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El Mundo

Recreación de un asteroide acercándose a la Tierra. NASA

Fue bautizado como 2014 JO25, tiene 650 metros de diámetro y fue descubierto por el Mount Lemmon Survey en mayo de 2014.

Se trata del asteroide de este tamaño que más se acerca al planeta Tierra en los últimos 13 años ya que se aproximará a la Tierra a una distancia aproximada de 4,6 distancias lunares el próximo 19 de abril. Cada distancia lunar corresponde a algo más de 384.000 kilómetros, la distancia entre la Tierra y su satélite, por lo que el asteroide pasará a unos 1,8 millones de kilómetros del planeta azul.

Este acercamiento es el más próximo de un asteroide, al menos de este tamaño o similar, desde el encuentro con 4179 Toutatis, que pasó a cuatro distancias lunares en septiembre de 2004, según el radar Goldstone de la NASA. El siguiente acercamiento previsto de un objeto con un diámetro mayor o igual a éste tendrá lugar cuando el asteroide 1999 AN10, de 800 metros de diámetro, se aproxime a una distancia lunar en agosto de este año.

El asteroide 2014 JO25 estará cerca del Sol hasta el próximo 19 de abril, momento en que se encontrará en una situación favorable para las observaciones y, a partir de entonces, se convertirá en uno de los principales objetivos del radar de asteroides durante este año. Debido a su cercanía al Sol, no se espera conocer su periodo de rotación antes de las observaciones del radar.

Los astrónomos calculan que este asteroide no se ha aproximado tanto a la Tierra desde hace, al menos, 400 años. Y no hay conocimiento de futuras aproximaciones tan cercanas como ésta hasta el año 2500.

A pesar de haber sido clasificado como un “Asteroide Potencialmente Peligroso” por el Minor Planet Center, no hay motivos para la alarma porque no hay riesgo de choque con la Tierra. Y es que este centro estadounidense califica bajo este nombre a todos los cometas o asteroides cercanos a la Tierra con una órbita tal que tiene potencial para acercarse a ésta y un tamaño suficiente como para causar daños significativos en caso de impacto. Además, se considera que los asteroides pertenecientes a esta lista no suponen una amenaza para la Tierra en los próximos 100 años o más. La última actualización de esta lista, en marzo de 2017, incluye a 1.786 asteroides.


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  • Probablemente, un cascarón cubría toda la superficie antes de que hubiera tectónica de placas
Las placas tectónicas, en la actualidad - USGS

Las placas tectónicas, en la actualidad – USGS

En la actualidad, los continentes de la Tierra están a la deriva sobre las placas tectónicas, unos bloques inmensos y perezosos que se deslizan lentamente por el globo. Su movimiento genera terremotos y cordilleras, amplía la extensión de los fondos marinos y permite el nacimiento de volcanes. Pero desde hace muchos años los geólogos se preguntan cómo empezó todo. Si desde que la Tierra nació estuvo recorrida por placas, o si hubo un periodo de calma en el que la superficie era más rígida que hoy.

Es difícil obtener una respuesta clara 4.500 millones de años después de la formación del planeta. Pero los geólogos han podido estudiar en Australia algunas de las rocas más antiguas que existen, con una edad de 3.500 millones de años, para tratar de encontrar pistas sobre qué ocurrió en los orígenes. En un artículo publicado en Nature este lunes, los científicos han concluido que, probablemente, al principio no había placas tectónicas. En primer lugar se formó un caparazón rígido que cubrió todo el planeta, pero después este se fragmentó y permitió el nacimiento de la tectónica.

«Nuestra investigación apoya la hipótesis de que la corteza continental se formó a partir de un “techo inactivo” al comienzo de la historia de la Tierra», ha explicado en un comunicado Michael Brown, profesor de geología en la Universidad de Maryland (Estados Unidos) y coautor del estudio.

Esta investigación no cierra el interrogante sobre los orígenes de la tectónica de placas, pero refuerza la hipótesis de que hubo un gran escudo de corteza cubriendo todo el planeta.

Para llegar a esas conclusiones, los investigadores fueron al cratón de Pilbara, uno de los dos lugares del mundo donde se pueden encontrar las rocas más antiguas. La región se encuentra al noroeste de Australia, y junto al cratón de Kaapvaal, permite obtener muestras de rocas que pertenecen al eón Arcaico, con una antigüedad de hasta 3.600 millones de años.

Allí recogieron unos granitos que pueden servir como un registro de la actividad tectónica, porque se suelen formar en arcos volcánicos, unos alineamientos de volcanes que se forman en los límites de las placas tectónicas. Además, analizaron unos basaltos de la formación de Coucal, junto al cratón de Pilbara. Estas rocas se forman en las erupciones de los volcanes y en los suelos oceánicos, que son a su vez las regiones donde la corteza de la Tierra crece bajo el océano gracias a la actividad de las dorsales oceánicas.

El motivo por el que estudiaron ambos tipos de rocas es que se suele considerar que ambos tipos de rocas están relacionados, y que se generan a causa de la tectónica de placas. Pero Brown y su equipo trataron de encontrar alguna explicación alternativa, para así sugerir la posibilidad de que en una etapa temprana de la vida del planeta no hubiera actividad tectónica.

Los investigadores analizaron los basaltos, y averiguaron cómo se comportarían a unas temperaturas y presiones muy elevadas, teniendo en cuenta su composición química. Gracias a esto, averiguaron que los granitos de Pilbara podrían haberse formado perfectamente a partir de los basaltos de Coucal, en un escenario donde en vez de placas, la Tierra completa hubiera estado cubierta por un caparazón de roca.

