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  • El 29 de junio de 1916, el futuro Jefe de Estado participó como capitán en la toma de El Biutz. Tras cargar en primera línea fue gravemente herido. Los médicos le daban por muerto, pero resistió

Hace poco más de 100 años, Francisco Franco (entonces un capitán de Regulares casi recién llegado a Marruecos) empezó a ganarse su fama de hombre con suerte. De tener a sus espaldas «baraka» (como afirmaban los nativos). Una especie de fortuna que le impedía ser dañado por nadie. Aquel «toque divino» fue llevado a examen en multitud de ocasiones.

Sin embargo, la más destacada fue la batalla de El Biutz (sucedida entre el 28 y el 29 de junio de 1916 cerca de Ceuta). Una contienda en la que «Franquito» (como le llamaban algunos de sus oficiales superiores debido a su estatura) sobrevivió a pesar de que una bala rifeña le provocó una herida -a primera vista letal- en el bajo vientre mientras encabezaba una carga a bayoneta contra el enemigo.

Hacia Marruecos

Franco, el mismo hombre que había logrado unos precarios resultados en la Academia Militar de Toledo (se graduó en el puesto 251 de los 312 oficiales que componían la 14 promoción), partió de la tierra que le había visto nacer (El Ferrol, donde su casa todavía se conserva) el 14 de febrero de 1912. El día de los enamorados. Tres jornadas después comenzó su aventura en Marruecos cuando, ya en tierra, recibió la orden de personarse en el Regimiento África número 68. El segundo teniente estaba exultante. La posibilidad de ascender en el escalafón militar en una guerra que resarciera a España de la pérdida de las colonias (Cuba y Filipinas habían sido abandonas hacía poco menos de dos décadas) le enardecía.

Sus sentimientos no los compartían todos los más de 16.000 combatientes que se dejaron allí la sangre y la vida. Muchos de ellos, jóvenes que no tenían el dinero suficiente para librarse (mediante las conocidas «cuotas») de pisar la arena de Marruecos. Una vez en su destino, Franco no tardó en entrar en batalla con los rifeños de Abd el-Krim, el mismo líder que -unos años después- aniquilaría a miles de españoles en Annual.

«Franco entró en fuego el 19 de marzo en Ymeyaten al tomar parte de un reconocimiento ofensivo», explica Carlos Fernández Santander en «El general Franco, un dictador en un tiempo de infamia». A partir de ese momento participó en una infinidad de operaciones en lugares que, a día de hoy, suenan tan lejanos como Ras Medua, Taddud y Tatuid. Unas regiones que, para bien o para mal, sí que eran populares durante aquellos años para los ciudadanos de la Península.

El 13 de junio de ese mismo fue ascendido a primer teniente por antigüedad (o escalafón). Fue el único que recibió de esta guisa. El resto, por el contrario, los merecería por sus méritos en el campo de batalla. Un año después ya era bastante conocido entre la tropa y sus superiores. Prueba de ello es que, allá por el 25 de junio de 1913, el general Dámaso Berenguer (mandamás de los fuerzas regulares indígenas en Melilla) se quedó boquiabierto cuando le vio combatir. «¡Qué bien avanza esta sección! ¿Quién la manda?» (preguntó); la respuesta fue a la vez laudatoria e hiriente: «El teniente “Franquito”». Su escasa altura y la voz de pito, que todavía le perseguían.

A la popularidad de Franco tampoco le ayudaba demasiado el negarse a visitar los prostíbulos que tanto pisaban sus compañeros (algo que le habían inculcado en casa desde que era «rapaz», como se dice por el norte). Por el contrario, el teniente pasaba sus ratos libres escribiendo a un amorío con el que se intercambiaba algunas frases emotivas y -según afirman algunas fuentes- también leyendo sobre el ámbito castrense. Algo que niegan algunos historiadores como Fernández Santander.

Pero aquello nada tenía que ver con la forma de desenvolverse en el campo de batalla. Ejemplo de esto es que, en marzo de 1915, fue ascendido a capitán por los combates acaecidos anteriormente en Beni Salem (Tetuán). Una región en la que, junto al apoyo de los jinetes españoles, desalojó por las bravas de sus posiciones a unos tiradores rifeños que andaban dando más de un dolor de cabeza a sus compañeros.

Por entonces, y según señala el historiador Paul Preston en su obra «Franco (Edición revisada)», el ya capitán se estaba ganando «una reputación de oficial de campo meticuloso y bien preparado, interesado en logística, en abastecer sus unidades, en trazar mapas y en la seguridad del campamento».A su vez, en aquellos años también se ganó fama de inquebrantable e imperturbable ante el fuego rifeño.

