Tag Archive: Felipe II



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  • La llegada de los castellanos a un nuevo continente y los territorios italianos en la órbita aragonesa desde la Edad Media sentaron las bases para la creación de un gran imperio hispánico en tiempos de los Reyes Católicos
 La muerte de general Wolfe (1771), en las Llanuras de Abraham, cerca de Quebec (Benjamin West).

La muerte de general Wolfe (1771), en las Llanuras de Abraham, cerca de Quebec (Benjamin West).

El Imperio español, cuyo tiempo de vida se suele ubicar entre 1492 (año del Descubrimiento de América) y 1898 (año en el que el país pierde sus últimos territorios de ultramar), no tuvo nunca forma política de imperio ni tuvo a un emperador en el sentido estricto de la palabra. Si bien Carlos I fue emperador del Sacro Imperio Romano, Felipe II no pudo obtener este título, a pesar de que su poder y la extensión de su territorio fue incluso mayor que el de su hijo. ¿Se puede hablar de un imperio sin que haya un emperador? Para la RAE, un imperio también es «una potencia hegemónica y su zona de influencia».

Según los términos planteados por Thomas J. Dandelet en su análisis «La Roma española», el Imperio español entraría en la categoría de imperio informal, es decir, aquel que no ejerce un dominio ni político ni militar. Un imperio formado por territorios con sus propias estructuras institucionales y ordenamientos jurídicos, diferentes y particulares, que se hallaban gobernados por los monarcas españoles de la Casa de Austria o por sus representantes. En tanto, su músculo era esencialmente territorial. De ahí que por extensión esté incluido entre los cuatro mayores de la historia:

1. El Imperio británico (segunda etapa tras las pérdida de las 13 Colonias): 31 millones de kilómetros cuadrados.

2. El Imperio mongol: 24 millones de kilómetros cuadrados (mediados del siglo XIII).

3. El Imperio ruso: 23 millones de kilómetros cuadrados en 1913.

4. El Imperio español: 20 millones de kilómetros cuadrados (en torno a 1750).

Como explica en su libro «Imperiofobia y Leyenda Negra» (Siruela) María Elvira Roca Barea, detrás de estos cuatro imperios vendría el Imperio Maurya, el Imperio aqueménida, el Imperio chino de la dinastía Qing (1650), el Imperio chino de la dinastía Yuan (1270), el segundo Imperio colonial francés (1880), el Imperio abasida (siglos VIII-XI), el Imperio chino de la dinastía Tang (siglos VII-X), el Califato Omeya (661-750); el Imperio portugués, el Imperio Rashidum (632), el Imperio brasileño; el Primer Imperio colonial francés; el Imperio japonés (1938); el Imperio chino de la dinastía Ming (siglo XV); el Imperio chino de la dinastía Han (200 a.C.), el Imperio romano con una extensión máxima de 6,5 millones de kilómetros cuadrados en tiempos de Trajano, el Imperio de Alejandro Magno con 5,2 millones de kilómetros cuadrados y el Imperio otomano con 5 millones de kilómetros cuadrados en 1683.

*La propia María Elvira Roca Barea avisa que según las fuentes consultadas la lista puede ser diferente.

Los orígenes del Imperio español

La llegada de los castellanos a un nuevo continente en 1492 y los territorios italianos en la órbita aragonesa desde la Edad Media sentaron las bases para la creación de un gran imperio hispánico en tiempos de los Reyes Católicos. Su nieto, Carlos I de España y V de Alemania, aunó desde muy joven un enorme número de coronas y territorios sobre su cabeza. La prematura muerte de su padre, Felipe I de Castilla, le entregó desde la tierna infancia los títulos de la Casa de Borgoña, es decir, los que Carlos «El Temerario» había conquistado por las armas a costa de Francia en todos los territorios que hoy ocupan los Países Bajos. A la muerte de su abuelo materno, y ante la incapacidad de su madre, Juana «La Loca», el joven Carlos recibió los títulos de Rey de Castilla, que incluían la Corona de Navarra y las Indias, y de Rey de la Corona de Aragón, que extendía su poder por Nápoles, Cerdeña y Sicilia. Además, sus victorias en Italia sobre Francisco I de Francia reportaron al imperio de Carlos el Ducado de Milán.

La preeminencia de los reinos hispánicos en esta entidad política estuvo justificada en la dependencia que tenían la dinastía de los Austrias del dinero y las tropas castellanas. No obstante, el trozo más grande del pastel europeo le llegó a Carlos de Habsburgo con el título de emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, que obtuvo gracias en parte al oro castellano, en 1520, imponiéndose sobre la candidatura de Francisco I de Francia y Enrique VIII de Inglaterra. El futuro Emperador Carlos V tenía derechos legítimos porque su abuelo era el anterior titular, pero aún así debió imponerse a golpe de ducados, con oro castellano y de banqueros alemanes, en la asamblea de electos alemanes. Ser Emperador del Sacro Imperio Romano suponía reinar sobre la actual Alemania y Austria (el título de archiduque de Austria le otorga esta responsabilidad), aunque era algo más nominal que práctico, puesto que cada parte del imperio se regía por sus propias leyes y a penas había instrumentos políticos que funcionaran en todo el territorio.

Su heredero, Felipe II, no recibió la Corona del Sacro Imperio Germánico, que fue a parar al hermano de Carlos, el «español» Fernando, pero formó su propio imperio europeo al sumar Portugal a los territorios italianos y flamencos de su padre. Si bien durante los reinados de Felipe II, Felipe III y Felipe IV se alcanzó la máxima extensión de territorio controlado por la Casa de los Austrias (unos 31 millones de kilómetros cuadrados), hay que matizar que Portugal y sus posesiones se mantuvieron celosamente separadas de las hispánicas. El Rey hacía cumplir su voluntad en Lisboa a través de un gobernador o un virrey, que solían rodearse convenientemente de funcionarios locales. Los oficios públicos se reservaban para los súbditos portugueses tanto en la metrópoli como en su territorios ultramarinos.

Por su parte, la cifra de los 20 millones de kilómetros cuadrados recogida por María Elvira Roca Barea hace probablemente referencia al mapa mundial dejado tras el Tratado de Madrid, firmado por Fernando VI de España y Juan V de Portugal el 13 de enero de 1750, para certificar oficialmente la muerte del de Tordesillas y definir los límites entre las respectivas colonias portuguesas y españolas en América del Sur.


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  • Un proceso contra el Arzobispo de Toledo requirió que se interrogara al Monarca, a su hermana y a más de 100 nobles
 Retrato de Felipe II a finales de su reinado

Retrato de Felipe II a finales de su reinado

Como Rey Católico que era, título que el Papa otorgó a Isabel y Fernando tras la conquista de Granada, Felipe II tenía la potestad de interferir ante el Santo Oficio en aquellos procesos que afectaran a personas de su entorno. Lo sorprendente es que solo lo hizo dos veces en todo su reinado, para salvar al escultor italiano Pompeo Leone, en 1558; y para obtener una confesión suplementaria de un enemigo del Cardenal Granvela.

No es que Felipe II fuera de esos reyes que se frenaba de intervenir en la independencia de los distintos órganos que conformaban la Monarquía hispánica. Como explica Geoffrey Parker en «Felipe II, la biografía definitiva», «en todas las demás materias judiciales, ya afectaran a Papas, obispos, abadesses, o a nobles, habitantes de las ciudades o campesinos, insistía en tener la última palabra porque, como en cierta ocasión manifestó Mateo Vázquez, “Vuestra Magestad es la ley viva para mandar”».

El Rey solía ejercer una suerte de legislador supremo y tenía, como otros monarcas del periodo, prerrogativa de gracia para indultar a los condenados. El Viernes Santo de cada año, el limosnero mayor presentaba «muchos procesos de hombres condenados a muerte, a quien ya habían perdonado las partes, para que perdonase él la que tocaba a la justicia, en día de tanta misericordia, para que Dios la tuviese en su alma. Él los perdonó». Así hizo también con motivo de hechos excepcionales, como la victoria en Lepanto, el nacimiento de su primer hijo con Anna de Austria, el Infante Fernando, o su entrada en Portugal como legítimo Rey.

En este sentido, el Rey no siempre se sentía obligado a cumplir sus propias leyes. Actuaba en ocasiones como legibus solutus, es decir, absuelto de respetar las leyes e incluso de explicar por qué no las cumplía. «De mi propio motu y cierta ciencia y poderío real absoluto de que esta parte puedo usar y uso», era la coletilla que solía emplear cuando quería dar carpetazo a un asunto.

Felipe II, el gran pilar del Santo Oficio

Por el contrario, cuando se trataba de asuntos del Santo Oficio, Felipe II prefería dejar hacer. El Rey favoreció a este órgano tanto moralmente como económicamente, y cuando se vieron afectadas personas de su entorno se abstuvo casi siempre de ayudarlas. Así ocurrió en el caso de Bartolomé Carranza, donde el monarca permitió sin protesta alguna que los inquisidores interrogaran a sus ministros, a su hermana e incluso a él.

El 1 de agosto de 1559, el pleno inquisitorial decidió su arresto y el teólogo, en ese momento Arzobispo de Toledo

Bartolomé Carranza fue un arzobispo y teólogo navarro que ejerció un papel protagonista durante la restauración del catolicismo en Inglaterra, la cual llegó de la mano de Felipe II, Rey Consorte de María Tudor, así como el español más influyente durante el Concilio de Trento. Precisamente por su contacto con protestantes de alrededor de Europa, el inquisidor general, Fernando de Valdés, inició un proceso contra él al inicio del reinado de Felipe II. El 1 de agosto de 1559, el pleno inquisitorial decidió su arresto y el teólogo, en ese momento Arzobispo de Toledo, fue conducido a la cárcel de la Inquisición en Valladolid, donde dio comienzo su proceso, largamente demorado.

Carranza estaba enfrentado a nivel personal con el inquisidor general, que aprovechó el entorno luteranos del arzobispo para abrir un proceso contra él. Durante 17 años, Fernando de Valdés arrojó contra su rival todas las acusaciones que pudo e interrogó a todo su entorno, incluido el Rey. Hasta que le abandonó a su suerte, Carranza había contado con la plena confianza de Felipe II, que incluso lo nombró gobernador de España y tutor de su hijo en caso de que él muriera. Sin embargo, conforme avanzaba el proceso contra Carranza fue retirando su confianza hasta niveles de ingratitud.

