El chico de la chaqueta a rayas 84679


ABC.es

  • Jillian Eisman compró por 2 dólares la prenda y la donó al Centro Kupferberg para el Holocausto de Nueva York. Allí han desenterrado la historia de este prisionero del campo de concentración de Dachau
 La chaqueta del prisionero 84679 del campo de concentración de Dachau - KHC

La chaqueta del prisionero 84679 del campo de concentración de Dachau – KHC

En el interior de un armario expuesto entre otros objetos en una venta en 2015 en Long Island, entre camisas viejas y vestidos de época, Jillian Eisman vio una chaqueta que inmediatamente captó su atención. Aquellas inconfundibles rayas azules y grises desvanecidas sintetizaban el horror de los campos de concentración nazis. «Supe exactamente lo que era, aun antes de ver los números (84679 en el pecho)», señaló esta compradora de ropa de época al periodista Frank Eltman, de Associated Press.

Eisman adquirió la chaqueta por solo 2 dólares y la donó al Centro Kupferberg del Holocausto (KHC) en Nueva York. Un año después, expertos del centro han descubierto la historia de su propietario, un adolescente judío de Lituania llamado Benzion Peresecki, que llevó la chaqueta durante diez meses en el campo de concentración de Dachau y la conservó durante 33 años. El KHC cuenta ahora en una exposición la historia de este superviviente del Holocausto con fotos históricas, mapas, múltiples testimonios y cortometrajes. «Es una historia de supervivencia del Holocausto que demuestra el poder de un solo objeto para conectar las narrativas de justicia, identidad y búsqueda de un hogar», resaltan en el KHC.

Hijo del propietario de una tienda de delicatessen de Radviliškis (Lituania), Peresecki sobrevivió con 15 años al Holocausto, aunque con un coste inmenso. En diez años, su padre murió de una úlcera de estómago, su hermano fue asesinado por los nazis, fue recluido en un gueto y después encarcelado, golpeado y sometido a trabajos forzados en el campo de concentración de Dachau. Benzion se vio obligado a fabricar municiones para los alemanes.

Cuando acabó la guerra, Benzion pasó cinco años en un campo de desplazados con su madre, Chiena, que sobrevivió al campo de concentración de Stutthof. Emigró a Estados Unidos, donde cambió su nombre por Ben Peres, y luchó por encontrar justicia por el sufrimiento vivido exigiendo reparaciones al gobierno alemán y por crear un nuevo hogar, según destacan los curadores del KHC.

En Nueva York, tanto Ben como su madre vivieron y trabajaron en Brooklyn, el Bronx, y Manhattan. Ambos recibieron tratamiento de varios médicos por las lesiones físicas y psicológicas que arrastraron del Holocausto. En 1968, con el pago de unas reparaciones por parte del gobierno alemán más de 20 años después de la liberación, Ben y su madre Chiena, junto con la esposa de éste Chaya y sus dos hijos Lorrie y Michael pudieron comprarse una casa en Bellmore, Long Island. Allí vivió Ben hasta su muerte, diez años después.

Pese a haber residido en varios lugares y en distintas casas, siempre llevó consigo su chaqueta de Dachau aunque nunca se lo contó a sus familiares. De hecho, nunca les dijo a sus dos hijos que existía. Lorrie se quedó «atónita» cuando se enteró de que la chaqueta había sido encontrada en la casa donde había crecido. «Ni siquiera lo revisé antes de que se vendiera», señaló a la agencia AP.

«Sabíamos que mi padre y abuela habían estado en el Holocausto» y que «tuvo un hermano que fue asesinado, pero él no hablaba mucho de eso», añade Lorrie, que tenía solo 13 años cuando su padre murió de una embolia en 1978.

La chaqueta permaneció en su armario durante 65 años (37 de ellos después de su muerte) hasta que el 4 de julio de 2015 fue descubierta por Jilliam Eisman durante la venta de bienes de su casa en Bellmore. Eisman «reconoció inmediatamente la chaqueta como un símbolo de dolor» que debía ser objeto de reflexión para el público, señala el centro Kupferberg antes de apuntar que el abuelo de la joven sirvió en el ejército soviético durante la Segunda Guerra Mundial y su hermano (Joshua Birnbaum, de 24 años), murió en los atentados del 11-S. La joven compró la chaqueta y la donó al KHC para que fuera expuesta.

Es una prenda muy rara, ya que la mayoría de las prendas de los prisioneros de los campos de concentración fueron quemadas para evitar la propagación de piojos y posibles enfermedades, según señalan historiadores a la AP. Además, la mayoría no quería guardar recuerdos del horror vivido.

