Mapa de la Villa de Madrid Corte de los Reyes Católicos de España


Importante plano de Madrid, el primero que se conoce de la Villa y Corte, que muestra la ciudad en los últimos años del reinado de Felipe III y comienzos del de Felipe IV, ya que no aparece todavía el Palacio del Buen Retiro ni la Cerca, construidos en tiempos de este último monarca. Los edificios están representados en perspectiva caballera vista desde el sur de la ciudad.

En el ángulo superior izquierdo aparece el escudo coronado de Madrid, con el oso y el madroño y las siete estrellas en orla. En el derecho figura una alegoría de la corte, un ángel que empuña con la mano derecha una trompeta de la que penden dos banderolas con las leyendas «Hic sistit gloria mundi» y «Non sufficit una»; con la mano izquierda sostiene otra trompeta con una corona principal y una cinta de la que penden otras coronas, en alusión a la segunda leyenda.

Se trata de la edición más antigua que existe de este plano. Carece de fecha, autor, grabador y escala y contiene una cartela barroca vacía, donde debería ir situada la escala. Existe una edición posterior, grabada en Amberes, en la que figura como editor Frederic de Wit; en la cartela de esta nueva edición aparecen insertas dos escalas.

Son muchos los historiadores, especialistas en la Villa de Madrid, que se han referido a este importante plano. Mesonero Romanos, escritor y primer cronista de la Villa de Madrid, en su obra

El antiguo Madrid se refiere a este plano como «un rarísimo plano de Madrid que tenemos a la vista» anterior al grande de Amberes de Texeira. El historiador y bibliotecario Cayetano Rosell, en un artículo sobre la «Sala de Estampas de la Biblioteca Nacional», publicado en 1871, cita este plano expresando: «no podemos menos de citar los dos preciosos planos de Madrid que existen en ella. El primero, que se cree de fines del reinado de Felipe III, o de principios de Felipe IV, y es rarísimo.

El segundo es el grabado en Amberes en 1656». El archivero e investigador de la Villa, Molina Campuzano, en su estudio titulado los Planos de Madrid, publicado en 1960, da como fecha probable de este plano hacia 1635, teniendo en cuenta los edificios más recientes que aparecen representados.

Hace unos años, Antonio Matilla, archivero del Archivo Histórico de Protocolos de Madrid, descubrió en este archivo unos documentos en los que se explica quién trazó el primer plano de Madrid y la fecha en que el Ayuntamiento hizo el encargo, con motivo de la canonización de san Isidro y otros santos, en la Plaza Mayor de la ciudad. Matilla cita en un artículo, publicado en 1980: «El 11 de septiembre de 1622, el regidor Lorenzo del Castillo concertó, en nombre de Madrid, con Antonio Marcelli, “luminador”, que haría este un mapa de dicha Villa y otro de su Plaza Mayor y que los cortaría en láminas… Marcelli debía de darlos hechos y acabados en toda perfección dentro del plazo de los ocho meses siguientes…». Según estos mismos documentos, el 26 de abril de 1623 el Ayuntamiento pagó a Marcelli el final de la cifra acordada, lo que demuestra que había hecho entrega de los planos encargados. Por todo ello, Matilla considera que el plano fue trazado por el dibujante e iluminador Antonio Marcelli en Madrid y muy probablemente grabado también en Madrid en 1622.

El plano se incluyó por primera vez en la obra Theatrum in quo visuntur illustriores Hispaniae Urbes…, de Johannes Janssonius, publicada en Ámsterdam en 1657. Unos años después, se incluye en la obra Tooneel der Vermaarste Koop-Steden en Handel-plaat- sen… , editada en Ámsterdam por Johannes Janssonius, en 1682. Aparece inserto, junto a una vista de Madrid, en el atlas Theatrum praecipuarum totius Europae urbium…, también publicado en Ámsterdam por F. de Wit, hacia 1700. Posteriormente se publica en el Atlas Nouveau , editado en Ámsterdam por Covens y Mortier y, hacia 1729, aparece en la obra de Pieter van der Aa, La Galerie agréable du Monde.

