Lyudmila Pavlichenko: la oscura verdad tras la francotiradora de Stalin que asesinó a 300 nazis en la IIGM


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  • Los líderes de la U.R.S.S., ávidos de heroínas a las que vanagloriar, encumbraron las hazañas bélicas de esta tiradora. Sin embargo, para algunos autores en su historia hay más leyenda que verdad

Lyudmila Pavlichenko – ABC

La línea que separa la leyenda de la realidad es tan fina como el surco que crea en el aire un cartucho al salir despedido desde un fusil. Por si fuera poco, se difumina exactamente igual que él para conformar un todo. Una mezcolanza de verdad y mentira que queda grabada a fuego en la historia. Y eso es -precisamente- lo que ha ocurrido con las peripecias de la ucraniana Lyudmila Pavlichenko, conocida por ser una de las francotiradoras más letales del Ejército Rojo.

Oficialmente, el gobierno de Iósif Stalin la encumbró como una heroína que segó la vida de exactamente 309 nazis. Sin embargo, sus hazañas bélicas se debaten entre la realidad y las exageraciones fabricadas por un país que, en plena Segunda Guerra Mundial, buscaba desesperadamente referentes para motivar a sus soldados.

Vasili Záitsev, Tania Chernova… La lista de tiradores de élite cuyas andanzas fueron exageradas por la U.R.S.S. no es precisamente escasa. Al primero, por ejemplo, sus críticos le acusan de haberse inventado el duelo que mantuvo al final del conflicto con un experto francotirador nazi para exacerbar las capacidades de los soldados soviéticos. A la segunda, por su parte, le fueron atribuidas 80 bajas en apenas tres meses, cifras que algunos analistas consideran excesivas.

Por todo ello, no es raro que la mirada de historiadores actuales como Lyuba Vinogradova se cierna ahora de forma inquisitoria sobre Pavlinchenko. Una heroína cuya cuya historia está plagada de inexactitudes e incongruencias. Al menos, según afirma la propia autora en su nueva obra: «Ángeles vengadores» (Pasado y Presente, 2017). Un extenso y concienzudo análisis del papel de las francotiradoras soviéticas en la Segunda Guerra Mundial.

Se forja la leyenda

El autor Henry Sakaida afirma en «Heroines of the Soviet Union» (Osprey, 2003) que nuestra protagonista llegó al mundo con el nombre de Lyudmila Mikhailovna el 12 de julio de 1916 en «el pueblo de Belaya Tserkov», ubicado en Kiev (Ucrania). «De carácter terco e independiente, la dotada estudiante acabó el noveno grado en la escuela de su ciudad», añade el experto. Aproximadamente a los 15 años su vida cambió radicalmente, pues tuvo un hijo llamado Rostilav que -en palabras de Vinogradova- destrozó su matrimonio con el estudiante Alekséi Pavlichenko.

«De resultas del escándalo, su familia tuvo que trasladarse a Kiev desde la modesta ciudad de Bélaia Tsérkov», explica la autora en su nueva obra. Posteriormente, y según la versión más extendida, compaginó sus estudios con un trabajo de pulidora en una fábrica gracias a que un familiar se encargó de criar a su pequeño.

Pero… ¿Dónde aprendió a disparar? ¿Cómo logró adquirir esa puntería que, años después, la convertiría en una de las francotiradoras más famosas de la historia de la U.R.S.S.? Según explicó ella misma en sus memorias, empezó a convertirse en una tiradora sobresaliente en la asociación deportiva cuasi militar Osoaviajim.

Alistamiento

En 1941, cuando Adolf Hitler lanzó la Operación Barbarroja (el ataque masivo sobre la U.R.S.S. tras un gigantesco bombardeo de la Luftwaffe), Pavlinchenko tenía 24 años y se encontraba estudiando historia en la Kiev State University. Por entonces Iósif Stalin todavía no había llamado al combate a las mujeres. Sin embargo, ella decidió presentarse en una oficina de reclutamiento para enfrentarse al invasor germano. La situación asombró a los militares, que le ofrecieron varios trabajos que creían más apropiados para una mujer.

«Ella tenía otras ideas. Había recibido entrenamiento militar básico en una escuela de Kiev y había ganado la Insignia de Tiradora de Voroshilov en torneos regionales», explica el divulgador Charles Stronge en «Sniper in Action: History, Equipment, Techniques» (Amber Books, 2010).

La ucraniana estaba tan empeñada en luchar que el reclutador le hizo una prueba de puntería. Examen que la futura heroína de la Unión Soviética superó sin problemas. Con todo, aquella situación se le quedó grabada en la memoria, como demostró en sus memorias: «Accedí al Ejército cuando las mujeres todavía no estaban aceptadas […] Tuve la opción de convertirme en enfermera, pero la rechacé».

A partir de entonces su historia comienza a debatirse entre la realidad y la falsedad. Ejemplo de ello es que la mayoría de autores suele dar un salto y ubicar a nuestra protagonista ya como francotiradora en la batalla de Odessa (región ubicada al sur de la actual Ucrania). Una contienda en la que las fuerzas de Rumanía (por entonces del lado nazi) asediaron durante más de dos meses la mencionada región.

«Sus habilidades como tiradora fueron rápidamente reconocidas y fue ascendida a francotiradora», explica el autor de «Sniper in Action: History, Equipment, Techniques». Sakaida es más específico y determina en su obra que nuestra protagonista entró en combate con la 25ª División de Infantería (la «V.I. Chapayev») «cerca de Odessa en agosto de 1941». Aunque también señala que como tiradora de élite.

Primeras bajas

Pavlichenko se cobró sus dos primeras víctimas cerca de la ciudad de Belyayevka (ubicada aproximadamente a 50 kilómetros de Odessa) cuando su unidad recibió la orden de defender una colina. A partir de entonces, y en palabras de Sakai, el número de «fascistas» con el que acabó en la mencionada contienda ascendió rápidamente… ¡hasta 187! Todo ello, según sus biógrafos, en apenas diez semanas y tras sufrir dos conmociones cerebrales y una herida menor.

Al parecer, y según Stronge, la francotiradora comenzó la guerra utilizando el clásico fusil soviético Mosin-Nagant equipado con una mira telescópica de 4 aumentos. Sin embargo, pronto apostó por usar el Tokarev SVT-40 semi automático. Arma de la que se fabricaron miles al comienzo de la contienda, pero que dio multitud de problemas por ser difícil de mantener en el campo de batalla. Sakai no hace referencia al primer arma de Pavlichenko, aunque sí explica que prefería el Tokarev debido a que no había que amartillarlo tras cada disparo.

No le falta razón al experto, pues en una buena parte de las imágenes de la mujer que han sobrevivido al paso del tiempo se la puede ver con dicha arma.

Sebastopol

Tras la caída de Odessa, el Ejército Marítimo Independiente -en el que se encontraba encuadrada Pavlichenko- fue trasladado hasta Sebastopol, donde la francotiradora combatió hasta la extenuación. En esta posición estuvo ocho meses. Semanas más que duras en las que demostró su pericia y su resistencia aguantando las bajas temperaturas y comiendo insectos.

