Las huellas del Madrid judío: un legado oculto


ABC.es

  • Su existencia primigenia se justifica únicamente en escritos, si bien fue refundada ya avanzado el siglo XIX
 Se estima que actualmente viven la Comunidad de Madrid en torno a 10.000 judíos - ARCHIVO ABC

Se estima que actualmente viven la Comunidad de Madrid en torno a 10.000 judíos – ARCHIVO ABC

Recién terminada la semana en memoria de las víctimas del Holocausto, el Madrid judío -casi desaparecido por el implacable peso de la Historia-, se ubica entre el desconocimiento generalizado como una suerte de patrimonio oculto, relativo a dos épocas concretas. Una, primigenia y medieval, escenario de persecuciones y sustento de leyendas en torno a su configuración. Otra, contemporánea, referente a la refundación de la comunidad hebrea en Madrid.

La ausencia de evidencias arquitectónicas, en otros supuestos fieles cronistas en piedra, supedita cualquier justificación al archivo documental. Si bien no existen edificaciones o restos de la primera judería de la capital, sí figuran escritos que la ubican en lo que actualmente es la catedral de La Almudena. A su espalda, intramuros de la muralla árabe, permanecieron los judíos incluso tras la conquista cristiana de Madrid, entonces Mayrit, en el año 1083 por el rey Alfonso VI.

Los edictos de ejecución, multiplicados tras la concepción del tribunal de la Santa Inquisición, en 1478, y la transmisión popular juegan un papel capital en las endebles certezas sobre el pasado de la comunidad judía. Según fuentes documentales, trabajo de Alejandra Abulafia, directora de Destino Sefarad, ya en el año 1053 un vecino judío mandó una misiva a su hermana contando su pena por la muerte de dos correligionarios. A apenas unos metros de aquella judería vieja, subiendo por lo que ahora es la calle Mayor, en la plaza homónima, se asentaron muchos comerciantes, especialmente en el espacio que hoy acoge al Mercado de San Miguel y en los alrededores de la plaza de la Villa.

Precisamente en la Plaza Mayor, en los faroles situados en el centro, existe un grabado que pasa prácticamente desapercibido. El relieve muestra un juicio con sambenito a un judío, que no era otra cosa que colocar un sayal al reo, muchas veces sin juicio previo, para humillarlo y estigmatizarlo. Este pequeño rastro, aunque anecdótico, sintetiza en parte cómo fue la época medieval. De hecho, otro de los puntos recogidos en el mapa anexo, la puerta de Valnadú, es recordada por ser el punto de acceso en uno de los mayores ataques sufridos en la judería.

Persecuciones y expulsión

La prueba principal de su ubicación, en cualquier caso, remite a los episodios más trágicos de su historia en la zona. Narrados a veces en código literario, destaca un documento de 1391, cuando muchos judíos fueron asesinados en la calle de las Damas, en la judería, según cita Jacobo Israel Garzón en su prólogo a la obra Avapiés: Teatro en dos actos (Solly Wolodarsky. 2009). Este y otros pasajes son incluidos en el escrito, como la solicitud de la Villa de Madrid a la reina para ejecutar las penas previstas a los judíos que no llevaran señales distintivas en el ropaje, en 1478, o un muro que aislara a la judería, dos años después.

Todo desemboca, como parte y resultado, en una fecha clave para la comunidad judía en toda España. El 31 de julio de 1492, los Reyes Católicos firman su expulsión, condenados desde entonces, y hasta bien entrado el siglo XIX, a una presencia críptica. Perseguidos y en el más estricto secretismo, avanza el autor que, pasado un siglo, Madrid acogió a numerosos criptojudíos portugueses, descendientes de los que habían marchado el mismo año del descubrimiento de América. En esta época y en los años siguientes, diferentes documentos acreditan esta situación; como un auto de fe -uno entre miles- de 1632, donde salieron «hasta cuarenta y cuatro reos, de los que cuatro fueron quemados en estatua y siete en persona» por, presuntamente, reunirse para azotar y ultrajar a un Cristo y una Virgen.

Otro de los pilares sobre este legado tiene mucho que ver con especulaciones, justificadas en la transmisión popular. Quizá llame la atención que en la ruta ilustrada no figure el barrio de Lavapiés, supuestamente denominado como Avapiés en la fecha, pero lo cierto es que, contradicción entre historiadores, no existe base documental al respecto. Se trata, por tanto, de un mito; similar al que asegura que la actual iglesia de San Lorenzo fue otrora una sinagoga. Igualmente, se dice que el castizo nombre de Manolo tiene su origen en la comunidad judía, pues deriva de Immanuel, que en hebreo significa «Dios esté con nosotros».

Refundación

No existe una refundación efectiva hasta bien entrado el siglo XIX, aunque en los primeros años se atisba el final de este paréntesis. En 1917 se funda la primera sinagoga de Madrid, Midras Ababarnel, antecedente de la constitución de la Comunidad Judía en la región, en 1920. Se consigue, además, un recinto propio en el cementerio civil de La Almudena, aunque este crecimiento no es definitivo.

La sinagoga es cerrada en 1938 y, tras el final de la Guerra Civil ,se interrumpe toda actividad pública. Así, la Comunidad Judía no se restituye hasta 1947, y dos años después se inaugura una nueva sinagoga, el Oratorio Lawenda, que años más tarde se traslada a la calle Pizarro para albergar una mayor, Betzión. El despegue y asentamiento definitivo, pacífico a excepción del ataque sufrido en la Nochebuena de 1976, cuando explotó una bomba junto a la sinagoga de la calle Balmes, fue en la década de los 60; desarrollada con la construcción del cementerio judío de Hoyo de Manzanares, a principios de los 90. Madrid cuenta además con un colegio judío, el Ibn Gabirol, levantado en 1965.

La comunidad judía, en el presente

Se estima que actualmente viven la Comunidad de Madrid en torno a 10.000 judíos, con la sede de la Comunidad Judía (a la izquierda, su inauguración) como punto de encuentro principal; tanto religioso como social. Su crecimiento en los últimos años remite en gran parte a Argentina, pues muchos judíos emigraron a España tras el golpe militar de Videla, en 1976, y tras las recientes crisis económicas. La Segunda Guerra Mundial provoca igualmente la llegada de numerosos refugiados judíos. En aquellos años, Madrid se configuró como un escenario alternativo de espías y diplomacia encubierta. Como apunte, cabe en esta ruta la confitería Embassy, que actuó como tapadera para salvar a 30.000 judíos del despliegue nazi en la capital, con destino a Portugal


Siete cajas y un terrible secreto


El Mundo

  • La barcelonesa Dory Sontheimer encontró siete cajas en casa de sus padres y descubrió el asesinato de 36 familiares en el Holocausto
  • ESPECIAL: Viaje al Holocausto
Kurt y Dorel, a su llegada desde Praga en un vuelo de Lufthansa en 1935. EL MUNDO

Kurt y Dorel, a su llegada desde Praga en un vuelo de Lufthansa en 1935. EL MUNDO

La tormenta tuvo un aviso desgarrador. Antes de morir en 2002, Rosa Sontheimer empezó a delirar en Barcelona. “¡Qué viene la Gestapo! ¡Qué viene la Gestapo y se nos va a llevar!”, exclamaba en alemán. Pocas semanas después, su hija Dory confirmó sus temores. No era un delirio producto de su larga enfermedad sino el trauma de su familia, pueblo y época.

