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El Confidencial

  • “Hijo, prométeme que te pegarás un tiro”. Es solo uno de los escalofriantes testimonios que recoge Florian Huber en su último libro, donde se recuerda cómo muchas madres mataron a su propia familia
Jerarquía nazi: Hitler, Goering, Goebbels y Hess, de izquierda a derecha (CC)

Jerarquía nazi: Hitler, Goering, Goebbels y Hess, de izquierda a derecha (CC)

“Hijo, prométeme que te pegarás un tiro”. Así de duros son los testimonios que recoge el historiador Florian Huber, y que sirven para dar título a su último libro, donde trata la oscura realidad que el pueblo de Demmin (en Alemania) trata de olvidar. Cuando los habitantes de esta localidad germana se dieron cuenta de que el Ejército Rojo había ganado posiciones en la Segunda Guerra Mundial y no podrían repeler su ataque, cientos de personas decidieron terminar con su vida con revólveres, cuchillas de afeitar, cinturones al cuello o cianuro. Cualquier cosa antes que sucumbir a los rusos. Todo. Incluso matar a los propios hijos y familiares.

“Los cuerpos cubrían toda la orilla del río Peene”, recoge Huber de Irene Bröke, una mujer testigo de los hechos que en 1945 tenía 10 años. Bröke recuerda que recogían los cuerpos de sus vecinos con carretillas –profesores, médicos, etc.– y después les llevaban a fosas comunes: “No era posible enterrarles de otra manera”. De su testimonio se deduce que la gran cantidad de víctimas hacía imposible la identificación de todas ellas. Junto a las anotaciones de enterramiento se encontraron signos de interrogación que impedían identificar con claridad a los difuntos. “Había que hacer los enterramientos y no había tiempo para confirmar de quién se trataba. Tampoco era posible contactar con familiares o conocidos puesto que ellos también estaban desaparecidos”, comenta el autor del libro. “Mamá, nosotros no, ¿verdad?”, le preguntó Bärbel Schreiner, de seis años, a su madre ante la visión de un caudal repleto de cadáveres.

Huber apunta hacia la “histeria colectiva” como el motivo que llevó a tantas personas al suicido. Las estimaciones hablan de entre 700 y 2.000 muertes autoinfligidas del total de 15.000 habitantes que poblaban Demmin en 1945. Los consejos del ministro de Propaganda de Hitler podrían haber influido en las conductas de las personas que se suicidaron y/o acabaron con la vida de sus familiares. “Mejor la muerte a caer en manos de los rusos”, llegó a decir Joseph Goebbels. Un final rápido no era tan malo como ser víctima de violaciones y bombardeos, tal y como afirmaban las noticias que llegaban de pueblos cercanos que ya estaban bajo dominio rojo.

Cuerpos colgados de las ramas de los árboles

Karl Schlosser también sobrevivió al suicidio colectivo que presenció Demmin durante la Segunda Guerra Mundial. Con 80 años, este alemán ha contado su experiencia en el libro de Florian Huber: “Mi padre había huido con nosotros al monte para evitar estar en el pueblo cuando llegaran los rusos. Días después, cuando regresamos, los cuerpos de los ahorcados colgaban todavía de las ramas de los árboles y más y más víctimas se apilaban en las orillas del río”.

Joseph Goebbels, ministro de Propaganda de Hitler

Joseph Goebbels, ministro de Propaganda de Hitler

Cuando la familia Schlosser regresó a su pueblo, el Ejército Rojo ya había pasado por allí. “De las casas salía un olor putrefacto de los cuerpos de familias enteras que se habían suicidado en el salón”, escribe Huber. A pesar de que habían perdido su hogar a causa de un incendio, Karl, sus padres y sus hermanos no tuvieron problemas para encontrar una nueva morada. “Nos instalamos en una casa vecina. Nadie vino a reclamarla porque todos sus dueños se habían suicidado”.

El caso de Demmin es el suicidio colectivo más numeroso de la historia de Alemania. A pesar de ello, hasta ahora no se había prestado demasiada atención a las personas que pusieron fin a sus días para no caer en manos de los rusos. Sin embargo, el libro de Huber ha removido el pasado y más de 20.000 lectores se han empezado a interesar por el tema comprando el libro.


ABC.es

  • Las rocas habrían salido despedidas cuando un cuerpo planetario impactó contra nuestro planeta hace 4.000 millones de años
Archivo ABC | La formación de la Luna, después del impacto de la Tierra con un cuerpo planetario

Archivo ABC | La formación de la Luna, después del impacto de la Tierra con un cuerpo planetario

Sabemos que la Luna se formó hace más de 4.000 millones de años tras el impacto contra la Tierra de un cuerpo planetario del tamaño de Marte. El colosal encontronazo debió, por fuerza, lanzar al espacio miles de escombros de todos los tamaños. Muchos de esos fragmentos de roca formaron la Luna, pero un buen número de ellos debería estar aún por los alrededores y, lo que es más, algunos podrían incluso haber regresado a nuestro planeta, en forma de meteoritos, tras millones de años de vagabundeo espacial.

Ahora, y bajo la dirección del astrónomo Bill Bottke, un grupo internacional de investigadores del Instituto Virtual de Investigación y Exploración del Sistema Solar (SSERVI), de la NASA, ha conseguido encontrar, en una serie de meteoritos rocosos caídos a la Tierra un registro del gigantesco impacto que formó la Luna. Su trabajo está a punto de publicarse en Science.

El mayor impacto conocido en el Sistema Solar interior fue, sin duda, el que dio origen a la Luna. Pero el momento exacto de esa colisión sigue sin conocerse con exactitud, y las edades de las rocas lunares más antiguas traidas a la Tierra por los astronautas de las misiones Apolo sigue siendo una cuestión sujeta a debate.

