Hardy Krüger, el soldado nazi que triunfó en Hollywood


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  • El actor alemán perteneció a las SS, combatió del lado de Hitler y fue capturado por los aliados, hasta que escapó y acabó protagonizando películas junto a John Wayne
Hardy Krüger, en una escena de «Un puente lejano» (1977)

Hardy Krüger, en una escena de «Un puente lejano» (1977)

En los tres años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, se calcula que fueron expulsados de diversos países europeos entre 12 y 14 millones de alemanes. A lo ojos del resto de mundo representaban el Estado que había traído la muerte, la destrucción y la ruina al resto del planeta, con un conflicto que le había costado la vida a más de 50 millones de personas y un Holocausto que acabó con otros seis millones más. El odio llegaba a tal punto que, incluso, nadie quería ver en sus películas a actores germanos, muchos de los cuales habían combatido, además, del lado de Hitler.

Entre ellos, sin embargo, hubo un caso sorprendente y único, el de Hardy Krüger. Este actor logró superar su pasado nazi como miembro de las SS y como soldado del Tercer Reich, para convertirse en el primer actor alemán en protagonizar películas en Londres, París, Sydney, Moscú y Estocolmo, llegando a triunfar en Hollywood.

Hardy Krüger nació en Berlín el 12 de abril de 1928. A los 13 años, como le ocurría a la mayoría de chicos de su edad, fue reclutado por la Juventudes Hitlerianas («Hitler Jugend»). Seleccionado por sus maestros y líderes estudiantiles, el pequeño y delgado berlinés recibió la orden de unirse a la Escuela de Adolf Hitler en el Ordensburg Sonthofen, en Baviera. Sus padres, admiradores ávidos del Führer, consideraron aquello un gran honor, pues no era fácil ingresar. Tenía 15 años entonces y había comenzado la Segunda Guerra Mundial, cuando fue contratado para interpretar su primer papel en el cine, en la película «Joven águila».

Su debut en el cine

El azar quiso que su director, Alfred Weidenmann, diera con aquel divertido joven en el más improbable de los lugares: detrás de las paredes grises de la Escuela de Hitler. Casi sin darse cuenta, y sin ser consciente de que aquello cambiaría su vida, Krüger se vio rápidamente en un tren camino de Berlín.

Weidenmann cogió cariño al muchacho, naciendo una amistad que duraría toda la vida. El famoso director de cine alemán era un hombre de dos caras. Por un lado, era capaz de mostrar una sonrisa que iluminaba cualquier sala mientras hacía el saludo nazi absolutamente convencido y, por otro, daba refugio a cualquier judío que se encontrara en su camino para evitar que acabara en una cámara de gas o en un campo de concentración.

De hecho, «Joven águila» fue una producción del Tercer Reich encargada directamente a Weidenmann, en la que, sin nombrar al Gobierno nazi, se inducía a la población más joven a que considerara trabajar en la fabricación de aviones a una edad temprana. Sea como fuere, si un largometraje de este calibre, en lo que a presupuesto y apoyos se refiere, se hubiera rodado en otra época o país, la carrera cinematográfica de Krüger, probablemente, habría despegado.

De las SS a la rendición

Sin embargo, no eran tiempos para el ocio y el joven actor tuvo que regresar a la Escuela de Hitler de la que le habían sacado para el rodaje. Menos de un año después de su estreno, el joven actor fue reclutado también por la Wehrmacht (Ejército alemán) y, a principios de 1945, incorporado a la 38ª División de los Granaderos de Nibelungen de las SS. Se trataba de la última división que los nazis crearon en la Segunda Guerra Mundial, cuyo nombre hacía referencia a la pieza musical del poema medieval del «Anillo de los Nibelungos», compuesto por Richard Wagner en el siglo XIX.

En los primeros días de abril de 1945, la división de Krüger se incorporó a las batallas que el Ejército alemán mantenía con los estadounidenses en el Río Danubio. Las tropas de Hitler establecieron una línea de defensa de 20 kilómetros entre Kelheim y Vohlgurg, que después tuvieron que extender 15 kilómetros más por la falta de refuerzos. Aquel despliegue fue una locura, pues dejó mucho terreno desprotegido y los aliados pudieron arrasar con todo el territorio fácilmente. A los germanos no les quedó otra opción que retirarse.

A partir del 1 de mayo, Krüger y los suyos se enfrentaron con los norteamericanos en varias ocasiones, sufriendo los alemanes un número elevado de bajas. El joven actor se encontraba entre los pocos supervivientes que quedaron cuando el nuevo Jefe del Estado, el almirante Karl Doenitz, ordenó el alto el fuego y la rendición. Hardy Krüger se entregó y, con el resto de sus compañeros, fue hecho prisionero. Algunas biografías cuentan que, durante su cautiverio, intentó escapar tres veces y que lo consiguió en la última, poco antes de que se decretara el final de la guerra. Otras fuentes dicen que fue liberado.

Años más tarde, Krüger aseguró que «odiaba el uniforme nazi». Durante el rodaje de «Un puente lejano» (1977), donde interpretaba a un general de Hitler, cuentan que se ponía una capa superior sobre su traje de las SS nada más acabar cada toma. «No quería recordar mi infancia en Alemania durante la Segunda Guerra Mundial», comentó sobre la anécdota.

Su carrera como actor

Tuvieron que pasar cuatro años, una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial, para que Krüger volviera a actuar. En 1949 participó en tres películas. En los siguientes diez años, hasta que fue descubierto por Joseph Arthur Rank, rodó doce más, algunas de las cuales tuvieron su hueco en ABC, como a «Dos caras del destino», con Weidenmann de nuevo. Fue entonces cuando este distribuidor inglés le consiguió incluir en el reparto de tres largometrajes británicos, protagonizando alguna: «El único evadido» (1957), «Bachelor of Hearts» (1958) y «Cita a ciegas» (1959). En todos, curiosamente, aún era presentado como un actor extranjero y no alemán.

