Category: Metropolitan / Cultura



El Mundo

Cartel publicitario "Le chat Noir" de Théophile Alexandre Steinlen. Alexandre SteinlenMUSEO VAN GOGH

Cartel publicitario “Le chat Noir” de Théophile Alexandre Steinlen. Alexandre SteinlenMUSEO VAN GOGH

El Museo van Gogh presenta una exposición compuesta de carteles publicitarios de varios artistas que poblaron las calles de París a finales del siglo XIX e ilustraciones “hechas para coleccionistas privados de la alta burguesía”,según ha comunicado Fleur Roos de Carvalhoa.

“Artistas como Henri de Toulouse-Lautrec trabajaron para dos mundos, el de los coleccionistas privados, que disfrutaban en su casa de obras de arte impresas, y el de los carteles con propósitos comerciales destinados a exhibirse en la calle y que eran vistos por todo el mundo”.

Se dice que la publicidad refleja los gustos de los consumidores de cada época, y a juzgar por los carteles seleccionados por el museo de Ámsterdam, para “Obras de arte impresas en el París de 1900: de la élite a la calle”, el París de hace 120 años era la meca del cabaré y las salas de música en directo.

“Muchas cosas estaban pasando en París por esos años y artistas de medio mundo querían ir allí”, contó la conservadora Roos, lo que concentró el talento de pintores que soñaban con realizar grandes cuadros, pero que también tenían la posibilidad de diseñar ilustraciones para sobrevivir.

“Cuando Pablo Picasso fue a Francia quería convertirse en ilustrador, como Théophile Alexandre Steinlen”, explicó Roos de Carvalho. La intención llevó al malagueño a reproducir en una de sus pinturas del periodo azul, “La habitación azul”, una litografía de Toulouse-Lautrec.

Los carteles del París de finales del siglo XIX frecuentemente se colgaban a gran altura y utilizaban colores vivos e imágenes llamativas para atraer la atención de los transeúntes, invitándoles a asistir a lugares tan diferentes como salas de conciertos o clínicas veterinarias, o incitándoles a consumir licores y colonias.

En otras ocasiones se exponían a la misma altura de la calle, con el riesgo de que fueran arrancados por ciudadanos ávidos de tener una pieza de arte en su casa, indicó Roos de Carvalho.

Uno de los anuncios publicitarios es el famoso cabaré “Le chat noir” (El gato negro), frecuentado por Picasso durante su visita a la Exposición Universal de 1900 y que tenía como una de sus atracciones el teatro de sombras.

El mencionado cartel está presidido por un esbelto gato negro de largos bigotes que, sentado, se gira para mirar al espectador de forma desafiante, una obra diseñada por Steinlen que simboliza el espíritu libre del arte de la época y el carácter provocador del cabaret.

Otro de los rótulos, diseñado por Toulouse-Lautrec, da a conocer un espectáculo de cancán del “Moulin Rouge” y retrata a una bailarina con una falda larga que se mueve por el escenario mientras, al fondo, una silueta de hombres y mujeres anónimos la observan.

El viaje en el tiempo propuesto por el Museo van Gogh, abierto al público hasta el 11 de junio, también traslada al visitante a un área menos conocida de las obras de arte impresas, el de las ilustraciones destinadas al selecto público de los coleccionistas privados.

Muchas de esas obras no se colgaban en la pared, sino que se almacenaban en grandes carpetas y eran admiradas por sus propietarios en la intimidad su casa, algo similar a lo que ocurre hoy en día con los libros de fotografía.

“Los coleccionistas podían contratar una suscripción, así recibían varias. Las obras les llegaban directamente a sus hogares, por lo que las disfrutaban de una forma muy privada”, puntualizó Roos de Carvalho.

A diferencia de los carteles publicitarios, estas litografías y aguafuertes prescindían del texto escrito y podían convertirse en series con una temática común.

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  • Su existencia primigenia se justifica únicamente en escritos, si bien fue refundada ya avanzado el siglo XIX
 Se estima que actualmente viven la Comunidad de Madrid en torno a 10.000 judíos - ARCHIVO ABC

Se estima que actualmente viven la Comunidad de Madrid en torno a 10.000 judíos – ARCHIVO ABC

Recién terminada la semana en memoria de las víctimas del Holocausto, el Madrid judío -casi desaparecido por el implacable peso de la Historia-, se ubica entre el desconocimiento generalizado como una suerte de patrimonio oculto, relativo a dos épocas concretas. Una, primigenia y medieval, escenario de persecuciones y sustento de leyendas en torno a su configuración. Otra, contemporánea, referente a la refundación de la comunidad hebrea en Madrid.

