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  • El pintor de batallas, muestra en exclusiva a ABC su último cuadro. En este caso, el más afamado artista español relacionado con el tema castrense nos lleva hasta la Guerra de la Independencia. Y, más concretamente, hasta la batalla de Vitoria
 La batalla de Vitoria - Augusto Ferrer-Dalmau

La batalla de Vitoria – Augusto Ferrer-Dalmau

Fue una victoria más que definitiva. Fue la contienda en la que los españoles, tras más de cinco años de ocupación en la Guerra de la Independencia, dijomos «au revoir» al ejército francés de José Bonaparte (más conocido por estos lares como Pepe Botella). Aquel 21 de junio de 1813, un conglomerado de tropas hispanas, inglesas y portuguesas lograron expulsar a los galos de la Península Ibérica en una contienda que pasaría a la Historia como la batalla de Vitoria.

Un enfrentamiento que, esta semana, vuelve a estar de actualidad más de dos siglos después gracias al popular pintor Augusto Ferrer-Dalmau. Y es que, el artista (autor de otras tantas obras en los últimos meses relacionadas con el mundo militar como la que muestra a Cervantes combatiendo en la Marquesa o la contienda de Valenciennes) nos ha sorprendido en esta ocasión plasmado en un lienzo su propia visión sobre la batalla de Vitoria.

Ferrer-Dalmau, que ha contado como siempre con la ayuda imprescinfible de su asesor histórico David Nievas Muñoz, ha querido mostrar en este caso una panorámica de la contienda en la que se aprecian, como elementos más reseñables, al general Álava subido en un caballo mientras, a sus pies, yace inerte la bandera francesa. Casi como el último remanente del podería de un ejército (el de Napoleón) que había dado sus últimos coletazos de águila en España.

Vuelve a Francia

Aunque Vitoria marcó el principio del fin de la ocupación gala de España, hubo que esperar nada menos que cinco años de duras contiendas hasta llegar a ella. Concretamente, la sublevación contra los franceses comenzó en la capital, Madrid, el 2 de mayo de 1808.

El pueblo madrileño, de manos de los capitanes Luis Daoíz y Pedro Velarde, se reveló contra la ocupación del país

En esa fecha mágica, el pueblo madrileño, de manos de los capitanes Luis Daoíz y Pedro Velarde, se levantó contra la ocupación del país y se alzó en armas contra Bonaparte, quién pretendía –y consiguió- hacerse con el trono español y dejarlo en manos de su hermano. A pesar de aquel día el levantamiento no fue definitivo, si provocó que el sentimiento en contra de los franceses se expandiera a lo largo y ancho del territorio. Acababa de comenzar la Guerra de la Independencia.

Así, se iniciaron oficialmente las hostilidades contra el «pequeño corso» que, decidido a tomar toda la Península a costa de la sangre de sus soldados, dio el pistoletazo de salida a una invasión, la de España, que ya estaba en boca de todos. No obstante, lo que no sabía aquel mandatario era que enfrente suya se encontraba el pueblo de España, que plantó cara a sus experimentados militares y les propinó varias bofetadas estratégicas.

La ayuda inglesa

La situación llegó a ser tan precaria para los galos que el líder francés tuvo que hacer una visita para tratar de aplacar la sublevación. «Fue demasiado para Napoleón, que vino a España “a poner orden”, devolvió Madrid a José a principios de diciembre y persiguió a los ingleses para expulsarlos del país antes de tener que retornar a Paris urgentemente, dejando varios mariscales para terminar el asunto», explica Emilio Larreina en su libro «La batalla de Vitoria 1813».

Desgraciadamente, y tras la marcha de Napoleón, las derrotas comenzaron s sucederse en el bando español. Por ello, además de por su propio interés, Inglaterra decidió enviar en 1812 a Arthur Wellesley –Duque de Wellington– un lord que aunó a ingleses, portugueses y españoles en contra del ejército de José Bonaparte.

Hacia Vitoria

Tras tomar varias ciudades de gran importancia estratégica a los galos, Wellington, movido por su odio al ejército imperial, inició su mayor ofensiva cuando recibió noticias de que Napoleón había retirado tropas de España para continuar su campaña en Rusia. Era el momento de sacar la espada, y el inglés lo sabía. Su acometida fue de tal calibre que el líder francés aconsejó a su hermano «hacer las maletas» y abandonar Madrid con toda su cohorte en dirección a Valladolid.

No obstante, ninguna tierra era segura para el hermanísimo francés, que inició desde Valladolid una huída veloz para salvar su vida y, como no, las grandes riquezas que había arrebatado a la tierra española. «Comenzó para los imperiales una retirada cada vez más apresurada y amenazada por un Wellington desconocido en su rapidez de maniobra, que cuenta además con las tropas españolas del Ejército de Galicia y dispone de casi 100.00 hombres, superando a los invasores», añade el escritor.

Tan sólo quedaba una salida para José y el inmenso séquito de carretas que le acompañaba: acudir a Vitoria. Y es que, en ese territorio había solicitado la reunión del ejército francés ubicado en el norte de España. De esta forma, podría plantar cara a los soldados aliados y, en el peor de los casos, iniciar su retirada definitiva hasta Francia.

Varias semanas después, y una vez en el destino, tanto José Bonaparte como su mariscal de campo, Jean Baptiste Jourdan, únicamente tenían una idea en la mente: resistir con su ejército el inminente asedio aliado. Sin embargo, carecían de una estrategia definida. «Al atardecer del 19 (de junio) los soldados (franceses) acampan en la Llanada de Vitoria sin ningún criterio, pues no existía un plan de operaciones definido», explica Larreina.

Preparativos para la lucha

Aprestado para la lucha, José Bonaparte desplegó su ejército alrededor de la ciudad de Vitoria. «La batalla tuvo lugar en una especie de “cazuela” conocida como Llanada Alavesa. Es un terreno relativamente llano en relación a las montañas circundantes, con forma de óvalo irregular alargado hacia el este y con la capital, Vitoria, situada en el primer tercio del eje longitudinal» señala el experto en el texto.

De esta forma, y aprovechando que el terreno estaba plagado de montañas en sus alrededores y que por él cruzaba el río Zadorra, el hermano del «pequeño corso» y su mariscal de campo deciden desplegar sus más de 57.000 hombres y 140 cañones en tres secciones.

En el flanco izquierdo, ubicado cerca de los pueblos de Subijana (situado 14 km al suroeste de Vitoria) y de la Puebla de Arganzón, los franceses emplazaron a su primera fuerza. Esta, comandada por Gazán, contaba aproximadamente con 24.000 soldados del denominado «Ejército de Andalucía». Por su parte, el centro se asignó a dŽErlon y sus casi 11.000 militares y piezas de artillería. A su vez, la mayoría de la caballería quedó en reserva debido al terreno, que impedía cabalgar con presteza.

Finalmente, el flanco derecho se ofreció al «Ejército francés de Portugal» de Reille y sus 22.000 hombres. Destaca que en este terreno se encontraba una unidad formada por españoles que, presuntamente, eran leales a Francia. Concretamente, este grupo, conocido como el de los «josefinos» fue enviado a cubrir un pueblo aislado debido a escasez de tropas francesas.

En cambio, y según Larreina, la disposición que se hizo fue totalmente errónea: «Las posiciones no respondieron a un plan determinado, pues no existió, impedido por un fuerte ataque de fiebre del mariscal Jourdan en la mañana del 20 cuando se disponía a reconocer las posiciones, pero responden al mantenimiento de una idea equivocada: suponer que Wellington atacará de frente por el oeste».

«El Lord pudo estudiar perfectamente las posiciones contrarias, (…) preparando (…) un ataque ambicioso y brillante, ayudado sin duda por el conocimiento del terreno de su amigo, el general Álava, nacido en Vitoria»

Por su parte, los aliados dividieron sus fuerzas en varias columnas con la intención de asediar y rodear al ejército francés haciendo uso, entre otras cosas, del conocimiento que tenía del territorio un oficial español que acompañaba a Wellington. «El Lord pudo estudiar perfectamente las posiciones contrarias, (…) preparando (…) un ataque ambicioso y brillante, ayudado sin duda por el conocimiento del terreno de su amigo, el general Álava, nacido en Vitoria», determina el experto.

Haciendo uso de la estrategia, Wellington –que no había mostrado a los franceses todas las fuerzas de las que disponía para ganar el factor sorpresa-, organizó a sus 78.000 hombres y 96 cañones en cuatro cuerpos de combate muy similares. No obstante, en los flancos se podían ver, por encima del resto, los distintivos españoles portados por la 1º División española de Murillo y la 6º División española de Longa (formada por unos 7.000 soldados en total, ubicados a izquierda y derecha respectivamente). Todo estaba preparado para la batalla.

La calma que precede al combate

Con las fuerzas listas para el combate, solo hacía falta algo que motivara a Wellington, un oficial característicamente defensivo, para iniciar la contienda. Esta gota que colmó el vaso y provocó el inicio de las hostilidades se produjo el 21 de junio de 1813 cuando el Lord inglés recibió noticias de que los refuerzos franceses, tan ansiados por los imperiales, no llegarían hasta pasadas varias jornadas. No había duda, era el momento de cargar el fusil y avanzar hacia la lucha.

José, por su parte, y en vista de que el combate bien podía dar un vuelco en su contra, decidió que era hora de que su séquito y provisiones, el cual había traído desde Madrid, iniciaran su salida hacia Francia. Así, más de 4.000 carros colapsaron las escasas calles vitorianas. Sin duda, el impuesto rey de España no confiaba demasiado en la victoria.

Morillo: españoles en el flanco derecho

Aproximadamente a las ocho y media de la mañana comenzó la batalla. Casi espoleados por su odio a los franceses, la división española de Morillo fue la primera en atacar las posiciones imperiales de la Puebla de Arganzón, ubicada en lo alto de una colina. Este acto de valentía tuvo instantáneamente su recompensa, pues, ante el ímpetu ibérico, los fusileros galos abandonaron sus posiciones.

Sin embargo, parece que los franceses no estaban dispuestos a perder esa magnífica posición defensiva, pues enviaron más soldados para recuperarla. «Los refuerzos no solo no desalojaron a Morillo, situado en una posición ventajosa, sino que el 12º (francés) es arrollado y puesto en fuga antes de que el 45º sea atacado por los españoles resueltamente, con valor y convencidos de sus posibilidades», añade Larreina. No obstante, la osadía costó cara al oficial, pues resultó herido en la acción.

Además de este avance, crítico para el flanco francés, todo se complicó cuando los galos, que querían reforzar esa posición, fueron engañados por un lugareño que, arriesgando su vida, se ofreció a guiar a sus cañones hasta una buena posición de tiro. Sin embargo, lo que realmente hizo fue llevarles hasta un camino de monte angosto y que impedía mover la artillería. Por suerte, el improvisado aliado pudo escapar sin problemas.

Por su parte, varias brigadas del ejército británico decidieron apoyar a los españoles y seguir presionando el flanco derecho, De hecho, la fuerza del ataque obligó a los franceses a desviar varias unidades para detener a los casacas rojas, que se lanzaban ahora al combate decididos a traspasar las líneas de defensa galas.

A su vez, Jourdan vio pasar la vida ante sus ojos cuando observó que nuevas unidades españolas aparecían en los accesos a Vitoria desde Logroño (en el extremo derecho de su flanco). «Irónicamente, las tropas avistadas en la carretera de Logroño (…) causantes de semejante revuelo están allí por casualidad. Son los guerrilleros alaveses (…) a las órdenes de Sebastián Fernández de Leceta “Dos Pelos” y Prudencio Cortázar “el Fraile”, respectivamente, más los lanceros de Julián Sánchez “el Charro”», sentencia Larreina. No obstante, su carácter no militar hizo relajarse al francés, que vio factible que sus tropas bien entrenadas resistieran el avance.

Finalmente, tras varias descargas de fusilería, las tropas españolas del flanco derecho comenzaron a quedarse sin munición lo que, junto a su gran esfuerzo físico, provocó que fueran trasladadas a segunda línea. A partir de ese momento, el grueso de la contienda en ese flanco recayó sobre los portugueses, los casacas rojas y algunas unidades de escoceses, los cuales lograron poner en fuga al final del día al ejército imperial.

Longa: a la izquierda

Por su parte las tropas de Longa fueron también las encargadas de ir en vanguardia guiando, por un terreno que conocían a la perfección, al resto del ala izquierda. «En cabeza irá la división de Longa, seguida por los alaveses de Salcedo, la caballería propia y un escuadrón del 12º de Dragones ligeros de Ansón (caballería ligera para llevar a cabo apoyos y misiones de reconocimiento), detrás, la brigada portuguesa de Pack, la 5º División anglo portuguesa de Oswald y la batería artillera de Lawson», explica el experto.

«Tras apoderarse de Gamarra Menor, Longa ataca decididamente el puente de Durana, atrincherado y defendido someramente por los “josefinos”, expulsándolos también del pueblo a punta de bayoneta»

Curiosamente, el primer objetivo de estos españoles del bando aliado fue el de desalojar a los «josefinos», sus compatriotas que combatían del lado de Bonaparte. En cambio, su combate contra ellos fue escaso pues, en vista de su inferioridad numérica (los afrancesados eran superados en una proporción de uno contra cinco), decidieran abandonar sus posiciones. Esto dejó en bandeja a los soldados de Wellington una de las posiciones más destacadas, la de «Gamarra Menor», la cual les permitía avanzar hasta lugares más comprometidos.

«Tras apoderarse de Gamarra Menor, Longa ataca decididamente el puente de Durana, atrincherado y defendido someramente por los “josefinos”, expulsándolos también del pueblo a punta de bayoneta», añade Larreina en su libro. Tras este revés, los afrancesados siguieron huyendo hasta la siguiente línea de defensa imperial, donde se vieron reforzados por varias unidades galas e hicieron frente a sus compatriotas del bando aliado.

Crónica de una muerte anunciada

Tras varias horas, el panorama del campo de batalla era dantesco para los franceses, y es que, tras múltiples cargas de la caballería inglesa, habían sido superados en varios frentes. Al parecer, en algunos momentos los sables y las lanzas pueden ser más mortales que el más certero de los fusiles.

En los flancos, las fuerzas todavía resistían, pero muy mermadas.

En los flancos, las fuerzas todavía resistían, pero muy mermadas. Por su parte, el centro había perdido una gran cantidad de terreno y ahora se defendía, muy cerca de Vitoria, en una única línea ante el grueso del ejército enemigo. Entre sus filas se podía ver ya a los Guardias Reales de José Bonaparte, que formaban parte de la reserva.

Horas después, la moral empezó a hacer mella en las tropas imperiales, que iniciaron la retirada de forma desorganizada. Finalmente, los aliados consiguieron traspasar las defensas francesas a base de sangre, espadas, y descargas continuas de fusilería, Así, hacia las 6 de la tarde, José Bonaparte y Jourdan vieron desbordado su ejército en todos los frentes y decidieron tocar a retirada. No había habido victoria para los franceses y ya sólo quedaba salvar la vida.

Con el rabo entre las piernas

Llegada la hora de huir, José Bonaparte no perdió la oportunidad de usar su título y a su guardia personal para abrirse paso entre los soldados. Sin embargo, lo que no tuvo en cuenta era que la ruta de huída estaba bloqueada por el convoy de carretas que trataba de escapar de la ciudad.

Así, y como bien explica Larreina en el texto, la imposibilidad de avanzar provocó que los ocupantes de las carretas optasen por el «sálvese quien pueda» a sabiendas de que la llegada de los enemigos era inminente. En minutos, el convoy se convirtió en una lucha desesperada por salvar la vida que atrapó a José Bonaparte, detenido en su huída.

Tal era el alboroto, que nadie se percató de que una unidad de caballería enemiga se acercaba peligrosamente al detenido convoy francés. En ese momento, el capitán de la unidad alcanzó con un disparo el carruaje de José Bonaparte que, a toda prisa, se precipitó fuera del mismo y ensilló un caballo para huir sin mirar atrás. «El Rey logró salvarse por poco, pero (…) perdió todo su equipaje: efectos personales, espada, sello, joyas (…) y hasta su orinal caerán en manos enemigas», sentencia el autor.

