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  • Se trata de un mundo a solo 14 años luz de la Tierra y que está dentro de la «zona de habitabilidad»
 La ilustración muestra el aspecto de este nuevo planeta extrasolar - NASA/Ames/JPL-Caltech

La ilustración muestra el aspecto de este nuevo planeta extrasolar – NASA/Ames/JPL-Caltech

Stephen Kane, astrofísico de la Universidad Estatal de San Francisco y uno de los más conocidos “cazadores” de planetas extrasolares, acaba de dar un paso decisivo en la búsqueda de vida fuera de la Tierra. Así, y en lugar de seguir buscando más mundos potencialmente habitables, Kane ha decidido dedicarse a localizar “zonas habitables” en la superficie de los planetas que ya conocemos. Entendiendo por zonas habitables aquellas en las que el agua podría existir en estado líquido. El estudio se publicará en el próximo número de Astrophysical Journal.

Para empezar, Kane y su equipo han examinado a fondo las posibles zonas habitables de Wolf 1061, un sistema planetario que se encuentra sólo a 14 años luz de distancia, uno de los más próximos a la Tierra. “Este sistema, afirma Kane- es importante porque está tan cerca que nos brinda la oportunidad de llevar a cabo otro tipo de estudios y seguimientos para comprobar si, efectivamente, alberga vida”.

Por supuesto, no es solo su proximidad a la Tierra lo que hace tan atractivo a Wolf 1061. De hecho, uno de sus tres planetas conocidos, un mundo rocoso llamado Wolf 1061c, se encuentra dentro de la “zona de habitabilidad” de su estrella, es decir, a la distancia exacta de ella para que las temperaturas permitan la existencia de agua en estado líquido sobre la superficie.

Kane y su equipo contaron con la ayuda de expertos de la Universidad Estatal de Tennessee y de Ginebra para estudiar a fondo el planeta y hacerse una idea más clara de si realmente la vida podría existir allí.

Cuando los científicos tratan de localizar mundos capaces de sustentar vida, lo que buscan es, básicamente, planetas que tengan propiedades similares a las de la Tierra. Es decir, que sean rocosos y que se encuentren en la “zona habitable” de sus estrellas, ni demasiado lejos ni demasiado cerca de ellas, ya que en el primer caso el agua se congelaría, como sucedió en Marte, y en el segundo se evaporaría, como le ocurrió a Venus.

Puesto que Wolf 1061c se encuentra cerca del borde interior de la zona hebitable (es decir, la más cercana a la estrella) Kane teme que su atmósfera se parezca más a la de Venus de lo que sería deseable. Pero los investigadores también se fijaron en que, a diferencia de la Tierra, que experimenta cambios climáticos (colo las edades de hielo) debido a las lentas variaciones en su órbita alrededor del Sol, la órbita de Wolf 1061c cambia a un ritmo mucho más rápido, lo que podría significar que su clima podría ser bastante caótico. “Podría ser -afirma Kane- que la frecuencia de congelación del planeta, o su calentamiento, se produjeran de forma rápida y brusca“.

Hallazgos que conducen a la gran pregunta: ¿Es posible la vida en Wolf 1061c?. Para Kane, existe la posibilidad de que las cortas escalas de tiempo entre los cambios orbitales sean suficientes para enfriar de forma efectiva el planeta, lo cual conlleva también una posibilidad de vida. Sin embargo, el investigador también afirma que para estar completamente seguros habrá que llevar a cabo nuevas investigaciones.

Durante los próximos años, la nueva generación de telescopios (como el James Webb, sucesor del Hubble), será capaz de detectar directemente los componentes atmosféricos de muchos exoplanetas, entre ellos la de Wolf 1061c. Y eso nos mostrará lo que realmente está sucediendo en sus superficies.


El Mundo.es

Recreación artística del planeta 2MASS J2126-8140 JAMES COOK / UNIV. HERTFORDSHIRE

Recreación artística del planeta 2MASS J2126-8140 JAMES COOK / UNIV. HERTFORDSHIRE

La Tierra tarda 365 días y seis horas en dar una vuelta alrededor del Sol. Un planeta gigante denominado 2MASS J2126-8140 necesita nada menos que un millón de años para completar una órbita alrededor de su estrella. Un equipo de astrónomos descubrió este particular sistema solar cuando hacían un censo de estrellas jóvenes y enanas marrones en regiones cercanas a la Tierra.

Se encontraron con un sistema solar que, según señalan en la revista Monthly Notices of the Royal Astronomical Society, sería el más grande de los que han sido descubiertos hasta ahora. Y es que el planeta se encontraría a un billón de kilómetros de distancia de su estrella, de modo que su órbita es 140 veces más amplia de la que sigue Plutón cuando da la vuelta al Sol.