¿Cuándo decidió el Rey abandonar a su fiel consejero? Pocos meses después de la muerte de Carlos V, Felipe II debió sufrir un súbito ataque de religiosidad inquisitorial, puesto que escribió a la regente Juana instando a la Suprema a «que castiguen muy bien y con gran rigor estas herejías que escriben que allá hay, y que no dejen de hacer ninguna cosa de las que para esto convengan, y toque a quien tocare, aunque sea el príncipe». Una frase que fue entendida por el Santo Oficio como que el Rey estaba conforme con que se fuera contra Carranza.

El proceso del siglo: Valdés contra Carranza

Entre 1560 y 1562 más de 100 nobles y caballeros de calidad fueron llamados a testificar por el Santo Oficio en el proceso contra Carranza. Asimismo, unos jueces arbitrarios redactaron una primera lista de cinco preguntas dirigidas al Rey y se presentaron en palacio. La Santa Inquisición quería saber la naturaleza de la amistad de Felipe y Carranza y si había oído algunos de los sermones por los que ahora se le acusaba de hereje.

Otra de las preguntas claves, y donde se mostró la escasa lealtad del Rey hacia su viejo amigo, planteó si conocía la enemistad que Carranza y Valdés se procesaban: «Yo no puedo saber si por esto o otra causa haya odio o enemistad entre ellos, pues si la habido sería dentro de sus pensamientos, lo que nadie no puede juzgar ni afirmar por cierto». No iba a tomar partido por ninguno. Durante su defensa, Carranza contraatacó y también reclamó el testimonio del monarca, que, en su caso, la Inquisición exigió que lo hiciera en persona.

Los inquisidores formularon un interrogatorio intenso al Rey el 14 de octubre de 1562, estando en Palacio. Aunque en algunas cuestiones defendió a Carranza, las respuestas evasivas supusieron la mayoría de palabras del Rey, que, como señala Geoffrey Parker con ironía, recuerdan a las que cuatro siglos después daría el presidente Clinton al ser interrogado por sus relaciones con Monica Lewinsky. La trascripción de las preguntas revela las escasas ganas del Rey de implicarse en el caso:

–Pregunta 38. No sabe.

–Pregunta 39. No sabe.

–Pregunta 50. No se acuerda.

–Pregunta 55. No se acuerda.

–Pregunta 56. No se acuerda.

–Pregunta 61. No se acuerda.

–Pregunta 76. No se acuerda.

El paso de los años esquisto el proceso y trasladó el juicio a Roma tras la petición del Papa Pío V. Felipe había consentido una investigación que nacía de rivalidades personales solo por respaldar al Santo Oficio y pagó las consecuencias. Después de que le salpicara directamente a él, el proceso se escapó de sus manos y se resolvió al final de manera demasiado suave para haber durado 17 años. El mismo Papa asistió a docenas de sesiones del proceso y dictó sentencia a favor de Carranza. No en vano, el sucesor de Pío V, Gregorio XIII, decidió concluir la causa el 14 de abril de 1576 declarándole gravemente sospechoso de herejía, lo que se traducía en una suspensión de sus funciones eclesiásticas durante cinco años.

Bartolomé Carranza falleció en el Convento de Santa María sopra Minerva de Roma, en el años 1576, donde fue enterrado.


ABC.es – Cesar Cervera

  • El secretario Antonio Pérez reunió a un grupo dispuesto a asesinar de forma directa a Juan de Escobedo, mano derecha del hermanastro del Rey, Don Juan de Austria

 

1298689Fue uno de los episodios más oscuros del reinado de Felipe II. A finales de marzo de 1578, Juan de Escobedo, secretario y mano derecha de Don Juan de Austria, el hermano bastardo del Rey, encontró la muerte en la calle Almudena de Madrid. Tras pasar la tarde en casa de Ana de Mendoza y de la Cerda, Princesa de Éboli, el secretario fue emboscado por un grupo de hombres armados. Como narra Geoffrey Parker en su biografía definitiva sobre Felipe II, uno de ellos le mató de una sola estocada que «atravesó su cuerpo de lado a lado».

Al día siguiente, Felipe II fue uno de los primos en enterarse del suceso, aunque a decir verdad él ya sabía que alguien estaba intentando matar al secretario de su hermanastro. Lo sabía, porque lo había autorizado él. Como Gregorio Marañón señaló en su libro «Antonio Pérez. El hombre, el drama, la época» (1947), las transcripciones de los documentos copiados en los «Procesos de Castilla contra Antonio Pérez» demuestran más allá de toda duda que «a Felipe II no se le puede absolver de una parte importante de la culpabilidad en este crimen» y de los intentos previos.

 

A principios de año, el mayordomo de Antonio Pérez arrojó unos polvos «en el puchero en el que guisaban la porción de Escobedo» durante una comida en la casa que el secretario del Rey tenía en la Plaza del Cordón. Sin que hiciera efecto grave en Escobedo la anterior tentativa, un joven pícaro contratado por el mayordomo echó otro «dedal de ciertos polvos» en la olla de Escobedo, en ese momento recuperándose de la indisposición en su vivienda familiar. No obstante, Escobedo se percató de que algo olía mal en esa sopa y acusó a una esclava morisca encargada de la cocina de intentar envenenarle. La esclava fue arrestada y torturada, tras lo cual confesó sorprendentemente que sí portaba un veneno, pero que su verdadero objetivo era la esposa de Escobedo.

Un hombre inocente, un rey engañado

Finalmente, Antonio Pérez reunió a un grupo dispuesto a asesinar de forma directa a Escobedo. Una vez perpetrado el ataque con éxito, los seis homicidas huyeron hacia Aragón, donde recibieron su recompensa acordada. Además de oro, Antonio Pérez facilitó a tres de ellos «una cédula y carta firmada de Su Majestad, de 20 escudos de entretenimiento, con título de alférez en uno de los presidios españoles en Italia».

Pero, ¿por qué quería Antonio Pérez acabar con Escobedo? En 1574, Pérez designó a su antiguo «criado» Juan de Escobedo –entonces secretario de Hacienda– como secretario personal de Don Juan de Austria, con la misión secreta de que le espiara durante su estancia como Gobernador de Flandes. Lo que no había previsto es que el carismático Don Juan de Austria duera a ganar la lealtad de su secretario, quien dejó de informar de sus movimientos a Pérez.

Al contrario, Escobedo habría intentado chantajear a Pérez a cambio de que la Corona enviara más fondos a Flandes con la amenaza de revelar al Rey cierta información. Así, se especula con que Escobedo era capaz de demostrar que Pérez aceptaba sobornos y dávisas; y que sabía detalles sobre la relación de Pérez con la Princesa de Éboli, viuda de Ruy Gómez, amigo y consejero de Felipe II.

Pérez utilizó la manipulación para presentar al hermanastro del Rey y a su secretario como dos conspiradores que planeaban derrocarle. El Monarca, «desconfiado por naturaleza», albergaba sospechas sobre las ambiciones de su hermano en Flandes. La idea, por tanto, no sonó nada inverosímil a oídos del Rey, que en las navidades de 1577 autorizó el asesinato. En cuanto Escobedo pisó suelo español comenzaron los intentos.

 

 


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  • Miles de exiliados hallaron la paz entre nosotros desde el siglo XVI al XVIII: reyes, señores, artistas, gente anónima…

 

 Felipe II, por Tiziano - ABC

Felipe II, por Tiziano – ABC

Los refugiados están de triste actualidad, las masas de perseguidos, los que huyen de las guerras y la desolación económica de nuestro mundo forman un fenómeno al que no podemos permanecer ajenos. Ese hecho se ha repetido a lo largo de los siglos. Y lo mismo que Europa es hoy destino ansiado para muchos emigrantes, la Monarquía Hispánica lo fue en los tiempos de su hegemonía, entre los siglos XVI y XVIII, pero no lo sabemos.

La intolerancia, expulsiones y persecuciones de judíos, moriscos o protestantes afectaron a cientos de miles de personas. Pero no es la única historia de España. Está incompleta. Lo demuestra un libro presentado ayer en Madrid: «Los exiliados del Rey de España» (Fondo de Cultura Económica).

José Javier Ruiz Ibáñez, uno de sus coordinadores, explica que hasta hace poco se había estudiado de manera local el flujo migratorio en la Edad Moderna. «Sabíamos que hubo mucha emigración irlandesa, griega, albanesa o magrebí, debida a guerras, crisis económicas y diversos procesos que se analizaban de forma aislada y no desde España». Pero al unir todos los puntos se dibuja una sorpresa: España era el destino favorito de los perseguidos y los represaliados, y en épocas de esplendor como la que hablamos, entre el siglo XVI y el XVIII, un lugar soñado para decenas de miles de personas.

 

«La Monarquía Hispánica registró una enorme recepción de exiliados, muchos políticos, otros religiosos y por supuesto una enorme migración económica», comenta Ruiz Ibáñez. «Los rebeldes contra Reyes en Francia, Inglaterra, los Balcanes, Japón, en el norte de África buscaban una superpotencia cuando necesitaban un aliado exterior. Y ese aliado era España. La Monarquía articula como puede los mecanismos de recepción», añade. Miles de personas en cada siglo alcanzaron esa naturaleza, ingresaron en nuestro ejército, recibieron pensiones, canongías, o fueron protegidos por los Reyes hasta que pudieron regresar. Algunos rehacían su vida y otros trataban de reconquistar el poder perdido.

Carlos II, el Greco…

«Se hicieron colegios para formar religiosos, tuvimos unidades militares albanesas, inglesas, irlandeas, francesas o incluso valonas, después de perder Flandes, dentro del ejército español», comenta. Reyes de Marruecos como el rebautizado Felipe de África, que murió en Madrid; monarcas ingleses como Carlos II, que vivió en Flandes durante el mandato de Cromwell con un pequeño ejército propio, son solo ejemplos egregios de esta política. Cabría añadir a Doménikos Theotokópoulos, el Greco, un «inmigrante económico cualificado», un gran pintor en busca de un mejor patrón. Y japoneses convertidos al cristianismo que se refugiaron en Manila, jóvenes suizos huyendo de represalias calvinistas…

El libro recoge los casos procedentes de todos los territorios del mundo. «Muchos terminan siendo españoles, dejaron aquí arte, constumbres y patrimonio y algunos somos sus descendientes, sin saberlo. Muchos apellidos proceden de la inmigración irlandesa, que llenó las costas gallegas tras un desembarco en Kinsale para apoyar una rebelión en 1602. Y hubo también muchos judíos del norte de África que regresan y se convierten. España expulsó a muchos, pero también acogió a muchísimas personas», concluye el historiador.

