El día que las Ventas homenajeó a Himmler


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  • El jefe de las sangrientas SS de la Alemania nazi de Adolf Hitler llegó a la capital y visitó España tras la Guerra Civil
 Llegada del jefe de las SS, Heinrich Himmler, a la Estación del Norte en Madrid - ABC

Llegada del jefe de las SS, Heinrich Himmler, a la Estación del Norte en Madrid – ABC

El 21 de octubre de 1940, Heinrich Himmler, Reichsführer de la Schutzstaffel (SS) y uno de los principales líderes del Partido Nazi (NSDAP), aterrizaba en la Estación del Norte de Madrid después de su paso por San Sebastián, la primera ciudad que pisó española, Y Burgos. Para la ocasión, la estación vestía engalanada con tapices y banderas españolas y esvásticas del III Reich, y también las calles lucían las banderas de los dos países.

El Diario ABC conserva las publicaciones e imágenes en las que se informó de aquella visita de la posguerra; gracias a ellas, hoy es posible saber los detalles de la estancia del oficial nazi desde que pusiera pie en el país, a las 9 de la mañana de aquel domingo.

A la llegada de Himmler a Madrid, Ramón Serrano Suñer, entonces ministro de Asuntos Exteriores, fue quien recibió y condujo al Führer hasta el hotel Ritz, donde se hospedó durante sus días en la capital. En su recorrido, la Policía armada y formaciones de Falanje Española Tradicionalista y de las Jons le escoltaron al ritmo de música y desfile de las fuerzas, mientras miles de personas saludaban con el brazo en alto y vitoreaban a España y Alemania.

Tras su encuentro con el general Francisco Franco, que se prolongó hasta una hora en el Palacio de El Pardo, Himmler acudió a la Monumental de Las Ventas, la plaza de toros que esperaba al nazi con esvásticas, banderas españolas y un público eufórico ante su presencia. Se celebró una corrida en su honor –hubo rumores de que se mareó durante la misma–, seguida de ovaciones y brazos en alto; el mismo gesto que utilizaba el fürer para responder a los ciudadanos.

El alemán, junto a su séquito de las SS, conoció El Escorial y Toledo, donde visitó fortificaciones históricas como el Alcázar de Toledo, donde se libró una de las sangrientas batallas de la Guerra Civil Española, terminada un año antes de la visita del comandante nazi.

Sobre la visita de Himmler a Madrid, las fuerzas del régimen anunciaron oficialmente que se trataba de un «viaje turístico», mientras que historiadores aseguran que el objetivo era reunirse con el Caudillo para tratar temas de seguridad internacional.

Hardy Krüger, el soldado nazi que triunfó en Hollywood


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  • El actor alemán perteneció a las SS, combatió del lado de Hitler y fue capturado por los aliados, hasta que escapó y acabó protagonizando películas junto a John Wayne
Hardy Krüger, en una escena de «Un puente lejano» (1977)

Hardy Krüger, en una escena de «Un puente lejano» (1977)

En los tres años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, se calcula que fueron expulsados de diversos países europeos entre 12 y 14 millones de alemanes. A lo ojos del resto de mundo representaban el Estado que había traído la muerte, la destrucción y la ruina al resto del planeta, con un conflicto que le había costado la vida a más de 50 millones de personas y un Holocausto que acabó con otros seis millones más. El odio llegaba a tal punto que, incluso, nadie quería ver en sus películas a actores germanos, muchos de los cuales habían combatido, además, del lado de Hitler.

Entre ellos, sin embargo, hubo un caso sorprendente y único, el de Hardy Krüger. Este actor logró superar su pasado nazi como miembro de las SS y como soldado del Tercer Reich, para convertirse en el primer actor alemán en protagonizar películas en Londres, París, Sydney, Moscú y Estocolmo, llegando a triunfar en Hollywood.

Hardy Krüger nació en Berlín el 12 de abril de 1928. A los 13 años, como le ocurría a la mayoría de chicos de su edad, fue reclutado por la Juventudes Hitlerianas («Hitler Jugend»). Seleccionado por sus maestros y líderes estudiantiles, el pequeño y delgado berlinés recibió la orden de unirse a la Escuela de Adolf Hitler en el Ordensburg Sonthofen, en Baviera. Sus padres, admiradores ávidos del Führer, consideraron aquello un gran honor, pues no era fácil ingresar. Tenía 15 años entonces y había comenzado la Segunda Guerra Mundial, cuando fue contratado para interpretar su primer papel en el cine, en la película «Joven águila».

Su debut en el cine

El azar quiso que su director, Alfred Weidenmann, diera con aquel divertido joven en el más improbable de los lugares: detrás de las paredes grises de la Escuela de Hitler. Casi sin darse cuenta, y sin ser consciente de que aquello cambiaría su vida, Krüger se vio rápidamente en un tren camino de Berlín.

Weidenmann cogió cariño al muchacho, naciendo una amistad que duraría toda la vida. El famoso director de cine alemán era un hombre de dos caras. Por un lado, era capaz de mostrar una sonrisa que iluminaba cualquier sala mientras hacía el saludo nazi absolutamente convencido y, por otro, daba refugio a cualquier judío que se encontrara en su camino para evitar que acabara en una cámara de gas o en un campo de concentración.

De hecho, «Joven águila» fue una producción del Tercer Reich encargada directamente a Weidenmann, en la que, sin nombrar al Gobierno nazi, se inducía a la población más joven a que considerara trabajar en la fabricación de aviones a una edad temprana. Sea como fuere, si un largometraje de este calibre, en lo que a presupuesto y apoyos se refiere, se hubiera rodado en otra época o país, la carrera cinematográfica de Krüger, probablemente, habría despegado.

De las SS a la rendición

Sin embargo, no eran tiempos para el ocio y el joven actor tuvo que regresar a la Escuela de Hitler de la que le habían sacado para el rodaje. Menos de un año después de su estreno, el joven actor fue reclutado también por la Wehrmacht (Ejército alemán) y, a principios de 1945, incorporado a la 38ª División de los Granaderos de Nibelungen de las SS. Se trataba de la última división que los nazis crearon en la Segunda Guerra Mundial, cuyo nombre hacía referencia a la pieza musical del poema medieval del «Anillo de los Nibelungos», compuesto por Richard Wagner en el siglo XIX.

En los primeros días de abril de 1945, la división de Krüger se incorporó a las batallas que el Ejército alemán mantenía con los estadounidenses en el Río Danubio. Las tropas de Hitler establecieron una línea de defensa de 20 kilómetros entre Kelheim y Vohlgurg, que después tuvieron que extender 15 kilómetros más por la falta de refuerzos. Aquel despliegue fue una locura, pues dejó mucho terreno desprotegido y los aliados pudieron arrasar con todo el territorio fácilmente. A los germanos no les quedó otra opción que retirarse.

