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El Mundo

Vista del cráter Gale NASA

Vista del cráter Gale NASA

Marte es en la actualidad un planeta extremadamente seco y frío, con un ambiente extraordinariamente inhóspito para la vida como la conocemos en la Tierra. Los científicos saben, sin embargo, que en el pasado tuvo agua y un clima diferente al actual. Continuando con el trabajo que iniciaron otros vehículo robóticos, el rover de la NASA Curiosity está buscando desde agosto de 2012 pruebas que ayuden a reconstruir cómo era el planeta rojo en el pasado.

Un estudio publicado en la revista PNAS ofrece algunas pistas que permiten trazar un retrato de cómo pudo haber sido ese Marte primitivo basándose en la escasísima cantidad de dióxido de carbono (C02) que el rover halló al analizar sedimentos de aquella época en el cráter Gale, una de las zonas que está explorando. Según propone este equipo de investigadores, en el que participa el español Alberto G. Fairén, del Centro de Astrobiología (CAB/CSIC-INTA), hace 3.500 millones de años esa zona de Marte habría albergado un lago glaciar rodeado por enormes masas de hielo. Un entorno que recordaría al del Ártico terrestre.

Los sedimentos que ha analizado el rover contienen minerales, como arcillas o sulfatos, que sugieren que, en el pasado, esa superficie estuvo en contacto con agua líquida. Un dato, en principio, incompatible con la escasa cantidad de CO2 detectado. Y es que los científicos creían que para que hubiera agua líquida, habría sido necesaria una determinada temperatura, que es propiciada a su vez por un mínimo de CO2 en la atmósfera, ya que este gas genera un efecto invernadero y calienta el planeta.

Según relata Fairén a EL MUNDO, los modelos climáticos que simulan la atmósfera primitiva de Marte mostraban que hace falta cerca de un bar de CO2 para poder tener agua líquida en Marte hace 3500 millones de años. “Sin embargo, las investigaciones de Curiosity confirman que, en realidad, había tan sólo entre 10 y 100 veces menos de esa cantidad mínima. Es decir, entonces había unas decenas o tal vez unos pocos cientos de milibares de CO2. Esto es mucho más que ahora, que sólo hay 6 milibares, pero insuficiente para calentar el planeta. Los modelos nos dicen que harían falta al menos alrededor de mil milibares para generar un efecto invernadero suficiente”, detalla.

“Con el poco CO2 que ha encontrado en los sedimentos de Gale, los modelos atmosféricos predicen temperaturas medias por debajo de -50C. Pero algo se nos escapa, porque Curiosity ha descubierto en esos mismos sedimentos evidencias geomorfológicas de lagos duraderos, deltas y torrenteras bajo un clima no muy frío hace 3.500 millones de años. Esta es la contradicción que plantea el artículo, y que en este momento no sabemos resolver. Una alternativa es que fuera un lago glaciar, en un ambiente muy frío, como los polos de la Tierra hoy. Esta posibilidad está siendo considerada seriamente, pero no tenemos una respuesta final todavía”, admite Fairén, que espera poder responder a esa cuestión con más investigación en el futuro. “Por eso precisamente es un gran avance. La ciencia es una serie de preguntas, no un catálogo de respuestas”, argumenta.

Curiosity es un laboratorio andante así que las muestras que recoge, las procesa in situ, antes de enviar los resultados a la NASA. Para hacer esta investigación, tomó rocas de la superficie y de hasta cinco centímetros de profundidad, que es el máximo que puede perforar. “A partir de ahí, los investigadores analizamos los datos, y los utilizamos para generar modelos que puedan que puedan responder preguntas”, dice Fairén, que investigó durante seis años en la NASA.

Cómo y por qué cambió tanto el planeta rojo sigue siendo una incógnita: “Es posible que Marte tuviera más CO2 en su atmósfera hace entre 3.500 y 4.200 millones de años. En aquel tiempo, habría sido más sencillo que el planeta tuviera agua líquida en la superficie. Hoy está absolutamente seco y es muy frío. Es muy interesante que Curiosity esté estudiando los sedimentos de un lago que existió en Gale justamente en la época de transición entre el Marte húmedo y el Marte seco”, añade. Según recuerda, el robot descubrió hace dos años que Marte ya había perdido la mitad de su agua y gran parte de su atmósfera hace 3.500 millones de años, cuando se formó el lago de Gale, por lo que considera que sus investigaciones pueden “proporcionar muchísima información acerca de la evolución climática de Marte y de cómo, cuándo y porqué perdió su agua y su atmósfera”.

¿Pudo haber formas de vida extremas en ese escenario de hielo? “La vida en la Tierra ocupa casi todos los rincones del planeta, incluyendo las zonas polares. Por lo tanto, si en Gale había un lago glaciar, el entorno no habría sido un impedimento para la vida. De hecho, si en algún momento hubo vida en Marte y apareció, como en la Tierra, muy al principio de la historia geológica del planeta, solamente habría tenido que adaptarse al entorno glaciar”.


ABC.es

  • Las simulaciones de una investigación sugieren que algunas de las estrellas más lejanas son objetos que provienen de pequeñas galaxias satélite
 Representación artística de la Vía Láctea - NASA/WIKIPEDIA

Representación artística de la Vía Láctea – NASA/WIKIPEDIA

A pesar de su increíble brillo, la Vía Láctea tiene un pasado oscuro. Tal como ha concluido una investigación que recientemente ha sido aprobada para ser publicada en «Astrophysical Journal», todo apunta a que, entre sus 200.000 millones de estrellas, hay al menos 11 que no le pertenecen. En realidad, estas estrellas eran «propiedad» de algunas de las galaxias satélite que se mueven por las «cercanías» de la Vía Láctea.

Según Avi Loeb y Marion Dierickx, investigadores en el centro Harvard-Smithsonian para Astrofísica, al menos la mitad de ellas le fueron arrebatadas a la pequeña galaxia de Sagitario, tal como han explicado en un comunicado.

