Museo Arqueológico Nacional


El Museo Arqueológico Nacional es una institución pública cuyo objetivo es ofrecer a todos los ciudadanos una interpretación rigurosa, atractiva, interesante y crítica del significado de los objetos que pertenecieron a los distintos pueblos de la actual España y del ámbito mediterráneo, desde la Antigüedad hasta épocas recientes, de manera que el conocimiento de su historia les sea útil para analizar y comprender la realidad actual.

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Tarifas

Entrada general: 3 €

Entrada reducida: 1,50 €

  • Grupos de más de 8 personas, previa solicitud 
  • Voluntariado cultural, previa acreditación

Entrada reducida al 50 % con el Programa Museos en Red. RENFE.

  • Esta oferta será válida 48 horas antes de la salida y después de la llegada, presentando el billete Renfe Alta Velocidad o Larga Distancia en la taquilla del Museo. +Info Link externo Abre en ventana nueva

Entrada gratuita:

  • Sábados desde las 14:00 horas y domingos por la mañana
  • 18 de abril, Día de los Monumentos y Sitios
  • 18 de mayo, Día Internacional de los Museos
  • 12 de octubre, Fiesta Nacional de España
  • 6 de diciembre, Día de la Constitución Española

Nuestros Museos. Abonos y tarjetas Link externo

+Info sobre condiciones especiales de entrada:

Orden ECD/868/2015, de 5 de mayo, por la que se regula la visita pública a los museos de titularidad estatal   Abre en ventana nueva

Orden ECD/747/2017, de 25 de julio, por la que se modifica la Orden ECD/868/2015, de 5 de mayo PDF

 Venta de entradas online Link externo


Accesos

C/ Serrano, 13
28001 Madrid

Tel.: (0034) 91 577 79 12

Autobuses

          1, 9, 19, 51 y 74, con parada delante del Museo

          5, 14, 27, 45 y 150, con parada en el Paseo Recoletos

21 y 53, con parada en la Plaza de Colón

2, 15, 20, 28, 52 y 146, con parada en la Plaza de la Independencia

Metro

    Línea 4: Estación Serrano

                   Línea 2: Estación Retiro

Tren de cercanías

          Estación de Recoletos (Paseo de Recoletos, Pares, esquina C/Villanueva)

          Líneas C-1,C-2, C-7,C-8, y C-10 de Cercanías Madrid

Aparcamientos públicos

           Plaza de Colón. Jardines del Descubrimiento
Plazas reservadas para personas con discapacidad

           Serranopark – Aparcamiento 3, en la calle Jorge Juan y la Plaza de
la Independencia
24 Plazas reservadas para personas con discapacidad

Carril bici en la calle de Serrano

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1766 – Motín de Esquilache y los Motines de España de 1766


El Motín de Esquilache fueron una serie de tumultos populares acaecidos en Madrid entre los días 23 y 26 de marzo de 1766 contra la política de reformas del ministro favorito de Carlos III, el siciliano Leopoldo de Gregoris, marqués de Esquilache y, más concretamente, contra las medidas decretadas por éste sobre el atuendo tradicional masculino.

El 20 de marzo de 1766 se hizo público un Real Decreto en el que, entre otras disposiciones destinadas a la reforma de la vida urbana madrileña, se ordenaba a los varones, bajo pena de multas y cárcel, sustituir la capa larga y el sombrero redondo por la capa corta y el sombrero de tres picos. Esta medida -recuperada del pasado- tenía como objetivo atajar el alto índice de criminalidad en Madrid, prohibiendo unas vestiduras que permitían ocultar la identidad de quien las llevaba: la capa larga de gran vuelo y el sombrero “gacho” de ala caída. La misma noche en que se publicó el bando del Decreto fueron arrancados los carteles y sustituidos por otros en los que se amenazaba a Esquilache y se advertía de la existencia de tres mil hombres preparados para la rebelión. De inmediato comenzaron a circular por la ciudad panfletos contra los ministros extranjeros del Consejo Real. Carlos III encargó al ejército, comandado por el mariscal Francisco Rubio, hacer cumplir el Decreto.

El clima de agitación popular causado por estas disposiciones se tradujo en continuos enfrentamientos entre los alguaciles y el pueblo madrileño. Muchos hombres se paseaban, desafiantes, frente a los cuarteles, ataviados con los atuendos prohibidos. Los encontronazos entre el ejército y la población en rebeldía culminaron el día 23, domingo de Ramos, cuando dos embozados que discutían con los soldados apostados a la puerta del Cuartel de los Inválidos, en la plazuela de San Martín, dieron la señal de la rebelión. Otros muchos embozados acudieron desde las calles adyacentes. El oficial al mando hizo retirarse a la tropa, ante la violencia desplegada por los amotinados. Éstos, divididos en grupos, tomaron entonces la calle Atocha en dirección a la Plaza Mayor, lanzando vivas al rey y a España y mueras a Esquilache, mientras despuntaban los sombreros de tres picos de quienes encontraban a su paso y apedreaban los faroles, nuevos en Madrid, como símbolo de las odiadas reformas urbanísticas de Carlos III.

