Así es Oumuamua, “el mensajero que llegó el primero”


El Pais

  • El primer asteroide del espacio interestelar pasó junto a la Tierra y se marchó del Sistema Solar

Recreación del asteroide Oumuamua, de medio kilómetro de longitud. ESO / epv

Quienes hayan leído Cita con Rama (Clarke, 1973) habrán experimentado estos días una cierta sensación de dejà-vu. Para quienes no la conozcan, la acción se sitúa a mediados del próximo siglo y narra el descubrimiento y exploración de una inmensa nave extraterrestre que entra en el Sistema Solar. Es un cilindro hueco, habitado en su interior, de veinte kilómetros de diámetro por cincuenta de largo. Rama, que así se bautiza el artefacto, llega desde el espacio interestelar, no desde ningún planeta del Sistema Solar y no muestra el mínimo interés por el nuestro. De hecho, ignora por completo a la Tierra antes de acelerar hacia un nuevo destino extragaláctico.

Miles de astrónomos y aficionados han recodado ese argumento en las últimas semanas. En la novela, Rama es detectado por un sistema automático de localización de asteroides, para evitar la repetición de una catástrofe como la que supuso la ficticia destrucción de Venecia por el impacto de un meteoro; pues bien, el 19 de octubre pasado un telescopio robótico de Hawaii, dedicado precisamente a localizar pequeños cuerpos celestes próximos a la Tierra, descubrió lo que parecía un nuevo cometa entre las órbitas de la Tierra y Marte.

El recién llegado no desarrolló cola, y a los pocos días se reclasificó simplemente como un asteroide sin mayor interés. Pero las sorpresas empezaron al calcular los parámetros de su órbita.

Cuando fue descubierto, el asteroide había pasado ya por su perihelio y estaba en órbita de salida, alejándose del Sol. Nadie le había visto llegar. Pero su velocidad no dejaba lugar a dudas: Provenía del espacio interestelar. Y a él volvería en un viaje cuya duración se mide en cientos de miles, si no cientos de millones de años.

El 19 de octubre pasado un telescopio robótico de Hawaii, dedicado a localizar pequeños cuerpos celestes próximos a la Tierra, descubrió lo que parecía un nuevo cometa entre las órbitas de la Tierra y Marte

Unas pocas observaciones y muchos cálculos permitieron establecer que su trayectoria original venía aproximadamente de la dirección de Vega, una estrella joven, en la constelación de Lyra, a la que no se conocen planetas (otra coincidencia: la novela Contact, de Carl Sagan, luego llevada al cine, también ponía el origen del misterioso mensaje extraterrestre en esa misma estrella. Quizás por su relativa proximidad a nosotros: sólo 25 años luz).

Quizás conviene aclarar que es muy dudoso que ese asteroide tenga su origen en los alrededores de Vega. Hace unos ochocientos mil años, cuando se calcula que estaba a la distancia de Vega, Vega ni siquiera había llegado a la posición que hoy ocupa.

Se le asignó el anodino nombre A/2017 U1, una denominación nueva, que inauguraba otra clase en la clasificación de objetos celestes: “Interestelares”. El equipo responsable del descubrimiento tenía derecho a bautizarlo con un nombre más atractivo. Y escogieron una palabra en hawaiano: “Oumuamua” que viene a significar “el mensajero que llegó el primero”.

A su llegada se movía a unos 100.000 kilómetros por hora; esa cifra se triplicó en el momento en que pasó. Porque pasó increíblemente cerca, enhebrándose muy por dentro de la órbita de Mercurio. Esto le había provocado un fortísimo cambio de trayectoria de casi 300 grados, lo que lo ponía en dirección a la constelación de Pegaso.

Este tipo de alteraciones de rumbo son corrientes cuando se lanzan sondas interplanetarias, sobre todo, las dirigidas hacia los planetas exteriores. Las GalileoCassiniJuno, por poner sólo unos ejemplos recientes, utilizaron esta maniobra, llamada de “asistencia gravitatoria” tanto para ajustar su rumbo como su velocidad hacia sus objetivos. Puestos a fantasear, si Oumuamua fuera un objeto artificial, sus constructores no podrían haberlo hecho mejor para ajustar su trayectoria hacia otro destino.

A tales velocidades, es claro que estaría muy poco tiempo al alcance de los telescopios, así que varios observatorios se apresuraron a analizar sus características. Entre ellos, el del Roque de los Muchachos, en la Palma, que consiguió fotografiarlo a finales de octubre: Un simple punto luminoso frente a una campos de estrellas movidas durante la exposición. Y también lo siguen varios telescopios gigantes en Sudamérica y Hawaii. Y el Hubble (en el rango visible) y el Spitzer (en el infrarrojo)

La curva de luz, o sea las variaciones de brillo al girar sobre sí mismo, apuntaba otra sorpresa: no era de forma esferoide ni irregular; más bien alargada, como un cigarro. Y va dando tumbos alrededor de su eje transversal (el más corto: cosas del momento de inercia)

Su día –deducido de esas variaciones- dura unas siete horas. Asumiendo una superficie oscura como la de otros asteroides, se le estima una longitud de algo menos de medio kilómetro por una anchura ocho o quizás diez veces inferior y mucho menor que, por ejemplo, el cometa 67P que visitó hace unos años la sonda Rosetta. Entre el medio millón de objetos que actualmente se tienen bajo vigilancia, nunca se había visto nada con una forma semejante. Otra vez las comparaciones con el ficcional Rama parecen inevitables.

El análisis espectroscópico de su luz apunta, además a un predominio de las longitudes de onda bajas: Oumuama tiene un matiz rojizo. Quizás a consecuencia de los cambios que han sufrido sus minerales debido al bombardeo de radiación cósmica durante su larguísima odisea por el espacio. Aunque también hay voces que aseguran que, puestos a construir una nave interplanetaria, nade se opone a no pintarla de rojo.

Para completar las similitudes con Rama sólo faltaría que Oumuama fuese hueco. Pero no es el caso. Lo más probable es que está compuesto por roca sólida y no por desechos aglomerados, como algunos cometas. Tiene que serlo para haber resistido las fuerzas de marea que genera un paso tan cercano junto al Sol así como su propia fuerza centrífuga; ambos factores tienden a fragmentarlo.

