Category: Alemania



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  • La contienda, que costó 30.000 bajas, fue la más larga en la que ha participado el ejército americano
  • La lucha se desarrolló entre barro y frío. Los alemanes, beneficiados por defenderse en una arboleda, lograron resistir el avance de un inmenso contingente aliado durante seis meses
  • Estos días, el enfrentamiento vuelve a estar de actualidad gracias al director de cine Laureano Clavero. El argentino ha grabado, con la ayuda de varios expertos, un documental en Cataluña recreando la lucha

Soldados en el bosque (documental de Mirasud)- Laureano Clavero

Un auténtico infierno helado en el que hubo, según las cifras oficiales, más de 30.000 bajas estadounidenses. La batalla del bosque de Hürtgen (una de las primeras en territorio germano tras el Desembarco de Normandía) supuso un auténtico descalabro para los hombres de las «stars and stripes» y una vergüenza para el Teniente General Courtney Hodges, a cargo de la operación. Casi una humillación. Y es que, el oficial norteamericano se empeñó en usar a todos los combatientes que fuesen necesarios para expulsar de sus posiciones a los germanos. Eso, a pesar de que los árboles favorecían a los defensores y de que, en principio, la región carecía de importancia militar para el avance aliado.

Aunque Hodges logró conquistar finalmente el bosque de Hürtgen, lo hizo a costa de miles de vidas. Y es que, en la batalla (la más larga del ejército norteamericano en toda su historia), los estadoundenses se enfrentaron no solo a las balas nazis, sino también a la meteorología y a la ingente cantidad de trampas que los alemanes habían ubicado en el territorio. Y todo ello, acompañado de los continuos bombardeos lanzados por unos enemigos que -a pesar de su inexperiencia- habían recibido la orden del «Führer» de sujetar el avance aliado.

La humillación sufrida en Hürgten (el «bosque maldito», como lo denomina el historiador Antony Beevor en sus obras) provocó que la contienda cayese en el olvido. Los EE.UU. -tan preocupados por la propaganda- prefirieron pasar de puntillas sobre ella. Tampoco ayudó que, tan solo unas semanas después de que terminase, Hitler iniciase la ofensiva de las Ardenas. Todos estos factores favorecieron la desaparición de esta infernal batalla de los libros de texto, en los que apenas se la nombra como una ofensiva menor. Sin embargo, este 2017 la productora española MIRASUD PRODUCCIONES se ha propuesto recuperar la memoria de aquellos americanos que se dejaron la vida entre los helados árboles alemanes. Y lo ha hecho mediante el rodaje de un documental sobre la contienda que cuenta, además, con varias partes ficcionadas.

«El documental (“HÜRTGEN. Into the muddy battle”) explicará la batalla, pero de una manera diferente. Toda la narración se elaborará en base a entrevistas con historiadores y con recreadores de la Segunda Guerra Mundial» explica, en declaraciones a ABC, Laureano Clavero (al frente de MIRASUD y director del largometraje «1533 Km hasta casa. Los héroes de Miramar»). Los expertos a los que se refiere son el afamado Jesús Hernández -escritor, entre otras tantas obras, de «Pequeñas grandes historias de la Segunda Guerra Mundial» (Temas de Hoy)- y el popular Pere Cardona -fundador del archiconocido blog «HistoriasSegundaGuerraMundial» y coautor de «El diario de Peter Brill» junto al mismo Clavero-. A su vez, en el rodaje han colaborado las asociaciones de recreación histórica «First Allied Airborne Catalunya» y «GRH Hohenstaufen Spanien».

Hacia el bosque

Como todas las buenas historias, la que nos acontece tiene también su comienzo. Y este se sitúa en el 6 de junio de 1944, jornada en la que los aliados desembarcaron en las playas de Normandía ansiosos por liberar a Europa del yugo nazi. Una vez tomado el norte de Francia, estadounidenses, canadienses y británicos iniciaron su lento pero inexorable viaje hacia el interior de la Alemania de Adolf Hitler. Región que, superada también en el este por el Ejército Rojo, empezaba a ver cada vez más difícil la victoria. Con todo, el «Führer» no iba a rendirse sin luchar, y más sabiendo que todavía le quedaba una baza que jugar en el oeste: la Línea Sigfrido. Una muralla fortificada a base de búnkers de hormigón y trampas anticarro que se extendía 600 kilómetros desde Holanda hasta Suiza.

Tal y como explica Beevor en «Ardenas, 1944», corría otoño cuando los aliados decidieron romper la Línea Sigfrido a la altura de Aquisgrán (en la frontera entre Bélgica y Alemania). La ciudad era más que representativa para los germanos, pues a su alrededor se había formado el Primer Reich en la época de Carlomagno. Tras completar esta tarea, el Primer Ejército de los Estados Unidos (al mando de Courtney) se encontró a tan solo 30 kilómetros del río Rin, el último elemento natural que separaba a los aliados de los dominios de Hitler. Con todo, para llegar hasta ese premio gordo todavía debían atravesar el Rur (o Roer, la corriente de agua más cercana a su posición).

En principio, al mandamás americano no le pareció difícil superar aquel obstáculo. Al fin y al cabo, la única resistencia germana a tener en cuenta le podía llegar de un lugar que creía fácil de conquistar: el bosque de Hürtgen.

Al ser esta región la única desde la cual podían recibir un ataque, Courtney estableció que lo mejor sería ubicar su cuartel general en las proximidades y entrar por las bravas en la zona. «En el avance hacía el Rin, en el otoño de 1944, el bosque de Hürtgen representaba una amenaza para el flanco derecho, aunque en verdad esa amenaza era sólo sobre el mapa. Los alemanes no podían lanzar un ataque de entidad desde allí, pero los Aliados estimaron que no había que correr ese riesgo. Además, en el bosque había varias presas del río Rur -no confundir con el Ruhr, el de la conocida cuenca- que los alemanes podían desembalsar en cualquier momento cuando los norteamericanos avanzasen sobre ese río», explica el periodista e historiador Jesús Hernández (autor también del blog «¡Es la guerra!» y uno de los consultados para el documental de Clavero) en declaraciones exclusivas a ABC.

Los factores que condenaron a EE.UU.

Aunque no lo sabía por entonces, la actitud de Courtney iba a condenar a sus tropas a una lucha prolongada y más que sangrienta en Hürgten. La razón, como bien señala Beevor en «Ardenas, 1944», es que este oficial era estricto, reacio a tomar decisiones espontáneas y, para desgracia de sus hombres, partidario de que la mejor forma de acabar con las defensas enemigas era lanzarse de bruces contra ellas. Lo cierto es que hasta ese momento no le había ido mal, pues los estadounidenses andaban sobrados de carros de combate (aunque estos fueran los mediocres y multifacéticos Shermans) y hombres.

«La idea era un ataque frontal, más parecido a lo que se había visto en la Primera Guerra Mundial»

Courtney, por tanto, no se rompió los sesos. «La idea era un ataque frontal, más parecido a lo que se había visto en la Primera Guerra Mundial. En lugar de tratar de efectuar movimientos envolventes, los norteamericanos confiaron en que sus avances de infantería lograrían expulsar a los alemanes. Sin embargo, no tuvieron en cuenta que en la espesura del bosque no podrían hacer valer su superioridad en blindados, o contar con el apoyo de la aviación. En cambio, los alemanes les esperaban bien asentados en el sistema defensivo de la Línea Sigfrido. El partido se jugó en el terreno que mejor le venía a los alemanes», añade Hernández a este diario.A su vez, con lo que no contaba el Teniente General era con que los alemanes atrincherados en Hürgten habían recibido la orden de resistir cualquier envite aliado (por duro que fuese) a costa de su vida. Así lo afirma a ABC Joan Parés (de la «First Allied Airborne Catalunya») uno de los recreadores que han participado en el documental: «No podían perder Hürgten porque era una zona en la que estaban acumulando recursos con los que iniciar, posteriormente, la ofensiva de las Ardenas. Tenían que proteger la región porque la movilización se estaba organizando cerca de allí, y no podían permitir que se destapara la verdad». La misión de los defensores era de suma importancia para el Tercer Reich y, aunque muchos no lo supieran, de ellos dependía que Hitler sorprendiera a los aliados.

La crudeza del bosque

Por si la motivación alemana no fuese ya suficiente, el oficial americano también desconocía que las características del terreno convertían Hürgten era una trampa mortal. Para empezar, porque esta región de 150 kilómetros cuadrados estaba copada por decenas y decenas de pinos, robles y hayas asentadas sobre un acantilado tras otro. «El pinar era tan denso y tan oscuro que no tardó en parecer maldito, como si se tratara del bosque de un siniestro cuento de hadas lleno de brujas y ogros. Los hombres hablaban entre ellos susurrando, como si los árboles pudiesen oírlos», añade Beevor.

Más allá de estas apreciaciones, y como explica Parés, las arboledas convertirían a los carros de combate y a los blindados estadounidenses en unas herramientas totalmente inútiles. «En muchas ocasiones los americanos tendrían que bajarse de los vehículos y recorrer los caminos a pie», añade el recreador. A su vez, la principal ventaja del ejército de los EE.UU. (el gran número de hombres con respecto a los mermados ejércitos del Reich) no podía aprovecharse sobre un terreno tan escarpado y sobre el que era tan sencillo tender una emboscada a los atacantes.

La espesa arboleda también haría casi imposible la orientación a los americanos. Así quedó claro en un informe redactado posteriormente por el Ejército de los EE.UU.: «En medio de los espesos bosques no es infrecuente que un grupo se pierda por completo y no sepa cuál es la dirección que había que seguir ni dónde está la línea del frente». De hecho, en los meses posteriores muchos soldados se verían obligados a pedir por radio a la artillería aliada que disparase una salva para saber dónde diantres se hallaba su campamento.

Y la dureza del clima

Finalmente, con lo que tampoco contaba Courtney era con que iba a cometer el mismo error que Napoleón Bonaparte con Rusia: pasar por alto la importancia del clima. Este elemento se alió sin pretenderlo con los hombres de la esvástica, como bien señala Beevor en su obra: «Unos y otros sufrieron muchísimo debido a las gélidas lluvias otoñales. Incluso cuando no llovía a cántaros, los árboles goteaban sin cesar».

«Unos y otros sufrieron muchísimo debido a las gélidas lluvias otoñales. Incluso cuando no llovía a cántaros, los árboles goteaban sin cesar»

El líquido elemento se convirtió así en una molestia constante al oxidar las armas y hacer que los uniformes y las botas se pudrieran. Los más descuidados podían correr también el riesgo de que los sanitarios tuviesen que amputarles la pierna en el caso extremo de padecer «pie de inmersión». Una dolencia que -según afirma la Occupational Safety and Health Administration estadounidense en su dossier «Pie de trinchera»- se genera «tras una prolongada exposición a condiciones de frío y humedad».Las lluvias también acabarían con la moral americana. Y es que, los constantes chaparrones impedirían que sus uniformes se secasen y les condenarían a pasar horas y horas acurrucados en trincheras anegadas mientras tiritaban por el frío y la humedad. Los oficiales no podrían ofrecer muchas soluciones a sus hombres más allá de habilitar tiendas en retaguardia en las que calentarse mediante estufas una vez al día.

Los objetivos de los EE.UU.

1-Conquistar la localidad de Schmidt, corazón de la defensa alemana en el bosque (Objetivo inicial).

2-Conquistar dos presas cercanas a Schmidt cuya apertura, por parte de los alemanes, podría derivar en la destrucción de los puentes ubicados en el Rur (o Roer). Esto impediría al grueso del ejército americano entrar en Alemania. Este objetivo fue secundario. De hecho, los oficiales del ejército de los EE.UU. descubrieron la importancia de las presas después de entrar en el bosque.

El primer ataque

Atendiendo a los informes, la batalla comenzó el 14 de septiembre del 44. Con todo, es difícil reducir las movilizaciones a esta fecha. La realidad es que las primeras incursiones estadoundeinses en el bosque se llevaron a cabo en torno a la segunda semana de septiembre. Los valientes encargados de abrir camino fueron los hombres de la 3a División de Acorazada y la 1a División de Infantería. A ellos se unieron también los soldados de la 9a División de Infantería, quienes tuvieron realmente el rol protagonista en los asaltos posteriores. Atendiendo a que una División solía contar contra entre 10.000 y 20.000 hombres, podemos suponer la gran cantidad de combatientes que, fusil en mano, se dispusieron en aquellas jornadas a avanzar a través de Hürtgen con el objetivo de conquistar el pueblo de Schmidt (al suroeste de la región).

Como explica Jesús Hernández, en principio el avance americano a través del bosque fue relativamente rápido. Algo lógico, pues los germanos no esperaban que los aliados tuviesen el valor (y el naso) suficiente como para atacarles a través de aquel infierno.

Así lo dejó claro el Generalleutnant Hans Schmidt (al mando de la 275a División de infantería -la columna vertebral de la defensa alemana en Hürtgen-) en uno de sus múltiples informes posteriores a la contienda: «en general se creía que estaba completamente fuera de lugar la posibilidad de que los estadounidenses intentaran abrirse paso hacia el Rur combatiendo en una zona boscosa como esta, difícil de inspeccionar y con pocos caminos».

Este progreso supuso un auténtico dolor de cabeza para unas tropas germanas que, a pesar de contar con la ventaja de defender un terreno desconocido para los americanos, eran bisoñas (novatas) en el combate entre los árboles; no sumaban en principio más de 6.500 hombres; y se veían obligadas a comer de tarde en tarde debido a las molestas pasadas de los bombarderos enemigos.

El éxito de la ofensiva inicial no lo pudo arreglar ni la llegada de varias unidades auxiliares a partir del 8 de octubre (una de ellas formada por soldados de entre 45 y 60 años). Por suerte para los defensores, el día 10 una serie de lluvias hicieron lo que los combatientes no habían podido: frenar a los hombres del Primer Ejército.

Posteriormente, la artillería nazi resonó en el terreno y, a base de un torrente de plomo, terminó de estabilizar el frente. A partir de entonces comenzó la larga guerra de desgaste.

Con los soldados americanos (principalmente los de la 9a División) detenidos en medio del bosque, y el clima en su favor, los alemanes enviaron refuerzos a la zona para lanzar un contraataque. Como explica Beevor, los combatientes que arribaron a la zona fueron unos 2.000 hombres bien armados, muchos de ellos aspirantes a oficiales, y convencidos todavía de la posible victoria del Tercer Reich. «Las esperanzas depositadas en ellos eran muchas. Pero, para consternación de los oficiales, el avance se atascó debido a la eficacia y precisión del fuego norteamericano», añade el historiador anglosajón.

La ofensiva, tan esperada por los defensores, acabó en desastre. Los nazis, ávidos de devolver de una patada a los americanos al otro lado del charco, tuvieron que replegarse el 14 de octubre.

Con todo, regresaron a sus posiciones defensivas habiendo desangrado a la 9a División de Infantería. Unidad que, a pesar de la fatiga y los muertos, trató de avanzar de nuevo el 16 de octubre hacia Schmidt.

El intento acabó en sangría. «El doloroso y costosísimo avance de la 9a División se detuvo el 16 de octubre tras sufrir cerca de cuatro mil quinientas bajas, unas en combate y otras no en combate: una por cada metro que había avanzado», completa Beevoir. Aquella matanza debería haber detenido a Hodges, pero el oficial no se dejó impresionar por la ingente cantidad de hombres que engrosaban las listas de bajas. El oficial, de hecho, se negó a escuchar a sus consejeros y ordenó a sus tropas seguir avanzando a través de los árboles (dónde podían ser emboscados con facilidad y los carros de combate eran inútiles) en lugar de hacerlo por los caminos.

