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  • Las temperaturas inusualmente altas, los vientos persistentes del sur y un océano más cálido de lo normal se citan entre las causas
Los científicos están más preocupados por cómo se ha comportando la región antártica en noviembre - J. Beitler/National Snow and Ice Data Center

Los científicos están más preocupados por cómo se ha comportando la región antártica en noviembre – J. Beitler/National Snow and Ice Data Center

La extensión del hielo marino del Ártico y el que rodea la Antártida registró récords mínimos históricos en noviembre desde que en 1979 comenzaran los registros por satélite, según los últimos datos del Centro Nacional de Datos de Nieve y de Hielo (NSIDC, en sus siglas en inglés), que pertenece al Instituto Cooperativo para la Investigación en Ciencias Ambientales (Cires) de la Universidad de Colorado en Boulder (Estados Unidos).

La superficie helada del Ártico promedió en noviembre 9,08 millones de kilómetros cuadrados (km2), lo que supone 1,95 millones de km2 por debajo de la media de ese mes entre 1981 y 2010.

La disminución fue de unos 50.000 km2 y se produjo principalmente en el mar de Barents, una zona del océano Ártico al norte de Noruega, Finlandia y el oeste de Rusia.

La extensión del mes pasado fue de 3,2 desviaciones estándar por debajo del promedio, que supera la de 2012, cuando la superficie del verano alcanzó entonces un récord mínimo.

La superficie helada del Ártico promedió en noviembre 9,08 millones de km2, casi dos millones por debajo de la media de ese mes entre 1981-2010

Los científicos del NSIDC indicaron que esta reducción no tiene precedentes en el registro satelital de noviembre y que las temperaturas inusualmente altas, los vientos persistentes del sur y un océano más cálido de lo normal provocaron ese mínimo histórico.«Parece un triple contratiempo», recalcó Mark Serreze, director del Centro Nacional de Datos de Nieve y de Hielo.

Desde el noreste de Groenlandia hacia los archipiélagos de Svalbard (Noruega) y Tierra del Norte (noreste de Rusia), las temperaturas del aire a 925 hectopascales de presión (unos 720 metros sobre el nivel del mar) fueron de hasta 10ºC sobre el promedio de noviembre entre 1981 y 2010.

Las temperaturas de la superficie oceánica en los mares de Barents y Kara se mantuvieron inusualmente altas: hasta 4ºC por encima del promedio alrededor del archipiélago de Nueva Zembla (Rusia) y Svalbard. Ello reflejó un patrón de vientos del sur que ayudó a empujar el hielo hacia el norte y reducir la extensión helada.

«Normalmente, el hielo marino comienza a formarse en los fiordos a principios de noviembre, pero este año no se encontró hielo», apuntó Juliana Stroeve, científica del NSIDC que estuvo en Svalbard el mes pasado.

El hielo marino del Ártico se encuentra ahora en las primeras etapas de congelación del invierno y se espera que continúe expandiéndose hasta alcanzar su máximo alrededor de marzo del próximo año.

Hemisferio sur
En cuanto al hemisferio sur, la extensión de hielo marino que rodea la Antártida disminuyó muy rápidamente a principios de noviembre y estableció un mínimo récord de este mes debido a las temperaturas moderadamente cálidas y a un cambio rápido en los vientos circumpolares.

La extensión media del hielo antártico en noviembre fue de 14,54 millones de kilómetros cuadrados, lo que significa 1,81 millones de km2 menos que la media entre 1981 y 2010. Se trata de más del doble del mínimo histórico anterior de noviembre, establecido en 1986, y 5,7 desviaciones estándar por debajo del promedio de ese periodo de 30 años de referencia.

La extensión media del hielo antártico en noviembre fue de 14,54 millones de km2; 1,81 millones menos que la media entre 1981 y 2010
Las temperaturas del aire en el Antártico fueron de dos a cuatro grados más altas de lo normal y un patrón de vientos fuertes del oeste contribuyeron a crear una capa de hielo marino más dispersa en esa zona del planeta. Un cambio rápido a una estructura de viento más variada, con tres áreas principales de vientos del norte, comprimió rápidamente el hielo marino alrededor de Tierra de Wilkes, Tierra de la Reina Maud y la Península Antártica. Además, al este del mar de Weddell y a lo largo de las costas de los mares de Admunsen y de Ross se abrieron varias polinias muy grandes (espacios abiertos de agua rodeados de hielo marino).

«El Ártico ha sido normalmente donde más interés encontramos, pero este mes la Antártida ha cambiado el guión y es el hielo meridional el que nos sorprende», señaló Walt Meier, científico de la NASA e investigador afiliado al NSIDC.


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  • «El Ártico es una Meca rusa», ha escrito en Twitter el viceprimer ministro ruso tras su visita reciente al archipiélago noruego de Svalbard
 nasa Imagen satélite del Cículo Polar Ártico

NASA | Imagen satélite del Cículo Polar Ártico

Con una guerra empantanada en el este de Ucrania y con las consecuentes sanciones económicas de Occidente, Rusia no cesa en su búsqueda de alternativas económicas para no hundirse. Por un lado, intenta reforzar sus alianzas con socios estratégicos como Venezuela y por el otro, profundiza en su exploración energética a lo largo de su extenso territorio. A este respecto, parece dirigirse el Gobierno de Putin con el Ártico, donde además de Rusia otros siete países son propietarios y benefactores de los recursos naturales del fondo marino: Canadá, Dinamarca por Groenlandia, Noruega, Estados Unidos, Suecia, Finlandia e Islandia.

