR-900, de los que se habían fabricado relativamente pocas unidades. Además, de los cuatro a los que tenían acceso ninguno funcionaba, y como apenas tenían documentación acerca de ellos repararlos era una tarea casi imposible.

Afortunadamente, tras unos años de búsqueda, el equipo del proyecto dio con un montón de información acerca de los FR–900 que había sido guardada por uno de los directores de ingeniería de Ampex, ya jubilado, lo que finalmente les permitió, con mucho esfuerzo, reconstruir uno a partir de las piezas de los cuatro que tenían y demostrar la viabilidad del proyecto.

Los resultados fueron impresionantes, con una mejora en la calidad de imagen que salta a la vista que incluye muchos más matices de gris y unas dos veces la resolución de las imágenes disponibles hasta entonces, lo que les permitió reunir financiación para poner en marcha otro de los lectores.

Trabajando, literalmente, en un McDonalds recién cerrado que tenía las instalaciones necesarias para montar los equipos –entre ellas aire acondicionado– el LOIRP logró así rescatar 109 de las 204 imágenes enviadas por las Lunar Orbiter, imágenes que ahora están disponibles en Internet.

Estas imágenes no son sólo interesantes desde el punto de vista estético sino también desde el científico, ya que permiten estudiar la evolución de la superficie de la Luna a lo largo de estos 50 años.

Conservar los datos que se obtienen de cualquier misión espacial es algo que parece obvio, y de hecho es habitual que se vuelva a trabajar sobre ellos para obtener nuevos o mejores resultados con nuevas técnicas de análisis o para comprobar los que ya se tienen.

Pero si los datos de las Lunar Orbiter están ahí es porque ,en 1986, la archivista del Jet Propulsion Laboratory Nancy Perkins decidió que no podía permitir que se borraran las 1500 cintas en las que estaban almacenadas las imágenes y que había que conservarlas. De hecho, ella fue la primera que propuso digitalizarlas, aunque en su momento el proyecto no consiguió la financiación necesaria y no llegó ni a arrancar.

Peor suerte corrieron las cintas en las que la NASA grabó los vídeos originales del primer paseo espacial del hombre por la Luna. Tras años de búsqueda infructuosa la agencia tuvo que admitir en 2009 que probablemente esas cintas formaron parte de un lote de 200000 cintas que fueron borradas y reutilizadas para ahorrar dinero.

Una decisión difícilmente justificable ante la importancia histórica de las imágenes que contenían y que hace que tengamos que contentarnos para siempre con imágenes obtenidas de enfocar una cámara de vídeo al monitor en el que se veía la señal retransmitida desde la Luna.

 


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  • Un centenar de canes fueron envueltos en telas y enterrados junto a personas hace mil años, tal vez como parte de un sacrificio precolombino
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Muchos de los perros están muy bien conservados – Luckez Olmos

El zoológico Parque de las Leyendas de Lima hace honor a su nombre. Al igual que gran parte de la capital de Perú, el terreno sobre el que se asienta esconde una historia milenaria. Los arqueólogos ya habían encontrado allí construcciones, artefactos e incluso un par de momias humanas, pero el hallazgo revelado en 2012 fue una verdadera sorpresa cuya explicación no está todavía clara. Entre los rediles de la cebra y el hipopótamo, apareció un extraño cementerio compartido por 100 perros que descansan junto a un número similar de seres humanos. ¿Por qué estaban allí? ¿Por qué los enterraron juntos?

Durante el Congreso Mundial de Estudios de Momias recientemente celebrado en Lima, Karina Venegas Gutiérrez, una arqueóloga que trabajó con su equipo en el desenterramiento de los canes, intentó aclarar lo sucedido. Según informa la revista Science en su web, la científica reconoce que el descubrimiento sigue siendo desconcertante: los restos de 126 seres humanos y 128 perros. Encontraron perros pequeños y grandes. La mayoría pertenecía a tres tipos de perros callejeros que continúan en los pueblos y ciudades del Perú actual. Uno de los esqueletos recuerda a un pequeño bulldog. Algunos de los perros todavía tenían piel y pelo, y otros estaban tan bien conservados que se apreciaba el morro y las orejas. Todos ellos habían sido dispuestos en posturas pacíficas, como si se hubieran quedado dormidos, y fueron envueltos en textiles para el entierro, al igual que la mayoría de los seres humanos. La cerámica y otros artefactos cercanos sugieren que perros y humanos fueron enterrados hace unos mil años.

Los arqueólogos han encontrado un par de antiguos cementerios de perros en Perú, donde muchos canes están enterrados con ofrendas. Pero esto es diferente. En esos lugares solo hay perros, pero aquí hay perros y humanos. Algunas culturas peruanas precolombinas creían que los perros acompañaban a sus dueños a la otra vida, y los arqueólogos han encontrado algunas tumbas de humanos con sus perros de compañía. El caso del zoológico parece distinto. Aquí, sólo dos seres humanos fueron enterrados junto a sendos perros. El resto de los humanos y canes parecen haber sido enterrados en la misma área y al mismo tiempo.

Los esqueletos humanos representan tanto hombres como mujeres, entre 20 y 40 años de edad. La mayoría muestra signos de lesión violenta, incluyendo fracturas de cráneo y extremidades, y costillas rotas. Lesiones que parecen causa de la muerte. Los animales, sin embargo, no muestran signos de heridas mortales en sus esqueletos, lo que lleva a Venegas Gutiérrez a sospechar que probablemente fueron estrangulados.

La investigadora cree que los perros murieron como parte de un sacrificio ritual, tal vez llevado a cabo a toda prisa después de un evento traumático en la comunidad. «Tal vez los perros fueron ofrecidos después de una muerte masiva de algún tipo», explica. Lo que acabó con esas personas es un misterio. Quizás tuvo que ver con la transición entre los pueblos de la cultura Lima y los Ychsma, ocurrida en esa época, que pudo no ser totalmente pacífica.

Además de los conocimientos culturales, el hallazgo podría revelar cómo los perros se relacionaban con los seres humanos, y cómo esas interacciones pueden haber cambiado con el tiempo. Los trabajos en el subsuelo del zoo continúan, y en los últimos tiempos se han encontrado enterrados otros perros precolombinos.


