Category: Alemania



ABC.es

  • Roosevelt aludió a él como prueba de los planes de Hitler, pero no era más que una falsificación

nazimapareal-uno-kbgf-620x349abc

 

Algunos engaños han sido tan determinantes en la historia como las certezas más absolutas. Por mucho que se insista en que tienen las patas muy cortas, las mentiras pueden causar confusión en un momento dado, generar tensiones y terminar desencadenando acciones irreversibles. Un buen ejemplo de ello es el caso que en su día analizó con detalle el blog Mental Floss: un mapa nazi con los supuestos planes de Hitler para reorganizar Sudamérica, que Franklin D. Roosevelt presentó como prueba de la hostilidad alemana. No le habría faltado razón… si no fuese porque se trataba de un descomunal fraude.

La primera vez que el presidente estadounidense hizo referencia a dicho mapa fue en octubre de 1941. Si bien había hecho campaña prometiendo que permanecería neutral en la II Guerra Mundial, Roosevelt habló públicamente del documento como la evidencia de que los nazis eran una amenaza real para su país. «Tengo en mi poder un mapa secreto diseñado por el gobierno de Hitler, con información sobre cómo pretenden reorganizar Sudamérica y parte de América Central», anunció el mandatario. El plano al que se refería es el que puedes ver bajo estas líneas.

De poco sirvió que desde Alemania se negase la veracidad del mapa. Dos meses después declararían la guerra a Estados Unidos, señalando las palabras de Roosevelt como ejemplo de provocación. El asunto fue diluyéndose en el olvido hasta que, varias décadas más tarde, el documento apareció entre los papeles del antiguo presidente y pudo ser examinado. La conclusión de expertos como Nick Cull, de la Universidad del Sur de California, fue una auténtica sorpresa: no sólo era falso, sino que no había sido elaborado por los americanos… y tampoco por los alemanes.

En opinión de este historiador, fue el servicio de inteligencia británico quien creó el mapa y lo utilizó para sacar a Estados Unidos de su neutralidad. El autor del mismo podría ser William Stephenson, un canadiense que colaboraba con los británicos desde Norteamérica. Parece que su plan inicial era dejarlo en algún lugar propicio para que fuese el FBI quien hiciese el hallazgo, pero finalmente lo entregó directamente a los americanos asegurando haberlo encontrado en un registro en un almacén nazi.

¿Sabía Roosevelt que estaba presentando a sus ciudadanos un documento falso? Nick Cull cree que como mínimo lo sospechaba. En el manuscrito original de aquel discurso de octubre de 1941 escribió las palabras «un mapa de indudable autenticidad», tachándolas después para sustituirlas por «un mapa secreto». Quizá fue su forma de cubrirse las espaldas por si el verdadero origen del plano salía a la luz antes de lo previsto.


ABC.es

  • ABC Historia te recomienda una película soviética de los años 70 que narra la actuación de una parte del Ejército Rojo en la «Tormenta de invierno», el último intento de Hitler por llevar refuerzos hasta la ciudad para evitar que fuese retomada por los rusos
 Soldado alemán en Stalingrado - Bundesarchiv

Soldado alemán en Stalingrado – Bundesarchiv

Noviembre de 1942. Ese fue el fatídico mes en el que el sueño ruso de Adolf Hitler dio sus últimos coletazos hasta casi evaporarse por completo. Aquella fecha supuso la culminación de un crudo invierno en el que la obcecación del «Führer» por la conquista de Stalingrado provocó una sangría contante de muertes. Miles de alemanes cayeron ante la fuerza del general invierno y la determinación soviética. Todo ello, para tomar la ciudad que llevaba el mismo nombre que el «Camarada jefe».

Quizá fue por eso (o simplemente porque ya empezaban los mismos delirios de grandeza de Hitler que se harían más patentes todavía en el búnker de Berlín) por lo que el líder germano se negó a que sus tropas se retiraran de la urbe aquellas navidades a pesar de verse muy superados en número por el Ejército Rojo.

Fuera como fuese, aquella decisión le valió a los soldados alemanes que habían conquistado Staligrado una agonía lenta y gélida. Y es que, en la llamada «Operación Urano», los soviéticos rodearon la ciudad y se dispusieron a esperar que sus enemigos -ahora totalmente aislados- murieran de hambre y frío. La única esperanza que hacía que los nazis siguieran rechazando las oleadas de enemigos día tras día radicaba en las fuerzas mecanizadas de Erich Von Manstein.
 Este veterano mariscal recibió órdenes de romper el cerco ruso y enlazar con sus compañeros atrapados. Crear, en definitiva, un corredor a través de ese anillo de fuerzas stalinistas por el que pudieran llegar refuerzos hasta los hombres del VI Ejército al mando de Von Paulus (los militares a los que se les había encomendado la defensa de la urbe). Hitler no barajaba la retirada de la ciudad, en todo caso.

Esta misión de salvamento fue llamada «Tormenta de invierno», y el cine le ha dedicado pocos minutos a lo largo de la historia. Sin embargo, una de las pocas películas que trata este trágico momento de la batalla de Stalingrado es «Nieve Ardiente».

El largometraje es ruso, fue creado en los 70 y narra como, durante la ofensiva de Manstein, un contingente del Ejército Rojo al mando del teniente general Bessonov se vio obligado a defender el «anillo exterior» establecido por los soviéticos de decenas de carros de combate germanos para evitar que lleguen hasta Paulus. La cinta, más concretamente, se centra en la épica defensa del río Mishkova de un grupo de cañones anticarro. El último muro, según da a entender el film, entre los nazis y la ciudad del «Camarada Jefe».

El largometraje, sumamente interesante a pesar de la antigüedad, es -con todo- una exaltación de los militares rusos. Y es que, no en vano fue rodado en plena Guerra Fría. A su vez, se olvida de la otra «parte» de la contienda: la visión de unos sitiados que morían a centenares por el frío en la urbe. No obstante, supone un documento gráfico interesante para los interesados en la contienda, pues es casi único en su género y -además- permite discernir la mentalidad que inculcaron los soviéticos a sus hombres durante la Segunda Guerra Mundial (la idea de que morir por la Madre Rusia era un privilegio y que nadie podía retirarse ante el enemigo).

Una misión absurda

La odisea germana dio sus primeros pasos allá por el 19 de noviembre de 1942. Por entonces el VI Ejército Panzer de Paulus andaba ya defendiéndose en una parte de Stalingrado de las continuas oleadas de soldados soviéticos. Todos ellos, ansiosos verdaderamente de expulsarles de sus tierras. Ese día fue en el que comenzó la «Operación Urano»: una misión mediante la que el Ejército Rojo rodeó la ciudad para «embolsar» a sus defensores y lograr que, finalmente, se rindiesen.

Tal y como explica el periodista e historiador Jesús Hernández en su obra «Breve historia de la Segunda Guerra Mundial», los hombres de Stalin lograron completar su objetivo en pocas jornadas tras atacar puntos estratégicos de las defensas nazis (concretamente, en los que resistían combatientes rumanos al servicio de Hitler).

«El 23 de noviembre, los rusos procedentes tanto del norte como del sur arrollaron por completo a los rumanos y convergieron sobre un puente que que atravesaba el río Don en Kalash, que era la línea de comunicación y abastecimiento del ejército de Paulus. […] En el interior habían quedado aislados 300.000 hombres», explica el autor del blog «¡Es la guerra!».

¿Por qué no se retiraron los nazis? En palabras del experto, por dos causas. La primera, que no se podían permitir perder una ciudad de tanta importancia moral para el Tercer Reich. La segunda, que Hitler se había dejado convencer por Hermann Goering (al mando de la Luftwaffe) de que era posible reabastecer a las tropas cercadas a través del aire.

«El pomposo mariscal Goering no dudó en comprometerse ante Hitler a que su “Luftwaffe” abastecería al VI Ejército estableciendo un puente aéreo», añade el experto español. Goering propuso su plan al «Führer» afirmando que sus fueras aéreas podrían mantener con vida a aquellos hombres hasta que se enviara una fuerza de auxilio que rompiera el cerco y liberara a Paulus.

La promesa era totalmente falsa, pues de las 700 toneladas diarias de alimentos y material que prometió hacer llegar a los defensores, apenas logró enviar 100. Con todo, Hitler no dudó y ordenó a Erich Von Manstein ponerse al frente de un contingente mecanizado de ruptura. Una fuerza que se las vería con los rusos, que se habían atrincherado en las afueras de Stalingrado para evitar que nadie reforzara a los supervivientes que resistían en el interior.

Muerte gélida

Mientras los hombres Von Manstein se dirigía hacia Stalingrado, los defensores de la ciudad sufrían todo tipo de penurias. La mayoría de ellas son analizadas pormenorizadamente por el popular historiador Antony Beevor en su obra «Stalingrado».

Así pues, el experto explica que una de las principales causas de las penurias era la congelación debido a las bajas temperaturas (de hasta 25 grados bajo cero) que se sufrían en la urbe. La mayoría de los supervivientes coincidieron posteriormente en que, tras dejar este mundo, los cadáveres no tardaban en congelarse. Y otro tanto sucedía con la sangre que salía de las heridas.

«Jamás podré olvidar el ruido que hacían las balas al chocar contra los cuerpos congelados», explicaba un soldado de una unidad de Guardias soviético. Aquello era, sin duda, un infierno helado.

«Los tablones, mesas, e incluso las literas cuando los hombres morían, eran troceados para hacer leña. El único sucedáneo del calor real era la atmósfera viciada», explica Beevor. El ambiente más que gélido. El único calor que se podía disfrutar era el humano. El que salía de los cientos de cuerpos que se agolpaban en el interior de los refugios, y no era precisamente algo higiénico, sino más bien asqueroso (pues iba acompañado con un terrible hedor motivado por la escasez de combustible para derretir nieve con la que lavarse).

El frío, con todo, agudizó el ingenio de los alemanes que resistían en el interior de Stalingrado. «Con frecuencia dormían dos en una litera tapándose las cabezas con una manta en un intento lamentable de compartir el calor corporal», completa Beevor. Tampoco era raro que algunos de sus miembros se congelasen y fueran devorados por ratones. Así lo corroboró un soldado que, cuando se despertó, vislumbró con pavor cómo unos roedores se habían merendado dos de los dedos de su pues (los cuales estaban totalmente helados).