«El Ártico es una Meca rusa», ha escrito en Twitter el viceprimer ministro ruso tras su visita reciente al archipiélago noruego de Svalbard. Tal como analiza «BBC Mundo», estas declaraciones, más que una provocación, fueron una declaración de principios. En el mismo artículo recuerdaa que, en 2007, el vicepresidente de la Cámara de Diputados rusa y también popular explorador polar, Artur Chiligárov, colocó en el fondo del Ártico una cápsula de titanio.

Para sobreponerse a la crisis económica, que a duras penas está sabiendo apaciguar el Gobierno, Putin trata de abrir nuevas rutas de tránsito, en las que ha encontrado nuevos depósitos de petróleo y minerales. Según un artículo de «Oro y Finanzas», para este propósito, Moscú está planificando una militarización con la que consolidar su fuerza antes de fin de año ante la mirada de sus vecinos.

El Ártico contiene nada menos que el 25% de las reservas mundiales de petróleo y gas, no descubiertas y que se esconden bajo sus gélidas aguas. Moscú, sabedor de este dato y del progresivo deshielo, quiere posicionarse en lo que es una zona mucho más tranquila tanto en política como en volatilidad económica que Oriente Próximo.


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  • En septiembre de 1945, cuatro meses después de la capitulación de Alemania, una unidad nazi se rindió a un barco pesquero en la perdida isla de Spitzbergen
 Archivo ABC Bombarderos americanos lanzan explosivos sobre una de las bases meteorlógicas nazis ubicadas en el Ártico


Archivo ABC
Bombarderos americanos lanzan explosivos sobre una de las bases meteorlógicas nazis ubicadas en el Ártico

Frío, hambre, desesperación y desconcierto. Todo eso –y otras tantas cosas más- es por lo que debieron pasar la media docena de soldados nazis que, en septiembre de 1945 –cuatro meses después de que Alemania capitulase ante los aliados-, se rindieron a un barco ballenero noruego en una perdida isla cercana al Ártico. De esa forma dieron por finalizada una misteriosa misión que había ocupado sus vidas durante más de un año y que, en contra de lo que afirma la leyenda negra, se basaba en recoger datos meteorológicos de forma secreta para que Adolf Hitler planeara sus invasiones sin que una tormenta molestara a sus tropas. Un cometido trascendental que se extendió en el tiempo más allá del fin de la contienda y que permitió a estos germanos convertirse en los últimos combatientes de su país en entregarse al enemigo.

Este curioso suceso es uno de tantos que se pueden hallar en «Pequeñas grandes historias de la Segunda Guerra Mundial», el último trabajo del historiador y periodista Jesús Hernández. Autor de obras tan conocidas como «Las 100 mejores anécdotas de la Segunda Guerra Mundial», el español ha decidido mantener un estilo basado en los pequeños relatos para captar el interés del lector. Aunque eso sí, cada uno de ellos sustentado en datos estrictos y contrastados tras una profunda y extensa investigación histórica.

«Mi nuevo libro, aunque pueda parecer un simple libro de anécdotas, va mucho más allá. Contiene datos tan curiosos y sorprendentes como significativos, y ofrece información que no suele aparecer en los libros de historia. Por ejemplo, el hecho de que los Aliados gastasen más dinero en cigarrillos que en balas, que la mayoría de los soldados que participaron en una batalla no llegaron a disparar ni una vez o que, en un combate intenso, la mitad de los soldados se orinaba y la cuarta parte se lo hacía en los pantalones… Por tanto, creo que mi obra supera el concepto de anecdotario, proporcionando una nueva y estimulante visión de la contienda», explica, en declaraciones a ABC, el propio autor.

La batalla del clima, el origen de todo

Lejos de ser una mera curiosidad, la meteorología fue de vital importancia durante toda la Segunda Guerra Mundial. No era para menos, pues conocer donde caería una caprichosa lluvia o una molesta granizada permitía a los jefazos de chaqueta de cuero y esvástica tomar decisiones tales como qué día era el idóneo para desembarcar en una playa o qué jornada era la mejor para enviar una gigantesca operación aérea. Esta necesidad de información sobre el tiempo hizo que los contendientes iniciaran una auténtica guerra meteorológica a pocos kilómetros del Polo Norte -una ubicación ideal para prever la influencia de los vientos sobre las condiciones climatológicas del Atlántico Norte- por la supremacía de la información atmosférica.

«La información meteorológica tenía una importancia vital, tanto para los alemanes como para los aliados. Hitler fijó posteriormente el momento de atacar en las Ardenas en base a la información que le llegó de la estación meteorológica de las islas Spitzbergen. Por su parte, los aliados lanzaron el desembarco en Normandía tras saber que contarían con una tregua en el temporal que azotaba la región. Sin la información meteorológica no se entenderían buena parte de las decisiones que se tomaron a lo largo de la guerra», añade Hernández.

