El primer semáforo de Madrid cumple 90 años


El Mundo

  • Se instaló un 17 de marzo de 1926 para regular el tráfico entre la Gran Vía y la Calle Alcalá
  • Los periódicos tuvieron que informar a los peatones cómo funcionaba
  • Hoy hay 130.000 en Madrid
 
La bifurcación de la Gran Vía con la calle de Alcalá tras la instalación del semáforo. E. M.

La bifurcación de la Gran Vía con la calle de Alcalá tras la instalación del semáforo. E. M.

En 1926 se instaló el primer semáforo de Madrid y aquello supuso todo un acontecimiento para aquellos que se desplazaron al lugar de los hechos para presenciar el espectáculo. Los madrileños aprovecharon la ocasión para convertir el estreno en motivo de celebración. La prensa titulaba «faros luminosos – gran regocijo del público» y en la noticia se leía que de la inauguración «corrió un juergazo de esos que en Madrid son clásicos».

Hasta su primera aparición, en el cruce de las calles Gran Vía y Alcalá, la circulación estaba regulada por guardias de tráfico. Sin embargo, en un lugar tan concurrido como éste -por el que todo madrileño ha pasado al menos una vez- el trabajo de los agentes dejó de ser efectivo. «Por la forma en que los guardias cortaban la circulación de carruajes y la reanudaban, ocurriría una desgracia», advertía la prensa del momento. La instalación del primer semáforo español duró más de dos meses y su presentación a la sociedad madrileña tuvo lugar el 17 de marzo de 1926.

Los discos luminosos que le siguieron, se colocaron en la Puerta del Sol, en la plaza de Canalejas, en la plaza de Castelar, Red de San Luis, en el cruce de Gran Vía con la calle Clavel, Alcalá con Peligros y en la intersección de Sevilla con Nicolás María Rivero.

Por aquel entonces, los semáforos no se llamaban semáforos y las calles no eran lo que son. Hoy en día, las señales están totalmente integradas en el paisaje de la metrópoli y la sensación es que han estado ahí desde siempre. Actualmente en Madrid hay 2.213 intersecciones reguladas por semáforos, lo que supone una cifra de 130.000, aproximadamente.

En los últimos 90 años mucho han cambiado estos aparatos, que también se han adaptado la evolución tecnológica. El primer semáforo era sólo para vehículos y no para peatones y, ante el desconocimiento de la gente, los periódicos informaron al viandante de cómo cruzar y dieron las instrucciones necesarias para lidiar con el nuevo inquilino de las calles Gran Vía y Alcalá. Éste era electromecánico y se programaba manualmente con clavijas para establecer los momentos en los que se activaba el color verde, el ámbar o el rojo.

Hacia los años 70 pasaron a ser electrónicos y funcionaban con cableado, lo que permitió programarlos para coordinar las calles y rutas. Ahora, los semáforos son como pequeños ordenadores que incorporan microprocesadores y se regulan, en su mayoría, con fibra óptica.

Las luces roja, ámbar y verde se iluminan con lámparas LED, de bajo consumo y cuyos costes de mantenimiento han permitido reducir a la mitad la factura eléctrica municipal.

Lo que nos cuesta a los madrileños su gestión es más de 1.785.000 euros, que es la cantidad que el Ayuntamiento reserva para su mantenimiento.

El semáforo de 1926 se pagó con 23.850 pesetas y su mantenimiento y el de los posteriores faros luminosos supuso un desembolso municipal de 150.000 de la anterior moneda.

Desde el primero, se han ido introduciendo nuevas variantes como los semáforos con pulsadores y demandas de peatón, los que contienen avisadores acústicos y los últimos en llegar, aquellos que incorporan sistemas foto-rojo.

Por si hay todavía alguien que no los conoce, éstos son los que llevan instalados una cámara para controlar que los vehículos cumplan las ordenes de las luces. En Madrid hay un total de 35 foto-rojos. Una quincena se han activado en los últimos meses y los últimos nueve están en periodo de prueba y no sancionarán hasta el 25 de septiembre. En caso de cometer infracción, la multa es de 200 euros y la pérdida de cuatro puntos en el carnet de conducir.