Bernard Vicent, experto en historia del norte de África por su parte, recuerda que en la represión de las Alpujarras se decretó que la expulsión no afectaba a los berberiscos que llegaban desde África y se integraban en España como una inmigración muy querida.

Pilotos de la Gran Armada

Una de las razones decisivas para que la Gran Armada regresara por Irlanda después del fiasco de 1588 es que algunos de sus pilotos eran irlandeses y conocían bien sus costas (no esperaban la peor tormenta que se recuerda frente a ellas). Pero hubo casos como el Príncipe Hugo O’Neill, que fue desviado de camino a España, en 1607, a Italia, porque venía acompañado de un gran ejército y alejándole había menor riesgo de inestabilidad política, comenta Igor Pérez Tostado, el otro coordinador del libro.

Pérez Tostado, especialista en el caso irlandés, subraya la importancia de este fenómeno. Basta pensar en que militares fundamentales en la historia de España, como Leopoldo O’Donnell, son descendientes directos de aquella inmigración irlandesa del s. XVII. «Los irlandeses eran muy buenos soldados: muy valientes, muy leales y muy fiables». Tanto como libros como este que permiten comprender de manera global nuestra historia.

 


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  • La larga serie de embarazos psicológicos que registró María finalizó, en 1558, cuando uno de ellos le llevó a caer en una profunda depresión
 María I de Inglaterra entrando en Londres para tomar posesión del trono en 1553 - Wikimedia

María I de Inglaterra entrando en Londres para tomar posesión del trono en 1553 – Wikimedia

María fue una niña triste, una reina sangrienta, una esposa desconsolada, una eterna embarazada… La hija de Catalina de Aragón hubo de hacer frente a muchas dificultades antes de tomar la Corona de Inglaterra a mediados del siglo XVI y, una vez en el trono, se apoyó en su marido para restituir a golpe de ejecuciones la obediencia de su país hacia la Iglesia católica. Todo el éxito político de la alianza entre la inglesa y el español naufragó a la hora de dejar descendencia. La larga serie de embarazos psicológicos que registró María finalizó, en 1558, cuando uno de ellos le llevó a caer en una profunda depresión y a morir meses después. Felipe II, su marido, no encontró el momento de desplazarse desde Bruselas a Londres, a pesar de las cartas de su esposa suplicándole que estuviera a su lado en aquellos momentos tan dolorosos. Murió sin volver a verle.

Tras solo dos años de matrimonio con María Manuela de Portugal, Felipe quedó soltero con un hijo enfermizo como única sucesión. La portuguesa, prácticamente de la misma edad que el entonces príncipe español, había fallecido después de dar a luz a Don Carlos, el Príncipe maldito. Durante la búsqueda de la candidata ideal para ser esposa de su hijo, Carlos I de España (V de Alemania) descartó la opción de que se casara en segundas nupcias con alguna de las hijas del rey de Francia, un enlace que habría sellado la paz entre ambos países, o con la hermosa hija menor del rey de Portugal, que a largo plazo podía asegurarle el trono de este reino; y en cambio recomendó que lo hiciera con una antigua prometida suya, María Tudor. La hija de Catalina de Aragón había vivido una infancia turbulenta a causa de la decisión de Enrique VIII de Inglaterra de divorciarse en contra del criterio de la Iglesia católica. Una mujer repleta de traumas que tenía a Carlos como el hombre que había velado por sus derechos en Europa cuando nadie más lo hizo.

La hija de Catalina de Aragón y Enrique VIII

Pese a contar con el apoyo popular de los ingleses, Catalina de Aragón –la hija menor de los Reyes Católicos– acabó repudiada por su marido, Enrique VIII, debido a la falta de hijos varones. La sucesión de embarazos fallidos, seis bebés de los que solo la futura María I alcanzó la mayoría de edad, enturbió la convivencia entre el Rey y la Reina. Enrique VIII propuso al Papa una anulación matrimonial basándose en que se había casado con la mujer de su hermano Arturo. El Papa Clemente VII, a sabiendas de que aquella no era una razón posible desde el momento en que una dispensa anterior había certificado que el matrimonio con Arturo no era válido (no se había consumado), sugirió a través de su enviado el cardenal Campeggio que la madrileña podría retirarse simplemente a un convento, dejando vía libre a un nuevo matrimonio del rey. Sin embargo, el obstinado carácter de la Reina, que se negaba a que su hija María fuera declarada bastarda, impidió encontrar una solución que agradara a ambas partes. La intervención del todopoderoso sobrino de Catalina, Carlos I de España, elevó la disputa a nivel internacional.

Pese a las amenazas de Enrique VIII hacia Roma, Clemente VII temía todavía más las de Carlos I, quien había saqueado la ciudad en 1527, y prohibió que Enrique se volviera a casar antes de haber tomado una decisión. Anticipado el desenlace, Enrique VIII asumió una resolución radical: rompió con la Iglesia Católica y se hizo proclamar «jefe supremo de la Iglesia de Inglaterra».

En 1533, el Arzobispo de Canterbury, Thomas Cranmer, declaró nulo el matrimonio del Rey con Catalina y el soberano se casó con Ana Bolena, a la que el pueblo denominaba «la mala perra». Además, Enrique privó a Catalina del derecho a cualquier título salvo al de «Princesa Viuda de Gales», en reconocimiento de su estatus como la viuda de su hermano Arturo, y la desterró al castillo del More en el invierno de 1531. Años después fue trasladada al castillo de Kimbolton, donde tenía prohibido comunicarse de forma escrita y sus movimientos quedaron todavía más limitados. Allí, el 7 de enero de 1536, antes de morir a causa posiblemente de un cáncer, Catalina de Aragón escribió una carta a su sobrino Carlos I pidiéndole que protegiera a su hija.

De esta forma, la «reina sanguinaria» nunca olvidaría que en 1533 tuvo que renunciar al título de princesa y que, un año después, una ley del Parlamento inglés la despojó de la sucesión en favor de la princesa Isabel, la hija de Ana Bolena, la mujer que había desencadenado el divorcio. No en vano, la ejecución de Ana Bolena en 1536 provocó un cambio en la situación de María. La nueva esposa de Enrique VIII, Juana Seymour, logró que María capitulara y jurara las nuevas leyes religiosas a cambio de una posición más aventajada en la corte, siendo ahora su hermanastra, Isabel, la que quedó marginada. Fruto del matrimonio entre Enrique VIII y Juana Seymour nació Eduardo, que fue designado el heredero de la corte. Cuando falleció de forma prematura Eduardo VI en 1553, la niña marginada se convirtió a sus 37 años en la reina de Inglaterra e inició una represión religiosa contra los líderes protestantes. Una de sus primera medidas fue encarcelar y ejecutar al Duque de Northumberland, quien había endurecido la política contra los católicos en esos primeros años del reinado de Eduardo VI.

«Lo mejor de este negocio es que el rey lo ve y lo entiende que no por la carne se hizo este casamiento, sino por el remedio de este Reno y conservación de estos Estados»Ruy Gómez

Por otra parte, María nunca dejó de escribirse con su primo Carlos I, pero sus buenas relaciones apenas facilitaron las negociaciones para logar un acuerdo que debía salvar la oposición interna de los nobles ingleses y su desconfianza natural hacia los extranjeros. Las exigencias británicas terminaron por ser humillantes: la reina no podía ser obligada a salir de las islas; Inglaterra no estaba obligada a tomar parte en las guerras de los Habsburgo; el posible hijo del matrimonio heredaría Inglaterra, Irlanda y los Países Bajos; y, lo que a la postre fue capital, el monarca español perdería cualquier autoridad si María fallecía antes que él. El rey mostró sus recelos en privado, pero finalmente tragó con un acuerdo que prometía recuperar por completo a Inglaterra para la causa católica.

Pero más allá de las exigencias políticas, el otro escollo eran los recelos de la reina hacia el matrimonio. Su historial amoroso se reducía a haber descartado la posibilidad de casarse con Eduardo Courtenay –hijo de un noble decapitado en 1538, acusado entonces de conspirar contra Enrique VIII– al que había liberado de su prisión en la Torre de Londres con este propósito. Tras descartar la boda con Courtenay, de sangre real, pareció que María permanecería soltera siempre. Al menos hasta que apareció el apuesto Felipe, cuyo cuadro pintado por Tiziano en 1551 fue enviado a la reina. Quedó prendida de él desde el primer instante hasta el último de su vida.

En tanto, Felipe II entendió que el matrimonio respondía más que nunca a asuntos de Estado y aceptó sin la menor queja, pese a que la belleza de María brillaba por su ausencia. A sus 37 años, la reina inglesa parecía aparentar cerca de 50 y mantenía una mirada triste de forma perpetua. Antes de salir de España, no en vano, Felipe recibió también un retrato de su futura esposa pintado por Antonio Moro, donde se evidenciaba que la reina era mucho más mayor que él. Una vez en Inglaterra, los integrantes del séquito español coincidían en señalar lo poco que se parecía aquel retrato al auténtico rostro de María. «Lo mejor de este negocio es que el rey lo ve y lo entiende que no por la carne se hizo este casamiento, sino por el remedio de este Reno y conservación de estos Estados», escribió Ruy Gómez, uno de los hombres que acompañó a las islas Británicas a asistir al enlace, celebrado el día de Santiago de 1554 en la Catedral de Winchester.

«Bloody Mary», 300 muertos en la represión

Bajo el reinado de María y Felipe, se ejecutaron a casi a trescientos hombres y mujeres por herejía entre febrero de 1555 y noviembre de 1558. No sorprende por ello que la historiografía protestante la apodará a su muerte como Bloody Mary («la sangrienta María»).

Muchos de aquellos perseguidos eran viejos conocidos de la traumática infancia de María. Thomas Cranmer, quien siendo arzobispo de Canterbury autorizó el divorcio de Enrique VIII de Catalina de Aragón, fue objeto de un proceso para privarle de su diócesis y posteriormente fue condenado a morir en la hoguera. Se trataba de una persecución religiosa en toda regla, pero también de los esfuerzos de la reina por acabar con sus enemigos políticos. En previsión de su boda con Felipe, el noble protestante Thomas Wyatt encabezó una sublevación que alcanzó las afueras de Londres en enero de 1554. El intento de golpe de estado fracasó gracias al apoyo de los londinenses, debiendo Wyatt rendirse y entregarse solo un mes después. La rebelión terminó con las ejecuciones de varios parientes de Juana Grey –bisnieta de Enrique VII de Inglaterra– y de la propia joven.

