Category: Historia Universal



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  • El religioso franciscano fundó nueve misiones al otro lado del Atlántico y luchó para que la sociedad nativa avanzara. Sin embargo, hace poco una estatua erigida en su honor fue decapitada en California

Recreación de una misa de Junípero Serra en el Nuevo Mundo

 

Los héroes no son solo aquellos que, espada y escudo en mano, luchan una cruenta batalla sabedores de sus escasas posibilidades de victoria. En muchas ocasiones, los ídolos no necesitan armas ni armadura. El vivo ejemplo de ello fue Junípero Serra, un fraile franciscano que -allá por el siglo XVIII- dejó atrás a su querida España y recorrió casi 10.000 kilómetros en barco hasta México para versar a los nativos en las artes, las ciencias y el comercio.

Olvidándose de su seguridad y bienestar personal, Serra fundó además nueve misiones en el Nuevo Mundo dedicadas por completo a garantizar el bienestar de los indígenas. Fue, en definitiva, un gran hombre con un enorme listado de buenas acciones. Las mismas que, allá por el año 2015, le llevaron a ser canonizado por el Papa Francisco.

La de Junípero Serra es una historia de bondad. Aunque no debían opinar lo mismo los exaltados que, hace menos de una semana, decapitaron y pintaron de rojo una estatua levantada en su honor cerca de la Antigua Misión de Santa Bárbara.

Por desgracia, este denigrante asalto no ha sido una excepción. El pasado 23 de agosto, por ejemplo, fue también atacada una efigie del religioso ubicada en la ciudad de Los Ángeles (California). Otro tanto ocurrió en 2015 cuando, pocas jornadas después de que nuestro protagonista fuese canonizado, unos vándalos derribaron varias de sus esculturas y pintaron sobre su lápida las palabras «Santo del genocidio».

Y es que, a día de hoy son muchos los nativos que -tal y como explica José A. Sanz en «Cruces y flechas»- consideran que el religioso fue «un carcelero» que «construyó auténticos campos de concentración» y obligó «a los indios a convertirse al catolicismo». Todo falsedades, en palabras del mismo autor: «No hay evidencia alguna para afirmar que, en tiempos de Serra, hubiera conversiones forzadas de indios al catolicismo; no hay evidencia alguna que muestre que Serra fuera personalmente cruel con los indios; durante la presidencia de Serra no hubo tal destrucción de los pueblos indígenas».

La visión más cruel de este fraile contrasta también con el hecho de que, a día de hoy, este héroe patrio es el único honrado con una estatua en el Capitolio de Washington.

Triste salida de España

La villa de Petra, en la isla de Mallorca, fue la urbe que vio nacer al futuro evangelizador el 24 de noviembre de 1713. Así lo afirma el también religioso del XVIII Francisco Palou (amigo inseparable de nuestro protagonista) en su obra «Relación histórica de la vida y apostólicas tareas del V. P. Fray Junípero Serra».

El autor señala además que «fueron sus padres Antonio Serra y Margarita Ferrer, humildes labrados, honrados, devotos, y de exemplares costumbres» los que instruyeron a Miguel José (pues ese era su verdadero nombre) «en el santo temor de Dios». La infancia de nuestro protagonista, por tanto, se forjó en base a la religión. Así lo deja claro el cronista, quien señala que «desde luego que empezó a andar, [comenzó] a frequentar la Iglesia y Convento de San Bernardino».

Su paso por aquella escuela le granjeó, en palabras de Palou, grandes conocimientos en «la latinidad, de la que salió perfectamente instruido». Pronto quedó claro que poseía aptitudes más que claras para la filosofía y que se sentía atraído por la religión. Por ello, y a la edad de 15 años, empezó a asistir a las clases del convento de San Francisco de Palma. «Sintiéndose llamado por la vocación religiosa, al año siguiente viste el hábito franciscano en el convento de Jesús, extramuros de la ciudad. El 15 de septiembre de 1731 emite los votos religiosos, cambiando el nombre de Miguel José por el de Junípero», explicaba el fallecido Salustiano Vicedo en su dossier «Beato Junípero Serra (1713-1784), Apóstol de Sierra Gorda y California».

A partir de entonces se dedicó al estudio y a la docencia. Tarea en la que destacó sobremanera formando a decenas de discípulos. Y así permaneció hasta 1741.

Con todo, su paso por la tarima le duró poco. Ansioso de predicar en el Nuevo Mundo, Serra no pudo contener la alegría cuando le informaron de que, finalmente, se había aceptado su petición para cruzar el Atlántico y unirse al Colegio de Misioneros de San Fernando (en México). La felicidad inicial, no obstante, le duró poco. Y es que, aquello implicaba alejarse de sus padre. Al final nuestro protagonista no tuvo valor para decirles la verdad. «Visitó á sus ancianos padres, despidiéndose y tomado la bendición de ellos para volverse, respecto á haber concluido su tarea; á quienes; dexó asimismo ignorantes de su determinación, quedando por esto mas oculta», añade Palou.

Los horrores del viaje

El 13 de abril de 1749 Serra partió hacia Málaga rumbo a Cádiz. Este viaje ha sido, en cierto modo, olvidado por la historia. Sin embargo, fue más importante de lo que dejan entrever las crónicas. ¿La razón? Que, durante el trayecto, el fraile tuvo un enfrentamiento con el capitán del bajel que podría haber dado con sus huesos en el mar.

En palabras de Palou, presente en el viaje, aquel sujeto era un «hereje protervo» que no dudó en provocar a los religiosos durante las quince jornadas que estuvieron en el barco. Siempre según sus escritos, el marino atacó durante todo el trayecto a la religión «hablando inglés o algo de portugués» (pues no sabía español) y leyendo pasajes de la Biblia que consideraba inadecuados.

Serra, por su parte, no evitó el conflicto durante aquellas jornadas. «Como nuestro Fray Junípero era tan instruido y versado en el dogma y las sagradas escrituras, […] intentaba que percibiera su error», añade Palou. El enfrentamiento, en principio dialéctico, terminó desquiciando al capitán, quien llegó a «ponerle un puñal a a la garganta con intenciones (al parecer) de quitarle la vida». Sin embargo, parece que desistió cuando el español le señaló que «si no nos ponía en Málaga, nuestro rey pediría al de Inglaterra por nosotros, y su cabeza lo pagaría».

En cualquier caso, Serra arribó sano y salvo a Cádiz y, desde allí, partió hasta Veracruz (en México). A este lugar llegó tras una travesía de 99 jornadas.

Por desgracia, su suplicio no acabó cuando pisó México. Y es que, en su camino al Colegio de Misioneros de San Fernando tuvo un percance que le dejó marcado de por vida. «Se hincharon los pies a […] Junipero, de suerte que llegó á una Hacienda sin poderse tener; atribuyeronlo á picadas de zancudos por la mucha comezón que sentía, […] Le amaneció ensangrentado todo con cuyo motivo se le hizo una llaga […] le duró toda la vida», añade Palou. Ni eso podría con nuestro protagonista, decidido a continuar su labor evangelizadora y civilizadora.

Labor civilizadora

Como bien señala Vicedo en su dossier sobre este personaje, Serra permaneció seis meses en el Colegio de Misioneros de San Fernando. Pasado este tiempo dirigió sus pasos hacia la llamada Sierra Gorda (en Querétaro, México). Allí, según Palou, fueron recibidos calurosamente por los nativos de las diferentes misiones. Palabras que acaban radicalmente con la extendida idea de que los indígenas odiaban la labor de los cristianos.

Una vez en la zona, nuestro protagonista se dedicó en primer lugar a aprender la lengua de los lugareños y a dar a conocer entre ellos la religión cristiana. «Intentó imprimir en sus tiernos corazones la devoción al Señor», completa el cronista en su extensa obra.

Pero esa no fue su única labor. «Para que los indios tuviesen qué comer y vestir […] agenció por medio de sindico el aumento de bueyes, vacas, bestias, y ganado menor de pelo y lana, maíz, y frixol para poner en corriente alguna siembra, en lo qual se gastó no solo el sobrante de los 300 pesos […] que daba S. M. á cada Ministro para su manutencion, sino también la limosna que se podía conseguir por misas, y la que ofrecían algunos bienhechores», explica Palou.

«Para que los indios tuviesen qué comer y vestir […] agenció el aumento de bueyes, vacas, bestias, y ganado menor de pelo y lana, maíz, y frixol»

En poco tiempo consiguió también aumentar las cosechas que daban de comer a los indios. Algo que logró, entre otras cosas, «aparatando [a los indios] de toda la ociosidad en la que se habían criado», organizándolos y enseñándoles técnicas avanzadas de cultivo. Por si fuera poco, también les ayudó a construir granjas y talleres.La labor, sin duda, ayudó a los nativos a avanzar. «Fue tal la transformación realizada en aquella zona montañosa que, de un erial infructuoso, sus valles se transformaron en fecundo vergel. Y unos indios semisalvajes y ariscos, quedaron convertidos en sociables ciudadanos, instruidos en los diferentes campos de la actividad humana de aquellos tiempos», añade, en este caso, Vicedo.

El mayor defensor de la labor de Serra era Palou, pues entendía -en palabras de Sanz- que «era un modelo de misionero y que su plan de misiones era el único remedio para que los indios tuvieran un futuro».

Durante aquella vorágine civilizadora fue requerida la presencia de Serra en San Saba (Texas). Más concretamente, en una misión que había sido arrasada a base de flechas por los apaches. El fraile (para entonces «Presidente de los misioneros») aceptó, pero finalmente se canceló su partida. Por ello, y en palabras de Vicedo, «se dedicó a dar misiones populares por todo el Territorio de la Nueva España» durante un año.

Primera expedición

Mientras Serra evangelizaba medio México, la situación internacional se recrudecía. Ejemplo de ello es que, en 1767, los jesuitas fueron expulsados de todos los territorios españoles. Una decisión que dejó vacías sus misiones en la Baja California y obligó a franciscanos como Serra a asentarse en ellas. «Salimos el día 12 de marzo de dicho año, habiendo anochecido ya», añade Palou, quien viajó junto a Junípero.

Por si esta situación no fuese ya lo suficientemente peliaguda para España (la cual se arriesgaba a perder una buena parte de las misiones en la Baja California), un año después de que Serra arribara a su nuevo puesto llegaron informes de que los rusos buscaban colonizar el noroeste americano. Un desastre para los intereses de nuestra corona en la zona.

¿Cuál fue la solución ofrecida por los españoles? Adelantarse a sus competidores. «El Visitador Real José de Gálvez propuso al gobernador una expedición a Monterrey», explica Matt A. Casado en «California hispana: Descubrimiento, colonización y anexión por los Estados Unidos». Sin embargo, sabía que le sería imposible colonizar solo con las armas, por lo que hizo llamar a Serra.

La expedición partió el 10 de abril de 1769 en dirección a Monterrey bajo el mando de Gaspar de Portolá. El viaje fue más duro que cualquiera de los anteriores en los que había participado Serra. Los episodios que vivieron aquellos hombres así lo atestiguan. El 28 de mayo, por ejemplo, los nativos trataron de detener el avance de los soldados españoles por las bravas a la altura de una zona llamada la Cieneguilla, aunque los nuestros los dispersaron a base de tiros al aire.

«Fray Junípero era entusiasta, pero no ciego. Sabía que en cualquier momento los indios se podían convertir en una amenaza», añade Sanz. Lo cierto es que no le faltaba razón. Y así que claro el 27 de junio cuando, de la nada, aparecieron dos grupos de nativos armados con arcos y flechas que se ubicaron en los flancos de la expedición. Los nuestros se pusieron en guardia pensando que les tocaría defenderse hasta la muerte. Pero no sucedió nada. Según explicó Serra en sus memorias, los indios se dedicaron a dar alaridos hasta que se cansaron y se marcharon.

A primeros de julio la expedición arribó al puerto de San Diego, donde nuestro protagonista fundó la primera misión de la Alta California, la de San Diego de Alcalá.

La estructura social y militar que se generó alrededor de esta misión sería más que revolucionaria. De esta forma lo explican, al menos, Fernando Martínez Laínez y Carlos Canales en su obra «Banderas Lejanas. La exploración, conquista y defensa por España del territorio de los actuales Estados Unidos»: «[Allí] se hubo de destinar seis soldados. Así nació un sistema muy eficaz que luego fue copiado en toda California en aquellos lugares donde no había un presidio que diese protección inmediata a los misioneros. Consistía en dotar de una pequeña unidad militar a cada asentamiento en el que los religiosos y los indios cristianizados cultivaban la tierra y producían alimentos».

«Creó un sistema muy eficaz que luego fue copiado en aquellos lugares donde no había un presidio que diese protección inmediata a los misioneros»

Vicedo recuerda en su dossier que las relaciones con los nativos no fueron todo lo amables que nuestro protagonista hubiera querido. Aunque ni las tensiones ni los robos perpetrados por los indios le impidieron continuar su labor civilizadora. Tampoco se rindió cuando su campamento fue atacado ni cuando los alimentos se agotaron y Portolá ordenó la retirada.«Sus ruegos lograron que se aplazara la retirada y, en el ínterin, llegó el barco con nuevos recursos», añade Vicedo. Al final, la tenacidad mostrada por Serra y sus deseos de cristianización hicieron que pudiese formar su segunda misión (la de San Carlos de Borromeo) en Monterrey allá por 1771. «Hizo la fundación del establecimiento con misa cantada y demás ceremonias de costumbre», añade Palou en su obra.

Otras misiones

Tras estas dos primeras, Junípero Serra fundó otras tres misiones más: la de San Antonio de Padua (1771), la de San Gabriel Arcángel (1771) y la de San Luis Obispo de Tolosa (1772).

La creación de la última de esta lista (auspiciada por el lugarteniente de Portolá, Pedro Fages) fue particularmente feliz para los nativos. «Serra convenció a Fages para que le dejara algunos hombres y así poder fundar una nueva misión, que recibió el 1 de septiembre de 1772 el nombre de San Luis Obispo de Tolosa. La amistad de los indios, agradecidos por [una] matanza de osos que Fages había llevado a cabo un año antes, garantizó el éxito del nuevo asentamiento», añaden Laínez y Canales en su obra.

En los años siguientes, el número de misiones creadas por Junípero Serra aumentó hasta un total de nueve. Así lo explica Palou en su libro, en el que se señala además que el fraile se desvivió para llevar víveres a las mismas con el objetivo de que ningún nativo pasase hambre.

Entre todas ellas destacó la creación de una misión ubicada a medio camino entre las regiones de Los Ángeles y San Diego. Su levantamiento comenzó en 1774, cuando el fraile Fermín Luasén y un comandante llamado Francisco Ortega fueron enviados a la actual zona de San Juan Capistrano con el objetivo de fundar un centro religioso.

La labor de los mismos, que en principio se desarrolló sin problema alguno, tuvo que ser detenida repentinamente cuando recibieron órdenes de regresar al punto de partida por culpa de un ataque nativo.

La misión (todavía sin fundar) quedó totalmente abandonada. Sin embargo, poco después partió hacia la zona Junípero Serra para continuar el trabajo. Lo hizo, además, junto a dos misioneros (fray Pablo Mugartegui y fray Gregorio Amurrio), un cabo y diez soldados.

«Llegaron al sitio en donde hallaron enarbolada [una] cruz [dejada por Ortega] y desenterraron las campanas, a cuyo repique acudieron los gentiles muy festivos de ver que volvían a su tierra los padres. Hizóse una enramada, y puesto el altar dijo en él el venerable padre presidente la primera misa. Deseoso de que se adelantase la obra, tomó el trabajo de pasar su reverencia a la misión de San Gabriel a fin de traer algunos neófitos para ayuda de la obra, algún socorro de víveres para todos y el ganado vacuno que ya estaba», añade Palou.

