¿Desde cuándo existe España y la nación española?


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  • San Isidoro de Sevilla eleva a España a la categoría de Primera Nación de Occidente en su libro «Historia Gothorum»: «De cuantas tierras se extienden desde el Occidente hasta la India, tú eres la más hermosa, oh sagrada y feliz España, madre de príncipes y de pueblos»

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«La nación hispana o la Hispania Universa, no supo unirse contra Roma. Defendida por los Pirineos y el mar habría sido inaccesible. Su pueblo fue siempre valioso pero mal jerarquizado», Lucio Anneo Floro, historiador latino.

Hispania, que procede probablemente de la palabra fenicia «I-span-ya» («Tierra de metales»), fue la denominación que los romanos pusieron a la provincia romana que ocupaba la totalidad de la Península Ibérica. Como es habitual con los nombres elegidos por los romanos, la delimitación no respondía a la realidad tribal y se trataba de una decisión meramente geográfica. Hoy en día, aquella provincia romana está ocupada por tres entidades políticas distintas, Portugal, España y el Principado de Andorra, cuyas formas actuales costaron siglos de luchas y alianzas.

El sueño de una Hispania cristiana

Si bien la Monarquía visigoda buscó la creación de un único reino en toda la Península Ibérica, los visigodos tuvieron que compartir originariamente el territorio con los suevos, instalados en el noroeste («Galliciense Regnum»), y los bizantinos, que controlaban zonas del sur. Por esta razón, tras unificar la mayor parte del territorio de la España peninsular a fines del s. VI, el rey Leovigildo solo pudo proclamarse monarca de «Gallaecia, Hispania y Narbonensis».

Pero no desistieron los visigodos en su empeño de crear conciencia de una única monarquía cristiana, como bien recogen las obras históricas del arzobispo San Isidoro de Sevilla. Este clérigo hijo de padre hispanorromano y de madre goda eleva a España a la categoría de Primera Nación de Occidente en su libro «Historia Gothorum»: «De cuantas tierras se extienden desde el Occidente hasta la India, tú eres la más hermosa, oh sagrada y feliz España, madre de príncipes y de pueblos». El texto de San Isidoro de Sevilla se convirtió en lectura obligatoria para todos los príncipes cristianos que habitaron la península durante la Edad Media. Era el viejo sueño aparcado.

Esa idea de una única entidad «hispana» pervivió en la mitología e imaginario de los escasos núcleos donde la invasión árabe no consiguió penetrar. Pocos años después de la batalla de Guadalete, en el 711, nada quedaba del Reino Visigodo, salvo pequeños reductos liderados por nobles norteños. A partir de este punto, la denominación de España se entendía, según el bando, como los reinos cristianos o como la zona musulmana. Por ejemplo, en tiempos del rey Mauregato de Asturias fue compuesto el himno «O Dei Verbum» en el que se califica al apóstol Santiago, patrón de la España cristiana, como «dorada cabeza refulgente de “Ispaniae”».

Unión de reinos con los Reyes Católicos

Los reinos medievales eran estructuras débiles y poco unificadas. No fue hasta el comienzo de la Edad Moderna, con la reducción del poder de la nobleza y el clero, cuando surgieron los embriones de los estados modernos por toda Europa. El intento español corrió a cargo de los Reyes Católicos, Fernando de Aragón e Isabel de Castilla, que unificaron las dos coronas más poderosas de la península en 1469 y cuyos descendientes heredaron una algarabía de reinos ibéricos, también Navarra y Granada, que se conocían, entre otras denominaciones, como «las Españas». El Descubrimiento de América y la Conquista de Granada, ambos hechos acontecidos en 1492, están considerados simbólicamente como el origen de la España moderna.

Sin embargo, en opinión de muchos historiadores la unión dinástica no es un hecho suficiente para hablar de una única entidad política porque ni siquiera existía una integración jurídica. Los Reyes Católicos unificaron la política exterior, la hacienda real y el ejército, pero lo hicieron respetando los fueros y privilegios de cada uno de sus reinos.

«A mediados del siglo XV, en la Península Ibérica no quedaban más que cuatro reinos cristianos: Portugal, Castilla, Aragón y Navarra. Los cuatro se consideraban originales, distintos, pero hermanos: todos eran españoles. A pesar de las diferencias políticas, existía una solidaridad indudable, compartían la idea de reconstituir la unidad política perdida. Los enlaces matrimoniales estaban destinados a recuperar la unidad peninsular y la boda de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, en 1469, puso los cimientos de ese proceso», argumenta en sus estudios el hispanista Joseph Pérez, quien no duda, sin embargo, en otorgar una configuración, identidad y conciencia de España a partir de la unión dinástica.

De una forma u otra, la palabra España perdió su significado meramente geográfico con la unión dinástica. Aunque todavía no se puede hablar de solo un reino, la dinastía de los Habsburgo utilizó entonces la designación de Rey de España para hacer referencia a sus posesiones en la Península Ibérica. Así, Felipe II es denominado desde su nacimiento Príncipe de España.

Los castellanos suponían el 80% de la población y ocupaba tres cuartas partes del territorio peninsular

A raíz de esta unión dinástica y de estas nuevas titulaciones comenzaron a surgir voces críticas contra la preeminencia de Castilla sobre el resto de reinos que formaban España. Los historiadores catalanes han acusado tradicionalmente a Castilla de apropiarse de la identidad española. Las razones son evidentes. Los castellanos suponían el 80% de la población y ocupaba tres cuartas partes del territorio peninsular en el momento de la unión dinástica. No es de extrañar, por tanto, que el timón de esta nueva entidad tuviera protagonismo castellano, así como que los escritores castellanos de la época no hicieran distinción entre castellanos y españoles.

El historiador Henry Kamen, en su libro «España y Cataluña: Historia de una pasión», recuerda que no se trata de un fenómeno aislado puesto que «en otros países de Europa los regentes políticos del centro territorial, económico o político han tendido siempre a identificarse como el verdadero estado y despreciar a las zonas periféricas».

De monarquías-Estado a Estado-nación

Con la llegada de la dinastía de los Borbones, Felipe V se puso al frente por primera vez del «Reino de España». Hasta entonces no había existido ese término. Pero una cosa es la fundación del reino, y otra la de un estado-nación español tal y como lo entendemos hoy en día. Aquel fue un proceso mucho más lento, que exigió dos siglos de un intenso intercambio cultural y comercial entre las regiones españolas.

La mayoría de historiadores apuntan a la Guerra de Independencia, en concreto a la Constitución de Cádiz de 1812, como el nacimiento de la idea de España como nación. En plena invasión napoleónica, la promulgación de una constitución de corte liberal dejó recogido en su artículo 1 a la «Nación española» como «la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios». El resto del convulso siglo XIX dio forma –con la pérdida de las colonias, las Guerras Carlistas y las sucesivas crisis políticas– al concepto de nación española que tenemos en la actualidad.

Este proceso fue similar en el resto de Europa, donde la caída del Antiguo Régimen sustituyó a los Estado-imperio, ciudades-Estado y monarquías-Estado por los Estado-nación. El cambio de paradigma queda retratado en cómo las sucesivas ediciones del Diccionario de la lengua española modifican radicalmente el concepto de «nación». En 1780, era «la colección de habitantes de alguna provincia, país o reino»; mientras que un siglo después, en 1881, era «el estado o cuerpo político que reconoce a un centro común supremo de gobierno».

Este proceso de crear una identidad nacional tuvo un enorme éxito en sus orígenes en la mayoría de territorios españoles, sobre todo en los más industrializados, véase Cataluña y el País Vasco, pero sufrió varias anomalías en su fase intermedia. El enclenque desarrollo de la red ferroviaria, de la escuela (un gran factor de cohesión) y la mala salud del ejército a finales del siglo XIX terminaron manifestando el descontento de algunos sectores dirigentes frente a ese estado nación español. En Cataluña, los industriales textiles perdieron mucho volumen de negocio con la caída de las últimas colonias y decidieron hacer una apuesta hacia otros proyectos de nación. Ese es el origen delos nacionalismos excluyentes periféricos, que no del independentismo, siempre marginal acaso hasta fechas recientes.

Utrecht, el humillante tratado con el que España perdió Gibraltar


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  • Aprovechando la firma del acuerdo de paz entre las FARC y el Gobierno colombiano, repasamos algunos «tratados imposibles» que detuvieron las hostilidades tras un dilatado período de guerra
 Batalla de Almansa, en la Guerra de Sucesión - Wikimedia

Batalla de Almansa, en la Guerra de Sucesión – Wikimedia

«Se acabó la guerra, díganle a Mauricio Babilonia que ya puede soltar las mariposas amarillas». Con esta curiosa frase (una clara referencia al personaje de «Cien años de soledad») fue con la que Luciano Marín Arango («Iván Márquez») selló, hace menos de una semana, la paz entre las FARC y el Gobierno Colombiano. Unas palabras, además, que pusieron fin a más de medio siglo de conflicto. Este acuerdo, sin duda, pasará a los libros como algunos que cambiaron la historia de la humanidad. Entre ellos, el de Utretch, en el que se puso fin a un conflicto dinástico que acabó con miles de personas en nuestro país.

