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  • Su existencia primigenia se justifica únicamente en escritos, si bien fue refundada ya avanzado el siglo XIX
 Se estima que actualmente viven la Comunidad de Madrid en torno a 10.000 judíos - ARCHIVO ABC

Se estima que actualmente viven la Comunidad de Madrid en torno a 10.000 judíos – ARCHIVO ABC

Recién terminada la semana en memoria de las víctimas del Holocausto, el Madrid judío -casi desaparecido por el implacable peso de la Historia-, se ubica entre el desconocimiento generalizado como una suerte de patrimonio oculto, relativo a dos épocas concretas. Una, primigenia y medieval, escenario de persecuciones y sustento de leyendas en torno a su configuración. Otra, contemporánea, referente a la refundación de la comunidad hebrea en Madrid.

La ausencia de evidencias arquitectónicas, en otros supuestos fieles cronistas en piedra, supedita cualquier justificación al archivo documental. Si bien no existen edificaciones o restos de la primera judería de la capital, sí figuran escritos que la ubican en lo que actualmente es la catedral de La Almudena. A su espalda, intramuros de la muralla árabe, permanecieron los judíos incluso tras la conquista cristiana de Madrid, entonces Mayrit, en el año 1083 por el rey Alfonso VI.

Los edictos de ejecución, multiplicados tras la concepción del tribunal de la Santa Inquisición, en 1478, y la transmisión popular juegan un papel capital en las endebles certezas sobre el pasado de la comunidad judía. Según fuentes documentales, trabajo de Alejandra Abulafia, directora de Destino Sefarad, ya en el año 1053 un vecino judío mandó una misiva a su hermana contando su pena por la muerte de dos correligionarios. A apenas unos metros de aquella judería vieja, subiendo por lo que ahora es la calle Mayor, en la plaza homónima, se asentaron muchos comerciantes, especialmente en el espacio que hoy acoge al Mercado de San Miguel y en los alrededores de la plaza de la Villa.

Precisamente en la Plaza Mayor, en los faroles situados en el centro, existe un grabado que pasa prácticamente desapercibido. El relieve muestra un juicio con sambenito a un judío, que no era otra cosa que colocar un sayal al reo, muchas veces sin juicio previo, para humillarlo y estigmatizarlo. Este pequeño rastro, aunque anecdótico, sintetiza en parte cómo fue la época medieval. De hecho, otro de los puntos recogidos en el mapa anexo, la puerta de Valnadú, es recordada por ser el punto de acceso en uno de los mayores ataques sufridos en la judería.

Persecuciones y expulsión

La prueba principal de su ubicación, en cualquier caso, remite a los episodios más trágicos de su historia en la zona. Narrados a veces en código literario, destaca un documento de 1391, cuando muchos judíos fueron asesinados en la calle de las Damas, en la judería, según cita Jacobo Israel Garzón en su prólogo a la obra Avapiés: Teatro en dos actos (Solly Wolodarsky. 2009). Este y otros pasajes son incluidos en el escrito, como la solicitud de la Villa de Madrid a la reina para ejecutar las penas previstas a los judíos que no llevaran señales distintivas en el ropaje, en 1478, o un muro que aislara a la judería, dos años después.

Todo desemboca, como parte y resultado, en una fecha clave para la comunidad judía en toda España. El 31 de julio de 1492, los Reyes Católicos firman su expulsión, condenados desde entonces, y hasta bien entrado el siglo XIX, a una presencia críptica. Perseguidos y en el más estricto secretismo, avanza el autor que, pasado un siglo, Madrid acogió a numerosos criptojudíos portugueses, descendientes de los que habían marchado el mismo año del descubrimiento de América. En esta época y en los años siguientes, diferentes documentos acreditan esta situación; como un auto de fe -uno entre miles- de 1632, donde salieron «hasta cuarenta y cuatro reos, de los que cuatro fueron quemados en estatua y siete en persona» por, presuntamente, reunirse para azotar y ultrajar a un Cristo y una Virgen.

Otro de los pilares sobre este legado tiene mucho que ver con especulaciones, justificadas en la transmisión popular. Quizá llame la atención que en la ruta ilustrada no figure el barrio de Lavapiés, supuestamente denominado como Avapiés en la fecha, pero lo cierto es que, contradicción entre historiadores, no existe base documental al respecto. Se trata, por tanto, de un mito; similar al que asegura que la actual iglesia de San Lorenzo fue otrora una sinagoga. Igualmente, se dice que el castizo nombre de Manolo tiene su origen en la comunidad judía, pues deriva de Immanuel, que en hebreo significa «Dios esté con nosotros».

Refundación

No existe una refundación efectiva hasta bien entrado el siglo XIX, aunque en los primeros años se atisba el final de este paréntesis. En 1917 se funda la primera sinagoga de Madrid, Midras Ababarnel, antecedente de la constitución de la Comunidad Judía en la región, en 1920. Se consigue, además, un recinto propio en el cementerio civil de La Almudena, aunque este crecimiento no es definitivo.