Pero el centro no solo expone esta prenda difícil de encontrar ya que las ropas de los prisioneros de los campos de concentración fueron quemadas para evitar la propagación de piojos y posibles enfermedades y la mayoría no quería guardar recuerdos del horror vivido. Junto a la chaqueta, el KHC muestra los más de 1.500 documentos, películas y fotografías, entre ellas las que su familia encontró tras su muerte y que han sido prestadas para la exposición. Con ellas el KHC contextualiza la búsqueda de la justicia, la identidad y el hogar de este joven judío que fue arrancado de su casa de Lituania.

Para Eisman «hay una razón por la que tenía que estar en esa casa» así como «hay una razón por la que yo era amiga de alguien que trabajaba en un museo del Holocausto», según señala a la agencia AP. «¿Cuáles son las probabilidades de eso? Es difícil decir que todo sea coincidencia», subraya.

El doctor madrileño que sobrevivió a Dachau y a los «trenes de la muerte» nazis


El Mundo

  • El campo de concentración, situado al noroeste de Múnich, fue construido en marzo de 1933

 

 Vicente Parra, en el Hospital Varsovia de Toulouse

Vicente Parra, en el Hospital Varsovia de Toulouse

Dachau, a poco más de diez kilómetros al noroeste de Múnich, es un punto negro en la historia reciente de la Humanidad. Un brote del mal en el sentido más estricto de la palabra; un episodio inenarrable que obliga a ser contado una y otra vez. El campo de concentración homónimo, el primero construido por los nazis, en marzo de 1933, esconde sin embargo historias vitales que, sobre el mismo escenario, te reconcilian con el Hombre. La crónica sobre el doctor Vicente Parra Bordetas (Madrid, 1886) es una de ellas.

Parra, médico español vinculado a la izquierda y combatiente republicano, sobrevivió no solo a la Guerra Civil y Dachau, también al denominado «Tren Fantasma» que deambuló por Francia durante dos meses en el verano de 1945, con cientos de personas hacinadas en sus vagones, sin agua ni ventilación, camino del campo de exterminio alemán. Se calcula que en el campo de Dachau, liberado ese mismo año por el ejército norteamericano, murieron cerca de 30.000 personas en ocho años.

Vicente Parra fue médico rural en Toledo y Madrid. Vinculado a movimientos izquierdistas, tras la Guerra Civil huyó a Francia, donde fue detenido

Licenciado en medicina en 1908, Parra trabajó unos años como médico local en Mora, un pequeño pueblo de la provincia de Toledo. Más tarde, hizo lo propio en los hospitales de La Princesa y el Buen Suceso de Madrid. Al estallar la Guerra Civil, se unió como médico al Socorro Rojo Internacional y, después, con el mismo cometido, a los Guardias de Asalto (cuerpo de Policía de la Segunda República). Los sucesos de mayo de 1937, que enfrentaron a grupos anarquistas con el Estado republicano, lo llevaron a Barcelona como miembro activo de este cuerpo. Según explica Miguel Jiménez Aleixandre en su escrito «Vicente Parra, médico español en Dachau» (incluido en el «Exilio científico Republicano», de Josep L. Barona), la toma de la Ciudad Condal por el ejército franquista empujó a Parra a Francia, que huyó a través de la Junquera en febrero de 1939.

Detención y traslado a Dachau

Ya en territorio francés, Vicente Parra conoció diferentes campos de internamiento, en muchos casos acompañado por sus hijos y habitualmente como encargado de la enfermería. Uno de ellos fue Le Vernet, al sur del país. Si bien en ese momento no tuvo una importancia capital en la vida del médico, posteriormente sí fue así. A este lugar, narra Jiménez Aleixandre, volvió en 1943 cuando fue detenido por la policía del régimen de Vichy, y aunque se había ganado cierta reputación como doctor, con las consiguientes instancias de liberación por los responsables del centro, únicamente salió de allí para ser trasladado en Dachau.

Más de cuatrocientos internos fueron llevados a un cuartel de Toulouse como avanzadilla de los cientos de prisioneros que fueron desplazados al campo de concentración de Dachau. Agrupados en vagones sin ventilación, con unas setenta personas en un espacio donde apenas entraban cuarenta, fueron los primeros pasajeros del denominado «Tren Fantasma», una suerte de culebra de la muerte que, con su traqueteo lento y premonitorio, recorrió durante julio y agosto las vías francesas, huyendo del fuego aliado y las emboscadas de los partisanos de la Resistencia gala. Sin embargo, nunca llegaron a liberarlos. Los inquilinos de Le Vernet fueron los primeros, pero a ellos se sumarían los presos de la cárcel Saint Michel, también en Toulouse, y una veintena de mujeres que fueron recogidas de varios campos de internamiento de la zona.

