Category: Antropología



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  • Un extenso y detallado retrato de genes humanos de poblaciones normalmente no estudiadas ha permitido averiguar mucho más acerca de cómo el humano logró extenderse por todos los continentes desde África
  • Además ha permitido averiguar cómo los cambios climáticos del pasado se convirtieron en motor de las migraciones
 Dos grandes teorías enfrentadas reconstruyen el pasado del hombre. Una dice que una gran oleada salió de África, la otra sostiene que hubo varias - NATURE

Dos grandes teorías enfrentadas reconstruyen el pasado del hombre. Una dice que una gran oleada salió de África, la otra sostiene que hubo varias – NATURE

La historia recuerda que el viaje está grabado en los genes. La prueba es que hace decenas de miles de años los hombres abandonaron su hogar, en África, y caminaron por todos los continentes de la Tierra, sin detenerse jamás ante los glaciares, los desiertos, las montañas, o los océanos. Aquel apasionante viaje llevó a los humanos adonde están hoy, pero en muchos casos el fracaso hizo desaparecer pueblos enteros y solo dejó un triste testimonio de huesos.

Pero gracias a los avances que se están produciendo en las técnicas de secuenciación de genomas, los científicos pueden acceder cada vez mejor a las historias que quedaron grabadas en la biología del ser humano. Esto ha llevado a que este miércoles se hayan publicado cuatro artículos en la prestigiosa revista Nature en los que se trata de recordar cómo ocurrió aquello.

«Estos estudios llenan algunos huecos del puzzle de la historia humana», han escrito Serena Tucci y Joshua M. Akey en un artículo de análisis de las investigaciones presentadas en Nature. Gracias a un trabajo muy extenso con 270 poblaciones de todo el mundo, incluyendo a algunas que normalmente no han sido muy estudiadas, la diversidad genética de los grupos ha permitido descubrir nuevas cosas sobre el pasado del hombre.

Esto es importante, porque los científicos están sumidos actualmente en un intenso debate. Unos sostienen que hace unos 40.000-80.000 años los africanos dejaron atrás el continente y que desde allí se extendieron por el resto del mundo. Pero otros creen que hubo varias oleadas de migración: una primera, hace 120.000-130.000 años, que les permitió llegar a Asia y Australasia, caminando a través de la Península Arábiga y la India, y una segunda, que les permitió llegar a Europa y al Mediterráneo oriental más tarde.

Algunos investigadores creen que hubo al menos dos grandes migraciones desde África- NATURE

Algunos investigadores creen que hubo al menos dos grandes migraciones desde África- NATURE

El hecho de que un modelo y no otro sea el más cercano a la realidad, al final implica encontrar una explicación a cómo se mezclaron los genes humanos con sus parientes cercanos, los neandertales y los denisovanos. También permitiría entender si, efectivamente, los aborígenes australianos se separaron de los africanos antes que los pobladores de Eurasia, lo que significaría que estos tienen un origen más antiguo que el resto.

Además, uno y otro modelo de migraciones podrían ayudar a entender por qué la variabilidad genética de los humanos de algunas regiones fue menor a la de otros lugares (lo que es muy importante en el proceso de la evolución), o si hay algunos hombres actuales que representan mejor a sus ancestros que otros.

Los cuatro estudios presentados en Nature han hecho su pequeña contribución a la historia del hombre. La investigación dirigida por David Reich ha secuenciado el genoma de 300 personas de 142 poblaciones normalmente no muy estudiadas en estudios de variación humana. Han apoyado la idea de que hubo una gran oleada migratoria desde África, y que la población que dio lugar a los humanos de hoy en día dejó el continente hace unos 200.000 años. Además, sostienen que desde entonces la tasa de mutación auementó en un 5 por ciento entre los no africanos.

Por su parte, el equipo de Eske Willerslev ha secuenciado los genomas de 83 aborígenes australianos y de 25 personas de las tierras altas de Papúa Nueva Guinea. Esto, que de por sí solo ya les ha permitido convertirse en el estudio más importante de los genomas de esta poblaciones australianas, sugiere que los aborígenes ocuparon el continente durante mucho tiempo. Y que sus orígenes son más antiguos que los de los demás pobladores actuales.

