Category: Historia Universal



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  • El almirante británico Edward Vernon bombardeó Portobelo en noviembre de 1739 con tal facilidad como para regodearse de su victoria y escribir a Blas de Lezo, que se encontraba en Cartagena de Indias, tratando de amilanar al vasco

Entre el 13 de marzo y el 20 de mayo de 1741, hace 276 años, tuvo lugar el intento británico por conquistar Cartagena de Indias que encumbró al almirante Blas de Lezo como una suerte de Leónidas moderno. Un relato que ha terminado por mitificarse en los últimos años debido a la discrepancia de cifras sobre la enorme superioridad numérica y material de la flota británica encabezada por Edward Vernon y el afán por reivindicar hoy un episodio olvidado por los españoles y ocultado por los ingleses. De tal modo que a Blas de Lezo, cojo, tuerto y manco, se le pinta como un bravucón de frases lapidarias: «Todo buen español debería mear siempre en dirección a Inglaterra». Una cita probablemente falsa, e imposible, que no recoge la auténtica personalidad del marinero vasco: contundente, directo, valiente, pero siempre elegante.

El origen de una enemistad

Los verdaderos rasgos de su personalidad se pueden hallar en la correspondencia que EdwardVernon, rutilante hasta el extremo de proclamar la victoria sobre los españoles antes de que ocurriera, mantuvo con Blas de Lezo en los albores de su histórica rivalidad. El almirante británico bombardeó Portobelo en noviembre de 1739 con tal facilidad como para regodearse de su victoria y escribir a Blas de Lezo, que se encontraba en Cartagena de Indias, tratando de amilanar al vasco. Una carta donde ya está presente la arrogancia que tan cara costaría a Vernon:

«Portobelo 27 de noviembre de 1739.

Señor:

Esta se entrega a V. E. por Don Francisco de Abarca y en alguna manera V. E. puede extrañar que su fecha es de Portovelo. En justicia al portador, es preciso asegurar a V. E. que la defensa que se hizo aquí era por el Comandante y por los de debajo de su mando, no pareciendo en los demás ánimo para hacer cualquiera defensa.

Espero que de la manera que he tratado a todos, V. E. quedará convencido de que la generosidad a los enemigos es una virtud nativa de un Ingles, la cual parece más evidente en esta ocasión, por haberlo practicado con los españoles, con quienes la nación inglesa tiene una inclinación natural, vivir bien que discurro es el interés mutuo de ambas Naciones.

Habiendo yo mostrado en esta ocasión tantos favores, y urbanidades, además de lo capitulado, tengo entera confianza del amable carácter de V. E. (aunque depende de otro) los Factores de la Compañía de la Mar del Sur en Cartagena, estarán remitidos inmediatamente a la Jamaica, a lo cual V. E. bien sabe tienen derecho indubitable por tratados, aún seis meses después de la declaración de la guerra.

El Capitán Pelanco debe dar gracias a Dios de haber caído por Capitulación en nuestras manos, porque sino, su trato vil, y indigno, de los ingleses, había tenido de otro un castigo correspondiente».

Vernon arrasó Portobelo aquel año y encontró unas defensas tan débiles como para jactarse de lo precaria que era la posición española en el Caribe, lo cual se demostró erróneo pocos años después en la defensa planteada por Blas de Lezo en Cartagena de Indias. En la contestación dada por Lezo a la carta del británico se mezcla la cortesía obligada de todo miembro de la Marina española y la tan característica bravuconería de la milicia hispánica:

«Cartagena 27 Diciembre de 1739.

Exmo. Sor. —Muy Sr mío: He recibido la de V. E. de 27 de Noviembre que me entregó Don Francisco de Abarca y antecedentemente la que condujo la Valandra que trajo a Don Juan de Armendáriz. Y en inteligencia del contenido de ambas diré, que bien instruido V. E. por los factores de Portovelo (como no lo ignoro) del estado en que se hallaba aquella Plaza, tomó la resolución de irla a atacar con su esquadra, aprovechándose de la oportuna ocasión de su imposibilidad (de defenderse), para conseguir sus fines, los que si hubiera podido penetrar, y creer que las represalias y hostilidades que V. E. intentaba practicar en esos mares, en satisfacción de las que dicen habían ejecutado los españoles, hubieran llegado hasta insultar las plazas del Rey mi Amo, puedo asegurar a V. E. me hubiera hallado en Portovelo para impedírselo, y si las cosas hubieran ido a mi satisfacción, aún para buscarle en otra cualquiera parte, persuadiendome que el ánimo que le faltó a los de Portobelo, me hubiera sobrado para contener su cobardía.

La manera con que dice V. E. ha tratado a sus Enemigos, es muy propia de la generosidad de V. E. pero rara vez experimentada en lo general de la nación, y sin duda la que V. E. ahora ha practicado, sería imitando la que yo he ejecutado con los vasallos de S. M. B. en el tiempo que me hallo en estas costas (y antes de ahora,) y porque V. E. es sabido de ellas, no las refiero, porque en todos tiempos es sabido practicar las mismas generosidades, y humanidades con todos los desvalidos; y si V. E. lo dudare podrá preguntárselo al gobernador de esa isla quien enterará a V. E. (le todo lo que llevo expresado, y conocerá V. E. que lo que yo he ejecutado en beneficio de la nación inglesa excede a lo que V. E. por precisión y en virtud de Capitulaciones debía observar.

En quanto el encargo que me hace V. E. de que sus paisanos, hallarán en mi la misma correspondencia que los míos han experimentado en esta ocasión y que solicité que los factores del sur sean remitidos a Jamaica, inmediatamente diré, que no dependiendo esta providencia de mi arbitrio, no obstante, practiqué las diligencias convenientes con el gobernador de esta plaza, a fin de que se restituyan a esa isla; pero parece que sin orden del rey no puede practicar esta disposición, respecto de que son Ministros de ambos so veranos, en la comisson que manexan; Y en correspondencia Yo quedo para servir a V. E. con las más segura voluntad, y deseo le guarde Dios muchos años.

A bordo del Conquistador en la Bahía de Cartagena de Yndias. 24 (de Diciembre de 1739. BLM de V. E. su más atento servidor

— Don Blas de Lezo»

Dado que dos años después Blas de Lezo y las epidemias dejaron la flota británica para el arrastre en Cartagena de Indias cabe intuir lo engreída que era la personalidad de Vernon. Por la información que el almirante británico envió a Londres, la Corona decidió preparar medallas conmemorativas de lo que los británicos consideraron precipitadamente una victoria, a pesar de que las operaciones militares seguían en curso. Estas medallas fueron disimuladamente retiradas tras conocerse la dimensión de la catástrofe británica, al igual que se ocultó este episodio siguiendo el habitual procedimiento británico de borrar los tropiezos y novelar los éxitos.


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  • Tal fue el éxito de la gesta del castellano que otros muchos después que él trataron de emularla. Es, de hecho, el auténtico antecedente del asalto al Medway llevado a cabo por el almirante holandés Michiel De Ruyter en 1667

Las cuentas pendientes entre los Trastámara –una dinastía castellana nacida con la muerte de Pedro I El Cruel– y la Inglaterra del Príncipe Negro empujaron a que los españoles se involucraron en la Guerra de los 100 años de parte del bando francés. Las acciones militares de la incipiente armada castellana, entonces dirigida por Ambrosio Bocanegra, desembocaron en la victoria de La Rochella de 1372. Un éxito que demostraba que la flota inglesa no era ni mucho menos imbatible y que Castilla ambicionaba ser una potencia naval en el Atlántico. No obstante, la duda estaba en si la fortaleza castellana procedía de su almirante, el genovés Bocanegra, o era una realidad perdurable en el tiempo.

Castilla había llegado para quedarse por mucho tiempo en el Atlántico. La fábrica de marinos castellanos empezaba a echar humo. Fernando Sánchez de Tovar fue el primero de una larga lista de almirantes castellanos que desarrollarían de forma exitosa su carrera en el Atlántico. De Álvaro de Bazán a Damián Churruca…

Las primeras referencias a Sánchez de Tovar proceden de la guerra entre Pedro I de Castilla y Pedro IV de Aragón. El castellano participó en la expedición naval contra la Corona de Aragón de 1359 como capitán de una galera de Pedro I. Sin embargo, al igual que Ambrosio Bocanegra y su padre, cambió de bando a partir de 1366 para luchar junto al hermano bastardo del Rey, Enrique de Trastámara. El marino castellano entregó Calahorra como parte de su traición a Pedro, a lo que éste respondió matando a su hermano Juan Sánchez de Tovar. Y es que precisamente aquellos métodos brutales de actuar eran los que, con toda probabilidad, le habían empujado a pasarse al bando Trastámara.

El digno sucesor de Bocanegra

Con el ascenso al trono de Enrique de Trastámara tanto Bocanegra como Sánchez de Tovar fueron recompensados por sus buenos servicios y puestos al frente de la flota castellana enviada en ayuda de Francia en la Guerra de los 100 años. Así, mientras Bocanegra contaba su botín e identificaba a los ilustres prisioneros tomados en la batalla de La Rochella, entre ellos el yerno del Rey de Inglaterra; Fernando Sánchez de Tovar llevaba a cabo sus propias conquistas en los puertos ingleses del norte de Francia. Entre 1372 y 1373, Castilla y Francia se apoderaron de toda la costa entre Burdeos y Ouessant, dejando aisladas las posesiones británicas en el continente. Como recuerda Víctor San Juan en su libro «22 derrotas navales británicas» (Navalmil), en ese desastroso año para los ingleses «la única leve compensación de la Royal Navy será la captura de siete naos castellanos por el Conde de Salisbury en marzo».

A la muerte de Ambrosio de Bocanegra, Enrique II otorgó una carta de merced a Fernán Sánchez de Tovar con el oficio de Almirante Mayor de la Mar con fecha del 22 de septiembre de 1374. Junto a galeras portuguesas, aliadas con Castilla por el Tratado de Santarem, Sánchez de Tovar se dirigió en esas fechas al Canal de La Mancha. Su plan consistió en una expedición contra la isla de Wight y otros lugares del sur de Inglaterra, así como en una operación conjunta con el almirante francés Jean de Vienne en el sitio de Saint Saveurle-Vicompte. No es de extrañar, en tanto, que la sucesión de derrotas, la incapacidad por enfermedad del Príncipe Negro y la vejez de Eduardo III llevaran a Inglaterra a pedir una tregua en Brujas hacia el año 1375. El país estaba al borde del abismo.