A partir del 1 de mayo, Krüger y los suyos se enfrentaron con los norteamericanos en varias ocasiones, sufriendo los alemanes un número elevado de bajas. El joven actor se encontraba entre los pocos supervivientes que quedaron cuando el nuevo Jefe del Estado, el almirante Karl Doenitz, ordenó el alto el fuego y la rendición. Hardy Krüger se entregó y, con el resto de sus compañeros, fue hecho prisionero. Algunas biografías cuentan que, durante su cautiverio, intentó escapar tres veces y que lo consiguió en la última, poco antes de que se decretara el final de la guerra. Otras fuentes dicen que fue liberado.

Años más tarde, Krüger aseguró que «odiaba el uniforme nazi». Durante el rodaje de «Un puente lejano» (1977), donde interpretaba a un general de Hitler, cuentan que se ponía una capa superior sobre su traje de las SS nada más acabar cada toma. «No quería recordar mi infancia en Alemania durante la Segunda Guerra Mundial», comentó sobre la anécdota.

Su carrera como actor

Tuvieron que pasar cuatro años, una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial, para que Krüger volviera a actuar. En 1949 participó en tres películas. En los siguientes diez años, hasta que fue descubierto por Joseph Arthur Rank, rodó doce más, algunas de las cuales tuvieron su hueco en ABC, como a «Dos caras del destino», con Weidenmann de nuevo. Fue entonces cuando este distribuidor inglés le consiguió incluir en el reparto de tres largometrajes británicos, protagonizando alguna: «El único evadido» (1957), «Bachelor of Hearts» (1958) y «Cita a ciegas» (1959). En todos, curiosamente, aún era presentado como un actor extranjero y no alemán.

Aunque ese sentimiento de odio hacia lo germano aún estaba presente en la Europa de la posguerra, Hardy Krüger acabó abriéndose camino y convirtiéndose en uno de los actores favoritos del viejo continente, a pesar de su pasado nazi. Su pelo rubio y sus ojos azules le ayudaron, efectivamente, a que le ofrecieran papeles de soldado alemán, tan habituales en las películas bélicas de la época.

Aquello le allanó el camino para su primer papel en Estados Unidos, nada menos que como protagonista de una película junto a John Wayne, «Hatari!» (1962), que cuenta la historia de un cazador que recorre el mundo capturando animales para venderlos a los zoológicos, y que reúne a un equipo para marcharse a las llanuras de Tanganika (actual Tanzania), en busca de cebras y jirafas.

En la cima

La carrera de Krüger estaba en lo más alto. Había conseguido hacer una pequeña fortuna que le dio para comprarse una propiedad en las tierras de Tanzania, donde había rodado junto a Wayne. Allí construyó una casa para él y un hotel de bungalows, que mantuvo hasta 1978. En aquel año, una noticia del diario alemán «Nashua Telegraph» anunciaba que el actor se mudaba a Estados Unidos para continuar su carrera cinematográfica.

Su fluidez con el alemán, el inglés y el francés era muy apreciada por los productores europeos y estadounidenses. Eso le ayudó a ser más selectivo con los guiones y participar en coproducciones internacionales de mejor calidad. Ganaba el dinero suficiente como para dedicarse a escribir e iniciar también su carrera como escritor, publicando más de una docena de libros.

A sus 87 años, Hardy Krüger es hoy considerado uno de los actores más importantes de la historia de Alemania y Europa. Su pasado en las juventudes nazis y como soldado de Hitler durante la Segunda Guerra Mundial es una mancha aborrecida por él y no tenida en cuenta por el público. Tanto es así que ha recibido varios premios en su país de origen por su carrera como intérprete, tales como la Legión de Honor en grado de Oficial, en 2001, y el Premio Bambi por su trayectoria profesional, en 2008. Y por si no fuera suficiente, es hoy el único actor alemán que, a excepción de la actriz Hildegarde Neff, ha protagonizado una obra en Broadway.

«El hombre más peligroso de Europa», el oficial de Hitler que se enamoró de Madrid


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  • Otto Skorzeny llegó a ser guardaespaldas de Eva Perón
abc El alto mando de las SS Otto Skorzeny, en el centro, en una imagen de archivo

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El alto mando de las SS Otto Skorzeny, en el centro, en una imagen de archivo

«No soy refugiado político, estoy en España porque me gusta», dijo el exoficial de las SS Otto Skorzeny (Viena, 1908) a ABC en enero de 1970. La entrevista, obra de Antonio Alférez, esboza la apacible vida de este ingeniero de carrera en Madrid años después del final de la II Guerra Mundial; «vivo bastante bien», confesó. Enfrascado en la lectura y el deporte, este gigante de 195 centímetros y 100 kilos de peso, de complexión atlética, se asentó en la capital libre de remordimientos pero aún relacionado con su pasado, pues era el responsable máximo de la organización secreta de antiguos miembros de las SS en España, Odessa, que se encargó de la evacuación de éstos a Sudamérica.

Aunque en la interlocución con Alférez -en su despacho, próximo a la Puerta del Sol- aseguró que la Guerra había acabado para él en 1945 y que su nombre no era más que un pretexto para el periodismo sensacionalista, lo cierto es que bajo su recia apostura, potenciada por una inmensa cicatriz que cruzaba su mejilla izquierda, todavía se hallaba la reminiscencia del «Hombre más peligroso de Europa», como fue bautizado por el Alto Mando aliado en 1943. También conocido como «Cara cortada» por razones obvias, el periodista de ABC lo describió como un personaje de apariencia recta y carácter volátil, capaz de pasar en minutos de la cólera a la sonrisa.

Skorzeny fue absuelto el 8 de septiembre de 1947 de los crímenes de guerra imputados; diez meses más tarde, escapó del campo de concentración en el que esperaba para declarar ante un Tribunal de desnazificación, según recoge la crónica de ABC a su muerte, en julio de 1975.

Antonio Alférez, acaso ajeno a su papel en Odessa, tampoco conocía sus ocupaciones entre el final del conflicto y su afincamiento en Madrid, definitivo en 1951. En ese tiempo, viajó hasta Argentina, concretamente a Buenos Aires, para convertirse en asistente del presidente Juan Domingo Perón y en guardaespaldas personal de Eva, su mujer. La crónica fue revelada por el periodista irlandés Kim Bielenberg en un reportaje publicado a comienzos de 2015 por la cadena británica BBC.

Liberador de Mussolini

Soldado predilecto de Adolf Hitler, fue el propio «Führer» quien le encargó personalmente el rescate de Benito Mussolini del Gran Sasso, en los Alpes, donde estaba recluido en 1943. La obra de evacuación, en consonancia con los paracaidistas de la «Wehrmacht» alemana, lo elevó no sólo en la escala de oficiales de las SS, abandonando su rango de coronel, sino también en la Historia. Sin embargo, investigaciones posteriores aseguran que su papel en dicha operación no fue tal, sino que más bien fue atribuido, y que su mayor logro remite al intento de atentado contra Dwight D. Eisenhower y la «Operación Greif», donde se infiltró entre las tropas norteamericanas.