1192: La paz entre Saladino y Ricardo Corazón de León

Desde que el Papa Urbano II promovió la Primera Cruzada en 1095, fueron miles los soldados que partieron hacia Tierra Santa para proteger los denominados Santos Lugares: zonas de peregrinación que estaban situadas en torno a Jerusalén -una ciudad sagrada tanto para cristianos como para musulmanes- y Palestina. Aquella campaña fue exitosa, pues terminó con la conquista de dicha urbe.

Años después, y tras el desastre que significó la Segunda Cruzada para los enemigos del Islam (pues el ejército de la cruz se terminó disolviendo sin haber logrado cumplir objetivos que en principio se habían considerado básicos como la toma de Damasco), los problemas se multiplicaron en 1187 cuando el sultán Saladino conquistó a los seguidores de Jesucristo la ciudad de Jerusalén.

Este gran revés llevó a tres reyes (Enrique II de Inglaterra, Felipe II de Francia y al anciano Federico I Barbarroja) a llamar a las armas a sus ciudadanos para retomar la región y expulsar de allí al invasor musulmán. Aunque el plan inicial se modificó sensiblemente en 1189 tras la muerte del monarca britano (lo que provocó el ascenso al mando de sus ejércitos de Ricardo Corazón de León), aquel fue el comienzo oficial de la Tercera Cruzada. Una campaña, por cierto, que también buscaba recuperar la «Vera Cruz» (los restos de la cruz en la que había muerto Jesucristo), después de que hubiese caído en manos «infieles» tras la batalla de los Cuernos de Hattin.

Federico I Barbarroja
Federico I Barbarroja– Wikimedia

La que fue denominada la «Cruzada de los Reyes» fue, desde sus inicios, una campaña maldita para los cristianos. Así lo pudieron atestiguar los soldados de Barbarroja (quienes tuvieron que ver como -en los primeros meses de campaña- su general y emperador moría ahogado mientras se daba un baño) o la famosa orden de los Templarios (que perdió cientos de miembros combatiendo contra el enemigo).

Con todo, tampoco fue mejor para Saladino, el líder absoluto de las diferentes tribus musulmanas. Y es que, sus soldados murieron a cientos en batallas como la de Konya. Esta tensa situación se recrudeció, más si cabe, con la llegada de Ricardo Corazón de León a Tierra Santa en junio de 1191.

En principio, Barbarroja exigió Jerusalén y la «Vera Cruz», pero rebajó sus expectativas poco después

Lejos de calmar los ánimos, el monarca arribó deseoso de demostrar a los «infieles» que no había fisuras en su moral cristiana. Esa determinación religiosa le llevó, por ejemplo, a aniquilar a casi 3.000 prisioneros sarracenos capturados en batalla después de algunas diferencias con Saladino.

Así se dio pie a un conflicto todavía mayor entre ambos líderes. Un enfrentamiento que provocó multitud de batallas en las siguientes semanas y que -al igual que sucedía con la disputa milenaria entre cristianos y musulmanes- no parecía estar destinado a solventarse. Por el contrario, lo único que se avistaba por entonces en el horizonte era un futuro fabricado con espadas y sangre.

Eso parecía en principio. Sin embargo, las continuas muertes, las enfermedades, los escasos avances en materia militar de ambos bandos y (en definitiva) el hartazgo de Ricardo y Saladino, provocaron que ambos iniciaran una serie de conversaciones para lograr la paz. Y es que, el inglés andaba ansioso de regresar a su amada isla y, por su parte, el musulmán buscaba vivir lo que le quedaba de vida (era ya un anciano) lejos de la contienda.

Así pues, tras el verano comenzó un proceso para detener las matanzas con una carta enviada por el inglés al musulmán. Una misiva en la que, para llegar a un acuerdo, le exigía abandonar Jerusalén, devolver a la cristiandad la «Vera Cruz» y renunciar a los países «allende al Jordán». De esta forma, al menos, lo explica el historiador italiano del XIX Cesare Cantú en su obra «Historia universal».

Saladino
Saladino– Wikimedia

Aunque sus exigencias fueron inicialmente rechazadas (lo cierto es que eran bastante abusivas para la época), aquella carta fue el principio del fin de la Tercera Cruzada. Tras varios tratados fallidos, y un año después (en septiembre de 1192) se firmó un pacto que terminó con las hostilidades y propició que el monarca inglés regresase a su país.

«En septiembre de 1192 se firmaba el tratado de Jaffa. Jerusalén quedaba en manos de Saladino, con garantía de libre acceso para los cristianos al Santo Sepulcro. Los cristianos obtenían su porción de Palestina con capitaldiad en Acre; era la primera división formal del territorio palestino», determina el divulgador histórico Gonzalo Terreros.

1713: El tratado de Utrecht

Para entender el que fue uno de los tratados de paz más destacados de toda la historia de España es necesario retrotraerse en el tiempo hasta el año 1700, cuando el embajador francés en nuestro país envió el siguiente mensaje al rey galo, Luis XIV: «Empeora el Rey Católico. Me dicen que parece un cadáver».

Así pues, se iba a suceder algo inevitable: el fallecimiento de Carlos II (de la casa de los Austrias), y que lo iba a hacer sin descendencia. La inevitable partida de este mundo se produjo el 1 de noviembre de ese mismo año. En principio, y con el testamento en la mano, se estableció que la corona correspondía a Felipe V (Borbón), nieto de Luis XIV.

La solución, en principio satisfactoria, no gustó demasiado a algunos monarcas que vieron como, con el paso de los años, la familia del nuevo rey español podría unir en un bloque una amplia extensión de territorios en Europa.

Felipe V
Felipe V– Wikimedia

«Fue una decisión que levantó suspicacias en varias cancillerías europeas y fue rechazada de plano en Viena por el emperador Leopoldo I, representante de la otra rama de los austrias. La simple posibilidad de que las dos monarquías que se extendían a ambos lados de los Pirineos configuraran un bloque bajo un mismo monarca, algo que no fue desmentido desde Versalles, hizo que en Europa sonaran los tambores de guerra», explica el doctor en historia José Calvo Poyato en su dossier «Los Tratados de Utrecht y Rastatt. Europa hace trescientos años».

Ingleses, holandeses e imperiales formaron entonces la denominada Gran Alianza y propusieron, como alternativa a Felipe V, al archiduque Carlos de Austria (hijo del propio Leopoldo). Así comenzó la Guerra de Sucesión, un conflicto que se empezó allá por 1701 y que no tardó en convertirse en uno de los más cruentos en la historia de nuestro país.

«Fue un proceso lleno de largas y complicadas conversaciones, no siempre celebradas con conocimiento de todos los implicados»

«Se calcula que en esta guerra murieron 1.251.000 personas […]. En el momento de mayor intensidad, en 1710, luchaban cerca de 1.300.000 soldados. Y Francia, la potencia más implicada, llegó a movilizar 900.000 hombres […] entre 1701 y 1713», explica el historiador español Joaquim Albareda Salvadó en su obra «La guerra de Sucesión de España (1701-1714)».

Ya fuera por las muertes, ya fuera por lo extensa que fue la contienda, pocos años después se iniciaron una serie de conversaciones en las que se intentó lograr la paz entre ambos contendientes. Tal y como afirma Poyato en su obra, fue un proceso «lleno de largas y complicadas conversaciones, no siempre celebradas con conocimiento de todos los implicados».

Concretamente, las primeras reuniones en favor de la paz se remontan hasta 1709, cuando se alumbró en La Haya un documento que fue presentado al monarca francés posteriormente. «Entre las exigencias que se le plantearon se incluía que las tropas del monarca francés luchasen contra su propio nieto para expulsarlo de España», destaca el historiador. El galo se negó, pero retiró a los soldados de su país de la Península Ibérica para no entrometerse más de lo necesario y no favorecer un conflicto internacional.

Tratado de Utrecht
Tratado de Utrecht– Wikimedia

Tres años después, tras una extensa lista de intentos fallidos de negociación, comenzó el verdadero camino hacia la paz. Y es que, fue entonces cuando comenzaron las conversaciones que -a la postre- darían como resultado la paz. Estas se iniciaron en Utrecht y, para desgracia general, fueron acompañadas de constantes batallas. Algo lógico en aquellos años, pues se consideraba que cualquier victoria lograda por las armas en el campo de batalla derivaría en ventajas diplomáticas y presionaría todavía más al perdedor a firmar un pacto poco favorable.

En 1713, finalmente, se llegó a un acuerdo entre los diferentes contendientes, lo que llevó a la firma de los tratados de Utrecht y Rastadt.

«Lo acordado en Utrecht, una vez asumido que Felipe V sería rey de España, […llevó a que] los británicos se hicieran con grandes extensiones en lo que hoy es Canadá […]. Por lo que respecta a España se produjeron notables amputaciones territoriales de las cuales dos resultaron particularmente dolorosas. Nos referimos a la isla de Menorca […] que los ingleses habían ocupado en 1708. La otra cesión territorial era la plaza fuerte de Gibraltar, ocupada en el verano de 1704. […]. El llamado “caso de los catalanes” rodó por las cancillerías europeas […] pero el rey se mantuvo inflexible. Consideraba que aquellos súbditos habían faltado al juramento de lealtad que habían hecho cuando […] visitó Barcelona y juró respetar los fueros y leyes del Principado. Consideraba que los territorios que habían proclamado al archiduque habían roto su juramento y se habían rebelado contra su legítimo soberano», añade el experto.