Pero las simulaciones numéricas del gigantesco impacto realizadas por Bottke indican que el evento no solo creó un disco de escombros alrededor de la Tierra (a partir del que se formó la Luna), sino que eyectó también enormes cantidades de material mucho más lejos y completamente fuera del incipiente sistema Tierra-Luna. Sin embargo, el destino de todo ese material, en el que se incluye un buen porcentaje de masa de la Tierra primitiva, no ha podido ser examinado de cerca hasta ahora.

Lo que parece seguro es que un buen número de esos fragmentos impactaron a su vez contra cuerpos del cinturón de asteroides, entre las órbitas de Marte y Júpiter, y que dejaron en ellos numerosas pruebas de lo sucedido. Otras colisiones más recientes de esos mismos asteroides volvieron a liberar esos restos de Tierra primigenia y algunos de ellos, para suerte de los investigadores, han regresado a nuestro planeta y pueden ser usados para calcular, por fin, la edad de la Luna.

Las simulaciones informáticas y las comparaciones con el número y tamaño de los fragmentos que se producen cuando los asteroides chocan entre sí indican que, tras el gran impacto del protoplaneta contra la Tierra, salieron despedidos al espacio numerosos fragmentos de varios kilómetros de diámetro. Muchos de esos fragmentos pudieron llegar hasta el cinturón de asteroides, y además a velocidades muy superiores de las que tienen normalmente los miembros de ese anillo rocoso cuando chocan unos contra otros. Esos impactos habrían calentado la superficie de los asteroides alcanzados hasta el punto de dejar en ellos huellas permanentes de la colisión. Huellas que guardan información precisa sobre el momento y la magnitud del bombardeo.

Según los análisis de los investigadores, la Luna se formó hace 4.470 millones de años, una edad que coincide con la de los más antiguos materiales de formación del Sistema Solar analizados hasta ahora por los científicos. Pero de las «firmas» de este impacto se pueden extraer también valiosos datos sobre las últimas etapas de la formación de planetas en nuestro Sistema Solar.

Por ejemplo, el equipo dirigido por Bottke está estudiando cómo ajustar el número de asteroides que podría haber aún en el Sistema Solar interior tras la formación de Mercurio, Venus, la Tierra y Marte. Y esas «firmas» podrían ayudar también a deducir la historia de impactos de cuerpos muy antiguos, como Vesta, uno de los mayores cuerpos del cinturón de asteroides, objetivo de la sonda Dawn y lugar de procedencia de muchos meteoritos caidos en la Tierra.

Incluso es posible que pequeños restos del impactador que formó la Luna pudieran encontrarse aún dentro de los meteoritos que muestran signos del rápido calentamiento que provocó impacto gigante. Lo cual permitiría a los científicos explorar por primera vez la naturaleza primordial y aún desconocida de nuestro planeta natal.


ABC.es

  • El hallazgo de varios artefactos con características asiátacas en Alaska ha abierto de nuevo el debate
 Archivo ABC Esta investigación se suma a la que afirmaba que los vikingos habían llegado a América antes que Colón

Archivo ABC | Esta investigación se suma a la que afirmaba que los vikingos habían llegado a América antes que Colón

Un grupo de arqueólogos de la Universidad de Colorado (Estados Unidos) ha hallado nuevos indicios de que hubo una civilización que llegó antes a América que Cristóbal Colón: la china. Así lo afirma la versión digital de la revista «Live Science», donde Owen Mason -uno de los investigadores- ha señalado que sus conclusiones se basan en dos objetos de origen asiático con miles de años de antigüedad que han sido encontrados en Espenberg, un cabo ubicado en Alaska.

Esta teoría se suma a la que fue desvelada el pasado diciembre por la Universidad de Michigan, la cual afirmaba que los primeros en llegar a América fueron los vikingos durante el SVIII. Para afirmar esto, los investigadores se basaban en varios artefactos que habían descubierto al sur de la isla de Buffin (en la parte ártica de Canadá) y que se podían asociar a estos «asesinos del norte». Los hallazgos de Mason, por el contrario, situarían el descubrimiento de esta región en el año 600 D.C.

Un silbato y una hebilla

El equipo ha hallado los artefactos en una vivienda con más de 1.000 años de antigüedad. De las decenas de elementos descubiertos, destacan principalmente una hebilla –la cual cuenta con un trozo de cuero fechado hace más de 1.400 años- y un objeto que, según se cree, podría haber sido utilizado como silbato. Ambos elementos, en palabras del arqueólogo, cuentan con determinadas características que desvelan su origen asiático. Una de ellas sería que están elaborados en bronce, una aleación que no se había descubierto en Alaska por entonces.

Así pues, los investigadores mantienen la teoría de que los pueblos ubicados en esta región comerciaron con alguna civilización asiática que atravesó las aguas para llegar hasta ellos. «Creemos que hubo interacciones, directas o indirectas, con las llamadas “grandes civilizaciones” de China, Corea o Yakutia [en Rusia], determina el arqueólogo. La historia sustenta sus afirmaciones, pues todas ellas eran regiones en las que sí se había desarrollado el bronce.

A su vez, dentro de la vivienda los investigadores han encontrado multitud de artefactos elaborados con obsidiana, un material cuya firma química les ha dirigido hasta le valle del rio Anadyr, en Rusia.

Todos estos descubrimientos ponen punto y final a más de un siglo de excavaciones realizadas en la zona y que, finalmente, han determinado que los asiáticos viajaron a Alaska a través del estrecho de Bering antes de la llegada de la Pinta, la Niña y la Santa María.

