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  • Matemático de formación, fue un político progresista y revolucionario que trató de de abolir la esclavitud y de implantar la libertad de culto en las colonias americanas
abc Manuel Becerra; la plaza con el obelisco de la fuente Castellana en 1914; y la boca de metro actual

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Manuel Becerra; la plaza con el obelisco de la fuente Castellana en 1914; y la boca de metro actual

Revolucionario, republicano, masónico y monárquico. Aunque son adjetivos contradictorios entre sí todos ellos hacen referencia a la misma persona: Manuel Becerra y Bermúdez (Santa María de Otero, Lugo, 20 de octubre de 1820 – Madrid, 19 de diciembre de 1896). Puede que este poliédrico perfil ideológico no fuera bien visto en su época y que se llegara a interpretar incluso como un «chaqueteo político». Sin embargo, su nombre pasó a la historia por ser un ministro progresista que impulsó medidas inéditas en media docena de gobiernos de regímenes opuestos.

Creó la casa de la Moneda, edificio que se asienta en el cruce de la Avenida del Doctor Esquerdo con O’Donnell. Casualmente, éste fue el general que puso fin al Bienio Progresista y que dio la orden de detener y desterrar a Becerra. Motivo por el cual tuvo que vivir durante una década en París.

Gran tirador de sable, Becerra fue el principal promotor de la asignatura de gimnasia –hoy, Educación Física– en los colegios. Durante el Gobierno de Prim, cuando sostuvo la cartera de Ultramar, también trató de de abolir la esclavitud y de implantar la libertad de culto en las colonias americanas, todo ello sin éxito.

Pese a esta amarga experiencia, Becerra repite ministerio tres veces más durante el reinado de Alfonso XII y la regencia de María Cristina y siendo jefe de Gobierno Sagasta (1888-90, 1890, 1894). También será nombrado ministro de Fomento (Educación) en 1872-73, ya bajo el reinado de Amadeo I de Saboya, y en el primer gobierno de la I República en 1873-74.

Matemático casi autodidacta

Con su padre en la cárcel, Becerra tuvo que hacerse cargo del sustento familiar desde joven. Su día a día consistía en deambular por las ferias y casas de labriegos comprando y vendiendo grano y recaudando para la Venerable Orden Tercera, como ya habían hecho su abuelo y bisabuelo.

A los 20 años decidió viajar a Madrid para tratar de obtener una plaza en la Escuela de Comercio. José de Subercase, profesor de la Escuela de Ingeniero de Caminos, captó su talento en seguida y decidió tomarlo bajo su protección. Él es quien le enseñó todos los entresijos de las Matemáticas, la Física, Astronomía … Este profesor fue vital en su vida. Y así lo manifestó el propio Becerra en su discurso de entrada en la Real Academia de Ciencias el 16 de mayo de 1886.

La figura de Becerra llegó a adquirir tintes de héroe literario. Tanto es así que incluso Benito Pérez Galdós le incluye en su obra «Fortunata y Jacinta». Como personaje representativo de la época que fue, no es de extrañar que la logia de los Masones quisiera incluirle en sus filas. En la actualidad, solo una Plaza en Madrid que lleva su nombre desde 1906 y una calle en su pueblo natal sirven de homenaje póstumo a este demócrata chairego.


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  • Los utensilios encontrados cerca del lago Turkana son de hace 3,3 millones de años, 700.000 años más antiguas que las de la cultura Olduvayense
West Turkana Archaeological Project Una de las herramientas halladas en el yacimiento de Lomekwi 3, en Kenia

West Turkana Archaeological Project
Una de las herramientas halladas en el yacimiento de Lomekwi 3, en Kenia

Una serie de herramientas de piedra de 3,3 millones de años de antiguedad descubiertas en Kenia indican que los homínidos ya eran capaces de fabricarlas y utilizarlas mucho antes de lo que se creía. Incluso antes de que surgieran los primeros representantes del género Homo.

Los artefactos, que se describen con todo detalle en la revista «Nature», son muy anteriores al momento en que los investigadores sitúan el origen de Homo (el género al que pertenece nuestra especie). Pero se ignora qué homínido capaz de llevar a cabo este gran «avance tecnológico».

Hasta ahora, las herramientas de piedra más antiguas asociadas a Homo habían sido datadas en 2.600.000 años y procedían de yacimientos etíopes, donde fueron encontradas muy cerca de los restos fósiles del primer representante del género al que todos pertenecemos, Homo habilis, llamado así por su habílidad única para utilizar las manos. Esta «primera» industria humana recibe el nombre de Olduvayense.

Pero las nuevas herramientas, desenterradas en el yacimiento Lomekwi 3, cerca del lago Turkana, en Kenia, son 700.000 años más antiguas que cualquier artefacto Olduvayense conocido, según explica en «Nature» Sonia Harmand, primera firmante del artículo. La colección incluye yunques, martillos de piedra, adoquines y núcleos de piedra (usados para hacer los bordes afilados).

Cultura lomequiense

«Los estudiosos de la evolución humana -explica el artículo- han supuesto durante mucho tiempo que las primeras herramientas de piedra fueron hechas por el género Homo, y que este desarrollo tecnológico estaba directamente relacionado con el cambio climático y la expansión de los pastizales tipo sabana. Pero nuestro trabajo de campo en el oeste de Turkana ha encontrado la evidencia de un comportamiento tecnológico homínido muy anterior».

Los investigadores proponen el nombre de «lomequiense» para esta nueva industria lítica que, afirman, «marca un nuevo comienzo para el registro arqueológico conocido».

A pesar de que estas herramientas son mucho más primitivas que las del Olduvayense, los autores sostienen que sus fabricantes eran ya capaces de agarrar fuertemente objetos con sus manos y tenían, además, un excelente control motor. Las formas y las marcas observadas indican que se utilizaron profusamente para pulir objetos o fabricar esquirlas afiladas. Pero los investigadores proponen que los movimientos necesarios para fabricar estos artefactos se parecían más a lo que hacen los chimpancés cuando parten nueces con piedras, que a las técnicas de la cultura Olduvayense para fabricar sus herramientas.