En el altillo de una casa de la Avenida Diagonal, encontró la respuesta. Siete ordenadas cajas, camufladas con mantas y edredones, esperaban a esta mujer nacida en Barcelona y educada como católica en la España franquista. Ocurrió hace 14 años, cuando enterró a su madre y resucitó un tormentoso pasado. Encontró un tesoro abriendo una tremenda caja de Pandora. A los 56 años, y ya como abuela, abrazó su verdadera identidad.

Los padres de Dory eran dos jóvenes judíos que se conocieron en Barcelona tras huir de una Alemania que mostraba síntomas peligrosos. Tras la victoria de Franco en la Guerra Civil, el miedo les hizo iniciar una nueva vida. Kurt y Rosl pasaron a ser Conrado y Rosa, se convirtieron al cristianismo y volvieron a casarse por la Iglesia. Siete décadas después, un ingente material epistolar de sus familiares revela sus desesperados intentos para salvarse de la hoguera nazi que se extendía por Europa.

En lugar de ahogarse de tristeza y rabia en el río de documentos, Dory inició un valiente viaje en la máquina del tiempo siguiendo a los suyos azotados por el régimen nazi. Las cajas confirmaron el secreto que le susurró su padre a cumplir los 18 años –“Somos judíos pero no se lo digas a nadie porque nos pueden hacer mucho daño”– y revelaron otros. Como el asesinato de 36 familiares por los nazis. La deportación de sus abuelos maternos Eduard Heilbruner y Lina Levi a campos de refugiados en Francia antes de ser enviados en septiembre de 1942 a Auschwitz, donde fueron exterminados. O cómo sus abuelos paternos Max y Rosa sufrieron las leyes antijudías y las humillaciones de los que consideraban amigos en Núremberg antes de huir a Cuba.

“Cuando preguntaba por los familiares en Alemania, mi padre cambiaba de tema o decía que murieron en la guerra. Me extrañaba mucho no tener primos o abuelos”, cuenta Dory a EL MUNDO tras dar una conferencia en el Instituto Cervantes de Tel Aviv, visitar familiares y dar su testimonio en la Sala de los Nombres del Museo del Holocausto Yad Vashem en Jerusalén. “Ha sido muy emocionante visitar Israel. Tengo la sensación del deber cumplido“, resume orgullosa.

El puzle de secretos, encuentros y lágrimas en varios continentes se plasma en ‘Las Siete Cajas’ (Editorial Circe). De profesión farmacéutica, Dory halló una medicina inesperada en el desván. “Decidí que tenía que escribir este libro como homenaje no sólo a ellos sino a todas los que sufrieron aquel horror. Estos últimos años, he encontrado a familia que no conocía“.

Conversamos en el puerto de Tel Aviv. A pocos metros, en la calle Ben Yehuda -así lo revela la primera impactante caja- la alegre y joven hermana de su padre murió en el bombardeo de la Aviación de Mussolini que causó 137 víctimas en septiembre de 1940.

La barcelonesa participó en los dos minutos de silencio que paralizaron Israel en recuerdo de los seis millones de judíos asesinados por la Alemania nazi. “Cuando descubrí el contenido de las cajas, me di cuenta de lo que una sociedad culta de la Europa del siglo XX fue capaz de ejecutar. Lo que ocurrió a mi familia en la que exterminaron a 36 personas ocurrió a otras miles en Europa. No se puede olvidar jamás. Debemos asegurarnos que nunca más vuelva a ocurrir“, asegura pensando también en sus tres hijos y siete nietos.

Sus padres se acogieron al silencio como escudo vital. Dory lo rompe como necesidad vital. “Mi padre me dejó las cajas porque quería que supiera la historia familiar. Lo guardó todo para que se conociera no sólo el legado familiar sino histórico. Por ejemplo los documentos nazis contra los judíos“, estima antes de añadir: “El reconocimiento de tus orígenes es imprescindible para poder vivir tu presente y conocer la verdad”.

El libro también recrea el ambiente del bar Heidelberg en Barcelona donde sus padres pasaron horas de amor y guerra, y denuncia al cónsul español en Marsella, que no dio a sus abuelos la autorización de entrada a España. Al final, entraron en las cámaras de gas.

Una carta de su abuela bajo el yugo nazi a su madre en Barcelona resume esos oscuros días: “No tenemos noticia de ningún deportado. Desaparecen”.

Dory entiende la dolorosa decisión de sus padres de dar la espalda a sus orígenes. “Escondieron su identidad judía para seguir viviendo. Entre los amigos de mi padre se comentaba que la Gestapo operaba en Barcelona buscando a los judíos y sacándoles del país”, nos recuerda aliviada porque no tiraron su pasado. Lo guardaron en siete ordenadas cajas.

¿Teme hoy ser judía? “No”, responde y reivindica el mensaje de “universalidad y convivencia independientemente del origen, religión y raza de cada uno”. Pero recuerda a una mujer que se acercó cuando firmaba libros para susurrarle: “Yo también soy judía pero prefiero no decirlo. Siempre que surge un problema culpan a los judíos”.

Nazi de día, judío de noche


El Mundo

Shlomo Sally Perel. ULLSTEIN BILD

Shlomo Sally Perel. ULLSTEIN BILD

 

De día, gritaba ciegamente “Heil Hitler” contra su propio pueblo en una marea juvenil cubierta con la cruz gamada. De noche, dibujaba con lágrimas una silenciosa estrella de David en la ventana del internado nazi. Su imposible dualidad se hizo posible configurando una historia tan increíble que acabó en la gran pantalla.

El Día Internacional de Conmemoración del Holocausto reaviva hoy los dilemas esquizofrénicos y secretos vitales de Shlomo (Sally) Perel. Este judío nacido hace 91 años en Peine (Alemania) recuerda cada detalle de su doble vida entre los verdugos de su familia y las víctimas de la ideología hitleriana que abrazó para sobrevivir.

Ante el acecho de los nazis en Polonia Perel tuvo que elegir entre dos ruegos, dramáticamente enfrentados, de sus padres. Condenados a la reclusión y segura muerte en el gueto polaco de Lodz, enviaron al chaval de 14 años y su hermano Isaac (30) a la entonces Unión Soviética. Fue la última voluntad de su padre, que murió de hambre en el gueto, y de su madre gaseada en un camión lleno de judíos agolpados como sardinas. Su hermana fue fusilada.