Ha habido propuestas para construir a toda prisa una sonda que se vaya a cazarlo y pueda investigarlo en detalle antes de que desaparezca. O incluso depositar en él algún instrumento científico. Aunque el tiempo es muy justo, hay quien dice que quizás podría haberse intentado. Hasta ahora, el récord de velocidad lo tienen las dos sondas alemanas Helios que, al pasar por el perihelio, alcanzaron los 250.000 Km/h. Casi como el Oumuamua. Pero no lo suficiente, claro.

Como todos los cometas cuando van en trayectoria de salida, el Oumuamua ha ido perdiendo velocidad aunque aún se mantiene por encima de los 25 kilómetros por segundo. A ese ritmo en primavera pasará a la distancia de Júpiter y en 2019, a la de Saturno. Para alcanzarlo, cualquier vehículo que pudiera lanzarse ahora (suponiendo que ya estuviera disponible) tendría que ir mucho más rápido que cualquier otro jamás construido. Y al llegar allí, salvo que se utilizasen complicados sistemas de maniobra, el encuentro sólo duraría una fracción de segundo.

Sin duda, Arthur Clarke hubiese disfrutado con este nuevo descubrimiento. Al fin y al cabo, dos de sus profecías se han cumplido o están en camino: los satélites de comunicaciones y la posibilidad de vida en Europa. ¿Por qué Rama no podría ser la tercera?

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El cometa ‘Chury’ llegó al Sistema Solar hace sólo 10.000 años


El Mundo

El vídeo muestra la órbita que ha seguido 67P/Churyumov-Gerasimenko desde que se originó hasta la actualidad. Western/Galiazzo/Wiegert

Cuando en el año 1969 Klim Churyumov y Svetlana Ivanovna Gerasimenko descubrieron un cometa, no podrían imaginar que medio siglo después se convertiría en uno de los objetos celestes más estudiados de la historia de astronomía.

Los padres de 67P /Churyumov-Gerasimenko han vivido lo suficiente como para ser testigos de los descubrimientos realizados por la misión de la Agencia Espacial Europea (ESA) Rosetta, que el pasado 30 de septiembre concluyó su fase de exploración posándose sobre la superficie de Chury, como se conoce popularmente a este cometa. El pasado fin de semana, apenas dos semanas después del fin de la misión, Klim Churyumov falleció en un hospital de Kharkiv, en Ucrania.

Cuando la nave dejó de operar, los responsables de la ESA destacaron que la misión, en realidad, continuaba pues queda una enorme cantidad de datos por analizar y estudiar. Los descubrimientos científicos, por tanto, previsiblemente se seguirán produciendo durante los próximos años. Asimismo, 67P /Churyumov-Gerasimenko sigue siendo el protagonista de numerosos estudios, como el que esta semana se ha presentado en Pasadena (California, EEUU) durante el 48º Encuentro de la División de Ciencias Planetarias de la Sociedad Astronómica Americana (AAS por sus siglas en inglés) y del 11º Congreso de Ciencias Planetarias Europeas (EPSC).

El lugar de nacimiento del cometa

En esta ocasión, los investigadores se centraron en descubrir dónde nació 67P /Churyumov-Gerasimenko y las órbitas que ha seguido durante los millones de años que han transcurrido desde entonces. Según sostiene el equipo liderado por Mattia Galiazzo, este cometa debió llegar a nuestro sistema solar hace sólo unos 10.000 años. Anteriormente, habría permanecido inactivo en una región situada lejos del Sol.

En el vídeo que han realizado los investigadores se recrea la órbita que tiene el cometa 67P/Churyumov-Gerasimenko en la actualidad y la que probablemente siguió hace 60.000 años, hace 400.000 años y en sus orígenes. Para reconstruir su viaje, realizaron análisis estadísticos y usaron modelos computacionales.

Averiguar dónde se originó este cuerpo celeste, explican los autores, es una información clave para descubrir el tipo de material del que está hechoChury y desde cuándo se encuentra en el Sistema Solar.

Estudios anteriores habían revelado que cometas similares a 67P, conocidos como cometas de la familia de Júpiter, permanecen en zonas interiores de nuestro sistema solar durante 12.000 años, lo que concuerda con los datos de este nuevo estudio.

Los científicos creen que la mayoría de los cometas de la familia de Júpiter provienen del cinturón de Kuiper, que contiene asteroides, cometas y otros objetos celestes con órbitas que se encuentran a entre 30 y 50 unidades astronómicas del Sol.

Esta nueva investigación sostiene que 67P también proviene del cinturón de Kuiper. Según proponen sus autores, el cometa probablemente pasó millones de años allí. Su origen en un lugar tan lejano, añaden, implica que se formó a partir de los primeros materiales, es decir, minerales que ya existían antes de que la Tierra naciera.

Analizan el polvo primigenio del Sistema Solar en el cometa 67P


ABC.es

  • Los datos de la misión Rosetta han permitido acceder a las partículas prístinas del cometa 67P/Churyumov Gerasimenko y a nuevos datos sobre su estructura y tamaño para entender los cometas y la formación de los sistemas planetarios
Cometa 67P/Churyumov Gerasimenko, analizado con gran profundidad por la misión Rosetta - ESA/Rosetta/MPS for OSIRIS

Cometa 67P/Churyumov Gerasimenko, analizado con gran profundidad por la misión Rosetta – ESA/Rosetta/MPS for OSIRIS

Hoy en día, la mejor forma de tratar de averiguar cómo se formó el Sistema Solar, o cómo se forman los otros sistemas planetarios del Universo, es investigar las pistas que quedaron después de ese proceso de nacimiento. Esas huellas son hoy en día los cometas, los asteroides y los restos de polvo interplanetario. Todos ellos se agregaron en el pasado y formaron grandes planetas, o bien quedaron tal como los vemos hoy, vagando por el espacio.

Gracias a los datos recogidos durante la misión Rosetta, en la que los científicos han puesto una nave y han aterrizado un robot en el cometa 67P/Churyumov Gerasimenko, los investigadores han obtenido importantes datos sobre cómo era el polvo que comenzó todo el proceso de formación del Sistema Solar. Tal como han publicado este miércoles en un estudio publicado en «Nature», no solo han logrado acceder por primera a partículas prístinas, sino que se han obtenido importantes detalles sobre la forma y la composición de estos gérmenes primordiales de los planetas del Sistema Solar.

