Tag Archive: Carlos I



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  • «Dentro de dos años se cumplirán cinco siglos del viaje de Magallanes-Elcano. ¿No sería ya tiempo de que el Estado español, presidido felizmente por otro Rey universalista, S.M. Felipe VI, tomara las riendas de una conmemoración ineludible? Sería un error dejar pasar este gran logro»

Tras un largo proceso de sucesión prematura y complicada, el Rey Carlos I de España, nieto de los Reyes Católicos y del Emperador Maximiliano de Habsburgo, Duque de Borgoña, Rey de Nápoles, Sicilia y Cerdeña e hijo de la Reina Juana, incapacitada por su propio padre, es declarado heredero de los reinos de Castilla y Aragón, junto con su madre que a partir de entonces reinaría sólo de forma nominal. En 1517, al año de la muerte de su abuelo Fernando, el nuevo monarca desembarcó en Villaviciosa con una escuadra de cuarenta navíos que lo había transportado desde Flandes. Una situación complicada se le presentaba al nuevo Monarca de cuya llegada a suelo español se cumple este mismo año el V Centenario.

Sin apenas hablar castellano, rodeado de asesores flamencos y españoles que tenían proyectos distintos y encontrados, con dificultades para jurar en las Cortes de Castilla y Aragón, el joven rey, cosmopolita y decidido, se encandiló con un difícil proyecto que le llegó de la mano de un portugués fuerte y adusto que había renegado de Portugal por haber sido despreciado por su Rey y que había llegado a Sevilla buscando amparo para llevar adelante la aventura que se proponía, que no era otra que el descubrimiento del ansiado y buscado paso desde el Atlántico a la tierra de las codiciadas especias a través del Mar del Sur del que unos años antes se había posesionado Vasco Núñez de Balboa en nombre de la reina Juana. Una labor en la que habían fracasado desde el mismo Colón, el “iluminado” también rechazado por Portugal, a los más avezados marinos que siguieron intentándolo y del que otro extranjero aseguraba conocer el secreto.

Con una rapidez inusitada inversamente proporcional a la marcha ordinaria de los asuntos oficiales del país, el 22 de Marzo de 1518, apenas seis meses después de su llegada, el joven Carlos, en nombre de su madre incapacitada, firma una Capitulación con el solemne “Yo el Rey”, a favor de Fernando de Magallanes y su socio, Ruy Faleiro, astrónomo y cartógrafo, autor intelectual del proyecto del que Magallanes con su experiencia náutica sería el autor material. Una Capitulación que sin ser tan amplia y generosa como las Capitulaciones colombinas, mantenía, sin embargo, similares características: era una empresa estatal de cuyos beneficios los dos socios se llevarían una vigésima parte, no se permitiría a ningún otro que navegara por los territorios por ellos descubiertos en un plazo de diez años y si descubrían más de seis islas les sería concedido el título de adelantados o gobernadores para ellos y para sus hijos y herederos. El hecho de que en la flota fueran un factor real, un tesorero y un veedor, no limitaba la capacidad de mando del capitán que comandaba una de las de cinco naves que el Rey se comprometió a equipar de tripulación, víveres y artillería para dos años de viaje, empeñando en ello “su honor y su real palabra”.

Le faltó muy poco para alcanzar las Molucas, pero las dos naves que aún quedaban sí que lo consiguieron; y una de ellas, esta vez al mando de un español, Juan Sebastián Elcano, fue el que consiguió lo más importante del viaje: volver al punto de partida

Estos dos portugueses, a los que los suyos consideraron traidores, fueron siempre leales a la confianza que el Rey español había depositado en ellos e hicieron honor a su palabra empeñada, tal como aparece reflejado en el comienzo de esta Capitulación que cambió el mundo: «Pues que vosotros, Hernando de Magallanes, caballero, natural del reino de Portugal, y el licenciado Ruy Faleiro, del mismo reino, estáis dispuestos a prestar a Nos un gran servicio dentro de los límites que a Nos pertenecen en la parte de océano que nos fue adjudicada, ordenamos que, al efecto, sea puesto en vigor el siguiente pacto…» Una vez más, la Corona española prestó apoyo al sueño que parecía imposible de otro extranjero que le daría la universalidad de la que disfrutó durante más de tres siglos.Las consecuencias de esta Capitulación es por todos conocida. Una expedición con cinco pequeños navíos que partió del puerto de Sevilla en Agosto de 1519, cuya marinería tuvo que ser reclutada con hombres de todas las naciones que pululaban por aquella Babilonia en la que se había convertido la ciudad desde que comenzó la navegación a través del Atlántico, que recorrió miles de kilómetros por parajes helados y desiertos, que cruzó por un estrecho que aún hoy es difícil navegar y que consiguió atravesar el inmenso mar que ellos llamaron Pacífico, a través del que consiguieron llegar al archipiélago de las Marianas, probablemente a la isla de Guam. Siguieron hasta Filipinas donde visitaron varias islas y permanecieron cierto tiempo en buena relación con sus habitantes, hasta que Magallanes, siempre fiel a D. Carlos, por ratificar la posesión de ellas en su nombre, se enredó en una imprudente escaramuza, totalmente impropio de su precavido carácter, en la isla de Mactán donde murió asaeteado por los indios. Le faltó muy poco para alcanzar las Molucas a lo que se había comprometido, pero las dos naves que aún quedaban de las cinco que partieron sí que lo consiguieron; y una de ellas, la Victoria, esta vez al mando de un español natural de Guetaria, Juan Sebastián Elcano, fue el que consiguió lo más importante del viaje: volver al punto de partida tres años después, en Septiembre de 1522, en un periplo de ruta ya conocida pero más peligrosa que la que habían dejado atrás por la continua persecución de los portugueses que se consideraban invadidos en sus territorios. Por vez primera se había dado la vuelta al mundo y se había demostrado empíricamente su redondez.

Elcano se dio perfectamente cuenta de su hazaña, porque en una breve carta que le escribe al Emperador desde Sanlúcar de Barrameda, nada más desembarcar, no resalta como su mayor mérito el haber llegado cargado de las codiciadas especias, cuyo costo compensaba con creces la inversión que se había hecho para la expedición, ni las tierras descubiertas, ni las aventuras que llevaron a cabo, ni las calamidades sufridas. Era muy consciente de que su mayor mérito estaba en haber circunnavegado el globo por primera vez. Y así era verdaderamente.

Todos los honores que le negaron los cronistas del viaje, sobre todo Pigafeta, amigo de Magallanes que prácticamente lo ignora, o su principal biógrafo Stephan Zweig, que ensalza las virtudes de Magallanes hasta la exageración y casi no menciona a Elcano, se los concedió el flamante Emperador. No sólo lo premió con una renta anual de 500 ducados en oro sino con algo que en la época era tan apetecido y valioso: un escudo de armas en el cual estaba bordada una esfera del mundo a la que acompañaba como lema una leyenda en latín: Primus circumdedisti me que, desde principios del siglo XX, está grabado en un bergantín, el buque escuela de la Armada española que lleva su nombre.

A partir de entonces nada fue igual. Carlos I fue nombrado, en 1521, Emperador del Sacro Imperio Romano-Germánico, paradójicamente el mismo año en el que Magallanes moría en Filipinas por ampliar su imperio hasta el otro extremo del mundo en un epopéyico viaje del que sólo volvieron 18 hombres al mando de un español. Ellos consiguieron culminar el sueño de un gran hombre y la gran empresa de un Rey, convertido en Emperador del Mundo.

La Real Academia de la Historia inaugura el 21 de Abril, un ciclo de siete Conferencias titulado “De Fernando el Católico a Carlos V 1504-1521”, que se completará con otro posterior para homenajear este año el inicio de este reinado. La última de las conferencias de este primer ciclo se dedica al descubrimiento de los dos grandes océanos que culmina la expedición Magallanes-Elcano, de cuyo viaje también se cumplirán cinco siglos dentro de dos años. ¿No sería ya tiempo de que el Estado español, presidido felizmente por otro Rey universalista, S. M Felipe VI, tomara las riendas de una conmemoración ineludible y se pusiera al frente de una comisión estatal que aglutinara todo lo que se está preparando en algunas partes de España y del mundo, para celebrar una hazaña universal que fue la primera gran empresa que tomó a su cargo Carlos I y que cambió la faz del planeta?

Pienso que seria un gran error dejar pasar desapercibido uno de los más grandes logros de nuestra rica Historia y que queda muy poco tiempo para evitar que esto ocurra.

Enriqueta Vilar Vilar es miembro de la Real Academia de la Historia

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  • Catalina de Aragón mantuvo el aprecio del pueblo incluso cuando su esposo la repudió y humilló públicamente para casarse con la pérfida Ana Bolena. Antes de aquello, ambos monarcas habían mantenido una fuerte alianza contra Francisco I
Enrique VIII por Hans Holbein «el Joven»

Enrique VIII por Hans Holbein «el Joven»

Entre las muchas tramas abiertas en la serie de TVE «Carlos Rey Emperador», ocupa un importante hueco la complicada relación de Enrique VIII (Àlex Brendemühl) y su mujer, la española Catalina de Aragón (Guiomar Puerta). Si bien la enemistad conjunta hacía Francia unía a ambos, la relación entre Carlos I de España (Álvaro Cervantes) y Enrique VIII quedó marcada por el trato indigno dado por el monarca inglés a la hija menor de los Reyes Católicos. La Reina consorte de Inglaterra se alzó como una inesperada figura política durante el acontecimiento más significativo de su historia moderna: la ruptura de Inglaterra con la Iglesia Católica. No en vano, la madrileña mantuvo el aprecio del pueblo incluso cuando su esposo la repudió y humilló públicamente para casarse con la pérfida Ana Bolena.

