Category: Refranes / Dichos



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  • Pocos apelativos hay tan ofensivos, y pocos individuos con peor catadura moral y humana que nuestros protagonistas
ARCHIVO Imagen de la obra de Cervantes, Rinconete y Cortadillo

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Imagen de la obra de Cervantes, Rinconete y Cortadillo

Generación tras generación una especie ha logrado perpetuarse con el paso del tiempo. Sorteando cualquier barrera moral plausible, los hombres sin oficio ni beneficio han forjado un frente común donde la marrullería y la tan recurrente picaresca son los principales ingredientes con los que aderezan sus menesteres diarios. Rufianes que en otra vida hubieran sido denostados, hoy se sitúan en las escalas más altas del planeta.

Pancracio Celdrán, en su libro «Inventario General de Insultos» define al rufián como un «hombre sin honor, despreciable y perverso; chulo de mancebía, alcahuete de prostíbulo, que vive de comerciar con las mujeres. Pocos insultos hay tan ofensivos, y pocos individuos con peor catadura moral y humana que éstos, en la tradición literaria española».

Para conocer a fondo lo que es un rufián, el autor remite a la célebre obra de Cervantes Rinconete y Cortadillo o a su comedia El Rufián Dichoso. «Allí se ve que no se trata únicamente de un alcahuete y ladrón, de un encubridor de rateros, sino también de un matón y espadachín de oficio, especie de asesino de alquiler».

Tirso de Molina escribe lo siguiente:

¡Mal haya quien bien os quiere,

rufianes de Belcebú…!

Respecto a su origen etimológico, Joan Corominas sitúa la la antigüedad del vocablo en el siglo XIV. «Además cree que pudo decirse del término latino rufus, es decir, pelirrojo, seguramente por la prevención moral que ha existido siempre contra los hombres de ese color de pelo, y por la costumbre de las rameras romanas de utilizar pelucas de esa color. Pero tal vez sea remontarse muy atrás, o hilar demasiado fino; sobre todo si se atiende al término germánico ruffer, con el significado de ‘alcahuete’, una de las ocupaciones principales de estos individuos», señala Celdrán.

El propio Cervantes emplea el término en reiteradas ocasiones de forma que «el apelativo pierde en fiereza». Por ejemplo, hace hablar así a un criado:

…fue su postre dar soplo a mi amo de un rufián forastero, que nuevo y flamante había llegado a la ciudad.

Medio siglo antes, Lope de Rueda, tiene el siguiente plasma en la obra El rufián cobarde:

¡Ah putilla, putilla, azotada tres veces por la feria de Medina del Campo, llevando la delantera de su amigo o rufián, por mejor decir…!.


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  • El moscón presume de ignorancia para buscar de forma reiterativa la información que desea

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Mientras el mundo gira sin aparente importancia, los rumores y las habladurías siguen siendo la principal contrapartida del aburrimiento. Dependiendo de la persona que lo tenga, el tiempo libre puede ser muy dañino, toda vez, que en un planeta conectado de punta a punta, la diversificación del fisgoneo es hoy una realidad. Si las moscas son inevitables pero visibles, los moscones avanzan posiciones de tal forma que van tejiendo una red sin que la víctima haya tenido oportunidad de percatarse.

En esta línea se mueve Pancracio Celdrán, padre de «El Gran Libro de los Insultos», publicado por la editorial La Esfera, quien ve al aludido como un «sujeto inoportuno y pelmazo que da constantemente la lata con el mismo tema, y termina saliéndose con la suya y logrando lo que persigue, murmurando sin cesar entre dientes aquello que sabe que va a molestar a quien lo escucha; individuo que con terquedad y astucia consigue lo que se propone, fingiendo a menudo ignorancia, o haciéndose el tonto».

El célebre Benito Pérez Galdós emplea el vocablo así en su obra Miau (1888):

Al bajar de la visita echaba siempre una parrafada con los memorialistas a fin de sonsacarles mil menudencias sobre los del cuarto: si pagaban o no la casa, si debían mucho en la tienda… si volvían tarde del teatro, si la sosa se casaba al fin con el gilí de Ponce, si había entrado el zapatero con calzado nuevo… En fin, que era una moscona insufrible, un fiscal pegajoso y un espía siempre alerta.