«Cuando el misionero murió en la misión de Carmel [en 1784], las exequias fúnebres que se hicieron fueron impresionantes»

Debemos suponer que el monje pasó sus últimos días feliz por el buen trabajo realizado a lo largo y ancho del continente americano. «Cuando el misionero murió en la misión de Carmel [en 1784], las exequias fúnebres que se hicieron fueron impresionantes. Tras la muerte de fray Junípero, el padre Fermín Francisco Lasuén quedó como director de las misiones, y con él tuco que coordinarse Fages», completan los divulgadores históricos españoles.A la tumba, nuestro protagonista se llevó también el odio de algunos gobernadores de California que le impidieron realizar más fácilmente su tarea y la leyenda negra que se generó a su alrededor. Un mito imposible de entender atendiendo a su currículum civilizador.

Falsa leyenda negra

La historia de Junípero Serra nos habla de bondad y de piedad. Así lo demuestra el que fuera beatificado por Juan Pablo II en 1988 y, posteriormente, canonizado por el papa Francisco allá por 2015. Este último señaló durante una de sus homilías que el misionero había tenido que lidiar con la dura mentalidad de los conquistadores que viajaban hasta el otro lado del mundo.

«Aprendió a gestar y a acompañar la vida de Dios en los rostros de los que iba encontrando haciéndolos sus hermanos. Junípero buscó defender la dignidad de la comunidad nativa, protegiéndola de cuantos la habían abusado. Abusos que hoy nos siguen provocando desagrado, especialmente por el dolor que causan en la vida de tantos», explicó hace dos años el Sumo Pontífice.

Sin embargo, ni su pasado misionero ni su reconocimiento internacional han servido para acallar a aquellos que creen que participó en el genocidio que los españoles cometieron en América. En 2015, por ejemplo, algunas asociaciones nativas cargaron frontalmente contra su memoria aprovechando su canonización.

Una de ellas fue «Mexica Movement», defensora de la «liberación americana de los europeos». Esta, a través de uno de sus representantes (Olin Tezcatlipoca) declaró a la cadena CNN que Junípero Serra había «planificado el genocidio». La afirmación es una de las más benévolas, ya que el grupo ha llegado a señalar que el religioso «era un racista que cometió crímenes inmorales y genocidas contra nuestra gente».

El grupo también ha tildado, a lo largo de los últimos años, a las misiones de Serra de ser realmente campos de concentración para los nativos. Una teoría que suscribió posteriormente Andrew Salas (presidente tribal de la nación Kizh) en la cadena BBC: «Eran campos de exterminio para mi gente. Ellos sirvieron de esclavos para erigir algunos de los ejemplos más bellos de la arquitectura del estado de California, que no eran más que una fachada de los insalubres campos de la muerte».

Estos grupos son partidarios también de que los nativos eran obligados a vivir en las misiones fundadas por los españoles en unas condiciones de absoluta insalubridad. Además, no señalan que los españoles repartían comida a diario entre los indios y les protegían de sus enemigos en estas instalaciones. Para contrarrestar esta muestra de solidaridad explican que muchos pueblos no tenían más remedio que alojarse allí debido a que eran las únicas zonas en las que había alimento.

«Las misiones eran campos de exterminio para mi gente»

Asociaciones como «Mexica Movement» también esgrimen que los misioneros (así como los soldados españoles) solían azotar a los nativos cuando se comportaban de una manera inadecuada. En este sentido, cargan contra Serra arguyendo que envió una carta en 1780 en la que afirmaba que no tenía problemas de conciencia por ello debido a que era «el método que se usa en todo el mundo, ha sido practicado por todos los santos misioneros, y es recomendado por las autoridades civiles».Sin embargo, se olvidan de señalar que aquella era una práctica tristemente habitual y que, a su vez, también la sufrían los soldados españoles fugitivos. Por si fuera poco, no hay evidencias de que el mismo fraile fuera el que empuñara el cuero.

A fray Junípero también se le reprocha el haber fundado un sistema de misiones que acabó con una buena parte de la civilización indígena. En este caso, de lo que no se acuerdan los mencionados grupos es de episodios como el acaecido a mediados de julio de 1776. Durante aquellos días, Serra pidió clemencia para un grupo de nativos que había atacado un asentamiento español.

«Fray Junípero tenía buenas razones para pedir clemencia por los indios […] que habían destruido la misión de San Diego. Se lo dijo a Teodoro de Croix, primer comandante general de las Provincias Internas (carta del 22 de agosto de 1778): esos rebeldes y asesinos eran sus hijos, engendrados en Cristo».

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  • Alonso Yáñez, calificado como «carpintero de lo blanco», se encontró con una puerta tapiada cuando estaba construyendo un altar cristiano en un palacio azteca. Al otro lado se hallaba uno de los terosos más grandes conocidos

La conquista de Tenochtitlan, de autor desconocido.

El 8 de noviembre de 1519 tuvo lugar al fin en la capital azteca el deseado encuentro entre Hernán Cortés y Moctezuma II. Al mando de 518 infantes, 16 jinetes y 13 arcabuceros, el extremeño se había internado hacia el corazón del Imperio azteca sumando para su causa, derrotando en muchos casos, a las tribus vasallas de Moctezuma y había logrado ser recibido por el dirigente azteca como un emisario de otro emperador, Carlos V de Alemania y I de España. Aquello iba a suponer la perdición del soberano azteca. Lejos de la visión grotesca dada por la leyenda negra, lo cierto es que la personalidad de Cortés era embriagadora y se le tenía por un seductor de serpientes. No le resultó complicado ganarse el favor de Moctezuma y obtener permiso para instalarse en el palacio de Axayácatl, perteneciente al padre de Moctezuma.

El soberano azteca quedó seducido por la la personalidad de Cortés, que entre veladas amenazas y palabras sedosas iba ganando más terreno y poder en Tenochtitlan. Montezuma solo se negó abiertamente a construir un altar cristiano en el Templo Mayor de la ciudad para acabar con la idolatría pagana, pero accedió a que se levantara en el palacio donde residían los conquistadores. Uno de los soldados, Alonso Yáñez, calificado como «carpintero de lo blanco», se encontró con una puerta tapiada cuando estaba construyendo el altar, tras lo cual avisó a sus compañeros y al propio Cortés, quienes no dudaron en romper la pared. No habían recorrido medio mundo para ahora frenarse por una puerta… El conquistador y cronista Bernal Díaz del Castillo relata el suceso:

«…secretamente se abrió la puerta: y cuando fue abierta, Cortés con ciertos capitanes entraron primero dentro, y vieron tanto número de joyas de oro Y planchas, y tejuelos muchos, y piedras de chalchihuites y otras grandes riquezas, y luego lo supimos entre todos los demás capitanes y soldados, y lo entramos a ver…»

Los frutos de un imperio rico y gigante

El Imperio azteca era la formación política más poderosa en la historia del continente que, según las estimaciones, estaba poblada por 15 millones de almas y controlado desde la ciudad-estado de Tenochtitlan, que floreció en el siglo XIV. Usando la superioridad militar de sus guerreros, los aztecas y sus aliados establecieron un sistema de dominio a través del pago de tributos sobre numerosos pueblos, especialmente en el centro de México, la región de Guerrero y la costa del golfo de México, así como algunas zonas de Oaxaca. Hernán Cortés no tardó en darse cuenta de que el odio de los pueblos dominados podía ser usado en beneficio español. En su camino hacia Tenochtitlán, los conquistadores lograron el apoyo de los nativos totonacas de la ciudad de Cempoala, que de este modo se liberaban de la opresión azteca. Y tras imponerse militarmente a otro pueblo nativo, los tlaxcaltecas, los españoles lograron incorporar a sus tropas a miles de guerreros de esta etnia.

Moctezuma II estaba considerado un gran monarca debido a su reforma de la administración central y del sistema tributario. Los frutos de su reinado fueron ricos y las arcas estaban repletas cuando llegó Cortés, si bien lo que los españoles hallaron detrás de la puerta tapiada fue el tesoro del anterior monarca, su padre. De hecho parece que se trataba de una especie de recámara o sala del tesoro.

Así y todo, las fuentes indígenas presentan otra versión de los hechos, donde los conquistadores aparecen como unos saqueadores y unos abusadores de la confianza azteca:

«Y cuando hubieron llegado a la casa del tesoro, llamada Teucalco, luego se sacan fuera todos los artefactos tejidos de pluma, tales como, travesaños de pluma de quetzal, escudos finos, discos de oro, los collares de los ídolos, las lunetas de la nariz; hechos de oro, las grebas de oro, las ajorcas de oro, las diademas de oro […] y anduvieron por todas partes, anduvieron hurgando, rebuscando la casa del tesoro, los almacenes, y se adueñaron de todo lo que vieron.»

De una forma u otra, los españoles se apropiaron de todos estos tesoros y los juntaron con los conseguidos durante su campaña hacia Tenochtitlan. Y a pesar del malestar creciente por las acciones de los conquistadores, Moctezuma dirigió en esos días un discurso conciliador frente a su pueblo donde se reconoció como vasallo de Carlos I y pidió rendir obediencia a los extranjeros. El soberano era a esas alturas ya prisionero de los españoles y no estaba en condiciones de negarles nada.

Sin embargo, cuando los ánimos parecían calmarse y los invasores planeaban su salida de la ciudad con los tesoros llegó la noticia de que el gobernador Diego Velázquez había confiscado en la isla de Cuba los bienes de Hernán Cortés por conducir la empresa sin su permiso y había organizado un ejército que constaba de 19 embarcaciones, 1.400 hombres, 80 caballos, y veinte piezas de artillería con la misión de capturar al extremeño.

El caudillo español se vio obligado a salir de la ciudad, junto a 80 hombres, para enfrentarse al grupo enviado por Velázquez. Cortés se impuso, valiéndose de un ataque sorpresa, a sus compatriotas, que también le superaban en número, y pudo regresar meses después con algunos refuerzos a Tenochtitlán. No obstante, allí su ausencia resultó fatal para los intereses españoles. Al mando de Pedro de Alvarado, la guarnición española se atrincheró en torno al tesoro amontonado, mientras la ciudad entraba en ebullición por el secuestro de su monarca y los excesos hispánicos. La muerte de algunos notables aztecas por orden de Alvarado porque planeaban supuestamente dirigir una rebelión contra los españoles desbordó la paciencia de la población indígena, que deseaban ver a los españoles en la piedra de los sacrificios más pronto que tarde.

Durante unos días, los europeos intentaron utilizar de nuevo a Moctezuma para calmar los ánimos, pero fue en vano. Díaz del Castillo relata que Moctezuma subió a uno de los muros del palacio para hablar con su gente y tranquilizarlos; hasta que la multitud enardecida comenzó a arrojar piedras, una de las cuales hirió al líder azteca de gravedad durante su discurso. El emperador falleció tres días después a causa de la herida e, invocando la amistad que había entablado con Cortés, le pidió que favoreciese a su hijo de nombre Chimalpopoca tras su muerte.

En la llamada Noche Triste, el 30 de junio de 1520, Cortés y sus hombres se vieron obligados a huir desordenadamente de la ciudad, acosados por los aztecas. Cortés tomó esta decisión de salir secretamente en la noche presionado por sus capitanes. Y lo hizo sabiendo que aquello suponía abandonar uno de los mayores tesoros de la historia, entre joyas, objetos varios y oro fundido en barras, valorado en 700.000 ducados, de los que había que descontar una quinta parte para la Corona castellana.

Hernán Cortés expresó que «los soldados que quisieren sacar dello, desde aquí se lo doy, como se ha de quedar aquí perdido entre estos perros». Y esa fue precisamente la razón de la lente marcha de la expedición española en su salida de la ciudad. Muchos de los conquistadores iban cargados de metales brillantes entre sus pertrechos. Asimismo, el capitán extremeño dispuso que siete caballos heridos y una yegua transportaran fuera de la ciudad al menos el oro perteneciente al Rey, en tanto el capitán Juan Velázquez de León y varios criados nombrados por Cortés debían defender el carro.

El factor secreto se perdió en pocos minutos. Una mujer que estaba sacando agua de su hogar descubrió a los españoles en su retirada de la ciudad y dio la voz de alarma. Miles de guerreros aztecas cayeron sobre los hombres de Cortés y sus aliados tlaxcaltecas (unos 2.000), con un balance de más de 600 europeos muertos. Varios testigos afirmaron que el capitán Juan Velázquez de León murió defendiendo el oro del Rey, que había quedado perdido en la retaguardia.

El sueño del oro perdido

¿Qué fue de aquel tesoro?, ¿y del que se abandonó en el palacio azteca? Al día siguiente los soldados indígenas recogieron todo lo abandonado por los españoles, incluido el oro que se había hundido en el lago sobre el que se asentaba la ciudad, y los cadáveres fueron registrados de forma concienzuda. La venganza, no en vano, estaba cerca de llegar. Poco tiempo después de la Noche Triste se libró la batalla de Otumba, donde los españoles se vengaron y dieron cuenta de la superioridad militar de las técnicas y tácticas europeas.

Una vez caído el Imperio azteca tras un asedio a la ciudad y capturado el último emperador en 1521, los españoles mantuvieron la esperanza, convertida en una obsesión, de que los aztecas hubieran escondido el tesoro de nuevo en uno de los palacios de Tenochtitlán o incluso lo hubieran arrojado a la laguna. Es por ello que saquearon todo a su paso y el tesorero Julián de Alderete insistió en torturar al emperador Cuauhtémoc y al señor de Tlacopan con la quema de sus pies con aceite hirviente para que revelaran la ubicación del tesoro.

El resultado del interrogatorio confirmó que «cuatro días antes que le prendiesen echaron a la laguna todo el oro, tiros, escopetas, ballestas». Pero a pesar de que los españoles se zambulleron en la zona señalada, no se encontró «ni rastro del tesoro de Moctezuma, que tenía gran fama», afirma el cronista Francisco López de Gómara. Solo se halló allí un poco del oro.

Posteriores torturas dieron con nuevas zonas de rastreo en la laguna, pero el tesoro no pudo volver a ser reunido. El sueño de recuperar algún día estas riquezas escondidas se instaló en el imaginario de estos conquistadores, al estilo de la leyenda de El dorado. Sin ir más lejos, el hijo de Cortés, Martín, segundo marqués del Valle de Oaxaca, auspició varias expediciones para dar con el tesoro. Y ya en el año de 1637, se presentó ante el virrey de Nueva España, Marqués de Cadereyta, el indígena Francisco de Tapia, que decía ser descendiente de aztecas, diciendo saber dónde estaba el fabuloso tesoro de Moctezuma. Este se encontraba según su testimonio en «la laguna grande de San Lázaro, entre el peñol de los Baños y el del Marqués, en un pozo en que acostumbraban bañarse antiguamente…». En ambos casos las búsquedas no lograron su fin.


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  • Después de su victoria en las Termópilas, el monarca se sintió libre de avanzar con su mastodóntico ejército hacia Atenas e iniciar el saqueo del Ática arrasando los santuarios de la Acrópolis ateniense. Ninguno de los autores griegos que le presentaban como un hombre débil, mujeriego y controlado por los eunucos podían disimular que, en verdad, sentían fascinación por sus riquezas y su poder

Leónidas y Jerjes I en una escena de la película «300»

Jerjes I es representado por la tradición griega como uno de esos reyes asiáticos degenerados, excesivos, esclavistas y dados al lujo extremo que demostraban que la democracia ateniense era el mejor sistema político posible. Una suerte de titán loco capaz incluso de castigar a las fuerzas naturales que se interponían en sus planes. El historiador griego Herodoto narra que el rey persa ordenó dar 300 latigazos a las aguas del estrecho de Helesponto porque le impedían cruzar a su ejército y a él. «Agua amarga, este castigo te da el Señor porque te has atrevido contra él, sin haber antes recibido de su parte la menor injuria. Entiéndelo bien, y brama por ello; que el rey Jerjes, quieras o no quieras, pasará ahora sobre ti. Con razón veo que nadie te hace sacrificios, pues eres un río pérfido y salado», exclamó el persa según las crónicas helenas.