Fue durante su estancia en Sebastopol cuando Pavlichenko comenzó a hacerse un hueco entre los mejores tiradores del Ejército Rojo. Según su biografía, fue precisamente en esta ciudad donde mantuvo decenas de duelos con francotiradores nazis enviados específicamente para acabar con ella.

«En uno de aquellos enfrentamientos tuvo que permanecer 24 horas tumbada en la misma posición mientras acechaba a un enemigo cauteloso. Cuando, al amanecer del segundo día, consiguió al fin ponerlo en su mira y abatirlo, tomó de su cadáver no solo el fusil, sino también su diario de víctimas, que la informó de que había comenzado a servir de francotirador en Dunkerque y que […] había acabado ya con 500 soldados y oficiales», explica Vinogradova.

Pero este no fue su único duelo contra los francotiradores germanos. El más famoso fue uno narrado en una revista soviética. Según el mencionado reportaje, con el que Pavlichenko saltó a la fama, nuestra protagonista se topó en una ocasión con un observador alemán experto que se había ocultado en unos arbustos. Sin dudarlo, comenzó a acecharle para acabar con él. No le resultó fácil, pues el nazi utilizó contra ellas todos los trucos que conocía. El primero fue colocar un casco sobre un palo y levantarlo para que la joven hiciese fuego y desvelase su posición. Ella no cayó en la trampa.

Siempre según el artículo, el francotirador hizo entocnes corretear cerca de él a un gato y a un perro para distraer a la chica. «Una cosa así no es habitual, y cualquier francotirador sin experiencia podría haberse dejado distraer y haber permitido al observador enemigo hacer su trabajo entretanto», se explicaba en el texto.

La última artimaña del francotirador nazi fue la que le costó la vida. Desesperado por descubrir dónde diantres se ubicaba su enemiga, fabricó un muñeco falso ataviado con el equipo de un soldado alemán y lo alzó sobre los arbustos. Aquello le llevó a la tumba. «Así reveló la posición del alemán y le hizo saber que en breve se haría visible», explica Vinogradova en su obra. Finalmente, la mujer disparó cuando vio el destello de unos binoculares… y acabó con el soldado.

Todas estas bajas hicieron a Pavlichenko famosa entre los mandos nazis. La leyenda afirma que, a partir de entonces, no era raro escuchar en medio del campo de batalla a los germanos pidiéndole que cambiara de bando a cambio de todo tipo de lujos. A su vez, la tiradora de élite también señaló que, después de ser ascendida a teniente, recibió la órden de seleccionar y entrenar a una unidad de francotiradores de la boca del mismísmo general Iván Petrov.

La leyenda que generó a su alrededor esta francotiradora no tuvo límites. No en vano la misma Pavlichenko solía reiterar que despertaba auténtico pavor en los nazis. Algo lógico pues, allá por junio de 1942, ya había acabado con 309 enemigos. Entre ellos, un centenar de oficiales y entre 33 y 36 francotiradores germanos (atendiendo a las fuentes).

Final y comienzo

Con todo, ni los duelos ni las bajas le valieron para evitar la mala suerte. En junio de 1942 un disparo de mortero le provocó heridas tan severas en la cara que tuvo que ser evacuada del frente en submarino. Una medida jamás vista hasta entonces. Por esas fechas, y según sus palabras, los alemanes ya habían amenazado con asesinarla y desmembrar su cuerpo exactamente en 309 trozos como venganza por sus compañeros caídos.

Jamás lo conseguirían ya que, tras una ardua recuperación, la U.R.S.S. decidió que Pavlinchenko era un icono demasiado valioso y prohibieron a la francotiradora volver a los campos de batalla. Todo ello, tras otorgarle la estrella dorada de Heroína de la Unión Soviética el 16 de julio de 1942.

Tras la contienda, Pavlichenko realizó varias visitas a los países aliados de la U.R.S.S. para demostrar las bondades de los francotiradores soviéticos. La más famosa de ellas se sucedió a finales de agosto de 1942, fecha en la que acudió a Estados Unidos junto al también tirador de élite Vladimir Pchelíntsev. «¿Por qué se eligieron a dos tiradores de precisión, en lugar de a dos pilotos o dos comandantes de carros de combate? […] Porque los francotiradores eran algo de lo que presumir. Los alemanes los temían, y la prensa soviética les dedicó una buena parte de su atención», añade Vinogradova.

En Estados Unidos, Pavlichenko dio todo tipo de charlas y respondió a preguntas más que incómodas hechas por periodistas poco escrupulosos. Algunas tan atrevidas para la época como «¿Qué ropa interior prefiere la señorita Pavlichenko y de qué color le gusta más?» o «¿Se pintan los labios las chicas que sirven en el frente?». Según narró su compañero Pchelíntsev posteriormente, la joven -de apenas 26 años- supo salir airosa de estas cuestiones y causó una grata impresión en los reporteros.

Posteriormente, fue recibida también por el presidente Franklin D. Roosevelt y su esposa en la Casa Blanca. Así se pudo leer en varios artículos publicados el 29 de agosto: «La teniente de 26 años Liudmila Pavlichenko, cautivadora princesa guerrera que posee la marca individual más alta entre los mejores francotiradores del Ejército Rojo, hizo ayer dos cosas que nunca habría podido imaginar […]: llegar a Washington y convertirse en la primera amazona soviética en visitar la capital […] y pasar la noche en la Casa Blanca en calidad de invitada del presidente Roosevelt y la primera dama estadounidense».

Como curiosidad, durante aquellas jornadas conoció incluso a Charles Chaplin, quien dijo de ella lo siguiente: «Es increíble que estas manitas hayan matado nazis, hayan segado sus vidas por centenas sin fallar».

Ya en la U.R.S.S., Pavlichenko terminó sus días graduándose en la universidad de Kiev. Sin embargo, no ejerció ni como historiadora, ni como instructora de tiro de precisión tras la Segunda Guerra Mundial. «Trabajó en el cuartel general de la armada y, más tarde, en el comité de veteranos de guerra sin causar, a todas luces, una gran impresión en ninguno de ellos», completa la autora. Falleció el 10 de octubre de 1974.

Las 10 mentiras de Pavlichenko

1-La baja número 300

En sus memorias, Pavlichenko afirma que su baja número 300 la llevó a cabo el 12 de julio de 1942 (el día de su cumpleaños). Más concretamente, afirma que fue un regalo que se hizo a sí misma en Sebastopol. Sin embargo, el gobierno soviético confirmó que la ciudad se había perdido el día 3 de ese mismo mes. Por lo tanto, es imposible que acabara con su objetivo aquella jornada. Por si fuera poco, la versión más extendida es que los servicios sanitarios la sacaron de allí… ¡en junio de 1942!

2-El número de muertos

Pavlichenko reiteró en varias ocasiones que los nazis habían prometido despedazarla en 309 trozos para vengarse de sus compañeros caídos. Algo imposible debido a que, como explica Vinogradova, es muy probable que no acabara con tantos enemigos y que los datos fuesen conocidos en apenas días por los nazis.

