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  • Los conductores usaban gafas para protegerse del polvo de los caminos, hasta que a principios del Siglo XX se comenzaron a introducir los primeros cristales frontales de protección

Los conductores de los primeros coches solían usar gafas para protegerse del viento, polvo y de las piedras que podían saltar de los caminos. A principios del Siglo XX se comenzaron a introducir los primeros cristales frontales de protección. Estos parabrisas estaban compuestos por dos hojas de cristal horizontales desplazables: cuando la mitad superior se ensuciaba, el conductor podía plegarla seguir adelante.

Pero pronto los parabrisas se ganaron mala fama, pues en un accidente se rompían en mil pedazos y causaban lesiones en los ocupantes, viandantes y motoristas; lo que también comenzó a provocar numerosas demandas. Por este motivo, cuando aparecieron los primeros coches cerrados, con cristales en los cuatro lados, muchas personas tenían miedo a subirse en ellos.

En los años ’20 del siglo pasado Henry Ford se convence de que hay que fabricar cristales de automóvil -sobre todo, el parabrisas- más seguros; ya fuera por que varios amigos habían sufrido accidentes, por las demandas recibidas o porque no le gustaba que la ventana trasera del Modelo T distorsionara la realidad. A Ford también le preocupaba la escalada del precio del cristal, cuyos fabricantes no podían absorber la creciente demanda por parte de los fabricantes.

Por estos motivos, Ford le encarga a Clarence Avery, el «genio» mecánico de la empresa, que busque una nueva forma de fabricación que consiga un cristal más resistente y barato. Junto al especialista Pilkington crean un nuevo proceso de fabricación de vidrio mucho más resistente y barato, pues se produce en la misma planta de River Rouge de Ford.

El cristal laminado se descubrió por casualidad

El parabrisas laminado es uno de los inventos que más vidas ha salvado y lesiones ha evitado en la carretera. Y se descubrió por casualidad en 1903, cuando al inventor francés Edouard Benedictus se le cayó al suelo un vaso de vidrio y no se rompió en mil pedazos. ¿La causa? Ese vaso había contenido nitrato de celulosa y la película seca que quedó sobre el cristal mantuvo los trozos unidos cuando este se rompió.

En Inglaterra, John C. Wood hace un descubrimiento similar en paralelo, pero es Benedictus quien presenta en 1909 la patente de dos capas de vidrio con una de celulosa entre ellas. En 1911 crea la Société du Verre Triplex, que fabricó un compuesto de vidrio y plástico para reducir las lesiones en accidentes automovilísticos.

El cristal laminado fue muy utilizado en las máscaras de gas durante la Primera Guerra Mundial, pero tardó en popularizarse en el mundo del automóvil por su precio y porque la capa intermedia se decoloraba con el paso del tiempo. Lo primero cambió tras la huelga de la Federación de Trabajadores de Vidrio de Estados Unidos de 1937. Lo segundo se solucionó en 1938, cuando Carleton Ellis fabricó el butiral de polivinilo. En 1939, un anuncio de Ford decía que “el cristal de seguridad ‘Indestructo’ da la protección más completa. Además de no romperse en mil pedazos, es cristalino y nunca se decolora”.

No fue hasta bien entrada la década de los ’30 cuando los parabrisas laminados se popularizan y se convierten en una de las innovaciones de seguridad más importantes de la historia del automóvil, por varios motivos. El primero, que el cristal ya no se astilla en mil pedazos, reduciéndose las lesiones a los ocupantes en caso de accidente. El segundo es que, al ser más resistente, evita que los pasajeros salgan despedidos fuera del coche en una colisión. Y el tercero, que aumenta la rigidez estructural del coche y protege del aplastamiento del techo en caso de vuelco.

Parabrisas pioneros

Oldsmobile fue la primera marca que incluyó el parabrisas como un elemento de serie en todos sus vehículos, en el año 1915. Ford lo ofrecía desde 1908 en su Modelo T, como una opción con un sobreprecio de 100 dólares (en un paquete junto al velocímetro y los faros), un precio algo elevado si tenemos en cuenta que la versión más económica de este modelo costaba 825 (18.000 dólares actuales). El primer parabrisas laminado de serie lo montó un Rickenbacker en 1926, dos años después de que Lincoln equipara a varios departamentos de policía con el modelo Police Flyers, que montaba un parabrisas a prueba de balas, realizado en vidrio y policarbonato, de 2,5 cm. de grosor.

El primer parabrisas de una sola pieza con formas curvas lo empleó Chrysler en 1934, en su modelo Airflow Custom Imperial 8. Mucho más tarde llegó el primer parabrisas panorámico, del que presumía el concept car de General Motors LeSabre, presentado en 1951.

A principios de los años ’30, Cadillac y Chevrolet comenzaron a diseñar coches con el parabrisas inclinado, por diseño y aerodinámica. En 1936 General Motors introduce el parabrisas dividido verticalmente en sus coches. Y hay una patente de esos años del primer sistema antiempañamiento.

La historia de Ford con los parabrisas escribió un nuevo capítulo con el impresionante Ford GT de 2016, primer coche del mundo que monta un parabrisas con cristal ‘Gorilla Glass’. Desarrollado para las pantallas de los smartphones, es más ligero (hasta un 30%, lo que permite ahorrar 5 kilos de peso), delgado (un 25%) y resistente a los arañazos que el vidrio tradicional. Está creado con muchas capas: una interior reforzada, una intermedia termoplástica absorbente de ruido y un vidrio recocido de capa externa.

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  • Su existencia primigenia se justifica únicamente en escritos, si bien fue refundada ya avanzado el siglo XIX
 Se estima que actualmente viven la Comunidad de Madrid en torno a 10.000 judíos - ARCHIVO ABC

Se estima que actualmente viven la Comunidad de Madrid en torno a 10.000 judíos – ARCHIVO ABC

Recién terminada la semana en memoria de las víctimas del Holocausto, el Madrid judío -casi desaparecido por el implacable peso de la Historia-, se ubica entre el desconocimiento generalizado como una suerte de patrimonio oculto, relativo a dos épocas concretas. Una, primigenia y medieval, escenario de persecuciones y sustento de leyendas en torno a su configuración. Otra, contemporánea, referente a la refundación de la comunidad hebrea en Madrid.

La ausencia de evidencias arquitectónicas, en otros supuestos fieles cronistas en piedra, supedita cualquier justificación al archivo documental. Si bien no existen edificaciones o restos de la primera judería de la capital, sí figuran escritos que la ubican en lo que actualmente es la catedral de La Almudena. A su espalda, intramuros de la muralla árabe, permanecieron los judíos incluso tras la conquista cristiana de Madrid, entonces Mayrit, en el año 1083 por el rey Alfonso VI.

Los edictos de ejecución, multiplicados tras la concepción del tribunal de la Santa Inquisición, en 1478, y la transmisión popular juegan un papel capital en las endebles certezas sobre el pasado de la comunidad judía. Según fuentes documentales, trabajo de Alejandra Abulafia, directora de Destino Sefarad, ya en el año 1053 un vecino judío mandó una misiva a su hermana contando su pena por la muerte de dos correligionarios. A apenas unos metros de aquella judería vieja, subiendo por lo que ahora es la calle Mayor, en la plaza homónima, se asentaron muchos comerciantes, especialmente en el espacio que hoy acoge al Mercado de San Miguel y en los alrededores de la plaza de la Villa.

Precisamente en la Plaza Mayor, en los faroles situados en el centro, existe un grabado que pasa prácticamente desapercibido. El relieve muestra un juicio con sambenito a un judío, que no era otra cosa que colocar un sayal al reo, muchas veces sin juicio previo, para humillarlo y estigmatizarlo. Este pequeño rastro, aunque anecdótico, sintetiza en parte cómo fue la época medieval. De hecho, otro de los puntos recogidos en el mapa anexo, la puerta de Valnadú, es recordada por ser el punto de acceso en uno de los mayores ataques sufridos en la judería.

Persecuciones y expulsión

La prueba principal de su ubicación, en cualquier caso, remite a los episodios más trágicos de su historia en la zona. Narrados a veces en código literario, destaca un documento de 1391, cuando muchos judíos fueron asesinados en la calle de las Damas, en la judería, según cita Jacobo Israel Garzón en su prólogo a la obra Avapiés: Teatro en dos actos (Solly Wolodarsky. 2009). Este y otros pasajes son incluidos en el escrito, como la solicitud de la Villa de Madrid a la reina para ejecutar las penas previstas a los judíos que no llevaran señales distintivas en el ropaje, en 1478, o un muro que aislara a la judería, dos años después.

Todo desemboca, como parte y resultado, en una fecha clave para la comunidad judía en toda España. El 31 de julio de 1492, los Reyes Católicos firman su expulsión, condenados desde entonces, y hasta bien entrado el siglo XIX, a una presencia críptica. Perseguidos y en el más estricto secretismo, avanza el autor que, pasado un siglo, Madrid acogió a numerosos criptojudíos portugueses, descendientes de los que habían marchado el mismo año del descubrimiento de América. En esta época y en los años siguientes, diferentes documentos acreditan esta situación; como un auto de fe -uno entre miles- de 1632, donde salieron «hasta cuarenta y cuatro reos, de los que cuatro fueron quemados en estatua y siete en persona» por, presuntamente, reunirse para azotar y ultrajar a un Cristo y una Virgen.

Otro de los pilares sobre este legado tiene mucho que ver con especulaciones, justificadas en la transmisión popular. Quizá llame la atención que en la ruta ilustrada no figure el barrio de Lavapiés, supuestamente denominado como Avapiés en la fecha, pero lo cierto es que, contradicción entre historiadores, no existe base documental al respecto. Se trata, por tanto, de un mito; similar al que asegura que la actual iglesia de San Lorenzo fue otrora una sinagoga. Igualmente, se dice que el castizo nombre de Manolo tiene su origen en la comunidad judía, pues deriva de Immanuel, que en hebreo significa «Dios esté con nosotros».

Refundación

No existe una refundación efectiva hasta bien entrado el siglo XIX, aunque en los primeros años se atisba el final de este paréntesis. En 1917 se funda la primera sinagoga de Madrid, Midras Ababarnel, antecedente de la constitución de la Comunidad Judía en la región, en 1920. Se consigue, además, un recinto propio en el cementerio civil de La Almudena, aunque este crecimiento no es definitivo.

La sinagoga es cerrada en 1938 y, tras el final de la Guerra Civil ,se interrumpe toda actividad pública. Así, la Comunidad Judía no se restituye hasta 1947, y dos años después se inaugura una nueva sinagoga, el Oratorio Lawenda, que años más tarde se traslada a la calle Pizarro para albergar una mayor, Betzión. El despegue y asentamiento definitivo, pacífico a excepción del ataque sufrido en la Nochebuena de 1976, cuando explotó una bomba junto a la sinagoga de la calle Balmes, fue en la década de los 60; desarrollada con la construcción del cementerio judío de Hoyo de Manzanares, a principios de los 90. Madrid cuenta además con un colegio judío, el Ibn Gabirol, levantado en 1965.

La comunidad judía, en el presente

Se estima que actualmente viven la Comunidad de Madrid en torno a 10.000 judíos, con la sede de la Comunidad Judía (a la izquierda, su inauguración) como punto de encuentro principal; tanto religioso como social. Su crecimiento en los últimos años remite en gran parte a Argentina, pues muchos judíos emigraron a España tras el golpe militar de Videla, en 1976, y tras las recientes crisis económicas. La Segunda Guerra Mundial provoca igualmente la llegada de numerosos refugiados judíos. En aquellos años, Madrid se configuró como un escenario alternativo de espías y diplomacia encubierta. Como apunte, cabe en esta ruta la confitería Embassy, que actuó como tapadera para salvar a 30.000 judíos del despliegue nazi en la capital, con destino a Portugal



ABC.es Manuel P. Villatoro

  • La pirámide de Keops, en los medios estas últimas jornadas, fue testigo en 1798 de batalla que acabó con la hegemonía de la caballería mameluca
 Bonaparte, en Egipto, su gran victoria y su gran derrota - Instituto Napoleónico México-Francia

Bonaparte, en Egipto, su gran victoria y su gran derrota – Instituto Napoleónico México-Francia

Las victorias de Napoleón Bonaparte en Europa son atesoradas como ejemplo de su ingenio militar y su capacidad estratégica. Sin embargo, se suele obviar que el «Pequeño Corso» dejó su impronta también en las cálidas arenas de Egipto. No en vano fue el primer militar que llevó la guerra moderna hasta El Cairo y que, mediante tácticas revolucionaras para aquellos que vivían en plena tierra de los Faraones, logró someter con 20.000 hombres a un ejército formado por más de 60.000 enemigos. Unos 6.000 de ellos jinetes mamelucos, la caballería ligera más letal que -por entonces- había en Oriente.

Y lo hizo, además, frente a la Gran Pirámide de Guiza (la cual ordenó construir Keops). Una tumba que estos días está siendo noticia en los medios de comunicación y que dio, posteriormente, nombre la contienda: «La batalla de las Pirámides».

Camino a Egipto

Para llegar hasta esta contienda es necesario hacer retroceder el calendario hasta el siglo XVIII. Por entonces, Napoleón Bonaparte era un general de 28 años que –aunque querido por el pueblo tras haber combatido exitosamente en Italia– aún no se había proclamado emperador. De hecho, se encontraba a las órdenes de un poder superior: el Directorio, un organismo heredero de la Revolución Francesa y formado por cinco dignatarios.

 Por entonces, la situación no andaba precisamente «très bien» a nivel internacional, pues se podía masticar la tensión existente entre Francia y Gran Bretaña. Una aversión que se avivó cuando los inglesuzos declararon la guerra a la «France» en 1792 para luchar contra la Revolución. En esas andaba la cosa, cuando el Directorio solicitó a Napoleón organizar la invasión definitiva de Gran Bretaña por mar. Algo que Bonaparte rechazó por considerarlo una locura.

No andaba falto de razón el pequeño galo, pues su armada –además de estar descuidada- se encontraba al mando de nuevos oficiales carentes todavía de la suficiente experiencia como para invadir las islas. Con todo, el gabacho no iba a dejar pasar la oportunidad frente a sus narices, y sugirió que todo el capital que le iban a entregar podría ser destinado a la invasión de Egipto. De esta forma, buscaba entrar «por la puerta de atrás» (la tierra de las Pirámides, para ser más exactos) en la India. Todo ello, buscando algo muy concreto. «Se podría llevar a cabo una expedición hacia el Levante que amenazara el comercio [inglés] con la India», explicó en una ocasión el propio líder.

Meses después se organizó una expedición formada por 32.300 hombres, 175 ingenieros y científicos y 13 navíos de línea. Entre ellos se hallaba el «L’Orient», el buque insignia de la flota francesa. El 19 de mayo la armada partió del puerto de Tolón, al sur de Francia. Muy pocos sabían hacia donde se dirigía. «El destino del ejército de Napoleón era un secreto bien guardado. En París se especulaba con que la flota se dirigiría a Sicilia, posesión […] de Inglaterra», explica el Profesor de Historia Contemporánea Julio Gil Pecharromán en su dossier «Sólo fue un sueño». El objetivo de todo aquel secretismo era evitar que la flota inglesa del Mediterráneo al mando de Horatio Nelson les encontrase. Su destino: Egipto.

Contra los mamelucos

El 1 de julio, el contingente de Napoleón tuvo ante sí el primer escollo en su aventura egipcia: Alejandría, la ciudad de los muertos. «El desembarco francés se realizó, sin apenas resistencia, en las proximidades de los tres principales puertos: Alejandría, Damietta y Rosetta. Las tropas se extendieron con rapidez por la costa», explica Pecharromán. Dos jornadas después, la urbe fundada por Alejandro Magno cayó en poder de los galos casi sin oposición. Ahora los enemigos serían los mamelucos (un antiguo pueblo de esclavos en la época de los faraones que, tras siglos, había logrado hacerse con el poder en buena parte de Egipto y convertirse en la clase más adinerada).

Los mamelucos, por su parte, no se quedaron quietos e iniciaron los preparativos para enfrentarse a aquellos invasores llegados de lejanas tierras. Así pues, el bey Ibahim (el principal líder político) ordenó reunir al gigantesco contingente egipcio al mando del también bey, Murad (general del ejército y comandante de caballería). Este estaba formado principalmente por mamelucos, unos jinetes que usaban de forma predominante la cimitarra en lugar de las armas europeas y que se destacaban por sus cargas letales y su ferocidad en el combate cuerpo a cuerpo.

