Guerra de las Naranjas


La Guerra de las Naranjas fue un breve conflicto militar que enfrentó a Portugal contra Francia y España en 1801.

En 1801, Napoleón conminó a Portugal para que rompiera su alianza tradicional con Inglaterra y cerrara sus puertos a los barcos ingleses. En esta pretensión inmiscuyó a España, gobernada entonces por el ministro Manuel Godoy, mediante la firma del tratado de Madrid de 1801. Según este tratado, España se comprometía a declarar la guerra a Portugal si la nación vecina mantenía su apoyo a los ingleses. Ante la negativa portuguesa a someterse a las pretensiones franco-españolas, se desencadenó la llamada Guerra de las Naranjas.

Manuel Godoy retratado por Francisco de Goya en 1801 (Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.)

La campaña militar apenas duró dieciocho días entre mayo y junio de 1801. En ella, un ejército español al mando de Godoy ocupó sucesivamente una docena y media de poblaciones portuguesas, entre ellas Arronches, Castelo de Vide, Campo Maior, Portalegre, Olivenza y Juromenha). La resistencia portuguesa fue mínima, en la creencia de que España no tenía pretensiones territoriales. La paz se firmó en Badajoz el 6 de junio (Tratado de Badajoz), devolviéndose todas las plazas conquistadas a Portugal con la excepción de Olivenza y su territorio, que ya era un viejo contencioso fronterizo entre los dos países. Aprovechando la ocasión y la geografía, tampoco se devolvió Vila Real (Villarreal), que no pertenecía a Olivenza, sino a Juromenha. La línea divisoria entre España y Portugal se fijó en aquella zona utilizando el curso del río Guadiana, de facto sino de iure ya que subsisten cuestiones sobre la posesión del territorio.

Aunque el acuerdo entre Francia y España preveía que Portugal cediera a España una o varias provincias portuguesas que representasen el veinticinco por ciento de la población metropolitana para poder usarlas como moneda de cambio y conseguir la devolución o cesión de Mahón, la isla Trinidad y Malta, esta cláusula fue obviada por Carlos IV de España, con grave disgusto de Napoleón.

La Guerra de las Naranjas recibió este nombre debido al ramo de naranjas que Godoy hizo llegar a la reina María Luisa cuando sitiaba la ciudad de Elvas.

Frente americano

El 8 de agosto de 1801, un grupo de irregulares portugueses aliados con algunos guaraníes descontentos, en el contexto de la Guerra de las Naranjas, ocuparon el pueblo de San Miguel Arcángel y pocos días después conquistaron el resto del actual departamento de Misiones Orientales y el pueblo de San Francisco de Borja.

El Tratado de Badajoz reconoció la soberanía española en los territorios conquistados en las Misiones Orientales, firmado el 6 de junio de 1801 en la ciudad de Badajoz entre España y Francia de un lado, y Portugal del otro, puso fin a la Guerra de las Naranjas. En relación a España, Portugal reconocía definitivamente el derecho de posesión de la Colonia del Sacramento y de las Misiones Orientales, que ya se había intentado solucionar a través de los tratados de Madrid de 1750 y del de San Ildefonso de 1777. El tratado también estipulaba que la violación de cualquiera de sus artículos conduciría a su anulación.

Portugal nunca devolvió los territorios de Misiones Orientales y hoy estos territorios pertenecen al Brasil. La no devolución de dichos territorios es lo que justificó la no devolución de Olivenza por parte de España tras las guerras napoleónicas.

Guerra de las Naranjas
Fecha 20 de mayo-6 de junio de 1801
Lugar Portugal
Resultado Victoria española. Tratado de Badajoz
Beligerantes
Portugal  España
 Francia
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Godofredo de Bouillón


Godofredo de Bouillón (Bolonia sobre el Mar, Francia c. 1060 – Jerusalén, Reino de Jerusalén 18 de julio de 1100), fue gobernador de Jerusalén luego de su conquista por parte del ejército cruzado bajo el título de “Defensor del Santo Sepulcro”; además de ostentar los títulos de Duque de Bouillon, Margrave de Amberes y Duque de Baja Lorena. Hijo de Eustaquio II de Boulogne y de Ida de Lorena, fue un destacado líder militar en la Primera cruzada.

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1450 – Batalla de Formigny


La batalla de Formigny enmarcada en el contexto de la guerra de los Cien años sucedió en Formigny, cerca de Carentan, Francia. Acabó resultando en una victoria decisiva francesa (15 de abril de 1450).

Los beligerantes fueron el Reino de Inglaterra por un lado y el Reino de Francia y el Ducado de Bretaña por otro. Sus comandantes eran Thomas Kyriell por los ingleses y el Conde de Clermont, Arturo de Richemont, condestable de Richemont por el lado francés. Las fuerzas eran de 4.000 ingleses y 5.000 franceses siendo las víctimas y pérdidas de 2.500 y 100-200 respectivamente.

La batalla de Formigny por Martial d’Auvergne

Antecedentes

El francés, bajo el mando de Carlos VII, había aprovechado el tiempo ofrecido por la tregua de Tours en 1444 para reorganizar y fortalecer sus ejércitos. El inglés, sin un liderazgo claro por la debilidad de Enrique VI, se encontraba peligrosamente débil. Cuando el francés rompió la tregua en junio de 1449 se encontraban en una posición mucho mejor. Pont-Audemer, Pont-l’Évêque y Lisieux cayeron en agosto y gran parte de Normandía, fue recuperada en octubre. Cortando el norte y el este los hermanos supervisaron la captura de Ruan (octubre de 1449), Harfleur (diciembre de 1449), Honfleur y Fresnoy (enero de 1450), antes de pasar a invadir Caen.

El inglés había reunido un pequeño ejército durante el invierno de 1449. Contaban con alrededor de 3.000 hombres que se enviaron desde Portsmouth a Cherbourg bajo el mando de Sir Thomas Kyriell. Llegaron el 15 de marzo de 1450 y el ejército se vio reforzado con 2.000 hombres más por Sir Matthew Gough a finales de marzo.

La batalla

Kyreill avanzó por el sur y capturó Valognes en un sangriento enfrentamiento. Más al sur se sumaron a dos ejércitos franceses (alrededor de 5.000 hombres bajo el mando del Conde de Clermont) y marcharon al norte de Carentan. El ejército inglés rodeó Carentan el 12 de abril, pero el francés se negó a rendirse, aunque hubo una serie de pequeñas escaramuzas. Kyriell giró al este hacia Bayeux, llegando a la aldea de Formigny el 14 de abril. Al mismo tiempo, una tercera fuerza francesa, dirigida por el Condestable de Richmont, había llegado a San Lô desde el sur.