Wilhelm Dege, durante la misión y tras ella Archivo ABC

Wilhelm Dege, durante la misión y tras ella
Archivo ABC

Los primeros en posicionarse por aquellos helados páramos fueron los estadounidenses, quienes –allá por 1941- arribaron al sur de Groenlandia y establecieron en la zona una base desde la que estudiar el clima. En principio recibieron la ayuda del gobierno local, el cual creó varias patrullas de esquiadores daneses, noruegos y esquimales con la orden de informar en el caso de que vieran algún símbolo nazi en el horizonte. A pesar de que, en los mese siguientes, las cosas anduvieron tranquilas, finalmente estos vigías terminaron dándose de bruces contra una unidad alemana ansiosa de instalar su propia estación en el lugar el 13 de marzo de 1943 . Malas noticias para los americanos.

La situación empeoró cuando los soldados del Tío Sam se enteraron de que los nazis habían construido ya -como auténticos posesos- la estación meteorológica en la misma Groenlandia. Al tener noticias, los oficiales estadounidenses tomaron una decisión muy americana: enviar un avión cargado hasta los topes de explosivos y lanzar bombas sobre el edificio hasta que dejase de emitir aquella información de vital importancia para el enemigo. Lo cierto es que el plan (el cual no fue tampoco una muestra de ingenio y estrategia) salió a la perfección y los nazis abandonaron a la carrera la zona. Sin embargo, si por algo se destacaban los germanos era porque, cuando se les metía una idea en la cabeza, hacían todo lo posible por cumplirla. Estarían vencidos de momento, pero querían ganar la guerra del clima.

La «Operación Haudegen»

Ese mismo año, los alemanes volvieron a la carga. Sabedores de la importancia táctica de la información meteorológica, las fuerzas armadas germanas solicitaron 70 voluntarios para llevar a cabo una misión secreta que, posteriormente, sería conocida como «Haudegen» («Estocada»). La operación era tan misteriosa que los mandos se limitaron a describirla como «una misión muy especial en una zona muy fría». La realidad, sin embargo, era algo diferente, pues la «Kriegsmarine» (la marina de guerra alemana) y la «Luftwaffe» (la fuerza aérea) pretendían enviar un equipo de militares hasta la deshabitada isla Spitzbergen (ubicada entre el océano Ártico, el mar de Barents y el mar de Groenlandia). La finalidad, nuevamente, era lograr que un pequeño grupo instalase una base en la región y, sin ser descubiertos, enviaran periódicamente información atmosférica a los hombres del «Führer».

«Los voluntarios que respondieron al llamamiento recibieron entrenamiento en los Alpes, preparándose para las bajas temperaturas que deberían soportar en el Ártico. Se les adiestró para desplazarse por la nieve y construir iglús, pero también se les enseñó las habilidades necesarias para vivir largos períodos de aislamiento, como sacar una muela, curar heridas de bala, o amputar extremidades congeladas. No se les comunicó a dónde iban a ser enviados, ya que se quería mantener en secreto la misión», señala el historiador en su libro. A su vez, se les informó de que, una vez en la zona de operaciones, no podrían comunicarse con sus familias hasta su regreso.

El viaje hacia Spitzbergen

Una vez que se seleccionó a los 10 «afortunados», los oficiales seleccionaron al jefe de la operación. El escogido fue Wilhelm Dege, con estudios –entre otras cosas- en Geología y Geografía y que, a sus escasos 33 años, ya había pisado en varias ocasiones el Ártico. Este barbudo experto ataviado siempre con sus inseparables gafas redondas conocía también el idioma local a la perfección, por lo que la «Wehrmacht» no tuvo problemas a la hora de tomar la decisión. Seleccionado el mandamás, el 5 de agosto de 1944 la expedición inició su viaje desde el puerto de Sassnitz (ubicado al norte de Alemania).

Mapa de la guerra meteorológica Archivo ABC

Mapa de la guerra meteorológica
Archivo ABC

«Llevaban víveres para tres años y los instrumentos necesarios para llevar a cabo su labor científica, así como el armamento necesario para poder defenderse en caso de ataque aliado: seis ametralladoras, doce fusiles, diecinueve pistolas y trescientas granadas. Además, llevaban con ellos cuatro rifles especiales para cazar osos», añade Hernández en su obra. La expedición hizo su primera parada en Narvik (actualmente, al norte de Noruega) y, desde allí, llegaron a su destino el 13 de septiembre de ese mismo año.

Al servicio del Reich y de la meteorología

Ya en Spitzbergen, y dichosos por no haber sido descubiertos por los soldados americanos, Dege y sus hombres instalaron la base (la cual se correspondía con una serie de barracones prefabricados que sólo hubo que bajar del buque). A su vez, y ya informados de los objetivos que debían cumplimentar para Hitler, pusieron a punto sus instrumentos de medición meteorológica.

«El grupo comenzó entonces a desarrollar su trabajo diario, que comenzaba a las siete de la mañana y les ocupaba hasta las seis de la tarde. Después de transmitir puntualmente los mensajes a Berlín a las ocho de la tarde, los miembros de la expedición cenaban y pasaban un rato de esparcimiento, ya fuera cantando, leyendo los libros de la biblioteca, o con algunas copas de licor, hasta las 11 de la noche, cuando debía retirarse a dormir», completa Hernández.

