El Marte primitivo se parecía al Ártico


El Mundo

Vista del cráter Gale NASA

Vista del cráter Gale NASA

Marte es en la actualidad un planeta extremadamente seco y frío, con un ambiente extraordinariamente inhóspito para la vida como la conocemos en la Tierra. Los científicos saben, sin embargo, que en el pasado tuvo agua y un clima diferente al actual. Continuando con el trabajo que iniciaron otros vehículo robóticos, el rover de la NASA Curiosity está buscando desde agosto de 2012 pruebas que ayuden a reconstruir cómo era el planeta rojo en el pasado.

Un estudio publicado en la revista PNAS ofrece algunas pistas que permiten trazar un retrato de cómo pudo haber sido ese Marte primitivo basándose en la escasísima cantidad de dióxido de carbono (C02) que el rover halló al analizar sedimentos de aquella época en el cráter Gale, una de las zonas que está explorando. Según propone este equipo de investigadores, en el que participa el español Alberto G. Fairén, del Centro de Astrobiología (CAB/CSIC-INTA), hace 3.500 millones de años esa zona de Marte habría albergado un lago glaciar rodeado por enormes masas de hielo. Un entorno que recordaría al del Ártico terrestre.

Los sedimentos que ha analizado el rover contienen minerales, como arcillas o sulfatos, que sugieren que, en el pasado, esa superficie estuvo en contacto con agua líquida. Un dato, en principio, incompatible con la escasa cantidad de CO2 detectado. Y es que los científicos creían que para que hubiera agua líquida, habría sido necesaria una determinada temperatura, que es propiciada a su vez por un mínimo de CO2 en la atmósfera, ya que este gas genera un efecto invernadero y calienta el planeta.

Según relata Fairén a EL MUNDO, los modelos climáticos que simulan la atmósfera primitiva de Marte mostraban que hace falta cerca de un bar de CO2 para poder tener agua líquida en Marte hace 3500 millones de años. “Sin embargo, las investigaciones de Curiosity confirman que, en realidad, había tan sólo entre 10 y 100 veces menos de esa cantidad mínima. Es decir, entonces había unas decenas o tal vez unos pocos cientos de milibares de CO2. Esto es mucho más que ahora, que sólo hay 6 milibares, pero insuficiente para calentar el planeta. Los modelos nos dicen que harían falta al menos alrededor de mil milibares para generar un efecto invernadero suficiente”, detalla.

“Con el poco CO2 que ha encontrado en los sedimentos de Gale, los modelos atmosféricos predicen temperaturas medias por debajo de -50C. Pero algo se nos escapa, porque Curiosity ha descubierto en esos mismos sedimentos evidencias geomorfológicas de lagos duraderos, deltas y torrenteras bajo un clima no muy frío hace 3.500 millones de años. Esta es la contradicción que plantea el artículo, y que en este momento no sabemos resolver. Una alternativa es que fuera un lago glaciar, en un ambiente muy frío, como los polos de la Tierra hoy. Esta posibilidad está siendo considerada seriamente, pero no tenemos una respuesta final todavía”, admite Fairén, que espera poder responder a esa cuestión con más investigación en el futuro. “Por eso precisamente es un gran avance. La ciencia es una serie de preguntas, no un catálogo de respuestas”, argumenta.

Curiosity es un laboratorio andante así que las muestras que recoge, las procesa in situ, antes de enviar los resultados a la NASA. Para hacer esta investigación, tomó rocas de la superficie y de hasta cinco centímetros de profundidad, que es el máximo que puede perforar. “A partir de ahí, los investigadores analizamos los datos, y los utilizamos para generar modelos que puedan que puedan responder preguntas”, dice Fairén, que investigó durante seis años en la NASA.

Cómo y por qué cambió tanto el planeta rojo sigue siendo una incógnita: “Es posible que Marte tuviera más CO2 en su atmósfera hace entre 3.500 y 4.200 millones de años. En aquel tiempo, habría sido más sencillo que el planeta tuviera agua líquida en la superficie. Hoy está absolutamente seco y es muy frío. Es muy interesante que Curiosity esté estudiando los sedimentos de un lago que existió en Gale justamente en la época de transición entre el Marte húmedo y el Marte seco”, añade. Según recuerda, el robot descubrió hace dos años que Marte ya había perdido la mitad de su agua y gran parte de su atmósfera hace 3.500 millones de años, cuando se formó el lago de Gale, por lo que considera que sus investigaciones pueden “proporcionar muchísima información acerca de la evolución climática de Marte y de cómo, cuándo y porqué perdió su agua y su atmósfera”.

¿Pudo haber formas de vida extremas en ese escenario de hielo? “La vida en la Tierra ocupa casi todos los rincones del planeta, incluyendo las zonas polares. Por lo tanto, si en Gale había un lago glaciar, el entorno no habría sido un impedimento para la vida. De hecho, si en algún momento hubo vida en Marte y apareció, como en la Tierra, muy al principio de la historia geológica del planeta, solamente habría tenido que adaptarse al entorno glaciar”.