Hasta ahora, el sistema solar considerado más grande era tres veces más pequeño que éste, según señala Simon Murphy, coautor del artículo e investigador de la Universidad Nacional de Australia (ANU, por sus siglas en inglés).

Por lo que respecta al planeta, los científicos estiman que tiene una masa de entre 12 y 15 veces la de Júpiter. Los astrónomos creen que este sistema solar debió originarse hace entre 10 y 45 millones de años.


ABC.es

  • Se trataría del noveno planeta de nuestro sistema estelar y ha sido apodado como «Planeta Nueve». Aún no se ha observado directamente, pero su presencia se ha inferido al estudiar las órbitas de sus vecinos, más allá de Plutón

 

 Representación artística del nuevo planeta

Representación artística del nuevo planeta

Todo parece indicar que estamos más cerca que nunca de descubrir el noveno planeta del Sistema Solar. Y no se trata esta vez de pequeños mundos helados más allá de la órbita de Plutón, como el que anunció la Institución Carnegie el pasado mes de noviembre, ni tampoco de un simple objeto transneptuniano, sino de un auténtico gigante de tamaño comparable a Neptuno y que, de confirmarse definitivamente su existencia, entraría por la puerta grande en el selecto club planetario del que la Tierra forma parte y del que, en 2006, fue expulsado el propio Plutón. En otras palabras, podría tratarse del famoso y escurridizo Planeta X, ese que los astrónomos persiguen desde hace más de un siglo y que la cultura popular ha terminado por convertir en leyenda.

Los autores del trabajo, un equipo de investigadores de Instituto de Tecnología de California, le han bautizado como «Planeta Nueve». Tiene entre cinco y diez veces la masa de la Tierra, gira alrededor del Sol una vez cada 15.000 años y, aunque aún no lo han observado directamente, Michael Brown y Konstantin Batygin han deducido su existencia a partir de las órbitas de toda una serie de planetas enanos y otros objetos extremos de nuestro Sistema descubiertos recientemente. Se sabe desde hace tiempo que las extrañas «maniobras orbitales» de estos pequeños mundos podrían explicarse gracias a la perturbación gravitatoria de un hipotético planeta gigante nunca visto hasta ahora. Brown y Batygin creen que el nuevo planeta pudo ser «expulsado» lejos del Sol y al espacio profundo hace miles de millones de años, como consecuencia de un «empujón gravitatorio» de Júpiter o Saturno.

Escepticismo

Los investigadores saben que su trabajo será sometido a toda clase de revisiones por astrónomos de todo el mundo. No es la primera vez, en efecto, que se anuncia el hallazgo del misterioso Planeta X, cuya búsqueda está plagada de errores, exageraciones e, incluso, pura y simple charlatanería. Por eso, Brown y Batygin se han preparado conta la inevitable ola de escepticismo con una larga serie de datos, análisis orbitales de otros objetos distantes y sesudas simulaciones informáticas. «Si dices que tienes evidencias del planeta X -afirma Brown- prácticamente cualquier astrónomo dirá: ´¿Otra vez? Estos chicos, claramente, están locos. ¿por qué esta vez debería ser diferente a las demás?´. Esta vez es diferente porque esta vez tenemos razón».

Los dos astrónomos dedujeron la presencia del«Planeta Nueve» por la singular agrupación de seis objetos previamente conocidos y cuyas órbitas se encuentran más allá de Neptuno. Según sus datos, solo hay un 0,007% de probabilidades (una entre 15.000) de que esa agrupación se deba a una simple coincidencia. Mucho más probable es que un planeta con la masa de diez tierras esté guiando a los seis objetos en sus extrañas y peculiares órbitas elípticas, muy inclinadas con respecto al plano del Sistema Solar.

Del mismo modo, también la órbita del nuevo planeta está inclinada, y también estirada hasta distancias tan grandes que obligarán a revisar algunas de las ideas más establecidas sobre la dinámica planetaria dentro de nuestro sistema.

Locura

La mayor aproximación del Planeta Nueve al Sol lo sitúa hasta siete veces más lejos que Neptuno, a 200 Unidades Astronómicas (UA) de distancia. (Una Unidad Astronómica es la distancia que hay entre la Tierra y el Sol, 150 millones de km). Pero en su periplo orbital, el recién descubierto Planeta X podría llegar a alejarse periódicamente del Sol entre 600 y 1.200 Unidades Astronómicas. Es decir, mucho más allá del cinturón de Kuiper, la región de los pequeños mundos helados más allá de Neptuno, que empieza a «solo» unas 30 UA.