En ese escenario, la corteza habría estado muy caliente y a baja presión a pocas profundidades. Pues bien, al analizar los granitos y los basaltos, los científicos observaron que ambos parecían haberse formado justo bajo esas condiciones.

Por eso, han concluido que los granitos de Pilbara se formaron tras la fusión de los basaltos de Coucal en un entorno donde la temperatura aumentaba mucho con pocas diferencias de profundidad. Por eso, Brown y su equipo han concluido que los primeros continentes se formaron después de que se fracturase una gran coraza global de corteza.


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  • Nuestro planeta se sitúa en su punto más cercano al Sol y se moverá 7.000 kilómetros por hora más rápido
  • El Sol presentará su máximo diámetro aparente visto desde la Tierra

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A principios de año, la Tierra pasa por el punto de su órbita más cercano al Sol, conocido como perihelio. Este año este acontecimiento tendrá lugar mañana, día 4 de enero, a las 11:59 hora peninsular (10:59 Tiempo Universal). La Tierra y el Sol distarán entonces 147,1 millones de kilómetros, unos cinco millones menos que en su posición más alejada, que tiene lugar a principios de julio y se denomina afelio.

Esta “cercanía” al Sol tiene varias consecuencias. Por un lado, el Sol presentará su máximo diámetro aparente visto desde la Tierra. Y, por otro, la Tierraalcanzará la máxima velocidad en su órbita. Concretamente se desplazará a 30,75 kilómetros por segundo (110.700 kilómetros a la hora). Dos kilómetros por segundo más más rápido que en el punto de su órbita más alejado del sol, lo que equivale a 7.164 kilómetros por hora más rápido. Como media, la Tierra se mueve a 107.280 kilómetros por hora.

El primero en darse cuenta de este fenómeno fue el matemático y astrónomo alemán Johannes Kepler. Gracias a las notas de uno de sus maestros, el astrónomo danés Tycho Brahe, el observador más importante del cielo antes de la invención del telescopio, Kepler se dio cuenta de que la órbita que describe la Tierra alrededor del sol no es circular, sino ligeramente elíptica. Esto le llevó a definir la que hoy se conoce como primera ley de Kepler: “Los planetas describen órbitas elípticas alrededor del Sol, que ocupa uno de los focos de la elipse”.

También había observado que la velocidad de la tierra al recorrer su órbita varia. Y lo plasmó en la segunda ley de Kepler: “Cada planeta se mueve de tal manera que la recta imaginaria que le une al centro del Sol (denominada radio vector) barre áreas iguales en tiempos iguales”. El planeta, cuando está más cerca del sol, debe recorrer una distancia mayor y su velocidad aumenta. Durante todo el invierno en el hemisferio norte (verano en el sur), cuando la Tierra y el Sol están más próximos, la velocidad a la que viaja nuestro planeta es mayor. Y el máximo se produce durante el perihelio.

Aunque Kepler enunció las leyes de los movimientos de los planetas, desconocía qué fuerza los obligaba a cumplirlas. Newton, basándose en las observaciones Tycho Brahe, Galileo y Kepler, dio con la causa: la gravedad. Y es su segunda ley la que explica por qué la tierra va a hora más rápido: “La fuerza de atracción entre dos cuerpos de masas separados una distancia r es proporcional al producto de sus masas e inversamente proporcional al cuadrado de la distancia“. Es decir, cuanto menor sea la distancia al Sol, mayor será la fuerza de gravedad y por tanto la velocidad a la que se desplaza un planeta.

¿Por qué hay estaciones?

¿Y si estamos más cerca del Sol, por qué es invierno? Dos cosas determinan la cantidad de calor del sol que recibe un planeta. La excentricidad de su órbita y la inclinación de su eje. La excentricidad define cuánto se aparta la órbita de un circulo. La Tierra sigue una órbita casi circular, así que las estaciones vienen determinadas exclusivamente por la inclinación de su eje, que a su vez determina la inclinación con que los rayos solares llegan a la Tierra.

El eje de rotación de nuestro planeta está inclinado unos 23,5 grados con respecto a la perpendicular del plano de la órbita que describe alrededor del Sol (plano de la eclíptica). Cuanto más perpendiculares incidan los rayos del Sol, menor será el calor que se disipe al atravesar la atmósfera terrestre y será la estación más cálida. En los meses próximos el perihelio (de diciembre a marzo), es el hemisferio Sur el que está inclinado hacia el Sol y allí será verano, mientras en el Norte será invierno.

Para que luego digan que la Física no tiene aplicaciones prácticas…


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  • Es el resto más primitivo de una bacteria oxidadora del azufre, un grupo que vivió antes de que hubiera oxígeno en la atmósfera
  • Son los organismos conocidos más antiguos que vivieron en aguas oscuras y profundas. Existieron hace 2.500 millones de años, mucho antes de que aparecieran las plantas y los árboles
 Estas bacterias eran grandes, esféricas y con un aspecto diferente al de las bacterias actuales - Andrew Czaja

Estas bacterias eran grandes, esféricas y con un aspecto diferente al de las bacterias actuales – Andrew Czaja

Hace unos 2.500 millones en la Tierra ocurrió un evento que cambió para siempre la vida en el planeta. Con la llamada «Crisis del Oxígeno», el que era un gas residual generado por microorganismos fotosintéticos acabó provocando una extinción masiva de especies al acumularse en la atmósfera, puesto que era un elemento tóxico para muchos seres vivos. Esto fue el fin para la mayoría, pero también fue la oportunidad para que otros seres capaces de aprovechar el oxígeno dominaran la Tierra.

