La batalla naval en la que se hundió el tesoro perdido de Napoleón


ABC.es Manuel P. VillatoroABC_Historia

  • Cuenta la leyenda que, el 1 de agosto de 1798, el navío de 120 cañones «L’Orient» se fue a pique cargado con una gran cantidad de oro, plata y joyas a bordo. Un dinero destinado a sufragar la campaña egipcia de Bonaparte

 

El buque insígnia francés explota durante la batalla - Wikimedia

El buque insígnia francés explota durante la batalla – Wikimedia

Uno de agosto de 1798. Desde la bahía de Aboukir –ubicada al norte de Alejandría- la armada francesa observa, fondeada en formación de media luna, cómo se abalanzan sobre ella los navíos británicos comandados por el todavía vicealmirante Horatio Nelson. Son aproximadamente las cinco y media de la tarde y, lo cierto, es que la «Royal Navy» ha pillado por sorpresa a los revolucionarios, quienes apenas cuentan con la mitad de sus hombres a bordo. Sin embargo, los defensores tienen la certeza de que –en el centro de su línea- se encuentra uno de los bajeles más grandes del mundo: el «L’Orient» (de 120 cañones). Por ello, no sienten miedo ante su posible destino (que se abalanza sobre ellos bajo un pabellón azul con una cruz blanca y roja) y se aprestan para defenderse en nombre de Napoleón, su general. Comienzan los tiros, pasan varias horas y, aproximadamente a las diez de la noche y tras múltiples andanadas de proyectiles macizos… el orgullo de la flota gabacha explota en una gigantesca bola de fuego llevándose consigo la vida de cientos de marinos.

Este aciago pasaje es el que, según nos dice la Historia, se vivió en la bahía de Aboukir hace más de dos siglos. Sus consecuencias fueron pasmosas para Bonaparte pues, con los 11 navíos que se fueron al fondo de las aguas en dicha batalla, perdió no solo la iniciativa militar por mar, sino también la posibilidad de recibir más soldados, vituallas o munición para su campaña de Egipto. Además, cuenta la leyenda que Napoleón tuvo que decir también «au revoir» a un gigantesco tesoro de oro, plata y joyas que se encontraba embarcado a bordo del «L’Orient» y que él mismo había robado a los caballeros de Malta durante el asedio de la Valleta (sucedido meses antes). Unas riquezas que iban a ser usadas por el francés para sufragar su campaña a orillas del Nilo contra los mamelucos y que acabaron desperdigadas por todo el fondo marino debido a la explosión del buque insignia francés. Con todo, y a pesar de las investigaciones posteriores de arqueólogos tan reputados como Franck Goddio (quien logró encontrar en la zona restos de monedas de múltiples nacionalidades), saber a día de hoy el lugar en el que reposa esta fortuna (o si simplemente existió) se antoja difícil.

La aventura egipcia de Bonaparte

Para llegar hasta el origen del plan que acabó con un supuesto tesoro desparramado por Aboukir es necesario viajar en el tiempo hasta los últimos años del S.XVIII. Por entonces, Napoleón Bonaparte no era más que un general de 28 años que –aunque había logrado ganarse el cariño del pueblo en su exitosa campaña italiana– aún se encontraba a las órdenes de un poder superior. Este no era otro que el Directorio, un organismo heredero de la Revolución Francesa y que, formado por cinco dignatarios, regía el destino del país desde la capital. Eran años de nuevos regímenes políticos, en definitiva, pero también de antiguas tradiciones. Alguna tan introducida en la genética francesa que difícilmente podía ser eliminada por un mero golpe de estado y un par de cabezas reales cortadas. ¿De cuál estamos hablando? Como no podía ser de otra forma, del eterno odio entre gabachos y ingleses. Una aversión que superó las nuevas ideas de gobierno y se avivó cuando Gran Bretaña declaró la guerra a la «France» en 1792 para luchar contra la Revolución.

En esas andaba la situación política internacional, cuando el Directorio solicitó a Napoleón organizar la invasión de Gran Bretaña por mar. Bonaparte, que de valor andaba sobrado pero de estúpido no tenía ni un pelo del pelucón, respondió inmediatamente que «non» (se desconoce si con un sonoro «merde» detrás). No andaba falto de razón el pequeño galo, pues su armada –además de estar descuidada- se encontraba al mando de nuevos oficiales carentes todavía de la suficiente experiencia como para invadir las islas y no salir trasquilados en el intento. Eso sí, el gabacho no iba a dejar pasar la oportunidad frente a sus narices, por lo que sugirió que todo aquel dinero podría ser utilizado para invadir Egipto. De esta forma, pretendía cumplir un objetivo algo más complejo, pero no por ello falto de lógica: entrar «por la puerta de atrás» (la tierra de las Pirámides, para ser más exactos) en la India. Todo ello buscando algo muy concreto. «Se podría llevar a cabo una expedición hacia el Levante que amenazara el comercio [inglés] con la India», explicó en una ocasión el propio líder.