Las investigaciones comenzaron en 1913 cuando el antropólogo Berthold Laufer afirmó que los chinos habían viajado hasta esa región con el objetivo de obtener marfil y otros elementos de las morsas. En este sentido, no son pocos los expertos que han relacionado las armaduras utilizadas por los guerreros de Alaska con aquellas que se pueden ver en China, Corea, Japón y el este de Mongolia.


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Llevan “sujetando” el centro de desde hace cerca de dos mil años, pero escondidas de las miradas de quienes solo conocen la superficie de la ciudad: son las galerías subterráneas de la Rua da Prata, una de las mayores obras romanas de ingeniería que se conservan en portuguesa.

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Están a escasos metros de la famosa Praça do Comerço, en el corazón de la Baixa lisboeta, y solo pueden visitarse seis días al año.

Este fin de semana abren sus puertas -o, mejor dicho, la trampilla de sus escaleras, situada en mitad de la calzada sobre la que normalmente circulan coches y tranvías- con motivo de la celebración hoy del Día de los Monumentos.

António Marques, del Centro de Arqueología de Lisboa y acompañante en las visitas guiadas, explica a Efe que el hecho de estar escondido y abrir solo una o dos veces al año ha terminado por ser un atractivo del antiguo “criptopórtico” de la ciudad romana de Olisipo.

Lo cierto es que las visitas son muy restringidas porque los investigadores del Ayuntamiento lisboeta no saben hasta qué punto su apertura permanente podría afectar al monumento, por lo que el público solo puede conocerlas en escasísimas fechas puntuales, como este fin de semana.

Se esperan en torno a 3.500 visitantes entre viernes, sábado y domingo, que deben entrar solo en grupos de unas veinte personas. En las últimas aperturas, el interés generado fue tal que los visitantes tuvieron que aguardar horas de cola, cuenta Marques.

El “criptopórtico” está formado por varias galerías abovedadas, paralelas y perpendiculares, que los romanos construyeron debido a la inestabilidad geológica y la gran actividad sísmica de la ciudad de Lisboa, para asegurar las construcciones de la superficie.

El ingenio de los romanos sobrevivió muchos más siglos que su imperio, y actualmente la estructura sigue realizando esa misma función, actuando como pilar del barrio más céntrico y uno de los más turísticos de la capital portuguesa, la Baixa pombalina.

“Es la zona que está cerca del río Tajo y por eso la construcción aquí estaba relacionada con la actividad comercial, mercantil y portuaria de la ciudad de Olisipo”, afirma Marques.

El arqueólogo señala que esas actividades se estaban intensificando en la capital de Lusitania durante el periodo en que se construyeron las galerías, en torno al siglo I después de Cristo, porque la Lisboa romana se consolidó entonces como parada de los viajes que ligaban el mundo mediterráneo y el atlántico.

Sin embargo, los pilares del que fuera foro de comerciantes de los antiguos lisboetas permanecieron siglos en el olvido durante la Edad Media, y no fue hasta después de la devastación del terremoto de Lisboa de 1755 cuando se redescubrió esta construcción romana.
“Los constructores del siglo XVIII reutilizaron la estructura con aquella función para la cual fue realizada, soportar otras construcciones. Es un ejemplo de la maestría de la ingeniería romana”, apunta Marques, que recalca que la obra “continúa sirviendo a la ciudad”, aunque es constantemente monitorizada.

Cuando la estructura se redescubrió tras el sismo de 1755, los estudiosos de la época consideraron que la construcción romana había servido en la antigüedad como baño público, “las termas de Olisipo”, un error que persistió hasta finales del siglo XX y que fue motivado por el agua subterránea hallada en el “criptopórtico”.

Y es que las galerías romanas, que en el momento de su construcción eran tan secas y fiables que los arqueólogos actuales creen que incluso se pudieron usar esporádicamente como almacén de mercancías, están parcialmente inundadas por la subida del nivel freático a lo largo de los siglos, por lo que se recomienda para su visita un buen par de botas de goma.

Durante décadas, los lisboetas confiaron, además, en las bondades y propiedades medicinales de estas aguas subterráneas, una superstición que también ha sido superada pero que motivó que en las primeras visitas, a finales de los 90, los curiosos descendieran al “criptopórtico” cargados con garrafas.

Los pilares subterráneos de la Baixa lisboeta solo volverán a abrirse en las Jornadas Europeas de Patrimonio, a finales de septiembre. Otros quince de para un monumento que, el resto del año, sigue cumpliendo con su función original. EFE


El Mundo

«¿Estamos solos? Por primera vez en la Historia de la Humanidad tenemos al alcance una respuesta a esa pregunta». El astrofísico Mario Livio resume así en la revista Nature cómo las observaciones realizadas por los telescopios espaciales han revolucionado el conocimiento astronómico, sentando las bases para comenzar a buscar vida fuera de la Tierra.

Fue el telescopio Hubble el que, hace ahora 25 años, abrió una nueva ventana al Universo, observando desde el espacio como nunca antes se había hecho galaxias muy lejanas, planetas, asteroides, cometas o el nacimiento y muerte de estrellas. Imágenes que han transformado el conocimiento astronómico y han fascinado al público. Desde revistas y periódicos, a portadas de libros e incluso carátulas de discos, como Binaural, de Pearl Jam, las bellas fotografías tomadas por este telescopio pionero situado a unos 600 kilómetros de la Tierra se han ido haciendo un hueco en el imaginario colectivo. El crítico de arte británico Jonathan Jones ha llegado a definirlas como «las obras de arte más bellas de nuestra época».

