¿Quienes eran las Beguinas?


Las beguinas eran una asociación de mujeres cristianas, contemplativas y activas, que dedicaban su vida a la ayuda a los desamparados, enfermos, mujeres, niños y ancianos, y también a labores intelectuales. Organizaban la ayuda a los pobres y a los enfermos en los hospitales, o a los leprosos. Trabajaban para mantenerse y eran libres de dejar la asociación en cualquier momento para casarse.

Organización

No había casa-madre, como así tampoco una regla común, ni una orden general; sino que cerca de los hospitales o de las iglesias donde establecían sus viviendas en sencillas habitaciones donde podían orar y hacer trabajos manuales, cada comunidad o beguinaje, era autónoma en sí misma, y organizaba sus propia forma de vida con el propósito de orar y servir como Cristo en su pobreza.

Una carta de 1065 menciona la existencia de una institución similar al beguinaje de Vilvoorde en Bélgica. Desde la región de Lieja el movimiento se difundió desde el siglo XII rápidamente por Holanda, Alemania, Francia, Italia, España, Polonia y Austria. Algunos beguinages, como los de Gante y Colonia llegaron a contar con miles de integrantes. El extenso renacimiento religioso que originaron los beguinages, también trajo sociedades similares para los hombres, los begardos.

Nombre

Sobre el origen de los nombres beguina y begardo hay varias hipótesis:

  • por Lambert le Bègue, sacerdote de Lieja quien habría fundado la asociación; fue crítico de las costumbres del clero, traductor de los Hechos de los Apóstoles y las Epístolas de Pablo, autor de Antigraphum Petri, acusado de herejía, murió en 1180, después de haber fundado una iglesia y claustro para viudas y huérfanos de los cruzados en su pueblo nativo. El apelativo le bègué significa en francés “el tartamudo”.
  • deriva de beghen en flamenco antiguo, con el sentido de pedir (pedir al orar o tal vez peyorativamente, pese a que en realidad nunca fueron mendicantes).
  • por Bega, santo patrón de Nivelles, en donde, según una dudosa tradición, se estableció el primer beguinage.
  • por el hábito de color beige de lana burda, parecido al de los «humillados» de Italia.

Literatura

La beguina mística más famosa es sin duda Hadewych de Amberes (hacia 1240), autora de varias obras en poesía y en prosa. En Amar el Amor escribió:

Al noble amor / me he dado por completo / pierda o gane / todo es suyo en cualquier caso. / ¿Qué me ha sucedido / que ya no estoy en mí? / Sorbió la sustancia de mi mente. / Mas su naturaleza me asegura / que las penas del amor son un tesoro.

En Alemania aparece como cumbre de la mística del amor Matilde de Magdeburgo (1207-1282), con su escrito La luz que fluye de la divinidad. Mal vista por la jerarquía eclesiática tuvo que buscar refugio en el convento de Helfta.

Como escritoras, las beguinas encontraron el obstáculo de ser laicas y mujeres, pero alegaron el mandato de la inspiración divina. En este sentido, las beguinas rivalizaron con el poder eclesiástico y su patriarcal, al considerar la experiencia religiosa como una relación inmediata con Dios, que ellas podían expresar con voz propia sin tener que recurrir a la interpretación eclesiástica de la palabra divina.

Entre las beguinas más ilustres vale la pena recordar a María de Oignies, a Lutgarda de Tongeren, a Juliana de Lieja y a Beatriz de Nazaret, autora de Los siete grados del Amor. Se considera que las beguinas, junto con los trovadores y Minnesänger, fundaron la lengua literaria flamenca, francesa y alemana. Participaban en la apertura del saber teológico a los laicos, tomándolo del latín clerical y vertiéndolo a las lenguas vulgares. La traducción de obras del místico alemán Johannes Eckhart y la divulgación de su propia obra le costó la hoguera en 1310 a Margarita Porete, autora de El Espejo de las Almas Simples que dice:

Teólogos y otros clérigos / no tendréis el entendimiento / por claro que sea vuestro ingenio / a no ser que procedáis humildemente / y que amor y fe juntas / os hagan superar la razón, /pues son ellas las damas de la casa.

Decadencia

La condena de Margarita fortaleció a los enemigos de las beguinas y a instancias del Papa Clemente V fueron condenadas por el Concilio de Vienne en 1312, que decretó que “su modo de vida debe ser prohibido definitivamente y excluido de la Iglesia de Dios”; pero esta sentencia fue mitigada por Juan XXII en 1321, quien permitió que las beguinas continuaran con su estilo de vida, ya que “habían enmendado sus formas”.

Posteriormente las autoridades eclesiásticas tuvieron frecuentes roces con las beguinas y begardos. Durante el siglo XIV los obispos alemanes y la Inquisición condenaron a los begardos y emitieron varias bulas para someterlos a la disciplina papal.

El 7 de octubre de 1452 una bula del papa Nicolás V fomentó el ingreso de las beguinas a la orden carmelita. Carlos el temerario, duque de Borgoña, decretó en 1470 que gran parte de los bienes de las beguinas pasaran a manos de las carmelitas. Se presionaba a las beguinas de muchas maneras para ingresar a una comunidad de monjas o a disolverse. En el siglo XVI la desconfianza en las beguinas creció, pues fue frecuente que se unieran a la Reforma, especialmente al anabaptismo.

En el siglo XVIII, se tomaron más medidas para frenar a las beguinas.


Creemos o yo al menos creía que las beguinas son de hace mucho tiempo pero rescato esta noticia para que veamos que han vivido hasta nuestros días:

La Vanguardia 16/04/2013

Muere la última hermana de un singular fenómeno religioso y social femenino surgido en la Edad Media

Las beguinas apagan la luz

Los trece beguinajes de Holanda y Bélgica son patrimonio de la humanidad | Para miles de mujeres retirarse a estas comunidades supuso una insólita libertad

Ha muerto, mientras dormía, la última beguina del mundo. La hermana Marcella Pattyn, fallecida en Kortrijk (Bélgica) este domingo a los 92 años, era la última representante de un movimiento religioso desconocido y singular surgido en la Edad Media y que durante siglos dio insólitos espacios de libertad a la mujer en tiempos en que no tenía más opción que entregar su vida al hombre o a Dios.

Miles de mujeres de los antiguos Países Bajos encontraron una vía intermedia: retirarse a vivir en comunidad con otras mujeres en los llamados beguinajes (beaterios), unas miniciudades en las que los hombres estaban vetados.

Se dedicaban a la caridad, el estudio y, sobre todo, la oración, como no podía ser de otra manera en las sociedades teocráticas de la época, pero no pertenecían a ninguna orden religiosa y gozaban de una libertad de acción inimaginable en los conventos.

Vivían en casitas individuales que alquilaban a la comunidad, a veces tomando como criada a otra beguina de origen más humilde. Aunque no cabe calificarlas de feministas, un concepto ajeno a la época, prescindir de la protección del hombre era todo un atrevimiento.

En una primera fase, vivían en casas de familiares, dedicadas a la caridad. Su labor social despertó la admiración de la nobleza, que al principio del siglo XIII comenzó a financiar la construcción de los beguinajes a las afueras de las ciudades.

Con los conventos de la época abarrotados y el excedente de mujeres propio de los tiempos de las cruzadas, algunas eligieron llevar una vida religiosa sin renunciar del todo a la seglar (podían entrar y salir con libertad, pidiendo permiso).

El fenómeno surgió en las actuales Bélgica y Holanda, y pronto se extendió al norte de Francia y el oeste de Alemania. Llegó a haber más de cien beguinajes. En estos centros de espiritualidad surgieron algunas destacadas escritoras místicas medievales, como Beatrijs de Nazareth, Mechtild de Magdeburgo o Hadewijch de Amberes.

Sus actividades suscitaron recelos fuera de sus muros. “El riesgo de que dieran su propia interpretación a las escrituras llevó a la Iglesia a describirlas como brujas e infieles. Por eso el papa Clemente V amenazó con excomunión a quienes las protegieran”, explicaba en el 2006 al Magazine de La Vanguardia John Strouwens, presidente de la asociación del Gran Beguinaje de Gante. Fueron perseguidas, así como acusadas de herejes y prostitutas.

Marguerite Porète, autora de El espejo de las almas simples, fue quemada en la hoguera en París en 1310, acusada de beguina y de escribir “versos subversivos”. La persecución llevó a la mayoría a integrarse en órdenes religiosas convencionales.

Sólo en los antiguos Países Bajos se siguió dando protección a estas “mujeres pías”. El movimiento fue creciendo y mejorando su posición económica gracias a las herencias –muchas beguinas venían de familias acomodadas– y los ingresos procedentes de su actividad textil y sus huertos.

Su expansión tocó techo en el siglo XVI. Las guerras entre calvinistas y católicos condenaron su crecimiento. Las beguinas se extinguieron en los Países Bajos del norte, al convertirse en territorio calvinista. En Bélgica y el norte de Francia, la Contrarreforma les dio un nuevo impulso (de esa época datan las casas de piedra que sustituyeron a las de madera y que llegan hasta nuestros días), pero bajo mayor control clerical.

La mayoría de estos “inútiles centros de meditación”, como los definió el emperador José II, cerró sus puertas tras la Revolución Francesa. Sus propiedades fueron confiscadas. Algunos fueron comprados por nobles y dados a la Iglesia. Otros –como el de Bruselas– fueron arrasados por el desarrollo de las ciudades.

Sobrevieron algunos centros, pero en el siglo XX, con la emancipación de la mujer y la secularización, el movimiento perdió sentido. Con la muerte de Marcella Pattyn, sólo quedan como testigos de tan peculiar movimiento las piedras de sus beguinajes.

Trece de ellos, en Bélgica y Holanda, son patrimonio de la humanidad. Quizás el más visitado sea el de Brujas, entre cuyos álamos inclinados y jardines con narcisos se cruzan hoy monjas benedictinas. El más vivo, el de Lovaina, es parte de la universidad. Otros, como el de Gante, alquilan sus casas, siempre a condición de preservar la paz propia de estos espacios.

La hermana Marcella Pattijin, en una imagen tomada en 2006, falleció el domingo en Bélgica a los 92 años. Con ella acaba un movimiento religioso de 800 años FERNANDO MOLERES / La Vanguardia – Archivo

La alegre ciega del beaterio

“Es una triste historia la que les voy a contar”, avisó al fotógrafo Fernando Moleres y a esta periodista la hermana Marcella Pattyn cuando visitó su antiguo beguinaje en Kortrijk para colaborar, en el 2006, en un reportaje del Magazine de La Vanguardia.

Nacida en Congo belga en 1920, su gran pena era su ceguera. Estudió en la escuela de ciegos de Bruselas y a los 20 años trató de ingresar en un convento pero ninguno la aceptaba. Las beguinas de Sint Amandsberg, a las afueras de Gante, una comunidad de unas 260 mujeres, sí. Tenía 20 años. Marcella trabajó atendiendo a enfermos. “He tenido que esforzarme mucho, pero entonces tenía bien las piernas… En Gante, alegraba a los enfermos con mi acordeón y mi mandolina”, contaba. Se rezaba mucho, aunque tenían tiempo libre para sus labores.

Luego se mudó al beguinaje de Kortrijk, con otras ocho mujeres. Las sobrevivió a todas. En el 2005 su mala salud hizo imposible seguir en el beaterio y se mudó a una residencia. El fresco de aquella mañana de primavera no le convenía mucho, pero era por “una buena causa”, decía: recordar la historia de las beguinas.

Anuncios

La Macedonia de Alejandro Magno, los orígenes del temible imperio que nació entre las cabras


ABC.es

  • La tierra de Filipo II y Alejandro Magno es una gran desconocida en España más allá de la campaña de conquistas que estas huestes llevaron a cabo a través del Imperio persa. El libro «Macedonia: la cuna de Alejandro Magno» pretende remediar este vacío

Un reino de pastores de cabras y jinetes de frontera pasó en cuestión de un siglo a convertirse en el imperio más grande conocido hasta entonces en Occidente. La Macedonia de Filipo II y Alejandro Magno es una gran desconocida en España más allá de la campaña de conquistas que estas huestes llevaron a cabo a través del Imperio persa. Para remediar este vacío, el periodista especializado en historia, arqueología y patrimonio Mario Agudo Villanueva ha publicado recientemente «Macedonia: la cuna de Alejandro Magno» (Colección DSTORIA- Antigua) sobre la evolución económica, política y religiosa de «este pequeño pero decisivo reino de la Antigüedad».

–Los atenienses consideraban a los macedonios unos bárbaros, aunque hoy se estime su historia irrenunciablemente helena, ¿por qué de esta contradicción?

–Macedonia no era a nivel cultural y político igual que el resto de Grecia. Todas las polis griegas tenían su propia idiosincrasia, pero es que Macedonia además era un reino. El rey tenía el poder absoluto, tanto político, militar como religioso. Su clima y su paisaje eran distintos, rodeados de montañas y en una planicie aluvial. Lo que les concedía mucha vegetación y riqueza minera y ganadera… Los rituales también eran muy distintos. Sus tradiciones de enterramiento con piras funerarias eran más propias de tiempos heroicos. Además, los jóvenes macedonios tenían que pasar por un ritual de acceso a la edad adulta que consistía en matar un animal por sus propios medios. Tenían valores arcaicos a ojos del resto de Grecia. Desde Atenas no los consideraban griegos y se los cita frecuentemente como bárbaros. Lo más curioso es que hoy es al revés. La historia de Macedonia es algo irrenunciable para los griegos actuales como consecuencia del impacto de la figura de Alejandro.

