Historia de la matemáticas


DEFINICION DE MATEMÁTICAS, estudio de las relaciones entre cantidades, magnitudes y propiedades, y de las operaciones lógicas utilizadas para deducir cantidades, magnitudes y propiedades desconocidas. En el pasado las matemáticas eran consideradas como la ciencia de la cantidad, referida a las magnitudes (como en la geometría), a los números (como en la aritmética), o a la generalización de ambos (como en el álgebra). Hacia mediados del siglo XIX las matemáticas se empezaron a considerar como la ciencia de las relaciones, o como la ciencia que produce condiciones necesarias. Esta última noción abarca la lógica matemática o simbólica -ciencia que consiste en utilizar símbolos para generar una teoría exacta de deducción e inferencia lógica basada en definiciones, axiomas, postulados y reglas que transforman elementos primitivos en relaciones y teoremas más complejos.

Trataremos la evolución de los conceptos e ideas matemáticas siguiendo su desarrollo histórico. En realidad, las matemáticas son tan antiguas como la propia humanidad: en los diseños prehistóricos de cerámica, tejidos y en las pinturas rupestres se pueden encontrar evidencias del sentido geométrico y del interés en figuras geométricas. Los sistemas de cálculo primitivos estaban basados, seguramente, en el uso de los dedos de una o dos manos, lo que resulta evidente por la gran abundancia de sistemas numéricos en los que las bases son los números 5 y 10.

  1. Las matemáticas en la antigüedad
  2. Las matemáticas en Grecia
  3. Las matemáticas aplicadas en Grecia
  4. Las matemáticas en la edad media
  5. Las matemáticas en el mundo islámico
  6. Las matemáticas durante el renacimiento
  7. Avances en el siglo XVII
  8. Situación en el siglo XVIII
  9. Las matemáticas en el siglo XIX
  10. Las matemáticas actuales

Las matemáticas en la antigüedad

Las primeras referencias a matemáticas avanzadas y organizadas datan del tercer milenio a.C., en Babilonia y Egipto. Estas matemáticas estaban dominadas por la aritmética, con cierto interés en medidas y cálculos geométricos y sin mención de conceptos matemáticos como los axiomas o las demostraciones.

Los primeros libros egipcios, escritos hacia el año 1800 a.C., muestran un sistema de numeración decimal con distintos símbolos para las sucesivas potencias de 10 (1, 10, 100.), similar al sistema utilizado por los romanos. Los números se representaban escribiendo el símbolo del 1 tantas veces como unidades tenía el número dado, el símbolo del 10 tantas veces como decenas había en el número, y así sucesivamente. Para sumar números, se sumaban por separado las unidades, las decenas, las centenas. de cada número. La multiplicación estaba basada en duplicaciones sucesivas y la división era el proceso inverso.

Los egipcios utilizaban sumas de fracciones unidad ( : ), junto con la fracción , para expresar todas las fracciones. Por ejemplo, era la suma de las fracciones y . Utilizando este sistema, los egipcios fueron capaces de resolver problemas aritméticos con fracciones, así como problemas algebraicos elementales. En geometría encontraron las reglas correctas para calcular el área de triángulos, rectángulos y trapecios, y el volumen de figuras como ortoedros, cilindros y, por supuesto, pirámides. Para calcular el área de un círculo, los egipcios utilizaban un cuadrado de lado . del diámetro del círculo, valor muy cercano al que se obtiene utilizando la constante pi (3,14).

El sistema babilónico de numeración era bastante diferente del egipcio. En el babilónico se utilizaban tablillas con varias muescas o marcas en forma de cuña (cuneiforme); una cuña sencilla representaba al 1 y una marca en forma de flecha representaba al 10 (véase tabla adjunta). Los números menores que 59 estaban formados por estos símbolos utilizando un proceso aditivo, como en las matemáticas egipcias. El número 60, sin embargo, se representaba con el mismo símbolo que el 1, y a partir de ahí, el valor de un símbolo venía dado por su posición en el número completo. Por ejemplo, un número compuesto por el símbolo del 2, seguido por el del 27 y terminado con el del 10, representaba 2 × 60 2 + 27 × 60 + 10. Este mismo principio fue ampliado a la representación de fracciones, de manera que el ejemplo anterior podía también representar 2 × 60 + 27 + 10 × ( \ ), o 2 + 27 × ( \ ) + 10 × ( \ ) – 2 . Este sistema, denominado sexagesima l (base 60), resultaba tan útil como el sistema decimal (base 10).

Con el tiempo, los babilonios desarrollaron unas matemáticas más sofisticadas que les permitieron encontrar las raíces positivas de cualquier ecuación de segundo grado. Fueron incluso capaces de encontrar las raíces de algunas ecuaciones de tercer grado, y resolvieron problemas más complicados utilizando el teorema de Pitágoras. Los babilonios compilaron una gran cantidad de tablas, incluyendo tablas de multiplicar y de dividir, tablas de cuadrados y tablas de interés compuesto. Además, calcularon no sólo la suma de progresiones aritméticas y de algunas geométricas, sino también de sucesiones de cuadrados. También obtuvieron una buena aproximación de f .

Las matemáticas en Grecia

Los griegos tomaron elementos de las matemáticas de los babilonios y de los egipcios. La innovación más importante fue la invención de las matemáticas abstractas basadas en una estructura lógica de definiciones, axiomas y demostraciones. Según los cronistas griegos, este avance comenzó en el siglo VI a.C. con Tales de Mileto y Pitágoras de Samos. Este último enseñó la importancia del estudio de los números para poder entender el mundo. Algunos de sus discípulos hicieron importantes descubrimientos sobre la teoría de números y la geometría, que se atribuyen al propio Pitágoras.

En el siglo V a.C., algunos de los más importantes geómetras fueron el filósofo atomista Demócrito de Abdera, que encontró la fórmula correcta para calcular el volumen de una pirámide, e Hipócrates de Cos, que descubrió que el área de figuras geométricas en forma de media luna limitadas por arcos circulares son iguales a las de ciertos triángulos. Este descubrimiento está relacionado con el famoso problema de la cuadratura del círculo (construir un cuadrado de área igual a un círculo dado). Otros dos problemas bastante conocidos que tuvieron su origen en el mismo periodo son la trisección de un ángulo y la duplicación del cubo (construir un cubo cuyo volumen es dos veces el de un cubo dado). Todos estos problemas fueron resueltos, mediante diversos métodos, utilizando instrumentos más complicados que la regla y el compás. Sin embargo, hubo que esperar hasta el siglo XIX para demostrar finalmente que estos tres problemas no se pueden resolver utilizando solamente estos dos instrumentos básicos.

A finales del siglo V a.C., un matemático griego descubrió que no existe una unidad de longitud capaz de medir el lado y la diagonal de un cuadrado, es decir, una de las dos cantidades es inconmensurable . Esto significa que no existen dos números naturales m y n cuyo cociente sea igual a la proporción entre el lado y la diagonal. Dado que los griegos sólo utilizaban los números naturales (1, 2, 3.), no pudieron expresar numéricamente este cociente entre la diagonal y el lado de un cuadrado (este número, f , es lo que hoy se denomina número irraciona l ). Debido a este descubrimiento se abandonó la teoría pitagórica de la proporción, basada en números, y se tuvo que crear una nueva teoría no numérica. Ésta fue introducida en el siglo IV a.C. por el matemático Eudoxo de Cnido, y la solución se puede encontrar en los Elemento s de Euclides. Eudoxo, además, descubrió un método para demostrar rigurosamente supuestos sobre áreas y volúmenes mediante aproximaciones sucesivas.

Euclides, matemático y profesor que trabajaba en el famoso Museo de Alejandría, también escribió tratados sobre óptica, astronomía y música. Los trece libros que componen sus Elemento s contienen la mayor parte del conocimiento matemático existente a finales del siglo IV a.C., en áreas tan diversas como la geometría de polígonos y del círculo, la teoría de números, la teoría de los inconmensurables, la geometría del espacio y la teoría elemental de áreas y volúmenes.

El siglo posterior a Euclides estuvo marcado por un gran auge de las matemáticas, como se puede comprobar en los trabajos de Arquímedes de Siracusa y de un joven contemporáneo, Apolonio de Perga. Arquímedes utilizó un nuevo método teórico, basado en la ponderación de secciones infinitamente pequeñas de figuras geométricas, para calcular las áreas y volúmenes de figuras obtenidas a partir de las cónicas. Éstas habían sido descubiertas por un alumno de Eudoxo llamado Menaechmo, y aparecían como tema de estudio en un tratado de Euclides; sin embargo, la primera referencia escrita conocida aparece en los trabajos de Arquímedes. También investigó los centros de gravedad y el equilibrio de ciertos cuerpos sólidos flotando en agua. Casi todo su trabajo es parte de la tradición que llevó, en el siglo XVII, al desarrollo del cálculo. Su contemporáneo, Apolonio, escribió un tratado en ocho tomos sobre las cónicas, y estableció sus nombres: elipse, parábola e hipérbola. Este tratado sirvió de base para el estudio de la geometría de estas curvas hasta los tiempos del filósofo y científico francés René Descartes en el siglo XVII.

Después de Euclides, Arquímedes y Apolonio, Grecia no tuvo ningún geómetra de la misma talla. Los escritos de Herón de Alejandría en el siglo I d.C. muestran cómo elementos de la tradición aritmética y de medidas de los babilonios y egipcios convivieron con las construcciones lógicas de los grandes geómetras. Los libros de Diofante de Alejandría en el siglo III d.C. continuaron

con esta misma tradición, aunque ocupándose de problemas más complejos. En ellos Diofante encuentra las soluciones enteras para aquellos problemas que generan ecuaciones con varias incógnitas. Actualmente, estas ecuaciones se denominan diofánticas y se estudian en el análisis diofántico.

Las matemáticas aplicadas en Grecia

En paralelo con los estudios sobre matemáticas puras hasta ahora mencionados, se llevaron a cabo estudios de óptica, mecánica y astronomía. Muchos de los grandes matemáticos, como Euclides y Arquímedes, también escribieron sobre temas astronómicos. A principios del siglo II a.C., los astrónomos griegos adoptaron el sistema babilónico de almacenamiento de fracciones y, casi al mismo tiempo, compilaron tablas de las cuerdas de un círculo. Para un círculo de radio determinado, estas tablas daban la longitud de las cuerdas en función del ángulo central correspondiente, que crecía con un determinado incremento. Eran similares a las modernas tablas del seno y coseno, y marcaron el comienzo de la trigonometría. En la primera versión de

estas tablas -las de Hiparco, hacia el 150 a.C.- los arcos crecían con un incremento de 7 °, de 0° a 180°. En tiempos del astrónomo Tolomeo, en el siglo II d.C., la maestría griega en el manejo de los números había avanzado hasta tal punto que Tolomeo fue capaz de incluir en su Almagesto una tabla de las cuerdas de un círculo con incrementos de ° que, aunque expresadas en forma sexagesimal, eran correctas hasta la quinta cifra decimal.

Mientras tanto, se desarrollaron otros métodos para resolver problemas con triángulos planos y se introdujo un teorema -que recibe el nombre del astrónomo Menelao de Alejandría- para calcular las longitudes de arcos de esfera en función de otros arcos. Estos avances dieron a los astrónomos las herramientas necesarias para resolver problemas de astronomía esférica, y para desarrollar el sistema astronómico que sería utilizado hasta la época del astrónomo alemán Johannes Kepler.

Las matemáticas en la edad media

En Grecia, después de Tolomeo, se estableció la tradición de estudiar las obras de estos matemáticos de siglos anteriores en los centros de enseñanza. El que dichos trabajos se hayan conservado hasta nuestros días se debe principalmente a esta tradición. Sin embargo, los primeros avances matemáticos consecuencia del estudio de estas obras aparecieron en el mundo árabe.

Las matemáticas en el mundo islámico

Después de un siglo de expansión en la que la religión musulmana se difundió desde sus orígenes en la península Arábiga hasta dominar un territorio que se extendía desde la península Ibérica hasta los límites de la actual China, los árabes empezaron a incorporar a su propia ciencia los resultados de “ciencias extranjeras”. Los traductores de instituciones como la Casa de la Sabiduría de Bagdad, mantenida por los califas gobernantes y por donaciones de particulares, escribieron versiones árabes de los trabajos de matemáticos griegos e indios.

Hacia el año 900, el periodo de incorporación se había completado y los estudiosos musulmanes comenzaron a construir sobre los conocimientos adquiridos. Entre otros avances, los matemáticos árabes ampliaron el sistema indio de posiciones decimales en aritmética de números enteros, extendiéndolo a las fracciones decimales. En el siglo XII, el matemático persa Omar Jayyam generalizó los métodos indios de extracción de raíces cuadradas y cúbicas para calcular raíces cuartas, quintas y de grado superior. El matemático árabe Al-J w D rizm ­ ; (de su nombre procede la palabra algoritmo, y el título de uno de sus libros es el origen de la palabra álgebra) desarrolló el álgebra de los polinomios; al-Karayi la completó para polinomios incluso con infinito número de términos. Los geómetras, como Ibrahim ibn Sinan, continuaron las investigaciones de Arquímedes sobre áreas y volúmenes. Kamal al-Din y otros aplicaron la teoría de las cónicas a la resolución de problemas de óptica. Los matemáticos Habas al-Hasib y Nasir ad-Din at-Tusi crearon trigonometrías plana y esférica utilizando la función seno de los indios y el teorema de Menelao. Estas trigonometrías no se convirtieron en disciplinas matemáticas en Occidente hasta la publicación del De triangulis omnimodis (1533) del astrónomo alemán Regiomontano.

Finalmente, algunos matemáticos árabes lograron importantes avances en la teoría de números, mientras otros crearon una gran variedad de métodos numéricos para la resolución de ecuaciones. Los países europeos con lenguas latinas adquirieron la mayor parte de estos conocimientos durante el siglo XII, el gran siglo de las traducciones. Los trabajos de los árabes, junto con las traducciones de los griegos clásicos fueron los principales responsables del crecimiento de las matemáticas durante la edad media. Los matemáticos italianos, como Leonardo Fibonacci y Luca Pacioli (uno de los grandes tratadistas del siglo XV en álgebra y aritmética, que desarrollaba para aplicar en el comercio), se basaron principalmente en fuentes árabes para sus estudios.

