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  • La tradición histórica le achaca a Luisa Francisca las famosas palabras: «Melhor ser Rainha por um dia, do que duquesa toda a vida» («Antes reina por un día que duquesa toda la vida»)

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En la Historia con mayúsculas, la que habla de guerras entre estados y conquistas por imperios, se prescinde con demasiada frecuencia de la letra pequeña. La nota de color o factor humano que lo explica todo más allá de la geopolítica. La ambición de una noble que quería ser reina a toda costa puso el color en el caso de la revuelta de Portugal de 1640 que derivaría en la independencia del país vecino.

El levantamiento portugués fue planeado en Lisboa por miembros de la nobleza, el clero y militares para destronar a los Austrias y proclamar un Rey portugués

Tras más de medio siglo de unión ibérica, la aristocracia portuguesa se levantó, en 1640, aprovechando la guerra de España con Francia y la sublevación de Cataluña. Estas regiones junto a Nápoles y Sicilia emprendieron, con suerte desigual, sendas rebeliones contra Felipe IV en esas fechas.

El levantamiento portugués fue planeado en Lisboa por miembros de la nobleza, el clero y militares para destronar a los Austrias y proclamar un Rey portugués. El detonante final fue la exigencia del Conde-Duque de Olivares, valido del Rey, de que 6.000 soldados portugueses y la mayor parte de la nobleza en edad de combatir se sumaran a la guerra en Cataluña. Como respuesta a las exigencias de Olivares, un grupo de conspiradores irrumpió en el Paço da Ribeira (Lisboa) el 1 de diciembre de 1640, sorprendiendo allí al secretario de Estado, Miguel de Vasconcelos, quien fue asesinado y defenestrado por la fachada del Palacio Real.

La comunidad de jesuitas y el pueblo llano se decantó en bloque por los nobles rebeldes e hicieron triunfar el levantamiento. En su lugar aclamaron al Duque de Braganza como Rey, con el título de Juan IV de Portugal, alegando viejos derechos dinásticos anteriores a la llegada de Felipe II de España.

Cuando los Braganza conocieron a una Guzmán

Ciertamente los Braganza tenían derechos acumulados. Cuando en 1578 el Rey de Portugal Sebastián I de Avís perdió la vida en una demencial incursión por el norte de África, Felipe II –emparentado con la dinastía portuguesa por vía materna– desplegó una contundente campaña a nivel diplomático para postularse como el heredero a la Corona lusa, que fue asumida brevemente por el Cardenal-infante don Enrique hasta su muerte. La Casa de Braganza, no obstante, se abstuvo de participar en la contienda por hacerse con la Corona, a pesar de que su titular entonces, la Duquesa Catalina de Braganza, era hija de Eduardo de Avis, a su vez hijo del Rey Manuel I de Portugal. Si bien Catalina era la favorita del efímero Cardenal-infante para sucederle, los Braganza sabían que nada tenían que hacer ante la entrada de Felipe II y sus tropas.

No obstante, el propio Conde-Duque de Olivares, perteneciente a una rama menor de los Medina Sidonia, incentivó y apoyó el enlace pensando que así sepultaría las viejas aspiraciones de la Casa Braganza

La familia portuguesa se mantuvo leal a la Monarquía hispánica hasta 1640 e incluso entroncó con dos de las casas castellanas de más largo recorrido: la Casa de Haro y los Medina-Sidonia. El hijo de Catalina, Teodosio, fue nombrado por Felipe II (I de Portugal) condestable del reino y protector de Lisboa, cargo que ejerció durante la defensa de esta ciudad de los ataques ingleses. Asimismo, el condestable de Portugal se casó en 1603 con la hija del condestable de Castilla, Ana de Velasco y Girón, lo que significó emparentarse con los que fueron durante siglos titulares del señorío de Vizcaya.

El futuro Juan IV de Portugal fue el fruto primogénito de este matrimonio entre un portugués y una castellana. Y también él se casó con una poderosa noble española, Luisa Francisca de Guzmán, de la Casa de Medina Sidonia, los señores más poderosos de la baja Andalucía y en el pasado emparentados con la realeza lusa. No obstante, el propio Conde-Duque de Olivares, perteneciente a una rama menor de los Medina Sidonia, incentivó y apoyó el enlace pensando que así sepultaría las viejas aspiraciones de la Casa Braganza. Los matrimonios mixtos fueron muy habituales entre aristócratas de ambos países en esas fechas. Lo que no pudo calcular el valido de Felipe IV es que iba a ser precisamente Luisa Francisca, nacida en Huelva, quien empujaría a su marido a rebelarse contra España.

La tradición histórica, no en vano, le atribuye las famosas palabras «melhor ser Rainha por um dia, do que duquesa toda a vida» («Antes reina por un día que duquesa toda la vida»), así como un papel activo durante la rebelión. En este sentido, el historiador portugués Joaquim Veríssimo Serrão considera que, aunque ella se «identificó sin duda con el movimiento», no debe mantenerse «la falsa tradición que hace de ella uno de los “motores” de la Restauración».

Los cabecillas fueron otros. Cuando tres meses después de la muerte Vasconcelos se entendió en Madrid el verdadero alcance de la rebelión portuguesa, el Conde-Duque responsabilizó a cinco hombres del golpe, todos ellos supuestamente leales a la Corona: el Duque de Braganza «tonto y borracho»; el Marqués de Ferreira, «tan tonto que no sabe donde cae Valladolid»; el Conde de Vimioso, un «gallina»; Don Antonio Vaz de Almada, «totalmente ignorante»; y el Arzobispo de Lisboa, traidor e hijo de traidores.

El Conde-Duque de Olivares calificaba a los rebeldes como cobardes e ignorantes sin percatarse de en qué lugar le dejaba a él haber sido engañado por un grupo de «tontos». El golpe fue rápido e inesperado. En este sentido el insultarlos solo demostraba lo mucho que le habia dolido a nivel personal la traición. Sin ir más lejos, Luisa Francisca era prima suya y supo de su responsabilidad en el golpe, como demuestra su petición al Duque de Medina Sidonia para que tachara su nombre de los archivos de la familia.

Su nombre podría desaparecer de los archivos españoles, pero iba a entrar en mayúsculas en los de Portugal. Después de la proclamación, los nuevos Reyes de Portugal se instalaron en Lisboa con sus hijos. La onubense Luisa Francisca ejerció el gobierno siempre que el Rey acudía a la frontera del Alentejo y también tras su muerte. En 1656, al fallecimiento de Juan IV de Portugal fue nombrada en el testamento de su esposo regente del reino, durante la minoría de edad de su hijo Alfonso.

Durante su regencia se produjo la gran victoria portuguesa en la trascendental batalla de las Líneas de Elvas, el 14 de enero de 1659, aunque hasta 1668 el Imperio español no reconoció la independencia de Portugal. Asimismo, los graves problemas mentales de su hijo alargaron su influencia política más allá de la regencia.

El intento de independizar Portugal

Si bien estaba obligado a criticarla públicamente, al Duque de Medina Sidonia la idea de que su hermana Luisa Francisca fuera Reina no le resultaba nada desagradable. Cuando el Rey de España preparó la reconquista de Portugal, le fue encomendado al Duque de Medina-Sidonia, Gaspar Pérez de Guzmán y Gómez de Sandoval y Rojas, la capitanía general de uno de los ejércitos que debía caer sobre los rebeldes. Sin embargo, la lentitud y falta de iniciativa del noble andaluz dejaron ya entrever sus planes ocultos y sus simpatías por lo ocurrido en Portugal.

Los «guzmanes» (llamados así por el apellido) no solo estaban a favor de la independencia de Portugal, sino que iban a intentar separar Andalucía de la Corona castellana. Un plan que se vino abajo en los preparativos ante la falta de apoyo popular y el retraso de las fuerzas militares prometidas desde el extranjero, especialmente de Francia y Holanda.

Sin que hubiera prendido todavía el levantamiento, Luis de Haro y Guzmán —el gran protegido del Conde-Duque— se presentó en Andalucía a conocer el alcance de la conjura en el verano de 1641. El duque escapó a tiempo hacia Madrid para dar explicaciones en persona a su pariente. El valido arrojó, literalmente, a su primo a los pies del Monarca, al que confesó todos los planes y rogó que le perdonara. Arruinado y envidioso porque su primo el Conde-duque hubiera ganado tanto poder, Medina-Sidonia creía que en la rebelión encontraría una solución a sus problemas económicos.

En una muestra de magnanimidad, Felipe IV libró a Medina-Sidonia de ser condenado a muerte, pero no así al otro cabecilla, el Marqués de Ayamonte. El castigo a Medina-Sidonia se limitó a pagar una multa de 200.000 ducados como donativo a la Corona y a un destierro de sus dominios andaluces. Solo cuando violó estas prohibiciones, en 1642, coincidiendo con la presencia de una flota franco-holandesa en las proximidades de Cádiz, fue encarcelado en el castillo de Coca.

