Category: Personajes



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  • Mientras Luis se afanaba en comprender qué ocurría en la cabeza de su extraña esposa; otro loco, su padre, arrojó inesperadamente su Corona sobre él en enero de 1724
Retrato de Luis I como rey de España, por Jean Ranc (1724)

Retrato de Luis I como rey de España, por Jean Ranc (1724)

La locura forzó a Felipe V a abdicar a favor de su hijo mayor, Luis, en 1724. El Rey tomó aquella decisión porque veía que los estragos de su enfermedad, probablemente un trastorno bipolar, no le permitían seguir en el trono más tiempo o porque, tal vez, el Monarca albergaba la ambición secreta de reinar en Francia si fallecía prematuramente Luis XV. La locura nunca estuvo reñida con la ambición. No obstante, la brevedad y las complicaciones del reinado de Luis echaron al traste los planes del Rey padre, cuya enfermedad entró en caída libre tras aquella abdicación en falso.

Luis I, llamado «el Bien Amado» o «el Breve», fue el primer Borbón nacido en España y uno de los frutos del primer matrimonio de Felipe V con María Luisa Gabriela de Saboya. Huérfano de madre desde la tierna infancia, el Príncipe de Asturias creció bajo la rígida tutela de la princesa de Ursinos y la alargada sombra de su madrastra, Isabel de Farnesio. Y es que la segunda esposa del Rey era de carácter fuerte y nunca mantuvo buenas relaciones con Luis y Fernando, a la postre Reyes de España.

En 1709, Luis fue proclamado Príncipe de Asturias y en 1722 se casó con Luisa Isabel de Orleans, hija de Felipe de Orleans, regente de Francia. Y aquí aparece la primera pata de la desgracia del joven. La esposa de Luis apenas recibió educación, siendo el único interés de sus padres el que se casara lo más pronto posible. Como consecuencia del desapego paterno, su personalidad era la de una niña caprichosa y extravagante. Escribiría el embajador inglés Stanphone: «No hay nada que justifique la conducta inconveniente de Luisa Isabel. A sus extravagancias, como jugar desnuda en los jardines de palacio; a su pereza, desaseo y afición al mosto; a sus demostraciones de ignorar al joven monarca, responde el alejamiento cada vez más patente de Luis hacia ella».

Un reinado adolescente

Mientras Luis se afanaba en comprender qué ocurría en la cabeza de su esposa; otro loco, su padre, arrojó inesperadamente su Corona sobre él en enero de 1724. Con diecisiete años, el Príncipe de Asturias era un inexperto, carecía de los conocimientos para reinar y tenía ya bastantes preocupaciones con contener a su extravagante esposa. Así y todo, el 9 de febrero de 1724 Luis I fue proclamado Rey, cuatro semanas después de la renuncia de Felipe V a la Corona, dando pistoletazo de salida al reinado más corto en la historia del Reino de España.

El pueblo, no en vano, dio la bienvenida con estusiasmo a este joven que las crónicas presentan como alguien «con cierta gracia y un donarie en sus modales y en su porte; siendo afectuoso y franco en su trato, sin amenguar por esto su continente grave y digno; y se le reconocía capacidad y aplicación en el estudio de las ciencias y las artes». Sus talentos y popularidad dieron lugar al apelativo del «Bien Amado».

En cualquier caso, el mayor obstáculo que se encontró Luis a su llegada al trono fue descubrir que, si bien Felipe V había abdicado de buena gana, no era de la misma opinión Isabel Farnesio (Felipe V tenía 40 años y la Reina 32), que mantuvo una oreja en el Palacio Real y la otra en el Palacio de la Granja de San Ildefonso, donde se había retirado el Rey padre buscando tranquilidad. Tampoco Felipe V terminó de soltar el cetro. Tras visitar al Monarca en San Ildefonso, el Mariscal Tessé alardeó de que «el Rey no ha muerto, ni yo tampoco», en referencia a que seguía siendo él el que realmente mandaba y sus hombres de confianza no estaban dispuestos a dar un paso atrás.

Buscando reivindicar su poder, Luis se rodeó de una serie de tutores alejados de la influencia de los anterior Reyes, dando un giro a la política exterior del reino, lo que se tradujo en más medios para América y el Atlántico y menos para la recuperación de las posesiones italianas perdidas en la Guerra de Sucesión. Además, se vivió un descenso en la influencia francesa en la Corte.

Pero tuviera o no grandes planes para el Imperio español, las políticas de Luis I quedaron inéditas. Su reinado estuvo marcado, casi exclusivamente, por la creciente locura de Luisa Isabel. La actitud de su esposa llevó a Luis I a buscar consuelo en numerosas correrías nocturnas por Madrid y en la caza. De hecho, la imagen que ha trascendido hoy es la de un Rey juerguista de vida relajada. «En cuanto ha almorzado se va a jugar a la pelota; el resto del día, bajo un gran calor, se va de caza y camina como un montero; por la noche, sin trabajar eficazmente, creemos que se excede y, sin embargo, no le gusta su mujer ni a su mujer él», escribía en esas fechas el Mariscal Tessé sobre las rutinas y aventuras de Luis I.

Finalmente, el Rey ordenó el encierro de su esposa en el Palacio Real. Como relata Alejandra Vallejo-Nágera en «Locos de la Historia» (La Esfera de los Libros, 2006), el hartazgo tuvo lugar tras una recepción pública en la que la soberana se desnudó y empleó su vestido para limpiar los cristales del salón. «No veo otro remedio que encerrarla lo más pronto posible, pues su desarreglo va en aumento», escribió el joven Rey a su padre.

La viruela termina con el joven Rey

El encierro de casi dos semanas hizo recapacitar a la joven, que envió varias cartas a Luis pidiéndole perdón. Su arrepentimiento quedó patente cuando la pareja real enfermó de viruela, a mediados de agosto. Luisa Isabel de Orleans sobrevivió a la enfermedad y permaneció al lado de su marido hasta su último suspiro. Siete meses después, con su repentina muerte el 31 de agosto, terminó el reinado de Luis I.

A pesar de que parecía haber corregido su comportamiento, la Corona reservaba pocas expectativas para las reinas viudas. Felipe V devolvió a Francia a la joven, como quien descambia un aparato defectuoso en la tienda de electrodomésticos.

El punto más polémico del testamento de Luis fue el nombramiento de su padre como heredero universal, lo cual contravenía los términos de la abdicación de Felipe V, que especificaba que de morir sin herederos la Corona pasaría a su siguiente hijo, Fernando, de once años. Frente a aquella incertidumbre legal, la rápida actuación de Isabel de Farnesio devolvió las riendas del reino a Felipe V. La Reina convenció a su marido de que siguiera el criterio del Papa, quien respaldaba que el juramento de abdicación no le obligaba a renunciar a la Corona ahora. Todo ello haciendo frente a las críticas de ciertos sectores de la nobleza castellana, que argumentaba que no cabía la marcha atrás en la abdicación de un Rey.

Si bien su locura iría en aumento en los siguientes años, fue Isabel de Farnesio quien se hizo realmente cargo de las responsabilidades de la Corona.

En cuanto a reyes breves. Luis I es superado por Felipe I de Castilla, conocido popularmente como «el Hermoso», que estuvo en el trono apenas dos meses antes de sufrir una enfermedad súbita. Por su parte, Amadeo de Saboya reinó tres años, siendo que su suerte estaba sellada incluso antes de desembarcar en España en 1870.


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  • La tradición histórica le achaca a Luisa Francisca las famosas palabras: «Melhor ser Rainha por um dia, do que duquesa toda a vida» («Antes reina por un día que duquesa toda la vida»)

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En la Historia con mayúsculas, la que habla de guerras entre estados y conquistas por imperios, se prescinde con demasiada frecuencia de la letra pequeña. La nota de color o factor humano que lo explica todo más allá de la geopolítica. La ambición de una noble que quería ser reina a toda costa puso el color en el caso de la revuelta de Portugal de 1640 que derivaría en la independencia del país vecino.

El levantamiento portugués fue planeado en Lisboa por miembros de la nobleza, el clero y militares para destronar a los Austrias y proclamar un Rey portugués

Tras más de medio siglo de unión ibérica, la aristocracia portuguesa se levantó, en 1640, aprovechando la guerra de España con Francia y la sublevación de Cataluña. Estas regiones junto a Nápoles y Sicilia emprendieron, con suerte desigual, sendas rebeliones contra Felipe IV en esas fechas.

El levantamiento portugués fue planeado en Lisboa por miembros de la nobleza, el clero y militares para destronar a los Austrias y proclamar un Rey portugués. El detonante final fue la exigencia del Conde-Duque de Olivares, valido del Rey, de que 6.000 soldados portugueses y la mayor parte de la nobleza en edad de combatir se sumaran a la guerra en Cataluña. Como respuesta a las exigencias de Olivares, un grupo de conspiradores irrumpió en el Paço da Ribeira (Lisboa) el 1 de diciembre de 1640, sorprendiendo allí al secretario de Estado, Miguel de Vasconcelos, quien fue asesinado y defenestrado por la fachada del Palacio Real.

La comunidad de jesuitas y el pueblo llano se decantó en bloque por los nobles rebeldes e hicieron triunfar el levantamiento. En su lugar aclamaron al Duque de Braganza como Rey, con el título de Juan IV de Portugal, alegando viejos derechos dinásticos anteriores a la llegada de Felipe II de España.

Cuando los Braganza conocieron a una Guzmán

Ciertamente los Braganza tenían derechos acumulados. Cuando en 1578 el Rey de Portugal Sebastián I de Avís perdió la vida en una demencial incursión por el norte de África, Felipe II –emparentado con la dinastía portuguesa por vía materna– desplegó una contundente campaña a nivel diplomático para postularse como el heredero a la Corona lusa, que fue asumida brevemente por el Cardenal-infante don Enrique hasta su muerte. La Casa de Braganza, no obstante, se abstuvo de participar en la contienda por hacerse con la Corona, a pesar de que su titular entonces, la Duquesa Catalina de Braganza, era hija de Eduardo de Avis, a su vez hijo del Rey Manuel I de Portugal. Si bien Catalina era la favorita del efímero Cardenal-infante para sucederle, los Braganza sabían que nada tenían que hacer ante la entrada de Felipe II y sus tropas.

No obstante, el propio Conde-Duque de Olivares, perteneciente a una rama menor de los Medina Sidonia, incentivó y apoyó el enlace pensando que así sepultaría las viejas aspiraciones de la Casa Braganza

La familia portuguesa se mantuvo leal a la Monarquía hispánica hasta 1640 e incluso entroncó con dos de las casas castellanas de más largo recorrido: la Casa de Haro y los Medina-Sidonia. El hijo de Catalina, Teodosio, fue nombrado por Felipe II (I de Portugal) condestable del reino y protector de Lisboa, cargo que ejerció durante la defensa de esta ciudad de los ataques ingleses. Asimismo, el condestable de Portugal se casó en 1603 con la hija del condestable de Castilla, Ana de Velasco y Girón, lo que significó emparentarse con los que fueron durante siglos titulares del señorío de Vizcaya.

El futuro Juan IV de Portugal fue el fruto primogénito de este matrimonio entre un portugués y una castellana. Y también él se casó con una poderosa noble española, Luisa Francisca de Guzmán, de la Casa de Medina Sidonia, los señores más poderosos de la baja Andalucía y en el pasado emparentados con la realeza lusa. No obstante, el propio Conde-Duque de Olivares, perteneciente a una rama menor de los Medina Sidonia, incentivó y apoyó el enlace pensando que así sepultaría las viejas aspiraciones de la Casa Braganza. Los matrimonios mixtos fueron muy habituales entre aristócratas de ambos países en esas fechas. Lo que no pudo calcular el valido de Felipe IV es que iba a ser precisamente Luisa Francisca, nacida en Huelva, quien empujaría a su marido a rebelarse contra España.

La tradición histórica, no en vano, le atribuye las famosas palabras «melhor ser Rainha por um dia, do que duquesa toda a vida» («Antes reina por un día que duquesa toda la vida»), así como un papel activo durante la rebelión. En este sentido, el historiador portugués Joaquim Veríssimo Serrão considera que, aunque ella se «identificó sin duda con el movimiento», no debe mantenerse «la falsa tradición que hace de ella uno de los “motores” de la Restauración».