En concreto, estas estrellas «robadas» son las que parecen ser las once estrellas más lejanas de nuestra galaxia, situadas a una distancia de unos 300.000 años luz de la Tierra, y claramente fuera del disco de estrellas, polvo y gas de la Vía Láctea.

Los astrónomos usaron complejos modelos de ordenador para tratar de reconstruir el pasado y averiguar en qué punto la Vía Láctea se comportó como un vulgar ratero. Para ello, centraron sus pesquisas en Sagitario, una galaxia enana próxima a la Vía Láctea y que a lo largo de la vida del Universo ha girado varias veces en torno a ella.

Dierickx y Loeb simularon los movimientos de Sagitario durante 8.000 millones de años. Como si estuvieran jugando a predecir la órbita de un misil, introdujeron datos distintos sobre velocidades y trayectorias, y luego recogieron los resultados en forma de predicciones sobre el movimiento de las estrellas y de la materia oscura, esa porción invisible de la masa cuya naturaleza se desconoce pero que se cree que está ahí porque se observan los efectos de su gravedad.

Hemorragia galáctica

Los cálculos de Dierickx mostraron que al principio, Sagitario pesaba el uno por ciento de la Vía Láctea, pero que con el tiempo fue perdiendo la tercera parte de sus estrellas y el noventa por ciento de su materia oscura. Como si estuviera sufriendo una hemorragia, Sagitario iba perdiendo poco a poco la masa que le daba cohesión.

Según las simulaciones, esto puede producir tres posibles «rastros de sangre», es decir, largos brazos formados por estrellas en fuga de una galaxia a la otra. Si algo realmente grande y masivo estuviera tirando de una galaxia como Sagitario, la gravedad debería deshilacharla y crear brazos capaces de sumergirse en las profundidades del espacio.

Gracias a estas simulaciones, han hallado cinco estrellas cuya posición y velocidad coincide con lo predicho por estos modelos, en una situación en la que la Vía Láctea le robase estrellas a Sagitario. Otras seis, parecen ser haber sido robadas a otra pequeña galaxia.

A través del telescopio del «Sloan Digital Sky Survey» los astrónomos echaron un vistazo ahí arriba en busca de los brazos de estrellas predichos por sus modelos. Pero lo que vieron no coincidió con lo que esperaban encontrar.

«La corriente de estrellas que hemos mapeado hasta el momento es como un arroyo, en comparación con los ríos que esperábamos», ha dicho Marion Dierickx, primer autor del estudio. A pesar de ese escaso caudal, la longitud de esta corriente estelar es respetable. Si la Vía Láctea mide unos 100.000 años luz, esta «cola» alcanza una longitud diez veces mayor.

Estos investigadores esperan que gracias a los telescopios más potentes, como el «Large Synoptic Survey Telescope», podrán ver las estrellas que hay mucho más allá y entender cómo fue este robo galáctico.


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  • El depósito, situado en el hemisferio norte del Planeta rojo, podría servir para la supervivencia de futuras colonias humanas
 Las formas distintivas de la superficie de Utopia Planitia llevaron a los investigadores a comprobar si había hielo subterráneo - NASA / JPL-Caltech / Univ. de Arizona

Las formas distintivas de la superficie de Utopia Planitia llevaron a los investigadores a comprobar si había hielo subterráneo – NASA / JPL-Caltech / Univ. de Arizona

El Orbitador de Reconocimiento de Marte de la NASA ha localizado bajo el terreno del Planeta rojo hielo de agua como para llenar el Lago Superior, el mayor de los Grandes Lagos de Norteamérica, situado entre EE.UU. y Canadá, y el mayor del mundo de agua dulce -por superficie, aunque el lago Baikal de Siberia tiene mayor volumen de agua-. En concreto, el Superior tiene 82.000 km², mayor que la República Checa.

Los científicos examinaron parte de la región de Utopia Planitia, en las latitudes medias del hemisferio norte de Marte, con un instrumento de radar a bordo del orbitador. Los análisis de datos de más de 600 sobrevuelos revelaron un depósito helado con un área más extensa que el estado de Nuevo México. El depósito varía en espesor de aproximadamente 80 a 170 metros, con una composición que es del 50% al 85% de hielo de agua, mezclada con polvo o partículas rocosas más grandes.

En la latitud en la que se encuentra este tesoro congelado -a mitad de camino entre el ecuador y el polo- el hielo de agua no puede persistir en la superficie de Marte. Se sublima en vapor de agua en la atmósfera delgada y seca del planeta. Sin embargo, el depósito de Utopia está protegido de la atmósfera bajo un terreno de entre uno y diez metros de espesor. Por eso resiste.

«Este depósito probablemente se formó a medida que la nieve se fue acumulando en una capa de hielo mezclada con polvo durante un período de la historia de Marte en la que el eje del planeta estaba más inclinado de lo que está hoy», dice Cassie Stuurman, del Instituto de Geofísica de la Universidad de Texas, Austin.

El Marte actual, con una inclinación del eje de 25º, acumula grandes cantidades de agua congelada en los polos. En ciclos que duran alrededor de 120.000 años, la inclinación varía a casi el doble, calentando los polos y conduciendo el hielo a latitudes medias.

Recurso para los astronautas

El nombre de Utopia Planitia se traduce en términos generales como «llanuras del paraíso». El depósito de hielo recién descubierto se extiende por latitudes de 39º a 49º en las llanuras. Representa menos del uno por ciento de todo el hielo de Marte, pero más que duplica el volumen de las gruesas capas de hielo enterradas en las llanuras del norte. Estos depósitos de hielo cerca de la superficie podrían ser un recurso para los astronautas.

«Este depósito está probablemente más accesible que la mayor parte del hielo de agua en Marte, porque está en una latitud relativamente baja y se encuentra en una zona plana, lisa, donde el aterrizaje de una nave espacial sería más fácil que en algunas de las otras zonas con hielo enterrado», explica Jack Holt, de la Universidad de Texas, coautor del artículo que se publica en la revista Geophysical Research Letters.