«Con mucha frecuencia salíamos de patrulla. Dichas patrullas también tenían la misión de explorar el terreno de la zona norte de la isla, con objeto de lograr información científica. Teníamos contacto permanente con la patria y estábamos al corriente de la situación», narró, posteriormente, el propio Dege en declaraciones recogidas por el diario ABC en la década de los 70.

A pesar del carácter científico de su trabajo, lo cierto es que las condiciones eran algo penosas para este grupo de germanos, aunque eso no les impedía pasar buenos ratos e, incluso, recibir alguna clase por parte del oficial al mando, a quien sus veinteañeros compañeros escuchaban atentamente cuando les impartía conocimientos sobre literatura, geografía o ciencias.

El final del Reich

Al tener periódicamente noticias de lo que sucedía en la vieja Europa, no tardaron en conocer los difíciles momentos que atravesaba el Tercer Reich desde la derrota en Stalingrado, el momento clave que hizo pasar a sus camaradas a la defensiva y empezar a retirarse hasta Berlín. A pesar de ello, el valor que su trabajo tenía para Alemania provocó que, desde el gobierno, se les solicitara postergar su misión en 1945. «Nos preguntaron desde Oslo si, en lugar de quedarnos en Spitzberg hasta el otoño de 1945, podíamos hacerlo por un año más, en cuyo caso nos mandarían dos aviones con los suministros necesarios», explicó el experto alemán.

Aunque aceptando esta petición se mantenían lejos de las balas que volaban sobre Berlín (donde todo aquel con fuerzas para levantar un fusil era reclutado para defender la capital del Reich de los aliados), lo cierto es que este grupo sentía una mezcla de morriña y desesperación ante la idea de que el nazismo se viniese abajo. «El estado moral y físico en qué nos encontrábamos no podía ser mejor, pero nos inquietaba sobremanera la situación allá en la patria», completa Dege.

Los últimos en rendirse

Finalmente, las peores pesadillas de este grupo de germanos se materializaron cuando, el 2 de mayo de 1945, les informaron desde Berlín de que Hitler se había suicidado junto a Eva Braun en el búnker de la Cancillería y la guerra iba a terminar en cuestión de días. Sabedor de que su misión ya no tenía utilidad alguna, Dege comunicó entonces a los aliados que rendía la base, aunque no sin antes destruir todos los documentos concernientes a los datos recogidos. Los estadounidenses aceptaron. Sin embargo, la situación se volvió dantesca cuando, con el paso de las semanas, se percataron de que ningún buque acudía a aceptar su capitulación ni a recogerles.

Tuvieron que pasar meses hasta que se les informó de que un navío acudiría a recogerles, aunque no sería militar, sino un bajel noruego (el «Blassel») dedicado a la caza de focas. «Llegando agosto, cuando las primeras y tenues capas de hielo aparecieron en el fiordo, preguntamos por radio si en dicho año irían a recogernos. Con gran sorpresa recibimos la noticia de que el 3 de septiembre de 1945, es decir, bastante tiempo después de la capitulación, llegaría en nuestra busca un grupo de cazadores noruegos», añade el alemán en las declaraciones recogidas por ABC.

Jesús Hernández, en una fotografía cedida a ABC J.H.

Jesús Hernández, en una fotografía cedida a ABC
J.H.

Así pues, y tal y como estaba prometido, éstos arribaron hasta su posición el día determinado, aunque con no pocos problemas. «El barco en el que viajaban llegó hasta nuestro enclave con alguna dificultad, pues no en vano había ido a parar a un territorio situado al borde de las posibilidades de la raza humana», finaliza Dege.

Aquel 3 de septiembre de 1945, el científico y militar alemán vivió una de las situaciones más surrealistas de su vida pues –como bien señala Hernández en su obra- el capitán del buque noruego no era un soldado y no sabía cuál era el procedimiento para aceptar una capitulación. En un intento de llevar a buen término la rendición, Dege decidió sacar su pistola del cinto y entregársela a su interlocutor. El gesto desconcertó al primero, que preguntó si podía quedársela como recuerdo. Sin duda, un curioso final para una extraña historia y una rara misión.

Finalmente el «Blaasel» partió al día siguiente de vuelta a Alemania cargado con aquellos 11 alemanes, quienes ya se habían convertido en los últimos germanos en rendirse después de la guerra. Al menos, así contó Dege su historia hasta que falleció en 1979.


Tres preguntas a Jesús Hernández


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  • Mastodontes y otros grandes mamíferos ocuparon Alaska hace 125.000 años, cuando la zona todavía era cálida y mucho antes de la colonización humana
Los elefantes que habitaron el Ártico

George | Hace unos 125.000 años, gigantescos mamíferos ocuparon Alaska. En la imagen, el mastodonte, el perezoso de tierra, el pecarí de cabeza plana y el camello occidental

Hubo una vez en que los mastodontes americanos, parientes extintos de los elefantes actuales, llegaron a vivir en un área del mundo tan extrema como el Ártico. Ocurrió hará unos 125.000 años, cuando el clima en la zona era cálido y existían bosques y humedales de los que poder alimentarse en compañía de otros grandes mamíferos. Esto no duró para siempre. Cuando las condiciones climáticas empeoraron, hace unos 75.000 años, el mastododonte desapareció de la zona. Esta es la principal conclusión de un nuevo estudio publicado en la revista Actas de la Academia Nacional de Ciencias (PNAS), que elimina a los cazadores como causa de esa exintinción local. Faltaban milenios para que los seres humanos llegaran a colonizar la zona por primera vez.