El 15 de abril, las fuerzas de Clermont fueron avistadas por el ejército inglés. Los ejércitos se enfrentaron sobre la carretera Carentan-Bayeux, cerca de un pequeño afluente del Aure. El inglés estaba de espaldas a la corriente. La formación del inglés, alrededor de cuatro mil hombres y con una proporción de arqueros superior —tres contra uno— se reunió en una larga fila detrás de una línea de estacas y bajo pequeñas trincheras. Clermont inició el combate con ataques contra los flancos y pequeñas cargas, pero había pocas posibilidades de éxito y fueron fácilmente rechazados. Luego avanzaron dos cañones. Después de un tiempo de cañoneo que causó algunas bajas, los ingleses cargaron y capturaron las armas. Estas primeras escaramuzas duraron unas tres horas. En ese momento el ejército bretón de Arthur de Richemont llegó desde el sur, después de haber cruzado la Aure y ahora se aproximaba a la fuerza del inglés por el flanco. Su número era de casi 1.200 bretones, casi todos montados a juzgar por el ritmo de su marcha.

Kyriell se replegó de Clermont y formó a las fuerzas en “L”. Con la posición preparada abandonada y dividido por el fuego del enemigo el inglés quedó abrumado tras una serie de cargas. Kyriell fue capturado y su ejército destrozado.

El ejército inglés sufrió un importante golpe con 2.500 muertos o gravemente heridos y 900 prisioneros, mientras que el francés y el bretón no sufrieron más de 1.000 muertos y heridos. Con ninguna otra fuerza inglesa importante en Normandía, la región fue sometida rápidamente por los franceses. El avance continuó por todas partes, recuperando todas las posesiones inglesas excepto Calais.

Importancia

La batalla es a menudo citada como la primera en la que los cañones desempeñaron un papel fundamental (el primer uso decisivo del cañón por lo general se considera que ha sido la siguiente batalla, en Castillon). Esto es bastante difícil de juzgar, los testimonios contemporáneos son dudosos y se puede observar que la llegada del ejército bretón de Arthur de Richemont, futuro duque de Bretaña, Arturo III, con su poderosa fuerza de caballería sobre el flanco del inglés fue bastante más significativo ya que obligó a este a abandonar su posición defensiva preparada, aunque hay que señalar que el fuego de artillería desde los dos cañones franceses jugaron un papel también en ello. El cañón pudo haber sido decisivo, no tanto por el efecto que hacía en la batalla, sino porque alertó a Richemont sobre el hecho de que se estaba desarrollando una batalla cerca, y propició su aparición en el campo. Afortunadamente estaba del bando de Clermont porque, como escribió uno de sus capitanes, si el condestable (Richemont) no hubiera entrado cuando lo hizo, el ejército de Clermont habría sufrido “daños irreparables”.

Batalla de Formigny
Guerra de los Cien Años
Fecha 15 de abril de 1450
Lugar Formigny, cerca de Carentan, Francia
Coordenadas 49°20′14″N 0°53′52″O (mapa)
Resultado Victoria francesa decisiva
Beligerantes
Inglaterra Francia
Bretaña
Comandantes
Thomas Kyriell Arturo de Richemont
Fuerzas en combate
4.500 8.000
Bajas
3.800 muertos, 1.400 prisioneros 500 a 600

1744 – Batalla de Tolón


La batalla de Tolón o batalla del cabo Sicié fue un combate naval librado el 22 de febrero de 1744 frente a la costa francesa, cerca de Tolón, en el marco de la Guerra de Sucesión Austriaca. Una armada combinada franco-española al mando de Juan José Navarro combatió contra la flota mediterránea británica bajo el mando del almirante Mathews en un combate de resultado indeciso. En la fecha de la batalla la armada británica dominaba el Mediterráneo occidental e impedía que desde España se enviasen refuerzos por mar al centro de Italia, donde España combatía contra austríacos y sardos. La principal fuerza naval española, 12 navíos al mando del almirante Juan José Navarro, se hallaba bloqueada en Tolón. Con la firma del Segundo Pacto de Familia entre Felipe V de España y Luis XV de Francia, este último país se comprometió a apoyar a España en la guerra. Una armada conjunta franco-española se fue organizando en Tolón con el objetivo de arrebatar el control del Mediterráneo a los británicos.

Aunque la escuadra franco-española logró acabar con el bloqueo de Tolón por parte de los británicos, el resultado entre ambas escuadras fue indeciso, si bien los franco-españoles decidieron estratégicamente la batalla al conseguir por unos meses el dominio del Mediterráneo.

En la literatura inglesa la batalla es vista desde diferentes puntos de vista, desde desgracia nacional británica a combate indecisivo, derrota estratégica británica, fiasco o incluso en la literatura inmediata de la época como victoria menor británica.

Otras, inglesas también, hacen referencia a que los navíos españoles, al mando de Juan José Navarro, que sostuvieron el peso del combate por parte de la flota combinada, fueron derrotados, mientras que la mala comunicación entre el almirante Thomas Matthews y su segundo al mando, Richard Lestock, habría impedido que los británicos obtuvieran un triunfo completo. Otras fuentes inciden en que, tras siete horas de combate, la aparición de la escuadra francesa, que habría dejado de combatir contra la vanguardia británica, determinó la retirada de Matthews hasta retomar la persecución el día siguiente. El almirante británico fue sometido a un consejo de guerra por su actuación e inhabilitado para el mando. A pesar del resultado poco claro, la batalla fue celebrada como un triunfo en España. La principal consecuencia del combate, sin embargo, fue el fracaso de los planes franco-españoles de transportar tropas a Italia por mar, como apuntan algunas fuentes.

Otros autores, por el contrario, hablan de una victoria estratégica para los aliados franco-españoles, ya que Matthews dejó temporalmente el mar Mediterráneo occidental libre a los franco-españoles, que aunque no pudieron trasladar al centro de Italia a los ejércitos del infante Felipe de España y el Príncipe de Conti, como estaba previsto, aprovecharon para enviar algunos refuerzos y provisiones al mermado ejército del Conde de Gages, mientras que Navarro, con diez navíos e izando su insignia en el Santa Isabel, realizó dos cruceros durante el verano, consiguiendo apresar algunos mercantes, hasta que una nueva escuadra británica de 21 navíos, bajo el mando de William Rowley le bloqueó en Cartagena, consiguiendo el dominio efectivo del mar durante el resto de la guerra y determinando de manera importante el resultado de la misma.