Hace años, la investigación de Brown y Batygin no iba encaminada a descubrir un nuevo planeta, sino todo lo contrario, a demostrar que el Planeta Nueve no existía. Pero el trabajo de otros dos astrónomos, que descubrieron una inusual agrupación de pequeños mundos helados en una remota región del Sistema Solar, les hizo cambiar de idea. En 2014, además, un estudio publicado en Nature por Scott Sheppard Y Chad Trujillo, de la Institución Carnegie, apuntaba a la existencia potencial de un planeta gigante desconocido, uno cuya gravedad, precisamente, estuviera afectando a las órbitas de todos esos cuerpos más pequeños. Al principio Brown pensó que era una locura, y trató de demostrarlo con una serie de ecuaciones y simulaciones informáticas que, al final, terminaron por demostrar que la del planeta gigante oculto era la mejor de las explicaciones posibles.

Según sostienen Brown y Batygyn, si el Planeta X está ahí fuera, los astrónomos deberían encontrar muy pronto más objetos en «órbitas reveladoras», influenciadas por el gigante oculto. Aunque Brown sabe muy bien que nadie creerá de verdad en el descubrimiento hasta que el Planeta X, en todo su esplendor, sea detectado por fin con un telescopio. «Hasta que no haya una detección directa -afirma el astrónomo- estamos ante una hipótesis». El equipo de investigadores utilizará ahora sus cálculos para «cazar» al escurridizo planeta con uno de los grandes telescopios instalados en Hawaii. Y no cabe duda de que, con los datos de su trabajo en la mano, muchos otros astrónomos intentarán hacer lo mismo.

Matar a Plutón

De hecho, grandes telescopios de dos continentes están tratando ya de poner la vista encima al Planeta X, que sería, por tamaño, el quinto mayor del Sistema Solar, después de Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno. Pero a tanta distancia, no se trata de una tarea sencilla, ya que el Planeta Nueve, o X, refleja tan poca luz solar que pone a prueba la capacidad de los mejores intrumentos de observación disponibles.

Resulta irónico que sea precisamente Michael Brown el descubridor del noveno planeta del Sistema Solar. De hecho, fue él quien, en 2005, descubrió Eris, un pequeño y distante mundo helado del mismo tamaño de Plutón y que demostró que el hasta entonces noveno planeta de nuestro sistema era más que uno entre muchos mundos similares del cinturón de Kuiper. Fue precisamente su descubrimiento el que provocó que, apenas un año más tarde, en 2006, la Unión Astronómica Internacional reclasificara a Plutón, privándole de su título planetario y degradándolo a planeta enano. El propio Brown contó este proceso en su libro «Cómo maté a Plutón». Unos años antes, en 2003, Brown también protagonizó el descubrimiento de Sedna, otro pequeño y lejano mundo, aunque menor que Eris y Plutón.

«Matar a Plutón fue divertido -afirma el investigador-. Y encontrar a Sedna fue científicamente interesante. Pero esto está una cabeza por encima de todo lo demás«.

 

 


El Pais

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Es el tipo de pregunta que deja sin guardia a cualquier padre y que ni las mejores mentes han podido responder de forma satisfactoria: ¿Cuántos árboles hay en el mundo?

Un nuevo estudio acaba de aportar el cálculo más preciso hasta el momento y los resultados son sorprendentes, para lo bueno y para lo malo. Hasta ahora se pensaba que hay 400.000 millones de árboles en todo el planeta, o 61 por persona. El recuento se basaba en imágenes de satélite y estimaciones del área forestal, pero no en observaciones sobre el terreno. Después, en 2013, estudios basados en recuentos directos confirmaron que solo en el Amazonas hay casi 400.000 millones de árboles, por lo que la pregunta seguía en el aire. Y se trata de un dato crucial para entender cómo funciona el planeta a nivel global, en especial el ciclo del carbono y el cambio climático, pero también la distribución de especies animales y vegetales o los efectos de la actividad humana en todos ellos.

El nuevo recuento, que publica hoy la revista Nature, muestra que en realidad hay tres billones de árboles en todo el planeta, unas ocho veces más que lo calculado anteriormente. De media hay 422 árboles por cada humano.

La cuenta por países destapa una enorme desigualdad, con ricos como Bolivia, con más de 5.000 árboles por persona, y pobres de solemnidad como Israel, donde apenas tocan a dos. Gran parte del contraste se debe a factores naturales como el clima, la topografía o las características del suelo, pero también al efecto inconfundible de la civilización. Cuanto más aumenta la población humana, más disminuye la cuenta de árboles. En parte se explica porque la vegetación prospera más donde hay más humedad, los lugares que también preferimos los humanos para establecer tierras de cultivo.