A pesar de su relación con el peronismo, no fue a orillas del Río de la Plata donde Otto Skorzeny encontró la paz y la estabilidad que su propia biografía le negaba, sino en Madrid, donde envejeció impune durante más de dos décadas, hasta su muerte en 1975, víctima de un cáncer. La vida en la capital resumía su parecer sobre España: «Es mi segunda patria y terminaré mi vida aquí», avanzó a Antonio Alférez en su entrevista.

La guardiana nazi que entrenó a su perro para arrancar los genitales a los presos


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  • Charlotte S. fue otra de las combatientes destinadas en Auschwitz que, en 2014, no había sido juzgada por sus crímenes
 BILD La historia de Charlotte S. salió a la luz el año pasado gracias a periódico alemán Bild

BILD | La historia de Charlotte S. salió a la luz el año pasado gracias a periódico alemán Bild

Desde Amon Göth, hasta Dorothea Binz. Los libros guardan un lugar específico para aquellos despreciables soldados nazis que -bajo la protección que les daba la esvástica y la Calavera de las SS- cometieron todo tipo de tropelías con los prisioneros que estaban a su cargo en los campos de concentración. Por desgracia, a la Historia también le falla la memoria y, en ocasiones, se olvida de otros tantos nombres que deberían haberse grabado a fuego en la conciencia colectiva con un único objetivo: que sus propietarios fuesen recordados siempre como los criminales que fueron.

Uno de estos personajes fue Charlotte S., una de las más de 3.700 mujeres que, durante la Segunda Guerra Mundial, se unieron a las filas de las SS (las tropas más ideologizadas del Tercer Reich) y terminaron trabajando en las decenas de campos de concentración como «guardianas». Su caso, sin embargo, es especialmente llamativo pues –a pesar de que durante la contienda se hizo famosa por entrenar a sus perros para que mordieran los genitales de los presos- el pasado 2014 seguía viva y sin ser juzgada por sus crímenes.

Su historia ha vuelto a salir estos días a la luz debido a que guarda ciertas imilitudes con la de Oskar Grönning, el anciano más conocido como el «Contable de Auschwitz» que, hace menos de una semana, fue juzgado en Alemania por sus presuntos crímenes. Por el contrario, y mientras que este alemán ha tenido que rendir cuentas debido a su posible relación con el asesinato de más de 300.000 personas, no ha sucedido lo mismo con Charlotte, cuya historia fue desvelado el pasado año por el diario alemán «Bild». Y es que, a pesar de que seguía viva el pasado mayo, se desconoce cuál es su paradero actual o si continúa aún con vida.

Una pequeña, pero cruel historia

Poco se sabe a día de hoy sobre Charlotte S. En palabras de «Bild», hay que recurrir a documentos de la «Stasi» (uno de los cuerpos de policía soviéticos más brutales de la República Democrática Alemana) para saber que esta germana comenzó su carrera, como tantas otras mujeres alistadas en las SS, en el campo de concentración de Ravensbrück, ubicado a menos de 100 kilómetros de Berlín. Allí fue donde las miles de «aufseherin» (un rango equiparable en las féminas al de soldado raso) fueron entrenadas en el arte del dolor.

«En Ravensbrück, en lugar de enseñarles como se debía administrar un campo (cómo limpiar las cocinas, hacer que funcionase de forma efectiva el lugar o cómo tratar a los prisioneros) aprendían las diferentes formas de pegar, apalear y asesinar a los presos, además de todo lo referente al tema de los hornos crematorios. Todas las alemanas que pasaban por allí estaban destinadas a maltratar, humillar y en última instancia matar a cualquier preso que pasara por el campo de concentración», explicaba a ABC hace unos meses Mónica González Álvarez (periodista y escritora y autora de «Guardianas nazis. El lado femenino del mal»).

En Ravensbrück (y siempre según las palabras del «Bild») Charlotte S. comenzó su carrera como guardia y, más específicamente, como adiestradora de perros. Su periplo por esta escuela de la maldad la tuvo entretenida desde septiembre de 1941 hasta marzo de 1942. Posteriormente fue enviada a Auschwitz, el campo de concentración ubicado en Polonia en el cual fueron asesinados más de un millón de presos. Allí, esta cruel germana se hizo famosa por andar siempre junto a su pastor alemán, al que había instruido para morder los genitales de los prisioneros a una orden suya.

Según recogió en el año 2014 por la versión digital del diario «Daily Mail», varios presos narraron posteriormente el sufrimiento que debían soportar para evitar que su temible mascota les atacase: «En el campo de concentración había una mujer con una sonrisa bondadosa que enmascaraba un carácter horrible. Solía ponerse erguida frente a nosotros mientras su perro gruñía. Lo había instruido para que nos odiase. Debíamos permanecer inmóviles durante horas y, si alguien se movía por el frío o por el calor, el animal enloquecía».

A finales de 1943, y según determina «Bild», Charlotte S. fue dada de baja como guardiana del campo de concentración por maternidad. Y es que, a pesar de su crueldad, quería cuidar del retoño que acababa de tener. El marcharse relativamente pronto del lugar no evitó que fuese condenada después de la Segunda Guerra Mundial a 15 meses de prisión por vejar a prisioneros.

Entre la realidad y la ficción

Charlotte S. era, en 2014, uno de los tres supervivientes que aún permanecían el libertad sin juicio a pesar de haber sometido a todo tipo de barbaridades a los prisioneros a su cargo. Su destino contrasta con el de Grönning, quien ha pasado por un juzgado alemán y, 70 años después del final de la guerra, ha pedido disculpas a los supervivientes del campo de concentración. Eso sí, señalando siempre que él no acabó nunca con la vida de un prisionero y que únicamente se dedicaba a las labores de contabilidad del lugar.

Con todo, hay expertos en España que consideran que este tipo de historias (principalmente la de Grönning) podrían haber sido exageradas o inventadas para, con el paso de los años, ganar notoriedad. «Creo que habría que investigar historias como la del “contable de Auschwitz”. Es muy extraño que, después de tantos años, se vuelva a desvelar esta noticia y que no se aporte documentación sobre su trabajo. Habría que hablar con los archiveros alemanes, consultar si es cierto y contrastar que estos soldados –aún vivos- participaron en las labores del campo y que no buscan lograr notoriedad pública tras su relación con el Reich», añade Mónica González Álvarez a ABC.