Vista del combate de Tolón (22 de febrero de 1744). Estampa grabada por Fernando Selma (Museo Naval de Madrid).

Antecedentes

El 25 de octubre de 1743 los monarcas Felipe V de España y Luis XV de Francia firmaron el Segundo Pacto de Familia. El monarca francés se comprometía a declarar la guerra a Gran Bretaña y al Reino de Cerdeña y a apoyar las reclamaciones territoriales españolas en Italia. En aquel entonces las campañas españolas en la región sólo podían progresar gracias al envío de tropas a través de la frontera francesa, pues la flota británica controlaba el Mediterráneo, mientras una escuadra española al mando del almirante Juan José Navarro -que debía apoyar las operaciones- se hallaba bloqueada en Tolón desde finales de 1742.

Los planes franceses consistían en transportar al centro de Italia un contingente de 30.000 hombres al mando de Luis Francisco I de Borbón-Conti, príncipe de Conti, y parte del ejército español a las órdenes del infante Felipe de España en el norte de Italia para enlazar con el ejército del Conde de Gages en los Estados Pontificios. Para poder llevar a cabo dicho plan era imprescindible neutralizar la flota británica del Mediterráneo, al mando del almirante Thomas Matthews. Éste, por su parte, comenzó a percibir la gran actividad que se llevaba a cabo en el puerto de Tolón y, a principios de enero de 1744, desplazó su base de Villafranca a Hyères.

La flota francesa se componía de 17 navíos de línea y tres fragatas al mando del almirante Claude-Élisée de Court de La Bruyère, un hombre anciano pero vigoroso y flexible, mientras que la española disponía de 12 navíos de línea bajo el mando de Juan José Navarro, reputado por su actividad científica. De Court, que ostentaba el mando general, tuvo dificultades a la hora de organizar la flota combinada debido a los recelos existentes entre franceses y españoles. Para asegurar la cooperación de los navíos de éstos, de cuya eficiencia en combate tenía dudas, De Court propuso alternarlos con los franceses en la línea de batalla, pero Navarro se negó.

Dado que no existían hostilidades abiertas entre Francia y Gran Bretaña, De Court recibió órdenes de no abrir fuego contra la flota de Matthews a no ser que ésta lo hiciera primero. En caso de que los británicos no atacaran, los navíos españoles debían forzarlos a hacerlo, de manera que, ante la réplica británica, los buques franceses pudieran sumarse a la batalla para conseguir su objetivo de destruir la flota británica y hacerse con el dominio del Mediterráneo. Matthews, por su parte, temía que 21 navíos franceses, que estaban siendo alistados en Brest, intentaran reunirse con la escuadra franco-española en Tolón. No era el único problema que aquejaba a la flota británica, pues sus navíos estaban mal aprovisionados, en mal estado, y Matthews mantenía malas relaciones con su subordinado Richard Lestock.

La batalla

Grabado que representa las flotas franco-española y británica en la batalla de Tolón.

La flota franco-española zarpó de Tolón el 19 de febrero, navegando hacia el sur en una línea de batalla que se extendía a lo largo de seis millas, con 9 navíos franceses en la vanguardia, 6 franceses y 3 españoles en el centro, y 9 españoles en la retaguardia. De Court izó su insignia en el Terrible, de 74 cañones, mientras que Navarro hizo lo propio en el Real Felipe, de 114 cañones. La escuadra británica levó anclas al amanecer. El día 21 los 30 navíos británicos al mando de Matthews navegaban al este de la flota franco-española, maniobrando hacia el suroeste para aproximarse a la línea de batalla aliada. Matthews había dividido su flota en 3 divisiones: una vanguardia de 9 navíos al mando del contraalmirante William Rowley, un centro de 10 navíos bajo su mando directo y una retaguardia de 13 navíos al mando del vicealmirante Richard Lestock. La mañana del 22 de febrero, esta última división había quedado distanciada al menos a 7 millas del grueso de la flota, lo cual dejó a Matthews en inferioridad numérica frente a los franco-españoles.

Ambas flota navegaron en paralelo; los aliados borbónicos al oeste y los británicos al este, estando los primeros algo más avanzados. Pese a su ventaja, De Court, conforme a las órdenes recibidas, no atacó a la flota británica. Entonces, Matthews, viendo la inacción de Lestock, que no era capaz de reengancharse a la línea de batalla a pesar de sus llamamientos, dio la orden de ataque. Aunque las órdenes del almirantazgo recomendaban no hacerlo hasta que las dos flotas estuvieran alineadas, la decisión de Matthews fue correcta. A la una del mediodía, mientras la vanguardia franco-española se hallaba sin oponente, la vanguardia británica se batía con el centro francés y la división de Matthews hacía lo propio con la retaguardia al mando de Navarro. El momento parecía haber sido juiciosamente escogido, pues cinco navíos españoles, el Brillante, el San Fernando, el Halcón, el Soberbio y el Santa Isabel, habían quedado rezagados de la retaguardia, dejando al Real Felipe de Navarro con el apoyo de dos navíos, mientras otros tres seguían con los franceses.

La vanguardia franco-española, sin oponente, trató ganar el barlovento para doblar a la flota británica y ponerla bajo dos fuegos, pero la afortunada maniobra de tres capitanes británicos, los del Stirling Castle, el Warwick y el Nassau, que desobedeciendo órdenes mantuvieron sus posiciones, lo evitó. Entre tanto, Matthews, en el Namur, era apoyado por el Marlborough, que se cañoneaba con el español Santa Isabel, situado a popa del Real Felipe, y por el Norfolk, que hacía lo propio con el Constante. El Oriente, el América y el Neptuno apenas intercambiaron una salva con los navíos británicos y abandonaron su posición en la línea de batalla, dejando al Poder sólo enfrentándose a 4 navíos británicos. Esta acción fue muy criticada por el segundo capitán del Real Felipe, Lage de Cueilly, quien aseguró que la pérdida del Poder se debió a la defección de los tres navíos españoles.

