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  • Más de 80 obras de arte de la colección Wellington de Londres proceden del convoy que el «rey intruso» dejó atrás en su huida tras la derrota de Vitoria

José Bonaparte abandonó Madrid en marzo de 1813 llevándose consigo un convoy «tan inmenso, que al verlo creeríase que en la capital de la monarquía no quedaba no quedaba un alfiler», escribió Benito Pérez Galdós en sus «Episodios Nacionales». Hacía días que «habían sido embargados cuantos coches, carros y calesas rodaban por las calles de la villa y casi toda la servidumbre se ocupaba de las diversas riquezas que José y los suyos se habían apropiado» pues «no eran nada melindrosos ni encogidos para esto del incautarse», relataba el novelista en el capítulo sobre el célebre equipaje del hermano mayor de Napoleón, más conocido en España como Pepe Botella.

Detalle del «Aguador de Sevilla» – ABC

Joyas, oro, cuadros, tapices y otras muchas obras de arte y objetos de valor formaban parte del valioso convoy que viajó primeramente hasta Valladolid y cuando, ante el avance del ejército de Wellington, hubo que evacuar la ciudad a principios de junio, se encaminó hacia Francia en su huída. Pero en Vitoria los franceses tuvieron que hacer frente a la persecución aliada. La derrota aquel 21 de junio fue aplastante. José Bonaparte logró escapar hacia Pamplona, dejando atrás buena parte del inmenso convoy que le acompañaba, con su contenido esparcido por la llanura de Vitoria.

«El terreno que rodeaba la ciudad estaba lleno de carros rotos de todo tipo, cajas, maletas, baúles y equipaje, mientras que masas de papeles, mapas, libros de contabilidad y cartas yacían por doquier en cantidades que lo asemejaban a una nevada. En su codicia de pillaje los soldados no sólo habían arrancado los cojines y los asientos de los vehículos y los palenques enemigos y arrojando su contenido al exterior, sino que habían saqueado todos los vagones y cajas pertenecientes a los departamentos de contabilidad civil y militar del ejército y diseminado las listas, cartas y documentos acumulados durante años. Yo vi enormes y esmeradamente conservados libros pertenecientes al Tesoro Real, maravillosos mapas y libros ricamente encuadernados de la Biblioteca Real de Campo, pisoteados y empapados por lluvia que había caído durante la noche», relató un testigo ocular que acompañaba al ejército de Wellington, según recogían José Luis Comellas y Luis Suárez Fernández en su tomo «Del antiguo al nuevo régimen: hasta la muerte de Fernando VII».

Entre el equipaje del rey José, los soldados de Wellington encontraron «no solo documentos de estado, algunas cartas de amor y un orinal de plata, sino también más de doscientas pinturas sobre lienzo, desclavadas de sus bastidores y enrolladas, junto con dibujos y grabados», señalaba Xavier Bray en un artículo que recoge el Museo del Prado. El director de la Wallace Collection relataba que Wellington envió todo aquello a Inglaterra «para ponerlo a salvo bajo la custodia de su hermano lord Maryborough».

Había 175 obras, muchas de ellas pinturas de la colección real española, según catalogó William Seguier, conservador de la pinacoteca real y posteriormente de la National Gallery. Bray cuenta cómo una vez fue informado el duque de Wellington, ordenó devolver las obras al repuesto rey de España Fernando VII.

«El 16 de marzo de 1814 pidió por carta a su hermano sir Henry Wellesley, entonces representante británico en España, que comunicase a Fernando VII el paradero de las obras y su deseo de devolverlas a España», apunta el antiguo conservador jefe de la Dulwich Picture Gallery de Londres. Sorprendentemente, no recibió respuesta.

En septiembre de 1816, se insistió con una nueva carta al representante español en Inglaterra y a ésta el conde de Fernán Núñez respondió: «Adjunto os transmito la respuesta oficial que he recibido de la Corte, y de la cual deduzco que Su Majestad, conmovido por vuestra delicadeza, no desea privaros de lo que ha llegado a vuestra posesión por cauces tan justos como honorables».

El actual duque de Wellington, Charles Wellesley, resumía así los hechos en ABC: «Fernando VII le regaló todas las pinturas rescatadas en Vitoria, que mi antepasado quiso devolver a España. Apsley House, que está abierto al público, es el hogar de las pinturas más importantes de esta colección».

Son en total 83 pinturas las procedentes del equipaje del rey José que forman parte del Wellington Museum de la Apsley House londinense. Entre ellas se encuentra el «Aguador de Sevilla», de Velázquez, la «Última Cena» de Juan de Flandes, que perteneció a Isabel la Católica; una «Sagrada Familia» de Giulio Romano que antiguamente se atribuyó a Rafael, la «Oración en el huerto», de Correggio o el «Orfeo hechizando a los animales», de Padovanino.

No era la primera vez que se recompensaba a Wellington por su labor frente a las tropas napoleónicas. La regencia española lo había premiado en agosto de 1812, tras la batalla de Salamanca, con doce pinturas del palacio real de La Granja de San Ildefonso, añade Bray.


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  • La diferencia de altura entre marea baja y marea alta en Saint-Malo (Francia) es excepcional
Saint-Malo, en la Bretaña francesa

Saint-Malo, en la Bretaña francesa

Las mareas son cambios periódicos del nivel del mar producidos principalmente por la fuerza de atracción gravitatoria que ejercen el Sol y la Luna sobre la Tierra. Es un fenómeno meteorológico que, en sus situaciones más extremas, puede convertirse también en un atractivo turístico.

La situación geográfica de la bahía de Saint-Malo, en la región francesa de Bretaña, es el teatro de las mayores mareas de Europa. Durante la época de las grandes mareas, cuando el Atlántico entra en el embudo que es el canal de la Mancha, las olas llegan muy rápido y muy fuerte. La diferencia de altura entre marea baja y marea alta es excepcional en esta esquina atlántica llegando a los 13 metros.

El espectáculo más impresionante se contempla a lo largo del dique du Sillon y en Rochebone, sobre todo si sopla un viento fuerte de noroeste, ya que el impacto de las olas es extraordinario recubriendo muchas plazas de la ciudad corsaria.

Con marea baja, el mar desvela sus tesoros tanto en la arena como en las rocas. Cangrejos, gambas, almejas… las familias y los aficionados al marisqueo disponen de una horas para llenar sus cubos antes de que suba de nuevo la marea.

Chateaubriand, que nació en esta costa en 1768, escribió: «Durante las horas de reflujo, el puerto queda seco y, en las orillas este y norte del mar, se descubre una playa de la más hermosa arena. Es posible dar la vuelta entonces a mi nido paterno. Al lado y a lo lejos, hay diseminados peñascos, fuertes, islotes deshabitados: el Fort-Royal, la Conchée, Cézembre y el Grand-Bé, donde estará mi tumba», escribió.

Precisamente, a la roca donde reposa el vizconde de Chateaubriand sólo se puede llegar en las horas de bajamar.

Además de Saint-Malo, existen otros lugares para disfrutar de este fenómeno de la naturaleza. Las grandes mareas permiten acceder a zonas del litoral que no suelen ser accesibles a pie como la bahía de Saint-Brieuc y su reserva natural, Roscoff y el amplio campo de algas que cosechan manualmente para la cosmética, la agricultura o la alimentación.

A lo largo de la costa bretona, múltiples islas salpican el mar y muchas solo se pueden alcanzar gracias a rutas sumergidas que se desvelan únicamente con marea baja. La isla Callot en la bahía de Morlaix, la isla Berder en el Golfo del Morbihan o la isla de la Comtesse en Saint-Quay-Portrieux, forman parte de estas pequeñas islas que se pueden visitar cuando se retira el mar.


ABC.es César Cervera C_Cervera_M

  • Durante unas durísimas negociaciones, España aceptó en Tordesillas que se realizara una división por meridianos como planteaba la bula «Inter caetera», si bien de forma más favorable a los intereses portugueses de la planteada por el Papa valenciano Alejandro VI
 Pintura que representa la llegada de Colón al Nuevo Mundo

Pintura que representa la llegada de Colón al Nuevo Mundo

Entre resignado y furioso, Francisco I de Francia reclamó al Papa con insistencia ver el testamento de Adán ante las sucesivas bulas papales que reconocían la preeminencia española en la conquista de América. «El sol luce para mí como para otros. Querría ver la cláusula del testamento de Adán que me excluye del reparto del mundo y le deja todo a castellanos y portugueses», exclamó sobre los términos del Tratado de Tordesillas.

En España y Portugal se llamaba directamente Testamento de Adán al Tratado de Tordesillas. Un acuerdo entre ambos países, donde medió el Papa valenciano Alejandro VI, para delimitar los territorios que Cristóbal Colón descubrió sin saberlo en 1492. Todo un continente repartido entre las dos grandes potencias imperiales de su tiempo. Y nada pudo hacer Francia, ni Inglaterra, ni Turquía frente a aquella preeminencia. Según concluyeron sus enemigos, es como si únicamente los ibéricos fueran hijos de Adán.

Como explica Carlos Canales y Miguel del Rey en «Las Reglas del Viento: cara y cruz de la Armada Española en el siglo XVI», «a partir del descubrimiento de nuevas tierras en el hemisferio occidental la historia cambió y se abrió una nueva era para la humanidad». Poca veces a lo largo de los tiempos ocurrieron tantas cosas importantes en una única década, la de 1490, es decir, la de 1492. A partir de esa fecha, los marineros españoles, portugueses y los italianos bajo su mando dibujaron un nuevo mundo repleto de riquezas y de posibilidades. Los océanos que no controlaba España era porque, de hecho, los dominaba Portugal. Rara vez en la historia se ha vivido un dominio igual de dos países sobre el resto del planeta.