En un desesperado intento por lavar su imagen, Medina-Sidonia tuvo la estrafalaria idea de retar a duelo al Rey de Portugal, su cuñado. Le convocó a comparecer en Badajoz, cerca de Valencia de Alcántara, donde el duque y su séquito esperaron inútilmente 80 días a la comparecencia del soberano.

 


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  • En palabras del dictador fallecido: «Mi padre era uno de aquellos jóvenes pobres de Galicia a los cuales algún rico le daba una cantidad de dinero para que lo sustituyera en el servicio militar»
 Fotografía de Ángel Castro

Fotografía de Ángel Castro

José Martí, héroe nacional de Cuba, era hijo de un valenciano y una canaria; mientras que Simón Bolívar, fundador de las repúblicas de la Gran Colombia y Bolivia, tenía profundos orígenes vascos y gallegos… y así un largo etcétera de emancipadores y revolucionarios. También Fidel Castro, pese a pertenecer a otra generación política y a otros tiempos, conservaba vínculos con la madre patria. Su padre era un gallego que emigró a Cuba a final del siglo XIX.

«En esta casa en 1875 nació Ángel Castro Argiz, gallego que emigró a Cuba, donde plantó árboles que aún florecen», reza una placa en la casa natal del padre de Fidel Castro en Láncara (en la provincia de Lugo). El 28 de julio de 1992, el dictador cubano visitó la localidad gallega acompañado de Manuel Fraga, cuyo padre había también emigrado a Cuba. Allí fue nombrado Hijo Adoptivo e incluso brotaron lágrimas en sus ojos al ver la casa natal de su padre: «Bien pequeñita es; por eso mi padre tuvo que emigrar».

El padre de Fidel nació en 1875 en tierras gallegas. De orígenes campesinos muy humildes, Ángel Castro fue el segundo de los seis hijos que tuvieron Manuel Castro Núñez y Antonia Argiz Fernández, quien murió cuando el patriarca de los Castro era todavía un niño. Su padre, que se volvió a casar, los envió a él y a sus hermanos a la casa de un tío, en la aldea cercana de San Pedro de Armea.

La Guerra de Cuba y el retorno

 A los 17 años se alistó en el Ejército para evitar la independencia de Cuba, proceso iniciado en 1895. Había buscado trabajo en Madrid sin mucho éxito hasta que se lanzó a «hacer las Américas». En palabras del propio Fidel Castro: «Mi padre era uno de aquellos jóvenes pobres de Galicia a los cuales algún rico le daba una cantidad de dinero para que lo sustituyera en el servicio militar». Según explica Carlos Márquez Sterling en su «Historia de Cuba», Castro padre formó parte de la columna española, dirigida por el comandante Cirujeda, que atacó e hirió en combate al «Titán de Bronce», Antonio Maceo, uno de los líderes independentistas más destacados. La falta de documentación sobre los detalles del desastroso conflicto hacen imposible confirmar o no esta historia.

Tras la guerra regresó a la Península, pero en poco tiempo emigró de nuevo a Cuba buscando el trabajo y la fortuna que la tierra gallega le negaba con insistencia. A modo de anécdota, se cuenta que la decisión última de trasladarse a América la tomó al descubrir que su antigua novia se había casado durante su ausencia en Láncara. (Esta historia aparece registrada en el libro «Fidel el desleal», del periodista francés Serge Raffy).

Cuba resultó un negocio rentable para Ángel Castro, que al convertirse en terrateniente contrató a una legión de españoles inmigrantes o de origen hispánico

Ángel Castro desembarcó en La Habana, procedente de La Coruña, el 4 de diciembre de 1899, tras viajar en el vapor francés Mavane. Contratista con la United Fruit Company, el padre del dictador levantó su fortuna a partir de 1905 cortando madera en los bosques, para luego plantar caña de azúcar. Su habilidad jugando a la cartas también le ayudó a amasar una pequeña fortuna.

En 1911 se casó con María Luisa Argota, a quien conoció en la ciudad de Santiago de Cuba y con la que tuvo cinco hijos (aunque solo tres llegaron a edad adulta). Juntos adquirieron y administraron una importante extensión agrícola en Birán. Cuba resultó un negocio muy rentable para Ángel Castro, que al convertirse en terrateniente contrató a una legión de españoles inmigrantes y lugareños de origen hispánico, véase la joven Lina Ruz González, hija de una sirviente y a la postre madre de los Castro. Cubana con ancestros asturianos y canarios, Lina era prácticamente analfabeta y junto con Ángel aprendió a leer y a escribir. El amor llegó a la vez.

Un romance prohibido

Durante un tiempo mantuvieron el romance en secreto, pero al enterarse María Luisa Argota se trasladó a Santiago y amenazó con divorciarse y reclamar la mitad de sus tierras. Es por ello que Ángel simuló estar arruinado y traspasó las propiedades a su socio Fidel Pino Santos. La familia que de aquí surgió tuvo que existir de forma clandestina hasta que las aguas se calmaron. El terrateniente y su joven empleada tuvieron siete hijos, entre los que se encontraban tanto Fidel Castro (en honor al socio mencionado) como su hermano Raúl Castro.

Para esconder la existencia de los hijos ilegítimos, el gallego decidió enviar a los niños a vivir con sus amigos próximos, el cónsul haitiano en Santiago, Hippólite Hibbert, y su esposa Emercianne. Fidel tenía entonces 4 años. Cuando fue enviado como interno al Colegio de La Salle, sus compañeros lo humillaron repetidamente por su origen bastardo, por tener como madre a una criada analfabeta y por no estar bautizado, llamándolo «judío». Hasta 1940 Ángel y Lina no pudieron legalizar su unión y, tres años después, el 11 de Diciembre de 1943, al fin Fidel fue reconocido como hijo legítimo.

Ángel Castro Argiz murió en Birán poco antes del desembarco de sus hijos Fidel y Raúl junto a otros 80 expedicionarios en la Playa Las Coloradas el 2 de diciembre de 1956. En vísperas de la Revolución que encumbraría a su hijo, falleció a causa de una hemorragia intestinal, a la edad de 80 años. Años después, Fidel diría que su padre siempre quiso regresar a Galicia al menos una vez.


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  • En seis décadas, la cadena pública ha evolucionado como lo ha hecho España. A veces, ayudando. Es el medio que mejor ha retratado la historia todos estos años
 En la imagen, tomada en 1959, el público se congrega en la calle para ver un partido entre el Real Madrid y el Barcelona - Josep Branguli

En la imagen, tomada en 1959, el público se congrega en la calle para ver un partido entre el Real Madrid y el Barcelona – Josep Branguli

La boda de Balduino y Fabiola el 15 de diciembre de 1960 disparó la venta de televisores en España. La de Raniero y Grace nos pilló sin televisión, en pruebas. El 28 de octubre de 1956, cuando se puso en marcha la inauguración oficial de lo que Eddie Warner cantaba («La televisión pronto llegará…»), había unos 600 aparatos. La mayoría de la gente la veía en los escaparates de las tiendas de electrodomésticos. O en las casas de los pocos que tenían receptores. «La mía se llenaba de vecinos», cuenta Jesús Álvarez hijo. Matías Prats hijo recuerda la suya: «Una Telefunken pequeña con cuernos gigantes que había traído mi padre». Además, esa televisión que hoy cumple 60 años y que emitía desde el Paseo de la Habana sólo se podía ver en Madrid y en un radio de 70 kilómetros. Los estudios de Prado del Rey se inauguraron el 18 de julio de 1964. La cobertura ya llegaba a todo el territorio nacional.

Matías Prats Luque es hijo de Matías Prats Cañete, una de las cincuenta personas que formaban parte de la plantilla inaugural. Los locutores y presentadores eran Laura Valenzuela, Jesús Álvarez, Matías Prats y Fernando Corner. El debut televisivo de Matías Prats tuvo lugar tras un partido en el Parque de los Príncipes entre Francia y España. Según Lorenzo Díaz en su imprescindible «50 años de TVE», esta obtuvo una versión de kinescopio del encuentro celebrado el 13 de marzo de 1958. Matías Prats lo había radiado y unas horas después hizo la retransmisión televisiva sobre la película. Hasta abril del 58 no se vio el primer partido en directo. Fue un Real Madrid-Atlético de Madrid (1-1).

Pionero en esa TVE fue Jesús Álvarez. El primer gran comunicador de la televisión en España. También era piloto civil y oficial de Artillería. «Cada cuatro de diciembre, día de Santa Bárbara, se ponía su uniforme». Tenía una planta envidiable. Matías Prats, revela su hijo, le decía: «Tú tienes una legión de mujeres. A mí, mírame, con estas gafas oscuras». Pero Jesús Álvarez hijo cree que es una leyenda. Su padre lo hacía todo. Ríete de los que se multiplican en Telecinco. Variedades, información y hasta una sección en la que atendía consultas y protestas de los espectadores. Matías Prats tenía uno en el que la gente debía telefonear. Hubo que suprimirlo porque nadie llamaba. TVE era una cadena del Régimen. La primera crítica de televisión se publicó en ABC el 19 de marzo de 1959 con la firma de Víctor Blasco (era Enrique del Corral). Gabriel Arias Salgado, ministro de Información y Turismo, puso fin a la osadía porque si TVE era del Estado la crítica era al Estado.