La muerte, en definitiva, esperaba tras cada esquina a aquellos que no podían resguardarse del frio y la nieve. Y no era raro que, los que tenían la suerte de poder calentarse brevemente, tiritaran constantemente. De hecho, los heridos que eran dejados en el exterior de los aeródromos (donde esperaban ser evacuados) solían morir como un témpano de hielo.

Triste hambre

Por si fuera poco, el hambre también golpeaba severamente la moral y la integridad física de los combatientes. En principio la carne (que escaseaba) solo podía cortarse con un serrucho por la congelación. Pero eso solo fue durante los mejores momentos (en los que había vacuno o cerdo que llevarse a la boca). Con el paso de las jornadas, los defensores empezaron a nutrirse de jamelgos para llenarse la barriga.

Después se empezó a vivir de las pocas cajas que traían los aviones que lograban romper el cerco (algo nada sencillo debido a la presencia de cazas enemigos y baterías antiaéreas). El problema fue que en envío de vituallas fue más que pobremente organizado y no era raro que, al abrir un cajón de madera, lo que hubiera dentro fueran preservativos, caramelos o harina (cuando no disponían de hornos en los que cocinar pan). Un verdadero desastre.

La falta de alimentos, unida a las gélidas tempraturas, provocó todo tipo de problemas físicos y psicológicos. «Con frecuencia, estaban con la mente en libros habían circulado hasta que se desintegraban o se perdían en el barro y la nieve, pero ahora poquísimos conservaban energía para leer», señala Beevor en su obra.

A su vez, en los aeródromos se empezaron a abandonar los juegos como el ajedrez (los cuales requerían demasiada concentración). Y ese solo fue el principio, ya que esta combinación provocó también severas alucinaciones en determinados combatientes. «En muchos casos, no obstante, la falta de alimento no llevó a la apatía sino a ilusiones enloquecidas, como las de los antiguos místicos que escuchaban voces a causa de la desnutrición», añade el autor en su obra.

La situación era tan precaria que muchos soldados alemanes preferían suicidarse a permanecer un día más allí. Los más avispados, por el contrario, se herían levemente para así solicitar ser llevados a retaguardia en avión. En principio la idea no fue mala. Sin embargo, con el paso de las jornadas el número de combatientes que recurrió a este truco fue tan elevado que la policía militar germana tuvo que usar en más de una ocasión a las armas para poner orden entre los presuntos heridos.

La denfesa soviética

Mientras los defensores se congelaban en las ruinas desvencijadas de Stalingrado, Von Manstein avanzaba en contra del reloj en su auxilio.

«El plan de Manstein para rescatar al VI Ejército -la Operación Tormenta de Invierno- fue desarrollado con una consulta punto por punto con el cuartel general del “Führer”. Su objetivo era penetrar hasta el VI Ejército y establecer un corredor para proporcionarle suministros y refuerzos», determina Beevor. A pesar de los consejos que se le ofrecieron, el líder nazi se negó en todo momento a que ese pasillo fuera utilizado para escapar. No concebía una huida de una ciudad que consideraba la piedra angular de la moral soviética.

«El plan de Manstein para rescatar al VI Ejército -la Operación Tormenta de Invierno- fue desarrollado con una consulta punto por punto con el cuartel general del “Führer”»

Tras el planteamiento de la operación, llegaron a los puntos de partida los carros de combate que protagonizarían la ofensiva. Entre ellos destacaban los temibles tanques «Tiger». Nuevo en aquel momento, pero sumamente efectivo y temible al contar con un potente cañón de 88 mm. Posteriormente, aquellos tanquistas que lograron sobrevivir a la guerra dijeron en multitud de ocasiones que este había sido uno de los mejores vehículos acorazados en los que habían combatido.

«En la noche del 10 de diciembre, los comandantes recibieron la “Orden para el ataque de liberación de Stalingrado”», añade el experto. La ofensiva comenzó tan rápido que causó sorpresa entre los generales soviéticos. De hecho, los hombres de Manstein lograron varias victorias en su avance. Sin embargo, su número de vehículos era tan limitado (al igual que pasaba con el combustible) que solo era cuestión de tiempo que cayeran ante el imponente Ejército Rojo.

Película ¿Realidad o ficción?

«Nieve ardiente» ubica su acción a orillas del río Mishkova (apenas a 70 kilómetros de la zona defendida por el VI Ejército de Paulus). Según narra esta película (que, a pesar de todo, es aconsejable ver) los soviéticos tuvieron que defenderse a sangre y fuego contra el gigantesco contingente alemán de Manstein, ávido de romper el cerco y llegar hasta Stalingrado.

El largometraje nos muestra las penurias de una unidad de cañones anticarro que, a pesar de verse superada por el enemigo, trata de mantenerse estoica sabedora de que su actuación es lo único que puede detener la «Tormenta de invierno». Como film rodado en la Guerra Fría, podemos imaginarnos el resultado: diálogos patrióticos, muertes por la Madre Rusia y una buena dosis de orgullo patrio.

Pero… ¿Hasta qué punto fue real esta defensa? Lo cierto es que los hechos han sido exagerados por el guionista. Y es que, aunque es cierto que hasta el río Mishkova llegaron las divisiones de Herman Hoth (a quien se encargó la liberación), retazos de la 17 división blindada y varios «Tiger», su número era mucho menor al que se nos muestra en el largometraje. A su vez, y como explica Beevor en su obra, esta zona no fue finalmente relevante en la ofensiva.

Entre los errores de la película, destaca que Paulus tenía muy difícil enlazar con los hombres del Mishkova, pues los escasos carros de combate que le quedaban apenas contaban con combustible para avanzar 20 kilómetros a finales de diciembre, cuando debía recorrer un total de 65 para salvarse.

Además, la realidad es que, cuando los panzer llegaron a orillas del Mishkova, se toparon con carros de combate soviéticos, con los que trabaron un duro combate. Y no solo con una unidad de cañones anticarro, como se explica en la obra. Por otro lado, la ofensiva no se desarrolló en los términos que relata el film, pues no fueron los rusos los únicos que se vieron sometidos a un intenso fuego de los nazis. «Las divisiones blindadas en el Mishkova estaban también sometidas a un enérgico bombardeo, en el que la 6 División blindada perdió 1.100 hombres en un solo día», añade Beevor.

Lo que sí es cierto es que los alemanes, tal y como se muestra en el film, trataron de llevar a cabo varios ataques sobre las unidades situadas en el Mishkova con el objetivo de tomar posiciones, algo que llegaron a hacer (aunque posteriormente las perdieron). Al final, todo acabó en retirada y en la perdición del VI Ejército.


ABC.es

  • José María Beneyto publica su última obra; una novela histórica editada por «Espasa» que recoge las desventuras de un personaje cuya vida supera la ficción: Juan Pujol (Garbo)
Desembarco de Normandía - ABC

Desembarco de Normandía – ABC

El espía que más daño hizo al «Führer» no pertenecía a ninguna de las grandes potencias que dedicaban millones a entrenar a su personal en el arte de lo oculto. No era un hombre del NKVD soviético, ni un agente encubierto de la resistencia francesa y, ni tan siquiera, un militar de la Oficina de Servicios Estratégicos estadounidense (más conocida por sus siglas: OSS). Era un catalán llamado Juan Pujol (alias Garbo). Un español que, en lugar de tener a sus espaldas cinco o seis primaveras de experiencia desactivando bombas o infiltrándose en bases secretas nazis, había pasado su juventud criando pollos y escapando de los frentes de batalla.

Sin embargo, la pericia de este español (y la de su mujer, Araceli González, actriz indispensable en su vida) le valieron para engañar a los alemanes, hacerse pasar por un espía germano (cuando en realidad era un agente doble al servicio de los británicos) y lograr que el mismísimo Adolf Hitler creyera que el Desembarco de Normandía se sucedería en Calais, a varios kilómetros de las playas en las que realmente se iba a llevar a cabo la invasión.

La historia de Pujol demuestra que, en muchos casos, la realidad que podemos palpar día a día con nuestras propias manos supera a la ficción que inventan las pensantes mentes de Hollywood. Deja claro que, en ocasiones, hay personas que logran superar las barreras que les plantea el destino y llegan a solventar situaciones increíbles. Y es precisamente por ello por lo que José María Beneyto (catedrático, político, abogado y escritor) la ha elegido con sumo mimo para servir de pilar básico de su última novela histórica: «El espía que engañó a Hitler» (editada por «Espasa» y presentada el pasado día 10 de enero en el Instituto Goethe de Cultura Alemana de Madrid).

«Elegí a Pujol porque es un personaje literario y, a la vez, influyente en la historia. Él mismo es una mezcla de realidad y ficción. Una ficción que desarrolla después al inventarse una red de 27 falsos espías que envían información fraudulenta a los alemanes (y en los que estos acaban confiando ciegamente)», explica Beneyto en declaraciones a ABC.

En sus palabras, este catalán es, gracias a la ingente cantidad de datos e informes que se inventaba para despistar a los alemanes, una novela en sí mismo. «El espía necesita identificarse con el enemigo para poder engañarle. Esa capacidad literaria le permitió introducirse en el cerebro de Hitler para depositar el veneno de la desinformación».

El título de la obra ni engaña ni da lugar a equívocos. Al fin y al cabo, Garbo mantuvo su tapadera hasta el final y jamás fue descubierto por el Abwehr, el servicio de inteligencia alemán. Un grupo que fue el artífice de operaciones de tal calibre como la destrucción de la red de resistencia más famosa de Holanda.

Pero Pujol no solo logró evitar que le cazasen con las manos en la masa ayudando a los aliados, sino que fue condecorado por los alemanes con la Cruz de Hierro de segunda clase por sus labores de espionaje al servicio de los nazis. Y todo ello, a pesar de que les estaba tomando el pelo y se dedicaba a manderles información fraudulenta como -por ejemplo- la falsa ubicación de los convoyes de mercantes que llegaban desde Estados Unidos a través del Atlántico para evitar que Gran Bretaña se muriera de hambre.

