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El Mundo

  • El astrónomo Rafael Bachiller nos descubre en esta serie los fenómenos más espectaculares del Cosmos. Temas de palpitante investigación, aventuras astronómicas y novedades científicas sobre el Universo analizadas en profundidad.
La estrella CSVO-30 y su planeta más lejano observados con el telescopio VLT. ESO

La estrella CSVO-30 y su planeta más lejano observados con el telescopio VLT. ESO

Los astrónomos han encontrado un sistema planetario muy peculiar rodeando a la estrella CVSO-30. Uno de sus planetas está tan próximo a la estrella que su periodo orbital es de tan solo 11 días terrestres, mientras que otro está tan alejado que su periodo supera los 27.000 años. Este sistema ilustra la sorprendente variedad de los planetas que pueblan nuestra galaxia.

Planetas para todos los gustos

Desde el descubrimiento del primer planeta orbitando a una estrella diferente del Sol hace ahora poco más de 20 años, la búsqueda de exoplanetas está resultando ser una de las tareas más fascinantes de la historia de la astronomía. El número de exoplanetas descubiertos aumenta rápidamente cada día: se conocen hoy más de 3.500 planetas extrasolares que están alojados en unos 2.600 sistemas planetarios diferentes.

Uno de los aspectos más apasionantes de esta búsqueda es la capacidad de los astrónomos para descubrir planetas de una gran variedad. Se conocen planetas que tan solo son unas veces más masivos que la Luna, mientras que otros son muchas veces (hasta 29) más masivos que Júpiter. Hay exoplanetas muy calientes, por estar próximos a sus estrellas, y otros son increíblemente fríos. Y, lo que se considera uno de los resultados de mayor importancia, prácticamente todos los tipos de estrellas tienen la capacidad de estar rodeadas por un cortejo de planetas. Se estima que, en término medio, en la Vía Láctea hay al menos un planeta por estrella, por lo que el número de planetas en nuestra Galaxia podría aproximarse al billón y, de estos, el número de planetas de tipo terrestre y potencialmente habitables se estima en unos 40 miles de millones.

Hace tan solo unos días que hemos leído la excelente noticia en ElMundo.es de que la estrella más cercana a la Tierra, Próxima Centauri, que está situada a poco más de 4 años luz de la Tierra, posee un planeta potencialmente habitable. Sin embargo, hoy vamos a hablar de dos mundos extremos en los que la vida (de tipo terrestre) no podría tener lugar. Ambos están en el sistema planetario de la estrella CVSO-30.

Muy cerca

Situada a 1200 años luz de distancia, CVSO-30 es una estrella de tipo T-Tauri, por lo tanto una estrella de masa similar al Sol pero mucho más joven, que forma parte de la asociación estelar 25 Orionis. Su masa se estima en 0,4 masas solares, y su edad en tan solo 2,4 millones de años, mientras que la edad del Sol es aproximadamente el doble. En el año 2012, mediante la técnica de los tránsitos se detectó de manera indirecta un planeta muy próximo a esta estrella, el conocido como CVSO-30b.

Ya fue sorprendente encontrar un exoplaneta en una estrella tan joven, pero al calcular las propiedades de CVSO-3b, se encontró otra sorpresa. La masa del exoplaneta es de unas 5 a 6 veces la masa de Júpiter, es decir se trata de su super-júpiter como los que abundaban en las primeras búsquedas (que favorecían las detecciones de los planetas más grandes). Hasta aquí nada de extraordinario. Lo que resulta peculiar es que este planeta orbita a una distancia de su estrella de apenas 1,2 millones de kilómetros (como referencia pensemos que Mercurio está a unos 58 millones de kilómetros del Sol). Al ser la órbita tan pequeña, resulta que el periodo orbital de CVSO-30b (la duración de su ‘año’) es también muy corto: tan solo 11 días terrestres.

Muy lejos

La técnica de los tránsitos consiste en observar las pequeñísimas disminuciones en la intensidad de una estrella cuando uno de sus planetas pasa orbitando por delante de ella. Esta técnica y la de la velocidad radial (mediante la que se mide el ligero movimiento de la estrella por el efecto gravitatorio del planeta) son los dos métodos más utilizados para detectar la inmensa mayoría de los exoplanetas conocidos hasta la fecha. Tan solo una docena de planetas han sido observados directamente mediante imágenes directas, pues obtener imágenes de objetos tan pequeños y pocos luminosos como los exoplanetas es algo que está en el límite de las capacidades de los mayores telescopios actuales.

Pues bien, hace unas semanas que un equipo internacional de astrónomos liderado por Tobias Schmidt del Observatorio de Hamburgo han descubierto mediante imágenes directas otro planeta sorprendente en torno a CVSO-30: el exoplaneta CVSO-30c. Como en el caso de su compañero se trata de un super-júpiter, pues su masa es de unas 5 veces más grande que la de nuestro Júpiter. En contraste con otros exoplanetas de su clase, que suelen ser muy rojos, CVSO-30c brilla más en el azul, lo que para los astrónomos es un indicio de su juventud. Se piensa que la edad de este planeta no alcanza los 10 millones de años. Pero lo que resulta sumamente sorprendente es que este planeta orbita lejísimos de su estrella, unas 660 veces más lejos que la Tierra del Sol (para orientación pensemos que Neptuno está 30 veces más lejos del Sol que la Tierra). Al tener una órbita tan lejana, resulta que el periodo orbital de CVSO-30c es muy largo: su ‘año’ dura unos 27.250 años terrestres.