1998: Los acuerdos de paz de Viernes Santo

Las guerras armadas no son solo cosa de la antigüedad. De hecho, a principios del siglo XX comenzó una lucha civil que, durante años, sembró el pánico en las islas de nuestros vecinos británicos. Todo ello, como parte del denominado conflicto de Irlanda del Norte. Una contienda que enfrentó, desde 1968, a los católicos y a los protestantes de la región. ¿La razón? Que los primeros eran partidarios de emanciparse del Reino Unido, mientras que los segundos buscaban seguir bajo el paraguas inglés. A partir de ese momento se desató la violencia en la zona, lo que terminó provocando la friolera de 3.500 víctimas.

La situación de 1968 fue aprovechada por el IRA (Ejército Republicano Irlandés), cuyos miembros dieron rienda suelta a la violencia y a la guerra callejera. «La intensificación del conflicto nacional supuso un nuevo impulso para el IRA, aunque sus disidencias internas dividieron a la organización en dos facciones: el IRA oficial, de ideología marxista y que acentúa la caracterización política de la lucha por la independencia del país, y el IRA provisional, que recalca la necesidad de una profundización de la lucha armada de un contexto ideológico de naturaleza exclusivamente nacionalista», explica el Gerry Adams (el líder del Sinn Féin -el brazo político del IRA durante años-) en su autobiografía.

Mientras esta insostenible situación se recrudecía, se iniciaron conversaciones de paz entre ambos bandos. La mayoría, favorecidas por John Hume (anteriormente presidente de una organización de partidaria de la Defensa de los Derechos Civiles y, entonces, miembro del Partido Socialdemócrata y Laborista). Este político se encargó, a partir de los años 80, de mantener contactos activos con todas las partes del conflicto (entre ellas el Sinn Féin -algo que posteriormente le granjeó el odio de no pocos compañeros- y el gobierno británico). Eso sí, siempre bajo la premisa de que la violencia debía detenerse en favor de las conversaciones políticas.

Tras multitud de negociaciones, se dio un gran paso para la paz el 15 de septiembre de 1997, cuando todos los partidos políticos (también el Sinn Féin) se reunieron para llegar a un acuerdo que empezase a normalizar la delicada situación existente en el país. «La premisa fundamental para poder participar se basaba en aceptar que las organziaciones políticas debían mantenerse al margen de la violencia», explica el divulgador histórico Luis Antonio Sierra en su obra «Irlanda del Norte. Historia del conflicto». En aquellos días, Gerry Adams aseguró que el IRA se comprometía a aceptar una tregua (algo que ratificó después de declarar, en julio de ese mismo año, un «alto el fuego»).

A pesar de las diferencias, 21 meses después (el 10 de abril de 1998) se firmaron los «Acuerdos de Viernes Santo». Un pacto que terminó con la brutalidad que se vivía en las calles y que estableció que serían los ciudadanos los que decidirían sobre el futuro de Irlanda del Norte. Además, se llegó a la conclusión de que era necesario un «compromiso absoluto» de llegar a acuerdos mediante «vías exclusivamente democráticas y pacíficas», y el establecimiento de una Asamblea legislativa autónoma con la capacidad de elegir representantes a los bloques.

Sertorio, el legendario militar que creó una República Romana en España y murió traicionado


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  • Una afición desmesurada por el vino y un humor depresivo fueron brotando en Sertorio. En el año 72, Perperna, mano derecha del romano, organizó un banquete donde el general y su guardia fueron emborrachados y posteriormente asesinados
 «La muerte de Sertorio», cuadro de Vicente Cutanda - Wikimedia

«La muerte de Sertorio», cuadro de Vicente Cutanda – Wikimedia

Su historia es la de un hombre leal a la República que eligió mal su bando en la guerra civil. En su huida hacia delante, Quinto Sertorio acabó fundando en Hispania una República Romana de bolsillo, con la que consiguió entusiasmar a los hispanos y derrotar, uno tras otro, a los ejércitos romanos que el dictador Cornelio Sila mandó en su búsqueda. Alcoholizado, y cada vez más abandonado, Sertorio fue traicionado por los suyos y apuñalado por la espalda.

El siglo I a.C vivió el inicio de las guerras civiles en Roma, que desembocarían en el establecimiento del sistema imperial. Las guerras civiles enfrentarían al bando de los populares –encabezados por el héroe militar Mario– contra el bando de los optimates, cuya cara más visible era la de Cornelio Sila, el sangriento dictador pelirrojo. En esencia se trataban de confrontaciones personales, sin un programa político muy profundo, aunque los segundos se vendían como los guardianes de las esencias romanas frente a los hombres que querían abrir las puertas de Roma al resto de itálicos.

Una guerra civil que frustró una carrera

En los años previos a la contienda, Quinto Sertorio había combatido junto al líder de los populares, Mario, contra los cimbrios y los teutones. Como recompensa a su carrera ascendente recibió en el año 97 a.C. un cargo de tribuno militar en España, donde dirigió a las tropas romanas contra una rebelión local en la ciudad celtibérica de Castulo (hoy en la zona de Linares, Jaén). A su regreso a Roma, se vio inmerso de golpe en las luchas entre optimates y populares; si bien, se alineó con el ala moderada de esta facción cuando un grupo de partidarios violentos ocuparon Roma y desencadenaron una matanza.

Con este carácter moderado logró prestigio, respeto y condecoraciones, así como cicatrices por todo su cuerpo. Su forma de combatir en las primeras líneas le costó la pérdida permanente de la visión en un ojo, además de la admiración de sus subordinados.

En este contexto de inminente guerra civil (en vigor desde que Cartago fue destruida y no quedaron grandes amenazas externas), Lucio Cornelio Sila atacó Roma en 88 a.C, siendo el primero que rompía la ley romana y entraba en la ciudad con tropas. La súbita muerte de Mario cinco años después dejó sin posibilidad de reacción al bando popular. Sila se autoproclamó dictador y se mantuvo en el poder hasta su retiro voluntario en el 79 a.C, mientras se dedicaba a perseguir brutalmente a sus enemigos. Uno de los que persiguió con más insistencia fue Sertorio, que, privado de su cargo de pretor en Hispania, se vio obligado a huir de su provincia hacia el Mediterráneo Occidental. Durante su triste retirada logró una victoria sobre los ejércitos de Sila en Mauretania, lo que le atrajo el interés de los últimos partidarios de Mario y, en suma, de los enemigos de Sila.

Sertorio seguía siendo enormemente popular en Hispania. Antes de abandonar su cargo de pretor se había dedicado a rebajar la presión fiscal en su provincia y, en señal de respeto a las poblaciones locales, acampaba siempre sus tropas fuera de las ciudades. A raíz de su victoria en Mauretania, una delegación de lusitanos le pidió que regresara a España y terminara con la opresión que los hombres de Sila habían traído consigo.

Sertorio aceptó la oferta sin titubear, puesto que le quedaban pocas salidas, si bien las fuerzas lusitanas eran de solo 4.000 soldados de infantería y 700 jinetes. A este número debía sumar 1.600 legionarios y 700 libios que el líder popular había levantado en el norte de África. Una fuerza que, sin embargo, era insignificante frente a los 120.000 infantes y 6.000 jinetes con los que contaba Sila en la península.

La República romana en Hispania

El legendario general se enfrentó a su vuelta a Hispania con Metelo Pío, enviado por Sila, al que durante varios años desgastó con una lucha de guerrillas y finalmente derrotó, así como a los gobernadores de la Citerior y la Narbonense. El general romano demostró gran talento para dirigir fuerzas irregulares y llevar a cabo una guerra de guerrillas contra fuerzas convencionales. Sertorio avanzó sobre la Celtiberia y el Valle del Ebro. Su paso levantó la rebelión de los celtíberos e incitó el apoyo de los hispanos romanos. En este punto, el conflicto pasó de ser un problema local a una auténtica guerra civil.

El romano, que procedía de la ciudad sabina de Nussa, organizó lo que algunos han calificado como un intento de crear un «estado romano paralelo» en Hispania, una república en el corazón de la península. Así estableció en Osca (Huesca) un senado, que cada año celebraba elecciones para elegir a los nuevos magistrados, y una escuela para los hijos de los jefes indígenas, donde aprendían latín y griego. Asimismo, a las tropas locales les enseñó a vestir y a luchar al modo romano.

El paso de los años y la enorme popularidad de Sertorio elevaron su historia a la categoría de héroe mitológico, como acredita la historia del cervatillo que adoptó como mascota. Un cazador se lo regaló como muestra de afecto, a lo que el romano respondió domesticándolo y atribuyéndole poderes. Sertorio afirmaba que era la Diosa Diana quien había conducido el animal a su causa y le comunicaba a través del cervatillo la ubicación de sus enemigos para que pudiera seguir victorioso.