–Tal vez la primera pregunta es, ¿que se consideraba griego en aquel periodo?

–Sí usamos a Atenas como la propagadora del ideal griego, pues los macedonios estaban lejos de serlo. Pero es que ellos tenían una Democracia y su propia variante del idioma griego. Cada polis era distinta. Sabemos que el reino de Macedonia tenía la aspiración de ser considerados griegos, pero cabe preguntarse si eso fue real o fue una construcción propagandística posterior para justificar en tiempos de Filipo II su dominio sobre Atenas. La dinastía Argéada, que reinaría hasta la muerte del hijo de Alejandro Magno, presumía de tener un origen tebano (tres tebanos que emigraron hacia el norte), lo que demuestra cierto interés por vincularse con el mundo griego de alguna manera. También hay que tener en cuenta que varios reyes macedonios abrieron su corte a la llegada de intelectuales de polis griegas, como ocurrió con el rey Arquelao allá por el siglo cuarto antes de Cristo con la llegada del escultor Calímaco o el gran Eurípides. Eso sí demuestra claramente que mantenían interés por acercarse a la cultura griega.

–Tradicionalmente se presenta a Macedonia como una sociedad muy belicosa, poco interesada por la cultura.

–Los macedonios eran bastante aguerridos, entre otras cosas porque tenían vecinos terribles: los tracios en el norte y los ilirios por el oeste. Su posición estratégica, estando en la ruta terrestre entre Europa y Asia, y teniendo grandes cantidades de la madera fundamental para la flota ateniense; los situaba en un terreno bélico de primer orden y les involucró en muchos conflictos. De hecho, fue en las guerras del Peloponeso donde empezaron a despuntar un poquito. Pero eso no significa que no tuvieran también cierta vida cultural, con una orfebrería avanzada, exquisitos relieves, tallados de marfil… El problema es que cómo las fuentes son atenienses pues siempre se presentan deformados los macedonios y los tracios; porque en otro tiempo fueron sus enemigos.

–El filósofo Aristóteles era macedonio y rompe con esta idea de un pueblo de cabreros.

–Aristóteles es el caso más conocido. Nació en Estagira, un territorio que estaba cambiando de manos cada pocos años, pero que en tiempos de Aristóteles y su padre, el médico Nicómaco, quedó férreamente en manos macedonias. A Aristóteles le pesó ser macedonio a ojos de los atenienses y preceptor de Alejandro Magno. De hecho cuando Alejandro murió el filósofo se fue de Atenas.

–¿Cuándo y cómo se convirtió este reino de cabreros en una potencia militar?

–Hubo una serie de pasos previos. Alejandro I, un rey macedonio en tiempos de las Guerras Médicas, se movió con cierta astucia y apareció en los textos como un filoheleno (esto demuestra, de nuevo, que no eran considerados griegos). Macedonia entró con él en el primer plano de la historia de Grecia. Por su parte, el rey Arquelao reformó el Ejército y acogió a intelectuales griegos. Pero el salto definitivo es sin duda con Filipo II, el padre de Alejandro, cuando se gestó la hegemonía sobre Grecia. Alejandro no se puede entender sin la figura de su padre y es muy probable que no hubiera podido llegar tan lejos sin él.

–¿En qué consistieron los cambios encabezados por Filipo II?

–Filipo II heredó un reino en descomposición asediado por todos sus vecinos y lleno de peligros. Con astucia, habilidad diplomática y tácticas militares reunificó el reino, amplió sus fronteras y preparó la campaña asiática. Logró en la batalla de Queronea vencer a Tebas y Atenas, siendo el dominador del escenario político griego. Cuando Filipo fue asesinado por un tema de intrigas amorosas, había ya tropas macedonias en Asia. Filipo marcó el camino a Alejandro.

–¿Qué tenía diferente el ejército macedonio respecto al resto de griegos?

–En sus orígenes el ejército macedonio era en su mayoría caballería, con buenos jinetes y excelentes caballos. Su infantería no era poderosa y no tuvo un ejército en garantías hasta las reformas militares de Arquelao y de Filipo II. Filipo había sido rehén en Tebas y se había dado cuenta de que había otras formas de guerrear más allá de la caballería. Añadió a la buena caballería una poderosa infantería equipada con sarisas, que eran unas largas picas de 3 a 7 metros de longitud. El mayor peso de la pica se compensó con una reducción en el peso del escudo macedonio, que algunos autores apuntan que se inspiró en el tradicional escudo tracio. Asimismo, Filipo entrenó mucho a sus soldados y mejoró sus tácticas. Creó así la imbatible falange macedonia.

Otro de los éxitos macedonios es que fueron incorporando a otras fuerzas auxiliares a su ejército, como la caballería tesalia; y luego unidades procedentes del Imperio persa, ya en tiempos de Alejandro Magno.

–¿Da usted crédito a la idea de que Alejandro estuvo detrás del asesinato de su padre?

–A Filipo II le mató un amante llamado Pausanias por despecho, según las crónicas. No podemos saber lo que ocurrió realmente por la falta de materiales y testimonios. Alejandro salió beneficiado, pero eso era lógico. En el libro cuento que Filipo II nuncas dudó de que su hijo le sucedería y cuando salió a hacer sus campañas fuera de Macedonia le dejó de regente, lo cual fue alabado por los emisarios extranjeros, a los que el joven les dejó alumbrados. En su cabeza era la única posibilidad de sucesión, pues era el más preparado y capaz.

–Filipo II fue asesinado y a la muerte de Alejandro también sus herederos y su madre fueron perseguidos, ¿por qué tenía la monarquía macedonia esta tendencia a las intrigas violentas?

–Hay ciertas turbulentas en la historia de Macedonia, con varios reyes en poco tiempo. Estaban en una zona muy peligrosa y era fácil que murieran en combate. No obstante, a partir de Filipo II si hubo cierta continuidad. Y en general desde que reinó la dinastía Argéada hubo más estabilidad, incluso más que en la democracia ateniense. Los macedonios consideraban a esta dinastía los padres fundadores de la patria, sin los cuales no hubiera existido el reino como tal. La dinastía era sólida dentro de las turbulencias.

–¿Cree usted que con Filipo II la campaña asiática hubiera llegado a buen puerto o carecía del talento de su hijo?

–Aquí entramos en el terreno de la historia ficción. Filipo II era un gran estratega, un buen político, un hábil diplomático y el diseñador del inicio de la campaña. El día de su muerte había destacamentos a punto de cruzar a Asia. Nunca sabremos qué hubiera ocurrido. Alejandro tenía un carácter diferente en algunas cosas a su padre, con el que tenía una relación de hostilidad y admiración a partes iguales. Eran diferentes y a la vez iguales.

–¿Alejandro tenía alguna idea de cómo gestionar el imperio creado o solo era un conquistador?

–Es un debate siempre abierto. Yo creo que Alejandro sí tenía una idea para gestionar este imperio. Fue adoptando las estructuras administrativas del imperio persa, las satrapías, y fue asumiendo decisiones sobre los territorios. Él se preocupaba por la gestión de estos territorios más allá de la campaña de conquista, aunque fuera para su explotación o para dejar a sus heridos. No es que tuviera una preocupación cosmopolita de expandir el helenismo, sino desde una perspectiva macedonia tenía preocupaciones muy inminentes.

–A quien dice que Alejandro terminó obsesionado con Asia y alejándose de Macedonia.

–Sí, hay una tendencia a presentar a Alejandro como la víctima de un hechizo persa, fascinado por esta cultura, pero en verdad tenemos la certeza de que se comportó como un macedonio hasta su muerte. Cuando falleció su amigo Hefestión mandó construir una pira funeraria como ordenaba el rito habitual de los macedonios. Además, se hacía acompañar de adivinos y él dirigía los sacrificios en persona. Para su pueblo, el poder del rey se lo daban los territorios que hubiera conquistado y cómo se comportaba, no el título en sí. Y aunque hay una evolución en su personalidad durante la campaña, lo cierto es que reinó como un macedonio toda su vida.

La batalla olvidada que pudo cambiar la historia: cuando Franco casi muere frente a cientos de rifeños


ABC.es

  • El 29 de junio de 1916, el futuro Jefe de Estado participó como capitán en la toma de El Biutz. Tras cargar en primera línea fue gravemente herido. Los médicos le daban por muerto, pero resistió

Hace poco más de 100 años, Francisco Franco (entonces un capitán de Regulares casi recién llegado a Marruecos) empezó a ganarse su fama de hombre con suerte. De tener a sus espaldas «baraka» (como afirmaban los nativos). Una especie de fortuna que le impedía ser dañado por nadie. Aquel «toque divino» fue llevado a examen en multitud de ocasiones.

Sin embargo, la más destacada fue la batalla de El Biutz (sucedida entre el 28 y el 29 de junio de 1916 cerca de Ceuta). Una contienda en la que «Franquito» (como le llamaban algunos de sus oficiales superiores debido a su estatura) sobrevivió a pesar de que una bala rifeña le provocó una herida -a primera vista letal- en el bajo vientre mientras encabezaba una carga a bayoneta contra el enemigo.

Hacia Marruecos

Franco, el mismo hombre que había logrado unos precarios resultados en la Academia Militar de Toledo (se graduó en el puesto 251 de los 312 oficiales que componían la 14 promoción), partió de la tierra que le había visto nacer (El Ferrol, donde su casa todavía se conserva) el 14 de febrero de 1912. El día de los enamorados. Tres jornadas después comenzó su aventura en Marruecos cuando, ya en tierra, recibió la orden de personarse en el Regimiento África número 68. El segundo teniente estaba exultante. La posibilidad de ascender en el escalafón militar en una guerra que resarciera a España de la pérdida de las colonias (Cuba y Filipinas habían sido abandonas hacía poco menos de dos décadas) le enardecía.

Sus sentimientos no los compartían todos los más de 16.000 combatientes que se dejaron allí la sangre y la vida. Muchos de ellos, jóvenes que no tenían el dinero suficiente para librarse (mediante las conocidas «cuotas») de pisar la arena de Marruecos. Una vez en su destino, Franco no tardó en entrar en batalla con los rifeños de Abd el-Krim, el mismo líder que -unos años después- aniquilaría a miles de españoles en Annual.

«Franco entró en fuego el 19 de marzo en Ymeyaten al tomar parte de un reconocimiento ofensivo», explica Carlos Fernández Santander en «El general Franco, un dictador en un tiempo de infamia». A partir de ese momento participó en una infinidad de operaciones en lugares que, a día de hoy, suenan tan lejanos como Ras Medua, Taddud y Tatuid. Unas regiones que, para bien o para mal, sí que eran populares durante aquellos años para los ciudadanos de la Península.

El 13 de junio de ese mismo fue ascendido a primer teniente por antigüedad (o escalafón). Fue el único que recibió de esta guisa. El resto, por el contrario, los merecería por sus méritos en el campo de batalla. Un año después ya era bastante conocido entre la tropa y sus superiores. Prueba de ello es que, allá por el 25 de junio de 1913, el general Dámaso Berenguer (mandamás de los fuerzas regulares indígenas en Melilla) se quedó boquiabierto cuando le vio combatir. «¡Qué bien avanza esta sección! ¿Quién la manda?» (preguntó); la respuesta fue a la vez laudatoria e hiriente: «El teniente “Franquito”». Su escasa altura y la voz de pito, que todavía le perseguían.

A la popularidad de Franco tampoco le ayudaba demasiado el negarse a visitar los prostíbulos que tanto pisaban sus compañeros (algo que le habían inculcado en casa desde que era «rapaz», como se dice por el norte). Por el contrario, el teniente pasaba sus ratos libres escribiendo a un amorío con el que se intercambiaba algunas frases emotivas y -según afirman algunas fuentes- también leyendo sobre el ámbito castrense. Algo que niegan algunos historiadores como Fernández Santander.

Pero aquello nada tenía que ver con la forma de desenvolverse en el campo de batalla. Ejemplo de esto es que, en marzo de 1915, fue ascendido a capitán por los combates acaecidos anteriormente en Beni Salem (Tetuán). Una región en la que, junto al apoyo de los jinetes españoles, desalojó por las bravas de sus posiciones a unos tiradores rifeños que andaban dando más de un dolor de cabeza a sus compañeros.

Por entonces, y según señala el historiador Paul Preston en su obra «Franco (Edición revisada)», el ya capitán se estaba ganando «una reputación de oficial de campo meticuloso y bien preparado, interesado en logística, en abastecer sus unidades, en trazar mapas y en la seguridad del campamento».A su vez, en aquellos años también se ganó fama de inquebrantable e imperturbable ante el fuego rifeño.