Colisión planetaria

Es muy improbable que estos dos planetas se formasen originalmente en estas órbitas tan extremas, pero cómo han acabado en ellas es un auténtico misterio. Los astrónomos especulan que quizás ambos planetas CVSO-30b y CVSO-30c se formaron originalmente a una distancia de su estrella comparable a las que separan a Júpiter y Saturno del Sol. Una colisión entre ambos super-júpiteres (o una aproximación muy cercana entre ellos) pudo enviar a los planetas a sus órbitas actuales.

Entre un planeta tan extremadamente cercano a su estrella y otro tan extremadamente lejano, los contrastes son espectaculares. En el planeta cercano, CVSO-30b, el año dura 11 días terrestres y la temperatura es de unos 3000 grados Celsius; mientras que en el planeta lejano, CVSO-30c, el año dura 27.250 años terrestres y la temperatura está por debajo de los 250 grados Celsius bajo cero.

Así, el sorprendente sistema planetario de CVSO-30 viene a ilustrar la maravillosa diversidad del universo. La investigación de los exoplanetas se encuentra aún en su infancia, pero no cabe duda de que la construcción de telescopios progresivamente mayores y más precisos nos conducirá a una serie de descubrimientos en los que los planetas se manifestarán con una variedad prácticamente infinita.

También interesante

 

  • Para la detección del planeta CVSO-30c, el equipo de Tobias Schimdt ha utilizado algunos de los telescopios más potentes del mundo como el Keck en Hawaii, el VLT de ESO en Cerro Paranal (Chile) y el Centro Astronómico Hispano-Alemán (CSIC-MPG) de Calar Alto, en la provincia de Almería.
  • Los resultados de Schmidt et al. se han publicado en un artículo titulado “Direct Imaging discovery of a second planet candidate around the possibly transiting planet host CVSO 30” en la revista europea Astronomy and Astrophysics, el manuscrito puede consultarse aquí.
  • Otro trabajo reciente con observaciones de CVSO-30b y una discusión sobre el estado evolutivo del sistema ha sido publicado por St. Raetz (Agencia Espacial Europea) y colaboradores en la revista británica MNRAS. El manuscrito puede consultarse aquí.

    Rafael Bachiller es director del Observatorio Astronómico Nacional (Instituto Geográfico Nacional) y académico de la Real Academia de Doctores de España.

 


ABC.es

  • Tiene una gran potencia y que procede de un punto concreto del espacio, lo que la convierte en una candidata excelente para hacer un seguimiento a largo plazo
 Gráfico de la señal de radio detectada por el telescopio ruso Ratan-600 - Bursov et al.

Gráfico de la señal de radio detectada por el telescopio ruso Ratan-600 – Bursov et al.

Un equipo internacional de investigadores acaba de hacer público un hallazgo inquietante: una potente señal de radio, con posibilidades de haber sido emitida por una civilización extraterrestre. La señal procede de HD164595, una estrella similar al Sol, en la constelación de Hércules, con una edad estimada de 6.300 millones de años y a una distancia de 95 años luz de la Tierra.

La detección, llevada a cabo con el radiotelescopio ruso Ratan-600, en la localidad de Zelenchukskaya, en el Cáucaso, se produjo hace ya más de un año, el 15 de mayo de 2015, aunque no se había desvelado hasta ahora. La señal tiene una longitud de onda de 2,7 centímetros y es, según sus descubridores, demasiado fuerte para ser atribuida a causas naturales.

Sin embargo, los investigadores no han dado aún el paso de atribuir la señal a una civilización alienígena, sino que se limitan a señalar que tiene una gran potencia y que procede de un punto concreto del espacio, lo que la convierte en un buen candidato para futuros estudios. Por supuesto, y hasta el momento en que sea confirmada y analizada por más telescopios, no se podrá confirmar si la señal tiene, o no, un origen intencionado.

Por eso, los investigadores del Ratan-600 (N.N. Bursov, L.N. Filippova, V.V. Filippov, L.M. Gindilis, A.D. Panov, E.S. Starikov, J. Wilson y Claudio Maccone) piden que la estrella y su enigmática emisión de radio sea monitorizada de forma permanente. Según ellos, si la señal procediera de una baliza alienígena, su potencia solo podría ser alcanzada por una civilización Kardashov del tipo II, esto es, capaz de obtener su energía directamente de las estrellas. Aunque si se tratara de un haz estrecho y centrado en nuestro Sistema Solar, su potencia sería accesible para una civilización del Tipo I, aún mucho más avanzada que la nuestra.