A lo largo de finales del Pleistoceno, entre aproximadamente 10.000 y 125.000 años, el mastodonte americano (Mammut americanum) se generalizó y ocupó muchas partes de la América del Norte continental, así como lugares periféricos como las zonas tropicales de Honduras y la costa ártica de Alaska. Estos animales se alimentaban de plantas leñosas y vivían en los bosques de coníferas u otros árboles con pantanos de tierras bajas.

«Los dientes de mastodonte eran eficaces pelando y triturando ramas, hojas y tallos de arbustos y árboles. Por lo que parece poco probable que fueran capaces de sobrevivir en las regiones cubiertas de hielo de Alaska y Yukón durante el último período completo de los glaciares, como la datación de un fósil anterior había sugerido», explica el paleontólogo Grant Zazula, autor principal del estudio.

El equipo de investigación utilizó dos precisos tipos de datación por radiocarbono en una colección de 36 dientes fósiles y huesos de mastodontes americanos de Alaska y Yukón, la región conocida como el este de Beringia. Los métodos de datación, realizados en la Universidad de Oxford y la Universidad de California, Irvine, están diseñados para examinar únicamente el material de colágeno óseo, sin las contaminaciones de los preparados que se utilizaban hace años para conservar los especímenes.

Todos los fósiles resultaron ser más antiguos de lo que se pensaba, con la mayoría sobrepasando los 50.000 años, el límite efectivo de la datación por radiocarbono. Al tener en cuenta las preferencias de hábitat de mastodonte y otra información ecológica y geológica, los resultados indican que probablemente los mastodontes solo vivieron en el Ártico y el subártico durante un tiempo limitado, cuando se establecieron los bosques y los humedales y las temperaturas eran tan cálidas como hoy en día.

«La residencia de los mastodontes en el norte no duró mucho tiempo -dice Zazula-; el restablecimiento de las condiciones glaciales frías y secas, junto con el avance de los glaciares continentales alrededor de 75.000 años atrás destruyeron eficazmente sus hábitats». Estos parientes de los elefantes desaparecieron de Beringia, y sus poblaciones se desplazaron a zonas mucho más al sur, donde en última instancia sufrieron una extinción completa hace unos 10.000 años».

Perezosos, camellos y castores

La investigación tiene varias implicaciones. Los paleontólogos saben que los perezosos terrestres, camellos y castores gigantes (todos miembros de la megafauna) también hicieron esa misma migración, pero todavía están investigando qué otros grupos de animales podrían haber seguido esa misma suerte. La nueva investigación también sugiere que los seres humanos no podrían haber estado implicados en la extinción local de mastodontes en el norte hace 75.000 años, ya que aún no habían cruzado el istmo de Bering desde Asia, que se cree que fue el primer punto de entrada de personas hacia el continente americano.

«No estamos diciendo que los humanos no estuvieran involucrados en la última batalla de la megafauna hace 10.000 años (cuando se extinguieron por completo). Pero para entonces, la población de mastodontes ya se había reducido a la región de los Grandes Lagos», explica Ross MacPhee, del Museo Americano de Historia Natural y coautor del estudio. «Ese es un escenario muy diferente a decir que las depredaciones humanas causaron la pérdida universal de mastodontes en toda su área de distribución en el espacio de unos pocos cientos de años, que es la visión convencional», añade. En definitiva, el puzzle de la desaparición de la megafauna americana se complica aún más.

Los elefantes que habitaron el Ártico

Reconstrucción de un mastodonte americano. Abajo, comparación entre un mastodonte americano (izquierda) y un mamut lanudo George


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  • Los 129 tripulantes perecieron a consecuencia del frío, las enfermedades, el envenenamiento con plomo (a través del agua de los barcos o las comidas enlatadas que transportaban) y la falta de alimentos
Canadá confirma que los restos hallados en el Ártico pertenecen al navío Erebus de la Expedición Franklin

Parks Canadá | Imagen de sónar de barrido lateral con el casco del barco, que sigue intacto

El primer ministro canadiense, Stephen Harper, anunció hoy que los restos de un barco del siglo XIX hallados en el Ártico a mediados de septiembre pertenecen a los de la embarcación Erebus del explorador británico John Franklin.

Harper, que desde que llegó al poder en 2006 se ha esforzado por fortalecer el pasado británico de Canadá, realizó el anuncio de la identificación del barco durante la sesión diaria de preguntas al Gobierno en el Parlamento canadiense.

Posteriormente, en un comunicado, Harper dijo que “me satisface anunciar hoy que el barco de la Expedición Franklin localizado por la Expedición Victoria Strait en septiembre ha sido identificado como el Erebus“. Harper añadió que la identificación del barco contribuye a “resolver uno de los grandes misterios históricos de Canadá”.

La “obsesión” de Harper con la Expedición Franklin ha sido criticada por los partidos de la oposición y organizaciones sociales que han contrastado su desinterés por las demandas de grupos indígenas para investigar la desaparición y asesinato de centenares de mujeres aborígenes con los esfuerzos para localizar el Erebus.