El agua de esta planicie está congelada en todo momento. Si hubiera una capa fundida -lo que sería importante para la posibilidad de vida en Marte- habría sido evidente en los escaneos de radar. Sin embargo, es posible que ocurriera con diferentes condiciones climáticas, cuando el eje del planeta estaba más inclinado. «Pero no sabemos si podría haber habido suficiente agua líquida en algún momento como para sostener la vida microbiana», dice Holt.

El gran volumen de hielo detectado aumenta la comprensión de la historia de Marte e identifica un posible recurso para su uso futuro. «Sabemos que en sus inicios, Marte tenía suficiente agua líquida en la superficie de los ríos y lagos. ¿Dónde se fue? Gran parte acabó en la parte superior de la atmósfera. Pero también hay una gran cantidad que es ahora hielo subterráneo, y queremos seguir aprendiendo más acerca de eso», dice Leslie Tamppari, del Laboratorio de Propulsión a Chorro (JPL) de la NASA, en Pasadena, California (EE.UU.).

«El uso de este hielo por una misión futura podría ayudar a mantener vivos a los astronautas, mientras que también ayuda a desbloquear los secretos de las edades de hielo de Marte», subraya Joe Levy, de la Universidad de Texas, coautor del nuevo estudio.


ABC.es

  • Las agencias espaciales de Europa y Estados Unidos tratarán por primera vez de desviar un asteroide de su rumbo

El blanco es una pareja de asteroides llamada Didymos. Y el objetivo, demostrar si estamos, o no, preparados para desviar de su trayectoria un asteroide en ruta de colisión contra la Tierra. Para ello, las agencias espaciales europea y norteamericana, ESA y NASA, se han unido para llevar a cabo una misión sin precedentes en toda la historia espacial. Tras las siglas AIDA (Asteroid Impact and Deflection Assessment) se esconde, en efecto, el mejor plan de defensa planetaria ideado hasta la fecha para evitar el catastrófico impacto de una roca espacial contra nosotros. Está previsto que AIDA reciba luz verde este mismo mes de diciembre. Por eso, las numerosas empresas implicadas, entre ellas varias españolas, están ya culminando los trabajos de definición detallada de las diferentes fases de esta histórica misión. Se trata de una carrera contra reloj, ya que Didymos no espera. En estos momentos, en efecto, los dos asteroides se dirigen a toda velocidad hacia nosotros, y en el año 2022 se encontrarán a solo 11 millones de km. de la Tierra. Será en ese, y solo en ese momento, cuando estén lo suficientemente cerca como para realizar la prueba, de modo que no hay ni un minuto que perder. AIDA será, pues, la primera demostración real de la técnica de impacto cinético para cambiar la trayectoria de un asteroide en el espacio. La misión consta de dos naves independientes, la DART (Double Asteroid Redirection Test), de la NASA, y la AIM (Asteroid Impact Mission) de la ESA. Las dos deberán poner a prueba las tecnologías desarrolladas en ambos continentes para desviar asteroides potencialmente peligrosos. Por eso, el principal objetivo de AIDA es el de demostrar y medir los efectos de un impacto directo contra un pequeño asteroide, y determinar si es suficiente como para desviarlo de su rumbo. El blanco elegido para la demostración es sistema binario de asteroides Didymos, que consiste en una roca principal de unos 800 metros de diámetro y otra secundaria, de 150 metros, que orbita a su alrededor. La prueba de impacto se llevará a cabo contra el miembro más pequeño de la pareja, ya que su tamaño es el más habitual entre los asteroides que pueden suponer una amenaza para la Tierra. De las dos naves, será la estadounidense DART la encargada de hacer impacto, y se estrellará contra la pequeña luna a una velocidad aproximada de 6 km. por segundo. Para no errar su objetivo, DART cuenta con una cámara y un sofisticado software autónomo de navegación. La colisión cambiará la velocidad de la pequeña luna en su órbita alrededor del cuerpo principal en apenas un 1%, justo lo necesario como para observar sus efectos con telescopios desde la Tierra. Y un porcentaje, además, lo suficiemtemente pequeño como para no provocar un involuntario cambio de trayectoria que pudiera hacer que la roca se dirija directamente hacia nosotros. La segunda nave, la europea AIM, que llegará al asteroide unos meses antes que DART, utilizará su amplia gama de instrumentos científicos para estudiar primero todas y cada una de las características de ambos cuerpos, y observar después con todo detalle el impacto de su compañera de misión. AIM llevará a cabo el primer estudio "in situ" de un asteroide binario, proporcionará imágenes en alta resolución de las superficies de ambos cuerpos y medirá sus masas, densidades y formas. Cuando llegue el momento, AIM se colocará en una órbita segura alrededor de Didymos y examinará el material eyectado al espacio tras la colisión de su compañera. Sus instrumentos, además, observarán los efectos del impacto, medirán la posible transferencia de material entre los dos asteroides, observarán el cráter dejado por DART y la forma en que el material de la pequeña luna se redistribuye tras la colisión. AIM también estudará la estructura interna de este fascinante asteroide doble. Módulo de aterrizaje Además, AIM desplegará sobre la superficie del objetivo un módulo de aterrizaje, llamado MASCOT-2 (Mobile Asteroid Surface Scout), para que tome medidas y datos antes, durante y después del impacto de DART. Y liberará también dos pequeños satélites auxiliares, CubeSats, que recabarán datos de los dos asteroideas antes y después del impacto de la nave norteamericana. Si todo va como está previsto, la Agencia Espacial Europea lanzará AIM en Octubre de 2020, y llegará a Didymos en Mayo de 2022. La NASA, por su parte, lanzará DART en Diciembre de 2020 para interceptar al asteroide doble en Octubre de 2022, cuando Didymos esté solo a 11 millones de Km. de la Tierra y sea posible observarlo directamente con telescopios terrestres. Como se ha dicho, Didymos se acerca y no hay tiempo que perder. Por eso, la industria está trabajando a un ritmo frenético para llegar a tiempo a la cita con el asteroide doble. Solo en Europa, más de 40 empresas de 15 estados diferentes llevan desde 2011 poniendo a punto todos y cada uno de los detalles de esta histórica misión. En Madrid, por ejemplo, el grupo GMV está llevando a cabo pruebas críticas en la cámara de navegación proporcionada por el Instituto Max Planck alemán. Para evaluar el software de navegación basado en imágenes de la misión, GMV está haciendo que la cámara examine imágenes que la sonda Rosetta de la ESA tomó al sobrevolar Lutetia, un asteroide de 100 km de diámetro, de camino hacia 67P/Churyumov-Gerasimenko.