La investigación de Luca Pagani y Mait Metspalu, estudió 379 genomas de 125 poblaciones, sobre todo europeas, y descubrió que al menos el 2 por ciento de los genes de los papuanos modernos proviene de un ancestro que se separó de África antes que los euroasiáticos. Esto apoya la idea de que hubo varias oleadas de humanos saliendo de África, y la antigua procedencia de los aborígenes.

El papel de los cambios climáticos

Además, una investigación dirigida por Axel Timmermann y Tobias Friedrich ha establecido un vínculo directo entre varios cambios climáticos pasados y un conjunto de oleadas migratorias que salieron de África hace unos 125.000 años (por lo que apoyan también la idea de que hubo varias migraciones). Según su modelo, varias glaciaciones provocaron migraciones a través de la península arábiga y el Mediterráneo oriental. Además, su trabajo apoya la idea de que el humano llegó al mismo tiempo al sur de China y a Europa, hace unos 80.000 años.

Tal como ha aclarado esta investigación, aunque no resulta sencillo relacionar el clima pasado con el humano pretérito, hay casos en los que este vínculo es claro. Por ejemplo, hace unos 12.000-5.000 años el actual desierto del Sáhara estaba cubierto de vegetación, bosques, lagos y ríos. Por eso en la región se han encontrado restos de actividad humana hasta hace unos 5.000 años, momento en el que los cambios en la órbita de la Tierra trastocaron el régimen de lluvias de la zona.

Parece claro que los genes son poderosas herramientas para acercarse al pasado del hombre. Pero tienen sus límites. No se puede olvidar la complejidad de la historia humana, reflejada en la diversidad de lenguas, restos arqueológicos y linajes genéticos encontrados hoy en día. Solo una ciencia armada con muchas disciplinas, como la arqueología, la antropología, la genética y la climatología, puede tratar de entender el pasado del hombre. Ese gran viajero que caminó por todos los continentes.


El Mundo

Marcas dentales en el fémur de un homínido de hace 500.000 años. C. Daujeard PLOS ONE

Marcas dentales en el fémur de un homínido de hace 500.000 años. C. Daujeard PLOS ONE

La mordedura de grandes carnívoros, posiblemente hienas, aún puede observarse en el fémur de un homínido de hace 500.000 años que se ha encontrado en una cueva de Marruecos, cerca de la ciudad de Casablanca. Su descubrimiento permite entender mejor cómo interaccionaban los humanos y estos animales durante el Pleistoceno Medio, cuando ambos ocupaban las mismas áreas y debían competir por espacios y recursos comunes para sobrevivir.

Las señales sobre el hueso, que perteneció a un Homo rhodesiensis, no permiten saber si fue un acto de depredación o si las hienas calmaron su hambre poco después de la muerte del homínido. En cualquier caso, es la primera vez que se prueba que los humanos pudieron servir como alimento a este tipo de animales en esa zona de Marruecos durante el Pleistoceno Medio. En otros lugares del mundo, sin embargo, este comportamiento ya era conocido.

“Se han descubierto numerosos restos humanos del Plio-Pleistoceno con marcas dentales en las cuevas que las hienas usaban como madrigueras. Sin embargo, existen pocas pruebas de esta confrontación directa, con daños óseos tan graves o incluso letales”, explica a EL MUNDO Camille Daujeard, del Museo Nacional de Historia Natural de Francia y autora del artículo que acaba de publicar la revista PLOS ONE. La investigadora cita más ejemplos: “Que yo sepa, hay dos casos muy extraños en los que restos de cráneos humanos de esa época muestran agujeros separados por la misma distancia que los colmillos de un leopardo“.

Las hienas no eran las únicas que se alimentaban de homínidos pero sí las que dejaron un rastro más fácil de seguir. Así lo explica Daujeard: “Los restos humanos encontrados ponen de manifiesto que las hienas fueron los únicos grandes carnívoros de África, Europa y Asia que acumulaban de forma regular grandes cantidades de huesos, sobre todo en las cuevas, pero eso no implica que fueran los mayores consumidores de homínidos durante el Plio-Pleistoceno”.

