Category: Historia Universal



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  • Las celebraciones en las que se basa esta jornada son las Lupercales («la fiesta de la licencia sexual») y el día en honor de la diosa Juno Februata

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Ni amor, ni pequeños angelitos capaces de volar y de lanzar flechas para entrelazar el destino de dos tortolitos. El origen del Día de San Valentín poco tiene que ver con lo que, a día de hoy, se celebra el 14 de febrero. Por el contrario, esta fiesta en honor a los enamorados se basa en las Lupercales, un festival de depravación y sexo salvaje que se llevaba a cabo en la Antigua Roma con varios objetivos. Entre ellos, lograr que los jóvenes se iniciaran en la sexualidad y perdieran el miedo a mantener relaciones entre sí. La celebración era tan bárbara e imposible de erradicar que la Iglesia se vio obligada a sustituirla por el actual día de los enamorados en el siglo V.

Con todo, esta es solo una de las teorías existentes sobre el origen de San Valentín. Algunas fuentes creen que también se basa en otra fiesta pagana que se quería «cristianizar»: la que se hacía en honor de Juno Februata. El autor John M. Flader afirma en su obra «Tiempos de preguntar. 150 cuestiones sobre la Fe Católica» que, en la Antigua Roma, existía la costumbre de honrar a esta deidad introduciendo los nombres de las jóvenes de la ciudad en una caja. Cada uno de ellos era extraído por un chico y la pareja resultante quedaba unida a nivel sexual. Nuevamente, lo pecaminoso de la celebración hizo que fuera modificada. «Al final, se sustituyeron los nombres de las chicas por los de los santos», afirma el autor.

Lupercales: barbarie y golpes en Roma

Las Lupercales, según la mayoría de los expertos, eran unas fiestas celebradas en la Antigua Roma que incluían varios ritos para que los adolescentes se iniciaran en las relaciones sexuales. Con todo, y según explica el autor Jean-Noël Robert en su obra «Eros romano: sexo y moral en la antigua Roma», el origen de esta celebración ya se consideraba entonces mitológico. «Se trataba de una de las ceremonias más arcaicas, ya que numerosos especialistas coinciden en decir que se remontaba a los tiempos del caos, mucho antes de la fundación de Roma, en la que sin duda se hacían sacrificios humanos», señala.

Oficialmente, la fiesta se celebraba en la misma gruta (la Lupercal) en la que se creía que una loba había amamantado a los fundadores de Roma (Rómulo y Remo) después de que estos hubieran sido abandonados en el río por su familia.

El escritor Carlos Goñi relata en «Una de romanos: un paseo por la historia de Roma», este curioso episodio: «Marte, el flagrante dios de la guerra, amó en secreto a [una joven], quien concibió dos mellizos. Cuando naciero, [el tio de la chica, Atulio] introdujo a los pequeños en una cesta y los hechó al Tíber, convencido de que morirían. Sin embargo, la cesta vino a parar a un remanso del río. Los niños empezaron a llorar y la loba los descubrió. El animal los amamantó en una gruta al sur del Palatino, llamada Lupercal».

Desde aquella gruta se iniciaban las Lupercales de manos de un sacerdote. Este era el encargado en primer lugar de sacrificar un carnero en honor a Fauno (el dios de la naturaleza). Lo hacía con el mismo cuchillo con el que, posteriormente, embadurnaba la cara de dos «lupercos» o «luperci» (los jóvenes que debían pasar por aquel ritual).

Mientras corrían, los «lupercos» iban dando latigazos a todo aquel que se ubicaba frente a ellos

«Después, secaba los restos de sangre con vellón de lana mojado en leche; en este punto los dos muchachos debían prorrumpir en risas», explica el autor de «Eros romano». ¿Por qué esta reacción? Al parecer, porque de esta forma emulaban la victoria de la vida sobre la muerte. La «resurrección» por la que, en definitiva, habían pasado los fundadores de la ciudad tras verse abandonados y haber sido recogidos por el animal.Una vez que habían sido ungidos por el sacerdote, estos dos jóvenes (que casi siempre iban desnudos, o ataviados únicamente con taparrabos fabricados con la piel de los animales sacrificados) salían de la gruta. El ritual no acababa en este punto, sino que iniciaban una carrera desquiciada a través de Roma por un itinerario previamente planeado. Un trayecto que llevaban a cabo mientras proferían obscenidades. Mientras corrían, los «lupercos» iban dando latigazos -con una correa fabricada también con los restos del carnero- a todo aquel que, voluntariamente, se ubicaba frente a ellos.

El principal objetivo eran, no obstante, las mujeres en edad de ser madres. «La opinión en que estaban las mujeres era que estos latigazos contribuían a su fecundidad, o a su feliz libertad», se explica en el «Diccionario Universal de Mitología». Las chicas, de hecho, consideraban todo un honor que los «lupercos» les diesen un correazo, pues era una forma de que los dioses les asegurasen un retoño. Los hombres zurrados, por el contrario, entendían que aquellos golpes les purificaban y les permitían entrar «limpios» en el nuevo año (que comenzaba entonces en marzo). Es decir, que llevarse una marca a casa era símbolo de buena suerte.

A pesar de todo, los autores le atribuyen varios significados a esta fiesta. Robert señala, por ejemplo, que mediante aquella carrera la «ciudad revivía sus primeros momentos, aquellos en que había pasado de la barbarie y el caos a la civilización, a una nueva vida». Otros tantos son partidarios, por el contrario, de que la ceremonia era principalmente un rito de iniciación entre los más jóvenes. El autor Pierre Jacomet es uno de ellos. El escritor afirma en una de sus obras que aquellas eran «ceremonias destinadas a alejar el miedo a la sexualidad, el temor de ser incapaz, el terror a no poder cumplir con el ritual de la fertilidad, que es la cópula, a perder la calidad de ciudadano del mundo».

¿Qué sucedía después de la carrera? Las teorías son varias. Algunos autores como Jon Juaristi explican en «El bosque originario» que las Lupercales podrían incluir «ritos orgiásticos como la prostitución propiciatoria de las pastoras». Robert, por su parte, añade que ese día también se celebraban otros tantos rituales como «el sacrificio de un perro», una invocación a Juno, o un banquete».

La confusión con Juno Februata

Pero San Valentín no solo podría tener su origen en las Lupercales. Como ya se ha señalado anteriormente, también sería posible que se basara en la fiesta que los romanos celebraban en honor de Juno Februata (la diosa de las purificaciones, según se explica en «Panlexico, vocabulario de la fabula»). No obstante, existe cierta controversia en torno a esta festividad. Algunos autores afirman que era una celebración situada el día 14, mientras que otros la ubican el 15 y, algunos más, llegan a señalar que se celebraba entre el 13 y el 15.

La controversia en torno a esta ella es total. Determinados historiadores señalan que realmente se correspondían con las «februales», unas celebraciones que duraban casi medio mes y que se llevaban a cabo en febrero. Las mismas en las que se detenía el culto al resto de divinidades (pues sus templos se cerraban) y, curiosamente, los matrimonios estaban prohibidos.

Las teorías sobre cómo se celebraban las fiestas en honor de Juno Februata son también varias. Algunos autores afirman que en ellas se llevaban a cabo sacrificios mientras los presentes portaban antorchas. Otros escritores como Flaver son partidarios de que, en base a las fuentes clásicas, se festejaban de una forma mucho más romántica: «Existía la antigua costumbre de que el 15 de febrero los chicos escribieran los nombres de las chicas en honor de la diosa Juno Februata».

También se cree que, posteriormente, las «papeletas» (por así llamarlas) eran guardadas en una caja y cada joven extraía una. Esa sería su pareja sexual, y con ella llevaría a cabo sus fantasías más perversas. «Para cristianizar dicha costumbre, se sustituyeron los nombres de las chicas por los de los santos», completa el experto. El historiador del XVIII Alban Butler es en quien se basa principalmente este experto, el cual es secundado por otros posteriores como Jack Oruch.

Cristianización

La brutalidad de las Lupercales, así como la necesidad de cristianizar la fiesta ante la imposibilidad de que la olvidasen los ciudadanos, provocó que -allá por el siglo V- la Iglesia tomara cartas en el asunto. Así lo afirma el periodista e historiador Jesús Hernández (autor del blog «¡Es la guerra!») en su obra homónima: «La fiesta de San Valentín fue instaurada en el año 498 por el papa Gelasio I, probablemente en un intento de eliminar la efeméride pagana de las Lupercales, que se celebraban el 15 de febrero. Un festejo relacionado con el amor y la reproducción».

En palabras de este autor, se eligió sustituirla por San Valentín en base a que este religioso desafió a Roma en el siglo III en nombre del amor. Por entonces, el emperador romano Claudio II Gótico (214-270 d.C.) consideraba que «los soldados que estaban casados pecaban de conservadores en el campo de batalla, en unos momentos en los que las fronteras se veían acosadas por alamanes y vándalos».

«Los soldados que estaban casados pecaban de conservadores en el campo de batalla»

El político, que de tonto no tenía un pelo, decidió que lo mejor para que sus legionarios se dejasen la vida y derrochasen valor en el frente era prohibirles contraer matrimonio. Si nadie les esperaba en su hogar, no tendrían reparos en batirse a pilum y gladius.«San Valentín era entonces el obispo de la ciudad de Iteramna (hoy Terni, en Italia), y se avenía a celebrar en secreto las bodas de aquellos soldados que no querían cumplir esa orden del emperador», añade Hernández.

Como era de esperar, al ser descubierto fue apresado por el líder, quien le decapitó el 14 de febrero del año 269. «Se cree que fue enterrado en la Vía Flaminia, a las afueras de Roma, lo que hizo que durante la Edad Media la Puerta Flamina fuese conocida como Puerta de San Valentín», completa el historiador y periodista. En todo caso, la veracidad sobre la biografía del santo hizo que la Iglesia Católica eliminara esta festividad del calendario en el año 1969.

Con todo, existe otra versión sobre esta historia. Según desvela el dossier «El día de San Valentín» (editado por la Consejería de educación en el Reino Unido e Irlanda), Valentino era, allá por el siglo III, un cristiano que continuó practicando su religión a pesar de la prohibición romana. Sus principios le llevaron a la cárcel, donde uno de los guardias le pidió que diese clases a su hija ciega. Tras varias jornadas a su lado, la pequeña recuperó la vista y se convirtió al cristianismo al entender que era la fe verdadera.

«Añade la leyenda que la víspera de la ejecución, Valentino envió una última nota a la niña pidiéndole que se mantuviera en la fe. La nota iba firmada: “de tu Valentino”. Al día siguiente, 14 de febrero, Valentino fue ejecutado. Sus restos se conservan en la Basílica de su mismo nombre, en Terni, donde cada año, el 14 de febrero, las parejas que van a casarse celebran un acto en honor del Santo», se señala en el informe.


El Mundo

  • Surge una nueva teoría que señala a China como el artífice de la primera globalización
Óleo que representa el ataque inglés a la ruta del galeón de Manila, nombre que recibieron durante más de dos siglos los barcos y el tramo que conectaba Oriente y Occidente. J. CLEVELEY EL JOVEN

Óleo que representa el ataque inglés a la ruta del galeón de Manila, nombre que recibieron durante más de dos siglos los barcos y el tramo que conectaba Oriente y Occidente. J. CLEVELEY EL JOVEN

Cuando hace unos días el presidente chino, Xi Jinping, tomó la tribuna del Foro Económico Mundial en Davos, más de uno se sorprendió al oírle pronunciar un encendido alegato a favor de la globalización y del libre comercio. Pero aunque a muchos sus palabras les sonaron contradictorias, China lleva siglos siendo uno de los protagonistas principales del comercio internacional, y hay expertos que consideran al país asiático -junto a la España e Hispanoamérica del siglo XVI- el artífice de la primera globalización de la Historia.