Las matemáticas durante el renacimiento

Aunque el final del periodo medieval fue testigo de importantes estudios matemáticos sobre problemas del infinito por autores como Nicole Oresme, no fue hasta principios del siglo XVI cuando se hizo un descubrimiento matemático de trascendencia en Occidente. Era una fórmula algebraica para la resolución de las ecuaciones de tercer y cuarto grado, y fue publicado en 1545 por el matemático italiano Gerolamo Cardano en su Ars magna . Este hallazgo llevó a los matemáticos a interesarse por los números complejos y estimuló la búsqueda de soluciones similares para ecuaciones de quinto grado y superior. Fue esta búsqueda la que a su vez generó los primeros trabajos sobre la teoría de grupos a finales del siglo XVIII y la teoría de ecuaciones del matemático francés Évariste Galois a principios del XIX.

También durante el siglo XVI se empezaron a utilizar los modernos signos matemáticos y algebraicos. El matemático francés François Viète llevó a cabo importantes estudios sobre la resolución de ecuaciones. Sus escritos ejercieron gran influencia en muchos matemáticos del siglo posterior, incluyendo a Pierre de Fermat en Francia e Isaac Newton en Inglaterra.

Avances en el siglo XVII

Los europeos dominaron el desarrollo de las matemáticas después del renacimiento.

Durante el siglo XVII tuvieron lugar los más importantes avances en las matemáticas desde la era de Arquímedes y Apolonio. El siglo comenzó con el descubrimiento de los logaritmos por el matemático escocés John Napier (Neper); su gran utilidad llevó al astrónomo francés Pierre Simon Laplace a decir, dos siglos más tarde, que Neper, al reducir el trabajo de los astrónomos a la mitad, les había duplicado la vida.

La ciencia de la teoría de números, que había permanecido aletargada desde la época medieval, es un buen ejemplo de los avances conseguidos en el siglo XVII basándose en los estudios de la antigüedad clásica. La obra Las aritmética s de Diofante ayudó a Fermat a realizar importantes descubrimientos en la teoría de números. Su conjetura más destacada en este campo fue que no existen soluciones de la ecuación a n + b n = c n con a, b y c enteros positivos si n es mayor que 2. Esta conjetura, conocida como último teorema de Fermat, ha generado gran cantidad de trabajos en el álgebra y la teoría de números.

En geometría pura, dos importantes acontecimientos ocurrieron en este siglo. El primero fue la publicación, en el Discurso del métod o (1637) de Descartes, de su descubrimiento de la geometría analítica, que mostraba cómo utilizar el álgebra (desarrollada desde el renacimiento) para investigar la geometría de las curvas (Fermat había hecho el mismo descubrimiento pero no lo publicó). El Discurso del método , junto con una serie de pequeños tratados con los que fue publicado, ayudó y fundamentó los trabajos matemáticos de Isaac Newton hacia 1660. El segundo acontecimiento que afectó a la geometría fue la publicación, por el ingeniero francés Gérard Desargues, de su descubrimiento de la geometría proyectiva en 1639. Aunque este trabajo fue alabado por Descartes y por el científico y filósofo francés Blaise Pascal, su terminología excéntrica y el gran entusiasmo que había causado la aparición de la geometría analítica retrasó el desarrollo de sus ideas hasta principios del siglo XIX, con los trabajos del matemático francés Jean Victor Poncelet.

Otro avance importante en las matemáticas del siglo XVII fue la aparición de la teoría de la probabilidad a partir de la correspondencia entre Pascal y Fermat sobre un problema presente en los juegos de azar, el llamado problema de puntos. Este trabajo no fue publicado, pero llevó al científico holandés Christiaan Huygens a escribir un pequeño folleto sobre probabilidad en juegos con dados, que fue publicado en el Ars coniectand i (1713) del matemático suizo Jacques Bernoulli. Tanto Bernoulli como el francés Abraham De Moivre, en su Doctrina del aza r de 1718, utilizaron el recién descubierto cálculo para avanzar rápidamente en su teoría, que para entonces tenía grandes aplicaciones en pujantes compañías de seguros.

Sin embargo, el acontecimiento matemático más importante del siglo XVII fue, sin lugar a dudas, el descubrimiento por parte de Newton de los cálculos diferencial e integral, entre 1664 y 1666. Newton se basó en los trabajos anteriores de dos compatriotas, John Wallis e Isaac Barrow, así como en los estudios de otros matemáticos europeos como Descartes, Francesco Bonaventura Cavalieri, Johann van Waveren Hudde y Gilles Personne de Roberval. Unos ocho años más tarde, el alemán Gottfried Wilhelm Leibniz descubrió también el cálculo y fue el primero en publicarlo, en 1684 y 1686. El sistema de notación de Leibniz es el que se usa hoy en el cálculo.

Situación en el siglo XVIII

Durante el resto del siglo XVII y buena parte del XVIII, los discípulos de Newton y Leibniz se basaron en sus trabajos para resolver diversos problemas de física, astronomía e ingeniería, lo que les permitió, al mismo tiempo, crear campos nuevos dentro de las matemáticas. Así, los hermanos Jean y Jacques Bernoulli inventaron el cálculo de variaciones y el matemático francés

Gaspard Monge la geometría descriptiva. Joseph Louis Lagrange, también francés, dio un tratamiento completamente analítico de la mecánica en su gran obra Mecánica analític a (1788), en donde se pueden encontrar las famosas ecuaciones de Lagrange para sistemas dinámicos. Además, Lagrange hizo contribuciones al estudio de las ecuaciones diferenciales y la teoría de números, y desarrolló la teoría de grupos. Su contemporáneo Laplace escribió Teoría analítica de las probabilidades (1812) y el clásico Mecánica celest e (1799-1825), que le valió el sobrenombre de ‘el Newton francés’.

El gran matemático del siglo XVIII fue el suizo Leonhard Euler, quien aportó ideas fundamentales sobre el cálculo y otras ramas de las matemáticas y sus aplicaciones. Euler escribió textos sobre cálculo, mecánica y álgebra que se convirtieron en modelos a seguir para otros autores interesados en estas disciplinas. Sin embargo, el éxito de Euler y de otros matemáticos para resolver problemas tanto matemáticos como físicos utilizando el cálculo sólo sirvió para acentuar la falta de un desarrollo adecuado y justificado de las ideas básicas del cálculo. La teoría de Newton estaba basada en la cinemática y las velocidades, la de Leibniz en los infinitésimos, y el tratamiento de Lagrange era completamente algebraico y basado en el concepto de las series infinitas. Todos estos sistemas eran inadecuados en comparación con el modelo lógico de la geometría griega, y este problema no fue resuelto hasta el siglo posterior.

Las matemáticas en el siglo XIX

En 1821, un matemático francés, Augustin Louis Cauchy, consiguió un enfoque lógico y apropiado del cálculo. Cauchy basó su visión del cálculo sólo en cantidades finitas y el concepto de límite. Sin embargo, esta solución planteó un nuevo problema, el de la definición lógica de número real. Aunque la definición de cálculo de Cauchy estaba basada en este concepto, no fue él sino el matemático alemán Julius W. R. Dedekind quien encontró una definición adecuada para los números reales, a partir de los números racionales, que todavía se enseña en la actualidad; los matemáticos alemanes Georg Cantor y Karl T. W. Weierstrass también dieron otras definiciones casi al mismo tiempo. Un problema más importante que surgió al intentar describir el movimiento de vibración de un muelle -estudiado por primera vez en el siglo XVIII- fue el de definir el significado de la palabra función. Euler, Lagrange y el matemático francés Joseph Fourier aportaron soluciones, pero fue el matemático alemán Peter G. L. Dirichlet quien propuso su definición en los términos actuales.

Además de fortalecer los fundamentos del análisis, nombre dado a partir de entonces a las técnicas del cálculo, los matemáticos del siglo XIX llevaron a cabo importantes avances en esta materia. A principios del siglo, Carl Friedrich Gauss dio una explicación adecuada del concepto de número complejo; estos números formaron un nuevo y completo campo del análisis, desarrollado en los trabajos de Cauchy, Weierstrass y el matemático alemán Bernhard Riemann. Otro importante avance del análisis fue el estudio, por parte de Fourier, de las sumas infinitas de expresiones con funciones trigonométricas. Éstas se conocen hoy como series de Fourier, y son herramientas muy útiles tanto en las matemáticas puras como en las aplicadas. Además, la investigación de funciones que pudieran ser iguales a series de Fourier llevó a Cantor al estudio de los conjuntos infinitos y a una aritmética de números infinitos. La teoría de Cantor, que fue considerada como demasiado abstracta y criticada como “enfermedad de la que las matemáticas se curarán pronto”, forma hoy parte de los fundamentos de las matemáticas y recientemente ha encontrado una nueva aplicación en el estudio de corrientes turbulentas en fluidos.

Otro descubrimiento del siglo XIX que se consideró abstracto e inútil en su tiempo fue la geometría no euclídea. En esta geometría se pueden trazar al menos dos rectas paralelas a una recta dada que pasen por un punto que no pertenece a ésta. Aunque descubierta primero por Gauss, éste tuvo miedo de la controversia que su publicación pudiera causar. Los mismos resultados fueron descubiertos y publicados por separado por el matemático ruso Nikolái Ivánovich Lobachevski y por el húngaro János Bolyai. Las geometrías no euclídeas fueron estudiadas en su forma más general por Riemann, con su descubrimiento de las múltiples paralelas. En el siglo XX, a partir de los trabajos de Einstein, se le han encontrado también aplicaciones en física.

Gauss es uno de los más importantes matemáticos de la historia. Los diarios de su juventud muestran que ya en sus primeros años había realizado grandes descubrimientos en teoría de números, un área en la que su libro Disquisitiones arithmetica e (1801) marca el comienzo de la era moderna. En su tesis doctoral presentó la primera demostración apropiada del teorema fundamental del álgebra. A menudo combinó investigaciones científicas y matemáticas. Por ejemplo, desarrolló métodos estadísticos al mismo tiempo que investigaba la órbita de un planetoide recién descubierto, realizaba trabajos en teoría de potencias junto a estudios del magnetismo, o estudiaba la geometría de superficies curvas a la vez que desarrollaba sus investigaciones topográficas.

De mayor importancia para el álgebra que la demostración del teorema fundamental por Gauss fue la transformación que ésta sufrió durante el siglo XIX para pasar del mero estudio de los polinomios al estudio de la estructura de sistemas algebraicos. Un paso importante en esa dirección fue la invención del álgebra simbólica por el inglés George Peacock. Otro avance destacado fue el descubrimiento de sistemas algebraicos que tienen muchas propiedades de los números reales. Entre estos sistemas se encuentran las cuaternas del matemático irlandés William Rowan Hamilton, el análisis vectorial del matemático y físico estadounidense Josiah Willard Gibbs y los espacios ordenados de n dimensiones del matemático alemán Hermann Günther Grassmann. Otro paso importante fue el desarrollo de la teoría de grupos, a partir de los trabajos de Lagrange. Galois utilizó estos trabajos muy a menudo para generar una teoría sobre qué polinomios pueden ser resueltos con una fórmula algebraica.

Del mismo modo que Descartes había utilizado en su momento el álgebra para estudiar la geometría, el matemático alemán Felix Klein y el noruego Marius Sophus Lie lo hicieron con el álgebra del siglo XIX. Klein la utilizó para clasificar las geometrías según sus grupos de transformaciones (el llamado Programa Erlanger), y Lie la aplicó a una teoría geométrica de ecuaciones diferenciales mediante grupos continuos de transformaciones conocidas como grupos de Lie. En el siglo XX, el álgebra se ha aplicado a una forma general de la geometría conocida como topología.

También los fundamentos de las matemáticas fueron completamente transformados durante el siglo XIX, sobre todo por el matemático inglés George Boole en su libro Investigación sobre las leyes del pensamient o (1854) y por Cantor en su teoría de conjuntos. Sin embargo, hacia finales del siglo, se descubrieron una serie de paradojas en la teoría de Cantor. El matemático inglés Bertrand Russell encontró una de estas paradojas, que afectaba al propio concepto de conjunto. Los matemáticos resolvieron este problema construyendo teorías de conjuntos lo bastante restrictivas como para eliminar todas las paradojas conocidas, aunque sin determinar si podrían aparecer otras paradojas -es decir, sin demostrar si estas teorías son consistentes. Hasta nuestros días, sólo se han encontrado demostraciones relativas de consistencia (si la teoría B es consistente entonces la teoría A también lo es). Especialmente preocupante es la conclusión, demostrada en 1931 por el lógico estadounidense Kurt Gödel, según la cual en cualquier sistema de axiomas lo suficientemente complicado como para ser útil a las matemáticas es posible encontrar proposiciones cuya certeza no se puede demostrar dentro del sistema.

Las matemáticas actuales

En la Conferencia Internacional de Matemáticos que tuvo lugar en París en 1900, el matemático alemán David Hilbert expuso sus teorías. Hilbert era catedrático en Gotinga, el hogar académico de Gauss y Riemann, y había contribuido de forma sustancial en casi todas las ramas de las matemáticas, desde su clásico Fundamentos de la geometrí a (1899) a su Fundamentos de la matemática en colaboración con otros autores. La conferencia de Hilbert en París consistió en un repaso a 23 problemas matemáticos que él creía podrían ser las metas de la investigación matemática del siglo que empezaba. Estos problemas, de hecho, han estimulado gran parte de los trabajos matemáticos del siglo XX, y cada vez que aparecen noticias de que otro de los “problemas de Hilbert” ha sido resuelto, la comunidad matemática internacional espera los detalles con impaciencia.

A pesar de la importancia que han tenido estos problemas, un hecho que Hilbert no pudo imaginar fue la invención del ordenador o computadora digital programable, primordial en las matemáticas del futuro. Aunque los orígenes de las computadoras fueron las calculadoras de relojería de Pascal y Leibniz en el siglo XVII, fue Charles Babbage quien, en la Inglaterra del siglo XIX, diseñó una máquina capaz de realizar operaciones matemáticas automáticamente siguiendo una lista de instrucciones (programa) escritas en tarjetas o cintas. La imaginación de Babbage sobrepasó la tecnología de su tiempo, y no fue hasta la invención del relé, la válvula de vacío y después la del transistor cuando la computación programable a gran escala se hizo realidad. Este avance ha dado un gran impulso a ciertas ramas de las matemáticas, como el análisis numérico y las matemáticas finitas, y ha generado nuevas áreas de investigación matemática como el estudio de los algoritmos. Se ha convertido en una poderosa herramienta en campos tan diversos como la teoría de números, las ecuaciones diferenciales y el álgebra abstracta. Además, el ordenador ha permitido encontrar la solución a varios problemas matemáticos que no se habían podido resolver anteriormente, como el problema topológico de los cuatro colores propuesto a mediados del siglo XIX. El teorema dice que cuatro colores son suficientes para dibujar cualquier mapa, con la condición de que dos países limítrofes deben tener distintos colores. Este teorema fue demostrado en 1976 utilizando una computadora de gran capacidad de cálculo en la Universidad de Illinois (Estados Unidos).

