«El fracaso de la Contraarmada en 1589 es similar al provocado por Blas de Lezo en Cartagena de Indias»


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  • En «La guerra anglo-española (1585-1604)» (Almena) se analizan los principales episodios del conflicto entre la Inglaterra de Isabel I y la España de Felipe II

Solo un año después de que la llamada Armada Invencible de Felipe II se estrellara en las costas británicas tuvo lugar un contraataque inglés, la Contraarmada, con una cifra de bajas y barcos movilizados similar al caso español. ¿Por qué casi nadie conoce este fracaso inglés y si la Gran Armada española? ¿Y por qué el tratado que puso fin a la guerra fue favorable a España si lo único que trascendió al paso de los siglos fueron los éxitos ingleses? En el libro «La guerra anglo-española (1585-1604)» (Almena), Rubén Sáez Abad responde a muchas de estas preguntas y analiza los principales episodios de este conflicto tan recurrente en el imaginario popular. Este autor especializado en historia militar y en asedios firma un nuevo monográfico de la espectacular serie de Guerreros y batallas con la que esta pequeña editorial trata de recuperar episodios olvidados de nuestro pasado.

¿Cuáles son las razones que llevaron a Inglaterra y al Imperio español a iniciar una guerra abierta?

La guerra se había hecho inevitable desde hace mucho tiempo. Eran muchos y variados los motivos del enfrentamiento, desde económicos a religiosos…. La lucha entre el catolicismo y el protestantismo tuvo a ambos países de protagonistas y rivales desde que la muerte de la segunda esposa de Felipe II, María Tudor, devolvió el protestantismo a las Islas británicas con el ascenso al poder de su hermanastra Isabel. Además, la guerra de corso en el Caribe español llevaba activa desde hace décadas con graves consecuencias para España.

 

Al fin y al cabo Inglaterra estaba desafiando a la potencia hegemónica, ¿fue un error de Isabel I de Inglaterra el estirar hasta tal punto la hostilidad entre ambos países?

No hay que considerarlo un error. Inglaterra apoyaba a los enemigos de España, con tropas y dinero desde hace décadas, y anhelaba las riquezas de América. Ellos trataron de aprovechar con sus maniobras la coyuntura del momento, donde la guerra de Flandes entre España y las provincias rebeldes estaba completamente estancada. No es que desafiaran a la potencia hegemónica; es que se aprovecharon de sus debilidades para sacar tajada.

La guerra duró casi veinte años pero hoy en día solo es recordada por el episodio de la Armada Invencible, esto es, la flota que Felipe II envió para trasladar al Ejército de Flandes a Inglaterra y tratar de derrocar a Isabel.

Es el episodio más conocido porque no hemos sabido vender nuestras victorias y la propaganda inglesa ha ocupado este vacío. La mal llamada Armada Invencible es el episodio principal en cuanto a España, pero al año siguiente de este fracaso Inglaterra envió a la península también una armada con consecuencias nefastas, la Contraarmada. Lo que pasa es que ese episodio se trató de ocultar durante siglos. Las consecuencias de este fracaso y de otros posteriores se dejaron ver en la paz que puso final al conflicto, el Tratado de Londres. La guerra no la debió perder España si luego el tratado le favorecía…

En cualquier caso, ¿cuáles fueron las causas de que esta llamada Armada Invencible fracasara en sus objetivos?

Lo primero que hay que saber es que fueron muy pocos los barcos hundidos en los combates. Las causas del fracaso son múltiples, si bien la principal es que era una flota muy heterogénea, con barcos de distinto tonelaje y prestaciones. Por un lado estaban los galeones portugueses de la carrera de Indias, que eran muy poderosos pero lentos; luego había galeras y galeazas muy valiosas en el Mediterráneo pero inadecuadas para estas otras aguas. A nivel táctico el error es que España planteó una guerra de abordaje y por eso embarcó a un número tan alto de arcabuceros en la expedición; no obstante, luego tenían poca capacidad de luchar a larga distancia.

Por último, el elemento que más condicionó la empresa es que combatían muy lejos de las bases logísticas españolas, mientras que los ingleses podían disparar toda su pólvora y recargar luego en la costa.

¿El plan español era factible en alguno de los escenarios planteados?

La cuestión nunca resuelta es cómo se iba a producir el enlace entre las tropas terrestres del Ejército de Flandes y la armada procedente de España a cargo de Medina-Sidonia. El Imperio español no contaba con ningún puerto en ese momento en los Países Bajos tan grande cómo para albergar una flota así y eso obligaba a que las tropas terrestres tuvieran que embarcar en barcazas casi en mar adentro. Para que tuviera éxito la empresa de Felipe II lo primero hubiera sido que las tropas españolas en Flandes hubieran conquistado un puerto y desde allí embarcado en la escuadra. En este sentido, la línea de comunicación resultó un obstáculo. La flota no sabía en qué situación se encontraban las tropas de Alejandro Farnesio, mientras que él tampoco conocía de la posición de la Armada. Así era imposible coordinarse.

Recuerda usted en el libro que los ingleses mantuvieron pocos combates realmente con los españoles en este intento de desembarco de 1588, ¿plantearon una buena defensa los hombres de Isabel I?

Se ha tendido a minimizar la potencia naval inglesa para dar más dimensión al fracaso español. Los ingleses alinearon en la defensa de las islas 197 embarcaciones frente a las 130 españolas. No había una superioridad numérica española, pero sí tal vez una mayor potencia de fuego español. Ellos han vendido que con unas pocas embarcaciones y mucho ingenio lograron detener a la gran flota enviada por Felipe II. Evidentemente eso es falso.

Si hubiera fallado la defensa naval inglesa y los españoles hubieran desembarcado, ¿cómo hubiera sido un enfrentamiento terrestre entre ingleses y españoles?

Hay que tener en cuenta que el Ejército de Flandes era en ese momento el mejor del mundo y, de hecho, los holandeses se atrincheraban detrás de las fortalezas porque eran incapaces de plantarles cara en campo abierto. Nadie en el mundo se atrevía a combatir a esta maquinaria bélica, mientras que Inglaterra era bastante débil en el campo terrestre. No sabemos lo que hubiera ocurrido.

En el libro recuerda usted que el ganador de la guerra fue España, ¿qué decía el Tratado de londres tan beneficioso para la Monarquía hispánica?

El tratado supuso que Inglaterra dejara de prestar ayuda a las Provincias Unidas y a los rebeldes de Flandes a cambio de que España renunciara a nombrar un monarca católico para Inglaterra y facilitara el comercio inglés en las Indias. Asimismo, el canal de la Mancha quedaba abierto para los barcos españoles a cambio de que Inglaterra suspendiera toda ayuda a los piratas en el Atlántico. Como vemos, las concesiones españolas son menores que los beneficios obtenidos.

¿El fracaso de la Contraarmada es comparable al de la Armada Invencible?

La Contraarmada estaba compuesta por entre 170 y 200 embarcaciones, entre ellas 6 galeones reales, 70 buques mercantes armados y 70 urcas holandesas. Llevaban a bordo a 4.000 marineros, 1.500 oficiales y 20.800 soldados para el desembarco. El balance final fue que 12 navíos fueron hundidos o derrotados en combate, otra docena fue hundida por las tempestades y 13.000 soldados murieron. Hablamos de unas cifras similares no a la Armada Invencible, sino a lo que supuso la defensa de Cartagena de Indias por parte de Blas de Lezo. España sabe vender muy mal sus victorias e Inglaterra minimiza muy bien sus derrotas. Este es un buen ejemplo de ello.

Francis Drake fue uno de los oficiales más activos en las guerra, ¿qué balance haces de su trayectoria?

Francis Drake era un buen capitán de navío, pero un mal comandante de grandes escuadras porque le podía el ansia de conseguir botín. De hecho, en los combates con la Gran Armada estuvo a punto de meter a toda la flota inglesa en la media luna española por su afán de perseguir un botín. Casi causa un descalabro porque anteponía sus intereses personales a los de la escuadra.

En su juventud Drake tuvo mucho éxito en el Caribe, pero en su madurez perdió allí su vida, ¿qué hizo España diferente para defenderse de la piratería entre esos años?

El problema de la piratería es que nunca es fácil saber dónde van a atacar. El territorio español era demasiado grande cómo para poder defenderse más allá de las grandes plazas. Eso sin olvidar que no todas las fortalezas en América estaban en estado óptimo, ni abastecidas con las suficientes tropas. Las grandes plazas las evitaban los piratas, pero las pequeñas guarniciones eran más asequibles. Siempre había, además, un factor de suerte. En su juventud Drake tuvo la fortuna que no tuvo en su vejez cuando murió en uno de estos ataques. Tal vez es porque sus objetivos cada vez eran mayores y más difíciles de abordar.

Por parte española, al Duque de Medina Sidonia, comandante en jefe de la Armada Española, se le suele hacer responsable del fracaso de la Gran Armada en 1588, ¿crees que está justificado?

Medina-Sidonia fue capaz de regresar a la Península prácticamente todos los barcos de la Armada y siguió al detalle las instrucciones del Rey. Yo creo que cumplió bastante bien lo que le pidieron. En contra de lo que se piensa de toda la armada se perdieron solo 35 embarcaciones, 7 en combate y 28 por los temporales, siendo la mayoría de estos barcos de menor tamaño. Los de mayor tamaño lograron regresar a la península. No obstante, uno de los fallos que se le achacan es precisamente la falta de iniciativa, pues se limitó a cumplir con las órdenes reales, esto es: intentar contactar con el Ejército de Flandes para llevar las tropas a Inglaterra. Le faltó esa iniciativa que, por ejemplo, hubiera llevado a un marino más profesional a atacar a los ingleses en sus puertos en vez de seguir de largo.

Y tampoco pueden ser despreciadas las pérdidas inglesas en la defensa de las islas. Ellos perdieron 9.000 hombres, entre combates y enfermedades.

Cuando habla de alguien más experimentado, ¿se refiere a Don Álvaro de Bazán, que murió en los preparativos?

Bazán hubiera cambiado las cosas, no me cabe la menor duda. Medina-Sidonia era un hombre de tierra no de mar, mientras que Álvaro de Bazán era el mejor almirante que tenía España en ese momento. La diferencia es grande y es esa iniciativa de marinero experto lo que pudo cambiar las cosas.

Los barcos regresaron, pero los marinos no.

Las pérdidas humanas si fueron altas, entre 10.000 y 15.000 hombres. Algunos de los mejores marinos de España se perdieron, pero esta sola fue la primera de muchas más generaciones de grandes marinos. Siempre es más fácil recomponer los barcos que los marinos, pero también esto se logró en poco tiempo. Y tampoco pueden ser despreciadas las pérdidas inglesas en la defensa de las islas. Ellos perdieron 9.000 hombres, entre combates y enfermedades.

Inglaterra trató de dañar a España apoyando a los rebeldes en Flandes, España hizo lo mismo en Irlanda pero con peor suerte, ¿fue una idea acertada?

Intentar abrir un frente en Irlanda era un acierto, pero las tempestades volvieron a convertir la empresa en una mala idea. España mandó una expedición a apoyar a los rebeldes irlandeses a principios del siglo XVII pero la flota tuvo que regresar rápidamente y los soldados se dispersaron por un mal desembarco. No se pudo generar la masa combatiente que se necesitaba y crear una cabeza de puente que permitiera conquistar Irlanda. La idea era buena. Todo dependía de cuántos soldados se pudieran desembarcar.

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La gran empresa española de Carlos I


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  • «Dentro de dos años se cumplirán cinco siglos del viaje de Magallanes-Elcano. ¿No sería ya tiempo de que el Estado español, presidido felizmente por otro Rey universalista, S.M. Felipe VI, tomara las riendas de una conmemoración ineludible? Sería un error dejar pasar este gran logro»

Tras un largo proceso de sucesión prematura y complicada, el Rey Carlos I de España, nieto de los Reyes Católicos y del Emperador Maximiliano de Habsburgo, Duque de Borgoña, Rey de Nápoles, Sicilia y Cerdeña e hijo de la Reina Juana, incapacitada por su propio padre, es declarado heredero de los reinos de Castilla y Aragón, junto con su madre que a partir de entonces reinaría sólo de forma nominal. En 1517, al año de la muerte de su abuelo Fernando, el nuevo monarca desembarcó en Villaviciosa con una escuadra de cuarenta navíos que lo había transportado desde Flandes. Una situación complicada se le presentaba al nuevo Monarca de cuya llegada a suelo español se cumple este mismo año el V Centenario.

Sin apenas hablar castellano, rodeado de asesores flamencos y españoles que tenían proyectos distintos y encontrados, con dificultades para jurar en las Cortes de Castilla y Aragón, el joven rey, cosmopolita y decidido, se encandiló con un difícil proyecto que le llegó de la mano de un portugués fuerte y adusto que había renegado de Portugal por haber sido despreciado por su Rey y que había llegado a Sevilla buscando amparo para llevar adelante la aventura que se proponía, que no era otra que el descubrimiento del ansiado y buscado paso desde el Atlántico a la tierra de las codiciadas especias a través del Mar del Sur del que unos años antes se había posesionado Vasco Núñez de Balboa en nombre de la reina Juana. Una labor en la que habían fracasado desde el mismo Colón, el “iluminado” también rechazado por Portugal, a los más avezados marinos que siguieron intentándolo y del que otro extranjero aseguraba conocer el secreto.

