Tres escenarios de batallas que buscan turistas


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  • Burgos fue «muy importante» desde el punto de vista estratégico militar durante la Guerra de la Independencia. Expertos e historiadores quieren ponerlo en valor a través de itinerarios turísticos

 

 Recreación junto al Castillo de Burgos, uno de los escenarios de la Guerra de la Independencia - ICAL

Recreación junto al Castillo de Burgos, uno de los escenarios de la Guerra de la Independencia – ICAL

Diez de la mañana, hora local. Kanchanaburi (Tailandia). Los turistas se agolpan en los alrededores sel puente del río Kwai que en 1957 inspiró la película de David Lean, aquella que recogía el sufrimiento que los japoneses y coreanos hicieron pasar a sus prisioneros de la Segunda Guerra Mundial (británicos, malayos, birmanos, holandeses, estadounidenses y australianos) para construir la línea de ferrocarril que llegaría a Birmania. Cinco de la tarde, hora local. otros tantos turistas se concentran en torno a la llamada Línea del Ferrocarril de la Muerte.

Aprovechar los escenarios bélicos como atractivo turístico, tal y como han hecho en otros lugares (el puente sobre el río Kwai, reconstruido al finalizar la guerra tras ser bombardeado en 1945 por la aviación estadounidense es solo un ejemplo), es lo que pretenden desde la Cátedra de Historia Moderna de la Universidad de Burgos, aprovechando los diferentes escenarios que tuvo la Guerra de la Independencia tanto en Burbos como en la Comunidad. La propuesta fue planteada en la jornada «El Turismo Bélico en Castilla y León», a la que asistieron técnicos del Ayuntamiento burgalés y del Instituto Municipal de Cultura para estudiar la viabilidad del proyecto.

Recorrido por los puentes volados

Una propuestas de aquella jornada fue el diseño de un recorrido por los puentes volados durante la Guerra, donde los turistas serían guiados por una aplicación móvil. Tras el fracaso del Duque de Wellington en el duro asedio al castillo de Burgos (del 19 de septiembre al 21 de octubre de 1812), las tropas aliadas (británicas, portuguesas, alemanas y españolas) tuvieron que replegarse de nuevo hacia Portugal en una humillante y dolorosa retirada. En su huida de Burgos a Portugal, «la única mancha en su historial bélico -según el profesor asociado de Comunicación Audiovisual de la UBU, Mario Alaguero- tuvieron que ir volando todos los puentes sobre los ríos Carrión, Pisuerga y Duero para sobrevivir y llegar a Portugal asediado por los franceses. Ciudad Rodrigo, Tordesillas, Cabezón de Pisuerga o Alba de Tormes fueron algunis de los municipios por los que pasaron.

No fue la única propuesta recogida en estas jornada. Las otras dos fueron presentadas por la profesora de Historia Moderna de la UBU, Ángela Pereda. En ellas, la experta hizo referencia a los «Alojamientos de Reyes, Mariscales y Generales durante la ocupación francesa en el Centro Histórico de Burgos» y «La huella del expolio artístico en la ciudad de Burgos durante la Guerra de la Independencia».

«Prácticamente todos los edificios que entonces fueron ocupados por los soldados franceses siguen hoy en pie»

Recuerda Ángela Pereda que «prácticamente» todos los edificios que fueron entonces ocupados por los soldados franceses siguen hoy en pie, excepto el Convento de San Pablo, cuyo espacio lo ocupa el Museo de la Evolución Humana. «El resto de los monumentos existen en la actualidad y me parece interesante que el visitante pudiera viajar 200 años y viera cómo la Cartuja, el Monasterio de San Pedro de Carreña u otros conventos sirvieron de cuarteles y estuvieron ocupados por las tropas». «Cuando vino Napoleón y las tropas francesas, una de las medidas fundamentales que se tomaron fue la supresión de todas las órdenes religiosas, por lo que los conventos y monasterios fueron abandonados y transformados en cuarteles», recuerda esta profesora, apostillando que «las tropas hicieron bastante daño a la arquitectura y objetos litúrgicos y de arte». «Edificios con una carga histórica y artística impresionante se convirtieron en cuarteles donde se hacían hogueras».

Escenificación en Ciudad Rodrigo con motivo del Bicentenario de la Guerra de la Independencia- ICAL

Escenificación en Ciudad Rodrigo con motivo del Bicentenario de la Guerra de la Independencia- ICAL

Este itinerario discurriría desde el mencionado Monasterio de San Pedro de Cardeña hasta el Hospital del Rey de la UBU, centrándose en la margen izquierda del río Arlanzón. Así, junto al citado convento se visitaría la Cartuja de Miraflores, el convento de Carmelitas en la plaza de Santa Teresa, el convento de Santa Clara, el monasterio de San Agustín, la Cateadral, la antigua iglesia del Carmen y las Huelgas Reales. «Por supuesto que no siempre quedan vestigios en todos los territorios por los que pasaron. Por ejemplo, la Cartuja está rehabilitada, igual que las monjas de las Huelgas intentaron recuperar poco a poco los cenobios».

Burgos fue para los franceses un lugar muy importante desde el punto de vista estratégico-militar, insiste esta profesora de la UBU, recordando su buena comunicación con Madrid, así como el lugar de paso que suponía para los franceses a la hora de acceder a Portugal. En los «Alojamientos de Reyes, Mariscales y Generales durante la ocupación francesa», esta experta propone el recorrido por «las casas que aún se pueden ver de la calle Fernán González o Huerto de Rey o donde estuvo alojado Napoleón, que fue en el Consulado del Mar».