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Ilustración de una explosión nova clásica. K. ULACZYK-WARSAW UNIVERSITY OBSERVATORY

Ilustración de una explosión nova clásica. K. ULACZYK-WARSAW UNIVERSITY OBSERVATORY

Astrónomos polacos han observado una estrella enana blanca antes y después de que produjera una explosión conocida como nova. El estudio, centrado en Nova Centauri 2009, proporciona nueva información sobre este brillante evento asociado a la transferencia de materia desde una estrella compañera. Las estrellas enanas blancas que forman parte de un sistema binario, donde otra estrella las transfiere material, a veces sufren un brillante estallido termonuclear llamado nova. No hay que confundirlo con las supernovas, explosiones estelares mucho más energéticas y luminosas.

Una de estas novas, llamada Nova Centauri 2009, entró en erupción en el sistema de la estrella V1213 Cen en mayo de 2009, pero desde mucho antes ya estaba siendo monitorizada por científicos polacos del experimento de lente gravitacional óptica (OGLE, por sus siglas en inglés). Con datos recogidos desde 2003, el astrofísico Przemek Mróz y otros colegas del Observatorio Astronómico de Varsovia detectaron pequeñas explosiones o aumentos del brillo (outbursts) en la enana blanca durante los seis años que precedieron al gran estallido. “Esto implica una baja tasa de transferencia de masa entre las dos estrellas durante ese periodo”, señalan los investigadores en su estudio, que publican esta semana en la revista Nature.

Reacción termonuclear

Los autores informan que la erupción nova ocurrió en los seis días posteriores al inicio del último outburst, “lo que indica que la materia arrojada sobre la enana blanca durante ese tiempo desencadenó la reacción termonuclear que condujo a la explosión”. Además, los astrónomos han comprobado que la tasa de traspaso de material (sobre todo hidrógeno) aumentó considerablemente después de la explosión de 2009 y que ahora el sistema se está apagando lentamente.

Según los astrónomos polacos, “estos resultados proporcionan una prueba directa de los cambios de transferencia de masa antes, durante y después de las erupciones nova y apoyan la hipótesis de la hibernación en estos objetos, que predice que esa tasa de transferencia se irá reduciendo en los próximos siglos, antes de que el proceso de acreción (adición de material) se inicie de nuevo, y en última instancia conduzca a una nueva explosión nova”.


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  • Dos jóvenes, de dieciséis y diecisiete años, golpearon y apuñalaron a la madre de su jefe, de 85 años, en 1950
Recorte de la noticia en ABC - ABC

Recorte de la noticia en ABC – ABC

El 5 de diciembre de 1950, ABC se hacía eco de un terrible suceso ocurrido cuatro días antes: el caso del geronticidio de Vallecas. Un cadáver había aparecido en la calle del Arroyo del Olivar, 15. Cuando la Policía del distrito de Puente de Vallecas llegó al domicilio se encontró con una anciana tendida en el suelo de la concina, sobre un charco de sangre. Su nombre era Pascuala Guijosa García, de ochenta y cinco años de edad.

Los agentes lograron descubrir a los autores del crimen, dos jóvenes de dieciséis y diecisiete años: Rafael López Llinares y Santiago López Cejudo, vecinos de la calle de Monteleón. Dichos individuos aseguraron en su confesión que, días antes del asesinato, habían planeado «asistir de noche a algún lugar apartado para abordar a cualquier transeúnte y despojarle de la cartera». Sin embargo, al no contar con permiso paterno para salir de casa a deshora, decidieron actuar por la tarde, cuando terminaban su jornada de trabajo.

La víctima elegida fue la madre del jefe de uno de los muchachos, a la que escogieron para el ataque por tener mucha edad y porque vivía sola. Con ellos llevaban una «mano de almirez», el majador de un mortero, que utilizarían para asestar el golpe mortal.

Dos alianzas y 150 pesetas

Cuando llegaron al domicilio de la anciana, llamaron a la puerta y uno de ellos se presentó como un obrero de su hijo que le llevaba un encargo. Ya en la cocina, vacilaron sobre cual de los dos le golpearía. Entonces, uno de ellos la entretuvo dándole conversación y el otro le atizó con el instrumento en la cabeza. Con la anciana en el suelo «el agresor exigió a su cómplice que para compartir la responsabilidad rematara a la anciana».

A continuación, tras colocarse unos guantes, el otro individuo sacó una navaja y asestó a la mujer dos puñaladas en el cuello. Tras el asesinato, los jóvenes quitaron de los dedos del cadáver dos alianzas de oro y se hicieron con 150 pesetas que encontraron en un armario.


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  • El instrumento está hecho de cristal de roca y sería hasta cuatro veces más grande que la cuchilla
 En la imagen, hachas antiguas halladas en Toledo - ABC

En la imagen, hachas antiguas halladas en Toledo – ABC

El filo de la hoja tiene apenas 7,2 centímetros sin rastro de uso, por lo que podría ser una pequeña hacha decorativa usada hace cuatro mil años.

El hacha de cristal de roca fue hallado por buscadores de minerales en el paso de montaña Pfitscherjoch, en Tirol, que cruza la frontera entre Italia y Austria, a 2.200 metros de altura.

Según ha explicado el arqueólogo Thomas Bachnetzer, el antiguo objeto fue encontrado por primera vez en 2006 pero llegó a manos del Instituto de Arqueología de la Universidad de Innsbruck en 2012. «La edad es aproximada. Puede ser algunos cientos de años más reciente o antigua», ha explicado Bachnetzer sobre el objeto.

Los investigadores calculan que el cristal de roca del que está hecho sería cuatro veces más grande que la cuchilla y provendría de los alrededores de Pfitscherjoch, el tercer paso de montaña más bajo que recorre de norte a sur el Tirol y que es desde 2012 un área de investigación arqueológica de Innsbruck. La Universidad de esta ciudad, al oeste de Austria y capital del Estado de Tirol, probó que el paso de Pfitscherjoch lleva siendo utilizado desde hace 9.000 años.

El paso se encuentra a 70 kilómetros al este del lugar en el que fue descubierto en 1991 la momia Ötzi, de 5300 años, la momia humana natural más antigua de Europa hallada por dos alpinistas alemanes en los Alpes de Ötztal -de ahí su nombre-, cerca de Hauslabjoch.

Ötzi –momificada gracias al frío extremo y perpétuo de la región– ha ofrecido una visión sin precedentes de los europeos de la Edad de Cobre. Actualmente, su cuerpo y pertenencias están expuestos en el Museo de Arqueología del Tirol del Sur de Bolzano, en Italia.