«Las partículas son agregados de granos más pequeños y alargados, que forman una estructura jerárquica», han escrito los científicos, encabezados por Mark Bentley, del Instituto de Investigación Espacial de Graz, Austria, en el artículo publicado hoy. «Su tamaño va de los micrómetros (la millonésima parte de un metro) a las decenas de micrómetros, y muestran cierta variedad de formas, incluyendo granos compactos e individuales o grandes agregados porosos», han detallado.

Mientras que las misiones anteriores, como la Stardust, los astrofísicos tuvieron que conformarse con partículas de polvo recogidas al paso de rápidas naves por las nubes de partículas dejadas por los cometas, en esta ocasión se han podido aprovechar de el largo seguimiento hecho por Rosetta a su cometa.

La historia de los cometas

Las partículas recogidas fueron analizadas con MIDAS, un microscopio de fuerza atómica embarcado en Rosetta y que tiene la capacidad de «palpar» con una punta de tamaño mínimo la superficie de los granos capturados. A diferencia de estudios anteriores, en los que la estructura de los granos estaba dañada por los impactos a altas velocidades o por la radiación solar, en esta ocasión los granos estaban «inmaculados».

Según ha opinado Ludmilla Kolokolova en un artículo que ha acompañado en «Nature» al estudio de Bentley, «los resultados de los autores aumentan nuestro entendimiento fundamental del polvo de los cometas, y de los procesos que al final generaron sistemas planetarios como el Sistema Solar».

En opinión de Fernando Moreno, investigador del Instituto de Astrofísica de Andalucía (IAA-CSIC), esta investigación subraya aún más la enorme importancia de la misión Rosetta. «Está suministrando una enorme cantidad de datos, y hará falta por los menos 10 años para poder analizarlos todos».

Toda esta información, en su opinión, ayudará a entender mejor la estructura y el comportamiento de los cometas y quizás pueda cambiar los modelos sobre el origen del Sistema Solar.

Aparte de toda esta información recogida, solo el hecho de poder perseguir a un cometa ha sido un logro técnico y científico: los investigadores lograron colocar una nave del tamaño de un autobús a la altura de un cometa de tan solo 10 kilómetros de longitud que viajaba por el espacio a unos 135.000 kilómetros por hora y expulsando un reguero de rocas y polvo a su paso. La superficie, sujeta a drásticos contrastes de temperatura, sufre además violentas explosiones de vapor (cuando el hielo se sublima), en un entorno desprovisto de atmósfera y gravedad.

Aún más allá, los investigadores se las apañaron para lanzar un «lander», Philae, a la superficie del cometa, aunque el resultado no fue tan exitoso como se esperaba.

Desde el comienzo de la misión Rosetta, se ha descubierto mucho sobre la topología y la composición química del cometa 67/P. Además, tal como ha explicado Fernando Moreno, se ha averiguado que el cometa está formado por dos lóbulos, que le dan una apariencia de patito de goma, que el hielo no se distribuye de forma homogénea por la superficie y que eso genera distintos tipos de actividad, que hay deslizamientos de tierra o que el hemisferio sur está más expuesto al Sol. Una vez que Rosetta acabe su misión en septiembre, todos los datos que ha recogido ayudarán a entender mejor los cometas y la formación del Sistema Solar.

La misión Juno llega a Júpiter para revelar los secretos del origen del Sistema Solar


ABC.es

  • Después de cinco años y 2.800 kilómetros de viaje, la nave de la NASA emprenderá en la madrugada de este martes (hora española) la maniobra para situarse en órbita en torno al gigantesco planeta
 Ilustración de la misión Juno de la NASA - NASA

Ilustración de la misión Juno de la NASA – NASA

El rey de los dioses romanos, Júpiter, ocultaba sus travesuras tras un velo de nubes. Solo su esposa, Juno, era capaz de ver a través de ellas y descubrir su auténtica esencia. Del mismo modo, una nave de la NASA bautizada con el nombre de esta diosa está a punto de llegar al mayor planeta del Sistema Solar para revelar los secretos que oculta bajo la misteriosa capa de franjas multicolores que lo envuelve. En el caso de los científicos, su interés por Júpiter no se debe a los pecadillos de la principal de las divinidades de la antigua Roma, sino por cuanto pueda contar de sí mismo y de los orígenes del Sistema Solar este gigantesco astro.

Después de un viaje de casi cinco años en el que habrá recorrido 2.800 millones de kilómetros, la nave Juno alcanzará el entorno de Júpiter a las 5:18 de la madrugada de este martes (según el horario peninsular español) e iniciará la maniobra para ponerse en órbita.

Otros artefactos creados por el hombre han explorado Júpiter y sus lunas –en especial la sonda Galileo, que en 1995 alcanzó su atmósfera y se convirtiría en la primera en orbitarlo–, pero nunca hasta ahora se habían acercado tanto. Juno llegará a estar a algo más de 4.000 kilómetros de sus nubes para poder realizar las mediciones encomendadas. Hasta febrero de 2018 completará 37 órbitas, siendo además la primera en hacerlo de polo a polo.

El primer planeta

La misión, perteneciente al programa Nuevas Fronteras y en la que se han invertido 1.100 millones de dólares (cerca de mil millones de euros), pretende comprender el origen y la evolución de Júpiter, que por su tamaño y composición se considera el primer planeta que se formó en torno al Sol. Bajo su espesa cubierta nubosa, los científicos esperan hallar respuestas sobre los procesos y condiciones que gobernaron el Sistema Solar durante su formación y conocer cómo se generan los sistemas planetarios en torno a otras estrellas.

Júpiter se presenta como una gigantesca bola gaseosa, con un diámetro once veces el de la Tierra y una masa 300 veces mayor, compuesta sobre todo a base de hidrógeno y helio, como el Sol. Según lo que se sabe hasta ahora, el planeta se habría formado en los primeros millones de años que siguieron a la creación de nuestra estrella, a partir de los gases ligeros sobrantes que quedaron a su alrededor.

Sin embargo, a pesar de los hallazgos de la sonda Galileo, persisten grandes incógnitas sobre el origen de Júpiter y sus características. Juno tratará de averiguar ahora si tiene un núcleo sólido, trazará un mapa de su intenso campo magnético, medirá la cantidad de agua y amoniaco en su atmósfera profunda y observará las impresionantes auroras que generan en los polos magnéticos las partículas cargadas de energía al entrar en contacto con los átomos de gas del planeta.