Al fondo la Cartuja de Miraflores, que fue ocupada por los soldados franceses- ICAL

Al fondo la Cartuja de Miraflores, que fue ocupada por los soldados franceses- ICAL

Pero para esta profesora, la «explotación» de los diferentes escenarios de la Guerra de la Independencia podría extenderse más allá de Burgos, y recuerda la batalla que se libró en Arapiles, al sur de Salamanca. Tuvo como resultado una gran victoria del ejército anglo-hispano-portugués al mando del general Arthur Wellesley, primer duque de Wellington, sobre las tropas francesas comandadas por el mariscal Auguste Marmont. «La mayoría de los visitantes que reciben hoy son británicos y hay mucho potencial sobre la Guerra de la Independencia. Se debería poner más en valor».

 

La olvidada historia de los españoles en Estados Unidos, en diez hitos


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  • Nuestro país dominó durante tres siglos amplios territorios norteamericanos desde el Atlántico hasta el Pacífico
 M. TRILLO Estatua de Pedro Menéndez de Avilés en San Agustín (Florida), que los Reyes visitan este viernes

M. TRILLO | Estatua de Pedro Menéndez de Avilés en San Agustín (Florida), que los Reyes visitan este viernes

España dominó vastísimos territorios de lo que hoy son los Estados Unidos de América durante más de tres siglos. Desde que Ponce de León puso sus pies en la península de Florida en 1513 hasta que en 1821 se arrió la última bandera rojigualda, fueron 308 años de dominio hispano que se extendió desde el Atlántico hasta el Pacífico. Hay incluso quien sitúa el inicio de esa historia unos años antes, en 1508, con la llegada a la isla de Puerto Rico, hoy considerado suelo estadounidense.

La presencia española se extendió por la mitad de lo que ahora es EE.UU. e incluyó una amplia franja en el sur norteamericano, en los actuales estados de Texas, Luisiana, Arizona o Nuevo México, pero también mucho más al norte, hasta la propia Alaska.

Sin embargo, la posterior hegemonía anglosajona, primero en las colonias británicas de la costa este y luego en los Estados Unidos nacidos tras la Guerra de la Independencia (1775-1783), eclipsó esa importante parte de la historia norteamericana. Tampoco en los españoles, más volcados en su legado en Iberoamérica, han prestado mucha atención a su pasado al norte de México y hoy son desconocidos para muchos de ellos grandes figuras de aquellos siglos como Pedro Menéndez de Avilés o Bernardo de Gálvez.

En los últimos años, sin embargo, distintas publicaciones y acciones divulgativas a ambas orillas del Atlántico están reivindicando esa parte de la historia. La visita de los Reyes a Estados Unidos este viernes a San Agustín -la ciudad más antigua del país, fundada por los españoles hace 450 años- tiene también, entre otros objetivos, rescatar del olvido aquella etapa fundamental.


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Recreación en Florida del desembarco de Ponce de León en 1513

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Mapa de 1707 de Pieter van der Aa sobre la expedición de Vázquez de Ayllón

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Un enorme mojón marca el comienzo de la ruta de Hernando de Soto en 1539 en la bahía de Tampa

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El Gran Cañón del Colorado, descubierto por López de Cárdenas en 1540

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La bandera con el aspa de Borgoña ondea sobre el castillo de San Marcos en San Agustín (Florida)

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La misión de El Álamo, en San Antonio (Texas), tiene origen español

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Nueva Orleáns pasó en 1763 a manos de los españoles con el resto de la Luisiana francesa

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Pintura en Los Ángeles de fray Junípero Serra, figura clave en la historia de California

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Augusto Ferrer-Dalmau da las últimas pinceladas a la figura de Bernardo de Gálvez en un cuadro

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La ciudad Cordova, en Alaska, lleva en su nombre una inequívoca impronta española

El último Virrey español


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A Jerez le cabe el honor de haber sido cuna de grandes e ilustres hombres que con su vida y su ejemplo dejaron escritas páginas gloriosas en la historia de España. Uno de estos personajes fue sin duda el jerezano José de la Serna y Martínez de Hinojosa, el cual llegó a alcanzar el título de Virrey. Un intrépido militar que vivió a lo largo de su dilatada existencia las más increíbles aventuras, desventuras y peligros que imaginarse pueda. Pero conozcamos aunque sea someramente quien fue este interesante personaje.