¿Por qué se obcecó tanto? Beevor es partidario de que su plana mayor evitaba señalarle sus errores de planificación debido a que «tenía fama de destituir a todos los oficiales de alta graduación» que le llevaban la contraria: «En su opinión, esas explicaciones no eran más que excusas debido a la falta de agallas», determina. Hernández es de la misma opinión: «Los historiadores militares no entienden por qué se siguieron enviando tropas. Pronto se vio que los norteamericanos habían entrado en una ratonera. En lugar de salir de ella y tratar de rodear ampliamente el bosque, o avanzar en otros sectores, siguieron enviándose allí cada vez más tropas. Supongo que fue por la típica incapacidad militar de reconocer una decisión equivocada a tiempo».

Pere Cardona, por su parte, es de la misma opinión. Al menos, así lo explica en declaraciones a ABC: «Los americanos no deberían haber seguido con su ofensiva en el bosque. Fue algo totalmente innecesario. Se estrellaron una y otra vez contra las defensas de unos alemanes que habían tenido tiempo para pertrecharse y que, en definitiva, tenían las de ganar. Implicaba enviar a los hombres a la muerte. Fue una carnicería».

Segunda ofensiva

Noviembre supuso para los norteamericanos la llegada de las lluvias y el frío. Los soldados, calados hasta los huesos, empezaron entonces a sentir el peso de una batalla que se iba a extender durante meses.

A partir de ese momento, el día a día del combatiente se hizo desesperante: «La jornada era monótona. Vivían con frío, sucios y tenían miedo de morir», explica Parés a ABC. A su vez, el documentado recreador añade que los estadounidenses empezaron a entender que iban a convivir con el pavor constante de pisar una mina (más que habituales en la zona): «Muchos murieron por culpa de los grandes campos de minas. Los americanos enviaban patrullas que no volvían, avanzaban en zonas descubiertas, no tenían donde esconderse… Era un horror. El bosque tenía una visibilidad tan limitada que el disparo efectivo del fusil solo alcanzaba los 40 o 50 metros. La frondosidad impedía ver más allá», determina.

Cansado por no poder tomar el bosque, el 1 de noviembre Hodges llamó a la 28a División de Infantería (afincada en Rott, a las afueras del bosque de Hürtgen).

Según dijo a su comandante, el general Norman Cota, ellos serían los siguientes en atacar. Para ser más concretos, se convertirían en la punta de lanza del avance y abrirían camino al VII Cuerpo (que les seguiría por la izquierda). Es decir: que se llevarían una buena parte de las balas enemigas.

Su plan (que autocalificó de «excelente») era que la 28a accediese a la zona y -corriendo a través de empinados valles y barrancos escarpados- conquistase las posiciones de avanzada germanas al este. Así, por las bravas. Por si aquello fuese poco, ordenó a su subordinado dividir a sus hombres en tres grupos. Una decisión terrible, ya que reducía su fuerza ante los nazis.

El plan quedó de esta guisa:

1-Por el flanco derecho avanzaría el 110 Regimiento de Infantería de la 28a División.

2-Por el flanco izquierdo, los encargados de atacar serían los hombres del 119 Regimiento de Infantería de la 28a División.

3-Por el centro cargaría el 112 Regimiento de Infantería de la 28a División. Su objetivo sería la localidad de Vossenack (a la izquierda de Schmidt).

El 2 de noviembre, a eso de las nueve de la mañana, se inició el ataque. El 110 fue el primero en ser saludado por las ametralladoras alemanas, lo que les granjeó no pocas bajas.

Algo parecido les sucedió a sus compañeros del 119, quienes se vieron frenados en seco por los disparos de la artillería y un nutrido campo de minas.

El grupo que más suerte tuvo fue el tercero. El 112 consiguió llegar hasta Vossenack apoyado (no sin dificultades) por los carros de combate Sherman (un tanque medio que, a pesar de ser sumamente utilizado por los americanos en la Segunda Guerra Mundial, sufría cuando debía enfrentarse a sus equivalentes germanos). Por suerte, aquel día no hallaron resistencia en forma de Panzer. «El fuego concentrado de artillería con bombas de fósforo blanco incendió casi todas las casas del pueblo. Los carros Sherman dispararon contra el campanario de la iglesia, suponiendo que en su interior se ocultaban francotiradores o por lo menos un observador de la artillería alemana», añade Beevor en su obra.

El 112 consiguió llegar hasta Vossenack apoyado (no sin dificultades) por los carros de combate Sherman

La victoria enardeció a los americanos del 112 (¿A quién no le sube la moral la conquista de un pueblo aparentemente inaccesible?). Quizá por ello, pusieron todo el valor que tenían sobre la mesa y siguieron avanzado hasta el siguiente pueblo que tenían en su mira: Kommerscheidt.Esta pequeña localidad (si es que puede llamarse así) fue conquistada el día 3. Nuestros protagonistas podrían haberse detenido, pero no. Haciendo alarde de una resistencia inigualable, continuaron a la carrera hasta Schmidt, el destino final que ansiaban los oficiales. El premio gordo. ¡Y lo tomaron por sorpresa! Los alemanes no pudieron más que asistir con la boca abierta a la victoria de los americanos. Sin embargo, la realidad era que, aunque había sido asediada, la zona era prácticamente indefendible debido a los escasos hombres de las «stars and stripes» que habían llegado hasta ella.

El contraataque alemán

Los alemanes habían sido cazados por sorpresa. Pero amigo… no estaban dispuestos ni mucho menos a rendirse. Schmidt era algo más que un pueblo. Era la llave para conquistar el bosque y, si los americanos lograban defenderla, podrían dar al traste con la posterior ofensiva germana sobre las Ardenas. Por ello, los germanos movilizaron a sus refuerzos más temibles: los imbatibles Panzer. «La 116 División Panzer recibió la orden de marchar a toda velocidad a atacar el flanco norte del avance norteamericano junto con la 89 División de Infantería», añade Beevor. El resultado fue el esperado. Los brutales carros de combate germanos acabaron con la débil resistencia que ofrecía el 112 Regimiento en Schmidt.

La batalla fue sangrienta, además de un caos. Aterrorizados por los Panzer germanos, los americanos iniciaron una huida desesperada que, en muchos casos, les llevó a los sanguinarios brazos de los nazis que acudían a tomar Schmidt. El resultado fueron cientos de bajas y el repliegue hacia Kommerscheidt.

El calvario de estos valientes podría haber acabado en ese punto, pero todavía tendrían que pasar por otro. Y es que, cuando Hodges recibió la noticia de la derrota en Schmidt, ordenó al 112 avanzar de nuevo para reconquistar el pueblo. No estaba dispuesto a perderlo.

Para su desgracia, confiaba en que su infantería, apoyada por los endebles Shermans, lograría aniquilar a los Panzer. Un gran error. En el ataque posterior, de hecho, muchos carros de combate no pudieron llegar a la contienda debido a la imposibilidad de avanzar por el territorio. Y los que llegaron fueron arrasados por los Panzer V (Panther) y los Mark IV, que abrieron (como si fueran latas de sardinas) a los tanques estadounidenses.

El día 8, con el sabor a derrota en la boca, los americanos no tuvieron más remedio que tocar a retirada. Así, los hombres de la 28a se replegaron, con el apoyo de la artillería, hasta sus posiciones iniciales. «La 28a División de Infantería se había visto obligada a volver casi al punto de partida tras sufrir 5.684 bajas, entre caídos en combate y caídos no en combate. Para Cota, que con tanto orgullo había visto a su división desfilar por las calles de París, aquel debió de ser el día más triste de su vida. Solo el 112 Regimiento de Infantería había perdido más de dos mil hombres y ahora no contaba más que con trescientos efectivos», añade Beevor. Aquella fue una gran victoria para los nazis.

¿Aprendió Hodges la lección? No. Poco después, aproximadamente a mediados de noviembre, empezó a organizar una nueva ofensiva sobre el bosque. «Ordenó a las 1a, 8a y 104a Divisiones de Infantería, así como a la 5a División Acorazada y a lo que quedaba de la 4a División internarse en el bosque de Hürtgen», explica el anglosajón.

La ofensiva final

La ofensiva final contra Hürtgen se inició el 16 de noviembre y corrió a cargo de la 1a División de Infantería, la 4a División de Infantería y la 8a División de Infantería. Aunque fue la definitiva, también fue la más sangrienta del ejército norteamericano. El plan original era el siguiente:

1-La 1a División debía avanzar hacia Düren, localidad ubicada muy al norte de Schmitd. Aunque así se alejaba el foco de las fuerzas del objetivo final, conquistar la zona permitiría a los aliados rodear su particular premio gordo. Esta localidad había sido arrasada por las bombas americanas.

2-La 4a División, por su parte, se encargaría de tomar Schmidt avanzando a través de los pueblos precedentes. Es decir, de oeste a este.

3-La 8a División de Infantería, finalmente, atacaría la localidad de Hürgten (al noroeste de Schmidt). Desde allí partiría hasta Kleinhau.

El ataque de la 1a División fue uno de los más sangrientos. Sus hombres fueron detenidos por el fuego enemigo en el mismo instante en el que se introdujeron en el bosque. Los heridos se contaron por decenas en pocas horas. Así definió la lucha el soldado Arthur Couch (a los mandos de una ametralladora) posteriormente: «Me fijé en un hombre que se sujetaba la tripa con las manos intentando contener una herida muy grande por la que se le salían los intestinos».

La brutal defensa de los alemanes (que dispararon a las copas de los árboles para que las astillas se clavaran en el enemigo) hizo más que difícil el avance. Por si fuera poco, la metralla germana cayó sobre los aliados a manos llenas, así como las balas de los francotiradores nazis, ubicados en muchos casos en puestos de observación privilegiados. Los carros de combate tampoco pudieron ser determinantes al verse frenados por los continuos campos de minas.

A la 4a División le sucedió algo similar. Los combatientes, bisoños en buena parte, se acobardaron ante el intenso fuego de artillería y a la veteranía de los nazis (quienes ya se habían convertido en unos expertos en la lucha entre los árboles). Este grupo tuvo que hacer frente a una incesante lluvia de cartuchos, al fuego de los temibles Flak 88 (que funcionaban como cañones antiaéreos, de campaña, y anticarro) e, incluso, a la guerra psicológica (pues los nazis solían mover sus tanques durante toda la noche para no dejar descansar a los americanos).

Así definió un combatiente presente en la batalla un episodio dentro de la ofensiva de la 4a División: «Poco antes de que amaneciera comenzó un fuerte bombardeo que dio principalmente en las copas de los árboles, por encima de nuestras cabezas. Al ser de noche y en vista de que era realmente peligroso, los soldados bisoños empezaron a angustiarse mucho y a moverse de un lado a otro, presas del pánico. Intenté agarrar a uno o dos de ellos, diciéndoles: “¡Quedaos en vuestra trinchera u os matarán!” … Era la primera vez que veía el pánico provocado por el campo de batalla y pude entender por qué algunos hombres quedaban traumatizados y sufrían neurosis de guerra».

A pesar de todo, los estadounidenses se fueron acostumbrando, poco a poco, a combatir bajo esta tensión y bajo las temperaturas gélidas. Un frío que, como explica Beevor en su obra, llegó a congelar literalmente a algunos soldados desprevenidos.

Una conquista a sangre

La ofensiva iniciada el 16 de noviembre fue la definitiva, pero también la más extensa. Y es que, los americanos se vieron detenidos (de nuevo) por la artillería alemana, el punzante frío que hacía en aquel bosque, y las penosas condiciones de combate (entre ellas, el molesto barro y las continuas lluvias -expertas en oxidar las armas-). Esto provocó multitud de bajas entre los hombres, los cuales sufrieron desde hipotermia, hasta congelación. Además, entre los combatientes empezó a generalizarse la «fatiga de combate» o agotamiento mental. «Al cabo de cinco días aquí arriba te pones a hablar con los árboles. Al sexto empiezas a oír lo que ellos te responden.», afirmaba un recurrente chiste, en palabras de Beevor.

A pesar de que la meteorología y la artillería destrozaron a los soldados americanos, estos no dejaron de avanzar. De nada sirvió que los alemanes enviasen regimiento tras regimiento al bosque, pues -a partir del 23 de noviembre- los aliados conquistaron Kleinhau y Grosshau.

«Finalmente la 8a División capturó la localidad de Hürtgen en el curso de una carga alocada seguida de combates casi cuerpo a cuerpo en el interior de las casas, con granadas, fusiles y subfusiles Thompson», añade el historiador en su obra. Después cayó la localidad de Gey y, para terminar, se aseguraron las dos presas. Pero eso fue a finales de febrero del 45. Y después de que Hodges ordenara entrar en combate a la 2a División de Infantería.

La conquista del bosque de Hürgten supuso al ejército americano casi seis meses de contienda. Las bajas oficiales fueron más de 30.000, aunque se cree que fueron considerablemente reducidas por los responsables americanos para minimizar la repercusión internacional. Independientemente del número concreto, fue un verdadero desastre para el ejército. Y es que, además de los muertos y heridos, más de 8.000 combatientes fueron tratados posteriormente de colapso psicológico. Con todo, y a pesar del precio, se logró tomar la posición.


Cuatro preguntas a Pere Cardona

1-¿Cómo era la situación de Alemania tras el Día D?

La situación de Alemania a finales de 1944 empezaba a ser bastante complicada. El 6 de junio de aquel año, las tropas aliadas realizan el desembarco de Normandía y se cierra la tenaza con el frente del este. En julio de aquel año se produce el atentado más mediático de los que sufre Adolf Hitler, la llamada Operación Valkiria. Ésta deja en evidencia que hay un grupo de altos mandos descontentos con el devenir de los acontecimientos y que empiezan a ver de forma bastante clara que la guerra está perdida, por lo que se deciden a acabar con Hitler.

2-¿La población alemana se veía derrotada?

Con la población civil empieza a pasar tres cuartas partes de lo mismo: Las campañas de bombardeos aliadas sobre las ciudades alemanas le hacen ver a la gente que quizás todas aquella promesas dadas por Goëring conforme jamás habría ningún avión aliado que superase el Ruhr eran exageradas y que el enemigo ya estaba como poco llamando a sus puertas.

De hecho, Goëring dijo en una reunión de oficiales de la Luftwaffe que si algún bombardero aliado superaba el Ruhr, a él se le podía llamar Sr Meier, en una clara referencia despectiva a la comunidad judía, porque el apellido Meier era judío. En aquellos momentos en el que las bombas caían sobre las ciudades, el pueblo alemán bautizó a las sirenas de los refugios antiaéreos como las trompetas de Meier en clara referencia a Goëring.

La producción industrial alemana se tiene que desviar hacia lugares remotos como por ejemplo los enormes complejos subterráneos excavados bajo montañas, en contraposición a la industria americana o inglesa, quienes siguen proveyendo de aviones a sus fuerzas aéreas.

3-¿Cómo fue el avance hacia Alemania?

En un principio los ejércitos aliados se quedan atascados en Holanda y en la zona de la cuenca del Rin. En agosto de 1944 los aliados llegan hasta la línea Sigfrido, el muro defensivo que Alemania había construido como respuesta a la famosa línea Maginot. Es allí cuando se empieza la lucha en batallas tan importantes como la del bosque de Hürtgen, una lucha que supuso unas pérdidas más importantes para el ejército americano que para el alemán y en la que al final se logra conquistar Aquisgrán.

A partir de este momento se inicia la carrera por tratar de conquistar la cuenca del Roer con la llamada Operación Queen. Era la antesala a la Batalla de las Ardenas que junto a la Operación Boddenplatte fueron las dos últimas bazas jugadas por Hitler para intentar cambiar a su favor el curso de la guerra.

4.¿Hubo algún “soldado olvidado” en todo este contexto?