Para recoger los datos, la nave va equipada con una serie de sofisticados instrumentos. Entre ellos, un radiómetro de microondas para medir la cantidad de agua en la atmósfera; un sistema de telecomunicaciones que elaborará un mapa gravitacional del planeta con el que se podrá conocer su estructura interna; un magnetómetro que trazará un detallado mapa de su campo magnético, y un equipo de sensores que detectará los electrones e iones que generan las auroras.

«Empleamos todas las técnicas conocidas para ver a través de las nubes de Júpiter y revelar los secretos que guarda de la historia temprana de nuestro sistema solar», ha señalado el investigador principal de la misión, Scott Bolton, del Southwest Research Institute de San Antonio (Texas).

El momento crítico

En la maniobra de inserción en la órbita, la sonda experimentará uno de los mayores frenazos en la historia de la humanidad, puesto que en su aproximación habrá alcanzado más de 200.000 kilómetros por hora al ser atraída por la poderosa gravedad de este descomunal planeta, siendo así uno de los artefactos más veloces creados jamás por el hombre.

El momento crítico durará tan solo 35 minutos y consistirá en el encendido del motor principal de la nave para contrarrestar su impetuosa marcha con una fuerza en sentido contrario y lograr que empiece a orbitar.

No obstante, si supera esta fase, las dificultades no acabarán ahí. Júpiter cuenta con un campo magnético 20.000 veces más potente que el de la Tierra, que se extiende por una vasta región espacial conocida como magnetosfera. Partículas cargadas quedan atrapadas en un intenso cinturón de radiación que Juno deberá atravesar en las 37 órbitas que describirá durante el año y medio que durará la fase científica. Por ello los aparatos electrónicos van protegidos de las radiaciones por una cámara acorazada.

Grandes paneles solares

Por otra parte, es la primera nave alimentada con energía solar que llega tan lejos y, puesto que la órbita de Júpiter está cinco veces más alejada del Sol que la de la Tierra, la insolación que recibe es 25 veces menor que en nuestro planeta. Para aprovecharla al máximo lleva tres paneles solares que abarcan 20 metros desplegados, como una cancha de baloncesto, con 19.000 células un 50% más eficientes y resistentes a la radiación que las de las misiones de hace dos décadas.

Aparte del instrumental, en la nave viajan tres pequeñas figuras de Lego: una del dios Júpiter, otra de la diosa Juno y una tercera de Galileo Galilei, el científico italiano que observó el planeta en el siglo XVII y descubrió sus cuatro grandes lunas. Esta pequeña «tripulación» responde a un programa conjunto de la NASA y la compañía juguetera para motivar a los niños en áreas como la ciencia, la tecnología, la ingeniería y las matemáticas.

También se ha incorporado una cámara que ofrecerá imágenes con una resolución de 25 kilómetros por píxel, con el propósito de acercar al público en general una visión de Júpiter que no había sido posible hasta ahora.

Una placa astronómica de 1917 ocultaba el primer hallazgo de exoplanetas


ABC.es

  • Es el primer documento de la Historia que revela la existencia de sistemas planetarios más allá del Sistema Solar

 

Enana blanca

Enana blanca

En Ciencia, nunca se sabe con certeza dónde nos espera el siguiente hallazgo. Y éste puede producirse incluso en el sótano de casa. En efecto, una vieja placa astronómica de 1917, conservada en los archivos del Instituto Carnegie, en California, ha resultado ser el primer documento (por ahora) de la Historia que revela la existencia de sistemas planetarios más allá del Sistema Solar. El sorprendente descubrimiento dejó sin habla a un grupo de científicos que buscaban documentación para elaborar, precisamente, un artículo sobre posibles planetas alrededor de estrellas enanas blancas.

Esto es exactamente lo que sucedió: Hace aproximadamente un año, el autor de la revisión, Jay Farihi, del University College de Londres, se puso en contacto con el director los Observatorios Carnegie, John Mulchaey. Estaba buscando en los archivos una vieja placa astronómica de cristal que contenía un espectro de la estrella de Van Maanen, una enana blanca descubierta por el astrónomo holandés-estadounidense Adriaan van Maanen en el mismo año en que se tomó la imagen.

Los espectros estelares son registros de la luz emitida por las estrellas distantes. Y en ellos pueden observarse, por separado, todos los colores que componen esa luz, como el arco iris que se forma en un prisma. Cada banda de color es la “firma” irrepetible de un elemento de la tabla periódica, y es así cómo los astrónomos pueden averiguar cuál es la composición química de una estrella. Además, esa misma luz emitida por la estrella se ve afectada por la química de los objetos que enuentra en su camino, por lo que también trae hasta la Tierra información sobre planetas y otros objetos con los que puede encontrarse en su camino.

Las imágenes de espectros estelares permitieron a los astrónomos del siglo XIX desarrollar un completo sistema de clasificación de estrellas que todavía se utiliza en la actualidad. Hoy, los modernos telescopios utilizan herramientas digitales para obtener imágenes de estrellas, pero durante muchas décadas, lo más común era usar placas fotográficas de vidrio, tanto para tomar imágenes del cielo como para registrar los espectros de las estrellas que se querían estudiar.

Tal y como se había solicitado, la Institución Carnegie localizó la imagen de 1917, que había sido realizada por el entonces director de los observatorios, Walter Adams, con el telescopio de Monte Wilson, que por aquél entonces formaba parte de la institución Carnegie. Pero aparte de una anotación en un borde de la placa, que indicaba que la estrella se veía un poco más caliente que nuestro Sol, todo en ella parecía normal.

Hasta que Fahiri examinó el espectro y se encontró con algo extraordinario.

Líneas de absorción

La clave estaba en una de las “líneas de absorción” del espectro. Las líneas de absorción indican “piezas que faltan”, áreas en las que la luz procedente de de la estrella ha tropezado con algo y tha adquirido el color particular de la luz absorbida por esa sustancia. Estas líneas son, precisamente, las que indican la composición química del objeto que ha interferido con la luz estelar.

Y resulta que el espectro de la placa de 1917 de la estrella Van Maanen revelaba la presencia de elementos pesados como calcio, magnesio y oro. Elementos que, debido a su peso, deberían de haber desaparecido hace mucho tiempo en el interior de la estrella.