Aunque ese sentimiento de odio hacia lo germano aún estaba presente en la Europa de la posguerra, Hardy Krüger acabó abriéndose camino y convirtiéndose en uno de los actores favoritos del viejo continente, a pesar de su pasado nazi. Su pelo rubio y sus ojos azules le ayudaron, efectivamente, a que le ofrecieran papeles de soldado alemán, tan habituales en las películas bélicas de la época.

Aquello le allanó el camino para su primer papel en Estados Unidos, nada menos que como protagonista de una película junto a John Wayne, «Hatari!» (1962), que cuenta la historia de un cazador que recorre el mundo capturando animales para venderlos a los zoológicos, y que reúne a un equipo para marcharse a las llanuras de Tanganika (actual Tanzania), en busca de cebras y jirafas.

En la cima

La carrera de Krüger estaba en lo más alto. Había conseguido hacer una pequeña fortuna que le dio para comprarse una propiedad en las tierras de Tanzania, donde había rodado junto a Wayne. Allí construyó una casa para él y un hotel de bungalows, que mantuvo hasta 1978. En aquel año, una noticia del diario alemán «Nashua Telegraph» anunciaba que el actor se mudaba a Estados Unidos para continuar su carrera cinematográfica.

Su fluidez con el alemán, el inglés y el francés era muy apreciada por los productores europeos y estadounidenses. Eso le ayudó a ser más selectivo con los guiones y participar en coproducciones internacionales de mejor calidad. Ganaba el dinero suficiente como para dedicarse a escribir e iniciar también su carrera como escritor, publicando más de una docena de libros.

A sus 87 años, Hardy Krüger es hoy considerado uno de los actores más importantes de la historia de Alemania y Europa. Su pasado en las juventudes nazis y como soldado de Hitler durante la Segunda Guerra Mundial es una mancha aborrecida por él y no tenida en cuenta por el público. Tanto es así que ha recibido varios premios en su país de origen por su carrera como intérprete, tales como la Legión de Honor en grado de Oficial, en 2001, y el Premio Bambi por su trayectoria profesional, en 2008. Y por si no fuera suficiente, es hoy el único actor alemán que, a excepción de la actriz Hildegarde Neff, ha protagonizado una obra en Broadway.

Hallan dos esculturas gigantes de unos caballos que estuvieron en la cancillería de Hitler


ABC.es

  • Realizadas por Josef Thorak, uno de los escultores favoritos del Führer, desaparecieron en 1989. En los últimos años han aparecido en el mercado con un precio de entre 1,5 y 4 millones de euros
ABC Imagen de la cancillería de Hitler con uno de los caballos encontrados

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Imagen de la cancillería de Hitler con uno de los caballos encontrados

La policía alemana encontró en un depósito situado en el Estado de Renania-Palatinado (suroeste de Alemania) dos esculturas gigantes que representan dos caballos y que estuvieron en su momento frente a la cancillería desde donde Adolf Hitler regía los destinos del III Reich. Así lo confirmó un portavoz de la policía de Berlín, después de que el diario «Bild» adelantara ayer el hallazgo en su edición digital. Los dos caballos, obras del escultor Josef Thorak (1889-1952), estaban desaparecidos desde 1989 y en los últimos años habían sido ofrecidos en el mercado negro por precios de entre 1,5 y 4 millones de euros.

Thorak, junto con Arno Brecker, era uno de los escultores preferidos de Hitler y de su arquitecto estrella Albert Speer y sus trabajos tenían un papel clave en el plan de crear una capital monumental que debía llamarse Germania. Hacia 1943, en plena guerra, Hitler ordenó trasladar los caballos de Thorak y otras esculturas a un taller que tenía Brecker a 20 kilómetros de Berlín, donde las piezas fueron encontradas después por el Ejército Rojo. Los caballos de Thorak y otras esculturas nazis pasaron así a partir de 1950 a formar parte de la decoración de un campo de deportes del ejército soviético en Eberswalde, localidad cercana a Berlín.

En un campo de deportes

En enero de 1989, la historiadora del arte Magdalena Busshart publicó un artículo sobre las esculturas en el diario «Frankfurter Allgemeine» en el que, entre otros detalles, hablaba de su ubicación en el campo de deportes de Eberswalde. Semanas después, una lectora escribió una carta al diario en la que advertía de que las esculturas ya no es encontraban en el lugar indicado. Según el «Bild», todavía no hay claridad acerca de cómo desaparecieron los caballos de Eberswalde y a través de los años se han barajado varias hipótesis, desde su traslado a Moscú, hasta una venta de las esculturas por parte del régimen de la extinta RDA para obtener divisas.

En la última hipótesis desempeña un papel importante la figura de Alexander Schalck-Golodkowski, un curioso personaje del régimen comunista cuya misión era conseguir divisas, para lo cual solía retirar obras de los museos del país y venderlos en los mercados de Occidente. Hace dos años, según el popular rotativo alemán, los caballos había sido ofrecidos a la historiadora de arte Magdalena Busshart por 1,5 millones de euros por un hombre que aseguró haber trabajado con Schalck-Golodkowski.

La manera como las esculturas, junto con otras obras desaparecidas, llegaron al depósito donde fueron halladas no ha podido ser esclarecida. Su hallazgo se produjo en el marco de una investigación -dirigida por la Policía de Berlín- en la que se registraron edificios en varios Estados federados en busca de arte robado. Se han abierto investigaciones contra ocho sospechosos de entre 64 y 79 años.

