El misterio de la bomba atómica que quisieron fabricar los científicos nazis


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  • En 1943, el físico alemán Heisenberg afirmó que sería capaz de crear un explosivo con «un poder destructor desconocido hasta hoy», pero el proyecto falló por causas desconocidas
El misterio de la bomba atómica que quisieron fabricar los científicos nazis

EPA A pesar de que se desconoce si se llegó a disponer de la tecnología para fabricarla,

Si hay unos días que difícilmente serán alguna vez olvidados por la historia son aquellos en los que -en plena Segunda Guerra Mundial- el gobierno de Estados Unidos lanzó dos bombas atómicas sobre las ciudades de Hiroshima y Nagasaki. No es para menos, pues aquel terrible acto de 1945 se tradujo en cientos de miles de muertos, en un horror inimaginable y, para colmo, en una condena nuclear que pervivió durante décadas en Japón.

Sin embargo -y desde el punto de vista militar- estas bombas cumplieron su cruel objetivo: obligar al país nipón a llenar una ingente cantidad de ataúdes y, finalmente, capitular ante los aliados. Viendo su triste efectividad no resulta extraño afirmar que, durante la guerra, se inició una carrera armamentística increíble entre los diferentes países con el objetivo de obtener el que, para muchos científicos, sería el explosivo más efectivo del planeta.

Así pues, desde la potente Estados Unidos hasta U.R.S.S. de Stalin se embarcaron en sus respectivos proyectos nucleares con el objetivo de utilizar la energía acumulada en los átomos para dar un cruel escarmiento a sus enemigos. De la misma forma, el régimen nacionalsocialista de Adolf Hitler también sintió la llamada de la supremacía armamentística y, como ya hiciera en otros tantos campos, puso a sus físicos a trabajar en el proyecto.

La ciencia en el Tercer Reich

La historia de cómo Alemania combatió (científicamente hablando) para obtener la bomba atómica comenzó en 1939. Por aquel entonces, Adolf Hitler -en la poltrona gracias a unas elecciones- ya había atacado con sus legiones Panzer a la maltrecha Polonia y había logrado provocar una guerra que, a la postre, sería mundial. Fue en ese momento también en el que Peter Debye (director del Instituto Káiser Guillermo de Física –una de las instituciones más respetadas en la materia del país-) recibió una carta del Führer informándole de que, en lo sucesivo, su organismo dejaría a un lado las investigaciones tradicionales.

Por el contrario, éstas pasarían a tener una finalidad más útil a la causa militar y menos elevada a nivel científico. «El 16 de septiembre de 1939, dos semanas después de que Inglaterra declarara la guerra a Alemania, Debye recibió una carta […] que declaraba que el Instituto Káiser Guillermo de Física quedaría destinado a fines “tecnológico-militares y actividades relacionadas con la economía de guerra”», explica Philip Ball en su último libro «Al servicio del Reich. La física en tiempos de Hitler».

A su vez, los altos cargos del gobierno se encargaron de recordarle en la misma misiva que –ya que se hallaba inmerso en una nueva sociedad aria- debería cambiar su nacionalidad holandesa por la alemana para poder seguir al frente de sus experimentos. A Debye no le hizo demasiada gracia la idea, pues preparó el petate y se marchó a Estados Unidos para vender sus secretos científicos a los Estadounidenses. Y es que, según parece, estos eran mucho más tolerantes en lo que a las nacionalidades se refiere (sobre todo, si podían dar de paso un buen puntapié en las posaderas a Hitler).

Dejando a un lado este cambio de chaqueta, los alemanes se vieron obligados a sustituir a su antiguo director por Werner Heisenberg. Éste, como cabía esperar, heredó las tareas que le habían sido encargadas a su predecesor. La primera fue mantener la gran ventaja que tenía Alemania con respecto al resto de sus competidoras, a las cuales adelantaba varios años en lo que a ciencia se refiere.

«En los años 20 y primeros 30 la ciencia alemana –en la que se incluye la austríaca y la realizada por científicos no alemanes en Alemania- […] dominaba la física y la radioquímica mundiales. Tan sólo unos pocos nombres fuera de este ámbito […] podían compararse con la pléyade de figuras germanas, explica el físico español Francisco José Ynduráin en su dossier «El club del Uranio de Hitler y el programa atómico alemán en la IIGM».

A su vez, Heisenberg recibió el encargo de analizar las investigaciones de Fritz Strassmann y Otto Hahn, quienes habían descubierto a finales de 1938 que era posible dividir (o fisionar, en términos científicos) el Uranio bombardeándolo con neutrones. El hallazgo puede ser considerado trivial, pero lo cierto es que varios expertos ya habían informado a Hitler de las posibilidades que implicaba este descubrimiento. «Al mismo tiempo que [dos investigadores] dijeron en Hamburgo que aquel descubrimiento podía utilizarse para generar energía y fabricar armas, [otros señalaron] que podía construirse gracias a él un reactor nuclear», determina Ball.

En base a esta petición, varios miembros del instituto, junto con otros tantos colegas, crearon el «Club del Uranio» (o «Uranverein»), una organización con dos misiones principales: usar la energía nuclear para elaborar un explosivo con «un poder destructor desconocido hasta hoy» (como afirmó el propio Heisenberg) y crear un reactor –llamado «Uranmaschine» en alemán- que pudiera generar energía para alimentar los miles de carros de combate y submarinos al servicio de la «Wehrmacht» y la «Kriegsmarine».

El funcionamiento de una bomba atómica

Aunque a día de hoy se sabe pormenorizadamente cuál el funcionamiento de las armas nucleares, en aquellos años el desconocimiento era absoluto. De hecho, habían pasado sólo tres décadas desde que Marie Curie había empezado a poner algo de luz sobre la radioactividad. Sin embargo, aunque eran unos «novatos» en lo que a este campo se refiere, los científicos alemanes confiaban en poder crear una bomba usando la energía que, según sabían, albergaban los átomos y cuya liberación se producía cuando se separaban.

Los expertos nazis buscaban, concretamente, elaborar un explosivo haciendo uso de la susodicha fisión. «En las bombas de fisión un núcleo atómico se divide en dos, ya sea de forma natural o inducida por el hombre (mediante una reacción nuclear bombardeándolo con neutrones, por ejemplo). Esto genera a su vez otros productos en la fisión como neutrones o electrones», explica, en declaraciones a ABC, Francisco José Ager Vázquez, profesor de física aplicada en la Universidad de Sevilla.

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Pastilla de uranio-235, isótopo que es utilizado en las centrales nucleares ARCHIVO ABC

Sabiendo esto, entender el funcionamiento de estas bombas es relativamente sencillo. En primer lugar, se bombardea con electrones un elemento (un metal, por ejemplo) hasta que sus átomos se separan (o fisionan). Dicha ruptura provoca que se generen nuevas partículas que, a su vez, vuelven a provocar la división del resto de átomos. Esto lleva a una reacción en cadena que deriva en un aumento increíble de la energía y que termina en una explosión sin parangón. Y es que, en una de estas bombas puede haber millones de partículas.

Con todo, para elaborar este tipo de bombas es necesario contar con un elemento que sea fisionable, es decir, que tenga la capacidad de absorber los neutrones y, posteriormente, de separarse. Este es el Uranio, un metal muy tóxico que está formado por tres isótopos (o elementos): el Uranio 234, el Uranio 235 y el Uranio 238. El problema es que, como señala Ager, no todos ellos reaccionan como querrían los científicos ante el bombardeo de electrones.

«El uranio que se encuentra en la naturaleza contiene un 99,3% de Uranio 238, que no sirve para iniciar una reacción en cadena, pero apenas un 0,7% de Uranio 235, que si sirve. Por ello, es necesario “enriquecer” el uranio que se quiere usar, el 235. Es por eso que se usa uranio altamente enriquecido, que contiene al menos un 90% de Uranio 235, en lugar de uranio natural», completa el experto.

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Científicos alemanes trabajan en una pila atómica como parte del proyecto de 1945. WIKIMEDIA

Una vez que contamos con todos los elementos de esta curiosa «mezcla», tan solo queda dejar que la energía haga su macabro trabajo. «Pongamos un ejemplo de lo que sucede en uno de estos explosivos. Al bombardear con un neutrón el núcleo de un átomo de Uranio 235, este puede absorberlo, dividiéndose (fisionándose) en dos núcleos más ligeros de Bario 118 y un promedio de 2,5 neutrones, que a su vez pueden provocar la fisión de otros núcleos de Uranio 235, generándose una reacción en cadena. Así, apenas 800 gramos de Uranio 235 producen la misma energía que 16 kilotones (16 000 000 kg) de TNT, que fue la que se liberó por la primera bomba atómica», completa Ager.

Por otro lado, y aunque la «fisión» es el sistema que trataron de utilizar los nazis para lograr conseguir su bomba atómica, también se pueden crear explosivos nucleares mediante la fusión, es decir, la unión de dos elementos que, al juntarse, provocan una explosión. Este proceso, salvando las distancias, es el mismo que se sucede en el sol.

«En la fusión, dos núcleos más ligeros se combinan formando uno más pesado, liberándose neutrones y energía. Es, por ejemplo, una de las reacciones que se utiliza en una bomba termonuclear. La bomba H se basa en fusionar isótopos de hidrógeno. Apenas 500 g de este combustible de isótopos de hidrógeno producirían una energía equivalente a 30 kilotones de TNT», completa el profesor.

La carrera armamentística que se perdió

Aunque los alemanes partían de unos ínfimos conocimientos en lo que al aramento nuclear se refiere, el «Club del Uranio» comenzó sus investigaciones. En primer lugar, y tras meses de trabajo, los científicos llegaron a la conclusión de que existían otros elementos capaces de servir como combustible más allá del Uranio 235.

Concretamente, descubrieron que el Plutonio, un elemento derivado del Uranio, era más sencillo de utilizar que éste a la hora de producir una fisión en una bomba. Esto significó toda una revolución para la época con la que, pensaban, serían aplauididos por la comunidad científica y pos sus mandos. Sin embargo, lo que desconocían (y no supieron hasta el final de la contienda) es que los estadounidenses ya habían descubierto este elemento… un mes antes que ellos.

Con todo, los avances realizados y el que Alemania fuera por entonces una de las regiones más prolíficas en Uranio (contaba con el mayor yacimiento de este mineral en el mundo) provocaron que los responsables del «Club del Uranio» acudieran henchidos de orgullo a presentar sus primeras conclusiones a la plana mayor del Führer.

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Werner Heisenberg, el líder del «Club del Uranio»

«En febrero de 1942, a petición del Consejo de Investigaciones del Reich, [varios miembros del grupo] impartieron conferencias ante un auditorio con conocimientos técnicos y funcionarios de alto nivel, entre ellos, varios miembros de la plana mayor como Himmler, Goering y el jefe de armamentos, Albert Speer. […] Éste quedó favorablemente impresionado con el potencial de los experimentos nucleares», añade Ball.

El ministro quedó tan fascinado por la posibilidad de conseguir este explosivo que pidió ser informado del progreso con regularidad. Sin embargo, lo que el nazi no hizo fue dar una mayor financiación a esta investigación. No sirvieron de nada las quejas de los expertos (quien criticaban que los proyectos armamentísticos como el de las bombas volantes V1 y V2 disponían de más liquidez) pues Speer se limitó a afirmar que el dinero escaseaba en tiempos de guerra.

No mentía el ministro nazi, pues al poco tiempo la falta de «cash» llevó a la Oficina de Armamentos del Reich a desvincularse del proyecto. Así pues, la investigación de la bomba atómica nazi pasó a ser un asunto civil, y no militar. Para entonces, los estadounidenses ya habían dejado atrás al «Club Uranio» y ultimaban los detalles de su propio explosivo (algo que era desconocido por los nazis, quien durante toda la guerra se vieron como unos genios sin competencia).

«Pese a haber recibido cierta prioridad de acceso a materiales y fuerza de trabajo, el proyecto del Uranio continuó a paso lento. Los experimentos en el reactor prototipo de Berlín no comenzaron hasta finales de 1943; para entonces, los alemanes que eran capaces de contemplar racionalmente la situación (muchos no lo eran) comprendían que la derrota militar era inevitable. Además, hacia el final de aquel año las condiciones en Berlín, especialmente los intensos bombardeos, volvieron muy peligroso y casi imposible continuar las investigaciones», explica el autor en su obra.