De Madrid a Portugal

En su interesante obra, Beneyto nos traslada en primer lugar hasta el viejo Madrid de enero de 1941. Tal mes como en el que ahora nos encontramos. Nos muestra un paraje gélido. Y ya no solo por las bajas temperaturas, sino también por la situación política y social. Al fin y al cabo, por aquel entonces el hambre y los cortes de luz hacían que España tuviera que vivir con el cinturón uno o dos agujeros más apretado que de costumbre.

Dentro de esa ennegrecida ciudad, «El espía que engañó a Hitler» nos presenta a Juan Pujol, un sujeto temeroso en un principio, pero que luego mostró una capacidad innata para el engaño. Solo así logró convencer a los alemanes de su incuestionable lealtad y de su fe inquebrantable en la victoria. Y un hombre que, además, les hizo creer que iba a viajar a Gran Bretaña para enviarles información clasificada de los planes más secretos del Alto Mando Aliado.

Todo falso. Lo cierto es que Garbo no hablaba inglés, tal como se lamenta el Pujol de Beneyto en la novela histórica: «No soy más que el gerente de un hotel venido a menos en el Madrid de la miseria y el hambre. Un catalán que ha vivido todas las penurias de la guerra en los dos bandos. No sé hablar en inglés, no he estado en Inglaterra y no tengo ningún contacto con las islas. Lo que nos hemos propuesto no es más que un espejismo, una alucinación».

Tampoco le hizo demasiada falta expresarse en inglés. Y es que, se quedó en Portugal y se dedicó a enviar a la embajada alemana en Madrid informes de inteligencia falsos con la ayuda… ¡de guías turísticas!

En este punto es en el que cobran importancia dentro de la novela los personajes femeninos. El primero, totalmente real. «Araceli es determinante en el desarrollo inicial de ofrecerse como espía a los alemanes. Fueron un tándem. Si uno dudaba, el otro le animaba a seguir adelante», explica Beneyto. El segundo, por el contrario, es ficticio: «En el libro, cuando llega a Lisboa conoce a Elena Constantinescu. Ella le inicia en el espionaje y, junto a su mujer, le conduce hacia su destino».

«No soy más que el gerente de un hotel venido a menos en el Madrid de la miseria y el hambre. Un catalán que ha vivido todas las penurias de la guerra en los dos bandos»

El Pujol de la novela histórica justifica así el no haber sido «cazado» a pesar de los peligros que corrió: «Les digo que he llegado a Inglaterra sin novedad y que en el viaje he intimado con un piloto de la compañía aérea holandesa KLM, a quien le conté que era un exiliado político catalán. Añado que a este piloto le he convencido de, tras no pocos esfuerzos, para que lleve mis cartas de Londres a Lisboa, aprovechando sus viajes regulares, y así evitar la censura británica».

Pujol era conocido entonces por los alemanes con el nombre en clave de Arabel. Pero ese apodo le duró hasta que los aliados -que de tontos no tenían un pelo- se dieron cuenta de que alguien andaba enviando comunicaciones falsas a los germanos. Eso le valió a Juan el ser encontrado y aceptado en el MI5 británico, los servicios secretos ingleses. Además, también le permitió adquirir un nuevo alias: Garbo. La razón la desvela uno de los personajes del autor (un tal Mills) en la obra: «¡Su actuación ha estado al nivel de la diva sueca, la gran Greta».

En el Día D

A partir de ese momento, la importancia de Garbo comenzó a aumentar casi a la par que se agrietaba el poder de Hitler en la vieja Europa. Gracias a su capacidad de inventiva, unida además a los cheques británicos, no tardó en crear una falsa legión de informadores (todos ellos inventados por él) que le ayudaban a hacer más creíbles sus «soplos». En esta red fantasmal había desde renegados irlandeses, hasta un aviador borrachín que pilotaba para la Real Fuerza Aérea.

Como bien queda reflejado en «El espía que engañó a Hitler», Garbo hizo su jugada magistral el 6 de junio de 1944. El día en el que 132.000 soldados cruzaron el Canal de la Mancha para liberar Europa a través de Normandía. Aquella jornada, para evitar que su tapadera acabase tan destrozada como quedaría el búnker de Berlín en el 45, el catalán decidió informar a los germanos de la operación. Aunque eso sí, lo hizo apenas unas horas antes de que comenzara para evitar que pudieran reaccionar. Esto (unido a otras tantas tretas de este español) provocó que los soldados que podían haber evitado la invasión se quedasen en Calais, un lugar erróneo desvelado falsamente por Pujol.

Después de ser considerado un héroe por aliados y alemanes, Garbo desapareció de la faz de la Tierra. Se esfumó para no regresar jamás. Si le descubrían, su vida estaba condenada. Solo salió a la luz en los ochenta, cuando fue descubierto viviendo en Venezuela.

Las tres preguntas

Pero… ¿Por qué escoger una novela histórica? Según Beneyto, una de las causas es que la ficción le ha permitido elucubrar sobre «preguntas que han quedado en el aire en relación a Garbo y su entorno».

La primera de ellas es cómo logró un hombre que cuidaba animales convertirse en uno de los mejores espías de la Segunda Guerra Mundial. «Era un criador de pollos que, en el 40, trataba de sacar un hotel a flote. Saber quién era realmente Garbo y qué le llevó a ofrecerse como espía es la primera cuestión. Con todo, al fin y al cabo era un hombre que venía de vivir la división en España y que, gracias a escuchar la BBC, consideraba que debía luchar contra los totalitarismos», añade el autor a ABC.

Según Beneyto, la segunda pregunta es cómo logró ganarse la confianza de los alemanes. «¿Cómo llegó a ser un espía tan influyente? Fue la única persona condecorada por los dos bandos, el alemán y el aliado. Consiguió ganarse la confianza de los dos de la nada», señala. En palabras del autor, llegó a ser determinante para los germanos debido a que fue impulsado al estrellato del espionaje por personas como Wilhelm Canaris (el director de la Abwehr). Una figura potente dentro de la oculta opsición al nazismo que utilizaba sus informes contra otras organizaciones germanas.

La tercera gran cuestión es la relación entre Garbo y otros agentes como Tommy Harrys (un hombre clave para la formación de Pujol); Kim Philby (el número dos en el espionaje británico y uno de los grandes de Cambridge) y Anthony Blunt. «Los dos últimos fueron los dos mayores traidores de la inteligencia mundial. Se convirtieron en agentes dobles soviéticos. ¿Hasta qué punto lo sabía Garbo?», añade Beyto a ABC.


ABC.es

  • En una entrevista exclusiva al «Daily Star», un buzo aifrma que ha hallado cajas repletas de riquezas en el pecio del «Wilhelm Gustloff»
 El «Titanic nazi», en una composiciñon - Wilhelm Gustloff museum

El «Titanic nazi», en una composiciñon – Wilhelm Gustloff museum

Ni enterrado en un túnel secreto de Polonia, ni perdido en una base secreta de la Antártida. Según ha explicado un buzo al diario «Daily Star» esta misma semana, los 100 millones de libras en oro que -presuntamente- perdió Adolf Hitler a lo largo de la Segunda Guerra Mundial (el tesoro extraviado de los nazis) se encuentran ubicados en el pecio del «Wilhelm Gustloff». Un buque que fue llamado el «Titanic» germano después de que, en 1945, un submarino soviético lo enviase al fondo del mar junto con más de 9.000 refugiados y militares del Reich.

Así lo ha afirmado, al menos, el buzo británico Phil Sayer (de Esssex, Inglaterra) quien -rememorando lo que sucedió hace un año con dos supuestos cazatesoros– dice haber hallado al fin el supuesto oro. De esta forma, las riquezas que robaron durante años los alemanes (las cuales abarcaban desde obras de arte hasta el dinero que quitaban a los judíos en los campos de concentración y exterminio) se encontrarían, según él, en el mar Báltico, frente a las costas de Polonia y a 450 metros de profundidad.

El superviviente

Para sustentar su teoría, Sayers dice contar con el testimonio de uno de los supervivientes de la tragedia naval del «Titanic nazi». El personaje es -siempre en sus palabras- Rudi Lange, un controlador de radio que no falleció durante el naufragio y que, al parecer, habría visto como subían a este navío (un trasatlántico) varias cajas repletas de oro. «Sabemos de primera mano que un montón de camiones aparecieron repentinamente y transfirieron un cargamento de alta seguridad al buque. Lange vio todo cuando bajó al muelle para fumarse un cigarrillo», ha explicado el buzo.

Sayer afirma que, en ese instante, Lange pudo ver de primera mano como llegó hasta el muelle un convoy repleto de «cajas con lingotes de oro». ¿Cómo pudo conocer lo que había en el interior de las arcas? Por una segunda fuente. «No sabía lo que se estaba cargando en principio, pero en 1972 se reunió con otro superviviente (uno de los guardias encargados de vigilar el oro) y este le reveló la verdad», ha determinado el británico.

Pero no solo eso, sino que Sayers también ha explicado al «Daily Star» (de forma exclusiva) que, en 1988, tuvo la oportunidad de descender en una expedición de buceo hasta el mismísimo pecio del «Wilhelm Gustloff». Supuestamente, bajo las aguas vio como los torpedos soviéticos habían destrozado parte del casco del navío y habían dejado a la vista varias cajas que podrían corresponderse con aquellas en las que estaba guardado el oro.

En este sentido, cree haber visto barrotes en algunas de las ventanas cercanas, lo que sugiere que podría haber sido guardado en una habitación con rejas para evitar que fuera robado.

El «Titanic» nazi

Más allá de elucubraciones, lo cierto es que la del «Titanic» nazi fue una de las catástrofes navales más grandes de toda la historia. Su historia –como ya explicamos en ABC 2013– comenzó en 1937, cuando fue botado por el mismísimo Hitler como «Wilhelm Gustloff» (nombre que fue puesto en recuerdo de un líder germano fallecido hacía pocos meses). Sus medidas eran ciertamente imponentes, aunque no llegaban a las del buque de la «Withe Star Line». Y es que, sumaba 208.5 metros de eslora y 23,5 metros de manga. Podía transportar un total -aproximadamente- de 1.965 personas, un número imponente para la época.

En principio, el Gustloff fue dedicado a hacer viajes de placer hasta la isla de Madeira. No obstante, en 1939 fue enviado a España para recoger a la Legión Cóndor, los aviadores germanos que habían combatido junto a Francisco Franco.