Y más le valió no girar la cabeza, pues tras de sí dejaba a más de 10.000 franceses muertos o heridos (más una ingente cantidad de prisioneros), además de la pérdida de 151 piezas de artillería, medio centenar de carros y cerca de 13.000 proyectiles. Por su parte, los aliados contaban unos 5.000 muertos y heridos en sus filas.

Tal fue la victoria, que, incluso, Ludwig van Beethoven compuso una obra en conmemoración de esta batalla para festejar la derrota del ejército francés y la futura posibilidad de vencer al «pequeño corso». En cambio, aunque España acaba de dar un paso de gigante en su liberación, todavía faltaban algunos años para ver a Napoleón derrotado de forma total.


ABC.es Manuel P. Villatoro

  • La pirámide de Keops, en los medios estas últimas jornadas, fue testigo en 1798 de batalla que acabó con la hegemonía de la caballería mameluca
 Bonaparte, en Egipto, su gran victoria y su gran derrota - Instituto Napoleónico México-Francia

Bonaparte, en Egipto, su gran victoria y su gran derrota – Instituto Napoleónico México-Francia

Las victorias de Napoleón Bonaparte en Europa son atesoradas como ejemplo de su ingenio militar y su capacidad estratégica. Sin embargo, se suele obviar que el «Pequeño Corso» dejó su impronta también en las cálidas arenas de Egipto. No en vano fue el primer militar que llevó la guerra moderna hasta El Cairo y que, mediante tácticas revolucionaras para aquellos que vivían en plena tierra de los Faraones, logró someter con 20.000 hombres a un ejército formado por más de 60.000 enemigos. Unos 6.000 de ellos jinetes mamelucos, la caballería ligera más letal que -por entonces- había en Oriente.

Y lo hizo, además, frente a la Gran Pirámide de Guiza (la cual ordenó construir Keops). Una tumba que estos días está siendo noticia en los medios de comunicación y que dio, posteriormente, nombre la contienda: «La batalla de las Pirámides».

Camino a Egipto

Para llegar hasta esta contienda es necesario hacer retroceder el calendario hasta el siglo XVIII. Por entonces, Napoleón Bonaparte era un general de 28 años que –aunque querido por el pueblo tras haber combatido exitosamente en Italia– aún no se había proclamado emperador. De hecho, se encontraba a las órdenes de un poder superior: el Directorio, un organismo heredero de la Revolución Francesa y formado por cinco dignatarios.

 Por entonces, la situación no andaba precisamente «très bien» a nivel internacional, pues se podía masticar la tensión existente entre Francia y Gran Bretaña. Una aversión que se avivó cuando los inglesuzos declararon la guerra a la «France» en 1792 para luchar contra la Revolución. En esas andaba la cosa, cuando el Directorio solicitó a Napoleón organizar la invasión definitiva de Gran Bretaña por mar. Algo que Bonaparte rechazó por considerarlo una locura.

No andaba falto de razón el pequeño galo, pues su armada –además de estar descuidada- se encontraba al mando de nuevos oficiales carentes todavía de la suficiente experiencia como para invadir las islas. Con todo, el gabacho no iba a dejar pasar la oportunidad frente a sus narices, y sugirió que todo el capital que le iban a entregar podría ser destinado a la invasión de Egipto. De esta forma, buscaba entrar «por la puerta de atrás» (la tierra de las Pirámides, para ser más exactos) en la India. Todo ello, buscando algo muy concreto. «Se podría llevar a cabo una expedición hacia el Levante que amenazara el comercio [inglés] con la India», explicó en una ocasión el propio líder.

Meses después se organizó una expedición formada por 32.300 hombres, 175 ingenieros y científicos y 13 navíos de línea. Entre ellos se hallaba el «L’Orient», el buque insignia de la flota francesa. El 19 de mayo la armada partió del puerto de Tolón, al sur de Francia. Muy pocos sabían hacia donde se dirigía. «El destino del ejército de Napoleón era un secreto bien guardado. En París se especulaba con que la flota se dirigiría a Sicilia, posesión […] de Inglaterra», explica el Profesor de Historia Contemporánea Julio Gil Pecharromán en su dossier «Sólo fue un sueño». El objetivo de todo aquel secretismo era evitar que la flota inglesa del Mediterráneo al mando de Horatio Nelson les encontrase. Su destino: Egipto.

Contra los mamelucos

El 1 de julio, el contingente de Napoleón tuvo ante sí el primer escollo en su aventura egipcia: Alejandría, la ciudad de los muertos. «El desembarco francés se realizó, sin apenas resistencia, en las proximidades de los tres principales puertos: Alejandría, Damietta y Rosetta. Las tropas se extendieron con rapidez por la costa», explica Pecharromán. Dos jornadas después, la urbe fundada por Alejandro Magno cayó en poder de los galos casi sin oposición. Ahora los enemigos serían los mamelucos (un antiguo pueblo de esclavos en la época de los faraones que, tras siglos, había logrado hacerse con el poder en buena parte de Egipto y convertirse en la clase más adinerada).

Los mamelucos, por su parte, no se quedaron quietos e iniciaron los preparativos para enfrentarse a aquellos invasores llegados de lejanas tierras. Así pues, el bey Ibahim (el principal líder político) ordenó reunir al gigantesco contingente egipcio al mando del también bey, Murad (general del ejército y comandante de caballería). Este estaba formado principalmente por mamelucos, unos jinetes que usaban de forma predominante la cimitarra en lugar de las armas europeas y que se destacaban por sus cargas letales y su ferocidad en el combate cuerpo a cuerpo.

Así define Michel Franceschi (Consultor militar especial del Instituto Napoleónico México-Francia) a estos jinetes en su dossier «Bonaparte en Egipto»: «Además de diversas armas de fuego, sus temibles cimitarras centellean con mil destellos bajo sus arneses de un extraordinario resplandor. Sus uniformes engalanados flamean bajo el sol. Ricamente encaparazonados, sus caballos de pura sangre piafan esperando la carga. El fanatismo ciego de esos temibles guerreros es bien conocido. Su manera de batirse es de lo más rudimentario: cargar directo y de frente y aplastar todo a su paso».

El experto también señala que estos jinetes tampoco habían visto jamás que alguien detuviera una de sus feroces cargas, por lo que se sentían lo suficientemente confiados como para enfrentarse al veterano ejército napoleónico.

El cruce del desierto

Mientras los beys andaban organizando unas fuerzas lo suficientemente poderosas como para expulsar de la región al veterano ejército de Napoleón, el «Pequeño corso» (todavía recibiendo órdenes del Directorio) desveló sus planes a sus hombres: viajar y tomar El Cairo. Una tarea que podría parecer sencilla, pero ni mucho menos lo era.

¿La razón? Que había dos rutas para llegar de una ciudad a otra. En la primera, la más sencilla, había que remontar la orilla izquierda del Nilo a partir de Roseta (ubicado 60 kilómetros a la izquieda de la ciudad de los muertos). Este itinerario era el más seguro, pero también el más tedioso. «El otro, más directo pero excesivamente pesado, cruzaba por setenta kilómetros el desierto de Bahyreth y se unía al primero en Rahmanyeh pasando por Damanhour», explica Franceschi.

¿Qué hizo Napoleón? Dividir a sus hombres en dos contingentes y ordenar a cada uno que se dirigiera a El Cairo por un camino. El primero fue el más pequeño (estaba formado por una división) y tomó la ruta más larga con el objetivo de engañar al enemigo. También iría cargado con una buena parte de los macutos de los hombres para ahorrarles peso. El segundo, en el que viajaría Bonaparte, puso rumbo al desierto. «El general en jefe estableció el agrupamiento del conjunto en Rahmanyeh (El Rahmanyeh) para una progresión directa sobre El Cairo con todas las fuerzas reunidas», destaca el experto.

Dos soldados se suicidaron debido al calor asfixiante que sufrían

Napoleón inició la marcha junto a sus hombres a las cinco de la tarde del 7 de julio y, como explica el historiador Andrew Roberts, lo hizo bajo el abrigo de la luna y el fresco de la noche. Era la primera vez que un ejército moderno cruzaba las arenas de Egipto. Para desgracia del corso, la travesía por el desierto se pareció bastante a la de Moisés, pues le faltaron agua y víveres… El viaje fue un auténtico desastre. «Muchos de los pozos y las cisternas del camino habían sido envenenados o cerradas con piedras», añade el experto.

La sed del contingente durante esos días fue tan severa que los militares maldijeron a Bonaparte. Dos soldados de una unidad de dragones (jinetes armados con fusiles) se terminaron arrojando al Nilo para suicidarse debido al asfixiante calor. «El capitán Henri Bertrand, un ingeniero de talento que llegaría a ser coronel en esta campaña, vio a generales tan destacados como Murat o Lannes “arrojar sus gorros con encajes a la arena y pisotearlos”», determina Roberts. Concretamente, los militares se quejaron (como destacó luego un miembro de la expedición) de vivir en el viaje a base de «melones, calabacines, gallinas, carne de búfalo y agua del Nilo».

Primera batalla

Estas penurias debieron regocijar al bey quien, desde su sillón, decidió que había que presentar batalla a los franceses en ese momento de debilidad y sed. Según creyó, su caballería no tendría más que cargar para atravesar como la mantequilla la «Armée» de Bonaparte, ya bastante mermada por las continuas cargas de los molestos beduinos.

Así pues, se presentó ante los franceses con su contingente de 4.000 mamelucos y 11.000 infantes el 13 de julio en Chebreis, Era su primera contienda contra un ejército europeo experto en la lucha contra los jinetes. Una prueba de fuego para unos soldados a los que -hasta entonces- les había funcionado a la perfección el lanzarse de boca contra el enemigo.

En contraposición a esta simple mentaldiad, Bonaparte estableció una estrategia muy usada en Europa: la formación en cuadro. Esta consistía en constituir un cuadrado de bayonetas imposible de atravesar por la caballería.

«El general les opuso la táctica de fuego graneado y concentrado de la “formación en cuadro” por división. Los costados de los cuadros estaban constituidos por seis filas de soldados de infantería estrechados. Dispuesta en los cuatro cuadros, la artillería podía barrer con metralla el terreno en un ángulo de doscientos setenta grados. En el centro, con las impedimenta, se encontraba la caballería en reserva. De las seis filas de soldados de infantería, tres podían eventualmente salir del cuadro para un contraataque, en apoyo o no de la caballería. […] Las distancias entre los cuadros están calculadas para que puedan apoyarse mutuamente», añade Franceschi.

Cuando comenzó la batalla, el ejército mameluco creó (según varios autores) una línea de hasta cuatro kilómetros de extensión. Posteriormente, los jinetes se arrojaron contra los soldados franceses con sus cimitarras al viento, desconcertados por la extraña forma en la que estos combatían. Se sentían victoriosos. Sabían que cada uno de ellos podía enfrentarse a tres o cuatro enemigos fácilmente y salir victorioso. Durante la carga no hallaron apenas escollos, pues los oficiales de la «Armée» habían ordenado a sus hombres que no disparasen hasta que el enemigo estuviese a pocos metros de ellos.

«Los mamelucos se replegaron dejando 200 muertos sobre el terreno, contra solamente algunos heridos franceses»

Todo parecía perfecto para los mamelucos. Sin embargo, cuando estuvieron cerca de los gabachos, estos les desjarretaron una andanada de fusilería que desmontó a una buena parte de los jinetes. El resto, se estrelló contra la muralla de bayonetas. Muchos vieron como su montura les arrojaba al suelo, asustada.

La carga había fallado y, a los pocos minutos, los mamelucos entendieron que lo único que podían hacer era huir. Tras reagruparse, agotaron su ímpetu cargando de forma concentrada contra el flanco derecho francés, pero no sirvió de nada. Fueron rechazados de nuevo. Desesperados, los oficiales tocaron a retirada.

«Remolineron todavía algunos instantes y, luego, se replegaron hacia El Cairo, dejando doscientos muertos sobre el terreno, contra solamente algunos heridos franceses. La táctica adoptada hizo maravillas. Mínima por las pérdidas, esta batalla de Chebreis tuvo una gran resonancia moral. Los mamelucos perdieron su soberbia, mientras los franceses recuperaron confianza en ellos mismos después de los terribles retos que acababan de sobrellevar. Habían tomado el ascendente moral sobre el enemigo, lo cual es determinante la guerra», completa el experto hispano. Tras la contienda, Napoleón volvió a iniciar la marcha hacia El Cairo.

Frente a frente, en las pirámides

Pero los mamelucos no estaban dispuestos a rendirse. Unas jornadas después, el día 21 de julio de 1798, Murad volvió a hacer su aparición en escena. Y lo hizo en la ciudad de Embaleh (ubicada a una decena de kilómetros de las Gran Pirámide de Guiza, la cual había ordenado construir el faraón Keops). Por entonces, una de las construcciones más altas que había en el mundo. Además, en esta ocasión los enemigos de Bonaparte no habían dejado lugar a los fallos y se habían presentado con la nada desdeñable cifra de 6.000 mamelucos y 54.000 soldados árabes (entre ellos, un número alto de jinetes también, como señala Roberts en su obra).

Llegaba la batalla definitiva, y el «Pequeño corso» solo disponía de unos 20.000 hombres, aunque bien entrenados. Con todo, las cifras de soldados que combatieron varían atendiendo a la fuente a la que se acuda. El mismo Bonaparte -por ejemplo- cifró en el doble el número de mamelucos presentes en el contingente enemigo, aunque puede atribuirse a la necesidad de demostrar y probar su genio militar frente al Directorio francés.

El historiador Tom Reiss ofrece unos datos algo diferentes en su obra «El conde negro: Gloria, revolución, traición y el verdadero conde de Montecristo». «Los franceses eran unos 25.000. Las estimaciones […] varían, aunque los historiadores suelen citar las cifras que dio Napoleón: 12.000 guerreros mamelucos, cada uno de ellos con tres o cuatro sirvientes armados; 8.000 mil beduinos y 20.000 jenízaros (soldados otomanos a pie)». En palabras de este experto, los criados se dedicaban a pasar las armas adecuadas a sus amos en cada momento. «A los guerreros les seguían también flautistas y tamborileros, y montones de mujeres y niños que los acompañaban para ver cómo aniquilaban a los infieles», completa.

Comienza la batalla

Para repeler de nuevo a los mamelucos, Napoleón ordenó formar cinco grandes cuadros de infantería. Uno por cada división que le acompañaba. «Estos cuadros estaban formados para la ocasión egipcia por entre seis y diez filas de profundidad, cuando lo habitual en Europa eran tres filas o, excepcionalmente, cuatro», explica el autor Enrique F. Sicilia Cardona en su obra «Napoleón y revolución: las Guerras revolucionarias». El objetivo de esta variación no era otro que evitar que los jinetes contrarios atravesasen las defensas galas y aniquilasen a los diferentes grupos uno a uno.

«Las ráfagas llameantes de nuestros mosquetes penetraban sus suntuosos uniformes bordados de oro y plata»

El estado mayor, la oficialidad y los pertrechos se situaron en el centro del cuadro y, en cada una de las esquinas de este castillo de bayonetas, se ubicó una pieza de artillería. ¿Su objetivo? Arrasar con metralla a todos los mamelucos que pudieran antes de que estos chocaran contra la formaciones galas. Antes de comenzar la lucha, los oficiales recordaron a sus hombres que esperasen a que los jinetes estuviesen cerca de sí para disparar, y que apuntasen a la cabeza de los caballos, ya que de esta forma, y como dijo un oficial, «los caballos recularían, desmontando al jinete». La combinación de fuego prometía ser letal para el enemigo.