La sinagoga es cerrada en 1938 y, tras el final de la Guerra Civil ,se interrumpe toda actividad pública. Así, la Comunidad Judía no se restituye hasta 1947, y dos años después se inaugura una nueva sinagoga, el Oratorio Lawenda, que años más tarde se traslada a la calle Pizarro para albergar una mayor, Betzión. El despegue y asentamiento definitivo, pacífico a excepción del ataque sufrido en la Nochebuena de 1976, cuando explotó una bomba junto a la sinagoga de la calle Balmes, fue en la década de los 60; desarrollada con la construcción del cementerio judío de Hoyo de Manzanares, a principios de los 90. Madrid cuenta además con un colegio judío, el Ibn Gabirol, levantado en 1965.

La comunidad judía, en el presente

Se estima que actualmente viven la Comunidad de Madrid en torno a 10.000 judíos, con la sede de la Comunidad Judía (a la izquierda, su inauguración) como punto de encuentro principal; tanto religioso como social. Su crecimiento en los últimos años remite en gran parte a Argentina, pues muchos judíos emigraron a España tras el golpe militar de Videla, en 1976, y tras las recientes crisis económicas. La Segunda Guerra Mundial provoca igualmente la llegada de numerosos refugiados judíos. En aquellos años, Madrid se configuró como un escenario alternativo de espías y diplomacia encubierta. Como apunte, cabe en esta ruta la confitería Embassy, que actuó como tapadera para salvar a 30.000 judíos del despliegue nazi en la capital, con destino a Portugal


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  • El jefe de las sangrientas SS de la Alemania nazi de Adolf Hitler llegó a la capital y visitó España tras la Guerra Civil
 Llegada del jefe de las SS, Heinrich Himmler, a la Estación del Norte en Madrid - ABC

Llegada del jefe de las SS, Heinrich Himmler, a la Estación del Norte en Madrid – ABC

El 21 de octubre de 1940, Heinrich Himmler, Reichsführer de la Schutzstaffel (SS) y uno de los principales líderes del Partido Nazi (NSDAP), aterrizaba en la Estación del Norte de Madrid después de su paso por San Sebastián, la primera ciudad que pisó española, Y Burgos. Para la ocasión, la estación vestía engalanada con tapices y banderas españolas y esvásticas del III Reich, y también las calles lucían las banderas de los dos países.

El Diario ABC conserva las publicaciones e imágenes en las que se informó de aquella visita de la posguerra; gracias a ellas, hoy es posible saber los detalles de la estancia del oficial nazi desde que pusiera pie en el país, a las 9 de la mañana de aquel domingo.

A la llegada de Himmler a Madrid, Ramón Serrano Suñer, entonces ministro de Asuntos Exteriores, fue quien recibió y condujo al Führer hasta el hotel Ritz, donde se hospedó durante sus días en la capital. En su recorrido, la Policía armada y formaciones de Falanje Española Tradicionalista y de las Jons le escoltaron al ritmo de música y desfile de las fuerzas, mientras miles de personas saludaban con el brazo en alto y vitoreaban a España y Alemania.

Tras su encuentro con el general Francisco Franco, que se prolongó hasta una hora en el Palacio de El Pardo, Himmler acudió a la Monumental de Las Ventas, la plaza de toros que esperaba al nazi con esvásticas, banderas españolas y un público eufórico ante su presencia. Se celebró una corrida en su honor –hubo rumores de que se mareó durante la misma–, seguida de ovaciones y brazos en alto; el mismo gesto que utilizaba el fürer para responder a los ciudadanos.

El alemán, junto a su séquito de las SS, conoció El Escorial y Toledo, donde visitó fortificaciones históricas como el Alcázar de Toledo, donde se libró una de las sangrientas batallas de la Guerra Civil Española, terminada un año antes de la visita del comandante nazi.

Sobre la visita de Himmler a Madrid, las fuerzas del régimen anunciaron oficialmente que se trataba de un «viaje turístico», mientras que historiadores aseguran que el objetivo era reunirse con el Caudillo para tratar temas de seguridad internacional.


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  • El Comisionado de la Memoria Histórica del Consistorio de la capital se ha servido de una contrarréplica del escritor al militar para cambiar el nombre de la vía a Avenida de la Inteligencia
 Imagen de archivo de Unamuno después del incidente con Millán Astray en la Universidad de Salamanca - ABC

Imagen de archivo de Unamuno después del incidente con Millán Astray en la Universidad de Salamanca – ABC

Avenida de la Inteligencia. Ese es el nombre que el Comisionado de la Memoria Histórica del Ayuntamiento de Madrid, liderado por Manuel Carmena, le tiene preparada a la calle del General Millán Astray en su plan por eliminar cualquier nombre franquista del callejero de la capital. Y, aunque pudiera parecerlo, no es un nombre escogido de forma arbitraria, sino que proviene de una frase extraída de un célebre enfrentamiento entre el escritor y el militar que ha vuelto a ganar actualidad después de que el PP de Madrid y la Legión se posicionaran en contra de cambiar el nombre de dicha vía.