El trabajo calcula que, cada año, las actividades humanas acaban con 15.000 millones de árboles. La pérdida neta, compensando con la aparición de nuevos árboles y la reforestación, es de 10.000 millones de ejemplares. Desde el comienzo de la civilización, el número de árboles del planeta se ha reducido en un 46%, casi la mitad de lo que hubo, indica el estudio, publicado hoy en Nature.

Si este ritmo de destrucción sigue sin cambios, los árboles desaparecerán del planeta en 300 años. Son tres siglos, unas 12 generaciones. “Ese es el tiempo que queda si no hacemos nada, pero tenemos la esperanza de que podremos frenar el ritmo y aumentar la reforestación en los próximos años para aliviar el impacto humano en los ecosistemas y el clima”, explica Thomas Crowther, investigador de la Universidad de Yale (EE UU) y primer autor del estudio.

Europa deforestada

Hace dos años, representantes de la “Campaña de los 1.000 millones de árboles” de la ONU para replantar parte de la vegetación perdida necesitaban saber cuánto impacto estaban tendiendo sus esfuerzos. Contactaron a Crowther, que trabaja en la Escuela de Estudios Forestales y Medioambientales de Yale, para preguntarle cuántos árboles hay en el mundo y cuántos en las diferentes regiones donde trabajan. Fue el comienzo del presente estudio, firmado por 38 investigadores de 14 países. Juntos recopilaron datos de la densidad forestal tomados en más de 400.000 puntos de todos los continentes menos la Antártida. Dividieron la Tierra en 14 tipos de biomas, o paisajes bioclimáticos, estimaron la densidad de árboles en cada uno de ellos basándose en imágenes de satélite y comprobaron su fiabilidad con las medidas sobre el terreno. Por último compusieron el mapa global de árboles más preciso que se ha hecho nunca, en el que cada píxel es un kilómetro cuadrado.

Los resultados muestran que la mayor densidad de árboles se encuentra en los bosques boreales y de las regiones subárticas de Rusia, Escandinavia y Norteamérica. La mayor extensión de bosques está en los trópicos, con el 43% de todos los árboles del planeta. Los bosques del norte solo contienen el 24% del total de ejemplares y el 22% está en zonas templadas.

Europa es una de las zonas más castigadas. “Antes de la civilización, toda Europa era un gran bosque, pero la presión humana debido al desarrollo agrícola, industrial y urbano convierten a esta región en una de las más deforestadas en todo el mundo”, detalla Crowther. En España hay 11.300 millones de árboles, 245 por persona.


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  • Astrónomos descubren a 136 años luz un nuevo mundo en un sistema con cuatro estrellas
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Karen Teramura, UH IfA El sistema descubierto en Aries tiene cuatro soles

Investigadores del Observatorio Palomar en San Diego, California (EE.UU.), han descubierto a 136 años luz de distancia de la Tierra, en la constelación de Aries, un gigantesco planeta extrasolar que pertenece a un sistema con cuatro estrellas, el segundo de este tipo que se conoce. Si uno pudiera visitar ese lejano mundo vería que en su cielo brillan cuatro pequeños soles y otras dos estrellas tan luminosas que incluso podrían observarse a la luz del día.

El descubrimiento fue posible gracias a dos nuevas tecnologías de adaptación óptica que compensan los efectos borrosos de la atmósfera de la Tierra: el sistema robótico de óptica adaptativa Robo-AO, desarrollado por el Instituto de Astronomía de Manoa en la Universidad de Hawái, y el sistema de óptica adaptativa extrema-PALM 3000, desarrollado por un equipo de Caltech y el Laboratorio de Propulsión a Chorro de la NASA (JPL).

El nuevo planeta gaseoso es enorme, tiene 10 veces la masa de Júpiter y orbita a su estrella primaria cada 335 días. El nuevo estudio, publicado en la revista Astronomical Journal, eleva el número de estrellas conocidas en el sistema, llamado 30 Ari, de tres a cuatro. El hallazgo sugiere que los planetas en sistemas estelares cuádruples podrían ser menos raros de lo que se pensaba.

«Alrededor de un 4% de las estrellas de tipo solar se encuentran en sistemas cuádruples, lo que ha aumentado a partir de estimaciones previas, porque las técnicas de observación están mejorando constantemente», afirma Andrei Tokovinin, del Observatorio Interamericano de Cerro Tololo en Chile y coautor del estudio.