Es el caso del estadounidense Peter Gordon y el español Juan José Morales, autores del reciente libro La Ruta de la Plata (Ed. Penguin). En sus páginas, los autores rebaten la narrativa histórica dominante que desde la Revolución Industrial encumbra a las naciones anglosajonas como artífices de la globalización, y retrotraen la aparición de este fenómeno más de dos siglos, a una época en la que España y Portugal dominaban los mares y China era la mayor economía del planeta.

Para ellos, hay una fecha clave: 1565, año que en que el fraile y marino Andrés de Urdaneta descubrió y documentó la ruta de vuelta desde Manila (Filipinas) a Acapulco (Nueva España), un tornaviaje que “por primera vez permitía a las embarcaciones europeas navegar el Pacífico de manera fiable en ambas direcciones”, apunta Morales a Mercados.

En una década, esta ruta y los barcos que la surcaban pasó a conocerse como el galeón de Manila, una vía que durante los siguientes 250 años sirvió para conectar Oriente y Occidente e intercambiar conocimientos y mercancías -seda y porcelanas chinas y especias, algodón o marfil del Sudeste Asiático- por plata americana, hasta un tercio de la extraída en las colonias españolas.

Una vez al año, un galeón iba de Manila a Acapulco con esas mercancías, que luego eran trasladadas al puerto de Veracruz, en el mar Caribe, para ser embarcadas en la Flota de Indias rumbo a Sevilla o Cádiz. En contrapartida, otra nao hacía el camino inverso repleto de plata y productos como vino o aceite. En total, 15.000 millas que conectaban Asia con Europa a través de las Américas, la ruta comercial más larga de la historia hasta entonces.

Aunque Gordon y Morales no son los primeros en defender esta teoría, sí que son pioneros en acuñar el término Ruta de la Plata para referirse a este fenómeno, un vocablo “muy definitorio, análogo a la Ruta de la Seda, pero diferente en su significado, y que cambió la economía global para siempre”, especifica el autor español, que también fue presidente de la Cámara de Comercio de España en Hong Kong durante años.

Elementos clave

Según narran, esta Ruta de la Plata ya contaba con los elementos clave de lo que hoy llamamos globalización: rutas comerciales bidireccionales de alcance mundial; la integración de los mercados financieros a través de la plata; intercambios culturales y de personas, y la existencia de la primera urbe global de la historia, una Ciudad de México precursora del Londres o Nueva York actuales. “Además, fue fundamental la aparición de la primera divisa global”, apostilla Morales. Se trataba del real de a ocho, que se empezó a acuñar en el siglo XVI y del que más tarde derivarían el dólar estadounidense, el yuan chino y el yen japonés, entre otros.

Para los autores, son muchas las lecciones que se pueden extraer de aquellos días. La primera, que una China en ascenso no necesita ni converger con Occidente ni convertirse en su enemiga, en una suerte de globalización en la que ambos bandos se integran pero permanecen apartados, tal y como sucedió en los siglos XVI y XVII. “La globalización de entonces integró a China en lo económico, pero no en lo institucional”, subraya Morales. “Lo mismo ocurre hoy. El país comercia con sus propios términos porque tiene la fuerza necesaria para ello. Hay que ser más realistas y convencernos de que, a mayor intercambio económico, China no va a ser más liberal. El modelo anglosajón, que cree que el capitalismo sirve para que arraiguen instituciones democráticas y liberales, no funciona en este caso”, agrega.

China está llamada a jugar un papel fundamental en el mundo de hoy. Más aún observando cambios recientes como el de la retirada estadounidense del TPP, iniciativas como la nueva Ruta de la Seda o la creación del Banco Asiático de Inversión e Infraestructura liderado por Pekín.

Como concluyen Gordon y Morales, lo que está por venir podría parecerse a la primera globalización vivida en el siglo XVII. Un mundo en el que China aspira a ser el jugador dominante, a través de las rutas comerciales y los mercados, más que por la fuerza, y con una relación entre un Oriente y un Occidente “que no mantienen una enemistad insalvable, sino más bien un precario equilibrio en el que cooperar y buscar ventajas”.


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  • Si unos tenían a sus particulares demonios en los suecos, los católicos los tenían en las tropas croatas, de las que se decía que usaban narices y orejas humanas para decorar sus sombreros
 Soldados asaltan una granja alemana, por Sebastian Vrancx, 1620

Soldados asaltan una granja alemana, por Sebastian Vrancx, 1620

Los horrores de la Guerra de los Treinta años marcaron profundamente a una generación de campesinos y soldados alemanes que jamás habían imaginado una violencia así. Ni siquiera en un lugar tan belicoso como era el corazón de Europa. Lo que había empezado como una guerra de carácter religioso entre nobles alemanes luteranos y católicos contra calvinistas, se transformó a lo largo de los años en un conflicto internacional –infectado de empresarios de la guerra sin escrúpulos– donde las tierras germanas se llevaron la peor parte. Llovía sobre mojado; y se quemaba lo que ya había estado en llamas.

«Vivimos como animales, comiendo cortezas y hierba. Nadie podía imaginar que fuera a ocurrirnos algo semejante. Mucha gente dice que no hay Dios», escribió una familia de campesinos de Suabia (Babiera) en la solapa de una Biblia en 1647. La catástrofe europea se inició con la confrontación del Emperador Habsburgo, Fernando II, y las fuerzas protestantes del Sacro Imperio Germánico, que aspiraban a que el Calvinismo gozara de la misma consideración que el luteranismo tenía desde la Dieta de Augsburgo. No obstante, Dinamarca, Suecia, España, Francia y la República Holanda se sumaron a la guerra en las sucesivas fases, sin que la religión fuera el único factor en juego.

El negocio de la guerra y la extorsión

Durante el conflicto –recuerda Geoffrey Parker en su libro «Historia de la guerra»– no menos de 100 empresarios militares ejercieron su actividad en Alemania en un momento determinado, cifra que pudo ascender a 300 en la década de 1630. Y no es que el resto de tropas se cuidaran más de no maltratar a la población local, pero el hecho de carecer de cualquier tipo de apego hacia la tierra que quemaban elevaba aún más la intensidad del pillaje y del saqueo. Siendo de su propiedad, los empresarios preferían evitar que sus ejércitos se perdiesen en batallas campales, por lo que las tropas pasaron la mayoría de años de conflicto sumidos en marchas, contramarchas y tareas de ocupación. Hasta entonces no había sido tan evidente que la guerra resultaba un negocio lucrativo y abierto a los emprendedores.

La extorsión de pequeñas bandas a enclaves perdidos, véase la excelente película «El último valle» (1970), se convirtió en el pan de cada día para muchas poblaciones germanas. La diferencia entre la forma de actuar de estos mercenarios y una simple pandilla de bandidos era únicamente semántica.

El prolongado enfrentamiento entre las tropas de los Habsburgo y los protestantes en los mismos lugares dejó un escenario dantesco en algunos pueblos que llegaron a perder incluso la memoria anterior a la guerra, puesto que, en palabras del período, «no quedaba nadie que recordara las cosas antes de la llegada de los suecos». Muchos muros y terraplenes medievales perdieron sus nombres primitivos y pasaron a ser llamados «murallas suecas».

Las ciudades que se hallaban en el camino de los ejército podían rendirse o bien defender las murallas, aunque ambas opciones solían acabar igual de mal para la población local. Además de las extorsiones de los soldados, los campesinos debían hacer frente a la caída de ingresos, la pérdida de cosechas y a las epidemias que venían de la mano de las matanzas. Las historias de las atrocidades sufridas se convirtieron casi en un género literario. Relata un informe oficial lo que las tropas imperiales habían hecho a su paso por Plaue, a pocos kilómetros de la ciudad de Brandeburgo, en 1639: «Los ancianos fueron torturados hasta morir, muertos a tiros, varias mujeres y muchachas violadas hasta morir, niños ahorcados, a veces incluso quemados, o atados desnudos, de modo que morían por el frío extremo».

De entre todos los ejércitos, los suecos fueron los que adquirieron una fama más siniestra en algunas regiones alemanas. Su Rey, Gustavo II Adolfo, se había tomado la guerra como una cruzada contra los católicos y los papistas, contagiando a sus tropas ese mismo fanatismo. Con el fin de sonsacar dónde habían guardado sus escasos objetos de valor, las tropas de Gustavo Adolfo inventaron la tortura llamada «el trago sueco» (Schwedentrunk), que consistía en atar a una persona en el suelo, ponerle un embudo en la boca o cuña y echar líquidos, cualquiera imaginable, hasta que la persona hablaba o moría apaleada en medio de terribles dolores ventrales.

El funcionario de aduanas del municipio alemán de Beelitz, cerca de Potsman, describe como los imperiales también recurrieron a esta técnica para obligar a un panadero en 1637 a revelar la ubicación de su dinero.

«Los ladrones y asesinos cogieron un trozo de madera y lo clavaron en la gargante de los pobres desgraciados, moviéndolo y vertiendo agua, añadiendo arena o incluso heces humanas, y torturaban lastimosamente a la gente por dinero».

Saqueo bíblico a Magdeburgo

Los católicos no iban a la zaga de los protestantes en cuanto a crueldad. Si unos tenían a sus particulares demonios en los suecos, los católicos los tenían en las tropas croatas, de las que se decía que usaban narices y orejas humanas para decorar sus sombreros. El 20 de mayo de 1631, el comandante imperial Tilly tomó la ciudad protestante de Magdeburgo y la saqueó como era habitual en la época con quien no capitulaba por propia voluntad. El saqueo derivó en una matanza de dimensiones bíblicas: 20.000 protestantes fallecieron en aquellos días. «No se veían más que cadáveres aun doblados, amontonados o estirados, desnudos; los gritos de aquellos a los que se cortaba la garganta se mezclaban con los furiosos gritos de sus asesinos», escribiría un siglo después el Rey de Prusia Federico II, también historiador y filósofo.

El saqueo de un bando era casi siempre el preámbulo del saqueo del otro. Como explica Christopher Clark en su libro «El reino de Hierro: Auge y caída de Prusia» (La Esfera de los libros, 2016), la pequeña ciudad de Lenzen, al noroeste de Berlín, sufrió el sucesivo ataque de imperiales y protestantes en el año 1638. Tras el paso imperial, que quemaron la localidad y se llevaron «cualquier cosa que los propietarios rescataban de las llamas», atacaron los suecos de modo «tan espantosa con los ciudadanos, mujeres y niños, que cosas así nunca se dijeron de los turcos». Los suecos cortaron las pantorrillas a un anciano para evitar que huyera, obligaron a personas a meterse en el agua helada, escaldaron a una matrona con agua hirviendo y ahorcaron a niños desnudos en pleno frío.

Si bien muchos relatos de atrocidades fueron producto del mito de «la furia destructiva», resulta innegable lo grave de la catástrofe demográfica. Algunos pueblos alemanes desaparecieron de la faz de la tierra y ciudades tan importantes como Potsdam y Spandau perdieron el 40% de su población. Los horrores de la prolongada guerra quedaron instaladas en la memoria colectiva de toda una generación. «Homo homini lupus», concluiría Thomas Hobbes (1588-1679).


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  • Aunque los españoles lograron abordar dos barcos holandeses que bloqueaban Manila, el comandante enemigo se valió de un ardid para recuperar uno de los bajeles y masacrar a 250 españoles del San Diego, que en la retirada había naufragado de forma absurda
 Conquistador español, Pabellón de la navegación de Sevilla

Conquistador español, Pabellón de la navegación de Sevilla

A vueltas con los samuráis y los españoles, en las últimas semanas se ha hecho viral la falacia, por enésima vez, de que los combates de Cagayán (1582) fueron la primera vez en la que las armas occidentales, españolas para más señas, se impusieron a las japonesas. Es falso. Más allá de que se trató realmente de una lucha de piratas japoneses contra filipinos, indígenas mexicanos y un puñado de españoles; hay que recordar, sobre todo, que aquella no fue la primera vez en la que los europeos y los japoneses se enfrentaron. Ni la única, ni la última… Eso sin mencionar que los portugueses habían sometido repetidas veces a auténticos samuráis entre 1560 y 1580].

