Los elefantes que habitaron el Ártico


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  • Mastodontes y otros grandes mamíferos ocuparon Alaska hace 125.000 años, cuando la zona todavía era cálida y mucho antes de la colonización humana
Los elefantes que habitaron el Ártico

George | Hace unos 125.000 años, gigantescos mamíferos ocuparon Alaska. En la imagen, el mastodonte, el perezoso de tierra, el pecarí de cabeza plana y el camello occidental

Hubo una vez en que los mastodontes americanos, parientes extintos de los elefantes actuales, llegaron a vivir en un área del mundo tan extrema como el Ártico. Ocurrió hará unos 125.000 años, cuando el clima en la zona era cálido y existían bosques y humedales de los que poder alimentarse en compañía de otros grandes mamíferos. Esto no duró para siempre. Cuando las condiciones climáticas empeoraron, hace unos 75.000 años, el mastododonte desapareció de la zona. Esta es la principal conclusión de un nuevo estudio publicado en la revista Actas de la Academia Nacional de Ciencias (PNAS), que elimina a los cazadores como causa de esa exintinción local. Faltaban milenios para que los seres humanos llegaran a colonizar la zona por primera vez.

A lo largo de finales del Pleistoceno, entre aproximadamente 10.000 y 125.000 años, el mastodonte americano (Mammut americanum) se generalizó y ocupó muchas partes de la América del Norte continental, así como lugares periféricos como las zonas tropicales de Honduras y la costa ártica de Alaska. Estos animales se alimentaban de plantas leñosas y vivían en los bosques de coníferas u otros árboles con pantanos de tierras bajas.

«Los dientes de mastodonte eran eficaces pelando y triturando ramas, hojas y tallos de arbustos y árboles. Por lo que parece poco probable que fueran capaces de sobrevivir en las regiones cubiertas de hielo de Alaska y Yukón durante el último período completo de los glaciares, como la datación de un fósil anterior había sugerido», explica el paleontólogo Grant Zazula, autor principal del estudio.

El equipo de investigación utilizó dos precisos tipos de datación por radiocarbono en una colección de 36 dientes fósiles y huesos de mastodontes americanos de Alaska y Yukón, la región conocida como el este de Beringia. Los métodos de datación, realizados en la Universidad de Oxford y la Universidad de California, Irvine, están diseñados para examinar únicamente el material de colágeno óseo, sin las contaminaciones de los preparados que se utilizaban hace años para conservar los especímenes.

Todos los fósiles resultaron ser más antiguos de lo que se pensaba, con la mayoría sobrepasando los 50.000 años, el límite efectivo de la datación por radiocarbono. Al tener en cuenta las preferencias de hábitat de mastodonte y otra información ecológica y geológica, los resultados indican que probablemente los mastodontes solo vivieron en el Ártico y el subártico durante un tiempo limitado, cuando se establecieron los bosques y los humedales y las temperaturas eran tan cálidas como hoy en día.

«La residencia de los mastodontes en el norte no duró mucho tiempo -dice Zazula-; el restablecimiento de las condiciones glaciales frías y secas, junto con el avance de los glaciares continentales alrededor de 75.000 años atrás destruyeron eficazmente sus hábitats». Estos parientes de los elefantes desaparecieron de Beringia, y sus poblaciones se desplazaron a zonas mucho más al sur, donde en última instancia sufrieron una extinción completa hace unos 10.000 años».

Perezosos, camellos y castores

La investigación tiene varias implicaciones. Los paleontólogos saben que los perezosos terrestres, camellos y castores gigantes (todos miembros de la megafauna) también hicieron esa misma migración, pero todavía están investigando qué otros grupos de animales podrían haber seguido esa misma suerte. La nueva investigación también sugiere que los seres humanos no podrían haber estado implicados en la extinción local de mastodontes en el norte hace 75.000 años, ya que aún no habían cruzado el istmo de Bering desde Asia, que se cree que fue el primer punto de entrada de personas hacia el continente americano.