La cuarta estrella recién descubierta, cuya distancia al planeta es 23 veces la que existe entre el Sol y la Tierra, no parece haber afectado a la órbita del planeta. La razón exacta es incierta, por lo que el equipo está planeando nuevas observaciones para comprender mejor la órbita de esa estrella y sus complicadas dinámicas familiares.

Si fuera posible ver el cielo de este mundo, las cuatro estrellas se verían como pequeños soles y otras dos estrellas, muy brillantes, serían visibles a la luz del día. Si pudiéramos utilizar un telescopio suficientemente grande, nos daríamos cuenta de que una de esas estrellas brillantes es en realidad un sistema binario de dos astros que orbitan entre sí.

Como Tatooine

En los últimos años, se han encontrado docenas de sistemas planetarios con dos o tres estrellas anfitrionas, incluidas las que tienen puestas gemelas que recuerdan al mundo de ficción de Star Wars Tatooine. Encontrar planetas con varias estrellas ha dejado de ser una gran sorpresa, teniendo en cuenta que las estrellas binarias son más comunes en nuestra galaxia, la Vía Láctea, que las individuales, como el Sol.

El autor principal del estudio, Lewis Roberts, del JPL, y su equipo quieren entender los efectos que varias estrellas pueden tener en los planetas jóvenes en desarrollo. La evidencia sugiere que los compañeros estelares pueden influir en el destino de los planetas cambiando sus órbitas e incluso provocando que algunos sean más masivos.

Los planetas tipo «Júpiter caliente», que giran alrededor de sus estrellas en apenas unos días, por ejemplo, podrían ser suavemente empujados más cerca de su estrella principal de la mano gravitacional de una estrella compañera. «Este resultado refuerza la conexión entre los sistemas estelares múltiples y planetas masivos», explica Roberts.


ABC.es

  • Una de las condiciones para que un planeta tenga alguna posibilidad de albergar vida es que se encuentre dentro de ella
¿Qué es la zona de habitabilidad de una estrella?

nasa Ilustración del planeta extrasolar Kepler-186f, en la zona de habitabilidad de su estrella

Una de las condiciones para que un planeta tenga alguna posibilidad de albergar vida, al menos tal y como la conocemos aquí en la Tierra, es que se encuentre en lo que se llama la «zona de habitabilidad» de su estrella. Es decir, a la distancia necesaria, ni demasiado cerca ni demasiado lejos, para que en su superficie pueda existir agua líquida. Por eso, a esa zona se la denomina también de «Ricitos de Oro», ya que, como las gachas que se comía la niña protagonista del cuento infantil, los mundos deben estar en su justa temperatura, ni demasiado fríos para una glaciación perpetua ni demasiado cálidos para un efecto invernadero infernal.

Además de la distancia, la zona de habitabilidad también depende de la masa y la edad de la estrella, ya que con el tiempo cambia su tipo espectral y su luminosidad. En una estrella de tipo M, las más numerosas en nuestra galaxia, de baja masa y luminosidad, la zona habitable se encontrará muy cerca de la estrella. Pero ese factor también podría influir en la existencia de vida, como la excentricidad de la órbita o la inclinación del eje de rotación… Mil factores influyen.

Los criterios para designar esta franja espacial fueron estipulados hace dos décadas por James Kasting, investigador de la Penn State University (EE.UU.) y uno de los líderes mundiales en esta área. Pero recientemente científicos de la misma institución han situado esa zona habitable algo más lejos del astro, lo que implica que muchos planetas que hasta ahora se creían bien situados en realidad no lo están, y que otros que estaban fuera se encuentran dentro de ella. El cambio puede tener consecuencias a la hora de plantearse la búsqueda de vida fuera de la Tierra.

Un equipo de la Universidad de Aberdeen en Escocia (Reino Unido) también cree que esas fronteras tradicionales deberían ampliarse, ya que, a su juicio, mundos rocosos y fríos que antes se consideraban inertes pueden ser capaces de soportar vida por debajo de su superficie.

Mundos habitables

En este sentido, un equipo de investigadores de la Universidad de Texas ha elaborado un Indice de Complejidad Biológica (BCI), diseñado especialmente para hacer una estimación de la probabilidad de que la vida orgánica compleja surja en otros mundos. Según los cálculos, solo en la Vía Láctea podría haber más de cien millones de planetas con vida compleja, algo absolutamente impresionante.

De momento, de los más de 1.800 planetas confirmados descubiertos fuera del Sistema Solar, apenas 21 muestran alguna similitud con la Tierra. De ellos, una decena se consideran «potencialmente habitables». La mayoría son mayores que nuestra bola azul. Entre estos prometedores nuevos mundos, la supertierra Gliese 667Cc, a 22 años luz de nosotros, o Kepler 283c, con un año de 93 días.