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José de la Serna nació en Jerez en el año 1770. Fue hijo de D. Álvaro de la Serna y de Dª Nicolasa Martínez de Hinojosa, esta última descendiente de una rancia y linajuda familia asentada en Jerez desde los tiempos de la Reconquista. Su nacimiento tuvo lugar en la calle Pozuelo, actual palacio del virrey La Serna también conocido como palacio del Conde de los Andes. Siendo muy joven se inclinó por la carrera militar, por lo que ingresó en la Academia de Artillería de Toledo. Terminados sus estudios con el grado de Alférez y, con tan sólo 20 años de edad, se distinguió de forma heroica en 1790 en la defensa de Ceuta, asediada por las tropas del rey de Marruecos. En esta defensa pudo demostrar su arrojo al atacar valientemente a las baterías enemigas fuera de la plaza fortificada. Al año siguiente participó con el ejército de Cataluña en las hostilidades contra Francia en la Guerra del Rosellón, siendo ascendido a teniente. Como curiosidad histórica, tras combatir a los franceses en la Guerra de los Pirineos, en su nuevo destino como oficial de artillería de la Marina de Guerra, combate junto a estos a los ingleses, para posteriormente enfrentarse de nuevo a los franceses en la Guerra de la Independencia.
Héroe del sitio de Zaragoza
Al estallar la Guerra de la Independencia y con el grado de teniente coronel, entró a formar parte de un improvisado ejército con el ánimo de hacer frente a las tropas invasoras a las que combatió en Valencia, Navarra y Aragón, siendo ascendido por méritos de guerra al grado de brigadier y trasladado a Aragón. Allí tuvo el honor de ser uno de los heroicos defensores de Zaragoza en su legendario Sitio. No es difícil poder imaginar al patriota teniente coronel La Serna disparando sus cañones contra las tropas napoleónicas junto a la legendaria Agustina de Aragón. Al rendirse la plaza fue hecho prisionero y trasladado a Francia, permaneciendo cautivo y en estrecha vigilancia hasta 1812 que logró escapar por la frontera de Suiza y, evitando los territorios dominados por el enemigo, atravesó en un periplo increíble Baviera, Austria y Bulgaria, Moldavia y Macedonia, logrando llegar a Grecia, donde pudo embarcar hacia Malta y desde allí, a Mahón en las Baleares donde al desembarcar en su puerto fue sometido a una rigurosa cuarentena. A su vuelta y por méritos de guerra fue ascendido a coronel de Artillería.
Rumbo a Perú
Ascendido a Mariscal en 1815, fue enviado a Perú como General del Estado Mayor del ejército con la misión de evitar la rebelión separatista que en aquel virreinato se había declarado. Llegó a las costas americanas del Pacífico el 1 de septiembre de 1816, teniendo que atravesar con sus tropas un territorio hostil de más de doscientas leguas desde Arica en el norte de Chile hasta Catagaita donde se hallaba el cuartel general. Con unas tropas escasas y mal pertrechadas consiguió una rápida pacificación de aquellos territorios con ventajosos resultados, hecho que permitió pensar en una pronta resolución del conflicto. Durante cuatro años tuvo que desempeñar su cargo con gran escasez de recursos económicos y militares, manteniendo un enfrentamiento constante con el virrey Pezuela. Laserna tenía ideas militares avanzadas por haber participado en la guerra en Europa y Pezuela se negaba a seguir sus consejos.
Durante todo ese tiempo, debido al clima y las enfermedades endémicas de aquellas tierras, su salud se quebrantó, aunque su diligencia y patriotismo pudieron vencer dificultades, momentos difíciles y situaciones arriesgadas. Su resentida salud y la difícil situación en la que se hallaba el virreinato le hicieron tomar la decisión de volver a España, decisión que Pezuela rechazó. La desastrosa política del virrey Pezuela condujo a la emancipación de Chile y el posterior desembarco del general San Martín en  Perú. El pronunciamiento de Aznapuquio en enero de 1821, en el que los militares obligaron a Pezuela a renunciar proclamando a La Serna como virrey modificó radicalmente la situación. A los separatistas les permitió ocupar Lima y proclamar la independencia del Perú, y a los realistas retirarse a Cuzco y cambiar las derrotas por victorias.
El resurgir del ejército español en el Cuzco y la secuela de victorias fue tanto más meritoria cuanto que el aislamiento del Perú realista, especialmente a partir de 1820, fue de tal magnitud que incluso las noticias llegaban a través del territorio emancipado. Además, La Serna nunca recibió los prometidos refuerzos que quedaron en  España tras el pronunciamiento de Riego en las Cabezas de San Juan en enero de 1820. Venció en las batallas de Torata, Moquegua y Zepita contra a las fuerzas independentistas chilenas, peruanas, colombianas, venezolanas y ecuatorianas superiores en número, y pudo haber acabado con Bolívar sino hubiera sufrido la traición de Olañeta, su General del ejército del Sur que lo quiso derrocar por liberal. Venció a Olañeta pero su ejército quedó exhausto y dividido, momento que aprovechó el General Sucre para derrotarle en Ayacucho el 9 de diciembre de 1824. En dicha batalla, La Serna llegó a batirse cuerpo a cuerpo con los independentistas hasta caer herido y hecho prisionero, situación en la que permaneció hasta la firma de la capitulación definitiva.
El regreso
En 1825 regresa a España, donde se le comunica que un año antes había sido ascendido a teniente general y recompensado además con el título de Conde de los Andes. Como paradoja diremos que al llegar le adeudaban todos los sueldos de sus diez años de servicio en América, unos doscientos mil pesos que nunca llegó a cobrar. Estuvo condecorado con las medallas de San Hermenegildo, de San Fernando y de Isabel la Católica. Falleció en Cádiz en 1832, un año antes de la ascensión al trono de la reina Isabel II. Al morir sin descendencia directa heredó su título nobiliario una de sus sobrinas, Nicolasa de la Serna, hija de su hermano mayor Pedro Nolasco. José de La Serna fue el último Virrey español, ya que con la independencia de los países que pertenecían a los virreinatos de Nueva España, Nueva Granada y de La Plata quedó extinguido dicho título. Una calle de la zona sur de nuestra ciudad está rotulada con el nombre de “General La Serna”, aunque bien hubiera merecido una estatua en la Alameda Vieja o al menos un busto en la cercana plaza Monti. Ahora que se ha puesto de moda rescatar del olvido a otros héroes españoles como Blas de Lezo o Bernardo de Gálvez, muy bien podíamos los jerezanos reivindicar la figura de este insigne General y patriota. No a todas las ciudades les cabe el honor de haber sido cuna de un virrey que por demás prestó grandes servicios a su patria, a veces de forma heroica como hemos podido ver.
Actualmente, el magnífico palacio donde naciera el último Virrey español se encuentra abierto a los visitantes. Conservado con exquisitez por sus descendientes, es un palacio de gran riqueza arquitectónica, exquisita decoración, mobiliario y obras de arte; transmitido de padres a hijos desde el repartimiento hecho por Alfonso X el Sabio cuando la reconquista de Jerez y su incorporación a la Corona de Castilla. Una verdadera joya de nuestra ciudad que merece la pena conocer, les asombrará.
FUENTES: Parada y Barreto, D.I. Hombres ilustres de la ciudad de Jerez de la Frontera. Imp. El Guadalete, Jerez 1878. Mariscal Trujillo, A. Jerezanos para la historia, Ed. El Laberinto, Jerez 2006.  Moreno y Arteaga I, El último virrey español, Editorial Akrón Historia, 2010.