Esta primera representación de Madrid tuvo una gran difusión y se incluyó en diversos atlas y libros de viajes de los siglos XVII y XVIII , tanto en su formato original como en forma reducida. Fue el plano de la ciudad más bello y detallado hasta la publicación en 1656 de la magnífica Topographia de la Villa de Madrid, gran plano de la ciudad, en veinte hojas, realizado por Pedro Texeira, el plano más extenso, exacto e importante de Madrid, no superado durante más de dos siglos.

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Escala [ca. 1:6.000] [S.l.: s.n., 1622-1635] Plano: grab.; 42,5 × 72,2 cm, en h. de 52,5 × 79,5 cm

BIBLIOGRAFÍA
Cartografía madrileña (1635-1928).Madrid:Museo Municipal, 1982, p. 56
Los mapas del Quijote. Madrid: Biblioteca Nacional, 2005, pp. 138-139, n.º 40
Los planos de Madrid y su época (1622-1992).
Madrid: Museo de la Ciudad, 1992
Madrid en sus planos. 1622-2001
Madrid: Ayuntamiento, Centro Mesonero Romanos, 2001, pp. 64-65  Matilla Tascón, Antonio. «Autor y fecha del plano más antiguo de Madrid. La incógnita resuelta».
Anales del Instituto de Estudios Madrileños . 1980, t. XVII, pp. 103-107  Molina Campuzano, Miguel.
Planos de Madrid de los siglos XVII y XVIII.
Madrid: Instituto de Estudios de Administración Local, 1960, pp. 217-230 ¶ Rosell, Cayetano. «Sala de Estampas de la Biblioteca Nacional».
Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos . 1871, t. I , pp. 40-45.
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La traición del viejo Rey: el trágico final del Gran Capitán lejos de la guerra y de la corte


ABC.es CÉSAR CERVERAC_Cervera_ Interesante (como siempre) artículo de Cesar Cervera

  • 500 aniversario de la muerte de Gonzalo Fernández de Córdoba
  • Hace hoy 500 años, el general cordobés murió en Loja (Granada), triste y abandonado políticamente, a causa de un brote de fiebres cuartanas, enfermedad que había contraído en una de las guerras del Rey

 


 

 El Gran Capitan contemplando el cadaver del duque de Nemours - Museo del Prado

El Gran Capitan contemplando el cadaver del duque de Nemours – Museo del Prado

A los 62 años, el Gran Capitán falleció en Loja (Granada), aislado políticamente, a causa de un brote de fiebres cuartanas, enfermedad que había contraído en una de las guerras del Rey. Semanas después de su muerte llegaron decenas de cartas de condolencia a su familia, entre ellas la del Rey Fernando, que invocaba su vieja amistad y trataba de disimular con palabras gruesas el hecho de que había incumplido todas sus promesas de recompensa, una detrás de otra; y la del joven Carlos de Gante, quién había oído desde niño la historia de su odisea italiana. Paradójicamente, Fernando El Católico moriría solo un mes después que aquel hombre al que tantas desconfianzas había destinado.

La falta de fuentes documentales del periodo hace que la mayor parte de lo que se conoce sobre Gonzalo Fernández de Córdoba proceda del clásico mito del vasallo maltratado, incluida la historia de las famosas cuentas del Gran Capitán. Así, las victorias del Gran Capitán en Ceriñola y Garellano, lejos de despertar una gratitud incondicional por parte de Fernando El Católico, vinieron acompañado de una revisión de las cuentas de sus gastos bélicos. A medio camino entre la realidad y la leyenda, la muerte de Isabel La Católica en 1504, que siempre había salido al paso de las acusaciones de corrupción lanzadas contra el cordobés, dejó las manos libres a su desconfiado marido para enviar unos contadores de la corona a investigar al virrey de Nápoles.

Investigado por corrupción

En el otoño de 1506, Fernando reclamó a Gonzalo claridad en sus cuentas nada más desembarcar en el reino italiano. «Por picos, palas y azadones, cien millones de ducados; por limosnas para que frailes y monjas rezasen por los españoles, ciento cincuenta mil ducados; por guantes perfumados para que los soldados no oliesen el hedor de la batalla, doscientos millones de ducados; por reponer las campanas averiadas a causa del continuo repicar a victoria, ciento setenta mil ducados; y, finalmente, por la paciencia de tener que descender a estas pequeñeces del Rey a quien he regalado un reino, cien millones de ducados», contestó supuestamente el Gran Capitán ofendido por la ingratitud del Rey.

