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  • Ideada como una evolución del modelo M1, esta arma era sumamente ligera y se diseñó especificamente para poder ser transportada por los paracaidistas norteamericanos
 La 101, tras capturar una bandera alemana - ABC

La 101, tras capturar una bandera alemana – ABC

Desde el subfusil Thompson (mal llamado «ametralladora»), hasta la pistola Colt 1911 (una de las más conocidas del ejército americano por su potencia). Las películas bélicas nos han hecho creer que estas eran las dos armas más extendidas entre los paracaidistas de la 101ª División Aerotransportada. Esos combatientes que, horas antes del Desembarco de Normandía, se dejaron caer tras las líneas de defensa alemanas para atrapar a los germanos en un terrible fuego cruzado y para proteger los vitales puentes que llevarían a los aliados al interior de Francia.

Sin embargo, la realidad es que -a pesar de lo que nos dice Hollywood– las armas más extendidas entre los «paracas» de la 101 eran la carabina M1A1 (una evolución del modelo M1 modificada especificamente para tropas aerotransportadas) y el fusil M1 Garand (el de dotación de la infantería estadounidense). Hoy, estas dos son también las más utilizadas por los grupos de recreación histórica españoles que dan vida a las unidades paracaidistas de la Segunda Guerra Mundial. Y todo, bajo un precio sumamente asequible gracias a la marca hispana «Denix».

La carabina M1

Una de las dos armas principales que portaron los paracaidistas de la 101ª División Aerotransportada en Normandía fue la variante M1A1 de la carabina M1. Esta última era uno de los pertrechos principales en el arsenal de las tropas de segunda línea de los Estados Unidos de América. Es decir, de aquellos soldados que (por estar asignados a una batería de artillería, cargar con una ametralladora pesada, o encontrarse destinados en una unidad dedicada a labores de intendencia) necesitaban un fusil más ligero que el M1 Garand (de unos 4 kilos) o las pesadas Thompson (de 5).

Esta carabina, concretamente, se ideó en 1942 con el objetivo de que las tropas auxiliares tuvieran la capacidad de defenderse de las agresivas tácticas de ataque germanas. Y es que, mediante la «Blitzkrieg» o «Guerra relámpago», los alemanes rompían la primera línea de defensa enemiga y se lanzaban con sus unidades mecanizadas contra la retaguardia contraria. Un lugar en el que podían causar estragos destruyendo polvorines o convoys de suministros defendidos, únicamente, por soldados equipados con poco más que armas cortas tales como pistolas.

Así pues, la necesidad de contar con un arsenal más potente para rechazar estos posibles golpes de mano provocó que EEUU se planteara la creación de un arma ligera y de fuego rápido. De esta forma nació la carabina M1.

«Tras numerosas pruebas, se adoptó el diseño de la firma Winchester […] el 22 de octubre de 1942», explica la revista especializada «Les Cosaques» en su dossier «Carabina M-1». El resultado fue un arma relativamente corta (90 centímetros aproximadamente) pero con cierta cadencia de fuego al contar con un cargador de 15 cartuchos que disparaba en modo semiautomático. Con ella, además de las unidades anteriormente seleccionadas, se dotó a algunos oficiales.

El arma (elaborada en madera y metal con una culata fija) usaba un cartucho más propio de pistola, que de fusil. «La carabina usaba un calibre de 30. Seria una especie de 9 mm largo. El arma no era muy potente ni un alcance muy extenso, pero tenía una cadencia de fuego alta» explica, en declaraciones a ABC, Joan Parés (miembro del grupo de recreación histórica «First Allied Airborne Catalunya» -especialistas en la 101ª División Aerotransportada-). El arma debió ser útil, pues se fabricaron 6.200.000 unidades hasta el final de la Segunda Guerra Mundial y fue modifica dando como resultado hasta 15 modelos diferentes.

Con todo, y aunque fue bien recibida entre las tropas a las que iba destinadas, la carabina M1 también tenía algún pequeño problema además de su escaso alcance. «En la Segunda Guerra Mundial esta carabina no llevaba bayoneta. Es lógico porque habitualmente se entiende que la bayoneta es una extensión del arma que permite al soldado usarla como una lanza. Con un arma tan corta es un poco absurdo, ya que no tiene la suficiente extensión como para causar un daño severo. Pero es algo normal en este tipo de armas cortas y ligeras», completa el experto.

El modelo «paraca

Como arma ligera que era, la carabina M1 atrajo sobremanera a las recién creadas divisiones de paracaidistas estadounidenses. Entre ellas, la 101ª División Aerotransportada (activada el 16 de agosto de 1942). La razón era sencilla: estos combatientes necesitaban contar con un arsenal lo más ligero posible para saltar desde los cielos. Y es que, a menos peso tuviera su arma, más cosas podrían llevar consigo para sobrevivir una vez que se encontraran solos, y tras las líneas enemigas, en las playas de Normandía.

Así pues, y con el fin de hacer la M1 (de poco más de 3 kilos) más adaptable si cabe a los paracaidistas, se rediseñó la carabina para sustituir su culata fija de madera por una plegable (y mucho más ligera) de metal. Dicho modelo (de apenas 2.800 graamos) fue desarrollado por una subdivisión (Inland) de la actual «General Motors» (que llegó a fabricar un total de 2.650.000). El resultado fue un arma sumamente compacta, pero resistente y que podía abrirse con facilidad. La variante fue denominada «Carabina Cal .30 M1A1» y fue entregada, a partir de octubre de 1942, a la 82ª y a la 101ª divisiones aerotransportadas.

«La 101ª División usó esta carabina, que era muy ligera. Sin embargo, muchos soldados preferían el fusil Garand por tener un calibre y una potencia de fuego más alta. Además de contar con una cadencia de fuego decente al disparar 8 cartuchos en semiautomático. Eso sí, los que llevaban la carabina ahorraban en peso y podían llevarla en una bolsa desechable que se ataban y que tiraban una vez que llegaban al suelo», añade Parés en declaraciones a ABC.

Así define el popular historiador Antony Beevor estas armas en su obra «El Día D. La batalla de Normandía»: «El arma personal del soldado normalmente era una carabina con afuste, desmontado en parte, metido en una bolsa llamada “estuche del violín”, que se llevaba atada con unas correas cruzando el pecho».

Se fabricaron aproximadamente 150.000 de estas carabinas modificadas para los paracaidistas, y fueron muy bien acogidas. Tanto, que este modelo (y el mismo M1) se fue actualizando para participar en varias guerras posteriores. «Después se usó en la guerra de Corea y continuó hasta los primeros años de Vietnam», completa el recreador histórico.

Otras armas de los «paracas»

La otra arma principal de los paracaidistas de la 101ª División Aerotransportada en el Día D fue el M1 Garand, el fusil dedotación usado por la infantería del ejército americano. Su característica principal era que podía disparar hasta ocho cartuchos de forma semiautomática sin necesidad de ser amartillado. Eso le otorgaba una ventaja sobre los fusiles mono-tiro de rusos, británicos y alemanes. Aunque también le hacía perder un poco de precisión. «El Garand tenía un alcance de aproximadamente 1.000 metros, lo que le daba una gran ventaja sobre el resto de armas», explica Parés en declaraciones a ABC.

Además de estas armas, los paracaidistas de la 101ª también contaban con pistolas Colt 1911. Un tipo de arma corta que no todos llevaban por no ser reglamentaria. «Al principio de la guerra se dotó a las unidades con Colt 1911, pero el ejército las terminó retirando. Algunos paracaidistas la llevaban, pero solo los que se la pudieron guardar, pues no era de dotación en el 44. Oficialmente solo la portaban algunos mandos o servidores de ametralladoras. Tenerla era casi un premio. Además, era muy querida. En el Pacífico, por ejemplo, se contaba que un disparo de esta pistola podía arrancar la mano a un japonés por su gran calibre», completa el experto.

Por otro lado, el recreador histórico afirma que los paracaidistas de la 101ª no solían portar (salvo casos raros) subfusiles como la Thompson. «Solo se dotaba a elementos muy especializados del ejército. El problema es que en las películas suele aparecer mucho porque los subfusiles son muy espectaculares por disparar fuego automático. Pero hay que tener en cuenta que su alcance era de entre 400 y 500 metros, y el Garand lo doblaba, por lo que era preferido. Además carecía de precisión por contar con un cañón muy corto», añade el recreador. Con todo, tan cierto como esto es que se pudo ver a algún «paraca» con ella.

Según Parés, otro tanto sucedía con los alemanes, a los cuales solemos ver en las películas con el característico subfusil MP40. «Es cierto que los alemanes tenían más armas automáticas que los aliados, pero también es verdad que lo que más utilizaban era el fusil Kar 98. Si ves las películas, parece que al final de la guerra todos llevaban MP40 o MP44, pero no. Tuvieron armas de todo tipo y de toda procedencia», añade el experto.

SI QUIERES CONOCER EL EQUIPO COMPLETO DE UN PARACAIDISTA DE LA 101 AEROTRANSPORTADA, SIGUE ESTE ENLACE: Así iban equipados los paracaidistas de la 101ª División Aerotransportada en el Desembarco de Normandía.

Recreando la M1A1

En palabras de Parés, a día de hoy bastante sencillo adquirir una réplica de la carabina M1A1 gracias a marcas como «Denix». Una empresa española que fabrica «objetos de recreación» (que no armas, como ellos mismos señalan).

«”Denix” te permite adquirir una copia en madera y metal por unos 150 euros. Es algo que, cuando empecé con la recreación hace 12 años, parecía imposible. Además, ofrecen los dos modelos, tanto el de culata fija, como el de la culata plegable para paracaidistas», explica el experto.

Tal y como determina, esta empresa ha logrado posicionarse como una de las mejores del mercado. «Cuando vas a recreaciones en otros países, puedes ver sus réplicas. Se exportan a todo el mundo», determina.