Una tregua solo iba a servir a los ingleses para ganar tiempo. La debilidad del Rey inglés era algo que franceses y castellanos pretendían seguir explotando durante mucho tiempo. En el verano de 1377, el Almirante de Castilla y el de Francia unieron sus escuadras en Harfleur para saquear, una a una, las localidades de la costa sur británica. Empezando por Rye, Folkestone, Portsmouth, Dartmouth, Plymouth… todas ellas saqueadas sin que presentaran apenas resistencia, a excepción de Rottingdean, defendida por el abad Lewes en una defensa desesperada e inútil.

Poco después, las galeras franco castellanas arrasaron la isla de Wight, Hastings y Poole, mientras se sucedían las muertes de Eduardo III y del Príncipe Negro y se hacía con las riendas del país la inestabilidad dinástica.

La gesta del Támesis

A principios de 1380, Fernando Sánchez de Tovar concentró en Sevilla 20 galeras para su plan más ambicioso. Franceses y castellanos a su mando se lanzaron ese verano hacia el corazón británico. Tras incendiar la fortaleza de Winchelsea, las galeras entraron a golpe de remo en agosto por la punta de North Foreland hacia el canal del Rey. Una vez en el curso del Támesis avanzaron sin oposición para acabar desembarcando en Gravesend, sobre la ribera sur. Faltaban pocos kilómetros para avistar Londres, pero Sánchez de Tovar ya había logrado su objetivo de sembrar el pánico en la isla a base de incendios y asaltos.

Tras incendiar la fortaleza de Winchelsea, en agosto las galeras entraron a golpe de remo por la punta de North Foreland hacia el canal del Rey

Tal fue el éxito de la gesta de Sánchez de Tovar que otros muchos después que él trataron de emularla. Sin ir más lejos, cuando Felipe II previó en 1588 que su «Felicísima Armada» se «diera la mano» con el Ejército de Flandes al mando de su sobrino Alejandro Farnesio (lo cual nunca ocurrió), uno de los siguientes pasos barajados era remontar el Támesis para conquistar Londres en un rápido golpe de mano. Asimismo, se considera esta penetración castellana el auténtico antecedente del asalto al Medway llevado a cabo por el almirante holandés Michiel De Ruyter en 1667. Dos gestas que la historia ha tratado de forma muy distinta, ignorando al castellano en la mayoría de textos.En los siguientes años, Sánchez de Tovar cambió las aguas inglesas por las portuguesas. A la muerte de Enrique le sucedió en el trono castellano su hijo Juan I de Castilla, que también tuvo que luchar para defender sus derechos al trono frente a los descendientes de Pedro «El Cruel». En su caso en Portugal.

En julio de 1380 se firmó en Estremoz un acuerdo secreto que anunciaba una acción angloportuguesa sobre Castilla para sustituir al Rey Trastámara por Juan de Lancaster, casado con la hija de Pedro «El Cruel». La operación fue un fracaso y, de la enemistad con Portugal, se pasó de golpe a la amistad a través de la boda de Juan y la hija del Rey luso. Con la intención de evitar un nuevo desembarco inglés en Portugal, Juan de Castilla reclamó a la muerte del Rey de Portugal los derechos dinásticos de su esposa para establecer un protectorado sobre el reino portugués a partir de 1383.

Sánchez de Tovar participó junto a sus galeras en las operaciones militares en Portugal contra la rebelión –encabezada por el maestre de Avís– desencadenada tras la proclamación de Juan I y su esposa como reyes del país vecino. Las galeras castellanas llevaron en todo momento la iniciativa sobre los rebeldes, pero la aparición de la peste provocó cientos de muertes en las filas castellanas, entre ellas algunos de los más importantes nobles castellanos como Cabeza de Vaca, Juan Martínez de Rojas, Pedro Ruiz Sarmiento, Fernán Álvarez de Toledo y el propio Tovar. El marino castellano falleció en su nave capitana, «La San Juan de Arenas», y sus restos fueron trasladados hasta Sevilla.

Juan I recordaría su figura y su hazaña con gruesas palabras: «Ficieron guerra por la mar y entraron río Artemisa [el Támesis] hasta cerca de Londres, do galeas enemigas nunca entraron»


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  • El 10 de mayo de 1719, un pequeño contingente de combatientes hispanos se negó a rendir el castillo de Eilean Donan. Fueron derrotados, pero mantuvieron su honra intacta
  • La contienda estaba enmarcada una «misión secreta» mediante la que los españoles buscaban acabar con los monarcas ingleses con ayuda de los jacobinos

Una batalla breve, pero no por ello menos épica. El enfrentamiento que los españoles mantuvieron en el castillo de Eilean Donan (al norte de Escocia) en 1719 bien podría recordar a las sangrientas contiendas que -siglos antes- protagonizó William Wallace. Sin embargo, y para desgracia del monarca Felipe V (en la poltrona por entonces en estos lares), aunque medio centenar de nuestros combatientes intentaron mantener a raya a una flota inglesa en aquel perdido paraje, poco pudieron hacer para enviar a aquellos infames británicos de vuelta a su «London» natal.

¿Qué diantres hacían unos pocos españoles en los confines de Escocia? ¿Qué les llevó hasta aquella región olvidada? Simplemente, el ansia de conquistas de Felipe V y de su consejero más avispado (Alberoni). Ambos enviaron a un pequeño contingente hacia aquellas «highlands» con un objetivo en mente: avivar sus ya latentes ánimos de sublevación contra la monarquía «british». De esta guisa (y con su apoyo) podrían dar una patada en el trasero a Jorge II.

Un plan de invasión más que sutil que, tras la pérdida de Eilean Donan (y varias derrotas posteriores) terminó en el fondo de las aguas como ya había sucedido con la «Grande y Felicísima Armada».

El origen

Hallar el origen de la defensa del último castillo escocés bajo bandera española obliga a volver la mirada hacia años en los que los ciudadanos de nuestro país andaban a sablazos entre ellos. A una época en la que -después de que Carlos II abandonara este mundo sin haber engendrado hijos- se inició una auténtica guerra entre los partidarios del heredero que había dejado Su Majestad (Felipe V, nieto del galo Luis XIV) y todos aquellos que estaban en su contra. ¿La razón? Que a muchos no les gustaba ni un pelo del pelucón la idea de que, en un futuro, la «France» y España acabasen unidas y, por tanto, se crease un «macro imperio» europeo.

«Fue una decisión que levantó suspicacias en varias cancillerías europeas y fue rechazada de plano en Viena por el emperador Leopoldo I, representante de la otra rama de los austrias. La simple posibilidad de que las dos monarquías que se extendían a ambos lados de los Pirineos configuraran un bloque bajo un mismo monarca, algo que no fue desmentido desde Versalles, hizo que en Europa sonaran los tambores de guerra», explica el doctor en historia José Calvo Poyato en su dossier «Los Tratados de Utrecht y Rastatt. Europa hace trescientos años».

Con más miedo que vergüenza ante esta posibilidad, los Ingleses (siempre ávidos de molestar a España, todo sea dicho), holandeses e imperiales formaron entonces la denominada Gran Alianza y propusieron, como alternativa a Felipe V, al archiduque Carlos de Austria (hijo del propio Leopoldo).

De esta guisa comenzó la Guerra de Sucesión, contienda que terminó en 1713 con la firma del Tratado de Utrecht. Un documento en el que las potencias internacionales aceptaron la victoria de Felipe V a cambio de unas condiciones bastante deplorables para España. Entre ellas, la cesión de regiones tradicionalmente nuestras como Flandes, Milán, Nápoles, Cerdeña o Sicilia (por no hablar de Menorca y Gibraltar).

Así lo afirman, al menos, Miguel del Rey y Carlos Canales en su obra «En tierra extraña. Expediciones militares españolas» (Edaf). El nuevo rey pasó por el aro… Al menos en ese momento. Y es que, después de que España recuperara su poderío económico, el de la corona cambió de tercio y decidió que era el momento de recuperar esas tierras. Una idea que le metió en la mollera uno de sus principales consejeros: Giulio Alberoni.

En guerra de nuevo

Las pretensiones de Felipe V de pasarse por su regio cetro el Tratado de Utrecht (o reinterpretarlo, como él mismo y Alberoni decían), unidas a otros cabreos internacionales motivados por unos y otros, llevaron a varias potencias a unirse para combatir contra España y contra sus intereses territoriales. El tratado entre ellas (Gran Bretaña, Francia, las Provincias Unidas de los Países Bajos y el Sacro Imperio Romano Germánico) se firmó entre 1717 y 1718; y el bando resultante ha pasado a la historia como la «Cuádruple alianza».

Con aquellos enemigos, parecía que el rey (y Alberoni, de paso) se iban a tener que tragar su orgullo y su ansia por recuperar las antiguas regiones hispanas. Pero nada de nada. De hecho, aquel desafío (y el contar con un estado saneado económicamente) les enardeció.

Los vientos de guerra que se cernían sobre las tierras españoles arribaron finalmente el 26 de diciembre y el 6 de enero. Dos jornadas en las que -tal y como explica el historiador decimonónico Cesáreo Fernández Duro en «Historia de la Armada Española»- fueron enviadas a nuestro país las declaraciones de guerra de Gran Bretaña y Francia. ¿Qué diantres podía hacer? Alberoni lo tenía claro: buscó la ayuda de Carlos XII de Suecia Pedro I de Rusia. A estos, les propuso colocar en el trono «british» al renegado Jacobo Stuart (líder del movimiento Jacobita y contrario, por tanto, a Jorge II).

«El Jacobismo fue la posición política que pretendió conseguir la restauración en los tronos de Inglaterra y Escocia a los miembros de la Casa Estuardo, Stuart, incluso con posterioridad a 1707, cuando ambos títulos se unieron de facto en el trono del Reino Unido. […] El movimiento tomó su nombre del rey católico Jacobo II, destronado en 1688 y reemplazado por su yerno, el protestante William de Orange», explica el coronel del Ejército de Tierra en la reserva José Antonio Crespo-Francés en su dossier «El último intento de invasión española de las Islas Británicas».

«El Jacobismo fue la posición política que pretendió conseguir la restauración en los tronos de Inglaterra y Escocia a los miembros de la Casa Estuardo»

Ese era el objetivo español (aliarse con las potencias internacionales en favor de Jacobo). Al menos, de forma oficial. Y es que, como explica Duro en su obra, lo que realmente buscaban Felipe V y Alberoni era distraer a los inglesuzos con aquella revuelta jacobita mientras España se arrojaba sobre Italia, su verdadero objetivo.¿En qué consistiría esa «distracción»? Nada más y nada menos…. ¡que en atacar Inglaterra! Tenía parte de lógica, pues una invasión sorpresa de la «Pérfida Albión» obligaría a los ingleses a abandonar (al menos por el momento) sus intereses en la Europa contiental. Y si de paso, lograban vengar el desastre de la «Grande y Felicísima Armada», pues mejor que mejor.