La ausencia de evidencias arquitectónicas, en otros supuestos fieles cronistas en piedra, supedita cualquier justificación al archivo documental. Si bien no existen edificaciones o restos de la primera judería de la capital, sí figuran escritos que la ubican en lo que actualmente es la catedral de La Almudena. A su espalda, intramuros de la muralla árabe, permanecieron los judíos incluso tras la conquista cristiana de Madrid, entonces Mayrit, en el año 1083 por el rey Alfonso VI.

Los edictos de ejecución, multiplicados tras la concepción del tribunal de la Santa Inquisición, en 1478, y la transmisión popular juegan un papel capital en las endebles certezas sobre el pasado de la comunidad judía. Según fuentes documentales, trabajo de Alejandra Abulafia, directora de Destino Sefarad, ya en el año 1053 un vecino judío mandó una misiva a su hermana contando su pena por la muerte de dos correligionarios. A apenas unos metros de aquella judería vieja, subiendo por lo que ahora es la calle Mayor, en la plaza homónima, se asentaron muchos comerciantes, especialmente en el espacio que hoy acoge al Mercado de San Miguel y en los alrededores de la plaza de la Villa.

Precisamente en la Plaza Mayor, en los faroles situados en el centro, existe un grabado que pasa prácticamente desapercibido. El relieve muestra un juicio con sambenito a un judío, que no era otra cosa que colocar un sayal al reo, muchas veces sin juicio previo, para humillarlo y estigmatizarlo. Este pequeño rastro, aunque anecdótico, sintetiza en parte cómo fue la época medieval. De hecho, otro de los puntos recogidos en el mapa anexo, la puerta de Valnadú, es recordada por ser el punto de acceso en uno de los mayores ataques sufridos en la judería.

Persecuciones y expulsión

La prueba principal de su ubicación, en cualquier caso, remite a los episodios más trágicos de su historia en la zona. Narrados a veces en código literario, destaca un documento de 1391, cuando muchos judíos fueron asesinados en la calle de las Damas, en la judería, según cita Jacobo Israel Garzón en su prólogo a la obra Avapiés: Teatro en dos actos (Solly Wolodarsky. 2009). Este y otros pasajes son incluidos en el escrito, como la solicitud de la Villa de Madrid a la reina para ejecutar las penas previstas a los judíos que no llevaran señales distintivas en el ropaje, en 1478, o un muro que aislara a la judería, dos años después.

Todo desemboca, como parte y resultado, en una fecha clave para la comunidad judía en toda España. El 31 de julio de 1492, los Reyes Católicos firman su expulsión, condenados desde entonces, y hasta bien entrado el siglo XIX, a una presencia críptica. Perseguidos y en el más estricto secretismo, avanza el autor que, pasado un siglo, Madrid acogió a numerosos criptojudíos portugueses, descendientes de los que habían marchado el mismo año del descubrimiento de América. En esta época y en los años siguientes, diferentes documentos acreditan esta situación; como un auto de fe -uno entre miles- de 1632, donde salieron «hasta cuarenta y cuatro reos, de los que cuatro fueron quemados en estatua y siete en persona» por, presuntamente, reunirse para azotar y ultrajar a un Cristo y una Virgen.

Otro de los pilares sobre este legado tiene mucho que ver con especulaciones, justificadas en la transmisión popular. Quizá llame la atención que en la ruta ilustrada no figure el barrio de Lavapiés, supuestamente denominado como Avapiés en la fecha, pero lo cierto es que, contradicción entre historiadores, no existe base documental al respecto. Se trata, por tanto, de un mito; similar al que asegura que la actual iglesia de San Lorenzo fue otrora una sinagoga. Igualmente, se dice que el castizo nombre de Manolo tiene su origen en la comunidad judía, pues deriva de Immanuel, que en hebreo significa «Dios esté con nosotros».

Refundación

No existe una refundación efectiva hasta bien entrado el siglo XIX, aunque en los primeros años se atisba el final de este paréntesis. En 1917 se funda la primera sinagoga de Madrid, Midras Ababarnel, antecedente de la constitución de la Comunidad Judía en la región, en 1920. Se consigue, además, un recinto propio en el cementerio civil de La Almudena, aunque este crecimiento no es definitivo.