Pero no solo eso. También se empezó a generalizar la idea entre sus enemigos de que el militar andaba sobrado de… «baraka» (un toque «divino» que le hacía indemne a las balas de los marroquíes). Y puede que sí pues, como explica Andrés Rueda en «Franco, el ascenso al poder de un dictador», «durante los 32 meses de permanencia [de Franco] en Regulares de Melilla, hubo 35 bajas entre los 41 oficiales».

Planificación

En 1915 sus logros aumentaron todavía más. Como explica Fernández Santander en su obra, en abril se le entregó el mando de una compañía del tercer Tabor de Fueras Regulares Indígenas en Melilla, «el 21 de septiembre se le concedió la tercera cruz al mérito militar con distintivo rojo por su actuación en Beni Osmar» y, poco después (allá por diciembre), una junta de oficiales le nombró cajero de campaña. Un trabajo de despacho que, según afirma Luis de Galinsoga en su obra «Centinela de Occidente», debía simultanear con sus labores en el campo de batalla «arrastrando las consiguientes incomodidades».

En esas andaba Franco cuando -en 1916- se le ordenó participar junto a su unidad en una arriesgada operación para asegurar las comunicaciones entre las ciudades de Tetuán y Tánger (separadas entre sí apenas por 60 kilómetros). Por junio, más concretamente, los mandos se percataron de que los rifeños andaban aglomerándose en varias colinas ubicadas cerca de Ceuta.

«El principal punto de apoyo de las guerrillas se encontraba a unos diez kilómetros al oeste de la ciudad, en el pueblo de El Biutz, situado sobre la cima desde la que se dominaba la carretera de Ceuta a Tetuán», explica Preston. Tomar aquellas posiciones no era cosa precisamente de reclutas. No en vano, los rifeños habían creado alrededor una línea de trincheras defendida por combatientes armados con ametralladoras y fusiles (y bien ubicados en sus respectivos nidos de tirador, todo hay que decirlo).

A pesar de todo, los mandos no lo dudaron: había que tomar la posición para que los molestos enemigos no cortasen las comunicaciones entre los rojigualdos. Pero amigo, tocaba tirar de arrestos y genio español. No ya por la cantidad de enemigos que guardaban la llamada «loma de las trincheras» (de la cabila de Anyera), sino porque el terreno no era demasiado apto para llevar a cabo una carga a bayoneta. Al fin y al cabo, y según se explica en la revista «España en sus héroes» (número de 1969, «El Buitz, capitán Franco herido de muerte») el territorio era «muy áspero», contaba con unos senderos en los que había que avanzar en fila india, y el enemigo se ubicaba en la zona más alta (lo que hacía que los asaltantes pudieran ser tiroteados desde la loma mientras ascendían penosamente por la ladera).

El plan de ataque lo ideó el alto comisario y general en jefe Francisco Gómez Jordana con su Estado Mayor. Este estableció que las tropas españolas atacarían partiendo desde cuatro puntos diferentes:

1-Cuatro columnas desde Ceuta cuyo mando supremo correría a cargo de Milans del Bosch.

a-1ª Columna: Al mando del general Martínez Anido.

b-2ª Columna: Al mando del coronel Génova.

c-3ª Columna: Al mando del general Sánchez Manjón.

d-4ª Columna (en reserva): Al mando del coronel Martínez Perales.

2-Una columna al mando del general Barrera partiría desde Larache con el objetivo de en el suroeste de Anyera.

3-Una columna al mando del general Ayala partiría desde Tetuán con el objetivo de llegar hasta Malalien.

4-Una columna al mando de teniente coronel Cabanellas partiría desde Fondak con el objetivo de operar al sur de la cabila (entre Tetuán y Ceuta).

Comienza la lucha

En la noche del 28 al 29 de junio de 1916, las tropas tomaron posiciones para llevar a cabo el ataque contra los rifeños. Era victoria o muerte. Franco ocupó su puesto en el Segundo Tabor de Regulares (formado por tres compañías), el encargado de encabezar el ataque. El capitán conocía de sobra el penoso terreno por el que subirían los españoles y la ingente cantidad de cartuchos que se les clavarían entre pecho y espalda antes siquiera de poner un pie en el que, a la postre, sería el verdadero campo de batalla. Pintaban bastos, la verdad. A eso de las tres de la mañana, se dio la orden de atacar. Había comenzado la contienda.