De aquella tragedia quedan testigos mudos en forma de rocas. Son sobre todo los llamados estromatolitos, unas formaciones fosilizadas creadas por el crecimiento en capas de microorganismos que vivieron hace más de 3.500 millones de años. Pues bien, desde este martes, un estudio publicado en la revista «Geology» asegura haber encontrado los restos de unas bacterias que vivieron en la Tierra justo antes de que ocurriera la «Crisis del Oxígeno», tal como ha informado Phys.org.

«Estos son los fósiles más antiguos de bacterias del azufre (usan este elemento como fuente de energía)», ha dicho Andrew Czaja, profesor de geología en la Universidad de Cincinnati y primer autor del estudio. «Y este descubrimiento nos ayuda a entender la diversidad de formas de vida y de ecosistemas que existieron justo antes del “Gran Evento de Oxidación”».

Según Czaja, estas bacterias eran grandes, esféricas y con un aspecto diferente al de las bacterias actuales, pero similar al de organismos unicelulares que viven hoy en día en aguas profundas, ricas en azufre y pobres en oxígeno. Al parecer, fueron abundantes en las aguas profundas de los océanos hace entre 2.500 o 2.8oo millones de años.

Según creen los investigadores, se dedicaban a alimentarse de sulfuro de hidrógeno, una molécula que huele a huevo podrido. Eran capaces de robarles los electrones a esta molécula (a través de una oxidación) para obtener su energía, y en el proceso transformaban esos compuestos en sulfato (un gas que no huele a nada). Tal como ha dicho este investigador, además había otras bacterias que eran capaces de respirar este sulfato (se trata de las bacterias sulfatorreductoras). «El residuo de una era la comida para otra».

Hoy en día hay bacterias capaces de hacer reacciones químicas similares a aquellas en un «puñado» de lugares en los que no hay presencia de oxígeno, como pueden por ejemplo ser los sedimentos de algunas masas de agua o lugares donde se ha consumido temporalmente el oxígeno del agua.

Aprovechar la «comida» de los volcanes

«Aunque no puedo decir que estas bacterias primitivas fueran las mismas que las que hay hoy en día, tengo la conjetura de que hacían lo mismo que las bacterias actuales», ha opinado. «Estas bacterias tempranas probablemente consumían las moléculas que procedían de la disolución de minerales ricos en azufre que había en los océanos y que procedían de rocas erosionadas y lavadas de Tierra, o de restos volcánicos en los fondos».

Este tipo de procesos, entre otros, son los que hoy se consideran como un factor clave para poder encontrar vida en otros lugares del Sistema Solar en los que hay grandes masas de agua bajo la superficie, como es el caso de Europa, la luna de Júpiter, o Encélado, el satélite de Saturno.

Fósiles extremadamente antiguos

Estas bacterias del azufre primitivas fueron encontradas en las láminas de rocas de silicatos situadas en una región muy especial: el Cratón de Kaapvaal, una zona donde la corteza terrestre tiene 3.500 millones de años de antigüedad.

Según este estudio, estos fósiles se formaron en el lecho marino profundo que había en el supercontinente de Vaalbara, una antigua placa de la que hoy pueden encontrarse restos en el Sur de África y en Australia Occidental. Gracias la datación por radiometría y a análisis de isótopos, Czaja y su equipo concluyeron que estas bacterias del azufre vivieron al mismo tiempo que en la superficie otros microbios comenzaban a producir cantidades cada vez más exageradas de oxígeno a través de la fotosíntesis.

«Esos fósiles representan los organismos conocidos más antiguos que vivieron en aguas muy oscuras y profundas», ha añadido. «Existieron 2.000 millones de años antes que las plantas y los árboles, que evolucionaron hace 450 millones de años». Los científicos aún no se han puesto de acuerdo en relación con el momento en que aparecieron por primera vez las bacterias oxidadores del azufre, pero Czaja cree que definitivamente estos microbios estaban aquí hace 2.500 millones de años y que estaban haciendo algo importante.


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  • La cara oculta podría haber sido modelada por la colisión con un segundo satélite de la Tierra

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La cara oculta de la Luna podría haber sido modelada por la colisión con un segundo satélite de la Tierra, según acaba de revelar un estudio realizado por investigadores de la Universidad de California en Santa Cruz. Y eso podría explicar las sorprendentes diferencias entre las caras visible y oculta de la Luna, un misterio cuya solución se ha resistido durante décadas a los intentos de explicación de los científicos. La cara vista es, en efecto, notablemente plana, mientras que la oculta, con una corteza mucho más gruesa, está llena de colinas y montañas.

Ningún ser humano ha visitado aún la cara oculta de nuestro satélite. Allí, sin embargo, cerca del Polo Sur lunar, se encuentra la segunda mayor estructura de impacto de todo el Sistema Solar, solo superada por cuenca Borealis, de Marte. Se trata de la cuenca Aitken, con casi 2.500 km. de ancho y 13 km. de profundidad.