La sinagoga es cerrada en 1938 y, tras el final de la Guerra Civil ,se interrumpe toda actividad pública. Así, la Comunidad Judía no se restituye hasta 1947, y dos años después se inaugura una nueva sinagoga, el Oratorio Lawenda, que años más tarde se traslada a la calle Pizarro para albergar una mayor, Betzión. El despegue y asentamiento definitivo, pacífico a excepción del ataque sufrido en la Nochebuena de 1976, cuando explotó una bomba junto a la sinagoga de la calle Balmes, fue en la década de los 60; desarrollada con la construcción del cementerio judío de Hoyo de Manzanares, a principios de los 90. Madrid cuenta además con un colegio judío, el Ibn Gabirol, levantado en 1965.

La comunidad judía, en el presente

Se estima que actualmente viven la Comunidad de Madrid en torno a 10.000 judíos, con la sede de la Comunidad Judía (a la izquierda, su inauguración) como punto de encuentro principal; tanto religioso como social. Su crecimiento en los últimos años remite en gran parte a Argentina, pues muchos judíos emigraron a España tras el golpe militar de Videla, en 1976, y tras las recientes crisis económicas. La Segunda Guerra Mundial provoca igualmente la llegada de numerosos refugiados judíos. En aquellos años, Madrid se configuró como un escenario alternativo de espías y diplomacia encubierta. Como apunte, cabe en esta ruta la confitería Embassy, que actuó como tapadera para salvar a 30.000 judíos del despliegue nazi en la capital, con destino a Portugal



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  • El Comisionado de la Memoria Histórica del Consistorio de la capital se ha servido de una contrarréplica del escritor al militar para cambiar el nombre de la vía a Avenida de la Inteligencia
 Imagen de archivo de Unamuno después del incidente con Millán Astray en la Universidad de Salamanca - ABC

Imagen de archivo de Unamuno después del incidente con Millán Astray en la Universidad de Salamanca – ABC

Avenida de la Inteligencia. Ese es el nombre que el Comisionado de la Memoria Histórica del Ayuntamiento de Madrid, liderado por Manuel Carmena, le tiene preparada a la calle del General Millán Astray en su plan por eliminar cualquier nombre franquista del callejero de la capital. Y, aunque pudiera parecerlo, no es un nombre escogido de forma arbitraria, sino que proviene de una frase extraída de un célebre enfrentamiento entre el escritor y el militar que ha vuelto a ganar actualidad después de que el PP de Madrid y la Legión se posicionaran en contra de cambiar el nombre de dicha vía.

Corría el día 12 de octubre del año 1936 cuando, en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca, se reunieron las más altas esferas del franquismo para celebrar la Fiesta de la Raza. Allí estaba también, como rector del centro, Miguel de Unamuno que, al contrario que la mayoría de los intelectuales de la época, se posicionó en contra del bando republicano.

Según recogen los escritos de entonces, de los que se hace eco el historiador británico Hugh Thomas, el profesor vasco no se encontraba del todo cómodo aquella jornada, especialmente después de escuchar el discurso de exaltación del bando nacional de uno de los ponentes que sí gustó al general Millán Astray, allí en representación de Franco.

«Abajo la inteligencia, viva la muerte»

Después de varias soflamas, el militar consiguió excitar al auditorio, hasta el punto que uno de los presentes exclamó uno de los lemas de Millán Astray: «Viva la muerte». Esa fue la gota que colmó el vaso de la paciencia de Unamuno, que aquel día no quería hacer ningún discurso, pero que se sintió obligado a lanzar una réplica.

Unamuno reprochó esos gritos y, en su intervención, llegó a llamar «inválido» al militar, algo que caldeó aún más el ambiente, especialmente en el interior de Astray, que no pudo contenerse y reprendió al intelectual. «¡Abajo la inteligencia, viva la muerte!», volvió a exclamar el general, dando pie a Unamuno a pronunciar la frase que ha inspirado el nombre a la calle que, precisamente en estos días, aún se denomina del General Millán Astray.

«Este es el templo de la inteligencia y estáis profanando su sagrado recinto. Yo soy su sumo sacerdote. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta, pero no convenceréis», despachó Unamuno que, acto seguido, se levantó de su asiento y se marchó, increpado por los presentes. No sabían que, décadas después, el Gobierno de Carmena iba a servirse de estas palabras para darle la última contrarréplica al general franquista al quitarle su calle para dársela a Unamuno por medio de una de sus frases más célebres.


El Mundo

  • Se instaló un 17 de marzo de 1926 para regular el tráfico entre la Gran Vía y la Calle Alcalá
  • Los periódicos tuvieron que informar a los peatones cómo funcionaba
  • Hoy hay 130.000 en Madrid
 
La bifurcación de la Gran Vía con la calle de Alcalá tras la instalación del semáforo. E. M.

La bifurcación de la Gran Vía con la calle de Alcalá tras la instalación del semáforo. E. M.