«”Denix” ha permitido generalizar la compra de réplicas de armas de la Segunda Guerra Mundial por un precio razonable. Te dan la oportunidad de tener réplicas de armamento original como el Garand cuando, anteriormente, era algo imposible por menos de 500 euros. Elaboran réplicas muy fidedignas. Sus ventajas son el precio y que las puedes encontrar en bastantes tiendas del país. En el caso de la M1A1, con todo, y por ponernos puristas, tiene un tornillo donde no toca. Encima del cañón. Además, a veces el color de la madera (el teñido) esta un poco pasado de tono. Pero es algo para recreadores sumamente puristas», añade Parés.

¿La ley permite portar réplicas de armas?

El problema es que la replica está hecha para tenerla en un domicilio. En ese caso no hay ningún problema porque, según la ley, es un ornamento. Cuando la sacas fuera empiezan los problemas. Estas sacando un trozo de madera y metal que simula un arma, y puede dar lugar a equívocos.

Hay cierto vacío legal. Nosotros, cuando organizamos eventos, pedimos permiso a la Guardia Civil para que nos deje utilizarlas. Los agentes vienen, revisan las réplicas y te dan la autorización. En cierto modo es lógico. Si vas por la calle con un rifle colgado de la espalda (aunque sea una réplica) puedes causar el pánico. Pero, si es un evento autorizado, no hay problema.


El Mundo

  • El campo de concentración, situado al noroeste de Múnich, fue construido en marzo de 1933

 

 Vicente Parra, en el Hospital Varsovia de Toulouse

Vicente Parra, en el Hospital Varsovia de Toulouse

Dachau, a poco más de diez kilómetros al noroeste de Múnich, es un punto negro en la historia reciente de la Humanidad. Un brote del mal en el sentido más estricto de la palabra; un episodio inenarrable que obliga a ser contado una y otra vez. El campo de concentración homónimo, el primero construido por los nazis, en marzo de 1933, esconde sin embargo historias vitales que, sobre el mismo escenario, te reconcilian con el Hombre. La crónica sobre el doctor Vicente Parra Bordetas (Madrid, 1886) es una de ellas.

Parra, médico español vinculado a la izquierda y combatiente republicano, sobrevivió no solo a la Guerra Civil y Dachau, también al denominado «Tren Fantasma» que deambuló por Francia durante dos meses en el verano de 1945, con cientos de personas hacinadas en sus vagones, sin agua ni ventilación, camino del campo de exterminio alemán. Se calcula que en el campo de Dachau, liberado ese mismo año por el ejército norteamericano, murieron cerca de 30.000 personas en ocho años.

Vicente Parra fue médico rural en Toledo y Madrid. Vinculado a movimientos izquierdistas, tras la Guerra Civil huyó a Francia, donde fue detenido

Licenciado en medicina en 1908, Parra trabajó unos años como médico local en Mora, un pequeño pueblo de la provincia de Toledo. Más tarde, hizo lo propio en los hospitales de La Princesa y el Buen Suceso de Madrid. Al estallar la Guerra Civil, se unió como médico al Socorro Rojo Internacional y, después, con el mismo cometido, a los Guardias de Asalto (cuerpo de Policía de la Segunda República). Los sucesos de mayo de 1937, que enfrentaron a grupos anarquistas con el Estado republicano, lo llevaron a Barcelona como miembro activo de este cuerpo. Según explica Miguel Jiménez Aleixandre en su escrito «Vicente Parra, médico español en Dachau» (incluido en el «Exilio científico Republicano», de Josep L. Barona), la toma de la Ciudad Condal por el ejército franquista empujó a Parra a Francia, que huyó a través de la Junquera en febrero de 1939.

Detención y traslado a Dachau

Ya en territorio francés, Vicente Parra conoció diferentes campos de internamiento, en muchos casos acompañado por sus hijos y habitualmente como encargado de la enfermería. Uno de ellos fue Le Vernet, al sur del país. Si bien en ese momento no tuvo una importancia capital en la vida del médico, posteriormente sí fue así. A este lugar, narra Jiménez Aleixandre, volvió en 1943 cuando fue detenido por la policía del régimen de Vichy, y aunque se había ganado cierta reputación como doctor, con las consiguientes instancias de liberación por los responsables del centro, únicamente salió de allí para ser trasladado en Dachau.

Más de cuatrocientos internos fueron llevados a un cuartel de Toulouse como avanzadilla de los cientos de prisioneros que fueron desplazados al campo de concentración de Dachau. Agrupados en vagones sin ventilación, con unas setenta personas en un espacio donde apenas entraban cuarenta, fueron los primeros pasajeros del denominado «Tren Fantasma», una suerte de culebra de la muerte que, con su traqueteo lento y premonitorio, recorrió durante julio y agosto las vías francesas, huyendo del fuego aliado y las emboscadas de los partisanos de la Resistencia gala. Sin embargo, nunca llegaron a liberarlos. Los inquilinos de Le Vernet fueron los primeros, pero a ellos se sumarían los presos de la cárcel Saint Michel, también en Toulouse, y una veintena de mujeres que fueron recogidas de varios campos de internamiento de la zona.

En los trenes a Dachau viajaban hacinados setenta personas en un espacio para cuarenta. Al abrir las puertas, después de varios días, los pasajeros caían inertes como muñecos

Los escritos que acompañan a la narración de Aleixandre detallan, literalmente, que en el interior de los trenes los «excrementos eran las camas» de los supuestos pasajeros, amontonados y apretados, sin salir del tren durante días, como mercancía, peor que si fueran animales y sin poder coger ni siquiera una bocanada de aire. El sofocante calor de la época no hizo sino agudizar la agonía de cientos de personas que, al abrir las puertas, caían inertes como muñecos. De nuevo, los conocimientos de Parra fueron vitales. Apunta el mismo escrito que en algunos de los asaltos de los franceses pudo escapar, pero prefirió quedarse para auxiliar a sus compañeros de viaje.

Prácticamente despojados de toda condición humana, los prisioneros llegaron a Dachau, raquíticos y acomodados al putrefacto olor de su sudor y excrementos. Para entonces, como eunucos, el significado de la palabra dignidad había perdido todo su sentido en aquellos vagones. Vicente Parra permaneció ocho meses en el campo de concentración nazi. Allí, con apenas 50 kilos de peso, fue una de las vías de salvación para los cautivos. Atendió a las víctimas de los experimentos y a los aviadores norteamericanos que habían sido abatidos por los alemanes.

Clave para combatir una epidemia de tifus que asoló el campamento (no por la enfermedad en sí, sino porque los soldados nazis los marcaron como «no aptos» para el trabajo), en el momento de la liberación fue identificado como el representante de los españoles en el Comité Internacional de Prisioneros. Vicente Parra Bordetas murió en Caracas, Venezuela, en 1967. Con la sombra de lo vivido, siguió como médico hasta su final. Entre sus cargos destaca el de director del Hospital Varsovia de Toulouse, el hospital de los exiliados republicanos.

 


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  • Los nazis dispusieron de los aviones más rápidos, así como de armas dirigidas por control remoto

Horten Ho 229

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En cuanto alcanzó el poder y comenzó a desarrollar sus planes, Adolf Hitler se aseguró de integrar en las filas nazis a los mejores científicos e ingenieros. De esa manera su ejército pudo dar un importante salto cualitativo en el apartado tecnológico, fabricando sofisticadas armas que utilizaría durante la II Guerra Mundial. Algunas de ellas las conocemos a través del blog «Business Insider», donde han publicado imágenes e información de varias piezas poco conocidas del arsenal nazi.

Lo que puedes ver en la fotografía sobre estas líneas es un avión bombardero «Horten Ho 229». Podía alcanzar velocidades próximas a los 1.000 kilómetros por hora y volar a casi 49.000 pies de altura, transportando hasta 900 kilos de armas. Equipado con dos motores de turborreacción, de él se dice que fue el primer avión indetectable por radar creado por un ejército. Sin embargo, sus habituales problemas técnicos provocaron que no llegase a tener presencia regular en combate.

Goliath

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En esta imagen, soldados nazis posan con una mina dirigida por control remoto, un arma conocida con el sobrenombre de «Goliath». Podía dirigirse utilizando una especie de joystick y se movía gracias a dos motores eléctricos. Era capaz de transportar casi 100 kilos de explosivos y normalmente se utilizaba para explorar campos de minas convencionales. Durante la II Guerra Mundial, los nazis fabricaron más de 5.000 dispositivos como los de la foto. Puedes verlos en acción en este vídeo de YouTube.

Messerschmitt Me 163 Komet

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Este avión «Messerschmitt Me 163 Komet», propulsado por cohetes, pulverizó todos los récords de velocidad aérea en el momento de su aparición. Creado a comienzos de los años treinta, podía volar a más de 1.000 kilómetros por hora, superando ampliamente a sus rivales más poderosos. Los aviones estadounidenses de la misma época no superaban los 710 kilómetros por hora. Hitler ordenó construir más de 300, aunque precisamente esa rapidez en el aire hacía que fuesen difíciles de manejar durante las batallas.

Fritz-X

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La Fritz-X era una bomba dirigida por radio. Un explosivo de más de 1.500 kilos que podía ser guiado con gran precisión hacia los objetivos marcados, lanzándose desde 20.000 metros de altura. Los especialistas del ejército aliado calculan que podía atravesar armaduras de defensa de hasta 28 pulgadas. No se fabricaron demasiadas piezas como la de la fotografía, dado que eran pocos los aviones preparados para transportarla.


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  • Durante la contienda, las tropas alemanas contaban con decenas de lupanares regidos por el gobierno que debían pasar un «control de calidad» para evitar la propagación de la sífilis y la gonorrea

    Archivo ABC Hitler, sabedor de la importancia de las ETS, fue uno de los ideólogos de los prostíbulos de campaña

    Archivo ABC
    Hitler, sabedor de la importancia de las ETS, fue uno de los ideólogos de los prostíbulos de campaña

Cazas a reacción, bombarderos, explosivos, fusiles enemigos… Las causas que podían matar o herir a un soldado durante la Segunda Guerra Mundial se podían contar por cientos. Sin embargo, en esta contienda había también otro tipo de dolencias que solían provocar más bajas que las propias balas. Éstas eran peligrosas enfermedades de transmisión sexual tales como la sífilis o la gonorrea, las cuales incapacitaban a todo aquel combatiente que hubiese decidido pasar un buen rato con las lugareñas tras tomar algún que otro pueblo o ciudad.