De cazados a cazadores

Hasta ahora se había demostrado que en regiones cercanas a la cueva Grotte à Hominidés, donde se encontró el fémur, eran los propios humanos los que cazaban y se alimentaban de carnívoros. Los autores del estudio sugieren que, en función de las circunstancias, los homínidos podrían actuar como cazadores o carroñeros. ¿Qué hizo que al final se decantasen por este primer papel? “Hace 500.000 años, en el noroeste de África, los humanos eran buenos cazadores, pero aún no manejaban el fuego. La fabricación de armas les pudo haber facilitado el acceso a las presas”, dice Daujeard. “Sabemos que los homínidos eran bastante capaces de cazar grandes presas, incluso de desalojar a algunos carnívoros de sus hábitats; con todo, algunas de estas confrontaciones pudieron haber tenido un desenlace fatal”, añade. Como le sucedió al dueño de aquel fémur, hoy convertido en una ventana abierta al pasado.


ABC.es

  • Un nuevo estudio sugiere que los humanos modernos pudimos infectarles con enfermedades que trajimos de África, lo que contribuyó a su desaparición

 

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La extinción de los neandertales de Europa hace unos 40.000 años es uno de los misterios más grandes de la evolución humana. Varias son las teorías que intentan explicar su desaparición de la faz de la Tierra, desde una inteligencia menor en competencia con el hombre moderno, a factores climáticos, una alianza del Homo sapiens con los lobos para la caza o incluso la práctica del canibalismo en tiempos de escasez. Un nuevo estudio llevado a cabo por investigadores de las universidades de Cambridge y Oxford Brookes sugiere que pudimos ser nosotros quienes acabamos con la otra especie humana inteligente… sin querer. El artículo, publicado en la revista American Journal of Physical Anthropology, plantea la hipótesis de que los sapiens infectaron a los neandertales con enfermedades que llevaron consigo en su viaje fuera de África. Resulta que como ambas eran especies de homínidos, habría sido más fácil para los patógenos saltar entre poblaciones. Y para los neandertales habría resultado fatal.

Nuestros antepasados se cruzaron varias veces con los neandertales (el encuentro más antiguo que se conoce sucedió hace 100.000 años en Oriente Medio) y tuvieron descendencia, motivo por el que todos, menos los africanos, tenemos hasta un 4% de la marca neandertal en nuestro ADN. Algunos de los genes que intercambiaron en esos encuentros están asociados con enfermedades. Existen evidencias de que los seres humanos se beneficiaron de la recepción de componentes genéticos a través de los cruces, que los protegían de algunas de ellas, como la sepsis bacteriana -infección de la sangre por heridas- y la encefalitis provocada por garrapatas que habitan en los bosques de Siberia. De igual forma, también se conoce que otros homínidos pasaron virus a los humanos mientras todavía estaban en África. Por lo tanto, según los investigadores, tiene sentido suponer que los seres humanos podrían, a su vez, haber transmitido enfermedades a los neandertales. Y si nos apareamos con ellos, probablemente lo hicimos.

Charlotte Houldcroft, de la División de Antropología Biológica de Cambridge, apunta que muchas de las infecciones que podrían haber pasado de los seres humanos a los neandertales, como la tenia, la tuberculosis, las úlceras de estómago y algunos tipos de herpes, son males crónicos que habrían perjudicado la caza y la recolección entre los neandertales, haciéndolos más débiles y menos capaces, por tanto, de encontrar alimentos, lo que podría haber provocado la extinción de la especie.

«Los seres humanos que migraron fuera de África habrían sido un importante reservorio de enfermedades tropicales», dice Houldcroft. «Para la población neandertal de Eurasia, exponerse a esos nuevos patógenos pudo haber sido catastrófico». Los neandertales vivían en grupos pequeños, de entre 15 y 30 miembros, así que la enfermedad habría estallado esporádicamente, sin ser capaz de llegar muy lejos. Por este motivo, la investigadora no cree que los contagios se produjeran como tras la llegada de Colón a América, cuando se diezmaron las poblaciones nativas. «Es más probable que cada pequeño grupo de neandertales tuviera su propia infección desastrosa, lo que debilita el grupo y inclina la balanza en contra de la supervivencia», dice.

Úlceras y herpes

Las enfermedades infecciosas se expandieron con el amanecer de la agricultura hace unos 8.000 años, ya que las poblaciones humanas, cada vez más densas y sedentarias, coexistían con el ganado, creando el caldo de cultivo perfecto para que las enfermedades se propagasen. De hecho, los investigadores creen que muchas consideradas tradicionalmente zoonosis, transferidas por los animales a los seres humanos, como la tuberculosis, fueron en realidad transmitidas por los humanos al ganado en primer lugar.

