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  • En una entrevista exclusiva al «Daily Star», un buzo aifrma que ha hallado cajas repletas de riquezas en el pecio del «Wilhelm Gustloff»
 El «Titanic nazi», en una composiciñon - Wilhelm Gustloff museum

El «Titanic nazi», en una composiciñon – Wilhelm Gustloff museum

Ni enterrado en un túnel secreto de Polonia, ni perdido en una base secreta de la Antártida. Según ha explicado un buzo al diario «Daily Star» esta misma semana, los 100 millones de libras en oro que -presuntamente- perdió Adolf Hitler a lo largo de la Segunda Guerra Mundial (el tesoro extraviado de los nazis) se encuentran ubicados en el pecio del «Wilhelm Gustloff». Un buque que fue llamado el «Titanic» germano después de que, en 1945, un submarino soviético lo enviase al fondo del mar junto con más de 9.000 refugiados y militares del Reich.

Así lo ha afirmado, al menos, el buzo británico Phil Sayer (de Esssex, Inglaterra) quien -rememorando lo que sucedió hace un año con dos supuestos cazatesoros– dice haber hallado al fin el supuesto oro. De esta forma, las riquezas que robaron durante años los alemanes (las cuales abarcaban desde obras de arte hasta el dinero que quitaban a los judíos en los campos de concentración y exterminio) se encontrarían, según él, en el mar Báltico, frente a las costas de Polonia y a 450 metros de profundidad.

El superviviente

Para sustentar su teoría, Sayers dice contar con el testimonio de uno de los supervivientes de la tragedia naval del «Titanic nazi». El personaje es -siempre en sus palabras- Rudi Lange, un controlador de radio que no falleció durante el naufragio y que, al parecer, habría visto como subían a este navío (un trasatlántico) varias cajas repletas de oro. «Sabemos de primera mano que un montón de camiones aparecieron repentinamente y transfirieron un cargamento de alta seguridad al buque. Lange vio todo cuando bajó al muelle para fumarse un cigarrillo», ha explicado el buzo.

Sayer afirma que, en ese instante, Lange pudo ver de primera mano como llegó hasta el muelle un convoy repleto de «cajas con lingotes de oro». ¿Cómo pudo conocer lo que había en el interior de las arcas? Por una segunda fuente. «No sabía lo que se estaba cargando en principio, pero en 1972 se reunió con otro superviviente (uno de los guardias encargados de vigilar el oro) y este le reveló la verdad», ha determinado el británico.

Pero no solo eso, sino que Sayers también ha explicado al «Daily Star» (de forma exclusiva) que, en 1988, tuvo la oportunidad de descender en una expedición de buceo hasta el mismísimo pecio del «Wilhelm Gustloff». Supuestamente, bajo las aguas vio como los torpedos soviéticos habían destrozado parte del casco del navío y habían dejado a la vista varias cajas que podrían corresponderse con aquellas en las que estaba guardado el oro.

En este sentido, cree haber visto barrotes en algunas de las ventanas cercanas, lo que sugiere que podría haber sido guardado en una habitación con rejas para evitar que fuera robado.

El «Titanic» nazi

Más allá de elucubraciones, lo cierto es que la del «Titanic» nazi fue una de las catástrofes navales más grandes de toda la historia. Su historia –como ya explicamos en ABC 2013– comenzó en 1937, cuando fue botado por el mismísimo Hitler como «Wilhelm Gustloff» (nombre que fue puesto en recuerdo de un líder germano fallecido hacía pocos meses). Sus medidas eran ciertamente imponentes, aunque no llegaban a las del buque de la «Withe Star Line». Y es que, sumaba 208.5 metros de eslora y 23,5 metros de manga. Podía transportar un total -aproximadamente- de 1.965 personas, un número imponente para la época.

En principio, el Gustloff fue dedicado a hacer viajes de placer hasta la isla de Madeira. No obstante, en 1939 fue enviado a España para recoger a la Legión Cóndor, los aviadores germanos que habían combatido junto a Francisco Franco.

Fue su primera misión militar, pero no sería la última. Y es que, cuando Alemania entró en guerra contra Polonia el 1 de septiembre de 1939, este navío fue requisado por la marina, pintado enteramente de blanco (y una raya verde) y usado como buque hospital.

«Se terminó el sueño del buque de recreo, de las travesías marítimas para los trabajadores. De los espléndidos viajes a Madeira, alrededor de Italia y de los fiordos noruegos…» explica Heinz Schön (uno de los pocos supervivientes del naufragio) en «La tragedia del Gustloff. Relato de un superviviente».

Su objetivo sería participar en la «Operación León Marino» (la invasión de Gran Bretaña por parte del ejército germano). Sin embargo, su cancelación repentina hizo que el Gustloff fuese repintado como navío de guerra y quedase olvidado en un puerto de Sttetin. Y así permaneció hasta que, en enero de 1945, un capitán recibió la orden de usar este navío en la denominada «Operación Hannibal»: la evacuación de más de dos millones de refugiados de la vieja Europa para evitar la ira del Ejército Rojo.

9.400 personas murieron después de que el submarino disparase tres torpedos

Tras arribar al puerto de Gdynia (en Polonia), donde recogió a una ingente cantidad de refugiados (según las últimas investigaciones, hasta un total de 10.582 personas) partió el 30 de enero de 1945.

Iba con una carga 9 veces mayor que la debida y únicamente había botes salvavidas para 5.000 personas. Con todo, ningún marinero pudo negarse a dejar pasar a nadie. Tras algunas horas de viaje, se ordenó al capitán del Gustloff hacer encender sus luces de posición para evitar el impacto con un buque aliado. Los oficiales germanos no tuvieron más remedio que hacerlo, pero la decisión no pudo ser peor.

¿Por qué? Porque debido a ello, el buque desveló su posición al submarino S-13 soviético dirigido por el capitán Alexander Marinesko. «A las 23:00 en punto, hora de Moscú, el submarino se colocó en posición de disparo. El S-13 se acercó a unos 1.000 metros del objetivo. Marinesko ordenó preparar los torpedos de proa para un ataque en superficie y sumergirse luego a una profundidad de tres metros. Cuando la proa del enorme buque fue reconocible en el centro de la retículadel periscopio del S-13, Marinesko dio la orden», añade el alemán.

Instantáneamente, se dispararon tres torpedos hacia él trasatlántico. El Gustloff tardó apenas unos minutos en irse a pique. Con él, se perdieron la friolera de 9.400 persoans. Hombres, mujeres y niños. Una masacre en toda regla. Todo, en apenas una hora. El resultado fue la mayor tragedia naval de la historia.

La leyenda del oro nazi

Las teorías sobre la existencia de un gigantesco tesoro nazi son varias y se apoyan, en su mayoría, en la ingente cantidad de obras de arte y riquezas varias que los hombres de Hitler expoliaron en los países ocupados a lo largo de toda la Segunda Guerra Mundial.

Este gigantesco tesoro estaría formado, además, por todos aquellos objetos, billetes e -incluso- dientes de oro que los germanos decomisaron a los judíos en los campos de concentración. Sin embargo, jamás se ha calculado exactamente a qué cantidad ascendería o cuánto se habrían gastado los jerarcas en el esfuerzo de la guerra.

Con todo, existen algunos autores que se han atrevido a dar una cifra. Uno de ellos es el investigador y divulgador histórico José Lesta quien, en su libro «El enigma nazi. El secreto esotérico del Tercer Reich», afirma que (en los últimos días de la contienda) el secretario personal de Adolf Hitler, Martin Bormann, convenció a los jerarcas nazis de que lo mejor que podían hacer era esconder todo aquello de valor que tuvieran en un lugar más seguro que un país neutral como Suiza. Además, les habría instado a que vendieran todo su patrimonio e invirtieran en objetos que no perdieran valor con el paso de los años. Desde oro, hasta joyas.

El plan, en palabras del experto, habría gustado a muchos jerarcas, quienes lo vieron como una oportunidad futura de escapar de Alemania cuando accedieran a ella los germanos.

«Se iban a buscar los rincones más seguros de la tierra, donde los ricos partidarios del nacionalsocialismo podrían vivir seguros, disfrutando de sus fortunas. En 1946 los aliados descubrieron que habían desaparecido de los bancos alemanes ochocientos millones de dólares, cantidad que tendríamos que multiplicar por cien o más para ha cernos una idea de lo que significaría actualmente. A pesar de las ingentes sumas de dinero gastadas en armamento por el III Reich, se había podido comprobar que todas las riquezas obtenidas en los países ocupados convirtieron la guerra en una especie de inversión, al menos para los grandes industriales», determina Lesta en su obra.