Pero más allá de la figura literaria del rey degenerado que acaba pagando cara su arrogancia, ¿cuánto sabemos de ese monarca obsesionado con conquistar la Grecia continental? En sus 21 años de reinado Jerjes trató de continuar con los planes expansionistas de su padre Darío, así como su enemistad con Atenas, Esparta y las otras polis griegas que no aceptaban su hegemonía en Asia Menor. A pesar de no ser el primogénito, su padre le designó a él para que heredara la corona por delante de su medio hermano Artabazanes. En su lecho de muerte Darío I le pidió, según la leyenda, que vengara la derrota sufrida en la batalla de Maratón, durante la Primera Guerra Médica (490 a. C.), y la intromisión ateniense en la Revuelta jónica en Asia Menor.

La mejor entrada a Grecia: las Termópilas

A Jerjes no le costó mucho prepararse para la guerra. La expansión y la conquista estaban en el ADN persa. Los persas se habían levantado contra la todopoderosa Babilonia, allá por el siglo VI a. C., con su rey Ciro II al frente. Con más astucia que recursos, los persas plantaron cara a sus sojuzgadores y de su victoria nació un imperio aún mayor del soñado por los babilonios. Los reyes que sucedieron a Ciro: Cambises, Darío y Jerjes, consiguieron engrandecer su imperio desde Asia Menor hasta la India. No en vano, en su afán expansivo se toparon con una piedra en el camino, la Grecia continental que, escudada por el mar Mediterráneo y una infantería superlativa, lograron rechazar las invasiones persas.

Antes de la campaña griega, en el 486 a.C., Jerjes (designado en la Biblia como «Asuero») debió enfrentarse a las habituales revueltas que seguían a la muerte de aquellos dueños de imperios tan heterogéneos. Asumió el poder luego de una guerra civil con Bardiya, esto es, un miembro de otra rama de la dinastía aqueménida.

Tras pacificar Egipto y las revueltas producidas en Babilonia, emprendió la conquista griega instigado por su primo Mardonio. Más allá del mito de los 300 espartanos defendiendo heroicamente las Termópilas, lo cierto es que la campaña no pudo empezar con mejor pie para los intereses persas. Uno de los reyes espartanos, Leonidas, presentó una insuficiente y luego mitificada defensa en el desfiladero de las Termópilas que únicamente duró dos días. Al final los espartanos fueron masacrados y Jerjes ordenó que le cortaran la cabeza al rey griego para colocarla en una pica. Pretendía así hundir la moral de las filas griegas, que en Termópilas perdieron más de 1.500 hombres. En contrapartida, Jerjes perdió probablemente más de 1.000 hombres, aunque la leyenda eleva esta cifra hasta los 20.000.

Otro éxito persa similar aconteció en la batalla naval de Artemisio, donde la resistencia griega apenas duró tres días, aunque en este caso los persas perdieron cientos de barcos. El poeta tebano Píndaro comentó que en Artemisio fue «donde los hijos de Atenas colocaron la primera piedra de la libertad» y no con el sacrificio de los 300.

Después de sus victorias en las Termópilas y en Artemisio, Jerjes se sintió libre de avanzar con su mastodóntico ejército (las fuentes antiguas hablan de cientos de miles de hombres, lo cual es exagerado hasta el extremo) hacia Atenas e iniciar el saqueo del Ática arrasando los santuarios de la Acrópolis ateniense. La ciudad había sido evacuada previamente por orden de Temístocles, de manera que el ejército persa solo tuvo que enfrentarse a la guarnición de la Acrópolis, mientras las fuerzas espartanas y atenienses establecían su última línea de resistencia en el istmo de Corinto y el golfo Sarónico.

Habiendo humillado a Atenas, Jerjes sintió que la obra de su padre estaba cerca de cumplirse. A sus 32 años, Jerjes era descrito como un conquistador alto y apuesto, al estilo de su abuelo materno Ciro II. «Héroe entre reyes», «El Rey que es un verdadero hombre»… Sus exagerados sobrenombres daban fe de la dimensión de un rey que, según la Biblia, «gobernó 127 provincias desde la India hasta Cush», el mayor imperio hasta entonces. Una moneda de oro puro con él representado armado de un arco y una lanza, «el darico», se convirtió en el «dólar» de su tiempo, el primero en adquirir esa dimensión internacional.

En este sentido, los autores griegos le presentan como un rey dado al lujo y a creerse por encima de los dioses. Solo con propaganda podían combatir su enorme superioridad de tropas y riquezas. Como explica Nic Fields en «La leyenda de los 300: Termópilas» (Osprey Ediciones), en su campaña en Grecia Jerjes y sus ingenieros dieron una exhibición logística inédita: mejoraron las carreteras para permitir el avance del ejército persa, construyeron un canal tras el monte Atos, tendieron un puente sobre el río Helesponto y abrieron depósitos de alimentos para mantener a miles de hombres alimentados.

La propaganda griega contra Jerjes

Y no solo de obras militares vivió su reinado. Jerjes I fue recordado en la memoria persa como un gran constructor y promotor de obras públicas. Las terrazas de Persépolis se completaron durante su reinado, siendo su sala de audiencias, con relieves de piedra caliza, una muestra cumbre de la grandiosidad del Imperio persa. Se conoce, además, que el monarca envió a sátrapas a intentar la circunnavegación de África por primera vez. De tal manera que ninguno de los autores griegos que le presentaban como un hombre débil y controlado por las mujeres y los eunucos podían disimular que, en verdad, sentían fascinación por sus riquezas y su poder. A su capacidad de movilizar fuerzas lo llamaron «hubris», arrogancia ante los dioses; y a sus éxitos siempre los dibujaban en medio de una corte llena de intrigas y decadencia moral.

Así y todo, el ejército persa sí contaba con ciertas limitaciones respecto a los griegos. Las huestes de Jerjes estaban compuestas de soldados de diferentes procedencias, que no hablaban las mismas lenguas y no tenían la costumbre de combatir juntos. Si bien tenían la superioridad numérica de su parte, su falta de coordinación y su pobre armamento les hacían vulnerables frente a los hoplitas. Los escudos de mimbre y lanzas cortas eran su punto débil, mientras que su caballería era sensible frente al erizado de lanzas que era la falange griega.

De sus tropas de élite, los inmortales, su ventaja era que todos ellos eran persas y gozaban de una posición estable en el aparato imperial, si bien estaban peor equipados y peor entrenados que sus equivalentes griegos. En total eran unos 10.000 hombres, entre los cuales había además un «Hazarabam» (1.000 combatientes) cuyos miembros eran seleccionados para ser la guardia privada del rey persa.

En lo que no exageraba Herodoto era en la ingente cantidad de intrigas por metro cuadrado en la corte persa. Jerjes se pasó sus últimos años combatiéndolas

La suerte de Jerjes y sus ejércitos en Grecia duraron hasta el verano de 480 a. C. cuando fueron derrotados en la batalla de Salamina. La flota persa luchó contra los griegos, sobre todo atenienses, en los términos que éstos más deseaban. Más de 200 embarcaciones persas fueron aquel día hundidas en una franja de agua demasiado estrecha para hacer valer su superioridad numérica, si es que la conservaban, siendo aquello el principio del fin de la invasión persa. Aunque la guerra aún se alargó debido a las diferencias entre las distintas ciudades estado, en verdad los persas erraron en sus siguientes movimientos terrestres y Grecia pudo expulsar al fin a los bárbaros.Jerjes se tuvo que retirar hacia Asia junto con gran parte de su ejército tras Salamina, dejando a su general Mardonio y a sus mejores tropas para intentar completar la conquista de Grecia. En su ausencia, la batalla terrestre de Platea mostró de nuevo la superioridad de los hoplitas sobre los soldados orientales, aunque a esas alturas ya no estaba tan claro que los persas fueran mayores en número.

En lo que no exageraba Herodoto era en la ingente cantidad de intrigas por metro cuadrado que poblaban la corte persa. Jerjes se pasó sus últimos años combatiéndolas. En el año 465 a.C, el Gran Rey y su hijo mayor fueron asesinados en su palacio durante un golpe de estado palaciego. Artabano, comandante de la guardia real, dirigió el intento de destronar a los aqueménidas y colocar a sus siete hijos en posiciones clave del gobierno. Según una de las versiones griegas, Artabano engañó a otro de los hijos de Jerjes, Artajerjes, para que matara a su hermano mayor, pero al final descubrió la verdad y castigó a los asesinos de su padre. Él heredó el trono del que todavía era el mayor imperio conocido.

Si Ciro II y sus descendientes habían encabezado la expansión del imperio; con Jerjes llegó la estabilización imperial, y no, como presumen las fuentes helenas, la decadencia persa. Sus sucesivas derrotas en la Grecia continental no impidieron que durante el siglo y medio siguiente aún mantuviera el Imperio persa el control bajo la mayor parte de los estados helenos de Asia Menor y siguiera tomando parte con oro o con métodos sibilinos en los conflictos entre las grandes polis griegas.


ABC.es

  • La contienda, que costó 30.000 bajas, fue la más larga en la que ha participado el ejército americano
  • La lucha se desarrolló entre barro y frío. Los alemanes, beneficiados por defenderse en una arboleda, lograron resistir el avance de un inmenso contingente aliado durante seis meses
  • Estos días, el enfrentamiento vuelve a estar de actualidad gracias al director de cine Laureano Clavero. El argentino ha grabado, con la ayuda de varios expertos, un documental en Cataluña recreando la lucha

Soldados en el bosque (documental de Mirasud)- Laureano Clavero

Un auténtico infierno helado en el que hubo, según las cifras oficiales, más de 30.000 bajas estadounidenses. La batalla del bosque de Hürtgen (una de las primeras en territorio germano tras el Desembarco de Normandía) supuso un auténtico descalabro para los hombres de las «stars and stripes» y una vergüenza para el Teniente General Courtney Hodges, a cargo de la operación. Casi una humillación. Y es que, el oficial norteamericano se empeñó en usar a todos los combatientes que fuesen necesarios para expulsar de sus posiciones a los germanos. Eso, a pesar de que los árboles favorecían a los defensores y de que, en principio, la región carecía de importancia militar para el avance aliado.

Aunque Hodges logró conquistar finalmente el bosque de Hürtgen, lo hizo a costa de miles de vidas. Y es que, en la batalla (la más larga del ejército norteamericano en toda su historia), los estadoundenses se enfrentaron no solo a las balas nazis, sino también a la meteorología y a la ingente cantidad de trampas que los alemanes habían ubicado en el territorio. Y todo ello, acompañado de los continuos bombardeos lanzados por unos enemigos que -a pesar de su inexperiencia- habían recibido la orden del «Führer» de sujetar el avance aliado.

La humillación sufrida en Hürgten (el «bosque maldito», como lo denomina el historiador Antony Beevor en sus obras) provocó que la contienda cayese en el olvido. Los EE.UU. -tan preocupados por la propaganda- prefirieron pasar de puntillas sobre ella. Tampoco ayudó que, tan solo unas semanas después de que terminase, Hitler iniciase la ofensiva de las Ardenas. Todos estos factores favorecieron la desaparición de esta infernal batalla de los libros de texto, en los que apenas se la nombra como una ofensiva menor. Sin embargo, este 2017 la productora española MIRASUD PRODUCCIONES se ha propuesto recuperar la memoria de aquellos americanos que se dejaron la vida entre los helados árboles alemanes. Y lo ha hecho mediante el rodaje de un documental sobre la contienda que cuenta, además, con varias partes ficcionadas.

«El documental (“HÜRTGEN. Into the muddy battle”) explicará la batalla, pero de una manera diferente. Toda la narración se elaborará en base a entrevistas con historiadores y con recreadores de la Segunda Guerra Mundial» explica, en declaraciones a ABC, Laureano Clavero (al frente de MIRASUD y director del largometraje «1533 Km hasta casa. Los héroes de Miramar»). Los expertos a los que se refiere son el afamado Jesús Hernández -escritor, entre otras tantas obras, de «Pequeñas grandes historias de la Segunda Guerra Mundial» (Temas de Hoy)- y el popular Pere Cardona -fundador del archiconocido blog «HistoriasSegundaGuerraMundial» y coautor de «El diario de Peter Brill» junto al mismo Clavero-. A su vez, en el rodaje han colaborado las asociaciones de recreación histórica «First Allied Airborne Catalunya» y «GRH Hohenstaufen Spanien».

Hacia el bosque

Como todas las buenas historias, la que nos acontece tiene también su comienzo. Y este se sitúa en el 6 de junio de 1944, jornada en la que los aliados desembarcaron en las playas de Normandía ansiosos por liberar a Europa del yugo nazi. Una vez tomado el norte de Francia, estadounidenses, canadienses y británicos iniciaron su lento pero inexorable viaje hacia el interior de la Alemania de Adolf Hitler. Región que, superada también en el este por el Ejército Rojo, empezaba a ver cada vez más difícil la victoria. Con todo, el «Führer» no iba a rendirse sin luchar, y más sabiendo que todavía le quedaba una baza que jugar en el oeste: la Línea Sigfrido. Una muralla fortificada a base de búnkers de hormigón y trampas anticarro que se extendía 600 kilómetros desde Holanda hasta Suiza.

Tal y como explica Beevor en «Ardenas, 1944», corría otoño cuando los aliados decidieron romper la Línea Sigfrido a la altura de Aquisgrán (en la frontera entre Bélgica y Alemania). La ciudad era más que representativa para los germanos, pues a su alrededor se había formado el Primer Reich en la época de Carlomagno. Tras completar esta tarea, el Primer Ejército de los Estados Unidos (al mando de Courtney) se encontró a tan solo 30 kilómetros del río Rin, el último elemento natural que separaba a los aliados de los dominios de Hitler. Con todo, para llegar hasta ese premio gordo todavía debían atravesar el Rur (o Roer, la corriente de agua más cercana a su posición).

En principio, al mandamás americano no le pareció difícil superar aquel obstáculo. Al fin y al cabo, la única resistencia germana a tener en cuenta le podía llegar de un lugar que creía fácil de conquistar: el bosque de Hürtgen.

Al ser esta región la única desde la cual podían recibir un ataque, Courtney estableció que lo mejor sería ubicar su cuartel general en las proximidades y entrar por las bravas en la zona. «En el avance hacía el Rin, en el otoño de 1944, el bosque de Hürtgen representaba una amenaza para el flanco derecho, aunque en verdad esa amenaza era sólo sobre el mapa. Los alemanes no podían lanzar un ataque de entidad desde allí, pero los Aliados estimaron que no había que correr ese riesgo. Además, en el bosque había varias presas del río Rur -no confundir con el Ruhr, el de la conocida cuenca- que los alemanes podían desembalsar en cualquier momento cuando los norteamericanos avanzasen sobre ese río», explica el periodista e historiador Jesús Hernández (autor también del blog «¡Es la guerra!» y uno de los consultados para el documental de Clavero) en declaraciones exclusivas a ABC.

Los factores que condenaron a EE.UU.