Con todo, los autores de la investigación desconocen por completo qué tipo de homínido pudo ser capaz de construir las herramientas. «La única especie de homínido conocida que vivió al oeste del Turkana en esa época -afirman en «Nature»- fue Kenyanthropus playtops». Y no parece que reuniera las características y capacidad necesarias para llevar a cabo un logro tecnológico de esa envergadura.


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  • «Por este lado se va a Panamá, a ser pobres, por este otro al Perú, a ser ricos; escoja el que fuere buen castellano lo que más bien le estuviere», afirmó el conquistador extremeño cuando se encontraba a las puertas del Imperio Inca. Solo 13 de los 112 hombres decidieron ser ricos y pasar a la Historia
Wikipedia «Los 13 de la Isla del Gallo». Óleo de Juan B. Lepiani

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«Los 13 de la Isla del Gallo». Óleo de Juan B. Lepiani

Tras dos años y medio de viajes hacia el sur, Pizarro recibió órdenes de cancelar la expedición al Perú y regresar a Panamá. El extremeño, que carecía de la elocuencia de su sobrino lejano Hernán Cortes, el conquistador de México, pero estaba convencido de que era la empresa más importante de su vida, trazó una raya en el suelo y dijo con palabras gruesas: «Por este lado se va a Panamá a ser pobres. Por este otro al Perú a ser ricos. Escoja el que fuere buen castellano lo que más bien le estuviere». Solo 13 hombres de los 112 supervivientes que componían su expedición decidieron cruzar la línea para «ser ricos en el Perú».

Francisco de Pizarro, nacido en la localidad de Trujillo (Extremadura), era un hijo bastardo de un hidalgo emparentado con Hernán Cortés de forma lejana, que combatió en su juventud junto a las tropas españolas de Gonzalo Fernández de Córdoba en Italia. Existe el acuerdo historiográfico de considerarle hijo ilegitimo de Gonzalo Pizarro Rodríguez, un destacado hombre del Gran Capitán, pero lo cierto es que incluso su año de nacimiento es motivo de controversia. En 1502, se trasladó a América en busca de fortuna y fama, no siendo hasta 1519 cuando participó de forma directa en un suceso relevante de la Conquista de América. Francisco Pizarro arrestó y llevó a juicio a su antiguo capitán Vasco Núñez de Balboa, el primer europeo en divisar el océano Pacífico, por orden de Pedro Arias de Ávila, Gobernador de Castilla de Oro. El descubridor fue finalmente decapitado ese mismo año con la ayuda de la versión más oscura de Pizarro, la que alimenta en parte la antipatía histórica que sigue generando este personaje incluso en nuestros días.

Entre 1519 y 1523, Pizarro fue el alcalde de la colonia de Panamá, una insalubre aldea de covachas poblada por una horda de aventureros europeos; algo así como una sala de espera antes de lanzarse a las entrañas del continente en busca de tesoros. Estando en este cargo, el conquistador debió escuchar las historias que llegaban sobre un rico territorio al sur del continente que los nativos llamaban «Birú» (transformado en «Pirú» por los europeos). Frustrado por su mala situación económica y sus pocos logros profesionales, Francisco Pizarro, de 50 años de edad, decidió unir sus fuerzas con las de Diego de Almagro, de orígenes todavía más oscuros que el extremeño, y con las del clérigo Hernando de Luque para internarse en el sur del continente.

La primera expedición partió en septiembre de 1524, pero resultó un completo desastre para los 80 hombres y 40 caballos que la integraban. Hubo que esperar otros dos años hasta que Pizarro tomó contacto, al mando de 160 hombres, con los nativos del Perú. A la vista de que por fin había opciones de cubrirse en oro, Pizarro mandó a Almagro de vuelta a Panamá a pedir refuerzos al gobernador antes de iniciar la incursión final. Sin embargo, no solo le negó los refuerzos sino que ordenó que regresaran de forma inmediata. Fue entonces, en la isla de Gallo, cuando el extremeño trazó una línea en el suelo y, según los cronistas, afirmó: «Camaradas y amigos, esta parte es la de la muerte, de los trabajos, de las hambres, de la desnudez, de los aguaceros y desamparos; la otra la del gusto. Por este lado se va a Panamá, a ser pobres, por este otro al Perú, a ser ricos; escoja el que fuere buen castellano lo que más bien le estuviere».

Los Trece de la Fama, hacia el Impero Inca

Solo 13 hombres, «los Trece de la Fama», decidieron quedarse junto a Pizarro en la isla del Gallo, donde todavía permanecieron otros cinco meses hasta la llegada de los pocos refuerzos que pudo reunir Diego de Almagro y Hernando de Luque, bajo el mando de Bartolomé Ruiz. Cuando estuvieron listos partieron hacia el sur, dejando enfermos en la isla a tres de los 13 al cuidado de los indios naborías venidos en la nave de Ruiz. Así y todo, esta primera expedición que alcanzó el Perú lo hizo a modo de exploración para sopesar las opciones lucrativas del territorio. Hubo que esperar hasta 1532 para que los planes militares del extremeño se materializaran.

Quizás recordando las dificultades que habían tenido Cristóbal Colón e incluso Hernán Cortés para reclamar sus derechos sobre territorios conquistados, Francisco Pizarro se trasladó a España antes de comenzar la incursión armada para obtener derechos de conquista sobre esta zona. La capitulación que Pizarro firmó con la Reina Isabel de Portugal, en nombre de Carlos I de España, en Toledo, le concedió derechos de dominio sobre la zona de Perú que iba desde el Río de Santiago (Río de Tempula) en Colombia, hasta el Cuzco. El documento, además, otorgó el título de hidalgo a «Los 13 de la Fama por lo mucho que han servido en el dicho viaje y descubrimiento». Un hecho que ha permitido a los historiadores identificar –no sin cierta controversia debido a las contradicciones documentales– a esos 13 hombres que quisieron ser ricos en el Perú. Los nombres de estos fueron Cristóbal de Peralta, Pedro de Candía, Francisco de Cuéllar, Domingo de Solaluz, Nicolás de Ribera, Antonio de Carrión, Martín de Paz, García de Jarén, Alonso Briceño, Alonso Molina, Bartolomé Ruiz, Pedro Alcón y Juan de la Torre.