Con una rapidez inusitada inversamente proporcional a la marcha ordinaria de los asuntos oficiales del país, el 22 de Marzo de 1518, apenas seis meses después de su llegada, el joven Carlos, en nombre de su madre incapacitada, firma una Capitulación con el solemne “Yo el Rey”, a favor de Fernando de Magallanes y su socio, Ruy Faleiro, astrónomo y cartógrafo, autor intelectual del proyecto del que Magallanes con su experiencia náutica sería el autor material. Una Capitulación que sin ser tan amplia y generosa como las Capitulaciones colombinas, mantenía, sin embargo, similares características: era una empresa estatal de cuyos beneficios los dos socios se llevarían una vigésima parte, no se permitiría a ningún otro que navegara por los territorios por ellos descubiertos en un plazo de diez años y si descubrían más de seis islas les sería concedido el título de adelantados o gobernadores para ellos y para sus hijos y herederos. El hecho de que en la flota fueran un factor real, un tesorero y un veedor, no limitaba la capacidad de mando del capitán que comandaba una de las de cinco naves que el Rey se comprometió a equipar de tripulación, víveres y artillería para dos años de viaje, empeñando en ello “su honor y su real palabra”.

Le faltó muy poco para alcanzar las Molucas, pero las dos naves que aún quedaban sí que lo consiguieron; y una de ellas, esta vez al mando de un español, Juan Sebastián Elcano, fue el que consiguió lo más importante del viaje: volver al punto de partida

Estos dos portugueses, a los que los suyos consideraron traidores, fueron siempre leales a la confianza que el Rey español había depositado en ellos e hicieron honor a su palabra empeñada, tal como aparece reflejado en el comienzo de esta Capitulación que cambió el mundo: «Pues que vosotros, Hernando de Magallanes, caballero, natural del reino de Portugal, y el licenciado Ruy Faleiro, del mismo reino, estáis dispuestos a prestar a Nos un gran servicio dentro de los límites que a Nos pertenecen en la parte de océano que nos fue adjudicada, ordenamos que, al efecto, sea puesto en vigor el siguiente pacto…» Una vez más, la Corona española prestó apoyo al sueño que parecía imposible de otro extranjero que le daría la universalidad de la que disfrutó durante más de tres siglos.Las consecuencias de esta Capitulación es por todos conocida. Una expedición con cinco pequeños navíos que partió del puerto de Sevilla en Agosto de 1519, cuya marinería tuvo que ser reclutada con hombres de todas las naciones que pululaban por aquella Babilonia en la que se había convertido la ciudad desde que comenzó la navegación a través del Atlántico, que recorrió miles de kilómetros por parajes helados y desiertos, que cruzó por un estrecho que aún hoy es difícil navegar y que consiguió atravesar el inmenso mar que ellos llamaron Pacífico, a través del que consiguieron llegar al archipiélago de las Marianas, probablemente a la isla de Guam. Siguieron hasta Filipinas donde visitaron varias islas y permanecieron cierto tiempo en buena relación con sus habitantes, hasta que Magallanes, siempre fiel a D. Carlos, por ratificar la posesión de ellas en su nombre, se enredó en una imprudente escaramuza, totalmente impropio de su precavido carácter, en la isla de Mactán donde murió asaeteado por los indios. Le faltó muy poco para alcanzar las Molucas a lo que se había comprometido, pero las dos naves que aún quedaban de las cinco que partieron sí que lo consiguieron; y una de ellas, la Victoria, esta vez al mando de un español natural de Guetaria, Juan Sebastián Elcano, fue el que consiguió lo más importante del viaje: volver al punto de partida tres años después, en Septiembre de 1522, en un periplo de ruta ya conocida pero más peligrosa que la que habían dejado atrás por la continua persecución de los portugueses que se consideraban invadidos en sus territorios. Por vez primera se había dado la vuelta al mundo y se había demostrado empíricamente su redondez.

Elcano se dio perfectamente cuenta de su hazaña, porque en una breve carta que le escribe al Emperador desde Sanlúcar de Barrameda, nada más desembarcar, no resalta como su mayor mérito el haber llegado cargado de las codiciadas especias, cuyo costo compensaba con creces la inversión que se había hecho para la expedición, ni las tierras descubiertas, ni las aventuras que llevaron a cabo, ni las calamidades sufridas. Era muy consciente de que su mayor mérito estaba en haber circunnavegado el globo por primera vez. Y así era verdaderamente.

Todos los honores que le negaron los cronistas del viaje, sobre todo Pigafeta, amigo de Magallanes que prácticamente lo ignora, o su principal biógrafo Stephan Zweig, que ensalza las virtudes de Magallanes hasta la exageración y casi no menciona a Elcano, se los concedió el flamante Emperador. No sólo lo premió con una renta anual de 500 ducados en oro sino con algo que en la época era tan apetecido y valioso: un escudo de armas en el cual estaba bordada una esfera del mundo a la que acompañaba como lema una leyenda en latín: Primus circumdedisti me que, desde principios del siglo XX, está grabado en un bergantín, el buque escuela de la Armada española que lleva su nombre.

A partir de entonces nada fue igual. Carlos I fue nombrado, en 1521, Emperador del Sacro Imperio Romano-Germánico, paradójicamente el mismo año en el que Magallanes moría en Filipinas por ampliar su imperio hasta el otro extremo del mundo en un epopéyico viaje del que sólo volvieron 18 hombres al mando de un español. Ellos consiguieron culminar el sueño de un gran hombre y la gran empresa de un Rey, convertido en Emperador del Mundo.

La Real Academia de la Historia inaugura el 21 de Abril, un ciclo de siete Conferencias titulado “De Fernando el Católico a Carlos V 1504-1521”, que se completará con otro posterior para homenajear este año el inicio de este reinado. La última de las conferencias de este primer ciclo se dedica al descubrimiento de los dos grandes océanos que culmina la expedición Magallanes-Elcano, de cuyo viaje también se cumplirán cinco siglos dentro de dos años. ¿No sería ya tiempo de que el Estado español, presidido felizmente por otro Rey universalista, S. M Felipe VI, tomara las riendas de una conmemoración ineludible y se pusiera al frente de una comisión estatal que aglutinara todo lo que se está preparando en algunas partes de España y del mundo, para celebrar una hazaña universal que fue la primera gran empresa que tomó a su cargo Carlos I y que cambió la faz del planeta?

Pienso que seria un gran error dejar pasar desapercibido uno de los más grandes logros de nuestra rica Historia y que queda muy poco tiempo para evitar que esto ocurra.

Enriqueta Vilar Vilar es miembro de la Real Academia de la Historia

La batalla olvidada que pudo cambiar la historia: cuando Franco casi muere frente a cientos de rifeños


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  • El 29 de junio de 1916, el futuro Jefe de Estado participó como capitán en la toma de El Biutz. Tras cargar en primera línea fue gravemente herido. Los médicos le daban por muerto, pero resistió

Hace poco más de 100 años, Francisco Franco (entonces un capitán de Regulares casi recién llegado a Marruecos) empezó a ganarse su fama de hombre con suerte. De tener a sus espaldas «baraka» (como afirmaban los nativos). Una especie de fortuna que le impedía ser dañado por nadie. Aquel «toque divino» fue llevado a examen en multitud de ocasiones.

Sin embargo, la más destacada fue la batalla de El Biutz (sucedida entre el 28 y el 29 de junio de 1916 cerca de Ceuta). Una contienda en la que «Franquito» (como le llamaban algunos de sus oficiales superiores debido a su estatura) sobrevivió a pesar de que una bala rifeña le provocó una herida -a primera vista letal- en el bajo vientre mientras encabezaba una carga a bayoneta contra el enemigo.

Hacia Marruecos

Franco, el mismo hombre que había logrado unos precarios resultados en la Academia Militar de Toledo (se graduó en el puesto 251 de los 312 oficiales que componían la 14 promoción), partió de la tierra que le había visto nacer (El Ferrol, donde su casa todavía se conserva) el 14 de febrero de 1912. El día de los enamorados. Tres jornadas después comenzó su aventura en Marruecos cuando, ya en tierra, recibió la orden de personarse en el Regimiento África número 68. El segundo teniente estaba exultante. La posibilidad de ascender en el escalafón militar en una guerra que resarciera a España de la pérdida de las colonias (Cuba y Filipinas habían sido abandonas hacía poco menos de dos décadas) le enardecía.

Sus sentimientos no los compartían todos los más de 16.000 combatientes que se dejaron allí la sangre y la vida. Muchos de ellos, jóvenes que no tenían el dinero suficiente para librarse (mediante las conocidas «cuotas») de pisar la arena de Marruecos. Una vez en su destino, Franco no tardó en entrar en batalla con los rifeños de Abd el-Krim, el mismo líder que -unos años después- aniquilaría a miles de españoles en Annual.

«Franco entró en fuego el 19 de marzo en Ymeyaten al tomar parte de un reconocimiento ofensivo», explica Carlos Fernández Santander en «El general Franco, un dictador en un tiempo de infamia». A partir de ese momento participó en una infinidad de operaciones en lugares que, a día de hoy, suenan tan lejanos como Ras Medua, Taddud y Tatuid. Unas regiones que, para bien o para mal, sí que eran populares durante aquellos años para los ciudadanos de la Península.

El 13 de junio de ese mismo fue ascendido a primer teniente por antigüedad (o escalafón). Fue el único que recibió de esta guisa. El resto, por el contrario, los merecería por sus méritos en el campo de batalla. Un año después ya era bastante conocido entre la tropa y sus superiores. Prueba de ello es que, allá por el 25 de junio de 1913, el general Dámaso Berenguer (mandamás de los fuerzas regulares indígenas en Melilla) se quedó boquiabierto cuando le vio combatir. «¡Qué bien avanza esta sección! ¿Quién la manda?» (preguntó); la respuesta fue a la vez laudatoria e hiriente: «El teniente “Franquito”». Su escasa altura y la voz de pito, que todavía le perseguían.

A la popularidad de Franco tampoco le ayudaba demasiado el negarse a visitar los prostíbulos que tanto pisaban sus compañeros (algo que le habían inculcado en casa desde que era «rapaz», como se dice por el norte). Por el contrario, el teniente pasaba sus ratos libres escribiendo a un amorío con el que se intercambiaba algunas frases emotivas y -según afirman algunas fuentes- también leyendo sobre el ámbito castrense. Algo que niegan algunos historiadores como Fernández Santander.

Pero aquello nada tenía que ver con la forma de desenvolverse en el campo de batalla. Ejemplo de esto es que, en marzo de 1915, fue ascendido a capitán por los combates acaecidos anteriormente en Beni Salem (Tetuán). Una región en la que, junto al apoyo de los jinetes españoles, desalojó por las bravas de sus posiciones a unos tiradores rifeños que andaban dando más de un dolor de cabeza a sus compañeros.

Por entonces, y según señala el historiador Paul Preston en su obra «Franco (Edición revisada)», el ya capitán se estaba ganando «una reputación de oficial de campo meticuloso y bien preparado, interesado en logística, en abastecer sus unidades, en trazar mapas y en la seguridad del campamento».A su vez, en aquellos años también se ganó fama de inquebrantable e imperturbable ante el fuego rifeño.

Pero no solo eso. También se empezó a generalizar la idea entre sus enemigos de que el militar andaba sobrado de… «baraka» (un toque «divino» que le hacía indemne a las balas de los marroquíes). Y puede que sí pues, como explica Andrés Rueda en «Franco, el ascenso al poder de un dictador», «durante los 32 meses de permanencia [de Franco] en Regulares de Melilla, hubo 35 bajas entre los 41 oficiales».

Planificación

En 1915 sus logros aumentaron todavía más. Como explica Fernández Santander en su obra, en abril se le entregó el mando de una compañía del tercer Tabor de Fueras Regulares Indígenas en Melilla, «el 21 de septiembre se le concedió la tercera cruz al mérito militar con distintivo rojo por su actuación en Beni Osmar» y, poco después (allá por diciembre), una junta de oficiales le nombró cajero de campaña. Un trabajo de despacho que, según afirma Luis de Galinsoga en su obra «Centinela de Occidente», debía simultanear con sus labores en el campo de batalla «arrastrando las consiguientes incomodidades».

En esas andaba Franco cuando -en 1916- se le ordenó participar junto a su unidad en una arriesgada operación para asegurar las comunicaciones entre las ciudades de Tetuán y Tánger (separadas entre sí apenas por 60 kilómetros). Por junio, más concretamente, los mandos se percataron de que los rifeños andaban aglomerándose en varias colinas ubicadas cerca de Ceuta.

«El principal punto de apoyo de las guerrillas se encontraba a unos diez kilómetros al oeste de la ciudad, en el pueblo de El Biutz, situado sobre la cima desde la que se dominaba la carretera de Ceuta a Tetuán», explica Preston. Tomar aquellas posiciones no era cosa precisamente de reclutas. No en vano, los rifeños habían creado alrededor una línea de trincheras defendida por combatientes armados con ametralladoras y fusiles (y bien ubicados en sus respectivos nidos de tirador, todo hay que decirlo).

A pesar de todo, los mandos no lo dudaron: había que tomar la posición para que los molestos enemigos no cortasen las comunicaciones entre los rojigualdos. Pero amigo, tocaba tirar de arrestos y genio español. No ya por la cantidad de enemigos que guardaban la llamada «loma de las trincheras» (de la cabila de Anyera), sino porque el terreno no era demasiado apto para llevar a cabo una carga a bayoneta. Al fin y al cabo, y según se explica en la revista «España en sus héroes» (número de 1969, «El Buitz, capitán Franco herido de muerte») el territorio era «muy áspero», contaba con unos senderos en los que había que avanzar en fila india, y el enemigo se ubicaba en la zona más alta (lo que hacía que los asaltantes pudieran ser tiroteados desde la loma mientras ascendían penosamente por la ladera).