El nuevo estudio se basa en el modelo de “Impacto gigante” para el origen de la Luna, según el cual un objeto del tamaño del planeta Marte chocó contra la Tierra en algún momento de la juventud del Sistema Solar. La enorme cantidad de escombros y rocas lanzados al espacio por el colosal impacto terminaron uniéndose para formar la Luna. El estudio, sin embargo, sugiere que el mismo impacto contra la Tierra tambièn creó un segundo satélite, más pequeño, que al principio compartió órbita con la Luna, pero que terminó cayendo sobre ella y proporcionando así a una de sus caras una capa “extra” de corteza sólida de varias decenas de km. de grosor.

“Nuestro modelo -explica Erik Asphaugh, profesor de Ciencias Planetarias de la Universidad de California en Santa Cruz- funciona muy bien junto a los modelos de la formación de la Luna debido a un gran impacto, que predicen que tras la colisión debió de haber una cantidad realmente masiva de escombros alrededor de la Tierra, y más tarde alrededor de la Luna recién formada. Eso concuerda con lo que sabemos sobre la estabilidad dinámica de un sistema de esas características, sobre el tiempo que tardó la Luna en formarse y sobre la edad de las propias rocas lunares”.

Aspaugh, que junto a Martin Jutzi ya había realizado simulaciones informáticas sobre cómo pudo formarse la Luna tras la gigantesca colisión, afirma que la formación de otras “lunas compañeras” es un resultado bastante común de muchas de las simulaciones.

Lenta y sin cráter

En el estudio, Asphaug y Jutzi rizaron el rizo y utilizaron simulaciones del impacto de la Luna ya formada con un segundo satélite más pequeño (con cerca de un tercio de su masa) para estudiar la dinámica de esa colisión y rastrear la evolución y distribución del material lunar tras la catástrofe. El resultado fue que en las colisiones a baja velocidad, el impacto entre los dos satélites no llega a formar un cráter y tampoco hace que se funda una gran cantidad de roca. Sencillamente, la mayor parte del material impactante se acumula sobre el hemisferio que recibe la colisión y se convierte en una nueva capa de roca sólida, formando una región montañosa comparable en extensión con las elevaciones que realmente existen en la cara oculta de la Luna.

“Por supuesto -puntualiza Asphaug- los modeladores de impactos tratan de explicarlo todo con colisiones. Pero en este caso se requiere una colisión muy extraña: lenta, que no forme un cráter y que acumule todo el material en una sola cara. Y eso es algo nuevo en lo que pensar”.

La hipótesis de los investigadores es que la segunda luna quedó atrapada, al principio, en uno de los puntos Lagrange (en los que las gravedades de ambos cuerpos se equilibran) del sistema, pudiendo compartir así la órbita lunar durante un tiempo. Después, al alejarse la órbita lunar de la Tierra, el delicado equilibrio gravitatorio se rompió y las dos lunas chocaron.

“La colisión -afirma Jutzi- pudo haberse producido en cualquier lugar de la Luna. El cuerpo resultante estaba desequilibrado y tuvo que reorientarse de modo que una sola cara apunta siempre hacia la Tierra”.

El modelo explica también las variaciones que existen en la composición de la corteza lunar. En la cara vista, predomina un tipo de terreno relativamente rico en potasio, tierras raras y fósforo. Todos ellos, así como el torio y el uranio, debieron de concentrarse en el océano de magma que se mantuvo como roca fundida y que finalmente se solidificó bajo la gruesa corteza lunar.

En las simulaciones, la colisión aplasta, literalmente esta capa rica en potasio y fósforo en el hemisferio opuesto, preparando el escenario para el tipo de geología que hoy predomina en el lado más cercano de la Luna.


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  • Un extenso y detallado retrato de genes humanos de poblaciones normalmente no estudiadas ha permitido averiguar mucho más acerca de cómo el humano logró extenderse por todos los continentes desde África
  • Además ha permitido averiguar cómo los cambios climáticos del pasado se convirtieron en motor de las migraciones
 Dos grandes teorías enfrentadas reconstruyen el pasado del hombre. Una dice que una gran oleada salió de África, la otra sostiene que hubo varias - NATURE

Dos grandes teorías enfrentadas reconstruyen el pasado del hombre. Una dice que una gran oleada salió de África, la otra sostiene que hubo varias – NATURE

La historia recuerda que el viaje está grabado en los genes. La prueba es que hace decenas de miles de años los hombres abandonaron su hogar, en África, y caminaron por todos los continentes de la Tierra, sin detenerse jamás ante los glaciares, los desiertos, las montañas, o los océanos. Aquel apasionante viaje llevó a los humanos adonde están hoy, pero en muchos casos el fracaso hizo desaparecer pueblos enteros y solo dejó un triste testimonio de huesos.

Pero gracias a los avances que se están produciendo en las técnicas de secuenciación de genomas, los científicos pueden acceder cada vez mejor a las historias que quedaron grabadas en la biología del ser humano. Esto ha llevado a que este miércoles se hayan publicado cuatro artículos en la prestigiosa revista Nature en los que se trata de recordar cómo ocurrió aquello.

«Estos estudios llenan algunos huecos del puzzle de la historia humana», han escrito Serena Tucci y Joshua M. Akey en un artículo de análisis de las investigaciones presentadas en Nature. Gracias a un trabajo muy extenso con 270 poblaciones de todo el mundo, incluyendo a algunas que normalmente no han sido muy estudiadas, la diversidad genética de los grupos ha permitido descubrir nuevas cosas sobre el pasado del hombre.