El Descubrimiento de Colón cambia el mundo

Al finalizar en 1479 la Guerra de Sucesión castellana, que involucró a Portugal a favor de Juana la «Beltraneja» en contra de los Reyes Católicos, se firmó el Tratado de Alcáçovas y se dio inicio a un periodo de acercamiento entre España y Portugal. El texto, además, dirimió varios asuntos territoriales pendientes entre ambas Coronas: las Islas Canarias pertenecían por derecho a Castilla; el reino de Fez, las islas Azores y Madeira, Cabo Verde, la Guinea y el derecho de navegación más allá de las Canarias, se le reconocían a Portugal. Si bien la navegación y el comercio atlántico no eran en ese momento una prioridad para los españoles, más tarde ese mismo tratado iba a suponer un obstáculo para las ambiciones hispánicas.

La culpa de todo la tuvo un navegante supuestamente genovés, Cristóbal Colón. Tras ser rechazado su proyecto en la corte portuguesa de viajar hacia Occidente hasta dar con Cipango (Portugal), logró que los Reyes Católicos lo financiaran. Es por esa espina clavada en su ego que Colón hizo escala en Lisboa en su viaje de vuelta y alardeó ante Juan II de que, después de todo, su descubrimiento sí había merecido la pena. A nivel internacional aquel gesto desencadenó una guerra. El Rey de Portugal creía que los términos del tratado de Alcáçovas habían sido violados con lo hallado por Colón y levantó una armada en las Azores para reivindicar los derechos sobre el Descubrimiento.

Por el contrario, Fernando de Aragón no movilizó ninguna flota. Inició una ofensiva diplomática dirigida a obligar al Papa valenciano Alejandro VI a que «leyera en alto» el testamento de Adán e impulsara a España en su misión de evangelizar el nuevo mundo. Sus relaciones en ese momento con los Borgia eran buenas y pensaba sacar partido de sus concesiones aragonesas a la familia valenciana en la península: había apoyado que César fuera designado arzobispo de Valencia y que Juan se casara con una prima del Rey.

No le decepcionó el segundo de los papas españoles. Alejandro VI había llegado al papado precisamente en 1492 (el año del Descubrimiento de Cristóbal Colón) y al regreso del navegante dictó cinco bulas en cuestión de un año («Inter caetera», «Piis fidelium», «Inter caetera» de mayo, «Eximie devotionis» y «Dudum siquidem») que reconocían los derechos españoles sobre las nuevas tierras, como explica Carlos Canales y Miguel del Rey en el citado libro.

Estas bulas derogaban anteriores dictados y anulaban, a ojos de Dios, los tratados que reconocían los derechos portugueses en los mares y tierras africanos más allá de Canarias. Hasta tal punto que la «Eximie devotionis» fue otorgada por vía extraordinaria secreta y otorgaba a los Reyes Católicos los indultos y privilegios otorgados antes a Portugal en sus territorios de ultramar.

El Tratado de Tordesillas, un reparto histórico

Obviamente, Juan II prefirió ignorar el arbitraje pontificio y hablar directamente con los Reyes Católicos. El Papa está comprado, debió pensar el portugués como si se tratara de un árbitro de fútbol sospechoso de favorecer a uno de los equipos.

Tordesillas (Valladolid), donde años después se marchitaría Juana la Loca, fue el lugar elegido para iniciar las negociaciones entre ambos países en 1494. Los Reyes Católicos fueron representados por Enrique Enríquez de Guzmán, mayordomo mayor de los reyes, Gutierre de Cárdenas, comendador mayor de la Orden de Santiago y contador real, y el doctor Francisco Maldonado; mientras que Juan II envió a Ruy de Sousa, su hijo Juan de Sousa y el magistrado Arias de Almadana.

Se dividió el Atlántico y los territorios que había hallado Castilla por un meridiano fijado a 370 leguas del archipiélago de Cabo Verde

¿Qué buscaba exactamente Portugal? En verdad todavía no se conocía la magnitud del Descubrimiento. No había razón para discutir por el reparto de algo desconocido, salvo porque el auténtico objetivo del Rey Juan II era mantener abierta la ruta con la India, tan lucrativa para Portugal desde que Turquía bloqueara las rutas mediterráneas.

En principio la propuesta portuguesa era realizar una partición de territorios basada en latitudes, de modo que sus barcos pudieran dirigirse a la India bordeando África o a directamente a través del Océano Atlántico por el sur. Tras unas durísimas negociaciones, la respuesta española fue que, al contrario, la división se mantuviera por meridianos como planteaba la bula «Inter caetera», si bien de forma más favorable a los portugueses de la planteada por el Papa. Los portugueses aceptaron el arreglo. No así el Pontífice que, a modo de protesta, nunca confirmó el tratado y hubo que esperar a que Julio II lo hiciese por medio de la bula «Ea quae pro bono pacis» en 1506.

Así, el texto reservaba para Portugal el Atlántico y los territorios que había hallado Castilla por un meridiano fijado a 370 leguas del archipiélago de Cabo Verde. A España se le reconoció la libre navegación por las aguas del lado portugués para viajar a América y se le otorgó derechos de evangelización y soberanía en las nuevas tierras occidentales. En la totalidad de esas tierras. O al menos eso era lo que se pensaba.

La incapacidad técnica de realizar una partición exacta a lo firmado el 7 de junio de 1494 dio lugar a una serie de conflictos entre ambos países. En el año 1498 se descubrió una nueva ruta hasta la India y en 1500 Brasil, un territorio que se encontraba en la parte portuguesa del Tratado de Tordesillas. Pedro Álvares Cabral llegó a este territorio en abril de 1500 y, amparado en el tratado, procedió a tomar posesión en nombre del Rey de Portugal. No en vano, se trató de la fecha del «descubrimiento oficial», puesto que el español Vicente Pinzón ya había estado en los últimos días del mes de enero del año 1500 en el cabo de Santa María de la Consolación (identificado actualmente como cabo de San Agustín).

Escudados en que se trataba de un error de medición, los portugueses transgredieron con creces las fronteras que les señalaba la línea de Tordesillas

A partir de 1530, la corona portuguesa inició la colonización de Brasil y expulsó a los franceses que merodeaban por las islas cercanas. Y no solo eso. Portugal transgredió en su colonización del continente americano la demarcación del Tratado de Tordesillas al avanzar paulatinamente desde el Brasil hacia el oeste y sur de América del Sur. Escudados en que se trataba de un error de medición, los portugueses sobrepasaron con creces las fronteras que señalaba la línea de Tordesillas. Las líneas del actual Brasil son el resultado de la carencia de instrumentos para determinar bien los meridianos y de las transgresiones portuguesas sobre el tratado.

En cualquier caso durante sesenta años el tratado dejó de tener sentido legal con la unión dinástica y se terminaron parcialmente los conflictos territoriales. Los dos imperios que dominaban el mundo quedaron sellados bajo una misma monarquía.

Cuando en 1578 el Rey de Portugal Sebastián I de Avís perdió la vida en una demencial incursión por el norte de África, Felipe II –emparentado con la dinastía portuguesa por vía materna– desplegó una contundente campaña a nivel diplomático para postularse como el heredero a la Corona lusa, que fue asumida brevemente por el Cardenal-infante don Enrique hasta su muerte. «El reino de Portugal lo heredé, lo compré y lo conquisté», aseguraría Felipe II. El Rey Prudente contaba con el apoyo de buena parte de la nobleza portuguesa y el beneplácito de las potencias europeas (más bien resignación), pero el levantamiento popular promovido por Antonio, el Prior de Crato, hijo bastardo del infante Luis de Portugal, obligó al Imperio español a iniciar las operaciones militares.

La muerte del acuerdo: Tratado de Madrid

El país vecino rindió pleitesía a Felipe II en abril de 1581, siendo coronado como Felipe I de Portugal. El imperio donde no se ponía el sol suponía, en la práctica, un conjunto de territorios con sus propias estructuras institucionales y ordenamientos jurídicos, diferentes y particulares, que se hallaban gobernados por los monarcas españoles de la Casa de Austria o por sus representantes. Entre 1580 y 1640, los portugueses se cuidaron de ser ellos quienes gestionaban su imperio comercial bajo la supervisión general de Madrid, que abrió todo el mercado americano a los insaciables comerciante portugueses.

No fueron los castellanos los que penetraron en las posesiones portuguesas, como tanto temieron aquellos que siguieron al Prior Antonio en sus revueltas, sino todo lo contrario. A principios del siglo XVII se sucedieron las quejas contra los omnipresentes comerciantes portugueses por parte de colonos castellanos, mexicanos, peruanos: «Los portugueses cada vez son más en las Indias españolas y llegan en todas las flotas, mientras que tienen buen cuidado en mantener a los castellanos alejados de las Indias Orientales».

Además, los reyes otorgaron a exploradores portugueses capitanías y concesiones en la cuenca amazónico, penetrando los portugueses profundamente en la selva brasileña más allá de lo delimitado en Tordesillas. De este modo, cuando en 1640 se produjo la independencia de Portugal, los portugueses habían ampliado notablemente sus posesiones en virtud del precepto «Uti possidetis, ita possideatis» (quien posee de hecho, debe poseer de derecho).