Cabe destacar que alrededor de la estrella HD164595 ya se ha descubierto un planeta, HD164595 b, confirmado en 2015. Se trata de un «Neptuno caliente», con cerca de 16 veces la masa de la Tierra. Un gigante gaseoso que orbita muy cerca de su estrella (su periodo orbital es de 40 días) y fuera de su zona de habitabilidad, por lo que no puede albergar vida tal y como la conocemos. Sin embargo, no se descarta que alrededor de HD164595 pueda haber más exoplanetas que aún no han sido descubiertos.

En definitiva, una señal enigmática, que en cierto modo recuerda a la famosa «WOW» del 15 de agosto de 1977, captada por el radiotelescopio Big Ear. En aquella ocasión, sin embargo, ningún otro instrumento pudo volver a detectarla, por lo que tuvo que ser descartada como «señal inteligente». Esperemos que esta vez haya más suerte.


El Mundo.es

Recreación artística del planeta 2MASS J2126-8140 JAMES COOK / UNIV. HERTFORDSHIRE

Recreación artística del planeta 2MASS J2126-8140 JAMES COOK / UNIV. HERTFORDSHIRE

La Tierra tarda 365 días y seis horas en dar una vuelta alrededor del Sol. Un planeta gigante denominado 2MASS J2126-8140 necesita nada menos que un millón de años para completar una órbita alrededor de su estrella. Un equipo de astrónomos descubrió este particular sistema solar cuando hacían un censo de estrellas jóvenes y enanas marrones en regiones cercanas a la Tierra.

Se encontraron con un sistema solar que, según señalan en la revista Monthly Notices of the Royal Astronomical Society, sería el más grande de los que han sido descubiertos hasta ahora. Y es que el planeta se encontraría a un billón de kilómetros de distancia de su estrella, de modo que su órbita es 140 veces más amplia de la que sigue Plutón cuando da la vuelta al Sol.

Hasta ahora, el sistema solar considerado más grande era tres veces más pequeño que éste, según señala Simon Murphy, coautor del artículo e investigador de la Universidad Nacional de Australia (ANU, por sus siglas en inglés).

Por lo que respecta al planeta, los científicos estiman que tiene una masa de entre 12 y 15 veces la de Júpiter. Los astrónomos creen que este sistema solar debió originarse hace entre 10 y 45 millones de años.


El Mundo – Teresa Guerrero

Es un mundo demasiado cálido para que pueda albergar vida como la conocemos en la Tierra y, además, recibe 19 veces más radiación de su estrella de la que a nosotros nos llega del Sol. Sin embargo, pese a estas notables diferencias con la Tierra, GJ 1132b, como ha sido denominado un exoplaneta (es decir, un planeta fuera del Sistema Solar) que esta semana presenta la revista Nature, supone otro esperanzador avance para los investigadores que buscan otros mundos en general, y un gemelo de la Tierra en particular.

Recreación artística del planeta GJ 1132b orbitando a su estrella, una enana roja Dana Berry

Recreación artística del planeta GJ 1132b orbitando a su estrella, una enana roja Dana Berry

La carrera por encontrar exoplanetas comenzó en 1995, cuando los astrónomos Michel Mayor y Didier Queloz descubrieron el primero. Desde entonces, la lista de mundos conocidos fuera del Sistema Solar ha ido ampliándose hasta contener alrededor de 2.000 planetas muy diversos.

Aunque en esa base de datos figuran mundos con algunas características comunes con la Tierra, ninguno reúne, de momento, los requisitos para ser equiparado con el nuestro. Y es que, además de tener un tamaño, una composición y una atmósfera similar, ese mundo debería encontrarse a una distancia de su estrella que le permitiera tener agua líquida. Y para ello, no puede estar ni demasiado cerca ni demasiado lejos de su astro.

Se trata, por tanto, de una búsqueda muy compleja que quizás no sea exagerado comparar con intentar encontrar una aguja en un pajar. Y es que, según explica a EL MUNDO Zachory Berta-Thompson, investigador del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT) y autor principal de este estudio, hay miles de millones de planetas en nuestra galaxia: «Basándonos en lo que sabemos sobre las estadísticas de planetas, la mayor parte de las estrellas tienen al menos uno. Podría haber alrededor de 100.000 millones de planetas en la Vía Láctea», señala.

¿Y cuántos cree que podrían parecerse a la Tierra? «Según un estudio de mi colega Courtney Dressing [de la Universidad de Harvard], alrededor del 16% de las estrellas pequeñas tienen planetas similares a la Tierra en tamaño y temperatura. Eso significa que sólo en nuestra galaxia hay miles de millones de planetas como el nuestro», asegura Berta-Thompson.

GJ 1132b no tiene la misma temperatura que la Tierra, pero es especial por varias razones. Por un lado, porque tiene un tamaño parecido a la Tierra (es un poco más grande), es rocoso, como el nuestro, creen que podría tener atmósfera y que probablemente está compuesto de rocas y hierro. Pero, sobre todo, porque nunca se había localizado un planeta con esas características tan cerca de la Tierra, a ‘sólo’ 39 años luz de distancia.