El blanco es una pareja de asteroides llamada Didymos. Y el objetivo, demostrar si estamos, o no, preparados para desviar de su trayectoria un asteroide en ruta de colisión contra la Tierra. Para ello, las agencias espaciales europea y norteamericana, ESA y NASA, se han unido para llevar a cabo una misión sin precedentes en toda la historia espacial. Tras las siglas AIDA (Asteroid Impact and Deflection Assessment) se esconde, en efecto, el mejor plan de defensa planetaria ideado hasta la fecha para evitar el catastrófico impacto de una roca espacial contra nosotros.

Está previsto que AIDA reciba luz verde este mismo mes de diciembre. Por eso, las numerosas empresas implicadas, entre ellas varias españolas, están ya culminando los trabajos de definición detallada de las diferentes fases de esta histórica misión. Se trata de una carrera contra reloj, ya que Didymos no espera. En estos momentos, en efecto, los dos asteroides se dirigen a toda velocidad hacia nosotros, y en el año 2022 se encontrarán a solo 11 millones de km. de la Tierra. Será en ese, y solo en ese momento, cuando estén lo suficientemente cerca como para realizar la prueba, de modo que no hay ni un minuto que perder.

AIDA será, pues, la primera demostración real de la técnica de impacto cinético para cambiar la trayectoria de un asteroide en el espacio. La misión consta de dos naves independientes, la DART (Double Asteroid Redirection Test), de la NASA, y la AIM (Asteroid Impact Mission) de la ESA. Las dos deberán poner a prueba las tecnologías desarrolladas en ambos continentes para desviar asteroides potencialmente peligrosos. Por eso, el principal objetivo de AIDA es el de demostrar y medir los efectos de un impacto directo contra un pequeño asteroide, y determinar si es suficiente como para desviarlo de su rumbo.

El blanco elegido para la demostración es sistema binario de asteroides Didymos, que consiste en una roca principal de unos 800 metros de diámetro y otra secundaria, de 150 metros, que orbita a su alrededor. La prueba de impacto se llevará a cabo contra el miembro más pequeño de la pareja, ya que su tamaño es el más habitual entre los asteroides que pueden suponer una amenaza para la Tierra.

De las dos naves, será la estadounidense DART la encargada de hacer impacto, y se estrellará contra la pequeña luna a una velocidad aproximada de 6 km. por segundo. Para no errar su objetivo, DART cuenta con una cámara y un sofisticado software autónomo de navegación. La colisión cambiará la velocidad de la pequeña luna en su órbita alrededor del cuerpo principal en apenas un 1%, justo lo necesario como para observar sus efectos con telescopios desde la Tierra. Y un porcentaje, además, lo suficiemtemente pequeño como para no provocar un involuntario cambio de trayectoria que pudiera hacer que la roca se dirija directamente hacia nosotros.

La segunda nave, la europea AIM, que llegará al asteroide unos meses antes que DART, utilizará su amplia gama de instrumentos científicos para estudiar primero todas y cada una de las características de ambos cuerpos, y observar después con todo detalle el impacto de su compañera de misión. AIM llevará a cabo el primer estudio “in situ” de un asteroide binario, proporcionará imágenes en alta resolución de las superficies de ambos cuerpos y medirá sus masas, densidades y formas. Cuando llegue el momento, AIM se colocará en una órbita segura alrededor de Didymos y examinará el material eyectado al espacio tras la colisión de su compañera. Sus instrumentos, además, observarán los efectos del impacto, medirán la posible transferencia de material entre los dos asteroides, observarán el cráter dejado por DART y la forma en que el material de la pequeña luna se redistribuye tras la colisión. AIM también estudará la estructura interna de este fascinante asteroide doble.

Módulo de aterrizaje

Además, AIM desplegará sobre la superficie del objetivo un módulo de aterrizaje, llamado MASCOT-2 (Mobile Asteroid Surface Scout), para que tome medidas y datos antes, durante y después del impacto de DART. Y liberará también dos pequeños satélites auxiliares, CubeSats, que recabarán datos de los dos asteroideas antes y después del impacto de la nave norteamericana.

Si todo va como está previsto, la Agencia Espacial Europea lanzará AIM en Octubre de 2020, y llegará a Didymos en Mayo de 2022. La NASA, por su parte, lanzará DART en Diciembre de 2020 para interceptar al asteroide doble en Octubre de 2022, cuando Didymos esté solo a 11 millones de Km. de la Tierra y sea posible observarlo directamente con telescopios terrestres.

Como se ha dicho, Didymos se acerca y no hay tiempo que perder. Por eso, la industria está trabajando a un ritmo frenético para llegar a tiempo a la cita con el asteroide doble. Solo en Europa, más de 40 empresas de 15 estados diferentes llevan desde 2011 poniendo a punto todos y cada uno de los detalles de esta histórica misión.

En Madrid, por ejemplo, el grupo GMV está llevando a cabo pruebas críticas en la cámara de navegación proporcionada por el Instituto Max Planck alemán. Para evaluar el software de navegación basado en imágenes de la misión, GMV está haciendo que la cámara examine imágenes que la sonda Rosetta de la ESA tomó al sobrevolar Lutetia, un asteroide de 100 km de diámetro, de camino hacia 67P/Churyumov-Gerasimenko.