Los primeros grupos de amotinados se juntaron en la Plaza Mayor con otros procedentes de la Plaza de la Cebada. Desde Mayor, se dirigieron al Palacio Real, donde les salió al encuentro el duque de Arcos, capitán de la guardia de corps, en representación del monarca. Éste les ordenó retirarse, prometiendo que el rey acordaría una solución a sus demandas. Los grupos de rebeldes fueron dispersándose, pero parte de ellos se dirigió a la casa de Esquilache. El marqués se había refugiado en Palacio al tener noticia del motín, mientras su familia había sido acogida en la embajada holandesa. Al no encontrar al ministro, los amotinados asaltaron y saquearon la casa, para después dirigirse a la de otro ministro italiano, Grimaldi, cuya residencia resultó también destruida, al grito de “¡Fuera extranjeros!”. Los amotinados regresaron después a la Plaza Mayor, donde quemaron un retrato de Esquilache.

Todo hace pensar que el motín respondió a una acción organizada. Se ha calculado que los amotinados fueron, en principio, unos seis mil y que, al atardecer del día 23, habían ya doblado su número. Al parecer el motín no tuvo cabecillas reconocibles, pues los individuos que actuaron como mediadores en los días siguientes (el padre Cuenca, Diego Abendaño) lo hicieron sólo en calidad de portavoces. Por otra parte, el tumulto tuvo en todo momento un carácter festivo y popular, al mezclarse sin solución de continuidad con las celebraciones de la Semana Santa madrileña.

Al día siguiente (24 de marzo) se reprodujeron los disturbios en Madrid. Se calcula que unas veinticinco mil personas se reunieron en la Puerta del Sol, donde discutieron la postura política que habrían de mantener ante el Consejo. Se dirigieron después nuevamente a Palacio. Les salió al encuentro la guardia valona, que abrió fuego contra las primeras líneas de amotinados y causó las primeras bajas -diez- del motín. En los enfrentamientos resultaron también muertos diez guardias valones, de cuyos cadáveres se apoderó la turbamulta, mutilándolos y arrastrándolos por las calles aledañas. Mientras se producían estos acontecimientos, el rey celebraba Consejo en el interior de Palacio. Por recomendación del marqués de Sarriá, del conde de Oñate y del de Revillagigedo, Carlos III aceptó permitir el acceso de los sublevados a la Plaza de la Armería. Ante ellos se presentaron los duques de Arcos y de Medinaceli, quienes prometieron en nombre del rey el cumplimiento de sus reivindicaciones, pero contando con un plazo razonable para ello. Esto provocó un gran alboroto entre la multitud, que obligó a los ministros a refugiarse de nuevo en Palacio.

Los amotinados eligieron al padre Cuenca, predicador franciscano muy afamado, para que actuara como mediador ante el rey. Cuenca leyó ante el Consejo una lista de peticiones que incluían: el destierro de Esquilache y de su familia; la elección de españoles para ocupar todos los cargos ministeriales; la disolución de la guardia valona; la bajada del precio de los alimentos; la supresión de la Junta de Abastos; la retirada de las tropas movilizadas a sus acuartelamientos; la derogación de la prohibición de la indumentaria tradicional; y, por último, la presencia del rey para escuchar de su boca el compromiso de cumplir estos puntos. Carlos III accedió a asomarse a uno de los balcones sobre la Plaza de la Armería, donde permanecía reunida la multitud, y fue prometiendo cumplir, una a una, las exigencias del memorial leído por el padre Cuenca.

El motín pudo haber acabado entonces. Pero la salida del monarca y su familia hacia Aranjuez esa misma noche (acompañados por los duques de Arcos, Medinaceli y Losada, así como por Esquilache y Grimaldi) alarmó a los amotinados, que vieron en ello una huida poco prometedora. Por otra parte, los movimientos de tropas registrados en Madrid y sus cercanías pusieron en guardia a los rebeldes contra el inicio de una represión violenta por parte del ejército. Los rebeldes tomaron nuevamente las calles, obligando a las tropas a acantonarse en el Retiro. Tras hacerse con el control sobre un polvorín del barrio de Carabanchel, los rebeldes acordaron cortar las comunicaciones entre Madrid y los Reales Sitios de Aranjuez. Uno de los amotinados, Diego Abendaño, se ofreció para marchar a Aranjuez y presentar al rey un nuevo memorial de agravios, firmado por el propio gobernador del Consejo Real, el obispo Diego de Rojas, a quien se había obligado a rubricar el documento. Éste añadía a las anteriores dos nuevas exigencias: el regreso inmediato del rey a la capital y la concesión del perdón general a los implicados en la rebelión.

El 26 de marzo se encontraba Abendaño de vuelta en Madrid. Ante la multitud reunida en la Plaza Mayor y en presencia del Consejo Real, mandado reunir por el obispo Rojas, leyó la respuesta del rey, que ratificaba sus anteriores promesas y acordaba el perdón general. Al día siguiente se hizo efectivo el destierro de Esquilache, quien partió junto a su familia hacia Cartagena, donde se embarcaría poco después rumbo a Nápoles. El siciliano fue sustituido por Miguel de Múzquiz en la cartera de Hacienda, y por el teniente Gregorio de Muniain en la de Guerra. La calma volvió a Madrid. El motín había dejado veinte muertos y cuarenta heridos entre los amotinados, además de los diez guardias valones asesinados en la segunda jornada de disturbios.