Y es que, como avisa Celdrán, «peores consecuencias tiene el término moscón referido a la mujer, ya que decimos moscona a la que es descarada y sinvergüenza». Por ejemplo, en Cantabria «llaman así a la hembra desvergonzada y pícara».

Tomás Carrasquilla, en La marquesa de Yolombó (1928), hace este uso del apelativo:

¡Qué ofuscamiento el de Doña Engracia! De pronto hace señas y salen al corredor los tres viejos y el moscón de Proto, siempre en cobijo.

 


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  • El célebre Francisco de Quevedo le otorgó ese valor semántico. Hace referencia al individuo tonto y abrutado
-moratin_goya.jpg de Archivo ABC-

ABC El poeta Leandro Fernández de Moratín emplea el término a principios del siglo XIX

Con una jerga tan rica y variada cuando de insultar se trata, es común que algunas ofensas vayan perdiendo fuelle en favor de otras. Los tiempos cambian, las palabras también… pero las viejas costumbres son francamente inmortales. Por más años que pasen, las ganas de pelear siguen latentes en el seno de una sociedad demasiado estresada como para disfrutar de lo que tiene alrededor. Y eso, provoca que hoy brindemos un particular homenaje a uno de esos vocablos que nos retrotraen a épocas pretéritas.

Pancracio Celdrán establece en «El Gran Libro de los Insultos», publicado por la editorial La Esferan, que el zopenco es un «individuo necio y abrutado. Etimológicamente, tanto en italiano como en portugués zoupo, zopo equivale a tarado o lisiado, especialmente de los pies».

El autor apunta que los vocablos zopenco y zopo «connotan cojera» y explica que este sentido se lo otorga Sebastián de Covarrubias en su Tesoro de la lengua castellana o española (1611), donde le asigna etimología latina «de suppus (que gatea)». Por su parte, el célebre Francisco de Quevedo da al calificativo el significado de «lisiado de pies y manos».

En el Diccionario de Autoridades (1726), primer diccionario de la lengua castellana editado por la Real Academia Española, zopo equivale a sujeto sumamente desmañado, que se embaraza y tropieza con todo.

José Francisco de Isla, en su Historia del famoso predicador fray Gerundio de Campazas (1758), emplea así la palabra:

Hasta ahora no encontré estudiante tan zopenco que de dicho método sacase la preocupación de persuadirse que la Escritura para nada sirve al teólogo…

Con el mismo valor semántico lo utiliza también a principios del siglo XIX el poeta Leandro Fernández de Moratín:

Seré mal poeta, seré zopenco, pero soy hombre de bien…

Celdrán apunta que el calificativo podría derivar del compuesto ‘so penco’, aunque tampoco puede demostrarlo. «El penco es un jamelgo, un caballo flaco y desgarbado, y no resultaría fácil casar este contenido semántico con el de zopenco, cuya base conceptual es la necedad y la tontería».

El escritor Vicente Blasco Ibáñez, en su traducción de Las mil y una noches (1916), emplea así el término:

Por eso, haga lo que haga, un sirio… será siempre un zopenco de sangre gorda , y su ingenio no se avivará nunca más ante el incentivo grosero de la ganancia y del tráfico.

Por último, tal y como viene siendo habitual en esta serie sobre el origen de los insultos, Celdrán hace un recorrido por el mapa de definiciones que abarca la geografía española. «En Andalucía: criatura tan desmañada que con todo tropieza, mientras que en Gran Canaria se predica del individuo de pocas luces. En la villa toledana de Cueva llaman así a quien es muy bruto; en la Alcarria conquense: lerdo, torpón; en puntos de Teruel: sujeto desmañado que además de bruto es bobo; en Cáceres: sujeto torpe, lento y bruto; en puntos de Asturias: pesado y torpón, sentido que también tiene en la provincia de Murcia».