Cómo aterrizar en Marte


El Pais

  • La maniobra de llegada al planeta rojo es extremadamente compleja. La mitad de las misiones, como la que intentará aterrizar hoy, han fracasado

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Todas las sondas que pretenden aterrizar en Marte han de realizar una tarea básica: frenar. Frenar, primero para reducir su enorme velocidad de llegada y, al final, para evitar estrellarse contra el suelo.

El sistema para conseguirlo es el mismo en todos los planetas que se han visitado hasta ahora: zambullirse en la atmósfera y esperar a que la fricción vaya reduciendo la velocidad de la sonda. Es una maniobra complicada. Un ángulo de entrada excesivamente brusco, y el rozamiento será tan intenso que la cápsula quedará incinerada en segundos, pero una trayectoria demasiado plana puede terminar en un rebote sobre las capas altas de la atmósfera, que la envíe de nuevo hacia el espacio. Generalmente, el margen entre uno y otro caso es sólo de unos pocos grados.

Todos los vehículos de aterrizaje (sea en Marte, Venus, Titán o la propia Tierra) van protegidos con un escudo térmico. El calor de la reentrada va erosionando sus diferentes capas, que literalmente se subliman llevándose consigo la mayor parte de la energía que lleva. En el caso de la Schiaparelli, cuya llegada está prevista para dentro de unas horas, estamos hablando de una cápsula de casi media tonelada lanzada a 21.000 kilómetros por hora. Cuando un Apollo regresaba a la Tierra desde la Luna, iba al doble de esa velocidad. Para cualquier observador, es como contemplar la caída de un meteoro incandescente.

Para cualquier observador, es como contemplar la caída de un meteoro incandescente

El frenado atmosférico elimina la mayor parte de la energía de la sonda. Cuando la atmósfera empieza a adquirir cierta consistencia, el escudo térmico se descarta (para ahorrar peso) y se despliega el paracaídas principal (precedido, generalmente, por otro, más pequeño que sirve para estabilizar la caída)

Diseñar un paracaídas para Marte no es ninguna broma. Ha de abrirse a velocidades supersónicas (1.700 kilómetros por hora, en el caso de la Schiaparelli) en menos de dos segundos. El tirón que han de soportar sus cables es brutal. De hecho, para desplegarlo se utiliza una carga explosiva que lo saque de su alojamiento con suficiente rapidez.

La atmósfera de Marte es muy tenue. El paracaídas no puede frenar el descenso tanto como lo haría en la tierra. Por eso, suele descartarse a cosa de un kilómetro sobre el suelo. A partir de ahí, el sistema de frenado final ya admite muchas variantes.

Las primeras sondas soviéticas dirigidas a Marte llevaban un paquete de cohetes de frenado colgando bajo el paracaídas y de él pendía la cápsula. Esta se liberaba a unos metros sobre el suelo y los motores de frenado, todavía en marcha, se llevaban consigo el paracaídas. La cápsula caía a plomo sobre el suelo pero estaba acolchada para resistir el impacto y, además, la gravedad marciana es sólo un tercio de la terrestre. Así aterrizó el Mars 3, el primer vehículo que se posó en Marte y llegó a transmitir 20 segundos de datos desde allí.

Hace cuarenta años, los Viking americanos utilizaron una técnica casi idéntica a la del Schiaparelli: Una vez largado el paracaídas, tres grupos de motores se disparaban para asegurar una toma de tierra suave. Los Viking iban montados sobre un tren de aterrizaje de tres patas; Schiaparelli no: Amortiguará el impacto contra el suelo mediante una estructura de aluminio deformable, similar a los bloque antichoque que equipan a muchos automóviles.

Diseñar un paracaídas para Marte no es ninguna broma. Ha de abrirse a velocidades supersónicas en menos de dos segundos

En 1997 se envió a Marte el Sojourner, un diminuto vehículo con seis ruedas y limitada autonomía que se convirtió en el primer aparato que rodó por el planeta rojo. Para depositarle en el suelo se recurrió a un sistema novedoso: Envolverlo en enormes airbags. Una vez descartado el paracaídas y un grupo de motores de frenado auxiliares, el Sojourner, desde de su envoltura protectora, cayó al suelo y fue botando como una pelota hasta detenerse. Los cojines de aire se deshincharon y el cochecito bajó al suelo a través de unas rampas.

El día de Navidad de 2003 llegó a Marte la sonda británica Beagle 2. Esta no utilizaba retrocohetes; simplemente un paracaídas y una enorme pelota hinchable que debía protegerla del choque contra el suelo. El Beagle 2 aterrizó pero nunca se recibieron señales de él. Su suerte fue un misterio durante doce años hasta que el noviembre de 2014 la fotografió una sonda orbital. Aparentemente, estaba intacto pero uno de sus paneles no se había abierto, lo cual le impidió desplegar su antena para comunicarse con la Tierra.

El mismo sistema de airbags se utilizó en 2004 para depositar en Marte los dos vehículos Spirit y Opportunity. Spirit se encalló en una trampa de arena en el 2010 pero Opportunity sigue activo y ya lleva recorridos más de cuarenta kilómetros. No está mal para unos aparatos diseñados para durar sólo tres meses.

El último explorador de la NASA es el Curiosity, en Marte desde 2012, sigue explorando las laderas del Monte Sharp, en el centro del cráter Gale, que parece albergó un antiguo lago. Con casi una tonelada de peso, no podían utilizarse airbags, así que se diseñó un concepto nuevo: una grúa volante.

La grúa era una plataforma equipada con motores de frenado que llevó al Curiosity hasta cosa de veinte metros sobre el suelo. Desde allí, el vehículo descendió colgado de unos cables y con el tren de rodaje ya desplegado y en posición de marcha. Hasta hoy, es el vehículo más pesado que se ha posado en Marte.

Rafael Clemente es ingeniero industrial y fue el fundador y primer director del Museu de la Ciència de Barcelona (actual CosmoCaixa).