El soldado «inválido» que salvó la Alhambra de Granada de los explosivos franceses


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  • La Guerra de la Independencia fue el periodo de la historia de España donde se produjo una mayor destrucción del patrimonio artístico. En Madrid, José Botella requisó cientos de obras y las envió a Francia con la excusa de querer protegerlas de los estragos de la guerra
El soldado «inválido» que salvó la Alhambra de Granada de los explosivos franceses

Wikipedia Vista general de La Alhambra

La ciudad de Granada sufrió en sus carnes las consecuencias más dolorosas de la invasión francesa. Una parte de la estructura que conforma el complejo de la Alhambra quedó destruida. En su retirada forzosa, el mariscal francés Jean de Dieu Soult ordenó volar por los aires las fortificaciones de la Alhambra de Granada. Entre el mito y la realidad, las torres del recinto fueron explotando una tras otra hasta que, cerca ya de los palacios nazaríes, el cabo de Inválidos José García obstaculizó el hilo de pólvora con su propio cuerpo. Su hazaña evitó una pérdida histórica, no así las otras muchas que sufrió el patrimonio cultural español durante aquella guerra, donde incluso los aliados ingleses participaron del expolio.

Dentro del monumento granadino, en el Patio de los Aljibes, hoy se conserva una placa que recuerda la hazaña de este soldado: «A la memoria del cabo de “Inválidos” José García que con riesgo de perder la vida salvó la Reina de los Alcázares y torres de la Alambra en 1812». Poco más se sabe de este héroe casi anónimo. La tradición oral canta que José García ingresó en el Cuerpo de Inválidos del Ejército español –antiguo cuerpo que integraban los soldados que habían sido mutilados en combate– a consecuencia de la pérdida de una mano y de una grave herida en la pierna, tras la batalla de Bailén. El otro dato básico sobre su biografía es la fecha de su muerte: el granadino falleció en 1834 víctima del cólera. El resto de su relato vital se entremezcla con la leyenda, en el mejor de los casos, cuando no se pierde en el terreno de lo incierto.

Las tropas napoleónicas habían construido una fortificación en torno a la Alhambra, situando las baterías de artillería en los Alixares y reforzando la zona de Santa Elena, la más alta del recinto nazarí. Con el avance de las fuerzas españolas, los franceses ejecutaron el protocolo habitual en sus retiradas: desmantelar y dejar inservibles sus estructuras de defensa con explosivos. Así, según los estudios históricos, las partes más dañadas por las explosiones fueron las diez torres de la zona alta, la Torre de los Siete Suelos, la Torre del Agua y la del Cabo de la Carrera. No en vano, si los franceses tenían intención de volar los palacios nazaríes –como afirma la versión más exagerada del relato– no fue con el objetivo de atacar el monumento, sino como un daño colateral. De hecho, apreciaron y cuidaron la Alhambra en su breve estancia mucho más que los españoles habían hecho en los dos siglos anteriores.

El soldado «inválido» que salvó la Alhambra de Granada de los explosivos franceses

Museo del Prado «La Rendición de Bailén», pintura de José Casado del Alisal

Al ocupar su cargo de comandante militar de Granada, Horace Sebastiani quedó admirado por la riqueza de la herencia musulmana que embriagaba la ciudad. El general revolucionario decidió instalar su alto mando en la fortaleza roja. En ese momento la Alhambra se encontraba abandonada y repleta de escombros, por lo que fue necesaria una profunda restauración. Los franceses repararon los techos, repoblaron los jardines y estanques y recuperaron el flujo de agua en las fuentes. Por su parte, el Rey impuesto por el emperador Napoleón, José Bonaparte, fue el primero en dotar a la Alhambra de un presupuesto fijo para su conservación y restauración. Por eso resulta sorprendente que el reguero de pólvora que apagó José García, que realizaba labores de vigilancia durante el sitio de Granada, tuviera como principal objetivo los palacios.

De una forma u otra, la leyenda pasó de generación en generación y la vigilancia de los recintos de la Alhambra fue encomendada al Cuerpo de Inválidos, concretamente se encargaron del cuidado de los bosques, parques y jardines. Cuando fue disuelto el Cuerpo de Inválidos, la labor fue pasando de padres a hijos hasta 1996. María Victoria Carrasco, esposa del último vigilante de la Alhambra, ha quedado en los archivos como la última habitante del recinto monumental de la Alhambra.