Y sí, 39 años luz es muy lejos, pero en términos astronómicos es bastante cerca, según los científicos. Sobre todo, si tenemos en cuenta que hasta ahora los planetas con un tamaño similar al de la Tierra que se conocían están situados tres veces más lejos. La distancia a la que se encuentra GJ 1132b permitirá apuntar hacia él telescopios terrestres y espaciales para determinar su composición y saber más sobre este mundo, entre cuyos descubridores también figura Michel Mayor, padre del primer exoplaneta.

Y es que, como recuerda Zachory Berta-Thompson, nuestra galaxia se expande unos 100.000 años luz, así que realmente se trata de un sistema solar vecino. Según adelanta, su equipo espera poder determinar la composición química de su atmósfera, los patrones de sus vientos y ver los colores de sus atardeceres.

Este planeta será un objetivo para los telescopios espaciales Hubble y Spitzer y, dentro de unos años, para el futuro telescopio espacial de la NASA James Webb, cuyo lanzamiento está previsto para 2018. Estos instrumentos ayudarán a los astrónomos a completar lo que ya han podido averiguar con telescopios terrestres como el que le permitió descubrir este mundo el pasado mes de mayo.

GJ 1132b fue detectado con el conjunto de telescopios MEarth-South que el MIT tiene en el Observatorio Inter-Americano de Cerro Tololo, en Chile, a través de la técnica de tránsito (descubren el planeta cuando pasa delante de su estrella). Este exoplaneta orbita una estrella enana roja. Su tamaño es aproximadamente la mitad de nuestro sol. Recientemente los astrónomos han visto que este tipo de astros albergan gran cantidad de planetas con un tamaño que oscila entre la mitad del de la Tierra y 1,5 veces más.

Un mundo infernal

Según calculan, la temperatura en la superficie de este planeta sería de unos 230º C, lo que imposibilitaría que hubiera agua líquida en su superficie, pero podría tenerla en su atmósfera. Otros mundos conocidos, como CoRot-7b o Kepler 10b, son mucho más cálidos, con temperaturas que llegan a superar los 1.000ºC.

Según explica en una nota de prensa David Charbonneau, astrónomo del Centro de Astrofísica Harvard-Smithsonian (CfA), sospechan que la atmósfera de este planeta es parecida a la de Venus.

«Encontrar un planeta que sea exactamente como la Tierra (con el mismo tamaño, la misma composición, la misma distancia orbital y el mismo tipo de estrella) podría llevar mucho tiempo. Lo que podemos esperar que ocurra antes es hallar un planeta del mismo tamaño, composición y temperatura, pero que orbite una estrella mucho más pequeña y fría. Aunque GJ 1132b es demasiado cálido para albergar vida, un planeta situado más lejos de su estrella podría tener la temperatura adecuada para tener vida», señala Zachory Berta-Thompson, que recuerda que la NASA está construyendo en el MIT un satélite cuyo lanzamiento está previsto para 2017, el Transiting Exoplanet Survey Satellite: «Debería ser capaz de encontrar algunos planetas como la Tierra orbitando estrellas pequeñas cercanas. Creo que lo podría lograr en pocos años», vaticina.


ABC.es

  • Una de las condiciones para que un planeta tenga alguna posibilidad de albergar vida es que se encuentre dentro de ella
¿Qué es la zona de habitabilidad de una estrella?

nasa Ilustración del planeta extrasolar Kepler-186f, en la zona de habitabilidad de su estrella

Una de las condiciones para que un planeta tenga alguna posibilidad de albergar vida, al menos tal y como la conocemos aquí en la Tierra, es que se encuentre en lo que se llama la «zona de habitabilidad» de su estrella. Es decir, a la distancia necesaria, ni demasiado cerca ni demasiado lejos, para que en su superficie pueda existir agua líquida. Por eso, a esa zona se la denomina también de «Ricitos de Oro», ya que, como las gachas que se comía la niña protagonista del cuento infantil, los mundos deben estar en su justa temperatura, ni demasiado fríos para una glaciación perpetua ni demasiado cálidos para un efecto invernadero infernal.

Además de la distancia, la zona de habitabilidad también depende de la masa y la edad de la estrella, ya que con el tiempo cambia su tipo espectral y su luminosidad. En una estrella de tipo M, las más numerosas en nuestra galaxia, de baja masa y luminosidad, la zona habitable se encontrará muy cerca de la estrella. Pero ese factor también podría influir en la existencia de vida, como la excentricidad de la órbita o la inclinación del eje de rotación… Mil factores influyen.

Los criterios para designar esta franja espacial fueron estipulados hace dos décadas por James Kasting, investigador de la Penn State University (EE.UU.) y uno de los líderes mundiales en esta área. Pero recientemente científicos de la misma institución han situado esa zona habitable algo más lejos del astro, lo que implica que muchos planetas que hasta ahora se creían bien situados en realidad no lo están, y que otros que estaban fuera se encuentran dentro de ella. El cambio puede tener consecuencias a la hora de plantearse la búsqueda de vida fuera de la Tierra.

