1967 – Primavera de Praga


Primavera de Praga, nombre que reciben los acontecimientos que tuvieron lugar en Checoslovaquia en 1967 y 1968, cuando en dicho Estado se intentó llevar a cabo una serie de reformas para liberalizar al existente régimen comunista similar al modelo soviético.

Desde 1957 hasta 1968 Checoslovaquia fue gobernada por el régimen estalinista del presidente y primer secretario del Partido Comunista Checoslovaco, Antonin Novotný. Los intelectuales y funcionarios comenzaron a verter duras críticas tanto sobre él como sobre su política durante la década de 1960. Se culpó al régimen soviético implantado por Novotný de la crisis y estancamiento que habían afectado al sistema desde comienzos de dicha década. Hacia 1967, tanto la sociedad como los propios miembros del Partido Comunista consideraban ineficaz la gestión del presidente. Novotný fue obligado a abandonar el poder en enero de 1968 y su cargo pasó a manos de Alexander Dubcek, que prometió “un socialismo con rostro humano”. Su intento de transformar el comunismo se anticipó a su tiempo, y tenía muchos puntos en común con las reformas liberales emprendidas casi veinte años más tarde por Mijaíl Gorbachov en la propia Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Los principios del proyecto de Dubcek consistían en la descentralización de la economía y la burocracia, la concesión de libertad de prensa y el mantenimiento de relaciones más conciliatorias con Europa Occidental. Los cambios introducidos fueron respaldados por un importante sector de las sociedades checa y eslovaca.

En los primeros momentos, la URSS, presidida por Leonid Brezhnev, apoyó el ascenso de Dubcek al poder, pero hacia la primavera de 1968 comenzó a percibir el caso checoslovaco como una amenaza para la influencia soviética y su hegemonía sobre otros miembros del bloque soviético de Europa del Este. Brezhnev autorizó la ocupación de Checoslovaquia por las tropas del Pacto de Varsovia el 21 de agosto de 1968. Se produjeron sublevaciones y en abril de 1969 Dubcek fue sustituido como primer secretario del Partido Comunista por Gustav Husák, un miembro de la oposición conservadora. Se perdió así una oportunidad para el progreso y el cambio que sólo fue revivida en la década de 1980, cuando se produjo la caída final del comunismo en los países satélites de la URSS.

El Fin de la Guerra Fría [Mapa Conceptual]


Tras la Segunda Guerra Mundial, apareció un nuevo orden internacional en el que destacaba una Europa en declive y unos enfrentamientos y alianzas que sobrepasaban nacionalidades y soberanías. Los tratados de paz y los avances técnicos, por otra parte, se configuraron como factores fundamentales de la nueva situación, por su enorme proyección en la sociedad. Si la Revolución Industrial había dividido el mundo entre países industrializados y los que no introdujeron estas innovaciones, tras la contienda unos países decidieron confiar en la propiedad privada, mientras otros apoyaron el papel primordial del estado en las relaciones económicas.

Los países pretendieron encontrar el equilibrio basado en la coexistencia de dos bloques: el occidental, liderado por los Estados Unidos de América, y el comunista, dirigido por la Unión Soviética. Pero este equilibrio fue siempre difícil, más aún cuando los imparables procesos de descolonización de los Imperios crearon tensiones: cada bloque presionaba sobre los nuevos países para que formaran parte de sus respectivas alianzas políticas y económicas.

 

Las tensiones entre los bloques no fueron una novedad, evidentemente, ya que existieron durante la guerra contra el III Reich (de hecho, se puede afirmar que la cordialidad sólo existió en la Conferencia de Teherán de 1943, puesto que en Yalta y en Potsdam los problemas entre Gran Bretaña, la Unión Soviética y los Estados Unidos, por sus diferentes criterios, ya se apuntaban), pero éstas se hicieron definitivamente patentes a partir de 1947, con la definición de la Doctrina Truman y con la Conferencia de París, donde se aprobó el plan de ayuda americana a Europa que hoy conocemos como Plan Marshall. A partir de entonces se inició una carrera abierta hacia la consecución de enclaves estratégicos, de establecimiento de alianzas, por el control de materias primas y, también, por lograr prestigio. A partir de entonces todos los rincones del planeta adquirían importancia para las grandes potencias, por lo que surgieron en muchos nuevos y viejos países la disyuntiva entre aceptar la ayuda de los grandes colosos (la Unión Soviética y los Estados Unidos), o considerar ésta como un peligro para su independencia.