Las cámaras se instalan en los cruces más sensibles, donde ocurren más atropellos o en los lugares en los que hay cerca colegios u hospitales. En el caso de los semáforos estándar, los cálculos para su instalación en un punto u otro tienen que ver con la magnitud de la circulación.

La semaforización debe considerarse cuando las intensidades de las vías confluyentes sean de, al menos, 300 vehículos por hora en cada calle. O bien cuando concurren 500 vehículos por hora por la calle principal y un centenar por la secundaria.

En la actualidad, hay 14 tipos diferentes de semáforos y los equipos más viejos rondan la veintena de años. Los siniestros, la corrosión o el simple cambio de modelo que emprende el Ayuntamiento pone fin a sus vidas.

Si el disco luminoso de las calles Alcalá y Gran Vía hubiese resistido hasta hoy, sería un abuelo de 90 años y hubiera sido testigo de muchas escenas de la vida madrileña.

El «Pasapoga», de centro de espionaje antinazi a tienda de ropa en la Gran Vía


ABC.es

  • La pista sobre la que bailaron Ava Gardner y Gary Cooper fue en sus primeros años, coetáneos con la II Guerra Mundial, punto de encuentro de agentes secretos de ambos bandos

abc El Pasapoga, situado en el número 37 de la Gran Vía

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El Pasapoga, situado en el número 37 de la Gran Vía

No es la primera vez que desde este espacio se habla de Aline Griffith, la modelo norteamericana que actuó como espía en Madrid durante la Segunda Guerra Mundial, bajo el monóculo de los agentes nazis a los que ella misma investigó. En este caso, sin embargo, no es tanto sobre ella, pues entra en la historia tangencialmente, y sí de uno de los escenarios sobre los que recabó la información de personajes como Hans Lazar, el responsable de la propaganda alemana en la capital. Fue en la Gran Vía con Callao, a principios de los 40, cuando comenzó la vida del «Pasapoga».

En sus primeros años de vida, coetáneos con la guerra, fue cuando, entre bailes, Griffith abria sus ojos al tiempo acercaba sus oídos al propietario del local, según recoge en su libro «La espía que vestía de rojo». Bernard Hinder, judío francés, contaba con una gran habilidad para enterarse de los asuntos que, en aquel Madrid cómplice y dual, interesaban tanto a los servicios de inteligencia de la embajada británica como a su homóloga de Estados Unidos. Hinder era un nexo habitual con los espías del bando aliado, actores de un escenario de película a pesar de la depresión plomiza que caracterizaba a la ciudad.

Declive y cierre

Con el tiempo, antítesis de su imagen primigenia, el «Pasapoga» cambió su lustre y su público elevados para convertirse en un lugar de copeteo y ligoteo casi burdo, sobre todo encuentro de foráneos en búsqueda de faldas. Así atravesó su declive, clandestinidad y trapicheos mediante, hasta su cierre y regeneración reciente. Después de su periplo como discoteca, la pista de baile en la que bailaron Ava Gardner y Gary Cooper, todavía en su mejor tiempo de esplendor, dio un giro radical.

Bajo los también célebres cines Avenida, las historias de otro tiempo, diplomacía paralela, estrellas de Hollywood y arrumacos de postín, se escondieron entre pantalones vaqueros, zapatos y camisetas, pues desde 2007 -cuando se certificó institucionalmente su cambio de rumbo- el número 37 de la Gran Vía alberga un establecimiento comercial de una famosa marca de ropa.

La terrorífica «calle del perro», la zona de la Gran Vía por la que nadie quería pasar


ABC.es

  • Un enorme mastín custodiaba la casa del noble pensador Enrique de Villena, acusado de hereje y apresado por la Santa Inquisición en el siglo XV
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biblioteca nacional Los Doce Trabajos del Hércules, obra de Enrique de Villena

La moderna y cosmopolita Gran Vía que hoy conocemos nació en 1910. Su pasado más lejano, en cambio, esconde los vestigios y supersticiones propios de la época en la que se sitúa este relato. Cerca de la plaza de Callao, en el siglo XV, una callejuela oscura y estrecha se elevó en la Villa de Madrid como uno de los lugares a evitar, conocida coloquialmente como «la calle del perro».