El plan de ataque lo ideó el alto comisario y general en jefe Francisco Gómez Jordana con su Estado Mayor. Este estableció que las tropas españolas atacarían partiendo desde cuatro puntos diferentes:

1-Cuatro columnas desde Ceuta cuyo mando supremo correría a cargo de Milans del Bosch.

a-1ª Columna: Al mando del general Martínez Anido.

b-2ª Columna: Al mando del coronel Génova.

c-3ª Columna: Al mando del general Sánchez Manjón.

d-4ª Columna (en reserva): Al mando del coronel Martínez Perales.

2-Una columna al mando del general Barrera partiría desde Larache con el objetivo de en el suroeste de Anyera.

3-Una columna al mando del general Ayala partiría desde Tetuán con el objetivo de llegar hasta Malalien.

4-Una columna al mando de teniente coronel Cabanellas partiría desde Fondak con el objetivo de operar al sur de la cabila (entre Tetuán y Ceuta).

Comienza la lucha

En la noche del 28 al 29 de junio de 1916, las tropas tomaron posiciones para llevar a cabo el ataque contra los rifeños. Era victoria o muerte. Franco ocupó su puesto en el Segundo Tabor de Regulares (formado por tres compañías), el encargado de encabezar el ataque. El capitán conocía de sobra el penoso terreno por el que subirían los españoles y la ingente cantidad de cartuchos que se les clavarían entre pecho y espalda antes siquiera de poner un pie en el que, a la postre, sería el verdadero campo de batalla. Pintaban bastos, la verdad. A eso de las tres de la mañana, se dio la orden de atacar. Había comenzado la contienda.

«Franco era un oficial que tenía muchas bajas en su tropa. No cedía ante una orden superior de conquistar tal cota»

Tal y como explica la revista «España en sus héroes», una de las compañías de aquel Tabor -la del capitán Palacios (o «Palacio», según señala José María Zavala en «Franco con franqueza»)- fue una de las primeras en empezar a ascender por el territorio y, como es lógico, también una de las que más bajas sufrió. «La compañía del capitán Palacios está detenida por un nutrido fuego. Caen oficiales y soldados. El suelo está cubierto de turbantes y “chichías”, que esmaltan la verde gaba». Como se había vaticinado, el avance era sumamente dificultoso a través de ese territorio, algo que convertía a los soldados del Ejército Español en patos de feria que podían ser disparados fácilmente desde las alturas.Por si fueran pocas desgracias, una bala salida de un fusil rifeño acabó, al poco tiempo, con la actuación del capitán Palacios en la toma de El Biutz. Este tuvo que ser retirado en camilla por la gravedad de sus heridas. Franco, en mitad de aquel desastre, no vio más solución que tomar él mismo el mando de la compañía huérfana de mandos y dirigirla (junto a sus propios hombres) hacia la cota Ain Yir. La cima de la colina, para entendernos. Todo ello, bajo un intensísimo tiroteo en que, al poco tiempo, cayó también el oficial que ostentaba el mando conjunto del Tabor: el comandante (coronel, según afirma Zavala en su obra) Muñoz Güi.

Al asalto

Franco, como era habitual en él, no estaba dispuesto a ordenar retirada, así que dirigió el ataque contra la «colina de las trincheras». Aquella posición infernal desde la que llovía un letal y desproporcionado torrente de fuego. Él iba en cabeza. «Franco era un oficial que tenía muchas bajas en su tropa. No cedía ante una orden superior de conquistar tal cota, aunque casi siempre la conseguía a costa de muchas bajas», explica Antonio Rueda Román en «Franco, el ascenso al poder de un dictador». A su vez, son a día de hoy varios los expertos que afirman que nuestro protagonista siempre estaba ansioso por probar su valía en combate.

Aquellos momentos de caos fueron aprovechados por los rifeños para tratar de envolver a las tropas españolas (avanzar por su flanco y atacarlas en un terrible fuego cruzado desde la retaguardia). Fue en ese momento cuando Franco tomó la decisión de lanzar un ataque frontal contra los defensores marroquíes. «El capitán Franco, que advierte la peligrosa situación de aquella fuerza, resuelve que un asalto muy rápido podría resolver la crisis», se explica en la revista especializada de los años 60. Tras observar cuidadosamante el lugar idóneo para hacer la carga con sus tropas, el capitán ordenó el avance en masa. «La compañía de Franco corona la loma. Entonces, los cabileños se repliegan un poco y se guarecen en una segunda línea de resistencia», se señala en el texto.

Ávido de sangre, y emocionado por el combate, Franco volvió a ordenar acabar con la resistencia de los rifeños. Y no solo eso, sino que se dispuso a dirigir él mismo el último envite -a bayoneta calada- contra la posición.

Sin embargo, en ese momento se sucedió su particular desastre. Una situación que es narrada de forma diferente por cada historiador. Al parecer, todo ocurrió tras ver caer fulminado a un compañero indígena, Franco recogió entonces el fusil del fallecido y se dispuso a disparar… pero no se percató de que no estaba a cubierto. «Para los tiradores de enfrente el blanco es seguro», se explica en «España en sus héroes». Instantáneamente, un enemigo apretó el gatillo de su arma y la bala cruzó el cielo de Marruecos, clavándose directamente en el capitán.

Herida terminal

¿Dónde recibió la herida el capitán Franco? A día de hoy, esta es una pregunta que sigue causando controversia a nivel histórico. La versión más extendida es que el impacto le dañó «el vientre». Algo que (como se explica en el libro de Zavala) suscribe su hermana Pilar: «En África, muchos años antes, el futuro Caudillo fue herido gravemente. La bala hizo un agujero limpio en el vientre y salió por la espalda rozando la columna vertebral». Esta idea es suscrita por Paul Preston quien, en su obra mencionada, es partidario de que Franco recibió un disparo «en el estómago».

«He visto pasar la muerte a mi lado muchas veces pero, por fortuna, no me ha reconocido»

Sin embargo, actualmente se baraja que el cartucho le impactó realmente en el bajo vientre. ¿Cómo es posible que se haya generalizado la idea del estómago? En palabras de Rueda Román, todo se debió a que se le hizo en aquellos días, presuntamente, una radiografía que corroboraba esta teoría.Algo imposible, para el autor: «Consultados dos médicos militares, que desean permanecer en el anonimato, conocedores de Marruecos y que estuvieron en distintas épocas de Francisco Franco, lo ven imposible porque en aquel año los servicios médicos militares de Ceuta no contaban con aparatos de rayos X. Así es que queda descartada la posibilidad de que sea verdadera la radiografía publicada. Pero hay más: esa radiografía ha desaparecido e incluso hay un argumento en contra de la veracidad de dicha radiografía. Suponiendo que se hubiera realizado, habría quedado archivada por poco tiempo en el hospital, ya que se trataba de una radiografía más entre otras, de uno de tantos heridos, porque en aquel tiempo nadie podía pensar que aquel capitán de regulares sería veinte años más tarde Jefe del Estado español».

Muerto en vida

De forma independiente al lugar exacto en el que recibiera el balazo, lo cierto es que el capitán Franco cayó a plomo sobre la arena. Todos le daban entonces por muerto. Pero fue recogido, según Zavala, por un «moro» llamado «El Ducali», quien cargó con él mientras varios soldados rodeaban al futuro Jefe del Estado para evitar que fuese impactado de nuevo por los disparos enemigos.

En aquellos momentos el capitán respiraba terriblemente mal y nadie pensaba en su recuperación. Según parece, él también. Por eso, mandó llamar a uno de los oficiales a su cargo para entregarle 20.000 pesetas que llevaba encima. Era el dinero que, como cajero en campaña, llevaba en los bolsillos para pagar puntualmente a la tropa.

Mientras todo aquello ocurría los españoles, avivados por el valor de aquel capitán, tomaron la posición de El Biutz. Esa misma noche, en el informe del combate se hizo referencia al «arrojo incomparable del capitán Franco, a sus dotes de mando y a la energía desplegada en combate». Una última alabanza para un moribundo cuya vida, según todos, tocaba a su fin.

A pesar de todo, Franco fue trasladado al campamento Kudia Federico, donde pasó dos semanas sin irse (para asombro de la mayoría) al otro mundo. Los médicos se negaron en ese tiempo a llevarle hasta Ceuta, pues consideraban que hacerlo provocaría su muerte. Durante ese tiempo, el capitán llegó a pedir a un sacerdote que le confesara para presentarse ante Dios limpio de pecados.

Sin embargo, el destino quiso que, el 15 de julio, Franco se hubiese recuperado lo suficiente para ser trasladado al hospital militar de Ceuta. Allí se determinó que la bala no había tocado, de forma sorprendente, ningún órgano vital. El capitán salvó aquella prueba del destino. Algo que hizo válida la frase que repitió en más de una ocasión: «He visto pasar la muerte a mi lado muchas veces pero, por fortuna, no me ha reconocido». Sobrevivió.

En base a la heroicidad mostrada en el asalto, el Alto Comisionario de Marruecos, el general Francisco Gómez Jordana recomendó a Franco para un ascenso y para ser galardonado con la preciada Cruz Laureada de San Fernando. El Ministerio de Guerra se opuso a ambas propuestas. La primera, por su escasa edad (23 años). El entonces capitán apeló la decisión, pero aquello no le sirvió para nada. Con todo, si obtuvo la Cruz de Primera Clase de María Cristina.

Esta herida también dio lugar a otra leyenda: la que afirmaba que Franco se había convertido en un impotente sexual debido al balazo. Algo que ha sido negado por historiadores como Preston: «La situación de la herida también dio origen a especulaciones sobre la aparente falta de interés de Franco en materia sexual. El escaso testimonio médico disponible no permite semejante interpretación». Ramón Garriga, autor de varias biografías del personaje, iba más allá: «En el caso que nos interesa se ha hablado de que la gravísima herida sufrida por el general en 1916, en el abdómen, y que puso seriamente en peligro su vida, lo había dejado incapacitado para tener hijos. Al parecer todo era normal en el acto de realizar el acto sexual, pero algo fallaba en el líquido seminal que impedía que la operación terminara con un feliz engendramiento».

Alcocer: la mítica batalla en la que el Cid Campeador aniquiló a cientos de moros con un curioso engaño


ABC.es

  • Durante su primer destierro, Rodrigo Díaz de Vivar tomó una fortaleza ubicada cerca del Jalón tras 15 semanas de asedio. Hasta ahora, esta contienda navegaba entre la verdad y la invención, pero una excavación arqueológica ha desvelado su veracidad
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Representación del Cid Campeador – WIKIMEDIA

Entre la historia y la leyenda. Así permanecía hasta ahora la batalla de Alcocer. Una contienda en la que Rodrigo Díaz de Vivar (más conocido por su apodo: el Cid Campeador) tomó con una curiosa treta una fortaleza inexpugnable ubicada cerca del Jalón. Todo ello, después de ser desterrado por el rey Alfonso VI. Según el «Cantar del Mio Cid» (el mítico poema que relata las hazañas de este personaje con más misticismo que verdad) el líder militar, al ver que no podía conquistar la plaza, decidió fingir una retirada. Para ello, levantó todo su campamento menos una tienda y, cuando los musulmanes se acercaron a investigar (dejándose las puertas de la fortaleza abierta) él y sus hombres les atacaron. El plan salió a pedir de boca.

Hasta ahora, se consideraba que la batalla de Alcocer había sido imaginada por el autor del cantar. Sin embargo, un nueva investigación desveló el pasado fin de semana que de mitológica no tuvo nada, y que -al menos- se sucedió. Y es que, una excavación llevada a cabo en Zaragoza acaba de descubrir un material hispano musulmán de entre los siglos XI y XII que podría pertenecer al asentamiento que asedió el Campeador. La contienda, curiosamente, no se ubica así en Alcocer (Guadalajara), el pueblo que cuenta con el mismo nombre que el mítico enfrentamiento.

Por todo ello, hoy recordamos los pormenores de esta batalla y cómo se sucedió según los textos antiguos.

Reyes y parias

Para suerte cristiana, cuando el Cid empezó a levantar su espada contra los musulmanes estos andaban dándose de mandobles entre sí. Estaban divididos en multitud de reinos llamados «taifas». Cada uno de ellos, dirigido por un líder diferente ansioso por aplastar a sus compatriotas para evitar que adquiriesen poder.

Como explica José Luis Martín (catedrático de Historia Medieval) en su dossier «La espada de Castilla», los árabes eran «incapaces de unirse frente a los cristianos». Pero no solo eso, sino que también solicitaban alguna ayudita que otra a los seguidores de la cruz para lograr resistir los tortazos y, llegado el momento, atacar a sus compatriotas en venganza. Con ese percal, también pagaban tributos a sus enemigos para que no hicieran expediciones de castigo contra ellos.

«Para evitar sus ataques necesitaban pagar la protección de los cristianos, y reunían el dinero mediante una mayor presión fiscal que, con frecuencia, daba origen a motines y revueltas que eran dominadas nuevamente con ayuda de las tropas cristianas», añade el experto. Esto provocaba, a su vez, que los líderes musulmanes se vieran obligados a pedir todavía más dinero a los seguidores de Cristo. Algo que les convertía en deudores (todavía más si cabe).