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Hongo sobre la ciudad de Hiroshima tras el bombardeo WIKIMEDIA

En 1945, con la llegada de los aliados a la capital del Reich y el fin de la contienda, el proyecto se dio por finalizado. Eso sí, para disgusto de muchos de los científicos del «Club Uranio» que consideraban que estaban a escasos meses de relizar un hallazgo que revolucionaría la ciencia y la industria armamentística.

Habría que haber visto su cara cuando, en agosto de 1945, se enteraron de que Estados Unidos había lanzado dos bombas atómicas. Y es que, en ese momento se debieron quedar boquiabiertos al percatarse de que todos sus «grandes avances» no eran más que migajas en comparación a lo que habían logrado los norteamericanos.


Cuatro preguntas a Francisco José Ager Vázquez

Así iban equipados los soldados nazis que invadieron Europa


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  • Desde sus armas, hasta su uniforme. Descubre cómo acudían a la contienda los miembros de la «Wehrmacht» al comienzo de la guerra

Introducción: el nacimiento del soldado alemán

Así iban equipados los soldados nazis que invadieron Europa

ARCHIVO ABC Tropas alemanas, en 1939

A partir de 1939, los alemanes dominaron una buena parte de Europa gracias a su arrojo, su superioridad militar y su novedosa forma de hacer la guerra. Sin embargo, y además de contar entre sus filas con todo tipo de imponentes carros de combate, Hitler y sus oficiales también podían presumir de disponer de miles y miles de combatientes pertrechados con un material bélico que les dio decenas de victorias durante la primera fase de la Segunda Guerra Mundial.

Desde el fusil Kar 98 K hasta la máscara antigás reglamentaria, todo estaba pensado para que el infante pudiera sobrevivir durante días en el frente sin contar con más apoyo que el de sus compañeros y el equipo que llevaba a sus espaldas.

Para entender qué pasaba por la «kartoffel» de un soldado alemán durante la Segunda Guerra Mundial es necesario remontarse en el tiempo hasta el año 1933. Por entonces, en Alemania ya había tomado el poder Adolf Hitler aupado por una crisis económica y nacional (pues hierieron el orgullo alemán) producida tras el tratado de Versalles.

Al final convenció a los ciudadanos alemanes, pues no sólo le votaron, sino que le dieron su apoyo para que, en 1934, el «Reichwehr» alemán (las Fuerzas Armadas del país) le juraran fidelidad a él. Toda una revolución para la época que le convirtió en líder indiscutible de los ejércitos de tierra, la armada y las fuerzas aéreas.

«En el año 34, el ejército tuvo que jurar lealtad a Hitler. No tuvieron más opción. Si no lo hacían, les obligarían a disolverse y sus funciones las adquirirían los seguidores del líder. Esa fue la base del ejército que posteriormente invadió Polonia: militares que no eran nazis pero que, al final de la contienda, se afiliaron en muchos casos al partido. El problema es que al final el nazismo imbuyó el ejército hasta tal punto que Hitler cambió el saludo militar por el fascista. Muchos militares estaban en contra de ello y sólo querían salir adelante, pero les tocó vivir aquello», explica, en declaraciones a ABC, Santos Rodríguez, miembro de la «Asociación cultural albaceteña de recreación histórica».

Aquella jornada, los soldados alemanes que habían estado a las órdenes de la República de Weimar pasaron a depender directamente del Führer en base al siguiente juramento. «Juro por Dios que deberé prestar obediencia absoluta al jefe del imperio y del pueblo alemán, Adolf Hitler -comandante en jefe de las fuerzas armadas-, y que, como un soldado valeroso, deberé estar siempre preparado para dar mi vida por este juramento».

Posteriormente, el ejército fue renombrado como la «Wehrmacht», organización que incluía el «Heer» (ejército de tierra), la «Kriegsmarine» (la marina) y las fuerzas aéreas («Luftwaffe»). El equipo del soldado de infantería previo a la guerra y que, con posterioridad, participó en las primeras contiendas de 1939 en Polonia, es el que será analizado en las siguientes páginas.


Recreando a la «Wehrmacht». Cuatro preguntas a Santos Rodríguez

El uniforme de la infantería de la «Wehrmacht»

Así iban equipados los soldados nazis que invadieron Europa

Asociación CULTURAL albaceteña de recreación histórica Uniforme alemán

 

El equipo de un soldado alemán de 1939 empezaba en su uniforme, el cual comenzó a ser producido por el gobierno entre 1935 y 1936 -cuatro años antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial-. Sin embargo, y como señala a ABC Santos Rodríguez (quien lo porta en muchas recreaciones históricas y es todo un experto en lo que a él se refiere), su antigüedad no impidió que fuera uno de los más utilizados durante la contienda y conocidos a nivel internacional.

Concretamente, el uniforme de la «Wehrmacht» era conocido como el M-36. «Una de las características de este uniforme es que había sido elaborado por Hugo Boss, quien –cuando Hitler subió al poder en 1933- fue contratado para diseñar toda la ropa del ejército. La M venía de modelo (en alemán) y el 36, del año en que se había empezado a producir. Posteriormente hubo también un modelo 40 y 42. Además, los uniformes se fabricaban en lana para el clima europeo y en HPT (un tejido a base de algodón) para climas tropicales en los que el calor fuera más fuerte –África, Grecia etc.-», explica a este diario Javier Bosch Martínez (regente de «La Garita Militaria», una tienda especializada en coleccionismo militar ubicada en Barcelona).

Guerrera

«La guerrera tenía cuatro bolsillos y contaba con carterilla (un fuelle para dar más amplitud a la prenda). También era característica porque tenía solapas apuntadas para los bolsillos que se cerraban con botones. El color era llamado “Feldgrau”, que es un gris-verde o gris campo. El color del cuello era verde esmeralda y las hombreras también. Con el paso de los años se dejó de usar el cuello verde esmeralda por la tropa. En el caso de los oficiales, como eran tan remilgados, lo siguieron utilizando como una forma de distinción. Se abrochaba mediante cinco botones de un color similar», explica el miembro de la «Asociación albaceteña de recreación histórica».

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Uniforme M-36 (a la derecha) Asociación CULTURAL albaceteña de recreación histórica

Sobre el bolsillo derecho, y por encima de la solapa, se colocaba el emblema nacional (un águila con las alas extendidas bajo la cual había una esvástica). Por su parte, los afortunados con alguna (o algunas) condecoraciones las ubicaban encima del izquierdo. Todas, salvo una: «La condecoración de segunda clase se colocaba en el segundo ojal de la guerrera empezando por arriba, es la única que no iba encima o alrededor del bolsillo». La graduación del militar se cosía en el antebrazo izquierdo, a media altura.

Con todo, Bosch añade que la importancia que tenían para los soldados las medallas hacía que algunos buscaran todo tipo de triquiñuelas para no llevarlas a la contienda: «Muchos soldados, cuando les concedían una medalla y la querían portar en el uniforme de campaña sin perderla, se cosían la cinta de la medalla en el uniforme quitando la parte metálica. De esta forma, Se sabía que habían sido merecedores de ellas sin peligro».

Pantalones, botas y prendas de cabeza

«Los pantalones eran rectos y no tenían ninguna forma (como por ejemplo los pantalones de montar, que eran bombachos). Otra característica es que las botas eran de media caña negras o amarronadas -que luego tenían que teñir en negro-. Eran las “Stiefel”, que traducido son “botas altas”. Posteriormente, y según avanzaba la guerra, las botas altas se sustituyeron por bajas que se acompañaban de polainas. Esto se hizo para ahorrar costes», determina el recreador histórico.

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Uniforme M-36 (a la izquierda) Asociación CULTURAL Albaceteña de recreación histórica

Finalmente, acompañando a este uniforme iba una gorra de plato (al menos, antes de la guerra). Ésta contaba en su parte frontal con el emblema nacional, además de hojas de roble y una bandera. El rango se distinguía por el cordón que portaban. Si era trenzado y de color plata, era de un oficial. Si era una tira de cuero negro, era de un suboficial o de tropa.

Otros uniformes complementarios

Al que acabamos de hacer referencia era el uniforme de combate, pero este no era el único que se podía hallar en el armario de un soldado alemán. «Este es el uniforme básico, de campaña. Luego estaba también el de diario (igual, pero el soldado iba sin equipo, sin trinchas y vestía un gorrillo) el de guardia (similar, pero se acompañaba de un abrigo sobre el cual se ponían las trinchas) y el de parada (era para desfilar y contaba con unas mangas rematadas con adornos). En este último se solían colgar las medallas», destaca el regente de la tienda barcelonesa.

Correajes y objetos de uso cotidiano

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Asociación CULTURAL Albaceteña de recreación histórica Miembro de la asociación, junto a un teléfono de campaña

Por encima del uniforme, el soldado alemán portaba sus pertrechos (los cuales solía usar en el día a día) mediante diferentes correas. Las principales eran el cinturón (o ceñidor) y las trinchas (tiras de cuero similares a los tirantes que eran utilizadas para enganchar diferentes elementos del equipo.

Cinturón

El elemento básico de los correajes era el cinturón. Éste era de cuero y contaba con una hebilla metálica sobre la que había impresa un águila imperial. «Llevaba también una leyenda que decía: “Dios está con nosotros”. Esta correa aguantaba parte del equipo e iba ubicada por encima de la chaqueta, sobre unos ojales a la altura de la cintura», determina Rodríguez.

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Diferentes correajes de un soldado alemán Asociación CULTURAL Albaceteña de recreación histórica

Del cinturón colgaban los portacargadores o portamuniciónes,, seis pequeñas cartucheras de cuero en las que se guardaban las balas. «Si el soldado estaba armado con un fusil llevaba los portamuniciones, que eran más pequeños y albergaban los peines de cinco balas. Si por el contrario iba armado con un fusil ametrallador o subfusil, llevaba los portacargadores. En cualquier caso había dos grupos de tres en cada lado del cinturón. Los portamuniciones admitían dos peines, lo que permitía llevar doce en total. Los portacargadores sólo uno por cartuchera», añade el recreador.

No sucedía lo mismo con aquellos que portaban las ametralladoras pesadas. Y es que, en este caso llevaban un portacargador grande de cuero que albergaba los útiles de limpieza del arma. Aquel soldado que acompañaba al tirador para darle balas (el amunicionador) llevaba hasta cuatro cajas de munición cargadas a la espalda (cada una, aproximadamente, de 10 kilogramos de peso).

Trinchas

Las trinchas, como ya hemos comentado, eran una especie de tirantes en forma de Y que se abrochaban al cinturón. De ellos se colgaban los siguientes objetos:

1-Mochila.

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Equipo de un soldado alemán Asociación cultural albaceteña de recreación histórica

2-La «A de combate» o «Trapecio de asalto». «Era una estructura en forma de A que iba sujeta a las trinchas. De ella se colgaban la marmita que se usaba para comer, el poncho o “zeltbahn” para protegerse de la lluvia y una mochila blanda que se podía llevar enrollada o desplegada», añade Rodríguez. Curiosamente, los soldados solían juntar tres de estas prendas impermeables para hacer una tienda de campaña.

3-«En la parte frontal llevaban también un paquete con una capa química», añade, en este caso, Bosch.

Otros útiles

A su vez, el soldado portaba en la parte posterior de las trinchas y el cinturón lo siguiente:

1-Una pala de tres kilos de peso.

2-Una panera. Era un trozo de tela en el que se metía desde carne seca, hasta comida enlatada. Cuando estaba vacía, se solía cargar con la marmita.

3-La cantimplora. La clásica con el cacillo grande. Sujeta con una correa de cuero.

4-La bayoneta en un costado. Dependiendo de si el soldado era zurdo o diestro iba en su correspondiente lado (a la inversa)

5-La máscara antigás con su bote (portamáscaras). «La máscara antigás iba dentro de un tubo cilíndrico de metal con una apertura superior. Arriba llevaba una especie de cajón para portar las lentes de recambio. En la parte inferior contaba con un muelle con un trapo enganchado para limpiar los cristales. La máscara, como tal, era de goma y tenía un filtro metálico con carbón en el interior», completa, en este caso, el regente de «La Garita Militaria».