La nueva guerra, la que a partir de entonces se denominó como Guerra Fría, utilizó como armas nuevas la disuasión, la persuasión y la subversión.

Del frente a los campos de concentración nazis y al gulag: la guerra de Lev Netto


ABC.es

  • Soldado soviético en la Segunda Guerra Mundial, recuerda a sus 90 años cómo Stalin lo envió a un campo de trabajo en Siberia
abc | Imagen de un gulag soviético

abc | Imagen de un gulag soviético

Cuando la Segunda Guerra Mundial llegó a su fin el 9 de mayo de 1945, el soldado soviético Lev Netto pensó que habían terminado los combates, los sufrimientos, los campos de prisioneros. Pero la URSS de Stalin decidió otra cosa. Y lo envió al gulag.

Hoy, con 90 años, el veterano en cuyos ojos azules y sonrosadas mejillas se adivina el rostro del chico que era, se confía a la agencia AFP en su apartamento repleto de libros y de cuadros. Revive la película de una vida que se funde con los sobresaltos de la «Gran Guerra Patriótica», una querra que para él continuó mucho después de 1945.

El 22 de junio de 1941, un altavoz daba la noticia en su pequeño pueblo, cerca de Moscú: las tropas alemanas han invadido la URSS, rompiendo el pacto de no agresión firmado entre Hitler y Stalin. «Estaba loco de alegría. Íbamos a tener por fin una verdadera guerra», recuerda Lev Netto, que tenía entonces 16 años.

«Pensábamos que nuestro comandante supremo sabía lo que hacía», rememora. Pero cuando los habitantes del pueblo vieron a las fuerzas soviéticas abrir fuego contra posiciones nazis situadas a apenas 50 kilómetros de Moscú, el pánico se instaló: los vecinos asaltaron tiendas y fábricas, robaron alimentos y enseres.

Con 18 años, en 1943, Lev decidió alistarse en una unidad de estonios, puesto que sus padres procedían del pequeño país báltico anexionado en 1940 por la URSS. Su primera misión fue arriesgada: saltar en paracaídas en Estonia, ocupada por los alemanes, y llevar víveres a la resistencia local.

Él y sus camaradas cantaban y bebían hasta emborracharse mientras su avión sobrevolaba la línea del frente. Pero cuando su paracaídas se abrió en la noche negra, Lev Netto volvió a estar sobrio en segundos. «Recuerdo muy bien haber sentido el aire fresco en mi cara, el buen humor disiparse y el efecto del alcohol desaparecer inmediatamente».

La misión fue un fracaso. Los aviones no entregaron los víveres ni las municiones prometidas. Y no había ningún rastro de la resistencia estonia.

Tras algunas semanas escondidos en el bosque, Lev y sus camaradas oyeron a soldados hablar ruso. «Juraban como no estaba permitido», precisa. Pero a medida que se aproximaron, Lev observó que llevaban uniformes nazis. Era un batallón disciplinario constituido por soviéticos hechos prisioneros por los alemanes.

El lugarteniente de Lev se levantó, lanzó una granada y gritó: «Por la madre patria, por Stal…», pero no acabó su frase. Su cabeza estalló por el impacto de una bala alemana.

Tendido en el suelo, Lev fue capturado. Arrastrado de un campo de concentración a otro, fue testigo de las ruinas causadas por los bombardeos aliados. Hasta su liberación por soldados americanos. Un día de alegría que firmó su perdición a ojos del régimen soviético, que veía con malos ojos a los que habían encontrado a los «capitalistas» o habían vivido en el extranjero.

Enviado a Siberia

De vuelta a la URSS, Lev debía reengancharse, su desmovilización no estaba prevista hasta 1948. Pero el Gulag le esperaba: condenado a 25 años en el campo de trabajo por «actividad contrarrevolucionaria», fue enviado a Norilsk, en el límite con el círculo polar.

«Cuando los oficiales y los soldados vencieron en otros países, sobre todo en Europa del Este, comenzaron a ver la diferencia que existía entre nuestros dos sistemas», confiesa.

En el campo, la amistad le salvó. «Pronto comprendí que para sobrevivir había que trabajar, más y más, porque cuando uno trabaja está con sus amigos».

«Si tu piel se vuelve blanca porque hace menos de 50 grados fuera, tus amigos van a frotarla con nieve. Teníamos que ayudarnos unos a otros, es lo que me salvó», continúa.