Asediado en diferentes frentes por Francia y el Papa Pablo IV, el rey español reclamó a María su ayuda militar

Felipe II apoyó en todo momento a su esposa e intentó congraciarse con sus súbditos repartiendo mercedes entre los nobles leales a la causa católica y organizando justas y torneos para el entretenimiento popular. Estas actividades, que llevaban décadas sin celebrarse en las islas británicas, fueron recordadas durante varias generaciones por su magnitud. Sin embargo, el matrimonio se tornó en una experiencia triste cuando se fueron acumulando una serie de embarazos psicológicos o fallidos que hicieron imposible que naciera un heredero. Después de un año en Inglaterra, Felipe partió a reunirse en Bruselas con su padre. Carlos I había decidido abdicar y con ello legar a Felipe y al archiduque Fernando, su hermano, sus reinos y también sus guerras. Asediado en diferentes frentes por Francia y el Papa Pablo IV, el rey español reclamó a María su ayuda militar, lo cual estaba específicamente prohibido por el acuerdo matrimonial.

En marzo de 1557, el monarca regresó a Inglaterra durante unos meses y empleó su capacidad de persuasión sobre su mujer, que no era poca, para lograr su participación en una guerra que iba a desembocar en una terrible pérdida para Inglaterra. A las puertas del desastre, el Duque de Guisa conquistó a principios de 1558 de forma sorpresiva Calais, la última posesión inglesa importante en el norte de Francia. Tras solo siete días de asedio, las tropas inglesas se rindieron y entregaron la ciudad sin presentar batalla, con el único objetivo de desprestigiar a la reina María.

De la pérdida de Calais a su muerte

Según la tradición, María quedó tan destrozada por esta derrota que predijo que la palabra Calais aparecería a su muerte grabada sobre su corazón. Triste y supuestamente embarazada de nuevo, la inglesa reclamó en esos días la presencia de su marido, que recibió la noticia con «gran alegría y contentamiento» pero hizo poco por desplazarse a Londres. Tras aceptar que se trataba de un nuevo falso embarazo, la reina cayó en un estado depresivo a mediados de 1558. Rápidamente, Felipe entendió que en caso de fallecer su esposa iba a ser su hermanastra, Isabel Tudor, la persona con más apoyos para reinar, por lo que, temiéndose lo peor, comenzó un acercamiento hacia la que a la postre sería la mayor villana del imperio.

El plan original de Felipe era casar a Isabel con algún príncipe católico de su confianza, siendo el mejor candidato su primo Manuel Filiberto de Saboya, quien había encabezado su victoria en San Quintín. Los acontecimientos, sin embargo, se precipitaron y el propio monarca se ofreció a casarse con Isabel cuando vio que Inglaterra podía alejarse de su control para siempre. A principios de noviembre, María hizo testamento designando sucesora a su hermana Isabel con la esperanza de que abandonase el protestantismo; unos días después falleció a los 42 años de edad. El ascenso de Isabel, con el propio apoyo de Felipe, supuso así una victoria póstuma y completa de la decapitada Ana Bolena, que todavía hoy es equivalente en la lengua castellana a ser una mujer alocada y trapisondista. Lejos de aceptar la propuesta matrimonial de Felipe, Isabel se negó a volver a la obediencia papal y permaneció soltera toda su vida.

La relación entre el Imperio español e Inglaterra fue de mal en peor en los siguientes años. Isabel se mostró implacable con los nobles católicos que amenazaron su poder y tomó todas las medidas posibles en pos de borrar la huella hispánica en las islas. Cualquier posibilidad de que el catolicismo volviera a ser mayoritario en Inglaterra en el futuro pereció con la muerte de María. No obstante, el hispanista Geoffrey Parker apunta en su obra «Felipe II: la biografía definitiva» (Planeta, 2010) que «incluso sin hijos, el catolicismo se habría instaurado perdurablemente en Inglaterra si la reina hubiera vivido hasta (digamos) los 56 años como su padre».

 

 


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  • Felipe II aparece citado en la letra con el ánimo de destacar que Guillermo de Orange se mantuvo fiel a él, pero como un igual: «Un príncipe de Orange soy, libre y valeroso al Rey de España siempre le he honrado»

 

 Retrato de Felipe II, que aparece citado en el himno de Holanda como Rey de España - ABC

Retrato de Felipe II, que aparece citado en el himno de Holanda como Rey de España – ABC

El himno holandés es el más antiguo del mundo, entre otras razones, porque la guerra que libró esta antigua provincia de los Países Bajos para lograr su independencia del Rey de España sacó a flote el sentimiento nacional de su población, cuando en Europa no existía, más que de forma vaporosa, aquello de las naciones. Los hombres luchaban por su religión, por su rey, por su ciudad, por su tribu o por su familia, pero no por algo tan inconcreto como eran las naciones. La guerra contra España cambió eso y exigió crear un enorme aparato propagandístico, que incluyó como no podía ser menos una canción en torno a las gestas de su líder, el intrigante Guillermo de Orange.

La letra del himno de Holanda tiene su origen entre 1568 y 1572, cuando la rebelión en las provincias de los Países Bajos contra su soberano, Felipe II, vivió su episodio clave. El himno, denominado «Wilhelmus», está dirigido a Guillermo de Orange «El Taciturno», que se alzó como el principal líder durante la revuelta contra los españoles. Creada probablemente por Marnix van St. Aldegonde, la letra es entonada como un himno religioso, y en lugar de ser una llamada a las armas o una exaltación patriótica, es una apología del alemán Guillermo de Orange, padre simbólico de la nación holandesa. Es por eso que el Rey de España –en ese momento Felipe II– aparece citado en la letra con el ánimo de destacar que Guillermo de Orange se mantuvo fiel a él, pero como un igual: «Un príncipe de Orange soy, libre y valeroso al Rey de España siempre le he honrado».

Una afirmación que está lejos de ser cierta, puesto que los métodos de Guillermo de Orange se basaron en una agresiva estrategia para desacreditar al Monarca español y ganar más poder para sí mismo. De hecho, el 15 de marzo de 1581 Felipe II declaró fuera de la Ley a Guillermo de Orange y lo acusó de «traición, ingratitud y herejía». Tras sobrevivir a un primer atentado a cargo del vasco Juan de Jáuregui, Guillermo de Orange nada pudo hacer contra el ataque de un francés católico, Balthasar Gérard, que empleó un arma de fuego para acabar con su vida el 10 de julio de 1584. Felipe II recompensó a la familia de Balthasar Gérard –que fue capturado y condenado a muerte– con los estados de Lievremont, Hostal y Dampmartin en el Franco Condado y un título nobiliario. No obstante, la muerte de Guillermo de Orange sirvió para transformar en mártir a un personaje que había perdido apoyos a causa de sus pésimas dotes militares, pero que tenía en la propaganda su auténtica arma.

El Gran Duque de Alba fue el responsable de introducir muchas de las leyes sobre los que se cimentaron los actuales estados de Bélgica y Holanda

Incapaz de vencerle en los campos de batalla, Orange presentó en sus textos propagandísticos, siendo «Apología» el más famoso, a los españoles como animales crueles y a Felipe II como un incestuoso, bígamo y parricida. El III Duque de Alba, Fernando Álvarez de Toledo, designado gobernador de Flandes, fue uno de sus blancos favoritos a consecuencia de su papel de general de hierro en la rebelión de los Países Bajos y como el responsable de poner en marcha el Tribunal de los Tumultos, encargado de juzgar a los sospechosos de sedición. La llamada leyenda negra, que presenta al Gran Duque de Alba en un grabado de la época comiéndose un bebé humano, sigue incluso vigente en la actualidad. Hay madres de Holanda que amenazan a sus hijos con la llegada del Duque de Alba cuando se portan mal, e incluso en Navidad se les dice a los niños que se han portado mal que el español irá para llevárselos a España.

A nivel académico, la imagen del Duque de Alba poco a poco está siendo restaurada por los propios historiadores holandeses, que entienden que la violencia ejercida bajo el mando del noble castellano no era producto del sadismo, sino de la necesidad de apagar una rebelión política usando los métodos habituales del periodo histórico que le tocó vivir. Fernando Álvarez de Toledo, además, fue el responsable de introducir muchas de las leyes y sistemas recaudatorios sobre los que posteriormente se cimentaron los actuales estados de Bélgica y Holanda.

Los himnos más antiguos del mundo

El «Wilhelmus» está considerado el himno nacional más antiguo del mundo. Los himnos de Inglaterra, «God save the Queen» y de Francia, «La Marsellesa», surgieron mucho más tarde, en 1745 y 1792 respectivamente. Por su parte, el holandés procede del siglo XVI, aunque no fue adoptado como himno nacional hasta 1932. En el caso español, se emplaza al año 1761 el primer documento en el que la «Marcha de Granaderos» cuenta con una partitura concreta («Libro de la Ordenanza de los toques de pífanos y tambores que se tocan nuevamente en la Infantería española», pese a lo cual su origen sigue siendo motivo de controversia.

Existen indicios, no en vano, de que el himno español es incluso anterior al holandés. Como afirmó en una entrevista ABC el pasado julio Antonio Lillo Parra, responsable de los archivos musicales de la Biblioteca Central Militar, «es probable que la “Marcha de Granaderos” tenga su antecedente en la Cantiga de Alfonso X el Sabio, concretamente en la número 42. En ella hay unos compases que puede ser que inspirasen al autor». Lo cual fecharía el origen del himno a mediados del Siglo XII. Además, la «Marcha de Granaderos» también guarda ciertas similitudes con la «Pavana Real» de Enríquez de Valderrábano, fechada en el siglo XVI.

 


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  • Los vecinos de la zona atribuyen orígenes demoníacos al agujero de una roca que hay junto a la silla de Felipe II
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A un kilómetro de la famosa silla de Felipe II y con el monasterio de El Escorial a tiro de piedra, existe una roca con una extraña huella a la que todo el mundo atribuye orígenes diabólicos. Cuenta la leyenda que una joven llamada Martiña, muy devota de la Virgen de Gracia, paseaba por la sierra cuando se le apareció Lucifer.

El demonio, vestido de peregrino, se interpuso en su camino e intentó persudiarla con todo tipo de ofrecimientos terrenales a cambio de su alma y para que renunciara a la Virgen. La niña se mostró inflexible y se negó aceptar todos los regalos.

Enfadado y frustrado, el diablo saltó desde una roca hacia un acantilado provocando una tremenda explosión que se escuchó en toda la zona. El impulsó que se dio para saltar provocó un agujero en una roca, que todavía puede verse. De hecho, es uno de los puntos turísticos más visitados por los curiosos de la sierra de El Escorial.