Así define Michel Franceschi (Consultor militar especial del Instituto Napoleónico México-Francia) a estos jinetes en su dossier «Bonaparte en Egipto»: «Además de diversas armas de fuego, sus temibles cimitarras centellean con mil destellos bajo sus arneses de un extraordinario resplandor. Sus uniformes engalanados flamean bajo el sol. Ricamente encaparazonados, sus caballos de pura sangre piafan esperando la carga. El fanatismo ciego de esos temibles guerreros es bien conocido. Su manera de batirse es de lo más rudimentario: cargar directo y de frente y aplastar todo a su paso».

El experto también señala que estos jinetes tampoco habían visto jamás que alguien detuviera una de sus feroces cargas, por lo que se sentían lo suficientemente confiados como para enfrentarse al veterano ejército napoleónico.

El cruce del desierto

Mientras los beys andaban organizando unas fuerzas lo suficientemente poderosas como para expulsar de la región al veterano ejército de Napoleón, el «Pequeño corso» (todavía recibiendo órdenes del Directorio) desveló sus planes a sus hombres: viajar y tomar El Cairo. Una tarea que podría parecer sencilla, pero ni mucho menos lo era.

¿La razón? Que había dos rutas para llegar de una ciudad a otra. En la primera, la más sencilla, había que remontar la orilla izquierda del Nilo a partir de Roseta (ubicado 60 kilómetros a la izquieda de la ciudad de los muertos). Este itinerario era el más seguro, pero también el más tedioso. «El otro, más directo pero excesivamente pesado, cruzaba por setenta kilómetros el desierto de Bahyreth y se unía al primero en Rahmanyeh pasando por Damanhour», explica Franceschi.

¿Qué hizo Napoleón? Dividir a sus hombres en dos contingentes y ordenar a cada uno que se dirigiera a El Cairo por un camino. El primero fue el más pequeño (estaba formado por una división) y tomó la ruta más larga con el objetivo de engañar al enemigo. También iría cargado con una buena parte de los macutos de los hombres para ahorrarles peso. El segundo, en el que viajaría Bonaparte, puso rumbo al desierto. «El general en jefe estableció el agrupamiento del conjunto en Rahmanyeh (El Rahmanyeh) para una progresión directa sobre El Cairo con todas las fuerzas reunidas», destaca el experto.

Dos soldados se suicidaron debido al calor asfixiante que sufrían

Napoleón inició la marcha junto a sus hombres a las cinco de la tarde del 7 de julio y, como explica el historiador Andrew Roberts, lo hizo bajo el abrigo de la luna y el fresco de la noche. Era la primera vez que un ejército moderno cruzaba las arenas de Egipto. Para desgracia del corso, la travesía por el desierto se pareció bastante a la de Moisés, pues le faltaron agua y víveres… El viaje fue un auténtico desastre. «Muchos de los pozos y las cisternas del camino habían sido envenenados o cerradas con piedras», añade el experto.

La sed del contingente durante esos días fue tan severa que los militares maldijeron a Bonaparte. Dos soldados de una unidad de dragones (jinetes armados con fusiles) se terminaron arrojando al Nilo para suicidarse debido al asfixiante calor. «El capitán Henri Bertrand, un ingeniero de talento que llegaría a ser coronel en esta campaña, vio a generales tan destacados como Murat o Lannes “arrojar sus gorros con encajes a la arena y pisotearlos”», determina Roberts. Concretamente, los militares se quejaron (como destacó luego un miembro de la expedición) de vivir en el viaje a base de «melones, calabacines, gallinas, carne de búfalo y agua del Nilo».

Primera batalla

Estas penurias debieron regocijar al bey quien, desde su sillón, decidió que había que presentar batalla a los franceses en ese momento de debilidad y sed. Según creyó, su caballería no tendría más que cargar para atravesar como la mantequilla la «Armée» de Bonaparte, ya bastante mermada por las continuas cargas de los molestos beduinos.

Así pues, se presentó ante los franceses con su contingente de 4.000 mamelucos y 11.000 infantes el 13 de julio en Chebreis, Era su primera contienda contra un ejército europeo experto en la lucha contra los jinetes. Una prueba de fuego para unos soldados a los que -hasta entonces- les había funcionado a la perfección el lanzarse de boca contra el enemigo.

En contraposición a esta simple mentaldiad, Bonaparte estableció una estrategia muy usada en Europa: la formación en cuadro. Esta consistía en constituir un cuadrado de bayonetas imposible de atravesar por la caballería.

«El general les opuso la táctica de fuego graneado y concentrado de la “formación en cuadro” por división. Los costados de los cuadros estaban constituidos por seis filas de soldados de infantería estrechados. Dispuesta en los cuatro cuadros, la artillería podía barrer con metralla el terreno en un ángulo de doscientos setenta grados. En el centro, con las impedimenta, se encontraba la caballería en reserva. De las seis filas de soldados de infantería, tres podían eventualmente salir del cuadro para un contraataque, en apoyo o no de la caballería. […] Las distancias entre los cuadros están calculadas para que puedan apoyarse mutuamente», añade Franceschi.

Cuando comenzó la batalla, el ejército mameluco creó (según varios autores) una línea de hasta cuatro kilómetros de extensión. Posteriormente, los jinetes se arrojaron contra los soldados franceses con sus cimitarras al viento, desconcertados por la extraña forma en la que estos combatían. Se sentían victoriosos. Sabían que cada uno de ellos podía enfrentarse a tres o cuatro enemigos fácilmente y salir victorioso. Durante la carga no hallaron apenas escollos, pues los oficiales de la «Armée» habían ordenado a sus hombres que no disparasen hasta que el enemigo estuviese a pocos metros de ellos.

«Los mamelucos se replegaron dejando 200 muertos sobre el terreno, contra solamente algunos heridos franceses»

Todo parecía perfecto para los mamelucos. Sin embargo, cuando estuvieron cerca de los gabachos, estos les desjarretaron una andanada de fusilería que desmontó a una buena parte de los jinetes. El resto, se estrelló contra la muralla de bayonetas. Muchos vieron como su montura les arrojaba al suelo, asustada.

La carga había fallado y, a los pocos minutos, los mamelucos entendieron que lo único que podían hacer era huir. Tras reagruparse, agotaron su ímpetu cargando de forma concentrada contra el flanco derecho francés, pero no sirvió de nada. Fueron rechazados de nuevo. Desesperados, los oficiales tocaron a retirada.

«Remolineron todavía algunos instantes y, luego, se replegaron hacia El Cairo, dejando doscientos muertos sobre el terreno, contra solamente algunos heridos franceses. La táctica adoptada hizo maravillas. Mínima por las pérdidas, esta batalla de Chebreis tuvo una gran resonancia moral. Los mamelucos perdieron su soberbia, mientras los franceses recuperaron confianza en ellos mismos después de los terribles retos que acababan de sobrellevar. Habían tomado el ascendente moral sobre el enemigo, lo cual es determinante la guerra», completa el experto hispano. Tras la contienda, Napoleón volvió a iniciar la marcha hacia El Cairo.

Frente a frente, en las pirámides

Pero los mamelucos no estaban dispuestos a rendirse. Unas jornadas después, el día 21 de julio de 1798, Murad volvió a hacer su aparición en escena. Y lo hizo en la ciudad de Embaleh (ubicada a una decena de kilómetros de las Gran Pirámide de Guiza, la cual había ordenado construir el faraón Keops). Por entonces, una de las construcciones más altas que había en el mundo. Además, en esta ocasión los enemigos de Bonaparte no habían dejado lugar a los fallos y se habían presentado con la nada desdeñable cifra de 6.000 mamelucos y 54.000 soldados árabes (entre ellos, un número alto de jinetes también, como señala Roberts en su obra).

Llegaba la batalla definitiva, y el «Pequeño corso» solo disponía de unos 20.000 hombres, aunque bien entrenados. Con todo, las cifras de soldados que combatieron varían atendiendo a la fuente a la que se acuda. El mismo Bonaparte -por ejemplo- cifró en el doble el número de mamelucos presentes en el contingente enemigo, aunque puede atribuirse a la necesidad de demostrar y probar su genio militar frente al Directorio francés.

El historiador Tom Reiss ofrece unos datos algo diferentes en su obra «El conde negro: Gloria, revolución, traición y el verdadero conde de Montecristo». «Los franceses eran unos 25.000. Las estimaciones […] varían, aunque los historiadores suelen citar las cifras que dio Napoleón: 12.000 guerreros mamelucos, cada uno de ellos con tres o cuatro sirvientes armados; 8.000 mil beduinos y 20.000 jenízaros (soldados otomanos a pie)». En palabras de este experto, los criados se dedicaban a pasar las armas adecuadas a sus amos en cada momento. «A los guerreros les seguían también flautistas y tamborileros, y montones de mujeres y niños que los acompañaban para ver cómo aniquilaban a los infieles», completa.

Comienza la batalla

Para repeler de nuevo a los mamelucos, Napoleón ordenó formar cinco grandes cuadros de infantería. Uno por cada división que le acompañaba. «Estos cuadros estaban formados para la ocasión egipcia por entre seis y diez filas de profundidad, cuando lo habitual en Europa eran tres filas o, excepcionalmente, cuatro», explica el autor Enrique F. Sicilia Cardona en su obra «Napoleón y revolución: las Guerras revolucionarias». El objetivo de esta variación no era otro que evitar que los jinetes contrarios atravesasen las defensas galas y aniquilasen a los diferentes grupos uno a uno.

«Las ráfagas llameantes de nuestros mosquetes penetraban sus suntuosos uniformes bordados de oro y plata»

El estado mayor, la oficialidad y los pertrechos se situaron en el centro del cuadro y, en cada una de las esquinas de este castillo de bayonetas, se ubicó una pieza de artillería. ¿Su objetivo? Arrasar con metralla a todos los mamelucos que pudieran antes de que estos chocaran contra la formaciones galas. Antes de comenzar la lucha, los oficiales recordaron a sus hombres que esperasen a que los jinetes estuviesen cerca de sí para disparar, y que apuntasen a la cabeza de los caballos, ya que de esta forma, y como dijo un oficial, «los caballos recularían, desmontando al jinete». La combinación de fuego prometía ser letal para el enemigo.

Con El Cairo frente a sí y las pirámides de Guiza a su derecha, los oficiales franceses ubicaron los cuadros de infantería dirigidos respectivamente por Desaix y Reyner. Su objetivo sería cargar contra las fuerzas presentes en la diestra, aquellas que defendían el acceso a las milenarias tumbas de los faraones. De esta forma, amenazarían la comunicación del bey con el alto Egipto. Dos cuadros, los de Bon y Vial, se ubicaron en el flanco izquierdo. Finalmente, el grupo restante (el de Dugua) formó entre estas dos fuerzas principales para servir como nexo de unión.

A la carga

Como era de esperar, y a pesar de que habían salido trasquilados pocos días antes, los árabes no modificaron su táctica. Así pues, se lanzaron de bruces contra los cuadros a las órdenes de Desaix y Reyner, ubicados en el flanco derecho galo. La carga parecía letal, pero acabó como ya había sucedido el día 13: en un total desastre. «Les recibieron con firmeza, y a una distancia de unos diez pasos abrieron fuego a discreción sobre ellos», explica Roberts citando a un historiador de la época.

Uno de los soldados que luchó en la batalla fue mucho más descriptivo, segúb recoge Tom Reiss en su obra: «Las ráfagas llameantes de nuestros mosquetes penetraban sus suntuosos uniformes, vaporosos y ligeros como grasa, bordados de oro y plata».

Casi rememorando lo que había sucedido en Chebreis, los árabes ubicados en el flanco derecho se retiraron y trataron de atacar nuevamente a los dos cuadros antes señalados. Pero su intento no sirvió de nada. «Los mamelucos no habían visto nunca fracasar una carga de caballería», añade Reiss. La forma de combatir de los franceses era perfecta para la situación. Y es que, cuando uno de los soldados de las primeras filas caía ante el poder de las cimitarras enemigas, otro ubicado tras él lo sustituía para que la formación no se rompiese.

En el flanco contrario, los mamelucos se lanzaron contra Bon, quien les recibió del mismo modo. Mientras, una división recibió el encargo de avanzar hacia las reservas enemigas (siempre formando en cuadro) y desalojarlas de sus posiciones defensivas. En todos los frentes, los mosquetes acababan con la vida de los experimentados jinetes musulmanes ayudados por los cañones ubicados en los extremos de los cuadros. «Mientras tanto, la artillería francesa descargó sus obuses contra la retaguardia enemiga», añade Reiss.

El ataque final

Al final, después de llevar a cabo varias cargas infructuosas y de que cientos de sus jinetes se dejasen la vida sobre el campo de batalla, los oficiales mamelucos tomaron a una decisión promovida más por el orgullo que por la mente. «Al darse cuenta de que los franceses querían acorralarles, decidieron lanzar una última carga total contra dos de los cinco cuadros. Miles de jinetes cargaron contra ambos cuadros a la vez, pero las divisiones resistieron», completa Reiss. El ímpetu no sirvió de nada.

Al ver que la moral de los mamelucos se resentía, Napoleón ordenó a las divisiones de Vial y Bon lanzar un contraataque que terminara, de una vez por todas, con el ejército enemigo. Dicho y hecho. Los oficiales, ávidos de venganza, dirigieron a sus hombres con un empuje letal que obligó a muchos enemigos a arrojarse al Nilo para no morir ante las bayonetas. Cerca de 1.000 se ahogaro o fueron rematados por los galos desde la orilla.

Jean-Pierre Doguerau, asistente de uno de los oficiales presentes en la batalla, recordó así el triste suceso: «Se arrojaron al Nilo y se siguió disparando durante largo tiempo contra las miles de cabezas que asomaban sobre el agua.

El recuento de bajas fue demoledor: miles por parte de los mamelucos (se cree que entre 2.000 y 8.000) y apenas 300 de los soldados de Napoleón. Y la mayoría de ellas, debido al fuego amigo provocado al dispararse entre cuadrados. Tras la contienda, los galos se hicieron con 20 piezas de artillería, 4.000 camellos y todo su equipamiento. Posteriormente, Bonaparte entró en El Cairo, pero no como conquistador, sino como libertador. Así lo atestiguan las palabras que dirigió a los ciudadanos: «He venido a destruir a la raza de los mamelucos, a proteger el comercio y los naturales del país (…) No temáis nada por vuestras familias, vuestras casas, vuestras propiedades, y sobre todo por la religión del profeta, a la que estimo…».


Manuel P. VillatoroABC_Historia

  • Entre 1793 y 1794, multitud de capitanes de navío fueron asesinados por ser monárquicos. Estas muertes dejaron sin militares cualificados al «Pequeño Corso» para combatir contra la «Royal Navy»
 Más de 40.000 personas fallecieron durante el terror francés - Wikimedia

Más de 40.000 personas fallecieron durante el terror francés – Wikimedia

El «terror francés». Este es el término que se utiliza, a día de hoy, para definir el periodo en el que la Revolución Francesa asesinó a miles de galos contrarios a los nuevos vientos de libertad, igualdad y fraternidad. Apenas se desarrolló durante un año (de 1793 a 1794) pero se llevó por delante 40.000 vidas. Muchas de ellas, pertenecientes a los almirantes y capitanes de navío de la Armada del país, quienes sufrieron en sus propias carnes lo que era defender la bandera de Luis XVI y Maria Antonieta. Aquella matanza, aunque útil para los intereses del gobierno, dejó en paños menores a la flota, pues los líderes políticos se vieron obligados a dar el mando de la segunda marina más importante de la época a hombres que no sabían del mar más que su color. A su vez, dichas muertes provocaron que, apenas una década después, Napoleón Bonaparte se tuviese que enfrentar -junto a los bajeles españoles- en Trafalgar a la «Royal Navy» con militares carentes de experiencia y con menos batallas a sus espaldas que un grumete adolescente. Un factor determinante que provocó una de las derrotas más sonadas de la Historia de España.