El expolio cultural: hurtos y regalos

Las tropas francesas, no en vano, fueron las principales responsables del expolio cultural que sufrió España en la Guerra de la Independencia. La Alhambra tuvo la fortuna de caer en manos de un militar que supo apreciar su belleza, pero no así otras construcciones, esculturas y pinturas que fueron pasto del despiadado avance francés. Lo primero que hizo José Bonaparte al llegar a Madrid fue empaquetar las joyas de la Corona Española y mandarlas para Francia. Es este el motivo por el que la actual Casa Real de España no tiene corona, ni joyas oficiales.

Asimismo, el mariscal francés Jean de Dieu Soult que ordenó la retirada general de Andalucía y la destrucción de las fortalezas, en la mayoría de casos emplazadas en edificios emblemáticos, ha pasado a la historia negra del arte español por sus graves hurtos. Prendado de la pintura sevillana, y especialmente de las obras de Murillo, el militar reunió una de las mayores colecciones particulares de arte de la historia a costa de los andaluces. Muchos de aquellos cuadros, como «La cocina de los ángeles» o «Fray Junípero y el mendigo», se exhiben todavía hoy en museos franceses como el Louvre. En total, se calcula que solo de los conventos e iglesias de Sevilla sus hombres y él se llevaron más de 180 cuadros de primeros maestros españoles.

La Guerra de la Independencia fue el periodo de la historia de España en el que se produjo una mayor destrucción del patrimonio histórico y artístico. En Madrid, José Botella requisó cientos de obras y las envió a Francia con la excusa de protegerlas de los estragos de la guerra. Mientras esperaban para viajar a París, los cuadros fueron acumulados en pésimas condiciones en los conventos del Rosario y de San Francisco. A su vez, en el Alcázar de Sevilla se reunieron un millar procedente de toda Andalucía. Bien es cierto que estos cuadros y objetos serían parcialmente devueltos a partir de 1816 cumpliendo con lo acordado en el Congreso de Viena. Pero muchos se esfumaron en el viaje, como los centenares sacados de San Lorenzo de El Escorial de los que solo se recuperaron una veintena. Otros tantos fueron extraviados por la mala gestión de Fernando VII.

El soldado «inválido» que salvó la Alhambra de Granada de los explosivos franceses

Apsley House «El aguador de Sevilla», de Diego Velázquez

En su huida del país, José Botella cargó en su equipaje más de 100 obras de grandes maestros de la pintura española. Por fortuna (para el inglés), el duque de Wellington capturó el convoy con los cuadros y escribió a Fernando VII pidiéndole instrucciones sobre cómo trasladarlos de vuelta a sus lugares de origen. Sin embargo, el Monarca español creyó oportuno que el inglés a modo de gracia se quedara la colección, que hoy conforma el núcleo del Museo de Wellington en Aspley House. Cuando el hermano de Wellington recibió el envío contestó extasiado por el valor del botín, en el que estaba incluido «El aguador de Sevilla», de Velázquez: «He abierto los paquetes tomados en Vitoria y los he enviado a su casa para que fueran cuidadosamente examinados, habiendo encontrado que contienen una colección de pinturas como usted no puede concebir…».

El duque de Wellington, además, fue acusado de atacar infraestructuras españoles con la intención de beneficiar económicamente a Inglaterra. Así, la Real Fábrica de porcelana del Buen Retiro, conocida internacionalmente por su calidad, fue convertida en una fortificación por los franceses y explotada en mil pedazos por orden inglesa cuando ya había sido desalojada tras la batalla del Retiro el 13 de agosto de 1812. Los intereses ingleses por acabar con la competencia en aquel sector no dejan lugar a dudas: fue una acción premeditada.

Vitoria: sangre y fusiles para expulsar a Napoleón de España


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  • Hace 200 años, el ejército francés sufrió una derrota en el País Vasco que, a la postre, le obligaría a abandonar la Península Ibérica

Vitoria: sangre y fusiles para expulsar a Napoleón de España

Una victoria que valió un país. En esta única frase se puede resumir la batalla de Vitoria, en la que -tras varios años de dominio galo en la Península Ibérica- una alianza formada por tropas inglesas, portuguesas, y españolas logró poner en huída al ejército francés comandado por José Bonaparte -hermano de Napoleón-, e inició la reconquista definitiva del territorio arrebatado por el «pequeño corso».

Tal fue la derrota, que el hermanísimo del líder francés tuvo que escapar al galope dejando atrás muchas de sus pertenencias, entre ellas un orinal, para evitar ser capturado por las tropas aliadas. Hoy, 200 años después de aquel suceso, Vitoria porta orgullosa el honor de haber acogido una de las batallas que, a la postre, obligó a los franceses a abandonar la conquista ibérica. Aquel día, sin duda, España dijo «au revoir» al ejército imperial.

José, vuélvete a Francia

Aunque Vitoria marcó el principio del fin de la ocupación gala de España, hubo que esperar nada menos que cinco años de duras contiendas hasta llegar a ella. Concretamente, la sublevación contra los franceses comenzó en la capital, Madrid, el 2 de mayo de 1808.

La batalla significó el principio del fin del ejército francés en España

En esa fecha mágica, el pueblo madrileño, de manos de los capitanes Luis Daoíz y Pedro Velarde, se reveló contra la ocupación del país y se alzó en armas contra Bonaparte, quién pretendía –y consiguió- hacerse con el trono español y dejarlo en manos de su hermano. A pesar de aquel día el levantamiento no fue definitivo, si provocó que el sentimiento en contra de los franceses se expandiera a lo largo y ancho del territorio. Acababa de comenzar la Guerra de la Independencia.