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  • Los descendientes de Wladyslaw Szpilman, famoso gracias a la película de Roman Polanski, han logrado que la justicia ordene a una escritora rectificar la afirmación de que el polaco colaboró con los germanos. Por ello, hoy recordamos su historia
El verdadero pianista - Wikimedia

El verdadero pianista – Wikimedia

Wladyslaw Szpilman, más conocido por todos como «El pianista» gracias a la película de Roman Polanski, fue un ejemplo vivo de tenacidad y uno de los hombres que puso más luz sobre las barbaridades perpetradas por los soldados alemanes en el gueto de Varsovia (una serie de barrios que los germanos rodearon con un muro y en los que, posteriormente, obligaron a vivir recluidos a los judíos polacos de la urbe). Su historia, sin embargo, está nuevamente de actualidad después de que, a principios de agosto, sus descendientes demandaran a una escritora por afirmar que el músico (quien logró sobrevivir cinco años en la región a pesar de que el ejército nazi le buscaba) había colaborado con los hombres de Adolf Hitler. Una apelación que han ganado y por la que recibirán el perdón oficial de la autora.

Los primeros años de vida de Wladyslaw Szpilman no son demasiado destacados en la historia. De él se sabe que nació en 1911 en Polonia y que, ya en su infancia, demostró tener un talento innato para el piano. A la par que fue creciendo su interés por este instrumento, comenzó también a tomar clases para perfeccionar su técnica. Durante su adolescencia se trasladó a Berlín, donde estudió en la Academia de Artes. Por entonces los nazis no habían subido todavía al poder de Alemania, algo que sí consiguieron en el año 1933. Sin embargo, para entonces ya había regresado a su Varsovia natal, donde comenzó a trabajar en la radio polaca como intérprete de música en directo.

«Toqué ante un micrófono por última vez el 23 de septiembre. Fue la última emisión de música en directo desde Varsovia»

Su carrera musical iba entonces dirigida hacia el estrellato, pero todo cambió el 1 de septiembre de 1939 cuando Adolf Hitler atacó Polonia. A partir de entonces el país se detuvo, y su camino hacia la popularidad también. En los días siguientes, mientras el país organizaba su resistencia ante el ejército germano, Szpilman siguió tocando y tocando para los oyentes de la cadena. Lo hizo entre las continuas bombas enviadas por los aviones y los proyectiles de artillería germana. ¿La razón? Lo consideró como una forma de mantener la normalidad y de levantar el ánimo a los soldados polacos que luchaban contra un ejército mucho más potente, mejor entrenado y con nuevas tácticas militares como la «Guerra relámpago».

«Toqué ante un micrófono por última vez el 23 de septiembre. Ni siquiera se cómo llegué a la emisora aquel día. Corría de la entrada de un edificio a la de otro, me ocultaba y volvía a salir corriendo a la calle cuando creía que ya no oía silbar las bombas cerca de mí […]. En ese, mi último día en la radio, estaba dando un recital de Chopin. Fue la última emisión de música en directo desde Varsovia. Mientras toqué, todo el tiempo estuvieron explotando bombas cerca de la emisora y se incendiaron edificios muy próximos a nosotros», explica el propio Wladyslaw Szpilman en su biografía «El pianista del gueto de Varsovia».

Las barbaridades del gueto

Cuatro días después se rindió Varsovia, momento en el que empezó el terror alemán. Todo comenzó con pequeños ataques raciales perpetrados por personas anónimas. Sin embargo, poco tiempo después los germanos cargaron de forma sistemática contra los judíos polacos (unos tres millones). Así quedó claro cuando, en las navidades de 1939, se obligó a los miembros de esta religión a portar un brazalete blanco con la estrella de David en el brazo para avisar a todos de su condición. También se les denigró obligándoles a hacer una reverencia a cualquier germano que viesen en la calle y, finalmente, se les impidió tener más de una cantidad determina de dinero líquido (y eso, antes de que sus posesiones quedasen al cargo de los nazis).

No obstante, la mayor barbaridad alemana se sucedió en 1940. «Un año después de la invasión, el 12 octubre de 1940, los nazis anunciaron la creación de un gueto, adonde debían trasladarse obligatoriamente todos los judíos de la ciudad. Una vez completada la mudanza, el 16 de noviembre, comenzó a levantarse un muro de unos tres metros que selló por completo el perímetro de la zona. El tamaño del gueto era de unas 405 hectáreas, unas tres veces el parque madrileño del Retiro. En su momento álgido llegó a albergar a una población de 445.000 judíos», explica la red de bibliotecas de Madrid en su dossier «¡Levántate y lucha! 70 años del levantamiento del gueto de Varsovia».

El hacimiento provocó todo tipo de epidemias, entre ellas, una de tifus. Así recuerda en su obra Szpilman aquellos días: «La mortalidad por tifus era de cinco mil personas al mes. […] En el gueto no había forma de enterrar a quienes morían de tifus con rapidez suficiente para ir al mismo ritmo que la mortalidad».

Para desgracia humana, aquello no fue nada en comparación con las barbaridades que los alemanes perpetraron allí meses después. Entre las mismas, hacer cacerías étnicas a discreción (en las que entraban en un edificio y no salían hasta que consideraban que habían acabado con todos los insurrectos) o transportar a los judíos en trenes hasta los campos de exterminio cercanos para acabar con su vida de forma sistematizada.

El pianista se ganaba la vida tocando en cafés y bares del gueto de Varsovia

Tampoco eran pocas las palizas que los agentes de la policía alemana daban a todos aquellos que trataban de introducir comida de contrabando en el gueto. A pesar de todo, los primeros meses los judíos pudieron vivir de forma relativamente tranquila. Al menos, aquellos que respetaron el toque de queda impuesto y no les importó perder sus ahorros en favor de los germanos. Szpilman y su familia fueron de los que lograron -a pesar de todo- adaptarse. Un ejemplo es que nuestro protagonista logró conseguir trabajo como músico en diferentes bares del gueto. El último en el que estuvo fue el Sztuka. En él pasó varios meses.

«Cuatro meses después me trasladé a otro café, el Sztuka (Arte), en la calle Leszno. Era el mayor café del gueto y tenía aspiraciones artísticas. En su sala de conciertos se ofrecían a menudo actuaciones musicales. Me presenté tocando dúos de piano con Andrzej Goldfeder y tuve mucho éxito con mi versión del Vals Casanova de Ludomir Rózycki, con letra de Wladyslaw Szlengel. […] Junto a la sala de conciertos había un bar donde quienes preferían la comida y la bebida a las artes podían tomar excelentes vinos y deliciosas cotelettes de volaille o boeuf Stroganoff. Tanto la sala de conciertos como el bar estaban casi siempre llenos, por lo que yo me defendía bien en esa época y podía satisfacer las necesidades de los seis miembros de mi familia, aunque no sin ciertas dificultades», explica el propio pianista.