6-Casco. «El casco que se usaba en esta época era el M35. Era un casco metálico con visera que se ajustaba muy bien a la cabeza. Lo hacía, de hecho, mejor que otros como el americano. Contaba con un ala alrededor que, a su vez, tenía un reborde hecho del mismo material hacia dentro para evitar cortes. Pesaba aproximadamente kilo y medio y tenía el interior de cuero. Se ataba, finalmente, a la altura del cuello», completa Rodríguez.

El color del casco era algo diferente al del resto del uniforme, lo que le hacía destacar sobre el resto. «El tono del casco M-35 era verde manzana. Era el único casco que, curiosamente, llevaba “doble calca”, es decir, que tenía en un lado un escudo con los colores de bandera de Alemania (negro, blanco y rojo) y, en el otro, el águila con la esvástica», completa Bosch.

Las armas básicas del soldado alemán

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WIKIMEDIA Varios soldados, armados con granadas y fusiles Kar 98 K

Las armas básicas del soldado alemán eran principalmente cuatro (algunas de ells, diseñadas al final de la contienda)

Kar 98 K

El fusil «Mauser Karabiner 98 Kurz» fue el arma más famosa del ejército alemán durante toda la Segunda Guerra Mundial. También fue el fusil de cerrojo (es decir, que se carga manualmente mediante una mecanismo) básico de la «Wehrmacht». Contaba con una recámara que podía albergar hasta cinco cartuchos y era famoso por su precisión. No obstante, su lenta velocidad de recarga hacía que no fuera el arma idónea para enfrentarse a un enemigo con un fusil ametrallador (al menos en las distancias cortas).

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Kar 98 K, modelo de francotirador WIKIMEDIA

«El modelo K es una evolución de un fusil de la Primera Guerra Mundial, pero modificado para que fuera más corto. La traducción de su nombre es “carabina reglamentaria Modelo 98”. Era muy eficiente y preciso, pero poco funcional para la guerra moderna por su lentitud. La mayoría de los francotiradores usaban este fusil, pues los cañones del Kar 98 K tenían tanta precisión que no hubo que hacer especiales para tiradores de élite. Tenía un calibre de 7,92 mm, el mismo que otras tantas armas usadas por los alemanes (lo que lo hacía muy versátil y permitía reciclar su munición)», afirma Rodríguez.

MP40

La «Maschinenpistole 40» era otra de las armas básicas del soldado alemán. Era un subfusil con gran cadencia de fuego que disparaba hasta 600 balas por minuto, pero contaba a sus espaldas metálicas con una ingente cantidad de contratiempos.

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MP-40 WIKIMEDIA

«No era nada precisa. Además, entre sus problemas estaba que en Alemania hubo escasez de hierro durante la guerra y la punta de las balas se cambió por plomo. Este componente dañaba el estriado interior de esta arma y, por lo tanto, su precisión. Cuando disparaban 20 ráfagas se podía dar el caso de que, aunque apuntaran a la barriga del enemigo, el primer disparo fuera al pie y el segundo a la cabeza», destaca el recreador a ABC.

La MP-40 estaba basada en el diseño de una versión anterior, la MP-38, un arma que -como señala Rodríguez-, fue sustituida para abaratar costes. «La MP40 daba mucha capacidad de fuego y gastaba mucha munición, cosa que al ejército no le gusta demasiado. Tenía cartuchos de 9 mm parabellum, que eran más económicos. Parecía que se abarataban costes, pero al final se aumentaban por la cantidad de disparos que tenían que hacer para dar en el blanco», finaliza el experto.

G-43

El «Gewehr 43» fue una auténtica revolución dentro de las armas alemanas, ya que ofrecía una precisión similar a la del Kar 98 K, pero no era necesario accionar manualmente una palanca por cada disparo.

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G43 WIKIMEDIA

«Era un fusil muy bueno, daba una gran potencia de fuego por ser semi automático. El cargador era de 10 disparos. Se podía amunicionar con peines, con lo que era más fácil de cargar. Era mucho más rápido de disparar y cargar, pero se hicieron pocas unidades», añade Rodríguez.

STG-44

La «Maschinenpistole 44» fue un arma revolucionaria para la época. Considerado por muchos como la precursora de los fusiles de asalto modernos, destacaba porque podía disparar en tiro automático y semiautomático. A su vez, tenía una gran potencia de fuego y un considerable alcance (aunque no tanto como el Kar).

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STG-44 ARCHIVO

«Con él se podía luchar en campo abierto, no como con la MP-40, que era imposible. Se probó por primera vez en Rusia y su uso fue determinante. Después de la guerra, de hecho, se siguió utilizando en los países del Este», añade el recreador.

Armas cortas y de apoyo

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Asociación Cultural albaceteña de recreación histórica Diferentes soldados precedidos de un combatiente armado con una ametralladora pesada

En pistolas destacaban la Luger y la Walther. En armas pesadas, la MG34 y MG42.

Pistolas

1-Luger P08. Fue el arma de dotación para los suboficiales alemanes. A día de hoy, su característico cañón en forma de tubo le ha granjeado fama mundial. Al igual que tantas otras, contaba con un calibre de 9 mm. «A los oficiales les gustaba mucho (sobre todo a los oficiales de la «Waffen SS»). Pero era más estética que útil. Era del año 1908, por lo que cuando comenzó la guerra era un arma antigua. Además era muy cara de fabricar debido a que sus piezas eran mecanizadas. En el campo de tiro era preciosa, pero su fiabilidad era mala», destaca Rodríguez. Fue sustituida por la P38, un arma que cargaba más munición y era más fiable.

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Luger P-08 WIKIMEDIA

2-Walther PPK. La «Polizeipistole Kriminalmodel» era el arma tipo de un oficial. Tenía un calibre de 7,65 o 8 mm y, curiosamente, poca capacidad en el cargador. Pequeña y fácil de esconder, terminó haciéndose famosa gracias a las películas de James Bond (pues era portada por el protagonista).

Armas de apoyo

1-MG34. La «Maschinengewehr 34» fue toda una revolución para la infantería alemana de la Segunda Guerra Mundial, pues permitió a los soldados disponer de una ametralladora que podía ser utilizada tanto para apoyar unidades de forma ligera, como para ofrecer fuego apoyada desde un trípode o un bípode. Con un peso de más de 10 kilos, destacaba por ser relativamente ligera para la época (a pesar de que, en la actualidad, sería un armatoste difícil de portar).

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MG-34, portada por un soldado alemán WIKIMEDIA

«Cuando los demás ejércitos tenían todavía armas de la Primera Guerra Mundial como las Maxim soviéticas, que estaban algo obsoletas, Alemania revolucionó la guerra con estas ametralladoras. Disparaba entre 800 y 1.000 cartuchos por minuto dependiendo del cañón. Aquello era una pared de proyectiles arrolladora. El problema radicó en que era cara y no había muchas unidades en un principio. Como era tan costosa de fabricar, en el año 42 un policía creó la MG42, más económica», destaca Rodríguez.

2-MG42. La «Maschinengewehr 42» fue conocida como la «segadora» del ejército nazi. Nació como una evolución de la MG-34 debido a su alto coste de producción y, como demostró en múltiples casos, significó todo un avance con respecto a su antecesora. Y es que, disparaba nada menos que de 1.200 a 1.800 cartuchos por minuto. Toda una muralla de munición ante la que los soldados aliados poco podían hacer. Con todo, y como ninguna arma es perfecta, el alto número de disparos que hacía provocaba que su cañón se recalentara e, incluso, que su munición de 7,92 mm Mauser se acabara con celeridad.

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MG42 WIKIMEDIA

«Era algo increíble. Estaba hecha en chapa estampada, sus costes eran menores y pesaba menos que la MG-34. Además era más versátil porque se podía usar como arma ligera o pesada e, incluso, como arma antiaérea. Se podía municionar con cintas o tambores y usaba el mismo calibre que el Kar 98 K, lo que lo hacía todo más versátil. Pesaba 10 kilos aproximadamente», destaca el recreador español.

 

Dentro de los restos oxidados de los trenes nazis de Auschwitz


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  • El fotógrafo Mathew Growcoot cree haber encontrado los despojos de los ferrocarriles que transportaron a cientos de miles de judíos hasta las cámaras de gas

Durante años fueron el terror de los enemigos de Adolf Hitler, pues entrar en sus vagones significaba partir hacia una muerte segura en el campo de exterminio de Auschwitz (ubicado en Polonia). Sin embargo, de los que en su día fueron los trenes usados por los nazis para transportar a miles de judíos hasta las cámara de gas, hoy ya solo quedan despojos oxidados y abandonados en una vieja estación de Hungría.

Al menos, así lo cree el fotógrafo británico Mathew Growcoot quien, tras investigar el paradero de los conocidos como «trenes de la muerte», afirma haberlos hallado en un taller de reparación de maquinaria ferroviaria que abrió sus puertas en el año 1900 y ha sido testigo de más de 80 años de Historia ferroviaria húngara.

Enlace: Auschwitz, el campo de exterminio que enorgullecía al nazismo

El lugar en cuestión es conocido como Istvántelek, está ubicado al norte de Budapest y forma parte de un complejo mucho más grande utilizado por el ferrocarril del país. Al parecer, esta parte olvidada y descuidada de la estación no era desconocida, pero –hasta ahora- nadie se había percatado de que las convoys que albergaba en su interior eran idénticos a los utilizados por los nazis hace más de 60 años.

Según publica la versión digital del diario «Daily Mail» -donde se ha hecho hincapié en que aún no se ha corroborado su procedencia, aunque son exactamente iguales- los grandes vagones se encuentran hoy en día abandonados y en pleno estado de descomposición.

Dentro de los restos oxidados de los trenes nazis de Auschwitz

DAILY MAIL

A su vez, y siempre según Growcoot, los vagones en los que un día se apelotonaron más de 440.000 judíos húngaros (algunos historiadores elevan la cifra a muchísimos más) se encuentran bajo una estructura maltratada por el paso del tiempo. «El techo se cae a pedazos, aunque, que el sol lo atraviese, le da un aire dramático perfecto».

Por otro lado, el fotógrafo también ha expresado su sorpresa tras encontrar lo que puede ser todo un tesoro histórico: «Había leído sobre los vagones que habían sido utilizados por los nazis, y algunos de ellos son iguales a los que se pueden ver en las fotografías tomadas en Auschwitz… Fue impactante pensar en los horrores que pudieron haber tenido lugar en los vagones que estaba fotografiando».

Puedes ver el resto de fotografías pinchando aquí

Dentro de los restos oxidados de los trenes nazis de Auschwitz

Metanfetamina, el arma secreta de los soldados nazis durante la Segunda Guerra Mundial


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  • Esta sustancia fue empleada por los soldados de Hitler debido a que les permitía estar despiertos durante muchas horas
Metanfetamina, el arma secreta de los soldados nazis durante la Segunda Guerra Mundial

ORLANDO | En la Segunda Guerra mundial esta droga permitía a los soldados mantenerse despiertos 48 horas seguidas

Con este artículo me acabo de enterar que no sólo Walter Write (Breaking Bad) vivía de la Metaanfetamina, jejeje

No han pasado ni dos días desde que un coleccionista hizo público que había hallado unos informes que afirmaban que Hitler tomaba regularmente metanfetamina. Al parecer, esta sustancia le era recetada por uno de sus médicos, el cual consideraba que le podía ayudar a mantener la atención durante las interminables horas que pasaba tras una mesa organizando su particular Tercer Reich. Sin embargo, el Führer no era el único que la consumía pues, en aquella época, era muy utilizada por los soldados nazis, pues lograba mantenerles despiertos durante horas yestar siempre alerta.

A pesar de que parece un invento relativamente moderno, la metanfetamina cuenta ya con casi un siglo de vida. Creada en 1919 en Japón usando como base la anfetamina, esta droga fue ampliamente utilizada en la Segunda Guerra Mundial. Por entonces, las interminables horas de guardia y las defensas a ultranza de las trincheras a cualquier hora provocaban un cansancio extremo en los combatientes. En base a ello, muchos países consideraron necesario darles un pequeño «empujoncito» para que pudieran mantener los ojos abiertos durante más tiempo.

Entre las naciones que más repartieron la sustancia entre sus militares destacaron Alemania (a pesar de las quejas de multitud de oficiales nazis) y Japón (el país que la vio nacer), donde no era raro que los kamikazes la ingirieran o se la inyectaran en grandes dosis con el objetivo de acudir eufóricos a morir por su país. Posteriormente, y tras la contienda, esta droga fue puesta al alcance del público y comercializada en forma de medicamento. «La droga se usó en descongestionantes nasales e inhaladores bronquiales», explica el «National Institute on Drug Abuse» (NIDA).

