ABC.es Manuel P. VillatoroABC_Historia Madrid

  • El 11 de diciembre de 1813 el «Pequeño corso» devolvió el trono al monarca que -en 1808- le había entregado el país en bandeja junto a Carlos IV

 

 En las Abdicaciones de Bayona, Carlos IV y Fernando VII aceptaron dinero y tierras a cambio de ceder España a los franceses - ABC

En las Abdicaciones de Bayona, Carlos IV y Fernando VII aceptaron dinero y tierras a cambio de ceder España a los franceses – ABC

 

«Su Majestad el rey Carlos […] ha resuelto ceder, como cede por el presente, todos sus derechos sobre el trono de España y de las Indias a Su Majestad el emperador». Con estas palabras fue con las que, en 1808, Carlos IV (rey hasta entonces de una buena parte de la Península Ibérica y aún una considerable extensión de América) otorgó a Napoleón el trono de España. Decisión a la que posteriormente se unió también su hijo Fernando, un «lamebotas» destacado de Bonaparte que ya había demostrado sobradamente su sumisión a él en otras tantas ocasiones. Padre y retoño hicieron entonces posible que el gabacho fuese dueño y señor de este país y de sus gentes. Un suceso más conocido a día de hoy como las «Abdicaciones de Bayona» y que supuso la venta (con escasas condiciones) de los restos del imperio. La decisión, posteriormente, no resultaría rara. Y es que, tanto Carlos como Fernando se destacaron como unos adoradores del gabacho. El primero, tratándole como a un Dios en la Tierra cuando el pueblo se alzó en su contra y, el segundo, solicitando ser hijo adoptivo suyo.

La historia de estos dos monarcas podría haber quedado olvidada en los más profundo de cajón de las infamias de nuestro país. Sin embargo, esta semana vuelve a estar alumbrada por la actualidad debido a que el pasado 11 de diciembre se cumplieron 202 años desde que Napoleón Bonaparte -experto en lograr por las malas (y en muy pocas ocasiones por las buenas) todo aquello que deseaba- tuvo que tragarse su orgullo entre baguette y baguette y devolver el trono de España a Fernando VII. Todo ello, después de haber sido expulsado a base de fusil, bayoneta, cañón y sangre rojigualda de estos lares. Aquel día, con todo, volvió a la Península un monarca que -aunque deseado, como bien decía su apodo- no había tenido reparo ninguno en plegarse a los deseos del franchute cinco años atrás y cederle por las buenas el territorio español. De hecho, lo que él no fomentó en ningún caso por su poder (la resistencia contra los franceses) lo tuvieron que hacer las gentes de este país mediante narices. Así pues, fue el pueblo el que se enfrentó a la «Grande Armée» del «Pequeño corso» y le devolvió de una patada a París.

La primera traición, la de Carlos IV

Para hallar la primera traición de estos líderes a España es necesario retroceder en el tiempo hasta el final del siglo XVIII. Por entonces dominaba nuestro país Carlos IV… o más bien su valido, Manuel Godoy. Este español era un Guardia de Corps -Guardia Real- venido a más gracias a que, según las tonadillas populares, solía dar «ajipedobes» a la reina María Luisa de Parma sebo de pija» leído al revés -los españoles nunca nos henos destacado por la sutilidad-). Fuera por lo que fuese (por su valía o por bajarle las enaguas a la, según se dice en las crónicas de la época, feísima reina consorte) lo cierto es que por aquellos años este militar andaba «sisando» el trono al torpe de Carlos. Este, por su parte, andaba más preocupado por cazar en su coto que por los asuntos de gobierno. De hecho, solo metía su morro real de por medio cuando podía sacar algún rédito para su familia. Un monarca bastante corto de entendederas, vaya. O eso opinan algunos historiadores como Roberto Blanco quien, en su obra «Antimitología política de México», le califica de «estúpido, cobarde y cornudo».