3-Perros y gatos contra francotiradores

El primer informe que habla de Pavlichenko en la prensa afirma que un francotirador nazi utilizó animales para tratar de distraerla. Algo sumamente extraño en la época. «Todo apunta a que este es el único caso conocido de uso de perros y gatos a modo de defensa frente a un francotirador», destaca la autora.

4-Líder de francotiradoras

Pavlichenko señaló que el general Iván Petrov le ordenó que liderase una sección de francotiradores entrenados por ella misma entre 1941 y 1942. Algo que Vinogradova considera imposible: «El Ejército Rojo no contaba aún con unidades así. Además, Pavlinchenko acabó su servicio en el frente con el grado de subteniente, con el que habría podido comandar, a lo sumo, un pelotón», señala Vinogradova.

5-Pelotones contra su unidad

La ucraniana explicó que los nazis enviaron en una ocasión a un grupo de expertos francotiradores para acabar con su unidad. Vinogradova señala que eso es algo imposible debido a que, durante los años en los que esta mujer estuvo en el frente, los tiradores de élite germanos trabajaban de forma aislada y eran sumamente escasos.

6-Las condecoraciones

Las condecoraciones podrían desvelar la verdadera historia de Pavlichenko. En palabras de Vinogradova, es sumamente extraño que no recibiera ninguna medalla en Odessa a pesar de que acabó con 187 enemigos.

«A los francotiradores les concedían una medalla por cada diez enemigos muertos o heridos, y la Orden de la Estrella Roja por cada veinte. Si causar setenta y cinco bajas bastaba para obtener el título de Héroe de la Unión Soviética, ¿cómo es que a ella no le dieron nada?», destaca la experta.

No le falta razón ya que, aunque obtuvo dos condecoraciones de suma importancia (la Orden de Lenin y la de Heroína de la U.R.S.S.), las recibió después de ser herida y evacuada en 1942.

7-La herida en la cara

Pavlichenko afirmó que fue evacuada en submarino después de recibir una severa herida en la cara. Sin embargo, en las fotografías que se le hicieron después no se aprecia que tenga ninguna cicatriz en el rostro. Nada que ver con Simo Hayha.

8-La mujer que no disparó

Según Vinogradova, existe documentación que confirma que Pavlichenko rehusó hacer gala de su puntería durante su gira por Estados Unidos, algo que le solicitaban habitualmente los periodistas. Así pues, su compañero de viaje era el que solía asumir la responsabilidad de demostrar las habilidades de los tiradores de élite de Stalin. La mujer tan solo se dignó a ello en una ocasión, y Pchelíntsev dejó por escrito que el resultado fue «chapucero».

9-Los registros

En su biografía, Pavlichenko explica que siempre acaba sus duelos contra francotiradores enemigos de la misma forma: acercándose hasta su cadáver y recogiendo su documentación y su fusil tras derribarles.

Vinogradova considera esto fantasioso y contrario a la esencia misma de los tiradores de élite, quienes solo se acercaban a su víctima después de asegurarse (en ocasiones durante horas) de que no había enemigos que pudieran descubrirles en los alrededores. «Detalles como estos resultan inusuales en las relaciones que hacen otros francotiradores de sus operaciones», determina.

10-Su extraño final

También requiere una mención especial el que Pavlichenko no se dedicara a entrenar francotiradores tras la Segunda Guerra Mundial. De hecho, posteriormente pasó por el ejército sin pena ni gloria.

MoniKa Zgustova: «Stalin es el ser más cruel que jamás hayamos podido imaginar»


La Razon

  • Mujer de muchos idiomas y de varias aristas intelectuales, ahora, novela la trágica biografía de la hija de Stalin.
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Esta imagen pertenece a la infancia de Svetlana antes de que creciera y se diera cuenta de quién era Stalin

Monika Zgustova viene a contarnos el drama de Svetlana Allilúyeva, la hija de Stalin, que vio cómo su madre se suicidaba, sus hermanos morían ante la indiferencia de su padre y su primer novio era deportado a un gulag. Tenía todas las comodidades y ninguna libertad. El ambiente opresivo de su país y la tiranía de su padre, un dictador para la URSS y, también, para su familia, la invitaron a marcharse. Huyó a Estados Unidos a través de la India. Allí descubrió que, si en su país la espiaba la KGB, en América la seguía la CIA. En esa carrera hacia adelante que emprendió abandonó a sus hijos, tuvo varios matrimonios y se convirtió en uno de los problemas candentes de la Guerra Fría. A través de varios libros, mostraba la realidad de la Unión Soviética a Occidente y los intelectuales europeos. La biografía novelada «Las rosas de Stalin» (Galaxia Gutenberg), de Mónika Zgustova, narra ahora su historia.

–¿Cómo era ella?

–Valiente. Pudo escoger entre vivir entre algodones, protegida por la URSS, como una más de la élite soviética, o abrir los ojos, ser una ciudadana honesta y juzgar el comportamiento de Stalin, tanto del dictador como del padre. Tuvo que afrontar una decisión difícil: verlo como un déspota o como un criminal.

–Su juventud resultó difícil.

–A los 16 años descubrió que su madre se había suicidado por culpa de su padre. Su madre no pudo vivir más tiempo con un tirano que estaba matando a gente inocente y, también, a su propia familia. Después del fallecimiento de su progenitora, Stalin se convirtió en un hombre frustrado porque los demás tenían familia y él, en cambio, se había quedado sin ella. La única persona a la que él, en realidad, quiso fue a su mujer, que se había matado por su culpa. A partir de ese instante se volvió más sangriento. Svetlana no podía apartar la mirada de las injusticias que Stalin cometió con su familia. Su hija era una mujer moderna. Formaba parte de una generación crítica con los comunistas anteriores que deseaba un sistema más abierto, que se pareciera a las democracias occidentales, pero esto no lo podía hablar con su padre.

–¿Cómo afectó a Stalin la muerte de su esposa?

–Influyó en su personalidad. Se convirtió en un dictador más violento que antes. Dejaba que Beria hiciera lo que quisiera. Su carácter era el de un dictador, que es lo que había sido desde que era joven. Cuando a esta tendencia se unieron sus ganas de venganza y su frustración personal, resultó fatal.

–¿Cómo era él?

–La sangre no le daba miedo. Fue el más cruel de los líderes de la Revolución, y Lenin no era ningún angelito. Pero Stalin aprendió los métodos que ya empleaba éste y los llevó más lejos. Además, cada vez era más paranoico. Tenía miedo de cualquiera y mandaba matar a la gente de forma arbitraria. Se cargaba a todo el mundo. Disfrutaba cuando los condenados a muerte lloraban o suplicaban clemencia. Se reía en su cara para humillarlos antes de que los ajusticiaran. De esta manera, les hacía la muerte más desagradable. Stalin es el ser más cruel que jamás hayamos podido imaginar. Es uno de esos emperadores sanguinarios de la historia, uno de los reyes tiránicos que aparecen en las obras Shakespeare. Se parecía más a un déspota medieval que a alguien que hubiera salido de la historia moderna. Fue un dictador y un padre dañinos. Humillaba a sus hijos cuando eran pequeños. Ellos le tenían miedo. Svetlana era a la única que no humillaba, por lo menos hasta los doce años. Tenían un juego: ella le daba órdenes a su padre. Se han conservado esas cartas. Eran realmente infantiles, pero algunos historiadores han creído entender, que ella estaba detrás de muchas de las crueldades que él cometió, pero no es así, porque ella permanecía apartada del aparato estatal. No sabía nada.