Los investigadores describen la Helicobacter pylori, una bacteria que causa úlceras estomacales, como el principal candidato para una enfermedad que los seres humanos pudieron haber pasado a los neandertales. Se estima que los sapiens se infectaron en África por primera vez hace de 88.000 a 116.000 años. Otro candidato es el virus que causa el herpes genital, transmitido a los humanos en África hace 1,6 millones de años por otro homínido desconocido, que a su vez lo adquirió de los chimpancés. Esto muestra que las enfermedades podrán saltar entre las especies de homínidos. El virus del herpes se transmite por vía sexual y por medio de la saliva.

«Es probable que una combinación de factores provocara la desaparición de los neandertales -concluye Houldcroft- y las evidencias dicen que la propagación de enfermedades fue muy importante».

 


El Mundo

Han pasado más de 400.000 años desde que quizá uno de los primeros actos funerarios de la historia dejase para el estudio uno de los mejores yacimientos de homínidos primitivos del mundo. En la Sima de los Huesos de Atapuerca (Burgos) descansan los restos de 28 ancestros humanos, pero desde hace algún tiempo los paleontólogos saben que esta acumulación de cuerpos de 430.000 años no sólo se compone de huesos fósiles. Las condiciones de temperatura constante durante todo ese tiempo de entre 6 y 13 grados han permitido que se pueda leer en la actualidad parte de su patrimonio genético conservado en los dientes y huesos de estos homínidos a los que hasta ahora nadie sabía muy bien cómo encajar en el árbol de la evolución humana. Pero su ADN puede contener la llave para aclarar su pasado.

Juan Luis Arsuaga y sus colegas, excavando en la Sima de los Huesos. JAVIER TRUEBA/MSF

Juan Luis Arsuaga y sus colegas, excavando en la Sima de los Huesos. JAVIER TRUEBA/MSF

Hace algunos meses, un grupo de investigadores alemanes y españoles descifraronparte de la información genética contenida en las células de estos individuos. Mientras los homínidos de la Sima de los Huesos muestran similitudes morfológicas con los neandertales, este genoma mitocondrial indicaba que esta secuencia genética estaba relacionada de forma más cercana con los denisovanos -un grupo extinto de parientes de los neandertales- que con los propios neandertales.

Pero el enigma del hombre de Atapuerca seguía sin resolver. El ADN mitocondrial cuenta sólo una parte de la historia, ya que sólo se hereda de la madre.

Sin embargo, ahora, aquel mismo equipo científico compuesto por investigadores del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva y del yacimiento de Atapuerca ha logrado descifrar la información genética contenida en el núcleo celular de estos homínidos, a pesar de su degradado estado de conservación. Y los nuevos datos han dado la vuelta a la tortilla. Su ADN nuclear revela que el hombre de Atapuerca era, de hecho, un neandertal primitivo.

Sólo el alarde técnico de obtener ADN nuclear de 430.000 años de antigüedad es suficiente para justificar su publicación en la prestigiosa revista científica Nature. Según explican los expertos en ADN antiguo, es mucho más complicado obtener este tipo de secuencias que las de ADN mitocondrial. Hasta la fecha, la secuencia de este tipo más antigua que se había obtenido no pasaba de los 50.000 años, de forma que el ADN del hombre de Atapuerca es cerca de 10 veces más antiguo.

Se trata de un éxito científico rotundo, pero el trabajo está aún lejos de llegar a hablar de genoma, como en el caso del neandertal. El genoma humano completo son 3.200 millones de nucleótidos. Y los investigadores, liderados por el director del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva, Svante Pääbo, han logrado, con muchísima dificultad, descifrar dos millones de nucleótidos. O lo que es lo mismo, algo menos de un 0,1% del genoma completo.

Esta investigación es más una prueba de concepto para gritar al mundo que es posible obtener ADN nuclear de esa antigüedad, que un trabajo de genómica del que poder obtener conclusiones sobre la información genética contenida en esas secuencias.