Cambios

Jesús Álvarez y Matías Prats, hijos, empezaron su carrera en una TVE que cambiaba. Como el país. Matías Prats, cuyo primer sueldo fueron 17.000 pesetas, empezó en «Redacción Noche» en 1975, en la segunda cadena, con Joaquín Arozamena y Victoria Prego. Pero la muerte de Franco lo ascendió. «Me vi en la primera porque no había gente suficiente. Allí estaba yo con mi cara de niño. Era una novedad. Esa etapa me ayudó mucho». Tuvo la suerte de informar de todos los acontecimientos de la nueva democracia. También Jesús Álvarez, que debutó en 1977 con «Siete días», programa dominical resumen de la semana. «Cuando empecé todavía había estudios de color y estudios de blanco y negro». Seguíamos en el pleistoceno televisivo. Y tecnológico (hablo de teléfonos).

En 1976, Rafael Anson quería contratar a Lalo Azcona para los nuevos telediarios democráticos. Mandó a la Guardia Civil, que se presentó en la casa de veraneo familiar en Asturias para que les acompañara al cuartelillo. Tenían un mensaje de Madrid.

En 1977, Joan Baez actuó en «Esta noche… Fiesta» y dedicó «No nos moverán» a la Pasionaria. La actuación fue el 15 de noviembre y Dolores Ibárruri ya era diputada (había vuelto el 13 de mayo y las elecciones fueron el 15 de junio). Pero se armó un buen revuelo. El Rey preguntó a José María Íñigo unos días después si había pasado algo con la dedicatoria. Un año antes, el 20 de marzo de 1976, Íñigo había invitado a Alexander Solzhenitsyn a «Directísimo». «No cobró, sólo me pidió ir a una corrida de toros», dice Íñigo. En la entrevista, entre otras cosas, se sorprendió de que los progresistas españoles llamaran dictadura al régimen político. Y empezó a enumerar por qué no lo era comparando España con la URSS.

Respuesta de Juan Benet en «Cuadernos para el diálogo»: «Yo creo firmemente que mientras existan personas como Alexander Solzhenitsyn, los campos de concentración subsistirán y deben subsistir. Tal vez deberían estar un poco mejor guardados, a fin de que personas como A. S. no pudieran salir de ellos». En los programas de Íñigo siempre pasaban cosas. En la segunda etapa de «Estudio Abierto» fue donde Lolita anunció que se casaba y que todo el mundo estaba invitado. En otra ocasión, su madre metió en un lío a su hijo. José María Íñigo le preguntó por Antonio y Lola Flores contestó que estaba haciendo la mili. «Pero no va porque conocemos a un coronel…». Al día siguiente, Antonio Flores estaba haciendo la mili. Yendo.

Jesús Picaporte fue guionista de «Estudio Abierto» (igual que Manu Leguineche y Jesús Torbado). Picatoste también fue uno de los protagonistas en el 23-F. Con Pedro Erquicia se encaminó a la Zarzuela para grabar el mensaje del Rey. Con RTVE tomada. Hasta el despacho de Castedo estaba ocupado. Prepararon discretamente un equipo y se fueron al Palacio. «El Rey tardó porque estaba hablando con los capitanes generales», rememora Picatoste. «Apareció con dos folios y me enseñó el discurso. Lo vi antes de que lo pronunciara». El Príncipe estaba allí. Y la Reina, que se subió a una silla para mover las manecillas de unos relojes que podían sonar durante la grabación. «Y ahora echando leches para TVE», le dijo Don Juan Carlos. Jesús Picatoste se subió al coche y se sentó encima de las cintas.

Las primeras estrellas

Otra figura fundamental de TVE ha sido Miguel de la Quadra, que cubrió como reportero de plantilla guerras en el Congo (un reportaje sobre monjas asesinadas estremeció a la audiencia). También las de Vietnam, Eitrea o Mozambique. Y la muerte del Che en 1967 o el golpe de Estado de Pinochet en Chile. En 1965, Miguel de la Quadra se casó con Marisol Asurmendi en Tokio. Y se fue a la guerra de Vietnam. «Se puso a filmar. Yo me quedé en Saigón, pero era horrible. Me instalé en Bangkok esperando que volviera sano y salvo. En lugar de un viaje de novios aquello fue un viaje de guerra», recuerda Marisol.

Y además estaban Los Chiripitifláuticos, Soler Serrano, el maestro Ibarbia, Hermida, Balbín, Los Payasos de la tele, Jaime de Armiñán, Mercero, Chicho, García Tola, Pilar Miró, Paloma Chamorro, Jesús Quintero… Y «Juncal», «Los gozos y las sombras» o «Teresa de Jesús». La televisión que en 60 años ha hecho lo mejor.


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  • San Isidoro de Sevilla eleva a España a la categoría de Primera Nación de Occidente en su libro «Historia Gothorum»: «De cuantas tierras se extienden desde el Occidente hasta la India, tú eres la más hermosa, oh sagrada y feliz España, madre de príncipes y de pueblos»

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«La nación hispana o la Hispania Universa, no supo unirse contra Roma. Defendida por los Pirineos y el mar habría sido inaccesible. Su pueblo fue siempre valioso pero mal jerarquizado», Lucio Anneo Floro, historiador latino.

Hispania, que procede probablemente de la palabra fenicia «I-span-ya» («Tierra de metales»), fue la denominación que los romanos pusieron a la provincia romana que ocupaba la totalidad de la Península Ibérica. Como es habitual con los nombres elegidos por los romanos, la delimitación no respondía a la realidad tribal y se trataba de una decisión meramente geográfica. Hoy en día, aquella provincia romana está ocupada por tres entidades políticas distintas, Portugal, España y el Principado de Andorra, cuyas formas actuales costaron siglos de luchas y alianzas.

El sueño de una Hispania cristiana

Si bien la Monarquía visigoda buscó la creación de un único reino en toda la Península Ibérica, los visigodos tuvieron que compartir originariamente el territorio con los suevos, instalados en el noroeste («Galliciense Regnum»), y los bizantinos, que controlaban zonas del sur. Por esta razón, tras unificar la mayor parte del territorio de la España peninsular a fines del s. VI, el rey Leovigildo solo pudo proclamarse monarca de «Gallaecia, Hispania y Narbonensis».

Pero no desistieron los visigodos en su empeño de crear conciencia de una única monarquía cristiana, como bien recogen las obras históricas del arzobispo San Isidoro de Sevilla. Este clérigo hijo de padre hispanorromano y de madre goda eleva a España a la categoría de Primera Nación de Occidente en su libro «Historia Gothorum»: «De cuantas tierras se extienden desde el Occidente hasta la India, tú eres la más hermosa, oh sagrada y feliz España, madre de príncipes y de pueblos». El texto de San Isidoro de Sevilla se convirtió en lectura obligatoria para todos los príncipes cristianos que habitaron la península durante la Edad Media. Era el viejo sueño aparcado.

Esa idea de una única entidad «hispana» pervivió en la mitología e imaginario de los escasos núcleos donde la invasión árabe no consiguió penetrar. Pocos años después de la batalla de Guadalete, en el 711, nada quedaba del Reino Visigodo, salvo pequeños reductos liderados por nobles norteños. A partir de este punto, la denominación de España se entendía, según el bando, como los reinos cristianos o como la zona musulmana. Por ejemplo, en tiempos del rey Mauregato de Asturias fue compuesto el himno «O Dei Verbum» en el que se califica al apóstol Santiago, patrón de la España cristiana, como «dorada cabeza refulgente de “Ispaniae”».

Unión de reinos con los Reyes Católicos

Los reinos medievales eran estructuras débiles y poco unificadas. No fue hasta el comienzo de la Edad Moderna, con la reducción del poder de la nobleza y el clero, cuando surgieron los embriones de los estados modernos por toda Europa. El intento español corrió a cargo de los Reyes Católicos, Fernando de Aragón e Isabel de Castilla, que unificaron las dos coronas más poderosas de la península en 1469 y cuyos descendientes heredaron una algarabía de reinos ibéricos, también Navarra y Granada, que se conocían, entre otras denominaciones, como «las Españas». El Descubrimiento de América y la Conquista de Granada, ambos hechos acontecidos en 1492, están considerados simbólicamente como el origen de la España moderna.

Sin embargo, en opinión de muchos historiadores la unión dinástica no es un hecho suficiente para hablar de una única entidad política porque ni siquiera existía una integración jurídica. Los Reyes Católicos unificaron la política exterior, la hacienda real y el ejército, pero lo hicieron respetando los fueros y privilegios de cada uno de sus reinos.