Es por ello que, además de dedicar sus esfuerzos y sus recursos a la creación de súper armas capaces de borrar un avión del cielo en pocos minutos o hacer saltar por los aires un carro de combate enemigo, los nazis también se vieron obligados a consagrar una buena parte de su dinero a curiosos remedios para evitar que los militares se infectasen mientras «echaban una canita al aire». Entre ellos destacaban los lupanares oficiales ideados por el mismísimo Hitler. Su objetivo: hacer que una ingente cantidad de prostitutas pasara un control previo por parte de los médicos nazis. Sin embargo, había otros tantos sistemas.

Esta curiosa forma de evitar el contagio de enfermedades de transmisión sexual es una de las múltiples curiosidades y datos que se pueden hallar en «Pequeñas grandes historias de la Segunda Guerra Mundial», el último trabajo del historiador y periodista Jesús Hernández.

«En mi libro recojo 250 historias que estoy seguro que sorprenderán al lector. Aunque pueda parecer que es un simple anecdotario, el libro va más allá de eso, ya que explico episodios desconocidos para la mayoría de lectores, incluso para los que ya tienen un gran bagaje de lecturas de la Segunda Guerra Mundial. Por ejemplo, pocos sabrán que los británicos, y concretamente Churchill, no hicieron nada para paliar una hambruna en Bengala que causó tres millones de muertos, ya que preferían emplear esos medios en el esfuerzo de guerra. Algunos de los datos que ofrezco ayudan también a tener una visión esclarecedora del conflicto, por lo que creo que su lectura resulta muy gratificante», destaca el autor en declaraciones a ABC.

Las ETS en la I Guerra Mundial

Puede parecer que las enfermedades de transmisión sexual no han causado una gran cantidad de bajas en los ejércitos a lo largo de la Historia, pero la realidad es bien distinta. Tal y como explica Hernández en su obra, ya en la Primera Guerra Mundial los estadounidenses tuvieron que contabilizar un total de hasta 87 bajas por cada millar de soldados debido a estas dolencias. Sin embargo, por entonces los remedios se limitaban a evitar el contacto de los combatientes con las lugareñas. Así pues, poco se hacía más allá de emitir películas avisando del peligro que corría todo aquel que se atreviera a yacer con una desconocida.

«Las autoridades militares estadounidenses fueron conscientes del grave problema que éstas ocasionaban, por lo que pusieron en práctica programas de concienciación que incluían la proyección de películas que describían los terribles efectos de la enfermedad, así como las maneras de evitar el contagio», explica Hernández en su obra. Tampoco se desdeñaban los sermones de los párrocos, quienes lucharon a crucifijo y sotana para que los militares enarbolaran la bandera del celibato. De poco les sirvió, pues aproximadamente uno de cada diez combatientes terminó con sus huesos en el hospital aquejado de alguna dolencia contraída por vía sexual.

La sífilis: la primera creadora de bajas

Hubo que esperar hasta la Segunda Guerra Mundial para que, mediante la llegada de los anticonceptivos y la penicilina, las bajas producidas por enfermedades de transmisión sexual se redujeran. No obstante, la disminución fue escasa (hasta unos 56 casos por cada millar de hombres). Un claro ejemplo de lo molestas que podían llegar a ser, tal y como señala Hernández en su libro, lo demuestra el que los soldados de la «Wehrmacht» y las «SS» acantonados en Francia durante 1940 perdieron más efectivos por culpa de este tipo de dolencias que aquellos que habían muerto en combate durante la invasión y conquista del país. Por entonces, los militares sabían perfectamente que las dos infecciones a las que debían temer tanto como a las balas enemigas eran a la sífilis y a la gonorrea.

De ellas, la sífilis era la más habitual. «El único huésped de la sífilis es el ser humano, que se infecta por contacto sexual de lesiones mucocutáneas infectadas, habitualmente de genitales y boca. Uno de cada tres contactos sexuales con una persona infectada en fase precoz resulta infectante. También es posible la transmisión intraútero o los contagios por vía no sexual, en profesionales sanitarios o transfusiones. El germen es capaz de atravesar piel o mucosas intactas, migrar rápidamente por vía linfática hasta los ganglios regionales y diseminarse por vía sanguínea, antes de producir la lesión primaria», explican los doctores J.L. Rodríguez Peralto; S. Alonso y P. Ortiz en su dossier «Dermatología: Correlación clínico-patológica».

Aquellos que tenían la poca suerte de contraerla, y tal y como señala Teodoro Carrada Bravo en su artículo «Sífilis: actualidad, diagnóstico y tratamiento», les solía provocar pequeñas erupciones indoloras en la primera fase de la enfermedad. Posteriormente, y si la dolencia no se trataba (algo relativamente usual por entonces debido que en principio no provocaba molestias) avanzaba a la siguiente fase. «En ella, se puede presentar un sarpullido en las manos o los pies, así como en otras partes del cuerpo. Los sarpullidos de la sífilis a menudo son de color rojo o café y generalmente no pican. Otros síntomas pueden ser fiebre, dolor de garganta, dolores musculares, dolores de cabeza, pérdida de cabello y cansancio. Puede ser que estos síntomas desaparezcan por sí solos», explica el «Center for disease, control and prevention» estadounidense en su dossier «Sífilis, la realidad».

Finalmente, y tras un período de incubación sin síntomas aparentes, podía sucederse la última fase de la enfermedad. Esta era la más grave y la que causaba más estragos entre los soldados, pues empezaba por producirles dificultades en sus movimientos (pérdida de las capacidades motoras) en brazos y piernas, parálisis y entumecimiento. En los casos más graves, podía llegar a generar a los combatientes ceguera, dolencias cardíacas o la muerte (la cual se sucedía, en última instancia, por las causas anteriores).

Con todo, la sífilis no era el único asesino silencioso de los soldados alemanes en la Segunda Guerra Mundial. La segunda enfermedad en discordia era la gonorrea, una dolencia que, aunque no llegaba a causar la muerte, podía suponer una verdadera molestia para el soldado. Y es que (tal y como explica el «Center for disease, control and prevención» en su dossier «Gonorrea, la realidad») si era contraída solía generar dolor o ardor al orinar, secreción del pene, inflamación en los testículos, sangrado y, en el caso de que no se tratase a tiempo, infertilidad.

Puede parecer sencillo evitar estas enfermedades, pero lo cierto es que la fogosidad de la soldadesca (más preocupada por andar saciando sus más bajos instintos que por acabar con el enemigo a base de fusil) hacía que fuese difícil controlar su expansión. Por ello, tanto los estadounidenses como los nazis tomaron medidas drásticas para acabar con la sangría de bajas que estaba provocando el que sus combatientes yacieran con toda aquella mujer que se prestase a ello en el frente.

Prostíbulos promovidos por el ejército

Los nazis fueron los primeros en establecer varias medidas contra las enfermedades de transmisión sexual. «El ejército alemán era consciente desde el comienzo de la guerra de que la necesidad de esparcimiento de los soldados iba a acarrear un buen número de bajas por enfermedades venéreas. La campaña de Polonia confirmó estos temores, puesto que las prostitutas locales causaron numerosos contagios entre los soldados. Por tanto, la “Wehrmacht” dispuso una serie de normativas para el control de la prostitución», explica Hernández en «Las 100 mejores anécdotas de la Segunda Guerra Mundial».

Los altos oficiales del ejército de tierra fueron las encargadas de ocuparse de este asunto. Su solución no fue otra que idear dos tipos de prostíbulos controlados y dependientes del ejército. Los primeros (conocidos como los de «guarnición») eran los que se ubicaban cerca de las grandes ciudades y atendían a los combatientes que volvían de permiso del frente. Por otro lado, también se crearon una serie de burdeles «de campo». Estos se situaban inmediatamente detrás de la línea del frente y su clientela, como se puede suponer, era el combatiente que buscaba desfogarse tras haberse dado de fusilazos contra los enemigos del Reich.

Curiosamente, sus trabajadoras podían ser profesionales del sexo (a las que se pagaba) o, simplemente, pobres desgraciadas atrapadas por los nazis que no veían otra forma de sobrevivir. Estas últimas eran destinadas también a los prostíbulos oficiales de los campos de concentración. «Esas mujeres, denominadas por la burocracia militar Offizierdecke (“oficiales de cama”), podían ser prostitutas profesionales reclutadas en Alemania y los países ocupados, mujeres convictas de crímenes civiles o políticos que preferían ese servicio a realizar trabajos forzados en campos de concentración, o bien prisioneras de guerra, la mayoría procedente de los territorios ocupados en la Unión Soviética», añade el experto español en su obra.

El «sistema de trabajo» que se utilizaba era sumamente curioso y en él primaba sumamente la higiene. El objetivo era sencillo: evitar un contagio masivo. Para empezar, el soldado que quisiese pasar un buen rato entre disparo y disparo debía presentarse ante el médico del cuartel, que le hacía un examen médico exhaustivo para asegurarse de que no tenía ninguna enfermedad. Posteriormente, recibía un preservativo, un bote de desinfectante y un informe en el que dejaba constancia de su buen estado de salud antes de entrar al prostíbulo militar. En él, figuraba además el nombre del «centro» y un pequeño espacio para que la Offizierdecke pusiese su firma y su número.

«Después, pasaba a esperar su turno en la fila correspondiente. Generalmente, la espera en la fila era mayor que el tiempo que el soldado pasaba con la mujer. Antes del servicio se utilizaba el desinfectante y la mujer firmaba el pase, y a la salida el soldado debía entregar al oficial médico la lata vacía y el documento rubricado. Si no se cumplían estas disposiciones, todos se exponían a severos castigos», señala Hernández. Lo cierto es que, aunque todo el proceso era sumamente «alemán» (muy ordenado y sistemático) los combatientes acabaron aceptándolo y ayudó a prevenir las enfermedades.