En 1926 se instaló el primer semáforo de Madrid y aquello supuso todo un acontecimiento para aquellos que se desplazaron al lugar de los hechos para presenciar el espectáculo. Los madrileños aprovecharon la ocasión para convertir el estreno en motivo de celebración. La prensa titulaba «faros luminosos – gran regocijo del público» y en la noticia se leía que de la inauguración «corrió un juergazo de esos que en Madrid son clásicos».

Hasta su primera aparición, en el cruce de las calles Gran Vía y Alcalá, la circulación estaba regulada por guardias de tráfico. Sin embargo, en un lugar tan concurrido como éste -por el que todo madrileño ha pasado al menos una vez- el trabajo de los agentes dejó de ser efectivo. «Por la forma en que los guardias cortaban la circulación de carruajes y la reanudaban, ocurriría una desgracia», advertía la prensa del momento. La instalación del primer semáforo español duró más de dos meses y su presentación a la sociedad madrileña tuvo lugar el 17 de marzo de 1926.

Los discos luminosos que le siguieron, se colocaron en la Puerta del Sol, en la plaza de Canalejas, en la plaza de Castelar, Red de San Luis, en el cruce de Gran Vía con la calle Clavel, Alcalá con Peligros y en la intersección de Sevilla con Nicolás María Rivero.

Por aquel entonces, los semáforos no se llamaban semáforos y las calles no eran lo que son. Hoy en día, las señales están totalmente integradas en el paisaje de la metrópoli y la sensación es que han estado ahí desde siempre. Actualmente en Madrid hay 2.213 intersecciones reguladas por semáforos, lo que supone una cifra de 130.000, aproximadamente.

En los últimos 90 años mucho han cambiado estos aparatos, que también se han adaptado la evolución tecnológica. El primer semáforo era sólo para vehículos y no para peatones y, ante el desconocimiento de la gente, los periódicos informaron al viandante de cómo cruzar y dieron las instrucciones necesarias para lidiar con el nuevo inquilino de las calles Gran Vía y Alcalá. Éste era electromecánico y se programaba manualmente con clavijas para establecer los momentos en los que se activaba el color verde, el ámbar o el rojo.

Hacia los años 70 pasaron a ser electrónicos y funcionaban con cableado, lo que permitió programarlos para coordinar las calles y rutas. Ahora, los semáforos son como pequeños ordenadores que incorporan microprocesadores y se regulan, en su mayoría, con fibra óptica.

Las luces roja, ámbar y verde se iluminan con lámparas LED, de bajo consumo y cuyos costes de mantenimiento han permitido reducir a la mitad la factura eléctrica municipal.

Lo que nos cuesta a los madrileños su gestión es más de 1.785.000 euros, que es la cantidad que el Ayuntamiento reserva para su mantenimiento.

El semáforo de 1926 se pagó con 23.850 pesetas y su mantenimiento y el de los posteriores faros luminosos supuso un desembolso municipal de 150.000 de la anterior moneda.

Desde el primero, se han ido introduciendo nuevas variantes como los semáforos con pulsadores y demandas de peatón, los que contienen avisadores acústicos y los últimos en llegar, aquellos que incorporan sistemas foto-rojo.

Por si hay todavía alguien que no los conoce, éstos son los que llevan instalados una cámara para controlar que los vehículos cumplan las ordenes de las luces. En Madrid hay un total de 35 foto-rojos. Una quincena se han activado en los últimos meses y los últimos nueve están en periodo de prueba y no sancionarán hasta el 25 de septiembre. En caso de cometer infracción, la multa es de 200 euros y la pérdida de cuatro puntos en el carnet de conducir.

Las cámaras se instalan en los cruces más sensibles, donde ocurren más atropellos o en los lugares en los que hay cerca colegios u hospitales. En el caso de los semáforos estándar, los cálculos para su instalación en un punto u otro tienen que ver con la magnitud de la circulación.

La semaforización debe considerarse cuando las intensidades de las vías confluyentes sean de, al menos, 300 vehículos por hora en cada calle. O bien cuando concurren 500 vehículos por hora por la calle principal y un centenar por la secundaria.

En la actualidad, hay 14 tipos diferentes de semáforos y los equipos más viejos rondan la veintena de años. Los siniestros, la corrosión o el simple cambio de modelo que emprende el Ayuntamiento pone fin a sus vidas.

Si el disco luminoso de las calles Alcalá y Gran Vía hubiese resistido hasta hoy, sería un abuelo de 90 años y hubiera sido testigo de muchas escenas de la vida madrileña.