El conocimiento matemático del mundo moderno está avanzando más rápido que nunca. Teorías que eran completamente distintas se han reunido para formar teorías más completas y abstractas. Aunque la mayoría de los problemas más importantes han sido resueltos, otros como las hipótesis de Riemann siguen sin solución. Al mismo tiempo siguen apareciendo nuevos y estimulantes problemas. Parece que incluso las matemáticas más abstractas están encontrando aplicación.

Cantar de los nibelungos


El Cantar de los nibelungos es un poema épico de la Edad Media, escrito sobre el siglo XIII, anónimo, de origen germano.

También es conocido como Nibelungenlied (del alemán, idioma en que está escrito: literalmente significa “Canción de los nibelungos”) o Nibelunge Not (por las palabras que aparecen en el último verso del manuscrito hallado en Hohenems (Austria), que significaría “Pena (o necesidad) de los nibelungos”).

Este cantar de gesta reúne muchas de las leyendas existentes sobre los pueblos germánicos, mezcladas con hechos históricos y creencias mitológicas que, por la profundidad de su contenido, complejidad y variedad de personajes, se convirtió en la epopeya nacional alemana, con la misma jerarquía literaria del Cantar de mío Cid en España y el Cantar de Roldán en Francia.

En el Cantar de los Nibelungos se narra la gesta de Sigfrido, un cazador de dragones de la corte de los burgundios, quien valiéndose de ciertos artificios consigue la mano de la princesa Krimilda. Sin embargo, una torpe indiscreción femenina termina por provocar una horrorosa cadena de venganzas. El traidor Hagen descubre que Sigfrido es invulnerable, por haber sido bañado con la sangre de un dragón, salvo en una pequeña porción de su espalda donde se depositó una hoja de tilo y la sangre no tocó su piel. Aprovechando este punto débil, le mata a traición en un arroyo. Krimilda se refugia entonces en la corte del rey Etzel (Atila), y deja pasar el tiempo, hasta que en un banquete convocado por Etzel, Krimilda consigue que su propio pueblo sea eliminado a traición. Tanto Hagen como la propia Krimilda fallecen en la espantosa carnicería subsecuente.
El manuscrito del Cantar, el cual es conservado en la Biblioteca Estatal de Baviera, fue inscrito en el Programa Memoria del Mundo de la UNESCO en el 2009 como reconocimiento de su significancia histórica.

El compositor alemán Richard Wagner se inspiró en alguna medida en este poema épico y en la tradición mitológica germánica y nórdica para componer la tetralogía operática “Der Ring des Nibelungen” (“El anillo del nibelungo”).

Versiones de los manuscritos

El poema en sus varias formas escritas se perdió al final del s. XVI, pero manuscritos tan antiguos como del s. XIII serían redescubiertos en el XVIII. Existen 35 manuscritos conocidos del Nibelungenlied y sus variantes. Once de ellos están esencialmente completos. La versión más antigua, sin embargo, parece ser la preservada como Manuscrito “B”. Veinticuatro manuscritos están en diferentes estados de completitud, incluyendo una versión en alemán: (el manuscrito ‘T’). El texto contiene aproximadamente 2.400 estrofas repartidas en 39 cantos. El título por el cual el poema ha sido conocido desde su descubrimiento se deriva de la línea final de una de las tres versiones principales, “hie hât daz mære ein ende: daz ist der Nibelunge liet” (“aquí la historia llega al final: éste es el cantar de los Nibelungos”). Liet aquí significa “cantar”, “cuento” o “epopeya”, más que, como en el alemán moderno, simplemente “canción”.

Las versiones de los manuscritos difieren considerablemente unas de otras. Los lingüistas usualmente señalan tres grupos genealógicos principales para el grupo completo de manuscritos, con las dos versiones principales comprendiendo las copias más antiguas: *AB y *C. Esta categorización deriva de las firmas en los manuscritos *A, *B, y *C también como de las palabras del último verso en cada versión: “daz ist der Nibelunge liet” o “daz ist der Nibelunge nôt”. En el s. XIX, el filólogo Karl Lachmann desarrolló esta categorización de las versiones en “Der Nibelunge Noth und die Klage nach der ältesten Überlieferung mit Bezeichnung des Unechten und mit den Abweichungen der gemeinen Lesart” (Berlín: Reimer, 1826).

Estructura

Sigfrido vence a los nibelungos
En el reino de los nibelungos, vivía un rey llamado Nibelungo, quien tenía dos hijos: Schilbungo y Nibelungo. Ambos murieron a manos de Sigfrido. En realidad Sigfrido, caminando, se encuentra con unos hombres extrayendo un tesoro, quienes al verlo, lo llaman y le dicen a Sigfrido que los ayude a llevar el tesoro y que él se quedaría con una parte de éste. Sigfrido, ya cansado, sigue alzando el botín pensando en las grandes riquezas, pero cuando estaban por llegar a su destino, los hombres traicionan a Sigfrido e intentan asesinarlo. De la batalla sale victorioso Sigfrido, quedándose con todo el tesoro, y a su vez con 1.000 hombres, a los cuales se lleva a su reino y utiliza como esclavos. Se decía que el tesoro tenía una maldición.

El punto débil de Sigfrido
La acción del poema es la siguiente: Sigfrido y Krimilda son dos hijos de reyes. Tras múltiples peripecias, se conocen y se casan. Por otra parte, el hermano mayor de Krimilda, el rey Gunter, desea casarse con Brunilda, reina de Islandia, caracterizada por su belleza, su vigor físico y su bravura; el hombre que quisiera casarse con ella, primero habría de vencerla en combate. Sigfrido ayuda a Gunter, y con su manto mágico, que lo vuelve invisible, pelea sin que Brunilda se dé cuenta, con lo que Gunter consigue su propósito. Más tarde, Sigfrido halla al dragón Fafner y, tras derrotarlo, se baña en su sangre, ya que según la tradición esto le haría invulnerable.

Al poco tiempo surge la enemistad entre Brunilda y Krimilda, cuando se descubre la treta entre Sigfrido y Gunter, por lo que la primera decide vengarse a través de Hagen, un caballero de la corte de Gunter que desea poseer el tesoro nibelungo de Sigfrido. Y lo hace a traición, ya que averigua por Krimilda cuál es el punto débil de Sigfrido, cuya imbatibilidad se atribuye a la sangre de un dragón con la que bañó su cuerpo. Hagen mata en una cacería a Sigfrido, arrebata el tesoro a Krimilda y lo esconde. El ataque mortal a Sigfrido es posible ya que, en el momento de bañarse con la sangre del dragón, una hoja cubrió la espalda del héroe a la altura del corazón, dejándola vulnerable.

La desconfianza de Hagen
La segunda parte tiene lugar trece años después de estos hechos. Atila, rey de los hunos, desea casarse con Krimilda, la cual, deseosa de vengarse de los asesinos de Sigfrido, accede. Krimilda va al reino de Atila, se casa con él y tienen un hijo. Pasan trece años y la heroína pide a su esposo que invite a la corte a su hermano el rey Gunter y su séquito. Este accede, pese a las recomendaciones en contra de Hagen.

Venganza de Krimilda
Gunter y Hagen parten acompañados de mil guerreros y tras un largo viaje llegan al castillo de Atila. Poco tiempo después de su llegada empiezan las escaramuzas, al principio con poca intensidad, pero después se generalizan. Mueren primero los caballeros menos importantes, y después lo hacen los de más valor. Hagen asesina al hijo de Krimilda y Atila. Al final, Gunter y Hagen son derrotados y hechos presos. Krimilda exige a Hagen que les diga dónde está el tesoro de Sigfrido, y tras la negativa del prisionero, lo mata. El rey Atila reconoce el valor de su enemigo Hagen, por lo que reprocha a Krimilda su muerte; su pesar es compartido por el caballero Hildebrando, que decide vengar a Hagen y asesina a Krimilda. Con este sangriento desenlace concluye el “Cantar de los nibelungos”.

Sigurd

Sigurd o Siegfried (Sigfrido) es un héroe de la literatura y mitología germánica, hijo de Sigmund, rey de los francos, y de Siglinda, hija de Eulimi, que lo dio a luz en un bosque y murió durante el parto.

Es protagonista del relato en prosa la Saga Volsunga y del poema el Cantar de los Nibelungos; sin embargo, las variantes de esta leyenda son numerosas, destacando el origen de sus apariciones literarias en las Eddas de la mitología nórdica, obras islandesas medievales: la Edda Menor, Edda de Snorri o Edda en prosa, y la Edda Mayor, Eda de Saemund o Edda en verso. Estas dos colecciones de los relatos nórdicos antiguos conforman la fuente más fidedigna de la mitología nórdica.

El más antiguo son las Eddas en verso. Son una colección de 34 poemas islandeses, salpicadas con prosa que datan del siglo IX al siglo XII. La mayoría de estos poemas tratan la mitología nórdica. Posteriormente a estas Eddas en verso aparecen las Eddas en prosa. Es el trabajo del poeta e historiador islandés Snorri Sturluson (1179–1241). Este trabajo contiene la creación del mundo, varias fábulas mitológicas, un análisis de los poemas antiguos y de las normas que rigen la prosa. En ellas se encuentran dentro de los cantos heroicos las primeras referencias a la historia de Sigfrido.

Sigfrido y el dragón

Sigfrido creció en la selva y luego tuvo como maestro al herrero Mime, que le aconsejó como debía matar a Fafner, el dragón custodio del tesoro de los nibelungos. El futuro héroe forjó nuevamente la espada que había pertenecido a su padre (Nothung o Balmung), y con ella atravesó el corazón del monstruo, en cuya sangre se bañó para hacerse invulnerable. Sólo un lugar de su espalda —donde se pegó una hoja de tilo— no fue bañado por la sangre. El paralelismo con el héroe Aquiles de la mitología griega es asombroso: Aquiles se hizo invulnerable bañándose en la laguna Estigia, y sólo en el talón (de donde le cogía su madre al bañarlo) era mortal.

Con el paso de los siglos, Sigfrido dejó que la sociedad absorbiera sus rasgos de caballero convirtiéndose en una persona indecisa, carente de códigos, amistosamente pobre y falto a la verdad. Ha herido sentimientos y se oculta ignorando a las personas que lo aprecian; que pusieron su empeño en fortalecer alianzas, que han puesto sus hombros en tiempos de guerra y paz.

Sigfrido y Brunilda

Sigfrido desposó, luego de algunas hazañas, a Krimilda, y logró para el hermano de ésta, Gunther, la mano de la huraña valquiria Brunilda. Trocando sus anillos, Sigfrido tomó la apariencia de Gunther y venció ciertas pruebas que sólo el héroe podía superar. Brunilda desde entonces consideró superior a su marido, hasta que Krimilda le refirió los verdaderos hechos. Desde entonces, Brunilda preparó la venganza, que ejecutó Gutorm, hermano de Gunther (en otros textos, Hagen de Tronje). Dicha venganza consistió en revelar al ejecutor el lugar exacto donde la piel del héroe no estaba protegida por la sangre del dragón. Aprovechando este dato, el asesino asestó un lanzazo que acabó con la vida de Sigfrido. Brunilda se suicidó al día siguiente, pues pese a todo amaba a Sigfrido. Krimilda fue desposada luego por Etzel, que quiso hacerse dueño del tesoro de los nibelungos, que Gunther había hecho esconder en el fondo del Rin. Krimilda invitó a sus hermanos, y durante el banquete en la corte del rey Etzel (Atila), los hombres de Gunther fueron asesinados, consiguiendo que su propio pueblo sea eliminado a traición. Más tarde, Krimilda embriagó y mató al mismo Etzel, arrojándose finalmente a las llamas del palacio, cuyo incendio ella misma provocó.

Situación de Navarra en la Edad Media


Las excavaciones en Navarra han puesto en evidencia el retroceso de la vida urbana y los avances del poblamiento rural en los últimos siglos del Imperio Romano. Es posible que dentro de este mismo proceso se fuera completando la trabazón interna del amplio sector campesino que había conservado la lengua vascónica, y que se diera una cierta compenetración entre los grupos predominantemente ganaderos de los valles más altos y los núcleos agrícolas de las vecinas cuencas.

De esta suerte y teniendo además en cuenta estímulos superiores que la penuria de la información impide valorar, se produciría el incipiente despertar político que iba a permitir a los vascones manifestar vigorosamente su personalidad ante la agonía del orden romano y frente a las oleadas de guerreros germanos.

 

La Edad Media

Cabe enmarcar igualmente en tal contexto el hipotético ascenso demográfico que explicaría las correrías y depredaciones vascónicas de los siglos V al VII y, en suma, la “vasconización” de una notable porción de la antigua Novempopulania (la nueva “Vasconia”, Gascuña) y quizá de los dominios de los primitivos Várdulos, Caristios y Autrigones.

Navarra y los Invasiones Visigodas

La presión militar franca y, sobre todo, hispano-visigoda no alcanzó a implantar permanentemente un nuevo orden político en los baluartes del Pirineo Occidental.

Las reiteradas campañas de los monarcas toledanos, desde Leovigildo hasta el propio Rodrigo, contribuirían a consolidar y ampliar la romanizad en las tierras próximas al curso del Ebro, pero sólo lograron bloquear y neutralizar precariamente a las gentes del “Saltus Vasconum” desde algunos puntos avanzados de vigilancia (“Victoriaco, Olite, Pamplona).

A partir de los centros de irradiación que debían de constituir la sede episcopal de Calahorra y –con seguridad desde finales del siglo VI- la de Pamplona, el cristianismo iría penetrando laboriosamente entre aquellas poblaciones a la que los hombres cultos de la época consideran “bárbaras”, sin duda por la singularidad de su idioma y sus reminiscencias paganas.