Catalina, «la Reina de todas las reinas y modelo de majestad femenina» según la describió William Shakespeare, fue una de las miembros de la Familia Real inglesa más querida por el pueblo, ya desde su llegada siendo una adolescente. Así, el 14 de noviembre de 1501, Catalina se desposó con Arturo, hermano mayor de Enrique VIII, en la catedral de San Pablo de Londres, pero el matrimonio duró tan solo un año. La pareja enfermó de forma inesperada –posiblemente de sudor inglés– causando la muerte del Príncipe. En los siguientes años, la situación de la joven fue muy precaria puesto que no tenía quien sustentara su pequeño séquito y su papel en Inglaterra quedó reducido al de viuda y diplomática al servicio de la Monarquía hispánica. Sin embargo, con la intención de mantener la alianza con España, y dado que todavía se adeudaba parte de la dote del anterior matrimonio, Enrique VII tomó la decisión de casar a la madrileña con su otro hijo, Enrique VIII. El Príncipe quedó prendido al instante de la belleza de la hija de los Reyes Católicos, que, además, «poseía unas cualidades intelectuales con las que pocas reinas podrían rivalizar», según las crónicas inglesas de la época.

Con los años, la falta de un hijo varón y la aparición de una mujer extremadamente ambiciosa, Ana Bolena -una seductora dama de la corte-, empujaron al Rey a iniciar un proceso que cambió la historia de Inglaterra y lo enfrentó directamente a Carlos I. Así, Enrique VIII propuso al Papa una anulación matrimonial basándose en que se había casado con la mujer de su hermano. El Papa Clemente VII, a sabiendas de que aquella no era una razón posible desde el momento en que una dispensa anterior había certificado que el matrimonio con Arturo no era válido (no se había consumado), sugirió a través de su enviado el cardenal Campeggio que la madrileña podría retirarse simplemente a un convento, dejando vía libre a un nuevo matrimonio del Rey. Sin embargo, el obstinado carácter de la Reina, que se negaba a que su hija María fuera declarada bastarda, impidió encontrar una solución que agradara a ambas partes. Carlos no dudó en posicionarse del lado de su tía.

Lo curioso del asunto es que Carlos I había empezado su reinado siendo un valioso aliado de Enrique VIII en la lucha de ambos contra Francisco I de Francia. El 27 de mayo de 1520, el Rey español desembarcó en Dover y se reunió inicialmente con su tía Catalina de Aragón, por entonces esposa de Enrique. Como narra Antonio Muñoz Lorente en el libro «Carlos V a la conquista de Europa» (Ediciones Nowtilus, 2015), durante la primera reunión entre ambos «Enrique VIII pensó que su homólogo era medio idiota, pero el inglés no tardó en advertir que detrás de ese aspecto dubitativo, ceceante y abúlico se ocultaba un personaje que era profundamente consciente de sus responsabilidades políticas». La reunión se desarrolló finalmente en un ambiente de cordialidad e incluso familiaridad, puesto que en esencia se trataba de un asunto entre parientes.

Como si se tratara de un casting para elegir al aliado más fiable, poco después de este primer encuentro, fue Enrique VIII el que cruzó el Canal para reunirse primero con Francisco I, y luego con Carlos otra vez. Durante la serie de reuniones con Francisco I, pese a la cortesía y las promesas mutuas, lo cierto es que no terminaron de congeniar a nivel personal. Se cuenta como anécdota que el inglés agarró un día al francés del cuello y le pidió que lucharan juntos. Tras dos intentos de trabar y tirar a tierra al corpulento francés, los consejeros de Enrique le disuadieron de que siguiera con el juego. No habían sintonizado en el trato y, además, la oferta diplomática de Carlos I era más jugosa. Empezaba así una larga asociación entre España e Inglaterra.

El Papa temía más a Carlos que a Enrique

El 19 de julio de ese mismo año, el Imperio español e Inglaterra negociaron la futura boda entre la heredera inglesa, María I de Tudor, y el futuro hijo de Carlos, es decir, Felipe II. La negociación incluyó un acuerdo para que los ingleses atacaran el norte de Francia obligando a derrochar el dinero a Francisco y que, de este modo, Carlos pudiera ganar terreno en Italia. En 1523, Enrique se sumó a una ofensiva conjunta, que incluía la traición del condestable de Borbón, sobre Francia. La ofensiva fracasó cuando la peste y las inclemencias del tiempo hicieron regresar a las tropas inglesas a mitad de camino de llegar a París.

En cualquier caso, y a pesar de los volubles de las alianzas del periodo, la asociación entre Carlos y Enrique se mantuvo firme durante años y solo se vio dañada con la decisión del monarca inglés de renegar de Catalina de Aragón. Pese a las amenazas de Enrique VIII hacia Roma, Clemente VII temía todavía más las de Carlos I, quien había saqueado la ciudad en 1527, y prohibió que Enrique se volviera a casar antes de haberse tomado una decisión. Anticipado el desenlace, Enrique VIII tomó una resolución radical: rompió con la Iglesia Católica y se hizo proclamar «jefe supremo de la Iglesia de Inglaterra». En 1533, el Arzobispo de Canterbury, Thomas Cranmer, declaró nulo el matrimonio del Rey con Catalina y el soberano se casó con Ana Bolena, a la que el pueblo denominaba «la mala perra».

Enrique privó a Catalina del derecho a cualquier título salvo al de «Princesa Viuda de Gales», en reconocimiento de su estatus como la viuda de su hermano Arturo, y la desterró al castillo del More en el invierno de 1531. Años después, fue trasladada al castillo de Kimbolton, donde tenía prohibido comunicarse de forma escrita y sus movimientos quedaron todavía más limitados. El 7 de enero de 1536, antes de morir a causa posiblemente de un cáncer, Catalina de Aragón escribió una carta a su sobrino Carlos I pidiéndole que protegiera a su hija, la cual fue esposada posteriormente con Felipe II, y otra dirigida a su terrible esposo. Después de perdonarlo, terminaba con unas palabras conmovedoras hacia Enrique: «Finalmente, hago este juramento: que mis ojos os desean por encima de todas las cosas. Adiós». El color negro de su corazón, indicio de que sufrió algún tipo de cáncer, propagó por Inglaterra el rumor de que había sido envenenada por orden del Rey.


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  • La serie «Carlos Rey Emperador» presenta el retrato de un monarca mujeriego, imponente físicamente y mecenas del arte, que se llevó la peor parte de los años de auge del Imperio español. Tras la batalla de Pavía, el francés pasó un año preso en Madrid lamentándose porque «todo se ha perdido, menos el honor y la vida»

La alianza de los Reyes Católicos con la dinastía Habsburgo tensó, más si cabe, las relaciones entre la Monarquía hispánica y Francia a comienzos de la Edad Moderna. Italia, entonces amalgama de numerosos reinos y principados, fue testigo y víctima de los primeros episodios de la rivalidad entre España y Francia, que se disputaron uno a uno la afiliación, en algunos casos conquista, de los débiles reinos italianos. La siguiente generación de reyes de estos dos países marcó definitivamente el devenir de Europa. Francisco I de Francia, un Rey seductor, mujeriego, imponente físicamente (medía casi dos metros), mecenas del arte y valiente guerrero ?tanto como para exponerse varias veces a la primera línea del combate?, quedó reducido por el austero Carlos I y la superioridad de los ejércitos hispánicos a un gobernante aplastado en Europa y humillado a nivel personal.

El 25 de enero de 1515, Francisco I era coronado Rey de Francia en la catedral de Reims. Al año siguiente, también en enero, Fernando de Aragón fallecía y dejaba escrito que su nieto Carlos I debía heredar el Reino de Aragón y el Reino de Castilla ante la incapacidad de Juana «la Loca». Sin imaginarlo, Europa vislumbró el génesis de la más honda rivalidad del siglo. Ambos, interpretados en la serie de TVE sobre el Emperador por Álvaro Cervantes (Carlos I) y Alfonso Bassave (Francisco I), que también coincidieron en su generación con el inglés Enrique VIII (Àlex Brendemühl) y el turco Solimán el Magnífico, enfrentaron sus reinos entre sí por hacerse con Italia y por todos los territorios en liza hasta convertirlo en un asunto personal.

Una rivalidad casi íntima

El primer gran episodio de esta rivalidad tuvo como telón de fondo la lucha por alcanzar el título de Sacro Emperador Romano Germánico que se disputaron, en 1520, Carlos, nieto del fallecido emperador Maximiliano I, el mencionado Francisco I de Francia y el propio Enrique VIII de Inglaterra. Aunque el futuro Emperador Carlos V tenía derechos legítimos, el hecho de que Maximiliano I no hubiera sido nunca coronado por el Papa ?era el primero en saltarse este proceso? obligó a su nieto a imponerse a golpe de ducados, con oro castellano y de banqueros alemanes, en la asamblea de electos alemanes.

Con la victoria política de Carlos, Francisco I veía frustrado sus planes imperiales y se centró, por el momento, en la modernización de Francia. Pese a sus gustos todavía medievales, incluido en los aspectos militares, el Monarca galo impregnó de Renacimiento los 32 años de su reinado e incluso albergó en su Corte a Leonardo Da Vinci durante sus últimos años de vida. La más famosa obra del italiano, la Gioconda o Mona Lisa, fue utilizada para decorar el cuarto de baño del Rey. Francisco I fue, además, el artífice de la modernización administrativa del país, incluida la fiscal, indispensable para costear su enfrentamiento contra el poderoso ejército español.

La Guerra Italiana de 1521 a 1526, la enésima desde la época del Gran Capitán, vivió un nuevo intento de Francisco I de buscar la hegemonía en Europa. El Rey francés a la cabeza de un poderoso ejército de 36.000 hombres atravesó los Alpes y ocupó el Ducado de Milán como respuesta a las derrotas sufridas en Bicoca y Sesia en 1522 y 1524, respectivamente. La ciudad fortificada de Pavía, con una guarnición de 2.000 españoles y 5.000 alemanes al mando de Antonio de Leyva ?navarro veterano de las campañas del Gran Capitán?, se cruzó en el triunfante paso francés. La pertinaz resistencia del navarro propició la llegada de 4.000 soldados españoles, 10.000 alemanes, 3.000 italianos y 2.000 jinetes de refuerzo, comandados por el Marqués de Pescara, en lo que devino la batalla de Pavía.

La abnegado fe en la potencia de su caballería, tan característica en todas las derrotadas francesas en el siglo XVI, precipitó a los jinetes galos contra una precisa ráfaga de arcabuceros castellanos, causando una derrota que estremeció Europa. 10.000 soldados franceses y suizos murieron ese día y 3.000 cayeron prisioneros, entre los cuales se contaba lo más granado de la nobleza y el propio Francisco I. Al igual que el resto de caballeros, el Rey francés padeció los estragos de los arcabuces españoles. Derribado de su montura, el Monarca fue capturado por el vasco Juan de Urbieta cuando trataba de zafar su pierna de debajo del moribundo caballo. En un principio, el vasco no supo distinguir la calidad de su botín, pero se refrendó de degollarlo al vislumbrar su cuidada armadura. El vasco, junto con Diego Dávila, granadino, y Alonso Pita da Veiga, gallego, condujeron a Francisco casi a los pies de su Cesárea Majestad.