Así, se iniciaron oficialmente las hostilidades contra el «pequeño corso» que, decidido a tomar toda la Península a costa de la sangre de sus soldados, dio el pistoletazo de salida a una invasión, la de España, que ya estaba en boca de todos. No obstante, lo que no sabía aquel mandatario era que enfrente suya se encontraba el pueblo de España, que plantó cara a sus experimentados militares y les propinó varias bofetadas estratégicas.

La ayuda inglesa

La situación llegó a ser tan precaria para los galos que el líder francés tuvo que hacer una visita para tratar de aplacar la sublevación. «Fue demasiado para Napoleón, que vino a España “a poner orden”, devolvió Madrid a José a principios de diciembre y persiguió a los ingleses para expulsarlos del país antes de tener que retornar a Paris urgentemente, dejando varios mariscales para terminar el asunto», explica Emilio Larreina en su libro «La batalla de Vitoria 1813».

Desgraciadamente, y tras la marcha de Napoleón, las derrotas comenzaron s sucederse en el bando español. Por ello, además de por su propio interés, Inglaterra decidió enviar en 1812 a Arthur Wellesley -Duque de Wellington- un lord que aunó a ingleses, portugueses y españoles en contra del ejército de José Bonaparte.

Huída hacia Vitoria

Tras tomar varias ciudades de gran importancia estratégica a los galos, Wellington, movido por su odio al ejército imperial, inició su mayor ofensiva cuando recibió noticias de que Napoleón había retirado tropas de España para continuar su campaña en Rusia. Era el momento de sacar la espada, y el inglés lo sabía. Su acometida fue de tal calibre que el líder francés aconsejó a su hermano «hacer las maletas» y abandonar Madrid con toda su cohorte en dirección a Valladolid.

Más de 10.000 franceses murieron o fueron heridos

No obstante, ninguna tierra era segura para el hermanísimo francés, que inició desde Valladolid una huída veloz para salvar su vida y, como no, las grandes riquezas que había arrebatado a la tierra española. «Comenzó para los imperiales una retirada cada vez más apresurada y amenazada por un Wellington desconocido en su rapidez de maniobra, que cuenta además con las tropas españolas del Ejército de Galicia y dispone de casi 100.00 hombres, superando a los invasores», añade el escritor.

Tan sólo quedaba una salida para José y el inmenso séquito de carretas que le acompañaba: acudir a Vitoria. Y es que, en ese territorio había solicitado la reunión del ejército francés ubicado en el norte de España. De esta forma, podría plantar cara a los soldados aliados y, en el peor de los casos, iniciar su retirada definitiva hasta Francia.

Varias semanas después, y una vez en el destino, tanto José Bonaparte como su mariscal de campo, Jean Baptiste Jourdan, únicamente tenían una idea en la mente: resistir con su ejército el inminente asedio aliado. Sin embargo, carecían de una estrategia definida. «Al atardecer del 19 (de junio) los soldados (franceses) acampan en la Llanada de Vitoria sin ningún criterio, pues no existía un plan de operaciones definido», explica Larreina.

Preparativos para la lucha

Aprestado para la lucha, José Bonaparte desplegó su ejército alrededor de la ciudad de Vitoria. «La batalla tuvo lugar en una especie de “cazuela” conocida como Llanada Alavesa. Es un terreno relativamente llano en relación a las montañas circundantes, con forma de óvalo irregular alargado hacia el este y con la capital, Vitoria, situada en el primer tercio del eje longitudinal» señala el experto en el texto.

De esta forma, y aprovechando que el terreno estaba plagado de montañas en sus alrededores y que por él cruzaba el río Zadorra, el hermano del «pequeño corso» y su mariscal de campo deciden desplegar sus más de 57.000 hombres y 140 cañones en tres secciones.

Los aliados lograron capturar 151 piezas de artillería

En el flanco izquierdo, ubicado cerca de los pueblos de Subijana (situado 14 km al suroeste de Vitoria) y de la Puebla de Arganzón, los franceses emplazaron a su primera fuerza. Esta, comandada por Gazán, contaba aproximadamente con 24.000 soldados del denominado «Ejército de Andalucía». Por su parte, el centro se asignó a dŽErlon y sus casi 11.000 militares y piezas de artillería. A su vez, la mayoría de la caballería quedó en reserva debido al terreno, que impedía cabalgar con presteza.

Finalmente, el flanco derecho se ofreció al «Ejército francés de Portugal» de Reille y sus 22.000 hombres. Destaca que en este terreno se encontraba una unidad formada por españoles que, presuntamente, eran leales a Francia. Concretamente, este grupo, conocido como el de los «josefinos» fue enviado a cubrir un pueblo aislado debido a escasez de tropas francesas.

En cambio, y según Larreina, la disposición que se hizo fue totalmente errónea: «Las posiciones no respondieron a un plan determinado, pues no existió, impedido por un fuerte ataque de fiebre del mariscal Jourdan en la mañana del 20 cuando se disponía a reconocer las posiciones, pero responden al mantenimiento de una idea equivocada: suponer que Wellington atacará de frente por el oeste».

Por su parte, los aliados dividieron sus fuerzas en varias columnas con la intención de asediar y rodear al ejército francés haciendo uso, entre otras cosas, del conocimiento que tenía del territorio un oficial español que acompañaba a Wellington. «El Lord pudo estudiar perfectamente las posiciones contrarias, (…) preparando (…) un ataque ambicioso y brillante, ayudado sin duda por el conocimiento del terreno de su amigo, el general Álava, nacido en Vitoria», determina el experto.

