Casa de la Contratación de Indias


La Real Casa de la Contratación de Indias fue una institución que se estableció en 1503, creada para fomentar y regular el comercio y la navegación con los territorios españoles en Ultramar.

Estableció un asiento que dio como fruto un monopolio de comercio español con las Indias. Algunos períodos entre el siglo XVI y el XVIII llegaba a recibir 270 000 kilos de plata y 40 000 kilos de oro al año.

 

Creación y funciones

Desde el segundo viaje de Colón en 1493 todos los asuntos concernientes al Nuevo Mundo habían estado en manos de Juan Rodríguez Fonseca, arcediano de la Catedral de Sevilla, capellán y hombre de confianza de Isabel la Católica. Este clérigo más tarde sería promovido a las sedes episcopales de Badajoz, Palencia y Burgos. Sin embargo, diez años después se hacía patente que no podían estar en manos de una sola persona todos estos asuntos, por lo que se decide crear una institución colegiada que es la Casa de Contratación. Aunque Fonseca perdería ese poder unipersonal como superintendente se mantendría en la corte con un cargo equivalente al de “Ministro de las colonias”, como dice el historiador Clarence H. Haring, hasta que se crea el Consejo de Indias en 1524.

Desde mediados de 1502 existe constancia documental del proceso de creación de una Casa de Contratación y el historiador Ernesto Schaffër cree que pudo ser promovida en origen por el genovés Francisco Pinelo, por ser un vecino de Sevilla muy conocedor de los asuntos indianos.

Principales rutas comerciales del Imperio Español con Las Indias.

El 20 de enero de 1503 Don Fernando y Doña Isabel firman una Real Provisión en Alcalá de Henares por la que se aprueban las primeras 20 Ordenanzas para la Casa de Contratación de Sevilla, para las Indias, las Islas Canarias y el África atlántica. Entre sus finalidades se especifica:

recoger y tener en ella, todo el tiempo necesario, cuantas mercaderías, mantenimientos y otros aparejos fuesen menester para proveer todas las cosas necesarias para la contratación de las Indias; para enviar allá todo lo que conviniera; para recibir todas las mercaderías y otras cosas que de allí se vendiese, de ello todo lo que hubiese que vender o se enviase a vender e contratar a otras partes donde fuese necesario.

El gobierno de la Casa estaría a cargo de tres oficiales reales: el Factor, el Tesorero y el Contador-Escribano, que fueron nombrados por Isabel la Católica por Real Cédula el 14 de febrero de 1503, firmada también en Alcalá de Henares. Tenían la misión saber cuántas mercancías y barcos enviar a las Indias, y para ello debían mantener comunicación con otros oficiales reales que ya se encontraban allí y conocer las necesidades de los colonos, elegir a los capitanes y escribanos para los viajes, entregarles instrucciones por escrito y decidir qué mercancías comprar para llevar allí.

Para el cargo de tesorero fue nombrado el doctor Sancho de Matienzo, letrado, buen jurista, canónigo de la Catedral de Sevilla y que fue primer abad de Jamaica desde 1512 a propuesta de Fernando el Católico y que ejerció de su labor en la Casa hasta diciembre de 1521. El Contador-Escribano fue Jimeno de Briviesca, que era gran conocedor de los asuntos indianos por haber participado en los preparativos de los viajes de Colón, y que ocupó el cargo durante 7 años. El primer Factor sería Francisco Pinelo, amigo personal de Colón y colaborador suyo y que ocupó el cargo hasta su muerte en 1509.

Sevilla en la segunda mitad del siglo XVI, por Alonso Sánchez Coello. Museo de América de Madrid.

Se decide que, aunque se pueden utilizar también barcos de la Corona, estos se pueden obtener también mediante requisa y arriendo a particulares. La Casa de Contratación tenía también una labor fiscalizadora, porque debía comprobar que las mercancía que llegaban a Sevilla eran las mismas que se habían embarcado en las Indias. A esos tres oficiales reales se les conocería posteriormente como Jueces Oficiales, para diferenciarse de los llamados Jueces Letrados que entrarían posteriormente. En 1508 se crea la figura del piloto mayor de las Indias, nombrándo Fernando el Católico como primero con este cargo a Américo Vespucio. El piloto mayor debía ser un auténtico experto en navegación, ya que su misión consistía en la preparación y resultado de las expediciones, examinar y graduar a los pilotos y censurar las cartas e instrumentos de navegación. Para realizar sus funciones contraba con la ayuda de otros pilotos así como del Cosmógrafo de la Casa. Américo Vespucio fue sucedido más tarde por Juan Díaz De Solís y Sebastián Cabot.

En 1509 Fernando el Católico pide un informe detallado de todas las Ordenanzas, instrucciones especiales, aranceles, etcétera, que operaban en la Casa para disponer de la redacción de unas nuevas ordenanzas. Las nuevas ordenanzas, de 36 capítulos, fueron expedidas en Monzón el 15 de junio de 1510 y se completaron en 1511 con 17 artículos más.

Las Ordenanzas de 1510 son más extensas y minuciosas que las de 1503. Se especifican las horas de trabajo; se determinan los libros de registro que hay que llevar; se regula la emigración; se trata de las relaciones con mercaderes y navegantes; se dispone lo relativo a los bienes de los muertos en Indias, y se le incorpora el matiz científico al incluirse dentro de la Casa de la Contratación al piloto mayor ―creado en 1508―, encargado de examinar a los pilotos que desean hacer la carrera, y de trazar los mapas o cartas de navegación y el padrón real o mapa modelo del Nuevo Mundo donde se iban registrado todos los descubrimientos, hasta 1519 en que se crea el puesto de cartógrafo. La Casa custodiaba la información náutica y la cartografía de manera secreta para evitar que la información cayera en manos de potencias extranjeras.

A mediados del siglo la Casa del Océano ―como le gustaba llamarla a Mártir de Anglería― era un organismo bien reglamentado, con capilla y cárcel propia. En 1557 se creó el cargo de presidente, al que estuvieron subordinados el contable, el factor y el tesorero.

El cronista oficial de la Casa escribía la historia de la América española y de su desarrollo tecnológico y científico. Los que violaban el reglamento de la Casa, caían bajo su jurisdicción y para ello se creó un tribunal especial en 1583.

Además de estos cargos, la Casa de la Contratación fue aumentando el número de sus funcionarios, a medida que fue incrementándose también la importancia del tráfico americano. Los oficiales de contaduría, numerosos escribanos, hicieron de esta institución una de las más complejas de todas las existentes.

Por la estructura que se da a la Casa se adivina una estrecha relación con la Hacienda Real. Difícilmente hubiera podido ser de otra forma ya que el tesoro de la Corona ocupaba una parte esencial de los asuntos indianos. Por una parte, servía para financiar la compra y transporte de la mayoría de los bastimentos y pertrechos que eran llevados a Indias. Muchos de los colonizadores gozaban de salario a cargo del tesoro. Por la otra, los asientos para la formación de toda nueva expedición incluían expresamente cláusulas mediante las cuales se aseguraba el interés de la Hacienda Real en los beneficios económicos del viaje. Al efecto, eran comisionados funcionarios que acompañarían a los descubridores en sus andanzas y velarían por la adecuada satisfacción de los derechos reales.

En 1539 y 1552 se volvieron a reunir todas las leyes y disposiciones existentes en relación con la Casa de Contratación para ser publicadas. De la misma forma se volvieron a imprimir en 1585 y se convirtieron en la base del Libro Noveno de las Leyes de Indias.

Sede

La elección de Sevilla como primera sede de la Casa de la Contratación durante 214 años no fue casual. Huelva tenía malas comunicaciones por tierra con el resto de España y era una ciudad que poseía abundantes tierras de señoríos y la Corona no estaba dispuesta a compartir su riqueza con nadie. Cádiz era prácticamente una ciudad-isla, que entonces estaba demasiado poco desarrollada y, además, era extremadamente insegura por dar al mar. De hecho Cádiz sería atacada repetidas veces: en 1587, 1596, 1625 y 1797. Llegar a Sevilla en barco, sin embargo, era un recorrido a través del Guadalquivir y la ciudad podía guardarse mejor, y tenía mejores comunicaciones por tierra, además de ciertas infraestructuras. La elección de Sevilla como ciudad con monopolio en el comercio con las Indias posibilitó que en torno a 1540 Sevilla desbancara a Amberes como centro financiero de Europa. Sevilla, además, ya desde el siglo XIII era un foco comercial y financiero de gran importancia, que encauzaba los flujos mercantiles que venían del Norte de África, recibiendo parte del oro de Sudán que salía al Mediterráneo, comerciaba con plazas italianas y del Atlántico Norte y disponía de focos financieros que respaldaban ese comercio.