Con Francia descabezada, Francisco I fue llevado preso a Madrid donde permaneció un año en la Torre de los Lujanes hasta que accedió a firmar el ignominioso Tratado de Madrid y jurar su cumplimiento ante los Evangelios. El acuerdo, que no tardaría en incumplir a su vuelta a Francia, obligaba a Francisco I a renunciar al Milaneso, Génova, Nápoles, Borgoña, Artois y Flandes. Durante su estancia de un año en su «jaula de oro» de Madrid, donde recibió trato cortes, escribiría a su madre: «Todo se ha perdido, menos el honor y la vida». El Rey, que planeó varios intentos de fuga desde Madrid, quedó sumido en un estado depresivo, pese a que incluso participó en jornadas de caza, y lamentó por carta que «ni un amigo me queda para unir mi espada a la suya». Precisamente su espada, capturada en la batalla, permaneció en España durante 283 años hasta el 31 de marzo de 1808, fecha en que fue entregada en Madrid al ejército invasor francés para hacérsela llegar a Napoleón Bonaparte, quien había manifestado su interés.

«Una jaula de oro» en Madrid

La liberación de Francisco I tenía por condición la llegada a Madrid de los dos hijos mayores de éste, a modo de garantía. Enrique II, el futuro Rey, creció con el ignominioso recuerdo de su estancia en Madrid, y cuando sostuvo la corona su Majestad Cristiana no escatimó en desvergüenza a la hora de aliarse con todo aquel enemigo de Carlos I, por muy calvinista, luterano e incluso musulmán que fuera. Nada que no hubiera hecho antes su padre, que una vez en suelo francés se desdijo de todo lo firmado y presentó un acta notarial efectuada en secreto ante algunos nobles franceses donde alegaba la nulidad del documento.

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En un tiempo donde eran muy frecuente esa forma de resolver las disputas, Su Cesárea Majestad desafió a duelo singular, a modo de caballería medieval, al galo en 1528 por faltar a su palabra y ser un hombre sin honor. Francisco hizo oídos sordos y, ante la insistencia del español, encarceló al embajador en París e intermediario en el desafío, Nicolás Perrenot Granvela. No en vano, otras versiones aseguran que fue Francisco I el que reclamó el combate singular pero jamás lo llevó a efecto.

La rivalidad siguió muchas décadas más e incluso la heredaron sus hijos. Francisco I lo intentó todo contra España, así en 1536 firmó una alianza con el sultán Solimán el Magnífico muy criticada por toda Europa al considerarse, hasta ese momento, que, por muy mala que fuera la relación entre reyes europeos, el auténtico enemigo eran los musulmanes. Así y todo, Francisco también cosechó un puñado de triunfos militares, aunque en el conjunto histórico haya sido retratado como un dirigente frustrado por el Imperio español, que, deseoso de destacar en algo, se resignó a su faceta de mecenas del arte. Su respuesta ante las sucesivas bulas papales reconociendo la preeminencia española en la conquista de América retrata su impotencia frente al momento que le tocó vivir: «El sol luce para mí como para otros. Querría ver la cláusula del testamento de Adán que me excluye del reparto del mundo y le deja todo a castellanos y portugueses».


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  • Lejos de la imagen dada por la nueva serie de TVE, la auténtica llegada del Rey a la península estuvo marcada por su nulo conocimiento del idioma. Su tía Margarita, en cuyo hogar de Flandes pasó la infancia, impidió que aprendiera la lengua

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Para quienes esperaban un nivel de documentación histórica a la altura de la serie «Isabel» supuso un primer mazazo, en el estreno de «Carlos, Rey Emperador», el hecho de que el Príncipe de los reinos hispánicos -más tarde Emperador V de Alemania- hablara desde un primer momento un perfecto castellano sin el menor atisbo de acento. La realidad sobre su llegada a España fue mucho menos romántica. Carlos de Gante había recibido una educación estrictamente europea y apenas chapurreaba el castellano, lo cual causó malestar entre la nobleza española, que percibía como extranjero al nieto de los Reyes católicos.

En realidad, solo la casualidad había propiciado la llegada de los Habsburgo a España, que reinarían durante casi dos siglos sobre la unión de los dos principales reinos hispánicos. Así, cuando los Reyes Católicos decidieron casar al borgoñés Felipe de Habsburgo con su hija Juana «La Loca», ésta solo era la tercera en la línea de sucesión al trono. La muerte sin dejar descendencia de los hermanos mayores de Juana propició la llegada de Felipe «El Hermoso» al trono de Castilla. Más tarde, el hijo mayor del matrimonio, Carlos I, heredó ambas coronas, la de Castilla y la de Aragón, a consecuencia de la prematura muerte de su padre Felipe I, el fallecimiento sin herederos varones de Fernando «El Católico» -que hasta el último momento trató de engendrar un hijo con su segunda mujer– y la incapacidad para reinar de su madre. La educación que había recibido no estaba pensada para reinar en España, sino en los territorios europeos de los Habsburgo y de los Borgoña.

Una educación muy lejos de España

Felipe de Habsburgo, natural de Brujas e hijo de Maximiliano I -Sacro Emperador Romano-, quiso de esta forma que sus hijos nacieran y se criaran en los Países Bajos. A excepción del pequeño, Fernando de Habsburgo, que curiosamente acabaría gobernando fuera de España, todos los hijos de Felipe I y Juana se criaron allí. Ante la incapacidad de Juana para criar a sus propios hijos -presa de un amor obsesivo y tiránico-, en los primeros años de su vida Carlos y sus hermanas quedan confiados a la viuda de Carlos «El Temario», Margarita de York, que les enseñó a hablar francés, alemán (mal), inglés, flamenco, latín, pero no español. El resto de la educación del Príncipe continuó por la misma senda, sin que la historia o tradiciones españolas aparecieran entre las materias de sus estudios. No obstante, consciente de que Carlos podría ocupar algún día su trono, Fernando «El Católico» envió al humanista Luis Cabeza de Vaca a Flandes para que le enseñara castellano y las costumbres españolas, aunque a tenor de los resultados no debió cosechar mucho éxito. Buena culpa de ello la tuvo la tía de Carlos, Margarita, gobernadora de los Países Bajos, en cuyo hogar pasó toda la primera adolescencia, que se opuso a que aprendiera la lengua española.

Como le ocurriría a Felipe II cuando viajó a los Países Bajos a principios de su reinado sin saber apenas francés, Carlos I de España fue recibido con bastante recelo entre la nobleza castellana a causa de su incapacidad para expresarse en su idioma más allá del saludo protocolario. Carlos, que se había asegurado su posición como soberano de los reinos hispánicos gracias al reconocimiento del Papa León X, partió el 8 de septiembre de 1517 con su escuadra desde Flesinga rumbo a Santander, aunque finalmente una fuerte tormenta obligó a iniciar el desembarco ante la costa de Villaviciosa, donde los asturianos confundieron la expedición con un ataque turco o francés. Ya en Valladolid, recibió la noticia del fallecimiento del cardenal Cisneros, lo que le dejaba completamente allanado el gobierno de Castilla. Con el objetivo de ganarse a los españoles, durante cuatro meses se sucedieron fiestas, banquetes, desfiles, corridas de toros y justas, en las que el Rey se destacó como un excelente atleta.

Sin embargo, pese a sus esfuerzos, seguía mostrándose esquivo en el trato personal a causa de sus escasos conocimientos del idioma. Guillermo de Croy, señor de Chièvres, hacía las veces de interlocutor entre Carlos y la mayoría de nobles castellanos y aragoneses, que, a excepción de unos pocos como el marqués de Villena o el Obispo de Badajoz integrados en las filas flamencas, fueron apartados poco a poco de las esferas de poder. Chièvres, que apenas conocía el país, se dedicó a conceder una buena cantidad de beneficios a los nobles flamencos que le acompañaban y reservó para su sobrino, el cardenal Guillaume de Croy, que tenía 20 años, el principal de todos los cargos eclesiásticos: el arzobispado de Toledo. El asunto despertó una gran indignación entre la nobleza, que celebró por aquellas fechas unas cortes plagadas de desconfianza.

A principios de 1518, las Cortes de Castilla juraron fidelidad como Rey al extranjero Carlos, cuyo nombre incluso sonaba poco familiar a oídos locales. No en vano, entre las condiciones exigidas por las Cortes estaban la obligación de aprender a hablar castellano en el menor tiempo posible, el cese de nombramientos a extranjeros y un trato más respetuoso a su madre Juana, recluida en Tordesillas. La mayoría de estas peticiones nunca fueron satisfechas, lo que unido a la rápida salida de Carlos de Castilla con dirección a Aragón y luego a Alemania -donde acudió a reclamar el trono vacante de su abuelo Maximiliano I al frente del Sacro Imperio Romano Germánico– derivó en la conocida como Guerra de las Comunidades de Castilla, que precisamente reclamaba un mayor protagonismo castellano en el gobierno de estas tierras. Sin el apoyo de la alta nobleza, la rebelión duró poco tiempo y Carlos nunca vio peligrar realmente su corona en Castilla, aunque procuró rodearse a partir de entonces de más consejeros de esta región.

La españolización vino de manos femeninas

Con el paso de los años, las prestaciones de la infantería castellana -pronto conformada como tercios- y las grandes remesas de metales preciosos llegados de las Indias convencieron a Carlos I de España de la necesidad de dar preeminencia a este reino y a su nobleza dentro de la estructura imperial. La inclusión de castellanos entre sus hombres de confianza sucedió de forma natural y, en lo referido al idioma, su Cesárea Majestad consiguió aprender castellano en poco tiempo, pese a lo cual muchos de sus contemporáneos destacaron el marcado acento hasta sus últimos días de vida. Su esposa, Isabel de Portugal, tuvo buena parte de culpa de la españolización de Carlos; y el contacto reiterado con Garcilaso de la Vega, soldado y poeta, aceleró el aprendizaje de la lengua.