Los cabecillas fueron otros. Cuando tres meses después de la muerte Vasconcelos se entendió en Madrid el verdadero alcance de la rebelión portuguesa, el Conde-Duque responsabilizó a cinco hombres del golpe, todos ellos supuestamente leales a la Corona: el Duque de Braganza «tonto y borracho»; el Marqués de Ferreira, «tan tonto que no sabe donde cae Valladolid»; el Conde de Vimioso, un «gallina»; Don Antonio Vaz de Almada, «totalmente ignorante»; y el Arzobispo de Lisboa, traidor e hijo de traidores.

El Conde-Duque de Olivares calificaba a los rebeldes como cobardes e ignorantes sin percatarse de en qué lugar le dejaba a él haber sido engañado por un grupo de «tontos». El golpe fue rápido e inesperado. En este sentido el insultarlos solo demostraba lo mucho que le habia dolido a nivel personal la traición. Sin ir más lejos, Luisa Francisca era prima suya y supo de su responsabilidad en el golpe, como demuestra su petición al Duque de Medina Sidonia para que tachara su nombre de los archivos de la familia.

Su nombre podría desaparecer de los archivos españoles, pero iba a entrar en mayúsculas en los de Portugal. Después de la proclamación, los nuevos Reyes de Portugal se instalaron en Lisboa con sus hijos. La onubense Luisa Francisca ejerció el gobierno siempre que el Rey acudía a la frontera del Alentejo y también tras su muerte. En 1656, al fallecimiento de Juan IV de Portugal fue nombrada en el testamento de su esposo regente del reino, durante la minoría de edad de su hijo Alfonso.

Durante su regencia se produjo la gran victoria portuguesa en la trascendental batalla de las Líneas de Elvas, el 14 de enero de 1659, aunque hasta 1668 el Imperio español no reconoció la independencia de Portugal. Asimismo, los graves problemas mentales de su hijo alargaron su influencia política más allá de la regencia.

El intento de independizar Portugal

Si bien estaba obligado a criticarla públicamente, al Duque de Medina Sidonia la idea de que su hermana Luisa Francisca fuera Reina no le resultaba nada desagradable. Cuando el Rey de España preparó la reconquista de Portugal, le fue encomendado al Duque de Medina-Sidonia, Gaspar Pérez de Guzmán y Gómez de Sandoval y Rojas, la capitanía general de uno de los ejércitos que debía caer sobre los rebeldes. Sin embargo, la lentitud y falta de iniciativa del noble andaluz dejaron ya entrever sus planes ocultos y sus simpatías por lo ocurrido en Portugal.

Los «guzmanes» (llamados así por el apellido) no solo estaban a favor de la independencia de Portugal, sino que iban a intentar separar Andalucía de la Corona castellana. Un plan que se vino abajo en los preparativos ante la falta de apoyo popular y el retraso de las fuerzas militares prometidas desde el extranjero, especialmente de Francia y Holanda.

Sin que hubiera prendido todavía el levantamiento, Luis de Haro y Guzmán —el gran protegido del Conde-Duque— se presentó en Andalucía a conocer el alcance de la conjura en el verano de 1641. El duque escapó a tiempo hacia Madrid para dar explicaciones en persona a su pariente. El valido arrojó, literalmente, a su primo a los pies del Monarca, al que confesó todos los planes y rogó que le perdonara. Arruinado y envidioso porque su primo el Conde-duque hubiera ganado tanto poder, Medina-Sidonia creía que en la rebelión encontraría una solución a sus problemas económicos.

En una muestra de magnanimidad, Felipe IV libró a Medina-Sidonia de ser condenado a muerte, pero no así al otro cabecilla, el Marqués de Ayamonte. El castigo a Medina-Sidonia se limitó a pagar una multa de 200.000 ducados como donativo a la Corona y a un destierro de sus dominios andaluces. Solo cuando violó estas prohibiciones, en 1642, coincidiendo con la presencia de una flota franco-holandesa en las proximidades de Cádiz, fue encarcelado en el castillo de Coca.

En un desesperado intento por lavar su imagen, Medina-Sidonia tuvo la estrafalaria idea de retar a duelo al Rey de Portugal, su cuñado. Le convocó a comparecer en Badajoz, cerca de Valencia de Alcántara, donde el duque y su séquito esperaron inútilmente 80 días a la comparecencia del soberano.

 


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  • La venta de indulgencias realizada en tiempos de este papa florentino fue el principal detonante para que Martín Lutero iniciara, en 1517, una reforma eclesiástica que habría de escindir la comunidad cristiana

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El siglo XVI cuenta con algunos de los pontífices más excesivos de la historia de la Iglesia. Papas hedonistas, corruptos y de cuestionable moralidad, donde los Borgia, los della Rovere, los Médici y otras familias eclesiásticas ambicionaron convertir Roma y sus riquezas en parte de su patrimonio. ¡Es el oro, estúpido!, hubieran advertido en otro tiempo. Cuando Giovanni de Medici se sentó en la silla de San Pedro con el nombre de León X se hizo acompañar de poetas, artistas, banquetes y juegos. Por supuesto, las arcas de la Santa Sede no aguantaron el dispendio de aquel perfecto hedonista que, en última instancia, encargó pintar las estancias vaticanas a Rafael, trazar la monumental obra de Miguel Ángel en la capilla sixtina y continuar la construcción de la Basílica de San Pedro.

No cabía esperar menos del hijo de Lorenzo el Magnífico, uno de los mayores mecenas del Renacimiento. El Papa natural de Florencia, nacido en 1475, fue nombrado cardenal siendo un adolescente, pero no recibió las órdenes sagradas hasta cuatro años después. La invasión de Carlos VIII de Francia a Italia tuvo como consecuencia la expulsión de los Médici de Florencia, incluido el para entonces cardenal Giovanni. Su rencor hacia los franceses se forjó en esos años de refugiado en Roma e incluso pasó un tiempo bajo su cautiverio en Rávena.

Una vez fue Papa, la creciente necesidad de obtener nuevos ingresos para sostener su tren de vida derivó en la venta de indulgencias: oro por el perdón de los pecados. Algo que, a decir verdad, era un negocio ya amplicado por su predecesor para pagar la nueva Basílica, Julio II, pero que León X llevó al siguiente nivel. Esta escandalosa cuestión fue el principal detonante para que Martín Lutero iniciara en 1517 una reforma eclesiástica que habría de escindir la comunidad cristiana.

León X se decanta por Carlos

Los problemas alemanes, franceses y españoles eran los italianos, y viceversa. Aunque el Papa prefiriera una vida como mecenas de las artes, la guerra no iba a esfumarse de Italia porque él dejara de mirar. Del belicoso Julio II heredó sus guerras contra los «bárbaros» que venían a invadir Italia, esto es, los franceses y los españoles. Para Roma era tan amenazante la presencia de España en Nápoles como la de Francia en Milán. Como buen Médici se mostró ambiguo con ambos e incluso al principio apoyó a Francisco I de Francia en su pretensión de heredar la Corona imperial.

El peligro que suponía Lutero convenció a Carlos V y a León X de que se necesitaban mutuamente

En ese tiempo de buena sintonía con Francia, uno de sus mayores éxitos fue el que la Iglesia de este país terminara con su situación de independencia a raíz de la Pragmática Sanción promulgada por Carlos VII. Sin embargo, se posicionó finalmente con Carlos V en sus guerras frente al impetuoso Francisco de Francia a cuenta de lo que Roma se jugaba en Alemania. El peligro que suponía Lutero convenció a ambos de que se necesitaban mutuamente, incluso cuando las relaciones entre el Pontífice y el Rey francés iban in crescendo.

El monje agustino Lutero escribió las 95 tesis, un texto clavado en las puertas de la Iglesia del Palacio de Wittenberg en 1517, denunciando la doctrina papal sobre la venta de indulgencias para financiar la renovación de la Basílica de San Pedro en Roma. La respuesta de León X tardó en llegar, pese a lo cual no escatimó en dureza. Condenó las tesis luteranas en 1520 mediante la bula Exsurge Domine, que Lutero quemó públicamente. Al no arrepentirse, el Papa pronunció su excomunión y la de sus partidarios en 1521.

Además, León X instó a Carlos V a tomar medidas contra aquel súbdito suyo. En Worms, el popular monje y el imberbe Emperador tuvieron su primera confrontación teológica. Lutero se salvó por poco de ir a prisión, pero Carlos se mantuvo firme en su lugar. No en vano, la incapacidad de apagar una herejía que tenía mucho que ver con un emergente nacionalismo (los cristianos del norte se consideraban ajenos a esa forma de entender la religión tan latina representada por el Papa) les ha condenado a ambos a ojos de la Historia como los hombres que no supieron reaccionar con inteligencia ante aquella encrucijada. Los tiempos estaban cambiando… Eso era todo.

Olor a veneno en Roma

La alianza entre el Papa y Carlos V fue en detrimento de los franceses, expulsados por tercera vez de Milán en 1521. León X murió en medio de los festejos por la victoria sobre Francia el 1 de diciembre de ese año a la edad de 47 años. Una fiebre súbita consumió su vida en cuestión de tres días. La sospecha de que fue envenenado corrió por Italia sin que se haya podido nunca confirmar. Y no ayudó a desmentirlo que su cuerpo se hinchara y ennegreciera como era habitual en casos de muerte por veneno. El principal sospechoso de orquestar el asesinato fue su sumiller, Bernabé Malaspina, al que se le consideraba afín a Francisco I y proclive a que ese pontífice tan incómodo desapareciera de una vez.

Sus planes pasaban porque el médico entrara al servicio de León X y le envenenara aprovechando una operación de fístula

No hubiera sido la primera vez que alguien intentaba envenenar a León X. En 1517, el cardenal Petrucci conspiró para asesinar al Papa y contrató con este fin al médico florentino Bautista de Vercelli. Sus planes pasaban porque el médico entrara al servicio de León X y le envenenara aprovechando una operación de fístula.

Al conocerse la conspiración por una carta interceptada, se implicó a cuatro cardenales más y al secretario de Petrucci. Los principales sospechosos pasaron todos por el potro de tortura, tras lo cual Vercelli y el secretario fueron ahorcados y descuartizados. Petrucci fue despojado de sus beneficios y dignidades y posteriormente ajusticiado. El veneno se quedó en su fraco por esa vez.


El Mundo

  • Visionario y profundamente conservador, tímido y excesivo, tirano y benefactor, a los 50 años de su muerte, el legado contradictorio del aún enigmático Walt Disney se confunde, para bien o para mal, con todo aquello de lo que es capaz la imaginación.
Walt Disney posa en la playa de Copacabana en Río de Janeiro (Brasil). HART PRESTON / GETTY IMAGES

Walt Disney posa en la playa de Copacabana en Río de Janeiro (Brasil). HART PRESTON / GETTY IMAGES

Mickey Mouse, como todos, tuvo padre y éste sorprendió en una ocasión a su interlocutor con una declaración extraña. «Yo no soy Walt Disney. Hago infinidad de cosas que él jamás se permitiría. Walt Disney no fuma. Yo fumo. Walt Disney no bebe. Yo bebo», dijo en una peculiar y existencial reinterpretación del Ceci n’est pas une pipe, de Magritte. Lo que se ve no es más que máscara, trampantojo, engaño. Y genio. Pero, y esto es lo importante, sólo lo que se aprecia es lo real. Los que le conocieron personalmente le describían como una persona extremadamente tímida. Nada que ver con el seductor de bigote fino, visionario de universos de plexiglás, encantador de banqueros y megalómano voraz que hacía de cada comparecencia pública, una apología y éxtasis del entusiasmo. «Interpreta el papel de persona retraída para no intimidar a su interlocutor», escribió de él uno de sus biógrafos. Fue Nietzsche, campeón en lo de sospechar de lo evidente, el que definió a la mediocridad «como la más feliz de las máscaras que puede usar un espíritu superior». Y añadió que ningún disfraz se antoja más efectivo «para no irritar [a precisamente los mediocres], y, en casos no raros, por compasión y bondad». Pues eso.