«Esos deseos llevarían a España a participar en un pintoresco plan para intentar invadir otra vez Inglaterra. […] Una arriesgada idea de Alberoni que, a su juicio, bien podía intentarse con alguna probabilidad de éxito. Se contaba con medios económicos para realizarla tras las buenas remesas llegadas de América», añaden los autores españoles en su obra «En tierra extraña». Empezaba la partida de ajedrez, y el tablero era Europa.

Comienza el plan

La invasión «trampa» constaba de dos partes:

1-Una primera fuerza (la más numerosa) se dirigiría hacia el sudoeste de Inglaterra. Desde allí, avanzaría hacia Londres. Este contingente estaba formado (según las cifras ofrecidas por Duro en su obra) por los siguientes hombres:

-4 barcos de guerra.

-25 barcos de transporte.

-Más de 5.000 soldados.

-500 monturas.

-30.000 fusiles.

-Multitud de pertrechos en forma de «pólvora, municiones, mantenimiento» y «algunos señores de calidad escoceses e irlandeses».

2-Un segundo contingente dirigiría sus pasos hacia Escocia, donde trataría de ganarse el apoyo de los clanes de la zona. Una vez iniciada la sublevación, los recién llegados armarían a los sediciosos y atacarían.

Los números concretos de aquellos que partieron en esta fuerza son discutidos a día de hoy por los historiadores, así como sus unidades de procedencia. Una de las últimas versiones, no obstante, es la ofrecida por Canales y del Rey en su texto:

-2 fragatas.

-1 batallón de españoles de apoyo.

-2.000 fusiles y 5.000 pistolas para armar a aquellos escoceses que decidieran enfrentarse al gobierno inglés.

Desastre

El plan, que no era precisamente sencillo de llevar a cabo, se complicó todavía más cuando murió de improviso Carlos XII de Suecia (el que iba a poner sobre la mesa… a miles de soldados para molestar a los inglesuzos). Pintaban bastos, pero el resentimiento de Alberoni le hizo continuar con la misión. Nada detendría a aquellos buques que -entre otras cosas- buscaban vengar a la «Grande y Felicísima Armada». Así pues, el 7 de marzo la flota principal partió de Cádiz con la firme intención de hacer que, tarde o temprano, a los «british» se les atragantase el té de las cinco. Duro recuerda en su obra que el grupo se detuvo en «La Coruña, Santander y Pasajes» para recoger a la totalidad de fuerzas que combatirían en Inglaterra.

Pero amigo, como pasara con los buques de Felipe II (un factor que no fue el único para mandar a la «Grande y Felicísima Armada» al infierno, todo sea dicho), los elementos vinieron a dar al traste con las ansias expansionistas hispanas.

El 29 de marzo, para más señas, fue cuando se sucedió el desastre. «Una borrasca irresistible interrumpió la navegación sobre el cabo Finisterre, constriñendo a las naves dispersas a correr hacia el sur en malísima disposición», completa Duro. El desastre fue total y los bajeles se dispersaron. En palabras del experto, las que tuvieron menos suerte zozobraron, y el resto lograron finalmente arribar hasta varios puertos de Vigo o Lisboa. La misión de la fuerza principal, por tanto, quedó anulada. ¿Qué sucedería con la que buscaba amarrar en Escocia?

La llegada a Eilean Donan

La fuerza secundaria partió de Pasajes (Guipúzcoa) el 9 de marzo de ese mismo año. Su objetivo: arribar hasta Escocia sana y salva y lograr que sus habitantes se alzaran contra Inglaterra. La suerte de estos dos buques (y de sus ocupantes) fue mucho mayor, pues lograron llegar en un breve periodo de tiempo hasta la isla de Lewis (ubicada la norte de la región).

Allí desembarcaron unos 307 españoles dispuestos a dar, cuanta más guerra, mejor. La suerte les favoreció todavía más si cabe, pues por aquellos verdes parajes lograron el apoyo del clan de los Mackenzies. Desde allí, empezaron a barruntar cuál sería la mejor forma de acceder a otros líderes locales para lograr su apoyo. Una revuelta al más puro estilo William Wallace.

En imágenes: Así es el castillo que defendieron hasta la muerte unos pocos soldados españoles en Escocia

El 13 de abril, tras movimientos por aquí y por allá, los españoles se asentaron en la fortaleza más destacada de los MacKenzie: el castillo de Eilean Donan. Una mole de piedra edificada en un islote del río Loch Duich y que, a día de hoy, ha sido utilizado como escenario de películas tan famosas como «Los inmortales». En esta base de operaciones fue en la que guardaron las 7.000 armas y la pólvora que habían traído desde la Península y que, si todo se sucedía según lo planeado, servirían para armar a los sublevados. «El primer plan previsto, en espera de noticias de la flota principal, era una ofensiva sobre Inverness para animar a los clanes a unirse a su causa», explican del Rey y Canales en su obra.

En los días siguientes, y en espera de que alguien les informara de dónde diantres se hallaba el grueso de la fuerza española, se demostró la desconfianza de los diferentes clanes escoceses. Y es que, la mayoría prefirieron mantener las armas en la funda hasta no ver si las posibilidades de victoria eran reales. Sublevarse «for nothing», que no sirve de nada (debieron pensar). «Cuando estaba todo listo, los expedicionarios supieron del desastre de la flota principal. Se habían quedado solos y abandonados a su suerte. Las dos naves españolas regresaron, y se decidió abandonar el avance sobre Inverness», añaden los autores.

El futuro pintaba negro para los nuestros, así que los hispanos se limitaron a dejar un retén de entre 40 y 50 hombres en Eilean Donan mientras el resto se dispersaban por las aldeas incitando a las tortas. Los números de los defensores son inciertos. Del Rey y Canales hablan de entre 45 y 46, mientras que León Arsenal y Fernando Prado señalan en su obra «Rincones de historia española. Episodios históricos, fabulosos y desconocidos a través de los siglos» que fueron «48 infantes de marina». Por su parte, los informes ingleses hacen referencia también a 48 defensores. Ese grupo de medio centenar de españoles había sido condenado, sin saberlo, a una muerte épica.

Una corta, pero brutal defensa

Por si fuera poco ver su revuelta rechazada, los problemas para los españoles se agravaron todavía más a principios de mayo de 1719. Fue entonces cuando los ingleses empezaron a mover sus fichas y enviaron cinco fragatas hacia el oeste de Escocia con el objetivo de dar al traste con los planes de Felipe V en sus tierras.

Los cinco bajeles eran los siguientes (según el informe que el capitán Charles Boyle -al mando de la escuadra- envió posteriormente)

1-HMS (His/Her Majesty’s Ship) Assistance (de 50 cañones).

2-HMS Darthmouth (de 50 cañones).

3-HMS Worcester (de 50 cañones).

4-HMS Flamborough (de 24 cañones).

5-HMS Enterprize (de 40 cañones).

«El día 10, a las nueve de la mañana, envié a mi lugarteniente con bandera blanca para exigir la rendición»

Nada que ver con los buques de línea que se enviarían posteriormente en Trafalgar, pero sin duda una fuerza considerable dado que los españoles adolecían de hombres y artillería con la que defenderse.Dos de estas fragatas (la Assistance y la Darthmouth) navegaron por el norte y, al no percatarse de la presencia de enemigos, anclaron en el río Loch Kishorn (a unos 40 kilómetros de Eilean Donan). Sin embargo, el resto de la flota -al mando del capitán Charles Boyle– no tardó en llegar hasta las inmediaciones del fuerte de los Mackenzie y ver que, en su pabellón, ondeaba la bandera de los nuestros. Era la hora de los cañonazos, así que el Worcester, el Flamborough y el Enterprize prepararon su artillería.

El 10 de mayo de 1719 comenzó el enfrentamiento. Así lo afirma el propio Boyle en su informe oficial, donde explica que -antes de empezar a cañonear a los españoles- envió a un hombre para que parlamentara con ellos y lograra que rindiesen el castillo por las buenas. La cortesía «british».

«El día 10, a las nueve de la mañana, envié a mi lugarteniente con bandera blanca para exigir la rendición», explica el capitán. Poco después, el militar desembarcó para, atendiendo a las órdenes de su jefazo, llamar a los defensores al raciocinio. La respuesta, sin embargo, fue muy castiza: los nuestros recibieron a tiros al enviado, que se había aproximado a la costa desde el Worcester. No podían defenderse, peor tampoco estaban dispuestos a marcharse de allí por las buenas avergonzando a España.

El informe de Boyle poco dice de las horas que continuaron. Su siguiente anotación se va a las cuatro de la tarde cuando, según afirma, un desertor les informó de que los españoles estaban reuniendo un ejército que ya contaba con 4.700 hombres ubicados en un campamento cercano.

A las ocho de la tarde, el inglés ordenó que sus fragatas iniciaran el cañoneo sobre los españoles. Poco podían hacer estos para defenderse, como bien explican del Rey y Canales: «Era previsible que, sin artillería con la que poder responder al fuego enemigo, lo único que los defensores pudieron hacer fue ponerse a cubierto del demoledor fuego de las fragatas británicas». Los disparos no cesaron durante una hora. Con todo, los Mackenzie podían sentirse orgullosos de su fortaleza, pues -a pesar de llevar en pie siglos y siglos- resistió considerablemente bien los zurriagazos «british».

Una vez que los ingleses consideraron que los españoles estaban lo suficientemente mermados, enviaron a sus hombres para darles la puntilla. Tal y como afirma Boyle en su informe, el encargado de pisar tierra y acabar con los defensores fue el capitán Herdman. Este, empezó a repartir disparos con sus hombres y, antes de declararse vencedor, tuvo que recibir también alguno que otro de los escasos soldados que todavía defendían el viejo castillo escocés.

Contando los muertos

Existen varias versiones que hacen referencia a los españoles que murieron aquel día. Del Rey y Canales afirman en su obra que «en total quedaban “un capitán, un teniente, un sargento y 39 soldados españoles, un mercenario irlandés, un rebelde escocés, 343 barriles de pólvora y 52 barriles con munición”». Estas cantidades de material (que pueden leerse también en el informe de Boyle) demuestran que Eilean Donan estaba siendo utilizado como polvorín por las tropas llegadas desde la Península Ibérica.