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  • En los alrededores de El Escorial, la morfología de una roca ha alimentado la supertición sobre un episodio con el Mal
abc Ilustración del Diablo junto a la silla de Felipe II, cerca del lugar en el que supuestamente el Mal dejó su huella

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Ilustración del Diablo junto a la silla de Felipe II, cerca del lugar en el que supuestamente el Mal dejó su huella

La demora en la construcción de El Escorial ha alimentado todo tipo de conjeturas y leyendas en torno al fastutoso monumento y al propio Felipe II, pero lo cierto es que estas están presentes en los alrededores desde mucho antes de su edificación, acaso resultado de la superstición popular. La Sierra de Guadarrama es, en ese sentido, abono fértil para estas historias, incluso en el origen mismo de este extraordinario paraje natural.

A un kilómetro de la silla desde la que el citado monarca avistaba las obras del Monasterio, la extraña morfología de una roca dio lugar a la leyenda de «La Pisada del Diablo». Una oquedad sin aparente explicación figura sobre la piedra como si de barro se tratase. Se dice que fue el mismísimo demonio quien, enfurecido, clavó allí su talón cuando una niña se negó a blasfemar.

Se trataba de Martiña, feligresa y devota de la Virgen de Gracia. El Mal, disfrazado de campesino, se cruzó con ella bajo la pretensión de apoderarse de su alma. Insistente, no consiguió que la pequeña se rindiera ante él, por lo que saltó con tanta violencia que clavó su pie en la roca y dejó para siempre su huella. Este cuento, evidentemente ficticio, es fruto de las creencias fantasiosas que durante siglos han acompañado a la cultura mundana.


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  • Lamoral Egmont, que posteriormente sería ejecutado por orden de Felipe II, encabezó a las tropas españolas en una batalla donde Francia fue desarmada definitivamente y obligada a ofrecer un tratado beneficioso a España, lo cual no se había conseguido ni siquiera tras la célebre victoria en San Quintín

    ABC El emplazamiento de Gravelinas en una pintura de Pieter Snayers de 1644

    ABC | El emplazamiento de Gravelinas en una pintura de Pieter Snayers de 1644

Aunque se considera que la victoria española en San Quintín dejó completamente noqueado al Reino de Francia, lo cierto es que todavía tuvo fuerzas para preparar un contraataque al siguiente año que casi da la vuelta a la contienda. Francia reclutó un nuevo ejército en la Picardía, que puso en manos de Luis Gonzaga-Nevers –duque de Nevers–, y pidió ayuda naval al sultán otomano para que mantuviera ocupada a la flota española. Pero el momento más peligroso para los intereses del Imperio español llegó cuando el señor de Thermes apuntó con otro ejército –formado por 12.000 infantes, 2.000 jinetes y mucha artillería– al corazón del mismísimo Flandes. Los esfuerzos por revertir la situación corrieron a cargo del Conde de Egmont, un general de Felipe II con un concepto idealizado y medieval de la guerra, propio de las novelas de caballería, que venció a las tropas francesas en Gravelinas empleando una táctica plagada de riesgos.

Es frecuente considerar la batalla de Gravelinas como un mero apéndice a la de San Quintín, celebrada como una de las mayores victorias del reinado de Felipe II, pero fue algo más: fue el verdadero desenlace de la guerra entre ambos países. En San Quintín, de hecho, no estuvo presente el mejor general francés del periodo, el Duque de Guisa, que se encontraba operando en Italia contra las acometidas del mejor general español, el Gran Duque de Alba. A las puertas del desastre, el Rey Enrique II reclamó esta vez sí la presencia de Guisa en Francia, quien ordenó al Duque de Nevers iniciar una ofensiva de distracción contra los Países Bajos mientras el se dirigía a la conquista de Calais, la última posesión inglesa importante en el norte de Francia. Tras solo siete días de asedio, las tropas inglesas se rindieron y entregaron la ciudad a Guisa. La facilidad con la que se rindió lapoblación, no en vano, ha hecho sospechar tradicionalmente a los historiadores que los defensores habían pactado entregar la ciudad con el único pretexto de desprestigiar a la Reina María Tudor, que estaba casada con Felipe II y por ello aliada con España.

La caballería de Egmont se estrella

Ciertamente, la pérdida de Calais sacudió los pilares de la Monarquía inglesa y, en términos tácticos, dejó el flanco derecho, la costa de Flandes, a merced de los franceses. Fue entonces cuando ambos ejércitos pusieron sus ojos en Gravelinas, una posición clave en la entrada occidental a Flandes que fue rápidamente reforzada con tropas españolas y valonas. Mientras Guisa siguió atacando las posesiones inglesas en Francia y el Duque de Nevers lanzaba nuevas acciones de distracción, Paul de Thermes –gobernador galo de Calais– avanzó sin marcaje al frente de 12.000 infantes (entre ellos 4.000 mercenarios gascones y 5.500 mercenarios alemanes), 1.200 jinetes ligeros, 500 gendarmes (caballería pesada) y 300 arcabuceros a caballo, por la costa arrasando las poblaciones que encontró en dirección a Flandes. Al toparse con Gravelinas, Thermes ordenó en un primer momento asediar la plaza, pero, al percatarse de que estaba mejor defendida de lo esperado, se limitó a bloquear la ciudad con una pequeña fuerza y siguió avanzando con el grueso del ejército.

Comprometido en diversos frentes, Felipe II levantó con los escasos recursos económicos todavía a su disposición un ejército a contrarreloj para hacer frente a la tercera incursión francesa. El vencedor en San Quintín, Manuel Filiberto de Saboya «Cabeza de Hierro», estaba ocupado siguiendo los movimientos del Duque de Guisa, que se encontraba inmerso en un amago de motín por parte de los mercenarios alemanes, y la responsabilidad de encabezar el nuevo ejército cayó en el experimentado Lamoral Egmont, primo de Felipe II por parte de madre y miembro asiduo de su Corte. Las razones que avalaban la elección de Egmont pasaban por su brillante actuación al frente de la caballería imperial en la batalla de San Quintín, donde el veterano general ganó la partida a los poderosos gendarmes franceses a través de incisivas y rápidas cargas. No obstante, también tenía una importante desventaja: Egmont mantenía una fe ciega, para muchos caduca, en los principios caballerescos. Conforme avanzaba el siglo XVI, se hizo cada vez más patente, salvo para él, que aquellos ideales eran un estorbo para el desarrollo de la actividad militar moderna, donde la pólvora deslucía el intercambio de acero.

Las ordenes portadas por Egmont se limitaban inicialmente a hostigar la retaguardia francesa pero sin entablar un enfrentamiento directo con fuerzas que se suponían más poderosas que la amalgama reunida por los españoles: 500 herreruelos (caballería con pistolas), 2.000 jinetes flamencos, 500 reitres alemanes, 1.000 infantes españole, 2.000 milicianos alistados en las localidades cercanas, 7.500 mercenarios alemanes y 2.000 infantes flamencos y valones. La oportunidad apareció sobre la marcha. Tras atacar Neuport, las tropas francesas creyeron oportuno regresar sobre sus pasos, planeando conquistar de camino Gravelinas, probablemente al estimar que se habían alejado demasiado de su línea de abastecimiento y, en parte, porque la salud de Thermes–paralizado de las cuatro extremidades por la gota– recomendaba mostrar cautela. Esta vez sí, el movimiento en falso de los franceses fue aprovechado por los españoles. En una decisión más propia de un caballero andante que de un general, el Conde de Egmont abandonó los bagajes y las máquinas de guerra para cortar a tiempo el paso francés.

Sorprendido por la temeraria maniobra de Egmont, Paul de Thermes, que terminaría ese día bajo cautiverio español, se vio atrapado entre el río Aa y el ejército enemigo. La batalla era inevitable y los franceses buscaron sacar provecho de sus escasas ventajas: su artillería se encontraba intacta y los bagajes que cargaban les sirvieron como trincheras para su flanco izquierdo. Por su parte, el Conde de Egmont –incómodo con cada segundo ocioso– se arrojó en los primeros compases al frente de su caballería pesada sobre el centro francés. La carga chocó con estrépito contra la artillería, los arcabuceros y los propios gendarmes franceses. Lo que tanto había padecido el Reino de Francia durante el siglo XVI, el decrépito de lo caballería pesada, lo sufrió por una vez el Imperio español a causa del osado mando del último caballero medieval de Europa. Pero una vez más en aquel siglo, el desatino de la caballería fue cubierto por la intervención de la disciplinada infantería.

Los arcabuceros de Carvajal rompen el empate

La caballería de Egmont se vio obligada a retroceder atravesando los cuadros de infantería francesa y a reorganizarse tras ellos. Calculando posible la victoria, la caballería pesada gala se empecinó en perseguir a Egmont pero terminó compartiendo su mismo destino al estrellarse contra la infantería mercenaria. «El día es nuestro», se permitió gritar Egmont cuando consiguió reorganizar su fuerza de jinetes. Paul de Thermes decidió entonces que era el turno de que toda la infantería avanzara, con tan mala fortuna que acabó trabada con la caballería pesada francesa que huía de forma desordenada en ese momento. Una vez confrontadas las infanterías, la batalla pareció sumida en una lenta sangría sin que ninguno de los bandos fuera capaz de decidir el vencedor, sobre todo en las posiciones dominadas por los mercenarios alemanes, que se mostraron poco dispuestos a matarse entre sí. La contienda solo cambió de color cuando el capitán Luis de Carvajal –situado en el flanco derecho español– ordenó a una compañía de 200 arcabuceros colarse por el costado enemigo con la intención de disparar desde la línea de carruajes que protegía el campamento francés. Los españoles abrieron fuego sobre la retaguardia francesa buscando poner en fuga al grueso de la infantería.

Pero el golpe de gracia a los franceses lo causaron los cañonazos de una flotilla –probablemente la flota guipuzcoana, aunque las fuentes anglosajonas defienden que eran barcos ingleses– que apareció por sorpresa en la espalda gala. Todo la línea enemiga se vino a bajo y Egmont fue incapaz de frenar el sucesivo baño de sangre. Sin escapatoria y con el océano a la espalda, el número de bajas francesas fue muy elevado. La población local, afín al Imperio español, se recreó en la persecución con más de 7.000 muertos franceses. El mariscal Thermes –herido en la cabeza–, Jean de Monchy, el barón Jean de Annebaut y otra decena de nobles salvaron su vida solo con su rendición. Ahora sí, el día era de Egmont.