Con El Cairo frente a sí y las pirámides de Guiza a su derecha, los oficiales franceses ubicaron los cuadros de infantería dirigidos respectivamente por Desaix y Reyner. Su objetivo sería cargar contra las fuerzas presentes en la diestra, aquellas que defendían el acceso a las milenarias tumbas de los faraones. De esta forma, amenazarían la comunicación del bey con el alto Egipto. Dos cuadros, los de Bon y Vial, se ubicaron en el flanco izquierdo. Finalmente, el grupo restante (el de Dugua) formó entre estas dos fuerzas principales para servir como nexo de unión.

A la carga

Como era de esperar, y a pesar de que habían salido trasquilados pocos días antes, los árabes no modificaron su táctica. Así pues, se lanzaron de bruces contra los cuadros a las órdenes de Desaix y Reyner, ubicados en el flanco derecho galo. La carga parecía letal, pero acabó como ya había sucedido el día 13: en un total desastre. «Les recibieron con firmeza, y a una distancia de unos diez pasos abrieron fuego a discreción sobre ellos», explica Roberts citando a un historiador de la época.

Uno de los soldados que luchó en la batalla fue mucho más descriptivo, segúb recoge Tom Reiss en su obra: «Las ráfagas llameantes de nuestros mosquetes penetraban sus suntuosos uniformes, vaporosos y ligeros como grasa, bordados de oro y plata».

Casi rememorando lo que había sucedido en Chebreis, los árabes ubicados en el flanco derecho se retiraron y trataron de atacar nuevamente a los dos cuadros antes señalados. Pero su intento no sirvió de nada. «Los mamelucos no habían visto nunca fracasar una carga de caballería», añade Reiss. La forma de combatir de los franceses era perfecta para la situación. Y es que, cuando uno de los soldados de las primeras filas caía ante el poder de las cimitarras enemigas, otro ubicado tras él lo sustituía para que la formación no se rompiese.

En el flanco contrario, los mamelucos se lanzaron contra Bon, quien les recibió del mismo modo. Mientras, una división recibió el encargo de avanzar hacia las reservas enemigas (siempre formando en cuadro) y desalojarlas de sus posiciones defensivas. En todos los frentes, los mosquetes acababan con la vida de los experimentados jinetes musulmanes ayudados por los cañones ubicados en los extremos de los cuadros. «Mientras tanto, la artillería francesa descargó sus obuses contra la retaguardia enemiga», añade Reiss.

El ataque final

Al final, después de llevar a cabo varias cargas infructuosas y de que cientos de sus jinetes se dejasen la vida sobre el campo de batalla, los oficiales mamelucos tomaron a una decisión promovida más por el orgullo que por la mente. «Al darse cuenta de que los franceses querían acorralarles, decidieron lanzar una última carga total contra dos de los cinco cuadros. Miles de jinetes cargaron contra ambos cuadros a la vez, pero las divisiones resistieron», completa Reiss. El ímpetu no sirvió de nada.

Al ver que la moral de los mamelucos se resentía, Napoleón ordenó a las divisiones de Vial y Bon lanzar un contraataque que terminara, de una vez por todas, con el ejército enemigo. Dicho y hecho. Los oficiales, ávidos de venganza, dirigieron a sus hombres con un empuje letal que obligó a muchos enemigos a arrojarse al Nilo para no morir ante las bayonetas. Cerca de 1.000 se ahogaro o fueron rematados por los galos desde la orilla.

Jean-Pierre Doguerau, asistente de uno de los oficiales presentes en la batalla, recordó así el triste suceso: «Se arrojaron al Nilo y se siguió disparando durante largo tiempo contra las miles de cabezas que asomaban sobre el agua.

El recuento de bajas fue demoledor: miles por parte de los mamelucos (se cree que entre 2.000 y 8.000) y apenas 300 de los soldados de Napoleón. Y la mayoría de ellas, debido al fuego amigo provocado al dispararse entre cuadrados. Tras la contienda, los galos se hicieron con 20 piezas de artillería, 4.000 camellos y todo su equipamiento. Posteriormente, Bonaparte entró en El Cairo, pero no como conquistador, sino como libertador. Así lo atestiguan las palabras que dirigió a los ciudadanos: «He venido a destruir a la raza de los mamelucos, a proteger el comercio y los naturales del país (…) No temáis nada por vuestras familias, vuestras casas, vuestras propiedades, y sobre todo por la religión del profeta, a la que estimo…».


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  • Cuenta la leyenda que, el 1 de agosto de 1798, el navío de 120 cañones «L’Orient» se fue a pique cargado con una gran cantidad de oro, plata y joyas a bordo. Un dinero destinado a sufragar la campaña egipcia de Bonaparte

 

El buque insígnia francés explota durante la batalla - Wikimedia

El buque insígnia francés explota durante la batalla – Wikimedia

Uno de agosto de 1798. Desde la bahía de Aboukir –ubicada al norte de Alejandría- la armada francesa observa, fondeada en formación de media luna, cómo se abalanzan sobre ella los navíos británicos comandados por el todavía vicealmirante Horatio Nelson. Son aproximadamente las cinco y media de la tarde y, lo cierto, es que la «Royal Navy» ha pillado por sorpresa a los revolucionarios, quienes apenas cuentan con la mitad de sus hombres a bordo. Sin embargo, los defensores tienen la certeza de que –en el centro de su línea- se encuentra uno de los bajeles más grandes del mundo: el «L’Orient» (de 120 cañones). Por ello, no sienten miedo ante su posible destino (que se abalanza sobre ellos bajo un pabellón azul con una cruz blanca y roja) y se aprestan para defenderse en nombre de Napoleón, su general. Comienzan los tiros, pasan varias horas y, aproximadamente a las diez de la noche y tras múltiples andanadas de proyectiles macizos… el orgullo de la flota gabacha explota en una gigantesca bola de fuego llevándose consigo la vida de cientos de marinos.

Este aciago pasaje es el que, según nos dice la Historia, se vivió en la bahía de Aboukir hace más de dos siglos. Sus consecuencias fueron pasmosas para Bonaparte pues, con los 11 navíos que se fueron al fondo de las aguas en dicha batalla, perdió no solo la iniciativa militar por mar, sino también la posibilidad de recibir más soldados, vituallas o munición para su campaña de Egipto. Además, cuenta la leyenda que Napoleón tuvo que decir también «au revoir» a un gigantesco tesoro de oro, plata y joyas que se encontraba embarcado a bordo del «L’Orient» y que él mismo había robado a los caballeros de Malta durante el asedio de la Valleta (sucedido meses antes). Unas riquezas que iban a ser usadas por el francés para sufragar su campaña a orillas del Nilo contra los mamelucos y que acabaron desperdigadas por todo el fondo marino debido a la explosión del buque insignia francés. Con todo, y a pesar de las investigaciones posteriores de arqueólogos tan reputados como Franck Goddio (quien logró encontrar en la zona restos de monedas de múltiples nacionalidades), saber a día de hoy el lugar en el que reposa esta fortuna (o si simplemente existió) se antoja difícil.

La aventura egipcia de Bonaparte

Para llegar hasta el origen del plan que acabó con un supuesto tesoro desparramado por Aboukir es necesario viajar en el tiempo hasta los últimos años del S.XVIII. Por entonces, Napoleón Bonaparte no era más que un general de 28 años que –aunque había logrado ganarse el cariño del pueblo en su exitosa campaña italiana– aún se encontraba a las órdenes de un poder superior. Este no era otro que el Directorio, un organismo heredero de la Revolución Francesa y que, formado por cinco dignatarios, regía el destino del país desde la capital. Eran años de nuevos regímenes políticos, en definitiva, pero también de antiguas tradiciones. Alguna tan introducida en la genética francesa que difícilmente podía ser eliminada por un mero golpe de estado y un par de cabezas reales cortadas. ¿De cuál estamos hablando? Como no podía ser de otra forma, del eterno odio entre gabachos y ingleses. Una aversión que superó las nuevas ideas de gobierno y se avivó cuando Gran Bretaña declaró la guerra a la «France» en 1792 para luchar contra la Revolución.

En esas andaba la situación política internacional, cuando el Directorio solicitó a Napoleón organizar la invasión de Gran Bretaña por mar. Bonaparte, que de valor andaba sobrado pero de estúpido no tenía ni un pelo del pelucón, respondió inmediatamente que «non» (se desconoce si con un sonoro «merde» detrás). No andaba falto de razón el pequeño galo, pues su armada –además de estar descuidada- se encontraba al mando de nuevos oficiales carentes todavía de la suficiente experiencia como para invadir las islas y no salir trasquilados en el intento. Eso sí, el gabacho no iba a dejar pasar la oportunidad frente a sus narices, por lo que sugirió que todo aquel dinero podría ser utilizado para invadir Egipto. De esta forma, pretendía cumplir un objetivo algo más complejo, pero no por ello falto de lógica: entrar «por la puerta de atrás» (la tierra de las Pirámides, para ser más exactos) en la India. Todo ello buscando algo muy concreto. «Se podría llevar a cabo una expedición hacia el Levante que amenazara el comercio [inglés] con la India», explicó en una ocasión el propio líder.

Dicho y hecho (o «diché» y heché», en este caso). Meses después se organizó una gigantesca expedición formada por 32.300 hombres, 175 ingenieros y científicos y 13 navíos de línea. Entre ellos se hallaba el «L’Orient», el buque insignia de la flota francesa al contar con 120 cañones (lo que le convertía en uno de los más grandes del mundo). El 19 de mayo, aquella armada partió –con Napoleón sentando sus reales en el «L’Orient»- del puerto de Tolón, al sur de Francia. Muy pocos sabían hacia donde se dirigía. «El destino del ejército de Napoleón era un secreto bien guardado. En París se especulaba con que la flota se dirigiría a Sicilia, posesión […] de Inglaterra. Más tarde los periódicos informaron de que el destino era Irlanda», explica el Profesor de Historia Contemporánea de la UNED Julio Gil Pecharromán en su dossier «Sólo fue un sueño». El objetivo de todo aquel secretismo era, simplemente, evitar que la flota inglesa del Mediterráneo al mando de Nelson –al acecho ante cualquier movimiento- les encontrase.

Malta, una conquista de horas

A bordo del «L’Orient», y ya cabalgando las aguas, Napoleón fijó su vista en su primer objetivo antes de pisar las tierras de los faraones: Malta. Regida por los caballeros de la Orden de San Juan, la ciudad que se alzaba en el interior de esta isla era casi inexpugnable y un bastión que, bajo pabellón francés, podía ser un importante escollo para los ingleses de estar del lado de la Revolución. Por ello, y a pesar de que contravenía varios tratados de no agresión, el franchute se decidió a volverla gala por las bravas. «En el plan secreto de Napoleón entraba la conquista de Malta, a cuyo fin su intriga maquiavélica había ya encontrado árbitros para ganar a algunos caballeros de la Orden que habían prometido vender a su patria», explica el historiador Joseph Pons Fortian en su libro «Historia política y militar de Napoleón Bonaparte». El 9 de junio, la armada gabacha hizo su aparición frente a las costas de esta ciudad. No obstante, y como no podía atacar por las buenas los dominios de esta Orden religiosa, el general buscó un pretexto bastante absurdo.

Esta «excusa» la dejó patente en una carta enviada al Directorio el 13 de junio de 1798: «Hemos llegado el 21 de prairial, al amanecer […]. Por la tarde envié a uno de mis edecanes a pedir al gran-maestre de la orden la facultad de hacer aguada en diferentes fondeadores de la isla. El cónsul de la república me trajo respuesta, que fue negativa, y fundada en que no podía permitir la entrada a más de dos barcos cada vez; esto, calculando, hubiésemos necesitado 300 días para hacer la aguada. La necesidad del ejército era urgente y me obligaba a emplear la fuerza para satisfacerla». Pretextos aparte, Bonaparte hizo desembarcar a sus generales (Lannes, Marinont, Belliard, Regnier, y d’Hilliers) en las diferentes islas que conforman los dominios de la Orden. Tras hacerse fácilmente con las tierras anexas, solo quedó por tomar la plaza principal: una prominente fortaleza defendida por unos 7.000 Caballeros, soldados y milicianos (la mayoría, alistados de los ciudadanos de la urbe).

Listos los atacantes y preparados los defensores, comenzaron los combates. «Durante toda la tarde y parte de la noche del 22, la plaza tiró con la mayor actividad, y los sitiadores quisieron hacer una salida; pero el gefe de la brigada Marmont, a la cabeza de la 19ª, les tomó el estandarte de la Orden», señaló Napoleón en esa misma carta enviada al Directorio. Aquello, junto a los disparos realizados por la infantería francesa, debió desmoralizar a los Caballeros, que no tardaron en parlamentar con Bonaparte. «El gran-maestre me envía a pedir el 23 por la mañana una suspensión del arma, y le despachó mi edecán, gefe de la brigada, Junot, con facultad de firmarla. […] El 23 por la noche, los enviados con poder del gran-maestre vinieron a bordo del “Orient”, en donde confluyeron antes del día un convenio que yo remito», señalaba Napoleón en la misiva. Poco después, y amparándose en la idea de que Dios les había ordenado luchar contra los musulmanes, y no contra sus iguales, los defensores entregaron la ciudad sin apenas haber opuesto resistencia.

El tesoro de Malta

Tomada la ciudad, Napoleón hizo firmar a los Caballeros el siguiente tratado a cambio de ciertos privilegios (entre ellos, una pensión vitalicia para los miembros más antiguos de la Orden): «Los caballeros de la orden de San Juan de Jerusalén entregarán al ejército francés la ciudad y los fuertes de Malta. Renuncian, al mismo tiempo, en favor de la República francesa, a los derechos de soberanía y de propiedad que tienen, tanto sobre esta ciudad, como sobre las islas de Malta, el Gozo y Cumino». Además, y como parte de su «recompensa» por haber conquistado la plaza, el general francés hizo desembarcar en la región a los mismos expertos que habían inventariado las riquezas del Vaticano para que cogieran (robaran sería quizá un término más exacto) toda aquello de valor que hubiese en la zona. Así lo determina el historiador Tom Reiss en su obra «El conde negro. Gloria, revolución, traición y el verdadero Conde de Montecristo» (una biografía novelada del famoso personaje).

En palabras de Reiss, los expertos de Bonaparte lograron obtener 1.227.129 francos en todo tipo de joyas. A partir de este punto comenzó una gran leyenda sobre su paradero que, hasta hoy, no ha sido descubierta. En palabras de este historiador, Bonaparte ordenó que se estribaran todas las riquezas en su buque insignia, el «L’Orient». De esta forma, se hallarían ubicadas en el bajel más seguro. De la misma opinión son los historiadores José Gregorio Cayuela Fernández y Ángel Pozuelo Reina quienes, en su obra «Trafalgar: hombres y naves entre dos épocas», señalan que «el inmenso tesoro de los Caballeros de Malta fue cargado en las bodegas del “L’0rient”». Sin embargo, estos autores aumentan la cantidad del dinero robado por los galos hasta 7 millones de francos y oro. Por su parte, y a nivel oficial, Napoleón se refirió al tesoro saqueado en una carta enviado al Directorio el 16 de junio. «Toda la plata de aquí, contando el tesoro de San Juan, no nos dará más de un millón. Este dinero se quedará para los gastos de la guarnición y para la construcción del navío San Juan».

Comienza la batalla

Día va, día viene, Napoleón cerró sus asuntos en Malta tras dejar en la región un nuevo mandamás gabacho y, viento en popa, dirigió a sus buques hacia el norte de Egipto. Todo ello, por cierto, con la flota de Nelson pisando la toldilla a sus bajeles enarbolados con la tricolor. Con todo, el 27 de junio sus vigías avistaron la costa de Marubu, cerca de Alejandría, sin encontrarse con el infame «british» de Horatio, ávido de repartir cañonazos entre los cascarones galos. «El desembarco francés se realizó, sin apenas resistencia, en las proximidades de los tres principales puertos: Alejandría, Damiella y Rosetta. Las tropas se extendieron con rapidez por la costa. Solo dos días después, Alejandría caía en su poder», explica el experto español. Sin embargo, las buenas noticias de la exitosa maniobra quedaron rápidamente ensombrecidas por la escasez de víveres y agua. De hecho, la necesidad del líquido elemento fue tan severa que, mientras los soldados se adentraban más y más en la tierra de los faraones, una buena parte de los marineros de la armada (fondeada en la bahía de Aboukir, al norte de Alejandría) tuvieron que desembarcar para excavar pozos de agua.