Hace apenas una decena de años que ha quedado claro para los astrónomos que la estrella Van Maanen, igual que otras enanas blancas con elementos pesados en sus espectros, representan una clase específica de sistemas planetarios, que consisten en grandes anillos de rocas, desechos planetarios y toda clase de escombros que rodean por completo a muchas enanas blancas. Esta clase de sistemas se conocen como “enanas blancas contaminadas”, y su existencia fue toda una sorpresa para los astrónomos, ya que las enanas blancas son estrellas de la misma clase que nuestro Sol, pero en el final de sus vidas, un momento muy tardío de su evolución en el que ya no se espera que conserven a su alrededor material planetario de ninguna clase.

«Simplemente increíble»

“Darnos cuenta de que esta placa de 1917 de nuestro archivo contiene la evidencia más antigua que se conoce de un sistema de enana blanca contaminada es simplemente increíble -afirma el director Mulchaey-. Y el hecho de que fuera hecha por un astrónomo tan prominente en nuestra historia como Walter Adams lo hace aún más emocionante”.

Hasta ahora no se ha detectado ningún planeta propiamente dicho en órbita de la estrella Van Maanen, ni tampoco en los alrededores de de otros sistemas similares, pero Farihi confía en que es sólo una cuestión de tiempo. “El mecanismo que crea los anillos de escombros planetarios -explica el investigador- así como su deposición en la atmósfera de la estrella, requiere de la influencia gravitatoria de planetas hechos y derechos. Sencillamente, ese proceso no puede ocurrir sin que haya planetas allí”.

“Carnegie -concluye Mulchaey- tiene una de las mayores colecciones de placas astronómicas que existen, con un archivo que incluye cerca de 250.000 placas fotográficas de tres observatorios diferentes, Monte Wilson, Palomar y Las Campanas. Tenemos un montón de historia almacenada en el sótano y quién sabe qué otros hallazgos podríamos realizar en el futuro”.

 

¡Sorpresa! El Planeta X existe de verdad


ABC.es

  • Se trataría del noveno planeta de nuestro sistema estelar y ha sido apodado como «Planeta Nueve». Aún no se ha observado directamente, pero su presencia se ha inferido al estudiar las órbitas de sus vecinos, más allá de Plutón

 

 Representación artística del nuevo planeta

Representación artística del nuevo planeta

Todo parece indicar que estamos más cerca que nunca de descubrir el noveno planeta del Sistema Solar. Y no se trata esta vez de pequeños mundos helados más allá de la órbita de Plutón, como el que anunció la Institución Carnegie el pasado mes de noviembre, ni tampoco de un simple objeto transneptuniano, sino de un auténtico gigante de tamaño comparable a Neptuno y que, de confirmarse definitivamente su existencia, entraría por la puerta grande en el selecto club planetario del que la Tierra forma parte y del que, en 2006, fue expulsado el propio Plutón. En otras palabras, podría tratarse del famoso y escurridizo Planeta X, ese que los astrónomos persiguen desde hace más de un siglo y que la cultura popular ha terminado por convertir en leyenda.

Los autores del trabajo, un equipo de investigadores de Instituto de Tecnología de California, le han bautizado como «Planeta Nueve». Tiene entre cinco y diez veces la masa de la Tierra, gira alrededor del Sol una vez cada 15.000 años y, aunque aún no lo han observado directamente, Michael Brown y Konstantin Batygin han deducido su existencia a partir de las órbitas de toda una serie de planetas enanos y otros objetos extremos de nuestro Sistema descubiertos recientemente. Se sabe desde hace tiempo que las extrañas «maniobras orbitales» de estos pequeños mundos podrían explicarse gracias a la perturbación gravitatoria de un hipotético planeta gigante nunca visto hasta ahora. Brown y Batygin creen que el nuevo planeta pudo ser «expulsado» lejos del Sol y al espacio profundo hace miles de millones de años, como consecuencia de un «empujón gravitatorio» de Júpiter o Saturno.

Escepticismo

Los investigadores saben que su trabajo será sometido a toda clase de revisiones por astrónomos de todo el mundo. No es la primera vez, en efecto, que se anuncia el hallazgo del misterioso Planeta X, cuya búsqueda está plagada de errores, exageraciones e, incluso, pura y simple charlatanería. Por eso, Brown y Batygin se han preparado conta la inevitable ola de escepticismo con una larga serie de datos, análisis orbitales de otros objetos distantes y sesudas simulaciones informáticas. «Si dices que tienes evidencias del planeta X -afirma Brown- prácticamente cualquier astrónomo dirá: ´¿Otra vez? Estos chicos, claramente, están locos. ¿por qué esta vez debería ser diferente a las demás?´. Esta vez es diferente porque esta vez tenemos razón».

Los dos astrónomos dedujeron la presencia del«Planeta Nueve» por la singular agrupación de seis objetos previamente conocidos y cuyas órbitas se encuentran más allá de Neptuno. Según sus datos, solo hay un 0,007% de probabilidades (una entre 15.000) de que esa agrupación se deba a una simple coincidencia. Mucho más probable es que un planeta con la masa de diez tierras esté guiando a los seis objetos en sus extrañas y peculiares órbitas elípticas, muy inclinadas con respecto al plano del Sistema Solar.

Del mismo modo, también la órbita del nuevo planeta está inclinada, y también estirada hasta distancias tan grandes que obligarán a revisar algunas de las ideas más establecidas sobre la dinámica planetaria dentro de nuestro sistema.

Locura

La mayor aproximación del Planeta Nueve al Sol lo sitúa hasta siete veces más lejos que Neptuno, a 200 Unidades Astronómicas (UA) de distancia. (Una Unidad Astronómica es la distancia que hay entre la Tierra y el Sol, 150 millones de km). Pero en su periplo orbital, el recién descubierto Planeta X podría llegar a alejarse periódicamente del Sol entre 600 y 1.200 Unidades Astronómicas. Es decir, mucho más allá del cinturón de Kuiper, la región de los pequeños mundos helados más allá de Neptuno, que empieza a «solo» unas 30 UA.

Hace años, la investigación de Brown y Batygin no iba encaminada a descubrir un nuevo planeta, sino todo lo contrario, a demostrar que el Planeta Nueve no existía. Pero el trabajo de otros dos astrónomos, que descubrieron una inusual agrupación de pequeños mundos helados en una remota región del Sistema Solar, les hizo cambiar de idea. En 2014, además, un estudio publicado en Nature por Scott Sheppard Y Chad Trujillo, de la Institución Carnegie, apuntaba a la existencia potencial de un planeta gigante desconocido, uno cuya gravedad, precisamente, estuviera afectando a las órbitas de todos esos cuerpos más pequeños. Al principio Brown pensó que era una locura, y trató de demostrarlo con una serie de ecuaciones y simulaciones informáticas que, al final, terminaron por demostrar que la del planeta gigante oculto era la mejor de las explicaciones posibles.