Su primera sede fueron las Atarazanas Reales de Sevilla, pero como era un lugar expuesto a las arriadas y dañino para las mercancías, pronto fue trasladada a las dependencias del Real Alcázar, donde quedó instalada, al oeste del palacio de Pedro I, en la zona denominada de los Almirantes, local “sano, y alegre”, con buen patio y una puerta orientada hacia el río. Entre 1503 y 1506 se derribó la parte del Cuarto del Almirante y se volvió a levantar, con una fachada principal hacia el río. Posteriormente se construyeron almacenes y casas en la zona de la actual plaza de la Contratación.

La primera fase de las obras, que tuvo lugar entre 1503 y 1506, fue realizada por el maestro mayor de obras y carpintería del Alcázar Juan de Limpias, y se creó una portada de piedra labrada por Alonso Rozas, maestro mayor de la Catedral.

Cuando se realizó la obra la Corona pidió que se realizara una edificación simple, sin gran suntuosidad, porque ya daría tiempo de ampliarla o mejorarla en el futuro. Tras la primera fase hubo una segunda, entre 1506 y 1515 donde se creó una segunda planta y se ampliaron las instalaciones hacia una zona que era conocida como Cuarto de los Cuatro Palacios. En 1553 se amplió la superficie disponible comprando un edificio contiguo llamado Hospital de Santa Isabel.

Lo cierto es que, desde el comienzo el edificio se quedó pequeño, y aunque la instalación completa tenía una extensión de 600 metros cuadrados, Américo Vespucio, cuando fue nombrado Piloto Mayor en 1508, tuvo que dar clases en su domicilio particular y cuando se creó en la institución la cátedra de Cosmografía tuvo que asignarse como aula la capilla.

Además, existió otra razón para llevar la Casa al Alcázar. Hasta entonces el Cuarto del Almirante había albergado una institución de gran tradición histórica en la Andalucía bajomedieval: el Almirantazgo de Castilla y su Tribunal, establecido en Sevilla desde el siglo XIII, que tenía competencia jurisdiccional en asuntos marítimos.

Anexo al Alcázar existe un patio almohade que era parte del complejo de la Casa de la Contratación, sin embargo los inmuebles de ese entorno fueron derribados en la segunda mitad del siglo XX y fue levantado un edificio historicista en 1973 que respetaba el patio y algunas partes de los muros. Se realizaron excavaciones y obras de restauración del patio en 1992. El inmueble ahora sirve de oficinas de la Delegación del Gobierno de la Junta de Andalucía, por lo que no se encuentra abierto al público salvo visitas concertadas. Sin embargo, el Cuarto del Almirante y la Capilla de la Casa de Contratación, así como el Patio de la Montería, sí están dentro del recorrido turístico del Real Alcázar y pueden visitarse.

La entrada al Cuarto del Almirante, en el Patio de la Montería del Alcázar sevillano, es de los pocos vestigios que quedan de lo que fue la Casa de la Contratación de Sevilla. El Cuarto es una habitación rectangular que actualmente alberga varios cuadros en las paredes y que sirve para realizar algunos actos protocolarios.

Como una habitación abierta al Cuarto del Almirante se encuentra la Sala de Audiencias, que fue reconvertida en Capilla de la Casa de la Contratación en 1526. Para adornarla, se colocó una imagen de la Virgen de los Navegantes, que hoy constituye un importante documento gráfico, ya que en una parte del retablo existe un cuadro de Colón del siglo XVI. Dicha sala está hoy adornada, además de con el valioso altar, con un techo dorado y unas paredes tapizadas que muestran varios escudos, los de los almirantes de la flota española con el de Cristóbal Colón en el centro. A ambos lados del retablo se encuentran un arcón y una maqueta de un navío.

La falsa leyenda negra de Junípero Serra: el ‘civilizador’ de indios español acusado de genocida


ABC.es

  • El religioso franciscano fundó nueve misiones al otro lado del Atlántico y luchó para que la sociedad nativa avanzara. Sin embargo, hace poco una estatua erigida en su honor fue decapitada en California

Recreación de una misa de Junípero Serra en el Nuevo Mundo

 

Los héroes no son solo aquellos que, espada y escudo en mano, luchan una cruenta batalla sabedores de sus escasas posibilidades de victoria. En muchas ocasiones, los ídolos no necesitan armas ni armadura. El vivo ejemplo de ello fue Junípero Serra, un fraile franciscano que -allá por el siglo XVIII- dejó atrás a su querida España y recorrió casi 10.000 kilómetros en barco hasta México para versar a los nativos en las artes, las ciencias y el comercio.

Olvidándose de su seguridad y bienestar personal, Serra fundó además nueve misiones en el Nuevo Mundo dedicadas por completo a garantizar el bienestar de los indígenas. Fue, en definitiva, un gran hombre con un enorme listado de buenas acciones. Las mismas que, allá por el año 2015, le llevaron a ser canonizado por el Papa Francisco.

La de Junípero Serra es una historia de bondad. Aunque no debían opinar lo mismo los exaltados que, hace menos de una semana, decapitaron y pintaron de rojo una estatua levantada en su honor cerca de la Antigua Misión de Santa Bárbara.

Por desgracia, este denigrante asalto no ha sido una excepción. El pasado 23 de agosto, por ejemplo, fue también atacada una efigie del religioso ubicada en la ciudad de Los Ángeles (California). Otro tanto ocurrió en 2015 cuando, pocas jornadas después de que nuestro protagonista fuese canonizado, unos vándalos derribaron varias de sus esculturas y pintaron sobre su lápida las palabras «Santo del genocidio».

Y es que, a día de hoy son muchos los nativos que -tal y como explica José A. Sanz en «Cruces y flechas»- consideran que el religioso fue «un carcelero» que «construyó auténticos campos de concentración» y obligó «a los indios a convertirse al catolicismo». Todo falsedades, en palabras del mismo autor: «No hay evidencia alguna para afirmar que, en tiempos de Serra, hubiera conversiones forzadas de indios al catolicismo; no hay evidencia alguna que muestre que Serra fuera personalmente cruel con los indios; durante la presidencia de Serra no hubo tal destrucción de los pueblos indígenas».

La visión más cruel de este fraile contrasta también con el hecho de que, a día de hoy, este héroe patrio es el único honrado con una estatua en el Capitolio de Washington.

Triste salida de España

La villa de Petra, en la isla de Mallorca, fue la urbe que vio nacer al futuro evangelizador el 24 de noviembre de 1713. Así lo afirma el también religioso del XVIII Francisco Palou (amigo inseparable de nuestro protagonista) en su obra «Relación histórica de la vida y apostólicas tareas del V. P. Fray Junípero Serra».

El autor señala además que «fueron sus padres Antonio Serra y Margarita Ferrer, humildes labrados, honrados, devotos, y de exemplares costumbres» los que instruyeron a Miguel José (pues ese era su verdadero nombre) «en el santo temor de Dios». La infancia de nuestro protagonista, por tanto, se forjó en base a la religión. Así lo deja claro el cronista, quien señala que «desde luego que empezó a andar, [comenzó] a frequentar la Iglesia y Convento de San Bernardino».

Su paso por aquella escuela le granjeó, en palabras de Palou, grandes conocimientos en «la latinidad, de la que salió perfectamente instruido». Pronto quedó claro que poseía aptitudes más que claras para la filosofía y que se sentía atraído por la religión. Por ello, y a la edad de 15 años, empezó a asistir a las clases del convento de San Francisco de Palma. «Sintiéndose llamado por la vocación religiosa, al año siguiente viste el hábito franciscano en el convento de Jesús, extramuros de la ciudad. El 15 de septiembre de 1731 emite los votos religiosos, cambiando el nombre de Miguel José por el de Junípero», explicaba el fallecido Salustiano Vicedo en su dossier «Beato Junípero Serra (1713-1784), Apóstol de Sierra Gorda y California».

A partir de entonces se dedicó al estudio y a la docencia. Tarea en la que destacó sobremanera formando a decenas de discípulos. Y así permaneció hasta 1741.