Las enfermeras. Más de 59.000 enfermeras prestaron servicio en el ejército americano durante la SGM. Las enfermeras estuvieron asignadas tanto en los llamados hospitales de campaña, como en los hospitales de evacuación, en trenes, barcos y también en transportes aéreos. Antes del ataque de Pearl Harbor existían unas 1000 enfermeras que llegaron hasta el número de 40.000 justo antes del desembarco de Normandía, cuando aún imperaba una norma de 1943 que no permitía reclutar a más. Fue justamente a raíz de la necesidad de incrementar las tropas para el desembarco cuando se reclutaron a 10.000 más. En un principio, las enfermeras no sabían nada de la vida militar por lo que se decidió darles un curso de 4 semanas básico que incluía materias como organización y cortesía militar, defensa contra ataques aéreos, sanidad en el campo, etc.

Por dar algún número, decir que 18 enfermeras se hacían cargo de entre 75 a 150 pacientes, que los trenes tenían 32 vagones con 1 enfermera a cargo de cada uno de ellos y en los aviones médicos, las enfermeras recibían una instrucción especial de supervivencia en lugares como desiertos, junglas o el ártico y también de afectación de las alturas a los pacientes. Normalmente se asignaba a una enfermera y un paramédico por vuelo.

Durante la guerra murieron en servicio 201 enfermeras, 16 por fuego directo del enemigo y 17 en vuelo. 1600 fueron condecoradas por servicio meritorio bajo fuego enemigo.

 


ABC.es

  • Un nuevo libro desvela la cara más oscura del arquitecto y el Ministro de Armamento del Reich. Aprovechando además que pronto se cumplirá el aniversario de su nacimiento nos planteamos varias preguntas: ¿Se arrepintió de sus fechorías? ¿Usó realmente prisioneros para llevar a cabo sus megalíticos proyectos?

Un cruel y enigmático alemán que consiguió librarse de la horca por ser uno de los pocos oficiales nazis que se declararon arrepentidos por las barbaries que había perpetrado su régimen. Hoy en día, las sombras que rodean a Albert Speer (arquitecto del Reich y Ministro de Armamento de Adolf Hitler) no han conseguido convertirse en luces.

Para algunos, este sujeto es el ejemplo de que existían muchos políticos germanos que no sabían lo que sucedía en los campos de concentración. Para otros, fue simplemente un aprovechado que se valió de mano de obra esclava (la de decenas de miles de judíos, soviéticos y un largo etc.) para producir el denominado «milagro del armamento alemán». Es decir, la creación masiva de carros de combate, cazas, bombarderos y munición en una Alemania que empezaba a ser cercada por sus enemigos y en la que hubo que enterrar (literalmente) las fábricas bajo montañas debido a que las bombas aliadas impedían la producción en la superficie.

Precisamente es esta segunda visión (la de un Speer interesado y que mintió al mundo para librarse de ser condenado a muerte en los Juicios de Nuremberg) es la que expone el escritor Martin Kitchen en «Speer, el arquitecto de Hitler», su último ensayo sobre este personaje. Una obra que llegará a España traducida próximamente de manos de la editorial «La Esfera» y en la que se tira por tierra la idea de que el «milagro del armamento alemán» fuera motivado directamente por él o (entre otras tantas cosas) que se sintiese arrepentido por las barbaridades cometidas por los nazis. Un libro, en definitiva, que lucha contra la leyenda del «nazi bueno», como posteriormente se le llamó, y muestra crudamente cómo apoyó el uso para sus propios fines de cientos de miles de prisioneros judíos.

El «querido» de Hitler

Berthold Konrad Hermann Albert Speer, más conocido como Albert Speer, vino al mundo allá por el 19 de marzo de 1905 en Mannheim. Robert Ambelain, autor de «Los arcanos negros de Hitler», le define como un hombre de alta cuna «de una familia de arquitectos» que quiso seguir la estela de su padre (quien había logrado alcanzar el éxito en ese mismo campo).

En base a esos deseos, el pequeño Albert terminó estudiando arquitectura en la Universidad de Karlsruhe y, posteriormente, en otros tantos centros especializados como el Instituto Heidelberg o el Politécnico de Munich. Su continuidad en los estudios le acabó convirtiendo en un alumno aventajado en 1927, cuando se licenció en la Escuela Técnica Superior de Berlin-Charlottenburg. Así se afirma en la completa «Historia Virtual del Holocausto», donde también se explica que «acabó sobresaliendo en la asignatura de matemáticas, especialmente en estadística».

Arquitecto ya, empezó a sentir atracción por el -entonces- joven Adolf Hitler y su ideología. En sus populistas discursos, aquel hombre con bigotillo hablaba de la injusticia que se había orquestado contra Alemania tras el Tratado de Versalles. Crítica a los judíos por aquí, y soflama por allá, Speer acabó afiliándose al partido nazi en marzo de 1931 con el número 474.481 (según señala la periodista e historiadora Gitta Sereny en su obra «Albert Speer arquitecto de Hitler, su lucha con la verdad»).

A partir de ese momento, comenzó a acercarse al futuro «Führer» poco a poco hasta que ambos fueron amigos inseparables. Nuestro protagonista se convirtió, de hecho, en el favorito del líder nazi. Era un habitual en su mesa privada después incluso de su ascenso a la poltrona de Alemania (en enero de 1933, cuando fue nombrado oficialmente canciller) y, para colmo, la popular cineasta germana contratada por el Reich (Leni Riefenstahl) decía de él que era uno de los grandes idilios de Hitler. Así lo afirma Ambelain en su obra, donde le atribuye la siguiente cita a la artista: «¿Sabe lo que es usted en realidad señor Speer? Usted es el amor desdichado de Adolf Hitler».

El comienzo

Según el mismo autor, Hitler se fijó en Speer allá por 1933, cuando se le confió la organización de la gran manifestación del primero de mayo que se sucedió en Tempelhof.

Sin embargo, otras teorías afirman que conoció a este arquitecto tras visitar la nueva sede del Ministerio de Propaganda de Joseph Goebbels. Esta idea podría basarse en obras como «Los discípulos del diablo: El círculo íntimo de Hitler» (del divulgador histórico Anthony Read) o «Hitler y el poder de la estética» (de Frederic Spotts).

«Hitler no creía que fuese posible cumplir ese plazo. Día y noche mantuve tres turnos en la obra»

En estos textos se hace referencia a un curioso episodio. Según explican ambos expertos, a Goebbels le fue cedida esta nueva sede en 1933. Rápidamente, aquel «enano y ligón» y llamó a Speer para que -con no pocas prisas- hiciera una remodelación de la misma en escasamente… ¡Ocho semanas! Su objetivo era dejar boquiabierto al líder nazi.Así recordaba nuestro protagonista aquel suceso: «Hitler no creía que fuese posible cumplir ese plazo, y Goebbels, sin duda para espolearme, me habló de sus dudas. Día y noche mantuve tres turnos en la obra. Me ocupé de que varios aspectos de la obra fueran sincronizados hasta el menor detalle». El edificio fue entregado, y el del bigote quedó más que asombrado con él.

Arquitecto del Reich

Independientemente del momento en el que conociera su trabajo (las teorías son muchas), lo cierto es que la faceta artística escondida de Hitler y la muerte del arquitecto oficial del partido nazi –Paul Ludwig Troost– fueron los factores que acercaron a ambos. Así fue como, poco a poco, el «Führer» convirtió a Speer en el artista más destacado del país. O «el arquitecto de Alemania», como él mismo se definía. Un término que adoraba debido a que le ubicaba por encima del resto de sus colegas de profesión.

Su lista de edificios diseñados para el régimen de la esvástica comenzó a escribirse allá por 1934, cuando le fue encomendada la construcción en piedra de la tribuna de madera del Zeppelinfeld de Nuremberg (en principio, la zona en la que aterrizaban los zepelines y, posteriormente, un estadio en el que se practicaban diferentes deportes). «La referencia principal para ello, según indica el propio Speer en sus Memorias, fue el Altar de Pérgamo. Se entrelazan en este primer gran proyecto, realizado por quien sería la mano derecha de Hitler, varias de las tónicas que conformarían la estructura básica de la arquitectura desarrollada por el Partido Nacionalsocialista desde su llegada al poder hasta su debacle al fin de la Guerra», explica Guillermo Aguirre Martínez en su dossier «La arquitectura en el Tercer Reich».

La mayoría de autores coinciden en que sus proyectos no contaban con una gran técnica artística, pero encandilaban a Hitler por sus gigantescas dimensiones. Todo ello, siguiendo la estética de las tres grandes civilizaciones de la antigüedad: la egipcia, la griega y la romana.

Las construcciones de Speer, además, se basaron en una nueva forma de edificación: la «Ley de las ruinas». Una teoría que se basaba en que todo aquellos que se levantara en Alemania debía dejar unos restos estéticos para las generaciones futuras. «Para ello se emplearon exclusivamente materiales no proclives al desgaste y se desarrollaron estructuras especiales que fuesen capaces de resistir el paso del tiempo», añade el español. Como es lógico, todos estos factores dieron como resultado la utilización masiva de la piedra como material básico por parte de Speer (Inspector General de Construcción con el rango de Secretario de Estado desde 1937).

En este sentido, el nuevo libro proyectado por Kitchen sentencia no solo que Speer carecía de originalidad y creatividad como arquitecto, sino que únicamente logró acercarse al «Führer» gracias a que supo captar lo que el líder nazi quería: edificaciones «ridículamente grandiosas» combinadas con tintes vanguardiastas. Además, el autor define su actitud por entonces como la de un hombre despreocupado, distante, narcisista y despiadadamente ambicioso. Una persona que no solía acercarse demasiado a sus más allegados y se mantuvo alejado moralmente, incluso, de su mujer y sus hijos.

Por si todo esto fuese poco, Speer también recibió el encargo de diseñar la «Germania» definitiva. Una ciudad que nacería de la remodelación de Berlín y que sería -según explica Deyan Sudjic en su obra «La arquitectura del poder»- «el epicentro del imperio de Hitler». Así lo dejó sobre blanco el propio líder nazi en un mensaje escrito en junio de 1940 (aunque el proyecto ya había sido organizado casi cuatro años antes): «En consonancia con nuestra estupenda victoria, lo antes posible Berlín deberá remodelarse urbanísticamente como capital del nuevo y poderoso Reich. […] Mi intención es poder completar [este proyecto] en el año 1950. […] Cada oficina del Reich, de los länder, de las ciudades y del partido deberá facilitar toda la ayuda que pudiera demandar el Inspector General de Edificaciones de la Capital del Reich».

El arquitecto, en fechas

1934 – Construcción en piedra de la tribuna de madera del Zeppelinfeld de Nuremberg.

1937 – Se encarga a Speer que empiece a planificar «Germania».

1937 – Se encarga a Speer la reforma del Estadio Olímpico de Berlín.

1937 – Speer gana la medalla de oro en la Exposición Internacional de París con el «Pabellón alemán».

1939 – Termina la remodelación de la Cancillería.

El resto de edificios que había planificado para la nueva ciudad de Berlín no llegaron a construirse.

«El milagro» y la ciudad secreta

Entre arquitectura y loas andaba Speer cuando el cielo profesional se abrió ante él. Y nunca mejor dicho. Mientras el calendario marcaba el 8 de febrero de 1942 (15 de febrero, según determina el historiador galo Henri Michel en su extenso libro «II Guerra Mundial»), el ministro de Armamento y Municiones alemán Fritz Todt encontró la muerte en un trágico incidente aéreo. Su fallecimiento abrió el camino para el puesto a grandes jerarcas como Goering (ávido y deseoso de él). Sin embargo, Adolf Hitler se decidió por su gran amigo: Speer. ¿Por qué diantres eligió a un artista para el puesto? Según parece, por su empeño y su capacidad de organización.

Al «Führer» no le falló el ojo. En poco tiempo, Speer aumentó brutalmente la producción germana en base a una serie de sencillos principios. El primero fue apostar por crear «comités» de especialistas y asesores que sustituyeran la visión interesada de los militares (hasta entonces, al frente de la producción de guerra).

«Speer redujo el número de artefactos de combate, organizó una producción en serie y especializó los establecimientos industriales»

Por si fuera poco, también revolucionó la organización de las fábricas estableciendo una sencilla norma: cada una de ellas se dedicaría a elaborar un tipo de armamento concreto. A su vez, separó el mundo de los negocios de la dedicación al estado alemán. «Con Speer, los nuevos dirigentes de la economía salieron del medio de los negocios: las asociaciones profesionales de gran industria se convirtieron en organismos del Estado y los grandes industriales dominaron el “Consejo de Armamento”», determina Michel en su obra.Así resume Michel sus avances más destacados por aquellos años: «Speer redujo el número de artefactos de combate, organizó una producción en serie y especializó los establecimientos industriales. […] Hizo que Hitler se decidiera por una división del trabajo: las fábricas de los países ocupados fabricarían bienes de consumo para el Reich, y la mano de obra alemana sería especializada en los armamentos». Militarmente hablando, Speer dio prioridad a lo que, según él, más se requería en el frente: cañones, morteros, ametralladoras, munición para la infantería, armas anticarro, los vehículos motorizados y los carros de combate.

Toda esta amalgama de medidas (así como otras tantas) dieron lugar a un «boom» económico de la industria armamentística alemana. Una industria que -tras sufrir duramente debido a la forma de combatir del ejército hasta entonces (la Blitzkrieg)- resurgió de sus cenizas. «Speer mostró en su nuevo puesto una capacidad extraordinaria. En 1944 logró llevar a Alemania a una producción jamás alcanzada», determina -en este caso- Ambelain.

Más concretamente, esta se triplicó. «En 1943, la producción de cañones dobló a la de 1942 y aumentó todavía más en 1944», añade el autor de «II Guerra Mundial». Ejemplo de ello es que la fabricación de tanques pasó de 9.395 en 1942, a 19.885 en 1943 y 27.300 en 1944.

A su vez, durante esos años también favoreció la investigación de nuevas armas como las bombas V1 y V2, y trasladó las fábricas del país a una serie de túneles subterráneos ubicados en el centro de Alemania cuando los aliados bombardearon aquellas que estaban ubicadas en la costa Báltica.

El divulgador histórico Pere Cardona (auto del libro «El diario de Peter Brill» junto a Laureano Clavero) recoge también la creación de estos túneles subterráneos en su popular blog «HistoriasSegundaGuerraMundial»: «Consciente del daño que podían provocar estas campañas en el devenir del conflicto, ordenó el traslado de varios centros productivos a complejos subterráneos desde donde poder seguir alimentando su maquinaria bélica».

En palabras del experto, este proyecto (conocido como «Riese») terminó con la creación de una «ciudad subterránea» de nada menos que 213.000 m3 de túneles, 58 kilómetros de carreteras con 6 puentes y 100 kilómetros de tuberías. Su coste también es apostillado por Cardona: la friolera de 150 millones de marcos. «La red tejida bajo tierra estaba formada por varios sistemas que se localizaban en el castillo Ksiaz, Jugowice, Osowka, Soboul, Sokolec, Walim-Rzeczka y Wlodarz, siendo este último el más grande de todos ellos», finaliza.

Vestigios de aquellos túneles creados bajo territorio alemán han sido explicados por expertos como el español José Miguel Romaña quien (en su obra «Armas secretas de Hitler») dedica un apartado a hablar de fábricas subterráneas como la de Turingia (en el mismo centro de Alemania). Llamada Jonastal IIIC, esta era una «fábrica ultrasecreta subterránea» ubicada a «muchos metros de profundidad para permanecer indemne a cualquier bomba convencional arrojada desde el aire». En ella se ensamblaban aviones, misiles y, en palabras del autor, se llegó a llevar a cabo «una parte del proyecto atómico alemán».