Corría el día 12 de octubre del año 1936 cuando, en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca, se reunieron las más altas esferas del franquismo para celebrar la Fiesta de la Raza. Allí estaba también, como rector del centro, Miguel de Unamuno que, al contrario que la mayoría de los intelectuales de la época, se posicionó en contra del bando republicano.

Según recogen los escritos de entonces, de los que se hace eco el historiador británico Hugh Thomas, el profesor vasco no se encontraba del todo cómodo aquella jornada, especialmente después de escuchar el discurso de exaltación del bando nacional de uno de los ponentes que sí gustó al general Millán Astray, allí en representación de Franco.

«Abajo la inteligencia, viva la muerte»

Después de varias soflamas, el militar consiguió excitar al auditorio, hasta el punto que uno de los presentes exclamó uno de los lemas de Millán Astray: «Viva la muerte». Esa fue la gota que colmó el vaso de la paciencia de Unamuno, que aquel día no quería hacer ningún discurso, pero que se sintió obligado a lanzar una réplica.

Unamuno reprochó esos gritos y, en su intervención, llegó a llamar «inválido» al militar, algo que caldeó aún más el ambiente, especialmente en el interior de Astray, que no pudo contenerse y reprendió al intelectual. «¡Abajo la inteligencia, viva la muerte!», volvió a exclamar el general, dando pie a Unamuno a pronunciar la frase que ha inspirado el nombre a la calle que, precisamente en estos días, aún se denomina del General Millán Astray.

«Este es el templo de la inteligencia y estáis profanando su sagrado recinto. Yo soy su sumo sacerdote. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta, pero no convenceréis», despachó Unamuno que, acto seguido, se levantó de su asiento y se marchó, increpado por los presentes. No sabían que, décadas después, el Gobierno de Carmena iba a servirse de estas palabras para darle la última contrarréplica al general franquista al quitarle su calle para dársela a Unamuno por medio de una de sus frases más célebres.


El Mundo

  • Se instaló un 17 de marzo de 1926 para regular el tráfico entre la Gran Vía y la Calle Alcalá
  • Los periódicos tuvieron que informar a los peatones cómo funcionaba
  • Hoy hay 130.000 en Madrid
 
La bifurcación de la Gran Vía con la calle de Alcalá tras la instalación del semáforo. E. M.

La bifurcación de la Gran Vía con la calle de Alcalá tras la instalación del semáforo. E. M.

En 1926 se instaló el primer semáforo de Madrid y aquello supuso todo un acontecimiento para aquellos que se desplazaron al lugar de los hechos para presenciar el espectáculo. Los madrileños aprovecharon la ocasión para convertir el estreno en motivo de celebración. La prensa titulaba «faros luminosos – gran regocijo del público» y en la noticia se leía que de la inauguración «corrió un juergazo de esos que en Madrid son clásicos».

Hasta su primera aparición, en el cruce de las calles Gran Vía y Alcalá, la circulación estaba regulada por guardias de tráfico. Sin embargo, en un lugar tan concurrido como éste -por el que todo madrileño ha pasado al menos una vez- el trabajo de los agentes dejó de ser efectivo. «Por la forma en que los guardias cortaban la circulación de carruajes y la reanudaban, ocurriría una desgracia», advertía la prensa del momento. La instalación del primer semáforo español duró más de dos meses y su presentación a la sociedad madrileña tuvo lugar el 17 de marzo de 1926.

Los discos luminosos que le siguieron, se colocaron en la Puerta del Sol, en la plaza de Canalejas, en la plaza de Castelar, Red de San Luis, en el cruce de Gran Vía con la calle Clavel, Alcalá con Peligros y en la intersección de Sevilla con Nicolás María Rivero.

Por aquel entonces, los semáforos no se llamaban semáforos y las calles no eran lo que son. Hoy en día, las señales están totalmente integradas en el paisaje de la metrópoli y la sensación es que han estado ahí desde siempre. Actualmente en Madrid hay 2.213 intersecciones reguladas por semáforos, lo que supone una cifra de 130.000, aproximadamente.

En los últimos 90 años mucho han cambiado estos aparatos, que también se han adaptado la evolución tecnológica. El primer semáforo era sólo para vehículos y no para peatones y, ante el desconocimiento de la gente, los periódicos informaron al viandante de cómo cruzar y dieron las instrucciones necesarias para lidiar con el nuevo inquilino de las calles Gran Vía y Alcalá. Éste era electromecánico y se programaba manualmente con clavijas para establecer los momentos en los que se activaba el color verde, el ámbar o el rojo.

Hacia los años 70 pasaron a ser electrónicos y funcionaban con cableado, lo que permitió programarlos para coordinar las calles y rutas. Ahora, los semáforos son como pequeños ordenadores que incorporan microprocesadores y se regulan, en su mayoría, con fibra óptica.