En la calle, siempre observada y analizada de soslayo, con una prudencia miedosa, un enorme mastín de color negro custodiaba la entrada a una casa, lúgubre y misteriosa, considerada por los vecinos como una ventana al infierno. Era el hogar del defenestrado Enrique de Villena, hijo de Pedro de Aragón y Juana de Castilla y, otrora, Maestre de Calatrava. Villena, docto en letras, medicina y astrología, nunca alcanzó la posición que su linaje y sus conocimientos adivinaban. Fue repudiado en la corte y señalado como un hechicero, un «medium» atrapado entre dos mundos.

La estimación demoníaca de su casa y del perro guardián, del que se decía que en sus ojos y fauces se hallaba el Mal, remitía, por un lado, a la atribución de que allí se practicaban ciencias ocultas y el animal aseguraba el acceso. Por otro, a una leyenda que situaba a Enrique de Villena como discípulo del Diablo en una cueva de Salamanca, donde él y otros alumnos eran instruidos en lecciones de magia negra, adivinación y nigromancia. Ambas supersticiones, evidentemente, eran fruto de la ignorancia y del miedo calculado y administrado a la plebe, que permeabilizó la decisión de la Santa Inquisición de estigmatizar al autor como un hereje.

Objetivo de la Inquisición

Villena, creador de numerosos escritos y estudios, fue perseguido y condenado por la Inquisición. Su valiosa obra, centrada en el análisis del Hombre, fue quemada junto al acopio de libros en árabe, griego o hebreo, entre otros, que había hecho a lo largo de su vida. Prohibido por la Iglesia, su legado quedó arrasado mientras él, enfermo, fue internado en un penal.

Fallecido en Madrid en 1434 por unas fuertes fiebres, hay constancia, a pesar del esmero de sus captores, de varios de sus trabajos. Destacan Los 12 trabajos de Hércules, donde trata todos los niveles sociales de la época, y el Tratado sobre la lepra y la peste.

El gigantesco atasco que provocó un ovni en la Gran Vía en 1968


ABC.es

  • El extraño cuerpo sobrevoló la capital durante dos horas, tenía forma de globo esférico iluminado y se movía contra el viento
El gigantesco atasco que provocó un ovni en la Gran Vía en 1968

archivo abc | El titular de la información que salió en el diario ABC

Jueves 5 de septiembre de 1968. Son las 6 de la tarde. El sol está a punto de esconderse por el horizonte de la capital cuando un objeto volador no identificado se alza en el cielo. El extraño cuerpo tiene forma de un globo esférico, permanece estático e iluminado. Conforme el tiempo pasa, los conductores y transeúntes madrileños se aglomeran. Nadie sabe de qué se trata. La noche empieza a caer, pero parece imposible retirar la vista del firmamento y el asombro del gentío termina por provocar un gigantesco atasco paraliza Gran Vía.

«–Es un globo.

–No. Es un satélite.

–Se mueve.

–No. Está quieto.

–¿No me dirás que crees en los platillos volantes?

–No. Solo creo en lo que veo».

Comentaron en la redacción de este diario el día del suceso. Desde los ventanales de la antigua sede que daban al Paseo de la Castellana también se veía. Minutos después de las ocho de la tarde, dos horas después del primer avistamiento, el ovni se esfumaba por la Casa de Campo.

Los vientos de la troposfera superior y la baja estratosfera soplaban del este y del sureste respectivamente, mientras que el objeto parecía desplazarse lentamente hasta el sureste. «Ello hace suponer que poseía un movimiento propio, se movía contra el viento o que su altura era mucho mayor», explicaba el redactor de ABC en su crónica.

«Indudablemente se trata de un ovni», declaraba entonces un portavoz del Observatorio de Meteorología. Según su versión no se trataba de un globo meteorológico, ni ningún globo cautivo experimental, ya que los sondeos realizados desde el aeropuerto de Barajas no lo habían detectado. Tampoco dejó un rastro visible para los aparatos de la base de Torrejón de Ardoz. Ni desde Robledo de Chavela se había podido precisar la identidad del objeto. Lo más extraño de todo era que ni tan siquiera el radar de Paracuellos del Jarama había captado la señal de este ovni.