“Que hayamos podido obtener esta pequeña parte del genoma nuclear de los homínidos de la Sima de los Huesos no es sólo el resultado de nuestros contínuos esfuerzos por obtener técnicas de secuenciación y de aislamiento de las muestras con mayor sensibilidad“, explica Matthias Meyer, investigador del Max Planck y primer firmante de este trabajo, al igual que de el que obtuvo la secuencia del ADN mitocondrial de Atapuerca. “Esta investigación hubiera sido mucho más difícil sin el cuidado especial que se ha tenido durante la excavación”, asegura en una nota del Max Planck.

Uno de los mayores problemas a los que se enfrentan los investigadores en este tipo de trabajos es precisamente a la contaminación a la que ellos mismos -u otros seres humanos que hayan podido entrar en contacto con el yacimiento- pueden someter a las muestras. “Hemos sacado algunas de las muestras con instrumentos limpios y los hemos conservado en arcilla para minimizar las alteraciones del material que se pudieran haber dado tras la excavación”, explica Juan Luis Arsuaga, investigador de la Universidad Complutense, codirector del Yacimiento de Atapuerca y coautor del trabajo.

Las muestras obtenidas a partir de dos de los 28 individuos encontrados en la Sima de los Huesos han permitido no sólo obtener por primera vez ADN nuclear tan antiguo, sino aclarar que estos homínidos estaban en la rama evolutiva de los neandertales, y no de los denisovanos, como se pensaba tras el análisis de su ADN mitocondrial. Además, revela que la separación de ambas especies humanas en el árbol de la evolución ya se había producido hace 430.000 años.

Pero, ¿por qué ADN mitocondrial y nuclear cuentan historias evolutivas diferentes? El ADN mitocondrial contiene información genética que no se encuentra en el núcleo celular y que, debido a que está en un orgánulo de la célula, lo heredamos sólo de nuestras madres, ya que los óvulos ponen el 100% de la estructura celular del zigoto que formará un nuevo individuo tras la fecundación.

La explicación que han dado los autores de este nuevo trabajo es que las poblaciones humanas eurasiáticas tenían un sustrato base de ADN mitocondrial denisovano que se fue modificando a lo largo del Pleistoceno Tardío (desde hace 125.000 años) debido a la entrada de poblaciones provenientes de África. Sin mebargo, hay otras posibles explicaciones que no se han tenido en cuenta en el trabajo.

“Puede haber otros relatos posibles, como, por ejemplo, que el sustrato de ADN mitocondrial fuese neandertal y que la entrada fuese de los denisovanos”, opina Carles Lalueza-Fox, investigador del Instituto de Biología Evolutiva (IBE) de Barcelona. “En todo caso, lo que sin duda revela es una nueva evidencia de hibridación entre grupos como las que ya hemos visto en trabajos anteriores. Y teniendo en cuenta que apenas tenemos media docena de genoma antiguos, esto quiere decir que la hibridación era un fenómeno recurrente”, Lalueza.

Los restos de los denisovanos sólo se han encontrado en las montañas Altai, al sur de Siberia. Sin embargo, las secuencias genéticas de un ancestro denisovano se han encontrado en las poblaciones humanas actuales de Oceanía y Asia y en los indios americanos, lo que indica que, aunque el registros fósil no haya dejado demasiadas pruebas de su existencia, estos homínidos debieron tener una presencia importante.

Apenas se está empezando a abrir la puerta de la secuenciación de genomas antiguos, pero ya se vislumbra la importancia que tiene -y más que tendrá- para los estudios evolutivos. Y más teniendo en cuenta que las muestras que se han utilizado para este trabajo -dientes y un fémur- no son las que a priori podrían ofrecer las mejores posibilidades de éxito para obtener ADN nuclear. “Se sabe por muestras de lugares cálidos muy degradados que cuando en dientes ya no hay ADN recuperable, todavía es posible obtener algo de material genético de la región petrosa del hueso temporal, cerca del oído interno. Lo que ocurre es que es muy agresivo sacar de allí el ADN”, asegura Carles Lalueza-Fox. Quizá quede para un futuro cercano un nuevo trabajo capaz de adentrarse con mayor contundencia en la información genética que esconde desde hace más de 400.000 años la Sima de los Huesos.