La independencia de Portugal y la sucesiva guerra entre ambos países dio lugar a que se transgrediera todavía más el maltrecho Tratado de Tordesillas, porque tanto España como Portugal establecieron nuevas ciudades en los territorios controlados por su enemigo. Hubo que esperar al Tratado de Madrid, firmado por Fernando VI de España y Juan V de Portugal el 13 de enero de 1750, para certificar oficialmente la muerte del de Tordesillas y definir los límites entre las respectivas colonias portuguesas y españolas en América del Sur.


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  • En 1307, una docena de barcos de la Orden del Temple salieron de Francia huyendo de la persecución de Felipe IV. Nunca se los volvió a ver y, a día de hoy, su paradero sigue intrigando a los historiadores

 

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A día de hoy, se desconoce qué fue de ellos – ABC

Desde que nacieron en 1118 con el objetivo de proteger a los peregrinos cristianos que viajaban a Tierra Santa, los templarios se han hecho famosos por la leyenda negra que les rodea. Un mito que comenzó cuando –apenas con dos siglos de existencia- el grupo fue perseguido y aniquilado debido a la envidia que suscitaban su poder y su riqueza en monarcas y clérigos. No obstante, y aunque una buena parte de las cosas que se cuentan sobre ellos son meras invenciones, sus caballeros sí dejaron en la Historia algunos misterios que, todavía hoy, desconciertan a los expertos. Uno de ellos se sucedió el 13 de octubre 1307 cuando –perseguidos y amenazados por el rey de Francia Felipe IV– multitud de estos soldados tuvieron que huir en una docena de barcos del puerto de La Rochelle (en Francia) para evitar ser capturados. Aquella armada, que salió al Atlántico enarbolando la cruz roja de la Orden del Temple, desapareció sin dejar rastro en las aguas y, en la actualidad, se desconoce su paradero. Se cree, incluso, que pudo llegar a las Américas antes que Colón.

El nacimiento de la Orden del Temple

Hubo un tiempo, mucho antes de hacerse populares debido a las leyendas y a los rumores, en que los Templarios no eran más que unos pocos caballeros dispuestos a defender los intereses de los peregrinos en Tierra Santa. Corría por entonces el siglo XII, una época en la que Jerusalén -la ciudad sagrada en la que había muerto y resucitado Cristo- se encontraba en poder de los musulmanes (creencia que también la consideraba sagrada). Con todo, para los cristianos este hecho no suponía un problema mayor que el de la honra, pues los seguidores de Mahoma no solían poner límites a los peregrinos de otras religiones a la hora de acceder a la urbe y rendir culto a sus deidades. Sin embargo, este ambiente de aparente calma cambió según se fue haciendo más difícil para los europeos llegar hasta la actual Israel debido a la expansión de los turcos selyúcidas. Y es que, estos no solían desaprovechar la ocasión de robar y asesinar a muchos de los viajeros para hacerse con sus posesiones. Y todo ello, además, arrebatando regiones a los reinos que profesaban la fe de Cristo.

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Esta retahíla de razones, así como otras tanteas (tanto territoriales como políticas) fueron las que llevaron al Papa Urbano II a declarar la Primera Cruzada en el 1095 para lograr recuperar Tierra Santa. Así fue como, motivados por la aventura y por el propósito de hacer prevalecer su religión por encima de la de aquellos que denominaban «infieles», cientos de caballeros comenzaron a reunirse en gigantescas unidades militares para dirigirse hacia Jerusalén y recuperar por las bravas la ciudad. Un deseo que se materializó el 15 de julio de 1099 cuando un ejército formado por un núcleo principal de jinetes pesados (más de 4.000 habían salido de Europa) acompañados de otros tantos infantes tomó la urbe espada en mano. Militarmente hablando, el plan les salió a la perfección, pero –para su desgracia- pronto se ganaron el odio de la población local.

Y lo cierto es que había razones para ello, pues –deseosos de venganza como estaban- cometieron todo tipo de barbaridades cuando entraron en la ciudad. La mayoría, relacionadas con el asesinato y el saqueo masivo. Esto causó todo tipo de problemas a los cristianos que se asentaron en la zona después de que sus compañeros armados se marcharan pues, sin un ejército con el que defenderse de las agresiones sarracenas, cientos de cristianos fueron perseguidos y aniquilados por los musulmanes. «Las legiones de fieles […] volvieron de nuevo a sus hogares después de la matanza, dejando enfrentados a grandes problemas a aquellos de sus hermanos que se habían establecido [allí] y que sufrieron crueles persecuciones de las que hacían una descripción terrible», afirma el divulgador histórico Víctor Cordero García en su obra «Historia real de la Orden del Temple: Desde el S XII hasta hoy».

En un intento de defender a los peregrinos de los continuos ataques que sufrían, varios grupos de soldados residentes en Jerusalén tomaron las armas contra los «infieles». Uno de ellos, formado por nueve caballeros, se comprometió en 1118 a proteger los caminos y las vidas de los viajeros cristianos del acoso musulmán. Este sería el germen de la futura Orden del Temple. A día de hoy, la Historia todavía recuerda el nombre de sus dos jefes. El primero era Hugo de Payens (futuro primer Gran Maestre de la orden). El segundo era Godofredo de Saint-Aldemar. «En aquel entonces reinaba Balduino I, quien brindó una calurosa acogida a los “pobres soldados de Cristo”, […] como se hacían llamar. Pasaron nueve años en Tierra Santa, alojados en una parte del palacio, que el rey les cedió, justo encima del antiguo Templo de Salomón (de ahí el nombre de Caballeros del Temple)», explica el investigador Rogelio Uvalle en su libro «Historia completa de la Orden del Temple».

Ascenso y caída de los Templarios

En los años posteriores, Payens convirtió a los Templarios en una de las instituciones más importantes de la época. Mediante varios viajes a Europa, logró financiación y, por descontado, que otros soldados se unieran a las filas de la orden. Sin embargo, fue en 1139 cuando logró la expansión definitiva de este grupo al conseguir varias ventajas fiscales. «Además de las generosas donaciones de las que se iba a beneficiar la orden, también se concedieron una serie de privilegios ratificados por bulas […]. En ellas se concedía a los templarios una autonomía formal y real respecto a los obispos, estando tan solo sometidos a la autoridad del Papa. Tampoco estaban sujetos a la jurisdicción civil y eclesiástica ordinaria. […] También podían recaudar y recibir dinero de diferentes formas, entre ellas el derecho a percibir el ébolo, la limosna de las iglesias, una vez al año», explica el divulgador histórico José Luis Hernández Garvi en su obra «Los Cruzados de los reinos de la Península Ibérica» (editado por Edaf).

Finalmente, y tal y como señala este autor, también se les concedió el privilegio de construir iglesias y castillos allí donde considerasen oportuno y sin necesidad de pedir permisos de las autoridades civiles o eclesiásticas. Aunque puedan parecer ventajas sin excesiva importancia a primera vista, todas ellas hicieron que esta orden fuese acumulando montones de fondos y propiedades por toda Jerusalén y Europa. Esto se vio favorecido, además, por las inmensas riquezas y posesiones de todos los caballeros que entraban a formar parte del grupo y, finalmente, por el dinero que ganaban comerciando con los excedentes de las granjas y plantaciones que iban acumulando año tras año. Todo ello hizo que, en el SXIII, la Orden del Temple tuviera un auténtico imperio económico. De hecho, alrededor del año 1.250 contaba –según Uvalle- con 9.000 granjas y casas rurales, un ejército de 30.000 hombres (sin contar escuderos, sirvientes y artesanos), más de medio centenar de castillos, una flota propia de barcos y la primera banca internacional.

Tal era su riqueza, que algunos reyes como Felipe IV de Francia pidieron préstamos a la Orden y se convirtieron en sus deudores. Una aparente ventaja que se terminó volviendo en su contra. Y es que, cansado el monarca del gran poder militar y económico que estaban acumulando los «pobres caballeros de Cristo» (así como de la cantidad de oro que les debía), decidió iniciar una persecución contra ellos en 1307. «Felipe IV consideraba que la idea original de recuperar los santos lugares para la cristiandad estaba anticuada, habida cuenta del despliegue del Islam en Oriente en aquellas fechas. Además, había contraído una deuda con los templarios. Por eso ordenó su disolución y empezó una operación policíaca contra ellos acusándolos de blasfemia, herejía, sodomía…», explica a ABC María Lara Martínez, escritora, profesora de la UDIMA, Primer Premio Nacional de Fin de Carrera en Historia y autora de «Enclaves templarios» (editado por Edaf).

Pero Felipe sabía que, sin el apoyo religioso, no podría terminar con este poderoso grupo. «Como acababa de morir el papa, buscó un cardenal que fuese pusilánime y proclive a sus decisiones. Lo encontró en la figura del arzobispo de Burdeos. En época contemporánea, como en el cristianismo primitivo, la elección del sucesor de san Pedro se dejaba en “manos” del Espíritu Santo, en el Medievo y la Modernidad había muchos intereses creados en torno a la cátedra de Roma. Así, el soberano francés logró convertirlo en pontífice, como Clemente V, y comenzar con él la redada contra los templarios», añade la experta. Siete veranos después, en 1314, esta cruel pareja suprimió la orden y dictaminó que todos sus bienes se trasferirían hasta el tesoro galo. Posteriormente, más de 15.000 caballeros fueron arrestados. Por su parte, el Gran Maestre Jacques de Molay fue detenido, interrogado y quemado vivo frente a Notre Dame, en París, con la plana mayor del grupo. Así fue como, tras 200 años de ascenso y riquezas, se liquidó mediante un severo golpe a la Orden del Temple.