«Franco era un oficial que tenía muchas bajas en su tropa. No cedía ante una orden superior de conquistar tal cota»

Tal y como explica la revista «España en sus héroes», una de las compañías de aquel Tabor -la del capitán Palacios (o «Palacio», según señala José María Zavala en «Franco con franqueza»)- fue una de las primeras en empezar a ascender por el territorio y, como es lógico, también una de las que más bajas sufrió. «La compañía del capitán Palacios está detenida por un nutrido fuego. Caen oficiales y soldados. El suelo está cubierto de turbantes y “chichías”, que esmaltan la verde gaba». Como se había vaticinado, el avance era sumamente dificultoso a través de ese territorio, algo que convertía a los soldados del Ejército Español en patos de feria que podían ser disparados fácilmente desde las alturas.Por si fueran pocas desgracias, una bala salida de un fusil rifeño acabó, al poco tiempo, con la actuación del capitán Palacios en la toma de El Biutz. Este tuvo que ser retirado en camilla por la gravedad de sus heridas. Franco, en mitad de aquel desastre, no vio más solución que tomar él mismo el mando de la compañía huérfana de mandos y dirigirla (junto a sus propios hombres) hacia la cota Ain Yir. La cima de la colina, para entendernos. Todo ello, bajo un intensísimo tiroteo en que, al poco tiempo, cayó también el oficial que ostentaba el mando conjunto del Tabor: el comandante (coronel, según afirma Zavala en su obra) Muñoz Güi.

Al asalto

Franco, como era habitual en él, no estaba dispuesto a ordenar retirada, así que dirigió el ataque contra la «colina de las trincheras». Aquella posición infernal desde la que llovía un letal y desproporcionado torrente de fuego. Él iba en cabeza. «Franco era un oficial que tenía muchas bajas en su tropa. No cedía ante una orden superior de conquistar tal cota, aunque casi siempre la conseguía a costa de muchas bajas», explica Antonio Rueda Román en «Franco, el ascenso al poder de un dictador». A su vez, son a día de hoy varios los expertos que afirman que nuestro protagonista siempre estaba ansioso por probar su valía en combate.

Aquellos momentos de caos fueron aprovechados por los rifeños para tratar de envolver a las tropas españolas (avanzar por su flanco y atacarlas en un terrible fuego cruzado desde la retaguardia). Fue en ese momento cuando Franco tomó la decisión de lanzar un ataque frontal contra los defensores marroquíes. «El capitán Franco, que advierte la peligrosa situación de aquella fuerza, resuelve que un asalto muy rápido podría resolver la crisis», se explica en la revista especializada de los años 60. Tras observar cuidadosamante el lugar idóneo para hacer la carga con sus tropas, el capitán ordenó el avance en masa. «La compañía de Franco corona la loma. Entonces, los cabileños se repliegan un poco y se guarecen en una segunda línea de resistencia», se señala en el texto.

Ávido de sangre, y emocionado por el combate, Franco volvió a ordenar acabar con la resistencia de los rifeños. Y no solo eso, sino que se dispuso a dirigir él mismo el último envite -a bayoneta calada- contra la posición.

Sin embargo, en ese momento se sucedió su particular desastre. Una situación que es narrada de forma diferente por cada historiador. Al parecer, todo ocurrió tras ver caer fulminado a un compañero indígena, Franco recogió entonces el fusil del fallecido y se dispuso a disparar… pero no se percató de que no estaba a cubierto. «Para los tiradores de enfrente el blanco es seguro», se explica en «España en sus héroes». Instantáneamente, un enemigo apretó el gatillo de su arma y la bala cruzó el cielo de Marruecos, clavándose directamente en el capitán.

Herida terminal

¿Dónde recibió la herida el capitán Franco? A día de hoy, esta es una pregunta que sigue causando controversia a nivel histórico. La versión más extendida es que el impacto le dañó «el vientre». Algo que (como se explica en el libro de Zavala) suscribe su hermana Pilar: «En África, muchos años antes, el futuro Caudillo fue herido gravemente. La bala hizo un agujero limpio en el vientre y salió por la espalda rozando la columna vertebral». Esta idea es suscrita por Paul Preston quien, en su obra mencionada, es partidario de que Franco recibió un disparo «en el estómago».

«He visto pasar la muerte a mi lado muchas veces pero, por fortuna, no me ha reconocido»

Sin embargo, actualmente se baraja que el cartucho le impactó realmente en el bajo vientre. ¿Cómo es posible que se haya generalizado la idea del estómago? En palabras de Rueda Román, todo se debió a que se le hizo en aquellos días, presuntamente, una radiografía que corroboraba esta teoría.Algo imposible, para el autor: «Consultados dos médicos militares, que desean permanecer en el anonimato, conocedores de Marruecos y que estuvieron en distintas épocas de Francisco Franco, lo ven imposible porque en aquel año los servicios médicos militares de Ceuta no contaban con aparatos de rayos X. Así es que queda descartada la posibilidad de que sea verdadera la radiografía publicada. Pero hay más: esa radiografía ha desaparecido e incluso hay un argumento en contra de la veracidad de dicha radiografía. Suponiendo que se hubiera realizado, habría quedado archivada por poco tiempo en el hospital, ya que se trataba de una radiografía más entre otras, de uno de tantos heridos, porque en aquel tiempo nadie podía pensar que aquel capitán de regulares sería veinte años más tarde Jefe del Estado español».