Fue su primera misión militar, pero no sería la última. Y es que, cuando Alemania entró en guerra contra Polonia el 1 de septiembre de 1939, este navío fue requisado por la marina, pintado enteramente de blanco (y una raya verde) y usado como buque hospital.

«Se terminó el sueño del buque de recreo, de las travesías marítimas para los trabajadores. De los espléndidos viajes a Madeira, alrededor de Italia y de los fiordos noruegos…» explica Heinz Schön (uno de los pocos supervivientes del naufragio) en «La tragedia del Gustloff. Relato de un superviviente».

Su objetivo sería participar en la «Operación León Marino» (la invasión de Gran Bretaña por parte del ejército germano). Sin embargo, su cancelación repentina hizo que el Gustloff fuese repintado como navío de guerra y quedase olvidado en un puerto de Sttetin. Y así permaneció hasta que, en enero de 1945, un capitán recibió la orden de usar este navío en la denominada «Operación Hannibal»: la evacuación de más de dos millones de refugiados de la vieja Europa para evitar la ira del Ejército Rojo.

9.400 personas murieron después de que el submarino disparase tres torpedos

Tras arribar al puerto de Gdynia (en Polonia), donde recogió a una ingente cantidad de refugiados (según las últimas investigaciones, hasta un total de 10.582 personas) partió el 30 de enero de 1945.

Iba con una carga 9 veces mayor que la debida y únicamente había botes salvavidas para 5.000 personas. Con todo, ningún marinero pudo negarse a dejar pasar a nadie. Tras algunas horas de viaje, se ordenó al capitán del Gustloff hacer encender sus luces de posición para evitar el impacto con un buque aliado. Los oficiales germanos no tuvieron más remedio que hacerlo, pero la decisión no pudo ser peor.

¿Por qué? Porque debido a ello, el buque desveló su posición al submarino S-13 soviético dirigido por el capitán Alexander Marinesko. «A las 23:00 en punto, hora de Moscú, el submarino se colocó en posición de disparo. El S-13 se acercó a unos 1.000 metros del objetivo. Marinesko ordenó preparar los torpedos de proa para un ataque en superficie y sumergirse luego a una profundidad de tres metros. Cuando la proa del enorme buque fue reconocible en el centro de la retículadel periscopio del S-13, Marinesko dio la orden», añade el alemán.

Instantáneamente, se dispararon tres torpedos hacia él trasatlántico. El Gustloff tardó apenas unos minutos en irse a pique. Con él, se perdieron la friolera de 9.400 persoans. Hombres, mujeres y niños. Una masacre en toda regla. Todo, en apenas una hora. El resultado fue la mayor tragedia naval de la historia.

La leyenda del oro nazi

Las teorías sobre la existencia de un gigantesco tesoro nazi son varias y se apoyan, en su mayoría, en la ingente cantidad de obras de arte y riquezas varias que los hombres de Hitler expoliaron en los países ocupados a lo largo de toda la Segunda Guerra Mundial.

Este gigantesco tesoro estaría formado, además, por todos aquellos objetos, billetes e -incluso- dientes de oro que los germanos decomisaron a los judíos en los campos de concentración. Sin embargo, jamás se ha calculado exactamente a qué cantidad ascendería o cuánto se habrían gastado los jerarcas en el esfuerzo de la guerra.

Con todo, existen algunos autores que se han atrevido a dar una cifra. Uno de ellos es el investigador y divulgador histórico José Lesta quien, en su libro «El enigma nazi. El secreto esotérico del Tercer Reich», afirma que (en los últimos días de la contienda) el secretario personal de Adolf Hitler, Martin Bormann, convenció a los jerarcas nazis de que lo mejor que podían hacer era esconder todo aquello de valor que tuvieran en un lugar más seguro que un país neutral como Suiza. Además, les habría instado a que vendieran todo su patrimonio e invirtieran en objetos que no perdieran valor con el paso de los años. Desde oro, hasta joyas.

El plan, en palabras del experto, habría gustado a muchos jerarcas, quienes lo vieron como una oportunidad futura de escapar de Alemania cuando accedieran a ella los germanos.

«Se iban a buscar los rincones más seguros de la tierra, donde los ricos partidarios del nacionalsocialismo podrían vivir seguros, disfrutando de sus fortunas. En 1946 los aliados descubrieron que habían desaparecido de los bancos alemanes ochocientos millones de dólares, cantidad que tendríamos que multiplicar por cien o más para ha cernos una idea de lo que significaría actualmente. A pesar de las ingentes sumas de dinero gastadas en armamento por el III Reich, se había podido comprobar que todas las riquezas obtenidas en los países ocupados convirtieron la guerra en una especie de inversión, al menos para los grandes industriales», determina Lesta en su obra.

Nuevamente, dejando a un lado las leyendas sobre el lugar exacto en el que fueron a parar las riquezas (o si fueron reinvertidas o escondidas posteriormente), lo que es totalmente cierto es que los hombres de Adolf Hitler amasaron una inmensa fortuna para el esfuerzo de la guerra.

Así lo afirma el catedrático de Historia económica Pablo Martín-Aceña: «La avidez del Tercer Reich por obtener el codiciado metal fue ilimitada y sin él los nazis no hubieran podido sostener una guerra tan prolongada ni tan sangrienta. Sobre los relucientes lingotes apilados en las cámaras acorazadas del Reichsbank en Berlín, erigió el Führer su gran poderío militar».


ABC.es

  • Jillian Eisman compró por 2 dólares la prenda y la donó al Centro Kupferberg para el Holocausto de Nueva York. Allí han desenterrado la historia de este prisionero del campo de concentración de Dachau
 La chaqueta del prisionero 84679 del campo de concentración de Dachau - KHC

La chaqueta del prisionero 84679 del campo de concentración de Dachau – KHC

En el interior de un armario expuesto entre otros objetos en una venta en 2015 en Long Island, entre camisas viejas y vestidos de época, Jillian Eisman vio una chaqueta que inmediatamente captó su atención. Aquellas inconfundibles rayas azules y grises desvanecidas sintetizaban el horror de los campos de concentración nazis. «Supe exactamente lo que era, aun antes de ver los números (84679 en el pecho)», señaló esta compradora de ropa de época al periodista Frank Eltman, de Associated Press.

Eisman adquirió la chaqueta por solo 2 dólares y la donó al Centro Kupferberg del Holocausto (KHC) en Nueva York. Un año después, expertos del centro han descubierto la historia de su propietario, un adolescente judío de Lituania llamado Benzion Peresecki, que llevó la chaqueta durante diez meses en el campo de concentración de Dachau y la conservó durante 33 años. El KHC cuenta ahora en una exposición la historia de este superviviente del Holocausto con fotos históricas, mapas, múltiples testimonios y cortometrajes. «Es una historia de supervivencia del Holocausto que demuestra el poder de un solo objeto para conectar las narrativas de justicia, identidad y búsqueda de un hogar», resaltan en el KHC.

Hijo del propietario de una tienda de delicatessen de Radviliškis (Lituania), Peresecki sobrevivió con 15 años al Holocausto, aunque con un coste inmenso. En diez años, su padre murió de una úlcera de estómago, su hermano fue asesinado por los nazis, fue recluido en un gueto y después encarcelado, golpeado y sometido a trabajos forzados en el campo de concentración de Dachau. Benzion se vio obligado a fabricar municiones para los alemanes.

Cuando acabó la guerra, Benzion pasó cinco años en un campo de desplazados con su madre, Chiena, que sobrevivió al campo de concentración de Stutthof. Emigró a Estados Unidos, donde cambió su nombre por Ben Peres, y luchó por encontrar justicia por el sufrimiento vivido exigiendo reparaciones al gobierno alemán y por crear un nuevo hogar, según destacan los curadores del KHC.

En Nueva York, tanto Ben como su madre vivieron y trabajaron en Brooklyn, el Bronx, y Manhattan. Ambos recibieron tratamiento de varios médicos por las lesiones físicas y psicológicas que arrastraron del Holocausto. En 1968, con el pago de unas reparaciones por parte del gobierno alemán más de 20 años después de la liberación, Ben y su madre Chiena, junto con la esposa de éste Chaya y sus dos hijos Lorrie y Michael pudieron comprarse una casa en Bellmore, Long Island. Allí vivió Ben hasta su muerte, diez años después.

Pese a haber residido en varios lugares y en distintas casas, siempre llevó consigo su chaqueta de Dachau aunque nunca se lo contó a sus familiares. De hecho, nunca les dijo a sus dos hijos que existía. Lorrie se quedó «atónita» cuando se enteró de que la chaqueta había sido encontrada en la casa donde había crecido. «Ni siquiera lo revisé antes de que se vendiera», señaló a la agencia AP.

«Sabíamos que mi padre y abuela habían estado en el Holocausto» y que «tuvo un hermano que fue asesinado, pero él no hablaba mucho de eso», añade Lorrie, que tenía solo 13 años cuando su padre murió de una embolia en 1978.

La chaqueta permaneció en su armario durante 65 años (37 de ellos después de su muerte) hasta que el 4 de julio de 2015 fue descubierta por Jilliam Eisman durante la venta de bienes de su casa en Bellmore. Eisman «reconoció inmediatamente la chaqueta como un símbolo de dolor» que debía ser objeto de reflexión para el público, señala el centro Kupferberg antes de apuntar que el abuelo de la joven sirvió en el ejército soviético durante la Segunda Guerra Mundial y su hermano (Joshua Birnbaum, de 24 años), murió en los atentados del 11-S. La joven compró la chaqueta y la donó al KHC para que fuera expuesta.

Es una prenda muy rara, ya que la mayoría de las prendas de los prisioneros de los campos de concentración fueron quemadas para evitar la propagación de piojos y posibles enfermedades, según señalan historiadores a la AP. Además, la mayoría no quería guardar recuerdos del horror vivido.

Pero el centro no solo expone esta prenda difícil de encontrar ya que las ropas de los prisioneros de los campos de concentración fueron quemadas para evitar la propagación de piojos y posibles enfermedades y la mayoría no quería guardar recuerdos del horror vivido. Junto a la chaqueta, el KHC muestra los más de 1.500 documentos, películas y fotografías, entre ellas las que su familia encontró tras su muerte y que han sido prestadas para la exposición. Con ellas el KHC contextualiza la búsqueda de la justicia, la identidad y el hogar de este joven judío que fue arrancado de su casa de Lituania.