Pero no solo eso. También se empezó a generalizar la idea entre sus enemigos de que el militar andaba sobrado de… «baraka» (un toque «divino» que le hacía indemne a las balas de los marroquíes). Y puede que sí pues, como explica Andrés Rueda en «Franco, el ascenso al poder de un dictador», «durante los 32 meses de permanencia [de Franco] en Regulares de Melilla, hubo 35 bajas entre los 41 oficiales».

Planificación

En 1915 sus logros aumentaron todavía más. Como explica Fernández Santander en su obra, en abril se le entregó el mando de una compañía del tercer Tabor de Fueras Regulares Indígenas en Melilla, «el 21 de septiembre se le concedió la tercera cruz al mérito militar con distintivo rojo por su actuación en Beni Osmar» y, poco después (allá por diciembre), una junta de oficiales le nombró cajero de campaña. Un trabajo de despacho que, según afirma Luis de Galinsoga en su obra «Centinela de Occidente», debía simultanear con sus labores en el campo de batalla «arrastrando las consiguientes incomodidades».

En esas andaba Franco cuando -en 1916- se le ordenó participar junto a su unidad en una arriesgada operación para asegurar las comunicaciones entre las ciudades de Tetuán y Tánger (separadas entre sí apenas por 60 kilómetros). Por junio, más concretamente, los mandos se percataron de que los rifeños andaban aglomerándose en varias colinas ubicadas cerca de Ceuta.

«El principal punto de apoyo de las guerrillas se encontraba a unos diez kilómetros al oeste de la ciudad, en el pueblo de El Biutz, situado sobre la cima desde la que se dominaba la carretera de Ceuta a Tetuán», explica Preston. Tomar aquellas posiciones no era cosa precisamente de reclutas. No en vano, los rifeños habían creado alrededor una línea de trincheras defendida por combatientes armados con ametralladoras y fusiles (y bien ubicados en sus respectivos nidos de tirador, todo hay que decirlo).

A pesar de todo, los mandos no lo dudaron: había que tomar la posición para que los molestos enemigos no cortasen las comunicaciones entre los rojigualdos. Pero amigo, tocaba tirar de arrestos y genio español. No ya por la cantidad de enemigos que guardaban la llamada «loma de las trincheras» (de la cabila de Anyera), sino porque el terreno no era demasiado apto para llevar a cabo una carga a bayoneta. Al fin y al cabo, y según se explica en la revista «España en sus héroes» (número de 1969, «El Buitz, capitán Franco herido de muerte») el territorio era «muy áspero», contaba con unos senderos en los que había que avanzar en fila india, y el enemigo se ubicaba en la zona más alta (lo que hacía que los asaltantes pudieran ser tiroteados desde la loma mientras ascendían penosamente por la ladera).

El plan de ataque lo ideó el alto comisario y general en jefe Francisco Gómez Jordana con su Estado Mayor. Este estableció que las tropas españolas atacarían partiendo desde cuatro puntos diferentes:

1-Cuatro columnas desde Ceuta cuyo mando supremo correría a cargo de Milans del Bosch.

a-1ª Columna: Al mando del general Martínez Anido.

b-2ª Columna: Al mando del coronel Génova.

c-3ª Columna: Al mando del general Sánchez Manjón.

d-4ª Columna (en reserva): Al mando del coronel Martínez Perales.

2-Una columna al mando del general Barrera partiría desde Larache con el objetivo de en el suroeste de Anyera.

3-Una columna al mando del general Ayala partiría desde Tetuán con el objetivo de llegar hasta Malalien.

4-Una columna al mando de teniente coronel Cabanellas partiría desde Fondak con el objetivo de operar al sur de la cabila (entre Tetuán y Ceuta).

Comienza la lucha

En la noche del 28 al 29 de junio de 1916, las tropas tomaron posiciones para llevar a cabo el ataque contra los rifeños. Era victoria o muerte. Franco ocupó su puesto en el Segundo Tabor de Regulares (formado por tres compañías), el encargado de encabezar el ataque. El capitán conocía de sobra el penoso terreno por el que subirían los españoles y la ingente cantidad de cartuchos que se les clavarían entre pecho y espalda antes siquiera de poner un pie en el que, a la postre, sería el verdadero campo de batalla. Pintaban bastos, la verdad. A eso de las tres de la mañana, se dio la orden de atacar. Había comenzado la contienda.

«Franco era un oficial que tenía muchas bajas en su tropa. No cedía ante una orden superior de conquistar tal cota»

Tal y como explica la revista «España en sus héroes», una de las compañías de aquel Tabor -la del capitán Palacios (o «Palacio», según señala José María Zavala en «Franco con franqueza»)- fue una de las primeras en empezar a ascender por el territorio y, como es lógico, también una de las que más bajas sufrió. «La compañía del capitán Palacios está detenida por un nutrido fuego. Caen oficiales y soldados. El suelo está cubierto de turbantes y “chichías”, que esmaltan la verde gaba». Como se había vaticinado, el avance era sumamente dificultoso a través de ese territorio, algo que convertía a los soldados del Ejército Español en patos de feria que podían ser disparados fácilmente desde las alturas.Por si fueran pocas desgracias, una bala salida de un fusil rifeño acabó, al poco tiempo, con la actuación del capitán Palacios en la toma de El Biutz. Este tuvo que ser retirado en camilla por la gravedad de sus heridas. Franco, en mitad de aquel desastre, no vio más solución que tomar él mismo el mando de la compañía huérfana de mandos y dirigirla (junto a sus propios hombres) hacia la cota Ain Yir. La cima de la colina, para entendernos. Todo ello, bajo un intensísimo tiroteo en que, al poco tiempo, cayó también el oficial que ostentaba el mando conjunto del Tabor: el comandante (coronel, según afirma Zavala en su obra) Muñoz Güi.

Al asalto

Franco, como era habitual en él, no estaba dispuesto a ordenar retirada, así que dirigió el ataque contra la «colina de las trincheras». Aquella posición infernal desde la que llovía un letal y desproporcionado torrente de fuego. Él iba en cabeza. «Franco era un oficial que tenía muchas bajas en su tropa. No cedía ante una orden superior de conquistar tal cota, aunque casi siempre la conseguía a costa de muchas bajas», explica Antonio Rueda Román en «Franco, el ascenso al poder de un dictador». A su vez, son a día de hoy varios los expertos que afirman que nuestro protagonista siempre estaba ansioso por probar su valía en combate.

Aquellos momentos de caos fueron aprovechados por los rifeños para tratar de envolver a las tropas españolas (avanzar por su flanco y atacarlas en un terrible fuego cruzado desde la retaguardia). Fue en ese momento cuando Franco tomó la decisión de lanzar un ataque frontal contra los defensores marroquíes. «El capitán Franco, que advierte la peligrosa situación de aquella fuerza, resuelve que un asalto muy rápido podría resolver la crisis», se explica en la revista especializada de los años 60. Tras observar cuidadosamante el lugar idóneo para hacer la carga con sus tropas, el capitán ordenó el avance en masa. «La compañía de Franco corona la loma. Entonces, los cabileños se repliegan un poco y se guarecen en una segunda línea de resistencia», se señala en el texto.

Ávido de sangre, y emocionado por el combate, Franco volvió a ordenar acabar con la resistencia de los rifeños. Y no solo eso, sino que se dispuso a dirigir él mismo el último envite -a bayoneta calada- contra la posición.

Sin embargo, en ese momento se sucedió su particular desastre. Una situación que es narrada de forma diferente por cada historiador. Al parecer, todo ocurrió tras ver caer fulminado a un compañero indígena, Franco recogió entonces el fusil del fallecido y se dispuso a disparar… pero no se percató de que no estaba a cubierto. «Para los tiradores de enfrente el blanco es seguro», se explica en «España en sus héroes». Instantáneamente, un enemigo apretó el gatillo de su arma y la bala cruzó el cielo de Marruecos, clavándose directamente en el capitán.

Herida terminal

¿Dónde recibió la herida el capitán Franco? A día de hoy, esta es una pregunta que sigue causando controversia a nivel histórico. La versión más extendida es que el impacto le dañó «el vientre». Algo que (como se explica en el libro de Zavala) suscribe su hermana Pilar: «En África, muchos años antes, el futuro Caudillo fue herido gravemente. La bala hizo un agujero limpio en el vientre y salió por la espalda rozando la columna vertebral». Esta idea es suscrita por Paul Preston quien, en su obra mencionada, es partidario de que Franco recibió un disparo «en el estómago».

«He visto pasar la muerte a mi lado muchas veces pero, por fortuna, no me ha reconocido»

Sin embargo, actualmente se baraja que el cartucho le impactó realmente en el bajo vientre. ¿Cómo es posible que se haya generalizado la idea del estómago? En palabras de Rueda Román, todo se debió a que se le hizo en aquellos días, presuntamente, una radiografía que corroboraba esta teoría.Algo imposible, para el autor: «Consultados dos médicos militares, que desean permanecer en el anonimato, conocedores de Marruecos y que estuvieron en distintas épocas de Francisco Franco, lo ven imposible porque en aquel año los servicios médicos militares de Ceuta no contaban con aparatos de rayos X. Así es que queda descartada la posibilidad de que sea verdadera la radiografía publicada. Pero hay más: esa radiografía ha desaparecido e incluso hay un argumento en contra de la veracidad de dicha radiografía. Suponiendo que se hubiera realizado, habría quedado archivada por poco tiempo en el hospital, ya que se trataba de una radiografía más entre otras, de uno de tantos heridos, porque en aquel tiempo nadie podía pensar que aquel capitán de regulares sería veinte años más tarde Jefe del Estado español».

Muerto en vida

De forma independiente al lugar exacto en el que recibiera el balazo, lo cierto es que el capitán Franco cayó a plomo sobre la arena. Todos le daban entonces por muerto. Pero fue recogido, según Zavala, por un «moro» llamado «El Ducali», quien cargó con él mientras varios soldados rodeaban al futuro Jefe del Estado para evitar que fuese impactado de nuevo por los disparos enemigos.

En aquellos momentos el capitán respiraba terriblemente mal y nadie pensaba en su recuperación. Según parece, él también. Por eso, mandó llamar a uno de los oficiales a su cargo para entregarle 20.000 pesetas que llevaba encima. Era el dinero que, como cajero en campaña, llevaba en los bolsillos para pagar puntualmente a la tropa.

Mientras todo aquello ocurría los españoles, avivados por el valor de aquel capitán, tomaron la posición de El Biutz. Esa misma noche, en el informe del combate se hizo referencia al «arrojo incomparable del capitán Franco, a sus dotes de mando y a la energía desplegada en combate». Una última alabanza para un moribundo cuya vida, según todos, tocaba a su fin.

A pesar de todo, Franco fue trasladado al campamento Kudia Federico, donde pasó dos semanas sin irse (para asombro de la mayoría) al otro mundo. Los médicos se negaron en ese tiempo a llevarle hasta Ceuta, pues consideraban que hacerlo provocaría su muerte. Durante ese tiempo, el capitán llegó a pedir a un sacerdote que le confesara para presentarse ante Dios limpio de pecados.

Sin embargo, el destino quiso que, el 15 de julio, Franco se hubiese recuperado lo suficiente para ser trasladado al hospital militar de Ceuta. Allí se determinó que la bala no había tocado, de forma sorprendente, ningún órgano vital. El capitán salvó aquella prueba del destino. Algo que hizo válida la frase que repitió en más de una ocasión: «He visto pasar la muerte a mi lado muchas veces pero, por fortuna, no me ha reconocido». Sobrevivió.

En base a la heroicidad mostrada en el asalto, el Alto Comisionario de Marruecos, el general Francisco Gómez Jordana recomendó a Franco para un ascenso y para ser galardonado con la preciada Cruz Laureada de San Fernando. El Ministerio de Guerra se opuso a ambas propuestas. La primera, por su escasa edad (23 años). El entonces capitán apeló la decisión, pero aquello no le sirvió para nada. Con todo, si obtuvo la Cruz de Primera Clase de María Cristina.

Esta herida también dio lugar a otra leyenda: la que afirmaba que Franco se había convertido en un impotente sexual debido al balazo. Algo que ha sido negado por historiadores como Preston: «La situación de la herida también dio origen a especulaciones sobre la aparente falta de interés de Franco en materia sexual. El escaso testimonio médico disponible no permite semejante interpretación». Ramón Garriga, autor de varias biografías del personaje, iba más allá: «En el caso que nos interesa se ha hablado de que la gravísima herida sufrida por el general en 1916, en el abdómen, y que puso seriamente en peligro su vida, lo había dejado incapacitado para tener hijos. Al parecer todo era normal en el acto de realizar el acto sexual, pero algo fallaba en el líquido seminal que impedía que la operación terminara con un feliz engendramiento».