Muerto en vida

De forma independiente al lugar exacto en el que recibiera el balazo, lo cierto es que el capitán Franco cayó a plomo sobre la arena. Todos le daban entonces por muerto. Pero fue recogido, según Zavala, por un «moro» llamado «El Ducali», quien cargó con él mientras varios soldados rodeaban al futuro Jefe del Estado para evitar que fuese impactado de nuevo por los disparos enemigos.

En aquellos momentos el capitán respiraba terriblemente mal y nadie pensaba en su recuperación. Según parece, él también. Por eso, mandó llamar a uno de los oficiales a su cargo para entregarle 20.000 pesetas que llevaba encima. Era el dinero que, como cajero en campaña, llevaba en los bolsillos para pagar puntualmente a la tropa.

Mientras todo aquello ocurría los españoles, avivados por el valor de aquel capitán, tomaron la posición de El Biutz. Esa misma noche, en el informe del combate se hizo referencia al «arrojo incomparable del capitán Franco, a sus dotes de mando y a la energía desplegada en combate». Una última alabanza para un moribundo cuya vida, según todos, tocaba a su fin.

A pesar de todo, Franco fue trasladado al campamento Kudia Federico, donde pasó dos semanas sin irse (para asombro de la mayoría) al otro mundo. Los médicos se negaron en ese tiempo a llevarle hasta Ceuta, pues consideraban que hacerlo provocaría su muerte. Durante ese tiempo, el capitán llegó a pedir a un sacerdote que le confesara para presentarse ante Dios limpio de pecados.

Sin embargo, el destino quiso que, el 15 de julio, Franco se hubiese recuperado lo suficiente para ser trasladado al hospital militar de Ceuta. Allí se determinó que la bala no había tocado, de forma sorprendente, ningún órgano vital. El capitán salvó aquella prueba del destino. Algo que hizo válida la frase que repitió en más de una ocasión: «He visto pasar la muerte a mi lado muchas veces pero, por fortuna, no me ha reconocido». Sobrevivió.

En base a la heroicidad mostrada en el asalto, el Alto Comisionario de Marruecos, el general Francisco Gómez Jordana recomendó a Franco para un ascenso y para ser galardonado con la preciada Cruz Laureada de San Fernando. El Ministerio de Guerra se opuso a ambas propuestas. La primera, por su escasa edad (23 años). El entonces capitán apeló la decisión, pero aquello no le sirvió para nada. Con todo, si obtuvo la Cruz de Primera Clase de María Cristina.

Esta herida también dio lugar a otra leyenda: la que afirmaba que Franco se había convertido en un impotente sexual debido al balazo. Algo que ha sido negado por historiadores como Preston: «La situación de la herida también dio origen a especulaciones sobre la aparente falta de interés de Franco en materia sexual. El escaso testimonio médico disponible no permite semejante interpretación». Ramón Garriga, autor de varias biografías del personaje, iba más allá: «En el caso que nos interesa se ha hablado de que la gravísima herida sufrida por el general en 1916, en el abdómen, y que puso seriamente en peligro su vida, lo había dejado incapacitado para tener hijos. Al parecer todo era normal en el acto de realizar el acto sexual, pero algo fallaba en el líquido seminal que impedía que la operación terminara con un feliz engendramiento».

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  • Gonzalo de Bethencourt, corresponsal del diario «Pueblo», envió desde Colombia en abril de 1975 la siguiente crónica periodística, que ha permanecido inédita hasta hoy
La CIA planeó un atentado contra Franco

ABC 21-12-1959 Ike Eisenhower, entonces presidente de EE.UU., llega a Madrid y es recibido por Franco

Los ojos se me vinieron a abrir del todo más tarde, apenas hace unos días, pero la primera pista me la entregó, en una capital iberoamericana por encima del Ecuador, un viejo compañero de moceríos -veinte años sin vernos no lograron entibiar nuestra amistad-, convertido en vuelta y revuelta de sucesos y profesiones por todo el continente. No podría decir si había sido, es o será agente de la CIA mi amigo de la juventud, puedo decir que hoy es un intelectual que, cuando la noche comienza a saltar de su negro consustancial al blanco de la amanecida y el trago vuela alto, a veces hace confidencias. Así saltó aquella.

-¿Sabes que la CIA planeó atentar contra Franco?

Pero aquella noche habíamos hablado de todo lo divino y de todo lo humano y uno tampoco andaba como para clavar su atención en las cosas. Además, por aquellos días, los periódicos del mundo entero descubrían demasiado que detrás de las mayores barrabasadas del maquiavelismo internacional aparecía siempre la Central Intelligence Agency norteamericana. Que si la muerte de Kennedy; que si la caída y martirio de Salvador Allende; que si «El Chacal» intentando asesinar a De Gaulle… Pero me quedé con la «copla» de mi amigo.