«A mediados del siglo XV, en la Península Ibérica no quedaban más que cuatro reinos cristianos: Portugal, Castilla, Aragón y Navarra. Los cuatro se consideraban originales, distintos, pero hermanos: todos eran españoles. A pesar de las diferencias políticas, existía una solidaridad indudable, compartían la idea de reconstituir la unidad política perdida. Los enlaces matrimoniales estaban destinados a recuperar la unidad peninsular y la boda de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, en 1469, puso los cimientos de ese proceso», argumenta en sus estudios el hispanista Joseph Pérez, quien no duda, sin embargo, en otorgar una configuración, identidad y conciencia de España a partir de la unión dinástica.

De una forma u otra, la palabra España perdió su significado meramente geográfico con la unión dinástica. Aunque todavía no se puede hablar de solo un reino, la dinastía de los Habsburgo utilizó entonces la designación de Rey de España para hacer referencia a sus posesiones en la Península Ibérica. Así, Felipe II es denominado desde su nacimiento Príncipe de España.

Los castellanos suponían el 80% de la población y ocupaba tres cuartas partes del territorio peninsular

A raíz de esta unión dinástica y de estas nuevas titulaciones comenzaron a surgir voces críticas contra la preeminencia de Castilla sobre el resto de reinos que formaban España. Los historiadores catalanes han acusado tradicionalmente a Castilla de apropiarse de la identidad española. Las razones son evidentes. Los castellanos suponían el 80% de la población y ocupaba tres cuartas partes del territorio peninsular en el momento de la unión dinástica. No es de extrañar, por tanto, que el timón de esta nueva entidad tuviera protagonismo castellano, así como que los escritores castellanos de la época no hicieran distinción entre castellanos y españoles.

El historiador Henry Kamen, en su libro «España y Cataluña: Historia de una pasión», recuerda que no se trata de un fenómeno aislado puesto que «en otros países de Europa los regentes políticos del centro territorial, económico o político han tendido siempre a identificarse como el verdadero estado y despreciar a las zonas periféricas».

De monarquías-Estado a Estado-nación

Con la llegada de la dinastía de los Borbones, Felipe V se puso al frente por primera vez del «Reino de España». Hasta entonces no había existido ese término. Pero una cosa es la fundación del reino, y otra la de un estado-nación español tal y como lo entendemos hoy en día. Aquel fue un proceso mucho más lento, que exigió dos siglos de un intenso intercambio cultural y comercial entre las regiones españolas.

La mayoría de historiadores apuntan a la Guerra de Independencia, en concreto a la Constitución de Cádiz de 1812, como el nacimiento de la idea de España como nación. En plena invasión napoleónica, la promulgación de una constitución de corte liberal dejó recogido en su artículo 1 a la «Nación española» como «la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios». El resto del convulso siglo XIX dio forma –con la pérdida de las colonias, las Guerras Carlistas y las sucesivas crisis políticas– al concepto de nación española que tenemos en la actualidad.

Este proceso fue similar en el resto de Europa, donde la caída del Antiguo Régimen sustituyó a los Estado-imperio, ciudades-Estado y monarquías-Estado por los Estado-nación. El cambio de paradigma queda retratado en cómo las sucesivas ediciones del Diccionario de la lengua española modifican radicalmente el concepto de «nación». En 1780, era «la colección de habitantes de alguna provincia, país o reino»; mientras que un siglo después, en 1881, era «el estado o cuerpo político que reconoce a un centro común supremo de gobierno».

Este proceso de crear una identidad nacional tuvo un enorme éxito en sus orígenes en la mayoría de territorios españoles, sobre todo en los más industrializados, véase Cataluña y el País Vasco, pero sufrió varias anomalías en su fase intermedia. El enclenque desarrollo de la red ferroviaria, de la escuela (un gran factor de cohesión) y la mala salud del ejército a finales del siglo XIX terminaron manifestando el descontento de algunos sectores dirigentes frente a ese estado nación español. En Cataluña, los industriales textiles perdieron mucho volumen de negocio con la caída de las últimas colonias y decidieron hacer una apuesta hacia otros proyectos de nación. Ese es el origen delos nacionalismos excluyentes periféricos, que no del independentismo, siempre marginal acaso hasta fechas recientes.


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  • Aprovechando la firma del acuerdo de paz entre las FARC y el Gobierno colombiano, repasamos algunos «tratados imposibles» que detuvieron las hostilidades tras un dilatado período de guerra
 Batalla de Almansa, en la Guerra de Sucesión - Wikimedia

Batalla de Almansa, en la Guerra de Sucesión – Wikimedia

«Se acabó la guerra, díganle a Mauricio Babilonia que ya puede soltar las mariposas amarillas». Con esta curiosa frase (una clara referencia al personaje de «Cien años de soledad») fue con la que Luciano Marín Arango («Iván Márquez») selló, hace menos de una semana, la paz entre las FARC y el Gobierno Colombiano. Unas palabras, además, que pusieron fin a más de medio siglo de conflicto. Este acuerdo, sin duda, pasará a los libros como algunos que cambiaron la historia de la humanidad. Entre ellos, el de Utretch, en el que se puso fin a un conflicto dinástico que acabó con miles de personas en nuestro país.

1192: La paz entre Saladino y Ricardo Corazón de León

Desde que el Papa Urbano II promovió la Primera Cruzada en 1095, fueron miles los soldados que partieron hacia Tierra Santa para proteger los denominados Santos Lugares: zonas de peregrinación que estaban situadas en torno a Jerusalén -una ciudad sagrada tanto para cristianos como para musulmanes- y Palestina. Aquella campaña fue exitosa, pues terminó con la conquista de dicha urbe.

Años después, y tras el desastre que significó la Segunda Cruzada para los enemigos del Islam (pues el ejército de la cruz se terminó disolviendo sin haber logrado cumplir objetivos que en principio se habían considerado básicos como la toma de Damasco), los problemas se multiplicaron en 1187 cuando el sultán Saladino conquistó a los seguidores de Jesucristo la ciudad de Jerusalén.

Este gran revés llevó a tres reyes (Enrique II de Inglaterra, Felipe II de Francia y al anciano Federico I Barbarroja) a llamar a las armas a sus ciudadanos para retomar la región y expulsar de allí al invasor musulmán. Aunque el plan inicial se modificó sensiblemente en 1189 tras la muerte del monarca britano (lo que provocó el ascenso al mando de sus ejércitos de Ricardo Corazón de León), aquel fue el comienzo oficial de la Tercera Cruzada. Una campaña, por cierto, que también buscaba recuperar la «Vera Cruz» (los restos de la cruz en la que había muerto Jesucristo), después de que hubiese caído en manos «infieles» tras la batalla de los Cuernos de Hattin.

Federico I Barbarroja
Federico I Barbarroja– Wikimedia

La que fue denominada la «Cruzada de los Reyes» fue, desde sus inicios, una campaña maldita para los cristianos. Así lo pudieron atestiguar los soldados de Barbarroja (quienes tuvieron que ver como -en los primeros meses de campaña- su general y emperador moría ahogado mientras se daba un baño) o la famosa orden de los Templarios (que perdió cientos de miembros combatiendo contra el enemigo).

Con todo, tampoco fue mejor para Saladino, el líder absoluto de las diferentes tribus musulmanas. Y es que, sus soldados murieron a cientos en batallas como la de Konya. Esta tensa situación se recrudeció, más si cabe, con la llegada de Ricardo Corazón de León a Tierra Santa en junio de 1191.

En principio, Barbarroja exigió Jerusalén y la «Vera Cruz», pero rebajó sus expectativas poco después

Lejos de calmar los ánimos, el monarca arribó deseoso de demostrar a los «infieles» que no había fisuras en su moral cristiana. Esa determinación religiosa le llevó, por ejemplo, a aniquilar a casi 3.000 prisioneros sarracenos capturados en batalla después de algunas diferencias con Saladino.

Así se dio pie a un conflicto todavía mayor entre ambos líderes. Un enfrentamiento que provocó multitud de batallas en las siguientes semanas y que -al igual que sucedía con la disputa milenaria entre cristianos y musulmanes- no parecía estar destinado a solventarse. Por el contrario, lo único que se avistaba por entonces en el horizonte era un futuro fabricado con espadas y sangre.

Eso parecía en principio. Sin embargo, las continuas muertes, las enfermedades, los escasos avances en materia militar de ambos bandos y (en definitiva) el hartazgo de Ricardo y Saladino, provocaron que ambos iniciaran una serie de conversaciones para lograr la paz. Y es que, el inglés andaba ansioso de regresar a su amada isla y, por su parte, el musulmán buscaba vivir lo que le quedaba de vida (era ya un anciano) lejos de la contienda.