El Mundo

El vídeo muestra la órbita que ha seguido 67P/Churyumov-Gerasimenko desde que se originó hasta la actualidad. Western/Galiazzo/Wiegert

Cuando en el año 1969 Klim Churyumov y Svetlana Ivanovna Gerasimenko descubrieron un cometa, no podrían imaginar que medio siglo después se convertiría en uno de los objetos celestes más estudiados de la historia de astronomía.

Los padres de 67P /Churyumov-Gerasimenko han vivido lo suficiente como para ser testigos de los descubrimientos realizados por la misión de la Agencia Espacial Europea (ESA) Rosetta, que el pasado 30 de septiembre concluyó su fase de exploración posándose sobre la superficie de Chury, como se conoce popularmente a este cometa. El pasado fin de semana, apenas dos semanas después del fin de la misión, Klim Churyumov falleció en un hospital de Kharkiv, en Ucrania.

Cuando la nave dejó de operar, los responsables de la ESA destacaron que la misión, en realidad, continuaba pues queda una enorme cantidad de datos por analizar y estudiar. Los descubrimientos científicos, por tanto, previsiblemente se seguirán produciendo durante los próximos años. Asimismo, 67P /Churyumov-Gerasimenko sigue siendo el protagonista de numerosos estudios, como el que esta semana se ha presentado en Pasadena (California, EEUU) durante el 48º Encuentro de la División de Ciencias Planetarias de la Sociedad Astronómica Americana (AAS por sus siglas en inglés) y del 11º Congreso de Ciencias Planetarias Europeas (EPSC).

El lugar de nacimiento del cometa

En esta ocasión, los investigadores se centraron en descubrir dónde nació 67P /Churyumov-Gerasimenko y las órbitas que ha seguido durante los millones de años que han transcurrido desde entonces. Según sostiene el equipo liderado por Mattia Galiazzo, este cometa debió llegar a nuestro sistema solar hace sólo unos 10.000 años. Anteriormente, habría permanecido inactivo en una región situada lejos del Sol.

En el vídeo que han realizado los investigadores se recrea la órbita que tiene el cometa 67P/Churyumov-Gerasimenko en la actualidad y la que probablemente siguió hace 60.000 años, hace 400.000 años y en sus orígenes. Para reconstruir su viaje, realizaron análisis estadísticos y usaron modelos computacionales.

Averiguar dónde se originó este cuerpo celeste, explican los autores, es una información clave para descubrir el tipo de material del que está hechoChury y desde cuándo se encuentra en el Sistema Solar.

Estudios anteriores habían revelado que cometas similares a 67P, conocidos como cometas de la familia de Júpiter, permanecen en zonas interiores de nuestro sistema solar durante 12.000 años, lo que concuerda con los datos de este nuevo estudio.

Los científicos creen que la mayoría de los cometas de la familia de Júpiter provienen del cinturón de Kuiper, que contiene asteroides, cometas y otros objetos celestes con órbitas que se encuentran a entre 30 y 50 unidades astronómicas del Sol.

Esta nueva investigación sostiene que 67P también proviene del cinturón de Kuiper. Según proponen sus autores, el cometa probablemente pasó millones de años allí. Su origen en un lugar tan lejano, añaden, implica que se formó a partir de los primeros materiales, es decir, minerales que ya existían antes de que la Tierra naciera.


ABC.es

  • Una iniciativa privada tratará de lanzar en 2019 un telescopio espacial destinado a captar imágenes de los exoplanetas situados en Alfa Centauri, el sistema de estrellas más próximo al Sol
 Representación artística de Próxima b, una potencial Tierra detectada cerca de Próxima b - NASA

Representación artística de Próxima b, una potencial Tierra detectada cerca de Próxima b – NASA

Una nueva iniciativa privada llamada «Proyecto Azul» tratará de fotografiar planetas similares a la Tierra en Alfa Centauri, el sistema estelar más próximo al Sistema Solar, tal como ha informado «Space.com». El proyecto, presentado recientemente, tiene como principal objetivo lanzar un telescopio espacial en el año 2019 para capturar imágenes de los planetas en el rango visible, es decir, en la misma porción del espectro de luz que capta el ojo humano.

«Hay un nivel extremadamente alto de urgencia y de deseo por parte de la comunidad astronómica de salir ahí fuera y encontrar exoplanetas cerca de nuestras estrellas vecinas de los que podamos obtener imágenes y que puedan ser caracterizados», explicó Jon Morse, CEO de «Boldly Go Institute» y uno de los líderes del proyecto.

Muy recientemente, la NASA anunció el hallazgo de un candidato a planeta extrasolar similar a la Tierra en las cercanías de la estrella Próxima Centauri, el conocido como Próxima b. Pero lo cierto es que, al igual que ocurre con el resto de exoplanetas descubiertos, su existencia solo se puede deducir por el comportamiento de su estrella vecina. En realidad, por el momento resulta imposible observar planetas extrasolares directamente porque están tan lejos de la Tierra que no pueden ser captados por los telescopios.

Pero en teoría sí sería posible observar algunos con telescopios espaciales. Al menos es lo que proponen los artífices del «Proyecto Azul»: «Sabemos que necesitamos ir al espacio para hacer las mediciones más difíciles, especialmente para tomar imágenes de pequeños planetas junto a estrellas vecinas. Pero todos los científicos tienen esta esperanza de poder encontrar una Tierra 2.0», explicó Morse a «Space.com». «Tomemos la imagen “Pale Blue Dot” en torno a otra estrella».

Este «Pale Blue Dot» es una imagen captada por la nave Voyager 1 en el año 1990, y en la que se podía ver a la Tierra como un punto azul en la distancia. El objetivo de Morse sería captar una imagen similar pero esta vez mostrando un exoplaneta.

Está previsto que a finales de esta década el «Proyecto Azul» lance un telescopio espacial ligero. Para lograrlo, cuenta con el respaldo de varias organizaciones como el «Mission Centaur», un grupo benéfico de ingenieros y filántropos que pretenden obtener la primera imagen de una «Tierra alienígena», el Instituto de Búsqueda de Vida Inteligente (SETI) y la Universidad de Massachusetts, Lowell (Estados Unidos).