El propio Sila no pudo vivir lo suficiente para ver a uno de sus últimos enemigos derrotado. A la muerte del dictador ya «jubilado», Pompeyo «Magno» –apodado el «adolescente carnicero» por ser el brutal verdugo de muchos populares– se aseguró de que el cadáver de Sila, que también era su suegro, recibiera los debidos honores y no se produjeran disturbios. No pudo evitar, sin embargo, que el excónsul Lépido se levantara contra el Senado. La victoria de Pompeyo sobre Lépido vino acompañada de una fuga masiva de sus partidarios para unirse a Quinto Sertorio, que siempre recibía con los brazos abiertos a los enemigos de Sila.

Los dos cónsules designados ese año se negaron a ir Hispania, porque no estaban dispuestos a sumarse a la lista de generales republicanos derrotados por Sertorio y sus cada vez más numerosos partidarios. En tanto, Pompeyo, de 28 años, fue nombrado pro consulibus (enviado «en lugar de ambos cónsules») y destinado a la provincia más occidental de la República para poner fin a la larga rebelión.

Pese a que en los primeros encuentros Sertorio dio severos correctivos a su joven rival, poco a poco fue perdiendo terreno y quedó sumido en una guerra de desgaste que no podía ganar. A partir del año 75 a.C el general «rebelde» fue acorralado por Pompeyo desde el norte y este; y por Metelo desde el sur. El general exiliado no estaba realmente perdiendo la guerra, pero ya era evidente que jamás podría ganarla. Desde Roma, el Senado logró que muchos de los seguidores de Sertorio abandonaran su bando a cambio de ser amnistiados. La mayoría tan solo quería eso, poder volver a casa después de tantos años.

Una afición desmesurada por el vino y un humor depresivo fueron brotando en Sertorio. En el año 72, Perperna, la mano derecha del militar romano, organizó un banquete donde el general y su guardia fueron emborrachados y posteriormente asesinados. Y aunque Perperna quiso continuar la guerra, Pompeyo no tardó en derrotarlo. Algunos núcleos resistieron en el 72 a. c, entre ellos Calahorra, donde un largo asedio y la negativa de los sitiados a rendirse les llevó a practicar el canibalismo. Allí se ahogaron los últimos ecos de la andadura de este general romano, que mantuvo en solitario una guerra civil contra Roma hasta que fue consciente de que se había convertido en un villano de su tierra. Un conflicto que pudo mantener solo gracias al apoyo de Hispania, probablemente el territorio más importante para la República Romana en aquella época.

El centro médico de Chueca que se convirtió en el primer gimnasio de España en el siglo XIX


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  • El local, con un método revolucionario, se ubicaba en la calle de la Reina, donde hoy se suceden los bares y restaurantes
 Manual de ejercicios del siglo XIX - WELCOME LIBRARY

Manual de ejercicios del siglo XIX – WELCOME LIBRARY

La moda por los gimnasios y el culto al cuerpo ha inundado cada rincón del planeta con numerosos locales de entrenamiento. El caso de Madrid, aunque tenga unas cifras similares a otros lugares, esconde una historia muy particular: el primer centro deportivo de España se levantó en la capital. Fue en el barrio de Chueca donde una consulta médica de ejercicios físicos se convirtió en el germen de lo que hoy conocemos.

El gimnasta francés Alfonso Vignolles constituyó esta suerte de gimnasio en Madrid en el año 1859. Lo cierto es que el centro que ideó se encontraba a caballo entre un gimnasio convencional y una consulta. El servicio que prestaba, según figura en recortes de prensa de la época, eran «Gimnasia Médica, Higiénica y Ortopédica». El método, revolucionario en la fecha, estaba inspirado en los implantados por la Academia de medicina de París, y su objetivo era prestar auxilio específico a todas las personas, con independencia de su condición. «Hay gabinete especial para señoras y para enfermos, y clase gratuita de doce a una para los enfermos pobres», detallaba un anuncio. Los novedosos métodos se complementaban con rudimentarias y pesadas másquinas, algo inédito en aquellos años.

El centro se ubicaba en el número 14 de la actual calle de la Reina, en el barrio de Chueca. Paralelo a la Gran Vía (aún no existía), se asentaba en una zona donde hoy abundan locales de copas, restaurantes y cotetos clubes de «gin-tonics» y cócteles. Aunque nació con ese espíritu sanitario, y así se mantuvo durante un largo periodo, su aceptación y evolución estuvo marcado por la influencia de la alta sociedad británica, que contagió a su homóloga española con el cultivo al cuerpo.

Imaginar el gimnasio de Chueca, el primero de España, es bastante difícil si tomamos como referencia los actuales. Como es evidente, ni contaba con las máquinas actuales ni practicaba los mismos ejercicios; ni siquiera buscaba el mismo propósito. No obstante, sí se pueden destacar algunos artilugios que facilitaban la puesta a tono física de quienes acudían. Según el fisioterapeuta Sebastian Busqué Torró, en este centro se empleaban algunos objetos, como unas picas, que manipuladas entre dos sujetos fortalecían los hombros y el pecho. Pero la mejor y más revolucionada herramienta era la conocida como Máquina Vignolles, un artilugio con poleas, escaleras y resortes para trabajar diferentes partes del cuerpo.

El libro de los prodigios de España


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  • El Prado expone el primer volumen de la historia del arte ilustrado con fotografías
Vista del Monasterio de El Escorial, calotipo publicado en el libro 'Annals of the Artists of Spain', de William Stirling (1848). MUSEO DEL PRADO

Vista del Monasterio de El Escorial, calotipo publicado en el libro ‘Annals of the Artists of Spain’, de William Stirling (1848). MUSEO DEL PRADO

En una pequeña sala del Museo del Prado, con poca luz y a una temperatura de 19 grados —agradable para huir del calor de Madrid, pero no para ir en manga corta— reposan en vitrinas  siete ejemplares de Talbotype Illustrations, el primer libro de la historia del arte ilustrado con fotografías, 68, que publicó en 1848 el escritor y coleccionista escocés sir William Stirling Maxwell, y con el que mostraba su amor por el arte y monumentos de España. Las dificultades para manejar la luz y las sombras de la naciente técnica fotográfica disuadió a Stirling, en casi todos los casos, de tomar las fotos de los cuadros o esculturas originales, que no se podían mover y estaban en interiores poco iluminados. Lo hizo por un método indirecto: imágenes tomadas de grabados o de copias que reproducían, por ejemplo, Las meninas o La rendición de Breda, de Velázquez, o un San Juan, de Murillo.

Stirling llegó a contratar a artistas para que pintasen copias al óleo o en acuarela de las obras que le interesaban. Ya de su cosecha, se permitió en un caso retocar: los angelotes que rodeaban a la Giralda en la estampa original fueron eliminados cuando se transformó en fotografía. Y en otro le cortó las piernas a Querubín con mitra, de Murillo, porque la longitud de esta pieza no le cuadraba para su libro.

La exposición Copiado por el sol, hasta el 4 de septiembre, incluida en el certamen PHotoEspaña, recorre además el complejo proceso de creación de este libro ilustrado, el cuarto volumen que acompañó a los tres que eran puramente de texto y que se llamaron Annals of the Artists of Spain. De toda la obra solo se imprimieron 50 ejemplares —los organizadores de la exposición han localizado 25 en todo el mundo— que Stirling regaló a familiares, amigos, coleccionistas y bibliotecas. Las imágenes del Talbotype Illustrations se elaboraron por el procedimiento del calotipo, uno de los que compitieron en los albores de la fotografía en la carrera por facilitar la multiplicación de copias con la mayor rapidez y calidad posible. El inventor, en 1839, del calotipo había sido el científico William Fox Talbot (1800-1877). De ahí que esas piezas se llamasen también talbotipos, o copias del sol, porque se realizaban bajo la luz solar —aunque eso en Londres debía de ser complicado—, poniendo en contacto el negativo y el positivo de papel a la intemperie.

Fue un discípulo de Talbot, Nicolaas Henneman (1813-1898), quien trabajó con Stirling para Annals of the Artists of Spain. Ambos aparecen en un par de imágenes retratados en plena tarea. La muestra del Prado incluye las numerosos tomas, procedentes de la colección del National Media Museum, de Bradford (Inglaterra), que sirvieron a Stirling y Henneman de ensayo y error, así como los grabados o dibujos que servían de modelo.

Imagen de 1846 del taller fotográfico en el que Stirling y Henneman fotografiaron las copias de obras de arte para el libro 'Annals of the Artists of Spain'. NATIONAL MEDIA MUSEUM (BRADFORD)

Imagen de 1846 del taller fotográfico en el que Stirling y Henneman fotografiaron las copias de obras de arte para el libro ‘Annals of the Artists of Spain’. NATIONAL MEDIA MUSEUM (BRADFORD)

Sin embargo, aquellas instantáneas del monasterio de El Escorial o del Cristo en la cruz, de Murillo, pegadas en el libro, sufrieron pronto lo que los comisarios de la exposición, Hilary Macartney, de la Universidad de Glasgow, y José Manuel Matilla, jefe del departamento de Dibujos y Estampas del Prado, califican de “desvanecimiento”. Los contornos empezaron a borrarse y su interior comenzó a diluirse por el efecto de la luz y el aire sobre unos negativos y copias cuyo procedimiento estaba aún en mantillas.