Algunos combatientes dejaron constancia, incluso, del proceso que debían seguir para poder ir al burdel en las cartas que enviaron a sus familias. Uno de ellos fue un tal Erich B., un combatiente de la «Wehrmacht» que, en 1940, escribió una carta a su hija después de que esta le aconsejase «echar una canita al aire» para relajarse en el frente. Curiosamente, el padre le explicó en su misiva que –además de todo el proceso anteriormente señalado- también se les pinchaba antes y después del servicio una inyección para prevenir la transmisión de enfermedades. Una medida extrema que, probablemente, se llevó a cabo por recelo de los médicos.

«Ya he ido de buena gana para mirar, pero hay un problema, cuando acudimos a un burdel –y ya te puedes imaginar que es algo que los soldados hacen con frecuencia-, los enfermeros nos ponen antes y después una inyección contra las enfermedades de transmisión sexual. A ellos les da completamente igual si vamos a ver a una mujer o no. Pase lo que pase, nos ponen la inyección. A mi esta tarea me resultaría indiferente si después no tuvieran que andar pinchándome en la cosa dos veces. Así como ves no iré nunca, pese a tus consejos», determina el soldado de la «Wehrmacht» en la misiva (recogida en el libro «Cartas de la “Wehrmacht”».

Lo cierto es que aunque el sistema era restrictivo fue sumamente útil, pues -según los datos recogidos por Hernández en su obra- permitía a los médicos detectar rápidamente un caso de sífilis o gonorrea antes de que se extendiese, determinar cuál era su origen y, finalmente, tratar de eliminar la enfermedad del foco original. «A pesar de todas estas precauciones, entre los años 1939 y 1943, en la “Wehrmacht” se registraron 250.000 casos de enfermedades venéreas. La principal fuente de contagio era la población civil, tanto en los países ocupados como en Alemania, al ser unos contactos que escapaban a esta estricta reglamentación», añade el experto.

Con todo, los nazis no fueron los únicos que luchaban a capa y espada (o a preservativo y desinfectante, más bien) contra estas dolencias. Otro país en el que abundaban los quebraderos de cabeza debido a las múltiples que podían sufrir sus combatientes eran los Estados Unidos. La razón era sencilla: los patriotas ciudadanos norteamericanos siempre decidían que uno de los mejores negocios para poner cerca de los campamentos militares eran los prostíbulos. Eso llevó a los oficiales del «Tío Sam» a tomar una serie de medidas de urgencia para evitar los contagios.

La primera fue entregar cuatro preservativos a los combatientes. No obstante, se terminó demostrando que ese número era totalmente insuficiente, pues mucho se dejaban el sueldo en estos establecimientos. Por ello, hubo que recurrir a la «artillería pesada» (y nuca mejor dicho) y se barajó la posibilidad de prohibir el alcohol entre la soldadesca. La medida, no obstante, no fue aprobada. Y es que a Roosevelt le pareció algo impopular que podía acabar con soldados muy enojados.

Dos preguntas a Jesús Hernández


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  • El 25 de junio de 1940 Francia se rindió a la Alemania nazi, dando origen al Estado de Vichy
ABC Los nazis izando la bandera con la esvástica en el Arco del triunfo de París

ABC
Los nazis izando la bandera con la esvástica en el Arco del triunfo de París

El nueve de octubre de 1939 Adolf Hitler ejecutó su directiva número seis sobre la conducta de la guerra. Allí se establecía un párrafo que se haría célebre en la historiografía de la guerra:

«Como es evidente que en un futuro cercano que Inglaterra y, bajo su influencia, Francia, no tienen posibilidad de acabar la guerra pronto, he decidido ir a la ofensiva sin perder más tiempo»

El razonamiento del Führer era aplastante: cualquier demora en el inicio de la guerra podría militarizar los Países Bajos y Bélgica y evitar una campaña rápida, basada en la superioridad tecnológica del ejército alemán. En ese sentido, la Alemania Nazi pretendía ya en este documento tomar control directo del norte de Francia para bombardear el Reino Unido, que en la visión de Hitler era su posible gran rival. Churchill hace un buen análisis de cómo la III República francesa no estaba preparada militarmente en su obra «La II Guerra Mundial»:

«Ni en Francia ni en Gran Bretaña habían reparado realmente en las consecuencias de la novedad de que los vehículos blindados pudieran ser capaces de resistir el fuego de la artillería y de avanzar más de ciento cincuenta kilómetros diarios»

De Gaulle había escrito de manera detenida cómo los vehículos blindados iban a dominar en el futuro, pero Petain y los viejos militares franceses confiaban todavía en una guerra de desgaste. La toma rápida de los Países Bajos dependería, entonces, de la moderna tecnología de vehículos blindados alemanes. Dominó al inicio los Modelos Panzer II, para reemplazarse al final por los modelos III y IV. Si se obtenía rápidamente el control de estos lugares, sería imposible cualquier acción la zona industrial del Ruhr, fundamental en la industria militar alemana.

El ataque, así, se iniciaría el 10 de mayo de 1945, luego de posponer constantemente Hitler fechas ante la oposición del comandante Walther von Brauchitsch. Franz Halder, que preparó la operación técnicamente, quiso hacerlo de manera concienzuda, pero Hitler estaba decidido a que la guerra había cambiado y necesitaba nuevas fórmulas. Un plan previo, en el conocido como incidente Mechelen, hizo públicas las líneas de invasión alemana, lo que llevó a una modificación posterior y un sistema de ataques múltiples que arrolló a los aliados.

En poco tiempo los alemanes dominaron Luxemburgo con paracaídas dirigidos por Kurt Student. Se pretendía que los belgas inundaran los canales, pero los alemanes estaban informados y pudieron capturar fortalezas rápidamente. Holanda cayó también poco después, y quedaba como única frontera el río Dyle. La maestría de los alemanes fue poder cruzar alrededor de Bélgica, en un ataque que no previó la inteligencia aliada, y rodear todo el ejército aliado. Por otra parte, la superioridad de la aviación alemana hizo inútil la artillería francesa. Mayo seguirá siendo una mala noticia tras otra para el ejército francés, que con la llegada el 18 de Erwim Rommel dejará de tener cualquier esperanza en la victoria. Según Churchill:

«Evidentemente no tenía sentido que Francia siguiera combatiendo y el mariscal Pétain estaba casi convencido de que había que firmar la paz. Creía que los alemanes estaban destruyendo Francia de forma sistemática y que él tenía la obligación de salvar el resto del país de este destino. Le mencioné su memorándum al respecto que le había enseñado a Reynaud pero que no le había entregado. «No hay ninguna duda —dije— de que Pétain es peligroso en esta coyuntura; siempre ha sido un derrotista, incluso en la última guerra»

En Dunkerque Churchill puedo evacuar a más de 300.000 soldados aliados, pero la suerte estaba echada y Francia caerá poco después. El Reino Unido, según Hobsbawm, viviría solo contra toda Europa de enemiga en «un momento extraordinario en la historia del pueblo británico» con posibilidades de contrataaque «reducidas». Era el inicio de la discutida «Blitzkrieg», en la que se unía el bombardero con vehículos blindados en rápido desplazamiento. La desesperación queda clara en el recibimiento que describe Rommel, cerca de Flers, en la Baja Normandía:

«En los barrios occidentales de Flers pasamos por una plaza atestada, como de costumbre, de soldados y paisanos. De repente, uno de estos últimos echó a correr hacia mi carro enarbolando un revólver, pero los soldados lo detuvieron, impidiéndole disparar»

París capitula

La escasa resistencia, para el 10 de junio, llevó al abandono de París, que se declaró ciudad abierta. Churchill hubo de retirar sus escuadrones, temiendo que las Islas Británicas se quedaran sin protección ante una eventual invasión alemana. Ante esa perspectiva, Hitler comenzó las conversaciones con el mando francés y tan pronto como el 22 de junio se acordó el armisticio en Rethordes (Picardía). El dictador de Alemania obligó a firmar esta paz de conquista en el vagón donde se había firmado el armisticio de la I Guerra Mundial, el 11 de noviembre de 1918. El republicano Paul Reynaud pretendió, en inicio, continuar la guerra en las colonias, pero se le forzó gracias a la presión del héroe de la anterior guerra Philippe Pétain a la dimisión. Su declaración era definitiva:

«El deber del gobierno, cualquier cosa que pase, es permanecer en el país o perder su derecho a ser reconocido. El renacimiento francés será el fruto de este sufrimiento: declaro que me opondré a abandonar el suelo de la metrópoli. El armisticio a mi manera de ver es la condición necesaria para que la Francia eterna permanezca»

Esto dividirá el país en dos: una zona noroeste controlada por los alemanes y una sudeste en las que se establecería el nuevo Estado Francés. Perdía Francia, además, Alsacia – Lorena, la Valonia histórica conquistada por Luis XIV y los viejos territorios de Saboya, que tomó Italia. El país vivió estas condiciones como una humillación y murió con ello la idea de Francia como polo de las libertades frente a los totalitarismos. El exiliado español Chaves Nogales afirma:

«Francia se ha suicidado, pero al suicidarse ha cometido además un crimen inexpiable con esas masas humanas que habían acudido a ella porque en ella habían depositado su fe y su esperanza. Entre las cláusulas del deshonroso armisticio aceptado por el mariscal Pétain hay una que basta y sobra para deshonrar a un Estado; la cláusula por la que el gobierno francés se compromete a entregar a Hitler, atados de pies y manos, a los refugiados alemanes antihitlerianos que habían buscado su salvación en Francia y a quienes el Estado francés había utilizado sin escrúpulo en el simulacro de lucha contra el hitlerismo»

Esa Francia caída, humillada por un ejército invasor, no era una figura nueva: parecía una repetición de los eventos posteriores a la derrota en Sedán (1870). El expresidente François Mitterrand, sargento en este junio de 1940, dejó claro este cambio de paradigma:

«Era un soldado derrotado de un ejército sin honor: tenía el mayor resentimiento a aquellos que lo habían hecho esto posible, los políticos de la III República. Mi sensación de pertenencia a un gran pueblo, grande en la idea de su propio mundo y su estructura de valor, había recibido varios golpes. Yo he vivido a lo largo de los años 40: no tengo nada más que decir»

El filósofo Jean Paul-Sartre, movilizado por el ejército francés en septiembre de 1939, describe en sus conversaciones con su amante Simone de Beauvoir su captura en esta campaña. A inicios de junio, acabó en una villa abandonada tres o cuatro días, y la artillería le alertó que los alemanes estaban cerca. Los oficiales habían abandonado a los soldados, portando una bandera blanca. El último día Sartre fue despertado con las voces y lloros de la población ante la llegada de los tudescos: «fui afuera y recuerdo la sensación de extraña de vivir la escena de película en la que actuaba y que no era verdad». Luego de las amenazas de los soldados alemanes, acabó acorralado junto a un grupo de jóvenes franceses. Rememora que «había un tipo de unidad entre los hombres que estaban allí, la idea de la derrota, la de de ser prisionero, que era más importante que todo lo demás».