Será finalmente liberado en 1956, como parte de la desestalinización comenzada tres años después de la muerte del «padrecito de los pueblos». El suyo murió en 1956, poco después de su liberación. «Pude enterrarlo. Era como si me hubiera ofrecido ese regalo», relata el anciano, cuya memoria vacila a veces.

Para reavivarla, su hija Lioudmila le tiende una bolsa llena de medallas. Sobre la mesa del salón, deja una carta que conmemora el Día de la Victoria, festejada el 9 de mayo en Rusia.

«Para mí el 9 de mayo es un día de alegría, pero con lágrimas en los ojos. Me acuerdo siempre de todos los que murieron ante mis ojos».

La ultrasecreta base de submarinos de la URSS en Crimea es ahora un museo


El Mundo

  • Durante la Guerra Fría, Balaklava no existía en los mapas
  • Era la más importante y secreta base de submarinos nucleares soviética
Sí, eran ciertas. Las leyendas que corrían durante la Guerra Fría sobre la existencia de bases supersecretas en lugares remotos de la URSS se confirman con una visita a la base de Balaklava, en Crimea, un lugar que no figura en ningún mapa de la época. Muchas de la fantasías que circulaban sobre ella se quedan pequeñas ante los datos objetivos que cualquiera puede observar al recorrer sus intrincadas gusaneras.

La ensenada donde se ocultaba. | F.L.S.

Durante los tiempos de la Guerra Fría, Balaklava no existía en los mapas y nadie podía acercarse al pueblo, a menos que dispusiera de un permiso especial. Todas las entradas y salidas estaban controladas por el ejército y la KGB, ya que se trataba de la más importante y secreta base de submarinos nucleares de la URSS. La entrada a la base se hallaba excavada en una de las paredes de la estrecha ensenada de Balaklava, una especie de fiordo en miniatura, cuya entrada es perfectamente invisible desde el mar, al estar oculta por un entrante rocoso que se superpone a la línea de la costa, obligando a navegar en zigzag.

Fue planeada en 1952, poco después de firmarse en la vecina Yalta el acuerdo que puso fin a la Segunda Guerra Mundial, y finalizada en 1961. Su interior era un mundo laberíntico de túneles y estancias, que incluía talleres, oficinas, depósitos de armas, incluso nucleares, tiendas, etc., en el que no sólo se escondían y reparaban docenas de submarinos, sino que también podía albergar y alimentar a 3.000 personasdurante 30 días en caso de ataque nuclear.

La entrada estaba cubierta por un camuflaje gigantesco del color de la montaña que la hacía indistinguible desde el aire. Además, estaba bloqueada por una enorme puerta de acero que se deslizaba lateralmente para dar paso al submarino; tras lo cual, volvía a cerrarse herméticamente.

El canal, de hasta 22 metros de anchura y 8 de profundidad, se adentra 600 metros en la montaña. Las paredes del túnel están recubiertas de una capa de cemento de 5 metros de espesor, encima de la cual aún hay 125 metros de granito. Todo el complejo esta surcado por carreteras e incluso cuenta con un dique seco de más de 100 metros para la reparación de las naves.

Todo el complejo fue cerrado en 1966, tras lo que no quedó ni rastro de las enormes y complejas maquinarias que se usaban para los trabajos, ni de las bombas y torpedos almacenados entonces. Sólo sobreviven sus lóbregas galerías y el canal por el que navegaban lentamente los submarinos en sus entradas y salidas, siempre nocturnas. Hoy, ya bajo bandera ucraniana, todo el complejo se ha convertido en un museo, en el que se pueden apreciar múltiples detalles de asombrosa ingeniería militar.

La ensenada de Balaklava ya fue elegida por los ingleses para establecer su base militar durante la Guerra de Crimea, mucho antes, desde luego, de que la URSS decidiera construir allí su base de submarinos. Situada a apenas veinte kilómetros de Sebastopol, el rápido viaje por carretera tiene el aliciente añadido de que transcurre, en parte, por el valle donde tuvo lugar la desastrosa y archifamosa carga del Brigada Ligera británica que tanta tinta hizo correr en su día.

Un recorrido por la carrera espacial a través de los sellos


El Mundo

Un recorrido por la carrera espacial a través de los sellos

Durante décadas los sellos de correos han sido un indicador de los personajes y los acontecimientos que pasarían a la historia. Y las hazañas de los astronautas han sido un tema recurrente en la ediciones postales de muchos países, sobre todo de EEUU y la URSS.