Descubren que Hitler bombardeó sus propias ciudades para hacer «prácticas de tiro»


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  • Nuevos documentos de las SS desvelan como el Führer arrojó cohetes V-2 contra los mismos alemanes matando a miles de personas
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ARCHIVO ABC Las regiones más castigadas fueron las de Pomerania

Las barbaridades cometidas por los nazis contra polacos, soviéticos y, en general, judíos, son ampliamente sabidas a día de hoy. Sin embargo, lo que era hasta ahora desconocido es que los secuaces de Adolf Hitler llegaron a cometer todo tipo de tropelías contra los propios alemanes tales como bombardear ciudades germanas con cohetes V-2 para hacer «prácticas de tiro». Todo ello, en 1944. Sin duda, una nueva muesca que poner en el triste cuchillo del Führer, cuya leyenda negra se amplía día a día.

Este cruel hecho se ha sabido gracias a una serie de documentos de las SS (las tropas más ideologizadas del régimen nazi) que han salido a la luz hace pocas jornadas. En ellos queda patente como Adolf Hitler ordenó disparar varias bombas sobre algunas ciudades y pueblos germanos con el objetivo de comprobar la magnitud de la devastación de sus nuevos misiles balísticos V-2. La orden era tan secreta que fue recibida únicamente por el «Kommandostelle S», una unidad de la que se tienen pocos datos a día de hoy..

Los informes –publicados por el diario «Daily Mail»- señalan también como estos ataques provocaron la muerte de miles de ciudadanos alemanes, crímenes de los que Hitler culpó posteriormente a los aliados entre 1944 y 1945 (casi al finalizar la contienda). Posteriormente, los nazis intentaron quemar los archivos cuando el Tercer Reich se derrumbaba, pero fueron rescatados de las llamas por un personaje desconocido y fueron a parar a las manos de un coleccionista alemán que los guarda desde entonces.

Tal y como publica el diario británico, los archivos –que están escritos en hojas de papel A4- muestran que una buena parte de los cohetes fueron probados lanzándolos desde la región de Peenemünde hacia Londres, Ameberes o Lieja (territorio enemigo). Sin embargo, también dejan patente que varios tenían como objetivo ciudades alemanes en el área de Pomerania. A su vez, se cree que, posteriormente, varias unidades de las SS fueron enviadas a estas regiones aliadas para evaluar la magnitud de los daños y la devastación que podían causar las V-2.

Los informes, a la venta

Varios de estos informes serán puestos a la venta el próximo 18 de marzo, día en el que se cree que llegarán a un precio de unos 3.000 euros. «La bomba V-2 fue el primer misil balístico que de verdad pudo haber dado la victoria Hitler. Sus efectos fueron devastadores», ha señalado el portavoz de la empresa que se encargará de poner a la venta los papeles. No anda desencaminado, pues esta arma acabó con miles de enemigos y, según se creía, su capacidad de destrucción sólo podría ser superada por la futura e incompleta bomba atómica alemana.

«Esta es una prueba de lo desesperados que estaban los nazis después del Día D al percatarse de los avances de las fuerzas aliadas en toda Europa. Muchas de estas “prácticas de tiro” se saldaron con miles de muertos y cuantiosos daños materiales», ha señalado el representante de la casa de subastas. A su vez, este ha afirmado que los informes suponen toda una reliquia, pues la mayoría de archivos de este estilo fueron quemados por los miembros de las SS cuando los aliados entraron en Berlín ávidos de venganza.

Las bombas V-2

Los cohetes V-2 fueron desarrollados por el ingeniero aeroespacial alemán Wernher von Braun. Estas armas fueron las más avanzadas de su tiempo y se siguieron utilizando hasta que, en agosto de 1945, Estados Unidos arrojó las bombas atómicas en Japón. Disparadas desde unas lanzaderas de 14 metros, eran impulsadas por etanol líquido y oxígeno y cada una pesaba 13 toneladas. Podían alcanzar, además, objetivos a más de 200 kilómetros de distancia causando una gran devastación allí donde impactaran.

La confitería de la Castellana que salvó a 30.000 judíos en la II Guerra Mundial


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  • El local, fundado en 1931, tuvo una doble función en la época: exclusivo punto de encuentro de aristócratas y diplomáticos y refugio secreto para huidos de la Gestapo y las SS alemanas
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embassy Entrada de Embassy, fundado en Madrid en 1931

 

El depresivo y enjuto Madrid de los primeros 40 fue también un Madrid de confidencias e intrigas, de espías con monóculo y actividades clandestinas. Bajo su privilegiada situación geográfica, asidero para los intereses de nazis y aliados, se esconde esta historia de diplomacia alternativa; doble cara del exclusivo «Embassy», una confitería que, situada en el número 12 de la Castellana, reunió a aristócratas, embajadores y agentes de inteligencia en torno a té, pastas y vigilancia mutua.

La distinguida y exclusiva apostura británica del local, fundado en 1931, coloreó el plomizo paisaje de la ciudad. Fue la obsesión de Margarita Kearney Taylor, propietaria del mismo, que desde el inicio trató de convertir a la zona en una aproximación de los elegantes barrios londinenses, como Mayfair o Belgravia. Después, con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, se afanó en dar refugio y salida a quienes huían de la Gestapo y las SS alemana.

La confitería, convertida también en restaurante, recibió el nombre de «Embassy» por su proximidad con las embajadas, especialmente la británica y la alemana –ubicada a unos pasos, junto a la genial «Friedenskirche»-. Los intereses de ambas confluían en el exclusivo local, testigo de una calma tensa y superficial.

Acoso nazi

El despliegue nazi, dirigido por Paul Winzer, jefe de la Gestapo, y Hans Lazar, su homólogo en las SS, aumentó su control y presión en la zona con la connivencia y pasividad de Francisco Franco. Alemania, en ese sentido, llegó incluso a plantearse una invasión para satisfacer sus pretensiones estratégicas en el conflicto. Ante tal situación, Kearney Taylor, junto al embajador británico Sir Samuel Hoare, convirtió su local en un refugio para paliar la persecución sufrida por todo aquel que fuera contrario a los intereses nazis.

El sótano de «Embassy», donde se hallaba un horno para la elaboración de los pasteles de la confitería, cobijó a miles de indocumentados que recibían atención, comida y algo de dinero. Se calcula que la embajada británica gastó más de 1.000 libras al día para acometer tal empresa, que eventualmente fue interrumpida por varios cierres del local. El ánimo de Margarita, irlandesa de elegante pero firme apariencia, no se arredró.

Respecto a los judíos, también acosados y amenazados en Madrid, «Embassy» se constituyó como su salvación y oportunidad de huida. Aunque Franco nunca emprendió una política de persecución contra ellos, cualquiera que entrara ilegalmente en España estaba sujeto a arresto y deportación. Cerca de 30.000 personas fueron evacuadas en ese sentido ante el acoso constante de la embajada alemana.