Aunque no lo sabía por entonces, la actitud de Courtney iba a condenar a sus tropas a una lucha prolongada y más que sangrienta en Hürgten. La razón, como bien señala Beevor en «Ardenas, 1944», es que este oficial era estricto, reacio a tomar decisiones espontáneas y, para desgracia de sus hombres, partidario de que la mejor forma de acabar con las defensas enemigas era lanzarse de bruces contra ellas. Lo cierto es que hasta ese momento no le había ido mal, pues los estadounidenses andaban sobrados de carros de combate (aunque estos fueran los mediocres y multifacéticos Shermans) y hombres.

«La idea era un ataque frontal, más parecido a lo que se había visto en la Primera Guerra Mundial»

Courtney, por tanto, no se rompió los sesos. «La idea era un ataque frontal, más parecido a lo que se había visto en la Primera Guerra Mundial. En lugar de tratar de efectuar movimientos envolventes, los norteamericanos confiaron en que sus avances de infantería lograrían expulsar a los alemanes. Sin embargo, no tuvieron en cuenta que en la espesura del bosque no podrían hacer valer su superioridad en blindados, o contar con el apoyo de la aviación. En cambio, los alemanes les esperaban bien asentados en el sistema defensivo de la Línea Sigfrido. El partido se jugó en el terreno que mejor le venía a los alemanes», añade Hernández a este diario.A su vez, con lo que no contaba el Teniente General era con que los alemanes atrincherados en Hürgten habían recibido la orden de resistir cualquier envite aliado (por duro que fuese) a costa de su vida. Así lo afirma a ABC Joan Parés (de la «First Allied Airborne Catalunya») uno de los recreadores que han participado en el documental: «No podían perder Hürgten porque era una zona en la que estaban acumulando recursos con los que iniciar, posteriormente, la ofensiva de las Ardenas. Tenían que proteger la región porque la movilización se estaba organizando cerca de allí, y no podían permitir que se destapara la verdad». La misión de los defensores era de suma importancia para el Tercer Reich y, aunque muchos no lo supieran, de ellos dependía que Hitler sorprendiera a los aliados.

La crudeza del bosque

Por si la motivación alemana no fuese ya suficiente, el oficial americano también desconocía que las características del terreno convertían Hürgten era una trampa mortal. Para empezar, porque esta región de 150 kilómetros cuadrados estaba copada por decenas y decenas de pinos, robles y hayas asentadas sobre un acantilado tras otro. «El pinar era tan denso y tan oscuro que no tardó en parecer maldito, como si se tratara del bosque de un siniestro cuento de hadas lleno de brujas y ogros. Los hombres hablaban entre ellos susurrando, como si los árboles pudiesen oírlos», añade Beevor.

Más allá de estas apreciaciones, y como explica Parés, las arboledas convertirían a los carros de combate y a los blindados estadounidenses en unas herramientas totalmente inútiles. «En muchas ocasiones los americanos tendrían que bajarse de los vehículos y recorrer los caminos a pie», añade el recreador. A su vez, la principal ventaja del ejército de los EE.UU. (el gran número de hombres con respecto a los mermados ejércitos del Reich) no podía aprovecharse sobre un terreno tan escarpado y sobre el que era tan sencillo tender una emboscada a los atacantes.

La espesa arboleda también haría casi imposible la orientación a los americanos. Así quedó claro en un informe redactado posteriormente por el Ejército de los EE.UU.: «En medio de los espesos bosques no es infrecuente que un grupo se pierda por completo y no sepa cuál es la dirección que había que seguir ni dónde está la línea del frente». De hecho, en los meses posteriores muchos soldados se verían obligados a pedir por radio a la artillería aliada que disparase una salva para saber dónde diantres se hallaba su campamento.

Y la dureza del clima

Finalmente, con lo que tampoco contaba Courtney era con que iba a cometer el mismo error que Napoleón Bonaparte con Rusia: pasar por alto la importancia del clima. Este elemento se alió sin pretenderlo con los hombres de la esvástica, como bien señala Beevor en su obra: «Unos y otros sufrieron muchísimo debido a las gélidas lluvias otoñales. Incluso cuando no llovía a cántaros, los árboles goteaban sin cesar».

«Unos y otros sufrieron muchísimo debido a las gélidas lluvias otoñales. Incluso cuando no llovía a cántaros, los árboles goteaban sin cesar»

El líquido elemento se convirtió así en una molestia constante al oxidar las armas y hacer que los uniformes y las botas se pudrieran. Los más descuidados podían correr también el riesgo de que los sanitarios tuviesen que amputarles la pierna en el caso extremo de padecer «pie de inmersión». Una dolencia que -según afirma la Occupational Safety and Health Administration estadounidense en su dossier «Pie de trinchera»- se genera «tras una prolongada exposición a condiciones de frío y humedad».Las lluvias también acabarían con la moral americana. Y es que, los constantes chaparrones impedirían que sus uniformes se secasen y les condenarían a pasar horas y horas acurrucados en trincheras anegadas mientras tiritaban por el frío y la humedad. Los oficiales no podrían ofrecer muchas soluciones a sus hombres más allá de habilitar tiendas en retaguardia en las que calentarse mediante estufas una vez al día.

Los objetivos de los EE.UU.

1-Conquistar la localidad de Schmidt, corazón de la defensa alemana en el bosque (Objetivo inicial).

2-Conquistar dos presas cercanas a Schmidt cuya apertura, por parte de los alemanes, podría derivar en la destrucción de los puentes ubicados en el Rur (o Roer). Esto impediría al grueso del ejército americano entrar en Alemania. Este objetivo fue secundario. De hecho, los oficiales del ejército de los EE.UU. descubrieron la importancia de las presas después de entrar en el bosque.

El primer ataque

Atendiendo a los informes, la batalla comenzó el 14 de septiembre del 44. Con todo, es difícil reducir las movilizaciones a esta fecha. La realidad es que las primeras incursiones estadoundeinses en el bosque se llevaron a cabo en torno a la segunda semana de septiembre. Los valientes encargados de abrir camino fueron los hombres de la 3a División de Acorazada y la 1a División de Infantería. A ellos se unieron también los soldados de la 9a División de Infantería, quienes tuvieron realmente el rol protagonista en los asaltos posteriores. Atendiendo a que una División solía contar contra entre 10.000 y 20.000 hombres, podemos suponer la gran cantidad de combatientes que, fusil en mano, se dispusieron en aquellas jornadas a avanzar a través de Hürtgen con el objetivo de conquistar el pueblo de Schmidt (al suroeste de la región).

Como explica Jesús Hernández, en principio el avance americano a través del bosque fue relativamente rápido. Algo lógico, pues los germanos no esperaban que los aliados tuviesen el valor (y el naso) suficiente como para atacarles a través de aquel infierno.

Así lo dejó claro el Generalleutnant Hans Schmidt (al mando de la 275a División de infantería -la columna vertebral de la defensa alemana en Hürtgen-) en uno de sus múltiples informes posteriores a la contienda: «en general se creía que estaba completamente fuera de lugar la posibilidad de que los estadounidenses intentaran abrirse paso hacia el Rur combatiendo en una zona boscosa como esta, difícil de inspeccionar y con pocos caminos».

Este progreso supuso un auténtico dolor de cabeza para unas tropas germanas que, a pesar de contar con la ventaja de defender un terreno desconocido para los americanos, eran bisoñas (novatas) en el combate entre los árboles; no sumaban en principio más de 6.500 hombres; y se veían obligadas a comer de tarde en tarde debido a las molestas pasadas de los bombarderos enemigos.

El éxito de la ofensiva inicial no lo pudo arreglar ni la llegada de varias unidades auxiliares a partir del 8 de octubre (una de ellas formada por soldados de entre 45 y 60 años). Por suerte para los defensores, el día 10 una serie de lluvias hicieron lo que los combatientes no habían podido: frenar a los hombres del Primer Ejército.

Posteriormente, la artillería nazi resonó en el terreno y, a base de un torrente de plomo, terminó de estabilizar el frente. A partir de entonces comenzó la larga guerra de desgaste.

Con los soldados americanos (principalmente los de la 9a División) detenidos en medio del bosque, y el clima en su favor, los alemanes enviaron refuerzos a la zona para lanzar un contraataque. Como explica Beevor, los combatientes que arribaron a la zona fueron unos 2.000 hombres bien armados, muchos de ellos aspirantes a oficiales, y convencidos todavía de la posible victoria del Tercer Reich. «Las esperanzas depositadas en ellos eran muchas. Pero, para consternación de los oficiales, el avance se atascó debido a la eficacia y precisión del fuego norteamericano», añade el historiador anglosajón.

La ofensiva, tan esperada por los defensores, acabó en desastre. Los nazis, ávidos de devolver de una patada a los americanos al otro lado del charco, tuvieron que replegarse el 14 de octubre.

Con todo, regresaron a sus posiciones defensivas habiendo desangrado a la 9a División de Infantería. Unidad que, a pesar de la fatiga y los muertos, trató de avanzar de nuevo el 16 de octubre hacia Schmidt.

El intento acabó en sangría. «El doloroso y costosísimo avance de la 9a División se detuvo el 16 de octubre tras sufrir cerca de cuatro mil quinientas bajas, unas en combate y otras no en combate: una por cada metro que había avanzado», completa Beevoir. Aquella matanza debería haber detenido a Hodges, pero el oficial no se dejó impresionar por la ingente cantidad de hombres que engrosaban las listas de bajas. El oficial, de hecho, se negó a escuchar a sus consejeros y ordenó a sus tropas seguir avanzando a través de los árboles (dónde podían ser emboscados con facilidad y los carros de combate eran inútiles) en lugar de hacerlo por los caminos.

¿Por qué se obcecó tanto? Beevor es partidario de que su plana mayor evitaba señalarle sus errores de planificación debido a que «tenía fama de destituir a todos los oficiales de alta graduación» que le llevaban la contraria: «En su opinión, esas explicaciones no eran más que excusas debido a la falta de agallas», determina. Hernández es de la misma opinión: «Los historiadores militares no entienden por qué se siguieron enviando tropas. Pronto se vio que los norteamericanos habían entrado en una ratonera. En lugar de salir de ella y tratar de rodear ampliamente el bosque, o avanzar en otros sectores, siguieron enviándose allí cada vez más tropas. Supongo que fue por la típica incapacidad militar de reconocer una decisión equivocada a tiempo».

Pere Cardona, por su parte, es de la misma opinión. Al menos, así lo explica en declaraciones a ABC: «Los americanos no deberían haber seguido con su ofensiva en el bosque. Fue algo totalmente innecesario. Se estrellaron una y otra vez contra las defensas de unos alemanes que habían tenido tiempo para pertrecharse y que, en definitiva, tenían las de ganar. Implicaba enviar a los hombres a la muerte. Fue una carnicería».

Segunda ofensiva

Noviembre supuso para los norteamericanos la llegada de las lluvias y el frío. Los soldados, calados hasta los huesos, empezaron entonces a sentir el peso de una batalla que se iba a extender durante meses.

A partir de ese momento, el día a día del combatiente se hizo desesperante: «La jornada era monótona. Vivían con frío, sucios y tenían miedo de morir», explica Parés a ABC. A su vez, el documentado recreador añade que los estadounidenses empezaron a entender que iban a convivir con el pavor constante de pisar una mina (más que habituales en la zona): «Muchos murieron por culpa de los grandes campos de minas. Los americanos enviaban patrullas que no volvían, avanzaban en zonas descubiertas, no tenían donde esconderse… Era un horror. El bosque tenía una visibilidad tan limitada que el disparo efectivo del fusil solo alcanzaba los 40 o 50 metros. La frondosidad impedía ver más allá», determina.

Cansado por no poder tomar el bosque, el 1 de noviembre Hodges llamó a la 28a División de Infantería (afincada en Rott, a las afueras del bosque de Hürtgen).

Según dijo a su comandante, el general Norman Cota, ellos serían los siguientes en atacar. Para ser más concretos, se convertirían en la punta de lanza del avance y abrirían camino al VII Cuerpo (que les seguiría por la izquierda). Es decir: que se llevarían una buena parte de las balas enemigas.

Su plan (que autocalificó de «excelente») era que la 28a accediese a la zona y -corriendo a través de empinados valles y barrancos escarpados- conquistase las posiciones de avanzada germanas al este. Así, por las bravas. Por si aquello fuese poco, ordenó a su subordinado dividir a sus hombres en tres grupos. Una decisión terrible, ya que reducía su fuerza ante los nazis.

El plan quedó de esta guisa:

1-Por el flanco derecho avanzaría el 110 Regimiento de Infantería de la 28a División.

2-Por el flanco izquierdo, los encargados de atacar serían los hombres del 119 Regimiento de Infantería de la 28a División.

3-Por el centro cargaría el 112 Regimiento de Infantería de la 28a División. Su objetivo sería la localidad de Vossenack (a la izquierda de Schmidt).

El 2 de noviembre, a eso de las nueve de la mañana, se inició el ataque. El 110 fue el primero en ser saludado por las ametralladoras alemanas, lo que les granjeó no pocas bajas.

Algo parecido les sucedió a sus compañeros del 119, quienes se vieron frenados en seco por los disparos de la artillería y un nutrido campo de minas.

El grupo que más suerte tuvo fue el tercero. El 112 consiguió llegar hasta Vossenack apoyado (no sin dificultades) por los carros de combate Sherman (un tanque medio que, a pesar de ser sumamente utilizado por los americanos en la Segunda Guerra Mundial, sufría cuando debía enfrentarse a sus equivalentes germanos). Por suerte, aquel día no hallaron resistencia en forma de Panzer. «El fuego concentrado de artillería con bombas de fósforo blanco incendió casi todas las casas del pueblo. Los carros Sherman dispararon contra el campanario de la iglesia, suponiendo que en su interior se ocultaban francotiradores o por lo menos un observador de la artillería alemana», añade Beevor en su obra.

El 112 consiguió llegar hasta Vossenack apoyado (no sin dificultades) por los carros de combate Sherman

La victoria enardeció a los americanos del 112 (¿A quién no le sube la moral la conquista de un pueblo aparentemente inaccesible?). Quizá por ello, pusieron todo el valor que tenían sobre la mesa y siguieron avanzado hasta el siguiente pueblo que tenían en su mira: Kommerscheidt.Esta pequeña localidad (si es que puede llamarse así) fue conquistada el día 3. Nuestros protagonistas podrían haberse detenido, pero no. Haciendo alarde de una resistencia inigualable, continuaron a la carrera hasta Schmidt, el destino final que ansiaban los oficiales. El premio gordo. ¡Y lo tomaron por sorpresa! Los alemanes no pudieron más que asistir con la boca abierta a la victoria de los americanos. Sin embargo, la realidad era que, aunque había sido asediada, la zona era prácticamente indefendible debido a los escasos hombres de las «stars and stripes» que habían llegado hasta ella.

El contraataque alemán

Los alemanes habían sido cazados por sorpresa. Pero amigo… no estaban dispuestos ni mucho menos a rendirse. Schmidt era algo más que un pueblo. Era la llave para conquistar el bosque y, si los americanos lograban defenderla, podrían dar al traste con la posterior ofensiva germana sobre las Ardenas. Por ello, los germanos movilizaron a sus refuerzos más temibles: los imbatibles Panzer. «La 116 División Panzer recibió la orden de marchar a toda velocidad a atacar el flanco norte del avance norteamericano junto con la 89 División de Infantería», añade Beevor. El resultado fue el esperado. Los brutales carros de combate germanos acabaron con la débil resistencia que ofrecía el 112 Regimiento en Schmidt.