Luis I «El Breve», la desgracia del Rey borbón que reinó solo siete meses


ABC.es

  • Mientras Luis se afanaba en comprender qué ocurría en la cabeza de su extraña esposa; otro loco, su padre, arrojó inesperadamente su Corona sobre él en enero de 1724
Retrato de Luis I como rey de España, por Jean Ranc (1724)

Retrato de Luis I como rey de España, por Jean Ranc (1724)

La locura forzó a Felipe V a abdicar a favor de su hijo mayor, Luis, en 1724. El Rey tomó aquella decisión porque veía que los estragos de su enfermedad, probablemente un trastorno bipolar, no le permitían seguir en el trono más tiempo o porque, tal vez, el Monarca albergaba la ambición secreta de reinar en Francia si fallecía prematuramente Luis XV. La locura nunca estuvo reñida con la ambición. No obstante, la brevedad y las complicaciones del reinado de Luis echaron al traste los planes del Rey padre, cuya enfermedad entró en caída libre tras aquella abdicación en falso.

Luis I, llamado «el Bien Amado» o «el Breve», fue el primer Borbón nacido en España y uno de los frutos del primer matrimonio de Felipe V con María Luisa Gabriela de Saboya. Huérfano de madre desde la tierna infancia, el Príncipe de Asturias creció bajo la rígida tutela de la princesa de Ursinos y la alargada sombra de su madrastra, Isabel de Farnesio. Y es que la segunda esposa del Rey era de carácter fuerte y nunca mantuvo buenas relaciones con Luis y Fernando, a la postre Reyes de España.

En 1709, Luis fue proclamado Príncipe de Asturias y en 1722 se casó con Luisa Isabel de Orleans, hija de Felipe de Orleans, regente de Francia. Y aquí aparece la primera pata de la desgracia del joven. La esposa de Luis apenas recibió educación, siendo el único interés de sus padres el que se casara lo más pronto posible. Como consecuencia del desapego paterno, su personalidad era la de una niña caprichosa y extravagante. Escribiría el embajador inglés Stanphone: «No hay nada que justifique la conducta inconveniente de Luisa Isabel. A sus extravagancias, como jugar desnuda en los jardines de palacio; a su pereza, desaseo y afición al mosto; a sus demostraciones de ignorar al joven monarca, responde el alejamiento cada vez más patente de Luis hacia ella».

Un reinado adolescente

Mientras Luis se afanaba en comprender qué ocurría en la cabeza de su esposa; otro loco, su padre, arrojó inesperadamente su Corona sobre él en enero de 1724. Con diecisiete años, el Príncipe de Asturias era un inexperto, carecía de los conocimientos para reinar y tenía ya bastantes preocupaciones con contener a su extravagante esposa. Así y todo, el 9 de febrero de 1724 Luis I fue proclamado Rey, cuatro semanas después de la renuncia de Felipe V a la Corona, dando pistoletazo de salida al reinado más corto en la historia del Reino de España.

El pueblo, no en vano, dio la bienvenida con estusiasmo a este joven que las crónicas presentan como alguien «con cierta gracia y un donarie en sus modales y en su porte; siendo afectuoso y franco en su trato, sin amenguar por esto su continente grave y digno; y se le reconocía capacidad y aplicación en el estudio de las ciencias y las artes». Sus talentos y popularidad dieron lugar al apelativo del «Bien Amado».

En cualquier caso, el mayor obstáculo que se encontró Luis a su llegada al trono fue descubrir que, si bien Felipe V había abdicado de buena gana, no era de la misma opinión Isabel Farnesio (Felipe V tenía 40 años y la Reina 32), que mantuvo una oreja en el Palacio Real y la otra en el Palacio de la Granja de San Ildefonso, donde se había retirado el Rey padre buscando tranquilidad. Tampoco Felipe V terminó de soltar el cetro. Tras visitar al Monarca en San Ildefonso, el Mariscal Tessé alardeó de que «el Rey no ha muerto, ni yo tampoco», en referencia a que seguía siendo él el que realmente mandaba y sus hombres de confianza no estaban dispuestos a dar un paso atrás.

Buscando reivindicar su poder, Luis se rodeó de una serie de tutores alejados de la influencia de los anterior Reyes, dando un giro a la política exterior del reino, lo que se tradujo en más medios para América y el Atlántico y menos para la recuperación de las posesiones italianas perdidas en la Guerra de Sucesión. Además, se vivió un descenso en la influencia francesa en la Corte.

Pero tuviera o no grandes planes para el Imperio español, las políticas de Luis I quedaron inéditas. Su reinado estuvo marcado, casi exclusivamente, por la creciente locura de Luisa Isabel. La actitud de su esposa llevó a Luis I a buscar consuelo en numerosas correrías nocturnas por Madrid y en la caza. De hecho, la imagen que ha trascendido hoy es la de un Rey juerguista de vida relajada. «En cuanto ha almorzado se va a jugar a la pelota; el resto del día, bajo un gran calor, se va de caza y camina como un montero; por la noche, sin trabajar eficazmente, creemos que se excede y, sin embargo, no le gusta su mujer ni a su mujer él», escribía en esas fechas el Mariscal Tessé sobre las rutinas y aventuras de Luis I.

Finalmente, el Rey ordenó el encierro de su esposa en el Palacio Real. Como relata Alejandra Vallejo-Nágera en «Locos de la Historia» (La Esfera de los Libros, 2006), el hartazgo tuvo lugar tras una recepción pública en la que la soberana se desnudó y empleó su vestido para limpiar los cristales del salón. «No veo otro remedio que encerrarla lo más pronto posible, pues su desarreglo va en aumento», escribió el joven Rey a su padre.

La viruela termina con el joven Rey

El encierro de casi dos semanas hizo recapacitar a la joven, que envió varias cartas a Luis pidiéndole perdón. Su arrepentimiento quedó patente cuando la pareja real enfermó de viruela, a mediados de agosto. Luisa Isabel de Orleans sobrevivió a la enfermedad y permaneció al lado de su marido hasta su último suspiro. Siete meses después, con su repentina muerte el 31 de agosto, terminó el reinado de Luis I.

A pesar de que parecía haber corregido su comportamiento, la Corona reservaba pocas expectativas para las reinas viudas. Felipe V devolvió a Francia a la joven, como quien descambia un aparato defectuoso en la tienda de electrodomésticos.

El punto más polémico del testamento de Luis fue el nombramiento de su padre como heredero universal, lo cual contravenía los términos de la abdicación de Felipe V, que especificaba que de morir sin herederos la Corona pasaría a su siguiente hijo, Fernando, de once años. Frente a aquella incertidumbre legal, la rápida actuación de Isabel de Farnesio devolvió las riendas del reino a Felipe V. La Reina convenció a su marido de que siguiera el criterio del Papa, quien respaldaba que el juramento de abdicación no le obligaba a renunciar a la Corona ahora. Todo ello haciendo frente a las críticas de ciertos sectores de la nobleza castellana, que argumentaba que no cabía la marcha atrás en la abdicación de un Rey.

Si bien su locura iría en aumento en los siguientes años, fue Isabel de Farnesio quien se hizo realmente cargo de las responsabilidades de la Corona.

En cuanto a reyes breves. Luis I es superado por Felipe I de Castilla, conocido popularmente como «el Hermoso», que estuvo en el trono apenas dos meses antes de sufrir una enfermedad súbita. Por su parte, Amadeo de Saboya reinó tres años, siendo que su suerte estaba sellada incluso antes de desembarcar en España en 1870.

La ambiciosa noble andaluza que traicionó a España para ser reina de una Portugal independiente


ABC.es

  • La tradición histórica le achaca a Luisa Francisca las famosas palabras: «Melhor ser Rainha por um dia, do que duquesa toda a vida» («Antes reina por un día que duquesa toda la vida»)

luisa-francisco-kvph-620x349abc

En la Historia con mayúsculas, la que habla de guerras entre estados y conquistas por imperios, se prescinde con demasiada frecuencia de la letra pequeña. La nota de color o factor humano que lo explica todo más allá de la geopolítica. La ambición de una noble que quería ser reina a toda costa puso el color en el caso de la revuelta de Portugal de 1640 que derivaría en la independencia del país vecino.

El levantamiento portugués fue planeado en Lisboa por miembros de la nobleza, el clero y militares para destronar a los Austrias y proclamar un Rey portugués

Tras más de medio siglo de unión ibérica, la aristocracia portuguesa se levantó, en 1640, aprovechando la guerra de España con Francia y la sublevación de Cataluña. Estas regiones junto a Nápoles y Sicilia emprendieron, con suerte desigual, sendas rebeliones contra Felipe IV en esas fechas.

El levantamiento portugués fue planeado en Lisboa por miembros de la nobleza, el clero y militares para destronar a los Austrias y proclamar un Rey portugués. El detonante final fue la exigencia del Conde-Duque de Olivares, valido del Rey, de que 6.000 soldados portugueses y la mayor parte de la nobleza en edad de combatir se sumaran a la guerra en Cataluña. Como respuesta a las exigencias de Olivares, un grupo de conspiradores irrumpió en el Paço da Ribeira (Lisboa) el 1 de diciembre de 1640, sorprendiendo allí al secretario de Estado, Miguel de Vasconcelos, quien fue asesinado y defenestrado por la fachada del Palacio Real.

La comunidad de jesuitas y el pueblo llano se decantó en bloque por los nobles rebeldes e hicieron triunfar el levantamiento. En su lugar aclamaron al Duque de Braganza como Rey, con el título de Juan IV de Portugal, alegando viejos derechos dinásticos anteriores a la llegada de Felipe II de España.

Cuando los Braganza conocieron a una Guzmán

Ciertamente los Braganza tenían derechos acumulados. Cuando en 1578 el Rey de Portugal Sebastián I de Avís perdió la vida en una demencial incursión por el norte de África, Felipe II –emparentado con la dinastía portuguesa por vía materna– desplegó una contundente campaña a nivel diplomático para postularse como el heredero a la Corona lusa, que fue asumida brevemente por el Cardenal-infante don Enrique hasta su muerte. La Casa de Braganza, no obstante, se abstuvo de participar en la contienda por hacerse con la Corona, a pesar de que su titular entonces, la Duquesa Catalina de Braganza, era hija de Eduardo de Avis, a su vez hijo del Rey Manuel I de Portugal. Si bien Catalina era la favorita del efímero Cardenal-infante para sucederle, los Braganza sabían que nada tenían que hacer ante la entrada de Felipe II y sus tropas.

No obstante, el propio Conde-Duque de Olivares, perteneciente a una rama menor de los Medina Sidonia, incentivó y apoyó el enlace pensando que así sepultaría las viejas aspiraciones de la Casa Braganza

La familia portuguesa se mantuvo leal a la Monarquía hispánica hasta 1640 e incluso entroncó con dos de las casas castellanas de más largo recorrido: la Casa de Haro y los Medina-Sidonia. El hijo de Catalina, Teodosio, fue nombrado por Felipe II (I de Portugal) condestable del reino y protector de Lisboa, cargo que ejerció durante la defensa de esta ciudad de los ataques ingleses. Asimismo, el condestable de Portugal se casó en 1603 con la hija del condestable de Castilla, Ana de Velasco y Girón, lo que significó emparentarse con los que fueron durante siglos titulares del señorío de Vizcaya.

El futuro Juan IV de Portugal fue el fruto primogénito de este matrimonio entre un portugués y una castellana. Y también él se casó con una poderosa noble española, Luisa Francisca de Guzmán, de la Casa de Medina Sidonia, los señores más poderosos de la baja Andalucía y en el pasado emparentados con la realeza lusa. No obstante, el propio Conde-Duque de Olivares, perteneciente a una rama menor de los Medina Sidonia, incentivó y apoyó el enlace pensando que así sepultaría las viejas aspiraciones de la Casa Braganza. Los matrimonios mixtos fueron muy habituales entre aristócratas de ambos países en esas fechas. Lo que no pudo calcular el valido de Felipe IV es que iba a ser precisamente Luisa Francisca, nacida en Huelva, quien empujaría a su marido a rebelarse contra España.

La tradición histórica, no en vano, le atribuye las famosas palabras «melhor ser Rainha por um dia, do que duquesa toda a vida» («Antes reina por un día que duquesa toda la vida»), así como un papel activo durante la rebelión. En este sentido, el historiador portugués Joaquim Veríssimo Serrão considera que, aunque ella se «identificó sin duda con el movimiento», no debe mantenerse «la falsa tradición que hace de ella uno de los “motores” de la Restauración».

Los cabecillas fueron otros. Cuando tres meses después de la muerte Vasconcelos se entendió en Madrid el verdadero alcance de la rebelión portuguesa, el Conde-Duque responsabilizó a cinco hombres del golpe, todos ellos supuestamente leales a la Corona: el Duque de Braganza «tonto y borracho»; el Marqués de Ferreira, «tan tonto que no sabe donde cae Valladolid»; el Conde de Vimioso, un «gallina»; Don Antonio Vaz de Almada, «totalmente ignorante»; y el Arzobispo de Lisboa, traidor e hijo de traidores.

El Conde-Duque de Olivares calificaba a los rebeldes como cobardes e ignorantes sin percatarse de en qué lugar le dejaba a él haber sido engañado por un grupo de «tontos». El golpe fue rápido e inesperado. En este sentido el insultarlos solo demostraba lo mucho que le habia dolido a nivel personal la traición. Sin ir más lejos, Luisa Francisca era prima suya y supo de su responsabilidad en el golpe, como demuestra su petición al Duque de Medina Sidonia para que tachara su nombre de los archivos de la familia.