Casi un mes después, y tras haber revisado el Mediterráneo de cabo a rabo, Nelson –acompañado de una docena de navíos de línea– avistó finalmente a los bajeles galos fondeados en la bahía de Aboukir. Al fin les había encontrado y, si acababa con ellos, terminaría de un plumazo con una de las pocas posibilidades del «Pequeño corso» de recibir refuerzos, víveres o munición desde Francia. Sin embargo, supo instantáneamente que la contienda no iba a ser sencilla, pues el almirante François-Paul Brueys D’Aigalliers (al mando del contingente) había posicionado a sus buques en paralelo a la costa, siguiendo la línea de la bahía. De esta forma, y según las normas navales, se conseguía que el enemigo solo pudiese atacar a los defensores por una banda, pues –si los navíos estaban lo suficientemente pegados a tierra- era imposible para el enemigo introducirse entre ellos y la playa. A su vez, y si los bajeles estaban lo suficientemente juntos, se lograba un muro de madera imposible de ser rodeado con la capacidad de escupir una gran cantidad de balas contra todo aquel que se acercase.

Sin embargo, los franceses habían cometido un grave error. «Cuando fondeas y te defiendes al ancla sabes que tienes que cumplir dos condiciones: que no te envuelvan por la costa (que no haya calado entre tu barco y tierra) y que no se estorben unos barcos a otros. Los franceses no cumplieron ni una ni otra. Fondearon lejos de tierra pensando que con eso era suficiente para acabar con los ingleses», explica, en declaraciones a ABC, Víctor San Juan, autor de «22 derrotas navales británicas» (Navalmil, 2014). El error fue visto inmediatamente por Nelson quien –engreído y arrojado como el que más- determinó que su plan sería el siguiente: atacar a la línea francesa desde un flanco en dos columnas. La primera sería la encargada de cañonear a los gabachos por su banda de estribor (llegando desde el mar). La segunda, formada por aquellos con más gónadas que cabeza, tendría la misión de tratar de introducirse entre la costa y los bajeles revolucionarios para atacarles desde su babor. De esta forma, y accediendo a la formación desde un lateral de la bahía, lograrían ir aniquilando a los barcos enemigos uno por uno en un terrible fuego cruzado.

El «L’Orient» explotó acabando con todos los marinos que estaban en su interior

Brueys posicionó a sus buques, de derecha a izquierda de la bahía de Aboukir (observando el despliegue desde la costa), en el siguiente orden: «Guerrier» (74 cañones); «Conquerant» (74); «Goliath» (74); «Spartiate» (74); «Aquilon» (74); «Peuple Souverain» (74); «Franklin» (80); «L’Orient» (120); «Tonnant» (80); «Heureux» (74); «Mercure» (74); «Guillaume Tell» (80); «Genereux» (74) y «Timoleón» (74). A su vez, los franceses estaban reforzados con cuatro fragatas (fondeadas y casi sin tripulación en el momento del ataque) y algunas baterías ubicadas en tierra. Por su parte, los británicos contaban con 15 navíos de línea, todos ellos de 74 cañones, y ninguna fragata (las cuales eran utilizadas usualmente en labores de observación).

Los franceses avistaron las velas británicas a las 18:00 de la tarde y, a las 18:30, comenzó el combate. Curiosamente, el almirante galo pensaba que, con lo cercana que estaba la noche, los ingleses esperarían al día siguiente para atacar, pero nada más lejos. Haciendo gala de su temeridad (o, según otros, para evitar que sus enemigos se reforzasen), Nelson decidió mover ficha. Así pues, con el «Goliath» de 74 cañones en cabeza, la «Royal Navy» comenzó su aproximación por el flanco derecho de la bahía de Aboukir y, en el último momento, su línea se dividió en dos para cumplir el plan de su oficial al mando. Lo cierto es que este tuvo suerte, pues –en contra de lo que creían los galos- sus buques no encallaron en aguas tan poco profundas y pudieron, por tanto, atrapar en un fuego cruzado a los hombres de Brueys. Uno por uno, los bajeles que enarbolaban la tricolor fueron desarbolados y destrozados por el fuego. El primero en recibir los susodichos bolazos y quedar lleno de agujeros fue el «Guerrier», que solo pudo defenderse unos minutos ante el ingente asedio «british». A él le siguieron el «Conquerant», el «Spartiate», el «Aquilos» y el «Peouple Souverain».

La tumba del «L’Orient»

Aquella sangría de navíos franceses cañoneados acabó cuando los buques ingleses comenzaron a tener que vérselas contra el centro de la línea francesa. Y es que, en esta zona se encontraban los navíos más pesados. Entre ellos, el «Franklin» y el «Tonnant» (de 80 cañones) y el «L’Orient», el coloso de los mares. «Ya caía la noche cuando aparecieron los buques británicos que atacarían el centro francés. Primero el “Majestic”; que no maniobró bien y terminó ante otro buque de 74 cañones que se encontraba más lejos; después el “Bellerophon”, el “Alexander” y el “Switsure”», explica el historiador militar británico John Keegan en su obra «Inteligencia militar: conocer al enemigo, de Napoleón a Al Qaeda». Los dos últimos tuvieron la suerte (o la pericia) de ubicarse en la popa (la parte más débil de un buque) de sus enemigos y disparar desde allí, pero no le sucedió lo mismo al «Bellerophon». Este, por una desgraciada maniobra, acabó viéndoselas con una de las bandas del buque insignia de Brueys y, como cabía esperar, este le descerrajó varias andanadas que le dejaron hecho una boya.

«El “Bellerophon” tuvo pérdidas considerables al entablar combate con el buque más potente de la línea, perdiendo el palo mayor y la mesana, y sufriendo daños en el trinquete», añade el experto. Aunque el británico acabó severamente dañado, a los pocos minutos recibió la ayuda de sus colegas, el «Swiftsure» y el «Alexander», que comenzaron a cañonear como si no hubiera un mañana al coloso galo. Aquellos tres ingleses provocaron una brutal matanza a bordo del «L’Orient». Decenas de marinos cayeron muertos. También fue presa de metralla primero, y una bala después, el almirante Brueys. Este acabó sus días partido literalmente por la mitad por un proyectil tras negarse a dejar su puesto. Después de que se sumaran otros dos bajeles británicos a la lucha contra el gigante de 120 cañones, este no pudo resistir más. A los pocos minutos se terminó declarando un incendio a bordo, algo que los capitanes ingleses no estaban dispuestos a pasar por alto. «El capitán del “Switsure” ordenó que apuntasen hacia el centro de las llamas, para así evitar que la tripulación francesa pudiese apagarlas», completa.

A las nueve y media de la noche el barco estaba sentenciado. Debido a las balas, los marineros no habían podido evitar que el fuego se propagase en el interior del «L’Orient», y era cuestión de tiempo que las llamas llegasen hasta la Santa Bárbara del bajel (el polvorín) e hiciesen estallar el navío por los aires. Los hombres del coloso francés no eran los únicos que sabían el triste final que les esperaba. También eran conscientes de ello los barcos que estaban combatiendo alrededor suyo. Al menos, así quedó patente cuando el «Alexander», el «Tonnant», el «Heureux» y el «Mercure» sacaron trapo para salir a toda prisa de allí y evitar que la explosión les mandase al fondo de la bahía. El único que le puso gónadas fue el capitán del «Swiftsure», quien calculó que todos los despojos del insignia de Brueys le pasarían por encima y que, si se apartaba en ese momento, su bajel acabaría muy dañado. Tenía razón, y se libró de una buena.

Al final, el orgullo de la armada francesa, uno de los buques más grandes y poderosos del mundo, estalló cubriendo el cielo de la bahía de Aboukir de llamas y ceniza para asombro de franceses y británicos. «La enorme explosión lanzó al aire a cientos de metros de altura pedazos de maderos, mástiles, sogas y cuerpos, que después cayeron sobre la bahía en un radio de dos kilómetros, deteniendo temporalmente la batalla. El ruido se oyó en Alejandría, a 16 kilómetros de distancia», añade Keegan. Cuando el humo se disipó y los capitanes volvieron en sí, la situación era dantesca. Ya no solo porque el mar estuviese lleno de cadáveres sino porque, con la explosión del «L’Orient», la línea revolucionaria se había roto. Sin ya más duros escollos que superar, los hombres de Nelson dieron buena cuenta de los bajeles que quedaban. La victoria estaba asegurada y se saldó con unos números desastrosos para los gabachos: 2 navíos hundidos, 9 capturados o encallados y solo 2 huidos. Los ingleses no tuvieron que lamentar la destrucción de ninguno de sus cascarones.

¿Qué fue del tesoro?

Tras la batalla, la leyenda del tesoro de los Caballeros de Malta comenzó a correr como la pólvora en Europa. ¿Qué había sido de él? ¿Realmente se había ido a pique con el «L’Orient»? A día de hoy, las opiniones son encontradas. Reiss, por ejemplo, es partidario de que el insignia francés explotó cargado de riquezas. Así lo determina en su obra: «El tesoro robado a los caballeros de Malta, un tesoro acumulado a lo largo de mil años –lingotes de oro, piedras preciosas de un valor incalculable, antigüedad, riquezas todas con las que Napoleón contaba para financiar la expedición- desapareció en el fondo de la bahía de Aboukir. Junto con los cañones, los maderos ardientes y las extremidades de los marineros, monedas y joyas llovieron sobre las cubiertas de los barcos franceses e ingleses». Los autores de «Trafalgar: hombres y naves entre dos épocas», son de la misma opinión: «Junto a la infinidad de despojos humanos proyectados a lo largo de la bahía por la explosión de L’Orient, en macabra mezcla, fueron dispersados el oro y las piedras preciosas del tesoro de los Caballeros de Malta, ubicados en las bodegas».

Fuera como fuese, lo acontecido con el supuesto tesoro perdido de los Caballeros de Malta quedó olvidado en la Historia hasta que, en el año 1983, el arqueólogo submarino Jacques Dumas inició una exploración de la Bahía de Aboukir con el objetivo de desvelar sus secretos. Sin embargo, este experto falleció a los pocos años. Su testigo lo cogió su colega Franck Goddio quien –en colaboración con el Consejo Supremo de Antigüedades de Egipto- logró hacer un mapa subterráneo de la batalla y descubrió que el «L’Orient» había sido hundido por dos explosiones (una de ella, la de la Santa Bárbara), y no únicamente una. A su vez, el galo volvió a reabrir hace una década el misterio de las riquezas saqueadas por Napoleón al encontrar en el fondo marino decenas de monedas de procedencias muy diversas (principalmente francesas –de los reinados de Luis XIV, Luis XV y Luis XVI-, pero también de Malta, del Imperio Otomano, de Venecia, de España y de Portugal). ¿Piezas del antiguo tesoro de los Caballeros de Malta? Sólo el tiempo lo dirá.

 


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  • Era uno de los territorios más aislados del planeta. En breve, un aeropuerto la conectará con el mundo

«Se apoderaron de mí por la fuerza, por la fuerza me transportaron aquí… ¿Y quieren pagarme 14.000-15.000 libras anuales por vivir en un lugar como éste? ¿Creen que soy lo suficientemente estúpido? ¿Qué me importa esta maldita isla? ¡Que la manden al diablo!»

 Vista de Santa Elena - TURISMO DE SANTA ELENA

Vista de Santa Elena – TURISMO DE SANTA ELENA

La declaración, extraída de los diarios del doctor irlandés Barry Edward O’Meara, refleja el punto de vista de su paciente, nada menos que Napoleón Bonaparte, con respecto a la Isla de Santa Elena, donde el gobernante francés pasó los seis últimos años de su vida. Es cierto, quizá no sea la mejor campaña de turismo para promocionar este pedazo de tierra, situado a medio camino entre el continente africano y americano: Santa Elena se encuentra a unos 1.950 kilómetros de la desembocadura del río Kunene (frontera entre Namibia y Angola) y, en el extremo opuesto, a casi 4.000 kilómetros de la brasileña Río de Janeiro. Por ello, es uno de los territorios más aislados del planeta.

Hasta el momento, la mejor opción para llegar a este lugar, territorio británico de ultramar perteneciente a Santa Elena, Ascensión y Tristán de Acuña, era embarcarse en el Royal Mail Ship St Helena desde Ciudad del Cabo (Sudáfrica). Cinco días de viaje y entre 800-2.700 euros dependiendo del camarote elegido.

Pero la situación podría cambiar en breve. En mayo está prevista la apertura de un aeropuerto comercial, con vuelos semanales desde la sudafricana Johannesburgo. Esto servirá para paliar, si cabe, un poco el aislamiento de sus 4.200 habitantes. Y fomentar el turismo a la zona. No en vano, la publicación Lonely Planet elegía recientemente a este lugar como uno de los más excitantes viajes de aventuras para 2016 junto a, entre otros, el parque nacional ruandés Akagera o el volcán San Cristóbal, en Chinandega, Nicaragua.

Porque, a pesar de su lejanía, en Santa Elena, los lugares a visitar no son pocos.

-Longwood House. Residencia de Napoléon desde su llegada el 10 de diciembre de 1815 hasta su muerte el 5 de mayo de 1821. En la actualidad, sirve de museo.

-Tumba de Napoleón. Es cierto, tiene truco. El cadáver de Bonaparte ya no se encuentra en este lugar, después de que en 1840 fuera llevado de vuelta a Francia y enterrado en Los Inválidos. Sin embargo, el recuerdo todavía se muestra evidente.

-Cima de Diana. El punto más alto de Santa Elena, con una altura de 823 metros sobre el nivel del mar. Da nombre al parque nacional donde se enmarca.

-Fuerte High Knoll. El edificio actual fue construido por un destacamento de Reales Ingenieros en 1874, aunque su estructura se basa en un edificio de 1790 que servía a la gobernación local.

 


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  • El 11 de diciembre de 1813 el «Pequeño corso» devolvió el trono al monarca que -en 1808- le había entregado el país en bandeja junto a Carlos IV

 

 En las Abdicaciones de Bayona, Carlos IV y Fernando VII aceptaron dinero y tierras a cambio de ceder España a los franceses - ABC

En las Abdicaciones de Bayona, Carlos IV y Fernando VII aceptaron dinero y tierras a cambio de ceder España a los franceses – ABC

 

«Su Majestad el rey Carlos […] ha resuelto ceder, como cede por el presente, todos sus derechos sobre el trono de España y de las Indias a Su Majestad el emperador». Con estas palabras fue con las que, en 1808, Carlos IV (rey hasta entonces de una buena parte de la Península Ibérica y aún una considerable extensión de América) otorgó a Napoleón el trono de España. Decisión a la que posteriormente se unió también su hijo Fernando, un «lamebotas» destacado de Bonaparte que ya había demostrado sobradamente su sumisión a él en otras tantas ocasiones. Padre y retoño hicieron entonces posible que el gabacho fuese dueño y señor de este país y de sus gentes. Un suceso más conocido a día de hoy como las «Abdicaciones de Bayona» y que supuso la venta (con escasas condiciones) de los restos del imperio. La decisión, posteriormente, no resultaría rara. Y es que, tanto Carlos como Fernando se destacaron como unos adoradores del gabacho. El primero, tratándole como a un Dios en la Tierra cuando el pueblo se alzó en su contra y, el segundo, solicitando ser hijo adoptivo suyo.