Con todo, su paso por la tarima le duró poco. Ansioso de predicar en el Nuevo Mundo, Serra no pudo contener la alegría cuando le informaron de que, finalmente, se había aceptado su petición para cruzar el Atlántico y unirse al Colegio de Misioneros de San Fernando (en México). La felicidad inicial, no obstante, le duró poco. Y es que, aquello implicaba alejarse de sus padre. Al final nuestro protagonista no tuvo valor para decirles la verdad. «Visitó á sus ancianos padres, despidiéndose y tomado la bendición de ellos para volverse, respecto á haber concluido su tarea; á quienes; dexó asimismo ignorantes de su determinación, quedando por esto mas oculta», añade Palou.

Los horrores del viaje

El 13 de abril de 1749 Serra partió hacia Málaga rumbo a Cádiz. Este viaje ha sido, en cierto modo, olvidado por la historia. Sin embargo, fue más importante de lo que dejan entrever las crónicas. ¿La razón? Que, durante el trayecto, el fraile tuvo un enfrentamiento con el capitán del bajel que podría haber dado con sus huesos en el mar.

En palabras de Palou, presente en el viaje, aquel sujeto era un «hereje protervo» que no dudó en provocar a los religiosos durante las quince jornadas que estuvieron en el barco. Siempre según sus escritos, el marino atacó durante todo el trayecto a la religión «hablando inglés o algo de portugués» (pues no sabía español) y leyendo pasajes de la Biblia que consideraba inadecuados.

Serra, por su parte, no evitó el conflicto durante aquellas jornadas. «Como nuestro Fray Junípero era tan instruido y versado en el dogma y las sagradas escrituras, […] intentaba que percibiera su error», añade Palou. El enfrentamiento, en principio dialéctico, terminó desquiciando al capitán, quien llegó a «ponerle un puñal a a la garganta con intenciones (al parecer) de quitarle la vida». Sin embargo, parece que desistió cuando el español le señaló que «si no nos ponía en Málaga, nuestro rey pediría al de Inglaterra por nosotros, y su cabeza lo pagaría».

En cualquier caso, Serra arribó sano y salvo a Cádiz y, desde allí, partió hasta Veracruz (en México). A este lugar llegó tras una travesía de 99 jornadas.

Por desgracia, su suplicio no acabó cuando pisó México. Y es que, en su camino al Colegio de Misioneros de San Fernando tuvo un percance que le dejó marcado de por vida. «Se hincharon los pies a […] Junipero, de suerte que llegó á una Hacienda sin poderse tener; atribuyeronlo á picadas de zancudos por la mucha comezón que sentía, […] Le amaneció ensangrentado todo con cuyo motivo se le hizo una llaga […] le duró toda la vida», añade Palou. Ni eso podría con nuestro protagonista, decidido a continuar su labor evangelizadora y civilizadora.

Labor civilizadora

Como bien señala Vicedo en su dossier sobre este personaje, Serra permaneció seis meses en el Colegio de Misioneros de San Fernando. Pasado este tiempo dirigió sus pasos hacia la llamada Sierra Gorda (en Querétaro, México). Allí, según Palou, fueron recibidos calurosamente por los nativos de las diferentes misiones. Palabras que acaban radicalmente con la extendida idea de que los indígenas odiaban la labor de los cristianos.

Una vez en la zona, nuestro protagonista se dedicó en primer lugar a aprender la lengua de los lugareños y a dar a conocer entre ellos la religión cristiana. «Intentó imprimir en sus tiernos corazones la devoción al Señor», completa el cronista en su extensa obra.

Pero esa no fue su única labor. «Para que los indios tuviesen qué comer y vestir […] agenció por medio de sindico el aumento de bueyes, vacas, bestias, y ganado menor de pelo y lana, maíz, y frixol para poner en corriente alguna siembra, en lo qual se gastó no solo el sobrante de los 300 pesos […] que daba S. M. á cada Ministro para su manutencion, sino también la limosna que se podía conseguir por misas, y la que ofrecían algunos bienhechores», explica Palou.

«Para que los indios tuviesen qué comer y vestir […] agenció el aumento de bueyes, vacas, bestias, y ganado menor de pelo y lana, maíz, y frixol»

En poco tiempo consiguió también aumentar las cosechas que daban de comer a los indios. Algo que logró, entre otras cosas, «aparatando [a los indios] de toda la ociosidad en la que se habían criado», organizándolos y enseñándoles técnicas avanzadas de cultivo. Por si fuera poco, también les ayudó a construir granjas y talleres.La labor, sin duda, ayudó a los nativos a avanzar. «Fue tal la transformación realizada en aquella zona montañosa que, de un erial infructuoso, sus valles se transformaron en fecundo vergel. Y unos indios semisalvajes y ariscos, quedaron convertidos en sociables ciudadanos, instruidos en los diferentes campos de la actividad humana de aquellos tiempos», añade, en este caso, Vicedo.

El mayor defensor de la labor de Serra era Palou, pues entendía -en palabras de Sanz- que «era un modelo de misionero y que su plan de misiones era el único remedio para que los indios tuvieran un futuro».

Durante aquella vorágine civilizadora fue requerida la presencia de Serra en San Saba (Texas). Más concretamente, en una misión que había sido arrasada a base de flechas por los apaches. El fraile (para entonces «Presidente de los misioneros») aceptó, pero finalmente se canceló su partida. Por ello, y en palabras de Vicedo, «se dedicó a dar misiones populares por todo el Territorio de la Nueva España» durante un año.

Primera expedición

Mientras Serra evangelizaba medio México, la situación internacional se recrudecía. Ejemplo de ello es que, en 1767, los jesuitas fueron expulsados de todos los territorios españoles. Una decisión que dejó vacías sus misiones en la Baja California y obligó a franciscanos como Serra a asentarse en ellas. «Salimos el día 12 de marzo de dicho año, habiendo anochecido ya», añade Palou, quien viajó junto a Junípero.

Por si esta situación no fuese ya lo suficientemente peliaguda para España (la cual se arriesgaba a perder una buena parte de las misiones en la Baja California), un año después de que Serra arribara a su nuevo puesto llegaron informes de que los rusos buscaban colonizar el noroeste americano. Un desastre para los intereses de nuestra corona en la zona.

¿Cuál fue la solución ofrecida por los españoles? Adelantarse a sus competidores. «El Visitador Real José de Gálvez propuso al gobernador una expedición a Monterrey», explica Matt A. Casado en «California hispana: Descubrimiento, colonización y anexión por los Estados Unidos». Sin embargo, sabía que le sería imposible colonizar solo con las armas, por lo que hizo llamar a Serra.

La expedición partió el 10 de abril de 1769 en dirección a Monterrey bajo el mando de Gaspar de Portolá. El viaje fue más duro que cualquiera de los anteriores en los que había participado Serra. Los episodios que vivieron aquellos hombres así lo atestiguan. El 28 de mayo, por ejemplo, los nativos trataron de detener el avance de los soldados españoles por las bravas a la altura de una zona llamada la Cieneguilla, aunque los nuestros los dispersaron a base de tiros al aire.

«Fray Junípero era entusiasta, pero no ciego. Sabía que en cualquier momento los indios se podían convertir en una amenaza», añade Sanz. Lo cierto es que no le faltaba razón. Y así que claro el 27 de junio cuando, de la nada, aparecieron dos grupos de nativos armados con arcos y flechas que se ubicaron en los flancos de la expedición. Los nuestros se pusieron en guardia pensando que les tocaría defenderse hasta la muerte. Pero no sucedió nada. Según explicó Serra en sus memorias, los indios se dedicaron a dar alaridos hasta que se cansaron y se marcharon.

A primeros de julio la expedición arribó al puerto de San Diego, donde nuestro protagonista fundó la primera misión de la Alta California, la de San Diego de Alcalá.

La estructura social y militar que se generó alrededor de esta misión sería más que revolucionaria. De esta forma lo explican, al menos, Fernando Martínez Laínez y Carlos Canales en su obra «Banderas Lejanas. La exploración, conquista y defensa por España del territorio de los actuales Estados Unidos»: «[Allí] se hubo de destinar seis soldados. Así nació un sistema muy eficaz que luego fue copiado en toda California en aquellos lugares donde no había un presidio que diese protección inmediata a los misioneros. Consistía en dotar de una pequeña unidad militar a cada asentamiento en el que los religiosos y los indios cristianizados cultivaban la tierra y producían alimentos».