Hitler y Eva, así fue la boda que hizo estremecerse al nazismo


ABC.es

  • Hace exactamente 70 años que el «Führer» dio el «si quiero» a la mujer que le acompañó en la última etapa de su vida
Hitler y Eva, así fue la boda que hizo estremecerse al nazismo

Archivo ABC La boda se celebró en la madrugada del día 29 de abril. Fue austera y apenas asistieron invitados

Desde Benito Mussolini con Clara Petacci, hasta Iósif Stalin con Nadezhda Alilúyeva. Si algo ha demostrado la historia, es que incluso los líderes más crueles tienen derecho a encontrar el amor. Por ello, y como no podía ser de otra forma, Adolf Hitler no iba a ser una excepción a pesar de estar considerado como uno de los asesinos más crueles conocidos hasta el momento. Su «media naranja» no fue otra que Eva Braun, una mujer controvertida con quien decidió casarse en la madrugada del 29 de abril de 1945 bajo el replicar de las bombas que, de forma metódica, hacían llover los lanzacohetes múltiples «Katyusha» y la artillería de campaña soviética.

El desenlace de los felices esposos, no obstante, fue incluso más trágico que su boda. Y es que, decidida a compartir el destino del «Führer», Braun se suicidó junto a su esposo en una de las estancias del «Führerbunker» (el refugio ubicado tras la Cancillería). Así pues, Adolf Hitler -con 56 años- y Eva Braun -con 33- se marcharon al otro mundo de la misma forma en la que habían vivido sus últimos días en este: unidos. Su muerte, sin embargo, supuso un respiro para los aliados, pues hizo que las desmoralizadas tropas de la «Wehrmacht» y de las «SS» capitularan dando así por finalizada la batalla de Berlín.

Eva, la mujer perfecta para Hitler

Eva Braun vino al mundo el 6 de febrero de 1912 en Múnich (Alemania). Hija de padres católicos, no pasaron muchos años hasta que fue enviada a un colegio de monjas. «Los Braun habían tomado por costumbre enviar a sus hijas al convento para completar allí su educación. En Baviera, ninguna chica se convierte verdaderamente en una dama si antes no pasa por una de esas instituciones especializadas donde las jóvenes aprenden una profesión, además de ciertos convencionalismos sociales», explica el escritor e investigador Nerin E. Gun en su libro «Hitler y Eva Braun, un amor maldito».

Tras abandonar el convento, y con apenas 17 años, esta alemana decidió cambiar drásticamente su porvenir y optó por cursar estudios en mecanografía y, posteriormente, por entrar a trabajar por un sueldo ínfimo en el taller del fotógrafo personal de Hitler. Allí fue donde conoció al futuro «Führer» en 1929, un hombrecillo que –por entonces- empezaba a despuntar pero que todavía no había alcanzado el poder que adquiriría en 1933 (cuando fue nombrado jefe del Gobierno alemán tras las reglamentarias elecciones). Días después, Eva envió una carta a un familiar calificando a ese hombre como un «señor de cierta edad con un gracioso bigotillo». Cupido acababa de clavar su flecha.

Hitler, por su parte, correspondió a los deseos de esta joven 20 años menor que él y ambos empezaron a verse. Así, poco a poco la relación fue cuajando hasta que, antes de comenzar la Segunda Guerra Mundial, ambos formalizaron su amor. Los siguientes años fueron perfectos para la pareja, que vio acompañado su romance de las continuas victorias del ejército nazi sobre sus enemigos en media Europa. El dinero, además, entraba a por doquier, por lo que el «Führer» podía dar todos los caprichos a su novia (entre los que se incluían sus largas estancias en los Alpes Bávaros).

Sin embargo, al igual que sucedería con Mussolini y Stalin, su amor estaba destinado a acabar en tragedia, una tragedia que llegó cuando a los alemanes no les quedó más remedio que huir con el rabo entre las piernas de la U.R.S.S. y empezar a replegarse hasta llegar a la capital del Reich. Finalmente, fue en las dos últimas semanas de abril cuando, rodeados por las tropas soviéticas y bajo el fuego de la artillería, esta pareja selló su amor contrayendo matrimonio entre los muros de hormigón del «Führerbunker» un día antes de suicidarse.

Una boda nada idílica

La boda más famosa del Tercer Reich, un matrimonio que muchos esperaban pero que Hitler no quiso hacer oficial hasta que vio que su hora de morir se acercaba, se sucedió en la medianoche del 28 de abril de 1945. Se decidió que la boda se celebraría en el salón del reuniones del búnker, la misma estancia en la que, día tras día, el «Führer» enviaba a miles de soldados a morir en el frente contra los rusos y desde la que no tenía reparos en fusilar a todo aquel que considerase un traidor de Alemania (independientemente de su edad y sexo).

«Bormann [el secretario personal de Hitler] indicó que cambiara de sitio algunos muebles para hacer sitio. La mesa, donde se extendía habitualmente los mapas de operaciones, se desplazó hasta el centro de la sala. Delante de la misma se dispusieron cuatro sillones: los dos de la primera línea, para Hitler y Eva. Los dos de la segunda, para Goebbels y Bormann, que habían sido designados testigos de la boda», explican Henrik Eberle y Matthias Uhl en su obra «El informe Hitler». Posteriormente, se hizo llamar a un funcionario del Ministerio de Propaganda, al que se fue a recoger en un vehículo blindado, para que oficiase la ceremonia.

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Partida de matrimonio de Hitler y Eva Archivo ABC

Cuando todo estuvo preparado, Hitler y Eva salieron de sus habitaciones cogidos de la mano. Por entonces, poco quedaba ya del glorioso líder nazi que, en otro tiempo, convencía a las masas gracias a su vehemencia. Ahora ya solo era un hombrecillo apático al que le costaba andar. «Su semblante estaba lívido, su mirada erraba de un lugar a otro. Llevaba puesto el traje arrugado con el que se había tumbado en la cama durante el día. Lucía la insignia de oro del Partido, la cruz de hierro de primera clase, y la insignia de los heridos de la Primera Guerra Mundial», añaden los expertos.