El establecimiento, todavía en pie, aún cuenta con su aire exclusivo y selecto. Esta historia, como otras 99, se incluyen en el libro «Historias Auténticas by Viña Pomal», que narra anécdotas históricas de los restaurantes más emblemáticos de Madrid.

«Bestias nazis», los verdugos más sádicos del Tercer Reich


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  • Jesús Hernández rememora en su nuevo libro las espeluznantes actividades de cinco de los sirvientes más sanguinarios del Führer

Amon Göth prepara su rifle para disparar sobre los prisioneros

Sadismo, crueldad, y, sobre todo, una frialdad imposible de entender. Sin duda, estos son los atributos que asaltan la mente cuando se piensa en los soldados que, a las órdenes de Hitler, jugaron con la vida de cientos de miles de personas durante la II Guerra Mundial. Sin embargo, se quedan cortos a la hora de definir a insignes nazis como Amon Göth –un capitán de las SS que practicaba puntería a diario con los prisioneros del campo de concentración que dirigía- o Ilse Koch –acusada de fabricar lámparas con la piel de decenas de judíos-. Si algo ha demostrado la Historia, es que la brutalidad del ser humano puede ser infinita.

A lo largo del tiempo se han ido diluyendo los crueles actos de infamia protagonizados por varios de estos alemanes que, sintiéndose privilegiados por portar la calavera de las SS, daban rienda suelta a sus más sádicas fantasías. Pero, en un intento de luchar contra este olvido, el historiador y periodista Jesús Hernández acaba de publicar «Bestias nazis. Los verdugos de las SS» (editado por «Melusina»), una excelente obra en la que narra, entre otras cosas, las crueles prácticas llevadas a cabo por cinco de los oficiales más sanguinarios de Hitler durante el Holocausto.

Así pues, Hernández nos transporta a un mundo -el de los campos de concentración- en el que la vida de un prisionero valía menos que la de un animal de compañía, y en donde, por muy extraño que parezca, la muerte no era el peor de los destinos. Y es que en estos recintos acechaban desde temibles seres enfundados en uniformes que gozaban torturando durante semanas -y hasta el último aliento de vida- a los cautivos hasta, incluso, extravagantes doctores nazis que practicaban inconcebibles y mortales experimentos en personas vivas.

Tres señores de la muerte

Uno de los primeros señores de la muerte que plasma Hernández en «Bestias nazis. Los verdugos de las SS» es Amon Göth, el popular comandante del campo de concentración de Plaszow (ubicado en Polonia) que fue retratado por Spielberg en la película «La lista de Schindler». Este cruel oficial vino al mundo en 1.908 y, con apenas 23 años –tan sólo 5 después de unirse a los nazis- se convirtió en miembro de las SS.

Göth no tuvo que esperar mucho para poder demostrar su crueldad, de hecho, una de sus primeras oportunidades le llegó cuando tenía poco más de treinta años y recibió la orden de destruir el barrio judío que los alemanes habían creado en Cracovia. Así, corría 1.943 cuando acabó en plena calle, y junto a sus hombres, con la vida de más de 2.000 personas en tan sólo dos días y envió a campos de concentración y exterminio a otras 10.000.

«”Bestias nazis” narra la vida de los nazis más crueles del III Reich»

Pero por lo que se haría desgraciadamente famoso este nazi sería por dirigir con puño de hierro el campo de concentración de Plaszow durante más de dos años. Ese breve periodo de tiempo le valió para ganarse el apodo de «El verdugo» pues, entre otras cosas, gozaba golpeando a mujeres hasta la muerte o asesinando, al azar, a diferentes reos sólo por diversión. A su vez, consiguió que su nombre quedara rubricado en las páginas de la Historia por practicar puntería con un rifle de francotirador indiscriminadamente sobre los cautivos del lugar.

Con todo, el autor también tiene tiempo, a lo largo de las 500 páginas que abarca su obra, para contar historias como la de Oskar Dirlewanger, el conocido con el sobrenombre del «Verdugo de Varsovia». «Nacido en la ciudad bávara de Wurzburgo en 1895, luchó en la Primera Guerra Mundial, siendo herido y condecorado. Tras la guerra, Dirlewanger se doctoró en Ciencias Políticas y en 1923 se afilió al partido nazi. Aunque trabajaba como maestro, su vida era muy desordenada; dado a la bebida y a los escándalos públicos, acabó condenado por violar a una menor en 1934, reincidiendo en cuanto salió en libertad. Sus contactos en las SS le rescataron y fue enviado a España, a luchar en la Legión Cóndor. En 1939 alcanzó una posición destacada en las SS, lo que le permitió continuar impunemente con sus tropelías», destaca Hernández en declaraciones a «ABC».

«En 1940 se le encargó la creación de un batallón formado por cazadores furtivos convictos. La unidad acabó aceptando delincuentes acusados de delitos graves. En 1941 fue empleada en Rusia para luchar contra los partisanos, en donde sus miembros pudieron dar rienda suelta a sus impulsos criminales. El batallón fue enviado a la región de la ciudad polaca de Lublin, convirtiéndola en escenario de saqueos, incendios, asesinatos, violaciones y atrocidades sin límite. Los hombres de Dirlewanger también serían empleados en la represión del levantamiento de Varsovia en 1944, cometiendo aún mayores excesos, como la irrupción en un hospital en donde los pacientes fueron acribillados en sus camas y las enfermeras violadas y asesinadas. Al acabar la guerra, Dirlewanger fue capturado por los franceses, quienes lo entregaron a unos soldados polacos para que se tomasen cumplida venganza. Al parecer, éstos le torturaron durante varios días, acabando con su vida en torno al 4 de junio de 1945», sentencia el experto.

Otro de los hombres a los que Hernández dedica un centenar de sus hojas es al sanguinario Josef Mengele, un cruel doctor nazi cuyos sádicos experimentos le convirtieron en el terror de los prisioneros del campo de concentración de Auschwitz. Este médico solía asesinar a parejas de gemelos de corta edad creyendo que, mediante sus cuerpos, podría descubrir el secreto de la clonación humana. A pesar de todo, Mengele no llegó a pagar por sus crímenes, pues murió en extrañas circunstancias tras escapar de las autoridades aliadas.

Dos ángeles del infierno

Sin embargo, la crueldad desmesurada que se ejercía contra los presos en los campos de concentración nazis no fue, ni mucho menos, una práctica exclusiva del género masculino. Así, es imposible no estremecerse ante los actos realizados por personajes como la bella Ilse Köhler (llamada la «Zorra de Buchenwald»).

Esta alemana llegó al mundo en 1.906 y, a una corta edad, quedó fascinada ante los hombres uniformados de las SS, por lo que no dudó en solicitar el carnet del NSDAP. De cabellos pelirrojos, ojos verdes y una extrema sensualidad, Ilse contrajo matrimonio a los 31 años con Karl Koch, comandante del, en ese momento, recién construido campo de concentración de Buchenwald. Por ello, la feliz pareja decidió, como era habitual, habitar una de las casas cercanas a la prisión.