Telescopio de bajo coste

Aún no se han asignado los fondos necesarios, pero los organizadores ya han dicho que el proyecto pretende ser de bajo coste. Par ello, usarán sistemas de lanzamiento e instrumentos comerciales ya existentes, para situar el precio final entre los 10 y los 50 millones de dólares. Se espera que, gracias a la proximidad del objetivo, baste con un telescopio ligero y pequeño, no mucho mayor que una nevera, para obtener la primera imagen de un planeta extrasolar. «Nos vale con un telescopio de apenas medio metro, para explorar la zona habitable», ha explicado Morse.

Aunque sea ligero, el nuevo telescopio tendrá que amortiguar la intensa luz de las estrellas a la vez que capta la débil luz procedente de los planetas.

Al margen de esta iniciativa, la NASA prepara la misión WFIRST «Wide Field Infrared Survey Telescope» para mejorar la detección de exoplanetas. Además, el gran telescopio James Webb analizará la atmósfera de exoplanetas a partir de 2020.

Objetivo: Próxima b

Alfa Centauri ha atraído la atención de los científicos por ser el sistema estelar más cercano al Sistema Solar. Está compuesto por dos estrellas que orbitan a una distancia de 4,3 años luz de la Tierra, mientras que el siguiente sistema estelar más próximo está al doble de distancia. Junto a esta estrella binaria, hay una estrella enana roja llamada Próxima Cenaturi, en cuya órbita se descubrió en agosto un potencial planeta similar a la Tierra: el llamado Próxima b.

Por esto entre otras cosas, físicos como Stephen Hawking presentaron el proyecto «Starshot», cuya finalidad será en el futuro lanzar pequeñas sondas espaciales hasta Alfa Centauri.

Captar imágenes en el rango visible sería el primer paso para averiguar la naturaleza de planetas extrasolares potencialmente habitables. Posteriores análisis en otras longitudes de onda, como el infrarrojo, permitirían averiguar a qué temperatura están los planetas o cuál es la composición de su atmósfera. Hasta ahora, solo se puede intuir la composición global y el tamaño de los planetas extrasolares estudiando la órbita en torno a sus estrellas.


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Astrónomos descubren 200 cráteres nuevos en la superficie lunar, bombardeada por pequeños impactos cien veces más rápido de lo que se creía

 Un nuevo cráter de impacto, de 12 metros de diámetro. Todos ellos han sido identificados por el «Lunar Reconnaissance Orbiter» - NASA/GSFC/Arizona State University

Un nuevo cráter de impacto, de 12 metros de diámetro. Todos ellos han sido identificados por el «Lunar Reconnaissance Orbiter» – NASA/GSFC/Arizona State University

La Luna se hace un «lifting» facial cada 80.000 años. Ocurre porque la superficie lunar es bombardeada por pequeños impactos cien veces más rápido de lo que los científicos pensaban anteriormente. Esto significa que los rasgos de la superficie que se consideran jóvenes lo son quizás aún más de lo previsto.

El hallazgo, publicado este miércoles en «Nature», llega después del estudio por parte de científicos de la Universidad Estatal de Arizona y la de Cornell de imágenes lunares en alta resolución obtenidas por la sonda Lunar Reconnaissance Orbiter durante siete años. Las observaciones identificaron 222 nuevos cráteres de impacto en la Luna de más de 10 metros de diámetro, lo que supera en un 33 por ciento el número predicho por las estimaciones. Esto implica además que el regolito de la superficie lunar se está removiendo 100 veces más rápido de lo que se pensaba.

Antes y después de un nuevo impacto en la Luna- NASA/GSFC/Arizona State University

Antes y después de un nuevo impacto en la Luna- NASA/GSFC/Arizona State University

«Antes de que el orbitador se pusiera en marcha en 2009, pensábamos que llevaba de cientos a miles de años cambiar la capa de la superficie lunar significativamente», dice Emerson Speyerer, responsable del estudio. «Sin embargo, hemos descubierto que los materiales de la superficie más superior de la Luna se trasforman completamente cada 80.000 años más o menos».

Además de esos impactos, los científicos observaron un sorprendente número, 47.000, de pequeños cambios en la superficie provocados por pequeños impactos de los materiales lanzados por los impactos más grandes. El golpetazo de un meteorito arroja varios tipos de desechos, algunos a una velocidad de 16 km por segundo. Este material remueve la capa superior del suelo lunar y cambia su brillo.

Cualquier futura exploración humana de la Luna implicará estructuras de suministro, cohetes y otros equipos estacionados en la superficie durante largos períodos de tiempo. Conocer la tasa actual de impactos será importante en la planificación para proteger estos equipos en la superficie.


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  • La cara oculta podría haber sido modelada por la colisión con un segundo satélite de la Tierra

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La cara oculta de la Luna podría haber sido modelada por la colisión con un segundo satélite de la Tierra, según acaba de revelar un estudio realizado por investigadores de la Universidad de California en Santa Cruz. Y eso podría explicar las sorprendentes diferencias entre las caras visible y oculta de la Luna, un misterio cuya solución se ha resistido durante décadas a los intentos de explicación de los científicos. La cara vista es, en efecto, notablemente plana, mientras que la oculta, con una corteza mucho más gruesa, está llena de colinas y montañas.

Ningún ser humano ha visitado aún la cara oculta de nuestro satélite. Allí, sin embargo, cerca del Polo Sur lunar, se encuentra la segunda mayor estructura de impacto de todo el Sistema Solar, solo superada por cuenca Borealis, de Marte. Se trata de la cuenca Aitken, con casi 2.500 km. de ancho y 13 km. de profundidad.

El nuevo estudio se basa en el modelo de “Impacto gigante” para el origen de la Luna, según el cual un objeto del tamaño del planeta Marte chocó contra la Tierra en algún momento de la juventud del Sistema Solar. La enorme cantidad de escombros y rocas lanzados al espacio por el colosal impacto terminaron uniéndose para formar la Luna. El estudio, sin embargo, sugiere que el mismo impacto contra la Tierra tambièn creó un segundo satélite, más pequeño, que al principio compartió órbita con la Luna, pero que terminó cayendo sobre ella y proporcionando así a una de sus caras una capa “extra” de corteza sólida de varias decenas de km. de grosor.