Metanfetamina, el arma secreta de los soldados nazis durante la Segunda Guerra Mundial

Hitler pasa revista a sus tropas

A su vez, y con el paso de los años, el desconocimiento de sus posibles efectos secundarios a largo plazo provocó que fuera utilizada en la década de los 60 por muchos médicos y dietistas. «Hace 50 años los derivados de las anfetaminas y la metanfetamina eran recetados por los médicos para hacer adelgazar a sus pacientes durante las dietas, ya que reducía el apetito. Lo utilizaban por entonces sobre todo las señoras. Pero, al final, se vio lo dañinos que eran» explica, en declaraciones a ABC, Emiliano Corrales -director de la clínica Cazorla (especializada en salud mental y en todo tipo de adicciones) desde hace 30 años y responsable de la unidad de conductas adictivas del hospital Vega Baja-.

¿Qué es y por qué la usaban los soldados?

Pero ¿Qué es la metanfetamina? Conocida en la actualidad como «meth», «hielo» o «speed», puede definirse como una droga estimulante y adictiva. «La metanfetamina afecta el sistema nervioso central. Es un polvo blanco, cristalino, sin olor, y con sabor amargo que se disuelve fácilmente en agua o licor», completa el «National Institute on Drug Abuse». De la misma opinión es el «Servicio de Drogodependencia y otras adicciones de la Rioja» que, en su sitio Web explica que se presenta en polvo y se consume a través de la nariz.

En cuanto a su uso, la metanfetamina se ha hecho famosa es por su efecto estimulante, ya que produce, entre otras cosas, una disminución radical del cansancio -algo esencial para los soldados que, en medio de la Segunda Guerra Mundial, sabían que mantenerse despiertos podía significar la diferencia entre vivir o morir-. «Es muy común que esta sustancia produzca insomnio y falta de apetito mientras se consume. Es una droga que, en cierto modo, pudo ser muy útil durante aquellos años, pues permitía a los combatientes estar con los ojos abiertos durante muchas horas seguidas (hasta 48) y, después, irse a descansar», completa el experto español a este diario.

Unos riesgos demasiado altos

El problema que tenía esta sustancia para los oficiales nazis era que, a pesar de que tenía efectos muy útiles durante los extensos combates que se vivían en Europa, también producían todo tipo de consecuencia negativas. «Para empezar la metanfetamina provocan alteraciones nerviosas. Es decir, que la persona esté constantemente alerta, en tensión. También existe el riesgo de que una persona sufra un brote psicótico tras tomarla, aunque estos se producen normalmente a largo plazo y cuando el consumo es constante», sentencia Emiliano Corrales.

A su vez, tampoco gustaban demasiado a los responsables militares debido a que podían producir alucinaciones en los combatientes. «En personas jóvenes, de 18 años, pueden provocar trastornos severos que se pueden materializar de diferentes maneras. La primera es con alucinaciones visuales (en el caso de los soldados en la Segunda Guerra Mundial, ver por ejemplo a un enemigo que no estaba allí). Por otro lado, también están las alucinaciones auditivas internas (oír, por ejemplo, una voz en tu cabeza que te dice que mates a tu teniente) o externas (escuchar a alguien a tu alrededor, pero mirar y no ver nada», añade el experto español.

Los soldados, a su vez, podían sufrir delirios, como bien explica el director de la clínica a este diario: «Los delirios son más frecuentes. Se producen cuando alguien hace una interpretación errónea a algún estimulo externo. Si, por ejemplo, alguien te mira en medio de la calle, tú puedes pensar que puede que te conozca de algo. Alguien con delirios puede considerar que está planeando hacerle algo malo y actuará, por ello en consecuencia. En ese caso, no sería raro que un soldado disparara contra sus propios compañeros»

Los otros efectos

A corto plazo, además, la metanfetamina aumenta la sudoración de aquel que la haya consumido, genera vértigos y temblores e, incluso, agresividad e irritabilidad. Además, puede llevar a problema todavía más serios: «También puede causar una variedad de problemas cardiovasculares, incluyendo un aumento en la frecuencia cardiaca, latido irregular del corazón y elevación de la presión arterial. Una sobredosis de la droga puede elevar la temperatura del cuerpo a niveles peligrosos (hipertermia) y producir convulsiones, que si no se tratan inmediatamente pueden resultar fatales», completa el «National Institute on Drug Abuse».

Por otro lado, si el abuso de la metanfetamina es constante, se puede desarrollar una tolerancia a ella. Esto lleva al cuerpo a acostumbrarse a sus efectos y a necesitar una cantidad mayor para sentir las sensaciones a corto plazo que, anteriormente, se conseguían con una dosis pequeña. «Con el fin de intensificar los efectos deseados, los abusadores pueden tomar dosis más altas de la droga, consumirla con más frecuencia o cambiar el método de administración. El síndrome de abstinencia ocurre cuando el abusador crónico deja de usar la droga y entre sus síntomas están la depresión, la ansiedad, el agotamiento y un deseo vehemente por la droga (“craving”)», finaliza el NIDA.

El tratamiento psicológico de las adicciones

Los asesinos silenciosos de Hitler: así dominaron las aguas los submarinos nazis en la II GM


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  • Hemeroteca / La historia de las «Manadas de lobos» (I)
  • En 1939 y hasta 1941, los «U-Boote» alemanes iniciaron un bloqueo contra Inglaterra que llevó al fondo del mar a miles de buques aliados
Los asesinos silenciosos de Hitler: así dominaron las aguas los submarinos nazis en la II GM

FLICKR | Representación de un «U-Boot» en combate

Septiembre de 1939. La fría noche ciega a los tripulantes de un carguero británico. Sus luces están apagadas y navega en zigzag para evitar los posibles ataques enemigos. De repente, una estela corta el mar en línea recta minutos antes de que el capitán del buque ordene, en medio de un griterío generalizo, virar a estribor. «¡Torpedo!». Pero ya es tarde y, antes de que el pesado navío pueda girar, el explosivo impacta en su popa. Es otra víctima de los «U-Boote» nazis, los sumergibles de Hitler que, durante la Segunda Guerra Mundial, trataron de bloquear la llegada de suministros a Inglaterra enviando a cientos de mercantes al fondo del mar a costa de 28.000 marineros alemanes.

Corría por entonces una época convulsa para Europa, pues Adolf Hitler acababa de iniciar la Segunda Guerra Mundial atravesando la frontera de Polonia con sus unidades mecanizadas. Sin embargo, a la vez que soldados y más soldados alzaban la bandera del «Führer» en tierras centroeuropeas, había también una serie de «cascarones» metálicos que se dirigían a toda máquina hacia el Mar del Norte (entre Dinamarca y Gran Bretaña) portando la esvástica bajo las aguas. Eran los «U-boote», los submarinos alemanes que dieron el pistoletazo de salida a la llamada «Batalla del Atlántico», una contienda que no terminaría hasta 1945.

Los inicios del «U-Boot»

Para entender la «Batalla del Atlántico» es necesario retroceder en el tiempo hasta 1919, año en que Alemania, derrotada en la Primera Guerra Mundial, tuvo que bajarse los pantalones ante las potencias vencedoras y firmar el «Tratado de Versalles», un pacto que la señalaba como la principal culpable de iniciar la guerra. Pero la responsabilidad moral no era la única que pesó sobre el país germano, sino que se vio obligado a abrir la bolsa y pagar a los aliados las llamadas «reparaciones de guerra», una considerable cantidad de dinero en compensación por los daños sufridos.

A su vez, entre los más de 400 artículos del tratado, había varios que se acordaban de la marina alemana, una de las más grandes durante la Primera Guerra Mundial y cuya reducción podía evitar decenas de futuras bofetadas a los aliados en caso de iniciarse una contienda. «Por el Tratado de Versalles, se la condenaba a no disponer de otra cosa que una flota tan reducida como inútil. Sólo se le autorizaron unos efectivos máximos de 15.000 hombres. El material flotante sólo podía estar compuesto por seis antiguos y pequeños acorazados, otros tantos cruceros, doce destructores y algunos buques auxiliares. ¡Ni un solo submarino!» explica el historiador español Luis de Sierra en su obra «La guerra naval en el Atlántico». Y es que, los sumergibles alemanes habían destruido casi 7.000 navíos desde 1915 obteniendo una gran reputación.

Los asesinos silenciosos de Hitler: así dominaron las aguas los submarinos nazis en la II GM

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Karl Dönitz

Por el contrario, Alemania no tardó en acabar hasta el chambergo de lo firmado en Versalles y terminó tomándose la justicia por su mano. Así, en 1922 inició un programa secreto para desarrollar nuevos submarinos y, poco después, creó la «Escuela de guerra antisubmarina» -cuya finalidad era entrenar discretamente a las tripulaciones alemanas para dominar los mares y océanos si se sucedía cualquier conflicto-. La llegada de Hitler en 1935 puso la piedra definitiva para la creación de una gran flota de sumergibles, pues logró que la «Kriegsmarine» (la «Marina de guerra» del país) recibiera el «sí» internacional para construir una armada mayor.

Craso error por parte del Reino Unido, pues, sin saberlo, acababa de dar rienda suelta a la fabricación de submarinos por parte de los nazis, unas máquinas que iban a provocar en un futuro no muy lejano más de un calentamiento de cabeza a Inglaterra. Después de obtener la luz verde, Hitler (asesino, pero no tonto) inició la construcción de los llamados «U-boot» (la abreviatura de «Unterseeboot» o, en español, «nave submarina»), pues sabía que, en caso de entrar en guerra, sería vital estrangular la economía de enemigos potenciales como Inglaterra a través del mar. Posteriormente, estos navíos se pusieron al mando de Karl Dönitz, un antiguo capitán de submarino que, durante la Primera Guerra Mundial, había repartido más de un mandoble entre las armadas aliadas.

Estrangularles hasta morir

El 1 de septiembre de 1939, cuando la «Kriegsmarine» aún no había logrado poner en funcionamiento más de una treintena de sumergibles, Hitler se calzó las botas y ordenó el ataque sobre Polonia. Acababa de comenzar la Segunda Guerra Mundial. Casi de forma paralela (apenas tres días después), el Reino Unido se declaró hostil al nazismo. Mala noticia para las fuerzas navales alemanas, pues, como informaron oficiales como Dönitz, hubiera hecho falta más tiempo para construir un mayor número de «U-Boote». Pero la batalla no esperó a nadie y la naviera nazi se enfrentaría ahora a la armada más grande del mundo: la «Royal Navy».

«Al comienzo de las hostilidades, el 1 de septiembre de 1939, Dönitz contaba con un total de 57 submarinos, pero sólo 27 tenían capacidad oceánica. Sus pretensiones iniciales habían sido de 300 unidades, que él consideraba necesarias para estrangular a Gran Bretaña. Realmente, sólo un tercio de las unidades disponibles podría estar operativa a la vez, pues otro tercio estaría yendo o volviendo del teatro de operaciones y el tercio restante realizando misiones de adiestramiento o reparaciones. Por ello, al comienzo de la guerra, apenas siete u ocho unidades estaban en funcionamiento», explica en declaraciones a ABC Juan Vázquez García, autor de «U-Boote. La leyenda de los “Lobos grises”».

Superados ante la imponente flota británica, los altos mandos de la «Kriegsmarine» sólo vieron una salida: no combatir contra la armada enemiga y atacar únicamente a los mercantes ingleses que viajaban hasta América para buscar provisiones. «No quedaba, pues, otra alternativa que atacar el tráfico enemigo (…) llevando la guerra al Atlántico y tratando de yugular allí un tráfico sin el cual Gran Bretaña se vería muy pronto reducida a la impotencia, no solo por falta de combustible líquido para mover sus mercantes y sus aviones, pues ni un solo litro de combustible se extraía en las Islas Británicas, sino por hambre, pues Inglaterra no producía en esos momentos ni el 20% de lo que su población necesitaba consumir», destaca Sierra.