Las luces roja, ámbar y verde se iluminan con lámparas LED, de bajo consumo y cuyos costes de mantenimiento han permitido reducir a la mitad la factura eléctrica municipal.

Lo que nos cuesta a los madrileños su gestión es más de 1.785.000 euros, que es la cantidad que el Ayuntamiento reserva para su mantenimiento.

El semáforo de 1926 se pagó con 23.850 pesetas y su mantenimiento y el de los posteriores faros luminosos supuso un desembolso municipal de 150.000 de la anterior moneda.

Desde el primero, se han ido introduciendo nuevas variantes como los semáforos con pulsadores y demandas de peatón, los que contienen avisadores acústicos y los últimos en llegar, aquellos que incorporan sistemas foto-rojo.

Por si hay todavía alguien que no los conoce, éstos son los que llevan instalados una cámara para controlar que los vehículos cumplan las ordenes de las luces. En Madrid hay un total de 35 foto-rojos. Una quincena se han activado en los últimos meses y los últimos nueve están en periodo de prueba y no sancionarán hasta el 25 de septiembre. En caso de cometer infracción, la multa es de 200 euros y la pérdida de cuatro puntos en el carnet de conducir.

Las cámaras se instalan en los cruces más sensibles, donde ocurren más atropellos o en los lugares en los que hay cerca colegios u hospitales. En el caso de los semáforos estándar, los cálculos para su instalación en un punto u otro tienen que ver con la magnitud de la circulación.

La semaforización debe considerarse cuando las intensidades de las vías confluyentes sean de, al menos, 300 vehículos por hora en cada calle. O bien cuando concurren 500 vehículos por hora por la calle principal y un centenar por la secundaria.

En la actualidad, hay 14 tipos diferentes de semáforos y los equipos más viejos rondan la veintena de años. Los siniestros, la corrosión o el simple cambio de modelo que emprende el Ayuntamiento pone fin a sus vidas.

Si el disco luminoso de las calles Alcalá y Gran Vía hubiese resistido hasta hoy, sería un abuelo de 90 años y hubiera sido testigo de muchas escenas de la vida madrileña.


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  • Una delegación con 62 jóvenes visitó la capital en octubre de 1941 para demostrar la naturaleza cultural del III Reich
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Tres representantes de las juventudes hitlerianas desfilan por delante de la Cibeles – SECRETOS DE MADRID/M. URECH

El 13 de octubre de 1941, según figura en la hemeroteca de ABC, una delegación del Frente de Juventudes alemán, conocido como las juventudes hitlerianas, aterrizó en la capital. Lo hizo en plena guerra, en suelo teóricamente neutral y con la intención de demostrar la sólida formación cultural de los jóvenes del III Reich. Durante la visita, segunda escala de su estancia en España, tras su paso por Barcelona, el grupo desfiló por las calles de Madrid, participó en varios conciertos y hasta organizó un festival deportivo.

Un total de 62 jóvenes alemanes, divididos en dos grupos, se desplazaron a Madrid mientras su país estaba inmerso en la Segunda Guerra Mundial. Unos formaron un grupo musical y otros dos equipos de gimnastas, femenino y masculino. Aquellos adolescentes estaban convencidos de que la guerra tendría un único final y que ellos, porque así se lo habían hecho creer, eran el futuro de un «súper estado». La visita a España, de hecho, estaba configurada como una maniobra propagandística para demostrar la buena salud de Alemania, el horizonte que vislumbraba y la excelente formación física y cultural de sus bases militantes.

Recorte de ABC del 14 de octubre de 1941

Recorte de ABC del 14 de octubre de 1941

Las juventudes hitlerianas dieron un concierto en la embajada alemana, en la residencia particular del embajador Von Stohrer, bajo la dirección del maestro Gehrard Maass. Según recoge la información de este periódico, del 14 de octubre de 1941, al acto acudieron altos cargos del partido nazi en Madrid, miembros de la Falange, diplomáticos del Pacto Tripartito (Alemania, Italia y Japón) y personalidades del mundo de la música. El evento musical se celebró en el edificio más emblemático de Alemania en Madrid: la embajada situada junto a la iglesia de Friedenskirche, una joya histórica y arquitectónica que aún hoy se conserva en la capital. Además, en colaboración con la Jefatura nacional de Educación y Descanso, tuvo lugar el día 16 del mismo mes una especie de exhibición deportiva, donde los bisoños alemanes demostraron sus habilidades en gimnasia rítmica, patín sobre ruedas o ejercicios en paralelas. Todo aderezado con música y con un desfile final con canto del «Nur der Freheit gehört unser Leben».