Este curioso sistema económico (conocido como el de impuestos o «parias») fue de sumo interés para los reyes hispanos que azuzaban con la Reconqusita desde el norte. Y es que, a los cristiano este «dinerillo extra» les permitía llenar su bolsa de un oro que ahorraban para, posteriormente, crear su propio ejército y avanzar sobre las mismas regiones árabes que les pagaban.

En ese contexto vino el Cid al mundo. O más bien Rodrigo Díaz de Vivar (pues este era su nombre verdadero). Lo hizo en el año 1043 y como el noble de una familia menor. Una fortuna que le permitió entrar a los 14 años en la corte a las órdenes del príncipe Sancho, el primer hijo y heredero del rey Fernando I.

Dicen de él los cronistas que, además de ser todo un virtuoso de la espada, tampoco andaba mal en lo que a cocorota se refiere, ya que sabía leer, escribir y entendía de leyes. Al final, con poco más de una veintena de años, logró ascender en el escalafón medieval como vasallo y soldado hasta convertirse en el hombre de armas de su señor. Uno de los cargos más altos al que se podía llegar como militar.

Y así siguió hasta que comenzó el juego de tronos en la Península tras la muerte del Su Majestad Fernando en el 1065. ¿Por qué? Pues porque al monarca no se le ocurrió otra cosa que dividir sus dominios entre sus hijos. A Sancho, el primogénito, le cedió Castilla. Hasta aquí, todo correcto. El problema fue que a su retoño Alfonso le cedió las tierras de León, por entonces más fértiles.

El lio estaba armado. Poco después se inició una guerra entre ambos en la que el Cid acudió al campo de batalla bajo la bandera del que siempre había sido su principie y señor: Sancho. Ek enfrentamiento perduró durante varios años. «Al final, combatiendo en Zamora […] Sancho murió en el 1072», añade el experto. Que el primero de los herederos se fuera al otro barrio no pudo ser mejor para su hermano, que se quedó sus tierras y dio por finalizada la contienda con un (para él) feliz final.

El destierro

Cuenta la leyenda que Rodrigo, héroe de decenas de batallas, exigió entonces al rey Alfonso que jurara no haber tenido nada que ver con la muerte de su hermano. Lo hizo a cambio de ser su vasallo. La realidad, no obstante parece que fue diferente. Y es que, por mucho que nos guste imaginarnos a este héroe poniendo entre la Tizona y la pared a un monarca, poco tiene esto de verdad. Por el contrario, lo más probable es que (aunque las habladurías pueblerinas sí cargasen contra el de la corona), nuestro protagonista, simplemente, aceptase rendirle pleitesía para tener un señor por le que luchar. Algo tan necesario en aquellos años como contar con un buen filo con el que atravesar (o partir por la mitad) al contrario.

En todo caso, parece que no le fue mal al Cid como vasallo de Alfonso VI, pues fue nombrado juez por él en varias ocasiones, participó en campañas militares como la de Navarra, y fue destinado a cobrar las «parias» a los musulmanes. Y no es muy lógico dejar el dinero en poder de alguien del que, al fin y al cabo, no te fías.

Además, tampoco era extraño que, en plena corte, los mejores puestos fueran para aquellos que más lamían las botas a su señor y que le habían seguido desde sus inicios. El roce, que hace el cariño, como se suele decir. Sin embargo, el idilio del Campeador con el monarca fue breve.

Apenas duró hasta que nuestro protagonista tuvo un incidente militar con el conde García Ordóñez, quien tenía bastante mano dentro de la corte. Este, haciendo honor a su apodo («boca torcida», por su capacidad -según algunos autores- de introducir mentiras en cabezas ajenas) logró poner en contra a Rodrigo y al monarca. Todo ello, afirmando que el Cid se quedaba con parte de los tributos que recogía de los musulmanes.

«Pasó los cinco años siguientes como soldado mercenario al servicio del gobernador musulmán de Zaragoza»

Esa falacia, unida a alguna desavenencia más, provocó que el rey desterrara al Campeador de sus tierras. O lo que es lo mismo, que confiscase sus dominios y le mandase al quinto pino del reino con todo aquel que quisiera seguirle. «Alfonso VI desterró a Rodrigo en 1081, cuando este atacó a los musulmanes de Toledo, protegidos del rey», añade el experto en su dossier.

Desterrado, se vio obligado a ir de ciudad en ciudad alquilando su vida y la de sus hombres al mejor postor. «Pasó los cinco años siguientes como soldado mercenario al servicio del gobernador musulmán de Zaragoza. En el transcurso de ellos, Rodrigo siguió adquiriendo fortuna y renombre», explican los autores Richard A. Fletcher y Javier Sánchez García-Gutiérrez en su obra «El Cid». Fue precisamente en la jornada 16 de este destierro cuando el Cid llegó a la ciudad de Alcocer.

Alcocer y el campamento

A partir de este punto es en el que la mitología supera a la realidad y la fuente principal es el «Cantar del Mio Cid». Este poema deja escrito que Rodrigo llegó a esta población después de abandonar Castejón y saquear Alcarría (Guadalajara) y el valle del Tajuña. A partir de ese momento, y tal y como explica Alberto Montaner Frutos (de la Universidad de Zaragoza) en su dossier «La toma de Alcocer en su tratamiento literario: un episodio del cantar del Cid», el texto tan solo aporta alguna que otra pista que puede dar idea de dónde se hallaba concretamente la villa de Alcocer.

Así se puede leer en la versión actualizada del «Cantar del Mio Cid» elaborada por Frutos: «Cruzaron los ríos, entraron a Campo Taranz. por esas tierras abajo a toda velocidad, entre Ariza y Cetina mio Cid se fue a albergar; grande es el botín que obtuvo en la zona por donde va. No saben los moros que propósito tendrá. Otro día se puso en marcha mio Cid el de Vivar y pasó frente a Alhama, por la hoz abajo va, pasó por Bubierca y por Ateca, que está adelante, y junto a Alcocer mio Cid iba a acampar». ¿Dónde podría situarse el campo de batalla? En palabras del experto, es difícil saberlo, pues únicamente ubica vagamente la zona mediante algunos «vagos topónimos».

El texto no ahonda demasiado en la construcción del campamento ideado por el Cid para asediar la ciudad. Un emplazamiento del que se dice poco más que se edifica encima de un otero (un pequeño monte) «fuerte e grande» y al cual «agua no le puede faltar» porque «corre cerca el Jalón» (uno de los principales afluentes del Ebro).

En definitiva, se dice que la posición no podía ser mejor, pues contaba con inmediato acceso al líquido elemento y permitía a los sitiadores resistir un posible ataque realizado desde la urbe. Tampoco se explica de forma pormenorizada el tipo de campamento que se crea, del cual únicamente se da alguno que otro detalle: «Bien se planta en el otero, hace firme su acampada, los unos hacia la sierra y los otros hacia el agua. El buen Campeador, que en buena hora ciñó espada, alrededor del otero, muy cerca del agua, a todos sus hombres les mandó hacer una zanja, que ni de día ni de noche por sorpresa les atacaran, que supiesen que mio Cid allí arriba se afincaba».

En los siguientes versos, el cantar explica de forma supina como el Cid actuó como era menester por aquellos tiempos: sitió la ciudad de Alcocer y le solicitó tributos o «parias» a cambio de no atacarla. También hizo lo propio con algunas otras urbes de la zona, como Ateca y Terrer». El Campeador, de esta guisa (recibiendo más oro del que podía soportar su bolsa y atesorando riquezas) se mantuvo frente a las murallas de Alcocer más de dos meses. O, más concretamente, «15 semanas», en palabras del Cantar.

«No es posible creer que el poeta haya querido sugerir que el Cid se comportó de mala fe para con los alcocereños»

No obstante, Frutos hace hincapié en que no hay que llevarse a engaños, y el objetivo último de este guerrero no es otro que terminar conquistando la plaza debido a la supuesta «importancia estratégica» que se le da en el texto.

Con todo, algunos autores como Peter Edward Russell afirman en sus escritos que no hay que entender al Cid como un tirano que pretendía esquilmar la zona para luego conquistarla, sino como un estratega militar que entendía la importancia psicológica de asediar una plaza fuerte: «No es posible creer que el poeta haya querido sugerir que el Cid se comportó de mala fe para con los alcocereños. Parece que introdujo el tema de las parias con el fin de llamar la atención sobre el temor que sentía la guarnición al verse asediada por el Cid, pero sin atender debidamente a las consecuencias jurídicas de dicha introducción».

El plan

A las quince semanas el Cid se hartó de que Alcocer no se rindiese y pasó a la acción. ¿Qué se le pasó por la cabeza? Una curiosa estratagema para hacer salir a los defensores de la ciudad. Ordenó recoger todas las tiendas menos una y fingir una retirada. «La retirada tenía como objetivo desconcertar a los alcocereños e invitarles a aprovechar la situación abandonando el refugio de las murallas», añade el experto. ¿Por qué abandonarían estos la seguridad de su ciudad? Sencillamente, por las ansias de vil metal: las «parias» que el Campeador llevaba acumulando durante más de dos meses.

Así se narra este suceso en la versión modernizada de Frutos del poema: «Él hizo una estratagema, más no lo retrasaba: plantada deja una tienda, las otras se las llevaba, avanzó Jalón abajo con su enseña levantada, con las lorigas puestas y ceñidas las espadas, a guisa de hombre prudente, para llevarlos a una trampa. Lo veían los de Alcocer, ¡Dios, como se jactaban! -Le han faltado a mio Cid el pan y la cebada; las otras apenas se lleva, una tienda deja plantada; mio Cid se va de tal modo cual si en derrota escapara. Vayamos a asaltarlo y obtendremos gran ganancia, antes de que le cojan los de Terrer, si no, no nos darán de ello nada; la tributación cogida devolverá duplicada».

El plan había funcionado. El Cid había logrado que abandonaran la seguridad de su plaza fuerte. A su vez, la suerte le sonrió, pues «con las ansias del botín, de lo otro no piensan nada, dejan abiertas las puertas, las cuales ninguno guarda». De esta forma, el Campeador (cuyas fuerzas eran formadas por unos 300 hombres, atendiendo a las fuentes) solo tuvo que esperar hasta que sus enemigos (la mayoría, según se da a entender, soldados a pie) estuviesen lo suficientemente lejos de las defensas como para no poder retirarse si él iniciaba la carga.

La carga

A partir de este momento, existe cierta controversia en relación a la forma en la que el Cid atacó a los musulmanes. La versión modernizada de Frutos del «Cantar del Mio Cid» explica que cuando «el buen Campeador hacia ellos volvió la cara» y vio que «entre ellos y el castillo el espacio se agrandaba», ordenó girar la bandera, espolear los caballos, y cargar sin ningún pudor a sus hombres contra aquellos «infieles». «¡Heridlos, caballeros, sin ninguna desconfianza! ¡Con la merced del Creador, nuestra es la ganancia!». A partir de ese momento comenzó la verdadera batalla.

Tal y como señala el texto, los jinetes del Cid cargaron, con el Campeador y Álvar Fáñez (uno de los principales capitanes de Rodrigo) en cabeza: «Han chocado con ellos en medio de la explanada, ¡Dios, qué intenso es el gozo durante esta mañana! Mio Cid y Álvar Fáñez adelante espoleaban, tienen buenos caballos, sabed que a su gusto les andan, entre ellos y el castillo entonces entraban. Los vasallos de mio Cid sin piedad les daban». Poco más se dice de la contienda más allá de que cargaron a gritos mientras la retaguardia de los musulmanes trataba de regresar a la seguridad de Alcocer.

«¡Heridlos, caballeros, sin ninguna desconfianza! ¡Con la merced del Creador, nuestra es la ganancia!»

«En poco rato y lugar a trescientos moros matan. Los de delante los dejan, hacia el castillo se tornaban; con las espadas desnudas a la puerta se paraban, luego llegaban los suyos, pues la lucha está ganada. Mio Cid tomó Alcocer sabed, con esta maña». En el Cantar no se habla del número exacto de jinetes que llevaron a cabo el ardid (al menos en estos fragmentos), ni las bajas cristianas, por lo que siempre se ha supuesto que no se había sucedido ninguna. Al menos, en palabras del autor del «Cantar del Mio Cid».

Más allá de esta fuente, han sido muchos los autores que han tratado de explicar de forma pormenorizada cómo es posible que los musulmanes no tuviesen tiempo suficiente para regresar a la seguridad de Alcocer.

En base a los textos originales, Frutos es partidario de que el Cid dividió a sus tropas en dos unidades. La primera, encargada de atacar y entretener a los enemigos. La segunda, con órdenes de tomar la urbe. «El ardid consistía en una huida fingida que atrajera a los alcocereños a la lucha en campo abierto. Cuando esto se consiguió, el Cid y sus tropas dieron media vuelta y, gracias a una maniobra envolvente, obligaron a los musulmanes a permanecer luchando en el campo de batalla mientras la vanguardia del Campeador , encabezada por él y Minaya, se apoderaban de la plaza desguarnecida», explica.

Un final incierto

En todo caso, el Cantar explica que la batalla acabó cuando Pedro Bermúdez, soldado del Cid, puso en la parte más alta de las murallas la bandera de su señor. El Campeador, por su parte, no pudo contener la alegría. Aquella noche, al fin, dejaría la tienda de su campamento en favor de una cómoda habitación. «¡Gracias al Dios del cielo y a todos sus santos, ya mejoraremos el aposento a los dueños y a los caballos!».