Sea como sea, 50 años después de su muerte el 15 de diciembre de 1966, Walt Disney continúa siendo, pese a misterios, cábalas y elucubraciones, una de las personas que mejor define el siglo en el que vivió. Recorrer su biografía produce, antes que cualquier otra sensación, vértigo. Y, en su transparencia obsesiva, hasta miedo. Nacido en el barrio Hermosa de Chicago en una familia que sus biógrafos dan en llamar de forma insistente humilde pasó de repartir periódicos mañana y tarde en la empresa familiar a la persona más célebre del planeta. Y ello en apenas cuatro décadas de fiebre. Para cuando murió con 65 años recién cumplidos a causa de un cáncer de pulmón -privilegio de fumador compulsivo- podía presumir de haber producido 81 películas que revolucionaron la historia del cine con las que consiguió un total de 22 premios Oscar de 59 nominaciones. Eso y de haber sido el creador de un universo entre mágico y extraño, Disneyland, entregado a la ilusión de un mundo feliz en la arcadia capitalista de la que se erigió en defensor. «Prototipo Experimental de la Comunidad del Mañana» (EPCOT en las siglas en inglés) fue su idea de sociedad perfecta que quedó apenas esbozada en un proyecto pretendidamente imposible y que, quién sabe, la sociedad del entretenimiento, consumo y espectáculo que pisamos se ha encargado de hacer realidad.

La leyenda, transmutada en historia (o al revés), dice que todo empezó en 1928 cuando el mundo asistió al milagro de un ratón a los mandos de un barco. Tras la fallida creación de Oswald, el conejo afortunado, cuyos derechos acabaron en manos de Universal, Mickey Mouse y su Steamboat Willie se convirtieron en el primer corto animado con sonido. Y no sólo eso. La creación de Ub Iwerks (él fue el dibujante del ratón) pronto adquiría el carácter de icono de los tiempos. De todos. A ello le siguió las Silly Symphonie, antecedente directo de Fantasía, y la particular adaptación de Los tres cerditos, el corto animado con más éxito de la historia, justo antes de que en 1937 Blancanieves y los siete enanitos inventara la infancia. Literalmente. Hasta la llegada a los cines de la princesa destronada, los niños no habían sido nunca un público deseable. No solían tener dinero. O no tanto como sus padres. Hasta que Disney cayó en la cuenta que detrás de cada infante hay una familia y un brillante negocio de happy meals. La película que, entre otras innovaciones incorporaba la cámara multiplanos para producir sensación de profundidad, costó cerca de 1,5 millones de dólares. El presupuesto había sido más que superado. Para mayo del 39, la recaudación de 6,5 millones convertían a Blancanieves y sus amigos diminutos en la película sonora de más éxito de la historia.

Empezaba la leyenda y, de su mano, una pregunta insistentemente repetida: ¿pero quién es en realidad Walt Disney? El americano perfecto, la novela de Peter Stephan Jungk sobre la que Philip Glass compuso la ópera homónima es, probablemente, quien más lejos ha llegado en el dibujo de la otra cara del genio. En el libro, entre la realidad y la ficción, el lector descubre a un hombre maniáticamente egoísta, antisindicalista, colaborador en la caza de brujas (denunció a Chaplin), racista, inmaduro, misógino y, ya puestos, impotente. «Usted, que no deja trabajar ni a un solo negro en su estudio… Usted, que nunca ha permitido ni a una mujer tomar parte de un proceso creativo…», acusa el protagonista sin que medie réplica ni refutación. Lo que sigue es, en consecuencia, la puntillosa descripción de un tipo acomplejado y tirano que presumía de firmarlo todo. Y eso pese a que ni el primer boceto de Mickey fue suyo. Y eso pese a que la propia firma convertida en logotipo no era más que una creación de márketing.

Y si todo esto es verdad, más preguntas, ¿por qué el gigantesco tamaño del hombre? Y aquí, tanta sombra deja espacio a, quizá, el sentido común. Dalí, gran amigo, decía de él que «era un mago, la inocencia en persona y en acto. Poseía la naturalidad y la despreocupación de un niño. Contemplaba el mundo con la mirada auténtica y límpida de alguien que cree en los milagros…». Y al afirmarlo nadie le rebate. Ni el propio Jungk que no puede por menos que reconocer el carisma de un sujeto entusiasmado con la simple posibilidad de una idea: «Nadie tenía la capacidad de motivar hasta tal extremo a otras personas. Walt poseía un olfato verdaderamente agudo para el potencial creativo y en cierto modo obligaba a que brotara. Fabuloso. Incomparable», afirma de él uno de los creadores de ese prodigio que fue Fantasía. Y de ese talento, recuérdese, nacieron una productora con aspecto de signo de los tiempos, «la ciudad más feliz del mundo» (como llamaba al primer parque de Anaheim), la posibilidad misma de la primera urbe experimental, la utopía social de EPCOT… Todo eso fue Disney camuflado detrás del icono Disney.

En cualquier caso, y a pesar de accidentes, mitos, leyendas y máscaras, lo que queda es el cine. Su cine como un empeño de ir más allá, de abrir las fronteras, de ser sencillamente el primero. Hasta llegar a El libro de la selva, la última producción en la que se implicó a pesar de que no vio su estreno, por su vida pasaron la primera película animada en ganar un Oscar competitivo (Pinocho se hizo con las menciones a mejor música y canción), la primera con sonido estéreo (Fantasía), la primera en sufrir una huelga de sus empleados (Dumbo), la primera cinta de dibujos en ser rodada antes con actores (Cenicienta), la primera animación en Cinemascope (La dama y el vagabundo), la primera entre la animación y la realidad en merecer una nominación a mejor película (Mary Poppins)… Según el American Film Insitute, cinco de las 10 mejores películas de animación de todos los tiempos se produjeron en Disney con Walt Disney con vida. Siempre el primero.

«Soy un líder, un pionero, soy el más grande de los hombres de nuestro tiempo. Más gente conoce mi nombre que el de Jesucristo. He creado un universo. Mi fama sobrevivirá a los siglos», decía de sí mismo. Lo decía Walt Disney, el que era capaz de cosas que ni el propio Walt Disney habría imaginado. Ceci n’est pas une pipe. Ceci n’est pas Walt Disney. Máscara y genio medio siglo después.


El Mundo

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Una noche de 1676, mientras observaba las lunas de Júpiter, el astrónomo danés Ole Christensen Rømer (Århus, 1644 – Copenhague, 1710) cayó en la cuenta de que el lapso de tiempo que transcurre entre los eclipses de Júpiter con sus lunas era más corto cuando la Tierra se movía hacia Júpiter, y más largo cuando ésta se alejaba.

Usando los dibujos que Rømer utilizó en sus investigaciones como base, Google conmemora el 340 aniversario de la determinación de la velocidad de la luz con un simpático ‘doodle’ en el que aparecen representados el Sol, la Tierra, Júpiter y su satélite Ío. Tras observar con un telescopio el movimiento de este último, estimó que la luz tardaba 22 minutos en cruzar el diámetro de la órbita de la Tierra, aunque las estimaciones modernas se aproximan más a los 17 minutos.

Al pulsar sobre el icono de ‘play’ tras el que se oculta el planeta, aparece una secuencia en la que el astrónomo camina de un lado a otro en actitud pensativa, meditando sobre el enigma que en su día ya le quitaba el sueño al mismísimo Galileo y cuya resolución le proporcionó la fama mundial.

Además de convertirse en la primera persona en estimar la verdadera velocidad de la luz, con un valor de 214.000 km/s, a Rømer también se le deben diversos inventos: desde un micrómetro para observar eclipses hasta el telescopio meridiano. Del mismo modo, también inventó el grado Rømer, ideado en 1701, una escala de medida de temperatura que hoy ya ha caído en desuso.


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  • Andrew Jackson fomentó en 1830 la «Ley de desplazamiento forzoso» de los nativos americanos. El objetivo: expulsarles de sus tierras. Su racismo durante la campaña electoral solo es comparable al que ha mantenido Trump a día de hoy
 La ilusión del Lejano Oeste - Museo Thyssen

La ilusión del Lejano Oeste – Museo Thyssen

Desde que Donald Trump obtuviese la victoria en las pasadas elecciones norteamericanas, una serie de preguntas se repiten en los medios de comunicación: ¿Cumplirá las amenazas que viene vociferando desde hace meses contra los latinos y los extranjeros? ¿Se dejará aconsejar por sus asesores y rebajará su aparente racismo?

A pesar de que el misterio no se desvelará hasta dentro de algunos meses, la historia no parece poner sobre la mesa precedentes demasiado halagüeños. Y es que, el último presidente norteamericano con el que se vivió una situación parecida fue Andrew Jakson. Un político del siglo XIX que cumplió las amenazas que había hecho durante toda la campaña electoral y expulsó a miles de nativos americanos de sus tierras para enviarles a reservas ubicadas al oeste del país.

El hombre que odiaba a los indios

Desde que viniera al mundo en 1767, Andrew Jackson (hijo de inmigrantes irlandeses) destacó por su altanería. Así lo demostró allá por la década de los ochenta cuando -con 13 años y tras unirse a la milicia que combatía contra Gran Bretaña-, fue capturado por los ingleses.

Según se cuenta, un oficial británico se le acercó y le ordenó que le limpiara los zapatos, a lo que el futuro presidentes respondió de la siguiente forma: «Señor, soy un prisionero de guerra y exijo ser tratado como tal». Sus palabras le valieron unas cuantas cicatrices, pero también demostraron que -como Trump– este joven tenía ya un alto concepto de sí mismo.

«Toda la Nación Cherokee debería ser exterminada»

Durante toda su juventud se destacó como una persona con un terrible temperamento y que siempre andaba buscando pelea. Con todo, el paso de los años le hizo sentar la cabeza y licenciarse en leyes. No se le deberían dar mal, pues en 1796 participó en la redacción de la Constitución de Tennessee, fue nombrado congresista y, apenas dos años después, inició una carrera fulgurante como juez del Tribunal Supremo de Carolina del Sur. Sin embargo, Jackson no es recordado a día de hoy por sus andanzas con la toga, sino por su faceta militar, la cual empezó a cultivar en 1802 cuando empezó su nueva labor como capitán general de las milicias de Tennessee.

Su vida transcurrió relativamente tranquila hasta el año 1812, cuando -tras reunir un ejército de 50.000 hombres- recibió el encargo de combatir a la tribu de los indios creeks, los cuales se habían aliado con los ingleses con el objetivo de expulsar a los estadounidenses de sus tierras.

Fue en esos años cuando nuestro Andrew cultivó a fuego lento su racismo y su odio hacia los nativos, a los que «cazaba» con sus soldados independientemente de que fueran hombres, mujeres o niños. Para él no eran personas, sino «perros salvajes», como solía afirmar. De hecho, durante su vida alardeó de haber «conservado siempre el cuchillo de escalpar a aquellos [indios] a los que había matado».

Durante el transcurso de aquella campaña, Jackson supervisó como general el asesinato (o más bien la masacre) de más de 800 indios creeks de todas las edades y ambos sexos. Cuerpos que luego fueron mutilados y a los que se les cortó la nariz con el objetivo de tener una prueba de su fallecimiento.

Todo ello, por cierto, acompañado de su desollamiento. Y es que, Jackson era partidario también de cortar largas tiras de piel de los nativos con el objetivo de fabricar macabras bridas para los caballos. Así se fraguó su aversión a los indios. Un carácter que, posteriormente, le haría decir cosas como que «toda la Nación Cherokee debería ser exterminada» y afirmar que lo mejor era acabar con las mujeres indias para que no se reprodujeran.

Campaña populista

Con los años, su racismo fue creciendo a la par que su fortuna y su reputación militar (no en vano logró grandes victorias para el ejército americano como la de Horseshoe Bend). También ganó cierta popularidad combatiendo contra los españoles (el otro pueblo al que más odiaba después de los indios) y, posteriormente, contra los indios seminolas en La Florida.

Aquellas contiendas le hicieron ser considerado un héroe militar para el pueblo norteamericano, algo que aprovechó para presentarse a las elecciones en 1824. No le fue mal, pero la igualdad de los resultados y el que sus dos enemigos políticos se asociaran contra él, le hicieron perder el puesto.