Los imperios ibéricos lucharon contra samuráis y soldados japoneses de todo tipo, pero también junto a ellos. El Imperio español tuvo que aliarse con extraños amigos con tal de defender su dominio sobre el Pacífico, donde el Imperio portugués, bajo la soberanía de Felipe II, también mantenía un enorme imperio comercial y numerosos enemigos. La Corona contrató samuráis para que lucharan en nombre de España contra los holandeses y las sublevaciones chinas, si bien lo hicieron en condición de mercenarios.

A finales del siglo XVI, la llegada de comerciantes y piratas holandeses e ingleses se convirtió en la nueva amenaza predilecta a los intereses ibéricos

En Filipinas, los españoles tuvieron que enfrentarse con frecuencia a piratas chinos y japoneses, sublevaciones de la población china en estas islas y a la amenaza de que un Japón al fin unificado pusiera sus ojos en los territorios vecinos. Además, a finales del siglo XVI la llegada de comerciantes y piratas holandeses e ingleses se convirtió en la nueva amenaza predilecta a los intereses ibéricos. Como ocurriera 50 años antes con las incursiones de piratas ingleses en el Caribe, los holandeses vieron en las indefensas posesiones ibéricas en el Pacífico la mejor manera de herir al gigante contra el que las Provincias Unidas llevaban décadas combatiendo en Europa. Lo que empezó como un rebelión local en los Países Bajos había cruzado dos océanos para adquirir la categoría de guerra internacional.

La llegada de Holanda al Pacífico

Tras varias intentonas de asentarse en el Pacífico, las Provincias Unidas planearon en 1599 una expedición que, más allá de fijar nuevas rutas, perseguía como principal fin saquear y destruir los puestos ibéricos. Una escuadra de cuatro buques al mando de Oliver Van Noort partió a finales de verano para enfrentarse a un viaje infernal. En los 14 meses que tardó en llegar al Estrecho de Magallanes y dirigirse al Mar del Sur, la escuadra perdió dos barco, sufrió enfermedades, desencuentros y ataques enemigos. Pero al fin llegó contra todo pronóstico a las aguas dominadas por los dos imperios ibéricos.

Haciéndose pasar por un marino francés con autorización real, Van Noort obtuvo provisiones de los propios españoles y se le permitió llegar a las proximidades de Manila. El complicado viaje les había dejado sin los medios para atacar directamente la capital filipina, por lo que los holandeses se decidieron a, simplemente, bloquear el puerto desde la entrada de la bahía. Van Noort buscaba así hacerse con los barcos mercantes, chinos en su mayoría, que acudían a Manila a vender productos e incluso con algún galeón español repleto de plata. El bloqueo marítimo, no obstante, causó el pánico en la escasamente defendida ciudad, que ni siquiera contaba con barcos en el puerto, salvo un mercante en reparación y una pequeña fragata. Y es que la mayoría de los soldados y barcos, mercenarios japoneses incluídos, habían partido a una expedición de castigo a Mindanao, base de los piratas esclavistas llamados «moros» (musulmanes del Pacífico).

Ciertamente, ya en ese momento se conocía de tropas samuráis al servicio de España, si bien es más preciso hablar únicamente de soldados japoneses, sin especificar su categoría social. La mayor parte de las veces se encuadraban como mercenarios al mando de oficiales españoles, aunque también hubo casos de oficiales indígenas. En esta condición participaron en varias misiones de castigo contra los piratas de la zona, entre ellas una contra lo que hoy es Taiwan. Asimismo, se contaron tropas de este tipo en la desesperada defensa que los españoles de Manila organizaron contra el bloqueo de los holandeses en 1600.

La acometida española iba a ser desesperada e incluso precaria. Los dos únicos barcos que dormitaban en el puerto, el mercante (el San Diego) y la pequeña fragata (el San Bartolomé), fueron armados con 14 y 10 cañones de tierra respectivamente. No obstante, como explica el historiador Agustín Rodríguez González en un artículo publicado en octubre de 1999 en la «Revista de defensa española», el mayor problema fue encontrar soldados de calidad para embarcar en estos buques. El oidor Antonio de Morga se hizo cargo de una tropa de unos centenares de hombres, la mitad españoles, muchos filipinos, negros y, por supuesto, mercenarios japoneses. Estos samuráis de fortuna gozaban de gran prestigio en el Pacífico, pero sonaban poco amenazantes frente a la flotilla holandesa. Solo el Mauritíus, el barco principal de los holandeses, contaba con más cañones que los dos barcos españoles juntos.

El plan de los españoles era de una simplicidad absoluta: embestirían los dos barcos con el viento y las mareas favorables contra el Mauritius, sin más objetivo que romper el bloqueo y hundir el barco principal. Y así se actuó al alba del 14 de diciembre. Van Noort ordenó levar anclas al ver el ataque español, mientras que el segundo barco holandés, el débil Eeridracht, se limitó a apartarse del área de acción.

El rápido abordaje protagonizado por el San Diego dejó fuera de juego al Mauritius. Después de que los arcabuces y mosquetes españoles barrieran la cubierta, treinta hombres al mando de un alférez se hicieron con el castillo y con los estandartes enemi­gos, lo que tradicionalmente significaba que el barco había sido sometido. De hecho, cuando llegó el San Bartolomé a descargar su fuego contra el barco holandés, el grupo de abordaje tuvo que identificarse a gritos para que no abrieran fuego contra soldados amigos. «España, España; vic­toria, se han rendido», vociferaron para evitar el fuego amigo.

Los holandeses supervivientes se atrincheraron bajo cubierta y soli­citaron rendirse. Pero por alguna razón hoy desconocida, Morga cayó en un estado de postración y permitió a los holandeses pensar un plan de fuga.

Una victoria que se convirtió en tragedia

En paralelo a esta situación de impasse, el San Barto­lomé emprendió la marcha para dar caza a la Eeridracht, que in­tentaba huir desesperada­mente a bastante distancia. Aún así lo interceptaron sin que en este caso hubiera dudas de cómo proceder. El comandante de la fragata, Juan de Alcega, abordó el barco e hizo prisionero al capitán Víesmann y otros veinticinco supervivientes.

Por el contrario, Van Noort ordenó resistir a los holandeses en­cerrados (26 de ellos heridos) en el Mauritius e incluso amenazó a los que querían rendirse con hacer volar la santabárbara si se movían un centímetro. Una amenaza en consonancia con la forma de proceder kamikaze típica de los Mendigos del Mar, que preferían quemar o hacer explotar sus barcos antes que rendirlos al Imperio español. Los holandeses sabían que los españoles los iban a ajusticiar en cuanto se rindieran, porque los consideraban piratas, herejes y rebeldes. No habría juicio. No tenían una salida fácil. ¿O sí?

Cuando ya se cumplían seis horas desde el inicio del com­bate, los españoles detectaron numerosas vías de agua en el San Diego, mientras que un incendio fue declarado en el Mauritius. ¿Qué desencadenó este fuego? Pudo ser accidental, causado por la lucha o tal vez organizado por el comandante holandés. Sigue resultando un misterio; pero bastó ver una columna de humo saliendo del barco para que los españoles abandonaran en desorden la cubierta enemiga, temiéndose que se tratara de otra de esas estrategias suicidas de los holandeses.

El problema estaba en que el San Diego donde se refugiaron se iba irremediablemente a pique. Camino de la cerca­na isla Fortuna, el barco español se hundió a cien metros del Mauritius, que había sido recuperado por los holandeses. Los desesperados náufragos españoles fueron masacrados por los hombres de Van Noort, con un balance de 250 hombres cruel­mente asesina­dos. Solo se salvó un centenar en los botes, suje­tos a cualquier resto que flotara o nadando, entre ellos el propio Morga.

Los españoles habían logrado romper el bloqueo, pero a costa de graves pérdidas humanas. Van Noort regresó a Holanda con su dota­ción agotada, su buque averiado por el incendio y con dos de los palos inúti­les. El San Bartolomé tampoco pudo o quiso perseguirlo. Ellos sí habían hecho preso al Een­dracht, cuya tripulación fue ejecutada al completo una vez en Manila.

Haciendo un balance general, la expedición de Noort había resultado un desastre total y su única victoria era, si acaso, salvar la vida cuando todo parecía perdido

Haciendo un balance general, la expedición de Noort había resultado un desastre total y su única victoria era, si acaso, salvar la vida cuando todo parecía perdido. El regreso a Amster­dam fue tan terrible como el viaje de ida, fondeando allí tras tres años, el 26 de agosto de 1601, cuando solo que­daban vivos ocho tripulantes. Con todo, se convirtieron en los pri­meros holandeses en completar la vuelta al mundo.

A la travesía de Van Noort le siguió un auténtico desembarco holandés en Japón y otros territorios del Pacífico. Y serían los holandeses los que envenenaran las buenas relaciones entre los japoneses y los católicos, lo que desembocaría en la persecución de miles de cristianos en Japón. No obstante, aún en 1606 está documentada la participación de samuráis mercenarios en la sofocación de la rebelión de los sangleyeses (chinos) de Manila. En este sentido, también los holandeses imitaron posteriormente la estrategia ibérica y echaron mano de estos mercenarios.

 


ABC.es – Cesar Cervera

  • Los Estados surgidos tras las Guerras de independencia hispanoamericanas del siglo XIX asumieron entre sus primeras decisiones la depuración de la administración y de aquellos individuos que habían ocupado cargos de responsabilidad
 Fragmento de la Batalla de Carabobo. Oleo sobre tela - Palacio Federal Legislativo

Fragmento de la Batalla de Carabobo. Oleo sobre tela – Palacio Federal Legislativo

La historiografía casi no quiso acordarse de ellos. Tal vez estaba demasiado entretenida con las mentiras de la leyenda negra como para prestar atención al éxodo que protagonizaron miles de españoles expulsados de América conforme se emancipaban territorios españoles en el continente. Fueron los perdedores de una guerra iniciada por los criollos (entre el 10 y el 15% de la población), los acomodados descendientes de españoles –como Simón Bolívar o José de San Martín– que se revolvieron contra la madre patria y se cobraron lo que ellos pensaban la revancha. Los últimos españoles de América sufrieron toda clase de abusos y desprecios.

La población mestiza e indígena luchó en ambos bandos

Lejos de ser una revolución popular y espontánea, los procesos de independencia de principios del siglo XIX corrieron a cargo de criollos dueños de grandes plantaciones e intelectuales enriquecidos, que recibieron el apoyo indirecto de EE.UU e Inglaterra, empezando con el comercio de armas y barcos de guerra a los insurgentes. En tanto, la población mestiza e indígena, la mayoritaria, luchó en ambos bandos. Siendo que al final el dominio económico ejercido por España fue, simplemente, sustituido por el de otras potencias mundiales como Gran Bretaña. Cambio de patrones, pero no de estructura.

Los españoles fuera de la vida civil

Los Estados surgidos tras las Guerras de independencia hispanoamericanas del siglo XIX asumieron entre sus primeras decisiones la depuración de la administración y de aquellos individuos peninsulares que habían ocupado cargos de responsabilidad. Si bien fueron miles los españoles que huyeron debido al propio conflicto, el verdadero acoso comenzó con leyes dirigidas a expulsarlos o evitar que pudieran entorpecer la creación de los nuevos estados.

Como suele ser habitual en estos casos de expulsiones masivas –véase la de los judíos en 1492 o la de los moriscos en el siglo XVI– los que se llevaron la peor parte fueron los ciudadanos con pocos recursos que lo perdieron todo.