Nuevamente, dejando a un lado las leyendas sobre el lugar exacto en el que fueron a parar las riquezas (o si fueron reinvertidas o escondidas posteriormente), lo que es totalmente cierto es que los hombres de Adolf Hitler amasaron una inmensa fortuna para el esfuerzo de la guerra.

Así lo afirma el catedrático de Historia económica Pablo Martín-Aceña: «La avidez del Tercer Reich por obtener el codiciado metal fue ilimitada y sin él los nazis no hubieran podido sostener una guerra tan prolongada ni tan sangrienta. Sobre los relucientes lingotes apilados en las cámaras acorazadas del Reichsbank en Berlín, erigió el Führer su gran poderío militar».


ABC.es César Cervera C_Cervera_M

  • Ana Bolena era tan atractiva como para que nadie se fijaba de primeras en el defecto físico de su mano izquierda: tenía seis dedos. Lo ocultaba con mangas largas, puesto que en la Inglaterra de los Tudor aquello podía pasar como un signo de brujería
 Escultura moderna de Ana Bolena, por George S. Stuart

Escultura moderna de Ana Bolena, por George S. Stuart

Todavía hoy el vocabulario español sigue sin perdonar del todo a Ana Bolena sus desprecios hacia la madrileña Catalina de Aragón. En su época se la apodó «la Mala Perra» y, según el diccionario actual de la RAE, una «anabolena» es una «Mujer alocada y trapisondista». Algo así como una mujer traicionera y poco de fiar. La segunda de las seis esposas del pérfido Enrique VIII es recordada en el imaginario popular como una mujer excesivamente ambiciosa, siendo la detonante de una infidelidad que cambiaría la historia de Europa.

Catalina de Aragón cayó en gracia al pueblo inglés desde el principio. La hija pequeña de los Reyes Católicos era una joven de ojos azules, cara redonda y tez pálida, la más parecida a su madre Isabel. A los cuatro años fue prometida en matrimonio con el Príncipe de Gales, Arturo, primogénito de Enrique VII de Inglaterra, por medio del Tratado de Medina del Campo. La decisión de los Reyes Católicos obedecía a una estrategia matrimonial para forjar una red de alianzas contra el Reino de Francia. Por su parte el Rey inglés necesitaba urgentemente arrojar sangre regia sobre la dinastía que acaba de fundar. Los Tudor necesitaban a alguien como Catalina.

La segunda de las seis esposas del pérfido Enrique VIII es recordada en el imaginario popular como una mujer poco de fiar

La madrileña «poseía unas cualidades intelectuales con las que pocas reinas podrían rivalizar», en palabras de los cronistas del periodo. La infanta causó una grata impresión a su llegada a Inglaterra, donde viajó siendo todavía una adolescente. El 14 de noviembre de 1501, Catalina se desposó con Arturo en la catedral de San Pablo de Londres, pero el matrimonio duró tan solo un año.

Los dos miembros de la pareja enfermaron de forma grave –posiblemente de sudor inglés (una extraña enfermedad local cuyo síntoma principal era una sudoración severa)–, aunque solo él falleció a causa de la gripe. En los siguientes años, la situación de la joven fue muy precaria porque no tenía quien sustentara su pequeño séquito y su papel en Inglaterra quedó reducido al de viuda y diplomática al servicio de la Monarquía hispánica.

Ana Bolena, la pasión morena

Con la intención de mantener la alianza con España, y dado que todavía se adeudaba parte de la dote del anterior matrimonio, Enrique VII tomó la decisión de casar a la madrileña con su otro hijo, Enrique VIII. El apuesto príncipe se casó con la viuda de su hermano en 1509, durante una ceremonia privada en la Iglesia de Greenwich. Para entonces ya era Rey de Inglaterra y su esposa «la Reina de todas las reinas y modelo de majestad femenina», según la describiría un siglo después William Shakespeare. En definitiva, una de las soberanas más queridas por el pueblo inglés en la Historia.

Sin embargo, la sucesión de embarazos fallidos enturbió la convivencia entre el Rey y la Reina. De lo seis embarazos de Catalina solo la futura María I alcanzó la mayoría de edad. En 1513, su marido la nombró regente del reino en lo que él viajaba a luchar junto a España y el Sacro Imperio contra Francia. La Reina lidió con una incursión escocesa en Inglaterra, que desembocó en la batalla de Flodden Field. Se dice, entre el mito y la realidad, que Catalina acudió embarazada y equipada con armadura a dar una arenga a las tropas antes de la contienda.

Lejos de agradecerle sus servicios, Enrique volvió a casa hecho un basilisco y maldiciendo a Fernando «El Católico» por retirarse de la guerra. El Rey, sensible e inteligente para otras cosas, exhibía un carácter impulsivo y colérico en la esfera privada que fue empeorando con los años. Por esas fechas se planteó por primera vez el divorcio de Catalina.

El Monarca comenzó a partir de 1517 un romance con Elizabeth Blount, una de las damas de la Reina. Al bastardo resultante de esta aventura, Enrique Fitzray, le reconoció como hijo suyo y le colmó con varios títulos. Pero entre las muchas relaciones extramatrimoniales que siguieron a este romance, la que marcó el punto de no retorno fue la de Ana Bolena, una seductora y ambiciosa dama de la Corte que provocó un cisma en la Iglesia.

Si bien Catalina era de facciones rubias y hermosa a pesar de los sucesivos embarazos, la joven Ana Bolena le superaba a esas alturas de su vida en atractivo. Hasta tal punto de que nadie se fijaba de primeras en el defecto físico de su mano izquierda: tenía seis dedos o, para siendo más preciso, cinco y un pequeño muñón. Lo ocultaba con mangas largas, puesto que en la Inglaterra de los Tudor aquello podía pasar como un signo de brujería. Otro hecho sorprendente es que Ana Bolena, educada en Malinas y París, tenía los ojos oscuros y los cabellos negros, casi siempre sueltos, en contra de la tradición de la época. Lejos del mito cinematográfica, se trataba de una lucha entre una rubia nacida en Alcalá de Henares y una morena del condado de Kent.

La mujer que inició un cisma, literalmente

Poco tiempo después de que Enrique mantuviera un breve romance con la hermana mayor, María Bolena, se enzarzó en otro con la pequeña Ana (existen dudas sobre quién era mayor de las dos). Hija de un diplomático de confianza del Rey, la joven se resistió al principio pero con sus reparos se aseguró de que Enrique no la usara como un entretenimiento pasajero. Tras poner tierra de por medio trasladándose a Kent, la joven vio como el Monarca la escribía reclamándole desesperado su amor:

«No sé nada de ti y el tiempo se me antoja sumamente largo porque te adoro. Me siento muy desgraciado al ver que el premio a mi amor no es otro que verme separado del ser que más quiero en este mundo»

Enrique se apasionó con aquella mujer que se había atrevido a decirle que no. La quiso no solo hacer su amante, sino también su Reina. Y no era la primera persona que quedaba fascinada por la personalidad de Ana Bolena. Como explica María Pilar Queralt del Hierro en su libro «Reinas en la sombra» (EDAF), en una de las misiones diplomáticas de su padre por Europa recaló junto a sus familia en Flandes. Allí, Margarita de Austria, la mujer que crió a los hijos de Juana la Loca y Felipe El Hermoso, quedó hechizada por el aire despierto y buenos modales de la niña y la ofreció un puesto de menina en su Corte. La jovencita vivió en Malinas hasta 1514, cuando la Corona inglesa la destinó a París y finalmente propició su vuelta a Inglaterra.

Enamorado locamente, Enrique VIII propuso al Papa una anulación matrimonial basándose en que se había casado con la mujer de su hermano. El matrimonio era nulo, en tanto era incestuoso. Catalina se interpuso recordando que ella nunca consumó el matrimonio con Arturo, por lo cual ni siquiera era válido. Haciendo caso a la española, el Papa Clemente VII rechazó la anulación, mas sugirió como medida salomónica que Catalina podría retirarse simplemente a un convento, dejando vía libre a un nuevo matrimonio del Rey. Así las cosas, el obstinado carácter de la Reina, que se negaba a que su hija María fuera declarada bastarda, impidió encontrar una solución que agradara a ambas partes. La intervención del sobrino de Catalina, Carlos I de España, neutralizó las amenazas de Enrique VIII hacia Roma.

