Catal Huyuk – La Primera Ciudad de la Historia


Çatalhöyük, también conocido como Çatal Höyük, Çatal Hüyük o Catal Hüyük (del turco çatal: ‘tenedor’, y höyük: ‘túmulo’), es un antiguo asentamiento de los períodos Neolítico y Calcolítico, siendo el conjunto urbano más grande y mejor preservado de la época neolítica en el Oriente Próximo. En su apogeo este asentamiento llegó a cubrir 13 hectáreas.

Çatalhöyük está ubicado al sur de la península de Anatolia, en la planicie de Konya, cerca de la actual ciudad de Konya (antigua Iconium) y aproximadamente a 140 km del volcán Hasan Dağ, en Turquía.

Un canal del río Çarşamba fluía antiguamente entre los dos montículos que forman el yacimiento, levantado sobre terrenos de arcilla aluvial que pudieron ser favorables para una precoz agricultura. El que está situado hacia el este pudo llegar a alcanzar unos 20 metros de altura sobre la llanura en los últimos momentos de ocupación del Neolítico. El del oeste forma un elevación menor y hay también un yacimiento bizantino a unos cientos de metros hacia el este. Los asentamientos de época prehistórica fueron abandonados antes de la Edad del Bronce. En sus capas inferiores (y más antiguas) el yacimiento data de hacia mediados del VIII milenio a. C. y las más recientes hacia el 5700 a. C. Aunque, según la «Escuela de Lyon», pertenece a los períodos 4 y 5 de la prehistoria del Oriente Próximo (6600-5600 a. C.)

El desarrollo de esta civilización se interrumpió bruscamente hacia el 5700 a. C. por un gran incendio, que coció el adobe y permitió que paredes de hasta tres metros quedaran en pie. La mayor parte del asentamiento fue destruido o abandonado.

En 2012, la Unesco lo incluyó dentro de la lista del Patrimonio de la Humanidad.

Esquema conceptual de las primera civilizaciones urbanas:

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Revolución Industrial


es el proceso de evolución que conduce a una sociedad desde una economía agrícola tradicional hasta otra caracterizada por procesos de producción mecanizados para fabricar bienes a gran escala. Este proceso se produce en distintas épocas dependiendo de cada país. Para los historiadores, el término Revolución Industrial es utilizado exclusivamente para comentar los cambios producidos en Inglaterra desde finales del siglo XVIII; para referirse a su expansión hacia otros países se refieren a la industrialización o desarrollo industrial de los mismos.

Algunos autores para referirse al desarrollo capitalista en el último tercio del siglo XX, con nuevas organizaciones empresariales (trusts, holdings, cárteles), nuevas fuentes energéticas (electricidad, petróleo) y nuevos sistemas de financiación hablan de Segunda Revolución Industrial.

LA EXPERIENCIA BRITÁNICA

La primera Revolución Industrial tuvo lugar en Reino Unido a finales del siglo XVIII; supuso una profunda transformación en la economía y sociedad británicas. Los cambios más inmediatos se produjeron en los procesos de producción: qué, cómo y dónde se producía. El trabajo se trasladó de la fabricación de productos primarios a la de bienes manufacturados y servicios. El número de productos manufacturados creció de forma espectacular gracias al aumento de la eficacia técnica. En parte, el crecimiento de la productividad se produjo por la aplicación sistemática de nuevos conocimientos tecnológicos y gracias a una mayor experiencia productiva, que también favoreció la creación de grandes empresas en unas áreas geográficas reducidas. Así, la Revolución Industrial tuvo como consecuencia una mayor urbanización y, por tanto, procesos migratorios desde las zonas rurales a las zonas urbanas.

Se puede afirmar que los cambios más importantes afectaron a la organización del proceso productivo. Las fábricas aumentaron en tamaño y modificaron su estructura organizativa. En general, la producción empezó a realizarse en grandes empresas o fábricas en vez de pequeños talleres domésticos y artesanales, y aumentó la especialización laboral. Su desarrollo dependía de una utilización intensiva del capital y de las fábricas y maquinarias destinadas a aumentar la eficiencia productiva. La aparición de nuevas máquinas y herramientas de trabajo especializadas permitió que los trabajadores produjeran más bienes que antes y que la experiencia adquirida utilizando una máquina o herramienta aumentara la productividad y la tendencia hacia una mayor especialización en un proceso acumulativo.

División del trabajo en la industria La división del trabajo es un principio básico de la industrialización. En la división de trabajo, cada trabajador es asignado a un cometido diferente, o fase, en el proceso de fabricación, y como resultado, la producción total aumenta. Como muestra la ilustración, si una persona realiza las cinco fases en la fabricación de un producto puede hacer una unidad al día. Cinco trabajadores, cada uno especializado en una de las cinco fases, pueden hacer 10 unidades en el mismo tiempo.

La mayor especialización y la aplicación de bienes de capital a la producción industrial creó nuevas clases sociales en función de quien contratara y tuviera la propiedad sobre los medios de producción. Los individuos propietarios de los medios de producción en los que invertían capital propio se denominaron empresarios. Cuando invierten capital en una empresa sin participar directamente en ella se denominan capitalistas.

Como la Revolución Industrial se produjo por primera vez en Gran Bretaña, este país se convirtió durante mucho tiempo en el primer productor de bienes industriales del mundo. Durante gran parte del siglo XVIII Londres fue el centro de una compleja red comercial internacional que constituía la base de un creciente comercio exportador fomentado por la industrialización. Los mercados de exportación proporcionaban una salida para los productos textiles y de otras industrias (como la siderurgia), cuya producción aumentaba rápidamente gracias a la aplicación de nuevas tecnologías. Los datos disponibles sugieren que la tasa de crecimiento de las exportaciones británicas se incrementaron de forma considerable a partir de la década de 1780. La orientación exportadora y el aumento de la actividad comercial favorecieron aún más el desarrollo de la economía: los ingresos derivados de las exportaciones permitían a los productores británicos importar materias primas para crear productos industriales; los comerciantes que exportaban bienes adquirieron una importante experiencia que favoreció el crecimiento del comercio interior. Los beneficios generados por ese desarrollo comercial fueron invertidos en nuevas empresas, principalmente en mejora de la tecnología y de la maquinaria, aumentando de nuevo la productividad, favoreciendo la dinámica del proceso.

Fuente: aprehenderlahistoria

LA EXPANSIÓN DEL PROCESO INDUSTRIALIZADOR

Gran Bretaña no fue el único país que experimentó una Revolución Industrial. Los intentos de fechar ese desarrollo industrial en otros países están sujetos a fuertes controversias. No obstante, los estudiosos parecen estar de acuerdo en que Francia, Bélgica, Alemania y Estados Unidos experimentaron procesos parecidos a mediados del siglo XIX; en Suecia y Japón se produjo a finales del siglo; en Rusia y en Canadá a principios del siglo XX; en algunos países de Latinoamérica, Oriente Próximo, Asia central y meridional y parte de África a mediados del siglo XX.

Cada proceso de industrialización tiene características distintas en función del país y la época. Al principio, la industria británica no tenía competidores. Cuando se empezaron a industrializar otros países tuvieron que enfrentarse a la ventaja acumulada por Gran Bretaña, pero también pudieron aprovecharse de su experiencia. En cada caso, el éxito del proceso industrializador dependía del desarrollo de nuevos métodos de producción, pero también de la modificación de las técnicas utilizadas para adaptarlas a las condiciones imperantes en cada país y de la propia legislación vigente, que favoreciera la implantación de maquinaria barata gracias a una disminución de los aranceles, lo que, en ocasiones, podría perjudicar a otros sectores sociales, como los campesinos, que veían cómo sus productos debían competir con otros más baratos. Aunque la intervención pública para favorecer la industrialización fue importante en el caso británico, el papel del Estado fue mucho mayor en el caso alemán, ruso, japonés y en casi todos los países industrializados durante el siglo XX.

Por definición, la industrialización aumenta la renta per cápita nacional. También implica cambios en la distribución de la misma, en las condiciones de vida y laborales y en los valores sociales. La Revolución Industrial supuso, al principio, una reducción del poder adquisitivo de los trabajadores y una pérdida de calidad en su nivel de vida. Más tarde, se tradujo en un aumento de la calidad de vida de toda la población del país industrializado. Estos aspectos siguen siendo objeto de importantes trabajos de investigación.

Influencia mundial de la Revolución Industrial

Por Peter N. Stearns

El fenómeno económico conocido como Revolución Industrial es una de las dos transformaciones fundamentales del ámbito económico de la civilización (la otra fue la introducción de la agricultura). La industrialización tomó forma inicialmente a finales del siglo XVIII en el occidente de Europa, en particular en Gran Bretaña. Durante las primeras décadas del siglo XIX, sus rasgos distintivos se extendieron rápidamente a lugares como Francia, Alemania, Bélgica y Estados Unidos. En los primeros años del siglo XX, llega a lugares fuera de Europa y Norteamérica, especialmente a Japón. A finales del siglo XX, la industrialización o sus efectos habían alcanzado prácticamente a todos los rincones del globo.

La industrialización ha acarreado consecuencias abrumadoras. No sólo cambió radicalmente la vida laboral, sino también la vida familiar y el ocio personal. De alguna manera, redefinió los motivos por los que se tenían hijos. Incrementó claramente el poder del estado, especialmente en lo que se refiere a la producción militar. El proceso alteró incluso a sociedades que no estaban directamente inmersas en la industrialización. Las economías industriales adquirieron ventaja sobre las sociedades que seguían basándose en la agricultura, un desequilibrio que todavía afecta a las relaciones económicas mundiales.

Cualquier proceso tan arrebatador como la Revolución Industrial obliga inevitablemente a los historiadores a hacerse un montón de preguntas. El término en sí mismo ha estado siempre en discusión: ¿Es revolución una palabra adecuada para designar un proceso que dura varias décadas y que en su fase inicial no transforma la economía como un todo? (Dado el ulterior impacto del proceso, la mayoría de los historiadores dirían que sí). Por otra parte, ¿qué significa ser una sociedad industrial no sólo en términos tecnológicos sino también de valores culturales e individuales? ¿Cuáles son las dimensiones globales de la Revolución Industrial? Pero por encima de todo ¿qué lo puso en marcha, y dónde nos ha llevado?

Causas iniciales

Para empezar, es necesario definir la industrialización. La industrialización implica la mecanización de los procesos de manufacturación y una mayor importancia de las manufacturas en la economía en su totalidad. Normalmente, suele suceder en economías que han sido previamente agrícolas y a menudo incluye también importantes cambios en la producción alimentaria. Antes de la Revolución Industrial, los bienes eran mayoritariamente fabricados de forma manual, lo que a menudo requería destrezas específicas de los trabajadores. La producción de bienes estaba descentralizada, lo que otorgaba a pequeños grupos de trabajadores participación activa y control sobre su propio trabajo. Los costes sin embargo eran elevados, y el volumen de la producción relativamente bajo. La industrialización los elevó notablemente e hizo más accesibles los bienes de consumo.

Sin embargo, la industrialización no sucedió de forma instantánea. Mientras la Revolución Industrial progresaba, innovadores métodos de producción convivían con los tradicionales, creando a menudo una tensión importante entre los tradicionalistas y los defensores de la mecanización. No obstante, al final del proceso de industrialización, los nuevos métodos de trabajo y las nuevas máquinas habían triunfado plenamente. Partiendo de los centros industriales iniciales, los nuevos métodos se extendieron a otras ramas de la producción, así como al transporte (expansión de los ferrocarriles), la comunicación (invención del telégrafo) y el comercio (el nacimiento de los grandes almacenes).

Antes de examinar el impacto de la industrialización y sus dimensiones globales, debemos examinar sus causas. Comprender por qué sucedió un fenómeno histórico concreto ayuda a los historiadores a comprender la naturaleza del fenómeno y sus consecuencias posteriores. Pero ni las causas ni las consecuencias son generalmente fáciles de entender. Los historiadores deben buscar indicios razonables.

El papel que Europa desempeñaba en la economía mundial con anterioridad proporciona los primeros indicios de por qué fue allí donde primero tuvo lugar. Alrededor del año 1700, países como Gran Bretaña lograban beneficios del comercio por todo el mundo. Estos beneficios podían convertirse en capital para inversiones industriales. El comercio mundial creó también la conciencia de que los mercados mundiales eran capaces de absorber bienes manufacturados más baratos, además de aumentar los beneficios domésticos todavía más.

En Europa, los cambios en la demanda del mercado interior y en la población, fueron vitales para precipitar la Revolución Industrial. En el siglo XVIII, el consumismo crecía. La gente buscaba nuevos tipos de ropa y enseres domésticos. Este nuevo mercado estimuló a los primeros fabricantes que pronto encontraron formas de estimular aún más los gustos del público. Al mismo tiempo, el crecimiento de la producción alimentaria en Europa en el primer estadio de su transformación agrícola (especialmente el creciente cultivo de la patata, importada de América en el siglo XVI) generó un masivo crecimiento de la población. La población de Europa occidental creció entre el 50 y el 100% entre 1730 y 1800. Aquí estaba un nuevo y masivo mercado de bienes, pero también una fuente de mano de obra.

Los factores culturales y políticos fueron los causantes en parte de la Revolución Industrial. Los valores definidos por un movimiento intelectual europeo del siglo XVIII conocido como la Ilustración, especialmente la confianza en la ciencia y el aprecio por el trabajo duro y el éxito material, orientaron a los primeros inventores y fabricantes. El trabajo histórico reciente ha demostrado que tanto los intelectuales como la gente de la calle habían cambiado su visión del mundo en torno a 1750 debido a la influencia de la filosofía ilustrada. La creencia en que la naturaleza y la sociedad se podían comprender y manipular racionalmente, crearon un contexto totalmente nuevo para la producción y la tecnología. Los gobiernos, que perseguían el beneficio económico para mantener su posición diplomática y militar, promovieron también cambios que facilitaran la innovación. Animaban a que se construyeran carreteras, canales y vías de ferrocarril. Limitaron o abolieron los oficios gremiales que protegían los métodos de trabajo tradicionales. Atacaban las protestas de los trabajadores que podrían estorbar a las nuevas fábricas.

Se puede realizar un análisis más preciso de las causas y efectos en relación a la pregunta de por qué Gran Bretaña fue la pionera del nuevo crecimiento industrial. Razones importantes fueron los recursos de acero y carbón y la aceptación general de la innovación técnica en Gran Bretaña. Una vez establecida, el poder de la industria británica (la primera demostración de ello fue durante las Guerras Napoleónicas) inspiró la imitación en otras partes.

Impacto

La industrialización cambió muchos aspectos de la vida. El primer cambio claro afectó a la naturaleza de la fabricación. Como se explicaba más arriba, la Revolución Industrial se basaba en la aplicación del poder mecánico para la fabricación. Al principio este poder venía de las norias, pero la introducción de la moderna máquina de vapor en 1770 en Gran Bretaña, generó un poder mecánico mayor. Mediante bombas más potentes, las máquinas de vapor permitían excavar minas más profundas, además de incrementar de forma importante la cantidad de hulla que se podía extraer. Las máquinas de vapor pronto y pusieron en funcionamiento martillos y rodillos en el proceso de formación de metales. La productividad en la metalurgia creció mucho debido a la sustitución del tradicional carbón vegetal utilizado para fundir y refinar por la hulla y el coque más baratos. Mediante la combinación de estas mejoras técnicas la producción de acero se incrementó considerablemente. Paradójicamente, el uso generalizado de máquinas de vapor provocó una necesidad creciente de hulla y acero para construirlos e impulsarlos.

La temprana Revolución Industrial no sólo cambió la fabricación en su parte técnica, sino que introdujo una nueva organización de la industria. Estas innovaciones derivadas de la nueva maquinaria tuvieron ventajas por sí mismas. Juntos, estos cambios constituyen su impacto económico.

Primero, los trabajadores se concentraron en una fábrica. El uso del agua o la máquina de vapor precisaba que los trabajadores se agruparan en torno a una noria o una máquina. Como estaban juntos, era posible una mayor supervisión que cuando los trabajadores estaban en pequeñas tiendas o en sus casas. Además especializar a un trabajador en una pequeña tarea del proceso productivo podía hacer crecer sustancialmente la productividad. El sistema fabril también concentraba el capital al igual que a los trabajadores en unidades de un tamaño sin precedentes. Cuando el proceso productivo se producía en casa de los trabajadores, los propios trabajadores normalmente compraban el equipamiento y las viviendas, el fabricante suplió solamente el movimiento de capital para comprar los materiales en bruto y pagar los salarios iniciales. Con las nuevas máquinas y fábricas, sin embargo, era necesaria una inversión mucho mayor. En la metalurgia y la minería, por ejemplo, donde las máquinas eran especialmente costosas, se pusieron en marcha nuevas firmas mediante la participación de un cierto número de personas ricas mediante una sociedad por acciones.

La combinación de la nueva tecnología y la nueva organización tuvo inevitablemente un gran impacto sobre los antiguos métodos productivos. Los artesanos, que se basaban en los métodos y destrezas manuales, podían gozar de cierta prosperidad antes de que los nuevos métodos llegaran a su sector, pero su economía tradicional estaba condenada. Algunos de los pasajes más agonizantes de la historia industrial sucedieron durante la lucha de los artesanos entre resistir o adaptarse al nuevo sistema económico. El ludismo, la destrucción deliberada de la nueva maquinaria, era un resultado común, aunque siempre fue breve e infructuoso.