¿Suerte?

Por si vivir en aquella cárcel conformada a base de edificios no fuese ya duro de por sí, el 16 de agosto de 1942 Szpilman y su familia fueron llevados hasta el «Umschlagplatz» (una vieja estación en la que los nazis cargaban a los prisioneros como si fueran ganado para trasladarles hacia diferentes campos de exterminio) como parte del programa destinado a eliminar la excesiva población del gueto. Oficialmente iban a ser enviados a un nuevo campo de concentración (los alemanes llamaron a esa misión «reubicación»), pero todos los presentes sospechaban que la verdadera misión de aquellos trenes era llevarles hacia una muerte segura en las cámaras de gas.

Al menos, así lo consideró un viejo amigo de la familia que, en aquellas horas aciagas, se acercó al padre de nuestro protagonista para mantener una acalorada conversación con él. Tensa porque el primero consideraba que los judíos del gueto debían haberse levantado en los meses anteriores contra el invasor germano, mientras que el segundo creía que lo mejor era esperar la magnanimidad de los soldados de Adolf Hitler.

«

-¿Cómo puedes estar tan seguro de que nos envían a la muerte?

-Bueno, claro que no lo sé de cierto. ¿Cómo voy a saberlo? ¿Nos lo iban a decir? ¡Pero puedes estar seguro al noventa por ciento de que piensan aniquilarnos!

-Mira. ¡No somos héroes! Somos gente normal y corriente, y por eso preferimos arriesgarnos y confiar en ese diez por ciento de posibilidades de vivir.

»

A las seis de la tarde de ese día, un grupo de alemanes llegó al «Umschlagplatz» y seleccionó de entre todos los reos a los hombres más fuertes para que les acompañaran. Fueron los afortunados del día. Jóvenes que evitaron la muerte por su utilidad como mano de obra esclava. Luego le tocó el turno al resto de prisioneros. A los niños, a las mujeres, a los ancianos y a los hombres que no habían considerado suficientemente recios los enviaron a los vagones del tren. «El pianista» entró junto a todos sus seres queridos en uno de ellos.

«Una mano me agarró por el cuello y tiró de mí hacia atrás, fuera del cordón de policía»

Todo parecía perdido cuando alguien le asió desde fuera. «Una mano me agarró por el cuello y tiró de mí hacia atrás, fuera del cordón de policía», explica en su obra autobiográfica. Desesperado, Szpilman quiso volver a entrar en el vagón, pero un soldado se lo impidió. Las palabras que le dijo quedarían grabadas a fuego en su mente: «¿Qué demonios estás haciendo? ¡Vete, sálvate!».

El polaco sospechó entonces que jamás volvería a ver a su familia. Y, para su desgracia, así fue. Después de aquella revelación le quedaba saber quién le había salvado. En principio pensó que su arte era lo suficientemente importante como para que alguien hubiese considerado que no debía morir en una ducha de gas. Pero nada más lejos de la realidad.

Su primer trabajo

Su salvador fue un familiar lejano que se fijó en él mientras embarcaban y que se había enrolado en la policía local leal a los alemanes. Un pariente que siempre le había resultado indiferente hasta que aquel día. Horas después, y bajo el auspicio de su nuevo héroe, consiguió un trabajo derruyendo los muros del gueto. Y es que, con el paso de los años y las contínuas limpiezas raciales, los germanos fueron reduciendo mes a mes la extensión de aquella prisión.

«Al día siguiente salí del barrio judío por primera vez en dos años. Hacía un tiempo espléndido y caluroso en ese día cercano al 20 de agosto», determina en su obra. A pesar de ser en condición de esclavo, y tener constantemente las ametralladoras alemanas apuntando a su nuca, aquella fue una jornada estupenda para Szpilman, quien pudo disfrutar, nuevamente, de la parte exterior de aquella cárcel.

Aunque Szpilman logró un buena tarea y, posteriormente, tuvo la suerte de ser reasignado como peón a la obra de un palacio que se estaba edificando para un oficial de las SS (lo que significaba menos trabajo y más comida), su existencia no estuvo exenta de miedo. De hecho, logró salvar la vida en varias ocasiones por mera suerte. Y es que, era bastante habitual que, cuando el aburrimiento atacaba a los soldados que vigilaban el gueto, estos dividieran a los reos en dos columnas para después asesinar a todos los de una de ellas. Nuestro pianista tuvo la suerte de superar varias de estas «limpiezas». Y no porque fuera un virtuoso, sino porque el destino así lo quiso. Por desgracia, no sucedió lo mismo con otra serie de artesanos o estudiosos, los cuales cayeron para las balas de las SS y la Gestapo.

«A quienes iban a quedarse en el gueto les entregaban números estampados en trozos de papel»

Mientras trabajaba dentro y fuera del gueto para lograr sobrevivir una jornada más, nuestro protagonista tuvo un golpe de suerte que, aunque no le garantizó la supervivencia, si le ofreció cierta seguridad de no fallecer por la bala de algún oficial ansioso de acabar con el aburrimiento. Szpilman recibió un tarjetón con un número que solo se entregó a aquellos funcionarios judíos lo suficientemente importantes como para ser indispensasbles en la administración. «A quienes iban a quedarse en el gueto les entregaban números estampados en trozos de papel. El Consejo tenía derecho a conservar a cinco mil de sus funcionarios. A mí no me dieron número el primer día. […] A la mañana siguiente conseguí un número», añade el pianista en su obra.

Con todo, el número no libró a los judíos que se quedaban de los malos tratos a los que eran sometidos por parte de los oficiales nazis. Un comportamiento que, aunque era habitual entre los guardias, fue aumentando entre algunos soldados. Uno de los más salvajes era un soldado al que los presos llamaban «Ziszás». «Para él era un placer casi erótico maltratar a la gente de un modo peculiar: ordenaba al infractor que se inclinara, se colocaba la cabeza del hombre entre los muslos, apretaba con todas sus fuerzas y le destrozaba el trasero con un látigo, pálido de ira y repitiendo entre dientes: “Zis, zas. Zis, zas”. Nunca soltaba a su víctima hasta dejarla desfallecida por el dolor» completa.

En la resistencia

Con el paso de las semanas la tensión fue en aumento. Y ya no solo para el pianista, sino para todo el gueto de Varsovia. Tal fue la barbarie perpetrada por los nazis y la ingente cantidad de muertes, que muchos de los habitantes establecieron que era mejor prepararse para resistir una nueva limpieza étnica, que esperar a ser asesinados en plena calle por las tropas de Adolf Hitler. Así fue como se empezaron a organizar grupos de resistencia clandestinos y se fortificaron algunos de los edificios interiores para resistir un posible asedio germano.