Las connotaciones del viaje generaron una multitud de críticas en el ala menos germánica de la dictadura. Un ejercicio de cinismo que tampoco pasó desapercibido entre la población, que lo rechazó aunque veladamente. La perspectiva que aporta el paso del tiempo arroja más polémica a la visita, pues la delegación visitó la tumba de José Antonio Primo de Rivera bajo la invitación de las autoridades, aunque España se consideraba neutral en el conflicto. Igualmente, desde un análisis más técnico, se ha considerado esta visita como una muestra estéril de músculo cuando la Alemania nazi se asomaba al abismo.


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  • La viuda millonaria, Luciana Borgino, murió envuelta en llamas mientras su criada dormía en la habitación de al lado
 Las tres sospechosas de la muerte de Luciana Borgino en el conocido como crimen de Fuencarral

Las tres sospechosas de la muerte de Luciana Borgino en el conocido como crimen de Fuencarral

La mañana del 2 de julio de 1888 los vecinos de Luciana Borcino alertaron a la Policía de los gritos desgarradores que salían de su vivienda. Cuando por fin consiguieron entrar se encontraron a la mujer envuelta completamente en llamas. A los pocos segundos cayó desplomaba y nadie pudo hacer nada por salvarle la vida.

Luciana Borgino era una de las viudas más reconocidas del Madrid de la alta sociedad. Su carisma no tenía límites, al igual que el miedo que infundía entre sus enemigos. Al estar siempre tan bien relacionada, Borgino era temida allá por donde iba.

Al entrar en la vivienda de esta rica viuda, los agentes de Policía se encontraron a su asistenta, Higinia, durmiendo a pierna suelta en su habitación. Desde el principio les resultó extraño que los gritos de la dueña de la casa no hubieran sacado del sueño a su ama de llaves. Enseguida todas las sospechas sobre la autoría del crimen recayeron en ella. El juicio fue el más mediático de la época. Duró dos meses y fue cubierto hasta por Benito Pérez Galdós.

Tanto los agentes como los responsables judiciales intentaron lograr una confesión de Higinia que nunca consiguieron. Entre tanta investigación salió a relucir el nombre de su hijo, José Vázquez-Varela, como otro posible responsable. Todo el mundo conocía al «pollo» Varela por sus andanzas y fechorías. Pero resulta que tenía coartada porque en el momento del crimen se encontraba preso en la cárcel de la Modelo.

La visita de un hombre

Higinia insistía durante el juicio en que el día del asesinato, Luciana Borgino había recibido la visita de un hombre muy importante. Aunque no quiso pronunciar su nombre, apuntaba hacia Millán Astray, el padre del fundador de la Legión y que entonces era director de la cárcel donde estaba su hijo ingresado.

Después de dar muchas vueltas, y sin tenerlas todas consigo, Higinia fue condenada a morir por garrote vil, mientras que a una amiga suya, a la que se consideró cómplice, Dolores Ávila, le cayeron 18 años de cárcel. La ejecución tuvo lugar el 19 de julio de 1890. Unas 20.000 personas asistieron al castigo. Todas ellas pudieron oír las últimas palabras de Higinia antes de morir: «Dolores, catorce mil duros». Este último mensaje no hizo sino añadir un poco más de misterio a un crimen que nadie consiguió resolver.


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  • La cochera de la empresa de transporte público inaugura su museo con ejemplares de hace más de 60 años
 Autobuses de época guardados en la cochera del Taller Central de la EMT, junto a la Castellana - MAYA BALANYÁ

Autobuses de época guardados en la cochera del Taller Central de la EMT, junto a la Castellana – MAYA BALANYÁ

Hay lugares de Madrid que trasladan a otra época. Que remontan a la infancia a través de elementos que formaron parte de la vida cotidiana. Uno de esos lugares es la cochera de la Empresa Madrileña de Transportes EMT, en la que descansan 28 ejemplares de autobuses urbanos que circularon por las calles de la capital hace 70 años.

Esta semana se inaugura el Museo EMT, que abre sus puertas todos los sábados por la mañana para que, mediante cita previa, cualquiera pueda visitar estas piezas de coleccionista. Además, hasta el 12 de junio, la empresa ofrece visitas guiadas y como colofón de la jornada de estreno, saca sus autobuses al paseo del Prado para exhibirlos allí junto a documentos que reflejan la historia del transporte público de Madrid.

Este museo, ubicado en la nave del antiguo Taller Central de EMT (calle Mauricio Legendre, 38), constituye todo un recorrido de la historia del transporte público desde la posguerra hasta la edad contemporánea. Entre andenes se puede incluso descubrir matices históricos, como la primera referencia de un servicio regular de transporte, registrada en 1947: «Diligencia de los Caravancheles (sic): salen dos veces al día, ocho de la tarde y una de la tarde, calle Toledo».