La cruz: dolor y muerte

La cruz de este «milagro de Speer» (como fue conocido por entonces) viene desglosada en el libro de Kitchen. En él (así como ya se había tratado en otros tantos) se explica que el ministro basó el crecimiento de la producción en la utilización de mano de obra esclava. De los campos de concentración, para ser más concretos. Michel señala en su obra que, en el otoño de 1943, Alemania había perdido nada menos que cuatro millones de hombres entre prisioneros, fallecidos y desaparecidos en los frentes de batalla. Esos números provocaron un aumento del reclutamiento y, a continuación, la escasez de personas que trabajaran en las fábricas. Algo terrible para el esfuerzo de la guerra: sin manos, no había armas para combatir ni municiones que disparar.

¿Qué se le ocurrió a Speer? Hacer uso de aquellos a los que podía emplear sin pagarles ni una mísera moneda: a los reos de los campos de concentración. «Speer utilizó la reserva de prisioneros de guerra y la del mundo concentracionario, que podía ser renovado a voluntad», destaca Michel.

Los prisioneros ingerían 1.100 calorías al día tras trabajar acarreando piedras y arena

Oficialmente, lo hizo amparándose siempre en la Convención de Ginebra. Sin embargo, la realidad era bien distinta. Para empezar, porque les encargaba los denominados «trabajos prohibidos» (labores sumamente duras). Así, empezaron a llegar a las fábricas germanas (principalmente las subterráneas) miles de reos soviéticos, franceses y, en definitiva, cualquiera que se encontrara cerca de los campos de concentración cercanos a las nuevas bases. Las cifras varían atendiendo al historiador que las maneje, pero se podría acercar a los dos y millones y medio de personas. Y eso, sin contar con los cinco millones más de rusos que fueron capturados (cuyo paradero fue, en muchos casos, desconocido).Estos números se sumaron al número de fábricas abiertas en algunos campos de concentración como Dachau, Buchenwald o Mauthausen. Con la diferencia de que, en este caso, la mano de obra esclava llegó por petición expresa del propio Speer. ¿Cómo se libró de la hora, entonces, en los Juicios de Nuremberg? Pues debido, sencillamente, a que cargó las culpas sobre su ayudante, Fritz Sauckel (al que acusó de optar por los reos para dichos trabajos). Independientemente de quién fuera el culpable, y como era habitual, aquellas instalaciones se convirtieron en auténticos centros de muerte en los reos apenas podían mantenerse en pie debido a la falta de alimentos y a los esfuerzos sobrehumanos a los que eran sometidos.

Kitchen afirma en su nueva obra que los reos trabajaban 72 horas a la semana con una dieta diaria de 1.100 calorías. Una cantidad insuficiente para la labor que llevaban a cabo, pues (atendiendo a su género) un ser humano necesita entre 2.000 y 2.5000 calorías por jornada para sobrevivir. Y eso, sin realizar excesivos esfuerzos.

Al parecer, y aunque Speer señaló durante los Juicios de Nuremberg que estaba en contra de aquellas condiciones infrahumanas, envió varios telegramas a los jefes de los campos felicitándoles por su labor. «No era un hombre bondadoso. Tenía formidables métodos de control, y le permitían usar campos de concentración si quería. Era eficiente, y esto era apreciado por Hitler», afirmaba Hugh Trevor-Roper (el historiador más destacado de la Segunda Guerra Mundial por ser enviado por Churchill para dejar constancia de lo acaecido) en una entrevista posterior para televisión.

Las crueles condiciones en las que vivían fueron explicadas abiertamente por Ted Misiewicz (un adolescente sacado de su casa por la fuerza para trabajar en dichas fábricas) en una entrevista concedida a la BBC. «Llegamos en junio de 1942 a trabajar de inmediato. Comencé en una cantera. Sacábamos piedra, y era algo extenuante. También denigrante. Comía mal, muy mal. Veías caminar esqueletos, nada más que esqueletos. Si al caminar se caían se quedaban en el suelo, nadie los levantaba». Este reo añadía también que en el campo en el que fue recluido había una enfermería en la que se sucedían todo tipo de barbaridades: «Un oficial solía llegar para seleccionar a aquellos que, según él, estaban haciéndose los enfermos. A esos los mataba a golpes. Después de tantos años, todavía no puedo olvidar eso». Y por si eso no fuera suficiente, trabajaban en túneles sin letrinas y rodeados de sus propios excrementos.

Por otro lado, Kitchen también deja claro que el «milagro» no fue tal, sino que fue logrado sacrificando la creación de nuevas armas y apostando por modelos obsoletos de cazas (como el Me Bf-109) y armamento.

¿Final injusto?

En 1945, Speer fue uno de los ministros de la Alemania nazi que dijo a Hitler claramente que la guerra estaba perdida. Además, se negó a llevar a cabo el plan Nerón. Una orden mediante la que el mismísimo «Führer» exigió la destrucción de todas las fábricas germanas para evitar que fueran utilizadas por los enemigos. Después de que dicho mandato fuese enviado, Speer se dedicó a viajar por todo el país para evitar que se cumpliera. ¿La razón? Que confiaba en que, tras la victoria de los aliados, pudieran usarse para el futuro resurgir de la gran Germania.

Aunque aquello le podía haber granjeado una condena a muerte, nuestro protagonista decidió pasarse por el búnker de Berlín a despedirse del que, durante años, había sido su gran amigo y mentor. «Era un acto de compasión más que otra cosa. Al principio me iba a ir sin despedirme de él, pero vi que eso era una cobardía y una crueldad», dijo posteriormente.

Tras la caída de Berlín, Speer fue detenido por los aliados y juzgado en Nuremberg. Allí llevó a cabo una defensa magistral ya que, aunque se declaró «no culpable» por la muerte de millones de judíos, si afirmó estar arrepentido por haber usado a los prisioneros como mano de obra esclava. Fue el único que lo hizo, y aquello caló hondo en el tribunal. «Speer hizo una defensa muy convincente y despertó el odio de Goering, que estaba movilizando a los acusados para que negasen todo. Y Speer dijo: sí, el régimen era criminal, y acepto que soy culpable junto con los demás», señalaba Trevor Roper en una entrevista posterior. Aquellas palabras le valieron eludir la horca, aunque sí pasó 20 años en prisión. Posteriormente, cuando recuperó la libertad, hizo una fortuna publicando en varios libros sus memorias.

Las culpas cayeron completamente sobre Sauckel, que fue condenado a muerte. Aunque eso sí, antes de morir señaló en repetidas ocasiones que el verdadero responsable era Speer. Este mantuvo, hasta el día en que dejó este mundo, la versión de que estaba arrepentido por lo sucedido: «Cuando fui llamado a declarar dije que era responsable de todo el trabajo de los esclavos. No evité decir lo que había hecho. Me sentía responsable aunque fuesen órdenes de Hitler. Otros alegaban que eran órdenes de Hitler. Yo no lo hice».


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  • Roosevelt aludió a él como prueba de los planes de Hitler, pero no era más que una falsificación

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Algunos engaños han sido tan determinantes en la historia como las certezas más absolutas. Por mucho que se insista en que tienen las patas muy cortas, las mentiras pueden causar confusión en un momento dado, generar tensiones y terminar desencadenando acciones irreversibles. Un buen ejemplo de ello es el caso que en su día analizó con detalle el blog Mental Floss: un mapa nazi con los supuestos planes de Hitler para reorganizar Sudamérica, que Franklin D. Roosevelt presentó como prueba de la hostilidad alemana. No le habría faltado razón… si no fuese porque se trataba de un descomunal fraude.

La primera vez que el presidente estadounidense hizo referencia a dicho mapa fue en octubre de 1941. Si bien había hecho campaña prometiendo que permanecería neutral en la II Guerra Mundial, Roosevelt habló públicamente del documento como la evidencia de que los nazis eran una amenaza real para su país. «Tengo en mi poder un mapa secreto diseñado por el gobierno de Hitler, con información sobre cómo pretenden reorganizar Sudamérica y parte de América Central», anunció el mandatario. El plano al que se refería es el que puedes ver bajo estas líneas.

De poco sirvió que desde Alemania se negase la veracidad del mapa. Dos meses después declararían la guerra a Estados Unidos, señalando las palabras de Roosevelt como ejemplo de provocación. El asunto fue diluyéndose en el olvido hasta que, varias décadas más tarde, el documento apareció entre los papeles del antiguo presidente y pudo ser examinado. La conclusión de expertos como Nick Cull, de la Universidad del Sur de California, fue una auténtica sorpresa: no sólo era falso, sino que no había sido elaborado por los americanos… y tampoco por los alemanes.

En opinión de este historiador, fue el servicio de inteligencia británico quien creó el mapa y lo utilizó para sacar a Estados Unidos de su neutralidad. El autor del mismo podría ser William Stephenson, un canadiense que colaboraba con los británicos desde Norteamérica. Parece que su plan inicial era dejarlo en algún lugar propicio para que fuese el FBI quien hiciese el hallazgo, pero finalmente lo entregó directamente a los americanos asegurando haberlo encontrado en un registro en un almacén nazi.

¿Sabía Roosevelt que estaba presentando a sus ciudadanos un documento falso? Nick Cull cree que como mínimo lo sospechaba. En el manuscrito original de aquel discurso de octubre de 1941 escribió las palabras «un mapa de indudable autenticidad», tachándolas después para sustituirlas por «un mapa secreto». Quizá fue su forma de cubrirse las espaldas por si el verdadero origen del plano salía a la luz antes de lo previsto.


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  • ABC Historia te recomienda una película soviética de los años 70 que narra la actuación de una parte del Ejército Rojo en la «Tormenta de invierno», el último intento de Hitler por llevar refuerzos hasta la ciudad para evitar que fuese retomada por los rusos
 Soldado alemán en Stalingrado - Bundesarchiv

Soldado alemán en Stalingrado – Bundesarchiv

Noviembre de 1942. Ese fue el fatídico mes en el que el sueño ruso de Adolf Hitler dio sus últimos coletazos hasta casi evaporarse por completo. Aquella fecha supuso la culminación de un crudo invierno en el que la obcecación del «Führer» por la conquista de Stalingrado provocó una sangría contante de muertes. Miles de alemanes cayeron ante la fuerza del general invierno y la determinación soviética. Todo ello, para tomar la ciudad que llevaba el mismo nombre que el «Camarada jefe».

Quizá fue por eso (o simplemente porque ya empezaban los mismos delirios de grandeza de Hitler que se harían más patentes todavía en el búnker de Berlín) por lo que el líder germano se negó a que sus tropas se retiraran de la urbe aquellas navidades a pesar de verse muy superados en número por el Ejército Rojo.

Fuera como fuese, aquella decisión le valió a los soldados alemanes que habían conquistado Staligrado una agonía lenta y gélida. Y es que, en la llamada «Operación Urano», los soviéticos rodearon la ciudad y se dispusieron a esperar que sus enemigos -ahora totalmente aislados- murieran de hambre y frío. La única esperanza que hacía que los nazis siguieran rechazando las oleadas de enemigos día tras día radicaba en las fuerzas mecanizadas de Erich Von Manstein.
 Este veterano mariscal recibió órdenes de romper el cerco ruso y enlazar con sus compañeros atrapados. Crear, en definitiva, un corredor a través de ese anillo de fuerzas stalinistas por el que pudieran llegar refuerzos hasta los hombres del VI Ejército al mando de Von Paulus (los militares a los que se les había encomendado la defensa de la urbe). Hitler no barajaba la retirada de la ciudad, en todo caso.

Esta misión de salvamento fue llamada «Tormenta de invierno», y el cine le ha dedicado pocos minutos a lo largo de la historia. Sin embargo, una de las pocas películas que trata este trágico momento de la batalla de Stalingrado es «Nieve Ardiente».

El largometraje es ruso, fue creado en los 70 y narra como, durante la ofensiva de Manstein, un contingente del Ejército Rojo al mando del teniente general Bessonov se vio obligado a defender el «anillo exterior» establecido por los soviéticos de decenas de carros de combate germanos para evitar que lleguen hasta Paulus. La cinta, más concretamente, se centra en la épica defensa del río Mishkova de un grupo de cañones anticarro. El último muro, según da a entender el film, entre los nazis y la ciudad del «Camarada Jefe».

El largometraje, sumamente interesante a pesar de la antigüedad, es -con todo- una exaltación de los militares rusos. Y es que, no en vano fue rodado en plena Guerra Fría. A su vez, se olvida de la otra «parte» de la contienda: la visión de unos sitiados que morían a centenares por el frío en la urbe. No obstante, supone un documento gráfico interesante para los interesados en la contienda, pues es casi único en su género y -además- permite discernir la mentalidad que inculcaron los soviéticos a sus hombres durante la Segunda Guerra Mundial (la idea de que morir por la Madre Rusia era un privilegio y que nadie podía retirarse ante el enemigo).

Una misión absurda

La odisea germana dio sus primeros pasos allá por el 19 de noviembre de 1942. Por entonces el VI Ejército Panzer de Paulus andaba ya defendiéndose en una parte de Stalingrado de las continuas oleadas de soldados soviéticos. Todos ellos, ansiosos verdaderamente de expulsarles de sus tierras. Ese día fue en el que comenzó la «Operación Urano»: una misión mediante la que el Ejército Rojo rodeó la ciudad para «embolsar» a sus defensores y lograr que, finalmente, se rindiesen.

Tal y como explica el periodista e historiador Jesús Hernández en su obra «Breve historia de la Segunda Guerra Mundial», los hombres de Stalin lograron completar su objetivo en pocas jornadas tras atacar puntos estratégicos de las defensas nazis (concretamente, en los que resistían combatientes rumanos al servicio de Hitler).

«El 23 de noviembre, los rusos procedentes tanto del norte como del sur arrollaron por completo a los rumanos y convergieron sobre un puente que que atravesaba el río Don en Kalash, que era la línea de comunicación y abastecimiento del ejército de Paulus. […] En el interior habían quedado aislados 300.000 hombres», explica el autor del blog «¡Es la guerra!».

¿Por qué no se retiraron los nazis? En palabras del experto, por dos causas. La primera, que no se podían permitir perder una ciudad de tanta importancia moral para el Tercer Reich. La segunda, que Hitler se había dejado convencer por Hermann Goering (al mando de la Luftwaffe) de que era posible reabastecer a las tropas cercadas a través del aire.

«El pomposo mariscal Goering no dudó en comprometerse ante Hitler a que su “Luftwaffe” abastecería al VI Ejército estableciendo un puente aéreo», añade el experto español. Goering propuso su plan al «Führer» afirmando que sus fueras aéreas podrían mantener con vida a aquellos hombres hasta que se enviara una fuerza de auxilio que rompiera el cerco y liberara a Paulus.

La promesa era totalmente falsa, pues de las 700 toneladas diarias de alimentos y material que prometió hacer llegar a los defensores, apenas logró enviar 100. Con todo, Hitler no dudó y ordenó a Erich Von Manstein ponerse al frente de un contingente mecanizado de ruptura. Una fuerza que se las vería con los rusos, que se habían atrincherado en las afueras de Stalingrado para evitar que nadie reforzara a los supervivientes que resistían en el interior.

Muerte gélida

Mientras los hombres Von Manstein se dirigía hacia Stalingrado, los defensores de la ciudad sufrían todo tipo de penurias. La mayoría de ellas son analizadas pormenorizadamente por el popular historiador Antony Beevor en su obra «Stalingrado».

Así pues, el experto explica que una de las principales causas de las penurias era la congelación debido a las bajas temperaturas (de hasta 25 grados bajo cero) que se sufrían en la urbe. La mayoría de los supervivientes coincidieron posteriormente en que, tras dejar este mundo, los cadáveres no tardaban en congelarse. Y otro tanto sucedía con la sangre que salía de las heridas.

«Jamás podré olvidar el ruido que hacían las balas al chocar contra los cuerpos congelados», explicaba un soldado de una unidad de Guardias soviético. Aquello era, sin duda, un infierno helado.