Por su parte, los nazis reaccionaron tratando de tranquilizar por todos los medios a los judíos. En un intento de calmar la situación, los militares empezaron a relajar la violencia. Además, los soldados permitieron a algunos prisioneros (como los que se encontraban en el grupo de Szpilman) comprar comida en el exterior y llevarla hasta el hambriento gueto (donde apenas había alimentos). Esta medida fue aprovechada por nuestro protagonista para hacer sus pinitos en la «resistencia».

«La benevolencia de los alemanes los llevó incluso a permitir que un delegado de nuestro grupo se moviera libremente por la ciudad todos los días para hacer esas compras en nuestro nombre. Elegimos a un valiente joven conocido como Majorek. Los alemanes ignoraban que Majorek, siguiendo instrucciones nuestras, iba a convertirse en enlace entre el movimiento clandestino de resistencia dentro del gueto y una organización similar polaca que actuaba fuera», completa.

Así fue como Szpilman se convirtió en un soldado que luchaba contra el nazismo de forma oculta. El sistema era sumamente sencillo, pero no por ello menos efectivo. Majorek se hacía con multitud de munición y explosivos en el interior. Tras conseguirlos, introducía todo este cargamento en el gueto escondido en bolsas de patatas. Posteriormente, nuestro protagonista y otros tantos recogían los sacos y, finalmente, lo repartían entre los diferentes grupos de resistencia que había en los diferentes edificios. Una tarea sencilla, pero que podía acarrearles la muerte en el caso de ser descubiertos por los germanos.

La perpetua huía

Para su desgracia, la simpatía alemana no duró demasiado y, como todos esperaban, las limpiezas étnicas del gueto no tardaron en reanudarse. Unas misiones en las que los miembros de las SS entraban de forma aleatoria (ellos decían que buscando a judíos sublevados) en un edificio del gueto para acabar con todo aquel que se cruzase en su camino.

El miedo y la desesperación provocaron que Szpilman decidiese que era momento de salir por piernas de allí y, a través de uno de sus contactos, consiguió una casa más discreta en la que esconderse. «Por medio de Majorek me puse en contacto con unos amigos, una pareja de artistas recién casados: Andrzej Bogucki, actor, y su esposa, una cantante que actuaba con su nombre de soltera Janina Godlewska», añade.

A partir de ese momento comenzó una huida perpetua que duró aproximadamente tres años y en la que nuestro protagonista convivió siempre con el pavor de ser atrapado por los alemanes. En ese tiempo, además, usó varias casas como escondite, apenas salió a la calle para evitar ser descubierto por las patrullas germanas, y vivió comiendo de cuando en cuando.

Durante ese tiempo, fue testigo de todo tipo de brutalidades perpetradas por los nazis en sus continuas purgas de edificios. Unos actos tan deleznables, que generaban el terror entre los judíos. «Cuando los alemanes conseguían tomar un edificio, las mujeres que todavía quedaban en él subían con los niños hasta el último piso y desde allí se arrojaban por los balcones», completa el propio pianista.

El miedo que sentía nuestro protagonista se puede entender gracias a frases como la que uno de sus amigos, un tal Lewicki, le dijo antes de marcharse y dejarle escondido en una vivienda: «Si suben a registrar el piso, tírate por el balcón. ¡No te dejes atrapar vivo! Yo llevo veneno, tampoco me cogerán».

A las armas

En el tiempo que el pianista estuvo escondido, fue también testigo mudo de una gigantesca revuelta protagonizada por los movimientos de resistencia judía y polaca dentro y fuera del gueto. Aquella guerra de guerrillas contra los alemanes comenzó el 29 de julio de 1944 según Szpilman (las fuentes oficiales nos dicen que empezó el 1 de agosto) aprovechando que los soviéticos estaban intentando acceder a Varsovia. Nuestro protagonista recordaba aquellos días en su memoria con una mezcla de melancolía, admiración por los que luchaban, y rabia por no haber podido salir con ellos a la calle para dar su merecido a los captores que les tenían encerrados desde hacía años debido a su falta de fuerzas y a su miedo.

Así recordaba el polaco los inicios de aquellas revueltas.

Me acerqué a la ventana: en las calles reinaba la paz. Vi el movimiento normal de transeúntes, tal vez bastante más reducido de lo habitual, pero en esta parte de la Aleja Niepodleglosci nunca había mucha circulación. Un tranvía procedente de la universidad técnica llegó a la parada. Estaba casi vacío. Descendieron unas pocas personas: mujeres, un anciano con bastón. Y luego bajaron también tres hombres jóvenes que llevaban unos objetos largos envueltos en papel de periódico.

Se detuvieron junto al primer vagón; uno de ellos miró su reloj, lanzó una ojeada alrededor y de repente puso una rodilla en tierra, se echó al hombro el paquete que llevaba y sonó un rápido repiqueteo. El papel del extremo del paquete comenzó a brillar y dejó al descubierto el cañón de una ametralladora. Al mismo tiempo, los otros dos hombres se llevaron con nerviosismo sus armas al hombro.

Los disparos del joven fueron como una señal para el sector: enseguida se oyeron detonaciones por todas partes y, cuando se apagó el ruido de las explosiones en las proximidades, siguió llegando el de innumerables disparos procedentes del centro de la ciudad. Se sucedían rápidamente, sin parar, como si estuviera hirviendo el agua de una gran tetera. La calle se había quedado desierta; parecía recién barrida. Sólo el anciano seguía andando, torpe y apresurado, con ayuda de su bastón y respirando trabajosamente; le resultaba difícil correr. Al fin llegó a la entrada de un edificio y desapareció en su interior.

Para desgracia de Szpilman, las revueltas se saldaron de forma catastrófica para las fuerzas polacas, las cuales tuvieron que lamentar la friolera de casi 20.000 bajas antes de capitular. Tras la rendición, y a pesar de que los germanos se comprometieron a tratar a los sublevados acorde a las leyes internacionales, se sucedieron las represalias. Algunas son explicadas por el pianista en su obra, donde señala, por ejemplo, que los alemanes deportaron, llevaron a las cámaras de gas, o directamente fusilaron a miles y miles de hombres, mujeres y niños.

Por su parte, el pianista logró sobrevivir en lo que quedaba del desmejorado gueto cambiando de escondite constantemente y saliendo a la calle únicamente para conseguir comida. Según él mismo explica, por entonces estaba totalmente desnutrido.