«Creó un sistema muy eficaz que luego fue copiado en aquellos lugares donde no había un presidio que diese protección inmediata a los misioneros»

Vicedo recuerda en su dossier que las relaciones con los nativos no fueron todo lo amables que nuestro protagonista hubiera querido. Aunque ni las tensiones ni los robos perpetrados por los indios le impidieron continuar su labor civilizadora. Tampoco se rindió cuando su campamento fue atacado ni cuando los alimentos se agotaron y Portolá ordenó la retirada.«Sus ruegos lograron que se aplazara la retirada y, en el ínterin, llegó el barco con nuevos recursos», añade Vicedo. Al final, la tenacidad mostrada por Serra y sus deseos de cristianización hicieron que pudiese formar su segunda misión (la de San Carlos de Borromeo) en Monterrey allá por 1771. «Hizo la fundación del establecimiento con misa cantada y demás ceremonias de costumbre», añade Palou en su obra.

Otras misiones

Tras estas dos primeras, Junípero Serra fundó otras tres misiones más: la de San Antonio de Padua (1771), la de San Gabriel Arcángel (1771) y la de San Luis Obispo de Tolosa (1772).

La creación de la última de esta lista (auspiciada por el lugarteniente de Portolá, Pedro Fages) fue particularmente feliz para los nativos. «Serra convenció a Fages para que le dejara algunos hombres y así poder fundar una nueva misión, que recibió el 1 de septiembre de 1772 el nombre de San Luis Obispo de Tolosa. La amistad de los indios, agradecidos por [una] matanza de osos que Fages había llevado a cabo un año antes, garantizó el éxito del nuevo asentamiento», añaden Laínez y Canales en su obra.

En los años siguientes, el número de misiones creadas por Junípero Serra aumentó hasta un total de nueve. Así lo explica Palou en su libro, en el que se señala además que el fraile se desvivió para llevar víveres a las mismas con el objetivo de que ningún nativo pasase hambre.

Entre todas ellas destacó la creación de una misión ubicada a medio camino entre las regiones de Los Ángeles y San Diego. Su levantamiento comenzó en 1774, cuando el fraile Fermín Luasén y un comandante llamado Francisco Ortega fueron enviados a la actual zona de San Juan Capistrano con el objetivo de fundar un centro religioso.

La labor de los mismos, que en principio se desarrolló sin problema alguno, tuvo que ser detenida repentinamente cuando recibieron órdenes de regresar al punto de partida por culpa de un ataque nativo.

La misión (todavía sin fundar) quedó totalmente abandonada. Sin embargo, poco después partió hacia la zona Junípero Serra para continuar el trabajo. Lo hizo, además, junto a dos misioneros (fray Pablo Mugartegui y fray Gregorio Amurrio), un cabo y diez soldados.

«Llegaron al sitio en donde hallaron enarbolada [una] cruz [dejada por Ortega] y desenterraron las campanas, a cuyo repique acudieron los gentiles muy festivos de ver que volvían a su tierra los padres. Hizóse una enramada, y puesto el altar dijo en él el venerable padre presidente la primera misa. Deseoso de que se adelantase la obra, tomó el trabajo de pasar su reverencia a la misión de San Gabriel a fin de traer algunos neófitos para ayuda de la obra, algún socorro de víveres para todos y el ganado vacuno que ya estaba», añade Palou.

«Cuando el misionero murió en la misión de Carmel [en 1784], las exequias fúnebres que se hicieron fueron impresionantes»

Debemos suponer que el monje pasó sus últimos días feliz por el buen trabajo realizado a lo largo y ancho del continente americano. «Cuando el misionero murió en la misión de Carmel [en 1784], las exequias fúnebres que se hicieron fueron impresionantes. Tras la muerte de fray Junípero, el padre Fermín Francisco Lasuén quedó como director de las misiones, y con él tuco que coordinarse Fages», completan los divulgadores históricos españoles.A la tumba, nuestro protagonista se llevó también el odio de algunos gobernadores de California que le impidieron realizar más fácilmente su tarea y la leyenda negra que se generó a su alrededor. Un mito imposible de entender atendiendo a su currículum civilizador.

Falsa leyenda negra

La historia de Junípero Serra nos habla de bondad y de piedad. Así lo demuestra el que fuera beatificado por Juan Pablo II en 1988 y, posteriormente, canonizado por el papa Francisco allá por 2015. Este último señaló durante una de sus homilías que el misionero había tenido que lidiar con la dura mentalidad de los conquistadores que viajaban hasta el otro lado del mundo.

«Aprendió a gestar y a acompañar la vida de Dios en los rostros de los que iba encontrando haciéndolos sus hermanos. Junípero buscó defender la dignidad de la comunidad nativa, protegiéndola de cuantos la habían abusado. Abusos que hoy nos siguen provocando desagrado, especialmente por el dolor que causan en la vida de tantos», explicó hace dos años el Sumo Pontífice.

Sin embargo, ni su pasado misionero ni su reconocimiento internacional han servido para acallar a aquellos que creen que participó en el genocidio que los españoles cometieron en América. En 2015, por ejemplo, algunas asociaciones nativas cargaron frontalmente contra su memoria aprovechando su canonización.

Una de ellas fue «Mexica Movement», defensora de la «liberación americana de los europeos». Esta, a través de uno de sus representantes (Olin Tezcatlipoca) declaró a la cadena CNN que Junípero Serra había «planificado el genocidio». La afirmación es una de las más benévolas, ya que el grupo ha llegado a señalar que el religioso «era un racista que cometió crímenes inmorales y genocidas contra nuestra gente».

El grupo también ha tildado, a lo largo de los últimos años, a las misiones de Serra de ser realmente campos de concentración para los nativos. Una teoría que suscribió posteriormente Andrew Salas (presidente tribal de la nación Kizh) en la cadena BBC: «Eran campos de exterminio para mi gente. Ellos sirvieron de esclavos para erigir algunos de los ejemplos más bellos de la arquitectura del estado de California, que no eran más que una fachada de los insalubres campos de la muerte».

Estos grupos son partidarios también de que los nativos eran obligados a vivir en las misiones fundadas por los españoles en unas condiciones de absoluta insalubridad. Además, no señalan que los españoles repartían comida a diario entre los indios y les protegían de sus enemigos en estas instalaciones. Para contrarrestar esta muestra de solidaridad explican que muchos pueblos no tenían más remedio que alojarse allí debido a que eran las únicas zonas en las que había alimento.

«Las misiones eran campos de exterminio para mi gente»

Asociaciones como «Mexica Movement» también esgrimen que los misioneros (así como los soldados españoles) solían azotar a los nativos cuando se comportaban de una manera inadecuada. En este sentido, cargan contra Serra arguyendo que envió una carta en 1780 en la que afirmaba que no tenía problemas de conciencia por ello debido a que era «el método que se usa en todo el mundo, ha sido practicado por todos los santos misioneros, y es recomendado por las autoridades civiles».Sin embargo, se olvidan de señalar que aquella era una práctica tristemente habitual y que, a su vez, también la sufrían los soldados españoles fugitivos. Por si fuera poco, no hay evidencias de que el mismo fraile fuera el que empuñara el cuero.

A fray Junípero también se le reprocha el haber fundado un sistema de misiones que acabó con una buena parte de la civilización indígena. En este caso, de lo que no se acuerdan los mencionados grupos es de episodios como el acaecido a mediados de julio de 1776. Durante aquellos días, Serra pidió clemencia para un grupo de nativos que había atacado un asentamiento español.

«Fray Junípero tenía buenas razones para pedir clemencia por los indios […] que habían destruido la misión de San Diego. Se lo dijo a Teodoro de Croix, primer comandante general de las Provincias Internas (carta del 22 de agosto de 1778): esos rebeldes y asesinos eran sus hijos, engendrados en Cristo».

El mito de Acción de Gracias: los españoles lo celebraron 56 años antes que los peregrinos


 Los conquistadores oran antes de la entrada a Tenochtitlan - Wikimedia

Los conquistadores oran antes de la entrada a Tenochtitlan – Wikimedia

El Día de Acción de Gracias, una de las fiestas más emblemáticas de EE.UU, tiene su origen oficialmente en el año 1621, cuando un grupo de peregrinos (los puritanos ingleses) celebró en Plymouth, en el actual estado de Massachusetts, el final de la cosecha compartiendo su comida con los indígenas de la zona. Sin embargo, como han defendido recientemente varios historiadores del estado de Florida, los conquistadores españoles habían protagonizado celebraciones de características similares al menos en 1565 y en 1598, sobre lo que hoy es suelo americano.