Los elefantes que habitaron el Ártico


ABC.es

  • Mastodontes y otros grandes mamíferos ocuparon Alaska hace 125.000 años, cuando la zona todavía era cálida y mucho antes de la colonización humana
Los elefantes que habitaron el Ártico

George | Hace unos 125.000 años, gigantescos mamíferos ocuparon Alaska. En la imagen, el mastodonte, el perezoso de tierra, el pecarí de cabeza plana y el camello occidental

Hubo una vez en que los mastodontes americanos, parientes extintos de los elefantes actuales, llegaron a vivir en un área del mundo tan extrema como el Ártico. Ocurrió hará unos 125.000 años, cuando el clima en la zona era cálido y existían bosques y humedales de los que poder alimentarse en compañía de otros grandes mamíferos. Esto no duró para siempre. Cuando las condiciones climáticas empeoraron, hace unos 75.000 años, el mastododonte desapareció de la zona. Esta es la principal conclusión de un nuevo estudio publicado en la revista Actas de la Academia Nacional de Ciencias (PNAS), que elimina a los cazadores como causa de esa exintinción local. Faltaban milenios para que los seres humanos llegaran a colonizar la zona por primera vez.

A lo largo de finales del Pleistoceno, entre aproximadamente 10.000 y 125.000 años, el mastodonte americano (Mammut americanum) se generalizó y ocupó muchas partes de la América del Norte continental, así como lugares periféricos como las zonas tropicales de Honduras y la costa ártica de Alaska. Estos animales se alimentaban de plantas leñosas y vivían en los bosques de coníferas u otros árboles con pantanos de tierras bajas.

«Los dientes de mastodonte eran eficaces pelando y triturando ramas, hojas y tallos de arbustos y árboles. Por lo que parece poco probable que fueran capaces de sobrevivir en las regiones cubiertas de hielo de Alaska y Yukón durante el último período completo de los glaciares, como la datación de un fósil anterior había sugerido», explica el paleontólogo Grant Zazula, autor principal del estudio.

El equipo de investigación utilizó dos precisos tipos de datación por radiocarbono en una colección de 36 dientes fósiles y huesos de mastodontes americanos de Alaska y Yukón, la región conocida como el este de Beringia. Los métodos de datación, realizados en la Universidad de Oxford y la Universidad de California, Irvine, están diseñados para examinar únicamente el material de colágeno óseo, sin las contaminaciones de los preparados que se utilizaban hace años para conservar los especímenes.

Todos los fósiles resultaron ser más antiguos de lo que se pensaba, con la mayoría sobrepasando los 50.000 años, el límite efectivo de la datación por radiocarbono. Al tener en cuenta las preferencias de hábitat de mastodonte y otra información ecológica y geológica, los resultados indican que probablemente los mastodontes solo vivieron en el Ártico y el subártico durante un tiempo limitado, cuando se establecieron los bosques y los humedales y las temperaturas eran tan cálidas como hoy en día.

«La residencia de los mastodontes en el norte no duró mucho tiempo -dice Zazula-; el restablecimiento de las condiciones glaciales frías y secas, junto con el avance de los glaciares continentales alrededor de 75.000 años atrás destruyeron eficazmente sus hábitats». Estos parientes de los elefantes desaparecieron de Beringia, y sus poblaciones se desplazaron a zonas mucho más al sur, donde en última instancia sufrieron una extinción completa hace unos 10.000 años».

Perezosos, camellos y castores

La investigación tiene varias implicaciones. Los paleontólogos saben que los perezosos terrestres, camellos y castores gigantes (todos miembros de la megafauna) también hicieron esa misma migración, pero todavía están investigando qué otros grupos de animales podrían haber seguido esa misma suerte. La nueva investigación también sugiere que los seres humanos no podrían haber estado implicados en la extinción local de mastodontes en el norte hace 75.000 años, ya que aún no habían cruzado el istmo de Bering desde Asia, que se cree que fue el primer punto de entrada de personas hacia el continente americano.

«No estamos diciendo que los humanos no estuvieran involucrados en la última batalla de la megafauna hace 10.000 años (cuando se extinguieron por completo). Pero para entonces, la población de mastodontes ya se había reducido a la región de los Grandes Lagos», explica Ross MacPhee, del Museo Americano de Historia Natural y coautor del estudio. «Ese es un escenario muy diferente a decir que las depredaciones humanas causaron la pérdida universal de mastodontes en toda su área de distribución en el espacio de unos pocos cientos de años, que es la visión convencional», añade. En definitiva, el puzzle de la desaparición de la megafauna americana se complica aún más.

Los elefantes que habitaron el Ártico

Reconstrucción de un mastodonte americano. Abajo, comparación entre un mastodonte americano (izquierda) y un mamut lanudo George

Un grabado tallado por neandertales en una cueva de Gibraltar


El Mundo

  • El hallazgo muestra que la capacidad de pensamiento simbólico no era exclusiva de los ‘sapiens’

Grabado tallado por neandertales descubierto en la cueva de Gprham.

Grabado tallado por neandertales descubierto en la cueva de Gprham.

Una cueva de Gibraltar alberga el primer diseño abstracto realizado de manera intencionada por los neandertales que ha sido encontrado hasta ahora. Se trata de un sencillo grabado tallado en la roca de pequeño tamaño, unos 300 centímetros cuadrados: varias líneas cruzadas y paralelas en ángulo recto trazadas en el suelo de una cueva que estuvo habitada por los neandertales, una especie extinta de homínido que convivió con el Homo sapiens. Cuándo dejó de habitar el planeta sigue siendo objeto de debate entre los científicos, que sitúan su desaparición hace entre 41.000 y 24.000 años.