Cansado de esperar una respuesta favorable, Enrique VIII tomó una resolución radical: rompió con la Iglesia Católica y se hizo proclamar «jefe supremo de la Iglesia de Inglaterra». En 1533, el Arzobispo de Canterbury declaró nulo el matrimonio con Catalina y el soberano se casó en la Abadía de Westminster con Ana Bolena, a la que parte del pueblo ya denominaba «la mala perra». La pareja se consolidó definitivamente con la noticia del embarazo de Ana, que los astrólogos y magos anticiparon un niño. Se equivocaban. Nació otra niña, la futura Isabel I, condenada como la hija de Catalina a una infancia traumática.

Enrique privó a Catalina del derecho a cualquier título salvo al de «Princesa Viuda de Gales», en reconocimiento a su estatus de viuda de su hermano Arturo, y la desterró al Castillo del More en el invierno de 1531. Antes de morir a causa posiblemente de un cáncer, la madrileña escribió una carta a su sobrino Carlos pidiéndole que protegiera a su hija, la cual sería desposada posteriormente con Felipe II. Además, dirigió una carta a su esposo donde le perdonaba por sus errores, terminando con estas palabras: «Finalmente, hago este juramento: que mis ojos os desean por encima de todas las cosas. Adiós».

Con aquel gesto Catalina se aseguró quedar a ojos de la historia como la buena del cuento frente a la trapisondista de Bolena. Eso a pesar de que cierta corriente historiográfica sitúa a la inglesa como una mera víctima de su entorno. Ana repartió prebendas y nombramientos para garantizarse una posición fuerte en la Corte en paralelo al litigio que mantenía su marido, siendo que al final aquel séquito le empujó a exponerse en exceso.

Según la tradición, Enrique VIII y Ana Bolena celebraron una fiesta en palacio y el Monarca prohibió guardar luto en la corte en las fechas en las que murió Catalina. Quería celebrar su victoria, aunque en verdad le quedaban poco tiempo como esposa del Rey. Coincidiendo con la muerte de Catalina, Ana sufrió un aborto de un hijo varón. Enrique ni siquiera se tomó la molestia de ir al lecho de parturienta a consolarla.

Camino al patíbulo tras un embarazo fallido

Solo unos meses después, Ana fue decapitada en la Torre de Londres acusada por el consejero del Rey Thomas Cromwell falsamente de emplear la brujería para seducir a su esposo, de tener relaciones adúlteras con cinco hombres, de incesto con su hermano, de injuriar al Rey y de conspirar para asesinarlo. El 19 de mayo de 1536, Ana Bolena subió las escaleras del patíbulo instalado en el patio de su prisión y se dirigió a los presentes antes de su ejecución:

«No quiero acusar a ningún hombre, ni justificarme de mis decisiones, solo deciros que rezo a Dios para que proteja al rey y le conceda un largo reinado porque es el más generoso príncipe que hubo nunca: para mí fue siempre bueno, gentil y soberano. Y si alguna persona se vincula a mi causa, les requiero que obren en conciencia. Acepto pues mi partida de este mundo y solo les ruego que recen por mí…»

Al igual que le ocurriera a Catalina antes que a Ana, Enrique VIII sustituyó a su segunda esposa por una mujer más guapa y joven, Jane Seymour. El día después de la ejecución de Ana contrajo matrimonio con ella y engendró a su único hijo varón, el príncipe Eduardo. Doce días después de aquel parto murió Jane por fiebres puerperales. Todavía el Rey contrajo matrimonio otras tres veces. Ni siquiera consumó el siguiente, con Ana de Cleves, a la que llamaba en privado «la yegua de Flandes» por su escaso atractivo. Mostraba el rostro picado por la viruela, la nariz enorme y los dientes saltones. El envejecido y obeso soberano se divorció de nuevo para casarse con Catalina Howard, a la que también decapitó.

El Rey inglés falleció, en 1547, cuando todavía seguía casado con su sexta esposa, Catalina Parr. Le sucedió su único hijo varón, Eduardo VI, quien murió a los 15 años de edad por una tuberculosis. Así la Corona pasó sucesivamente a las hijas marginadas del Rey. Hermanastras e hijas de dos antiguas rivales. María, hija de Catalina de Aragón, e Isabel, hija de Ana Bolena.


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  • La larga serie de embarazos psicológicos que registró María finalizó, en 1558, cuando uno de ellos le llevó a caer en una profunda depresión
 María I de Inglaterra entrando en Londres para tomar posesión del trono en 1553 - Wikimedia

María I de Inglaterra entrando en Londres para tomar posesión del trono en 1553 – Wikimedia

María fue una niña triste, una reina sangrienta, una esposa desconsolada, una eterna embarazada… La hija de Catalina de Aragón hubo de hacer frente a muchas dificultades antes de tomar la Corona de Inglaterra a mediados del siglo XVI y, una vez en el trono, se apoyó en su marido para restituir a golpe de ejecuciones la obediencia de su país hacia la Iglesia católica. Todo el éxito político de la alianza entre la inglesa y el español naufragó a la hora de dejar descendencia. La larga serie de embarazos psicológicos que registró María finalizó, en 1558, cuando uno de ellos le llevó a caer en una profunda depresión y a morir meses después. Felipe II, su marido, no encontró el momento de desplazarse desde Bruselas a Londres, a pesar de las cartas de su esposa suplicándole que estuviera a su lado en aquellos momentos tan dolorosos. Murió sin volver a verle.

Tras solo dos años de matrimonio con María Manuela de Portugal, Felipe quedó soltero con un hijo enfermizo como única sucesión. La portuguesa, prácticamente de la misma edad que el entonces príncipe español, había fallecido después de dar a luz a Don Carlos, el Príncipe maldito. Durante la búsqueda de la candidata ideal para ser esposa de su hijo, Carlos I de España (V de Alemania) descartó la opción de que se casara en segundas nupcias con alguna de las hijas del rey de Francia, un enlace que habría sellado la paz entre ambos países, o con la hermosa hija menor del rey de Portugal, que a largo plazo podía asegurarle el trono de este reino; y en cambio recomendó que lo hiciera con una antigua prometida suya, María Tudor. La hija de Catalina de Aragón había vivido una infancia turbulenta a causa de la decisión de Enrique VIII de Inglaterra de divorciarse en contra del criterio de la Iglesia católica. Una mujer repleta de traumas que tenía a Carlos como el hombre que había velado por sus derechos en Europa cuando nadie más lo hizo.

La hija de Catalina de Aragón y Enrique VIII

Pese a contar con el apoyo popular de los ingleses, Catalina de Aragón –la hija menor de los Reyes Católicos– acabó repudiada por su marido, Enrique VIII, debido a la falta de hijos varones. La sucesión de embarazos fallidos, seis bebés de los que solo la futura María I alcanzó la mayoría de edad, enturbió la convivencia entre el Rey y la Reina. Enrique VIII propuso al Papa una anulación matrimonial basándose en que se había casado con la mujer de su hermano Arturo. El Papa Clemente VII, a sabiendas de que aquella no era una razón posible desde el momento en que una dispensa anterior había certificado que el matrimonio con Arturo no era válido (no se había consumado), sugirió a través de su enviado el cardenal Campeggio que la madrileña podría retirarse simplemente a un convento, dejando vía libre a un nuevo matrimonio del rey. Sin embargo, el obstinado carácter de la Reina, que se negaba a que su hija María fuera declarada bastarda, impidió encontrar una solución que agradara a ambas partes. La intervención del todopoderoso sobrino de Catalina, Carlos I de España, elevó la disputa a nivel internacional.

Pese a las amenazas de Enrique VIII hacia Roma, Clemente VII temía todavía más las de Carlos I, quien había saqueado la ciudad en 1527, y prohibió que Enrique se volviera a casar antes de haber tomado una decisión. Anticipado el desenlace, Enrique VIII asumió una resolución radical: rompió con la Iglesia Católica y se hizo proclamar «jefe supremo de la Iglesia de Inglaterra».

En 1533, el Arzobispo de Canterbury, Thomas Cranmer, declaró nulo el matrimonio del Rey con Catalina y el soberano se casó con Ana Bolena, a la que el pueblo denominaba «la mala perra». Además, Enrique privó a Catalina del derecho a cualquier título salvo al de «Princesa Viuda de Gales», en reconocimiento de su estatus como la viuda de su hermano Arturo, y la desterró al castillo del More en el invierno de 1531. Años después fue trasladada al castillo de Kimbolton, donde tenía prohibido comunicarse de forma escrita y sus movimientos quedaron todavía más limitados. Allí, el 7 de enero de 1536, antes de morir a causa posiblemente de un cáncer, Catalina de Aragón escribió una carta a su sobrino Carlos I pidiéndole que protegiera a su hija.