En los trenes a Dachau viajaban hacinados setenta personas en un espacio para cuarenta. Al abrir las puertas, después de varios días, los pasajeros caían inertes como muñecos

Los escritos que acompañan a la narración de Aleixandre detallan, literalmente, que en el interior de los trenes los «excrementos eran las camas» de los supuestos pasajeros, amontonados y apretados, sin salir del tren durante días, como mercancía, peor que si fueran animales y sin poder coger ni siquiera una bocanada de aire. El sofocante calor de la época no hizo sino agudizar la agonía de cientos de personas que, al abrir las puertas, caían inertes como muñecos. De nuevo, los conocimientos de Parra fueron vitales. Apunta el mismo escrito que en algunos de los asaltos de los franceses pudo escapar, pero prefirió quedarse para auxiliar a sus compañeros de viaje.

Prácticamente despojados de toda condición humana, los prisioneros llegaron a Dachau, raquíticos y acomodados al putrefacto olor de su sudor y excrementos. Para entonces, como eunucos, el significado de la palabra dignidad había perdido todo su sentido en aquellos vagones. Vicente Parra permaneció ocho meses en el campo de concentración nazi. Allí, con apenas 50 kilos de peso, fue una de las vías de salvación para los cautivos. Atendió a las víctimas de los experimentos y a los aviadores norteamericanos que habían sido abatidos por los alemanes.

Clave para combatir una epidemia de tifus que asoló el campamento (no por la enfermedad en sí, sino porque los soldados nazis los marcaron como «no aptos» para el trabajo), en el momento de la liberación fue identificado como el representante de los españoles en el Comité Internacional de Prisioneros. Vicente Parra Bordetas murió en Caracas, Venezuela, en 1967. Con la sombra de lo vivido, siguió como médico hasta su final. Entre sus cargos destaca el de director del Hospital Varsovia de Toulouse, el hospital de los exiliados republicanos.

 

El preso catalán que desveló el horror nazi de Mauthausen


ABC.es

  • Francisco Boix, reo en el campo de concentración, dio testimonio a los aliados de las barbaries cometidas por las SS
RBA/B.Bermejo Francisco Boix, el hombre fotografió la barbariealemana en Austria

RBA/B.Bermejo
Francisco Boix, el hombre fotografió la barbariealemana en Austria

Varios edificios bajos rodeados por una hermosa y colorida arboleda habitada, además, por decenas de pájaros que no dejan de trinar. Un lugar ubicado a orillas del Danubio en el que, en definitiva, los sentidos se deleitan. Este es el aspecto que tiene, a día de hoy, el campo de concentración de Mauthausen; y así es como debieron verlo las tropas de la XI División Blindada del III Ejército de los Estados Unidos cuando, el 5 de mayo de 1945, tomaron el lugar y liberaron a los miles de presos famélicos de otras tantas nacionalidades que habitaban en su interior.

Sin embargo, el idílico manto verde que cubre esta región de Viena (al norte de Austria) contrasta radicalmente con la espantosa situación que vivió allí el fotógrafo Francisco Boix, uno de los más de 7.200 presos españoles que tuvo que soportar durante casi un lustro las tropelías y vejaciones de las tropas de las SS tras ser deportado desde Francia. Con todo, su paso por el lugar fue clave para la Historia. Y es que, gracias a que trabajó para los nazis revelando instantáneas en un barracón, este catalán pudo esconder más de 20.000 imágenes hechas por los alemanes en las que se retrataba la barbarie a la que fueron sometidas las más de 200.000 almas allí encerradas.

Las vivencias de Boix, testigo de los aliados tras la Segunda Guerra Mundial en los juicios de Núremberg y Dachau, han sido dadas a conocer estos últimos años gracias a la ardua tarea del historiador Benito Bermejo y a su libro, «El fotógrafo del horror». Publicado hace una década por «RBA», el texto acaba de ser relanzado en español y catalán por la misma editorial (llegará a las librerías el próximo siete de mayo) y muestra la detallada investigación que ha llevado a cabo este español para reconstruir la vida del fallecido preso de Mauthausen. «La nueva edición incluye correcciones que hemos ido descubriendo con el paso de los años, algunos testimonios nuevos y varias fotografías desconocidas», explica el autor a ABC en la misma entrada del campo.