El misterio de la flota perdida

De forma independiente a las leyendas, lo que sí es posible saber es que –según fue aumentando su poder adquisitivo- el Temple adquirió una serie de barcos con los que poder hacer viajes de Europa a Tierra Santa. Por otro lado, también se conoce que el grupo utilizó estos bajeles en aras de comerciar con el excedente de sus granjas. Así lo determina la doctora Lara Martínez, quien afirma que –con el paso de los años- los monjes-guerreros establecieron una serie de rutas marítimas que salían de varios puertos europeos. «El objetivo de estos buques era el comercio y la guerra. Los templarios controlaban las comunicaciones gracias a que, como estudiosos que eran, habían aprendido las claves de la navegación de los fenicios. Tenían una gran armada fondeando en los puertos mediterráneos y atlánticos (en la parte francesa). Esta visión a larga distancia del orbe, junto a la capacidad logística, proporcionaba supremacía si consideramos que, por entonces, el común de los mortales estimaba que en el Estrecho de Gibraltar estaban las Columnas de Hércules, es decir, que no había tierra más allá», completa la autora.

Siempre según María Lara, los templarios lograron hacerse con puertos en Flandes, Italia,Francia, Portugal y el norte de Europa. Algunos de los más famosos eran el de La Rochelle (su centro neurálgico en el Atlántico) y los de Marsella y Colliure en el Mediterráneo. A su vez, estos monjes-guerreros solían estudiar los enclaves en los que recalaban sus bajeles de forma sumamente minuciosa para, llegado el momento, poder salvarlos si eran atacados. «El puerto de La Rochelle, por ejemplo, estaba protegido por 35 encomiendas, en un radio de 150 kilómetros, más una casa provincial en la propia villa», completa la experta.

Pero… ¿Cuándo comenzaron a formar esta flota? Según corroboran autores como el investigador histórico Juan G. Atienza en sus múltiples libros sobre el tema, la Orden del Temple empezó a adquirir buques pocas décadas después de lograr sus privilegios papales. Así lo denota el que los templarios ofreciesen al mismísimo Ricardo Corazón de León sus barcos para que regresase a su hogar tras terminar la cruzada que protagonizó contra los musulmanes en 1191 (en la cual, por cierto, no pudo reconquistar Jerusalén a los enemigos de la cristiandad). Algo parecido sucedió con Jaime I el Conquistador, a quien estos monjes militarizados brindaron los barcos con los que contaban en Barcelona y Colliure para favorecer que comenzase la reconquista de Tierra Santa.

Mercancía para arriba, peregrinos para abajo, la flota estuvo activa hasta 1307. Ese año, cuando comenzó la persecución a la Orden del Temple, los buques (13, según la mayoría de fuentes) tuvieron que izar velas y salir navegando del puerto de La Rochelle antes de que las autoridades galas encarcelasen a sus capitanes y pasajeros. Ese día marcó el inicio de un gran misterio pues, aunque la Historia nos dice que las naves partieron de Francia bajo la bandera de la Orden, se desconoce dónde atracaron. «Cuando el, 13 de octubre de 1307, Felipe IV desató la persecución, la flota escapó del monarca y nunca más se supo de ella. Es una incógnita que alimenta el halo misterioso de los templarios. No se sabe si se dispersó por las aguas, si se reagrupó en otro puerto… Se ha apostado por la hipótesis de que huyó en bloque del Mediterráneo, dirigiéndose a un destino oculto en busca de seguridad y asilo político, mas ¿adónde?», completa María Lara.


 

¿Dónde desembarcó la flota?

La desaparición de esta flota errante ha hecho proliferar a lo largo de las décadas decenas de teorías sobre los lugares a los que pudieron arribar los caballeros de la orden. Lo mismo sucede con su carga. De hecho, algunos amantes de la conspiración son partidarios de que, en estos buques, los templarios cargaron un gran tesoro acumulado durante décadas para salvarlo de las garras de Felipe IV. Algunas fuentes, incluso, se atreven a afirmar que el mismo Gran Maestre Jacques de Molay iba escondido en estos bajeles, y que solo fue capturado cuando regresó a Europa para protagonizar una misión secreta y desconocida. Fuera como fuese, lo único que se sabe es que la armada se escapó después de ser avisada (probablemente por el Vaticano o la corte francesa) de lo que iba a suceder. Las regiones a las que, presuntamente, habría llegado, son las siguientes:

1-Portugal

Es una de las posibilidades más lógicas y aceptadas debido a que la Corona portuguesa mantuvo –en general- buenas relaciones con la Orden del Temple. Por entonces, en el país luso la Reconquista ya había tocado a su fin, hecho que pudo favorecer que los templarios se dedicasen más a la erudición que a las armas. «Pudieron hallarse en la fundación de la Orden de Cristo», explica Lara. A su vez, marinos portugueses como Vasco de Gama pudieron aprovechar el tesoro de sabiduría templaria para sus descubrimientos en las costas africanas.

Eso explicaría el que, a principios del siglo XV, el Gran Maestre de esta Orden, el infante don Enrique el Navegante, invirtiera las ganancias de la Orden de Cristo en la exploración marítima. El papa Calixto III les concedió la jurisdicción eclesiástica en todos los territorios «desde los cabos de Bojador y de Nam, a través de toda Guinea y hasta la orilla meridional, sin interrupción hasta los Indios», según rezaba la bula Inter caetera (1456). Y es que, como señala la autora, los templarios eran unos estudiosos de todas las ramas del conocimiento, entre ellas, las artes navales, de ahí el influjo en la escuela de Sagres.

2-Escocia

«Es posible que los templaros llegasen hasta Escocia. En ese caso, habrían atracado en Argyll y allí habrían descargado mercancías en Kilmory o Castle Suite», destaca la autora. En este caso, algunos investigadores como Ernesto Frers señalan que los caballeros de la Orden habrían entrado en contacto con el famoso líder Robert Bruce, quien –al igual que ellos- había sido excomulgado por su rebeldía. «Este recibió generosamente a los templarios, que a su vez le ofrecieron su colaboración en la campaña contra Inglaterra y sus aliados locales», completa el autor.

3-Sicilia

La tercera posibilidad es una de las más plausibles y, curiosamente, una de las menos barajadas. Esta afirma que las naves templarias se dirigieron hacia las costas de Sicilia, en el sur de Italia. Esta región había sido conquistada alrededor del siglo XI por Roger de Guiscard, un normando cuyas relaciones con el papado (así como las de sus sucesores) fueron controvertidas por momentos. En palabras de Frers, una de las banderas que este linaje utilizaba en sus buques fue posteriormente adoptado por los caballeros de la Orden del Temple, por lo que su llegada hasta la región pudo haberse materializado tras la huida de La Rochelle.

4-América

La última de las teorías –así como la más «conspiranoica»- es la que afirma que los buques de la Orden del Temple cruzaron el Atlántico y llegaron hasta las costas americanas. Todo ello, casi 100 años antes que Colón. «La leyenda dice que, cuando los conquistadores españoles llegaron a la Península del Yucatán, escucharon que unos hombres blancos ya habían estado allí y que habían entregado su conocimiento a los nativos. Otra hipótesis afirma que, de acuerdo al testimonio de religiosos que acompañaron a Colón, los nativos no se extrañaron al divisar las cruces de los guerreros porque ya las conocían. Además, las culturas prehispánicas tenían asumida la idea de que “llegará un día en el que vendrán por mar grandes hombres vestidos de metal que cambiarán nuestras vidas para bien”. Finalmente, también se sabe que los mayas adoraban a Kukulkán, un dios blanco y barbado. Constatación insólita porque esta cultura la formaban hombres lampiños por genética y adaptación al medio», añade María Lara.

 


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  • El Gobierno galo ha abierto al público 70 años después del fin de la Segunda Guerra Mundial los archivos sobre el régimen encabezado por el mariscal Philippe Pétain
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Philippe Pétain, cabeza del régimen de Vichy – ABC

Las autoridades de Francia han desclasificado este lunes los archivos policiales y judiciales del régimen de Vichy, que colaboró con las fuerzas de ocupación de la Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial.

El Gobierno galo ha abierto así al público 70 años después del fin de la contienda los archivos sobre el régimen encabezado por el mariscal Philippe Pétain en parte del país y la totalidad de sus colonias, que estuvo vigente entre julio de 1940 y agosto de 1944.

La historiadora Annette Wievorka ha explicado a la emisora France Info que los documentos desclasificados incluyen archivos sobre búsqueda de criminales de guerra nazis, así como los de tribunales y las cámaras cívicas.

Durante la guerra, el régimen de Vichy ayudó a la Alemania nazi a deportar a unos 76.000 judíos de Francia, entre ellos muchos niños. En 1995, el entonces presidente galo, Jacques Chirac, reconoció oficialmente la responsabilidad del Estado en las deportaciones.

Hasta la fecha, únicamente investigadores y periodistas habían logrado acceso a algunos de estos archivos, contando con un permiso especial. Sin embargo, la legislación francesa contempla que los archivos han de ser abiertos al público tras el paso de 75 años.


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  • Una de las leyendas que se transmitió de generación en generación fue que los reyes franceses, herederos de Hugo Capeto, podían curar a los enfermos solo tocándoles
BNF Enrique IV de Francia curando a los enfermos

BNF | Enrique IV de Francia curando a los enfermos

El episodio «El Arzobispo» en la telecomedia británica «La Víbora Negra» comienza con un célebre diálogo entre Edmund, el Duque de Edimburgo (el protagonista), y uno de sus nobles servidores, Lord Percy, Duque de Northumberland. Los protagonistas, los actores Rowan Atkinson y Tim McInnerny, dialogan sobre las reliquias en la Edad Media. Percy, con su fervor religioso, afirma que tiene un hueso del dedo de Cristo. A esto responde Baldrick, el criado (un excelente Tony Robinson): «Vaya es solo uno: pensaba que venían en cajas de diez. Los dedos ahora venden mucho. Ahora, si quieres una venta rápida, nada puede superar a una nariz sagrada».