El primer asentamiento europeo en Norteamérica, San Agustín de Florida, había sido fundado por Pedro Menéndez de Avilés 56 años antes

Los estadounidenses han consagrado en su memoria colectiva la llegada de los puritanos ingleses como el génesis de su nación, bajo el sello de una colonización anglosajona, desdeñando así la labor civilizadora y evangelizadora de España desde el sur de los Estados Unidos hasta el mismo corazón del continente. La presencia del Imperio español en el Norte del Nuevo Mundo se remonta a principios del siglo XVI y desmonta muchos de los mitos fundacionales de este país.

La historia convencional de Norteamérica considera punto de origen de su nación la llegada de un barco llamado el «Mayflower» a Plymouth en 1620, donde un grupo de puritanos ingleses –cansados de las supuestas concesiones de su país a la Iglesia Católica– estableció varias colonias permanentes en lo que luego fue conocido como Nueva Inglaterra. No obstante, sobredimensionar la importancia de aquel episodio ha terminado por solapar una realidad histórica: el primer asentamiento europeo en Norteamérica, San Agustín de Florida, había sido fundado por Pedro Menéndezde Avilés 56 años antes.

Primera comida de Acción de Gracias, San Agustín septiembre de 1565- Florida Museum of Natural History

Primera comida de Acción de Gracias, San Agustín septiembre de 1565- Florida Museum of Natural History

Tras más de medio siglo impidiendo que cualquier otra nación europea se estableciera permanentemente en el continente descubierto por Cristóbal Colón, los españoles vieron una grave amenaza en los planes franceses de levantar una colonia en la zona del norte, explorada desde la llegada hispánica pero sin asentamientos fijos. Así, un grupo de hugonotes (los calvinistas de Francia) desembarcó en febrero de 1562 en el estuario del río conocido hoy como el St. Johns River y se estableció al sur de Carolina. Sin víveres ni apenas recursos, los pocos supervivientes tuvieron que regresar a Francia al cabo de varios meses. Pero pocos años después, otra expedición francesa mejor preparada consiguió establecerse en Florida, sobre la región actual de Jacksonville, en lo que fue bautizado como Fort Caroline.
Pavo, venado y guiso de cerdo salado

El éxito de la incursión hizo saltar las alarmas en la corte madrileña, desde donde se decidió enviar a uno de sus marinos más prestigiosos, Pedro Menéndez de Avilés. Tras dispersar la flota francesa y tomar posesión del lugar en nombre del Rey de España el 28 de agosto de 1565, el almirante asturiano se ayudó de la tribu saturiwa –hartos de la presencia gala– para encontrar y atacar el asentamiento hugonote. Con 50 soldados, Menéndez dio caza a los habitantes de Fort Caroline y ordenó algo duramente criticada por toda Europa: ejecutar a todos los prisioneros. Desde España se justificó la medida, desde el punto de vista legal, como la habitual cuando se capturaban a piratas. Los Reyes españoles consideraban que todo el continente les pertenecía por derecho y cualquier intrusión estaba considerada piratería.

Solo un mes después de la fundación de San Agustín, Pedro Menéndez de Avilés celebró una comida muy parecida a lo que se conmemora por Acción de Gracias en honor a sus aliados saturiwas. El menú probablemente incluyó pavo, venado y guiso de cerdo salado. Además, europeos y nativos asistieron después a una solemne misa cocelebrada por cuatro obispos españoles.

La colonia de Plymouth ni siquiera era la primera fundada por ingleses en el norte del continente

A finales de siglo, en 1598, el explorador español Juan de Oñate organizó una gran celebración en las orillas del Río Grande, también con miembros de tribus nativas, después de liderar a los colonos en una ardua caminata de 563 kilómetros por el desierto mexicano. Un episodio histórico muy parecido al organizado 23 años después, en 1621, por los 50 colonos ingleses llamados «pilgrims» (peregrinos), que compartieron su comida con sus vecinos, los amigables indios Wampanoag. En ambos casos se trataron de encuentros entre civilizaciones muy distintas con el objeto de agradecer a Dios que seguían vivos a pesar de su lucha desigual contra los elementos.

Sin embargo, hay que recordar que la colonia de Plymouth ni siquiera era la primera fundada por ingleses en el norte del continente. En 1583, la Reina Isabel I de Inglaterra autorizó al pirata Sir Walter Raleigh a fundar una colonia al Norte de Florida, a la que llamó Virginia. Fue en esta tierra donde otro grupo de peregrinos y de indios compartieran una comida dos años antes que en Plymouth. Lo que ha llevado a muchos historiadores estadounidenses a defender que fue en Virginia donde se celebró por primera vez la festividad. De hecho, la compañía de Londres que envió a estos peregrinos, al enterarse del acto de fraternidad entre civilizaciones, ordenó que la fecha se marcase como la celebración anual de Acción de Gracias.

El misterio del pueblo maldito que desapareció sin dejar rastro en el S.XVI


ABC.es

  • Cuando los británicos llegaron a Roanoke (una de sus colonias en el Nuevo Mundo) se percataron de que todos sus habitantes se habían esfumado. Solo hallaron una palabra tallada en un árbol: «Croatoan»

 

Wikimedia Los ingleses descubren la palabra «Croatoan» en la colonia. El misterio, a día de hoy, continúa

Wikimedia | Los ingleses descubren la palabra «Croatoan» en la colonia. El misterio, a día de hoy, continúa

 

Si algo ha demostrado la Historia es que, independientemente de los años que se vayan acumulando en el calendario, existen misterios cuya solución quedará oculta en los albores del tiempo. Así ha quedado claro gracias a sucesos inexplicables como la muerte de Amelia Earhart durante el S.XX o, viajando algunos siglos en el tiempo, lo que acaeció con más de un centenar de personas que, entre 1587 y 1590, desaparecieron sin dejar rastro de la colonia inglesa de Roanoke (en el Nuevo Mundo). El devenir de aquella comunidad es, a día de hoy, un enigma sin resolver que desconcierta al mundo. Y es que, cuando los británicos llegaron a lo que había sido un próspero fuerte habitado por sus paisanos en el Norte de América (y que había pasado tres años incomunicado debido a la guerra contra España) hallaron una ciudad totalmente desierta y tan solo una palabra escrita en un árbol: «Croatoan».

A pesar de que este misterio lleva décadas desconcertando a la humanidad, este agosto ha vuelto a salir a luz después de que un equipo de arqueólogos haya dado a conocer nuevos indicios que podrían desvelar al fin (y más de 400 años después) qué fue de estos colonos desaparecidos. Concretamente, y según explicaron los expertos de la «First Colony Foundation», existen posibilidades de que los británicos se introdujeran en lo más profundo de Estados Unidos y se mezclaran con la población nativa. Una teoría que siempre se había barajado pero que, ahora, podría quedar corroborada gracias a una serie de objetos hallados a 80 kilómetros de Roanoke.

Una carrera por el Nuevo Mundo

Para hallar el origen de esta colonia perdida es necesario viajar en el tiempo hasta el S.XVI. Los de entonces eran momentos de conquista de territorios inexplorados, años en los que cualquier pordiosero de malvivir se ataba un cuchillo al cinto y, a cambio de unas monedas, se subía a un cascarón de madera para partir hacia el Nuevo Mundo en busca de riquezas. Poco importaban a los desgraciados que sentaban sus posaderas en aquellos buques sobrevivir al peligroso viaje (plagado de enfermedades, temporales y piratas) que se les avecinaba a través del Atlántico, pues la promesa de expoliar hasta la última onza de oro y plata de los nativos y vivir como unos señores por aquellos lares les era suficiente.

abc Mapa elaborado por John White de Virginia. En él destaca la isla de Roanoke

abc
Mapa elaborado por John White de Virginia. En él destaca la isla de Roanoke

Cuando el calendario marcaba aquellos días, en Europa era bien conocido por todos que el máximo exponente de conquista y expansión en territorio americano era la vieja España. Al fin y al cabo, por algo se había dejado los cuartos financiando a Cristóbal Colón y, posteriormente, había fomentado los viajes de ilustres exploradores (o asesinos, según a quien se le pregunte) como Francisco Pizarro o Hernán Cortés. Poco podían hacer otras naciones para tratar de equipararse al poderío de Felipe II. Ni siquiera la todopoderosa Isabel I (soberana de Inglaterra e Irlanda) tenía capacidad de igualar a la Flota de Indias de la Armada hispana, los gigantescos convoys que partían periódicamente desde la Península hacia el Nuevo Mundo para volver cargados de riquezas.