En esas andábamos por tierras españolas cuando a los franceses se les ocurrió armar un barullo de esos que marcan una época alzándose en una Revolución contra sus monarcas: Luis XVI y María Antonieta. Reyes a los que -por cierto- decapitaron con el curioso invento del doctor Joseph-Ignace Guillotin (la guillotina, para entendernos). Aquello no gustó demasiado a las potencias monárquicas tradicionales -entre ellas España- que, con más miedo que el que un buque hispano cargado de oro tenía en el siglo XVI al pirata Francis Drake, decidieron aliarse para dar hasta en el corvejón a la nueva «France». Armados hasta los dientes y deseosos de vengar a los reyes gabachos fallecidos, los generales hispanos iniciaron la invasión del territorio enemigo en 1793. La contienda, que comenzó bien, acabó en desastre. «La guerra se desarrolló en dos campañas. La de 1793, dirigida entre otros por el General Ricardos, tuvo lugar en el Rosellón francés, región que España había cedido a Francia por el tratado de los Pirineos (1659). La segunda campaña, 1794-1795, estuvo marcada por los éxitos del ejército francés y la invasión de Figueras, San Sebastián, Bilbao y Vitoria», explica la historiadora Elena Castro Oury en su obra «La Guerra de la Independencia española».

Cuando los franceses, gritando las premisas de su Revolución al viento, llegaron casi hasta Miranda del Ebro, la situación se puso tensa y Godoy, mandatario en ausencia casi perpetua de Carlos IV (quien probablemente andaría cazando) tuvo que meterse entre pecho y espalda su odio a los galos y firmar con ellos la paz de forma independiente a las potencias con las que estaba aliada España. Lo cierto es que a la monarquía no le vino mal aquello, pues los franchutes se marcharon con la «Liberté, égalité, fraternité» a otra parte y devolvieron casi todo el territorio conquistado a la corona. Eso sí, hubo que admitir a su gobierno como lícito y darles parte de Santo Domingo. Pero amigo, el que algo quiere (que se largasen, en este caso), algo le cuesta. Todo aquello quedó sellado mediante la paz de Basilea, en la que -a pesar de salir bien parados- hubo que bajarse las «culottes» ante su gobierno. «Así empezó una etapa de sumisión. España quedaba ligada a Francia por los términos de la paz […] España se convertía además en mediadora entre la Francia Revolucionaria y dos de sus oponentes […] La guerra no había sido nada beneficiosa para España», añade la experta.

Con estos antecedentes cabría esperar que Godoy y Carlos IV hubiesen acabado hasta el sombrero uno, y hasta el cetro el otro, de tanto gabacho por aquí y «fraternité» por allá, pero nada más lejos. Así lo demostró el que, en 1800, el monarca se aliase con los franceses de nuevo (y a pesar de la vergüenza del último tratado de paz) en contra de Inglaterra por su propio interés familiar. «A cambio de la isla de Elba, de la Luisiana americana y de seis navíos que le cedía España, Francia debía convertir a los duques de Parma, Luis y María Luisa de Borbón (hija de Carlos IV) en reyes de un territorio más amplio», destaca Castro Oury. En resumen, el rey (de quien se dice que odiaba la política, que llevaba una cornamenta más grande que un alce y que parecía no enterarse del sermón ni la mitad) vendió una parte del país y se merendó su orgullo para poder situar a su pequeña en una posición de importancia. Todo ello, con Napoleón Bonaparte de por medio, un gran artista en todo lo referente a las mentiras políticas y el arte del engaño. Cabe decir que este pacto, llamado el Tratado de San Ildfonso, terminó llevando a una buena parte de la Armada de su Católica Majestad al infierno.

La segunda infamia: Fontainebleau

En la segunda traición colaboró más activamente Fernando, entonces príncipe. Con todo, fue perpetrada principalmente por la pasividad de Carlos IV y el interés de Godoy. Independientemente de la razón que la motivara, en ella se volvió a vender a España a los franceses. Para encontrar este episodio en las páginas de la historia no es necesario avanzar mucho más allá del Tratado de San Ildefonso. Tan solo hay que llegar hasta 1807. Por entonces la situación no había mejorado demasiado para la maltrecha España. Y es que, tras ser vencida por los galos, el monarca se había visto obligado a plegarse a los deseos del ya líder de la «France» Napoleón Bonaparte, deseoso con dar en todo el morro a los infames lords ingleses que se pavoneaban de él mientras tomaban el té de las cinco.