Harper también ha sido criticado por engrandecer “el misterio” de la Expedición Franklin ya que desde hace décadas se sabe lo sucedido con los dos barcos y los 129 miembros de la expedición que partió del Reino Unido en mayo de 1845.

Los dos barcos, Terror y Erebus, quedaron atrapados en el hielo en 1846 entre las islas Somerset y Prince of Wales por los errores cometidos por su comandante, John Franklin.

Los 129 tripulantes perecieron a consecuencia del frío, las enfermedades, el envenenamiento con plomo (a través del agua de los barcos o las comidas enlatadas que transportaban) y la falta de alimentos. Los científicos también han concluido que algunos recurrieron al canibalismo para intentar sobrevivir.

Paradójicamente el Erebus fue localizado en septiembre por una expedición financiada por el Gobierno canadiense y acaudalados empresarios del país en el lugar indicado desde hace más de un siglo por los indígenas del Ártico canadiense, los inuit.

Sin embargo, su tradición oral ha sido ignorada hasta el punto que Harper nunca ha reconocido públicamente su contribución al descubrimiento del Erebus.


El Mundo

  • La asociación conservacionista ha recreado los efectos que tendría en ciudades españolas como Marbella, San Sebastián o Benidorm

A finales de siglo, las playas de Benidorm, de Marbella y de San Sebastián quedarán sumergidas bajo torrentes de agua, al igual que la mayor parte de las infraestructuras que se encuentren en las zonas costeras. El aumento de las temperaturas y el deshielo de los casquetes polares serán los principales causantes. Incluso los viñedos se verán gravemente afectados por las escasas precipitaciones y el posible cambio en las propiedades de la tierra que afectarían a la calidad de la uva.

Estas son algunas de las conclusiones a las que ha llegado la organización conservacionista Greenpeace, que ha decidido recrear con impactantes fotografías las posibles consecuencias que tendrá el cambio climático sobre el Ártico y, en consecuencia, en el resto del planeta. Unos efectos que se producirían en el año 2100 «si no se establecen acciones políticas que favorezcan la protección sobre la zona», afirman desde la organización.

Según los datos calculados por Polar Science Center, en los últimos 30 años se han perdido alrededor de tres cuartas partes del volumen del hielo en el Ártico. Y si para finales de siglo el hielo de Groenlandia se derrite, el nivel del mar subirá hasta siete metros y «acabará por devorar cientos de metros del litoral mediterráneo» afirma Pilar Marcos responsable de la campaña del Ártico.

«El Ártico es un asunto también de España», cuenta la responsable de la campaña de Cambio Climático, Tatiana Nuño, durante una rueda de prensa que ha tenido lugar en la mañana del martes. «El cambio climático está causado por el hombre y está afectando a los océanos debido al aumento de los gases de efecto invernadero», explica. «Sus impactos se están notando en todas las partes del Planeta».

Efectos sobre España

A pesar de la distancia que separa a España del Ártico, un cambio sobre el ecosistema de esta región polar encargada de refrigerar el planeta afectaría directamente sobre la Península Ibérica.

A medida que el deshielo aumente sobre el Ártico, los rayos solares dejarán de ser reflejados por las capas de hielo y, en su lugar, los océanos absorberán el calor. Además, tras las heladas capas existen gases de efecto invernadero (principalmente metano) cuya liberación por derretimiento agravaría el cambio climático.

Así una de las zonas que más sufrirá el impacto del cambio climático será el sur de Europa, donde el V informe generado por el IPCC (Panel Intergubernamental de Naciones Unidas para el Cambio Climático) prevé un aumento de las temperaturas, mayores olas de calor, una mayor dificultad para acceder al agua dulce, un aumento en el número y duración de los incendios y posiblemente el asentamiento de nuevos insectos que propaguen enfermedades.

Mónica San Martín Molina, bombera forestal de la Comunidad de Madrid, es testigo de cómo los incendios han ido cambiando a lo largo de los años «cada vez son más virulentos, más devastadores y en 10 minutos se ha convertido un pequeño fuego en un incendio descomunal». «Donde yo vivo, los montes están totalmente devastados, es como el Sáhara, no encuentras ni una sombra», cuenta. «Tan solo quedan esqueletos de árboles centenarios y piedras».

El Ártico, un santuario

La organización Greenpeace pide que el Ártico, cuyo contexto geopolítico se encuentra bajo el poder del «Consejo del Ártico» -formado por Canadá, Rusia, Noruega, Dinamarca, Islandia, Estados Unidos, Suecia y Finlandia-, se convierta en un ‘santuario’ para preservar su estado y evitar el tráfico marítimo, la pesca industrial y las explotaciones petrolíferas sobre el terreno.

Además, denuncia que Rusia haya comenzado con las primeras extracciones de hidrocarburos provenientes de la plataforma Prirazlomnaya. Así las primeras toneladas obtenidas en alta mar (70.000) están llegando a Europa «de manera ilegal», cuenta Pilar Marcos.

También, reclaman al Gobierno español que «se posicione» sobre lo que quiere hacer en el Ártico puesto que «tiene mayor capacidad de influir para incrementar la transparencia e igualdad en los temas relacionados con la región ártica al ser un país observador desde el 2006», concluye la organización.