Para hallar el origen del «terror francés» («terror gabacho», que podríamos decir por estos lares) es necesario hacer retroceder el calendario hasta el año 1789. Por entonces gobernaba «la France» el monarca Luis XVI, quien -además de haber accedido al trono 14 primaveras antes- era conocido por varias cosas… y ninguna buena. Y es que, además de tener un apetito sin fin (algo que le granjeó contar con unos «kilitos» de más y ser comparado, siempre a sus espaldas, con un cerdo), también era tímido y sumamente medriocre en las labores de estado. Lo tenía todo el tipo para enfadar a la corte. «El trabajo intelectual le fatigaba, durmiéndose en el Consejo, al mismo tiempo que había vivido lamentables hechos domésticos que le habían desacreditado», explican varios historiadores en el dossier «Revista mensual de ciencias, letras y artes» editada en 1949 por la Universidad de Chile.

Tampoco andaba el monarca demasiado dichoso en lo referente a sus amores, pues estaba casado con Maria Antonieta, una coqueta y guapísima austríaca que se solía preocupar más por bajarse la falda frente a sus amantes y gastar a sacos el tesoro real, que por el bienestar de su pueblo. Según cuenta el sociólogo y divulgador histórico Adrián Meló en su obra «El amor de los muchachos», la reinona solía pasar los ratos muertos disfrazándose de plebeya y seleccionando a aquellos que, posteriormente y por invitación real, le demostrarían su amor en la alcoba. Que el monarca y su esposa eran un par de desgraciados que no se creían su propio cargo era, por entonces, algo sabido por nobles, panaderos y mendigos. Así lo atestigua el historiador del siglo XIX Albert Mathiez, quien no tuvo problemas en cargar contra Luis, pluma mediante, de la siguiente forma: «En teoría, el monarca, representante de Dios sobre la Tierra, gozaba del poder absoluto. Su voluntad era la ley. Lex Rex. En la realidad no lograba hacerse obedecer ni aun de sus funcionarios inmediatos. Mandaba tan suavemente que parecía ser el primero en dudar de sus derechos».

Con todo, el mayor problema de entonces no era que los reyes andasen de aquí para allá demostrando su incompetencia (algo que hacen hoy en día muchos políticos sin que les cortemos la cabeza por ello) sino que «la France» andaba tambien muy escasa de monedas con las que pagar sus múltiples «gastés». Además, los monarcas preferían usar las mismas en menesteres de su interés que en alimentar a su hambriento pueblo, al cual le sonaban día sí, y noche también, las tripas por no tener nada que meterse entre pecho y espalda tras las pésimas cosechas que se habían ido al infierno. Concretamente, Luis se estaba dejando hasta el último doblón de la cartera en ayudar con armas y hombres a aquellos rebeldes que, al otro lado del Atlántico (en la nueva América, para ser más específicos) habían iniciado una revuelta contra la infame y odiada Inglaterra. Todo ello, por cierto, por obra y gracia de los impuestos (que las luchas no se pagan solas, oiga). Se dice que se gastaron hasta 2.000 millones de libras en esta «aventura militar»

Para colmo de males, a todo este ambiente de tensión se le sumó la llegada de unos nuevos pensadores que proclamaban unas ideas bastante molestas para los monarcas. Estos «ilustrados» (en el sentido más literal de la palabra, pues eran partidarios en cierto modo de esta corriente ideológica y cultural) eran conocidos como jacobinos y buscaban dar una buena patada en el «cul» a aquellos que ostentaban el poder por entonces. Es decir, dar importancia al hombre individual, aquel ubicado en los escalones más bajos de la sociedad. Y eso… ¡En una época en la que el rey consideraba que ostentaba el poder por obra y gracia del Señor! «Los jacobinos creían que la sociedad ideal debería estar constituida en gran parte por hombres como ellos, trabajadores económicamente independientes porque viven de su profesión (son propietarios de su saber) o porque son pequeños productores […] Desde esta situación social era lógico que su pretensión social fuese la igualdad o, más específicamente, el rechazo de las desigualdades extremas», explica el politólogo español y profesor de la Historia de la politología Fernando Prieto en su obra «La revolución francesa».

Comienza la revolución

Con esos precedentes no resultó extraño que, el 14 de julio de 1789, el pueblo se levantase en armas contra el viejo poder representado por el monarca y tomase la Bastilla, el símbolo por excelencia de la opresión. «La Bastilla era la fortaleza medieval de torres macizas y formidable altura que se levantaba en medio de […] París y cuyo uso militar ya no se justificaba. Había sido durante años el bastión de muchas víctimas de la arbitrariedad monárquica, cuando el cardenal Richelieu empezó a utilizarla como cárcel de estado, donde se encarcelaba sin juicio a los parisinos señalados por el rey con una simple carta y se pudrían las víctimas de por vida», explica Dolores Luna-Guinot en su obra «Desde Al-Andalus hasta Monte Sacro». Aquella jornada, los más de 100 soldados a cargo de la defensa de esta pequeña fortaleza tuvieron que resistir durante horas el asedio del pueblo llano que, reforzado por algunos antiguos soldados perteneciente a la Guardia Suiza, lucharon a brazo partido por acabar con hasta el último defensor.

Motivados también por la necesidad de conseguir pólvora para los fusiles que había robado en la ciudad (la Bastilla contaba en su interior con un gran arsenal) los ciudadanos, más de 50.000 según se dice, no pararon de disparar ni un segundo. Segando y segando las vidas de los defensores. Finalmente, la posición acabó rindiéndose bajo promesa de que ningún militar monárquico sufriría represalias. «Oui, oui…», que debieron decir los atacantes. Pero la realidad fue bien distinta, pues el pueblo capturó al alcaide la prisión, el marqués Bernard-René Jordan de Launay, y, tras arrastrarle por las calles de París (donde, por cierto, recibió todo tipo de gargajos de la boca de sus compatriotas) fue asesinado de la forma más cruel posible: bajo los cuchillos de una turba violenta. «Mataron a su gobernador, lo decapitaron y pasearon su cabeza por las calles de la aterrada ciudad. La Bastilla fue saqueada, incendiada y destrozada», explica el archivista Fernando Báez en su obra «Las maravillas perdidas del mundo. Breve historia de las grandes catástrofes culturales de la civilización». Acababa de comenzar oficialmente la Revolución Francesa.

Las pescaderas asesinas

La movilización no se quedó solo en la toma de la Bastilla y en el paseo de la cabeza del director de la prisión por las calles parisinas, sino que continuó con las políticas revolucionarias de una Asamblea Nacional (un nuevo gobierno) que había sido proclamada antes de la conquista de la fortaleza. La misma había sido constituída por los miembros del «Tercer estado» (aquellos franceses de menor capacidad económica) y buscaba fomentar la igualdad, la fraternidad y la legalidad. «Los miembros del Tercer Estamento se autoproclamaron Asamblea Nacional, y se comprometieron a escribir una Constitución. […] Se declararon como únicos integrantes de la Asamblea Nacional, que no representaría a las clases pudientes sino al pueblo en sí […]. Si bien invitaron a los miembros del Primer y Segundo Estado a participar en esta asamblea, dejaron en claro sus intenciones de proceder incluso sin esta participación», explica la licenciada en Historia Maribel Alejandrina Valenzuela en su dossier «La Revolución Francesa».

Además, la Asamblea firmó la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, una nueva constitución en la que se afirmaba que todos los hombres eran iguales ante la ley. También le pusieron «huevés» y decidieron que no iban a tolerar más que el poder residiese en el rey, por lo que idearon una monarquía constitucional en la que el Luis quedaría plegado a los deseos del pueblo. Lo cierto es que este emisario divino no le dio en los primeros momentos demasiada importancia al alzamiento de las masas en París y a la creación de la Asamblea Nacional. De hecho, hubo que esperar un poco para que Luis se tomara todo aquello con la importancia que requería. Concretamente, hasta que una turba sedienta de sangre -y encabezada principalmente por pescaderas con cuchillos de escamar– entró en su palacio el 5 de octubre dispuesta a asesinar a Maria Antonieta.

Aquel día, el monarca se enteró por las bravas de lo serio que era todo aquello cuando las «poissardes» -armadas con sus cuchillos y una mala uva terrible por la escasez de pan y la subida de precios- se personaron en Versalles, asesinaron a los guardias del palacio cortándoles la «tete» y persiguieron a la asustada María Antonieta por los corredores. Al final, a Luis XVI no le quedó más remedio que aceptar lo que solicitaban aquellas asaltantes. Y más le valió, pues de lo contrario podría haber acabado bajo tierra. Así pues, y con un filo bajo la garganta, el monarca firmó con una sonrisa falsa en los labios la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano. «No preocupare pa -que debió pensar (o algo así)- que rubrico y esto y lo que haga falta para seguir mi vida». Tras el suceso, las tenderas se armaron de valor y obligaron a Sus Majestades a ir viajar hasta París para estar bajo la custodia de la revolución. Curiosamente, varias de ellas escoltaron su carruaje para evitar que huyeran.

Con todo, a día de hoy son muchos los expertos que afirman que aquella revuelta multitudinaria fue instigada por mujeres que no eran meras pescaderas, sino revolucionarias influyentes que aprovecharon el momento de tensión para echar, si cabe, más leña al fuego. «En la noche del 5 al 6, en su mayoría pescaderas parisinas mezcladas con revolucionarias camufladas, disfrazadas de pescadera, querían obtener pan y esperanza […]. Los escasos muertos habidos durante este episodio fueron más bien el resultado de la manipulación sufrida por aquellas mujeres de origen humilde, que en realidad fueron llevadas allá sin saberlo, con fines que desconocían, y el resultado de esta manipulación tuvo un alcance mucho mayor de lo que podían imaginar aquellas mujeres que vendían pescado en París, pues a fin y al cabo significó el principio del fin de Luis XVI y María Antonieta», explica el licenciado en filosofía Josep Pradas en su dossier «¿Las víctimas como precio necesario?».

«Adieu a la tete»

Una vez en París, los monarcas fueron obligados a aceptar la monarquía constitucional y rebajar su poder hasta límites insospechados. Pero los disgustos de Luis solo acababan de empezar, pues tuvo que firmar decretos en los que perdía cada vez más poder. Se ve que el rey andaba hasta la corona de tener que tragarse todo aquello, pues el 21 de junio de 1791 decidió salir por piernas con su esposa de aquel caos para llegar hasta Austria, tierra natal de Maria Antonieta y, desde allí, solicitar el apoyo de un ejército para aplastar la revolución. Sin embargo, el cuento de la lechera le duró poco. Y es que, tanto él como su esposa acabaron siendo atrapados con las manos en la masa cuando apenas estaban a unos pocos kilómetros de la frontera. El guardia que les capturó no podía creer aquello: ¡Los reyes habían traicionado la monarquía constitucional!

Los monarcas fueron enviados a París por un grupo de pescaderas furiosas

Inmediatamente, la pareja fue enviada a París de nuevo. Habían gastado su último cartucho, y les había salido bastante mal. Instantaneamente fueron expulsados del poder acusados de traición. De nada valió que las potencias europeas (entre las que destacaba Austria) declarasen la guerra a la nueva Francia indignadas ante el encarcelamiento de los monarcas, pues no tardó en formarse un ejército popular que acudió al frente para, a base de mosquetazos, repeler a aquellos «malvados monárquicos». Fue en ese momento cuando los revolucionarios decidieron dar un golpe de efecto… matar a Luis para demostrar que la movilización iba a llegar hasta el final. El galo pasó por la guillotina (el instrumento para ajusticiar preferido en el país) el 21 de enero de 1793.

«A las nueve vinieron a buscarle; él salió con su confesor y presentó su testamento […] subió a un carruaje […] Todo estuvo tranquilo; por todas partes reinaba un silencioso terror, y una triple fila de soldados guarecía la carretera. Durante el tránsito, Luis tomó el brevario […] y tomó los salmos análogos a su posición. Habiendo llegado al lugar fatal, y siempre imperturbable […] se quitó su vestido exterior […] y presentó sus manos a los verdugos con una resignación heroica. “Id, hijo de san Luis, subid al cielo”, le dixo su confesor mientras subía al cadalso. […] Los verdugos se apoderaron del rey, y a las diez y media el crimen ya estaba consumado», explica el cronista Michel Pierre Joseph Picot en su obra «Memorias para servir a la historia eclesiástica durante el siglo XVIII». La revolución acababa de quemar su última nave, ya no podían volverse atrás

El inicio de las masacres

Pero la muerte del monarca estuvo lejos de llevar la tranquilidad a Francia. De hecho, avivó el odio de las potencias internacionales que -monárquicas hasta el corvejón- redoblaron sus esfuerzos para acabar con la revolución por las bravas. Aquello les supuso a los gabachos tener que subir los impuestos para evitar ser asediados. «La guerra, a pesar de las victorias sobre Saboya, Prusia y Bélgica, agravó la situación debido a las malas cosechas de los años 1792 y 1793, la tensión política aumentó», explica Carlos Aguilar Blanc (profesor de Filosofía del Derecho y Política en la Universidad Pablo de Olavide) en su obra «El terror de estado francés: Una perspectiva jurídica». La situación terminó de ponerse negra cuando el nuevo gobierno trató de reclutar la friolera de 300.000 hombres para mandarlos al frente en la ciudad de la Vendée. La medida, lógicamente no fue muy bien recibida por los ciudadanos, que se levantaron en armas contra la nueva política. Todos fueron masacrados por las milicias.

La situación cansó al gobierno que, hasta el sombrero de tanto enemigo, comenzó a pensar que había traidores tras cada esquina. Nobles y altos cargos favorables a la monarquía que estaban esperando cualquier momento para dar un golpe de mano y volver a entregar el poder a la familia real. Fue en ese momento cuando comenzaron las purgas masivas de todo aquel que pudiese haber tenido alguna relación, por pequeña que fuese, con la monarquía.

La primera en caer, lógicamente, fue la reina, quien aún permanecía con vida suspirando por la muerte de su esposo. María Antonieta dejó este mundo el 16 de octubre de 1793, día en que su cabeza fue separada de su cuerpo por la «cuchilla nacional» (apodo que recibía la guillotina). Para entonces su belleza ya se había marchitado y, a pesar de no llegar a los 40 años, mostraba un pelo blanco, una figura extremadamente delgada por los continuos disgustos, y un carácter falto de vitalidad. Se cuenta que el pueblo la escupió mientras se dirigía en un carruaje sin capota hacia el patíbulo, aunque no se dejó amedrentar y se mantuvo estoica en todo momento. «Maria Antonieta fue […] conducida al cadalso en una carreta, y no desmintió su firmeza en aquel angustioso trance», explica el sacerdote Antoine-Henri Berault-Bercastel (contemporáneo de la monarca) en «Historia general de la Iglesia desde la predicación de los apóstoles, hasta el pontificado de Gregorio XVI».

A continuación, los revolucionarios -apoyados por pequeños grupos violentos- la tomaron con todo aquel que pudiese oler a monárquico o enemigo del nuevo gobierno. «Se pensaba que era ponsible cambiar la sociedad pero, para ello, había que acabar con los aristócratas, los nobles, los curas refractarios, los monárquicos constitucionales, pero también con los accapareurs (aquellos que especulaban con la comida y la moneda del pueblo) y los oisifs (los que vivían de las rentas no salariales) todos ellos eran culpables de la crisis de abastecimiento de las necesidades más básicas», completa el experto español. Todos ellos fueron asesinados indiscriminadamente por el poder de la nueva política. Ya fuera mediante fusilamientos masivos -cuando la guillotina no daba más de sí- ahogamientos o ahorcamientos. También se hicieron tristemente famosos los «baños de Nantes», un castigo aplicado en dicha región que consistía en meter a los condenados en una barcaza y, una vez que se hallaban en el centro del Loira, hundir aquellos buques con ellos dentro.

Todas estas sanguinarias matanzas fueron favorecidas por el gobierno de la Convención (los revolucionarios de turno) quienes, el 10 de marzo de 1793, aprobaron una ley que establecía que existían dos tipos de delitos por los que una persona podía ser condenada a muerte: económicos e ideológicos. Los últimos fueron los más habituales y los que se llevaron más almas. Pocos meses después se pusieron también sobre blanco una serie de ejemplos que explicaban, pormenorizadamente, todas las personas que debían pasar por el patibulo. En ellos se incluían, tal y como recoge Blanc, los siguientes: «Aquellos que hubiese provocado el restablecimiento de la monarquía o buscado envilecer o disolver la Convención Nacional y el gobierno revolucionario o republicano. Aquellos que hubieran intentado impedir el aprovisionamiento de París, o provocar la escasez de la República. Aquellos que hubiesen secundado proyectos de los enemigos de Francia o favorecido la retirada y la impunidad de los conspiradores y la aristocracia». Y todo ello, sumado a un largo etc.