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  • Proferir este calificativo era tan afrentoso que requería satisfacción a través de un duelo a muerte
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ABC El vocablo no se usa en castellano con anterioridad al XV

«InFAmes, respetad a los muertos». Así rezaba una pancarta que el grupo radical del Real Madrid, Ultras Sur, le dedicó hace años en un derbi a sus homólogos rojiblancos del Frente Atlético. El mensaje hacía alusión a los desagradables cánticos que los hinchas colchoneros vienen coreando desde que un accidente de tráfico costara la vida al que fuera emblema del club merengue Juan Gómez, «Juanito». «¡Illa, illa, illa, Juanito hecho papilla!» o «cómo iría Juanito… para no ver el camión» fueron la gota que colmó el vaso de los otrora ocupantes del fondo sur del Bernabéu, quienes no tuvieron en mente otro calificativo que el que ocupa hoy nuestra atención.

La ofensa de infame sirve para describir al individuo indigno, vil y despreciable; que carece de honra y no merece respeto. Pancracio Celdrán señala en «El Gran Libro de los Insultos», publicado por la editorial La Esfera, que en el siglo XVI se decía de «el notado de ruin fama. Fue insulto tan afrentoso que requería satisfacción en duelo a muerte, afrenta equiparable a cobarde, felón, traidor, cabrón, hereje, ya que el infame carece de crédito y estimación».

El historiador Juan de Mariana escribe en el siglo XVI referido a los cómicos:

Los farsantes que salen a representar deben ser contados entre las personas infames.

Mientras que Miguel de Cervantes deja plasmado en Rinconete y Cortadillo (1613):

Se deja para otra ocasión contar su vida y milagros, con los de su maestro Monipodio, y otros sucesos de aquellos de la infame academia.

Celdrán apunta que este calificativo fue muy empleado en el teatro del Siglo de Oro: «El movimiento cultural obsesionado con el honor personal y la reputación familiar».

Lope de Vega dice:

Luego que suelta del infame lazo Filomena se vio, corrió a la espada, pero cayó con más seguro abrazo en los tiranos brazos desmayada…

Incidiendo en su origen etimológico, el autor explica que es voz derivada del latín fama (opinión pública, renombre, rumor), a la que se le añade la partícula negativa ‘in’. Además de añadir una pequeña pincelada respecto a la variación que ha sufrido su significado a lo largo del tiempo, «desde el siglo XIX el término señala a la persona carente de reputación o fama, o a quien la tiene mala y ruin. No obstante, no se usa en castellano con anterioridad al XV: enfamar, es decir, andar en lenguas por algo».

Manuel Tamayo y Baus escribe a finales de ese siglo en Un drama nuevo (1867):

Ahí va un infame; porque el marido ultrajado que no se venga es un infame.


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  • Aunque en sentido figurado, hace referencia al individuo ruin que degenera de su origen y naturaleza, la ofensa más generalizada guarda relación con el rechazo del parentesco
 VALERIO MERINO Tumba del Rey Alfonso XI, en la iglesia de san Hipólito, en Córdoba


VALERIO MERINO
Tumba del Rey Alfonso XI, en la iglesia de san Hipólito, en Córdoba

Si una cosa ha quedado plasmada a lo largo de la historia, es la gran cantidad de hijos no reconocidos que han ido surgiendo entre sus páginas. Reyes, nobles, plebeyos, famosos, anónimos… no importa la condición social del individuo a la hora de entrar en este menester. Aunque el Diccionario de la Real Academia Española define el término bastardo en su primera acepción como un sujeto «que degenera de su origen o naturaleza», la ofensa más generalizada guarda relación con el rechazo del parentesco.

Pancracio Celdrán, en «El Gran Libro de los Insultos», publicado por la editorial La Esfera, explica que en primer lugar se alude al hijo ilegítimo o borde, pero en sentido figurado, hace referencia a la persona baja, ruin y villana, que no es auténtica ni fetén. «Sujeto vil, de mala inclinación y natural avieso capaz de cualquier traición o trastada ya que no guarda la fe debida a otro».

A mediados el siglo XIV surge este calificativo estableciendo que los hijos ilegítimos de noble cuna eran bastardos y los de baja cuna hi(jos)deputa. «Comenzó a utilizarse en castellano en tiempos de Pedro I apareciendo como aposición a nombre propio en la Crónica de Pedro el Cruel para referirse al hijo bastardo de Alfonso XI, Enrique (II) el de las Mercedes».