Para Eisman «hay una razón por la que tenía que estar en esa casa» así como «hay una razón por la que yo era amiga de alguien que trabajaba en un museo del Holocausto», según señala a la agencia AP. «¿Cuáles son las probabilidades de eso? Es difícil decir que todo sea coincidencia», subraya.


ABC.es

  • El jefe de las sangrientas SS de la Alemania nazi de Adolf Hitler llegó a la capital y visitó España tras la Guerra Civil
 Llegada del jefe de las SS, Heinrich Himmler, a la Estación del Norte en Madrid - ABC

Llegada del jefe de las SS, Heinrich Himmler, a la Estación del Norte en Madrid – ABC

El 21 de octubre de 1940, Heinrich Himmler, Reichsführer de la Schutzstaffel (SS) y uno de los principales líderes del Partido Nazi (NSDAP), aterrizaba en la Estación del Norte de Madrid después de su paso por San Sebastián, la primera ciudad que pisó española, Y Burgos. Para la ocasión, la estación vestía engalanada con tapices y banderas españolas y esvásticas del III Reich, y también las calles lucían las banderas de los dos países.

El Diario ABC conserva las publicaciones e imágenes en las que se informó de aquella visita de la posguerra; gracias a ellas, hoy es posible saber los detalles de la estancia del oficial nazi desde que pusiera pie en el país, a las 9 de la mañana de aquel domingo.

A la llegada de Himmler a Madrid, Ramón Serrano Suñer, entonces ministro de Asuntos Exteriores, fue quien recibió y condujo al Führer hasta el hotel Ritz, donde se hospedó durante sus días en la capital. En su recorrido, la Policía armada y formaciones de Falanje Española Tradicionalista y de las Jons le escoltaron al ritmo de música y desfile de las fuerzas, mientras miles de personas saludaban con el brazo en alto y vitoreaban a España y Alemania.

Tras su encuentro con el general Francisco Franco, que se prolongó hasta una hora en el Palacio de El Pardo, Himmler acudió a la Monumental de Las Ventas, la plaza de toros que esperaba al nazi con esvásticas, banderas españolas y un público eufórico ante su presencia. Se celebró una corrida en su honor –hubo rumores de que se mareó durante la misma–, seguida de ovaciones y brazos en alto; el mismo gesto que utilizaba el fürer para responder a los ciudadanos.

El alemán, junto a su séquito de las SS, conoció El Escorial y Toledo, donde visitó fortificaciones históricas como el Alcázar de Toledo, donde se libró una de las sangrientas batallas de la Guerra Civil Española, terminada un año antes de la visita del comandante nazi.

Sobre la visita de Himmler a Madrid, las fuerzas del régimen anunciaron oficialmente que se trataba de un «viaje turístico», mientras que historiadores aseguran que el objetivo era reunirse con el Caudillo para tratar temas de seguridad internacional.


ABC.es

  • El barco iba fuertemente armado y lanzó un ataque devastador contra el HMS Tarpoon, hallado a 50 millas de la costa danesa, a 40 metros de profundidad
12244683_666291303511452_5456879456516125384_o-kyD--620x349@abc

El pecio tenía las escotillas abiertas – JD Contractor

Cerca de Dinamarca, a 50 millas de la costa y a una profundidad de 40 metros ha sido hallado el pecio de un submarino inglés hundido por un mercante alemán. La batalla fue breve pero muy cruenta. Hace 76 años, el 10 de abril de 1940, el submarino HMS Tarpon solo pudo disparar dos torpedos al carguero alemán, que iba fuertemente armado. De hecho, los buzos han podido inspeccionar las huellas del contraataque del carguero, que disparó sobre él una lluvia de cargas de profundidad, con la fortuna (para el carguero) o la mala fortuna (para los 50 tripulantes británicos fallecidos) de que una de las cargas reventó el submarino bajo la torreta. El pecio evoca la dureza de los días de aquella guerra. Los restos tendrán tratamiento de tumba de guerra.

La pasada semana los buzos daneses que lo han encontrado han relatado que algunas de las escotillas del submarino estaban abiertas, además de que vieron los grandes daños estructurales que la nave tenía en la zona de la torre. Dos tubos lanzatorpedos vacíos ratificaron los relatos de la época, antes de recibir un contraataque devastador.

Submarino de la clase T, HMS Trident, gemelo del HMS Tarpoon

Submarino de la clase T, HMS Trident, gemelo del HMS Tarpoon

El arqueólogo británico especializado en pecios de las Guerras Mundiales, Innes McCartney hizo el descubrimiento junto a Gert Normann Andersen, propietario del Museo de la Guerra danés. McCartney se ha especializado en el campo de batalla de Jutlandia y en los pecios de ese enfrentamiento y de la I Guerra Mundial.

Familiares de los marinos naufragados en este submarino han sido informados y han mostrado su sorpresa. Sheila Summer, de 77 años, que solo tenía 11 meses cuando su padre, Reginald Kellond, maquinista del submarino, moría con 31 años, declaró al diario The Guardian: «Ni se me pasó por la cabeza que pudiera ser encontrado. Ver imágenes de los restos y pensar en que mi padre yace allí ha removido muchos sentimientos».

Antes de partir en ese viaje del que ya no regresaría, según el mismo periódico, el marino escribió a su mujer una carta en la que se interesaba por la salud de la niña y lamentaba no poder verse antes de partir en su última misión, que consistía en torpedear los cargueros que abastecían las costas de Noruega, cuando estaba en poder de los nazis.

Hundido en segundos

El submarino de la clase T, de 84 metros estaba erguido sobre el fondo marino, casi recto. Junto al pecio hay un cráter que según Innes McCartney se debe a una de las potentes cargas de profundidad que le lanzó el carguero que detectó su presencia con sónar y con el avistamiento de su periscopio.

Al parecer recibió varios impactos sin poder evitarlo en esa escasa profundidad, y según informa McCartney, el daño fue tan generalizado que debió de inundarse en segundos.

«Lo más importante para el Ministerio de Defensa británico es cómo proteger estos pecios que hoy en día pueden ser expoliados, o dañados por arrastreros y chatarreros. Lo más importante es que se trata de tumbas de marinos británicos».

Cabe recordar aquí que España tiene pecios desde la edad moderna repartidos por todo el mundo, en los que descansan miles de marinos españoles de la Península de las provincias americanas del imperio. Son tumbas de guerra en su mayor parte, buques de Estado, pero los cazatesoros solo ven en ellas minas de metales preciosos y antigüedades. Está pendiente hallar la forma de protegerlos, una misión que atañe a la comunidad iberoamericana de naciones, y que en España debe ser tomado muy en serio. Según la Ley de Navegación, la Armada debe ser informada de cualquier aproximación al pecio de un buque de Estado.


ABC.es

  • Los descendientes de Wladyslaw Szpilman, famoso gracias a la película de Roman Polanski, han logrado que la justicia ordene a una escritora rectificar la afirmación de que el polaco colaboró con los germanos. Por ello, hoy recordamos su historia
El verdadero pianista - Wikimedia

El verdadero pianista – Wikimedia

Wladyslaw Szpilman, más conocido por todos como «El pianista» gracias a la película de Roman Polanski, fue un ejemplo vivo de tenacidad y uno de los hombres que puso más luz sobre las barbaridades perpetradas por los soldados alemanes en el gueto de Varsovia (una serie de barrios que los germanos rodearon con un muro y en los que, posteriormente, obligaron a vivir recluidos a los judíos polacos de la urbe). Su historia, sin embargo, está nuevamente de actualidad después de que, a principios de agosto, sus descendientes demandaran a una escritora por afirmar que el músico (quien logró sobrevivir cinco años en la región a pesar de que el ejército nazi le buscaba) había colaborado con los hombres de Adolf Hitler. Una apelación que han ganado y por la que recibirán el perdón oficial de la autora.

Los primeros años de vida de Wladyslaw Szpilman no son demasiado destacados en la historia. De él se sabe que nació en 1911 en Polonia y que, ya en su infancia, demostró tener un talento innato para el piano. A la par que fue creciendo su interés por este instrumento, comenzó también a tomar clases para perfeccionar su técnica. Durante su adolescencia se trasladó a Berlín, donde estudió en la Academia de Artes. Por entonces los nazis no habían subido todavía al poder de Alemania, algo que sí consiguieron en el año 1933. Sin embargo, para entonces ya había regresado a su Varsovia natal, donde comenzó a trabajar en la radio polaca como intérprete de música en directo.

«Toqué ante un micrófono por última vez el 23 de septiembre. Fue la última emisión de música en directo desde Varsovia»

Su carrera musical iba entonces dirigida hacia el estrellato, pero todo cambió el 1 de septiembre de 1939 cuando Adolf Hitler atacó Polonia. A partir de entonces el país se detuvo, y su camino hacia la popularidad también. En los días siguientes, mientras el país organizaba su resistencia ante el ejército germano, Szpilman siguió tocando y tocando para los oyentes de la cadena. Lo hizo entre las continuas bombas enviadas por los aviones y los proyectiles de artillería germana. ¿La razón? Lo consideró como una forma de mantener la normalidad y de levantar el ánimo a los soldados polacos que luchaban contra un ejército mucho más potente, mejor entrenado y con nuevas tácticas militares como la «Guerra relámpago».

«Toqué ante un micrófono por última vez el 23 de septiembre. Ni siquiera se cómo llegué a la emisora aquel día. Corría de la entrada de un edificio a la de otro, me ocultaba y volvía a salir corriendo a la calle cuando creía que ya no oía silbar las bombas cerca de mí […]. En ese, mi último día en la radio, estaba dando un recital de Chopin. Fue la última emisión de música en directo desde Varsovia. Mientras toqué, todo el tiempo estuvieron explotando bombas cerca de la emisora y se incendiaron edificios muy próximos a nosotros», explica el propio Wladyslaw Szpilman en su biografía «El pianista del gueto de Varsovia».