Así concluyó la que se ha considerado primera fase del Motín de Esquilache, llamada de “estallido”, caracterizada por los tumultos callejeros. A partir de entonces, y durante muchas semanas todavía, siguió la fase del “clamoreo”, en la que una intensa propaganda antigubernamental circuló por Madrid y otras ciudades y que incluyó el estallido de numerosos motines en otras localidades del país. Los tumultos se propagaron rápidamente por todo el reino: entre fines de marzo y mediados de mayo de 1766 se registraron disturbios en unas 130 localidades de todo el territorio español. La zona de mayor intensidad trazaba una línea entre Guipúzcoa y Murcia. Los disturbios más importantes tuvieron lugar en Zaragoza (Motín de los Broqueleros), Cuenca, Palencia y algunas localidades de Andalucía, Guipúzcoa, Navarra y Cataluña. Fueron éstas en su mayoría revueltas causadas por la escasez de alimentos. En las provincias catalano-aragonesas (a excepción de Zaragoza) y en las del noroeste los tumultos tuvieron escasa relevancia, si bien en ciudades como Barcelona sólo la rápida actuación del ejército atajó el estallido de la revuelta.

En Madrid, una vez controlada la agitación popular con el ejército patrullando las calles, el rey pudo retractarse de las gracias concedidas a los sediciosos. El nuevo presidente del Consejo Real, conde de Aranda (nombrado en abril de 1766) ordenó a la nobleza, al clero, a las autoridades municipales y a los gremios mayores que solicitaran al rey la revocación de las concesiones hechas a los rebeldes. De esta forma la monarquía desautorizó a la oposición manifestada en los disturbios de marzo. Aranda fijó como prioridades el mantenimiento del orden público en la capital y el desvelamiento de los culpables del motín, ya que el gobierno consideraba que tras éste se escondía una conspiración de las fuerzas políticas enemigas de las reformas ilustradas preconizadas por Carlos III. Éste ordenó la creación de una Consejo Extraordinario encargado de investigar las responsabilidades de la camarilla de poder en torno al marqués de la Ensenada, antiguo ministro de Fernando VI y enemigo acérrimo de Esquilache. También se investigó a los jesuitas (que poco después fueron expulsados de España) y al cuerpo de colegiales mayores de Madrid como sospechosos de conspiración. El monarca no regresó a Madrid hasta diciembre de 1766. Respecto al detonante inmediato del motín, la prohibición de la indumentaria varonil tradicional, al poco tiempo de sofocados los disturbios los miembros de la corte comenzaron a vestir la capa corta y el sombrero de tres picos, indumentaria que rápidamente adoptó el pueblo.

Las causas del llamado “Motín de Esquilache” han suscitado numerosas controversias entre los historiadores del siglo XVIII español. Algunos autores (V. Rodríguez Casado, C. Corona) han buscado su origen en la oposición de los jesuitas a la política carolina, sin que por el momento se haya probado fehacientemente su implicación en los acontecimientos madrileños. Otras hipótesis apuntan, en cambio, a la reacción de la aristocracia y del alto clero contra las reformas ilustradas como motivación profunda de los tumultos. Según esta hipótesis, en el origen del motín estuvo la hostilidad de la alta nobleza hacia los ministros foráneos que copaban las principales carteras ministeriales y, especialmente, la hostilidad de la camarilla del marqués de la Ensenada (desterrado poco después del motín a Medina del Campo). Las reformas preconizadas por el gobierno de Carlos III habrían resultado demasiado bruscas y “progresistas” para los elementos más conservadores de la sociedad española, esto es, para la aristocracia y el alto clero, quienes habrían aprovechado el descontento popular por la crisis económica para derrocar al gobierno de los extranjeros.

Pierre Vilar ha caracterizado los motines de 1766 como revueltas de subsistencia causadas por la carestía que padecía el reino. Estas “revueltas del hambre” se insertarían en el contexto de una oleada generalizada de tumultos similares que afectó a toda Europa. Durante los cuatro años anteriores al motín, España padeció una terrible sequía y la consiguiente escasez generalizada de cereal. La carestía produjo un aumento espectacular de los precios de los productos de primera necesidad, sobre todo del pan, el aceite y el tocino. La libertad de comercio decretada por Esquilache en 1765 agravó esta situación, al aumentar bruscamente el precio del trigo. Por otra parte, las reformas urbanísticas puestas en marcha por Carlos III (Madrid tenía fama en la época de ser la ciudad más sucia e inhabitable de Europa) provocaron una rápida subida del precio de los alquileres urbanos. No es extraño, pues, que los rebeldes atacaran la casa de Sabatini, el arquitecto italiano encargado por Carlos III de dirigir la remodelación urbanística de la ciudad.

Domínguez Ortiz, por su parte, distingue entre el motín de Madrid, donde primaron las motivaciones políticas, y el resto de los disturbios acaecidos en el reino, de los que, según este autor, estuvieron ausentes las causas políticas, excepto en algunas localidades (Lorca, Zaragoza, villas de Guipúzcoa) en las que las autoridades locales y las fuerzas vivas utilizaron el descontento popular para protestar contra ciertas disposiciones del gobierno. Habrían faltado en estas revueltas, sin embargo, las reivindicaciones de carácter nacional que se dieron en Madrid. Según Domínguez Ortiz, la derrota de España en la Guerra de los Siete Años, la subida de los precios de los alimentos básicos motivada por la inflación y las malas cosechas, así como los elevados impuestos exigidos por Esquilache para financiar la guerra y las reformas produjeron un amplio descontento popular que supieron aprovechar quienes, de entre las clases dominantes, se oponían al proyecto político de Carlos III. En Madrid, las protestas contra los ministros extranjeros y el cúmulo de agravios contra el gobierno carolino dieron a los disturbios un cierto carácter patriótico y popular.

La consecuencia política inmediata del Motín de Esquilache fue el final de una primera fase del reinado de Carlos III, caracterizada por las reformas radicales, que dejó paso a un segundo período de reformas más cautelosas -dirigidas primero por Aranda y, posteriormente, por Campomanes-, con el fin de evitar una reacción conservadora de las fuerzas más conservadoras que pudiera poner en peligro la estabilidad de la monarquía carolina.