El buen alemán

Szpilman siguió escondido durante las siguientes semanas. Fue de casa en casa, siempre muerto de sed y de hambre. De hecho, llegó a comer agua infestada de insectos y pan mohoso para poder sobrevivir un día más. En ese precario estado, y siempre huyendo para salvar la vida, estaba el 17 de noviembre de 1944, cuando decidió colarse en una vivienda cercana al ático en el que por entonces residía para encontrar algo que meterse entre pecho y espalda.

Allí, mientras levantaba todas las tapas de los botes que había en la casa y abría cuantas puertas encontraba, se topó para su sorpresa con un oficial alemán que definió como «alto y elegante». Sus palabras le helaron la sangre: «¿Qué demonios estás haciendo aquí?».

El germano (llamado Wilm Hosenfeld, una información que nuestro pianista no tenía en esos momentos) obtuvo el silencio por respuesta, así que le volvió a repetir la pregunta: «¿Qué estás haciendo aquí?¿No sabes que el estado mayor de la plaza fuerte de Varsovia se va a trasladar a este edificio en cualquier momento?». Finalmente, Szpilman decidió contestar.

Sin embargo, no lo hizo de forma amenazadora, sino con resignación: «Haz lo que quieras conmigo. No voy a moverme de aquí». Nuestro protagonista sabía que solo era cuestión de segundos que el nazi sacase su Luger y le pegase un tiro. Pero el militar no lo hizo. «No tengo intención de hacerte nada». A continuación le instó a que le dijese en qué trabajaba y, cuando el artista le respondió que tocando el piano, el soldado le pidió que le tocase algo en un viejo instrumento que había en la habitación.

«Toqué el Nocturno en Do sostenido menor de Chopin», señala en su biografía. Al final, Hosenfeld le reconoció sus habilidades y, en contra de lo que jamás hubiese pensado Szpilman, se ofreció a ayudarle a permanecer escondido en el gueto sin ser visto. Algo que, como posteriormente se demostró, hizo con multitud de judíos de la zona.

«Hosenfeld le ayudó a buscar un escondite en el edificio en que poco después se establecería la comandancia alemana»

«Hosenfeld le ayudó a buscar un escondite en el edificio en que poco después se establecería la comandancia alemana, y le suministró alimentos que le ayudaron a sobrevivir los dos meses que mediaron hasta la conquista de Varsovia por el Ejército Rojo en enero de 1945», explica José M. García Pelegrín en su obra «La Iglesia y el nacionalismo: Cristianos ante un movimiento neopagano».

Todo ello, acompañado de información estratégica del lugar en el que se encontraban las tropas soviéticas. Unos datos esenciales que ayudaron a Szpilman a mantener la esperanza de ser rescatado. «Están ya en Varsovia, en Praga, al otro lado del Vístula. Solo tendrás que aguantar unas pocas semanas más: la guerra habrá terminado para la primavera, como muy tarde. Tienes que aguantar… ¿Me oyes?», le dijo en una ocasión.

El 12 de diciembre se vieron por última vez. Aquel día, el germano le dijo una vez más que aguantase, pues los rusos estaban a punto de lanzar una ofensiva. Después el alemán se despidió, pues su unidad se marchaba de Varsovia.

El final de la tragedia

Szpilman siguió escondido hasta mediados de enero de 1945, cuando -tras despertarse- se percató de que había unidades del ejército polaco en Varsovia. Para entonces los alemanes ya habían destruido una buena parte de la ciudad (y por ende, del gueto) convirtiéndola en ruinas. Desde lugar seguro, el pianista se cercioró de que no había enemigos cerca y bajó a la calle con una tranquilidad que no había tenido en los cinco años que había sobrevivido allí dentro. Calmado, se dirigió hacia una soldado. Sin embargo, se le olvidó que llevaba puesto una chaqueta nazi que el oficial le había dado para soportar el frío. Lo que sucedió a continuación es mejor escucharlo de su propia boca:

A mi izquierda, no muy lejos, había una mujer soldado con un uniforme que me resultaba difícil identificar desde esa distancia. Otra mujer se aproximaba por mi derecha con un fardo a la espalda. Cuando estuvo más cerca me aventuré a hablarle:

-Hola, le ruego que me disculpe…

Me miró, soltó el fardo y echó a correr.

Un alemán!- gritó.

La guardia se volvió de inmediato, me vio, apuntó y disparó con su ametralladora. Las balas, al rebotar en la pared, provocaron una lluvia de argamasa sobre mí. Sin pensarlo, escapé escaleras arriba y me refugié en el ático. Esta vez mi situación era absurda. Iban a dispararme soldados polacos en la Varsovia recuperada, al borde mismo de la libertad, por un malentendido. Muy pronto oí unos pasos veloces que subían las escaleras. Más allá del pasamanos apareció la figura de un joven oficial con el uniforme polaco y un águila en la gorra. Me apuntó con una pistola y gritó:

-¡Manos arriba!

-¡No dispare! ¡Soy polaco!

Entonces, ¿por qué demonios no bajas?¿Y qué haces con un sobretodo alemán?

Así logró escapar de aquel infierno en el que habían sido asesinados, desde el comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Posteriormente, Szpilman recuperó su trabajo en la radio de Varsovia. Su primer programa fue sumamente emotivo para él, pues lo comenzó tocando la misma canción con la que conoció al oficial alemán que le salvó. Después, ofreció conciertos como solista y destacó como compositor. Publicó su biografía poco después del final de la contienda, pero esta fue censurada y no vio la luz hasta los 90. Sin embargo, valió la pena la espera, pues el libro le catapultó a la fama.


ABC.es

  • Una delegación con 62 jóvenes visitó la capital en octubre de 1941 para demostrar la naturaleza cultural del III Reich
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Tres representantes de las juventudes hitlerianas desfilan por delante de la Cibeles – SECRETOS DE MADRID/M. URECH

El 13 de octubre de 1941, según figura en la hemeroteca de ABC, una delegación del Frente de Juventudes alemán, conocido como las juventudes hitlerianas, aterrizó en la capital. Lo hizo en plena guerra, en suelo teóricamente neutral y con la intención de demostrar la sólida formación cultural de los jóvenes del III Reich. Durante la visita, segunda escala de su estancia en España, tras su paso por Barcelona, el grupo desfiló por las calles de Madrid, participó en varios conciertos y hasta organizó un festival deportivo.