Los miembros de la aristocracia lograron congraciarse con el nuevo régimen o, simplemente, huyeron sobre puentes de plata. Los españoles que cambiaron su nacionalidad lo hicieron por conservar sus vastas propiedades y a cambio de renunciar a sus títulos nobiliarios. El verdadero drama afectó a miles de familias humildes, que abandonaron a contrarreloj los países donde vivían y sus propiedades. En muchos casos la expulsión se realizó a través de precarias embarcaciones, hacinados y obligados por la fuerza. Una vez en puertos de la Península Ibérica tampoco les esperaban vítores precisamente. España vivía uno de sus peores momentos.

En México, el antihispanismo que acompañó a los acontecimiento revolucionarios afectó gravemente a los 15.000 españoles que allí residían. En previsión de un conflicto de puertas para dentro, se le retiraron las armas a todo individuo español y se les expulsó del estado militar. Asimismo, en febrero de 1824, se relegó a los españoles de cualquier cargo público que ocupasen. Se les negaba la posibilidad de retirar capitales, y se les obligaba a abandonar sus lugares de residencia. En este sentido, los líderes más radicales culparon a los españoles de los males del continente y justificaron por ello que ahora se les quitara todo y se les expulsara, por muy ilegal e injusto que fuera esta medida.

Al declararse la independencia, los españoles que quisieran marcharse libremente, incluso con sus caudales, lo pudieron hacer en virtud del artículo 15 de los Tratados de Córdoba. Aquella fue la mejor opción, a tenor de la radicalización que se vivió más adelante y las insistentes vulneraciones del tratado. México promulgó el 10 de mayo de 1827 una ley de empleo por la que ningún español de nacimiento podría ocupar cargo alguno en la administración pública, civil o militar. Los españoles quedaron marginados a nivel social, hasta el punto de que tenían prohibido reunirse o asociarse. Una serie de leyes a nivel local y nacional orquestaron en varias oleadas la salida de los españoles de México, con un plazo de 30 días, y la condición de poder sacar del país únicamente la tercera parte de sus bienes.

Calcula el investigador Harold Sims (autor de «La Descolonización de México») que, entre los años 1827 y 1829, fueron expulsados de México en razón de su origen español 7.148 personas. En 1830 quedaban ya menos de 2.000 españoles en esa región. Los principales receptores de este éxodo fueron Estados Unidos, Filipinas, Cuba, Puerto Rico y Europa. No así las islas británicas. Los peninsulares, a pesar de la supuesta amistad con Inglaterra, eran recibidos por las autoridades británicas en el Caribe con desconfianza y controles exhaustivos.

La situación vivida en la Gran Colombia de Simón Bolívar fue todavía más violenta que en México. Lo prueba el hecho de que ya el 11 de julio de 1812, mientras en España se combatía a los franceses, fueron linchados y ejecutados 60 canarios por protestar contra la proclamación de la independencia de la primera república de Venezuela. Sus cabezas posteriormente cortadas fueron exhibidas en Caracas. Sin tiempo que perder, la guerra de Bolívar desembocó en una ley de expulsión de los españoles el 18 de septiembre de 1821. Todos los españoles de origen peninsular que no demostrasen haber formado parte del movimiento independiente serían sacados a la fuerza del país.

El principal lugar al que partieron estos expulsados fueron las islas del Caribe españolas, sobre todo Puerto Rico, donde arribaron 3.555 refugiados.

Los últimos de Callao

En Argentina y Perú también se aplicaron leyes para apartar inmediatamente a los españoles de la administración. Durante el conflicto fueron habituales las penas de confinamiento, «contribuciones especiales» y expropiaciones contra los españoles peninsulares con el fin de recaudar fondos militares. Los abusos fueron frecuentes. En torno a 1.000 personas de la población de españoles peninsulares sufrieron penas de prisión en Argentina debido a la actividad militar en curso.

En torno a 1.000 personas de la población de españoles peninsulares sufrieron penas de prisión en Argentina

En Perú la población española se concentraba principalmente en Lima y, dada la antiguedad de este virreinato, se sentía más protegida que en otros rincones. Su seguridad jurídica, sin embargo, se vino abajo con la llegada de la expedición militar al mando de José de San Martín, quien amparó 4.000 actos de confinamiento en prisiones contra civiles españoles. El acoso contra los españoles se tradujo en un exilio de unos 12.000 españoles en este virreinato.

El epílogo de la guerra tuvo tintes de masacre. Tras la batalla de Ayacucho en 1824, en Lima, cerca de 6.000 civiles españoles se refugiaron en la fortaleza del Callao cuya guarnición resistió hasta el año 1826 al más puro estilo de los Últimos de Filipinas. Aquel lugar fue el último refugio de un territorio que había sido hispánico desde tiempos de Pizarro. La capitulación de la fortaleza terminó con solo 400 soldados supervivientes, de un total de 700 personas vivas.


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  • El director de cine Laureano Clavero (director de MIRASUD PRO) ha recreado una de las mayores contiendas del Desembarco de Normandía en Barcelona
 Recreación histórica de los Rangers - ABC

Recreación histórica de los Rangers – ABC

Con 40 kilos de equipo encima -entre armas y pertrechos- y la pesada carga a sus espaldas de saber que, si no cumplían con la misión que les había sido asignada, sus compañeros serían masacrados por el fuego de la potente artillería alemana. De esta guisa (y a manos descubiertas) escalaron dos centenares de Rangers (una unidad de élite específicamente entrenada para llevar a cabo operaciones rápidas) los acantilados de Pointe du Hoc -en la costa francesa- durante el Desembarco de Normandía el seis de junio de 1944.

Su objetivo no era otro que llegar hasta la cima de los riscos e inutilizar media docena de cañones germanos de 155 milímetros listos para disparar contra todo aquel que arribara a las playas de Omaha y Utah. El ascenso no pudo ser más sanguinario ya que los hombres del 2º de Rangers (los encargados de acometer esta dura tarea) recibieron balas y granadas a decenas por parte de los defensores (ubicados en la parte superior). La misión dejó en estos valientes comandos un sabor agridulce ya que, cuando lograron conquistar la posición, se encontraron con que el enemigo se había llevado los cañones a otra zona.

Este heroico episodio de la Segunda Guerra Mundial, olvidado como tantos otros por los españoles, ha sido alumbrado ahora por el foco de la actualidad gracias a Laureano Clavero -director de la productora MIRASUD PRO– y a su proyecto «Carentan-Omaha-Bastogne». Una iniciativa que busca recrear, mediante tres sesiones fotográficas, las contiendas más destacadas del ejército norteamericano tras el Desembarco de Normandía. La primera de ellas se sucedió el pasado mayo en Tarragona y rememoró la mítica batalla de Carentan entre la 101ª División Aerotransportada y los paracaidistas alemanes en un pueblo abandonado.

Ahora, por el contrario, el escenario ha sido la playa de Arenys de Mar (en Barcelona), donde este popular cineasta y varias asociaciones de recreación histórica (la «First Allied Airborne Catalunya», la «Airborne Lleida 101 División Easy Company» y la «Asociación Normandía 101 de Benicarló») dieron vida el pasado domingo al Día D y a la toma de los acantilados de Pointe du Hoc por parte de los americanos. «La actuación de los Rangers era determinante. Aquellas piezas podían hacer mucho daño a las lanchas de desembarco que se acercaban y a los mismos barcos. Su misión era vital», explica a ABC el divulgador histórico (y asesor histórico del proyecto) Pere Cardona, autor del blog «HistoriasSegundaGuerraMundial».

El Día D

El origen del Día D hay que buscarlo en los años 40, época en la que los aliados tomaron la determinación de invadir Francia atravesando el Canal de la Mancha para abrir un segundo frente a los nazis. «El Desembarco de Normandía fue una operación que Stalin llevaba mucho tiempo pidiéndole a los ejércitos occidentales. Pero tanto Churchill como Eisenhower eran contrarios a un plan de este tipo. Stalin lo quería porque así descongestionaría todo el este. Al fin se dieron cuenta de que era muy buena idea dividir al ejército alemán y comenzaron a planearlo», explica Cardona a ABC. Con este objetivo Estados Unidos, Gran Bretaña y Canadá reunieron una gigantesca flota de unos 160.000 soldados y 7.000 buques.

Para organizar la ofensiva, el mando combinado dividió las regiones de desembarco del norte de Francia en cinco zonas que deberían ser tomadas: Utah, Omaha, Gold, Juno y Sword (ubicadas de izquierda a derecha de la costa gala). Conquistar las dos primeras sería tarea de los norteamericanos. Los ingleses se encargarían de la tercera y la quinta y, finalmente, los canadienses tendrían la responsabilidad de acabar con la resistencia en la última.

Todos y cada uno de estos hombres se enfrentarían a unas defensas nazis mermadas, pero bien posicionadas. «Los alemanes habían desplegado cinco divisiones de infantería, una división aerotransportada y una división de tanques y tenían la ventaja en el posicionamiento de batalla», explica el «UU.EE. Holocaust memorial museum».

No obstante, muchas de las unidades alemanas contaban con una experiencia mínima en combate o sufrían de algunos problemas físicos. «Al “Muro Atlántico” los alemanes enviaron muchas unidades que, realmente, no eran aptas para el combate en otros frentes. Rommel consideraba que, al tener solo que defender una posición, podían solventar la situación. Así pues, había unidades con soldados mayores de 45 años o enfermos con problemas gastrointestinales» explica, en declaraciones a ABC, Joan Parés, miembro del grupo de recreación histórica «First Allied Airborne Catalunya». En verano todo estaba planeado. Pero había una serie de problemas. Los principales eran gigantescos y tenían forma de cañones y estaban ubiados en Pointe du Hoc.

La misión

Se podría decir que una buena parte del desembarco estadounidense dependía de la conquista de este risco. «La orden era inutilizar las seis piezas de artillería de 155 milímetros que había en Pointe du Hoc, la cima de un acantilado de 30 metros ubicado entre las playas de Omaha y Utah» explica, en declaraciones a ABC, Jaime Mendoza -recreador histórico desde los años 90, experto en la historia del ejército americano, colaborador de «Mundo Militaria» y uno de los participantes en la sesión fotográfica-. En palabras de este divulgador, los cañones podían causar verdaderos estragos debido a su alcance efectivo de 14 kilómetros y a su situación estratégica.

La única forma forma de tomar esta posición era desembarcando en la playa y ascender mediante cuerdas y escalas por los acantilados. Algo sumamente arriesgado, pues implicaba que -aquellos que fueran seleccionados para la misión- recibirían una infinidad de disparos y granadas desde lo alto del risco. Y no solo eso, sino que estarían indefensos mientras ascendían por la pared de roca al tener las manos ocupadas sujetando la cuerda.

Al alto mando se le planteó una dura decisión: ¿A quién encargar esta cruenta tarea? Al final, se seleccionó a los Rangers, la élite de la infantería estadounidense. Unos soldados destinados a desplegarse de forma veloz y llevar a cabo misiones de riesgo en la primera línea de batalla.

«No éramos unos chicos simpáticos, ni muy afables, pero sí especiales. Teníamos algo que ardía dentro. Estábamos listos para la acción y confiábamos mucho en nosotros mismos. Además, amábamos el riesgo y la aventura» afirmaba en un documental para el Canal Historia James Eikner (uno de los Rangers presentes en Pointe du Hoc). Lo cierto es que no tampoco eran demasiado veteranos (pues se habían graduado en 1943) pero sí contaban con un entrenamiento específico para expulsar de la cima a los alemanes.

En palabras de este militar retirado, la recomendación de que estos soldados fueran los seleccionados para escalar los acantilados de Pointe du Hoc fue del mismísimo general Omar Nelson Bradley, al mando de las tropas del desembarco en Omaha y Utah. «Vio a los Rangers en el norte de África y dijo “estos cabrones pueden hacer lo que sea. Se que destruirán esos cañones, pero puede que no queden muchos después». Con todo, también se estableció que la zona sería bombardeada previamente (y hasta la saciedad) para facilitar el trabajo a los asaltantes.