Dicho y hecho (o «diché» y heché», en este caso). Meses después se organizó una gigantesca expedición formada por 32.300 hombres, 175 ingenieros y científicos y 13 navíos de línea. Entre ellos se hallaba el «L’Orient», el buque insignia de la flota francesa al contar con 120 cañones (lo que le convertía en uno de los más grandes del mundo). El 19 de mayo, aquella armada partió –con Napoleón sentando sus reales en el «L’Orient»- del puerto de Tolón, al sur de Francia. Muy pocos sabían hacia donde se dirigía. «El destino del ejército de Napoleón era un secreto bien guardado. En París se especulaba con que la flota se dirigiría a Sicilia, posesión […] de Inglaterra. Más tarde los periódicos informaron de que el destino era Irlanda», explica el Profesor de Historia Contemporánea de la UNED Julio Gil Pecharromán en su dossier «Sólo fue un sueño». El objetivo de todo aquel secretismo era, simplemente, evitar que la flota inglesa del Mediterráneo al mando de Nelson –al acecho ante cualquier movimiento- les encontrase.

Malta, una conquista de horas

A bordo del «L’Orient», y ya cabalgando las aguas, Napoleón fijó su vista en su primer objetivo antes de pisar las tierras de los faraones: Malta. Regida por los caballeros de la Orden de San Juan, la ciudad que se alzaba en el interior de esta isla era casi inexpugnable y un bastión que, bajo pabellón francés, podía ser un importante escollo para los ingleses de estar del lado de la Revolución. Por ello, y a pesar de que contravenía varios tratados de no agresión, el franchute se decidió a volverla gala por las bravas. «En el plan secreto de Napoleón entraba la conquista de Malta, a cuyo fin su intriga maquiavélica había ya encontrado árbitros para ganar a algunos caballeros de la Orden que habían prometido vender a su patria», explica el historiador Joseph Pons Fortian en su libro «Historia política y militar de Napoleón Bonaparte». El 9 de junio, la armada gabacha hizo su aparición frente a las costas de esta ciudad. No obstante, y como no podía atacar por las buenas los dominios de esta Orden religiosa, el general buscó un pretexto bastante absurdo.

Esta «excusa» la dejó patente en una carta enviada al Directorio el 13 de junio de 1798: «Hemos llegado el 21 de prairial, al amanecer […]. Por la tarde envié a uno de mis edecanes a pedir al gran-maestre de la orden la facultad de hacer aguada en diferentes fondeadores de la isla. El cónsul de la república me trajo respuesta, que fue negativa, y fundada en que no podía permitir la entrada a más de dos barcos cada vez; esto, calculando, hubiésemos necesitado 300 días para hacer la aguada. La necesidad del ejército era urgente y me obligaba a emplear la fuerza para satisfacerla». Pretextos aparte, Bonaparte hizo desembarcar a sus generales (Lannes, Marinont, Belliard, Regnier, y d’Hilliers) en las diferentes islas que conforman los dominios de la Orden. Tras hacerse fácilmente con las tierras anexas, solo quedó por tomar la plaza principal: una prominente fortaleza defendida por unos 7.000 Caballeros, soldados y milicianos (la mayoría, alistados de los ciudadanos de la urbe).

Listos los atacantes y preparados los defensores, comenzaron los combates. «Durante toda la tarde y parte de la noche del 22, la plaza tiró con la mayor actividad, y los sitiadores quisieron hacer una salida; pero el gefe de la brigada Marmont, a la cabeza de la 19ª, les tomó el estandarte de la Orden», señaló Napoleón en esa misma carta enviada al Directorio. Aquello, junto a los disparos realizados por la infantería francesa, debió desmoralizar a los Caballeros, que no tardaron en parlamentar con Bonaparte. «El gran-maestre me envía a pedir el 23 por la mañana una suspensión del arma, y le despachó mi edecán, gefe de la brigada, Junot, con facultad de firmarla. […] El 23 por la noche, los enviados con poder del gran-maestre vinieron a bordo del “Orient”, en donde confluyeron antes del día un convenio que yo remito», señalaba Napoleón en la misiva. Poco después, y amparándose en la idea de que Dios les había ordenado luchar contra los musulmanes, y no contra sus iguales, los defensores entregaron la ciudad sin apenas haber opuesto resistencia.

El tesoro de Malta

Tomada la ciudad, Napoleón hizo firmar a los Caballeros el siguiente tratado a cambio de ciertos privilegios (entre ellos, una pensión vitalicia para los miembros más antiguos de la Orden): «Los caballeros de la orden de San Juan de Jerusalén entregarán al ejército francés la ciudad y los fuertes de Malta. Renuncian, al mismo tiempo, en favor de la República francesa, a los derechos de soberanía y de propiedad que tienen, tanto sobre esta ciudad, como sobre las islas de Malta, el Gozo y Cumino». Además, y como parte de su «recompensa» por haber conquistado la plaza, el general francés hizo desembarcar en la región a los mismos expertos que habían inventariado las riquezas del Vaticano para que cogieran (robaran sería quizá un término más exacto) toda aquello de valor que hubiese en la zona. Así lo determina el historiador Tom Reiss en su obra «El conde negro. Gloria, revolución, traición y el verdadero Conde de Montecristo» (una biografía novelada del famoso personaje).