Cuatro años después, Jackson volvió a la carga. Esta vez, en las elecciones de 1828. Aquel año, los Estados Unidos vivieron una de las campañas electores más sucias y barriobajeras de la historia de la democracia. Y es que, tanto nuestro protagonista como su contrincante (John Quincy Adams) utilizaron todo tipo de ataques contra su contrario para tratar de descalificarle. El militar y jerifalte dijo de su contrincante que era un «violador del día del reposo» por viajar en domingo, que era un alcohólico y que usaba fondos públicos para comprar «muebles de juego» para su propia casa. Todo mentira.

Por su parte, Quincy tampoco se mordió la lengua y dijo de Jackson que era un «hombre crudo e ignorante»; llamó a su mujer bígama afirmando que había contraído matrimonio con él sin haberse divorciado (algo que era mentira); y acusó a su madre de conducta inmoral. Dicen que el militar, frio como un témpano de hielo habitualmente, no pudo evitar romper a llorar cuando leyó la cantidad de calumnias que se estaban vertiendo sobre él.

Fuera como fuese, finalmente las elecciones se las llevó de calle nuestro protagonista, quien logró hacerse con el voto -curiosamente- del pueblo llano. De hecho, muchos le acusaron de populista. Lo mismo que sucede a día de hoy con Trump.

«Nadie sabe lo que va a hacer. Mi temor gana a mis esperanzas»

Jackson tomó oficialmente el poder en 1829, y el recibimiento que le dio la población no pudo ser mejor. De hecho, el senador Daniel Webster (presente en el acto) vio como «el presidente del pueblo» -como le llamó- fue apretado y aplastado por sus eufóricos seguidores. «Nunca antes me ha tocado ver por aquí tanta multitud. Hay personas que han viajado 500 millas para ver al general Jackson y en verdad parecen convencidas de que el país ha sido rescatado de algún desastre», señalaba.

Con todo, y tal y como sucede a día de hoy con Trump, el político también dejó constancia de que no sabía si Jackson iba a llevar a cabo las políticas racistas que había vociferado durante toda la campaña, o si por el contrario iba a dejarse asesorar por los más próximos a los nativos americanos. «Nadie sabe lo que va a hacer. Mi temor gana a mis esperanzas», determinó. Estaba en lo cierto, pues con el nuevo líder llegarían las deportaciones masivas y, en último término, las masacres de nativos americanos.

La situación con los indios

Cuando Jackson ascendió al poder la situación con los indios americanos era sumamente tensa. Apenas unos años antes, en 1815, el país comenzó a expandise hacia el oeste y se topó de bruces con las tribus de indios norteamericanos que habitaban el país desde hacía siglos. Aquellas tierras ocupadas despertaron los deseos de las colonias, las cuales iniciaron una serie de campañas para lograr que los emplumados viajasen más al oeste a cambio de todo de regalías económicas.

De hecho, ya durante el mandato de Jefferson (en el cargo entre 1801 y 1809) se había establecido que los únicos nativos que podrían quedarse al este del Mississippi serían aquellas que se «civilizaran» y pudieran convivir con el «hombre blanco». En base a ello, las que se habían mantenido en la región eran las tribus chicksaw, choctaw, creek, seminola y cheroqui. Estas, a cambio de mantener sus territorios, habían fijados sus asentamientos, labraban la tierra, dividían sus terrenos en propiedades privadas y habían adoptado la democracia. Algunas llegaron a hacerse cristianas (al menos en apariencia) para no ser expulsadas de la zona.

Deportaciones en masa

Poco duraron las dudas sobre las políticas que iba a esgrimir Jackson. En 1830, apenas un año después de tomar el poder, decidió solucionar el problema indio por las bravas. Esto es, creando una ley para deportarlos todavía más al oeste. «Ese año se aprobó la Ley del Traslado Forzoso de 1830, que obligaba a los indios a trasladarse a tierras al oeste del Mississippi y facultaba al presidente de los Estados Unidos a actuar contra todos los que se encontraran al este de dicho río», explica el divulgador histórico Gregorio Doval en su obra «Breve historia de los indios norteamericanos».

Oficialmente, el político tomó esta decisión por la necesidad de tierras en las que producir algodón y por «seguridad nacional» (evitar conflictos entre indios y estadounidenses). Sin embargo, expertos como Doval son partidarios de que, además de estas dos causas y de su propio racismo, Jackson también buscaba crear una barrera humana entre los Estados Unidos y las regiones bajo dominio de otras potencias trasatlánticas. «Con ellos, Jackson no solo perseguía vaciar de conflictos indios los territorios colonizados al oeste del Mississippi, sino también crear un cinturón de seguridad ante la amenaza ritánica y española que seguía instalada en amplios territorios estadounidenses».

Independientemente de la causa, en la práctica se instó a decenas de miles de indios a abandonar las casas en las que vivían (sus tierras desde hacía siglos) para partir hacia territorios «reservados» (o «reservas»).

«Se estima que, como resultado de esta política, unos 100.000 indios fueron trasladados al Oeste, la mayoría de ellos durante la década de 1830. Fue entonces cuando se empezó a hablar del “Territorio Indio”, un hipotético enclave a determinar donde los pueblos indios tendrían un hábitat asegurado “para siempre”», explica Doval. Esa era, al menos, la teoría. En la práctica, por el contrario, serían expulsados también de aquellas zonas con el paso de los años.

A nivel oficial, Jackson afirmaba que los nativos tenían la posibilidad de negarse a este «realojamiento» (una palabra, por cierto, usada posteriormente por los nazis con un sentido similar -el de campos de concentración-) y mantener su vivienda en territorio estadounidense. Sin embargo, la realidad fue que el gobierno (a la cabeza del cual se encontraba el presidente) ejerció una presión brutal sobre los jefes tribales para que se marcharan. Además, dejaban claro que, ante la negativa, usarían la fuerza. Así es como se hizo válido el lema que muchos atribuyen al político (aunque se procedencia es discutida): «El mejor indio es el indio muerto».

Nuevas elecciones y nuevas guerras

Con el paso de los años fueron muchas las tribus que esperaron a que las elecciones de 1832 trajeran nuevos vientos políticos. Al fin y al cabo… ¿Eran los hombres blancos tan racistas como para reelegir a Jackson? Parecía imposible. Sin embargo, así fue. A partir de ese momento multitud de jefes se armaron para defender sus territorios y aquellos que ya se habían declarado en guerra contra los Estados Unidos recrudecieron sus campañas para lograr mantener las tierras que, por tradición, les pertenecían.

Una de las contiendas más crudas de esta época fue la que enfrentó al gobierno de los Estados Unidos contra el jefe «Halcón negro». El líder de las tribus sauk y fox. Este, tras emigrar hacia el oeste del Mississippi, decidió volver a la región que le había visto nacer debido a que en la nueva zona que le habían asignado su pueblo se moría de hambre. Algo, por descontado, que no estaban dispuestos a permitir los norteamericanos.

Sonaron tambores de guerra, y en principio no les fue mal a los hombres de «Halcón negro», quienes lograron acabar con varios destacamentos de soldados. Sin embargo, su suerte se terminó acabando. «Cuando por fin una fuerza de mil trescientos soldados logró vencer a la pequeña tropa de “Halcón negro” en el mes de agosto, los indios trataron de rendirse. No se le dio descanso a las tribus, y los milicianos procedieron a masacrar a hombres mujeres y niños», explica William J. Bennett en su obra «América, la última esperanza».

El líder nativo fue capturado, y posteriormente Jackson se reunió con él. «Se ha comportado usted muy mal al levantar los tomahawk contra los blancos, y al matar hombres, mujeres y niños en la frontera», le dijo. Para desgracia de «Halcón negro», su castigo no se quedó en esa reprimenda, sino que el presidente ordenó que se le llevase por medio continente como un trofeo de guerra para demostrar que nadie se podía resistir al poder del ejército de los Estados Unidos. El nativo falleció en 1838, poco después de que comenzara aquel circo.

El sendero de los 4.000 muertos

Además de las guerras y las matanzas, si por algo será recordado Jackson es porque sus políticas provocaron la muerte de más de 4.000 indios cherokees en el denominado «Sendero de lágrimas». Para hallar el origen de este suceso es necesario remontarse hasta el año 1830 y al momento en el que se aprobó la ley de deportación fomentada por el presidente. Para entonces, la tribu cherokee no vivía sus mejores momentos. Y es que, después de que se encontrara oro en sus territorios, miles de hombres blancos invadieron sus territorios deseosos de hacerse ricos.

A pesar de ello, la tribu se negó a marcharse (al menos parte de ella). Y de nada sirvieron las maniobras políticas motivadas por Jackson, quien trató (y de hecho consiguió) dividir a sus líderes en un intento de que abandonasen la región y se dirigiesen a las reservas ubicadas al oeste del Mississippi. Con todo, el presidente tenía de su lado el tiempo. Así pues, cuando en 1838 se terminó el plazo de espera que se había establecido para que los cherokees abandonaran aquellas tierras, se llamó al ejército para que expulsara a los pieles rojas de sus viviendas.

Hambre, frío, enfermedades… El ejército no tuvo piedad con los indios

Oficialmente lo hizo el siguiente presidente de los Estados Unidos (pues Jackson no se encontraba en el poder), pero lo llevó a cabo basándose en la ley y los pilares puestos por su antecesor.

«A medida que la fecha tope para el traslado voluntario del 23 de mayo de 1838 se aproximaba, el nuevo presidente Van Buren encargó al general Winfield Scott (1786-1866) que preparara la operación de traslado a la fuerza. Scott llegó a New Echota el 17 de mayo al Tennessee, Carolina del Norte y Alabama. Durante tres semanas, unos 17.000 cheroquis, además de aproximadamente unos 2.000 esclavos propiedad de los más ricos, fueron sacados a punta de pistola de sus casas y agrupados en campos, a menudo con lo puesto. Los soldados asaltaban las granjas y, a punta de bayoneta, conducían a las familias a las reservas», completa Doval.

Durante aquella marcha, los nativos recorrieron más de 1.300 kilómetros a pie hasta la reserva que se les había asignado. Un camino que, por las malas condiciones que se tuvieron que soportar, fue conocido como «Sendero de lágrimas». Hambre, frío, enfermedades… El ejército no tuvo piedad y a los militares solo les importó cumplir su misión.

«El número de personas fallecidas ha sido objeto de diferentes estimaciones. El gobierno federal hizo un recuento en su momento de 424 muertes; un doctor estadounidense que viajó con una partida calculó unos 2.000 fallecimientos en los campos y otros 2.000 en el tren; su total de 4.000 muertes permanece como la cifra más aceptada. Los cheroquis no dejaron de cantar “Amazing Grace” (“Gracia Increíble”) para levantar la moral. Se escribieron las letras en el idioma cheroqui y la canción se convirtió en una especie de himno nacional para el pueblo cheroqui», finaliza el experto.


ABC.es

  • Esta semana se han cumplido 50 años de la llegada del guerrillero a Bolivia, el último país que en el que combatió y la región que le vio morir
 Ernesto Che Guevara - EFE

Ernesto Che Guevara – EFE

«El odio como factor de lucha, el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una eficaz, violenta, selectiva y fría máquina de matar. Nuestros soldados tienen que ser así: un pueblo sin odio no puede triunfar sobre un enemigo brutal».

Esta es una de las citas más famosas de Ernesto Guevara, más conocido en todo el mundo como el Che Guevara. Un guerrillero que, tras participar en un golpe de estado contra el gobierno cubano de mano de los hermanos Castro y marcharse al Congo para combatir contra el estado, decidió viajar a Bolivia hace 50 años en un intento de iniciar una gigantesca revolución latinoamericana.

En este país fue, precisamente, donde encontró su final. Una muerte que le llegó después de enfrentarse junto a 16 guerrilleros desnutridos a más de 200 rangers entrenados por la CIA y el ejército americano. La batalla se sucedió el 8 de octubre de 1967 y, aunque supuso su captura y su posterior asesinato, fue una contienda en la que el Che logró resistir a la élite del ejército boliviano. Los mismos hombres que, en palabras de uno de sus biógrafos más conocidos (Reginaldo Ustariz) consideraban que «los guerrilleros son casi superhombres, no le tienen miedo a la muerte, usan pecheras a prueba de balas».