«Los tablones, mesas, e incluso las literas cuando los hombres morían, eran troceados para hacer leña. El único sucedáneo del calor real era la atmósfera viciada», explica Beevor. El ambiente más que gélido. El único calor que se podía disfrutar era el humano. El que salía de los cientos de cuerpos que se agolpaban en el interior de los refugios, y no era precisamente algo higiénico, sino más bien asqueroso (pues iba acompañado con un terrible hedor motivado por la escasez de combustible para derretir nieve con la que lavarse).

El frío, con todo, agudizó el ingenio de los alemanes que resistían en el interior de Stalingrado. «Con frecuencia dormían dos en una litera tapándose las cabezas con una manta en un intento lamentable de compartir el calor corporal», completa Beevor. Tampoco era raro que algunos de sus miembros se congelasen y fueran devorados por ratones. Así lo corroboró un soldado que, cuando se despertó, vislumbró con pavor cómo unos roedores se habían merendado dos de los dedos de su pues (los cuales estaban totalmente helados).

La muerte, en definitiva, esperaba tras cada esquina a aquellos que no podían resguardarse del frio y la nieve. Y no era raro que, los que tenían la suerte de poder calentarse brevemente, tiritaran constantemente. De hecho, los heridos que eran dejados en el exterior de los aeródromos (donde esperaban ser evacuados) solían morir como un témpano de hielo.

Triste hambre

Por si fuera poco, el hambre también golpeaba severamente la moral y la integridad física de los combatientes. En principio la carne (que escaseaba) solo podía cortarse con un serrucho por la congelación. Pero eso solo fue durante los mejores momentos (en los que había vacuno o cerdo que llevarse a la boca). Con el paso de las jornadas, los defensores empezaron a nutrirse de jamelgos para llenarse la barriga.

Después se empezó a vivir de las pocas cajas que traían los aviones que lograban romper el cerco (algo nada sencillo debido a la presencia de cazas enemigos y baterías antiaéreas). El problema fue que en envío de vituallas fue más que pobremente organizado y no era raro que, al abrir un cajón de madera, lo que hubiera dentro fueran preservativos, caramelos o harina (cuando no disponían de hornos en los que cocinar pan). Un verdadero desastre.

La falta de alimentos, unida a las gélidas tempraturas, provocó todo tipo de problemas físicos y psicológicos. «Con frecuencia, estaban con la mente en libros habían circulado hasta que se desintegraban o se perdían en el barro y la nieve, pero ahora poquísimos conservaban energía para leer», señala Beevor en su obra.

A su vez, en los aeródromos se empezaron a abandonar los juegos como el ajedrez (los cuales requerían demasiada concentración). Y ese solo fue el principio, ya que esta combinación provocó también severas alucinaciones en determinados combatientes. «En muchos casos, no obstante, la falta de alimento no llevó a la apatía sino a ilusiones enloquecidas, como las de los antiguos místicos que escuchaban voces a causa de la desnutrición», añade el autor en su obra.

La situación era tan precaria que muchos soldados alemanes preferían suicidarse a permanecer un día más allí. Los más avispados, por el contrario, se herían levemente para así solicitar ser llevados a retaguardia en avión. En principio la idea no fue mala. Sin embargo, con el paso de las jornadas el número de combatientes que recurrió a este truco fue tan elevado que la policía militar germana tuvo que usar en más de una ocasión a las armas para poner orden entre los presuntos heridos.

La denfesa soviética

Mientras los defensores se congelaban en las ruinas desvencijadas de Stalingrado, Von Manstein avanzaba en contra del reloj en su auxilio.

«El plan de Manstein para rescatar al VI Ejército -la Operación Tormenta de Invierno- fue desarrollado con una consulta punto por punto con el cuartel general del “Führer”. Su objetivo era penetrar hasta el VI Ejército y establecer un corredor para proporcionarle suministros y refuerzos», determina Beevor. A pesar de los consejos que se le ofrecieron, el líder nazi se negó en todo momento a que ese pasillo fuera utilizado para escapar. No concebía una huida de una ciudad que consideraba la piedra angular de la moral soviética.

«El plan de Manstein para rescatar al VI Ejército -la Operación Tormenta de Invierno- fue desarrollado con una consulta punto por punto con el cuartel general del “Führer”»

Tras el planteamiento de la operación, llegaron a los puntos de partida los carros de combate que protagonizarían la ofensiva. Entre ellos destacaban los temibles tanques «Tiger». Nuevo en aquel momento, pero sumamente efectivo y temible al contar con un potente cañón de 88 mm. Posteriormente, aquellos tanquistas que lograron sobrevivir a la guerra dijeron en multitud de ocasiones que este había sido uno de los mejores vehículos acorazados en los que habían combatido.

«En la noche del 10 de diciembre, los comandantes recibieron la “Orden para el ataque de liberación de Stalingrado”», añade el experto. La ofensiva comenzó tan rápido que causó sorpresa entre los generales soviéticos. De hecho, los hombres de Manstein lograron varias victorias en su avance. Sin embargo, su número de vehículos era tan limitado (al igual que pasaba con el combustible) que solo era cuestión de tiempo que cayeran ante el imponente Ejército Rojo.

Película ¿Realidad o ficción?

«Nieve ardiente» ubica su acción a orillas del río Mishkova (apenas a 70 kilómetros de la zona defendida por el VI Ejército de Paulus). Según narra esta película (que, a pesar de todo, es aconsejable ver) los soviéticos tuvieron que defenderse a sangre y fuego contra el gigantesco contingente alemán de Manstein, ávido de romper el cerco y llegar hasta Stalingrado.

El largometraje nos muestra las penurias de una unidad de cañones anticarro que, a pesar de verse superada por el enemigo, trata de mantenerse estoica sabedora de que su actuación es lo único que puede detener la «Tormenta de invierno». Como film rodado en la Guerra Fría, podemos imaginarnos el resultado: diálogos patrióticos, muertes por la Madre Rusia y una buena dosis de orgullo patrio.

Pero… ¿Hasta qué punto fue real esta defensa? Lo cierto es que los hechos han sido exagerados por el guionista. Y es que, aunque es cierto que hasta el río Mishkova llegaron las divisiones de Herman Hoth (a quien se encargó la liberación), retazos de la 17 división blindada y varios «Tiger», su número era mucho menor al que se nos muestra en el largometraje. A su vez, y como explica Beevor en su obra, esta zona no fue finalmente relevante en la ofensiva.

Entre los errores de la película, destaca que Paulus tenía muy difícil enlazar con los hombres del Mishkova, pues los escasos carros de combate que le quedaban apenas contaban con combustible para avanzar 20 kilómetros a finales de diciembre, cuando debía recorrer un total de 65 para salvarse.

Además, la realidad es que, cuando los panzer llegaron a orillas del Mishkova, se toparon con carros de combate soviéticos, con los que trabaron un duro combate. Y no solo con una unidad de cañones anticarro, como se explica en la obra. Por otro lado, la ofensiva no se desarrolló en los términos que relata el film, pues no fueron los rusos los únicos que se vieron sometidos a un intenso fuego de los nazis. «Las divisiones blindadas en el Mishkova estaban también sometidas a un enérgico bombardeo, en el que la 6 División blindada perdió 1.100 hombres en un solo día», añade Beevor.

Lo que sí es cierto es que los alemanes, tal y como se muestra en el film, trataron de llevar a cabo varios ataques sobre las unidades situadas en el Mishkova con el objetivo de tomar posiciones, algo que llegaron a hacer (aunque posteriormente las perdieron). Al final, todo acabó en retirada y en la perdición del VI Ejército.


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  • José María Beneyto publica su última obra; una novela histórica editada por «Espasa» que recoge las desventuras de un personaje cuya vida supera la ficción: Juan Pujol (Garbo)
Desembarco de Normandía - ABC

Desembarco de Normandía – ABC

El espía que más daño hizo al «Führer» no pertenecía a ninguna de las grandes potencias que dedicaban millones a entrenar a su personal en el arte de lo oculto. No era un hombre del NKVD soviético, ni un agente encubierto de la resistencia francesa y, ni tan siquiera, un militar de la Oficina de Servicios Estratégicos estadounidense (más conocida por sus siglas: OSS). Era un catalán llamado Juan Pujol (alias Garbo). Un español que, en lugar de tener a sus espaldas cinco o seis primaveras de experiencia desactivando bombas o infiltrándose en bases secretas nazis, había pasado su juventud criando pollos y escapando de los frentes de batalla.

Sin embargo, la pericia de este español (y la de su mujer, Araceli González, actriz indispensable en su vida) le valieron para engañar a los alemanes, hacerse pasar por un espía germano (cuando en realidad era un agente doble al servicio de los británicos) y lograr que el mismísimo Adolf Hitler creyera que el Desembarco de Normandía se sucedería en Calais, a varios kilómetros de las playas en las que realmente se iba a llevar a cabo la invasión.

La historia de Pujol demuestra que, en muchos casos, la realidad que podemos palpar día a día con nuestras propias manos supera a la ficción que inventan las pensantes mentes de Hollywood. Deja claro que, en ocasiones, hay personas que logran superar las barreras que les plantea el destino y llegan a solventar situaciones increíbles. Y es precisamente por ello por lo que José María Beneyto (catedrático, político, abogado y escritor) la ha elegido con sumo mimo para servir de pilar básico de su última novela histórica: «El espía que engañó a Hitler» (editada por «Espasa» y presentada el pasado día 10 de enero en el Instituto Goethe de Cultura Alemana de Madrid).

«Elegí a Pujol porque es un personaje literario y, a la vez, influyente en la historia. Él mismo es una mezcla de realidad y ficción. Una ficción que desarrolla después al inventarse una red de 27 falsos espías que envían información fraudulenta a los alemanes (y en los que estos acaban confiando ciegamente)», explica Beneyto en declaraciones a ABC.

En sus palabras, este catalán es, gracias a la ingente cantidad de datos e informes que se inventaba para despistar a los alemanes, una novela en sí mismo. «El espía necesita identificarse con el enemigo para poder engañarle. Esa capacidad literaria le permitió introducirse en el cerebro de Hitler para depositar el veneno de la desinformación».

El título de la obra ni engaña ni da lugar a equívocos. Al fin y al cabo, Garbo mantuvo su tapadera hasta el final y jamás fue descubierto por el Abwehr, el servicio de inteligencia alemán. Un grupo que fue el artífice de operaciones de tal calibre como la destrucción de la red de resistencia más famosa de Holanda.

Pero Pujol no solo logró evitar que le cazasen con las manos en la masa ayudando a los aliados, sino que fue condecorado por los alemanes con la Cruz de Hierro de segunda clase por sus labores de espionaje al servicio de los nazis. Y todo ello, a pesar de que les estaba tomando el pelo y se dedicaba a manderles información fraudulenta como -por ejemplo- la falsa ubicación de los convoyes de mercantes que llegaban desde Estados Unidos a través del Atlántico para evitar que Gran Bretaña se muriera de hambre.

De Madrid a Portugal

En su interesante obra, Beneyto nos traslada en primer lugar hasta el viejo Madrid de enero de 1941. Tal mes como en el que ahora nos encontramos. Nos muestra un paraje gélido. Y ya no solo por las bajas temperaturas, sino también por la situación política y social. Al fin y al cabo, por aquel entonces el hambre y los cortes de luz hacían que España tuviera que vivir con el cinturón uno o dos agujeros más apretado que de costumbre.

Dentro de esa ennegrecida ciudad, «El espía que engañó a Hitler» nos presenta a Juan Pujol, un sujeto temeroso en un principio, pero que luego mostró una capacidad innata para el engaño. Solo así logró convencer a los alemanes de su incuestionable lealtad y de su fe inquebrantable en la victoria. Y un hombre que, además, les hizo creer que iba a viajar a Gran Bretaña para enviarles información clasificada de los planes más secretos del Alto Mando Aliado.

Todo falso. Lo cierto es que Garbo no hablaba inglés, tal como se lamenta el Pujol de Beneyto en la novela histórica: «No soy más que el gerente de un hotel venido a menos en el Madrid de la miseria y el hambre. Un catalán que ha vivido todas las penurias de la guerra en los dos bandos. No sé hablar en inglés, no he estado en Inglaterra y no tengo ningún contacto con las islas. Lo que nos hemos propuesto no es más que un espejismo, una alucinación».

Tampoco le hizo demasiada falta expresarse en inglés. Y es que, se quedó en Portugal y se dedicó a enviar a la embajada alemana en Madrid informes de inteligencia falsos con la ayuda… ¡de guías turísticas!

En este punto es en el que cobran importancia dentro de la novela los personajes femeninos. El primero, totalmente real. «Araceli es determinante en el desarrollo inicial de ofrecerse como espía a los alemanes. Fueron un tándem. Si uno dudaba, el otro le animaba a seguir adelante», explica Beneyto. El segundo, por el contrario, es ficticio: «En el libro, cuando llega a Lisboa conoce a Elena Constantinescu. Ella le inicia en el espionaje y, junto a su mujer, le conduce hacia su destino».

«No soy más que el gerente de un hotel venido a menos en el Madrid de la miseria y el hambre. Un catalán que ha vivido todas las penurias de la guerra en los dos bandos»

El Pujol de la novela histórica justifica así el no haber sido «cazado» a pesar de los peligros que corrió: «Les digo que he llegado a Inglaterra sin novedad y que en el viaje he intimado con un piloto de la compañía aérea holandesa KLM, a quien le conté que era un exiliado político catalán. Añado que a este piloto le he convencido de, tras no pocos esfuerzos, para que lleve mis cartas de Londres a Lisboa, aprovechando sus viajes regulares, y así evitar la censura británica».

Pujol era conocido entonces por los alemanes con el nombre en clave de Arabel. Pero ese apodo le duró hasta que los aliados -que de tontos no tenían un pelo- se dieron cuenta de que alguien andaba enviando comunicaciones falsas a los germanos. Eso le valió a Juan el ser encontrado y aceptado en el MI5 británico, los servicios secretos ingleses. Además, también le permitió adquirir un nuevo alias: Garbo. La razón la desvela uno de los personajes del autor (un tal Mills) en la obra: «¡Su actuación ha estado al nivel de la diva sueca, la gran Greta».

En el Día D

A partir de ese momento, la importancia de Garbo comenzó a aumentar casi a la par que se agrietaba el poder de Hitler en la vieja Europa. Gracias a su capacidad de inventiva, unida además a los cheques británicos, no tardó en crear una falsa legión de informadores (todos ellos inventados por él) que le ayudaban a hacer más creíbles sus «soplos». En esta red fantasmal había desde renegados irlandeses, hasta un aviador borrachín que pilotaba para la Real Fuerza Aérea.

Como bien queda reflejado en «El espía que engañó a Hitler», Garbo hizo su jugada magistral el 6 de junio de 1944. El día en el que 132.000 soldados cruzaron el Canal de la Mancha para liberar Europa a través de Normandía. Aquella jornada, para evitar que su tapadera acabase tan destrozada como quedaría el búnker de Berlín en el 45, el catalán decidió informar a los germanos de la operación. Aunque eso sí, lo hizo apenas unas horas antes de que comenzara para evitar que pudieran reaccionar. Esto (unido a otras tantas tretas de este español) provocó que los soldados que podían haber evitado la invasión se quedasen en Calais, un lugar erróneo desvelado falsamente por Pujol.

Después de ser considerado un héroe por aliados y alemanes, Garbo desapareció de la faz de la Tierra. Se esfumó para no regresar jamás. Si le descubrían, su vida estaba condenada. Solo salió a la luz en los ochenta, cuando fue descubierto viviendo en Venezuela.

Las tres preguntas

Pero… ¿Por qué escoger una novela histórica? Según Beneyto, una de las causas es que la ficción le ha permitido elucubrar sobre «preguntas que han quedado en el aire en relación a Garbo y su entorno».