Así pues, tras el verano comenzó un proceso para detener las matanzas con una carta enviada por el inglés al musulmán. Una misiva en la que, para llegar a un acuerdo, le exigía abandonar Jerusalén, devolver a la cristiandad la «Vera Cruz» y renunciar a los países «allende al Jordán». De esta forma, al menos, lo explica el historiador italiano del XIX Cesare Cantú en su obra «Historia universal».

Saladino
Saladino– Wikimedia

Aunque sus exigencias fueron inicialmente rechazadas (lo cierto es que eran bastante abusivas para la época), aquella carta fue el principio del fin de la Tercera Cruzada. Tras varios tratados fallidos, y un año después (en septiembre de 1192) se firmó un pacto que terminó con las hostilidades y propició que el monarca inglés regresase a su país.

«En septiembre de 1192 se firmaba el tratado de Jaffa. Jerusalén quedaba en manos de Saladino, con garantía de libre acceso para los cristianos al Santo Sepulcro. Los cristianos obtenían su porción de Palestina con capitaldiad en Acre; era la primera división formal del territorio palestino», determina el divulgador histórico Gonzalo Terreros.

1713: El tratado de Utrecht

Para entender el que fue uno de los tratados de paz más destacados de toda la historia de España es necesario retrotraerse en el tiempo hasta el año 1700, cuando el embajador francés en nuestro país envió el siguiente mensaje al rey galo, Luis XIV: «Empeora el Rey Católico. Me dicen que parece un cadáver».

Así pues, se iba a suceder algo inevitable: el fallecimiento de Carlos II (de la casa de los Austrias), y que lo iba a hacer sin descendencia. La inevitable partida de este mundo se produjo el 1 de noviembre de ese mismo año. En principio, y con el testamento en la mano, se estableció que la corona correspondía a Felipe V (Borbón), nieto de Luis XIV.

La solución, en principio satisfactoria, no gustó demasiado a algunos monarcas que vieron como, con el paso de los años, la familia del nuevo rey español podría unir en un bloque una amplia extensión de territorios en Europa.

Felipe V
Felipe V– Wikimedia

«Fue una decisión que levantó suspicacias en varias cancillerías europeas y fue rechazada de plano en Viena por el emperador Leopoldo I, representante de la otra rama de los austrias. La simple posibilidad de que las dos monarquías que se extendían a ambos lados de los Pirineos configuraran un bloque bajo un mismo monarca, algo que no fue desmentido desde Versalles, hizo que en Europa sonaran los tambores de guerra», explica el doctor en historia José Calvo Poyato en su dossier «Los Tratados de Utrecht y Rastatt. Europa hace trescientos años».

Ingleses, holandeses e imperiales formaron entonces la denominada Gran Alianza y propusieron, como alternativa a Felipe V, al archiduque Carlos de Austria (hijo del propio Leopoldo). Así comenzó la Guerra de Sucesión, un conflicto que se empezó allá por 1701 y que no tardó en convertirse en uno de los más cruentos en la historia de nuestro país.

«Fue un proceso lleno de largas y complicadas conversaciones, no siempre celebradas con conocimiento de todos los implicados»

«Se calcula que en esta guerra murieron 1.251.000 personas […]. En el momento de mayor intensidad, en 1710, luchaban cerca de 1.300.000 soldados. Y Francia, la potencia más implicada, llegó a movilizar 900.000 hombres […] entre 1701 y 1713», explica el historiador español Joaquim Albareda Salvadó en su obra «La guerra de Sucesión de España (1701-1714)».

Ya fuera por las muertes, ya fuera por lo extensa que fue la contienda, pocos años después se iniciaron una serie de conversaciones en las que se intentó lograr la paz entre ambos contendientes. Tal y como afirma Poyato en su obra, fue un proceso «lleno de largas y complicadas conversaciones, no siempre celebradas con conocimiento de todos los implicados».

Concretamente, las primeras reuniones en favor de la paz se remontan hasta 1709, cuando se alumbró en La Haya un documento que fue presentado al monarca francés posteriormente. «Entre las exigencias que se le plantearon se incluía que las tropas del monarca francés luchasen contra su propio nieto para expulsarlo de España», destaca el historiador. El galo se negó, pero retiró a los soldados de su país de la Península Ibérica para no entrometerse más de lo necesario y no favorecer un conflicto internacional.

Tratado de Utrecht
Tratado de Utrecht– Wikimedia

Tres años después, tras una extensa lista de intentos fallidos de negociación, comenzó el verdadero camino hacia la paz. Y es que, fue entonces cuando comenzaron las conversaciones que -a la postre- darían como resultado la paz. Estas se iniciaron en Utrecht y, para desgracia general, fueron acompañadas de constantes batallas. Algo lógico en aquellos años, pues se consideraba que cualquier victoria lograda por las armas en el campo de batalla derivaría en ventajas diplomáticas y presionaría todavía más al perdedor a firmar un pacto poco favorable.

En 1713, finalmente, se llegó a un acuerdo entre los diferentes contendientes, lo que llevó a la firma de los tratados de Utrecht y Rastadt.

«Lo acordado en Utrecht, una vez asumido que Felipe V sería rey de España, […llevó a que] los británicos se hicieran con grandes extensiones en lo que hoy es Canadá […]. Por lo que respecta a España se produjeron notables amputaciones territoriales de las cuales dos resultaron particularmente dolorosas. Nos referimos a la isla de Menorca […] que los ingleses habían ocupado en 1708. La otra cesión territorial era la plaza fuerte de Gibraltar, ocupada en el verano de 1704. […]. El llamado “caso de los catalanes” rodó por las cancillerías europeas […] pero el rey se mantuvo inflexible. Consideraba que aquellos súbditos habían faltado al juramento de lealtad que habían hecho cuando […] visitó Barcelona y juró respetar los fueros y leyes del Principado. Consideraba que los territorios que habían proclamado al archiduque habían roto su juramento y se habían rebelado contra su legítimo soberano», añade el experto.

1998: Los acuerdos de paz de Viernes Santo

Las guerras armadas no son solo cosa de la antigüedad. De hecho, a principios del siglo XX comenzó una lucha civil que, durante años, sembró el pánico en las islas de nuestros vecinos británicos. Todo ello, como parte del denominado conflicto de Irlanda del Norte. Una contienda que enfrentó, desde 1968, a los católicos y a los protestantes de la región. ¿La razón? Que los primeros eran partidarios de emanciparse del Reino Unido, mientras que los segundos buscaban seguir bajo el paraguas inglés. A partir de ese momento se desató la violencia en la zona, lo que terminó provocando la friolera de 3.500 víctimas.

La situación de 1968 fue aprovechada por el IRA (Ejército Republicano Irlandés), cuyos miembros dieron rienda suelta a la violencia y a la guerra callejera. «La intensificación del conflicto nacional supuso un nuevo impulso para el IRA, aunque sus disidencias internas dividieron a la organización en dos facciones: el IRA oficial, de ideología marxista y que acentúa la caracterización política de la lucha por la independencia del país, y el IRA provisional, que recalca la necesidad de una profundización de la lucha armada de un contexto ideológico de naturaleza exclusivamente nacionalista», explica el Gerry Adams (el líder del Sinn Féin -el brazo político del IRA durante años-) en su autobiografía.

Mientras esta insostenible situación se recrudecía, se iniciaron conversaciones de paz entre ambos bandos. La mayoría, favorecidas por John Hume (anteriormente presidente de una organización de partidaria de la Defensa de los Derechos Civiles y, entonces, miembro del Partido Socialdemócrata y Laborista). Este político se encargó, a partir de los años 80, de mantener contactos activos con todas las partes del conflicto (entre ellas el Sinn Féin -algo que posteriormente le granjeó el odio de no pocos compañeros- y el gobierno británico). Eso sí, siempre bajo la premisa de que la violencia debía detenerse en favor de las conversaciones políticas.

Tras multitud de negociaciones, se dio un gran paso para la paz el 15 de septiembre de 1997, cuando todos los partidos políticos (también el Sinn Féin) se reunieron para llegar a un acuerdo que empezase a normalizar la delicada situación existente en el país. «La premisa fundamental para poder participar se basaba en aceptar que las organziaciones políticas debían mantenerse al margen de la violencia», explica el divulgador histórico Luis Antonio Sierra en su obra «Irlanda del Norte. Historia del conflicto». En aquellos días, Gerry Adams aseguró que el IRA se comprometía a aceptar una tregua (algo que ratificó después de declarar, en julio de ese mismo año, un «alto el fuego»).

A pesar de las diferencias, 21 meses después (el 10 de abril de 1998) se firmaron los «Acuerdos de Viernes Santo». Un pacto que terminó con la brutalidad que se vivía en las calles y que estableció que serían los ciudadanos los que decidirían sobre el futuro de Irlanda del Norte. Además, se llegó a la conclusión de que era necesario un «compromiso absoluto» de llegar a acuerdos mediante «vías exclusivamente democráticas y pacíficas», y el establecimiento de una Asamblea legislativa autónoma con la capacidad de elegir representantes a los bloques.