La historia de estos dos monarcas podría haber quedado olvidada en los más profundo de cajón de las infamias de nuestro país. Sin embargo, esta semana vuelve a estar alumbrada por la actualidad debido a que el pasado 11 de diciembre se cumplieron 202 años desde que Napoleón Bonaparte -experto en lograr por las malas (y en muy pocas ocasiones por las buenas) todo aquello que deseaba- tuvo que tragarse su orgullo entre baguette y baguette y devolver el trono de España a Fernando VII. Todo ello, después de haber sido expulsado a base de fusil, bayoneta, cañón y sangre rojigualda de estos lares. Aquel día, con todo, volvió a la Península un monarca que -aunque deseado, como bien decía su apodo- no había tenido reparo ninguno en plegarse a los deseos del franchute cinco años atrás y cederle por las buenas el territorio español. De hecho, lo que él no fomentó en ningún caso por su poder (la resistencia contra los franceses) lo tuvieron que hacer las gentes de este país mediante narices. Así pues, fue el pueblo el que se enfrentó a la «Grande Armée» del «Pequeño corso» y le devolvió de una patada a París.

La primera traición, la de Carlos IV

Para hallar la primera traición de estos líderes a España es necesario retroceder en el tiempo hasta el final del siglo XVIII. Por entonces dominaba nuestro país Carlos IV… o más bien su valido, Manuel Godoy. Este español era un Guardia de Corps -Guardia Real- venido a más gracias a que, según las tonadillas populares, solía dar «ajipedobes» a la reina María Luisa de Parma sebo de pija» leído al revés -los españoles nunca nos henos destacado por la sutilidad-). Fuera por lo que fuese (por su valía o por bajarle las enaguas a la, según se dice en las crónicas de la época, feísima reina consorte) lo cierto es que por aquellos años este militar andaba «sisando» el trono al torpe de Carlos. Este, por su parte, andaba más preocupado por cazar en su coto que por los asuntos de gobierno. De hecho, solo metía su morro real de por medio cuando podía sacar algún rédito para su familia. Un monarca bastante corto de entendederas, vaya. O eso opinan algunos historiadores como Roberto Blanco quien, en su obra «Antimitología política de México», le califica de «estúpido, cobarde y cornudo».

En esas andábamos por tierras españolas cuando a los franceses se les ocurrió armar un barullo de esos que marcan una época alzándose en una Revolución contra sus monarcas: Luis XVI y María Antonieta. Reyes a los que -por cierto- decapitaron con el curioso invento del doctor Joseph-Ignace Guillotin (la guillotina, para entendernos). Aquello no gustó demasiado a las potencias monárquicas tradicionales -entre ellas España- que, con más miedo que el que un buque hispano cargado de oro tenía en el siglo XVI al pirata Francis Drake, decidieron aliarse para dar hasta en el corvejón a la nueva «France». Armados hasta los dientes y deseosos de vengar a los reyes gabachos fallecidos, los generales hispanos iniciaron la invasión del territorio enemigo en 1793. La contienda, que comenzó bien, acabó en desastre. «La guerra se desarrolló en dos campañas. La de 1793, dirigida entre otros por el General Ricardos, tuvo lugar en el Rosellón francés, región que España había cedido a Francia por el tratado de los Pirineos (1659). La segunda campaña, 1794-1795, estuvo marcada por los éxitos del ejército francés y la invasión de Figueras, San Sebastián, Bilbao y Vitoria», explica la historiadora Elena Castro Oury en su obra «La Guerra de la Independencia española».

Cuando los franceses, gritando las premisas de su Revolución al viento, llegaron casi hasta Miranda del Ebro, la situación se puso tensa y Godoy, mandatario en ausencia casi perpetua de Carlos IV (quien probablemente andaría cazando) tuvo que meterse entre pecho y espalda su odio a los galos y firmar con ellos la paz de forma independiente a las potencias con las que estaba aliada España. Lo cierto es que a la monarquía no le vino mal aquello, pues los franchutes se marcharon con la «Liberté, égalité, fraternité» a otra parte y devolvieron casi todo el territorio conquistado a la corona. Eso sí, hubo que admitir a su gobierno como lícito y darles parte de Santo Domingo. Pero amigo, el que algo quiere (que se largasen, en este caso), algo le cuesta. Todo aquello quedó sellado mediante la paz de Basilea, en la que -a pesar de salir bien parados- hubo que bajarse las «culottes» ante su gobierno. «Así empezó una etapa de sumisión. España quedaba ligada a Francia por los términos de la paz […] España se convertía además en mediadora entre la Francia Revolucionaria y dos de sus oponentes […] La guerra no había sido nada beneficiosa para España», añade la experta.

Con estos antecedentes cabría esperar que Godoy y Carlos IV hubiesen acabado hasta el sombrero uno, y hasta el cetro el otro, de tanto gabacho por aquí y «fraternité» por allá, pero nada más lejos. Así lo demostró el que, en 1800, el monarca se aliase con los franceses de nuevo (y a pesar de la vergüenza del último tratado de paz) en contra de Inglaterra por su propio interés familiar. «A cambio de la isla de Elba, de la Luisiana americana y de seis navíos que le cedía España, Francia debía convertir a los duques de Parma, Luis y María Luisa de Borbón (hija de Carlos IV) en reyes de un territorio más amplio», destaca Castro Oury. En resumen, el rey (de quien se dice que odiaba la política, que llevaba una cornamenta más grande que un alce y que parecía no enterarse del sermón ni la mitad) vendió una parte del país y se merendó su orgullo para poder situar a su pequeña en una posición de importancia. Todo ello, con Napoleón Bonaparte de por medio, un gran artista en todo lo referente a las mentiras políticas y el arte del engaño. Cabe decir que este pacto, llamado el Tratado de San Ildfonso, terminó llevando a una buena parte de la Armada de su Católica Majestad al infierno.

La segunda infamia: Fontainebleau

En la segunda traición colaboró más activamente Fernando, entonces príncipe. Con todo, fue perpetrada principalmente por la pasividad de Carlos IV y el interés de Godoy. Independientemente de la razón que la motivara, en ella se volvió a vender a España a los franceses. Para encontrar este episodio en las páginas de la historia no es necesario avanzar mucho más allá del Tratado de San Ildefonso. Tan solo hay que llegar hasta 1807. Por entonces la situación no había mejorado demasiado para la maltrecha España. Y es que, tras ser vencida por los galos, el monarca se había visto obligado a plegarse a los deseos del ya líder de la «France» Napoleón Bonaparte, deseoso con dar en todo el morro a los infames lords ingleses que se pavoneaban de él mientras tomaban el té de las cinco.

El 27 de octubre se firmó el Tratado de Fontainebleau con Bonaparte

En esas andaba la cosa cuando Napoleón, obsesionado como estaba por molestar cuanto más pudiera a los hijos de la Gran Bretaña, tuvo una curiosa idea, bloquear Inglaterra. «El bloqueo continental fue uno de los vértices en la política exterior de Napoleón en su intento de asfixiar la economía británica. […] El bloqueo continental era justamente eso: un embargo. En noviembre de 1806, tras haber logrado o conquistado ventajosas alianzas con las mayores potencias de Europa Continental, Napoleón publicó el decreto de Berlín, prohibiendo a sus aliados y al resto de naciones conquistadas comerciar con el Reino Unido», explica David Odalric De Caixal i Mata -Director General en España de SECINDEF (Security, Intelligence & Defense) Israel International Consulting- en su obra «Historia de los Reyes de Francia y España». Así pues, el «Pequeño corso» estableció por norma de sus santas gónadas que ningún país de aquellos que se quisiesen llevar bien con la nueva «France» podría intercambiar bienes con las islas. La idea: cortar por lo sano sus beneficios económicos de cara al comercio y conseguir, en el límite de lo posible, que sus ciudadanos se muriesen de hambre.

Poco después de decretar la norma, Napoleón dio un paso más y estableció que conquistaría Portugal costase los hombres que costase. O eso le hizo creer a Godoy y a la familia real (entre ellos a Fernando), a quien les dijo que su objetivo era evitar, soldados mediante, que esta región -tradicional aliada de Inglaterra- siguiese comerciando con Gran Bretaña. Su idea no era mala pues, tal y como explicó a los líderes hispanos, tan solo necesitaba un camino seguro por España para llegar hasta tierras enemigas. Para ello, solicitó un permiso de paso que ofrecía suculentas ventajas a nuestro país. «El 27 de octubre de 1807 […] se firmó el Tratado de Fontainebleau con Napoleón Bonaparte. [Se estableció que se llevaría a cabo] la conquista de Portugal por los ejércitos españoles y franceses para, una vez ocupado el reino lusitano, hacer efectivo el bloqueo continental a los ingleses», explica el historiador Luis Suárez Fernández en su obra «Historia general de España y América». ¿Qué conseguía nuestro país a cambio? En principio, congraciarse con el «Pequeño corso». Algo que buscaba también Fernando quien, por cierto, estaba siendo juzgado por conspirar para quitar a su padre del trono a bofetadas.

El tratado, por su parte, también beneficiaba ampliamente a Godoy, a quien Napoleón le prometió el oro, el moro y un gobierno. «Godoy [quería] dejar dignamente el gobierno de España para ascender a príncipe soberano. […] Le correspondía por el tratado el sur de Portugal, los Algarbes», añade el experto. Deseoso de sentar sus posaderas al fin en un trono (por muy pequeño que fuese este) el favorito de Carlos IV no tuvo problema en convencer a su rey de todas las ventajas que ofrecía a la Península el tratado. Finalmente, con el pacto firmado se abrieron las fronteras a los gabachos. Concretamente, a 25.000 de ellos. Pero lo que no sabía la familia real española era que los soldados galos iba a ir tomando, sin ninguna dificultad y con la ayuda tácita de la monarquía, las diferentes ciudades hispanas. «Con la excusa de proteger la retaguardia, el ejército de Dupont se estableció en Burgos, mientras otro destacamento francés acampaba en Salamanca. A principios de 1808 nuevos contingente franceses cruzaron los Pirineos y se instalaron en Pamplona y San Sebastián. Poco después le llegó el turno a Barcelona y a la fortaleza de Figueras», añade Oury. Movimiento de soldados por aquí, contingente por allá, había comenzado una invasión a la chita callando de España. Y todo ello, con la gracia y el beneplácito de la familia real.

El principio de la mayor traición de Fernando

Todavía le quedaban por pasar todo tipo de vergüenzas a la monarquía española. La siguiente situación absurda fue protagonizada por Carlos IV el 17 de marzo de 1808. Por entonces, los españoles estaban ya cansados de que los franceses campasen -como el que anda por su salón- en España. A todo ello se sumaba la tensión generada por la mala situación económica y la pésima política exterior de «Manolito» Godoy. Hartos de aguantar, y encorajinados por el príncipe Fernando (ansioso de dar un puntapié a su padre y ponerse él en el trono) los españoles se lanzaron sobre el Palacio de Aranjuez para obligar a Carlos IV a abdicar en favor de su pequeño y, ya de paso, dar un buen susto al preferido del rey, no muy apreciado por las gentes. La victoria fue doble, pues lograron que el monarca cediese la poltrona a su hijo (que pasó a ser denominado Fernando VII) y capturaron al valido, quien solo se libró de ser asesinado por la divina providencia y alguna palabra del nuevo dirigente. Instantáneamente, Carlos corrió a pedir ayuda a Bonaparte enviándole, para empezar, una carta en la que se rebajaba ante él y le trataba como a su superior.

«Señor mi hermano: V.M. sabrá sin duda con pena los sucesos de Aranjuez y sus resultados, y no verá con indiferencia a un Rey que, forzado a renunciar a la Corona, acude a ponerse en los brazos de un grande monarca, aliado suyo, subordinándose totalmente a disposición del único que puede darle su felicidad, la de toda familia y la de sus vasallos. No he renunciado a favor de mi hijo sino por la fuerza de las circunstancias, cuando el estruendo de las armas y los clamores de una guardia sublevada me hacían conocer bastante la necesidad de escoger la vida o la muerte, pues ésta última seguido después de la de la reina. Yo fui forzado a renunciar; pero asegurado ahora con plena confianza en la magnanimidad y el genio del gran hombre que siempre ha mostrado ser amigo mío, yo he tomado la resolución de conformarme con todo lo que este mismo grande hombre quiera disponer de nosotros y de mi suerte. Dirijo a V.M.I. una protesta contra los sucesos de Aranjuez y contra mi abdicación. Me entrego y enteramente confío en el corazón y amistad de V.M. con lo cual ruego a Dios que os conserve en su santa y digna guardia. De V.M.I. su rey afecto hermano y amigo. Carlos».

Bayona, cuando se vendió España a Napoleón

Tras San Ildefonso, Fontainebleau y Aranjuez se sucedió en nuestro país la mayor traición que pudo cometer Fernando VII, entonces ya rey, a España. El calendario marcaba todavía 1808, y las cosas parecían pintar bien en un principio para el nuevo monarca quien -tras haber mandado a tomar por donde amargan los frutos de dureza extrema a su padre- se había congraciado con los franceses recibiéndoles cómo si de auténticos camaradas se tratasen en España. De hecho, sería bien conocida su orden de que el ejército español no se enfrentase a ellos pasara lo que pasase. Y no era para menos, pues la «Grande Armée» gabacha venía bien fogueada de sus cientos de batallas a lo largo y ancho de Europa. Fue precisamente amparándose en esa amistad que el nuevo líder quería tener con los invasores con la que Napoleón jugó para llevar a Fernando VII y Carlos IV hasta Bayona, una región ubicada al suroeste de Francia en la que el «Pequeño corso» pretendía ganar el trono para sí. Joachim Murat -cuñado del Emperador y encargado de someter a España- fue el elegido para convencer a su novísima majestad de que acudiese a entrevistase con el «Empereur». Su persuasión funcionó.

Napoleón compró a Carlos IV con una pensión y una residencia en Francia

Lograr que Carlos IV acudiese a Bayona fue mucho más sencillo, pues el antiguo rey había solicitado con gimoteos (metafóricos, eso sí) una y otra vez a Napoleón que le devolviese al trono de España mediante las leyes, las armas, o lo que fuese. Por tanto, fue hasta allí encantado. Una vez con ambos en la ciudad, el francés se propuso obtener para sí el trono. La tarea era ardua, pues sabía que Fernando VII -ávido de poder- no se lo iba a otorgar a un extranjero. Por ello (y porque no reconocía al nuevo monarca como legítimo) fijó sus objetivos en el llorón de Carlos. Si lograba que el hijo abdicase en su padre, podría ofrecer un buen retiro al viejo monarca a cambio de que le diese el poder. Su solución para este juego a tres bandas fue sencilla: comprar a Fernando. «El Emperador ofreció a Fernando la parte de Portugal destinada a la ex reina de Etruria. A cambio, Fernando tenía que renunciar al trono español. En principio, en un arranque de valentía extraño en él, Fernando se negó, pero […] a los pocos días entregó a su padre la corona», determina Oury. Todo ello fue salpicado con una pensión de unos cuantos millones de reales al año. Tras unas breves dudas, y sabiendo que Bonaparte estaba del lado de su padre, vendió a la misma España que le había alzado en el poder mediante el motín de Aranjuez a los franceses.

Aquel pacto quedó sellado mediante la siguiente carta que Fernando VII envió a Carlos IV: «Mi venerado padre y señor: Para dar a Vuestra Majestad una prueba de mi amor, de mi obediencia y de mi sumisión, y para acceder a los deseos de Vuestra Majestad me ha manifestado reiteradas veces, renuncio mi corona en favor de Vuestra Majestad, deseando que Vuestra Majestad pueda gozarlo por muchos años. Recomiendo a Vuestra Majestad las personas que me han servido desde el 19 de marzo». Posteriormente, Bonaparte ofreció cobijo en Francia al viejo rey (ahora reinstalado en el trono), a su mujer y a Godoy. También se comprometió a regar su cuenta corriente con una pensión de entre 30 y 40 millones de reales anuales.