Las barbaridades del gueto

Cuatro días después se rindió Varsovia, momento en el que empezó el terror alemán. Todo comenzó con pequeños ataques raciales perpetrados por personas anónimas. Sin embargo, poco tiempo después los germanos cargaron de forma sistemática contra los judíos polacos (unos tres millones). Así quedó claro cuando, en las navidades de 1939, se obligó a los miembros de esta religión a portar un brazalete blanco con la estrella de David en el brazo para avisar a todos de su condición. También se les denigró obligándoles a hacer una reverencia a cualquier germano que viesen en la calle y, finalmente, se les impidió tener más de una cantidad determina de dinero líquido (y eso, antes de que sus posesiones quedasen al cargo de los nazis).

No obstante, la mayor barbaridad alemana se sucedió en 1940. «Un año después de la invasión, el 12 octubre de 1940, los nazis anunciaron la creación de un gueto, adonde debían trasladarse obligatoriamente todos los judíos de la ciudad. Una vez completada la mudanza, el 16 de noviembre, comenzó a levantarse un muro de unos tres metros que selló por completo el perímetro de la zona. El tamaño del gueto era de unas 405 hectáreas, unas tres veces el parque madrileño del Retiro. En su momento álgido llegó a albergar a una población de 445.000 judíos», explica la red de bibliotecas de Madrid en su dossier «¡Levántate y lucha! 70 años del levantamiento del gueto de Varsovia».

El hacimiento provocó todo tipo de epidemias, entre ellas, una de tifus. Así recuerda en su obra Szpilman aquellos días: «La mortalidad por tifus era de cinco mil personas al mes. […] En el gueto no había forma de enterrar a quienes morían de tifus con rapidez suficiente para ir al mismo ritmo que la mortalidad».

Para desgracia humana, aquello no fue nada en comparación con las barbaridades que los alemanes perpetraron allí meses después. Entre las mismas, hacer cacerías étnicas a discreción (en las que entraban en un edificio y no salían hasta que consideraban que habían acabado con todos los insurrectos) o transportar a los judíos en trenes hasta los campos de exterminio cercanos para acabar con su vida de forma sistematizada.

El pianista se ganaba la vida tocando en cafés y bares del gueto de Varsovia

Tampoco eran pocas las palizas que los agentes de la policía alemana daban a todos aquellos que trataban de introducir comida de contrabando en el gueto. A pesar de todo, los primeros meses los judíos pudieron vivir de forma relativamente tranquila. Al menos, aquellos que respetaron el toque de queda impuesto y no les importó perder sus ahorros en favor de los germanos. Szpilman y su familia fueron de los que lograron -a pesar de todo- adaptarse. Un ejemplo es que nuestro protagonista logró conseguir trabajo como músico en diferentes bares del gueto. El último en el que estuvo fue el Sztuka. En él pasó varios meses.

«Cuatro meses después me trasladé a otro café, el Sztuka (Arte), en la calle Leszno. Era el mayor café del gueto y tenía aspiraciones artísticas. En su sala de conciertos se ofrecían a menudo actuaciones musicales. Me presenté tocando dúos de piano con Andrzej Goldfeder y tuve mucho éxito con mi versión del Vals Casanova de Ludomir Rózycki, con letra de Wladyslaw Szlengel. […] Junto a la sala de conciertos había un bar donde quienes preferían la comida y la bebida a las artes podían tomar excelentes vinos y deliciosas cotelettes de volaille o boeuf Stroganoff. Tanto la sala de conciertos como el bar estaban casi siempre llenos, por lo que yo me defendía bien en esa época y podía satisfacer las necesidades de los seis miembros de mi familia, aunque no sin ciertas dificultades», explica el propio pianista.

¿Suerte?

Por si vivir en aquella cárcel conformada a base de edificios no fuese ya duro de por sí, el 16 de agosto de 1942 Szpilman y su familia fueron llevados hasta el «Umschlagplatz» (una vieja estación en la que los nazis cargaban a los prisioneros como si fueran ganado para trasladarles hacia diferentes campos de exterminio) como parte del programa destinado a eliminar la excesiva población del gueto. Oficialmente iban a ser enviados a un nuevo campo de concentración (los alemanes llamaron a esa misión «reubicación»), pero todos los presentes sospechaban que la verdadera misión de aquellos trenes era llevarles hacia una muerte segura en las cámaras de gas.

Al menos, así lo consideró un viejo amigo de la familia que, en aquellas horas aciagas, se acercó al padre de nuestro protagonista para mantener una acalorada conversación con él. Tensa porque el primero consideraba que los judíos del gueto debían haberse levantado en los meses anteriores contra el invasor germano, mientras que el segundo creía que lo mejor era esperar la magnanimidad de los soldados de Adolf Hitler.

«

-¿Cómo puedes estar tan seguro de que nos envían a la muerte?

-Bueno, claro que no lo sé de cierto. ¿Cómo voy a saberlo? ¿Nos lo iban a decir? ¡Pero puedes estar seguro al noventa por ciento de que piensan aniquilarnos!

-Mira. ¡No somos héroes! Somos gente normal y corriente, y por eso preferimos arriesgarnos y confiar en ese diez por ciento de posibilidades de vivir.

»

A las seis de la tarde de ese día, un grupo de alemanes llegó al «Umschlagplatz» y seleccionó de entre todos los reos a los hombres más fuertes para que les acompañaran. Fueron los afortunados del día. Jóvenes que evitaron la muerte por su utilidad como mano de obra esclava. Luego le tocó el turno al resto de prisioneros. A los niños, a las mujeres, a los ancianos y a los hombres que no habían considerado suficientemente recios los enviaron a los vagones del tren. «El pianista» entró junto a todos sus seres queridos en uno de ellos.

«Una mano me agarró por el cuello y tiró de mí hacia atrás, fuera del cordón de policía»

Todo parecía perdido cuando alguien le asió desde fuera. «Una mano me agarró por el cuello y tiró de mí hacia atrás, fuera del cordón de policía», explica en su obra autobiográfica. Desesperado, Szpilman quiso volver a entrar en el vagón, pero un soldado se lo impidió. Las palabras que le dijo quedarían grabadas a fuego en su mente: «¿Qué demonios estás haciendo? ¡Vete, sálvate!».

El polaco sospechó entonces que jamás volvería a ver a su familia. Y, para su desgracia, así fue. Después de aquella revelación le quedaba saber quién le había salvado. En principio pensó que su arte era lo suficientemente importante como para que alguien hubiese considerado que no debía morir en una ducha de gas. Pero nada más lejos de la realidad.

Su primer trabajo

Su salvador fue un familiar lejano que se fijó en él mientras embarcaban y que se había enrolado en la policía local leal a los alemanes. Un pariente que siempre le había resultado indiferente hasta que aquel día. Horas después, y bajo el auspicio de su nuevo héroe, consiguió un trabajo derruyendo los muros del gueto. Y es que, con el paso de los años y las contínuas limpiezas raciales, los germanos fueron reduciendo mes a mes la extensión de aquella prisión.

«Al día siguiente salí del barrio judío por primera vez en dos años. Hacía un tiempo espléndido y caluroso en ese día cercano al 20 de agosto», determina en su obra. A pesar de ser en condición de esclavo, y tener constantemente las ametralladoras alemanas apuntando a su nuca, aquella fue una jornada estupenda para Szpilman, quien pudo disfrutar, nuevamente, de la parte exterior de aquella cárcel.

Aunque Szpilman logró un buena tarea y, posteriormente, tuvo la suerte de ser reasignado como peón a la obra de un palacio que se estaba edificando para un oficial de las SS (lo que significaba menos trabajo y más comida), su existencia no estuvo exenta de miedo. De hecho, logró salvar la vida en varias ocasiones por mera suerte. Y es que, era bastante habitual que, cuando el aburrimiento atacaba a los soldados que vigilaban el gueto, estos dividieran a los reos en dos columnas para después asesinar a todos los de una de ellas. Nuestro pianista tuvo la suerte de superar varias de estas «limpiezas». Y no porque fuera un virtuoso, sino porque el destino así lo quiso. Por desgracia, no sucedió lo mismo con otra serie de artesanos o estudiosos, los cuales cayeron para las balas de las SS y la Gestapo.

«A quienes iban a quedarse en el gueto les entregaban números estampados en trozos de papel»

Mientras trabajaba dentro y fuera del gueto para lograr sobrevivir una jornada más, nuestro protagonista tuvo un golpe de suerte que, aunque no le garantizó la supervivencia, si le ofreció cierta seguridad de no fallecer por la bala de algún oficial ansioso de acabar con el aburrimiento. Szpilman recibió un tarjetón con un número que solo se entregó a aquellos funcionarios judíos lo suficientemente importantes como para ser indispensasbles en la administración. «A quienes iban a quedarse en el gueto les entregaban números estampados en trozos de papel. El Consejo tenía derecho a conservar a cinco mil de sus funcionarios. A mí no me dieron número el primer día. […] A la mañana siguiente conseguí un número», añade el pianista en su obra.

Con todo, el número no libró a los judíos que se quedaban de los malos tratos a los que eran sometidos por parte de los oficiales nazis. Un comportamiento que, aunque era habitual entre los guardias, fue aumentando entre algunos soldados. Uno de los más salvajes era un soldado al que los presos llamaban «Ziszás». «Para él era un placer casi erótico maltratar a la gente de un modo peculiar: ordenaba al infractor que se inclinara, se colocaba la cabeza del hombre entre los muslos, apretaba con todas sus fuerzas y le destrozaba el trasero con un látigo, pálido de ira y repitiendo entre dientes: “Zis, zas. Zis, zas”. Nunca soltaba a su víctima hasta dejarla desfallecida por el dolor» completa.

En la resistencia

Con el paso de las semanas la tensión fue en aumento. Y ya no solo para el pianista, sino para todo el gueto de Varsovia. Tal fue la barbarie perpetrada por los nazis y la ingente cantidad de muertes, que muchos de los habitantes establecieron que era mejor prepararse para resistir una nueva limpieza étnica, que esperar a ser asesinados en plena calle por las tropas de Adolf Hitler. Así fue como se empezaron a organizar grupos de resistencia clandestinos y se fortificaron algunos de los edificios interiores para resistir un posible asedio germano.

Por su parte, los nazis reaccionaron tratando de tranquilizar por todos los medios a los judíos. En un intento de calmar la situación, los militares empezaron a relajar la violencia. Además, los soldados permitieron a algunos prisioneros (como los que se encontraban en el grupo de Szpilman) comprar comida en el exterior y llevarla hasta el hambriento gueto (donde apenas había alimentos). Esta medida fue aprovechada por nuestro protagonista para hacer sus pinitos en la «resistencia».