El ingeniero de la NASA José Manuel Grandela ha logrado reunir una de las mejores colecciones filatélicas sobre la carrera espacial, una modalidad que se conoce como astrofilatelia. Una parte de su ‘tesoro’, compuesto por unos 5.000 documentos, se exhibe en la exposición ‘La aventura del espacio’ junto a cientos de objetos originales de la NASA y réplicas de las naves espaciales más emblemáticas. La muestra, en la Casa de Campo de Madrid, acaba de ser prorrogada hasta el 22 de julio.

Durante cuarenta años Grandela trabajó como ingeniero controlador de naves espaciales en el centro de control de la NASA en Madrid. Primero, en Fresnedillas y, posteriormente, en Robledo de Chavela.

“Cuando entré a trabajar en la estación tenía 23 años y el 99% de la plantilla era estadounidense. Sólo éramos cinco españoles. Nuestra misión no era sólo aprender ese mundo, que para nosotros era de ciencia-ficción y no se parecía en nada a lo que habíamos aprendido, sino ir reemplazando poco a poco a los estadounidenses”, recuerda Grandela, que en la actualidad tiene 66 años y ya está jubilado. La primera misión de este ingeniero fue la del ‘Apollo 11’, en la que la estación madrileña de Fresnedillas tuvo un papel clave, pues aquí fue donde se recibieron las primeras palabras de Neil Armstrong.

Cartas enviadas desde el espacio

Su trabajo en la NASA le ha permitido tener un acceso privilegiado a los sellos y sobres conmemorativos de las misiones espaciales y hacerse con una magnífica colección que incluye una carta manuscrita enviada desde la Estación Espacial Internacional (ISS) en 2004 y otra misiva que fue mandada desde la estación rusa Mir, ya desaparecida.

La ISS sigue contando con una oficina postal que gestiona las decenas de cartas que reciben los astronautas y las que ellos mismos envían desde la plataforma orbital. El comandante de la misión es también el cartero espacial. Con cada nave viajan entre 100 y 200 cartas.

Su afición a la filatelia comenzó cuando tenía unos 12 años, un hobbie que siguió cultivando en los años siguientes, cuando empezó a fraguarse la carrera espacial. En 1957 la URSS mandó al espacio el primer satélite, poco después a la perra Laika y en 1961, a su primer hombre, Yuri Gagarin. A diferencia de los estadounidenses, que no dedican sellos a ningún personaje vivo, los soviéticos se volcaron en ensalzar sus éxitos espaciales a través de la edición de sellos de correos dedicados a sus héroes, como Valentina Tereshkova, la primera mujer en viajar al espacio.

Los estadounidenses también lanzaron sellos de su carrera espacial aunque, en lugar de estampar la cara de John Glenn, el primer astronauta de la NASA que hizo un vuelo orbital, se lanzó una edición dedicada al Proyecto ‘Mercury’.

El sello de 10 centavos que conmemoró la misión del ‘Apollo 11’ fue diseñado por Paul Calle, que había sido el autor de otras ediciones dedicadas a la carrera espacial. Como era habitual, se imprimían con antelación y su diseño era secreto. Calle dibujó a un astronauta descendiendo del módulo lunar, sacando el pie izquierdo. Para asegurarse de que Neil Armstrong no sacaría primero el derecho, el dibujante solicitó una entrevista de urgencia a la NASA para que pidieran al astronauta que sacara el pie izquierdo.

Menos conocido es el correo por cohete, que se desarrolló a finales de los años 20 y principios de los 30. Durante este periodo algunos países usaron los cohetes para enviar medicinas, cartas y alimentos a zonas de difícil acceso (por ejemplo, debido a inundaciones o grandes nevadas). En la exposición se muestra una de las cartas que viajaron en el primer correo por misil (que fue lanzado desde un submarino el 1950).

Los visitantes podrán descubrir otras anécdotas poco conocidas de la carrera espacial. Por ejemplo, en 1983 un cargamento de 261.900 cartas sustituyó en la bodega del transbordador ‘Challenger’ a los experimentos biológicos que se habían echado a perder al ser pospuesta la misión. El ingeniero conserva uno de los sobres que se imprimieron a toda prisa para viajar en el ‘Challenger’. Es una de sus piezas favoritas.