100 años de la Gran Via madrileña


Comienzan oficialmente las actividades de celebración del centenario de la Gran Vía, aunque la fecha oficial para conmemorar sus primeros 100 años de historia fue el 4 de abril. Y es que este domingo se cumplían exactamente cien años del acto oficial en que el rey Alfonso XIII daba por inaugurada las obras de la nueva vía, tras casi 25 años de proyectos fallidos.Hay multitud de actividades previstas para celebrar este centenario, y lo mejor es que consultéis el programa completo que proporciona el ayuntamiento. Sin embargo, aquí van unas cuantas recomendaciones:

  1. Exposición fotográfica «100 años de la Gran Vía» en la Sede del Área de Gobierno de Economía, Empleo y Participación Ciudadana (Gran Vía, 24). Del 6 de abril al 16 de mayo.
  2. Exposición de carteles comerciales de la Gran Vía en el Centro Cultural de los Ejércitos (Gran Vía, 13). Del 15 de abril al 15 de mayo.
  3. Visitas teatralizadas «Gran Vía Centenario», circuito en autobuses turísticos con salidas desde la Plaza de Cibeles. Los sábados y domingos de 18 a 20’30h, desde el 10 de abril al 30 de mayo.
  4. Visitas guiadas «Gran Vía: 100 años de historia», con salidas desde la Iglesia de San José (Alcalá, 43). Todos los domingos a las 12h.
  5. Gran concierto de homenaje a la Gran Vía el día 25 de abril, de 17 a 20’30h. El grupo El sueño de Morfeo y otros artistas como Nek, Álex Ubago o Sharon Corr ofrecerán un concierto gratuito en la calle.

Descargar| Programa completo de actividades

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Una Gran Vía centenaria da un paso a una navidad de Luz y Color


esMadrid.com

reyes-gran-via-madrid-navidad-2014La iluminación de la Gran Vía, que el próximo año celebra su centenario, estrena estas Navidades un nuevo alumbrado navideño, ideado por el arquitecto Ben Busche. El diseño de la iluminación de la centenaria arteria homenajea este primer eje comercial y de ocio nocturno del siglo XX, un espacio de luz artificial, con motivos que reflejan un skyline imaginario de rascacielos.

Como complemento a esa celebración también se van a instalar dos árboles. El primero, situado en la nueva Red de San Luis, se denomina Árbol “100” y celebra igualmente el centenario de la Gran Vía. Su diseño se inspira también en las altas construcciones urbanas y evoca artísticamente la fascinación por ellas. El segundo estará situado en la plaza de España y se ha diseñado con una mirada hacia la Expo de Shangai de 2010. Ambos han sido ideados por el arquitecto Ben Busche.

El resto de la ciudad utiliza su “fondo de armario” para vestirse de luz. De manera que, un año más, podremos disfrutar de los diseños de importantes modistos, arquitectos y diseñadores gráficos.

Serán 7,4 millones de bombillas y unos 170 espacios públicos los que se vistan de gala para recibir y celebrar unas Navidades que, además, continúan en la estela ya iniciada de hacer compatible un alumbrado navideño estéticamente atractivo con el respeto al medio ambiente. Un alumbrado que cumple con la máxima de ILUMINAR MÁS ADECUADAMENTE, CONSUMIENDO MENOS.

Cien años en la Gran Vía


Domingo 07 /10/07 20:23 El País

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En 1907 se publicaba el proyecto de una gran avenida que convirtiese a Madrid en una capital europea. En 1910, el rey Alfonso XIII, armado con una piqueta de oro, daba el primer golpe para la demolición de aquel barrio pobre y canalla y la simultánea construcción de una “calle para el siglo XX”. Unos años antes, la zarzuela La Gran Vía, de Chueca y Valverde, recogía la oposición del pueblo de Madrid a las ínfulas urbanísticas de la oligarquía. Cien años más tarde, la Gran Vía de Madrid vuelve a aglutinar todas las formas de la canallesca y el comercio popular. Se cierra el círculo.