En palabras de Reiss, los expertos de Bonaparte lograron obtener 1.227.129 francos en todo tipo de joyas. A partir de este punto comenzó una gran leyenda sobre su paradero que, hasta hoy, no ha sido descubierta. En palabras de este historiador, Bonaparte ordenó que se estribaran todas las riquezas en su buque insignia, el «L’Orient». De esta forma, se hallarían ubicadas en el bajel más seguro. De la misma opinión son los historiadores José Gregorio Cayuela Fernández y Ángel Pozuelo Reina quienes, en su obra «Trafalgar: hombres y naves entre dos épocas», señalan que «el inmenso tesoro de los Caballeros de Malta fue cargado en las bodegas del “L’0rient”». Sin embargo, estos autores aumentan la cantidad del dinero robado por los galos hasta 7 millones de francos y oro. Por su parte, y a nivel oficial, Napoleón se refirió al tesoro saqueado en una carta enviado al Directorio el 16 de junio. «Toda la plata de aquí, contando el tesoro de San Juan, no nos dará más de un millón. Este dinero se quedará para los gastos de la guarnición y para la construcción del navío San Juan».

Comienza la batalla

Día va, día viene, Napoleón cerró sus asuntos en Malta tras dejar en la región un nuevo mandamás gabacho y, viento en popa, dirigió a sus buques hacia el norte de Egipto. Todo ello, por cierto, con la flota de Nelson pisando la toldilla a sus bajeles enarbolados con la tricolor. Con todo, el 27 de junio sus vigías avistaron la costa de Marubu, cerca de Alejandría, sin encontrarse con el infame «british» de Horatio, ávido de repartir cañonazos entre los cascarones galos. «El desembarco francés se realizó, sin apenas resistencia, en las proximidades de los tres principales puertos: Alejandría, Damiella y Rosetta. Las tropas se extendieron con rapidez por la costa. Solo dos días después, Alejandría caía en su poder», explica el experto español. Sin embargo, las buenas noticias de la exitosa maniobra quedaron rápidamente ensombrecidas por la escasez de víveres y agua. De hecho, la necesidad del líquido elemento fue tan severa que, mientras los soldados se adentraban más y más en la tierra de los faraones, una buena parte de los marineros de la armada (fondeada en la bahía de Aboukir, al norte de Alejandría) tuvieron que desembarcar para excavar pozos de agua.

Casi un mes después, y tras haber revisado el Mediterráneo de cabo a rabo, Nelson –acompañado de una docena de navíos de línea– avistó finalmente a los bajeles galos fondeados en la bahía de Aboukir. Al fin les había encontrado y, si acababa con ellos, terminaría de un plumazo con una de las pocas posibilidades del «Pequeño corso» de recibir refuerzos, víveres o munición desde Francia. Sin embargo, supo instantáneamente que la contienda no iba a ser sencilla, pues el almirante François-Paul Brueys D’Aigalliers (al mando del contingente) había posicionado a sus buques en paralelo a la costa, siguiendo la línea de la bahía. De esta forma, y según las normas navales, se conseguía que el enemigo solo pudiese atacar a los defensores por una banda, pues –si los navíos estaban lo suficientemente pegados a tierra- era imposible para el enemigo introducirse entre ellos y la playa. A su vez, y si los bajeles estaban lo suficientemente juntos, se lograba un muro de madera imposible de ser rodeado con la capacidad de escupir una gran cantidad de balas contra todo aquel que se acercase.

Sin embargo, los franceses habían cometido un grave error. «Cuando fondeas y te defiendes al ancla sabes que tienes que cumplir dos condiciones: que no te envuelvan por la costa (que no haya calado entre tu barco y tierra) y que no se estorben unos barcos a otros. Los franceses no cumplieron ni una ni otra. Fondearon lejos de tierra pensando que con eso era suficiente para acabar con los ingleses», explica, en declaraciones a ABC, Víctor San Juan, autor de «22 derrotas navales británicas» (Navalmil, 2014). El error fue visto inmediatamente por Nelson quien –engreído y arrojado como el que más- determinó que su plan sería el siguiente: atacar a la línea francesa desde un flanco en dos columnas. La primera sería la encargada de cañonear a los gabachos por su banda de estribor (llegando desde el mar). La segunda, formada por aquellos con más gónadas que cabeza, tendría la misión de tratar de introducirse entre la costa y los bajeles revolucionarios para atacarles desde su babor. De esta forma, y accediendo a la formación desde un lateral de la bahía, lograrían ir aniquilando a los barcos enemigos uno por uno en un terrible fuego cruzado.

El «L’Orient» explotó acabando con todos los marinos que estaban en su interior

Brueys posicionó a sus buques, de derecha a izquierda de la bahía de Aboukir (observando el despliegue desde la costa), en el siguiente orden: «Guerrier» (74 cañones); «Conquerant» (74); «Goliath» (74); «Spartiate» (74); «Aquilon» (74); «Peuple Souverain» (74); «Franklin» (80); «L’Orient» (120); «Tonnant» (80); «Heureux» (74); «Mercure» (74); «Guillaume Tell» (80); «Genereux» (74) y «Timoleón» (74). A su vez, los franceses estaban reforzados con cuatro fragatas (fondeadas y casi sin tripulación en el momento del ataque) y algunas baterías ubicadas en tierra. Por su parte, los británicos contaban con 15 navíos de línea, todos ellos de 74 cañones, y ninguna fragata (las cuales eran utilizadas usualmente en labores de observación).