Este diálogo cómico, que parece demasiado frívolo, resulta clarificador respecto a la ideología de este tiempo. Denis Richet, en su estudio sobre la monarquía gala, dejó claro que ya desde su origen «nos encontramos aquí con corrientes espirituales subyacentes, formas populares del culto monárquico, como leyendas, alegorías ricas en símbolos que revelan una mezcla extraordinaria de elementos culturales tomados de las más diversas fuentes». Se refería, precisamente, a como Luis XIV tan tarde como 1701 había tocado 2.400 escrofulosos para curarles su particular forma de tuberculosis.

En la Edad Media existía la creencia mitológica de fe genuina por las reliquias, los rituales religiosos y también las grandes fiestas que celebraban estos hitos. Es una sociedad donde la magia, el sentido más inexplicable, servía para justificar cualquier elemento de poder. Como afirma el reconocido medievalista Jacques LeGoff esto construía «la realeza sagrada con sus leyendas, sus “supersticiones”, la consagración, la coronación y las insignias…En toda esta secuencia corre el hilo conductor de las “cosas profundas”, la búsqueda de una historia total del poder, bajo todas sus formas y con todos sus instrumentos».

Esta afirmación la realizó en un libro clásico de historia, como prólogo. Una obra que habría de revolucionar la historia cultural y crear toda una escuela ensayística: «Los Reyes Taumaturgos» de Marc Bloch.

El Rey Curandero

Bloch nació el 6 de julio de 1886 en Lyon. Provenía de una familia judía de la Alsacia y se vinculó muy pronto al mundo universitario francés a través de la Historia. Fuertemente influido por Pirenne y su libro sobre Mahoma y Carlomagno, renovará la historia en la década de 1920 del siglo XX con la escuela de los «Annales». Se pretendía pasar de la historia decimonónica a una historia de la mentalidades.

El libro clave en esta historia de las mentalidades, el creador de toda una escuela de seguir a los historiadores Anaclet Pons y Justo Serna, es «Los Reyes Taumaturgos». Esta obra es ante todo una investigación sobre todas las leyendas que envolvían a las Monarquías medievales. Según el traductor Marcos Lara, en la elección del tema de los curanderos debió influir la profesión del hermano de Bloch, médico.

El inicio del libro es conocido, y cuenta como en 1307 cuatro venecianos fueron a ver el Rey Felipe el Hermoso de Francia para ser curados de la escrófula. Esta es un tipo de tuberculosis que provoca inflamaciones en los ganglios debido a una infección y se creía que el contacto de las manos de los reyes franceses provocaba su sanación.

Bloch hace un completo estudio de la mitología de este mito y afirma que debió originarse en tiempo de los primeros Capetos, especialmente con Hugo Capeto, y podía ser un método de consolidar la legitimidad de la nueva rama de la dinastía francesa. Las primeras fuentes que lo mencionan son el «Tratado sobre las reliquias» y una Ordenanza Real en Inglaterra. En ese sentido, este don, recuerda Bloch, «era considerado como un milagro». La creencia también se da en los reyes ingleses, y, siguiendo esta línea llegaron a existir reliquias bendecida por los reyes, llamadas «cramp-rings» en Inglaterra, que sirvieron para estos propósitos curativos. Este mal, la escrófula, llegó a ser llamado «King’s evil» como consecuencia.

La capacidad de curación, recuerda Bloch, servía como método de legitimar el trono de Francia. Cuando Enrique III y Felipe de Valois se disputaron el título de Rey de Francia en la guerra de los 100 años, el embajador de Venecia consideró que aquel que no fuera devorado por leones sería el Rey legítimo:

«Si Felipe de Valois es, como afirma, el verdadero rey de Francia, que lo demuestre exponiéndose a leones hambrientos, ya que es sabido que los leones jamás acometen a un verdadero rey; o bien que realice el milagro de de curar enfermos, como acostumbran hacerlos los otros leyes verdaderos».

Era creencia, de nuevo, de aquellos tiempos que los Reyes no podían ser devorados por los leones, al ser portadores de la auctoritas regia.

Como resume Bloch, «en aquel entonces podía hacerse jugar con absoluta normalidad esta clase de creencias, en negociaciones de indudable peso político». Así, Bloch cree que a través de «un hecho anodino» se puede conocer toda la naturaleza de una sociedad. Un tipo de hombres que con una incógnita reducida, con la más pequeña interrogación, daban pie a cientos de historias, cuentos y leyendas. Eso y no otra cosa fue la Edad Media, según LeGoff.

La Era de la Razón

En la Edad Moderna, luego de 1453, todas las viejas historias se van a ir diluyendo sustituidas por la ciencia moderna y el método. Étienne de La Boêtie, tan pronto como en 1548, consideraba en su «Sobre la servidumbre voluntaria»:

«¿Y qué diremos de otra patraña adoptada también por los pueblos antiguos como moneda corriente, cuál fue el creer firmemente que el dedo pulgar de un pie de Pirro, rey de los epirotas, tenía la virtud de hacer milagros y en particular de sanar a los enfermos? Y aún para acreditar más el cuento fingieron que después de quemado el cadáver se habla encontrado el dedo ileso entre las cenizas, respetado de la voracidad de las llamas. Así es como el, pueblo estúpido cree con fe las mentiras que él mismo se ha forjado»

Es una fuente pionera en cuestionar toda la charlatanería, los mitos y leyendas, que protegían las viejas ideas de poder en el siglo XVI. Pero todavía era demasiado pronto para fermentar, y solo la labor de los Enciclopedistas enterró la superstición. Voltaire definía bien ésta en su «Diccionario filosófico» para 1764:

«El supersticioso es al bribón lo que el esclavo es al tirano. El supersticioso se deja gobernar por el fanático y acaba por serlo también. La superstición nació en el paganismo, la adoptó el judaísmo e infectó la Iglesia cristiana de los primitivos tiempos. Todos los Padres de la Iglesia, sin excepción alguna, creyeron en el poder de la magia».

Es un cínico, claro, pero es imposible olvidar que detrás de todas esas historias existían «cosas profundas» que se extendían a lo largo del tiempo. Todavía, a inicios del siglo XIX, Carlos X de Francia en su consagración posó las manos en los escrofulosos. Es parte de la citada «historia total del poder» según LeGoff, en una referencia que le gustaría a Foucault. Otro poder menos benigno, el III Reich (con una nueva y poderosa mitología antisemita), fusilaría al propio Marc Bloch el 16 de junio de 1944 por colaborar con la resistencia francesa.

Pero quedémonos con la lírica, con la civilizada Europa anterior a la guerra, y la justificación de estos mitos para Étienne de La Boêtie: «No pondré en duda la verdad de nuestras historias, para no defraudar a la poesía francesa».


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  • Un peluquero, que era plebeyo, fue declarado “hombre libre” durante el reinado de Luis IX por un trabajo perfecto que hizo.
Barbería- peluquería en el siglo XVIII

Barbería- peluquería en el siglo XVIII

En el siglo XIII, mientras en Francia reinaba la dinastía de los Luises y las grandes pelucas estaban a la orden del día, un peluquero -profesión que en esa época correspondía sólo a plebeyos- realizó un trabajo tan perfecto para la Corte que fue nombrado Caballero. Tal acontecimiento quedó grabado en la historia, siendo elegida esa fecha para festejar todos los años, y a nivel mundial “El Día del Peluquero”.
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Historia del peluquero y su gremio

Es a principios del siglo XVII que comienza a mencionarse en los documentos a los peluqueros, aunque podemos considerar el tensor romano, barberos y fabricantes de pelucas en la Edad Media en Occidente, como verdaderos peluqueros en el sentido de peinadores. Porque eran ellos los que cuidaban el cabello, cortándolo con armonía con la conformación de la cabeza y de acuerdo al rostro de las personas, ciñéndose a la moda de la época. También afeitaban, teñían el cabello y trabajaban en el cuidado de las uñas. Los tensores encargados de este oficio eran por entonces esclavos de magnates romanos.

A comienzos del reinado de Luis XIV, como en anteriores reinados, los grandes señores confiaban el cuidado de sus cabezas a sus ayudas de cámaras, y los peluqueros debían conformarse con cortar el cabello a la gente del pueblo. Es por entonces que aparecían los peluqueros de señoras, profesión que, según ellos, pertenecía a las artes liberales, mientras que la de simple tensor pertenecía a las artes mecánicas.

En cuanto a la parte de damas, se deben mencionar las proscripciones del Concilio de 1605 que prohibía a los hombres arreglar el cabello a las mujeres, y condenaba a las mujeres que contravinieran esta prohibición. No obstante, antes del reinado de Luis XIV, hubo algunos peluqueros con fama de artistas a los que acudían damas para hacerse peinar.

En la rama masculina se distinguían los peluqueros, unos simplemente como tensores y otros como barberos cirujanos, ejerciendo estos últimos a la par de su oficio la cirugía menor, ya sea aplicando sanguijuelas o extrayendo muelas. Pero es evidente que el siglo XVII marca para el peluquero un nuevo derrotero, tanto por razones estéticas como higiénicas. Por el considerable incremento de la sociedad se constituye el gremio de peluqueros; por un edicto de 1649 se estableció una corporación de barberos, bañistas y peluqueros de París distinta al gremio de barberos cirujanos.