Tras varias horas de combate, el Constante, puesto fuera de combate, también abandonó la línea. Desde el Real Felipe se dispararon varios cañonazos contra el navío para evitar su defección, pero fue en vano. El Norfolk, dañado en sus aparejos, no pudo perseguirlo. Lo mismo sucedió con el Hércules, que, severamente dañado, abandonó su posición, dejando al Real Felipe en solitario frente al Namur y al Marlborough. El Poder todavía permanecía en su lugar, enfrentándose a varios navíos británicos que actuaron con reluctancia y se contentaron con responder desde lejos a sus cañonazos. Sólo el capitán Hawke, del Berwick, actuó con decisión. La primera salva del navío británico causó 20 muertos entre la tripulación del Poder y le desmontó varios cañones. 20 minutos después, el capitán Rodrigo de Urrutia se rendía.

El combate entre el Namur y el Marlborough contra el Real Felipe dejó a estos dos últimos navíos seriamente averiados. A bordo del británico murieron 42 hombres, entre ellos su capitán, y resultaron heridos 121. El navío llegó a cruzar la línea franco-española, recibiendo múltiples impactos y siendo descrito posteriormente como “un perfecto naufragio”. El Real Felipe quedó fuera de combate y prácticamente silenciado. Sus bajas ascendieron a 47 muertos, entre los cuales figuraba su capitán, Nicolás Gerardino, y 239 heridos, uno de ellos el almirante Navarro, cuya valentía los británicos reconocieron. La actuación del comandante español fue, sin embargo, controvertida, pues el segundo capitán del Real Felipe declaró que, pese a que las heridas del almirante eran de escasa consideración, este se refugió bajo cubierta dejando al navío sin gobierno. Esto fue corroborado a posteriori por diversos oficiales del Real Felipe.

Matthews, habiendo dejando al buque insignia español fuera de combate, ordenó preparar un brulote, el Ann Galley, para acabar con él, y despachó los botes y pinazas de su división a remolcar al Marlborough fuera de la línea. A las cuatro en punto, cuando el Ann Galley comenzó a aproximarse al Real Felipe, dos o tres navíos españoles del grupo rezagado llegaron junto al insignia y concentraron el fuego de sus cañones sobre el brulote británico. Desde el Real Felipe se puso a la mar una lancha llena de hombres para interceptarlo. Cuando la lancha se encontraba próxima al Ann Galley, el oficial al mando del brulote disparó una pistola contra los españoles. La pólvora se prendió y la embarcación voló por los aires.

Viendo la difícil situación en la que se encontraban los españoles, De Court se dispuso a socorrerlos. El comandante francés se distanció de Rowley y se dirigió hacia el Real Felipe con sus navíos. Rowley ordenó a sus navíos continuar hostigando a los franceses para impedir que alcanzaran el centro británico, pero la maniobra francesa surtió efecto y el Real Felipe pudo escapar bajo la protección de los navíos de De Court. A las cinco en punto los británicos se distanciaron para reorganizar sus fuerzas y, a medida que se acercaba la noche, ambas flotas se separaron hasta una distancia de seis millas. El Poder, desmantelado e incapaz de seguir al resto de los navíos británicos, fue represado por varios buques franceses.

Al amanecer del día 23, la flota franco-española, reducida a 22 navíos efectivos, levó anclas y se dirigió al oeste. Matthews, de acuerdo con las ordenanzas de guerra, ordenó la persecución. En esta ocasión la flota británica formó a la perfección una línea de batalla, mientras que españoles y franceses se retiraron desordenadamente divididos en dos agrupaciones según la nacionalidad de los navíos. El español Hércules estuvo a punto de ser apresado por los británicos, pero la intervención de la escuadra francesa lo evitó. El Poder hubo de ser quemado ante la posibilidad de su represa por la vanguardia de Lestock. El día siguiente Matthews detuvo la persecución. Todo lo que podía conseguir era la captura del Real Felipe, llevado a remolque por la flota franco-española; una compensación menor que garantizar la seguridad de la costa italiana que tenía órdenes de proteger, de modo que Matthews reparó sus navíos en Mahón y prosiguió con su misión. Los navíos aliados fueron llegando a diversos puertos españoles, la mayoría de ellos a Cartagena.

Consecuencias

Aunque según los parámetros que estimó más aceptables, la opinión pública de Gran Bretaña consideró que la batalla había terminado victoriosamente para su flota, se mostró por otro lado muy insatisfecha, pues Matthews había desaprovechado la oportunidad de lograr un triunfo completo. En la literatura inglesa la batalla fue y ha sido vista desde diferentes puntos de vista, desde combate de resultado indeciso a un fracaso estratégico o un fiasco, o como una victoria menor.

En los meses que siguieron a la batalla, el almirante británico y Richard Lestock se enzarzaron en un intercambio de recriminaciones, acusándose mutuamente de haber impedido con sus acciones una victoria decisiva. Una larga serie de juicios navales se sobrevinieron para determinar quién había sido el responsable del fracaso de la flota británica a la hora de destruir a un enemigo peor comandado e inferior en número. Matthews resaltó la actitud pasiva de Lestock durante el combate, mientras este acusó al primero de carecer de coraje. El veredicto del tribunal fue muy controvertido y es tenido generalmente por injusto: Lestock fue absuelto de todos los cargos que pesaban sobre él mientras que Matthews fue declarado culpable por suspender la persecución y destituido.

La Corte española, en cambio, estaba exultante. Una escuadra española que llevaba dos años bloqueada en un puerto francés había conseguido escapar y regresar a España. A pesar de su indisciplina y de recibir mayores daños, los españoles habían combatido con coraje y conseguido batir a sus adversarios británicos a un empate virtual. Juan José Navarro fue nombrado Marqués de la Victoria por su particular triunfo. En cambio, el almirante De Court fue relevado de sus cargos a su llegada a Cartagena, lo cual, sumado a las acusaciones de varios capitanes españoles de un supuesto abandono por parte de los navíos franceses, llevó al segundo capitán del Real Felipe, Monsieur de Lage de Cueilly, a escribir su visión del combate. En ella defendía la actuación francesa y lamentaba la huida de varios navíos españoles, entre ellos el Neptuno, que llegó a Barcelona difundiendo no sólo que la escuadra francesa había abandonado a la española, sino que incluso había abierto fuego sobre ella.