Desde entonces, la expresión «las cuentas del Gran Capitán» y la respuesta dada por el general se utilizan para ridiculizar una relación poco pormenorizada o para negar una explicación pedida por algo a la que no se tiene derecho. La respuesta altiva achacada al Gran Capitán, en cualquier caso, nunca se ha podido demostrar y corresponde a la típica del soldado español de la época: fiel pero orgulloso, desapegado de lo material, valiente hasta la temeridad, violento y desafiante.

La muerte de Isabel La Católica dejó las manos libres a su desconfiado marido para enviar unos contadores de la corona a investigar al virrey

Lo que sí parece probable es que el Gran Capitán entregó, sin malas palabras o altivez, unas cuentas que no fueron del agrado del Monarca. Como señala el libro recientemente reeditado por EDAF «El Gran Capitán» (escrito por José María Sánchez de Toca y Fernando Martínez Laínez), los interventores de la Hacienda real consideraron excesivo el dinero gastado en la Guerra de Nápoles de 1501 a 1503. En consecuencia, los episodios de tensión entre el virrey y Fernando de Aragón no dejaron de sucederse durante su estancia en Nápoles.

Una de las historias más extendidas es que, estando la flota española anclada en la bahía de Nápoles, los 1.500 vizcaínos al servicio del capitán general Juan de Lezcano escucharon el falso rumor de que Gonzalo Fernández de Córdoba, con el que habían servido durante años, había sido confinado en Castel Nuovo. Los marineros desembarcaron y se dirigieron a liberar al cordobés con insultos contra el Rey que había hecho preso «al mejor hombre del mundo». Tuvo que acudir en última instancia el propio virrey a demostrar que no lo habían apresado para que aquella horda vasca empezara a sosegarse.

A principios de 1507, Fernando prefirió alejar al Gran Capitán de Nápoles para sustituirlo por el Conde de Ribagorza, que poco después fue remplazado por el catalán Ramón de Cardona, quien protagonizaría varios reveses contra los ejércitos galos en los siguientes años. No en vano, en ese momento las relaciones entre Francia y la Corona hispánica se encontraban en el campo de la cordialidad. En junio de 1507, el Rey francés organizó un banquete al que invitó a Fernando El Católico, a Germana de Foix y a Fernández de Córdoba, donde se sinceró como un admirador del hombre que había vencido a sus ejércitos. «Mande Vuestra Señoría al Gran Capitán que se siente aquí; que quien a reyes vence con reyes merece sentarse y él es tan honrado como cualquier Rey», afirmó Luis XII según la leyenda. Aquella actitud despertó el recelo del desconfiado Rey aragonés, que vio su papel de protagonista desplazado por uno de sus vasallos.

Un pequeño cargo a cambio de Nápoles

Ambos regresaron en la misma comitiva a España, en el caso del general después de una década fuera de la península. En la Corte, el cordobés buscó sin éxito ser nombrado Maestre de la Orden de Santiago y volver a ponerse al frente de los ejércitos del Rey. El aragonés creía que el Gran Capitán ya había sido convenientemente recompensado y puso en la nevera política al militar. En vista de que el Monarca no tenía intención de entregarle el maestrazgo de la principal orden militar de España como le había prometido, el cordobés acudió a Juana La Loca, auténtica soberana de Castilla, que, a pesar de su incipiente locura, le nombró alcalde de la ciudad de Loja. Se trataba de un cargo menor, pero venía acompañado del derecho sobre las rentas del comercio de seda en Granada.

Antes de tomar posesión del cargo, el Gran Capitán debió lidiar con el amago de rebelión que el Marqués de Priego, hijo del hermano mayor de Gonzalo Fernández de Córdoba, comenzó contra la autoridad del Rey. La situación fue especialmente delicada al tratarse de un familiar sospechoso de guardar rencor al Monarca. El marqués, alcalde mayor de Córdoba, detuvo al enviado del Rey encargado de investigar precisamente si estaba hablando mal en público de Fernando. Además, asaltó la cárcel de la Inquisición, cuya actuación desproporcionada en la ciudad fue la causa de fondo en la revuelta. Fernando El Católico contestó con todo el peso de la Corona. Al frente de un ejército de 3.000 soldados y mil lanzas restableció la autoridad y, a modo de escarmiento, dejó en ruinas el Castillo de Montilla, donde el Gran Capitán había pasado su infancia.