El impacto del industrialismo sobre la agricultura fue más complejo, especialmente debido a la dependencia de la Revolución Industrial de algunos cambios independientes que se produjeron al principio en la agricultura. La mejora de la producción alimentaria, por ejemplo, era necesaria por ejemplo para enviar más trabajadores a las ciudades, a las fábricas y a las minas. Los cambios sucedieron en dos fases. Desde finales del siglo XVII en adelante, los países de Europa occidental introdujeron innovaciones en la agricultura por primera vez desde la edad media. Los nuevos métodos de drenaje abrieron nuevas tierras. La ganadería mejoró. Los nuevos cultivos, especialmente la patata, hizo crecer considerablemente la producción de comidas de alto contenido calórico. El uso de cultivos nitrogenados, como el nabo, permitió que los campos fueran cultivados permanentemente, en lugar de dejarlos en barbecho una vez cada tres años. Por último, simples mejoras en los aperos, como el uso de la guadaña en lugar de la hoz para la recolección, aumentó la productividad. Estos cambios fueron suficientes para generar más alimentos, complementados por las importaciones, para liberar fuerza de trabajo para la industria.

El segundo estadio de la transformación de la agricultura comenzó en torno a 1830, como resultado de la temprana industrialización. Las nuevas máquinas, como segadoras mecánicas y arados más grandes se utilizaban en las granjas. La investigación industrial desarrolló los fertilizantes químicos. Las máquinas para procesar los alimentos, como los separadores de nata, revolucionaron la producción lechera. Lo que podría llamarse agricultura industrial se desarrolló especialmente en las extensas tierras de Norteamérica, donde los nuevos canales, vías y el barco de vapor facilitaban el comercio de bienes agrícolas. Alrededor de 1870, las exportaciones masivas de Estados Unidos, Canadá y Australia, Nueva Zelanda y Argentina proporcionaron alimentos a la Europa industrial y a sus propios centros industriales. En Europa, los estados comerciales ganaron terrenos a las granjas tradicionales, mientras en algunas zonas, como Gran Bretaña, confiaron mucho en la importación de alimentos, encontrando más beneficios en concentrarse en los nuevos sectores industriales.

Impactos sociales

Incluso más allá de los cambios en los oficios y las tradiciones rurales, la industrialización modificó gradualmente la naturaleza de la vida. Durante la primera época, más de la mitad de la población del país vivía en las ciudades. En Gran Bretaña alcanzaron este hito en 1850. Otro cambio clave afectaba a las familias. Con un trabajo que se realizaba fuera de casa, se requerían nuevas especializaciones entre los miembros de la familia. En muchas sociedades industriales, las mujeres casadas eran retiradas a menudo del mercado laboral para ocuparse del trabajo doméstico. Los niños eran utilizados en ocasiones en la industria primaria, pero con la introducción de maquinaria moderna, su trabajo ya no era necesario. Al mismo tiempo, los nuevos niveles educativos parecían útiles para crear trabajadores adultos expertos. Desde este momento, la educación, más que el trabajo, definía la infancia en las sociedades industriales.

Fuera de casa, la industrialización creó nuevas, y a menudo agudizó las divisiones sociales. La brecha entre los propietarios de las fábricas y la creciente masa de trabajadores, incapaces de mejorar sus condiciones de trabajo, aumentó. Nuevas formas de protesta, en particular huelgas y otros tipos de acción política se desarrollaron en paralelo al avance de la industrialización.

La mayoría de los historiadores está de acuerdo en que la calidad del trabajo se deterioró en muchos aspectos como resultado de la Revolución Industrial. Las presiones del ritmo más rápido y la supervisión estricta por parte de los supervisores y encargados, afectó negativamente a la calidad. En suma, trabajar fuera de casa y la creciente especialización a menudo redujeron la identificación de los trabajadores con los productos que elaboraban. Desde luego, había compensaciones. Aunque los salarios a menudo eran bajos en los primeros años de la industrialización, al final mejoraron, creando nuevas oportunidades para consumir. Un pequeño número de trabajadores podía llegar a un alto grado de especialización, incluso podían acceder a los puestos de supervisor. Avances más sustanciales sin embargo, eran infrecuentes. La mayoría de los trabajadores finalmente perdían su confianza en la satisfacción que proporcionaba el trabajo y buscaban trabajar menos horas y un mayor salario.

Pero la vida fuera del ámbito laboral no siempre mejoraba rápidamente. Las familias de clase trabajadora podían estar fuertemente unidas, pero aparecían nuevas tensiones. Muchos trabajadores descargaban sus frustraciones sobre otros miembros de la familia. Y la alegría de vivir inicialmente se deterioró con la industrialización. La presión del trabajo cortó el tiempo de ocio. Incluso en Japón, que es rico en actividades lúdicas populares, los festivales tradicionales fueron atacados por los patronos que los veían como pérdidas de tiempo. Los patronos atacaban cualquier otra actividad lúdica, como la bebida, aunque con menos éxito. Sin embargo, surgieron nuevas formas de ocio, espectáculos comerciales como los deportes profesionalizados, el teatro popular y más tarde el cine.

Industrialización mundial

La industrialización cambió el mundo. Pocos lugares escaparon a su impacto. Sin embargo, la naturaleza del impacto varía de unos lugares a otros. Comprender las consecuencias globales de la industrialización precisa que se entienda cómo fue la industrialización en cada lugar.

La industrialización al principio siempre es un fenómeno que se produce a nivel regional, no nacional, como lo demostró el gran retraso industrial de Sudamérica. Muchas zonas de Europa occidental y Estados Unidos siguieron a Gran Bretaña a principios del siglo XIX. Unas pocas regiones europeas (Suecia, los Países Bajos, el norte de Italia) no comenzaron su verdadera industrialización hasta mediados del siglo. La siguiente gran oleada de nueva industrialización, que comenzó en torno a 1880, llegó también a Rusia y Japón. Una última ronda (hasta hoy día) incluyó la rápida industrialización del resto del borde del Pacífico (concretamente Corea del Sur y Taiwan) en torno a 1960.

Varios factores configuraron la naturaleza de la industrialización en cada sitio. En Gran Bretaña, por ejemplo, la industrialización triunfó cuando dependía de inventores individuales y de compañías relativamente pequeñas. Sin embargo, comenzó a rezagarse en el clima corporativo de finales del siglo XIX. Por el contrario en Alemania avanzó cuando la industrialización provocó la creación de organizaciones mayores, estructuras organizativas más impersonales, e investigación colectiva más que artesanos hojalateros. En Alemania, el Estado estaba también más implicado en la industrialización que en Gran Bretaña.

La industrialización francesa puso el énfasis en la modernización de los productos artesanales. Esto no solamente reflejaba unas especialidades nacionales más tempranas, sino también menos adecuación de recursos en el carbón, un factor que mantuvo muy retrasada la industria pesada. Francia también tenía que presionar a los trabajadores especializados para que trabajaran según las nuevas formas, generando algunas tensiones. Los carpinteros, por ejemplo, utilizaban diseños prefabricados para hacer la carpintería rápidamente, pero como se sentían ofendidos por las adulteraciones de sus destrezas artísticas, conservaron algunos métodos manuales. La industrialización en Estados Unidos dependía de la mano de obra inmigrante. Esto explica en parte por qué los Estados Unidos, pese a su régimen político democrático, fue el pionero en una organización particularmente despiadada de los trabajadores, que culminó en la cadena de montaje. Al contrario que Alemania, en Estados Unidos se pusieron en marcha leyes que combatían los negocios demasiado grandes que incurrieran en competencia desleal, aunque el impacto de estas leyes fue desigual. Estados Unidos, con su enorme mercado, fue el pionero del nuevo estadio económico de la sociedad de consumo que ha tenido en los últimos tiempos un impacto mundial. En concreto, Estados Unidos encabezó la creación de moda popular y de entretenimientos de masas.

Las industrializaciones tardías también variaron. La industrialización rusa comenzó antes de la Revolución Rusa de 1917, pero el comunismo la aceleró considerablemente, sustituyendo la economía de mercado por la planificación estatal en el diseño de las políticas industriales. La industrialización japonesa adoptó una estrecha colaboración entre las grandes empresas y el gobierno. Japón, como todas las naciones que se han industrializado más tarde, al principio tuvieron que importar el equipamiento básico. También carecían de recursos básicos, incluido el combustible. Por eso, el estado rápidamente animó a las industrias que produjeran bienes para exportar aunque limitando las importaciones. Esta política aún afecta a Japón, pese a estar entre las mayores economías mundiales. En suma, la herencia confuciana de Japón, que pone el énfasis en la colaboración, se refleja en la forma de gestionar la industria. De hecho, a finales del siglo XX, muchos observadores señalaban que la industrialización había ganado terreno en dos contextos culturales concretos: occidental y confuciano. Sin embargo, en cada contexto los resultados eran distintos.

No obstante, hay una complicación para describir la industrialización global como sucesivas oleadas, en aquellos casos en que las sociedades están parcialmente industrializadas y no ha habido una auténtica revolución. Países como México, Brasil, India y China han llegado a una cierta producción industrial para reducir la necesidad de importar algunos bienes de consumo como la ropa y los coches. También desarrollaron industrias claves en torno a ciertos bienes para exportar, como la industria informática brasileña (una de las mayores de todo el mundo) y los sectores aeroespacial y de software informático.

El modelo de innovación y diversidad industrial sigue en vigor. El colapso del comunismo europeo a finales de la década de 1980 obligó a los gobiernos de Europa del Este a convertirse a la economía de mercado para acelerar el crecimiento industrial. Algunos que habían prosperado mucho bajo el sistema comunista se encontraron con la dureza de esta nueva forma de funcionar. De hecho, en la historia de la industrial no se había intentado un cambio de sistema económico de esta envergadura. En China, se produjo otra experiencia novedosa en 1978, cuando el país se embarcó en lo que parecía ser el primer estadio de una industrialización rápida, pero con una economía de mercado parcial combinada con un estricto y autoritario control gubernamental.

Es complejo establecer un modelo de industrialización global cuando la industrialización que ha durado décadas es tan distinta de unos lugares a otros. Algunos países, como Francia, Alemania y Estados Unidos, siguieron inmediatamente el modelo británico. Campañas comerciales, gobiernos deseosos de conseguir las ventajas de la industrialización para el ejército, y desde luego recursos naturales favorables, fueron importantes factores para su industrialización. Otras regiones quedaron muy rezagadas. Aquí las causas diferían. Algunos lugares carecían de fuentes de energía adecuadas. Muchos más eran dependientes de la economía occidental, demasiado pobres para conseguir el capital que les permitiera adquirir equipamiento industrial costoso y a menudo dependía de los capitalistas occidentales. Egipto, por ejemplo, intentó industrializarse bajo una líder reformista a principios del siglo XIX pero fue bloqueado. En lugar de eso, se convirtió en productor de materias primas (especialmente algodón) para los fabricantes occidentales. En algunos lugares, para acabar, se resistieron a la industrialización por motivos culturales. En 1870, el gobierno tradicionalista chino destruyó deliberadamente las primeras vías de tren construidas en el gigantesco país.

Las consecuencias de la industrialización son, en última instancia, globales. A principios del siglo XIX, las fábricas europeas empujaron hacia la fabricación tradicional a zonas como América Latina y la India. Al mismo tiempo, los centros industriales buscaban recursos alimentarios y materias primas, ayudando a estos sectores a expandirse en lugares como Chile y Brasil. La búsqueda de dinero mediante las exportaciones con el objetivo de comprar bienes de lujo y maquinaria de las sociedades industriales, ayudó a provocar grandes cambios en los modelos laborales en lugares como América Latina, o en 1900, África. Los bajos salarios, a menudo forzados mediante medidas coercitivas, se generalizaron.

El poderío industrial y la búsqueda de mercados y materias primas yacen tras la expansión imperialista europea del siglo XIX. Sin embargo, de forma gradual, otras sociedades copiaron la industrialización o cuando menos desarrollaron un sector industrial independiente. Gran parte de la historia del mundo en el siglo XX, recoge los esfuerzos de sociedades como la India, China, Irán o Brasil para reducir su dependencia de las importaciones y organizar una forma selectiva de exportación a través de la industria. El impacto medioambiental de la industrialización también ha sido internacional. La industrialización afectó rápidamente a la calidad del agua y del aire cerca de las fábricas. Las demandas industriales de productos agrícolas, como el caucho, provocaron la deforestación y cambios climáticos en lugares como Brasil. Estos modelos se han acelerado, mientras el crecimiento industrial se ha generalizado, creando temas de actualidad, como el calentamiento global. El impacto mundial de la industrialización, en este sentido, permanece como una historia inacabada cuando comienza el siglo XXI.

Dado el impacto global de la industrialización, es creciente la importancia de que entendamos su naturaleza y sus consecuencias. Aunque es fácil entender el impacto de la industrialización desde el nivel personal, es más difícil comprender su naturaleza a nivel global, especialmente cuando el modelo global es tan complejo. La historia proporciona un medio para llegar a comprenderlo. Comprendiendo las causas, las variaciones y las consecuencias históricas de la Revolución Industrial, podemos entender mejor nuestras circunstancias actuales y, con optimismo, diseñar mejor las industrializaciones futuras.

Acerca del autor: Peter N. Stearns es profesor de Historia en la Universidad Carnegie Mellon. Ha escrito The Industrial Revolution in World History, así como otras obras, entre las que destaca Millennium II, Century XXI: A Retrospective on the Future.

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(Infografía tomada de la revista Viva publicación del diario Clarín)

Feudalismo


Introducción

  • Origen del feudalismo
  • Características

Sociedad feudal:

  • Clases sociales
  • La nobleza feudal
  • El castillo
  • La caballería
  • Las costumbres
  • La influencia de la Iglesia
  • Decadencia del feudalismo
  • Su papel en desarrollo político

INTRODUCCIÓN

Feudalismo : sistema contractual de relaciones políticas y militares entre los miembros de la nobleza de Europa occidental durante la alta edad media. El feudalismo se caracterizó por la concesión de feudos (casi siempre en forma de tierras y trabajo) a cambio de una prestación política y militar, contrato sellado por un juramento de homenaje y fidelidad. Pero tanto el señor como el vasallo eran hombres libres. El feudalismo unía la prestación política y militar a la posesión de tierras con el propósito de preservar a la Europa medieval de su desintegración en innumerables señoríos independientes tras el hundimiento del Imperio Carolingio.

La guerra fue endémica durante toda la época feudal, pero el feudalismo no provocó esta situación; al contrario, la guerra originó el feudalismo. Tampoco el feudalismo fue responsable del colapso del Imperio Carolingio, más bien el fracaso de éste hizo necesaria la existencia del régimen feudal. El Imperio Carolingio se hundió porque estaba basado en la autoridad de una sola persona y no estaba dotado de instituciones lo suficientemente desarrolladas. La desaparición del Imperio amenazó con sumir a Europa en una situación de anarquía: cientos de señores individuales gobernaban a sus pueblos con completa independencia respecto de cualquier autoridad soberana. Los vínculos feudales devolvieron cierta unidad, dentro de la cual los señores renunciaban a parte de su libertad. Bajo la dirección de sus señores feudales, los vasallos pudieron defenderse de sus enemigos, y más tarde crear principados feudales de cierta importancia y complejidad. Una vez que el feudalismo demostró su utilidad local reyes y emperadores lo adoptaron para fortalecer sus monarquías.

Las invasiones de los siglos IX y X tuvieron importantes consecuencias políticas y culturales.

– Desde el punto de vista político, originaron el régimen feudal, debilitaron la autoridad de los reyes y robustecieron la de los jefes locales.

– Desde el punto de vista cultural provocaron un sensible retroceso, pues las luchas y la anarquía, continuadas durante dos siglos, detuvieron la restauración cultural que gradualmente se había ido desarrollando en el occidente. Sin embargo, los pueblos invasores terminaron por adoptar la religión cristiana, abandonaron sus costumbres bárbaras y organizaron reinos estables. E l cristianismo logró extenderse por las regiones del norte y del este de Europa, donde hasta entonces había imperado el paganismo.

 

Origen del feudalismo:

El feudalismo nació de la síntesis del mundo romano y de los pueblos germánicos en el marco de una sociedad agraria. La primera etapa de la formación del feudalismo se produjo en las postrimerías del Imperio romano, cuando los colonos y pequeños propietarios buscaron la protección de los grandes señores, a los que entregaban a cambio sus propiedades y prometían fidelidad.

Su núcleo inicial fue el territorio situado entre los ríos Loira y Mosa, desde donde se expandió por Alemania, el norte de Italia, la península Ibérica y más tarde el sur de Italia e Inglaterra.

El vasallaje como red de fidelidades entre los magnates y los guerreros era una institución germánica que se convirtió en la estructura básica de la sociedad feudal al desintegrarse el Imperio Carolingio (s.X). En la ceremonia de homenaje, el vasallo prometía fidelidad y la prestación de determinados servicios militares y de corte al señor a cambio de protección y, en ocasiones, era investido con un feudo (beneficio) por su señor, creándose así una estructura piramidal de soberanías presidida por el rey.

Con la desintegración del Imperio Carolingio en el siglo IX muchos personajes poderosos se esforzaron por constituir sus propios grupos de vasallos dotados de montura, a los que ofrecían beneficios a cambio de su servicio. Algunos de los hacendados más pobres se vieron obligados a aceptar el vasallaje y ceder sus tierras al señorío de los más poderosos, recibiendo a cambio los beneficios feudales. Se esperaba que los grandes señores protegieran a los vasallos de la misma forma que se esperaba que los vasallos sirvieran a sus señores.