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NASA

«Creo que el Hubble ha hecho más por la astronomía que ninguna otra misión. Y no sólo por su contribución a ese campo de la ciencia, sino por la percepción que el público tiene sobre la astronomía. Mucha gente se acercaba a hablar conmigo simplemente porque había visto una foto del Hubble en la prensa, y estaban fascinados por poder ver galaxias distantes, estrellas y planetas como los que el telescopio había medido», recuerda el astrónomo suizo Willy Benz, director del Instituto de Física de la Universidad de Berna. «Ha sido y todavía sigue siendo una gran misión», afirma durante una entrevista con EL MUNDO.

La NASA y la Agencia Espacial Europea (ESA), que ha colaborado con EEUU en esta multimillonaria misión, celebran esta semana 25 años de fascinantes descubrimientos del Hubble, cuya construcción fue aprobada en 1977 por el Congreso de EEUU y completada en 1985. Desde hoy y hasta el domingo la emblemática Times Square de Nueva York proyectará cada hora en sus pantallas fotografías tomadas por el Hubble. Se celebrarán diversos actos conmemorativos y conferencias y el 23 de abril se dará a conocer una imagen inédita del Hubble elegida para festejar el aniversario.

«Para los científicos ha sido revolucionario porque ha contribuido en todas las áreas de la astronomía. Pero también ha conseguido cautivar a la gente, pues al ser el primer telescopio espacial que observaba en el óptico, es decir, la luz visible, como nuestros ojos, ha sido el más mediático», señala Pedro García Lario, astrónomo de la ESA. «La diferencia entre un telescopio espacial y uno terrestre es que conseguimos imágenes con mucha más nitidez, hasta diez veces más, que las que se obtienen desde tierra. Además, en el espacio no existe el problema de los cielos nublados, no hay contaminación lumínica ni hay que esperar a que sea de noche», añade. Además del rango visible, el Hubble también observa en ultravioleta e infrarrojo cercano.

Pero esta historia de éxito no tuvo un buen comienzo. En primer lugar, su lanzamiento, a bordo de un transbordador espacial (shuttle) fue pospuesto en 1986 tras el accidente mortal del Challenger, en el que fallecieron los siete astronautas que conformaban su tripulación. Todas las misiones programadas para el shuttle quedaron en espera por seguridad mientras se investigaban las causas del accidente. Por fin, el 24 de abril de 1990, el telescopio fue lanzado a bordo del transbordador Discovery. Pero apenas dos meses después, con las primeras fotografías que llegaban del Hubble llegó también la decepción: las imágenes que mandaba estaban borrosas debido a un error en el diseño de su óptica, que provocó que la forma del espejo principal fuera defectuosa.

La NASA se puso entonces manos a la obra para intentar solventar el problema del telescopio en el que, hasta ese momento, habían invertido ya unos 2.000 millones de dólares. La reparación fue posible gracias a la particular manera en la que había sido diseñada la misión: «El Hubble se concibió para que durara un mínimo de 15 años. La ventaja es que trabajaba en una órbita accesible para los transbordadores, de modo que estaba previsto que a lo largo de los años, los astronautas le hicieran visitas para llevar a cabo reparaciones y reemplazar sus instrumentos», recuerda García Lario. «Para corregir el problema óptico del espejo principal se diseñó una misión en la que los astronautas le colocarían una especie de gafas», señala.

«Se hizo en un tiempo récord. Hubo un concurso de ideas para seleccionar una misión, que fue muy complicada. Un proyecto así normalmente tarda 10 años, pero en sólo tres años y medio se fabricaron unas lentes especiales para recuperar la capacidad del telescopio, se lanzó un shuttle que subió el nuevo instrumento, se calibró y funcionó. Fue uno de los grandes éxitos tecnológicos del Hubble», explica J. Miguel Mas Hesse, investigador del Departamento de Astrofísica del Centro de Astrobiología (CSIC-INTA). El 23 de abril, el científica repasará el legado de este observatorio durante una a conferencia en el Planetario de Madrid abierta al público.

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Los astronautas de la NASA, durante una misión

‘Bricolaje’ espacial

A lo largo de este cuarto de siglo, los astronautas de la NASA han completado un total de cinco misiones de servicio (en 1993, 1997, 1999, 2002 y 2009) para realizar tareas de mantenimiento o colocar nuevos instrumentos. Las imágenes de los astronautas fuera de la nave, flotando en el espacio mientras realizan sus paseos para hacer bricolaje en el Hubble -una complicada tarea para la que se necesita mucha preparación-, fascinaron también a los ciudadanos e inspiraron películas. ¿Ha visto Gravity? El telescopio que están reparando los astronautas interpretados por George Clooney y Sandra Bullock cuando se ven sorprendidos por una tormenta de basura espacial es el Hubble.

La historia de este observatorio ha estado muy ligada a la del transbordador. Por ello, con la jubilación de la flota, en 2011, se acabó la posibilidad de seguir ampliando su vida útil. Se decidió que seguiría en órbita hasta aproximadamente 2020 para que, al menos durante un par de años, trabajara conjuntamente con el telescopio que le sucederá, el James Webb, cuyo lanzamiento está previsto para 2018. Su espejo principal tendrá 6,5 metros de diámetro, frente a los 2,4 metros del Hubble.

Sus órbitas también son distintas: «James Webb estará en órbita alrededor de L2, que es un punto del sistema Sol-Tierra situado a un millón y medio de km de la Tierra en la dirección opuesta al Sol, mientras que Hubble orbita alrededor de la Tierra (una vez cada 97 minutos) a una altura de 600 km», compara García. Será lanzado desde la Guayana francesa a bordo del Ariane, un cohete europeo.