La situación era inigualable para los de Felipe II. Al menos en un principio, pues debió ser que, hasta sus reales narices de que España se enriqueciera sin dejar ver ni una moneda a sus islas, Isabel I se empeñó en poner zancadillas a nuestro país patrocinando a algunos piratas (o corsarios, como los llamaba finamente su majestad, a pesar de que la práctica era la misma) tan conocidos como Francis Drake. A su vez, a la reinona no se le ocurrió otra cosa que fomentar la llegada de sus súbditos al Nuevo Mundo ofreciéndoles a cambio llenar sus bolsillos. Y es que, por entonces se hacía válido aquello de «el primero que llega elige» (o, en este caso, se queda con la tierra) y, cuanta más tierra pudiera arrebatarle a aquellos malditos hispanos, mejor para ella.

«La ambición de los ingleses era ensombrecida por las hazañas españolas en América […] y las fundaciones subsecuentes de colonias a lo largo del continente americano. Pero, a pesar de lo poco que Inglaterra logró durante la primera mitad del S.XVI, los descubrimientos y conquistas españolas estimularon el expansionismo inglés en la segunda mitad del siglo, cuando la actividad inglesa en América gradualmente se desplazó a un nuevo plano y conduciría a que Inglaterra intentara implantar sus propias colonias», explica Pedro Chalmeta Gendrón, catedrático de Estudios árabes e islámicos por la Universidad Complutense de Madrid, en su dossier «Los proyectos coloniales ingleses del S.XVI y el ejemplo español» (ubicado en la obra «Cultura y culturas en la historia»).

Virginia, el futuro Roanoke

Con la reina bendiciendo con dinero y tierras a todos aquellos con arrestos suficientes para hacer un viaje de semanas a través del temible Atlántico, muchos ingleses le echaron lo que había que echarle y organizaron varias expediciones hacia el Nuevo Mundo con el objetivo de hacerse un hueco en la Historia del continente recién descubierto. Uno de ellos fue un tal Humphrey Gilbert, un militar cuarentón que -en 1583- soñaba con llegar a ser todo un rey de la futura América. Su idea, más que ambiciosa, era que tanto los colonos ingleses como los nativos le pagaran a tocateja para poder vivir en el Norte de América. La fantasía le duró poco, pues se fue al otro barrio ese mismo año dejando tras de sí un reguero de sueños sin cumplir.

El relevo de este británico lo tomó su hermanastro, Walter Raleigh, que en 1584 organizó una expedición con una un par de buques para hacer realidad los deseos de la reina y llenar, de paso, su bolsa. «Raleigh […] obtuvo de la Reina Isabel nuevas cartas patentes conforme a las que se habían extendido para Gilbert y, acompañado de algunos hombres generosos que tomaron parte en sus proyectos, hízose a la vela el 27 de abril de 1584 con dos embarcaciones […] cuyo mando estaba confiado a Felipe Amidas y Arturo Barlow. Partieron con derrotero para las islas Canarias y de las Antillas, como por entonces se acostumbraba, desde cuyas islas siguieron adelante subiendo hacia las costas del continente», explica Jean Baptiste Gaspard Roux de Rochelle (geógrafo y escritor entre los siglos XVII y XVIII) en su obra «Historia de los Estados Unidos de América».

Wikipedia Sir Walter Raleigh, artífice de la colonización de Virginia

Wikipedia
Sir Walter Raleigh, artífice de la colonización de Virginia

Aquella expedición fue todo un éxito para los bebedores de té, que arribaron a América del Norte sin apenas dificultades y lograron contactar con un grupo de nativos locales que les proporcionaron provisiones y cobijo. Allí se asentaron durante algunos meses. Posteriormente, volvieron felices a su hogar cargados con productos típicos de la zona. «Después de este descubrimiento regresó la expedición a Inglaterra, y las comarcas que acababan de reconocerse recibieron el nombre de Virginia, que le daban los indios, ya fuese por exceso de lisonja a la reina Isabel, que hasta entonces había permanecido soltera», añade Roux de Rochelle en su libro.

El nacimiento de la colonia maldita

Tras su vuelta, todo fueron cervezas y felicitaciones para Raleigh. De hecho, tan bien le fueron las cosas que el británico decidió organizar una nueva expedición a la recién creada Virginia. Eso sí, en este caso planeaba llevar muchos más buques, más soldados y más provisiones con el objetivo de establecer una pequeña colonia que se hiciese fuerte en la región. Con todo, parece que al inglés no le gustó demasiado la idea de arriesgar sus nalgas en aquellas tierras inhóspitas, por lo que decidió quedarse en las islas y nombró capitán a Richard Greenvil, su propio primo. Este levó anclas el 9 de abril de 1585 desde el puerto de Plinouth al mando de siete navíos. Frente a él estaba el Atlántico, los odiados súbditos de Felipe II, y la eternidad.

Los que viajaban en esta segunda expedición eran soldados curtidos en decenas de contiendas. No había ni mujeres ni niños. Todo acorde a los objetivos que se buscaban: instaurar un fuerte que pudiese resistir las incursiones hispanas -con quienes andaban a guantazos-, comerciar con los nativos, buscar metales preciosos (oro y plata) y, llegado el momento, meter sus morriones por santa sea la parte a los españoles que se ubicaban en la zona. Con todo eso en su cabeza, los británicos llegaron a las costas del Nuevo Mundo y, ya en tierra, decidieron explorar pormenorizadamente el terreno para seleccionar donde establecerían su asentamiento. La decisión fue clara: el emplazamiento idóneo sería la isla de Roanoke, en la bahía de Chesapeake, pues –según creían- gozaba de un clima envidiable.

wikipedia Bautizo de una de las niñas nacidas en la colonia de Roanoke

wikipedia | Bautizo de una de las niñas nacidas en la colonia de Roanoke

Decidido el emplazamiento, Greenvil se marchó tras prometer regresar con provisiones y dejar por allí a 108 colonos que, al poco, ya habían construido varias casas, levantado un pequeño fuerte y establecido relaciones con los indígenas. Todo inmejorable. O eso parecía. «Por muy risueño aspecto que presentasen estas comarcas a la sazón de su descubrimiento […] conocieron bien pronto los europeos la dificultad de mantenerse en ellas», determina el autor francés. Y es que, las costas de la zona eran sumamente bajas (lo que hizo que las inundaciones asolasen el lugar a las pocas semanas) y, en contra de lo que rondaba sus cabezas en un primer momento, la isla no producía suficiente comida.

Aunque esta última dificultad la suplieron ofreciendo un buen saco de objetos brillantes a los nativos (las tribus «croatoan» y «secotan») a cambio de alimentos, lo cierto es que empezaban a pensar que una maldición pesaba sobre aquella tierra. El no encontrar ni una mísera onza de oro les corroboró que el lugar no era, ni mucho menos, el paraíso que habían creído. «Los hombres que tomaban parte en esta clase de expediciones eran de tal manera arrastrados por el cebo de las riquezas del Nuevo Mundo, que creían no tener más que desembarcar y penetrar en el interior para alcanzarlas con la mano. Tomaron entonces la dirección del occidente hacia el fondo de la bahía […] y subieron la corriente de un rio con la esperanza de descubrir minas de oro. […] Más este viaje no tuvo resultado alguno», completa el galo.

La primera huida general

Sin haber encontrado ni una mísera onza de oro y sin tener nada que llevarse a la boca, los ingleses terminaron haciendo lo que mejor sabían… abusar económicamente de los indios, cuyas provisiones se metieron entre pecho y espalda sin importarles mucho el extenso tiempo que éstos habían tardado en recogerlas. El gobernador al que habían dejado al mando de aquella partida, Ralph Lane, tampoco dudó a la hora de utilizar técnicas violentas y abusivas para obtener todavía más comida de los nativos. Solo era cuestión de tiempo que aquella situación estallase sin remedio.