Los franceses avistaron las velas británicas a las 18:00 de la tarde y, a las 18:30, comenzó el combate. Curiosamente, el almirante galo pensaba que, con lo cercana que estaba la noche, los ingleses esperarían al día siguiente para atacar, pero nada más lejos. Haciendo gala de su temeridad (o, según otros, para evitar que sus enemigos se reforzasen), Nelson decidió mover ficha. Así pues, con el «Goliath» de 74 cañones en cabeza, la «Royal Navy» comenzó su aproximación por el flanco derecho de la bahía de Aboukir y, en el último momento, su línea se dividió en dos para cumplir el plan de su oficial al mando. Lo cierto es que este tuvo suerte, pues –en contra de lo que creían los galos- sus buques no encallaron en aguas tan poco profundas y pudieron, por tanto, atrapar en un fuego cruzado a los hombres de Brueys. Uno por uno, los bajeles que enarbolaban la tricolor fueron desarbolados y destrozados por el fuego. El primero en recibir los susodichos bolazos y quedar lleno de agujeros fue el «Guerrier», que solo pudo defenderse unos minutos ante el ingente asedio «british». A él le siguieron el «Conquerant», el «Spartiate», el «Aquilos» y el «Peouple Souverain».

La tumba del «L’Orient»

Aquella sangría de navíos franceses cañoneados acabó cuando los buques ingleses comenzaron a tener que vérselas contra el centro de la línea francesa. Y es que, en esta zona se encontraban los navíos más pesados. Entre ellos, el «Franklin» y el «Tonnant» (de 80 cañones) y el «L’Orient», el coloso de los mares. «Ya caía la noche cuando aparecieron los buques británicos que atacarían el centro francés. Primero el “Majestic”; que no maniobró bien y terminó ante otro buque de 74 cañones que se encontraba más lejos; después el “Bellerophon”, el “Alexander” y el “Switsure”», explica el historiador militar británico John Keegan en su obra «Inteligencia militar: conocer al enemigo, de Napoleón a Al Qaeda». Los dos últimos tuvieron la suerte (o la pericia) de ubicarse en la popa (la parte más débil de un buque) de sus enemigos y disparar desde allí, pero no le sucedió lo mismo al «Bellerophon». Este, por una desgraciada maniobra, acabó viéndoselas con una de las bandas del buque insignia de Brueys y, como cabía esperar, este le descerrajó varias andanadas que le dejaron hecho una boya.

«El “Bellerophon” tuvo pérdidas considerables al entablar combate con el buque más potente de la línea, perdiendo el palo mayor y la mesana, y sufriendo daños en el trinquete», añade el experto. Aunque el británico acabó severamente dañado, a los pocos minutos recibió la ayuda de sus colegas, el «Swiftsure» y el «Alexander», que comenzaron a cañonear como si no hubiera un mañana al coloso galo. Aquellos tres ingleses provocaron una brutal matanza a bordo del «L’Orient». Decenas de marinos cayeron muertos. También fue presa de metralla primero, y una bala después, el almirante Brueys. Este acabó sus días partido literalmente por la mitad por un proyectil tras negarse a dejar su puesto. Después de que se sumaran otros dos bajeles británicos a la lucha contra el gigante de 120 cañones, este no pudo resistir más. A los pocos minutos se terminó declarando un incendio a bordo, algo que los capitanes ingleses no estaban dispuestos a pasar por alto. «El capitán del “Switsure” ordenó que apuntasen hacia el centro de las llamas, para así evitar que la tripulación francesa pudiese apagarlas», completa.

A las nueve y media de la noche el barco estaba sentenciado. Debido a las balas, los marineros no habían podido evitar que el fuego se propagase en el interior del «L’Orient», y era cuestión de tiempo que las llamas llegasen hasta la Santa Bárbara del bajel (el polvorín) e hiciesen estallar el navío por los aires. Los hombres del coloso francés no eran los únicos que sabían el triste final que les esperaba. También eran conscientes de ello los barcos que estaban combatiendo alrededor suyo. Al menos, así quedó patente cuando el «Alexander», el «Tonnant», el «Heureux» y el «Mercure» sacaron trapo para salir a toda prisa de allí y evitar que la explosión les mandase al fondo de la bahía. El único que le puso gónadas fue el capitán del «Swiftsure», quien calculó que todos los despojos del insignia de Brueys le pasarían por encima y que, si se apartaba en ese momento, su bajel acabaría muy dañado. Tenía razón, y se libró de una buena.