Celdrán menciona al escritor español Sebastián de Covarrubias, quien en su Tesoro (1611) otorga a la la ofensa el valor semántico de ‘grosero y no hecho con orden, razón y regla’, y, en relación a su etimología, alude al arabista de su tiempo, Padre Guadix, para quien el origen de la palabra es arábigo: «De baxtaridu, es decir, hijo de quien se quiera, ya que no se sabe de cierto quién sea el padre».

El sainetista madrileño del siglo XVIII Ramón de la Cruz emplea así el término:

Ésa es una presunción

hija de un bastardo pecho.

El vocablo posee procedencia francesa. «Deriva del francés antiguo bastart», apunta el autor aunque incide en que no hay seguridad en cuanto al significado de esa raíz: «Algunos piensan que acaso proceda del alemán bankert: hecho sobre un banco, ya que estos individuos no eran hijos de matrimonio legítimo y por ello no se los engendraba en la cama; otros opinan que pudo derivar del escandinavo arcaico hormung: generado en un rincón. En la lengua occitánica se decía sebenc: engendrado junto a un seto. Mientras que los griegos llamaban a los nacidos en cópula ilegítima lazremaios: hecho en la oscuridad y por los rincones».


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  • Durante este período histórico la expresión «ya cantó mañana» fue la réplica al encargo de una tarea que nunca se llegaba a realizar
El sujeto más zascandil del Siglo de Oro español

IVÁN ESTARÁS Representación de un mercado del Siglo de Oro en Navalcarnero

En el fragor de la batalla por acometer las tareas del hogar, dos compañeros de piso se quedaron haciendo un brindis al sol mientras un tercero cumplía con su cometido. Horas después la calma volvió a reinar, pero las rencillas aún perduraban. Aunque los cantamañanas no se daban por aludidos, el precedente estaba sentado, quedando semanas después la casa hecha un desastre. «Si no puedes con tu enemigo, únete a él», dice el dicho. Y eso provocó que los tres inquilinos firmasen un lema muy peculiar: «Hoy no se limpia, mañana sí».

Pancracio Celdrán, autor de «El Gran Libro de los Insultos», publicado por la editorial La Esfera, explica que el cantamañanas es un «sujeto irresponsable mezcla de don nadie y zascandil que llevado de su inconsciencia se compromete a cosas que es incapaz de realizar».

El acento sobre su etimología remarca la naturaleza caprichosa de determinados vocablos, reflejada en este caso a través de un curioso dialogo que se utilizaba durante una de las época más brillantes de nuestra historia. «En los siglos áureos se usó el adverbio mañana para mostrar disentimiento, desacuerdo o expresar la contrariedad que alguna cosa produce, de modo que cuando a uno se le pedía hacer lo que no quería, respondía: Mañana harélo, a lo que se le replicaba: ya cantó mañana, que es tanto como decir que no lo quiere hacer, ni lo hará», señala el autor.

Pero no es la única posible explicación que desprende la ofensa. Celdrán pone el foco en la expresión cantarlas claras, cuyo significado denota atrevimiento y descaro por parte de quien habla. «Ambos usos están documentados y pudieron entrecruzarse en el semantismo de claras del día (amanecer), y claras con el significado de lisas y llanas. Así, el cantamañanas es individuo no exento de osadía, pero inane o vacío de conocimiento, que canta ya de mañana porque está a verlas venir».

Dentro del peculiar escenario geográfico de los insultos, el vocablo cantamañanas no está exento de particularidades. «En la villa alicantina de Monforte del Cid: persona que no merece crédito, y en la cercana Aspe: ‘sabijondo e irresponsable’. En lugares de Toledo: persona de poco seso, y en la villa albaceteña de La Roda y su partido: sujeto irrecuperable para el trabajo. En la villa burgalesa de Tardajos y otras de ese contorno llaman así a quien no merece ningún crédito, tipejo resabiado de quien no es inteligente fiarse».