«Karl Koch vertía asfalto fundido en el ano de los prisioneros judíos»

Una vez en el campo de concentración, Ilse gozaba dando largos paseos a lomos de su caballo y exhibiendo su sensualidad ante los presos. Sin embargo, no dudaba en acabar cruelmente con la vida de aquellos que alzaran la vista para mirarla. A su vez, fue acusada de asesinar y despellejar los cadáveres de cientos de presos para fabricar objetos cotidianos como libretas o pantallas para lámparas.

Con todo, la «Zorra de Buchenwald» no era el único ángel de la muerte que rondaba los campos teñidos con la sangre de los presos. «En el libro también explico la vida de Irma Grese, la “Bella Bestia”. Nacida en 1923, su infancia feliz se vio truncada por el suicidio de su madre y el distanciamiento con su padre. Tras abandonar los estudios, y trabajar en una granja y en una tienda, fue enfermera en un hospital de las SS, en donde se vio imbuida de la ideología nazi. De ahí pasó al campo de concentración de Ravensbrück como guardiana, siendo destinada después a Auschwitz-Birkenau», añade Hernández en «Bestias nazis. Los verdugos de las SS».

«Pese a su juventud, apenas 20 años, acumuló poder rápidamente, teniendo a su cargo más de treinta mil prisioneras. Con ellas cometería todo tipo de excesos, combinando violencia y un erotismo perverso. A las más jóvenes las azotaba en los pechos hasta descarnarlos, o bien las convertía en amantes suyas para enviarlas después a la cámara de gas. A las embarazadas les ataba las piernas juntas en el parto y asistía a su muerte, visiblemente excitada», destaca el autor.

Finalmente, las sanguinarias prácticas de Irma se encontraron con la justicia aliada una vez acabada la II Guerra Mundial. «En 1945 regresó a Ravensbrück y de ahí pasó al campo de Bergen-Belsen, siendo capturada por los británicos. Fue sometida a juicio, en donde se mostró como una nazi fanática. Su atractivo físico, que contrastaba con la fealdad de las otras guardianas acusadas, le llevó a ser bautizada por la prensa sensacionalista como la “Bella Bestia”. Grese eludió cualquier responsabilidad en los crímenes de los que se la acusaba y aseguró que se había limitado a cumplir con su obligación. Fue sentenciada a muerte y ejecutada en la horca el 13 de diciembre de 1945. Sus últimas palabras al verdugo fueron Schnell! (¡Rápido!)», sentencia el autor español.

«En ningún caso han de caer en el olvido las torturas cometidas por los nazis»