“Tienes que vivir”

-“Nunca olvides quién eres”, le exhortó su padre en Yidish, idioma de los judíos de Europa Oriental

– “Tú tienes que vivir”, intervino su madre, que le exigía anteponer la vida a la identidad judía, incompatibles en el Holocausto.

Seguir siendo judío o seguir viviendo. Perel hizo caso a su madre aunque para ello tuviese que convertirse en nazi . “Nunca quise ser un héroe sino sobrevivir”, confiesa a EL MUNDO desde su casa de la ciudad israelí de Guivataim antes de viajar a Auschwitz. En un hebreo con acento alemán, añade: “Es importante que los jóvenes conozcan la barbarie nazi y sus lecciones como, por ejemplo, no odiar y ponerse en el pellejo del otro”. En su caso, el otro se puso en su pellejo.

El papel que interpretó durante casi cuatro años fue criticado por algunos supervivientes de los campos de exterminio pero le excluyó de la lista de seis millones de judíos asesinados en la Shoa.

“No tengo armas. Soy alemán.”

Tras despedirse de sus padres y huir del gueto, se refugió en un orfanato soviético de Grodno. Al cabo de dos años, la invasión alemana truncó sus sueños. Los soldados de la Wehrmacht le atraparon en su huida junto a un grupo de judíos cerca de Minsk. Colocado en la fila ordenada por los militares, vivió su primer milagro gracias a la suerte y su dominio de alemán y ruso.

“Un oficial me registró. Cogí seguridad y le dije en alemán de la calle: ¡Ves!, no tengo armas. Me miró fijamente y me preguntó si era judío. Sabía perfectamente que, si decía la verdad, sería asesinado allí mismo. Pensé en el consejo de mi madre y respondí en alemán: No, soy alemán”, cuenta. El oficial le creyó y, entre tanta oscuridad, le lanzó una sonrisa. A diferencia del resto, no le obligó a desnudarse para ver si estaba circuncidado.

En ese momento fue declarado “niño alemán liberado”. En ese instante murió el judío Shlomo Perel y nació el nazi Josef Periel. “Fue el primer nombre que se me ocurrió”, comenta. En lugar de ser enterrado como número de una terrible estadística, resucitó como Jupp, el intérprete del Ejército alemán. Empezaba así su propio Holocausto psicológico con el enemigo ocupando su alma.

Le hizo una foto a Hitler

Quién hubiera dicho a sus padres del gueto que el pequeño Shlomo llegaría a estar a pocos metros del mismísimo Adolf Hitler. “En el 42, nos visitó. Saqué la cámara e hice la foto. Tras la guerra, muchos me preguntaron por qué no intenté matarlo”, afirma.

¿No lamentó tener una cámara en lugar de un arma? ¿Quizá hubiera podido cambiar el curso de la historia y salvar a su propia familia?, pregunto. “No quiero entrar en situaciones hipotéticas. Si hubiese disparado a Hitler, no sé si le hubiera alcanzado pero a mí me hubieran matado en el acto”, responde y confiesa: “Preferí ser antihéroe y vivir“.

Antes de ser enviado a un internado de las Juventudes Hitlerianas, sufrió un abuso sexual de un oficial alemán que le sorprendió por la espalda en la ducha e intentó violarle. Fue el primero y último que descubrió que estaba circuncidado. “Se quedó de piedra y me dijo: Eres judío”, recuerda. No le delató ya que no quería que sus superiores supiesen que era homosexual. Secreto frente a secreto.

Dos enemigos: ducharse y soñar

En la academia nazi, lidió con dos grandes enemigos: ducharse y soñar. “En las duchas, intenté evitar que vieran mi circuncisión. En los sueños, como es algo incontrolable, temía gritar sobre mis padres o los nazis y que alguien en el cuarto lo escuchara”.

De día era un cachorro nazi que amamantaba la teoría de la raza aria. De noche, un judío que se retorcía en la cama llorando por los suyos y…por su alma. Hoy no olvida el horror visto en el gueto de sus padres desde el tranvía vestido con el uniforme juvenil nazi.

Tras la guerra, se reencontró con su hermano, superviviente del infierno de Dachau. “Nunca podía imaginarme que cerca pasaban los trenes de la muerte ni la dimensión del Holocausto”, confiesa al recordar sus conversaciones con supervivientes de Bergen-Belsen.

Escribir para liberar los fantasmas

Perel participó en la guerra de independencia de Israel en 1948. Padre de dos hijos, disfruta de sus tres nietos. Escribir su biografía le sirvió de terapia liberadora de fantasmas y pesadillas. Claudia Müller-la traductora de su libro al español “Tú tienes que vivir” (Ediciones Xorki)- se siente “impresionada por su historia y personalidad. Es joven de espíritu, abierto a todo lo nuevo, maneja las nuevas tecnologías a la perfección y es fan del Barça”.

Su historia inspiró la película “Europa Europa” de Agnieszka Holland. Perel recuerda su encuentro con el oficial que le aceptó como alemán. “En mi interior me convencí que decías la verdad”·, le comentó décadas después. No se arrepiente de la mentira. Si llega a desoír a su madre hubiera acabado como ella. Es un superviviente diferente pero al fin y al cabo un superviviente.

Ferviente defensor de la paz con los palestinos, este ateísta declarado no tiene miedo a la muerte. Ni necesidad de ser otro para esquivarla. “Tú tienes que vivir”, se repite, como el hijo que cumple la última voluntad de su madre antes de ser gaseada

Hardy Krüger, el soldado nazi que triunfó en Hollywood


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  • El actor alemán perteneció a las SS, combatió del lado de Hitler y fue capturado por los aliados, hasta que escapó y acabó protagonizando películas junto a John Wayne
Hardy Krüger, en una escena de «Un puente lejano» (1977)

Hardy Krüger, en una escena de «Un puente lejano» (1977)

En los tres años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, se calcula que fueron expulsados de diversos países europeos entre 12 y 14 millones de alemanes. A lo ojos del resto de mundo representaban el Estado que había traído la muerte, la destrucción y la ruina al resto del planeta, con un conflicto que le había costado la vida a más de 50 millones de personas y un Holocausto que acabó con otros seis millones más. El odio llegaba a tal punto que, incluso, nadie quería ver en sus películas a actores germanos, muchos de los cuales habían combatido, además, del lado de Hitler.

Entre ellos, sin embargo, hubo un caso sorprendente y único, el de Hardy Krüger. Este actor logró superar su pasado nazi como miembro de las SS y como soldado del Tercer Reich, para convertirse en el primer actor alemán en protagonizar películas en Londres, París, Sydney, Moscú y Estocolmo, llegando a triunfar en Hollywood.