Esto es importante, porque los científicos están sumidos actualmente en un intenso debate. Unos sostienen que hace unos 40.000-80.000 años los africanos dejaron atrás el continente y que desde allí se extendieron por el resto del mundo. Pero otros creen que hubo varias oleadas de migración: una primera, hace 120.000-130.000 años, que les permitió llegar a Asia y Australasia, caminando a través de la Península Arábiga y la India, y una segunda, que les permitió llegar a Europa y al Mediterráneo oriental más tarde.

Algunos investigadores creen que hubo al menos dos grandes migraciones desde África- NATURE

Algunos investigadores creen que hubo al menos dos grandes migraciones desde África- NATURE

El hecho de que un modelo y no otro sea el más cercano a la realidad, al final implica encontrar una explicación a cómo se mezclaron los genes humanos con sus parientes cercanos, los neandertales y los denisovanos. También permitiría entender si, efectivamente, los aborígenes australianos se separaron de los africanos antes que los pobladores de Eurasia, lo que significaría que estos tienen un origen más antiguo que el resto.

Además, uno y otro modelo de migraciones podrían ayudar a entender por qué la variabilidad genética de los humanos de algunas regiones fue menor a la de otros lugares (lo que es muy importante en el proceso de la evolución), o si hay algunos hombres actuales que representan mejor a sus ancestros que otros.

Los cuatro estudios presentados en Nature han hecho su pequeña contribución a la historia del hombre. La investigación dirigida por David Reich ha secuenciado el genoma de 300 personas de 142 poblaciones normalmente no muy estudiadas en estudios de variación humana. Han apoyado la idea de que hubo una gran oleada migratoria desde África, y que la población que dio lugar a los humanos de hoy en día dejó el continente hace unos 200.000 años. Además, sostienen que desde entonces la tasa de mutación auementó en un 5 por ciento entre los no africanos.

Por su parte, el equipo de Eske Willerslev ha secuenciado los genomas de 83 aborígenes australianos y de 25 personas de las tierras altas de Papúa Nueva Guinea. Esto, que de por sí solo ya les ha permitido convertirse en el estudio más importante de los genomas de esta poblaciones australianas, sugiere que los aborígenes ocuparon el continente durante mucho tiempo. Y que sus orígenes son más antiguos que los de los demás pobladores actuales.

La investigación de Luca Pagani y Mait Metspalu, estudió 379 genomas de 125 poblaciones, sobre todo europeas, y descubrió que al menos el 2 por ciento de los genes de los papuanos modernos proviene de un ancestro que se separó de África antes que los euroasiáticos. Esto apoya la idea de que hubo varias oleadas de humanos saliendo de África, y la antigua procedencia de los aborígenes.

El papel de los cambios climáticos

Además, una investigación dirigida por Axel Timmermann y Tobias Friedrich ha establecido un vínculo directo entre varios cambios climáticos pasados y un conjunto de oleadas migratorias que salieron de África hace unos 125.000 años (por lo que apoyan también la idea de que hubo varias migraciones). Según su modelo, varias glaciaciones provocaron migraciones a través de la península arábiga y el Mediterráneo oriental. Además, su trabajo apoya la idea de que el humano llegó al mismo tiempo al sur de China y a Europa, hace unos 80.000 años.

Tal como ha aclarado esta investigación, aunque no resulta sencillo relacionar el clima pasado con el humano pretérito, hay casos en los que este vínculo es claro. Por ejemplo, hace unos 12.000-5.000 años el actual desierto del Sáhara estaba cubierto de vegetación, bosques, lagos y ríos. Por eso en la región se han encontrado restos de actividad humana hasta hace unos 5.000 años, momento en el que los cambios en la órbita de la Tierra trastocaron el régimen de lluvias de la zona.

Parece claro que los genes son poderosas herramientas para acercarse al pasado del hombre. Pero tienen sus límites. No se puede olvidar la complejidad de la historia humana, reflejada en la diversidad de lenguas, restos arqueológicos y linajes genéticos encontrados hoy en día. Solo una ciencia armada con muchas disciplinas, como la arqueología, la antropología, la genética y la climatología, puede tratar de entender el pasado del hombre. Ese gran viajero que caminó por todos los continentes.


El Pais

  • La inteligente decisión de una archivista permitió revisitar y mejorar esa imagen décadas después

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El 14 de agosto de 1966, la Lunar Orbiter I se convertía en la primera sonda de la NASA en entrar en órbita alrededor de la Luna. Su objetivo era fotografiar la superficie de ésta para ayudar a escoger lugares de aterrizaje para las misiones Surveyor y Apolo, así como medir la radiación y los impactos de micrometeoritos, tanto durante su viaje como una vez en órbita; también estaba equipada para medir el campo gravitatorio de la Luna.

La misión fue un éxito, pero si es recordada por algo es por la foto de la Tierra vista desde la Luna que tomó el 23 de agosto; era la primera vez que veíamos nuestro planeta desde allí.

La imagen fue bastante popular, aunque pronto quedó eclipsada por otras como Earthrise, una foto hecha por la tripulación del Apolo 8 en 1968 en la que se puede ver una toma parecida de nuestro planeta, pero en color.

Sin embargo. esta primera foto de nuestro planeta desde la Luna recibió una inyección de juventud gracias al Lunar Orbiter Image Recovery Project, el Proyecto Para Recuperación de Imágenes de los Lunar Orbiter, o LOIRP.