-¿Cuál de las historias le ha impactado más?
-Lo que más me ha impactado es la absoluta normalidad que presentaban cuatro de los cinco personajes protagonistas antes de adquirir responsabilidades por su adscripción al nazismo. Da escalofríos ver como personas normales, con ocupaciones normales, con un comportamiento normal, pasan a actuar con ese sadismo desmesurado, lo que arroja inquietantes interrogantes sobre la naturaleza humana. ¿Cuántas de las personas con las que nos cruzamos por la calle podrían convertirse en psicópatas si de pronto detentasen el poder absoluto sobre sus semejantes? Igual que una circunstancia concreta puede convertir a alguien en un héroe sin habérselo propuesto, también puede convertirlo en un demonio.
-En su libro narra todo tipo de atrocidades realizadas en los campos de concentración ¿Cree que las torturas nazis deben caer en el olvido?
-En ningún caso han de caer en el olvido las torturas cometidas por los nazis, lo que ha de servir para tener presentes los abusos inmanentes a cualquier régimen totalitario. Corremos el peligro de pensar que esos excesos son cosa del pasado, cuando están ocurriendo actualmente. Hay países con presencia en los organismos internacionales en los que los disidentes son encarcelados, o se decreta su muerte civil. No habrá campos de concentración como en la Alemania nazi, pero el principio es el mismo; quien no se somete al régimen, es expulsado de la sociedad. Las torturas son la expresión más terrible de ese aplastamiento del individuo por parte del Estado, pero hay muchas maneras de coaccionar y ahogar la libertad sin llegar a esos extremos, aunque igual de efectivas. Es fácil condenar el nazismo, cumpliéndose aquello de “a moro muerto, gran lanzada”, pero es más difícil condenar esos abusos hoy día, cuando intervienen sobre todo intereses económicos, lo que denota una gran hipocresía.
-¿Cuál es la tortura nazi que no podrá olvidar jamás?
-En mi libro aparece un amplio catálogo de torturas llevadas a cabo por las SS, pero la que más me estremeció fue la consistente en verter asfalto fundido en el ano de un prisionero judío, llevada a cabo por el comandante del campo de concentración de Buchenwald, Karl Koch.
-¿Y el personaje más sádico?
-Sin duda, Martin Sommer, ayudante de Karl Koch en Buchenwald. Las torturas que practicaba con los prisioneros no serían superadas por el peor asesino en serie. Incluso disponía de una especie de cascanueces con el que reventaba el cráneo de los desgraciados que caían en sus manos. También podía introducir los testículos del prisionero alternativamente en agua hirviendo y helada hasta que se deshacían. Los que estaban en las celdas debían permanecer en pie todo el día sin moverse, si no querían ser apalizados. También podía entrar y matarlos a golpes con una barra de hierro. Igualmente, a Sommer le gustaba asesinar por la noche a un prisionero con una inyección letal, colocarlo debajo de su cama y dormir tranquilamente. Sería difícil encontrar un criminal nazi peor que él.
-En su libro aparecen también las historias de varias mujeres. ¿Cómo calificaría su papel? ¿Llegaban a tener el mismo grado de sadismo que sus compañeros masculinos?
-Las mujeres tuvieron un papel secundario en el aparato represivo nazi, pero cuando tuvieron oportunidad de demostrar su brutalidad contra los prisioneros, no sólo igualaron, sino que superaron a sus compañeros masculinos. Resulta desconcertante que algunas de las guardianas más crueles y sádicas, como Dorothea Binz, Maria Mandel o la propia Irma Grese, apenas superasen los veinte años. Pese a tratarse de mujeres tan jóvenes, eran respetadas e incluso temidas por sus propios compañeros, que quedaban impresionados al contemplar su comportamiento brutal.
-¿Cómo es posible que, personas aparentemente normales, jugaran con la vida de miles de seres humanos de la forma en que lo hicieron?
-Jugando a psicólogo, creo que ahí funcionó lo que se conoce como “marcos de referencia”. En los campos nazis, lo normal era tratar brutalmente a los prisioneros, no sólo estaba aceptado, sino que se prescribía ese tipo de comportamiento para mantener el orden y la disciplina. Los que no estaban dispuestos a actuar así ya habían sido eliminados durante el proceso de selección. Así pues, muchos guardianes interpretaban que ese era su “trabajo”, que eso era lo que esperaba de ellos. También se les inculcaba que los prisioneros eran enemigos del Reich, lo que acababa de disipar sus dudas. Pero en los casos que trato en mi libro, se fue mucho más allá de esa brutalidad aceptada; el cómo fue posible que unas personas normales acabaran comportándose como auténticos psicópatas requiere una explicación para la que no tengo respuestas.
-¿Diría que el régimen nazi favoreció que estos individuos se convirtieran en “bestias”?
-Si se refiere a que al régimen nazi le interesó convertirlos en bestias, paradójicamente diría que no. Al menos en teoría, las SS buscaban tener en sus filas ejecutores fríos y desapasionados, capaces de aplicar castigos de manera mecánica e impersonal, no psicópatas que en cualquier momento podían llegar a actuar por libre. Aun así, las SS miraban hacia otro lado cuando alguien conseguía buenos resultados aunque sus métodos no fueran ortodoxos, por así decirlo. Las SS presentan muchas contradicciones, y ésta es una de ellas.
-¿Cuánto tiempo ha tardado en finalizar este libro?
-Han sido dos años de intenso trabajo, que ha tenido su plasmación en la obra. Los que han leído el libro coinciden en señalar ese esfuerzo, que se percibe en la gran cantidad de información que se ofrece a lo largo de sus casi quinientas páginas.
-¿Qué fuentes ha utilizado a la hora de informarse sobre estas “bestias” nazis?
-Puedo decir que he analizado la práctica totalidad de trabajos existentes sobre estos personajes. No obstante, me ha llamado la atención las lagunas existentes todavía, a día de hoy, sobre casi todos ellos, así como la profusión de datos contradictorios. Eso me ha obligado a realizar un concienzudo trabajo para contrastar todos los datos que ofrezco en el libro, apuntando la hipótesis más probable cuando no he tenido la certeza de su veracidad.
-Con el paso de los años, parece que Alemania se ha fijado el objetivo de acabar con el recuerdo del nazismo en su país (por ejemplo; en Berlín se voló el búnker de Hitler y no existen muchos museos sobre el tema). ¿Cree que esta política es aceptable?
-Creo que ya se está dando el fenómeno contrario. Hace unos cinco años que, por ejemplo, se colocó un panel informativo sobre el emplazamiento del búnker de Hitler, se están recuperando refugios antiaéreos, se celebran exposiciones sobre el nazismo y se producen películas y series de TV sobre este período. Incluso ha tenido mucho éxito en Alemania la novela “Ha vuelto”, en la que Hitler resucita en 2011 para convertirse en una estrella de Youtube. Eso demuestra que la política anterior fue un error, que la gente quiere saber lo que pasó entonces para poder asimilarlo y mirar hacia adelante. Creo que esa es la mejor manera que tienen los alemanes de superar ese trauma histórico.
-Después de casi una veintena de libros publicados… ¿Cuál es el siguiente reto de Jesús Hernández?
-No me da tiempo a plantearme retos, sino que los proyectos parece que me salen al paso, da la sensación que ellos me eligen a mí y no yo a ellos, y así ha venido siendo hasta ahora. Ahora estoy trabajando en dos nuevos proyectos que espero que vean la luz a lo largo del año próximo. Aunque sólo puedo adelantar que se centran en el período del Tercer Reich y la Segunda Guerra Mundial, tratan también de temas de los que apenas existe bibliografía en español. Creo que con los libros que he venido publicando, he contribuido modestamente a cubrir algunos huecos importantes en el análisis de estos apasionantes períodos históricos.
No obstante, creo que el reto al que hay que hacer frente es el cambio radical que se está dando en el mundo editorial. Todo está cambiando muy deprisa, con la crisis económica que sufre el sector, la irrupción del ebook, la piratería, las nuevas formas de ocio… Mi reto, y el de todos los autores, es captar hacia dónde vamos y tratar de adaptarme lo más rápido posible; por el momento, mi penúltimo libro lo concebí para editarlo directamente en ebook. En unos años, el negocio editorial habrá cambiado por completo, por lo que hay que intentar adelantarse a esa nueva realidad.

El libro más venerado por las SS


El Pais

Un estudio analiza la visión sesgada y a conveniencia que los nazis hicieron de ‘Germania’, de Tácito – Himmler buscó un manuscrito del clásico en Italia en 1943

¿Cuál es el libro más peligroso del mundo? El Mein Kampf, contestarán muchos rápidamente. La Biblia; el Corán; el Malleus maleficarum, el gran manual para la caza de brujas; El manifiesto comunista; algún grimorio como el ficticio Necronomicón, Madame Bovary, Kamasutra… Las respuestas pueden ser muy variadas, pero a pocos se les ocurriría seriamente considerar peligrosa una obrita como la Germania de Tácito, poco más de 30 páginas de tratado étnicogeográfico con intencionalidad moralizante escritas a finales del siglo I de nuestra era por un historiador romano. Y sin embargo, ¡diablos, qué daño ha hecho el librito de marras!

Para los nazis fue una biblia de su causa: consideraban que probaba la superioridad alemana y se lo citó para justificar las leyes raciales de Núrenberg. Himmler tenía una fijación con esa obra, y ya se sabe a lo que conducían las fijaciones del reichsführer. En 1943 envió un destacamento de las SS a Italia para hacerse con el más antiguo manuscrito que se conserva del librito de Tácito, el Codex Aesinas. Curiosa empresa nazi: conseguir un libro para venerarlo y no para quemarlo, como era lo habitual. Himmler le otorgaba al manuscrito de la Germania un poder tan grande como el de otras de sus reliquias favoritas: el Grial, la lanza de Longinos o el martillo de Thor. A diferencia de esos objetos legendarios, el libro era bien real, y el mal que hizo, también.

A explicar la asombrosa historia de Germania y su impacto en las mentalidades -desde los humanistas al movimiento völkisch pasando por los románticos- hasta llegar a ocupar lugar privilegiado en las mesitas de noche de los mayores criminales de la historia, ha dedicado un ensayo apasionante el profesor de Clásicas de la Universidad de Harvard Christopher B. Krebs, especialista en Tácito. Bajo el elocuente título de El libro más peligroso (Crítica), agarrándose a la consideración del gran Momigliano de queGermania merece ocupar un lugar destacado entre los cien libros más peligrosos que jamás se hayan escrito, Krebs nos lleva en un viaje fascinante de la Roma imperial a la Alemania hitleriana pasando por monasterios, cortes y bibliotecas, en un recorrido por la historia de las ideas que tiene mucho de trabajo detectivesco y parece a ratos una novela de intriga.

