Mujeres contra los nazis


El Mundo

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Agosto de 1941. Una joven enfermera belga, Andrée De Jongh, alias ‘Dédée’, entró en el consulado británico en Bilbao. Con ella viajaban un soldado inglés y dos oficiales belgas a los que había guiado a través de la Europa ocupada por el Ejército alemán hasta ponerlos a salvo en España. Los funcionarios consulares no dieron crédito a la hazaña de esta audaz muchacha de apenas 25 años, que había creado y organizado la Red Comète (Cometa), una cadena humana solidaria para ayudar a escapar a fugitivos del régimen nazi; especialmente aviadores y paracaidistas aliados abatidos en territorio enemigo. La singular historia de esta red es ahora objeto de una exposición audiovisual que, hasta finales de mayo, alberga el Museo San Telmo de San Sebastián. La muestra interactiva cuenta con un fondo documental de 30 entrevistas exclusivas en vídeo con supervivientes y familiares de los integrantes de Comète.

La desconfianza de la legación británica hacia ‘Dédée’ duró semanas hasta que Michael Creswell, secretario político (responsable del M19) de la embajada en Madrid acordó con Dédée financiar la red y prestar cobertura diplomática frente a las autoridades españolas que, por aquel entonces, ponían una vela a Dios (los aliados) y dos al diablo (el régimen de Hitler). A partir de ahí, Comète se concentró en el rescate de los pilotos británicos y americanos derribados en Holanda, Bélgica o Francia, y en su posterior evacuación (cruzando los Pirineos y la Península) hasta Gibraltar, desde donde eran repatriados a Gran Bretaña.

“Cada vez que un avión era abatido, íbamos a buscar al piloto para encontrarlo antes que los alemanes y llevarlo a un lugar seguro”

Explicaba ‘Dédée’ en una entrevista de 1992 que cada vez que un avión era abatido íban a buscar al piloto. “Los alemanes anunciaban por la radio el número de aeroplanos derribados, así como el lugar y la cifra de muertos y de prisioneros que habían hecho. Nos resultaba fácil calcular a cuántos teníamos que rastrear y dónde”.

El largo y peligroso camino hacia la libertad solía comenzar en Bruselas y atravesaba París, Burdeos, Dax o Bayona hasta arribar a Anglet o a Ciboure para dar el definitivo y último paso cruzando la frontera hacia Navarra. Los aviadores estaban siempre acompañados por un guía de Comète que les ayudaba a burlar a las numerosas patrullas alemanas. Viajaban a pie, en bicicleta o en tren; cruzaban bosques, montañas y, a menudo, caminaban por simples sendas de cabras. Amanda Stassart, alias Diane, era una de estas guías. Vivía en París con sus padres, y entró en la red con 17 años. “Sobre todo, mi trabajo consistía en acompañar a los pilotos desde Bruselas a París por el sur de Bélgica. Lo más importante era la discreción. No sabíamos nada. Ni siquiera el nombre de los pueblos donde debíamos recoger a los aviadores. Mi jefe directo, Jérôme, me decía ‘atravesáis este camino y allí encontraréis una granja. Llamad tantas veces y os abrirán’. ‘¡Follow me!’ (¡sígueme!) era lo único que les decíamos”, recordaba.

Los pilotos tenían que ser escondidos en casas particulares. Se calcula que entre 1941 y 1944, años durante los que operó Comète, más de 3.000 personas, la mayoría de forma altruista, colaboraron. Cuando algún miembro caía, su padre, su hermano o su vecino tomaba el relevo y volvía a enganchar el eslabón a la cadena para que la red continuara. Fue el caso de Micheline Dumon, alias ‘Michou’, que comenzó a colaborar cuando sus padres y su hermana Andrée (‘Nadine’) fueron arrestados.

“Cuando entré en la red tenía 15 años y aquello me parecía una gran aventura, como su estuviera viviendo en una película”

Y es que las mujeres tuvieron un papel crucial. Muchas de ellas, casi adolescentes, pusieron en jaque a la temida Gestapo, jugándose la vida a diario para salvar a unos desconocidos que les traían aires de libertad. “No éramos profesionales, tampoco espías ni nada parecido. Solo ayudábamos. Pero, para los nazis nos convertimos en auténticos enemigos”, subrayaba hace un tiempo Elsie Maréchal, guía de Comète. El pago que recibieron algunas de estas valientes por su generosidad y compromiso fue la tortura y las deportaciones a los campos de concentración de Ravensbrück o Mauthausen. “Ninguna película o libro pueden describir”, narra Elsie Maréchal, “su atmósfera real: faltan los hedores de la disentería y del crematorio, las agudas sensaciones de hambre y frío, las imágenes de sufrimiento y de caras moribundas, el manejo de los cadáveres desnudos como si fueran basura, el comercio con el pan y la ropa… Es imposible de imaginar. Hay que vivirlo para entenderlo”.