«La benevolencia de los alemanes los llevó incluso a permitir que un delegado de nuestro grupo se moviera libremente por la ciudad todos los días para hacer esas compras en nuestro nombre. Elegimos a un valiente joven conocido como Majorek. Los alemanes ignoraban que Majorek, siguiendo instrucciones nuestras, iba a convertirse en enlace entre el movimiento clandestino de resistencia dentro del gueto y una organización similar polaca que actuaba fuera», completa.

Así fue como Szpilman se convirtió en un soldado que luchaba contra el nazismo de forma oculta. El sistema era sumamente sencillo, pero no por ello menos efectivo. Majorek se hacía con multitud de munición y explosivos en el interior. Tras conseguirlos, introducía todo este cargamento en el gueto escondido en bolsas de patatas. Posteriormente, nuestro protagonista y otros tantos recogían los sacos y, finalmente, lo repartían entre los diferentes grupos de resistencia que había en los diferentes edificios. Una tarea sencilla, pero que podía acarrearles la muerte en el caso de ser descubiertos por los germanos.

La perpetua huía

Para su desgracia, la simpatía alemana no duró demasiado y, como todos esperaban, las limpiezas étnicas del gueto no tardaron en reanudarse. Unas misiones en las que los miembros de las SS entraban de forma aleatoria (ellos decían que buscando a judíos sublevados) en un edificio del gueto para acabar con todo aquel que se cruzase en su camino.

El miedo y la desesperación provocaron que Szpilman decidiese que era momento de salir por piernas de allí y, a través de uno de sus contactos, consiguió una casa más discreta en la que esconderse. «Por medio de Majorek me puse en contacto con unos amigos, una pareja de artistas recién casados: Andrzej Bogucki, actor, y su esposa, una cantante que actuaba con su nombre de soltera Janina Godlewska», añade.

A partir de ese momento comenzó una huida perpetua que duró aproximadamente tres años y en la que nuestro protagonista convivió siempre con el pavor de ser atrapado por los alemanes. En ese tiempo, además, usó varias casas como escondite, apenas salió a la calle para evitar ser descubierto por las patrullas germanas, y vivió comiendo de cuando en cuando.

Durante ese tiempo, fue testigo de todo tipo de brutalidades perpetradas por los nazis en sus continuas purgas de edificios. Unos actos tan deleznables, que generaban el terror entre los judíos. «Cuando los alemanes conseguían tomar un edificio, las mujeres que todavía quedaban en él subían con los niños hasta el último piso y desde allí se arrojaban por los balcones», completa el propio pianista.

El miedo que sentía nuestro protagonista se puede entender gracias a frases como la que uno de sus amigos, un tal Lewicki, le dijo antes de marcharse y dejarle escondido en una vivienda: «Si suben a registrar el piso, tírate por el balcón. ¡No te dejes atrapar vivo! Yo llevo veneno, tampoco me cogerán».

A las armas

En el tiempo que el pianista estuvo escondido, fue también testigo mudo de una gigantesca revuelta protagonizada por los movimientos de resistencia judía y polaca dentro y fuera del gueto. Aquella guerra de guerrillas contra los alemanes comenzó el 29 de julio de 1944 según Szpilman (las fuentes oficiales nos dicen que empezó el 1 de agosto) aprovechando que los soviéticos estaban intentando acceder a Varsovia. Nuestro protagonista recordaba aquellos días en su memoria con una mezcla de melancolía, admiración por los que luchaban, y rabia por no haber podido salir con ellos a la calle para dar su merecido a los captores que les tenían encerrados desde hacía años debido a su falta de fuerzas y a su miedo.

Así recordaba el polaco los inicios de aquellas revueltas.

Me acerqué a la ventana: en las calles reinaba la paz. Vi el movimiento normal de transeúntes, tal vez bastante más reducido de lo habitual, pero en esta parte de la Aleja Niepodleglosci nunca había mucha circulación. Un tranvía procedente de la universidad técnica llegó a la parada. Estaba casi vacío. Descendieron unas pocas personas: mujeres, un anciano con bastón. Y luego bajaron también tres hombres jóvenes que llevaban unos objetos largos envueltos en papel de periódico.

Se detuvieron junto al primer vagón; uno de ellos miró su reloj, lanzó una ojeada alrededor y de repente puso una rodilla en tierra, se echó al hombro el paquete que llevaba y sonó un rápido repiqueteo. El papel del extremo del paquete comenzó a brillar y dejó al descubierto el cañón de una ametralladora. Al mismo tiempo, los otros dos hombres se llevaron con nerviosismo sus armas al hombro.

Los disparos del joven fueron como una señal para el sector: enseguida se oyeron detonaciones por todas partes y, cuando se apagó el ruido de las explosiones en las proximidades, siguió llegando el de innumerables disparos procedentes del centro de la ciudad. Se sucedían rápidamente, sin parar, como si estuviera hirviendo el agua de una gran tetera. La calle se había quedado desierta; parecía recién barrida. Sólo el anciano seguía andando, torpe y apresurado, con ayuda de su bastón y respirando trabajosamente; le resultaba difícil correr. Al fin llegó a la entrada de un edificio y desapareció en su interior.

Para desgracia de Szpilman, las revueltas se saldaron de forma catastrófica para las fuerzas polacas, las cuales tuvieron que lamentar la friolera de casi 20.000 bajas antes de capitular. Tras la rendición, y a pesar de que los germanos se comprometieron a tratar a los sublevados acorde a las leyes internacionales, se sucedieron las represalias. Algunas son explicadas por el pianista en su obra, donde señala, por ejemplo, que los alemanes deportaron, llevaron a las cámaras de gas, o directamente fusilaron a miles y miles de hombres, mujeres y niños.

Por su parte, el pianista logró sobrevivir en lo que quedaba del desmejorado gueto cambiando de escondite constantemente y saliendo a la calle únicamente para conseguir comida. Según él mismo explica, por entonces estaba totalmente desnutrido.

El buen alemán

Szpilman siguió escondido durante las siguientes semanas. Fue de casa en casa, siempre muerto de sed y de hambre. De hecho, llegó a comer agua infestada de insectos y pan mohoso para poder sobrevivir un día más. En ese precario estado, y siempre huyendo para salvar la vida, estaba el 17 de noviembre de 1944, cuando decidió colarse en una vivienda cercana al ático en el que por entonces residía para encontrar algo que meterse entre pecho y espalda.

Allí, mientras levantaba todas las tapas de los botes que había en la casa y abría cuantas puertas encontraba, se topó para su sorpresa con un oficial alemán que definió como «alto y elegante». Sus palabras le helaron la sangre: «¿Qué demonios estás haciendo aquí?».

El germano (llamado Wilm Hosenfeld, una información que nuestro pianista no tenía en esos momentos) obtuvo el silencio por respuesta, así que le volvió a repetir la pregunta: «¿Qué estás haciendo aquí?¿No sabes que el estado mayor de la plaza fuerte de Varsovia se va a trasladar a este edificio en cualquier momento?». Finalmente, Szpilman decidió contestar.

Sin embargo, no lo hizo de forma amenazadora, sino con resignación: «Haz lo que quieras conmigo. No voy a moverme de aquí». Nuestro protagonista sabía que solo era cuestión de segundos que el nazi sacase su Luger y le pegase un tiro. Pero el militar no lo hizo. «No tengo intención de hacerte nada». A continuación le instó a que le dijese en qué trabajaba y, cuando el artista le respondió que tocando el piano, el soldado le pidió que le tocase algo en un viejo instrumento que había en la habitación.

«Toqué el Nocturno en Do sostenido menor de Chopin», señala en su biografía. Al final, Hosenfeld le reconoció sus habilidades y, en contra de lo que jamás hubiese pensado Szpilman, se ofreció a ayudarle a permanecer escondido en el gueto sin ser visto. Algo que, como posteriormente se demostró, hizo con multitud de judíos de la zona.

«Hosenfeld le ayudó a buscar un escondite en el edificio en que poco después se establecería la comandancia alemana»

«Hosenfeld le ayudó a buscar un escondite en el edificio en que poco después se establecería la comandancia alemana, y le suministró alimentos que le ayudaron a sobrevivir los dos meses que mediaron hasta la conquista de Varsovia por el Ejército Rojo en enero de 1945», explica José M. García Pelegrín en su obra «La Iglesia y el nacionalismo: Cristianos ante un movimiento neopagano».

Todo ello, acompañado de información estratégica del lugar en el que se encontraban las tropas soviéticas. Unos datos esenciales que ayudaron a Szpilman a mantener la esperanza de ser rescatado. «Están ya en Varsovia, en Praga, al otro lado del Vístula. Solo tendrás que aguantar unas pocas semanas más: la guerra habrá terminado para la primavera, como muy tarde. Tienes que aguantar… ¿Me oyes?», le dijo en una ocasión.

El 12 de diciembre se vieron por última vez. Aquel día, el germano le dijo una vez más que aguantase, pues los rusos estaban a punto de lanzar una ofensiva. Después el alemán se despidió, pues su unidad se marchaba de Varsovia.

El final de la tragedia

Szpilman siguió escondido hasta mediados de enero de 1945, cuando -tras despertarse- se percató de que había unidades del ejército polaco en Varsovia. Para entonces los alemanes ya habían destruido una buena parte de la ciudad (y por ende, del gueto) convirtiéndola en ruinas. Desde lugar seguro, el pianista se cercioró de que no había enemigos cerca y bajó a la calle con una tranquilidad que no había tenido en los cinco años que había sobrevivido allí dentro. Calmado, se dirigió hacia una soldado. Sin embargo, se le olvidó que llevaba puesto una chaqueta nazi que el oficial le había dado para soportar el frío. Lo que sucedió a continuación es mejor escucharlo de su propia boca:

A mi izquierda, no muy lejos, había una mujer soldado con un uniforme que me resultaba difícil identificar desde esa distancia. Otra mujer se aproximaba por mi derecha con un fardo a la espalda. Cuando estuvo más cerca me aventuré a hablarle:

-Hola, le ruego que me disculpe…

Me miró, soltó el fardo y echó a correr.

Un alemán!- gritó.