Fuente: Larousse

Madrid. Planos de población. 1872-1874


Interesante documento que contiene Plano parcelario de Madrid formado y publicado por el Instituto Geográfico y Estadistico ; bajo la dirección del Excmo. Sr. Don Carlos Ibañez e Ibañez de Ibero director general ; los trabajos se han ejecutado por el Cuerpo de topógrafos ; J. Reinoso grabó

Autor

Ibáñez de Ibero, Carlos (1825-1891)
Reinoso, José (1830-1903)
Instituto Geográfico y Estadístico (España)

Adjuntamos algunos folios del documento y podeis consultar el documento completo en este enlace

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Atlas de varias cartas de Europa y América entre 1662 y 1791


Colección facticia de mapas, cuadros de texto y gráficos, formada y cedida por Francisco Adolfo de Varnhagen, Secretario de la Legación de Brasil en Madrid

Los años de publicación corresponden al periodo que abarca los mapas que componen el atlas

Carece de portada

El atlas está compuesto por 19 hojas sueltas: 1 índice manuscrito con relación de contenido, 10 mapas (dos de ellos manuscritos), 3 cuadros de texto, 2 cronologías y 3 representaciones gráficas

Enlace del documento

Adjuntamos algunos mapas de la colección:

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1710 – Batalla de Brihuega


La batalla de Brihuega tuvo lugar el 8 de diciembre de 1710 durante la Guerra de Sucesión Española. La retaguardia del ejército aliado que se retiraba de Madrid, compuesta por las tropas británicas lideradas por Lord James Stanhope, fue atacada y derrotada por el ejército franco-español al mando de Luis José de Borbón, Duque de Vendôme.

Stanhope se rindió junto con casi todos sus hombres supervivientes y fue hecho prisionero. Sólo un pequeño destacamento inglés logró llegar a Barcelona, y tras la subsiguiente batalla de Villaviciosa, la alianza formada alrededor de la Casa de Habsburgo empezó a derrumbarse.

Preludio

Tras las victorias de Almenar (27 de julio) y Zaragoza (20 de agosto), los aliados, partidarios del Archiduque Carlos, conquistaron Madrid por segunda vez: el 21 de septiembre el Archiduque entraba en la ciudad.

Pero la invasión de 1710 resultó ser una repetición de la de 1706. El ejército aliado, que contaba inicalmente con 23.000 hombres, sufrió unas 2.000 bajas entre muertos y heridos tras las batallas de Almenar y Zaragoza; las enfermedades y las acciones guerrilleras rebajaron aún más su número, de forma que la fuerza resultante, sin ayuda portuguesa, era totalmente incapaz de ocupar militarmente ambas Castillas.

Las tropas españolas se reorganizaron bajo el mando de Luis José de Borbón, Duque de Vendôme, enviado a las órdenes de Felipe V de España por su abuelo; a estas se sumaron los soldados de la Brigada Irlandesa, así como varios franceses que se alistaron al servicio de España.

La posición de los aliados en Madrid, evacuada por casi toda la población civil exceptuando a los sectores más pobres, era insostenible. El 9 de noviembre procedieron a abandonar la ciudad, iniciando su retirada hacia Cataluña. El Archiduque se adelantó al resto del ejército junto con 2.000 jinetes, llegando a Barcelona a marchas forzadas. El resto del ejército avanzó separado en dos grupos debido a las dificultades para aprovisionar a las fuerzas sobre el terreno si se mantenían unidas. El general Starhemberg lideraba el cuerpo principal, de unos 12.000 hombres, avanzando a un día de marcha de las tropas británicas, unos 5.000 hombres a las órdenes de James Stanhope, Primer conde de Stanhope. Semejante distribución era una invitación al desastre contra un general tan capaz como Vendôme.

La batalla

Enterado del inicio de la retirada, Vendôme partió de Talavera con el grueso de las fuerzas bajo su mando, algo más de 20.000 hombres según todas las fuentes, y comenzó la persecución del ejército aliado en retirada, con sorprendente velocidad e intensidad. Las tropas marcharon día y noche, cruzando a nado y en barcazas el río Henares, y en tan sólo unos días atrapó al pequeño grupo de retaguardia inglés liderado por Stanhope. Este, ignorante de la acelerada aproximación del ejército franco-español, había decidido detenerse en Brihuega para dar un descanso a las tropas, y llevaba dos días acantonado en dicho pueblo.

“Nadie de los que me acompañaban”, dijo posteriormente el general inglés, “imaginó que hubiera tropas enemigas a menos de varios días de marcha de nosotros, y nuestra desgracia vino causada por la increíble diligencia con la que el ejército enemigo avanzó.” Pillado casi por sorpresa, Stanhope apenas tuvo tiempo de enviar un mensajero al grueso de su propio ejército, que se encontraba casi a un día de marcha de Brihuega, antes de que Vendôme y sus hombres le alcanzaran la noche del 8 de diciembre. Las tropas británicas se atrincheraron en el pueblo, esperando poder resistir hasta que llegara la ayuda, mientras el ejército franco-español, superior en una proporción de más de 5 a 1, les rodeaba casi por completo.