«En Pointe du Hoc debían desembarcar tres compañías, la D, la E y la F (de 68 hombres cada una). Todas ellas, del 2º Batallón de Rangers», añade Mendoza a ABC. A nivel de organización, el recreador recuerda que, habitualmente, los batallones americanas contaban con más hombres y compañías, pero en los Rangers el número había sido reducido por ser una unidad especial. «Una compañía de Rangers contaba con dos secciones, cada una de 31 hombres mandada por un oficial. A este número se sumaba el Estado Mayor, formado por cuatro hombres (un soldado, un cabo, un sargento y un capitán)», añade. El total, en definitiva, sería de unos 225 soldados.

Las horas previas

A las cuatro y media de la mañana, todavía dentro de los buques ubicados en el Canal de la Mancha, los soldados destinados en el «Prince Baudoin» se cuadraron al escuchar las palabras que, a la vez, tanto esperaban y temían: «¡Rangers, a sus lanchas!». Junto a ellos, otros tantos hombres se prepararon para el día más importante de sus vidas: la jornada en la que empezarían a liberar a Europa del nazismo. Sin embargo, antes de vencer a los alemanes muchos tuvieron que enfrentarse a su otro gran enemigo: la bravura del agua.

Y es que el líquido elemento andaba revuelto debido al tiempo, y muchos de ellos no sabían nadar. El resultado fueron multitud de tobillos torcidos al acceder a las embarcaciones. «Resultaba una actividad peligrosa, con la pequeña lancha subiendo y bajando y dando brincos contra el costado del buque. Varios hombres se rompieron los tobillos o las piernas al no calcular debidamente el momento en que debían saltar o al verse atrapados entre la borda y el costado de los barcos», explica Antony Beevor en su obra «El Día D».

En este punto las fuentes son contradictorias. Mientras algunos autores afirman que estos soldados portaban en su mayoría el equipo básico de la infantería norteamericana (el cual incluía el fusil M1 Garand), Antony Beevor es partidario de que los Rangers iban menos cargados (con poco peso) y portaban, en su mayoría, subfusiles. Así lo explica en su obra: «La mayoría de ellos iban armados con poco más que una subametralleta Thompson, una automática del 45 y unos 100 gramos de dinamita atados al casco».

Los recreadores presentes en el evento son partidarios de la versión de que los Rangers portaban el equipo básico de infantería. «Llevaban el fusil de dotación Garand M1, que disparaba 8 cartuchos en semiautomático. Las Thompson eran un armamento muy específico. En cada compañía solía haber un número reducido de Thompsons (4 o 5) que llevaban normalmente los oficiales y los suboficiales. En principio estaban más extendidas, pero fueron retiradas», determina a ABC Mendoza.

En todo caso, e independientemente de las armas que portasen, cuando estuvieron dentro de las lanchas, el capitán del navío les despidió de la siguiente forma: «Buena caza Rangers». Mientras se alejaban de los navíos, los hombres que iban en las lanchas escucharon como los bajeles aliados empezaban a descargar varias andanadas de cañonazos sobre los diferentes puntos estratégicos. «Los grandes cañones te producen en el pecho la sensación de que alguién te ha abrazado y te ha dado un buen achuchón», afirma Ludovic Kennedy, uno de los combatientes presentes en el Día D.

El gran error

Poco después ya todo dependía de los Rangers que iban en las lanchas de desembarco. Poco podía hacer ya la artillería. Sin embargo, la misión de estos soldados pudo acabar en desastre incluso antes de empezar. ¿La razón? Que, por error, el timonel de la Marina Real británica que manejaba la primera barca se equivocó y la dirigió demasiado al este. A un punto erróneo de la costa. Por suerte, el teniente coronel James E. Ruddler (el oficial al mando del 2º de Rangers) se percató y corrigió rápidamente el fallo. El objetivo principal se salvó, pero a costa de luchar media hora durante la corriente.

Así recuerda Eikner aquel suceso: «La mañana del Día D, al amanecer, todos estábamos forzando la vista queriendo ver algo en el horizonte. Según su fueron haciendo más nítidas las figuras, nos dimos cuenta de que algo no iba bien. El coronel Ruddler fue el primero en actuar. Dijo “demonios, esto no es Pointe du Hoc”. El coronel se enderezó -era un hombre enorme- y dijo “timón a la derecha”. El timonel estaba tan asustado que simplemente le hizo caso. Toda la columna de botes giró. Llegamos 38 minutos tarde, a las siete y ocho. Y los alemanes ya estaban listos en la parte de arriba, disparándonos según nos acercábamos».

Desembarcando

Después del que el frio metal de las barcazas tocara la playa de Normandía frente a los acantilados, desde las mismas se dispararon unos curiosos artilugios «made in» las fuerzas armadas británicas: unos garfios impulsados por cohetes que arrastraban las cuerdas por las que deberían subir los Rangers. Para desgracia de los aliados, muchos se quedaron cortos debido al peso extra del agua con la que se habían mojado. Además, también se usaron extensas escaleras de la brigada contra incendios de Londres.

Como explica Beevor, los alemanes no podían creer que les dispararan aquellos garfios. Su sorpresa fue mayúscula. «El cuartel general de la 352ª División de Infantería fue informado de que “desde los buques de guerra en alta mar el enemigo dispara contra los acantilados bombas especiales de las que salen escalas de cuerda”». Con todo, la sorpresa les duró poco y, más temprano que tarde, empezaron a disparar con todo lo que tenían a los Rangers. El fuego provenía de armas tan variopintas como los míticos fusiles Kar 98 o las no menos llamativas ametralladoras pesadas MG42.

Por su parte, los Rangers empezaron a desembarcar y a disparar hacia las alturas. Apoyados, eso sí, por el fuego de los destructores «Satterlee» (de los Estados Unidos) y «Talybont» (de la Royal Navy inglesa). Ambos, con su acierto, lograron darles algunos minutos para tomar posiciones en la playa y empezar a escalar. «Los disparos obligaron a los defensor a permanecer agazapados durante los primeros momentos del asalto», añade el anglosajón en su obra.

Así describió Leonard Lommell (uno de los Rangers que desembarcó) aquella traumática situación: «Yo fui el primer herido de mi lancha de desembarco. Una bala de ametralladora pasó a través de mi costado derecho y me atravesó un músculo, pero no me dio en ningún hueso». Por suerte para este soldado, ninguno de sus órganos vitales reultó herido y pudo continuar luchando.

La sangrienta escalada

A partir de ese momento comenzó una sangrienta lucha en la que los Rangers ubicados a los pies del acantilado trataban de cubrir a aquellos que ascendían. «Los alemanes estaban arriba, tirando granadas. Te quitabas la sangre de las botas y seguías adelante», añade, en este caso, Eikner. Solo había una cosa en sus cabezas: conseguir llegar a la cima y detener aquella marea de granadas. «Grité “muchachos, están tirando granadas, meted la cabeza y sacad los culos”: Ya se sabe, el culo se puede encargar de la metralla mucho mejor que la cara», completa el militar.

Pero los alemanes no eran los únicos enemigos a los que los Rangers se enfrentaban. Y es que, además de todo ello, tenían que subir por una pared casi vertical cargando 40 kilos de equipo. A pesar de su entrenamiento, muchos acabaron extenuados a medio camino. «Cuando Bob y yo estábamos subiendo por la cuerda, Bob me dijo: “no puedo conseguirlo, ¿me puedes echar una mano?”. Yo le contesté “Bob, no te puedo ayudar porque yo mismo me estoy preguntando si tengo suficiente fuerza para llegar a la cima. Luego otro compañero se lo echó a la espalda y siguió avanzando», añade Lommell.

La suerte de los norteamericanos fue dispar ya que, mientras algunos lograron ascender hasta el punto y empezar a dar guerra a base de tiros a los alemanes, otros como Eikner recibieron un impacto y cayeron de nuevo a la playa. «Lo último que recuerdo es una explosión y un montón de rocas rodando por la colina. Estuve desmayado no se cuanto tiempo. Cuando me levanté sentí el dolor en mis piernas, descubrí que estaban llenas de ampollas de sangre», explica el soldado. A pesar de ello, logró sobrevivir y comenzó la escalada de nuevo.

Sin cañones

Al cabo de unas horas los Rangers lograron llegar a la cima y establecer un perímetro defensivo. Aunque 16 de ellos no pudieron conseguirlo y fallecieron durante el trayecto. La misión se había cumplido. O eso creían ya que, cuando llegaron arriba, vieron perplejos como los cañones habían sido trasladados. Los emplazamientos de hormigón estaban totalmente vacíos.

«Fue una horrible experiencia. Tanto sacrificio para ver que no había ningún cañón», explica Lommell. Por suerte, cuando la zona estuvo dominada y los defensores fueron expulsados, los americanos enviaron una pequeña patrulla a investigar unas marcas de raíles ubicadas en el suelo. «Siguieron las marcas y encontraron los cañones dos kilómetros más adentro, en una granja. Allí los desactivaron», completa Mendoza a ABC.

Eiknet explicaba así el cumplimiento final de su misión: «Habíamos cumplido nuestro objetivo. La patrulla había encontrado los cañones y los había dejado fuera de servicio. Habíamos cortado la carretera y habíamos impedido su uso al enemigo. No podían mandar refuerzos a Omaha porque habíamos cortado las comunicaciones». Para su desgracia, todavía tuvieron que esperar dos días hasta la llegada de sus refuerzos. Dos jornadas en las que sufrieron multitud de bajas. «Cuando llegaron sus refuerzos, solo quedaban 90», completa el recreador.


El Mundo JESÚS LÓPEZ-PELÁEZ CASELLAS

  • Esta orden de monjes guerreros, defensores de Cristo, está rodeada de misterios y leyendas
  • La Orden del Temple y su eco en la península 

    Cuadro de François Marius Granet representando el último día del Gran Maestre templario Jacques de Molay.

    Cuadro de François Marius Granet representando el último día del Gran Maestre templario Jacques de Molay.

Probablemente no exista organización en la historia que haya provocado mayor cantidad de especulaciones y leyendas que los templarios. En su célebre ‘Chevaliers du Christ’, Alan Demurger sostenía que existe, por un lado, la historia del Temple y, por otro, la de su leyenda; y de forma irónica Umberto Eco, en ‘El péndulo de Foucault’, ponía en boca de uno de sus personajes que “los templarios siempre tienen algo que ver con todo”.

Ciertamente, multitud de libros pseudo-históricos han sostenido, sin prueba real alguna, una supuesta vinculación directa del Temple con asuntos esotéricos como la Mesa esmeralda del rey Salomón, el Santo Grial (del que nada se dice en la Biblia), el Arca de la Alianza, el ‘Lignum Crucis’, la Piedra Filosofal de los alquimistas, innumerables tesoros y hasta el descubrimiento de América. Todas estas son entretenidas leyendas sin fiabilidad, pues no hay evidencia histórica seria que las apoye porque el archivo templario se perdió, probablemente, tras la toma de Chipre por los turcos en 1571.

Pero no se puede decir que estas creencias surjan de la nada, ni que los caballeros de la cruz roja no estén rodeados de misterio y magia que los hace irresistibles. Un asunto significativo es el de sus ritos de iniciación. Estos, si bien similares a los de cualquier otra orden religiosa o militar, adquirieron un aura de secretismo y esoterismo con un cierto perfume oriental. Los juicios a los templarios recogieron testimonios inquietantes acerca del proceso de iniciación en la Orden, durante el que se realizaban actos que la Iglesia y los jueces del rey vieron inaceptables. Y si bien estos testimonios estuvieron inducidos por la tortura, no se descarta que no fueran parcialmente ciertos.

Acusados de satanismo

Así, el beso del maestre al novato en la boca parece que simbolizaba la transmisión del espíritu y el valor templario al neófito, pero al añadir que también se besaba al maestre en el falo o en el ano (las versiones variaban) se pasó a acusarlos de sodomía/homosexualidad. Esta acusación -un crimen monstruoso en la época- estaba motivada por la renuncia que hacían los caballeros a relacionarse con mujeres, excepto madre y hermana. La práctica de ritos satánicos o la confraternización con sectas musulmanas, confesadas bajo tortura, aumentaron su leyenda.