Al final, el orgullo de la armada francesa, uno de los buques más grandes y poderosos del mundo, estalló cubriendo el cielo de la bahía de Aboukir de llamas y ceniza para asombro de franceses y británicos. «La enorme explosión lanzó al aire a cientos de metros de altura pedazos de maderos, mástiles, sogas y cuerpos, que después cayeron sobre la bahía en un radio de dos kilómetros, deteniendo temporalmente la batalla. El ruido se oyó en Alejandría, a 16 kilómetros de distancia», añade Keegan. Cuando el humo se disipó y los capitanes volvieron en sí, la situación era dantesca. Ya no solo porque el mar estuviese lleno de cadáveres sino porque, con la explosión del «L’Orient», la línea revolucionaria se había roto. Sin ya más duros escollos que superar, los hombres de Nelson dieron buena cuenta de los bajeles que quedaban. La victoria estaba asegurada y se saldó con unos números desastrosos para los gabachos: 2 navíos hundidos, 9 capturados o encallados y solo 2 huidos. Los ingleses no tuvieron que lamentar la destrucción de ninguno de sus cascarones.

¿Qué fue del tesoro?

Tras la batalla, la leyenda del tesoro de los Caballeros de Malta comenzó a correr como la pólvora en Europa. ¿Qué había sido de él? ¿Realmente se había ido a pique con el «L’Orient»? A día de hoy, las opiniones son encontradas. Reiss, por ejemplo, es partidario de que el insignia francés explotó cargado de riquezas. Así lo determina en su obra: «El tesoro robado a los caballeros de Malta, un tesoro acumulado a lo largo de mil años –lingotes de oro, piedras preciosas de un valor incalculable, antigüedad, riquezas todas con las que Napoleón contaba para financiar la expedición- desapareció en el fondo de la bahía de Aboukir. Junto con los cañones, los maderos ardientes y las extremidades de los marineros, monedas y joyas llovieron sobre las cubiertas de los barcos franceses e ingleses». Los autores de «Trafalgar: hombres y naves entre dos épocas», son de la misma opinión: «Junto a la infinidad de despojos humanos proyectados a lo largo de la bahía por la explosión de L’Orient, en macabra mezcla, fueron dispersados el oro y las piedras preciosas del tesoro de los Caballeros de Malta, ubicados en las bodegas».

Fuera como fuese, lo acontecido con el supuesto tesoro perdido de los Caballeros de Malta quedó olvidado en la Historia hasta que, en el año 1983, el arqueólogo submarino Jacques Dumas inició una exploración de la Bahía de Aboukir con el objetivo de desvelar sus secretos. Sin embargo, este experto falleció a los pocos años. Su testigo lo cogió su colega Franck Goddio quien –en colaboración con el Consejo Supremo de Antigüedades de Egipto- logró hacer un mapa subterráneo de la batalla y descubrió que el «L’Orient» había sido hundido por dos explosiones (una de ella, la de la Santa Bárbara), y no únicamente una. A su vez, el galo volvió a reabrir hace una década el misterio de las riquezas saqueadas por Napoleón al encontrar en el fondo marino decenas de monedas de procedencias muy diversas (principalmente francesas –de los reinados de Luis XIV, Luis XV y Luis XVI-, pero también de Malta, del Imperio Otomano, de Venecia, de España y de Portugal). ¿Piezas del antiguo tesoro de los Caballeros de Malta? Sólo el tiempo lo dirá.

 

Lepanto, la decisiva batalla naval donde los cristianos arrasaron a la flota turca


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Lepanto, la decisiva batalla naval donde los cristianos arrasaron a la flota turca

Pintura que rememora la batalla de Lepanto

En 1571, los buques de la Santa Liga vencieron a la armada turca en uno de los combates marítimos más grandes de la historia

Con arcabuz, espada, y el arrojo típico de un militar venido de la Península Ibérica. Así combatieron los soldados españoles que, un siete de octubre de 1571, derramaron su sangre sobre la cubierta de decenas de buques para detener, en el golfo de Lepanto, las pretensiones expansionistas turcas.

No obstante, lo que no sabían todos aquellos soldados es que no sólo habían aplastado a la gran flota otomana que amenazaba el Mediterráneo, sino que también se habían ganado, a base de cañonazo y mandoble, un hueco en los libros de historia. Así, después de que se disipara el humo de las piezas de artillería, el mar quedó como testigo de una de las mayores victorias navales españolas.

Piratería y esclavitud, la antesala de Lepanto

Para llegar hasta esta gran victoria es necesario viajar unos años atrás, un tiempo en el que la sangre manchaba casi a diario las costas mediterráneas. «Cuesta creer hoy día que las tranquilas aguas del mar Mediterráneo fueran en otro tiempo escenario de asedios, batallas y guerras, y que miles de personas sufrieran el drama del cautiverio y la esclavitud. Y sin embargo, así fue», determina en declaraciones exclusivas a ABC el periodista y experto en historia militar española Miguel Renuncio.«A mediados del siglo XVI, dos potencias se disputaban el control del Mare Nostrum: España (dueña de Sicilia, Cerdeña y Nápoles) y el Imperio Otomano (cuyos dominios se extendían desde los Balcanes hasta Egipto). Los intereses contrapuestos de Madrid y Estambul habían desembocado en una guerra continua, que se englobaba en el esfuerzo general de los estados cristianos europeos por frenar el imparable avance turco», añade el experto.

A su vez, los españoles encontraron en esta época a unos fuertes enemigos en los piratas, que saqueaban sin piedad decenas de ciudades cristianas. «Mientras las tropas del sultán Solimán I conquistaban Hungría y llegaban incluso a asediar Viena, los estados berberiscos del norte de África (vasallos del Imperio Otomano) vivían de la piratería saqueando los puertos de España e Italia y asaltando sus barcos en alta mar. En definitiva, la situación llegó a ser tan crítica que se esperaba que, tarde o temprano, los turcos intentarían invadir Italia», señala Renuncio.