Un equipo de la Universidad de Aberdeen en Escocia (Reino Unido) también cree que esas fronteras tradicionales deberían ampliarse, ya que, a su juicio, mundos rocosos y fríos que antes se consideraban inertes pueden ser capaces de soportar vida por debajo de su superficie.

Mundos habitables

En este sentido, un equipo de investigadores de la Universidad de Texas ha elaborado un Indice de Complejidad Biológica (BCI), diseñado especialmente para hacer una estimación de la probabilidad de que la vida orgánica compleja surja en otros mundos. Según los cálculos, solo en la Vía Láctea podría haber más de cien millones de planetas con vida compleja, algo absolutamente impresionante.

De momento, de los más de 1.800 planetas confirmados descubiertos fuera del Sistema Solar, apenas 21 muestran alguna similitud con la Tierra. De ellos, una decena se consideran «potencialmente habitables». La mayoría son mayores que nuestra bola azul. Entre estos prometedores nuevos mundos, la supertierra Gliese 667Cc, a 22 años luz de nosotros, o Kepler 283c, con un año de 93 días.


El Mundo

  • Hallan un sistema formado por cinco planetas con tamaños parecidos al nuestro que nació hace 11.200 millones de años, cuando el Universo sólo tenia el 20% de su edad actual
  • Está situado a una distancia de 117 años luz de nuestro planeta
Recreación de la estrella Kepler-444 y los cinco planetas que la...

Recreación de la estrella Kepler-444 y los cinco planetas que la orbitan.TIAGO CAMPANTE/PETER DEVINE

Se podría decir que son los arqueólogos del cosmos. Con la ayuda de telescopios espaciales como Kepler, escrutinan nuestra galaxia buscando los objetos celestes más antiguos para intentar entender cómo se formaron los planetas. Un equipo internacional de científicos acaba de anunciar un importante hallazgo arqueológico en la Vía Láctea: han encontrado el sistema solar más antiguo con planetas de un tamaño parecido a la Tierra de los que han sido descubiertos hasta ahora. Lo llaman Kepler-444.

Este sistema planetario, situado a unos 117 años luz de distancia de la Tierra, nació hace 11.200 millones de años, cuando el Universo era bastante joven, pues apenas tenía el 20% de su edad actual.

Alberga, al menos, cinco mundos con tamaños parecidos al de la Tierra, que orbitan alrededor de una estrella denominada también Kepler-444. Es un 25% más pequeña que nuestro sol, bastante más fría y muy luminosa. Una de las más brillantes que ha detectado el telescopio de la NASA Kepler.

Para realizar este estudio, en el que han participado instituciones de EEUU, Reino Unido, Dinamarca, Portugal, Australia, Alemania e Italia, usaron datos recabados por él durante cuatro años. Según los científicos que han descubierto este antiquísimo sistema, los tamaños de estos cinco planetas oscilarían entre los de Mercurio y Venus.

Describen sus características esta semana en la revista Astrophysical Journal, en un estudio que pone de manifiesto cómo la formación de planetas como la Tierra en nuestra galaxia, la Vía Láctea, comenzó mucho antes de que se originara nuestro sistema solar.

Vida en nuestra galaxia

Frente a los 11.200 millones de años que tiene la estrella Kepler-444, nuestro sol nació hace 4.500 millones de años, es decir, es casi dos veces y medio más joven. Kepler-444, aseguran los autores de este estudio, sería el sistema planetario más antiguo conocido que alberga mundos con tamaños parecidos al nuestro.

«Este descubrimiento tiene implicaciones de largo alcance. Ahora sabemos que planetas del tamaño de la Tierra han ido formándose a lo largo de la mayor parte de los 13.800 millones de años de historia que tiene el Universo», explica Tiago Campante, investigador de la Universidad de Birmingham y autor principal del estudio, en una nota de prensa del centro británico. Según afirma el estudio, este descubrimiento deja abierta la posibilidad de que hubiera existido vida antiguamente en nuestra galaxia.

Los cinco planetas que han detectado en torno a la estrella Kepler-444, sin embargo, no podrían albergar vida como la conocemos en la Tierra. Están tan cerca de ella que apenas tardan diez días en orbitarla, por lo que los científicos creen que se trata de mundos con temperaturas infernales, sin agua líquida y con altos niveles de radiación.

Este sistema se originó mucho antes que el nuestro: «Cuando la Tierra se formó, los planetas de ese sistema ya eran mas viejos de lo que la Tierra es en la actualidad. Este descubrimiento podría ayudarnos ahora a identificar el comienzo de lo que podríamos llamar ‘la era de la formación planetaria’», añade Tiago Campante.

«Éste es uno de los sistemas más antiguos que hay en nuestra galaxia. Kepler-444 pertenece a la primera generación de estrellas. Este sistema nos dice que ya había planetas formándose alrededor de estrellas 7.000 millones de años antes que nuestro sistema solar», señala Steve Kawaler, investigador de la Universidad del Estado de Iowa y coautor del estudio.