Archivo del Capitolio de EE.UU. Detalle de la llegada de Pizarro a Perú

Archivo del Capitolio de EE.UU.
Detalle de la llegada de Pizarro a Perú

Finalmente, Pizarro zarpó desde la ciudad de Panamá con 180 soldados en 1532 a la conquista del Imperio Inca. Precedida por la viruela traída por los europeos en 1525, que había diezmado a la mitad de la población inca, la llegada de Francisco Pizarro a Perú fue el empujón final a un imperio que se tambaleaba a causa de las enfermedades, la hambruna y las luchas internas que enfrentaba a dos de sus líderes (Atahualpa y Huáscar) por el poder.

No en vano, la dificultades que pasó el contingente de españoles, donde el calor y las enfermedades les acosó durante todo el trayecto, alcanzaron la categoría de legendarias cuando tuvieron que abrirse paso entre miles de incas, sin registrar una sola baja, con la intención de capturar al líder Atahualpa en Cajamarca. ¿Cómo fue posible que tan pocos pudieran vencer a tantos?, es la pregunta que ha causado fascinación en la comunidad de historiadores. «En Cajamarca matamos 8.000 hombres en obra de dos horas y media, y tomamos mucho oro y mucha ropa», escribió un miembro vasco de la expedición en una carta destinada a su padre. La superioridad tecnológica y lo intrépido del plan de Pizarro, cuyas intenciones no habían sido previstas por Atahualpa al estimar a los españoles como un grupo minúsculo e inofensivo, obraron el milagro militar.

ABC «Los funerales de Atahualpa», cuadro del pintor peruano Luis Montero

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«Los funerales de Atahualpa», cuadro del pintor peruano Luis Montero

El secuestro y muerte de Atahualpa, que no llegó a ser liberado pese a que los incas pagaron un monumental rescate en oro y tesoros por él como había exigido Pizarro, marcó el principio del fin del Imperio Inca. Sin embargo, lejos de la imagen de que el extremeño conquistó el Perú en cuestión de días, hay que recordar que la guerra todavía se prolongó durante toda una generación hasta que los últimos focos incas fueron reducidos. Esta guerra se benefició, de hecho, de los conflictos internos entre los conquistadores, que cesaron momentáneamente con la victoria de Pizarro y sus hermanos en 1538 sobre su otrora aliado, Diego de Almagro, que fue decapitado y despojado de sus tierras. Pero en un nuevo giro de los acontecimientos, los partidarios supervivientes de Almagro irrumpieron el 26 de junio de 1541 en el palacio de Pizarro en Lima y «le dieron tantas lanzadas, puñaladas y estocadas que lo acabaron de matar con una de ellas en la garganta, relata un cronista sobre el amargo final del conquistador extremeño.


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  • Es la primera vez que se observa un asesinato galáctico con tanta nitidez. La culpable aún tenía «cadáveres» de otras galaxias en su interior cuando engullía a otra más pequeña
 NASA/ESA Según los investigadores las galaxias son como personas independientes, cada una posee rasgos únicos

NASA/ESA
Según los investigadores las galaxias son como personas independientes, cada una posee rasgos únicos

Después del «Big-Bang», esa gran explosión que se cree que dio origen al universo, por algún motivo no del todo conocido la materia comenzó a agruparse en ciertas zonas más que en otras, al estilo de unos inmensos grumos en una besamel. La gravedad fue haciendo su papel y en medio de la inmensidad del espacio, aparecieron las primeras islas: los cúmulos y las galaxias. Dentro de estas, la materia tampoco se destribuyó de forma uniforme. El gas primordial que las formó al principio, producido después de la gran explosión y constituido básicamente por helio e hidrógeno, los ladrillos básicos del universo, se acumuló tanto en algunas partes, que la gravedad engendró las primeras estrellas.

En el interior de estas esferas de energía se alcanzan temperaturas tan grandes que los átomos sufren reacciones de fusión nuclear que permiten la aparición de elementos más pesados (o sea, átomos más complejos), como el carbono o el oxígeno. Y cuando los astrofísicos analizan la radiación procedente de estos astros, pueden deducir la composición y la edad de las estrellas y de las galaxias, puesto que las más jóvenes acumulan más hidrógeno frente a otros átomos más complejos. Gracias a esto, un equipo de astrónomos españoles y australianos ha descubierto que la galaxia NGC 1512 acumula en su «estómago» los restos de otras galaxias que engulló en el pasado. El hallazgo, que se ha publicado hoy en la revista «Monthly Notices of the Royal Astronomical Society», utiliza una nueva metodología que podría servir para entender mejor cómo se forman y cómo evolucionan galaxias parecidas a la Vía Láctea.

Los investigadores explican que esperaban encontrar unos niveles de gases acordes con la actividad de las estrellas que hay en NGC 1512, «pero en lugar de eso, nos encontramos los remanentes de otras galaxias que habían sido engullidas antes», recuerda Ángel López-Sánchez, el director de estudio e integrante del equipo de astrofísicos del Observatorio Astronómico Australiano que lo ha llevado a cabo.

De hecho, la galaxia NGC 1512, de un tamaño comparable al de la Vía Láctea y con el mismo tipo de estructura espiral, no solo ha incorporado restos de otros «cadáveres», sino que en las imágenes captadas «se está tragando» a una galaxia enana.

Para averiguar todo esto, ha habido que investigar a fondo a la galaxia caníbal. Tal como explica a ABC Ángel López-Sánchez: «Cada galaxia es como una persona independiente. Es cierto que todos tenemos rasgos similares que nos definen como “humanos”, pero para entender bien a cada persona hay que saber su “historia peculiar” y la vida y experiencias que ha sufrido. Con las galaxias ocurre lo mismo».

Gases pesados producidos en estrellas

Las «pruebas del delito» se han encontrado en unas zonas periféricas en las que el gas está enriquecido con átomos pesados, cuando lo esperable sería encontrar gas fresco, más rico en hidrógeno. En palabras del astrofísico: «Creemos que el gas no proviene del centro de la galaxia por las propiedades químicas que posee. Si pudiéramos poner todos los “metales” (todos los elementos químicos que no son ni hidrógeno ni helio) en el centro de NGC 1512, necesitaríamos casi 100 veces el número de estrellas que vemos en la galaxia para explicar el enriquecimiento químico que ha experimentado el sistema».