De esta forma, la «reina sanguinaria» nunca olvidaría que en 1533 tuvo que renunciar al título de princesa y que, un año después, una ley del Parlamento inglés la despojó de la sucesión en favor de la princesa Isabel, la hija de Ana Bolena, la mujer que había desencadenado el divorcio. No en vano, la ejecución de Ana Bolena en 1536 provocó un cambio en la situación de María. La nueva esposa de Enrique VIII, Juana Seymour, logró que María capitulara y jurara las nuevas leyes religiosas a cambio de una posición más aventajada en la corte, siendo ahora su hermanastra, Isabel, la que quedó marginada. Fruto del matrimonio entre Enrique VIII y Juana Seymour nació Eduardo, que fue designado el heredero de la corte. Cuando falleció de forma prematura Eduardo VI en 1553, la niña marginada se convirtió a sus 37 años en la reina de Inglaterra e inició una represión religiosa contra los líderes protestantes. Una de sus primera medidas fue encarcelar y ejecutar al Duque de Northumberland, quien había endurecido la política contra los católicos en esos primeros años del reinado de Eduardo VI.

«Lo mejor de este negocio es que el rey lo ve y lo entiende que no por la carne se hizo este casamiento, sino por el remedio de este Reno y conservación de estos Estados»Ruy Gómez

Por otra parte, María nunca dejó de escribirse con su primo Carlos I, pero sus buenas relaciones apenas facilitaron las negociaciones para logar un acuerdo que debía salvar la oposición interna de los nobles ingleses y su desconfianza natural hacia los extranjeros. Las exigencias británicas terminaron por ser humillantes: la reina no podía ser obligada a salir de las islas; Inglaterra no estaba obligada a tomar parte en las guerras de los Habsburgo; el posible hijo del matrimonio heredaría Inglaterra, Irlanda y los Países Bajos; y, lo que a la postre fue capital, el monarca español perdería cualquier autoridad si María fallecía antes que él. El rey mostró sus recelos en privado, pero finalmente tragó con un acuerdo que prometía recuperar por completo a Inglaterra para la causa católica.

Pero más allá de las exigencias políticas, el otro escollo eran los recelos de la reina hacia el matrimonio. Su historial amoroso se reducía a haber descartado la posibilidad de casarse con Eduardo Courtenay –hijo de un noble decapitado en 1538, acusado entonces de conspirar contra Enrique VIII– al que había liberado de su prisión en la Torre de Londres con este propósito. Tras descartar la boda con Courtenay, de sangre real, pareció que María permanecería soltera siempre. Al menos hasta que apareció el apuesto Felipe, cuyo cuadro pintado por Tiziano en 1551 fue enviado a la reina. Quedó prendida de él desde el primer instante hasta el último de su vida.

En tanto, Felipe II entendió que el matrimonio respondía más que nunca a asuntos de Estado y aceptó sin la menor queja, pese a que la belleza de María brillaba por su ausencia. A sus 37 años, la reina inglesa parecía aparentar cerca de 50 y mantenía una mirada triste de forma perpetua. Antes de salir de España, no en vano, Felipe recibió también un retrato de su futura esposa pintado por Antonio Moro, donde se evidenciaba que la reina era mucho más mayor que él. Una vez en Inglaterra, los integrantes del séquito español coincidían en señalar lo poco que se parecía aquel retrato al auténtico rostro de María. «Lo mejor de este negocio es que el rey lo ve y lo entiende que no por la carne se hizo este casamiento, sino por el remedio de este Reno y conservación de estos Estados», escribió Ruy Gómez, uno de los hombres que acompañó a las islas Británicas a asistir al enlace, celebrado el día de Santiago de 1554 en la Catedral de Winchester.

«Bloody Mary», 300 muertos en la represión

Bajo el reinado de María y Felipe, se ejecutaron a casi a trescientos hombres y mujeres por herejía entre febrero de 1555 y noviembre de 1558. No sorprende por ello que la historiografía protestante la apodará a su muerte como Bloody Mary («la sangrienta María»).

Muchos de aquellos perseguidos eran viejos conocidos de la traumática infancia de María. Thomas Cranmer, quien siendo arzobispo de Canterbury autorizó el divorcio de Enrique VIII de Catalina de Aragón, fue objeto de un proceso para privarle de su diócesis y posteriormente fue condenado a morir en la hoguera. Se trataba de una persecución religiosa en toda regla, pero también de los esfuerzos de la reina por acabar con sus enemigos políticos. En previsión de su boda con Felipe, el noble protestante Thomas Wyatt encabezó una sublevación que alcanzó las afueras de Londres en enero de 1554. El intento de golpe de estado fracasó gracias al apoyo de los londinenses, debiendo Wyatt rendirse y entregarse solo un mes después. La rebelión terminó con las ejecuciones de varios parientes de Juana Grey –bisnieta de Enrique VII de Inglaterra– y de la propia joven.

Asediado en diferentes frentes por Francia y el Papa Pablo IV, el rey español reclamó a María su ayuda militar

Felipe II apoyó en todo momento a su esposa e intentó congraciarse con sus súbditos repartiendo mercedes entre los nobles leales a la causa católica y organizando justas y torneos para el entretenimiento popular. Estas actividades, que llevaban décadas sin celebrarse en las islas británicas, fueron recordadas durante varias generaciones por su magnitud. Sin embargo, el matrimonio se tornó en una experiencia triste cuando se fueron acumulando una serie de embarazos psicológicos o fallidos que hicieron imposible que naciera un heredero. Después de un año en Inglaterra, Felipe partió a reunirse en Bruselas con su padre. Carlos I había decidido abdicar y con ello legar a Felipe y al archiduque Fernando, su hermano, sus reinos y también sus guerras. Asediado en diferentes frentes por Francia y el Papa Pablo IV, el rey español reclamó a María su ayuda militar, lo cual estaba específicamente prohibido por el acuerdo matrimonial.

En marzo de 1557, el monarca regresó a Inglaterra durante unos meses y empleó su capacidad de persuasión sobre su mujer, que no era poca, para lograr su participación en una guerra que iba a desembocar en una terrible pérdida para Inglaterra. A las puertas del desastre, el Duque de Guisa conquistó a principios de 1558 de forma sorpresiva Calais, la última posesión inglesa importante en el norte de Francia. Tras solo siete días de asedio, las tropas inglesas se rindieron y entregaron la ciudad sin presentar batalla, con el único objetivo de desprestigiar a la reina María.

De la pérdida de Calais a su muerte

Según la tradición, María quedó tan destrozada por esta derrota que predijo que la palabra Calais aparecería a su muerte grabada sobre su corazón. Triste y supuestamente embarazada de nuevo, la inglesa reclamó en esos días la presencia de su marido, que recibió la noticia con «gran alegría y contentamiento» pero hizo poco por desplazarse a Londres. Tras aceptar que se trataba de un nuevo falso embarazo, la reina cayó en un estado depresivo a mediados de 1558. Rápidamente, Felipe entendió que en caso de fallecer su esposa iba a ser su hermanastra, Isabel Tudor, la persona con más apoyos para reinar, por lo que, temiéndose lo peor, comenzó un acercamiento hacia la que a la postre sería la mayor villana del imperio.

El plan original de Felipe era casar a Isabel con algún príncipe católico de su confianza, siendo el mejor candidato su primo Manuel Filiberto de Saboya, quien había encabezado su victoria en San Quintín. Los acontecimientos, sin embargo, se precipitaron y el propio monarca se ofreció a casarse con Isabel cuando vio que Inglaterra podía alejarse de su control para siempre. A principios de noviembre, María hizo testamento designando sucesora a su hermana Isabel con la esperanza de que abandonase el protestantismo; unos días después falleció a los 42 años de edad. El ascenso de Isabel, con el propio apoyo de Felipe, supuso así una victoria póstuma y completa de la decapitada Ana Bolena, que todavía hoy es equivalente en la lengua castellana a ser una mujer alocada y trapisondista. Lejos de aceptar la propuesta matrimonial de Felipe, Isabel se negó a volver a la obediencia papal y permaneció soltera toda su vida.