ABC.es

  • Dos jóvenes, de dieciséis y diecisiete años, golpearon y apuñalaron a la madre de su jefe, de 85 años, en 1950
Recorte de la noticia en ABC - ABC

Recorte de la noticia en ABC – ABC

El 5 de diciembre de 1950, ABC se hacía eco de un terrible suceso ocurrido cuatro días antes: el caso del geronticidio de Vallecas. Un cadáver había aparecido en la calle del Arroyo del Olivar, 15. Cuando la Policía del distrito de Puente de Vallecas llegó al domicilio se encontró con una anciana tendida en el suelo de la concina, sobre un charco de sangre. Su nombre era Pascuala Guijosa García, de ochenta y cinco años de edad.

Los agentes lograron descubrir a los autores del crimen, dos jóvenes de dieciséis y diecisiete años: Rafael López Llinares y Santiago López Cejudo, vecinos de la calle de Monteleón. Dichos individuos aseguraron en su confesión que, días antes del asesinato, habían planeado «asistir de noche a algún lugar apartado para abordar a cualquier transeúnte y despojarle de la cartera». Sin embargo, al no contar con permiso paterno para salir de casa a deshora, decidieron actuar por la tarde, cuando terminaban su jornada de trabajo.

La víctima elegida fue la madre del jefe de uno de los muchachos, a la que escogieron para el ataque por tener mucha edad y porque vivía sola. Con ellos llevaban una «mano de almirez», el majador de un mortero, que utilizarían para asestar el golpe mortal.

Dos alianzas y 150 pesetas

Cuando llegaron al domicilio de la anciana, llamaron a la puerta y uno de ellos se presentó como un obrero de su hijo que le llevaba un encargo. Ya en la cocina, vacilaron sobre cual de los dos le golpearía. Entonces, uno de ellos la entretuvo dándole conversación y el otro le atizó con el instrumento en la cabeza. Con la anciana en el suelo «el agresor exigió a su cómplice que para compartir la responsabilidad rematara a la anciana».

A continuación, tras colocarse unos guantes, el otro individuo sacó una navaja y asestó a la mujer dos puñaladas en el cuello. Tras el asesinato, los jóvenes quitaron de los dedos del cadáver dos alianzas de oro y se hicieron con 150 pesetas que encontraron en un armario.


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  • La viuda millonaria, Luciana Borgino, murió envuelta en llamas mientras su criada dormía en la habitación de al lado
 Las tres sospechosas de la muerte de Luciana Borgino en el conocido como crimen de Fuencarral

Las tres sospechosas de la muerte de Luciana Borgino en el conocido como crimen de Fuencarral

La mañana del 2 de julio de 1888 los vecinos de Luciana Borcino alertaron a la Policía de los gritos desgarradores que salían de su vivienda. Cuando por fin consiguieron entrar se encontraron a la mujer envuelta completamente en llamas. A los pocos segundos cayó desplomaba y nadie pudo hacer nada por salvarle la vida.

Luciana Borgino era una de las viudas más reconocidas del Madrid de la alta sociedad. Su carisma no tenía límites, al igual que el miedo que infundía entre sus enemigos. Al estar siempre tan bien relacionada, Borgino era temida allá por donde iba.

Al entrar en la vivienda de esta rica viuda, los agentes de Policía se encontraron a su asistenta, Higinia, durmiendo a pierna suelta en su habitación. Desde el principio les resultó extraño que los gritos de la dueña de la casa no hubieran sacado del sueño a su ama de llaves. Enseguida todas las sospechas sobre la autoría del crimen recayeron en ella. El juicio fue el más mediático de la época. Duró dos meses y fue cubierto hasta por Benito Pérez Galdós.

Tanto los agentes como los responsables judiciales intentaron lograr una confesión de Higinia que nunca consiguieron. Entre tanta investigación salió a relucir el nombre de su hijo, José Vázquez-Varela, como otro posible responsable. Todo el mundo conocía al «pollo» Varela por sus andanzas y fechorías. Pero resulta que tenía coartada porque en el momento del crimen se encontraba preso en la cárcel de la Modelo.

La visita de un hombre

Higinia insistía durante el juicio en que el día del asesinato, Luciana Borgino había recibido la visita de un hombre muy importante. Aunque no quiso pronunciar su nombre, apuntaba hacia Millán Astray, el padre del fundador de la Legión y que entonces era director de la cárcel donde estaba su hijo ingresado.