Según sostienen Brown y Batygyn, si el Planeta X está ahí fuera, los astrónomos deberían encontrar muy pronto más objetos en «órbitas reveladoras», influenciadas por el gigante oculto. Aunque Brown sabe muy bien que nadie creerá de verdad en el descubrimiento hasta que el Planeta X, en todo su esplendor, sea detectado por fin con un telescopio. «Hasta que no haya una detección directa -afirma el astrónomo- estamos ante una hipótesis». El equipo de investigadores utilizará ahora sus cálculos para «cazar» al escurridizo planeta con uno de los grandes telescopios instalados en Hawaii. Y no cabe duda de que, con los datos de su trabajo en la mano, muchos otros astrónomos intentarán hacer lo mismo.

Matar a Plutón

De hecho, grandes telescopios de dos continentes están tratando ya de poner la vista encima al Planeta X, que sería, por tamaño, el quinto mayor del Sistema Solar, después de Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno. Pero a tanta distancia, no se trata de una tarea sencilla, ya que el Planeta Nueve, o X, refleja tan poca luz solar que pone a prueba la capacidad de los mejores intrumentos de observación disponibles.

Resulta irónico que sea precisamente Michael Brown el descubridor del noveno planeta del Sistema Solar. De hecho, fue él quien, en 2005, descubrió Eris, un pequeño y distante mundo helado del mismo tamaño de Plutón y que demostró que el hasta entonces noveno planeta de nuestro sistema era más que uno entre muchos mundos similares del cinturón de Kuiper. Fue precisamente su descubrimiento el que provocó que, apenas un año más tarde, en 2006, la Unión Astronómica Internacional reclasificara a Plutón, privándole de su título planetario y degradándolo a planeta enano. El propio Brown contó este proceso en su libro «Cómo maté a Plutón». Unos años antes, en 2003, Brown también protagonizó el descubrimiento de Sedna, otro pequeño y lejano mundo, aunque menor que Eris y Plutón.

«Matar a Plutón fue divertido -afirma el investigador-. Y encontrar a Sedna fue científicamente interesante. Pero esto está una cabeza por encima de todo lo demás«.

 

 

Puede haber agua bajo las nubes en otros planetas


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  • Los astrónomos han analizado la atmósfera de diez grandes mundos conocidos como «Júpiter calientes» fuera del Sistema Solar

 

 Estos son los diez "Júpiter calientes" analizados por los científicos. De izquierda a derecha: WASP-12b, WASP-6b, WASP-31b, WASP-39b, HD 189733b, HAT-P-12b, WASP-17b, WASP-19b, HAT-P-1b y HD 209458b - ESA/Hubble & NASA

Estos son los diez “Júpiter calientes” analizados por los científicos. De izquierda a derecha: WASP-12b, WASP-6b, WASP-31b, WASP-39b, HD 189733b, HAT-P-12b, WASP-17b, WASP-19b, HAT-P-1b y HD 209458b – ESA/Hubble & NASA

Un equipo de astrónomos, utilizando los telescopios espaciales Hubble y Spitzer, han analizado a fondo las atmósferas de diez grandes planetas de la clase “Júpiter caliente”, el mayor número de mundos de este tipo estudiado hasta el momento. Los investigadores han logrado así averiguar la razón por la que algunos de estos planetas parecen tener menos cantidad de agua de la esperada, un enigma que desconcierta a los científicos desde hace dos décadas. La investigación se acaba de publicar en Nature.

Por el momento, los astrónomos han descubierto ya cerca de 2.000 planetas orbitando otras estrellas, y una cantidad similar está hoy a la espera de confirmación definitiva. En todo caso, un número de mundos más que suficiente como para dividirlos en categorías. Una de ellas, la conocida como “Júpiter caliente”, engloba a planetas gaseosos, del tipo de nuestro Júpiter, y con temperaturas muy elevadas. Normalmente, estos mundos orbitan muy cerca de sus estrellas, lo que eleva mucho la temperatura de sus superficies y los hace, al mismo tiempo, muy difíciles de estudiar, debido al deslumbrante y cercano brillo estelar.

Esa dificultad es la razón de que, hasta ahora, el telescopio espacial Hubble apenas haya podido estudiar un puñado de “Júpiter calientes”, y además en un rango muy limitado de longitudes de onda. Y es en esos estudios donde se han encontrado planetas que, inexplicablemente, contenían mucha menos agua de la que, en teoría, deberían tener.

El mayor catálogo

Ahora, un equipo internacional de astrónomos ha abordado el problema llevando a cabo el mayor estudio realizado hasta ahora de Júpiter calientes, explorando y comparando hasta diez de estos planetas en un intento de comprender, por fin, sus atmósferas. Solo tres de esos mundos habían sido investigados previamente. La nueva muestra, pues, constituye el mayor catálogo de atmósferas planetarias estudiado hasta la fecha.

Para conseguir sus resultados, los investigadores llevaron a cabo múltiples observaciones con dos de los mayores telescopios espaciales de la NASA, el Hubble y el Spitzer. El poder combinado de ambos instrumentos permitió a los astrónomos estudiar a fondo los planetas, cuyas masas, tamaño y temperaturas son muy diferentes, en un número de longitudes de onda sin precedentes.

“Estoy realmente emocionado de poder ver este amplio grupo de planetas juntos -afirma David Sing, de la Universidad británica de Exeter y autor principal de la investigación-. Es la primera vez que hemos tenido la cobertura de longitud de onda suficiente para poder comparar múltiples características de un planeta a otro. Y hemos encontrado que las atmósferas planetarias son mucho más diversas de lo que esperábamos”.

Los diez planetas tienen una órbita que les lleva a colocarse, en algún momento, entre sus estrellas madre y la Tierra, lo que resulta muy favorable para la observación. A medida que el exoplaneta pasa por delante de su estrella, visto desde la Tierra, parte de su luz viaja a través de la atmósfera exterior del planeta y queda impregnada de sus características. “La atmósfera -explica Hannah Wakeford, del Centro Goddard de Vuelos Espaciales de la NASA y coautora de la investigación- deja su huella única en la luz de la estrella, de forma que podemos estudiarla cuando llega hasta nosotros”.