La relación entre el Imperio español e Inglaterra fue de mal en peor en los siguientes años. Isabel se mostró implacable con los nobles católicos que amenazaron su poder y tomó todas las medidas posibles en pos de borrar la huella hispánica en las islas. Cualquier posibilidad de que el catolicismo volviera a ser mayoritario en Inglaterra en el futuro pereció con la muerte de María. No obstante, el hispanista Geoffrey Parker apunta en su obra «Felipe II: la biografía definitiva» (Planeta, 2010) que «incluso sin hijos, el catolicismo se habría instaurado perdurablemente en Inglaterra si la reina hubiera vivido hasta (digamos) los 56 años como su padre».

 

 


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    D.M.
    La mujer falleció a los 99 hace menos de un año

Hasta hace menos de un año, Eileen Burgoyne era una encantadora jubilada de 99 años que vivía en Twickenham (Londres). Sin embargo, tras fallecer, y por mera casualidad, el recuerdo que sus vecinos tenían de ella cambió radicalmente cuando las autoridades locales encontraron en su hogar una ristra de recuerdos relacionados con la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría (entre ellos, un subfusil «Sten»). La investigación posterior ha deparado todavía más sorpresas, pues ha logrado desvelar que esta mujer trabajó como espía durante estos dos conflictos interrogando a prisioneros nazis y, posteriormente, rusos. Con todo, se desconoce su papel concreto en aquellos procesos.

Según afirman varios diarios internacionales como el «Daily Telegraph», los objetos fueron hallados el pasado febrero, pocos meses después de que la anciana dejara este mundo. La forma de encontrarlos fue totalmente inesperada y más propia de una película de Hollywood. Concretamente, los «recuerdos» aparecieron cuando las autoridades se vieron obligadas a desalojar la calle en la que vivía la anciana debido a una amenaza de bomba y tuvieron, posteriormente, que registrar todas las viviendas de la manzana para asegurarse de que no había explosivos en su interior. Fue en ese momento cuando los agentes descubrieron varias cajas que desvelaban la colaboración de Burgoyne con los servicios de inteligencia británicos.

Una espía al servicio de Inglaterra

Tras descubrir estos curiosos recuerdos, la maquinaria estatal se puso a trabajar y las autoridades contactaron con varios de sus familiares. Estos, poco a poco y en base a nóminas, documentos y cartas de la época, fueron juntando el complejo rompecabezas que suponía la vida de la mujer. La fuente de mayor importancia para desvelar su identidad ha sido la prima de Burgoyne, Georgina Wood, quien ha señalado que la anciana trabajó para los servicios de inteligencia británicos en dos períodos, de 1945 a 1947, y de 1950 a 1953. En ambos casos, ayudando a sacar información a prisioneros de alto rango (en primer lugar nazis y, en segundo, soviéticos).

A su vez, los documentos encontrados han desvelado que la anciana fue contratada por el Centro de Servicios Combinados para Interrogatorios de su país para sacar información a los enemigos de Gran Bretaña en cualquier parte del mundo. Este dato ha sido corroborado gracias a una serie de fotografías que muestran a la mujer en lugares tan pintorescos como la bombardeada Hamburgo en plena Segunda Guerra Mundial, o correspondencia oficial enviada desde Europa.

Los documentos encontrados en su vivienda han demostrado también que Burgoyne fue reclutada –entre otras cosas- por su talento para los idiomas. Y es que, conocía a la perfección el francés y el español gracias a su paso por la Universidad de Manchester. Con todo, su pasado sigue inmerso en un cierto halo de misterio pues, aunque se sabe que trabajó en centros acusados de realizar duros y violentos interrogatorios, no se puede corroborar que fuera «obteniendo información» ella misma.

En este sentido, Ian Cobain, un periodista que investiga las torturas cometidas en los interrogatorios aliados, cree que pudo ser una mera traductora y mecanógrafa: «Los interrogatorios eran vistos como un trabajo de hombres. Había una gran cantidad de trabajo administrativo que se debía hacer, por lo que pudo haber sido perfectamente una traductora». La Policía Metropolitana no ha ofrecido datos concluyentes sobre su implicación en la guerra.

Su vida tras la guerra

Tras la Guerra Fría, Burgoyne se retiró del servicio activo y se trasladó a Londres. Allí permaneció hasta que falleció hace pocos meses. Curiosamente, no parece que tuviera reparos en hablar de su pasado, pues en alguna ocasión habló con algún vecino del tema, señalando que había trabajado para el MI5 (uno de los servicios de inteligencia del país). Así lo atestiguaban los recuerdos hallados en su vivienda, entre los que se destacaban varios documentos de la época y un subfusil «Sten» británico totalmente operativo. En palabras de los investigadores, podría haberse quedado con el arma como un recuerdo o como una forma de protección ante el regreso de sus enemigos.


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  • Muy apreciada por el pueblo inglés, la esposa del Monarca se negó a aceptar la anulación de su matrimonio y reclamó a su todopoderoso sobrino Carlos I que defendiera sus derechos y los de su hija María I, futura Reina de Inglaterra. El empeño del Rey por divorciarse le llevó a romper con la Iglesia Católica
Museo Kunsthistorisches Retrato atribuido a Catalina de Aragón, pintado por Michael Sittow

Museo Kunsthistorisches
Retrato atribuido a Catalina de Aragón, pintado por Michael Sittow

Catalina de Aragón, la hija más pequeña de los Reyes Católicos, se alzó como una inesperada figura política en el Reino de Inglaterra, donde vivió en primera persona el acontecimiento más significativo de su historia: la ruptura de Inglaterra con la Iglesia Católica. La Reina de origen madrileño mantuvo la dignidad y el aprecio del pueblo cuando su esposo Enrique VIII la repudió y humilló públicamente para casarse con Ana Bolena. La posterior rivalidad de España e Inglaterra ocultó el hecho de que «la Reina de todas las reinas y modelo de majestad femenina», según la describió William Shakespeare, fue una de las soberanas más queridas por el pueblo inglés en la Historia.

Nacida en el Palacio arzobispal de Alcalá de Henares, el 15 de diciembre de 1485, donde también lo hizo Fernando de Habsburgo, otro ilustre madrileño con proyección en el extranjero, Catalina de Aragón fue la última de las hijas de los Reyes Católicos y posiblemente la que más se parecía físicamente a su madre Isabel «la Católica». La joven, de ojos azules, cara redonda y tez pálida, fue prometida en matrimonio a los cuatro años con el Príncipe de Galés Arturo, primogénito de Enrique VII de Inglaterra, en el Tratado de Medina del Campo. La decisión de los Reyes Católicos obedecía a una estrategia matrimonial para forjar una red de alianzas contra el Reino de Francia. Así, dos de los hijos de los Monarcas contrajeron matrimonio con los hijos de Maximiliano, Emperador del Sacro Imperio Romano; dos hijas entroncaron con la familia real portuguesa, y la más pequeña con el heredero a la Corona inglesa.

Catalina de Aragón causó una grata impresión a su llegada a Inglaterra, donde viajó siendo todavía una adolescente. El 14 de noviembre de 1501, Catalina se desposó con Arturo en la catedral de San Pablo de Londres, pero el matrimonio duró tan solo un año. Los dos miembros de la pareja enfermaron de forma grave –posiblemente de sudor inglés (una extraña enfermedad local cuyo síntoma principal era una sudoración severa)– causando la muerte del Príncipe. En los siguientes años, la situación de la joven fue muy precaria puesto que no tenía quien sustentara su pequeño séquito y su papel en Inglaterra quedó reducido al de viuda y diplomática al servicio de la Monarquía hispánica.

Con la intención de mantener la alianza con España, y dado que todavía se adeudaba parte de la dote del anterior matrimonio, Enrique VII tomó la decisión de casar a la madrileña con su otro hijo, Enrique VIII. El Príncipe quedó prendido al instante de la belleza de la hija de los Reyes Católicos, que, además, «poseía unas cualidades intelectuales con las que pocas reinas podrían rivalizar», según las crónicas inglesas de la época. No obstante, el matrimonio con el hermano de Arturo dependía de la concesión de una dispensa papal porque el derecho canónico prohibía que un hombre se casara con la viuda de su hermano. Se argumentó que el matrimonio anterior no era válido al no haber sido consumado. Catalina siempre defendió su virtud y la incapacidad sexual del enfermizo Arturo durante el breve tiempo que duró el enlace.