Esta relación de carácter militar que se estableció en los siglos VIII y IX a veces es denominada feudalismo Carolingio, pero carecía aún de uno de los rasgos esenciales del feudalismo clásico desarrollado plenamente del siglo X. Fue sólo hacia el año 1000 cuando el término “feudo” comenzó a emplearse en sustitución de “beneficio” este cambio de términos refleja una evolución en la institución. A partir de este momento se aceptaba de forma unánime que las tierras entregadas al vasallo eran hereditarias, con tal de que el heredero que las recibiera fuera grato al señor y pagara un impuesto de herencia llamado “socorro”. El vasallo no sólo prestaba el obligado juramento de fidelidad a su señor, sino también un juramento especial de homenaje al señor feudal, el cual, a su vez, le investía con un feudo. De este modo, el feudalismo se convirtió en una institución tanto política como militar, basada en una relación contractual entre dos personas individuales, las cuales mantenían sus respectivos derechos sobre el feudo.

Características:

El feudalismo occidental asumía que casi toda la tierra pertenecía al príncipe soberano -bien el rey, el duque, el marqués o el conde- que la recibía “de nadie sino de Dios”. El príncipe cedía los feudos a sus barones, los cuales le rendían el obligado juramento de homenaje y fidelidad por el que prestaban su ayuda política y militar, según los términos de la cesión. Los nobles podían ceder parte de sus feudos a caballeros que le rindieran, a su vez, homenaje y fidelidad y les sirvieran de acuerdo a la extensión de las tierras concedidas. Un noble podía conservar la totalidad de sus feudos bajo su dominio personal y mantener a sus caballeros en su señorío, alimentados y armados, todo ello a costa de sufragar las prestaciones debidas a su señor a partir de su propio patrimonio. Los caballeros podían adquirir dos o más feudos y eran proclives a ceder, a su vez, parte de esas posesiones en la medida necesaria para obtener el servicio al que estaban obligados con su superior. Mediante este subenfeudamiento se creó una pirámide feudal, con el monarca en la cúspide, unos señores intermedios por debajo y un grupo de caballeros feudales para servir a la convocatoria real.

Los problemas surgían cuando un caballero aceptaba feudos de más de un señor, para lo cual se creó la institución del homenaje feudatario, que permitía al caballero proclamar a uno de sus señores como su señor feudal, al que serviría personalmente, en tanto que enviaría a sus vasallos a servir a sus otros señores.

La prestación militar era fundamental en el feudalismo. Cuando el señor era propietario de un castillo, podía exigir a sus vasallos que lo guarnecieran, en una prestación denominada `custodia del castillo’. El señor también esperaba de sus vasallos que le atendieran en su corte, con objeto de aconsejarle y de participar en juicios que afectaban a otros vasallos. Si el señor necesitaba dinero, podía esperar que sus vasallos le ofrecieran ayuda financiera. A lo largo de los siglos XII y XIII estallaron muchos conflictos entre los señores y sus vasallos por los servicios que estos últimos debían prestar.

Otro aspecto del feudalismo que requirió una regulación fue la sucesión de los feudos. Cuando éstos se hicieron hereditarios, el señor estableció un impuesto de herencia llamado `socorro’. Su cuantía fue en ocasiones motivo de conflictos.

Dado el carácter contractual de las relaciones feudales cualquier acción irregular cometida por las partes podía originar la ruptura del contrato. Cuando el vasallo no llevaba a cabo las prestaciones exigidas, el señor podía acusarle, en su corte, ante sus otros vasallos y si éstos encontraban culpable a su par, entonces el señor tenía la facultad de confiscar su feudo, que pasaba de nuevo a su control directo. Si el vasallo intentaba defender su tierra, el señor podía declararle la guerra para recuperar el control del feudo confiscado.

La sociedad feudal

CLASES SOCIALES:

La sociedad feudal estaba constituida por tres clases absolutamente distintas en sus obligaciones y en sus obligaciones y en sus costumbres: los nobles, los clérigos y los campesinos o villanos.

Los nobles tenían a su cargo las tareas guerreras; los clérigos, lo concerniente a la vida religiosa; los villanos, la labranza y las faenas manuales.

La nobleza y el clero disfrutaban de grandes privilegios y monopolizaban la propiedad de la tierra. La nobleza basaba, además, su poderío, en la fuerza militar; el clero, en su prestigio religioso y cultural.

Los villanos, en cambio, ocupaban un rango social inferior y sus obligaciones eran mucho más numerosas que sus derechos; trabajaban los grandes dominios señoriales, y en retribución de esa tierra que se les cedía para su trabajo y de la protección que se les dispensaba, debían múltiples servicios y prestaciones a sus señores.

Los villanos, (habitantes de la villa), eran todos los campesinos, pero estaban divididos en libres y siervos. Los campesinos libres podían abandonar las tierras que trabajaban y buscar hogar y protección en otro señorío, cuando así lo desearan. En cambio los siervos carecían en absoluto de libertad y no podían abandonar la gleba (tierra o heredad) en que trabajaban. Con todo, libres y siervos, los villanos no podían ser privados de sus tierras mientras cumplieran fielmente las prestaciones debidas a sus señores. Los villanos debían pagar al señor ciertos tributos, estos eran dos clases, en especie y en trabajo

LA NOBLEZA FEUDAL:

Todo poseedor de un feudo era noble, pero la mayor o menor importancia de los feudos contribuyó a establecer diversos grados en la nobleza. Los más encumbrados eran los duques, condes y marqueses, poderosos señores que sólo rendían homenaje a los reyes y de quienes dependían numerosos vasallos.

De menor jerarquía, eran los llamados en Francia barones, y en España ricos-hombres, quienes a su vez recibían el homenaje de señores de inferior categoría, poseedores de feudos más pequeños. Estos últimos constituían la pequeña nobleza y eran llamados castellanos, hidalgos o caballeros. (Como los nobles combatían a caballo, el término caballero se convirtió más adelante en sinónimo de noble.)

EL CASTILLO:

Los primeros castillos surgieron en la época de las invasiones de los siglos IX y X. En un principio fueron sencillos edificios de madera, rodeados por una sólida empalizada de estacas. A comienzos del siglo XII, la piedra sustituyó a la madera debido a los pesados proyectiles lanzados por las catapultas, nueva arma introducida en occidente a raíz de las Cruzadas.

Los castillos se construían en colinas o lugares desde los cuales la defensa era más fácil.

LA CABALLERÍA:

Las guerras entre señores feudales eran muy frecuentes, pues estos no reconocían más ley que la de la fuerza para resolver sus problemas. Las guerras señoriales causaron tremendo daño y fueron uno de los más graves males del régimen feudal. La Iglesia moderó y corrigió la rudeza de las costumbres señoriales con dos instituciones:

La tregua de Dios y la caballería.

La tregua de Dios prohibía bajo pena de excomunión guerrear en los días jueves, viernes, sábado y domingo, así como también en la fecha de las grandes festividades religiosas. También se declaraban especialmente protegidos por la Iglesia a las mujeres y a los niños. La tregua contribuyó poderosamente a humanizar las costumbres. Los jóvenes nobles recibían una educación esencialmente militar. A partir del siglo XI la Iglesia agregó a ese aprendizaje militar una preparación de orden espiritual. Esta intervención de la Iglesia engendró la institución de la caballería. Para ser reconocido caballero, el noble debía comprometerse a respetar la fe empeñada, combatir las injusticias, proteger a los débiles.

COSTUMBRES:

La vida del Señor: La caza constituía el placer favorito de aquellos hombres rudos e ignorantes, acostumbrados al manejo de las armas y a la vida activa al aire libre. La otra diversión era los torneos, justas de armas que suscitaban en los protagonistas y en los espectadores todas las emociones de la guerra. Los caballeros que intervenían en ellos combatían en duelo singular o en grupos, a caballo y utilizando la lanza y la espada.

LA INFLUENCIA DE LA IGLESIA:

La Iglesia Católica fue el más poderoso pilar de la sociedad en la época feudal. Tuvo una ingerencia ilimitada en todos los ordenes de la vida.

La unidad y la universalidad de la fe, que caracterizaron la vida medieval. Ninguna religión disputó, en efecto, al catolicismo durante la edad media el gobierno de las almas en la Europa de occidente.

El predominio cultural del clero. Este constituyó en la edad media la única clase letrada. Ser laico era estar al margen del saber. Las escuelas fueron, además anexos de las catedrales y de los monasterios y en ellas oficiaban de maestros los sacerdotes y los monjes que impartían gratuitamente los sencillos conocimientos de lectura, escritura, doctrina cristiana y canto. El monopolio cultural del clero y la eficacia de su actividad docente arraigaron, sólidamente, su autoridad y su prestigio.

La Iglesia procuro hacer del catolicismo el eje de la vida espiritual en la edad media. Para imponer obediencia a sus mandamientos disponía de dos armas poderosas, la excomunión y la interdicción.

Toda la autoridad de la iglesia no impidió, sin embargo, el surgimiento de herejías, o sea, disidencias de opinión con respecto a los dogmas católicos.

Decadencia del feudalismo:

El feudalismo alcanzó el punto culminante de su desarrollo en el siglo XIII; a partir de entonces inició su decadencia. El subenfeudamiento llegó a tal punto que los señores tuvieron problemas para obtener las prestaciones que debían recibir. Los vasallos prefirieron realizar pagos en metálico a cambio de la ayuda militar debida a sus señores, a su vez, éstos tendieron a preferir el dinero, que les permitía contratar tropas profesionales que en muchas ocasiones estaban mejor entrenadas y eran más disciplinadas que los vasallos. Además, el resurgimiento de las tácticas de infantería y la introducción de nuevas armas, como el arco y la pica, hicieron que la caballería no fuera ya un factor decisivo para la guerra.

Los monarcas, durante toda la época feudal, tenían otras fuentes de autoridad además de su señorío feudal. El renacimiento del saber clásico supuso el resurgimiento del Derecho romano, con su tradición de poderosos gobernantes y de la administración territorial. La Iglesia consideraba que los gobernantes lo eran por la gracia de Dios y estaban revestidos de un derecho sagrado. El florecimiento del comercio y de la industria dio lugar al desarrollo de las ciudades y a la aparición de una incipiente burguesía, la cual exigió a los príncipes que mantuvieran la libertad y el orden necesarios para el desarrollo de la actividad comercial. Esa población urbana también demandó un papel en el gobierno de las ciudades para mantener su riqueza. Con los impuestos que obtuvieron de las ciudades, los príncipes pudieron contratar sirvientes civiles y soldados profesionales. De este modo pudieron imponer su voluntad sobre el feudo y hacerse más independientes del servicio de sus vasallos.

La decadencia del feudalismo se aceleró en los siglos XIV y XV. Durante la guerra de los Cien Años, las caballerías francesa e inglesa combatieron duramente, pero las batallas se ganaron en gran medida por los soldados profesionales y en especial por los arqueros de a pie. Los soldados profesionales combatieron en unidades cuyos jefes habían prestado juramento de homenaje y fidelidad a un príncipe, pero con contratos no hereditarios y que normalmente tenían una duración de meses o años. Este `feudalismo bastardo’ estaba a un paso del sistema de mercenarios, que ya había triunfado en la Italia de los renacentistas.

Su papel en el desarrollo político:

La figura jurídica del feudo estaba contenida en el derecho consuetudinario de Europa occidental y en aspectos feudales como la tutela y el matrimonio, la revertibilidad y la confiscación, que continuaron en vigor después de que la prestación militar hubiera desaparecido. En Inglaterra las posesiones feudales fueron abolidas por ley en 1660, pero se prolongaron en algunas zonas de Europa hasta que el derecho consuetudinario fue sustituido por el Derecho romano, proceso concluido por el emperador Napoleón a principios del siglo XIX.


BIBLIOGRAFÍA

  • La antigüedad y la edad media (secco ellauri)
  • Enciclopedia encarta
  • Enciclopedia planeta de agostini

La Prehistoria – Mapa Conceptual


La Prehistoria es una ciencia basada en el estudio, con métodos arqueológicos, de las sociedades que han existido antes de la escritura. Los tiempos prehistóricos, por tanto, preceden a las denominadas épocas históricas, con una enorme diferencia temporal en favor de los primeros. Si con el nombre de Prehistoria se quiere indicar antes de la Historia, se intuye de inmediato que es un nombre aberrante. La Historia es la narración o el estudio de lo hecho por todos los hombres a partir del momento en que deben ser considerados como tales.

Los investigadores que durante un siglo y medio se han ocupado en la búsqueda de los testimonios de las más antiguas etapas del devenir de la Humanidad han sido conscientes de la incongruencia de tal denominación. Por ello, se inventaron otros nombres, como Paleohistoria, Etnohistoria, Paleoetnología, etc., que tuvieron poco o ningún éxito. Hay, además, una ambivalencia en el concepto; por una parte, Prehistoria indica los tiempos anteriores a lo que comunmente se llama Historia, pero por otra, designa la disciplina científica que los estudia. El nombre Prehistoria, con sus limitaciones, es ahora de uso corriente tanto en las lenguas neolatinas como en inglés, y tiene su traducción al alemán: Urgeschichte.


La Prehistoria (del latín præ: ‘antes de’, y de latín historia ‘historia’, este último préstamo del griego ιστορία: ‘historia, investigación, noticia’) es, según la definición clásica, el período de tiempo transcurrido desde la aparición de los primeros homininos, antecesores del Homo sapiens, hasta que tenemos constancia de la existencia de documentos escritos, algo que ocurrió en primer lugar en el Oriente Próximo hacia el 3300 a. C.; en el resto del planeta, posteriormente.

Según otros autores, la Prehistoria terminaría en algunas regiones del mundo antes, con la aparición de las sociedades complejas que dieron lugar a los primeros estados y civilizaciones.

Es importante señalar que, según las nuevas interpretaciones de la ciencia histórica, la prehistoria es un término carente de significado real en el sentido que fue entendido por generaciones. Si se considera a la Historia, tomando la definición de Marc Bloch, como el «acontecer humano en el tiempo», todo es Historia existiendo el ser humano, y la Prehistoria podría, forzadamente, solo entenderse como el estudio de la vida antes de la aparición del primer homínido en la tierra. Desde el punto de vista cronológico, sus límites están lejos de ser claros, pues ni la llegada del ser humano ni la invención de la escritura tienen lugar al mismo tiempo en todas las zonas del planeta.

Por otra parte, hay quienes defienden una definición de esta fase o, al menos, su separación de la Historia Antigua, en virtud de criterios económicos y sociales en lugar de cronológicos, pues éstos son más particularizadores (es decir, más ideográficos) y aquellos, más generalizadores y por tanto, más susceptibles de proporcionar una visión científica.

En ese sentido, el fin de la Prehistoria y el inicio de la Historia lo marcaría una estructuración creciente de la sociedad que provocaría una modificación sustancial del hábitat, su aglomeración enciudades, una socialización avanzada, su jerarquización, la aparición de estructuras administrativas, de la moneda y el incremento de los intercambios comerciales de larga distancia. Así, no sería muy correcto estudiar dentro del ámbito de la Prehistoria sociedades de carácter totalmente urbano como los incas y mexicas en América, el Imperio de Ghana y el Gran Zimbabue en África o losjeméres en el sudeste asiático, que solamente son identificados con este período por la ausencia de textos escritos que de ellos tenemos (los mayas han entrado hace muy poco plenamente en la Historia al haberse descifrado sus glifos, que tienen valor fonético, por lo que forman un sistema completo de escritura).

  • Amarillo-> Cazadores-Recolectores
  • Morado-> Pastores nómadas
  • Verde -> Sociedades agrícolas simples
  • Naranja -> Sociedades agrícolas complejas/jefaturas
  • Azul -> Estados

4600 millones de años de evolución


La escala temporal geológicaescala de tiempo geológico o tabla cronoestratigráfica internacional es el marco de referencia para representar los eventos de la historia de la Tierra y de la vida ordenados cronológicamente. Establece divisiones y subdivisiones de las rocas según su edad relativa y del tiempo absoluto transcurrido desde la formación de la Tierra hasta la actualidad, en una doble dimensión: estratigráfica y cronológica. Estas divisiones están basadas principalmente en los cambios faunísticos observables en el registro fósil y han podido ser datadas por métodos radiométricos. La escala resume y unifica los resultados del trabajo sobre geología histórica realizado durante varios siglos por naturalistas, geólogos, paleontólogos y otros muchos especialistas. Desde 1974 la elaboración formal de la escala se realiza por la Comisión Internacional de Estratigrafía de la Unión Internacional de Ciencias Geológicas y los cambios, tras algunos años de estudios y deliberaciones por subcomisiones específicas, han de ser ratificados en congresos mundiales.

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Criterios de elaboración

La escala está compuesta por la combinación de:

  • Unidades cronoestratigráficas (piso, serie, sistema, eratema, eonotema), que responden a conjuntos de rocas, estratificados o no, formados durante un intervalo de tiempo determinado. Se basan en las variaciones de los registros fósil (bioestratigrafía) y estratigráfico (litoestratigrafía). Son las unidades con las que se han establecido las divisiones de la escala cronoestratigráfica estándar para el Fanerozoico (y el Ediacárico del Precámbrico). Sirven de soporte material de referencia.
  • Unidades geocronológicas (edad, época, periodo, era, eón), unidades de tiempo equivalentes una a una con las cronoestratigráficas. Son la referencia temporal relativa de la escala para el Fanerozoico.
  • Unidades geocronométricas, definidas por edades absolutas (tiempo en millones de años). Son las unidades con las que se han establecido las divisiones de la escala para el Precámbrico (excepto el Ediacárico). Las dataciones absolutas que se muestran en la escala para el Fanerozoico y el Ediacárico están en revisión, y las que no tienen estratotipo de límite inferior formalizado son aproximadas, por lo que no pueden considerarse unidades geocronométricas.