La batalla fue sangrienta, además de un caos. Aterrorizados por los Panzer germanos, los americanos iniciaron una huida desesperada que, en muchos casos, les llevó a los sanguinarios brazos de los nazis que acudían a tomar Schmidt. El resultado fueron cientos de bajas y el repliegue hacia Kommerscheidt.

El calvario de estos valientes podría haber acabado en ese punto, pero todavía tendrían que pasar por otro. Y es que, cuando Hodges recibió la noticia de la derrota en Schmidt, ordenó al 112 avanzar de nuevo para reconquistar el pueblo. No estaba dispuesto a perderlo.

Para su desgracia, confiaba en que su infantería, apoyada por los endebles Shermans, lograría aniquilar a los Panzer. Un gran error. En el ataque posterior, de hecho, muchos carros de combate no pudieron llegar a la contienda debido a la imposibilidad de avanzar por el territorio. Y los que llegaron fueron arrasados por los Panzer V (Panther) y los Mark IV, que abrieron (como si fueran latas de sardinas) a los tanques estadounidenses.

El día 8, con el sabor a derrota en la boca, los americanos no tuvieron más remedio que tocar a retirada. Así, los hombres de la 28a se replegaron, con el apoyo de la artillería, hasta sus posiciones iniciales. «La 28a División de Infantería se había visto obligada a volver casi al punto de partida tras sufrir 5.684 bajas, entre caídos en combate y caídos no en combate. Para Cota, que con tanto orgullo había visto a su división desfilar por las calles de París, aquel debió de ser el día más triste de su vida. Solo el 112 Regimiento de Infantería había perdido más de dos mil hombres y ahora no contaba más que con trescientos efectivos», añade Beevor. Aquella fue una gran victoria para los nazis.

¿Aprendió Hodges la lección? No. Poco después, aproximadamente a mediados de noviembre, empezó a organizar una nueva ofensiva sobre el bosque. «Ordenó a las 1a, 8a y 104a Divisiones de Infantería, así como a la 5a División Acorazada y a lo que quedaba de la 4a División internarse en el bosque de Hürtgen», explica el anglosajón.

La ofensiva final

La ofensiva final contra Hürtgen se inició el 16 de noviembre y corrió a cargo de la 1a División de Infantería, la 4a División de Infantería y la 8a División de Infantería. Aunque fue la definitiva, también fue la más sangrienta del ejército norteamericano. El plan original era el siguiente:

1-La 1a División debía avanzar hacia Düren, localidad ubicada muy al norte de Schmitd. Aunque así se alejaba el foco de las fuerzas del objetivo final, conquistar la zona permitiría a los aliados rodear su particular premio gordo. Esta localidad había sido arrasada por las bombas americanas.

2-La 4a División, por su parte, se encargaría de tomar Schmidt avanzando a través de los pueblos precedentes. Es decir, de oeste a este.

3-La 8a División de Infantería, finalmente, atacaría la localidad de Hürgten (al noroeste de Schmidt). Desde allí partiría hasta Kleinhau.

El ataque de la 1a División fue uno de los más sangrientos. Sus hombres fueron detenidos por el fuego enemigo en el mismo instante en el que se introdujeron en el bosque. Los heridos se contaron por decenas en pocas horas. Así definió la lucha el soldado Arthur Couch (a los mandos de una ametralladora) posteriormente: «Me fijé en un hombre que se sujetaba la tripa con las manos intentando contener una herida muy grande por la que se le salían los intestinos».

La brutal defensa de los alemanes (que dispararon a las copas de los árboles para que las astillas se clavaran en el enemigo) hizo más que difícil el avance. Por si fuera poco, la metralla germana cayó sobre los aliados a manos llenas, así como las balas de los francotiradores nazis, ubicados en muchos casos en puestos de observación privilegiados. Los carros de combate tampoco pudieron ser determinantes al verse frenados por los continuos campos de minas.

A la 4a División le sucedió algo similar. Los combatientes, bisoños en buena parte, se acobardaron ante el intenso fuego de artillería y a la veteranía de los nazis (quienes ya se habían convertido en unos expertos en la lucha entre los árboles). Este grupo tuvo que hacer frente a una incesante lluvia de cartuchos, al fuego de los temibles Flak 88 (que funcionaban como cañones antiaéreos, de campaña, y anticarro) e, incluso, a la guerra psicológica (pues los nazis solían mover sus tanques durante toda la noche para no dejar descansar a los americanos).

Así definió un combatiente presente en la batalla un episodio dentro de la ofensiva de la 4a División: «Poco antes de que amaneciera comenzó un fuerte bombardeo que dio principalmente en las copas de los árboles, por encima de nuestras cabezas. Al ser de noche y en vista de que era realmente peligroso, los soldados bisoños empezaron a angustiarse mucho y a moverse de un lado a otro, presas del pánico. Intenté agarrar a uno o dos de ellos, diciéndoles: “¡Quedaos en vuestra trinchera u os matarán!” … Era la primera vez que veía el pánico provocado por el campo de batalla y pude entender por qué algunos hombres quedaban traumatizados y sufrían neurosis de guerra».

A pesar de todo, los estadounidenses se fueron acostumbrando, poco a poco, a combatir bajo esta tensión y bajo las temperaturas gélidas. Un frío que, como explica Beevor en su obra, llegó a congelar literalmente a algunos soldados desprevenidos.

Una conquista a sangre

La ofensiva iniciada el 16 de noviembre fue la definitiva, pero también la más extensa. Y es que, los americanos se vieron detenidos (de nuevo) por la artillería alemana, el punzante frío que hacía en aquel bosque, y las penosas condiciones de combate (entre ellas, el molesto barro y las continuas lluvias -expertas en oxidar las armas-). Esto provocó multitud de bajas entre los hombres, los cuales sufrieron desde hipotermia, hasta congelación. Además, entre los combatientes empezó a generalizarse la «fatiga de combate» o agotamiento mental. «Al cabo de cinco días aquí arriba te pones a hablar con los árboles. Al sexto empiezas a oír lo que ellos te responden.», afirmaba un recurrente chiste, en palabras de Beevor.

A pesar de que la meteorología y la artillería destrozaron a los soldados americanos, estos no dejaron de avanzar. De nada sirvió que los alemanes enviasen regimiento tras regimiento al bosque, pues -a partir del 23 de noviembre- los aliados conquistaron Kleinhau y Grosshau.

«Finalmente la 8a División capturó la localidad de Hürtgen en el curso de una carga alocada seguida de combates casi cuerpo a cuerpo en el interior de las casas, con granadas, fusiles y subfusiles Thompson», añade el historiador en su obra. Después cayó la localidad de Gey y, para terminar, se aseguraron las dos presas. Pero eso fue a finales de febrero del 45. Y después de que Hodges ordenara entrar en combate a la 2a División de Infantería.

La conquista del bosque de Hürgten supuso al ejército americano casi seis meses de contienda. Las bajas oficiales fueron más de 30.000, aunque se cree que fueron considerablemente reducidas por los responsables americanos para minimizar la repercusión internacional. Independientemente del número concreto, fue un verdadero desastre para el ejército. Y es que, además de los muertos y heridos, más de 8.000 combatientes fueron tratados posteriormente de colapso psicológico. Con todo, y a pesar del precio, se logró tomar la posición.


Cuatro preguntas a Pere Cardona

1-¿Cómo era la situación de Alemania tras el Día D?

La situación de Alemania a finales de 1944 empezaba a ser bastante complicada. El 6 de junio de aquel año, las tropas aliadas realizan el desembarco de Normandía y se cierra la tenaza con el frente del este. En julio de aquel año se produce el atentado más mediático de los que sufre Adolf Hitler, la llamada Operación Valkiria. Ésta deja en evidencia que hay un grupo de altos mandos descontentos con el devenir de los acontecimientos y que empiezan a ver de forma bastante clara que la guerra está perdida, por lo que se deciden a acabar con Hitler.

2-¿La población alemana se veía derrotada?

Con la población civil empieza a pasar tres cuartas partes de lo mismo: Las campañas de bombardeos aliadas sobre las ciudades alemanas le hacen ver a la gente que quizás todas aquella promesas dadas por Goëring conforme jamás habría ningún avión aliado que superase el Ruhr eran exageradas y que el enemigo ya estaba como poco llamando a sus puertas.

De hecho, Goëring dijo en una reunión de oficiales de la Luftwaffe que si algún bombardero aliado superaba el Ruhr, a él se le podía llamar Sr Meier, en una clara referencia despectiva a la comunidad judía, porque el apellido Meier era judío. En aquellos momentos en el que las bombas caían sobre las ciudades, el pueblo alemán bautizó a las sirenas de los refugios antiaéreos como las trompetas de Meier en clara referencia a Goëring.

La producción industrial alemana se tiene que desviar hacia lugares remotos como por ejemplo los enormes complejos subterráneos excavados bajo montañas, en contraposición a la industria americana o inglesa, quienes siguen proveyendo de aviones a sus fuerzas aéreas.

3-¿Cómo fue el avance hacia Alemania?

En un principio los ejércitos aliados se quedan atascados en Holanda y en la zona de la cuenca del Rin. En agosto de 1944 los aliados llegan hasta la línea Sigfrido, el muro defensivo que Alemania había construido como respuesta a la famosa línea Maginot. Es allí cuando se empieza la lucha en batallas tan importantes como la del bosque de Hürtgen, una lucha que supuso unas pérdidas más importantes para el ejército americano que para el alemán y en la que al final se logra conquistar Aquisgrán.

A partir de este momento se inicia la carrera por tratar de conquistar la cuenca del Roer con la llamada Operación Queen. Era la antesala a la Batalla de las Ardenas que junto a la Operación Boddenplatte fueron las dos últimas bazas jugadas por Hitler para intentar cambiar a su favor el curso de la guerra.

4.¿Hubo algún “soldado olvidado” en todo este contexto?

Las enfermeras. Más de 59.000 enfermeras prestaron servicio en el ejército americano durante la SGM. Las enfermeras estuvieron asignadas tanto en los llamados hospitales de campaña, como en los hospitales de evacuación, en trenes, barcos y también en transportes aéreos. Antes del ataque de Pearl Harbor existían unas 1000 enfermeras que llegaron hasta el número de 40.000 justo antes del desembarco de Normandía, cuando aún imperaba una norma de 1943 que no permitía reclutar a más. Fue justamente a raíz de la necesidad de incrementar las tropas para el desembarco cuando se reclutaron a 10.000 más. En un principio, las enfermeras no sabían nada de la vida militar por lo que se decidió darles un curso de 4 semanas básico que incluía materias como organización y cortesía militar, defensa contra ataques aéreos, sanidad en el campo, etc.

Por dar algún número, decir que 18 enfermeras se hacían cargo de entre 75 a 150 pacientes, que los trenes tenían 32 vagones con 1 enfermera a cargo de cada uno de ellos y en los aviones médicos, las enfermeras recibían una instrucción especial de supervivencia en lugares como desiertos, junglas o el ártico y también de afectación de las alturas a los pacientes. Normalmente se asignaba a una enfermera y un paramédico por vuelo.

Durante la guerra murieron en servicio 201 enfermeras, 16 por fuego directo del enemigo y 17 en vuelo. 1600 fueron condecoradas por servicio meritorio bajo fuego enemigo.

 


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  • El almirante británico Edward Vernon bombardeó Portobelo en noviembre de 1739 con tal facilidad como para regodearse de su victoria y escribir a Blas de Lezo, que se encontraba en Cartagena de Indias, tratando de amilanar al vasco

Entre el 13 de marzo y el 20 de mayo de 1741, hace 276 años, tuvo lugar el intento británico por conquistar Cartagena de Indias que encumbró al almirante Blas de Lezo como una suerte de Leónidas moderno. Un relato que ha terminado por mitificarse en los últimos años debido a la discrepancia de cifras sobre la enorme superioridad numérica y material de la flota británica encabezada por Edward Vernon y el afán por reivindicar hoy un episodio olvidado por los españoles y ocultado por los ingleses. De tal modo que a Blas de Lezo, cojo, tuerto y manco, se le pinta como un bravucón de frases lapidarias: «Todo buen español debería mear siempre en dirección a Inglaterra». Una cita probablemente falsa, e imposible, que no recoge la auténtica personalidad del marinero vasco: contundente, directo, valiente, pero siempre elegante.

El origen de una enemistad

Los verdaderos rasgos de su personalidad se pueden hallar en la correspondencia que EdwardVernon, rutilante hasta el extremo de proclamar la victoria sobre los españoles antes de que ocurriera, mantuvo con Blas de Lezo en los albores de su histórica rivalidad. El almirante británico bombardeó Portobelo en noviembre de 1739 con tal facilidad como para regodearse de su victoria y escribir a Blas de Lezo, que se encontraba en Cartagena de Indias, tratando de amilanar al vasco. Una carta donde ya está presente la arrogancia que tan cara costaría a Vernon:

«Portobelo 27 de noviembre de 1739.

Señor:

Esta se entrega a V. E. por Don Francisco de Abarca y en alguna manera V. E. puede extrañar que su fecha es de Portovelo. En justicia al portador, es preciso asegurar a V. E. que la defensa que se hizo aquí era por el Comandante y por los de debajo de su mando, no pareciendo en los demás ánimo para hacer cualquiera defensa.

Espero que de la manera que he tratado a todos, V. E. quedará convencido de que la generosidad a los enemigos es una virtud nativa de un Ingles, la cual parece más evidente en esta ocasión, por haberlo practicado con los españoles, con quienes la nación inglesa tiene una inclinación natural, vivir bien que discurro es el interés mutuo de ambas Naciones.

Habiendo yo mostrado en esta ocasión tantos favores, y urbanidades, además de lo capitulado, tengo entera confianza del amable carácter de V. E. (aunque depende de otro) los Factores de la Compañía de la Mar del Sur en Cartagena, estarán remitidos inmediatamente a la Jamaica, a lo cual V. E. bien sabe tienen derecho indubitable por tratados, aún seis meses después de la declaración de la guerra.

El Capitán Pelanco debe dar gracias a Dios de haber caído por Capitulación en nuestras manos, porque sino, su trato vil, y indigno, de los ingleses, había tenido de otro un castigo correspondiente».

Vernon arrasó Portobelo aquel año y encontró unas defensas tan débiles como para jactarse de lo precaria que era la posición española en el Caribe, lo cual se demostró erróneo pocos años después en la defensa planteada por Blas de Lezo en Cartagena de Indias. En la contestación dada por Lezo a la carta del británico se mezcla la cortesía obligada de todo miembro de la Marina española y la tan característica bravuconería de la milicia hispánica:

«Cartagena 27 Diciembre de 1739.

Exmo. Sor. —Muy Sr mío: He recibido la de V. E. de 27 de Noviembre que me entregó Don Francisco de Abarca y antecedentemente la que condujo la Valandra que trajo a Don Juan de Armendáriz. Y en inteligencia del contenido de ambas diré, que bien instruido V. E. por los factores de Portovelo (como no lo ignoro) del estado en que se hallaba aquella Plaza, tomó la resolución de irla a atacar con su esquadra, aprovechándose de la oportuna ocasión de su imposibilidad (de defenderse), para conseguir sus fines, los que si hubiera podido penetrar, y creer que las represalias y hostilidades que V. E. intentaba practicar en esos mares, en satisfacción de las que dicen habían ejecutado los españoles, hubieran llegado hasta insultar las plazas del Rey mi Amo, puedo asegurar a V. E. me hubiera hallado en Portovelo para impedírselo, y si las cosas hubieran ido a mi satisfacción, aún para buscarle en otra cualquiera parte, persuadiendome que el ánimo que le faltó a los de Portobelo, me hubiera sobrado para contener su cobardía.