Con ocasión de la celebración de este centenario se estrena hoy en el cine Capitol, situado en el emblemático edificio de la plaza del Callao, en sesión única de matinée, un documental trepidante que narra lo que ha ido ocurriendo en esa gran calle, con infinidad de imágenes de archivo, muchas de ellas inéditas, montadas a partir de la mirada personal, crítica e irónica del guionista y realizador Rafael Zarza Ballugera, conocedor ilustrado de la Gran Vía. El documental se emitirá en la cadena autonómica madrileña. Su título, Scenario Gran Vía. Abierto todos los días, parte de un guiño de Ramón Gómez de la Serna, quien dijo de la calle que sólo era comparable a Broadway de Nueva York. “Así es como planteo la existencia de la Gran Vía”, explica Zarza, “como un escenario donde se representa la historia junto a la idiosincrasia del propio escenario, capaz de hacer confluir los movimientos más modernos y vanguardistas con lo más castizo de Madrid. Es un relato de acontecimientos históricos a los que se superponen las anécdotas, la historia real frente a la historia oficial”.

En la película, la historia marca la cronología, mientras que las anécdotas sociales y antropológicas la rodean de magia. Los 100 años de la Gran Vía están divididos en cinco épocas: Madriyork (1907-1930), Madrigrado (1931-1939), Madriles (1940- 1959), Madriwood (1960-1975) y Madrivice (1976-2007). “Son etapas históricas en un decorado único”, explica Zarza, “generadas por la visualización de los cambios de hábitos y modas proyectados en él no sólo desde Madrid, sino desde todo el país”.

En 1907 se aprobó la Ley de Exenciones para todo aquel que quisiera construir la Gran Vía. Por primera vez, la ciudad se abrió al capital privado, nacional y extranjero, y empezaron las obras. Se demolieron 14 calles y otras 14 fueron mutiladas, y, como un río feroz, la avenida del siglo XX fue abriéndose paso sobre el Madrid del XIX. Se construyó en tres tramos a lo largo de 21 años, durante los cuales adquirió su aspecto neoyorquino. Es Madriyork. Un antiguo decorador, Héctor Maravini, encarna la memoria viva de la Gran Vía; con más de noventa años, recuerda vívidamente sus frecuentes visitas a los almacenes Madrid-París, posteriormente almacenes Sepu y actualmente sede del Grupo Prisa: “Los trajo una compañía de París, con su gran escalera doble, una bóveda; departamentos de señora, de caballero?”. En los años veinte entró en España el capital norteamericano. Se construyó el rascacielos de la Telefónica, una compañía nacional creada con el capital de la estadounidense ITT. Manuel Muiño, entonces dirigente del Sindicato de la Construcción de la UGT, fue quien se subió a la cima para colocar el pararrayos. “No sólo por el honor de la institución, sino también por demostrar a los americanos que no todos los españoles eran unos caguetas”, según cuenta Manuel Fernández Montesinos, ex presidente de la Fundación García Lorca.

La arquitectura manda. La calle se va llenando de clubes privados, como la Gran Peña y el Casino Militar; de hoteles, como el Gran Vía; de cines, como el Avenida y el Palacio de la Prensa; de joyerías; de estudios de fotógrafos, y hasta una primera agencia de publicidad que se publicita con grandes carteles. Junto a los clubes surgen los primeros bares y cafeterías modernos, los american bar, como Zahara y Miami… El ocio se democratiza a la americana, y define una nueva arquitectura. El cosmopolitismo entra como un huracán en el viejo pueblo mesetario, y aparecen los espectáculos más internacionales. Josephine Baker actúa en Madrid, el zepelín y el autogiro la sobrevuelan, y los automóviles americanos la recorren de punta a punta. Se abre también la primera línea del metro: la de Sol-Cuatro Caminos, con parada en la Gran Vía.

Titular de prensa: “Delenda est monarchia”. La proclamación de la República provoca grandes manifestaciones frente al edificio de la Telefónica, y del hotel Alfonso XIII desaparecen, de la noche a la mañana, los tubos luminosos de los números romanos de su nombre, dejando el letrero en un simple “hotel Alfonso”.