El hallazgo de este grabado supone una nueva prueba de que las capacidades cognitivas de los neandertales han sido minusvaloradas por los paleontólogos durante décadas de estudio de los yacimientos donde se han encontrado restos fósiles de homínidos y de los instrumentos que fabricaban.

Los trazos de la cueva gibraltareña de Gorham mostrarían, según los autores de este estudio con participación española publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), que la capacidad de pensamiento simbólico no era exclusiva del Homo sapiens. «Fue un grabado intencional y simbólico, aunque nunca llegaremos a comprender su significado», explica a EL MUNDO Juan José Negro, ecólogo de la Estación Biológica de Doñana (CSIC) y coautor del estudio.

Se muestran convencidos de ello porque han descartado la posibilidad de que las marcas, de hasta seis milímetros de profundidad, fueran realizadas de forma accidental, por ejemplo, mientras cortaban carne o piel con instrumentos líticos. Para averiguarlo, imitaron y repitieron distintos procesos utilizando herramientas originales de los neandertales.

Pensamiento abstracto

Su conclusión es que «para hacer el grabado, hace entre 40.000 y 45.000 años, hicieron falta varias horas de trabajo. Tuvo que pasar la herramienta cientos de veces», dice Negro. «Es un trabajo ex profeso, realizado con un objetivo, por alguien que ya había hecho algo así más veces», añade Joaquín Rodríguez -Vidal, catedrático de Geodinámica de la Universidad de Huelva y autor principal. «Los neandertales eran capaces de pensar, de abstraerse y de representar ese pensamiento», asegura.

Según relata por teléfono el geólogo, el grabado fue descubierto hace dos años. Desde entonces han realizado un estudio exhaustivo para confirmar que su firma es neandertal, una tarea a la que ha contribuido la naturaleza, pues estaba cubierto por sedimentos acumulados en época neandertal: «Los procesos químicos de disolución de sedimento han formado una pátina química de mineral sobre el grabado, que lo ha conservado como si fuera un barniz. Es una circunstancia excepcional», dice Rodríguez -Vidal.

Los paleontólogos creen que neandertales y sapiens convivieron durante varios milenios. Según una investigación publicada en agosto en Nature que examinó fósiles y herramientas de 40 yacimientos europeos, la convivencia duró entre 2.600 y 5.400 años dependiendo de la región. Según sostiene ese reciente estudio, los neandertales se extinguieron hace entre 41.000 y 39.000 años. Sin embargo, otros autores establecen que los neandertales vivieron en Gibraltar hasta hace hace unos 25.000 años. Juan José Negro se muestra convencido de que los neandertales vivieron en Gibraltar, al menos, hasta hace 30.000 años.

Muy parecidos a los ‘sapiens’

Tanto Negro como Rodríguez-Vidal subrayan que cada vez hay más pruebas de que los neandertales se parecían mucho a los sapiens, pese a la creencia tan extendida en el mundo académico de que nuestra especie era intelectualmente superior.

Recientemente se hallaron, también en la misma cueva de Gorham, que se excava desde mediados del siglo pasado, restos de palomas calcinadas que sugieren que los neandertales ya tenían la capacidad de cazar aves y cocinarlas usando fuego.

La cueva de Gorham, en Gibraltar, donde se descubrió el grabado hace dos años.CLIVE FINLAYSON

Asimismo, recuerda Negro, se ha documentado en distintos yacimientos el uso que hacían del fuego, el empleo de pieles para vestirse, la utilización de plumas de grandes aves y garras de águilas reales para ornamentación o la manera en que enterraban a sus muertos, hallazgos que denotan «que tenían comportamientos elaborados y ciertas capacidades intelectuales».

«Con este descubrimiento hemos abierto la puerta a que se reinterpreten hallazgos pasados, evidencias que han podido pasar desapercibidas, que no han sido publicadas o han sido publicadas en revistas secundarias, sobre sus capacidades cognitivas», dice el ecólogo de Doñana.

REFUGIO EN GIBRALTAR

El territorio que hoy es Gibraltar fue hogar de los neandertales durante los aproximadamente 200.000 años que habitaron la Tierra. Allí y en Bélgica se hallaron los primeros fósiles de esta especie. Pero los alemanes que posteriormente encontraron más restos de este homínido en el valle de Neander fueron más rápidos en publicar su descubrimiento y por eso se bautizó como Homo neanderthalensis. Recuerda la anécdota el ecólogo Juan José Negro, que subraya que Gibraltar fue «un refugio para los neandertales», pues su clima se mantuvo estable gracias a su cercanía al mar y a su latitud. «Hemos demostrado que la fauna neandertal era muy similar a la que hay ahora en Doñana».

El mayor ‘pajarraco’ volador de todos los tiempos


El Mundo

Arriba, comparación del tamaño de 'P. sandersi' con el de...