El 25 de agosto, “Día del Peluquero”, fecha en que se ha universalizado la profesión, se recuerda la Santificación de la Iglesia Católica de Luis IX, Rey de Francia, quien gobernó de 1261 a 1270, y que en su reinado jerarquizó a su peluquero declarándolo hombre libre, equiparándolo a los caballeros, jueces, médicos y magistrados, autorizándole el uso en su atuendo de un espadín que era símbolo de tal distinción.

En Argentina por primera vez su celebración se remonta al año 1877, con un baile realizado en el teatro Coliseo al cual asistieron 400 personas, el día que se creó la Sociedad de Barberos y Peluqueros. Este festejo fue organizado por Domingo Guillén, peluquero y a la vez Director Propietario del órgano “El Peluquero”, publicación quincenal en su primer año de vida y que en su edición número 2 del mes de agosto de 1877, da cuenta del mencionado acto.

Trascurren los años y merced a la inquietud de hombres que fueron acrecentando la organización, se llega al Congreso Nacional de Peluqueros realizado en el año 1940 en la ciudad de Pergamino, convocado por la ex Federación Argentina, y en su magna Asamblea oficializó definitivamente el 25 de agosto como Día del Peluquero.


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  • Lamoral Egmont, que posteriormente sería ejecutado por orden de Felipe II, encabezó a las tropas españolas en una batalla donde Francia fue desarmada definitivamente y obligada a ofrecer un tratado beneficioso a España, lo cual no se había conseguido ni siquiera tras la célebre victoria en San Quintín

    ABC El emplazamiento de Gravelinas en una pintura de Pieter Snayers de 1644

    ABC | El emplazamiento de Gravelinas en una pintura de Pieter Snayers de 1644

Aunque se considera que la victoria española en San Quintín dejó completamente noqueado al Reino de Francia, lo cierto es que todavía tuvo fuerzas para preparar un contraataque al siguiente año que casi da la vuelta a la contienda. Francia reclutó un nuevo ejército en la Picardía, que puso en manos de Luis Gonzaga-Nevers –duque de Nevers–, y pidió ayuda naval al sultán otomano para que mantuviera ocupada a la flota española. Pero el momento más peligroso para los intereses del Imperio español llegó cuando el señor de Thermes apuntó con otro ejército –formado por 12.000 infantes, 2.000 jinetes y mucha artillería– al corazón del mismísimo Flandes. Los esfuerzos por revertir la situación corrieron a cargo del Conde de Egmont, un general de Felipe II con un concepto idealizado y medieval de la guerra, propio de las novelas de caballería, que venció a las tropas francesas en Gravelinas empleando una táctica plagada de riesgos.

Es frecuente considerar la batalla de Gravelinas como un mero apéndice a la de San Quintín, celebrada como una de las mayores victorias del reinado de Felipe II, pero fue algo más: fue el verdadero desenlace de la guerra entre ambos países. En San Quintín, de hecho, no estuvo presente el mejor general francés del periodo, el Duque de Guisa, que se encontraba operando en Italia contra las acometidas del mejor general español, el Gran Duque de Alba. A las puertas del desastre, el Rey Enrique II reclamó esta vez sí la presencia de Guisa en Francia, quien ordenó al Duque de Nevers iniciar una ofensiva de distracción contra los Países Bajos mientras el se dirigía a la conquista de Calais, la última posesión inglesa importante en el norte de Francia. Tras solo siete días de asedio, las tropas inglesas se rindieron y entregaron la ciudad a Guisa. La facilidad con la que se rindió lapoblación, no en vano, ha hecho sospechar tradicionalmente a los historiadores que los defensores habían pactado entregar la ciudad con el único pretexto de desprestigiar a la Reina María Tudor, que estaba casada con Felipe II y por ello aliada con España.

La caballería de Egmont se estrella

Ciertamente, la pérdida de Calais sacudió los pilares de la Monarquía inglesa y, en términos tácticos, dejó el flanco derecho, la costa de Flandes, a merced de los franceses. Fue entonces cuando ambos ejércitos pusieron sus ojos en Gravelinas, una posición clave en la entrada occidental a Flandes que fue rápidamente reforzada con tropas españolas y valonas. Mientras Guisa siguió atacando las posesiones inglesas en Francia y el Duque de Nevers lanzaba nuevas acciones de distracción, Paul de Thermes –gobernador galo de Calais– avanzó sin marcaje al frente de 12.000 infantes (entre ellos 4.000 mercenarios gascones y 5.500 mercenarios alemanes), 1.200 jinetes ligeros, 500 gendarmes (caballería pesada) y 300 arcabuceros a caballo, por la costa arrasando las poblaciones que encontró en dirección a Flandes. Al toparse con Gravelinas, Thermes ordenó en un primer momento asediar la plaza, pero, al percatarse de que estaba mejor defendida de lo esperado, se limitó a bloquear la ciudad con una pequeña fuerza y siguió avanzando con el grueso del ejército.

Comprometido en diversos frentes, Felipe II levantó con los escasos recursos económicos todavía a su disposición un ejército a contrarreloj para hacer frente a la tercera incursión francesa. El vencedor en San Quintín, Manuel Filiberto de Saboya «Cabeza de Hierro», estaba ocupado siguiendo los movimientos del Duque de Guisa, que se encontraba inmerso en un amago de motín por parte de los mercenarios alemanes, y la responsabilidad de encabezar el nuevo ejército cayó en el experimentado Lamoral Egmont, primo de Felipe II por parte de madre y miembro asiduo de su Corte. Las razones que avalaban la elección de Egmont pasaban por su brillante actuación al frente de la caballería imperial en la batalla de San Quintín, donde el veterano general ganó la partida a los poderosos gendarmes franceses a través de incisivas y rápidas cargas. No obstante, también tenía una importante desventaja: Egmont mantenía una fe ciega, para muchos caduca, en los principios caballerescos. Conforme avanzaba el siglo XVI, se hizo cada vez más patente, salvo para él, que aquellos ideales eran un estorbo para el desarrollo de la actividad militar moderna, donde la pólvora deslucía el intercambio de acero.

Las ordenes portadas por Egmont se limitaban inicialmente a hostigar la retaguardia francesa pero sin entablar un enfrentamiento directo con fuerzas que se suponían más poderosas que la amalgama reunida por los españoles: 500 herreruelos (caballería con pistolas), 2.000 jinetes flamencos, 500 reitres alemanes, 1.000 infantes españole, 2.000 milicianos alistados en las localidades cercanas, 7.500 mercenarios alemanes y 2.000 infantes flamencos y valones. La oportunidad apareció sobre la marcha. Tras atacar Neuport, las tropas francesas creyeron oportuno regresar sobre sus pasos, planeando conquistar de camino Gravelinas, probablemente al estimar que se habían alejado demasiado de su línea de abastecimiento y, en parte, porque la salud de Thermes–paralizado de las cuatro extremidades por la gota– recomendaba mostrar cautela. Esta vez sí, el movimiento en falso de los franceses fue aprovechado por los españoles. En una decisión más propia de un caballero andante que de un general, el Conde de Egmont abandonó los bagajes y las máquinas de guerra para cortar a tiempo el paso francés.

Sorprendido por la temeraria maniobra de Egmont, Paul de Thermes, que terminaría ese día bajo cautiverio español, se vio atrapado entre el río Aa y el ejército enemigo. La batalla era inevitable y los franceses buscaron sacar provecho de sus escasas ventajas: su artillería se encontraba intacta y los bagajes que cargaban les sirvieron como trincheras para su flanco izquierdo. Por su parte, el Conde de Egmont –incómodo con cada segundo ocioso– se arrojó en los primeros compases al frente de su caballería pesada sobre el centro francés. La carga chocó con estrépito contra la artillería, los arcabuceros y los propios gendarmes franceses. Lo que tanto había padecido el Reino de Francia durante el siglo XVI, el decrépito de lo caballería pesada, lo sufrió por una vez el Imperio español a causa del osado mando del último caballero medieval de Europa. Pero una vez más en aquel siglo, el desatino de la caballería fue cubierto por la intervención de la disciplinada infantería.

Los arcabuceros de Carvajal rompen el empate

La caballería de Egmont se vio obligada a retroceder atravesando los cuadros de infantería francesa y a reorganizarse tras ellos. Calculando posible la victoria, la caballería pesada gala se empecinó en perseguir a Egmont pero terminó compartiendo su mismo destino al estrellarse contra la infantería mercenaria. «El día es nuestro», se permitió gritar Egmont cuando consiguió reorganizar su fuerza de jinetes. Paul de Thermes decidió entonces que era el turno de que toda la infantería avanzara, con tan mala fortuna que acabó trabada con la caballería pesada francesa que huía de forma desordenada en ese momento. Una vez confrontadas las infanterías, la batalla pareció sumida en una lenta sangría sin que ninguno de los bandos fuera capaz de decidir el vencedor, sobre todo en las posiciones dominadas por los mercenarios alemanes, que se mostraron poco dispuestos a matarse entre sí. La contienda solo cambió de color cuando el capitán Luis de Carvajal –situado en el flanco derecho español– ordenó a una compañía de 200 arcabuceros colarse por el costado enemigo con la intención de disparar desde la línea de carruajes que protegía el campamento francés. Los españoles abrieron fuego sobre la retaguardia francesa buscando poner en fuga al grueso de la infantería.