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Años después, un incidente con el Papa da cuenta de la importancia que adquirió el castellano para el Monarca. Así, el aventurero y extravagante cronista Pierre de Bourdeille se refiere en su obra «Bravuconadas de los españoles» a que «estando Carlos en Roma habló delante del Papa, de los embajadores y de los cardenales bramando un tanto por arrogancia de su victoria en Túnez y La Goleta. Estaban presentes dos embajadores franceses y reconvinieron a su Cesárea Majestad por expresarse en español y no en otro idioma más inteligible. El Emperador dio la espalda a uno de los embajadores, el del Rey galo, y se dirigió al otro, el embajador francés ante su santidad: -Señor obispo, entiéndame si quiere; y no espere de mí otras palabras que de mi lengua española, la cual es tan noble que merece ser sabida y entendida de toda la gente cristiana».


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  • Los Reyes de España viajan a México esta semana pero, como es habitual y para evitar la controversia, no tienen previsto visitar la remota iglesia donde permanece enterrado el español más importante en la historia del país americano
ABC Retrato de Hernán Cortés en su vejez

ABC | Retrato de Hernán Cortés en su vejez

No se trata de ninguna clase de maldición azteca. No hubo como en el sarcófago egipcio de Tutankamon una inexplicable cadena de muertes. La maldición de Hernán Cortés es la un país que no sabe cómo tratar a un personaje histórico que participó decisivamente en la fundación de lo que hoy es México, pero que es recordado como uno de los mayores villanos de su historia. Y mientras el país sigue debatiendo qué hacer con su legado, la tumba del conquistador español permanece semioculta tras ser víctima de una intensa persecución en el pasado.

Tras sus éxitos militares en el nuevo continente, Hernán Cortés se cuidó de regresar a Castilla a dar cuenta de sus éxitos a Carlos I de España. La relación fue durante un tiempo cordial con el Rey, pero con el tiempo Cortés pasó a engrosar contra su voluntad la lista de nobles que merodeaban la Corte mendigando por cargos y prebendas. El extremeño, no obstante, se consideraba merecedor de reconocimientos sin necesidad de estar reclamando favores. «¿Es que su Majestad no tiene noticia de ello o es que no tiene memoria?», escribió Hernán Cortés, sin pelos en la lengua, ante las promesas incumplidas del Monarca. Para los europeos, los méritos en América sonaban a poca cosa y no requerían tanta atención. Así y todo, le concedió un botín considerable –extensas tierras, el cargo de capitán y el hábito de la Orden de Santiago–, acaso insuficiente a ojos de Cortés.

La muerte le alcanza cuando su fortuna decaía

El empeoramiento de su relación con Carlos I no evitó que en 1541 el conquistar español fuera uno de los primeros en acudir a la llamada del Rey para realizar una incursión contra Argel, un importante nido de la piratería berberisca. Sin embargo, Cortés fue ninguneado por el Rey y el resto de mandos y la campaña resultó un completo desastre. El repliegue no fue menos desastroso. Hubo que echar al agua a los caballos para hacer sitio a toda la gente naufragada en el proceso, entre ellos a Cortés y a sus hijos. Agotado y enfermo por el viaje, Hernán Cortés nunca recuperó completamente las fuerzas perdidas en la que fue su última expedición guerrera. Además, el extremeño extravió la enorme fortuna que portaba en su barco naufragado, 100.000 ducados en oro y esmeraldas. En los siguientes años se estableció en Valladolid, donde retomó su actividad empresarial y se arropó de un ambiente humanista. Allí observó impotente como sus protestas al Emperador eran sepultadas una y otra vez por las intrigas de la Corte. A finales de 1545, el conquistador se trasladó a Sevilla con la intención de viajar una vez más a México, quizás con el sueño de acabar sus días allí.

Hasta el final, Cortés reclamó sin éxito al Emperador nuevas ventajas por sus méritos militares, pero a esas alturas los tesoros de Pizarro eclipsaban a los traídos por el conquistador de México en el pasado. La fama de Cortés estaba en caída libre cuando, tras dos años en Sevilla planeando su regreso a la Nueva España, murió víctima de la disentería. El extremeño falleció en Castilleja de la Cuesta, provincia de Sevilla, el 2 de diciembre de 1547 de un ataque de pleuresía a la edad de 62 años. Su testamento estipulaba que fuera enterrado en México, aunque de forma provisional quedó en el panteón familiar de los duques de Medina-Sidonia, que habían velado por su bienestar en su etapa final.

En 1562, dos de los hijos de Cortés, Martín –nuevo marqués del Valle, y Martín –el hijo que tuvo con la interprete nativa doña Marina– llevaron los restos de su padre a México y le dieron sepultura en San Francisco de Texcoco. Comenzó entonces el largo peregrinaje de sus restos por la geografía mexicana. En 1629, quedó en una iglesia de Ciudad de México y luego, en 1794, en una fundación religiosa de la misma ciudad. Este nuevo traslado obedecía al interés del virrey, Conde de Revillagigedo, por dar un mausoleo más pudiente al héroe hispánico a costa del dinero de personajes influyentes de la ciudad.

Pero la independencia de México cambió radicalmente la imagen que tenía el país sobre Cortés. El extremeño tornó a ser el representante de la crueldad y la represión que destruyó la civilización azteca, e incluso fue tildado como genocida. A diferencia de otros países como Colombia que sí conservó el culto a Benalcázar o Ecuador con Orellana –en un intento de dar sentido histórico a sus países–, la oposición a Cortés se mantuvo firmemente enraizada hasta el punto de que en la actualidad no hay ninguna estatua de cuerpo entero del conquistador en todo el país. No en vano, los murales del artista mexicano Diego Rivera, pintados entre 1923 y 1928, recogen el sentimiento dominante sobre la figura del conquistador. Así, Cortés es una criatura encorvada y llena de deformidades que tiene el oro como única motivación.

La ubicación fue desconocida durante 110 años

Poco después de la independencia, empezaron a correr pasquines que incitaban al pueblo a destruir el sepulcro. Previniendo la inminente profanación, las autoridades eclesiásticas decidieron desmontar el mausoleo y ocultar los huesos. En la noche del 15 de septiembre de 1823, los huesos fueron trasladados de forma clandestina a la tarima del altar del Hospital de Jesús y el busto y escudo que decoraban el mausoleo fueron enviados a la ciudad siciliana de Palermo. Trece años después, los restos cambiaron su ubicación a un nicho todavía más oculto, donde permanecieron en el olvido durante 110 años. Su ubicación exacta fue remitida a la Embajada de España a través de un documento que fue perdido y luego recuperado en 1946 por investigadores del Colegio de México, quienes asumieron la aventura de buscar los restos ocultos. El domingo 24 de noviembre de 1946 hallaron los huesos y los confiaron al Instituto Nacional de Antropología e Historia.

El 9 de julio de 1947, tras un estudio de los huesos, Cortés fue enterrado de nuevo en la iglesia Hospital de Jesús con una placa de bronce y el escudo de armas de su linaje. La única estatua de Cortés erigida en territorio mexicano permanece junto a esta humilde tumba, cuya existencia se guarda de forma discreta en un país que, en su mayor parte, sigue sin asumir el papel que jugó el conquistador en su fundación. Tampoco su otro país, el que le vio nacer, hace mucho por defender su figura.


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  • En el mes de mayo de 1560, los ejércitos de Felipe II sufrieron una grave derrota en la isla más grande del Norte de África. La campaña terminó con más de 10.000 muertos y 5.000 prisioneros, que fueron trasladados a Estambul. Hasta 1848, una pirámide de huesos y calaveras de los españoles estuvo visible en la isla de Túnez a modo de advertencia
ABC Tapiz del ataque a Túnez por parte de los ejércitos de Carlos I, el epílogo del desastre de Los Gelves de 1560

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Tapiz del ataque a Túnez por parte de los ejércitos de Carlos I, el epílogo del desastre de Los Gelves de 1560

Las victorias tienen muchos padres y las derrotas suelen ser huérfanas, salvo en España. Víctimas de una especie de masoquismo histórico, los españoles han aceptados por válidas las derrotas que, como la Noche Triste, la Armada Invencible o la batalla de Rocroi de 1643, han sido distorsionadas por la historiografía extranjero a su antojo. Bajo la excusa de que estuvieron envueltas en la épica o de que fueron causadas por las inclemencias naturales, se ha asumido con complaciencia que la derrota en la Noche Triste fue una huida desastrosa de Hernán Cortés –cuando en realidad fue pródiga en episodios de meditado heroísmo–, que la Armada Invencible marcó el final de la hegemonía en los mares del Imperio español –lo cual supone, sin ir más lejos, obviar el fracaso mayúsculo de la Contraarmada que Inglaterra estrelló contra las costas españolas un año después–, o que en la batalla de Rocroi contra los franceses terminó la supremacía de los tercios españoles –lo cual no ocurrió realmente hasta 1658 con la derrota en las Dunas–. Sin embargo, los españoles han extraviado uno de los mayores y auténticos desastres de la historia del Imperio español: el ocurrido en 1560 en Los Gelves (Túnez).

El Mediterráneo habría de dar pocas alegrías a España en el siglo XVI hasta el Rescate a Malta y la batalla de Lepanto. El victorioso encuentro en el golfo de Lepanto fue una inesperada excepción tras décadas de penurias. Pero de entre todos los desastres, algunos tan dolorosos como la Jornada de Argel de 1541, ninguno fue tan trágico como el desembarco a Los Gelves en 1560. Los Gelves, también conocida como Djerba, es la isla más grande del Norte de África y un escenario clave en los choques entre Occidente y Oriente. Djerba vio sucederse a normandos de Sicilia, aragoneses, españoles y otomanos, enfrentados durante cuatro siglos por 514 kilómetros de terreno.