El paso por los Pirineos era la última y más dura de las etapas, y requería de guías (‘mugalaris’) vascos que conocieran el terreno como la palma de su mano y supieran despistar a civiles y nazis. El ‘mugalari’ por excelencia fue Florentino Goikoetexea, un exiliado del 36 que combinaba su trabajo en Comète con una más lucrativa actividad de contrabando. En estrecha colaboración con él actuaba Kattalin Aguirre, una viuda que escondía en su casa a los aviadores. Una vez dejaban atrás la frontera, solían descansar en caseríos de la red. Fue en uno de estos enclaves donde ‘Dédée’, traicionada por un criado, recibió la visita de la Gestapo. Arrestado todo el grupo, permaneció internada en Ravensbrück hasta casi el fin de la guerra.

Los alemanes nunca terminaron de creerse que esa joven y bonita mujer fuera la organizadora de una red de evasión que les había traído de cabeza durante tanto tiempo. En los cuatro años que estuvo operativa acogió a 800 fugitivos. Pero más de 700 de sus integrantes fueron detenidos y casi 300 fusilados o enviados a los campos nazis. Acabada la guerra, y en los años posteriores, muchos de los evacuados regresaron a los lugares por los que escaparon para reunirse con quienes les habían dado la libertad.

‘Volvería a hacerlo’

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Lucienne Dassieé, alias ‘Lulu’, es una de las pocas protagonistas de Comète que sigue viva. Cuando era adolescente ayudó a escapar a pilotos aliados y fue detenida y enviada a un campo de concentración. Ahora tiene 88 años y YO DONA la visita en su casa del País Vasco francés para entrevistarla en exclusiva.

 ¿Cómo entró a esta red?

Vivíamos en Bayona, cerca de la frontera española. Un domingo por la mañana, en el otoño de 1942, hacía mis deberes y mi padre se sentó junto a mí. “Tengo que contarte algo muy importante, y quiero saber tu opinión”, me dijo. “He contactado con un inspector de correos que trabaja para la Resistencia, y piensa que puedo serle útil. Se trata de que alojemos en casa a aviadores aliados derribados y los ayudemos en su huida a España. ¿Qué te parece? ¿Qué crees que dirá tu madre?” “Por mí, ¡adelante!”, contesté. “Pero mamá pondrá el grito en el cielo”. Y así entramos en Comète.
¿Sentía miedo?
Tenía 15 años, y todo aquello me parecía una gran aventura, como una película. Pensaba: “¡Qué emocionante! En mi casa van a dormir pilotos británicos y americanos. Chicos dispuestos a dar su vida por la causa aliada”. Todos sabíamos que alojándolos corríamos un grave riesgo. Los alemanes habían pegado carteles advirtiendo a la población de que no les protegiéramos bajo pena de muerte.
¿Qué papel jugaba?
Los recogía en la estación de tren. Ellos venían camuflados con alguien de la red, generalmente desde París. Yo los guiaba hasta mi casa. Atravesar con ellos la ciudad era muy peligroso. Sobre todo cruzar un largo puente plagado de soldados alemanes, y con garitas a la entrada y a la salida. En aquella época yo era alta, rubia, con ojos azules y de piel clara. No desentonaba junto a los británicos. Cruzábamos el puente hablando y sonriendo, como si fuéramos una pareja de novios.
En 1943 fue detenida junto a sus padres por la policía alemana. ¿Qué pensó en aquel momento?
Nada. No tuve miedo porque es algo que te paraliza y yo no podía permitírmelo. Simplemente me dije: “Ya está. Ya ha sucedido. Están aquí”. Sabíamos que, tarde o temprano, nos cogerían.
Fue deportada con su madre a Alemania e internada en Ravensbrück. ¿Cómo era su vida allí?
Terrible. Nos levantábamos a las tres de la madrugada, e inmediatamente se hacía el recuento de prisioneros al aire libre. A veces con temperaturas de -15º. No podíamos abrigarnos y teníamos que estar dos horas sin mover un músculo. Si no, te golpeaban. Y si caías te pegaban un tiro. Sobre las seis, en columnas, caminábamos hacia una fábrica cercana de armamento donde trabajábamos como mano de obra esclava vigilados por soldados de las SS.

‘Lulu’ fue liberada tras la guerra. Pesaba 30 kilos. Su madre murió dos años después. Ella se casó pero nunca tuvo hijos. Ha vuelto a reunirse con otras mujeres de la Red Comète y con los pilotos que salvaron. No olvida, pero tampoco odia. Y asegura que volvería a hacerlo. “Porque era lo correcto”.

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