Pero el golpe de gracia a los franceses lo causaron los cañonazos de una flotilla –probablemente la flota guipuzcoana, aunque las fuentes anglosajonas defienden que eran barcos ingleses– que apareció por sorpresa en la espalda gala. Todo la línea enemiga se vino a bajo y Egmont fue incapaz de frenar el sucesivo baño de sangre. Sin escapatoria y con el océano a la espalda, el número de bajas francesas fue muy elevado. La población local, afín al Imperio español, se recreó en la persecución con más de 7.000 muertos franceses. El mariscal Thermes –herido en la cabeza–, Jean de Monchy, el barón Jean de Annebaut y otra decena de nobles salvaron su vida solo con su rendición. Ahora sí, el día era de Egmont.

La victoria de las Gravelinas reportó grandes recompensas a Egmont. A pesar de su temeraria estrategia, su capacidad de rehacerse le otorgó la gratitud del Rey. No obstante, la primera reacción de Felipe II fue la de reprender al flamenco en sus cartas, pues había entablado combate sin su consentimiento ni el del mando superior, el Duque de Saboya. De perder la batalla, el Imperio español hubiera quedado gravemente herido y con gran probabilidad habría perdido Flandes. Por el contrario, la brillante locura de Egmont había cambiado definitivamente el curso de la guerra y Enrique II –sin opciones de oponerse– ofreció un generoso acuerdo a los españoles en la Paz de Cateau-Cambrésis.

El Rey recompensó a Egmont con el cargo de estatúder de Flandes y Artois, en 1559, lo que le situó como uno de los más poderosos nobles de un país al borde de estallar en protestas religiosas. La postura de Egmont, como la de Felipe de Montmorency, Conde de Hornes, en las encendidas peticiones a Felipe II para que rebajara la persecución religiosa sigue siendo motivo de polémica. Desde el principio ambos nobles se alinearon –sin alcanzar la virulencia de Guillermo de Orange– en contra de la implantación de la inquisición en los Países Bajos y contra el que consideraban máximo instigador de dicha medida, el Cardenal Granvela, obispo de Arrás. En 1560, Egmont y Orange renunciaron a sus cargos en el Ejercito Imperial y exigieron la salida del país de los soldados de nacionalidad española.

La ejecución del héroe del Imperio

Sin excederse en sus quejas, Lamoral Egmont viajó en representación de la nobleza local hasta España para explicar su postura. En 1565, Felipe II le recibió en Madrid y fingió escuchar su petición por un cambio en la política religiosa en los Países Bajos. En resumen, se limitaron a entretenerle durante meses con falsas promesas y hacerle creer que sus gestiones estaban dando resultado. A su regreso a Flandes, el noble vendió las negociaciones con el Rey como fructíferas. Sin embargo, poco había conseguido más que advertir al Rey de que los tenidos por moderados incurrían en posturas inadmisibles desde su punto de vista.

Al frente de un gran ejército, el Duque de Alba se desplazó en 1566 a los Países Bajos con instrucciones muy claras, entre ellas, la orden de ejecutar a los tres líderes más visibles de la rebelión. Mientras Guillermo de Orange huía hacia Alemania al menor rumor de la llegada de tropas españolas, Egmont y el Conde de Hornes no mostraron ningún temor e incluso fueron a recibir al veterano general. El Duque de Alba era hombre severo e inquebrantable, pero siempre había mostrado deferencia en el trato con hombres de armas. Egmont era uno de aquellos, casi un monumento militar, y el noble castellano profesaba gran admiración por el conde, a pesar de la caduca ideología militar que representaba.

Con todo, las primeras palabras del castellano, producto de su humor amargo o, quizá, del largo viaje, han pasado a la historia de lo macabro: «Veis aquí un gran hereje». Fernando Álvarez de Toledo consiguió pasar aquellas palabras por una broma, simplemente, poco adecuada, pero en secreto aguardaba poner en marcha cuanto antes las órdenes del Rey. Así, el 9 de septiembre de 1566 invitó a Egmont y Hornes a un banquete en nombre del hijo de Alba, el Prior Hernando, que terminó con el capitán español Sancho Dávila deteniendo a los dos nobles católicos. Ambos fueron encarcelados en celdas separadas y, tras encontrar pruebas de rebelión contra la Corona en sus correspondencias con Guillermo de Orange, fueron decapitados en el Mercado de caballos de Bruselas ante los ojos de una multitud sollozante.

En términos políticos, la ejecución de Lamoral Egmont fue una decisión funesta. Enardeció los ánimos de la población moderada y puso sobre la mesa el cómo se gastaban las gratitudes españolas. Por mucho que hubiera levantado la voz, el noble católico no alcanzaba el grado de rebelde, ni de traidor, ni mucho menos de hereje. Ante un conflicto militar abierto se antojaba rocambolesco que Egmont se hubiera alzado del lado de los calvinistas. Felipe II, además, debió advertir que la guerra en los Países Bajos iba a requerir concesiones para captar a los católicos moderados como Egmont. De hecho, el error provocó que hasta muchos años después los nobles católicos no se convencieran de que, efectivamente, el enemigo no era el Rey español. Hubo que esperar a la etapa de Alejandro Farnesio como gobernador de Flandes para encontrar a valones sirviendo diligentemente al Imperio Español contra la auténtico hidra de las mil cabezas, Holanda.


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  • El cuerpo del militar francés estaba cubierto por una espesa capa de grasa, su piel era blanca y las espaldas estrechas. Los médicos que vieron su cadáver destacaron la belleza de sus brazos y de sus pechos redondos y sin pelo, «que muchas mujeres hubieran envidiado»
 ABC Napoleón en Santa Elena, por Francois-Joseph Sandmann

ABC | Napoleón en Santa Elena, por Francois-Joseph Sandmann

Tras el desastre que supuso la batalla de Waterloo, las tropas de la Séptima Coalición se adentraron en Francia a la captura de Napoleón. El 1 de julio, Von Blücher ocupó Versalles y una semana después se restauró la corona de Luis XVIII. En un último intento desesperado, Napoleón trató de huir en barco hacia América, pero fue capturado por los británicos que hicieron oídos sordos a sus peticiones de asilo. El otrora dueño de Europa fue desterrado a la remota Isla de Santa Elena, a cientos de kilómetros de África, donde pasó sus últimos seis años de vida afectado por una extraña dolencia que, según una hipótesis defendida en los años ochenta, pudo estar provocada por un mal glandular.

Napoleón ya había permanecido desterrado en una remota isla, la de Elba, antes de iniciar los 100 días que terminaron con su estrepitoso fracaso en Waterloo. Sin embargo, las condiciones de su reclusión en Santa Elena fueron mucho más duras y afectaron mucho más a su ánimo. Cautivo de los ingleses, que en el futuro siguieron usando la isla como prisión de figuras políticas, y rodeado de un escaso puñado de seguidores, Napoleón Bonaparte empezó a sufrir de forma constante un dolor en el costado derecho idéntico al que su padre tuvo poco antes de su muerte, oficialmente a causa de un cáncer de estómago. El dolor, que algunos expertos también han apuntado a que pudo ser causado por envenenamiento, fue consumiendo poco a poco la vida de Bonaparte y vino acompañado de otros síntomas.

El síndrome de Zollinger-Ellison

Más allá de la hipótesis del envenenamiento o el cáncer de estómago, el doctor Robert Greenblat –especialista en endocrinología– defendió en los años ochenta una curiosa teoría que explicaría el extraño deterioro físico que fue sufriendo el «Gran Corso» en la última etapa de su vida. Su cuerpo fue redondeándose y sus partes genitales empezaron a atrofiarse, como advirtieron los que posteriormente se lanzaron a la profanación del cadáver. Según defendió este investigador norteamericano en la revista científica «British journal of sexual medicine», a partir de los cuarenta años de edad Napoleón Bonaparte mostró los síntomas de una enfermedad glandular que se conoce como síndrome de Zollinger-Ellison: una especie de transexualización.

El síndrome de Zollinger- Ellison está causado por tumores que, por lo general, están localizados en la cabeza del páncreas y en la parte superior del intestino delgado. Habitualmente, las personas afectadas por estos tumores derivan en neoplasia endocrina múltiple tipo I (NEM I), que provocan graves desordenes hormonales. Como prueba de ello, el doctor Greenblat apunta que en el examen posterior a su muerte se reveló que el cuerpo del Gran Corso estaba cubierto por una espesa capa de grasa, su piel era blanca, las espaldas estrechas, las manos y los pies pequeños, hasta el extremo de que varios forenses quedaron asombrados por la belleza de sus brazos y de sus pechos redondos y sin pelo, «que muchas mujeres hubieran envidiado».

Siendo un hombre de complexión atlética en su juventud y un fogoso amante –especialmente durante la época de su matrimonio con Josefina–, Napoleón empezó en su madurez a coger peso y a desarrollar algunos rasgos femeninos, como denota su escaso pelo facial o su piel extremadamente blanda. Su actividad sexual se redujo sobremanera tras su boda con la emperatriz María Luisa, y empezó a ser víctima de varias dolencias que le acompañaron hasta sus últimos días: letargia (somnolencia prolongada), entumecimiento de las piernas e intensos dolores de estómago.

El duro cautiverio en la isla de Santa Elena, donde pasó los últimos seis años de su vida, no ayudó ni mucho menos a que su estado de salud mejorara. Su última vivienda, Longwood House, era una enorme villa abandonada que se encontraba azotada por un clima insalubre. «Muero antes de mi tiempo, asesinado por la oligarquía inglesa, y su matón a sueldo», escribió Napoleón días antes de su muerte a los 51 años quejándose del trato recibido por los carceleros británicos. Finalmente, el corso falleció el 5 de mayo de 1821 a las 17:49h. siendo sus últimas palabras: «Francia, el ejército, Josefina».