También es cierto que los causantes de la desaparición de los templarios (Felipe IV, su principal consejero Guillaume Nogaret y el Papa Clemente V) murieron a los pocos meses de que Jacques de Molay fuera quemado en la hoguera (y supuestamente les lanzara una maldición mientras perecía entre las llamas). Además, entre 1315 y 1317 se produjeron inundaciones en casi toda Francia como consecuencia de las cuales se perdieron cosechas y se extendió la hambruna, a lo que -como es bien sabido- siguieron epidemias de peste y la muerte de cientos de miles de personas; estos acontecimientos (que dieron lugar a la conocida como crisis del siglo XIV) también se atribuyeron a un castigo divino motivado por la injusta eliminación de la Orden.

No cabe duda de que debían resultar misteriosas para sus contemporáneos las vestimentas de estos defensores de la cristiandad (la imponente capa blanca con la cruz patada roja) y sus símbolos, especialmente el ‘Sello de los Soldados de Cristo’ con los dos hombres compartiendo caballo. Este sello, que muchos historiadores explican como símbolo de la comunidad de bienes, de austeridad y de humildad, también se ha relacionado con una alusión al amor carnal entre caballeros, a prácticas satánicas, a creencias en los aspectos duales de la existencia, o a todo a la vez.

En relación con una posible inclinación de estos monjes militares hacia una concepción dualista de la existencia (creencia de procedencia oriental) conviene recordar que otro de los aspectos más enigmáticos de sus declaraciones tiene que ver con el significado de una misteriosa figura llamada ‘bafomet’. Está atestiguado que en muchas capitanías templarias se guardaba una enigmática cabeza barbada, el ‘bafomet’, que en los interrogatorios y bajo tortura algunos caballeros confesaron adorar. Aunque probablemente se trataba de alguna imagen de origen islámico, se ha apuntado de nuevo a otra referencia al dualismo de algunas creencias orientales, al estilo del ying y el yang o del dios de las dos caras Jano. Los historiadores apuntan que debieron adoptar esta imagen como amuleto de la buena suerte, si bien admiten que es imposible determinar hasta qué punto no era objeto de culto.

Otros símbolos de naturaleza poco clara y que han pasado a formar parte de su leyenda son el bastón de mando (el ‘abacus’) del Gran Maestre, la barba templaria (que se afeitaban al abandonar la Orden) o la enseña (el ‘baussant’) en combate, la bandera blanca y negra. Esta representaba, de nuevo, un cierto dualismo oriental: el día y la noche, la vida y la muerte, o la luz y la oscuridad. El blanco además simbolizaba la pureza, y el negro el valor: ambas características, era bien conocido, debían acompañar al caballero templario a lo largo de su vida.

¿Llegaron a América?

Todas estas circunstancias, que para la mayoría de historiadores son perfectamente explicables sin apelación a misterio alguno, sumadas a una hipotética llegada a América, con la que habrían mantenido contacto desde el puerto francés de La Rochelle (que sería la vía de entrada a Europa de plata del Nuevo Mundo siglos antes de la llegada de Colón) y la propia naturaleza de una orden de monjes guerreros reservada, austera y radicada en sus orígenes en Palestina contribuyeron a cimentar su misterio y su atractivo.

Pero es su espiritualidad la que más atención suscita. Porque a su profundo sentido del deber (al menos 20.000 efectivos murieron en el campo de batalla o tras sufrir tortura y negarse a dejar su fe) y su ausencia de vanagloria y de estrictas diferencias jerárquicas (inspirados en la Orden cisterciense creían en la igualdad esencial del ser) hay que sumar un cristianismo que podríamos llamar de frontera.

Efectivamente, esta forma de comprensión de lo religioso de los templarios, que algunos denominan ‘mística’, bien puede ser considerada uno de los primeros intentos de comprensión -si no de fusión- de la espiritualidad sufí musulmana desde la perspectiva de una Orden cristiana (nada que ver con la intransigencia almorávide que combatieron en la Península, o con la de la Inquisición). Y es que de su espiritualidad y desprecio por lo terrenal da fe su lema, tomado de un salmo:’ Non nobis, Domine, non nobis, sed nomini tuo da gloriam’ (Concédenos la gloria no a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre).


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  • Ideada como una evolución del modelo M1, esta arma era sumamente ligera y se diseñó especificamente para poder ser transportada por los paracaidistas norteamericanos
 La 101, tras capturar una bandera alemana - ABC

La 101, tras capturar una bandera alemana – ABC

Desde el subfusil Thompson (mal llamado «ametralladora»), hasta la pistola Colt 1911 (una de las más conocidas del ejército americano por su potencia). Las películas bélicas nos han hecho creer que estas eran las dos armas más extendidas entre los paracaidistas de la 101ª División Aerotransportada. Esos combatientes que, horas antes del Desembarco de Normandía, se dejaron caer tras las líneas de defensa alemanas para atrapar a los germanos en un terrible fuego cruzado y para proteger los vitales puentes que llevarían a los aliados al interior de Francia.

Sin embargo, la realidad es que -a pesar de lo que nos dice Hollywood– las armas más extendidas entre los «paracas» de la 101 eran la carabina M1A1 (una evolución del modelo M1 modificada especificamente para tropas aerotransportadas) y el fusil M1 Garand (el de dotación de la infantería estadounidense). Hoy, estas dos son también las más utilizadas por los grupos de recreación histórica españoles que dan vida a las unidades paracaidistas de la Segunda Guerra Mundial. Y todo, bajo un precio sumamente asequible gracias a la marca hispana «Denix».

La carabina M1

Una de las dos armas principales que portaron los paracaidistas de la 101ª División Aerotransportada en Normandía fue la variante M1A1 de la carabina M1. Esta última era uno de los pertrechos principales en el arsenal de las tropas de segunda línea de los Estados Unidos de América. Es decir, de aquellos soldados que (por estar asignados a una batería de artillería, cargar con una ametralladora pesada, o encontrarse destinados en una unidad dedicada a labores de intendencia) necesitaban un fusil más ligero que el M1 Garand (de unos 4 kilos) o las pesadas Thompson (de 5).

Esta carabina, concretamente, se ideó en 1942 con el objetivo de que las tropas auxiliares tuvieran la capacidad de defenderse de las agresivas tácticas de ataque germanas. Y es que, mediante la «Blitzkrieg» o «Guerra relámpago», los alemanes rompían la primera línea de defensa enemiga y se lanzaban con sus unidades mecanizadas contra la retaguardia contraria. Un lugar en el que podían causar estragos destruyendo polvorines o convoys de suministros defendidos, únicamente, por soldados equipados con poco más que armas cortas tales como pistolas.

Así pues, la necesidad de contar con un arsenal más potente para rechazar estos posibles golpes de mano provocó que EEUU se planteara la creación de un arma ligera y de fuego rápido. De esta forma nació la carabina M1.

«Tras numerosas pruebas, se adoptó el diseño de la firma Winchester […] el 22 de octubre de 1942», explica la revista especializada «Les Cosaques» en su dossier «Carabina M-1». El resultado fue un arma relativamente corta (90 centímetros aproximadamente) pero con cierta cadencia de fuego al contar con un cargador de 15 cartuchos que disparaba en modo semiautomático. Con ella, además de las unidades anteriormente seleccionadas, se dotó a algunos oficiales.

El arma (elaborada en madera y metal con una culata fija) usaba un cartucho más propio de pistola, que de fusil. «La carabina usaba un calibre de 30. Seria una especie de 9 mm largo. El arma no era muy potente ni un alcance muy extenso, pero tenía una cadencia de fuego alta» explica, en declaraciones a ABC, Joan Parés (miembro del grupo de recreación histórica «First Allied Airborne Catalunya» -especialistas en la 101ª División Aerotransportada-). El arma debió ser útil, pues se fabricaron 6.200.000 unidades hasta el final de la Segunda Guerra Mundial y fue modifica dando como resultado hasta 15 modelos diferentes.

Con todo, y aunque fue bien recibida entre las tropas a las que iba destinadas, la carabina M1 también tenía algún pequeño problema además de su escaso alcance. «En la Segunda Guerra Mundial esta carabina no llevaba bayoneta. Es lógico porque habitualmente se entiende que la bayoneta es una extensión del arma que permite al soldado usarla como una lanza. Con un arma tan corta es un poco absurdo, ya que no tiene la suficiente extensión como para causar un daño severo. Pero es algo normal en este tipo de armas cortas y ligeras», completa el experto.

El modelo «paraca

Como arma ligera que era, la carabina M1 atrajo sobremanera a las recién creadas divisiones de paracaidistas estadounidenses. Entre ellas, la 101ª División Aerotransportada (activada el 16 de agosto de 1942). La razón era sencilla: estos combatientes necesitaban contar con un arsenal lo más ligero posible para saltar desde los cielos. Y es que, a menos peso tuviera su arma, más cosas podrían llevar consigo para sobrevivir una vez que se encontraran solos, y tras las líneas enemigas, en las playas de Normandía.

Así pues, y con el fin de hacer la M1 (de poco más de 3 kilos) más adaptable si cabe a los paracaidistas, se rediseñó la carabina para sustituir su culata fija de madera por una plegable (y mucho más ligera) de metal. Dicho modelo (de apenas 2.800 graamos) fue desarrollado por una subdivisión (Inland) de la actual «General Motors» (que llegó a fabricar un total de 2.650.000). El resultado fue un arma sumamente compacta, pero resistente y que podía abrirse con facilidad. La variante fue denominada «Carabina Cal .30 M1A1» y fue entregada, a partir de octubre de 1942, a la 82ª y a la 101ª divisiones aerotransportadas.

«La 101ª División usó esta carabina, que era muy ligera. Sin embargo, muchos soldados preferían el fusil Garand por tener un calibre y una potencia de fuego más alta. Además de contar con una cadencia de fuego decente al disparar 8 cartuchos en semiautomático. Eso sí, los que llevaban la carabina ahorraban en peso y podían llevarla en una bolsa desechable que se ataban y que tiraban una vez que llegaban al suelo», añade Parés en declaraciones a ABC.

Así define el popular historiador Antony Beevor estas armas en su obra «El Día D. La batalla de Normandía»: «El arma personal del soldado normalmente era una carabina con afuste, desmontado en parte, metido en una bolsa llamada “estuche del violín”, que se llevaba atada con unas correas cruzando el pecho».

Se fabricaron aproximadamente 150.000 de estas carabinas modificadas para los paracaidistas, y fueron muy bien acogidas. Tanto, que este modelo (y el mismo M1) se fue actualizando para participar en varias guerras posteriores. «Después se usó en la guerra de Corea y continuó hasta los primeros años de Vietnam», completa el recreador histórico.

Otras armas de los «paracas»

La otra arma principal de los paracaidistas de la 101ª División Aerotransportada en el Día D fue el M1 Garand, el fusil dedotación usado por la infantería del ejército americano. Su característica principal era que podía disparar hasta ocho cartuchos de forma semiautomática sin necesidad de ser amartillado. Eso le otorgaba una ventaja sobre los fusiles mono-tiro de rusos, británicos y alemanes. Aunque también le hacía perder un poco de precisión. «El Garand tenía un alcance de aproximadamente 1.000 metros, lo que le daba una gran ventaja sobre el resto de armas», explica Parés en declaraciones a ABC.

Además de estas armas, los paracaidistas de la 101ª también contaban con pistolas Colt 1911. Un tipo de arma corta que no todos llevaban por no ser reglamentaria. «Al principio de la guerra se dotó a las unidades con Colt 1911, pero el ejército las terminó retirando. Algunos paracaidistas la llevaban, pero solo los que se la pudieron guardar, pues no era de dotación en el 44. Oficialmente solo la portaban algunos mandos o servidores de ametralladoras. Tenerla era casi un premio. Además, era muy querida. En el Pacífico, por ejemplo, se contaba que un disparo de esta pistola podía arrancar la mano a un japonés por su gran calibre», completa el experto.