Los matasellos de las cartas indican las fechas en las que se lanzaron o regresaron las misiones, por lo que según señala Grandela, estos documentos le resultan muy útiles como referencia y para recordar fechas: “Me gusta mucho investigar, sacar a la luz la historia que hay detrás de cada una de estas piezas”, señala.

La edición de sellos relacionados con la carrera espacial fue una buena fuente de ingresos de divisas para algunos países. En España, sin embargo, la carrera espacial pasó bastante inadvertida y los medios de comunicación informaron muy poco de ella. El propio Grandela fue el que solicitó la creación del primer sello relacionado con el espacio. Era de 25 pesetas y fue dedicado a la estación de control de la NASA en Madrid. Grandela hizo las fotos de las antenas que se utilizaron para el diseño: “Para mi fue una gran satisfacción”, asegura.

¿Quiso atacar Stalin a Alemania en 1941?


WEB

1. ENIGMAS DE LA HISTORIA

Por César Vidal

Durante décadas, el ataque que en junio de 1941 desencadenó Hitler contra la URSS ha sido interpretado como una ofensiva dirigida contra un aliado leal que no alentaba en absoluto intenciones agresivas contra el III Reich. Sin embargo, ¿realmente Stalin pretendía respetar el pacto de no-agresión suscrito con Hitler en agosto de 1939 o tuvo la intención de atacar a Alemania en 1941?