«El Hubble nos ha permitido vislumbrar las primeras estrellas del Universo. Gracias a él sabemos que existen, aunque las imágenes que ha tomado son de mala calidad. El James Webb va a permitir observarlas con mucha más nitidez», apunta Mas Hesse, que trabaja con sus datos desde 1994.

El Hubble fue bautizado con ese nombre en honor a Edwin Hubble (1889- 1953), el astrónomo que, entre otras contribuciones, determinó que la Vía Láctea no era la única galaxia en el Universo. Y con sus hallazgos, este telescopio ha cambiado nuestra visión del Universo. «Hemos podido observar galaxias muy lejanas y ver el Universo cuando sólo tenía 1.000 millones de años. Ahora, con James Webb vamos a dar un otro paso hacia atrás para ver galaxias cuando estaban formándose. También ha confirmado que en el corazón de muchas galaxias existen agujeros negros supermasivos», enumera García Lario.

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‘Los pilares de la Creación’ es una de sus fotos más famosas. Muestra la Nebulosa del Águila. NASA

La energía oscura

De entre todos sus descubrimientos, Mas Hesse destaca «sin duda, el de la energía oscura. Cuando se lanzó, ni siquiera se sabía que existía. Buscando otra cosa nos hemos encontrado con que la energía oscura está provocando que la expansión del Universo se acelere».

El Hubble también ha estudiado de qué está hecho el Universo (determinando que está compuesto en un 73% de energía oscura, un 23% de materia oscura y un 4% de materia ordinaria) y su edad. «La última estimación es que tiene 13.700 millones de años», señala García Lario, experto en evolución y muerte estelar o, como se define él «geriatra de estrellas», un campo al que también ha contribuido decisivamente.

«Con el Hubble hemos podido medir por primera vez las propiedades de las atmósferas de exoplanetas (planetas fuera del Sistema Solar) y tuvimos la primera imagen directa de uno de ellos [de Formalhaut b]. Antes de su lanzamiento, no sabíamos que existían», dice Mass. Y es que no fue hasta 1995 cuando los suizos Michel Mayor y Didier Queloz descubrieron el primer exoplaneta. En 2009 la NASA lanzó el telescopio espacial Kepler con la misión de buscar planetas fuera del Sistema Solar.

Según destaca García, la ESA aporta el 15% del presupuesto anual del Hubble. Del centenar de científicos que hay en la sede de Baltimore, 15 son europeos:«A cambio de esa contribución, los astrónomos europeos tenemos derecho al 15% del tiempo de observación, aunque debido a la calidad de las propuestas, hemos llegado al 25%», asegura.

Hay varios factores que explican el impacto de este observatorio, según los astrónomos que han trabajado con él: «La calidad de las observaciones es excelente y la NASA ha dedicado mucho esfuerzo, además, a sacar imágenes que también fueran atractivas. El presupuesto ha sido lo suficientemente alto como para que todos los datos estén archivados y puedan difundirse», dice Mas.

Una misión de 10.000 millones de dólares

Su longevidad, la rapidez con la que suministra los datos, su completo archivo, y los equipos de astronautas, científicos e ingenieros dedicados al telescopio figuran entre los factores que han contribuido al éxito de esta misión, según enumera Mario Livio en su artículo sobre «el legado y las lecciones» de este observatorio en el que él trabaja y cuya continuidad estuvo en peligro en varias ocasiones debido a su alto coste, que sobrepasó con creces la previsión inicial, alcanzando los 10.000 millones de dólares. La estimación para la misión del James Webb también se quedó corta y en la actualidad se calcula que ascenderá a 8.835 millones de dólares, según la NASA. Esta cifra incluye la construcción del telescopio, el lanzamiento, cinco años de operaciones y otros dos años adicionales de análisis de datos. No obstante, se espera que su misión dure más de cinco años, pues está preparado para operar, al menos, durante una década.

«El Hubble nos ha enseñado que para responder a las preguntas más fascinantes de astronomía debemos pensar en grande y colocar las ambiciones científicas por delante de las preocupaciones presupuestarias. Desde mi punto de vista, la siguiente prioridad debería ser buscar vida más allá del Sistema Solar», dice Livio.


ABC.es

  • Un búnker de Berlín acoge la presentación de dos nuevos libros sobre el líder nazi: una biografía en imágenes y un volumen sobre sus últimos días
ABC Hitler, con sus oficiales nazis en 1922

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Hitler, con sus oficiales nazis en 1922

¿Una presentación de libros en un búnker? No es algo que se vea a menudo. Pero la editorial Berlin Story Verlag decidió lanzar al mercado de esa forma dos nuevos títulos que arrojan luz sobre la vida y el dramático final de Adolf Hitler, a tan solo unos días de que se cumplan (el próximo día 30), 70 años de su suicidio. Se trata de «Hitlers Ende» (El final de Hitler), de Sven Felix Kellerhof, y «Adolf Hitler. Bildbiografie» (Adolf Hitler, una biografía en imágenes), de Armin Fuhrer. Ambos títulos, que pronto serán editados en inglés, intentan explicar cómo fue posible el horror nazi y ofrecer de manera breve y amena datos precisos sobre este asunto. Según ambos historiadores, esta es una tarea urgente porque la enorme cantidad y densidad de los libros publicados sobre Hitler y el nazismo ha desalentado a muchas personas a la hora de conocer hechos de importancia capital de una de las etapas más infaustas de la historia de la humanidad.