–¿Cuándo abrió los ojos a la realidad?

–Con la pubertad. Al hacerse mujer. A Stalin no le gustó. La quería como su hijita. No pretendía admitir que le empezaban a gustar otros hombres. Stalin lo llevaba mal y mandó al gulag a su primer amor. Escuchaba todas sus llamadas telefónicas y cuando se iban a pasear, la KGB los seguía. Su padre se enfadó porque su hija se convertía en una mujer. Además, tenía manía a su novio, un cineasta de 40 años que era judío. Stalin, recordemos, era antisemita. Así que mandó a su pareja a un gulag.

–Ella también presenció cómo su padre maltrataba a sus dos hermanos.

–Su padre pudo rescatar a su hijo mayor, Yákov, que había sido capturado por los nazis y estaba recluido en un campo de concentración. Hubiera resultado muy fácil rescatarlo porque le habían ofrecido un intercambio y, además, había estado bien visto por la sociedad. Hay que tener en cuenta que se acababa la guerra y que no era necesario actuar de esa manera, pero no lo hizo y el chico murió. Su otro hijo, el menor, que fue un oficial soviético, acabó siendo alcohólico. Se lo cargó una mujer que estaba ligada a él y que era un agente de la KGB. Fue una de las maneras que tenían en la URSS para deshacerse de la gente.

–Svetlana vivió inmersa en una pesadilla…

–Por un lado, Stalin era su padre, que la había tratado bien en su infancia y la llamaba «gorrioncito». Hay que tener en cuenta que, a partir de sus seis años, no había conocido la ternura materna. La paterna, por lo menos, la tuvo a rachas. Todo esto resulta terrible para un niño: nunca tuvo el cariño de sus padres.

–¿Comprendió alguna vez a Stalin y su comportamiento?

–Entendió perfectamente lo que había hecho. Intentó disculparlo, pero nunca le fue posible. No habría sido honrado consigo mismo. Ella se convirtió en una rebelde total de la élite soviética, la sociedad soviética y de la política soviética. Tenía que ser un símbolo y emblema de la élite política rusa, pero se convirtió en su mayor crítica y quien se desmarcó de ese país en cuanto tuvo su primera oportunidad: y lo hizo abandonando su nación.

–En su libro insinúa que a Stalin lo asesinaron.

–Svetlana sospecha que a su padre le mataron. Según las últimas investigaciones, fue envenenado por Beria. Por este motivo, Beria no hizo nada para salvarlo o aligerar su muerte: deseaba ocupar su lugar. Era tan malo o peor que Stalin. Un animal absoluto que no sentía compasión por nadie. Tenía su propio harén, igual que Mao, que cada noche la pasaba con una mujer diferente. En este sentido, Beria también era un gran humillador de mujeres.

–Y, entonces, Svetlana se marchó a Estados Unidos.

–Era muy ingenua. Mis investigaciones en Moscú y Estados Unidos lo demuestran. Esta ingenuidad era una de las cosas que saltaban a la vista. Fue verdad que a ella la tenían apartada de la vida real en la URSS. Vivía entre algodones, con una falsa protección. Entonces se va a Occidente. Piensa que allí encontrará la libertad. Pero si en la URSS la seguía la KGB, en Estados Unidos la vigilaba la CIA. Muchos anfitriones de ella eran personas que la CIA había asignado para cuidarla.

–¿Tan importante fue?

–Era un personaje simbólico, de una gran relevancia internacional. Su huida a América sucedió en plena Guerra Fría. La seguían los servicios de inteligencia de unos y otros. Pero lo peor fue la Prensa de Estados Unidos, que la vinculaba a noticias escandalosas y la retrataba de cualquier manera, aunque, en muchos casos, no fuera verdad lo que decían. Era bipolar y, en ocasiones, le daban ataques de ansiedad. No debía de ser una persona sencilla y no se curó nunca de su trastorno. Le hubiera convenido quedarse en la Universidad de Princeton, donde no había periodistas alrededor de ella, podía dedicarse a leer, escribir y estudiar música: participar en su vida intelectual. Incluso le salían novios. Esto hubiera sido lo ideal, pero no soportaba la estabilidad emocional y la libertad. En su búsqueda de la libertad, abandonó su país natal, a sus amigos y a sus hijos, aunque no se había dado cuenta de que era incapaz de soportar la libertad que anhelaba.

–¿Cómo se tomaron los hijos de Svetlana ese abandono?

–Jamás lo aceptaron. Sobre todo la menor, que se exilió a la península de Kamchatka, donde se hizo vulcanóloga. Cuando su madre regresó años más tarde a Rusia, se negó a verla. Escribió una carta rechazándola. Su hijo se había convertido en un alcohólico y separado de su primera mujer. Era un ser agradable. Se casó en segundas nupcias con una mujer que, de nuevo, era una espía de la KGB. Cuando Svetlana regresó a Rusia, en la primera época de Gorbachov, enseguida se dio cuenta de que a su alrededor únicamente había espías, incluso lo era su ex marido. Para ella llegó a ser más difícil vivir en la URSS que en Occidente, así que volvió a Estados Unidos y eso que en Rusia ella habló muy mal de América, de Europa occidental, de la democracia, que no la consideraba como tal, de la dictadura de los medios de comunicación y del capitalismo. Era una persona bastante desquiciada al final.

–También escribió libros.

–Fueron importantes para que Occidente comprendiera al fin qué era la URSS y que los intelectuales conocieran los excesos de las sociedades comunistas. Esto empezó con «Doctor Zhivago», de Boris Pasternak, y «Un día en la vida de Ivan Denisovich» y «Archipiélago gulag», de Alexandr Solzhenitsyn. Justo antes de este último, se publicaron «Veinte cartas a un amigo», de Svetlana Stalin, que describe el Kremlin y cómo tomaban allí las decisiones, cómo era Stalin, sus ministros y el ambiente de trabajo. Aportó varias claves a las sociedades occidentales para que interpretaran qué pasaba en el comunismo.

El Ministerio de Defensa ruso ha desclasificado decenas de informes secretos sobre las unidades que ayudaron a su país a vencer a Hitler


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  • El Ministerio de Defensa ruso ha desclasificado decenas de informes secretos sobre las unidades que ayudaron a su país a vencer a Hitler
 Memorial Normandie-Niemen Dos de los pilotos que viajaron hasta la U.R.S.S. para servir a las órdenes de Stalin

Memorial Normandie-Niemen
Dos de los pilotos que viajaron hasta la U.R.S.S. para servir a las órdenes de Stalin

Es innegable que los franceses no lograron resistir la invasión de la «Wehrmacht» (las fuerzas armadas germanas) poco más de un mes y que solicitaron el armisticio a Adolf Hitler tras apenas 46 días de combates. Sin embargo, también es verídico que –durante la Segunda Guerra Mundial- fueron muchos los galos que se alistaron en los grupos de resistencia que se ubicaban dentro y fuera de la región (las «Forces françaises libres» y la «Résistance intérieure française» que dirían por allí) para combatir al nazismo y expulsar a los invasores de su país.