El camino a la resistencia

El trato duro de los alemanes, que de facto dominaban el país en el estilo de los conquistadores con más de 300.000 efectivos, se unió una deuda de cuatrocientos millones de francos franceses. Esta persecución económica derivó inevitablemente en un tipo piratería financiera, que acabó con una población hambrienta y pudo consolidar el germen de una posterior resistencia. Para François Marcot, historiador de la Sorbona, esta viró entre 200.000 y 400.000 habitantes a lo largo de la guerra. Su símbolo fue la cruz de Lorena, utilizada por los templarios por mandato del patriarcado de Jerusalén. El clima parisino, donde sobrevivía «a base de trabajillos», lo describe bien el republicano español Jorge Semprún:

«El París de la Ocupación era la época insensata en la que se iba en pandilla a ver Las moscas de Sartre; en la que, después de haber leído todos los libros, florecía súbitamente en nuestras almas la necesidad de tomar las armas».

Mujeres contra los nazis


El Mundo

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Agosto de 1941. Una joven enfermera belga, Andrée De Jongh, alias ‘Dédée’, entró en el consulado británico en Bilbao. Con ella viajaban un soldado inglés y dos oficiales belgas a los que había guiado a través de la Europa ocupada por el Ejército alemán hasta ponerlos a salvo en España. Los funcionarios consulares no dieron crédito a la hazaña de esta audaz muchacha de apenas 25 años, que había creado y organizado la Red Comète (Cometa), una cadena humana solidaria para ayudar a escapar a fugitivos del régimen nazi; especialmente aviadores y paracaidistas aliados abatidos en territorio enemigo. La singular historia de esta red es ahora objeto de una exposición audiovisual que, hasta finales de mayo, alberga el Museo San Telmo de San Sebastián. La muestra interactiva cuenta con un fondo documental de 30 entrevistas exclusivas en vídeo con supervivientes y familiares de los integrantes de Comète.

La desconfianza de la legación británica hacia ‘Dédée’ duró semanas hasta que Michael Creswell, secretario político (responsable del M19) de la embajada en Madrid acordó con Dédée financiar la red y prestar cobertura diplomática frente a las autoridades españolas que, por aquel entonces, ponían una vela a Dios (los aliados) y dos al diablo (el régimen de Hitler). A partir de ahí, Comète se concentró en el rescate de los pilotos británicos y americanos derribados en Holanda, Bélgica o Francia, y en su posterior evacuación (cruzando los Pirineos y la Península) hasta Gibraltar, desde donde eran repatriados a Gran Bretaña.

“Cada vez que un avión era abatido, íbamos a buscar al piloto para encontrarlo antes que los alemanes y llevarlo a un lugar seguro”

Explicaba ‘Dédée’ en una entrevista de 1992 que cada vez que un avión era abatido íban a buscar al piloto. “Los alemanes anunciaban por la radio el número de aeroplanos derribados, así como el lugar y la cifra de muertos y de prisioneros que habían hecho. Nos resultaba fácil calcular a cuántos teníamos que rastrear y dónde”.

El largo y peligroso camino hacia la libertad solía comenzar en Bruselas y atravesaba París, Burdeos, Dax o Bayona hasta arribar a Anglet o a Ciboure para dar el definitivo y último paso cruzando la frontera hacia Navarra. Los aviadores estaban siempre acompañados por un guía de Comète que les ayudaba a burlar a las numerosas patrullas alemanas. Viajaban a pie, en bicicleta o en tren; cruzaban bosques, montañas y, a menudo, caminaban por simples sendas de cabras. Amanda Stassart, alias Diane, era una de estas guías. Vivía en París con sus padres, y entró en la red con 17 años. “Sobre todo, mi trabajo consistía en acompañar a los pilotos desde Bruselas a París por el sur de Bélgica. Lo más importante era la discreción. No sabíamos nada. Ni siquiera el nombre de los pueblos donde debíamos recoger a los aviadores. Mi jefe directo, Jérôme, me decía ‘atravesáis este camino y allí encontraréis una granja. Llamad tantas veces y os abrirán’. ‘¡Follow me!’ (¡sígueme!) era lo único que les decíamos”, recordaba.

Los pilotos tenían que ser escondidos en casas particulares. Se calcula que entre 1941 y 1944, años durante los que operó Comète, más de 3.000 personas, la mayoría de forma altruista, colaboraron. Cuando algún miembro caía, su padre, su hermano o su vecino tomaba el relevo y volvía a enganchar el eslabón a la cadena para que la red continuara. Fue el caso de Micheline Dumon, alias ‘Michou’, que comenzó a colaborar cuando sus padres y su hermana Andrée (‘Nadine’) fueron arrestados.

“Cuando entré en la red tenía 15 años y aquello me parecía una gran aventura, como su estuviera viviendo en una película”

Y es que las mujeres tuvieron un papel crucial. Muchas de ellas, casi adolescentes, pusieron en jaque a la temida Gestapo, jugándose la vida a diario para salvar a unos desconocidos que les traían aires de libertad. “No éramos profesionales, tampoco espías ni nada parecido. Solo ayudábamos. Pero, para los nazis nos convertimos en auténticos enemigos”, subrayaba hace un tiempo Elsie Maréchal, guía de Comète. El pago que recibieron algunas de estas valientes por su generosidad y compromiso fue la tortura y las deportaciones a los campos de concentración de Ravensbrück o Mauthausen. “Ninguna película o libro pueden describir”, narra Elsie Maréchal, “su atmósfera real: faltan los hedores de la disentería y del crematorio, las agudas sensaciones de hambre y frío, las imágenes de sufrimiento y de caras moribundas, el manejo de los cadáveres desnudos como si fueran basura, el comercio con el pan y la ropa… Es imposible de imaginar. Hay que vivirlo para entenderlo”.

El paso por los Pirineos era la última y más dura de las etapas, y requería de guías (‘mugalaris’) vascos que conocieran el terreno como la palma de su mano y supieran despistar a civiles y nazis. El ‘mugalari’ por excelencia fue Florentino Goikoetexea, un exiliado del 36 que combinaba su trabajo en Comète con una más lucrativa actividad de contrabando. En estrecha colaboración con él actuaba Kattalin Aguirre, una viuda que escondía en su casa a los aviadores. Una vez dejaban atrás la frontera, solían descansar en caseríos de la red. Fue en uno de estos enclaves donde ‘Dédée’, traicionada por un criado, recibió la visita de la Gestapo. Arrestado todo el grupo, permaneció internada en Ravensbrück hasta casi el fin de la guerra.

Los alemanes nunca terminaron de creerse que esa joven y bonita mujer fuera la organizadora de una red de evasión que les había traído de cabeza durante tanto tiempo. En los cuatro años que estuvo operativa acogió a 800 fugitivos. Pero más de 700 de sus integrantes fueron detenidos y casi 300 fusilados o enviados a los campos nazis. Acabada la guerra, y en los años posteriores, muchos de los evacuados regresaron a los lugares por los que escaparon para reunirse con quienes les habían dado la libertad.

‘Volvería a hacerlo’

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Lucienne Dassieé, alias ‘Lulu’, es una de las pocas protagonistas de Comète que sigue viva. Cuando era adolescente ayudó a escapar a pilotos aliados y fue detenida y enviada a un campo de concentración. Ahora tiene 88 años y YO DONA la visita en su casa del País Vasco francés para entrevistarla en exclusiva.

 ¿Cómo entró a esta red?

Vivíamos en Bayona, cerca de la frontera española. Un domingo por la mañana, en el otoño de 1942, hacía mis deberes y mi padre se sentó junto a mí. “Tengo que contarte algo muy importante, y quiero saber tu opinión”, me dijo. “He contactado con un inspector de correos que trabaja para la Resistencia, y piensa que puedo serle útil. Se trata de que alojemos en casa a aviadores aliados derribados y los ayudemos en su huida a España. ¿Qué te parece? ¿Qué crees que dirá tu madre?” “Por mí, ¡adelante!”, contesté. “Pero mamá pondrá el grito en el cielo”. Y así entramos en Comète.
¿Sentía miedo?
Tenía 15 años, y todo aquello me parecía una gran aventura, como una película. Pensaba: “¡Qué emocionante! En mi casa van a dormir pilotos británicos y americanos. Chicos dispuestos a dar su vida por la causa aliada”. Todos sabíamos que alojándolos corríamos un grave riesgo. Los alemanes habían pegado carteles advirtiendo a la población de que no les protegiéramos bajo pena de muerte.
¿Qué papel jugaba?
Los recogía en la estación de tren. Ellos venían camuflados con alguien de la red, generalmente desde París. Yo los guiaba hasta mi casa. Atravesar con ellos la ciudad era muy peligroso. Sobre todo cruzar un largo puente plagado de soldados alemanes, y con garitas a la entrada y a la salida. En aquella época yo era alta, rubia, con ojos azules y de piel clara. No desentonaba junto a los británicos. Cruzábamos el puente hablando y sonriendo, como si fuéramos una pareja de novios.
En 1943 fue detenida junto a sus padres por la policía alemana. ¿Qué pensó en aquel momento?
Nada. No tuve miedo porque es algo que te paraliza y yo no podía permitírmelo. Simplemente me dije: “Ya está. Ya ha sucedido. Están aquí”. Sabíamos que, tarde o temprano, nos cogerían.
Fue deportada con su madre a Alemania e internada en Ravensbrück. ¿Cómo era su vida allí?
Terrible. Nos levantábamos a las tres de la madrugada, e inmediatamente se hacía el recuento de prisioneros al aire libre. A veces con temperaturas de -15º. No podíamos abrigarnos y teníamos que estar dos horas sin mover un músculo. Si no, te golpeaban. Y si caías te pegaban un tiro. Sobre las seis, en columnas, caminábamos hacia una fábrica cercana de armamento donde trabajábamos como mano de obra esclava vigilados por soldados de las SS.