Su nombre podría desaparecer de los archivos españoles, pero iba a entrar en mayúsculas en los de Portugal. Después de la proclamación, los nuevos Reyes de Portugal se instalaron en Lisboa con sus hijos. La onubense Luisa Francisca ejerció el gobierno siempre que el Rey acudía a la frontera del Alentejo y también tras su muerte. En 1656, al fallecimiento de Juan IV de Portugal fue nombrada en el testamento de su esposo regente del reino, durante la minoría de edad de su hijo Alfonso.

Durante su regencia se produjo la gran victoria portuguesa en la trascendental batalla de las Líneas de Elvas, el 14 de enero de 1659, aunque hasta 1668 el Imperio español no reconoció la independencia de Portugal. Asimismo, los graves problemas mentales de su hijo alargaron su influencia política más allá de la regencia.

El intento de independizar Portugal

Si bien estaba obligado a criticarla públicamente, al Duque de Medina Sidonia la idea de que su hermana Luisa Francisca fuera Reina no le resultaba nada desagradable. Cuando el Rey de España preparó la reconquista de Portugal, le fue encomendado al Duque de Medina-Sidonia, Gaspar Pérez de Guzmán y Gómez de Sandoval y Rojas, la capitanía general de uno de los ejércitos que debía caer sobre los rebeldes. Sin embargo, la lentitud y falta de iniciativa del noble andaluz dejaron ya entrever sus planes ocultos y sus simpatías por lo ocurrido en Portugal.

Los «guzmanes» (llamados así por el apellido) no solo estaban a favor de la independencia de Portugal, sino que iban a intentar separar Andalucía de la Corona castellana. Un plan que se vino abajo en los preparativos ante la falta de apoyo popular y el retraso de las fuerzas militares prometidas desde el extranjero, especialmente de Francia y Holanda.

Sin que hubiera prendido todavía el levantamiento, Luis de Haro y Guzmán —el gran protegido del Conde-Duque— se presentó en Andalucía a conocer el alcance de la conjura en el verano de 1641. El duque escapó a tiempo hacia Madrid para dar explicaciones en persona a su pariente. El valido arrojó, literalmente, a su primo a los pies del Monarca, al que confesó todos los planes y rogó que le perdonara. Arruinado y envidioso porque su primo el Conde-duque hubiera ganado tanto poder, Medina-Sidonia creía que en la rebelión encontraría una solución a sus problemas económicos.

En una muestra de magnanimidad, Felipe IV libró a Medina-Sidonia de ser condenado a muerte, pero no así al otro cabecilla, el Marqués de Ayamonte. El castigo a Medina-Sidonia se limitó a pagar una multa de 200.000 ducados como donativo a la Corona y a un destierro de sus dominios andaluces. Solo cuando violó estas prohibiciones, en 1642, coincidiendo con la presencia de una flota franco-holandesa en las proximidades de Cádiz, fue encarcelado en el castillo de Coca.

En un desesperado intento por lavar su imagen, Medina-Sidonia tuvo la estrafalaria idea de retar a duelo al Rey de Portugal, su cuñado. Le convocó a comparecer en Badajoz, cerca de Valencia de Alcántara, donde el duque y su séquito esperaron inútilmente 80 días a la comparecencia del soberano.

 

León X, el Papa hedonista que pagó con veneno su lealtad al Imperio español


ABC.es

  • La venta de indulgencias realizada en tiempos de este papa florentino fue el principal detonante para que Martín Lutero iniciara, en 1517, una reforma eclesiástica que habría de escindir la comunidad cristiana

leon-x-papa-kttg-620x349abc

El siglo XVI cuenta con algunos de los pontífices más excesivos de la historia de la Iglesia. Papas hedonistas, corruptos y de cuestionable moralidad, donde los Borgia, los della Rovere, los Médici y otras familias eclesiásticas ambicionaron convertir Roma y sus riquezas en parte de su patrimonio. ¡Es el oro, estúpido!, hubieran advertido en otro tiempo. Cuando Giovanni de Medici se sentó en la silla de San Pedro con el nombre de León X se hizo acompañar de poetas, artistas, banquetes y juegos. Por supuesto, las arcas de la Santa Sede no aguantaron el dispendio de aquel perfecto hedonista que, en última instancia, encargó pintar las estancias vaticanas a Rafael, trazar la monumental obra de Miguel Ángel en la capilla sixtina y continuar la construcción de la Basílica de San Pedro.

No cabía esperar menos del hijo de Lorenzo el Magnífico, uno de los mayores mecenas del Renacimiento. El Papa natural de Florencia, nacido en 1475, fue nombrado cardenal siendo un adolescente, pero no recibió las órdenes sagradas hasta cuatro años después. La invasión de Carlos VIII de Francia a Italia tuvo como consecuencia la expulsión de los Médici de Florencia, incluido el para entonces cardenal Giovanni. Su rencor hacia los franceses se forjó en esos años de refugiado en Roma e incluso pasó un tiempo bajo su cautiverio en Rávena.

Una vez fue Papa, la creciente necesidad de obtener nuevos ingresos para sostener su tren de vida derivó en la venta de indulgencias: oro por el perdón de los pecados. Algo que, a decir verdad, era un negocio ya amplicado por su predecesor para pagar la nueva Basílica, Julio II, pero que León X llevó al siguiente nivel. Esta escandalosa cuestión fue el principal detonante para que Martín Lutero iniciara en 1517 una reforma eclesiástica que habría de escindir la comunidad cristiana.

León X se decanta por Carlos

Los problemas alemanes, franceses y españoles eran los italianos, y viceversa. Aunque el Papa prefiriera una vida como mecenas de las artes, la guerra no iba a esfumarse de Italia porque él dejara de mirar. Del belicoso Julio II heredó sus guerras contra los «bárbaros» que venían a invadir Italia, esto es, los franceses y los españoles. Para Roma era tan amenazante la presencia de España en Nápoles como la de Francia en Milán. Como buen Médici se mostró ambiguo con ambos e incluso al principio apoyó a Francisco I de Francia en su pretensión de heredar la Corona imperial.

El peligro que suponía Lutero convenció a Carlos V y a León X de que se necesitaban mutuamente

En ese tiempo de buena sintonía con Francia, uno de sus mayores éxitos fue el que la Iglesia de este país terminara con su situación de independencia a raíz de la Pragmática Sanción promulgada por Carlos VII. Sin embargo, se posicionó finalmente con Carlos V en sus guerras frente al impetuoso Francisco de Francia a cuenta de lo que Roma se jugaba en Alemania. El peligro que suponía Lutero convenció a ambos de que se necesitaban mutuamente, incluso cuando las relaciones entre el Pontífice y el Rey francés iban in crescendo.

El monje agustino Lutero escribió las 95 tesis, un texto clavado en las puertas de la Iglesia del Palacio de Wittenberg en 1517, denunciando la doctrina papal sobre la venta de indulgencias para financiar la renovación de la Basílica de San Pedro en Roma. La respuesta de León X tardó en llegar, pese a lo cual no escatimó en dureza. Condenó las tesis luteranas en 1520 mediante la bula Exsurge Domine, que Lutero quemó públicamente. Al no arrepentirse, el Papa pronunció su excomunión y la de sus partidarios en 1521.

Además, León X instó a Carlos V a tomar medidas contra aquel súbdito suyo. En Worms, el popular monje y el imberbe Emperador tuvieron su primera confrontación teológica. Lutero se salvó por poco de ir a prisión, pero Carlos se mantuvo firme en su lugar. No en vano, la incapacidad de apagar una herejía que tenía mucho que ver con un emergente nacionalismo (los cristianos del norte se consideraban ajenos a esa forma de entender la religión tan latina representada por el Papa) les ha condenado a ambos a ojos de la Historia como los hombres que no supieron reaccionar con inteligencia ante aquella encrucijada. Los tiempos estaban cambiando… Eso era todo.

Olor a veneno en Roma

La alianza entre el Papa y Carlos V fue en detrimento de los franceses, expulsados por tercera vez de Milán en 1521. León X murió en medio de los festejos por la victoria sobre Francia el 1 de diciembre de ese año a la edad de 47 años. Una fiebre súbita consumió su vida en cuestión de tres días. La sospecha de que fue envenenado corrió por Italia sin que se haya podido nunca confirmar. Y no ayudó a desmentirlo que su cuerpo se hinchara y ennegreciera como era habitual en casos de muerte por veneno. El principal sospechoso de orquestar el asesinato fue su sumiller, Bernabé Malaspina, al que se le consideraba afín a Francisco I y proclive a que ese pontífice tan incómodo desapareciera de una vez.

Sus planes pasaban porque el médico entrara al servicio de León X y le envenenara aprovechando una operación de fístula

No hubiera sido la primera vez que alguien intentaba envenenar a León X. En 1517, el cardenal Petrucci conspiró para asesinar al Papa y contrató con este fin al médico florentino Bautista de Vercelli. Sus planes pasaban porque el médico entrara al servicio de León X y le envenenara aprovechando una operación de fístula.

Al conocerse la conspiración por una carta interceptada, se implicó a cuatro cardenales más y al secretario de Petrucci. Los principales sospechosos pasaron todos por el potro de tortura, tras lo cual Vercelli y el secretario fueron ahorcados y descuartizados. Petrucci fue despojado de sus beneficios y dignidades y posteriormente ajusticiado. El veneno se quedó en su fraco por esa vez.

50 años de la muerte de Walt Disney: la máscara y el genio


El Mundo

  • Visionario y profundamente conservador, tímido y excesivo, tirano y benefactor, a los 50 años de su muerte, el legado contradictorio del aún enigmático Walt Disney se confunde, para bien o para mal, con todo aquello de lo que es capaz la imaginación.
Walt Disney posa en la playa de Copacabana en Río de Janeiro (Brasil). HART PRESTON / GETTY IMAGES

Walt Disney posa en la playa de Copacabana en Río de Janeiro (Brasil). HART PRESTON / GETTY IMAGES

Mickey Mouse, como todos, tuvo padre y éste sorprendió en una ocasión a su interlocutor con una declaración extraña. «Yo no soy Walt Disney. Hago infinidad de cosas que él jamás se permitiría. Walt Disney no fuma. Yo fumo. Walt Disney no bebe. Yo bebo», dijo en una peculiar y existencial reinterpretación del Ceci n’est pas une pipe, de Magritte. Lo que se ve no es más que máscara, trampantojo, engaño. Y genio. Pero, y esto es lo importante, sólo lo que se aprecia es lo real. Los que le conocieron personalmente le describían como una persona extremadamente tímida. Nada que ver con el seductor de bigote fino, visionario de universos de plexiglás, encantador de banqueros y megalómano voraz que hacía de cada comparecencia pública, una apología y éxtasis del entusiasmo. «Interpreta el papel de persona retraída para no intimidar a su interlocutor», escribió de él uno de sus biógrafos. Fue Nietzsche, campeón en lo de sospechar de lo evidente, el que definió a la mediocridad «como la más feliz de las máscaras que puede usar un espíritu superior». Y añadió que ningún disfraz se antoja más efectivo «para no irritar [a precisamente los mediocres], y, en casos no raros, por compasión y bondad». Pues eso.

Sea como sea, 50 años después de su muerte el 15 de diciembre de 1966, Walt Disney continúa siendo, pese a misterios, cábalas y elucubraciones, una de las personas que mejor define el siglo en el que vivió. Recorrer su biografía produce, antes que cualquier otra sensación, vértigo. Y, en su transparencia obsesiva, hasta miedo. Nacido en el barrio Hermosa de Chicago en una familia que sus biógrafos dan en llamar de forma insistente humilde pasó de repartir periódicos mañana y tarde en la empresa familiar a la persona más célebre del planeta. Y ello en apenas cuatro décadas de fiebre. Para cuando murió con 65 años recién cumplidos a causa de un cáncer de pulmón -privilegio de fumador compulsivo- podía presumir de haber producido 81 películas que revolucionaron la historia del cine con las que consiguió un total de 22 premios Oscar de 59 nominaciones. Eso y de haber sido el creador de un universo entre mágico y extraño, Disneyland, entregado a la ilusión de un mundo feliz en la arcadia capitalista de la que se erigió en defensor. «Prototipo Experimental de la Comunidad del Mañana» (EPCOT en las siglas en inglés) fue su idea de sociedad perfecta que quedó apenas esbozada en un proyecto pretendidamente imposible y que, quién sabe, la sociedad del entretenimiento, consumo y espectáculo que pisamos se ha encargado de hacer realidad.