«No estamos diciendo que los humanos no estuvieran involucrados en la última batalla de la megafauna hace 10.000 años (cuando se extinguieron por completo). Pero para entonces, la población de mastodontes ya se había reducido a la región de los Grandes Lagos», explica Ross MacPhee, del Museo Americano de Historia Natural y coautor del estudio. «Ese es un escenario muy diferente a decir que las depredaciones humanas causaron la pérdida universal de mastodontes en toda su área de distribución en el espacio de unos pocos cientos de años, que es la visión convencional», añade. En definitiva, el puzzle de la desaparición de la megafauna americana se complica aún más.

Los elefantes que habitaron el Ártico

Reconstrucción de un mastodonte americano. Abajo, comparación entre un mastodonte americano (izquierda) y un mamut lanudo George

Tapires en un lago volcánico catalán del Pleistoceno


El Mundo

Hace 3,1 millones de años, en lo que era un lago en el cráter de un volcán, un grupo de tapires murieron asfixiados cuando bebían de sus aguas. El tercer esqueleto fosilizado de uno de aquellos animales, del orden de los caballos, que hoy sólo existen en Asia y Centroamérica, acaba de ser encontrado en el yacimiento del Camp dels Ninots, en Caldes de Malavella (Gerona).

Un equipo del Instituto Catalán de Paleoecología Humana y Evolución Social (IPHES), ha descubierto sus huesos, todos situados en su sitio correcto, durante las excavaciones que desarrollan este mes de mayo en este campo, que reúne hasta el 70% del registro fósil mundial de esta especie.

“Es el tercer esqueleto de ‘Tapirus arvernensis’ que encontramos en un yacimiento que es excepcional. En Francia o Italia han encontrado fósiles sueltos, pero aquí los tenemos enteros y podemos reconstruir una fotografía instantánea del lugar“, asegura Bruno Gómez, investigador del IPHES que, junto a Gerard Campeny, codirige el proyecto desde hace nueve años.

En este tiempo, han averiguado que aquel lugar, hoy seco, en el pasado era un lago de unos 600 metros de diámetro formado en el cráter de un volcán (un maar) activo, por cuyo interior fluía el magma. Con el tiempo, se concentró dióxido de carbono (CO2) que, por causas que se desconocen, acabó saliendo a la superficie, matando a los animales que se acercaban a beber a sus orillas.

Entre ellos, los tapires. El último excavado, que se cree que era una hembra adulta, medía 1,80 metros de largo, 1,30 metros de altura y debía pesar unos 250 kilos. Anteriormente, ya se había encontrado a poca distancia otro ejemplar adulto y uno más joven.

Por entonces, hace 3,1 millones de años, estos tapires eran abundantes en el Mediterráneo. El clima era subtropical, muy lluvioso, como ahora en Centroamérica o algunas zonas de Asia.

Un bosque de laurisilva

Cuando los animales murieron, cayeron al agua y enseguida fueron cubiertos por sedimento, lo que lo permitió que se conservaran en condiciones excepcionales. Los investigadores han identificado la existencia de chopos, sauces, nogales, encinas y bosques de laurisilva, como ahora en La Gomera o en China actualmente. Los tapires comían hojas, raíces, tubérculos y frutos durante todo el año.

El lago, con su frondosa vegetación, les proporcionaba, además, un refugio en el que se ocultaban de grandes carnívoros.

Hace unos 2,5 millones de años, cuando cambio el clima, los tapires, que existen desde hace 50 millones de años, desaparecieron en Europa, coincidiendo con el momento en el que la especie humana comenzaba a evolucionar en África, en los comienzos del Pleistoceno.

“Son animales muy sensibles a los cambios climáticos y por ello se extinguieron en este continente con el enfriamiento de las temperaturas, pero permanecieron en Asia, que es donde pensamos existe aún la misma rama de esta especie de Gerona“, argumenta Gómez. Por ello, en la representación que hacen de su pelaje se lo representan negro y con una franja blanca, como el ‘Tapirus indicus’.

Además de los esqueletos de tapires, el equipo del IPHES ha encontrado en el mismo nivel restos de tres bóvidos, un rinoceronte, un cérvido y numerosas tortugas, ranas y peces.

En niveles más recientes, del Pleistoceno superior, había una gran cantidad de utensilios de piedra pertenecientes a las últimas sociedades de cazadores y recolectores, de hace unos 20.000 años.