Bolivia…

El Che llegó a Bolivia el 5 de noviembre de 1966. La primera anotación en su diario la hizo apenas dos días más tarde, cuando ya había arribado a la casa de campo que había adquirido uno de sus compañeros en Ñacahuasú y que haría veces de cuartel general. «Hoy comienza una nueva etapa», afirmó entonces el guerrillero. «Por la noche llegamos a la finca. El viaje fue bastante bueno. Luego de entrar, convenientemente disfrazados, por Cochabamba, Pachungo y yo hicimos los contactos y viajamos en jeep, en dos días y en dos vehículos».

Acababa de comenzar la última campaña militar de nuestro protagonista. Una operación a la que, según han afirmado a lo largo de los años sus allegados, se aventuró sabiendo de antemano que era imposible la victoria. «Entre un suicidio y un sacrificio. El Che no fue a Bolivia para ganar, sino para perder. Es un místico. Quiere morir. No anunció su suicidio, ni siquiera lo pensó claramente», determinó en una entrevista Jules Régis Debray, uno de los compañeros del Che.

A nivel oficial, su finalidad (así como el de la veintena de cubanos que le acompañaban en principio) era fomentar la revolución en el país. Todo ello, combatiendo desde la selva y reclutando cada vez a más y más guerrilleros. Un objetivo que, a día de hoy, parece inalcanzable para el general Gary Prado. El mismo hombre que terminaría capturando a Guevara en octubre del año siguiente.

«El Che se equivocó al contradecir lo que él mismo había escrito»

«El Che se equivocó al contradecir lo que él mismo había escrito. En su libro de la guerra de guerrillas dice “en un país donde se mantengan las formas democráticas, al menos con apariencia, es imposible hacer la revolución”. Aquí teníamos un gobierno democrático, elegido, con un gobernante popular como era Barrientos, el Congreso funcionaba y había libertad de prensa. Y el Che vino a hacer la revolución. ¿Cómo lo explica usted?», afirmaba el militar en 2006 en declaraciones al diario «Página 12».

El mes siguiente el Che pareció recuperar algo del furor guerrero que había perdido en el Congo tras la derrota de su guerrilla. Así lo dejó claro en una anotación en su diario: «Mi pelo está creciendo, aunque muy ralo, y las canas se vuelven rubias y comienzan a desaparecer; me nace la barba. Dentro de un par de meses volveré a ser yo». Casi se podría decir que volvía a sentirse como aquel veinteañero que se hizo un hueco junto a los hermanos Castro. También le ayudó a mejorar el ánimo el que multitud de bolivianos y cubanos fueran llegando poco a poco a la base para unirse a su contingente. Todo parecía ir bien.

… y el primer revés

Sin embargo, los guerrilleros sufrieron su primer revés en diciembre de 1966 cuando Mario Monje (líder del Partido Comunista de Bolivia -PCB- y el encargado de suministrarles hombres, armas y alimentos) se personó en el campamento del Che con malas noticias. «A las 7.30 llegó […] la noticia de que Monje estaba allí… La recepción fue cordial, pero tirante; flotaba en el ambiente la pregunta: ¿a qué vienes?», explicó Guevara en su diario. La finalidad del político no era otra que reclamar el liderazgo militar de aquella fuerza. O eso, o el Che perdería el apoyo de su partido. Con todo lo que ello significaba.

«Cuando el pueblo sepa que esta guerrilla está dirigida por un extranjero, le volverá la espalda, le negará su apoyo»

«La conversación con Monje se inició con generalidades pero pronto cayó en su planteamiento fundamental resumido en tres condiciones básicas: 1º) El renunciaría a la dirección del partido, pero lograría de éste al menos la neutralidad y se extraerían cuadros para la lucha. 2º) La dirección político-militar de la lucha le correspondería a él mientras la revolución tuviera un ámbito boliviano. 3º) El manejaría las relaciones con otros partidos sudamericanos, tratando de llevarlos a la posición de apoyo a los movimientos de liberación», determinó el Che en su diario. Guevara no estaba dispuesto a tolerar ser apartado del mando, así que rechazó la propuesta.

Monje se retiró entonces del campamento, y con él el apoyo del Partico Comunista de Bolivia. «Cuando el pueblo sepa que esta guerrilla está dirigida por un extranjero, le volverá la espalda, le negará su apoyo. Estoy seguro de que fracasará porque no la dirigirá un boliviano sino un extranjero. Ustedes morirán muy heroicamente, pero no tienen perspectivas de triunfo», afirmó. Con todo, lo que si logró Guevara es que los combatientes bolivianos que se habían unido al grupo (la mayoría provenientes del PCB) no se retiraran en masa tras la negativa de Monje a apoyar la guerrilla.

Hambre, sed y descubiertos

En febrero comenzó, como bien señaló el Che en su diario, la etapa propiamente combativa de sus hombres. «Probaremos a la tropa», determinó. A partir de entonces empezó el calvario de aquellos desdichados. Un total de 53 guerrilleros que, en los meses siguientes, tuvieron que enfrentarse a la sed, al hambre y a las enfermedades. Todo ello, sumado a las continuas caminatas ordenadas por Guevara con el objetivo de explorar el terreno y tender trampas al ejército boliviano partidario -lógicamente- del gobierno. Unas misiones que (a pesar de ser exitosas inicialmente en lo que se refiere a dar más de un susto al enemigo) desgastaron sumamente a la tropa.

«Los últimos días de hambre han mostrado una debilitación del entusiasmo», afirmó el Comandante en su diario (entrada de «Análisis de febrero»). La situación llegó a ser tan precaria que los soldados tuvieron que matar un caballo enfermo que se habían encontrado para poder alimentarse. Una decisión nefasta que les llevó a sufrir una epidemia de «descompostura estomacal». El mes siguiente tampoco fue demasiado bueno en lo que se refiere a la alimentación de los combatientes. En una ocasión, incluso, tuvieron que alimentarse de una cotorra y una paloma cazadas al vuelo. «Yo tengo comienzo de edemas en las piernas», añadía el Che posteriormente.

Ya fuera por el cansancio, por la ineptitud, o por el hambre, los guerrilleros acabaron cometiendo algunos errores que llevaron al ejército boliviano a estrechar el cerco sobre la zona del país en la que operaban. Una nefasta noticia que se vio aumentada (si cabe) por la ayuda enviada al gobierno de Bolivia por parte del eterno enemigo de Cuba: Estados Unidos. El mismo país que, contra el que Guevara había cargado en multitud de ocasiones (entre ellas, durante un discurso en la ONU) por considerarlo capitalista y un perpetuo opresor de latinoamérica.

A la caza del Che

El momento en el que EEUU empezó a involucrarse realmente en el conflicto fue el 20 de marzo, cuando viajaron (en palabras de la «Fundación Che Guevara») a Bolivia cuatro oficiales (dos de ellos de la CIA) para empezar a empaparse de lo que realmente sucedía en la zona. Una semana después se inició una «activa participación» de la embajada norteamericana y de su servicio secreto en el país. Todo ello, después de que se corroborara que era el Che quien dirigía las hostilidades.

La noticia, como era de esperar, hizo que el ejército boliviano se movilizase en masa para dar caza al revolucionario más buscado de la época. «Las radios siguen saturadas de noticias sobre las guerrillas. Estamos rodeados por 2.000 hombres en un radio de 120 kilómetros, y se estrecha el cerco, complementado por bombardeos con napalm», escribía el mismo comandante en su diario. Por si fuera poco, Guevara carecía de noticias de Cuba (desde donde Fidel Castro había cortado de forma drástica la ayuda -ya de por si exigua- a la guerrilla) y los heridos y enfermos se amontonaban.

Estas dificultades llevaron al comandante a tomar la decisión de dividir sus fuerzas para que fueran más operativas. Un gran error, como explicaba Gary Prado en 2006 al diario latinoamericano: «Se equivocó en elegir a Bolivia, ese fue su primer gran error. El segundo gran error que cometió fue dividir sus fuerzas. La falta de previsión lo llevó a eso. Hay un momento en que la guerrilla se divide en dos grupos […] y nunca más vuelven a encontrarse los dos grupos. Eso es un error infantil. Nunca más se encontraron. Deambularon en el bosque de un lado a otro hasta que fueron derrotados por separado»

Más y más CIA

Y mientras, los estadounidenses no paraban de enviar agentes de la CIA a Bolivia para entrenar al ejército en labores de contraguerrilla y ofrecer a los soldados un armamento más moderno del que disponían. Entre el mismo, fusiles Garand capaces de disparar en modo de repetición (en lugar de tiro a tiro). «La CIA tomó el control de las oficinas del correo y de la central telefónica de La Paz. En esos momentos, el despliegue militar de las […] divisiones norteamericanas sumaba más de 4.800 efectivos para luchar contra una guerrilla de apenas 30 personas», afirma la Fundación Che Guevara en su dossier.

Pocos meses después, en septiembre, los instructores norteamericanos terminaron el entrenamiento de nada menos que 640 soldados de élite del ejército boliviano especializados en el combate en la jungla y la lucha contra la guerrilla. Los denominados rangers. «El 18 de septiembre, el vicepresidente de Bolivia, Luis Adolfo Siles Salinas y los instructores militares norteamericanos clausuraron el curso de entrenamiento de rangers. […] El acto de graduación concluyó con el desfile de los rangers con los uniformes y las boinas verdes al estilo de los utilizados por el ejército norteamericano», completa la fundación.

La batalla final

Entre hambre, enfermedades, sed y accidentes. Así se desarrolló el siguiente mes en la partida guerrillera del Che hasta la llegada de octubre. Para entonces la situación era sumamente precaria ya que, como explicó en una entrevista posterior Dariel Alarcón Ramírez (alias «Beningno», uno de los guerrilleros que todavía quedaban en la partida de Guevara), más de la mitad de los combatientes se encontraban indispuestos.

El 7 de octubre, cuando el comandante hizo las últimas anotaciones en su diario, apenas quedaban 16 combatientes a sus órdenes. Todos desnutridos. Y estos tenían pisándoles los talones a 1.800 soldados enemigos.

El día 8 llegó el horror para el Che. Aquella jornada, mientras los guerrilleros caminaban por la quebrada del Churo (una región cercana al pequeño pueblo de La Higuera), fueron descubiertos por un soldado boliviano disfrazado de campesino: Pedro Peña. Habían sido cazados.

El militar, como alma que lleva el diablo, corrió para dar el aviso a Carlos Pérez Panoso, jefe de una sección de la compañía A del ejército (acantonada en las proximidades de la zona). Inmediatamente, la maquinaria castrense se puso a funcionar. «Panoso se puso en contacto por radio con los jefes militares […], con dos compañías de rangers que tenían 145 hombres cada una y un escuadrón con 37», explica la Fundación Che Guevara.

La suerte estaba echada para los guerrilleros. Al instante, Gary Prado (al mando entonces de 70 hombres -el resto del contingente se había separado del grupo en labores de patrulla-) dividió a sus subordinados en dos grupos y ordenó crear un cerco alrededor del grupo de guerrilleros. El objetivo: que no pudieran escapar de la región vivos.

«Los guerrilleros padecían sed y hambre, tenían un ropaje formado por andrajos»

El Che, por su parte, organizó la defensa basándose en el factor sorpresa y en la idea de que sus combatientes (hambrientos y febriles) pasasen desapercibidos. No podía estar más equivocado. Y es que, pronto se unieron a los hombres de Prado otros tantos militares dispuestos a acabar con los guerrilleros. En total, a las nueve de la mañana había un total de 195 hombres.

Y todos ellos descansados y llenos de energía. «Los guerrilleros padecían sed y hambre, tenían un ropaje formado por andrajos, y se sentían cansados después de haber pasado una mala noche», afirma Reginaldo Ustariz en «Che Guevara. Vida, muerte y resurección de un mito».

A pesar de ello, Guevara no estaba dispuesto a rendirse. «El Che lo organizó todo, no dejó nada al azar: él organizó la defensa, hizo exploraciones, previó todas las cosas, hacia dónde teníamos que ir y, si ocurría un desbande, dónde teníamos que reagruparnos», determina Beningo en una entrevista concedida para el libro «Che Guevara. Vida, muerte y resurrección de un mito».

