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  • La llegada de los castellanos a un nuevo continente y los territorios italianos en la órbita aragonesa desde la Edad Media sentaron las bases para la creación de un gran imperio hispánico en tiempos de los Reyes Católicos
 La muerte de general Wolfe (1771), en las Llanuras de Abraham, cerca de Quebec (Benjamin West).

La muerte de general Wolfe (1771), en las Llanuras de Abraham, cerca de Quebec (Benjamin West).

El Imperio español, cuyo tiempo de vida se suele ubicar entre 1492 (año del Descubrimiento de América) y 1898 (año en el que el país pierde sus últimos territorios de ultramar), no tuvo nunca forma política de imperio ni tuvo a un emperador en el sentido estricto de la palabra. Si bien Carlos I fue emperador del Sacro Imperio Romano, Felipe II no pudo obtener este título, a pesar de que su poder y la extensión de su territorio fue incluso mayor que el de su hijo. ¿Se puede hablar de un imperio sin que haya un emperador? Para la RAE, un imperio también es «una potencia hegemónica y su zona de influencia».

Según los términos planteados por Thomas J. Dandelet en su análisis «La Roma española», el Imperio español entraría en la categoría de imperio informal, es decir, aquel que no ejerce un dominio ni político ni militar. Un imperio formado por territorios con sus propias estructuras institucionales y ordenamientos jurídicos, diferentes y particulares, que se hallaban gobernados por los monarcas españoles de la Casa de Austria o por sus representantes. En tanto, su músculo era esencialmente territorial. De ahí que por extensión esté incluido entre los cuatro mayores de la historia:

1. El Imperio británico (segunda etapa tras las pérdida de las 13 Colonias): 31 millones de kilómetros cuadrados.

2. El Imperio mongol: 24 millones de kilómetros cuadrados (mediados del siglo XIII).

3. El Imperio ruso: 23 millones de kilómetros cuadrados en 1913.

4. El Imperio español: 20 millones de kilómetros cuadrados (en torno a 1750).

Como explica en su libro «Imperiofobia y Leyenda Negra» (Siruela) María Elvira Roca Barea, detrás de estos cuatro imperios vendría el Imperio Maurya, el Imperio aqueménida, el Imperio chino de la dinastía Qing (1650), el Imperio chino de la dinastía Yuan (1270), el segundo Imperio colonial francés (1880), el Imperio abasida (siglos VIII-XI), el Imperio chino de la dinastía Tang (siglos VII-X), el Califato Omeya (661-750); el Imperio portugués, el Imperio Rashidum (632), el Imperio brasileño; el Primer Imperio colonial francés; el Imperio japonés (1938); el Imperio chino de la dinastía Ming (siglo XV); el Imperio chino de la dinastía Han (200 a.C.), el Imperio romano con una extensión máxima de 6,5 millones de kilómetros cuadrados en tiempos de Trajano, el Imperio de Alejandro Magno con 5,2 millones de kilómetros cuadrados y el Imperio otomano con 5 millones de kilómetros cuadrados en 1683.

*La propia María Elvira Roca Barea avisa que según las fuentes consultadas la lista puede ser diferente.

Los orígenes del Imperio español

La llegada de los castellanos a un nuevo continente en 1492 y los territorios italianos en la órbita aragonesa desde la Edad Media sentaron las bases para la creación de un gran imperio hispánico en tiempos de los Reyes Católicos. Su nieto, Carlos I de España y V de Alemania, aunó desde muy joven un enorme número de coronas y territorios sobre su cabeza. La prematura muerte de su padre, Felipe I de Castilla, le entregó desde la tierna infancia los títulos de la Casa de Borgoña, es decir, los que Carlos «El Temerario» había conquistado por las armas a costa de Francia en todos los territorios que hoy ocupan los Países Bajos. A la muerte de su abuelo materno, y ante la incapacidad de su madre, Juana «La Loca», el joven Carlos recibió los títulos de Rey de Castilla, que incluían la Corona de Navarra y las Indias, y de Rey de la Corona de Aragón, que extendía su poder por Nápoles, Cerdeña y Sicilia. Además, sus victorias en Italia sobre Francisco I de Francia reportaron al imperio de Carlos el Ducado de Milán.

La preeminencia de los reinos hispánicos en esta entidad política estuvo justificada en la dependencia que tenían la dinastía de los Austrias del dinero y las tropas castellanas. No obstante, el trozo más grande del pastel europeo le llegó a Carlos de Habsburgo con el título de emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, que obtuvo gracias en parte al oro castellano, en 1520, imponiéndose sobre la candidatura de Francisco I de Francia y Enrique VIII de Inglaterra. El futuro Emperador Carlos V tenía derechos legítimos porque su abuelo era el anterior titular, pero aún así debió imponerse a golpe de ducados, con oro castellano y de banqueros alemanes, en la asamblea de electos alemanes. Ser Emperador del Sacro Imperio Romano suponía reinar sobre la actual Alemania y Austria (el título de archiduque de Austria le otorga esta responsabilidad), aunque era algo más nominal que práctico, puesto que cada parte del imperio se regía por sus propias leyes y a penas había instrumentos políticos que funcionaran en todo el territorio.

Su heredero, Felipe II, no recibió la Corona del Sacro Imperio Germánico, que fue a parar al hermano de Carlos, el «español» Fernando, pero formó su propio imperio europeo al sumar Portugal a los territorios italianos y flamencos de su padre. Si bien durante los reinados de Felipe II, Felipe III y Felipe IV se alcanzó la máxima extensión de territorio controlado por la Casa de los Austrias (unos 31 millones de kilómetros cuadrados), hay que matizar que Portugal y sus posesiones se mantuvieron celosamente separadas de las hispánicas. El Rey hacía cumplir su voluntad en Lisboa a través de un gobernador o un virrey, que solían rodearse convenientemente de funcionarios locales. Los oficios públicos se reservaban para los súbditos portugueses tanto en la metrópoli como en su territorios ultramarinos.