ABC | Mapa de Djerba por Piri Reis

ABC | Mapa de Djerba por Piri Reis

A principios de la Edad Moderna, el Imperio Otomano ayudó a los corsarios berberiscos a establecer una base permanente en la isla para lanzar desde allí sus ataques. Sin embargo, España no estaba dispuesta a ceder un territorio con tanto valor estratégico sin presentar batalla. Fernando «el Católico» fue el primero en el siglo XVI en retomar la fijación española por la isla. Tras conquistar Orán, Bugía, Trípoli y Argel, la Monarquía hispánica puso sus ojos sobre Djerba en 1510. Al ejército aragonés de Pedro Navarro, cabeza de la campaña, se sumaron 7.000 castellanos al mando de García Álvarez de Toledo –padre del célebre III Duque de Alba– para iniciar el desembarco terrestre. El calor, la falta de agua y la inexperiencia de García Álvarez de Toledo desembocaron en el grave tropiezo de 1510. Más de 4.000 hombres murieron durante una improvisada marcha por el desierto, entre ellos Álvarez de Toledo. La muerte de su primogénito sacudió de lleno a la Casa de Alba y marcó la infancia de Fernando Álvarez de Toledo, cuyo odio acérrimo al Imperio Otomano tiene su germen entonces.

Un desastre causado por la lentitud

Los esfuerzos bélicos permitieron que Los Gelves estuvieran finalmente bajo la soberanía española en distintos periodos, de 1520 a 1540 y de 1551 a 1560. No obstante, el dominio de la isla siempre fue más nominativo que real. El Imperio Otomano controlaba el Mediterráneo con una superioridad insultante y, en 1558, Pialí lo demostró arrasando Menorca a placer. Frente a la amenaza musulmana, Felipe II apeló al Papa Paulo IV y a sus aliados católicos para preparar una expedición combinada en 1560 contra Trípoli, ciudad arrebatada una década atrás por el corsario Dragut a la Orden de San Juan (trasladada ya entonces a la Isla de Malta). La coalición estaba formada por Génova, España (con fuerzas de Nápoles y Sicilia), Florencia, los Estados Pontificios y los Caballeros Hospitalarios. Y aunque las cifras sobre las fuerzas reunidas en las cercanías de Trípoli han sido objeto de muchas exageraciones –posiblemente 15.000 hombres (9.000 españoles)–, sí existe cierto consenso sobre el número de barcos congregados: en torno a 50 galeras y unas 40 embarcaciones menores.

El primer problema surgió cuando los preparativos se alargaron hasta sepultar el factor sorpresa. Cuando la operación fue puesta finalmente en marcha, los otomanos prepararon una enorme flota para contragolpear. Sancho de Leyva, encargado de las galeras de Sicilia (emplazadas en la Armada hispánica), escribió a Felipe II quejándose de la tardanza: «Yo no he tardado de decirle al duque de Medinaceli muchas veces que en la brevedad del tiempo consistía el mayor bien de esta empresa y que la dilatación era la mayor dificultad… que no parece que ha habido parte de Italia de donde no se haya traído gente y otras provisiones».

Giovanni Andrea Doria –asistido por su tío, el célebre Andrea Doria, que murió a los 94 años poco después de los preparativos– se encargó de capitanear la flota reunida en Messina. Previa parada en Malta a causa del mal tiempo –donde perdieron a 2.000 hombres por enfermedad–, la flota arribó en la costa de Trípoli a finales de febrero de 1560. Allí, la timidez de Doria, siempre temeroso a tomar riesgos (en la noche anterior a Lepanto fue el único que recomendó evitar el enfrentamiento) causó una desordenada retirada donde primó el sálvese quien pueda.

El grueso de la flota tuvo que refugiarse en Los Gelves, donde desembarcaron sin oposición. Juan de la Cerda, duque de Medinaceli y general de las fuerzas españolas, ordenó que se levantara un fuerte en el norte de la isla. Dicha fortificación debía estar finalizada en el plazo de varios meses, pero Piali Pacha al mando de 86 galeras no estaba por la labor de verlo jamás terminado. Los turcos se presentaron el 11 de mayo y en cuestión de horas hundieron más de la mitad de la flota cristiana. Con el viento en contra pocas galeras pudieron escapar al ataque sorpresa, pero entre las privilegiadas estuvieron las embarcaciones de Giovanni Andrea Doria y el duque de Medinaceli, quienes dejaron a su espalda a 2.000 hombres atrincherados entre los pilares del fuerte.

Tras tres meses de asedio, la guarnición de Los Gelves se rindió el 31 de julio de 1560 a un ejército de casi 40.000 musulmanes. Durante la resistencia extrema vivida por esos 2.000 hombres, el maestre de campo Álvaro de Sande se alzó como un líder incombustible y encabezó una última salida desesperada días antes de la rendición. Una vez tomados los pozos de agua por los turcos, nada quedaba por hacer más que rendirse. Los 1.000 soldados que aún sobrevivían en julio fueron aniquilados o, en el mejor de los casos, llevados cautivos a Estambul. Los cadáveres de los muertos fueron empleados para levantar una macabra pirámide de huesos y calaveras recubiertas con tierra de la playa. Este dantesco monumento a la muerte estuvo visible hasta 1848, cuando el cónsul británico ordenó que los restos fueran trasladados a un cementerio católico.

Felipe II pierde 10.000 de sus mejores hombres

En total, las bajas cristianas sobrepasaron las 30 galeras hundidas, más de 10.000 muertos en el transcurso de toda la operación y 5.000 prisioneros. Entre estos, Piali se llevó a Estambul a los capitanes más destacados: Berenguer de Requesens, Sancho de Leyva, Lope de Figueroa, Sancho Dávila, Rodrigo de Zapata y Álvaro de Sande. No en vano, la mayoría fueron rescatados en poco tiempo, salvo Álvaro de Sande que fue liberado por el sultán solo después de la mediación del Rey Carlos IX de Francia, aliado del Imperio Turco, y del pago de 60.000 escudos de oro.

El extremeño Álvaro de Sande recordó el resto de su vida el tormento y el horror vivido en Los Gelves: «Mataron delante de mis ojos al capitán don Jerónimo de Sande, mi sobrino, otros amigos y muchas personas muy queridas». Y no fue el único que quedó aterrado por la demostración turca. El enorme desastre de Los Gelves causó el pánico por toda los puertos de la Cristiandad e incluso España autorizó a desalojar Orán, su plaza más avanzada en África, por considerarla indefendible. Pese a todo, la guerra de los otomanos en Persia impidió que el sultán lanzara al grueso de sus recursos a dar el golpe final a las posesiones hispánicas.

Porque la noche es más oscura justo antes de amanecer, el desastre sirvió para que Felipe II se percatara de la envergadura del problema en el Mediterráneo. El Imperio comenzó una intensa reforma de su flota de galeras que dio por resultado la derrota otomana en Malta en 1565 y, años después, la célebre victoria de Lepanto.


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  • El suceso, al que fue ajeno el Rey, tuvo un componente anticatólico debido al gran número de mercenarios luteranos que integraban el ejército imperial. «Los imperiales se apoderaron de la cabeza de San Juan, de la de San Pedro y de la de San Pablo; robaron el oro y la plata que las recubría y las tiraron a la calle para jugar a la pelota», describen las crónicas sobre el terror desatado en la Ciudad Eterna
Biblioteca Museo Víctor Balaguer Pintura de el «Saco de Roma», 1888, por Francisco Javier Amérigo Aparicio

Biblioteca Museo Víctor Balaguer
Pintura de el «Saco de Roma», 1888, por Francisco Javier Amérigo Aparicio

Resulta cuanto menos curioso que el Monarca que pasó a la posteridad por ser uno de los grandes defensores de la fe católica frente al protestantismo lo hiciera también porque sus tropas saquearon brutalmente la ciudad de Roma en el mes de mayo de 1527 obligando al Papa a huir para salvar su vida. Retomando el grito lanzado por Julio II contra los franceses de «¡fuera los bárbaros!», el Papa Clemente VII lo jaleó contra los españoles cuando éstos extendieron sus tentáculos imperiales por toda Italia. No en vano, su hostilidad hacia Carlos I de España y V de Alemania saldría muy cara a Clemente VII, quien presenció en primera persona como la Guardia Suiza alimentó parte de su leyenda a las puertas del Castillo de Sant’Angelo (el antiguo Mausoleo de Adriano) sacrificando sus vidas para salvar al pontífice de una horda de mercenarios luteranos.

Tras las victorias españolas en la batalla de Bicocca de 1522 y en la batalla de Pavía de 1525 sobre los franceses, el poder de Carlos I sobre Italia resultaba incontestable. A principio de la década de 1490, Francia mantenía bajo su órbita Milán, parte de Nápoles, Saboya, y tenía amistad con los dirigentes de Génova y Florencia, así como aspiraciones sobre Sicilia. Medio siglo después y muchas batallas de por medio, Carlos I controlaba Nápoles, Sicilia, Cerdeña, Milán (a partir de 1535) y mantendría firmes alianzas con el duque de Saboya, con los Médici florentinos, con los Farnesio de Parma y con los Doria y los Spínola genoveses.

La estrategia de «¡fuera los bárbaros!»

En 1526, el conflicto entre las dinastías Habsburgo y Valois, donde el Papa y la República de Venecia eran los únicos que se permitían medrar de forma independiente, se encontraba paralizado a expensas de que Francisco I de Francia, que había sido capturado en la batalla de Pavía y había permanecido una temporada en Madrid curándose de humildad, se decidiera por fin a romper el Tratado de Madrid, firmado durante su cautiverio, que le obligaba a no intervenir en Italia. Finalmente, fueron las palabras del Papa Clemente VII, protegido por los Médici florentinos –que todavía no eran aliados de Carlos I–, lo que animó al Rey francés a incumplir el tratado. Abogando por escrito que los tratados que se firman «bajo la presión del miedo carecen de valor y no obligan a su observancia», el Papa convenció a Francisco I para unirse a la llamada Liga de Cognac (o liga Clementina), integrada por el Papa, Francia, Venecia, Florencia y Milán, con el objetivo de expulsar a los españoles de Italia.

ABC Retrato de Clemente VII

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Retrato de Clemente VII

Mientras el pontífice se preocupaba por encabezar alianzas contra otros reyes cristianos, los ejércitos otomanos de Solimán I «el Magnífico» avanzaron sobre el reino de Hungría, que reclamó ayuda de forma desesperada. El 29 de agosto de 1526 se sucedió la batalla de Mohács, donde murió el Rey Luis II de Hungría y los ejércitos cristianos fueron barridos por los otomanos. Hasta el último momento, Carlos I y su hermano Fernando de Habsburgo, archiduque de Austria, intentaron convencer sin éxito al Papa de que aparcara por el momento las diferencias en Italia y ayudara a frenar la acometida musulmana. La actitud de estos estados cristianos frente al desastre húngaro convenció a Carlos I de atacar al integrante más débil de la alianza, al menos en lo militar: el Papa Clemente VII.