Por su parte, los autores de «Rincones de la historia española» afirman en su obra que, de los 48 hombres de la guarnición, fallecieron 43 (entre ellos el capitán y el teniente). «Así como un escocés y un mercenario irlandés». En palabras de estos autores, los «british» capturaron a los único cinco que no murieron. Estos habrían sido enviados a Edimburgo, donde fueron «bien tratados». En todo caso, este fue el primer revés de una expedición que no tardaría mucho en terminar con una victoria decisiva de inglesa majestad.

Eilean Donan tampoco tuvo un destino demasiado halagüeño. Después de dejarlo como un colador, los ingleses utilizaron 27 barriles de pólvora de los arrebatados a los españoles para volarlo por los aires. Y así permaneció (en ruinas) hasta que volvió a ser recuperado en 1919. A día de hoy, puede ser visitado para rememorar esta gesta española.


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  • La devolución de la colonia era condición para que España entrara en la guerra. La batalla que se perdió para nuestro país sirvió para ganar la contienda para EE.UU.

Benjamin Franklin – ABC

La idea de que la independencia de Estados Unidos dependió en una medida importante de hispanos y de la ayuda económica y militar de España ha sido, y resulta aún, una conclusión difícil de aceptar para buena parte de la ideología oficial de Estados Unidos. Lo mismo que Gibraltar era parte del precio. Es significativo que en 200 años los Estados Unidos no hayan sido capaces de desarrollar, con todos los recursos de la ciencia historiográfica, un detalle correcto de la participación hispánica en su proceso de nacimiento.

Sin embargo, sin ayuda exterior masiva los colonos norteamericanos no habrían obtenido la independencia de los Estados Unidos. Al menos no se habría conseguido en el momento en que se produjo y con el protagonismo de Washington, Franklin, Jefferson, Adams o Paine los caracteres que la concibieron en origen, dando lugar a la república que ahora conocemos.

El dominio del mar

¿Habría bastado sólo la ayuda francesa para lograr la independencia? Los datos del conflicto son la más eficaz refutación de esta idea: la alianza entre la rebelión americana y el Reino de Francia carecía de dos ingredientes fundamentales para producir la independencia de las colonias: cantidad suficiente de plata y el dominio del mar. Gran Bretaña era una manzana demasiado grande para la Francia de entonces. Hasta la entrada de España los datos son concluyentes y el Reino de Francia (y la rebelión americana) pasan por una situación crítica, como corrobora el número de buques destruidos y capturados franceses, la escasa dimensión de los posibles combates y sus resultados, la incapacidad de dotar de una asistencia adecuada a sus aliados, la ruina muy importante y poco analizada hasta ahora del comercio marítimo francés asolado por el corso…

En ese momento y en esas circunstancias ayudar a los rebeldes americanos no parecía ningún buen negocio. Además, España limitaba con Inglaterra en 5 continentes, a través del mar… Un conflicto con ese país sería necesariamente mundial y aquella situación amenazaba con repetir los desastres de la Guerra de los 7 años en que La Habana, Manila y Florida fueron saqueadas por fuerzas británicas.

Armas españolas

Sin embargo, Carlos III de España no se mantuvo neutral nunca en este conflicto. Financió desde el primer momento a los rebeldes, los protegió en su territorio, les abrió sus puertos y les dio acceso a sus arsenales. Como investigador, tengo la certeza de que parte de las armas que se dispararon en Lexington por los rebeldes, donde nació la guerra de independencia americana, fueron españolas, proporcionadas a Jeremiah Lee. Otro de los aportes españoles fundamentales fue el desmantelamiento de todas las posibles alianzas británicas en Europa comenzando con Portugal, el tradicional aliado inglés, a Prusia y Rusia.

Oficialmente, España, antes de la guerra, ofertó su mediación imponiendo un reconocimiento de facto de la independencia de Estados Unidos bajo la protección española y francesa con una tregua, muy similar en su concepto a la de los 12 años entre España y las provincias rebeldes holandesas (1609). El Tratado de Aranjuez (15 de abril de 1779) con Francia vinculó finalmente a España con una guerra que no podrá cerrar ningún acuerdo sin que se concierte la independencia de Estados Unidos (artículo 4) y ambas partes se comprometieron a no deponer las armas, ni hacer tratado alguno de paz, o suspensión de hostilidades, sin que hubieran obtenido respectivamente la restitución de Gibraltar para España y la libertad de fortificación de Dunquerque para Francia. Esta propuesta era congruente con el pacto secreto acordado entre los norteamericanos y Francia para que esta última pudiese acomodarse con España. El último esfuerzo británico de apartar a España de la guerra fue la oferta de Gibraltar por el Comodoro Johnson, jefe de la escuadra británica en Lisboa en 1779.

Las colonias americanas sin recursos, sin industria, sin fuerza naval considerable, poco y mal armadas se dieron cuenta que una mera dimensión local del conflicto les era insostenible frente a Inglaterra. El imprescindible teatro europeo fue posible gracias a algunas de las mentes más valiosas de Norteamérica que lo entendieron así y se desplazaron al viejo continente para que el conflicto fuera global.

Batallas decisivas

Por eso en Europa se libraron algunas de las más decisivas batallas de aquella guerra: la guerra económica que tanto debe a España, Francia y Holanda y que desbordó la capacidad financiera del Reino Unido, la de los mares europeos y las plazas de Gibraltar y Mahón. Aquellas fueron algunas de las batallas más sangrientas, duras y costosas de toda la guerra de independencia de Estados Unidos. Batallas invisibles ahora en los libros de historia pero no lo vivieron así los norteamericanos de aquella época.

De hecho, una de las apuestas estratégicas de Benjamin Franklin fue crear una armada de corsarios desde Europa para enfrentar al comercio y los suministros británicos. Varios de aquellos buques corsarios norteamericanos, y con el protagonismo del gran John Paul Jones, padre de la marina de ese país, concebían la lucha por Gibraltar como parte fundamental de la guerra común. No sólo actuaron cerca del Estrecho sino que Jones, además de dificultar el abastecimiento de la plaza, concibió e intentó interrumpir los movimientos de la flota inglesa del báltico por su directa conexión con los abastos a Gibraltar, afirmando que, de haber sido respaldado por el intermediario francés Chaumont, «la bandera española ondearía rampante en Gibraltar». Todo ello, por supuesto, bajo la supervisión y dirección de Benjamin Franklin. El asalto de Gibraltar y Mahón obligó a Gran Bretaña a destinar una inmensa cantidad de recursos económicos y militares para mantener ambas plazas. Cualquiera de las tres expediciones para abastecer Gibraltar por Inglaterra podría haber desequilibrado el balance de fuerzas en América septentrional, impedido la derrota de Yorktown o asegurado el control para Inglaterra del territorio de Nueva York hasta Canadá.

Incapacidad de Inglaterra

El historiador británico Piers Mackesy no dudó de que fue la incapacidad de Inglaterra de dominar el mar lo que posibilitó la independencia. En ese sentido, Gibraltar desvió la atención de recursos que podrían haber permitido el dominio del mar por Inglaterra y que habrían permitido que incluso el general Clinton se enfrentase con éxito a Washington impidiendo que la batalla de Yorktown se hubiera sucedido.

En Gibraltar combatieron más ingleses que en la batalla de Saratoga y casi los mismos que en la de Yorktown. Los costes de mantener la defensa de la plaza fueron ingentes, y hay que tenerlo en cuenta cuando la batalla de Yorktown nunca habría sucedido sin que España no hubiera financiado en esa ocasión a las tropas francesas y a las propias americanas y, desde luego, a la propia flota francesa.

En la pugna por Gibraltar son muchas las expresiones de respaldo de George Washington, Thomas Payne, el mismísimo Benjamin Franklin, el admirable John Adams, incluso su esposa Abigail… Confiaban en que la toma de Gibraltar acabaría definitivamente con la guerra.

Sin embargo, España no consiguió la toma de Gibraltar y la dura negociación por la paz exigió, por su parte, el sacrificio de la exigencia de Gibraltar. La batalla que se perdió para España sirvió para ganar la guerra para los Estados Unidos.


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  • El San José se terminó de construir en 1698 y fue uno de los últimos grandes galeones españoles. El 8 de junio de 1708 fue hundido en la batalla de Barú, cerca de Cartagena de Indias. Por Frank Ochmann y Jan Christoph

El galeón se enfrentó a su destino un 8 de junio de 1708. El buque, de tres mástiles, era la nave capitana de una flota de 17 navíos que navegaba hacia Cartagena de Indias. Una vez allí, debía hacer reparaciones, embarcar provisiones y, según el plan previsto, poner proa a La Habana. Y desde allí, por fin, rumbo a casa.

Se terminó de construir en 1698 y fue uno de los últimos grandes galeones españoles. El 8 de junio de 1708, fue hundido en la batalla de Barú, cerca de Cartagena de Indias

El capitán general de la flota, don José Fernández de Santillán, lleno de dudas, había levado anclas desde Portobelo. Hasta este importante puerto de Panamá habían llegado rumores de que barcos enemigos patrullaban la zona. Buques ingleses y holandeses jugaban al gato y el ratón con las flotas españolas para hacerse con su botín. Las travesías americanas se habían vuelto especialmente peligrosas con la llegada al trono de España de Felipe V, de la dinastía de los Borbones, y el estallido de la guerra de Sucesión.

Cada flota iba encabezada por dos galeones reales fuertemente armados, una capitan,  con el capitán general de la flota, y una almiranta, con su segundo al mando. a estos se sumaban otra serie de galeones y pequeños barcos de escolta para proteger a los mercantes. Las flotas de mayor tamaño llegaban a reunir más de 50 embarcaciones, aunque en le época del San José apenas llegaban a 20

José Fernández de Santillán, nombrado conde de Casa Alegre por sus servicios militares, sopesó los riesgos. Era un hombre experimentado. Sin embargo, y a pesar de tener más de 70 años, era la primera vez que comandaba la Flota de Indias. Sabía del atractivo del barco para sus enemigos. Solo los impuestos recaudados por la Corona que llevaba en sus bodegas ascendían a 1.551.609 pesos y 7 reales. Y no era ni mucho menos el valor total de su tesoro tan esperado en casa, al otro lado del mar.

La España de aquella época era inconcebiblemente rica pero estaba en bancarrota. Los tesoros de las Indias les venían muy bien a los apurados monarcas. La metrópoli dependía completamente de sus virreinatos, sin que las toneladas de riquezas enviadas al otro lado del océano aliviaran la situación. Como dijo un embajador veneciano de la época, el oro del Nuevo Mundo resbalaba por España como el agua por un tejado; apenas cae, se desliza y se pierde. Además, aquella lluvia de oro no era del todo fiable.