Tras algunos minutos, dividió a sus escasos hombres en cuatro grupos, a los que ordenó esconderse en espera del ataque enemigo. Por entonces el reloj marcaba las nueve de la mañana. En las siguientes cuatro horas apenas se escucharía nada. Se sucedió una calma desconcertante por parte de ambos bandos. En ese tiempo, los guerrilleros se mimetizaron con la vegetación, y los soldados no se decidieron a atacar.

«Superhombres»

En palabras de varios soldados del ejército boliviano, podrían haber atacado, pero esperaron tanto tiempo porque sentían verdadero pavor a los guerrilleros. Les consideraban «superhombres» equipados con chalecos antibalas y armas de última generación. Desconocían sus condiciones reales de vida. A la una y media, no obstante, comenzó el combate. El tiroteo se hizo entonces insostenible.

En la batalla, extrañamente, los guerrilleros lograron hacer multitud de bajas entre sus enemigos. «Cuando yo estoy arriba, disparando contra ellos, en uno de los momentos más intensos del combate, oigo claramente que el radista transmitía, probablemente a la jefatura de la compañía: “Mi teniente pide permiso para retirar la tropa, mi teniente pide permiso para retirar la tropa; estamos teniendo muchas bajas, estamos teniendo muchas bajas…”», afirma Benigno.

Según los campesinos presentes en La Higuera, multitud de jefes militares se escondieron en su cuartel general para escapar de las balas de los guerrilleros. «Tal acusación es correcta, ya que [muchos oficiales] fueron al encuentro de Gary Prado Salmón solo después de las cinco y media de la tarde, cuando el combate ha terminado», afirmó Ustariz. A pesar de ello, el ejército terminó cargando contra los hombres del Che entre un ensordecedor tronar de fusilería, ametralladoras pesadas, y disparos de mortero.

En ese momento el Che decidió (en palabras de otro de sus guerrilleros, Pombo) dividir a sus fuerzas en dos grupos. Uno de ellos, formado por los enfermos. ¿Cuál era su objetivo? Lograr que pudiesen escapar: «Uno de los aspectos, al que hay que prestar más atención para comprender cómo ocurrieron las cosas, está dado por las concepciones humanas del Che. Porque es por eso, por su compañerismo, por sus sentimientos para con los que venían enfermos, y por su tenía capacidad de combatir y, desplegando la reducida fuerza con que contaba, garantizar que los enfermos pudieran salir del cerco».

En palabras del miembro del contingente, este acto hizo que quedase cercado y que no pudiese, posteriormente, retirarse.

«Herido en una pierna, el Che continuó combatiendo hasta que se inutilizó su carabina y se agotaron las balas de su pistola»

El Che, a partir de entonces, combatió hasta el último cartucho. «Herido en una pierna, el Che continuó combatiendo hasta que se inutilizó su carabina y se agotaron las balas de su pistola», se añade en el dossier de la fundación. Posteriormente, antes de las tres de la tarde, Guevara decidió que poco podía hacer para frenar el aluvión de militares que le estaban cercando y subió junto a uno de sus hombres –Willy Cuba– a una loma para tratar de huir.

Para su desgracia, allí se topó con la sección del sargento Bernardio Huanca. Este, al darse de bruces con el Che, le propinó un terrible culatazo y le capturó. Guevara, entonces, espetó lo siguiente a sus captores: «Yo soy el Che Guevara, valgo más vivo que muerto». Así acabó la carrera guerrillera del comandante más famoso de su época. Posteriormente, y a eso de las cinco y media, el ejército decidió retirarse del teatro de operaciones. Al fin y al cabo, ya tenían a su presa más preciada. Una presa que iba esposada y vigilada por varios soldados.

Así fue el último combate del Che. Un guerrillero que, para muchos, compró su propio féretro cuando decidió combatir en Bolivia y, posteriormente, se negó a abandonar la lucha armada aún cuando sabía que iba a ser derrotado «Cuando se ve que la cosa ya no va, ¿para qué persistir? Si usted lee el Diario del Che y habla con Benigno (compañero del Che en la campaña de Bolivia), esos últimos días son totalmente surrealistas. Sabían que el ejército se les estaba viniendo encima. En vez de dispersarse y decir bueno, hasta otro día camaradas, dejamos los fusiles, nos compramos un pantalón y una camisa, nos sacamos la barba y sálvese quien pueda. No, siguieron marchando», añade Prado.


ABC.es César Cervera C_Cervera_M

  • Ana Bolena era tan atractiva como para que nadie se fijaba de primeras en el defecto físico de su mano izquierda: tenía seis dedos. Lo ocultaba con mangas largas, puesto que en la Inglaterra de los Tudor aquello podía pasar como un signo de brujería
 Escultura moderna de Ana Bolena, por George S. Stuart

Escultura moderna de Ana Bolena, por George S. Stuart

Todavía hoy el vocabulario español sigue sin perdonar del todo a Ana Bolena sus desprecios hacia la madrileña Catalina de Aragón. En su época se la apodó «la Mala Perra» y, según el diccionario actual de la RAE, una «anabolena» es una «Mujer alocada y trapisondista». Algo así como una mujer traicionera y poco de fiar. La segunda de las seis esposas del pérfido Enrique VIII es recordada en el imaginario popular como una mujer excesivamente ambiciosa, siendo la detonante de una infidelidad que cambiaría la historia de Europa.

Catalina de Aragón cayó en gracia al pueblo inglés desde el principio. La hija pequeña de los Reyes Católicos era una joven de ojos azules, cara redonda y tez pálida, la más parecida a su madre Isabel. A los cuatro años fue prometida en matrimonio con el Príncipe de Gales, Arturo, primogénito de Enrique VII de Inglaterra, por medio del Tratado de Medina del Campo. La decisión de los Reyes Católicos obedecía a una estrategia matrimonial para forjar una red de alianzas contra el Reino de Francia. Por su parte el Rey inglés necesitaba urgentemente arrojar sangre regia sobre la dinastía que acaba de fundar. Los Tudor necesitaban a alguien como Catalina.

La segunda de las seis esposas del pérfido Enrique VIII es recordada en el imaginario popular como una mujer poco de fiar

La madrileña «poseía unas cualidades intelectuales con las que pocas reinas podrían rivalizar», en palabras de los cronistas del periodo. La infanta causó una grata impresión a su llegada a Inglaterra, donde viajó siendo todavía una adolescente. El 14 de noviembre de 1501, Catalina se desposó con Arturo en la catedral de San Pablo de Londres, pero el matrimonio duró tan solo un año.

Los dos miembros de la pareja enfermaron de forma grave –posiblemente de sudor inglés (una extraña enfermedad local cuyo síntoma principal era una sudoración severa)–, aunque solo él falleció a causa de la gripe. En los siguientes años, la situación de la joven fue muy precaria porque no tenía quien sustentara su pequeño séquito y su papel en Inglaterra quedó reducido al de viuda y diplomática al servicio de la Monarquía hispánica.

Ana Bolena, la pasión morena

Con la intención de mantener la alianza con España, y dado que todavía se adeudaba parte de la dote del anterior matrimonio, Enrique VII tomó la decisión de casar a la madrileña con su otro hijo, Enrique VIII. El apuesto príncipe se casó con la viuda de su hermano en 1509, durante una ceremonia privada en la Iglesia de Greenwich. Para entonces ya era Rey de Inglaterra y su esposa «la Reina de todas las reinas y modelo de majestad femenina», según la describiría un siglo después William Shakespeare. En definitiva, una de las soberanas más queridas por el pueblo inglés en la Historia.

Sin embargo, la sucesión de embarazos fallidos enturbió la convivencia entre el Rey y la Reina. De lo seis embarazos de Catalina solo la futura María I alcanzó la mayoría de edad. En 1513, su marido la nombró regente del reino en lo que él viajaba a luchar junto a España y el Sacro Imperio contra Francia. La Reina lidió con una incursión escocesa en Inglaterra, que desembocó en la batalla de Flodden Field. Se dice, entre el mito y la realidad, que Catalina acudió embarazada y equipada con armadura a dar una arenga a las tropas antes de la contienda.

Lejos de agradecerle sus servicios, Enrique volvió a casa hecho un basilisco y maldiciendo a Fernando «El Católico» por retirarse de la guerra. El Rey, sensible e inteligente para otras cosas, exhibía un carácter impulsivo y colérico en la esfera privada que fue empeorando con los años. Por esas fechas se planteó por primera vez el divorcio de Catalina.

El Monarca comenzó a partir de 1517 un romance con Elizabeth Blount, una de las damas de la Reina. Al bastardo resultante de esta aventura, Enrique Fitzray, le reconoció como hijo suyo y le colmó con varios títulos. Pero entre las muchas relaciones extramatrimoniales que siguieron a este romance, la que marcó el punto de no retorno fue la de Ana Bolena, una seductora y ambiciosa dama de la Corte que provocó un cisma en la Iglesia.

Si bien Catalina era de facciones rubias y hermosa a pesar de los sucesivos embarazos, la joven Ana Bolena le superaba a esas alturas de su vida en atractivo. Hasta tal punto de que nadie se fijaba de primeras en el defecto físico de su mano izquierda: tenía seis dedos o, para siendo más preciso, cinco y un pequeño muñón. Lo ocultaba con mangas largas, puesto que en la Inglaterra de los Tudor aquello podía pasar como un signo de brujería. Otro hecho sorprendente es que Ana Bolena, educada en Malinas y París, tenía los ojos oscuros y los cabellos negros, casi siempre sueltos, en contra de la tradición de la época. Lejos del mito cinematográfica, se trataba de una lucha entre una rubia nacida en Alcalá de Henares y una morena del condado de Kent.

La mujer que inició un cisma, literalmente

Poco tiempo después de que Enrique mantuviera un breve romance con la hermana mayor, María Bolena, se enzarzó en otro con la pequeña Ana (existen dudas sobre quién era mayor de las dos). Hija de un diplomático de confianza del Rey, la joven se resistió al principio pero con sus reparos se aseguró de que Enrique no la usara como un entretenimiento pasajero. Tras poner tierra de por medio trasladándose a Kent, la joven vio como el Monarca la escribía reclamándole desesperado su amor:

«No sé nada de ti y el tiempo se me antoja sumamente largo porque te adoro. Me siento muy desgraciado al ver que el premio a mi amor no es otro que verme separado del ser que más quiero en este mundo»

Enrique se apasionó con aquella mujer que se había atrevido a decirle que no. La quiso no solo hacer su amante, sino también su Reina. Y no era la primera persona que quedaba fascinada por la personalidad de Ana Bolena. Como explica María Pilar Queralt del Hierro en su libro «Reinas en la sombra» (EDAF), en una de las misiones diplomáticas de su padre por Europa recaló junto a sus familia en Flandes. Allí, Margarita de Austria, la mujer que crió a los hijos de Juana la Loca y Felipe El Hermoso, quedó hechizada por el aire despierto y buenos modales de la niña y la ofreció un puesto de menina en su Corte. La jovencita vivió en Malinas hasta 1514, cuando la Corona inglesa la destinó a París y finalmente propició su vuelta a Inglaterra.

Enamorado locamente, Enrique VIII propuso al Papa una anulación matrimonial basándose en que se había casado con la mujer de su hermano. El matrimonio era nulo, en tanto era incestuoso. Catalina se interpuso recordando que ella nunca consumó el matrimonio con Arturo, por lo cual ni siquiera era válido. Haciendo caso a la española, el Papa Clemente VII rechazó la anulación, mas sugirió como medida salomónica que Catalina podría retirarse simplemente a un convento, dejando vía libre a un nuevo matrimonio del Rey. Así las cosas, el obstinado carácter de la Reina, que se negaba a que su hija María fuera declarada bastarda, impidió encontrar una solución que agradara a ambas partes. La intervención del sobrino de Catalina, Carlos I de España, neutralizó las amenazas de Enrique VIII hacia Roma.

Cansado de esperar una respuesta favorable, Enrique VIII tomó una resolución radical: rompió con la Iglesia Católica y se hizo proclamar «jefe supremo de la Iglesia de Inglaterra». En 1533, el Arzobispo de Canterbury declaró nulo el matrimonio con Catalina y el soberano se casó en la Abadía de Westminster con Ana Bolena, a la que parte del pueblo ya denominaba «la mala perra». La pareja se consolidó definitivamente con la noticia del embarazo de Ana, que los astrólogos y magos anticiparon un niño. Se equivocaban. Nació otra niña, la futura Isabel I, condenada como la hija de Catalina a una infancia traumática.