El fotógrafo que se exilió a Francia

La historia de Boix, tal y como señala el historiador, comenzó el 31 de agosto de 1920 a las siete de la mañana, día en que España (y más concretamente Barcelona) le vio nacer. De familia republicana y catalanista, Paco no tuvo una mala infancia. De hecho, la capacidad económica de sus padres hizo que no pasara estrecheces y que pudiera acabar la educación primaria y comenzar el bachillerato (algo no muy usual por entonces). En los años siguientes, Bartolomé –su padre- despertó el interés del pequeño por la fotografía, lo que provocó que Francisco no tardara en empezar a hacer decenas y decenas de imágenes.

Con la llegada de la Guerra Civil en julio de 1936, Boix entró a formar parte de las Juventudes Socialistas Unificadas de Cataluña (de carácter republicano) sin dejar de lado su gran afición, Por ello, siempre solía viajar acompañado de su cámara «Leica», una de las mejores máquinas de la época.

Posteriormente, mientras republicanos y nacionales se enfrentaban en media España, Boix empezó a trabajar como fotógrafo para revistas como «Juliol» y empezó a ser conocido gracias a los múltiples retratos que hizo de líderes políticos de la talla de Dolores Ibárruri (la Pasionaria) o Largo Caballero. «Pasionalmente fotógrafo», como se le definió a posteriori, Boix pasó por el frente de batalla, aunque se desconoce si cómo combatiente, cómo reportero gráfico o ambas cosas. Así continuó hasta que, en 1939, las tropas de Franco tomaron Barcelona. Ese fue el momento en el que, al igual que otros tantos republicanos, se vio obligado a abandonar la región y huyó a Francia.

Pocos meses después de asentarse en su nuevo hogar, la (mala) suerte quiso que el país entrase en guerra con Alemania. La necesidad de tropas hizo que tanto él como una buena parte de los republicanos exiliados fueran «reclutados» por los galos para realizar tareas logísticas. Boix, particularmente, pasó a formar parte de la 28ª Compañía de Trabajadores Extranjeros, un grupo de apoyo del ejército con el que fue enviado hasta el noreste del país. Tiempo después, en mayo de 1940, la «Wehrmacht» (las fuerzas armadas germanas) se abalanzó sobre las líneas de defensa francesas por sorpresa capturando a miles de presos. Entre ellos se encontraba nuestro protagonista quien, tras un periplo por la región, fue enviado por tren al campo de concentración junto a otros 1.506 republicanos.

La llegada al campo

El 27 de enero de 1941, Boix llegó a Mauthausen, un emplazamiento levantado en 1938 por presos que habían sido enviados, a su vez, desde Dachau. Curiosamente, la puerta que dio paso a esta catalán a un encarcelamiento de casi cinco años es la misma que, actualmente, atraviesan miles de turistas al día.

Una vez en Mauthausen, fue trasladado al campo interior, el cual estaba formado por una plaza principal (Appellplatz) acompañada de una veintena de barracones destinados a albergar a los presos. Todo este complejo estaba rodeado, en principio, por una verja electrificada. Allí, Boix se encontró con que los presos hispanos ya habían formado un grupo bastante numeroso. No en vano, en la primavera de 1942 ya habían sido más de 7.200 los que habían portado en su ropa el triángulo azul invertido (signo de que eran «apátridas») rematado con una «S» de grandes dimensiones (la cual denotaba que eran españoles).

Aunque nuestros compatriotas sufrieron allí todo tipo de vejaciones en Mauthausen, algunos pudieron presumir también de tener algo suerte. Uno de ellos fue Francisco, quien, meses después de bajarse del transporte, entró a formar parte de la oficina del «Erkennungsdienst», un «Kommando» o grupo de prisioneros encargados de realizar las denominadas «fotografías de identificación» de los reos que llegaban al lugar.

En su nuevo destino (ubicado en un barracón en el campo exterior de Mauthausen), Boix se toparía a lo largo de los años con varios españoles como Antonio García Alonso y José Cereceda. Este trio de presos fue el encargado, además, de fotografiar a todas las personalidades germanas que visitaban el campo y de dejar constancia gráfica de cualquier suceso extraordinario. Entre los mismos, se destacaban las muertes de los reos que se hubiesen producido por causas «no naturales» (muchas veces, asesinatos premeditados de los guardias nazis).

A Boix, cuyo talento quedó patente desde que comenzó a trabajar en este barracón fotográfico, los altos cargos de las SS también le solían encargar retratos personales. Este «trabajillo» extra lo solía realizar a cambio de unas monedas que se sumaban a las que ganaba por estar al mando del «Erkennungsdienst» (y las que canjeaba en Mauthausen por objetos como peines, jabón u otros «caprichos»).