Feudalismo


Introducción

  • Origen del feudalismo
  • Características

Sociedad feudal:

  • Clases sociales
  • La nobleza feudal
  • El castillo
  • La caballería
  • Las costumbres
  • La influencia de la Iglesia
  • Decadencia del feudalismo
  • Su papel en desarrollo político

INTRODUCCIÓN

Feudalismo : sistema contractual de relaciones políticas y militares entre los miembros de la nobleza de Europa occidental durante la alta edad media. El feudalismo se caracterizó por la concesión de feudos (casi siempre en forma de tierras y trabajo) a cambio de una prestación política y militar, contrato sellado por un juramento de homenaje y fidelidad. Pero tanto el señor como el vasallo eran hombres libres. El feudalismo unía la prestación política y militar a la posesión de tierras con el propósito de preservar a la Europa medieval de su desintegración en innumerables señoríos independientes tras el hundimiento del Imperio Carolingio.

La guerra fue endémica durante toda la época feudal, pero el feudalismo no provocó esta situación; al contrario, la guerra originó el feudalismo. Tampoco el feudalismo fue responsable del colapso del Imperio Carolingio, más bien el fracaso de éste hizo necesaria la existencia del régimen feudal. El Imperio Carolingio se hundió porque estaba basado en la autoridad de una sola persona y no estaba dotado de instituciones lo suficientemente desarrolladas. La desaparición del Imperio amenazó con sumir a Europa en una situación de anarquía: cientos de señores individuales gobernaban a sus pueblos con completa independencia respecto de cualquier autoridad soberana. Los vínculos feudales devolvieron cierta unidad, dentro de la cual los señores renunciaban a parte de su libertad. Bajo la dirección de sus señores feudales, los vasallos pudieron defenderse de sus enemigos, y más tarde crear principados feudales de cierta importancia y complejidad. Una vez que el feudalismo demostró su utilidad local reyes y emperadores lo adoptaron para fortalecer sus monarquías.

Las invasiones de los siglos IX y X tuvieron importantes consecuencias políticas y culturales.

– Desde el punto de vista político, originaron el régimen feudal, debilitaron la autoridad de los reyes y robustecieron la de los jefes locales.

– Desde el punto de vista cultural provocaron un sensible retroceso, pues las luchas y la anarquía, continuadas durante dos siglos, detuvieron la restauración cultural que gradualmente se había ido desarrollando en el occidente. Sin embargo, los pueblos invasores terminaron por adoptar la religión cristiana, abandonaron sus costumbres bárbaras y organizaron reinos estables. E l cristianismo logró extenderse por las regiones del norte y del este de Europa, donde hasta entonces había imperado el paganismo.

 

Origen del feudalismo:

El feudalismo nació de la síntesis del mundo romano y de los pueblos germánicos en el marco de una sociedad agraria. La primera etapa de la formación del feudalismo se produjo en las postrimerías del Imperio romano, cuando los colonos y pequeños propietarios buscaron la protección de los grandes señores, a los que entregaban a cambio sus propiedades y prometían fidelidad.

Su núcleo inicial fue el territorio situado entre los ríos Loira y Mosa, desde donde se expandió por Alemania, el norte de Italia, la península Ibérica y más tarde el sur de Italia e Inglaterra.

El vasallaje como red de fidelidades entre los magnates y los guerreros era una institución germánica que se convirtió en la estructura básica de la sociedad feudal al desintegrarse el Imperio Carolingio (s.X). En la ceremonia de homenaje, el vasallo prometía fidelidad y la prestación de determinados servicios militares y de corte al señor a cambio de protección y, en ocasiones, era investido con un feudo (beneficio) por su señor, creándose así una estructura piramidal de soberanías presidida por el rey.

Con la desintegración del Imperio Carolingio en el siglo IX muchos personajes poderosos se esforzaron por constituir sus propios grupos de vasallos dotados de montura, a los que ofrecían beneficios a cambio de su servicio. Algunos de los hacendados más pobres se vieron obligados a aceptar el vasallaje y ceder sus tierras al señorío de los más poderosos, recibiendo a cambio los beneficios feudales. Se esperaba que los grandes señores protegieran a los vasallos de la misma forma que se esperaba que los vasallos sirvieran a sus señores.

Esta relación de carácter militar que se estableció en los siglos VIII y IX a veces es denominada feudalismo Carolingio, pero carecía aún de uno de los rasgos esenciales del feudalismo clásico desarrollado plenamente del siglo X. Fue sólo hacia el año 1000 cuando el término “feudo” comenzó a emplearse en sustitución de “beneficio” este cambio de términos refleja una evolución en la institución. A partir de este momento se aceptaba de forma unánime que las tierras entregadas al vasallo eran hereditarias, con tal de que el heredero que las recibiera fuera grato al señor y pagara un impuesto de herencia llamado “socorro”. El vasallo no sólo prestaba el obligado juramento de fidelidad a su señor, sino también un juramento especial de homenaje al señor feudal, el cual, a su vez, le investía con un feudo. De este modo, el feudalismo se convirtió en una institución tanto política como militar, basada en una relación contractual entre dos personas individuales, las cuales mantenían sus respectivos derechos sobre el feudo.

Características:

El feudalismo occidental asumía que casi toda la tierra pertenecía al príncipe soberano -bien el rey, el duque, el marqués o el conde- que la recibía “de nadie sino de Dios”. El príncipe cedía los feudos a sus barones, los cuales le rendían el obligado juramento de homenaje y fidelidad por el que prestaban su ayuda política y militar, según los términos de la cesión. Los nobles podían ceder parte de sus feudos a caballeros que le rindieran, a su vez, homenaje y fidelidad y les sirvieran de acuerdo a la extensión de las tierras concedidas. Un noble podía conservar la totalidad de sus feudos bajo su dominio personal y mantener a sus caballeros en su señorío, alimentados y armados, todo ello a costa de sufragar las prestaciones debidas a su señor a partir de su propio patrimonio. Los caballeros podían adquirir dos o más feudos y eran proclives a ceder, a su vez, parte de esas posesiones en la medida necesaria para obtener el servicio al que estaban obligados con su superior. Mediante este subenfeudamiento se creó una pirámide feudal, con el monarca en la cúspide, unos señores intermedios por debajo y un grupo de caballeros feudales para servir a la convocatoria real.

Los problemas surgían cuando un caballero aceptaba feudos de más de un señor, para lo cual se creó la institución del homenaje feudatario, que permitía al caballero proclamar a uno de sus señores como su señor feudal, al que serviría personalmente, en tanto que enviaría a sus vasallos a servir a sus otros señores.

La prestación militar era fundamental en el feudalismo. Cuando el señor era propietario de un castillo, podía exigir a sus vasallos que lo guarnecieran, en una prestación denominada `custodia del castillo’. El señor también esperaba de sus vasallos que le atendieran en su corte, con objeto de aconsejarle y de participar en juicios que afectaban a otros vasallos. Si el señor necesitaba dinero, podía esperar que sus vasallos le ofrecieran ayuda financiera. A lo largo de los siglos XII y XIII estallaron muchos conflictos entre los señores y sus vasallos por los servicios que estos últimos debían prestar.

Otro aspecto del feudalismo que requirió una regulación fue la sucesión de los feudos. Cuando éstos se hicieron hereditarios, el señor estableció un impuesto de herencia llamado `socorro’. Su cuantía fue en ocasiones motivo de conflictos.

Dado el carácter contractual de las relaciones feudales cualquier acción irregular cometida por las partes podía originar la ruptura del contrato. Cuando el vasallo no llevaba a cabo las prestaciones exigidas, el señor podía acusarle, en su corte, ante sus otros vasallos y si éstos encontraban culpable a su par, entonces el señor tenía la facultad de confiscar su feudo, que pasaba de nuevo a su control directo. Si el vasallo intentaba defender su tierra, el señor podía declararle la guerra para recuperar el control del feudo confiscado.

La sociedad feudal

CLASES SOCIALES:

La sociedad feudal estaba constituida por tres clases absolutamente distintas en sus obligaciones y en sus obligaciones y en sus costumbres: los nobles, los clérigos y los campesinos o villanos.

Los nobles tenían a su cargo las tareas guerreras; los clérigos, lo concerniente a la vida religiosa; los villanos, la labranza y las faenas manuales.

La nobleza y el clero disfrutaban de grandes privilegios y monopolizaban la propiedad de la tierra. La nobleza basaba, además, su poderío, en la fuerza militar; el clero, en su prestigio religioso y cultural.

Los villanos, en cambio, ocupaban un rango social inferior y sus obligaciones eran mucho más numerosas que sus derechos; trabajaban los grandes dominios señoriales, y en retribución de esa tierra que se les cedía para su trabajo y de la protección que se les dispensaba, debían múltiples servicios y prestaciones a sus señores.

Los villanos, (habitantes de la villa), eran todos los campesinos, pero estaban divididos en libres y siervos. Los campesinos libres podían abandonar las tierras que trabajaban y buscar hogar y protección en otro señorío, cuando así lo desearan. En cambio los siervos carecían en absoluto de libertad y no podían abandonar la gleba (tierra o heredad) en que trabajaban. Con todo, libres y siervos, los villanos no podían ser privados de sus tierras mientras cumplieran fielmente las prestaciones debidas a sus señores. Los villanos debían pagar al señor ciertos tributos, estos eran dos clases, en especie y en trabajo

LA NOBLEZA FEUDAL:

Todo poseedor de un feudo era noble, pero la mayor o menor importancia de los feudos contribuyó a establecer diversos grados en la nobleza. Los más encumbrados eran los duques, condes y marqueses, poderosos señores que sólo rendían homenaje a los reyes y de quienes dependían numerosos vasallos.

De menor jerarquía, eran los llamados en Francia barones, y en España ricos-hombres, quienes a su vez recibían el homenaje de señores de inferior categoría, poseedores de feudos más pequeños. Estos últimos constituían la pequeña nobleza y eran llamados castellanos, hidalgos o caballeros. (Como los nobles combatían a caballo, el término caballero se convirtió más adelante en sinónimo de noble.)

EL CASTILLO:

Los primeros castillos surgieron en la época de las invasiones de los siglos IX y X. En un principio fueron sencillos edificios de madera, rodeados por una sólida empalizada de estacas. A comienzos del siglo XII, la piedra sustituyó a la madera debido a los pesados proyectiles lanzados por las catapultas, nueva arma introducida en occidente a raíz de las Cruzadas.

Los castillos se construían en colinas o lugares desde los cuales la defensa era más fácil.

LA CABALLERÍA:

Las guerras entre señores feudales eran muy frecuentes, pues estos no reconocían más ley que la de la fuerza para resolver sus problemas. Las guerras señoriales causaron tremendo daño y fueron uno de los más graves males del régimen feudal. La Iglesia moderó y corrigió la rudeza de las costumbres señoriales con dos instituciones:

La tregua de Dios y la caballería.

La tregua de Dios prohibía bajo pena de excomunión guerrear en los días jueves, viernes, sábado y domingo, así como también en la fecha de las grandes festividades religiosas. También se declaraban especialmente protegidos por la Iglesia a las mujeres y a los niños. La tregua contribuyó poderosamente a humanizar las costumbres. Los jóvenes nobles recibían una educación esencialmente militar. A partir del siglo XI la Iglesia agregó a ese aprendizaje militar una preparación de orden espiritual. Esta intervención de la Iglesia engendró la institución de la caballería. Para ser reconocido caballero, el noble debía comprometerse a respetar la fe empeñada, combatir las injusticias, proteger a los débiles.

COSTUMBRES:

La vida del Señor: La caza constituía el placer favorito de aquellos hombres rudos e ignorantes, acostumbrados al manejo de las armas y a la vida activa al aire libre. La otra diversión era los torneos, justas de armas que suscitaban en los protagonistas y en los espectadores todas las emociones de la guerra. Los caballeros que intervenían en ellos combatían en duelo singular o en grupos, a caballo y utilizando la lanza y la espada.

LA INFLUENCIA DE LA IGLESIA:

La Iglesia Católica fue el más poderoso pilar de la sociedad en la época feudal. Tuvo una ingerencia ilimitada en todos los ordenes de la vida.

La unidad y la universalidad de la fe, que caracterizaron la vida medieval. Ninguna religión disputó, en efecto, al catolicismo durante la edad media el gobierno de las almas en la Europa de occidente.

El predominio cultural del clero. Este constituyó en la edad media la única clase letrada. Ser laico era estar al margen del saber. Las escuelas fueron, además anexos de las catedrales y de los monasterios y en ellas oficiaban de maestros los sacerdotes y los monjes que impartían gratuitamente los sencillos conocimientos de lectura, escritura, doctrina cristiana y canto. El monopolio cultural del clero y la eficacia de su actividad docente arraigaron, sólidamente, su autoridad y su prestigio.

La Iglesia procuro hacer del catolicismo el eje de la vida espiritual en la edad media. Para imponer obediencia a sus mandamientos disponía de dos armas poderosas, la excomunión y la interdicción.

Toda la autoridad de la iglesia no impidió, sin embargo, el surgimiento de herejías, o sea, disidencias de opinión con respecto a los dogmas católicos.

Decadencia del feudalismo:

El feudalismo alcanzó el punto culminante de su desarrollo en el siglo XIII; a partir de entonces inició su decadencia. El subenfeudamiento llegó a tal punto que los señores tuvieron problemas para obtener las prestaciones que debían recibir. Los vasallos prefirieron realizar pagos en metálico a cambio de la ayuda militar debida a sus señores, a su vez, éstos tendieron a preferir el dinero, que les permitía contratar tropas profesionales que en muchas ocasiones estaban mejor entrenadas y eran más disciplinadas que los vasallos. Además, el resurgimiento de las tácticas de infantería y la introducción de nuevas armas, como el arco y la pica, hicieron que la caballería no fuera ya un factor decisivo para la guerra.

Los monarcas, durante toda la época feudal, tenían otras fuentes de autoridad además de su señorío feudal. El renacimiento del saber clásico supuso el resurgimiento del Derecho romano, con su tradición de poderosos gobernantes y de la administración territorial. La Iglesia consideraba que los gobernantes lo eran por la gracia de Dios y estaban revestidos de un derecho sagrado. El florecimiento del comercio y de la industria dio lugar al desarrollo de las ciudades y a la aparición de una incipiente burguesía, la cual exigió a los príncipes que mantuvieran la libertad y el orden necesarios para el desarrollo de la actividad comercial. Esa población urbana también demandó un papel en el gobierno de las ciudades para mantener su riqueza. Con los impuestos que obtuvieron de las ciudades, los príncipes pudieron contratar sirvientes civiles y soldados profesionales. De este modo pudieron imponer su voluntad sobre el feudo y hacerse más independientes del servicio de sus vasallos.