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  • La mala prensa de la serpiente en general, y de la víbora en particular, tiene orígenes bíblicos
El insultó que acabó con Cleopatra, la reina más bella de Egipto

AP Elizabeth Taylor es una de las guapas actrices que ha desempeñado el papel de Cleopatra

En una sociedad donde la traición está a la orden del día, es casi imposible encontrar una persona que no haya sido golpeada por sus retazos. Ya sea en el papel de malo malísimo o en el de víctima, la mentira tiene pocos padres y demasiados peajes. En ocasiones ni siquiera se trata de nobleza, sino de responsabilidad. Asumir los errores forma parte del juego y saber perdonar también. Por muchos obstáculos que coloque la vida, la bondad siempre será el caballo de batalla de aquellos sujetos que nunca entendieron lo que aquí se está intentando explicar.

Así encontramos el calificativo de ‘víbora’, que evoca la nula empatía de quienes basan su comportamiento en hacer daño a los demás. En la obra «El gran libro de los insultos», publicado por la editorial La Esfera, Pancracio Celdrán expone que se llama así «al individuo que se anda con malas intenciones y aguarda cauteloso el momento de llevar a cabo su traición o venganza. Su empleo como insulto se basa en la pésima reputación de este reptil». En un pasaje de El Tesoro de la lengua castellana (1611), Sebastián de Covarrubias escribe:

Es comparada a ella la mujer que en lugar de regalar y acariciar a su marido, le mata. A la mujer que es brava de condición decimos que es una víbora.

Aunque con el significado último de ‘culebra’ el término procede de la palabra latina vipera, Celdrán explica que ya estaba impreso «con el valor semántico de persona que espera la ocasión para hacer daño» en algunas de las primeras creaciones literarias del castellano.

Orígenes bíblicos

El significado hiriente de víbora pone de manifiesto una vez más la relación del mundo animal con determinadas ofensas. El autor revela la razón por la que el insulto que nos atañe hace referencia a un reptil: la mala prensa de la serpiente en general, y de la víbora en particular, tiene orígenes bíblicos. «Eva fue engañada por una de estas criaturas; y en el mundo clásico, Cleopatra murió por la mordedura de otra representante de ese mundo de reptiles». Con estos históricos antecedentes resume Celdrán que llamar a alguien víbora «era hacerle agravio por coincidir en este reptil ingratitud, traición e hipocresía».

Entre las páginas de La Perimetra que escribió hacia la segunda mitad del siglo XVIII el dramaturgo Nicolás Fernández de Moratín se puede leer: «¡Es víbora enfurecida, despreciada, una mujer’.» Con esta expresión, Celdrán manifiesta la mayor carga de este insulto respecto a la mujer, «haciendo a las del género femenino destinatarias de hipocresía, perfidia y doble intención, con lo que la actitud injusta y cruel de cargar a la mujer con tan terribles palabras manifiesta un machismo exacerbado a lo largo de la historia».


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  • Una de las teorías más curiosas sobre el origen del calificativo «gilipollas» versa sobre un alto funcionario de Madrid de finales del siglo XVI
«¡Ahí llegan Don Gil y sus pollas (hijas en edad de casamiento)!»

ABC Benito Pérez Galdós recogería el insulto en su famosa obra Misericordia

Salvo que usted sea un marciano, y en ese caso será una de las primeras palabras que aprenda, el término «gilipollas» le resultará familiar. No es para menos, dado el amplio abanico que posee para ser utilizado en casi cualquier conversación informal. Atendiendo al Diccionario de la Real Academia Española, esta palabrota es una vulgarización del adjetivo «gilí», cuyo significado describe a una persona tonta o lela y que emana del vocablo caló «jili», en alusión a alguien inocente o cándido.

Pancracio Celdrán, autor de «El gran libro de los insultos», señala en su obra que este insulto es un término no anterior al siglo XIX en la forma y sentido que hoy se utiliza. «El gilipollas, siendo tonto, es algo más que eso, ya que participa de la condición espiritual del bocazas que todo lo airea sin guardar recato. No tiene coeficiente intelectual suficiente para ser malo, pero es tan inoportuno que puede por ello tornarse peligroso».