A la muerte de Enrique VII en 1509, su hijo Enrique VIII fue coronado Rey y dos meses después se casó con Catalina en una ceremonia privada en la Iglesia de Greenwich. Pese a la buena sintonía inicial, la sucesión de embarazos fallidos, seis bebés de los que solo la futura María I alcanzó la mayoría de edad, enturbió la convivencia entre el Rey y la Reina. Con todo, Catalina adquirió gran relevancia política y supo estar a la altura en los asuntos de Estado. En 1513, su marino la nombró regente del reino en lo que él viajaba a Francia. Así, la Reina tuvo que lidiar con la incursión escocesa en Inglaterra que desembocó en la batalla de Flodden Field. Se dice, entre el mito y la realidad, que Catalina viajó embarazada y equipada con armadura a dar una arenga a las tropas antes de la célebre contienda.

La falta de un hijo varón y la aparición de una mujer extremadamente ambiciosa, Ana Bolena –una hermosa dama de la corte–, empujaron al Rey a iniciar un proceso que cambió la historia de Inglaterra. Así, Enrique VIII propuso al Papa una anulación matrimonial basándose en que se había casado con la mujer de su hermano. El Papa Clemente VII, a sabiendas de que aquella no era una razón posible desde el momento en que una dispensa anterior había certificado que el matrimonio con Arturo no era válido (no se había consumado), sugirió a través de su enviado el cardenal Campeggio que la madrileña podría retirarse simplemente a un convento, dejando vía libre a un nuevo matrimonio del Rey. Sin embargo, el obstinado carácter de la Reina, que se negaba a que su hija María fuera declarada bastarda, impidió encontrar una solución que agradara a ambas partes.

Wikipedia Catalina suplicando en el juicio contra ella por parte de Enrique

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Catalina suplicando en el juicio contra ella por parte de Enrique

Si bien el pueblo inglés adoraba a su Reina y parte de la nobleza estaba a su favor, fue la intervención del todopoderoso sobrino de Catalina, Carlos I de España, la que complicó realmente la disputa. Pese a las amenazas de Enrique VIII hacia Roma, Clemente VII temía todavía más las de Carlos I, quien había saqueado la ciudad en 1527, y prohibió que Enrique se volviera a casar antes de haberse tomado una decisión. Anticipado el desenlace, Enrique VIII tomó una resolución radical: rompió con la Iglesia Católica y se hizo proclamar «jefe supremo de la Iglesia de Inglaterra». En 1533, el Arzobispo de Canterbury, Thomas Cranmer, declaró nulo el matrimonio del Rey con Catalina y el soberano se casó con Ana Bolena, a la que el pueblo denominaba «la mala perra».

El corazón negro, ¿un cáncer o un veneno?

Enrique privó a Catalina del derecho a cualquier título salvo al de «Princesa Viuda de Gales», en reconocimiento de su estatus como la viuda de su hermano Arturo, y la desterró al castillo del More en el invierno de 1531. Años después, fue trasladada al castillo de Kimbolton, donde tenía prohibido comunicarse de forma escrita y sus movimientos quedaron todavía más limitados. El 7 de enero de 1536, antes de morir a causa posiblemente de un cáncer, Catalina de Aragón escribió una carta a su sobrino Carlos I pidiéndole que protegiera a su hija, la cual fue esposada posteriormente con Felipe II, y otra dirigida a su terrible esposo. Después de perdonarlo, terminaba con unas palabras conmovedoras hacia Enrique: «Finalmente, hago este juramento: que mis ojos os desean por encima de todas las cosas. Adiós». El color negro de su corazón, indicio de que sufrió algún tipo de cáncer, propagó por Inglaterra el rumor de que había sido envenenada por orden del Rey.

Coincidiendo con la muerte de Catalina, Ana Bolena sufrió un aborto de un hijo varón. La joven, que ya había dado a luz a otra futura Reina de Inglaterra, Isabel I, solo sobrevivió cuatro meses a su antecesora Catalina. Fue decapitada en la Torre de Londres el 19 de mayo acusada falsamente de emplear la brujería para seducir a su esposo, de tener relaciones adúlteras con cinco hombres, de incesto con su hermano, de injuriar al Rey y de conspirar para asesinarlo.

Posteriormente, el Rey contrajo otros cuatro matrimonios más: repudió a su cuarta esposa y también decapitó a la quinta. La tercera esposa, Jane Seymour, dio a luz a su único hijo varón, el Príncipe Eduardo. Así y todo, la prematura muerte de Eduardo VI de Inglaterra, a los 15 años de edad, por una tuberculosis, forzó que la Corona pasara sucesivamente a las otras hijas del Rey: María, hija de Catalina de Aragón, e Isabel, hija de Ana Bolena. La figura de la española quedó parcialmente rehabilitada con el ascenso al trono de la hija por la que tanto había luchado.


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  • La decisión fue anticipada por Cristina Fernández durante su discurso con motivo de la conmemoración del 33º aniversario del inicio del conflicto bélico
efe | Cristina Fernández participó en un acto en memoria de los caídos en la guerra de las Malvinas, en Ushuaia (Argentina)

efe | Cristina Fernández participó en un acto en memoria de los caídos en la guerra de las Malvinas, en Ushuaia (Argentina)

El Gobierno argentino oficializó este lunes la desclasificación de los archivos secretos de la guerra de las Malvinas a través de la publicación de un decreto presidencial en el Boletín Oficial.

«Relévase de la clasificación de seguridad, establecida conforme a las disposiciones de la Ley N° 25.520 y su modificatoria, a toda aquella documentación, de carácter no público, vinculada al desarrollo del conflicto bélico del Atlántico Sur obrante en los archivos de las Fuerzas Armadas», indica la norma, firmada por la presidenta argentina, Cristina Fernández.

El decreto otorga «un plazo de 30 días hábiles al Ministerio de Defensa para disponer a la consulta pública los registros» de los documentos conservados en los archivos de las Fuerzas Armadas.

Bajo soberanía del Reino Unido desde 1833

La decisión de desclasificar los documentos secretos fue anticipada por Fernández durante su discurso con motivo de la conmemoración del 33º aniversario del inicio del conflicto bélico.

La guerra, en la que murieron 255 británicos, tres isleños y 649 argentinos, concluyó en junio de 1982 con la rendición de las tropas argentinas ante las fuerzas enviadas por el Reino Unido.

Las islas están bajo soberanía del Reino Unido desde 1833 y el Gobierno británico rechaza negociar al alegar que la decisión corresponde a los malvinenses, los cuales se pronunciaron en 2013 a favor de seguir siendo británicos en un referéndum no reconocido internacionalmente.



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  • Una expedición de 307 infantes de marina quedó abandonada al noroeste de Escocia, donde sus aliados, los jacobitas y los clanes rebeldes, fueron barridos por el ejército real. La flota con el grueso de las tropas españolas fue dispersada por las tormentas a poco de partir de Cádiz
NGS Cuadro de la batalla de Glenshiel, combate que puso fin a la expedición de los 307 infantes españoles

NGS
Cuadro de la batalla de Glenshiel, combate que puso fin a la expedición de los 307 infantes españoles

Como le ocurrió a la flota de Felipe II enviada hacia las Islas Británicas en 1588, el mal tiempo se interpuso en los planes para que una expedición española derrocara a la Monarquía británica en tiempos de Felipe V, el primer Rey borbón de la historia de España. El plan, mantenido en el más absoluto secreto, consistía en mandar a modo de distracción a 307 infantes de marina, una de las tropas de élite españolas, para unirse en Escocia a varios clanes rebeldes de las Tierras Altas. Mientras se prendía la rebelión en el norte, 5.000 infantes debían desembarcar en el suroeste de Inglaterra con la misión de apoyar al pretendiente al trono de la dinastía Estuardo. Sin embargo, las tormentas dejaron solos a los 307 infantes, abandonados y rodeados de miles de enemigos en el norte del país.

El instigador del temerario plan fue el principal consejero de Felipe V, el cardenal Giulio Alberoni, que ambicionaba recuperar la influencia internacional perdida por el Imperio español tras la Guerra de Sucesión. El conflicto sucesorio, convertido en una guerra internacional, se saldó con la entrega de Menorca y Gibraltar a los británicos, así como con la pérdida de los Países Bajos españoles y las plazas italianas de Sicilia, Cerdeña, Nápoles y el ducado de Milán. No en vano, Alberoni destinó a 9.000 soldados a tomar Cerdeña en 1717 y a 40.000 soldados a Sicilia al año siguiente. Ambas operaciones fueron un éxito y estas islas pasaron de nuevo a manos españolas, aunque fue por muy poco tiempo. La Cuádruple Alianza –una coalición formada por el Sacro Imperio Romano Germánico, Francia, Gran Bretaña y Holanda, como reacción a las ambiciones expansionistas de Felipe V– derrotó cerca de Siracusa al grueso de la flota mediterránea española comandada por Antonio de Gastañeta.