La primera de ellas es cómo logró un hombre que cuidaba animales convertirse en uno de los mejores espías de la Segunda Guerra Mundial. «Era un criador de pollos que, en el 40, trataba de sacar un hotel a flote. Saber quién era realmente Garbo y qué le llevó a ofrecerse como espía es la primera cuestión. Con todo, al fin y al cabo era un hombre que venía de vivir la división en España y que, gracias a escuchar la BBC, consideraba que debía luchar contra los totalitarismos», añade el autor a ABC.

Según Beneyto, la segunda pregunta es cómo logró ganarse la confianza de los alemanes. «¿Cómo llegó a ser un espía tan influyente? Fue la única persona condecorada por los dos bandos, el alemán y el aliado. Consiguió ganarse la confianza de los dos de la nada», señala. En palabras del autor, llegó a ser determinante para los germanos debido a que fue impulsado al estrellato del espionaje por personas como Wilhelm Canaris (el director de la Abwehr). Una figura potente dentro de la oculta opsición al nazismo que utilizaba sus informes contra otras organizaciones germanas.

La tercera gran cuestión es la relación entre Garbo y otros agentes como Tommy Harrys (un hombre clave para la formación de Pujol); Kim Philby (el número dos en el espionaje británico y uno de los grandes de Cambridge) y Anthony Blunt. «Los dos últimos fueron los dos mayores traidores de la inteligencia mundial. Se convirtieron en agentes dobles soviéticos. ¿Hasta qué punto lo sabía Garbo?», añade Beyto a ABC.


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  • En una entrevista exclusiva al «Daily Star», un buzo aifrma que ha hallado cajas repletas de riquezas en el pecio del «Wilhelm Gustloff»
 El «Titanic nazi», en una composiciñon - Wilhelm Gustloff museum

El «Titanic nazi», en una composiciñon – Wilhelm Gustloff museum

Ni enterrado en un túnel secreto de Polonia, ni perdido en una base secreta de la Antártida. Según ha explicado un buzo al diario «Daily Star» esta misma semana, los 100 millones de libras en oro que -presuntamente- perdió Adolf Hitler a lo largo de la Segunda Guerra Mundial (el tesoro extraviado de los nazis) se encuentran ubicados en el pecio del «Wilhelm Gustloff». Un buque que fue llamado el «Titanic» germano después de que, en 1945, un submarino soviético lo enviase al fondo del mar junto con más de 9.000 refugiados y militares del Reich.

Así lo ha afirmado, al menos, el buzo británico Phil Sayer (de Esssex, Inglaterra) quien -rememorando lo que sucedió hace un año con dos supuestos cazatesoros– dice haber hallado al fin el supuesto oro. De esta forma, las riquezas que robaron durante años los alemanes (las cuales abarcaban desde obras de arte hasta el dinero que quitaban a los judíos en los campos de concentración y exterminio) se encontrarían, según él, en el mar Báltico, frente a las costas de Polonia y a 450 metros de profundidad.

El superviviente

Para sustentar su teoría, Sayers dice contar con el testimonio de uno de los supervivientes de la tragedia naval del «Titanic nazi». El personaje es -siempre en sus palabras- Rudi Lange, un controlador de radio que no falleció durante el naufragio y que, al parecer, habría visto como subían a este navío (un trasatlántico) varias cajas repletas de oro. «Sabemos de primera mano que un montón de camiones aparecieron repentinamente y transfirieron un cargamento de alta seguridad al buque. Lange vio todo cuando bajó al muelle para fumarse un cigarrillo», ha explicado el buzo.

Sayer afirma que, en ese instante, Lange pudo ver de primera mano como llegó hasta el muelle un convoy repleto de «cajas con lingotes de oro». ¿Cómo pudo conocer lo que había en el interior de las arcas? Por una segunda fuente. «No sabía lo que se estaba cargando en principio, pero en 1972 se reunió con otro superviviente (uno de los guardias encargados de vigilar el oro) y este le reveló la verdad», ha determinado el británico.

Pero no solo eso, sino que Sayers también ha explicado al «Daily Star» (de forma exclusiva) que, en 1988, tuvo la oportunidad de descender en una expedición de buceo hasta el mismísimo pecio del «Wilhelm Gustloff». Supuestamente, bajo las aguas vio como los torpedos soviéticos habían destrozado parte del casco del navío y habían dejado a la vista varias cajas que podrían corresponderse con aquellas en las que estaba guardado el oro.

En este sentido, cree haber visto barrotes en algunas de las ventanas cercanas, lo que sugiere que podría haber sido guardado en una habitación con rejas para evitar que fuera robado.

El «Titanic» nazi

Más allá de elucubraciones, lo cierto es que la del «Titanic» nazi fue una de las catástrofes navales más grandes de toda la historia. Su historia –como ya explicamos en ABC 2013– comenzó en 1937, cuando fue botado por el mismísimo Hitler como «Wilhelm Gustloff» (nombre que fue puesto en recuerdo de un líder germano fallecido hacía pocos meses). Sus medidas eran ciertamente imponentes, aunque no llegaban a las del buque de la «Withe Star Line». Y es que, sumaba 208.5 metros de eslora y 23,5 metros de manga. Podía transportar un total -aproximadamente- de 1.965 personas, un número imponente para la época.

En principio, el Gustloff fue dedicado a hacer viajes de placer hasta la isla de Madeira. No obstante, en 1939 fue enviado a España para recoger a la Legión Cóndor, los aviadores germanos que habían combatido junto a Francisco Franco.

Fue su primera misión militar, pero no sería la última. Y es que, cuando Alemania entró en guerra contra Polonia el 1 de septiembre de 1939, este navío fue requisado por la marina, pintado enteramente de blanco (y una raya verde) y usado como buque hospital.

«Se terminó el sueño del buque de recreo, de las travesías marítimas para los trabajadores. De los espléndidos viajes a Madeira, alrededor de Italia y de los fiordos noruegos…» explica Heinz Schön (uno de los pocos supervivientes del naufragio) en «La tragedia del Gustloff. Relato de un superviviente».

Su objetivo sería participar en la «Operación León Marino» (la invasión de Gran Bretaña por parte del ejército germano). Sin embargo, su cancelación repentina hizo que el Gustloff fuese repintado como navío de guerra y quedase olvidado en un puerto de Sttetin. Y así permaneció hasta que, en enero de 1945, un capitán recibió la orden de usar este navío en la denominada «Operación Hannibal»: la evacuación de más de dos millones de refugiados de la vieja Europa para evitar la ira del Ejército Rojo.

9.400 personas murieron después de que el submarino disparase tres torpedos

Tras arribar al puerto de Gdynia (en Polonia), donde recogió a una ingente cantidad de refugiados (según las últimas investigaciones, hasta un total de 10.582 personas) partió el 30 de enero de 1945.

Iba con una carga 9 veces mayor que la debida y únicamente había botes salvavidas para 5.000 personas. Con todo, ningún marinero pudo negarse a dejar pasar a nadie. Tras algunas horas de viaje, se ordenó al capitán del Gustloff hacer encender sus luces de posición para evitar el impacto con un buque aliado. Los oficiales germanos no tuvieron más remedio que hacerlo, pero la decisión no pudo ser peor.

¿Por qué? Porque debido a ello, el buque desveló su posición al submarino S-13 soviético dirigido por el capitán Alexander Marinesko. «A las 23:00 en punto, hora de Moscú, el submarino se colocó en posición de disparo. El S-13 se acercó a unos 1.000 metros del objetivo. Marinesko ordenó preparar los torpedos de proa para un ataque en superficie y sumergirse luego a una profundidad de tres metros. Cuando la proa del enorme buque fue reconocible en el centro de la retículadel periscopio del S-13, Marinesko dio la orden», añade el alemán.

Instantáneamente, se dispararon tres torpedos hacia él trasatlántico. El Gustloff tardó apenas unos minutos en irse a pique. Con él, se perdieron la friolera de 9.400 persoans. Hombres, mujeres y niños. Una masacre en toda regla. Todo, en apenas una hora. El resultado fue la mayor tragedia naval de la historia.

La leyenda del oro nazi

Las teorías sobre la existencia de un gigantesco tesoro nazi son varias y se apoyan, en su mayoría, en la ingente cantidad de obras de arte y riquezas varias que los hombres de Hitler expoliaron en los países ocupados a lo largo de toda la Segunda Guerra Mundial.

Este gigantesco tesoro estaría formado, además, por todos aquellos objetos, billetes e -incluso- dientes de oro que los germanos decomisaron a los judíos en los campos de concentración. Sin embargo, jamás se ha calculado exactamente a qué cantidad ascendería o cuánto se habrían gastado los jerarcas en el esfuerzo de la guerra.

Con todo, existen algunos autores que se han atrevido a dar una cifra. Uno de ellos es el investigador y divulgador histórico José Lesta quien, en su libro «El enigma nazi. El secreto esotérico del Tercer Reich», afirma que (en los últimos días de la contienda) el secretario personal de Adolf Hitler, Martin Bormann, convenció a los jerarcas nazis de que lo mejor que podían hacer era esconder todo aquello de valor que tuvieran en un lugar más seguro que un país neutral como Suiza. Además, les habría instado a que vendieran todo su patrimonio e invirtieran en objetos que no perdieran valor con el paso de los años. Desde oro, hasta joyas.

El plan, en palabras del experto, habría gustado a muchos jerarcas, quienes lo vieron como una oportunidad futura de escapar de Alemania cuando accedieran a ella los germanos.

«Se iban a buscar los rincones más seguros de la tierra, donde los ricos partidarios del nacionalsocialismo podrían vivir seguros, disfrutando de sus fortunas. En 1946 los aliados descubrieron que habían desaparecido de los bancos alemanes ochocientos millones de dólares, cantidad que tendríamos que multiplicar por cien o más para ha cernos una idea de lo que significaría actualmente. A pesar de las ingentes sumas de dinero gastadas en armamento por el III Reich, se había podido comprobar que todas las riquezas obtenidas en los países ocupados convirtieron la guerra en una especie de inversión, al menos para los grandes industriales», determina Lesta en su obra.

Nuevamente, dejando a un lado las leyendas sobre el lugar exacto en el que fueron a parar las riquezas (o si fueron reinvertidas o escondidas posteriormente), lo que es totalmente cierto es que los hombres de Adolf Hitler amasaron una inmensa fortuna para el esfuerzo de la guerra.

Así lo afirma el catedrático de Historia económica Pablo Martín-Aceña: «La avidez del Tercer Reich por obtener el codiciado metal fue ilimitada y sin él los nazis no hubieran podido sostener una guerra tan prolongada ni tan sangrienta. Sobre los relucientes lingotes apilados en las cámaras acorazadas del Reichsbank en Berlín, erigió el Führer su gran poderío militar».


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  • Jillian Eisman compró por 2 dólares la prenda y la donó al Centro Kupferberg para el Holocausto de Nueva York. Allí han desenterrado la historia de este prisionero del campo de concentración de Dachau
 La chaqueta del prisionero 84679 del campo de concentración de Dachau - KHC

La chaqueta del prisionero 84679 del campo de concentración de Dachau – KHC

En el interior de un armario expuesto entre otros objetos en una venta en 2015 en Long Island, entre camisas viejas y vestidos de época, Jillian Eisman vio una chaqueta que inmediatamente captó su atención. Aquellas inconfundibles rayas azules y grises desvanecidas sintetizaban el horror de los campos de concentración nazis. «Supe exactamente lo que era, aun antes de ver los números (84679 en el pecho)», señaló esta compradora de ropa de época al periodista Frank Eltman, de Associated Press.

Eisman adquirió la chaqueta por solo 2 dólares y la donó al Centro Kupferberg del Holocausto (KHC) en Nueva York. Un año después, expertos del centro han descubierto la historia de su propietario, un adolescente judío de Lituania llamado Benzion Peresecki, que llevó la chaqueta durante diez meses en el campo de concentración de Dachau y la conservó durante 33 años. El KHC cuenta ahora en una exposición la historia de este superviviente del Holocausto con fotos históricas, mapas, múltiples testimonios y cortometrajes. «Es una historia de supervivencia del Holocausto que demuestra el poder de un solo objeto para conectar las narrativas de justicia, identidad y búsqueda de un hogar», resaltan en el KHC.

Hijo del propietario de una tienda de delicatessen de Radviliškis (Lituania), Peresecki sobrevivió con 15 años al Holocausto, aunque con un coste inmenso. En diez años, su padre murió de una úlcera de estómago, su hermano fue asesinado por los nazis, fue recluido en un gueto y después encarcelado, golpeado y sometido a trabajos forzados en el campo de concentración de Dachau. Benzion se vio obligado a fabricar municiones para los alemanes.

Cuando acabó la guerra, Benzion pasó cinco años en un campo de desplazados con su madre, Chiena, que sobrevivió al campo de concentración de Stutthof. Emigró a Estados Unidos, donde cambió su nombre por Ben Peres, y luchó por encontrar justicia por el sufrimiento vivido exigiendo reparaciones al gobierno alemán y por crear un nuevo hogar, según destacan los curadores del KHC.

En Nueva York, tanto Ben como su madre vivieron y trabajaron en Brooklyn, el Bronx, y Manhattan. Ambos recibieron tratamiento de varios médicos por las lesiones físicas y psicológicas que arrastraron del Holocausto. En 1968, con el pago de unas reparaciones por parte del gobierno alemán más de 20 años después de la liberación, Ben y su madre Chiena, junto con la esposa de éste Chaya y sus dos hijos Lorrie y Michael pudieron comprarse una casa en Bellmore, Long Island. Allí vivió Ben hasta su muerte, diez años después.

Pese a haber residido en varios lugares y en distintas casas, siempre llevó consigo su chaqueta de Dachau aunque nunca se lo contó a sus familiares. De hecho, nunca les dijo a sus dos hijos que existía. Lorrie se quedó «atónita» cuando se enteró de que la chaqueta había sido encontrada en la casa donde había crecido. «Ni siquiera lo revisé antes de que se vendiera», señaló a la agencia AP.

«Sabíamos que mi padre y abuela habían estado en el Holocausto» y que «tuvo un hermano que fue asesinado, pero él no hablaba mucho de eso», añade Lorrie, que tenía solo 13 años cuando su padre murió de una embolia en 1978.

La chaqueta permaneció en su armario durante 65 años (37 de ellos después de su muerte) hasta que el 4 de julio de 2015 fue descubierta por Jilliam Eisman durante la venta de bienes de su casa en Bellmore. Eisman «reconoció inmediatamente la chaqueta como un símbolo de dolor» que debía ser objeto de reflexión para el público, señala el centro Kupferberg antes de apuntar que el abuelo de la joven sirvió en el ejército soviético durante la Segunda Guerra Mundial y su hermano (Joshua Birnbaum, de 24 años), murió en los atentados del 11-S. La joven compró la chaqueta y la donó al KHC para que fuera expuesta.

Es una prenda muy rara, ya que la mayoría de las prendas de los prisioneros de los campos de concentración fueron quemadas para evitar la propagación de piojos y posibles enfermedades, según señalan historiadores a la AP. Además, la mayoría no quería guardar recuerdos del horror vivido.

Pero el centro no solo expone esta prenda difícil de encontrar ya que las ropas de los prisioneros de los campos de concentración fueron quemadas para evitar la propagación de piojos y posibles enfermedades y la mayoría no quería guardar recuerdos del horror vivido. Junto a la chaqueta, el KHC muestra los más de 1.500 documentos, películas y fotografías, entre ellas las que su familia encontró tras su muerte y que han sido prestadas para la exposición. Con ellas el KHC contextualiza la búsqueda de la justicia, la identidad y el hogar de este joven judío que fue arrancado de su casa de Lituania.