El gas enriquecido se acumula en zonas inusuales (López-Sánchez/Baerbel Koribalski)

El gas enriquecido se acumula en zonas inusuales (López-Sánchez/Baerbel Koribalski)

Sobre el papel la idea es sencilla: si NGC 1512 tiene más átomos pesados de los que ha podido producir con sus estrellas, es porque los ha cogido de otra parte. Pues bien, en opinión de López-Sánchez, «para explicar esto tenemos dos hipótesis: o ese gas estaba en galaxias enanas que han sido “engullidas” recientemente por NGC 1512 (como le está pasando ahora con la galaxia enana cercana NGC 1510) o ese gas se perdió de otra galaxia, y ahora ha caído sobre NGC 1512».

Para averiguar todo esto, los investigadores han usado el telescopio Telescopio Anglo-australiano (AAT), de 3,9 metros, para analizar la composición de los gases. Por otro lado, han usado un radio-interferómetro de seis kilómetros de diámetro, para detectar un disco de hidrógeno fresco en la periferia de NGC 1512.

Ángel López-Sánchez explica que al combinar estas técnicas se podrían «obtener buenas pistas para entender mejor cómo se forman y cómo evolucionan galaxias como la Vía Láctea», y reconoce que el equipo de investigadores ya está analizando otras galaxias. El objetivo sería en última instancia entender el origen de la estructura del Universo, pero para ello, hay que ir paso a paso.


¿Qué edad tienen las galaxias?


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  • Realizadas por Josef Thorak, uno de los escultores favoritos del Führer, desaparecieron en 1989. En los últimos años han aparecido en el mercado con un precio de entre 1,5 y 4 millones de euros
ABC Imagen de la cancillería de Hitler con uno de los caballos encontrados

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Imagen de la cancillería de Hitler con uno de los caballos encontrados

La policía alemana encontró en un depósito situado en el Estado de Renania-Palatinado (suroeste de Alemania) dos esculturas gigantes que representan dos caballos y que estuvieron en su momento frente a la cancillería desde donde Adolf Hitler regía los destinos del III Reich. Así lo confirmó un portavoz de la policía de Berlín, después de que el diario «Bild» adelantara ayer el hallazgo en su edición digital. Los dos caballos, obras del escultor Josef Thorak (1889-1952), estaban desaparecidos desde 1989 y en los últimos años habían sido ofrecidos en el mercado negro por precios de entre 1,5 y 4 millones de euros.

Thorak, junto con Arno Brecker, era uno de los escultores preferidos de Hitler y de su arquitecto estrella Albert Speer y sus trabajos tenían un papel clave en el plan de crear una capital monumental que debía llamarse Germania. Hacia 1943, en plena guerra, Hitler ordenó trasladar los caballos de Thorak y otras esculturas a un taller que tenía Brecker a 20 kilómetros de Berlín, donde las piezas fueron encontradas después por el Ejército Rojo. Los caballos de Thorak y otras esculturas nazis pasaron así a partir de 1950 a formar parte de la decoración de un campo de deportes del ejército soviético en Eberswalde, localidad cercana a Berlín.

En un campo de deportes

En enero de 1989, la historiadora del arte Magdalena Busshart publicó un artículo sobre las esculturas en el diario «Frankfurter Allgemeine» en el que, entre otros detalles, hablaba de su ubicación en el campo de deportes de Eberswalde. Semanas después, una lectora escribió una carta al diario en la que advertía de que las esculturas ya no es encontraban en el lugar indicado. Según el «Bild», todavía no hay claridad acerca de cómo desaparecieron los caballos de Eberswalde y a través de los años se han barajado varias hipótesis, desde su traslado a Moscú, hasta una venta de las esculturas por parte del régimen de la extinta RDA para obtener divisas.

En la última hipótesis desempeña un papel importante la figura de Alexander Schalck-Golodkowski, un curioso personaje del régimen comunista cuya misión era conseguir divisas, para lo cual solía retirar obras de los museos del país y venderlos en los mercados de Occidente. Hace dos años, según el popular rotativo alemán, los caballos había sido ofrecidos a la historiadora de arte Magdalena Busshart por 1,5 millones de euros por un hombre que aseguró haber trabajado con Schalck-Golodkowski.

La manera como las esculturas, junto con otras obras desaparecidas, llegaron al depósito donde fueron halladas no ha podido ser esclarecida. Su hallazgo se produjo en el marco de una investigación -dirigida por la Policía de Berlín- en la que se registraron edificios en varios Estados federados en busca de arte robado. Se han abierto investigaciones contra ocho sospechosos de entre 64 y 79 años.


El Pais

  • Una revista británica asegura haber resuelto el enigma sobre los rasgos de El Bardo
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El verdadero rostro de Shakespeare, según la revista ‘Country Life’, en un grabado en el tomo del siglo XVI ‘Historia general de las Plantas’. / Peter Macdiarmid (GETTY)

 

Una revista británica habitualmente consagrada a los placeres de la vida en el campo reivindica haber resuelto nada menos que uno de los grandes enigmas de la literatura universal. El “verdadero rostro” de William Shakespeare correspondería al retrato de un hombre de pelo ensortijado y muy bien parecido que aparece en la portada de un antiguo libro de botánica, y que el semanario Country Life identifica como el único retrato del dramaturgo ejecutado en vida. La imagen no guarda parecido alguno con la hasta ahora consensuada de El Bardo, aunque tampoco existen pruebas documentales fiables que confirmen su verdadera fisonomía.

“Así era Shakespeare en el esplendor de su vida”, asegura el botánico e historiador Mark Griffiths sobre el grabado que alega haber descubierto en la cubierta del tomo del siglo XVI Historia general de las Plantas cuando investigaba la biografía de su autor, John Gerard (1545-1612). Griffiths, también experto en literatura inglesa del Renacimiento, llegó a esa conclusión tras decodificar los motivos heráldicos y florales que enmarcan el retrato de un hombre en la treintena -con barba, bigote de puntas hacia arriba y tocado con una corona de laurel- y que identifica como referencias al poema shakespiriano Venus y Adonis y a su obra teatral Tito Andrónico. Pero sobre todo el “ingenioso mensaje cifrado, tan del gusto de la aristocracia isabelina” que aparece al pie de la imagen acabó revelando la identidad de su protagonista.