En este clima de tensión, los turcos pusieron, unos pocos años después, la guinda a este conjunto de afrentas contra los cristianos. «En mayo de 1565, la armada otomana llegó a las costas de Malta e inició el asedio a la isla, defendida por los caballeros de la Orden de San Juan u Orden de Malta. El asedio fue durísimo y se luchó palmo a palmo», determina el periodista.

Por suerte, este gran ataque fue detenido por los miles de soldados que envió España para socorrer a los sitiados, pues en la Península Ibérica se conocía la importancia estratégica de este territorio, como bien explica Renuncio: «De haber caído en manos del Imperio Otomano, Malta se hubiera convertido en el trampolín perfecto para asaltar Italia».

La gota que colmó la paciencia cristiana

Sin embargo, lo que finalmente hizo entrar en cólera a los cristianos fueron las exigencias planteadas por el nuevo sultán Solimán I (quien sucedió en el trono de Estambul a su padre). Concretamente, en 1570 el nuevo mandatario pidió la entrega de Chipre –contraria a los turcos- a su imperio.

Los cristianos consideraron esta petición como la gota que colmó el vaso. «En previsión de un ataque a la isla, el papa Pío V solicitó a España y Venecia la creación de una alianza militar con los Estados Pontificios con el objetivo de frenar la expansión otomana en el Mediterráneo», determina Renuncio.

De esta forma, y aunque fue dificultoso por la diversidad de opiniones entre ambos países, Pío V terminó «convenciendo» a ambos imperios para frenar la expansión del Islam en Europa. «En mayo de 1571, Madrid, Venecia y Roma crearon la Santa Liga (la alianza deseada por Pío V)», explica el experto, que añade además que hubiera sido imposible derrotar a la inmensa flota turca si no hubiera sido aunando fuerzas.

Esto no detuvo a los turcos que, de forma osada y sin temor a las consecuencias, iniciaron el asedio a Chipre. Ante esta afrenta, la flota de la nueva y flamante «Santa Liga» decidió iniciar los preparativos para acabar de una vez por todas con sus enemigos del este. «Aunque el ejército otomano había acabado ya con el último reducto de la resistencia veneciana en Chipre (Famagusta), se decidió buscar y destruir la armada del sultán, dirigida por Alí Pachá o Alí Bajá», completa el periodista.

Preparando la guerra

Para hacer frente al islam, la «Santa Liga» juntó una de las mayores flotas que han surcado los mares a través de la historia. «Contaban con 228 galeras, 6 galeazas, 26 naves y 76 menores. (234 de ellas de combate)», explica el Capitán de navío José María Blanco Núñez, Asesor del Instituto de Historia y Cultura Naval. «Por su parte, los turcos contaban con 210 galeras, 42 galeotas y 21 fustas (252 de combate)», completa el militar.

A su vez, y además del número de buques, la «Santa Liga» tenía a su favor la tecnología, pues sus tropas contaban con multitud de arcabuceros. Estos, partían con ventaja con respecto a los arqueros otomanos, ya que la pólvora tenía más alcance y causaba más daño que las flechas, las cuales solían rebotar contra las gruesas corazas cristianas. «Además, entre las tropas de la Santa Liga destacaban los famosos Tercios españoles. Felipe II había ordenado el embarque de unas 40 compañías procedentes de cuatro Tercios distintos, mandados por Lope de Figueroa, Pedro de Padilla, Diego Enríquez y Miguel de Moncada», determina por su parte Renuncio.

A pesar de todo, el número de combatientes no era muy desigual, según completa el periodista: «En total, la Santa Liga sumaba unos 90.000 hombres, entre soldados, marineros y remeros. En cuanto a la armada del Imperio Otomano, el número de hombres era muy similar, y entre sus soldados sobresalían los temidos jenízaros (cristianos que, tras ser capturados de pequeños, se convertían al islam y eran educados para la guerra)».

Una curiosa forma de batallar

Que la cantidad de soldados fuera similar era muy significativo, pues, en el SXVI, un combate naval no era como el que nos vende ahora la factoría Hollywood. «Los barcos actuaban como plataformas para el combate. Por aquellos años, la galera, el buque más utilizado, era una embarcación larga y estrecha, provista de una o dos enormes velas latinas. Sus dimensiones rondaban los 40 metros de eslora y los cinco de manga, y apenas levantaba un metro del nivel del mar. La artillería estaba formada, casi exclusivamente, por tres o cinco cañones fijos situados en la proa. Por lo tanto, se trataba de un barco cuya función principal consistía en servir de plataforma para la lucha cuerpo a cuerpo», añade el experto.De hecho, y según comenta Renuncio, los cañones de las galeras –que se encontraban ubicados en proa y popa- no servían tanto para atacar desde cierta distancia a sus enemigos como para acabar con los soldados enemigos cuando se entablaba el combate cuerpo a cuerpo. Así, lo más usual era que una embarcación embistiera a otra, ambas dispararan entonces su artillería, y la infantería entrara entonces en la lucha.