Aunque Napoleón pidió en su testamento ser enterrado en París, los ingleses no quisieron alimentar el mito y ordenaron que el cuerpo no saliera de Santa Elena. Hubo que esperar hasta 1840 para que, a instancias del gobierno de Luis Felipe I, sus restos fueron repatriados a Francia.


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  • El 25 de junio de 1940 Francia se rindió a la Alemania nazi, dando origen al Estado de Vichy
ABC Los nazis izando la bandera con la esvástica en el Arco del triunfo de París

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Los nazis izando la bandera con la esvástica en el Arco del triunfo de París

El nueve de octubre de 1939 Adolf Hitler ejecutó su directiva número seis sobre la conducta de la guerra. Allí se establecía un párrafo que se haría célebre en la historiografía de la guerra:

«Como es evidente que en un futuro cercano que Inglaterra y, bajo su influencia, Francia, no tienen posibilidad de acabar la guerra pronto, he decidido ir a la ofensiva sin perder más tiempo»

El razonamiento del Führer era aplastante: cualquier demora en el inicio de la guerra podría militarizar los Países Bajos y Bélgica y evitar una campaña rápida, basada en la superioridad tecnológica del ejército alemán. En ese sentido, la Alemania Nazi pretendía ya en este documento tomar control directo del norte de Francia para bombardear el Reino Unido, que en la visión de Hitler era su posible gran rival. Churchill hace un buen análisis de cómo la III República francesa no estaba preparada militarmente en su obra «La II Guerra Mundial»:

«Ni en Francia ni en Gran Bretaña habían reparado realmente en las consecuencias de la novedad de que los vehículos blindados pudieran ser capaces de resistir el fuego de la artillería y de avanzar más de ciento cincuenta kilómetros diarios»

De Gaulle había escrito de manera detenida cómo los vehículos blindados iban a dominar en el futuro, pero Petain y los viejos militares franceses confiaban todavía en una guerra de desgaste. La toma rápida de los Países Bajos dependería, entonces, de la moderna tecnología de vehículos blindados alemanes. Dominó al inicio los Modelos Panzer II, para reemplazarse al final por los modelos III y IV. Si se obtenía rápidamente el control de estos lugares, sería imposible cualquier acción la zona industrial del Ruhr, fundamental en la industria militar alemana.

El ataque, así, se iniciaría el 10 de mayo de 1945, luego de posponer constantemente Hitler fechas ante la oposición del comandante Walther von Brauchitsch. Franz Halder, que preparó la operación técnicamente, quiso hacerlo de manera concienzuda, pero Hitler estaba decidido a que la guerra había cambiado y necesitaba nuevas fórmulas. Un plan previo, en el conocido como incidente Mechelen, hizo públicas las líneas de invasión alemana, lo que llevó a una modificación posterior y un sistema de ataques múltiples que arrolló a los aliados.

En poco tiempo los alemanes dominaron Luxemburgo con paracaídas dirigidos por Kurt Student. Se pretendía que los belgas inundaran los canales, pero los alemanes estaban informados y pudieron capturar fortalezas rápidamente. Holanda cayó también poco después, y quedaba como única frontera el río Dyle. La maestría de los alemanes fue poder cruzar alrededor de Bélgica, en un ataque que no previó la inteligencia aliada, y rodear todo el ejército aliado. Por otra parte, la superioridad de la aviación alemana hizo inútil la artillería francesa. Mayo seguirá siendo una mala noticia tras otra para el ejército francés, que con la llegada el 18 de Erwim Rommel dejará de tener cualquier esperanza en la victoria. Según Churchill:

«Evidentemente no tenía sentido que Francia siguiera combatiendo y el mariscal Pétain estaba casi convencido de que había que firmar la paz. Creía que los alemanes estaban destruyendo Francia de forma sistemática y que él tenía la obligación de salvar el resto del país de este destino. Le mencioné su memorándum al respecto que le había enseñado a Reynaud pero que no le había entregado. «No hay ninguna duda —dije— de que Pétain es peligroso en esta coyuntura; siempre ha sido un derrotista, incluso en la última guerra»

En Dunkerque Churchill puedo evacuar a más de 300.000 soldados aliados, pero la suerte estaba echada y Francia caerá poco después. El Reino Unido, según Hobsbawm, viviría solo contra toda Europa de enemiga en «un momento extraordinario en la historia del pueblo británico» con posibilidades de contrataaque «reducidas». Era el inicio de la discutida «Blitzkrieg», en la que se unía el bombardero con vehículos blindados en rápido desplazamiento. La desesperación queda clara en el recibimiento que describe Rommel, cerca de Flers, en la Baja Normandía:

«En los barrios occidentales de Flers pasamos por una plaza atestada, como de costumbre, de soldados y paisanos. De repente, uno de estos últimos echó a correr hacia mi carro enarbolando un revólver, pero los soldados lo detuvieron, impidiéndole disparar»

París capitula

La escasa resistencia, para el 10 de junio, llevó al abandono de París, que se declaró ciudad abierta. Churchill hubo de retirar sus escuadrones, temiendo que las Islas Británicas se quedaran sin protección ante una eventual invasión alemana. Ante esa perspectiva, Hitler comenzó las conversaciones con el mando francés y tan pronto como el 22 de junio se acordó el armisticio en Rethordes (Picardía). El dictador de Alemania obligó a firmar esta paz de conquista en el vagón donde se había firmado el armisticio de la I Guerra Mundial, el 11 de noviembre de 1918. El republicano Paul Reynaud pretendió, en inicio, continuar la guerra en las colonias, pero se le forzó gracias a la presión del héroe de la anterior guerra Philippe Pétain a la dimisión. Su declaración era definitiva:

«El deber del gobierno, cualquier cosa que pase, es permanecer en el país o perder su derecho a ser reconocido. El renacimiento francés será el fruto de este sufrimiento: declaro que me opondré a abandonar el suelo de la metrópoli. El armisticio a mi manera de ver es la condición necesaria para que la Francia eterna permanezca»

Esto dividirá el país en dos: una zona noroeste controlada por los alemanes y una sudeste en las que se establecería el nuevo Estado Francés. Perdía Francia, además, Alsacia – Lorena, la Valonia histórica conquistada por Luis XIV y los viejos territorios de Saboya, que tomó Italia. El país vivió estas condiciones como una humillación y murió con ello la idea de Francia como polo de las libertades frente a los totalitarismos. El exiliado español Chaves Nogales afirma:

«Francia se ha suicidado, pero al suicidarse ha cometido además un crimen inexpiable con esas masas humanas que habían acudido a ella porque en ella habían depositado su fe y su esperanza. Entre las cláusulas del deshonroso armisticio aceptado por el mariscal Pétain hay una que basta y sobra para deshonrar a un Estado; la cláusula por la que el gobierno francés se compromete a entregar a Hitler, atados de pies y manos, a los refugiados alemanes antihitlerianos que habían buscado su salvación en Francia y a quienes el Estado francés había utilizado sin escrúpulo en el simulacro de lucha contra el hitlerismo»

Esa Francia caída, humillada por un ejército invasor, no era una figura nueva: parecía una repetición de los eventos posteriores a la derrota en Sedán (1870). El expresidente François Mitterrand, sargento en este junio de 1940, dejó claro este cambio de paradigma:

«Era un soldado derrotado de un ejército sin honor: tenía el mayor resentimiento a aquellos que lo habían hecho esto posible, los políticos de la III República. Mi sensación de pertenencia a un gran pueblo, grande en la idea de su propio mundo y su estructura de valor, había recibido varios golpes. Yo he vivido a lo largo de los años 40: no tengo nada más que decir»

El filósofo Jean Paul-Sartre, movilizado por el ejército francés en septiembre de 1939, describe en sus conversaciones con su amante Simone de Beauvoir su captura en esta campaña. A inicios de junio, acabó en una villa abandonada tres o cuatro días, y la artillería le alertó que los alemanes estaban cerca. Los oficiales habían abandonado a los soldados, portando una bandera blanca. El último día Sartre fue despertado con las voces y lloros de la población ante la llegada de los tudescos: «fui afuera y recuerdo la sensación de extraña de vivir la escena de película en la que actuaba y que no era verdad». Luego de las amenazas de los soldados alemanes, acabó acorralado junto a un grupo de jóvenes franceses. Rememora que «había un tipo de unidad entre los hombres que estaban allí, la idea de la derrota, la de de ser prisionero, que era más importante que todo lo demás».

El camino a la resistencia

El trato duro de los alemanes, que de facto dominaban el país en el estilo de los conquistadores con más de 300.000 efectivos, se unió una deuda de cuatrocientos millones de francos franceses. Esta persecución económica derivó inevitablemente en un tipo piratería financiera, que acabó con una población hambrienta y pudo consolidar el germen de una posterior resistencia. Para François Marcot, historiador de la Sorbona, esta viró entre 200.000 y 400.000 habitantes a lo largo de la guerra. Su símbolo fue la cruz de Lorena, utilizada por los templarios por mandato del patriarcado de Jerusalén. El clima parisino, donde sobrevivía «a base de trabajillos», lo describe bien el republicano español Jorge Semprún:

«El París de la Ocupación era la época insensata en la que se iba en pandilla a ver Las moscas de Sartre; en la que, después de haber leído todos los libros, florecía súbitamente en nuestras almas la necesidad de tomar las armas».

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