Además de tropas terrestres, entre aquellos que se decidieron a declinar el colaboracionismo del régimen de Vichy (instaurado por Petain una vez que se sacó la bandera «blanc» y se rindió el país) se hallaban también varias unidades de pilotos de combate. Y, a su vez, entre las mismas se encontraba la unidad «Normandie», un grupo de aviadores que decidieron viajar hasta la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y ponerse allí a las órdenes de Iósif Stalin para enfrentarse a sangre y ametralladora a la «Luftwaffe» (la fuerza aérea del ejército germano).

La «Normandie», desclasificada

Aunque la historia de los valientes de la unidad «Normandie» es conocida desde hace varios años, se ha vuelto a poner de moda gracias a una serie de documentos secretos que ha desclasificado hace pocas jornadas el Ministerio de Defensa de Rusia para celebrar el 70 aniversario de la «Gran Victoria» (la jornada en la que se conmemora la victoria soviética contra los nazis). Concretamente, el gobierno de este país ha publicado multitud de informes sobre la participación de las unidades extrajeras en el Ejército Rojo como combatientes.

Entre los grupos nombrados en los documentos destacan cientos de soldados checoslovacos, rumanos, yugoslavos, húngaros, polacos (con aproximadamente 80.000 voluntarios) y, como no podía ser de otra forma, los franceses. Entre estos últimos se hallan los hombres del regimiento «Normandie», los cuales lucharon desde 1943 hasta 1945 a las órdenes del dictador soviético desde territorio ruso. Su participación fue destacada, pues realizaron más de 5.000 vuelos de combate y destruyeron nada menos que 278 aeroplanos enemigos. Muchos de aquellos hombres, incluso, fueron galardonados con el título de Héroe de la U.R.S.S.

Los documentos son un total de 250 y han sido publicados en una de las páginas oficiales del gobierno ruso. Entre ellos hay órdenes entre oficiales del Ejército Rojo, acuerdos de gobierno entre varias regiones, telegramas o descripciones de combates. Con todo, esta no es la primera vez que los rusos desclasifican una ingente cantidad de documentos oficiales sobre la contienda, pues ya lo hicieron hace algunos años revelando decenas de instantáneas sobre la situación entre la U.R.S.S. y la Alemania nazi antes de la contienda.

Voluntarios al servicio de Stalin

La «Normandie» fue una de las unidades a las que el general De Gaulle (líder de la resistencia francesa exterior desde Gran Bretaña) instó a combatir contra los alemanes –y mano a mano con los aliados- después de que estos tomaran el país en junio de 1940. «Las Fuerzas de la Francia Libre continuaron su lucha contra los alemanes en Egipto, Siria, Líbano, Chad, Libia, las islas del Pacífico por tierra, mar y aire», explican en la página web oficial del museo francés dedicado a la unidad.

Sin embargo, no se pensó en que este grupo de aviadores podría viajar a la U.R.S.S. hasta que Hitler rompió el pacto de no agresión que mantenía con Stalin en junio de 1941 e inició la «Operación Barbarroja» (el asedio del territorio ruso). Así pues, hubo que esperar hasta febrero de 1942 para que el Ejército Rojo aprobase la idea de acoger pilotos galos en sus fronteras. La «Normandie», como así se llamó, fue el tercer grupo de caza de las fuerzas francesas ubicadas en Gran Bretaña y se sumó a los de «Alsace» e «Ile de France».

Así pues, tras extensas negociaciones con la U.R.S.S. la «Normandie» (14 pilotos de combate y 1 de enlace, además de seis decenas en personal de apoyo) se desplazó a 250 kilómetros de Moscú el 2 de diciembre de 1942. «Allí tuvieron que adaptarse a las malas condiciones climáticas. La vida fue muy dura para ellos, que soportaron temperaturas de hasta 30 grados bajo cero sin haberlas sufrido antes. También pasaron escasez de alimentos y adaptarse a volar en condiciones climáticas adversas y de nieve casi constante», se explica desde el memorial francés.

Campañas y glorias

Tras ser aceptados oficialmente por los soviéticos, la «Normandie» participó en su primera campaña a partir del 22 de marzo de 1943. Durante aquellos primeros combates, los pilotos impresionaron, según los documentos oficiales, a la aviación de la U.R.S.S. en las múltiples misiones que llevaron a cabo (entre ellas, la escolta de bombarderos Pe-2 o el simple ataque de posiciones tomadas por la «Luftwaffe»). Y es que, según, parece siempre estaban en vanguardia. No obstante, y a pesar de que sus victorias se fueron acumulando, también lo hicieron sus bajas sufridas, por lo que el 10 de mayo de 1943 tuvieron que ser enviados varios aviadores de refuerzo para suplir a los caídos.

En aquella primera campaña, los pilotos de la «Normandie» lucharon en el frente de Moscú logrando sus cinco primeras victorias y ganando en el mismo número de ocasiones la «Orden de la Guerra Patria». En este período participaron también en la batalla de Smolensk (una ofensiva masiva soviética contra las líneas germanas ubicadas al oeste de la U.R.S.S.) en 116 misiones. A finales de ese mismo año, esta unidad contó con un número de pilotos que difícilmente se igualaría posteriormente (un total de 61).

En esta campaña se destacó, entre otros tantos, el piloto Yves Mahé quien, en 1943, mantuvo un combate aéreo contra tres cazas nazis y, de forma sorprendente, logró escapar tras intercambiar varios disparos contra uno de ellos. Curiosamente, este aviador fue derribado, capturado por los alemanes y condenado a muerte por un tribunal germano (destino que logró eludir tras escaparse). Finalmente, regresó a su país de origen.

Tras un breve descanso, en mayo de 1944 comenzó la segunda campaña de estos aviadores galos, en quienes ya confiaban absolutamente los hombres de Stalin. De hecho, fue por entonces cuando se les dotó con el caza «Yak-3», uno de los mejores aviones soviéticos de la época. El 28 de noviembre de ese mismo año, el mismísimo líder supremo de la U.R.S.S. otorgó a la unidad el sobrenombre de «Niemen» para conmemorar su gran actuación en el cruce de dicho rio por las tropas del Ejército Rojo. Acababa de nacer una leyenda, la «Normandie-Niemen». Sus últimas misiones las realizaron en 1945, año en que los soviéticos iniciaron la reconquista del territorio perdido ante Hitler.

Los pilotos de la «Normandie-Nimen» regresaron a casa con 5.240 misiones realizadas, 273 victorias confirmadas, 36 probables y una ingente cantidad de condecoraciones en su zurrón. A su vez, tuvieron el honor de ser los primeros militares galos en entrar en Alemania.