La decadencia del feudalismo se aceleró en los siglos XIV y XV. Durante la guerra de los Cien Años, las caballerías francesa e inglesa combatieron duramente, pero las batallas se ganaron en gran medida por los soldados profesionales y en especial por los arqueros de a pie. Los soldados profesionales combatieron en unidades cuyos jefes habían prestado juramento de homenaje y fidelidad a un príncipe, pero con contratos no hereditarios y que normalmente tenían una duración de meses o años. Este `feudalismo bastardo’ estaba a un paso del sistema de mercenarios, que ya había triunfado en la Italia de los renacentistas.

Su papel en el desarrollo político:

La figura jurídica del feudo estaba contenida en el derecho consuetudinario de Europa occidental y en aspectos feudales como la tutela y el matrimonio, la revertibilidad y la confiscación, que continuaron en vigor después de que la prestación militar hubiera desaparecido. En Inglaterra las posesiones feudales fueron abolidas por ley en 1660, pero se prolongaron en algunas zonas de Europa hasta que el derecho consuetudinario fue sustituido por el Derecho romano, proceso concluido por el emperador Napoleón a principios del siglo XIX.


BIBLIOGRAFÍA

  • La antigüedad y la edad media (secco ellauri)
  • Enciclopedia encarta
  • Enciclopedia planeta de agostini

El fuego griego, la misteriosa sustancia empleada por los bizantinos para frenar los ataques árabes


ABC.es

  • Incluso hoy se desconoce la composición exacta de la fórmula original perdida en los saqueos a Constantinopla de 1204. Los bizantinos guardaron celosamente el secreto y se cree que la mezcla incluía nafta (una fracción del petróleo también conocida como bencina) y azufre
  • Imperio Bizantino

Uso del fuego griego, según una ilustración de una crónica bizantina.

Constantinopla, la segunda Roma, sobrevivió toda la Edad Media a los ataques musulmanes como una isla cristiana a las puertas de Oriente y un agente de equilibrio entre ambos mundos. Las murallas de la ciudad, su poder militar, su capacidad de adaptarse a los tiempos sin renunciar a las tradiciones romanas…. muchos elementos explican la longevidad del Imperio bizantino, pero ninguna responde a la pregunta de cómo pudieron prevalecer ante asedios que llevaron a miles de naves a sus puertas. Un arma secreta, incluso hoy imposible de desentrañar, salvó al menos en dos ocasiones al último imperio romano de su destrucción.

El fuego griego recibió muchos nombres en la Antigüedad: «fuego romano» para los árabes, «fuego griego» para los cruzados que se dirigían a tierra santa y «fuego bizantino» para los otomanos. Entre los siglos VII y XIII, el Imperio bizantino empleó una sustancia inflamable en las batallas navales y en los asedios contra Constantinopla, que le daba una clara ventaja táctica y tecnológica contra enemigos con recursos y hombres muy superiores. Este fuego era capaz de arder sobre el agua y la única forma de apagarlo era asfixiándolo. Tratar de apagarlo con agua solo avivaba aún más la llama. Y si bien hoy en día se utilizarían espumas y polvo químico para extinguir el fuego, en la Antigüedad y la Edad Media la única posibilidad probablemente sería la de usar orina (por su alto contenido en sales inorgánicas y urea), esteras de esparto e si acaso vinagre.

El secreto mejor guardado de la historia militar

Los bizantinos usaban dos métodos para lanzar el líquido inflamable. Uno de ellos consistía en derramar a presión la sustancia a través de un inyector con un ajuste giratorio, después de que un brasero instalado en el barco calentara previamente la mezcla. Otro forma era llenando granadas de cerámica con el material y arrojándolas sobre los barcos enemigos, siempre buscando prender sus velas. Cuando el líquido rozaba el agua o alcanzaba cierta temperatura entraba en ignición e incendiaba las embarcaciones enemigas. Entonces se producían «truenos» y una aparatosa nube de humo. Además de los efectos destructivos, hay que tener en cuenta que la sustancia resultaba tóxica para quienes la respiraban.

El hecho de que incluso hoy resulte un misterio saber la composición exacta de esta sustancia convierte la fórmula en uno de los secretos mejores guardados de la historia del mundo. Los bizantinos guardaron celosamente el secreto y los fabricantes vivían aislados del mundo exterior, hasta el punto de que hoy en día solo cabe especular sobre los componentes y las proporciones, sin que existan muestras o documentos que estudiar. La mezcla incluía probablemente nafta (una fracción del petróleo también conocida como bencina), azufre y amoníaco, si bien se desconocen los porcentajes de cada sustancia. El nafta haría que el líquido no se mezclara con el agua, mientras que el azufre actuaría como combustible.

No obstante, otras investigaciones han propuesto dosis de cal viva, que al entrar en contacto con el agua eleva su temperatura hasta los 150 grados, o mezclas que contengan nitrato, salitre, resina o grasa.

Ya en el año 214 a. C., se considera que el inventor griego Arquímedes había usado una sustancia también inflamable para combatir al ejército romano en su intento de conquistar la ciudad griega de Siracusa. Pero nada demuestra que su fuego griego fuera el mismo que el bizantino… La invención de este segundo se le atribuye a un ingeniero militar llamado Callínico, procedente de la actual Siria, que llegó a Constantinopla en los días previos al primer gran asedio árabe de 674. Se cree, no obstante, que el propio Callínico se basó en los trabajos del alquimista, astrónomo e inventor griego Esteban de Alejandría, que se trasladó en 616 a Constantinopla.

Todas estas fechas flotan en torno al primer gran asedio árabe de Constantinopla, cuando la lucha entre el Imperio bizantino y el Califato Omeya devino en el asedio de la gran ciudad, bajo el mando de Constantino IV. En esta batalla, los omeyas fueron incapaces de abrir una brecha en las Murallas Teodosianas, que bloqueaban la ciudad a lo largo del Bósforo, y fueron derrotados a nivel marítimo gracias al invento de aquel sirio loco. La armada bizantina lo utilizó decisivamente para destrozar a la marina omeya en el mar de Mármara y en la posterior batalla de Silea, en las costas de Panfilia, en el año 678. El cronista Teófanes menciona en sus textos la sorpresa táctica que supuso el fuego para los árabes durante el largo asedio de cuatro años:

«Por entonces había huido a territorio romano un arquitecto de Heliópolis de Siria llamado Calínico, inventor del fuego marino, gracias al cual los navíos árabes se incendiaron y todas sus tripulaciones se quemaron. Así los romanos volvieron vencedores y descubrieron el fuego marino».

El arma se continuó utilizando hasta 1204, cuando se perdió la fórmula original durante los saqueos y destrucción que sufrió Constantinopla en la cuarta cruzad

Durante año las acometidas árabes perecieron ante la superioridad de la flota bizatina. En el 717, las fuerzas musulmanas aprovecharon un periodo de inestabilidad bizantina para iniciar un nuevo asedio. Después de casi un año de cerco, una escuadra árabe compuesta por 400 naves de refuerzo se sumó a las 300 naves que mantenían el asedio en Constantinopla. Una superioridad numérica que no amilanó a la flota bizantina, que, recuperando la sustancia de Calínico, contraatacó por sorpresa hacia las naves árabes. Esto puso en fuga a los árabes y muchas naves fueron destruidas por el «fuego griego», encaminando el asedio a su último desenlace.Pasada la sorpresa inicial de estos dos asedios, los árabes aprendieron a combatir este fuego, que en tierra resultaba poco útil y en el mar su empleo era limitado. Árabes, venecianos, písanos, normandos y demás rivales del Imperio bizantino aprendieron a contrarrestar los efectos del fuego griego y a neutralizar su valor táctico. El arma se continuó utilizando hasta 1204, cuando se perdió la fórmula original durante los saqueos y destrucción que sufrió Constantinopla en la cuarta cruzada. Sin la mezcla primitiva, los ingenieros bizantinos buscaron alternativas en otras sustancias inflamables usadas en la Antigüedad, aunque su poder de destrucción nunca alcanzó la densidad del fuego griego original. Estas mezclas alternativas fueron la que probablemente usaron para defenderse del Imperio otomano en 1453, año en el que cayó definitivamente la ciudad.

La peste, la plaga más mortífera, nació con las migraciones y las guerras


ABC.es

  • El análisis de genes de restos óseos ha permitido averiguar que la bacteria de la peste infectaba a humanos hace 5.000 años, cuando comenzaba la Edad del Bronce

 

Paul Fürst/Natalia Shishlina A la izquierda, un «médico de la peste», en la Edad Media, a la derecha, un poblador europeo de la Edad del Bronce

Paul Fürst/Natalia Shishlina
A la izquierda, un «médico de la peste», en la Edad Media, a la derecha, un poblador europeo de la Edad del Bronce

 

«Miré, y vi un caballo bayo. El que lo montaba tenía por nombre Muerte, y el Hades lo seguía: y les fue dada potestad sobre la cuarta parte de la tierra, para matar con espada, con hambre, con mortandad y con las fieras de la tierra». Así se refiere el Apocalipsis al cuarto jinete, que monta un caballo cadavérico. Se le suele conocer como Muerte, pero en muchos libros también lleva el nombre de «Peste».

Y con razón. La peste es una de las plagas que más huella ha dejado en la historia del ser humano. Algunos estudiosos relacionan la caída del Imperio Romano con la dispersión de esta enfermedad. Durante siglos la peste fue una catástrofe capaz de dejar ciudades completamente devastadas, en las que a veces no quedaron vivos suficientes como para enterrar a los muertos. En el Siglo XIV, la Muerte Negra acabó con el 60% de la población europea, según el Centro de Prevención y Control de Enfermedades de Estados Unidos (CDC). Ya a principios del siglo XIX, la sacudida de la peste dejó 10 millones de muertos.

Ahora, un equipo internacional de investigadores ha analizado el genoma de personas que vivieron hasta hace 5.700 años y ha descubierto que la peste era una enfermedad habitual entre los humanos hace unos 5.000 años, lo que supone que es casi dos veces más antigua de lo que antes se pensaba. El hallazgo, obtenido después de analizar los genes encontrados en dientes de 101 personas que vivieron en la Edad del Bronce entre Siberia y Polonia, ha sido publicado este jueves en la revista «Cell», y refuerza la idea de que la peste fue un determinante crucial en la historia.

«Hemos descubiertos que Yersinia pestis (la bacteria que causa la peste) aparició mucho antes de lo que se pensaba, y hemos estrechado la ventana temporal de cómo evolucionó», ha explicado Eske Willerslev, investigador de la Universidad de Cambridge y el autor principal del estudio.

Espadas y bacterias

Hasta ahora, el primer registro histórico de esta devastadora enfermedad se remontaba a la plaga de Justiniano (en el 541 D.C.), que dejó 25 millones de muertos entre los siglos VI y VIII. Pero ahora, gracias al análisis de los genomas, la historia puede reescribirse. Según han averiguado los investigadores, la peste emergió al comienzo de la Edad del Bronce y podría ser la responsable de las grandes caídas de población que ocurrieron 4.000 y 3.000 años antes de Cristo.

«La Edad del Bronce fue un período muy importante en la producción de armas de metal. Se cree que esto favoreció las guerras, lo que es compatible con que en ese momento se produjeran grandes momentos de población», ha dicho Marta Mirazón-Lahr, una investigadora de la Universidad Willerslev de Copenhague que ha participado en el estudio. Según ella, este período de migración tan activa podría haber propiciado la dispersión de las primeras variedades de la peste.

Los científicos han encontrado pruebas de que en aquel momento, un simple cazador infectado con la peste podía contagiar y acabar con una comunidad entera en dos o tres días. Mientras que el infectado comenzaba a sufrir fiebre alta, escalofríos y expulsión de flema al toser, los que pasaban a una distancia de unos dos metros corrían el riesgo de inhalar la bacteria exhalada con la tos, con lo que quedaban contagiados. En cuestión de horas, la mayoría de los infectados moría, en medio de una ataque devastador de tos seca.

Una plaga aún más devastadora

Pero aún podía ser peor. Después de analizar millones de secuencias de genes presentes en los restos de los huesos de 101 personas que vivieron en la Edad del Bronce, los científicos han encontrado dos huellas que muestran que Yersinia pestis«aprendió» a ser aún más contagiosa y letal. Por una parte, encontró un animal que actuó como «autobús» para transportarla entre las personas, la pulga, y por otra, descubrió como aumentar su capacidad destructiva en el cuerpo.

Estos cambios se produjeron gracias a unos cambios genéticos que son, en primer lugar, la presencia del gen de virulencia ymt, que protege a la bacteria en el interior del intestino de la pulga y que además provoca que esta se quede hambrienta y empiece a picar con mayor intensidad. Y, en segundo lugar, la presencia de pla, un gen activador que permite a la bacteria no solo infectar el tejido de los pulmones, que causa la tos, sino también pasar a la sangre y a los ganglios linfáticos. Así, nació la peste bubónica (por la hinchazón que causaba en los ganglios y que pasaban a llamarse bubones).

Estragos de la peste (ABC)

Estragos de la peste (ABC)

Los años venideros le dieron el caldo de cultivo ideal a Yersinia pestis para que se convirtiera en una plaga permanente que diezmaba a la población y que producía brotes más puntuales de extrema capacidad destructiva. Así, las espadas, las guerras y los movimientos de población consiguientes, la vida en grandes poblaciones, las nulas medidas de higiene que se seguían y el trasiego de los hombres y los animales a bordo de los barcos sobre todo en el Mediterráneo y Asia, favorecieron la dispersión de la terrible plaga.

«Cada patógeno tiene que mantener un equilibrio. Si mata al hospedador antes de que pueda extenderse, llega a un “punto muerto” y su expansión se frena. Por eso, las enfermedades altamente letales –como la peste– requieren unas condiciones demográficas muy concretas para expandirse», ha dicho Robert Foley, investigador de la Universidad de Cambridge que también ha participado en el estudio.

Según él, la primera peste, la neumónica, «estaba más adaptada a la Edad de Bronce. Cuando las sociedades euroasiáticas crecieron en complejidad y las rutas de comercio se abrieron, quizás las condiciones favorecieron a la variante más letal de la peste». En consecuencia, la peste más peligrosa, la bubónica, apareció en Armenia en el siglo X, desde donde seguramente se extendió a Oriente Medio y de ahí al resto del mundo.

Si en la Edad Media los «médicos de la peste» iban equipados con una máscara en forma de pico de pájaro que iba rellena de hierbas y perfumes para protegerse, y con un palo de madera para alejar a los enfermos si se acercaban demasiado, los médicos actuales cuentan con una poderosa herramienta para luchar y quizás erradicar a la peste de los lugares donde aún permanece: los antibióticos. Si es cierto lo que sostienen algunos acerca del peligro de que no se investiguen nuevos antibióticos, quizás la peste vuelva a escribir la historia como ya ha hecho durante milenios.