La guillotina, los fusilamientos y los ahogamientos se generalizaron

A su vez, todas las garantías procesales fueron suprimidas mediante un texto legal que afirmaba, en primer lugar, lo siguiente: «La prueba necesaria para condenar a los enemigos del pueblo es cualquier especie de documento, sea material, sea moral, sea verbal, sea escrito, que pueda obtener naturalmente el asenso o beneplácito de todo espíritu justo y razonable». El artículo XIII de esta ley iba todavía más lejos: «Si existen pruebas, sean materiales, sean morales, independientemente de la prueba testimonial, no serán oídos los testigos, a menos que esta formalidad parezca necesaria, sea para descubrir cómplices, sea por otras consideraciones mayores de interés público». Es decir, que la ley estaba ideada y preparada para acabar con cuántos más enemigos de la revolución mejor.

Aquellas matanzas, además de crueles, se cobraron la vida de miles y miles de francees, muchos de los cuales se dejaron la vida sabiendo que, a pesar de no ser monárquicos y no haber pensado nunca en política, habían sido acusados por algún desaprensivo sin escrúpulos. Los datos extraoficiales nos dicen que murieron ejecutadas alrededor de 41.000 personas en apenas un año. De forma oficial, el Estado francés registró un total de 16.594 muertes, 2.639 en París. De ellas, solo se conoce el origen de 14.000, 1.000 de las cuales pertenecían a la alta nobleza gala. «Algunos calculan un número aproximado de 2.000 nobles ejecutados y unos 16.000 exiliados de un censo de 350.000», añade el experto hispano.

La matanza de oficiales de la Armada

A pesar de que todos los estamentos de la sociedad francesa se vieron afectados por estas sangrientas purgas, uno de los que más sufrió las persecuciones del gobierno fue el ejército y, más concretamente, la Armada. Esta se vio perseguida después de que una parte de sus oficiales entregaran Toulon (una plaza fuerte ubicada al sur de Francia) a los británicos. Aquel acto, perpetrado por militares realistas que querían que la revolución fuese aplastada, puso en el punto de mira a toda la marinería. «La purga se hizo sobre la armada por razones ideológicas y políticas. Muchos capitanes desaparecieron. Eran mandos incómodos que habían pertenecido a la monarquía borbónica, por lo que decidieron quitárselos de en medio. Algunos tuvieron suerte y emigraron antes de que comenzase la revolución, pero otros no y fueron asesinados sin piedad», explica, en declaraciones a ABC, Manuel Moreno Alonso, Catedrático de Historia y autor de «Napoleón. De ciudadano a Emperador» (editado por Sílex).

Hugo O’Donnell, militar español y miembro de la Real Academia de Historia, afirma lo mismo en su dossier «Trafalgar. Análisis de las fuerzas aliadas (buques, mandos y dotaciones)»: «La Revolución francesa represalió a la oficialidad sospechosa de “realismo” y esta persecución se incrementó a partir de la entrega por una parte de esta de la base de Tolón […] en 1793, con lo que el mero hecho de pertenecer a la aristocracia pasó a convertirse en “crime de noblesse”». No se libraron ni los oficiales más experimentados y que habían servido a Francia durante años. No contaron las victorias, las bajas hechas al enemigo… Tan solo valía ser un firme defensor de los valores de la nueva República francesa. Así pues, se sabe que no fueron pocos los capitanes de navío (uno de los mayores cargos a los que se podía aspirar por entonces en lo referente a la marinería) que fueron expulsados del país o, simple y llanamente, asesinados.

«En la época de la Revolución fueron miles los que murieron por estar conectados presuntamente con la monarquía. El problema es que en Francia no se ha hecho un análisis o un estudio específico en el que se pueda ver como afectó en números eso a la Marina. Se habla del terror de 1793 y de 1794. Allí la cantidad de almirantes que cayó fue enorme. Pero se desconoce el número concreto. En esa época muchos fueron expulsados fuera de Francia y luego ya no se integraron en el ejército de Napoleón. Otros fueron condenados a muerte y fallecieron de múltiple formas. Una era atarles bolas de cañón a los zapatos, lanzarles al agua y esperar a que se ahogasen», explica el profesor universitario a ABC. Los que se marcharon por piernas de la «France» para no dejar este mundo tampoco vivieron demasiado bien -en muchos casos- en el exilio. De hecho, y tal y como afirma Alonso, la mayoría cayeron en desgracia y jamás regresaron a su país.

Otros, por el contrario, decidieron vengarse de la Armada Francesa revolucionaria aliándose con los mayores enemigos de su país. Así lo señala Alonso: «Hubo algunos militares, y hasta generales, que se pasaron a los ingleses. Así quedó atestiguado en sus memorias. Tras las purgas de la Revolución, por ejemplo, uno de los almirantes más destacados de Francia se convirtió en asesor de los ingleses. Otros se asociaron posteriormente con los españoles en la Guerra de la Independecia para dar información detallada sobre las tácticas de Napoleón debido al odio que sentían hacia el Emperador. Con todo, muchos de ellos intentaron regresar a la marina cuando la situación se relajó». Con todo, muchas muertes fueron absurdas, pues se determinó -como pasaba en el mundo civil- que todo aquel que fuese acusado con una prueba medianamente creíble pasaría por la guillotina. Esto hizo que incluso algunos oficiales fervorosamente seguidores de la revolución cayeran bajo la cuchilla.

El fin de Napoleón en Trafalgar

Además de la evidente pérdida absurda de vidas, en lo referente a la Armada francesa el equívoco fue todavía mayor, pues la Revolución asesinó a una buena parte de los oficiales más veteranos (y por tanto, más proclives a la monarquía) y más experimentados. Estas vacantes, como bien señala O’Donnell, se terminaron cubriendo con voluntarios de escaso conocimiento naval, oficiales sin la preparación necesaria para dirigir navíos y políticos de los comités revolucionarios que no sabían nada del mar. Se sembró, por lo tanto, la semilla del desastre en una marina, la francesa, que había llegado a ser la segunda más poderosa del mundo tras la británica. «Los capitanes navales aristocráticos y bien formados, perdidos por la emigración o por las purgas de la acción revolucionaria, no podían ser sustituidos con la misma facilidad que los oficiales de infantería. Además, los ideales de libertad, igualdad y fraternidad eran, probablemente, menos compatibles con los deberes y la disciplina de la vida en el mar que en los campamentos», explica Geoffrey Parker en «Historia de la guerra».

Las tripulaciones tampoco se libraron de estas purgas y fueron muchos los marineros asesinados por navegar en barcos «realistas». Todo aquel «pitote» dejó a la Armada en cuadro, sin oficiales experimentados ni marinos capaces de realizar las tareas más básicas. La situación solo pudo empezar a remediarse en 1798, cuando se detuvieron los asesinatos estatales. Ese año, Eustache Bruix, ministro de marina, tomó varias determinaciones. La primera fue (aprovechando la relajación de los extremistas) recuperar a cuántos más oficiales pudiera del exterior, fueran de la opinión política que fuesen. A su vez, también instauró «cursos» navales para los nuevos oficiales. «La máxima de Bruix era hacer las cosas pausadamente hasta conseguir un nuevo cuerpo de oficiales con verdadera solera. “Demos tiempo a lo que pide tiempo; alarguemos la victoria, queramos una marina y tendremos una marina”, dijo», completa O’Donnell.

No obstante, solo obtuvo una mezcolanza de capitanes antiguos, ensimismados en las viejas tácticas navales, y unos jóvenes revolucionarios que -al no tener ni dea del mar- se dejaron aconsejar por aquellos en lo referente a la mejor forma de combatir. Por lo tanto, no hubo una evolución táctica basada en las nuevas formas de darse de cañonazos contra el enemigo, ideas que sí se estaban fomentando en otros países como Gran Bretaña de la mano de pipiolos (por edad, que no por conocimientos) como Horatio Nelson. Hubo que esperar hasta la llegada de Napoleón Bonaparte (quien tomó el poder en 1799 como cónsul) para que las cosas empezasen a encajar. Aunque, quizá, ya era tarde para una armada francesa a la que le quedaba poco para darse de bofetadas contra los ingleses en el mar. «Se fracasó en el empeño de formar capitanes y almirantes completos, pese a haberse reabierto las escuelas navales, consiguiéndose sólo marinos nuevos con espíritu viejo, pero pero perfectamente capaces de unir su suerte a la de un imperio advenedizo y de profesar una devoción leal por quien estaba a punto de proclamarse Napoleón I», señala O’Donnell.

No obstante -al César lo que es del César- Napoleón fomentó un sistema de ascensos no tanto basado en las ideologías políticas (que, hasta cierto punto, también) como en las credenciales, la valentía y las gónadas mostradas en la lid. También fueron muchos los que, viéndose en la cumbre de su poder, prefieron tocarse las napias que entrenar a sus tripulaciones y obligarlas a mejorar en el uso de las armas. Así lo atestiguaron marinos de la talla de Villaret de Joyeuse, quienes señalaron en su momento que la marina gala era una vergüenza, pues estaba formada por vagos que se preocupaban de tonterías en lugar de mejorar las técnicas de su tripulación. Algo totalmente diferente a lo que hacían los ingleses que, aunque también alistaban en sus buques una marinería formada principalmente por hombres de la naviera mercante, les entrenaban hasta la extenuación en mar abierto para que disparasen con mayor eficacia y rapidez. Los gabachos, por el contrario, prefirieron dejar los barcos en puerto, donde era casi imposible practicar y los grumetes se hastiaban de ir de aquí para allá en puerto. «En realidad, lo que les faltaba y les seguiría faltando a los mandos navales franceses era práctica de largas singularidades y el ejercicio de la táctica de combate de escuadras», determina el experto.

Aquella armada maltrecha, sin oficialidad preparada, ni marinos entrenados, fue la que se enfrentó -junto a los bajeles españoles- el 21 de octubre de 1805 a los experimentados navíos ingleses en Trafalgar siendo derrotada de forma estrepitosa. Según varios autores, debido -entre otras cosas- a la falta de veteranía de sus comandantes. Un claro ejemplo de ello fue el mismo almirante de la armada combinada, Pierre Charles Jean Baptiste Silvestre de Villeneuve, un revolucionario interesado que, debido a la falta de militares experimentados, fue puesto al mando de aquella flota y se vio obligado a vérselas con uno de los marinos más considerados de su tiempo: Horatio Nelson. Este francés nunca debió ser ascendido a pesar de haber protagonizado varios actos de valor, pues no estaba preparado para dirigir a 33 navíos de línea. Pero, simple y llanamente, no había mucho donde elegir.

Y eso, a pesar de que era un interesado pues, aunque era de ideas moderadas, abrazó la revolución para poder ascender. «Silvestre (…) no sólo se apuntó al tumulto, sino que hizo desaparecer de su D.N.I de entonces el aristocrático “de” de su apellido para parecer más revolucionario. Primer síntoma de vulgar chaquetero y trepador. Naturalmente, subió en el escalafón como las balas y en 1.796 fue promovido a contralmirante» afirma Luis Rodríguez Vázquez en su obra «La historia encadenada». «Napoleón ascendió gente joven que venía de la revoluciona debido a que no había mandos superiores. Es curioso que entre los distintos ascensos que ordenó Napoleón a Mariscales, no había ningún marino. Todo ello hizo que la marina francesa cayese en desgracia», añade a ABC, en este caso, el experto español.

 


ABC.esManuel P. VillatoroABC_Historia

  • Jean Jacques Lucas, al mando del «Redoutable», impidió que Nelson cortase la línea franco española con el «Victory». Su actuación no sirvió para que los aliados venciesen, pero un marinero a sus órdenes acabó con la vida del almirante inglés

 

 El «Redoutable» de Lucas se denfiende a capa y espada contra varios enemigos - Wikimedia

El «Redoutable» de Lucas se denfiende a capa y espada contra varios enemigos – Wikimedia


Muy chiquitín, con cara de no tener a sus espaldas más de 20 primaveras… y con unas gónadas casi tan gordas como el navío de 74 cañones que comandaba en Trafalgar. Dicho así podría parecer que estamos rindiendo homenaje a alguno de los marinos que navegaban bajo la rojigualda en el siglo XIX (los cuales andaban sobrados también de entrepierna, todo sea dicho). Sin embargo, en este caso el honor es para Jean Jacques Etienne Lucas. Un capitán que, a pesar de no hablar castellano y ser un gabacho de «tomé y lomé» (no todo el mundo es perfecto, que se le va a hacer) demostró que su escasa estatura no era un impedimento a la hora de dirigir a la perfección su barco. Así lo pudo atestiguar el infame almirante de la Pérfida Albión Horatio Nelson quien, a lomos del «Victory», se estuvo dando de cañonazos contra el bajel de nuestro franchute varias horas sin poder superarle. De hecho, necesitó la ayuda de otros dos «british ships» para terminar dándole estopa. Le salió caro, pues un mosquetazo perdido del navío del «petit capitán» galo acabó mandándole a cantar el «Good save the queen» al cielo.

Lucas, cuarentón cuando españoles y franceses andábamos y andaban -respectivamente- a bofetadas en Trafalgar, fue uno de los pocos gabachuzos que logró mantener el honor de la «Armée Imperial» de Napoleón aquel infame 21 de octubre. Todo lo contrario que Villeneuve -almirante de la armada franco española- quien, sin hacer honor a su cargo, demostró lo torpe que era dirigiendo grandes flotas al llevar a la derrota a los aliados con sus estúpidas decisiones. Tampoco destacó precisamente por su «valeur» Dumanoir quien, viento en popa sobre su «Formidable», salió por patas junto a otros buques de su escuadra de la «bataille» antes siquiera de soltar un cañonazo sobre los inglesitos. A nuestro pequeño protagonista, por el contrario, ningún oficial cargado de medallas le pudo decir ni «palabré», pues se dejó el alma a bordo de su «Redoutable» en la lid. No en vano el pequeño corso (más alto que el, por cierto) le recibió con honores en la Francia imperial. Lo mismo pasó con Villeneuve, quien le regaló una bocina de mar con la leyenda «A l’intrepide Lucas» después de aquel follón.

Y eso, con una altura bastante escasa para todo un capitán de barco. «En las fuentes se recoge su baja estatura. Parece que medía menos de 150 cm., pero lo que le faltaba de talla lo compensaba con su bravura, sangre fría y ánimo imperturbable», explica, en declaraciones a ABC, Luis Enrique Iñigo Fernández -Licenciado en Geografía e Historia por la Universidad Complutense de Madrid, Doctor en Historia por la UNED y autor de «Breve historia de la batalla de Trafalgar» (editado por «Nowtilus»)-.

A su vez, Lucas fue también uno de los pocos marinos galos que sabía hacer la «o» con un canuto o, en su defecto, hacer que las velas se pusieran tiesas con la llegada del viento. Y es que, después de que Napoleón asesinase a decenas de oficiales tras tomar el poder y convertir Francia en un Imperio, había poco marino lúcido que elegir para armar comandante. «Es necesario tener en cuenta que la antigua Marina Real había sufrido una verdadera purga durante la Revolución Francesa, cuyos líderes consideraban, con razón, que la oficialidad, en especial los “bleu”, o azules, que eran los que de hecho comandaban los navíos, era hostil a la revolución. Pero el resultado fue espantoso. Durante los años posteriores escasearon los buenos oficiales y se hicieron frecuentes los ascensos motivados más por la lealtad revolucionaria que por la competencia técnica. Por desgracia para los franceses, Lucas era más una excepción que una norma», añade el experto.

El pequeño (e infantil) Lucas

Jean Jacques Etienne Lucas llegó a este mundo el 28 de abril de 1764 allá por la Charente-Maritime, una región ubicada al sur este de la «France». Y todo ello, cuando a los padres de Napoleón apenas se les había pasado por la cabeza yacer para concebir al futuro Emperador (quien, por cierto, arribó a la Tierra a la altura de 1769). Pero lejos de centrar la atención en el «petit corso» (el cual sabía del mar su color, y poco más), vale decir que el futuro capitán de navío más pequeñín de la flota imperial nació en Marennes el mismo año en que su país había expulsado a los jesuitas de sus fronteras. Como buen chaval de padre militar (alguacil real, para más datos) alumbrado cerca de la costa, los pasos de nuestro francés se dirigieron inmediatamente hacia los cascarones que, fabricados en madera y metal, flotaban sobre el agüita clara y fresca del Atlántico. Aquello, durante la enésima guerra de los galos contra los ingleses, algo ya habitual en la historia.