La primera acción hostil del Imperio español contra el Papa consistió en apoyar al cardenal Pompeo Colonna, quien desde enero de 1526 se encontraba en abierto enfrentamiento con Clemente VII. Financiadas por el Emperador, las tropas de Colonna ocuparon Roma en septiembre de ese año. La ciudad fue parcialmente saqueada y el Papa se vio obligado a refugiarse en el Sant’Angelo, donde quedó encerrado junto a la Guardia Suiza que estaba encargada de proteger al Papa. Esta primera ocupación por parte de fuerzas vinculadas a Carlos I debía haber servido de advertencia a Clemente VII, que originalmente aceptó las duras condiciones del embajador español Hugo de Moncada, pero no consiguió más que espolearle.

Como hizo Francisco I cuando se lo reclamó precisamente el Papa, Clemente VII incumplió lo pactado con Carlos I pocos meses después. No solo se negó a salir de la Liga de Cognac, sino que reforzó las defensas de Roma para que no volviera a producirse una incursión como la de Colonna y ordenó una ofensiva en la zona próxima a Nápoles contra las tropas del virrey español, Carlos de Lannoy. Cansado de las promesas incumplidas, Carlos I ordenó a comienzos de 1527 que un ejército compuesto por unos 25.000 soldados españoles, italianos y alemanes se dirigieran al frente de Carlos de Borbón y del noble alemán Jorge de Frundsberg hacía Roma.

Las tropas imperiales partieron desde el Milanesado y recalaron en Florencia, donde los regidores accedieron al pago que estipuló Carlos de Borbón para evitar el saqueo de la ciudad, antes de retomar el camino hacia Roma. No en vano, las instrucciones del Emperador a Carlos de Borbón –antiguo comandante en jefe de los ejércitos franceses hasta que se enemistó con Francisco I– pedían limitarse a presionar al Papa pero sin ocupar la Ciudad Eterna. Lo que no había previsto Carlos I era la dificultad de sujetar a un ejército al que se le adeudaban numerosas pagas, frente a una presa tan lucrativa como era la antigua capital del Imperio romano.

El Castillo de Sant’Angelo: el último refugio

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Wikipedia Fotografía general del Castillo de Sant’ Angelo, en Roma

El ejército imperial, que estaba formado por 12.000 lansquenetes (mercenarios alemanes en su mayoría protestantes), mantenía las arcas vacías y la tensión empezaba a elevarse. De hecho, un conato de motín fue apagado en marzo con el dinero de los florentinos. Cuando las tropas se situaron frente a las viejas murallas romanas y fueron conscientes de que el Papa no tenía pensado pagar la indemnización que le reclamaba Carlos I, todo quedó alineado para la tragedia.

Sin apenas infantería, el Papa recurrió a la artillería, situada en el Castillo de Sant’Angelo, como última defensa frente a las tropas imperiales. El 6 de mayo, los soldados españoles lanzaron una acometida desde la puerta Torrione, mientras los lansquenetes acudieron a la puerta del Santo Spirito. Precisamente junto a esta puerta cayó muerto Carlos de Borbón al disparo de un arcabuz, que, según su propia biografía, fue realizado por el escultor Benvenuto Cellini. Sin la principal cabeza del ejército, las tropas desataron su furia por la Ciudad Eterna y arrasaron monumentos y obras de arte durante días. Las violaciones, los asesinatos y los robos se sucedieron por las calles romanas, donde ni siquiera las autoridades eclesiásticas afines a los españoles se libraron del ultraje. De hecho, la abundancia de luteranos entre los lansquenetes –la fuerza que llevó el peso del pillaje– dio un significado anticatólico al saqueo. «Los imperiales se apoderaron de la cabeza de San juan, de la de San Pedro y de la de San Pablo; robaron el oro y la plata que las recubría y las tiraron a la calle para jugar a la pelota», describen las crónicas del periodo sobre el terror desatado.

Cuando dio comienzo el saqueo, Clemente VII se encontraba orando en su capilla y apenas tuvo tiempo de ser evacuado antes de que los saqueadores alcanzaran la Basílica de San Pedro. La mayoría de soldados de la Guardia Suiza fueron masacrados por las tropas imperiales en las escalinatas de la Basílica de San Pedro. Así, el sacrificio de 147 de los 189 componentes de la Guardia aseguró que Clemente VII escapara con vida aquel día, a través del Passetto, un corredor secreto que todavía une la Ciudad del Vaticano al Castillo Sant’Angelo. Cubierto de un manto morado para evitar ser reconocido por el característico hábito blanco de los sucesores de San Pedro, Clemente VII permaneció un mes recluido en el castillo junto a 3.000 personas de toda clase y condición que llegaron huyendo de un ejército que estaba completamente fuera de control.

Después de tres días de estragos, Filiberto de Chalons, el Príncipe de Orange, se elevó como nueva cabeza del ejército en sustitución del fallecido Borbón y ordenó que cesara el saqueo, pero pocos soldados obedecieron. No en vano, la decisión de situar su residencia en la Biblioteca Vaticana salvó el lugar y sus valiosos textos del saqueo. Poco a poco, el ejército recuperó la disciplina y los gritos de desesperación cesaron en Roma.

Carlos I fue rápidamente consciente de las graves consecuencias que para su imagen de campeón del Catolicismo iba a tener el suceso El día 5 de junio, el Emperador –que se dejó ver durante unos meses con ropa de luto por lo ocurrido en Roma– firmó con la Santa Sede un tratado que puso fin momentáneamente al conflicto. Aunque una de las condiciones del tratado fue violada poco después cuando Clemente VII se escapó de la custodia imperial para refugiarse en Orvieto, lo cierto es que la actitud del Papa cambió radicalmente a partir del oscuro suceso. Como muestra de ello, el 24 de febrero de 1530 (fecha del aniversario de su nacimiento del Monarca) el Papa accedió a imponer la corona del imperio a Carlos V de Alemania en una pomposa ceremonia celebrada en Bolonia. Además, tras muchos titubeos y vacilaciones, denegó el divorcio de Enrique VIII de Inglaterra, que deseaba casarse con Ana Bolena, y declaró válido su primer matrimonio con Catalina de Aragón, la sobrina del Emperador.


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  • Dado que nunca modificó su peso corporal pese a su apetito voraz, muchos autores apuntan a que el soberano era bulímico. Las circunstancias de su gestación fueron responsables en parte de su carácter epiléptico y, a la larga, de la depresión crónica
Alte Pinakothek Retrato de Carlos I de España, por Tiziano

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Retrato de Carlos I de España, por Tiziano

Se considera de forma poco precisa que Carlos I de España fue el Rey de la Dinastía de los Austrias con una personalidad más estable. Frente a las obsesiones compulsivas de Felipe II, la abulia de Felipe III, la desenfrenada adicción al sexo de Felipe IV o el cuadro de problemas que era Carlos II, Su Cesárea Majestad es en apariencia el que tenía un carácter menos problemático, pero solo en apariencia. La vida de Carlos V de Alemania y I de España, que será protagonista de una serie en TVE a partir del próximo otoño, estuvo marcada por las intermitentes depresiones que, en sus últimas consecuencias, le obligaron a abdicar de forma fulminante y derivaron en su adicción a la comida. Las circunstancias de su gestación fueron responsables en parte de su carácter epiléptico.

La madre de Carlos I fue Juana «La Loca», víctima de un proceso psicótico que al principio se manifestó solo por un delirio de celos hacia su marido Felipe I. La llegada al mundo de Carlos aconteció cuando la madre se encontraba en el uso de un pequeño retrete, aunque podrían ser unas letrinas o un gabinetillo, provocando en el neonato unas lesiones cerebrales generadas por la súbita retirada de la compresión inducida por el tránsito natal. Como consecuencia de la encefalopatía paranatal leve, el bebé sufrió cierto retraso motor y algunas crisis epilépticas que, sin embargo, no tuvieron continuidad en su edad adulta. Bien es cierto que registró toda su vida remanentes de «una personalidad epileptoide», según cataloga el médico psiquiátra Francisco Alonso-Fernández en su libro «Historia personal de los Austrias españoles».

Carlos I fue un niño criado a la borgoñesa y con muy pocas vinculaciones con España que, a la edad de 17 años, desembarcó en la península para tomar posesión de la Corona castellana sin apenas hablar el idioma local. No en vano, el Monarca empleó su carismática personalidad para ganarse poco a poco a los castellanos; lo tuvo que hacer tras superar dificultosas pruebas como la Rebelión de los comuneros. De disposición serena y fría, Carlos I era capaz de mutar en un instante de la calma a la cólera. «Probablemente estos impulsos coléricos eran, en su edad madura, lo único que le quedaba de aquellos remotos ataques epilépticos de su mocedad», afirma el psiquiatra catalán Jeroni Moragas en su libro «De Carlos I emperador a Carlos II». Así, entre la languidez y la vivacidad colérica, Su Cesárea Majestad se sumergía en los momentos complicados en graves procesos depresivos.

Las adicciones de un Rey bulímico

La muerte de su esposa Isabel de Portugal –señalada como la principal causa de la españolización de Carlos I– generó en el soberano una de las primeras depresiones graves documentadas. Pasó los siguientes dos meses recluidos en el monasterio de La Sisla en Toledo sometiéndose a largos periodos de ayuno, que eran seguidos de grandes ingestas de alimentos. Si bien su hijo y sus descendientes desarrollaron fuertes adicciones –Felipe II era obsesivo compulsivo, Felipe III, ludópata; Felipe IV; adicto al sexo anónimo y Carlos II, al chocolate–, Carlos I no fue una excepción y padeció adicción a la comida. El médico de la Corte, Villalobos, llamó la atención en sus estudios sobre los malos hábitos del Rey: reclamaba con reiteración mayor abundancia en la comida y exigía la introducción de nuevos platos casi a diario. Una vez en la mesa comía en soledad, puesto que el prognatismo típico de la familia le dificultaba la masticación de los alimentos en público, grandes cantidades en poco tiempo. Dado que nunca modificó su peso corporal pese al hambre exagerada, el psiquiatra Francisco Alonso-Fernández y otros autores argumentan como lo más probable que el Rey fuera bulímico.