El resultado de la batalla fue muy discutido en toda Europa. Mientras en poemas y romances españoles trataba de presentarse el combate como la victoria de 12 navíos españoles sobre 47 ingleses, y publicaciones modernas como la Revista de Historia Naval, publicada por el Ministerio de Defensa de España, hablan de “traición de nuestros aliados franceses“, y de “aplastante e inesperada victoria“; el historiador naval español Cesáreo Fernández Duro, juzga lo siguiente sobre la acción:

«En puridad, éstos [los navíos españoles] rechazaron á los enemigos; más no habiéndoles tomado ni destruido ninguna de sus naves, no habiéndolos causado mayor daño del que recibieron, no sabiendo maniobrar como ellos, mal podrían considerarse vencedores. Es evidente que cortaron la línea los ingleses porque se les consintió verificarlo; el hecho de combatir con tres á cinco navios á cada uno de los nuestros indica que se hallaban separados, esto es, que no guardaban ni mantenían tal línea, expuestos á igual suerte que en la batalla de Cabo Passaro. Si por dicha no quedaron destruidos, á más no alcanzó su acción, honrosa en verdad; pero resistir no es vencer».

Batalla de Tolón
Guerra de Sucesión Austriaca
Fecha 22 de febrero de 1744
Lugar Cabo Sicié, cerca de Tolón, Francia
Coordenadas 42°46′45″N 5°41′27″E (mapa)
Resultado Victoria estratégica franco-española

  • Retirada de la armada británica.
Beligerantes
 Reino de España
Reino de Francia
Bandera del Reino Unido Reino de Gran Bretaña
Comandantes
Juan José Navarro Bandera del Reino Unido Thomas Mathews
Fuerzas en combate
27 navíos de línea
3 fragatas
2 brulotes
1 navío hospital
30 navíos de línea
3 fragatas
3 brulotes
3 bergantines
Bajas
149 muertos
467 heridos
1 navío de línea
342 muertos
800 heridos
10 barcos dañados
1 brulote

1429 – Batalla de los Arenques


La batalla de los Arenques, a veces conocida también como batalla de Rouvray por la aldea junto a la cual se produjo, fue un enfrentamiento armado enmarcado en el sitio de Orleans, parte fundamental del prolongado conflicto conocido como guerra de los Cien Años. En la Batalla de los Arenques, una enorme fuerza francesa intentó capturar un convoy de suministros inglés. A pesar de la gran superioridad numérica, fue rechazada y puesta en fuga. El extraño nombre de la batalla se debe al contenido del convoy atacado: una gran carga de arenque seco para alimentar a las tropas que sitiaban Orleans.

Jornada de los Arenques (de Las vigilias de Carlos VII escritas por Martial d’Auvergne c. 1477-84).

 

Aproximación de ambos ejércitos

El 11 de febrero de 1429, el convoy llegaba a la pequeña aldea de Rouvray, al norte de Janville, donde acampó para pasar la noche. Por la mañana, los observadores avanzados franceses avisaron a sus jefes de la ubicación de los ingleses.

Formado por 300 carretas cargadas de arenques se detiene a hacer noche en la pequeña aldea de Rouvray. Este convoy había salido de París escoltado por unos 500 arqueros, 1.000 hombres de armas y un número insignificante de caballeros y su destino era, como no podía ser de otra manera, Orleans.

La vanguardia francesa apareció frente a los ingleses desde el sudoeste. Falstolf detuvo el convoy a ros al sur des en la circunferencia formada por los carros: sabiendo que los enemigos lo superaban en una proporción de 3 a 1, el comandante inglés defendió cada entrada al círculo con grandes grupos de arqueros y estacas aguzadas. Esta última práctica ya había dado a los ingleses soberbios resultados en Agincourt, demostrando ser completamente impenetrable para las cargas de caballería.

Comienza el combate

Cabalgando a la cabeza de sus columnas, Clermont hizo detener a sus propios carros de transporte y descargar sus culebrinas y algunos cañones de pequeño calibre. Ordenó que sus tropas permanecieran montadas, con excepción de los artilleros y los ballesteros. Hecho esto, mandó abrir fuego contra los carros enemigos.

De tal modo, y de manera inusual para la guerra de los Cien Años, la batalla de los Arenques comenzó con un fuego de ablande de artillería en lugar de abrirse con ataques de los arqueros.

Esto supuso un peligroso problema para los ingleses, ya que el fuego de cañón, aunque de lenta cadencia, podía ser devastador, y el inteligente francés disparaba desde una distancia que estaba fuera del alcance de los longbows. Una carga de los caballeros ingleses montados parecía desaconsejable (debido a la desproporción numérica), ya que en la primera línea enemiga se encontraban los duros y aguerridos guerreros escoceses.

La suerte del convoy de suministros parecía estar sellada.

Desobediencia y catástrofe

Sin embargo, providencialmente, un grave error de los enemigos vino en ayuda de Falstolf: a pesar de que Clermont le había estado enviando mensaje tras mensaje prohibiéndole atacar, el comandante de los caballeros escoceses, condestable John Stewart de Darnley, decidió desobedecer las órdenes: hizo apear a sus caballeros y, sin consultar con su superior, les ordenó avanzar a paso de carga contra los carromatos estacionados.

Ante esto, el asombrado Clermont se vio obligado a suspender el ataque de artillería, porque los escoceses se habían puesto en medio de la línea de fuego.

Como había sido y seguiría siendo una constante en el prolongado conflicto, ni bien los escoceses entraron en la distancia de alcance efectivo de los arqueros ingleses, estos cubrieron el cielo con nubes de flechas y efectuaron una espantosa matanza entre los arriesgados hombres de Stewart.

Viendo caer a sus aliados, Clermont tuvo que tomar una decisión heroica. Lanzó a su caballería en un ataque frontal, que corrió el mismo destino que sus antecesoras en Crecy y Agincourt: fue rechazada con enormes bajas.

Masacre final

Mientras las tropas francesas se retiraban en desorden, dejando el campo de batalla cubierto de muertos y heridos, el comandante inglés envió a sus pocos caballeros montados en persecución del enemigo. En escasos minutos, el orgulloso ejército real francés que se suponía debía liberar a Orleans se convirtió en una desorganizada masa de soldados en fuga y fue completamente destruido.

Entre las bajas se contaron el propio Clermont, víctima de una grave herida, y Stewart, muerto en el ataque escocés junto con la enorme mayoría de sus hombres. Clermont debió abandonar el campo de batalla en camilla y fue evacuado al campamento de Blois.

También resultó herido Juan de Dunois (conocido como “el Bastardo de Orleans”) quien salvó su vida por milagro y que jugaría más tarde, junto a Juana de Arco, un papel fundamental en el levantamiento del sitio de Orleans.

Consecuencias

La batalla de los Arenques fue el mayor combate llevado a cabo entre el establecimiento del sitio de Orleans (octubre de 1428) y la salida a escena de Juana de Arco (mayo de 1429).