A la mañana siguiente se lanzó el asalto por todos los frentes. Las murallas fueron batidas con fuego de artillería, y una batería logró hacer saltar la puerta de la ciudad. En el asalto subsiguiente, los soldados ingleses mantuvieron un fuego graneado sobre los atacantes, causándoles tremendas bajas, y defendiéndose a la bayoneta al agotar la pólvora. Tras repeler varias oleadas, y consciente de que la defensa era ya imposible, Stanhope negoció la rendición, y la tarde del 9 de diciembre los supervivientes de su grupo se rendían en términos honorables.

Resultado

Al poco de haber firmado las condiciones de capitulación, Vendôme recibió noticias de la aproximación de Guido Starhemberg al mando del resto del ejército aliado, en un intento de auxiliar a Stanhope. Acto seguido procedió a encaminarse a Villaviciosa de Tajuña, donde se les enfrentó al día siguiente, 10 de diciembre, en la que sería llamada batalla de Villaviciosa.

Los soldados ingleses no permanecieron durante mucho tiempo como prisioneros de guerra; en octubre de 1711 fueron canjeados y llevados de vuelta a Inglaterra.

Batalla de Brihuega
Guerra de Sucesión Española
Fecha 9 de diciembre de 1710
Lugar Brihuega (Guadalajara)
Coordenadas 40°46′00″N 2°52′00″O (mapa)
Resultado Victoria decisiva franco-española
Beligerantes
Royal Standard of the King of France.svg Reino de Francia
Bandera de España España fiel a Felipe
Bandera del Reino Unido Gran Bretaña
Bandera de España España fiel a Carlos
Comandantes
Luis José de Vendôme James Stanhope  (P.D.G.)
Fuerzas en combate
de 20.000 a 24.000 hombres unos 4.000 hombres
Bajas
1.000 muertos 600 muertos, 3.400 heridos o capturados

Las huellas del Madrid judío: un legado oculto


ABC.es

  • Su existencia primigenia se justifica únicamente en escritos, si bien fue refundada ya avanzado el siglo XIX
 Se estima que actualmente viven la Comunidad de Madrid en torno a 10.000 judíos - ARCHIVO ABC

Se estima que actualmente viven la Comunidad de Madrid en torno a 10.000 judíos – ARCHIVO ABC

Recién terminada la semana en memoria de las víctimas del Holocausto, el Madrid judío -casi desaparecido por el implacable peso de la Historia-, se ubica entre el desconocimiento generalizado como una suerte de patrimonio oculto, relativo a dos épocas concretas. Una, primigenia y medieval, escenario de persecuciones y sustento de leyendas en torno a su configuración. Otra, contemporánea, referente a la refundación de la comunidad hebrea en Madrid.

La ausencia de evidencias arquitectónicas, en otros supuestos fieles cronistas en piedra, supedita cualquier justificación al archivo documental. Si bien no existen edificaciones o restos de la primera judería de la capital, sí figuran escritos que la ubican en lo que actualmente es la catedral de La Almudena. A su espalda, intramuros de la muralla árabe, permanecieron los judíos incluso tras la conquista cristiana de Madrid, entonces Mayrit, en el año 1083 por el rey Alfonso VI.

Los edictos de ejecución, multiplicados tras la concepción del tribunal de la Santa Inquisición, en 1478, y la transmisión popular juegan un papel capital en las endebles certezas sobre el pasado de la comunidad judía. Según fuentes documentales, trabajo de Alejandra Abulafia, directora de Destino Sefarad, ya en el año 1053 un vecino judío mandó una misiva a su hermana contando su pena por la muerte de dos correligionarios. A apenas unos metros de aquella judería vieja, subiendo por lo que ahora es la calle Mayor, en la plaza homónima, se asentaron muchos comerciantes, especialmente en el espacio que hoy acoge al Mercado de San Miguel y en los alrededores de la plaza de la Villa.

Precisamente en la Plaza Mayor, en los faroles situados en el centro, existe un grabado que pasa prácticamente desapercibido. El relieve muestra un juicio con sambenito a un judío, que no era otra cosa que colocar un sayal al reo, muchas veces sin juicio previo, para humillarlo y estigmatizarlo. Este pequeño rastro, aunque anecdótico, sintetiza en parte cómo fue la época medieval. De hecho, otro de los puntos recogidos en el mapa anexo, la puerta de Valnadú, es recordada por ser el punto de acceso en uno de los mayores ataques sufridos en la judería.

Persecuciones y expulsión

La prueba principal de su ubicación, en cualquier caso, remite a los episodios más trágicos de su historia en la zona. Narrados a veces en código literario, destaca un documento de 1391, cuando muchos judíos fueron asesinados en la calle de las Damas, en la judería, según cita Jacobo Israel Garzón en su prólogo a la obra Avapiés: Teatro en dos actos (Solly Wolodarsky. 2009). Este y otros pasajes son incluidos en el escrito, como la solicitud de la Villa de Madrid a la reina para ejecutar las penas previstas a los judíos que no llevaran señales distintivas en el ropaje, en 1478, o un muro que aislara a la judería, dos años después.

Todo desemboca, como parte y resultado, en una fecha clave para la comunidad judía en toda España. El 31 de julio de 1492, los Reyes Católicos firman su expulsión, condenados desde entonces, y hasta bien entrado el siglo XIX, a una presencia críptica. Perseguidos y en el más estricto secretismo, avanza el autor que, pasado un siglo, Madrid acogió a numerosos criptojudíos portugueses, descendientes de los que habían marchado el mismo año del descubrimiento de América. En esta época y en los años siguientes, diferentes documentos acreditan esta situación; como un auto de fe -uno entre miles- de 1632, donde salieron «hasta cuarenta y cuatro reos, de los que cuatro fueron quemados en estatua y siete en persona» por, presuntamente, reunirse para azotar y ultrajar a un Cristo y una Virgen.