La «Normandie-Niemen», una unidad de récord

Del frente a los campos de concentración nazis y al gulag: la guerra de Lev Netto


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  • Soldado soviético en la Segunda Guerra Mundial, recuerda a sus 90 años cómo Stalin lo envió a un campo de trabajo en Siberia
abc | Imagen de un gulag soviético

abc | Imagen de un gulag soviético

Cuando la Segunda Guerra Mundial llegó a su fin el 9 de mayo de 1945, el soldado soviético Lev Netto pensó que habían terminado los combates, los sufrimientos, los campos de prisioneros. Pero la URSS de Stalin decidió otra cosa. Y lo envió al gulag.

Hoy, con 90 años, el veterano en cuyos ojos azules y sonrosadas mejillas se adivina el rostro del chico que era, se confía a la agencia AFP en su apartamento repleto de libros y de cuadros. Revive la película de una vida que se funde con los sobresaltos de la «Gran Guerra Patriótica», una querra que para él continuó mucho después de 1945.

El 22 de junio de 1941, un altavoz daba la noticia en su pequeño pueblo, cerca de Moscú: las tropas alemanas han invadido la URSS, rompiendo el pacto de no agresión firmado entre Hitler y Stalin. «Estaba loco de alegría. Íbamos a tener por fin una verdadera guerra», recuerda Lev Netto, que tenía entonces 16 años.

«Pensábamos que nuestro comandante supremo sabía lo que hacía», rememora. Pero cuando los habitantes del pueblo vieron a las fuerzas soviéticas abrir fuego contra posiciones nazis situadas a apenas 50 kilómetros de Moscú, el pánico se instaló: los vecinos asaltaron tiendas y fábricas, robaron alimentos y enseres.

Con 18 años, en 1943, Lev decidió alistarse en una unidad de estonios, puesto que sus padres procedían del pequeño país báltico anexionado en 1940 por la URSS. Su primera misión fue arriesgada: saltar en paracaídas en Estonia, ocupada por los alemanes, y llevar víveres a la resistencia local.

Él y sus camaradas cantaban y bebían hasta emborracharse mientras su avión sobrevolaba la línea del frente. Pero cuando su paracaídas se abrió en la noche negra, Lev Netto volvió a estar sobrio en segundos. «Recuerdo muy bien haber sentido el aire fresco en mi cara, el buen humor disiparse y el efecto del alcohol desaparecer inmediatamente».

La misión fue un fracaso. Los aviones no entregaron los víveres ni las municiones prometidas. Y no había ningún rastro de la resistencia estonia.

Tras algunas semanas escondidos en el bosque, Lev y sus camaradas oyeron a soldados hablar ruso. «Juraban como no estaba permitido», precisa. Pero a medida que se aproximaron, Lev observó que llevaban uniformes nazis. Era un batallón disciplinario constituido por soviéticos hechos prisioneros por los alemanes.

El lugarteniente de Lev se levantó, lanzó una granada y gritó: «Por la madre patria, por Stal…», pero no acabó su frase. Su cabeza estalló por el impacto de una bala alemana.

Tendido en el suelo, Lev fue capturado. Arrastrado de un campo de concentración a otro, fue testigo de las ruinas causadas por los bombardeos aliados. Hasta su liberación por soldados americanos. Un día de alegría que firmó su perdición a ojos del régimen soviético, que veía con malos ojos a los que habían encontrado a los «capitalistas» o habían vivido en el extranjero.

Enviado a Siberia

De vuelta a la URSS, Lev debía reengancharse, su desmovilización no estaba prevista hasta 1948. Pero el Gulag le esperaba: condenado a 25 años en el campo de trabajo por «actividad contrarrevolucionaria», fue enviado a Norilsk, en el límite con el círculo polar.

«Cuando los oficiales y los soldados vencieron en otros países, sobre todo en Europa del Este, comenzaron a ver la diferencia que existía entre nuestros dos sistemas», confiesa.

En el campo, la amistad le salvó. «Pronto comprendí que para sobrevivir había que trabajar, más y más, porque cuando uno trabaja está con sus amigos».

«Si tu piel se vuelve blanca porque hace menos de 50 grados fuera, tus amigos van a frotarla con nieve. Teníamos que ayudarnos unos a otros, es lo que me salvó», continúa.

Será finalmente liberado en 1956, como parte de la desestalinización comenzada tres años después de la muerte del «padrecito de los pueblos». El suyo murió en 1956, poco después de su liberación. «Pude enterrarlo. Era como si me hubiera ofrecido ese regalo», relata el anciano, cuya memoria vacila a veces.

Para reavivarla, su hija Lioudmila le tiende una bolsa llena de medallas. Sobre la mesa del salón, deja una carta que conmemora el Día de la Victoria, festejada el 9 de mayo en Rusia.

«Para mí el 9 de mayo es un día de alegría, pero con lágrimas en los ojos. Me acuerdo siempre de todos los que murieron ante mis ojos».

¿Quién asesinó al sangriento dictador Josef Stalin?


ABC.es

  • En sus memorias, Nikita Jrushchov afirma que Beria, jefe de la policía y el servicio secreto, confesó a los líderes soviéticos: «Yo lo maté, lo maté y os salvé a todos». La causa oficial sigue siendo un ataque cerebrovascular, pese a los muchos interrogantes en torno a sus últimos días
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ABC | Winston Churchill, Franklin D. Roosevelt y Josef Stalin en Yalta, febrero de 1945

La noche del 28 de febrero de 1953, Josef Stalin celebró una reunión en Kúntsevo con su círculo de hombres de confianza. En dicho encuentro los invitados vieron una película y se retiraron a altas horas de la madrugada, cuando Stalin se fue a dormir. No obstante, según una versión no oficial, el sangriento dictador se retiró luego de discutir gravemente con dos de sus seguidores, Lázar Kaganóvich y Voroshílov. Al día siguiente, Stalin no salió de su cuarto y no llamó ni a los criados ni a los guardias. Nadie se atrevió a entrar en su habitación hasta que, sobre las diez de la noche, su mayordomo forzó la puerta y lo encontró tendido en el suelo, vestido con la ropa que llevaba la noche anterior y sin apenas poder hablar. El dictador había sufrido un ataque cerebrovascular que, tras unos días de agonía, le causó la muerte el 5 de marzo. Al menos así reza la teoría oficial, sobre la que rondan innumerables incógnitas y la sospecha del asesinato.

«El miedo y el odio contra el viejo tirano casi podían olerse en el aire», escribió el embajador americano sobre los últimos meses de vida del que fue durante más de 30 años Secretario General del Partido Comunista de la Unión Soviética. El ascenso al poder de Josef Stalin se caracterizó por los brutales métodos empleados contra cualquier persona crítica con su figura. Poco tiempo antes de fallecer, el propio Lenin hizo un llamamiento para frenar al «brusco» Stalin, que terminó elevado, posiblemente, al genocida más sangriento de la historia.