Poco a poco, Boix terminó siendo un preso con ciertos privilegios, algo que –entre 1943 y 1944- sucedió a muchos de los reos de nuestro país. «Cuando los españoles llegaron a Mauthausen su mortalidad era altísima. Sólo eran superados por los rusos. Pero, de los que quedaron vivos, muchos terminaron integrándose en el sistema del campo y convirtiéndose en “funcionarios”. Se podría decir que, aquellos que resistieron los tres primeros años, tuvieron muchas posibilidades de sobrevivir hasta el final», señala Christian Dürr, jefe de Archivos e Investigación Histórica del Memorial del campo de Mauthausen. Bermejo es de la misma opinión: «Llegado el año 42, los presos españoles no estaban, en general, mal ubicados. Todo aquel que superó esta fecha tuvo muchas cartas a favor para poder llegar hasta el final sano».

Las fotografías del horror salen a la luz

Tras su entrada en el «Erkennungsdienst», Boix continuó haciendo y revelando cientos de fotografías por orden de su jefe inmediato, el suboficial de las SS Paul Ricken (quien podía presumir de ser, además de un miembro del NSDAP desde antes de la Segunda Guerra Mundial, un válido profesor de historia del arte). Su trabajo se extendió, según afirmó posteriormente el catalán, hasta 1943, año en que –tras la derrota de la «Wehrmacht» en Stalingrado ante el Ejército Rojo– las órdenes cambiaron. Al parecer, y ante el temor de que los aliados llegasen hasta Austria, los altos mandos del campo decidieron acabar con todas las instantáneas comprometedores que había archivadas con el objetivo de que no se descubrieran las atrocidades cometidas.

«Cuando el ejército alemán fue derrotado en Stalingrado, llegó una orden del Departamento Político de Berlín para que se destruyesen todas las películas. Mi anterior jefe de las SS cumplió esa orden hasta que se cansó y me dieron la orden de continuar», explicó Boix posteriormente a los aliados. Aquel fue un craso error por parte de los germanos, pues el catalán empezó a guardar los negativos de las imágenes más comprometedoras que pudo hallar para que, llegado el momento, pudieran ser usadas contra los nazis. Para esta ardua tarea se ayudó principalmente de sus camaradas del «Erkennungsdienst» y de los españoles encarcelados en el campo de concentración. Éstos escondieron las instantáneas en todo tipo de emplazamientos como viejas chimeneas o bajo los barracones.

Boix también contó con la colaboración del «Kommando Poschacher», un grupo de españoles que, al trabajar en una cantera fuera de Mauthausen y contar con régimen de libertad vigilada, podían deambular por el pueblo ubicado cerca del campo sin levantar sospechas. Aquella ventaja les permitió recibir de Francisco un paquete de negativos robados que, en otoño de 1944, entregaron a una mujer de la zona. Anna Pointner, como se llamaba la susodicha, quiso colaborar con ellos y ocultó aquel tesoro al abrigo de una pared de piedra ubicada tras su vivienda. Curiosamente, el muro aún se conserva, aunque es imposible encontrar el lugar en el que se encubrieron estos documentos.

Con la llegada de los aliados el 5 de mayo de 1945, Boix comenzó a recopilar todos aquellos negativos hasta contar, como señaló posteriormente, con 20.000 de ellos (un tercio del total de las fotografías realizadas en el «Erkennungsdienst»). Las imágenes debieron ser bastante esclarecedoras, pues el catalán tuvo que presentar varias de ellas (las más crudas, todo sea dicho) en los juicios contra los jerarcas nazis realizados en Núremberg y Dachau. Y es que, con semejantes pruebas (en las que podían verse desde cadáveres tiroteados, hasta prisioneros famélicos) solo un estúpido se atrevería a decir que el Holocausto no había existido.

Su testimonio, determinante para enjuiciar y castigar a varios guardias de las SS, ha pasado, sin embargo, de puntillas en la Historia. Al menos hasta ahora. No es extraño, pues Boix falleció en la cama de un hospital cinco años después de la liberación de Mauthausen dejando tras de sí un gran nicho de información con respecto a su vida. Esta escasez de datos provocó, incluso, que algunos de sus compañeros como Antonio García afirmaran posteriormente que el catalán no era más que un adulador de los nazis que se apropió de un plan (el de robar las fotografías) que no era suyo. Fuera como fuese, el fotógrafo español de Mauthausen dejó una marca imborrable en la Segunda Guerra Mundial.