Otro de los pilares sobre este legado tiene mucho que ver con especulaciones, justificadas en la transmisión popular. Quizá llame la atención que en la ruta ilustrada no figure el barrio de Lavapiés, supuestamente denominado como Avapiés en la fecha, pero lo cierto es que, contradicción entre historiadores, no existe base documental al respecto. Se trata, por tanto, de un mito; similar al que asegura que la actual iglesia de San Lorenzo fue otrora una sinagoga. Igualmente, se dice que el castizo nombre de Manolo tiene su origen en la comunidad judía, pues deriva de Immanuel, que en hebreo significa «Dios esté con nosotros».

Refundación

No existe una refundación efectiva hasta bien entrado el siglo XIX, aunque en los primeros años se atisba el final de este paréntesis. En 1917 se funda la primera sinagoga de Madrid, Midras Ababarnel, antecedente de la constitución de la Comunidad Judía en la región, en 1920. Se consigue, además, un recinto propio en el cementerio civil de La Almudena, aunque este crecimiento no es definitivo.

La sinagoga es cerrada en 1938 y, tras el final de la Guerra Civil ,se interrumpe toda actividad pública. Así, la Comunidad Judía no se restituye hasta 1947, y dos años después se inaugura una nueva sinagoga, el Oratorio Lawenda, que años más tarde se traslada a la calle Pizarro para albergar una mayor, Betzión. El despegue y asentamiento definitivo, pacífico a excepción del ataque sufrido en la Nochebuena de 1976, cuando explotó una bomba junto a la sinagoga de la calle Balmes, fue en la década de los 60; desarrollada con la construcción del cementerio judío de Hoyo de Manzanares, a principios de los 90. Madrid cuenta además con un colegio judío, el Ibn Gabirol, levantado en 1965.

La comunidad judía, en el presente

Se estima que actualmente viven la Comunidad de Madrid en torno a 10.000 judíos, con la sede de la Comunidad Judía (a la izquierda, su inauguración) como punto de encuentro principal; tanto religioso como social. Su crecimiento en los últimos años remite en gran parte a Argentina, pues muchos judíos emigraron a España tras el golpe militar de Videla, en 1976, y tras las recientes crisis económicas. La Segunda Guerra Mundial provoca igualmente la llegada de numerosos refugiados judíos. En aquellos años, Madrid se configuró como un escenario alternativo de espías y diplomacia encubierta. Como apunte, cabe en esta ruta la confitería Embassy, que actuó como tapadera para salvar a 30.000 judíos del despliegue nazi en la capital, con destino a Portugal


El día que las Ventas homenajeó a Himmler


ABC.es

  • El jefe de las sangrientas SS de la Alemania nazi de Adolf Hitler llegó a la capital y visitó España tras la Guerra Civil
 Llegada del jefe de las SS, Heinrich Himmler, a la Estación del Norte en Madrid - ABC

Llegada del jefe de las SS, Heinrich Himmler, a la Estación del Norte en Madrid – ABC

El 21 de octubre de 1940, Heinrich Himmler, Reichsführer de la Schutzstaffel (SS) y uno de los principales líderes del Partido Nazi (NSDAP), aterrizaba en la Estación del Norte de Madrid después de su paso por San Sebastián, la primera ciudad que pisó española, Y Burgos. Para la ocasión, la estación vestía engalanada con tapices y banderas españolas y esvásticas del III Reich, y también las calles lucían las banderas de los dos países.

El Diario ABC conserva las publicaciones e imágenes en las que se informó de aquella visita de la posguerra; gracias a ellas, hoy es posible saber los detalles de la estancia del oficial nazi desde que pusiera pie en el país, a las 9 de la mañana de aquel domingo.

A la llegada de Himmler a Madrid, Ramón Serrano Suñer, entonces ministro de Asuntos Exteriores, fue quien recibió y condujo al Führer hasta el hotel Ritz, donde se hospedó durante sus días en la capital. En su recorrido, la Policía armada y formaciones de Falanje Española Tradicionalista y de las Jons le escoltaron al ritmo de música y desfile de las fuerzas, mientras miles de personas saludaban con el brazo en alto y vitoreaban a España y Alemania.

Tras su encuentro con el general Francisco Franco, que se prolongó hasta una hora en el Palacio de El Pardo, Himmler acudió a la Monumental de Las Ventas, la plaza de toros que esperaba al nazi con esvásticas, banderas españolas y un público eufórico ante su presencia. Se celebró una corrida en su honor –hubo rumores de que se mareó durante la misma–, seguida de ovaciones y brazos en alto; el mismo gesto que utilizaba el fürer para responder a los ciudadanos.

El alemán, junto a su séquito de las SS, conoció El Escorial y Toledo, donde visitó fortificaciones históricas como el Alcázar de Toledo, donde se libró una de las sangrientas batallas de la Guerra Civil Española, terminada un año antes de la visita del comandante nazi.

Sobre la visita de Himmler a Madrid, las fuerzas del régimen anunciaron oficialmente que se trataba de un «viaje turístico», mientras que historiadores aseguran que el objetivo era reunirse con el Caudillo para tratar temas de seguridad internacional.