Hardy Krüger nació en Berlín el 12 de abril de 1928. A los 13 años, como le ocurría a la mayoría de chicos de su edad, fue reclutado por la Juventudes Hitlerianas («Hitler Jugend»). Seleccionado por sus maestros y líderes estudiantiles, el pequeño y delgado berlinés recibió la orden de unirse a la Escuela de Adolf Hitler en el Ordensburg Sonthofen, en Baviera. Sus padres, admiradores ávidos del Führer, consideraron aquello un gran honor, pues no era fácil ingresar. Tenía 15 años entonces y había comenzado la Segunda Guerra Mundial, cuando fue contratado para interpretar su primer papel en el cine, en la película «Joven águila».

Su debut en el cine

El azar quiso que su director, Alfred Weidenmann, diera con aquel divertido joven en el más improbable de los lugares: detrás de las paredes grises de la Escuela de Hitler. Casi sin darse cuenta, y sin ser consciente de que aquello cambiaría su vida, Krüger se vio rápidamente en un tren camino de Berlín.

Weidenmann cogió cariño al muchacho, naciendo una amistad que duraría toda la vida. El famoso director de cine alemán era un hombre de dos caras. Por un lado, era capaz de mostrar una sonrisa que iluminaba cualquier sala mientras hacía el saludo nazi absolutamente convencido y, por otro, daba refugio a cualquier judío que se encontrara en su camino para evitar que acabara en una cámara de gas o en un campo de concentración.

De hecho, «Joven águila» fue una producción del Tercer Reich encargada directamente a Weidenmann, en la que, sin nombrar al Gobierno nazi, se inducía a la población más joven a que considerara trabajar en la fabricación de aviones a una edad temprana. Sea como fuere, si un largometraje de este calibre, en lo que a presupuesto y apoyos se refiere, se hubiera rodado en otra época o país, la carrera cinematográfica de Krüger, probablemente, habría despegado.

De las SS a la rendición

Sin embargo, no eran tiempos para el ocio y el joven actor tuvo que regresar a la Escuela de Hitler de la que le habían sacado para el rodaje. Menos de un año después de su estreno, el joven actor fue reclutado también por la Wehrmacht (Ejército alemán) y, a principios de 1945, incorporado a la 38ª División de los Granaderos de Nibelungen de las SS. Se trataba de la última división que los nazis crearon en la Segunda Guerra Mundial, cuyo nombre hacía referencia a la pieza musical del poema medieval del «Anillo de los Nibelungos», compuesto por Richard Wagner en el siglo XIX.

En los primeros días de abril de 1945, la división de Krüger se incorporó a las batallas que el Ejército alemán mantenía con los estadounidenses en el Río Danubio. Las tropas de Hitler establecieron una línea de defensa de 20 kilómetros entre Kelheim y Vohlgurg, que después tuvieron que extender 15 kilómetros más por la falta de refuerzos. Aquel despliegue fue una locura, pues dejó mucho terreno desprotegido y los aliados pudieron arrasar con todo el territorio fácilmente. A los germanos no les quedó otra opción que retirarse.

A partir del 1 de mayo, Krüger y los suyos se enfrentaron con los norteamericanos en varias ocasiones, sufriendo los alemanes un número elevado de bajas. El joven actor se encontraba entre los pocos supervivientes que quedaron cuando el nuevo Jefe del Estado, el almirante Karl Doenitz, ordenó el alto el fuego y la rendición. Hardy Krüger se entregó y, con el resto de sus compañeros, fue hecho prisionero. Algunas biografías cuentan que, durante su cautiverio, intentó escapar tres veces y que lo consiguió en la última, poco antes de que se decretara el final de la guerra. Otras fuentes dicen que fue liberado.

Años más tarde, Krüger aseguró que «odiaba el uniforme nazi». Durante el rodaje de «Un puente lejano» (1977), donde interpretaba a un general de Hitler, cuentan que se ponía una capa superior sobre su traje de las SS nada más acabar cada toma. «No quería recordar mi infancia en Alemania durante la Segunda Guerra Mundial», comentó sobre la anécdota.

Su carrera como actor

Tuvieron que pasar cuatro años, una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial, para que Krüger volviera a actuar. En 1949 participó en tres películas. En los siguientes diez años, hasta que fue descubierto por Joseph Arthur Rank, rodó doce más, algunas de las cuales tuvieron su hueco en ABC, como a «Dos caras del destino», con Weidenmann de nuevo. Fue entonces cuando este distribuidor inglés le consiguió incluir en el reparto de tres largometrajes británicos, protagonizando alguna: «El único evadido» (1957), «Bachelor of Hearts» (1958) y «Cita a ciegas» (1959). En todos, curiosamente, aún era presentado como un actor extranjero y no alemán.

Aunque ese sentimiento de odio hacia lo germano aún estaba presente en la Europa de la posguerra, Hardy Krüger acabó abriéndose camino y convirtiéndose en uno de los actores favoritos del viejo continente, a pesar de su pasado nazi. Su pelo rubio y sus ojos azules le ayudaron, efectivamente, a que le ofrecieran papeles de soldado alemán, tan habituales en las películas bélicas de la época.

Aquello le allanó el camino para su primer papel en Estados Unidos, nada menos que como protagonista de una película junto a John Wayne, «Hatari!» (1962), que cuenta la historia de un cazador que recorre el mundo capturando animales para venderlos a los zoológicos, y que reúne a un equipo para marcharse a las llanuras de Tanganika (actual Tanzania), en busca de cebras y jirafas.

En la cima

La carrera de Krüger estaba en lo más alto. Había conseguido hacer una pequeña fortuna que le dio para comprarse una propiedad en las tierras de Tanzania, donde había rodado junto a Wayne. Allí construyó una casa para él y un hotel de bungalows, que mantuvo hasta 1978. En aquel año, una noticia del diario alemán «Nashua Telegraph» anunciaba que el actor se mudaba a Estados Unidos para continuar su carrera cinematográfica.

Su fluidez con el alemán, el inglés y el francés era muy apreciada por los productores europeos y estadounidenses. Eso le ayudó a ser más selectivo con los guiones y participar en coproducciones internacionales de mejor calidad. Ganaba el dinero suficiente como para dedicarse a escribir e iniciar también su carrera como escritor, publicando más de una docena de libros.

A sus 87 años, Hardy Krüger es hoy considerado uno de los actores más importantes de la historia de Alemania y Europa. Su pasado en las juventudes nazis y como soldado de Hitler durante la Segunda Guerra Mundial es una mancha aborrecida por él y no tenida en cuenta por el público. Tanto es así que ha recibido varios premios en su país de origen por su carrera como intérprete, tales como la Legión de Honor en grado de Oficial, en 2001, y el Premio Bambi por su trayectoria profesional, en 2008. Y por si no fuera suficiente, es hoy el único actor alemán que, a excepción de la actriz Hildegarde Neff, ha protagonizado una obra en Broadway.