La CIA planeó un atentado contra Franco

El periodista cubano José Pardo Llada fue el «garganta profunda» de esta historia

Por eso y desde entonces indagué cerca de las personas que creí podían conocer algo del asunto, siempre con resultados negativos. Así, hasta que en Cali (Colombia), me encontré con José Pardo Llada, 52 años, periodista a vena abierta, político de primera fila que fue en su patria, capitán del fidelismo, de la primera época antimarxista furibundo, hombre en corazón bañado, conocedor por el haz y el envés de casi todo lo acontecido en la América que fue española, sajona, portuguesa o gala. José sí sabía de qué iba la cosa cuando le pregunté sobre la maquinación «ciática» contra Franco.

-Tanto sé, que a mí me tocó danzar en esa historia, afirmó Pardo Llada, sonriendo. La cosa, según uno de los mejores periodistas que se expresan en castellano, fue así.

Invitación a España

Pardo Llada, después de ser diputado de enorme tirón y el periodista más seguido en Cuba, se metió en la guerrilla de Fidel. Cayó Batista y José ocupó puestos principales en aquella inicial administración, revolucionaría mas aún no definida como marxista, de Fidel Castro. Misiones Importantes junto a Ernesto «Che» Guevara e incluso al lado de Fidel y de Raúl. Pero para Pardo, anticomunista visceral, la nueva Cuba se deslizaba por caminos que él todavía rechaza.

Total, el exilio para Pardo Llada, quien abandona su patria -nunca desde entonces volvió- la víspera de su santo, el 18 de marzo de 1961. La esposa, María Luisa, asturiana ella, se queda por el momento en Cuba.

Primera etapa, México. Pocos días en la tierra azteca. El abandono de la revolución por parte de Pardo Llada ha sido demasiado sonado para que en México -la tierra de donde zarpó el «Granma» para cuajar con unos pocos guerrilleros civiles el único éxito, hasta la fecha, iberoamericano de «la conquista del estado» por un puñado de jóvenes alzados en armas- la estancia del exilado transcurriera sin problemas.

Hay que marcharse a otra parte. Pardo está pensando en viajar a Brasil, cuando recibe una visita.

-Se trataba -me cuenta José- de un periodista cuyo nombre olvidé pero del que sí recuerdo que me dijo que trabajaba en ABC de Sevilla. Hombre muy correcto, me explicó que era mensajero de una sugerencia para que, si quería, me fuese a vivir a España. Me extrañó la propuesta porque yo no me había distinguido por mis elogios al Gobierno español. Así se lo expresé.

Su réplica -«Precisamente se la hacemos para que usted, Pardo, conozca, al mismo tiempo que la hidalguía española, la realidad del régimen que tan duramente criticó»- terminó por convencerme. Además, estaba el que mi mujer es española y yo sabía que desde La Habana a Madrid se viajaba con facilidad.

Pardo Llada llega a la capital española en los días postreros de marzo de 1961. De inmediato, la Policía le protege porque en ciertos círculos oficiales se estimaba que Pardo, fidelista arrepentido, podía tener problemas graves con los exiliados batistianos.

-En esos días conocí al comisario Vicente Reguengo. O Fernández Reguengo, que creo que acabó al frente de la Brigada Social de la policía española, asegura el periodista cubano.

El exilado cubano se instala en una pensión cercana a la avenida del Generalísimo. Sale poco. La casa que más visita es la del general Perón -también exilado-, con quien mantiene una vieja y buena amistad y a quien ayuda en trabajos periodísticos.

Que sea Pardo Llada quien hable:

-Llevaría como mes y medio en Madrid cuando una mañana recibí una llamada de un tal míster Williamson quien, por el teléfono, me aseguró que pertenecía a la representación diplomática de Estados Unidos en España. Quería verme cuanto antes. Acudí a la cita en la Embajada. Mr. Williamson -su nombre ahora se me escapa de la memoria- era un tipo simpático, rubicundo, de unos 45 años entonces, con pinta de héroe. Me pidió que intercambiásemos puntos de vista sobre el periodismo cubano, tanto del fidelista como del antifidelista, del que poseía un excelente conocimiento. En quince días me llamó unas seis veces. De todas esas visitas dos cosas me sorprendieron: que me recibiera en el despacho del embajador, quien aún no había presentado cartas credenciales y que, una de las veces, me cruzara en la puerta de la oficina con dos conocidos comunistas españoles exilados. Uno de ellos era José Luis Gálvez, catedrático en una Universidad del sur de España durante la República y que se exiló en Cuba después de la Guerra Civil. Gálvez fue -y no sé si lo seguirá siendo- uno de los jerarcas de la política educacional de Fidel Castro. Conocí a los dos comunistas españoles en la Casa de la Cultura, situada en la calle del Prado de La Habana. Le saludé en la Embajada USA de Madrid y a nadie comuniqué mi extrañeza, pero por dentro quedé convencido de que el Gobierno de Franco había dictado una amnistía y que por eso andaban en Madrid, Gálvez y su compañero.