Un total de 62 jóvenes alemanes, divididos en dos grupos, se desplazaron a Madrid mientras su país estaba inmerso en la Segunda Guerra Mundial. Unos formaron un grupo musical y otros dos equipos de gimnastas, femenino y masculino. Aquellos adolescentes estaban convencidos de que la guerra tendría un único final y que ellos, porque así se lo habían hecho creer, eran el futuro de un «súper estado». La visita a España, de hecho, estaba configurada como una maniobra propagandística para demostrar la buena salud de Alemania, el horizonte que vislumbraba y la excelente formación física y cultural de sus bases militantes.

Recorte de ABC del 14 de octubre de 1941

Recorte de ABC del 14 de octubre de 1941

Las juventudes hitlerianas dieron un concierto en la embajada alemana, en la residencia particular del embajador Von Stohrer, bajo la dirección del maestro Gehrard Maass. Según recoge la información de este periódico, del 14 de octubre de 1941, al acto acudieron altos cargos del partido nazi en Madrid, miembros de la Falange, diplomáticos del Pacto Tripartito (Alemania, Italia y Japón) y personalidades del mundo de la música. El evento musical se celebró en el edificio más emblemático de Alemania en Madrid: la embajada situada junto a la iglesia de Friedenskirche, una joya histórica y arquitectónica que aún hoy se conserva en la capital. Además, en colaboración con la Jefatura nacional de Educación y Descanso, tuvo lugar el día 16 del mismo mes una especie de exhibición deportiva, donde los bisoños alemanes demostraron sus habilidades en gimnasia rítmica, patín sobre ruedas o ejercicios en paralelas. Todo aderezado con música y con un desfile final con canto del «Nur der Freheit gehört unser Leben».

Las connotaciones del viaje generaron una multitud de críticas en el ala menos germánica de la dictadura. Un ejercicio de cinismo que tampoco pasó desapercibido entre la población, que lo rechazó aunque veladamente. La perspectiva que aporta el paso del tiempo arroja más polémica a la visita, pues la delegación visitó la tumba de José Antonio Primo de Rivera bajo la invitación de las autoridades, aunque España se consideraba neutral en el conflicto. Igualmente, desde un análisis más técnico, se ha considerado esta visita como una muestra estéril de músculo cuando la Alemania nazi se asomaba al abismo.


El Mundo

  • La división física de la ciudad se produjo con vallas de alambre de espino mientras comenzaba a levantarse la estructura de hormigón
  • Se cumplen 55 años de su construcción
Berlineses observan las obras del Muro, en 1961. DON MCCULLINMAGNUM PHOTOS/CONTACTO

Berlineses observan las obras del Muro, en 1961. DON MCCULLINMAGNUM PHOTOS/CONTACTO

El 13 de agosto de 1961 la Postdamer Platz amaneció con un enjambre de guardias de la República Democrática de Alemania y cientos de metros de alambre de espino que sellaron físicamente la división de Berlin Este y Oeste. Antes, de madrugada, se había interrumpido el acceso al metro -U-Bahn-, el tren de cercanías -S-Bahn-, los tranvías y los autobuses que conectaban ambas zonas. La valla se extendió esa mañana a lo largo de toda la frontera que dividía la capital de la RDA y el territorio de Berlín occidental a través de los barrios de la ciudad: una línea que no distinguía entre calles, avenidas, plazas e incluso edificios.

La nítida metáfora del telón de acero que había enunciado Winston Churchill en 1946 para delimitar la división entre el bloque soviético y el occidental, pasó, de una forma abstracta, a las puntas retorcidas del metal de las vallas aquella mañana. En los días siguientes se terminó de sellar Berlín occidental, el territorio que la República Federal mantenía en la Alemania del Este, que había quedado como una isla en territorio hostil. Walter Ulbricht, secretario del SED -el partido único comunista- y líder de la RDA, había conseguido construir el mayor campo de concentración de la historia, sólo que éste no era el que pronto quedaría encerrado entre muros de hormigón de tres metros y medio de alto, sino la ciudad y el país que quedaban detrás de ellos.

La orden que acabó por aprisionar a los alemanes y que partió en dos Berlín se alcanzó durante las reuniones del Pacto de Varsovia en Moscú la primera semana de agosto de ese año. “Para evitar las actividades hostiles política vengativa de las potencias militaristas de Alemania occidental y Berlín Occidental, se establecerá un sistema de control en las fronteras de la RDA, incluyendo los sectores occidentales del ‘Gran Berlín’, como existe en todos los estados soberanos. Se deberá establecer la efectiva vigilancia y control de los límites de Berlín Occidental con el fin de detener las actividades subversivas“.

Fuga masiva hacia Alemania occidental

Ulbricht comunicó al Politburó del SED el día 7 la norma que establecía que, para protegerse de Occidente y su amenaza, se debía proceder al cierre de la frontera definitivo entre la RDA y la RFA. La realidad era más bien que las fugas eran contantes y la terrible lógica del confinamiento de los berlineses era inapelable desde su punto de vista: no tenía sentido que Alemania estuviera dividida en dos con una frontera que impedía su paso desde 1958, cuando Berlín permanecía abierto al tránsito entre una y otra.

Aunque existían controles y presiones era imposible evitar que millares de personas no se pasaran a la Alemania occidental aprovechando las calles de la antigua capital. Más de dos millones y medio de personas habían abandonado el campo socialista a través de Berlín entre 1948 y 1961. Se estimaba, incluso, que en agosto de ese mismo año, aproximadamente 2.000 cruzaban diariamente a la RFA sin intención de regresar.

A pesar de las tensiones internacionales, ni EE UU, ni la URSS habían previsto un giro de los acontecimientos tan drástico. Nikita Kruschev, el líder de los soviéticos que había mantenido con EE UU una larga crisis respecto a la situación de Berlín desde 1958, era reacio a tensar la cuerda. Según la historiadora Hope Harrison, la idea de sellar físicamente la ciudad partió del SED alemán y del jefe del Estado de la RDA, Walter Ulbricht, que quería imponer un control total sobre su población -que protagonizaba la mayoría de las fugas a occidente- y forzar al reconocimiento internacional de la RDA, que era ninguneado por la mayoría de las potencias occidentales con EE UU a la cabeza.

Tras la reunión del Pacto de Varsovia se procedió a concretar el “cierre de la frontera” que establecía la recomendación del órgano militar del bloque soviético, con la construcción del muro. Ulbricht envió la orden a Erich Mielke, el omnipresente jefe de la policía represiva del régimen, la Stasi, que reunió a los altos oficiales el 11 y dio las pautas para comenzar el cierre de Berlín en el mayor secreto. La operación ‘Rose’, cuya ejecución fue encargada a Erich Honecker, el que sería sucesor de Ulbricht, y entonces jefe de seguridad del partido, era la puntilla final a la a la crisis de Berlín iniciada en 1958.