«Nunca habíamos visto algo así. El hecho de que se trate de una estrella tan antigua y con un gran número de planetas pequeños hace que sea un sistema muy especial», señala Daniel Huber, coautor del estudio e investigador de la Universidad de Sidney.

Una estrella más fría que nuestro sol

El sistema solar Kepler-444 se encuentra muy lejos del nuestro, a 117 años luz de distancia. Según detallan los descubridores de este sistema, han podido localizarlo gracias a una técnica denominada astrosismología, que se utiliza desde hace un par de décadas y consiste en estudiar las oscilaciones o vibraciones que periódicamente se van produciendo en una estrella. Sería algo así como escuchar las resonancias naturales de un astro que son causadas por el sonido atrapado en él. Estas oscilaciones provocan cambios minúsculos o pulsaciones en su brillo, que permite a los científicos calcular su diámetro, su masa y su edad.

Así, sostienen que la estrella Kepler-444 es un 25% mas pequeña que nuestro sol, y «sustancialmente mas fría». Por lo que respecta a los planetas, los localizan gracias a las variaciones en la intensidad de la luz que se producen cuando el planeta pasa delante de la estrella. Esa pérdida de intensidad en la luz que emite la estrella permite a los astrofísicos calcular el tamaño del planeta.

«Los sistemas planetarios en torno a estrellas han sido algo común en nuestra galaxia durante mucho, mucho tiempo», añade Kawaler. Los científicos aseguran que este descubrimiento les ayudará a conocer mejor la Vía Láctea. Según subrayan, es ahora cuando están empezando a vislumbrar la variedad de entornos en nuestra galaxia que han conducido a la formación de pequeños mundos como el nuestro.


ABC.es

  • Para los científicos, supone una oportunidad única para presenciar la muerte de una estrella desde el principio. El resto quizás podamos de contemplarla a simple vista

Una supernova explotará y será visible desde la Tierra en 50 años

Archivo ABC | Recreación de la explosión de una supernova

Astrónomos de la Universidad Estatal de Ohio han calculado las probabilidades de que, en algún momento durante los próximos 50 años, una supernova de nuestra galaxia sea visible desde la Tierra. Y han llegado a la feliz conclusión de que hay un 100% de probabilidades de que esa supernova sea visible para los telescopios en forma de radiación infrarroja y un 20% de que el espectáculo estelar pueda contemplarse a simple vista en el cielo nocturno. Lo cuentan en la revista The Astrophysical Journal y su estudio está disponible en Arxiv.org.

El hallazgo, según sus autores, supone una gran noticia para los astrónomos, que disponen de cámaras de infrarrojos de alta potencia para apuntar al cielo en cualquier momento. El estudio sugiere que tienen una sólida oportunidad de hacer algo que nunca se ha hecho antes: detectar una supernova lo suficientemente rápido como para presenciar lo que sucede en el comienzo mismo de la muerte de una estrella. Una estrella masiva se convierte en supernova en el momento en que agota todo su combustible nuclear y su núcleo se colapsa, justo antes de que explote violentamente y lance la mayor parte de su masa al espacio.

«Vemos todas estas estrellas convertirse en supernovas en otras galaxias , y no entendemos completamente cómo sucede. Creemos que lo sabemos, pero eso no es verdad al 100%», dice Christopher Kochanek, profesor de astronomía en la Universidad de Ohio. «Hoy en día, las tecnologías han avanzado hasta el punto de que podemos aprender muchísimo más sobre supernovas si podemos pillar la siguiente en nuestra galaxia y estudiarla con todas las herramientas disponibles», explica.

El estudio de las supernovas en la Vía Láctea es posible gracias a que los astrónomos tienen detectores sensibles de neutrinos (partículas emitidas por el núcleo de una estrella en colapso ) y ondas gravitacionales (creadas por las vibraciones del núcleo de la estrella), que puede encontrar cualquier supernova en nuestra galaxia. La pregunta es si en realidad podemos ver la luz de la supernova, ya que vivimos en una galaxia llena de polvo, partículas de hollín que Kochanek compara con observar el espacio a través de los gases emanados por un camión, que absorben la luz y podrían ocultar una supernova de nuestra vista.

«Cada pocos días, tenemos la oportunidad de observar supernovas fuera de nuestra galaxia», dice Scott Adams, miembro del equipo investigador. «Pero solo hay algunas cosas que puedes aprender de ellas, mientras que una supernova galáctica nos mostraría mucho más. Nuestros detectores de neutrinos y detectores de ondas gravitacionales solo son lo suficientemente sensibles como para tomar medidas dentro de nuestra galaxia, donde creemos que una supernova ocurre solo una vez o dos veces por siglo».

Nuevo detector

En un escenario ideal, los detectores de neutrinos como el Super- Kamiokande (Super-K) en Japón podrían hacer sonar la alarma en el momento que detectan los neutrinos, e indicar la dirección de donde vengan las partículas. Entonces, los detectores infrarrojos podrían apuntar al lugar casi de inmediato, para capturar la supernova antes de que comience a brillar. Los observatorios de ondas gravitacionales podrían hacer lo mismo.