Los secretos de los espadachines de los Tercios al batirse en duelo


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La oscuridad llega a Madrid en una fría noche del siglo XVI. Mientras la mayoría de la población duerme plácidamente en sus casas, de una calle perdida de la ciudad salen ruidos producidos por dos armas que chocan una contra contra otra en un temible y letal baile de aceros. Espada en mano y capa a la espalda, un español y un francés están dirimiendo sus diferencias a estocadas en un duelo clandestino. Un enfrentamiento que no debería darse, pues está penado con la muerte por los Reyes Católicos. No obstante, el galo no ha soportado que su rival hiciese un chiste (muy malo, por cierto) sobre los gabachos en una taberna cercana y le ha retado. Ha sido ofendido y, como tal, piensa acabar con el hispano para recuperar su honra mancillada.

Aunque esta escena no está recogida en ningún libro de historia, lo cierto es que no sería extraño que se hubiera producido en nuestro país allá por los siglos XV, XVI y XVII, pues esta fue una época en la que los hombres (y, en ocasiones, las mujeres) no dudaban en enfrentarse con su espada «ropera» y su daga de mano izquierda a cualquier hijo de mala madre que se hubiese atrevido a tocarle sus hispanas narices afirmando -por ejemplo- que su mujer le había puesto unos cuernos más grandes que los de un morlaco de los que toreaban los diestros en las plazas. Aquellos enfrentamientos podían ser a muerte o a primera sangre y, en contra de lo que nos muestran las películas, no contaban con árbitros ni testigos debido a que se hacían a espaldas de la ley.

Lo que sí tenían claro los duelistas (los cuales podían ir desde un panadero al que le hubieran dicho que su esposa era menos agraciada que el trasero de un sabueso, hasta un hidalgo que se hubiese tomado mal un comentario sobre su santa progenitora) es que saber manejar la espada era un elemento diferencial a la hora de mandar al enemigo a la tumba y poder vivir un día más. Por ello, a lo largo de esos 300 años -los mismos en los que los Tercios dominaron Europa a base de pica y arcabuz– no eran pocos los que decidían invertir algo de su tiempo en aprender el manejo de la «ropera». Un arte que, por entonces, se denominaba Destreza» y que fue perfeccionado durante años por varios maestros españoles.

Exportado por los Tercios para defender la honra

El duelo no comenzó su andadura en el siglo XV, sino que está ligado a cualquier momento en que el los hombres decidieran darse de mandobles para demostrar que llevaban la razón. «Existe como forma de resolver conflictos desde tiempos inmemoriales. Aunque adquiere su forma más famosa en el siglo XVI, en la Edad Media ya se celebraban. Por entonces el duelo se daba cuando se rompía la confianza entre dos caballeros y uno de ellos se sentía ultrajado. En ese momento, ambos se enfrentaban bajo unas normas muy estrictas, en un campo cerrado y mediante un reglamente muy complejo. Los desafíos se celebraran a caballo, con armaduras y cada uno de los afectados llevaba consigo a un número de hombres igual para que lucharan junto a él. Además, podía durar varios días» explica Alberto Bomprezzi, Fundador de la «Asociación Española de Esgrima Antigua» (una de los pocos grupos que recrean aquellos enfrentamientos basándose en tratados de la época) y maestro de armas de la misma.

Sin embargo, fue evolucionando y, de los grandes espadones blandidos a dos manos, se pasó a combatir con aceros finos y dagas en el siglo XV, una época en la que -debido a su fama- España era considerada como la cuna del duelo. La historia, sin embargo, nos dice que este arte fue exportado por nuestros antepasados de Italia. Así pues, fue en los tiempos en los que los soldados del Gran Capitán (los futuros Tercios españoles) pasearon sus espadas por esta región, cuando se percataron de que allí era bastante usual que los hombres se retasen si uno de sus congéneres les insultaba o les faltaba a la honra. «La honra es lo que los demás piensan de ti, mientras que el honor es tu consideración de ti mismo», explica a ABC el periodista y escritor Jesús de las Heras, autor en los últimos meses de «La espada, fuerza y poder» (editado por «Edaf»).

Jesús de las Heras «La espada, fuerz<a y poder»

Jesús de las Heras
«La espada, fuerz

Puede parecer baladí pero, en la época, la honra era tan válida para los hombres como las monedas y era sumamente difícil de ganar. «Su importancia era enorme, se consideraba el honor como la actitud o el compromiso interno por el cual la persona cumplía con sus deberes y con la palabra dada. En base a ello era valorada socialmente su conducta, con lo que se ganaba (o no) la honra. En aquellos siglos se estimaba que, a escala social más alta, correspondía (o debía corresponder) mayor honor. A mayor honorabilidad, más honra. Y ello valía tanto respecto al hombre como a la mujer, en la cual se reafirmaban cualidades positivas: decente y hacendosa, entregada a su hogar y a su familia, prudente y recatada etc.», explica el escritor.

Las causas para enfrentarse a un adversario, por el contrario, han sido las mismas a lo largo de los siglos. En España, por ejemplo, era habitual que te retaran si decías palabras indecentes refiriéndote a la familia de alguién; si afirmabas que la hermana de otro caballero era «ligera de cascos»; o si te atrevías a señalar que la esposa de algún desgraciado le había sido infiel en su propia tez. De entre todas ellas, las razones más habituales para desenvainar las armas eran las ofensas familiares. Curiosamente, una de las peores afrentas que se podía cometer contra otra persona era pegarle con un palo, pues se consideraba que era un trato dado únicamente a las bestias y, por ende, era una forma de llamarle animal.

El duelo formal (hasta el SXV)

Si algo nos han enseñado las películas y los libros sobre la España de los siglos XIV y XV, es que cualquier español podía batirse a sangre fría contra aquel que le hubiese insultado. Sin embargo, la realidad de la época no se parecía ni un ápice, pues se consideraba que el duelo era un privilegio de la clase alta para resolver disputas que no podía o no quería solucionar la justicia. Algo normal por otro lado, pues no parece oportuno que un alguacil se dedicase a reprender a alguien por haber llamado cornudo a su enemigo.

Al menos el «duelo formal», el que estaba regido por normas y auspiciado por la ley. «Los duelos eran cosa de señores: nobles, militares, políticos, literatos, artistas…; gente instruida, que leía, y conocía y aceptaba las reglas del código de honor de este tipo de lances, basadas en referencias antiguas y más tarde (a partir del siglo XV) en libros escritos sobre el tema», completa de las Heras.

Todos ellos se debían a un código existente en cada país que señalaba aquello por lo que se podía retar a alguien. En el mismo se establecía qué acciones e insultos eran considerados «ofensas» (por los cuales sí se podía retar a aquel deslenguado) y cuáles eran «cargos» (apelativos que no merecían un enfrentamiento a espada). Estos factores variaban dependiendo del lugar donde se sucedieses el agravio (no era lo mismo llamar «hijo de mala madre» a alguien en plena Plaza Mayor, que hacerlo en privado) y, por descontado, de la clase social del retador. Y es que, los «duelos formales» (los regidos por el Estado) únicamente podían ser lanzados y aceptados entre personas de un rango social similar. En el caso de que, por ejemplo, un vasallo insultase a un noble, este último podía limitarse a castigarle físicamente u ordenar a sus sirvientes que le diesen una buena reprimenda a base de bofetones.

«La forma más habitual de retar a alguien a un “duelo formal” era mediante la llamada “pega de carteles”. Esta consistía en poner panfletos en todos los lugares públicos en los que estuviera localizable la persona a la que se quería retar. Estos solían “ponerle verde” (decir que su familia era de clase baja aunque fuese noble, insultarle…) y que estaba retado. Así, el afectado no tenía más remedio que aceptar si quería mantener su honra intacta, pues todo el mundo sabía que había sido insultado», completa Bomprezzi en declaraciones a ABC.

En el caso de que el duelo fuese aceptado, los dos contendientes debían pedir al rey de la región en la que se enfrentaran un campo adecuado para batirse en duelo. «Es el caso, por ejemplo, de un duelo famoso habido en la ciudad francesa de Fontainebleau, en el siglo XVI, durante las guerras entre España y Francia: el del capitán español Julián Romero, al servicio del rey inglés, aliado de Carlos I, y el capitán también español Antonio de Mora, pero al servicio del rey francés, enemigo de Carlos I. El campo de honor fue autorizado y elegido por el rey francés, Francisco I, y venció Romero después de un combate a caballo y espada que duró más de tres horas», explica el escritor español.

Wikimedia Duelo con espadas ropera

Wikimedia | Duelo con espadas ropera

A continuación, establecían si el combate sería a muerte o a primera sangre y –para terminar- las armas con las que decidirían sus destinos. Curiosamente, estos «duelos formales» contaban con testigos por ambos bandos, padrinos y hasta un árbitro. Este último velaba porque no hubiese juego sucio entre los duelistas y, una vez terminado el combate, la familia del derrotado no atacase al vencedor en venganza.

A su vez, en este tipo de duelos era la persona que había sido ofendida y desafiada la que seleccionaba los instrumentos con los que combatirían; además del lugar y la hora en la que se verían las caras si el monarca aceptaba. Si le echaban gónadas, lo idóneo era seleccionar las armas favoritas del contrario, pues de esta forma se le ganaba en su «propio campo» y la honra sería mucho mayor. Sin embargo, como eran valientes pero no estúpidos, solían escoger aquellas con las que ellos se sintiesen más cómodos. «Los contendientes tampoco podían ser sustituidos por otra persona, salvo por ascendientes, descendientes y hermanos en el caso de ser sexagenario, discapacitado o menor de edad», completa de las Heras.

La importancia de los duelos oficiales fue determinante desde los siglos XIV al XVIII, pues entrechocar los aceros hasta que uno de los dos dejara este mundo para reunirse con los Santos era una forma de demostrar quién llevaba la razón en una discusión. «La idea básica era demostrar que el otro estaba mintiendo mediante las armas y que tú eras el que decía la verdad. Por eso el manejo de la espada era tan importante porque, en el caso de que no pudieses sostener lo que afirmabas con las armas y perdieras, significaba que no tenías honor y que habías mentido. En base a eso, si eras derrotado -y no te mataban- tu familia solía expulsarte de casa, perdías todo tu dinero y debías empezar una nueva vida en otro lugar», destaca el maestro de esgrima antigua.

El duelo clandestino

El anterior era el reto idílico, ese que se sucedía entre dos caballeros que contaban con el privilegio de dirimir sus diferencias a estocadas bajo auspicio de un monarca deseoso de ver sangre derramada. Sin embargo, en las décadas finales del siglo XIV, la ingente cantidad de duelos que se celebraban en España, los cientos de muertes que se sucedían por estas reyertas, y las miles de monedas que perdían los duelistas en los combates (pues en muchas ocasiones tenían que viajar fuera del país para enfrentarse con su contendiente) hizo que sus Majestades los Reyes Católicos –los de «tanto monta, monta tanto»- vetaran esta práctica alrededor de 1480 de manera oficial. Su decisión fue tajante: se penaría con la vida a los retadores, y con el destierro a aquellos que aceptaran el combate. Y es que, estaban hasta el cetro de perder valiosos hombres que podrían combatir contra los infieles en la Península por absurdos enfrentamientos provocados por algún que otro insulto dicho a destiempo.

Con lo que no contaban sus católicas majestades era con el ingenio de los españoles, que prefirieron arriesgarse a morir a manos del verdugo que dejar sin cobrar las afrentas. «El duelo formal pasó a ser clandestino, a hacerse a espaldas de la ley, sin reglas ni árbitros. Se pasó de combatir en un campo cedido por el rey con armas similares, a hacerlo en plena calle con aquello que se tuviera más a mano. Además, como retar a alguien a un duelo estaba penado con la muerte, se solían hacer cerca de una iglesia para “acogerse a sagrado” en el caso de que fueran capturados», completa Bomprezzi. Nuevamente, los vencedores se valieron de la picaresca española en no pocas ocasiones para librarse de ser ajusticiados. ¿Cómo? Afirmando que él había sido el retado. Al fin y al cabo, el muerto no se iba a levantar para quejarse.

Archivo El «Capitán Altriste» se enfrenta a un enemigo en un duelo clandestino

Archivo | El «Capitán Altriste» se enfrenta a un enemigo en un duelo clandestino

Con la llegada de este tipo de retos no formales, el populacho también se dio a dirimir sus controversias a espadazos en plena calle, como hacía los nobles. Por lo tanto, de ser un hábito de señores con unas reglas determinadas pasó a ser una práctica rastrera en la que los contendientes solían vulnerar las reglas que habían pactado previamente. La norma más vulnerada era la que afirmaba que se debían enfrentar un hombre contra otro, pues cada uno de los duelistas reunía a tantos amigos como pudiera para darle una buena paliza al adversario. No era poco usual tampoco que uno de los dos duelistas llegara una hora antes al lugar en el que se iba a celebrar el reto y esperase escondido a su contrincante para asestarle una estocada por la espalda.

Dejó de haber honor. Eran tiempos en los que solo importaba ganar y se recurrió mucho al juego sucio. Era habitual que se tirasen tierra a la cara o –por ejemplo- se compinchasen con alguien para que le arrojase al enemigo una maceta a la cabeza desde algún balcón. «También podían llegar y, cuando su enemigo desenvainara, pegarle un tiro, aunque esto era más difícil porque estaba prohibido llevar pistola», destaca el maestro de esgrima antigua. Este duelo, el más rastrero, es el que más se recuerda a día de hoy. El que se celebraba a capa y espada en un callejón escondido, en plena noche, y procurando que nadie te viese, pues si las autoridades llegaban, podía peligrar tu vida.

El sistema para retar en un duelo clandestino fue similar al de los «carteles», aunque algo más sutil. Los antiguos cartelones se trasformaron en «billetes», papeles que te podían pasar en cualquier momento y en los que había apuntado un lugar, una fecha y una hora. Si tenías los suficientes arrestos, acudías, aunque también era posible que, si algún contendiente llegaba y veía que su enemigo había reunido a otros diez matones, corriera para salvar su vida (algo impensable en un «duelo formal»). «Aunque se los llamó duelos, eran más bien reyertas de barrio, de calle, muchas veces fomentadas por la envidia o el odio», destaca Bomprezzi.