La exposición Copiado por el sol no aspira, según sus organizadores, a largas colas y multitudes. Su gestación comenzó hace ya 15 años, cuando Matilla descubrió en los almacenes de la pinacoteca la obra de Stirling. El comisario confiesa que al tener en sus manos aquel libro tan frágil y ver cómo se habían deteriorado las imágenes, sintió “pánico”. De ese miedo nació el proyecto de “estudiarlo, conservarlo y difundirlo”, que culmina ahora en la sala del Prado y en un facsímil elaborado en los archivos fotográficos del museo.

El “desvanecimiento” que estaba en el ADN de los calotipos motivó que este sistema fotográfico cayera en desuso a finales de los cincuenta del XIX. El propio Stirling escribió, en 1872, consciente de la fugacidad de su Talbotype Illustrations: “Los pocos ejemplares serán hoy poco más que pedazos de papel pardo nublado”. Sin embargo, respiraría hoy tranquilo al ver que, aunque sea a través de un cristal y con temperatura londinense, a sus calotipos no los ha devorado el tiempo.

Las mentiras sobre la persecución de brujas en España, el país que no se unió a la masacre de mujeres


ABC.es

  • La actuación de la Inquisición se encaminó durante los siglos XVI y XVII a la reinserción de las acusadas de brujería en el seno de la Iglesia, más que a la pena de muerte. En el norte de Europa las ejecuciones se aproximaron a las 60.000
 El Aquelarre, cuadro de Francisco Goya - Museo Lázaro Galdiano

El Aquelarre, cuadro de Francisco Goya – Museo Lázaro Galdiano

La leyenda negra achaca a la Inquisición española la muerte de miles de mujeres acusadas de brujería, entre otras exageraciones y cifras huérfanas de documentación. No en vano, los datos tumban la historia que los enemigos del Imperio español inventaron con el fin de desacreditar a la potencia hegemónica. Mientras que en Alemania se condenaron a muerte a 25.000 mujeres, se calculan únicamente 300 casos en España. El sur de Europa, en verdad, permaneció ajeno a uno de los episodios más oscuros en la historia del continente.

Tras el estreno de la película «La bruja» (Robert Eggers, 2016), ha vuelto a colación el debate sobre la sangrienta persecución que se desencadenó en el norte de Europa. Salvados los siglos más tenebrosos de la Edad Media, se desató a comienzos de la Edad Moderna una inesperada obsesión por la caza de brujas, porque, según sostiene el historiador Ricardo García Cárcel, se introdujo una nueva novedad en la sociedad: «la idea de que el demonio estaba en todas partes y que las brujas habían sido creadas por él».

60.000 condenas a muerte

La fiebre cazadora empezó a finales del XV respaldada, en 1484, por el papa Inocencio VIII en la bula Summis desiderantes affectibus: «Muchas personas de ambos sexos se han abandonado a demonios, íncubos y súcubos, y por sus encantamientos, conjuros y otras abominaciones han matado a niños aún en el vientre de la madre, han destruido el ganado y las cosechas, atormentan a hombres y mujeres y les impiden concebir». Se abría la veda.

«El problema se agravó porque la intelectualidad europea y racionalista se obsesionó con el demonio»

La fiebre tornó en delirante conforme avanzaban los años. «A finales del siglo XVI el problema se agravó porque la intelectualidad europea y racionalista se obsesionó con el demonio y mezcló esta idea con la de las brujas», explica García Cárcel, autor de «La Inquisición», Madrid, Anaya, 1995. A consecuencia de este fenómeno se vivieron ochenta años de terror que afectaron, sobre todo, a la Europa central, Inglaterra y a los países más avanzados. El empeoramiento del clima, las malas cosechas y la peste azotaron el continente a finales de siglo, mientras que la persecución de brujas se intensificaba coincidiendo con las crisis económicas.

Los investigadores actuales estiman que entre mediados del siglo XV y mediados del siglo XVIII se produjeron entre 40.000 y 60.000 condenas a la pena capital por ese concepto. La mayor parte de los ejecutados tuvo lugar en Alemania y los países colindantes. No obstante, la fragmentación política del Sacro Imperio Romano Germánico favorecía que cada ciudad se enfrentaba al problema por su cuenta y lo salpicara de odios locales. La tensión religiosa entre católicos, luteranos, calvinistas y demás herejías elevó la brutalidad de la persecución.

«La Iglesia persiguió a las brujas porque creían que hacían una competencia terrible al propio cristianismo»

«Hay niños de tres y cuatro años, hasta 300, de los que se dice que han tenido tratos con el Diablo. He visto cómo ejecutaban a chicos de siete años, estudiantes prometedores de 10, 12, 14 y 15 años. También había nobles», escribió un cronista sobre los procesos que se llevaron a cabo en Würzburg en 1629. Las procesos masivos y el intercambio de acusaciones entre vecinos eran el pan de cada día en algunos territorios alemanes.

¿Pero realmente existían las brujas, es decir, mujeres que practicaban rituales satánicos? El mismo testimonio que se asombraba por la muerte de esos niños sostenía que no había duda de que «el Diablo en persona, con 8.000 de sus seguidores, mantuvo una reunión y celebró misa ante todos (los condenados) administrando a sus oyentes cortezas y mondaduras de nabos en lugar de la Sagrada Hostia». Si bien la mayoría de los testimonios eran producto de la psicosis colectiva, García Cárcel no tiene duda de que existían estas prácticas en distintos rincones de Europa. «La Iglesia persiguió a las brujas porque creían que hacían una competencia terrible al propio cristianismo. Eran mujeres que afirmaban que también podían intermediar con el otro mundo», señala el historiador valenciano.

España, ¿un oasis para las brujas?

En el amasijo que conforma la leyenda negra contra España aparece destacada la imagen de la Inquisición persiguiendo a judíos, brujas, musulmanes y protestantes a través de los métodos más brutales. Sin embargo, al igual que la persecución de protestantes, la incidente de casos de brujería en España fue mínima. De todos los procesos entre 1540 y 1700, solo el 8% fueron por causa de la brujería. En total, se condenó a la hoguera por brujería a 59 mujeres en España. En Portugal fueron quemadas cuatro, y en Italia, 36.

Esto era así porque la brujería se vislumbraba, a ojos de los inquisidores españoles, un mal menor, en el que incurrían mujeres de baja extracción y ningún tipo de influencia social o religiosa. «En España este fenómeno nunca alcanzó niveles de fanatización del norte. La Inquisición moderna no alteró los procedimientos y la mecánica con respecto a las brujas», recuerda García Cárcel.

Incluso hubo eclesiásticos que descartaron la validez de los testimonios de las brujas, como el obispo de Ávila, Alfonso de Madrigal, que en 1436 afirmó que los aquelarres eran fantasías producto de drogas, o el dominico castellano y obispo de Cuenca, Lope de Barrientos, quien se preguntó «qué cosa es esto que dicen, que hay mujeres, que se llaman brujas, las cuales creen e dicen que de noche andan con Diana, deesa de los paganos, cabalgando en bestias, y andando y pasando por muchas tierras y logares, e que pueden… dañar a las criaturas», a lo que él mismo se respondía en ese texto: que nadie ha de tener «tan gran vanidad que crea acaescer estas cosas corporalmente, salvo en sueños o por operación de la fantasía».

La actuación del tribunal se encaminó durante los siglos XVI y XVII a la reinserción de las acusadas de brujería en el seno de la Iglesia, más que a la pena de muerte. Como ejemplo de condena benigna, una mujer llamada Isabel García, que en 1629 confesó ante el tribunal de Valladolid habérsele aparecido Satanás, con quien pactó la recuperación de su amante, fue únicamente castigada a abjurar de levi y a cuatro años de destierro.

Así y todo, hay que tener presente que en la Corona española la jurisdicción ordinaria y la religiosa (los obispos) contaban entre sus funciones habituales la represión de la superstición, con lo cual la mayoría de casos pasaron por sus manos y no por la Inquisición, cuyo registro era más minucioso. Parece que es evidente, con todo, que en España no alcanzó la represión de Europa Central.

Alonso de Salazar y Frías denuncia antes que nadie

Otra muestra de que el fenómeno de la brujería contaba con sus propias características en España es que, cuando la Inquisición moderna llevaba funcionando más de un siglo, surgieron aquí inquisidores racionalistas como Pérez Gil o Alonso de Salazar y Frías, que criticó el proceso de las brujas de Zugarramurdi.

Este proceso es tal vez el caso más famoso de la historia de la brujería en España y finalizó con un auto en noviembre de 1610 donde dieciocho personas fueron reconciliadas, seis fueron quemadas vivas y cinco en efigie (a través de un muñeco del tamaño de un ser humano que los representaba). «Alonso de Salazar y Frías empezó a desconfiar por primera vez de lo que las brujas decían sobre sí mismas. Empezó a considerar que todo aquello se había producido por una neurosis colectiva que había que erradicar», apunta García Cárcel.