Madriyork ya es Madrigrado, aunque en la Gran Vía conviven sin más señoritos y pueblo llano. Pedro Chicote abre su bar “de diseño” y lanza la moda del cocktail. Más tarde, durante la guerra, su trastienda iba a servir de oficina de pasaportes falsos y pases diplomáticos. Y sigue el avance de los modelos a la americana. Enrique Carrión, marqués de Nelín, plantea un edificio moderno que albergue un hotel, cines, restaurantes, cafetería y apartamentos: el Capitol, en Callao. “Permite también que los arquitectos diseñen el mobiliario”, puntualiza como novedad Ignacio Feduchi, hijo del arquitecto Luis Feduchi, coautor del proyecto del emblemático edificio. Se construyen siete palacios cinematográficos y florecen los escaparates modernos, y delante de los espléndidos cristales se apretujan los vendedores callejeros de corbatas de a peseta.

El primer embajador soviético recorre la vía, llamada en 1936 avenida de Rusia, con una escolta solemne. Al poco estalla la Guerra Civil. El metro se convierte en domicilio de muchos madrileños mientras los obuses de la aviación atacante caen sin piedad sobre la Gran Vía, que los inmutablemente irónicos granviarios empezaron a llamar “avenida de los Obuses”. Mientras los sacos terreros van cubriendo las fachadas de los locales, las Brigadas Internacionales desfilan por la calle bajo los vítores de “¡Viva Rusia!”, emitidos por un pueblo aterrado. El hotel Florida se convierte en base de operaciones de los corresponsales extranjeros: Hemingway, Dos Passos, Malraux, Saint-Exupéry, Ehrenburg?, que bajan a los bares y restaurantes pegados a los muros, pasando por delante de las tiendas, que, sorprendentemente, permanecen abiertas. “Uno abre una puerta de cristal y se encuentra con el frente, y del otro lado, más allá del Manzanares, con una magnífica visión del campo enemigo”, escribe John Dos Passos. Pasionaria lanza su proclama “¡No pasarán!” desde Unión Radio. Finalmente, pasan. Las tropas nacionales acceden a la Gran Vía, desde la Casa de Campo, a la reconquista del casticismo patriótico.

Otro cambio de nombre para la calle, el de avenida de José Antonio. Se abre la era de los Madriles, comienza la posguerra, y en la sufrida Gran Vía se escenifica la pompa del nuevo régimen por la vía de grandes desfiles de personalidades afines a él: el embajador de la Alemania nazi, flanqueado por la guardia mora portando estandartes con la cruz gamada; Eva Perón; el sha de Persia; Mohammed V; el rey de Irak… Los socavones de la calzada permanecen como cicatrices en un Madrid de color gris. Pese a todo, la vida sigue en la Gran Vía. El torero Antoñete celebra su éxito en 1952 comprándose un coche ostentoso para pasear a sus padres ante la mirada de los viandantes. Se empiezan a construir nuevos edificios, de un estilo híbrido que los arquitectos definen como de tipo inmobiliario en la revista de arquitectura Cortijos y Rascacielos.

Pero hay un mundo paralelo, el de la aristocracia que se mezcla con la gente del espectáculo en fiestas privadas organizadas en clubes, tablaos flamencos y cabarés, estos últimos rebautizados como salas de fiestas. El cóctel es sustituido por el combinado, y las putas, por chicas de alterne. De Chicote salen contratos inmobiliarios, estraperlo de lujo, penicilina e inversores para varias películas de producción norteamericana. Ava Gardner hace de este bar su segundo hogar. El director y compositor de la orquesta del club Pasapoga, Tito Moya, convierte el club en la mayor atracción nocturna de Madrid. Inventa el “verdiales-mambo”, fusión de música andaluza y caribeña en rigurosa primicia histórica.

“Para llegar a algo en Madrid hay que empezar en la Gran Vía”. Esta cita de Francisco Umbral inaugura el periodo titulado Madriwood. La Torre de Madrid, con sus 32 plantas, es el edificio más alto de Europa. Sobre su fachada, de arriba abajo, una pancarta que reza “Ike” da la bienvenida al general Eisenhower. Por esta calle se abre España al desarrollo de los años sesenta.