Aquel año en que se cargó el San José en Portobelo, hacía ya 12 que no se celebraba ninguna feria en la ciudad por culpa de la amenaza de las flotas inglesas y de toda suerte de piratas. En los mercados de Portobelo confluían las mercancías procedentes de todas las provincias sudamericanas. Pero en esos 12 años ni una sola flota había llegado a la metrópoli. Por lo tanto, con el San José también navegaban las esperanzas de España.

La historiadora Carla Phillips ha reconstruido al detalle esa última singladura. No ha sido tarea sencilla, ya que, por su excelente conocimiento de las aguas locales, los españoles apenas anotaban posiciones exactas. Los ingleses, por su parte, se equivocaban con los nombres españoles de barcos y accidentes geográficos, de tal manera que en la actualidad muchas veces no cabe sino interpretar los informes.

Las rutas comerciales españolas eran arterias vitales que conectaban las Indias con la metrópolis. Aprovechando las corrientes marinas, unían Cádiz con Veracruz, en Nueva España, o con los puertos de Portobelo y Cartagena de Indias, en la llamada Tierra Firme. Para su regreso, los barcos se concentraban en La Habana (Cuba)

En cualquier caso, el puerto de Cartagena de Indias debía de estar ya casi a la vista de la flota española cuando Fernández de Santillán se topó con la flotilla comandada por Charles Wager. Los ingleses llevaban tres meses patrullando la zona con cuatro barcos. Y por fin había llegado la hora. Fernández de Santillán confió en poder alcanzar Cartagena antes de que los ingleses le dieran alcance. Quizá lo habría conseguido si la tarde anterior no hubiese ordenado echar el ancla a unos 80 kilómetros al suroeste, para dar así tiempo a que los barcos más lentos pudieran reintegrarse a la flota, una medida razonable pero letal.

A las ocho o nueve de la mañana del día siguiente, los españoles avistaron cuatro velas en el horizonte los buques de Wager. Fernández de Santillán ordenó que todos sus mercantes se situaran por detrás de los galeones. Es probable que a esas alturas ya contaran con que la batalla fuera inevitable. No obstante, no renunció a alcanzar el puerto de Cartagena hasta que, en torno a las cinco de la tarde, el viento roló y dejó de serles favorable. El comandante español cambió de estrategia y dirigió el San José directamente hacia los ingleses.

Los cañones rugieron durante horas. Un mercader embarcado en uno de los buques de escolta describió el combate. “Las andanas se sucedían, cuenta, a veces tan rápido “que las balas de cañón se cruzaban en el aire”. Al cabo de un tiempo, cuando empezaba a oscurecer, sucedió la catástrofe. Aparecieron llamaradas a bordo del San José. Todo apunta a que venían de la santabárbara. Lenguas de fuego salían por las troneras de los cañones. Maderos ardientes llovían del cielo. Poco después, todo concluyó”.

El capitán de uno de los barcos españoles cuenta: “Cuando el humo se dispersó, busqué a la capitana donde debía haberse encontrado. Pero no vi más que los faroles en la banda de sotavento de los tres buques enemigos”. El San José arrastró a las profundidades a casi toda su tripulación y un tesoro de leyenda.


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  • La llegada de los castellanos a un nuevo continente y los territorios italianos en la órbita aragonesa desde la Edad Media sentaron las bases para la creación de un gran imperio hispánico en tiempos de los Reyes Católicos
 La muerte de general Wolfe (1771), en las Llanuras de Abraham, cerca de Quebec (Benjamin West).

La muerte de general Wolfe (1771), en las Llanuras de Abraham, cerca de Quebec (Benjamin West).

El Imperio español, cuyo tiempo de vida se suele ubicar entre 1492 (año del Descubrimiento de América) y 1898 (año en el que el país pierde sus últimos territorios de ultramar), no tuvo nunca forma política de imperio ni tuvo a un emperador en el sentido estricto de la palabra. Si bien Carlos I fue emperador del Sacro Imperio Romano, Felipe II no pudo obtener este título, a pesar de que su poder y la extensión de su territorio fue incluso mayor que el de su hijo. ¿Se puede hablar de un imperio sin que haya un emperador? Para la RAE, un imperio también es «una potencia hegemónica y su zona de influencia».

Según los términos planteados por Thomas J. Dandelet en su análisis «La Roma española», el Imperio español entraría en la categoría de imperio informal, es decir, aquel que no ejerce un dominio ni político ni militar. Un imperio formado por territorios con sus propias estructuras institucionales y ordenamientos jurídicos, diferentes y particulares, que se hallaban gobernados por los monarcas españoles de la Casa de Austria o por sus representantes. En tanto, su músculo era esencialmente territorial. De ahí que por extensión esté incluido entre los cuatro mayores de la historia:

1. El Imperio británico (segunda etapa tras las pérdida de las 13 Colonias): 31 millones de kilómetros cuadrados.

2. El Imperio mongol: 24 millones de kilómetros cuadrados (mediados del siglo XIII).

3. El Imperio ruso: 23 millones de kilómetros cuadrados en 1913.

4. El Imperio español: 20 millones de kilómetros cuadrados (en torno a 1750).

Como explica en su libro «Imperiofobia y Leyenda Negra» (Siruela) María Elvira Roca Barea, detrás de estos cuatro imperios vendría el Imperio Maurya, el Imperio aqueménida, el Imperio chino de la dinastía Qing (1650), el Imperio chino de la dinastía Yuan (1270), el segundo Imperio colonial francés (1880), el Imperio abasida (siglos VIII-XI), el Imperio chino de la dinastía Tang (siglos VII-X), el Califato Omeya (661-750); el Imperio portugués, el Imperio Rashidum (632), el Imperio brasileño; el Primer Imperio colonial francés; el Imperio japonés (1938); el Imperio chino de la dinastía Ming (siglo XV); el Imperio chino de la dinastía Han (200 a.C.), el Imperio romano con una extensión máxima de 6,5 millones de kilómetros cuadrados en tiempos de Trajano, el Imperio de Alejandro Magno con 5,2 millones de kilómetros cuadrados y el Imperio otomano con 5 millones de kilómetros cuadrados en 1683.

*La propia María Elvira Roca Barea avisa que según las fuentes consultadas la lista puede ser diferente.

Los orígenes del Imperio español

La llegada de los castellanos a un nuevo continente en 1492 y los territorios italianos en la órbita aragonesa desde la Edad Media sentaron las bases para la creación de un gran imperio hispánico en tiempos de los Reyes Católicos. Su nieto, Carlos I de España y V de Alemania, aunó desde muy joven un enorme número de coronas y territorios sobre su cabeza. La prematura muerte de su padre, Felipe I de Castilla, le entregó desde la tierna infancia los títulos de la Casa de Borgoña, es decir, los que Carlos «El Temerario» había conquistado por las armas a costa de Francia en todos los territorios que hoy ocupan los Países Bajos. A la muerte de su abuelo materno, y ante la incapacidad de su madre, Juana «La Loca», el joven Carlos recibió los títulos de Rey de Castilla, que incluían la Corona de Navarra y las Indias, y de Rey de la Corona de Aragón, que extendía su poder por Nápoles, Cerdeña y Sicilia. Además, sus victorias en Italia sobre Francisco I de Francia reportaron al imperio de Carlos el Ducado de Milán.

La preeminencia de los reinos hispánicos en esta entidad política estuvo justificada en la dependencia que tenían la dinastía de los Austrias del dinero y las tropas castellanas. No obstante, el trozo más grande del pastel europeo le llegó a Carlos de Habsburgo con el título de emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, que obtuvo gracias en parte al oro castellano, en 1520, imponiéndose sobre la candidatura de Francisco I de Francia y Enrique VIII de Inglaterra. El futuro Emperador Carlos V tenía derechos legítimos porque su abuelo era el anterior titular, pero aún así debió imponerse a golpe de ducados, con oro castellano y de banqueros alemanes, en la asamblea de electos alemanes. Ser Emperador del Sacro Imperio Romano suponía reinar sobre la actual Alemania y Austria (el título de archiduque de Austria le otorga esta responsabilidad), aunque era algo más nominal que práctico, puesto que cada parte del imperio se regía por sus propias leyes y a penas había instrumentos políticos que funcionaran en todo el territorio.

Su heredero, Felipe II, no recibió la Corona del Sacro Imperio Germánico, que fue a parar al hermano de Carlos, el «español» Fernando, pero formó su propio imperio europeo al sumar Portugal a los territorios italianos y flamencos de su padre. Si bien durante los reinados de Felipe II, Felipe III y Felipe IV se alcanzó la máxima extensión de territorio controlado por la Casa de los Austrias (unos 31 millones de kilómetros cuadrados), hay que matizar que Portugal y sus posesiones se mantuvieron celosamente separadas de las hispánicas. El Rey hacía cumplir su voluntad en Lisboa a través de un gobernador o un virrey, que solían rodearse convenientemente de funcionarios locales. Los oficios públicos se reservaban para los súbditos portugueses tanto en la metrópoli como en su territorios ultramarinos.

Por su parte, la cifra de los 20 millones de kilómetros cuadrados recogida por María Elvira Roca Barea hace probablemente referencia al mapa mundial dejado tras el Tratado de Madrid, firmado por Fernando VI de España y Juan V de Portugal el 13 de enero de 1750, para certificar oficialmente la muerte del de Tordesillas y definir los límites entre las respectivas colonias portuguesas y españolas en América del Sur.


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  • Las celebraciones en las que se basa esta jornada son las Lupercales («la fiesta de la licencia sexual») y el día en honor de la diosa Juno Februata

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Ni amor, ni pequeños angelitos capaces de volar y de lanzar flechas para entrelazar el destino de dos tortolitos. El origen del Día de San Valentín poco tiene que ver con lo que, a día de hoy, se celebra el 14 de febrero. Por el contrario, esta fiesta en honor a los enamorados se basa en las Lupercales, un festival de depravación y sexo salvaje que se llevaba a cabo en la Antigua Roma con varios objetivos. Entre ellos, lograr que los jóvenes se iniciaran en la sexualidad y perdieran el miedo a mantener relaciones entre sí. La celebración era tan bárbara e imposible de erradicar que la Iglesia se vio obligada a sustituirla por el actual día de los enamorados en el siglo V.

Con todo, esta es solo una de las teorías existentes sobre el origen de San Valentín. Algunas fuentes creen que también se basa en otra fiesta pagana que se quería «cristianizar»: la que se hacía en honor de Juno Februata. El autor John M. Flader afirma en su obra «Tiempos de preguntar. 150 cuestiones sobre la Fe Católica» que, en la Antigua Roma, existía la costumbre de honrar a esta deidad introduciendo los nombres de las jóvenes de la ciudad en una caja. Cada uno de ellos era extraído por un chico y la pareja resultante quedaba unida a nivel sexual. Nuevamente, lo pecaminoso de la celebración hizo que fuera modificada. «Al final, se sustituyeron los nombres de las chicas por los de los santos», afirma el autor.