El Pais

  • La extensión máxima de la superficie marina helada crece 17.000 kilómetros cuadrados al año
  • El incremento es muy inferior a la disminución del Ártico

Extensión de hielo marino en la Antártida, en septiembre, con la referencia de la media 1979/2000. / NASA

La superficie de hielo marino en la Antártida está creciendo año a año. Son unos 17.000 kilómetros cuadrados de incremento anual (máxima extensión invernal) desde 1978 a 2010, y el proceso, que no es uniforme en las diferentes regiones costeras del continente blanco, se está acelerando. De cualquier modo, se trata de una superficie muy inferior a la que se está perdiendo (en verano, en este caso) en el otro lado del mundo, en el Ártico, donde la extensión del hielo, el pasado septiembre, era casi tres millones y medio de kilómetros cuadrados menor que la media estival de 1979 a 2000, según datos de los científicos de la NASA que analizan la información de los satélites.

La Antártida resulta un territorio difícil para los científicos del cambio climático, pero los investigadores que han calculado el aumento de la extensión de hielo marino allí, liderados por Claire Parkinson, advierten de que este proceso no contradice el calentamiento global. “El clima no cambia de modo uniforme: la Tierra es muy grande y claramente se prevé que haya diferentes cambios en diferentes regiones del mundo, aún con el calentamiento del sistema en general”, ha recalcado la investigadora del centro Goddard, de la NASA, en una nota.

¿Por qué está creciendo la extensión de la plataforma de hielo marino en el continente blanco? La clave puede estar en la circulación atmosférica, sugieren Parkinson y sus colegas. Ellos mencionan estudios recientes que apuntan como culpable al adelgazamiento de la capa de ozono sobre la Antártida: el ozono absorbe energía solar, por lo que la reducción de la concentración de estas moléculas en la atmósfera puede provocar un enfriamiento de la estratosfera. Pero, a la vez, suben las temperaturas en las latitudes medias, y esto refuerza los vientos circumpolares en determinadas regiones antárticas, como la plataforma de Ross, donde se ha registrado el mayor incremento de hielo entre 1978 y 2010 (casi 14.000 kilómetros de aumento) al año. El aumento es menor en el Mar de Weddell, pero en el Mar de Amundsen y en el de Bellingshausen está disminuyendo la superficie de agua helada.

En Ross, “los vientos son cada vez más fuertes y empujan la plataforma hacia mar abierto, lo que deja espacios abiertos de agua, llamados polinias; y cuanto más extensas son estas polinias costeras más hielo se genera porque ahí las aguas están en contacto directo con la atmósfera invernal muy fría y se congelan rápidamente”, explica Josefino Comiso, científico de Goddard.

La extensión del hielo aumenta, pero ¿podría estar disminuyendo el grosor? Estudios precedentes han mostrado que la capa helada marina era algo más delgada en 2008 que en 2003, pero el incremento de extensión registrado en ese tiempo compensa con creces ese adelgazamiento, por lo que el volumen total ha aumentado. La NASA apunta que este año la extensión máxima del hielo marino invernal en la Antártida se ha registrado en septiembre, dos semanas después del mínimo (estival) de hielo en el Ártico.


El Mundo

El satélite Cryosat-2, lanzado hace dos años por la Agencia Espacial Europea (ESA) con la misión de elaborar el primer mapa fiable de la densidad del hielo en los casquetes polares, ha confirmado la existencia de grandes variaciones en el espesor de la capa helada del océano Ártico.

Las mediciones se efectuaron entre octubre del 2010 y marzo del 2011 y sirven de complemento a los datos sobre el deshielo acelerado en superficie detectado en el último medio siglo, y particularmente en la última década.

No estamos aún en condiciones de poder asegurar si las oscilaciones son estacionales o si se pueden relacionar con el cambio climático“, advirtió sin embargo Volker Liebig, director del Programa de Observación Terrestre de la ESA, durante la presentación del primer mapa del espesor del hielo del Ártico en la Royal Society de Londres.

Su misión: determinar el efecto del cambio climático

“Necesitamos los datos durante dos o tres años para averiguar si existe realmente una tendencia”, agregó Liebig. “La misión fundamental del satélite va a ser precisamente ésa: derterminar de qué manera el banco de hielo del Ártico responde al cambio climático”.

“Lo que está claro es que el Cryosat-2 se va a convertir en una herramienta imprescindible para conocer mejor esta región tremendamente sensible“, concluyó Liebig. “En esta zona se encuentran entre el 15% y el 20% de las resevas mundiales de petróleo y gas, y las presiones geopolíticas van a ser muy grandes en los próximos años”.

El Cryosat-2, similar al aparato perdido durante su lanzamiento en el 2005, orbita a 700 kilómetros sobre la superficie de la Tierra y está dotado de un altímetro que permite efectuar mediciones muy precisas del grosor de la capa flotante de hielo en el Ártico y sobre las superficies de Groenladia y la Antártida.

“El hielo en el Ártico está disminuyendo y ése es un hecho ya probado”, declaró por su parte Duncan Wingham, director ejecutivo del National Environment Research. “La misión Cryosat nos va a permitir registrar con mayor precisión la pérdida del volumen y conocer mejor la dinámica. Las mediciones en tierra y en avionetas a escasa altura no nos permitían la visión completa que ahora empezamos a tener gracias a este satélite, que podemos considerar como el ‘guardián’ del hielo”.