‘Lulu’ fue liberada tras la guerra. Pesaba 30 kilos. Su madre murió dos años después. Ella se casó pero nunca tuvo hijos. Ha vuelto a reunirse con otras mujeres de la Red Comète y con los pilotos que salvaron. No olvida, pero tampoco odia. Y asegura que volvería a hacerlo. “Porque era lo correcto”.


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  • El Ministerio de Defensa ruso ha desclasificado decenas de informes secretos sobre las unidades que ayudaron a su país a vencer a Hitler
 Memorial Normandie-Niemen Dos de los pilotos que viajaron hasta la U.R.S.S. para servir a las órdenes de Stalin

Memorial Normandie-Niemen
Dos de los pilotos que viajaron hasta la U.R.S.S. para servir a las órdenes de Stalin

Es innegable que los franceses no lograron resistir la invasión de la «Wehrmacht» (las fuerzas armadas germanas) poco más de un mes y que solicitaron el armisticio a Adolf Hitler tras apenas 46 días de combates. Sin embargo, también es verídico que –durante la Segunda Guerra Mundial- fueron muchos los galos que se alistaron en los grupos de resistencia que se ubicaban dentro y fuera de la región (las «Forces françaises libres» y la «Résistance intérieure française» que dirían por allí) para combatir al nazismo y expulsar a los invasores de su país.

Además de tropas terrestres, entre aquellos que se decidieron a declinar el colaboracionismo del régimen de Vichy (instaurado por Petain una vez que se sacó la bandera «blanc» y se rindió el país) se hallaban también varias unidades de pilotos de combate. Y, a su vez, entre las mismas se encontraba la unidad «Normandie», un grupo de aviadores que decidieron viajar hasta la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y ponerse allí a las órdenes de Iósif Stalin para enfrentarse a sangre y ametralladora a la «Luftwaffe» (la fuerza aérea del ejército germano).

La «Normandie», desclasificada

Aunque la historia de los valientes de la unidad «Normandie» es conocida desde hace varios años, se ha vuelto a poner de moda gracias a una serie de documentos secretos que ha desclasificado hace pocas jornadas el Ministerio de Defensa de Rusia para celebrar el 70 aniversario de la «Gran Victoria» (la jornada en la que se conmemora la victoria soviética contra los nazis). Concretamente, el gobierno de este país ha publicado multitud de informes sobre la participación de las unidades extrajeras en el Ejército Rojo como combatientes.

Entre los grupos nombrados en los documentos destacan cientos de soldados checoslovacos, rumanos, yugoslavos, húngaros, polacos (con aproximadamente 80.000 voluntarios) y, como no podía ser de otra forma, los franceses. Entre estos últimos se hallan los hombres del regimiento «Normandie», los cuales lucharon desde 1943 hasta 1945 a las órdenes del dictador soviético desde territorio ruso. Su participación fue destacada, pues realizaron más de 5.000 vuelos de combate y destruyeron nada menos que 278 aeroplanos enemigos. Muchos de aquellos hombres, incluso, fueron galardonados con el título de Héroe de la U.R.S.S.

Los documentos son un total de 250 y han sido publicados en una de las páginas oficiales del gobierno ruso. Entre ellos hay órdenes entre oficiales del Ejército Rojo, acuerdos de gobierno entre varias regiones, telegramas o descripciones de combates. Con todo, esta no es la primera vez que los rusos desclasifican una ingente cantidad de documentos oficiales sobre la contienda, pues ya lo hicieron hace algunos años revelando decenas de instantáneas sobre la situación entre la U.R.S.S. y la Alemania nazi antes de la contienda.

Voluntarios al servicio de Stalin

La «Normandie» fue una de las unidades a las que el general De Gaulle (líder de la resistencia francesa exterior desde Gran Bretaña) instó a combatir contra los alemanes –y mano a mano con los aliados- después de que estos tomaran el país en junio de 1940. «Las Fuerzas de la Francia Libre continuaron su lucha contra los alemanes en Egipto, Siria, Líbano, Chad, Libia, las islas del Pacífico por tierra, mar y aire», explican en la página web oficial del museo francés dedicado a la unidad.

Sin embargo, no se pensó en que este grupo de aviadores podría viajar a la U.R.S.S. hasta que Hitler rompió el pacto de no agresión que mantenía con Stalin en junio de 1941 e inició la «Operación Barbarroja» (el asedio del territorio ruso). Así pues, hubo que esperar hasta febrero de 1942 para que el Ejército Rojo aprobase la idea de acoger pilotos galos en sus fronteras. La «Normandie», como así se llamó, fue el tercer grupo de caza de las fuerzas francesas ubicadas en Gran Bretaña y se sumó a los de «Alsace» e «Ile de France».

Así pues, tras extensas negociaciones con la U.R.S.S. la «Normandie» (14 pilotos de combate y 1 de enlace, además de seis decenas en personal de apoyo) se desplazó a 250 kilómetros de Moscú el 2 de diciembre de 1942. «Allí tuvieron que adaptarse a las malas condiciones climáticas. La vida fue muy dura para ellos, que soportaron temperaturas de hasta 30 grados bajo cero sin haberlas sufrido antes. También pasaron escasez de alimentos y adaptarse a volar en condiciones climáticas adversas y de nieve casi constante», se explica desde el memorial francés.

Campañas y glorias

Tras ser aceptados oficialmente por los soviéticos, la «Normandie» participó en su primera campaña a partir del 22 de marzo de 1943. Durante aquellos primeros combates, los pilotos impresionaron, según los documentos oficiales, a la aviación de la U.R.S.S. en las múltiples misiones que llevaron a cabo (entre ellas, la escolta de bombarderos Pe-2 o el simple ataque de posiciones tomadas por la «Luftwaffe»). Y es que, según, parece siempre estaban en vanguardia. No obstante, y a pesar de que sus victorias se fueron acumulando, también lo hicieron sus bajas sufridas, por lo que el 10 de mayo de 1943 tuvieron que ser enviados varios aviadores de refuerzo para suplir a los caídos.

En aquella primera campaña, los pilotos de la «Normandie» lucharon en el frente de Moscú logrando sus cinco primeras victorias y ganando en el mismo número de ocasiones la «Orden de la Guerra Patria». En este período participaron también en la batalla de Smolensk (una ofensiva masiva soviética contra las líneas germanas ubicadas al oeste de la U.R.S.S.) en 116 misiones. A finales de ese mismo año, esta unidad contó con un número de pilotos que difícilmente se igualaría posteriormente (un total de 61).

En esta campaña se destacó, entre otros tantos, el piloto Yves Mahé quien, en 1943, mantuvo un combate aéreo contra tres cazas nazis y, de forma sorprendente, logró escapar tras intercambiar varios disparos contra uno de ellos. Curiosamente, este aviador fue derribado, capturado por los alemanes y condenado a muerte por un tribunal germano (destino que logró eludir tras escaparse). Finalmente, regresó a su país de origen.

Tras un breve descanso, en mayo de 1944 comenzó la segunda campaña de estos aviadores galos, en quienes ya confiaban absolutamente los hombres de Stalin. De hecho, fue por entonces cuando se les dotó con el caza «Yak-3», uno de los mejores aviones soviéticos de la época. El 28 de noviembre de ese mismo año, el mismísimo líder supremo de la U.R.S.S. otorgó a la unidad el sobrenombre de «Niemen» para conmemorar su gran actuación en el cruce de dicho rio por las tropas del Ejército Rojo. Acababa de nacer una leyenda, la «Normandie-Niemen». Sus últimas misiones las realizaron en 1945, año en que los soviéticos iniciaron la reconquista del territorio perdido ante Hitler.

Los pilotos de la «Normandie-Nimen» regresaron a casa con 5.240 misiones realizadas, 273 victorias confirmadas, 36 probables y una ingente cantidad de condecoraciones en su zurrón. A su vez, tuvieron el honor de ser los primeros militares galos en entrar en Alemania.


La «Normandie-Niemen», una unidad de récord


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  • Soldado soviético en la Segunda Guerra Mundial, recuerda a sus 90 años cómo Stalin lo envió a un campo de trabajo en Siberia
abc | Imagen de un gulag soviético

abc | Imagen de un gulag soviético

Cuando la Segunda Guerra Mundial llegó a su fin el 9 de mayo de 1945, el soldado soviético Lev Netto pensó que habían terminado los combates, los sufrimientos, los campos de prisioneros. Pero la URSS de Stalin decidió otra cosa. Y lo envió al gulag.

Hoy, con 90 años, el veterano en cuyos ojos azules y sonrosadas mejillas se adivina el rostro del chico que era, se confía a la agencia AFP en su apartamento repleto de libros y de cuadros. Revive la película de una vida que se funde con los sobresaltos de la «Gran Guerra Patriótica», una querra que para él continuó mucho después de 1945.

El 22 de junio de 1941, un altavoz daba la noticia en su pequeño pueblo, cerca de Moscú: las tropas alemanas han invadido la URSS, rompiendo el pacto de no agresión firmado entre Hitler y Stalin. «Estaba loco de alegría. Íbamos a tener por fin una verdadera guerra», recuerda Lev Netto, que tenía entonces 16 años.

«Pensábamos que nuestro comandante supremo sabía lo que hacía», rememora. Pero cuando los habitantes del pueblo vieron a las fuerzas soviéticas abrir fuego contra posiciones nazis situadas a apenas 50 kilómetros de Moscú, el pánico se instaló: los vecinos asaltaron tiendas y fábricas, robaron alimentos y enseres.