Alonso de Salazar y Frías, que creía que los fenómenos de brujería eran historias inverosímiles y ridículas, presentó al Consejo de la Suprema Inquisición, el 24 de marzo de 1612, un informe crítico con el proceso de Zugarramurdi. Como destacó Julio Caro Baroja, el español «se adelantó de modo considerable a los que difundieron en Europa ideas concebidas en el mismo sentido», como el famoso jesuita alemán Friedrich Spee, que cargó contra la persecución de las brujas en el corazón del continente. Un resultado concreto del informe del inquisidor fue que se intentó reparar a las víctimas del auto de fe ordenando que sus sambenitos no quedaran expuestos en ninguna iglesia. Una consideración impensable en cualquier otro lugar de Europa.

 

Una impresionante bola de fuego cruza el cielo del centro de España


ABC.es

  • Mucho más brillante que la Luna llena, ha sido vista esta mañana por numerosos testigos de punta a punta de la Península

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«Me sorprendió muchísimo. Era como una bengala muy grande y muy lenta llegada de ninguna parte que cruzó el cielo delante de mí. No sabía qué pasaba, si había caído un meteorito o restos de un avión». Minutos antes de las siete de la mañana, Paloma conducía a la altura de Puerta de Hierro en Madrid camino de su trabajo cuando una gigantesca bola de fuego apareció en su campo de visión. Como ella, numerosos ciudadanos de punta a punta de la Península han sido testigos esta mañana del vuelo de un bólido, una estrella fugaz de gran luminosidad.

El meteoro, de nombre científico SPMN230216, ha sido «enorme, impresionante» y mucho más brillante que la Luna llena que a esa hora lucía en el cielo, según explica Josep Mª Trigo, investigador del Grupo de Meteoritos, Cuerpos Menores y Ciencias Planetarias del Instituto de Estudios Espaciales de Cataluña (IEEC-CSIC).

La trayectoria del meteoro todavía debe ser estudiada, pero los investigadores creen que sobrevoló el triángulo comprendido por Aragón, Castilla y León y Madrid. Sin embargo, por los primeros informes recibidos por la Red Española de Investigación sobre Bólidos y Meteoros, la bola de fuego ha sido vista por «un aluvión de testigos» desde distintos puntos de la Península. Han llegado informes desde Andalucía, Aragón, Asturias, Islas Baleares, Castilla-La Mancha, Cataluña, Comunidad Valenciana, Madrid, Navarra, País Vasco y Murcia. El fenómeno, cuyo origen se desconoce, ha podido ser captado por las cámaras del Observatorio del Ebro (CSIC-Universitat Ramon Llull), coordinadas por un servidor desde el Instituto de Ciencias del Espacio. (En el vídeo sobre estas líneas).

Los científicos estudian ahora las características del bólido y solicitan a aquellas personas que lo han observado que reporten su experiencia, especialmente si han escuchado un silbido, lo que significaría que ha habido fragmentación al desintegrarse en la atmósfera «y bien podría haber producido meteoritos», indica Trigo.

 

Londres y Washington, los guardianes de la ‘doble’ neutralidad de Franco


El Mundo CLARA FELIS @clarafelis

  • ‘El telegrama que salvó a Franco’ retrata con detalle la postura de Inglaterra y EEUU con el régimen de Franco durante el conflicto
  • La presencia de fuerzas y espías alemanes en España hizo dudar sobre la ‘no beligerancia’ anuciada por el dictador
  • Carlos Collado: ‘Gobernaban los Aliados y si les hubiera parecido derribar a Franco lo hubieran hecho, pero no les convenía’
Franco y Hitler durante su reunión en Hendaya, el 23 de octubre de 1940.

Franco y Hitler durante su reunión en Hendaya, el 23 de octubre de 1940.

 

Mantuvieron la amistad hasta el final de la guerra, a pesar de los obstáculos impuestos por EEUU e Inglaterra. Franco siempre se miró en el espejo de Hitler, incluso cuando el Führer puso en duda la integridad del franquismo y la autoridad del dictador. “No le puedo perdonar a Franco el no haber sabido, en cuanto terminó la guerra civil, reconciliar a los españoles, el haber hecho a un lado a los falangistas, a quienes España debe la ayuda que le hemos prestado, y el haber tratado como a bandidos a los antiguos adversarios que estaban muy lejos de ser rojos todos. No es ninguna solución el poner fuera de la ley a la mitad de un país, mientras que una minoría de salteadores se enriquece a costa de todos”, confesaba el mismo Hitler el 10 de febrero de 1945, en el Cuartel General del Führer.

En las líneas que escribió aquel día, Hitler se desmarcaba de las decisiones tomadas por Franco con un cierto tono victimista. “A nosotros nos han engañado, porque jamás hubiese yo aceptado, sabiendo de qué se trataba en realidad, que nuestros aviones sirvieran para aplastar a pobres muertos de hambre, y para restablecer en sus privilegios horribles a los curas españoles”, como se recoge en ‘El Testamento Político de Hitler: notas recogidas por Martin Bormann’ (Diana, 1962).

Americanos y británicos centraron sus esfuerzos diplomáticos en eliminar cualquier influencia alemana en España. A principios de junio de 1940, el embajador británico enviado a Madrid, Samuel Hoare, describió así la presencia de las fuerzas del Reich en España. “No he visto en ninguna parte un control tan completo de los medios de comunicación, prensa, propaganda, aviación, etc., como el que tienen los alemanes aquí. Incluso me atrevo a decir que la embajada y yo mismo existimos aquí únicamente porque nos toleran los alemanes”.

Para romper ese lazo, -que ya quedó debilitado después de la reunión de Franco con Hitler el 23 de octubre de 1940 en Hendaya y que no llegó a ningún puerto después de las exigencias que Hitler le expuso a Franco para que España entrara en la Segunda Guerra Mundial- los aliados incrementaron sus presiones a España (sanciones económicas como la suspensión del suministro de carburantes) a partir de noviembre de 1942, cuando tiene lugar el desembarco de fuerzas inglesas y norteamericanas en el norte de África.

La ‘benevolencia’ de los Aliados

Esta política ofensiva no afectó sin embargo al engranaje del régimen, que resistió y sobrevivió por la actitud benevolente de los Aliados. Sobre la doble vara de medir y las gestiones que se planificaron en España, sin que ésta estuviera al tanto en muchas ocasiones, trata el libro de Carlos Collado Seidel, ‘El telegrama que salvó a Franco’ (Crítica, 2016).

“Gobernaban los Aliados y si les hubiera parecido conveniente derribar a Franco y poner otro gobierno lo hubieran hecho, pero no les convenía porque siempre consideraron que las desventajas eran mayores. Una España neutral salvaguardaba los intereses Aliados. Al final de la guerra, con la crisis del wolframio, Washington hubiera apretado las clavijas hasta derribar a Franco, y lo intentó, pero Londres se opuso. Se intercambiaron un gran número de telegramas en los primeros meses de 1944 porque no llegaban a ponerse de acuerdo. Los americanos abogaban por imponerse y no por negociar con España. Era un secreto a voces, lo que querían los americanos era derrocar el régimen, que era visto como un régimen franquista”, explica el mismo escritor.

Tanto la postura como las medidas que se tomaron en España inspiraron pocas confianzas en los Aliados. Una muestra se encuentra en la crisis del wolframio, consecuencia directa del apoyo incondicional de Franco a Hitler, que dio cobijo en el territorio peninsular a los nazis fugitivos y dejó operar a las fuerzas aéreas del III Reich. “Alemania siempre tuvo carta blanca en España. Todo lo que fue posible lo hizo. Para Franco, la amistad con Hitler era una cuestión inamovible, a pesar del acuerdo de mayo de 1944, cuando se obligó a que España interrumpiera los envíos de wolframio a Alemania o que se cortara el espionaje alemán en España“, detalla.

Pero el caudillo no hizo caso. “Lo que ocurrió es que los agentes alemanes siguieron operando, que cada expulsión no se decretaba tal cual sino que se trataba con la embajada alemana, que era la encargada de pedirle a los agentes que se volvieran a Alemania y los reemplazaba por otros, incluso los vuelos de Lufthansa continuaron hasta 1945. España siempre siguió atendiendo los intereses del Reich”.

El engaño de Franco

Dichos intereses demostraban esa idea algo equívoca que mantenía Franco sobre el poder de Alemania en la contienda. “Estaba convencido de que el Eje iba a ganar la guerra, no obstante, Franco veía su propia debilidad. Un país que estaba devastado por la guerra y que, además, tenía fracciones dentro de su propio régimen, con una sección importante que era germanófila, que también admiraba a Mussolini, y otros que defendían a Inglaterra como un país de referencia. El régimen de Franco quería ser el último amigo del Reich para luego después de la Guerra Mundial poder ser el primer amigo de esta nueva Alemania. Franco salió engañado. Estaba convencido que cuando acabase la guerra comenzaría la siguiente contra la Unión Soviética”.

Acciones que molestaron a Churchill y a Roosevelt, pero que no afectaron a la continuidad del dictador. “La actitud apaciguadora” de los británicos y la debilidad de las fuerzas opositoras de la dictadura no favorecieron el cambio de sistema político.

Una renovación que según el historiador se podría haber logrado. “Creo que sí que se podría haber hecho. Londres, Washington, los monárquicos y muchos sectores en España que colaboraban con el régimen, pensaban que la restauración de la monarquía era factible, que iba a ocurrir. Entre 1944-1945 existía el convencimiento de que tarde o temprano aquí se lograría y era de esperar una transición pacífica”.

El peso de las fuerzas externas era tal, que incluso las decisiones internas y el papel de los políticos españoles dependían de las valoraciones que les hacían, como ocurrió con el ministro de Asuntos Exteriores, Francisco Gómez-Jordana. “El embajador británico intentó mover a Jordana para que se opusiera a Franco, para promover la restauración, y lo primero que hizo Jordana el 30 de junio de 1944 fue ir a ver al Generalísimo. Él quiso mantener, preservar, lo que consideraba que eran los intereses nacionales españoles. Pero desde mi punto de vista la diplomacia española jugaba bien poco, porque las decisiones se tomaban sin que España entrara en consideración“.

«I-span-ya», el misterioso origen de la palabra España y el nombre de otros países europeos


ABC.es

  • ¿Sabes de dónde proviene el término Grecia? ¿Y San Marino? La mayoría de regiones cuentan con un enigmático pasado

 

16131-Portugal

El origen del término «Portugal» desconcierta a los historiadores desde hace décadas. De hecho, existen múltiples teorías sobre el término del que proviene. Entre ellas, la más mitológica afirma que hay que dar las gracias por este término a Túbal, nieto de Noé. Un personaje que habría fundado la ciudad de Setúbal y, en palabras de algunos historiadores, también la región de Portugal. Con todo, estaq teoría no es considerada más que una mera leyenda. También se afirma que el país pudo tomar su nombre de Porto, una ciudad levantada por el conde Enrique de Borgoña en la región.

Por su parte, el historiador español Juan Cortada hace referencia en su obra «Historia de Portugal: desde los tiempos más remotos hasta 1839» a la posibilidad de que el nombre hubiese sido dado por los galos. Este pueblo, después de desembarcar en la actual Oporto, habría denominado a la zona «Portus Gallorum», vocablo que evolucionaría felizmente hasta el topónimo actual. A su vez, el experto recoge en su obra una teoría que afirma que, cerca del Duero, se edificó una ciudad llamada Cale y, a continuación, un puerto contiguo (Portus). La unión de los dos habría dado como resultado «PortusCale» y, por consiguiente, Portugal.

2-Austria

El origen del término hay que buscarlo en los albores del idioma alemán (el conocido como «Alto alemán antiguo»). Allá por el año 996, el emperador Otón III ordenó elaborar un documento que especificara qué área debía gobernar Enrique I, más conocido por ser el Conde de Babenberg. En dicho texto se refirió a la región que abarcaría el futuro país como «Ostarrichi», cuyo significado es «dominio oriental». Con los años, esta palabra evolucionó hasta convertirse en «Österreich» (de «Öst» -este- y «Reich» -reino o imperio-). Término que, actualmente, se corresponde con la traducción alemana de Austria. Años después, «Öst» se latinizó erróneamente como «austro» o «auster» (austral), lo que derivó en el nacimiento definitivo del topónimo.

«Öst» se latinizó erróneamente como «austro» o «auster» (austral), lo que derivó en el nacimiento definitivo del topónimo

Si quisiéramos remontarnos todavía más atrás en el tiempo, habría que decir que existen varias teorías sobre el origen de «Ostarrichi». Las más extendidas afirman que proviene del término «Marcha Orientalis», el nombre con el que se denominó a la marca que dividía el Sacro Imperio Romano Germánico de Hungría. Sin embargo, y tal y como afirma la embajada de este país, el historiador austríaco Friefrich Heer es partidario de que este término nació hace más de cuatro milenios en una zona cercana ocupada por los celtas. Estos habrían llamado a la zona «Norig» (significando «No» oriental y «Rig», reino). «Rig», por su parte, habría derivado posteriormente en Reich (o un vocablo primitivo similar), lo que habría resultado en «Ostarrichi».

3-Irlanda

El origen del nombre de esta región parece estar más claro que otros pertenecientes a la Unión Europea. La primera teoría del mismo, según afirma el historiador del S.XVI Geoffrey Keating en su obra «Foras Feasa ar Éirinn» («Fundación del conocimiento en Irlanda»), es que Irlanda es el decimotercer nombre que pusieron a esta isla los escitas milesios (una de las tres civilizaciones que poblaron la zona en sus más antiguos orígenes). «El primer hijo de Mil enterrado en el suelo de la isla sería Ir [Eire], de quien la isla recibiría su nombre: Ir-fond (“Ir-tierra”)», explica Ramón Sainero, director del Instituto de Estudios Celtas, en el «Diccionario Akal de mitología celta». Con los años, «fond» pasó a convertirse en «land» debido a la llegada del inglés, lo que hizo que esta civilización adoptase este nombre.

Otra teoría explica que Irlanda proviene de «Éire», el nombre oficial del país según su constitución. Este término provendría de «Ériu», y se corresponde con la forma en la que llamaban a la isla parte de sus habitantes en la Edad Media. Dicho vocablo deriva, a su vez, de «Iwerju» (cuyo significado es «fértil», según explica el filólogo Francisco Cortés en su obra «DIC MIHI, MVSA, VIRVM: Homenaje al profesor Antonio López Eire»). Añadiendo a esta sílaba la terminación «land», habría nacido el nombre de este país.

4-Francia

El nombre de la tierra que habitan a día de hoy los galos tiene un origen latino. Concretamente, su significado es el de «tierra de francos» por ser ellos los que se asentaron en esta zona.

Pero… ¿De donde provine el término francos? En este punto es necesario señalar que existen varias teorías. El humanista español del S.XIX Pedro Felipe Monlau fue partidario, por ejemplo, de que el sustantivo hace referencia a los pueblos germanos que, allá por el siglo V, se levantaron en armas contra los romanos y se asentaron en la Galia. Estos grupos, de diferentes tribus a pesar de hallarse todos territorialmente en la actual Alemania, habrían decidido denominarse francos de forma común. «La palabra franco proviene del latín francus o de la voz germánica franck y significa libre e independiente», explica el experto en su obra «Diccionario etimológico de la lengua castellana».

«Tomaron el nombre de francos, que en lengua germánica lo mismo que en muchas otras significa hombres independientes»

El pedagogo Vicenç Joaquín Bastús i Carrera opina de forma similar: «Tomaron el nombre de francos, que en lengua germánica lo mismo que en muchas otras significa hombres independientes». Sin embargo, este autor señala específicamente en su texto que esta afirmación no está, a día de hoy, comprobada totalmente. Existe también una segunda teoría partidaria de que este nombre podría derivar del hacha «francisca», un arma presuntamente utilizada por los francos de forma generalizada durante sus andanzas por la nueva Galia. A día de hoy, en cambio, se desconoce qué fue primero, si el utensilio para quitar vidas, o el pueblo.

5-San Marino

El origen de la república más antigua del mundo está ligado de forma indiscutible a la del religioso que porta su nombre. Según determina el prelado de la iglesia católica Servílio Conti en su obra «El santo del día», existen pocos datos sobre la vida real del santo. Los mismos nos dicen que este personaje nació en Dalmacia allá por el año 257. Picapedrero de profesión, viajó hasta Rímini (una ciudad del norte de Italia) donde participó, junto a un amigo, en la construcción de sus murallas. Unos 13 años después, y cuando era ya un modélico cristiano, Marino tuvo que marcharse hasta el monte Titano (en la actual San Marino) debido, según se cree, a la fuerte persecución religiosa.

En los siguientes meses se dedicó a la oración y a la vida religiosa. Así, hasta que terminó la persecución que el Emperador Diocleciano había iniciado contra los cristianos. «El obispo de Rímini, Gaudencio, reconoció entonces las virtudes de Marino y de su compañero […] y los ordenó diáconos», añade el autor. En lugar de marcharse a otra zona a predicar como hizo su amigo, nuestro protagonista volvió al monte Titano, donde edificó una iglesia dedicada a San Pedro y, con el tiempo, formó una comunidad monástica. Se dice que acabó sus días un 3 de septiembre del año 366, décadas después de que -en el 301- el pueblo le adorara tanto como para poner su nombre a la región. Sin embargo, esta fecha es todo un misterio. Eso sí, el país celebra ese mismo día y ese mismo mes su fiesta nacional y religiosa más destacada.

6-España

La palabra «Hispania» (la romanización de España) tiene su origen en la denominación que servía a la civilización romana para el conjunto de la Península Ibérica, y cuyo significado vinculaban los escritores latinos a «tierra de conejos». Entre ellos Plinio «El Viejo», Catón «El Viejo» y Catulo, quienes citaban las tierras ibéricas como un lugar repleto de conejos, más concretamente de damanes (unos mamíferos parecidos al conejo y muy comunes en África).

La teoría más aceptada en la actualidad sugiere que «I-span-ya» se traduce como tierra donde se forjan metales

No obstante, la raíz no latina de «Hispania» ha llevado a los historiadores a plantearse que su origen puede ser anterior a los romanos, procediendo en realidad de la denominación fenicia «I-span-ya». Pero, ¿qué significa esta palabra? El misterio está servido. Según expuso Cándido María Trigueros en 1767, el término podría significar «tierra del norte», aduciendo que los fenicios habían descubierto la costa de «Hispania» bordeando la costa africana, y ésta les quedaba al norte. Así, «spn» («sphan» en hebreo y arameo) significaría en fenicio «el norte».

En cualquier caso, la teoría más aceptada en la actualidad sugiere que «I-span-ya» se traduce como tierra donde se forjan metales, ya que «spy» en fenicio (raíz de la palabra «span») significa batir metales. Detrás de esta hipótesis de reciente creación se encuentra Jesús Luis Cunchillos y José Ángel Zamora, expertos en filología semítica del CSIC, quienes realizaron un estudio filológico comparativo entre varias lenguas semitas y determinaron que el nombre tiene su origen en la enorme fama de las minas de oro de la Península Ibérica.

7-Grecia

Lo primero que hay que entender sobre el caso griego es que los propios griegos se han designado históricamente como helenos, siendo hoy el nombre oficial del país: la República Helénica. Los filólogos no se ponen de acuerdo sobre la etimología de esta palabra. Entre las posibles teorías está la de que pudiera proceder de sal («rezar»), ell («montañoso»), sel («iluminar») o de una ciudad denominada «Hellás», próxima al río Esperqueo, que todavía se conoce por ese nombre. No existen así los términos «Grecia» o «griegos» en la lengua de esta nación.

Fueron los romanos los que designaron al país como «Graecia», que literalmente significa «la tierra de los griegos». El origen de esta palabra griega está en «Graikós», cuya etimología podría derivar de el nombre de una tribu de Beocia que emigró a Italia en el siglo VIII a. C. Homero recogió a las fuerzas de Beocia dentro de la enumeración de naves que realizó en la «Iliada», donde hace referencia a una ciudad de esta tribu llamada Grea. El contacto de varios colones procedentes de esta tribu con Italia hizo que los romanos generalizasen la denominación a todas las tribus helénicas.

8-Italia

La mayoría de los nombres de países europeos proceden de denominaciones asignadas durante el proceso de conquista y colonización llevada a cabo por los romanos. Lo curioso es que la palabra Italia deriva, al menos según la hipótesis planteada por primera vez por el arqueólogo Domenico Romanelli, de una colonia griega en el Brucio (actual Calabria), la de los italos, que en griego antiguo hacía mención al toro joven. De esta forma, cuando concluyó la hegemonía de los rasena en Italia y comenzó la romana, los pueblos peninsulares se coaligaron contra la incipiente potencia romana y adoptaron como emblema al toro «vitalos», llamándose a partir de entonces italos como se constata en la numismática de esa época.

El filólogo Giovanni Semerano llevó el origen del nombre Italia al acadio, de modo que derivaría de «Atalu», que significaría «tierra del crepúsculo»

Pero no es la única teoría. El filólogo Giovanni Semerano llevó el origen del nombre Italia al acadio (lengua de origen semítica), de modo que derivaría de «Atalu», que significaría «tierra del crepúsculo», es decir, donde el sol cae. Tesis frecuentemente criticada por el mundo académico italiano, pero favorablemente recibida en el extranjero y por intelectuales como Umberto Galimberti.

9-Bélgica

La primera vez que aparece mencionada la palabra Bélgica es en «Los Comentarios sobre la guerra de las Galias», de Julio César. En dicho libro, el conquistador romano dividía toda la Galia en tres partes: los galos, los aquitanos y los belgas. Estos últimos estaban separados de los galos por los ríos Sena y Marne. No en vano, la actual Bélgica tiene poco que ver con estas antiguas separaciones tribales y con las posteriores provincias romanas que se establecieron en este territorio. De hecho, el término de Bélgica casi desapareció por completo después de las invasiones bárbaras. Volvieron a usarse en la segunda mitad del siglo IX, después de la escisión del Imperio de Carlomagno y la creación de la Lotaringia. Los clérigos de entonces recuperaron la palabra Bélgica para designar el territorio situado entre la Galia de Carlos «El Calvo» y la Germania de Luis «El Germánico».

El nombre «Belgae» podría provenir del protocelta «belo» («brillante»), que también es el origen etimológico de báltico. O, según el análisis de la palabra belga, «bel-» significaría redondo o inflado, véase «balón», en el sentido figurativo de alianza y «-ga» («guerrero» en galo). Así, «bel-gae» significaría «guerreros de la alianza».

10-Inglaterra

Cuando la parte sur de Gran Bretaña fue invadida por pueblos celtas y pueblos germánicos, los francos designaron con el nombre latino de «Anglae terra» («Tierra de los anglos») a la zona sureste de Britania, controlada por la tribu de los anglos, que más tarde pasó a utilizarse también en la mayor parte de Europa. La palabra derivó en «England», españolizada como Inglaterra.

Los francos designaron con el nombre latino de «Anglae terra» («Tierra de los anglos») a la zona sureste de Britania

Pero, ¿de dónde viene la palabra anglo? El nombre de los anglos se registró por primera vez en forma latinizada como «Anglii». Se cree que deriva del nombre de la zona que habitaban originalmente: «Anglia» en alemán moderno, «Ángel» en danés. A través de este nombre, se ha planteado la hipótesis de que su raíz germánica signifique «estrecho», haciendo referencia al estrecho del mar Báltico en Schleswig-Holstein, en el norte de Alemania.

 

Hallazgos descubiertos en España en los últimos años


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Un yacimiento arqueológico (del francés gisement; también denominado asentamiento, zona o sitio arqueológico) es una concentración de restos arqueológicos (materiales, estructuras y restos medioambientales). En él podemos encontrar una concentración de restos de actividad humana y está constituido por la presencia de artefactos, elementos estructurales, suelos de ocupación y otra serie de anomalías. Estos restos se pueden encontrar mediante una mera prospección de superficie o, si el asentamiento ha sido enterrado, con una prospección de subsuelo.

momia

Desde 2007 en este blog nos hacemos eco de hallazgos arqueológicos descubiertos por todos el mundo. En los próximos días vamos a ir publicando los hallazgos por zonas geográficas.

Empezamos hoy con todas las noticias que hemos publicado desde 2007 de hallazgos en España, espero que os guste.

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Clasificaciones de yacimientos

Los yacimientos arqueológicos se clasifican atendiendo a ciertos criterios:

  • Cronológico: según las grandes etapas culturales con fases y periodos: paleolítico, neolítico, mesolítico… También en relación a las culturas: Sumeria, Acad, Egipto, Grecia, etc…
  • Funcional: Se distinguen los de hábitat y las necrópolis. En los de hábitat se realizan las actividades comunitarias como comer y relacionarse. Al principio apenas dejan huellas (huesos, útiles, ceniza), pero con la evolución se hace más complejo (tiendas con ramas). Con la urbanización el nivel de complejidad es enorme y se diversifica: urbano, rural, concentrado y diverso. Las necrópolis: rendían culto a los difuntos, al principio son simples fosas que se hacen más complejas; hay enterramientos de incineración o inhumación, colectivos o individuales.
  • Tipológico: según su situación topográfica: al aire libre, en cueva, valle…
  • Duración: temporal, estacional, fijo o no.

Tipos de actuaciones en yacimientos

La normativa española (Reglamento de Actividades Arqueológicas), establece seis tipos de actividades en yacimientos arqueológicos, que necesitan autorización

Excavación arqueológica

Puede ser tanto terrestre como subacuática, entendida como la remoción de tierra y el análisis de estructuras realizados con metodología científica, destinada a descubrir e investigar toda clase de restos históricos o paleontológicos, así como los componentes geomorfológicos relacionados con ellos.

Prospección arqueológica

Es la explotación superficial y sistemática realizada con metodología científica, tanto terrestre como subacuática, dirigida al estudio, investigación o detección de vestigios arqueológicos o paleontológicos.

Historia

Se empieza a practicar en los años 30 del s. XX como utilidad para conocer el patrimonio nacional. Es menos lenta y costosa y nos permite recoger mucha información con poco esfuerzo y dinero. En España se comienza entre 1930-1940 para conocer el patrimonio de cada provincia. Blas Taracena hace la primera carta arqueológica en Soria, más tarde se harán en Barcelona, Valladolid…

En Europa ocurre algo parecido, como investigación se desarrolla en los 60 ya de forma sistemática. Se recorrían territorios de forma organizada estudiando los mapas y realizando encuestas. A partir de los 80 se perfeccionan los métodos y no se prospecta libremente, a parte de ser planificada.

Intervenciones en arte rupestre

Incluye la reproducción y estudio directo de arte rupestre, entendidos como el conjunto de trabajos de campo orientados a la investigación, documentación gráfica o, excepcionalmente, cualquier tipo de manipulación o contacto con el soporte de los motivos figurados.