Después de dar muchas vueltas, y sin tenerlas todas consigo, Higinia fue condenada a morir por garrote vil, mientras que a una amiga suya, a la que se consideró cómplice, Dolores Ávila, le cayeron 18 años de cárcel. La ejecución tuvo lugar el 19 de julio de 1890. Unas 20.000 personas asistieron al castigo. Todas ellas pudieron oír las últimas palabras de Higinia antes de morir: «Dolores, catorce mil duros». Este último mensaje no hizo sino añadir un poco más de misterio a un crimen que nadie consiguió resolver.


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  • El local, con un método revolucionario, se ubicaba en la calle de la Reina, donde hoy se suceden los bares y restaurantes
 Manual de ejercicios del siglo XIX - WELCOME LIBRARY

Manual de ejercicios del siglo XIX – WELCOME LIBRARY

La moda por los gimnasios y el culto al cuerpo ha inundado cada rincón del planeta con numerosos locales de entrenamiento. El caso de Madrid, aunque tenga unas cifras similares a otros lugares, esconde una historia muy particular: el primer centro deportivo de España se levantó en la capital. Fue en el barrio de Chueca donde una consulta médica de ejercicios físicos se convirtió en el germen de lo que hoy conocemos.

El gimnasta francés Alfonso Vignolles constituyó esta suerte de gimnasio en Madrid en el año 1859. Lo cierto es que el centro que ideó se encontraba a caballo entre un gimnasio convencional y una consulta. El servicio que prestaba, según figura en recortes de prensa de la época, eran «Gimnasia Médica, Higiénica y Ortopédica». El método, revolucionario en la fecha, estaba inspirado en los implantados por la Academia de medicina de París, y su objetivo era prestar auxilio específico a todas las personas, con independencia de su condición. «Hay gabinete especial para señoras y para enfermos, y clase gratuita de doce a una para los enfermos pobres», detallaba un anuncio. Los novedosos métodos se complementaban con rudimentarias y pesadas másquinas, algo inédito en aquellos años.

El centro se ubicaba en el número 14 de la actual calle de la Reina, en el barrio de Chueca. Paralelo a la Gran Vía (aún no existía), se asentaba en una zona donde hoy abundan locales de copas, restaurantes y cotetos clubes de «gin-tonics» y cócteles. Aunque nació con ese espíritu sanitario, y así se mantuvo durante un largo periodo, su aceptación y evolución estuvo marcado por la influencia de la alta sociedad británica, que contagió a su homóloga española con el cultivo al cuerpo.

Imaginar el gimnasio de Chueca, el primero de España, es bastante difícil si tomamos como referencia los actuales. Como es evidente, ni contaba con las máquinas actuales ni practicaba los mismos ejercicios; ni siquiera buscaba el mismo propósito. No obstante, sí se pueden destacar algunos artilugios que facilitaban la puesta a tono física de quienes acudían. Según el fisioterapeuta Sebastian Busqué Torró, en este centro se empleaban algunos objetos, como unas picas, que manipuladas entre dos sujetos fortalecían los hombros y el pecho. Pero la mejor y más revolucionada herramienta era la conocida como Máquina Vignolles, un artilugio con poleas, escaleras y resortes para trabajar diferentes partes del cuerpo.


ABC.es

  • La cochera de la empresa de transporte público inaugura su museo con ejemplares de hace más de 60 años
 Autobuses de época guardados en la cochera del Taller Central de la EMT, junto a la Castellana - MAYA BALANYÁ

Autobuses de época guardados en la cochera del Taller Central de la EMT, junto a la Castellana – MAYA BALANYÁ

Hay lugares de Madrid que trasladan a otra época. Que remontan a la infancia a través de elementos que formaron parte de la vida cotidiana. Uno de esos lugares es la cochera de la Empresa Madrileña de Transportes EMT, en la que descansan 28 ejemplares de autobuses urbanos que circularon por las calles de la capital hace 70 años.

Esta semana se inaugura el Museo EMT, que abre sus puertas todos los sábados por la mañana para que, mediante cita previa, cualquiera pueda visitar estas piezas de coleccionista. Además, hasta el 12 de junio, la empresa ofrece visitas guiadas y como colofón de la jornada de estreno, saca sus autobuses al paseo del Prado para exhibirlos allí junto a documentos que reflejan la historia del transporte público de Madrid.

Este museo, ubicado en la nave del antiguo Taller Central de EMT (calle Mauricio Legendre, 38), constituye todo un recorrido de la historia del transporte público desde la posguerra hasta la edad contemporánea. Entre andenes se puede incluso descubrir matices históricos, como la primera referencia de un servicio regular de transporte, registrada en 1947: «Diligencia de los Caravancheles (sic): salen dos veces al día, ocho de la tarde y una de la tarde, calle Toledo».