La leyenda, transmutada en historia (o al revés), dice que todo empezó en 1928 cuando el mundo asistió al milagro de un ratón a los mandos de un barco. Tras la fallida creación de Oswald, el conejo afortunado, cuyos derechos acabaron en manos de Universal, Mickey Mouse y su Steamboat Willie se convirtieron en el primer corto animado con sonido. Y no sólo eso. La creación de Ub Iwerks (él fue el dibujante del ratón) pronto adquiría el carácter de icono de los tiempos. De todos. A ello le siguió las Silly Symphonie, antecedente directo de Fantasía, y la particular adaptación de Los tres cerditos, el corto animado con más éxito de la historia, justo antes de que en 1937 Blancanieves y los siete enanitos inventara la infancia. Literalmente. Hasta la llegada a los cines de la princesa destronada, los niños no habían sido nunca un público deseable. No solían tener dinero. O no tanto como sus padres. Hasta que Disney cayó en la cuenta que detrás de cada infante hay una familia y un brillante negocio de happy meals. La película que, entre otras innovaciones incorporaba la cámara multiplanos para producir sensación de profundidad, costó cerca de 1,5 millones de dólares. El presupuesto había sido más que superado. Para mayo del 39, la recaudación de 6,5 millones convertían a Blancanieves y sus amigos diminutos en la película sonora de más éxito de la historia.

Empezaba la leyenda y, de su mano, una pregunta insistentemente repetida: ¿pero quién es en realidad Walt Disney? El americano perfecto, la novela de Peter Stephan Jungk sobre la que Philip Glass compuso la ópera homónima es, probablemente, quien más lejos ha llegado en el dibujo de la otra cara del genio. En el libro, entre la realidad y la ficción, el lector descubre a un hombre maniáticamente egoísta, antisindicalista, colaborador en la caza de brujas (denunció a Chaplin), racista, inmaduro, misógino y, ya puestos, impotente. «Usted, que no deja trabajar ni a un solo negro en su estudio… Usted, que nunca ha permitido ni a una mujer tomar parte de un proceso creativo…», acusa el protagonista sin que medie réplica ni refutación. Lo que sigue es, en consecuencia, la puntillosa descripción de un tipo acomplejado y tirano que presumía de firmarlo todo. Y eso pese a que ni el primer boceto de Mickey fue suyo. Y eso pese a que la propia firma convertida en logotipo no era más que una creación de márketing.

Y si todo esto es verdad, más preguntas, ¿por qué el gigantesco tamaño del hombre? Y aquí, tanta sombra deja espacio a, quizá, el sentido común. Dalí, gran amigo, decía de él que «era un mago, la inocencia en persona y en acto. Poseía la naturalidad y la despreocupación de un niño. Contemplaba el mundo con la mirada auténtica y límpida de alguien que cree en los milagros…». Y al afirmarlo nadie le rebate. Ni el propio Jungk que no puede por menos que reconocer el carisma de un sujeto entusiasmado con la simple posibilidad de una idea: «Nadie tenía la capacidad de motivar hasta tal extremo a otras personas. Walt poseía un olfato verdaderamente agudo para el potencial creativo y en cierto modo obligaba a que brotara. Fabuloso. Incomparable», afirma de él uno de los creadores de ese prodigio que fue Fantasía. Y de ese talento, recuérdese, nacieron una productora con aspecto de signo de los tiempos, «la ciudad más feliz del mundo» (como llamaba al primer parque de Anaheim), la posibilidad misma de la primera urbe experimental, la utopía social de EPCOT… Todo eso fue Disney camuflado detrás del icono Disney.

En cualquier caso, y a pesar de accidentes, mitos, leyendas y máscaras, lo que queda es el cine. Su cine como un empeño de ir más allá, de abrir las fronteras, de ser sencillamente el primero. Hasta llegar a El libro de la selva, la última producción en la que se implicó a pesar de que no vio su estreno, por su vida pasaron la primera película animada en ganar un Oscar competitivo (Pinocho se hizo con las menciones a mejor música y canción), la primera con sonido estéreo (Fantasía), la primera en sufrir una huelga de sus empleados (Dumbo), la primera cinta de dibujos en ser rodada antes con actores (Cenicienta), la primera animación en Cinemascope (La dama y el vagabundo), la primera entre la animación y la realidad en merecer una nominación a mejor película (Mary Poppins)… Según el American Film Insitute, cinco de las 10 mejores películas de animación de todos los tiempos se produjeron en Disney con Walt Disney con vida. Siempre el primero.

«Soy un líder, un pionero, soy el más grande de los hombres de nuestro tiempo. Más gente conoce mi nombre que el de Jesucristo. He creado un universo. Mi fama sobrevivirá a los siglos», decía de sí mismo. Lo decía Walt Disney, el que era capaz de cosas que ni el propio Walt Disney habría imaginado. Ceci n’est pas une pipe. Ceci n’est pas Walt Disney. Máscara y genio medio siglo después.

Ole Rømer, el astrónomo que ‘trajo’ la velocidad de la luz desde Júpiter


El Mundo

14810682221815

Una noche de 1676, mientras observaba las lunas de Júpiter, el astrónomo danés Ole Christensen Rømer (Århus, 1644 – Copenhague, 1710) cayó en la cuenta de que el lapso de tiempo que transcurre entre los eclipses de Júpiter con sus lunas era más corto cuando la Tierra se movía hacia Júpiter, y más largo cuando ésta se alejaba.

Usando los dibujos que Rømer utilizó en sus investigaciones como base, Google conmemora el 340 aniversario de la determinación de la velocidad de la luz con un simpático ‘doodle’ en el que aparecen representados el Sol, la Tierra, Júpiter y su satélite Ío. Tras observar con un telescopio el movimiento de este último, estimó que la luz tardaba 22 minutos en cruzar el diámetro de la órbita de la Tierra, aunque las estimaciones modernas se aproximan más a los 17 minutos.

Al pulsar sobre el icono de ‘play’ tras el que se oculta el planeta, aparece una secuencia en la que el astrónomo camina de un lado a otro en actitud pensativa, meditando sobre el enigma que en su día ya le quitaba el sueño al mismísimo Galileo y cuya resolución le proporcionó la fama mundial.

Además de convertirse en la primera persona en estimar la verdadera velocidad de la luz, con un valor de 214.000 km/s, a Rømer también se le deben diversos inventos: desde un micrómetro para observar eclipses hasta el telescopio meridiano. Del mismo modo, también inventó el grado Rømer, ideado en 1701, una escala de medida de temperatura que hoy ya ha caído en desuso.

Andrew Jackson: el presidente genocida y populista cuyas políticas exterminaron a miles de indios cherokees


ABC.es

  • Andrew Jackson fomentó en 1830 la «Ley de desplazamiento forzoso» de los nativos americanos. El objetivo: expulsarles de sus tierras. Su racismo durante la campaña electoral solo es comparable al que ha mantenido Trump a día de hoy
 La ilusión del Lejano Oeste - Museo Thyssen

La ilusión del Lejano Oeste – Museo Thyssen

Desde que Donald Trump obtuviese la victoria en las pasadas elecciones norteamericanas, una serie de preguntas se repiten en los medios de comunicación: ¿Cumplirá las amenazas que viene vociferando desde hace meses contra los latinos y los extranjeros? ¿Se dejará aconsejar por sus asesores y rebajará su aparente racismo?

A pesar de que el misterio no se desvelará hasta dentro de algunos meses, la historia no parece poner sobre la mesa precedentes demasiado halagüeños. Y es que, el último presidente norteamericano con el que se vivió una situación parecida fue Andrew Jakson. Un político del siglo XIX que cumplió las amenazas que había hecho durante toda la campaña electoral y expulsó a miles de nativos americanos de sus tierras para enviarles a reservas ubicadas al oeste del país.

El hombre que odiaba a los indios

Desde que viniera al mundo en 1767, Andrew Jackson (hijo de inmigrantes irlandeses) destacó por su altanería. Así lo demostró allá por la década de los ochenta cuando -con 13 años y tras unirse a la milicia que combatía contra Gran Bretaña-, fue capturado por los ingleses.

Según se cuenta, un oficial británico se le acercó y le ordenó que le limpiara los zapatos, a lo que el futuro presidentes respondió de la siguiente forma: «Señor, soy un prisionero de guerra y exijo ser tratado como tal». Sus palabras le valieron unas cuantas cicatrices, pero también demostraron que -como Trump– este joven tenía ya un alto concepto de sí mismo.

«Toda la Nación Cherokee debería ser exterminada»

Durante toda su juventud se destacó como una persona con un terrible temperamento y que siempre andaba buscando pelea. Con todo, el paso de los años le hizo sentar la cabeza y licenciarse en leyes. No se le deberían dar mal, pues en 1796 participó en la redacción de la Constitución de Tennessee, fue nombrado congresista y, apenas dos años después, inició una carrera fulgurante como juez del Tribunal Supremo de Carolina del Sur. Sin embargo, Jackson no es recordado a día de hoy por sus andanzas con la toga, sino por su faceta militar, la cual empezó a cultivar en 1802 cuando empezó su nueva labor como capitán general de las milicias de Tennessee.

Su vida transcurrió relativamente tranquila hasta el año 1812, cuando -tras reunir un ejército de 50.000 hombres- recibió el encargo de combatir a la tribu de los indios creeks, los cuales se habían aliado con los ingleses con el objetivo de expulsar a los estadounidenses de sus tierras.

Fue en esos años cuando nuestro Andrew cultivó a fuego lento su racismo y su odio hacia los nativos, a los que «cazaba» con sus soldados independientemente de que fueran hombres, mujeres o niños. Para él no eran personas, sino «perros salvajes», como solía afirmar. De hecho, durante su vida alardeó de haber «conservado siempre el cuchillo de escalpar a aquellos [indios] a los que había matado».

Durante el transcurso de aquella campaña, Jackson supervisó como general el asesinato (o más bien la masacre) de más de 800 indios creeks de todas las edades y ambos sexos. Cuerpos que luego fueron mutilados y a los que se les cortó la nariz con el objetivo de tener una prueba de su fallecimiento.

Todo ello, por cierto, acompañado de su desollamiento. Y es que, Jackson era partidario también de cortar largas tiras de piel de los nativos con el objetivo de fabricar macabras bridas para los caballos. Así se fraguó su aversión a los indios. Un carácter que, posteriormente, le haría decir cosas como que «toda la Nación Cherokee debería ser exterminada» y afirmar que lo mejor era acabar con las mujeres indias para que no se reprodujeran.

Campaña populista

Con los años, su racismo fue creciendo a la par que su fortuna y su reputación militar (no en vano logró grandes victorias para el ejército americano como la de Horseshoe Bend). También ganó cierta popularidad combatiendo contra los españoles (el otro pueblo al que más odiaba después de los indios) y, posteriormente, contra los indios seminolas en La Florida.

Aquellas contiendas le hicieron ser considerado un héroe militar para el pueblo norteamericano, algo que aprovechó para presentarse a las elecciones en 1824. No le fue mal, pero la igualdad de los resultados y el que sus dos enemigos políticos se asociaran contra él, le hicieron perder el puesto.

Cuatro años después, Jackson volvió a la carga. Esta vez, en las elecciones de 1828. Aquel año, los Estados Unidos vivieron una de las campañas electores más sucias y barriobajeras de la historia de la democracia. Y es que, tanto nuestro protagonista como su contrincante (John Quincy Adams) utilizaron todo tipo de ataques contra su contrario para tratar de descalificarle. El militar y jerifalte dijo de su contrincante que era un «violador del día del reposo» por viajar en domingo, que era un alcohólico y que usaba fondos públicos para comprar «muebles de juego» para su propia casa. Todo mentira.

Por su parte, Quincy tampoco se mordió la lengua y dijo de Jackson que era un «hombre crudo e ignorante»; llamó a su mujer bígama afirmando que había contraído matrimonio con él sin haberse divorciado (algo que era mentira); y acusó a su madre de conducta inmoral. Dicen que el militar, frio como un témpano de hielo habitualmente, no pudo evitar romper a llorar cuando leyó la cantidad de calumnias que se estaban vertiendo sobre él.

Fuera como fuese, finalmente las elecciones se las llevó de calle nuestro protagonista, quien logró hacerse con el voto -curiosamente- del pueblo llano. De hecho, muchos le acusaron de populista. Lo mismo que sucede a día de hoy con Trump.

«Nadie sabe lo que va a hacer. Mi temor gana a mis esperanzas»

Jackson tomó oficialmente el poder en 1829, y el recibimiento que le dio la población no pudo ser mejor. De hecho, el senador Daniel Webster (presente en el acto) vio como «el presidente del pueblo» -como le llamó- fue apretado y aplastado por sus eufóricos seguidores. «Nunca antes me ha tocado ver por aquí tanta multitud. Hay personas que han viajado 500 millas para ver al general Jackson y en verdad parecen convencidas de que el país ha sido rescatado de algún desastre», señalaba.

Con todo, y tal y como sucede a día de hoy con Trump, el político también dejó constancia de que no sabía si Jackson iba a llevar a cabo las políticas racistas que había vociferado durante toda la campaña, o si por el contrario iba a dejarse asesorar por los más próximos a los nativos americanos. «Nadie sabe lo que va a hacer. Mi temor gana a mis esperanzas», determinó. Estaba en lo cierto, pues con el nuevo líder llegarían las deportaciones masivas y, en último término, las masacres de nativos americanos.

La situación con los indios

Cuando Jackson ascendió al poder la situación con los indios americanos era sumamente tensa. Apenas unos años antes, en 1815, el país comenzó a expandise hacia el oeste y se topó de bruces con las tribus de indios norteamericanos que habitaban el país desde hacía siglos. Aquellas tierras ocupadas despertaron los deseos de las colonias, las cuales iniciaron una serie de campañas para lograr que los emplumados viajasen más al oeste a cambio de todo de regalías económicas.