Otras tres figuras, del propio Gerard, de un amigo del autor y también botánico de la época y del tesorero de la reina Isabel, lord Burghley, acompañan en la portada de esa rareza bibliográfica al supuesto retrato de Shakespeare, que County Life reproduce en su edición de esta semana como el “descubrimiento literario del siglo”. La publicación no ha sido la primera en intentar desbaratar la tesis más aceptada –aunque no de forma unánime- sobre los rasgos físicos de uno de los mayores dramaturgos de todos los tiempos y que se sustenta en el llamado Retrato de Chandros, obra del actor y amigo de El Bardo John Taylor. El museo propietario del cuadro, la National Portrait Gallery de Londres, apoya la fidelidad de la imagen en la estrecha relación entre ambos hombres y especialmente su gran similitud con el retrato de William Shakespeare que se adjuntaba en la primera edición de su obra completa, ejecutado a los pocos años de la desaparición del escritor.

Los expertos siguen subrayando que todas las imágenes de Shakespeare que han llegado a nuestros días fueron producidas después de su muerte, a pesar de que el profesor Stanley Wells, catedrático de la Universidad de Birmingham, anunciara al mundo en 2009 el descubrimiento de una pintura realizada cuando el dramaturgo contaba 46 años. La autenticidad del cuadro, conocido como el Retrato Cobbe y propiedad de una familia de la aristocracia inglesa desde hace tres siglos, es cuestionada desde entonces, como también lo va a ser el sorprendente hallazgo de Country Life. Pero Griffiths aduce que “sencillamente, nadie pensó en encontrar a Shakespear en una pequeña joya de la botánica”.


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  • El camino de la gaseosa hasta llegar al gran público tuvo un obstáculo que apareció desde su propia creación: nadie quería comprar una bebida que requería de prescripción facultativa
ARCHIVO Anuncio de gaseosa La Revoltosa que data de 1950

ARCHIVO
Anuncio de gaseosa La Revoltosa que data de 1950

Sola o acompañada. En la tranquilidad de tu sofá o en el bullicio de un bar. Para calmar la sed o en la búsqueda de una sensación placentera en el paladar… la gaseosa ha trazado un camino de múltiples variantes para ser degustada. De ella emanan un sin fin de bebidas que salvo que residas en Marte u otro planeta similar te resultarán familiares: Coca-Cola, 7up, Fanta, tónica o Canada Dry. No obstante, a pesar de su acentuada cotidianidad, este brebaje alberga una historia detrás que merece ser contada.

Más de dos siglos atrás, concretamente en el remoto año de 1741, el inglés William Browning llevó a cabo un proceso que hoy estaría catalogado bajo el manto de «jugar a los experimentos». Ni corto ni perezoso inyectó ácido carbónico en un envase con agua mineral y esperó la reacción. En cuestión de segundos el líquido empezó a burbujear y ya no pudo redimir el deseo de echar un trago. El resultado, o más bien el sabor, debió ser satisfactorio pues a partir de ahí decidió repetir el procedimiento y embotellarlo con fines comerciales. Casi sin querer, acababa de nacer la gaseosa.

Pero el camino no fue precisamente fácil. Es por ello que Pancracio Celdrán señala en «El Gran Libro de las Cosas» (La esfera de los libros, 1995) los diferentes obstáculos que tuvo que sortear hasta llegar al gran público. «Al principio todo quedó en mero experimento, en curiosidad que atraía a la gente, que se acercaba al prodigio con ciertos reparos y reticencias. Nadie estaba dispuesto a experimentar el sabor de aquella bebida, a pesar de que su inventor hacía demostraciones, bebiéndola él en público, haciendo mil alabanzas al respecto de su sabor, e incluso de sus cualidades medicinales».

Una última apreciación nada descabellada si se tiene en cuenta que el primer uso de la gaseosa llegó por prescripción médica. «En 1807, el médico norteamericano, padre de la cirugía en su país, Philip Syng Physic, encargó a un químico amigo suyo la preparación de un agua carbónica para cierto paciente aquejado de dolencias estomacales. Para hacer más grato el preparado, disolvió en él un edulcorante de sabor agradable. El éxito del brebaje fue fulminante», explica Celdrán. Sin embargo quedaba una barrera difícilmente infranqueable: ¿Quién acudiría a una farmacia o botica a comprar una bebida solo por el placer de tomarla?

Aceptación del gran público

Pero si por algo ha destacado el ser humano a lo largo de la historia es por su tozudez cuando de empinar el codo se trata. Y aunque en este caso la gaseosa no sea el epicentro de esta coloquial expresión, su efervescente textura ha servido de acicate para hacer más llevadera la ingesta del vino u otras bebidas alcohólicas. Así, con el producto ya creado, solo hizo falta una inyección económica para comercializar el producto. Este honor recayó en John Mathew, que en 1832 inventó un sistema para saturar el agua con gas carbónico y de esta forma popularizó un brebaje que pronto recibió el nombre de agua con burbujas.

El invento de Mathew trajo consigo un fuerte abaratamiento de los costes de producción, con lo que el ‘boom’ no se hizo esperar: «A finales de aquel siglo ya existían gaseosas con sabores tan diversos como la grosella, las fresas, las moras o la granada. Estos preparados con gas o ácido carbónico perseguían finalidades médicas, pero al ser su bebida inocua, la gente los consumía a placer para calmar la sed».

Por si fuera poco todavía faltaba un último impulso, que curiosidades de la vida, llegó de la forma más inesperada. «En 1928 el director de un pequeño periódico en el estado norteamericano de Indiana, cansado del absentismo laboral que entre sus empleados causaba la gripe, ideó una mezcla de aspirina con bicabornato que mezclado con agua producía el famoso fizz, fizz. De este invento casero se aprovecharía poco después el laboratorio del doctor Miles para comercializar su conocido AlkaSeltzer en 1931. Como en EE.UU. estaban en plena Ley Seca, la ausencia de bebidas alcohólicas fue suplida por múltiples paliativos. Entre tantos curiosos y chocantes experimentos e inventos, uno, muy relacionado con la gaseosa, se impuso: los polvos de gaseosa, los Sidlitz powder, y otros refrescos que dieron el empujón definitivo a la poderosa industria de las bebidas gaseosas refrescantes».