Sin embargo, para suplir esta escasa cadencia de fuego, Venecia también aportó su granito de arena a la «Santa Liga» con uno de sus más novedosos proyectos. «La galeaza era una auténtica fortaleza flotante. Se trataba de un invento veneciano, consistente en una galera de mayores dimensiones y, sobre todo, dotada de una artillería mucho más potente, con cañones móviles situados en las bandas. No obstante, estas naves eran difíciles de mover, por lo que muchas veces tenían que ser remolcadas», finaliza el periodista español.

Posiciones para el combate

Así, con las tropas preparadas para asestar el golpe definitivo a los turcos, la flota de la «Santa Liga» partió hacia Grecia. El grupo, formado en su mayoría por buques españoles, estaba dirigido de manera general por Don Juan de Austria. No obstante, cada nación aportó además un capitán para su facción. Tan sólo unos pocos días después de partir, el 7 de octubre, ambas armadas se encontraron cerca del Golfo de Lepanto dando lugar a lo que sería una de las batallas más sangrientas de la historia.

Durante la mañana, y con la extraña calma que suele preceder a la amarga batalla, ambas escuadras finalizaron su despliegue. En el bando español el centro estaba regido por «La Real», la nave de Don Juan de Austria. En el flanco izquierdo, se situaba amenazante el veneciano Agostino Barbarigo, a quién se le dieron órdenes de impedir que el enemigo les envolviera. Finalmente, el ala derecha estuvo regida por Juan Andrea Doria, genovés al servicio de España,

«Por último, el español Álvaro de Bazán tenía bajo su responsabilidad las galeras de la reserva, que debían socorrer un frente u otro en función de cómo se fuera desarrollando el combate», finaliza Renuncio. Sin embargo, lo que ninguno de los líderes sabía era que, en una de las galeras cristianas se hallaba, espada en mano, un joven literato que no superaba los 24 años: Miguel de Cervantes.

Frente a la armada de la «Santa Liga» se situaba desafiante la imponente flota turca. En el centro de la misma, a bordo de «La Sultana» se hallaba el terror de los cristianos: Alí Pachá. A su derecha, frente a Barbarigo, estaban ubicadas las fuerzas de Scirocco, bey de Alejandría. Finalmente, y para hacer frente a Andrea Doria, el líder turco seleccionó a Uluch Alí, bey de Argel.

Comienza la batalla

No cabía más espera. Después de que se arbolaran los crucifijos y estandartes y los sacerdotes absolvieran a los soldados por si morían en combate, los remeros comenzaron a sacar las palas. Desde «La Real», un grito, el de don Juan de Austria, ahuyentó el miedo de los marinos: «Hijos, a morir hemos venido, o a vencer si el cielo lo dispone».

Con celeridad, las naves turcas, como movidas por una única fuerza, comenzaron su avance inexorable hacia los buques de la «Santa Liga». Por suerte, los cristianos habían decidido que las galeazas, las fortalezas flotantes venecianas, se situaran por delante de la flota aliada para hacer blanco sobre los otomanos. El plan funcionó a la perfección pues, con un gran estruendo, estos navíos abrieron fuego con sus innumerables cañones sobre las tropas de Alí Pachá, mandando al fondo del mar a varias de sus galeras.

La fuerte acometida cogió por sorpresa a los otomanos, que se vieron obligados a romper su formación y tratar de acortar lo más velozmente la distancia que les separaba de los buques cristianos. No les quedaba más remedio, pues la potencia de fuego de las galeazas podía ser mortal para sus aspiraciones de conquista.

Una vez superada la primera línea de galeazas cristianas, comenzó la verdadera batalla. «Tras esto, las galeras de ambos bandos se trabaron unas con otras, barriendo al enemigo con el fuego de sus cañones, embistiéndose con sus espolones y lanzando a sus hombres al abordaje», determina Renuncio.

Pronto, y casi dirigidas por una fuerza extraña, «La Sultana» y «La Real» chocaron y se enzarzaron en un fiero combate cuerpo a cuerpo que se cobraría la vida de cientos de soldados. «Los hombres de ambas naves iniciaron una lucha sin cuartel, en la que “La Real” y “La Sultana” fueron socorridas por otras galeras, que hacían pasar a sus soldados a bordo de las dos capitanas» explica el experto. Ambas flotas sabían que no podían permitirse el lujo de perder sus buques de mando, pues sería algo nefasto para la moral de sus respectivas flotas.

Problemas iniciales

Mientras, en el flanco izquierdo cristiano, Barbarigo vivió momento de tensión cuando las tropas de Sirocco se introdujeron en un hueco dejado por las tropas del veneciano. Este, vio en unos instantes como su nave era asediada por media docena de buques enemigos. La lucha fue tan cruenta que, finalmente, el cristiano murió cuando el disparo de un arquero turco le acertó en un ojo. A pesar de todo, y con la ayuda de varias galeras que fueron a socorrer a su líder fallecido, se logró resistir la embestida turca.La situación no era mejor en el flanco contrario, donde Uluch Alí había conseguido atravesar la línea cristiana haciendo uso de una estratagema que alejó el ala derecha cristiana de la batalla. Por suerte, la escuadra de reserva acudió a socorrer el centro de «La Santa Liga». No obstante, no llegó lo suficientemente rápido como para salvar a varias galeras cristianas cuyos ocupantes fueron pasados a cuchillo sin piedad.