A diferencia de otras vocablos que con el paso del tiempo se ha distorsionado su significado hasta el punto de convertirse en algo soez, la palabra «gilipollas» no ha trazado un camino tan poco uniforme. «Siempre fue un insulto, aunque no de los más gruesos. El erudito Francisco Rodríguez Marín, en sus Cantos Populares Andaluces utilizó el término escrito hacia 1882. Poco después lo recogería Benito Pérez Galdós en Misericordia, de ambiente suburbial. El vocablo cayó en gracia y no tardaron en aparecer sucedáneos suyos para quitar hierro a las altisonantes sílabas finales. Así nació el gilipuertas», concluye Celdrán.

No son pocas las teorías que establecen el origen de este insulto en un lugar u otro. El blog «Secretos de Madrid» revela una curiosa historia que coloca el foco de su aparición en el Madrid de finales del siglo XVI, época en la que Don Baltasar Gil Imón de la Mota desempeñaba la labor de fiscal del Consejo de Hacienda durante el reinado de Felipe III.

Cuentan los textos de por aquel entonces que Gil Imón acudía a todos los actos y eventos de la alta sociedad madrileña acompañado de sus dos hijas, con el único objetivo de encontrar un par de pretendientes que se prestaran a contraer matrimonio con las susodichas. Una tarea no exenta de dificultad, dadas las pocas cualidades físicas e intelectuales que atesoraban. Así, cada vez que el personaje llegaba a una fiesta junto a sus primogénitas, los chismoteos no paraban de circular entre los corrillos.

Si a lo anterior se le suma que la palabra «pollas» era utilizada para hacer referencia a las mujeres jóvenes, tenemos el perfecto caldo de cultivo del nacimiento de «gilipollas». La expresión «¡Ahí llegan Don Gil y sus pollas!» empezó a correr como la pólvora, provocando un propicio juego de palabras a medio gas entre la burla y el ingenio. De esta forma, cada vez que se quería hacer referencia a una persona atontada o falta de intelecto, se empezó a emplear este insulto en clara alusión a las «pollas» de Gil Imón.


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  • «Todo necio confunde valor y precio», ya lo avisaba en sus Proverbios y Cantares el célebre poeta Antonio Machado…
¿Estás hablando con un tonto o con un necio? Aprende a diferenciarlos

JUAN FLORES Azulejo conmemorativo del nacimiento de Antonio Machado

En un mundo donde La conjura de los necios, novela póstuma de John Kennedy Toole, ha logrado dejar huella, cuesta creer lo poco atractivo que resulta el calificativo que hoy centra nuestra atención. A pesar de que parezca confundirse de forma frecuente el esfuerzo con el capricho, la inteligencia aún no ha sido degradada al escalón más bajo del comportamiento. Y eso provoca un atisbo de esperanza en la humanidad, cada vez más anestesiada ante la desvirtuada escala de valores por donde se mueve.

Procedente del latín nescius, hace referencia a la persona ignorante, que tal y como señala Pancracio Celdrán en «El gran libro de los insultos», publicado por la editorial La Esfera, «no sabe ni se interesa por adquirir conocimientos en la creencia burda de que ya sabe mucho». La voluntariedad del improperio es esencial para entender la esencia del aludido, «la ignorancia del necio es culpable, ya que teniendo entendederas no se molesta en aprender; y mayor es aún su temeridad rayanas en la imprudencia, lo que hace que no pueda pasar inadvertido, siendo porfiado».

Es por ello, que Celdrán recuerda que en tiempos cervantinos se decía: «Al hombre discreto se le convence con razones; al necio a palos y mojicones». Mientras que Séneca aseguraba que es preferible ser pobre a ser necio, «pues si el pobre necesita dinero, el necio anda falto de razón», y señala que aludiendo a estos individuos, Lope de Vega escribe en La Dorotea:

De quantas cosas me cansan

fácilmente me defiendo,

pero no puedo guardarme

de los peligros de un necio.

La delicada frontera que a priori separa al necio del tonto encuentra su explicación en la sapiencia de su condición o no, «el primero es obstinado, cabezón, insistente en la idea equivocada que tiene de sí mismo, y en esto se diferencia del segundo, que puede tener un momento de lucidez y llegar a comprender que es sujeto desprovisto de inteligencia, pero en el fondo es bueno». Celdrán insiste en la idea de que el necio ansía alcanzar el poder al tiempo que le coloca la etiqueta de incordiante, en contraposición al común pacifismo del tonto.