“Nuestro modelo -explica Erik Asphaugh, profesor de Ciencias Planetarias de la Universidad de California en Santa Cruz- funciona muy bien junto a los modelos de la formación de la Luna debido a un gran impacto, que predicen que tras la colisión debió de haber una cantidad realmente masiva de escombros alrededor de la Tierra, y más tarde alrededor de la Luna recién formada. Eso concuerda con lo que sabemos sobre la estabilidad dinámica de un sistema de esas características, sobre el tiempo que tardó la Luna en formarse y sobre la edad de las propias rocas lunares”.

Aspaugh, que junto a Martin Jutzi ya había realizado simulaciones informáticas sobre cómo pudo formarse la Luna tras la gigantesca colisión, afirma que la formación de otras “lunas compañeras” es un resultado bastante común de muchas de las simulaciones.

Lenta y sin cráter

En el estudio, Asphaug y Jutzi rizaron el rizo y utilizaron simulaciones del impacto de la Luna ya formada con un segundo satélite más pequeño (con cerca de un tercio de su masa) para estudiar la dinámica de esa colisión y rastrear la evolución y distribución del material lunar tras la catástrofe. El resultado fue que en las colisiones a baja velocidad, el impacto entre los dos satélites no llega a formar un cráter y tampoco hace que se funda una gran cantidad de roca. Sencillamente, la mayor parte del material impactante se acumula sobre el hemisferio que recibe la colisión y se convierte en una nueva capa de roca sólida, formando una región montañosa comparable en extensión con las elevaciones que realmente existen en la cara oculta de la Luna.

“Por supuesto -puntualiza Asphaug- los modeladores de impactos tratan de explicarlo todo con colisiones. Pero en este caso se requiere una colisión muy extraña: lenta, que no forme un cráter y que acumule todo el material en una sola cara. Y eso es algo nuevo en lo que pensar”.

La hipótesis de los investigadores es que la segunda luna quedó atrapada, al principio, en uno de los puntos Lagrange (en los que las gravedades de ambos cuerpos se equilibran) del sistema, pudiendo compartir así la órbita lunar durante un tiempo. Después, al alejarse la órbita lunar de la Tierra, el delicado equilibrio gravitatorio se rompió y las dos lunas chocaron.

“La colisión -afirma Jutzi- pudo haberse producido en cualquier lugar de la Luna. El cuerpo resultante estaba desequilibrado y tuvo que reorientarse de modo que una sola cara apunta siempre hacia la Tierra”.

El modelo explica también las variaciones que existen en la composición de la corteza lunar. En la cara vista, predomina un tipo de terreno relativamente rico en potasio, tierras raras y fósforo. Todos ellos, así como el torio y el uranio, debieron de concentrarse en el océano de magma que se mantuvo como roca fundida y que finalmente se solidificó bajo la gruesa corteza lunar.

En las simulaciones, la colisión aplasta, literalmente esta capa rica en potasio y fósforo en el hemisferio opuesto, preparando el escenario para el tipo de geología que hoy predomina en el lado más cercano de la Luna.


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  • Según un estudio publicado hoy, la gravedad de la Tierra, Venus y Júpiter bastaría para generar una débil oscilación en el Sol de gran importancia para la aparición de manchas y tormentas solares
 Cada 11.07 años, el Sol, Venus, Júpiter y la Tierra se alinean. Proponen que podrían influir en la actividad del Sol - NASA/SDO

Cada 11.07 años, el Sol, Venus, Júpiter y la Tierra se alinean. Proponen que podrían influir en la actividad del Sol – NASA/SDO

El ciclo de actividad solar es un fenómeno que se repite cada 11 años y del que depende la cantidad de manchas solares que aparecen sobre la superficie de la estrella. Como estas manchas están más frías que el entorno, este ciclo influye también en la cantidad de calor que llega a la Tierra. Aún hay muchas cosas por aprender sobre este complejo mecanismo, pero hoy en día se considera que depende del campo magnético solar.

Según un estudio publicado hoy en la revista «Solar Physics» por investigadores del «Helmholtz-Zentrum Dresden-Rossendorf» (HZDR), la atracción gravitatoria que resulta de la alineación de Venus, Júpiter y la Tierra influye en la actividad del Sol.

«Cada 11.07 años, el Sol, Venus, Júpiter y la Tierra se alinean», ha explicado en un comunicado Frank Stefani, primer autor del estudio e investigador en el HZDR. «Nos preguntamos si eso era una coincidencia, o si el ciclo solar está relacionado con el ciclo de conjunción u oposición de estos tres planetas».

Esta pregunta no es nueva, pero en el estudio presentado hoy por los investigadores se propone un nuevo mecanismo que en teoría es capaz de explicar esta influencia.

El Sol es una dinamo en la que el movimiento de las partículas cargadas del plasma generan un campo magnético. Este campo es creado por la llamada dinamo alfa-omega, un mecanismo que cada once años provoca que los polos del sol se inviertan (el Norte pasa al Sur y viceversa) y que además está relacionado con el ciclo de actividad solar. Este fenómeno provoca que la cantidad de manchas y de explosiones alcance tasas mínimas y máximas también cada 11 años.

Pero tal como ha averiguado el equipo de Stefani, este fenómeno de dinamo alfa está influido por ciertas oscilaciones que podrían provenir de los débiles efectos de marea de los planetas.

«Nuestros cálculos muestran que la atracción gravitatoria de los planetas actúa como una influencia externa. Esta oscilación en el efecto alfa, que se activa casi cada 11 años, podría causar la inversión de la polaridad del campo magnético solar y, finalmente, dictar el ciclo de 22 años de actividad de la dinamo solar», ha explicado Stefani.

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