Eso, a cambio de que dijesen «au revoir» a su poder y se lo cediesen a él. La realeza aceptó de buena gana y corroboró el pacto con esta carta: «Su Majestad el rey Carlos, que no ha tenido en toda su vida otra mira que la felicidad de sus vasallos […] ha resuelto ceder, como cede por el presente, todos sus derechos al trono de España y de las Indias a Su Majestad el emperador Napoleón, como el único que, en el estado a que han llegado las cosas, puede restablecer el orden; entendiéndose que dicha cesión sólo ha de tener efecto para hacer gozar a sus vasallos de las condiciones siguientes: 1º. La integridad del reino será mantenida: el príncipe que el emperador Napoleón juzgue debe colocar en el trono de España será independiente y los límites de la España no sufrirán alteración alguna. 2º. La religión católica, apostólica y romana será la única en España. No se tolerará en su territorio religión alguna reformada y mucho menos infiel, según el uso establecido actualmente». Nuevamente se había vendido a nuestro país.

El «lamebotas» que quiso ser hijo adoptivo de Napoleón

Después de firmar el absurdo tratado de Bayona, Fernando VII pasó a ser un prisionero de lujo de Napoleón Bonaparte en Francia. El 10 de mayo, poco después de aceptar las condiciones del «Pequeño corso» , viajó junto a su hermano Carlos María Isidro hasta el castillo de Valençay, ubicado en la región de igual nombre. Lo que buscaba el francés llevándole hasta allí es que no pudiera escapar. Y lo tendría difícil, pues la construcción estaba en pleno centro del país. Una vez en su nueva residencia, y tal y como explicó en sus memorias su confesor real (Blas de Ostaza) el monarca se dedicó en principio a cultivar su alma asistiendo muchas veces a misa (algunas de ellas, como monaguillo). Por la tarde oraba a la Virgen y, tras escuchar un sermón de su sacerdote, rezaba el rosario en comunidad. Sin embargo, con el paso de las semanas se fue acostumbrando a su prisión y empezó a realizar todo tipo de actividades recreativas tales como montar a caballo (en lo cual era pésimo) o bordar. Posteriormente, y como se diría en la actualidad, empezó a sentir el síndrome de Estocolmo hacia su captor, el infame gabachuzo.

Así lo denota el que, durante la boda de Napoleón con María Luisa de Austria, gritase lo siguiente: «¡Viva el Emperador, nuestro Augusto soberano, viva la Emperatriz!». «Fue esta una muestra pública evidente de la sumisión al emperador», explica el catedrático en historia Emilio La Parra López en su obra «Diarios de viaje de Fernando VII (1823 y 1827-1828)». A su vez, y tal y como explica este experto, su absoluto servilismo al francés quedó claro cuando le dio las gracias por el palacio que le servía de cárcel y, un mes más tarde, le felicitó de la siguiente forma por meter con calzador al trono de España a su hermano José: «No podemos ver a la cabeza de ella [España] un monarca más digno, ni más propio de sus virtudes». Sin embargo, el culmen de este «lamebotas» se sucedió cuando dio la enhorabuena al galo por sus victorias contra los españoles y, finalmente, cuando solicitó ser hijo adoptivo suyo mediante la siguiente carta: «Mi mayor deseo es ser hijo adoptivo de S. M. el emperador nuestro soberano. Yo me creo merecedor de esta adopción que verdaderamente haría la felicidad de mi vida, tanto por mi amor y afecto a la sagrada persona de S. M., como por mi sumisión y entera obediencia a sus intenciones y deseos».

 


ABC.es

  • Burgos fue «muy importante» desde el punto de vista estratégico militar durante la Guerra de la Independencia. Expertos e historiadores quieren ponerlo en valor a través de itinerarios turísticos

 

 Recreación junto al Castillo de Burgos, uno de los escenarios de la Guerra de la Independencia - ICAL

Recreación junto al Castillo de Burgos, uno de los escenarios de la Guerra de la Independencia – ICAL

Diez de la mañana, hora local. Kanchanaburi (Tailandia). Los turistas se agolpan en los alrededores sel puente del río Kwai que en 1957 inspiró la película de David Lean, aquella que recogía el sufrimiento que los japoneses y coreanos hicieron pasar a sus prisioneros de la Segunda Guerra Mundial (británicos, malayos, birmanos, holandeses, estadounidenses y australianos) para construir la línea de ferrocarril que llegaría a Birmania. Cinco de la tarde, hora local. otros tantos turistas se concentran en torno a la llamada Línea del Ferrocarril de la Muerte.

Aprovechar los escenarios bélicos como atractivo turístico, tal y como han hecho en otros lugares (el puente sobre el río Kwai, reconstruido al finalizar la guerra tras ser bombardeado en 1945 por la aviación estadounidense es solo un ejemplo), es lo que pretenden desde la Cátedra de Historia Moderna de la Universidad de Burgos, aprovechando los diferentes escenarios que tuvo la Guerra de la Independencia tanto en Burbos como en la Comunidad. La propuesta fue planteada en la jornada «El Turismo Bélico en Castilla y León», a la que asistieron técnicos del Ayuntamiento burgalés y del Instituto Municipal de Cultura para estudiar la viabilidad del proyecto.

Recorrido por los puentes volados

Una propuestas de aquella jornada fue el diseño de un recorrido por los puentes volados durante la Guerra, donde los turistas serían guiados por una aplicación móvil. Tras el fracaso del Duque de Wellington en el duro asedio al castillo de Burgos (del 19 de septiembre al 21 de octubre de 1812), las tropas aliadas (británicas, portuguesas, alemanas y españolas) tuvieron que replegarse de nuevo hacia Portugal en una humillante y dolorosa retirada. En su huida de Burgos a Portugal, «la única mancha en su historial bélico -según el profesor asociado de Comunicación Audiovisual de la UBU, Mario Alaguero- tuvieron que ir volando todos los puentes sobre los ríos Carrión, Pisuerga y Duero para sobrevivir y llegar a Portugal asediado por los franceses. Ciudad Rodrigo, Tordesillas, Cabezón de Pisuerga o Alba de Tormes fueron algunis de los municipios por los que pasaron.

No fue la única propuesta recogida en estas jornada. Las otras dos fueron presentadas por la profesora de Historia Moderna de la UBU, Ángela Pereda. En ellas, la experta hizo referencia a los «Alojamientos de Reyes, Mariscales y Generales durante la ocupación francesa en el Centro Histórico de Burgos» y «La huella del expolio artístico en la ciudad de Burgos durante la Guerra de la Independencia».

«Prácticamente todos los edificios que entonces fueron ocupados por los soldados franceses siguen hoy en pie»

Recuerda Ángela Pereda que «prácticamente» todos los edificios que fueron entonces ocupados por los soldados franceses siguen hoy en pie, excepto el Convento de San Pablo, cuyo espacio lo ocupa el Museo de la Evolución Humana. «El resto de los monumentos existen en la actualidad y me parece interesante que el visitante pudiera viajar 200 años y viera cómo la Cartuja, el Monasterio de San Pedro de Carreña u otros conventos sirvieron de cuarteles y estuvieron ocupados por las tropas». «Cuando vino Napoleón y las tropas francesas, una de las medidas fundamentales que se tomaron fue la supresión de todas las órdenes religiosas, por lo que los conventos y monasterios fueron abandonados y transformados en cuarteles», recuerda esta profesora, apostillando que «las tropas hicieron bastante daño a la arquitectura y objetos litúrgicos y de arte». «Edificios con una carga histórica y artística impresionante se convirtieron en cuarteles donde se hacían hogueras».

Escenificación en Ciudad Rodrigo con motivo del Bicentenario de la Guerra de la Independencia- ICAL

Escenificación en Ciudad Rodrigo con motivo del Bicentenario de la Guerra de la Independencia- ICAL

Este itinerario discurriría desde el mencionado Monasterio de San Pedro de Cardeña hasta el Hospital del Rey de la UBU, centrándose en la margen izquierda del río Arlanzón. Así, junto al citado convento se visitaría la Cartuja de Miraflores, el convento de Carmelitas en la plaza de Santa Teresa, el convento de Santa Clara, el monasterio de San Agustín, la Cateadral, la antigua iglesia del Carmen y las Huelgas Reales. «Por supuesto que no siempre quedan vestigios en todos los territorios por los que pasaron. Por ejemplo, la Cartuja está rehabilitada, igual que las monjas de las Huelgas intentaron recuperar poco a poco los cenobios».

Burgos fue para los franceses un lugar muy importante desde el punto de vista estratégico-militar, insiste esta profesora de la UBU, recordando su buena comunicación con Madrid, así como el lugar de paso que suponía para los franceses a la hora de acceder a Portugal. En los «Alojamientos de Reyes, Mariscales y Generales durante la ocupación francesa», esta experta propone el recorrido por «las casas que aún se pueden ver de la calle Fernán González o Huerto de Rey o donde estuvo alojado Napoleón, que fue en el Consulado del Mar».

Al fondo la Cartuja de Miraflores, que fue ocupada por los soldados franceses- ICAL

Al fondo la Cartuja de Miraflores, que fue ocupada por los soldados franceses- ICAL

Pero para esta profesora, la «explotación» de los diferentes escenarios de la Guerra de la Independencia podría extenderse más allá de Burgos, y recuerda la batalla que se libró en Arapiles, al sur de Salamanca. Tuvo como resultado una gran victoria del ejército anglo-hispano-portugués al mando del general Arthur Wellesley, primer duque de Wellington, sobre las tropas francesas comandadas por el mariscal Auguste Marmont. «La mayoría de los visitantes que reciben hoy son británicos y hay mucho potencial sobre la Guerra de la Independencia. Se debería poner más en valor».

 


Manuel P. VillatoroABC_Historia

  • Entre 1793 y 1794, multitud de capitanes de navío fueron asesinados por ser monárquicos. Estas muertes dejaron sin militares cualificados al «Pequeño Corso» para combatir contra la «Royal Navy»
 Más de 40.000 personas fallecieron durante el terror francés - Wikimedia

Más de 40.000 personas fallecieron durante el terror francés – Wikimedia

El «terror francés». Este es el término que se utiliza, a día de hoy, para definir el periodo en el que la Revolución Francesa asesinó a miles de galos contrarios a los nuevos vientos de libertad, igualdad y fraternidad. Apenas se desarrolló durante un año (de 1793 a 1794) pero se llevó por delante 40.000 vidas. Muchas de ellas, pertenecientes a los almirantes y capitanes de navío de la Armada del país, quienes sufrieron en sus propias carnes lo que era defender la bandera de Luis XVI y Maria Antonieta. Aquella matanza, aunque útil para los intereses del gobierno, dejó en paños menores a la flota, pues los líderes políticos se vieron obligados a dar el mando de la segunda marina más importante de la época a hombres que no sabían del mar más que su color. A su vez, dichas muertes provocaron que, apenas una década después, Napoleón Bonaparte se tuviese que enfrentar -junto a los bajeles españoles- en Trafalgar a la «Royal Navy» con militares carentes de experiencia y con menos batallas a sus espaldas que un grumete adolescente. Un factor determinante que provocó una de las derrotas más sonadas de la Historia de España.

Para hallar el origen del «terror francés» («terror gabacho», que podríamos decir por estos lares) es necesario hacer retroceder el calendario hasta el año 1789. Por entonces gobernaba «la France» el monarca Luis XVI, quien -además de haber accedido al trono 14 primaveras antes- era conocido por varias cosas… y ninguna buena. Y es que, además de tener un apetito sin fin (algo que le granjeó contar con unos «kilitos» de más y ser comparado, siempre a sus espaldas, con un cerdo), también era tímido y sumamente medriocre en las labores de estado. Lo tenía todo el tipo para enfadar a la corte. «El trabajo intelectual le fatigaba, durmiéndose en el Consejo, al mismo tiempo que había vivido lamentables hechos domésticos que le habían desacreditado», explican varios historiadores en el dossier «Revista mensual de ciencias, letras y artes» editada en 1949 por la Universidad de Chile.

Tampoco andaba el monarca demasiado dichoso en lo referente a sus amores, pues estaba casado con Maria Antonieta, una coqueta y guapísima austríaca que se solía preocupar más por bajarse la falda frente a sus amantes y gastar a sacos el tesoro real, que por el bienestar de su pueblo. Según cuenta el sociólogo y divulgador histórico Adrián Meló en su obra «El amor de los muchachos», la reinona solía pasar los ratos muertos disfrazándose de plebeya y seleccionando a aquellos que, posteriormente y por invitación real, le demostrarían su amor en la alcoba. Que el monarca y su esposa eran un par de desgraciados que no se creían su propio cargo era, por entonces, algo sabido por nobles, panaderos y mendigos. Así lo atestigua el historiador del siglo XIX Albert Mathiez, quien no tuvo problemas en cargar contra Luis, pluma mediante, de la siguiente forma: «En teoría, el monarca, representante de Dios sobre la Tierra, gozaba del poder absoluto. Su voluntad era la ley. Lex Rex. En la realidad no lograba hacerse obedecer ni aun de sus funcionarios inmediatos. Mandaba tan suavemente que parecía ser el primero en dudar de sus derechos».

Con todo, el mayor problema de entonces no era que los reyes andasen de aquí para allá demostrando su incompetencia (algo que hacen hoy en día muchos políticos sin que les cortemos la cabeza por ello) sino que «la France» andaba tambien muy escasa de monedas con las que pagar sus múltiples «gastés». Además, los monarcas preferían usar las mismas en menesteres de su interés que en alimentar a su hambriento pueblo, al cual le sonaban día sí, y noche también, las tripas por no tener nada que meterse entre pecho y espalda tras las pésimas cosechas que se habían ido al infierno. Concretamente, Luis se estaba dejando hasta el último doblón de la cartera en ayudar con armas y hombres a aquellos rebeldes que, al otro lado del Atlántico (en la nueva América, para ser más específicos) habían iniciado una revuelta contra la infame y odiada Inglaterra. Todo ello, por cierto, por obra y gracia de los impuestos (que las luchas no se pagan solas, oiga). Se dice que se gastaron hasta 2.000 millones de libras en esta «aventura militar»

Para colmo de males, a todo este ambiente de tensión se le sumó la llegada de unos nuevos pensadores que proclamaban unas ideas bastante molestas para los monarcas. Estos «ilustrados» (en el sentido más literal de la palabra, pues eran partidarios en cierto modo de esta corriente ideológica y cultural) eran conocidos como jacobinos y buscaban dar una buena patada en el «cul» a aquellos que ostentaban el poder por entonces. Es decir, dar importancia al hombre individual, aquel ubicado en los escalones más bajos de la sociedad. Y eso… ¡En una época en la que el rey consideraba que ostentaba el poder por obra y gracia del Señor! «Los jacobinos creían que la sociedad ideal debería estar constituida en gran parte por hombres como ellos, trabajadores económicamente independientes porque viven de su profesión (son propietarios de su saber) o porque son pequeños productores […] Desde esta situación social era lógico que su pretensión social fuese la igualdad o, más específicamente, el rechazo de las desigualdades extremas», explica el politólogo español y profesor de la Historia de la politología Fernando Prieto en su obra «La revolución francesa».

Comienza la revolución

Con esos precedentes no resultó extraño que, el 14 de julio de 1789, el pueblo se levantase en armas contra el viejo poder representado por el monarca y tomase la Bastilla, el símbolo por excelencia de la opresión. «La Bastilla era la fortaleza medieval de torres macizas y formidable altura que se levantaba en medio de […] París y cuyo uso militar ya no se justificaba. Había sido durante años el bastión de muchas víctimas de la arbitrariedad monárquica, cuando el cardenal Richelieu empezó a utilizarla como cárcel de estado, donde se encarcelaba sin juicio a los parisinos señalados por el rey con una simple carta y se pudrían las víctimas de por vida», explica Dolores Luna-Guinot en su obra «Desde Al-Andalus hasta Monte Sacro». Aquella jornada, los más de 100 soldados a cargo de la defensa de esta pequeña fortaleza tuvieron que resistir durante horas el asedio del pueblo llano que, reforzado por algunos antiguos soldados perteneciente a la Guardia Suiza, lucharon a brazo partido por acabar con hasta el último defensor.