La Vanguardia

  • Presenta cambios extremos en la inclinación de su eje de rotación dando lugar a rápidos contrastes entre sus estaciones

La NASA halla un planeta que se tambalea

Gráfico que muestra los cambios extremos en la inclinación de su eje de rotación del Kepler 413-b NASA

El telescopio espacial Kepler de la NASA ha descubierto un planeta que presenta cambios extremos en la inclinación de su eje de rotación, dando lugar a rápidos contrastes entre sus estaciones.

Concretamente, la variación es de más de 30 grados en 11 años, mientras que, por ejemplo, el eje de la Tierra se modifica 23,5 grados en 26.000 años.

El nuevo mundo, conocido como Kepler 413-b, es un súper-Neptuno que se encuentra a 2.300 años luz de distancia en la constelación de Cygnus. Su contraste de temperaturas le impiden ser un candidato a albergar agua líquida. Circula cerca de una pareja de estrellas anaranjadas y rojas enanas y su órbita, que tampoco es muy estable, dura 66 días.

Los científicos apuntan que la órbita del planeta alrededor de las estrellas binarias se tambalea porque el plano de su órbita está inclinado 2,5 grados con respecto al plano de la órbita de los soles.

Visto desde la Tierra, la oscilación se mueve hacia arriba y hacia abajo de forma continua. Esta singularidad ha hecho que para el telescopio haya sido más fácil realizar este descubrimiento. Kepler busca planetas notando el oscurecimiento de una estrella o estrellas cuando un planeta pasa por delante de ellos.

Normalmente, los planetas transitan como un reloj, pero en este caso tanto bamboleo inusual alertó a los expertos. “En el transcurso de 1.500 días vimos: tres tránsitos en los primeros 180 días -uno cada 66 días-, después 800 días sin tránsitos en absoluto y finalmente cinco tránsitos más consecutivos”, ha apuntado el autor principal del trabajo, Veselin Kostov.

Estas variaciones son consecuencia de la oscilación de órbita antes mencionada. De hecho, desde el punto de vista de la Tierra, el próximo tránsito visible se espera para 2020.

Mientras, los expertos continúan estudiando este sistema que, según han apuntado, podría contener otros cuerpos planetarios o una tercera estrella. Además, se buscarán mundos similares al ahora hallado y que no se han visto hasta ahora porque “no se estaba en periodo favorable”.


El Mundo

Mosaico de 2.700 imágenes de la superficie marciana captadas por la sonda Mars Express. | ESA

Mosaico de 2.700 imágenes de la superficie marciana captadas por la sonda Mars Express. | ESA

La sonda Mars Express, que este año celebra el décimo aniversario de su lanzamiento, ha cartografiado ya casi el 90% de la superficie de Marte, informó hoy la Agencia Espacial Europea (ESA), que calcula que “en los próximos años” se podría dar por finalizado el mapa de ese planeta.

Las fotografías han sido tomadas por su Cámara Estéreo de Alta Resolución (HRSC), que está captando dicha superficie en color, en tres dimensiones y con una resolución de cerca de 10 metros por píxel.

De momento, según la ESA, el mapa abarca el 87,8% de ese planeta y está compuesto por 2.702 “tiras” individuales, agrupadas en una especie de mosaico en el que se pueden observar los huecos de las partes que todavía deben ser fotografiadas.

Las tomas especialmente afectadas por el polvo o efectos atmosféricos no han sido incluidas, explicó la ESA, según la cual los cambios en la tonalidad de las fotografías se deben al diverso contenido de polvo en la atmósfera y a las diferentes condiciones de iluminación.

Los científicos avanzan que si las condiciones atmosféricas son adecuadas, los huecos que faltan podrían completarse “en los próximos años”.

De momento, no obstante, se pueden observar ya algunos de los puntos más relevantes de ese planeta, como el Monte Olimpo, considerado el mayor volcán en el Sistema Solar, con una altura de 21 kilómetros.

Asimismo, se puede apreciar el Valle Marineris, en la región ecuatorial al este de la zona de Tharsis, que está formado por un sistema de cañones gigantes de 4.800 kilómetros de longitud, con valles largos y estrechos originados probablemente por movimientos tectónicos.

Estas imágenes, tal y como ha informado la ESA en otros comunicados, permiten además a los geólogos investigar la morfología de Marte, la evolución de sus rocas y las formas del terreno, así como analizar la luz reflejada por el cañón para determinar de qué tipo de materiales está formado.