Cuando uno toma en sus manos Germania, tan pequeñita que normalmente se edita con otros dos libros breves de Tácito, Agrícola y el Diálogo sobre los oradores (en la edición de la Biblioteca Clásica Gredos, por ejemplo, con introducciones, traducción y notas de J. M. Requejo), no alcanza a imaginar cómo se puede comparar esa obrita, rápida panorámica de la geografía, los usos y costumbres de los germanos, con una pistola humeante. Y sin embargo, cuando Krebs lo señala, ahí están las consideraciones que harían furor a lo largo de la historia hasta su utilización por los nazis. “Estoy casi convencido de que los germanos son indígenas y que de ningún modo están mezclados con otros pueblos […]. Al no estar degenerados por matrimonios con ninguna de las otras naciones, han logrado mantener una raza peculiar, pura y semejante solo a sí misma; de ahí que su constitución física, en lo que es posible para un grupo tan numeroso, sea la misma para todos: ojos fieros y azules, cabellos rubios”.

Para los nazis y sus precursores, Tácito demostraba la continuidad de un pueblo en una tierra y justificaba la política racial. “Volveremos a ser como éramos”, anotó Himmler en su diario, emocionado por “el señorío de nuestros antepasados” tras leer Germania. Elreichsführer hasta estudió ejecutar a los homosexuales como Tácito señalaba que hacían los antiguos germanos: ahogándolos en las ciénagas. Sencillos, valerosos, leales, puros, honorables y hasta castos: así se veían retratados muchos alemanes en Germania. Y los SS se identificaban con aquellos guerreros -reencarnados en el arquetipo del ario-, para los que supuestamente la lealtad era su honor.

Era, claro, la que hacían los nazis de la Germania una lectura sesgada. El historiador romano no se refería en su librito a los supuestos antepasados ejemplares de los alemanes modernos. El concepto germanos no aludía a un pueblo homogéneo, indígena y puro, susceptible de continuidad étnica, sino a una amalgama de tribus de identidad y destino incierto pululando en las nieblas del pasado. Había además observaciones poco agradables de Tácito sobre los germanos y su patria. Esas simplemente eran ignoradas. Por ejemplo, considera Tácito que como sitio para vivir, Germania es un asco; señala que los germanos practican los sacrificios humanos (esto a los nazis, curiosamente, les molestaba mucho, aunque ellos se entregaran con fruición al Holocausto); que cuando no guerrean pasan la mayor parte del tiempo sin ocuparse de nada, entregados al sueño y la comida; que crecen desnudos y sucios, que beben y riñen entre ellos continuamente. Llega a decir de una de sus tribus, los catos, que “para lo que son los germanos tienen mucha capacidad de raciocinio”. Nada de esto impidió que el pobre Tácito, el gran Tácito, pasara a formar parte del discurso autolegitimador de los nazis. Hubiera sido mucho pedir que supieran leer bien a los clásicos.

Un cónsul romano abducido por Himmler

Fue un proceso de siglos el que llevó a Germania a ser un libro peligroso. Es a partir de su redescubrimiento en el siglo XV cuando comenzó la difusión que lo convertiría en un terrible instrumento ideológico. Krebs, en un recorrido que sugiere a veces El nombre de la rosa oEl código Da Vinci y en el que aparecen cazadores de manuscritos y papas bibliófilos, nos muestra cómo el texto va cargándose de significados e interpretaciones, a veces con simpáticos disparates como considerar a los germanos descendientes de Noé o de los troyanos, para darles pedigrí.

Única crónica de los pueblos germánicos legada por la antigüedad, se tendió a considerarla, en un salto mortal, una fuente histórica y un retrato fehaciente del pasado alemán, cuando lo que describe -con ánimo moralizante y político de comparar al buen salvaje, no adulterado, con el corrupto y decadente romano- es un batiburrillo de observaciones apócrifas y leyendas.

Lo más probable es que Tácito, aunque viajó en función de sus altos cargos y parece haber permanecido un tiempo en la Galia belga, no visitara nunca personalmente Germania. Quizá el librito fuera una manera de incitar a Trajano a conquistarla de una vez, proceso paralizado tras la aniquilación de las legiones de Varo en Teutoburgo por Arminio el año 9. Ignoramos muchas cosas del historiador, entre ellas su origen (parece que en la Galia Narbonense) y las fechas exactas de nacimiento y muerte. Sabemos que fue yerno del gran general Agrícola -al que consagró una encomiástica biografía-, que fue legado y llegó a senador, cónsul y posiblemente procónsul de Asia. Todo ello sin duda menos importante que su tarea como historiador, el mejor de Roma en opinión de muchos y como prueban sus Historias y sus Anales. Krebs destaca cómo los nazis trataron de convertir el relato de Tácito en una realidad, “pasado en futuro”. En el epílogo apunta que el peligro no ha pasado. Y que la culpa no es de Tácito, sino de sus lectores.

Un espía danés quiso matar al nazi Heinrich Himmler con un arco y flechas


EFE – ADN

Tommy Sneum, que trabajaba para Gran Bretaña, eligió esa arma porque temía que el sonido de una bala permitiera descubrir de dónde llegaba el ataque

Conoce más sobre los “colaboradores” de Hitler

actualidad080908him.jpgUn espía danés al servicio de Gran Bretaña concibió la idea de matar a Heinrich Himmler, jefe de las SS hitlerianas, con un arco y unas flechas, según un nuevo libro.

Mezcla de James Bond y Robin Hood, el espía, Tommy Sneum, quiso eliminar de ese modo al jerarca nazi desde un piso perteneciente a una artista de cine danesa a la que había seducido.

Eso es lo que cuenta Mark Ryan, autor de “The Hornt’s Sting” (La picadura del avispón) una biografía de Sneum, a quien el autor entrevistó largamente antes de su muerte, el año pasado, a la edad de 89 años.

Sneum explicó a su biógrafo que eligió esa arma primitiva porque no quería que el sonido de una bala permitiese a la policía seguir la trayectoria del proyectil hasta el piso de la actriz Oda Pasborg, de la que estaba verdaderamente enamorado.

Himmler debía visitar Copenhague en febrero del 1941, camino de Berlín, tras visitar a unos reclutas de las SS en Noruega.

Indignado por la capitulación de Dinamarca

Sneum era un aviador danés de 23 años que, indignado por la capitulación de su país ante las tropas de Hitler, había decidido convertirse en espía a favor de Gran Bretaña.

El espía compró un arco de acero que podía desmontarse y transportarse fácilmente y tenía además un carcaj de flechas en cada una de las cuales había anotado la fecha del 9 de abril de 1940, cuando los nazis invadieron Dinamarca.

Sneum no pudo cumplir su propósito porque en el último momento Himmler no apareció. Tras aterrizar en Copenhague se sintió indispuesto y decidió regresar a Berlín.