Así era el trabajo de un contable en el campo de concentración de Auschwitz


ABC.es

  • Oskar Groening, de 93 años se somete a juicio por su pasado al servicio de Hitler

    AFO Mujeres prisioneras en Auschwitz

    AFO
    Mujeres prisioneras en Auschwitz

A sus 93 años, Oskar Gröning (más conocido como el «contable de Auschwitz» por su labor en dicho campo de concentración) ha admitido su responsabilidad «moral» en la muerte de más de 300.000 personas y ha pedido perdón a las víctimas durante el juicio celebrado este martes en Alemania. Con todo, el germano ha vuelto a señalar que, durante su estancia en el lugar, no acabó con la vida de ningún prisionero y se limitó a cumplir con su tarea: recoger y cuantificar las pertenencias de los prisioneros que llegaban al emplazamiento.

El juicio, celebrado Lüneburg y en el que muchas víctimas del Holocausto han depositado sus esperanzas, supone que -70 años después de que haya finalizado la Segunda Guerra Mundial– se sigue juzgando a presuntos criminales de guerra nazis. A día de hoy, este juicio se considera uno de los últimos en los que la justicia alemana caerá sobre los presuntos seguidores de Adolf Hitler, pues la mayoría de ellos ya han fallecido. No es el caso de Gröning quien, al llegar al campo de concentración en 1942 con 21 años, aun mantiene una salud aceptable para su edad.

El trabajo del «contable de Auschwitz»

Gröning, de origen alemán, vino al mundo en 1921 en la Baja Sajonia (una región ubicada al norte de Alemania). Fascinado desde su infancia por el ejército y la disciplina militar, se unió a las juventudes Hitlerianas en 1933, cuando Adolf Hitler tomó el poder en Alemania. Al tener la edad suficiente, este germano se alistó en las SS, donde se le dio un empleo administrativo.

Cuando apenas contaba con 21 años, fue transferido como contable a Auschwitz, un campo de concentración creado en la región de Osweicim (a 60 kilómetros de Cracovia) y que, años después, sería conocido por acabar con entre un millón y un milón y medio de judíos.

Durante su estancia en el lugar, y según afirma la fiscalía, este exguardia de las SS se dedicó a cuantificar las maletas, las pertenencias, los cheques, el dineros en metálico y hasta las muelas de oro de los prisioneros (las cuales eran extraídas previamente antes de que fuesen gaseados y, posteriormente, quemados). Todo ello, con el objetivo de sufragar los gastos del Tercer Reich (además de, probablemente, guardarse para si un «pellizquito», algo habitual en los campos de concentración).

Concretamente, esta labor se hacía mientras los prisioneros eran divididos en dos grupos por los oficiales alemanes a la salida de los trenes. Mujeres, niños, ancianos e incapacitados a la derecha; hombres y mujeres fuertes a la izquierda. El primero era conducido directamente a las cámaras de gas, donde los alemanes hacían entrar a la muchedumbre bajo la promesa de una ducha caliente. Por su parte, el resto eran dirigidos al campo, donde eran tratados como esclavos.

Entre el 16 de mayo de 1944 y el 11 de julio de ese mismo año, Gröning trabajó en el campo en el marco de la «Operación Hungría. Concretamente, y según señala el Museo Memorial del Holocausto de la Segunda Guerra Mundial, en aquella época llegaron al lugar unos 440.000 prisioneros de dicha región. De hecho, esta deportación masiva de judíos significó que Auschwitz-Birkenau (una expansión del primer campo creada a posteriori) alcanzó su máximo nivel de asesinatos.

De aquel ingente número de prisioneros, las SS enviaron a un total de 320.000 prisioneros directamente a las cámaras de gas, mientras que el resto (unos 110.000) fueron obligados a realizar trabajos forzados en el lugar. Muchos presos de este grupo no se quedarían mucho en Auschwitz, pues fueron trasladados posteriormente a otros campos de concentración presentes en Austria y Alemania. Con todo, el número inicial de fallecidos es el que se ha usado hoy en día para acusar de cómplice a Gröning.

Tras la guerra, el miembro de las SS fue acusado oficialmente por un tribunal, causa que se cerró en 1985 cuando los fiscales consideraron que no había una relación entre su trabajo en el campo de concentración y la muerte de los prisioneros. Sin embargo, hace pocos meses se decidió reabrir el caso ante la aclamación de los presos.

El juicio y las entrevistas previas

Ha sido en una de sus primeras frases en las que el antiguo guardia de las SS (las tropas más temibles e ideologizadas del nazismo) ha admitido que, desde que llegó a Auschwitz, supo que se asesinaba a personas en su interior mediante la cámara de gas.

«Para mí está fuera de toda duda que soy moralmente cómplice», ha señalado el acusado, quién se ha personado en el lugar ayudado de su andador y junto a varios abogados. Concretamente, este alemán ha sido acusado de ser cómplice de los aproximadamente 300.000 asesinatos.

El antiguo contable también ha pedido perdón a todas las víctimas de la represión y se ha puesto a disposición de la justicia. A su vez, ha tenido que someterse a las duras miradas de varios represaliados durante el Holocausto y de sus familiares (varios presentes en la sala). Algunos, con todo, señalaron en los días previos al proceso que no quieren que el anciano sea condenado por mera venganza (y por tanto, no buscan que pase por prisión), sino para que los que «vengan después» sepan que no se pueden cometer ese tipo de crímenes contra la humanidad y quedar impune.

Este exguardia ha sido acusado formalmente por más de 60 particulares –entre ellos varios supervivientes del Holocausto-. En base a estos testimonios, la fiscalía sostiene además que Gröning ayudó a enriquecerse al nazismo al robar, contabilizar, y enviar a Berlín las pertenencias de los prisioneros que llegaban al campo de concentración.

No obstante, se desconoce si el proceso acabará o no en condena, aunque un precedente acaecido en 2011 con el antiguo soldado Ivan Demjanjuk (condenado por su colaboración con Hitler) hace pensar que es posible.

A día de hoy, Gröning es uno de los pocos colaboradores de Hitler que, aún con vida, no han tenido problemas en contar su paso por el terrible campo de concentración. Sin embargo, siempre se ha presentado como un elemento accesorio y nunca como un asesino. De hecho, siempre ha afirmado que nunca mató a nadie y que, por lo tanto, no es culpable.