Así pues, desde Alemania partieron regularmente los escasos «U-Boote» existentes con la intención de cañonear hasta hartarse a los mercantes británicos que viajaban hacia las Américas. Sin embargo, y como bien explica Vázquez a ABC, en los primeros años tuvieron una capacidad operativa escasa: «Al principio el bloqueo era más nominal que otro cosa porque no había sumergibles suficientes para llevarlo a cabo». Por ello, en los primeros años de la guerra los submarinos nazis únicamente atacaron cuando sabían que podían enviar a su presa fácilmente al fondo de las gélidas aguas.

La caza a bordo de un «U-Boot»

El inicio de la guerra fue la prueba de fuego para los capitanes de los «U-Boote», los cuales fueron pioneros en descubrir y tratar de solucionar las dificultades de combatir a bordo de un sumergible durante la Segunda Guerra Mundial. Unas de las limitaciones más acusadas eran las técnicas, ya que obligaban a los oficiales alemanes a mantener el submarino en la superficie durante casi toda la misión –algo que «Hollywood» ha distorsionado a lo largo de los años-.

«Realmente, un submarino de esa época estaba casi siembre en la superficie, de hecho, es más correcto llamarles sumergibles, porque sólo se sumergían de manera muy puntual. Para empezar, solo podían estar un tiempo limitado bajo el agua porque las reservas de aire eran limitadas. En segundo lugar, cuando no estaban en la superficie únicamente podían detectar enemigos a través del sonar pasivo y del hidrófono, lo que provocaba que el submarino estuviese casi ciego. Era totalmente diferente a lo que sucede en un submarino actual», explica Vázquez.

A su vez, no podían permanecer bajo el mar durante mucho tiempo debido a dificultades de propulsión. «Llevaban dos motores, uno diesel para cuando estaban en la superficie, y otro eléctrico que se alimentaba mediante baterías para cuando estaban sumergidos. Estos se recargaban fuera del agua, lo que limitaba su autonomía. Además, sumergidos sólo podían avanzar a 8 o 9 nudos como máximo, lo que correspondía a unos 3 o 4 nudos de velocidad media, es decir, muy lentamente», completa el experto español.

Por ello, los «U-Boote» solían perseguir a sus presas durante el día para «cazarlas» durante la noche. Concretamente, procuraban mantenerse al acecho y –en algunos casos- se sumergían para no ser detectados. Luego, salían a cielo abierto para dar de torpedazos a su enemigo. «Atacaban de noche y en superficie debido a que ofrecían un barco muy pequeño y podían navegar a una velocidad media de entre 17 y 18 nudos, casi lo mismo que un buque de escolta», añade el autor de «U-Boote. La leyenda de los “Lobos grises”».

En contra de lo que puede aparecer en las películas norteamericanas, los «U-Boote» tenían además muchas dificultades para encontrar objetivos incluso cuando se encontraban fuera del agua. Y es que, para hallar a los británicos solían necesitar el apoyo de aviones la fuerza aérea nazi («Luftwaffe») que realizaran labores de exploración, algo que no gustaba demasiado a Göring, jefe del ejército del aire alemán.

«Los submarinos alemanes tenían muchas limitaciones. Necesitaban que la aviación explorara los alrededores para informarles de los buques a los que podían atacar. Muchas veces no podían atraparles debido a que se encontraban, por ejemplo, a una distancia de 200 millas y cuando llegaban, después de 12 horas navegando, los enemigos ya se habían marchado. Además, cuando no estaban sumergidos también les costaba encontrar blancos. Si el mar estaba en calma, podían divisar un barco a 10 millas como máximo, pero si había oleaje la visibilidad se reducía hasta las 3 millas. Si hacía mal tiempo se quedaban casi ciegos y no podían avistar nada a menos de 500 metros. No era raro, en esos casos, que un buque pasara cerca suyo y no lo vieran», completa el experto español.

A pesar de todo, lo cierto es que los «U-Boote» se destacaron como una arma temible al haber logrado hundir a finales de 1939 más de 500 mercantes enemigos –lo que suponía un total de dos millones de tonelada de pesos-. Por su parte, y ante la dificultad de defender sus buques comerciales de los asesinos silenciosos de Hitler, los ingleses empezaron a instaurar el denominado «sistema de convoyes», mediante el cual varios navíos militares escoltaban a un gran número de barcos que carecían de armamento.

La llegada de las «Manadas de lobos» y los tiempos felices

El paso de los años trajo consigo buenas noticias para el líder de los «U-Boote» Karl Dönitz, quien vio aumentados sus efectivos en los primeros meses de 1940. A su vez, los nazis dieron un empujón a su guerra submarina gracias a la toma de Noruega y Francia, regiones más cercanas a Inglaterra y donde se construyeron bases acorazadas para que los sumergibles tuvieran una mayor autonomía. La situación pintaba, por entonces, muy bien para los hombres de la esvástica.

Los asesinos silenciosos de Hitler: así dominaron las aguas los submarinos nazis en la II GM

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Submarino nazi

La llegada de esta nueva remesa de «U-Boote» permitió a Dönitz mejorar su estrategia de ataque contra los mercantes británicos creando las denominadas «Manadas de lobos». «El indudable éxito alcanzado por los sumergibles alemanes que atacaban a los convoyes aliados en superficie y durante la noche decidieron (…) al contralmirante Karl Dönitz a introducir en marzo de 1940 la táctica de ataque en grupo (…) que pronto sería conocida como la táctica de la “Manada de lobos”. Esquemáticamente consistía en lo siguiente: Toda la inteligencia referente a los convoyes aliados en el Atlántico Norte (…) se centralizaba (…). Tras estudiar la información, se daban órdenes por radio al jefe de la flotilla de submarinos más próxima (a algún) convoy factible de ser atacado. Dicho jefe transmitía sus órdenes a sus unidades que, cuando estuvieran concentradas en las proximidades del convoy, caerían sobre éste durante la noche y en superficie», destaca, en este caso, Sierra.

Esta forma de combatir trajo consigo multitud de victoria para los nazis. «A pesar de los reducidos efectivos alemanes disponibles, esta táctica tuvo (…) un éxito enorme –por ejemplo, en las noches comprendidas entre el 17 y el 19 de octubre de 1940, los seis submarinos británicos que atacaron al convoy británico “SC7” le hundieron sin pérdidas propias, 17 barcos; dos noches después, el “HX79” perdería, por el mismo sistema, 14 barcos», finaliza, nuevamente, el escritor. Tan buena era la situación que esta primera parte de la guerra fue conocida por los nazis como «el tiempo feliz»- Y es que, a finales de 1940 los «U-Boote» habían logrado hundir casi cuatro millones de toneladas de navíos enemigos. Toda cambiaría un año después con la entrada de EE.UU. en la guerra pero eso, como se suele decir, es otra historia.

La difícil vida en un submarino nazi

«Bestias nazis», los verdugos más sádicos del Tercer Reich


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  • Jesús Hernández rememora en su nuevo libro las espeluznantes actividades de cinco de los sirvientes más sanguinarios del Führer

Amon Göth prepara su rifle para disparar sobre los prisioneros

Sadismo, crueldad, y, sobre todo, una frialdad imposible de entender. Sin duda, estos son los atributos que asaltan la mente cuando se piensa en los soldados que, a las órdenes de Hitler, jugaron con la vida de cientos de miles de personas durante la II Guerra Mundial. Sin embargo, se quedan cortos a la hora de definir a insignes nazis como Amon Göth –un capitán de las SS que practicaba puntería a diario con los prisioneros del campo de concentración que dirigía- o Ilse Koch –acusada de fabricar lámparas con la piel de decenas de judíos-. Si algo ha demostrado la Historia, es que la brutalidad del ser humano puede ser infinita.

A lo largo del tiempo se han ido diluyendo los crueles actos de infamia protagonizados por varios de estos alemanes que, sintiéndose privilegiados por portar la calavera de las SS, daban rienda suelta a sus más sádicas fantasías. Pero, en un intento de luchar contra este olvido, el historiador y periodista Jesús Hernández acaba de publicar «Bestias nazis. Los verdugos de las SS» (editado por «Melusina»), una excelente obra en la que narra, entre otras cosas, las crueles prácticas llevadas a cabo por cinco de los oficiales más sanguinarios de Hitler durante el Holocausto.

Así pues, Hernández nos transporta a un mundo -el de los campos de concentración- en el que la vida de un prisionero valía menos que la de un animal de compañía, y en donde, por muy extraño que parezca, la muerte no era el peor de los destinos. Y es que en estos recintos acechaban desde temibles seres enfundados en uniformes que gozaban torturando durante semanas -y hasta el último aliento de vida- a los cautivos hasta, incluso, extravagantes doctores nazis que practicaban inconcebibles y mortales experimentos en personas vivas.

Tres señores de la muerte

Uno de los primeros señores de la muerte que plasma Hernández en «Bestias nazis. Los verdugos de las SS» es Amon Göth, el popular comandante del campo de concentración de Plaszow (ubicado en Polonia) que fue retratado por Spielberg en la película «La lista de Schindler». Este cruel oficial vino al mundo en 1.908 y, con apenas 23 años –tan sólo 5 después de unirse a los nazis- se convirtió en miembro de las SS.

Göth no tuvo que esperar mucho para poder demostrar su crueldad, de hecho, una de sus primeras oportunidades le llegó cuando tenía poco más de treinta años y recibió la orden de destruir el barrio judío que los alemanes habían creado en Cracovia. Así, corría 1.943 cuando acabó en plena calle, y junto a sus hombres, con la vida de más de 2.000 personas en tan sólo dos días y envió a campos de concentración y exterminio a otras 10.000.

«”Bestias nazis” narra la vida de los nazis más crueles del III Reich»

Pero por lo que se haría desgraciadamente famoso este nazi sería por dirigir con puño de hierro el campo de concentración de Plaszow durante más de dos años. Ese breve periodo de tiempo le valió para ganarse el apodo de «El verdugo» pues, entre otras cosas, gozaba golpeando a mujeres hasta la muerte o asesinando, al azar, a diferentes reos sólo por diversión. A su vez, consiguió que su nombre quedara rubricado en las páginas de la Historia por practicar puntería con un rifle de francotirador indiscriminadamente sobre los cautivos del lugar.

Con todo, el autor también tiene tiempo, a lo largo de las 500 páginas que abarca su obra, para contar historias como la de Oskar Dirlewanger, el conocido con el sobrenombre del «Verdugo de Varsovia». «Nacido en la ciudad bávara de Wurzburgo en 1895, luchó en la Primera Guerra Mundial, siendo herido y condecorado. Tras la guerra, Dirlewanger se doctoró en Ciencias Políticas y en 1923 se afilió al partido nazi. Aunque trabajaba como maestro, su vida era muy desordenada; dado a la bebida y a los escándalos públicos, acabó condenado por violar a una menor en 1934, reincidiendo en cuanto salió en libertad. Sus contactos en las SS le rescataron y fue enviado a España, a luchar en la Legión Cóndor. En 1939 alcanzó una posición destacada en las SS, lo que le permitió continuar impunemente con sus tropelías», destaca Hernández en declaraciones a «ABC».

«En 1940 se le encargó la creación de un batallón formado por cazadores furtivos convictos. La unidad acabó aceptando delincuentes acusados de delitos graves. En 1941 fue empleada en Rusia para luchar contra los partisanos, en donde sus miembros pudieron dar rienda suelta a sus impulsos criminales. El batallón fue enviado a la región de la ciudad polaca de Lublin, convirtiéndola en escenario de saqueos, incendios, asesinatos, violaciones y atrocidades sin límite. Los hombres de Dirlewanger también serían empleados en la represión del levantamiento de Varsovia en 1944, cometiendo aún mayores excesos, como la irrupción en un hospital en donde los pacientes fueron acribillados en sus camas y las enfermeras violadas y asesinadas. Al acabar la guerra, Dirlewanger fue capturado por los franceses, quienes lo entregaron a unos soldados polacos para que se tomasen cumplida venganza. Al parecer, éstos le torturaron durante varios días, acabando con su vida en torno al 4 de junio de 1945», sentencia el experto.

Otro de los hombres a los que Hernández dedica un centenar de sus hojas es al sanguinario Josef Mengele, un cruel doctor nazi cuyos sádicos experimentos le convirtieron en el terror de los prisioneros del campo de concentración de Auschwitz. Este médico solía asesinar a parejas de gemelos de corta edad creyendo que, mediante sus cuerpos, podría descubrir el secreto de la clonación humana. A pesar de todo, Mengele no llegó a pagar por sus crímenes, pues murió en extrañas circunstancias tras escapar de las autoridades aliadas.