La CIA planeó un atentado contra Franco

Conferencia política entre las delegaciones de EE.UU. y España en 1959

Continúa Pardo Llada en su relato:

-Así se desenvolvieron las cosas hasta que, a los quince días, recuerdo que mi mujer había llegado aquella mañana a Barajas, recibí una orden de Fernández Reguengo para que me presentase de inmediato en la Puerta del Sol, en la Dirección General de Seguridad. Obedecí la orden. Fernández Reguengo no era ese día el policía amigo de otras veces, sino el funcionario distante que fríamente cumple con un deber. Me dijo: «Se tiene que ir de España mañana mismo y no me pregunte por qué; no se lo puedo decir». Me retuvieron allí, en el despacho del comisario durante dos horas. Me dijeron que me marchase a la pensión para hacer mis maletas y salir del país lo antes posible. No fui a mi casa. Por el contrario, acudí a la residencia de Perón para contarle mi caso.

El general investigó entre sus amistades y aquella misma tarde, en el hogar del presidente argentino, dialogué con un general, cuyo nombre he olvidado pero que era bastante joven y había combatido en Rusia con la División Azul. Al final de nuestra charla, el general me aseguró:

-No; lo que sucede, Pardo, es que usted es muy amigo del presidente Kennedy. Ese es el informe que de usted ha dado nuestra representación diplomática en La Habana.

Pensé -y sigue el relato del periodista cubano- que si hubiera estado el embajador Logendio en Cuba -ya había ocurrido el célebre incidente de la televisión- lo de mi amistad con Kennedy podría haber quedado bien claro. Cierto que había hecho dos entrevistas -una que pasó por el canal de Televisión a color, que fue de Pumarejo, y otra, publicada en «Bohemia», a Kennedy cuando todavía era candidato. También era el responsable de ordenar la publicación contra el criterio de Fidel, de algún discurso de quien acabaría acribillado en Dallas. Aunque todo lo que me sucedía en Madrid era muy extraño, recordé que Kennedy se había distinguido por su antifranquismo porque, siendo joven cuando su padre era embajador en Londres, él había estado en España visitando a sus compatriotas de la brigada «Abraham Lincoln» e inmediatamente después de tomar posesión de la Casa Blanca, organizó un concierto con la intervención única de Pablo Casals, el violoncelista español exilado que murió en Puerto Rico sin retornar a la Patria.

Sánchez Bella aclara

A pesar de que Pardo Llada argumentó en casa de Perón, ante el general que había peleado en la División Azul, la realidad de su amistad con John F. Kennedy, se tuvo que largar a toda prisa de Madrid, donde quedó María Luisa, su mujer, con un encargo concreto; averiguar como pudiera las razones verdaderas de la expulsión del fidelista arrepentido. La asturiana María Luisa logra conectar con Gastón Baquero, también exiliado cubano, por aquel entonces trabajando como articulista de ABC, destino que creo conserva hoy.

Baquero y Pardo mantenían unas correctas relaciones, aunque no «íntimas», porque ambos políticamente andaban en paralelos muy alejados. Gastón Baquero aclaró a la mujer del periodista cubano, tan bien recibido y tan mal despedido de Madrid: «El problema es -dice Pardo que le dijo Baquero a su esposa- que José tenía relaciones muy cercanas y misteriosas con Mr. Williamson y éste se encuentra en una situación muy difícil con el Gobierno español».

Ando en diálogo con José Pardo Llada en Cali. Insiste José en el tema con precisiones de profesional que no quiere dejar un solo cabo suelto:

-De Madrid viajé a París. Allí me enteré de algo que no había publicado la prensa española, pero sí la del resto del mundo. En aquellos días finales de junio de 1961, según la prensa extranjera, intentaron atentar contra Franco volando un puente en la carretera Madrid-Cádiz, cuando el generalísimo viajó al sur de España. Entonces, recordé que durante las dos horas que permanecí en el despacho de Fernández Reguengo llamaban a éste desde larga distancia y el comisario respondía a sus interlocutores: «Entonces ahí tenéis a tres…» o «…a cinco». Al conocer la noticia del atentado frustrado la relacioné con la otra, que también conocí en París, por aquel entonces detuvieron en España a unos 150 izquierdistas en redadas simultáneas. Entonces entreví algo del por qué me habían obligado a salir de Madrid con tantas prisas.

El periodista cubano vuela de París a Cali (Colombia), donde acabará, residenciándose. Tiempos después, un buen día Pardo está sentado en el bar del hotel Alférez Real caleño. Entra Alfredo Sánchez Bella, entonces embajador de España en Colombia. Pardo es buen amigo del que luego sería ministro de Información y Turismo, a quien había conocido cuando visitó La Habana como director de Cultura Hispánica. Se ven dos viejos amigos. Se abrazan. Sánchez Bella pregunta a Pardo Llada:

-¿Y tú, qué haces aquí en Cali?