El rostro del mal, setenta años después


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  • Un búnker de Berlín acoge la presentación de dos nuevos libros sobre el líder nazi: una biografía en imágenes y un volumen sobre sus últimos días
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Hitler, con sus oficiales nazis en 1922

¿Una presentación de libros en un búnker? No es algo que se vea a menudo. Pero la editorial Berlin Story Verlag decidió lanzar al mercado de esa forma dos nuevos títulos que arrojan luz sobre la vida y el dramático final de Adolf Hitler, a tan solo unos días de que se cumplan (el próximo día 30), 70 años de su suicidio. Se trata de «Hitlers Ende» (El final de Hitler), de Sven Felix Kellerhof, y «Adolf Hitler. Bildbiografie» (Adolf Hitler, una biografía en imágenes), de Armin Fuhrer. Ambos títulos, que pronto serán editados en inglés, intentan explicar cómo fue posible el horror nazi y ofrecer de manera breve y amena datos precisos sobre este asunto. Según ambos historiadores, esta es una tarea urgente porque la enorme cantidad y densidad de los libros publicados sobre Hitler y el nazismo ha desalentado a muchas personas a la hora de conocer hechos de importancia capital de una de las etapas más infaustas de la historia de la humanidad.

La presentación en sociedad de los dos volúmenes se realizó en el búnker berlinés de la estación Anhalter, en pleno barrio de Kreuzberg, hoy convertido en museo. Este búnker, de 3.600 metros cuadrados, fue construido en apenas 10 meses en 1943 -en un momento en que se levantaban aceleradamente estos refugios antiaéreos en todo Berlín para albergar a una población cada vez más desesperada- y, si bien se pensó que albergaría a unas 3.500 personas, llegó a estar habitado por 12.000 cuando la caída de Berlín a manos de los rusos era inminente.

Lo cierto es que este búnker de la estación Anhalter -de hecho está conectado por un túnel con esta estación de tren aún en funcionamiento, desde donde se ingresaba al refugio antiaéreo- fue erigido en la misma época que la construcción antibombas en la que pasó sus últimos días el Führer. Y justo este último búnker -en el que se desarrolla en la ficción la trama de la película«El hundimiento»– es el escenario del libro de Kellerhof, que se centra en el período que transcurre entre el regreso del dictador a Berlín desde Adlerhorst, el cuartel general del Reich ubicado en Hesse, en enero de 1945, hasta que se quita la vida el 30 de abril de 1945.

Sus últimos días

En realidad, «El final de Hitler» es una reedición renovada y totalmente revisada de «Myhos Führerbunker», un libro sobre el último refugio del máximo líder nazi que Kellerhof ya había publicado en 2003. Según dijo el propio Kellerhof, su nuevo libro sobre el búnker de Hitler se inicia, a diferencia de su antecesor -centrado en la construcción del predio-, directamente en el drama de los últimos días del dictador en el refugio antiaéreo e incluye imágenes computarizadas que ayudan a entender cómo era la instalación, algo que hoy en día sigue siendo un misterio para muchos alemanes.

Kellerhof contó que los restos del búnker de Hitler se encuentra bajo un estacionamiento privado, en pleno centro de Berlín (Willhelmstr. 92, Mitte). Aunque hay un cartel con información, «pocos saben que ocho metros debajo Hitler se quitó la vida de un balazo, probablemente después de ingerir una cápsula de veneno», afirmó el historiador. Parte de la construcción (el llamado «búnker superior») fue destruida en la antigua Alemania comunista, pero permanecen intactas -e inaccesibles para el visitante- partes del búnker principal, aunque no se sabe cuántas ni su extensión. Aun así, el estacionamiento es visitado por muchos turistas y muy pocos alemanes.

Contra la manipulación

Según el autor, su libro -un detallado estudio del búnker de Hitler en solo 167 páginas- saca a la luz pública datos desconocidos para que los lectores «puedan construir por sí mismos su propia opinión de los hechos teniendo información seria». Un vacío en este aspecto podría ser aprovechado, según Kellerhof, por gente sin escrúpulos que quieran distorsionar el horror del régimen nazi para sacar réditos políticos. Por otra parte, los historiadores de la Berlin Story Verlag se niegan a comentar las nuevas teorías que apuntan a que el líder nazi huyó a Argentina y murió en Paraguay por considerarlas «abstrusas» y totalmente infundadas.

En cuanto a «Adolf Hitler, una biografía en imágenes», cuenta en apenas 94 páginas, y a través de 200 fotografías de fuerte impacto, la historia del demagogo que impulsaba el «espacio vital» para los alemanes al Este del país y la destrucción del «judeo-bolchevismo», ideas que llevaron a la peor guerra de la Historia y al Holocausto, con el asesinato de 6 millones de judíos. Las instantáneas -algunas de ellas publicadas por primera vez- pertenecen en su mayoría a los archivos del fotógrafo de Hitler Heinrich Hoffman y al Archivo Nacional de Washington. También hay fotografías que provienen de agencias informativas y de archivos personales de soldados que combatieron en la Segunda Guerra.

«Tengo la esperanza de que después de ver las imágenes nadie quiera apoyar al populismo de derecha», afirmó Fuhrer, en alusión al movimiento alemán Pegida y otras fuerzas de esta orientación, como el Frente Nacional francés.

El ‘Ana Frank’ de Praga


El Mundo

  • Un documental recrea la vida de Petr Ginz, un niño prodigio judío
  • Murió en Auschwitz tras escribir un diario, 5 libros, pintar 170 dibujos…

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Naciones Unidas ha elegido un revelador documental que este año verá la luz para conmemorar hoy, como cada 27 de enero, a las víctimas del Holocausto. Y lo ha seleccionado para mostrárselo en particular al público infantil, pues su protagonista es un pequeño, un niño prodigio judío que nació en Praga, amó la música, la poesía, las novelas de aventuras, dibujar……Y que nunca lo dejó de hacer aun estando encerrado en un campo de concentración (Theresienstadt) de los 14 a los 16 años. Después, moriría en las cámaras de gas de Auschwitz.

‘El último vuelo de Petr Ginz’ es un documental estadounidense que muestra la obra prodigiosa de un adolescente con un increíble talento que no pudo ser cercenado ni por las huestes de Adolf Hitler.

A través de los recuerdos de su hermana, que hoy día sigue viva y reside en Omer (Israel), la cinta nos transporta al mundo maravilloso de un chaval que, tristemente, se hubiera merecido la misma fama que Ana Frank y que ahora nos será descubierto a través del mundo del celuloide y del diario que dejó escrito, así como sus cinco novelas de aventuras(inspiradas en Julio Verne), sus poesías o sus 170 fantásticos dibujos.

Trágica casualidad

Petr Ginz no se rindió al horror del nazismo y canalizó “su mundo interior, emociones, esperanzas y sueños en obras de arte, poesía y prosa”. Así lo asegura a ELMUNDO.es Sandy Dickson, codirectora del documentalque nos acercará a este chaval de talento precoz y hasta ahora apenas conocido. Y es que si de algo nos suena el nombre de Ginz es por un terrible suceso acontecido en 2003. El 1 de febrero de ese año, el transbordador espacial Columbia se desintegró cuando contactaba con la atmósfera en su regreso a la Tierra. En él viajaba el primer astronauta israelí, Ilan Ramon, que llevaba en su poder uno de los dibujos del adolescente, ‘Paisaje lunar’. Una vez más, todo acabó en cenizas.