La grave derrota de Los Arenques tuvo un inmediato y devastador efecto sobre la moral de las tropas francesas. Hizo desaparecer la confianza de los sitiados de Orleans y afianzó un oscuro sentimiento de que todo lo que se intentara hacer sería inútil y de que la guerra estaba ya perdida. Fue el colmo de la vergüenza para Carlos VII de Francia y la desesperación para toda la población de la región.

Los ingleses, aunque victoriosos, pasaron hambre en las semanas siguientes, porque la inmensa mayoría de los toneles de arenques fueron destruidos por la artillería francesa.

Esta batalla, como las otras mencionadas, demostró la enorme diferencia entre el ejército inglés (profesional, disciplinado, bien equipado y conducido por jefes competentes) en relación con su similar francés, desorganizado e inclinado a la acción inconsulta e individual.

A la pregunta de qué hubiese sucedido si Clermont hubiese podido continuar con su acción de artillería sin ser interrumpido por el avance de Stewart, se puede responder que en 1450 su hijo, atacando metódicamente y sin pausas con la artillería, alcanzó la victoria en la importante batalla de Formigny.

Finalmente, el combate parece haber tenido una importancia fundamental en otro aspecto: el mismo día de la batalla (12 de febrero de 1429), Juana de Arco se entrevistaba en Vaucouleurs con Roberto de Baudricourt para solicitarle fondos, hombres y suministros para llegar con seguridad a Chinon.

Los cronistas de la época afirman que Juana informó a Roberto que “las armas del Delfín habían sufrido un gran revés cerca de Orleans” (obsérvese que ella no tenía modo de saberlo). Baudricourt, poco inclinado a ayudar a la Doncella, se negó a entregarle lo pedido. Sin embargo, varios días más tarde recibió por los canales oficiales la noticia de la derrota de Los Arenques. Entonces, impresionado, mandó llamar a Juana, le entregó lo solicitado y la animó a apurarse hacia Chinon para unir sus fuerzas con las que le quedaban al Delfín.

La Doncella de Orleans, fuertemente equipada, abandonó Vaucouleurs con su ejército el 23 de febrero, en una marcha que tendría una importancia capital en el levantamiento del prolongado sitio de Orleans.

Batalla de los Arenques
Guerra de los Cien Años
Sitio de Orleans
Fecha 12 de febrero de 1429
Lugar Rouvray, al norte de Orleans (Francia)
Coordenadas 48°04′00″N 1°44′00″E (mapa)
Resultado Victoria inglesa
Beligerantes
Reino de Francia
Reino de Escocia
Reino de Inglaterra
Comandantes
Carlos I de Borbón
John Stewart de Darnley †
John Fastolf
Fuerzas en combate
Alrededor de 4000 Alrededor de 1500
Bajas
Entre 500 y 600. Desconocidas, pero seguramente pocas.

Barraux (Francia). Mapas militares. 1742


Mapa de los límites de Francia y Saboya, de la parte del Fuerte de Barraux para conocimiento del Campo de S.M.C. y del de los Enemigos en 12 de Nobbre. de 1742 Petrus Quillacq me Delineavit ; Fausto Roncal

Escala [ca. 1:23.000]. 1000 Tus. [= 8,3 cm]

Autores Pedro Quillacq & Fausto Roncal

Es un excelente mapa de la zona comprendida entre las ciudades de Montmellan al NE., Chambery al O. y Barraux al SE. con la situación de las tropas españolas al mando del infante don Felipe de Borbón, duque de Parma, hijo de Felipe V, en el lado francés de la frontera, y de las del Rey de Cerdeña, Carlos Manuel de Saboya, del otro lado.

Este mapa es el único firmado de una serie de mapas manuscritos que son Mr/43/267, Mr/43/268, Mr/43/274, Mr/43/277, Mr/43/282 y Mr/43/295

La Historia en los Mapas Manuscritos de la Biblioteca Nacional, 1984, p. 298, nº 378
Relieve por curvas y sombreado. – Hidrografía y arbolado. – Caminos. – Ciudades representadas por pequeños planos de población o de fortificaciones o conjuntos de edificaciones. – Clave alfabética para indicar la situación del Campo de S.M.C al mando del Infante Don Felipe, puestos ocupados por fusileros, por granaderos, fuerte Barraux, puestos fortificados y ocupados por los enemigos, castillo Dapremont, etc.. – Toponimia en francés

Manuscrito sobre papel a tinta negra y roja y lavado a la acuarela en gris, ocre y carmín

El Imperio Colonial Francés


Francia tuvo posesiones coloniales, en varias formas, desde comienzos del siglo XVII hasta los años 1960. En su punto más alto, entre 1919 y 1939, el segundo imperio colonial francés se extendía por más de 12.898.000 km² de tierra. Incluyendo la Francia metropolitana, el área total de tierra bajo soberanía francesa alcanzaba 13.000.000 km² en los años veinte y treinta, lo cual es el 8,7% del área terrestre del mundo.

Los remanentes de este gran imperio son cientos de islas y archipiélagos localizados en el Atlántico norte, el Caribe, el océano Índico, el Pacífico Sur, el Pacífico Norte y el Océano Antártico, así como también un territorio continental en América del Sur, totalizando juntas 123.150 km², lo cual representa tan sólo el 1% del área del imperio colonial francés anterior a 1939, con 2.543.000 personas viviendo en ellas en 2006. Todas estas gozan de representación política total a nivel nacional, así como también varían los grados de autonomía legislativa y forman parte de la región ultra periférica de la Unión Europea.

Abren la Casa de la Moneda de París, la ‘caja fuerte’ más antigua del mundo


El Mundo

La fábrica de monedas más antigua del mundo, y aún en funcionamiento, es la Monnaie de París. Lleva en pie desde el año 864, cuando fue fundada por Carlos II de Francia por el edicto de Pistres. Tuvo su primera sede en la Isla de la Cité, una de las tres islas que se encuentran en el río Sena a su paso por París, donde permaneció durante cuatro siglos. Posteriormente, encontró albergo en la orilla derecha del Sena, junto al Louvre, donde se asentó siete siglos. Hasta que en 1775 recaló finalmente en la rive gauche, en la orilla izquierda del río, concretamente en el número 11 del Quai de Conti, en pleno barrio de Saint-Germain-des-Prés.