Por otro lado, el recreador histórico afirma que los paracaidistas de la 101ª no solían portar (salvo casos raros) subfusiles como la Thompson. «Solo se dotaba a elementos muy especializados del ejército. El problema es que en las películas suele aparecer mucho porque los subfusiles son muy espectaculares por disparar fuego automático. Pero hay que tener en cuenta que su alcance era de entre 400 y 500 metros, y el Garand lo doblaba, por lo que era preferido. Además carecía de precisión por contar con un cañón muy corto», añade el recreador. Con todo, tan cierto como esto es que se pudo ver a algún «paraca» con ella.

Según Parés, otro tanto sucedía con los alemanes, a los cuales solemos ver en las películas con el característico subfusil MP40. «Es cierto que los alemanes tenían más armas automáticas que los aliados, pero también es verdad que lo que más utilizaban era el fusil Kar 98. Si ves las películas, parece que al final de la guerra todos llevaban MP40 o MP44, pero no. Tuvieron armas de todo tipo y de toda procedencia», añade el experto.

SI QUIERES CONOCER EL EQUIPO COMPLETO DE UN PARACAIDISTA DE LA 101 AEROTRANSPORTADA, SIGUE ESTE ENLACE: Así iban equipados los paracaidistas de la 101ª División Aerotransportada en el Desembarco de Normandía.

Recreando la M1A1

En palabras de Parés, a día de hoy bastante sencillo adquirir una réplica de la carabina M1A1 gracias a marcas como «Denix». Una empresa española que fabrica «objetos de recreación» (que no armas, como ellos mismos señalan).

«”Denix” te permite adquirir una copia en madera y metal por unos 150 euros. Es algo que, cuando empecé con la recreación hace 12 años, parecía imposible. Además, ofrecen los dos modelos, tanto el de culata fija, como el de la culata plegable para paracaidistas», explica el experto.

Tal y como determina, esta empresa ha logrado posicionarse como una de las mejores del mercado. «Cuando vas a recreaciones en otros países, puedes ver sus réplicas. Se exportan a todo el mundo», determina.

«”Denix” ha permitido generalizar la compra de réplicas de armas de la Segunda Guerra Mundial por un precio razonable. Te dan la oportunidad de tener réplicas de armamento original como el Garand cuando, anteriormente, era algo imposible por menos de 500 euros. Elaboran réplicas muy fidedignas. Sus ventajas son el precio y que las puedes encontrar en bastantes tiendas del país. En el caso de la M1A1, con todo, y por ponernos puristas, tiene un tornillo donde no toca. Encima del cañón. Además, a veces el color de la madera (el teñido) esta un poco pasado de tono. Pero es algo para recreadores sumamente puristas», añade Parés.

¿La ley permite portar réplicas de armas?

El problema es que la replica está hecha para tenerla en un domicilio. En ese caso no hay ningún problema porque, según la ley, es un ornamento. Cuando la sacas fuera empiezan los problemas. Estas sacando un trozo de madera y metal que simula un arma, y puede dar lugar a equívocos.

Hay cierto vacío legal. Nosotros, cuando organizamos eventos, pedimos permiso a la Guardia Civil para que nos deje utilizarlas. Los agentes vienen, revisan las réplicas y te dan la autorización. En cierto modo es lógico. Si vas por la calle con un rifle colgado de la espalda (aunque sea una réplica) puedes causar el pánico. Pero, si es un evento autorizado, no hay problema.


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  • Una tribu hebrea ayudó en el 627 a los politeístas de La Meca a combatir a Mahoma, y tras ser vencida por el profeta 700 judíos fueron decapitados
 Mahoma predica después de la Batalla de la Trinchera, según un autor anónimo - ABC

Mahoma predica después de la Batalla de la Trinchera, según un autor anónimo – ABC

La enemistad entre judíos y musulmanes dirimida en el campo de batalla no comenzó en 1947 con la creación del Estado de Israel. La primera gran contienda de la que se tiene constancia histórica data del 627. Los historiadores la denominan La Batalla de la Trinchera, por el ingenioso método utilizado por Mahoma para vencer a un enemigo mucho mayor en número y medios de combate. Pero el aspecto más polémico tiene que ver con la conclusión de aquella campaña, la última y más decisiva para la creación del islam, y para entender su rápida difusión por todo el mundo conocido a golpe de espada. Por orden del profeta, casi 700 miembros varones de una tribu judía, la de los Qurayza, fueron decapitados, y sus mujeres y niños repartidos como esclavos.

Los historiadores coinciden en que la Batalla de la Trinchera en la ciudad de Medina fue el acto fundacional de la comunidad musulmana en la península Arábiga. La campaña previa pretendía ser el golpe definitivo a Mahoma y sus seguidores, que habían huido de La Meca y encontrado refugio en Medina. Una coalición de tribus politeístas mecanas, junto a unas pocas tribus nómadas judías, establecieron en La Kaaba un pacto militar para combatir a Mahoma. En vísperas de marzo de 627 se dirigieron a esa ciudad unos 10.000 hombres, con 600 caballos y camellos. Alertados, los mahometanos, que solo contaban con 3.000 soldados, decidieron recurrir a la construcción de un foso en torno a Medina para frenar a la caballería. El ingenio militar era conocido entre los persas, pero pilló por sorpresa a la coalición árabe .

El sitio de Medina duró varias semanas, pero pudo haberse decantado rápidamente en favor del bando agresor debido a una circunstancia: el pacto secreto de la coalición con una tribu judía que habitaba cerca de Medina, la de Banu Qurayza, que debía actuar como “quinta columna” en Medina para permitir la entrada del ejército invasor. Mahoma fue advertido y la conspiración se frustró. Finalmente -y como consecuencia de una “intervención divina” en forma de terribles tormentas, según la tradición musulmana- la coalición se desmoralizó y levantó el sitio.

Sin dar pausa al júbilo, Mahoma decidió marchar contra los Qurayza para hacerles pagar la traición, por la ruptura de una alianza anterior entre la tribu judía y la nueva comunidad musulmana. El sitio duró poco tiempo, y Banu Qurayza se rindió. Las historiadores musulmanes disputan en este punto, pero el más aceptado es que el profeta pidió consejo a uno de sus consejeros, Saad ibn Maad, quien concluyó que todos los judíos de la tribu debían ser pasados a espada. Mahoma asintió, y unos 700 hebreos fueron decapitados. El Corán recoge en varios de sus versículos tanto la conspiración de los Qurayza como la venganza contra ellos por orden de Alá.


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  • El 1 de julio de 1863 comenzó la contienda que marcó el declive de los ejércitos del Sur durante la Guerra de Secesión de EEUU

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Fue una contienda que causó aproximadamente 50.000 bajas -entre muertos, heridos, capturados y desaparecidos- y que marcó el principio del fin de la revolución de los sureños (los estados partidarios de la esclavitud que se habían sublevado contra los EEUU). Sin embargo, la batalla de Gettysburg (sucedida en julio de 1863) fue también el punto de inflexión de la Guerra Civil norteamericana. Y es que, tras darse de bruces contra las unidades del general norteño George G. Meade, Robert E. Lee (el mandamás confederado) entendió que el ejército rebelde jamás podría obtener una victoria lo suficientemente determinante como para lograr que sus enemigos les reconocieran como un país independiente.

Hoy hemos querido recordar la que fue la batalla más cruenta y sangrienta de la Guerra de Sucesión aprovechando que, el 19 de noviembre de 1863, el presidente unionista Abraham Lincoln dio uno de sus discursos más famosos en el mismo capo de batalla de Gettysburg (Pensilvania). Las tierras que habían visto pocos meses antes como el general Lee (al mando de las fuerzas del Sur) se volvía prácticamente loco y ordenaba a varias de sus divisiones lanzarse de bruces (y a pecho descubierto) a través de una planicie contra la artillería enemiga.

El conflicto latente

El origen de la batalla de Gettysburg y de la locura de Lee (hasta entonces, uno de los generales más destacados de la Guerra Civil norteamericana) se encuentra entre 1860 y 1861. Esos fueron los años en los que 11 estados (Carolina del Sur, Misisipi, Florida, Alabama, Georgia, Luisiana, Texas, Virginia, Arkansas, Tennesse y Carolina del Norte) se unieron, crearon una nueva nación llamada los Estados Confederados de América, y declararon la guerra a los EEUU. Oficialmente, la excusa de estas regiones ubicadas al sur fue la elección de Abraham Lincoln como presidente. Un político que –según creían- no iba a defender sus intereses económicos y esclavistas.

«El primer factor de divergencia entre Norte y Sur fue el desarrollo económico de la Unión. El Norte se industrializó mientras el Sur permaneció exclusivamente agrícola. Esta diferencia, en vez de hacerlos complementarios, puso sus intereses en contradicción», explica Réne Rémond en «Historia de los Estados Unidos». A su vez, lo que tocó –más todavía si cabe- el naso a los sureños fue que los unionistas (como se conocería posteriormente a los estados del norte) apoyaran en su mayoría la abolición de la esclavitud. ¿La razón? Que en los estados confederados se vivía prácticamente del cultivo de los campos de algodón. Un producto que era –naturalmente- mucho más barato de producir si no se le daba ni un dólar a aquellos que lo recogían.

En todo caso, comenzó un enfrentamiento (la Guerra Civil o Guerra de Secesión) en la que el Norte contaba a su favor su riqueza y su gran producción industria; y el Sur su ventaja estratégica (tenían que ser invadidos para ser derrotados) y algunos de sus generales. Hombres como Robert E. Lee, al mando de los ejércitos de los Estados Confederados y famoso por su eficiencia como militar.0

«Lee era y siguió siendo (pese a la derrota final) un general muy respetado. De hecho era considerado el mejor de los comandantes posibles para un ejército estadounidense en su época. Al comienzo de la guerra la Administración federal (los norteños) había intentado que comandase sus fuerzas, pero Lee era un hombre muy leal a sus principios y nunca quiso traicionar su vinculación con el proyecto de génesis de unos Estados Confederados» explica, en declaraciones a ABC, Montserrat Huguet Santos (Doctora en Historia y autora de más de 90 textos entre los que destacan «Breve historia de la Guerra Civil de los Estados Unidos» -Nowtilus, 2015-).

Durante los dos años siguientes, los combates entre Norte y Sur acabaron con una buena parte de los suministros de ambos bandos. Aunque los que más sufrieron fueron los estados del Sur, donde faltaban desde el agua y la comida, hasta los zapatos de los soldados (que, en no pocas ocasiones, acudían descalzos o con botas raídas a la batalla). Fue por ello por lo que, en 1863, Lee estableció que lo mejor que podía hacer era coger el petate, a unos cuantos miles de hombres, y vencer a los norteños en su propio territorio para que se viesen obligados a corroborar su independencia. Razón no le faltaba ya que, si entraba en territorio enemigo, podría nutrirse de los recursos de las regiones unionistas.

Además, de esta forma pretendía ganarse algún que otro apoyo a nivel internacional demostrando que, efectivamente, los Estados Confederados debían ser tomados en cuenta.

El plan

Lee organizó, así pues, sus fuerzas para llegar desde Virginia hasta Pensilvania (cerca de Nueva York), acabar con el famoso puente sobre el río Susquehanna (lo que interrumpiría los suministros de los unionistas y les molestaría considerablemente) y conquistar la zona para nutrirse de sus granjas. Además, si lograba tomar por las armas la capital, podría amenazar ciudades tan poderosas como Baltimore, Filadelfia o la misma Washington. Así lo explica el popular divulgador histórico Christer Jorgensen en su obra «Grandes batallas. Conflictos decisivos que han cambiado la historia». ¿Cómo iba a negarse el gobierno norteño, teniendo un gigantesco contingente enemigo llamado a su misma puerta, a firmar la paz en esas circunstancias?