El mamut que ‘encogió’ por estar aislado en Creta


El Mundo

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Investigadores del Museo de Historia Natural de Londres han identificado el que parece ser el mamut más pequeño que existió en el mundo. Este pequeño elefante, bautizado como ‘Mammuthus creticus’ vivió en la isla mediterránea de Creta, a la que debe su nombre, y era de un tamaño equivalente, en su edad adulta, a una cría de elefante africano y no superaba el metro de altura.

Este pequeño plaquidermo del Pleistoceno vivió hace 3,5 millones de años en la isla.

Los restos de este mamut enano consisten en unos cuantos molares y parte de un húmero. Los molares fueron llevados hasta Gran Bretaña en 1904 por la famosa paleontóloga Dorothea Bate, una de las primeras mujeres en dedicarse a esta disciplina científica, que los encontró en el yacimiento de Cape Maleka. Y ha sido otra, Virgina L. Herridge, del Museo de Historia Natural, quien hace algún tiempo decidió volver a estudiar aquella colección de fósiles, completada con nuevos restos que ayudaban a conocer su tamaño.

Entre una y otra está el trabajo del cretense George Iliopoulos, de la Universidad de Patras, que redescubrió el yacimiento en 2011, encontrando nuevos restos, aunque no supo ver que era una nueva especie de mamut.

“Si se pudiera reconstruir, sería como un bebé elefante, pero más fornido, con los miembros más gruesos y un aspecto rechoncho. Habría tenido unos colmillos en rizo de adulto”, ha señalado Herridge en un comunicado del Museo.

El enanismo es un fenómeno evolutivo que ya se ha visto en otros mamíferos de gran tamaño, como recuerda la paleontóloga británica. El caso más conocido es el del ‘Homo floresiensis’, una especie humana de pequeño tamaño que se encontró hace unos años en la Isla del Flores, en Indonesia, y fue publicada en 2004. También allí había elefantes enanos.

En el caso de Creta, según se publica en la revista ‘Proceedings of The Royal Society B’, el enanismo sucedió en un grado muy extremo: estos mamuts eran una cuarta parte o menos de sus congéneres del continente, sin llegar a superar el metro de altura.

El trabajo de Herridge y su colega Adrian M. Lister demuestra que esta evolución en aislamiento fue independiente de la que tenían los elefantes de tamaño normal (los ‘Paleaeoloxodon’) y otros mamuts de colmillos rectos, del género ‘Mammuthus’, en el continente. “Defendemos que descienden de los mamuts europeos más primitivos, y no de los elefantes de colmillos rectos enanos como se creía, y su evolución comenzó hace 3,5 millones de años, mucho antes de lo que se pensaba”, señala la investigadora.

Entre los rasgos físicos que comparte este ‘M. creticus’ con los mamuts europeos está la forma del esmalte en la superficie de los molares, así como la anchura y la altura de todas las piezas dentales. “Todo ello sugiere”, según Herridge, “que son similares a los que vagaron por los llanos de Europa hace entre 2,5 millones y 800.000 años, e incluso a otros más primitivos, porque llegaron a Creta mucho antes”. Se refiere a los ‘M. meridionalis’ y a los ‘M. rumanus’.

Los mamuts enanos de Creta no sólo se adaptaron a la escasez de recursos de la isla ‘empequeñeciendo’ su tamaño, sino que también lo hicieron al clima, que era más cálido que en otras zonas de Europa. Por ello no tenían pelo sobre la piel para abrigarse.

Su alimentación debía ser una mezcla de plantas, según sugieren sus molares.

Con la llegada de la Edad de Hielo, todos los mamuts acabaron por desaparecer: no sobrevivieron ni al clima ni a los seres humanos que, con herramientas y estrategias cada vez más sofisticadas, eran capaces de darles caza pese a su tamaño.

Estos pequeños cretenses, no mayores que un antílope, les habrían intimidado aún menos, pero ya se habían extinguido para entonces.

Un grupo de paleontólogos aficionados descubre valiosos fósiles del Pleistoceno


CET – El Mundo

EN UNA PROVINCIA DE BUENOS AIRES

actualidad080903pa.jpgARGENTINA.- El suelo tiembla bajo las pisadas de los gigantescos perezosos que, sedientos, se acercan a la orilla del río. Las bestias abrevan plácidamente, cuando una feroz jauría de ‘Theriodictis plantesis’ -una especie arcaica emparentada con los lobos de hoy- emerge del bosque de espinillos. En el frenético intento de ganar la orilla opuesta, algunos especímenes se hunden pesadamente en las aguas turbias del cauce.