«No tenía todavía 14 años cuando su padre le mandó a Rochefort. Ahí fue embarcado como guardiamarina en el “Bathilde”, un barco encargado de escoltar a los convois cerca de la costa. En el mes de mayo de 1779, Lucas subió a “pilotin” en el “Hermione”, comandado por el Conde de la Touche, y, en sus inicios [en este puesto] asistió a la toma de dos corsarios ingleses conseguidos en las costas de la Ile-Dieu después de un combate muy obstinado», explica Joseph François Gabriel Hennequin (marino contemporáneo de Lucas) en su obra «Biographie maritime; ou, Notices historiques sur la vieet les campagnes des marins célèbres français et étrangers». Dos años después, y tras haber sufrido en sus carnes abordajes y disparos de cañón, el navío de Lucas recibió la orden de dirigirse hacia Nueva Inglaterra (en América), donde se pondría a las órdenes del Conde de Guichen. «Lucas hizo esta nueva campaña como voluntario, y en los 28 meses que duró, asistió al combate que esta armada libró el 17 de abril de 1780, a la [contienda] contra el almirante Rodney […] y, en uno de ellos, Lucas recibió una herida grave en el brazo izquierdo», completa el militar.

Ya fuera con el ala dolorida o no, el pequeño (todavía por edad, ya habrá tiempo para llamarle bajito) fue trasladado a la corbeta «Le Jeune Dauphin» en mayo de 1872 y, posteriormente, pasó a la «L’Adour» gracias a sus capacidades marítimas. En la misma, nuestro protagonista casi acabó durmiendo con las algas después después de que el barco se fuera al infierno (o al fondo de las aguas, según quiera mirarse) cerca de la isla de Ré (al oeste del país). En los años posteriores, este marino fue demostrando también sus capacidades navales en los múltiples mandos que dispuso. «Durante los años que van desde 1783 hasta 1791, Lucas fue sucesivamente ayudante del piloto, segundo, y finalmente primer piloto. Fue embarcado en esos diversos grados sobre la corbeta “La Fauvette”, la fragata “La Nereide” y navío “L’Orion”, a bordo de los cuales hizo varias campañas en le Mediterráneo, en las Iles du Vent y en Saint Domingue», determina Hennequin en su obra. En 1792 fue ascendido a «enseñanza de navío» y, posteriormente, a «teniente de navío» en 1794 en la fragata «La Fidéle».

Tras varios meses en los mares, y con la cara callosa ya de polvo y salitre por su extenso tiempo en la cubierta de un navío de guerra, este galo relajó sus ansias de sablazos para -durante cuatro años- dedicarse principalmente a las «delicadas» observaciones astronómicas. Una «mariconerié», que pensarán los falsos machos de pelo en pecho desde sus cálidas camas, después de haber estado partiéndose el morro frente a los lords bebedores de té en una buena parte de las aguas que rodeaban la «France». Pero nada más lejos de la realidad. Y es que, en aquellos violentos años no era raro que se aparcase brevemente el arcabuz y el chuzo (o hacha) de abordaje para cultivar también la ciencia. Y si no, que se lo pregunten al Brigadier Cosme Damián Churruca, vasco de nacimiento y uno de los mejores marinos del momento (aunque esté mal que lo digamos desde estos lares), quien se dedicó tanto a las tortas como a embarcarse en investigaciones en las que lo que primaba no era hacer agujeros a las casacas de los «british», sino desvelar los grandes enigmas de la tierra, el agua, los cielos y lo que se terciase.

El imponente combate de Algeciras

Tras regresar en «La Fidele» a Brest en 1795, Lucas logró nuevamente un ascenso cuando fue enviado al buque «Le Fougueux» (encuadrado en la armada del almirante Morard de Galles). No obstante, su gran patada hacia el escalafón gabacho la vivió allá por 1799, cuando sus décadas al servicio de la marina francesa le fueron recompensados con el traslado al navío de línea «Indomptable» (un portento marino de 80 cañones) como capitán de fragata. Todavía le faltaba un poco para dirigir aquellos imponentes bajeles (los más grandes de la época). Pero amigo, había que tener paciencia, que ya caería la nuez. Aquel era un ascenso y, al fin y al cabo, fue bien recibido por el pequeño francés, quien ya llamaba la atención en las cubiertas de los barcos en los que navegaba por su determinación… y por su escasa estatura.

En 1801, después de que el infame Bonaparte -por entonces Primer Cónsu l del país- favoreciese una alianza entre España y su país para dar de sartenazos a los ingleses, Lucas participó sobre el «Indomptable» en la batalla de la Bahía de Algeciras. La contienda se produjo cuando el «petit corso» ordenó a dos de sus oficiales más lamezapatos fusionarse con varios buques de nuestra «Espagne» para armar jaleo en Egipto, donde los franceses combatían contra los «british» a sangre y cañón. El tratado fue llevado a cabo por pasividad de su real alteza hispana Carlos IV y gracias a la obra de su subordinado y valido Manuel Godoy. Este, en los ratos que tenía libres entre bajada y bajada de enaguas a la reina -con la que, según se comenta, le ponía una buena cornamenta a su monarca-, decidió que era mucho mejor rendirse a las órdenes del «Empereur» que contrariarle.

«En las clausulas adicionales al tratado se dictaron las disposiciones militares, de tal forma que dos contingentes navales galos, al mando de Linois y Dumanoir, saldrían de los puertos de Tolón y Cherburgo para unirse en Cádiz a la escuadra del Almirante Moreno», explica el Coronel Jefe del Regimiento de Artillería de Costa nº 5 Rafael Vidal Delgado en su obra «El fuerte de Santiago y la batalla de Algeciras». La primera parte, como era habitual en los planes de Napoleón, se desarrolló de forma impoluta («Olé mis naricés», que debió pensar), pues logró que la armada gabacha de Linois llegase a aguas andaluzas sin mayor problema con la intención de unirse a los buques hispanos. Sin embargo, a la altura de Algeciras se avisó a la escuadra gala (entre la que se destacaba el «Indomptable» de Lucas, así como otros 3 navíos de línea y una fragata) que la Royal Navy no se había quedado de brazos cruzados y había organizado un contingente para, cañones mediante, mandarles de un tortazo al otro lado del Atlántico.

Lejos de envainársela, Linois le puso arrestos -poco más podía hacer debido al mal tiempo- y decidió plantar batalla a los soldados de la Pérfida Albión en la bahía de Algeciras. Eso sí, al abrigo de las baterías de tierra rojigualdas y de las lanchas cañoneras españolas (pequeñas, rápidas y desesperantes para los gigantescos navíos británicos). El 6 de junio se repartieron los cañonazos. Aquella jornada, la flota inglesa -formada por 6 navíos de línea y una fragata- atacó a los franco españoles esperando barrerles y, posteriormente, beberse unas pintas. No obstante, Saumarez (al mando de la escuadra) no tardó en percatarse del error que había cometido atacando a la línea defensiva gabacha protegida por los cañones hispanos. Con todo, lo hizo después del capitán del «Pompee», a quien seguro que se le escapó algún «stupid» que otro al ver como su cascarón era desarbolado e inmovilizado por los enemigos por la valentía de su superior. Hubo que remolcarlo para que no fuera capturado. Un desastre en nombre de la su graciosa majestad, vaya.

Tampoco le debió dar las «congratulations» a Saumarez el «Hannibal» que, tras sufrir un constante fuego de los cañones de tierra y del «Indomptable», quedó detenido en medio del mar cual boya. Sin velas con las que moverse y con más agujeros que un gruyere elaborado a conciencia por el mejor artesano. «Poco antes de la una de la tarde, el capitán Ferris del “Hannibal” ordenó arriar el pabellón, rindiéndose e incluyendo en la misma a las tripulaciones de los botes que le había enviado su almirante para desencallarlo», añade Vidal. Tras aquello, la moral de los ingleses cayó a la altura de la punta de las medias de su capitán quien, con un sonoro «goodbye», salió por velas de la zona para evitar recibir más bofetadas de las que ya había soportado su careto. Victoria para los aliados y, más concretamente, para Lucas.

Capitán de navío

Tras haberles dado a los ingleses por donde molestan -y mucho- las berenjenas, Lucas fue propuesto para ascender a capitán de navío. Uno de los mayores cargos a los que se podía aspirar en la marina de la época, pues permitía dirigir las imponentes moles de un mínimo de 74 cañones sobre las que recaía todo el peso en una batalla naval. «El navío de línea, concebido en 1653 […] era ya a comienzos del siglo XVIII el tipo de embarcación predominante en el resto de marinas de guerra europeas. […] Su igualdad en maniobrabilidad y velocidad permitía enfrentar al enemigo en la batalla disponiéndose en líneas por escuadras. Desarrollando de este modo una novedosa táctica que dará el nombre a estos buque: “Navíos de línea”. Se clasificaron en Navíos de 1º clase, con 3 cubiertas y 98-120 cañones -a excepción del Santísima Trinidad […]-; Navíos de 2ª clase, con 2 cubiertas y 74 – 98 cañones; y Navíos de 3ª clase, con 2 cubiertas y 60 – 74 cañones», explica el Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico en su dossier «El navío de línea».

Lucas recibió el mando de un navío de línea de dos puentes, el «Redoutable»s

Nuestro pequeño amigo, por su parte, tuvo la suerte de recibir el mando del «Redoutable», un navío de línea de segunda clase con 74 cañones (que se aumentaron a 78 posteriormente), 55 metros de eslora y 14 de manga. Robusto y relativamente moderno (pues había sido fabricado en 1791), este buque se fogueó en sus primeros años repartiendo estopa mientras escoltaba bajeles aliados cerca de la costa de Francia. Fuera como fuese, lo cierto es que, tras subir sus gónadas a la toldilla de su navío, se convirtió en uno de los capitanes de navío más bajitos de toda la «Grande Armée» (y, como demostró luego, también el que contaba con más narices a la hora de batirse al enemigo).

El hombre sabio

Así quedaron las cosas con nuestro pequeño capitán. Al menos, hasta que el «petit corso» se hizo nombrar Emperador y, hasta el cetro de tener que aguantar a los inglesetes y su «Royal Navy», tomó una de las decisiones más atrevidas de su carrera militar: se propuso llevar hasta Gran Bretaña un ejército de tierra a través del Canal de la Mancha y, una vez allí, acabar con la monarquía de un único y soberano tortazo. Fácil de decir, pero más difícil de llevar a cabo. Y es que, el «petit gabaché» necesitaba reunir una gigantesca armada que hiciese morder el salitre de las aguas a los barcos que los bebedores de té tenían en los alrededores como defensa. En principio aquello no era un problema, pues contaba en sus astilleros con multitud de buques que podían ser reforzados con otros tantos de España (nación a la que no le había quedado más remedio que alinearse contra Gran Bretaña junto a la «France» después de que el líder galo amenazase con asediar la región si no colaboraban). «No quedé más huevés, mon amie», que debió decir Bonaparte a Godoy. Pintaban difíciles para los españoles, que tuvieron que tragar y, encima, dar las gracias por ello.

Vistas las posibilidades, Napoleón decidió que enviaría una flota de 33 navíos de línea hasta las costas inglesas para transportar a su «Armée» de Francia a Gran Bretaña a través del Canal de la Mancha. El mando de la misma le fue dado al almirante Pierre Charles Jean Baptiste Silvestre de Villeneuve. Oficial de profesión, torpe en sus ratos libres. Porque otra cosa no, pero el francés ya había demostrado sus limitaciones en otras tantas contiendas. No obstante, el hombre andaba bien de enchufes, por lo que el Emperador no lo dudó y le otorgó el bastón de poder en la que, en su momento, era la operación naval de mayor importancia. Sin embargo, antes de que sus bajeles pudieran salir del puerto de Cádiz (donde se habían reunido las dos armadas aliadas para dirigirse hacia el norte), los ingleses bloquearon el puerto con 27 buques similares al mando de Horatio Nelson, el terror de los aliafos en los mares, pues ya le había dado buena estopa en Abukir (Egipto) y el Atlántico a la «France». De hecho, dicen las malas lenguas que Villeneuve solía levantarse por las noches sudando en repetidas ocasiones tras tener una pesadilla en la que aparecía el inglés.

Para la flota franco española (formada por 18 buques del Emperador y 15 hispanos) no quedaba más que combatir si pretendían mantener su honor. O más buen para Villeneuve, quien no quería perder el poco respeto que aún le atesoraba Napoleón (el cual no era demasiado, todo sea dicho). Así fueron pasando las horas hasta que viento va, viento viene, el 21 de octubre los bajeles de la combinada salieron decididos a darse de mamporros contra el inglés. Y eso, a pesar de que los «british» contaban con tripulaciones sumamente entrenadas que, según se dice, daban mil vueltas (y una más, de recambio) a las francesas y aliadas. Sabedor de lo cruda que estaba la cosa, Lucas, que formaba en la combinada a los mandos del «Redoutable», tomó la decisión de entrenar a sus hombres en el uso de armas cortas, bombas incendiarias, y en el disparo desde las cofas de su navío al enemigo.

«El capitán era perfectamente consciente, como lo era el almirante Villeneuve, o el propio Gravina, de que la habilidad de los artilleros británicos les proporcionaba una cadencia de tiro y un porcentaje de aciertos muy superior a los de la flota combinada, y en especial a los de los navíos franceses, por lo que entablar con cualquiera de ellos un duelo artillero no podía sino condenar al bajel propio a una derrota rápida y segura. Por ello, entrenar a los hombres en el abordaje y el combate cuerpo a cuerpo parecía al aguerrido capitán francés una opción más ventajosa, y así lo hizo», añade Iñigo Fernández.

No obstante, el entrenamiento que Lucas proporcionó a sus hombres no fue general en la armada combinada, por lo que la mayoría de los marineros (que eran en muchos casos pordioseros, mendigos y enfermos que habían sido llevados a los navíos a punta de bayoneta para completar las tripulaciones) tuvieron que enfrentarse al inglés sin haber disparado un cañón en su vida y sin haber manejado un sable nunca. Otro imprevisto infame que colaboró en la que fue una de las mayores derrotas de la historia de la Armada española en aguas del Atlántico (y una contrariedad que conocían perfectamente los capitanes españoles).

Las gónadas del canijo

A las ocho de la mañana del 21 de octubre, las armadas se encontraron dispuestas para la lucha frente al cabo Trafalgar. La combinada, por orden de Villeneuve, formó una extensa línea para cañonear al enemigo mientras este se acercaba. En el centro de la misma se ubicaron los navíos de línea más destacados. En primer lugar, el «Bucentaure» (buque insignia galo) y el «Santísima Trinidad» (un bajel español que podía presumir de ser el más grandes del mundo). El «Redoutable» se hallaba cerca de ambos, en todo el meollo de la cuestión. Por su parte, Nelson determinó crear dos columnas que cortarían a los enemigos por el centro en perpendicular. La primera comandada por él y, la segunda, dirigida por Cuthbert Collingwood a lomos del «Royal Sovereign». Para dar ejemplo, ambos oficiales dispusieron que ellos irían en cabeza, por lo que se llevarían una buena parte de los cañonazos mientras, viento en popa a toda vela, se acercaban a los aliados para atravesar su formación.

A las 11:40, Nelson gritó sus órdenes a las dos columnas de navíos y todos supieron (como ya suponían, por otra parte) que les tocaba cargar contra el enemigo y llevarse más de un zurriagazo por proa durante el camino. Sin embargo, el Almirante sabía que, en el caso de que llegasen a cortar la línea, repartirían buenos cañonazos entre sus contrarios. Mientras por la mollera del «british» pasaba todo aquello, Lucas se dedicó a dar ánimos a su tripulación antes de la lucha. «A las once la flota izó sus colores El ritmo de los tambores tocaba ‘Aux Drapeaux’. Los soldados presentaron entonces sus respetos a la bandera, que fue saludada por oficiales y marineros con aplausos. Después, todos repitieron siete veces “¡Que viva el emperador!”», explicó el mismísimo Lucas en el informe que presentó a Napoleón después de la batalla de Trafalgar. La suerte andaba ya echada, y lo único que se podía hacer era combatir hasta la muerte. Al fin y al cabo… ¿a dónde podían huir en medio de una inmensa masa de agua?