Motivados también por la necesidad de conseguir pólvora para los fusiles que había robado en la ciudad (la Bastilla contaba en su interior con un gran arsenal) los ciudadanos, más de 50.000 según se dice, no pararon de disparar ni un segundo. Segando y segando las vidas de los defensores. Finalmente, la posición acabó rindiéndose bajo promesa de que ningún militar monárquico sufriría represalias. «Oui, oui…», que debieron decir los atacantes. Pero la realidad fue bien distinta, pues el pueblo capturó al alcaide la prisión, el marqués Bernard-René Jordan de Launay, y, tras arrastrarle por las calles de París (donde, por cierto, recibió todo tipo de gargajos de la boca de sus compatriotas) fue asesinado de la forma más cruel posible: bajo los cuchillos de una turba violenta. «Mataron a su gobernador, lo decapitaron y pasearon su cabeza por las calles de la aterrada ciudad. La Bastilla fue saqueada, incendiada y destrozada», explica el archivista Fernando Báez en su obra «Las maravillas perdidas del mundo. Breve historia de las grandes catástrofes culturales de la civilización». Acababa de comenzar oficialmente la Revolución Francesa.

Las pescaderas asesinas

La movilización no se quedó solo en la toma de la Bastilla y en el paseo de la cabeza del director de la prisión por las calles parisinas, sino que continuó con las políticas revolucionarias de una Asamblea Nacional (un nuevo gobierno) que había sido proclamada antes de la conquista de la fortaleza. La misma había sido constituída por los miembros del «Tercer estado» (aquellos franceses de menor capacidad económica) y buscaba fomentar la igualdad, la fraternidad y la legalidad. «Los miembros del Tercer Estamento se autoproclamaron Asamblea Nacional, y se comprometieron a escribir una Constitución. […] Se declararon como únicos integrantes de la Asamblea Nacional, que no representaría a las clases pudientes sino al pueblo en sí […]. Si bien invitaron a los miembros del Primer y Segundo Estado a participar en esta asamblea, dejaron en claro sus intenciones de proceder incluso sin esta participación», explica la licenciada en Historia Maribel Alejandrina Valenzuela en su dossier «La Revolución Francesa».

Además, la Asamblea firmó la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, una nueva constitución en la que se afirmaba que todos los hombres eran iguales ante la ley. También le pusieron «huevés» y decidieron que no iban a tolerar más que el poder residiese en el rey, por lo que idearon una monarquía constitucional en la que el Luis quedaría plegado a los deseos del pueblo. Lo cierto es que este emisario divino no le dio en los primeros momentos demasiada importancia al alzamiento de las masas en París y a la creación de la Asamblea Nacional. De hecho, hubo que esperar un poco para que Luis se tomara todo aquello con la importancia que requería. Concretamente, hasta que una turba sedienta de sangre -y encabezada principalmente por pescaderas con cuchillos de escamar– entró en su palacio el 5 de octubre dispuesta a asesinar a Maria Antonieta.

Aquel día, el monarca se enteró por las bravas de lo serio que era todo aquello cuando las «poissardes» -armadas con sus cuchillos y una mala uva terrible por la escasez de pan y la subida de precios- se personaron en Versalles, asesinaron a los guardias del palacio cortándoles la «tete» y persiguieron a la asustada María Antonieta por los corredores. Al final, a Luis XVI no le quedó más remedio que aceptar lo que solicitaban aquellas asaltantes. Y más le valió, pues de lo contrario podría haber acabado bajo tierra. Así pues, y con un filo bajo la garganta, el monarca firmó con una sonrisa falsa en los labios la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano. «No preocupare pa -que debió pensar (o algo así)- que rubrico y esto y lo que haga falta para seguir mi vida». Tras el suceso, las tenderas se armaron de valor y obligaron a Sus Majestades a ir viajar hasta París para estar bajo la custodia de la revolución. Curiosamente, varias de ellas escoltaron su carruaje para evitar que huyeran.

Con todo, a día de hoy son muchos los expertos que afirman que aquella revuelta multitudinaria fue instigada por mujeres que no eran meras pescaderas, sino revolucionarias influyentes que aprovecharon el momento de tensión para echar, si cabe, más leña al fuego. «En la noche del 5 al 6, en su mayoría pescaderas parisinas mezcladas con revolucionarias camufladas, disfrazadas de pescadera, querían obtener pan y esperanza […]. Los escasos muertos habidos durante este episodio fueron más bien el resultado de la manipulación sufrida por aquellas mujeres de origen humilde, que en realidad fueron llevadas allá sin saberlo, con fines que desconocían, y el resultado de esta manipulación tuvo un alcance mucho mayor de lo que podían imaginar aquellas mujeres que vendían pescado en París, pues a fin y al cabo significó el principio del fin de Luis XVI y María Antonieta», explica el licenciado en filosofía Josep Pradas en su dossier «¿Las víctimas como precio necesario?».

«Adieu a la tete»

Una vez en París, los monarcas fueron obligados a aceptar la monarquía constitucional y rebajar su poder hasta límites insospechados. Pero los disgustos de Luis solo acababan de empezar, pues tuvo que firmar decretos en los que perdía cada vez más poder. Se ve que el rey andaba hasta la corona de tener que tragarse todo aquello, pues el 21 de junio de 1791 decidió salir por piernas con su esposa de aquel caos para llegar hasta Austria, tierra natal de Maria Antonieta y, desde allí, solicitar el apoyo de un ejército para aplastar la revolución. Sin embargo, el cuento de la lechera le duró poco. Y es que, tanto él como su esposa acabaron siendo atrapados con las manos en la masa cuando apenas estaban a unos pocos kilómetros de la frontera. El guardia que les capturó no podía creer aquello: ¡Los reyes habían traicionado la monarquía constitucional!

Los monarcas fueron enviados a París por un grupo de pescaderas furiosas

Inmediatamente, la pareja fue enviada a París de nuevo. Habían gastado su último cartucho, y les había salido bastante mal. Instantaneamente fueron expulsados del poder acusados de traición. De nada valió que las potencias europeas (entre las que destacaba Austria) declarasen la guerra a la nueva Francia indignadas ante el encarcelamiento de los monarcas, pues no tardó en formarse un ejército popular que acudió al frente para, a base de mosquetazos, repeler a aquellos «malvados monárquicos». Fue en ese momento cuando los revolucionarios decidieron dar un golpe de efecto… matar a Luis para demostrar que la movilización iba a llegar hasta el final. El galo pasó por la guillotina (el instrumento para ajusticiar preferido en el país) el 21 de enero de 1793.

«A las nueve vinieron a buscarle; él salió con su confesor y presentó su testamento […] subió a un carruaje […] Todo estuvo tranquilo; por todas partes reinaba un silencioso terror, y una triple fila de soldados guarecía la carretera. Durante el tránsito, Luis tomó el brevario […] y tomó los salmos análogos a su posición. Habiendo llegado al lugar fatal, y siempre imperturbable […] se quitó su vestido exterior […] y presentó sus manos a los verdugos con una resignación heroica. “Id, hijo de san Luis, subid al cielo”, le dixo su confesor mientras subía al cadalso. […] Los verdugos se apoderaron del rey, y a las diez y media el crimen ya estaba consumado», explica el cronista Michel Pierre Joseph Picot en su obra «Memorias para servir a la historia eclesiástica durante el siglo XVIII». La revolución acababa de quemar su última nave, ya no podían volverse atrás

El inicio de las masacres

Pero la muerte del monarca estuvo lejos de llevar la tranquilidad a Francia. De hecho, avivó el odio de las potencias internacionales que -monárquicas hasta el corvejón- redoblaron sus esfuerzos para acabar con la revolución por las bravas. Aquello les supuso a los gabachos tener que subir los impuestos para evitar ser asediados. «La guerra, a pesar de las victorias sobre Saboya, Prusia y Bélgica, agravó la situación debido a las malas cosechas de los años 1792 y 1793, la tensión política aumentó», explica Carlos Aguilar Blanc (profesor de Filosofía del Derecho y Política en la Universidad Pablo de Olavide) en su obra «El terror de estado francés: Una perspectiva jurídica». La situación terminó de ponerse negra cuando el nuevo gobierno trató de reclutar la friolera de 300.000 hombres para mandarlos al frente en la ciudad de la Vendée. La medida, lógicamente no fue muy bien recibida por los ciudadanos, que se levantaron en armas contra la nueva política. Todos fueron masacrados por las milicias.

La situación cansó al gobierno que, hasta el sombrero de tanto enemigo, comenzó a pensar que había traidores tras cada esquina. Nobles y altos cargos favorables a la monarquía que estaban esperando cualquier momento para dar un golpe de mano y volver a entregar el poder a la familia real. Fue en ese momento cuando comenzaron las purgas masivas de todo aquel que pudiese haber tenido alguna relación, por pequeña que fuese, con la monarquía.

La primera en caer, lógicamente, fue la reina, quien aún permanecía con vida suspirando por la muerte de su esposo. María Antonieta dejó este mundo el 16 de octubre de 1793, día en que su cabeza fue separada de su cuerpo por la «cuchilla nacional» (apodo que recibía la guillotina). Para entonces su belleza ya se había marchitado y, a pesar de no llegar a los 40 años, mostraba un pelo blanco, una figura extremadamente delgada por los continuos disgustos, y un carácter falto de vitalidad. Se cuenta que el pueblo la escupió mientras se dirigía en un carruaje sin capota hacia el patíbulo, aunque no se dejó amedrentar y se mantuvo estoica en todo momento. «Maria Antonieta fue […] conducida al cadalso en una carreta, y no desmintió su firmeza en aquel angustioso trance», explica el sacerdote Antoine-Henri Berault-Bercastel (contemporáneo de la monarca) en «Historia general de la Iglesia desde la predicación de los apóstoles, hasta el pontificado de Gregorio XVI».

A continuación, los revolucionarios -apoyados por pequeños grupos violentos- la tomaron con todo aquel que pudiese oler a monárquico o enemigo del nuevo gobierno. «Se pensaba que era ponsible cambiar la sociedad pero, para ello, había que acabar con los aristócratas, los nobles, los curas refractarios, los monárquicos constitucionales, pero también con los accapareurs (aquellos que especulaban con la comida y la moneda del pueblo) y los oisifs (los que vivían de las rentas no salariales) todos ellos eran culpables de la crisis de abastecimiento de las necesidades más básicas», completa el experto español. Todos ellos fueron asesinados indiscriminadamente por el poder de la nueva política. Ya fuera mediante fusilamientos masivos -cuando la guillotina no daba más de sí- ahogamientos o ahorcamientos. También se hicieron tristemente famosos los «baños de Nantes», un castigo aplicado en dicha región que consistía en meter a los condenados en una barcaza y, una vez que se hallaban en el centro del Loira, hundir aquellos buques con ellos dentro.

Todas estas sanguinarias matanzas fueron favorecidas por el gobierno de la Convención (los revolucionarios de turno) quienes, el 10 de marzo de 1793, aprobaron una ley que establecía que existían dos tipos de delitos por los que una persona podía ser condenada a muerte: económicos e ideológicos. Los últimos fueron los más habituales y los que se llevaron más almas. Pocos meses después se pusieron también sobre blanco una serie de ejemplos que explicaban, pormenorizadamente, todas las personas que debían pasar por el patibulo. En ellos se incluían, tal y como recoge Blanc, los siguientes: «Aquellos que hubiese provocado el restablecimiento de la monarquía o buscado envilecer o disolver la Convención Nacional y el gobierno revolucionario o republicano. Aquellos que hubieran intentado impedir el aprovisionamiento de París, o provocar la escasez de la República. Aquellos que hubiesen secundado proyectos de los enemigos de Francia o favorecido la retirada y la impunidad de los conspiradores y la aristocracia». Y todo ello, sumado a un largo etc.

La guillotina, los fusilamientos y los ahogamientos se generalizaron

A su vez, todas las garantías procesales fueron suprimidas mediante un texto legal que afirmaba, en primer lugar, lo siguiente: «La prueba necesaria para condenar a los enemigos del pueblo es cualquier especie de documento, sea material, sea moral, sea verbal, sea escrito, que pueda obtener naturalmente el asenso o beneplácito de todo espíritu justo y razonable». El artículo XIII de esta ley iba todavía más lejos: «Si existen pruebas, sean materiales, sean morales, independientemente de la prueba testimonial, no serán oídos los testigos, a menos que esta formalidad parezca necesaria, sea para descubrir cómplices, sea por otras consideraciones mayores de interés público». Es decir, que la ley estaba ideada y preparada para acabar con cuántos más enemigos de la revolución mejor.

Aquellas matanzas, además de crueles, se cobraron la vida de miles y miles de francees, muchos de los cuales se dejaron la vida sabiendo que, a pesar de no ser monárquicos y no haber pensado nunca en política, habían sido acusados por algún desaprensivo sin escrúpulos. Los datos extraoficiales nos dicen que murieron ejecutadas alrededor de 41.000 personas en apenas un año. De forma oficial, el Estado francés registró un total de 16.594 muertes, 2.639 en París. De ellas, solo se conoce el origen de 14.000, 1.000 de las cuales pertenecían a la alta nobleza gala. «Algunos calculan un número aproximado de 2.000 nobles ejecutados y unos 16.000 exiliados de un censo de 350.000», añade el experto hispano.

La matanza de oficiales de la Armada

A pesar de que todos los estamentos de la sociedad francesa se vieron afectados por estas sangrientas purgas, uno de los que más sufrió las persecuciones del gobierno fue el ejército y, más concretamente, la Armada. Esta se vio perseguida después de que una parte de sus oficiales entregaran Toulon (una plaza fuerte ubicada al sur de Francia) a los británicos. Aquel acto, perpetrado por militares realistas que querían que la revolución fuese aplastada, puso en el punto de mira a toda la marinería. «La purga se hizo sobre la armada por razones ideológicas y políticas. Muchos capitanes desaparecieron. Eran mandos incómodos que habían pertenecido a la monarquía borbónica, por lo que decidieron quitárselos de en medio. Algunos tuvieron suerte y emigraron antes de que comenzase la revolución, pero otros no y fueron asesinados sin piedad», explica, en declaraciones a ABC, Manuel Moreno Alonso, Catedrático de Historia y autor de «Napoleón. De ciudadano a Emperador» (editado por Sílex).

Hugo O’Donnell, militar español y miembro de la Real Academia de Historia, afirma lo mismo en su dossier «Trafalgar. Análisis de las fuerzas aliadas (buques, mandos y dotaciones)»: «La Revolución francesa represalió a la oficialidad sospechosa de “realismo” y esta persecución se incrementó a partir de la entrega por una parte de esta de la base de Tolón […] en 1793, con lo que el mero hecho de pertenecer a la aristocracia pasó a convertirse en “crime de noblesse”». No se libraron ni los oficiales más experimentados y que habían servido a Francia durante años. No contaron las victorias, las bajas hechas al enemigo… Tan solo valía ser un firme defensor de los valores de la nueva República francesa. Así pues, se sabe que no fueron pocos los capitanes de navío (uno de los mayores cargos a los que se podía aspirar por entonces en lo referente a la marinería) que fueron expulsados del país o, simple y llanamente, asesinados.

«En la época de la Revolución fueron miles los que murieron por estar conectados presuntamente con la monarquía. El problema es que en Francia no se ha hecho un análisis o un estudio específico en el que se pueda ver como afectó en números eso a la Marina. Se habla del terror de 1793 y de 1794. Allí la cantidad de almirantes que cayó fue enorme. Pero se desconoce el número concreto. En esa época muchos fueron expulsados fuera de Francia y luego ya no se integraron en el ejército de Napoleón. Otros fueron condenados a muerte y fallecieron de múltiple formas. Una era atarles bolas de cañón a los zapatos, lanzarles al agua y esperar a que se ahogasen», explica el profesor universitario a ABC. Los que se marcharon por piernas de la «France» para no dejar este mundo tampoco vivieron demasiado bien -en muchos casos- en el exilio. De hecho, y tal y como afirma Alonso, la mayoría cayeron en desgracia y jamás regresaron a su país.