La victoria de las Gravelinas reportó grandes recompensas a Egmont. A pesar de su temeraria estrategia, su capacidad de rehacerse le otorgó la gratitud del Rey. No obstante, la primera reacción de Felipe II fue la de reprender al flamenco en sus cartas, pues había entablado combate sin su consentimiento ni el del mando superior, el Duque de Saboya. De perder la batalla, el Imperio español hubiera quedado gravemente herido y con gran probabilidad habría perdido Flandes. Por el contrario, la brillante locura de Egmont había cambiado definitivamente el curso de la guerra y Enrique II –sin opciones de oponerse– ofreció un generoso acuerdo a los españoles en la Paz de Cateau-Cambrésis.

El Rey recompensó a Egmont con el cargo de estatúder de Flandes y Artois, en 1559, lo que le situó como uno de los más poderosos nobles de un país al borde de estallar en protestas religiosas. La postura de Egmont, como la de Felipe de Montmorency, Conde de Hornes, en las encendidas peticiones a Felipe II para que rebajara la persecución religiosa sigue siendo motivo de polémica. Desde el principio ambos nobles se alinearon –sin alcanzar la virulencia de Guillermo de Orange– en contra de la implantación de la inquisición en los Países Bajos y contra el que consideraban máximo instigador de dicha medida, el Cardenal Granvela, obispo de Arrás. En 1560, Egmont y Orange renunciaron a sus cargos en el Ejercito Imperial y exigieron la salida del país de los soldados de nacionalidad española.

La ejecución del héroe del Imperio

Sin excederse en sus quejas, Lamoral Egmont viajó en representación de la nobleza local hasta España para explicar su postura. En 1565, Felipe II le recibió en Madrid y fingió escuchar su petición por un cambio en la política religiosa en los Países Bajos. En resumen, se limitaron a entretenerle durante meses con falsas promesas y hacerle creer que sus gestiones estaban dando resultado. A su regreso a Flandes, el noble vendió las negociaciones con el Rey como fructíferas. Sin embargo, poco había conseguido más que advertir al Rey de que los tenidos por moderados incurrían en posturas inadmisibles desde su punto de vista.

Al frente de un gran ejército, el Duque de Alba se desplazó en 1566 a los Países Bajos con instrucciones muy claras, entre ellas, la orden de ejecutar a los tres líderes más visibles de la rebelión. Mientras Guillermo de Orange huía hacia Alemania al menor rumor de la llegada de tropas españolas, Egmont y el Conde de Hornes no mostraron ningún temor e incluso fueron a recibir al veterano general. El Duque de Alba era hombre severo e inquebrantable, pero siempre había mostrado deferencia en el trato con hombres de armas. Egmont era uno de aquellos, casi un monumento militar, y el noble castellano profesaba gran admiración por el conde, a pesar de la caduca ideología militar que representaba.

Con todo, las primeras palabras del castellano, producto de su humor amargo o, quizá, del largo viaje, han pasado a la historia de lo macabro: «Veis aquí un gran hereje». Fernando Álvarez de Toledo consiguió pasar aquellas palabras por una broma, simplemente, poco adecuada, pero en secreto aguardaba poner en marcha cuanto antes las órdenes del Rey. Así, el 9 de septiembre de 1566 invitó a Egmont y Hornes a un banquete en nombre del hijo de Alba, el Prior Hernando, que terminó con el capitán español Sancho Dávila deteniendo a los dos nobles católicos. Ambos fueron encarcelados en celdas separadas y, tras encontrar pruebas de rebelión contra la Corona en sus correspondencias con Guillermo de Orange, fueron decapitados en el Mercado de caballos de Bruselas ante los ojos de una multitud sollozante.

En términos políticos, la ejecución de Lamoral Egmont fue una decisión funesta. Enardeció los ánimos de la población moderada y puso sobre la mesa el cómo se gastaban las gratitudes españolas. Por mucho que hubiera levantado la voz, el noble católico no alcanzaba el grado de rebelde, ni de traidor, ni mucho menos de hereje. Ante un conflicto militar abierto se antojaba rocambolesco que Egmont se hubiera alzado del lado de los calvinistas. Felipe II, además, debió advertir que la guerra en los Países Bajos iba a requerir concesiones para captar a los católicos moderados como Egmont. De hecho, el error provocó que hasta muchos años después los nobles católicos no se convencieran de que, efectivamente, el enemigo no era el Rey español. Hubo que esperar a la etapa de Alejandro Farnesio como gobernador de Flandes para encontrar a valones sirviendo diligentemente al Imperio Español contra la auténtico hidra de las mil cabezas, Holanda.


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  • José Luis Hernández repasa en su último libro la vida de varios extranjeros que lucharon al servicio de los Austrias y son confundidos usualmente con peninsulares

    Wikimedia | El sitio de La Goleta fue la principal victoria de Doria contra el pirata

    Wikimedia | El sitio de La Goleta fue la principal victoria de Doria contra el pirata

Hubo un tiempo en el que, según decía Felipe II, en el Imperio español no se ponía el sol. Y es que, el territorio conquistado y las posesiones de nuestra bandera se extendían por medio mundo a costa de las vidas (y las gónadas) que los soldados de los Tercios españoles se dejaban por tierra y mar. No obstante, tanto en ese momento como unos años atrás, no habría sido posible conquistar y mantener tan extensas propiedades sin la ayuda de combatientes extranjeros que pusieron sus armas al servicio de los hispanos. Uno de ellos fue Andrea Doria, un capitán de merceros genovés que luchó bajo el pendón del águila bicéfala del emperador Carlos I durante décadas. Mal considerado hoy como un héroe nacido en la Península, este almirante se enfrentó hasta los 85 años con decenas de piratas y llegó a humillar al corsario Barbarroja en el asedio que la cristiandad hizo de Túnez a principios del siglo XVI.

La vida de Andrea Doria es una de las que incluye el escritor José Luis Hernández Garvi en su último libro, «Héroes, villanos y genios». En la obra -ganadora de la XII edición del premio Algaba convocado por la editorial «Edaf»- este reconocido divulgador histórico repasa la vida de una serie de personajes considerados erróneamente como españoles. «En sus páginas he querido recoger las biografías de insignes extranjeros que sirvieron a España durante el reinado de los Austrias, personajes que destacaron en los campos de la milicia, la política, las artes o las ciencias y que se implicaron de tal forma con los intereses y la cultura de nuestro país que en ocasiones son confundidos como españoles. Algunos son muy conocidos para el gran público. Otros, en cambio, han pasado de puntillas por nuestra historia a pesar de la trascendencia que sus actos y obras tuvieron en su momento», explica, en declaraciones a ABC, el autor.

Primeros años

A pesar de que ha pasado erróneamente a la historia de España como Juan Andrea Doria (pues su nombre real no tiene ningún atisbo español), este marino vino al mundo en Oneglia, una ciudad genovesa del Ducado de Milán, el 30 de noviembre de 1466. A partir de entonces, la infancia de Andrea Doria se difumina en el devenir de aquella primitiva Italia, pues no se conocen demasiados datos sobre él. Tal solo se sabe que provenía de una familia adinerada venida a menos (una forma educada de decir que la liquidez les empezaba a escasear) y que se quedó huérfano cuando apenas contaba con 17 primaveras.

Con todo, lo cierto es que perder a sus padres avivó sus ansias de convertirse en militar, un camino que terminó recorriendo debido -curiosamente- a que lo que atesoraba en la cartera no le daba para dirigir sus pasos hacia el clero. Así pues, al no poder desembolsar una generosa cuantía de monedas para «calzarse» un hábito, este genovés se dirigió hacia Roma para empezar a hacerse ducho en el arte de la espada. Su destino: el ejército de los Estados Pontificios. «Para un joven de su linaje se le abrían dos caminos, la carrera eclesiástica o el ejercicio de las armas. Finalmente optó por la segunda. Viajó hasta Roma, donde su primo Nicolò Doria era comandante en jefe de la guardia del papa Inocencio VIII. Gracias a este contacto se convirtió en un joven recluta», explica Hernández Garvi en declaraciones a este periódico.

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Andrea Doria, como Neptuno Wikimedia

En este contingente militar combatió a las órdenes del papa Inocencio VIII. Al menos, hasta que este falleció y fue sustituido por Alejandro VI. Aquel cambio de dirección en la Iglesia no fue demasiado apreciado por el genovés, quien decidió apartar sus habilidades como militar del ejército pontificio y usarlas de tal forma que le pudieran llenar la bolsa de dinero. Así pues, y a pesar de su juventud, se convirtió en condotiero.

«La función principal del condotiero era la de un comandante mercenario que tenía bajo su mando a un grupo de experimentados soldados que se vendían al mejor postor. En medio del clima convulso de las constantes guerras en la Italia del siglo XVI, los soldados de fortuna procedentes de diferentes países europeos fueron ampliamente demandados por los distintos contendientes. Como si se tratase de un empresario ofreciendo sus servicios, el condotiero negociaba directamente con el cliente, casi siempre una ciudad estado italiana, las condiciones en las que debía desarrollarse la campaña y la paga de las tropas que servían a sus órdenes», completa el escritor.

Hacia los mares

En palabras de Hernández Garvi, sus dotes de mando no tardaron en convertirle en uno de los condotieros más reconocidos de la época. Así lo demostró en batallas como la de Roca Guillermina, en la que (tras ser contratado por el Duque de Urbino) sus hombres asaltaron una fortaleza defendida por soldados españoles. Aquella jornada de 1503, y a pesar de que los hispanos derrotaron en inferioridad numérica a los gabachos gracias al Gran Capitán, Doria dejó claro a sus enemigos que sabía perfectamente como asestar mandobles con una espada y dirigir a sus mercenarios. De hecho, Gonzalo Fernández de Córdoba trató de convencerle para que se dejara arrendar por la Corona española, pero el genovés se negó y se mantuvo fiel a sus actuales patronos. Debió considerar que más valía dinero conocido que riquezas por descubrir.

Francisco I, uno de los principales patronos de Doria Wikimedia

Francisco I, uno de los principales patronos de Doria
Wikimedia

Su valor quedó probado también en el mar, donde posteriormente llevaría a cabo la mayor parte de su carrera militar. Y eso, a pesar de que en principio no planeaba dar con sus huesos en las aguas. No obstante, aceptó empezar a combatir en el líquido elemento cuando su Génova natal se rebeló contra los galos y su petulante rey Francisco I. Aquel año demostró que era un patriota y que tenía un precio, pues le pagaron una buena cantidad de monedas a cambio de su colaboración. «Sus combates más importantes, quizá más por la trascendencia que supuso en su vida posterior que por su brillantez, se desarrollaron durante su participación en la revuelta de Génova contra el dominio francés. A pesar de carecer de experiencia como marino, la ciudad confió en sus capacidades y decidió nombrarle comandante de la flota genovesa», señala el autor.