Haciendo uso de la estrategia, Wellington –que no había mostrado a los franceses todas las fuerzas de las que disponía para ganar el factor sorpresa-, organizó a sus 78.000 hombres y 96 cañones en cuatro cuerpos de combate muy similares. No obstante, en los flancos se podían ver, por encima del resto, los distintivos españoles portados por la 1º División española de Murillo y la 6º División española de Longa (formada por unos 7.000 soldados en total, ubicados a izquierda y derecha respectivamente). Todo estaba preparado para la batalla.

La calma que precede al combate

Con las fuerzas listas para el combate, solo hacía falta algo que motivara a Wellington, un oficial característicamente defensivo, para iniciar la contienda. Esta gota que colmó el vaso y provocó el inicio de las hostilidades se produjo el 21 de junio de 1813 cuando el Lord inglés recibió noticias de que los refuerzos franceses, tan ansiados por los imperiales, no llegarían hasta pasadas varias jornadas. No había duda, era el momento de cargar el fusil y avanzar hacia la lucha.

José, por su parte, y en vista de que el combate bien podía dar un vuelco en su contra, decidió que era hora de que su séquito y provisiones, el cual había traído desde Madrid, iniciaran su salida hacia Francia. Así, más de 4.000 carros colapsaron las escasas calles vitorianas. Sin duda, el impuesto rey de España no confiaba demasiado en la victoria.

Morillo: los españoles del flanco derecho

Aproximadamente a las ocho y media de la mañana comenzó la batalla. Casi espoleados por su odio a los franceses, la división española de Morillo fue la primera en atacar las posiciones imperiales de la Puebla de Arganzón, ubicada en lo alto de una colina. Este acto de valentía tuvo instantáneamente su recompensa, pues, ante el ímpetu ibérico, los fusileros galos abandonaron sus posiciones.

José Bonaparte huyó dejando tras de sí su orinal

Sin embargo, parece que los franceses no estaban dispuestos a perder esa magnífica posición defensiva, pues enviaron más soldados para recuperarla. «Los refuerzos no solo no desalojaron a Morillo, situado en una posición ventajosa, sino que el 12º (francés) es arrollado y puesto en fuga antes de que el 45º sea atacado por los españoles resueltamente, con valor y convencidos de sus posibilidades», añade Larreina. No obstante, la osadía costó cara al oficial, pues resultó herido en la acción.

Además de este avance, crítico para el flanco francés, todo se complicó cuando los galos, que querían reforzar esa posición, fueron engañados por un lugareño que, arriesgando su vida, se ofreció a guiar a sus cañones hasta una buena posición de tiro. Sin embargo, lo que realmente hizo fue llevarles hasta un camino de monte angosto y que impedía mover la artillería. Por suerte, el improvisado aliado pudo escapar sin problemas.

Por su parte, varias brigadas del ejército británico decidieron apoyar a los españoles y seguir presionando el flanco derecho, De hecho, la fuerza del ataque obligó a los franceses a desviar varias unidades para detener a los casacas rojas, que se lanzaban ahora al combate decididos a traspasar las líneas de defensa galas.

A su vez, Jourdan vio pasar la vida ante sus ojos cuando observó que nuevas unidades españolas aparecían en los accesos a Vitoria desde Logroño (en el extremo derecho de su flanco). «Irónicamente, las tropas avistadas en la carretera de Logroño (…) causantes de semejante revuelo están allí por casualidad. Son los guerrilleros alaveses (…) a las órdenes de Sebastián Fernández de Leceta “Dos Pelos” y Prudencio Cortázar “el Fraile”, respectivamente, más los lanceros de Julián Sánchez “el Charro”», sentencia Larreina. No obstante, su carácter no militar hizo relajarse al francés, que vio factible que sus tropas bien entrenadas resistieran el avance.

Finalmente, tras varias descargas de fusilería, las tropas españolas del flanco derecho comenzaron a quedarse sin munición lo que, junto a su gran esfuerzo físico, provocó que fueran trasladadas a segunda línea. A partir de ese momento, el grueso de la contienda en ese flanco recayó sobre los portugueses, los casacas rojas y algunas unidades de escoceses, los cuales lograron poner en fuga al final del día al ejército imperial.

Longa: Los españoles en la izquierda

Por su parte las tropas de Longa fueron también las encargadas de ir en vanguardia guiando, por un terreno que conocían a la perfección, al resto del ala izquierda. «En cabeza irá la división de Longa, seguida por los alaveses de Salcedo, la caballería propia y un escuadrón del 12º de Dragones ligeros de Ansón (caballería ligera para llevar a cabo apoyos y misiones de reconocimiento), detrás, la brigada portuguesa de Pack, la 5º División anglo portuguesa de Oswald y la batería artillera de Lawson», explica el experto.

Curiosamente, el primer objetivo de estos españoles del bando aliado fue el de desalojar a los «josefinos», sus compatriotas que combatían del lado de Bonaparte. En cambio, su combate contra ellos fue escaso pues, en vista de su inferioridad numérica (los afrancesados eran superados en una proporción de uno contra cinco), decidieran abandonar sus posiciones. Esto dejó en bandeja a los soldados de Wellington una de las posiciones más destacadas, la de «Gamarra Menor», la cual les permitía avanzar hasta lugares más comprometidos.