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  • Una afición desmesurada por el vino y un humor depresivo fueron brotando en Sertorio. En el año 72, Perperna, mano derecha del romano, organizó un banquete donde el general y su guardia fueron emborrachados y posteriormente asesinados
 «La muerte de Sertorio», cuadro de Vicente Cutanda - Wikimedia

«La muerte de Sertorio», cuadro de Vicente Cutanda – Wikimedia

Su historia es la de un hombre leal a la República que eligió mal su bando en la guerra civil. En su huida hacia delante, Quinto Sertorio acabó fundando en Hispania una República Romana de bolsillo, con la que consiguió entusiasmar a los hispanos y derrotar, uno tras otro, a los ejércitos romanos que el dictador Cornelio Sila mandó en su búsqueda. Alcoholizado, y cada vez más abandonado, Sertorio fue traicionado por los suyos y apuñalado por la espalda.

El siglo I a.C vivió el inicio de las guerras civiles en Roma, que desembocarían en el establecimiento del sistema imperial. Las guerras civiles enfrentarían al bando de los populares –encabezados por el héroe militar Mario– contra el bando de los optimates, cuya cara más visible era la de Cornelio Sila, el sangriento dictador pelirrojo. En esencia se trataban de confrontaciones personales, sin un programa político muy profundo, aunque los segundos se vendían como los guardianes de las esencias romanas frente a los hombres que querían abrir las puertas de Roma al resto de itálicos.

Una guerra civil que frustró una carrera

En los años previos a la contienda, Quinto Sertorio había combatido junto al líder de los populares, Mario, contra los cimbrios y los teutones. Como recompensa a su carrera ascendente recibió en el año 97 a.C. un cargo de tribuno militar en España, donde dirigió a las tropas romanas contra una rebelión local en la ciudad celtibérica de Castulo (hoy en la zona de Linares, Jaén). A su regreso a Roma, se vio inmerso de golpe en las luchas entre optimates y populares; si bien, se alineó con el ala moderada de esta facción cuando un grupo de partidarios violentos ocuparon Roma y desencadenaron una matanza.

Con este carácter moderado logró prestigio, respeto y condecoraciones, así como cicatrices por todo su cuerpo. Su forma de combatir en las primeras líneas le costó la pérdida permanente de la visión en un ojo, además de la admiración de sus subordinados.

En este contexto de inminente guerra civil (en vigor desde que Cartago fue destruida y no quedaron grandes amenazas externas), Lucio Cornelio Sila atacó Roma en 88 a.C, siendo el primero que rompía la ley romana y entraba en la ciudad con tropas. La súbita muerte de Mario cinco años después dejó sin posibilidad de reacción al bando popular. Sila se autoproclamó dictador y se mantuvo en el poder hasta su retiro voluntario en el 79 a.C, mientras se dedicaba a perseguir brutalmente a sus enemigos. Uno de los que persiguió con más insistencia fue Sertorio, que, privado de su cargo de pretor en Hispania, se vio obligado a huir de su provincia hacia el Mediterráneo Occidental. Durante su triste retirada logró una victoria sobre los ejércitos de Sila en Mauretania, lo que le atrajo el interés de los últimos partidarios de Mario y, en suma, de los enemigos de Sila.

Sertorio seguía siendo enormemente popular en Hispania. Antes de abandonar su cargo de pretor se había dedicado a rebajar la presión fiscal en su provincia y, en señal de respeto a las poblaciones locales, acampaba siempre sus tropas fuera de las ciudades. A raíz de su victoria en Mauretania, una delegación de lusitanos le pidió que regresara a España y terminara con la opresión que los hombres de Sila habían traído consigo.

Sertorio aceptó la oferta sin titubear, puesto que le quedaban pocas salidas, si bien las fuerzas lusitanas eran de solo 4.000 soldados de infantería y 700 jinetes. A este número debía sumar 1.600 legionarios y 700 libios que el líder popular había levantado en el norte de África. Una fuerza que, sin embargo, era insignificante frente a los 120.000 infantes y 6.000 jinetes con los que contaba Sila en la península.

La República romana en Hispania

El legendario general se enfrentó a su vuelta a Hispania con Metelo Pío, enviado por Sila, al que durante varios años desgastó con una lucha de guerrillas y finalmente derrotó, así como a los gobernadores de la Citerior y la Narbonense. El general romano demostró gran talento para dirigir fuerzas irregulares y llevar a cabo una guerra de guerrillas contra fuerzas convencionales. Sertorio avanzó sobre la Celtiberia y el Valle del Ebro. Su paso levantó la rebelión de los celtíberos e incitó el apoyo de los hispanos romanos. En este punto, el conflicto pasó de ser un problema local a una auténtica guerra civil.

El romano, que procedía de la ciudad sabina de Nussa, organizó lo que algunos han calificado como un intento de crear un «estado romano paralelo» en Hispania, una república en el corazón de la península. Así estableció en Osca (Huesca) un senado, que cada año celebraba elecciones para elegir a los nuevos magistrados, y una escuela para los hijos de los jefes indígenas, donde aprendían latín y griego. Asimismo, a las tropas locales les enseñó a vestir y a luchar al modo romano.

El paso de los años y la enorme popularidad de Sertorio elevaron su historia a la categoría de héroe mitológico, como acredita la historia del cervatillo que adoptó como mascota. Un cazador se lo regaló como muestra de afecto, a lo que el romano respondió domesticándolo y atribuyéndole poderes. Sertorio afirmaba que era la Diosa Diana quien había conducido el animal a su causa y le comunicaba a través del cervatillo la ubicación de sus enemigos para que pudiera seguir victorioso.

El propio Sila no pudo vivir lo suficiente para ver a uno de sus últimos enemigos derrotado. A la muerte del dictador ya «jubilado», Pompeyo «Magno» –apodado el «adolescente carnicero» por ser el brutal verdugo de muchos populares– se aseguró de que el cadáver de Sila, que también era su suegro, recibiera los debidos honores y no se produjeran disturbios. No pudo evitar, sin embargo, que el excónsul Lépido se levantara contra el Senado. La victoria de Pompeyo sobre Lépido vino acompañada de una fuga masiva de sus partidarios para unirse a Quinto Sertorio, que siempre recibía con los brazos abiertos a los enemigos de Sila.

Los dos cónsules designados ese año se negaron a ir Hispania, porque no estaban dispuestos a sumarse a la lista de generales republicanos derrotados por Sertorio y sus cada vez más numerosos partidarios. En tanto, Pompeyo, de 28 años, fue nombrado pro consulibus (enviado «en lugar de ambos cónsules») y destinado a la provincia más occidental de la República para poner fin a la larga rebelión.

Pese a que en los primeros encuentros Sertorio dio severos correctivos a su joven rival, poco a poco fue perdiendo terreno y quedó sumido en una guerra de desgaste que no podía ganar. A partir del año 75 a.C el general «rebelde» fue acorralado por Pompeyo desde el norte y este; y por Metelo desde el sur. El general exiliado no estaba realmente perdiendo la guerra, pero ya era evidente que jamás podría ganarla. Desde Roma, el Senado logró que muchos de los seguidores de Sertorio abandonaran su bando a cambio de ser amnistiados. La mayoría tan solo quería eso, poder volver a casa después de tantos años.

Una afición desmesurada por el vino y un humor depresivo fueron brotando en Sertorio. En el año 72, Perperna, la mano derecha del militar romano, organizó un banquete donde el general y su guardia fueron emborrachados y posteriormente asesinados. Y aunque Perperna quiso continuar la guerra, Pompeyo no tardó en derrotarlo. Algunos núcleos resistieron en el 72 a. c, entre ellos Calahorra, donde un largo asedio y la negativa de los sitiados a rendirse les llevó a practicar el canibalismo. Allí se ahogaron los últimos ecos de la andadura de este general romano, que mantuvo en solitario una guerra civil contra Roma hasta que fue consciente de que se había convertido en un villano de su tierra. Un conflicto que pudo mantener solo gracias al apoyo de Hispania, probablemente el territorio más importante para la República Romana en aquella época.


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  • El local, con un método revolucionario, se ubicaba en la calle de la Reina, donde hoy se suceden los bares y restaurantes
 Manual de ejercicios del siglo XIX - WELCOME LIBRARY

Manual de ejercicios del siglo XIX – WELCOME LIBRARY

La moda por los gimnasios y el culto al cuerpo ha inundado cada rincón del planeta con numerosos locales de entrenamiento. El caso de Madrid, aunque tenga unas cifras similares a otros lugares, esconde una historia muy particular: el primer centro deportivo de España se levantó en la capital. Fue en el barrio de Chueca donde una consulta médica de ejercicios físicos se convirtió en el germen de lo que hoy conocemos.