La presentación en sociedad de los dos volúmenes se realizó en el búnker berlinés de la estación Anhalter, en pleno barrio de Kreuzberg, hoy convertido en museo. Este búnker, de 3.600 metros cuadrados, fue construido en apenas 10 meses en 1943 -en un momento en que se levantaban aceleradamente estos refugios antiaéreos en todo Berlín para albergar a una población cada vez más desesperada- y, si bien se pensó que albergaría a unas 3.500 personas, llegó a estar habitado por 12.000 cuando la caída de Berlín a manos de los rusos era inminente.

Lo cierto es que este búnker de la estación Anhalter -de hecho está conectado por un túnel con esta estación de tren aún en funcionamiento, desde donde se ingresaba al refugio antiaéreo- fue erigido en la misma época que la construcción antibombas en la que pasó sus últimos días el Führer. Y justo este último búnker -en el que se desarrolla en la ficción la trama de la película«El hundimiento»– es el escenario del libro de Kellerhof, que se centra en el período que transcurre entre el regreso del dictador a Berlín desde Adlerhorst, el cuartel general del Reich ubicado en Hesse, en enero de 1945, hasta que se quita la vida el 30 de abril de 1945.

Sus últimos días

En realidad, «El final de Hitler» es una reedición renovada y totalmente revisada de «Myhos Führerbunker», un libro sobre el último refugio del máximo líder nazi que Kellerhof ya había publicado en 2003. Según dijo el propio Kellerhof, su nuevo libro sobre el búnker de Hitler se inicia, a diferencia de su antecesor -centrado en la construcción del predio-, directamente en el drama de los últimos días del dictador en el refugio antiaéreo e incluye imágenes computarizadas que ayudan a entender cómo era la instalación, algo que hoy en día sigue siendo un misterio para muchos alemanes.

Kellerhof contó que los restos del búnker de Hitler se encuentra bajo un estacionamiento privado, en pleno centro de Berlín (Willhelmstr. 92, Mitte). Aunque hay un cartel con información, «pocos saben que ocho metros debajo Hitler se quitó la vida de un balazo, probablemente después de ingerir una cápsula de veneno», afirmó el historiador. Parte de la construcción (el llamado «búnker superior») fue destruida en la antigua Alemania comunista, pero permanecen intactas -e inaccesibles para el visitante- partes del búnker principal, aunque no se sabe cuántas ni su extensión. Aun así, el estacionamiento es visitado por muchos turistas y muy pocos alemanes.

Contra la manipulación

Según el autor, su libro -un detallado estudio del búnker de Hitler en solo 167 páginas- saca a la luz pública datos desconocidos para que los lectores «puedan construir por sí mismos su propia opinión de los hechos teniendo información seria». Un vacío en este aspecto podría ser aprovechado, según Kellerhof, por gente sin escrúpulos que quieran distorsionar el horror del régimen nazi para sacar réditos políticos. Por otra parte, los historiadores de la Berlin Story Verlag se niegan a comentar las nuevas teorías que apuntan a que el líder nazi huyó a Argentina y murió en Paraguay por considerarlas «abstrusas» y totalmente infundadas.

En cuanto a «Adolf Hitler, una biografía en imágenes», cuenta en apenas 94 páginas, y a través de 200 fotografías de fuerte impacto, la historia del demagogo que impulsaba el «espacio vital» para los alemanes al Este del país y la destrucción del «judeo-bolchevismo», ideas que llevaron a la peor guerra de la Historia y al Holocausto, con el asesinato de 6 millones de judíos. Las instantáneas -algunas de ellas publicadas por primera vez- pertenecen en su mayoría a los archivos del fotógrafo de Hitler Heinrich Hoffman y al Archivo Nacional de Washington. También hay fotografías que provienen de agencias informativas y de archivos personales de soldados que combatieron en la Segunda Guerra.

«Tengo la esperanza de que después de ver las imágenes nadie quiera apoyar al populismo de derecha», afirmó Fuhrer, en alusión al movimiento alemán Pegida y otras fuerzas de esta orientación, como el Frente Nacional francés.


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  • Los libros publicados sobre Hitler y el fin de la II Guerra Mundial han aumentado con el motivo del aniversario
abc Hitler durmiendo junto a Eva Braun

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Hitler durmiendo junto a Eva Braun

Aprovechando que quedan pocos días para el 70 aniversario de la muerte de Adolf Hitler, las editoriales han puesto las imprentas a trabajar para rendir su particular homenaje al final de la Segunda Guerra Mundial, uno de los mayores conflictos bélicos conocidos, que se llevó la vida de entre 40 y 70 millones de personas. Así lo demuestra el que, en los últimos meses, hayan salido al mercado decenas de nuevos libros sobre el tema e, incluso, se hayan reeditado clásicos relacionados con el Tercer Reich.

A día de hoy, por tanto, la contienda sigue interesando a los lectores. «Estos meses han aumentado considerablemente las ventas de libros sobre esta guerra y nos piden bastante algunos que afirman que Hitler no murió en Berlín», explica Carmen González, gerente de la librería Gaztambide (Gaztambide, 6). No es para menos, pues en ella no sólo hubo que contar los muertos que venían de los campos de batalla, sino que también se llenaron más de 11 millones de ataúdes con los cadáveres de los represaliados por los nazis y las víctimas de la «Solución final» (el asesinato de la población judía).

¿Consiguió huir?

Entre las novedades más destacadas de 2015 se encuentra la obra «¿Murió Hitler en el búnker?», de Eric Frattini (Temas de Hoy). En ella, el periodista recopila las diferentes teorías que afirman que el líder nazi no se suicidó en Berlín y determina, por el contrario, que pudo huir de múltiples formas de la Cancillería. Todas las hipótesis, según explica, se sustentan en más de 3.000 documentos elaborados por otras tantas agencias de inteligencia que buscaron incansablemente al Führer después de la contienda.