“Ese mismo día era el cumpleaños de Petr”, recuerda a ELMUNDO.esChava Pressburger, de 84 años, nacida como Eva Ginzova y hermana pequeña de Petr Ginz, a quien admiró enormemente e insta a todos a conocerle para descubrir “cómo la creatividad y el optimismo nunca pueden ser derrotados”.

“Esperamos que el documental conecte con los más jóvenes”, apunta Dickson. “Ojalá el filme inspire a niños y adolescentes, que aprendan y aprecien el poder de la imaginación en sus vidas y en las de los demás”, sentencia quien ha logrado, tras tres años de arduo trabajo, inmortalizar la vida y obra del niño-artista que segó el nazismo.

‘El último vuelo de Petr Ginz’ será presentado el próximo 29 de febrero en el Festival Judío de Atlanta y aspira a estar pronto en varios festivales internacionales como, por ejemplo, San Sebastián.

El Museo Judío de Berlín expone el expolio artístico nazi en el Holocausto


EFE – La Vanguardia

  • ‘Saqueo y restitución’ es el título de esta ambiciosa muestra de pinturas, muebles y libros

76610Saqueo y restitución’ lleva por título una ambiciosa exposición del Museo Judío de Berlín, que abre hoy sus puertas, dispuesta a ilustrar el expolio de bienes y obras de arte judías perpetrado por los nazis, y la actual polémica que acompaña a la indemnización de sus herederos.

La muestra documenta a través de pinturas, porcelanas, libros, muebles y objetos de plata el peregrinaje de posesiones que pertenecieron a la familia Rothschild, Sigmund Nauheim o a la pianista Wanda Landowsky, y acabaron en manos de jerarcas nazis como Alfred Rosenberg, Hermann Göring o el propio Adolf Hitler.

“Entre ellos compitieron para ver quién robaba más obras y se enriquecía más rápido”, no dudó en explicar durante la presentación de la muestra el director el museo, Michael Blumenthal, en alusión a las colecciones privadas de Hitler y Göring.

Desde París hasta Vilna, los comandos nazis se dedicaron profesionalmente al pillaje artístico, con el fin de “redistribuir” las obras y eliminar aquello que consideraban “arte degenerado”, que no respondía a los cánones de belleza arios.

Mientras el ‘Führer’ acumuló más de 4.000 piezas, confiscadas entre los años 30 y 1945, con el fin de montar un museo en Linz, la ciudad austríaca donde se crió, su lugarteniente Goering llegó a reunir 1.375 pinturas, esculturas, muebles, alfombras y tapices, la mitad de las cuales eran robadas, y el resto regalo de industriales que esperaban recibir favores a cambio.

La muestra, que podrá verse hasta el próximo 25 de enero en el famoso edificio del arquitecto Daniel Liebeskind, no deja títere con cabeza y cuestiona el dudoso rol de los museos, que después de la guerra adoptaron el papel de víctimas, y hoy día se niegan a devolver obras, según puede leerse en esta densa exposición.

La polémica no podía tener mayor actualidad. Sobre todo teniendo en cuenta que una docena de museos alemanes afrontan demandas de restitución de herederos de judíos que huyeron y se vieron obligados a vender sus pertenencias o les fueron arrebatadas por los nazis.

Tampoco la burocracia alemana sale bien parada, ya que “contribuyó a elaborar listas, catálogos y beneficios cosechados con el pillaje artístico”, explicó Blumenthal, documentando así “de forma minuciosa la triste historia del siglo XX”, agregó.

Una gran ausente en el Museo Judío es la ‘Berliner Strassenszene’ (Escena callejera berlinesa), tela que Ernst Ludwig Kirchner pintó en 1913 y que integró la colección de un museo berlinés durante 25 años. En agosto de 2006 fue devuelta a una heredera del coleccionista judío Alfred Hess sin aclarar si había sido expropiada o vendida.

La comisaria Inka Bertz explicó la ausencia de este cuadro que ilustra como pocos lo complejo que resulta hacer justicia a los herederos sin perjudicar a los museos, con la intención de “ampliar el debate” sobre la restitución y “no echar más leña al fuego”.

Además, añadió Bertz que el cuadro está junto con otros seis de la serie de escenas callejeras berlinesas del pintor expresionista alemán, por primera vez en el Museo de Arte Moderno (MoMA) de Nueva York. “Así que de todos modos no hubiéramos podido traerlo”, apuntó.

Y lo cierto es que la muestra berlinesa tiene de hilo conductor 15 objetos expoliados, como el cémbalo de Wanda Landowska, judía polaca que se exilió en Estados Unidos y desde ahí reclamó la devolución de sus instrumentos antiguos, expropiados por los nazis.

Destaca un retrato del expresionista Otto Mueller, que perteneció al jurista judío Ismar Littmann, quien se vio obligado a malvenderlo en 1933 antes de suicidarse. En 1935 su familia subastaría el resto de sus obras, y no sería hasta después de la Segunda Guerra Mundial cuando los herederos recibirían una indemnización.

O el texto original del ‘Repertorio de bienes expoliados en Francia 1939-1945’, que publicó una de las comisiones de restitución que se fundaron en los países vecinos.

Porque la muestra no se limita al territorio alemán, sino a todo el pillaje nazi en territorios ocupados, esto es Francia primero y más adelante, a partir de 1941, también el Báltico, Ucrania y Rusia.

Para el director del museo, Blumenthal, esta exposición no sólo es indispensable, sino una de las más relevantes de los siete años de vida del Museo Judío “porque es la primera que no toma partido” en este “debate emocional” e intenta “explicar la complejidad de problemas heredados del Nazismo y del Holocausto”.

La llama de las Olimpiadas nazis de 1936 en Berlín revive en Washington


EFE – La Vanguardia

  • Washington – La llama de las polémicas Olimpiadas nazis de Berlín 1936, con las que Adolf Hitler quiso presentar una Alemania tolerante y pacífica, alumbra de nuevo en una exposición que abre hoy en el Museo en Memoria del Holocausto, en Washington.

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El atleta estadounidense Jesse Owens, ganador de cuatro medallas de oro en las Olimpiadas nazis de Berlín 1936, con las que Adolf Hitler quiso presentar una Alemania tolerante y pacífica /   Efe

Estrechos senderos, bajo una luz tenue, devuelven al visitante a una época de fuertes tensiones internacionales, que amenazaron con boicotear los preparativos, así como a unos Juegos Olímpicos ideados como arma de propaganda nazi.