«¡Gracias al Dios del cielo y a todos sus santos, ya mejoraremos el aposento a los dueños y a los caballos!»

A su vez, Rodrigo ordenó a sus hombres que no matasen a los prisioneros, pues estaban desarmados.

«Oídme, Álvar Fáñez y todos los caballeros: en este castillo un gran botín tenemos, los moros yacen muertos, vivos a pocos veo; a los moros y moras vender no los podremos, si los descabezamos nada nos ganaremos, acojámoslos dentro, que el señorío tenemos, ocuparemos sus casas y de ellos nos serviremos». La conquista había acabado bien. O eso parecía. Y es que, posteriormente, el señor de Valencia ordenó mandar contra Alcocer 3.000 musulamanes armados. Pero eso, como se suele decir, es otra historia.

Vitoria, la humillante batalla en la que un general vasco expulsó a Napoleón de España, vista por Ferrer-Dalmau


ABC.es

  • El pintor de batallas, muestra en exclusiva a ABC su último cuadro. En este caso, el más afamado artista español relacionado con el tema castrense nos lleva hasta la Guerra de la Independencia. Y, más concretamente, hasta la batalla de Vitoria
 La batalla de Vitoria - Augusto Ferrer-Dalmau

La batalla de Vitoria – Augusto Ferrer-Dalmau

Fue una victoria más que definitiva. Fue la contienda en la que los españoles, tras más de cinco años de ocupación en la Guerra de la Independencia, dijomos «au revoir» al ejército francés de José Bonaparte (más conocido por estos lares como Pepe Botella). Aquel 21 de junio de 1813, un conglomerado de tropas hispanas, inglesas y portuguesas lograron expulsar a los galos de la Península Ibérica en una contienda que pasaría a la Historia como la batalla de Vitoria.

Un enfrentamiento que, esta semana, vuelve a estar de actualidad más de dos siglos después gracias al popular pintor Augusto Ferrer-Dalmau. Y es que, el artista (autor de otras tantas obras en los últimos meses relacionadas con el mundo militar como la que muestra a Cervantes combatiendo en la Marquesa o la contienda de Valenciennes) nos ha sorprendido en esta ocasión plasmado en un lienzo su propia visión sobre la batalla de Vitoria.

Ferrer-Dalmau, que ha contado como siempre con la ayuda imprescinfible de su asesor histórico David Nievas Muñoz, ha querido mostrar en este caso una panorámica de la contienda en la que se aprecian, como elementos más reseñables, al general Álava subido en un caballo mientras, a sus pies, yace inerte la bandera francesa. Casi como el último remanente del podería de un ejército (el de Napoleón) que había dado sus últimos coletazos de águila en España.

Vuelve a Francia

Aunque Vitoria marcó el principio del fin de la ocupación gala de España, hubo que esperar nada menos que cinco años de duras contiendas hasta llegar a ella. Concretamente, la sublevación contra los franceses comenzó en la capital, Madrid, el 2 de mayo de 1808.

El pueblo madrileño, de manos de los capitanes Luis Daoíz y Pedro Velarde, se reveló contra la ocupación del país

En esa fecha mágica, el pueblo madrileño, de manos de los capitanes Luis Daoíz y Pedro Velarde, se levantó contra la ocupación del país y se alzó en armas contra Bonaparte, quién pretendía –y consiguió- hacerse con el trono español y dejarlo en manos de su hermano. A pesar de aquel día el levantamiento no fue definitivo, si provocó que el sentimiento en contra de los franceses se expandiera a lo largo y ancho del territorio. Acababa de comenzar la Guerra de la Independencia.

Así, se iniciaron oficialmente las hostilidades contra el «pequeño corso» que, decidido a tomar toda la Península a costa de la sangre de sus soldados, dio el pistoletazo de salida a una invasión, la de España, que ya estaba en boca de todos. No obstante, lo que no sabía aquel mandatario era que enfrente suya se encontraba el pueblo de España, que plantó cara a sus experimentados militares y les propinó varias bofetadas estratégicas.

La ayuda inglesa

La situación llegó a ser tan precaria para los galos que el líder francés tuvo que hacer una visita para tratar de aplacar la sublevación. «Fue demasiado para Napoleón, que vino a España “a poner orden”, devolvió Madrid a José a principios de diciembre y persiguió a los ingleses para expulsarlos del país antes de tener que retornar a Paris urgentemente, dejando varios mariscales para terminar el asunto», explica Emilio Larreina en su libro «La batalla de Vitoria 1813».

Desgraciadamente, y tras la marcha de Napoleón, las derrotas comenzaron s sucederse en el bando español. Por ello, además de por su propio interés, Inglaterra decidió enviar en 1812 a Arthur Wellesley –Duque de Wellington– un lord que aunó a ingleses, portugueses y españoles en contra del ejército de José Bonaparte.

Hacia Vitoria

Tras tomar varias ciudades de gran importancia estratégica a los galos, Wellington, movido por su odio al ejército imperial, inició su mayor ofensiva cuando recibió noticias de que Napoleón había retirado tropas de España para continuar su campaña en Rusia. Era el momento de sacar la espada, y el inglés lo sabía. Su acometida fue de tal calibre que el líder francés aconsejó a su hermano «hacer las maletas» y abandonar Madrid con toda su cohorte en dirección a Valladolid.

No obstante, ninguna tierra era segura para el hermanísimo francés, que inició desde Valladolid una huída veloz para salvar su vida y, como no, las grandes riquezas que había arrebatado a la tierra española. «Comenzó para los imperiales una retirada cada vez más apresurada y amenazada por un Wellington desconocido en su rapidez de maniobra, que cuenta además con las tropas españolas del Ejército de Galicia y dispone de casi 100.00 hombres, superando a los invasores», añade el escritor.

Tan sólo quedaba una salida para José y el inmenso séquito de carretas que le acompañaba: acudir a Vitoria. Y es que, en ese territorio había solicitado la reunión del ejército francés ubicado en el norte de España. De esta forma, podría plantar cara a los soldados aliados y, en el peor de los casos, iniciar su retirada definitiva hasta Francia.

Varias semanas después, y una vez en el destino, tanto José Bonaparte como su mariscal de campo, Jean Baptiste Jourdan, únicamente tenían una idea en la mente: resistir con su ejército el inminente asedio aliado. Sin embargo, carecían de una estrategia definida. «Al atardecer del 19 (de junio) los soldados (franceses) acampan en la Llanada de Vitoria sin ningún criterio, pues no existía un plan de operaciones definido», explica Larreina.

Preparativos para la lucha

Aprestado para la lucha, José Bonaparte desplegó su ejército alrededor de la ciudad de Vitoria. «La batalla tuvo lugar en una especie de “cazuela” conocida como Llanada Alavesa. Es un terreno relativamente llano en relación a las montañas circundantes, con forma de óvalo irregular alargado hacia el este y con la capital, Vitoria, situada en el primer tercio del eje longitudinal» señala el experto en el texto.

De esta forma, y aprovechando que el terreno estaba plagado de montañas en sus alrededores y que por él cruzaba el río Zadorra, el hermano del «pequeño corso» y su mariscal de campo deciden desplegar sus más de 57.000 hombres y 140 cañones en tres secciones.

En el flanco izquierdo, ubicado cerca de los pueblos de Subijana (situado 14 km al suroeste de Vitoria) y de la Puebla de Arganzón, los franceses emplazaron a su primera fuerza. Esta, comandada por Gazán, contaba aproximadamente con 24.000 soldados del denominado «Ejército de Andalucía». Por su parte, el centro se asignó a dŽErlon y sus casi 11.000 militares y piezas de artillería. A su vez, la mayoría de la caballería quedó en reserva debido al terreno, que impedía cabalgar con presteza.

Finalmente, el flanco derecho se ofreció al «Ejército francés de Portugal» de Reille y sus 22.000 hombres. Destaca que en este terreno se encontraba una unidad formada por españoles que, presuntamente, eran leales a Francia. Concretamente, este grupo, conocido como el de los «josefinos» fue enviado a cubrir un pueblo aislado debido a escasez de tropas francesas.

En cambio, y según Larreina, la disposición que se hizo fue totalmente errónea: «Las posiciones no respondieron a un plan determinado, pues no existió, impedido por un fuerte ataque de fiebre del mariscal Jourdan en la mañana del 20 cuando se disponía a reconocer las posiciones, pero responden al mantenimiento de una idea equivocada: suponer que Wellington atacará de frente por el oeste».

«El Lord pudo estudiar perfectamente las posiciones contrarias, (…) preparando (…) un ataque ambicioso y brillante, ayudado sin duda por el conocimiento del terreno de su amigo, el general Álava, nacido en Vitoria»

Por su parte, los aliados dividieron sus fuerzas en varias columnas con la intención de asediar y rodear al ejército francés haciendo uso, entre otras cosas, del conocimiento que tenía del territorio un oficial español que acompañaba a Wellington. «El Lord pudo estudiar perfectamente las posiciones contrarias, (…) preparando (…) un ataque ambicioso y brillante, ayudado sin duda por el conocimiento del terreno de su amigo, el general Álava, nacido en Vitoria», determina el experto.

Haciendo uso de la estrategia, Wellington –que no había mostrado a los franceses todas las fuerzas de las que disponía para ganar el factor sorpresa-, organizó a sus 78.000 hombres y 96 cañones en cuatro cuerpos de combate muy similares. No obstante, en los flancos se podían ver, por encima del resto, los distintivos españoles portados por la 1º División española de Murillo y la 6º División española de Longa (formada por unos 7.000 soldados en total, ubicados a izquierda y derecha respectivamente). Todo estaba preparado para la batalla.

La calma que precede al combate

Con las fuerzas listas para el combate, solo hacía falta algo que motivara a Wellington, un oficial característicamente defensivo, para iniciar la contienda. Esta gota que colmó el vaso y provocó el inicio de las hostilidades se produjo el 21 de junio de 1813 cuando el Lord inglés recibió noticias de que los refuerzos franceses, tan ansiados por los imperiales, no llegarían hasta pasadas varias jornadas. No había duda, era el momento de cargar el fusil y avanzar hacia la lucha.

José, por su parte, y en vista de que el combate bien podía dar un vuelco en su contra, decidió que era hora de que su séquito y provisiones, el cual había traído desde Madrid, iniciaran su salida hacia Francia. Así, más de 4.000 carros colapsaron las escasas calles vitorianas. Sin duda, el impuesto rey de España no confiaba demasiado en la victoria.

Morillo: españoles en el flanco derecho

Aproximadamente a las ocho y media de la mañana comenzó la batalla. Casi espoleados por su odio a los franceses, la división española de Morillo fue la primera en atacar las posiciones imperiales de la Puebla de Arganzón, ubicada en lo alto de una colina. Este acto de valentía tuvo instantáneamente su recompensa, pues, ante el ímpetu ibérico, los fusileros galos abandonaron sus posiciones.

Sin embargo, parece que los franceses no estaban dispuestos a perder esa magnífica posición defensiva, pues enviaron más soldados para recuperarla. «Los refuerzos no solo no desalojaron a Morillo, situado en una posición ventajosa, sino que el 12º (francés) es arrollado y puesto en fuga antes de que el 45º sea atacado por los españoles resueltamente, con valor y convencidos de sus posibilidades», añade Larreina. No obstante, la osadía costó cara al oficial, pues resultó herido en la acción.

Además de este avance, crítico para el flanco francés, todo se complicó cuando los galos, que querían reforzar esa posición, fueron engañados por un lugareño que, arriesgando su vida, se ofreció a guiar a sus cañones hasta una buena posición de tiro. Sin embargo, lo que realmente hizo fue llevarles hasta un camino de monte angosto y que impedía mover la artillería. Por suerte, el improvisado aliado pudo escapar sin problemas.

Por su parte, varias brigadas del ejército británico decidieron apoyar a los españoles y seguir presionando el flanco derecho, De hecho, la fuerza del ataque obligó a los franceses a desviar varias unidades para detener a los casacas rojas, que se lanzaban ahora al combate decididos a traspasar las líneas de defensa galas.

A su vez, Jourdan vio pasar la vida ante sus ojos cuando observó que nuevas unidades españolas aparecían en los accesos a Vitoria desde Logroño (en el extremo derecho de su flanco). «Irónicamente, las tropas avistadas en la carretera de Logroño (…) causantes de semejante revuelo están allí por casualidad. Son los guerrilleros alaveses (…) a las órdenes de Sebastián Fernández de Leceta “Dos Pelos” y Prudencio Cortázar “el Fraile”, respectivamente, más los lanceros de Julián Sánchez “el Charro”», sentencia Larreina. No obstante, su carácter no militar hizo relajarse al francés, que vio factible que sus tropas bien entrenadas resistieran el avance.

Finalmente, tras varias descargas de fusilería, las tropas españolas del flanco derecho comenzaron a quedarse sin munición lo que, junto a su gran esfuerzo físico, provocó que fueran trasladadas a segunda línea. A partir de ese momento, el grueso de la contienda en ese flanco recayó sobre los portugueses, los casacas rojas y algunas unidades de escoceses, los cuales lograron poner en fuga al final del día al ejército imperial.