Con 18 años, en 1943, Lev decidió alistarse en una unidad de estonios, puesto que sus padres procedían del pequeño país báltico anexionado en 1940 por la URSS. Su primera misión fue arriesgada: saltar en paracaídas en Estonia, ocupada por los alemanes, y llevar víveres a la resistencia local.

Él y sus camaradas cantaban y bebían hasta emborracharse mientras su avión sobrevolaba la línea del frente. Pero cuando su paracaídas se abrió en la noche negra, Lev Netto volvió a estar sobrio en segundos. «Recuerdo muy bien haber sentido el aire fresco en mi cara, el buen humor disiparse y el efecto del alcohol desaparecer inmediatamente».

La misión fue un fracaso. Los aviones no entregaron los víveres ni las municiones prometidas. Y no había ningún rastro de la resistencia estonia.

Tras algunas semanas escondidos en el bosque, Lev y sus camaradas oyeron a soldados hablar ruso. «Juraban como no estaba permitido», precisa. Pero a medida que se aproximaron, Lev observó que llevaban uniformes nazis. Era un batallón disciplinario constituido por soviéticos hechos prisioneros por los alemanes.

El lugarteniente de Lev se levantó, lanzó una granada y gritó: «Por la madre patria, por Stal…», pero no acabó su frase. Su cabeza estalló por el impacto de una bala alemana.

Tendido en el suelo, Lev fue capturado. Arrastrado de un campo de concentración a otro, fue testigo de las ruinas causadas por los bombardeos aliados. Hasta su liberación por soldados americanos. Un día de alegría que firmó su perdición a ojos del régimen soviético, que veía con malos ojos a los que habían encontrado a los «capitalistas» o habían vivido en el extranjero.

Enviado a Siberia

De vuelta a la URSS, Lev debía reengancharse, su desmovilización no estaba prevista hasta 1948. Pero el Gulag le esperaba: condenado a 25 años en el campo de trabajo por «actividad contrarrevolucionaria», fue enviado a Norilsk, en el límite con el círculo polar.

«Cuando los oficiales y los soldados vencieron en otros países, sobre todo en Europa del Este, comenzaron a ver la diferencia que existía entre nuestros dos sistemas», confiesa.

En el campo, la amistad le salvó. «Pronto comprendí que para sobrevivir había que trabajar, más y más, porque cuando uno trabaja está con sus amigos».

«Si tu piel se vuelve blanca porque hace menos de 50 grados fuera, tus amigos van a frotarla con nieve. Teníamos que ayudarnos unos a otros, es lo que me salvó», continúa.

Será finalmente liberado en 1956, como parte de la desestalinización comenzada tres años después de la muerte del «padrecito de los pueblos». El suyo murió en 1956, poco después de su liberación. «Pude enterrarlo. Era como si me hubiera ofrecido ese regalo», relata el anciano, cuya memoria vacila a veces.

Para reavivarla, su hija Lioudmila le tiende una bolsa llena de medallas. Sobre la mesa del salón, deja una carta que conmemora el Día de la Victoria, festejada el 9 de mayo en Rusia.

«Para mí el 9 de mayo es un día de alegría, pero con lágrimas en los ojos. Me acuerdo siempre de todos los que murieron ante mis ojos».


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  • Nuevos documentos de las SS desvelan como el Führer arrojó cohetes V-2 contra los mismos alemanes matando a miles de personas
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ARCHIVO ABC Las regiones más castigadas fueron las de Pomerania

Las barbaridades cometidas por los nazis contra polacos, soviéticos y, en general, judíos, son ampliamente sabidas a día de hoy. Sin embargo, lo que era hasta ahora desconocido es que los secuaces de Adolf Hitler llegaron a cometer todo tipo de tropelías contra los propios alemanes tales como bombardear ciudades germanas con cohetes V-2 para hacer «prácticas de tiro». Todo ello, en 1944. Sin duda, una nueva muesca que poner en el triste cuchillo del Führer, cuya leyenda negra se amplía día a día.

Este cruel hecho se ha sabido gracias a una serie de documentos de las SS (las tropas más ideologizadas del régimen nazi) que han salido a la luz hace pocas jornadas. En ellos queda patente como Adolf Hitler ordenó disparar varias bombas sobre algunas ciudades y pueblos germanos con el objetivo de comprobar la magnitud de la devastación de sus nuevos misiles balísticos V-2. La orden era tan secreta que fue recibida únicamente por el «Kommandostelle S», una unidad de la que se tienen pocos datos a día de hoy..

Los informes –publicados por el diario «Daily Mail»- señalan también como estos ataques provocaron la muerte de miles de ciudadanos alemanes, crímenes de los que Hitler culpó posteriormente a los aliados entre 1944 y 1945 (casi al finalizar la contienda). Posteriormente, los nazis intentaron quemar los archivos cuando el Tercer Reich se derrumbaba, pero fueron rescatados de las llamas por un personaje desconocido y fueron a parar a las manos de un coleccionista alemán que los guarda desde entonces.

Tal y como publica el diario británico, los archivos –que están escritos en hojas de papel A4- muestran que una buena parte de los cohetes fueron probados lanzándolos desde la región de Peenemünde hacia Londres, Ameberes o Lieja (territorio enemigo). Sin embargo, también dejan patente que varios tenían como objetivo ciudades alemanes en el área de Pomerania. A su vez, se cree que, posteriormente, varias unidades de las SS fueron enviadas a estas regiones aliadas para evaluar la magnitud de los daños y la devastación que podían causar las V-2.

Los informes, a la venta

Varios de estos informes serán puestos a la venta el próximo 18 de marzo, día en el que se cree que llegarán a un precio de unos 3.000 euros. «La bomba V-2 fue el primer misil balístico que de verdad pudo haber dado la victoria Hitler. Sus efectos fueron devastadores», ha señalado el portavoz de la empresa que se encargará de poner a la venta los papeles. No anda desencaminado, pues esta arma acabó con miles de enemigos y, según se creía, su capacidad de destrucción sólo podría ser superada por la futura e incompleta bomba atómica alemana.

«Esta es una prueba de lo desesperados que estaban los nazis después del Día D al percatarse de los avances de las fuerzas aliadas en toda Europa. Muchas de estas “prácticas de tiro” se saldaron con miles de muertos y cuantiosos daños materiales», ha señalado el representante de la casa de subastas. A su vez, este ha afirmado que los informes suponen toda una reliquia, pues la mayoría de archivos de este estilo fueron quemados por los miembros de las SS cuando los aliados entraron en Berlín ávidos de venganza.

Las bombas V-2

Los cohetes V-2 fueron desarrollados por el ingeniero aeroespacial alemán Wernher von Braun. Estas armas fueron las más avanzadas de su tiempo y se siguieron utilizando hasta que, en agosto de 1945, Estados Unidos arrojó las bombas atómicas en Japón. Disparadas desde unas lanzaderas de 14 metros, eran impulsadas por etanol líquido y oxígeno y cada una pesaba 13 toneladas. Podían alcanzar, además, objetivos a más de 200 kilómetros de distancia causando una gran devastación allí donde impactaran.


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  • En 1943, el físico alemán Heisenberg afirmó que sería capaz de crear un explosivo con «un poder destructor desconocido hasta hoy», pero el proyecto falló por causas desconocidas
El misterio de la bomba atómica que quisieron fabricar los científicos nazis

EPA A pesar de que se desconoce si se llegó a disponer de la tecnología para fabricarla,

Si hay unos días que difícilmente serán alguna vez olvidados por la historia son aquellos en los que -en plena Segunda Guerra Mundial- el gobierno de Estados Unidos lanzó dos bombas atómicas sobre las ciudades de Hiroshima y Nagasaki. No es para menos, pues aquel terrible acto de 1945 se tradujo en cientos de miles de muertos, en un horror inimaginable y, para colmo, en una condena nuclear que pervivió durante décadas en Japón.

Sin embargo -y desde el punto de vista militar- estas bombas cumplieron su cruel objetivo: obligar al país nipón a llenar una ingente cantidad de ataúdes y, finalmente, capitular ante los aliados. Viendo su triste efectividad no resulta extraño afirmar que, durante la guerra, se inició una carrera armamentística increíble entre los diferentes países con el objetivo de obtener el que, para muchos científicos, sería el explosivo más efectivo del planeta.

Así pues, desde la potente Estados Unidos hasta U.R.S.S. de Stalin se embarcaron en sus respectivos proyectos nucleares con el objetivo de utilizar la energía acumulada en los átomos para dar un cruel escarmiento a sus enemigos. De la misma forma, el régimen nacionalsocialista de Adolf Hitler también sintió la llamada de la supremacía armamentística y, como ya hiciera en otros tantos campos, puso a sus físicos a trabajar en el proyecto.

La ciencia en el Tercer Reich

La historia de cómo Alemania combatió (científicamente hablando) para obtener la bomba atómica comenzó en 1939. Por aquel entonces, Adolf Hitler -en la poltrona gracias a unas elecciones- ya había atacado con sus legiones Panzer a la maltrecha Polonia y había logrado provocar una guerra que, a la postre, sería mundial. Fue en ese momento también en el que Peter Debye (director del Instituto Káiser Guillermo de Física –una de las instituciones más respetadas en la materia del país-) recibió una carta del Führer informándole de que, en lo sucesivo, su organismo dejaría a un lado las investigaciones tradicionales.

Por el contrario, éstas pasarían a tener una finalidad más útil a la causa militar y menos elevada a nivel científico. «El 16 de septiembre de 1939, dos semanas después de que Inglaterra declarara la guerra a Alemania, Debye recibió una carta […] que declaraba que el Instituto Káiser Guillermo de Física quedaría destinado a fines “tecnológico-militares y actividades relacionadas con la economía de guerra”», explica Philip Ball en su último libro «Al servicio del Reich. La física en tiempos de Hitler».

A su vez, los altos cargos del gobierno se encargaron de recordarle en la misma misiva que –ya que se hallaba inmerso en una nueva sociedad aria- debería cambiar su nacionalidad holandesa por la alemana para poder seguir al frente de sus experimentos. A Debye no le hizo demasiada gracia la idea, pues preparó el petate y se marchó a Estados Unidos para vender sus secretos científicos a los Estadounidenses. Y es que, según parece, estos eran mucho más tolerantes en lo que a las nacionalidades se refiere (sobre todo, si podían dar de paso un buen puntapié en las posaderas a Hitler).