Al final, hasta la coronilla de buscar sin éxito las riquezas que les habían prometido, y sabiendo que los indios estaban hasta la misma parte de su saqueo, aquellos soldados que habían cruzado el Atlántico varios meses antes tomaron sus pertenencias y se marcharon al nuevo mundo con Sir Francis Drake, el pirata a las órdenes de la reina que, en palabras de Roux de Rochelle, pasó con una «flota de 25 velas» por la zona y se ofreció a devolverles al calor de Gran Bretaña. Todo ello, por cierto, después de haber molestado a los españoles saqueando Santo Domingo. Así pues, y con un sonoro «goodbye», abandonaron aquel fuerte sin dejar ni un hombre para defender las posesiones de su graciosa majestad en el Nuevo Mundo. Cuando se marchó de aquel lugar, Lane señaló que solo «el descubrimiento de una buena mina […] o de un paso hacia el mar del sur o alguna forma para ello, y nada más, puede hacer que este país sea habitado por nuestra nación».

Habría que haber visto la cara de Greenvil cuando arribó a la zona algunos meses después cargado de víveres y se encontró con que no quedaba allí ni un alma. Poco más pudo hacer que regresar también a Inglaterra perdiendo una importante suma de oro en el trayecto. Con todo, y ya que habían hecho miles de kilómetros, dejó allí a 50 valientes (o locos, que se podría decir) dispuestos a mantener viva la colonia y defenderla de las posibles incursiones enemigas.

Una nueva expedición y una primera desaparición

Podría parecer que los ingleses habían aprendido la lección, pero nada más lejos de la realidad. Y es que, en 1587 Raleigh organizó una nueva expedición al mando del artista John White. A este se le dieron órdenes de establecerse en el fuerte de Roanoke e iniciar de nuevo relaciones comerciales con los nativos. La partida, además, fue ideada de una forma diferente. En lugar de soldados viajarían hasta la zona hombres y mujeres que supieran realizar todo tipo de trabajos manuales y cultivar la tierra. La finalidad, por lo tanto, era dejar a un lado los saqueos y las armas para asentarse de una forma efectiva en la región. Según pensaron, ya habría tiempo de liarse a mamporros con el enemigo una vez que los nuevos viajeros hubiesen rebajado la tensión creada por sus anteriores compañeros en el lugar.

El por qué siguieron intentando crear una colonia en el Nuevo Mundo, a pesar de los peligros que suponía y que Roanoke había sido calificada de «maldita» por sus habitantes, es simple. «Ellos veían la colonización ultramarina como una fuente de riquezas como la que había fortalecido el poderío español, y querían bases en el Nuevo Mundo desde las cuales Inglaterra prosiguiera su guerra con España. Además, los proponedores de la colonización americana relacionaban la “plantación” colonial con el bien de la sociedad y la economía de Inglaterra. Alegaron que esto aliviaría los problemas sociales internos al proporcionar una salida a los desempleados y pobres», explica Pedro Chalmeta Gendrón en «Cultura y culturas en la Historia». No obstante, Raleigh tuvo que prometer entregar un trozo de tierra en los futuros Estados Unidos a todos aquellos que se unieran a la expedición. Al final, el dinero pudo más que el miedo.

Las tribus hostiles

Sin poder desentrañar el misterio, los colonos empezaron a instalarse en Roanoke. Nueva colonia, nuevos métodos. Eso pensaban los británicos, que pretendían trabar amistad con los nativos para comenzar su expansión por la zona y poder respirar tranquilos. Sin embargo, los indios no estaban de acuerdo con esa afirmación. Al fin y al cabo, el hombre blanco ya les había arrebatado no hacía mucho sus pertenencias y había usado la violencia para hacerse con sus alimentos. White no logró por lo tanto calmar los ánimos. De hecho, avivó sin pretenderlo las viejas rencillas. A eso se sumó la imposibilidad de cultivar comida debido a la baja calidad de la tierra.

Si ya de por si la tensión campaba a sus anchas por Roanoke, finalmente la paciencia de los colonos se acabó un año después cuando un indio asesinó a un habitante de la colonia sin explicación alguna. Aquella muerte puso los nervios de punta a los ingleses, que insistieron en que White debía regresar a Inglaterra, solicitar refuerzos a la reina, cargar una flota hasta los topes de alimentos, y regresar en el menor tiempo posible. El ilustrado aceptó, aunque ordenó a los ciudadanos dos cosas antes de subir sus posaderas al navío. La primera fue no salir del fuerte si la situación no era extrema. La segunda consistía en que, si eran atacados por indios o españoles, dejasen una marca muy concreta tallada en un árbol del fuerte: una Cruz de Malta. De esa forma, cuando él llegase, sabría que habían tenido problemas y que se habían visto obligados a marcharse.

Un misterio sin resolver

Con una misión que cumplir a sus espaldas, White viajó hasta Inglaterra en 1587 para explicar la situación a Raleigh, el señor a quien correspondía el dominio de la tierra de Roanoke pero que, como tantos otros, prefería dirigir sus negocios desde la metrópoli que arriesgar su vida en el Nuevo Mundo. De él pretendía obtener dinero y hombres para ayudar a los compañeros que se habían quedado en la colonia. Sin embargo, parece que eligió un momento sumamente malo para solicitar ayuda: el instante en el que su soberana, la reina Isabel, andaba a mandobles contra Felipe II. Es decir, tras el comienzo de la guerra que enfrentó a Gran Bretaña y España en el S.XVI y que daría lugar a una de las operaciones navales más grandes de la historia, el desastre de la «Grande y Felicísima Armada»

¿Por qué no pudo obtener ayuda? La respuesta es sencilla. La reina necesitaba cualquier barco que pudiese encontrar para enfrentarse a los españoles, por lo que White tuvo difícil hacerse con uno. Tampoco le ayudó demasiado su patrón. «Raleigh había agotado tan inmensos recursos para sostener los establecimientos primitivos, que abandonó a otras manos la consecución y cumplimientos de sus vastos designios: la guerra que acababa de declararse a España le ofrecía por otra parte nuevos medios de satisfacer su ambición de gloria y de valimiento, prefiriendo trabajar a la vista de Europa, y atraer por sus hazañas la mirada de su soberano», explica el historiador francés en su obra. Así pues, cansado de derrochar oro y oro en una empresa que no le estaba reportando más que disgustos, cedió sus derechos sobre Roanoke y Virginia a una empresa privada. Las cosas se ponían difíciles para el gobernador, que ahora se veía encerrado en Gran Bretaña y sin posibilidad de socorrer a los colonos.

El misterio del pueblo maldito que desapareció sin dejar rastro en el S.XVI

abc
Dibujo elaborado por White de los indios que habitaban en Roanoke

White tuvo que esperar hasta 1590 para poder viajar de vuelta a Roanoke con la ayuda prometida. Tres años después de partir dejando a su suerte a más de un centenar de hombres, mujeres y niños. Fue en marzo cuando finalmente logró hacerse a la mar con destino hacia el Nuevo Mundo en una expedición privada que aceptó dejarle en la isla. Con todo, no llegó hasta la bahía de Chesapeake hasta agosto, pues en su camino hicieron algunos parones para saquear buques españoles.

En agosto de 1590, cuando White y otros tantos hombres pisaron la isla, no pudieron creer lo que allí había pasado. «El asentamiento estaba completamente desierto. Ninguno de los 90 hombres, 17 mujeres u 11 niños que había dejado fueron encontrados», explica el escritor Michael Rank en su obra «10 civilizaciones que desaparecieron sin rastro». Tras investigar pormenorizadamente la zona descubrieron que todas las casas habían sido desmanteladas, pero que no había señales de lucha, por lo que, aparentemente, no se había sucedido batalla alguna.

A su vez, White y sus hombres se percataron de que no había ni una Cruz de Malta tallada en los árboles del fuerte de Roanoke, por lo que los colonos no habían sido atacados. Tan sólo hallaron dos extrañas pistas sobre su paradero. «La única posible clave encontrada fue la palabra “Croatoan” escrita en un poste», explica el experto en su obra. Además, encontraron la sílaba «Cro» cerca de la primera.

En principio, White consideró que la palabra podría significar que los colonos se habían marchado a vivir junto a los indios croatoan. Sin embargo, no pudo llegar a averiguarlo, pues una gigantesca tormenta cayó sobre al día siguiente e impidió al navegante revisar la zona. Finalmente, el gobernador tuvo que regresar a Gran Bretaña sin saber qué había pasado en su ciudad. El misterio quedó sin resolver hasta hoy, momento en que se barajan varias teorías sobre su posible paradero. Entre ellas, destacan las que afirman que los ciudadanos de Roanoke decidieron viajar de vuelta hasta Inglaterra cuando se quedaron sin provisiones; las que determinan que fueron asesinados por los nativos y, para terminar, las que consideran que se mezclaron con ellos. Fuera como fuese, este hecho hizo que la ciudad pasase a ser conocida como la «colonia perdida».