Arriba, comparación del tamaño de ‘P. sandersi’ con el de las mayores aves voladoras actuales. Abajo, fósiles hallados. LIZ BRADFORD / DANIEL KSEPKA

La encontraron durante las obras de construcción de una nueva terminal del aeropuerto internacional de Charleston, en Carolina del Sur (EEUU). La mayor ave marina conocida que ha surcado los cielos estaba enterrada desde hace unos 25 millones de años en la misma zona desde la que despegan aviones en la actualidad. Se trata del fósil de una criatura que tenía una envergadura de más de seis metros y que, según sostiene un estudio publicado esta semana en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), es el ave voladora más grande que ha sido descubierta hasta ahora. Según señalan los autores en su investigación, estas aves gigantes debieron extinguirse hace unos tres millones de años.

Aunque fue desenterrada en 1983, es ahora cuando un equipo de investigadores liderado por Daniel T. Ksepka ha descrito en profundidad a esta nueva especie, denominada Pelagornis sandersi, y ha reconstruido, a partir de modelos matemáticos basados en la morfología de aves actuales, cómo conseguía volar con un tamaño semejante. Hasta hace no mucho, los investigadores creían que unas alas muy largas impedían el vuelo. Así, estimaban que aquellos animales cuya envergadura superara los cinco metros no eran capaces de levantar el vuelo.

Un gran planeador

Sin embargo, tras analizar la morfología de Pelagornis sandersi no sólo se muestran convencidos de que podía volar. Afirman también que era un gran planeador y que era capaz de recorrer grandes distancias sin apenas mover sus alas, lo que posiblemente le permitía incluso cruzar océanos. Debido a su gran tamaño, no creen que pudiera comenzar a volar simplemente moviendo sus alas, sino que posiblemente tenía que recorrer unos metros para tomar impulso y aprovechar las corrientes de aire para desplazarse, como el ala delta.

Reconstrucción artística del aspecto que tenía el ave 'Pelagornis...

Reconstrucción artística del aspecto que tenía el ave ‘Pelagornis sandersi’.LIZ BRADFORD

Según detalla Daniel Ksepka a EL MUNDO, este ave gigante pesaba unos 40 kilogramos. «Probablemente, se alimentaba de peces y calamares, que cazaba cerca de la superficie del océano», añade.

Para hacer la estimación sobre su tamaño, han contado con el cráneo completo y diversos huesos de un ala y una pata. Su buen estado de conservación sorprendió a los investigadores, pues este tipo de huesos son muy delicados y suelen romperse con facilidad.

El récord de tamaño de un ave voladora lo tenía otra especie ya extinta llamada Argentavis magnificens, que vivió en el territorio que hoy es Argentina hace unos seis millones de años. La envergadura de este animal, cuya forma de volar fue reconstruida en 2007, también superaba los seis metros.

El doble de grande que las mayores aves actuales

Las mayores aves marinas voladoras que viven en la actualidad miden menos de la mitad que P. sandersi, bautizada así en homenaje a Albert Sanders, el conservador del Museo Bruce de Greenwich (EEUU) que recogió el fósil. La envergadura del albatros real (Diomedea epomophora) y del cóndor californiano (Gymnogyps californianus) ronda los tres metros de longitud, frente a los 6,4 metros del protagonista de este estudio. El cóndor californiano, por cierto, se encuentra en grave peligro de extinción. Para evitarla, el Gobierno de EEUU puso en marcha a finales del siglo pasado un proyecto para reproducir a esta especie en cautividad, pues ya no quedaban ejemplares vivos en la naturaleza, y un programa de reintroducción en el medio salvaje que está logrando recuperar a esta especie.

Según detalla el investigador, el equipo del Museo de Charleston recogió en la misma zona en la que se construyó el aeropuerto más fósiles de otras aves marinas, como pequeños albatros y alcatraces, un ave que se zambulle en el agua.

Los científicos creen que las aves marinas gigantes como P. sandersi vivieron durante decenas de millones de años, pero desaparecieron durante el Plioceno, hace tres millones de años. Ksepka admite que no saben por qué: «Sólo podemos especular sobre las causas», señala.

Resucita un virus gigante de hace 30.000 años


La Vanguardia

  • El ‘Pithovirus sibericum’, contemporáneo del hombre de Neandertal, ha sobrevivido en el hielo siberiano y puede infectar a amebas pero es inofensivo para los humanos

Resucita un virus gigante de hace 30.000 años

París. (AFP).- Un nuevo tipo de virus gigante, bautizado como Pithovirus sibericum, ha sobrevivido más de 30.000 años en una capa de permafrost siberiano y ahora ha sido descubierto por los científicos, según un estudio publicado este lunes.

El virus, contemporáneo del hombre de Neandertal, puede infectar a amebas pero es inofensivo para los humanos y los animales. El nuevo virus eleva a tres el número de familias de virus gigantes conocidas, según señalan los autores en la investigación publicada en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS).

Descubierto en el suelo permanentemente helado del extremo noreste de Siberia, el Pithovirus sibericum es muy distinto de los virus gigantes conocidos hasta ahora, el Mimivirus (descubierto en 2003) y el Pandoravirus (descritos por primera vez en la revista Science el pasado julio).

Los virus gigantes pueden tener unas dimensiones iguales o superiores a los de una bacteria, se pueden observar con un simple microscopio óptico, afectan a las amebas y, en comparación con los virus corrientes, tienen un gran número de genes.