Interior de uno de los autobuses de exposición en el Museo de la EMT- MAYA BALANYA

Interior de uno de los autobuses de exposición en el Museo de la EMT- MAYA BALANYA

Guillermo Deike, coordinador de este museo, explica algunas de las joyas de la familia, como el Pegaso 6050, «el primer autobús rojo» que llegaba a la capital, en la década de los 70 y con sillones acolchados. Además, Deike revela que algunos de los modelos que allí se exponen fueron trasladados desde Tarragona, Orense, Valladolid o Cullera, ya que «fueron autobuses cedidos por la empresa a estas ciudades que luego se recuperaron». También es posible encontrar el primer autobús articulado, el primero de motor eléctrico y contaminación cero o los más pioneros; de color blanco y azul y de uno y dos pisos. E, incluso, uno de los empleados por los Servicios de Emergencia SAMUR.

Pero no solo este tipo de automóvil recuerda a otros tiempos; una sala adjunta a la cuna de los autobuses recoge elementos únicos de este entorno, como las hojas de ruta y tarifas de algunas líneas de los años 1923, 1936 o 1940.

Carteles que en su día tuvieron su espacio en las antiguas calles madrileñas, muestras de los asientos que han ido sustituyéndose con el paso del tiempo o la recreación de la Secretaría General de la EMT de época, con teléfono de rueda y máquina de escribir, son algunos de los encantos de este espacio lleno de nostalgia y recuerdos sobre ruedas.

Más información sobre la reserva de entradas al Museo y los recorridos por Madrid en la página web de la EMT.

Autobús de dos plantas, modelo «Guy», de 1948 con publicidad de la época- MAYA BALANYA

Autobús de dos plantas, modelo «Guy», de 1948 con publicidad de la época- MAYA BALANYA

 


ABC.es

  • La institución incorpora 41 nuevas piezas singulares de primeras evidencias de vida en el Planeta

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El Museo Nacional de Ciencias Naturales ha incorporado a su ya extensa colección de fósiles 41 piezas singulares procedentes de los fondos de la Fundación Bancaria «la Caixa» sobre las primeras evidencias de la existencia de vida en la Tierra. Entre ellas, un esqueleto de cría de oso cavernario de la que, según la institución, «pocos museos gozan en el mundo». Completan la muestra un mamut lanudo y un estromatolito de Bolivia que se pueden ver en la exposición «Minerales, fósiles y evolución humana».

La muestra incluye además varias representaciones a tamaño natural de cuatro especies de homínidos –«Australopithecus afarensis», «Homo habilis», «Homo erectus» y «Homo neanderthalensis»– confeccionadas por la especialista francesa Élisabeth Daynès. Sin embargo, la pieza más valiosa «es el completo esqueleto fósil de ave primitiva «Confuciusornis sanctus» que procede del Cretácico inferior de China» y está valorada en unos 30.000 euros, a pesar de que «no llama mucho la atención», según sus responsables.

También son piezas destacadas los esqueletos de osos de las cavernas «Ursus spelaeus», encontrados en Rusia; uno de ellos, de un ejemplar adulto y, el otro, de un recién nacido. Ammonites, trilobites, crinoideos y otros invertebrados, así como un primitivo reptil anápsido, «Captorhinus aguti», original de Estados Unidos, completan esta exposición que ha llegado acompañada de treinta nuevas vitrinas para piezas especiales, así como la instalación de luces led que permitirán reducir el consumo eléctrico.

Al acto de presentación acudió el presidente del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), Emilio Lora-Tamayo, el director del Área de Investigación y Conocimiento de la Fundación Bancaria «la Caixa», Jordi Portabella, y el director del MNCN, Santiago Merino, quien ha agradecido a la Fundación esta donación, fruto de la alianza entre las dos instituciones.

«A través de la generación y difusión del saber científico se contribuye a un mundo más equilibrado en conocimiento transversal que repercute en un mayor beneficio de las personas y de la sociedad», ha recordado Portabella.