El Confidencial

Mientras la ciencia miraba a Marte, Mercurio dio la sorpresa. Las observaciones realizadas por la cápsula de exploración planetaria Messenger han encontrado agua helada y materiales orgánicos en algunas regiones del polo norte de Mercurio, informó ayer la agencia espacial estadounidense NASA.

El artefacto de exploración, lanzado en 2004 para el estudio del planeta más cercano al Sol y de 485 kilos, llegó a las proximidades de Mercurio en 2008 y entró en su órbita en marzo de 2011. La misión formal de recogida de información comenzó un mes más tarde y, desde entonces, Messenger ha tomado más de 100.000 imágenes.

Las observaciones previas de Mercurio, hechas desde la Tierra y con telescopios y radar, indicaban que podría haber hielo en las áreas permanentes en sombras de los cráteres en los polos del planeta. Desde su órbita en torno al planeta, Messenger observó áreas brillantes y oscuras definidas con luz infrarroja en dichas regiones.

Los investigadores de la NASA, en una conferencia de prensa, explicaron que los datos de los instrumentos de la cápsula, incluido un altímetro por láser y un espectrómetro de neutrones, confirmaron que hay hielo en los cráteres del polo norte de Mercurio.

Los científicos creen que las áreas brillantes captadas en las imágenes representan el hielo que está cerca de la superficie de Mecurio, en tanto que las oscuras corresponden a regiones donde el hielo está cubierto por una capa de material rico en componentes orgánicos.


La Vanguardia

  • “Nuestro estudio podría contribuir a entender mejor los intervalos de tiempo en los que el Sol no presenta manchas”, dice el físico Ferriz-Mas, miembro del equipo que ha efectuado este hallazgo
Imagen que muestra líneas de campo magnético del Sol GYI

Imagen que muestra líneas de campo magnético del Sol GYI

Es conocido que el Sol presenta un ciclo de once años, a lo largo del cual su actividad magnética (que se manifiesta en forma de manchas, explosiones que liberan energía y eyecciones de materia al espacio interplanetario) varía entre un mínimo y un máximo. Pero, además de este ciclo de once años, basado en el número de manchas que aparecen en la superficie del Sol, también se ha observado la existencia de otros ciclos de actividad magnética con periodos más largos de 88, 104, 150, 208 y 506 años.

Ahora un grupo de físicos, entre los que se encuentra Antonio Ferriz-Mas, miembro del Grupo de Física Solar del Instituto de Astrofísica de Andalucía (IAA-CSIC) y profesor titular en la Universidad de Vigo, ha encontrado una coincidencia excelente entre los ciclos de periodo largo de actividad solar y los efectos de marea debidos a los planetas. Los resultados aparecen este miércoles destacados en la versión digital de la revista Astronomy & Astrophysics.

Se trata, cabe remarcarlo, de un artículo atrevido porque intenta contrarrestar la concepción clásica de que lo que ocurre en el interior del Sol lo determina exclusivamente el propio Sol.

“Nosotros no decimos que el periodo de las manchas de once años del Sol las cause Júpiter. De hecho, nadie sabe por qué el periodo de las manchas tiene 11 años”, dice a LaVanguardia.com Ferriz-Mas. “Nuestro estudio se refiere a la modulación de la actividad magnética solar a largo plazo (como, por ejemplo, la aparición de los llamados Mínimos de Maunder)”, añade.

Los Mínimos de Maunder son prolongados intervalos de tiempo en los que el Sol, prácticamente, no presenta manchas. Poco después de que Galileo Galilei observara las manchas solares, éstas dejaron de apreciarse. En concreto, entre aproximadamente 1645 y 1715 (Galileo murió en 1642) apenas se detectaron manchas solares. Eso coincidió -con un pequeño desfase temporal- con un periodo de enfriamiento de la Tierra (al menos en el hemisferio norte) que se conoce como la pequeña edad de hielo.

Esta pequeña edad de hielo comenzó poco después de que dejara de haber manchas. “Pero no dejó de haberlas durante un mes o dos, sino alrededor de 75 años. Y esos periodos de ausencia de manchas de entre 75 y 100 años o más es lo que se denomina Mínimos de Maunder”, aclara este profesor de Física de la Universidad de Vigo. “Nuestro estudio podría contribuir a entender mejor los Mínimos de Maunder y la distribución temporal de éstos”, añade.