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  • Pese a que se les relaciona con lugares donde se produjeron fallecimientos de personas de forma violenta, son altares de culto
José Luis Acquaroni Fotografía de un humilladero y calle mayor de candelario ubicado en Salamanca

José Luis Acquaroni
Fotografía de un humilladero y calle mayor de candelario ubicado en Salamanca

Hubo un tiempo en que los humilladeros abundaron en el país. Sin embargo, el desarrollo de las ciudades ha supuesto su sentencia definitiva de muerte. En Madrid, son dos los que han sobrevivido.

Están situados en pleno corazón de la capital, aunque es posible que hayan pasado desapercibidos. Uno de ellos, está ubicado con una virgen en la plaza de Ramales, esquina a la calle de Vergara. El otro, el humilladero de Nuestra Señora de la Soledad, tal vez el más conocido, se encuentra en la calle Fuencarral.

La palabra «humilladero» podría aludir a un término denigrante, nada más lejos de la realidad. Pese a que procede de humillar, de postrarse o inclinar la cabeza en señal de sumisión, eran pequeños lugares de devoción situados en las entradas o en las afueras de los pueblos o ciudades con una imagen o una cruz.

Estos lugares eran fácilmente reconocibles. Básicamente consistían en unas gradas en cuyo centro se colocaba una columna rematada por una cruz con el fin de fomentar la piedad de los caminantes. Con el paso del tiempo los humilladeros se transformaron en pequeñas capillas o ermitas.

Humilladero de la calle Fuencarral

El Humilladero de Nuestra Señora de la Soledad, es una capilla de pocos metros cuadrados construido por el marqués de de Navahermosa, Ponce de León y Francisco de Feloaga en 1712. En su interior colocaron el lienzo de la Virgen de la Soledad, el cual se encontraba bajo un arco desde tiempos muy antiguos.

Junto a la virgen, hay un Cristo crucificado que le acompaña, de tamaño real, llamado del Consuelo, según parece de finales del XVII. La Soledad de la Virgen representa el período que transcurre entre la muerte de su hijo y su resurrección.

Su cuidado y mantenimiento están a cargo de la iglesia de San Ildefonso y hasta hace poco se celebraban dos misas mensuales que los fieles seguían desde la calle. Aunque permanece cerrado, se puede divisar el interior mediante sus ventanucos.


El Mundo

  • ARQUEOLOGÍA SUBMARINA
  • ‘Nuestra Señora de la Encarnación’ de la Carrera de Indias
  • Localizado por investigadores de la Universidad Estatal de Texas es uno de los muchos que naufragaron en el Caribe, pero uno de las pocos que no había sido saqueado

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Hace tres años, un grupo de arqueólogos de la Universidad Estatal de Texas (EEUU) localizó los restos de un navío hundido en el siglo XVII en las proximidades de la desembocadura del río Chagres (Panamá). Ahora, la investigación ha determinado que esos restos pertenecieron al buque mercante español de Nuestra Señora de la Encarnación: un navío de la flota de Tierra Firme, integrada en la denominada Carrera de Indias, que en 1681 quedó enterrado bajo las aguas del Océano Atlántico tras una fuerte tormenta cuando se dirigía a Portobelo.

La embarcación fue una de las muchas que naufragó por aquel entonces en esta zona caribeña, pero es una de las pocas que se ha logrado recuperar. Y aunque no oculta ningún tesoro en su interior, su gran estado de conservación confirma el uso que ya se hacía en el siglo XVII de materiales del Nuevo Mundo para la construcción de navíos europeos. Es una de las principales conclusiones del hallazgo extraídas por los arqueólogos, ya que lo habitual es que la acción corrosiva del agua marina dañe a estos pecios con el paso del tiempo.

Además, a pesar de hundirse a pocos metros bajo el mar, no hay evidencias de que el barco sufriera algún tipo de saqueo, algo poco habitual. El jefe de arqueología subacuática del Centro Meadows para el Agua y el Medio Ambiente de la Universidad Estatal de Texas, Frederick “Fritz” Hanselmann, aseguró en un comunicado que los restos encontrados incluyen “porciones inferiores del casco del buque y parte de la carga” que estaba alojada en la bodega. En ella se han localizado barriles y cajas de madera con hojas de espadas, tijeras, herraduras y piezas de cerámica en su interior.

La Flota de Indias

Una antigua investigación realizada en Sevilla por el historiador José Espinosa mantiene que el buque fue construido originalmente en el territorio de Veracruz (actual México). Precisamente al puerto mexicano llegaba una de las flotas -conocida como Nueva España– enviadas desde la capital hispalense (Cádiz asumiría esta función a partir de 1679) para llevar hasta la Corona española las riquezas encontradas (oro, plata, especias, etc.). Sin embargo, el buque La Encarnación formó parte de la otra gran flota: Tierra Firme, que partía rumbo a Cartagena de Indias para recoger el cargamento del norte de América del Sur.

Las dos flotas funcionaban bajo el mando de su matriz, la Flota de Indias: un sistema de convoys que buscaba aumentar la seguridad del transporte de las mercancías por el Océano Atlántico en un momento en el que la piratería y la enemistad de ingleses y franceses por la colonización española de América amenazaban a las embarcaciones de la Monarquía Hispánica, la potencia hegemónica de los mares por aquel entonces. Este método, integrado por galeones fuertemente armados con cañones y barcos mercantes para llevar la carga, estuvo en activo desde la década de 1520 hasta 1776.

Uno de los investigadores inspecciona la zona del hallazgo The Meadows Center for Water and the Environment

Uno de los investigadores inspecciona la zona del hallazgo
The Meadows Center for Water and the Environment

Una vez que las dos flotas cargaban sus mercancías por separado partían hacia La Habana, Cuba, lugar desde el que salían conjuntamente -cuando el tiempo lo permitía- de regreso a España. Para ello atravesaban el estrecho de Florida y la corriente del Golfo de México, continuando después por el norte del archipiélago de las Bahamas para alcanzar los vientos alisios del oeste, más propicios para la navegación. Dos escoltas armadas acompañaban a los buques mercantes. La de Tierra Firme solía ser más numerosa que la de Nueva España, ya que incluía los galeones de la plata que transportaban los cargamentos de plata real de las minas del Perú.