El Pais

  • El Prado expone el primer volumen de la historia del arte ilustrado con fotografías
Vista del Monasterio de El Escorial, calotipo publicado en el libro 'Annals of the Artists of Spain', de William Stirling (1848). MUSEO DEL PRADO

Vista del Monasterio de El Escorial, calotipo publicado en el libro ‘Annals of the Artists of Spain’, de William Stirling (1848). MUSEO DEL PRADO

En una pequeña sala del Museo del Prado, con poca luz y a una temperatura de 19 grados —agradable para huir del calor de Madrid, pero no para ir en manga corta— reposan en vitrinas  siete ejemplares de Talbotype Illustrations, el primer libro de la historia del arte ilustrado con fotografías, 68, que publicó en 1848 el escritor y coleccionista escocés sir William Stirling Maxwell, y con el que mostraba su amor por el arte y monumentos de España. Las dificultades para manejar la luz y las sombras de la naciente técnica fotográfica disuadió a Stirling, en casi todos los casos, de tomar las fotos de los cuadros o esculturas originales, que no se podían mover y estaban en interiores poco iluminados. Lo hizo por un método indirecto: imágenes tomadas de grabados o de copias que reproducían, por ejemplo, Las meninas o La rendición de Breda, de Velázquez, o un San Juan, de Murillo.

Stirling llegó a contratar a artistas para que pintasen copias al óleo o en acuarela de las obras que le interesaban. Ya de su cosecha, se permitió en un caso retocar: los angelotes que rodeaban a la Giralda en la estampa original fueron eliminados cuando se transformó en fotografía. Y en otro le cortó las piernas a Querubín con mitra, de Murillo, porque la longitud de esta pieza no le cuadraba para su libro.

La exposición Copiado por el sol, hasta el 4 de septiembre, incluida en el certamen PHotoEspaña, recorre además el complejo proceso de creación de este libro ilustrado, el cuarto volumen que acompañó a los tres que eran puramente de texto y que se llamaron Annals of the Artists of Spain. De toda la obra solo se imprimieron 50 ejemplares —los organizadores de la exposición han localizado 25 en todo el mundo— que Stirling regaló a familiares, amigos, coleccionistas y bibliotecas. Las imágenes del Talbotype Illustrations se elaboraron por el procedimiento del calotipo, uno de los que compitieron en los albores de la fotografía en la carrera por facilitar la multiplicación de copias con la mayor rapidez y calidad posible. El inventor, en 1839, del calotipo había sido el científico William Fox Talbot (1800-1877). De ahí que esas piezas se llamasen también talbotipos, o copias del sol, porque se realizaban bajo la luz solar —aunque eso en Londres debía de ser complicado—, poniendo en contacto el negativo y el positivo de papel a la intemperie.

Fue un discípulo de Talbot, Nicolaas Henneman (1813-1898), quien trabajó con Stirling para Annals of the Artists of Spain. Ambos aparecen en un par de imágenes retratados en plena tarea. La muestra del Prado incluye las numerosos tomas, procedentes de la colección del National Media Museum, de Bradford (Inglaterra), que sirvieron a Stirling y Henneman de ensayo y error, así como los grabados o dibujos que servían de modelo.

Imagen de 1846 del taller fotográfico en el que Stirling y Henneman fotografiaron las copias de obras de arte para el libro 'Annals of the Artists of Spain'. NATIONAL MEDIA MUSEUM (BRADFORD)

Imagen de 1846 del taller fotográfico en el que Stirling y Henneman fotografiaron las copias de obras de arte para el libro ‘Annals of the Artists of Spain’. NATIONAL MEDIA MUSEUM (BRADFORD)

Sin embargo, aquellas instantáneas del monasterio de El Escorial o del Cristo en la cruz, de Murillo, pegadas en el libro, sufrieron pronto lo que los comisarios de la exposición, Hilary Macartney, de la Universidad de Glasgow, y José Manuel Matilla, jefe del departamento de Dibujos y Estampas del Prado, califican de “desvanecimiento”. Los contornos empezaron a borrarse y su interior comenzó a diluirse por el efecto de la luz y el aire sobre unos negativos y copias cuyo procedimiento estaba aún en mantillas.

La exposición Copiado por el sol no aspira, según sus organizadores, a largas colas y multitudes. Su gestación comenzó hace ya 15 años, cuando Matilla descubrió en los almacenes de la pinacoteca la obra de Stirling. El comisario confiesa que al tener en sus manos aquel libro tan frágil y ver cómo se habían deteriorado las imágenes, sintió “pánico”. De ese miedo nació el proyecto de “estudiarlo, conservarlo y difundirlo”, que culmina ahora en la sala del Prado y en un facsímil elaborado en los archivos fotográficos del museo.

El “desvanecimiento” que estaba en el ADN de los calotipos motivó que este sistema fotográfico cayera en desuso a finales de los cincuenta del XIX. El propio Stirling escribió, en 1872, consciente de la fugacidad de su Talbotype Illustrations: “Los pocos ejemplares serán hoy poco más que pedazos de papel pardo nublado”. Sin embargo, respiraría hoy tranquilo al ver que, aunque sea a través de un cristal y con temperatura londinense, a sus calotipos no los ha devorado el tiempo.

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