Eva Braun no lucía mejor, pues estaba pálida por la falta de sueño y se notaba que había sufrido para poder tapar sus ojeras. Vestía, por su parte, una gorra de piel gris y un traje azul marino. «Una vez en el salón de reuniones, Hitler y Eva Braun saludaron al funcionario que les aguardaba junto a la mesa. A continuación, ambos tomaron asiento en los sillones de primera fila. […] Se cerró la puerta. La ceremonia no duró más de diez minutos», afirman los historiadores en su obra.

De esta forma, se materializó un matrimonio que Hitler había rechazado hasta entonces. «En su condición de “Führer”, había declarado varias veces que él no podía ligarse personalmente a ningún ser humano: la idea estatutaria que tenía su de su función no permitía imágenes de intimidad familiar», explica, en este caso el historiador Joachim Fest en su obra: «El hundimiento».

A pesar de que duró un momento, lo cierto es que este matrimonio a la carrera trajo consigo una curiosa anécdota que se produjo cuando Eva Bran tuvo que firmar la partida de matrimonio. Y es que, en lugar de escribir «Eva Hitler», los nervios hicieron que se equivocase y pusiese «Eva B». Al percatarse del error, tachó aquella B de forma vistosa y garabateó lo siguiente: «Eva Hitler. Nacida como Eva Braun». Un gracioso suceso entre el mar de desesperación que se vivía en aquella estancia en la que, apenas un día después, ambos se suicidarían.

Descubren que Hitler bombardeó sus propias ciudades para hacer «prácticas de tiro»


ABC.es

  • Nuevos documentos de las SS desvelan como el Führer arrojó cohetes V-2 contra los mismos alemanes matando a miles de personas
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ARCHIVO ABC Las regiones más castigadas fueron las de Pomerania

Las barbaridades cometidas por los nazis contra polacos, soviéticos y, en general, judíos, son ampliamente sabidas a día de hoy. Sin embargo, lo que era hasta ahora desconocido es que los secuaces de Adolf Hitler llegaron a cometer todo tipo de tropelías contra los propios alemanes tales como bombardear ciudades germanas con cohetes V-2 para hacer «prácticas de tiro». Todo ello, en 1944. Sin duda, una nueva muesca que poner en el triste cuchillo del Führer, cuya leyenda negra se amplía día a día.

Este cruel hecho se ha sabido gracias a una serie de documentos de las SS (las tropas más ideologizadas del régimen nazi) que han salido a la luz hace pocas jornadas. En ellos queda patente como Adolf Hitler ordenó disparar varias bombas sobre algunas ciudades y pueblos germanos con el objetivo de comprobar la magnitud de la devastación de sus nuevos misiles balísticos V-2. La orden era tan secreta que fue recibida únicamente por el «Kommandostelle S», una unidad de la que se tienen pocos datos a día de hoy..

Los informes –publicados por el diario «Daily Mail»- señalan también como estos ataques provocaron la muerte de miles de ciudadanos alemanes, crímenes de los que Hitler culpó posteriormente a los aliados entre 1944 y 1945 (casi al finalizar la contienda). Posteriormente, los nazis intentaron quemar los archivos cuando el Tercer Reich se derrumbaba, pero fueron rescatados de las llamas por un personaje desconocido y fueron a parar a las manos de un coleccionista alemán que los guarda desde entonces.

Tal y como publica el diario británico, los archivos –que están escritos en hojas de papel A4- muestran que una buena parte de los cohetes fueron probados lanzándolos desde la región de Peenemünde hacia Londres, Ameberes o Lieja (territorio enemigo). Sin embargo, también dejan patente que varios tenían como objetivo ciudades alemanes en el área de Pomerania. A su vez, se cree que, posteriormente, varias unidades de las SS fueron enviadas a estas regiones aliadas para evaluar la magnitud de los daños y la devastación que podían causar las V-2.

Los informes, a la venta

Varios de estos informes serán puestos a la venta el próximo 18 de marzo, día en el que se cree que llegarán a un precio de unos 3.000 euros. «La bomba V-2 fue el primer misil balístico que de verdad pudo haber dado la victoria Hitler. Sus efectos fueron devastadores», ha señalado el portavoz de la empresa que se encargará de poner a la venta los papeles. No anda desencaminado, pues esta arma acabó con miles de enemigos y, según se creía, su capacidad de destrucción sólo podría ser superada por la futura e incompleta bomba atómica alemana.

«Esta es una prueba de lo desesperados que estaban los nazis después del Día D al percatarse de los avances de las fuerzas aliadas en toda Europa. Muchas de estas “prácticas de tiro” se saldaron con miles de muertos y cuantiosos daños materiales», ha señalado el representante de la casa de subastas. A su vez, este ha afirmado que los informes suponen toda una reliquia, pues la mayoría de archivos de este estilo fueron quemados por los miembros de las SS cuando los aliados entraron en Berlín ávidos de venganza.

Las bombas V-2

Los cohetes V-2 fueron desarrollados por el ingeniero aeroespacial alemán Wernher von Braun. Estas armas fueron las más avanzadas de su tiempo y se siguieron utilizando hasta que, en agosto de 1945, Estados Unidos arrojó las bombas atómicas en Japón. Disparadas desde unas lanzaderas de 14 metros, eran impulsadas por etanol líquido y oxígeno y cada una pesaba 13 toneladas. Podían alcanzar, además, objetivos a más de 200 kilómetros de distancia causando una gran devastación allí donde impactaran.

Una investigación recupera la leyenda de la huida de Hitler a Sudamérica


La Vanguardia

  • Un nuevo libro abunda en la teoría de que el genocida no se suicidó, sino que se exilió y usó la identidad de Kurt Bruno Kirchner

Una investigación recupera la leyenda de la huida de Hitler a Sudamérica

Buenos Aires. (EFE).- El periodista argentino Abel Basti asegura en el libro Tras los pasos de Hitler que el genocida no se suicidó una vez que la guerra ya estaba perdida -tal y como recogen los libros de Historia-, sino que habría escapado a Argentina y visitado varios países de Suramérica con distintas identidades falsas, entre ellas la de Kurt Bruno Kirchner que utilizó durante su estadía en Paraguay.