Las armas más habituales

Cachiporras, inmensas hachas destinadas a partir por la mitad al desprevenido contendiente… A lo largo de los siglos, los cachivaches usados en los retos para aplastar al contrario fueron múltiples y extravagantes. No obstante, en los duelos clandestinos (los cuales fueron la gran mayoría desde los siglos XV y XVII) los valientes que acudían dispuestos a recuperar su honra o morir en el intento iban siempre equipados con una espada «ropera» al cinto. Tal y como explicó el estudioso Van Vinkeroi en 1882, era usada tanto para combatir, como adorno del propio traje. A pesar de que los tipos de «roperas» se cuentan por decenas, se puede afirmar que era cualquiera que llevaran tanto los civiles como los militares cuando salían a la calle.

«Su origen se estima español: con tal nombre aparece por primera vez en e1 inventario de objetos del duque Álvaro de Zúñiga, fechado hacia 1445. Y parece que el nombre le viene de ser un distinguido complemento del atuendo personal, de la ropa, como muestra o símbolo evidente de fuerza y poder de su propietario. Solían estar fabricadas y decoradas con muy buenos materiales e incluso joyas. En principio fue usada por la clase social más elevada: familia real, alta nobleza, caballeros de las órdenes religiosas, militares y otros señores e hidalgos. Luego se extendió a diversas gentes, desde aventureros a ricos burgueses, sobre todo en ciudades importantes, donde los duelos y pendencias eran frecuentes», completa de las Heras.

A pesar de la ingente cantidad de tipos de «ropera» que eran paseadas por los callejones de las grandes ciudades españolas (cada una de su progenitor y de su progenitora) todas solían tener una serie de características comunes. La primera era que su hoja era fina y estrecha en su versión civil -pues la militar era algo más corta y ancha-. La lógica impera en esta división, pues la gente que se batía en duelo prefería contar con un acero más extenso para evitar que el enemigo se acercase, y, por su parte, el soldado abogaba por tener entre sus rudas manos una herramienta que no fuera tan liviana como para partirse cuando chocara contra la armadura del enemigo en pleno campo de batalla.

Todas contaban con una guarnición o guarda (la parte que se ubica sobre el puño, el lugar por la que se asía) con una pieza metálica que protegía la mano de las punzadas del contrario. «Las hubo de diversos tipos, por la variedad de su guarda fueron de taza, conchas o lazo. Además de ser un arma muy eficaz en el combate y en el duelo, tenía y daba un gran prestigio a su poseedor. Su mayor protagonismo lo tuvo desde el primer tercio del siglo XV al último del XVII, y por lo general se la asocia a la época del Siglo de Oro español», añade el escritor de «La espada: Fuerza y poder».

Con la espada se solía llevar a cabo una esgrima de «punta». Es decir, lo que se intentaba con ella no era cortar con el filo al enemigo (cosa que también se podía hacer) sino pincharle en alguna parte vital de su cuerpo. Y es que, eso solía bastar para acabar con él. Ya fuera por el propio impacto, porque se desangrara o porque se le infectase la herida. Junto a la «ropera» los españoles solían portar una gruesa capa que podían utilizar de forma sumamente ingeniosa en los combates.

Archivo Daga de vela (a la derecha)

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Daga de vela (a la derecha)

No obstante, la capa y la espada no eran las únicas armas que podían aparecer en un duelo, sino que los españoles también solían llevar la denominada daga de mano izquierda o daga de «vela» (conocida de esta forma porque contaba con una gran pieza metálica en forma de vela para proteger la mano de su portador de las punzadas contrarias). «En los duelos de armas dobles, el uso de la daga de mano izquierda permitía detener golpes de la espada contraria a la par que se atacaba con la propia o aprovechar algún fallo del adversario para herirlo con ella», completa de las Heras en declaraciones a ABC.

Se cuenta que, durante los siglos XV, XVI y XVII, los españoles eran unos auténticos maestros en el uso de la daga. Así lo afirma un viajero francés de la época que -según afirman Fernando Martínez Laínez y José María Sánchez de Toca y Catalá en su libro «Los Tercios de España, la infantería legendaria»- se deshizo en elogios hacia la destreza hispana de la siguiente forma: «Los españoles se baten espada en mano, no retroceden jamás; paran el golpe con el puñal que llevan siempre y cuando hacen con él el gesto de tirar al cuerpo debéis desconfiar de la cuchillada; y cuando os amenazan con la cuchillada, debéis creer que quieren alcanzaros el cuerpo […] son temibles con la espada en la mano a causa de sus puñales […] he visto varias veces a tres o cuatro españoles hacer huir a varios extranjeros y echarlos por delante de ellos como a un rebaño de corderos».

Dos escuelas para acabar con tu enemigo

A pesar de que empuñar una buena espada y una magnífica daga eran puntos determinantes para poder vencer en un duelo, no lo eran todo. Al fin y al cabo, ya dice el refranero popular que el habito no hace al monje y, en este caso, la «ropera» tampoco al espadachín. Es por ello que, desde finales del siglo XV se empezaron a reunir por estos lares los principios básicos para enfrentarse al enemigo. Este honor correspondió a caballeros de la talla de Jaime Pons (y su libro «La verdadera esgrima») o Pedro Torre con «El manejo de las armas en combate». El arte que resultó de aunar todas las técnicas fue denominado «Destreza» y, además de explicar las típicas posiciones que debía adquirir el cuerpo a la hora de combatir, también hacía referencia a algunas «tretas» o jugarretas sucias ideadas para vencer y que estaban mal vistas por los nobles.

«Se basaba en técnicas principalmente intuitivas del manejo de las armas blancas, aunque seguían una determinada metodología complementada con trucos callejeros poco caballerosos. Eran trucos aprendidos en la escuela de la calle. Por ejemplo, cegar momentáneamente al adversario bajándole con la mano el ala de su sombrero o arrojándole la capa a la cara», explica de las Heras. Con todo, y según corrobora Bomprezzi, esta «Destreza» era relativamente sencilla y efectiva. Incluso las denostadas «tretas» eran sumamente útiles para enseñar a un bisoño soldado de los Tercios que no hubiera cogido una espada en su vida a enfrentarse a un contrario allá por Flandes.

Wikimedia Luis Pacheco de Narváez, uno de los maestros que perfeccionó la «Verdadera destreza»

Wikimedia | Luis Pacheco de Narváez, uno de los maestros que perfeccionó la «Verdadera destreza»

Según pasaron los años, algunos estudiosos españoles decidieron que aquella «Destreza» no era más que un conjunto de trucos disfrazados de arte y se propusieron usarla como base para crear la «Verdadera destreza». «Se conoce como Verdadera Destreza a la escuela española que trata la esgrima con un fuerte fundamento matemático y filosófico, que no se centra en técnicas concretas, sino en entenderla y explicarla como un conocimiento completo de las armas. Antecedentes de la Verdadera Destreza, que tuvo su época de esplendor en el siglo XVII, fueron algunos libros publicados en el siglo XV, ya inexistentes», destaca de las Heras.

Los tratadistas españoles tales como Francisco Román (considerado como el hombre que puso las bases de esta «Destreza Verdadera») y Luis Pacheco de Narváez (quien la perfeccionó en 1660 en su libro «Las grandezas de la espada») fueron dos de los nombres claves en la evolución de este arte. La forma de entender la esgrima de estos estudiosos impresionó tanto al mundo que, a nivel internacional, se empezó a identificar el arte de combatir a «ropera» con la «Destreza Verdadera». Junto a este nueva esgrima también nació un halo de odio hacia la escuela predecesora, que empezó a ganarse apelativos bastante desagradables. «Se terminó considerando a la “destreza común” o “vulgar”, como la llamó Sánchez de Carranza, un mero conjunto de tretas, fintas o engaños», determina el escritor.

Así había que luchar para no morir en un duelo clandestino

A la hora de enfrentarse a un enemigo había que tener claro de qué armas disponías y cuáles usaba él. Y es que, dependiendo de lo que portaras combatirías de una forma o de otra. A pesar de ello, existían una serie de normas previas no escritas para salvaguardar tu vida en un duelo clandestino.

«Si nos trasladásemos a esa época y tuviera que aconsejar a un duelista, le diría que la mejor forma de sobrevivir es evitando la pelea. Más que nada porque, como no había normas, era normal que acudiese al duelo y acabase luchando contra muchos enemigos. El segundo consejo sería que fuese con muchos aliados que combatiesen junto a él. Finalmente, le aconsejaría que tuviese cuidado pues, aunque fuera un buen espadachín, en un duelo el manejo de la espada no lo era todo. Su habilidad podría ser insuficiente porque sus adversarios fuesen demasiados, porque fuera de noche y no viera acercarse al contrario, o porque hubiese elementos que le impidieran llevar a cabo sus estrategias», destaca Bomprezzi.

1-El duelo a espada «ropera»

Usualmente, los duelos clandestinos enfrentaban a dos hombres armados con «ropera», pues era el arma de defensa más utilizada de la época. Si alguien se veía envuelto en un combate de este estilo, lo idóneo a nivel técnico era estirar el brazo con la espada apuntando al contrario en un ángulo de 90º (perpendicular a las piernas). Y es que, esa era la mayor extensión que se podía adquirir con la hoja. Esto permitía amenazar al contrario con la punta (la primera defensa del duelista) e impedir que se acercase.

A su vez, en el duelo que se celebraba en plena calle no se buscaba acabar con el contrincante de forma veloz, pues eso implicaba tener que golpearle rápidamente y significaba que el espadachín exponía su cuerpo al acero enemigo. Por el contrario, los combates eran sumamente defensivos y ninguno de los contendientes abandonaba su posición de guardia a menos que supiera que había una oportunidad real de acabar con su enemigo. Y es que, un mal movimiento significaba terminar bajo tierra. «Buscaban posiciones muy estables y asentadas para defenderse. No se hacía un ataque constante porque, en cada uno, algunas partes vitales del cuerpo podían quedar al descubierto. La idea era obligar al enemigo a intentar penetrar tu defensa y, cuando se equivocase, acabr con él», añade el maestro de la Asociación Española de Esgrima Antigua.

Durante los duelos, los contendientes tampoco solían recurrir a movimientos muy complejos y de una esgrima elevada, pues una floritura innecesario podía llevar a que el enemigo le metiese la punta de su espada entre pecho y espada. El miedo a morir hacía que ambos contendientes mantuvieran las distancias en todo momento, no desviaran la atención de su contrario, y prefiriesen llevar a cabo técnicas sencillas pero que sabían efectivas. Todo ello, moviéndose constantemente para no ofrecer un blanco claro y poder desviar su espada si el adversario atacaba. «La defensa contra una estocada podía hacerse de dos formas: apartando la punta de su espada con la propia, o apartando tu cuerpo. En ambos casos, había que ser rápido», destaca Bomprezzi.

Otro objetivo de los duelistas era penetrar la defensa del contrario a través de su propia arma. Esta idea se basaba en que era mejor tener la espada del enemigo cerca de la propia para poder desviarla. «El problema de los duelos es que los contendientes podían haber repetido un movimiento con la espada mil veces y hacerlo bien, pero si lo hacían mal en una sola ocasión morían», finaliza Bomprezzi.

Finalmente, si el duelista veía la oportunidad, también podía tratar de terminar el combate rápidamente mediante un único y determinante movimiento: la conclusión «La conclusión es una acción mediante la que se desarma al enemigo. Es la máxima expresión de control en un duelo y una increíble muestra de habilidad. Existen varias conclusiones, pero todas ellas se basan en lograr sujetar con la mano la guarnición del contrario para impedirle que ataque. En aquella época no se buscaban de forma premeditada, sino que solo se hacían cuando no había ningún peligro de ser atacado por el contrario. Si se lograba sujetar el arma del otro duelista, no se esperaba y se le daba directamente una estocada», completa el experto.

2-El duelo a «ropera» y capa

Entre las armas que se podían utilizar en combate, había una especialmente curiosa… la capa que todo hijo de español llevaba a la espalda al salir de casa para protegerse del frío. La razón era sumamente sencilla: era de una tela tan gruesa que se podía enrollar en el brazo izquierdo para para las cuchilladas y las estocadas del enemigo. En la «Destreza Común» también era considerada un objeto que podía decantar una pelea, pues se podía arrojar contra la espada del enemigo para que no pudiera moverse durante unos segundos preciosos para acabar con su existencia.

3-El duelo a «ropera y daga»

El último de los pertrechos más habituales en los duelos era la daga de mano izquierda. De una extensión considerable (unos 50 centímetros) este puñal daba la capacidad al duelista de poder atacar y defenderse a la vez debido a que portaba dos armas. Curiosamente, era un objeto que no solo servía para acosar al contrario, sino también para desviar las estocadas que fueran dirigidas hacia el cuerpo. Su utilidad hizo que no fuera portada únicamente en los duelos, sino también por los soldados de los Tercios españoles. Estos la utilizaban como complemento para los combates y para acabar con los jinetes que se caían del caballo durante la contienda (como «quitapenas»).

Un arte que se sigue estudiando en España

Puede que hayan pasado más de tres siglos desde que el arte del reto pasó a la Historia pero, a día de hoy, en las mismas calles españolas en las que se enfrentaron a capa y espada personajes de toda índole social se siguen batiendo unos pocos valientes ávidos de preservar la «Verdadera Destreza». Ellos son los miembros de la Asociación Española de Esgrima Antigua, un grupo cada vez más numeroso (y con delegaciones en casi todo nuestro país) que, en base a los tratados antiguos, recrea con total exactitud cómo combatían las gentes de los siglos XV y XVI. Su maestro de armas, Alberto Bomprezzi, es a día de hoy uno de los máximos exponentes de este noble arte tanto a nivel nacional como internacional.

Este deporte, que guarda semejanzas con la esgrima moderna, se lleva a cabo con espada de mano y media (la que se usaba en en medievo), «ropera» y daga o espadín y broquel (un pequeño escudo). «Las armas son completamente distintas a las de la esgrima. Nosotros usamos una variedad de armas que van desde el siglo XV hasta el XIX, todas ellas réplicas de armas históricas, mientras que aquellos que practican esgrima actual usan el florete, el cual se utilizaba en el siglo XIX en las salas de entrenamiento. Ellos, además, no utilizan la mano izquierda», destaca Bomprezzi.

En este sentido, el experto señala que tampoco tiene los mismos objetivos ya que, mientras que ellos buscan recrear un arte extinguido, los tiradores de esgrima (el nombre técnico de los que participan en este deporte) solo quieren dar cuantos más golpes mejor a su adversario. «Nosotros trabajamos la esgrima como una adquisición de habilidad, recreamos un combate. En la vida real, no atacarías constantemente para ganar puntos porque te matarían. Por eso no nos gustan las competiciones y solo buscamos la práctica y el aprendizaje», explica Bomprezzi.