Longa: a la izquierda

Por su parte las tropas de Longa fueron también las encargadas de ir en vanguardia guiando, por un terreno que conocían a la perfección, al resto del ala izquierda. «En cabeza irá la división de Longa, seguida por los alaveses de Salcedo, la caballería propia y un escuadrón del 12º de Dragones ligeros de Ansón (caballería ligera para llevar a cabo apoyos y misiones de reconocimiento), detrás, la brigada portuguesa de Pack, la 5º División anglo portuguesa de Oswald y la batería artillera de Lawson», explica el experto.

«Tras apoderarse de Gamarra Menor, Longa ataca decididamente el puente de Durana, atrincherado y defendido someramente por los “josefinos”, expulsándolos también del pueblo a punta de bayoneta»

Curiosamente, el primer objetivo de estos españoles del bando aliado fue el de desalojar a los «josefinos», sus compatriotas que combatían del lado de Bonaparte. En cambio, su combate contra ellos fue escaso pues, en vista de su inferioridad numérica (los afrancesados eran superados en una proporción de uno contra cinco), decidieran abandonar sus posiciones. Esto dejó en bandeja a los soldados de Wellington una de las posiciones más destacadas, la de «Gamarra Menor», la cual les permitía avanzar hasta lugares más comprometidos.

«Tras apoderarse de Gamarra Menor, Longa ataca decididamente el puente de Durana, atrincherado y defendido someramente por los “josefinos”, expulsándolos también del pueblo a punta de bayoneta», añade Larreina en su libro. Tras este revés, los afrancesados siguieron huyendo hasta la siguiente línea de defensa imperial, donde se vieron reforzados por varias unidades galas e hicieron frente a sus compatriotas del bando aliado.

Crónica de una muerte anunciada

Tras varias horas, el panorama del campo de batalla era dantesco para los franceses, y es que, tras múltiples cargas de la caballería inglesa, habían sido superados en varios frentes. Al parecer, en algunos momentos los sables y las lanzas pueden ser más mortales que el más certero de los fusiles.

En los flancos, las fuerzas todavía resistían, pero muy mermadas.

En los flancos, las fuerzas todavía resistían, pero muy mermadas. Por su parte, el centro había perdido una gran cantidad de terreno y ahora se defendía, muy cerca de Vitoria, en una única línea ante el grueso del ejército enemigo. Entre sus filas se podía ver ya a los Guardias Reales de José Bonaparte, que formaban parte de la reserva.

Horas después, la moral empezó a hacer mella en las tropas imperiales, que iniciaron la retirada de forma desorganizada. Finalmente, los aliados consiguieron traspasar las defensas francesas a base de sangre, espadas, y descargas continuas de fusilería, Así, hacia las 6 de la tarde, José Bonaparte y Jourdan vieron desbordado su ejército en todos los frentes y decidieron tocar a retirada. No había habido victoria para los franceses y ya sólo quedaba salvar la vida.

Con el rabo entre las piernas

Llegada la hora de huir, José Bonaparte no perdió la oportunidad de usar su título y a su guardia personal para abrirse paso entre los soldados. Sin embargo, lo que no tuvo en cuenta era que la ruta de huída estaba bloqueada por el convoy de carretas que trataba de escapar de la ciudad.

Así, y como bien explica Larreina en el texto, la imposibilidad de avanzar provocó que los ocupantes de las carretas optasen por el «sálvese quien pueda» a sabiendas de que la llegada de los enemigos era inminente. En minutos, el convoy se convirtió en una lucha desesperada por salvar la vida que atrapó a José Bonaparte, detenido en su huída.

Tal era el alboroto, que nadie se percató de que una unidad de caballería enemiga se acercaba peligrosamente al detenido convoy francés. En ese momento, el capitán de la unidad alcanzó con un disparo el carruaje de José Bonaparte que, a toda prisa, se precipitó fuera del mismo y ensilló un caballo para huir sin mirar atrás. «El Rey logró salvarse por poco, pero (…) perdió todo su equipaje: efectos personales, espada, sello, joyas (…) y hasta su orinal caerán en manos enemigas», sentencia el autor.

Y más le valió no girar la cabeza, pues tras de sí dejaba a más de 10.000 franceses muertos o heridos (más una ingente cantidad de prisioneros), además de la pérdida de 151 piezas de artillería, medio centenar de carros y cerca de 13.000 proyectiles. Por su parte, los aliados contaban unos 5.000 muertos y heridos en sus filas.

Tal fue la victoria, que, incluso, Ludwig van Beethoven compuso una obra en conmemoración de esta batalla para festejar la derrota del ejército francés y la futura posibilidad de vencer al «pequeño corso». En cambio, aunque España acaba de dar un paso de gigante en su liberación, todavía faltaban algunos años para ver a Napoleón derrotado de forma total.

La huella de España: los sucesos de Fort Caroline


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  • El marino Pedro Menéndez de Avilés evitó que la penínsulade La Florida fuera ocupada y colonizada por Francia
 Monumento a Pedro Menéndez de Avilés en San Agustín - Manuel Trillo

Monumento a Pedro Menéndez de Avilés en San Agustín – Manuel Trillo

El marino Pedro Menéndez de Avilés se halla en Canarias aprestando una expedición para colonizar La Florida, cuando recibe un despacho apremiante de Felipe II. Debe partir cuanto antes, ya que ha recibido información secreta amenazadora: Francia pretende adelantarse a España en la ocupación de La Florida, enviando cientos de hugonotes, la rama francesa del protestantismo. Algo doblemente intolerable para Felipe II: por la instalación de una potencia enemiga en la península de Florida, a poca distancia del paso de los galeones cuajados de plata con rumbo a Sevilla; y por la penetración de la herejía en el Nuevo Mundo, cuyo dominio ha repartido el Papa entre España y Portugal, y que el Rey francés Francisco I ha cuestionado, pidiendo «que le enseñen el testamento de Adán».

Menéndez, con el título de Adelantado de La Florida, abrevia la partida. En el intento de ocupar Florida le han precedido otros como Narváez, Vázquez de Ayllón o Tristán de Luna, pero huracanes y naufragios han abortado una tras otra las expediciones, y La Florida es todavía una tierra de nadie, a merced de cualquier potencia europea.

Mas por mucho que navega a toda vela, las noticias al llegar a las costas floridanas son preocupantes: los franceses, al mando del capitán Jean Ribault, han llegado antes, e incluso han instalado un bastión, Fort Caroline, que pretende ser la base expansionista de Francia en Florida. ¿Qué hacer? Porque las instrucciones reales que lleva Menéndez son terminantes: expulsar a Francia y acabar con este brote de herejía en América.

Pero Menéndez de Avilés no es un marino cualquiera. Es un verdadero genio del mar. Costea en busca de los barcos franceses y, tras fundar el embrión de lo que será la primera ciudad de los Estados Unidos, San Agustín, descubre a los galeones franceses, muy superiores en número y armamento a los propios, fondeados en los contornos de Fort Caroline. Entonces diseña un plan. Colando sus pequeños bajeles entre los galeones franceses los dispersa, y luego se hace perseguir hasta las aguas más propicias de San Agustín.

Ya en ellas, una formidable tormenta obliga a los franceses a demorar su ataque. Y en un arranque de inspiración genial comprende Menéndez que es su oportunidad porque, sin la protección del capitán y sus galeones, Fort Caroline se hallará mermado de efectivos.

Y decide pasar a la acción. Ordena la marcha inmediata por tierra hacia el fuerte francés. Y, durante cuatro jornadas indescriptibles, los españoles, inasequibles al sufrimiento, avanzan bajo lluvias torrenciales, sin dormir, sin siquiera sentarse para comer sobre un suelo convertido en charcal.

Pero al amanecer del cuarto día arriban a Fort Caroline, cuyos vigilantes no sospechan poder ser atacados por la retaguardia boscosa, por donde precisamente los españoles acometen. En cuestión de minutos la plaza es suya, y tiene lugar un juicio sumarísimo en el que los niños y las mujeres son indultados, y los hombres ajusticiados.

Menéndez deja el fuerte, al que rebautiza como San Mateo, bajo guarnición española, y regresa a San Agustín. Las formidables tormentas han menoscabado a la flota francesa, y las tropas, al mando de Ribault, divagan por la región, errabundas y desorientadas.

De nuevo el Adelantado encuentra la ocasión para consumar su plan. Guiado por nativos localiza a la tropa francesa, la ataca y la reduce en otra breve refriega. La pieza más codiciada, el capitán Jean Ribault, se apresura a ofrecer cien mil ducados por su liberación, contestando Menéndez «que a él le corresponde la conquista y población de estas tierras en nombre de su Rey, y plantar en ellas el Santo Evangelio. Y que a ellos no les queda otra opción sino entregarse incondicionalmente». Al siguiente día se juzga y ejecuta sumariamente a los soldados, a excepción de 16 que se declaran católicos. En el lugar del patíbulo se colocó un cartel con la siguiente leyenda: «No por franceses, sino por luteranos». El saldo final fue que, de los 12 barcos y mil franceses llegados a estas costas, solo pudieron volver a Francia 50 personas y dos navíos.

La acción implacable solo puede enjuiciarse en el contexto del siglo XVI, cuando luchaban ferozmente por la hegemonía los nuevos Estados europeos, y en lo espiritual las religiones protestante y católica, de la cual España se erigió en adalid y brazo armado. Tan candentes ingredientes se vertieron sobre La Florida, y Felipe II agradeció que Menéndez, de un solo golpe, extirpara la herejía y la amenaza política, antes de que pudieran propagarse. Si fuera cierto que en política resultados justifican medios, en este caso la consecuencia fue que Francia se alejó de la Florida española, y tardó cien años en volver a asomarse por sus costas.

El origen de las Fallas: una tradición del siglo XVIII convertida en fiesta universal


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  • Las piras que quemaban los carpinteros para honran a San José evolucionaron hasta las obras de arte de la actualidad
 Valencia, marzo de 1917. Falla levantada en la plaza de Collado que logró el primer premio - VICENTE BARBERÁ

Valencia, marzo de 1917. Falla levantada en la plaza de Collado que logró el primer premio – VICENTE BARBERÁ

La fiesta de las Fallas ha alcanzado el reconomiento universal de la Unesco después de más de un siglo y medio de historia documentado. El origen de las Fallas se remonta a la antigua tradición de los carpinteros de la ciudad Valencia, en vísperas de la fiesta de su patrón, San José.

Entonces ya quemaban frente a sus talleres, en las calles y en las plazas públicas los trastos viejos e inservibles junto con las piezas de madera que empleaban para elevar los candiles que les iluminaban mientras trabajaban en los meses de invierno.

Las pequeñas estructuras que ardían durante el siglo XVIII adoptaron el nombre de Fallas y evolucionaron con el paso de los años hasta convertirse en obras de arte efímeras, en algunos casos con presupuestos millonarios, marcadas por su componente crítico, irónico y humorístico. A diferencia de lo que sucede en la actualidad, aquellos montones de madera se quemaban el 18 de marzo. Hoy en día, la Cremà coincide con la festividad de San José, el día grande de las fiestas.

Las Fallas vivieron un momento de zozobra en el entorno de 1870, pero en 1885 surgió un movimiento en defensa de las tradiciones típicas que marcó el origen de la falla artística. Los premios concedidos por la revista «La traca» propiciaron el arranque de la competencias entre vecinos para plantar la mejor falla, aunque no fue hasta 1901 cuando el Ayuntamiento concedió los primeros galardones. Una tradición que se ha mantenido hasta nuestros días.

En 1932, cuatro años antes de la Guerra Civil, se implantó la Semana Fallera. En la actualidad, más de trescientas comisiones plantan setencientas fallas grandes e infantiles en la ciudad de Valencia.

Con la declaración de patrimonio inmaterial de la humanidad, la Unesco no solo reconoce el valor cultural de los monumentos, sino también todos los actos que envuelven esta festividad que se celebra del 14 al 19 de marzo. Desde los desfiles de bandas de música, hasta las ofrendas florales y los eventos culinarios.

La historia olvidada de cómo Venezuela fue vendida por Carlos V a los banqueros alemanes


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  • A su regreso a casa después de numerosas correrías, Philipp von Hutten, el último gobernador de esta colonia, y Bartolomé Welser, heredero de la banca alemana, fueron inmediatamente ejecutados por el capitán español Juan de Carvajal el 17 de mayo de 1546. Los términos del contrato no se habían cumplido
 El galeón «La Santa Trinidad», que formó parte de la expedición a Venezuela en nombre de la familia Welser

El galeón «La Santa Trinidad», que formó parte de la expedición a Venezuela en nombre de la familia Welser

La contribución de los alemanes a la conquista y colonización de América se limita a un episodio anecdótico pero casi desconocido. Carlos V cedió este territorio durante 18 años a una familia de banqueros germanos con el fin de pagar una deuda odiosa, la que le había hecho Emperador del Sacro Imperio Germánico. Un trozo del Nuevo Mundo a cambio de poder en Europa. Los banqueros más aventureros, los Welser, asumieron el reto.

Una deuda gigante a cambio de una Corona

Amigo y deudor también de banqueros, el Emperador Maximiliano dejó inacabados sus planes por su inesperada muerte, supuestamente debida a una indigestión de melones, y no pudo asegurar la Corona imperial para su nieto Carlos de Gantes, ya entonces Rey de España. La Casa de los Austrias llevaba casi un siglo al frente del Imperio, pero Maximiliano, en su rebosante mediocridad, no consiguió nunca el propósito de ser coronado por el Papa, lo que impidió que pudiera designar formalmente a su nieto como Rey de los Romanos. Sin este requisito, su nieto se veía obligado a obtener su elección entre una votación de los siete Príncipes electores y a enfrentarse a otros candidatos con sangre igual de azul.