La unidad básica de la escala es el piso (y su edad equivalente), definido normalmente por cambios detectados en el registro fósil y, ocasionalmente, apoyados por cambios paleomagnéticos (inversiones de polaridad del campo magnético terrestre), litológicos debidos a cambios climáticos, efectos tectónicos o subidas o bajadas del nivel del mar. Las unidades de rango superior reflejan cambios más significativos en las faunas del pasado inferidos del registro fósil (Paleozoico o Mesozoico), características litológicas de la región donde se definieron (Carbonífero, Triásico o Cretácico) y más raramente aspectos paleoclimáticos (Criogénico). Muchos nombres se refieren al lugar donde se establecieron las sucesiones estratigráficas de referencia o se estudiaron inicialmente (Pérmico o Maastrichtiense).

Para determinadas subdivisiones de la escala se usan «Inferior» y «Superior» si se hace referencia a unidades cronoestratigráficas (cuerpos de roca) o «Temprano» y «Tardío» si se hace referencia a unidades geocronológicas (tiempo). En ambos casos se añade delante el nombre de la unidad correspondiente de rango superior, como en Triásico Superior (serie) y Triásico Tardío (época).

Estandarización

Las unidades, divisones y dataciones que se presentan están basados en la Tabla cronoestratigráfica internacional (versión de 2015) elaborada por la Comisión Internacional de Estratigrafía. Con el símbolo del «clavo de oro» (el casi oficializado «golden spike») se marcan aquellas unidades cuyo límite inferior está definido formalmente en una sección estratotipo y punto de límite global (GSSP, de sus siglas en inglés). Para el Proterozoico las divisiones son estrictamente geocronométricas, definidas directamente por tiempo absoluto (en millones de años), excepto para el Ediacariense, para el que hay estratotipo de límite inferior. Los colores usados (formato RGB) son los estándares propuestos en 2006 por la Comisión del Mapa Geológico del Mundo.

La Tabla cronoestratigráfica internacional se publica oficialmente en inglés, con traducciones al chino, español, portugués, noruego, vasco, catalán, francés y japonés —hasta 2013 la única versión era en inglés.

Tradicionalmente la mayoría de los nombres de los pisos o edades se terminan con el sufijo «-iense» en España y con el sufijo «-iano» en los países de América de habla castellana, ambas formas son sinónimas y perfectamente válidas. P. ej. Aptiense o Aptiano, Priaboniense o Priaboniano.

Jinetes cosacos: las crueles ‘fuerzas de élite’ zaristas aplastadas por el terror rojo de Lenin


ABC.es

  • El 30 de octubre de 1917 (12 de noviembre atendiendo al calendario gregoriano) el derrocado Kérenski trató de recuperar el poder perdido tras la Revolución de Octubre. Lo hizo con la ayuda de unos de los guerreros mejor entrenados de la región. Sin embargo, cayó ante la fuerza de los «Guardias Rojos»

Cosacos en «La despedida», cuadro de Augusto Ferrer-Dalmau – Augusto Ferrer-Dalmau

Ni la furia de unos militares versados como los cosacos le valió a los políticos expulsados por los bolcheviques para recuperar el poder tras la Revolución de Octubre de 1917. El entrenamiento de aquellos jinetes, su armamento, las decenas de contiendas que tenían a sus espaldas… En todo ello confiaba Aleksandr Fiódorovich Kérenski, derrocado presidente del Gobierno Provisional formado en Rusia tras la abdicación del zar Nicolás II, para aplastar a los «Guardias Rojos» que le habían sacado de la poltrona el día 25 de ese mismo mes (siempre según el calendario juliano). Con todo, y a pesar de que se presentó con 700 de estos leales combatientes en las cercanías de San Petesburgo, fue derrotado por los campesinos armados leales a Trotski y Lenin. Fue una última y desesperada intentona. Y no le sirvió de nada.

Llegar a esta derrota requiere viajar en el tiempo hasta los comienzos de octubre de 1917. Por entonces, y después de la revolución de febrero y la abdicación de Nicolás II, el país era dirigido por dos organismos. El primero (el oficial) era un Gobierno Provisional liderado por un Kerenski que -en sustitución de su predecesor, Gueorgui Lvov– había prometido llevar la revolución hasta las últimas consecuencias. El segundo (no reconocido, pero con capacidad de movilización) era el de los sóviets, grupos que representaban a obreros y soldados.

Por si fuera poco, entre estos últimos grupos comenzaban a cobrar importancia los bolcheviques, un ala de izquierdas radical controlada por el exiliado Vladimir Illich (Lenin).

Aunque el poder era compartido «de facto», oficialmente era el Gobierno Provisional el que se hallaba al frente del país. En base a ello, sobre sus representantes recayó la responsabilidad de superar las dificultades económicas y afrontar el descontento generado en Rusia por la sangría de hombres y recursos que estaba suponiendo para el país la Primera Guerra Mundial. Kerenski (el mismo que posteriormente tildaría a Lenin de «criminal de estado» en uno de sus discursos más conocidos) se las prometía felices en principio. Sin embargo, sus promesas acabaron cayendo en el olvido.

«El nuevo gobierno puso pronto en evidencia su enorme incompetencia para sacar a Rusia de la guerra y para introducir las mejoras que campesinos y trabajadores habían estado exigiendo para apoyarlo», explica Rodrigo Quesada en «El siglo de los totalitarismos (1871-1991)». El historiador Tom Corfe es de la misma opinión. Así lo demuestra en su obra «Las revoluciones rusas»: «Los líderes del sóviet de Petrogrado, y de los demás sóviets de trabajadores, campesinos y soldados del país, denunciaron a Kérenski, tachándolo de débil y de poco claro; muchas fanfarronadas pero nada de acción».

En algunos sóviets, de hecho, se empezó a barruntar la posibilidad de conquistar el poder por las bravas. Y, cómo no, los bolcheviques decidieron avivar esas ideas. Así se plantó la semilla de una nueva revolución.

Revolución

El paso del tiempo solo empeoró la situación. Así lo demuestra el que, en ciudades como Petrogrado, la población tuviera que aguantar extensas colas para comprar alimentos básicos debido a la precaria situación económica. Con este clima de descontento solo era cuestión de tiempo que la situación estallase. La pregunta era quién se aprovecharía de ello. Y pronto encontró una respuesta: Lenin, quien había llegado en secreto a la urbe el mismo octubre.

Sediendo de poder y ávido de gloria revolucionaria. el líder bolchevique comenzó a urdir un levantamiento armado al grito de «La historia no nos perdonará que no tomemos el poder inmediatamente» o «Que las clases dominantes se estremezcan con la revolución comunista». A finales de mes, el plan estaba sobre la mesa y dispuesto.

«La acción comenzó a las dos de la madrugada del día 25 -7 de noviembre del calendario gregoriano- cuando Trotski envió a pequeños grupos de “Guardias Rojos” a que ocuparan los edificios gubernamentales, oficinas de correos, telégrafos, teléfonos, estaciones de ferrocarril, arsenales y depósitos de agua», explican Carlos Canales y Miguel del Rey en su obra «Tormenta Roja: La Revolución Rusa (1917-1922)». A sus órdenes no solo tenía a la bolcheviques y al pueblo descontento, sino también a una parte de los militares (muchos de los cuales habían rehusado regresar al frente en julio de 1917) y a los marineros de la flota del Báltico.

Poco después, los «Guardias Rojos» salieron a las calles para conquistar los objetivos ordenados. Otro tanto hizo la tripulación del crucero protegido «Aurora» (del lado bolchevique), la cual obligó a su comandante a llevar el bajel del río Neva, hasta el centro de la ciudad. Gracias a su ayuda, los revolucionarios pudieron expulsar a las tropas gubernamentales de los puentes cercanos e ir conquistando, de forma rápida, la ciudad. «A las diez de la mañana, Trotski anunció confiado que el Gobierno Provisional había caído, aunque los ministros todavía seguían trabajando en el Palacio de Invierno», añade Corfe.

Poco después comenzó el asedio al Palacio de Invierno, edificio al que fueron llegando poco a poco los «Guardias Rojos». En principio, las fuerzas posicionadas alrededor del mismo (principalmente cadetes) se dedicaron a desarmar a los asaltantes. Sin embargo, al final les fue imposible hacer frente a la avalancha de enemigos que cercaba la sede. Todo estaba perdido para ellos.

A las seis y media de la tarde los revolucionarios enviaron un ultimátum a los políticos ubicados en el interior del edificio y, poco después (a eso de las nueve y media), comenzó el bombardeo por parte del «Aurora». «Como no había munición real a bordo, dispararon municiones de fogueo», señala Sean McMeekin en «Nueva historia de la Revolución Rusa».

Durante la media noche se produjo el asalto final después de que una buena parte de las fuerzas gubernamentales abandonaran la defensa. Los bolcheviques accedieron posteriormente al edificio y terminaron con la unidad de mujeres que lo defendía (denominada el «Batallón de la Muerte»). «¡No toquen nada, ahora todo es propiedad del pueblo!», señalaron los comisarios. Poco pudieron hacer los miembros del gobierno, reunidos en la sala de desayuno, más allá de no oponer resistencia y marchar con calma como prisioneros hacia la fortaleza de Pedro y Pablo.

La última carta

Toda la plana mayor del gobierno fue detenida… salvo el propio Kérenski, quien logró escapar al frente. Según afirmó, para coordinar la resistencia. Su plan le salió bien a medias, pues logró reunirse con el comandante Piotr Krasnov, a quien le solicitó su ayuda para recuperar el poder.

«Tras salir de Petrogrado, el ministro presidente depuesto […] se dirigió a Gátchina, a unos 50 kilómetros al sur de la capital, donde llegó durante la tarde del 25 de octubre. Aunque la guarnición local no le brindó ningún apoyo, le permitieron proseguir su viaje hacia el norte, hacia el cuartel general de Pskov, donde pudo establecer contacto con el III cuerpo de caballería cosaca», destaca McMeekin.

La fuerza de este militar suponía un desafío para la revolución, pues contaba con un millar de cosacos. Unos jinetes descendientes de pueblos pastores nómadas que, a partir del siglo XVII, habían obtenido la fama de ser una de las mejores caballerías regulares de todo el territorio europeo.

Sus bondades (o crueldades) habían sido sufridas por el mismísimo Napoleón Bonaparte. Líder que había tenido que aguantar como decenas de estos letales soldados acababan con sus tropas mientras trataban de retirarse de Moscú. Un soldado francés escribió posteriormente las barbaridades que perpetraban: «Estos aventureros regimentados, después de despojar a los prisioneros, los llevaban casi desnudos a su campo, en donde los hacían sufrir todo tipo de males imaginables».

Leales al zarismo durante las diferentes revoluciones (aunque protagonistas también de algunos alzamientos contra gobiernos establecidos), los cosacos habían sido adoptados como una guardia de élite por los dirigentes a finales del siglo XIX.

«Los zares comprendieron que los regimientos de cosacos eran un instrumento dispuesto y contundente de seguridad interna. Mientras la policía y las tropas locales podían tener ciertas reticencias a cargar contra civiles desarmados en las calles de sus propias ciudades, los cosacos -que se consideraban como una raza militar distinta […]- no tenían tal renuencia», explica John Ure en «Los cosacos». No les fue mal en este sentido, pues se contaron por miles los revolucionarios que huyeron -en las sucesivas revueltas- de sus espadas y látigos.

Con todo, en febrero y octubre no hicieron honor a su tradicional lealtad, pues regimientos enteros no dudaron en cambiarse de bando.

La batalla final

Krasnov y Kérenski reunieron una fuerza de 700 jinetes cosacos con la que avanzaron hasta Gátchina. Su objetivo: recuperar el poder por la fuerza. Mientras el antiguo presidente enviaba telegramas a diestro y siniestro para recibir refuerzos (la mayoría fueron respondidos con una negativa) Lenin movilizó a miles de «Guardias Rojos», soldados y marineros con el objetivo de interceptarles y aplastar los posibles núcleos contrarevolucionarios.

Ambos contingentes se encontraron en las cercanías de Tsárskoie Seló el 30 de octubre de 1917. Allí se dirimió la última batalla decisiva para reinstaurar el Gobierno Provisional.

La contienda es narrada ampliamente por el profesor de historia militar Erik Durschmied en su obra «De Robespierre al Che Guevara». Según sus palabras, aquel día Krasnov contaba con unos 700 cosacos «bien entrenados y equipados con artillería de campo». Por su parte, los bolcheviques sumaban (siempre según este autor, pues las cifran varían atendiendo a las fuentes) «12.000 bayonetas en manos de obreros inexpertos, cuatro coches con ametralladoras, y dos cañones pequeños».

Al parecer, los bolcheviques fueron los primeros en atacar. Decididos, 5.000 hombres avanzaron manteniendo un fuego constante contra los jinetes. Durante esos primeros enfrentamientos lograron capturar a diez cosacos de vanguardia. «El comandante bolchevique, Pavel Dybenko, decidió forzar una victoria rápida. Los prisioneros fueron alineados a plena vista de los cosacos montados y fueron ejecutados uno tras otro», determina el experto.

Aquella crueldad provocó la ira de los jinetes, que cargaron de forma estoica contra las líneas bolcheviques, destrozaron algunos de los vehículos de los «Guardias Rojos» e hicieron estallar varias cajas de munición.

«Grupos de aterrorizados bolcheviques emprendieron la retirada, solo para morir bajo los brutales sables de los cosacos», completa el autor en su obra. Sin embargo, y a pesar de aquella pequeña victoria, Krasnov se vio obligado a retirarse por miedo a ser rodeados por los flancos y aniquilado. Así, primero retrocedió con sus hombres hasta Tsárskoie Seló y, posteriormente, a Gátchina. De nada le sirvió pelear con valentía y de forma aguerrida.

«Aunque Kérenski envió más telegramas a Pskov y Moguilov para pedir refuerzos, ya nadie escuchaba. El 31 de octubre renunció hasta Kérenski. Envió un telegrama a Petrogrado en el que comunicaba al Comité Panruso para la Salvación del País y de la Revolución que “todo movimiento [de tropas] había cesado”; pedía a todos “que tomaran las medidas necesarias para evitar inútiles derramamientos de sangre”. Con la retirada de Kérenski y el asalto al Kremlin en Moscú al día siguiente, se neutralizó, de momento, el peligro de una amenaza militar contra los bolcheviques», completa McMeekin.

La falsa leyenda negra de Junípero Serra: el ‘civilizador’ de indios español acusado de genocida


ABC.es

  • El religioso franciscano fundó nueve misiones al otro lado del Atlántico y luchó para que la sociedad nativa avanzara. Sin embargo, hace poco una estatua erigida en su honor fue decapitada en California

Recreación de una misa de Junípero Serra en el Nuevo Mundo

 

Los héroes no son solo aquellos que, espada y escudo en mano, luchan una cruenta batalla sabedores de sus escasas posibilidades de victoria. En muchas ocasiones, los ídolos no necesitan armas ni armadura. El vivo ejemplo de ello fue Junípero Serra, un fraile franciscano que -allá por el siglo XVIII- dejó atrás a su querida España y recorrió casi 10.000 kilómetros en barco hasta México para versar a los nativos en las artes, las ciencias y el comercio.

Olvidándose de su seguridad y bienestar personal, Serra fundó además nueve misiones en el Nuevo Mundo dedicadas por completo a garantizar el bienestar de los indígenas. Fue, en definitiva, un gran hombre con un enorme listado de buenas acciones. Las mismas que, allá por el año 2015, le llevaron a ser canonizado por el Papa Francisco.

La de Junípero Serra es una historia de bondad. Aunque no debían opinar lo mismo los exaltados que, hace menos de una semana, decapitaron y pintaron de rojo una estatua levantada en su honor cerca de la Antigua Misión de Santa Bárbara.

Por desgracia, este denigrante asalto no ha sido una excepción. El pasado 23 de agosto, por ejemplo, fue también atacada una efigie del religioso ubicada en la ciudad de Los Ángeles (California). Otro tanto ocurrió en 2015 cuando, pocas jornadas después de que nuestro protagonista fuese canonizado, unos vándalos derribaron varias de sus esculturas y pintaron sobre su lápida las palabras «Santo del genocidio».

Y es que, a día de hoy son muchos los nativos que -tal y como explica José A. Sanz en «Cruces y flechas»- consideran que el religioso fue «un carcelero» que «construyó auténticos campos de concentración» y obligó «a los indios a convertirse al catolicismo». Todo falsedades, en palabras del mismo autor: «No hay evidencia alguna para afirmar que, en tiempos de Serra, hubiera conversiones forzadas de indios al catolicismo; no hay evidencia alguna que muestre que Serra fuera personalmente cruel con los indios; durante la presidencia de Serra no hubo tal destrucción de los pueblos indígenas».

La visión más cruel de este fraile contrasta también con el hecho de que, a día de hoy, este héroe patrio es el único honrado con una estatua en el Capitolio de Washington.

Triste salida de España

La villa de Petra, en la isla de Mallorca, fue la urbe que vio nacer al futuro evangelizador el 24 de noviembre de 1713. Así lo afirma el también religioso del XVIII Francisco Palou (amigo inseparable de nuestro protagonista) en su obra «Relación histórica de la vida y apostólicas tareas del V. P. Fray Junípero Serra».

El autor señala además que «fueron sus padres Antonio Serra y Margarita Ferrer, humildes labrados, honrados, devotos, y de exemplares costumbres» los que instruyeron a Miguel José (pues ese era su verdadero nombre) «en el santo temor de Dios». La infancia de nuestro protagonista, por tanto, se forjó en base a la religión. Así lo deja claro el cronista, quien señala que «desde luego que empezó a andar, [comenzó] a frequentar la Iglesia y Convento de San Bernardino».