Desde el inicio de la guerra habían sido los federales los que se habían adentrado en los estados del sur. Ahora, en el verano de 1863, Lee pensaba que podía alejar la guerra de los estados del sur

Eso sí, para cumplir todo aquello primero debía pasar con sus hombres por encima del denominado Ejército del Potomac, el principal contingente de la Unión en el territorio oriental a cuyo frente se encontraba el general Joseph Hooker,

«Desde el inicio de la guerra habían sido los federales los que se habían adentrado en los estados del sur. Ahora, en el verano de 1863, Lee pensaba que podía alejar la guerra de los estados del sur, los más afectados hasta el momento por la destrucción. Pero lo más importante era mostrar a las naciones europeas, Francia y sobre todo Gran Bretaña, de quienes se recababa ayuda militar y financiera, que el Sur era más que un proyecto de nación, era una nación en sí y ganaba batallas. Además, la aplastante victoria sobre el ejército unionista del Potomac en Chancellorsville -en mayo de 1863- auguraba un buen resultado para la estrategia de Lee. El propio Lincoln desconfiaba de que los generales del Ejército del Potomac fuesen capaces de salir con bien de cualquier enfrentamiento con Lee», completa Huguet.

Hacia la batalla

El 3 de junio de 1863, Lee salió de Virginia del Norte junto a un ejército de 75.000 hombres y, durante tres semanas, fue amo y señor de los caminos. Apenas combatió alguna que otra vez contra algún pequeño núcleo de resistencia. En palabras de Jorgensen, primero se dirigió hasta las montañas Blue Ridge y, desde allí, partió hacia el valle de Shenandosh. Más allá de nombres de regiones lejanas (y que es necesario ubicar mediante un mapa) lo cierto es que el inicio de la campaña no le fue nada mal. De hecho, sus míticos jinetes dieron un buen susto a la caballería norteña en una escaramuza sucedida en Brandy Station cuando el calendario marcaba el 25 de junio.

Fue entonces cuando comenzó un dantesco pilla-pilla entre ambos ejércitos. «Cuando el ejército del Potomac se enteró de la ofensiva […] Hooker puso en movimiento su ejército para interceptar a los confederados y solicitó que el arsenal de Harpers Ferry fuese abandonado y su guarnición de 10.000 hombres fuese añadida a las filas del ejército de campaña», explica Jorgensen. El gobierno, por su parte, se negó (abandonar un fuerte no debía ser plato de buen gusto para ellos), lo que provocó que el general mandase a los mandos a abrevar y renunciase a su cargo el 28 de ese mismo mes. Así fue como, apenas cuatro días antes de la batalla que determinaría el destino de los EEUU, se puso al frente del contingente unionista George G. Meade.

Hubo cambio en el mando, pero el plan no se modificó ni un ápice: tocaba interceptar a Lee y a sus 75.000 hombres (un número que se dice rápido, pero que no era ni mucho menos desdeñable) y mandarles de vuelta a Virginia del Norte de un soberano patadón de bota. «Desde finales de junio el General Meade del Ejército del Potomac seguía de cerca los pasos a las tropas de Lee en su acción invasiva sobre territorio unionista», explica a ABC la doctora en historia. Para esta misión, el nuevo jefe del contingente tenía bajo su mando a la friolera de 97.000 soldados unionistas (aunque, atendiendo a las fuentes, el número se eleva en ocasiones a más de 100.000).

Comienza la batalla

El 1 de julio, mientras el ejército de Lee seguía su avance inexorable hacia la capital de Pensilvania, los sureños recibieron unos curiosos informes en los que se les decía que en el pequeño pueblo de Gettysburg (al sur de Harrisburg) había un gran alijo de zapatos con el que podrían hacerse fácilmente. Un bien sumamente preciado para los militares. Deseosos de contar con ellos, se envió a una brigada al mando del general James Pettigrew al lugar para recogerlos. No sabían que, paralelamente, los unionistas habían ordenado marchar hasta allí a su caballería (al mando de John Buford). Las fuerzas, como era de esperar, se encontraron. Y lo habían hicieron por mera casualidad. En principio, los sudistas trataron de atacar con cuatro brigadas a los jinetes, pero estos soldados montados estaban equipados con un moderno rifle de repetición y lograron resistir a base de tiros durante un buen periodo de tiempo.

«Los soldados de caballería desmontados de Buford pelearon como leones contra un número cada vez mayor de infantes confederados. Durante dos horas, aguantaron firmes», añade el divulgador histórico en su obra. Su actuación fue heroica, pues consiguieron resistir en la línea defensiva de «McPherson Ridge» (al noroeste de Gettysburg, cerca de un arroyo que el enemigo tenía que cruzar para atacarles) hasta que llegaron dos divisiones de infantería como refuerzo. El resultado posterior de aquellas dos unidades norteñas fue dispar. Y es que, mientras que una logró poner en fuga a parte de las fuerzas contrarias, la otra fue superada y tuvo que retirarse a un bosque cercano. Allí, sí lograron detener el avance del ataque rebelde.

En las dos horas siguientes, con el frente estabilizado, comenzó una guerra de movimientos entre ambos ejércitos. Al norte (en el flanco derecho de los defensores de «McPherson Ridge»), los Confederados vieron la posibilidad de rodear a sus enemigos y avanzaron con varias divisiones para tratar de desalojarles de sus defensas. Sin embargo, los unionistas enviaron rápidamente dos divisiones para detenerles. Para su desgracia, no pudieron resistir mucho debido a la apabullante superioridad numérica del enemigo. Así que, finalmente, se vieron obligados a retirarse hasta el pueblo de Gettysburg. Posteriormente fueron seguidos por los combatientes norteños que luchaban en «McPherson Ridge», quienes no tardaron en ver que iban a ser pasados a cuchillo sino corrían por su vida.

12.000 unionistas causaron baja y Gettysburg tuvo que ser desalojada

Las cosas pintaban bien para los confederados que -en medio de aquel caos- habían logrado sobreponerse a las defensas unionistas y -al menos de momento- contaban con más soldados en la zona que sus contrarios. En ese momento, Lee quiso dar un golpe de efecto y ordenó a uno de sus generales tomar la que entonces era la última línea de defensa de los norteños: la colina del cementerio o «Cemetery Hill» (donde las divisiones que se habían retirado habían establecido sus posiciones).

«Lee decidió plantar cara en Gettysburg. El General Ewell recibió de Lee la orden de atacar en el Cementerio. Pero Ewell, que reemplazaba a “Stonewall” Jackson -muerto en la batalla de Chancelorville- decidió no atacar porque consideraba que el oponente era demasiado fuerte. Su actitud dubitativa le hizo perder la oportunidad de sorpresa y permitió que llegaran más fuerzas de la Unión. Siendo inferior en número, el ejército federal tuvo ocasión de incrementar sus unidades y mejorar sus posiciones», añade la autora de «Breve historia de la Guerra Civil de los Estados Unidos» -Nowtilus, 2015-. Al final de la jornada, no obstante, 12.000 unionistas causaron baja y Gettysburg tuvo que ser desalojada. La línea defensiva de los hombres de Meade se ubicó al sur del pueblo.

2 de julio

El segundo día de batalla, los generales de ambos ejércitos se reunieron para decidir qué diantres hacer. Meade estableció que sus hombres formarían una línea defensiva en forma de horquilla (la cual había comenzado a formarse en la jornada anterior). El resultado fue que se creó un frente de varios kilómetros de extensión dominado por los siguientes accidentes del terreno: a la izquierda, dos colinas (las «Round Tops»); en el centro, la posición fácilmente defendible de «Cemetery Hill» y, finalmente, a la derecha un bosque frente al que se encontraba el pueblo de Gettysburg (desalojado en la noche anterior). Solo quedaba defender hasta la muerte. Al fin y al cabo, eran los confederados los que atacaban, y si querían expulsarles de la región, les tocaría sudar sangre.

Por su parte, Lee estableció que, para desalojar a sus enemigos, lo mejor sería atacarles por los laterales. El punto en el que quería romper la línea enemiga era el flanco izquierdo de Meade: las «Round Tops». Y es que, estas no habían sido tomadas todavía por los unionistas. Si lograban conquistarlas rápidamente, dominarían el terreno desde la altura y podrían bombardear con sus cañones al enemigo. Todo perfecto, sino hubiera sido por la maldita lentitud de sus subordinados. «Lee siguió insistiendo a sus generales -Ewell y Longstreet- para que lanzasen el ataque lo antes posible. Pero las dudas de ambos les hicieron retrasarse hasta la tarde», añade Huguet. Al final, las colinas fueron reforzadas por varias brigadas contrarias que resistieron el envite. Lo mismo pasó en el flanco izquierdo.

«Entre el día anterior y este habían caído unos treinta y cinco mil hombres en ambos ejércitos. Sin embargo, la alta mortalidad en el enemigo surtía el efecto en los generales confederados de considerar ganada la batalla. Ese fue quizá el error más grande, el no valorar convenientemente la situación real», completa la experta en declaraciones a ABC. El segundo día había sido un desastre para los rebeldes.

Día final: la locura de Lee

El 3 de julio, Lee usó su último cartucho. En vista de que no había logrado romper los flancos unionistas el día anterior, decidió ordenar un ataque al centro de la línea enemiga. El problema radicaba en que los militares encargados de llevarlo a cabo tendrían que atravesar una llanura de un kilómetro y medio de extensión hasta poder cargar contra los defensores. Una severa dificultad ya que durante el tiempo que tardaran en atravesar la campiña no podrían cubrirse ante el fuego de la artillería enemiga. La única solución que cabía era la de destrozar los cañones norteños (ubicados en «Cemetery Ridge», cerca de «Cemetery Hill») y posteriormente avanzar. De lo contrario, serían masacrados.

«A las 13:00, casi 150 cañones confederados iniciaron un cañoneo contra el centro de la Unión. Pronto, unos 80 cañones de la Unión replicaron desde “Cemetery Ridge”», añade el divulgador histórico. Poco después, el bombardeo unionista se detuvo durante unos minutos. En ese tiempo, Lee consideró que la artillería contraria había sido destruida y que era el momento de avanzar, así que ordenó a sus hombres recorrer esa llanura de la muerte. La fuerza seleccionada fueron los hombres del general George Pickett (tres brigadas reforzadas por dos divisiones). La decisión fue una auténtica locura por parte de Lee, pues acababa de mandar a todos y cada uno de aquellos combatientes a ser masacrados.

«El tercer día Lee ordenó el ataque en “Cemetery Ridge” (tres divisiones precedidas de la artillería). A los soldados rebeldes les cercaban ahora los regimientos de Vermont, Ohio, Nueva York. No tuvieron escapatoria», explica la experta. En pocos minutos, fueron acribillados por el fuego enemigo. Con todo, lograron tomar durante un breve periodo de tiempo los cañones contrarios. Aunque finalmente fueron expulsados de la posición y se vieron obligados a retirarse. «La acción de Lee estaba orientada a desmembrar las líneas de la Unión pero, como es bien sabido, fracasó, teniendo además un coste enorme cifrable en miles de vidas humanas», añade la autora. Las bajas se contaron por 30.000 en el bando Confederado.

Vencido, humillado y sin haber puesto en jaque al gobierno de la Unión, Lee se retiró a Virginia. El último día de contienda, eso sí, no tuvo problemas en confesar que se había equivocado. «Materialmente hablando fue una derrota muy dura, por la pérdida de hombres y de recursos en un momento muy avanzado de la guerra. Esta derrota se unió a la que se produjo el 4 de julio, en Vicksburg, a cargo del general unionista Ulises Grant. Pero sobre todo fue una derrota devastadora en el plano moral. Después de Gettysburg las esperanzas de reconocimiento de la Confederación se desvanecieron», finaliza Huguet. Con todo, la guerra duraría todavía unos años más, hasta 1865.

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