La postura de Stalin en relación con el III Reich distó mucho de ser uniforme antes de 1941. Durante los años veinte, el dictador soviético permitió que se entrenaran en territorio de la URSS tropas alemanas en clara violación del Tratado de Versalles. Muy posiblemente acariciaba la idea de que un rearme alemán se tradujera en el estallido de una nueva guerra mundial que destrozara la posibilidad de resistencia de las potencias occidentales y allanara el camino a la extensión del comunismo por Europa. Semejante política ni siquiera se detuvo cuando Hitler llegó al poder a inicios de 1933. Por más que la propaganda de la Komintern insistiera en el peligro fascista, lo cierto es que Stalin mantuvo su colaboración con Alemania, una Alemania nazi a la sazón, seguramente convencido de que Hitler sería una garantía segura de una nueva conflagración.
Semejante relación experimentó un cierto enfriamiento al estallar la guerra civil española. Stalin acudió con inusitada rapidez en ayuda del Frente popular, en parte, porque, según confesión propia, ambicionaba apoderarse de las reservas de oro del Banco de España y, en parte, porque no se le ocultaba la posibilidad de instalar un régimen comunista en el Mediterráneo. Este paso —que implicó, por ejemplo, la creación de las Brigadas internacionales— no fue considerado por Stalin susceptible de derrota prácticamente hasta 1939, tras la derrota frentepopulista en la batalla del Ebro y la entrada en Cataluña de las fuerzas de Franco. De hecho, todavía en 1938, Stalin recibió informes de distintos agentes destinados en España en los que se le informaba de que, de producirse la victoria frentepopulista, la nación nunca recuperaría el sistema parlamentario y que, por el contrario, se implantaría una dictadura comunista bajo un partido único de izquierdas que encabezaría Negrín y en el que se intentaría englobar, simbólicamente, a personajes como Prieto, aunque su dirección real estaría en manos comunistas.
Sabido es que el bando apoyado por Stalin perdió la guerra civil española lo que motivó, entre otras cosas, un reajuste de la política exterior soviética encaminado —como en los tiempos pasados— a propiciar el estallido de un conflicto entre las potencias occidentales y una expansión paralela y ulterior del comunismo. Así, en agosto de 1939, Stalin suscribió un pacto con Hitler que, en teoría, implicaba la consagración de relaciones pacíficas entre ambas naciones pero que, en realidad, sancionaba el reparto de Polonia entre el III Reich y la URSS, y la invasión por una u otra de las dos dictaduras de naciones enteras de Europa oriental. Así, en septiembre de 1939, Hitler invadió la parte occidental de Polonia —paso seguido en unos días por la invasión de la parte oriental por Stalin— y a continuación la URSS, con el beneplácito nazi se apoderó de las repúblicas del Báltico (Lituania, Letonia y Estonia), de una parte de Finlandia y de distintos territorios en Europa oriental.
Gracias a la colaboración del dictador nazi, Stalin estaba llevando a cabo unos avances territoriales realmente prodigiosos que le habían resultado imposibles al propio Lenin dos décadas antes. Los propósitos de Stalin se vieron en parte frustrados durante el verano de 1940 cuando la guerra que debía desangrar a Francia y Gran Bretaña, por un lado, y a Alemania, por otro —guerra, dicho sea de paso, en la que los partidos comunistas, siguiendo órdenes de Moscú, se negaron a combatir contra los nazis— no sólo no se prolongó durante años sino que fue resuelta en apenas unas semanas mediante una estrategia genial articulada por Von Manstein y el propio Hitler. No sólo las potencias no se habían agotado entre sí facilitando un ataque de Stalin sino que el III Reich había emergido del enfrentamiento con enorme pujanza.
En apariencia, una URSS que había colaborado leal —y beneficiosamente— con Alemania no tenía nada que temer pero resultaba obvio que ambos dictadores se observaban amenazadoramente con la intención de acabar el uno con el otro permitiendo un único dominio sobre el continente. En ambos casos además habían expresado repetidamente sus ansias expansionistas. De Hitler es archisabido que en junio de 1941 invadió la URSS dando inicio a una fase de la guerra que la mutaría trágicamente. Mucho menos sabido es que también Stalin tenía planes concluidos para atacar a Alemania en aquel mismo año de 1941.
Ya a finales de 1940, el Ejército Rojo empezó a realizar un despliegue ofensivo en los salientes cercanos a Bialystock y Lemberg, tal y como admitiría en sus Memorias el mariscal Zhukov. En diciembre de ese mismo año, una reunión de los altos mandos del ejército soviético bajo la presidencia del mariscal Timoshenko tomó la decisión de convertir cualquier guerra futura en una guerra ofensiva, una decisión peculiar si, efectivamente, la URSS era, como afirmaba la propaganda, una potencia pacífica sin planes de expansión armada. Del 2 al 6 y del 8 al 11 de enero de 1941, los altos mandos del Ejército rojo bajo la dirección del comisario del pueblo para la defensa, en presencia de Stalin y otros mandos, llevaron a cabo maniobras militares sobre la bases establecidas por un estudio dedicado a una futura guerra ofensiva contra Alemania. Uno de los mapas estratégicos utilizados en estas maniobras incluía como objetivo de la ofensiva la conquista de Prusia oriental y Königsberg por fuerzas soviéticas superiores en número que partirían de los países bálticos invadidos unos meses atrás.
Lo que se estaba preparando resultaba más que obvio pero por si quedaba alguna duda el 5 de mayo de 1941 Stalin emitió una declaración en la que exigía del Ejército rojo una conversión intelectual y propagandística al concepto de ataque y alababa la superioridad material de las fuerzas soviéticas. Diez días después, el jefe del estado mayor del Ejército rojo, general Zhukov transmitió al presidente del consejo de comisarios del pueblo de la URSS, camarada Stalin, en presencia del comisario del pueblo para la defensa, mariscal Timoshenko, el plan, firmado por todos ellos, para una guerra ofensiva contra Alemania bajo el nombre de “Consideraciones sobre el plan de movilización estratégica de las fuerzas armadas en el caso de guerra con Alemania y sus aliados”. El documento era estrictamente secreto y sólo se hizo una copia que el comandante general Vasilevsky entregó a Zhukov en el curso de una recepción con Stalin en el Kremlin. El primer jefe del estado mayor, teniente general Vatutin, realizó en esa copia algunas correcciones y subrayados con lápiz.
El plan de ofensiva contra Alemania incluía:
El plan de despliegue estratégico de 2 de marzo de 1941 en el caso de una guerra con Alemania.
El plan de operaciones en caso de guerra con Alemania mencionado en el documento de 15 de mayo de 1941.
El plan de despliegue de fuerzas de 11 de marzo de 1941 preparado con la participación de Vasilevsky y presentado a Stalin por Timoshenko y Zhukov.
A esto se añadía un denominado “Credo de ataque” que explicaba la visión que motivaba aquel plan para una guerra ofensiva contra Alemania y a la que nos referiremos más adelante. Stalin, como no podía ser menos, firmó con su visé el texto del plan y el 24 de mayo de 1941 lo discutió junto con los jefes máximos del Ejército rojo en una conferencia celebrada en el Kremlin el 24 de mayo de 1941. La URSS iba a atacar al III Reich como paso precio a su expansión por Europa y lo iba a hacer cuanto antes.