El libro es una investigación sobre el supuesto exilio postmortem del líder nazi en Argentina y otros países de la región, que Basti publica en la editorial Planeta y que resume 20 años de indagaciones sobre el tema.

La hipóteses que plantea Basti es que el Führer, quien se quitó la vida con un disparo en la sien según recogen todos los relatos históricos, en realidad habría huido de una Berlín asediada por el Ejército Rojo y arribado en submarino a la patagonia argentina, donde habría vivido en un campo próximo a la ciudad de Bariloche bajo el nombre de Adolf Schütelmayor, según afirma el escritor en su último libro.

Basti, que escuchó por primera vez en 1994 que Hitler había llegado a Argentina semanas después de que finalizara la Segunda Guerra Mundial, cuenta que al principio no lo creyó “porque tenía en la cabeza la verdad oficial”.

“Pero en la medida que me movía en círculos alemanes del sur, y otras partes del país, comencé a ver esa posibilidad. Y la terminé creyendo cuando empecé a entrevistar a testigos que habían estado con Hitler en Argentina”, relata el autor.

El periodista, radicado en Bariloche, asegura en su libro que Hitler “no vivió enclaustrado” sino que se habría trasladado con total libertad no sólo por el territorio argentino, sino también por países como Brasil, Colombia y Paraguay.

La fuga del jerarca alemán “no hubiera sido posible sin un acuerdo militar entre los nazis y los norteamericanos, que consistía en la salida (de Alemania) de hombres, divisas y tecnología militar para reutilizar todo esto contra el comunismo, a cambio de inmunidad para los nazis y el reciclaje de estos en la estrategia bélica norteamericana”, explica Basti.

Según el escritor, las principales agencias de inteligencia del mundo, como la CIA estadounidense y el MI6 británico, contaban con informes y fotografías que confirmaban la presencia de Hitler en Suramérica después de 1945.

Basti afirma que “lo que hacían los servicios secretos era reportar su presencia, pero no actuar para una detención” y que “es obvio” que, si hubiesen querido, podrían haber capturado al líder nazi ya que “así lo demuestran los documentos”.

Durante los dos primeros mandatos del expresidente argentino Juan Domingo Perón (1946-1955), Hitler habría vivido en la hacienda San Ramón, a unos 15 kilómetros de Bariloche, a la que llegó en tren desde la costa patagónica.

Numerosos son los testimonios citados en el libro que corroborarían la presencia del Führer en la región, al asegurar haber estado junto a él o tener un familiar que tenía una relación cercana con el presidente del Tercer Reich.

Tales son los casos de Eloísa Luján, quien era una de las “catadoras” de la comida que se le servía al nazi para asegurar que esta no estaba envenenada, y de Ángela Soriani, la sobrina de la cocinera de Hitler, Carmen Torrentegui, en el tiempo que éste pasó en la finca sureña.

La presencia del líder alemán en aquel rincón de la Patagonia habría sido un secreto a voces, “no era que todos sabían que estaba Hitler en esa hacienda pero los que sí lo sabían, por alguna circunstancia como ser empleados de la hacienda, minimizaron el tema respecto a la importancia del personaje”, comenta Basti.

“Para la gente de campo la guerra prácticamente no existía, no había radio, los diarios llegaban una vez por mes y no cualquiera los leía. Así que sabían que había una guerra pero no tenían la dimensión del conflicto ni tampoco de los personajes en particular”, agrega.

Cuando Perón es derrocado en la llamada Revolución Libertadora (1955), el autor sostiene que muchos nazis se fueron de Argentina hacia países vecinos, principalmente a Paraguay, y también, aunque hay testigos que aseguran haber estado con Hitler después de esa fecha, el mismo Hitler habría tenido que migrar al país guaraní, con el seudónimo de Kurt Bruno Kirchner.

En Tras los pasos de Hitler se cita un testimonio de un exmilitar brasileño hijo de un alto cargo nazi, quien asegura que el Führer habría fallecido el 5 de febrero de 1971 y estaría sepultado en una cripta en un antiguo búnker subterráneo nazi en Paraguay, donde en la actualidad se levanta un “moderno y exclusivo hotel”.

Basti escribe que la primera semana de cada febrero, el establecimiento hotelero cierra sus puertas para que un grupo exclusivo de nazis pueda honrar a su líder, “el hombre que les cambió la vida, a ellos y a todo el mundo, para siempre”.

La ‘lista de Hitler’: el dictador defendió a un judío


El Mundo

  • Ernst Hess había sido comandante de la compañía en la que combatió Hitler
  • Heinrich Himmler pedía, en una carta de 1940, que le dejaran tranquilo
  • Hess fue huyó con su familia a Italia e intencó contactar con el ‘Führer’

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Una historiadora alemana sostiene que Adolf Hitler defendió personalmente a un jurista judío, su antiguo superior militar en la I Guerra Mundial, y le protegió al menos temporalmente de la persecución nazi, según un informe publicado hoy por el periódico ‘Jewish Voice from Germany’.

Según la experta Susanne MaussErnst Hess, que se desempeñaba como juez en Düsseldorf (oeste) y que había sido comandante de la compañía en el que combatió Hitler en la I Guerra Mundial, estuvo a salvo hasta 1941 gracias a la intervención personal en su favor del dictador nazi.

El caso se encuentra documentado en una carta fechada en agosto de 1940 del comandante en jefe de las SS, Heinrich Himmler, en la que ordenaba a las todas autoridades nazis “dejar tranquilo, en todos los sentidos, (a Hess), según el deseo del ‘Führer'”.