El 27 de octubre se firmó el Tratado de Fontainebleau con Bonaparte

En esas andaba la cosa cuando Napoleón, obsesionado como estaba por molestar cuanto más pudiera a los hijos de la Gran Bretaña, tuvo una curiosa idea, bloquear Inglaterra. «El bloqueo continental fue uno de los vértices en la política exterior de Napoleón en su intento de asfixiar la economía británica. […] El bloqueo continental era justamente eso: un embargo. En noviembre de 1806, tras haber logrado o conquistado ventajosas alianzas con las mayores potencias de Europa Continental, Napoleón publicó el decreto de Berlín, prohibiendo a sus aliados y al resto de naciones conquistadas comerciar con el Reino Unido», explica David Odalric De Caixal i Mata -Director General en España de SECINDEF (Security, Intelligence & Defense) Israel International Consulting- en su obra «Historia de los Reyes de Francia y España». Así pues, el «Pequeño corso» estableció por norma de sus santas gónadas que ningún país de aquellos que se quisiesen llevar bien con la nueva «France» podría intercambiar bienes con las islas. La idea: cortar por lo sano sus beneficios económicos de cara al comercio y conseguir, en el límite de lo posible, que sus ciudadanos se muriesen de hambre.

Poco después de decretar la norma, Napoleón dio un paso más y estableció que conquistaría Portugal costase los hombres que costase. O eso le hizo creer a Godoy y a la familia real (entre ellos a Fernando), a quien les dijo que su objetivo era evitar, soldados mediante, que esta región -tradicional aliada de Inglaterra- siguiese comerciando con Gran Bretaña. Su idea no era mala pues, tal y como explicó a los líderes hispanos, tan solo necesitaba un camino seguro por España para llegar hasta tierras enemigas. Para ello, solicitó un permiso de paso que ofrecía suculentas ventajas a nuestro país. «El 27 de octubre de 1807 […] se firmó el Tratado de Fontainebleau con Napoleón Bonaparte. [Se estableció que se llevaría a cabo] la conquista de Portugal por los ejércitos españoles y franceses para, una vez ocupado el reino lusitano, hacer efectivo el bloqueo continental a los ingleses», explica el historiador Luis Suárez Fernández en su obra «Historia general de España y América». ¿Qué conseguía nuestro país a cambio? En principio, congraciarse con el «Pequeño corso». Algo que buscaba también Fernando quien, por cierto, estaba siendo juzgado por conspirar para quitar a su padre del trono a bofetadas.

El tratado, por su parte, también beneficiaba ampliamente a Godoy, a quien Napoleón le prometió el oro, el moro y un gobierno. «Godoy [quería] dejar dignamente el gobierno de España para ascender a príncipe soberano. […] Le correspondía por el tratado el sur de Portugal, los Algarbes», añade el experto. Deseoso de sentar sus posaderas al fin en un trono (por muy pequeño que fuese este) el favorito de Carlos IV no tuvo problema en convencer a su rey de todas las ventajas que ofrecía a la Península el tratado. Finalmente, con el pacto firmado se abrieron las fronteras a los gabachos. Concretamente, a 25.000 de ellos. Pero lo que no sabía la familia real española era que los soldados galos iba a ir tomando, sin ninguna dificultad y con la ayuda tácita de la monarquía, las diferentes ciudades hispanas. «Con la excusa de proteger la retaguardia, el ejército de Dupont se estableció en Burgos, mientras otro destacamento francés acampaba en Salamanca. A principios de 1808 nuevos contingente franceses cruzaron los Pirineos y se instalaron en Pamplona y San Sebastián. Poco después le llegó el turno a Barcelona y a la fortaleza de Figueras», añade Oury. Movimiento de soldados por aquí, contingente por allá, había comenzado una invasión a la chita callando de España. Y todo ello, con la gracia y el beneplácito de la familia real.

El principio de la mayor traición de Fernando

Todavía le quedaban por pasar todo tipo de vergüenzas a la monarquía española. La siguiente situación absurda fue protagonizada por Carlos IV el 17 de marzo de 1808. Por entonces, los españoles estaban ya cansados de que los franceses campasen -como el que anda por su salón- en España. A todo ello se sumaba la tensión generada por la mala situación económica y la pésima política exterior de «Manolito» Godoy. Hartos de aguantar, y encorajinados por el príncipe Fernando (ansioso de dar un puntapié a su padre y ponerse él en el trono) los españoles se lanzaron sobre el Palacio de Aranjuez para obligar a Carlos IV a abdicar en favor de su pequeño y, ya de paso, dar un buen susto al preferido del rey, no muy apreciado por las gentes. La victoria fue doble, pues lograron que el monarca cediese la poltrona a su hijo (que pasó a ser denominado Fernando VII) y capturaron al valido, quien solo se libró de ser asesinado por la divina providencia y alguna palabra del nuevo dirigente. Instantáneamente, Carlos corrió a pedir ayuda a Bonaparte enviándole, para empezar, una carta en la que se rebajaba ante él y le trataba como a su superior.