Dejando a un lado este cambio de chaqueta, los alemanes se vieron obligados a sustituir a su antiguo director por Werner Heisenberg. Éste, como cabía esperar, heredó las tareas que le habían sido encargadas a su predecesor. La primera fue mantener la gran ventaja que tenía Alemania con respecto al resto de sus competidoras, a las cuales adelantaba varios años en lo que a ciencia se refiere.

«En los años 20 y primeros 30 la ciencia alemana –en la que se incluye la austríaca y la realizada por científicos no alemanes en Alemania- […] dominaba la física y la radioquímica mundiales. Tan sólo unos pocos nombres fuera de este ámbito […] podían compararse con la pléyade de figuras germanas, explica el físico español Francisco José Ynduráin en su dossier «El club del Uranio de Hitler y el programa atómico alemán en la IIGM».

A su vez, Heisenberg recibió el encargo de analizar las investigaciones de Fritz Strassmann y Otto Hahn, quienes habían descubierto a finales de 1938 que era posible dividir (o fisionar, en términos científicos) el Uranio bombardeándolo con neutrones. El hallazgo puede ser considerado trivial, pero lo cierto es que varios expertos ya habían informado a Hitler de las posibilidades que implicaba este descubrimiento. «Al mismo tiempo que [dos investigadores] dijeron en Hamburgo que aquel descubrimiento podía utilizarse para generar energía y fabricar armas, [otros señalaron] que podía construirse gracias a él un reactor nuclear», determina Ball.

En base a esta petición, varios miembros del instituto, junto con otros tantos colegas, crearon el «Club del Uranio» (o «Uranverein»), una organización con dos misiones principales: usar la energía nuclear para elaborar un explosivo con «un poder destructor desconocido hasta hoy» (como afirmó el propio Heisenberg) y crear un reactor –llamado «Uranmaschine» en alemán- que pudiera generar energía para alimentar los miles de carros de combate y submarinos al servicio de la «Wehrmacht» y la «Kriegsmarine».

El funcionamiento de una bomba atómica

Aunque a día de hoy se sabe pormenorizadamente cuál el funcionamiento de las armas nucleares, en aquellos años el desconocimiento era absoluto. De hecho, habían pasado sólo tres décadas desde que Marie Curie había empezado a poner algo de luz sobre la radioactividad. Sin embargo, aunque eran unos «novatos» en lo que a este campo se refiere, los científicos alemanes confiaban en poder crear una bomba usando la energía que, según sabían, albergaban los átomos y cuya liberación se producía cuando se separaban.

Los expertos nazis buscaban, concretamente, elaborar un explosivo haciendo uso de la susodicha fisión. «En las bombas de fisión un núcleo atómico se divide en dos, ya sea de forma natural o inducida por el hombre (mediante una reacción nuclear bombardeándolo con neutrones, por ejemplo). Esto genera a su vez otros productos en la fisión como neutrones o electrones», explica, en declaraciones a ABC, Francisco José Ager Vázquez, profesor de física aplicada en la Universidad de Sevilla.

El misterio de la bomba atómica que quisieron fabricar los científicos nazis

Pastilla de uranio-235, isótopo que es utilizado en las centrales nucleares ARCHIVO ABC

Sabiendo esto, entender el funcionamiento de estas bombas es relativamente sencillo. En primer lugar, se bombardea con electrones un elemento (un metal, por ejemplo) hasta que sus átomos se separan (o fisionan). Dicha ruptura provoca que se generen nuevas partículas que, a su vez, vuelven a provocar la división del resto de átomos. Esto lleva a una reacción en cadena que deriva en un aumento increíble de la energía y que termina en una explosión sin parangón. Y es que, en una de estas bombas puede haber millones de partículas.

Con todo, para elaborar este tipo de bombas es necesario contar con un elemento que sea fisionable, es decir, que tenga la capacidad de absorber los neutrones y, posteriormente, de separarse. Este es el Uranio, un metal muy tóxico que está formado por tres isótopos (o elementos): el Uranio 234, el Uranio 235 y el Uranio 238. El problema es que, como señala Ager, no todos ellos reaccionan como querrían los científicos ante el bombardeo de electrones.

«El uranio que se encuentra en la naturaleza contiene un 99,3% de Uranio 238, que no sirve para iniciar una reacción en cadena, pero apenas un 0,7% de Uranio 235, que si sirve. Por ello, es necesario “enriquecer” el uranio que se quiere usar, el 235. Es por eso que se usa uranio altamente enriquecido, que contiene al menos un 90% de Uranio 235, en lugar de uranio natural», completa el experto.

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Científicos alemanes trabajan en una pila atómica como parte del proyecto de 1945. WIKIMEDIA

Una vez que contamos con todos los elementos de esta curiosa «mezcla», tan solo queda dejar que la energía haga su macabro trabajo. «Pongamos un ejemplo de lo que sucede en uno de estos explosivos. Al bombardear con un neutrón el núcleo de un átomo de Uranio 235, este puede absorberlo, dividiéndose (fisionándose) en dos núcleos más ligeros de Bario 118 y un promedio de 2,5 neutrones, que a su vez pueden provocar la fisión de otros núcleos de Uranio 235, generándose una reacción en cadena. Así, apenas 800 gramos de Uranio 235 producen la misma energía que 16 kilotones (16 000 000 kg) de TNT, que fue la que se liberó por la primera bomba atómica», completa Ager.

Por otro lado, y aunque la «fisión» es el sistema que trataron de utilizar los nazis para lograr conseguir su bomba atómica, también se pueden crear explosivos nucleares mediante la fusión, es decir, la unión de dos elementos que, al juntarse, provocan una explosión. Este proceso, salvando las distancias, es el mismo que se sucede en el sol.

«En la fusión, dos núcleos más ligeros se combinan formando uno más pesado, liberándose neutrones y energía. Es, por ejemplo, una de las reacciones que se utiliza en una bomba termonuclear. La bomba H se basa en fusionar isótopos de hidrógeno. Apenas 500 g de este combustible de isótopos de hidrógeno producirían una energía equivalente a 30 kilotones de TNT», completa el profesor.

La carrera armamentística que se perdió

Aunque los alemanes partían de unos ínfimos conocimientos en lo que al aramento nuclear se refiere, el «Club del Uranio» comenzó sus investigaciones. En primer lugar, y tras meses de trabajo, los científicos llegaron a la conclusión de que existían otros elementos capaces de servir como combustible más allá del Uranio 235.

Concretamente, descubrieron que el Plutonio, un elemento derivado del Uranio, era más sencillo de utilizar que éste a la hora de producir una fisión en una bomba. Esto significó toda una revolución para la época con la que, pensaban, serían aplauididos por la comunidad científica y pos sus mandos. Sin embargo, lo que desconocían (y no supieron hasta el final de la contienda) es que los estadounidenses ya habían descubierto este elemento… un mes antes que ellos.

Con todo, los avances realizados y el que Alemania fuera por entonces una de las regiones más prolíficas en Uranio (contaba con el mayor yacimiento de este mineral en el mundo) provocaron que los responsables del «Club del Uranio» acudieran henchidos de orgullo a presentar sus primeras conclusiones a la plana mayor del Führer.

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Werner Heisenberg, el líder del «Club del Uranio»

«En febrero de 1942, a petición del Consejo de Investigaciones del Reich, [varios miembros del grupo] impartieron conferencias ante un auditorio con conocimientos técnicos y funcionarios de alto nivel, entre ellos, varios miembros de la plana mayor como Himmler, Goering y el jefe de armamentos, Albert Speer. […] Éste quedó favorablemente impresionado con el potencial de los experimentos nucleares», añade Ball.

El ministro quedó tan fascinado por la posibilidad de conseguir este explosivo que pidió ser informado del progreso con regularidad. Sin embargo, lo que el nazi no hizo fue dar una mayor financiación a esta investigación. No sirvieron de nada las quejas de los expertos (quien criticaban que los proyectos armamentísticos como el de las bombas volantes V1 y V2 disponían de más liquidez) pues Speer se limitó a afirmar que el dinero escaseaba en tiempos de guerra.

No mentía el ministro nazi, pues al poco tiempo la falta de «cash» llevó a la Oficina de Armamentos del Reich a desvincularse del proyecto. Así pues, la investigación de la bomba atómica nazi pasó a ser un asunto civil, y no militar. Para entonces, los estadounidenses ya habían dejado atrás al «Club Uranio» y ultimaban los detalles de su propio explosivo (algo que era desconocido por los nazis, quien durante toda la guerra se vieron como unos genios sin competencia).

«Pese a haber recibido cierta prioridad de acceso a materiales y fuerza de trabajo, el proyecto del Uranio continuó a paso lento. Los experimentos en el reactor prototipo de Berlín no comenzaron hasta finales de 1943; para entonces, los alemanes que eran capaces de contemplar racionalmente la situación (muchos no lo eran) comprendían que la derrota militar era inevitable. Además, hacia el final de aquel año las condiciones en Berlín, especialmente los intensos bombardeos, volvieron muy peligroso y casi imposible continuar las investigaciones», explica el autor en su obra.

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Hongo sobre la ciudad de Hiroshima tras el bombardeo WIKIMEDIA

En 1945, con la llegada de los aliados a la capital del Reich y el fin de la contienda, el proyecto se dio por finalizado. Eso sí, para disgusto de muchos de los científicos del «Club Uranio» que consideraban que estaban a escasos meses de relizar un hallazgo que revolucionaría la ciencia y la industria armamentística.

Habría que haber visto su cara cuando, en agosto de 1945, se enteraron de que Estados Unidos había lanzado dos bombas atómicas. Y es que, en ese momento se debieron quedar boquiabiertos al percatarse de que todos sus «grandes avances» no eran más que migajas en comparación a lo que habían logrado los norteamericanos.


Cuatro preguntas a Francisco José Ager Vázquez

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