Durante el proceso de expropiación de bienes pertenecientes a judíos en favor de ciudadanos de origen “ario”, Hess (1890-1983) fue suspendido como juez, tras lo cual se mudó con su familia en 1936 a Bolzano, en el Tirol italiano, señala la historiadora.

Cartas desde Italia para Hitler

Según la carta de Himmler, Hess trató de contactar con Hitler a través de un compañero de guerra común, el capitán Fritz Wiedemann, que entre 1934 y 1939 fue ayudante del “Führer”.

En una misiva, Hess, convertido al protestantismo, pedía ser considerado según las leyes raciales de Nuremberg, como ciudadano “semi judío” y no enteramente judío.

Aunque Hitler rechazó esta solicitud, sí que dio la orden a las autoridades a través de Himmler de transferir la pensión de Hess a Italia.

Asimismo, Hess quedó eximido de la obligación de llevar el nombre “Israel” que lo identificaba como judío y recibió además un nuevo pasaporte en marzo de 1939 que no llevaba la letra “J” (por judío) estampada en rojo.

También el jefe de la Cancillería del Reich, Hans Heinrich Lammers, y el cónsul general alemán en Italia, Otto Bene, intercedieron por Hess.

Hess perdió su protección en 1941

Después del pacto entre Hitler y Benito Mussolini y la italianización fascista del sur del Tirol, la familia Hess se vio obligada a regresar en 1939 a Alemania y se trasladó al pueblo bávaro de Unterwössen.

En 1941 Hess recibió la noticia de que ya no se encontraba bajo la protección de Hitler y fue internado en el campo de concentración de Milbertshofen, cerca de Múnich, donde tuvo que realizar trabajos forzados.

Según la historiadora, su matrimonio con Margarethe, una mujer no judía le salvó de la deportación, mientras la hija de Hess fue obligada a realizar trabajos forzados para una compañía eléctrica.

Después de la guerra, Hess se desempeñó como presidente de los ferrocarriles en la ciudad de Fráncfort. Para Rafael Seligmann, editor del ‘Jewish Voice from Germany’ , está claro que los voluntariosos ayudantes de Hitler cumplían incondicionalmente las órdenes del “Führer”, ya fuera como salvador o como asesino en masa.

La historiadora descubrió en el archivo regional de Renania del Norte-Wesfalia el revelador documento durante los preparativos el año pasado de una exposición.

Hasta el momento sólo se conocía otro caso en el que Hitler intercedió por un judío en la figura del médico de su madre, Eduard Bloch, de la ciudad austríaca de Linz, que hasta su emigración en 1940 habría estado bajo la protección del “Führer”.

David Irving sostiene que Hitler ignoraba los campos de exterminio


El Pais

El historiador británico David Irving pronunció ayer una polémica conferencia en la librería Europa de Barcelona. Lo hizo a sabiendas de que la charla sería grabada por los Mossos d’Esquadra. La Fiscalía había ordenado a la policía que actuara de inmediato en el caso de que Irving -historiador revisionista del Holocausto y del régimen nazi- cometiera algún delito de opinión. El material será entregado al juzgado en las próximas horas. Irving habló, además, rodeado de fuertes medidas de seguridad. En la calle, un centenar de jóvenes antifascistas trataron de boicotear el acto.

Irving no acabó detenido, pero ante una treintena de asistentes -la mayoría, periodistas- soltó todo tipo de lindezas. El historiador admitió que los nazis habían matado a “entre dos y tres millones de judíos”. Pero eximió a Adolf Hitler de toda responsabilidad: “No se ha encontrado ninguna prueba documental que indique que [Hitler] sabía lo que pasaba en los campos de concentración”, comentó este hombre, autor de más de 30 libros, que ayer vestía traje negro con raya diplomática y una corbata fucsia que sobresalía por debajo de su chaleco.

El historiador vivió la jornada como un “ataque” a su libertad de expresión y defendió la “verdad” de sus libros: “Sólo explico lo que encuentro en los documentos”, dijo con un ejemplar de su último libro, Encarcelando opiniones. “No soy antisemita, soy patriota”, insistió. En esto le echó una mano el dueño de la librería, Pedro Varela: “El lobby israelí utiliza la espada de Damocles del Holocausto para que le perdonen los pecados del régimen sionista. Y esto no es una frase antijudía”.

Recuperadas 500 fotos robadas de Riefenstahl, Newton, Erwitt y Lindbergh


EFE – La Vanguardia

  • Entre las imágenes halladas, se encuentra una serie de las Olimpiadas del nazismo
  • Las fotos, con un valor de entre tres y cuatro millones de euros, fueron halladas en un sótano

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Berlín- La policía de Colonia recuperó más de 500 fotografías de Leni Riefenstahl, incluida una serie de las Olimpiadas del nazismo, así como de Helmut Newton, Elliot Erwitt y Peter Lindbergh, robadas semanas atrás del depósito de una empresa.

Las fotos, con un valor de entre tres y cuatro millones de euros, fueron halladas en un sótano cercano al lugar del que fueron sustraídas a principios de noviembre, informaron hoy fuentes policiales.

Asimismo, se procedió a la detención de tres presuntos autores del robo, mientras se sigue la pista de un cuarto sospechoso.

El robo de las piezas ocurrió en un archivo fotográfico de Colonia y fue descubierto por un empleado del recinto.

La sustracción se había mantenido en secreto hasta ahora por “razones tácticas”, indicaron esas fuentes, mientras se seguía el rastro de las 250 fotos de Rienfenstahl, 300 de Erwitt y otros trabajos de Lindbergh y Newton.

Entre las piezas de la fotógrafa y cineasta alemana, una de las artistas preferidas por Adolf Hitler, había copias de la serie realizada por encargo del Tercer Reich en las Olimpiadas de 1936.

Finalmente se detuvo al conserje y su ayudante de un edificio cercano, en cuyo sótano se encontraron las fotos camufladas entre la basura.