La derrota naval, donde la Royal Navy actuó a traición sin haber declarado previamente la guerra, cortó de golpe el avance hispánico en Italia. No obstante, Giulio Alberoni se decantó a continuación por responder en el corazón enemigo: un desembarco en las islas Británicas. Allí donde habían fracasado las expediciones militares durante el periodo de mayor gloria del Imperio español, la etapa de los Austrias, buscaba imponerse el ministro de Felipe V con unos recursos muy limitados. El plan pasaba por atacar con una pequeña fuerza en el norte, a modo de distracción, mientras 5.000 hombres desembarcaban en la costa suroeste, donde los partidarios de la dinastía Estuardo eran mayoritarios. Así, aprovechando la herida todavía abierta de la rebelión jacobita de 1715 en Escocia, los españoles aportarían tropas a un nuevo levantamiento a favor del aspirante al trono James Francis Edward Stuart, conocido como «El viejo pretendiente». La condición católica de este aspirante al trono de Gran Bretaña contribuyó al acercamiento del Imperio español hacia su causa.

Con el objetivo de derrocar al protestante Jorge I, el Imperio español se alió con James Butler, II duque de Ormonde. Un viejo enemigo del Reino de España durante la Guerra de Sucesión, que se encontraba en ese momento exiliado en Francia por su apoyo a la casa Estuardo. Precisamente, Butler fue el que propuso la maniobra de distracción en el norte, planteando como misión de este grupo conquistar la ciudad de Inverness. Una vez concentradas las fuerzas inglesas en el norte, Butler encabezaría el auténtico desembarco con 5.000 soldados españoles y material para armas a otros 30.000 hombres sobre el terreno, aquellos partidarios de los Estuardo que quisieran unirse a la lucha. A todo ello había que añadir la participación de Suecia, que finalmente se desvinculó a últimas hora con la muerte del Rey Carlos XII en las vísperas del ataque.

Una tormenta deja sola a la fuerza de distracción

El 7 de marzo de 1719, dos barcos con 307 infantes de marina partieron del puerto guipuzcoano de Pasajes, lugar de nacimiento del insigne Blas de Lezo, dando inicio a la operación. A su vez, la flota invasora, formada por 27 embarcaciones, se puso en marcha desde Cádiz en dirección a La Coruña, donde debía recoger a James Butler. Sin embargo, la flota fue destrozada a la altura del cabo de Finisterre por una tormenta que obligó a arrojar por la borda la mayor parte de los suministros. Los barcos que no quedaron destrozados por la tormenta se refugiaron en los puertos del norte de España y algunos regresaron a Cádiz.

Wikipedia Castillo de Eilean Donan

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Castillo de Eilean Donan

A comienzos de abril, los 307 infantes de marina españoles desembarcaron en las costas de Escocia. Ignorando que la flota de invasión había quedado dispersada, los españoles, pertenecientes al regimiento Galicia y bajo el mando del coronel Nicolás de Castro Bolaño y del mariscal escocés Sir George Keith, continuaron con su misión y se establecieron en el castillo de Eilean Donan, una emblemática fortaleza usada en el rodaje de películas como «Braveheart» y «Los Inmortales». Con los barcos de transporte de regreso a la Península ibérica, el grupo se encontraba completamente aislado a falta de que los clanes de las Tierras Altas se unieran a sus fuerzas y se dirigieran juntos a la conquista de Inverness.

No en vano, los primeros en destinar tropas fueron los ingleses. Una pequeña flota británica abrió fuego contra el castillo de Eilean Donan y tomó la posición, defendida por solo 49 españoles, sin apenas dificultad. Si bien la mayor parte de los soldados no se encontraban en el castillo –los cuales fueron apresados casi por completo–, el golpe de mano inglés fue terrible para los intereses de la expedición española, que perdió 300 barriles de pólvora y la mayor parte de sus suministros. La situación no podía ser más dramática. Justo cuando los clanes escoceses se habían convencido de sumar sus fuerzas a las jacobitas, la pérdida de Eilean Donan y las noticias de lo ocurrido en el cabo de Finisterre limitó definitivamente la insurrección a un millar de cabezas.

Después de que el ejército real cruzara el desde entonces llamado «Paso de los españoles», tuvo lugar la tarde del 10 de junio el esperado encuentro entre los jacobitas –con los 258 españoles supervivientes entre sus filas– y las fuerzas de Jorge I en las colinas próximas al río Shiel. La batalla de Glenshiel duró cerca de tres horas, en las cuales los españoles, situados detrás de una improvisada barricada y un puente de piedra, sostuvieron el combate junto a 400 jacobitas y a las tropas del héroe nacional escocés Robert Roy McGregor, más conocido como Rob Roy.

ABC Retrato de Giulio Alberoni

ABC
Retrato de Giulio Alberoni

Sabedores de que los milicianos enviados por los clanes de las Tierras Altas suponían el punto más débil del ejército rebelde, las tropas enviadas por Jorge I concentraron el bombardeo de sus morteros y las cargas de su caballería en las posiciones escocesas. Ciertamente, los highlanders fueron los primeros en retirarse, lo hicieron cuando Rob Roy fue gravemente herido por los ingleses. Los jacobitas y por último los infantes de marina española también escaparon aprovechando la confusión de la noche. Sin embargo, su odisea terminó al siguiente día al descubrir que estaban completamente rodeados. A los 258 españoles supervivientes no les quedó más remedio que rendirse. Fueron conducidos a Edimburgo, donde se reunieron con los que habían sido presos en Eilean Donan. En octubre, las negociaciones entre España y Gran Bretaña permitieron su regreso a su país natal.

Pese al final feliz de la pequeña expedición, que de forma milagrosa apenas sufrió bajas, la desastrosa operación se sumó al resto de derrotas que cosechó España frente a la Cuádruple Alianza, entre ellas una invasión desde Francia que penetró en la región del País Vasco, precipitando la caída en desgracia de Alberoni en diciembre de ese mismo año.


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  • Costillas rotas, huesos sin soldar, rastros de heridas y huellas de las justas, halladas en la tumba de un hombre que combatió hasta la muerte
Excavan en Inglaterra el esqueleto «machacado» de un caballero medieval

(Headland Archaeology Limited) Los restos del caballero excavados en Hereford

Para ser caballero había que ser un tipo muy duro. El estado de los restos arqueológicos hallados recientemente en la localidad de Hereford, Inglaterra, así lo demuestra. En el esqueleto de quien fue un caballero han encontrado de todo. Los arqueólogos y los forenses que les ayudan en el estudio de los restos humanos están acostumbrados a muchas cosas, pero a veces sus conclusiones son llamativas para el común de los aficionados a la historia.

Ahora, los expertos de Headland Archaeology Limited han logrado estudiar restos de cientos de individuos desde la invasión normanda hasta el siglo XIX y de su trabajo se desprende un conocimiento preciso de la vida, las enfermedades, los accidentes y la violencia en el pequeño mundo de esta zona de Inglaterra. Y para muestra un botón.

El caballero «demediado»

Tenía más lesiones que el famoso «caballero demediado» de Italo Calvino. Se trata de un varón de 45 años con múltiples fracturas en las costillas que, curiosamente, se localizan en el costado derecho, lado cuyo hombro también está descoyuntado. Para colmo una lesión muy dolorosa en la parte baja de la pierna izquierda… ¿Qué le pudo pasar?

La mayor probabilidad es para una lucha en un torneo. El caballero monta veloz por el campo de justas con las riendas en la izuerda y la lanza en la diestra. Es golpeado por la lanza del contrario con gran fuerza y el impacto le desmonta violentamente mientras su pie izquierdo queda prendido del estribo. ¿Sucedió así?

Andy Boucher, el director de la excavación, afirma que «no podemos estar seguros, pero en este caso hay una enorme cantidad de evidencias que sugieren que este hombre practicaba algún tipo de actividad violenta y la locaclización de sus heridas cuadra a la perfección con lo que se podría esperar de un participante en torneos. El hecho de que a los 45 años que tenía aún practicase esta actividad nos da una idea de lo duro que debió de ser».

Sus dientes hablan de un origen normando, de un emigrante en Hereford. El tipo de enterramiento, con una fila de piedras alineadas, es típico de los siglos XII-XIV.