Pero como no todos los neutrinos vienen de supernovas -algunos llegan de reactores nucleares, la atmósfera de la Tierra o el Sol- es posible que el detector no reconozca la diferencia. «Necesitamos una manera de decir inmediatamente que la explosión se debe a una supernova», dice John Beacom , profesor de física y astronomía y director del Centro de Cosmología y Física de Astro- partículas en el estado de Ohio.

Expertos en neutrinos y coautores del artículo han construido un modelo a escala de un tipo especial de detector de neutrinos en una nueva cueva subterránea en Japón. El nuevo detector, que llaman Egads (Evaluación de acción de gadolinio en sistemas de detección) pesa 200 toneladas -mucho menor que las 50.000 toneladas de Super-K-, y se compone de un tanque de agua ultrapura. El agua se enriquece con una pequeña cantidad del elemento de gadolinio, que ayuda a registrar los neutrinos de supernova de una manera especial. Cuando un neutrino de una supernova de la Vía Láctea entra en el tanque, puede colisionar con las moléculas de agua y liberar energía, junto con algunos neutrones. El gadolinio tiene una gran afinidad por los neutrones y los absorberá y volver a emitir energía propia. El resultado sería una señal de detección seguida por otra una pequeña fracción de segundo más tarde, una señal de «latido» en el interior del depósito para cada neutrino detectado. Según los investigadores, esta señal permitirá a los científicos hacer anuncios de detecciones de supernovas más seguros y oportunos.

A simple vista

Para aquellos de nosotros que esperamos ver una supernova de la Vía Láctea con nuestros propios ojos, las posibilidades son más bajas y dependen de nuestra latitud en la Tierra. La última vez que ocurrió fue en 1604, cuando Johannes Kepler descubrió una unos 20.000 años luz de distancia en la constelación de Ofiuco. Se encontraba en el norte de Italia en ese momento .

Los astrónomos creen que la probabilidad de que una supernova galáctica sea visible a simple vista desde algún lugar en la Tierra en los próximos 50 años es aproximadamente del 20 a 50%. Los habitantes del hemisferio sur tienen más probabilidades, ya que pueden ver más de nuestra galaxia en el cielo nocturno. Las probabilidades empeoran a medida que se avanza hacia el norte.

«Con solo una o dos por siglo, la posibilidad de una supernova en la Vía Láctea es pequeña, pero sería una tragedia perdérsela y este trabajo tiene por objeto mejorar las posibilidades de estar listo para el evento científico de toda una vida», concluye Beacon.


La Razón

Agencia EFE

El nacimiento de una nueva estrella en la constelación “Delfín” ha sido fotografiado por casualidad por una empresa que medía la oscuridad del cielo nocturno de la sierra de Aracena y Picos de Aroche, en Huelva, según ha informado la entidad.

“Hemos fotografiado una nueva estrella que acaba de aparecer en el cielo y que pertenece a la constelación de Delfín. Se trata de la Nova Delphini 2013”, sostiene en un comunicado José Jiménez Garrido, responsable de Iberus Mediambiente, consultora de gestión ambiental.

La empresa, explica, desarrolla el proyecto para la conservación y certificación del cielo nocturno de Sierra Morena y Sierra Sur de Jaén, en el que colaboran la Asociación Astronómica Hubble y “Dark Sky Advisors” para conseguir que la zona alcance el reconocimiento de la UNESCO a la calidad de los cielos nocturnos.

Según Jiménez, la constelación identificada, forma parte de un sistema binario compuesto por dos estrellas donde la más masiva le roba materia a la otra y al colapsarse y comprimirse violentamente, “producen descomunales cantidades de energía y luz”.

“Estábamos en el lugar adecuado en el momento justo”, subrayó Jiménez Garrido. “Que una estrella visible a simple vista aparezca sobre nuestras cabezas es un acontecimiento astronómico realmente raro. Se puede decir que hemos tenido mucha suerte al presenciar este acontecimiento justo en un momento de la historia en el que además podemos entender más o menos qué es lo que vemos”, recalcó.

El grupo de Iberus Medioambiente corroboró sus datos de campo con la investigación que desarrolla el astrónomo japonés Koichi Itagaki, que dos días antes de su observación (el 16 de agosto pasado) había registrado el descubrimiento de una nueva estrella en la constelación de Delfín.

“El hecho ya tenía confirmación científica, nosotros solo lo fotografiamos”, recalcó a EFEfuturo un portavoz de Iberus, que explicó cómo “tras leer publicaciones astronómicas” buscaron la nueva estrella en las fotografías tomadas hasta lograr encontrarla.


El Mundo

  •  Hallazgo con participación española

    Recreación artística del planeta ‘devorado’ por su estrella. | E.M

Por primera vez, un equipo internacional de astrónomos ha logrado detectar indicios de un cataclismo cósmico como el que podría acabar con la Tierra en un futuro lejano: un planeta ‘devorado’ por su propia estrella.