Recuperados para la investigación dos álbumes del expolio artístico nazi


El Pais

Inventario del museo soñado por Hitler

La II Guerra Mundial está a punto de terminar y las tropas aliadas se preparan para batirse en retirada. Hitler ha muerto. Berghof, su casa, ya no es más que una ruina, pero una ruina cargada de historia.

  • Se calcula que fueron expoliadas 650.000 obras antes del fin de la guerra
  • El ‘führer’ elegía con esos libros las piezas que quería para su frustrado museo
  • 39 álbumes hallados tras la contienda se usaron como prueba en Núremberg
  • La multiplicidad de leyes dificulta la restitución a los familiares
  • Jackson: “Los museos cada vez revisan más el origen de sus fondos”

arte-expolio--647x300Entre sus escombros, un soldado norteamericano con base cerca de Berchtesgaden (Alemania) se empeña en buscar un souvenir que llevarse a casa. Una prueba de que él estuvo allí y sobrevivió. Ve dos álbumes de cuero. Los abre y encuentra en sus páginas la prueba del expolio artístico perpetrado por los nazis durante los primeros días de la ocupación de París en 1940. Cuadro a cuadro. Con fotografías, con inscripciones. Con referencias a sus víctimas, grandes coleccionistas del momento como Wildenstein, Kahn, Seligmann, Rothschild. Tras la muerte del soldado anónimo, décadas después, sus familiares descubren los libros en el ático de su domicilio. Ahora, desde principios de noviembre, están a disposición de los investigadores en el Archivo Nacional de Estados Unidos y en The Monuments Men Foundation for the Preservation of Art.

“Es uno de los hallazgos más significativos relacionados con el expolio artístico de Hitler desde los juicios de Núremberg”, sostiene el archivista Allen Weinstein. Su importancia es en todo caso más testimonial, documental y simbólica que otra cosa, porque la mayoría de obras artísticas registradas en los libros han sido ya restituidas a sus dueños originales. “Lo que prueban los álbumes es el expolio sistemático y premeditado impulsado por el führer”, apunta Robert Edsel, responsable de Monuments Men Foundation.

Ya en 1937 habían comenzado en Alemania las primeras expropiaciones de colecciones judías. Por razones económicas. Y por xenofobia. “Querían destruir artísticamente esa cultura”, afirmó Inge Reist, investigadora del Center for the History of Collecting in America, recientemente en Sevilla, en unas jornadas sobre Expolios artísticos en Occidente organizadas por la Fundación Abengoa. “Pero también enriquecer las propias colecciones de los oficiales nazis y, sobre todo, la del Museo del Führer”, la perversión artística que Hitler jamás logró materializar -se calcula que se llegaron a reunir 10.000 obras-.

Con el amparo de Reichskammer der bildenden Kunste, creada por Josef Goebbels en 1933 para controlar quién operaba en el mercado del arte, rescindieron licencias a galeristas como Marx Stern hasta ahogarlos. Y, a partir de 1940, siguiendo los dictados de la Einsatzstab Reichleiter, robaron en iglesias, en museos; se cebaron con particulares que habían abandonado sus casas para huir, estaban en campos de concentración o buscaban dinero rápido para comprar visados y con ellos su libertad… Se apropiaron además de importantes pinturas de arte degenerado. La importación de este arte moderno proscrito -Monet, Renoir y Matisse- estaba prohibida en Alemania, pero a ellos les servía para financiar su guerra.

“Las estadísticas varían. No obstante, se calcula que se expoliaron más de 650.000 obras antes del fin de la guerra”, asegura Reist. En ocasiones, los robos eran a la carta. “Algunos miembros del círculo de Hitler y Goering llegaron a hacer listas de la compra con instrucciones. Kajetan Muhlamann, por ejemplo, preparó un catálogo con obras a obtener. Entre ellas, había dos de Rafael de la colección Zartoriski de Cracovia”.

Los nazis fueron sistemáticos, obsesivamente cuidadosos en documentar sus robos. Debían dejar constancia de su eficacia expoliadora y presentárselos al führer para que eligiera sobre el papel las obras que quería para su museo. Tras la capitulación, se encontraron 39 libros que se utilizaron como prueba en los juicios de Núremberg. Pero el responsable de la puesta en marcha de ese sistema de control de piezas robadas, Robert Scholtz, dijo en 1945 a los norteamericanos que se llegaron a crear más de cien, apunta Greg Bradsher, del Archivo Nacional de Estados Unidos. Los dos que aquel soldado anónimo se llevó -su familia ha querido que permanezca en el anonimato- eran los números 6 y 8; el primero lo tiene The Monuments Men Foundation y está a disposición de escolares e investigadores; el segundo, lo ha depositado Edsel en el Archivo Nacional estadounidense.

Los dos cayeron en sus manos, y no por casualidad. Se los ofrecieron -previo pago de una cantidad que no quiso desvelar- por honrar con su trabajo la memoria de los hombres y mujeres que, tras finalizar la guerra, ayudaron a recuperar parte de lo expoliado y continuar con su labor. El nombre de Rose Valland sonó con fuerza en las jornadas organizadas por Abengoa. Fue trabajadora del Museo del Louvre de París y la única francesa en el Jeu de Paume, pinacoteca a la que se trasladaban las piezas robadas. Esta mujer se dedicó a catalogar este hurto masivo de forma clandestina, arriesgando su propia vida, para pasar después las listas a la Resistencia.

Su información sirvió para recuperar -una vez finalizada la II Guerra Mundial- un buen número de pinturas, esculturas y otras obras de arte. Pero otros miles, de valor incalculable, quedaron dispersas por el mundo. En colecciones privadas. O colgadas de paredes de museos y de otras instituciones. Algunos de sus dueños legítimos, herederos de las víctimas de los nazis como María Altmann, han recuperado lo que moralmente era suyo: en este caso, el retrato Adele Bloch Bauer I, de Gustav Klimt, restituido por el Estado austriaco y después vendido por la sobrina de la retratada. Otros han acabado por desistir en la búsqueda. Y algunos más persisten y viven obsesionados con recuperarlas.