Otros, por el contrario, decidieron vengarse de la Armada Francesa revolucionaria aliándose con los mayores enemigos de su país. Así lo señala Alonso: «Hubo algunos militares, y hasta generales, que se pasaron a los ingleses. Así quedó atestiguado en sus memorias. Tras las purgas de la Revolución, por ejemplo, uno de los almirantes más destacados de Francia se convirtió en asesor de los ingleses. Otros se asociaron posteriormente con los españoles en la Guerra de la Independecia para dar información detallada sobre las tácticas de Napoleón debido al odio que sentían hacia el Emperador. Con todo, muchos de ellos intentaron regresar a la marina cuando la situación se relajó». Con todo, muchas muertes fueron absurdas, pues se determinó -como pasaba en el mundo civil- que todo aquel que fuese acusado con una prueba medianamente creíble pasaría por la guillotina. Esto hizo que incluso algunos oficiales fervorosamente seguidores de la revolución cayeran bajo la cuchilla.

El fin de Napoleón en Trafalgar

Además de la evidente pérdida absurda de vidas, en lo referente a la Armada francesa el equívoco fue todavía mayor, pues la Revolución asesinó a una buena parte de los oficiales más veteranos (y por tanto, más proclives a la monarquía) y más experimentados. Estas vacantes, como bien señala O’Donnell, se terminaron cubriendo con voluntarios de escaso conocimiento naval, oficiales sin la preparación necesaria para dirigir navíos y políticos de los comités revolucionarios que no sabían nada del mar. Se sembró, por lo tanto, la semilla del desastre en una marina, la francesa, que había llegado a ser la segunda más poderosa del mundo tras la británica. «Los capitanes navales aristocráticos y bien formados, perdidos por la emigración o por las purgas de la acción revolucionaria, no podían ser sustituidos con la misma facilidad que los oficiales de infantería. Además, los ideales de libertad, igualdad y fraternidad eran, probablemente, menos compatibles con los deberes y la disciplina de la vida en el mar que en los campamentos», explica Geoffrey Parker en «Historia de la guerra».

Las tripulaciones tampoco se libraron de estas purgas y fueron muchos los marineros asesinados por navegar en barcos «realistas». Todo aquel «pitote» dejó a la Armada en cuadro, sin oficiales experimentados ni marinos capaces de realizar las tareas más básicas. La situación solo pudo empezar a remediarse en 1798, cuando se detuvieron los asesinatos estatales. Ese año, Eustache Bruix, ministro de marina, tomó varias determinaciones. La primera fue (aprovechando la relajación de los extremistas) recuperar a cuántos más oficiales pudiera del exterior, fueran de la opinión política que fuesen. A su vez, también instauró «cursos» navales para los nuevos oficiales. «La máxima de Bruix era hacer las cosas pausadamente hasta conseguir un nuevo cuerpo de oficiales con verdadera solera. “Demos tiempo a lo que pide tiempo; alarguemos la victoria, queramos una marina y tendremos una marina”, dijo», completa O’Donnell.

No obstante, solo obtuvo una mezcolanza de capitanes antiguos, ensimismados en las viejas tácticas navales, y unos jóvenes revolucionarios que -al no tener ni dea del mar- se dejaron aconsejar por aquellos en lo referente a la mejor forma de combatir. Por lo tanto, no hubo una evolución táctica basada en las nuevas formas de darse de cañonazos contra el enemigo, ideas que sí se estaban fomentando en otros países como Gran Bretaña de la mano de pipiolos (por edad, que no por conocimientos) como Horatio Nelson. Hubo que esperar hasta la llegada de Napoleón Bonaparte (quien tomó el poder en 1799 como cónsul) para que las cosas empezasen a encajar. Aunque, quizá, ya era tarde para una armada francesa a la que le quedaba poco para darse de bofetadas contra los ingleses en el mar. «Se fracasó en el empeño de formar capitanes y almirantes completos, pese a haberse reabierto las escuelas navales, consiguiéndose sólo marinos nuevos con espíritu viejo, pero pero perfectamente capaces de unir su suerte a la de un imperio advenedizo y de profesar una devoción leal por quien estaba a punto de proclamarse Napoleón I», señala O’Donnell.

No obstante -al César lo que es del César- Napoleón fomentó un sistema de ascensos no tanto basado en las ideologías políticas (que, hasta cierto punto, también) como en las credenciales, la valentía y las gónadas mostradas en la lid. También fueron muchos los que, viéndose en la cumbre de su poder, prefieron tocarse las napias que entrenar a sus tripulaciones y obligarlas a mejorar en el uso de las armas. Así lo atestiguaron marinos de la talla de Villaret de Joyeuse, quienes señalaron en su momento que la marina gala era una vergüenza, pues estaba formada por vagos que se preocupaban de tonterías en lugar de mejorar las técnicas de su tripulación. Algo totalmente diferente a lo que hacían los ingleses que, aunque también alistaban en sus buques una marinería formada principalmente por hombres de la naviera mercante, les entrenaban hasta la extenuación en mar abierto para que disparasen con mayor eficacia y rapidez. Los gabachos, por el contrario, prefirieron dejar los barcos en puerto, donde era casi imposible practicar y los grumetes se hastiaban de ir de aquí para allá en puerto. «En realidad, lo que les faltaba y les seguiría faltando a los mandos navales franceses era práctica de largas singularidades y el ejercicio de la táctica de combate de escuadras», determina el experto.

Aquella armada maltrecha, sin oficialidad preparada, ni marinos entrenados, fue la que se enfrentó -junto a los bajeles españoles- el 21 de octubre de 1805 a los experimentados navíos ingleses en Trafalgar siendo derrotada de forma estrepitosa. Según varios autores, debido -entre otras cosas- a la falta de veteranía de sus comandantes. Un claro ejemplo de ello fue el mismo almirante de la armada combinada, Pierre Charles Jean Baptiste Silvestre de Villeneuve, un revolucionario interesado que, debido a la falta de militares experimentados, fue puesto al mando de aquella flota y se vio obligado a vérselas con uno de los marinos más considerados de su tiempo: Horatio Nelson. Este francés nunca debió ser ascendido a pesar de haber protagonizado varios actos de valor, pues no estaba preparado para dirigir a 33 navíos de línea. Pero, simple y llanamente, no había mucho donde elegir.

Y eso, a pesar de que era un interesado pues, aunque era de ideas moderadas, abrazó la revolución para poder ascender. «Silvestre (…) no sólo se apuntó al tumulto, sino que hizo desaparecer de su D.N.I de entonces el aristocrático “de” de su apellido para parecer más revolucionario. Primer síntoma de vulgar chaquetero y trepador. Naturalmente, subió en el escalafón como las balas y en 1.796 fue promovido a contralmirante» afirma Luis Rodríguez Vázquez en su obra «La historia encadenada». «Napoleón ascendió gente joven que venía de la revoluciona debido a que no había mandos superiores. Es curioso que entre los distintos ascensos que ordenó Napoleón a Mariscales, no había ningún marino. Todo ello hizo que la marina francesa cayese en desgracia», añade a ABC, en este caso, el experto español.

 


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  • El himno francés ha sobrevivido al paso de los siglos y de los regímenes hostiles, como el napoleónico o el de Vichy, que intentaron sustituirlo por otras melodías menos agresivas

 

 Napoleón liderando a sus tropas en la Batalla del puente de Arcole. - Wikimedia

Napoleón liderando a sus tropas en la Batalla del puente de Arcole. – Wikimedia

Mientras evacuaban el estadio de Saint-Denis el pasado viernes, en medio del terror que asoló París, un grupo de aficionados aún tuvo ánimos de cantar La Marsellesa, que, junto al «God Save the Queen» («Dios salve a la Reina»), de Inglaterra, y el «The Star-Spangled Banner» («La bandera tachonada de estrellas»), de EE.UU, pasan por ser los himnos nacionales más emblemáticos de hoy en día. El himno francés ha sobrevivido al paso de los siglos y al de regímenes hostiles –como el napoleónico o el de Vichy–, que intentaron sustituirlo a causa precisamente de su carácter revolucionario y de su belicosa letra. «¡Vienen hasta vosotros a degollar a vuestros hijos y vuestras esposas! ¡A las armas, ciudadanos! ¡Formad vuestros batallones! ¡Marchemos, marchemos! ¡Que una sangre impura inunde nuestros surcos!», reza el estribillo de La Marsellesa, que vale para advertir tanto entonces a los enemigos austríacos como a los terroristas islamistas ahora.

En la película estadounidense «Casablanca» (1942), el local nocturno de Rick Blaine (Humphrey Bogart) vive un duelo de himnos entre un pequeño grupo de alemanes que canta «Die Wacht am Rhein» (El guardia sobre el río Rín), acompañados de un piano, y un numeroso grupo de franceses que termina imponiendo su melodía nacional, por entonces prohibida en Francia. «Toquen la Marsellesa», reclama uno de los personajes a la orquesta, antes de que las voces francesas se coman por completo a las alemanas. Y es que resulta difícil vencer al peso histórico de una canción que nació en tiempos bélicos. El actual himno francés fue escrito y compuesto el 25 de abril de 1792 por el poeta, músico y capitán de ingenieros Joseph Rouget de Lisle, destinado en el batallón «Enfants de la patrie» de Estrasburgo.

 


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  • Los restos, hallados en Fráncfort, habrían muerto, según los historiadores, durante la batalla de Hanau a finales de octubre de 1813
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Arquéologos examinan los restos de los soldados enterrados en Fránfort hace más de 200 años

Cientos de esqueletos de soldados del ejército de Napoleón ha sido descubiertos en Fráncfort, en un complejo donde está previsto construir un edificio. «Estimamos que alrededor de 200 personas fueron enterradas aquí», dijo Olaf Cunitz, el alcalde de la ciudad.

«De acuerdo con nuestra estimación preliminar, son soldados que pertenecieron al Gran Ejército y murieron en 1813», en el camino de regreso a casa después de la «dolorosa derrota sufrida por Napoleón durante su campaña de Rusia», agregó.

En el camino de regreso a Francia, lucharon, incluido Napoleón, en Hanau, una ciudad vecina de Fráncfort am Main, a finales de octubre 1813 y habían continuado los combates en la región, en los que murieron alrededor de 15.000 hombres.

Las tumbas fueron descubiertas gracias a los trabajos de inspección de un grupo de arqueólogos en el lugar, ya que hace varias décadas antes, en 1979, fueron encontrados en la zona otros soldados, informa «Le Figaro». Probablemente murieron a causa de heridas o sucumbieron a causa de una epidemia de tifus que diezmó el Gran Ejército de la época. Hipótesis estas que aún no han sido verificadas científicamente.

Tumbas excavadas apresuradamente

Según Andrea Hampel, responsable de la supervisión de monumentos históricos de la ciudad de Fráncfort, se trata de tumbas excavadas de emergencia, como solían realizar los servicios médicos de la armada en aquella época. El hecho de que los soldados fueran enterrados en ataúdes ha permitido una buena conservación de los esqueletos, que aparecen alineados uno junto al otro, sin presentar ningún tipo de identificación.

Según los expertos, los cuerpos están mal situados, en dirección norte/sur, mientras que la Europa cristiana tenía por costumbre enterrar a sus muertos en el eje Este/Oeste. Una prueba, tal vez, de que los cuerpos fueron enterrados a toda prisa, dice Hampel. Los botones de los uniformes encontrados en las tumbas situarían la fecha de la muerte hacia 1813. Esto confirmaría las primeras intuiciones del alcalde.


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  • El cuerpo del militar francés estaba cubierto por una espesa capa de grasa, su piel era blanca y las espaldas estrechas. Los médicos que vieron su cadáver destacaron la belleza de sus brazos y de sus pechos redondos y sin pelo, «que muchas mujeres hubieran envidiado»
 ABC Napoleón en Santa Elena, por Francois-Joseph Sandmann

ABC | Napoleón en Santa Elena, por Francois-Joseph Sandmann

Tras el desastre que supuso la batalla de Waterloo, las tropas de la Séptima Coalición se adentraron en Francia a la captura de Napoleón. El 1 de julio, Von Blücher ocupó Versalles y una semana después se restauró la corona de Luis XVIII. En un último intento desesperado, Napoleón trató de huir en barco hacia América, pero fue capturado por los británicos que hicieron oídos sordos a sus peticiones de asilo. El otrora dueño de Europa fue desterrado a la remota Isla de Santa Elena, a cientos de kilómetros de África, donde pasó sus últimos seis años de vida afectado por una extraña dolencia que, según una hipótesis defendida en los años ochenta, pudo estar provocada por un mal glandular.

Napoleón ya había permanecido desterrado en una remota isla, la de Elba, antes de iniciar los 100 días que terminaron con su estrepitoso fracaso en Waterloo. Sin embargo, las condiciones de su reclusión en Santa Elena fueron mucho más duras y afectaron mucho más a su ánimo. Cautivo de los ingleses, que en el futuro siguieron usando la isla como prisión de figuras políticas, y rodeado de un escaso puñado de seguidores, Napoleón Bonaparte empezó a sufrir de forma constante un dolor en el costado derecho idéntico al que su padre tuvo poco antes de su muerte, oficialmente a causa de un cáncer de estómago. El dolor, que algunos expertos también han apuntado a que pudo ser causado por envenenamiento, fue consumiendo poco a poco la vida de Bonaparte y vino acompañado de otros síntomas.

El síndrome de Zollinger-Ellison

Más allá de la hipótesis del envenenamiento o el cáncer de estómago, el doctor Robert Greenblat –especialista en endocrinología– defendió en los años ochenta una curiosa teoría que explicaría el extraño deterioro físico que fue sufriendo el «Gran Corso» en la última etapa de su vida. Su cuerpo fue redondeándose y sus partes genitales empezaron a atrofiarse, como advirtieron los que posteriormente se lanzaron a la profanación del cadáver. Según defendió este investigador norteamericano en la revista científica «British journal of sexual medicine», a partir de los cuarenta años de edad Napoleón Bonaparte mostró los síntomas de una enfermedad glandular que se conoce como síndrome de Zollinger-Ellison: una especie de transexualización.

El síndrome de Zollinger- Ellison está causado por tumores que, por lo general, están localizados en la cabeza del páncreas y en la parte superior del intestino delgado. Habitualmente, las personas afectadas por estos tumores derivan en neoplasia endocrina múltiple tipo I (NEM I), que provocan graves desordenes hormonales. Como prueba de ello, el doctor Greenblat apunta que en el examen posterior a su muerte se reveló que el cuerpo del Gran Corso estaba cubierto por una espesa capa de grasa, su piel era blanca, las espaldas estrechas, las manos y los pies pequeños, hasta el extremo de que varios forenses quedaron asombrados por la belleza de sus brazos y de sus pechos redondos y sin pelo, «que muchas mujeres hubieran envidiado».

Siendo un hombre de complexión atlética en su juventud y un fogoso amante –especialmente durante la época de su matrimonio con Josefina–, Napoleón empezó en su madurez a coger peso y a desarrollar algunos rasgos femeninos, como denota su escaso pelo facial o su piel extremadamente blanda. Su actividad sexual se redujo sobremanera tras su boda con la emperatriz María Luisa, y empezó a ser víctima de varias dolencias que le acompañaron hasta sus últimos días: letargia (somnolencia prolongada), entumecimiento de las piernas e intensos dolores de estómago.

El duro cautiverio en la isla de Santa Elena, donde pasó los últimos seis años de su vida, no ayudó ni mucho menos a que su estado de salud mejorara. Su última vivienda, Longwood House, era una enorme villa abandonada que se encontraba azotada por un clima insalubre. «Muero antes de mi tiempo, asesinado por la oligarquía inglesa, y su matón a sueldo», escribió Napoleón días antes de su muerte a los 51 años quejándose del trato recibido por los carceleros británicos. Finalmente, el corso falleció el 5 de mayo de 1821 a las 17:49h. siendo sus últimas palabras: «Francia, el ejército, Josefina».

Aunque Napoleón pidió en su testamento ser enterrado en París, los ingleses no quisieron alimentar el mito y ordenaron que el cuerpo no saliera de Santa Elena. Hubo que esperar hasta 1840 para que, a instancias del gobierno de Luis Felipe I, sus restos fueron repatriados a Francia.

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