Pero aunque el sistema de convoys armados logró con éxito mantener alejados a los corsarios franceses y británicos, las dificultades climáticas, los bancos de arena o los huracanes caribeños fueron una continua amenaza para los buques españoles. La combinación de estos factores provocó que muchos navíos, como La Encarnación, quedaran sepultados bajo las aguas del Atlántico.

Hallazgo casual

Los científicos afirman que las cosas no suelen ocurrir nunca por el destino o el azar, sin embargo hay ocasiones en las que se producen hechos de forma fortuita. Ese puede ser el caso perfectamente del equipo de arqueólogos de la Universidad Estatal de Texas. Los investigadores reconocen que no andaban tras la pista de La Encarnación, ya que cuando dieron con sus restos se encontraban en plena búsqueda de las cinco naves que el famoso y despiadado pirata Henry Morgan perdió en 1671, tras una tormenta, cuando se dirigía a saquear la ciudad de Panamá. Diez años antes de que se hundiera La Encarnación.

Grabado del corsario Henry Morgan The New York Public Library

Grabado del corsario Henry Morgan
The New York Public Library

En 2010, los investigadores recuperaron algunos cañones pertenecientes a esas embarcaciones lideradas por el legendario corsario galés que se perdieron durante el naufragio, lo que hace que los arqueólogos no pierdan la fe en el proyecto. “La búsqueda de los barcos perdidos de Morgan continuará y quién sabe qué más podemos descubrir en el camino”, explicaba Hanselmann en el comunicado. Morgan, nombrado caballero por el rey Carlos II de Inglaterra en 1674, se convirtió en una leyenda para la cultura popular, ya que así lo demuestran las numerosas novelas o películas que han adoptado su figura para protagonizarlas.


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  • El suceso, al que fue ajeno el Rey, tuvo un componente anticatólico debido al gran número de mercenarios luteranos que integraban el ejército imperial. «Los imperiales se apoderaron de la cabeza de San Juan, de la de San Pedro y de la de San Pablo; robaron el oro y la plata que las recubría y las tiraron a la calle para jugar a la pelota», describen las crónicas sobre el terror desatado en la Ciudad Eterna
Biblioteca Museo Víctor Balaguer Pintura de el «Saco de Roma», 1888, por Francisco Javier Amérigo Aparicio

Biblioteca Museo Víctor Balaguer
Pintura de el «Saco de Roma», 1888, por Francisco Javier Amérigo Aparicio

Resulta cuanto menos curioso que el Monarca que pasó a la posteridad por ser uno de los grandes defensores de la fe católica frente al protestantismo lo hiciera también porque sus tropas saquearon brutalmente la ciudad de Roma en el mes de mayo de 1527 obligando al Papa a huir para salvar su vida. Retomando el grito lanzado por Julio II contra los franceses de «¡fuera los bárbaros!», el Papa Clemente VII lo jaleó contra los españoles cuando éstos extendieron sus tentáculos imperiales por toda Italia. No en vano, su hostilidad hacia Carlos I de España y V de Alemania saldría muy cara a Clemente VII, quien presenció en primera persona como la Guardia Suiza alimentó parte de su leyenda a las puertas del Castillo de Sant’Angelo (el antiguo Mausoleo de Adriano) sacrificando sus vidas para salvar al pontífice de una horda de mercenarios luteranos.

Tras las victorias españolas en la batalla de Bicocca de 1522 y en la batalla de Pavía de 1525 sobre los franceses, el poder de Carlos I sobre Italia resultaba incontestable. A principio de la década de 1490, Francia mantenía bajo su órbita Milán, parte de Nápoles, Saboya, y tenía amistad con los dirigentes de Génova y Florencia, así como aspiraciones sobre Sicilia. Medio siglo después y muchas batallas de por medio, Carlos I controlaba Nápoles, Sicilia, Cerdeña, Milán (a partir de 1535) y mantendría firmes alianzas con el duque de Saboya, con los Médici florentinos, con los Farnesio de Parma y con los Doria y los Spínola genoveses.

La estrategia de «¡fuera los bárbaros!»

En 1526, el conflicto entre las dinastías Habsburgo y Valois, donde el Papa y la República de Venecia eran los únicos que se permitían medrar de forma independiente, se encontraba paralizado a expensas de que Francisco I de Francia, que había sido capturado en la batalla de Pavía y había permanecido una temporada en Madrid curándose de humildad, se decidiera por fin a romper el Tratado de Madrid, firmado durante su cautiverio, que le obligaba a no intervenir en Italia. Finalmente, fueron las palabras del Papa Clemente VII, protegido por los Médici florentinos –que todavía no eran aliados de Carlos I–, lo que animó al Rey francés a incumplir el tratado. Abogando por escrito que los tratados que se firman «bajo la presión del miedo carecen de valor y no obligan a su observancia», el Papa convenció a Francisco I para unirse a la llamada Liga de Cognac (o liga Clementina), integrada por el Papa, Francia, Venecia, Florencia y Milán, con el objetivo de expulsar a los españoles de Italia.

ABC Retrato de Clemente VII

ABC
Retrato de Clemente VII

Mientras el pontífice se preocupaba por encabezar alianzas contra otros reyes cristianos, los ejércitos otomanos de Solimán I «el Magnífico» avanzaron sobre el reino de Hungría, que reclamó ayuda de forma desesperada. El 29 de agosto de 1526 se sucedió la batalla de Mohács, donde murió el Rey Luis II de Hungría y los ejércitos cristianos fueron barridos por los otomanos. Hasta el último momento, Carlos I y su hermano Fernando de Habsburgo, archiduque de Austria, intentaron convencer sin éxito al Papa de que aparcara por el momento las diferencias en Italia y ayudara a frenar la acometida musulmana. La actitud de estos estados cristianos frente al desastre húngaro convenció a Carlos I de atacar al integrante más débil de la alianza, al menos en lo militar: el Papa Clemente VII.