Por su parte, la cifra de los 20 millones de kilómetros cuadrados recogida por María Elvira Roca Barea hace probablemente referencia al mapa mundial dejado tras el Tratado de Madrid, firmado por Fernando VI de España y Juan V de Portugal el 13 de enero de 1750, para certificar oficialmente la muerte del de Tordesillas y definir los límites entre las respectivas colonias portuguesas y españolas en América del Sur.

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  • Erdogan ha hecho suya una tergiversación de una carta de Cristóbal Colón al avistar Cuba
Las claves que tumban la teoría de que los musulmanes descubrieron América

HURRIYET  

El presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, aseguró la pasada semana que los musulmanes descubrieron América. Tal declaración controvertida la hizo durante el acto de clausura celebrado en Estambul de la Primera Cumbre de Líderes Musulmanes Latinoamericanos. Tras esta interpretación de la historia, Erdogan ahora insta a las instituciones educativas turcas a que fomenten una política de poner de relieve la contribución del islam a la ciencia y las artes, incluyendo el descubrimiento del continente americano por los marineros musulmanes unos 300 años antes que Cristóbal Colón.

Sin embargo, no fueron pocas las bromas de columnistas y caricaturistas críticos con las ocurrencias de Erdogan. Según publica eldiario turco «Hurriyet», el presidente turco defendió sus afirmaciones sobre el descubrimiento de las Américas matizando que no son suyas, sino que son teorías que llevan coleando durante años. «Esta idea no es nueva. Se menciona en los libros del profesor Fuat Sezgin. Un número de académicos en Turquía y en el mundo han hecho esta afirmación », dijo. Fuat Sezgin es un profesor emérito de Turquía en la ciencia árabe-islámica, que ha estado viviendo en Alemania desde las secuelas del golpe de Estado de 1960 en Turquía.

Más allá de las intenciones de Erdogan, desde la Escuela de Estudios Árabes (EEA-CSIC) critican con dureza las declaraciones del presidente turco, quien parece basarse en las afirmaciones de un académicomusulmán, el doctor Youssef Mroueh, de la Fundación Assunnah de Estados Unidos:

«Colón admitió en sus escritos que el lunes, 21 de octubre de 1492, mientras su barco navegaba cerca de Gibara en la costa noroeste de Cuba, vio una mezquita en lo alto de una bella montaña».

«Tiene sus montañas hermosas y altas como la Peña de los Enamorados, y una de ellas tiene encima otro montecillo a manera de una hermosa mezquita».

‘Tierra desconocida’

Luis Molina, del CSIC, ha analizado para ABC el ensayo de Mroueh «Musulmanes precolombinos en las Américas» y de los textos sobre los que cimenta su teoría. Uno de ellos es el libro «Los prados de oro y las canteras de joyas». Ahí, Al-Masudi habla del Océano Atlántico Mar Tenebroso o Mar Verde) y de los que se aventuraban a navegar por él:

«Entre ellos estuvo un hombre de al-Andalus llamado Jashjash. Era un joven cordobés que reunió a un grupo de muchachos de su edad y se embarcó con ellos en unas naves que había aparejado en ese Mar Circundante. Durante un tiempo no se supo nada de ellos, pero finalmente retornaron con rico botín. Esto es noticia bien conocida por los andalusíes».

El investigador asegura no encontrar ninguna precisión cronológica, ninguna referencia a Palos como punto de partida, ninguna mención de una ‘tierra desconocida’. «Lo que tenemos no es más que la historia de un grupo de jóvenes cordobeses que se hicieron a la mar en época desconocida y desde un puerto impreciso y que regresaron al cabo deun tiempo indeterminado con grandes riquezas. Las imprecisiones del relato hacen sospechar de que se trata de una leyenda, pero, aunque no lo fuera, hace falta mucha y desbocada imaginación para hallar en esta historia la menor relación con una travesía del Atlántico hasta las costas de América», explica. Añade que la aparición de Palos como puerto de salida y la mención de una ‘tierra desconocida’ parecen ser inventos de Mroueh.

Asimismo, Mroueh hace referencia a la obra de Osuna y Saviñon, «Resumen de la geografía física y política y de la historia natural (1844)». Según esta obra, otro navegante musulmán, Ibn Farrukh, de Granada, partió de Kadesh (fue una ciudad en territorio sirio) al Atlántico, llegando a Gando (Isla de Gran Canaria). Luego continuó hacia el oeste hasta encontrarse con dos islas, Capraria y Pluitana. Esta historia se le atribuye a Ibn al Qutiyya, cronista conocido y que habría fallecido veintidós años antes de la inexistente expedición.

Molina desautoriza la obra que ha inspirado a Erdogan por no encontrar pistas en estos textos antiguos de que en realidad se estuviera hablando de América. El carácter legendario de las referencias resta igualmente credibilidad a Mroueh.

«La ocurrencia de Erdogan nos puede hacer mucha gracia y servir de motivo para chistes, pero hay otros muchos casos semejantes de tergiversación de la historia que no deberíamos tomárnoslos a risa, por muy ridículos y demenciales que nos parezcan», concluye el investigador.

Para Florentino Portero, profesor titular de Historia Contemporánea en la UNED y colaborador de ABC, la insistencia de Erdogan con esta teoría tiene una razón clara: «Turquía trata de reivindicarse dentro del islam, que además fue el último califato islámico hasta que fue abolido en la reforma constitucional de 1926».

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