Su paso por aquella escuela le granjeó, en palabras de Palou, grandes conocimientos en «la latinidad, de la que salió perfectamente instruido». Pronto quedó claro que poseía aptitudes más que claras para la filosofía y que se sentía atraído por la religión. Por ello, y a la edad de 15 años, empezó a asistir a las clases del convento de San Francisco de Palma. «Sintiéndose llamado por la vocación religiosa, al año siguiente viste el hábito franciscano en el convento de Jesús, extramuros de la ciudad. El 15 de septiembre de 1731 emite los votos religiosos, cambiando el nombre de Miguel José por el de Junípero», explicaba el fallecido Salustiano Vicedo en su dossier «Beato Junípero Serra (1713-1784), Apóstol de Sierra Gorda y California».

A partir de entonces se dedicó al estudio y a la docencia. Tarea en la que destacó sobremanera formando a decenas de discípulos. Y así permaneció hasta 1741.

Con todo, su paso por la tarima le duró poco. Ansioso de predicar en el Nuevo Mundo, Serra no pudo contener la alegría cuando le informaron de que, finalmente, se había aceptado su petición para cruzar el Atlántico y unirse al Colegio de Misioneros de San Fernando (en México). La felicidad inicial, no obstante, le duró poco. Y es que, aquello implicaba alejarse de sus padre. Al final nuestro protagonista no tuvo valor para decirles la verdad. «Visitó á sus ancianos padres, despidiéndose y tomado la bendición de ellos para volverse, respecto á haber concluido su tarea; á quienes; dexó asimismo ignorantes de su determinación, quedando por esto mas oculta», añade Palou.

Los horrores del viaje

El 13 de abril de 1749 Serra partió hacia Málaga rumbo a Cádiz. Este viaje ha sido, en cierto modo, olvidado por la historia. Sin embargo, fue más importante de lo que dejan entrever las crónicas. ¿La razón? Que, durante el trayecto, el fraile tuvo un enfrentamiento con el capitán del bajel que podría haber dado con sus huesos en el mar.

En palabras de Palou, presente en el viaje, aquel sujeto era un «hereje protervo» que no dudó en provocar a los religiosos durante las quince jornadas que estuvieron en el barco. Siempre según sus escritos, el marino atacó durante todo el trayecto a la religión «hablando inglés o algo de portugués» (pues no sabía español) y leyendo pasajes de la Biblia que consideraba inadecuados.

Serra, por su parte, no evitó el conflicto durante aquellas jornadas. «Como nuestro Fray Junípero era tan instruido y versado en el dogma y las sagradas escrituras, […] intentaba que percibiera su error», añade Palou. El enfrentamiento, en principio dialéctico, terminó desquiciando al capitán, quien llegó a «ponerle un puñal a a la garganta con intenciones (al parecer) de quitarle la vida». Sin embargo, parece que desistió cuando el español le señaló que «si no nos ponía en Málaga, nuestro rey pediría al de Inglaterra por nosotros, y su cabeza lo pagaría».

En cualquier caso, Serra arribó sano y salvo a Cádiz y, desde allí, partió hasta Veracruz (en México). A este lugar llegó tras una travesía de 99 jornadas.

Por desgracia, su suplicio no acabó cuando pisó México. Y es que, en su camino al Colegio de Misioneros de San Fernando tuvo un percance que le dejó marcado de por vida. «Se hincharon los pies a […] Junipero, de suerte que llegó á una Hacienda sin poderse tener; atribuyeronlo á picadas de zancudos por la mucha comezón que sentía, […] Le amaneció ensangrentado todo con cuyo motivo se le hizo una llaga […] le duró toda la vida», añade Palou. Ni eso podría con nuestro protagonista, decidido a continuar su labor evangelizadora y civilizadora.

Labor civilizadora

Como bien señala Vicedo en su dossier sobre este personaje, Serra permaneció seis meses en el Colegio de Misioneros de San Fernando. Pasado este tiempo dirigió sus pasos hacia la llamada Sierra Gorda (en Querétaro, México). Allí, según Palou, fueron recibidos calurosamente por los nativos de las diferentes misiones. Palabras que acaban radicalmente con la extendida idea de que los indígenas odiaban la labor de los cristianos.

Una vez en la zona, nuestro protagonista se dedicó en primer lugar a aprender la lengua de los lugareños y a dar a conocer entre ellos la religión cristiana. «Intentó imprimir en sus tiernos corazones la devoción al Señor», completa el cronista en su extensa obra.

Pero esa no fue su única labor. «Para que los indios tuviesen qué comer y vestir […] agenció por medio de sindico el aumento de bueyes, vacas, bestias, y ganado menor de pelo y lana, maíz, y frixol para poner en corriente alguna siembra, en lo qual se gastó no solo el sobrante de los 300 pesos […] que daba S. M. á cada Ministro para su manutencion, sino también la limosna que se podía conseguir por misas, y la que ofrecían algunos bienhechores», explica Palou.

«Para que los indios tuviesen qué comer y vestir […] agenció el aumento de bueyes, vacas, bestias, y ganado menor de pelo y lana, maíz, y frixol»

En poco tiempo consiguió también aumentar las cosechas que daban de comer a los indios. Algo que logró, entre otras cosas, «aparatando [a los indios] de toda la ociosidad en la que se habían criado», organizándolos y enseñándoles técnicas avanzadas de cultivo. Por si fuera poco, también les ayudó a construir granjas y talleres.La labor, sin duda, ayudó a los nativos a avanzar. «Fue tal la transformación realizada en aquella zona montañosa que, de un erial infructuoso, sus valles se transformaron en fecundo vergel. Y unos indios semisalvajes y ariscos, quedaron convertidos en sociables ciudadanos, instruidos en los diferentes campos de la actividad humana de aquellos tiempos», añade, en este caso, Vicedo.

El mayor defensor de la labor de Serra era Palou, pues entendía -en palabras de Sanz- que «era un modelo de misionero y que su plan de misiones era el único remedio para que los indios tuvieran un futuro».

Durante aquella vorágine civilizadora fue requerida la presencia de Serra en San Saba (Texas). Más concretamente, en una misión que había sido arrasada a base de flechas por los apaches. El fraile (para entonces «Presidente de los misioneros») aceptó, pero finalmente se canceló su partida. Por ello, y en palabras de Vicedo, «se dedicó a dar misiones populares por todo el Territorio de la Nueva España» durante un año.

Primera expedición

Mientras Serra evangelizaba medio México, la situación internacional se recrudecía. Ejemplo de ello es que, en 1767, los jesuitas fueron expulsados de todos los territorios españoles. Una decisión que dejó vacías sus misiones en la Baja California y obligó a franciscanos como Serra a asentarse en ellas. «Salimos el día 12 de marzo de dicho año, habiendo anochecido ya», añade Palou, quien viajó junto a Junípero.

Por si esta situación no fuese ya lo suficientemente peliaguda para España (la cual se arriesgaba a perder una buena parte de las misiones en la Baja California), un año después de que Serra arribara a su nuevo puesto llegaron informes de que los rusos buscaban colonizar el noroeste americano. Un desastre para los intereses de nuestra corona en la zona.

¿Cuál fue la solución ofrecida por los españoles? Adelantarse a sus competidores. «El Visitador Real José de Gálvez propuso al gobernador una expedición a Monterrey», explica Matt A. Casado en «California hispana: Descubrimiento, colonización y anexión por los Estados Unidos». Sin embargo, sabía que le sería imposible colonizar solo con las armas, por lo que hizo llamar a Serra.

La expedición partió el 10 de abril de 1769 en dirección a Monterrey bajo el mando de Gaspar de Portolá. El viaje fue más duro que cualquiera de los anteriores en los que había participado Serra. Los episodios que vivieron aquellos hombres así lo atestiguan. El 28 de mayo, por ejemplo, los nativos trataron de detener el avance de los soldados españoles por las bravas a la altura de una zona llamada la Cieneguilla, aunque los nuestros los dispersaron a base de tiros al aire.

«Fray Junípero era entusiasta, pero no ciego. Sabía que en cualquier momento los indios se podían convertir en una amenaza», añade Sanz. Lo cierto es que no le faltaba razón. Y así que claro el 27 de junio cuando, de la nada, aparecieron dos grupos de nativos armados con arcos y flechas que se ubicaron en los flancos de la expedición. Los nuestros se pusieron en guardia pensando que les tocaría defenderse hasta la muerte. Pero no sucedió nada. Según explicó Serra en sus memorias, los indios se dedicaron a dar alaridos hasta que se cansaron y se marcharon.

A primeros de julio la expedición arribó al puerto de San Diego, donde nuestro protagonista fundó la primera misión de la Alta California, la de San Diego de Alcalá.

La estructura social y militar que se generó alrededor de esta misión sería más que revolucionaria. De esta forma lo explican, al menos, Fernando Martínez Laínez y Carlos Canales en su obra «Banderas Lejanas. La exploración, conquista y defensa por España del territorio de los actuales Estados Unidos»: «[Allí] se hubo de destinar seis soldados. Así nació un sistema muy eficaz que luego fue copiado en toda California en aquellos lugares donde no había un presidio que diese protección inmediata a los misioneros. Consistía en dotar de una pequeña unidad militar a cada asentamiento en el que los religiosos y los indios cristianizados cultivaban la tierra y producían alimentos».

«Creó un sistema muy eficaz que luego fue copiado en aquellos lugares donde no había un presidio que diese protección inmediata a los misioneros»

Vicedo recuerda en su dossier que las relaciones con los nativos no fueron todo lo amables que nuestro protagonista hubiera querido. Aunque ni las tensiones ni los robos perpetrados por los indios le impidieron continuar su labor civilizadora. Tampoco se rindió cuando su campamento fue atacado ni cuando los alimentos se agotaron y Portolá ordenó la retirada.«Sus ruegos lograron que se aplazara la retirada y, en el ínterin, llegó el barco con nuevos recursos», añade Vicedo. Al final, la tenacidad mostrada por Serra y sus deseos de cristianización hicieron que pudiese formar su segunda misión (la de San Carlos de Borromeo) en Monterrey allá por 1771. «Hizo la fundación del establecimiento con misa cantada y demás ceremonias de costumbre», añade Palou en su obra.

Otras misiones

Tras estas dos primeras, Junípero Serra fundó otras tres misiones más: la de San Antonio de Padua (1771), la de San Gabriel Arcángel (1771) y la de San Luis Obispo de Tolosa (1772).

La creación de la última de esta lista (auspiciada por el lugarteniente de Portolá, Pedro Fages) fue particularmente feliz para los nativos. «Serra convenció a Fages para que le dejara algunos hombres y así poder fundar una nueva misión, que recibió el 1 de septiembre de 1772 el nombre de San Luis Obispo de Tolosa. La amistad de los indios, agradecidos por [una] matanza de osos que Fages había llevado a cabo un año antes, garantizó el éxito del nuevo asentamiento», añaden Laínez y Canales en su obra.

En los años siguientes, el número de misiones creadas por Junípero Serra aumentó hasta un total de nueve. Así lo explica Palou en su libro, en el que se señala además que el fraile se desvivió para llevar víveres a las mismas con el objetivo de que ningún nativo pasase hambre.

Entre todas ellas destacó la creación de una misión ubicada a medio camino entre las regiones de Los Ángeles y San Diego. Su levantamiento comenzó en 1774, cuando el fraile Fermín Luasén y un comandante llamado Francisco Ortega fueron enviados a la actual zona de San Juan Capistrano con el objetivo de fundar un centro religioso.

La labor de los mismos, que en principio se desarrolló sin problema alguno, tuvo que ser detenida repentinamente cuando recibieron órdenes de regresar al punto de partida por culpa de un ataque nativo.

La misión (todavía sin fundar) quedó totalmente abandonada. Sin embargo, poco después partió hacia la zona Junípero Serra para continuar el trabajo. Lo hizo, además, junto a dos misioneros (fray Pablo Mugartegui y fray Gregorio Amurrio), un cabo y diez soldados.

«Llegaron al sitio en donde hallaron enarbolada [una] cruz [dejada por Ortega] y desenterraron las campanas, a cuyo repique acudieron los gentiles muy festivos de ver que volvían a su tierra los padres. Hizóse una enramada, y puesto el altar dijo en él el venerable padre presidente la primera misa. Deseoso de que se adelantase la obra, tomó el trabajo de pasar su reverencia a la misión de San Gabriel a fin de traer algunos neófitos para ayuda de la obra, algún socorro de víveres para todos y el ganado vacuno que ya estaba», añade Palou.

«Cuando el misionero murió en la misión de Carmel [en 1784], las exequias fúnebres que se hicieron fueron impresionantes»

Debemos suponer que el monje pasó sus últimos días feliz por el buen trabajo realizado a lo largo y ancho del continente americano. «Cuando el misionero murió en la misión de Carmel [en 1784], las exequias fúnebres que se hicieron fueron impresionantes. Tras la muerte de fray Junípero, el padre Fermín Francisco Lasuén quedó como director de las misiones, y con él tuco que coordinarse Fages», completan los divulgadores históricos españoles.A la tumba, nuestro protagonista se llevó también el odio de algunos gobernadores de California que le impidieron realizar más fácilmente su tarea y la leyenda negra que se generó a su alrededor. Un mito imposible de entender atendiendo a su currículum civilizador.

Falsa leyenda negra

La historia de Junípero Serra nos habla de bondad y de piedad. Así lo demuestra el que fuera beatificado por Juan Pablo II en 1988 y, posteriormente, canonizado por el papa Francisco allá por 2015. Este último señaló durante una de sus homilías que el misionero había tenido que lidiar con la dura mentalidad de los conquistadores que viajaban hasta el otro lado del mundo.

«Aprendió a gestar y a acompañar la vida de Dios en los rostros de los que iba encontrando haciéndolos sus hermanos. Junípero buscó defender la dignidad de la comunidad nativa, protegiéndola de cuantos la habían abusado. Abusos que hoy nos siguen provocando desagrado, especialmente por el dolor que causan en la vida de tantos», explicó hace dos años el Sumo Pontífice.

Sin embargo, ni su pasado misionero ni su reconocimiento internacional han servido para acallar a aquellos que creen que participó en el genocidio que los españoles cometieron en América. En 2015, por ejemplo, algunas asociaciones nativas cargaron frontalmente contra su memoria aprovechando su canonización.

Una de ellas fue «Mexica Movement», defensora de la «liberación americana de los europeos». Esta, a través de uno de sus representantes (Olin Tezcatlipoca) declaró a la cadena CNN que Junípero Serra había «planificado el genocidio». La afirmación es una de las más benévolas, ya que el grupo ha llegado a señalar que el religioso «era un racista que cometió crímenes inmorales y genocidas contra nuestra gente».

El grupo también ha tildado, a lo largo de los últimos años, a las misiones de Serra de ser realmente campos de concentración para los nativos. Una teoría que suscribió posteriormente Andrew Salas (presidente tribal de la nación Kizh) en la cadena BBC: «Eran campos de exterminio para mi gente. Ellos sirvieron de esclavos para erigir algunos de los ejemplos más bellos de la arquitectura del estado de California, que no eran más que una fachada de los insalubres campos de la muerte».

Estos grupos son partidarios también de que los nativos eran obligados a vivir en las misiones fundadas por los españoles en unas condiciones de absoluta insalubridad. Además, no señalan que los españoles repartían comida a diario entre los indios y les protegían de sus enemigos en estas instalaciones. Para contrarrestar esta muestra de solidaridad explican que muchos pueblos no tenían más remedio que alojarse allí debido a que eran las únicas zonas en las que había alimento.

«Las misiones eran campos de exterminio para mi gente»

Asociaciones como «Mexica Movement» también esgrimen que los misioneros (así como los soldados españoles) solían azotar a los nativos cuando se comportaban de una manera inadecuada. En este sentido, cargan contra Serra arguyendo que envió una carta en 1780 en la que afirmaba que no tenía problemas de conciencia por ello debido a que era «el método que se usa en todo el mundo, ha sido practicado por todos los santos misioneros, y es recomendado por las autoridades civiles».Sin embargo, se olvidan de señalar que aquella era una práctica tristemente habitual y que, a su vez, también la sufrían los soldados españoles fugitivos. Por si fuera poco, no hay evidencias de que el mismo fraile fuera el que empuñara el cuero.

A fray Junípero también se le reprocha el haber fundado un sistema de misiones que acabó con una buena parte de la civilización indígena. En este caso, de lo que no se acuerdan los mencionados grupos es de episodios como el acaecido a mediados de julio de 1776. Durante aquellos días, Serra pidió clemencia para un grupo de nativos que había atacado un asentamiento español.

«Fray Junípero tenía buenas razones para pedir clemencia por los indios […] que habían destruido la misión de San Diego. Se lo dijo a Teodoro de Croix, primer comandante general de las Provincias Internas (carta del 22 de agosto de 1778): esos rebeldes y asesinos eran sus hijos, engendrados en Cristo».

El tesoro maldito de Moctezuma: las toneladas de oro que perdió Hernán Cortés en su noche más triste


ABC.es

  • Alonso Yáñez, calificado como «carpintero de lo blanco», se encontró con una puerta tapiada cuando estaba construyendo un altar cristiano en un palacio azteca. Al otro lado se hallaba uno de los terosos más grandes conocidos

La conquista de Tenochtitlan, de autor desconocido.