Según escribió el mismo Lucas, mientras las columnas enemigas se acercaban a ellos se percató de que la armada franco española disparaba horriblemente mal: «Cuando la columna del enemigo empezó a dirigirse hacia nosotros, el “Bucentaure” comenzó a disparar. Pero desde el castillo de proa pude observar que nuestras naves disparaban mal. Me percaté de que todas las andanadas iban demasiado bajas y se quedaban cortas». Pero el galo pudo quejarse durante un escaso tiempo de ello, pues poco después, y a la velocidad del rayo, el «Victory» de Nelson -seguido por toda la columna- estaba encima del centro de la formación aliada. Y es que el almirante británico, que de tonto no tenía ni un pelo de la peluca, había decidido abalanzarse sobre la popa del «Bucentaure» aprovechando que estaba desprotegida debido a que el bajel que debía cubrirle se había quedado rezagado. Aquello podía haber sido un desastre increíble. No obstante, allí esta Lucas para, gónadas mediante, poner su cascarón a rebufo del de su almirante y salvarle, nunca mejor dicho, el culo.

«Nelson, a la cabeza de su columna, había intentado cortar la línea formada por Villeneuve en un punto situado entre el español “Santísima Trinidad”, el barco más grande del mundo, un cuatro puentes de 136 cañones, y el “Bucentaure”, el buque insignia francés. Al no lograrlo, hubo de desviarse y terminó haciéndolo entre el “Bucentaure” y el “Redoutable”, con lo que el navío de Lucas, un ordinario dos puentes de 74 cañones, hubo de enfrentarse al poderoso “Victory”, el navío insignia británico, un tres puentes de gran potencia de fuego, 110 cañones en total», explica el experto español en declaraciones a ABC.

La batalla esta servida en badeja, y el «petit» Lucas no iba a achantarse. Uno de sus primeros disparos fue, de hecho, glorioso. «La bala dio en el velacho del “Victory”, lo que generó vítores y gritos por toda la nave. Después mantuvimos el fuego, y en menos de diez minutos, el buque insignia británico había perdido su palo de mesana. Mientras tanto, me preocupé de tener cerca la popa del “Bucentaure” [para que el “Victory” no entrara entre los dos navíos]. De hecho, el bauprés del “Redoutable” llegó a tocar la popa de la nave insignia», destacó el capitán.

Borda con borda

Disparó aquí, cañonazo allá, parecía que el «Bucentaure» y el «Redoutable» no tendrían mayor problema para mantener al «Victory» a raya. Craso error, pues el inglés terminó metiendo su proa entre ambos a eso de la una de la tarde y, aunque estaba seriamente dañado, desjarretó una increíble andanada sobre la retaguardia del buque insignia francés que le dejó soberanamente maltrecho y escupiendo un humo negro y espeso. Cortada finalmente la línea, Lucas tiró de arrestos y, dando unos gritos llamativos para alguien de su tamaño, ordenó ponerse borda con borda con el imponente navío británico. Tocaba asaltarlo con infantería, algo que comenzó a la una y diez de la tarde. «Nada podría igualar el ardor de esos héroes en el momento que les anuncié que íbamos al buque insignia de Inglés», añadió Lucas en su texto.

Tras arrimarse al infame británico, comenzó un intenso fuego de fusilería desde el pequeño «Redoutable» que desquició a Nelson, quien probó de primera mano el entrenamiento y la puntería de los hombres de Lucas. «El almirante luchó al frente de su tripulación. Nuestro disparos, sin embargo, fueron tan rápidos y tan superiores a los suyos, que en menos de un cuarto de hora se silenció al “Victory” por completo. Más de doscientas granadas fueron lanzadas sobre el mismo con el mayor éxito,… sus cubiertas quedaron llenas de muertos y heridos. La parte superior de la cubierta se convirtió en un desierto», determinó el capitán. Con todo, lo mejor para los franceses estaba por llegar, pues -aproximadamente a la una y media- un disparo de un tirador francés del «Redoutable» impactó en el hombro izquierdo de Hortio Nelson, el mayor héroe de la marina inglesa. Cuando uno de sus oficiales acudió a comprobar el estado de su superior, el británico fue franco: «Han acabado conmigo Hardy, me han destrozado la columna vertebral». No andaba errado, pues a los pocos minutos dejaba este mundo en la cabina dedicada a los heridos de su navío. Nada se pudo hacer.

Hasta este punto, todo bien para el «Redoutable». Pero poco le duraría la alegría ya que, viendo cuánto sufría su almirante, el navío inglés «Temeraire» acudió en su socorro. «El buque de tres puentes “Temeraire” se acercó en ese momento al “Redoutable” y disparó sobre él todos sus cañones. En efecto fue terrible; cerca de 200 hombres fueron impactados por las balas o por la metralla. El heroico Lucas recibió también una herida, pero como no era muy grave, no dejó por eso de dar órdenes», determina, en este caso, el historiador francés contemporáneo de Lucas. Si la situación se puso difícil por culpa de este bajel, no es necesario definir la desesperación que causó en los franceses la entrada de otro cascarón en la refriega, el «Tonnant», de 80 cañones. «Este se colocó en su popa y lo aplastó [al “Redoutable”] con varias oleadas de enfilada a bocajarro. En menos de media hora, el “Redoutable” fue dejado en un estado lamentable. El capitán del “Temeraire”, viendo el mal estado en el que estaba, instó a rendirse a Lucas, pero este respondió con una andanada de sus fusileros», completa el autor.

Aquel acto de valor fue uno de los últimos que pudo hacer Lucas antes de rendirse, pues -al poco- el gran mástil del «Redoutable» cayó sobre el «Temeraire» tras un cañonazo, lo mismo que sus masteleros. Para colmo de desastres, los oficiales informaron a Lucas de que se había iniciado un incendio en el navío. Así pues, desesperado y sabedor de que ya no quedaba más de su bajel que un cascarón lleno de agujeros, el «petit capitan» bajó la bandera gabacha de su navío en señal de rendición. Eso fue a las dos de la tarde y tras plantar testa a dos «british» superiores a él, y al «Victory», de un centenar de cañones. El pequeño «Redoutable» había cumplido su deber, y con creces. «No solo aguantó su embate varias horas, sino que incluso trató de abordar al “Victory” hasta en cuatro ocasiones. Y no conforme con ello, el pequeño buque francés soportó también el ataque del “Temeraire”, de 98 cañones, cuya presencia lo colocó entre dos fuegos, sellando con ello su sentencia de muerte, ya del todo confirmada cuando a la lucha se suma el “Neptune” inglés», completa a ABC Iñigo Fernández.

Más de 500 marinos del «Redoutable» murieron en la batalla

Las bajas que había sufrido también atestiguaron las narices que Lucas había puesto en la lid. «Desarbolado por completo y con cerca de 600 bajas de una tripulación de menos de 700 (522 de 643), se hundiría al día siguiente como consecuencia de los gravísimos daños sufridos. Pero nadie podría negar que Lucas había hecho mucho más de lo que nadie podía haberle exigido. Al resistir tanto tiempo, sin duda redujo los terribles daños sufridos por su bando, y al ser responsable indirecto de la muerte de Nelson, el almirante inglés, propició el error que su segundo al mando, Collingwood, cometió al día siguiente, al afrontar la pavorosa tempestad que se desató sin tomar las medidas adecuadas, hecho que permitió que varios navíos aliados escaparan de los ingleses que los habían capturado y otros se hundieran, dejando así a los vencedores con muy escaso botín», finaliza el experto en declaraciones a este diario.

Apresado junto con la poca tripulación que había sobrevivido a la contienda, Lucas fue llevado hasta Inglaterra como reo. No obstante, siempre fue tratado con muchísima distinción. Su cautiverio no duró, además, demasiado, pues en abril de 1806 regresó a Francia. El 4 de mayo se presentó a Napoleón en «Saint Cloud» sin saber como le iba a recibir este. Tuvo suerte, pues el Emperador no solo le felicitó, sino que le honró como a pocos de los capitanes que habían vuelto de Trafalgar. A su vez, dijo una frase que marcó al «petit capitan». Explicó a todos que, con más hombres como él, podría haber vencido sin problemas la contienda. Una buena bofetada para Villeneuve, para quien solo hubo reproches. A su vez, le entregó en mano la condecoración de la Legión de Honor, una de las mayores de la época, y le dio el mando del navío de línea «Regulus».

La última aventura de Lucas

Después de Trafalgar, la vida de Lucas puede parecer ya de por sí trepidante. Sin embargo, al pequeño galo todavía le quedaba vivir una última aventura sobre el «Regulus». Esta se sucedió en 1809 cuando, mientras una flotilla francesa en la que encuadra nuestro protagonista y que se hallaba a las órdenes del vicealmirante Allemán, tuvo que resistir en la isla de Aix (al oeste de Francia) el ataque de una gran armada británica. «El 11 de abril de 1809 la armada fue atacada por la flota del almirante Cochrane, compuesta por 12 buques, 7 fragatas, 9 bricks, 6 avisos y cerca de 40 barcos más, de los cuales la mayoría eran brulotes», explica Hennequin.

Durante aquel combate, el navío de línea del pequeño capitán fue uno de los primeros en ser atacado por un brulote de su graciosa majestad (un navío incendiado lleno hasta la cubierta de explosivos con el único objetivo de llegar hasta el enemigo y soltar sobre él toda su fatídica carga). La situación fue infame. «El fuego se extendió pronto en el “Regulus”; ganó el bauprés y toda la parte delantera del buque. La tripulación intentó apartarse de ese brulote con un ardor heroico, y todo ello maniobrando mientras caía una lluvia de proyectiles de todo tipo lanzadas por los brulotes y por los buques enemigos», añade el gabacho.

Lucas agotó la munición justo en el momento en que su enemigo decidió retirarse

Tras media hora de lucha contra aquella bomba flotante, los hombres del «Regulus» lograron desembarazarse de él y, como otros tantos, huir a toda mecha hacia la bahía más cercana para alejarse de los hombres de la Pérfida Albión. Tras su huida, el buque logró anclar en la bahía de «Fouras», pero solo y sin ningún compañero en el que apoyarse. La situación, que ya pintaba soberanamente mal, terminó de recrudecerse cuando, totalmente encallado en la arena de esta playa, Lucas vio aparecer, cortando el horizonte, una avanzadilla británica dispuesto a mandarlo al fondo de las aguas. Aquella jornada, el marino tuvo que aprestarse para volver a vender cara su vida, como ya había hecho en Trafalgar.

«Mientras estaba encallado en esa posición, una flotilla inglesa compuesta por dos fragatas, dos bombardas, seis bricks, una goleta y tres brulotes vinieron el 13 tras el “Regulus”. Lucas hizo establecer plataformas sobre las cuales se montaron dos cañones de 18 que, junto al resto, formaron una batería de seis piezas, con la cual, en el espacio de seis horas, disparó cerca de 450 golpes que lastimaron fuertemente varios de los barcos enemigos. Muchas bombas cayeron a bordo del “Regulus”; una de ellas atravesó el castillo de popa, todo el falso puente, y explotó en la cala; un hombre murió y cinco fueron gravemente heridos. A otro día, Lucas todavía tuvo que sostener un combate que duró cerca de tres horas, en el cual un hombre murió y cuatro resultaron heridos», destaca el historiador galo.

En los 15 días siguientes, Lucas continuó batiéndose en solitario en el «Regulus» contra aquella flotilla inglesa. Sin descanso. Soltando andanada tras andanada. De hecho, se dice que agotó la munición que albergaba su barco justo en el momento en que, hasta la toldilla del ya cincuentón marino francés, el inglés dio la vuelta a sus buques y se marchó con su honor dolorido. «En fin, después de una lucha de 15 días sobre un solo buque que había sido imposible reducir, el almirante inglés, persuadido de que, ahora en adelante, sus esfuerzos serían inútiles, se alejó en la noche del 25 al 26. Habiendo recibido Lucas de “Rochefort” las vituallas que le eran necesarias, entró el 29 de abril en el puerto, donde fue recibido con jolgorio por los habitantes», explica el francés.

Jubilado y muerto

Tras demostrar sobradamente que andaba bien equipado de narices, gónadas y lo que se terciase, Lucas regresó a Brest en 1810, donde recibió el mando del navío de línea «Le Nestor», que conservaría hasta 1816. Ese año, para su desgracia, le obligaron a jubilarse. Contaba por entonces 51 primaveras a sus espaldas y, aunque según se dice, seguía teniendo el vigor de un joven, no le quedó más remedio que dejar a un lado su vida en el mar. No obstante, el dolor por abandonar la carrera marina fue para él supremo, pues se marchó sabiendo que no había logrado el gran objetivo de su vida: ascender hasta el mayor escalafón de la marina. «El disgusto que sintió por ver frenada su carrera antes de ser recompensado con tal ascenso, objeto de su ambición, alteró su salud, y murió en Brest, en el mes de noviembre de 1819, llevándose consigo la estima y los lamentos del cuerpo entero de la marina, pero más particularmente, de los que habían podido apreciar su extrema bravura y sus excelentes cualidades», finaliza Hennequin.

 


El Pais

  • Elche, Burgos, Cistierna y Canarias fueron centros de atención mundial en el siglo XX
  • El 28 de septiembre podremos ver el eclipse de una superluna
El Rey Alfonso XIII junto con la Familia Real observando el eclipse en Burgos. Grabado de Marceliano Santa María. 1905. / Archivo Municipal de Burgos.

El Rey Alfonso XIII junto con la Familia Real observando el eclipse en Burgos. Grabado de Marceliano Santa María. 1905. / Archivo Municipal de Burgos.

En el verano de 1905, España, que por entonces contaba con casi 12 millones de analfabetos totales de una población de 18,6 millones, se convirtió en la capital científica mundial, aunque por pocos días. Todo se debió a los cálculos de astrónomos que predijeron que nuestro país sería el lugar en el que más tiempo se podría observar el eclipse solar total de ese año: tres minutos y 45 segundos, superando los dos minutos y medio que duró en la Península del Labrador (Canadá) y en Egipto.

Uno de los emplazamientos agraciados fue Burgos, lugar al que se desplazaron comisiones de los Observatorios de Burdeos, de Meudon y de Montpellier, dirigidos respectivamente por los científicos Rayet, Deslandres y Meslin. Aparte de la francesa, también acudieron a la cita delegaciones de Alemania, Holanda, Bélgica y Reino Unido.

Hubo otra expedición en el pueblo leonés de Cistierna. Hasta allí se trasladó Pierre Puiseux, astrónomo titular del Observatorio de París (“astrónomo perfecto, de tranquilo mirar, habituado a las científicas investigaciones, lejos de las batallas de la vida”, lo describían en la prensa de la época). Su séquito lo formaban nombres como Mr. Hamy (espectrógrafo), Bouty, Mr. Gautier (ingeniero) y Mr. Baillaud (director del Observatorio de Toulouse).

Las dos campañas corrieron diversa suerte. Mientras que en Cistierna el cielo se encapotó en el momento menos oportuno, frustrándose de este modo la expedición, en Burgos consiguieron, tal y como se afirma en la revista La Ilustración Española y Americana, “unos resultados optimistas”.

El eclipse total de Sol del 2 de octubre de 1959 impulsó la idea de la necesidad de un observatorio permanente en Tenerife

El de Cistierna/Burgos es uno de los eclipses pintorescos que han tenido un papel con cierta –en algunos casos, mucha- relevancia en episodios de la historia. Previamente, en 1900, se vivió algo parecido en Elche, cuando Camille Flammarion, el astrónomo-estrella por antonomasia, encabezó la expedición científica francesa para ver el eclipse de Sol actuando de reclamo para el resto de observatorios europeos.

Mariano D. Berrueta, el político y escritor que firma el artículo dedicado al fenómeno burgalés de 1905 en la publicación mencionada comenzaba con estas palabras: “Doctores tiene la Iglesia para definir el Dogma, y colaboradores valiosísimos tiene La Ilustración Española y Americana para explicar científicamente el resultado de las observaciones hechas antes, en y después del eclipse solar que este humilde cronista, sin segunda intención astronómica, ha presenciado hoy”.