Lupercales: barbarie y golpes en Roma

Las Lupercales, según la mayoría de los expertos, eran unas fiestas celebradas en la Antigua Roma que incluían varios ritos para que los adolescentes se iniciaran en las relaciones sexuales. Con todo, y según explica el autor Jean-Noël Robert en su obra «Eros romano: sexo y moral en la antigua Roma», el origen de esta celebración ya se consideraba entonces mitológico. «Se trataba de una de las ceremonias más arcaicas, ya que numerosos especialistas coinciden en decir que se remontaba a los tiempos del caos, mucho antes de la fundación de Roma, en la que sin duda se hacían sacrificios humanos», señala.

Oficialmente, la fiesta se celebraba en la misma gruta (la Lupercal) en la que se creía que una loba había amamantado a los fundadores de Roma (Rómulo y Remo) después de que estos hubieran sido abandonados en el río por su familia.

El escritor Carlos Goñi relata en «Una de romanos: un paseo por la historia de Roma», este curioso episodio: «Marte, el flagrante dios de la guerra, amó en secreto a [una joven], quien concibió dos mellizos. Cuando naciero, [el tio de la chica, Atulio] introdujo a los pequeños en una cesta y los hechó al Tíber, convencido de que morirían. Sin embargo, la cesta vino a parar a un remanso del río. Los niños empezaron a llorar y la loba los descubrió. El animal los amamantó en una gruta al sur del Palatino, llamada Lupercal».

Desde aquella gruta se iniciaban las Lupercales de manos de un sacerdote. Este era el encargado en primer lugar de sacrificar un carnero en honor a Fauno (el dios de la naturaleza). Lo hacía con el mismo cuchillo con el que, posteriormente, embadurnaba la cara de dos «lupercos» o «luperci» (los jóvenes que debían pasar por aquel ritual).

Mientras corrían, los «lupercos» iban dando latigazos a todo aquel que se ubicaba frente a ellos

«Después, secaba los restos de sangre con vellón de lana mojado en leche; en este punto los dos muchachos debían prorrumpir en risas», explica el autor de «Eros romano». ¿Por qué esta reacción? Al parecer, porque de esta forma emulaban la victoria de la vida sobre la muerte. La «resurrección» por la que, en definitiva, habían pasado los fundadores de la ciudad tras verse abandonados y haber sido recogidos por el animal.Una vez que habían sido ungidos por el sacerdote, estos dos jóvenes (que casi siempre iban desnudos, o ataviados únicamente con taparrabos fabricados con la piel de los animales sacrificados) salían de la gruta. El ritual no acababa en este punto, sino que iniciaban una carrera desquiciada a través de Roma por un itinerario previamente planeado. Un trayecto que llevaban a cabo mientras proferían obscenidades. Mientras corrían, los «lupercos» iban dando latigazos -con una correa fabricada también con los restos del carnero- a todo aquel que, voluntariamente, se ubicaba frente a ellos.

El principal objetivo eran, no obstante, las mujeres en edad de ser madres. «La opinión en que estaban las mujeres era que estos latigazos contribuían a su fecundidad, o a su feliz libertad», se explica en el «Diccionario Universal de Mitología». Las chicas, de hecho, consideraban todo un honor que los «lupercos» les diesen un correazo, pues era una forma de que los dioses les asegurasen un retoño. Los hombres zurrados, por el contrario, entendían que aquellos golpes les purificaban y les permitían entrar «limpios» en el nuevo año (que comenzaba entonces en marzo). Es decir, que llevarse una marca a casa era símbolo de buena suerte.

A pesar de todo, los autores le atribuyen varios significados a esta fiesta. Robert señala, por ejemplo, que mediante aquella carrera la «ciudad revivía sus primeros momentos, aquellos en que había pasado de la barbarie y el caos a la civilización, a una nueva vida». Otros tantos son partidarios, por el contrario, de que la ceremonia era principalmente un rito de iniciación entre los más jóvenes. El autor Pierre Jacomet es uno de ellos. El escritor afirma en una de sus obras que aquellas eran «ceremonias destinadas a alejar el miedo a la sexualidad, el temor de ser incapaz, el terror a no poder cumplir con el ritual de la fertilidad, que es la cópula, a perder la calidad de ciudadano del mundo».

¿Qué sucedía después de la carrera? Las teorías son varias. Algunos autores como Jon Juaristi explican en «El bosque originario» que las Lupercales podrían incluir «ritos orgiásticos como la prostitución propiciatoria de las pastoras». Robert, por su parte, añade que ese día también se celebraban otros tantos rituales como «el sacrificio de un perro», una invocación a Juno, o un banquete».

La confusión con Juno Februata

Pero San Valentín no solo podría tener su origen en las Lupercales. Como ya se ha señalado anteriormente, también sería posible que se basara en la fiesta que los romanos celebraban en honor de Juno Februata (la diosa de las purificaciones, según se explica en «Panlexico, vocabulario de la fabula»). No obstante, existe cierta controversia en torno a esta festividad. Algunos autores afirman que era una celebración situada el día 14, mientras que otros la ubican el 15 y, algunos más, llegan a señalar que se celebraba entre el 13 y el 15.

La controversia en torno a esta ella es total. Determinados historiadores señalan que realmente se correspondían con las «februales», unas celebraciones que duraban casi medio mes y que se llevaban a cabo en febrero. Las mismas en las que se detenía el culto al resto de divinidades (pues sus templos se cerraban) y, curiosamente, los matrimonios estaban prohibidos.

Las teorías sobre cómo se celebraban las fiestas en honor de Juno Februata son también varias. Algunos autores afirman que en ellas se llevaban a cabo sacrificios mientras los presentes portaban antorchas. Otros escritores como Flaver son partidarios de que, en base a las fuentes clásicas, se festejaban de una forma mucho más romántica: «Existía la antigua costumbre de que el 15 de febrero los chicos escribieran los nombres de las chicas en honor de la diosa Juno Februata».

También se cree que, posteriormente, las «papeletas» (por así llamarlas) eran guardadas en una caja y cada joven extraía una. Esa sería su pareja sexual, y con ella llevaría a cabo sus fantasías más perversas. «Para cristianizar dicha costumbre, se sustituyeron los nombres de las chicas por los de los santos», completa el experto. El historiador del XVIII Alban Butler es en quien se basa principalmente este experto, el cual es secundado por otros posteriores como Jack Oruch.

Cristianización

La brutalidad de las Lupercales, así como la necesidad de cristianizar la fiesta ante la imposibilidad de que la olvidasen los ciudadanos, provocó que -allá por el siglo V- la Iglesia tomara cartas en el asunto. Así lo afirma el periodista e historiador Jesús Hernández (autor del blog «¡Es la guerra!») en su obra homónima: «La fiesta de San Valentín fue instaurada en el año 498 por el papa Gelasio I, probablemente en un intento de eliminar la efeméride pagana de las Lupercales, que se celebraban el 15 de febrero. Un festejo relacionado con el amor y la reproducción».

En palabras de este autor, se eligió sustituirla por San Valentín en base a que este religioso desafió a Roma en el siglo III en nombre del amor. Por entonces, el emperador romano Claudio II Gótico (214-270 d.C.) consideraba que «los soldados que estaban casados pecaban de conservadores en el campo de batalla, en unos momentos en los que las fronteras se veían acosadas por alamanes y vándalos».

«Los soldados que estaban casados pecaban de conservadores en el campo de batalla»

El político, que de tonto no tenía un pelo, decidió que lo mejor para que sus legionarios se dejasen la vida y derrochasen valor en el frente era prohibirles contraer matrimonio. Si nadie les esperaba en su hogar, no tendrían reparos en batirse a pilum y gladius.«San Valentín era entonces el obispo de la ciudad de Iteramna (hoy Terni, en Italia), y se avenía a celebrar en secreto las bodas de aquellos soldados que no querían cumplir esa orden del emperador», añade Hernández.

Como era de esperar, al ser descubierto fue apresado por el líder, quien le decapitó el 14 de febrero del año 269. «Se cree que fue enterrado en la Vía Flaminia, a las afueras de Roma, lo que hizo que durante la Edad Media la Puerta Flamina fuese conocida como Puerta de San Valentín», completa el historiador y periodista. En todo caso, la veracidad sobre la biografía del santo hizo que la Iglesia Católica eliminara esta festividad del calendario en el año 1969.

Con todo, existe otra versión sobre esta historia. Según desvela el dossier «El día de San Valentín» (editado por la Consejería de educación en el Reino Unido e Irlanda), Valentino era, allá por el siglo III, un cristiano que continuó practicando su religión a pesar de la prohibición romana. Sus principios le llevaron a la cárcel, donde uno de los guardias le pidió que diese clases a su hija ciega. Tras varias jornadas a su lado, la pequeña recuperó la vista y se convirtió al cristianismo al entender que era la fe verdadera.

«Añade la leyenda que la víspera de la ejecución, Valentino envió una última nota a la niña pidiéndole que se mantuviera en la fe. La nota iba firmada: “de tu Valentino”. Al día siguiente, 14 de febrero, Valentino fue ejecutado. Sus restos se conservan en la Basílica de su mismo nombre, en Terni, donde cada año, el 14 de febrero, las parejas que van a casarse celebran un acto en honor del Santo», se señala en el informe.


El Mundo

  • Surge una nueva teoría que señala a China como el artífice de la primera globalización
Óleo que representa el ataque inglés a la ruta del galeón de Manila, nombre que recibieron durante más de dos siglos los barcos y el tramo que conectaba Oriente y Occidente. J. CLEVELEY EL JOVEN

Óleo que representa el ataque inglés a la ruta del galeón de Manila, nombre que recibieron durante más de dos siglos los barcos y el tramo que conectaba Oriente y Occidente. J. CLEVELEY EL JOVEN

Cuando hace unos días el presidente chino, Xi Jinping, tomó la tribuna del Foro Económico Mundial en Davos, más de uno se sorprendió al oírle pronunciar un encendido alegato a favor de la globalización y del libre comercio. Pero aunque a muchos sus palabras les sonaron contradictorias, China lleva siglos siendo uno de los protagonistas principales del comercio internacional, y hay expertos que consideran al país asiático -junto a la España e Hispanoamérica del siglo XVI- el artífice de la primera globalización de la Historia.