El 8 de noviembre de 1519 tuvo lugar al fin en la capital azteca el deseado encuentro entre Hernán Cortés y Moctezuma II. Al mando de 518 infantes, 16 jinetes y 13 arcabuceros, el extremeño se había internado hacia el corazón del Imperio azteca sumando para su causa, derrotando en muchos casos, a las tribus vasallas de Moctezuma y había logrado ser recibido por el dirigente azteca como un emisario de otro emperador, Carlos V de Alemania y I de España. Aquello iba a suponer la perdición del soberano azteca. Lejos de la visión grotesca dada por la leyenda negra, lo cierto es que la personalidad de Cortés era embriagadora y se le tenía por un seductor de serpientes. No le resultó complicado ganarse el favor de Moctezuma y obtener permiso para instalarse en el palacio de Axayácatl, perteneciente al padre de Moctezuma.

El soberano azteca quedó seducido por la la personalidad de Cortés, que entre veladas amenazas y palabras sedosas iba ganando más terreno y poder en Tenochtitlan. Montezuma solo se negó abiertamente a construir un altar cristiano en el Templo Mayor de la ciudad para acabar con la idolatría pagana, pero accedió a que se levantara en el palacio donde residían los conquistadores. Uno de los soldados, Alonso Yáñez, calificado como «carpintero de lo blanco», se encontró con una puerta tapiada cuando estaba construyendo el altar, tras lo cual avisó a sus compañeros y al propio Cortés, quienes no dudaron en romper la pared. No habían recorrido medio mundo para ahora frenarse por una puerta… El conquistador y cronista Bernal Díaz del Castillo relata el suceso:

«…secretamente se abrió la puerta: y cuando fue abierta, Cortés con ciertos capitanes entraron primero dentro, y vieron tanto número de joyas de oro Y planchas, y tejuelos muchos, y piedras de chalchihuites y otras grandes riquezas, y luego lo supimos entre todos los demás capitanes y soldados, y lo entramos a ver…»

Los frutos de un imperio rico y gigante

El Imperio azteca era la formación política más poderosa en la historia del continente que, según las estimaciones, estaba poblada por 15 millones de almas y controlado desde la ciudad-estado de Tenochtitlan, que floreció en el siglo XIV. Usando la superioridad militar de sus guerreros, los aztecas y sus aliados establecieron un sistema de dominio a través del pago de tributos sobre numerosos pueblos, especialmente en el centro de México, la región de Guerrero y la costa del golfo de México, así como algunas zonas de Oaxaca. Hernán Cortés no tardó en darse cuenta de que el odio de los pueblos dominados podía ser usado en beneficio español. En su camino hacia Tenochtitlán, los conquistadores lograron el apoyo de los nativos totonacas de la ciudad de Cempoala, que de este modo se liberaban de la opresión azteca. Y tras imponerse militarmente a otro pueblo nativo, los tlaxcaltecas, los españoles lograron incorporar a sus tropas a miles de guerreros de esta etnia.

Moctezuma II estaba considerado un gran monarca debido a su reforma de la administración central y del sistema tributario. Los frutos de su reinado fueron ricos y las arcas estaban repletas cuando llegó Cortés, si bien lo que los españoles hallaron detrás de la puerta tapiada fue el tesoro del anterior monarca, su padre. De hecho parece que se trataba de una especie de recámara o sala del tesoro.

Así y todo, las fuentes indígenas presentan otra versión de los hechos, donde los conquistadores aparecen como unos saqueadores y unos abusadores de la confianza azteca:

«Y cuando hubieron llegado a la casa del tesoro, llamada Teucalco, luego se sacan fuera todos los artefactos tejidos de pluma, tales como, travesaños de pluma de quetzal, escudos finos, discos de oro, los collares de los ídolos, las lunetas de la nariz; hechos de oro, las grebas de oro, las ajorcas de oro, las diademas de oro […] y anduvieron por todas partes, anduvieron hurgando, rebuscando la casa del tesoro, los almacenes, y se adueñaron de todo lo que vieron.»

De una forma u otra, los españoles se apropiaron de todos estos tesoros y los juntaron con los conseguidos durante su campaña hacia Tenochtitlan. Y a pesar del malestar creciente por las acciones de los conquistadores, Moctezuma dirigió en esos días un discurso conciliador frente a su pueblo donde se reconoció como vasallo de Carlos I y pidió rendir obediencia a los extranjeros. El soberano era a esas alturas ya prisionero de los españoles y no estaba en condiciones de negarles nada.

Sin embargo, cuando los ánimos parecían calmarse y los invasores planeaban su salida de la ciudad con los tesoros llegó la noticia de que el gobernador Diego Velázquez había confiscado en la isla de Cuba los bienes de Hernán Cortés por conducir la empresa sin su permiso y había organizado un ejército que constaba de 19 embarcaciones, 1.400 hombres, 80 caballos, y veinte piezas de artillería con la misión de capturar al extremeño.

El caudillo español se vio obligado a salir de la ciudad, junto a 80 hombres, para enfrentarse al grupo enviado por Velázquez. Cortés se impuso, valiéndose de un ataque sorpresa, a sus compatriotas, que también le superaban en número, y pudo regresar meses después con algunos refuerzos a Tenochtitlán. No obstante, allí su ausencia resultó fatal para los intereses españoles. Al mando de Pedro de Alvarado, la guarnición española se atrincheró en torno al tesoro amontonado, mientras la ciudad entraba en ebullición por el secuestro de su monarca y los excesos hispánicos. La muerte de algunos notables aztecas por orden de Alvarado porque planeaban supuestamente dirigir una rebelión contra los españoles desbordó la paciencia de la población indígena, que deseaban ver a los españoles en la piedra de los sacrificios más pronto que tarde.

Durante unos días, los europeos intentaron utilizar de nuevo a Moctezuma para calmar los ánimos, pero fue en vano. Díaz del Castillo relata que Moctezuma subió a uno de los muros del palacio para hablar con su gente y tranquilizarlos; hasta que la multitud enardecida comenzó a arrojar piedras, una de las cuales hirió al líder azteca de gravedad durante su discurso. El emperador falleció tres días después a causa de la herida e, invocando la amistad que había entablado con Cortés, le pidió que favoreciese a su hijo de nombre Chimalpopoca tras su muerte.

En la llamada Noche Triste, el 30 de junio de 1520, Cortés y sus hombres se vieron obligados a huir desordenadamente de la ciudad, acosados por los aztecas. Cortés tomó esta decisión de salir secretamente en la noche presionado por sus capitanes. Y lo hizo sabiendo que aquello suponía abandonar uno de los mayores tesoros de la historia, entre joyas, objetos varios y oro fundido en barras, valorado en 700.000 ducados, de los que había que descontar una quinta parte para la Corona castellana.

Hernán Cortés expresó que «los soldados que quisieren sacar dello, desde aquí se lo doy, como se ha de quedar aquí perdido entre estos perros». Y esa fue precisamente la razón de la lente marcha de la expedición española en su salida de la ciudad. Muchos de los conquistadores iban cargados de metales brillantes entre sus pertrechos. Asimismo, el capitán extremeño dispuso que siete caballos heridos y una yegua transportaran fuera de la ciudad al menos el oro perteneciente al Rey, en tanto el capitán Juan Velázquez de León y varios criados nombrados por Cortés debían defender el carro.

El factor secreto se perdió en pocos minutos. Una mujer que estaba sacando agua de su hogar descubrió a los españoles en su retirada de la ciudad y dio la voz de alarma. Miles de guerreros aztecas cayeron sobre los hombres de Cortés y sus aliados tlaxcaltecas (unos 2.000), con un balance de más de 600 europeos muertos. Varios testigos afirmaron que el capitán Juan Velázquez de León murió defendiendo el oro del Rey, que había quedado perdido en la retaguardia.

El sueño del oro perdido

¿Qué fue de aquel tesoro?, ¿y del que se abandonó en el palacio azteca? Al día siguiente los soldados indígenas recogieron todo lo abandonado por los españoles, incluido el oro que se había hundido en el lago sobre el que se asentaba la ciudad, y los cadáveres fueron registrados de forma concienzuda. La venganza, no en vano, estaba cerca de llegar. Poco tiempo después de la Noche Triste se libró la batalla de Otumba, donde los españoles se vengaron y dieron cuenta de la superioridad militar de las técnicas y tácticas europeas.

Una vez caído el Imperio azteca tras un asedio a la ciudad y capturado el último emperador en 1521, los españoles mantuvieron la esperanza, convertida en una obsesión, de que los aztecas hubieran escondido el tesoro de nuevo en uno de los palacios de Tenochtitlán o incluso lo hubieran arrojado a la laguna. Es por ello que saquearon todo a su paso y el tesorero Julián de Alderete insistió en torturar al emperador Cuauhtémoc y al señor de Tlacopan con la quema de sus pies con aceite hirviente para que revelaran la ubicación del tesoro.

El resultado del interrogatorio confirmó que «cuatro días antes que le prendiesen echaron a la laguna todo el oro, tiros, escopetas, ballestas». Pero a pesar de que los españoles se zambulleron en la zona señalada, no se encontró «ni rastro del tesoro de Moctezuma, que tenía gran fama», afirma el cronista Francisco López de Gómara. Solo se halló allí un poco del oro.

Posteriores torturas dieron con nuevas zonas de rastreo en la laguna, pero el tesoro no pudo volver a ser reunido. El sueño de recuperar algún día estas riquezas escondidas se instaló en el imaginario de estos conquistadores, al estilo de la leyenda de El dorado. Sin ir más lejos, el hijo de Cortés, Martín, segundo marqués del Valle de Oaxaca, auspició varias expediciones para dar con el tesoro. Y ya en el año de 1637, se presentó ante el virrey de Nueva España, Marqués de Cadereyta, el indígena Francisco de Tapia, que decía ser descendiente de aztecas, diciendo saber dónde estaba el fabuloso tesoro de Moctezuma. Este se encontraba según su testimonio en «la laguna grande de San Lázaro, entre el peñol de los Baños y el del Marqués, en un pozo en que acostumbraban bañarse antiguamente…». En ambos casos las búsquedas no lograron su fin.

La verdad sobre Jerjes I, el rey persa «degenerado» que clavó en una lanza al espartano Leónidas


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  • Después de su victoria en las Termópilas, el monarca se sintió libre de avanzar con su mastodóntico ejército hacia Atenas e iniciar el saqueo del Ática arrasando los santuarios de la Acrópolis ateniense. Ninguno de los autores griegos que le presentaban como un hombre débil, mujeriego y controlado por los eunucos podían disimular que, en verdad, sentían fascinación por sus riquezas y su poder

Leónidas y Jerjes I en una escena de la película «300»

Jerjes I es representado por la tradición griega como uno de esos reyes asiáticos degenerados, excesivos, esclavistas y dados al lujo extremo que demostraban que la democracia ateniense era el mejor sistema político posible. Una suerte de titán loco capaz incluso de castigar a las fuerzas naturales que se interponían en sus planes. El historiador griego Herodoto narra que el rey persa ordenó dar 300 latigazos a las aguas del estrecho de Helesponto porque le impedían cruzar a su ejército y a él. «Agua amarga, este castigo te da el Señor porque te has atrevido contra él, sin haber antes recibido de su parte la menor injuria. Entiéndelo bien, y brama por ello; que el rey Jerjes, quieras o no quieras, pasará ahora sobre ti. Con razón veo que nadie te hace sacrificios, pues eres un río pérfido y salado», exclamó el persa según las crónicas helenas.

Pero más allá de la figura literaria del rey degenerado que acaba pagando cara su arrogancia, ¿cuánto sabemos de ese monarca obsesionado con conquistar la Grecia continental? En sus 21 años de reinado Jerjes trató de continuar con los planes expansionistas de su padre Darío, así como su enemistad con Atenas, Esparta y las otras polis griegas que no aceptaban su hegemonía en Asia Menor. A pesar de no ser el primogénito, su padre le designó a él para que heredara la corona por delante de su medio hermano Artabazanes. En su lecho de muerte Darío I le pidió, según la leyenda, que vengara la derrota sufrida en la batalla de Maratón, durante la Primera Guerra Médica (490 a. C.), y la intromisión ateniense en la Revuelta jónica en Asia Menor.

La mejor entrada a Grecia: las Termópilas

A Jerjes no le costó mucho prepararse para la guerra. La expansión y la conquista estaban en el ADN persa. Los persas se habían levantado contra la todopoderosa Babilonia, allá por el siglo VI a. C., con su rey Ciro II al frente. Con más astucia que recursos, los persas plantaron cara a sus sojuzgadores y de su victoria nació un imperio aún mayor del soñado por los babilonios. Los reyes que sucedieron a Ciro: Cambises, Darío y Jerjes, consiguieron engrandecer su imperio desde Asia Menor hasta la India. No en vano, en su afán expansivo se toparon con una piedra en el camino, la Grecia continental que, escudada por el mar Mediterráneo y una infantería superlativa, lograron rechazar las invasiones persas.

Antes de la campaña griega, en el 486 a.C., Jerjes (designado en la Biblia como «Asuero») debió enfrentarse a las habituales revueltas que seguían a la muerte de aquellos dueños de imperios tan heterogéneos. Asumió el poder luego de una guerra civil con Bardiya, esto es, un miembro de otra rama de la dinastía aqueménida.

Tras pacificar Egipto y las revueltas producidas en Babilonia, emprendió la conquista griega instigado por su primo Mardonio. Más allá del mito de los 300 espartanos defendiendo heroicamente las Termópilas, lo cierto es que la campaña no pudo empezar con mejor pie para los intereses persas. Uno de los reyes espartanos, Leonidas, presentó una insuficiente y luego mitificada defensa en el desfiladero de las Termópilas que únicamente duró dos días. Al final los espartanos fueron masacrados y Jerjes ordenó que le cortaran la cabeza al rey griego para colocarla en una pica. Pretendía así hundir la moral de las filas griegas, que en Termópilas perdieron más de 1.500 hombres. En contrapartida, Jerjes perdió probablemente más de 1.000 hombres, aunque la leyenda eleva esta cifra hasta los 20.000.

Otro éxito persa similar aconteció en la batalla naval de Artemisio, donde la resistencia griega apenas duró tres días, aunque en este caso los persas perdieron cientos de barcos. El poeta tebano Píndaro comentó que en Artemisio fue «donde los hijos de Atenas colocaron la primera piedra de la libertad» y no con el sacrificio de los 300.

Después de sus victorias en las Termópilas y en Artemisio, Jerjes se sintió libre de avanzar con su mastodóntico ejército (las fuentes antiguas hablan de cientos de miles de hombres, lo cual es exagerado hasta el extremo) hacia Atenas e iniciar el saqueo del Ática arrasando los santuarios de la Acrópolis ateniense. La ciudad había sido evacuada previamente por orden de Temístocles, de manera que el ejército persa solo tuvo que enfrentarse a la guarnición de la Acrópolis, mientras las fuerzas espartanas y atenienses establecían su última línea de resistencia en el istmo de Corinto y el golfo Sarónico.

Habiendo humillado a Atenas, Jerjes sintió que la obra de su padre estaba cerca de cumplirse. A sus 32 años, Jerjes era descrito como un conquistador alto y apuesto, al estilo de su abuelo materno Ciro II. «Héroe entre reyes», «El Rey que es un verdadero hombre»… Sus exagerados sobrenombres daban fe de la dimensión de un rey que, según la Biblia, «gobernó 127 provincias desde la India hasta Cush», el mayor imperio hasta entonces. Una moneda de oro puro con él representado armado de un arco y una lanza, «el darico», se convirtió en el «dólar» de su tiempo, el primero en adquirir esa dimensión internacional.

En este sentido, los autores griegos le presentan como un rey dado al lujo y a creerse por encima de los dioses. Solo con propaganda podían combatir su enorme superioridad de tropas y riquezas. Como explica Nic Fields en «La leyenda de los 300: Termópilas» (Osprey Ediciones), en su campaña en Grecia Jerjes y sus ingenieros dieron una exhibición logística inédita: mejoraron las carreteras para permitir el avance del ejército persa, construyeron un canal tras el monte Atos, tendieron un puente sobre el río Helesponto y abrieron depósitos de alimentos para mantener a miles de hombres alimentados.

La propaganda griega contra Jerjes

Y no solo de obras militares vivió su reinado. Jerjes I fue recordado en la memoria persa como un gran constructor y promotor de obras públicas. Las terrazas de Persépolis se completaron durante su reinado, siendo su sala de audiencias, con relieves de piedra caliza, una muestra cumbre de la grandiosidad del Imperio persa. Se conoce, además, que el monarca envió a sátrapas a intentar la circunnavegación de África por primera vez. De tal manera que ninguno de los autores griegos que le presentaban como un hombre débil y controlado por las mujeres y los eunucos podían disimular que, en verdad, sentían fascinación por sus riquezas y su poder. A su capacidad de movilizar fuerzas lo llamaron «hubris», arrogancia ante los dioses; y a sus éxitos siempre los dibujaban en medio de una corte llena de intrigas y decadencia moral.

Así y todo, el ejército persa sí contaba con ciertas limitaciones respecto a los griegos. Las huestes de Jerjes estaban compuestas de soldados de diferentes procedencias, que no hablaban las mismas lenguas y no tenían la costumbre de combatir juntos. Si bien tenían la superioridad numérica de su parte, su falta de coordinación y su pobre armamento les hacían vulnerables frente a los hoplitas. Los escudos de mimbre y lanzas cortas eran su punto débil, mientras que su caballería era sensible frente al erizado de lanzas que era la falange griega.

De sus tropas de élite, los inmortales, su ventaja era que todos ellos eran persas y gozaban de una posición estable en el aparato imperial, si bien estaban peor equipados y peor entrenados que sus equivalentes griegos. En total eran unos 10.000 hombres, entre los cuales había además un «Hazarabam» (1.000 combatientes) cuyos miembros eran seleccionados para ser la guardia privada del rey persa.