«Señor mi hermano: V.M. sabrá sin duda con pena los sucesos de Aranjuez y sus resultados, y no verá con indiferencia a un Rey que, forzado a renunciar a la Corona, acude a ponerse en los brazos de un grande monarca, aliado suyo, subordinándose totalmente a disposición del único que puede darle su felicidad, la de toda familia y la de sus vasallos. No he renunciado a favor de mi hijo sino por la fuerza de las circunstancias, cuando el estruendo de las armas y los clamores de una guardia sublevada me hacían conocer bastante la necesidad de escoger la vida o la muerte, pues ésta última seguido después de la de la reina. Yo fui forzado a renunciar; pero asegurado ahora con plena confianza en la magnanimidad y el genio del gran hombre que siempre ha mostrado ser amigo mío, yo he tomado la resolución de conformarme con todo lo que este mismo grande hombre quiera disponer de nosotros y de mi suerte. Dirijo a V.M.I. una protesta contra los sucesos de Aranjuez y contra mi abdicación. Me entrego y enteramente confío en el corazón y amistad de V.M. con lo cual ruego a Dios que os conserve en su santa y digna guardia. De V.M.I. su rey afecto hermano y amigo. Carlos».

Bayona, cuando se vendió España a Napoleón

Tras San Ildefonso, Fontainebleau y Aranjuez se sucedió en nuestro país la mayor traición que pudo cometer Fernando VII, entonces ya rey, a España. El calendario marcaba todavía 1808, y las cosas parecían pintar bien en un principio para el nuevo monarca quien -tras haber mandado a tomar por donde amargan los frutos de dureza extrema a su padre- se había congraciado con los franceses recibiéndoles cómo si de auténticos camaradas se tratasen en España. De hecho, sería bien conocida su orden de que el ejército español no se enfrentase a ellos pasara lo que pasase. Y no era para menos, pues la «Grande Armée» gabacha venía bien fogueada de sus cientos de batallas a lo largo y ancho de Europa. Fue precisamente amparándose en esa amistad que el nuevo líder quería tener con los invasores con la que Napoleón jugó para llevar a Fernando VII y Carlos IV hasta Bayona, una región ubicada al suroeste de Francia en la que el «Pequeño corso» pretendía ganar el trono para sí. Joachim Murat -cuñado del Emperador y encargado de someter a España- fue el elegido para convencer a su novísima majestad de que acudiese a entrevistase con el «Empereur». Su persuasión funcionó.

Napoleón compró a Carlos IV con una pensión y una residencia en Francia

Lograr que Carlos IV acudiese a Bayona fue mucho más sencillo, pues el antiguo rey había solicitado con gimoteos (metafóricos, eso sí) una y otra vez a Napoleón que le devolviese al trono de España mediante las leyes, las armas, o lo que fuese. Por tanto, fue hasta allí encantado. Una vez con ambos en la ciudad, el francés se propuso obtener para sí el trono. La tarea era ardua, pues sabía que Fernando VII -ávido de poder- no se lo iba a otorgar a un extranjero. Por ello (y porque no reconocía al nuevo monarca como legítimo) fijó sus objetivos en el llorón de Carlos. Si lograba que el hijo abdicase en su padre, podría ofrecer un buen retiro al viejo monarca a cambio de que le diese el poder. Su solución para este juego a tres bandas fue sencilla: comprar a Fernando. «El Emperador ofreció a Fernando la parte de Portugal destinada a la ex reina de Etruria. A cambio, Fernando tenía que renunciar al trono español. En principio, en un arranque de valentía extraño en él, Fernando se negó, pero […] a los pocos días entregó a su padre la corona», determina Oury. Todo ello fue salpicado con una pensión de unos cuantos millones de reales al año. Tras unas breves dudas, y sabiendo que Bonaparte estaba del lado de su padre, vendió a la misma España que le había alzado en el poder mediante el motín de Aranjuez a los franceses.