El Rey entorpeció el matrimonio pactado entre la hija mayor del Gran Capitán, Elvira, y el condestable de Castilla

Gonzalo Fernández de Córdoba prefirió mantenerse al margen en todo momento. Incluso medió para que su sobrino no complicara todavía más las cosas. Finalmente, el arrepentimiento del Marqués de Priego, así como la influencia de su tío, logró salvarle la vida, pero no le evitó recibir una multa millonaria y ser condenado al destierro de Córdoba. Mientras tanto, el 15 de julio de 1508, el Gran Capitán tomó posesión del cargo de gobernador de Loja, donde permaneció a la espera de que el Rey quisiera volver a contar con sus servicios. Más allá de la leyenda, sí es cierto que Fernando El Católico se encargó de recordarle con desplantes que, si en Italia era un héroe militar, en España solo era uno más de los nobles que revoloteaban en torno a la Corte en busca de mercedes y recompensas.

En 1509, el Rey designó a Pedro Navarro –el capitán, corsario e ingeniero que había acompañado al Gran Capitán en sus campañas– para encabezar una expedición militar en Orán. Pese a que incluso el Cardenal Cisneros, instigador del plan, apoyaba la elección del cordobés, el Monarca prefirió a un hombre sin experiencia a la hora de manejar ejércitos de aquellas dimensiones. Era el enésimo desprecio.

A nivel familiar, el Rey entorpeció el matrimonio pactado entre la hija mayor del Gran Capitán, Elvira, y el condestable de Castilla, Bernardino Fernández de Velasco. El viejo aragonés temía que los matrimonios entre nobles con tanta influencia irían en perjuicio del poder real y trabajó para evitarlo. El matrimonio al final no pudo celebrarse, y Gonzalo falleció sin ver a su hija casada con el Conde de Cabra, cuyo enlace aseguró la continuidad de la estirpe. Su otra hija, Beatriz, falleció soltera en 1511. Quizás para compensar tantos desplantes, Fernando El Católico estuvo a punto de enviarle de nuevo al año siguiente a Italia, al conocerse la derrota de los ejércitos de Ramón de Cardona a manos francesas en la batalla de Rávena.

Tras el desastre, el Papa y Venecia, que, junto a España, conformaban una alianza antifrancesa, exigieron al aragonés que mandase al Gran Capitán. No obstante, cuando las levas ya estaban listas y el general cordobés había enviado misivas a sus viejos amigos en Italia advirtiendo su llegada, Ramón de Cardona recondujo la situación al vencer a los franceses en Novara, lo que le permitió reponer en Florencia a los Médici.

«Viviré en estos agujeros donde salí»

Mientras el Gran Capitán congregaba sus tropas en Málaga, Fernando El Católico desvió por sorpresa los recursos prometidos al cordobés para dárselos al II Duque de Alba, que el 12 de julio de 1512 atravesó la frontera y ocupó Pamplona en un movimiento casi felino. A la vista de que no iba a ser necesario enviar refuerzos a Italia, el aragonés prefirió emplear los preparativos del Gran Capitán –que desconocía los planes del Rey– como mera distracción, mientras otro ejército aprovechaba para conquistar parte de Navarra. Fernández de Córdoba licenció poco después las tropas, cuyos gastos habían corrido de su cuenta, y se marchó a Loja visiblemente dolido. «Viviré en estos agujeros donde salí, contento con lo que su alteza face…», escribió con amargura.

En el verano de 1515, la salud del Gran Capitán entró en crisis. Las fiebres cuartanas, que contrajo en la ribera del Garellano poco antes de la batalla de mismo nombre, fueron consumiendo su salud poco a poco. Su estado anímico tampoco ayudaba en su recuperación. Ya no pudo volver a montar a caballo y apenas podía caminar sin ayuda. El 2 de diciembre, el cordobés falleció en su casa de Loja rodeado de su círculo familiar y de sus deudos. El viejo Rey murió un mes después.