Por último, Celdrán establece el paso previo a convertirse en un imbécil, mediante la intuición de los límites del grado de conocimiento, «es conocida la frase, ya convertida en píldora de saber concentrado, lo que en sus Proverbios y cantares escribe Antonio Machado: ‘Todo necio, confunde valor y precio’, expresión que pone en el ánimo de todos la importancia de calibrar el alcance de las cosas».


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  • Es uno de los sintagmas insultantes más antiguos en cualquier lengua y además posee más de doscientas variantes. ¿Sabes a cuál nos estamos refiriendo?
El insulto más violento que Cervantes y Quevedo manejaron con maestría

JOSÉ RAMÓN LADRA Calle en honor de Miguel de Cervantes , en el barrio de las Letras de Madrid

Ante cualquier situación de bronca o trifulca, uno de los insultos clásicos que más sale a colación es el que va a centrar todas las miradas a lo largo de las siguientes líneas. Dado su alta carga ofensiva y chabacana, vamos a intentar reproducirlo las veces que sean estrictamente imprescindibles, intentando pedir disculpas al lector de antemano y evitando que quien suscribe este artículo sea considerado un «hijo de puta» por su lenguaje zafio y bravucón. Si era una pista demasiado evidente sabrá ya cual es el término investigado, y si no lo es, continúe leyendo.

Como bien remarca Pancracio Celdrán en el «El gran libro de los insultos», publicado por la editoria La Esfera, esta palabrota es uno de los sintagmas insultantes más antiguos en cualquier lengua. «El hideputa o hijoputa se pasea por los campos de nuestra literatura desde la alta edad media. Es uno de nuestros insultos clásicos con sus más de doscientas variantes. Su uso en castellano se remonta al siglo XI». Siguiendo con la tónica general de este tipo de palabras, también posee varios significados, «con el que se afrenta a quien de hecho es hijo ilegítimo o espurio, recordándosele sus orígenes para humillarle con algo que en el fondo no es responsabilidad suya; también se emplea como forma violenta de expresar el desprecio y la injuria, al margen de la realidad del contenido semántico».

Durante muchos años fue el más violento y soez de los agravios, amén de una ofensa que requería grandes dosis de satisfacción. Recuerda Celdrán que ya en el fuero de Madrid (1202) se castigaba severamente a todo aquel que osara afrentar a un vecino de la villa con este ‘verbo vedado’ o palabra prohibida, cuya importancia en la literatura española ha quedado de manifiesto, «las palabras gruesas, como ésta, tienen un tratamiento abundante en todos los grandes autores, desde el anónimo autor del Poema de Mío Çid, hasta nuestro tiempo, pasando por Cervantes y Francisco de Quevedo, grandes escritores que manejaron el insulto con maestría».

Además, gracias a esta disciplina, se tiene constancia de que el vocablo no siempre fue utilizado como punta de lanza, «en diversos pasajes de la literatura áurea, como en el Quijote, el término tendía a convertirse en exclamación ponderativa sin intención de injuria, en la línea en que hoy la utilizamos en el ámbito de la amistad o la familia en frases expresivas de asombro fingido». Sin embargo, este uso, a menudo festivo o en tono de broma, no evitó que dejara de ser un insulto serio, «sobre todo por las connotaciones sociales y la humillación pública que suponía».

Celdrán hace hincapié en las diferentes formas abreviadas que abarca, con la intención de quitar hierro a la expresión, «la propia violencia que desprende ha hecho necesaria la creación de paliativos eufemísticos que quitasen grosor a la injuria, tales como ‘ahijuna’ (hijo de una puta) o ‘juepucha’ (hijueputa argentino). En otros casos se prefiere crear un clima de distensión y cierto tono festivo, eludiéndose la voz puta y cargando la mano sobre la del hijo, que es a quien se quiere ofender, y de quien se ríe el insultante, dejándolo en ridículo y expuesto a la broma». Gracias a ello, debemos la existencias de otras formas coloquiales como ‘hijo de condón pinchado’, ‘hijo de la Gran Bretaña’, ‘hijo de la piedra’, hijo de la chingada’, o el más burdo de todos… ‘hijo de perra’.

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