La Razon

El deshielo del Ártico podría provocar la emisión de gas metano, una amenaza que preocupa a los científicos y que un ingeniero británico propone evitar mediante torres refrigeradoras que hagan bajar la temperatura de la región.

Varios estudios científicos han intentado medir el impacto que tendría sobre la atmósfera la liberación de metano, un gas más contaminante y duradero que el dióxido de carbono, que actualmente está atrapado en el fondo del mar y cuyas burbujas se pueden observar sobre el hielo que se está derritiendo.

En una reunión con diputados en el Parlamento británico hace unos días, un equipo de expertos -entre los que figuraba el ingeniero emérito de la Universidad de Edimburgo Stephen Salter- calificó esta amenaza de “emergencia planetaria”.

Para evitarlo, Salter propuso la construcción de un centenar de torres refrigeradoras que emitirían agua marina a la atmósfera, como si de un spray se tratasen, con las que espera hacer bajar la temperatura, según explicó hoy a Efe el científico.

Anteriormente, Salter ya había apostado por refrescar la atmósfera mediante un sistema parecido, construido sobre barcos, que en cambio ahora descarta porque “la situación es tan seria que estas embarcaciones podrían requerir demasiado tiempo”. Los lugares más apropiados para su construcción serían las islas Feroe (en el Atlántico Norte, entre Escocia, Noruega e Islandia) u algún otro archipiélago en el estrecho de Bering, entre Siberia y Alaska.
En verano, estas torres de diez metros y alimentadas con energía renovable, pulverizarían agua salada hacia las corrientes de aire, que “desplazarían el residuo de sal hacia el interior de las nubes en unas pocas horas”, detalló el experto.
El proceso se basa en la idea de refrescar el ambiente mediante el “blanqueo de las nubes”, es decir, emitir gotitas de agua salada que hagan que sean más blancas y que reflejen mejor los rayos del Sol, un efecto parecido al que causa la erupción de un volcán. En 2011, las regiones del Ártico registraron las temperaturas más altas de los últimos cincuenta años, entre 3 y 4 grados por encima de la media anual, según datos del Instituto de Investigaciones del Ártico y la Antártida.
Sin embargo, lo que de verdad preocupa a los científicos es la reducción de la masa total de los hielos, que en la actualidad es del 55 % en comparación con el promedio registrado en los años 80 y 90 del siglo pasado.

El uso de la ingeniería para mantener la temperatura de la Tierra bajo control es un tema controvertido entre la comunidad científica, ya que algunos expertos defienden que podría agravar el problema.

Los críticos con la propuesta de Salter argumentan que un cálculo erróneo del tamaño de las gotas de agua emitidas provocaría el efecto contrario al que se quiere conseguir, es decir, subiría más aún la temperatura. Sin embargo, Salter confía en que la investigación de distintos modelos climáticos ayude a identificar mejor los riesgos. “Ninguno de los riesgos potenciales de las torres es tan malo como la liberación de metano. Lo que estamos intentando es devolver las temperaturas y la cubierta de hielo a los niveles en los que solían estar, mediante materiales que ya están ahí en grandes cantidades pero en tamaños diferentes”, defendió este ingeniero.
Además, “si algo inesperado sucediese, seríamos capaces de detener el proceso y revertir la situación en unos pocos días”, subrayó Salter, quien ha estimado que las torres supondrían un coste aproximado de 200.000 libras (240.000 euros) y que estarían listas año y medio después de obtener esta presupuesto.


El Pais

La extensión helada media en septiembre ha sido de 4,61 millones de kilómetros cuadrados

El deshielo del Ártico en 2011 se ha quedado muy cerca del récord histórico de 2007, según los datos de la NASA tomados desde satélites. La extensión helada media en el mar septentrional en el mes de septiembre ha sido de 4,61 millones de kilómetros cuadrados (con un mínimo de 4,33 millones el 9 de septiembre). Esto significa que la cobertura de agua helada este año ha sido 2,43 millones de kilómetros cuadrados inferior a la media de 1979 a 2000.

Septiembre es el mes de referencia anual para medir la extensión helada y el alcance del deshielo ya que, a partir de ahora, hacia el invierno, aumenta de nuevo la superficie de hielo. Desde 1979, la extensión helada del Ártico ha disminuido un 12% por década, según informa la NASA en un comunicado.

El deshielo casi de récord se registra este año tras unas temperaturas este verano más altas que la media, pero sin las condiciones anómalas que en 2007 provocaron el récord. “El hielo marino no sólo está reduciéndose, sino que lo hace a mayor ritmo”, comenta Joey comiso, científico de la NASA. “El hielo más viejo, más grueso, se reduce más rápido que el resto, aumentando la vulnerabilidad de la cubierta helada”, añade.

Según los modelos de proyección climática que manejan los científicos, el Ártico perderá prácticamente todo el hielo en verano hacia finales de este siglo, pero los datos de los últimos años indican que el ritmo de deshielo es mayor de lo previsto, por lo que puede producirse antes esa pérdida total estacional de la capa helada.

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