El caso es que la Monnaie, por razones evidentes, ha sido durante sus más de 1.153 años de vida una enorme caja fuerte, una fortaleza blindada, un lugar cerrado a cal y canto por motivos de seguridad. Pero ahora ese recinto increíble de 10.000 metros cuadrados situado en pleno corazón de París y que alberga en su interior un tesoro compuesto por unos 170.000 objetos, valorados en miles de millones de euros, abre por fin sus puertas al público como museo.

Las joyas que guarda la Monnaie de París son increíbles. Bajo su custodia no sólo tiene monedas griegas, romanas o medievales. También conserva, por ejemplo, lo que queda del legendario tesoro de Huê, la ciudad que la dinastía imperial vietnamita Nguyen eligió como capital de su reino y donde almacenaba una gigantesca fortuna compuesta por 14.630 kilos de plata y 1.335 kilos de oro. El imperio de los Nguyen se convirtió en protectorado francés en 1884, y ese mismo año París consiguió echarle el guante a ese jugoso botín. La inmensa mayoría del oro y de la plata del tesoro de Huê acabó en la fundición, derretido. Pero alguien tuvo la precaución de guardar un ejemplar de cada una de las exquisitas piezas que lo componían, y que ahora se pueden contemplar en la Monnaie.

También los tesoros del Slot Ter Hooge, un barco de la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales que naufragó en 1724 cerca de Portugal cuando regresaba de América a Holanda cargado de oro, están en la Monnaie de París, en una sala a la que se accede por unas puertas que simulan las de una gigantesca caja fuerte. Y esa institución guarda, asimismo, parte del tesoro del número 53 de la rue Mouffetard de París donde, en 1938, al demoler el edificio que allí había, se encontraron detrás de un muro 5.000 monedas de oro junto a un viejo pergamino que decía: “Yo, Louis Nivelle, escudero, consejero y secretario del Rey Luis XIV, dejo mi fortuna a mi hija…”. Parte de ese tesoro fue entregado a los herederos de Louis Nivelle, pero otra parte fue a parar a la ciudad de París como propietaria del inmueble en cuestión.

La Monnaie fue durante siglos una suerte de volcán en pleno centro de París, como lo atestigua la enorme chimenea de 16 metros de altura que había en su interior para fundir los metales y cuyo tiro aún se puede contemplar en lo que hoy es la tienda del museo. En 1973, la inmensa mayoría de monedas pasó a acuñarse en la fábrica de Pessac (en Gironde, cerca de Burdeos), de donde salen unos 1.500 millones de unidades al año, nueve millones al día. Porque la fábrica de la moneda francesa no sólo produce euros. También acuña las divisas de unos 40 países, desde Colombia hasta Tailandia, pasando por Andorra, Ecuador, Luxemburgo, Mauritania, Arabia Saudí…

Pero la Monnaie de París sigue plenamente activa. En ella no sólo se producen piezas de dos euros (algo que el visitante puede contemplar con sus propios ojos), sino que también se realizan medallas honoríficas como las de la Legión de Honor, monedas conmemorativas, estatuas… En total, unos 150 objetos al año confeccionados por diestros artesanos que ahora trabajan de cara al público, encerrados en vitrinas de cristal.

Y no sólo eso. En la casa de la moneda de París hay también laboratorios donde se investiga sobre metales, sobre el modo de hacerlos más resistentes, más brillantes, más maleables. Los descubrimientos que de aquí han salido han sido aplicados a las telecomunicaciones, al campo de la electricidad, de la conductividad o de la medicina. Aquí, por ejemplo, se creó la tecnología que ha permitido que en Bangladesh, un país con una elevada incidencia de infecciones y donde el dinero puede ser un importante foco de contagio de enfermedades, circulen monedas con un tratamiento especial antibacterias.

Todo, absolutamente todo el proceso de fabricación de monedas, y su evolución a lo largo de la historia, se muestra en la Monnaie. Empezando por los metales empleados: cobre, estaño, níquel, plata, hierro, aluminio, cinc, oro o platino, este último muy difícil de trabajar, ya que necesita una temperatura muy alta para fundirse, en torno a 1.700 grados. Y siguiendo con la evolución de las técnicas para grabar monedas: desde los martillos empleados hace siglos hasta máquinas mecánicas, dispositivos de vapor, artilugios eléctricos…

Aquí se narra la historia de las distintas monedas. Como el franco, nacido en 1360 tras la batalla de Poitiers, una de las principales de la guerra de los Cien Años entre Inglaterra y Francia. El rey francés, Juan II, fue capturado por las tropas inglesas, que para liberarlo exigieron a Francia el pago de tres millones de coronas de oro (el doble del Producto Interior Bruto que entonces tenía el país). No había en todo el reino monedas suficientes para pagar aquel rescate bestial, así que lo que se hizo fue acuñar una nueva moneda: el franco.

Y, por si fuera poco, la Monnaie también tiene un programa de exposiciones de arte contemporáneo. La primera lleva por título Women House, ha sido comisariada por Camille Morineau y reúne obras de 40 artistas femeninas de los siglos XX y XXI que analizan en sus trabajos la relación entre género y espacio.

El valioso equipaje que José Bonaparte intentó llevarse a Francia


ABC.es

  • Más de 80 obras de arte de la colección Wellington de Londres proceden del convoy que el «rey intruso» dejó atrás en su huida tras la derrota de Vitoria

José Bonaparte abandonó Madrid en marzo de 1813 llevándose consigo un convoy «tan inmenso, que al verlo creeríase que en la capital de la monarquía no quedaba no quedaba un alfiler», escribió Benito Pérez Galdós en sus «Episodios Nacionales». Hacía días que «habían sido embargados cuantos coches, carros y calesas rodaban por las calles de la villa y casi toda la servidumbre se ocupaba de las diversas riquezas que José y los suyos se habían apropiado» pues «no eran nada melindrosos ni encogidos para esto del incautarse», relataba el novelista en el capítulo sobre el célebre equipaje del hermano mayor de Napoleón, más conocido en España como Pepe Botella.

Detalle del «Aguador de Sevilla» – ABC

Joyas, oro, cuadros, tapices y otras muchas obras de arte y objetos de valor formaban parte del valioso convoy que viajó primeramente hasta Valladolid y cuando, ante el avance del ejército de Wellington, hubo que evacuar la ciudad a principios de junio, se encaminó hacia Francia en su huída. Pero en Vitoria los franceses tuvieron que hacer frente a la persecución aliada. La derrota aquel 21 de junio fue aplastante. José Bonaparte logró escapar hacia Pamplona, dejando atrás buena parte del inmenso convoy que le acompañaba, con su contenido esparcido por la llanura de Vitoria.