Es el caso del estadounidense Peter Gordon y el español Juan José Morales, autores del reciente libro La Ruta de la Plata (Ed. Penguin). En sus páginas, los autores rebaten la narrativa histórica dominante que desde la Revolución Industrial encumbra a las naciones anglosajonas como artífices de la globalización, y retrotraen la aparición de este fenómeno más de dos siglos, a una época en la que España y Portugal dominaban los mares y China era la mayor economía del planeta.

Para ellos, hay una fecha clave: 1565, año que en que el fraile y marino Andrés de Urdaneta descubrió y documentó la ruta de vuelta desde Manila (Filipinas) a Acapulco (Nueva España), un tornaviaje que “por primera vez permitía a las embarcaciones europeas navegar el Pacífico de manera fiable en ambas direcciones”, apunta Morales a Mercados.

En una década, esta ruta y los barcos que la surcaban pasó a conocerse como el galeón de Manila, una vía que durante los siguientes 250 años sirvió para conectar Oriente y Occidente e intercambiar conocimientos y mercancías -seda y porcelanas chinas y especias, algodón o marfil del Sudeste Asiático- por plata americana, hasta un tercio de la extraída en las colonias españolas.

Una vez al año, un galeón iba de Manila a Acapulco con esas mercancías, que luego eran trasladadas al puerto de Veracruz, en el mar Caribe, para ser embarcadas en la Flota de Indias rumbo a Sevilla o Cádiz. En contrapartida, otra nao hacía el camino inverso repleto de plata y productos como vino o aceite. En total, 15.000 millas que conectaban Asia con Europa a través de las Américas, la ruta comercial más larga de la historia hasta entonces.

Aunque Gordon y Morales no son los primeros en defender esta teoría, sí que son pioneros en acuñar el término Ruta de la Plata para referirse a este fenómeno, un vocablo “muy definitorio, análogo a la Ruta de la Seda, pero diferente en su significado, y que cambió la economía global para siempre”, especifica el autor español, que también fue presidente de la Cámara de Comercio de España en Hong Kong durante años.

Elementos clave

Según narran, esta Ruta de la Plata ya contaba con los elementos clave de lo que hoy llamamos globalización: rutas comerciales bidireccionales de alcance mundial; la integración de los mercados financieros a través de la plata; intercambios culturales y de personas, y la existencia de la primera urbe global de la historia, una Ciudad de México precursora del Londres o Nueva York actuales. “Además, fue fundamental la aparición de la primera divisa global”, apostilla Morales. Se trataba del real de a ocho, que se empezó a acuñar en el siglo XVI y del que más tarde derivarían el dólar estadounidense, el yuan chino y el yen japonés, entre otros.

Para los autores, son muchas las lecciones que se pueden extraer de aquellos días. La primera, que una China en ascenso no necesita ni converger con Occidente ni convertirse en su enemiga, en una suerte de globalización en la que ambos bandos se integran pero permanecen apartados, tal y como sucedió en los siglos XVI y XVII. “La globalización de entonces integró a China en lo económico, pero no en lo institucional”, subraya Morales. “Lo mismo ocurre hoy. El país comercia con sus propios términos porque tiene la fuerza necesaria para ello. Hay que ser más realistas y convencernos de que, a mayor intercambio económico, China no va a ser más liberal. El modelo anglosajón, que cree que el capitalismo sirve para que arraiguen instituciones democráticas y liberales, no funciona en este caso”, agrega.

China está llamada a jugar un papel fundamental en el mundo de hoy. Más aún observando cambios recientes como el de la retirada estadounidense del TPP, iniciativas como la nueva Ruta de la Seda o la creación del Banco Asiático de Inversión e Infraestructura liderado por Pekín.

Como concluyen Gordon y Morales, lo que está por venir podría parecerse a la primera globalización vivida en el siglo XVII. Un mundo en el que China aspira a ser el jugador dominante, a través de las rutas comerciales y los mercados, más que por la fuerza, y con una relación entre un Oriente y un Occidente “que no mantienen una enemistad insalvable, sino más bien un precario equilibrio en el que cooperar y buscar ventajas”.


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  • Si unos tenían a sus particulares demonios en los suecos, los católicos los tenían en las tropas croatas, de las que se decía que usaban narices y orejas humanas para decorar sus sombreros
 Soldados asaltan una granja alemana, por Sebastian Vrancx, 1620

Soldados asaltan una granja alemana, por Sebastian Vrancx, 1620

Los horrores de la Guerra de los Treinta años marcaron profundamente a una generación de campesinos y soldados alemanes que jamás habían imaginado una violencia así. Ni siquiera en un lugar tan belicoso como era el corazón de Europa. Lo que había empezado como una guerra de carácter religioso entre nobles alemanes luteranos y católicos contra calvinistas, se transformó a lo largo de los años en un conflicto internacional –infectado de empresarios de la guerra sin escrúpulos– donde las tierras germanas se llevaron la peor parte. Llovía sobre mojado; y se quemaba lo que ya había estado en llamas.

«Vivimos como animales, comiendo cortezas y hierba. Nadie podía imaginar que fuera a ocurrirnos algo semejante. Mucha gente dice que no hay Dios», escribió una familia de campesinos de Suabia (Babiera) en la solapa de una Biblia en 1647. La catástrofe europea se inició con la confrontación del Emperador Habsburgo, Fernando II, y las fuerzas protestantes del Sacro Imperio Germánico, que aspiraban a que el Calvinismo gozara de la misma consideración que el luteranismo tenía desde la Dieta de Augsburgo. No obstante, Dinamarca, Suecia, España, Francia y la República Holanda se sumaron a la guerra en las sucesivas fases, sin que la religión fuera el único factor en juego.

El negocio de la guerra y la extorsión

Durante el conflicto –recuerda Geoffrey Parker en su libro «Historia de la guerra»– no menos de 100 empresarios militares ejercieron su actividad en Alemania en un momento determinado, cifra que pudo ascender a 300 en la década de 1630. Y no es que el resto de tropas se cuidaran más de no maltratar a la población local, pero el hecho de carecer de cualquier tipo de apego hacia la tierra que quemaban elevaba aún más la intensidad del pillaje y del saqueo. Siendo de su propiedad, los empresarios preferían evitar que sus ejércitos se perdiesen en batallas campales, por lo que las tropas pasaron la mayoría de años de conflicto sumidos en marchas, contramarchas y tareas de ocupación. Hasta entonces no había sido tan evidente que la guerra resultaba un negocio lucrativo y abierto a los emprendedores.

La extorsión de pequeñas bandas a enclaves perdidos, véase la excelente película «El último valle» (1970), se convirtió en el pan de cada día para muchas poblaciones germanas. La diferencia entre la forma de actuar de estos mercenarios y una simple pandilla de bandidos era únicamente semántica.

El prolongado enfrentamiento entre las tropas de los Habsburgo y los protestantes en los mismos lugares dejó un escenario dantesco en algunos pueblos que llegaron a perder incluso la memoria anterior a la guerra, puesto que, en palabras del período, «no quedaba nadie que recordara las cosas antes de la llegada de los suecos». Muchos muros y terraplenes medievales perdieron sus nombres primitivos y pasaron a ser llamados «murallas suecas».

Las ciudades que se hallaban en el camino de los ejército podían rendirse o bien defender las murallas, aunque ambas opciones solían acabar igual de mal para la población local. Además de las extorsiones de los soldados, los campesinos debían hacer frente a la caída de ingresos, la pérdida de cosechas y a las epidemias que venían de la mano de las matanzas. Las historias de las atrocidades sufridas se convirtieron casi en un género literario. Relata un informe oficial lo que las tropas imperiales habían hecho a su paso por Plaue, a pocos kilómetros de la ciudad de Brandeburgo, en 1639: «Los ancianos fueron torturados hasta morir, muertos a tiros, varias mujeres y muchachas violadas hasta morir, niños ahorcados, a veces incluso quemados, o atados desnudos, de modo que morían por el frío extremo».

De entre todos los ejércitos, los suecos fueron los que adquirieron una fama más siniestra en algunas regiones alemanas. Su Rey, Gustavo II Adolfo, se había tomado la guerra como una cruzada contra los católicos y los papistas, contagiando a sus tropas ese mismo fanatismo. Con el fin de sonsacar dónde habían guardado sus escasos objetos de valor, las tropas de Gustavo Adolfo inventaron la tortura llamada «el trago sueco» (Schwedentrunk), que consistía en atar a una persona en el suelo, ponerle un embudo en la boca o cuña y echar líquidos, cualquiera imaginable, hasta que la persona hablaba o moría apaleada en medio de terribles dolores ventrales.

El funcionario de aduanas del municipio alemán de Beelitz, cerca de Potsman, describe como los imperiales también recurrieron a esta técnica para obligar a un panadero en 1637 a revelar la ubicación de su dinero.

«Los ladrones y asesinos cogieron un trozo de madera y lo clavaron en la gargante de los pobres desgraciados, moviéndolo y vertiendo agua, añadiendo arena o incluso heces humanas, y torturaban lastimosamente a la gente por dinero».

Saqueo bíblico a Magdeburgo

Los católicos no iban a la zaga de los protestantes en cuanto a crueldad. Si unos tenían a sus particulares demonios en los suecos, los católicos los tenían en las tropas croatas, de las que se decía que usaban narices y orejas humanas para decorar sus sombreros. El 20 de mayo de 1631, el comandante imperial Tilly tomó la ciudad protestante de Magdeburgo y la saqueó como era habitual en la época con quien no capitulaba por propia voluntad. El saqueo derivó en una matanza de dimensiones bíblicas: 20.000 protestantes fallecieron en aquellos días. «No se veían más que cadáveres aun doblados, amontonados o estirados, desnudos; los gritos de aquellos a los que se cortaba la garganta se mezclaban con los furiosos gritos de sus asesinos», escribiría un siglo después el Rey de Prusia Federico II, también historiador y filósofo.

El saqueo de un bando era casi siempre el preámbulo del saqueo del otro. Como explica Christopher Clark en su libro «El reino de Hierro: Auge y caída de Prusia» (La Esfera de los libros, 2016), la pequeña ciudad de Lenzen, al noroeste de Berlín, sufrió el sucesivo ataque de imperiales y protestantes en el año 1638. Tras el paso imperial, que quemaron la localidad y se llevaron «cualquier cosa que los propietarios rescataban de las llamas», atacaron los suecos de modo «tan espantosa con los ciudadanos, mujeres y niños, que cosas así nunca se dijeron de los turcos». Los suecos cortaron las pantorrillas a un anciano para evitar que huyera, obligaron a personas a meterse en el agua helada, escaldaron a una matrona con agua hirviendo y ahorcaron a niños desnudos en pleno frío.