Dos ángeles del infierno

Sin embargo, la crueldad desmesurada que se ejercía contra los presos en los campos de concentración nazis no fue, ni mucho menos, una práctica exclusiva del género masculino. Así, es imposible no estremecerse ante los actos realizados por personajes como la bella Ilse Köhler (llamada la «Zorra de Buchenwald»).

Esta alemana llegó al mundo en 1.906 y, a una corta edad, quedó fascinada ante los hombres uniformados de las SS, por lo que no dudó en solicitar el carnet del NSDAP. De cabellos pelirrojos, ojos verdes y una extrema sensualidad, Ilse contrajo matrimonio a los 31 años con Karl Koch, comandante del, en ese momento, recién construido campo de concentración de Buchenwald. Por ello, la feliz pareja decidió, como era habitual, habitar una de las casas cercanas a la prisión.

«Karl Koch vertía asfalto fundido en el ano de los prisioneros judíos»

Una vez en el campo de concentración, Ilse gozaba dando largos paseos a lomos de su caballo y exhibiendo su sensualidad ante los presos. Sin embargo, no dudaba en acabar cruelmente con la vida de aquellos que alzaran la vista para mirarla. A su vez, fue acusada de asesinar y despellejar los cadáveres de cientos de presos para fabricar objetos cotidianos como libretas o pantallas para lámparas.

Con todo, la «Zorra de Buchenwald» no era el único ángel de la muerte que rondaba los campos teñidos con la sangre de los presos. «En el libro también explico la vida de Irma Grese, la “Bella Bestia”. Nacida en 1923, su infancia feliz se vio truncada por el suicidio de su madre y el distanciamiento con su padre. Tras abandonar los estudios, y trabajar en una granja y en una tienda, fue enfermera en un hospital de las SS, en donde se vio imbuida de la ideología nazi. De ahí pasó al campo de concentración de Ravensbrück como guardiana, siendo destinada después a Auschwitz-Birkenau», añade Hernández en «Bestias nazis. Los verdugos de las SS».

«Pese a su juventud, apenas 20 años, acumuló poder rápidamente, teniendo a su cargo más de treinta mil prisioneras. Con ellas cometería todo tipo de excesos, combinando violencia y un erotismo perverso. A las más jóvenes las azotaba en los pechos hasta descarnarlos, o bien las convertía en amantes suyas para enviarlas después a la cámara de gas. A las embarazadas les ataba las piernas juntas en el parto y asistía a su muerte, visiblemente excitada», destaca el autor.

Finalmente, las sanguinarias prácticas de Irma se encontraron con la justicia aliada una vez acabada la II Guerra Mundial. «En 1945 regresó a Ravensbrück y de ahí pasó al campo de Bergen-Belsen, siendo capturada por los británicos. Fue sometida a juicio, en donde se mostró como una nazi fanática. Su atractivo físico, que contrastaba con la fealdad de las otras guardianas acusadas, le llevó a ser bautizada por la prensa sensacionalista como la “Bella Bestia”. Grese eludió cualquier responsabilidad en los crímenes de los que se la acusaba y aseguró que se había limitado a cumplir con su obligación. Fue sentenciada a muerte y ejecutada en la horca el 13 de diciembre de 1945. Sus últimas palabras al verdugo fueron Schnell! (¡Rápido!)», sentencia el autor español.

«En ningún caso han de caer en el olvido las torturas cometidas por los nazis»

-¿Cuál de las historias le ha impactado más?
-Lo que más me ha impactado es la absoluta normalidad que presentaban cuatro de los cinco personajes protagonistas antes de adquirir responsabilidades por su adscripción al nazismo. Da escalofríos ver como personas normales, con ocupaciones normales, con un comportamiento normal, pasan a actuar con ese sadismo desmesurado, lo que arroja inquietantes interrogantes sobre la naturaleza humana. ¿Cuántas de las personas con las que nos cruzamos por la calle podrían convertirse en psicópatas si de pronto detentasen el poder absoluto sobre sus semejantes? Igual que una circunstancia concreta puede convertir a alguien en un héroe sin habérselo propuesto, también puede convertirlo en un demonio.
-En su libro narra todo tipo de atrocidades realizadas en los campos de concentración ¿Cree que las torturas nazis deben caer en el olvido?
-En ningún caso han de caer en el olvido las torturas cometidas por los nazis, lo que ha de servir para tener presentes los abusos inmanentes a cualquier régimen totalitario. Corremos el peligro de pensar que esos excesos son cosa del pasado, cuando están ocurriendo actualmente. Hay países con presencia en los organismos internacionales en los que los disidentes son encarcelados, o se decreta su muerte civil. No habrá campos de concentración como en la Alemania nazi, pero el principio es el mismo; quien no se somete al régimen, es expulsado de la sociedad. Las torturas son la expresión más terrible de ese aplastamiento del individuo por parte del Estado, pero hay muchas maneras de coaccionar y ahogar la libertad sin llegar a esos extremos, aunque igual de efectivas. Es fácil condenar el nazismo, cumpliéndose aquello de “a moro muerto, gran lanzada”, pero es más difícil condenar esos abusos hoy día, cuando intervienen sobre todo intereses económicos, lo que denota una gran hipocresía.
-¿Cuál es la tortura nazi que no podrá olvidar jamás?
-En mi libro aparece un amplio catálogo de torturas llevadas a cabo por las SS, pero la que más me estremeció fue la consistente en verter asfalto fundido en el ano de un prisionero judío, llevada a cabo por el comandante del campo de concentración de Buchenwald, Karl Koch.
-¿Y el personaje más sádico?
-Sin duda, Martin Sommer, ayudante de Karl Koch en Buchenwald. Las torturas que practicaba con los prisioneros no serían superadas por el peor asesino en serie. Incluso disponía de una especie de cascanueces con el que reventaba el cráneo de los desgraciados que caían en sus manos. También podía introducir los testículos del prisionero alternativamente en agua hirviendo y helada hasta que se deshacían. Los que estaban en las celdas debían permanecer en pie todo el día sin moverse, si no querían ser apalizados. También podía entrar y matarlos a golpes con una barra de hierro. Igualmente, a Sommer le gustaba asesinar por la noche a un prisionero con una inyección letal, colocarlo debajo de su cama y dormir tranquilamente. Sería difícil encontrar un criminal nazi peor que él.
-En su libro aparecen también las historias de varias mujeres. ¿Cómo calificaría su papel? ¿Llegaban a tener el mismo grado de sadismo que sus compañeros masculinos?
-Las mujeres tuvieron un papel secundario en el aparato represivo nazi, pero cuando tuvieron oportunidad de demostrar su brutalidad contra los prisioneros, no sólo igualaron, sino que superaron a sus compañeros masculinos. Resulta desconcertante que algunas de las guardianas más crueles y sádicas, como Dorothea Binz, Maria Mandel o la propia Irma Grese, apenas superasen los veinte años. Pese a tratarse de mujeres tan jóvenes, eran respetadas e incluso temidas por sus propios compañeros, que quedaban impresionados al contemplar su comportamiento brutal.
-¿Cómo es posible que, personas aparentemente normales, jugaran con la vida de miles de seres humanos de la forma en que lo hicieron?
-Jugando a psicólogo, creo que ahí funcionó lo que se conoce como “marcos de referencia”. En los campos nazis, lo normal era tratar brutalmente a los prisioneros, no sólo estaba aceptado, sino que se prescribía ese tipo de comportamiento para mantener el orden y la disciplina. Los que no estaban dispuestos a actuar así ya habían sido eliminados durante el proceso de selección. Así pues, muchos guardianes interpretaban que ese era su “trabajo”, que eso era lo que esperaba de ellos. También se les inculcaba que los prisioneros eran enemigos del Reich, lo que acababa de disipar sus dudas. Pero en los casos que trato en mi libro, se fue mucho más allá de esa brutalidad aceptada; el cómo fue posible que unas personas normales acabaran comportándose como auténticos psicópatas requiere una explicación para la que no tengo respuestas.
-¿Diría que el régimen nazi favoreció que estos individuos se convirtieran en “bestias”?
-Si se refiere a que al régimen nazi le interesó convertirlos en bestias, paradójicamente diría que no. Al menos en teoría, las SS buscaban tener en sus filas ejecutores fríos y desapasionados, capaces de aplicar castigos de manera mecánica e impersonal, no psicópatas que en cualquier momento podían llegar a actuar por libre. Aun así, las SS miraban hacia otro lado cuando alguien conseguía buenos resultados aunque sus métodos no fueran ortodoxos, por así decirlo. Las SS presentan muchas contradicciones, y ésta es una de ellas.
-¿Cuánto tiempo ha tardado en finalizar este libro?
-Han sido dos años de intenso trabajo, que ha tenido su plasmación en la obra. Los que han leído el libro coinciden en señalar ese esfuerzo, que se percibe en la gran cantidad de información que se ofrece a lo largo de sus casi quinientas páginas.
-¿Qué fuentes ha utilizado a la hora de informarse sobre estas “bestias” nazis?
-Puedo decir que he analizado la práctica totalidad de trabajos existentes sobre estos personajes. No obstante, me ha llamado la atención las lagunas existentes todavía, a día de hoy, sobre casi todos ellos, así como la profusión de datos contradictorios. Eso me ha obligado a realizar un concienzudo trabajo para contrastar todos los datos que ofrezco en el libro, apuntando la hipótesis más probable cuando no he tenido la certeza de su veracidad.
-Con el paso de los años, parece que Alemania se ha fijado el objetivo de acabar con el recuerdo del nazismo en su país (por ejemplo; en Berlín se voló el búnker de Hitler y no existen muchos museos sobre el tema). ¿Cree que esta política es aceptable?
-Creo que ya se está dando el fenómeno contrario. Hace unos cinco años que, por ejemplo, se colocó un panel informativo sobre el emplazamiento del búnker de Hitler, se están recuperando refugios antiaéreos, se celebran exposiciones sobre el nazismo y se producen películas y series de TV sobre este período. Incluso ha tenido mucho éxito en Alemania la novela “Ha vuelto”, en la que Hitler resucita en 2011 para convertirse en una estrella de Youtube. Eso demuestra que la política anterior fue un error, que la gente quiere saber lo que pasó entonces para poder asimilarlo y mirar hacia adelante. Creo que esa es la mejor manera que tienen los alemanes de superar ese trauma histórico.
-Después de casi una veintena de libros publicados… ¿Cuál es el siguiente reto de Jesús Hernández?
-No me da tiempo a plantearme retos, sino que los proyectos parece que me salen al paso, da la sensación que ellos me eligen a mí y no yo a ellos, y así ha venido siendo hasta ahora. Ahora estoy trabajando en dos nuevos proyectos que espero que vean la luz a lo largo del año próximo. Aunque sólo puedo adelantar que se centran en el período del Tercer Reich y la Segunda Guerra Mundial, tratan también de temas de los que apenas existe bibliografía en español. Creo que con los libros que he venido publicando, he contribuido modestamente a cubrir algunos huecos importantes en el análisis de estos apasionantes períodos históricos.
No obstante, creo que el reto al que hay que hacer frente es el cambio radical que se está dando en el mundo editorial. Todo está cambiando muy deprisa, con la crisis económica que sufre el sector, la irrupción del ebook, la piratería, las nuevas formas de ocio… Mi reto, y el de todos los autores, es captar hacia dónde vamos y tratar de adaptarme lo más rápido posible; por el momento, mi penúltimo libro lo concebí para editarlo directamente en ebook. En unos años, el negocio editorial habrá cambiado por completo, por lo que hay que intentar adelantarse a esa nueva realidad.

El paraíso nazi de los conejos de angora


ABC.es

  • Himmler ordenó criar a estos animales en unas granjas de lujo con cabinas climatizadas, junto a los campos de concentración donde los judíos eran hacinados

El paraíso nazi de los conejos de angora

En 1941, cuando la Alemania nazi acaba de comenzar su ataque a la URSS, el jede de la SS, Heinrich Himmler, tuvo una de las ideas más extrañas de la Segunda Guerra Mundial: criar a conejos de angora en unas granjas de lujo, que contaban incluso con cabinas climatizadas, al lado de los campos de concentración donde millones de prisioneros eran hacinados, morían de hambre o eran directamente ejecutados. El programa, conocido como la «Operación Munchkin», tenía como objetivo conseguir simplemente las mejores pieles para confeccionar la ropa de los soldados.