Enrique privó a Catalina del derecho a cualquier título salvo al de «Princesa Viuda de Gales», en reconocimiento a su estatus de viuda de su hermano Arturo, y la desterró al Castillo del More en el invierno de 1531. Antes de morir a causa posiblemente de un cáncer, la madrileña escribió una carta a su sobrino Carlos pidiéndole que protegiera a su hija, la cual sería desposada posteriormente con Felipe II. Además, dirigió una carta a su esposo donde le perdonaba por sus errores, terminando con estas palabras: «Finalmente, hago este juramento: que mis ojos os desean por encima de todas las cosas. Adiós».

Con aquel gesto Catalina se aseguró quedar a ojos de la historia como la buena del cuento frente a la trapisondista de Bolena. Eso a pesar de que cierta corriente historiográfica sitúa a la inglesa como una mera víctima de su entorno. Ana repartió prebendas y nombramientos para garantizarse una posición fuerte en la Corte en paralelo al litigio que mantenía su marido, siendo que al final aquel séquito le empujó a exponerse en exceso.

Según la tradición, Enrique VIII y Ana Bolena celebraron una fiesta en palacio y el Monarca prohibió guardar luto en la corte en las fechas en las que murió Catalina. Quería celebrar su victoria, aunque en verdad le quedaban poco tiempo como esposa del Rey. Coincidiendo con la muerte de Catalina, Ana sufrió un aborto de un hijo varón. Enrique ni siquiera se tomó la molestia de ir al lecho de parturienta a consolarla.

Camino al patíbulo tras un embarazo fallido

Solo unos meses después, Ana fue decapitada en la Torre de Londres acusada por el consejero del Rey Thomas Cromwell falsamente de emplear la brujería para seducir a su esposo, de tener relaciones adúlteras con cinco hombres, de incesto con su hermano, de injuriar al Rey y de conspirar para asesinarlo. El 19 de mayo de 1536, Ana Bolena subió las escaleras del patíbulo instalado en el patio de su prisión y se dirigió a los presentes antes de su ejecución:

«No quiero acusar a ningún hombre, ni justificarme de mis decisiones, solo deciros que rezo a Dios para que proteja al rey y le conceda un largo reinado porque es el más generoso príncipe que hubo nunca: para mí fue siempre bueno, gentil y soberano. Y si alguna persona se vincula a mi causa, les requiero que obren en conciencia. Acepto pues mi partida de este mundo y solo les ruego que recen por mí…»

Al igual que le ocurriera a Catalina antes que a Ana, Enrique VIII sustituyó a su segunda esposa por una mujer más guapa y joven, Jane Seymour. El día después de la ejecución de Ana contrajo matrimonio con ella y engendró a su único hijo varón, el príncipe Eduardo. Doce días después de aquel parto murió Jane por fiebres puerperales. Todavía el Rey contrajo matrimonio otras tres veces. Ni siquiera consumó el siguiente, con Ana de Cleves, a la que llamaba en privado «la yegua de Flandes» por su escaso atractivo. Mostraba el rostro picado por la viruela, la nariz enorme y los dientes saltones. El envejecido y obeso soberano se divorció de nuevo para casarse con Catalina Howard, a la que también decapitó.

El Rey inglés falleció, en 1547, cuando todavía seguía casado con su sexta esposa, Catalina Parr. Le sucedió su único hijo varón, Eduardo VI, quien murió a los 15 años de edad por una tuberculosis. Así la Corona pasó sucesivamente a las hijas marginadas del Rey. Hermanastras e hijas de dos antiguas rivales. María, hija de Catalina de Aragón, e Isabel, hija de Ana Bolena.


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  • Una investigación de la universidad concluye que las tres partes de «Enrique VI» fueron escritas a cuatro manos por los dos grandes del teatro isabelino
 William Shakespeare - ABC

William Shakespeare – ABC

Nacieron con dos meses de diferencia, en 1564, y sin duda se trataron en vida. Pero por lo que sabemos cinco siglos después, que no es ni poco ni mucho, no podían ser más diferentes. Will tenía alma burguesa. El hijo del guantero, que no pasó de la escuela local, era un inversor previsor y mirado con el dinero. Tras conocer en Londres el éxito y la francachela mundana del teatro, retornó a su pueblo de Stratford-upon-Avon, donde le esperaba su mujer, Anne Hathaway, mayor que él y a la quería lo justo (o al menos eso indica la descortesía testamentaria de legarle «mi segunda mejor cama»). Se compró la mejor dacha de Stratford y allá se murió a los 52 años, tranquilo y respetado. Su obra habla de un conocedor superdotado de todos los humores del alma humana, pero que no quiere ser protagonista de nada y deja que sus personajes caminen por él.

Christopher, nacido en Canterbury, era hijo de otro artesano, un zapatero, y también fue poeta y dramaturgo. Pero ahí concluyen las similitudes. Gracias a una beca, logró estudiar en el Corpus Christie de Cambridge y licenciarse en Artes, aunque faltando mucho a clase debido a sus enigmáticos «trabajos por el bien de este país». Eso fue lo que escribió el Consejo Privado de la Reina a la universidad cuando se negaban a graduarlo debido a su absentismo recurrente.

Christopher Marlowe, en cierto modo un precursor de los héroes románticos, solo vivió 29 años y murió por un pinturero facazo de daga en su ojo derecho. Le dio tiempo a escribir media docena de obras teatrales, traducir a Ovidio y componer un par de libros de poemas. Su fulgurante carrera como escritor de éxito, con la que sienta las bases de la escena isabelina, dura solo seis años. Padre del verso blanco -sin rima-, dejó marca en el primer Shakespeare con sus temas y personajes, aunque sus caracteres son algo epidérmicos, casi arquetipos, si se los compara con las honduras a las que llegaría el William maduro.

El mito de Marlowe

Poco hay de pachorra burguesa en Marlowe. En vida fue epítome del malditismo. Lo tacharon de espía -y probablemente lo era- dipsómano, violento, sodomita, ateo. También se le llegó a tildar de criptocatólico. El 20 de mayo de 1593 lo acusan formalmente de herejía. Curiosamente no es detenido ni torturado (ni quemado). Algo pasa con el misterioso Marlowe que una mano muy alta vela por él. Diez días después, en una casa de huéspedes de Kent, pierde la vida en una riña por ver quién panda con una factura. En presencia de otros dos hombres más, forcejea en una habitación con Ingram Firez, un comerciante de grano y lana, y la daga traicionera acaba penetrando en su cabeza.

Ahí se acaba Marlowe y nace su mito, que entre muchas hipótesis a lo Dan Brown incluye la de que él fue el auténtico autor de las obras de Shakespeare. Las fechas no encajan. En 1593, cuando llega el dagazo, lo mejor del genio de Stratford está todavía por llegar (Lear, Hamlet, Otello, Macbeth…). Pero los conspirólogos tienen su explicación: Marlowe se ocultó para huir de sus enemigos. Huyó a Italia, o se desvaneció en el propio Kent, y siguió matando el gusanillo literario bajo el apócrifo Shakespeare.

La hipótesis «Marlowe es Shakespeare» volverá ahora a ponerse de moda. La Universidad de Oxford, tras una investigación que contó con 23 especialistas británicos y extranjeros, ha concluido que hay una «contribución fuerte y suficientemente clara» de Christopher Marlowe en los tres libros que componen la obra «Enrique VI» de Shakespeare. La indagación se ha hecho con motivo de una nueva edición de todas las obras del bardo, a cargo de la Oxford University Press, la editorial de la universidad. Aseguran también que 17 de las 44 entregas del genio fueron coescritas con otros autores. En su edición de 1986, Oxford solo admitía ocho como elaboradas a cuatro manos.

Trabajaron juntos

«Hemos sido capaces de verificar la presencia de Marlowe en las tres partes de Enrique VI de manera clara y contundente. No solo se influyeron, ahora sabemos también que trabajaron juntos. Eran dos rivales que a veces colaboraban», asegura Gary Taylor, de la Universidad Estatal de Florida, uno de los responsables de la nueva edición. ¿Cómo se ha llegado a esta conclusión? En parte por comparaciones de textos que han acometido los eruditos, pero sobre todo por una novedad respecto a indagaciones anteriores: los ordenadores. «Shakespeare ha entrado en el mundo del Big Data y hay muchas preguntas que la gente se ha hecho siempre que ahora podemos responder con seguridad», celebra Taylor.

Lo que han hecho es almacenar en ordenadores numerosas obras de autores isabelinos, incluidos todos los trabajos de Marlowe y Shakespeare, y han dejado que el software busque términos y asociaciones de palabras distintivos de uno y otro autor. Por ejemplo, Shakespeare es de los pocos escritores de su época que usa con frecuencia una palabra hoy tan común como «tonight» y también emplea provincianismos dialectales de su comarca. Marlowe se distingue por expresiones como «familiar spirit» o por hablar de «regiones bajo la tierra».

¿Conclusión fiable?

¿Es fiable al cien por cien la conclusión? Ya hay quien discrepa. Carol Rutter, una especialista shakesperiana de la Universidad de Warnick, ha puesto en cuarentena la investigación en unas declaraciones a la BBC: «No creo que la nueva edición de la Oxford University Press resuelva la cuestión para todo el mundo. Shakespeare colaboró con mucha gente, pero me sorprendería que Marlowe fuese uno de ellos. Le influían sobre todo los actores, con los que trataba, y por ahí es en todo caso por donde puede llegar Marlowe a su obra».

Pero Taylor, como buen estadounidense, desborda entusiasmo. «Hasta hace muy poco no se disponía de la herramienta del Big Data. Hemos comprobado que hay partes que son claramente de Shakespeare y otras que son claramente de Marlowe». En realidad la sospecha de que el hijo del zapatero podría haber metido pluma en las piezas del hijo del guantero es vieja, una especulación que comenzó a finales del siglo XVIII. Los duelos de eruditos de hoy divertirían a Will y Christopher en sus citas en las tabernas patibularias del Londres del XVI, cuando el concepto de autor no estaba tan arraigado como ahora y cuando teatro exudaba vida urgente.


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  • El 10 de junio de 1190, durante la Tercera Cruzada, el emperador del Sacro Imperio Romano se ahogó mientras atravesaba un río. A día de hoy, se desconoce la causa
Barbarroja, en la batalla de Legnano - ABC

Barbarroja, en la batalla de Legnano – ABC

Desde los tiempos en que la Antigua Roma dominaba el mundo, hasta bien entrado el siglo XX. Si algo ha demostrado la historia, es que fallecer luchando es el mayor honor que puede tener un soldado. No en vano uno de los espíritus legionarios afirma que «el morir en el combate es el mayor honor». Sin embargo, este es un privilegio que no tuvo Federico I Barbarroja (llamado así por el color de su barba), el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Y es que este anciano falleció en extrañas circunstancias durante la Tercera Cruzada mientras trataba de cruzar un río.

Todo apunta a que se ahogó, una muerte indigna para un monarca de tal importancia. Sin embargo, existen multitud de teorías sobre lo que realmente sucedió. Lo que sí es cierto es que su fallecimiento provocó que la vertiente alemana del ejército cruzado se disolviera y solo una pequeña parte llegara hasta su objetivo. Un contingente que, posteriormente, quedó todavía más diezmado si cabe por una plaga de peste. Su marcha también provocó, según varios autores, que Ricardo Corazón de León no pudiese conquistar Jerusalén y que se retirase de Tierra Santa el 9 de octubre de 1192. Una fecha por la que hoy rememoramos este suceso.

Federico y la Segunda Cruzada

Barbarroja se crió al calor de las leyendas de valentía y heroísmo narradas en la vieja Europa por todos aquellos que regresaban de la Primera Cruzada cubiertos de gloria. Historias que hablaban de la conquista de Jerusalén y de la lucha contra el «infiel», pero que -todo sea dicho- no solían narrar las barbaridades que cometieron los cruzados contra los habitantes de la ciudad santa cuando la conquistaron el 15 de julio de 1099. Y es que, en las siguientes jornadas acabaron con la vida de decenas de miles de civiles musulmanes y judíos.