Si bien muchos relatos de atrocidades fueron producto del mito de «la furia destructiva», resulta innegable lo grave de la catástrofe demográfica. Algunos pueblos alemanes desaparecieron de la faz de la tierra y ciudades tan importantes como Potsdam y Spandau perdieron el 40% de su población. Los horrores de la prolongada guerra quedaron instaladas en la memoria colectiva de toda una generación. «Homo homini lupus», concluiría Thomas Hobbes (1588-1679).


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  • Aunque los españoles lograron abordar dos barcos holandeses que bloqueaban Manila, el comandante enemigo se valió de un ardid para recuperar uno de los bajeles y masacrar a 250 españoles del San Diego, que en la retirada había naufragado de forma absurda
 Conquistador español, Pabellón de la navegación de Sevilla

Conquistador español, Pabellón de la navegación de Sevilla

A vueltas con los samuráis y los españoles, en las últimas semanas se ha hecho viral la falacia, por enésima vez, de que los combates de Cagayán (1582) fueron la primera vez en la que las armas occidentales, españolas para más señas, se impusieron a las japonesas. Es falso. Más allá de que se trató realmente de una lucha de piratas japoneses contra filipinos, indígenas mexicanos y un puñado de españoles; hay que recordar, sobre todo, que aquella no fue la primera vez en la que los europeos y los japoneses se enfrentaron. Ni la única, ni la última… Eso sin mencionar que los portugueses habían sometido repetidas veces a auténticos samuráis entre 1560 y 1580].

Los imperios ibéricos lucharon contra samuráis y soldados japoneses de todo tipo, pero también junto a ellos. El Imperio español tuvo que aliarse con extraños amigos con tal de defender su dominio sobre el Pacífico, donde el Imperio portugués, bajo la soberanía de Felipe II, también mantenía un enorme imperio comercial y numerosos enemigos. La Corona contrató samuráis para que lucharan en nombre de España contra los holandeses y las sublevaciones chinas, si bien lo hicieron en condición de mercenarios.

A finales del siglo XVI, la llegada de comerciantes y piratas holandeses e ingleses se convirtió en la nueva amenaza predilecta a los intereses ibéricos

En Filipinas, los españoles tuvieron que enfrentarse con frecuencia a piratas chinos y japoneses, sublevaciones de la población china en estas islas y a la amenaza de que un Japón al fin unificado pusiera sus ojos en los territorios vecinos. Además, a finales del siglo XVI la llegada de comerciantes y piratas holandeses e ingleses se convirtió en la nueva amenaza predilecta a los intereses ibéricos. Como ocurriera 50 años antes con las incursiones de piratas ingleses en el Caribe, los holandeses vieron en las indefensas posesiones ibéricas en el Pacífico la mejor manera de herir al gigante contra el que las Provincias Unidas llevaban décadas combatiendo en Europa. Lo que empezó como un rebelión local en los Países Bajos había cruzado dos océanos para adquirir la categoría de guerra internacional.

La llegada de Holanda al Pacífico

Tras varias intentonas de asentarse en el Pacífico, las Provincias Unidas planearon en 1599 una expedición que, más allá de fijar nuevas rutas, perseguía como principal fin saquear y destruir los puestos ibéricos. Una escuadra de cuatro buques al mando de Oliver Van Noort partió a finales de verano para enfrentarse a un viaje infernal. En los 14 meses que tardó en llegar al Estrecho de Magallanes y dirigirse al Mar del Sur, la escuadra perdió dos barco, sufrió enfermedades, desencuentros y ataques enemigos. Pero al fin llegó contra todo pronóstico a las aguas dominadas por los dos imperios ibéricos.

Haciéndose pasar por un marino francés con autorización real, Van Noort obtuvo provisiones de los propios españoles y se le permitió llegar a las proximidades de Manila. El complicado viaje les había dejado sin los medios para atacar directamente la capital filipina, por lo que los holandeses se decidieron a, simplemente, bloquear el puerto desde la entrada de la bahía. Van Noort buscaba así hacerse con los barcos mercantes, chinos en su mayoría, que acudían a Manila a vender productos e incluso con algún galeón español repleto de plata. El bloqueo marítimo, no obstante, causó el pánico en la escasamente defendida ciudad, que ni siquiera contaba con barcos en el puerto, salvo un mercante en reparación y una pequeña fragata. Y es que la mayoría de los soldados y barcos, mercenarios japoneses incluídos, habían partido a una expedición de castigo a Mindanao, base de los piratas esclavistas llamados «moros» (musulmanes del Pacífico).

Ciertamente, ya en ese momento se conocía de tropas samuráis al servicio de España, si bien es más preciso hablar únicamente de soldados japoneses, sin especificar su categoría social. La mayor parte de las veces se encuadraban como mercenarios al mando de oficiales españoles, aunque también hubo casos de oficiales indígenas. En esta condición participaron en varias misiones de castigo contra los piratas de la zona, entre ellas una contra lo que hoy es Taiwan. Asimismo, se contaron tropas de este tipo en la desesperada defensa que los españoles de Manila organizaron contra el bloqueo de los holandeses en 1600.

La acometida española iba a ser desesperada e incluso precaria. Los dos únicos barcos que dormitaban en el puerto, el mercante (el San Diego) y la pequeña fragata (el San Bartolomé), fueron armados con 14 y 10 cañones de tierra respectivamente. No obstante, como explica el historiador Agustín Rodríguez González en un artículo publicado en octubre de 1999 en la «Revista de defensa española», el mayor problema fue encontrar soldados de calidad para embarcar en estos buques. El oidor Antonio de Morga se hizo cargo de una tropa de unos centenares de hombres, la mitad españoles, muchos filipinos, negros y, por supuesto, mercenarios japoneses. Estos samuráis de fortuna gozaban de gran prestigio en el Pacífico, pero sonaban poco amenazantes frente a la flotilla holandesa. Solo el Mauritíus, el barco principal de los holandeses, contaba con más cañones que los dos barcos españoles juntos.

El plan de los españoles era de una simplicidad absoluta: embestirían los dos barcos con el viento y las mareas favorables contra el Mauritius, sin más objetivo que romper el bloqueo y hundir el barco principal. Y así se actuó al alba del 14 de diciembre. Van Noort ordenó levar anclas al ver el ataque español, mientras que el segundo barco holandés, el débil Eeridracht, se limitó a apartarse del área de acción.

El rápido abordaje protagonizado por el San Diego dejó fuera de juego al Mauritius. Después de que los arcabuces y mosquetes españoles barrieran la cubierta, treinta hombres al mando de un alférez se hicieron con el castillo y con los estandartes enemi­gos, lo que tradicionalmente significaba que el barco había sido sometido. De hecho, cuando llegó el San Bartolomé a descargar su fuego contra el barco holandés, el grupo de abordaje tuvo que identificarse a gritos para que no abrieran fuego contra soldados amigos. «España, España; vic­toria, se han rendido», vociferaron para evitar el fuego amigo.

Los holandeses supervivientes se atrincheraron bajo cubierta y soli­citaron rendirse. Pero por alguna razón hoy desconocida, Morga cayó en un estado de postración y permitió a los holandeses pensar un plan de fuga.

Una victoria que se convirtió en tragedia

En paralelo a esta situación de impasse, el San Barto­lomé emprendió la marcha para dar caza a la Eeridracht, que in­tentaba huir desesperada­mente a bastante distancia. Aún así lo interceptaron sin que en este caso hubiera dudas de cómo proceder. El comandante de la fragata, Juan de Alcega, abordó el barco e hizo prisionero al capitán Víesmann y otros veinticinco supervivientes.

Por el contrario, Van Noort ordenó resistir a los holandeses en­cerrados (26 de ellos heridos) en el Mauritius e incluso amenazó a los que querían rendirse con hacer volar la santabárbara si se movían un centímetro. Una amenaza en consonancia con la forma de proceder kamikaze típica de los Mendigos del Mar, que preferían quemar o hacer explotar sus barcos antes que rendirlos al Imperio español. Los holandeses sabían que los españoles los iban a ajusticiar en cuanto se rindieran, porque los consideraban piratas, herejes y rebeldes. No habría juicio. No tenían una salida fácil. ¿O sí?

Cuando ya se cumplían seis horas desde el inicio del com­bate, los españoles detectaron numerosas vías de agua en el San Diego, mientras que un incendio fue declarado en el Mauritius. ¿Qué desencadenó este fuego? Pudo ser accidental, causado por la lucha o tal vez organizado por el comandante holandés. Sigue resultando un misterio; pero bastó ver una columna de humo saliendo del barco para que los españoles abandonaran en desorden la cubierta enemiga, temiéndose que se tratara de otra de esas estrategias suicidas de los holandeses.

El problema estaba en que el San Diego donde se refugiaron se iba irremediablemente a pique. Camino de la cerca­na isla Fortuna, el barco español se hundió a cien metros del Mauritius, que había sido recuperado por los holandeses. Los desesperados náufragos españoles fueron masacrados por los hombres de Van Noort, con un balance de 250 hombres cruel­mente asesina­dos. Solo se salvó un centenar en los botes, suje­tos a cualquier resto que flotara o nadando, entre ellos el propio Morga.

Los españoles habían logrado romper el bloqueo, pero a costa de graves pérdidas humanas. Van Noort regresó a Holanda con su dota­ción agotada, su buque averiado por el incendio y con dos de los palos inúti­les. El San Bartolomé tampoco pudo o quiso perseguirlo. Ellos sí habían hecho preso al Een­dracht, cuya tripulación fue ejecutada al completo una vez en Manila.

Haciendo un balance general, la expedición de Noort había resultado un desastre total y su única victoria era, si acaso, salvar la vida cuando todo parecía perdido

Haciendo un balance general, la expedición de Noort había resultado un desastre total y su única victoria era, si acaso, salvar la vida cuando todo parecía perdido. El regreso a Amster­dam fue tan terrible como el viaje de ida, fondeando allí tras tres años, el 26 de agosto de 1601, cuando solo que­daban vivos ocho tripulantes. Con todo, se convirtieron en los pri­meros holandeses en completar la vuelta al mundo.

A la travesía de Van Noort le siguió un auténtico desembarco holandés en Japón y otros territorios del Pacífico. Y serían los holandeses los que envenenaran las buenas relaciones entre los japoneses y los católicos, lo que desembocaría en la persecución de miles de cristianos en Japón. No obstante, aún en 1606 está documentada la participación de samuráis mercenarios en la sofocación de la rebelión de los sangleyeses (chinos) de Manila. En este sentido, también los holandeses imitaron posteriormente la estrategia ibérica y echaron mano de estos mercenarios.

 

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