Durante aquel enfrentamiento, el condotiero logró evitar que los galos (que se habían atrincherado en Génova) recibieran provisiones, por lo que acabaron izando la bandera blanca y retirándose con la «baguette» entre las piernas. «Doria consiguió apoderarse de un barco con suministros para la aislada guarnición francesa. El apresamiento agravó la situación de los ocupantes que se vieron obligados a retirarse. Aquella victoria obtenida sobre las aguas del Mediterráneo supuso para Doria el inicio de su carrera como marino de guerra, marcando su destino para siempre», añade Hernández Garvi.

De odiar, a amar a Francia

Poco después, Doria demostró que, a pesar de todo, era un soldado al que le llamaba más la fortuna que el honor. Y es que, tras combatir durante dos años a los piratas del Mediterráneo, terminó poniéndose a las órdenes del rey de Francia (contra el que pocos años antes había combatido) después de que las tropas galas tomaran de nuevo Génova. Lo cierto es que el almirante no era precisamente estúpido y, sabedor de la necesidad que tenía el ejército gabacho de oficiales con experiencia, pensó que lo mejor sería dejar a un lado la bandera de su patria y enarbolar la del enemigo. No falló en sus predicciones, pues el franchute le ofreció más oro del que podía contar para que se uniera a sus filas y le dio el puesto de capitán general de los soldados desplegados en Italia.

Todo el mundo tiene un precio, que se suele decir, y el de Doria era ese, por lo que se limitó a cambiar los paños que ondeaban en los mástiles de sus galeras y recoger su dinero (y su nuevo cargo) con una sonrisa. Había comenzado su vida como galo y, por lo tanto, le tocaría darse de mamporros con los españoles en no pocas ocasiones. La más destacada se sucedió en 1524, cuando ya contaba sus 58 veranos. Aquel año, concretamente, el Conde Carlos III de Borbón (aliado de nuestro Carlos I) se propuso irritar a los galos conquistando Marsella. Lo cierto es que consiguió crispar los nervios de Francisco I. Y es que, se presentó con sus tropas en la mismísima puerta de la ciudad y la puso bajo asedio.

Retrato de Andrea Doria Wikimedia

Retrato de Andrea Doria
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El gabacho, por su parte, soltó algún que otro improperio en francés y solicitó ayuda al condotiero, quien ya había abandonado los combates en tierra firme y había iniciado, de forma definitiva, su carrera como marino. «Las tropas cesáreas pusieron asedio a Marsella en julio, defendida por Renzo di Ceri por tierra y Andrea Doria por mar, cuya intervención fue decisiva por la táctica y estrategia desarrolladas por el invicto marino genovés. El cerco de Marsella se fue haciendo cada vez más duro hasta el 21 de septiembre, en cuya fecha la infantería bajo el mando del Condestable Borbón se resistió a combatir», explica el cronista Vicente de Cadenas y Vicent (contemporáneo de Doria) en su obra: «El fin de la Republica Florentina: segunda reposición de los Medicis en Florencia por los ejércitos españoles».

A día de hoy es imposible saber si las tropas imperiales tuvieron posibilidades reales de conquistar Marsella. Sin embargo, la espera fue su perdición, pues al final tuvieron que salir de la zona a toda prisa ante el avance de Francisco I quien, día va, día viene, había organizado un disciplinado ejército para expulsar de la zona a los españoles y arrasar a su ejército. «Los aliados se retiraron de Marsella el 29 de septiembre y regresaron a Italia. […] El ejército de Francisco I era en aquellos momentos el más organizado, el de más ejercitada táctica, y con el mando más famoso de capitanes conocidos en Europa, integrado por fuertes contingentes suizos y alemanes que, junto con los franceses, formaban la élite de las tropas europeas», añade Cadenas y Vicent.

Pintaban mal las cosas para el emperador Carlos I, pero quiso la suerte que los santos vinieran a visitar a las tropas españolas en Pavía, una ciudad ubicada en el Milanesado italiano. Y es que, allí el navarro Antonio de Leyva consiguió detener al ejército gabacho (cuya base era la mejor caballería de Europa) a base de arcabuz y pólvora. De hecho, llegó a capturar al propio Francisco I durante la contienda después de que este se lanzara desquiciado a la carga contra sus enemigos. Mucho ruido y pocas bajas para los galos, que fueron estrepitosamente derrotados. Semanas después, la situación cambió drásticamente para los imperiales, quines obligaron a su preso a firmar la paz y ceder a sus exigencia.

Si quieres conocer pormenorizadamente la batalla de Pavía, sigue el siguiente enlace: «Pavía, donde el arcabuz español aplastó a la caballería francesa»

Todo había acabado bien para Carlos I y los españoles, pero no tanto para los franceses y sus aliados. Más concretamente, para Andrea Doria, quien sintió que aquella rendición gala como una puñalada de daga de mano izquierda en su vientre. De poco le sirvió mostrar su desacuerdo ante los hombres de Francisco I, pues la decisión de capitular ya estaba tomada. Sin embargo, el genovés se lo tomó como una afrenta personal y, sabiendo además que era muy posible que no recibiera ni una moneda por los servicios prestados, decidió cambiarse la casaca y decir adiós a sus actuales patronos.

Tras decir «au revoir» al francés, Doria unió su espada a la del papa Clemente VII en la denominada «Liga de Cognac», un tratado formado por la Santa Sede, Venecia, Inglaterra, el Ducado de Milán y Florencia para combatir a Carlos I. Como no podía ser de otra forma, a este variopinto grupo se terminó uniendo también el despechado Francisco I, ansioso de venganza después de la humillación perpetrada por las tropas imperiales. No obstante, su alianza con el religioso duró exactamente el tiempo que el grupo tardó en empezar a acumular derrotas militares. Así pues, el genovés terminó por modificar nuevamente su bando y asumir las órdenes de los galos a cambio de un pellizco de dinero. Un mercenario siempre es un mercenario.

Al servicio de España

Tras estos bandazos políticos, y cuando la vida de Doria parecía estar relativamente tranquila Doria (todo lo relajado que puede estar un hombre que se dedica a combatir en alta mar con sesenta veranos a sus espaldas), al marino le dio un ataque de patriotismo y decidió manifestar a Francisco I la necesidad de que Génova dejase de ser un protectorado francés -aunque oficialmente era independiente- y pasase a ser, de forma efectiva, independiente. El resultado fue el que todo el mundo esperaba: la irritación del gabacho (que comenzó una campaña política contra él) y el aumento de la tensión entre ambos.

«Como comandante mercenario, Doria había servido a diferentes señores. Los vaivenes de la guerra le habían hecho cambiar de bando varias veces de acuerdo con las circunstancias y la cuantía de la soldada. A pesar de la personal animadversión mutua que se tenían, Francisco I de Francia había sido uno de sus principales clientes contratistas. El monarca francés había perdonado a Doria sus declaraciones en favor de la libertad de Génova, quizá porque a pesar de todo prefería que estuviera de su lado antes que arriesgarse a tenerlo como enemigo. Sin embargo, los continuos desplantes y humillaciones de Francisco I hacia Doria acabaron con la paciencia del entonces ya almirante. La gota que colmó el vaso fue la orden de detención contra el condotiero dictada por el rey de Francia», explica Hernández Garvi.

En palabras del escritor, la situación fue aprovechada por el marqués del Vasto, un ilustre prisionero de Doria, quien -viendo que su relación con Francisco I no tardía en estallar- le atrajo hacia el lado español. «Le convenció para que cambiase de bando, uniéndose a la causa de Carlos I de España. El emperador, conocedor de los méritos militares del almirante, no quiso desaprovechar la oportunidad y le ofreció entrar a su servicio a cambio de la libertad de Génova y la suma de sesenta mil ducados al año. Doria no se lo pensó dos veces y con una flota de doce galeras se puso bajo las órdenes de Carlos I», añade el escritor.

Barbarroja, el pirata que fue señor de Argel

A pesar de haberse enfrentado militarmente en no pocas ocasiones a Carlos I, lo cierto es que esta curiosa pareja no tardó en trabar una relación de cordialidad. Algo normal si se tiene en cuenta que el genovés aumentó el poderío español en Italia y, por su parte, el emperador ayudó al marino a liberar Génova del yugo francés y le nombró caballero de la Orden del Toisón de Oro (uno de los mayores honores que se podían otorgar por entonces). No obstante, el mercenario se terminaría convirtiendo en un «falso héroe español» gracias a un faceta que ya había practicado en la antigüedad: la de caza-piratas. Concretamente, se hizo famoso por combatir en repetidas ocasiones contra uno de los corsarios más fieros del Mediterráneo: Hizir bin Yakup, más conocido como Barbarroja, aunque también llamado Jeireddin, Hayreddín o Khair-ed Din.

Barbarroja era un reconocido pirata que había nacido en la isla de Lesbos (al oeste de Turquía y entonces bajo soberanía del Imperio otomano) en torno a 1466 y 1468. Al menos, así lo afirma Ertugrul Onalp (profesor titular del departamento de español de la universidad de Ankara) en su libro «Las memorias de Barbarroja». Descendiente de una familia de marinos, Hayreddín no tardó en hacerse a la mar en busca de riquezas fáciles de conseguir. Todo ello, a pesar de su curioso origen. «Haridin fue ollero de oficio, más su hermano le convirtió en marinero, dándole la fusta para que mandase. Y después que perdió un brazo en Bugía le hizo teniente de sus navíos, y de Argel cuando fue a Tremecén», señala, por su parte, el historiador del S.XVI Francisco López de Gómara en su obra «Guerras del Mar».

Hayreddín comenzó su vida en el mar gracias a su hermano Aruj, quien se dio primero a la piratería y cuyas riquezas conseguidas terminaron atrayendo al futuro enemigo de Doria. Ambos comenzaron su carrera como asaltadores de buques en la isla de Djerba (en Túnez) donde establecieron su base de operaciones y comenzaron a dar dolores de cabeza a galeras cristianas a base de cimitarrazos. Según parece, su capacidad militar terminó provocando el asombro del señor de Túnez, quien les acabó sufragando sus robos a cambio de una parte de las riquezas que consiguieran. Su poder llegó a ser tal que conquistaron varias posiciones cristianas en el Mediterráneo.