El coautor del estudio e investigador del laboratorio Information Génomique et Structurale (IGS-CNRS) de Marsella, Francia, asegura que la posibilidad de que resurjan virus considerados erradicados pero que han sobrevivido en el permafrost, tal y como ha sucedido con el Phitovirus, no es ciencia ficción.

Una de cada cinco estrellas como el Sol tiene planetas del tamaño de la Tierra en su zona habitable


El Mundo

  • ASTROFÍSICA | Según un estudio realizado con los telescopios ‘Kepler’ y ‘Keck’

Ni demasiado cerca ni demasiado lejos de su estrella. Para que un planeta fuera de nuestro Sistema Solar pueda albergar teóricamente algún tipo de vida, debe estar situado a una distancia de su sol que le permita tener agua líquida en su superficie, como sucede en la Tierra. Este área es la que los astrónomos denominan zona habitable. Así, si un planeta orbita a una distancia muy pequeña de su estrella será un mundo extremadamente caluroso y si está demasiado alejado, sería un planeta helado.

Y en la Vía Láctea, ¿cuántas estrellas similares al Sol tienen planetas del tamaño de nuestra Tierra en su zona habitable? Aproximadamente una de cada cinco, responde un equipo de científicos de las universidades de California y Hawai en un estudio publicado esta semana en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS).

En concreto, precisan, un 22% de las estrellas parecidas al Sol tienen planetas con un tamaño y una temperatura similar a la Tierra en nuestra galaxia. No obstante, aclaran que el hecho de que puedan teóricamente tener agua, y por consiguiente, algún tipo de vida, no significa que la tengan.

Planetas similares a la Tierra

«Cuando miras al cielo por la noche, la estrella parecida al Sol con un planeta del tamaño de la Tierra en su zona habitable más cercana a nosotros probablemente está sólo a 12 años luz y podemos verla a simple vista. Es asombroso», afirma Erik Petigura, autor principal de este estudio que muestra cómo los planetas parecidos al nuestro serían relativamente comunes en la Vía Láctea.

Los investigadores utilizaron datos recabados por el telescopio espacial Kepler de la NASA y por el terrestre Keck de Hawai para encontrar estrellas parecidas al Sol y planetas que tuvieran un radio que fuera entre una y dos veces el de la Tierra y que recibieran una radiación de su estrella equivalente a entre una y cuatro veces la que la Tierra.

La NASA ha ofrecido este lunes una rueda de prensa para explicar los últimos resultados científicos obtenidos gracias a su telescopio, lanzado en 2009 con el objetivo de buscar mundos parecidos a la Tierra.

“Las estrellas son los ladrillos de la galaxia, pues conducen su evolución y facilitan a los planetas puertos estables. Cuando uno estudia las estrellas, realmente explora la galaxia y el lugar que ocupamos en ella”, ha declarado William Chaplin, profesor de Astrofísica en la Universidad de Birmingham (Reino Unido).

Los científicos que firman el estudio en PNAS se centraron en 42.000 estrellas parecidas al Sol, o ligeramente más frías o calientes, y hallaron 603 planetas candidatos que las orbitaban. Diez de ellos tenían un tamaño parecido al de la Tierra (una o dos veces su diámetro) y estaban a una distancia de su estrella que hacía que su temperatura fuera adecuada para que hubiera algún tipo de vida. Extrapolando los datos al resto de la Vía Láctea, donde hay unos 100.000 millones de estrellas, estimaron el porcentaje de soles que pueden albergan planetas parecidos al nuestro.

Desde que se descubrió, hace 20 años, el primer planeta fuera de nuestro Sistema Solar o exoplaneta, los científicos han confirmado la existencia de más de mil. La mayoría son mucho más grandes que la Tierra, como Neptuno, o gigantes gaseosos como Júpiter. Los de menos tamaño, son más difíciles de detectar.

El lanzamiento del telescopio espacial Kepler, apodado como el cazador de planetas, ha supuesto un enorme paso en la investigación de estos mundos fuera del Sistema Solar.

Asimismo, ha propiciado un campo de la astronomía denominado asteroseismología y que se centra en estudiar el interior de las estrellas. Los astrofísicos pueden investigar la estructura interior de una estrella como los geólogos usan las ondas sísmicas que generan los terremotos para estudiar el interior de la Tierra.

William Chaplin considera que “la calidad sin precedentes, la duración y la continuidad” de las observaciones de miles de estrellas que ha hecho posible Kepler ha revolucionado la asteroseismología: “Hace pocos años ni siquiera podíamos soñar con estos datos”, asegura.

Y es que durante cuatro años, el telescopio de la NASA ha sido capaz de monitorizar el brillo de unas 150.000 estrellas cada media hora y de detectar unos 3.000 objetos celestes candidatos a ser considerados planetas extrasolares. Una avería en el telescopio, cuya misión inicial ya había sido completada y prolongada hasta 2016, ha impedido que el telescopio de la NASA siga buscando mundos similares al nuestro.

Los astrofísicos creen que están cerca de detectar un gemelo de la Tierra fuera del Sistema Solar y esperan poder localizarlo en los próximos años.