«¿Dónde está el cadáver de Hitler?» (un ensayo de Valeriano de la Cruz) sigue la misma línea marcada por Frattini al poner en tela de juicio que Hitler se disparase en la cabeza y que su cuerpo fuese encontrado por los rusos. El autor muestra multitud de pruebas realizadas por expertos (entre ellos, un odontólogo y un radiólogo) que tratan de arrojar algo de luz sobre si los restos que fueron enterrados en el exterior del búnker eran o no los del nazi y Eva Braun. El libro, definido por su escritor como «la investigación más rigurosa que se ha hecho» sobre el tema, ha sido elaborado durante siete años.

Pero no todas las novedades tratan sobre el devenir de Hitler, pues las librerías también cuentan en sus estanterías con «Europa en Guerra: ¿Quién ganó realmente la Segunda Guerra Mundial?» (Planeta, 2015). Este es un ensayo de 752 páginas en el que el inglés Norman Davies analiza el lado más oscuro de los aliados, los cuales lucharon junto a un régimen totalitario como el de la U.R.S.S. que, tras la victoria, cometió todo tipo de tropelías. Por su parte, en «Japón 1941» (Galaxia Gutenberg, 2015) la historiadora nipona Eri Hotta ofrece también una nueva visión de la contienda al mostrar cómo se vivió en la Tierra del Sol Naciente la guerra y por qué los líderes asiáticos iniciaron las hostilidades contra EE.UU.

Continuando con esta novedosa visión de la lucha se sitúa «Cartas de la Wehrmacht» (Tiempo de Historia, 2015), un libro en el que su autora, Marie Moutier, recopila un centenar de misivas enviadas por los soldados alemanes desde el frente. Unos testimonios que, según ella, ayudan a entender que estos combatientes eran también seres humanos a pesar de las atrocidades que cometieron. Si nos remontamos a finales de 2014 destaca «Valquirias», (Edaf) un ensayo que explica la importancia de las mujeres en el alzamiento del régimen nazi. Escrito por Miguel del Rey y Carlos Canales, el texto muestra el amplio abanico de féminas que llegaron a apoyar a Adolf Hitler (muchas de las cuales estaban dispuestas a morir por él).

Las Ardenas, según Beevor

Esta fecha ha traído consigo, a su vez, la reedición de algunos éxitos intemporales como «Las 100 mejores anécdotas de la Segunda Guerra Mundial» (Roca Editorial). Creado por el historiador y periodista Jesús Hernández hace más de 12 años, este libro cuenta curiosidades como que los soviéticos utilizaban perros-bomba para combatir contra los carros de combate enemigos. El mismo autor publicará en mayo un nuevo título llamado «Pequeñas grandes historias de la Segunda Guerra Mundial», en el que desvelará datos tan llamativos como que un submarino alemán se hundió porque un marinero no supo usar correctamente un retrete.

Por su parte, Antony Beevor traerá a España en los próximos meses «Ardennes, 1944: The Battle of the Bulge», una obra en la que el historiador británico revisará la batalla de las Ardenas (la última gran ofensiva del ejército alemán que terminó en desastre cuando los nazis se vieron superados por los norteamericanos). Finalmente, en el ámbito de la ficción es reseñable «Los hermanos Oppermann» (Edaf, 2015), una novela histórica escrita en los años 30 que narra el devenir de una familia judía durante el Holocausto.


ABC.es

  • Que el gran incensario de Santiago servía para mitigar el olor de los peregrinos no es cierto. Un periodista compostelano lo convirtió en leyenda en el siglo XIX. Un investigador de la USC desmiente esta teoría y aporta una nueva cronología
ARCHIVO ABC Tiraboleiros en 1931 Cinco tiradores sostienen el botafumeiro alcomienzo de los años 30 del siglo pasado. La fotografía puede verse en la muestra conmemorativa de este diario en el Pazo de Fonseca de Santiago

ARCHIVO ABC
Tiraboleiros en 1931 Cinco tiradores sostienen el botafumeiro alcomienzo de los años 30 del siglo pasado. La fotografía puede verse en la muestra conmemorativa de este diario en el Pazo de Fonseca de Santiago

Cree saberlo todo el mundo y, sin embargo, es mentira. El botafumeiro no se creó para mitigar el olor de los peregrinos que dormían en la Catedral de Santiago. Su uso fue siempre litúrgico, aunque Antonio Neira de Mosquera fabulara con su origen en el siglo XIX. Él es el responsable del mito del gran incensario del santuario del Apóstol que no tardó en calar y desde entonces se ha repetido. El pasado mes de febrero, José Carro lo desmentía durante un curso para hospitaleros del Camino. Pero es el profesor de la USC Julio Vázquez Castro quien ya había estudiado esta teoría e incluso quien ha propuesto una nueva cronología que aclara desde cuándo viene funcionando.

Neira de Mosquera, que murió con 31 años, fue en 1852 quien estudió por primera vez el botafumeiro. Periodista, ejercía de historiador con ciertas peculiaridades. «En ningún momento asume la pretensión de historiar fielmente los acontecimientos, sino que la base histórica le da la estructura a la que se añadirán las leyendas y la fantasía romántica del autor para así crear un nuevo producto, un ensayo, con el cual no sólo se busca una nueva fórmula de novela histórica, sino también, como así fue, obtener el éxito del público y unos buenos resultados comerciales», escribe Vázquez en «El rey de los incensarios. Víctor Hugo y el redescubrimiento romántico del botafumeiro».