Creado a mediados de los 2000 por un grupo de entusiastas que incluye antiguos empleados de la NASA, y con la ayuda de ésta y de algunas empresas que trabajan con ella, su objetivo era digitalizar las cintas que contenían las imágenes obtenidas por las cinco Lunar Orbiter para procesarlas los programas de ordenador adecuados para extraer la mejor calidad posible de imagen de aquellos datos.

Y es que la tecnología de losa ños 60 no permitía más que pasar las imágenes almacenadas en cintas magnéticas a película fotografiando una pantalla, un proceso totalmente analógico que implicaba pérdida de calidad.

Fue una tarea muy complicada, ya que las cintas sólo eran compatibles con lectores Ampex FR-900, de los que se habían fabricado relativamente pocas unidades. Además, de los cuatro a los que tenían acceso ninguno funcionaba, y como apenas tenían documentación acerca de ellos repararlos era una tarea casi imposible.

Afortunadamente, tras unos años de búsqueda, el equipo del proyecto dio con un montón de información acerca de los FR–900 que había sido guardada por uno de los directores de ingeniería de Ampex, ya jubilado, lo que finalmente les permitió, con mucho esfuerzo, reconstruir uno a partir de las piezas de los cuatro que tenían y demostrar la viabilidad del proyecto.

Los resultados fueron impresionantes, con una mejora en la calidad de imagen que salta a la vista que incluye muchos más matices de gris y unas dos veces la resolución de las imágenes disponibles hasta entonces, lo que les permitió reunir financiación para poner en marcha otro de los lectores.

Trabajando, literalmente, en un McDonalds recién cerrado que tenía las instalaciones necesarias para montar los equipos –entre ellas aire acondicionado– el LOIRP logró así rescatar 109 de las 204 imágenes enviadas por las Lunar Orbiter, imágenes que ahora están disponibles en Internet.

Estas imágenes no son sólo interesantes desde el punto de vista estético sino también desde el científico, ya que permiten estudiar la evolución de la superficie de la Luna a lo largo de estos 50 años.

Conservar los datos que se obtienen de cualquier misión espacial es algo que parece obvio, y de hecho es habitual que se vuelva a trabajar sobre ellos para obtener nuevos o mejores resultados con nuevas técnicas de análisis o para comprobar los que ya se tienen.

Pero si los datos de las Lunar Orbiter están ahí es porque ,en 1986, la archivista del Jet Propulsion Laboratory Nancy Perkins decidió que no podía permitir que se borraran las 1500 cintas en las que estaban almacenadas las imágenes y que había que conservarlas. De hecho, ella fue la primera que propuso digitalizarlas, aunque en su momento el proyecto no consiguió la financiación necesaria y no llegó ni a arrancar.

Peor suerte corrieron las cintas en las que la NASA grabó los vídeos originales del primer paseo espacial del hombre por la Luna. Tras años de búsqueda infructuosa la agencia tuvo que admitir en 2009 que probablemente esas cintas formaron parte de un lote de 200000 cintas que fueron borradas y reutilizadas para ahorrar dinero.

Una decisión difícilmente justificable ante la importancia histórica de las imágenes que contenían y que hace que tengamos que contentarnos para siempre con imágenes obtenidas de enfocar una cámara de vídeo al monitor en el que se veía la señal retransmitida desde la Luna.

 


ABC.es

  • Un pequeño asteroide gira alrededor de nuestro planeta y permanecerá así durante siglos. Lo astrónomos hablan de un «cuasi-satélite»
 El asteroide 2016 HO3 tiene una órbita alrededor del Sol que lo mantiene como un compañero constante de la Tierra - NASA/JPL-Caltech

El asteroide 2016 HO3 tiene una órbita alrededor del Sol que lo mantiene como un compañero constante de la Tierra – NASA/JPL-Caltech

Astrónomos han descubierto un pequeño asteroide en una órbita alrededor del Sol que se ha convertido en un compañero constante de la Tierra, y lo seguirá siendo en los próximos siglos.

La roca, denominada 2016 HO3, fue vista por primera vez el 27 de abril de 2016, por el telescopio PanSTARRS 1 de rastreo de asteroides en Haleakala, Hawái. Su tamaño todavía no se ha establecido firmemente, pero es probable que sea mayor de 40 metros y menor de 100. Al hacer su órbita alrededor del Sol, este nuevo asteroide también parece dar la vuelta alrededor de nuestro planeta. Está demasiado lejos para ser considerado un verdadero satélite, como nuestra Luna, pero es el mejor y más estable ejemplo hasta la fecha de un compañero cercano a la Tierra o «cuasi-satélite».

«2016 HO3 gira alrededor de nuestro planeta y nunca se aventura muy lejos, ya que ambos cuerpos giran alrededor del Sol, por lo que nos referimos a él como un cuasi-satélite de la Tierra», dice Paul Chodas, del Centro de Objetos Cercanos a la Tierra (NEO) en el Laboratorio de Propulsión a Chorro (JPL) de la NASA en Pasadena, California. «Otro asteroide –2003 YN107– siguió un patrón orbital similar durante un tiempo hace más de 10 años, pero ya se ha desviado de nuestra vecindad. Este nuevo asteroide está mucho más estancado. Nuestros cálculos indican que HO3 2016 ha sido un cuasi-satélite estable de la Tierra durante casi un siglo, y continuará siguiendo este patrón como compañero de la Tierra en los siglos venideros.