-El que debe saber la razón eres tú, porque de tu país me echaron…

Sánchez Bella sonríe. Durante dos días los encuentros entre el embajador y el hombre de prensa cubano resultan frecuentes. El tema de la expulsión de Pardo sale a relucir en varias ocasiones. Hasta que Sánchez Bella aclara:

-Es que tú, Pardo, ¡tienes cada amigo¡, exclama el diplomático.

Extrañeza en Pardo. Sánchez Bella puntualiza:

-Sí, sí, entre ellos, Mr. Williamson. ¿Tú sabes que era el Jefe de la CIA en Europa, con base en Madrid, y que andaba conspirando contra Franco, por orden de Kennedy?

El cubano replica rápido. -¿Y por qué no botaron a Williamson y a mí sí?

-Porque -fue la respuesta del embajador- la cuerda siempre se rompe por lo más flojo. Además, Williamson salió de España poco después por vía diplomática.

En aquel momento Pardo Llada otorgó vigencia a un consejo que, en los días madrileños del fidelista de las primeras horas le dio el cónsul cubano en Madrid, Antonio Matos: «Te debes marchar de aquí y muy pronto; hay quien a nivel oficial te considera elemento muy peligroso». Pardo Llada obedeció el consejo no por voluntad propia, sino por «insinuaciones» clarísimas y policiacas.

La ficha de Williamson

Ahora, este Mr. Williamson, jefe de la CIA en Europa con sede en Madrid el año 1961, ya jubilado, se dedica al negocio de inversiones en Puerto Rico. Pero, ¿y antes? Que se sepa fue el director financiero de la sublevación en la ciudad cubana de Cienfuegos, contra el Gobierno de Batista. Esto ocurrió en 1958. Hubo de treinta a treinta y cinco muertos y en la acción participaron comandos fidelistas y también miembros del Partido Auténtico de Carlos Prío Socarrás. De dicha sublevación sé que, en su vertiente civil, estuvo dirigida por Emilio Aragonés, hoy embajador de Cuba en la República Argentina, y personaje que se halla dentro del círculo de amigos íntimos de Fidel.

También sé que Williamson poco antes de organizar, según Pardo Llada, el fallido atentado de la CIA contra el jefe del Estado español, montó con éxito, en la Europa socialista, otra operación subversiva contra el Gobierno húngaro.

Todo comenzó por una frase en una madrugada cargada de diálogos, de recuerdos sevillanos, de tratar que, de pronto a miles de kilómetros, estallasen los melismas de una «soleá de Triana» dicha por «Pepe el de la Matrona», por ejemplo. Meses después, en la ciudad colombiana de Santiago de Cali, aquella afirmación de la CIA planeó un atentado contra Franco, halló amplia confirmación por boca de uno de los «rozados» más directamente por el asunto: José Pardo Llana, cubano y periodista.


ABC.es

  • Miles de soldados de la «Guardia Mora» murieron en la contienda nacional y fueron enterrados en Griñón
La triste historia de los los 100.000 «hijos» de Franco en la Guerra Civil

Fue idea de Franco. El dictador reclutó en el Norte de África a cien mil personas, de entre 16 y 50 años, para combatir en el bando nacional. Fue la denominada Guardia Mora. Del total, 20.000 murieron en pleno campo de batalla; otros, a causa de las gravísimas lesiones sufridas o de enfermedades.

Ante las bajas de los jóvenes soldados caídos en el frente, Franco decidió buscar un lugar donde enterrarlos según el rito musulmán: lavados minuciosamente, en contacto con la tierra, es decir, sin caja, y mirando hacia la Meca.

El lugar elegido fueron unos terrenos de Griñón que adquirió el Ejército del bando nacional. Muchos de los enterrados cayeron en la cruenta batalla de la cercana localidad de Brunete. Otros, procedían de otros puntos de la región y del país. Sin embargo, ese cementerio para el eterno descanso de los marroquíes, siguió cumpliendo la misma función una vez acabada la contienda. El Ejército del caudillo llegó a un acuerdo con las autoridades marroquíes y les cedió el suelo para que perviviera como necrópolis. Pero fue un pacto verbal, no escrito.

Reclutados en las zonas más pobres del Protectorado del Norte de Marruecos y de los poblados del Ifni, muchos, apenas unos críos, fueron enviados a la contienda por sus familias, acuciadas por la más absoluta de las miserias.

La lata de aceite, los kilos de azúcar que recibía su familia, tantos panes como hermanos tuviera el soldado, así como un sueldo de unas 150 pesetas de la época (toda una fortuna) con varios meses de anticipo, hicieron a la mayoría, grandes y menos grandes, picar el anzuelo. Aquí, se toparían con toda la crueldad desatada en una guerra que duró tres largos años. A su término, y con fama de sanguinarios, fueron licenciados y devueltos sin contemplaciones a su país. Así acabó la historia de la Guardia Mora, algunos de cuyos caídos reposan aún en el cementerio de Griñón.