Interior de uno de los autobuses de exposición en el Museo de la EMT- MAYA BALANYA

Interior de uno de los autobuses de exposición en el Museo de la EMT- MAYA BALANYA

Guillermo Deike, coordinador de este museo, explica algunas de las joyas de la familia, como el Pegaso 6050, «el primer autobús rojo» que llegaba a la capital, en la década de los 70 y con sillones acolchados. Además, Deike revela que algunos de los modelos que allí se exponen fueron trasladados desde Tarragona, Orense, Valladolid o Cullera, ya que «fueron autobuses cedidos por la empresa a estas ciudades que luego se recuperaron». También es posible encontrar el primer autobús articulado, el primero de motor eléctrico y contaminación cero o los más pioneros; de color blanco y azul y de uno y dos pisos. E, incluso, uno de los empleados por los Servicios de Emergencia SAMUR.

Pero no solo este tipo de automóvil recuerda a otros tiempos; una sala adjunta a la cuna de los autobuses recoge elementos únicos de este entorno, como las hojas de ruta y tarifas de algunas líneas de los años 1923, 1936 o 1940.

Carteles que en su día tuvieron su espacio en las antiguas calles madrileñas, muestras de los asientos que han ido sustituyéndose con el paso del tiempo o la recreación de la Secretaría General de la EMT de época, con teléfono de rueda y máquina de escribir, son algunos de los encantos de este espacio lleno de nostalgia y recuerdos sobre ruedas.

Más información sobre la reserva de entradas al Museo y los recorridos por Madrid en la página web de la EMT.

Autobús de dos plantas, modelo «Guy», de 1948 con publicidad de la época- MAYA BALANYA

Autobús de dos plantas, modelo «Guy», de 1948 con publicidad de la época- MAYA BALANYA

 


El Pais

                          Excavación de un abrigo republicano en la Ciudad Universitaria, Madrid. / UCM

Excavación de un abrigo republicano en la Ciudad Universitaria, Madrid. / UCM

Los efectos de la sexta contraofensiva franquista sobre las posiciones republicanas en la orilla derecha del Ebro fueron decisivos. El joven y capaz coronel Manuel Tagueña, al mando de los 18.000 soldados del XV Cuerpo de Ejército, dirigía las operaciones de retirada republicana en esos días de noviembre de 1938 y, tras la caída de La Fatarella, centra el esfuerzo defensivo en la estratégica línea de Raïmats. Allí se ubica la Cota 562, y en una de sus trincheras, junto con sus compañeros de la 15ª Brigada, Charlie se preparó para el inminente combate, consciente de que el futuro de los que cruzaban el río dependía de su sacrificio. Era más alto de lo habitual y también un poco viejo a sus cuarenta y tantos años entre esos jóvenes de la Quinta del Biberón. Se cercioró de que llevaba su zurrón bien provisto: las granadas polacas y munición para su fusil Mosin Nagant, y se quedó con unos pocos objetos personales: la escudilla para comer, una navaja, el cepillo de dientes y su tubo de pasta, una carta doblada cuidadosamente… En la mañana de ese 15 de noviembre, la 82 División de Franco, después de tres días de bombardeo aéreo sobre la zona, se lanzó rápida contra la Cota 562. Charlie y sus compañeros comenzaron a disparar, respondieron con sus bombas de mano. A su lado cayó una granada del enemigo y trató de devolvérsela pero no hubo tiempo. Le estalló en la mano de manera fatal. Allí mismo quedó sepultado por los soldados de la 82 que tomaron la cota. Gracias a la entrega de hombres como Charlie, el coronel Tagueña pudo afirmar en sus necesarias memorias Testimonio de dos guerras (Planeta) que en el paso del Ebro, los franquistas no capturaron prisioneros ni material.

Si conocemos la historia final de Charlie, no es gracias al testimonio de alguien, o su aparición en algún documento o imágenes de la época. Fue el mismo Charlie, 73 años después, quien nos trajo su historia y el canal que usó fue la arqueología. Desde 2006, Alfredo González Ruibal, científico del CSIC y arqueólogo especializado en el pasado contemporáneo, investiga el paisaje de la Guerra Civil y la posguerra a lo largo y ancho de España y ha plasmado los resultados de estos años de trabajo de campo en Volver a las trincheras (Alianza Editorial), una aportación realmente atractiva para conocer la tragedia española del siglo XX desde el foco científico de la arqueología, tomando como base de partida los objetos encontrados en los campos de concentración, las fosas comunes o los frentes de combate. ¿Qué conocimientos pueden aportar esos objetos en un ámbito del que se ha escrito tanto y hay tanta documentación? En declaraciones a este blog, el autor afirma que “la arqueología puede, por un lado, simplemente contar las cosas de otra manera, poniendo más el acento en lo material y en la experiencia vivida. Ese es quizá el objetivo fundamental del libro. Pero también puede documentar fenómenos de los que existe poca documentación ­-como la práctica de la violencia política (cómo se asesinaba a la gente). También puede llamar la atención sobre aspectos que pueden estudiarse a través de otras fuentes, pero que han recibido poca atención: la historia cultural, la de la vida cotidiana, que es la que nosotros recuperamos en las excavaciones y es un tipo de historia que ha sido poco practicada (frente a la política, económica o militar)”. Ciertamente, a través de la arqueología accedemos a aspectos históricos que resultan imposibles de percibir por otros caminos. El investigador se enfrenta al pasado directamente, lo toca de manera no mediada. A través del registro arqueológico se teje un nuevo relato que no discrimina en función de la importancia de la persona y aborda las vicisitudes, en este caso trágicas, de la gente corriente, los olvidados de la historia hegemónica, de todos y todo.