Disparar a matar

El muro de Berlín nació junto a los intentos de fuga, que le convertirían en el símbolo de la opresión del bloque soviético. Al comienzo, simplemente dando un salto para evitar el alambre de espino, -como el célebre soldado de la RDA, Conrad Schumann-, descolgándose desde las ventanas de alguno de los edificios que partió la línea fronteriza, o a través del metro. Los primeros días, sin embargo, Honecker dejó claro su mensaje: el 21 de agosto, Gunter Litfin, un opositor que trató de cruzar a Berlín occidental por el banco del río Spree murió tras recibir un disparo en la cabeza cuando fue sorprendido. Las órdenes de los guardias de la RDA eran disparar a matar.

En pocas semanas se había pasado de la vallas a muros de hormigón que rodeaban unos 155 kilómetros. Cuando finalmente cayó en octubre de 1989, 28 años después, su imagen era la del campo de concentración que había querido Ulbricht: El muro de dos metros que daba a la calles de Berlín oriental era sólo el primer obstáculo. Tras saltar el hormigón coronado con alambre de espino había una valla de metal electrificada que activaba una alarma en las torres de vigilancia. Seguía una franja de seguridad de varios metros de ancho que incluían picas de acero, donde se encontraban las torres, a menudo patrulladas con perros. A continuación del área de tierra dominado por las torres, había una serie de desniveles y zanjas para evitar la huida con vehículos que terminaba en el muro exterior, de entre tres y cuatro metros de alto. Detrás del último obstáculo, lo que quedaba era la antigua valla de alambre de espino que se había colocado el 13 de agosto de 1961, y unos pasos después, el límite de la frontera entre Berlín Oriental y Occidental establecido en 1945 por EEUU, Gran Bretaña y la URRS tras la derrota del Tercer Reich.


ABC.es

  • Está planeando construir un enorme acelerador de partículas siete veces más potente que el LHC y que sería un imán para los físicos de partículas de todo el mundo
 sto es lo que apareció en las pantallas del LHC al descubrir el bosón de Higgs. - ABC

Esto es lo que apareció en las pantallas del LHC al descubrir el bosón de Higgs. – ABC

El LHC, del Centro Europeo de Investigaciones Nucleares (CERN), en Suiza, es el mayor y más potente acelerador de partículas del mundo, con su gran anillo colisionador de protones de 27 kilómetros de diámetro. Allí, como en ninguna otra parte, la Física avanza a pasos agigantados, y alli es donde los investigadores han logrado ver, y explicar, todas las partículas que componen la materia ordinaria, de la que están hechas todas las galaxias, estrellas y planetas del Universo conocido.

Pero el reinado de la máquina más poderosa jamás hecha por el hombre podría estar llegando a su fin. ¿La razón? China está planeando construir un enorme acelerador de partículas, uno que mediría más del doble (entre 50 y 100 kilómetros) y sería hasta siete veces más potente que el LHC. Según publicaba hace apenas unos días China Daily, las nuevas instalaciones serán capaces de producir millones de bosones de Higgs, muchos más que el acelerador europeo, donde el Higgs fue descubierto en 2012.

«Hemos completado el diseño conceptual inicial -afirma Wang Yifang, director del Instituto de Física de Altas Energías de la Academia China de Ciencias-, y recientemente hemos organizado una revisión internacional por pares. El diseño final estará listo a finales de este mismo año». El Instituto ya controla las mayores instalaciones de Física de Altas Energías de China, como El Colisionador de Electrones de Pekín o el detector de neutrinos de Daya Bay. Pero ahora sus rtesponsables se han propuesto una tarea mucho más ambiciosa, y se disponen a construir un nuevo acelerador que multiplica por siete la potencia del LHC europeo. La primera fase del proyecto de construcción se llevará a cabo entre los años 2020 y 2025.

Por supuesto, y a pesar de que el LHC ha logrado encontrar ya todas las partículas predichas por el Modelo Estándar (la teoría que predice todos los constituyentes de la materia ordinaria), en el Universo queda aún mucho por explicar. No olvidemos que la materia ordinaria, la que da lugar a estrellas y galaxias, solo es responsable de un exiguo 4,5% de la masa total del Universo. Otro 23% está constituido por otro misterioso tipo de materia invisible (la materia oscura) y el restante 72,5% por una aún más misteriosa forma de energía, la energía oscura.Toda una nueva Física, pues, nos espera «al otro lado» del Modelo Estandar, y para abordarla se necesitan máquinas mucho más poderosas que las actuales.

El Modelo Estándar, por ejemplo, no contiene explicación alguna para la gravedad, que es, ni más ni menos, una de las cuatro fuerzas fundamentales de la Naturaleza. Y por supuesto tampoco dice nada sobre las observaciones astronómicas que han demostrado la existencia de materia oscura, que no emite radiación alguna (por eso no podemos verla) y que se relaciona con el resto del Universo, precisamente, a través de la gravedad. El Modelo tampoco explica por qué la materia prevaleció sobre la antimateria al principio del Universo, y para colmo, la pequeña masa encontrada para el Higgs sugiere que la materia de la que estamos hechos es, fundamentalmente, inestable.

Por eso, muchos investigadores creen que cuando el superacelerador chino se construya, será como un imán para cientos de los mejores físicos del planeta, que necesitan de nuevas herramientas para comprender lo que ha dado en llamarse «el Univeros oscuro».

Durante las pasadas semanas, el LHC se estaba preparando para empezar a funcionar, por primera vez, a su máxima potencia, y muchos investigadores esperaban el momento para buscar pistas y nuevas partículas que nos ayudaran a mejorar nuestra comprensión del Universo. Como se recordará, el gran acelerador fue apagado en 2013 para llevar a cabo tareas de mantenimiento y mejora, y no volvió a arrancar hasta junio de este año, para funcionar a una potencia nominal de 13 TeV, el doble de la que permitió el hallazgo del bosón de Higgs. Los científicos pensaban emprender esta nueva tarea la semana pasada, pero los planes tuvieron que retrasarse después de que una inoportuna comadreja se colara en uno de los transformadores eléctricos de alto voltaje y provocara un cortocircuito. El CERN espera poder poner en marcha las instalaciones durante los próximos días.

Por supuesto, también los europeos están trabajando ya en el que será el heredero del LHC. Y su sucesor, un nuevo acelerador de 100 kilómetros de diámetro y mucho más potente que el actual, ya está también en fase de diseño.

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