El gimnasta francés Alfonso Vignolles constituyó esta suerte de gimnasio en Madrid en el año 1859. Lo cierto es que el centro que ideó se encontraba a caballo entre un gimnasio convencional y una consulta. El servicio que prestaba, según figura en recortes de prensa de la época, eran «Gimnasia Médica, Higiénica y Ortopédica». El método, revolucionario en la fecha, estaba inspirado en los implantados por la Academia de medicina de París, y su objetivo era prestar auxilio específico a todas las personas, con independencia de su condición. «Hay gabinete especial para señoras y para enfermos, y clase gratuita de doce a una para los enfermos pobres», detallaba un anuncio. Los novedosos métodos se complementaban con rudimentarias y pesadas másquinas, algo inédito en aquellos años.

El centro se ubicaba en el número 14 de la actual calle de la Reina, en el barrio de Chueca. Paralelo a la Gran Vía (aún no existía), se asentaba en una zona donde hoy abundan locales de copas, restaurantes y cotetos clubes de «gin-tonics» y cócteles. Aunque nació con ese espíritu sanitario, y así se mantuvo durante un largo periodo, su aceptación y evolución estuvo marcado por la influencia de la alta sociedad británica, que contagió a su homóloga española con el cultivo al cuerpo.

Imaginar el gimnasio de Chueca, el primero de España, es bastante difícil si tomamos como referencia los actuales. Como es evidente, ni contaba con las máquinas actuales ni practicaba los mismos ejercicios; ni siquiera buscaba el mismo propósito. No obstante, sí se pueden destacar algunos artilugios que facilitaban la puesta a tono física de quienes acudían. Según el fisioterapeuta Sebastian Busqué Torró, en este centro se empleaban algunos objetos, como unas picas, que manipuladas entre dos sujetos fortalecían los hombros y el pecho. Pero la mejor y más revolucionada herramienta era la conocida como Máquina Vignolles, un artilugio con poleas, escaleras y resortes para trabajar diferentes partes del cuerpo.


El Pais

  • El Prado expone el primer volumen de la historia del arte ilustrado con fotografías
Vista del Monasterio de El Escorial, calotipo publicado en el libro 'Annals of the Artists of Spain', de William Stirling (1848). MUSEO DEL PRADO

Vista del Monasterio de El Escorial, calotipo publicado en el libro ‘Annals of the Artists of Spain’, de William Stirling (1848). MUSEO DEL PRADO

En una pequeña sala del Museo del Prado, con poca luz y a una temperatura de 19 grados —agradable para huir del calor de Madrid, pero no para ir en manga corta— reposan en vitrinas  siete ejemplares de Talbotype Illustrations, el primer libro de la historia del arte ilustrado con fotografías, 68, que publicó en 1848 el escritor y coleccionista escocés sir William Stirling Maxwell, y con el que mostraba su amor por el arte y monumentos de España. Las dificultades para manejar la luz y las sombras de la naciente técnica fotográfica disuadió a Stirling, en casi todos los casos, de tomar las fotos de los cuadros o esculturas originales, que no se podían mover y estaban en interiores poco iluminados. Lo hizo por un método indirecto: imágenes tomadas de grabados o de copias que reproducían, por ejemplo, Las meninas o La rendición de Breda, de Velázquez, o un San Juan, de Murillo.

Stirling llegó a contratar a artistas para que pintasen copias al óleo o en acuarela de las obras que le interesaban. Ya de su cosecha, se permitió en un caso retocar: los angelotes que rodeaban a la Giralda en la estampa original fueron eliminados cuando se transformó en fotografía. Y en otro le cortó las piernas a Querubín con mitra, de Murillo, porque la longitud de esta pieza no le cuadraba para su libro.

La exposición Copiado por el sol, hasta el 4 de septiembre, incluida en el certamen PHotoEspaña, recorre además el complejo proceso de creación de este libro ilustrado, el cuarto volumen que acompañó a los tres que eran puramente de texto y que se llamaron Annals of the Artists of Spain. De toda la obra solo se imprimieron 50 ejemplares —los organizadores de la exposición han localizado 25 en todo el mundo— que Stirling regaló a familiares, amigos, coleccionistas y bibliotecas. Las imágenes del Talbotype Illustrations se elaboraron por el procedimiento del calotipo, uno de los que compitieron en los albores de la fotografía en la carrera por facilitar la multiplicación de copias con la mayor rapidez y calidad posible. El inventor, en 1839, del calotipo había sido el científico William Fox Talbot (1800-1877). De ahí que esas piezas se llamasen también talbotipos, o copias del sol, porque se realizaban bajo la luz solar —aunque eso en Londres debía de ser complicado—, poniendo en contacto el negativo y el positivo de papel a la intemperie.

Fue un discípulo de Talbot, Nicolaas Henneman (1813-1898), quien trabajó con Stirling para Annals of the Artists of Spain. Ambos aparecen en un par de imágenes retratados en plena tarea. La muestra del Prado incluye las numerosos tomas, procedentes de la colección del National Media Museum, de Bradford (Inglaterra), que sirvieron a Stirling y Henneman de ensayo y error, así como los grabados o dibujos que servían de modelo.

Imagen de 1846 del taller fotográfico en el que Stirling y Henneman fotografiaron las copias de obras de arte para el libro 'Annals of the Artists of Spain'. NATIONAL MEDIA MUSEUM (BRADFORD)

Imagen de 1846 del taller fotográfico en el que Stirling y Henneman fotografiaron las copias de obras de arte para el libro ‘Annals of the Artists of Spain’. NATIONAL MEDIA MUSEUM (BRADFORD)

Sin embargo, aquellas instantáneas del monasterio de El Escorial o del Cristo en la cruz, de Murillo, pegadas en el libro, sufrieron pronto lo que los comisarios de la exposición, Hilary Macartney, de la Universidad de Glasgow, y José Manuel Matilla, jefe del departamento de Dibujos y Estampas del Prado, califican de “desvanecimiento”. Los contornos empezaron a borrarse y su interior comenzó a diluirse por el efecto de la luz y el aire sobre unos negativos y copias cuyo procedimiento estaba aún en mantillas.

La exposición Copiado por el sol no aspira, según sus organizadores, a largas colas y multitudes. Su gestación comenzó hace ya 15 años, cuando Matilla descubrió en los almacenes de la pinacoteca la obra de Stirling. El comisario confiesa que al tener en sus manos aquel libro tan frágil y ver cómo se habían deteriorado las imágenes, sintió “pánico”. De ese miedo nació el proyecto de “estudiarlo, conservarlo y difundirlo”, que culmina ahora en la sala del Prado y en un facsímil elaborado en los archivos fotográficos del museo.

El “desvanecimiento” que estaba en el ADN de los calotipos motivó que este sistema fotográfico cayera en desuso a finales de los cincuenta del XIX. El propio Stirling escribió, en 1872, consciente de la fugacidad de su Talbotype Illustrations: “Los pocos ejemplares serán hoy poco más que pedazos de papel pardo nublado”. Sin embargo, respiraría hoy tranquilo al ver que, aunque sea a través de un cristal y con temperatura londinense, a sus calotipos no los ha devorado el tiempo.


ABC.es

  • La actuación de la Inquisición se encaminó durante los siglos XVI y XVII a la reinserción de las acusadas de brujería en el seno de la Iglesia, más que a la pena de muerte. En el norte de Europa las ejecuciones se aproximaron a las 60.000
 El Aquelarre, cuadro de Francisco Goya - Museo Lázaro Galdiano

El Aquelarre, cuadro de Francisco Goya – Museo Lázaro Galdiano

La leyenda negra achaca a la Inquisición española la muerte de miles de mujeres acusadas de brujería, entre otras exageraciones y cifras huérfanas de documentación. No en vano, los datos tumban la historia que los enemigos del Imperio español inventaron con el fin de desacreditar a la potencia hegemónica. Mientras que en Alemania se condenaron a muerte a 25.000 mujeres, se calculan únicamente 300 casos en España. El sur de Europa, en verdad, permaneció ajeno a uno de los episodios más oscuros en la historia del continente.

Tras el estreno de la película «La bruja» (Robert Eggers, 2016), ha vuelto a colación el debate sobre la sangrienta persecución que se desencadenó en el norte de Europa. Salvados los siglos más tenebrosos de la Edad Media, se desató a comienzos de la Edad Moderna una inesperada obsesión por la caza de brujas, porque, según sostiene el historiador Ricardo García Cárcel, se introdujo una nueva novedad en la sociedad: «la idea de que el demonio estaba en todas partes y que las brujas habían sido creadas por él».

60.000 condenas a muerte

La fiebre cazadora empezó a finales del XV respaldada, en 1484, por el papa Inocencio VIII en la bula Summis desiderantes affectibus: «Muchas personas de ambos sexos se han abandonado a demonios, íncubos y súcubos, y por sus encantamientos, conjuros y otras abominaciones han matado a niños aún en el vientre de la madre, han destruido el ganado y las cosechas, atormentan a hombres y mujeres y les impiden concebir». Se abría la veda.