Las depresiones intermitentes amenazaron con convertirse en permanentes a partir de 1553. A raíz de varios reveses bélicos, primero en Innsbruck ante los protestantes alemanas y posteriormente en el asedio a Metz contra los franceses, Carlos I perdió el apetito por gobernar. En Innsbruck, el Emperador con un pequeño séquito donde se incluía el III duque de Alba se vieron obligados a huir a través de los Alpes en medio de una fuerte tormenta de nieve y con el enemigo siguiéndole de cerca. El fracasado asedio de Metz fue la gota que colmó el vaso. Tras estos golpes, Carlos I se encerró en una pequeña casa en el parque del palacio de Bruselas y se abandonó al desaliento.

«Se pasaba largas horas sumido en cavilaciones y llorando como un niño. Nadie se atrevía a prodigarle consuelo ni tenía autoridad para disipar sus tristes ideas tan perjudiciales para su salud», narran en sus cartas los embajadores ingleses en los Países Bajos. Sin atender a sus obligaciones de estado, la única preocupación del soberano era que su enorme colección de relojes, su mayor afición, funcionaran sin la menor quiebra. Con la muerte de su madre en 1555 su estado empeoró. Permanecía horas de rodilla en una estancia sin apenas luz y aseguró en una ocasión haber oído a su madre difunta para que la siguiera.

A los 55 años, el Rey de España y Emperador Carlos de Alemania, desdentado y con la apariencia de un hombre de setenta años, creyó oportuno abdicar y retirarse a Cuacos de Yuste (Extremadura) en busca de su particular refugio del guerrero y de un clima propicio para su gota (bebía alcohol de forma regular y en ocasiones con exceso). El soberano atribuyó su decisión a la gota que le azotaba desde hace décadas, pero ciertamente se trataba de un agotamiento generalizado. «Estoy resuelto de renunciar a estos estados, y no quiero que penséis que hago esto por librarme de molestias, cuidados y trabajos, sino de veros en peligro de dar en graves inconveniente, que por mis ataques de la gota os podrían resultar… En lo que toca a mi gobierno confieso haber errado muchas veces, engañado con el verdor y brío de mi juventud y poca experiencia, o por defecto de la flaqueza humana». Un retiro que fue visto como sorprendente por las cortes europeas, que en raras ocasiones había presenciado el retiro voluntario al ostracismo de toda una generación de gobernantes.

Cuacos de Yuste, austeriridad salvo en la comida

La depresión aguda fue desplazada por un intenso sentimiento de culpa que marcó los años finales del otrora dueño de medio mundo. En Cuacos de Yuste vivió con mucha humildad en los ropajes y en el séquito a su cargo –encargados de desplazarle en una litera para la gota– pero no se privó de su amada comida. Allí le eran enviados toneles de cerveza alemana y flamenca, sus predilectas; ostras de Ostende; sardinas ahumadas; salmones; angulas; truchas; salchichas picantes; magros chorizos, etc., que no hicieron sino empeorar el estado de salud del Emperador hasta el punto de tener dificultades hasta para vestirse solo.

La austeridad monacal también se trasladó a su vida sexual, en otro tiempo muy activa, puesto que estaba prohibido a toda mujer acercarse al monasterio donde residía «a una distancia de más de dos tiros de ballesta so pena de doscientos azotes». La automortificación, con azotes en su torso, también formaba parte de su estrategia para alejar los pecados de la carne.

La culpabilidad aplastó la personalidad de Carlos I en sus últimos meses en la tierra. En 1558, el Rey falleció de fiebre palúdica, causada por la picadura de un mosquito proveniente posiblemente de uno de los estanques construidos por el experto en relojes e ingeniero hidrográfico Torriani que se había traslado a Yuste por encargo del Monarca.

«Mi vida es un largo viaje», escribió el Emperador del Sacro Imperio Germánico poco antes de morir. Al contrario de su hijo Felipe II que apenas salió de España en toda su vida, Carlos I viajó de forma insaciable por los muchos rincones de su imperio. Uno de sus éxitos políticos fue mantener la ficción de que no había una única corte, ni un reino o posesión más favorita que otra; la corte estaba donde estuviera el Rey. En total, efectuó 40 grandes viajes y 21 travesías marítimas, algo alcance de muy pocos monarcas en la historia. Entre estos arriesgados viajes se incluían nueve desplazamientos a Alemania, seis a España, siete a Italia diez a Flandes, cuatro a Francia, dos a Inglaterra y dos a África.


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  • Lejos de lo vertido por la Leyenda Negra contra España, la catástrofe demográfica estuvo causada por las epidemias portadas por los europeos. Los habitantes de América habían permanecido aislados del resto del mundo y pagaron a un alto precio su fragilidad biológica
WIKIPEDIA | Mural de Diego Rivera sobre la Conquista de México. Palacio Nacional de la Ciudad de México

WIKIPEDIA | Mural de Diego Rivera sobre la Conquista de México. Palacio Nacional de la Ciudad de México

El término anacrónico de «Genocidio Americano» es uno de los puntales de la leyenda negra que vertieron los enemigos del Imperio español para menoscabar su prestigio. En un grabado holandés del siglo XVII aparece Don Juan de Austria, héroe de la batalla de Lepanto, vanagloriándose del martirio de un grupo de indígenas americanos. La mentira es insultantemente estúpida: el hijo bastardo de Carlos I de España jamás participó de la conquista ni siquiera piso suelo americano. Así, entre mentiras, cifras exageradas y episodios novelados, se gestó el mito que pervive hasta la actualidad de que los españoles perpetraron una matanza masiva y ordenada de la población americana. La verdad detrás de esta controversia histórica muestra que el auténtico genocidio, pese a que los españoles no escatimaron en brutalidad para llevar a cabo sus propósitos, lo causaron las enfermedades portadas por los europeos.

La catástrofe demográfica que sufrió el continente americano desde 1492, el año del Descubrimiento de Cristóbal Colón, es un hecho irrefutable. Antes de la llegada de los españoles se ha estimado tradicionalmente que la población del continente se encontraba entre los 40 millones y 100 millones. No obstante, el hispanista venezolano Ángel Rosenblat argumenta en su estudio «La población de América en 1492: viejos y nuevos cálculos» (1967) que la cifra no pasaría de 13 millones, concentrándose los mayor grupos en las actuales regiones de México y de Perú, ocupadas por el Imperio azteca y el Inca respectivamente. Sea una cifra u otra, la disminución demográfica fue dramática: el 95 % de la población total de América murió en los primeros 130 años después de la llegada de Colón, según el investigador estadounidense H. F. Dobyns.

La sangría demográfica hay que buscarla en dos factores: el traumatismo de la conquista (las bajas causadas por la guerra, el desplome de las actividades económicas y los grandes desplazamientos poblaciones) y las enfermedades. Los habitantes de América habían permanecido aislados del resto del mundo y pagaron a un alto precio el choque biológico. Cuando las enfermedades traídas desde Europa, que habían evolucionado durante miles de años de Humanidad, entraron en contacto con el Nuevo Mundo causaron miles de muertes ante la fragilidad biológica de sus pobladores. Un sencillo catarro nasal resultaba mortal para muchos indígenas. El resultado fue la muerte de un porcentaje estimado del 95% de la población nativa americana existente a la llegada de Colón, según los cálculos del ecólogo Jared Diamond.

No obstante, fueron las grandes epidemias las que provocaron el mayor impacto. Una epidemia de viruela que se desató en Santo Domingo entre 1518 y 1519 acabó con prácticamente toda la población local. Esta misma epidemia fue introducida por los hombres de Hernán Cortés en México y, tras arrasar Guatemala, bajo hasta el corazón del Imperio Inca en 1525, donde diezmó a la mitad de la población. Precedido por la viruela, la llegada de Francisco Pizarro a Perú fue el golpe final a un imperio que se encontraba colapsado por las enfermedades. La epidemia de viruela fue seguida por el sarampión (1530-31), el tifus en 1546, y la gripe en 1558. La difteria, las paperas, la sífilis y la peste neumónica también golpearon fuerte en la población.

El genocidio en la leyenda negra

«Los españoles han causado una muerte miserable a 20 millones de personas», escribió en su texto «Apología» el holandés Guillermo de Orange, esforzado padre de la propaganda negativa del Imperio español. Con la intención de menoscabar el prestigio de la Monarquía hispánica, dueña absoluta del continente durante casi un siglo, los holandeses, los ingleses y los hugonotes franceses exageraron las conclusiones del libro «Brevísima relación de la destrucción de las Indias», escrito por el fraile dominico Bartolomé de Las Casas. Este fraile que acompañó a Cristóbal Colón en su segundo viaje no había imaginado que su texto iba a ser la piedra central de los ataques a España cuando denunció el maltrato que estaban sufriendo los indígenas. Como explica Joseph Pérez, autor de «La Leyenda negra» (GADIR, 2012), Las Casas pretendía «denunciar las contradicciones entre el fin –la evangelización de los indios– y los medios utilizados. Esos medios (la guerra, la conquista, la esclavitud, los malos tratos) no eran dignos de cristianos; el hecho de que los conquistadores fueran españoles era secundario».

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ABC Grabado de T. De Bry para «la Historia de la destrucción de las Indias»

Las traducciones y reediciones de la «Brevísima relación de la destrucción de las Indias» se multiplicaron entre 1579 y 1700: de ellas 29 fueron escritas en neerlandés, 13 en francés y seis en inglés. Lo que todos obviaron cuando emplearon a Las Casas para atacar al Imperio español es que él mismo representaba a un grupo de españoles con el coraje de denunciar el asunto, la mayoría misioneros, y a una creciente preocupación que atrajo el interés de las autoridades. Los críticos consiguieron que en 1542 las leyes nuevas recordaran la prohibición de reducir a los indios a esclavitud y sancionaron el fin del trabajo forzoso, la encomienda. En la controversia de Valladolid, donde por desgracia se sacaron pocas conclusiones finales, se enfrentaron quienes defendían que los indígenas tenían los mismos derechos que cualquier cristiano contra los que creían que estaba justificado que un pueblo superior impusiera su tutela a pueblos inferiores para permitirles acceder a un grado más elevado de desarrollo.