También pasan por ella el astronauta Neil Armstrong y Martin Luther King. El Che Guevara, en una parada técnica en el aeropuerto de Madrid, se escapa a la Gran Vía a comprar en Galerías Preciados y tomar un bocado en la cafetería California, vestido con su uniforme y boina. “La gente se le quedaba mirando, la mayoría no le conocía… Sólo la camarera sabía quién era y pidió hacerse una foto con él”, cuenta César Lucas, el fotógrafo que acompañó al Che Guevara en su fugaz visita.

De repente, de la mano de un visionario productor de cine, Samuel Bronston, que instala sus oficinas en la Torre de Madrid -donde también reside Luis Buñuel-, la Gran Vía, Madrid y sus alrededores se transforman en platós del cine más hollywoodiense. A sólo 20 kilómetros están Moscú (Doctor Zhivago), China (55 días en Pekín) y las tierras del Cid. La calle adquiere cierto aire cosmopolita, sobre todo por la noche, cuando se llenan los bares, cafeterías y clubes con estrellas locales e internacionales. El Chicote, el Biombo Chino, el Pasapoga y el Morocco cierran cada vez más tarde. Jorge Berlanga recuerda que “la censura le prohibió a mi padre rodar en la Gran Vía por miedo a que sacara a dos obispos saliendo del Pasapoga-, y es que mi padre siempre decía que la censura era absolutamente creativa, que superaba en imaginación a cualquier guionista”. Las terrazas de los cafés que se despliegan por las aceras albergan a centenares de curiosos que acuden a diario a contemplar a la gente que sale de los cines y teatros bajo sus inmensos carteles pintados: Palacio de la Música, Capitol, Avenida, Palacio de la Prensa, Lope de Vega, Gran Vía, Pompeya y Coliseum. La Gran Vía es el lugar donde está permitido evadirse del miedo, la caspa y la precariedad cotidianos merendando un sandwich, un habanero o un bikini, y yendo a curiosear a los grandes almacenes abiertos al estilo norteamericano (Galerías Preciados, primero, y El Corte Inglés, después). A nivel de calle, limpiabotas y vendedores ambulantes procuran hacer su agosto.

En 1968, Massiel, “la tanqueta de Leganitos”, vecina de la Gran Vía, gana el concurso de Eurovisión. “Unos años antes casi me detuvieron por llevar minifalda, y a la vuelta del festival me hicieron desfilar desde Barajas hasta Prado del Rey en un coche descapotado, en loor de multitudes, como cuando lo de Eisenhower…”, comenta la cantante.

Madrivice creció con la movida madrileña, que rompió todas las barreras sociales, estéticas y económicas que hasta la fecha habían impedido la entrada en la Gran Vía, al menos a cara descubierta, de los punkis, los carteristas, las prostitutas y sus macarras, y los mendigos. Entre ellos, familias enteras que se pasean en el fin de semana, turistas e inmigrantes. Las fachadas años cincuenta o art déco anuncian templos de comida basura, sex shops y, un poco más adelante, enormes tiendas de moda de bajo coste. El tráfico y la contaminación se han ido cebando en la Gran Vía hasta convertirla en la calle más dura de Madrid. Contemplada hacia el cielo conserva su esplendor, pero sus suelos cobijan el malaje de la modernidad, como si fuese una venganza del Madrid oculto y cutre de hace cien años.

“La degradación de la Gran Vía ha sido inevitable, siempre puede más la gente que el urbanismo”, explica Rafael Zarza del final de su documental. “Y con las actuales previsiones urbanísticas, la calle será, o ya es, un parque temático comercial de ocio y tiendas baratas en los lugares que han sido hasta ahora palacios del cine. La Gran Vía ha sido siempre la calle de la ilusión, la calle del cine, y sin él se acabó la magia. Estamos viviendo el final de una época, y qué mejor que la Gran Vía como escenario universal para representarlo”. Y añade una cita esperanzadora de Ignacio Gómez de Liaño: “La memoria es la imaginación que se vuelve al pasado, y la imaginación es la memoria que se asoma al futuro”.