El País

Un documental analiza la repercusión de la guerra civil española en los artistas norteamericanos

La Guerra Civil española apareció de uno u otro modo en más de 50 películas de Hollywood entre 1937 y 1975. El documental Hollywood contra Franco, cuyo preestreno es esta tarde en la UIMP de Santander, recoge algunas de las mejores secuencias de cintas como Casablanca, ¿Por quién doblan las campanas? o Las nieves del Kilimanjaro para contar cómo se vio y se vivió ese episodio desde Estados Unidos.

El largometraje, dirigido por el catalán Oriol Porta, se centra en la figura de Alvah Bessie, guionista y crítico de cine, que formó parte de la Brigada Internacional Abraham Lincoln y luchó en España en 1938. Su apoyo a los republicanos y su filiación al Partido Comunista le costó una citación del Comité de Actividades Antiamericanas, donde se negó a declarar. Fue encarcelado e incluido en la Lista Negra. Falleció en 1985. El testimonio de su hijo se mezcla con imágenes de informativos norteamericanos antiguos y del NODO, secuencias de películas y testimonios como el de la actriz Susan Sarandon, que también participa en el documental, financiado con la participación de TVE y TV3. “Fue el primer conflicto armado que se siguió casi en directo”, asegura el director, que ha perseguido y defendido el proyecto durante años. “A veces pensaba que lo harían antes los americanos y acabaríamos tirándonos de los pelos”, concluye.


Europa Press – El Mundo

  • SEGUNDA GUERRA MUNDIAL
  • ‘Franco y Hitler’ (La Esfera) tumba el mito de que el español no estuvo al lado del ‘Fürher’

1205167399_extras_ladillos_1_0MADRID.- En su última obra, ‘Franco y Hitler’ (La Esfera de los Libros), Stanley G. Payne tumba el mito de que el dictador español no estuvo al lado del ‘Fürher’ durante la Segunda Guerra Mundial y demuestra que sí mantuvieron contactos durante la contienda, pese a la creencia de que España se mantuvo neutral.

En sus páginas, Payne presenta el resultado de una investigación “única” hasta el momento. “Pese a lo que se diga, España no fue neutral”, ha afirmado el profesor estadounidense emérito en Historia en la presentación de su última obra, este lunes en Madrid.

En las más de 400 páginas que componen ‘Franco y Hitler’, Payne despieza las relaciones entre los dos dictadores y cómo el modo de llevarlas y de empezar a superarlas contribuyó a la supervivencia del régimen de Franco.

La parte principal de ‘Franco y Hitler’ estudia fase por fase las relaciones entre Madrid y Berlín durante la Guerra Mundial. Sin embargo, se remonta a la Guerra Civil Española durante la cual se estableció el nexo entre el Tercer Reich y el régimen franquista. “Sin la ayuda de Hitler, la insurrección hubiera fracasado”, asegura el autor.

“Aunque Franco debía a Alemania una deuda por su ayuda, España nunca entró en la Guerra Mundial, pero tampoco fue neutral. Se declaró ‘no-beligerante’, término que se inventó Mussolini”, ha explicado Payne para justificar la ayuda española que España dio a Alemania en términos económicos, logísticos y políticos.

‘España no podía entrar por gusto’

La obra explica en detalle cómo España estuvo a punto de intervenir en numerosas ocasiones. “España quiso entrar pero estaba muy debilitada económicamente. Cuando empezaba a recuperarse pidió contrapartidas a Hitler que nunca se las dio y, como dijo Franco en su día, España no podía entrar por gusto”, ha relatado el historiador.

“Franco era más listo y aunque nunca ganó sus objetivos, con la decisión de no ceder evitó cometer el peor error: entrar en la guerra. Su astucia le salvó”. “Le costó que al que había creído un amigo justiciero le llamara ‘charlatán latino'”, ha recalcado.

‘Franco y Hitler’ también analiza la ambigua posición del régimen franquista con los judíos y es la primera obra que aporta material del plan de invasión de Portugal del que nunca se ha hablado: “Hubo un plan, pero nunca la intención de llevarlo a cabo”.

Pese a la amplia bibliografía que existe acerca de este episodio de la Historia, el libro de Stanley G. Payne aporta muchas novedades. Su autor ha relatado que tuvo acceso a mucha documentación, alguna inédita, y que fue difícil seleccionar. “Un investigador tiene que limitarse porque hay muchos datos”.

Stanley G. Payne ha escrito muchos libros dedicados a la historia contemporánea española. En seis meses se publican sus memorias donde dará una explicación detallada acerca de este amor por España. “España hace 50 años era virgen y eso me atrajo mucho”, ha añadido.

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