El primer ‘mapa’ del deshielo en Groenlandia


El Mundo

Imagen aérea desde el vuelo hacia Qaanaaq (Groenlandia). | A. Mahoney

La fusión de las capas de hielo polar es el mayor contribuyente al aumento del nivel del mar a escala global. La amenaza que esto supone para muchas poblaciones costeras y países enteros situados en archipiélagos del océano Pacífico ha convertido esta consecuencia del cambio climático en uno de los principales objetos de estudio de las ciencias climáticas. Una de las últimas formas de estudiar la cantidad de hielo que pierde cada año el casquete de hielo que cubre Groenladia ha sido analizando, mediante datos tomados por satélite, cómo afecta el derretimiento de hielo a la gravedad terrestre.

En la última década se han realizado un buen número de investigaciones en esa línea y, aunque los resultados varían dentro de unos límites razonables, ninguno de ellos ha logrado establecer un patrón geográfico de las zonas que más hielo pierden cada año. Un estudio publicado en la revista ‘Proceedings of the National Academy of Sciences’ (PNAS) acaba de publicar la primera estimación de la masa de hielo que pierde cada año Groenlandia con un patrón geográfico que indica cómo las zonas de mayor derretimiento van cambiendo de un año a otro.

Imagen tomada por la web cam del Polo Norte en julio de 2010. | NOAA

Imagen tomada por la web cam del Polo Norte en julio de 2010. | NOAA

Entre abril de 2002 y agosto de 2011, Groenlandia perdió casi 200.000 millones de toneladas de masa cada año a causa del calentamiento inducido por fusión capa de hielo polar, según la investigación. Para averiguarlo, los científicos del Departamento de Geociencias de la Universidad de Princeton (EEUU) Christopher Harig y Frederik Simons usaron datos del experimento climático espacial (GRACE), en el que dos satélites vuelan en formación para obtener mediciones de la gravedad de la Tierra.

“Aunque la masa total de hielo perdido cada año tiende a ser lineal, las costas sureste y noroeste concentran áreas activas cambiantes de temporada a temporada donde la pérdida de hielo es mayor“, explican Harig y Simons en el artículo. “En cambio, la masa de hielo de la zona central de Groenlandia ha crecido de forma continuada durante la última década”.

Mapa del efecto Albedo, | NSIDC

Pero el estudio no se basa en observaciones al uso, como sucede en la gran mayoría de los trabajos realizados con datos de satélite. Los autores utilizaron esos datos del experimento GRACE para realizar funciones matemáticas sensibles a Groenlandia, lo que les permitió estimar la pérdida de la masa de hielo del país en el espacio y el tiempo.

Durante 2003 y 2004, según los autores, la pérdida de masa se concentró a lo largo de toda la costa oriental de Groenlandia. Sin embargo, durante los siguientes dos años, la pérdida de masa disminuyó en el noreste, pero aumentó en el sureste. Después, desde 2007 a 2010, la pérdida de masa comenzó a aumentar a lo largo de la costa noroeste.

La masa en el centro de Groenlandia, sin embargo, aumentó constantemente durante la década. Según el artículo, los resultados confirman los datos previamente documentados sobre las grandes zonas de derretimiento del hielo de Groenlandia: las costas sureste y noroeste.

Dado que los autores extrajeron la información sobre la pérdida de hielo únicamente de mediciones de la gravedad, en el futuro el método podría desempeñar un papel importante en el estudio de los datos de gravedad de la Tierra, de la Luna y de los sistemas planetarios, según concluyen los autores.

Los restos de la hoguera más antigua


El Mundo

Nuestros antepasados ya usaban el fuego en sus hogares hace un millón de años. Un equipo internacional de arqueólogos ha encontrado en Sudáfrica los que probablemente son los restos más antiguos de una hoguera en una cueva. Se trata de plantas y de huesos quemados que sugieren que hace un millón de años ya se cocinaban los alimentos. Los detalles de esta investigación se publican esta semana en ‘Proceedings of the National Academy of Sciences’ (PNAS).

Según explica a ELMUNDO.es Francesco Berna, autor principal del artículo, “las pruebas halladas en la cueva Wonderwerk concuerdan con la teoría de que el ‘Homo erectus’ era ya capaz de alimentarse de alimentos cocinados, aunque será necesario llevar a cabo más estudios. Por ejemplo, no podemos descartar que consumieran la carne cruda y que, posteriormente, los huesos fueran dispuestos en el fuego“.

Aunque aún no se han encontrado restos de homínidos en la cueva, Berna señala que “las pruebas del fuego se asocian a las primeras herramientas de piedra de la industria achelense [también denominada de Modo 2]. Datan de hace un millón de años, por lo que el mejor candidato es el ‘Homo erectus’“.

Restos más antiguos de fuego

Existen restos de pruebas de uso de fuego más antiguos que los de esta cueva de Sudáfrica (de hasta 1.500.000 años), pero los paleontólogos no pueden descartar con seguridad que estos restos procedan de incendios naturales.

Según explica Berna, hay otros sitios arqueológicos de la industria achelense, como Koobi Fora (Kenia), Swartkrans (Sudáfrica) y Gesher Bnot Ya’akov (Israel), que tienen una antigüedad de entre 1.500.000 y 750.000 años. Pero todos están en yacimientos al aire libre. Los de la cueva de Wonderwerk serían por tanto los restos más antiguos procedentes de fuego controlado.