A modo de bienvenida, la exposición, abierta hasta el 17 de agosto, muestra la primera antorcha utilizada en las Olimpiadas modernas, idea que fue resucitada por el gobierno nazi, tras un intento en los juegos de 1916 que resultó fallido por la I Guerra Mundial.

La comisaria de la exposición, Susan Bachrach, no duda en afirmar que “la organización de los Juegos Olímpicos ofreció una extraordinaria oportunidad al régimen de Hitler para proyectar la ilusión de una Alemania tolerante y de paz, bajo el disfraz de cooperación internacional que brindaban los juegos”.

De este modo, el Führer enmascaró entre los preparativos deportivos una fuerte campaña propagandística del régimen, combinada con un reclutamiento de jóvenes atletas germanos como fuente de abastecimiento del ejército ario.

Carteles coloridos aderezados con sutiles connotaciones racistas ilustraban el fuerte sentimiento olímpico-patriótico, que dejaba entrever la superioridad de la cultura alemana como la mejor heredera de la excelencia de la Grecia Clásica. Y a punto estuvo Hitler de perder sus ansiadas Olimpiadas con la prohibición de admitir a atletas judíos para competir en el seno del equipo alemán.

Un gran movimiento internacional de boicot se levantó contra el Führer, que finalmente se disolvió con las palabras apaciguadoras del entonces presidente del Comité Olímpico de EE.UU. (AOC, por sus siglas en inglés), Avery Brundage.

Ilustraciones satíricas del artista John Heartfield, escritos de protesta de diferentes equipos y hasta propaganda catalanista a favor de celebrar unas Olimpiadas alternativas en Barcelona conforman el panel de la exposición dedicado a esta controversia.

Entre dibujos, ilustraciones y trazos festivos, unas fotografías en blanco y negro devuelven a los asistentes a la crueldad del régimen fascista. Cientos de familias de raza gitana fueron “limpiadas de las calles de Berlín”, según órdenes de las autoridades del país, y recluidas en campos de internamiento de los suburbios de la ciudad, como el centro de Marzahn.

Ni prohibiciones ni internamientos consiguieron evitar que el ‘ego’ del Führer se derrumbara con la victoria de dieciocho atletas afroamericanos, que incluyen al campeón de cuatro medallas de oro en Berlín 1936, Jesse Owens. La cara victoriosa de las XI Olimpiadas se refleja con la exhibición de medallas e instantáneas de los vencedores, entre ellos doce judíos de los equipos de Estados Unidos, Bélgica, Hungría, Austria, Canadá y Polonia y la germana Helene Mayer, la única representante judía del equipo nazi.

A escasos metros de la salida, aparece una imagen nevada de un campo de concentración que hiela con sus explicaciones la respiración de los visitantes. Se trata de diecisiete retratos en primer plano de deportistas judíos y gitanos que participaron en los Juegos Olímpicos de 1936, y que también fueron víctimas del racismo de Hitler durante la II Guerra Mundial.

A la salida del ‘zulo’ que alberga la exposición, una gran oleada de luz natural convierte las titánicas paredes enladrilladas del museo en un espejismo de las masivas fábricas alemanas utilizadas como unidades de producción nazi. Un escenario apropiado para guardar las reflexiones de los visitantes, como antes hizo con las de los millones de judíos exterminados en el Holocausto.

Los ‘Schindler’ españoles


EFE – El Mundo

  • VISADOS PARA LA LIBERTAD
  • La exposición se podrá ver en Madrid del 31 de enero al 24 de febrero, de 9 a 21 horas
  • El lugar será la zona de facturación de la estación de Metro de Nuevos Ministerios

1327597355_0MADRID.- La Subsecretaria de Asuntos Exteriores, María Jesús Figa, ha sido la encargada de inaugurar una muestra elementalmente audiovisual con la que “se quiere recordar a los diplomáticos españoles en su labor humanitaria y arriesgada”, para que “los hechos del pasado permitan la comprensión del presente y sirvan para preparar el futuro”, palabras con las que ha iniciado la visita.

‘Visados para la libertad. Diplomáticos españoles ante el Holocausto’, refleja la historia de unos hombres que “denunciaron la persecución racial ante su propio Gobierno, intercedieron por las víctimas ante las autoridades alemanas y los Gobiernos colaboracionistas de los países ocupados y presionaron para hacer valer la protección consular española a favor de los judíos sefardíes”, reza un texto recogido de la exposición.

Ángel Sanz Briz, Bernardo Rolland de Miota o José Rojas Moreno, entre otros, son protagonistas de un trabajo realizado con “documentos originales”, como ha asegurado la historiadora Yéssica San Román.

A su vez, ha explicado la esencia de la muestra: “lo importante es cómo intentan hacer lo posible por llamar la atención de Madrid”, refiriéndose a las numerosas cartas que los diplomáticos mandaban denunciando la situación y pidiendo flexibilidad en las normas para expedir visados y conceder cartas de protección:

“Me atrevo a solicitar de esa superioridad tenga bien concederme una cierta elasticidad en la que se refiere a la concesión de visados de los pasaportes de israelitas de no importa qué nacionalidad y condición”

Este fragmento, de una de las cartas que mandó Julio Palencia, ministro de Legación en Sofía en 1944, quedó en el olvido junto a otras que incluso se acompañaban de minuciosos gráficos de las instalaciones en las que intentaban sobrevivir los judíos.

Durante el recorrido por la zona de facturación de Nuevos Ministerios, se puede ver un fragmento documental que incluye el encuentro entre los dictadores español y alemán. A continuación, un pasillo de lonas dibuja las formas de los soldados germanos, con un sonido de marcha militar de fondo que sumerge al visitante en plena guerra.

Además, se es testigo del Holocausto a través de una película de 55 minutos de duración, con el testimonio de aquellos que lo sufrieron y que no lo han podido olvidar. “Es inevitable no implicarse emocionalmente. Algunos compañeros salían con lágrimas en los ojos”, explica la organizadora, recordando las entrevistas que se realizaron para la investigación.

A la presentación ha acudido la hija de Ángel Briz, al que considera el Oskar Schindler español y que salvó a más de 5.000 judíos de la ‘Solución final’ nazi. “Al principio lo ignoraron, luego utilizaron lo que había hecho“, recuerda Paloma, haciendo mención a la política que hizo el régimen franquista una vez acabada la guerra, exhibiendo la labor de sus diplomáticos como si hubiera sido respondida a un mandato oficial.

El escenario, un lugar transitado como lo es una estación de metro, denota además el simbolismo de las víctimas, que eran hacinadas en trenes y transportadas a los campos de trabajo. Así, Metro de Madrid y Casa Sefarad-Israel se hacen eco de la humanidad que los diplomáticos españoles demostraron en contra del Gobierno, arriesgando sus vidas y usando las pocas armas que tenían para conseguir salvar 60.000 de aquellas vidas condenadas a las cámaras de gas.