Quinientos mil años más tarde, un grupo de amigos, aficionados a la paleontología, se acerca a observar las obras de extracción de tosca en una cantera, con el pálpito de que allí pueden encontrar algo de valor. El instinto no les traicionó: la pala de un tractor dejó al descubierto el lecho del río prehistórico, en el que sucumbieron 12 miembros de aquella manada de lestodontes. La noticia saltó de inmediato a los titulares de los periódicos.

Era la primera vez que se descubrían los fósiles de toda una comunidad de esos herbívoros del Pleistoceno, en un mismo lugar. Para mayor asombro de los científicos, entre las costillas de uno de los especímenes se encontró un pequeño embrión, lo que permitiría, finalmente, establecer las diferencias entre las hembras y los machos de la especie.

El Grupo Conservacionista de Fósiles está formado por vecinos de San Pedro, una bella ciudad turística y frutícola, situada a 165 kilómetros al norte de Buenos Aires. Julio Simonini es ginecólogo, Fernando Chiodini, un jubilado, y Julián Blanco cursa estudios secundarios. El bichito de la paleontología los picó en diciembre de 1998, cuando José Luis Aguilar, técnico químico, descubrió mientras paseaba por un humedal, el fémur de un armadillo gigante.

En abril del 2003 los aficionados consiguieron que la municipalidad les cediera un viejo caserón de siglo 19, donde fundaron, con más esfuerzo que dinero, el Museo Paleontológico de Fray Manuel de Torres, donde han recreado con proverbial exactitud, el habitat de la megafauna que poblaba este rincón de Argentina.

Un cementerio de fósiles

El museo recibe los sábados y domingos, la visita de numerosos investigadores y de legos que acuden atraídos por el esqueleto de un perezoso que afila sus garras en el tronco de un árbol o los grandes caparazones de los armadillos. La mayoría de las especies provienen de los terrenos que la empresa Spósito S.A., cedió al infatigable grupo de aficionados, en la zona del Bajo Tala, a unos siete kilómetros del río Paraná.

Al poco tiempo de comenzar las excavaciones, Aguilar y sus amigos descubrieron en la franja gris-verdosa de la cantera, un verdadero cementerio de fósiles. Allí, bajo una costra de limo, aparecieron los restos de un hippidion, un ancestro del caballo actual.

“Se creía que los primeros representantes del género de los ‘Equus’, originarios de Norteamérica, llegaron a nuestra región hace unos 100.000 años, tras la formación del istmo de Panamá. El espécimen que hallamos data de 500.000 años atrás. Queda por saber si se trata de una variedad desconocida del caballo arcaico o si debemos diseñar un nuevo calendario para el arribo de ciertos animales a la llanura pampeana”, dice Aguilar.

Las incógnitas que rodean al yacimiento del Bajo Tala, despertaron el interés de la española María Teresa Alberdi, investigadora del Museo de Ciencias Naturales de Madrid. En julio de este año, la paleontóloga recogió una muestra del suelo para determinar su edad mediante la técnica de la termoluminiscencia.

“La cantera nos ha deparado ya tantas sorpresas que estamos impacientes por conocer los resultados de las pruebas que María Teresa está realizando en Europa”, afirma José Ignacio Verdón, el jugador de rugby que está a cargo del museo.

Otro de los hallazgos que enorgullecen al equipo de San Pedro, es el de un perezoso del género ‘Glyptodon Munizi’ del cual se recuperó el 90% del esqueleto, durante la campaña del 2003. Anteriormente, sólo se habían obtenido algunas piezas dispersas.

Al examinarlo en el laboratorio, se descubrió que el armadillo de una tonelada de peso y tres metros de largo, poseía unas placas óseas que le protegían el vientre, así como una gran cantidad de huesecillos llamado osteodermos, incrustados en las mejillas para evitar que los depredadores le rasgaran la piel.

“Hasta hoy sólo hemos relevado el 5% del cementerio de fósiles. Quién sabe cuantos tesoros aún quedan por descubrir”, concluye José Luis Aguilar.