El duelo entre Unamuno y Millán Astray que dará nombre a una calle de Madrid


ABC.es

  • El Comisionado de la Memoria Histórica del Consistorio de la capital se ha servido de una contrarréplica del escritor al militar para cambiar el nombre de la vía a Avenida de la Inteligencia
 Imagen de archivo de Unamuno después del incidente con Millán Astray en la Universidad de Salamanca - ABC

Imagen de archivo de Unamuno después del incidente con Millán Astray en la Universidad de Salamanca – ABC

Avenida de la Inteligencia. Ese es el nombre que el Comisionado de la Memoria Histórica del Ayuntamiento de Madrid, liderado por Manuel Carmena, le tiene preparada a la calle del General Millán Astray en su plan por eliminar cualquier nombre franquista del callejero de la capital. Y, aunque pudiera parecerlo, no es un nombre escogido de forma arbitraria, sino que proviene de una frase extraída de un célebre enfrentamiento entre el escritor y el militar que ha vuelto a ganar actualidad después de que el PP de Madrid y la Legión se posicionaran en contra de cambiar el nombre de dicha vía.

Corría el día 12 de octubre del año 1936 cuando, en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca, se reunieron las más altas esferas del franquismo para celebrar la Fiesta de la Raza. Allí estaba también, como rector del centro, Miguel de Unamuno que, al contrario que la mayoría de los intelectuales de la época, se posicionó en contra del bando republicano.

Según recogen los escritos de entonces, de los que se hace eco el historiador británico Hugh Thomas, el profesor vasco no se encontraba del todo cómodo aquella jornada, especialmente después de escuchar el discurso de exaltación del bando nacional de uno de los ponentes que sí gustó al general Millán Astray, allí en representación de Franco.

«Abajo la inteligencia, viva la muerte»

Después de varias soflamas, el militar consiguió excitar al auditorio, hasta el punto que uno de los presentes exclamó uno de los lemas de Millán Astray: «Viva la muerte». Esa fue la gota que colmó el vaso de la paciencia de Unamuno, que aquel día no quería hacer ningún discurso, pero que se sintió obligado a lanzar una réplica.

Unamuno reprochó esos gritos y, en su intervención, llegó a llamar «inválido» al militar, algo que caldeó aún más el ambiente, especialmente en el interior de Astray, que no pudo contenerse y reprendió al intelectual. «¡Abajo la inteligencia, viva la muerte!», volvió a exclamar el general, dando pie a Unamuno a pronunciar la frase que ha inspirado el nombre a la calle que, precisamente en estos días, aún se denomina del General Millán Astray.

«Este es el templo de la inteligencia y estáis profanando su sagrado recinto. Yo soy su sumo sacerdote. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta, pero no convenceréis», despachó Unamuno que, acto seguido, se levantó de su asiento y se marchó, increpado por los presentes. No sabían que, décadas después, el Gobierno de Carmena iba a servirse de estas palabras para darle la última contrarréplica al general franquista al quitarle su calle para dársela a Unamuno por medio de una de sus frases más célebres.

El primer semáforo de Madrid cumple 90 años


El Mundo

  • Se instaló un 17 de marzo de 1926 para regular el tráfico entre la Gran Vía y la Calle Alcalá
  • Los periódicos tuvieron que informar a los peatones cómo funcionaba
  • Hoy hay 130.000 en Madrid
 
La bifurcación de la Gran Vía con la calle de Alcalá tras la instalación del semáforo. E. M.

La bifurcación de la Gran Vía con la calle de Alcalá tras la instalación del semáforo. E. M.

En 1926 se instaló el primer semáforo de Madrid y aquello supuso todo un acontecimiento para aquellos que se desplazaron al lugar de los hechos para presenciar el espectáculo. Los madrileños aprovecharon la ocasión para convertir el estreno en motivo de celebración. La prensa titulaba «faros luminosos – gran regocijo del público» y en la noticia se leía que de la inauguración «corrió un juergazo de esos que en Madrid son clásicos».

Hasta su primera aparición, en el cruce de las calles Gran Vía y Alcalá, la circulación estaba regulada por guardias de tráfico. Sin embargo, en un lugar tan concurrido como éste -por el que todo madrileño ha pasado al menos una vez- el trabajo de los agentes dejó de ser efectivo. «Por la forma en que los guardias cortaban la circulación de carruajes y la reanudaban, ocurriría una desgracia», advertía la prensa del momento. La instalación del primer semáforo español duró más de dos meses y su presentación a la sociedad madrileña tuvo lugar el 17 de marzo de 1926.

Los discos luminosos que le siguieron, se colocaron en la Puerta del Sol, en la plaza de Canalejas, en la plaza de Castelar, Red de San Luis, en el cruce de Gran Vía con la calle Clavel, Alcalá con Peligros y en la intersección de Sevilla con Nicolás María Rivero.

Por aquel entonces, los semáforos no se llamaban semáforos y las calles no eran lo que son. Hoy en día, las señales están totalmente integradas en el paisaje de la metrópoli y la sensación es que han estado ahí desde siempre. Actualmente en Madrid hay 2.213 intersecciones reguladas por semáforos, lo que supone una cifra de 130.000, aproximadamente.

En los últimos 90 años mucho han cambiado estos aparatos, que también se han adaptado la evolución tecnológica. El primer semáforo era sólo para vehículos y no para peatones y, ante el desconocimiento de la gente, los periódicos informaron al viandante de cómo cruzar y dieron las instrucciones necesarias para lidiar con el nuevo inquilino de las calles Gran Vía y Alcalá. Éste era electromecánico y se programaba manualmente con clavijas para establecer los momentos en los que se activaba el color verde, el ámbar o el rojo.