Con el cambio de siglo, las fosas comunes han despertado un enorme interés social y numerosas asociaciones y colectivos trabajan para que los restos de los que fueron asesinados o murieron en la lucha sean recuperados y tengan un final digno elegido por sus familiares. En este proceso, la arqueología ha desempeñado una tarea necesaria que ha contextualizado e interpretado como fueron los momentos que vivieron los que iban a ser asesinados, su identidad, cómo se perpetró el crimen. Un ejemplo estremecedor es el de la violencia que la sublevación militar focalizó hacia las mujeres, en particular las del sur de España, (a la derecha, detalle de un zapato de tacón encontrado en una fosa común de Fregenal de la Sierra, Badajoz) un colectivo que con la llegada de la República comenzó a exigir en voz alta igualdad de género y emancipación social. El trabajo del equipo de González Ruibal en las fosas confirma esta circunstancia con la descripción de lo encontrado:  adornos femeninos, costureros, peinetas, un zapato de tacón…El trabajo de los arqueólogos consiste en invocar fantasmas, y en el caso de la cercana Guerra Civil con todas las consecuencias que trae consigo. Es por ello que desde sectores conservadores se les acusa de aprovecharse de la Ley de Memoria Histórica y de estar “politizados”. Sobre este asunto González Ruibal discrepa de manera rotunda y declara: “Me atrevería a decir que los historiadores mezclan sus ideas políticas con su práctica profesional de forma mucho más evidente que los arqueólogos: no hay más que leer a Payne, Preston, Julius Ruiz o Espinosa, por citar a historiadores de ambos lados del espectro ideológico. Y no lo digo como una crítica. Es que la historia contemporánea es así. Es imposible no tener un punto de vista político (…). Aceptemos de una vez que la política y la ciencia no se pueden separar fácilmente. El problema es cuando se tergiversan los datos para defender una determinada perspectiva política. Creo que esto es algo que sucede muy excepcionalmente en arqueología, si es que sucede”.

Muy pocos de los dos millones de viajeros al año que se mueven por los pasillos del aeropuerto de Lavacolla, en Santiago de Compostela, saben cómo se construyó ese aeropuerto. La nueva pista proyectada necesitó del trabajo esclavo de cientos de presos republicanos, que en condiciones extremas de hambre y muerte, fueron hacinados en una antigua fábrica de curtidos, convertida hoy en restaurante. Este grupo de arqueólogos ha fijado también su atención en esas cárceles, campos de concentración y destacamentos penales donde malvivieron y murieron los más de 370.000 presos políticos del régimen franquista, que forman parte de lo que denominan “el paisaje totalitario”. Como afirma el autor, esta compleja red “que existió hasta los años cincuenta se puede entender como parte de la tecnología franquista para construir nuevos sujetos políticos, dóciles con el régimen”. La mayoría de los campos de concentración se ubicaron en centros o edificios ya construidos pero en el caso de Castuera, en Badajoz, el contexto arqueológico se presentaba más accesible ya que se trataba de un centro de nueva planta que no fue reutilizado después. El equipo de González Ruibal decidió acometer su excavación y una vez más se vuelve a tocar el pasado, se regresa en el tiempo y son recuperados miles de objetos que hablan de la alimentación, la higiene, las condiciones médicas, la vigilancia, el castigo o la resistencia. Uno de ellos, una irrelevante tapa de olla, le fue mostrada a una anciana vecina del pueblo, a cuyos padres fusilaron al acabar la guerra, y en ese momento su memoria recuperó el recuerdo de aquellas mujeres que pasaban por su casa y llevaban alimentos a sus seres queridos presos en el campo de Castuera.

                Excavación de un búnker republicano de la Batalla del Ebro en La Fatarella (Tarragona). / UCM

Excavación de un búnker republicano de la Batalla del Ebro en La Fatarella (Tarragona). / UCM

 

¿Cómo se está gestionando el patrimonio que sale a la luz con el trabajo arqueológico? ¿Cómo actúan las instituciones ante el gran interés social por conocer mejor la Guerra Civil? Alfredo González opina que “los restos de la Guerra Civil todavía se encuentran en un estadio muy incipiente de transformación en patrimonio cultural. El riesgo es que con el creciente interés social por este tema se generalicen las musealizaciones triviales y repetitivas, que no solo den una visión aburrida de la guerra, sino que además omitan las cuestiones políticas (fundamentales en la Guerra Civil) para evitar problemas. El patrimonio de la guerra y la dictadura requiere un tratamiento crítico, que haga reflexionar a los ciudadanos y plantearse las narrativas heredadas, y creativo, que permita ver el pasado de una forma distinta y atractiva”.