En lo que no exageraba Herodoto era en la ingente cantidad de intrigas por metro cuadrado en la corte persa. Jerjes se pasó sus últimos años combatiéndolas

La suerte de Jerjes y sus ejércitos en Grecia duraron hasta el verano de 480 a. C. cuando fueron derrotados en la batalla de Salamina. La flota persa luchó contra los griegos, sobre todo atenienses, en los términos que éstos más deseaban. Más de 200 embarcaciones persas fueron aquel día hundidas en una franja de agua demasiado estrecha para hacer valer su superioridad numérica, si es que la conservaban, siendo aquello el principio del fin de la invasión persa. Aunque la guerra aún se alargó debido a las diferencias entre las distintas ciudades estado, en verdad los persas erraron en sus siguientes movimientos terrestres y Grecia pudo expulsar al fin a los bárbaros.Jerjes se tuvo que retirar hacia Asia junto con gran parte de su ejército tras Salamina, dejando a su general Mardonio y a sus mejores tropas para intentar completar la conquista de Grecia. En su ausencia, la batalla terrestre de Platea mostró de nuevo la superioridad de los hoplitas sobre los soldados orientales, aunque a esas alturas ya no estaba tan claro que los persas fueran mayores en número.

En lo que no exageraba Herodoto era en la ingente cantidad de intrigas por metro cuadrado que poblaban la corte persa. Jerjes se pasó sus últimos años combatiéndolas. En el año 465 a.C, el Gran Rey y su hijo mayor fueron asesinados en su palacio durante un golpe de estado palaciego. Artabano, comandante de la guardia real, dirigió el intento de destronar a los aqueménidas y colocar a sus siete hijos en posiciones clave del gobierno. Según una de las versiones griegas, Artabano engañó a otro de los hijos de Jerjes, Artajerjes, para que matara a su hermano mayor, pero al final descubrió la verdad y castigó a los asesinos de su padre. Él heredó el trono del que todavía era el mayor imperio conocido.

Si Ciro II y sus descendientes habían encabezado la expansión del imperio; con Jerjes llegó la estabilización imperial, y no, como presumen las fuentes helenas, la decadencia persa. Sus sucesivas derrotas en la Grecia continental no impidieron que durante el siglo y medio siguiente aún mantuviera el Imperio persa el control bajo la mayor parte de los estados helenos de Asia Menor y siguiera tomando parte con oro o con métodos sibilinos en los conflictos entre las grandes polis griegas.

Hürtgen, la batalla del bosque ‘maldito’ en la que los últimos fanáticos de Hitler humillaron a los EE.UU.


ABC.es

  • La contienda, que costó 30.000 bajas, fue la más larga en la que ha participado el ejército americano
  • La lucha se desarrolló entre barro y frío. Los alemanes, beneficiados por defenderse en una arboleda, lograron resistir el avance de un inmenso contingente aliado durante seis meses
  • Estos días, el enfrentamiento vuelve a estar de actualidad gracias al director de cine Laureano Clavero. El argentino ha grabado, con la ayuda de varios expertos, un documental en Cataluña recreando la lucha

Soldados en el bosque (documental de Mirasud)- Laureano Clavero

Un auténtico infierno helado en el que hubo, según las cifras oficiales, más de 30.000 bajas estadounidenses. La batalla del bosque de Hürtgen (una de las primeras en territorio germano tras el Desembarco de Normandía) supuso un auténtico descalabro para los hombres de las «stars and stripes» y una vergüenza para el Teniente General Courtney Hodges, a cargo de la operación. Casi una humillación. Y es que, el oficial norteamericano se empeñó en usar a todos los combatientes que fuesen necesarios para expulsar de sus posiciones a los germanos. Eso, a pesar de que los árboles favorecían a los defensores y de que, en principio, la región carecía de importancia militar para el avance aliado.

Aunque Hodges logró conquistar finalmente el bosque de Hürtgen, lo hizo a costa de miles de vidas. Y es que, en la batalla (la más larga del ejército norteamericano en toda su historia), los estadoundenses se enfrentaron no solo a las balas nazis, sino también a la meteorología y a la ingente cantidad de trampas que los alemanes habían ubicado en el territorio. Y todo ello, acompañado de los continuos bombardeos lanzados por unos enemigos que -a pesar de su inexperiencia- habían recibido la orden del «Führer» de sujetar el avance aliado.

La humillación sufrida en Hürgten (el «bosque maldito», como lo denomina el historiador Antony Beevor en sus obras) provocó que la contienda cayese en el olvido. Los EE.UU. -tan preocupados por la propaganda- prefirieron pasar de puntillas sobre ella. Tampoco ayudó que, tan solo unas semanas después de que terminase, Hitler iniciase la ofensiva de las Ardenas. Todos estos factores favorecieron la desaparición de esta infernal batalla de los libros de texto, en los que apenas se la nombra como una ofensiva menor. Sin embargo, este 2017 la productora española MIRASUD PRODUCCIONES se ha propuesto recuperar la memoria de aquellos americanos que se dejaron la vida entre los helados árboles alemanes. Y lo ha hecho mediante el rodaje de un documental sobre la contienda que cuenta, además, con varias partes ficcionadas.

«El documental (“HÜRTGEN. Into the muddy battle”) explicará la batalla, pero de una manera diferente. Toda la narración se elaborará en base a entrevistas con historiadores y con recreadores de la Segunda Guerra Mundial» explica, en declaraciones a ABC, Laureano Clavero (al frente de MIRASUD y director del largometraje «1533 Km hasta casa. Los héroes de Miramar»). Los expertos a los que se refiere son el afamado Jesús Hernández -escritor, entre otras tantas obras, de «Pequeñas grandes historias de la Segunda Guerra Mundial» (Temas de Hoy)- y el popular Pere Cardona -fundador del archiconocido blog «HistoriasSegundaGuerraMundial» y coautor de «El diario de Peter Brill» junto al mismo Clavero-. A su vez, en el rodaje han colaborado las asociaciones de recreación histórica «First Allied Airborne Catalunya» y «GRH Hohenstaufen Spanien».

Hacia el bosque

Como todas las buenas historias, la que nos acontece tiene también su comienzo. Y este se sitúa en el 6 de junio de 1944, jornada en la que los aliados desembarcaron en las playas de Normandía ansiosos por liberar a Europa del yugo nazi. Una vez tomado el norte de Francia, estadounidenses, canadienses y británicos iniciaron su lento pero inexorable viaje hacia el interior de la Alemania de Adolf Hitler. Región que, superada también en el este por el Ejército Rojo, empezaba a ver cada vez más difícil la victoria. Con todo, el «Führer» no iba a rendirse sin luchar, y más sabiendo que todavía le quedaba una baza que jugar en el oeste: la Línea Sigfrido. Una muralla fortificada a base de búnkers de hormigón y trampas anticarro que se extendía 600 kilómetros desde Holanda hasta Suiza.

Tal y como explica Beevor en «Ardenas, 1944», corría otoño cuando los aliados decidieron romper la Línea Sigfrido a la altura de Aquisgrán (en la frontera entre Bélgica y Alemania). La ciudad era más que representativa para los germanos, pues a su alrededor se había formado el Primer Reich en la época de Carlomagno. Tras completar esta tarea, el Primer Ejército de los Estados Unidos (al mando de Courtney) se encontró a tan solo 30 kilómetros del río Rin, el último elemento natural que separaba a los aliados de los dominios de Hitler. Con todo, para llegar hasta ese premio gordo todavía debían atravesar el Rur (o Roer, la corriente de agua más cercana a su posición).

En principio, al mandamás americano no le pareció difícil superar aquel obstáculo. Al fin y al cabo, la única resistencia germana a tener en cuenta le podía llegar de un lugar que creía fácil de conquistar: el bosque de Hürtgen.

Al ser esta región la única desde la cual podían recibir un ataque, Courtney estableció que lo mejor sería ubicar su cuartel general en las proximidades y entrar por las bravas en la zona. «En el avance hacía el Rin, en el otoño de 1944, el bosque de Hürtgen representaba una amenaza para el flanco derecho, aunque en verdad esa amenaza era sólo sobre el mapa. Los alemanes no podían lanzar un ataque de entidad desde allí, pero los Aliados estimaron que no había que correr ese riesgo. Además, en el bosque había varias presas del río Rur -no confundir con el Ruhr, el de la conocida cuenca- que los alemanes podían desembalsar en cualquier momento cuando los norteamericanos avanzasen sobre ese río», explica el periodista e historiador Jesús Hernández (autor también del blog «¡Es la guerra!» y uno de los consultados para el documental de Clavero) en declaraciones exclusivas a ABC.

Los factores que condenaron a EE.UU.

Aunque no lo sabía por entonces, la actitud de Courtney iba a condenar a sus tropas a una lucha prolongada y más que sangrienta en Hürgten. La razón, como bien señala Beevor en «Ardenas, 1944», es que este oficial era estricto, reacio a tomar decisiones espontáneas y, para desgracia de sus hombres, partidario de que la mejor forma de acabar con las defensas enemigas era lanzarse de bruces contra ellas. Lo cierto es que hasta ese momento no le había ido mal, pues los estadounidenses andaban sobrados de carros de combate (aunque estos fueran los mediocres y multifacéticos Shermans) y hombres.

«La idea era un ataque frontal, más parecido a lo que se había visto en la Primera Guerra Mundial»

Courtney, por tanto, no se rompió los sesos. «La idea era un ataque frontal, más parecido a lo que se había visto en la Primera Guerra Mundial. En lugar de tratar de efectuar movimientos envolventes, los norteamericanos confiaron en que sus avances de infantería lograrían expulsar a los alemanes. Sin embargo, no tuvieron en cuenta que en la espesura del bosque no podrían hacer valer su superioridad en blindados, o contar con el apoyo de la aviación. En cambio, los alemanes les esperaban bien asentados en el sistema defensivo de la Línea Sigfrido. El partido se jugó en el terreno que mejor le venía a los alemanes», añade Hernández a este diario.A su vez, con lo que no contaba el Teniente General era con que los alemanes atrincherados en Hürgten habían recibido la orden de resistir cualquier envite aliado (por duro que fuese) a costa de su vida. Así lo afirma a ABC Joan Parés (de la «First Allied Airborne Catalunya») uno de los recreadores que han participado en el documental: «No podían perder Hürgten porque era una zona en la que estaban acumulando recursos con los que iniciar, posteriormente, la ofensiva de las Ardenas. Tenían que proteger la región porque la movilización se estaba organizando cerca de allí, y no podían permitir que se destapara la verdad». La misión de los defensores era de suma importancia para el Tercer Reich y, aunque muchos no lo supieran, de ellos dependía que Hitler sorprendiera a los aliados.

La crudeza del bosque

Por si la motivación alemana no fuese ya suficiente, el oficial americano también desconocía que las características del terreno convertían Hürgten era una trampa mortal. Para empezar, porque esta región de 150 kilómetros cuadrados estaba copada por decenas y decenas de pinos, robles y hayas asentadas sobre un acantilado tras otro. «El pinar era tan denso y tan oscuro que no tardó en parecer maldito, como si se tratara del bosque de un siniestro cuento de hadas lleno de brujas y ogros. Los hombres hablaban entre ellos susurrando, como si los árboles pudiesen oírlos», añade Beevor.

Más allá de estas apreciaciones, y como explica Parés, las arboledas convertirían a los carros de combate y a los blindados estadounidenses en unas herramientas totalmente inútiles. «En muchas ocasiones los americanos tendrían que bajarse de los vehículos y recorrer los caminos a pie», añade el recreador. A su vez, la principal ventaja del ejército de los EE.UU. (el gran número de hombres con respecto a los mermados ejércitos del Reich) no podía aprovecharse sobre un terreno tan escarpado y sobre el que era tan sencillo tender una emboscada a los atacantes.

La espesa arboleda también haría casi imposible la orientación a los americanos. Así quedó claro en un informe redactado posteriormente por el Ejército de los EE.UU.: «En medio de los espesos bosques no es infrecuente que un grupo se pierda por completo y no sepa cuál es la dirección que había que seguir ni dónde está la línea del frente». De hecho, en los meses posteriores muchos soldados se verían obligados a pedir por radio a la artillería aliada que disparase una salva para saber dónde diantres se hallaba su campamento.

Y la dureza del clima

Finalmente, con lo que tampoco contaba Courtney era con que iba a cometer el mismo error que Napoleón Bonaparte con Rusia: pasar por alto la importancia del clima. Este elemento se alió sin pretenderlo con los hombres de la esvástica, como bien señala Beevor en su obra: «Unos y otros sufrieron muchísimo debido a las gélidas lluvias otoñales. Incluso cuando no llovía a cántaros, los árboles goteaban sin cesar».

«Unos y otros sufrieron muchísimo debido a las gélidas lluvias otoñales. Incluso cuando no llovía a cántaros, los árboles goteaban sin cesar»

El líquido elemento se convirtió así en una molestia constante al oxidar las armas y hacer que los uniformes y las botas se pudrieran. Los más descuidados podían correr también el riesgo de que los sanitarios tuviesen que amputarles la pierna en el caso extremo de padecer «pie de inmersión». Una dolencia que -según afirma la Occupational Safety and Health Administration estadounidense en su dossier «Pie de trinchera»- se genera «tras una prolongada exposición a condiciones de frío y humedad».Las lluvias también acabarían con la moral americana. Y es que, los constantes chaparrones impedirían que sus uniformes se secasen y les condenarían a pasar horas y horas acurrucados en trincheras anegadas mientras tiritaban por el frío y la humedad. Los oficiales no podrían ofrecer muchas soluciones a sus hombres más allá de habilitar tiendas en retaguardia en las que calentarse mediante estufas una vez al día.

Los objetivos de los EE.UU.

1-Conquistar la localidad de Schmidt, corazón de la defensa alemana en el bosque (Objetivo inicial).

2-Conquistar dos presas cercanas a Schmidt cuya apertura, por parte de los alemanes, podría derivar en la destrucción de los puentes ubicados en el Rur (o Roer). Esto impediría al grueso del ejército americano entrar en Alemania. Este objetivo fue secundario. De hecho, los oficiales del ejército de los EE.UU. descubrieron la importancia de las presas después de entrar en el bosque.

El primer ataque

Atendiendo a los informes, la batalla comenzó el 14 de septiembre del 44. Con todo, es difícil reducir las movilizaciones a esta fecha. La realidad es que las primeras incursiones estadoundeinses en el bosque se llevaron a cabo en torno a la segunda semana de septiembre. Los valientes encargados de abrir camino fueron los hombres de la 3a División de Acorazada y la 1a División de Infantería. A ellos se unieron también los soldados de la 9a División de Infantería, quienes tuvieron realmente el rol protagonista en los asaltos posteriores. Atendiendo a que una División solía contar contra entre 10.000 y 20.000 hombres, podemos suponer la gran cantidad de combatientes que, fusil en mano, se dispusieron en aquellas jornadas a avanzar a través de Hürtgen con el objetivo de conquistar el pueblo de Schmidt (al suroeste de la región).

Como explica Jesús Hernández, en principio el avance americano a través del bosque fue relativamente rápido. Algo lógico, pues los germanos no esperaban que los aliados tuviesen el valor (y el naso) suficiente como para atacarles a través de aquel infierno.

Así lo dejó claro el Generalleutnant Hans Schmidt (al mando de la 275a División de infantería -la columna vertebral de la defensa alemana en Hürtgen-) en uno de sus múltiples informes posteriores a la contienda: «en general se creía que estaba completamente fuera de lugar la posibilidad de que los estadounidenses intentaran abrirse paso hacia el Rur combatiendo en una zona boscosa como esta, difícil de inspeccionar y con pocos caminos».

Este progreso supuso un auténtico dolor de cabeza para unas tropas germanas que, a pesar de contar con la ventaja de defender un terreno desconocido para los americanos, eran bisoñas (novatas) en el combate entre los árboles; no sumaban en principio más de 6.500 hombres; y se veían obligadas a comer de tarde en tarde debido a las molestas pasadas de los bombarderos enemigos.

El éxito de la ofensiva inicial no lo pudo arreglar ni la llegada de varias unidades auxiliares a partir del 8 de octubre (una de ellas formada por soldados de entre 45 y 60 años). Por suerte para los defensores, el día 10 una serie de lluvias hicieron lo que los combatientes no habían podido: frenar a los hombres del Primer Ejército.

Posteriormente, la artillería nazi resonó en el terreno y, a base de un torrente de plomo, terminó de estabilizar el frente. A partir de entonces comenzó la larga guerra de desgaste.

Con los soldados americanos (principalmente los de la 9a División) detenidos en medio del bosque, y el clima en su favor, los alemanes enviaron refuerzos a la zona para lanzar un contraataque. Como explica Beevor, los combatientes que arribaron a la zona fueron unos 2.000 hombres bien armados, muchos de ellos aspirantes a oficiales, y convencidos todavía de la posible victoria del Tercer Reich. «Las esperanzas depositadas en ellos eran muchas. Pero, para consternación de los oficiales, el avance se atascó debido a la eficacia y precisión del fuego norteamericano», añade el historiador anglosajón.

La ofensiva, tan esperada por los defensores, acabó en desastre. Los nazis, ávidos de devolver de una patada a los americanos al otro lado del charco, tuvieron que replegarse el 14 de octubre.

Con todo, regresaron a sus posiciones defensivas habiendo desangrado a la 9a División de Infantería. Unidad que, a pesar de la fatiga y los muertos, trató de avanzar de nuevo el 16 de octubre hacia Schmidt.