José Luis Hernández Garvi, autor de «Héroes, villanos y genios» Edaf

José Luis Hernández Garvi, autor de «Héroes, villanos y genios» | Edaf

Sin embargo, en 1516 todo cambió para esta pareja de hermanos cuando Aruj recibió la petición de dirigirse hacia Argel para combatir a los españoles. En ese momento decidió que ya le había llegado la hora de ascender en el escalafón social y, tras asesinar al gobernador de la región (el mismo que le había solicitado ayuda) tomó el puesto de gobernador por las bravas. Desde la zona, se dedicó a armar galeras para robar todo cuanto pudiese a Carlos I. Con todo, su liderazgo solo duró hasta 1518, año en que fue asesinado por un combatiente de las tropas imperiales. Después de que dejara este mundo, Hayreddín le tomó el relevo en el puesto y, por descontado, continuó su campaña de saqueos masivos contra los cristianos.

Con todo, Hayreddín demostró más astucia que su hermano al ponerse a las órdenes del Imperio Otomano. Este sencillo hecho le permitió seguir con sus continuos saqueos a los buques españoles a un coste en vidas menor (todo ello, gracias a los hombres aportados por su nuevo amigo el sultán). Este fue el período en el que el ya corsario llegó a convertirse en una auténtica pesadilla para Carlos I y dio a conocer su verdadero «yo» al mundo. «El carácter de Barbarroja refleja a un hombre valiente, prudente y un sagaz diplomático con sentido del humor y alma poética. A través de las páginas de sus memorias se perfila como un polígloto que hablaba cinco o seis idiomas. […] Entre otras características se destaca también como un gobernador justo, devoto en su fe, a la vez que modesto, generoso y tolerante. Aunque, por otra parte, se muestra a veces cruel, sobre todo con los cautivos de alto mando a los que consideraba presumidos, engreídos y traicioneros», explica Ertugrul Onalp.

Doria contra el corsario

Tras años de saqueos, muertes y dolor, se podría decir que Carlos I acabó hasta su católico cetro de Barbarroja, por lo que decidió tomar cartas en el asunto en 1533. Unas cartas en la que iba incluido Doria, un marino de 67 años (para la época todo un anciano) que no se cansaba de combatir. «La galeras turcas y sus aliados, los piratas berberiscos, sembraban el pánico con sus incursiones por las costas cristianas del Mediterráneo. Decidido a acabar con esa situación, Carlos I solicitó la colaboración de la Santa Sede, Portugal, Génova, Nápoles y Sicilia para lanzar una expedición de castigo contra una de las principales bases de los piratas turcos», explica Hernández Garvi.

Con ese objetivo, en Barcelona se empezó a juntar una gigantesca flota con la que asaltar Túnez y mandar a los herejes al infierno de una vez por todas. En total, se acabaron reuniendo unos 400 navíos. Cuando Doria arribó a la zona, fue recibido con jolgorio, pues se conocían sus habilidades. «En los preparativos se emplearon cerca de un año, tal eran ellos […] La llegada de Andrea Doria con 19 [galeras] fue acontecimiento por la vista de la galera imperial que traía, magnífico vaso esculpido, dorado dispuesto como para morada del César. […] Tocaba trompetas, clarines, chirimías, tambores, después de las salvas saludaba la gente la voz gritando tres veces: ¡Imperio, Imperio, Imperio!», explica el fallecido historiador español Cesáreo Fernández Duro en su obra «Armada española, desde la unión de los Reinos de Castilla y Aragón».

La gigantesca armada cristina, acompañada por 25.000 infantes y 2.000 jinetes (sin contar a la marinería y los buscadores de fortuna, tal y como explica Duro), dio la orden de partir contra el nido de piratas el 13 de junio de 1535. Al mando estaba el anciano Doria y el mismísimo Emperador, quienes establecieron que su primer objetivo sería conquistar la fortaleza de La Goleta, ubicada en el puerto de Túnez. Una misión lógica si lo que se buscaba era meter hasta el último soldado en dicha ciudad para acabar con los corsarios. ¿Qué hizo Barbarroja? Llenar hasta las almenas la fortificación de combatientes (unos 4.000) y de piezas de artillería y llamar a otros 100.000 hombres y 30.000 caballeros para defender sus posesiones. En palabras del fallecido historiador español, sin embargo, estas cifras pueden haber sido exageradas y, en caso de ser afirmativas, los soldados habrían sido «alárabes montaraces atraídos por la esperanza del robo, de poco empuje».

El día 14 comenzó el asedio de La Goleta, fortaleza que se pudo asaltar después de que desembarcaran las tropas sin oposición en la zona. «Las galeras cubrían el flanco y la retaguardia del ejército […] batiendo luego la torre del Agua, obra [defensiva] avanzada, y los muros de la fortaleza principal, a la que dieron de costado los galeones […] en tanto que los soldados, con la pala y el azadón en la mano, adelantaban las trincheras y las baterías. Era muy fuerte la posición y la defendía hábilmente Sinán el Judío, entorpeciendo los trabajos de los sitiadores con vigorosas salidas; costó, por consiguiente, la pérdida de muchos buenos capitanes y tres generales […] antes de que las brechas consintieran el asalto dado por mar y tierra el 14 de julio, a los 28 días», explica Duro en su obra.

La finalización del asedio y la conquista de La Goleta dejó 2.000 turcos muertos muertos y un Barbarroja furioso y frustrado. A su vez, permitió a los cristianos hacerse con 300 piezas de artillería ubicadas en la fortaleza y un centenar galeras pertenecientes al mismísimo pirata que había amarradas en puerto. Tomado el primer escollo, el camino se abrió para los asaltantes hasta Túnez, hacia donde se dirigieron los recién formados Tercios españoles en vanguardia. Este era el último bastión del corsario en la zona, y Doria y Carlos I estaban dispuestos a que cayera de una vez bajo la cruz del catolicismo.

Por su parte, Hayreddín se dispuso a encerrarse en Túnez y resistir -costase las almas que costase- a sus enemigos. El 21 de julio, sin embargo, la diosa fortuna quiso aliarse con Doria y hacer que los 5.000 reos cristianos que Barbarroja tenía presos en la ciudad decantaran la batalla del lado cristiano. «Enterados de la derrota los cautivos de la alcazaba, rompieron las prisiones, sobreponiéndose a la guarnición, y asestaron los cañones contra la hueste de Barbarroja desbandada. […] ¡Memorable día para la cristiandad!, añade el historiador. En definitiva, los prisioneros atrapados desde hacía meses por el corsario, y a los cuales se había planeado cortarles el cuello en repetidas ocasiones acabaron por dar la victoria a España.

La caída de un mito

«La victoria supuso la liberación de miles de cautivos cristianos y fue uno de los mayores éxitos en la carrera militar de Doria. Sin embargo, la expedición no consiguió uno de sus principales objetivos, la captura de Barbarroja. El más legendario de los piratas berberiscos consiguió escapar del cerco tendido por Doria en Túnez y, a los pocos meses, se había recuperado de la derrota, reiniciando los ataques contra los estados cristianos ribereños del Mediterráneo. Su siguiente objetivo fueron las Islas Baleares y las costas catalanas, donde dejó un rastro de muerte y destrucción que sería largo tiempo recordado. Furioso por el ataque, Carlos I exigió venganza, ordenando a Doria que emplease todos los medios necesarios para capturar vivo o muerto a Barbarroja», explica Herández Garvi.

Lo cierto es que hubo que esperar bastante para que estos enemigos se volviesen a encontrar. Concretamente, hasta el 27 de septiembre de 1538, momento en que una flota cristiana formada por más de 400 navíos (250 de ellos menores, todo hay que decirlo) al mando de Andrea Doria se enfrentase de nuevo a Barbarroja en Previsa -al suroeste de Grecia-. Con los antecedentes que había (y la clara superioridad de buques con la que contaba el genovés) todo hacía prever que el corsario se marcharía maldiciendo contra la cruz, pero lo cierto es que el anciano marino, de 72 años, cometió una serie de errores imperdonables que le costaron una sonada derrota y la posterior humillación ante las autoridades venecianas. Fue uno de sus primeros reveses.

Si quieres conocer pormenorizadamente la batalla de Previsa, sigue el siguiente enlace: «Previsa, donde la heroicidad de los españoles no pudo vencer a la flota de Barbarroja»

A partir de este momento, en los últimos años de vida del que había sido considerado como uno de los mejores navegantes de su época comenzaron a sucederse todo tipo de desastres. Estos empezaron en 1540, año en que Génova tuvo que resignarse a pagar una ingente cantidad de ducados a Barbarroja para que dejase en la paz de dios sus puertos y no les diese dolor de cabeza. No quedó más remedio, pues el corsario había logrado hacerse con el dominio del Mediterráneo después de los cimitarrazos repartidos en Previsa. Doria, por su parte, trató de recuperar su honor perdido en la contienda lazándose al mar y haciendo las veces de caza-piratas. Todo ello, cuando rozaba los 75 años. Lo cierto es que no tuvo demasiada suerte en esta empresa.

Los santos tampoco le sonrieron en 1541, época en la que Carlos I dispuso asaltar Argel, nido de piratas bajo el mando de Barbarroja. Aquel año, y a pesar de que Doria lo desanconsejó, decenas de buques partieron hasta aquel lugar ansiosos de venganza. Con todo, se volvieron con las mismas ganas que partieron, pues un temporal detuvo al ejército a las puertas de la ciudad y el genovés, prudente como se había vuelto con la edad, reembarcó a los soldados para evitar un desastre como el de Previsa. Finalmente, harto de andar (o más bien navegar) por el Mediterráneo se retiró a su residencia de Génova, donde disfrutó de la enorme fortuna que había atesorado como condotiero. Lo cierto es que tampoco pudo relajarse en su ciudad natal, pues tuvo que hacer frente a varios intentos por arrebatarle el poder y la fortuna que había logrado durante su vida militar.

Al final, tras modificar la ley de Génova para evitar que le quitasen el poder y el dinero, Doria terminó lanzándose al mar en un intento de expiar sus últimos traspiés. Así pues, a los ochenta y cuatro años de edad, y medio ciego, combatió a bordo de sus galeras a los turcos en 1550 y 1552 en dos expediciones contra la ciudad de Sirte. En ninguna de ellas salió victorioso. Al final, regresó a su hogar en 1553, donde tuvo tiempo de organizar operaciones militares en las que, aunque no participó, actuó como consejero (una de las últimas, en 1560). Andrea Doria, el héroe de la jornada de Túnez, terminó muriendo el 25 de noviembre de 1560 a los noventa y cuatro años.


Seis preguntas a José Luis Hernández Garvi

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