Los detalles de este proyecto, al que los historiadores no le han prestado la suficiente atención, se conocieron gracias a un volumen encontrado por un corresponsal encubierto de origen alemán del «Chicago Tribune», Sigrid Schultz, en la casa de Himmler en 1945. El reportero acudió con una unidad de la inteligencia militar de Estados Unidos a la residencia abandonada del jefe de las SS, con la esperanza de encontrar pruebas que probaran su participación en los crímenes de guerra del Tercer Reich. Pero no tuvo suerte, porque los documentos importantes los había escondido en otro lugar.

Sin embargo, encontrándose solo en un granero cercano, Schultz hizo un descubrimiento que años más tarde describiría como «escandaloso»: un libro grande de casi 4 centímetros de grosor, con la cubierta hecha de una piel de conejo suave y una runa de las SS, en cuya portada aparecía, en letras grandes de molde, la palabra «Angora».

El «libro de Angora»

Se trataba de un álbum con 150 imágenes. En la mayoría de ellas aparecían retratados este tipo de conejos de orejas largas y mullidas, con mucho pelo, y que se cree que fueron originarios de Turquía. Junto a ellos, Schultz descubrió un mapa con un registro que contenía nombres inquietantemente familiares: Auschwitz, Dachau, Buchenwald, Sachsenhausen y así hasta un total de 31 campos de concentración nazis.

El corresponsal del «Chicago Tribune» acababa de descubrir por casualidad este extraño proyecto de Himmler que los Aliados desconocían hasta ese momento. Instalaciones de lujo para la cría de conejos de angora, con cabinas climatizados y una alimentación basada en gran cantidad de verduras frescas, que estaban situadas al lado de los campos de concentración establecidos en la Europa ocupada por Hitler, donde se estaba llevando a cabo el exterminio judío. El objetivo último de estos cuidados especiales era producir conejos de un tamaño gigantesco para producir la piel suficiente, y de la mejor calidad posible, para que los soldados alemanes que se estaban adentrando en las heladas tierras soviéticas contaran con la mejor piel en sus abrigos.

Supuestamente, a Himmler se le ocurrió esta idea después de leer acerca de un experimento a pequeña escala que tuvo lugar durante la Primera Guerra Mundial, cuando también se criaron conejos para la producción industrial de la lana con la que confeccionar jerséis de cuello alto, chaquetas para pilotos de combate, calcetines suaves para las tripulaciones de los submarinos y calzoncillos largos para los soldados del ejército.

Himmler y los animales

Era sabido por todos que Himmler, conocido a la postre como uno de los mayores asesinos de la historia, amaba a los animales. Llego a elogiar a los alemanes, en un discurso de 1943, por ser «los únicos que tienen una actitud decente hacia ellos». Puede que sea más exacto decir que tenía una fascinación extraña por la cría de ejemplares, hasta el punto de que estaba planeado crear, por ejemplo, una nueva raza de caballos esteparios más resistentes.

En Buchenwald, por ejemplo, donde decenas de miles de personas morían de hambre, los conejos disfrutaban de una vida muy cómoda y una dieta a medida, en la que eran regularmente examinados por veterinarios, cepillados y esquilados, mantenidos sus establos limpios, cuidados con productos propios de las lujosas tiendas de cosméticos.

Tal fue el mimo con el que eran tratados los conejos de angora que los prisioneros terminaron odiando a los pequeños animales. Querían matarlos y no para comérselos, sino simplemente porque se habían convertido en un símbolo de la SS. La producción de estos conejos se había convertido en un proyecto emblemático para los altos mandos nazis, aunque estuviera resultando una ruina, ya que tras varios años no habían conseguido ni la cantidad ni la calidad que esperaban. Aún a día de hoy, no sabe con exactitud cuando se abandonó finalmente este proyecto.

Enfermeras de día, nazis y asesinas de noche


El Confidencial

  • ‘Las arpías de Hitler’ muestra los crímenes de las mujeres alemanas
Enfermeras de la Cruz Roja reunidas en Berlín para su toma de juramento ('Las arpías de Hitler')

Enfermeras de la Cruz Roja reunidas en Berlín para su toma de juramento

A pesar de los juicios realizados tras la Segunda Guerra Mundial contra los criminales que ayudaron a cometer el genocidio judío, muchos de ellos consiguieron escapar y evitar su procesamiento. No sólo aquellos que huyeron a otros países y adoptaron nuevas identidades para huir de la justicia. También todos los que tuvieron un papel secundario en el mismo, o que habiendo participado activamente nadie fue capaz de identificar o poner nombre. Especialmente relevante es el caso de las mujeres nazis, ya que pocas de ellas fueron juzgadas, lo que ha hecho que se reste importancia al papel fundamental que pudieron jugar en la ejecución de un gran número de crímenes.

Trece millones de mujeres militaron activamente en el partido nazi, y más de medio millón acudieron a países como Ucrania, Polonia o Bielorrusia excediendo las funciones para las que fueron enviadas, pero ¿tomaron partido en las matanzas a judíos? Eso es lo que se plantea Wendy Lower en Las arpías de Hitler (Editado por Memoria Crítica). Gracias a un arduo trabajo de documentación y búsqueda de datos y testimonios, Lower consigue ofrecer un poco de luz respecto a este tema.

Aunque los juicios a mujeres nazis no fueron especialmente numerosos, Las arpías de Hitler recuerda que muchos de los supervivientes del Holocausto identificaron a las personas que los acosaron, violaron y torturaron como señoras alemanas que nunca pudieron encontrar al desconocer sus nombres. Además, los estudios realizados posteriormente han advertido que el genocidio no habría sido posible sin una amplia colaboración de la sociedad. ¿Quiénes fueron esas mujeres que ensuciaron sus manos con la sangre de los prisioneros?

Maestras, enfermeras, secretarias y esposas

La creencia más extendida es que las únicas que cometieron crímenes fueron las guardianas de los campos de concentración, mientras que el resto tuvo un papel secundario en la historia del nazismo. Sin embargo la realidad es bien distinta. Cuando los alemanes avanzaron hacia el este, medio millón de mujeres les acompañaron y alcanzaron un poder sin precedentes que les dio libertad para hacer con los prisioneros lo que quisieran. Maestras, enfermeras, secretarias y esposas, esas eran las funciones que originariamente tendrían que realizar todas aquellas que acudían junto al ejército. Finalmente, muchas de ellas decidieron, voluntariamente, colaborar directamente con las SS.

Miembros de la Liga de Muchachas Alemanas disparando como parte de su entrenamiento (1936)Las arpías de Hitler incide constantemente en un dato fundamental: ninguna de las mujeres que describe tenían la obligación de matar. Negarse a asesinar judíos no les habría acarreado ningún castigo. Es más, el régimen no formaba a las mujeres para convertirse en asesinas, sino en cómplices. Por tanto, las que finalmente decidieron realizar dichos crímenes lo hicieron o por satisfacción personal o por obtener un beneficio de aquellas acciones.

De hecho, las primeras matanzas cometidas por los nazis las protagonizaron las enfermeras de los hospitales, que exterminaron a miles de niños por desnutrición, o incluso con inyecciones letales, aunque la mayoría de ellas nunca pagaron por sus delitos.

Es el caso de Pauline Kneissler, cuya tarea consistía en portar una lista de pacientes que posteriormente debían ser matados. En un solo año (1940) el equipo en el que trabajaba Kneissler en Grafeneck asesinó a 9.389 personas. Ella fue testigo directo de cómo los gaseaban y prestó su ayuda a la hora de administrar la inyección letal a muchos pacientes durante cinco años. Pauline fue una de las mujeres que, posteriormente, se trasladó al este para continuar con su ola de crímenes.

Sin embargo, allí no fueron las enfermeras las que cometieron los asesinatos más sádicos, sino las secretarias y las esposas de los miembros del partido nazi. Entre las primeras destaca el nombre de Johanna Altvater, que desarrollaba su puesto en Minden, Westfalia, antes de ser trasladada a Ucrania. Allí, en 1942, Altvater comenzó su descenso a los infiernos, llegando incluso a asesinar a un niño judío de dos años golpeando su cabeza contra un muro para arrojarlo sin vida a los pies de su padre. Este posteriormente llegó a declarar que nunca había visto tal sadismo en una mujer, una imagen que nunca pudo borrar de su mente.

Crímenes ante seres indefensos, prisioneros, mujeres e incluso niños. La mujer nazi tampoco tuvo piedad, como no la tenían sus compañeros masculinos. Aprendieron bien la lección de qué era lo que había que hacer y no dudaron ni un solo momento. Así le ocurrió a Erna Kürbs Petri, hija y esposa de granjero que junto a su marido Horst (miembro de las SS) se encargaba de dirigir una finca agrícola. Un día, Erna Petri vislumbró algo cerca de la estación de Saschkow. Cuando su carruaje se acercó se dio cuenta de que eran varios niños judíos escondidos que habían conseguido huir.

Mitin del Partido Nazi en Berlín (Agosto de 1935)

Mitin del Partido Nazi en Berlín (Agosto de 1935)

Petri les pidió que se acercaran y los llevó a su casa. Allí les dio de comer y los tranquilizó. Pero todo esto sólo fue parte de su siniestro plan. Al ver que su marido no regresaba a casa, ella decidió terminar el trabajo que él habría  hecho. Llevó a los niños hasta una fosa donde ya se había asesinado antes y los colocó en línea, dándoles la espalda. Cogió la pistola que su padre le había regalado y uno a uno los fue matando a sangre fría. Ni siquiera los gritos desconsolados de los que vieron cómo caía el primero ablandaron el corazón de Erna.

Estos son sólo tres de los muchos casos que Wendy Lower presenta en Las arpías de Hitler. Relatos que encogen el corazón y muestran hasta dónde es capaz de llegar el ser humano. Como la propia autora dice al finalizar su libro, nunca sabremos todo sobre el nazismo y el Holocausto, esto es sólo una historia más en un puzle con infinitas piezas de crueldad.

De cómo los nazis intentaron bombardear Nueva York


ABC.es

  • El pájaro de plata formó parte del proyecto «Amerika Bomber», por el que querían obtener un bombardero de largo alcance para atacar Estados Unidos desde Alemania
De cómo los nazis intentaron bombardear Nueva York

Prototipo de pájaro de plata

Un ingeniero llamado Eugen Sänger desarrolló un prototipo de avión capaz de albergar una bomba que podría haber arrasado Manhattan. Este denominado pájaro de plata formó parte del proyecto «Amerika Bomber», por el que el Ministerio del Aire Nazi quería obtener un bombardero de largo alcance que fuera capaz de alcanzar Estados Unidos desde Alemania.

El artefacto en cuestión empezó a gestarse en la tesis del joven Sänger, que fue rechazada en 1928, según la revistaIo9. A pesar de ello, continuó trabajando en secreto en su proyecto hasta 1933. El avión que describe se asemeja mucho a uno convencional, pero propulsado por un cohete de gasolina y oxígeno líquido. El avión llegaría a alcanzar una velocidad de 6.200 mph (Mach 10) y podría volar a altitudes de entre 37 y 43 millas, tendría las alas afiladas y debería ser lo más ligero posible. Se adelantó a su época, todas estas descripciones coinciden con el avión de investigación X-15, que se desarrolló en los sesenta.

Cohete bombardero

Sänger llamó a su proyecto «Raketenflugtechnik», pero no conseguía que fuera editado hasta que al final asumió el coste de su publicación, hoy considerada una de las fundadoras de la astronáutica moderna. En 1933 presentó su propuesta del cohete-bombardero al Ministerio de Defensa Austriaco. En ella no entraba en destalles estructurales, pero afirmaba que conseguiría un «vuelo de 5.000 kilómetros, que se llevará a cabo en alrededor de 5.000 segundos a una velocidad media de crucero de 1.000 metros / segundo o 3.600 kilometros / hora».

Entre los años 1938 y 1939 Sänger y su esposa, Irene Bredt, continuaron trabajando en su bombardero antipodal. Construyeron una maqueta de hierro con diversas variaciones con respecto al primer diseño del bombardero motorizado por cohete sub-órbital. Al denominado pájaro de plata, los ayudantes de Sänger le pusieron entonces el apodo de la «plancha», por su curvatura superior y su planicie inferior.