Sin duda, era buena señal que España estuviera abandonando los prejuicios religiosos, pero lo cierto es que este carácter divino, sobrenatural, que tradicionalmente se les ha atribuido a los eclipses pudo salvarle la vida a Cristóbal Colón y a su tripulación. El genovés se encontraba en Jamaica, y los primitivos habitantes de la isla se negaban a suministrarle víveres. Como la situación era delicada –en los buques no había casi provisiones-, Colón, conociendo el dato científico, decidió amenazarles con dejar sin luz a la Luna si seguían negándose a alimentarlos. En efecto, el eclipse, en este caso lunar, ocurrió como estaba previsto, y los indígenas se asustaron tanto que proporcionaron todo cuanto necesitaran las naves españolas. Posiblemente habrían pensado que Colón era una especie de mago, como Tintín en El Templo del Sol.

Las campañas de Cistierna y Burgos corrieren diversa suerte. Mientras la primera se frustró por unas nubes inoportunas, en Burgos hubo “resultados optimistas”

Hablando de ciencia y prejuicios, ese mismo año del eclipse de Cistierna/Burgos, 1905, fue el de la publicación de la Teoría de la Relatividad Especial de Einstein, que se ganó la incredulidad de gran parte de la comunidad científica del momento. Y para poder verificar la Teoría de la Relatividad General, de 1915, tuvo que esperarse al eclipse de Sol de 1919. De ser cierta, los rayos de luz estelar que pasaran cerca del borde del Sol se doblarían ligeramente y harían que sus progenitores estelares apareciesen ligeramente desplazados en el cielo, dado que la luz se curvaría por la acción de la gravedad. Y así ocurrió en principio. Después se supo que los datos no fueron correctos, aunque el fenómeno en sí se haya comprobado en numerosas ocasiones posteriores.

Los eclipses en general, y los de Sol en particular, han sido una fuente valiosa de información en astronomía. La corona solar, por ejemplo, sólo se puede observar desde tierra en esas circunstancias. La comisión científica de Burgos consiguió datos sobre los siguientes aspectos: la física y química de las envolturas del Sol y la forma de las protuberancias solares, las diferencias y anomalías de intensidad lumínica entre la corona solar y los alrededores del cielo y la constitución de la corona solar desde el punto de vista de la polarización.

En un fragmento de un artículo publicado en un periódico de la época, El Castellano, y recogido en el libro Eclipse total de Sol en la ciudad de Burgos, de Mª Luisa Elúa Vadillo, se describía así el evento en la ciudad burgalense: “El oscuro disco de la luna va avanzando sobre el disco del sol, produciendo una ligera mordedura que va progresivamente creciendo (…). La corona solar ofrecía, indudablemente, un aspecto interesantísimo y sorprendente. Al cabo de breves momentos aparecen chispitas de luz como perlas en uno de los extremos del disco lunar (…).”. Esas “chispitas de luz” posiblemente hiciera referencia a las bautizadas como “perlas de Baily” descritas por Francis Baily precisamente en un eclipse, el solar de 1836. Este fenómeno se produce porque el relieve lunar no es esférico y, por esa razón, en los segundos que preceden el máximo del eclipse se producen destellos.

Los eclipses sirven, por ejemplo, para estudiar la corona solar, que sólo se puede observar desde Tierra en esas circunstancias

Otro eclipse total de Sol fue visible desde Canarias el 2 de octubre de 1959. Este evento astronómico impulsó la idea de la necesidad de un observatorio permanente en Tenerife (el Observatorio del Teide), cuestión que ya había sido sugerida a principios de siglo por el astrónomo francés Jean Mascart, pero truncada con la Primera Guerra Mundial. Las condiciones del clima y las altas cumbres de Canarias atrajeron a numerosos científicos, como un equipo británico que se trasladó a las Islas para estudiar los efectos del eclipse en las aves. Sin duda, lo que más llamó la atención fue la llegada de un reactor ultrasónico F-101 B de las Fuerzas Aéreas de Estados Unidos que se pasó varias semanas sobrevolando las Islas a 1.800 km/h para filmar el eclipse. Muchos curiosos se acercaban a este avión y algunos convivieron con los técnicos llegados desde Estados Unidos.

De eclipse en eclipse llegamos a la actualidad. Hoy en día, los eclipses se pronostican con gran nivel de precisión. El sitio web http://www.timeanddate.com/eclipse/list.html alberga datos de eclipses de los próximos 10 años. El más cercano en el tiempo será el próximo 13 de septiembre, un eclipse solar parcial que se podrá ver en el sur de África, los océanos Índico y Atlántico y en la Antártida. Un eclipse como el de Burgos, eclipse total de Sol, no se producirá hasta el 21 de agosto de 2017, que será visible desde Estados Unidos, pero antes, a finales de este mes, el 28 de septiembre, tendremos la oportunidad de contemplar el eclipse de una superluna. ¿Se lo van a perder?

Elena Alonso García es licenciada en Ciencias de la Información. Ha trabajado en secciones de Ciencia de varios periódicos y, actualmente, es periodista en prácticas de la Unidad de Comunicación y Cultura Científica (UC3) del Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC).


El Pais

  • Decenas de miles de personas participaron sin saberlo en pruebas de armas químicas, bacteriológicas y drogas en EE UU y Reino Unido

 

 

Como estos voluntarios para un ensayo con aerosoles de 1956, otros 21.000 participaron en el programa de guerra química y bacteriológica británico. / Imperial War Museums

Como estos voluntarios para un ensayo con aerosoles de 1956, otros 21.000 participaron en el programa de guerra química y bacteriológica británico. / Imperial War Museums

A finales de 1964, durante unas maniobras en los alrededores de Porton, en el condado de Wiltshire (Reino Unido) y no muy lejos de las piedras de Stonehenge, 16 comandos de la marina real británica empezaron a comportarse de forma extraña. Al segundo día de los ejercicios, mientras unos soldados salían a campo abierto, exponiéndose al fuego enemigo, otros alimentaban pájaros imaginarios y algunos correteaban por las colinas o se subían a los árboles a hacer el mono. Hubo incluso quien empezó a apuntar a sus compañeros con su arma. El informe secreto de aquel día recoge que “el grupo se desorganizó, cayendo en la indisciplina y eran incapaces de cumplir cualquier orden”. Su comandante, dio la unidad por perdida. Lo que no sabían ni él ni sus hombres es que les habían dado 75 microgramos de LSD.

La historia puede parecer hilarante vista desde el presente, incluso el sueño inconfeso de un pacifista. Pero es solo uno de los miles de experimentos que los militares británicos y estadounidenses hicieron con humanos dentro de sus programas de investigación para la guerra química y bacteriológica. Desde la creación del complejo ultrasecreto de Porton Down, en la I Guerra Mundial, más de 20.000 personas participaron en miles de ensayos con gas mostaza, fosgeno, sarín y otros agentes nerviosos, ántrax, Yersinia pestis (la bacteria de la peste), mescalina, ácido lisérgico y otras drogas.

Aunque las cobayas humanas, casi todos soldados y ningún oficial, eran voluntarios, ninguno sabía realmente a qué se exponía. El historiador Ulf Schmidt, director del Centro de Historia de la Medicina de la Universidad de Kent, cuenta la historia de los veteranos portonianos en el libro Secret Science: A Century of Poison Warfare and Human Experiments (Ciencia Secreta: Un siglo de guerra de venenos y experimentos humanos, Oxford University Press). La obra relata la particular ética de la estrecha colaboración entre científicos y militares para lograr sustancias cada vez más letales. Aunque se centra en Porton Down y su homólogo estadounidense, Edgewood Arsenal, levantado por el Chemical Corps del ejército de EEUU en 1916, también guarda algo para los alemanes.

De hecho, fueron los germanos los que iniciaron esta infamante relación entre ciencia y guerra. A las cinco de la tarde del 22 de abril de 1915, en las trincheras de Ypres (Bélgica), el ejército alemán liberó 160 toneladas de cloro presurizado a lo largo de seis kilómetros del frente y el viento llevó la nube tóxica hasta las posiciones de franceses y canadienses. Aunque los alemanes no supieron sacar tajada estratégica del terror provocado al otro lado, aquel día fue el “el doloroso recordatorio de que la moderna guerra química había comenzado”, escribe Schmidt. El padre de la criatura fue el genial químico Fritz Haber, tan genial que recibió el Nobel de Química solo tres años después.

Más de 20.ooo soldados participaron en pruebas del programa de guerra química y bacteriológica británico

Al día siguiente del ataque alemán, sir John French, comandante en jefe de la fuerza expedicionaria aliada pidió a Londres que hicieran todo lo posible para contar con ese tipo de armas. En septiembre, los británicos ya tenían su propia versión de cloro, que usaron ese mismo mes en el frente de Loos con resultados desastrosos. El viento cambió y centenares de sus propios hombres fueron envenenados. Se iniciaba entonces una alocada carrera de armamentos, primero químicos, y después también bacteriológicos y farmacológicos.

Porton Down fue el corazón del programa de armas químicas y bacteriológicas del Reino Unido. En sus 2.500 hectáreas de terreno se levantaron laboratorios para una pléyade de fisiólogos, patólogos, meteorólogos… venidos de las mejores universidades británicas como Oxford, Cambridge o el University College de Londres. Se llamaba así mismo los cognoscenti, la casta privilegiada que conocía los secretos de la guerra química británica. Al principio, ensayaban las sustancias con ratones, gatos, perros, caballos o monos. Les hicieron de todo, los gaseaban, les echaban polvo de cristal en la cara o concentrado de pimienta de cayena, buscando nuevos agentes químicos.

Pero ya en 1917, tras un ataque alemán con el nuevo gas mostaza, crearon un laboratorio específico para experimentos con humanos. El objetivo era comprender los efectos de los agentes químicos en los órganos y tejidos humanos y, muchas veces, no se podían extrapolar los resultados en los ensayos con los animales. El laboratorio lo dirigía por entonces, el fisiólogo Joseph Barcroft, que había dejado a un lado las enseñanzas pacifistas de sus padres, unos cuáqueros norirlandeses.

Tras el fin de la guerra que iba a acabar con todas las guerras, la investigación no se detuvo, más bien se aceleró. Solo con animales, se realizaron 7.777 experimentos en los que murieron más de 5.000 criaturas. A los voluntarios los reclutaban entre las tres armas del ejército. Al principio, las investigaciones eran defensivas y, hasta cierto punto, lógicas: querían saber el efecto de los agentes químicos en el rendimiento de la tropa y probar la eficacia de las máscaras de gas. A los que se presentaban, les daban unos chelines de sobresueldo y les eximían de las obligaciones normales de un soldado, teniendo incluso la tarde libre. Solo en 1929 se realizaron experimentos con más de 500 militares. La cifra se multiplicaría por 10 durante la II Guerra Mundial.

El mecánico de la RAF, Ronald Maddison, murió en 1953 tras ser expuesto al gas sarín. Su caso no se reabrió hasta 2004. / Lillias Craik (Archivo personal)

El mecánico de la RAF, Ronald Maddison, murió en 1953 tras ser expuesto al gas sarín. Su caso no se reabrió hasta 2004. / Lillias Craik (Archivo personal)

Al entrar las tropas de Hitler en Polonia, en septiembre de 1939, tanto Alemania como Estados Unidos y Reino Unido eran auténticas potencias en guerra química. Y los tres usaron a humanos en sus experimentos. Los nazis recurrieron en muchas ocasiones a prisioneros, en su mayoría judíos, rusos y polacos para sus ensayos. Pero también en Porton Down usaron a extranjeros. A finales de la guerra, ante la escasez de soldados disponibles, los científicos británicos utilizaron a ciudadanos de las potencias del eje que habían sido confinados al comienzo de la contienda.

A pesar de que los aliados contaban con grandes cantidades de gas mostaza o fosgeno, Alemania volvió a adelantarles. En 1936, el químico industrial Gerhard Schrader, creaba el primer pesticida sintético, el tabún, un organofosforado que actúa sobre el sistema nervioso. Además de su letalidad era incoloro e inodoro. En uno de los primeros ejemplos de tecnología dual, los militares enseguida le vieron posibilidades para su uso como arma. Junto al tabún, los alemanes desarrollaron otros agentes nerviosos como el sarín, el somán o el cianuro de hidrógeno o zyklon b, que usaron para asesinar a millones de judíos. Los nazis almacenaron hasta 44.000 toneladas de armas químicas. Sin embargo, ni con los aliados ya en Alemania, las usaron. ¿Por qué?

“La razón principal es que ni los mandos militares aliados ni el alto mando alemán estaban especialmente interesados en usar este tipo de armas por miedo a las represalias. Son difíciles de usar, algo impredecibles y podrían ralentizar el avance de las tropas si la tierra quedaba contaminada”, sostiene Schmidt. Eso no impidió que ensayaran durante la guerra. En EE UU, por ejemplo, Edgewood Arsenal pasó de disponer de un presupuesto de uno a dos millones de dólares y unas 1.000 personas en el periodo de entreguerras a 1.000 millones de dólares y 46.000 empleados en 1942. Solo el proyecto Manhattan para crear la bomba atómica recibió más recursos y personal.

Del cloro y el gas mostaza de la I Guerra Mundial, se pasó a ensayar con sarín, ántrax, la bacteria de la peste o el LSD

Al acabar la guerra, Porton Down no rebajó su actividad; el inicio de la Guerra Fría les ofreció la ocasión de investigar hasta lo inimaginable. Fue también el periodo en el que la ética y las normas médicas se relajaron más y eso que, tras los juicios de Nuremberg, se aprobó el Código Nuremberg que prohibía los ensayos con humanos potencialmente dañinos que no tuvieran un fin terapéutico. La gran mayoría de los voluntarios, unos 16.000 en las décadas de los 50 y 60, no sabían nada de Porton Down. Muchos creían que iban a participar en ensayos para encontrar la vacuna de la gripe y nadie les dijo lo contrario.

Eso pensaba Ronald Maddison, un mecánico de la RAF de 20 años destinado en Irlanda del Norte, cuando se apuntó a los experimentos. Le pagaban el viaje, vivía una experiencia nueva, se olvidaba unos días de la disciplina militar y, lo más importante, podría ver a su novia Mary Pyle, que vivía cerca de Porton. Al llegar, a comienzos de mayo de 1953, un científico les explicó que participarían en un ensayo con sustancias químicas sobre la ropa. Del experimento en sí, solo les dijeron que podrían sentir “un ligero malestar” y que estarían “supervisados” en todo momento.

A las 10 de la mañana del seis de mayo, Maddison y otros cinco voluntarios entraron en la cámara de pruebas con máscaras de gas. No sabían que los iban a exponer a 200 miligramos de gas sarín puro. A los 20 minutos, Maddison empezó a decir que se encontraba mal, cayendo al suelo sudando y entre espasmos. Aunque le inyectaron atropina, el antídoto habitual contra agentes químicos, el mecánico iba a peor. Lo llevaron al hospital que tenían en las instalaciones, pero Maddison murió a las 1:30 de la tarde. En una maniobra de ocultación en la que participaron las altas esferas del Ministerio de la Guerra, hicieron creer a la familia y amigos de Maddison que había muerto por una aguda pulmonía agravada por el experimento. Habría que esperar 50 años para que el caso se reabriese y enterrase la reputación ya cuestionada de Porton Down.

Entonces no se supo, pero hubo muchos otros experimentos que leídos hoy espeluznan. Hasta 750 pruebas a campo abierto desarrollaron los científicos de Porton entre 1946 y 1976, muchas de ellas en sus colonias, como en Nigeria, Bahamas o Malasia. Cinco de esos ensayos se hicieron en el mar, usando ántrax o la bacteria de la peste bubónica. Dentro de la operación Cauldron, los militares liberaron Yersinia pestis en las cercanías de la isla Lewis, en el mar del Norte sin percatarse de que un pesquero, el Carella, con 18 pescadores a bordo, pasaba por esas aguas. En vez de recogerlos y tratarlos con estreptomicina, un antibiótico, les dejaron seguir. Querían aprovechar el accidente para sus resultados. Eso sí, estuvieron atentos a la radio del Carella por si lanzaban alguna alerta de socorro.