Cuando queda poco más de un mes para que se cumpla el 80º aniversario de la sublevación militar contra la II República son ya muy pocas las voces que aún se pueden escuchar de los que vivieron la guerra. La arqueología puede ocupar ese espacio de la memoria que el testimonio oral ya no podrá llenar y Volver a las trincheras es una obra indispensable para entender lo realizado hasta ahora en esta nueva disciplina. El conocimiento crítico y científico que proporciona debe recibir el trato digno que merece por parte de las instituciones, como en los países europeos de nuestro entorno, de manera que siga contribuyendo a la demanda social que exige comprender mejor nuestro pasado cercano.


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  • La institución incorpora 41 nuevas piezas singulares de primeras evidencias de vida en el Planeta

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El Museo Nacional de Ciencias Naturales ha incorporado a su ya extensa colección de fósiles 41 piezas singulares procedentes de los fondos de la Fundación Bancaria «la Caixa» sobre las primeras evidencias de la existencia de vida en la Tierra. Entre ellas, un esqueleto de cría de oso cavernario de la que, según la institución, «pocos museos gozan en el mundo». Completan la muestra un mamut lanudo y un estromatolito de Bolivia que se pueden ver en la exposición «Minerales, fósiles y evolución humana».

La muestra incluye además varias representaciones a tamaño natural de cuatro especies de homínidos –«Australopithecus afarensis», «Homo habilis», «Homo erectus» y «Homo neanderthalensis»– confeccionadas por la especialista francesa Élisabeth Daynès. Sin embargo, la pieza más valiosa «es el completo esqueleto fósil de ave primitiva «Confuciusornis sanctus» que procede del Cretácico inferior de China» y está valorada en unos 30.000 euros, a pesar de que «no llama mucho la atención», según sus responsables.

También son piezas destacadas los esqueletos de osos de las cavernas «Ursus spelaeus», encontrados en Rusia; uno de ellos, de un ejemplar adulto y, el otro, de un recién nacido. Ammonites, trilobites, crinoideos y otros invertebrados, así como un primitivo reptil anápsido, «Captorhinus aguti», original de Estados Unidos, completan esta exposición que ha llegado acompañada de treinta nuevas vitrinas para piezas especiales, así como la instalación de luces led que permitirán reducir el consumo eléctrico.

Al acto de presentación acudió el presidente del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), Emilio Lora-Tamayo, el director del Área de Investigación y Conocimiento de la Fundación Bancaria «la Caixa», Jordi Portabella, y el director del MNCN, Santiago Merino, quien ha agradecido a la Fundación esta donación, fruto de la alianza entre las dos instituciones.

«A través de la generación y difusión del saber científico se contribuye a un mundo más equilibrado en conocimiento transversal que repercute en un mayor beneficio de las personas y de la sociedad», ha recordado Portabella.


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  • El fenómeno arrasó casas, tiró un centenar de árboles en el Retiro y mató a varios animales de la Casa de las Fieras

 

huracan--620x349El 12 de mayo de 1886 es una fecha que está grabada a fuego en la memoria de los madrileños. Todo comenzó por la tarde cuando, a eso de las siete, comenzó a soplar un viento que cada vez empezaba a subir de intensidad. No tardó mucho en comenzar a derribar casas y arrancar árboles.

Sólo en el parque del Retiro, el ciclón arrancó de sus raíces más de un centenar de ejemplares. En el paseo del Prado cayeron otros cincuenta. Uno de ellos, con tan mala suerte, mató a un hombre, junto a la Cibeles, que en ese momento se estaba bajando de un coche.

La tormenta provocó el hundimiento de dos lavaderos públicos en el paseo Imperial que acabó con la vida de 18 personas. Varias estatuas cayeron derribadas y el Casón del Buen Retiro también sufrió importantes daños. La iglesia de Los Jerónimos perdió adornos y se cuartearon las torres, tal y como recuerda José del Corral en su libro Sucedió en Madrid.

El Puente de Toledo perdió también una de sus agujas; en el cementerio de San Lorenzo una tapia en construcción cayó sobre los cinco albañiles que la estaban levantando y en la Casa de las Fieras murieron varios animales. El resultado total fue de 24 muertos y más de 400 heridos.

La reina regente María Cristina visitó en carruaje las zonas más dañadas por el huracán, dando ayudas a los más necesitados. El estado avanzado de su embarazo, sin embargo, le impidió bajar del caromato.

Otras de las víctimas de este tornado fueron los célebres cedros que había en los jardines de la plaza de las Cortes y sobre los que se había escrito mucho en periódicos y libros. Curiosamente, el fenómeno había sido anunciado unos días antes en un artículo de Francisco León Hermoso, publicado en El Siglo Futuro. Nadie se lo había tomado en serio.

 

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