La salud y la memoria de Stalin fallan

Con millones de muertos a su espalda y terminada la II Guerra Mundial, la salud de Stalin empezó a declinar a partir de 1950, cuando la Guerra Fría iba tomando su forma más característica. Durante su vida, Stalin había padecido numerosos problemas médicos. Nació con sindactilia (la fusión congénita de dos o más dedos entre sí) en su pie izquierdo. A los 7 años padeció la viruela, que le dejó cicatrices en el rostro durante toda su vida. Con 12 años tuvo un accidente con un carro de caballos, sufriendo una rotura en el brazo, que le dejó secuelas permanentes. A todo ello había que añadir que su madre y él fueron maltratados a manos de su padre. Siendo adulto, Stalin además padeció de psoriasis (una enfermedad de la piel que causa descamación e inflamación).

A los 70 años de edad, su memoria comenzó a fallar, se agotaba fácilmente y su estado físico empezó a decaer. Vladímir Vinográdov, su médico personal, le diagnosticó una hipertensión aguda e inició un tratamiento a base de pastillas e inyecciones. A su vez, recomendó al dirigente comunista que redujese sus funciones en el gobierno. Pero apreciando una conspiración, Stalin se negó a tomar medicinas y despidió a Vinográdov. Su desconfianza, sobre todo contra los médicos, se incrementó en los siguientes años. Una nueva purga política amenazaba con brotar del ya ensangrentado panorama ruso.

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Wikipedia Stalin a los 23 años de edad

Sus problemas de salud, de hecho, coincidieron con uno de los pocos reveses políticos que sufrió durante su rígida dirección del Partido Comunista. Pocos meses antes de su muerte, en octubre de 1952, se celebró el XIX Congreso del PCUS, donde Stalin dejó entrever sus deseos de no intervenir militarmente fuera de sus fronteras. Frente a esta opinión, Gueorgui Malenkov –colaborador íntimo del dictador y Presidente del Consejo de Ministros de la URSS a su muerte– hizo un discurso en el cual reafirmó que para la URSS era vital estar presente en todos los conflictos internacionales apoyando las revoluciones socialistas, lo que después sería una constante de la Guerra Fría. Como un hecho inédito tras décadas de un férreo marcaje, el Congreso apoyó las intenciones de Malenkov y no las de Stalin.

Fue entonces cuando Stalin se decidió a reanudar sus purgas. Lo hizo motivado por el pequeño tropiezo político y alertado por una carta de la doctora Lidia Timashuk, una especialista del Policlínico del Kremlin, que acusaba a su antiguo médico, Vinográdov, y a otros ocho médicos de origen judío de estar recetando tratamientos inadecuados a altos mandos del Partido y del Ejército, a fin de acabar con sus vidas. Sin esperar a recibir ninguna otra prueba, Stalin ordenó el arresto de los nueve médicos y aprobó que fuesen torturados hasta confesar en lo que fue bautizado como «el Complot de los médicos». La persecución afectó en total a 37 doctores de todo el país, 17 de ellos judíos, mientras que la paranoia anti-semita se extendió entre el pueblo. A finales de enero de 1953 su secretario privado desapareció sin dejar rastro. Y poco después, el 15 de febrero, el jefe de sus guardaespaldas fue ejecutado bajo extrañas circunstancias.

Conocedores del régimen de extremo terror impuesto por Stalin en el pasado, entre los miembros más veteranos del Politburó (el máximo órgano ejecutivo) corrió el miedo a que una nueva purga estuviera en ciernes. Solo la muerte de Stalin en marzo pudo frenar la escalada de muertes que había empezado tras el congreso de octubre. Precisamente por este clima de desconfianza, aunque la causa oficial de la muerte fue un ataque cerebrovascular, la sospecha del asesinato ha perseguido el suceso hasta la actualidad.

Lavrenti Beria, la posible mano ejecutora

Una vez descubierto al dictador tendido sobre el suelo de su habitación, su hombre más fiel entre los fieles, Lavrenti Beria, fue el primero en asistirle, pero lo hizo con cierta parsimonia. No convocó a los doctores hasta pasadas 24 horas del ataque. Ya fuera por la antipatía de Stalin hacia los médicos (los del Kremlin estaban presos) o por el poco empeño que tenían sus hombres en que saliera vivo de aquella situación, la agonía de Stalin se alargó varios días más sin que ninguno de los cirujanos se atreviera a intervenirle o a proponer algún tratamiento específico. Según el testimonio de su hija Svetlana Alliluyeva, en ocasiones el dictador abría los ojos y miraba furibundamente a quienes lo rodeaban, entre los que estaba Beria –jefe de la policía y el servicio secreto (NKVD)–, quien le cogía de la mano y le suplicaba que se recuperase, pero cuando volvía a desvanecerse lo insultaba y le deseaba una dolorosa muerte.

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ABC | Josef Stalin en 1949

El día 4 de marzo pareció por un momento que estaba recuperándose y una enfermera comenzó a darle de beber leche con una cuchara. En ese instante, sufrió un nuevo ataque y entró en coma. Los médicos que atendían a Stalin le practicaron reanimación cardiopulmonar en las diversas ocasiones en que se le detuvo el corazón, hasta que finalmente a las 22:10 del día 5 de marzo no consiguieron reanimarlo. Los enfermeros siguieron esforzándose hasta que su sucesor, Jrushchov, dijo: «Basta, por favor… ¿No ves que está muerto?». No en vano, 90 minutos antes de su último aliento, a las 20:40, representantes del Comité Central del PCUS, el gobierno y la presidencia del parlamento habían celebrado una reunión conjunta para decidir la sucesión del dirigente comunista. Había demasiada prisa por enterrarlo y cerrar su sucesión como para esperar a que estuviera definitivamente muerte.

El primero en propagar la teoría del envenenamiento fue su alcoholizado hijo Vasily, que desde el principio denunció las negligencias médicas que rodearon la muerte de su padre. Sin embargo, el máximo sospechoso, más allá de los médicos a los que el propio Stalin acusó de conspiradores, siempre ha sido Beria. Según las memorias de Nikita Jrushchov, que se alzó como el líder principal del país e inició un proceso de desestalinización, Beria llegó a confesar ante el Politburó: «Yo lo maté, lo maté y os salvé a todos». Ciertamente, si alguien podía frenar los planes de purga del dictador ese era el jefe de la policía y el NKVD. Un día después de la muerte de Stalin, Beria puso fin a la investigación del «Complot de Médicos», junto al reconocimiento de que las acusaciones habían sido inventadas.

¿Quiso atacar Stalin a Alemania en 1941?


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1. ENIGMAS DE LA HISTORIA

Por César Vidal

Durante décadas, el ataque que en junio de 1941 desencadenó Hitler contra la URSS ha sido interpretado como una ofensiva dirigida contra un aliado leal que no alentaba en absoluto intenciones agresivas contra el III Reich. Sin embargo, ¿realmente Stalin pretendía respetar el pacto de no-agresión suscrito con Hitler en agosto de 1939 o tuvo la intención de atacar a Alemania en 1941?