Este equipo internacional (Suiza, España y Australia) ha reconstruido minuciosamente la actividad magnética solar de los últimos diez mil años analizando para ello la concentración de isótopos cosmogénicos (los isótopos berilio-10 y carbono-14) en testigos de hielo de la Antártida y de Groenlandia. La serie temporal obtenida muestra unas periodicidades, aparte del conocido ciclo solar de once años, para las cuales no existía hasta ahora ninguna explicación en el marco de la teoría dinamo (es decir, la teoría que intenta dar cuenta de cómo se generan los campos magnéticos solares y estelares).

La capa donde se almacena el flujo magnético

El Sol no rota rígidamente, sino que posee una rotación diferencial en latitud y en profundidad; en particular, las regiones en el ecuador rotan más rápido que las de los polos. Pero esta rotación diferencial se da tan solo en el 30% más externo del Sol, en la llamada zona de convección. Bajo esta zona se encuentra la zona radiativa, en la que la energía se transporta por radiación (fotones) y donde la rotación es casi rígida.

Justo entre las zonas convectiva y radiativa existe una delgada capa, la tacoclina, donde se produce una transición muy marcada entre ambas zonas. Esta capa es crucial para el almacenamiento y amplificación del campo magnético solar, puesto que en ella se localizarían inicialmente los intensos tubos de flujo magnético que en algún momento originarán las manchas solares que se observan en la superficie.

Si la tacoclina estuviera un poco achatada y se desviase ligeramente de la simetría axial -por ejemplo, porque rotase alrededor de un eje ligeramente inclinado con respecto al eje de rotación del Sol-, los planetas podrían ejercer pares de fuerzas sobre la tacoclina por efecto marea (similar al que la Luna ejerce sobre los océanos terrestres). El efecto de marea, aunque pequeño, y hasta ahora despreciado, podría ser suficiente para afectar la capacidad de la tacoclina para almacenar los tubos de flujo magnético, precursores de las manchas.

El efecto de los planetas, a través de las fuerzas de marea, podría modificar ligeramente la estabilidad de la estratificación del gas en la tacoclina. “Esta modificación podría ser de una parte en 10.000 a una parte en 100.000. Es como si a una persona que tiene 100.000 euros le quitamos uno, no se da cuenta. Pues esta modificación tan pequeña podría ser suficiente para modificar la capacidad de almacenamiento de tubos de flujo magnético dentro de esa capa”, relata Ferriz-Mas.

Muchos científicos suponen, desde los años 80, que las manchas solares son simplemente grandes tubos de flujo magnético que ascienden desde esa tacoclina hasta la superficie del Sol, atravesando unos 200.000 km de zona convectiva.

“Si la estabilidad de la estratificación del gas en la tacoclina fuese distinta, esos tubos, cuando entraran en la zona de convección para ascender, serían demasiado débiles. Eso quiere decir que la convección los destrozaría por el camino y a la superficie sólo llegaría campo magnético difuso, no estructurado en manchas”, argumenta este científico.

Este grupo de físicos supone que cuando hay un Mínimo de Maunder no significa que no llegue campo magnético a la superficie, sino que ese campo no llega en forma de manchas. “El origen de todo está en la tacoclina”, señala Ferriz-Mas. “Si no hay en esta capa solar tubos de flujo del orden de 100.000 Gauss que entren en la zona de convección y empiecen a ascender, no hay manchas”, agrega.

“El campo magnético en la superficie terrestre, que ponemos de manifiesto con una brújula, puede tener una intensidad de entre 0,25 y 0,65 Gauss. Si los tubos de flujo no llegan a alcanzar los aproximadamente 100.000 Gauss, porque la estabilidad de la estratificación del gas en la tacoclina ha sido perturbada por el efecto de marea de los planetas, entonces éstos no mantendrían su identidad al atravesar la zona de convección y no podrían llegar a la superficie en forma de estructura coherente que diese lugar a manchas solares”, explica Ferriz- Mas.

Si todo lo relatado aquí se cumpliera, deberían encontrarse los mismos periodos en la actividad solar que en el torque [fuerza que se le ejerce a algo para hacerlo girar] ejercido por los planetas, como precisamente ha descubierto el equipo en el que participa el investigador Antonio Ferriz-Mas (IAA-CSIC).

Como indican los doctores J. A. Abreu y J. Beer del ETH de Zurich (Instituto Politécnico Federal), coautores del artículo, la influencia de los planetas sobre el magnetismo solar a larga escala temporal es una hipótesis interesante, que daría una explicación natural a los periodos de entre ochenta y ocho y dos mil doscientos años presentes en el registro de la actividad magnética solar. Si esto fuese así, este estudio puede tener implicaciones muy importantes para entender mejor cómo funciona el Sol y, en particular, la actividad magnética solar.

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