“Se trata de las pruebas arqueológicas más tempranas que muestran con seguridad el uso del fuego”, afirma a ELMUNDO.es Michael Chazan, coautor del artículo e investigador de la Universidad de Toronto (Canadá).

El descubrimiento del fuego

Los paleontólogos creen que nuestros antepasados comenzaron a utilizar el fuego mucho antes, aunque aún no hayamos encontrado pruebas que lo demuestren. “[El antropólogo británico] Richard Wrangham sugiere que el uso del fuego se remonta a los orígenes del ‘Homo erectus’, hace 1.800.000 años. Creo que probablemente está en lo cierto y ahora estamos buscando pruebas más antiguas en Wonderwerk, que debió estar habitada en aquella época”, señala Michael Chazan. “La otra gran cuestión por resolver es cómo el ‘Homo erectus’ usaba el fuego, si era capaz de hacerlo él mismo o lo aprovechaba [de la naturaleza], y si lo utilizaba para cocinar”.

Jordi Rosell, investigador del Instituto Catalán de Paleoecología Humana y Evolución Social (IPHES), recuerda que “hasta hace poco, las primeras evidencias del uso controlado del fuego se situaban en Europa durante el Pleistoceno medio y se asociaban a contextos achelenses posteriores a los 500.000 años. Yacimientos como Schöningen y Bilzingsleben, en Alemania, Menez-Dregan y Terra Amata en Francia, Vértesszölös en Hungría o Beeches Pit en Inglaterra, así parecían demostrarlo”.

“En los últimos años, el yacimiento israelí Gesher Benot Ya’aqov parecía retrasar la cronología hasta los 700.000 años. Aunque nadie pone en duda abiertamente el uso del fuego en este último yacimiento, los autores indican serios problemas de conservación, lo que les lleva a catalogarlos dentro de la categoría de ‘Phantom hearths’ (hogares fantasmas). Ha habido autores que sugirieron hace décadas la existencia de hogares en yacimientos africanos más antiguos del millón de años, pero estos fueron desestimados hace tiempo por falta de evidencias claras”, afirma a este diario.

Des este punto de vista, por tanto, “la cueva de Wonderwerk podría representar el caso más antiguo del uso del fuego”. Sin embargo, según el paleontólogo “parece que se trata de un hecho aislado en el contexto del Pleistoceno inferior de África. Si se tratara de un uso controlado del fuego regular y sistematizado, lo normal sería encontrar hogares en buena parte de los yacimientos de esa cronología o posteriores. En África, los hogares más antiguos, si se exceptúan estos, tienen una cronología de 200.000 años o menos”. No obstante, Rosell aclara que, “aunque no se niega la existencia de hogares en Wonderwerk”, a la espera de más datos “tampoco se puede considerar que los homínidos de hace más de un millón de años en el África subsahariana usaran el fuego de manera habitual como lo hicieron los del Pleistoceno medio tardío”.

Reunidos en torno al fuego

Pese a que los antepasados del hombre utilizan el fuego desde hace cientos de miles de años, tardaron mucho más en generarlo por sí mismos. Seguramente lo aprovechaban de la naturaleza, por ejemplo, cuando se originaba por la caída de un rayo o por un incendio forestal. Por ello, aprender técnicas para conservarlo debió ser una preocupación crucial. Tardaron mucho más en desarrollar técnicas para generarlo, como rotando una punta de palo sobre la madera o produciendo chispas frotando piedras que tuvieran pirita de hierro.

Controlar el fuego no sólo permitió a los homínidos ver en la oscuridad, defenderse de depredadores, fabricar utensilios más sofisticados y cocinar alimentos.

Gracias al fuego comenzaron a establecer estructuras parecidas a los hogares. Además fomentó que se cultivaran las relaciones sociales pues, aunque no fueran capaces de hablar, lo más probable es que se sentaran alrededor del fuego para preparar alimentos y comer, construir herramientas e intercambiar costumbres.

Un dinosaurio americano más pequeño que un gato


El Mundo

 

  • Descubren una nueva especie emparentada con el velocirráptor
  • Eran cazadores y comían insectos, anfibios y pequeños mamíferos

Pequeños dinosaurios carnívoros, con menos envergadura que un gato pero con unas garras curvadas muy peligrosas, se paseaban hace 75 millones de años, en el Cretáceo tardío, por Norteamérica. Unos fósiles, que llevaban 25 años guardados en un cajón, acaban de salir a la luz y se han convertido en una nueva especie depredadora, única en este continente.

El hallazgo es fruto del empeño de dos paleontólogos, Nicholas R. Longrich y de Philip J. Currie, de las universidades canadienses de Calgari y Alberta. Han sido ellos quienes han estudiado los fósiles encontrados por Elisabeth Nicholls en 1982, en varios lugares del Parque Provincial de Dinosaurios. De ahí que a la nueva especie la hayan bautizado como ‘Hesperonychus elizabethae’ (la ‘garra occidental’ de Elisabeth).

“Se trata del dinosaurio más pequeño conocido en Norteamérica, pero nos abre la posibilidad de que los hubiera incluso más pequeños, pero aún no han sido encontrados. Y en un ambiente en el que estaban totalmente ausentes hasta ahora, lo cual era extraño porque hoy tenemos muchos más pequeños carnívoros que grandes”, explica Longrich.