Para Eisman «hay una razón por la que tenía que estar en esa casa» así como «hay una razón por la que yo era amiga de alguien que trabajaba en un museo del Holocausto», según señala a la agencia AP. «¿Cuáles son las probabilidades de eso? Es difícil decir que todo sea coincidencia», subraya.


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  • El jefe de las sangrientas SS de la Alemania nazi de Adolf Hitler llegó a la capital y visitó España tras la Guerra Civil
 Llegada del jefe de las SS, Heinrich Himmler, a la Estación del Norte en Madrid - ABC

Llegada del jefe de las SS, Heinrich Himmler, a la Estación del Norte en Madrid – ABC

El 21 de octubre de 1940, Heinrich Himmler, Reichsführer de la Schutzstaffel (SS) y uno de los principales líderes del Partido Nazi (NSDAP), aterrizaba en la Estación del Norte de Madrid después de su paso por San Sebastián, la primera ciudad que pisó española, Y Burgos. Para la ocasión, la estación vestía engalanada con tapices y banderas españolas y esvásticas del III Reich, y también las calles lucían las banderas de los dos países.

El Diario ABC conserva las publicaciones e imágenes en las que se informó de aquella visita de la posguerra; gracias a ellas, hoy es posible saber los detalles de la estancia del oficial nazi desde que pusiera pie en el país, a las 9 de la mañana de aquel domingo.

A la llegada de Himmler a Madrid, Ramón Serrano Suñer, entonces ministro de Asuntos Exteriores, fue quien recibió y condujo al Führer hasta el hotel Ritz, donde se hospedó durante sus días en la capital. En su recorrido, la Policía armada y formaciones de Falanje Española Tradicionalista y de las Jons le escoltaron al ritmo de música y desfile de las fuerzas, mientras miles de personas saludaban con el brazo en alto y vitoreaban a España y Alemania.

Tras su encuentro con el general Francisco Franco, que se prolongó hasta una hora en el Palacio de El Pardo, Himmler acudió a la Monumental de Las Ventas, la plaza de toros que esperaba al nazi con esvásticas, banderas españolas y un público eufórico ante su presencia. Se celebró una corrida en su honor –hubo rumores de que se mareó durante la misma–, seguida de ovaciones y brazos en alto; el mismo gesto que utilizaba el fürer para responder a los ciudadanos.

El alemán, junto a su séquito de las SS, conoció El Escorial y Toledo, donde visitó fortificaciones históricas como el Alcázar de Toledo, donde se libró una de las sangrientas batallas de la Guerra Civil Española, terminada un año antes de la visita del comandante nazi.

Sobre la visita de Himmler a Madrid, las fuerzas del régimen anunciaron oficialmente que se trataba de un «viaje turístico», mientras que historiadores aseguran que el objetivo era reunirse con el Caudillo para tratar temas de seguridad internacional.


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  • El barco iba fuertemente armado y lanzó un ataque devastador contra el HMS Tarpoon, hallado a 50 millas de la costa danesa, a 40 metros de profundidad
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El pecio tenía las escotillas abiertas – JD Contractor

Cerca de Dinamarca, a 50 millas de la costa y a una profundidad de 40 metros ha sido hallado el pecio de un submarino inglés hundido por un mercante alemán. La batalla fue breve pero muy cruenta. Hace 76 años, el 10 de abril de 1940, el submarino HMS Tarpon solo pudo disparar dos torpedos al carguero alemán, que iba fuertemente armado. De hecho, los buzos han podido inspeccionar las huellas del contraataque del carguero, que disparó sobre él una lluvia de cargas de profundidad, con la fortuna (para el carguero) o la mala fortuna (para los 50 tripulantes británicos fallecidos) de que una de las cargas reventó el submarino bajo la torreta. El pecio evoca la dureza de los días de aquella guerra. Los restos tendrán tratamiento de tumba de guerra.

La pasada semana los buzos daneses que lo han encontrado han relatado que algunas de las escotillas del submarino estaban abiertas, además de que vieron los grandes daños estructurales que la nave tenía en la zona de la torre. Dos tubos lanzatorpedos vacíos ratificaron los relatos de la época, antes de recibir un contraataque devastador.

Submarino de la clase T, HMS Trident, gemelo del HMS Tarpoon

Submarino de la clase T, HMS Trident, gemelo del HMS Tarpoon

El arqueólogo británico especializado en pecios de las Guerras Mundiales, Innes McCartney hizo el descubrimiento junto a Gert Normann Andersen, propietario del Museo de la Guerra danés. McCartney se ha especializado en el campo de batalla de Jutlandia y en los pecios de ese enfrentamiento y de la I Guerra Mundial.

Familiares de los marinos naufragados en este submarino han sido informados y han mostrado su sorpresa. Sheila Summer, de 77 años, que solo tenía 11 meses cuando su padre, Reginald Kellond, maquinista del submarino, moría con 31 años, declaró al diario The Guardian: «Ni se me pasó por la cabeza que pudiera ser encontrado. Ver imágenes de los restos y pensar en que mi padre yace allí ha removido muchos sentimientos».

Antes de partir en ese viaje del que ya no regresaría, según el mismo periódico, el marino escribió a su mujer una carta en la que se interesaba por la salud de la niña y lamentaba no poder verse antes de partir en su última misión, que consistía en torpedear los cargueros que abastecían las costas de Noruega, cuando estaba en poder de los nazis.

Hundido en segundos

El submarino de la clase T, de 84 metros estaba erguido sobre el fondo marino, casi recto. Junto al pecio hay un cráter que según Innes McCartney se debe a una de las potentes cargas de profundidad que le lanzó el carguero que detectó su presencia con sónar y con el avistamiento de su periscopio.

Al parecer recibió varios impactos sin poder evitarlo en esa escasa profundidad, y según informa McCartney, el daño fue tan generalizado que debió de inundarse en segundos.

«Lo más importante para el Ministerio de Defensa británico es cómo proteger estos pecios que hoy en día pueden ser expoliados, o dañados por arrastreros y chatarreros. Lo más importante es que se trata de tumbas de marinos británicos».

Cabe recordar aquí que España tiene pecios desde la edad moderna repartidos por todo el mundo, en los que descansan miles de marinos españoles de la Península de las provincias americanas del imperio. Son tumbas de guerra en su mayor parte, buques de Estado, pero los cazatesoros solo ven en ellas minas de metales preciosos y antigüedades. Está pendiente hallar la forma de protegerlos, una misión que atañe a la comunidad iberoamericana de naciones, y que en España debe ser tomado muy en serio. Según la Ley de Navegación, la Armada debe ser informada de cualquier aproximación al pecio de un buque de Estado.


ABC.es

  • Los descendientes de Wladyslaw Szpilman, famoso gracias a la película de Roman Polanski, han logrado que la justicia ordene a una escritora rectificar la afirmación de que el polaco colaboró con los germanos. Por ello, hoy recordamos su historia
El verdadero pianista - Wikimedia

El verdadero pianista – Wikimedia

Wladyslaw Szpilman, más conocido por todos como «El pianista» gracias a la película de Roman Polanski, fue un ejemplo vivo de tenacidad y uno de los hombres que puso más luz sobre las barbaridades perpetradas por los soldados alemanes en el gueto de Varsovia (una serie de barrios que los germanos rodearon con un muro y en los que, posteriormente, obligaron a vivir recluidos a los judíos polacos de la urbe). Su historia, sin embargo, está nuevamente de actualidad después de que, a principios de agosto, sus descendientes demandaran a una escritora por afirmar que el músico (quien logró sobrevivir cinco años en la región a pesar de que el ejército nazi le buscaba) había colaborado con los hombres de Adolf Hitler. Una apelación que han ganado y por la que recibirán el perdón oficial de la autora.

Los primeros años de vida de Wladyslaw Szpilman no son demasiado destacados en la historia. De él se sabe que nació en 1911 en Polonia y que, ya en su infancia, demostró tener un talento innato para el piano. A la par que fue creciendo su interés por este instrumento, comenzó también a tomar clases para perfeccionar su técnica. Durante su adolescencia se trasladó a Berlín, donde estudió en la Academia de Artes. Por entonces los nazis no habían subido todavía al poder de Alemania, algo que sí consiguieron en el año 1933. Sin embargo, para entonces ya había regresado a su Varsovia natal, donde comenzó a trabajar en la radio polaca como intérprete de música en directo.

«Toqué ante un micrófono por última vez el 23 de septiembre. Fue la última emisión de música en directo desde Varsovia»

Su carrera musical iba entonces dirigida hacia el estrellato, pero todo cambió el 1 de septiembre de 1939 cuando Adolf Hitler atacó Polonia. A partir de entonces el país se detuvo, y su camino hacia la popularidad también. En los días siguientes, mientras el país organizaba su resistencia ante el ejército germano, Szpilman siguió tocando y tocando para los oyentes de la cadena. Lo hizo entre las continuas bombas enviadas por los aviones y los proyectiles de artillería germana. ¿La razón? Lo consideró como una forma de mantener la normalidad y de levantar el ánimo a los soldados polacos que luchaban contra un ejército mucho más potente, mejor entrenado y con nuevas tácticas militares como la «Guerra relámpago».

«Toqué ante un micrófono por última vez el 23 de septiembre. Ni siquiera se cómo llegué a la emisora aquel día. Corría de la entrada de un edificio a la de otro, me ocultaba y volvía a salir corriendo a la calle cuando creía que ya no oía silbar las bombas cerca de mí […]. En ese, mi último día en la radio, estaba dando un recital de Chopin. Fue la última emisión de música en directo desde Varsovia. Mientras toqué, todo el tiempo estuvieron explotando bombas cerca de la emisora y se incendiaron edificios muy próximos a nosotros», explica el propio Wladyslaw Szpilman en su biografía «El pianista del gueto de Varsovia».

Las barbaridades del gueto

Cuatro días después se rindió Varsovia, momento en el que empezó el terror alemán. Todo comenzó con pequeños ataques raciales perpetrados por personas anónimas. Sin embargo, poco tiempo después los germanos cargaron de forma sistemática contra los judíos polacos (unos tres millones). Así quedó claro cuando, en las navidades de 1939, se obligó a los miembros de esta religión a portar un brazalete blanco con la estrella de David en el brazo para avisar a todos de su condición. También se les denigró obligándoles a hacer una reverencia a cualquier germano que viesen en la calle y, finalmente, se les impidió tener más de una cantidad determina de dinero líquido (y eso, antes de que sus posesiones quedasen al cargo de los nazis).

No obstante, la mayor barbaridad alemana se sucedió en 1940. «Un año después de la invasión, el 12 octubre de 1940, los nazis anunciaron la creación de un gueto, adonde debían trasladarse obligatoriamente todos los judíos de la ciudad. Una vez completada la mudanza, el 16 de noviembre, comenzó a levantarse un muro de unos tres metros que selló por completo el perímetro de la zona. El tamaño del gueto era de unas 405 hectáreas, unas tres veces el parque madrileño del Retiro. En su momento álgido llegó a albergar a una población de 445.000 judíos», explica la red de bibliotecas de Madrid en su dossier «¡Levántate y lucha! 70 años del levantamiento del gueto de Varsovia».

El hacimiento provocó todo tipo de epidemias, entre ellas, una de tifus. Así recuerda en su obra Szpilman aquellos días: «La mortalidad por tifus era de cinco mil personas al mes. […] En el gueto no había forma de enterrar a quienes morían de tifus con rapidez suficiente para ir al mismo ritmo que la mortalidad».

Para desgracia humana, aquello no fue nada en comparación con las barbaridades que los alemanes perpetraron allí meses después. Entre las mismas, hacer cacerías étnicas a discreción (en las que entraban en un edificio y no salían hasta que consideraban que habían acabado con todos los insurrectos) o transportar a los judíos en trenes hasta los campos de exterminio cercanos para acabar con su vida de forma sistematizada.

El pianista se ganaba la vida tocando en cafés y bares del gueto de Varsovia

Tampoco eran pocas las palizas que los agentes de la policía alemana daban a todos aquellos que trataban de introducir comida de contrabando en el gueto. A pesar de todo, los primeros meses los judíos pudieron vivir de forma relativamente tranquila. Al menos, aquellos que respetaron el toque de queda impuesto y no les importó perder sus ahorros en favor de los germanos. Szpilman y su familia fueron de los que lograron -a pesar de todo- adaptarse. Un ejemplo es que nuestro protagonista logró conseguir trabajo como músico en diferentes bares del gueto. El último en el que estuvo fue el Sztuka. En él pasó varios meses.

«Cuatro meses después me trasladé a otro café, el Sztuka (Arte), en la calle Leszno. Era el mayor café del gueto y tenía aspiraciones artísticas. En su sala de conciertos se ofrecían a menudo actuaciones musicales. Me presenté tocando dúos de piano con Andrzej Goldfeder y tuve mucho éxito con mi versión del Vals Casanova de Ludomir Rózycki, con letra de Wladyslaw Szlengel. […] Junto a la sala de conciertos había un bar donde quienes preferían la comida y la bebida a las artes podían tomar excelentes vinos y deliciosas cotelettes de volaille o boeuf Stroganoff. Tanto la sala de conciertos como el bar estaban casi siempre llenos, por lo que yo me defendía bien en esa época y podía satisfacer las necesidades de los seis miembros de mi familia, aunque no sin ciertas dificultades», explica el propio pianista.

¿Suerte?

Por si vivir en aquella cárcel conformada a base de edificios no fuese ya duro de por sí, el 16 de agosto de 1942 Szpilman y su familia fueron llevados hasta el «Umschlagplatz» (una vieja estación en la que los nazis cargaban a los prisioneros como si fueran ganado para trasladarles hacia diferentes campos de exterminio) como parte del programa destinado a eliminar la excesiva población del gueto. Oficialmente iban a ser enviados a un nuevo campo de concentración (los alemanes llamaron a esa misión «reubicación»), pero todos los presentes sospechaban que la verdadera misión de aquellos trenes era llevarles hacia una muerte segura en las cámaras de gas.

Al menos, así lo consideró un viejo amigo de la familia que, en aquellas horas aciagas, se acercó al padre de nuestro protagonista para mantener una acalorada conversación con él. Tensa porque el primero consideraba que los judíos del gueto debían haberse levantado en los meses anteriores contra el invasor germano, mientras que el segundo creía que lo mejor era esperar la magnanimidad de los soldados de Adolf Hitler.

«

-¿Cómo puedes estar tan seguro de que nos envían a la muerte?

-Bueno, claro que no lo sé de cierto. ¿Cómo voy a saberlo? ¿Nos lo iban a decir? ¡Pero puedes estar seguro al noventa por ciento de que piensan aniquilarnos!

-Mira. ¡No somos héroes! Somos gente normal y corriente, y por eso preferimos arriesgarnos y confiar en ese diez por ciento de posibilidades de vivir.

»

A las seis de la tarde de ese día, un grupo de alemanes llegó al «Umschlagplatz» y seleccionó de entre todos los reos a los hombres más fuertes para que les acompañaran. Fueron los afortunados del día. Jóvenes que evitaron la muerte por su utilidad como mano de obra esclava. Luego le tocó el turno al resto de prisioneros. A los niños, a las mujeres, a los ancianos y a los hombres que no habían considerado suficientemente recios los enviaron a los vagones del tren. «El pianista» entró junto a todos sus seres queridos en uno de ellos.

«Una mano me agarró por el cuello y tiró de mí hacia atrás, fuera del cordón de policía»

Todo parecía perdido cuando alguien le asió desde fuera. «Una mano me agarró por el cuello y tiró de mí hacia atrás, fuera del cordón de policía», explica en su obra autobiográfica. Desesperado, Szpilman quiso volver a entrar en el vagón, pero un soldado se lo impidió. Las palabras que le dijo quedarían grabadas a fuego en su mente: «¿Qué demonios estás haciendo? ¡Vete, sálvate!».