En su viaje anual alrededor del Sol, el asteroide 2016 HO3 pasa la mitad del tiempo más cerca de nuestra estrella que de la Tierra. Su órbita está un poco inclinada, haciendo que vaya hacia arriba y luego hacia abajo una vez al año a través del plano orbital de la Tierra. En efecto, este pequeño asteroide se ve atrapado en un juego de «salto de la rana» con la Tierra que va a durar cientos de años.

La órbita del asteroide también experimenta un giro lento hacia atrás y hacia adelante a través de múltiples décadas. «El asteroide gira alrededor de la Tierra un poco por delante o por detrás de año en año, pero cuando va demasiado hacia delante o hacia atrás, la gravedad de la Tierra es lo suficientemente fuerte como para revertir la tendencia y atrapa al asteroide, de modo que nunca se pasea más lejos de unas cien veces la distancia de la Luna», explica Chodas. «El mismo efecto también evita que el asteroide se acerque mucho más de aproximadamente 38 veces la distancia de la Luna. En efecto, este pequeño asteroide se ve atrapado en un pequeño baile con la Tierra».

 


El Mundo

Los ojos de los astrónomos están puestos en Pan STARRS y 252P/Linear, los cometas que más se acercarán a la Tierra desde 1770. Ambos alcanzarán su perigeo -máximo acercamiento a nuestro planeta- las noches del 21 y 22 de marzo, descubriendo la relación que mantienen entre ellos. Se sospecha que los cometas tienen un origen común porque presentan órbitas casi idénticas y parecido periodo: 5,25 años y 5,32 respectivamente, según las observaciones de los astrónomos de la Universidad de Maryland, Michael Kelley y Matthen Knight.

Paso del cometa 'Catalina' por el cielo del Observatorio del Teide el pasado 17 de enero. J. CASADO/IAC

Paso del cometa ‘Catalina’ por el cielo del Observatorio del Teide el pasado 17 de enero. J. CASADO/IAC

El Instituto de Astrofísica de Canarias explica en un comunicado que PanSTARRS pasará el martes 22 a las 17.00 (hora peninsular española) a sólo nueve distancias lunares, es decir, 3,5 millones de kilómetros. Un día antes, el 21 marzo a las 16.30 (hora peninsular española) su compañero de viaje, el cometa 252P/Linear ha alcanzado su perigeo orbital a 13 distancias lunares. Debemos remontarnos al año 1770 para encontrar un cometa -en ese caso Lexell- que se acerque tanto a nuestro planeta como PanSTARRS.

Durante su máxima aproximación, que no supone ninguna amenaza para la Tierra, PanSTARRS se observará tanto con telescopios ópticos como con radiotelescopios, con el objetivo de averiguar las principales características de su núcleo. El telescopio espacial Hubble también ayudará a despejar incógnitas. Las observaciones de los cometas, en la aproximación a la Tierra, nos ayudarán a determinar si están relacionados entre sí, si bien lo más plausible es que PanSTARRS sea un fragmento de Linear y, por tanto, no se descarta que puedan aparecer más “compañeros” en la misma órbita.

Con los telescopios ópticos del Observatorio del Teide se realizará un seguimiento de los cometas. Los cielos limpios de Canarias permitieron contemplar el espectáculo que ofreció Lovejoy a finales del año 2014 y Catalina hace unos meses. Ahora, se espera la visita de la pareja PanSTARRS y Linear de forma fugaz durante las dos últimas semanas de marzo.

PanSTARRS, fue descubierto el 21 de enero de 2016 por el programa de rastreo de asteroides y cometas Panstarrs (Panoramic Survey Telescope & Rapid Response System, Hawai, USA). Al principio fue catalogado como un asteroide. Fue el astrónomo ruso Denis Denisenko el que se percató que la órbita de Panstarrs era similar al cometa 252/Linear descubierto en el año 2000. Panstarrs pasó de asteroide a cometa con “acompañante”.

Un cometa es un objeto de nuestro Sistema Solar compuesto, principalmente, por hielo y polvo, por lo que se les conoce como «bolas de nieve sucia». Los cometas se mueven alrededor del Sol siguiendo órbitas muy elípticas, con periodos -tiempo que tardan en dar una vuelta alrededor del Sol- que van de unos pocos a cientos de miles de años. Cuando se acercan al Sol (perihelio), el calor derrite los hielos cometarios, desprendiendo gases y partículas de polvo que forman la cola o colas del cometa que puede medir más de un millón de kilómetros.

La parte sólida de un cometa es el núcleo, con tamaños entre 10km a 40km. La mayor parte de los cometas provienen de la Nube de Oort -nube esférica situada a una distancia aproximada de 1 año-luz del Sol- aunque algunos también tienen su origen en el Cinturón de Kuiper – disco de materia situado entre 7.500-15.000 millones de kilómetros del Sol- y suelen ser de corto periodo (menor de 200 años).

Debido a perturbaciones gravitatorias de los planetas gigantes (Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno), los cometas del Cinturón de Kuiper pueden “caer” al sistema solar interior formando familias. Los cometas de la familia de Júpiter -llamados así debido a que están bajo el influjo gravitatorio del planeta gigante- tienen periodos orbitales cortos (por debajo de los 20 años) y las inclinaciones de sus órbitas son bajas (el plano orbital de los cometas está cercano a la eclíptica). Uno de los más famosos es el cometa 67P/Churyumov-Gerasimenko que en estos momentos está siendo estudiado por la misión europea Rosetta.