No hace falta buscar ejemplos de batallas legales en el extranjero. Están en casa. En enero, la Corte de Apelación de Estados Unidos debe resolver el litigio que enfrenta a la Fundación Thyssen con la familia judía Cassirer, que reclama Rue St. Honore, Apres-Midi, Effet de Pluie (1897), de Camille Pisarro. El cuadro, que sus ancestros dieron a los nazis a cambio de los visados para salir de Alemania, fue adquirido por el barón Thyssen hace tres décadas en una galería en Nueva York.

Ejemplos como éste, llenos de connotaciones éticas, los hay por decenas. ¿Hasta dónde llega el derecho de las familias expoliadas? ¿Y el de las personas que adquirieron las obras a precio de mercado con buena fe? Nadie tiene una respuesta clara, porque tampoco existe una legislación uniforme para este problema de alcance internacional -en algunos países, fundamentalmente europeos, se da el delito por prescrito-. Así que casi siempre, la resolución de estos conflictos de intereses depende del talante de las partes enfrentadas. El día que el Museo de Carolina del Norte constató que tenía un lucascranach expoliado por los nazis, lo devolvió. ¿Qué hicieron los dueños? Vendérselo de vuelta a un precio razonable.

“Los museos y las grandes casas de subastas están cada vez más concienciados de que tienen que investigar el origen de las obras que son de su propiedad. Aunque España no es precisamente el mejor ejemplo”, afirma Sarah Jackson, de la empresa The Art Loss, con sede en Londres. Desde hace 10 años, esta mujer se dedica, junto a un selecto equipo de abogados, historiadores e investigadores, a seguir la pista de pinturas robadas por Hitler. “Muchas veces nos vienen únicamente con una foto, con la imagen de un determinado cuadro en el salón de su casa. Y a partir de ahí nos ponemos en marcha”. Buscan para empezar, dice, en los catálogos de los más de 200.000 lotes que se subastan cada año. Con suerte, tardan meses en dar con una pieza. Pero lo normal es que la investigación se prolongue durante años, exija un cansino periplo por distintos países y un importante desembolso económico. Y los países, subraya, no tienen consignados fondos para rastrear los horrores del expolio nazi.

En todo caso, su trabajo se ha vuelto algo más fácil en los últimos años. Primero, porque en 1998, durante la Conferencia de Washington, 44 países se comprometieron a publicar una lista con las obras adquiridas por sus instituciones en los cinco años anteriores y a impulsar otras medidas para favorecer la identificación, localización y recuperación de materiales artísticos. Segundo, porque Internet ha democratizado el acceso a los registros que han ido creando museos, asociaciones vinculadas con el Holocausto y otros organismos de las piezas con origen desconocido o espacios en blanco en su historial. “La tecnología está jugando un papel importantísimo para la devolución de estas propiedades a sus dueños”, afirma Shauna Isaac, responsable de la compañía Sage Recovery de Londres. Pero no es la panacea. Las dificultades para verificar la autenticidad de las reclamaciones siguen siendo las mismas, y la letanía para hallar las obras que Hitler quiso para su museo, igual de larga.

Niños para el Führer


Viernes 12/10/07 18:15 ADN

Un libro desvela los entresijos de la organización Lebensborn, que robaba niños polacos para someterlos a un proceso de germanización y a los no arios les esterilizaba .

actualidad-071012_2.jpgLas mujeres podían vivir con sus hijos en esos centros provistos de todas las comodidades.

El libro del historiador alemán Volker Koop ha destapado una actividad del régimen nazi de la que había rumores y grandes indicios, pero no plena constancia. Se trata del proyecto de una organización secreta, llamada Lebensborn (Fuentes de Vida), del que formaban parte miembros de las SS, que se dedicaba al robo de niños extranjeros con el propósito de someterlos a un proceso de germanización . De esta forma se combatía el problema de la escasa natalidad y se fortalecía el crecimiento de la raza aria.

El autor ha desengranado los detalles más escabrosos de Lebensborn en un libro con el título Enviar un niño al Führer . Koop revela que a los menores, procedentes de países de este (sobre todo de Polonia con más de 100.000 secuestrados) e hijos de las víctimas de los nazis, les aplicaban un particular método de selección racial.

A los que eran arios se le hacía certificados de nacimiento falsos y los enviaban a un orfanato en muy buenas condiciones. Después les buscaban padres adoptivos con recursos económicos para que les transmitieran los valores del nacionalsocialismo.

Los que no presentaban el aspecto físico de la “raza superior” eran esterilizados y trasladados a campos de concentración.

Cantera nazi

Los nazis buscaban de esta forma rejuvenecer la nación para incorporar más adelante a sus filas a los niños capturados. El máximo Jefe de las SS, Heinrich Himmler , impulsor del proyecto, alertaba en 1940 del peligro que correría Alemania si no lograba incrementar su natalidad. “Hay que acabar con esa epidemia del aborto -dijo- sin la cual nacerían cada año 600.000 niños más lo que corresponde a 18 o 20 regimientos militares”.

Era tal la fe de esta organización en criar una cantera joven para sus futuros intereses que además disponía de residencias para mujeres solteras a las que se les encomendaba la tarea de reproducir. Seleccionadas con cuidado y adoctrinadas, se dejaban fecundar por jóvenes arios, algunos de ellos de las SS, como servicio a la patria.

Las mujeres, podían vivir con sus hijos en esos centros provistos de todas las comodidades (hasta sala de bautizo) con otras madres en las mismas circunstancias.

Los miembros de Lebesborn no murieron en la guerra y los aliados nunca les juzgaron por sus actividades a pesar de las evidencias que había del secuestro y esterilización de niños.