Aquel pacto quedó sellado mediante la siguiente carta que Fernando VII envió a Carlos IV: «Mi venerado padre y señor: Para dar a Vuestra Majestad una prueba de mi amor, de mi obediencia y de mi sumisión, y para acceder a los deseos de Vuestra Majestad me ha manifestado reiteradas veces, renuncio mi corona en favor de Vuestra Majestad, deseando que Vuestra Majestad pueda gozarlo por muchos años. Recomiendo a Vuestra Majestad las personas que me han servido desde el 19 de marzo». Posteriormente, Bonaparte ofreció cobijo en Francia al viejo rey (ahora reinstalado en el trono), a su mujer y a Godoy. También se comprometió a regar su cuenta corriente con una pensión de entre 30 y 40 millones de reales anuales.

Eso, a cambio de que dijesen «au revoir» a su poder y se lo cediesen a él. La realeza aceptó de buena gana y corroboró el pacto con esta carta: «Su Majestad el rey Carlos, que no ha tenido en toda su vida otra mira que la felicidad de sus vasallos […] ha resuelto ceder, como cede por el presente, todos sus derechos al trono de España y de las Indias a Su Majestad el emperador Napoleón, como el único que, en el estado a que han llegado las cosas, puede restablecer el orden; entendiéndose que dicha cesión sólo ha de tener efecto para hacer gozar a sus vasallos de las condiciones siguientes: 1º. La integridad del reino será mantenida: el príncipe que el emperador Napoleón juzgue debe colocar en el trono de España será independiente y los límites de la España no sufrirán alteración alguna. 2º. La religión católica, apostólica y romana será la única en España. No se tolerará en su territorio religión alguna reformada y mucho menos infiel, según el uso establecido actualmente». Nuevamente se había vendido a nuestro país.

El «lamebotas» que quiso ser hijo adoptivo de Napoleón

Después de firmar el absurdo tratado de Bayona, Fernando VII pasó a ser un prisionero de lujo de Napoleón Bonaparte en Francia. El 10 de mayo, poco después de aceptar las condiciones del «Pequeño corso» , viajó junto a su hermano Carlos María Isidro hasta el castillo de Valençay, ubicado en la región de igual nombre. Lo que buscaba el francés llevándole hasta allí es que no pudiera escapar. Y lo tendría difícil, pues la construcción estaba en pleno centro del país. Una vez en su nueva residencia, y tal y como explicó en sus memorias su confesor real (Blas de Ostaza) el monarca se dedicó en principio a cultivar su alma asistiendo muchas veces a misa (algunas de ellas, como monaguillo). Por la tarde oraba a la Virgen y, tras escuchar un sermón de su sacerdote, rezaba el rosario en comunidad. Sin embargo, con el paso de las semanas se fue acostumbrando a su prisión y empezó a realizar todo tipo de actividades recreativas tales como montar a caballo (en lo cual era pésimo) o bordar. Posteriormente, y como se diría en la actualidad, empezó a sentir el síndrome de Estocolmo hacia su captor, el infame gabachuzo.

Así lo denota el que, durante la boda de Napoleón con María Luisa de Austria, gritase lo siguiente: «¡Viva el Emperador, nuestro Augusto soberano, viva la Emperatriz!». «Fue esta una muestra pública evidente de la sumisión al emperador», explica el catedrático en historia Emilio La Parra López en su obra «Diarios de viaje de Fernando VII (1823 y 1827-1828)». A su vez, y tal y como explica este experto, su absoluto servilismo al francés quedó claro cuando le dio las gracias por el palacio que le servía de cárcel y, un mes más tarde, le felicitó de la siguiente forma por meter con calzador al trono de España a su hermano José: «No podemos ver a la cabeza de ella [España] un monarca más digno, ni más propio de sus virtudes». Sin embargo, el culmen de este «lamebotas» se sucedió cuando dio la enhorabuena al galo por sus victorias contra los españoles y, finalmente, cuando solicitó ser hijo adoptivo suyo mediante la siguiente carta: «Mi mayor deseo es ser hijo adoptivo de S. M. el emperador nuestro soberano. Yo me creo merecedor de esta adopción que verdaderamente haría la felicidad de mi vida, tanto por mi amor y afecto a la sagrada persona de S. M., como por mi sumisión y entera obediencia a sus intenciones y deseos».

 

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