«Tras apoderarse de Gamarra Menor, Longa ataca decididamente el puente de Durana, atrincherado y defendido someramente por los “josefinos”, expulsándolos también del pueblo a punta de bayoneta», añade Larreina en su libro. Tras este revés, los afrancesados siguieron huyendo hasta la siguiente línea de defensa imperial, donde se vieron reforzados por varias unidades galas e hicieron frente a sus compatriotas del bando aliado.

Crónica de una muerte anunciada

Tras varias horas, el panorama del campo de batalla era dantesco para los franceses, y es que, tras múltiples cargas de la caballería inglesa, habían sido superados en varios frentes. Al parecer, en algunos momentos los sables y las lanzas pueden ser más mortales que el más certero de los fusiles.

En los flancos, las fuerzas todavía resistían, pero muy mermadas. Por su parte, el centro había perdido una gran cantidad de terreno y ahora se defendía, muy cerca de Vitoria, en una única línea ante el grueso del ejército enemigo. Entre sus filas se podía ver ya a los Guardias Reales de José Bonaparte, que formaban parte de la reserva.

Horas después, la moral empezó a hacer mella en las tropas imperiales, que iniciaron la retirada de forma desorganizada. Finalmente, los aliados consiguieron traspasar las defensas francesas a base de sangre, espadas, y descargas continuas de fusilería, Así, hacia las 6 de la tarde, José Bonaparte y Jourdan vieron desbordado su ejército en todos los frentes y decidieron tocar a retirada. No había habido victoria para los franceses y ya sólo quedaba salvar la vida.

Con el rabo entre las piernas

Llegada la hora de huir, José Bonaparte no perdió la oportunidad de usar su título y a su guardia personal para abrirse paso entre los soldados. Sin embargo, lo que no tuvo en cuenta era que la ruta de huída estaba bloqueada por el convoy de carretas que trataba de escapar de la ciudad.

Así, y como bien explica Larreina en el texto, la imposibilidad de avanzar provocó que los ocupantes de las carretas optasen por el «sálvese quien pueda» a sabiendas de que la llegada de los enemigos era inminente. En minutos, el convoy se convirtió en una lucha desesperada por salvar la vida que atrapó a José Bonaparte, detenido en su huída.

Tal era el alboroto, que nadie se percató de que una unidad de caballería enemiga se acercaba peligrosamente al detenido convoy francés. En ese momento, el capitán de la unidad alcanzó con un disparo el carruaje de José Bonaparte que, a toda prisa, se precipitó fuera del mismo y ensilló un caballo para huir sin mirar atrás. «El Rey logró salvarse por poco, pero (…) perdió todo su equipaje: efectos personales, espada, sello, joyas (…) y hasta su orinal caerán en manos enemigas», sentencia el autor.

Y más le valió no girar la cabeza, pues tras de sí dejaba a más de 10.000 franceses muertos o heridos (más una ingente cantidad de prisioneros), además de la pérdida de 151 piezas de artillería, medio centenar de carros y cerca de 13.000 proyectiles. Por su parte, los aliados contaban unos 5.000 muertos y heridos en sus filas.

Tal fue la victoria, que, incluso, Ludwig van Beethoven compuso una obra en conmemoración de esta batalla para festejar la derrota del ejército francés y la futura posibilidad de vencer al «pequeño corso». En cambio, aunque España acaba de dar un paso de gigante en su liberación, todavía faltaban algunos años para ver a Napoleón derrotado de forma total.

Para saber más: «Sinfonía Guerrera», de Iñigo Bolinaga

¿Qué cuenta «Sinfonía Guerrera»?
«Sinfonía Guerrera» es una novela coral que revive la batalla de Vitoria, entremezclando el hecho histórico real con la sinfonía que Beethoven compuso en honor a las fuerzas victoriosas de Wellington. El libro pretende mostrar una batalla auténtica bajo los dos prismas clásicos mediante los que suelen ser representados este tipo de hechos: la guerra imaginada, épica, gloriosa e incluso noble, y la guerra vivida, devastadora, cruel y contraria a cualquier tipo de sentimiento de nobleza. El peso de la primera lo lleva un buen puñado de personalidades que protagonizaron el hecho, y el de la segunda Ludwig van Beethoven, a quien se le muestra en el proceso de creación y ejecución de una obra que le reportó innumerables beneficios y reconocimientos.
¿El libro narra los hechos o hay algún elemento de ficción?
En realidad, tan solo hay un personaje de ficción: Antón Marcuello. Un elemento necesario porque gracias a él, la novela se eleva un grado por encima de los meros hechos y las realidades históricas. Marcuello encarna la faceta de los razonamientos, sentimientos y pensamientos en general de las personas que toman parte en la guerra vivida: la aparente –y necesaria- contradicción intrínseca del ser humano, confundido en un mundo que no encaja con lo que su raciocinio le dice que debería ser, enredado en elevadas cuestiones morales cubiertas de justicia que chocan perennemente con la realidad de una guerra que muestra descarnadamente una realidad ajena a los valores creados.
Desde el momento en se contempla la posibilidad de crear una novela cuyo protagonista sea la propia batalla de Vitoria, uno no puede sino aferrarse a los hechos históricos reales y darles preferencia, aunque construya personajes de ficción que naveguen dentro. Si es la batalla la protagonista, ésta no puede ser un escenario, porque de esta forma adjudicaríamos a los personajes el papel principal, desvirtuando la idea originaria para transformarla en una novela al uso.