«Hemos formulado un sistema simultáneo de escribir la historia con las galas de la fantasía y los apuntamientos de los archivos y de las bibliotecas, proporcionando al fondo de las crónicas, la forma de las leyendas», reconocía Neira. Pero esto no quiere decir que el joven santiagués fuera un embaucador que buscara engañar.

¿Por qué surgió el mito?

Fue él quien por primera vez escribió «vota-fumeiro», aunque Vázquez Castro sospecha que ese debía ser «el nombre vulgar con el que los compostelanos se referirían al gran incensario, aunque es sorprendente que ningún autor local lo reflejara con anterioridad». Algunas de las afirmaciones de Neira, como que el artilugio existe desde el siglo IX, no tardaron en ser desechadas, pero otras tuvieron eco y sobresaliente éxito al ser recogidas por voces autorizadas en la materia poco después.

Él dio una razón «higiénica» al nacimiento del botafumeiro que ha perdurado. «Los hechos sucedieron en orden inverso: el botafumeiro surgiría con un fin únicamente litúrgico y ceremonial (incensar), pero con el paso del tiempo ese fin se va diluyendo de tal modo que avanzado el XVI y durante los siglos XVII y XVIII, olvidado en parte su destino originario, se explica desde el punto de vista de la consecuencia (perfumar)», insiste Vázquez.

Una destacada aportación de Neira de Mosquera fue, en cambio, «la primera descripción del botafumeiro como objeto artístico». Otras, muy llamativas, lamentablemente tienen de nuevo pies de barro. Es el caso de la supuesta alusión de Víctor Hugo al botafumeiro. «Tiene un santo Compostela, / Y el rey de los incensarios / Que de nave á nave vuela». De su autenticidad nadie dudaba hasta época reciente. Se suponía que aparecía en la composición «Orientales» del escritor francés, pero estudiosos como Filgueira Valverde ya advertían que ni en ese texto ni en ningún otro pudo encontrar la referencia.

«¿Sería capaz Neira de inventarse esa cita como modo de engrandecer su artículo y por extensión para dignificar el botafumeiro?», se ha preguntado el investigador de la USC. «No se inventó la cita, para él era un dato correcto y creía citar exactamente lo escrito por Hugo, pero curiosamente el fragmento no le pertenecía, o al menos completamente», responde. De hecho, el galo no estuvo en Galicia. Una traducción «muy libre» es la responsable.

Primer cuarto del siglo XV

Mitos al margen, una de las últimas grandes aportaciones de Vázquez Castro es la propuesta de una nueva cronología, que sitúa el origen del gran incensario en el primer cuarto del siglo XV, en concreto, entre los años 1422 y 1423, fechas en las que confluyen, entre otros aspectos destacados, los nuevos Años Santos, la presencia del arzobispo sevillano Lope de Mendoza (y no Berenguel de Landoira) en Compostela o la construcción del cimborrio gótico. Mientras se profundiza en su estudio, el botafumeiro «sigue cautivando la admiración del hombre actual, tanto como la del medieval».


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piramides-egiptoSe dice que si comprimiéramos la historia de nuestro mundo en un año, la historia del hombre habría comenzado en los últimos minutos del 31 de diciembre. A pesar de ello, los hechos que han ocurrido desde entonces han cambiado nuestro mundo de forma drástica.


ABC.es

  • El líder nazi llegó a decir que esta imagen rebajaba su dignidad

Siempre señorial y con vestimenta militar. Así es como suele aparecer Adolf Hitler en la mayoría de imágenes que se conservan de él. Todas ellas, pasadas previamente por la censura del Tercer Reich.

No obstante, y tal y como afirma la versión digital del diario «Daily Mail», una nueva instantánea del líder acaba de ser descubierta en una revista ideada para aumentar su popularidad entre la población. Una fotografía que, a pesar de ser publicada, el «Führer» odiaba por considerar que rebajaba su dignidad.

La imagen muestra, de forma más concreta, a un Adolf Hitler desinhibido, apoyado sutilmente en un árbol y ataviado con unos pantalones cortos de cuero y unos calcetines blancos hasta las rodillas. Todo ello, rematado con un intento de sonrisa para dar una mayor sensación de cercanía a los alemanes.

Puede parecer anecdótico, pero lo cierto es que el líder nazi no estuvo muy de acuerdo con que esta fotografía se publicase, algo que finalmente se hizo durante los años 30. Eso sí, el «Führer» no volvió a repetir esa pose.

Esta fotografía forma parte, en palabras del diario británico, de una serie de instantáneas tomadas por los fotógrafos personales de Hitler (entre ellos, el archiconocido Heinrich Hoffman) y que acabaron en una revista para fanáticos publicada por Baldur von Schirach.

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No fue la única, pues en aquellos periódicos también solían mostrar al líder acariciando animales o compartiendo palabras junto a niños. Al parecer, la instantánea ha sido hallada en una revista hecha jirones encontrada en una casa alemana por un soldado británico tras la Segunda Guerra Mundial.

Ahora, 70 años después, los historiadores británicos están a punto de publicarla, al igual que el contenido de la revista. Esta, como no podía ser de otra forma, está llena de elogios a Adolf Hitler escritos por Von Shirach (quien fue juzgado en Nuremberg y condenado a prisión).

Con todo, ha sido difícil llevar a cabo una traducción convincente debido al mal estado en el que se hallaba el panfleto. «Sólo trataba de presentarlo como un hombre amante de la paz que quería mucho a los niños y era amable con todos, la verdad, lógicamente, era diferente», determina uno de los traductores a cargo de la revista.

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