 

En esta cajtia de polvos iban los 30 gramos de esporas del 'Bacillus globigii' que los científicos y militares liberaron en el metro de Londres. / TNA, WO195/15751

En esta cajtia de polvos iban los 30 gramos de esporas del ‘Bacillus globigii’ que los científicos y militares liberaron en el metro de Londres. / TNA, WO195/15751

Pero uno de los ensayos más siniestros tuvo lugar el 26 de julio de 1963. Dentro de un programa para establecer la vulnerabilidad de las infraestructuras en caso de ataque químico o bacteriológico, los científicos de Porton Down idearon liberar una bacteria en el metro de Londres. Bajo la cobertura de una rutinaria toma de muestras, liberaron 30 gramos de esporas del Bacillus globigii. Era lo que ellos llamaban un simulador, la sustancia era inocua, aunque hoy se sabe que, puede provocar septicemia. La bacteria se extendió por varias estaciones, hasta 15 kilómetros por los conductos de la ventilación. Los londinenses no supieron hasta hace unos años que habían experimentado con ellos.

Pero el final los años 60 también llegó a Porton Down. La crisis de legitimidad del sistema, el pacifismo, el desengaño con la sociedad burguesa hicieron mella en el programa científico militar. Muchos de los veteranos científicos de Porton dimitieron, otros lo dejaron enganchados al LSD. A las puertas de Porton Down se sucedieron manifestaciones pidiendo su desmantelamiento. Desde entonces, aunque la actividad no se ha detenido, sí que se ha reducido. De los más de 6.000 voluntarios que participaron en sus pruebas en los 50, se pasó a apenas 2.000 desde 1979 y hasta 1989. Ya no se experimenta con humanos, pero sí con miles de animales.

En paralelo, se inició un movimiento entre centenares de veteranos de Porton exigiendo la verdad, reconocimiento y compensaciones por los efectos que les habían provocado los ensayos. Aunque un estudio de Oxford patrocinado por el Gobierno y publicado ya en este siglo encontró una mayor tasa de muerte entre los portonianos, la investigación no estudió el impacto mental o psicológico. La presión de los portonianos llevó a la reapertura del caso del soldado Maddison. Tras la investigación judicial más larga del Reino Unido tras la de la muerte de Lady Di, el jurado consideró que había sido un homicidio provocado por “la aplicación de un agente nervioso en un experimento no terapéutico”. Aquel juicio, celebrado en 2004, llevó al profesor Schmidt a empezar Secret Science. Más importante, gracias a Maddison, en 2008, las autoridades británicas reconocieron el daño causado, se disculparon públicamente y compensaron económicamente a otros 359 de los casi 22.000 jóvenes soldados que pasaron por Porton Down.


El Pais

  • Los científicos creían que el impacto de la radiación desaparecería en 20 años
  • Aún hoy aparecen nuevas patologías relacionadas con la bomba atómica

 

Imagen tomada el 8 de septiembre de 1945 de lo que quedaba de Hiroshima. / AP Photo/U.S. Air Force

Imagen tomada el 8 de septiembre de 1945 de lo que quedaba de Hiroshima. / AP Photo/U.S. Air Force

44,4 segundos tardó Little Boy en hacer explosión desde que salió de la panza del B-29 Enola Gay. En 30 minutos, el hongo radiactivo sobre Hiroshima empezaba a deshacerse. Pero sus efectos secundarios persisten 70 años después. Miles de supervivientes son atendidos cada año por enfermedades relacionadas con las dos bombas atómicas que EEUU usó contra Japón. Incluso, a medida que envejecen, los conocidos para siempre como hibakusha (los bombardeados, en japonés) desarrollan nuevas enfermedades relacionadas con lo que vivieron aquel agosto de 1945.

En Hiroshima murieron al menos 80.000 personas el día de la detonación. En Nagasaki, aunque la segunda bomba, Fat Boy, era más potente que la primera, las muertes rondaron las 40.000. El desvío del artefacto de plutonio y la topografía de la ciudad minimizaron las bajas. Como habían previsto los científicos y los militares, la mayoría de las víctimas iniciales sucumbieron a la onda expansiva, la energía térmica generada y la radiación ionizante inicial. Muchos miles más murieron en los días, semanas y meses posteriores. En total, unas 214.000 personas murieron por el efecto directo de las bombas. Pero, lo que pocos esperaban es que su impacto duraría no unos años sino décadas enteras.

“Los científicos que crearon la bomba sabían sin duda de los efectos perjudiciales de la radiación y que la provocarían con ella”, dice el profesor del Instituto de Tecnología Stevens (EEUU), Alex Wellerstein. “Pero, lo que no esperaban es que murieran tantos japoneses por la radiación, ya que pensaban que todo aquel lo suficientemente cerca de la zona cero de la bomba como para recibir una dosis fatal de radiación moriría antes por el efecto del fuego y la onda expansiva. Sin embargo, la realidad no siempre coincide con los modelos teóricos y entre el 15% y el 20% de las muertes se debieron a los efectos de la radiación”, añade este experto que prepara un libro sobre la historia nuclear secreta de EEUU.

Los políticos, militares y científicos de la administración Truman que trabajaron en la bomba querían que fuera definitiva, que empujara a Japón a una rendición incondicional. Tras el ensayo exitoso de Trinity, la primera bomba nuclear, en el desierto Jornada del Muerto (Nuevo México) unos días antes, estaban convencidos de la devastación que provocarían Little Boy y Fat Man.

Unos 214.000 japoneses murieron tras las bombas atómicas. Aún quedan otros 200.000 supervivientes

De los varios objetivos propuestos, hubo algunos en aquel grupo que querían tirar la bomba en la bahía de Tokio. Una explosión de tal envergadura frente al palacio imperial y las ventanas del Gobierno nipón les obligaría firmar la capitulación y las víctimas habrían sido casi testimoniales. Sin embargo, ganó el ala dura. Si querían impresionar a los generales japoneses y, de paso, al mundo entero, con el poder de EEUU en forma de bomba, había que tirarla en una ciudad para que la destrucción y la mortandad sirvieran de ejemplo. De forma algo macabra, Hiroshima y Nagasaki formaron parte de una lista de ciudades objetivo que no había que bombardear con armamento convencional o bombas incendiarias. Querían reservarlas intactas para la bomba atómica.

Walter Oppenheimer, John von Neumann, Enrico Fermi y otros científicos que participaron en la creación de la bomba tenían claros los efectos de la radiación. De hecho, Oppenheimer preparó un documento con instrucciones a seguir por los que lanzaran la bomba para evitar que les alcanzara. Lo que no tenían tan claro es que sus efectos perdurarían durante tanto tiempo. Es la paradoja cruel de Hiroshima y Nagasaki, como dice el profesor de la Universidad de Manchester, Richard Wakeford, “lo cierto es que los estudios con los supervivientes de la bomba atómica han permitido conocer mucho mejor los efectos de la exposición a la radiación”.

Wakeford, junto a varios colegas de la Universidad de Hiroshima y la Universidad Médica de Fukushima, han estudiado los efectos a largo plazo de la radiación. La lectura de sus resultados, publicados recientemente por la revista médica The Lancet, impresiona. El estudio sistemático de los hibakusha comenzó en 1950, cinco años después de que fueran detonadas las bombas. El primer estudio (LSS) incluyó a 94.000 supervivientes que se encontraban en un radio de 10 kilómetros de la zona cero de Hiroshima aquel 8 de agosto. Tras ampliar el radio y sumar las víctimas de Nagasaki, la cifra fue aumentando.

Según cifras oficiales, en 2014, había 197.159 hibakusha vivos. La cifra no incluye a los hijos de supervivientes concebidos después de la bomba pero sí a unos 5.000 que aún estaban en el vientre de su madre cuando estallaron Little Boy y Fat Man. Otros muchos murieron antes de nacer. De los que nacieron vivos, una buena parte presentaban cuadros que eran nuevos para la ciencia médica: aberraciones cromosómicas, electroforesis (separación por campo eléctrico) de las proteínas o polimorfismos en el ADN.

 

El hongo radiactiivo empezó a disiparse 30 minutos después de la explosión / US NATIONAL ARCHIVES / HANDOUT (EFE)

El hongo radiactiivo empezó a disiparse 30 minutos después de la explosión / US NATIONAL ARCHIVES / HANDOUT (EFE)

Solo tres años después de las bombas, el número de casos de leucemia entre los hibakusha ya era superior al de las poblaciones no expuestas y el aumento del riesgo relativo (comparado con grupos de control) tendría su pico a los siete años. Los que eran niños en 1945, presentaron los mayores índices de leucemia de todos los supervivientes. En cuanto a los distintos tipos de cáncer sólido (sarcomas, carcinomas y linfomas, por ejemplo), el aumento de la incidencia se detectó a los 10 años. El riesgo de sufrir un tumor se mostró además muy relacionado con la dosis de radiación recibida.

La edad es un factor que interviene en la carcinogénesis, así que el cáncer se fue manifestando con mayor fuerza a medida que los supervivientes envejecían. Hoy, la media de edad de los hibakusha es de 80 años. Según la Cruz Roja Japonesa, de las muertes de supervivientes registradas en el hospital de Hiroshima desde marzo de 2014, casi dos tercios fueron por tumores malignos, destacando el cáncer de pulmón, estómago y leucemia.

El estudio preparado para The Lancet también repasa otras enfermedades no relacionadas con el cáncer. Aquellos que recibieron altas dosis de radiación presentaron y presentan una mayor incidencia de daños en tejidos, problemas de riñón, infartos cerebrales, alteración del sistema inmunológico o ataques cardíacos. Lo intrigante es que esta mayor incidencia de estas patologías no aparece hasta después de 1980, cuarenta años después de las bombas.

Además del cáncer, los supervivientes sufren enfermedades cardíacas, infartos cerebrales o estrés postraumático

Incluso hoy, aparecen nuevas enfermedades relacionados con la radiación. Un informe de la Cruz Roja destaca cómo entre los más de 6.000 hibakusha tratados en los hospitales de Hiroshima y Nagasaki en lo que va de año, están apareciendo problemas circulatorios. El doctor Masao Tomonaga, también un hibakusha, experto en los efectos de la radiación sostiene: “Hasta ahora, creíamos que no había conexión entre la exposición a la radiación y las enfermedades circulatorias. Sin embargo, a medida que los supervivientes envejecen, muchos de ellos sufren de ataques cardíacos y anginas”.

Y no solo les envenenaron el cuerpo, también el alma. Los sucesivos seguimientos de los supervivientes muestran la alta incidencia de ansiedad o estrés postraumático. En los primeros años, además, eran unos apestados. Muchos de ellos sufrieron discriminación a la hora de encontrar trabajo o casarse. Aún hoy, 70 años después, muchos hibakusha no se han recuperado de la pérdida no solo de su familia o amigos, sino de toda su comunidad en apenas unos segundos.


ABC.es

  • El asesinato despiadado de un anciano, en 1353, conmocionó a los madrileños. Se cree que su espíritu todavía está con nosotros
julio duque En la imagen, una fotografía de la cruz de la Iglesia de San Ginés (1913)

julio duque | En la imagen, una fotografía de la cruz de la Iglesia de San Ginés (1913)

Cuenta la leyenda que la Iglesia de San Ginés, uno de los templos más antigüos de Madrid situado en el número 13 de la calle Arenal, sucedieron unos hechos terroríficos en el año 1353.

Bajo el reinado de Pedro I, unos ladrones se adentraron en el citado lugar sagrado para saquear cualquier objeto de valor: joyas, cálices, ornamentos, etc. Sin embargo, no repararon en la presencia de un anciano que se encontraba orando en dicho momento. Los malhechores, sin contemplaciones, se emplearon a fondo, con crueldad y sin piedad alguna; le decapitaron con tal brutalidad que la cabeza estaba practicamente separada del cuerpo. Un reguero de sangre daba testimonio de aquel terribles día.

Vagar sin descanso

Suceso que envolvió de tristeza el barrio. Un duelo que se convirtió en terror cuando una sombra sin cabeza se presentó días más tarde en la citada iglesia. Esta visita inesperada volvió a repetirse con un único fin: revelar la identidad de sus asesinos.

Estos acontecimientos trascendieron a todo el territorio hasta que los ladrones fueron capturados, prendidos y condenados a muerte por orden del rey. Así, los asesinos fueron precipitados al barranco.

Pero, contra pronóstico, aquel final no sellaba su descanso. Pues, varios mendigos han sido testigos de ruidos extraños, que se ha unido a la sensación de estar siendo observados. Un testimonio escalofriante que invita a los más osados, al menos por curiosidad, a corroborar o desmentir tal experiencia en primera persona.


ABC.es

  • El cráneo encontrado en la Sima de los Huesos, en Atapuerca, tiene dos fracturas con distintas trayectorias
Javier Trueba/Madrid Scientific Films Vista frontal del Cráneo 17 de la Sima de los Huesos, con los dos impactos que causaron la muerte del individuo

Javier Trueba/Madrid Scientific Films
Vista frontal del Cráneo 17 de la Sima de los Huesos, con los dos impactos que causaron la muerte del individuo

Fueron heridas mortales de necesidad. Grandes agujeros en un cráneo de hace 430.000 años hallado en la Sima de los Huesos, en Atapuerca, y que revelan el uso de una violencia extrema. De hecho, los investigadores afirman que se trata de uno de los primeros casos documentados de asesinato de toda la Historia. El relato y el estudio de este crimen prehistórico, dirigido por Nohemi Sala, del Centro Mixto UCM-ISCIII de Evolución y Comportamiento Humanos, se acaba de publicar en la revista PLOS ONE.

Se trata de otro de los «tesoros» paleontológicos de la Sima de los Huesos, uno de los yacimientos más prolíficos de la Sierra de Atapuerca. Allí, al final de una profunda cueva de la sierra burgalesa, y al fondo de una sima de casi 15 metros de profundidad, los investigadores llevan varias décadas extrayendo fósiles de hace más de 400.000 años, una época denominada Pleistoceno Medio y de la que, exceptuando a Atapuerca, apenas si hay un puñado de restos fósiles en todo el mundo.

Pero la Sima de los Huesos es diferente. Allí, casi treinta individuos diferentes conforman el que es, sin duda, el mejor yacimiento paleontológico del mundo para el estudio de ese periodo. Y un número tan grande de restos da para mucho más que analizar rasgos anatómicos. Permite, de hecho, estudiar comportamientos, relaciones sociales, dinámica de grupos… O incluso contar historias de asesinatos.

El cráneo 17 de la Sima está prácticamente completo, y ha sido reconstruido pacientemente por los científicos a partir de 52 fragmentos, aparecidos a lo largo de numerosas campañas (unas veinte) de excavación diferentes. Pero una vez reconstruido saltó la sorpresa: el cráneo 17 muestra, en efecto, dos graves lesiones penetrantes en el hueso frontal, justo encima del ojo izquierdo.

Utilizando las técnicas forenses más modernas, como el análisis de contornos y trayectoria de los traumas, los autores de la investigación han demostrado que ambas fracturas fueron producidas por dos impactos diferentes pero procedentes del mismo objeto. Los dos golpes muestran trayectorias ligeramente distintas y fueron, sin duda, la causa de la muerte del sujeto.

Según los investigadores, es muy poco probable que las heridas se produjeran como consecuencia de una caida fortuita o de un accidente de alguna otra clase. El eje direccional de ambas lesiones, en efecto, es vertical, lo que indica que fueron producidas por dos golpes asestados de arriba a abajo.

Más bien, y basándose en el tipo de fractura, la localización de las heridas y el hecho de que fueron infligidas con el mismo objeto, llevan a los investigadores a interpretarlas como el resultado de un acto letal de agresión. Un acto que podría considerarse como el primer caso (conocido) de asesinato en la historia humana.

Y lo que es más, los científicos han hallado evidencias de que, una vez muerto, el desdichado individuo fue probablemente arrastrado y arrojado a la Sima por otros de sus congéneres, lo que sugiere que la acción humana podría ser responsable de la acumulación de restos al fondo de ese foso natural.

Cómo pudieron acumularse tantos cadáveres en el mismo punto es algo que, hoy por hoy, constituye una incógnita. Pero el asesinato de la Sima podría ayudar a resolverla, apuntando en la dirección de una primitiva forma de enterramiento, y no de una acumulación natural de los restos.

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