La postura de Stalin en relación con el III Reich distó mucho de ser uniforme antes de 1941. Durante los años veinte, el dictador soviético permitió que se entrenaran en territorio de la URSS tropas alemanas en clara violación del Tratado de Versalles. Muy posiblemente acariciaba la idea de que un rearme alemán se tradujera en el estallido de una nueva guerra mundial que destrozara la posibilidad de resistencia de las potencias occidentales y allanara el camino a la extensión del comunismo por Europa. Semejante política ni siquiera se detuvo cuando Hitler llegó al poder a inicios de 1933. Por más que la propaganda de la Komintern insistiera en el peligro fascista, lo cierto es que Stalin mantuvo su colaboración con Alemania, una Alemania nazi a la sazón, seguramente convencido de que Hitler sería una garantía segura de una nueva conflagración.
Semejante relación experimentó un cierto enfriamiento al estallar la guerra civil española. Stalin acudió con inusitada rapidez en ayuda del Frente popular, en parte, porque, según confesión propia, ambicionaba apoderarse de las reservas de oro del Banco de España y, en parte, porque no se le ocultaba la posibilidad de instalar un régimen comunista en el Mediterráneo. Este paso —que implicó, por ejemplo, la creación de las Brigadas internacionales— no fue considerado por Stalin susceptible de derrota prácticamente hasta 1939, tras la derrota frentepopulista en la batalla del Ebro y la entrada en Cataluña de las fuerzas de Franco. De hecho, todavía en 1938, Stalin recibió informes de distintos agentes destinados en España en los que se le informaba de que, de producirse la victoria frentepopulista, la nación nunca recuperaría el sistema parlamentario y que, por el contrario, se implantaría una dictadura comunista bajo un partido único de izquierdas que encabezaría Negrín y en el que se intentaría englobar, simbólicamente, a personajes como Prieto, aunque su dirección real estaría en manos comunistas.
Sabido es que el bando apoyado por Stalin perdió la guerra civil española lo que motivó, entre otras cosas, un reajuste de la política exterior soviética encaminado —como en los tiempos pasados— a propiciar el estallido de un conflicto entre las potencias occidentales y una expansión paralela y ulterior del comunismo. Así, en agosto de 1939, Stalin suscribió un pacto con Hitler que, en teoría, implicaba la consagración de relaciones pacíficas entre ambas naciones pero que, en realidad, sancionaba el reparto de Polonia entre el III Reich y la URSS, y la invasión por una u otra de las dos dictaduras de naciones enteras de Europa oriental. Así, en septiembre de 1939, Hitler invadió la parte occidental de Polonia —paso seguido en unos días por la invasión de la parte oriental por Stalin— y a continuación la URSS, con el beneplácito nazi se apoderó de las repúblicas del Báltico (Lituania, Letonia y Estonia), de una parte de Finlandia y de distintos territorios en Europa oriental.
Gracias a la colaboración del dictador nazi, Stalin estaba llevando a cabo unos avances territoriales realmente prodigiosos que le habían resultado imposibles al propio Lenin dos décadas antes. Los propósitos de Stalin se vieron en parte frustrados durante el verano de 1940 cuando la guerra que debía desangrar a Francia y Gran Bretaña, por un lado, y a Alemania, por otro —guerra, dicho sea de paso, en la que los partidos comunistas, siguiendo órdenes de Moscú, se negaron a combatir contra los nazis— no sólo no se prolongó durante años sino que fue resuelta en apenas unas semanas mediante una estrategia genial articulada por Von Manstein y el propio Hitler. No sólo las potencias no se habían agotado entre sí facilitando un ataque de Stalin sino que el III Reich había emergido del enfrentamiento con enorme pujanza.
En apariencia, una URSS que había colaborado leal —y beneficiosamente— con Alemania no tenía nada que temer pero resultaba obvio que ambos dictadores se observaban amenazadoramente con la intención de acabar el uno con el otro permitiendo un único dominio sobre el continente. En ambos casos además habían expresado repetidamente sus ansias expansionistas. De Hitler es archisabido que en junio de 1941 invadió la URSS dando inicio a una fase de la guerra que la mutaría trágicamente. Mucho menos sabido es que también Stalin tenía planes concluidos para atacar a Alemania en aquel mismo año de 1941.
Ya a finales de 1940, el Ejército Rojo empezó a realizar un despliegue ofensivo en los salientes cercanos a Bialystock y Lemberg, tal y como admitiría en sus Memorias el mariscal Zhukov. En diciembre de ese mismo año, una reunión de los altos mandos del ejército soviético bajo la presidencia del mariscal Timoshenko tomó la decisión de convertir cualquier guerra futura en una guerra ofensiva, una decisión peculiar si, efectivamente, la URSS era, como afirmaba la propaganda, una potencia pacífica sin planes de expansión armada. Del 2 al 6 y del 8 al 11 de enero de 1941, los altos mandos del Ejército rojo bajo la dirección del comisario del pueblo para la defensa, en presencia de Stalin y otros mandos, llevaron a cabo maniobras militares sobre la bases establecidas por un estudio dedicado a una futura guerra ofensiva contra Alemania. Uno de los mapas estratégicos utilizados en estas maniobras incluía como objetivo de la ofensiva la conquista de Prusia oriental y Königsberg por fuerzas soviéticas superiores en número que partirían de los países bálticos invadidos unos meses atrás.
Lo que se estaba preparando resultaba más que obvio pero por si quedaba alguna duda el 5 de mayo de 1941 Stalin emitió una declaración en la que exigía del Ejército rojo una conversión intelectual y propagandística al concepto de ataque y alababa la superioridad material de las fuerzas soviéticas. Diez días después, el jefe del estado mayor del Ejército rojo, general Zhukov transmitió al presidente del consejo de comisarios del pueblo de la URSS, camarada Stalin, en presencia del comisario del pueblo para la defensa, mariscal Timoshenko, el plan, firmado por todos ellos, para una guerra ofensiva contra Alemania bajo el nombre de “Consideraciones sobre el plan de movilización estratégica de las fuerzas armadas en el caso de guerra con Alemania y sus aliados”. El documento era estrictamente secreto y sólo se hizo una copia que el comandante general Vasilevsky entregó a Zhukov en el curso de una recepción con Stalin en el Kremlin. El primer jefe del estado mayor, teniente general Vatutin, realizó en esa copia algunas correcciones y subrayados con lápiz.
El plan de ofensiva contra Alemania incluía:
El plan de despliegue estratégico de 2 de marzo de 1941 en el caso de una guerra con Alemania.
El plan de operaciones en caso de guerra con Alemania mencionado en el documento de 15 de mayo de 1941.
El plan de despliegue de fuerzas de 11 de marzo de 1941 preparado con la participación de Vasilevsky y presentado a Stalin por Timoshenko y Zhukov.
A esto se añadía un denominado “Credo de ataque” que explicaba la visión que motivaba aquel plan para una guerra ofensiva contra Alemania y a la que nos referiremos más adelante. Stalin, como no podía ser menos, firmó con su visé el texto del plan y el 24 de mayo de 1941 lo discutió junto con los jefes máximos del Ejército rojo en una conferencia celebrada en el Kremlin el 24 de mayo de 1941. La URSS iba a atacar al III Reich como paso precio a su expansión por Europa y lo iba a hacer cuanto antes.