A partir de ese momento rindió la anarquía entre las diferentes naves, que trataban de resistir, junto al buque aliado más cercano, la acometida del enemigo. En este momento de incertidumbre, el joven Cervantes recibió varios disparos, uno de los cuales le alcanzó en la mano izquierda, dejándosela inútil para siempre. Por suerte, el posteriormente conocido como «el manco de Lepanto» pudo seguir escribiendo durante años con su brazo derecho.

Un final glorioso

«En esta situación, cuando la batalla se encontraba en el momento más decisivo, un disparo de arcabuz mató a Alí Pachá, lo que provocó el desmoronamiento de la resistencia a bordo de la Sultana. El estandarte musulmán fue arriado, al tiempo que los gritos de victoria en las filas cristianas iban pasando de una galera a otra», determina Renuncio.

Después de este golpe para los turcos, comenzó su retirada. «Uluch Alí consiguió escapar llevando consigo una pequeña parte de sus fuerzas y el estandarte arrebatado a los caballeros de la Orden de Malta, que también participaban en la armada cristiana», explica el experto.

«La victoria cristiana fue total. Entre 25.000 y 30.000 otomanos murieron en la batalla, frente a los 8.000 españoles, pontificios y venecianos. La batalla de Lepanto fue una matanza terrible, sin precedentes, pero sirvió para demostrar que el esfuerzo conjunto de las naciones cristianas podía frenar el avance del Imperio Otomano. Por fin, la armada del sultán había sido destruida, y con ella el mito de su invencibilidad», añade Renuncio.

Además del importantísimo valor militar, la batalla tuvo unas buenas consecuencias para España y la cristiandad. «Aunque aparentemente la batalla de Lepanto no tuvo consecuencias inmediatas, su importancia fue enorme desde el punto de vista moral y propagandístico, ya que sirvió para acabar en Europa con el mito de la invencibilidad otomana», finaliza el periodista.

Tras la batalla

A pesar de la gran derrota, el Imperio Otomano volvería a planta batalla tan sólo tres años más tarde, cuando consiguió conquistar Túnez a los españoles. A su vez, en 1574, Venecia firmó en secreto la paz con el sultán, rompiendo la Santa Liga y traicionando a España y al Papa. De esta forma, y aunque el pacto le ofrecía ventajas comerciales, también obligaba a esta república a pagar un tributo a Estambul y renunciar a Chipre.

«La paz era humillante para Venecia, pero, al fin y al cabo, era una república de mercaderes y prefería garantizar la seguridad de sus intercambios comerciales con Oriente antes que seguir aventurándose en inciertas campañas militares. Así pues, España volvía a estar sola en su lucha contra el expansionismo otomano, lo que parecía anunciar nuevas e inevitables guerras», explica Renuncio.

Sin embargo, el conflicto entre ambos imperios sólo duró hasta 1577. «Paradójicamente, españoles y turcos empezaron a estar cada vez más interesados en poner fin a su enfrentamiento —al menos, a su enfrentamiento a gran escala—, para poder ocuparse cada uno, con mayor libertad, de sus asuntos en otros escenarios. Además, la inactividad otomana demostró ser su peor enemigo: las galeras del sultán se pudrieron en los puertos y nunca más volvieron a suponer una amenaza para la seguridad de los estados cristianos del Mediterráneo», añade el experto.

Tres preguntas al Capitán de navío José María Blanco Núñez, Asesor del Instituto de Historia y Cultura Naval

m. p. v. madrid
1-¿Qué significó la derrota para el imperio Otomano?
Supuso el final de su expansión hacia Occidente, su freno en Europa, donde llegó hasta Viena de donde saldrá derrotado un siglo más tarde, su cambió de teatro al Indico, donde hizo sufrir de los lindo a los portugueses, lo que contribuirá a la unión de los reinos peninsulares.
2-¿Qué marcó la diferencia en Lepanto?
Lo que definitivamente descalabró a los turcos fue el buen empleo de la artillería de las cuatro (de seis) galeazas venecianas (20 cañones y 30 pedreros, cada una, mientras que las galeras mayores llevaban solamente 5 cañones a proa, que se disparaban una sola vez inminentemente antes del abordaje) que iban en vanguardia y entraron en fuego, y al magnífico comportamiento de la reserva mandada por D. Álvaro de Bazán, que abortó la brillantísima maniobra del cuerno izquierdo otomano mandado por Uluch Alí.
3-¿Cómo describiría, en un único párrafo, el impacto de esta batalla para España?
Nos proporcionó seguridad en nuestras derrotas imperiales, Barcelona-Génova que, por mor de la actitud francesa, era vital para el sostenimiento de Flandes; Puerto de Santa María (después Cartagena)-Mesina-Nápoles, sin embargo el corso ejercido por argelinos continuará azotando nuestra costa mediterránea hasta la paz de 1785, aunque hubiese desaparecido el peligro de ver las Columnas de Hércules en manos del Sultán de la Sublime Puerta.