La manera con que dice V. E. ha tratado a sus Enemigos, es muy propia de la generosidad de V. E. pero rara vez experimentada en lo general de la nación, y sin duda la que V. E. ahora ha practicado, sería imitando la que yo he ejecutado con los vasallos de S. M. B. en el tiempo que me hallo en estas costas (y antes de ahora,) y porque V. E. es sabido de ellas, no las refiero, porque en todos tiempos es sabido practicar las mismas generosidades, y humanidades con todos los desvalidos; y si V. E. lo dudare podrá preguntárselo al gobernador de esa isla quien enterará a V. E. (le todo lo que llevo expresado, y conocerá V. E. que lo que yo he ejecutado en beneficio de la nación inglesa excede a lo que V. E. por precisión y en virtud de Capitulaciones debía observar.

En quanto el encargo que me hace V. E. de que sus paisanos, hallarán en mi la misma correspondencia que los míos han experimentado en esta ocasión y que solicité que los factores del sur sean remitidos a Jamaica, inmediatamente diré, que no dependiendo esta providencia de mi arbitrio, no obstante, practiqué las diligencias convenientes con el gobernador de esta plaza, a fin de que se restituyan a esa isla; pero parece que sin orden del rey no puede practicar esta disposición, respecto de que son Ministros de ambos so veranos, en la comisson que manexan; Y en correspondencia Yo quedo para servir a V. E. con las más segura voluntad, y deseo le guarde Dios muchos años.

A bordo del Conquistador en la Bahía de Cartagena de Yndias. 24 (de Diciembre de 1739. BLM de V. E. su más atento servidor

— Don Blas de Lezo»

Dado que dos años después Blas de Lezo y las epidemias dejaron la flota británica para el arrastre en Cartagena de Indias cabe intuir lo engreída que era la personalidad de Vernon. Por la información que el almirante británico envió a Londres, la Corona decidió preparar medallas conmemorativas de lo que los británicos consideraron precipitadamente una victoria, a pesar de que las operaciones militares seguían en curso. Estas medallas fueron disimuladamente retiradas tras conocerse la dimensión de la catástrofe británica, al igual que se ocultó este episodio siguiendo el habitual procedimiento británico de borrar los tropiezos y novelar los éxitos.


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  • Tal fue el éxito de la gesta del castellano que otros muchos después que él trataron de emularla. Es, de hecho, el auténtico antecedente del asalto al Medway llevado a cabo por el almirante holandés Michiel De Ruyter en 1667

Las cuentas pendientes entre los Trastámara –una dinastía castellana nacida con la muerte de Pedro I El Cruel– y la Inglaterra del Príncipe Negro empujaron a que los españoles se involucraron en la Guerra de los 100 años de parte del bando francés. Las acciones militares de la incipiente armada castellana, entonces dirigida por Ambrosio Bocanegra, desembocaron en la victoria de La Rochella de 1372. Un éxito que demostraba que la flota inglesa no era ni mucho menos imbatible y que Castilla ambicionaba ser una potencia naval en el Atlántico. No obstante, la duda estaba en si la fortaleza castellana procedía de su almirante, el genovés Bocanegra, o era una realidad perdurable en el tiempo.

Castilla había llegado para quedarse por mucho tiempo en el Atlántico. La fábrica de marinos castellanos empezaba a echar humo. Fernando Sánchez de Tovar fue el primero de una larga lista de almirantes castellanos que desarrollarían de forma exitosa su carrera en el Atlántico. De Álvaro de Bazán a Damián Churruca…

Las primeras referencias a Sánchez de Tovar proceden de la guerra entre Pedro I de Castilla y Pedro IV de Aragón. El castellano participó en la expedición naval contra la Corona de Aragón de 1359 como capitán de una galera de Pedro I. Sin embargo, al igual que Ambrosio Bocanegra y su padre, cambió de bando a partir de 1366 para luchar junto al hermano bastardo del Rey, Enrique de Trastámara. El marino castellano entregó Calahorra como parte de su traición a Pedro, a lo que éste respondió matando a su hermano Juan Sánchez de Tovar. Y es que precisamente aquellos métodos brutales de actuar eran los que, con toda probabilidad, le habían empujado a pasarse al bando Trastámara.

El digno sucesor de Bocanegra

Con el ascenso al trono de Enrique de Trastámara tanto Bocanegra como Sánchez de Tovar fueron recompensados por sus buenos servicios y puestos al frente de la flota castellana enviada en ayuda de Francia en la Guerra de los 100 años. Así, mientras Bocanegra contaba su botín e identificaba a los ilustres prisioneros tomados en la batalla de La Rochella, entre ellos el yerno del Rey de Inglaterra; Fernando Sánchez de Tovar llevaba a cabo sus propias conquistas en los puertos ingleses del norte de Francia. Entre 1372 y 1373, Castilla y Francia se apoderaron de toda la costa entre Burdeos y Ouessant, dejando aisladas las posesiones británicas en el continente. Como recuerda Víctor San Juan en su libro «22 derrotas navales británicas» (Navalmil), en ese desastroso año para los ingleses «la única leve compensación de la Royal Navy será la captura de siete naos castellanos por el Conde de Salisbury en marzo».

A la muerte de Ambrosio de Bocanegra, Enrique II otorgó una carta de merced a Fernán Sánchez de Tovar con el oficio de Almirante Mayor de la Mar con fecha del 22 de septiembre de 1374. Junto a galeras portuguesas, aliadas con Castilla por el Tratado de Santarem, Sánchez de Tovar se dirigió en esas fechas al Canal de La Mancha. Su plan consistió en una expedición contra la isla de Wight y otros lugares del sur de Inglaterra, así como en una operación conjunta con el almirante francés Jean de Vienne en el sitio de Saint Saveurle-Vicompte. No es de extrañar, en tanto, que la sucesión de derrotas, la incapacidad por enfermedad del Príncipe Negro y la vejez de Eduardo III llevaran a Inglaterra a pedir una tregua en Brujas hacia el año 1375. El país estaba al borde del abismo.

Una tregua solo iba a servir a los ingleses para ganar tiempo. La debilidad del Rey inglés era algo que franceses y castellanos pretendían seguir explotando durante mucho tiempo. En el verano de 1377, el Almirante de Castilla y el de Francia unieron sus escuadras en Harfleur para saquear, una a una, las localidades de la costa sur británica. Empezando por Rye, Folkestone, Portsmouth, Dartmouth, Plymouth… todas ellas saqueadas sin que presentaran apenas resistencia, a excepción de Rottingdean, defendida por el abad Lewes en una defensa desesperada e inútil.

Poco después, las galeras franco castellanas arrasaron la isla de Wight, Hastings y Poole, mientras se sucedían las muertes de Eduardo III y del Príncipe Negro y se hacía con las riendas del país la inestabilidad dinástica.

La gesta del Támesis

A principios de 1380, Fernando Sánchez de Tovar concentró en Sevilla 20 galeras para su plan más ambicioso. Franceses y castellanos a su mando se lanzaron ese verano hacia el corazón británico. Tras incendiar la fortaleza de Winchelsea, las galeras entraron a golpe de remo en agosto por la punta de North Foreland hacia el canal del Rey. Una vez en el curso del Támesis avanzaron sin oposición para acabar desembarcando en Gravesend, sobre la ribera sur. Faltaban pocos kilómetros para avistar Londres, pero Sánchez de Tovar ya había logrado su objetivo de sembrar el pánico en la isla a base de incendios y asaltos.

Tras incendiar la fortaleza de Winchelsea, en agosto las galeras entraron a golpe de remo por la punta de North Foreland hacia el canal del Rey

Tal fue el éxito de la gesta de Sánchez de Tovar que otros muchos después que él trataron de emularla. Sin ir más lejos, cuando Felipe II previó en 1588 que su «Felicísima Armada» se «diera la mano» con el Ejército de Flandes al mando de su sobrino Alejandro Farnesio (lo cual nunca ocurrió), uno de los siguientes pasos barajados era remontar el Támesis para conquistar Londres en un rápido golpe de mano. Asimismo, se considera esta penetración castellana el auténtico antecedente del asalto al Medway llevado a cabo por el almirante holandés Michiel De Ruyter en 1667. Dos gestas que la historia ha tratado de forma muy distinta, ignorando al castellano en la mayoría de textos.En los siguientes años, Sánchez de Tovar cambió las aguas inglesas por las portuguesas. A la muerte de Enrique le sucedió en el trono castellano su hijo Juan I de Castilla, que también tuvo que luchar para defender sus derechos al trono frente a los descendientes de Pedro «El Cruel». En su caso en Portugal.

En julio de 1380 se firmó en Estremoz un acuerdo secreto que anunciaba una acción angloportuguesa sobre Castilla para sustituir al Rey Trastámara por Juan de Lancaster, casado con la hija de Pedro «El Cruel». La operación fue un fracaso y, de la enemistad con Portugal, se pasó de golpe a la amistad a través de la boda de Juan y la hija del Rey luso. Con la intención de evitar un nuevo desembarco inglés en Portugal, Juan de Castilla reclamó a la muerte del Rey de Portugal los derechos dinásticos de su esposa para establecer un protectorado sobre el reino portugués a partir de 1383.

Sánchez de Tovar participó junto a sus galeras en las operaciones militares en Portugal contra la rebelión –encabezada por el maestre de Avís– desencadenada tras la proclamación de Juan I y su esposa como reyes del país vecino. Las galeras castellanas llevaron en todo momento la iniciativa sobre los rebeldes, pero la aparición de la peste provocó cientos de muertes en las filas castellanas, entre ellas algunos de los más importantes nobles castellanos como Cabeza de Vaca, Juan Martínez de Rojas, Pedro Ruiz Sarmiento, Fernán Álvarez de Toledo y el propio Tovar. El marino castellano falleció en su nave capitana, «La San Juan de Arenas», y sus restos fueron trasladados hasta Sevilla.

Juan I recordaría su figura y su hazaña con gruesas palabras: «Ficieron guerra por la mar y entraron río Artemisa [el Támesis] hasta cerca de Londres, do galeas enemigas nunca entraron»


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  • El 10 de mayo de 1719, un pequeño contingente de combatientes hispanos se negó a rendir el castillo de Eilean Donan. Fueron derrotados, pero mantuvieron su honra intacta
  • La contienda estaba enmarcada una «misión secreta» mediante la que los españoles buscaban acabar con los monarcas ingleses con ayuda de los jacobinos

Una batalla breve, pero no por ello menos épica. El enfrentamiento que los españoles mantuvieron en el castillo de Eilean Donan (al norte de Escocia) en 1719 bien podría recordar a las sangrientas contiendas que -siglos antes- protagonizó William Wallace. Sin embargo, y para desgracia del monarca Felipe V (en la poltrona por entonces en estos lares), aunque medio centenar de nuestros combatientes intentaron mantener a raya a una flota inglesa en aquel perdido paraje, poco pudieron hacer para enviar a aquellos infames británicos de vuelta a su «London» natal.

¿Qué diantres hacían unos pocos españoles en los confines de Escocia? ¿Qué les llevó hasta aquella región olvidada? Simplemente, el ansia de conquistas de Felipe V y de su consejero más avispado (Alberoni). Ambos enviaron a un pequeño contingente hacia aquellas «highlands» con un objetivo en mente: avivar sus ya latentes ánimos de sublevación contra la monarquía «british». De esta guisa (y con su apoyo) podrían dar una patada en el trasero a Jorge II.

Un plan de invasión más que sutil que, tras la pérdida de Eilean Donan (y varias derrotas posteriores) terminó en el fondo de las aguas como ya había sucedido con la «Grande y Felicísima Armada».

El origen

Hallar el origen de la defensa del último castillo escocés bajo bandera española obliga a volver la mirada hacia años en los que los ciudadanos de nuestro país andaban a sablazos entre ellos. A una época en la que -después de que Carlos II abandonara este mundo sin haber engendrado hijos- se inició una auténtica guerra entre los partidarios del heredero que había dejado Su Majestad (Felipe V, nieto del galo Luis XIV) y todos aquellos que estaban en su contra. ¿La razón? Que a muchos no les gustaba ni un pelo del pelucón la idea de que, en un futuro, la «France» y España acabasen unidas y, por tanto, se crease un «macro imperio» europeo.

«Fue una decisión que levantó suspicacias en varias cancillerías europeas y fue rechazada de plano en Viena por el emperador Leopoldo I, representante de la otra rama de los austrias. La simple posibilidad de que las dos monarquías que se extendían a ambos lados de los Pirineos configuraran un bloque bajo un mismo monarca, algo que no fue desmentido desde Versalles, hizo que en Europa sonaran los tambores de guerra», explica el doctor en historia José Calvo Poyato en su dossier «Los Tratados de Utrecht y Rastatt. Europa hace trescientos años».

Con más miedo que vergüenza ante esta posibilidad, los Ingleses (siempre ávidos de molestar a España, todo sea dicho), holandeses e imperiales formaron entonces la denominada Gran Alianza y propusieron, como alternativa a Felipe V, al archiduque Carlos de Austria (hijo del propio Leopoldo).

De esta guisa comenzó la Guerra de Sucesión, contienda que terminó en 1713 con la firma del Tratado de Utrecht. Un documento en el que las potencias internacionales aceptaron la victoria de Felipe V a cambio de unas condiciones bastante deplorables para España. Entre ellas, la cesión de regiones tradicionalmente nuestras como Flandes, Milán, Nápoles, Cerdeña o Sicilia (por no hablar de Menorca y Gibraltar).

Así lo afirman, al menos, Miguel del Rey y Carlos Canales en su obra «En tierra extraña. Expediciones militares españolas» (Edaf). El nuevo rey pasó por el aro… Al menos en ese momento. Y es que, después de que España recuperara su poderío económico, el de la corona cambió de tercio y decidió que era el momento de recuperar esas tierras. Una idea que le metió en la mollera uno de sus principales consejeros: Giulio Alberoni.

En guerra de nuevo

Las pretensiones de Felipe V de pasarse por su regio cetro el Tratado de Utrecht (o reinterpretarlo, como él mismo y Alberoni decían), unidas a otros cabreos internacionales motivados por unos y otros, llevaron a varias potencias a unirse para combatir contra España y contra sus intereses territoriales. El tratado entre ellas (Gran Bretaña, Francia, las Provincias Unidas de los Países Bajos y el Sacro Imperio Romano Germánico) se firmó entre 1717 y 1718; y el bando resultante ha pasado a la historia como la «Cuádruple alianza».

Con aquellos enemigos, parecía que el rey (y Alberoni, de paso) se iban a tener que tragar su orgullo y su ansia por recuperar las antiguas regiones hispanas. Pero nada de nada. De hecho, aquel desafío (y el contar con un estado saneado económicamente) les enardeció.

Los vientos de guerra que se cernían sobre las tierras españoles arribaron finalmente el 26 de diciembre y el 6 de enero. Dos jornadas en las que -tal y como explica el historiador decimonónico Cesáreo Fernández Duro en «Historia de la Armada Española»- fueron enviadas a nuestro país las declaraciones de guerra de Gran Bretaña y Francia. ¿Qué diantres podía hacer? Alberoni lo tenía claro: buscó la ayuda de Carlos XII de Suecia Pedro I de Rusia. A estos, les propuso colocar en el trono «british» al renegado Jacobo Stuart (líder del movimiento Jacobita y contrario, por tanto, a Jorge II).

«El Jacobismo fue la posición política que pretendió conseguir la restauración en los tronos de Inglaterra y Escocia a los miembros de la Casa Estuardo, Stuart, incluso con posterioridad a 1707, cuando ambos títulos se unieron de facto en el trono del Reino Unido. […] El movimiento tomó su nombre del rey católico Jacobo II, destronado en 1688 y reemplazado por su yerno, el protestante William de Orange», explica el coronel del Ejército de Tierra en la reserva José Antonio Crespo-Francés en su dossier «El último intento de invasión española de las Islas Británicas».