Curiosamente, los enciclopedistas franceses, muy críticos con todo lo referido a España en otras cuestiones, fueron los primeros en ver que las cifras presentadas por de Las Casas –20 millones de muertos causados por los métodos de los conquistadores– eran del todo imprecisas. En «El Ensayo sobre las costumbres» (1756), Voltaire afirma que Las Casas exageró de forma premeditada el número de muertos e idealizó a los indios para llamar la atención sobre lo que consideraba una injusticia. «Sabido es que la voluntad de Isabel, de Fernando, del cardenal Cisneros, de Carlos V, fue constantemente la de tratar con consideración a los indios», expuso en 1777 el escritor francés Jean-François Marmontel en una obra, «Les Incas», que por lo demás está llena de reproches hacia la actitud de los conquistadores. La Revolución francesa y la emancipación de las colonias en América elevaron a Las Casas a la categoría benefactor de la Humanidad.

Los críticos se convierten en los conquistadores

Más allá del brutal impacto de las enfermedades, es cierto que la violencia de la Conquista de América provocó la muerte directa e indiferente de miles de personas. El que existiera un grupo de personas críticas con los métodos empleados por los conquistadores –un grupo de hombres que perseguían como principal objetivo el hacerse ricos– o que los Reyes españoles plantearan soluciones –aunque fueran incompletas e incluso hipócritas– no exime a España de sus pecados y del daño cometido, pero sí la diferencia de precisamente los países que censuraron una actuación que luego ellos mismos practicaron. Sin entrar a valorar el fangoso proceso llevado a cabo por los anglosajones en Norteamérica, la explotación de caucho en el África negra dejó a sus espaldas 10 millones de muertos en el Congo Belga. «La colonización europea de los siglos XIX y XX fue culpable de crímenes semejantes a los cometidos por los conquistadores españoles. La única diferencia es que no encontraron a un Las Casas para denunciar las injusticias con tanta repercusión», sentencia el hispanista Joseph Pérez en el citado libro.


ABC.es

  • Muy apreciada por el pueblo inglés, la esposa del Monarca se negó a aceptar la anulación de su matrimonio y reclamó a su todopoderoso sobrino Carlos I que defendiera sus derechos y los de su hija María I, futura Reina de Inglaterra. El empeño del Rey por divorciarse le llevó a romper con la Iglesia Católica
Museo Kunsthistorisches Retrato atribuido a Catalina de Aragón, pintado por Michael Sittow

Museo Kunsthistorisches
Retrato atribuido a Catalina de Aragón, pintado por Michael Sittow

Catalina de Aragón, la hija más pequeña de los Reyes Católicos, se alzó como una inesperada figura política en el Reino de Inglaterra, donde vivió en primera persona el acontecimiento más significativo de su historia: la ruptura de Inglaterra con la Iglesia Católica. La Reina de origen madrileño mantuvo la dignidad y el aprecio del pueblo cuando su esposo Enrique VIII la repudió y humilló públicamente para casarse con Ana Bolena. La posterior rivalidad de España e Inglaterra ocultó el hecho de que «la Reina de todas las reinas y modelo de majestad femenina», según la describió William Shakespeare, fue una de las soberanas más queridas por el pueblo inglés en la Historia.

Nacida en el Palacio arzobispal de Alcalá de Henares, el 15 de diciembre de 1485, donde también lo hizo Fernando de Habsburgo, otro ilustre madrileño con proyección en el extranjero, Catalina de Aragón fue la última de las hijas de los Reyes Católicos y posiblemente la que más se parecía físicamente a su madre Isabel «la Católica». La joven, de ojos azules, cara redonda y tez pálida, fue prometida en matrimonio a los cuatro años con el Príncipe de Galés Arturo, primogénito de Enrique VII de Inglaterra, en el Tratado de Medina del Campo. La decisión de los Reyes Católicos obedecía a una estrategia matrimonial para forjar una red de alianzas contra el Reino de Francia. Así, dos de los hijos de los Monarcas contrajeron matrimonio con los hijos de Maximiliano, Emperador del Sacro Imperio Romano; dos hijas entroncaron con la familia real portuguesa, y la más pequeña con el heredero a la Corona inglesa.

Catalina de Aragón causó una grata impresión a su llegada a Inglaterra, donde viajó siendo todavía una adolescente. El 14 de noviembre de 1501, Catalina se desposó con Arturo en la catedral de San Pablo de Londres, pero el matrimonio duró tan solo un año. Los dos miembros de la pareja enfermaron de forma grave –posiblemente de sudor inglés (una extraña enfermedad local cuyo síntoma principal era una sudoración severa)– causando la muerte del Príncipe. En los siguientes años, la situación de la joven fue muy precaria puesto que no tenía quien sustentara su pequeño séquito y su papel en Inglaterra quedó reducido al de viuda y diplomática al servicio de la Monarquía hispánica.

Con la intención de mantener la alianza con España, y dado que todavía se adeudaba parte de la dote del anterior matrimonio, Enrique VII tomó la decisión de casar a la madrileña con su otro hijo, Enrique VIII. El Príncipe quedó prendido al instante de la belleza de la hija de los Reyes Católicos, que, además, «poseía unas cualidades intelectuales con las que pocas reinas podrían rivalizar», según las crónicas inglesas de la época. No obstante, el matrimonio con el hermano de Arturo dependía de la concesión de una dispensa papal porque el derecho canónico prohibía que un hombre se casara con la viuda de su hermano. Se argumentó que el matrimonio anterior no era válido al no haber sido consumado. Catalina siempre defendió su virtud y la incapacidad sexual del enfermizo Arturo durante el breve tiempo que duró el enlace.

A la muerte de Enrique VII en 1509, su hijo Enrique VIII fue coronado Rey y dos meses después se casó con Catalina en una ceremonia privada en la Iglesia de Greenwich. Pese a la buena sintonía inicial, la sucesión de embarazos fallidos, seis bebés de los que solo la futura María I alcanzó la mayoría de edad, enturbió la convivencia entre el Rey y la Reina. Con todo, Catalina adquirió gran relevancia política y supo estar a la altura en los asuntos de Estado. En 1513, su marino la nombró regente del reino en lo que él viajaba a Francia. Así, la Reina tuvo que lidiar con la incursión escocesa en Inglaterra que desembocó en la batalla de Flodden Field. Se dice, entre el mito y la realidad, que Catalina viajó embarazada y equipada con armadura a dar una arenga a las tropas antes de la célebre contienda.

La falta de un hijo varón y la aparición de una mujer extremadamente ambiciosa, Ana Bolena –una hermosa dama de la corte–, empujaron al Rey a iniciar un proceso que cambió la historia de Inglaterra. Así, Enrique VIII propuso al Papa una anulación matrimonial basándose en que se había casado con la mujer de su hermano. El Papa Clemente VII, a sabiendas de que aquella no era una razón posible desde el momento en que una dispensa anterior había certificado que el matrimonio con Arturo no era válido (no se había consumado), sugirió a través de su enviado el cardenal Campeggio que la madrileña podría retirarse simplemente a un convento, dejando vía libre a un nuevo matrimonio del Rey. Sin embargo, el obstinado carácter de la Reina, que se negaba a que su hija María fuera declarada bastarda, impidió encontrar una solución que agradara a ambas partes.

Wikipedia Catalina suplicando en el juicio contra ella por parte de Enrique

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Catalina suplicando en el juicio contra ella por parte de Enrique

Si bien el pueblo inglés adoraba a su Reina y parte de la nobleza estaba a su favor, fue la intervención del todopoderoso sobrino de Catalina, Carlos I de España, la que complicó realmente la disputa. Pese a las amenazas de Enrique VIII hacia Roma, Clemente VII temía todavía más las de Carlos I, quien había saqueado la ciudad en 1527, y prohibió que Enrique se volviera a casar antes de haberse tomado una decisión. Anticipado el desenlace, Enrique VIII tomó una resolución radical: rompió con la Iglesia Católica y se hizo proclamar «jefe supremo de la Iglesia de Inglaterra». En 1533, el Arzobispo de Canterbury, Thomas Cranmer, declaró nulo el matrimonio del Rey con Catalina y el soberano se casó con Ana Bolena, a la que el pueblo denominaba «la mala perra».

El corazón negro, ¿un cáncer o un veneno?

Enrique privó a Catalina del derecho a cualquier título salvo al de «Princesa Viuda de Gales», en reconocimiento de su estatus como la viuda de su hermano Arturo, y la desterró al castillo del More en el invierno de 1531. Años después, fue trasladada al castillo de Kimbolton, donde tenía prohibido comunicarse de forma escrita y sus movimientos quedaron todavía más limitados. El 7 de enero de 1536, antes de morir a causa posiblemente de un cáncer, Catalina de Aragón escribió una carta a su sobrino Carlos I pidiéndole que protegiera a su hija, la cual fue esposada posteriormente con Felipe II, y otra dirigida a su terrible esposo. Después de perdonarlo, terminaba con unas palabras conmovedoras hacia Enrique: «Finalmente, hago este juramento: que mis ojos os desean por encima de todas las cosas. Adiós». El color negro de su corazón, indicio de que sufrió algún tipo de cáncer, propagó por Inglaterra el rumor de que había sido envenenada por orden del Rey.

Coincidiendo con la muerte de Catalina, Ana Bolena sufrió un aborto de un hijo varón. La joven, que ya había dado a luz a otra futura Reina de Inglaterra, Isabel I, solo sobrevivió cuatro meses a su antecesora Catalina. Fue decapitada en la Torre de Londres el 19 de mayo acusada falsamente de emplear la brujería para seducir a su esposo, de tener relaciones adúlteras con cinco hombres, de incesto con su hermano, de injuriar al Rey y de conspirar para asesinarlo.

Posteriormente, el Rey contrajo otros cuatro matrimonios más: repudió a su cuarta esposa y también decapitó a la quinta. La tercera esposa, Jane Seymour, dio a luz a su único hijo varón, el Príncipe Eduardo. Así y todo, la prematura muerte de Eduardo VI de Inglaterra, a los 15 años de edad, por una tuberculosis, forzó que la Corona pasara sucesivamente a las otras hijas del Rey: María, hija de Catalina de Aragón, e Isabel, hija de Ana Bolena. La figura de la española quedó parcialmente rehabilitada con el ascenso al trono de la hija por la que tanto había luchado.

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