La guardia se volvió de inmediato, me vio, apuntó y disparó con su ametralladora. Las balas, al rebotar en la pared, provocaron una lluvia de argamasa sobre mí. Sin pensarlo, escapé escaleras arriba y me refugié en el ático. Esta vez mi situación era absurda. Iban a dispararme soldados polacos en la Varsovia recuperada, al borde mismo de la libertad, por un malentendido. Muy pronto oí unos pasos veloces que subían las escaleras. Más allá del pasamanos apareció la figura de un joven oficial con el uniforme polaco y un águila en la gorra. Me apuntó con una pistola y gritó:

-¡Manos arriba!

-¡No dispare! ¡Soy polaco!

Entonces, ¿por qué demonios no bajas?¿Y qué haces con un sobretodo alemán?

Así logró escapar de aquel infierno en el que habían sido asesinados, desde el comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Posteriormente, Szpilman recuperó su trabajo en la radio de Varsovia. Su primer programa fue sumamente emotivo para él, pues lo comenzó tocando la misma canción con la que conoció al oficial alemán que le salvó. Después, ofreció conciertos como solista y destacó como compositor. Publicó su biografía poco después del final de la contienda, pero esta fue censurada y no vio la luz hasta los 90. Sin embargo, valió la pena la espera, pues el libro le catapultó a la fama.


ABC.es

  • Una delegación con 62 jóvenes visitó la capital en octubre de 1941 para demostrar la naturaleza cultural del III Reich
juventudes-hitlerianas-kFoC--620x349@abc

Tres representantes de las juventudes hitlerianas desfilan por delante de la Cibeles – SECRETOS DE MADRID/M. URECH

El 13 de octubre de 1941, según figura en la hemeroteca de ABC, una delegación del Frente de Juventudes alemán, conocido como las juventudes hitlerianas, aterrizó en la capital. Lo hizo en plena guerra, en suelo teóricamente neutral y con la intención de demostrar la sólida formación cultural de los jóvenes del III Reich. Durante la visita, segunda escala de su estancia en España, tras su paso por Barcelona, el grupo desfiló por las calles de Madrid, participó en varios conciertos y hasta organizó un festival deportivo.

Un total de 62 jóvenes alemanes, divididos en dos grupos, se desplazaron a Madrid mientras su país estaba inmerso en la Segunda Guerra Mundial. Unos formaron un grupo musical y otros dos equipos de gimnastas, femenino y masculino. Aquellos adolescentes estaban convencidos de que la guerra tendría un único final y que ellos, porque así se lo habían hecho creer, eran el futuro de un «súper estado». La visita a España, de hecho, estaba configurada como una maniobra propagandística para demostrar la buena salud de Alemania, el horizonte que vislumbraba y la excelente formación física y cultural de sus bases militantes.

Recorte de ABC del 14 de octubre de 1941

Recorte de ABC del 14 de octubre de 1941

Las juventudes hitlerianas dieron un concierto en la embajada alemana, en la residencia particular del embajador Von Stohrer, bajo la dirección del maestro Gehrard Maass. Según recoge la información de este periódico, del 14 de octubre de 1941, al acto acudieron altos cargos del partido nazi en Madrid, miembros de la Falange, diplomáticos del Pacto Tripartito (Alemania, Italia y Japón) y personalidades del mundo de la música. El evento musical se celebró en el edificio más emblemático de Alemania en Madrid: la embajada situada junto a la iglesia de Friedenskirche, una joya histórica y arquitectónica que aún hoy se conserva en la capital. Además, en colaboración con la Jefatura nacional de Educación y Descanso, tuvo lugar el día 16 del mismo mes una especie de exhibición deportiva, donde los bisoños alemanes demostraron sus habilidades en gimnasia rítmica, patín sobre ruedas o ejercicios en paralelas. Todo aderezado con música y con un desfile final con canto del «Nur der Freheit gehört unser Leben».

Las connotaciones del viaje generaron una multitud de críticas en el ala menos germánica de la dictadura. Un ejercicio de cinismo que tampoco pasó desapercibido entre la población, que lo rechazó aunque veladamente. La perspectiva que aporta el paso del tiempo arroja más polémica a la visita, pues la delegación visitó la tumba de José Antonio Primo de Rivera bajo la invitación de las autoridades, aunque España se consideraba neutral en el conflicto. Igualmente, desde un análisis más técnico, se ha considerado esta visita como una muestra estéril de músculo cuando la Alemania nazi se asomaba al abismo.


El Mundo

  • La barcelonesa Dory Sontheimer encontró siete cajas en casa de sus padres y descubrió el asesinato de 36 familiares en el Holocausto
  • ESPECIAL: Viaje al Holocausto
Kurt y Dorel, a su llegada desde Praga en un vuelo de Lufthansa en 1935. EL MUNDO

Kurt y Dorel, a su llegada desde Praga en un vuelo de Lufthansa en 1935. EL MUNDO

La tormenta tuvo un aviso desgarrador. Antes de morir en 2002, Rosa Sontheimer empezó a delirar en Barcelona. “¡Qué viene la Gestapo! ¡Qué viene la Gestapo y se nos va a llevar!”, exclamaba en alemán. Pocas semanas después, su hija Dory confirmó sus temores. No era un delirio producto de su larga enfermedad sino el trauma de su familia, pueblo y época.

En el altillo de una casa de la Avenida Diagonal, encontró la respuesta. Siete ordenadas cajas, camufladas con mantas y edredones, esperaban a esta mujer nacida en Barcelona y educada como católica en la España franquista. Ocurrió hace 14 años, cuando enterró a su madre y resucitó un tormentoso pasado. Encontró un tesoro abriendo una tremenda caja de Pandora. A los 56 años, y ya como abuela, abrazó su verdadera identidad.

Los padres de Dory eran dos jóvenes judíos que se conocieron en Barcelona tras huir de una Alemania que mostraba síntomas peligrosos. Tras la victoria de Franco en la Guerra Civil, el miedo les hizo iniciar una nueva vida. Kurt y Rosl pasaron a ser Conrado y Rosa, se convirtieron al cristianismo y volvieron a casarse por la Iglesia. Siete décadas después, un ingente material epistolar de sus familiares revela sus desesperados intentos para salvarse de la hoguera nazi que se extendía por Europa.

En lugar de ahogarse de tristeza y rabia en el río de documentos, Dory inició un valiente viaje en la máquina del tiempo siguiendo a los suyos azotados por el régimen nazi. Las cajas confirmaron el secreto que le susurró su padre a cumplir los 18 años –“Somos judíos pero no se lo digas a nadie porque nos pueden hacer mucho daño”– y revelaron otros. Como el asesinato de 36 familiares por los nazis. La deportación de sus abuelos maternos Eduard Heilbruner y Lina Levi a campos de refugiados en Francia antes de ser enviados en septiembre de 1942 a Auschwitz, donde fueron exterminados. O cómo sus abuelos paternos Max y Rosa sufrieron las leyes antijudías y las humillaciones de los que consideraban amigos en Núremberg antes de huir a Cuba.

“Cuando preguntaba por los familiares en Alemania, mi padre cambiaba de tema o decía que murieron en la guerra. Me extrañaba mucho no tener primos o abuelos”, cuenta Dory a EL MUNDO tras dar una conferencia en el Instituto Cervantes de Tel Aviv, visitar familiares y dar su testimonio en la Sala de los Nombres del Museo del Holocausto Yad Vashem en Jerusalén. “Ha sido muy emocionante visitar Israel. Tengo la sensación del deber cumplido“, resume orgullosa.

El puzle de secretos, encuentros y lágrimas en varios continentes se plasma en ‘Las Siete Cajas’ (Editorial Circe). De profesión farmacéutica, Dory halló una medicina inesperada en el desván. “Decidí que tenía que escribir este libro como homenaje no sólo a ellos sino a todas los que sufrieron aquel horror. Estos últimos años, he encontrado a familia que no conocía“.

Conversamos en el puerto de Tel Aviv. A pocos metros, en la calle Ben Yehuda -así lo revela la primera impactante caja- la alegre y joven hermana de su padre murió en el bombardeo de la Aviación de Mussolini que causó 137 víctimas en septiembre de 1940.

La barcelonesa participó en los dos minutos de silencio que paralizaron Israel en recuerdo de los seis millones de judíos asesinados por la Alemania nazi. “Cuando descubrí el contenido de las cajas, me di cuenta de lo que una sociedad culta de la Europa del siglo XX fue capaz de ejecutar. Lo que ocurrió a mi familia en la que exterminaron a 36 personas ocurrió a otras miles en Europa. No se puede olvidar jamás. Debemos asegurarnos que nunca más vuelva a ocurrir“, asegura pensando también en sus tres hijos y siete nietos.

Sus padres se acogieron al silencio como escudo vital. Dory lo rompe como necesidad vital. “Mi padre me dejó las cajas porque quería que supiera la historia familiar. Lo guardó todo para que se conociera no sólo el legado familiar sino histórico. Por ejemplo los documentos nazis contra los judíos“, estima antes de añadir: “El reconocimiento de tus orígenes es imprescindible para poder vivir tu presente y conocer la verdad”.

El libro también recrea el ambiente del bar Heidelberg en Barcelona donde sus padres pasaron horas de amor y guerra, y denuncia al cónsul español en Marsella, que no dio a sus abuelos la autorización de entrada a España. Al final, entraron en las cámaras de gas.

Una carta de su abuela bajo el yugo nazi a su madre en Barcelona resume esos oscuros días: “No tenemos noticia de ningún deportado. Desaparecen”.

Dory entiende la dolorosa decisión de sus padres de dar la espalda a sus orígenes. “Escondieron su identidad judía para seguir viviendo. Entre los amigos de mi padre se comentaba que la Gestapo operaba en Barcelona buscando a los judíos y sacándoles del país”, nos recuerda aliviada porque no tiraron su pasado. Lo guardaron en siete ordenadas cajas.

¿Teme hoy ser judía? “No”, responde y reivindica el mensaje de “universalidad y convivencia independientemente del origen, religión y raza de cada uno”. Pero recuerda a una mujer que se acercó cuando firmaba libros para susurrarle: “Yo también soy judía pero prefiero no decirlo. Siempre que surge un problema culpan a los judíos”.

A %d blogueros les gusta esto: