Tag Archive: Reyes Católicos



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  • «Dentro de dos años se cumplirán cinco siglos del viaje de Magallanes-Elcano. ¿No sería ya tiempo de que el Estado español, presidido felizmente por otro Rey universalista, S.M. Felipe VI, tomara las riendas de una conmemoración ineludible? Sería un error dejar pasar este gran logro»

Tras un largo proceso de sucesión prematura y complicada, el Rey Carlos I de España, nieto de los Reyes Católicos y del Emperador Maximiliano de Habsburgo, Duque de Borgoña, Rey de Nápoles, Sicilia y Cerdeña e hijo de la Reina Juana, incapacitada por su propio padre, es declarado heredero de los reinos de Castilla y Aragón, junto con su madre que a partir de entonces reinaría sólo de forma nominal. En 1517, al año de la muerte de su abuelo Fernando, el nuevo monarca desembarcó en Villaviciosa con una escuadra de cuarenta navíos que lo había transportado desde Flandes. Una situación complicada se le presentaba al nuevo Monarca de cuya llegada a suelo español se cumple este mismo año el V Centenario.

Sin apenas hablar castellano, rodeado de asesores flamencos y españoles que tenían proyectos distintos y encontrados, con dificultades para jurar en las Cortes de Castilla y Aragón, el joven rey, cosmopolita y decidido, se encandiló con un difícil proyecto que le llegó de la mano de un portugués fuerte y adusto que había renegado de Portugal por haber sido despreciado por su Rey y que había llegado a Sevilla buscando amparo para llevar adelante la aventura que se proponía, que no era otra que el descubrimiento del ansiado y buscado paso desde el Atlántico a la tierra de las codiciadas especias a través del Mar del Sur del que unos años antes se había posesionado Vasco Núñez de Balboa en nombre de la reina Juana. Una labor en la que habían fracasado desde el mismo Colón, el “iluminado” también rechazado por Portugal, a los más avezados marinos que siguieron intentándolo y del que otro extranjero aseguraba conocer el secreto.

Con una rapidez inusitada inversamente proporcional a la marcha ordinaria de los asuntos oficiales del país, el 22 de Marzo de 1518, apenas seis meses después de su llegada, el joven Carlos, en nombre de su madre incapacitada, firma una Capitulación con el solemne “Yo el Rey”, a favor de Fernando de Magallanes y su socio, Ruy Faleiro, astrónomo y cartógrafo, autor intelectual del proyecto del que Magallanes con su experiencia náutica sería el autor material. Una Capitulación que sin ser tan amplia y generosa como las Capitulaciones colombinas, mantenía, sin embargo, similares características: era una empresa estatal de cuyos beneficios los dos socios se llevarían una vigésima parte, no se permitiría a ningún otro que navegara por los territorios por ellos descubiertos en un plazo de diez años y si descubrían más de seis islas les sería concedido el título de adelantados o gobernadores para ellos y para sus hijos y herederos. El hecho de que en la flota fueran un factor real, un tesorero y un veedor, no limitaba la capacidad de mando del capitán que comandaba una de las de cinco naves que el Rey se comprometió a equipar de tripulación, víveres y artillería para dos años de viaje, empeñando en ello “su honor y su real palabra”.

Le faltó muy poco para alcanzar las Molucas, pero las dos naves que aún quedaban sí que lo consiguieron; y una de ellas, esta vez al mando de un español, Juan Sebastián Elcano, fue el que consiguió lo más importante del viaje: volver al punto de partida

Estos dos portugueses, a los que los suyos consideraron traidores, fueron siempre leales a la confianza que el Rey español había depositado en ellos e hicieron honor a su palabra empeñada, tal como aparece reflejado en el comienzo de esta Capitulación que cambió el mundo: «Pues que vosotros, Hernando de Magallanes, caballero, natural del reino de Portugal, y el licenciado Ruy Faleiro, del mismo reino, estáis dispuestos a prestar a Nos un gran servicio dentro de los límites que a Nos pertenecen en la parte de océano que nos fue adjudicada, ordenamos que, al efecto, sea puesto en vigor el siguiente pacto…» Una vez más, la Corona española prestó apoyo al sueño que parecía imposible de otro extranjero que le daría la universalidad de la que disfrutó durante más de tres siglos.Las consecuencias de esta Capitulación es por todos conocida. Una expedición con cinco pequeños navíos que partió del puerto de Sevilla en Agosto de 1519, cuya marinería tuvo que ser reclutada con hombres de todas las naciones que pululaban por aquella Babilonia en la que se había convertido la ciudad desde que comenzó la navegación a través del Atlántico, que recorrió miles de kilómetros por parajes helados y desiertos, que cruzó por un estrecho que aún hoy es difícil navegar y que consiguió atravesar el inmenso mar que ellos llamaron Pacífico, a través del que consiguieron llegar al archipiélago de las Marianas, probablemente a la isla de Guam. Siguieron hasta Filipinas donde visitaron varias islas y permanecieron cierto tiempo en buena relación con sus habitantes, hasta que Magallanes, siempre fiel a D. Carlos, por ratificar la posesión de ellas en su nombre, se enredó en una imprudente escaramuza, totalmente impropio de su precavido carácter, en la isla de Mactán donde murió asaeteado por los indios. Le faltó muy poco para alcanzar las Molucas a lo que se había comprometido, pero las dos naves que aún quedaban de las cinco que partieron sí que lo consiguieron; y una de ellas, la Victoria, esta vez al mando de un español natural de Guetaria, Juan Sebastián Elcano, fue el que consiguió lo más importante del viaje: volver al punto de partida tres años después, en Septiembre de 1522, en un periplo de ruta ya conocida pero más peligrosa que la que habían dejado atrás por la continua persecución de los portugueses que se consideraban invadidos en sus territorios. Por vez primera se había dado la vuelta al mundo y se había demostrado empíricamente su redondez.

Elcano se dio perfectamente cuenta de su hazaña, porque en una breve carta que le escribe al Emperador desde Sanlúcar de Barrameda, nada más desembarcar, no resalta como su mayor mérito el haber llegado cargado de las codiciadas especias, cuyo costo compensaba con creces la inversión que se había hecho para la expedición, ni las tierras descubiertas, ni las aventuras que llevaron a cabo, ni las calamidades sufridas. Era muy consciente de que su mayor mérito estaba en haber circunnavegado el globo por primera vez. Y así era verdaderamente.

Todos los honores que le negaron los cronistas del viaje, sobre todo Pigafeta, amigo de Magallanes que prácticamente lo ignora, o su principal biógrafo Stephan Zweig, que ensalza las virtudes de Magallanes hasta la exageración y casi no menciona a Elcano, se los concedió el flamante Emperador. No sólo lo premió con una renta anual de 500 ducados en oro sino con algo que en la época era tan apetecido y valioso: un escudo de armas en el cual estaba bordada una esfera del mundo a la que acompañaba como lema una leyenda en latín: Primus circumdedisti me que, desde principios del siglo XX, está grabado en un bergantín, el buque escuela de la Armada española que lleva su nombre.

A partir de entonces nada fue igual. Carlos I fue nombrado, en 1521, Emperador del Sacro Imperio Romano-Germánico, paradójicamente el mismo año en el que Magallanes moría en Filipinas por ampliar su imperio hasta el otro extremo del mundo en un epopéyico viaje del que sólo volvieron 18 hombres al mando de un español. Ellos consiguieron culminar el sueño de un gran hombre y la gran empresa de un Rey, convertido en Emperador del Mundo.

La Real Academia de la Historia inaugura el 21 de Abril, un ciclo de siete Conferencias titulado “De Fernando el Católico a Carlos V 1504-1521”, que se completará con otro posterior para homenajear este año el inicio de este reinado. La última de las conferencias de este primer ciclo se dedica al descubrimiento de los dos grandes océanos que culmina la expedición Magallanes-Elcano, de cuyo viaje también se cumplirán cinco siglos dentro de dos años. ¿No sería ya tiempo de que el Estado español, presidido felizmente por otro Rey universalista, S. M Felipe VI, tomara las riendas de una conmemoración ineludible y se pusiera al frente de una comisión estatal que aglutinara todo lo que se está preparando en algunas partes de España y del mundo, para celebrar una hazaña universal que fue la primera gran empresa que tomó a su cargo Carlos I y que cambió la faz del planeta?

Pienso que seria un gran error dejar pasar desapercibido uno de los más grandes logros de nuestra rica Historia y que queda muy poco tiempo para evitar que esto ocurra.

Enriqueta Vilar Vilar es miembro de la Real Academia de la Historia


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  • Esta imagen del nazareno del s.XV habría acompañado a los Reyes Católicos en la Reconquista, según la tradición. Un historiador abulense lo cuestiona

 

 El Cristo de las Batallas se conserva en el convento de Mosén Rubí de Ávila - HERMANDAD DEL CRISTO DE LAS BATALLAS

El Cristo de las Batallas se conserva en el convento de Mosén Rubí de Ávila – HERMANDAD DEL CRISTO DE LAS BATALLAS

A las dos de la madrugada del Jueves Santo y en sobrecogedor silencio, el Cristo de las Batallas sale del convento de Mosén Rubí para recorrer las calles de Ávila a la luz de las antorchas. No hay una imagen que se asemeje a este misterioso Cristo nazareno, de apenas 50 centímetros de altura, que según la tradición habría acompañado a los Reyes Católicos en cuantas batallas libraron. De ahí su nombre.

La leyenda y los milagros que de él se cuentan habrían comenzado en una campaña de Isabel y Fernando, en la que «invocando como suelen los españoles al Apóstol Santiago, respondió el Santo Christo que no era necesario estando él allí y en señal de esto le quedó la voca abierta y se le ben los dientes, lengua y el cielo de la voca (sic)», según recoge un escrito que se conserva en el convento de las madres dominicas que custodia el Cristo de las Batallas desde 1866.

A la capilla de Mosén Rubí de Bracamonte lo llevaron las monjas cuando se trasladaron desde el Convento de Santa Cruz de la Magdalena, en Aldeanueva de Santa Cruz. Las crónicas del cenobio, escritas a partir del siglo XVII, indican que «entre las mercedes que los Reyes Cathólicos hicieron a esta venerable mujer (sor María de Santo Domingo, primera priora del convento) la más principal fue darla el Santo Christo que este convento tiene en tanta veneración y estima por los muchos milagros que a obrado y obra (sic)».

Sin embargo, la primera referencia documental del Cristo, en el manuscrito «Grandeça, antiguedad y nobleça del Barco de Ávila y su origen» de Luis Álvarez (inicios del s.XVII), nada dice de los Reyes Católicos cuando se refiere al «sanctissimo Cristo (…) tan milagroso que vienen de infinitas partes en rromeria», al que le faltaban tres dedos de la mano derecha.

David Sánchez estudió minuciosamente el Cristo de las Batallas y su historia, como trabajo final del Master de Estudios Avanzados en Historia del Arte que realizó en la Universidad de Salamanca. «Es complicado que estuviera relacionado con la reina Isabel, por incompatibilidad de fechas», afirma. Isabel la Católica falleció en 1504, antes de la construcción del convento.

Fernando el Católico sí conoció personalmente a Sor María de Santo Domingo en Burgos, en el invierno de 1508. La primera priora, llamada «Beata de Piedrahíta», inició un proceso de renovación dominica que la enemistó con la jerarquía de la Orden. Sánchez relata que sufría visiones místicas y que su actuación al margen de la regla le acarreó hasta cuatro procesos de la Inquisición que se resolvieron favorablemente gracias a la intervención del rey Fernando el Católico, el cardenal Francisco Jiménez de Cisneros y de don Fadrique Álvarez de Toledo y Quiñones, II duque de Alba, promotor del convento.

«Existe un privilegio que podemos vincular directamente con la relación que existió entre sor María y Fernando de Aragón, una limosna vitalicia otorgada por el rey Católico de cien ducados anuales destinados al cenobio», un pago que se mantuvo hasta el reinado de Fernando VII.

¿Donó Fernando de Aragón a sor María el Cristo de las Batallas? «Es posible», responde Sánchez.

Una pieza única del Quattrocento

El origen italiano de la pieza podría respaldar esta hipótesis. Desde el punto de vista artístico, «es una pieza única en toda España», destaca Sánchez. Tanto por haber sido realizada en barro cocido (una técnica atípica en Castilla y en general en toda la Península), como por sus características estéticas, el historiador abulense vincula este pequeño busto con la escuela florentina de la segunda mitad del siglo XV.

Sánchez tiene «dudas muy serias» de que perteneciera al taller de Lucca Della Robbia, como conjeturó el sacerdote Juan Manuel Aranda tras restaurar la pieza en 1996. «Aunque existen muchas similitudes en su apariencia formal, Lucca Della Robbia cubría el barro cocido con cerámica blanca y en el Cristo de las Batallas no hay ningún resto que lleve a pensar en que hubiera estado revestida», argumenta.

Por sus dimensiones y detalles como la hendidura que tiene la escultura en la parte de atrás de la cabeza para ser transportada, el Cristo de las Batallas habría sido concebida como una pieza devocional para un oratorio privado. ¿De quién? ¿A quién perteneció?

«La aceptación de los modelos renacentistas fue especialmente notable en Fernando durante la última etapa de su vida, tras la muerte de Isabel y su matrimonio con Germana de Foix, cuando se rodeó de algunos personajes de inclinación humanística y proclives a la promoción del arte italiano», explica Sánchez, que recuerda además la estancia de Fernando de Aragón en Nápoles en 1507, donde pudo recibir regalos y adquirir algunas piezas.

El contacto de Sor María con distinguidos miembros de la nobleza, como el cardenal Cisneros o el duque de Alba, también habría permitido que llegaran al convento de Aldeanueva obsequios suyos. Además otro de sus benefactores, el padre Juan de Azcona, peregrinó a Roma y según los documentos de Mosén Rubí trajo presentes a las dominicas, como una reliquia de Santa Catalina de Siena.

«La escultura llegó al convento en su época de mayor auge, entre los primeros años de su fundación y mediados del siglo XVI», sostiene el investigador del Cristo de las Batallas que si bien desmonta la leyenda, relaciona la figura «con personajes muy relevantes de la época».

Excombatientes de la Guerra Civil fundaron en 1952 la Hermandad del Cristo de las Batallas, dando a conocer esta imagen que llevan a hombros para evitar que el traqueteo por las empedradas calles deteriore la escultura. Así fue cómo esta histórica pieza se convirtió en paso procesional, pese a su pequeño tamaño. Hoy alterna con una talla moderna de 1963, más acorde para una procesión de Semana Santa aunque sin el valor histórico y el misterio de su antecesor.

 


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  • Los cristianos tenían la superioridad numérica de su lado, pero las características del terreno alargaron una guerra de asedios y escaramuzas durante seis años. El débil Boabdil fue el mejor apoyo para los monarcas

 

 La rendición de Granada, por Francisco Pradilla - Museo del Prado

La rendición de Granada, por Francisco Pradilla – Museo del Prado

Granada se había convertido en los albores de la Edad Moderna en el último reducto musulmán de la Península ibérica. Pospuesta durante los inestables reinados de Juan II y Enrique IV, la conquista de Granada se situó como prioritaria para los Reyes Católicos, arquitectos de lo que pretendía ser la España moderna. Isabel y Fernando habían crecido bajo la amenaza que suponía el auge del Imperio otomano, que en 1453 logró la caída de Constantinopla, y no estaban dispuestos a tolerar el desafío de Muley Hacén, el emir de Granada, que durante este periodo se apoderó de varios bastiones en la frontera cristiana y dejó de pagar el tributo estipulado con los cristianos. Con la toma de estos bastiones, entre ellos Zahara, esclavizó y exterminó a los defensores. La Europa cristiana iba, esta vez sí, a aceptar el duelo.

Al enterarse en Medina del Campo de la caída de Zahara, Fernando «El Católico» afirmó en voz alta: «Siento las muertes de cristianos, pero me alegro de poner en obra muy prestamente lo que teníamos en el pensamiento hacer».

El Papa Sixto VI apoyó la empresa militar instituyendo una Cruzada, a modo de asistencia financiera. La bula de Cruzada fue prorrogándose cada dos años hasta alcanzar en su último año, 1492, una recaudación de 500 millones de maravedíes. La nobleza, el alto clero y las comunidades judías aportaron la mayor parte de los fondos. Además, desde distintos países europeos llegaron importantes remesas económicas y, sobre todo, llegaron caballeros y aventureros alemanes, ingleses, borgoñones, alemanes… dispuestos a participar en la última Cruzada del Occidente cristiano. Tampoco era menor el apoyo popular que tenía la Empresa granadina en España. «Por donde quiera que iban, hombres, niños, mujeres, le salían al encuentro de todas partes por aquellos campos y les echaban mil bendiciones: llamábanlos amparo de España (…)», escribió el padre Mariana sobre el fervor popular que desataba el paso de las tropas.

Los cristianos tenían la superioridad numérica y la moral de su lado, pero las características del terreno alargaron una guerra de asedios y escaramuzas, sin grandes batallas en campo abierto, durante seis años. En este plazo de tiempo, los Reyes Católicos desarrollaron un dispositivo militar, una administración y un sistema de fiscalidad, cuya meta final era un Estado moderno que los reyes de la Casa de los Austrias emplearon posteriormente para lograr la hegemonía en Europa. Granada fue el inicio de ese sueño imperial.

«El Rey chico» sembró la discordia en Granada

La primera etapa de la guerra se desarrolló entre 1482 y 1484, donde la improvisación y las actuaciones aisladas de grandes nobles andaluces, entre ellos el Duque de Medina-Sidonia o el Conde de Cabra, hermano mayor de Gonzalo Fernández de Córdoba, marcaron el ritmo del conflicto. La suerte cristiana mejoró en la segunda etapa, porque los ejércitos de Isabel y Fernando aumentaron sus prestaciones y conquistaron los valles de Ronda, Loja, Marbella, Málaga, un puerto imprescindible para la recepción de suministros y refuerzos desde el Norte de África, y Baza. La otra noticia positiva para los cristianos en esas fechas fue la asociación de los Reyes con Boabdil, «El rey chico», que dividió todavía más al bando musulmán. En 1482 el emir Muley Hacén fue destronado así por su hijo Boabdil. A partir de entonces, Hacén y su hermano Ibn Sad, «El Zagal», se unieron para combatir a Boabdil, que había prometido a los Reyes Católicos entregar el reino en cuanto estuviera sentado en el trono y su tío, proclamado emir en 1485, hubiera muerto o salido del país.

Boabdil mantuvo en todo momento contactos secretos con los Reyes Católicos, muchos de ellos a través de su amigo y confidente Gonzalo Fernández de Córdoba, que adquirió gran protagonismo en la fase final del conflicto. Sin embargo, Boabdil era esclavo de sus circunstancias y su poder era demasiado precario como para salir con vida si rendía la ciudad sin combatir. Poco quedaba por entonces de la tan cacareada tolerancia entre musulmanes, cristianos y judíos, ni del esplendor cultural que había dado lugar a una de las ciudades más bellas de Occidente. Paulatinamente, la ciudad de Granada fue llenándose así de refugiados radicalizados que buscaban un último lugar donde resistir hasta la muerte.

Las acciones de 1490 demostraron lo precario de las defensas granadinas. Como relata José María Sánchez de Toca y Fernando Martínez Laínez en «El Gran Capitán» (EDAD, 2015), aquel invierno, Hernán Pérez del Pulgar, el de las Hañazas, entró de noche en Granada con 15 de los suyos, clavó con su daga el Avemaría en la puerta de la mezquita mayor y al salir incendió el mercado de la ciudad. A su vez, en esas mismas fechas fracasó el intento de liberar a los 7.000 cautivos cristianos que estaban encarcelados en las prisiones granadinas. La mayor parte murió de hambre durante el asedio.

Las capitulaciones incluían la promesa de que no habría castigo para los tornadizos, elches, y marranos refugiados

Para intensificar la presión sobre el emir, los Reyes Católicos comenzaron en el verano de 1491 la construcción del campamento de Santa Fe, construido de forma cuadricular frente a Granada, con la firme decisión de que solo lo levantarían tras la caída de la ciudad. No trajeron artillería pues en ningún caso pretendían destruir la ciudad. El 25 de noviembre de 1491, los Reyes firmaron con Boabdil el acuerdo definitivo para rendir la ciudad. Los monarcas se comprometían a respetar los bienes y las personas que vivían en Granada, a garantizar la libertad de culto, y que se siguiera empleando la ley coránica para dirimir conflictos entre musulmanes. Las capitulaciones, asimismo, incluían la promesa de que no habría castigo para los tornadizos, elches y marranos refugiados en Granada, a quienes se facilitaría el traslado al Norte de África. A cambio de este acuerdo tan benigno, «El Rey chico» consistió entregar Granada en un plazo de dos meses, una condición complicada de llevar a efecto a causa de la amenaza de un motín generalizado contra el último rey de Granada. Con el permiso del emir, una avanzada cristiana ocupó la Alhambra, adelantándose a cualquier reacción violenta del pueblo, lo que fue seguido por la entrega de la ciudad. Un cronista vasco describió aquel día como el que «redimió a España, incluso a toda Europa» de sus pecados.

El emir no lloró; se retiró a sus nuevas posesiones

En Roma, el final de la Cruzada fue celebrado con campanadas, encierros y corridas de toros. Los conquistadores recibieron la calificación de «atletas de Cristo», y los Reyes el título de «Católicos» con el que hoy son conocidos en los libros de Historia. No es casual por tanto que Isabel y Fernando eligieran Granada para el reposo de sus restos en la Capilla de los Reyes de la Catedral.

El 2 de enero de 1492 se escenificó la rendición en una ceremonia desprovista de humillaciones, como demuestra el hecho de que Boabdil no besara las manos de los Reyes. Entregó las llaves de la ciudad al Conde de Tendilla, Íñigo López de Mendoza, que sería el primer capitán general de la Alhambra. Según recoge la Crónica de los Reyes Católicos, Boabdil avanzó sobre su caballo de cara al enemigo que acampaba más allá de los muros de Granada y entonces un tropel de gentes famélicas, compuesto de madres gimiendo y niños «dando voces diciendo que no podrían sufrir el hambre; y que esta causa vendrían a desamparar la ciudad e irse al real de sus enemigos, por cuya causa la ciudad se tomaría y todos vendrían a ser cautivos y muertos». La rendición había sido la única salida posible. El último emir siguió viviendo en la Península, en un territorio asignado por los Reyes en las Alpujarras, pero al cabo de dieciocho meses cruzó el Estrecho para morir en Fez muchas décadas después.

Las condiciones firmadas por los Reyes fueron solo respetadas inicialmente. La población mudéjar pasó en poco tiempo a ser tratada con mayor firmeza a partir de la visita del nuevo confesor, el Cardenal Cisneros (1499). Como resultado, se obtuvo un incremento de las «conversiones», pero también una serie de desórdenes que se extendieron hasta avanzado el siglo XVI. Estos episodios, no en vano, fueron considerados como una ruptura de las condiciones de la capitulación por la parte islámica, con lo que, libres de toda cortapisa, los Reyes emitieron la Pragmática de 11 de febrero de 1502, que obligaba al bautismo o al exilio de los musulmanes

 


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  • Con motivo de la celebración del II Torneo de Combate Medieval repasamos cómo iban armados estos «carros de combate» del medievo
WiKIMEDIA Dos caballeros con armadura completa se enfrentan a lomos de sus monturas

WiKIMEDIA | Dos caballeros con armadura completa se enfrentan a lomos de sus monturas

En la actualidad, Hollywood ha logrado que la época medieval tenga cierto halo de misticismo. No es para menos, pues imaginarse a un caballero embutido en una armadura completa y dándose de mamporros contra decenas de enemigo con el objetivo de salvar a una dama encandila a cualquiera. Aunque esta imagen no es totalmente real (pues dichos jinetes no dedicaban su vida a rescatar doncellas en apuros, sino más bien a la guerra y a las armas) lo cierto es que sus creencias, así como la importancia que daban a elementos como la honra y la honestidad, han hecho que el mito de la caballería haya quedado grabado con letras de oro en las páginas de la Historia. Lo mismo sucede con la parte más representativa de su equipo: su indumentaria defensiva y sus armas. Dos elementos cuyo manejo y calidad podían significar la diferencia entre la vida y la muerte durante los siglos XIV y XV.

Puede que parezca que hoy en día el mundo de la caballería ha pasado a mejor vida. Sin embargo, está más de actualidad que nunca. Y es que, los próximos 10, 11 y 12 de octubre se celebrará en el Castillo de Belmonte (el mismo en el que el Marqués de Villena firmó con los Reyes Católicos la paz después de aliarse con los portugueses para evitar la ascensión de Isabel al trono) el II Torneo Internacional de Combate Medieval. Un campeonato en el que más de 300 contendientes se vestirán de arriba a abajo con una armadura igual a la que llevaban los caballeros medievales y se darán de mamporros en un torneo con reglas similares a las que tenían los que se celebraban hace seis siglos.

Para saber más: Desafío Belmonte 2015, tarifas y programa

Concretamente, este deporte trata de representar los combates que los caballeros realizaban a pie con todo tipo de armas (desde espadas hasta mazas) para ganar honor, alguna que otra moneda apostando y habilidad. «En España el combate medieval se practica aproximadamente desde hace dos años de forma oficial. A finales de 2014 se empezó a trabajar para hacer una selección nacional. Llevamos poco en comparación con los equipos de Europa del Este, que lo practican desde hace 20 años, pero tenemos muchas ganas» explica, en declaraciones a ABC, José Gil Perujo, recreador histórico, miembro de la Asociación española de esgrima antigua, y perteneciente también a uno de los equipos de este deporte de nuestro país. Todo ello será acompañado por un mercado de artesanía medieval y otras tantas actividades que incluirán la recreación de la vida en un campamento militar de aquellos oscuros años, halconera con 16 aves rapaces y exhibiciones para los más pequeños de la casa.

Los comienzos del caballero

Para entender la importancia de los hombres montados es necesario retroceder en el tiempo hasta el siglo VIII, época en la que el término «caballero» no era asociado todavía a noble. Y es que, aunque los jinetes habían existido como tal desde tiempos inmemoriales, fue durante ese tiempo cuando se generalizó en Europa el uso del estribo (una pieza en la que el jinete apoya el pie y le permite sujetarse sin manos a la silla de montar).

Aunque este elemento pueda parecer baladí, algo tan sencillo permitió a los caballeros cargarse de armaduras y armamento y convertirse en el auténtico terror de los soldados a pie. Esa sujeción fue perfeccionada posteriormente mediante diferentes elementos como sillas más profundas o arzones. «En los siglos IX y X estos progresos se extienden y favorecen el combate a caballo, con lanzas todavía cortas […] que se utilizan como venablos o armas de estocada», explican los historiadores especializados en la época medieval Jacques Le Goff y Jean-Claude Schmitt en su obra «Diccionario razonado del Oriente medieval».

Castillo de Belmonte

Castillo de Belmonte

Con el paso de los siglos, se perfeccionó la función del jinete mediante la creación de lanzas extremadamente largas (de unos cuatro a cinco metros) que el caballero usaba para atacar a sus enemigos mediante un método tan simple como efectivo. «El denominado “choque frontal” consistía en utilizar la lanza, que el jinete mantenía firmemente encajada bajo el brazo, en posición horizontal fija. Con este nuevo método la […] eficacia de la lanza ya no dependerá de la fuerza del brazo del guerrero, sino de la rapidez de su caballo. El jinete forma un bloque con su montura y ese “proyectil vivo” se aprovecha de todo el poder que le confiere el galope del caballo. La carga compacta de los caballeros […] adquiere una fuerza de penetración temible, capaz de desbaratar las líneas adversarias y de provocar el espanto», destacan los expertos.

La efectividad de estos «carros de combate» medievales (como son conocidos por múltiples historiadores) hacía que todos los mandameses de la época estuvieran ansiosos por contar con ellos. No obstante, era sumamente caro para los soldados poder mantener una montura y unas armas y armaduras como las que portaban los caballeros, por lo que esta práctica empezó a estar copada por las altas esferas de la sociedad de entonces, la nobleza.

Es quizá por eso por lo que ambos términos han llegado a la actualidad casi como sinónimos. Con todo, a día de hoy se desconoce por qué se acabó haciendo esta asociación entre ambos términos. «Ser caballero era algo mucho más importante que ser un simple soldado; un caballero debía personificar los principios de la caballería, debía ser un dechado de virtudes. El valor, la lealtad, la generosidad y la piedad eran sus principales vitales», explica Michael Prestwich en su obra «Caballero: el manual del guerrero medieval».

Tipos de caballeros desde el comiendo de la Edad Media

Esta evolución provocó, a su vez, que nacieran varios tipos de caballeros medievales desde el siglo XII atendiendo a la finalidad que tuvieran a la hora de repartir bofetones entre sus enemigos. En primer lugar se destacaban los «caballeros cubiertos», un título que se otorgaba de forma hereditaria y que -además de ser representativo de la alta nobleza- implicaba una serie de privilegios como no tener que quitarse el yelmo ante el monarca.

Los segundos eran los que pertenecían a las órdenes militares, aquellos que decidían tomar las armas como una profesión y dedicaban su vida a ello. Estos se correspondían con grupos de jinetes que se unían bajo una orden estratificada y de carácter marcial. La primera de ellas, y en la que estuvieron basadas el resto, fue la del Temple. «Obedecían a un maestre, seguían unas reglas y se comprometían a defender a los peregrinos por los caminos que llevaban a Jerusalén. […] Orden militar no es lo mismo que orden de caballería. Las sociedades occidentales han producido, en distintos momentos de su historia, «caballerías», órdenes de caballería, pero eran solo unidades», explica, en este caso, Alain Demurger en su obra «Caballeros de Cristo: templarios, hospitalarios, teutónicos y demás órdenes militares en la Edad Media».

Finalmente, el último tipo era el que estaba formado por los «caballeros andantes», los que vagaban por el mundo llevando a cabo buenas acciones de manera solitaria. «Inspirados por los ideales del amor cortés, ran siervos de una dama a quién debían fidelidad amorosa y a quién dirigían sus pensamientos más generosos y el mérito de sus hazañas. El caballero debía poseer virtudes propias y virtudes distintivas. Las propias eran la castidad, la generosidad, el sacrificio, la caridad…, aquellas virtudes que conformaban su personalidad y su espíritu», determinan Aurelio González y María Teresa Miaja en su obra «Introducción a la cultura medieval».

El equipo de un caballero de finales del siglo XIV

Debido a que al hablar de «caballero medieval» estamos haciendo referencia a un jinete que perduró durante más de cuatro siglos, es lógico pensar que su equipo fue evolucionando con el paso de los años. Sin embargo, las armas y armaduras más representativas de estos soldados son las que portaron a finales del siglo XIV y principios del XV. Y es que, son las más habituales en las películas.

Paños «menores»

Antes de ponerse la parafernalia defensiva, todo caballero que se preciara debía vestirse con una primera protección del cuerpo que se ubicaba encima del torso. Usualmente, todas estas prendas eran utilizadas para amortiguar los golpes y evitar que la armadura rozase directamente la piel.

1-Gambesón

El gambesón era un camisón de tela gruesa que evitaba que el frio metal pellizcase la piel de su portador. Solía estar fabricado de cuero, lana o lino. Estaba relleno de la parte más burda y barata de la lana o, si el portador contaba con unos buenos ahorros, de algodón. El más habitual era de grandes dimensiones que llegaba hasta las rodillas de manga larga, aunque también destacaban los de dos piezas o los de manga corta.

«A efectos prácticos era una colcha que amortiguaba los golpes que se daban sobre la armadura. Sin este elemento las placas rozarían la piel y serían sumamente molestas. Usualmente iban cosidas al gambesón varias piezas de cota de malla para evitar los golpes que se pudiera hacer a través de un hueco de la armadura», explica Gil Perujo a ABC.

2-Cofia

La cofia era la versión militar de la crespina, una prenda utilizada para proteger la parte superior de la cabeza. Era de tela y se fijaba a la cabeza mediante dos trozos de tiras de tela que se ataban en la parte inferior de la barbilla. «Estaba acolchada y servía para aislar el cuero cabelludo del roce del yelmo», explica el investigador y divulgador histórico Sebastián Roa en su obra «El ejército de Dios».

Armadura

La armadura del caballero del siglo XIV es uno de los elementos que ha hecho que esta época histórica haya perdurado en nuestras mentes. Y es que, además de ser espectacular, supuso una auténtica revolución que permitió a los jinetes ir cubiertos de arriba a abajo de metal. Una gran ventaja ante los arcos y las estocadas enemigas. Con ella, se puso fin así a los problemas que ofreció la cota de malla durante el siglo XIII (un camisón formado por múltiples anillas de metal que, aunque protegía de los cortes, se rompía fácilmente a las punzadas y los golpes). «A esa primitiva cota de malla se le fueron añadiendo piezas de metal hasta completar una armadura completa», completa el recreador.

Se caracterizaban porque estaban elaboradas por herreros de forma artesanal, pieza por pieza, y por ser sumamente caras. De hecho, no toda la población podía permitirse una. Así lo afirma Prestwich en su obra, donde hace un desglose de lo que un militar (que solía cobrar 2 chelines ingleses al día) debía pagar para hacerse con las diferentes piezas de la armadura. Así pues (y sabiendo que -en la actualidad- una libra es equivalente a 20 chelines) este soldado debía pagar 6 libras y 6 chelines por la silla de montar o 8 libras y 6 libras y 8 peniques por dos pares de guanteletes.

Dos caballeros, durante la exhibición en el castillo de Belmonte Manuel P. Villatoro

Dos caballeros, durante la exhibición en el castillo de Belmonte
Manuel P. Villatoro

Lo cierto es que el coste estaba justificado, pues en una buena parte de los casos la armadura era fabricada expresamente para el caballero y contaba con un aura de misticismo que la hacía todavía más valiosa. «Durante la Edad Media, el equipo del caballero gozó de una naturaleza sagrada […] La armadura pesada, esa apariencia de hombre de hierro, de cuerpo humano acorazado, será la que configure y diferencie su imagen. Esta sensación de invulnerabilidad psiquica y física producida por la armadura hizo del caballero medieval casi un semidiós. […] El tratamiento artístico […] aplicado para el armamento ceremonial […] convirtió las armaduras de placas medievales en verdaderas joyas de orfebrería con decoración y programa iconográfico generalmente épico», señala la historiadora Carmen Vallejo Naranjo en su dossier «El ocaso de la caballería medieval y su pervivencia iconográfica en la Edad Moderna».

La armadura completa que solían portar los caballeros pesaban habitualmente entre 25 y 30 kilos. Una cantidad que puede parecer extrema pero que, por el contrario, les permitía moverse con cierta libertad, subirse al caballo sin ayuda de nadie y, por descontado, les ofrecía más protección que las viejas cotas de malla.

1-Partes de la armaduras (de arriba a abajo)

A-Yelmo. La parte indispensable de toda armadura -y también la más cara debido a que su función era proteger la cabeza, una de las partes de mayor importancia del cuerpo- era el yelmo. Estos cascos sufrieron una considerable evolución desde el siglo XIII. Y es que, por entonces los caballeros portaban el denominado «gran yelmo», que se caracterizaba por ser tosco, con forma de cubo, y de una sola pieza.

«Era una enorme pieza de metal que descansaba sobre los hombros. […] Solía tener la parte superior plana, lo que facilitaba su fabricación», explica Prestwich. Su peso era tal que lo mejor era ponérselo únicamente cuando se fuera a combatir. A partir del siglo XIV el yelmo sufrió una gran evolución y se le añadió una «visera» que se podía abrir y cerrar (la cual protegía el rostro) y empezó a adquirir nuevas formas.

B-Coraza. Una pieza bastante revolucionaria en el siglo XIV. Se correspondía con la parte de la armadura que cubría el torso y en la que, además, se enganchaban algunos otros elementos. Estaba formada por:

b.1. Un peto que protegía la parte delantera del cuerpo.

b.2. Un espaldar que, como su propio nombre indica, salvaguardaba la espalda de los golpe de los enemigos.

b.3. Un faldón, una pieza utilizada para proteger la cintura.

b.4. Las escarcelas, dos piezas metálicas que, asidas al peto, servían para proteger las caderas. Solían llegar hasta medio muslo.

Daniel de la Flor, preparado para combatir Manuel P. Villatoro

Daniel de la Flor, preparado para combatir
Manuel P. Villatoro

C-La protección del brazo la otorgaban varios elementos. En primer lugar se destacaba la hombrera, una pieza que protegía el hombro y en la que se solía ubicar el escudo de armas. Bajo ella, el ristre servía para que el brazo no sufriera daños. A continuación se ubicaba el codal, ideado para proteger el codo y encargado de unir el ristre con la siguiente pieza, el brazal (que aseguraba el antebrazo). Finalmente, el guantelete era el encargado de proteger la mano.

D-Por su parte, la pierna del caballero era protegida en primer lugar por el quijote (para el muslo); la rodillera (para la rodilla); la greba (para la espinilla) y el escarpe (encargado se salvaguardar el pie).

En el siglo XIV, la armadura solía cubrirse finalmente con una túnica amplia. Con todo, esta prenda terminó pasando de moda.

Armas y defensas

1-Armas principales.

Desde que el «caballero medieval» comienza a dominar los campos de batalla de Europa, en su equipo se destacan dos armas principales. La primera fue la lanza, que comenzó teniendo una extensión de apenas dos metros pero que, con el paso de los años, llegó a contar con hasta cuatro y cinco. Solía portarse de forma vertical hasta que se entraba en batalla.

Cuando la lanza se rompía durante la carga, el caballero usaba la espada, un arma con la que, desde los comienzos del siglo XI, tenía una relación especial. Tal y como señalan Le Goff y Schmitt en su obra, estas fueron ganando en tamaño y en peso hasta el siglo XIV, cuando llegaron a medir hasta 1 metro 30. Dependiendo de su extensión eran portadas a dos manos o a una.

Manuel P. Villatoro

Manuel P. Villatoro

Curiosamente, no todos los jinetes sabían utilizarlas. «La esgrima la trabajaban aquellos que podían pagarse un maestro. Usualmente los que solían aprender técnicas determinadas eran los escuderos, que trabajaban a las órdenes de un caballero y, como tal, aprendían de él gratuitamente. El resto de los soldados no solían tener acceso a ello. En primer lugar porque no sabían leer y debían aprenderlo de alguien, en segundo, porque no tenían dinero», determina Gil Perujo.

2-Armas secundarias (usadas a pie y a caballo, a veces solo en los torneos)

-Hacha (corta y larga)

Manuel P. Villatoro

Manuel P. Villatoro

-Bracamante o bracamarte. «Era una mezcla entre espada y hacha para que, con la inercia que tomase, se hiciese una gran fuerza», determina el recreador histórico. Contaba con un filo y era abombada en su parte superior.

Manuel P. Villatoro

Manuel P. Villatoro

-Maza.

Manuel P. Villatoro

Manuel P. Villatoro

3-Escudo.

Una pieza indispensable pero que, según fueron pasando los siglos, se fue haciendo más pequeña. En principio solían tener un tamaño considerable y su parte inferior estaba acabada en punta. Iba unido mediante unos correajes al brazo. «Había caballeros que se clavaban el escudo a la armadura para evitar que se moviese. Con todo, y a pesar de estar fijado, había que hacer cierta fuerza para que no se cayera», informa a ABC el recreador histórico y luchador de combate medieval Daniel de la Flor Sánchez.

«Los correajes eran enganchados mediante una hebilla o mediante el sistema de “lengua de serpiente” (en el que partían un trozo de cuero en dos, hacían dos agujeros y los unían mediante un nudo). Esta última era la opción barata. Los que tenían el dinero y podían comprar una pieza de metal usaban la primera», explica, en este caso, Gil Perujo. El escudo llevaba también un cierre en la mano para evitar que se abriese.


En el examen de Historia de España de la Comunidad de Madrid los alumnos debían relacionar una caricatura de 1897 del semanario Pequeñeces con el reinado de Alfonso XII. La imagen representa el Pacto de El Pardo, acuerdo entre Cánovas del Castillo y Sagasta para apoyar la regencia de la viuda del monarca-.

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Examen de Historia de España de Madrid.

Los alumnos también debían explicar la organización económica y social de Al-Ándalus, las instituciones de gobierno de los Reyes Católicos o la monarquía de Felipe II. Los jóvenes madrileños escogieron este martes, en su primer día de selectividad, entre Rousseau y Aristóteles, en el examen de Filosofía. Y también entre los problemas sociales y políticos de la época moderna o, de la contemporánea.

En Lengua castellana y Literatura, el último examen de la fase general han analizado un artículo de Almudena Grandes en EL PAÍS Semanal, sobre la protagonista de una novela de Ana María Matute. La poesía de 1939 a finales del siglo XX, fue también otra de las cuestiones.

Entra en el enlace para ver si aprobarías: examen historia

Suerte.


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  • Don Juan de Trastámara falleció por «exceso de amor» hacia su joven esposa, según las crónicas de la época. Aunque el esfuerzo físico pudo empeorar su estado, su salud nunca fue buena y la verdadera causa fue la tuberculosis
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Senado de España Cuadro «La Educación de Juan de Trastámara por parte de Isabel “la Católica”»

Carlos I creía, como muchos de sus contemporáneos, que el único hijo varón de los Reyes Católicos, Juan de Castilla y Aragón, había fallecido por una inmoderada actividad sexual con su joven esposa. Por ello, advertía a su hijo Felipe II, recién casado con su primera mujer, María Manuela de Portugal, que la actividad sexual para un joven «suele ser dañosa, así para el crecer del cuerpo como para darle fuerzas, y muchas veces pone tanta flaqueza el hacer hijos y quita la vida como lo hizo con el Príncipe Juan, quien venía a heredar estos reinos».

Evidentemente, Su Majestad Cesárea se equivocaba. Juan de Trastámara no murió por desenfreno sexual o por «exceso de amor», que bajo ningún supuesto se puede calificar como una causa de muerte, sino por tuberculosis. El prematuro fallecimiento del heredero de los Reyes Católicos, que estaba destinado a unir en su corona los dos reinos peninsulares más extensos, condenó a la dinastía de los Trastámara, que habían gobernado en España desde hacía dos siglos, a la desaparición. Tras la muerte Isabel de Aragón –la hija mayor de los Reyes Católicos–, la sucesión de Castilla y posteriormente de Aragón quedó en manos de la conocida como Juana «la Loca» y su marido, el borgoñés Felipe «el Hermoso». Un suceso que supuso la inesperada llegada de los Habsburgo a España.

Juan de Castilla y Aragón nació el 30 de junio de 1478 en el Alcázar de Sevilla, donde los Reyes Católicos habían instalado su corte en el contexto de la Guerra de Sucesión Castellana. Aunque el matrimonio ya contaba con una hija, el nacimiento de un varón sano fue motivo de grandes celebraciones en la ciudad, entre ellas una justa en la que compitió el propio Rey Católico, y la lidia de ocho toros pagados por el cabildo catedralicio hispalense.

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Senado de España Representación del lustroso bautizo del Príncipe en Sevilla

Los Reyes Católicos establecieron para su hijo una Casa propia, es decir, una nómina de criados y consejeros puestos a su servicio. Se trataba de una medida inédita en la Península Ibérica y da cuenta de la importancia de un nacimiento que prometía completar el sueño medieval de unir los reinos hispánicos bajo una única corona. Así, la corte del Príncipe quedó fijada de forma permanente en el Palacio de los Mendoza de Almazán, villa cuyo señorío se concedió al Príncipe en el año 1496. Algunos de los más importantes nobles de Castilla y sus hijos custodiaron a Juan durante la infancia.

El heredero esperado por Castilla y Aragón

La educación humanista, muy del gusto en la época, fue orquestada por fray Diego de Deza, un dominico maestro en Teología en la Universidad de Salamanca. El fraile ejerció la figura medieval del sabio y piadoso consejero que tutelaba al Príncipe en los asuntos morales, mientras otros maestros se encargaban de adiestrarle en el uso de las armas. El resultado final debió ser satisfactorio y digno de admiración en las cortes europeas, ningún príncipe español en el pasado habían recibido una educación tan esmerada como él, hasta el extremo de que Carlos I estableció una organización semejante para el aprendizaje de Felipe de Habsburgo, el futuro Felipe II.

Desde su nacimiento, Juan de Aragón y Castilla asumió gran relevancia política. Con dos años fue investido con el título de Príncipe de Asturias, para legitimar su posición de heredero del reino castellano. A los cuatro años, juró como heredero de Aragón por los estamentos reunidos en las Cortes de Tarazona (1484). Y cuando contaba 17 años, los Reyes Católicos le incluyeron en el doble tratado matrimonial con el emperador de Alemania, Maximiliano de Habsburgo. Así, con la intención de aislar internacionalmente a Francia y alejar su influencia de las posesiones aragonesas en Italia, Juan y Juana, dos de los hijos de los Reyes Católicos, contrajeron matrimonio con los hijos de Maximiliano, Felipe el Hermoso y Margarita de Austria. Para el trasporte de la Infanta Juana a Flandes y la llegada de Margarita a España, la flota castellana dispuso cerca de cien embarcaciones, al cuidado del Almirante de Castilla, Fadrique Enríquez de Cabrera, que partió en 1496 desde Laredo.

Después de la boda entre Juana y Felipe, la flota del Almirante Enríquez regresó en marzo de 1497 a costas cántabras, en concreto a Santander, donde tuvo lugar un aparatoso recibimiento a la Princesa Margarita. Si bien Juan era un príncipe bizarro y bien educado, Margarita no se quedaba atrás. Educada en la tradición germano-borgoñonesa y de una notable belleza, la Princesa acogió con gran entusiasmo el enlace, puesto que había permanecido hasta 1493 viviendo en Francia a la espera de cumplir la edad necesaria para casarse con el monarca francés Carlos VIII «el Cabezudo», que le sacaba casi diez años. Sin embargo, la enemistad franco-germana quebró la alianza, y Margarita, aún sin compartir tálamo nupcial con Carlos VIII, fue ofrecida como esposa al Príncipe español. Finalmente, su boda se celebró a primeros de abril de 1497 en Burgos.

Los cronistas afirman que en cuanto se conocieron los jóvenes quedaron «flechados» uno por el otro. Después de la boda, los recién casados y su séquito se trasladaron a Medina del Campo para pasar el verano, donde el Príncipe Juan enfermó de viruela, lo que obligó a guardar reposo a la comitiva hasta septiembre. Desde su pubertad, en efecto, el único hijo varón de los Reyes Católicos había dado muestras de tener una salud débil y enfermiza. Viruelas, resfriados y, en especial, unas extrañas fiebres parecidas a las que le causaron la muerte, posiblemente tuberculosis, le habían acompañado durante sus escasos diecinueve años de vida. Aprovechando una ligera mejoría en la salud del Príncipe, la corte se trasladó hacia Salamanca, donde la ciudad les obsequió con unas magníficas fiestas, celebradas en el palacio de su antiguo tutor fray Diego de Deza. A los pocos días, el Príncipe sufrió un ataque acompañado de violentas fiebres de las que nunca se recuperaría, y que a la postre fueron la causa de su fallecimiento, el 4 de octubre de 1497.

El desenfreno empeoró su salud, pero no lo mató

Solo seis meses después de la boda con la Princesa Margarita, Juan de Trastámara había caído muerto. Hubo quien quiso vincular ambos hechos. A juzgar por algún testimonio contemporáneo, se consideraba que el exceso de actividad sexual, motivado por los constantes y deseosos furores de su bella y joven esposa, habían impedido la recuperación de la salud del heredero de los Reyes Católicos. «Preso del amor de la doncella, nuestro joven Príncipe vuelve a estar demasiado pálido. Tanto los médicos como el Rey aconsejan a la Reina que, de cuando en cuando, aparte a Margarita del lado del Príncipe, que los separe y les conceda treguas, pretextando el peligro que la cópula tan frecuente constituye para el Príncipe», dejó escrito Pedro Mártir de Anglería, futuro Capellán de la Reina Isabel la Católica.

Aunque el exceso de esfuerzo físico pudo debilitar al Príncipe cuando trataba de recuperarse, la verdadera y principal causa de su muerte fue con toda probabilidad la tuberculosis. Unos meses después, su mujer Margarita dio a luz a una hija que murió en el parto. Tras estos acontecimientos, la hermana mayor de Juan, Isabel, fue nombrada Princesa de Asturias y de Gerona. Su muerte el siguiente año, a su vez, dejó la Corona en manos de Juana «la Loca». Incapacitada para reinar por su inestable salud mental, su marido Felipe I, su padre Fernando «el Católico» y su hijo Carlos I se encargaron de hacerlo en su nombre o encima de él hasta la muerte de la castellana.

Con la inesperada muerte del Príncipe Juan quedó sellado el final de la dinastía Trastámara en España. Pese a que Fernando «el Católico» intentó hasta sus últimos días –posiblemente a consecuencia de esos esfuerzos falleció– tener otro hijo varón con su segunda esposa, Germana de Foix, nunca lo consiguió. Por el contrario, el Rey dejó todas sus posesiones a su hija Juana, Reina de Castilla, que al encontrarse inhabilitada para reinar cedió la Corona de Aragón, incluidos sus reinos italianos y una parte de Navarra, a Carlos de Gante, futuro Carlos V de Alemania

Juan de Trastámara fue sepultado en la capilla mayor de la catedral de Salamanca, aunque posteriormente los Reyes Católicos ordenaron el traslado del cadáver al convento abulenses de Santo Tomás. Las muestras de dolor y el sentimiento de oportunidad perdida invadieron la península durante un tiempo.


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  • En la invasión de Gran Canaria, un ejército castellano se impuso a una fuerza de miles de guanches. La superioridad de la caballería fue determinante, frente a una enconada resistencia que dejó sin dientes al mismísimo hombre que da nombre al insulto
El pirata Cabrón y la épica conquista castellana de las Islas Canarias

ABC Cuadro «La fundación de Santa Cruz de Tenerife»

Hubo un tiempo en el que las Islas Canarias, llamadas así por los romanos al hallar grandes mastines en sus tierras (algo que la arqueología no ha podido demostrar), era un lugar casi mitológico poblado por los guanches: nativos de gran altura, cabellos rubios, ojos claros y avanzadas técnicas de astronomía. Un paraíso cuya importancia geográfica –redescubierta con la apertura de las grandes rutas marítimas– lo convirtió en objeto de deseo de españoles, italianos, franceses y portugueses. Durante casi 100 años, Castilla acometió una hercúlea campaña militar para someter a su fiera población local, que llegó a su conclusión en 1496. Hasta entonces, ni siquiera las acciones militares del mítico pirata Pedro Fernández Cabrón, quien regresó a su Cádiz natal con la boca torcida a causa de una pedrada de un guanche, pudo amansar la resistencia local.

La larga duración de la conquista de las Canarias se explica por la dificultad de reducir a una población especialmente belicosa y por las distintas realidades de cada isla. Lo que allí pudieran encontrarse los europeos de finales de la Edad Media era un misterio, puesto que durante mil años, entre los siglos IV y XIV, las islas desaparecieron de la historia. Así, los primeros que renovaron el interés por unas tierras mencionadas por griegos y romanos fueron los navegantes mallorquines, portugueses y genoveses que empezaron a visitarlas con cierta frecuencia a partir del siglo XIV. No en vano, en 1402 comenzaron los intentos por establecer colonias permanentes. El barón normando Jean de Bethencourt desembarcó con 53 hombres en Lanzarote en busca de orchilla, un colorante natural para teñir tejidos (con las mismas propiedades de la cochinilla americana). Aunque sus esfuerzos corrían por iniciativa particular, la falta de recursos obligó al normando a entregar sus conquistas al Rey de Castilla.

Con el dominio de Lanzarote, Fuerteventura, el Hierro y la Gomera, los Reyes Católicos se plantearon en 1478 tomar posesión de las islas más grandes y peligrosas: Gran Canaria, La Palma y Tenerife. Comenzó entonces la fase más épica y sangrienta de la conquista de las Islas Afortunadas. Tras varias intentonas que fracasaron por la escasez de tropas, los Reyes designaron al capitán aragonés Juan Rejón para encabezar una expedición de 650 soldados castellanos con el objetivo de anexionar Gran Canaria –un territorio poblado por casi 40.000 habitantes– ya fuera de forma pacífica o militar. Poco después de desembarcar en la isla, 2.000 guerreros cayeron sobre Rejón en lo que parecía una masacre sin remedio. No obstante, los guanches cometieron el error de presentar un ataque campal, en vez de aprovechar su conocimiento de la geografía para hostigar a los castellanos. La caballería europea mató durante su carga a 300 nativos, que usaban como armamento piedras y lanzas de madera. La exitosa aventura de Rejón se completó meses después con el hundimiento de una flota portugués que trataba de establecer una colonia.

Fernández Cabrón da nombre al insulto

El carácter rudo y despótico de Rejón provocó una lucha interna que terminó en la expulsión del capitán aragonés con rumbo a España. Sin embargo, los Reyes Católicos tomaron parte por Rejón y le enviaron de vuelta a la isla junto a 400 soldados y el pirata Pedro Fernández Cabrón. Este oscuro personaje gaditano –cuyo nombre se empezó a utilizarse como término despectivo a raíz de sus maldades– fue destinado a abrir un nuevo frente al sur de Gran Canaria. Cabrón, al frente de 300 hombres, se internó hasta la caldera de Tirajana, donde sufrieron una emboscada a base de pedradas. Los guanches mataron así a más de 200 castellanos y dejaron con la boca torcida al pirata y esclavista gaditano, que perdió la mayor parte de los dientes.

Tras un nuevo complot contra Rejón que acabó con la ejecución de uno de los cabecillas, los Reyes Católicos se convencieron de enviar a un capitán que no fuera cuestionado con tanta frecuencia. El 18 de agosto de 1480 alcanzó la isla Pedro de Vera con un nuevo refuerzo de 170 hombres. Sus primeras acciones, sin embargo, acabaron en sonadas derrotas contra los nativos que, desde la escabechina que sufrió Cabrón y sus hombres, habían tomado la medida a los españoles.

Dispuesto a acabar con el espíritu guerrero de los guanches, Vera atacó a su líder, el fiero Doramás, en la zona de Arucas. En inferioridad numérica –los castellanos, como haría décadas después Hernán Cortés en la batalla de Otumba contra los aztecas– sabían que sus posibilidades de vencer pasaban por abatir al líder guanche al principio del combate. Las crónicas citan que un jinete llamado Juan de Flores le atacó con su lanza desde el caballo, pero Doramás desmontó al castellano con su espada de madera quemada y le abrió la cabeza. A continuación, el guanche desarmó también a un ballestero llamado Pedro López y se dirigió hacia el capitán Vera. Uno de sus hombres de confianza, Diego de Hoces, consiguió alcanzarle un tajo a Doramás, quien se revolvió y le partió la pierna al español. Finalmente, fue el propio Vera quien acometió una lanzada mortal en el pecho del líder nativo.

La muerte de Doramás abrió las puertas al avance castellano. Con el colapso de la resistencia guanche en 1483, una horda de 600 guerreros y 1.000 mujeres se internó en la isla en un desesperado éxodo. La dureza del terreno hizo que este grupo no tardara en dispersarse en busca de alimentos, dejando vía libre al dominio español.

La Palma y Tenerife: una guerra escarpada

El siguiente objetivo marcado por los Reyes Católicos fue la isla de La Palma y el capitán elegido para esta empresa Alonso Hernández de Lugo, quien había remplazado a Pedro de Vera tras los episodios de crueldad protagonizados por éste durante una sublevación en La Gomera. No en vano, la isla vecina presentaba, en principio, menos obstáculos: su población solo era de 2.000 personas y estaba fragmentada en 12 reinos. Así, salvo uno de estos reinos –el situado en la Caldera de Taburiente–, todos fueron derrotados o se rindieron al poco tiempo de desembarcar Hernández de Lugo en 1492. El último rey resistió con solo 100 hombres las acometidas castellanas, ayudado por lo escarpado del terreno. De hecho, el capitán español solo pudo vencer al nativo usando una treta. Lugo invitó al rey local a parlamentar, y cuando salió de su posición elevada lo prendió por sorpresa. Como era habitual entre estos jefes tribales, el preso se suicidó por inanición cuando viajaba a la península Ibérica.

El pirata Cabrón y la épica conquista castellana de las Islas Canarias

Wikipedia Estatua representativa de Bencomo en N.S. de Candelaria

Hacia 1493, todas las islas del archipiélago estaban ya bajo mando castellano, salvo la isla de Tenerife. Las tropas castellanas de Alonso Hernández de Lugo se encontraron con una resistencia mayor de la esperada en esta isla. Cuando los castellanos regresaban del barranco del Acentejo con un abundante ganado capturado a los guanches, un ejército nativo mandado por el jefe tribal Bencomo emboscó a los castellanos. El enfrentamiento contra los españoles –asistidos por aborígenes de Lanzarote, Fuerteventura y Gran Canaria– comenzó con la estampida del ganado, sembrando el caos en las filas castellanas. La jornada se saldó con 900 bajas españolas y cientos de heridos, entre ellos el propio Lugo con la cara destrozada por una piedra.

Sin embargo, Alonso Hernández de Lugo supo rehacerse de la derrota en los siguientes meses y recuperó su fuerza original gracias a refuerzos. Al contrario, Bencomo se aferró a su superioridad numérica y comenzó a tomar riesgos excesivos. En noviembre de ese mismo año, el líder guanche presentó batalla campal en el llano de Aguere. La caballería castellana contuvo la habitual lluvia de piedras el tiempo suficiente como para que 600 canarios aliados de los españoles aparecieran por sorpresa en la retaguardia de los guanches. La derrota nativa quedó sellada tras esta batalla, la cual desató una epidemia de peste letal para la población local. La conquista finalizó oficialmente con la Paz de Los Realejos de 1496, aunque algunos indígenas mantuvieron focos de resistencia en las cumbres hasta avanzado el siglo XVI.


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  • La leyenda de Santa Eufemia ha acompañado desde 1410 a este dicho cuyo origen hay quien data en la posterior toma de Granada
Salga el sol por Antequera

Abc | Panorámica de Antequera

Salga el sol por Antequera -«y póngase por donde quiera», como se completa el dicho- es tanto como decir que a uno le da igual una cosa que otra, o que uno está determinado a llevar a cabo su plan, aunque suceda lo imposible, como que el sol aparezca por el oeste. Porque Antequera se encuentra al poniente de Granada, donde acampaban las tropas de los Reyes Católicos en los últimos meses de 1491.

En este momento de la Reconquista, durante la toma de Granada, ubica el origen de la expresión Luis de Granada en la revista «Alrededor del mundo» en 1899 y recoge José María Iribarren en «El porqué de los dichos». «La frase es, pues, irónica, y equivale a: ‘Salga el sol por donde quiera’», concluía el académico de la RAE y de la Real Academia de la Historia.

Una leyenda se remonta aún más en la Reconquista, hasta el 16 de septiembre de 1410, fecha en la que don Fernando «el de Antequera» conquistó la ciudad a los musulmanes. Antonio J. Guerrero Clavijo contaba en un artículo que recoge la web de la Diócesis de Málaga cómo era costumbre cristiana celebrar una Eucaristía al conquistar una localidad y, dentro de ella, elegir al patrón, al alcaide y su escudo de armas. «Se invocó al Espíritu Santo y se introdujeron en una urna los nombres de los santos que la Iglesia celebra el día 16 de septiembre» y «salió por designio divino, por tres veces consecutivas, el nombre de Santa Eufemia», relata Guerrero Clavijo.

Fue entonces cuando Don Fernando desveló que se trataba de la joven que «se me apareció el 10 de abril de 1410 en mi campamento en Córdoba, cuando no sabía qué tierra conquistar, y se me apareció ella, rodeada de leones y ángeles y me dijo: “No temáis que nos salga el sol por Antequera y sea lo que Dios quiera”», según recogen las crónicas de Juan II.

Don Fernando dudaba desde su campamento en Córdoba sobre si conquistar Gibraltar, con lo que cerraría su entrada a posibles refuerzos procedentes de África; Xébar, una importante fortaleza en el camino a Málaga; o Antequera, centro neurálgico de las vías que llevaban de Sevilla a Granada, de Córdoba a Málaga, explica Ángel Guerrero en El Sol de Antequera.

Tras la aparición de la virgen y mártir de Calcedonia, el monarca castellano dirigió sus tropas al alba contra la ciudad, que conquistó antes de que se pusiera el sol el 16 de septiembre de 1410.

Fuera por esta leyenda o por la ironía posterior durante la toma de Granada, lo cierto es que Antequera figura desde la Reconquista en el mapa de los refranes. En el geográfico se encuentra a 45 kilómetros de Málaga por carretera y a sólo 13 kilómetros del singular paraje del Torcal, un impresionante fenómeno de erosión de roca caliza.


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  • Dos meses después de ser coronado Rey de Castilla tuvo lugar la repentina muerte del marido de Juana «la Loca». Unas fiebres causadas por beber agua fría terminaron en una semana con su breve e incómodo reinado
¿Envenenó Fernando «el Católico» a su yerno Felipe «el Hermoso»?

Wikipedia | Cuadro de Felipe I de Castilla

Como años después le ocurriría a su hijo Carlos I, la llegada al trono de Felipe I fue vista con recelo por parte de la nobleza castellana a causa de su condición de extranjero. El apodado como Felipe «el Hermoso» procedía de los lejanos Países Bajos y, desde el principio, se hizo rodear de una corte de consejeros que solo hablaban en francés, salvo alguna excepción como el enigmático señor de Belmonte. Dos meses después del nombramiento de Felipe y Juana como Reyes de Castilla, el hombre que dio dos emperados al mundo (Carlos V y Fernando I de Alemania) cayó enfermo en extrañas circunstancias tras beber agua fría mientras jugaba al juego de la pelota. En pocos días desarrolló un cuadro de neumonía y falleció súbitamente. Las investigaciones posteriores han apuntado a que pudo ser víctima de algún tipo de envenenamiento o, lo más probable, de la peste.

Los historiadores ven en los beneficios que consiguió Fernando «el Católico» de la muerte de su yerno un elemento altamente sospechoso. Cuando la nobleza castellana todavía estaba sopesando entre si era menos malo un rey extranjero o uno aragonés aconteció la repentina muerte de Felipe I. En pocos meses, el entonces Rey de Aragón aprovechó la supuesta locura de su hija Juana para recluirla en Tordesillas y proclamarse regente de Castilla con plenos poderes.

Felipe de Habsburgo, nacido en Brujas el 22 de junio de 1478, fue el primer monarca de esta dinastía en reinar en España. Con la intención de aislar políticamente a Francia, los Habsburgo cerraron una serie de alianzas con los Reyes Católicos a finales del siglo XV que incluían el matrimonio de Felipe «el Hermoso», hijo de Maximiliano I –Sacro Emperador Romano–, con la Infanta Juana. Curiosamente, el apelativo de «el Hermoso» se lo dio el Rey Luis XII de Francia cuando la pareja viajaba hacía España para ser coronados y se detuvieron en Blois. Allí el rey los recibió y al verle exclamó: «He aquí un hermoso príncipe».

La enemistad entre el suegro y el yerno

El primer episodio de fricción entre Felipe «el Hermoso» y los Reyes Católicos ocurrió tras la muerte del Príncipe Juan, el hermano mayor de Juana «la Loca», el 4 de octubre de 1498. En palabras del embajador español en la corte Imperial, Gómez de Fuensalida, Felipe barajó la posibilidad de reclamar las coronas de Castilla y Aragón con la ayuda del Rey de Francia, con el que mantenía unas relaciones sumamente cordiales. Fue a partir de entonces cuando creció la desconfianza de Fernando «el Católico», siempre hostil al Reino de Francia, hacia su yerno.

Aunque los reyes españoles trataron en varias ocasiones de desmontar la alianza de Felipe «el Hermoso» con Francia, éste no solamente se negó sino que castigó a Juana «la Loca», quien llegó a quejarse de no tener dinero para pagar a su séquito y de ser objeto de continuos desplantes. El acaso psicológico se alargó durante años hasta que la muerte de otro Príncipe de Asturias, el hijo de la hermana mayor de Juana, propició al borgoñés la ocasión de castigar directamente a Fernando «el Católico». Así, con el propósito de hacerse con el control del reino aragonés de Nápoles y entregárselo posteriormente a Francia, «el Hermoso» propuso que su hijo Carlos, que ya era el heredero de los Reyes Católicos, se casara con Claudia de Francia, una de las hijas del monarca galo. Por supuesto, la Corte española se negó en rotundo y el rechazo de la propia Juana rompió el acuerdo.

A pesar de la mala relación con los padres de ella, Felipe y Juana viajaron a España el 26 de enero de 1502 para ser presentados en las principales ciudades castellanas como Príncipes de Asturias y posteriormente hacer lo propio en Aragón. Sin embargo, una vez conseguido su propósito de asegurarse la herencia de los Reyes Católicos, el Duque de Borgoña anunció que quería regresar a sus posesiones norteñas. La propia Reina Isabel intentó convencerle de que era necesario que permaneciera más tiempo en España, ya que debía afianzar su autoridad en los que en el futuro iban a ser sus reinos. El 19 de diciembre de ese mismo año Felipe el Hermoso abandonó la corte de los Reyes Católicos, para desconsuelo de la Princesa Juana, que tuvo que quedarse junto a sus padres debido a que se encontraba embarazada del que sería su cuarto hijo.

Felipe «el Hermoso» solo volvería a España una vez fallecida Isabel de Castilla para tomar posesión del trono. En noviembre de 1504, Fernando proclamó a Juana Reina de Castilla y tomó las riendas de la gobernación del reino acogiéndose a la última voluntad de su esposa. Y aunque en la concordia de Salamanca (1505) se acordó un gobierno conjunto de Felipe, Fernando «el Católico» y la propia Juana, esta situación terminó con la llegada del borgoñés a la península, quien convenció a parte de la nobleza castellana, a base de regalos y concesiones, de que el suponía una amenaza menor que la procedente de un rey aragonés. El duque de Medina-Sidonia y el cardenal Cisneros no dudaron apoyar al extranjero. Visiblemente ofendido, Fernando se retiró a Aragón y Felipe fue proclamado Rey de Castilla el 12 de julio 1506 en las Cortes de Valladolid con el nombre de Felipe I. Un reinado que solo duraría dos meses.

El vaso de agua fría que marcó su muerte

Según apuntan los cronistas de la época, Felipe I se encontraba en la localidad burgalesa Casa del Cordón cuando empezó a sentirse enfermo el 16 de septiembre de 1506. Al beber un vaso de agua fría tras jugar un partido de pelota sintió las primeras fiebres. En los siguientes días el estado del Monarca fue agravándose hasta presentar un cuadro de neumonía. En una carta enviada por uno de los médicos que le atendió se describen algunos de los síntomas de la enfermedad: «Estábase con la calentura y con sentimiento en el costado, y escupía sangre. Y se le hinchó la campanilla, que decimos úvula, tanto que apenas podía hablar».

El 25 de septiembre de 1506, con tan solo 28 años, falleció el primer Rey de Castilla perteneciente a la familia Habsburgo. Y una vez que quedó certificada su muerte, sus servidores flamencos le vistieron bajo las instrucciones de Juana con sus mejores galas, tras lo cual se le instaló en un trono desde donde presidió simbólicamente los ritos religiosos. Por la mañana, se procedió a embalsamar su cuerpo, siendo su corazón enviado inmediatamente a Bruselas.

Con toda celeridad, Fernando «el Católico» preparó su «asalto» al trono castellano, que en los primeros meses quedó bajo la regencia del cardenal Cisneros. Cuando el aragonés regresó a Castilla, encerró a su hija, que había mostrado un comportamiento inquietante durante el cortejo fúnebre de su marido, en Tordesillas y asumió la regencia hasta 1507. Mientras tanto, por las ciudades castellanas prendió la sospecha de que la prematura muerte de Felipe I era consecuencia de un envenenamiento. El más probable asesino para muchos no podía ser sino el máximo beneficiado de su muerte: su suegro.

Frente a aquellos rumores, los historiadores e investigaciones modernoso apuntan que la causa más posible fue la peste, enfermedad que había aparecido en la corte algunos meses antes. Asimismo, Felipe I de Habsburgo era célebre por sus numerosas relaciones extramatrimoniales y sus visitas a prostíbulos, donde era frecuente la aparición de todo tipo de infecciones y el contacto con personas de higiene descuidada.


ABC.es

  • El nacionalismo quiere elevar a determinantes las particularidades catalanas, pese a que los habitantes de estas dos regiones de España comparten una historia y una cultura desde hace siglos. La mayoría se basa en tópicos sin justificar
Diferencias entre castellanos y catalanes

WIKIPEDIA Fotografía general de la Plaza de España, en Barcelona

El actual clima político de Cataluña ha trasladado a la opinión pública la idea de que la suya es una historia paralela al resto de regiones de España. Para el nacionalismo, Cataluña y sus habitantes, de una mayor vocación europea y cosmopolita, son víctimas de una opresión desde hace siglos por parte de Castilla, que no les ha permitido desarrollar libremente sus particularidades y vertebrarse como nación. Sin embargo, la realidad histórica y sociológica demuestra que son muchas las similitudes entre los catalanes y el resto de españoles, y muy pocas las diferencias que, en su mayoría, se basan en tópicos y mitos infundados.

En el origen de la historia común entre Castilla y Cataluña, los habitantes de ambas regiones aparcaron las intermitentes disputas que azotaron los reinos hispánicos durante la Edad Media e inauguraron un tiempo de cooperación mutua. Como recuerda Henry Kamen en su último libro, «España y Cataluña: Historia de una pasión», en 1479 la ciudad de Barcelona comunicó a Sevilla, poco después de la unión de coronas: «Ahora somos todos hermanos».

Sin embargo, no tardaron en surgir tensionesentre dos regiones que habían sido actores protagonistas en la Península Ibérica durante la Baja Edad Media. El matrimonio de los Reyes Católicos, origen de todos los males para el nacionalismo catalán, coincidió con una grave crisis demográfica de Barcelona, entonces superada por Valencia en importancia comercial. Esta coincidencia histórica y la preeminencia que adquirió Castilla en el solar hispano son usados por el nacionalismo para defender el origen de la opresión que ha perjudicado, supuestamente, el desarrollo de la personalidad catalana.

¿Grandes diferencias históricas?

Las brechas históricas más obvias entre los catalanes y los castellanos son la lengua y la posición geográfica de Cataluña. Antes de la unión dinástica, los catalanes percibían que tenían más en común con los franceses que con los castellanos. Los catalanes, integrados en la Corona de Aragón, eran tenidos por corteses y amigables. En 1612, un viajero francés afirmaba que la ciudad era «amable con los extranjeros y especialmente con los franceses». De hecho, Francia siempre ocupó un lugar preferente en la historia de Cataluña. Así, el sur de este país tenía en común con el norte de España: la comida, la visión del mundo, el idioma, e incluso –en el caso de los cátaros– sus herejías.

Además, en esos mismos años un consejero flamenco de Felipe II,Henry Cock, observaba que Barcelona tenía «más inclinación a las fiestas, los bailes y la diversión que cualquier otra región española». Un tópico, el de festivos, que curiosamente se le achaca en la actualidad al sur de España.

La unión dinástica de los Reyes Católicos diluyó estas diferencias e inició un periodo de gran efervescencia en la asociación entre reinos hispánicos. Cataluña y toda la Corona de Aragón giró definitivamente su vista hacía Castilla, que protagonizó un gran auge económico tras el Descubrimiento de América en 1492. Si bien es cierto que Castilla adquirió un papel preeminente en esta asociación, los datos refrendaban su posición: la población castellana suponía el 80% de España y ocupaba tres cuartas partes del territorio peninsular en el momento de la unión dinástica.

Castellanos: «Funcionarios secos»

La identificación de los castellanos con el Estado Español provocó uno de los tópicos asociados a los castellanos, del que brotan algunas de las supuestas diferencias entre los habitantes de las dos regiones. En muchos rincones de Cataluña, y en general de España, los castellanos eran exclusivamente identificados con la autoridad real y con la Inquisición. Para los habitantes de localidades rurales, la figura del recaudador o funcionario real, triste, sin humor y rigurosamente vestido de negro, era muchas veces el único contacto que tenían con alguien procedente de Castilla. De ahí el origen del tópico de que el carácter castellano se diferencia de otras regiones por ser seco y poco dado a bromear. Dos rasgos que coinciden con los insultos y generalidades que arrastran históricamente los cuerpos de funcionarios, pero que pocas veces se cumplen.

Catalanes: «Comerciantes tacaños»

Paradójicamente, las vías de comercio abiertas por Castilla imprimieron uno de los rasgos distintivos que todavía hoy perviven en la población catalana: la vocación comercial. Como ocurrió en Italia durante la expansión de la Corona de Aragón, el aumento de los comerciantes catalanes en España despertó los prejuicios habitualmente vinculados a este gremio. La excelente posición geográfica de Cataluña y su vocación marítima contribuyó al auge del comercio por toda la geografía española. Era costumbre que los segundos hijos de las familias pudientes catalanas se dedicaran al comercio, lo cual provocó el progresivo desplazamiento de los genoveses, holandeses e ingleses que, hasta entonces, habían sido los máximos beneficiados de la llegada de mercancías desde América.

«Las gentes de España conocían a los catalanes por su actividad comercial, de la misma forma que a los castellanos se los identificaba como funcionarios y letrados», explica Ángel Puertas, autor de «Cataluña vista por un madrileño» (Albores), que trata de desmentir los tópicos sobre los catalanes. Al ser portadores de liquidez, los catalanes lo aprovecharon para hacerse prestamistas, una actividad que nunca ha sido bien vista en la historia. «Los insultos que se usan contra los catalanes son los del mal comerciante: rácano, avaro, usurero…», recuerda Puertas.

¿Hay alguna base detrás de estos tópicos?

Más allá de los prejuicios malintencionados, en opinión de Ángel Puertas, «nada hay de cierto en estas famas», lo cual no quita que «los catalanes tengan un trato más preciso del dinero producto aún de la tradición de comerciantes». «Es más frecuente que, por ejemplo, si estas tomando algo con los amigos cada uno se pague siempre lo suyo…», afirma Puertas, afincado en Palau de Plegamans(Barcelona) desde hace más de una década.

Por su parte, el carácter seco de los castellanos tampoco se puede generalizar, mas cuando la mayor parte de la población de Andalucía –precisamente asociada a lo contrario– tiene su origen en Castilla. De hecho, las regiones andaluzas estaban incluidas en esta Corona. Sin embargo, muchos «forasteros» tienden a ver al castellano como distante en el trato a causa de su estricta formalidad, típica de los funcionarios, todavía hoy presente en las costumbres de está región.

¿Diferencias de carácter racial?

Sobre un factor racial distinto al de otras regiones españolas, el historiador Vicens Vives desarmó cualquier hipótesis nacionalista al respecto en su «Noticia de Catalunya», publicado en catalán durante el franquismo: «Somos fruto de diversas levaduras y una buena parte del país pertenece a una biología y a una cultura de mestizaje. No remontándonos más allá de la época carolingia sabemos que el núcleo de nuestra población campesina la formaban los “homines undenque vinientes”, es decir, «los hombres que venían de cualquier parte». En suma, si algo ha caracterizado históricamente a Cataluña es su buena disposición a acoger a habitantes llegados de fuera. El mestizaje se da por descontado.

Además de esta consideración de carácter histórico, también hay que reseñar que buena parte de la actual población de Cataluña está formada por los hijos y nietos de los miles de andaluces y extremeños, así como otras regiones empobrecidas de España, que emigraron durante la posguerra. En 1930, unos 70.000 andaluces vivían en suelo catalán. Cuarenta años más tarde, en 1970, la cifra superaba los 840.000.

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