«El terreno que rodeaba la ciudad estaba lleno de carros rotos de todo tipo, cajas, maletas, baúles y equipaje, mientras que masas de papeles, mapas, libros de contabilidad y cartas yacían por doquier en cantidades que lo asemejaban a una nevada. En su codicia de pillaje los soldados no sólo habían arrancado los cojines y los asientos de los vehículos y los palenques enemigos y arrojando su contenido al exterior, sino que habían saqueado todos los vagones y cajas pertenecientes a los departamentos de contabilidad civil y militar del ejército y diseminado las listas, cartas y documentos acumulados durante años. Yo vi enormes y esmeradamente conservados libros pertenecientes al Tesoro Real, maravillosos mapas y libros ricamente encuadernados de la Biblioteca Real de Campo, pisoteados y empapados por lluvia que había caído durante la noche», relató un testigo ocular que acompañaba al ejército de Wellington, según recogían José Luis Comellas y Luis Suárez Fernández en su tomo «Del antiguo al nuevo régimen: hasta la muerte de Fernando VII».

Entre el equipaje del rey José, los soldados de Wellington encontraron «no solo documentos de estado, algunas cartas de amor y un orinal de plata, sino también más de doscientas pinturas sobre lienzo, desclavadas de sus bastidores y enrolladas, junto con dibujos y grabados», señalaba Xavier Bray en un artículo que recoge el Museo del Prado. El director de la Wallace Collection relataba que Wellington envió todo aquello a Inglaterra «para ponerlo a salvo bajo la custodia de su hermano lord Maryborough».

Había 175 obras, muchas de ellas pinturas de la colección real española, según catalogó William Seguier, conservador de la pinacoteca real y posteriormente de la National Gallery. Bray cuenta cómo una vez fue informado el duque de Wellington, ordenó devolver las obras al repuesto rey de España Fernando VII.

«El 16 de marzo de 1814 pidió por carta a su hermano sir Henry Wellesley, entonces representante británico en España, que comunicase a Fernando VII el paradero de las obras y su deseo de devolverlas a España», apunta el antiguo conservador jefe de la Dulwich Picture Gallery de Londres. Sorprendentemente, no recibió respuesta.

En septiembre de 1816, se insistió con una nueva carta al representante español en Inglaterra y a ésta el conde de Fernán Núñez respondió: «Adjunto os transmito la respuesta oficial que he recibido de la Corte, y de la cual deduzco que Su Majestad, conmovido por vuestra delicadeza, no desea privaros de lo que ha llegado a vuestra posesión por cauces tan justos como honorables».

El actual duque de Wellington, Charles Wellesley, resumía así los hechos en ABC: «Fernando VII le regaló todas las pinturas rescatadas en Vitoria, que mi antepasado quiso devolver a España. Apsley House, que está abierto al público, es el hogar de las pinturas más importantes de esta colección».

Son en total 83 pinturas las procedentes del equipaje del rey José que forman parte del Wellington Museum de la Apsley House londinense. Entre ellas se encuentra el «Aguador de Sevilla», de Velázquez, la «Última Cena» de Juan de Flandes, que perteneció a Isabel la Católica; una «Sagrada Familia» de Giulio Romano que antiguamente se atribuyó a Rafael, la «Oración en el huerto», de Correggio o el «Orfeo hechizando a los animales», de Padovanino.

No era la primera vez que se recompensaba a Wellington por su labor frente a las tropas napoleónicas. La regencia española lo había premiado en agosto de 1812, tras la batalla de Salamanca, con doce pinturas del palacio real de La Granja de San Ildefonso, añade Bray.

Dónde ver las mareas más grandes de Europa


ABC.es

  • La diferencia de altura entre marea baja y marea alta en Saint-Malo (Francia) es excepcional
Saint-Malo, en la Bretaña francesa

Saint-Malo, en la Bretaña francesa

Las mareas son cambios periódicos del nivel del mar producidos principalmente por la fuerza de atracción gravitatoria que ejercen el Sol y la Luna sobre la Tierra. Es un fenómeno meteorológico que, en sus situaciones más extremas, puede convertirse también en un atractivo turístico.

La situación geográfica de la bahía de Saint-Malo, en la región francesa de Bretaña, es el teatro de las mayores mareas de Europa. Durante la época de las grandes mareas, cuando el Atlántico entra en el embudo que es el canal de la Mancha, las olas llegan muy rápido y muy fuerte. La diferencia de altura entre marea baja y marea alta es excepcional en esta esquina atlántica llegando a los 13 metros.

El espectáculo más impresionante se contempla a lo largo del dique du Sillon y en Rochebone, sobre todo si sopla un viento fuerte de noroeste, ya que el impacto de las olas es extraordinario recubriendo muchas plazas de la ciudad corsaria.

Con marea baja, el mar desvela sus tesoros tanto en la arena como en las rocas. Cangrejos, gambas, almejas… las familias y los aficionados al marisqueo disponen de una horas para llenar sus cubos antes de que suba de nuevo la marea.

Chateaubriand, que nació en esta costa en 1768, escribió: «Durante las horas de reflujo, el puerto queda seco y, en las orillas este y norte del mar, se descubre una playa de la más hermosa arena. Es posible dar la vuelta entonces a mi nido paterno. Al lado y a lo lejos, hay diseminados peñascos, fuertes, islotes deshabitados: el Fort-Royal, la Conchée, Cézembre y el Grand-Bé, donde estará mi tumba», escribió.

Precisamente, a la roca donde reposa el vizconde de Chateaubriand sólo se puede llegar en las horas de bajamar.

Además de Saint-Malo, existen otros lugares para disfrutar de este fenómeno de la naturaleza. Las grandes mareas permiten acceder a zonas del litoral que no suelen ser accesibles a pie como la bahía de Saint-Brieuc y su reserva natural, Roscoff y el amplio campo de algas que cosechan manualmente para la cosmética, la agricultura o la alimentación.

A lo largo de la costa bretona, múltiples islas salpican el mar y muchas solo se pueden alcanzar gracias a rutas sumergidas que se desvelan únicamente con marea baja. La isla Callot en la bahía de Morlaix, la isla Berder en el Golfo del Morbihan o la isla de la Comtesse en Saint-Quay-Portrieux, forman parte de estas pequeñas islas que se pueden visitar cuando se retira el mar.