Carlos contaba a favor de su causa con el apoyo de su abuelo y de su entorno, pero ni siquiera había pisado Alemania y entendía tan poco de alemán como Francisco I de Francia, otra opción a tener en cuenta. El resto de candidatos eran Enrique VIII de Inglaterra, el Rey de Polonia y el Duque de Sajonia, aunque el paso de los días evidenció que la elección iba a ser cosa de dos, siendo Francisco el favorito. «Sire, los dos cortejamos a la misma dama», anunció el francés al saber que ambos aspirarían al trono de Carlomagno. La remontada del Rey de España aconteció por una razón muy básica: tanto la familia de banqueros de los Fugger como la de los Welser se negaron a conceder créditos a Francia, tal vez por un leve atisbo nacionalista (evitar que un monarca francés amenazara las leyes y privilegios germanos) o tal vez porque la oferta carolingia sonaba más jugosa.

El nieto de Maximiliano subió la apuesta hasta los 851.918 florines, mientras Francisco I se retiró con la mitad de fichas. El 28 de junio de 1519, los electores eligieron por unanimidad a Carlos de Gantes, a partir de entonces y para siempre: Carlos V, káiser, Emperador del Imperio Romano Germánico, heredero de la tradición romana y las hazañas de Carlomagno. Ahora faltaba pagar la factura.

La familia de banqueros aventureros

Los Welser y los Fugger dominaron la economía mundial durante buena parte del siglo XVI, siendo sucedidos por los banqueros genoveses ya en tiempos de Felipe II y Felipe III. No eran banqueros en el sentido clásico de la palabra, sino «merchant bankers» (banqueros comerciantes), por lo que estaban encantados de aceptar pagos en forma de minas, recursos naturales, territorios e incluso botines de guerra.

Una vez Carlos fue coronado, reclamaron su parte del pastel, el pago de su deuda… Si bien los Fugger (hispanizados como «Fúcares») se dieron por contentos con las millonarias rentas de las órdenes militares españolas; los Welser («Belzares) seguían a finales de 1528 sin haber percibido todo el dinero. A modo de ultimátum: si la Corona quería nuevos créditos, debían ofrecerles alguna clase de pacto o de aventura comercial. La respuesta del Emperador fue un acuerdo por el que cedió una parte del Nuevo Mundo para que la explotasen a su gusto, liberados de cualquier clase de impuesto a la Corona española.

Aquello era algo inédito, ya que Castilla mantenía un férreo monopolio comercial en toda América. En 1522, Carlos V de Alemania y I de España había rechazado una petición de Barcelona para obtener permiso de comercio directo con América desde sus puertos, y remitió a los comerciantes catalanes –como al resto de habitantes de España– a trasladarse a Sevilla (más tarde a Cádiz) y hacer uso de sus infraestructuras. El monopolio estatal estaba controlado estrictamente desde Sevilla y obliga a que ningún barco pudiera salirse de esta ruta. De ahí que resultara tan excepcional el acuerdo firmado con los banqueros alemanes, a los que se les permitía nombrar gobernadores propios, usar a los indios como mano de obra e incluso esclavizarlos, además del permiso para llevarse hasta 4.000 africanos.

Los Welser aceptaron el arriesgado reto, porque habían nacido más para el comercio que para las finanzas

En este sentido, los alemanes estaban obligados por contrato a fundar dos ciudades y a construir tres fortalezas. Y los Welser debían enviar una escuadrilla de cuatro navíos con doscientos hombres, armados y equipados a sus propias expensas, para ayudar al Gobernador de Santa Marta en la pacificación de aquel territorio. Además, podían explorar el territorio próximo en busca de metales preciosos, pero aquí sí debían dar una parte a la Corona española, y aportar 50 técnicos para explotar las minas de la región.

Los Welser aceptaron el arriesgado desafío, porque habían nacido más para el comercio que para las finanzas. De hecho habían mostrado interés y obsesión por el Nuevo Continente desde casi el principio. Tuvieron tierras en Canarias; establecieron una oficina en Santo Domingo; avanzaron hacia México para explotar las minas de plata de Zultepec; y se involucraron en la expedición de Pedro de Mendoza en la que descubrió el Río de la Plata.

Ahora, el territorio concedido a los alemanes fue la provincia de Venezuela, cuyos límites estaban definidos por el Cabo de la Vela (la actual frontera con Colombia) por el Oeste, y el Cabo de Maracapana por el Este (cerca de la ciudad de Barcelona). Varias islas cercanas a la costa quedaron también bajo jurisdicción de los Welser. Era aquella –sabían– la mayor oportunidad económica de su vida.

La obsesión con «El Dorado»

El primer gobernador de Klein-Venedig (Pequeña Venecia) fue Ambrosio Ehinger, cuya principal obsesión fue la encontrar el mítico «El Dorado». Empleando como base la isla de La Española, 4.000 esclavos africanos y cerca 400 alemanes desembarcaron en Venezuela para levantar esta pequeña colonia. Aunque desde el principio parecieron poco interesados en cumplir la parte del contrato que exigía colonizar el territorio. Más bien buscaban cosas brillantes.

En 1529, Ehinger fundó la villa de Maracaibo, pero no logró encontrar las cantidades de oro que los banqueros habían previsto y se sumió en una loca incursión por la Sierra de Perijá hasta las tierras del río Magdalena, en Colombia. Allí recibió un fechazo mortal en la garganta a la altura de Chitacomar, en el territorio independiente de los chitareros, una tribu hoy extinta.

Maracaibo languideció, con apenas 30 vecinos y muy poca actividad comercial, hasta que seis años después el conquistador alemán Nicolás Federmann ordenó trasladar la «capital» de esta colonia a la península de la Guajira, con el nombre de «Nuestra Señora Santa María de los Remedios del Cabo de la Vela» (en la actual Colombia). En su primera expedición (1530), Federmann recorrió la región de Barquisimeto, Portuguesa, Yaracuy y el oriente de Falcón. En 1536 llevó a cabo su segunda expedición con gran interés, como todos, por las perlas de las islas próximas.

El siguiente gobernador, Georg von Speyer, tampoco tuvo demasiado éxito en sus objetivos y sus hombres fueron asolados por enfermedades tropicale y hostigados por los indígenas. El último gobernador de esta Venezuela germana, Philipp von Hutten, el hijo de un burgomaestre, se adentró a la desesperada en el interior del continente, en dirección a Colombia, causando gran agitación y desorden a su paso.

A su regreso a casa después de numerosas correrías, Philipp von Hutten, a quien acompañaba Bartolomé Welser, heredero de la banca alemana, se tuvo que enfrentar con el español Juan de Carvajal, quien había sublevado a la población de soldados arruinados contra la pésima gestión de los Welser. Se dice que el español encargó a un negro cortarles las cabeza a los dos aventureros con un machete poco después de apresarlos, «y como el instrumento tenía embotados los filos con la continuación de haber servido en otros ejercicios más groseros, con prolongado martirio acabaron con la vida aquellos desdichados, más a las repeticiones del golpe que al corte de la cuchilla».

El final de un imperio de banqueros

Carvajal no debía temer represalias. El Consejo de Indias retiró la concesión a los Welser ese mismo año por incumplimiento del contrato de arrendamiento. Tampoco en la Corte imperial les quedaban ya muchos aliados a estos banqueros, dadas las sospechas de que estaban apoyando al movimiento luterano en Augsburgo.

En 1556, con la suspensión de pagos decretada por Felipe II, que afectó también a los Fugger, se inició un rápido declive de las actividades financieras

Después de esta terrible experiencia, los alemanes no volverían a conseguir establecer una colonia permanente en América, a excepción de casos aislados como es el caso de la Compañía Africana de Brandeburgo. Suyo fue el control del comercio de esclavos en la isla de Santo Tomás (las Islas Vírgenes).

Los Welser tampoco tuvieron una segunda oportunidad. En 1556, con la suspensión de pagos decretada por Felipe II, que afectó también a los Fugger, se inició un rápido declive de las actividades financieras de la familia. En 1614, en los albores de la Guerra de los Treinta Años, fue declarada la quiebra de la Casa Welser, siendo Matías Welser encarcelado y perdiéndose el rastro de sus archivos familiares en la bruma de los tiempos.

El Asedio de Metz, la cruel derrota que humanizó al hasta entonces indestructible Carlos V


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  • La humillación de Innsbruck y la derrota contra los franceses sacaron a flote un sentimiento de culpabilidad que Carlos no podía soportar: su enfermedad había interferido en sus planes militares. Un ejército de 55.000 soldados, dirigido por el Gran Duque de Alba, fue vencido por el invierno en su intento de recuperar la ciudad obispal

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Tiziano presentó en su cuadro de la batalla de Mühlberg a un atlético e imperial Carlos V. El guerrero invicto a lomos de un caballo, cabalgando, lanza en ristre, en solitario, por un sombrío pero calmado paisaje alemán. Sin rastro de polvo ni de sangre ni de sudor. Un ser inmortal que nada tenía que ver con el verdadero Emperador, un hombre aquejado de gota, castigado por décadas de guerras, y con una infinidad de años menos de los que aparentaba. Poco después de la batalla, Carlos demostraría al mundo que del jinete pálido de Mühlberg ya solo quedaban las ruinas.

A mediados del siglo XVI explotó en Alemania la tensión religiosa prendida por Lutero varias décadas antes. Interesados en minar la autoridad del Emperador, varios príncipes alemanes asumieron como suyo el mensaje de la Reforma, ya fuera de forma sincera o por congraciarse con los sectores populares. En la batalla de Mühlberg, 1547, se enfrentaron estas dos alemanias, saliendo vencedor indiscutible el Emperador y la causa católica. Frente a su inferioridad numérica, el Emperador respondió con uno de sus habituales golpes de efecto: logró que se cambiara de bando uno de los cabecillas luteranos, el Duque Mauricio de Sajonia, que ambicionaba el título y los territorios de su primo Juan Federico I de Sajonia.

Todos contra Carlos V

Con Lutero muerto y la Liga de Esmalcalda derrotada por la vía de las armas en 1547, los cabecillas protestantes fueron encarcelados en el castillo de Halle y los aliados de Carlos V recompensados. A Mauricio de Sajonia le otorgó el cargo de elector por todos sus servicios, y a los que habían permanecido del lado imperial les recompensó con diferentes prebendas. El César y sus aliados habían triunfado por completo, aunque aquello solo fuera a durar un instante.

En poco tiempo los príncipes alemanes supervivientes se aliaron con el nuevo Rey de Francia, Enrique II, quien tomó de golpe las plazas imperiales de Metz, Toul y Verdún, al tiempo que los turcos conquistaban Trípoli.

Plano del asedio de Metz, una ciudad con importantes fortificaciones y defensas naturales

Plano del asedio de Metz, una ciudad con importantes fortificaciones y defensas naturales

Todos sus rivales se conjuraban a la vez contra Carlos. Aunque entre ellos no se podía incluir Francisco I de Francia, que falleció a causa de la sífilis en marzo de 1547 sin poder asistir a los éxitos de su hijo. Mientras una fuerza francesa reclamó los territorios españoles en Italia, Mauricio de Sajonia traicionó a los católicos y se puso al frente de un nuevo ejército protestante, concentrado en Franconia, que pretendía liberar Alemania del «yugo de los españoles y de los sacerdotes de Roma».

El 6 de abril de 1552, Carlos se vio obligado a salir en medio de la noche del castillo de Innsbruck (Austria) por una puerta secreta. La traición de Mauricio sorprendió al Emperador Carlos sin más compañía que un puñado de soldados y su séquito más próximo.

El guerrero invicto, al menos en la Europa cristiana, nunca había sido humillado de una forma tan determinante

El Monarca atravesó terrenos montañosos y fríos estando prácticamente inmóvil por la gota. Una vez en Innsbruck, Mauricio entregó a sus soldados los bienes del Emperador y mató a varios de sus criados. El guerrero invicto, al menos en la Europa cristiana, nunca había sido humillado de una forma tan determinante. Además, el traicionero Mauricio se había permitido firmar en Chambord que no se elegiría nuevo emperador de Alemania sin el beneplácito del Rey francés, lo que equivalía a entregar el imperio a los franceses.

Una vez a cubierto, Carlos reclamó la ayuda de su más fiel compañero de armas, Fernando Álvarez de Toledo, el noble castellano que había dirigido sus tropas en Mühlberg. Su venganza se inició desde Milán, donde el Duque de Alba levantó un ejército que pretendía reconquistar la ciudad francesa de Metz «para sacarle el pie (al Rey de Francia) de Alemania». Con este fin pagó con sus propios bienes un ejército de 7.000 hombres y se dirigió a recoger a su Rey.

Carlos partió de Lienz, acompañado del Duque de Alba y de sus tropas italo-españolas, hacia Munich, donde se reunió con sus soldados alemanes. En Augsburgo y Ulm repuso a los regidores destituidos por Mauricio y expulsó a los anabaptistas y zwinglianos. Asimismo, en Kaiserslautern se juntó con sus ejércitos neerlandeses, dirigidos por el Señor de Boussue. Ahora sí, podía lanzarse con garantías a reconquistar la estratégica ciudad de Metz.