«El Jacobismo fue la posición política que pretendió conseguir la restauración en los tronos de Inglaterra y Escocia a los miembros de la Casa Estuardo»

Ese era el objetivo español (aliarse con las potencias internacionales en favor de Jacobo). Al menos, de forma oficial. Y es que, como explica Duro en su obra, lo que realmente buscaban Felipe V y Alberoni era distraer a los inglesuzos con aquella revuelta jacobita mientras España se arrojaba sobre Italia, su verdadero objetivo.¿En qué consistiría esa «distracción»? Nada más y nada menos…. ¡que en atacar Inglaterra! Tenía parte de lógica, pues una invasión sorpresa de la «Pérfida Albión» obligaría a los ingleses a abandonar (al menos por el momento) sus intereses en la Europa contiental. Y si de paso, lograban vengar el desastre de la «Grande y Felicísima Armada», pues mejor que mejor.

«Esos deseos llevarían a España a participar en un pintoresco plan para intentar invadir otra vez Inglaterra. […] Una arriesgada idea de Alberoni que, a su juicio, bien podía intentarse con alguna probabilidad de éxito. Se contaba con medios económicos para realizarla tras las buenas remesas llegadas de América», añaden los autores españoles en su obra «En tierra extraña». Empezaba la partida de ajedrez, y el tablero era Europa.

Comienza el plan

La invasión «trampa» constaba de dos partes:

1-Una primera fuerza (la más numerosa) se dirigiría hacia el sudoeste de Inglaterra. Desde allí, avanzaría hacia Londres. Este contingente estaba formado (según las cifras ofrecidas por Duro en su obra) por los siguientes hombres:

-4 barcos de guerra.

-25 barcos de transporte.

-Más de 5.000 soldados.

-500 monturas.

-30.000 fusiles.

-Multitud de pertrechos en forma de «pólvora, municiones, mantenimiento» y «algunos señores de calidad escoceses e irlandeses».

2-Un segundo contingente dirigiría sus pasos hacia Escocia, donde trataría de ganarse el apoyo de los clanes de la zona. Una vez iniciada la sublevación, los recién llegados armarían a los sediciosos y atacarían.

Los números concretos de aquellos que partieron en esta fuerza son discutidos a día de hoy por los historiadores, así como sus unidades de procedencia. Una de las últimas versiones, no obstante, es la ofrecida por Canales y del Rey en su texto:

-2 fragatas.

-1 batallón de españoles de apoyo.

-2.000 fusiles y 5.000 pistolas para armar a aquellos escoceses que decidieran enfrentarse al gobierno inglés.

Desastre

El plan, que no era precisamente sencillo de llevar a cabo, se complicó todavía más cuando murió de improviso Carlos XII de Suecia (el que iba a poner sobre la mesa… a miles de soldados para molestar a los inglesuzos). Pintaban bastos, pero el resentimiento de Alberoni le hizo continuar con la misión. Nada detendría a aquellos buques que -entre otras cosas- buscaban vengar a la «Grande y Felicísima Armada». Así pues, el 7 de marzo la flota principal partió de Cádiz con la firme intención de hacer que, tarde o temprano, a los «british» se les atragantase el té de las cinco. Duro recuerda en su obra que el grupo se detuvo en «La Coruña, Santander y Pasajes» para recoger a la totalidad de fuerzas que combatirían en Inglaterra.

Pero amigo, como pasara con los buques de Felipe II (un factor que no fue el único para mandar a la «Grande y Felicísima Armada» al infierno, todo sea dicho), los elementos vinieron a dar al traste con las ansias expansionistas hispanas.

El 29 de marzo, para más señas, fue cuando se sucedió el desastre. «Una borrasca irresistible interrumpió la navegación sobre el cabo Finisterre, constriñendo a las naves dispersas a correr hacia el sur en malísima disposición», completa Duro. El desastre fue total y los bajeles se dispersaron. En palabras del experto, las que tuvieron menos suerte zozobraron, y el resto lograron finalmente arribar hasta varios puertos de Vigo o Lisboa. La misión de la fuerza principal, por tanto, quedó anulada. ¿Qué sucedería con la que buscaba amarrar en Escocia?

La llegada a Eilean Donan

La fuerza secundaria partió de Pasajes (Guipúzcoa) el 9 de marzo de ese mismo año. Su objetivo: arribar hasta Escocia sana y salva y lograr que sus habitantes se alzaran contra Inglaterra. La suerte de estos dos buques (y de sus ocupantes) fue mucho mayor, pues lograron llegar en un breve periodo de tiempo hasta la isla de Lewis (ubicada la norte de la región).

Allí desembarcaron unos 307 españoles dispuestos a dar, cuanta más guerra, mejor. La suerte les favoreció todavía más si cabe, pues por aquellos verdes parajes lograron el apoyo del clan de los Mackenzies. Desde allí, empezaron a barruntar cuál sería la mejor forma de acceder a otros líderes locales para lograr su apoyo. Una revuelta al más puro estilo William Wallace.

En imágenes: Así es el castillo que defendieron hasta la muerte unos pocos soldados españoles en Escocia

El 13 de abril, tras movimientos por aquí y por allá, los españoles se asentaron en la fortaleza más destacada de los MacKenzie: el castillo de Eilean Donan. Una mole de piedra edificada en un islote del río Loch Duich y que, a día de hoy, ha sido utilizado como escenario de películas tan famosas como «Los inmortales». En esta base de operaciones fue en la que guardaron las 7.000 armas y la pólvora que habían traído desde la Península y que, si todo se sucedía según lo planeado, servirían para armar a los sublevados. «El primer plan previsto, en espera de noticias de la flota principal, era una ofensiva sobre Inverness para animar a los clanes a unirse a su causa», explican del Rey y Canales en su obra.

En los días siguientes, y en espera de que alguien les informara de dónde diantres se hallaba el grueso de la fuerza española, se demostró la desconfianza de los diferentes clanes escoceses. Y es que, la mayoría prefirieron mantener las armas en la funda hasta no ver si las posibilidades de victoria eran reales. Sublevarse «for nothing», que no sirve de nada (debieron pensar). «Cuando estaba todo listo, los expedicionarios supieron del desastre de la flota principal. Se habían quedado solos y abandonados a su suerte. Las dos naves españolas regresaron, y se decidió abandonar el avance sobre Inverness», añaden los autores.

El futuro pintaba negro para los nuestros, así que los hispanos se limitaron a dejar un retén de entre 40 y 50 hombres en Eilean Donan mientras el resto se dispersaban por las aldeas incitando a las tortas. Los números de los defensores son inciertos. Del Rey y Canales hablan de entre 45 y 46, mientras que León Arsenal y Fernando Prado señalan en su obra «Rincones de historia española. Episodios históricos, fabulosos y desconocidos a través de los siglos» que fueron «48 infantes de marina». Por su parte, los informes ingleses hacen referencia también a 48 defensores. Ese grupo de medio centenar de españoles había sido condenado, sin saberlo, a una muerte épica.

Una corta, pero brutal defensa

Por si fuera poco ver su revuelta rechazada, los problemas para los españoles se agravaron todavía más a principios de mayo de 1719. Fue entonces cuando los ingleses empezaron a mover sus fichas y enviaron cinco fragatas hacia el oeste de Escocia con el objetivo de dar al traste con los planes de Felipe V en sus tierras.

Los cinco bajeles eran los siguientes (según el informe que el capitán Charles Boyle -al mando de la escuadra- envió posteriormente)

1-HMS (His/Her Majesty’s Ship) Assistance (de 50 cañones).

2-HMS Darthmouth (de 50 cañones).

3-HMS Worcester (de 50 cañones).

4-HMS Flamborough (de 24 cañones).

5-HMS Enterprize (de 40 cañones).

«El día 10, a las nueve de la mañana, envié a mi lugarteniente con bandera blanca para exigir la rendición»

Nada que ver con los buques de línea que se enviarían posteriormente en Trafalgar, pero sin duda una fuerza considerable dado que los españoles adolecían de hombres y artillería con la que defenderse.Dos de estas fragatas (la Assistance y la Darthmouth) navegaron por el norte y, al no percatarse de la presencia de enemigos, anclaron en el río Loch Kishorn (a unos 40 kilómetros de Eilean Donan). Sin embargo, el resto de la flota -al mando del capitán Charles Boyle– no tardó en llegar hasta las inmediaciones del fuerte de los Mackenzie y ver que, en su pabellón, ondeaba la bandera de los nuestros. Era la hora de los cañonazos, así que el Worcester, el Flamborough y el Enterprize prepararon su artillería.

El 10 de mayo de 1719 comenzó el enfrentamiento. Así lo afirma el propio Boyle en su informe oficial, donde explica que -antes de empezar a cañonear a los españoles- envió a un hombre para que parlamentara con ellos y lograra que rindiesen el castillo por las buenas. La cortesía «british».

«El día 10, a las nueve de la mañana, envié a mi lugarteniente con bandera blanca para exigir la rendición», explica el capitán. Poco después, el militar desembarcó para, atendiendo a las órdenes de su jefazo, llamar a los defensores al raciocinio. La respuesta, sin embargo, fue muy castiza: los nuestros recibieron a tiros al enviado, que se había aproximado a la costa desde el Worcester. No podían defenderse, peor tampoco estaban dispuestos a marcharse de allí por las buenas avergonzando a España.

El informe de Boyle poco dice de las horas que continuaron. Su siguiente anotación se va a las cuatro de la tarde cuando, según afirma, un desertor les informó de que los españoles estaban reuniendo un ejército que ya contaba con 4.700 hombres ubicados en un campamento cercano.

A las ocho de la tarde, el inglés ordenó que sus fragatas iniciaran el cañoneo sobre los españoles. Poco podían hacer estos para defenderse, como bien explican del Rey y Canales: «Era previsible que, sin artillería con la que poder responder al fuego enemigo, lo único que los defensores pudieron hacer fue ponerse a cubierto del demoledor fuego de las fragatas británicas». Los disparos no cesaron durante una hora. Con todo, los Mackenzie podían sentirse orgullosos de su fortaleza, pues -a pesar de llevar en pie siglos y siglos- resistió considerablemente bien los zurriagazos «british».

Una vez que los ingleses consideraron que los españoles estaban lo suficientemente mermados, enviaron a sus hombres para darles la puntilla. Tal y como afirma Boyle en su informe, el encargado de pisar tierra y acabar con los defensores fue el capitán Herdman. Este, empezó a repartir disparos con sus hombres y, antes de declararse vencedor, tuvo que recibir también alguno que otro de los escasos soldados que todavía defendían el viejo castillo escocés.

Contando los muertos

Existen varias versiones que hacen referencia a los españoles que murieron aquel día. Del Rey y Canales afirman en su obra que «en total quedaban “un capitán, un teniente, un sargento y 39 soldados españoles, un mercenario irlandés, un rebelde escocés, 343 barriles de pólvora y 52 barriles con munición”». Estas cantidades de material (que pueden leerse también en el informe de Boyle) demuestran que Eilean Donan estaba siendo utilizado como polvorín por las tropas llegadas desde la Península Ibérica.

Por su parte, los autores de «Rincones de la historia española» afirman en su obra que, de los 48 hombres de la guarnición, fallecieron 43 (entre ellos el capitán y el teniente). «Así como un escocés y un mercenario irlandés». En palabras de estos autores, los «british» capturaron a los único cinco que no murieron. Estos habrían sido enviados a Edimburgo, donde fueron «bien tratados». En todo caso, este fue el primer revés de una expedición que no tardaría mucho en terminar con una victoria decisiva de inglesa majestad.

Eilean Donan tampoco tuvo un destino demasiado halagüeño. Después de dejarlo como un colador, los ingleses utilizaron 27 barriles de pólvora de los arrebatados a los españoles para volarlo por los aires. Y así permaneció (en ruinas) hasta que volvió a ser recuperado en 1919. A día de hoy, puede ser visitado para rememorar esta gesta española.


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  • La devolución de la colonia era condición para que España entrara en la guerra. La batalla que se perdió para nuestro país sirvió para ganar la contienda para EE.UU.

Benjamin Franklin – ABC

La idea de que la independencia de Estados Unidos dependió en una medida importante de hispanos y de la ayuda económica y militar de España ha sido, y resulta aún, una conclusión difícil de aceptar para buena parte de la ideología oficial de Estados Unidos. Lo mismo que Gibraltar era parte del precio. Es significativo que en 200 años los Estados Unidos no hayan sido capaces de desarrollar, con todos los recursos de la ciencia historiográfica, un detalle correcto de la participación hispánica en su proceso de nacimiento.

Sin embargo, sin ayuda exterior masiva los colonos norteamericanos no habrían obtenido la independencia de los Estados Unidos. Al menos no se habría conseguido en el momento en que se produjo y con el protagonismo de Washington, Franklin, Jefferson, Adams o Paine los caracteres que la concibieron en origen, dando lugar a la república que ahora conocemos.

El dominio del mar

¿Habría bastado sólo la ayuda francesa para lograr la independencia? Los datos del conflicto son la más eficaz refutación de esta idea: la alianza entre la rebelión americana y el Reino de Francia carecía de dos ingredientes fundamentales para producir la independencia de las colonias: cantidad suficiente de plata y el dominio del mar. Gran Bretaña era una manzana demasiado grande para la Francia de entonces. Hasta la entrada de España los datos son concluyentes y el Reino de Francia (y la rebelión americana) pasan por una situación crítica, como corrobora el número de buques destruidos y capturados franceses, la escasa dimensión de los posibles combates y sus resultados, la incapacidad de dotar de una asistencia adecuada a sus aliados, la ruina muy importante y poco analizada hasta ahora del comercio marítimo francés asolado por el corso…

En ese momento y en esas circunstancias ayudar a los rebeldes americanos no parecía ningún buen negocio. Además, España limitaba con Inglaterra en 5 continentes, a través del mar… Un conflicto con ese país sería necesariamente mundial y aquella situación amenazaba con repetir los desastres de la Guerra de los 7 años en que La Habana, Manila y Florida fueron saqueadas por fuerzas británicas.

Armas españolas

Sin embargo, Carlos III de España no se mantuvo neutral nunca en este conflicto. Financió desde el primer momento a los rebeldes, los protegió en su territorio, les abrió sus puertos y les dio acceso a sus arsenales. Como investigador, tengo la certeza de que parte de las armas que se dispararon en Lexington por los rebeldes, donde nació la guerra de independencia americana, fueron españolas, proporcionadas a Jeremiah Lee. Otro de los aportes españoles fundamentales fue el desmantelamiento de todas las posibles alianzas británicas en Europa comenzando con Portugal, el tradicional aliado inglés, a Prusia y Rusia.

Oficialmente, España, antes de la guerra, ofertó su mediación imponiendo un reconocimiento de facto de la independencia de Estados Unidos bajo la protección española y francesa con una tregua, muy similar en su concepto a la de los 12 años entre España y las provincias rebeldes holandesas (1609). El Tratado de Aranjuez (15 de abril de 1779) con Francia vinculó finalmente a España con una guerra que no podrá cerrar ningún acuerdo sin que se concierte la independencia de Estados Unidos (artículo 4) y ambas partes se comprometieron a no deponer las armas, ni hacer tratado alguno de paz, o suspensión de hostilidades, sin que hubieran obtenido respectivamente la restitución de Gibraltar para España y la libertad de fortificación de Dunquerque para Francia. Esta propuesta era congruente con el pacto secreto acordado entre los norteamericanos y Francia para que esta última pudiese acomodarse con España. El último esfuerzo británico de apartar a España de la guerra fue la oferta de Gibraltar por el Comodoro Johnson, jefe de la escuadra británica en Lisboa en 1779.