 

El mito de los piojos asesinos del Rey: la agónica muerte de Felipe II


ABC.es

  • Un gentilhombre de la Corte observó que el Monarca «era por naturaleza el hombre más limpio, aseado, cuidadoso para con su persona que jamás ha habido en la tierra». De su fama nació el rumor de que los parásitos, en un castigo poético, habían acabado con su vida
ABC Retrato de Felipe II por Alonso Sánchez Coello

ABC | Retrato de Felipe II por Alonso Sánchez Coello

 Felipe II quedó viudo cuatro veces, perdió a seis hijos y vivió la muerte de la mayoría de sus hermanos, incluido su hermanastro Juan de Austria al que sacaba 20 años. La tragedia golpeó al Monarca más poderoso de su tiempo con insistencia. De una personalidad obsesivo compulsiva, que, entre otras rarezas, le convertía en un hombre enfermizamente minucioso con su higiene personal, Felipe II sufrió una lenta agonía que duró 53 días y le dejó postrado en la cama sin poder cuidar su aseo. Entre el mito y la realidad, el anecdotario ha achacado de forma poco precisa a una presencia excesiva de piojos como la causa final de la muerte del Rey el 13 de septiembre de 1598.

Criado por la Reina y por sus hermanas mayores, Felipe II creció sin la imponente presencia de su padre Carlos I, un Rey que permanecía poco tiempo en un mismo lugar, lo que marcó profundamente el carácter del joven príncipe. En su libro «Felipe II: la biografía definitiva», el hispanista Geoffrey Parker recuerda que para Sigmund Freud la personalidad obsesiva se desarrolla a causa de una educación muy severa que crea mentes inseguras y temerosas. Este fue el caso de la educación de Felipe II, quien era el único heredero varón al trono y fue objeto de muchas presiones. A la Emperatriz Isabel, la madre, le entraba el pánico cada vez que alguno de sus hijos contraía la menor enfermedad, pues ya había perdido a varios niños, y mantuvo un estricto control sobre el pequeño.

Una de los atributos que desarrolló el Rey a consecuencia de esta severa educación fue la exagerada adoración por la rutina, el orden y la puntualidad. Su detallismo era tan meticuloso que le conducía a incurrir en la prolijidad, o sea en la confusión de los esencial con lo accesorio. «Felipe II se sentía feliz realizando el trabajo administrativo y encargándose de mantener la copiosa correspondencia, encerrado en su gabinete de trabajo, rodeado de montones de papeles, documentos y memoriales, y entregádose al cuidado de todos los pormenores», explica el psiquiatra Francisco Alonso-Fernández en su libro «Historia personal de los Austrias españoles». Otra rasgo derivado de esta personalidad era su celo excesivo por la higiene personal. Jehan Lhermite, gentilhombre de la Corte, observó que Felipe II «era por naturaleza el hombre más limpio, aseado, cuidadoso para con su persona que jamás ha habido en la tierra, y lo era en tal extremo que no podía tolerar una sola pequeña mancha en la pared o en el techo de sus habitaciones».

El carácter del soberano complicó aún más los convulsos años finales del reinado de Felipe II. En 1588, el intento por desembarcar tropas españolas en Inglaterra fracasó estrepitosamente y la guerra continuó, junto a otros frentes abiertos en Europa, hasta la muerte de Felipe II e Isabel I. Asimismo, la revuelta en Aragón, que no contó con el apoyo de los catalanes ni los valencianos, obligó al Monarca a movilizar a un ejército de 12.000 hombres y a restaurar el orden personalmente en Zaragoza. Al final del conflicto, el soberano publicó un indultó que excluía a 22 destacados traidores (encabezados por el pérfido secretario Antonio Pérez) y a 125 participantes notorios. En 1597, además, se produjo una nueva suspensión de pagos al declararse la tercera bancarrota, lo cual provocó un gigantesco endeudamiento de la Corona y una profunda huella física en el Rey.

La salud de Felipe II fue durante la mayor parte de su vida muy delicada, sin advertir tampoco dolencias graves hasta los cuarenta años cuando registró asma, artritis, cálculos biliares e incluso fuertes dolores de cabeza, quizá ocasionados por una sífilis congénita. Además, Felipe II fue víctima de una serie de fiebres intermitentes, cada vez más frecuentes con el transcurso de los años, que le provocaban una sed que no calmaba por más que bebiera agua. Así, fue probablemente la malaria que sufrió en el pasado y el alto nivel de consanguinidad del que era fruto –sus padres eran primos hermanos– el origen de su quebradiza salud. El hispanista Geoffrey Parker incluso ha encontrado vínculos entre la consanguinidad y los problemas que tuvo Felipe II para dejar descendencia: «La consanguinidad puede explicar por qué, aunque cuatro de las esposas del Rey quedaron embarazadas hasta en 15 ocasiones, solo cuatro de sus hijos sobrevivieron a la niñez».