Recuperar Metz era urgente porque se trataba de perla de Lorena, uno de los dominios patrimoniales recibidos directamente de manos de su abuelo Maximiliano. Reunió con este propósito al que tal vez fue el mayor ejército del siglo XVI, 55.000 hombres, para enfrentarse a Francisco de Lorena, el astuto defensor de la plaza. El Duque de Guisa mandó reparar a toda prisa las murallas y destruir los arrabales hasta convertir el lugar en una fortaleza moderna.

Desde el principio las cosas no fueron como había previsto el César. Un nuevo ataque de gota del Emperador retrasó aún más los planes imperiales. En Landau tuvo que detenerse dos semanas por la gota y el 13 de octubre sufrió un segundo ataque que le dejó postrado en Thionville hasta el 10 de noviembre.

Impaciente, el Duque de Alba se adelantó a su comandante para preparar las obras de asedio. El 31 de ese mes abrió fuego contra la sección inmediatamente al norte de la Porte des Allemands, si bien no logró ningún avance. Así, el 2 de noviembre trasladó las baterías a sur de la ciudad, entre el Seille y el Mosela. Desde allí, protegidos por los ríos de las posibles salidas de los defensores, inició un bombardeo sostenido sobre la población. Mantenía en ese momento un cerco desde tres puntos distinto, pero apenas había hecho cosquillas a sus murallas.

Cuando Carlos V al fin llegó con el resto del ejército el año estaba demasiado avanzado y el transcurso del verano había permitido a los pobladores de Metz hacer acopio de víveres. Si bien la moral imperial creció con la llegada del Monarca, que fue recibido con tres sonoras salvas (si bien dirigidas hacia las murallas, por eso de no despercidiar ninguna bala); el factor psicológico se disolvió rápido.

Alba concentró ahora sus ataques, al oeste, entre la Porte de Champenoise y la Tour d’Enfer. El 24 de noviembre, y 1448 andanadas después, se pudo derribar un baluarte y unos días después se abrió una brecha en la muralla. Pero, al disiparse el polvo, los atacantes descubrieron una segunda muralla detrás. Los franceses habían planificado la defensa al detalle. Insistir aún así en sus planes fue un grave error estratégico de Carlos V, sobre todo cuando había entre sus filas capitanes abiertamente hostiles al Emperador y a la forma en la que estaba conduciendo las cosas Alba.

Acampados en un terreno inundado por las lluvias y sin víveres, las enfermedades debilitaron pronto a los soldados, especialmente a los italianos y españoles debido a su equipamiento inadecuado para un clima así. Carlos perdió por el camino a la mitad de su ejército por muerte o deserción.

El 26 de diciembre de 1552 se desistió definitivamente el asedio; y el primer día de enero, durante la noche, se levantó el sitio en contra de la opinión del Duque de Alba. A pesar de la lluvia de críticas procedentes de Alemania, Carlos V elogió en todo momento el papel del general castellano y le exculpo de cualquier responsabilidad: «No podría tener en más alta estima a Alba si hubiera tomado Metz y París juntos».

El Emperador se retiró con su fama de guerrero invicto resquebrajada hacia Bruselas, donde, a principios de 1553, sufrió un colapso físico y mental

El repliegue fue aún más lastimoso que el propio asedio: se abandonaron a 600 soldados enfermos o demasiado heridos para seguir la marcha. El Emperador se retiró con su fama de guerrero invicto resquebrajada hacia Bruselas, donde, a principios de 1553, sufrió un colapso físico y mental luego de aquel año infernal. La confianza le había abandonado y Francia le ganó, por una vez, la partida.

A diferencia de su padre, Enrique tenía claro los puntos débiles de su enemigo. El problema de Carlos es que tenía demasiados territorios que defender y pocos recursos para mantener varios tantos frentes activos a la vez. En ese fatídico otoño de 1552, mientras Carlos sitiaba Metz, Enrique II mantenía un ejército de observación en Champaña, por si Metz necesitaba apoyo, otro en la frontera septentrional, desde donde sitió Hesdin y un tercero en Italia. Precisamente fue el ataque a Hesdin el que obligó a las fuerzas imperiales a marcharse de Metz en última instancia.

El colapso físico del Emperador

La humillación de Innsbruck y la derrota de Metz sacaron a flote un sentimiento de culpabilidad que Carlos no podía soportar: su enfermedad había interferido en sus planes militares. La postración le invalidó para conducir las actividades de gobierno, de modo que su más enérgica hermana, María de Hungría, se hizo cargo de la regencia de los Países Bajos, su hijo de los reinos hispánicos y su hermano Fernando de los asuntos imperiales, como en la práctica llevaba haciendo años.

La muerte de su madre, Juana «La Loca», a mediados de 1555, empeoró su estado. Empezó a permanecer horas de rodillas en una estancia sin apenas luz, y en una ocasión comentó haber oído a su madre difunta decirle que la siguiera.

Ese mismo año dispuso todo para que se realizara la transmisión de poderes hacia su hijo y que el título imperial pudiera pasar a su hermano. Aceptó así gastar sus escasas energías en presidir la última gran ceremonia pública de su vida, un acto simbólico de abdicación en su palacio de Bruselas. Después de las ceremonias, el Emperador se retiró con un pequeño séquito a Cuacos de Yuste, Extremadura, la remota última morada del héroe.

Curiosamente, Mauricio de Sajonia perdió la vida poco después de propiciar el fracaso imperial. El elector, en prevención de una derrota, firmó en 1552 la Paz de Passau con el Emperador, rompiendo su alianza con Enrique II, pero consiguiendo una mayor libertad religiosa para los príncipes alemanes. Sin embargo, no todos los luteranos estuvieron de acuerdo con esta paz, siendo el demente, arruinado y alcohólico Marqués de Brandenburgo quien protestó con más desperfectos. Convertido casi en un bandido, el marqués se dedicó a atacar las poblaciones indefensas, indiferentemente de su religión, como si viviera en un estado de anarquía permanente.

Con el fin de acabar con su pequeña rebelión, Mauricio de Sajonia dirigió un ejército formada por príncipes protestantes y católicos contra el noble en la batalla de Sievershausen, cerca de Gottingen, el 9 de julio de 1553. Mauricio fue gravemente herido y falleció dos días después.

El otro Renacimiento: pólvora, horror y gangrena en tiempos del mercenario Giovanni de Médici


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  • Esta semana recomendamos una película sobre la última semana de vida de uno de los condotieros más legendarios de la historia, vencido, únicamente, por la llegada del ferrocarril de su tiempo: «El oficio de las armas» (Ermanno Olmi, 2001)
Fotograma de la película «El oficio de las armas» (2001)

Fotograma de la película «El oficio de las armas» (2001)

Al igual que «Donnie Darko» para la ciencia ficción o cualquiera de las películas de los hermanos Coen para la comedia negra, «El oficio de las armas» (Ermanno Olmi, 2001) se ha convertido en una suerte de película de culto para los aficionados a la historia militar. Un secreto delicioso. Su capacidad de trasladarnos a los años crepusculares de los condottieros italianos (capitanes de compañías mercenarias) y su aire de miseria exquisita abriga el sobrio relato de los últimos días de Giovanni de Médici, el capitán de una mítica banda de mercenarios italianos curtida en mil batallas, literalmente.

Guerra, pólvora, amputaciones y mercenarios honorables… No solo de arte y humanismo vivió aquel tiempo, porque también eso fue el Renacimiento.

Del bando imperial al francés

Ermanno Olmi, guionista y director, cuenta la última semana de vida de Giovanni de Médici como capitán del ejército papal en la campaña contra los lansquenetes del emperador Carlos V. Una de las muchas acciones en las que dirigió a sus Bandas Negras. «En vida, ya era un mito, pues se lo disputaban los príncipes por su gran experiencia en el oficio de la guerra. Amaba la vida. La diosa Fortuna y las mujeres le sonreían. Ni un pensamiento sobre la muerte cruzaba su mente. Su ruina fue la aparición de las armas de fuego: una bala de cañón le alcanzó una pierna, la gangrena se extendió y hubo que amputarla», explica la sinopsis como si la pólvora fuera el ferrocarril de una película del Oeste, arrasando y pisando una forma de vida en vías de extinguirse. De ahí que el director se recree con una escena en la que se muestra paso a paso la fabricación de un falconete.

El legendario condottiere era conocido como «Giovanni dalle Bande Nere», en referencia a la unidad de mercenarios que levantó y dirigió. La compañía se componía principalmente de jinetes y arcabuceros, incluyendo los primeros arcabuceros montados de Europa. Sus caballos turcos y berberiscos les dieron fama de ser la mejor caballería de Italia, aunque su indisciplina recordó a las naciones europeas el escaso valor de las fuerzas mercenarias.

En este sentido estos mercenarios empezaron a portar bandas y armaduras negras de luto a raíz de la muerte del Papa León X, que pertenecía a la familia de los Médici, y se ganaron así su sobrenombre. De hecho hasta la muerte del Papa, la unidad sirvió junto a los imperiales al servicio del general borgoñón Carlos de Lannoy.

El florentino y sus aproximadamente 4.000 hombres se pasaron a las filas francesas del Rey Francisco I con el pretexto de que su compromiso era con el anterior Papa. Si bien, lo cierto es que el galo simplemente había realizado una oferta económica mayor. Junto a los franceses y por su oro combatieron en las batallas de Bicoca y Sesia (en 1522 y 1523, respectivamente). No obstante, la fortuna que había acompañado a las Bandas Negras hasta entonces se tornó en penalidades con el cambio de bando. Se achaca a unos soldados de Giovanni el haber introducido la peste en Milán durante la campaña de 1524 al regreso de una de las correrías de la compañía.

El último defensor válido de Roma

Las Bandas Negras también tomaron parte en la campaña de Pavía de 1524-1525, pero no en la misma batalla, que devino en desastre para los intereses franceses. Esto se debió a que durante una escaramuza en las proximidades de Pavía recibió el de Médici un disparo de arcabuz en una rodilla. Gracias a un salvoconducto concedido por el Marqués de Pescara –general español de las fuerzas imperiales en Pavía–, el capitán florentino y sus tropas pudieron ser trasladados a Piacenza para recibir asistencia médica. Lo cual demuestra el respeto que se había granjeado en los campos de batalla incluso entre sus enemigos.

Pero más allá del respeto, ¿le quedaba algún cartucho de suerte para aquellas fechas? En 1526, Giovanni de las Bandas Negras se vio obligado a ponerse al frente del ejército papal junto a Francesco Maria della Rovere cuando los ejércitos imperiales, libres del marcaje francés, iniciaron una marcha hacia la ciudad de San Pedro. Aquello iba a terminar con el famoso Saco de Roma, entre otras cosas porque los dos capitanes papales no supieron entenderse para organizar una defensa coordinada. Al contrario, el de Médici se dedicó a hacer, por su cuenta, la guerra que más le gustaba: hostigar la retaguardia enemiga.

En uno de los escasos combates que pasaron la categoría de escaramuza, las tropas de Giovanni de Médicis atacaron en Borgoforte a los lansquenetes, que avanzaban por el Serraglio. Fiel a su estilo de combate, el italiano pretendía caer con temeridad sobre la retaguardia enemiga, sin percatarse de que había dejado expuesto su flanco izquierdo a los disparos de unos falconetes que los imperiales escondieron un día antes entre la maleza. Los jinetes fueron masacrados por la temida artillería y su capitán herido por una bala de cañón.

«Ni siquiera 20, dijo Giovanni sonriendo, me podrían sostener»

Según cuentan las crónicas, cuando la bala impactó contra su pierna derecha, el condottiero de 28 años fue trasladado al palacio del Marqués Luigi Alessandro Gonzaga en Mantua. Su médico apremiado por la gangrena decidió intervenir amputando la extremidad. Diez hombres fueron llamados para mantener sujeto al guerrero durante el proceso. «Ni siquiera veinte, dijo Giovanni sonriendo, me podrían sostener. Y él tomó una vela en la mano, para que pudiera hacer la luz sobre sí mismo», escribió el poeta Aretino, considerado «el mayor calumniador de su tiempo» a propósito de otros temas que no vienen al cuento.

Así y todo, Juan murió cinco días después, el 30 de noviembre de 1526. El cirujano poco pudo hacer, la gangrena estaba muy avanzada. No en vano, investigaciones modernas han demostrado que falleció a consecuencia de una infección y no directamente por la torpeza de los cirujanos como siempre se había creído.

El final de una era

Las Bandas Negras no sobrevivieron mucho tiempo sin su capitán. Se retiraron del asedio a Nápoles en 1528 junto los restos del ejército francés, diezmados por la peste bubónica, y finalmente se rindieron a las tropas imperiales a finales de ese año, cesando su existencia poco después. Es más, con la muerte de Giovanni y de otros miembros de su generación se puso fin a una forma de hacer la guerra en Italia que había durado 250 años. La de los soldados de fortuna que se vendían al mejor postor a través de un sistema escrupulosamente reglamentado, que incluía un contrato (una condotta, de ahí el nombre) con el reino, república o principado.

Este aspecto crepuscular de los mercenarios renacentistas, sustituidos por una nueva remesa de soldados a sueldo todavía más brutales y más vinculados a la pólvora, queda retratada al principio de «El oficio de las armas» con una cita de Tibulo, siglo I a.C:

«¿Quién fue el primero que inventó las espantosas armas? Desde aquel momento hubo estragos y guerras y se abrió un camino más corto a la cruel muerte. Aun así, el miserable no tiene la culpa! Somos nosotros los que usamos mal aquello que él nos dio para defendernos de las feroces fieras»