Con o sin nubes

Esas “huellas” permitieron a los investigadores extraer las firmas de varios elementos y moléculas (incluida el agua) y distinguir, por ejemplo, entre planetas con o sin nubes, una propiedad que podría explicar el misterio del “agua perdida”.

En efecto, los modelos elaborados por los científicos revelan que, si bien los mundos que aparentemente carecen de nubes muestran fuertes señales de la presencia de agua, también los Júpiter calientes con señales de agua más débiles tenían, en realidad, una gran cubierta de bruma y nubes, elementos ambos que son conocidos por su capacidad de ocultar el agua a la vista. El misterio, pues, quedaba resuelto.

“La alternativa a esta solución -explica Jonathan Fortney, de la Universidad de California y otro de los autores del estudio- es que esos planetas se formaron en ambientes en los que no había agua, pero eso requeriría que reescribiéramos por completo nuestras teorías actuales sobre cómo los planetas se forman. Nuestros resultados han descartado el ‘escenario seco’, y sugieren que, sencillamente, se trata de nubes ocultando el agua de las miradas indiscretas”.

El estudio de atmósferas planetarias está, actualmente, en su infancia, y son muy pocos aún las observaciones detalladas al respecto. Pero el sucesor del Hubble, el telescopio espacial James Webb, solucionará el problema abriendo una nueva “ventana infrarroja” para el estudio de las atmósferas planetarias. Un hito necesario para afinar la búsqueda de posibles signos de vida más allá de nuestro Sistema Solar.

 

Observado el nacimiento de un exoplaneta por primera vez


El Pais

  • En la constelación de Tauro, a 450 años luz, hay una estrella joven en torno a la que se está formando un nuevo planeta, el primero visto desde la Tierra

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Hace 25 años los humanos no conocíamos ni un solo planeta fuera del Sistema Solar. Actualmente se han detectado ya 1.900, algunos tan similares a la Tierra que podrían albergar agua y, por tanto, vida. Pero todos esos exoplanetas hallados en menos de un cuarto de siglo son adultos. Hoy, un estudio describe las primeras observaciones directas de un planeta que está en su infancia.

El hallazgo se ha hecho en torno a un astro de la constelación de Tauro que está a unos 450 años luz. Es muy parecido al Sol y se llama LkCa 15. Se piensa que la Tierra se formó hace 4.500 millones de años a partir de un disco de polvo y gas creado por el Sol joven. Pero la formación de planetas es un proceso muy desconocido, en parte porque para los telescopios actuales es muy complejo captar la débil luz que emite un planeta naciente comparado con el gran brillo de su astro. Todo esto hace complicado entender cómo la acumulación de simples partículas de polvo y gas pueden acabar formando planetas como el nuestro, sin mencionar gigantes gaseosos como Júpiter, con un diámetro 11 veces mayor.

La formación de planetas es un proceso muy desconocido

En comparación con nuestro Sol, la LkCa 15 es una recién nacida de dos millones de años. En un estudio publicado hoy en Nature astrónomos de EE UU y Australia describen que en el disco planetario que rodea a la estrella hay un espacio vacío y, dentro de él, lo que parecen ser tres planetas. En torno al planeta b, el que más cerca está del astro, los astrónomos han observado hidrógeno a unos 9.700 grados. Los autores del hallazgo creen que tanto el vacío en el disco planetario como las altas temperaturas del gas solo pueden explicarse por el nacimiento de un planeta que está tragando material en su proceso de formación, el primero, resaltan sus autores, que se puede estudiar en directo desde la Tierra.

Los astrónomos han observado la estrella entre 2009 y 2015. Usaron telescopios con óptica adaptativa, dotados de espejos que se deforman para corregir la turbulencia de la atmósfera y captar así detalles de objetos más lejanos. Esta técnica servirá “para descubrir muchos más planetas en formación en el futuro”, opina Zhaohuan Zhu, astrónomo de la Universidad de Princeton (EE UU). A su vez, eso permitirá conocer la distribución de planetas nacientes en el universo observable y explicar mejor cómo un amasijo de partículas y gas puede convertirse, miles de millones de años después, en sistemas planetarios maduros como el nuestro.

Las lluvias de estrellas en la antigüedad


El Pais

  • El fenómeno astronómico suscitaba el temor de los pueblos antiguos, si bien alguno, como el egipcio, supo sacarle provecho material
Grabado de 1833 que muestra una lluvia de estrellas sobre Gettysburg (EE UU).

Grabado de 1833 que muestra una lluvia de estrellas sobre Gettysburg (EE UU).

Las civilizaciones antiguas dejaron escasos testimonios de las lluvias de estrellas, aunque no las catalogaron como tal. Así, en el siglo II a.C., los chinos dejaron una referencia de una observación cometaria en El libro del príncipe de Huai-Nan (1057 a. C.), escrito por Liu An durante el reinado de Wu.

En el Egipto Antiguo, en la estela de Tutmosis III, hallada en el primer patio del templo de Amón en Gebel Barkal, hay una inscripción que bien podría referirse a un avistamiento de estrellas fugaces. He aquí un fragmento de la transcripción:

“Era la segunda hora cuando vino la estrella que venía desde su sur. Nunca había sucedido igual. Se lanzó (la estrella) hacia ellos en oposición. Nadie permaneció allí de pie. [Yo los masacré como los que no existen, estando ellos tirados en su sangre] [caídos en un montón]. Entonces, estaba el [uraeus] tras ellos con el fuego tirados hacia sus caras. Nadie encontraba su mano entre ellos ni miraba hacia atrás. Sus caballos no estaban, estaban desbocados […]”. (Fuente: La astronomía en el antiguo Egipto, José Lull)

Existe otra observación registrada, también en el mundo egipcio, recogida en el documento El cuento del náufrago. Describe un meteoroide que supera la fricción de la atmósfera, impacta y causa la muerte de muchos seres vivos. El relato forma parte de la literatura egipcia, aunque no se puede descartar que estuviera basado en un suceso real que acaeciera tiempo atrás:

“Totalizábamos 75 serpientes con mis hijos y mis hermanos sin mencionarte”. (Fuente: La astronomía en el antiguo Egipto, José Lull)

Los cometas fueron interpretados en la antigüedad como mal augurio por prácticamente todas las culturas porque se creía que no estaban sujetos a ninguna ley natural

Los cometas fueron interpretados en la antigüedad como mal augurio por prácticamente todas las culturas porque se creía que no estaban sujetos a ninguna ley natural, desafiaban el orden del Cosmos. Sin embargo, los meteoritos, es decir, los pedazos supervivientes de los meteoros que llegan a impactar contra la superficie terrestre, eran en ocasiones empleados en templos como piezas del cielo vinculadas a una divinidad de carácter celeste. De hecho, varios templos que todavía se mantienen en pie conservan meteoritos como parte de los elementos que rodean el culto de lo sagrado, como el aerolito de la Piedra Negra de la Kaaba, en La Meca.