Y aunque no registró su primer ataque de gota hasta los 36 años, en el imaginario popular ha quedado la imagen del Rey gotoso trasladándose a todos los sitios en una silla especial y aquejado de terribles dolores. Ciertamente, la desequilibrada alimentación del Rey durante toda su vida –todos los días comía carne al menos dos veces– derivó en graves problemas de gota en su vejez que le dejaron prácticamente inmovilizado en sus útimos diez años.

Una agonía de 53 días

Pese al lento deterioro físico, fue finalmente un asunto anímico el que derrumbó la salud del Monarca. En noviembre de 1597, Felipe II recibió la noticia de que su hija Catalina Micaela había muerto en el parto. «Ni muerte de hijos, ni de mujer, ni pérdida de armada («La Invencible»), ni cosa la sintió como ésta; ni le habían visto jamás quejarse a ese gran príncipe como ahora en este caso se quejó, y así le quitó muchos días de vida y salud», describe el cronista Sepúlveda. La pérdida de ánimo de Felipe II a una edad tan avanzada, 70 años, originó pronto graves problemas físicos y el que su cuerpo se llenara de úlceras por la falta de movilidad. Advirtiendo su final, el Rey decidió trasladarse en el verano de 1598 a su construcción más querida, el Monasterio de El Escorial, para poder morir allí.

Su salud fue de mal en peor en el austera monasterio-palacio. Fray José de Sigüenza afirma en su crónica que el Monarca padeció el 22 de julio de 1598 calenturas a las que se unió un principio de hidropesía y la incapacidad para ingerir alimentos sólidos. Llegó a perder la movilidad de la mano derecha sin poder firmar los documentos. Se le hincharon el vientre, las piernas y los muslos al tiempo que una sed feroz lo consumía. Y lo que es peor, la meticulosidad en su higiene se fue al traste. «Sufría de incontinencia, lo cual, sin ninguna duda, constituía para él uno de los peores tormentos imaginables, teniendo en cuenta que era uno de los hombres más limpios, más ordenados y más pulcros que vio jamás el mundo… El mal olor que emanaba de estas llagas era otra fuente de tormento, y ciertamente no la menor, dada su gran pulcritud y aseo», narró Jehan Lhermite sin escatimar en detalles.

El nauseabundo estado que azotó a una persona tan obsesivamente limpia como era Felipe II ha hecho surgir con los años el escabroso mito de que la causa final de su muerte fue por pediculosis, la infestación de la piel por piojos que causa una irritación cutánea. La anécdota está presente en una decena de libros sobre curiosidades históricas. Pero, si bien no es extraño que el Rey pudiera ser víctima de los piojos, sobre todo en ese estado de falta de aseo, la teoría de la invasión de estos parásitos como causa de la muerte suena a broma cruel en el mejor de los casos. La interminable lista de afecciones registradas por el Monarca justifican sobradamente su ocaso físico sin necesidad de recurrir a los piojos. «No lo puedo soportar de ninguna de las maneras del mundo», clamó el Monarca cuando el dolor de las llagas se hizo insoportable y no le permitían moverse ni un centímetro sin gritar de tormento.

En la madrugada del 12 al 13 de septiembre, Felipe II entró en mortal paroxismo después de más de 50 días de agonía. Antes del amanecer volvió en sí y exclamó: «¡Ya es hora!». Le dieron entonces la cruz y los cirios con los que habían muerto doña Isabel de Portugal y el Rey Carlos I. Tras la muerte del Monarca más poderoso de su tiempo a los 71 años, el cronista Sepúlveda cuenta que Felipe II dejó escrito que se fabricara un ataúd con los restos de la quilla de un barco desguazado, cuya madera era incorrupta, y pidió que le enterrasen con un hábito de tela holandesa empapada en bálsamo y en una caja de cinc que «se construyera bien apretada para evitar todo mal olor».