La primera acción hostil del Imperio español contra el Papa consistió en apoyar al cardenal Pompeo Colonna, quien desde enero de 1526 se encontraba en abierto enfrentamiento con Clemente VII. Financiadas por el Emperador, las tropas de Colonna ocuparon Roma en septiembre de ese año. La ciudad fue parcialmente saqueada y el Papa se vio obligado a refugiarse en el Sant’Angelo, donde quedó encerrado junto a la Guardia Suiza que estaba encargada de proteger al Papa. Esta primera ocupación por parte de fuerzas vinculadas a Carlos I debía haber servido de advertencia a Clemente VII, que originalmente aceptó las duras condiciones del embajador español Hugo de Moncada, pero no consiguió más que espolearle.

Como hizo Francisco I cuando se lo reclamó precisamente el Papa, Clemente VII incumplió lo pactado con Carlos I pocos meses después. No solo se negó a salir de la Liga de Cognac, sino que reforzó las defensas de Roma para que no volviera a producirse una incursión como la de Colonna y ordenó una ofensiva en la zona próxima a Nápoles contra las tropas del virrey español, Carlos de Lannoy. Cansado de las promesas incumplidas, Carlos I ordenó a comienzos de 1527 que un ejército compuesto por unos 25.000 soldados españoles, italianos y alemanes se dirigieran al frente de Carlos de Borbón y del noble alemán Jorge de Frundsberg hacía Roma.

Las tropas imperiales partieron desde el Milanesado y recalaron en Florencia, donde los regidores accedieron al pago que estipuló Carlos de Borbón para evitar el saqueo de la ciudad, antes de retomar el camino hacia Roma. No en vano, las instrucciones del Emperador a Carlos de Borbón –antiguo comandante en jefe de los ejércitos franceses hasta que se enemistó con Francisco I– pedían limitarse a presionar al Papa pero sin ocupar la Ciudad Eterna. Lo que no había previsto Carlos I era la dificultad de sujetar a un ejército al que se le adeudaban numerosas pagas, frente a una presa tan lucrativa como era la antigua capital del Imperio romano.

El Castillo de Sant’Angelo: el último refugio

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Wikipedia Fotografía general del Castillo de Sant’ Angelo, en Roma

El ejército imperial, que estaba formado por 12.000 lansquenetes (mercenarios alemanes en su mayoría protestantes), mantenía las arcas vacías y la tensión empezaba a elevarse. De hecho, un conato de motín fue apagado en marzo con el dinero de los florentinos. Cuando las tropas se situaron frente a las viejas murallas romanas y fueron conscientes de que el Papa no tenía pensado pagar la indemnización que le reclamaba Carlos I, todo quedó alineado para la tragedia.

Sin apenas infantería, el Papa recurrió a la artillería, situada en el Castillo de Sant’Angelo, como última defensa frente a las tropas imperiales. El 6 de mayo, los soldados españoles lanzaron una acometida desde la puerta Torrione, mientras los lansquenetes acudieron a la puerta del Santo Spirito. Precisamente junto a esta puerta cayó muerto Carlos de Borbón al disparo de un arcabuz, que, según su propia biografía, fue realizado por el escultor Benvenuto Cellini. Sin la principal cabeza del ejército, las tropas desataron su furia por la Ciudad Eterna y arrasaron monumentos y obras de arte durante días. Las violaciones, los asesinatos y los robos se sucedieron por las calles romanas, donde ni siquiera las autoridades eclesiásticas afines a los españoles se libraron del ultraje. De hecho, la abundancia de luteranos entre los lansquenetes –la fuerza que llevó el peso del pillaje– dio un significado anticatólico al saqueo. «Los imperiales se apoderaron de la cabeza de San juan, de la de San Pedro y de la de San Pablo; robaron el oro y la plata que las recubría y las tiraron a la calle para jugar a la pelota», describen las crónicas del periodo sobre el terror desatado.

Cuando dio comienzo el saqueo, Clemente VII se encontraba orando en su capilla y apenas tuvo tiempo de ser evacuado antes de que los saqueadores alcanzaran la Basílica de San Pedro. La mayoría de soldados de la Guardia Suiza fueron masacrados por las tropas imperiales en las escalinatas de la Basílica de San Pedro. Así, el sacrificio de 147 de los 189 componentes de la Guardia aseguró que Clemente VII escapara con vida aquel día, a través del Passetto, un corredor secreto que todavía une la Ciudad del Vaticano al Castillo Sant’Angelo. Cubierto de un manto morado para evitar ser reconocido por el característico hábito blanco de los sucesores de San Pedro, Clemente VII permaneció un mes recluido en el castillo junto a 3.000 personas de toda clase y condición que llegaron huyendo de un ejército que estaba completamente fuera de control.

Después de tres días de estragos, Filiberto de Chalons, el Príncipe de Orange, se elevó como nueva cabeza del ejército en sustitución del fallecido Borbón y ordenó que cesara el saqueo, pero pocos soldados obedecieron. No en vano, la decisión de situar su residencia en la Biblioteca Vaticana salvó el lugar y sus valiosos textos del saqueo. Poco a poco, el ejército recuperó la disciplina y los gritos de desesperación cesaron en Roma.

Carlos I fue rápidamente consciente de las graves consecuencias que para su imagen de campeón del Catolicismo iba a tener el suceso El día 5 de junio, el Emperador –que se dejó ver durante unos meses con ropa de luto por lo ocurrido en Roma– firmó con la Santa Sede un tratado que puso fin momentáneamente al conflicto. Aunque una de las condiciones del tratado fue violada poco después cuando Clemente VII se escapó de la custodia imperial para refugiarse en Orvieto, lo cierto es que la actitud del Papa cambió radicalmente a partir del oscuro suceso. Como muestra de ello, el 24 de febrero de 1530 (fecha del aniversario de su nacimiento del Monarca) el Papa accedió a imponer la corona del imperio a Carlos V de Alemania en una pomposa ceremonia celebrada en Bolonia. Además, tras muchos titubeos y vacilaciones, denegó el divorcio de Enrique VIII de Inglaterra, que deseaba casarse con Ana Bolena, y declaró válido su primer matrimonio con Catalina de Aragón, la sobrina del Emperador.

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