El polaco sospechó entonces que jamás volvería a ver a su familia. Y, para su desgracia, así fue. Después de aquella revelación le quedaba saber quién le había salvado. En principio pensó que su arte era lo suficientemente importante como para que alguien hubiese considerado que no debía morir en una ducha de gas. Pero nada más lejos de la realidad.

Su primer trabajo

Su salvador fue un familiar lejano que se fijó en él mientras embarcaban y que se había enrolado en la policía local leal a los alemanes. Un pariente que siempre le había resultado indiferente hasta que aquel día. Horas después, y bajo el auspicio de su nuevo héroe, consiguió un trabajo derruyendo los muros del gueto. Y es que, con el paso de los años y las contínuas limpiezas raciales, los germanos fueron reduciendo mes a mes la extensión de aquella prisión.

«Al día siguiente salí del barrio judío por primera vez en dos años. Hacía un tiempo espléndido y caluroso en ese día cercano al 20 de agosto», determina en su obra. A pesar de ser en condición de esclavo, y tener constantemente las ametralladoras alemanas apuntando a su nuca, aquella fue una jornada estupenda para Szpilman, quien pudo disfrutar, nuevamente, de la parte exterior de aquella cárcel.

Aunque Szpilman logró un buena tarea y, posteriormente, tuvo la suerte de ser reasignado como peón a la obra de un palacio que se estaba edificando para un oficial de las SS (lo que significaba menos trabajo y más comida), su existencia no estuvo exenta de miedo. De hecho, logró salvar la vida en varias ocasiones por mera suerte. Y es que, era bastante habitual que, cuando el aburrimiento atacaba a los soldados que vigilaban el gueto, estos dividieran a los reos en dos columnas para después asesinar a todos los de una de ellas. Nuestro pianista tuvo la suerte de superar varias de estas «limpiezas». Y no porque fuera un virtuoso, sino porque el destino así lo quiso. Por desgracia, no sucedió lo mismo con otra serie de artesanos o estudiosos, los cuales cayeron para las balas de las SS y la Gestapo.

«A quienes iban a quedarse en el gueto les entregaban números estampados en trozos de papel»

Mientras trabajaba dentro y fuera del gueto para lograr sobrevivir una jornada más, nuestro protagonista tuvo un golpe de suerte que, aunque no le garantizó la supervivencia, si le ofreció cierta seguridad de no fallecer por la bala de algún oficial ansioso de acabar con el aburrimiento. Szpilman recibió un tarjetón con un número que solo se entregó a aquellos funcionarios judíos lo suficientemente importantes como para ser indispensasbles en la administración. «A quienes iban a quedarse en el gueto les entregaban números estampados en trozos de papel. El Consejo tenía derecho a conservar a cinco mil de sus funcionarios. A mí no me dieron número el primer día. […] A la mañana siguiente conseguí un número», añade el pianista en su obra.

Con todo, el número no libró a los judíos que se quedaban de los malos tratos a los que eran sometidos por parte de los oficiales nazis. Un comportamiento que, aunque era habitual entre los guardias, fue aumentando entre algunos soldados. Uno de los más salvajes era un soldado al que los presos llamaban «Ziszás». «Para él era un placer casi erótico maltratar a la gente de un modo peculiar: ordenaba al infractor que se inclinara, se colocaba la cabeza del hombre entre los muslos, apretaba con todas sus fuerzas y le destrozaba el trasero con un látigo, pálido de ira y repitiendo entre dientes: “Zis, zas. Zis, zas”. Nunca soltaba a su víctima hasta dejarla desfallecida por el dolor» completa.

En la resistencia

Con el paso de las semanas la tensión fue en aumento. Y ya no solo para el pianista, sino para todo el gueto de Varsovia. Tal fue la barbarie perpetrada por los nazis y la ingente cantidad de muertes, que muchos de los habitantes establecieron que era mejor prepararse para resistir una nueva limpieza étnica, que esperar a ser asesinados en plena calle por las tropas de Adolf Hitler. Así fue como se empezaron a organizar grupos de resistencia clandestinos y se fortificaron algunos de los edificios interiores para resistir un posible asedio germano.

Por su parte, los nazis reaccionaron tratando de tranquilizar por todos los medios a los judíos. En un intento de calmar la situación, los militares empezaron a relajar la violencia. Además, los soldados permitieron a algunos prisioneros (como los que se encontraban en el grupo de Szpilman) comprar comida en el exterior y llevarla hasta el hambriento gueto (donde apenas había alimentos). Esta medida fue aprovechada por nuestro protagonista para hacer sus pinitos en la «resistencia».

«La benevolencia de los alemanes los llevó incluso a permitir que un delegado de nuestro grupo se moviera libremente por la ciudad todos los días para hacer esas compras en nuestro nombre. Elegimos a un valiente joven conocido como Majorek. Los alemanes ignoraban que Majorek, siguiendo instrucciones nuestras, iba a convertirse en enlace entre el movimiento clandestino de resistencia dentro del gueto y una organización similar polaca que actuaba fuera», completa.

Así fue como Szpilman se convirtió en un soldado que luchaba contra el nazismo de forma oculta. El sistema era sumamente sencillo, pero no por ello menos efectivo. Majorek se hacía con multitud de munición y explosivos en el interior. Tras conseguirlos, introducía todo este cargamento en el gueto escondido en bolsas de patatas. Posteriormente, nuestro protagonista y otros tantos recogían los sacos y, finalmente, lo repartían entre los diferentes grupos de resistencia que había en los diferentes edificios. Una tarea sencilla, pero que podía acarrearles la muerte en el caso de ser descubiertos por los germanos.

La perpetua huía

Para su desgracia, la simpatía alemana no duró demasiado y, como todos esperaban, las limpiezas étnicas del gueto no tardaron en reanudarse. Unas misiones en las que los miembros de las SS entraban de forma aleatoria (ellos decían que buscando a judíos sublevados) en un edificio del gueto para acabar con todo aquel que se cruzase en su camino.

El miedo y la desesperación provocaron que Szpilman decidiese que era momento de salir por piernas de allí y, a través de uno de sus contactos, consiguió una casa más discreta en la que esconderse. «Por medio de Majorek me puse en contacto con unos amigos, una pareja de artistas recién casados: Andrzej Bogucki, actor, y su esposa, una cantante que actuaba con su nombre de soltera Janina Godlewska», añade.

A partir de ese momento comenzó una huida perpetua que duró aproximadamente tres años y en la que nuestro protagonista convivió siempre con el pavor de ser atrapado por los alemanes. En ese tiempo, además, usó varias casas como escondite, apenas salió a la calle para evitar ser descubierto por las patrullas germanas, y vivió comiendo de cuando en cuando.

Durante ese tiempo, fue testigo de todo tipo de brutalidades perpetradas por los nazis en sus continuas purgas de edificios. Unos actos tan deleznables, que generaban el terror entre los judíos. «Cuando los alemanes conseguían tomar un edificio, las mujeres que todavía quedaban en él subían con los niños hasta el último piso y desde allí se arrojaban por los balcones», completa el propio pianista.

El miedo que sentía nuestro protagonista se puede entender gracias a frases como la que uno de sus amigos, un tal Lewicki, le dijo antes de marcharse y dejarle escondido en una vivienda: «Si suben a registrar el piso, tírate por el balcón. ¡No te dejes atrapar vivo! Yo llevo veneno, tampoco me cogerán».

A las armas

En el tiempo que el pianista estuvo escondido, fue también testigo mudo de una gigantesca revuelta protagonizada por los movimientos de resistencia judía y polaca dentro y fuera del gueto. Aquella guerra de guerrillas contra los alemanes comenzó el 29 de julio de 1944 según Szpilman (las fuentes oficiales nos dicen que empezó el 1 de agosto) aprovechando que los soviéticos estaban intentando acceder a Varsovia. Nuestro protagonista recordaba aquellos días en su memoria con una mezcla de melancolía, admiración por los que luchaban, y rabia por no haber podido salir con ellos a la calle para dar su merecido a los captores que les tenían encerrados desde hacía años debido a su falta de fuerzas y a su miedo.

Así recordaba el polaco los inicios de aquellas revueltas.

Me acerqué a la ventana: en las calles reinaba la paz. Vi el movimiento normal de transeúntes, tal vez bastante más reducido de lo habitual, pero en esta parte de la Aleja Niepodleglosci nunca había mucha circulación. Un tranvía procedente de la universidad técnica llegó a la parada. Estaba casi vacío. Descendieron unas pocas personas: mujeres, un anciano con bastón. Y luego bajaron también tres hombres jóvenes que llevaban unos objetos largos envueltos en papel de periódico.

Se detuvieron junto al primer vagón; uno de ellos miró su reloj, lanzó una ojeada alrededor y de repente puso una rodilla en tierra, se echó al hombro el paquete que llevaba y sonó un rápido repiqueteo. El papel del extremo del paquete comenzó a brillar y dejó al descubierto el cañón de una ametralladora. Al mismo tiempo, los otros dos hombres se llevaron con nerviosismo sus armas al hombro.

Los disparos del joven fueron como una señal para el sector: enseguida se oyeron detonaciones por todas partes y, cuando se apagó el ruido de las explosiones en las proximidades, siguió llegando el de innumerables disparos procedentes del centro de la ciudad. Se sucedían rápidamente, sin parar, como si estuviera hirviendo el agua de una gran tetera. La calle se había quedado desierta; parecía recién barrida. Sólo el anciano seguía andando, torpe y apresurado, con ayuda de su bastón y respirando trabajosamente; le resultaba difícil correr. Al fin llegó a la entrada de un edificio y desapareció en su interior.

Para desgracia de Szpilman, las revueltas se saldaron de forma catastrófica para las fuerzas polacas, las cuales tuvieron que lamentar la friolera de casi 20.000 bajas antes de capitular. Tras la rendición, y a pesar de que los germanos se comprometieron a tratar a los sublevados acorde a las leyes internacionales, se sucedieron las represalias. Algunas son explicadas por el pianista en su obra, donde señala, por ejemplo, que los alemanes deportaron, llevaron a las cámaras de gas, o directamente fusilaron a miles y miles de hombres, mujeres y niños.

Por su parte, el pianista logró sobrevivir en lo que quedaba del desmejorado gueto cambiando de escondite constantemente y saliendo a la calle únicamente para conseguir comida. Según él mismo explica, por entonces estaba totalmente desnutrido.

El buen alemán

Szpilman siguió escondido durante las siguientes semanas. Fue de casa en casa, siempre muerto de sed y de hambre. De hecho, llegó a comer agua infestada de insectos y pan mohoso para poder sobrevivir un día más. En ese precario estado, y siempre huyendo para salvar la vida, estaba el 17 de noviembre de 1944, cuando decidió colarse en una vivienda cercana al ático en el que por entonces residía para encontrar algo que meterse entre pecho y espalda.

Allí, mientras levantaba todas las tapas de los botes que había en la casa y abría cuantas puertas encontraba, se topó para su sorpresa con un oficial alemán que definió como «alto y elegante». Sus palabras le helaron la sangre: «¿Qué demonios estás haciendo aquí?».

El germano (llamado Wilm Hosenfeld, una información que nuestro pianista no tenía en esos momentos) obtuvo el silencio por respuesta, así que le volvió a repetir la pregunta: «¿Qué estás haciendo aquí?¿No sabes que el estado mayor de la plaza fuerte de Varsovia se va a trasladar a este edificio en cualquier momento?». Finalmente, Szpilman decidió contestar.

Sin embargo, no lo hizo de forma amenazadora, sino con resignación: «Haz lo que quieras conmigo. No voy a moverme de aquí». Nuestro protagonista sabía que solo era cuestión de segundos que el nazi sacase su Luger y le pegase un tiro. Pero el militar no lo hizo. «No tengo intención de hacerte nada». A continuación le instó a que le dijese en qué trabajaba y, cuando el artista le respondió que tocando el piano, el soldado le pidió que le tocase algo en un viejo instrumento que había en la habitación.

«Toqué el Nocturno en Do sostenido menor de Chopin», señala en su biografía. Al final, Hosenfeld le reconoció sus habilidades y, en contra de lo que jamás hubiese pensado Szpilman, se ofreció a ayudarle a permanecer escondido en el gueto sin ser visto. Algo que, como posteriormente se demostró, hizo con multitud de judíos de la zona.

«Hosenfeld le ayudó a buscar un escondite en el edificio en que poco después se establecería la comandancia alemana»

«Hosenfeld le ayudó a buscar un escondite en el edificio en que poco después se establecería la comandancia alemana, y le suministró alimentos que le ayudaron a sobrevivir los dos meses que mediaron hasta la conquista de Varsovia por el Ejército Rojo en enero de 1945», explica José M. García Pelegrín en su obra «La Iglesia y el nacionalismo: Cristianos ante un movimiento neopagano».

Todo ello, acompañado de información estratégica del lugar en el que se encontraban las tropas soviéticas. Unos datos esenciales que ayudaron a Szpilman a mantener la esperanza de ser rescatado. «Están ya en Varsovia, en Praga, al otro lado del Vístula. Solo tendrás que aguantar unas pocas semanas más: la guerra habrá terminado para la primavera, como muy tarde. Tienes que aguantar… ¿Me oyes?», le dijo en una ocasión.

El 12 de diciembre se vieron por última vez. Aquel día, el germano le dijo una vez más que aguantase, pues los rusos estaban a punto de lanzar una ofensiva. Después el alemán se despidió, pues su unidad se marchaba de Varsovia.

El final de la tragedia

Szpilman siguió escondido hasta mediados de enero de 1945, cuando -tras despertarse- se percató de que había unidades del ejército polaco en Varsovia. Para entonces los alemanes ya habían destruido una buena parte de la ciudad (y por ende, del gueto) convirtiéndola en ruinas. Desde lugar seguro, el pianista se cercioró de que no había enemigos cerca y bajó a la calle con una tranquilidad que no había tenido en los cinco años que había sobrevivido allí dentro. Calmado, se dirigió hacia una soldado. Sin embargo, se le olvidó que llevaba puesto una chaqueta nazi que el oficial le había dado para soportar el frío. Lo que sucedió a continuación es mejor escucharlo de su propia boca:

A mi izquierda, no muy lejos, había una mujer soldado con un uniforme que me resultaba difícil identificar desde esa distancia. Otra mujer se aproximaba por mi derecha con un fardo a la espalda. Cuando estuvo más cerca me aventuré a hablarle:

-Hola, le ruego que me disculpe…

Me miró, soltó el fardo y echó a correr.

Un alemán!- gritó.

La guardia se volvió de inmediato, me vio, apuntó y disparó con su ametralladora. Las balas, al rebotar en la pared, provocaron una lluvia de argamasa sobre mí. Sin pensarlo, escapé escaleras arriba y me refugié en el ático. Esta vez mi situación era absurda. Iban a dispararme soldados polacos en la Varsovia recuperada, al borde mismo de la libertad, por un malentendido. Muy pronto oí unos pasos veloces que subían las escaleras. Más allá del pasamanos apareció la figura de un joven oficial con el uniforme polaco y un águila en la gorra. Me apuntó con una pistola y gritó:

-¡Manos arriba!

-¡No dispare! ¡Soy polaco!

Entonces, ¿por qué demonios no bajas?¿Y qué haces con un sobretodo alemán?

Así logró escapar de aquel infierno en el que habían sido asesinados, desde el comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Posteriormente, Szpilman recuperó su trabajo en la radio de Varsovia. Su primer programa fue sumamente emotivo para él, pues lo comenzó tocando la misma canción con la que conoció al oficial alemán que le salvó. Después, ofreció conciertos como solista y destacó como compositor. Publicó su biografía poco después del final de la contienda, pero esta fue censurada y no vio la luz hasta los 90. Sin embargo, valió la pena la espera, pues el libro le catapultó a la fama.

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