Nuevos indicios

Desde 1590, los arqueólogos han estado investigando las posibles causas del abandono de Roanoke y el paradero de los más de 100 colones que la habitaban. Uno de los avances más destacables para desvelar el misterio se dio en el 2012, año en que el Museo Británico halló en un viejo mapa dibujado por el mismísimo White una serie de marcas ocultas que desvelaban la existencia de una supuesta fortaleza a 80 kilómetros de la colonia. Aunque se desconocía si el gobernador hizo esa señal pensando que los británicos podían estar allí, Nicholas Luccketti (arqueólogo de la «First Colony Foundation») se trasladó a la zona posteriormente para encontrar cualquier resto del paso de los ingleses por el lugar.

Tres años después (hace menos de un mes, concretamente), Luccketti informó del hallazgo de una serie de objetos que –a falta de las pruebas pertinentes- podrían haber pertenecido a los colonos perdidos. Estos van desde algunas piezas de cerámica con un estilo típicamente inglés, hasta varias herramientas de metal de la época (entre ellas, un gancho y un clavo para una tienda de campaña). A su vez, han desenterrado varios fragmentos de espadas típicamente europeas y mosquetes primitivos que podrían haber sido llevados hasta allí desde la metrópoli. Lo más destacable es que todo lo que se ha encontrado data del S.XVI y –en la mayoría de los casos- los nativos no tenían la tecnología necesaria para llevarlas a cabo.

En base a todo ello, Luccketti y su equipo secundan la teoría de que por esa zona (a la que llegaron en 1655 varias partidas de colonos británicos de forma oficial) pasaron los ingleses de Roanoke. Siempre según los expertos, este centenar de personas habría viajado hasta el interior para vivir con los nativos después de haber sido atacados por alguna tribu de indios cercana. Con todo, habrá que esperar a un análisis más exhaustivo de las piezas para poder determinar si datan del S.XVI o no.

Zafra y la maldición de la lluvia


ABC.es

  • No busquen su tumba. El ataúd de Don Mendo Méndez de Peláez o de D. César de Zafra, según la versión, se perdió arrastrado por las aguas
Zafra y la maldición de la lluvia

«Hay un refrán que dice: “Va a llover más que cuando enterraron a Zafra”. Este refrán nació de la verídica historia que dejo relatada», escribía Eduardo Montesinos el 11 de agosto de 1897 en la revista «Nuevo Mundo» que se publicaba los miércoles. Su relato, titulado «El Conde de Zafra», cuenta que «allá por los años de 1460» existía en la ciudad extremeña de Zafra un castillo feudal «cuyo señor era el famoso D. Mendo Méndez de Pelaez, conde de Zafra, apodado Bigotes por el inmenso bigotazo que adornaba su ceñudo semblante de pocos amigos».

Montesinos describe a Méndez de Pelaez como un «digno émulo de los señores de horca y cuchillo» que ejercía el poder absoluto sobre sus dominios y con «sanguinarios instintos» que hacían que todo el mundo le odiara y le temiera.

Un caluroso mes de agosto, ocurrió que todas las fuentes y pozos de Zafra se secaron. Todas, menos la fuente del castillo que provenía de un manantial lejano, pero el conde de Zafra se negaba a dejar que las gentes de Zafra bebieran de su fuente «porque el espectáculo de desesperación de los infelices que se acercaban a su castillo para apagar su sed le divertía», prosigue la narración.

Una gitana logró colarse un día y llenó una alcarraza de agua, pero fue sorprendida antes de escapar y llevada a presencia del conde como un criminal. De poco sirvió que implorara su perdón asegurando que su anciana madre moría de sed. La gitana fue castigada con siete palos, tantos como los pedazos en que se rompió la alcarraza tras ser lanzada al aire por los centinelas. Arrojada del castillo, la gitana se volvió y en tono profético dijo: «¡Siete pedazos, siete! ¡Los días de la semana! ¡Hoy es martes, te emplazo para el martes próximo! ¡Tanta agua tendrás que navegarás sobre ella! ¡Maldito seas!».

En vano persiguieron a la gitana, que logró huir. Aquella noche, D. Mendo no pudo dormir recordando su maldición y al día siguiente cayó enfermo de fiebre y murió el lunes siguiente. Su cuerpo fue colocado «sobre un riquísimo catafalco» y expuesto en una sala baja del castillo, pero el cielo «envió tan fuertes lluvias» que, según el relato, en pocas horas el castillo se inundó. «El cadáver del conde, en su caja, que le servía de barco, flotando sobre el agua y siguiendo la corriente, salía de la puerta del castillo en dirección a las vertientes de la montaña, donde oscilando, subiendo y bajando, llegó al borde de un precimio en el que el agua formaba una inmensa catarata y allí se detuvo breves instantes».

Zafra y la maldición de la lluvia

biblioteca nacional | Ilustración del Conde de Zafra en «Nuevo Mundo» (1897)

Montesinos refiere que entonces apareció entre las nubes el fantasma de la gitana, que alegrándose de que su maldición se cumpliera le dijo: «¡Ahora húndete en los abismos, albergue de todos los tiranos!».

«La gitana desapareció y el cuerpo del conde se precipitó en el torrente, rebotando de piedra en piedra, hasta perderse en el fondo», finaliza el escritor de «Nuevo Mundo».

La leyenda de Granada

Un resumen de esta leyenda de Zafra apareció en 1900 en la revista «Por Esos Mundos», firmada por B. Fernández y recogió José María Iribarren en «El porqué de los dichos» junto a otra versión que sitúa los hechos en Granada. Según ésta, que figura en «El Libro de las Tradiciones de Granada» de Francisco de Paula Villa-Real y Valdivia, el protagonista es un caballero llamado Zafra, cuyo hijo se enamoró de una gitana que vivía en una casa a espaldas de la suya. Al no lograr cortar estos amoríos, el hombre cortó el agua de la que se surtían la gitana y su madre. «Premita Dió que l’agua lo entierre», maldijo la gitana.

Cuando el caballero murió y pusiéronle de cuerpo presente en una sala baja, «empezó a tronar y llover por las angosturas del Darro de tal manera, que sufrió el río una de las mayores crecidas; invadió la población y arrastró cuanto encontró a su paso», relata Iribarren. También penetraron las aguas en el palacio de Zafra y sacaron la caja llevándose el cadáver. «No ha vuelto a saberse de su paradero», finaliza esta historia de grandes similitudes con la anterior.

Una carta de J. Sánchez Gerona publicada en la sección «El Averiguador Universal» del periódico «El Liberal» en 1900 señalaba que el tal señor de Zafra llegó junto a los caballeros que se avecindaron en Granada después de que los Reyes Católicos la tomaran a los moros «y a éste o a alguno de sus descendientes aconteció».

José J. Soler de la Fuente le llega a poner nombre en «El Museo Universal» de 30 de mayo de 1857. Según esta versión, publicada cuarenta años antes que la de Montesinos, el protagonista de la leyenda es «don César de Zafra, descendiente de aquel D. Hernando de Zafra señor del Castril y del que dicen era secretario de la reina Isabel la Católica», su hijo se llamaba Alfonso y Azucena, la joven gitana. Cuenta que el padre encerró al hijo en una torre de la Alhambra y que la gitana no hizo pública la maldición y nunca se supo si tuvo parte en la muerte de don César, cuyo ataúd se perdió.

Llama la atención que en Cádiz se diga «llovió más que cuando enterramos a Bigote», con el mismo apodo que Montesinos da al conde de Zafra extremeño, aunque según Iribarren y Luis Montoto este Bigote alude a un zapatero conocido por este apodo. Para el historiador José María Lama, las dos terminaciones en Zafra y Bigotes son variantes del mismo dicho.

Lama, que contempló todos los escritos sobre ambas leyendas en un artículo publicado en «Zafra y su Feria» (2009), «estamos ante la misma leyenda con dos desarrollos distintos». En cualquier caso, prosigue, «lo de “Llueve más que cuando enterraron a Zafra” o “a Bigotes”, y las variantes que cada una de esas expresiones atesora, expresa la hibridación del saber popular, que de todo hace mezcla». Resulta curioso, sin embargo, que Zafra nunca llegara a ser enterrado.