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  • «Swing Low, Sweet Chariot» fue entonada por los afroamericanos a partir de 1850. Ahora, hace las veces de cántico para los aficionados británicos a este deporte

«Balancéate suavemente dulce carruaje, mientras vienes para llevar a casa». Así es como comienza la popular «Swing Low, Sweet Chariot», una popular canción entonada por los esclavos afroamericanos durante el Siglo XIX y que, en la actualidad, ha vuelto a resonar al ser cantada por los miles y miles de seguidores del rugby británico (un deporte que se sigue de forma mayoritaria en la región). Su aparición, con todo, ha generado una gran duda: ¿Cómo ha conseguido afianzarse en la afición?

Tal y como explica la versión digital del diario «BBC», se cree que esta melodía fue compuesta a principios del siglo XIX por un esclavo llamado Wallace Wallis y su esposa Minerva. Sin embargo, hubo que esperar hasta 1909 para que se popularizara entre la población (año en que fue cantada por el grupo «Fisk Jubilee Singers»). Sea como fuere, lo que está claro es que su letra (que narra, aparentemente, la muerte de un esclavo) no es la más idónea para un campo de rugby.

El origen

En palabras de la Web británica, son varios grupos los que se atribuyen el haber llevado hasta los campos esta canción. Uno de ellos es el formado por los aficionados del Market Bosworth RFC (un equipo de rugby del pequeño condado de Leicestershire, Inglaterra).

«Nos encontrábamos en la tribuna norte pasándolo bien. Empezamos a buscar canciones para entonar, pero la mayoría no terminaban de atraer al resto. Entonces empecé a cantar “Swing Low” y la multitud empezó a cantarla conmigo. Al final, se unió todo el estadio», afirma en declaraciones a la «BBC» Dave Hales, fan de este conjunto.

Con todo, esta versión no es la única que existe, pues varios estudiantes de la escuela Douai de Berkshire (al sureste del Reino Unido) afirman que fueron ellos los que pusieron de moda esta canción. Concretamente, explican que, duante un partido entre Inglaterra e Irlanda, la entonaron en honor de Chris Oti (actualmente de 49 años y presente en la selección del país desde 1988 hasta 1991). ¿La razón? Según determinan, porque era negro.

Con todo, también existen teorías partidarias de que la composición era recurrente en los bares de copas de aficionados a este deporte durante la década de los 60.

Su éxito fue tal que, en 1991, se compuso una versión para la Copa del Mundo de Rugby. Debe ser por eso por lo que, en la actualidad, la Rugby Football Union, uno de los máximos organismos de este deporte en el país, ha decidido investigar su origen. Sin embargo, a los encargados de ello aún les queda un largo camino por recorrer para averiguar este misterio.

 


El Mundo

Lo venimos comentando en los ultimos meses y parece que al final parece que se confirma.

Retrato de Ricardo III, y su cráneo hallado en Leicester.

Retrato de Ricardo III, y su cráneo hallado en Leicester. NATURE COMMUNICATIONS

 

La figura de Ricardo III está envuelta en un halo de misterio al que no le falta ningún ingrediente dramático. Incluso el hallazgo de sus restos mortales hace cerca de dos años, en un aparcamiento de Leicester (norte de Inglaterra), bien podría ser el argumento de una novela de Dan Brown. Pero no se ha quedado ahí la leyenda. El equipo científico que encontró y realizó el primer análisis de los supuestos huesos del monarca acaba de aportar pruebas “abrumadoras”, con “un 99,99% de certeza”, de que aquel esqueleto excavado en 2012 perteneció al último rey de la Casa de York.

Ricardo III es uno de los más conocidos y controvertidos reyes de Inglaterra. Su ascenso al trono en 1483 tras la muerte de su hermano Eduardo IV ha sido visto por los historiadores como, cuanto menos, polémico. La pelea abierta entre el hermano del rey fallecido y la familia de la reina consorte, Elisabeth, así como la turbia y aún desconocida historia que envuelve a la desaparición de sus sobrinos, Eduardo y Ricardo, han encumbrado a Ricardo III -en buena parte debido a la interpretación de los hechos que hizo Shakespeare en su conocida obra teatral– como uno de los grandes villanos de la Historia y de los escenarios.

La ciencia confirma la autenticidad de los restos de Ricardo III NACHO ARBALEJO

Su muerte, tan sólo dos años después en la Batalla de Bosworth, supuso el final de la dinastía Plantagenet, posteriormente conocida como Casa de York, tras 300 años de reinado y el comienzo del periodo de reinado de los Tudor, con Enrique VII como primer monarca tras ganar la Guerra de las Dos Rosas. Ricardo III fue el último rey inglés en morir en batalla y uno de los pocos cuya localización exacta de su tumba no ha llegado hasta nuestros días. El misterio que envuelve a Ricardo III aún continúa en la actualidad.

Para tratar de aportar luz sobre uno de los personajes más oscuros de la historia británica, los investigadores que han trabajado con los restos del supuesto monarca los han analizado desde un ángulo multidisciplinar y han cruzado todos los datos genéticos, genealógicos, arqueológicos y de datación a su alcance.

“Nuestro trabajo de identificación de los restos del Esqueleto 1 encontrados en el convento de Greyfriars en Leicester y es la primera vez que se ponen en común todos los cabos sueltos para llegar a una conclusión sobre la identidad de esos huesos“, explicó Turi King, investigadora del Departamento de Genética de la Universidad de Leicester y la científico principal de la investigación publicada hoy en la revista Nature Communications.

Las conclusiones a las que llegó el equipo liderado por King parecen indicar, tal y como aseguran los propios investigadores, que se acaba de resolver el caso forense más antiguo hasta la fecha. Para confirmar que los restos encontrados pertenecieron a Ricardo III compararon las muestras de ADN extraídas de los restos con otras obtenidas de descendientes vivos del monarca. En concreto, se centraron en secuencias del genoma que se heredan de forma exclusiva del padre o de la madre, como el ADN mitocondrial heredado siempre de la madre y el cromosoma Y, sólo presente en varones y heredado por tanto sólo por vía paterna.

“Hay fragmentos de ADN que se heredan de una forma muy sencilla y permanecen prácticamente inmutables a lo largo del tiempo. Son el ADN mitocondrial y el cromosoma Y”, explicó King el lunes en una teleconferencia con periodistas. “Ricardo III no tuvo descendencia, así que para seguir el rastro paterno tuvimos que ir hacia atrás en el tiempo y después bajar por el árbol genealógico de nuevo hasta la actualidad“, añadió Kevin Schürer, del Centro de Historia Local de Universidad de Leicester y coautor del trabajo.

La comparación de secuencias genéticas deja una sensación agridulce a los especialistas que, aunque ha sido interpretada como un éxito por los autores, no termina de zanjar el misterio de Ricardo III. Mientras el ADN mitocondrial heredado de su madre encaja a la perfección con las muestras obtenidas de los parientes vivos de la Casa de York, en concreto de Michael Ibsen y de Wendy Duldig, el cromosoma Y no ofreció los mismos resultados. Los marcadores genéticos de este cromosoma sexual no encaja con las secuencias heredadas por sus descendientes. Pero los autores, rápidamente, se apresuran a explicar los resultados. “La ruptura de la genealogía en el cromosoma Y no nos sorprende demasiado dada la incidencia de no paternidad y la cantidad de generaciones que se han sucedido en más de cinco siglos”, explicó Schürer.

Sin embargo, otros expertos difieren en su análisis de los resultados. “Cuando se pueden localizar, se utilizan familiares para validar una muestra histórica (igual que en genética forense) pero nunca he visto que se empleara como argumento cuando los resultados no encajan. Es decir, si encajan es una buena proxy de autenticidad, pero si no, entonces es normal porque en las generaciones que han pasado seguro que ha habido alguna falsa paternidad“, explica Carles Lalueza-Fox, investigador del Instituto de Biología Evolutiva de Barcelona y experto en genomas antiguos.

“Yo lo veo improbable, dado que la legitimidad de la descendencia era un factor clave entre la nobleza. A pesar de esta discrepancia obvia, los autores todavía son capaces de organizar un cálculo estadístico ‘ad-hoc’ para proclamar que la identificación tiene un 99,999% de probabilidades de ser positiva. Con todo esto no digo que no sea Ricardo III, sólo que creo que esto no va a terminar totalmente el debate sobre estos restos”, opina Lalueza-Fox.

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