El intento acabó en sangría. «El doloroso y costosísimo avance de la 9a División se detuvo el 16 de octubre tras sufrir cerca de cuatro mil quinientas bajas, unas en combate y otras no en combate: una por cada metro que había avanzado», completa Beevoir. Aquella matanza debería haber detenido a Hodges, pero el oficial no se dejó impresionar por la ingente cantidad de hombres que engrosaban las listas de bajas. El oficial, de hecho, se negó a escuchar a sus consejeros y ordenó a sus tropas seguir avanzando a través de los árboles (dónde podían ser emboscados con facilidad y los carros de combate eran inútiles) en lugar de hacerlo por los caminos.

¿Por qué se obcecó tanto? Beevor es partidario de que su plana mayor evitaba señalarle sus errores de planificación debido a que «tenía fama de destituir a todos los oficiales de alta graduación» que le llevaban la contraria: «En su opinión, esas explicaciones no eran más que excusas debido a la falta de agallas», determina. Hernández es de la misma opinión: «Los historiadores militares no entienden por qué se siguieron enviando tropas. Pronto se vio que los norteamericanos habían entrado en una ratonera. En lugar de salir de ella y tratar de rodear ampliamente el bosque, o avanzar en otros sectores, siguieron enviándose allí cada vez más tropas. Supongo que fue por la típica incapacidad militar de reconocer una decisión equivocada a tiempo».

Pere Cardona, por su parte, es de la misma opinión. Al menos, así lo explica en declaraciones a ABC: «Los americanos no deberían haber seguido con su ofensiva en el bosque. Fue algo totalmente innecesario. Se estrellaron una y otra vez contra las defensas de unos alemanes que habían tenido tiempo para pertrecharse y que, en definitiva, tenían las de ganar. Implicaba enviar a los hombres a la muerte. Fue una carnicería».

Segunda ofensiva

Noviembre supuso para los norteamericanos la llegada de las lluvias y el frío. Los soldados, calados hasta los huesos, empezaron entonces a sentir el peso de una batalla que se iba a extender durante meses.

A partir de ese momento, el día a día del combatiente se hizo desesperante: «La jornada era monótona. Vivían con frío, sucios y tenían miedo de morir», explica Parés a ABC. A su vez, el documentado recreador añade que los estadounidenses empezaron a entender que iban a convivir con el pavor constante de pisar una mina (más que habituales en la zona): «Muchos murieron por culpa de los grandes campos de minas. Los americanos enviaban patrullas que no volvían, avanzaban en zonas descubiertas, no tenían donde esconderse… Era un horror. El bosque tenía una visibilidad tan limitada que el disparo efectivo del fusil solo alcanzaba los 40 o 50 metros. La frondosidad impedía ver más allá», determina.

Cansado por no poder tomar el bosque, el 1 de noviembre Hodges llamó a la 28a División de Infantería (afincada en Rott, a las afueras del bosque de Hürtgen).

Según dijo a su comandante, el general Norman Cota, ellos serían los siguientes en atacar. Para ser más concretos, se convertirían en la punta de lanza del avance y abrirían camino al VII Cuerpo (que les seguiría por la izquierda). Es decir: que se llevarían una buena parte de las balas enemigas.

Su plan (que autocalificó de «excelente») era que la 28a accediese a la zona y -corriendo a través de empinados valles y barrancos escarpados- conquistase las posiciones de avanzada germanas al este. Así, por las bravas. Por si aquello fuese poco, ordenó a su subordinado dividir a sus hombres en tres grupos. Una decisión terrible, ya que reducía su fuerza ante los nazis.

El plan quedó de esta guisa:

1-Por el flanco derecho avanzaría el 110 Regimiento de Infantería de la 28a División.

2-Por el flanco izquierdo, los encargados de atacar serían los hombres del 119 Regimiento de Infantería de la 28a División.

3-Por el centro cargaría el 112 Regimiento de Infantería de la 28a División. Su objetivo sería la localidad de Vossenack (a la izquierda de Schmidt).

El 2 de noviembre, a eso de las nueve de la mañana, se inició el ataque. El 110 fue el primero en ser saludado por las ametralladoras alemanas, lo que les granjeó no pocas bajas.

Algo parecido les sucedió a sus compañeros del 119, quienes se vieron frenados en seco por los disparos de la artillería y un nutrido campo de minas.

El grupo que más suerte tuvo fue el tercero. El 112 consiguió llegar hasta Vossenack apoyado (no sin dificultades) por los carros de combate Sherman (un tanque medio que, a pesar de ser sumamente utilizado por los americanos en la Segunda Guerra Mundial, sufría cuando debía enfrentarse a sus equivalentes germanos). Por suerte, aquel día no hallaron resistencia en forma de Panzer. «El fuego concentrado de artillería con bombas de fósforo blanco incendió casi todas las casas del pueblo. Los carros Sherman dispararon contra el campanario de la iglesia, suponiendo que en su interior se ocultaban francotiradores o por lo menos un observador de la artillería alemana», añade Beevor en su obra.

El 112 consiguió llegar hasta Vossenack apoyado (no sin dificultades) por los carros de combate Sherman

La victoria enardeció a los americanos del 112 (¿A quién no le sube la moral la conquista de un pueblo aparentemente inaccesible?). Quizá por ello, pusieron todo el valor que tenían sobre la mesa y siguieron avanzado hasta el siguiente pueblo que tenían en su mira: Kommerscheidt.Esta pequeña localidad (si es que puede llamarse así) fue conquistada el día 3. Nuestros protagonistas podrían haberse detenido, pero no. Haciendo alarde de una resistencia inigualable, continuaron a la carrera hasta Schmidt, el destino final que ansiaban los oficiales. El premio gordo. ¡Y lo tomaron por sorpresa! Los alemanes no pudieron más que asistir con la boca abierta a la victoria de los americanos. Sin embargo, la realidad era que, aunque había sido asediada, la zona era prácticamente indefendible debido a los escasos hombres de las «stars and stripes» que habían llegado hasta ella.

El contraataque alemán

Los alemanes habían sido cazados por sorpresa. Pero amigo… no estaban dispuestos ni mucho menos a rendirse. Schmidt era algo más que un pueblo. Era la llave para conquistar el bosque y, si los americanos lograban defenderla, podrían dar al traste con la posterior ofensiva germana sobre las Ardenas. Por ello, los germanos movilizaron a sus refuerzos más temibles: los imbatibles Panzer. «La 116 División Panzer recibió la orden de marchar a toda velocidad a atacar el flanco norte del avance norteamericano junto con la 89 División de Infantería», añade Beevor. El resultado fue el esperado. Los brutales carros de combate germanos acabaron con la débil resistencia que ofrecía el 112 Regimiento en Schmidt.

La batalla fue sangrienta, además de un caos. Aterrorizados por los Panzer germanos, los americanos iniciaron una huida desesperada que, en muchos casos, les llevó a los sanguinarios brazos de los nazis que acudían a tomar Schmidt. El resultado fueron cientos de bajas y el repliegue hacia Kommerscheidt.

El calvario de estos valientes podría haber acabado en ese punto, pero todavía tendrían que pasar por otro. Y es que, cuando Hodges recibió la noticia de la derrota en Schmidt, ordenó al 112 avanzar de nuevo para reconquistar el pueblo. No estaba dispuesto a perderlo.

Para su desgracia, confiaba en que su infantería, apoyada por los endebles Shermans, lograría aniquilar a los Panzer. Un gran error. En el ataque posterior, de hecho, muchos carros de combate no pudieron llegar a la contienda debido a la imposibilidad de avanzar por el territorio. Y los que llegaron fueron arrasados por los Panzer V (Panther) y los Mark IV, que abrieron (como si fueran latas de sardinas) a los tanques estadounidenses.

El día 8, con el sabor a derrota en la boca, los americanos no tuvieron más remedio que tocar a retirada. Así, los hombres de la 28a se replegaron, con el apoyo de la artillería, hasta sus posiciones iniciales. «La 28a División de Infantería se había visto obligada a volver casi al punto de partida tras sufrir 5.684 bajas, entre caídos en combate y caídos no en combate. Para Cota, que con tanto orgullo había visto a su división desfilar por las calles de París, aquel debió de ser el día más triste de su vida. Solo el 112 Regimiento de Infantería había perdido más de dos mil hombres y ahora no contaba más que con trescientos efectivos», añade Beevor. Aquella fue una gran victoria para los nazis.

¿Aprendió Hodges la lección? No. Poco después, aproximadamente a mediados de noviembre, empezó a organizar una nueva ofensiva sobre el bosque. «Ordenó a las 1a, 8a y 104a Divisiones de Infantería, así como a la 5a División Acorazada y a lo que quedaba de la 4a División internarse en el bosque de Hürtgen», explica el anglosajón.

La ofensiva final

La ofensiva final contra Hürtgen se inició el 16 de noviembre y corrió a cargo de la 1a División de Infantería, la 4a División de Infantería y la 8a División de Infantería. Aunque fue la definitiva, también fue la más sangrienta del ejército norteamericano. El plan original era el siguiente:

1-La 1a División debía avanzar hacia Düren, localidad ubicada muy al norte de Schmitd. Aunque así se alejaba el foco de las fuerzas del objetivo final, conquistar la zona permitiría a los aliados rodear su particular premio gordo. Esta localidad había sido arrasada por las bombas americanas.

2-La 4a División, por su parte, se encargaría de tomar Schmidt avanzando a través de los pueblos precedentes. Es decir, de oeste a este.

3-La 8a División de Infantería, finalmente, atacaría la localidad de Hürgten (al noroeste de Schmidt). Desde allí partiría hasta Kleinhau.

El ataque de la 1a División fue uno de los más sangrientos. Sus hombres fueron detenidos por el fuego enemigo en el mismo instante en el que se introdujeron en el bosque. Los heridos se contaron por decenas en pocas horas. Así definió la lucha el soldado Arthur Couch (a los mandos de una ametralladora) posteriormente: «Me fijé en un hombre que se sujetaba la tripa con las manos intentando contener una herida muy grande por la que se le salían los intestinos».

La brutal defensa de los alemanes (que dispararon a las copas de los árboles para que las astillas se clavaran en el enemigo) hizo más que difícil el avance. Por si fuera poco, la metralla germana cayó sobre los aliados a manos llenas, así como las balas de los francotiradores nazis, ubicados en muchos casos en puestos de observación privilegiados. Los carros de combate tampoco pudieron ser determinantes al verse frenados por los continuos campos de minas.

A la 4a División le sucedió algo similar. Los combatientes, bisoños en buena parte, se acobardaron ante el intenso fuego de artillería y a la veteranía de los nazis (quienes ya se habían convertido en unos expertos en la lucha entre los árboles). Este grupo tuvo que hacer frente a una incesante lluvia de cartuchos, al fuego de los temibles Flak 88 (que funcionaban como cañones antiaéreos, de campaña, y anticarro) e, incluso, a la guerra psicológica (pues los nazis solían mover sus tanques durante toda la noche para no dejar descansar a los americanos).

Así definió un combatiente presente en la batalla un episodio dentro de la ofensiva de la 4a División: «Poco antes de que amaneciera comenzó un fuerte bombardeo que dio principalmente en las copas de los árboles, por encima de nuestras cabezas. Al ser de noche y en vista de que era realmente peligroso, los soldados bisoños empezaron a angustiarse mucho y a moverse de un lado a otro, presas del pánico. Intenté agarrar a uno o dos de ellos, diciéndoles: “¡Quedaos en vuestra trinchera u os matarán!” … Era la primera vez que veía el pánico provocado por el campo de batalla y pude entender por qué algunos hombres quedaban traumatizados y sufrían neurosis de guerra».

A pesar de todo, los estadounidenses se fueron acostumbrando, poco a poco, a combatir bajo esta tensión y bajo las temperaturas gélidas. Un frío que, como explica Beevor en su obra, llegó a congelar literalmente a algunos soldados desprevenidos.

Una conquista a sangre

La ofensiva iniciada el 16 de noviembre fue la definitiva, pero también la más extensa. Y es que, los americanos se vieron detenidos (de nuevo) por la artillería alemana, el punzante frío que hacía en aquel bosque, y las penosas condiciones de combate (entre ellas, el molesto barro y las continuas lluvias -expertas en oxidar las armas-). Esto provocó multitud de bajas entre los hombres, los cuales sufrieron desde hipotermia, hasta congelación. Además, entre los combatientes empezó a generalizarse la «fatiga de combate» o agotamiento mental. «Al cabo de cinco días aquí arriba te pones a hablar con los árboles. Al sexto empiezas a oír lo que ellos te responden.», afirmaba un recurrente chiste, en palabras de Beevor.

A pesar de que la meteorología y la artillería destrozaron a los soldados americanos, estos no dejaron de avanzar. De nada sirvió que los alemanes enviasen regimiento tras regimiento al bosque, pues -a partir del 23 de noviembre- los aliados conquistaron Kleinhau y Grosshau.

«Finalmente la 8a División capturó la localidad de Hürtgen en el curso de una carga alocada seguida de combates casi cuerpo a cuerpo en el interior de las casas, con granadas, fusiles y subfusiles Thompson», añade el historiador en su obra. Después cayó la localidad de Gey y, para terminar, se aseguraron las dos presas. Pero eso fue a finales de febrero del 45. Y después de que Hodges ordenara entrar en combate a la 2a División de Infantería.

La conquista del bosque de Hürgten supuso al ejército americano casi seis meses de contienda. Las bajas oficiales fueron más de 30.000, aunque se cree que fueron considerablemente reducidas por los responsables americanos para minimizar la repercusión internacional. Independientemente del número concreto, fue un verdadero desastre para el ejército. Y es que, además de los muertos y heridos, más de 8.000 combatientes fueron tratados posteriormente de colapso psicológico. Con todo, y a pesar del precio, se logró tomar la posición.


Cuatro preguntas a Pere Cardona

1-¿Cómo era la situación de Alemania tras el Día D?

La situación de Alemania a finales de 1944 empezaba a ser bastante complicada. El 6 de junio de aquel año, las tropas aliadas realizan el desembarco de Normandía y se cierra la tenaza con el frente del este. En julio de aquel año se produce el atentado más mediático de los que sufre Adolf Hitler, la llamada Operación Valkiria. Ésta deja en evidencia que hay un grupo de altos mandos descontentos con el devenir de los acontecimientos y que empiezan a ver de forma bastante clara que la guerra está perdida, por lo que se deciden a acabar con Hitler.

2-¿La población alemana se veía derrotada?

Con la población civil empieza a pasar tres cuartas partes de lo mismo: Las campañas de bombardeos aliadas sobre las ciudades alemanas le hacen ver a la gente que quizás todas aquella promesas dadas por Goëring conforme jamás habría ningún avión aliado que superase el Ruhr eran exageradas y que el enemigo ya estaba como poco llamando a sus puertas.

De hecho, Goëring dijo en una reunión de oficiales de la Luftwaffe que si algún bombardero aliado superaba el Ruhr, a él se le podía llamar Sr Meier, en una clara referencia despectiva a la comunidad judía, porque el apellido Meier era judío. En aquellos momentos en el que las bombas caían sobre las ciudades, el pueblo alemán bautizó a las sirenas de los refugios antiaéreos como las trompetas de Meier en clara referencia a Goëring.

La producción industrial alemana se tiene que desviar hacia lugares remotos como por ejemplo los enormes complejos subterráneos excavados bajo montañas, en contraposición a la industria americana o inglesa, quienes siguen proveyendo de aviones a sus fuerzas aéreas.

3-¿Cómo fue el avance hacia Alemania?

En un principio los ejércitos aliados se quedan atascados en Holanda y en la zona de la cuenca del Rin. En agosto de 1944 los aliados llegan hasta la línea Sigfrido, el muro defensivo que Alemania había construido como respuesta a la famosa línea Maginot. Es allí cuando se empieza la lucha en batallas tan importantes como la del bosque de Hürtgen, una lucha que supuso unas pérdidas más importantes para el ejército americano que para el alemán y en la que al final se logra conquistar Aquisgrán.

A partir de este momento se inicia la carrera por tratar de conquistar la cuenca del Roer con la llamada Operación Queen. Era la antesala a la Batalla de las Ardenas que junto a la Operación Boddenplatte fueron las dos últimas bazas jugadas por Hitler para intentar cambiar a su favor el curso de la guerra.

4.¿Hubo algún “soldado olvidado” en todo este contexto?

Las enfermeras. Más de 59.000 enfermeras prestaron servicio en el ejército americano durante la SGM. Las enfermeras estuvieron asignadas tanto en los llamados hospitales de campaña, como en los hospitales de evacuación, en trenes, barcos y también en transportes aéreos. Antes del ataque de Pearl Harbor existían unas 1000 enfermeras que llegaron hasta el número de 40.000 justo antes del desembarco de Normandía, cuando aún imperaba una norma de 1943 que no permitía reclutar a más. Fue justamente a raíz de la necesidad de incrementar las tropas para el desembarco cuando se reclutaron a 10.000 más. En un principio, las enfermeras no sabían nada de la vida militar por lo que se decidió darles un curso de 4 semanas básico que incluía materias como organización y cortesía militar, defensa contra ataques aéreos, sanidad en el campo, etc.

Por dar algún número, decir que 18 enfermeras se hacían cargo de entre 75 a 150 pacientes, que los trenes tenían 32 vagones con 1 enfermera a cargo de cada uno de ellos y en los aviones médicos, las enfermeras recibían una instrucción especial de supervivencia en lugares como desiertos, junglas o el ártico y también de afectación de las alturas a los pacientes. Normalmente se asignaba a una enfermera y un paramédico por vuelo.

Durante la guerra murieron en servicio 201 enfermeras, 16 por fuego directo del enemigo y 17 en vuelo. 1600 fueron condecoradas por servicio meritorio bajo fuego enemigo.