Como dice el paleontólogo, “estaban ahí y desempeñaban un papel más importante que el que habíamos observado, porque durante 100 años los hemos pasado por alto”.

Según el estudio, que publican en ‘Proceedings of National Academy of Science (PNAS)’, el dinosaurio pesaba en torno a 1,9 kilos y tenía unos 50 centímetros de alto, dos patas y garras en forma de hoz en el segundo dedo de las extremidades. Era muy similar al famoso depredador Velocirraptor, con el que estaba emparentado.

También tenía dientes, con los que trituraba sus presas: “Pensamos que comía insectos, anfibios, mamíferos pequeños e incluso crías de otros dinosaurios“, comenta Longrich. Los expertos le sitúan la mayor parte de su tiempo en la tierra, buscando comida en las zonas pantanosas y boscosas que caracterizan la vegetación del final del Cretáceo.

Se trata de un entorno que los ‘Hesperonychus’ compartían con dinosaurios que pesaban miles de kilos, pero explotando un nicho dedicado a carnívoros pequeños. En Europa, Asia y Gondwana (Latinoamérica, Australia y África) si se habían encontrado especímenes de un tamaño similar.

En un principio los investigadores pensaron que se trataba de una cría (de ahí sus dimensiones), pero el estudio de una pelvis muy bien conservada, y totalmente consolidada, les convenció de que era un animal adulto.

Su hallazgo amplía el género de los microrraptores unos 45 millones de años, pues los anteriores fósiles similares eran de hace 120 millones de años, y fueron descubiertos en China.

El poder de la naturaleza acabó con la civilización más antigua de América


EFE – ADN

Expertos de EEUU y Perú aseguran que un terremoto de 8 grados sacudió hace 3.600 años el peruano Valle de Supe | Réplicas, inundaciones y aludes de rocas y tierra hicieron desaparecer por completo una sociedad tan antigua como Mesopotamia o Egipto

Una serie de terremotos e inundaciones, que enterraron bajo la arena tierras y bahías fértiles, fue la causa más probable de la desaparición de la civilización más antigua de América, hace unos 3.600 años en el valle de Supe, en Perú.

Es la conclusión a la que llega un grupo de antropólogos, geólogos y arqueólogos estadounidenses y peruanos en un informe que se publicará la semana próxima en la edición digital de la revista científica Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS).

Los primeros asentamientos del valle, a unos 200 kilómetros al norte de Lima en la costa central peruana, datan de hasta hace 5.800 años. Sus habitantes prosperaron en una árida planicie al lado de los fértiles estuarios y bahías.

Se dedicaban a la pesca con redes, a cuidar de sus huertos y a cultivar algodón y verduras, según la arqueóloga peruana Ruth Shady, coautora del informe y directora del proyecto Caral-Supe, en el que los investigadores realizan excavaciones en siete yacimientos de la zona.

Una zona sísmica muy activa

Los pueblos de Supe construyeron grandes templos de piedra miles de años antes que los mayas, la mayor de las cuales es la Pirámide Mayor de Caral. Esta civilización, tan antigua como las de Mesopotamia y Egipto, floreció durante 2.000 años, pero hace unos 3.600 años un gran terremoto de 8 o más grados en la escala de Richter sacudió Caral y otro asentamiento cercano costero, Aspero, según el antropólogo Mike Moseley, de la Universidad de Florida, uno de los cinco autores del estudio.

La región, donde chocan dos importantes placas tectónicas oceánicas, sigue siendo hoy una de las zonas sísmicas más activas del mundo. El fuerte temblor causó el derrumbe de parte de la Pirámide Mayor y graves daños a otros templos más pequeños en Aspero, así como inundaciones que pudieron ser detectadas por los científicos en las finas capas de cieno excavadas.

Pero esto no fue más que el principio de una cadena de sucesos devastadores, según Moseley. El terremoto y varias réplicas desestabilizaron la estéril cadena montañosa que rodeaba el valle y provocaron aludes de rocas y tierra que fueron arrastradas hacia el mar por las fuertes lluvias desencadenadas por el fenómeno meteorológico de El Niño, como ha explicado.

En el océano, una potente corriente paralela a la costa acumuló la arena y el cieno y formó una cadena conocida como Medio Mundo que aisló a las fértiles bahías, que terminaron llenándose de arena.

Desastres naturales

Los fuertes vientos costeros cubrieron también de arena los sistemas de irrigación y los campos dedicados a la agricultura y “lo que durante siglos fue una región productiva aunque árida se convirtió en inhabitable en unas pocas generaciones”, ha señalado Moseley.

La civilización de Supe se marchitó y finalmente desapareció para ser sustituida de forma gradual por sociedades que dependían de la alfarería y la fabricación de tejidos para su subsistencia. “El destino de Supe puede ser una advertencia para estos tiempos modernos, en los que gran parte de los centros de población están construidos en zonas vulnerables desde el punto de vista medioambiental”, según los científicos.

Entre los principales riesgos figuran las alteraciones causadas por El Niño, como lluvias intensas y periodos muy húmedos, que pueden ser más frecuentes debido al cambio climático.