“Éste podría ser el destino final de los planetas de nuestro Sistema Solar, cuando el Sol se convierta en una gigante roja y acabe expandiéndose hasta alcanzar la órbita de la Tierra dentro de unos 5.000 millones de años“, explica el catedrático de Astronomía y Astrofísica de la Universidad de Penn State (EEUU), Alex Wolszczan, autor principal del estudio publicado en ‘Astrophysical Journal Letters’.

El profesor Wolszczan y sus colaboradores -entre los que se encuentran la investigadora española Eva Villaver, de la Universidad Autónoma de Madrid- lograron este hallazgo al buscar planetas en el entorno de BD+48 740, una estrella ‘envejecida’ que se había tranformado en gigante roja, con el telescopio Hobby Eberly, en Texas.

Según explica un comunicado difundido por la Universidad de Penn State, lo primero que llamó la atención de los científicos es que esta estrella tenía una cantidad anormalmente alta de litio, un elemento que se creó fundamentalmente durante el ‘Big Bang’ hace 14.000 millones de años. El litio se suele destruir fácilmente en las estrellas, y por eso a los investigadores les sorprendió encontrar grandes cantidades de este elemento en una gigante roja como Bd+48 740.

Su interpretación de este hallazgo es que la presencia de litio se debía precisamante a que la estrella había ‘engullido’ un planeta. “En el caso de Bd+48 740, es probable que la producción de litio fue desencadenada por una masa del tamaño de un planeta que fue devorado por la estrella y se calentó durante su digestión“, explica el profesor Wolszczan.

El otro indicio del este ‘banquete’ cósmico fue el hallazgo de un planeta en el entorno de la misma estrella con una órbita muy elíptica. “Estas órbitas son muy poco comunes en los sistema planetarios de estrellas viejas y, de hecho, la órbita del planeta hallado en el entorno de Bd+48 740 es la más elíptica descubierta hasta ahora”, afirma Wolszczan.

Los astrónomos sospechan que este insólito fenómeno es también una consecuencia del planeta ‘devorado’ por la estrella, que provocó una especie de ‘efecto boomerang’, un estallido de energía que provocó la excéntrica órbita.

“Captar a un planeta justo cuando lo está devorando una estrella es una hazaña asi imposible debido a la rapidez del proceso, pero el fenómeno puede deducirse al comprobar su impacto en la química estelar“, explica Eva Villaver. “La órbita alargada del planeta masivo que hemos descubierto en el entorno de esta gigante roja, contaminada por litio, es justamente el tipo de evidencia que indica la destrucción de un planeta por la estrella”, concluye la autora del estudio.


El Mundo

Un equipo de astrónomos ha tenido el privilegio de presenciar, en tiempo real, cómo un agujero negro supermasivo engulle una estrella. Se trata de un evento excepcional en el cosmos que, según señalan los científicos en un artículo publicado en la revista ‘Nature’sólo se produce, de media, una vez cada 10.000 años en una galaxia.

Simulación del agujero negro. | NASA / S. Gezari

Simulación del agujero negro. | NASA / S. Gezari

“Los agujeros negros son, de algún modo, como los tiburones. Se les considera, equivocadamente, máquinas que matan de forma permanente. En realidad, permanecen en calma durante la mayor parte de su vida. Pero ocasionalmente, una estrella se aventura demasiado cerca, y es ahí cuando se desencadena el frenesí carnívoro”, explica Ryan Chornock, investigador del centro de Astrofísica Harvard-Smithsonian y coautor del estudio.

Los agujeros negros supermasivos tienen una masa de entre un millón y mil millones la de nuestro Sol, se encuentran en el centro de la mayor parte de las galaxias del Universo y se detectan gracias a la intensa radiación que emiten cuando aspiran el gas situado a su alrededor. Por ello, cuando su entorno es pobre en gas, su radiación es débil. De hecho, es particularmente difícil estudiar los agujeros negros ‘durmientes’ a menos que sean sorprendidos en pleno banquete. Que es precisamente lo que les ha ocurrido a los astrónomos Ryan Chornock y Suvi Gezari, de la Universidad John Hopkins.

Un fenómeno observado en 2010

El 31 de mayo de 2010 detectaron, gracias al telescopio Pan-STARRS 1, en Hawai, un resplandor en el corazón de una galaxia situada a 2.700 millones de años-luz. La luz fue haciéndose progresivamente más intensa, alcanzado su punto culminante el 12 de julio de ese año, antes de ir apagándose paulatinamente.

El agujero negro supermasivo observado tenía una masa tres millones de veces superior a la de nuestro Sol.

“Hemos observado el fin de una estrella y su digestión por parte de un agujero negro en tiempo real”, señala Edo Berger, uno de los astrónomos que ha participado en el estudio.

La estrella devorada por este agujero negro estaba tan cerca de él que las fuerzas generadas por el campo de gravidez de este ‘monstruo cósmico’ la han desmantelado literalmente. El gas que conformaba esta estrella ha sido aspirado por el agujero negro, provocando tal aumento de la temperatura que el fenómeno ha podido ser observado por los astrónomos.

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