De hecho, ya durante el mandato de Jefferson (en el cargo entre 1801 y 1809) se había establecido que los únicos nativos que podrían quedarse al este del Mississippi serían aquellas que se «civilizaran» y pudieran convivir con el «hombre blanco». En base a ello, las que se habían mantenido en la región eran las tribus chicksaw, choctaw, creek, seminola y cheroqui. Estas, a cambio de mantener sus territorios, habían fijados sus asentamientos, labraban la tierra, dividían sus terrenos en propiedades privadas y habían adoptado la democracia. Algunas llegaron a hacerse cristianas (al menos en apariencia) para no ser expulsadas de la zona.

Deportaciones en masa

Poco duraron las dudas sobre las políticas que iba a esgrimir Jackson. En 1830, apenas un año después de tomar el poder, decidió solucionar el problema indio por las bravas. Esto es, creando una ley para deportarlos todavía más al oeste. «Ese año se aprobó la Ley del Traslado Forzoso de 1830, que obligaba a los indios a trasladarse a tierras al oeste del Mississippi y facultaba al presidente de los Estados Unidos a actuar contra todos los que se encontraran al este de dicho río», explica el divulgador histórico Gregorio Doval en su obra «Breve historia de los indios norteamericanos».

Oficialmente, el político tomó esta decisión por la necesidad de tierras en las que producir algodón y por «seguridad nacional» (evitar conflictos entre indios y estadounidenses). Sin embargo, expertos como Doval son partidarios de que, además de estas dos causas y de su propio racismo, Jackson también buscaba crear una barrera humana entre los Estados Unidos y las regiones bajo dominio de otras potencias trasatlánticas. «Con ellos, Jackson no solo perseguía vaciar de conflictos indios los territorios colonizados al oeste del Mississippi, sino también crear un cinturón de seguridad ante la amenaza ritánica y española que seguía instalada en amplios territorios estadounidenses».

Independientemente de la causa, en la práctica se instó a decenas de miles de indios a abandonar las casas en las que vivían (sus tierras desde hacía siglos) para partir hacia territorios «reservados» (o «reservas»).

«Se estima que, como resultado de esta política, unos 100.000 indios fueron trasladados al Oeste, la mayoría de ellos durante la década de 1830. Fue entonces cuando se empezó a hablar del “Territorio Indio”, un hipotético enclave a determinar donde los pueblos indios tendrían un hábitat asegurado “para siempre”», explica Doval. Esa era, al menos, la teoría. En la práctica, por el contrario, serían expulsados también de aquellas zonas con el paso de los años.

A nivel oficial, Jackson afirmaba que los nativos tenían la posibilidad de negarse a este «realojamiento» (una palabra, por cierto, usada posteriormente por los nazis con un sentido similar -el de campos de concentración-) y mantener su vivienda en territorio estadounidense. Sin embargo, la realidad fue que el gobierno (a la cabeza del cual se encontraba el presidente) ejerció una presión brutal sobre los jefes tribales para que se marcharan. Además, dejaban claro que, ante la negativa, usarían la fuerza. Así es como se hizo válido el lema que muchos atribuyen al político (aunque se procedencia es discutida): «El mejor indio es el indio muerto».

Nuevas elecciones y nuevas guerras

Con el paso de los años fueron muchas las tribus que esperaron a que las elecciones de 1832 trajeran nuevos vientos políticos. Al fin y al cabo… ¿Eran los hombres blancos tan racistas como para reelegir a Jackson? Parecía imposible. Sin embargo, así fue. A partir de ese momento multitud de jefes se armaron para defender sus territorios y aquellos que ya se habían declarado en guerra contra los Estados Unidos recrudecieron sus campañas para lograr mantener las tierras que, por tradición, les pertenecían.

Una de las contiendas más crudas de esta época fue la que enfrentó al gobierno de los Estados Unidos contra el jefe «Halcón negro». El líder de las tribus sauk y fox. Este, tras emigrar hacia el oeste del Mississippi, decidió volver a la región que le había visto nacer debido a que en la nueva zona que le habían asignado su pueblo se moría de hambre. Algo, por descontado, que no estaban dispuestos a permitir los norteamericanos.

Sonaron tambores de guerra, y en principio no les fue mal a los hombres de «Halcón negro», quienes lograron acabar con varios destacamentos de soldados. Sin embargo, su suerte se terminó acabando. «Cuando por fin una fuerza de mil trescientos soldados logró vencer a la pequeña tropa de “Halcón negro” en el mes de agosto, los indios trataron de rendirse. No se le dio descanso a las tribus, y los milicianos procedieron a masacrar a hombres mujeres y niños», explica William J. Bennett en su obra «América, la última esperanza».

El líder nativo fue capturado, y posteriormente Jackson se reunió con él. «Se ha comportado usted muy mal al levantar los tomahawk contra los blancos, y al matar hombres, mujeres y niños en la frontera», le dijo. Para desgracia de «Halcón negro», su castigo no se quedó en esa reprimenda, sino que el presidente ordenó que se le llevase por medio continente como un trofeo de guerra para demostrar que nadie se podía resistir al poder del ejército de los Estados Unidos. El nativo falleció en 1838, poco después de que comenzara aquel circo.

El sendero de los 4.000 muertos

Además de las guerras y las matanzas, si por algo será recordado Jackson es porque sus políticas provocaron la muerte de más de 4.000 indios cherokees en el denominado «Sendero de lágrimas». Para hallar el origen de este suceso es necesario remontarse hasta el año 1830 y al momento en el que se aprobó la ley de deportación fomentada por el presidente. Para entonces, la tribu cherokee no vivía sus mejores momentos. Y es que, después de que se encontrara oro en sus territorios, miles de hombres blancos invadieron sus territorios deseosos de hacerse ricos.

A pesar de ello, la tribu se negó a marcharse (al menos parte de ella). Y de nada sirvieron las maniobras políticas motivadas por Jackson, quien trató (y de hecho consiguió) dividir a sus líderes en un intento de que abandonasen la región y se dirigiesen a las reservas ubicadas al oeste del Mississippi. Con todo, el presidente tenía de su lado el tiempo. Así pues, cuando en 1838 se terminó el plazo de espera que se había establecido para que los cherokees abandonaran aquellas tierras, se llamó al ejército para que expulsara a los pieles rojas de sus viviendas.

Hambre, frío, enfermedades… El ejército no tuvo piedad con los indios

Oficialmente lo hizo el siguiente presidente de los Estados Unidos (pues Jackson no se encontraba en el poder), pero lo llevó a cabo basándose en la ley y los pilares puestos por su antecesor.

«A medida que la fecha tope para el traslado voluntario del 23 de mayo de 1838 se aproximaba, el nuevo presidente Van Buren encargó al general Winfield Scott (1786-1866) que preparara la operación de traslado a la fuerza. Scott llegó a New Echota el 17 de mayo al Tennessee, Carolina del Norte y Alabama. Durante tres semanas, unos 17.000 cheroquis, además de aproximadamente unos 2.000 esclavos propiedad de los más ricos, fueron sacados a punta de pistola de sus casas y agrupados en campos, a menudo con lo puesto. Los soldados asaltaban las granjas y, a punta de bayoneta, conducían a las familias a las reservas», completa Doval.

Durante aquella marcha, los nativos recorrieron más de 1.300 kilómetros a pie hasta la reserva que se les había asignado. Un camino que, por las malas condiciones que se tuvieron que soportar, fue conocido como «Sendero de lágrimas». Hambre, frío, enfermedades… El ejército no tuvo piedad y a los militares solo les importó cumplir su misión.

«El número de personas fallecidas ha sido objeto de diferentes estimaciones. El gobierno federal hizo un recuento en su momento de 424 muertes; un doctor estadounidense que viajó con una partida calculó unos 2.000 fallecimientos en los campos y otros 2.000 en el tren; su total de 4.000 muertes permanece como la cifra más aceptada. Los cheroquis no dejaron de cantar “Amazing Grace” (“Gracia Increíble”) para levantar la moral. Se escribieron las letras en el idioma cheroqui y la canción se convirtió en una especie de himno nacional para el pueblo cheroqui», finaliza el experto.

La última batalla del Che Guevara, el «suicida» que se enfrentó con 16 «superhombres» a 200 rangers


ABC.es

  • Esta semana se han cumplido 50 años de la llegada del guerrillero a Bolivia, el último país que en el que combatió y la región que le vio morir
 Ernesto Che Guevara - EFE

Ernesto Che Guevara – EFE

«El odio como factor de lucha, el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una eficaz, violenta, selectiva y fría máquina de matar. Nuestros soldados tienen que ser así: un pueblo sin odio no puede triunfar sobre un enemigo brutal».

Esta es una de las citas más famosas de Ernesto Guevara, más conocido en todo el mundo como el Che Guevara. Un guerrillero que, tras participar en un golpe de estado contra el gobierno cubano de mano de los hermanos Castro y marcharse al Congo para combatir contra el estado, decidió viajar a Bolivia hace 50 años en un intento de iniciar una gigantesca revolución latinoamericana.

En este país fue, precisamente, donde encontró su final. Una muerte que le llegó después de enfrentarse junto a 16 guerrilleros desnutridos a más de 200 rangers entrenados por la CIA y el ejército americano. La batalla se sucedió el 8 de octubre de 1967 y, aunque supuso su captura y su posterior asesinato, fue una contienda en la que el Che logró resistir a la élite del ejército boliviano. Los mismos hombres que, en palabras de uno de sus biógrafos más conocidos (Reginaldo Ustariz) consideraban que «los guerrilleros son casi superhombres, no le tienen miedo a la muerte, usan pecheras a prueba de balas».

Bolivia…

El Che llegó a Bolivia el 5 de noviembre de 1966. La primera anotación en su diario la hizo apenas dos días más tarde, cuando ya había arribado a la casa de campo que había adquirido uno de sus compañeros en Ñacahuasú y que haría veces de cuartel general. «Hoy comienza una nueva etapa», afirmó entonces el guerrillero. «Por la noche llegamos a la finca. El viaje fue bastante bueno. Luego de entrar, convenientemente disfrazados, por Cochabamba, Pachungo y yo hicimos los contactos y viajamos en jeep, en dos días y en dos vehículos».

Acababa de comenzar la última campaña militar de nuestro protagonista. Una operación a la que, según han afirmado a lo largo de los años sus allegados, se aventuró sabiendo de antemano que era imposible la victoria. «Entre un suicidio y un sacrificio. El Che no fue a Bolivia para ganar, sino para perder. Es un místico. Quiere morir. No anunció su suicidio, ni siquiera lo pensó claramente», determinó en una entrevista Jules Régis Debray, uno de los compañeros del Che.

A nivel oficial, su finalidad (así como el de la veintena de cubanos que le acompañaban en principio) era fomentar la revolución en el país. Todo ello, combatiendo desde la selva y reclutando cada vez a más y más guerrilleros. Un objetivo que, a día de hoy, parece inalcanzable para el general Gary Prado. El mismo hombre que terminaría capturando a Guevara en octubre del año siguiente.

«El Che se equivocó al contradecir lo que él mismo había escrito»

«El Che se equivocó al contradecir lo que él mismo había escrito. En su libro de la guerra de guerrillas dice “en un país donde se mantengan las formas democráticas, al menos con apariencia, es imposible hacer la revolución”. Aquí teníamos un gobierno democrático, elegido, con un gobernante popular como era Barrientos, el Congreso funcionaba y había libertad de prensa. Y el Che vino a hacer la revolución. ¿Cómo lo explica usted?», afirmaba el militar en 2006 en declaraciones al diario «Página 12».

El mes siguiente el Che pareció recuperar algo del furor guerrero que había perdido en el Congo tras la derrota de su guerrilla. Así lo dejó claro en una anotación en su diario: «Mi pelo está creciendo, aunque muy ralo, y las canas se vuelven rubias y comienzan a desaparecer; me nace la barba. Dentro de un par de meses volveré a ser yo». Casi se podría decir que volvía a sentirse como aquel veinteañero que se hizo un hueco junto a los hermanos Castro. También le ayudó a mejorar el ánimo el que multitud de bolivianos y cubanos fueran llegando poco a poco a la base para unirse a su contingente. Todo parecía ir bien.

… y el primer revés

Sin embargo, los guerrilleros sufrieron su primer revés en diciembre de 1966 cuando Mario Monje (líder del Partido Comunista de Bolivia -PCB- y el encargado de suministrarles hombres, armas y alimentos) se personó en el campamento del Che con malas noticias. «A las 7.30 llegó […] la noticia de que Monje estaba allí… La recepción fue cordial, pero tirante; flotaba en el ambiente la pregunta: ¿a qué vienes?», explicó Guevara en su diario. La finalidad del político no era otra que reclamar el liderazgo militar de aquella fuerza. O eso, o el Che perdería el apoyo de su partido. Con todo lo que ello significaba.