Hacia 1943, Sänger and Bredt habían finalizado el diseño del pájaro de plata. Incorporaría nueva tecnología de cohetes y el principio de levantamiento de masa. En el medio del avión estaría la bodega con bombas que podrían pesar hasta 30 toneladas. Sería capaz de volar grandes distancias por pequeños rebotes en las capas superiores de la atmósfera y soltar las bombas en los momentos más bajos, como al alcanzar Manhattan y después continuar alrededor del mundo hasta volver a su lugar de despegue, donde podría aterrizar.

Afortunadamente para Nueva York el bombardero antipodal nunca salió de la mesa de dibujo. Pero su historia no acabó aquí, ni con el final de la guerra. Pasó a manos soviéticas, quienes la estudiaron detenidamente para usarla contra Estados Unidos, pero volvieron a descartar el proyecto por inviable.

El misterio de los Ovnis construidos por los nazis


ABC.es

  • Algunos documentos de guerra afirman que los alemanes crearon aviones con forma de platillo volante e, incluso, unas esferas voladoras incandescentes para desconcertar a los pilotos aliados

m.p.v/abc
Fueron decenas los pilotos aliados que afirmaron haber visto los «Foo Fightrs»

La capacidad tecnológica de la Alemania nazi es algo que nunca se ha puesto en duda. Sin embargo, no sólo disponían de carros de combate de última generación, sino que, según cuentan algunos documentos de guerra, los ingenieros de Hitler llegaron incluso a construir aviones con forma de platillo volante y unas extrañas «bolas luminosas» que tenían la capacidad de volar y seguir a los cazas aliados para desconcentrarlos durante el vuelo

A pesar de lo extraño que pueda parecer, no es raro pensar que se pudieran haber llevado a cabo pruebas para dar forma a unos objetos voladores no identificados en Alemania. Y es que Hitler, como demuestra su búsqueda de la lanza con la que atravesaron a Cristo en la cruz o la del Santo Grial, estaba obsesionado con obtener cualquier poder paranormal que pudiera usar en contra de sus enemigos.

En este caso, la fuerza radicaría en usar estos objetos volantes nunca antes vistos para sembrar el pánico entre las tropas aliadas basándose en viejos miedos que aflorarían nada más ver sus curiosas creaciones. Al parecer, Hitler no iba desencaminado, pues el terror ante la posible aparición de extraterrestres es algo que aún hoy quita el sueño a la sociedad.

«Foo fighters», las misteriosas esferas voladoras

Una de las historias que avalan la creación de Ovnis por Hitler ha sido la de los «Foo Fighter», unas pequeñas esferas incandescentes que, según relataron varios pilotos aliados, les seguían durante el vuelo a pesar de no tener tripulantes. Estos extraños objetos han hecho correr ríos de tinta por su misterio y el miedo que desencadenaban entre los aviadores contrarios al régimen nazi, siempre acongojados durante los vuelos de bombardeo en territorio alemán.

«De los mitos que nacieron durante la Segunda Guerra Mundial, uno de los más difíciles de desmontar ha sido el de los conocidos como Foo Fitghters», afirma el periodista e historiador Jesús Hernándezen su libro «Enigmas y misterios de la Segunda Guerra Mundial» (el cual presenta en su blog).

«Los Foo Fighters eran objetos esféricos que emitían brillo»

«Los Foo Fighters eran objetos, normalmente esféricos, de diversos tamaños, que podían ir desde unos centímetros de diámetro a tener el aspecto de un gran globo, y emitían un brillo extraordinario. Su color también variaba; podía ser rojo, naranja o azul, aunque solía ser blanco o plateado», determina el experto.

Al parecer, y según relataron algunos miembros de las tripulaciones aliadas, estas esferas aparecían súbitamente en el cielo durante las misiones de bombardeo que se llevaban a cabo en la Alemania nazi. En cuanto fueron vistas en unas pocas ocasiones, los soldados decidieron ponerles este nombre en recuerdo de una serie de entretenimiento de la época.

«El curioso nombre de Foo Fighters tiene su origen en un personaje de una popular tira cómica de la época, llamado Smokey Stover, cuyo vehículo se llamaba precisamente Foo Fighter y que además solía decir la frase: ‘Where thereŽs foo, thereŽs fire’ (donde hay humo, hay fuego). Por lo tanto, la expresión Foo Fighters podría traducirse libremente como ‘combatientes de humo’», explica el historiador.

«Estos objetos se comportaban de un modo imprevisible y desconcertante. Se colocaban al lado de los aviones aliados y les acompañaban durante un tramo. Si el aparato conseguía burlarles, en segundos la bola luminosa volvería a seguirlo de cerca, ejecutando maniobras imposibles para la tecnología de la época», sentencia Hernández.

Supuestos avistamientos

La primera referencia a los «Foo Figthers» se remonta al 13 de febrero de 1944. Ese día, y según el historiador: «El Cuartel General Supremo de la Fuerza Expedicionaria Aliada (SHAEF) en París envió a los medios de comunicación una nota de prensa que hacía referencia a la aparición de ‘una nueva arma alemana en el frente aéreo occidental’».

En términos de ese comunicado, los aviadores norteamericanos habían hallado durante una acción de bombardeo unas «esferas de color plateado en el espacio aéreo alemán, parecidas a las bolas que adornan los árboles de Navidad», como explica el periodista en su libro.

«Siempre según la nota del Cuartel General de los Aliados, qué sería publicada por el New York Times, el nuevo artefacto parecía ser ‘un arma de defensa antiaérea, aunque no hay información de cómo se sostiene, que hay en su interior o para qué sirve en realidad’», explica Hernández.

Las esferas no explotaban ni atacaban, sólo seguían a los aviones

Desde ese comunicado, los avistamientos de estas misteriosas esferas decayeron hasta el 2 de enero de 1945, día en que el diario norteamericano «Herald Tribune» publicó un texto explicando los diferentes tipos de «Foo Fighters» que los aviadores habían visto hasta ese momento.

«Según una entrevista realizada al teniente Donald Meiers, podían consistir en una bola roja que volaba al lado del avión, una hilera de tres bolas de fuego volando enfrente del aparato o, por último, un grupo de una quincena de luces produciendo destellos intermitentes», determina el historiador. El oficial concluía su alegato afirmando: «No explotan ni nos atacan, solamente parecen seguirnos como fuegos fatuos».

A su vez, algunos pilotos incluso atribuyeron más capacidades a estas esferas. «En una ocasión, incluso una ellas llegó a atravesar limpiamente el fuselaje como si se tratase de un fantasma, entró dentro de la cabina y rebotó por las paredes del avión, marchándose tal como había llegado», determina Hernández.

Las esferas, un arma nazi

En ese momento, y debido a la victoria aliada, el interés por este fenómeno remitió. Sin embargo, en diciembre de ese mismo año, el investigador Jo Chamberlin volvió a sacar a colación el tema al escribir un artículo titulado «El misterio de los ‘Foo Fighters’», publicado en la revista American Legion Magazine.

Los investigadores determinaron que eran armas ideadas por Hitler

«Chamberlin había recopilado las descripciones de varios pilotos que decían haber sido testigos de aquellos artefactos. Para este autor, ninguna razón convencional podía explicar las inverosímiles evoluciones de aquellas luces, ni tan siquiera el que se tratase de un dispositivo para desorientar a los radares», afirma el experto.

Su conclusión fue tajante: estos objetos eran realmente armas nazis. Para ello se basó en la idea de que las luces voladoras «desaparecieron cuando las fuerzas de tierra aliadas capturaron el área al este del Rin. Ésta era conocida por ser la localización de muchos centros de experimentación alemanes».

«Según Chamberlin, los militares aliados no estaban dispuestos a hacer públicas las informaciones con que contaban sobre el origen de estas avanzadas armas, por lo que se atrevió a asegurar que ‘permanecerán ocultas durante tiempo, posiblemente para siempre’», determina Hernández.

Platillos volantes alemanes

Otra de las leyendas, incluso más conocida que la anterior, es la creación de unos extraños aviones por los nazis a partir de 1940. Según los datos, dichos artefactos tendrían una forma ovalada y alcanzarían una velocidad de nada menos que 2092 kilómetros por hora en sólo tres minutos a través de la propulsión de unos motores anti gravitatorios.

Otra versión más realista sobre estos aeroplanos afirma que consistían en unos pequeños aviones propulsados a motor que podrían tener la finalidad de crear el miedo en los pilotos aliados. En todo caso, estas rocambolescas teorías determinan también que los nazis habrían abandonado el proyecto una vez que sus enemigos tomaron Praga.

Estas suposiciones se atreven incluso a afirmar que los científicos encargados de estos proyectos viajaron tras la contienda a Estados Unidos para utilizar allí la misma tecnología, lo que explicaría la masificación en los avistamientos de Ovnis tras la II Guerra Mundial.

Desmitificando los Ovnis nazis

A pesar de los datos, Jesús Hernández se declara escéptico en cuanto a las dos teorías. En referencia a los supuestos avistamientos de «Foo Fighters», su posición es clara. «La explicación oficial habló en su momento de alucinaciones provocadas por el cansancio, relámpagos esféricos o el fuego de SanTelmo. Lo más probable es que estas razones expliquen la casi totalidad de avistamientos de los ‘Foo Fighters’. No hay que olvidar que en los bombardeos sobre Alemania participaron miles de aviones con sus respectivas tripulaciones», determina.

A su vez, achaca la visión de estas extrañas esferas al posible agotamiento de los pilotos. «Entra dentro de la lógica que en un número tan enormemente alto de misiones se produjeran todo tipo de hechos sorprendentes. Cualquier reflejo o chispa producida por la electricidad estática del aparato, sumado al cansancio acumulado tras horas de navegación aérea con el temor a la aparición repentina de un caza alemán y, no lo olvidemos, todo ello sucediendo de noche, podía dar como resultado la visión de un fenómeno tan singular como un ‘Foo Fighter’», dictamina el experto.

A su vez, otorga una explicación lógica a uno de los hechos más utilizados por los que apoyan la teoría de que las esferas eran armas dispuestas para el combate: la posibilidad de que uno de esos artefactos voladores atravesara el fuselaje de un aeroplano casi por arte de magia.

«Probablemente, la supuesta capacidad de los Foo Fighters para atravesar los fuselajes tiene su origen en una confusión lingüística. Algunos pilotos aliados intentaron huir de las extrañas luces ejecutando una maniobra consistente en forzar el motor del avión para que alcanzase su máxima velocidad, perdiendo así de vista a su perseguidor», explica el historiador.

Hernández se muestra escéptico a las teorías que hablan de Ovnis nazis

«Debido a lo arriesgado de llevar al aparato a unas condiciones tan extremas que podían implicar la parada, o incluso la explosión del motor, los pilotos solían emplear la expresión ‘through the gate’ (atravesar la puerta) para referirse a ello. Es posible que algún investigador poco meticuloso interpretase la frase como mejor convenía a sus intereses y, de repente, en el testimonio de algún aviador el ‘Foo Fighter’ ya hubiera atravesado la puerta del avión», sentencia Hernández.

Además, el periodista explica que la mayoría de investigadores que han estudiado este fenómeno se suelen «olvidar» de que estas supuestas esferas no sólo se vieron en los cielos alemanes. Los pilotos que llevaron a cabo misiones nocturnas en otras zonas de Europa, como Francia, Noruega o Sicilia también observaron fenómenos similares. La visión de ‘Foo Fighters’ también se daría en regiones tan alejadas como las costas de Túnez, Birmania, China y algunas islas del Pacífico. Es difícil creer que las avanzadas armas alemanas pudieran estar presentes en todos estos escenarios», afirma el periodista.

A su vez, el experto también cree que, al no haber derribado ningún avión, es difícil demostrar que estas luces fueran reales. «Ninguna de estas bolas luminosas dañó o derribó un avión aliado, lo que dificultaría mucho definirlas como armas», asevera.

Finalmente, y con respecto a la posibilidad de que los alemanes construyeran platillos volantes como arma disuasoria, Hernández ha determinado a ABC.es que, según considera, «es un mito sin ningún tipo de base, apenas un testimonio de un supuesto ‘vuelo de pruebas’». En todo caso, si alzan la vista al cielo y observan un Ovni fíjense bien… quizás lleve una esvástica dibujada en su fuselaje.