Las colonias americanas sin recursos, sin industria, sin fuerza naval considerable, poco y mal armadas se dieron cuenta que una mera dimensión local del conflicto les era insostenible frente a Inglaterra. El imprescindible teatro europeo fue posible gracias a algunas de las mentes más valiosas de Norteamérica que lo entendieron así y se desplazaron al viejo continente para que el conflicto fuera global.

Batallas decisivas

Por eso en Europa se libraron algunas de las más decisivas batallas de aquella guerra: la guerra económica que tanto debe a España, Francia y Holanda y que desbordó la capacidad financiera del Reino Unido, la de los mares europeos y las plazas de Gibraltar y Mahón. Aquellas fueron algunas de las batallas más sangrientas, duras y costosas de toda la guerra de independencia de Estados Unidos. Batallas invisibles ahora en los libros de historia pero no lo vivieron así los norteamericanos de aquella época.

De hecho, una de las apuestas estratégicas de Benjamin Franklin fue crear una armada de corsarios desde Europa para enfrentar al comercio y los suministros británicos. Varios de aquellos buques corsarios norteamericanos, y con el protagonismo del gran John Paul Jones, padre de la marina de ese país, concebían la lucha por Gibraltar como parte fundamental de la guerra común. No sólo actuaron cerca del Estrecho sino que Jones, además de dificultar el abastecimiento de la plaza, concibió e intentó interrumpir los movimientos de la flota inglesa del báltico por su directa conexión con los abastos a Gibraltar, afirmando que, de haber sido respaldado por el intermediario francés Chaumont, «la bandera española ondearía rampante en Gibraltar». Todo ello, por supuesto, bajo la supervisión y dirección de Benjamin Franklin. El asalto de Gibraltar y Mahón obligó a Gran Bretaña a destinar una inmensa cantidad de recursos económicos y militares para mantener ambas plazas. Cualquiera de las tres expediciones para abastecer Gibraltar por Inglaterra podría haber desequilibrado el balance de fuerzas en América septentrional, impedido la derrota de Yorktown o asegurado el control para Inglaterra del territorio de Nueva York hasta Canadá.

Incapacidad de Inglaterra

El historiador británico Piers Mackesy no dudó de que fue la incapacidad de Inglaterra de dominar el mar lo que posibilitó la independencia. En ese sentido, Gibraltar desvió la atención de recursos que podrían haber permitido el dominio del mar por Inglaterra y que habrían permitido que incluso el general Clinton se enfrentase con éxito a Washington impidiendo que la batalla de Yorktown se hubiera sucedido.

En Gibraltar combatieron más ingleses que en la batalla de Saratoga y casi los mismos que en la de Yorktown. Los costes de mantener la defensa de la plaza fueron ingentes, y hay que tenerlo en cuenta cuando la batalla de Yorktown nunca habría sucedido sin que España no hubiera financiado en esa ocasión a las tropas francesas y a las propias americanas y, desde luego, a la propia flota francesa.

En la pugna por Gibraltar son muchas las expresiones de respaldo de George Washington, Thomas Payne, el mismísimo Benjamin Franklin, el admirable John Adams, incluso su esposa Abigail… Confiaban en que la toma de Gibraltar acabaría definitivamente con la guerra.

Sin embargo, España no consiguió la toma de Gibraltar y la dura negociación por la paz exigió, por su parte, el sacrificio de la exigencia de Gibraltar. La batalla que se perdió para España sirvió para ganar la guerra para los Estados Unidos.


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  • El San José se terminó de construir en 1698 y fue uno de los últimos grandes galeones españoles. El 8 de junio de 1708 fue hundido en la batalla de Barú, cerca de Cartagena de Indias. Por Frank Ochmann y Jan Christoph

El galeón se enfrentó a su destino un 8 de junio de 1708. El buque, de tres mástiles, era la nave capitana de una flota de 17 navíos que navegaba hacia Cartagena de Indias. Una vez allí, debía hacer reparaciones, embarcar provisiones y, según el plan previsto, poner proa a La Habana. Y desde allí, por fin, rumbo a casa.

Se terminó de construir en 1698 y fue uno de los últimos grandes galeones españoles. El 8 de junio de 1708, fue hundido en la batalla de Barú, cerca de Cartagena de Indias

El capitán general de la flota, don José Fernández de Santillán, lleno de dudas, había levado anclas desde Portobelo. Hasta este importante puerto de Panamá habían llegado rumores de que barcos enemigos patrullaban la zona. Buques ingleses y holandeses jugaban al gato y el ratón con las flotas españolas para hacerse con su botín. Las travesías americanas se habían vuelto especialmente peligrosas con la llegada al trono de España de Felipe V, de la dinastía de los Borbones, y el estallido de la guerra de Sucesión.

Cada flota iba encabezada por dos galeones reales fuertemente armados, una capitan,  con el capitán general de la flota, y una almiranta, con su segundo al mando. a estos se sumaban otra serie de galeones y pequeños barcos de escolta para proteger a los mercantes. Las flotas de mayor tamaño llegaban a reunir más de 50 embarcaciones, aunque en le época del San José apenas llegaban a 20

José Fernández de Santillán, nombrado conde de Casa Alegre por sus servicios militares, sopesó los riesgos. Era un hombre experimentado. Sin embargo, y a pesar de tener más de 70 años, era la primera vez que comandaba la Flota de Indias. Sabía del atractivo del barco para sus enemigos. Solo los impuestos recaudados por la Corona que llevaba en sus bodegas ascendían a 1.551.609 pesos y 7 reales. Y no era ni mucho menos el valor total de su tesoro tan esperado en casa, al otro lado del mar.

La España de aquella época era inconcebiblemente rica pero estaba en bancarrota. Los tesoros de las Indias les venían muy bien a los apurados monarcas. La metrópoli dependía completamente de sus virreinatos, sin que las toneladas de riquezas enviadas al otro lado del océano aliviaran la situación. Como dijo un embajador veneciano de la época, el oro del Nuevo Mundo resbalaba por España como el agua por un tejado; apenas cae, se desliza y se pierde. Además, aquella lluvia de oro no era del todo fiable.

Aquel año en que se cargó el San José en Portobelo, hacía ya 12 que no se celebraba ninguna feria en la ciudad por culpa de la amenaza de las flotas inglesas y de toda suerte de piratas. En los mercados de Portobelo confluían las mercancías procedentes de todas las provincias sudamericanas. Pero en esos 12 años ni una sola flota había llegado a la metrópoli. Por lo tanto, con el San José también navegaban las esperanzas de España.

La historiadora Carla Phillips ha reconstruido al detalle esa última singladura. No ha sido tarea sencilla, ya que, por su excelente conocimiento de las aguas locales, los españoles apenas anotaban posiciones exactas. Los ingleses, por su parte, se equivocaban con los nombres españoles de barcos y accidentes geográficos, de tal manera que en la actualidad muchas veces no cabe sino interpretar los informes.

Las rutas comerciales españolas eran arterias vitales que conectaban las Indias con la metrópolis. Aprovechando las corrientes marinas, unían Cádiz con Veracruz, en Nueva España, o con los puertos de Portobelo y Cartagena de Indias, en la llamada Tierra Firme. Para su regreso, los barcos se concentraban en La Habana (Cuba)

En cualquier caso, el puerto de Cartagena de Indias debía de estar ya casi a la vista de la flota española cuando Fernández de Santillán se topó con la flotilla comandada por Charles Wager. Los ingleses llevaban tres meses patrullando la zona con cuatro barcos. Y por fin había llegado la hora. Fernández de Santillán confió en poder alcanzar Cartagena antes de que los ingleses le dieran alcance. Quizá lo habría conseguido si la tarde anterior no hubiese ordenado echar el ancla a unos 80 kilómetros al suroeste, para dar así tiempo a que los barcos más lentos pudieran reintegrarse a la flota, una medida razonable pero letal.

A las ocho o nueve de la mañana del día siguiente, los españoles avistaron cuatro velas en el horizonte los buques de Wager. Fernández de Santillán ordenó que todos sus mercantes se situaran por detrás de los galeones. Es probable que a esas alturas ya contaran con que la batalla fuera inevitable. No obstante, no renunció a alcanzar el puerto de Cartagena hasta que, en torno a las cinco de la tarde, el viento roló y dejó de serles favorable. El comandante español cambió de estrategia y dirigió el San José directamente hacia los ingleses.

Los cañones rugieron durante horas. Un mercader embarcado en uno de los buques de escolta describió el combate. “Las andanas se sucedían, cuenta, a veces tan rápido “que las balas de cañón se cruzaban en el aire”. Al cabo de un tiempo, cuando empezaba a oscurecer, sucedió la catástrofe. Aparecieron llamaradas a bordo del San José. Todo apunta a que venían de la santabárbara. Lenguas de fuego salían por las troneras de los cañones. Maderos ardientes llovían del cielo. Poco después, todo concluyó”.

El capitán de uno de los barcos españoles cuenta: “Cuando el humo se dispersó, busqué a la capitana donde debía haberse encontrado. Pero no vi más que los faroles en la banda de sotavento de los tres buques enemigos”. El San José arrastró a las profundidades a casi toda su tripulación y un tesoro de leyenda.


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  • La llegada de los castellanos a un nuevo continente y los territorios italianos en la órbita aragonesa desde la Edad Media sentaron las bases para la creación de un gran imperio hispánico en tiempos de los Reyes Católicos
 La muerte de general Wolfe (1771), en las Llanuras de Abraham, cerca de Quebec (Benjamin West).

La muerte de general Wolfe (1771), en las Llanuras de Abraham, cerca de Quebec (Benjamin West).

El Imperio español, cuyo tiempo de vida se suele ubicar entre 1492 (año del Descubrimiento de América) y 1898 (año en el que el país pierde sus últimos territorios de ultramar), no tuvo nunca forma política de imperio ni tuvo a un emperador en el sentido estricto de la palabra. Si bien Carlos I fue emperador del Sacro Imperio Romano, Felipe II no pudo obtener este título, a pesar de que su poder y la extensión de su territorio fue incluso mayor que el de su hijo. ¿Se puede hablar de un imperio sin que haya un emperador? Para la RAE, un imperio también es «una potencia hegemónica y su zona de influencia».

Según los términos planteados por Thomas J. Dandelet en su análisis «La Roma española», el Imperio español entraría en la categoría de imperio informal, es decir, aquel que no ejerce un dominio ni político ni militar. Un imperio formado por territorios con sus propias estructuras institucionales y ordenamientos jurídicos, diferentes y particulares, que se hallaban gobernados por los monarcas españoles de la Casa de Austria o por sus representantes. En tanto, su músculo era esencialmente territorial. De ahí que por extensión esté incluido entre los cuatro mayores de la historia:

1. El Imperio británico (segunda etapa tras las pérdida de las 13 Colonias): 31 millones de kilómetros cuadrados.

2. El Imperio mongol: 24 millones de kilómetros cuadrados (mediados del siglo XIII).

3. El Imperio ruso: 23 millones de kilómetros cuadrados en 1913.

4. El Imperio español: 20 millones de kilómetros cuadrados (en torno a 1750).

Como explica en su libro «Imperiofobia y Leyenda Negra» (Siruela) María Elvira Roca Barea, detrás de estos cuatro imperios vendría el Imperio Maurya, el Imperio aqueménida, el Imperio chino de la dinastía Qing (1650), el Imperio chino de la dinastía Yuan (1270), el segundo Imperio colonial francés (1880), el Imperio abasida (siglos VIII-XI), el Imperio chino de la dinastía Tang (siglos VII-X), el Califato Omeya (661-750); el Imperio portugués, el Imperio Rashidum (632), el Imperio brasileño; el Primer Imperio colonial francés; el Imperio japonés (1938); el Imperio chino de la dinastía Ming (siglo XV); el Imperio chino de la dinastía Han (200 a.C.), el Imperio romano con una extensión máxima de 6,5 millones de kilómetros cuadrados en tiempos de Trajano, el Imperio de Alejandro Magno con 5,2 millones de kilómetros cuadrados y el Imperio otomano con 5 millones de kilómetros cuadrados en 1683.

*La propia María Elvira Roca Barea avisa que según las fuentes consultadas la lista puede ser diferente.

Los orígenes del Imperio español

La llegada de los castellanos a un nuevo continente en 1492 y los territorios italianos en la órbita aragonesa desde la Edad Media sentaron las bases para la creación de un gran imperio hispánico en tiempos de los Reyes Católicos. Su nieto, Carlos I de España y V de Alemania, aunó desde muy joven un enorme número de coronas y territorios sobre su cabeza. La prematura muerte de su padre, Felipe I de Castilla, le entregó desde la tierna infancia los títulos de la Casa de Borgoña, es decir, los que Carlos «El Temerario» había conquistado por las armas a costa de Francia en todos los territorios que hoy ocupan los Países Bajos. A la muerte de su abuelo materno, y ante la incapacidad de su madre, Juana «La Loca», el joven Carlos recibió los títulos de Rey de Castilla, que incluían la Corona de Navarra y las Indias, y de Rey de la Corona de Aragón, que extendía su poder por Nápoles, Cerdeña y Sicilia. Además, sus victorias en Italia sobre Francisco I de Francia reportaron al imperio de Carlos el Ducado de Milán.

La preeminencia de los reinos hispánicos en esta entidad política estuvo justificada en la dependencia que tenían la dinastía de los Austrias del dinero y las tropas castellanas. No obstante, el trozo más grande del pastel europeo le llegó a Carlos de Habsburgo con el título de emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, que obtuvo gracias en parte al oro castellano, en 1520, imponiéndose sobre la candidatura de Francisco I de Francia y Enrique VIII de Inglaterra. El futuro Emperador Carlos V tenía derechos legítimos porque su abuelo era el anterior titular, pero aún así debió imponerse a golpe de ducados, con oro castellano y de banqueros alemanes, en la asamblea de electos alemanes. Ser Emperador del Sacro Imperio Romano suponía reinar sobre la actual Alemania y Austria (el título de archiduque de Austria le otorga esta responsabilidad), aunque era algo más nominal que práctico, puesto que cada parte del imperio se regía por sus propias leyes y a penas había instrumentos políticos que funcionaran en todo el territorio.

Su heredero, Felipe II, no recibió la Corona del Sacro Imperio Germánico, que fue a parar al hermano de Carlos, el «español» Fernando, pero formó su propio imperio europeo al sumar Portugal a los territorios italianos y flamencos de su padre. Si bien durante los reinados de Felipe II, Felipe III y Felipe IV se alcanzó la máxima extensión de territorio controlado por la Casa de los Austrias (unos 31 millones de kilómetros cuadrados), hay que matizar que Portugal y sus posesiones se mantuvieron celosamente separadas de las hispánicas. El Rey hacía cumplir su voluntad en Lisboa a través de un gobernador o un virrey, que solían rodearse convenientemente de funcionarios locales. Los oficios públicos se reservaban para los súbditos portugueses tanto en la metrópoli como en su territorios ultramarinos.

Por su parte, la cifra de los 20 millones de kilómetros cuadrados recogida por María Elvira Roca Barea hace probablemente referencia al mapa mundial dejado tras el Tratado de Madrid, firmado por Fernando VI de España y Juan V de Portugal el 13 de enero de 1750, para certificar oficialmente la muerte del de Tordesillas y definir los límites entre las respectivas colonias portuguesas y españolas en América del Sur.

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