Hacia los años 70 pasaron a ser electrónicos y funcionaban con cableado, lo que permitió programarlos para coordinar las calles y rutas. Ahora, los semáforos son como pequeños ordenadores que incorporan microprocesadores y se regulan, en su mayoría, con fibra óptica.

Las luces roja, ámbar y verde se iluminan con lámparas LED, de bajo consumo y cuyos costes de mantenimiento han permitido reducir a la mitad la factura eléctrica municipal.

Lo que nos cuesta a los madrileños su gestión es más de 1.785.000 euros, que es la cantidad que el Ayuntamiento reserva para su mantenimiento.

El semáforo de 1926 se pagó con 23.850 pesetas y su mantenimiento y el de los posteriores faros luminosos supuso un desembolso municipal de 150.000 de la anterior moneda.

Desde el primero, se han ido introduciendo nuevas variantes como los semáforos con pulsadores y demandas de peatón, los que contienen avisadores acústicos y los últimos en llegar, aquellos que incorporan sistemas foto-rojo.

Por si hay todavía alguien que no los conoce, éstos son los que llevan instalados una cámara para controlar que los vehículos cumplan las ordenes de las luces. En Madrid hay un total de 35 foto-rojos. Una quincena se han activado en los últimos meses y los últimos nueve están en periodo de prueba y no sancionarán hasta el 25 de septiembre. En caso de cometer infracción, la multa es de 200 euros y la pérdida de cuatro puntos en el carnet de conducir.

Las cámaras se instalan en los cruces más sensibles, donde ocurren más atropellos o en los lugares en los que hay cerca colegios u hospitales. En el caso de los semáforos estándar, los cálculos para su instalación en un punto u otro tienen que ver con la magnitud de la circulación.

La semaforización debe considerarse cuando las intensidades de las vías confluyentes sean de, al menos, 300 vehículos por hora en cada calle. O bien cuando concurren 500 vehículos por hora por la calle principal y un centenar por la secundaria.

En la actualidad, hay 14 tipos diferentes de semáforos y los equipos más viejos rondan la veintena de años. Los siniestros, la corrosión o el simple cambio de modelo que emprende el Ayuntamiento pone fin a sus vidas.

Si el disco luminoso de las calles Alcalá y Gran Vía hubiese resistido hasta hoy, sería un abuelo de 90 años y hubiera sido testigo de muchas escenas de la vida madrileña.

El polémico viaje a Madrid de las juventudes hitlerianas en plena Segunda Guerra Mundial


ABC.es

  • Una delegación con 62 jóvenes visitó la capital en octubre de 1941 para demostrar la naturaleza cultural del III Reich
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Tres representantes de las juventudes hitlerianas desfilan por delante de la Cibeles – SECRETOS DE MADRID/M. URECH

El 13 de octubre de 1941, según figura en la hemeroteca de ABC, una delegación del Frente de Juventudes alemán, conocido como las juventudes hitlerianas, aterrizó en la capital. Lo hizo en plena guerra, en suelo teóricamente neutral y con la intención de demostrar la sólida formación cultural de los jóvenes del III Reich. Durante la visita, segunda escala de su estancia en España, tras su paso por Barcelona, el grupo desfiló por las calles de Madrid, participó en varios conciertos y hasta organizó un festival deportivo.

Un total de 62 jóvenes alemanes, divididos en dos grupos, se desplazaron a Madrid mientras su país estaba inmerso en la Segunda Guerra Mundial. Unos formaron un grupo musical y otros dos equipos de gimnastas, femenino y masculino. Aquellos adolescentes estaban convencidos de que la guerra tendría un único final y que ellos, porque así se lo habían hecho creer, eran el futuro de un «súper estado». La visita a España, de hecho, estaba configurada como una maniobra propagandística para demostrar la buena salud de Alemania, el horizonte que vislumbraba y la excelente formación física y cultural de sus bases militantes.

Recorte de ABC del 14 de octubre de 1941

Recorte de ABC del 14 de octubre de 1941

Las juventudes hitlerianas dieron un concierto en la embajada alemana, en la residencia particular del embajador Von Stohrer, bajo la dirección del maestro Gehrard Maass. Según recoge la información de este periódico, del 14 de octubre de 1941, al acto acudieron altos cargos del partido nazi en Madrid, miembros de la Falange, diplomáticos del Pacto Tripartito (Alemania, Italia y Japón) y personalidades del mundo de la música. El evento musical se celebró en el edificio más emblemático de Alemania en Madrid: la embajada situada junto a la iglesia de Friedenskirche, una joya histórica y arquitectónica que aún hoy se conserva en la capital. Además, en colaboración con la Jefatura nacional de Educación y Descanso, tuvo lugar el día 16 del mismo mes una especie de exhibición deportiva, donde los bisoños alemanes demostraron sus habilidades en gimnasia rítmica, patín sobre ruedas o ejercicios en paralelas. Todo aderezado con música y con un desfile final con canto del «Nur der Freheit gehört unser Leben».

Las connotaciones del viaje generaron una multitud de críticas en el ala menos germánica de la dictadura. Un ejercicio de cinismo que tampoco pasó desapercibido entre la población, que lo rechazó aunque veladamente. La perspectiva que aporta el paso del tiempo arroja más polémica a la visita, pues la delegación visitó la tumba de José Antonio Primo de Rivera bajo la invitación de las autoridades, aunque España se consideraba neutral en el conflicto. Igualmente, desde un análisis más técnico, se ha considerado esta visita como una muestra estéril de músculo cuando la Alemania nazi se asomaba al abismo.