Otra función más profana es el uso que le dieron los egipcios antiguos de extraer hierro (hierro del cielo, lo llamaban), de alto contenido en níquel en comparación con el hierro terrestre, con el objetivo de elaborar utensilios de gran valor.

¿Quedan aún planetas por descubrir en la frontera exterior de nuestro sistema?


El Mundo

  • Plutón no es un mundo solitario. La década pasada se descubrieron cuatro nuevos planetas más allá de su órbita

    EFE | Sistema solar

    EFE | Sistema solar

Hace no muchos años, la simple idea de que nuestro Sistema Solar pudiera contener planetas desconocidos más allá de la órbita de Plutón se consideraba una locura, algo más propio de la ciencia ficción que de la astronomía «seria». Ahora, sin embargo, y con la nave New Horizons a punto de llegar al planeta enano, los astrónomos saben que «más allá» hay mucho más de lo que cualquiera hubiera podido imaginar. Y cuanto más detenidamente se estudian Plutón y sus alrededores, más evidente resulta que no está solo.

La pregunta, pues, es la siguiente: ¿quedan aún planetas por descubrir en la frontera exterior de nuestro sistema?

Muchos investigadores han empezado a pensar que sí. Algunos, incluso, creen que podría haber cientos, incluso miles de mundos lejanos que permanecen ocultos ahí fuera. Y no solo cuerpos del reducido tamaño de Plutón, sino planetas mucho más grandes, y tan distantes y oscuros que ninguno de nuestros telescopios ha logrado captarlos todavía.

Por ahora, sabemos que Plutón no es, en absoluto, un mundo solitario. De hecho, a mediados de la década pasada se descubrieron cuatro nuevos planetas más allá de su órbita. Uno de ellos, Eris, apenas si difiere de él en unos pocos km. Los otros tres, Makemake, Haumea y Sedna, tienen cerca de la mitad del tamaño de Plutón. Los cuatro se encuentran en una distante región del Sistema Solar llamada el Cinturón de Kuiper, y son los responsables de que el propio Plutón perdiera, en 2006, su categoría de planeta para ser degradado a la condición de «planeta enano».

De hecho, uno de los criterios de la Unión Astronómica Internacional especifica que, para ser considerado un planeta, un objeto debe ser el dueño absoluto de su órbita, manteniéndola limpia de otros objetos grandes. Sin embargo, las órbitas de Eris, Makemake, Haumea y Sedna cruzan la de Plutón.

Pero eso no es todo. Investigadores del prestigio de Alan Stern, investigador principal de la misión New Horizons, está convencido de que muchos más objetos enormes esperan a ser descubiertos en la frontera exterior del Sistema Solar. El problema es que los planetas solo son visibles gracias a la luz que reflejan. Y en aquella remota región de nuestro sistema la luz solar es miles de veces menos intensa que en la Tierra. Pero para Stern, es el propio Plutón el que nos proporciona los indicios más sólidos de que hay más mundos ahí fuera.

Desde 1978 se sabe que Plutón tiene una gran luna llamada Caronte. Una luna que tiene casi el mismo tamaño que Makemake, Huamea o Sedna. De hecho, el astrofísico Robin Canup demostró con una serie de simulaciones informáticas que al principio de la historia del Sistema Solar Caronte fue un mundo independiente, y que fue capturado por Plutón poco después de que ambos chocaran. Y aunque el encontronazo no fue lo suficientemente violento como para destrozar a ninguno de los dos mundos, sí que bastó para frenar a Caronte hasta el punto de que ya no pudo escapar de la gravedad de Plutón. Este modelo sigue siendo la mejor forma de explicar por qué Plutón tiene una luna tan grande.

Pero aunque Plutón nos parezca tan lejano, no nos engañemos. El Sistema Solar en el que vivimos es realmente enorme. Y si Plutón Y Caronte hubieran sido los únicos cuerpos en medio de esa inmensidad, las probabilidades de que ambos chocaran habrían sido despreciablemente ridículas. El propio Stern ha calculado que haría falta un tiempo superior a 10.000 veces la edad del Universo para que tal encuentro tuviera una probabilidad real de producirse. Pero si tienes mil cuerpos del tamaño de Plutón en la region, afirma Stern, entonces la cosa cambia y las probabilidades aumentan.

Para el investigador, «parece una locura pensar en un Sistema Solar así, pero eso es lo que nos dicen los datos. Y aún podríamos encontrar objetos del tamaño de la Tierra o Marte».

Otros investigadores están de acuerdo. Entre ellos, el español Carlos de la Fuente Marcos, quien en dos estudios publicados el pasado año en Monthly Notices of The Royal Astronomy Society reveló la existencia de 13 nuevos «objetos trans neptunianos extremos». O lo que es lo mismo, planetoides cuyas órbitas los llevan a distancias del sol hasta cinco veces superiores a las de Neptuno, o tres veces más que la de Plutón.

Probablemente, ninguno de estos cuerpos sea lo suficientemente grande como para dar cuenta de los planetas a los que se refería Stern, aunque son todos tan oscuros y distantes que cuesta precisar sus tamaños. Son, por ahora, los objetos más remotos jamás hallados dentro del Sistema Solar. Aunque la similitud de sus órbitas sugiere poderosamente que todos ellos han sido «pastoreados» a sus trayectorias actuales por las interacciones gravitatorias con uno o varios cuerpos mucho mayores.

Según los modelos elaborados por de la Fuente Marcos, estas órbitas trans neptunianas tan extremas podrían estar revelando la presencia no de uno, sino de dos objetos mucho mayores y más distantes que Plutón. Según algunos de sus cálculos, aún por publicar, podría tratarse de planetas del tipo «súper tierras», y con tamaños entre dos y quince veces el de nuestro planeta natal. «Nuestros estudios ,afirma el investigador, solo son teóricos, basados en estadísticas y simulaciones. Aunque para explicar las órbitas de estos distantes cuerpos, esa es la explicación más simple y convincente».