Desde el punto de vista astronómico el estudio de los cometas es muy interesante pues son fósiles de la formación de nuestro Sistema Solar y, por tanto, contienen información de la génesis de los sistemas planetarios. Si además, el cometa proviene de la Nube de Oort (como es el caso del cometa Catalina) el interés científico es mayor pues suelen ser cometas nuevos que contienen material primigenio y sin procesar de la nube original (nebulosa solar) que formó nuestro Sistema Solar.


El Mundo

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Llegamos al final del invierno en el Hemisferio Norte. La primavera en este hemisferio comenzará el domingo 20 de marzo a las 4h30m, hora peninsular, 3h30m en Canarias. Naturalmente, en ese mismo momento, comenzará el otoño en el Hemisferio Austral. Esta estación durará 92 días y 18 horas y finalizará el 21 de junio con la entrada del verano en el Norte y del invierno en el Sur. En los equinoccios, el día tiene una duración muy aproximadamente igual a la de la noche: 12 horas. Entonces, los dos polos de la Tierra están a la misma distancia del Sol y sólo una mitad exacta de la Tierra está iluminada. En esos días de los equinoccios el Sol nace exactamente por el punto Este y se pone exactamente por el punto Oeste. En los polos terrestres el día del equinoccio es muy especial. En el Polo Norte se pasa de un periodo de 6 meses de noche a un periodo de 6 meses de día. Allí, el día 20, el Sol aparecerá después de 6 meses de noche, será visible durante 12 horas como medio disco rasante sobre el horizonte, y no volverá a esconderse hasta el equinoccio de otoño.

Además, en este mes tendrá lugar el cambio al horario de verano que, como es habitual y de acuerdo con las directrices europeas, se realiza en la madrugada del último domingo de marzo. A las 2 horas de la madrugada, hora peninsular, del domingo 27 deberemos adelantar todos nuestros relojes para ponerlos a las 3h. El día 27 será, por tanto, especialmente corto pues tendrá oficialmente 23 horas.

El plenilunio tendrá lugar el 23 de marzo con nuestro satélite en Virgo. Esta luna llena, la última del invierno, se suele llamar ‘Luna de la Cuaresma’, ‘Luna del cuervo’ o ‘Luna de la savia’. El novilunio tendrá lugar el día 9 en la constelación de Acuario. El perigeo (posición de mínima distancia Tierra-Luna) tendrá lugar el día 10 con la Luna a 359.521 kilómetros de la Tierra, y el apogeo (máxima distancia) el día 25, con nuestro satélite a 406.109 kilómetros de la Tierra.

El día 8 Júpiter se encontrará en oposición. Esto significa que Júpiter, la Tierra y el Sol se situarán sobre la misma línea recta. En esta configuración, Júpiter se encuentra lo más cerca posible de nuestro planeta, pero, aún así, su distancia supera los 660 millones de kilómetros. Ese día, el gigante gaseoso se levantará según se acueste el Sol y atravesará la bóveda celeste para acostarse al amanecer. En la mitad de la noche se encontrará a unos 50 grados de elevación en condiciones inmejorables para su observación desde España. Con unos buenos prismáticos o un pequeño telescopio será posible observar sus características bandas nubosas, su gran mancha roja y sus cuatro mayores satélites: Io, Europa, Ganimedes y Calisto, que fueron descubiertos por Galileo en 1610. Además de Júpiter, este mes podremos disfrutar de la observación de Marte, Venus y Saturno, que serán nuestros luceros matutinos.

Entre los días 8 y 9 de marzo tendrá lugar un eclipse total de Sol. No será visible desde España, pero será observable desde una estrecha zona que va desde Indonesia, Malasia, hasta el norte del Océano Pacífico. El eclipse se iniciará el 8 de marzo a las 23h19m de Tiempo Universal en el Océano Índico y terminará el día 9 a las 4h34m al norte de Hawái. La duración total del fenómeno será 5 horas y 15 minutos. La zona de totalidad cruzará la isla de Sumatra y seguirá por Borneo para terminar en las Molucas septentrionales. El eclipse total visto desde en el punto máximo del eclipse (que se encuentra en el Pacífico, al sur de las islas Marianas) será de 4 minutos y 10 segundos.

El 23 de marzo tendrá lugar un eclipse penumbral de luna, eclipse que tampoco será visible desde España. La zona en la que será visible se extiende desde Asia, pasando por Australia y el Océano Pacífico para llegar hasta la mayor parte de América. Se iniciará el día 23 a las 9h 41m de Tiempo Universal y terminará a las 13h 54m.

Dado que los eclipses requieren del alineamiento casi perfecto de los tres astros (Sol, Luna y Tierra), y dado que el plano de la órbita de la Luna alrededor de la Tierra está inclinado por unos 5 grados respecto al plano de la órbita de la Tierra alrededor del Sol, los eclipses se dan muy pocas veces a lo largo del año: el número anual de eclipses varía entre 4 y 7, incluyendo todos los de Sol y Luna. En muchos casos los eclipses son parciales, los de Luna a veces penumbrales, y visibles desde una fracción de la superficie terrestre. Los eclipses solares se dan cuando la Luna se encuentra en una posición del cielo cercana a la del Sol, en fase de luna nueva. Sin embargo, los eclipses lunares se dan cuando la Luna se encuentra en la dirección opuesta al Sol en fase de luna llena.

(*) Rafael Bachiller es astrónomo y director del Observatorio Astronómico Nacional (IGN).

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