«El problema se agravó porque la intelectualidad europea y racionalista se obsesionó con el demonio»

La fiebre tornó en delirante conforme avanzaban los años. «A finales del siglo XVI el problema se agravó porque la intelectualidad europea y racionalista se obsesionó con el demonio y mezcló esta idea con la de las brujas», explica García Cárcel, autor de «La Inquisición», Madrid, Anaya, 1995. A consecuencia de este fenómeno se vivieron ochenta años de terror que afectaron, sobre todo, a la Europa central, Inglaterra y a los países más avanzados. El empeoramiento del clima, las malas cosechas y la peste azotaron el continente a finales de siglo, mientras que la persecución de brujas se intensificaba coincidiendo con las crisis económicas.

Los investigadores actuales estiman que entre mediados del siglo XV y mediados del siglo XVIII se produjeron entre 40.000 y 60.000 condenas a la pena capital por ese concepto. La mayor parte de los ejecutados tuvo lugar en Alemania y los países colindantes. No obstante, la fragmentación política del Sacro Imperio Romano Germánico favorecía que cada ciudad se enfrentaba al problema por su cuenta y lo salpicara de odios locales. La tensión religiosa entre católicos, luteranos, calvinistas y demás herejías elevó la brutalidad de la persecución.

«La Iglesia persiguió a las brujas porque creían que hacían una competencia terrible al propio cristianismo»

«Hay niños de tres y cuatro años, hasta 300, de los que se dice que han tenido tratos con el Diablo. He visto cómo ejecutaban a chicos de siete años, estudiantes prometedores de 10, 12, 14 y 15 años. También había nobles», escribió un cronista sobre los procesos que se llevaron a cabo en Würzburg en 1629. Las procesos masivos y el intercambio de acusaciones entre vecinos eran el pan de cada día en algunos territorios alemanes.

¿Pero realmente existían las brujas, es decir, mujeres que practicaban rituales satánicos? El mismo testimonio que se asombraba por la muerte de esos niños sostenía que no había duda de que «el Diablo en persona, con 8.000 de sus seguidores, mantuvo una reunión y celebró misa ante todos (los condenados) administrando a sus oyentes cortezas y mondaduras de nabos en lugar de la Sagrada Hostia». Si bien la mayoría de los testimonios eran producto de la psicosis colectiva, García Cárcel no tiene duda de que existían estas prácticas en distintos rincones de Europa. «La Iglesia persiguió a las brujas porque creían que hacían una competencia terrible al propio cristianismo. Eran mujeres que afirmaban que también podían intermediar con el otro mundo», señala el historiador valenciano.

España, ¿un oasis para las brujas?

En el amasijo que conforma la leyenda negra contra España aparece destacada la imagen de la Inquisición persiguiendo a judíos, brujas, musulmanes y protestantes a través de los métodos más brutales. Sin embargo, al igual que la persecución de protestantes, la incidente de casos de brujería en España fue mínima. De todos los procesos entre 1540 y 1700, solo el 8% fueron por causa de la brujería. En total, se condenó a la hoguera por brujería a 59 mujeres en España. En Portugal fueron quemadas cuatro, y en Italia, 36.

Esto era así porque la brujería se vislumbraba, a ojos de los inquisidores españoles, un mal menor, en el que incurrían mujeres de baja extracción y ningún tipo de influencia social o religiosa. «En España este fenómeno nunca alcanzó niveles de fanatización del norte. La Inquisición moderna no alteró los procedimientos y la mecánica con respecto a las brujas», recuerda García Cárcel.

Incluso hubo eclesiásticos que descartaron la validez de los testimonios de las brujas, como el obispo de Ávila, Alfonso de Madrigal, que en 1436 afirmó que los aquelarres eran fantasías producto de drogas, o el dominico castellano y obispo de Cuenca, Lope de Barrientos, quien se preguntó «qué cosa es esto que dicen, que hay mujeres, que se llaman brujas, las cuales creen e dicen que de noche andan con Diana, deesa de los paganos, cabalgando en bestias, y andando y pasando por muchas tierras y logares, e que pueden… dañar a las criaturas», a lo que él mismo se respondía en ese texto: que nadie ha de tener «tan gran vanidad que crea acaescer estas cosas corporalmente, salvo en sueños o por operación de la fantasía».

La actuación del tribunal se encaminó durante los siglos XVI y XVII a la reinserción de las acusadas de brujería en el seno de la Iglesia, más que a la pena de muerte. Como ejemplo de condena benigna, una mujer llamada Isabel García, que en 1629 confesó ante el tribunal de Valladolid habérsele aparecido Satanás, con quien pactó la recuperación de su amante, fue únicamente castigada a abjurar de levi y a cuatro años de destierro.

Así y todo, hay que tener presente que en la Corona española la jurisdicción ordinaria y la religiosa (los obispos) contaban entre sus funciones habituales la represión de la superstición, con lo cual la mayoría de casos pasaron por sus manos y no por la Inquisición, cuyo registro era más minucioso. Parece que es evidente, con todo, que en España no alcanzó la represión de Europa Central.

Alonso de Salazar y Frías denuncia antes que nadie

Otra muestra de que el fenómeno de la brujería contaba con sus propias características en España es que, cuando la Inquisición moderna llevaba funcionando más de un siglo, surgieron aquí inquisidores racionalistas como Pérez Gil o Alonso de Salazar y Frías, que criticó el proceso de las brujas de Zugarramurdi.

Este proceso es tal vez el caso más famoso de la historia de la brujería en España y finalizó con un auto en noviembre de 1610 donde dieciocho personas fueron reconciliadas, seis fueron quemadas vivas y cinco en efigie (a través de un muñeco del tamaño de un ser humano que los representaba). «Alonso de Salazar y Frías empezó a desconfiar por primera vez de lo que las brujas decían sobre sí mismas. Empezó a considerar que todo aquello se había producido por una neurosis colectiva que había que erradicar», apunta García Cárcel.

Alonso de Salazar y Frías, que creía que los fenómenos de brujería eran historias inverosímiles y ridículas, presentó al Consejo de la Suprema Inquisición, el 24 de marzo de 1612, un informe crítico con el proceso de Zugarramurdi. Como destacó Julio Caro Baroja, el español «se adelantó de modo considerable a los que difundieron en Europa ideas concebidas en el mismo sentido», como el famoso jesuita alemán Friedrich Spee, que cargó contra la persecución de las brujas en el corazón del continente. Un resultado concreto del informe del inquisidor fue que se intentó reparar a las víctimas del auto de fe ordenando que sus sambenitos no quedaran expuestos en ninguna iglesia. Una consideración impensable en cualquier otro lugar de Europa.

 


ABC.es

  • Mucho más brillante que la Luna llena, ha sido vista esta mañana por numerosos testigos de punta a punta de la Península

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«Me sorprendió muchísimo. Era como una bengala muy grande y muy lenta llegada de ninguna parte que cruzó el cielo delante de mí. No sabía qué pasaba, si había caído un meteorito o restos de un avión». Minutos antes de las siete de la mañana, Paloma conducía a la altura de Puerta de Hierro en Madrid camino de su trabajo cuando una gigantesca bola de fuego apareció en su campo de visión. Como ella, numerosos ciudadanos de punta a punta de la Península han sido testigos esta mañana del vuelo de un bólido, una estrella fugaz de gran luminosidad.

El meteoro, de nombre científico SPMN230216, ha sido «enorme, impresionante» y mucho más brillante que la Luna llena que a esa hora lucía en el cielo, según explica Josep Mª Trigo, investigador del Grupo de Meteoritos, Cuerpos Menores y Ciencias Planetarias del Instituto de Estudios Espaciales de Cataluña (IEEC-CSIC).

La trayectoria del meteoro todavía debe ser estudiada, pero los investigadores creen que sobrevoló el triángulo comprendido por Aragón, Castilla y León y Madrid. Sin embargo, por los primeros informes recibidos por la Red Española de Investigación sobre Bólidos y Meteoros, la bola de fuego ha sido vista por «un aluvión de testigos» desde distintos puntos de la Península. Han llegado informes desde Andalucía, Aragón, Asturias, Islas Baleares, Castilla-La Mancha, Cataluña, Comunidad Valenciana, Madrid, Navarra, País Vasco y Murcia. El fenómeno, cuyo origen se desconoce, ha podido ser captado por las cámaras del Observatorio del Ebro (CSIC-Universitat Ramon Llull), coordinadas por un servidor desde el Instituto de Ciencias del Espacio. (En el vídeo sobre estas líneas).

Los científicos estudian ahora las características del bólido y solicitan a aquellas personas que lo han observado que reporten su experiencia, especialmente si han escuchado un silbido, lo que significaría que ha habido fragmentación al desintegrarse en la atmósfera «y bien podría haber producido meteoritos», indica Trigo.

 

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