 Fuera como fuese, Federico se impregnó de todo aquel heroísmo y, en 1147, combatió junto a si tío –Conrado III– en la Segunda Cruzada. Una campaña desastrosa en la que las diferencias entre la vertiente alemana del ejército cruzado (indisciplinada y ávida de enriquecerse al coste que fuera) y el Imperio Bizantino llevaron a la muerte de miles de soldados. ¿La razón? Que el emperador de Bizancio Manuel I Comneno (uno de los que había solicitado la ayuda cristiana para contener a los musulmanes), mantuvo severos enfrentamientos con los germanos temeroso de que estos dejasen una estela de violaciones y saqueos en su ciudad de camino a Tierra Santa.

Así recordaba Barbarroja a aquellos «traidores», como les consideró durante una buena parte de su vida. «¡Oh, qué asquerosa traición la de esos malvados quienes esperaban que los liberáramos mientras nos ponían obstáculos prácticamente insalvables en camino! Nos cobraban sumas siderales por sus provisiones. Nuestros hambrientos hombres solían verse obligados a procurarse su subsistencia a la fuerza cuando no contaban con dinero para pagarla. Esta situación ocasionó luchas mortales y finalmente llegamos a Asia Menor con muchas carencias y profundamente desazonados».

«Federico sorprendió gratamente por su gran arrojo y sus habilidades de líder natural»

Aquella Cruzada fue una calamidad que, probablemente, hizo que Barbarroja se animara casi medio siglo después a volver a tomar la cruz. Quizá, ansioso por enmendar la catástrofe que -por una causa o por otra- se había sucedido. Con todo, y aunque los cristianos se retiraron como perdedores a Europa después de no haber logrado tomar ciudades clave para la cristiandad como Damasco, Federico empezó a despuntar como un destacado líder y un valeroso guerrero en esta contienda.

Así lo afirma el divulgador histórico Michael Rank en su obra «Las cruzadas y los soldados de la cruz»: «Federico sorprendió gratamente por su gran arrojo y sus habilidades de líder natural, las que moldearon su imagen como rey de Alemania y emperador del Sacro Imperio Romano. Federico contaba con una extraña combinación de cualidades que lo hacían parecer como una especie de superhumano ante sus contemporáneos», determina el experto en su obra.

El anciano que tomó la cruz

Algo debió ver Conrado en Barbarroja durante aquella campaña militar, pues le acabó nombrando su sucesor. Así fue como, en 1152, Federico accedió al trono de Alemania después de convencer (políticamente hablando) a los nobles locales.

En los siguientes 30 años su ascenso fue increíble y meteórico. En 1153 ayudó al papa Eugenio III a regresar al poder después de ser expulsado por Arnaldo de Brescia y, apenas un año después, fue coronado como emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Posteriormente continuó expandiendo los territorios de su país en Europa hasta que, en 1159, se eligió a Alejandro III como nuevo pontífice. Este le exigió someterse a su poder, y terminó consiguiendo que nuestro protagonista se inclinase ante él a base de las armas en 1176.

Mientras todo aquello sucedía en Europa, en Tierra Santa las cosas no andaban precisamente bien. Al menos, así quedó de manifiesto cuando, en 1187, el líder musulmán (y sultán de Egipto) Saladino conquistó Acre y Jersusalén. Esto fue considerado una grave ofensa por parte del papa Gregorio VIII, que llamó a la Cruzada para recuperar aquellos lugares sagrados. Federico, entonces un anciano, acudió a la llamada del pontífice. Y eso, a pesar de las desavenencias que había tenido con la Santa Sede unas pocas décadas antes.

«Federico tomó la cruz el día 27 de marzo de 1188 a los 60 años de edad, a pesar de que requirió de otro año más hasta estar listo para la partida», explica el divulgador histórico Michael Rank. El anciano llamó además a los nobles y soldados de sus territorios a armarse y partir con él a Tierra Santa. Aunque, en este caso, exigió que todo aquel que acudiese lo hiciese pagándose su manutención y portando el dinero suficiente como para combatir dos años sin necesidad de saquear ni una sola gallina.

Hacia Jerusalén

Según cronistas como Arnold de Lübeck, el contingente reunido fue tan gigantesco (50.000 caballeros y 100.000 infantes) que Federico no pudo embarcarlo. Así pues, se dirigió por tierra hacia Jerusalén. «Durante la marcha, Federico se esforzó con gran diligencia en impedir faltas a la disciplina. Es así como exigió a todo el ejército, tanto a la tropa como a los integrantes que no combatían, jurar que seguirían un sistema de disciplina que él mismo había preparado. También decidió […] mantener muy cortas las riendas del carácter moral de su ejército e insistió en la expulsión de prostitutas y toda clase de personas que pudieran perjudicarlo», añade Rank.

Después de ver su marcha detenida casi medio año por el emperador bizantino Isaac II (quien temía más que a la media luna musulmana el paso de los cruzados por Constantinopla), Federico llegó a Anatolia a finales de marzo de 1190. En abril decidió marchar con su contingente hacia Iconium (una ciudad cercana que se destacaba por ser una de las más destacadas del imperio selyúcida), donde -tras alguna que otra batalla- logró firmar la paz con sus dignatarios y conseguir provisiones para sus hombres. El 30 de mayo regresó a Cilicia y, desde allí, se propuso dirigirse hacia Antioquía.

Las teorías más extendidas

La Tercera Cruzada no podía desarrollarse mejor para los cristianos. Los hombres de la cruz habían avanzado por una buena parte del territorio y presionaban a Saladino y a sus hombres a base de espada y caballo. Pero todo cambió en el verano de 1190, mientras Barbarroja y sus hombres se dirigían hacia Antioquia. Según narra Rank, entonces ocurrió «un hecho totalmente inesperado, una tragedia tremendamente desestabilizadora que cambió el rumbo de la expedición».

Este suceso no fue otro que la muerte del emperador a sus 66 años de edad. El que fuera uno de los artífices de la cruzad murió ahogado mientras cruzaba el rio Saleph (en Turquía). Su ejército presenció aquella catástrofe durante una marcha mediante la que pretendían dirigirse hasta la ciudad de Seleucia. A día de hoy, se desconoce exactamente la causa que provocó que el poderoso sexagenario se reuniese definitivamente con su creador.

Las teorías que se barajan son muchas. La más extendida es que, mientras trataba de vadear el río, el caballo de Barbarroja tropezó. Su jinete no pudo evitar caer entonces a las aguas con la armadura completa puesta. El peso del acero, unido a la extrema ancianidad del emperador para la época (la esperanza de vida de la época estaba entre los 40 y 50 años), hizo el resto. «Fue arrastrado por la corriente y se hundió. Cuando consiguieron rescatar su cuerpo, desgraciadamente, ya había dejado de existir», explica el doctor en historia José María Manuel García-Osuna.

No obstante, y a pesar de que el emperador se ahogó frente a cientos de combatientes, existen más teorías sobre lo que sucedió en aquella aciaga jornada para el cristianismo. Otra de las más conocidas es la que afirma que la culpa la tuvieron las infames temperaturas del verano. «Existe una segunda hipótesis que dice que el emperador, para paliar el enorme calor que había en la zona, intentó bañarse en el río», explica el historiador. Según esta versión, cuando Barbarroja se metió en el agua sufrió un infarto agudo de miocardio provocado por el frío del río, lo que hizo que se ahogara.

¿Apoplejía?

A pesar de que estas posibilidades son las más extendidas entre las fuentes, existen otras tantas bastante más curiosas y complejas. Entre ellas, la más destacada es la que afirma que Barbarroja murió debido a su impaciencia. Así lo explica Franz Kuhn en su libro «Frederick I: Holy Roman Emperor». Su versión empieza señalando que, cuando ocurrió la tragedia, el ejército del anciano estaba construyendo un puente sobre el río Saleph para lograr cruzar la corriente y atacar al ejército enemigo, que les acosaba desde la otra orilla con flechas.

«Eran constantemente hostigados por el enemigo con flechas y jabalinas, pero no desistieron. Por el contrario, trabajaron incansablemente», determina este autor. No obstante, parece que aquella labor no se desarrollaba lo suficientemente rápido a ojos de Barbarroja quien (hasta el chambergo de tanto esperar) le puso naso y decidió cruzar a nado el río para dar ejemplo a sus soldados. Como si tuviera veinte años vaya. El resultado fue el esperado: sufrió un ataque de apoplejía (un accidente cerebrovascular) que terminó con su vida.

También existe cierta controversia entre los diferentes autores a la hora de establecer el día concreto que Barbarroja quiso cruzar el río. Y es que, algunos consideran que este evento se produjo entre el 7 y el 8 de junio. Es decir, que el emperador estuvo varias jornadas convaleciente hasta que finalmente dejó este mundo y abandonó a su suerte a su gran ejército. Independientemente de la forma, y tal y como señala Rank, lo que nadie discute es que dejó este mundo el 10 de junio de 1190, y que lo hizo mientras trataba de cruzar un río.

La maldición de los cruzados

Con la muerte de Barbarroja llegó la «maldición» para el ejército cruzado. Para empezar, porque el gigantesco contingente que planeaba conquistar Jerusalén empezó a deshacerse en pequeños grupos ávidos de regresar a Europa en espera de la elección de un nuevo emperador. «Su muerte fue un cataclismo para los cruzados», señala García-Osuna. El brutal contingente de hombres que Federico había trasladado se vio reducido así de 20.000 (cifra otorgada por el autor español en su dossier) a menos de 5.000.

Este último dato es otorgado por Rank en su obra, en la cual señala también que el liderazgo recayó sobre el hijo de Barbarroja, Federico de Suabia.

«El hijo de Federico intentó mantener al ejército unido y lideró un contingente de 5.000 hombres rumbo a Antioquía»

«El hijo de Federico intentó mantener al ejército unido y consiguió liderar un contingente de 5.000 hombres rumbo a Antioquía y Acre. Sin embargo, tal esfuerzo lucía miserable en comparación con la gran cantidad de soldados que Federico había trasladado desde Europa hasta Anatolia», señala en autor en su libro. El resultado fue que el ejército cruzado que pretendía acabar con Saladino (y que realmente tenía capacidad para ello) acabó disolviéndose poco a poco.

Por si aquello fuera poco, cuando el hijo de Federico llegó a Antioquía -tan solo tres meses después de la muerte de su padre-, siguió sus pasos y dejó este mundo aquejado de peste. Una enfermedad que se extendió por el los ínfimos restos del ejército cruzado y lo diezmó todavía más.

«Los exiguos restos irían a engrosar las fuerzas de los ejércitos ingleses de Ricardo I Corazón de León y los franceses de Felipe II Augusto», añade el historiador español. Aquella «maldición» fue la triste culminación de una muerte (la de Barbarroja) en cierto modo indigna debido a que no pudo fallecer en combate, como le hubiera gustado.

La leyenda tampoco es demasiado bondadosa al hacer referencia a la forma en la que fueron tratados los restos del emperador. Y es que, se cree que fueron guardados en vinagre por sus soldados en un intento de conservarlos para llevarlos hasta Jerusalén.

Con todo, lo que es seguro es que el absurdo final del emperador fue uno de los factores que impidieron que Jerusalén fuese retomada. «Muchos historiadores señalan que si sus fuerzas hubieran alcanzado Jerusalén esto habría inclinado la balanza a su favor y hecho posible reclamar en su nombre la devolución de la Ciudad Santa, incluso fortalecer su posición. Pero algo así jamás habría de ocurrir», determina Rank.

Esta absurda muerte en Tierra Santa no impidió, eso sí, que su figura fuese elevada a la categoría de héroe. «Habiéndose sentado tan notorios precedentes ya en vida, cabía esperar, por tanto, que tras su muerte Federico I ascendiese con rapidez a la categoría de mito. […] Los sucesores de Federico I […] se esforzaron en potenciar la imagen de su linaje presentándolo como el último eslabón de una gloriosa dinastía imperial que estaba llamado a realizar grandes hazañas en un futuro inmediato», explica Máximo Diago Hernando (investigador del CSIC en el Departamento de Estudios Medievales del Instituto de Historia) en su dossier «La pervivencia y la utilización histórica del mito: Los casos de Carlomagno y Federico Barbarroja».

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