El maestro señala también que intentan devolver a la vida un arte cuyo conocimiento era básico en el Siglo de Oro y hacer que el gran público se interese por él. «Una espada te pone la historia en la mano. A mucha gente, cuando la ve, le dan ganas de saber como se peleaba. Es curioso como la espada, un arma ideada para matar, se ha convertido en nuestra época en un instrumento de aprendizaje y de cultura. La espada permite acercar el mundo actual a los soldados del pasado, hombres valientes que se enfrentaron al enemigo de forma heroica», finaliza.


Tres preguntas a Jesús de las Heras, autor de: «La espada: Fuerza y poder»

El primer Duque de Alba, la codicia y la astucia al servicio de la nobleza castellana


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  • García Álvarez de Toledo se aprovechó de las debilidades de Enrique «el Impotente» para ampliar notoriamente el patrimonio de la familia. En 1472, el monarca elevó su título a duque para evitar una guerra civil
El primer Duque de Alba, la codicia y la astucia al servicio de la nobleza castellana

ABC | Cuadro «La anunciación al Primer Duque de Alba»

Incluso para Castilla, una tierra en constante turbulencia a finales de la Edad Media, el reinado de Enrique «el Impotente» fue especialmente conflictivo. García Álvarez de Toledo –el segundo Conde de Alba– destacó por su capacidad de explotar mejor que nadiela situación anárquica y la insensatez del rey en beneficio propio. Una rima callejera de la época describía con nitidez las prácticas del castellano: «¿Quién da más por el Conde de Alba que se vende por las esquinas?» Además de conseguir el ducado para Alba de Tormes, el noble castellano obtuvo de sus intrigas políticas el aumento de los territorios familiares por ambas vertientes de la Sierra de Gredos, más de lo que ninguno de sus descendientes lo conseguiría.

García Álvarez de Toledo era el hijo primogénito del primer conde de Alba, Fernando Álvarez de Toledo y Sarmiento, quien había entregado su lealtad al Rey de Castilla Juan II y a su privado Álvaro de Luna. Durante su lucha por rebajar el poder de la ingobernable nobleza castellana, Álvaro de Luna fue apoyado por muy pocos aristócratas, entre ellos la Casa de Alba. Y Juan II fue muy generoso con quienes le habían ayudado en su momento más crítico. El obispo Gutierre de la familia Álvarez de Toledo fue trasladado a la influyente diócesis de Sevilla y acabó siendo Arzobispo de Toledo; asimismo, su sobrino Fernando se constituyó como el primer Conde de Alba de Tormes.

Sin embargo, la gratitud de los reyes medievales solía tener fecha de caducidad, y una serie de desencuentros con el monarca hizo caer en desgracia al conde en 1448. El castillo y la villa de Alba de Tormes fueron confiscados y el primer Conde de Alba fue encarceló durante seis años acusado de rebelión por Álvaro de Luna, su viejo valedor. Fue en ese tiempo cuando se mostraron las primeras trazas de la voraz personalidad e ímpetu guerrero de García Álvarez de Toledo, quien siendo solo un adolescente organizó varias incursiones militares por los territorios de los nobles leales al Rey. El cronista Alonso Palencia describe así su actividad guerrillera: «Hizo tantos estragos con sus correrías y talas por el territorio circunvecino, en venganza de la prisión de su padre, que llegó a concebir esperanzas de libertarle, y lo hubiese conseguido […] a no haberlo estorbado a Juan de Castilla».

Álvaro de Luna también cayó en desgracia en 1453, de hecho fue llevado a la horca, y el Rey Juan II falleció un año después. El enfrentamiento abierto con la nobleza no había dado más que quebraderos de cabeza a la Corona, por lo tanto el nuevo Rey, Enrique IV, se propuso tener un inicio de reinado tranquilo. No obstante, careciendo de carácter y de buen juicio, Enrique «el Impotente», llamado así por su incapacidad para dar un heredero, delegó su gobierno en privados de origen humilde que, por su condición, levantaron quejas entre la nobleza.

El I Conde de Alba fue liberado con el cambio de reinado y junto a su hijo participó en las campañas del rey contra el reino de Granada acontecidas en 1455 y 1456, destacando especialmente la acción de ambos, padre e hijo, en el cerco de Alcalá la Real.

La ausencia de autoridad y justicia en el reino, puesto que la mayoría de nobles no reconocía ni respetaba a los privados del monarca, provocó el levantamiento de ejércitos privados por todo el territorio de Castilla. Como explica el hispanista William S. Maltby en su libro «El Gran Duque de Alba» (revisando los antepasados del tercer duque de la familia), «la supervivencia durante el reinado de Enrique IV dependía de expandir las rentas y el número de hombres a igual ritmo que el más rapaz de los compañeros, y nadie lo comprendió mejor que don García de Toledo».

La debilidad del rey fue su fortaleza

A la muerte de su padre en 1464, García heredó la dignidad condal y también la lealtad al Rey. Así, fue uno de los pocos nobles que permanecieron fiel a Enrique IV tras la proclamación de su hermano Alfonso como Rey de Castilla, en la llamada «Farsa de Ávila». No en vano, su lealtad tenía letra pequeña. Mientras permanecía fiel al monarca, dejaba saber siempre al bando contrario que estaba dispuesto a oír ofertas. Recogía su recompensa por adelantado, y cuando tocaba cumplir con lo pactado no acudía a la cita.

Como muestra de sus malas artes, pese a que Enrique IV le concedió extensos territorios y la mitad de las rentas de la feria de Medina del Campo, abandonó la tarea de auxiliar la ciudad cuando fue conquistada por el Condestable de Castilla. Más tarde cuando no acudió a la batalla de Olmedo, donde ambos hermanos disputaron la corona con resultado de empate, se descubrió que el enemigo del rey le había ofrecido dos ciudades a cambio de retirar sus 1.500 lanzas de la contienda.

En realidad, García Álvarez de Toledo nunca estuvo dispuesto a abandonar el bando de Enrique IV, pero mantener viva aquella guerra civil le estaba resultando muy rentable. En esta situación de anarquía, las posesiones de Alba de Tormes, que recorrían ambas vertientes de la Sierra de Gredos y el Norte de Extremadura, no dejaron de extenderse hasta las puertas de Salamanca. Y si no tomó esta ciudad, ataque militar mediante, fue por el celo de sus habitantes.

Debido el gran poder adquirido por el II Conde de Alba, la nobleza castellana, celosa, instó al Rey en 1472 a que si quería alcanzar un acuerdo de paz duradero le arrebatara las tierras del sur de la Sierra de Gredos. No en vano, la decisión de Enrique «el Impotente», recogida en el tratado de los Toros de Guisando, buscaba ser ecuánime –posiblemente así evitó una nueva guerra civil– e incluía la renuncia de García Álvarez de Toledo a algunas de sus tierras a cambio del rango de duque y de los derechos sobre Coria (en Cáceres).

El I Duque de Alba falleció en 1488, no sin antes sacudirse parcialmente su fama de hombre codicioso y solo interesado en agrandar la fortuna familiar. A pesar de su intermitente lealtad hacia Enrique IV, fue uno de los nobles del reino que asistieron al enlace entre Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, posiblemente porque era primo del futuro Rey Católico. Con el fallecimiento de Enrique IV, se convirtió uno de los principales aliados de los Reyes Católicos en la Guerra de Sucesión castellana y prestó su talento militar en la batalla de Toro en 1476. Esta victoria sobre los «juanistas» (los seguidores de Juana la Beltraneja, la supuesta hija de Enrique «el Impotente») permitió a los Reyes Católicos asegurar definitivamente el trono de Castilla y la unión dinástica con Aragón. Durante los años siguientes, el día de la victoria fue conmemorado en Alba de Tormes con desfiles y corridas de toros.

Su hijo Fadrique –segundo Duque de Alba– también apoyó sin la menor quiebra a los Reyes Católicos y fue uno de los amigos más cercanos de Fernando «el Católico». Sus habilidades como general, sobre todo en lo que hoy podría llamarse contrainsurgencia, superaron incluso a las de su padre. El noble castellano participó del asedio a Granada y en 1514 se alzó como el conquistador de Navarra para el Rey Fernando. Y cuando la mayoría de nobles se unieron a Felipe «el Hermoso» en su lucha por el trono, Fadrique fue de los pocos que se mantuvo fiel al monarca aragonés, y fue quien años después «cerró sus ojos muertos». Una lealtad inquebrantable y clara que contrastó con la elasticidad política de su padre.

Cuando la batalla de Lepanto popularizó el uso del Santo Rosario


ABC.es

  • Aunque ya existía como práctica religiosa desde la Edad Media, la celebración posterior a la victoria naval encabezada por el Imperio español instauró la fiesta anual al rezo del Rosario
Cuando la batalla de Lepanto popularizó el uso del Santo Rosario

Wikipedia | Visión del Papa Pío V de la victoria de Lepanto

La victoria del bando cristiano, encabezado por el Imperio español, sobre la flota turca en el golfo de Lepanto desató la euforia en Roma. La flota del Imperio otomano parecía ahora menos imbatible, y el Papa Pío V –máximo valedor de la empresa– estaba empeñado en que la Cristiandad jamás lo olvidara. Como la batalla había tenido lugar el primer domingo de octubre, la victoria fue atribuida a la «Virgen del Rosario». Y a partir de esta fecha, el rezo del Rosario se popularizó entre las masas.

Según distintos relatos, mientras la batalla transcurría, el Papa Pío V aguardaba recitando en Roma el Rosario. Durante el rezo, el Papa salió de su capilla y, por aparente inspiración, anunció a todos los presentes y con gran calma que la Santísima Virgen le había concedido la victoria a los cristianos. Así, todos los 7 de octubre la Iglesia católica celebra una fiesta al rezo del Rosario, ya que se atribuyó la victoria directamente a la intercesión de la Virgen María.

La festividad se llamó en su origen «Nuestra Señora de las Victorias», pero el Papa Gregorio XIII modificó el nombre de la solemnidad por el de «Nuestra Señora del Rosario».

El Rosario (del latín rosarium «rosal») es un rezo tradicional católico que conmemora los veinte «misterios» de la vida de Jesucristo y de la Virgen María, recitando después de cada uno de ellos un padrenuestro, diez avemarías y un «gloria Patri». No en vano, su práctica se remonta al año 800, cuando se instauró para permitir a los cristianos que no sabían leer una forma sencilla de recitar avemarías. Aunque su uso se perdió a finales de la Edad Media, el beato Alano de la Roca se encargó de recuperar el rezo en Colonia (Alemania) durante el siglo XV.

Y tras la batalla de Lepanto, la Cristiandad –en especial los países del sur de Europa– adoptó en masa el rezo del Rosario. La demostración de su auge fueron los rosarios públicos que surgieron en Sevilla en 1690 y que se extendieron muy pronto por España y sus colonias americanas. En Sevilla llegó a haber en el siglo XVIII más de 150 cortejos que diariamente hacían su estación por las calles rezando y cantando las avemarías y los misterios. Los domingos y festivos salían de madrugada o a la aurora. Al principio eran masculinos, pero ya en el primer tercio del XVIII aparecieron los primeros Rosarios de mujeres que salían los festivos por la tarde.

Batalla de Lepanto, el zarpazo a los turcos

Las notas de la Edad Media


El Mundo

  • La BNE expone parte de su colección de libros litúrgicos y códices medievales

Dos cantorales iluminados de los Reyes Católicos.

La Biblioteca Nacional ha reordenado su trastero y, tras limpiar el polvo, se ha encontrado un manuscrito de ‘El canto de la Sibilia‘. El documento que data del siglo XV fue utilizado durante cien años en muchas de sus variantes. El que la Biblioteca Nacional ha descubierto, suelto dentro de un cantoral, es la primera interpretación en castellano que se conoce y muy similar al canto interpretado en la Catedral de Toledo durante los siglos XV y XVI. “Se trata de una representación dramática de carácter litúrgico muy antigua, que aúna tradiciones paganas y cristianas”, comenta José Carlos Gosálvez, comisario de la exposición ‘Cantorales. Libros de música litúrgica en la BNE‘.

En la Península fue muy utilizado en parte de la Baja de Edad Media aunque ese carácter pagano provocó que el Concilio de Trento lo prohibiera en la segunda mitad del XVI, momento en el que desapareció de todos los lugares a excepción de la catedral de Palma y otras localidades mallorquinas. “Se conservan algunas versiones en latín y catalán, nuestro manuscrito es probablemente de origen toledano y tiene el enorme valor de ser fuente única, tanto el texto en castellano como la música”.

Detalle de uno de los cantorales.

El manuscrito se exhibe desde hoy junto a un conjunto de cantorales que la BNE lleva tres años restaurando, catalogando y datando en cooperación con la Universidad de Alcalá de Henares. “Se encontraban en nidos, en fondos que perdieron su vigencia y han permanecido mucho tiempo durmiendo”, comenta Gosálvez. Aunque, claramente, el más relevante es ‘El canto de la Sibilia’, dentro de esta colección también se encuentran dos cantorales que se realizaron por encargo de los Reyes Católicos, y de los que ha perdurado su decoración riquísima. “Las investigaciones los han situado en el monasterio de San Juan de los Reyes, un convento fundado en 1477 por Isabel y Fernando”.

La mayoría de estos libros litúrgicos llegaron hasta las manos de la institución a través de las desamortizaciones del s.XIX, como el decreto de Álvarez de Mendizábal de 1830 o el de Ruiz Zorrilla de 1889. “Identificar su procedencia es muy difícil, salvo en contadas ocasiones sólo incluyen información de su texto litúrgico y musical”, asegura Gosálvez. Son publicaciones escritas a mano y la mayoría de ellos sobre pergamino, un material que resiste el paso del tiempo. Algunos de ellos miden 90 centímetros de largo y pueden llegar a pesar hasta 30 kilos. “Son tan grandes que era imposible su impresión, se leían en grupo y desde cierta distancia en un época en la que el uso de las gafas era minoritario”.

Del centenar de libros musicales que son parte del patrimonio de la BNE, se exhibe ahora una muestra representativa. Los más antiguos datan del siglo XI, cuando ingresaron los cantos gregorianos en España, y los más recientes fueron elaborados en el siglo XIX. Sin embargo, no hay grandes diferencias entre ellos. Son la muestra de una tradición que se mantuvo casi inalterada a lo largo de ocho siglos.