«Cuando el pueblo sepa que esta guerrilla está dirigida por un extranjero, le volverá la espalda, le negará su apoyo»

«La conversación con Monje se inició con generalidades pero pronto cayó en su planteamiento fundamental resumido en tres condiciones básicas: 1º) El renunciaría a la dirección del partido, pero lograría de éste al menos la neutralidad y se extraerían cuadros para la lucha. 2º) La dirección político-militar de la lucha le correspondería a él mientras la revolución tuviera un ámbito boliviano. 3º) El manejaría las relaciones con otros partidos sudamericanos, tratando de llevarlos a la posición de apoyo a los movimientos de liberación», determinó el Che en su diario. Guevara no estaba dispuesto a tolerar ser apartado del mando, así que rechazó la propuesta.

Monje se retiró entonces del campamento, y con él el apoyo del Partico Comunista de Bolivia. «Cuando el pueblo sepa que esta guerrilla está dirigida por un extranjero, le volverá la espalda, le negará su apoyo. Estoy seguro de que fracasará porque no la dirigirá un boliviano sino un extranjero. Ustedes morirán muy heroicamente, pero no tienen perspectivas de triunfo», afirmó. Con todo, lo que si logró Guevara es que los combatientes bolivianos que se habían unido al grupo (la mayoría provenientes del PCB) no se retiraran en masa tras la negativa de Monje a apoyar la guerrilla.

Hambre, sed y descubiertos

En febrero comenzó, como bien señaló el Che en su diario, la etapa propiamente combativa de sus hombres. «Probaremos a la tropa», determinó. A partir de entonces empezó el calvario de aquellos desdichados. Un total de 53 guerrilleros que, en los meses siguientes, tuvieron que enfrentarse a la sed, al hambre y a las enfermedades. Todo ello, sumado a las continuas caminatas ordenadas por Guevara con el objetivo de explorar el terreno y tender trampas al ejército boliviano partidario -lógicamente- del gobierno. Unas misiones que (a pesar de ser exitosas inicialmente en lo que se refiere a dar más de un susto al enemigo) desgastaron sumamente a la tropa.

«Los últimos días de hambre han mostrado una debilitación del entusiasmo», afirmó el Comandante en su diario (entrada de «Análisis de febrero»). La situación llegó a ser tan precaria que los soldados tuvieron que matar un caballo enfermo que se habían encontrado para poder alimentarse. Una decisión nefasta que les llevó a sufrir una epidemia de «descompostura estomacal». El mes siguiente tampoco fue demasiado bueno en lo que se refiere a la alimentación de los combatientes. En una ocasión, incluso, tuvieron que alimentarse de una cotorra y una paloma cazadas al vuelo. «Yo tengo comienzo de edemas en las piernas», añadía el Che posteriormente.

Ya fuera por el cansancio, por la ineptitud, o por el hambre, los guerrilleros acabaron cometiendo algunos errores que llevaron al ejército boliviano a estrechar el cerco sobre la zona del país en la que operaban. Una nefasta noticia que se vio aumentada (si cabe) por la ayuda enviada al gobierno de Bolivia por parte del eterno enemigo de Cuba: Estados Unidos. El mismo país que, contra el que Guevara había cargado en multitud de ocasiones (entre ellas, durante un discurso en la ONU) por considerarlo capitalista y un perpetuo opresor de latinoamérica.

A la caza del Che

El momento en el que EEUU empezó a involucrarse realmente en el conflicto fue el 20 de marzo, cuando viajaron (en palabras de la «Fundación Che Guevara») a Bolivia cuatro oficiales (dos de ellos de la CIA) para empezar a empaparse de lo que realmente sucedía en la zona. Una semana después se inició una «activa participación» de la embajada norteamericana y de su servicio secreto en el país. Todo ello, después de que se corroborara que era el Che quien dirigía las hostilidades.

La noticia, como era de esperar, hizo que el ejército boliviano se movilizase en masa para dar caza al revolucionario más buscado de la época. «Las radios siguen saturadas de noticias sobre las guerrillas. Estamos rodeados por 2.000 hombres en un radio de 120 kilómetros, y se estrecha el cerco, complementado por bombardeos con napalm», escribía el mismo comandante en su diario. Por si fuera poco, Guevara carecía de noticias de Cuba (desde donde Fidel Castro había cortado de forma drástica la ayuda -ya de por si exigua- a la guerrilla) y los heridos y enfermos se amontonaban.

Estas dificultades llevaron al comandante a tomar la decisión de dividir sus fuerzas para que fueran más operativas. Un gran error, como explicaba Gary Prado en 2006 al diario latinoamericano: «Se equivocó en elegir a Bolivia, ese fue su primer gran error. El segundo gran error que cometió fue dividir sus fuerzas. La falta de previsión lo llevó a eso. Hay un momento en que la guerrilla se divide en dos grupos […] y nunca más vuelven a encontrarse los dos grupos. Eso es un error infantil. Nunca más se encontraron. Deambularon en el bosque de un lado a otro hasta que fueron derrotados por separado»

Más y más CIA

Y mientras, los estadounidenses no paraban de enviar agentes de la CIA a Bolivia para entrenar al ejército en labores de contraguerrilla y ofrecer a los soldados un armamento más moderno del que disponían. Entre el mismo, fusiles Garand capaces de disparar en modo de repetición (en lugar de tiro a tiro). «La CIA tomó el control de las oficinas del correo y de la central telefónica de La Paz. En esos momentos, el despliegue militar de las […] divisiones norteamericanas sumaba más de 4.800 efectivos para luchar contra una guerrilla de apenas 30 personas», afirma la Fundación Che Guevara en su dossier.

Pocos meses después, en septiembre, los instructores norteamericanos terminaron el entrenamiento de nada menos que 640 soldados de élite del ejército boliviano especializados en el combate en la jungla y la lucha contra la guerrilla. Los denominados rangers. «El 18 de septiembre, el vicepresidente de Bolivia, Luis Adolfo Siles Salinas y los instructores militares norteamericanos clausuraron el curso de entrenamiento de rangers. […] El acto de graduación concluyó con el desfile de los rangers con los uniformes y las boinas verdes al estilo de los utilizados por el ejército norteamericano», completa la fundación.

La batalla final

Entre hambre, enfermedades, sed y accidentes. Así se desarrolló el siguiente mes en la partida guerrillera del Che hasta la llegada de octubre. Para entonces la situación era sumamente precaria ya que, como explicó en una entrevista posterior Dariel Alarcón Ramírez (alias «Beningno», uno de los guerrilleros que todavía quedaban en la partida de Guevara), más de la mitad de los combatientes se encontraban indispuestos.

El 7 de octubre, cuando el comandante hizo las últimas anotaciones en su diario, apenas quedaban 16 combatientes a sus órdenes. Todos desnutridos. Y estos tenían pisándoles los talones a 1.800 soldados enemigos.

El día 8 llegó el horror para el Che. Aquella jornada, mientras los guerrilleros caminaban por la quebrada del Churo (una región cercana al pequeño pueblo de La Higuera), fueron descubiertos por un soldado boliviano disfrazado de campesino: Pedro Peña. Habían sido cazados.

El militar, como alma que lleva el diablo, corrió para dar el aviso a Carlos Pérez Panoso, jefe de una sección de la compañía A del ejército (acantonada en las proximidades de la zona). Inmediatamente, la maquinaria castrense se puso a funcionar. «Panoso se puso en contacto por radio con los jefes militares […], con dos compañías de rangers que tenían 145 hombres cada una y un escuadrón con 37», explica la Fundación Che Guevara.

La suerte estaba echada para los guerrilleros. Al instante, Gary Prado (al mando entonces de 70 hombres -el resto del contingente se había separado del grupo en labores de patrulla-) dividió a sus subordinados en dos grupos y ordenó crear un cerco alrededor del grupo de guerrilleros. El objetivo: que no pudieran escapar de la región vivos.

«Los guerrilleros padecían sed y hambre, tenían un ropaje formado por andrajos»

El Che, por su parte, organizó la defensa basándose en el factor sorpresa y en la idea de que sus combatientes (hambrientos y febriles) pasasen desapercibidos. No podía estar más equivocado. Y es que, pronto se unieron a los hombres de Prado otros tantos militares dispuestos a acabar con los guerrilleros. En total, a las nueve de la mañana había un total de 195 hombres.

Y todos ellos descansados y llenos de energía. «Los guerrilleros padecían sed y hambre, tenían un ropaje formado por andrajos, y se sentían cansados después de haber pasado una mala noche», afirma Reginaldo Ustariz en «Che Guevara. Vida, muerte y resurección de un mito».

A pesar de ello, Guevara no estaba dispuesto a rendirse. «El Che lo organizó todo, no dejó nada al azar: él organizó la defensa, hizo exploraciones, previó todas las cosas, hacia dónde teníamos que ir y, si ocurría un desbande, dónde teníamos que reagruparnos», determina Beningo en una entrevista concedida para el libro «Che Guevara. Vida, muerte y resurrección de un mito».

Tras algunos minutos, dividió a sus escasos hombres en cuatro grupos, a los que ordenó esconderse en espera del ataque enemigo. Por entonces el reloj marcaba las nueve de la mañana. En las siguientes cuatro horas apenas se escucharía nada. Se sucedió una calma desconcertante por parte de ambos bandos. En ese tiempo, los guerrilleros se mimetizaron con la vegetación, y los soldados no se decidieron a atacar.

«Superhombres»

En palabras de varios soldados del ejército boliviano, podrían haber atacado, pero esperaron tanto tiempo porque sentían verdadero pavor a los guerrilleros. Les consideraban «superhombres» equipados con chalecos antibalas y armas de última generación. Desconocían sus condiciones reales de vida. A la una y media, no obstante, comenzó el combate. El tiroteo se hizo entonces insostenible.

En la batalla, extrañamente, los guerrilleros lograron hacer multitud de bajas entre sus enemigos. «Cuando yo estoy arriba, disparando contra ellos, en uno de los momentos más intensos del combate, oigo claramente que el radista transmitía, probablemente a la jefatura de la compañía: “Mi teniente pide permiso para retirar la tropa, mi teniente pide permiso para retirar la tropa; estamos teniendo muchas bajas, estamos teniendo muchas bajas…”», afirma Benigno.

Según los campesinos presentes en La Higuera, multitud de jefes militares se escondieron en su cuartel general para escapar de las balas de los guerrilleros. «Tal acusación es correcta, ya que [muchos oficiales] fueron al encuentro de Gary Prado Salmón solo después de las cinco y media de la tarde, cuando el combate ha terminado», afirmó Ustariz. A pesar de ello, el ejército terminó cargando contra los hombres del Che entre un ensordecedor tronar de fusilería, ametralladoras pesadas, y disparos de mortero.

En ese momento el Che decidió (en palabras de otro de sus guerrilleros, Pombo) dividir a sus fuerzas en dos grupos. Uno de ellos, formado por los enfermos. ¿Cuál era su objetivo? Lograr que pudiesen escapar: «Uno de los aspectos, al que hay que prestar más atención para comprender cómo ocurrieron las cosas, está dado por las concepciones humanas del Che. Porque es por eso, por su compañerismo, por sus sentimientos para con los que venían enfermos, y por su tenía capacidad de combatir y, desplegando la reducida fuerza con que contaba, garantizar que los enfermos pudieran salir del cerco».

En palabras del miembro del contingente, este acto hizo que quedase cercado y que no pudiese, posteriormente, retirarse.

«Herido en una pierna, el Che continuó combatiendo hasta que se inutilizó su carabina y se agotaron las balas de su pistola»

El Che, a partir de entonces, combatió hasta el último cartucho. «Herido en una pierna, el Che continuó combatiendo hasta que se inutilizó su carabina y se agotaron las balas de su pistola», se añade en el dossier de la fundación. Posteriormente, antes de las tres de la tarde, Guevara decidió que poco podía hacer para frenar el aluvión de militares que le estaban cercando y subió junto a uno de sus hombres –Willy Cuba– a una loma para tratar de huir.

Para su desgracia, allí se topó con la sección del sargento Bernardio Huanca. Este, al darse de bruces con el Che, le propinó un terrible culatazo y le capturó. Guevara, entonces, espetó lo siguiente a sus captores: «Yo soy el Che Guevara, valgo más vivo que muerto». Así acabó la carrera guerrillera del comandante más famoso de su época. Posteriormente, y a eso de las cinco y media, el ejército decidió retirarse del teatro de operaciones. Al fin y al cabo, ya tenían a su presa más preciada. Una presa que iba esposada y vigilada por varios soldados.

Así fue el último combate del Che. Un guerrillero que, para muchos, compró su propio féretro cuando decidió combatir en Bolivia y, posteriormente, se negó a abandonar la lucha armada aún cuando sabía que iba a ser derrotado «Cuando se ve que la cosa ya no va, ¿para qué persistir? Si usted lee el Diario del Che y habla con Benigno (compañero del Che en la campaña de Bolivia), esos últimos días son totalmente surrealistas. Sabían que el ejército se les estaba viniendo encima. En vez de dispersarse y decir bueno, hasta otro día camaradas, dejamos los fusiles, nos compramos un pantalón y una camisa, nos sacamos la barba y sálvese quien pueda. No, siguieron marchando», añade Prado.