El Mundo

Recreación de un 'Australopitecus', a la izquierda, y de un 'Homo erectus', a la derecha. EM

Recreación de un ‘Australopitecus’, a la izquierda, y de un ‘Homo erectus’, a la derecha. EM

Los primeros humanos, los primeros representantes del género Homo, empezaron a consumir carne hace alrededor de 2,6 millones de años en África, y esta fuente de alimentación fue un elemento clave en la evolución humana hasta la aparición de la agricultura. Después de ese momento, los homínidos primitivos desarrollaron industrias líticas y técnicas de cocinado que pudieron también tener un efecto sobre la morfología de la boca, la cara y la dentición de los primeros Homo. Pero, aunque se ha especulado mucho en el ámbito de la paleoantropología sobre esto, aún no se puede afirmar cuál fue el efecto de estos cambios en la alimentación sobre los humanos que comenzaban a conquistar el mundo desde África en aquel momento.

Hace alrededor de dos millones de años, los humanos evolucionaron hacia el desarrollo de cerebros y cuerpos de mayor tamaño. De una forma directa, esa transformación tuvo que ir de la mano de una mayor demanda energética, de la necesidad de una mayor ingesta de comida. Pero paradójicamente, mientras de estaba produciendo ese cambio hacia individuos de mayor tamaño y con cerebros más grandes, la dentición de esos primeros humanos se hacía cada vez más pequeña, sus músculos mandibulares más débiles y la mandíbulas y gargantas más afiladas y estrechas que las que tenían sus ancestros de géneros como Australopitecus, por ejemplo.

Ahora parece cada vez más claro que la introducción de la carne cruda en la dieta y el uso de herramientas líticas primitivas podrían explicar estos cambios evolutivos ocurridos en la dentición y en el aparato masticador de los primeros humanos, de los individuos ancestrales del género Homo.

Una investigación publicada en la revista Nature, revela que la carne y las herramientas, y no la posterior técnica de cocinar los alimentos con fuego, podrían haber permitido a los humanos primitivos desarrollar una maquinaria masticadora -mandíbulas y dientes- de menor tamaño, lo que podría haber tenido un efecto sobre otras funciones como la capacidad para hablar, la termorregulación o incluso cambios en el tamaño y la forma del cerebro.

Muchas científicos ya habían especulado antes con la posibilidad de que la incorporación de la carne a la dieta de aquellos primeros humanos, el uso de herramientas -para machacar o cortar pequeños trozos de carne- o el cocinado de los alimentos pudieran haber hecho posible esos cambios en la morfología de su aparato masticador. No obstante, los datos arqueológicos indican que los primeros Homono controlaron el fuego hasta hace cerca de un millón de años y no cocinaron los alimentos hasta hace unos 500.000 años.

Para tratar de despejar dudas sobre qué llevó a los primeros humanos a esos cambios morfológicos, los autores del trabajo -ambos de la Universidad de Harvard (EEUU)- diseñaron una serie de experimentos para reproducir los cambios que pudieron introducir en el masticado de alimentos la incorporación de la carne, el uso de herramientas y la cocina. Las pruebas consistieron en dar de comer carne cruda y otros alimentos vegetales ricos en almidón consumidos en el Paleolítico inferior como el boniato, la remolacha o la zanahoria a tres grupos de personas -34 individuos en total- divididos por edades para analizar la fuerza y el tiempo requeridos en la masticación de cada alimento antes de ser triturados y de poder ser tragados.

Las conclusiones no dejan espacio para la duda: Consumir una dieta compuesta en una tercera parte de carne y trocear o machacar los alimentos con ayuda de herramientas líticas podría haber reducido en un 17% el tiempo de masticado y en un 26% la fuerza requerida para procesar y poder tragar esa comida.

El tejido muscular es más denso desde un punto de vista calórico que la inmensa mayoría de los vegetales, pero es muy difícil de masticar con las muelas romas y con pocas crestas propias de los homínidos y grandes simios. “Los carnívoros, por el contrario, tienen molares afilados y dientes diseñados para cortar que les permiten masticar la carne cruda”, ha asegurado Katherine Zink, del Departamento de Biología Evolutiva Humana de Harvard y coautora del trabajo.

“La carne cruda en grandes pedazos es algo muy difícil de masticar. Puedes masticar y masticar y masticar… y no ocurre nada. Esto pasa porque es algo muy elástico y se necesita una dentición afilada, diseñada para cortar, para poder comerla de forma eficiente”, ha explicado Daniel Lieberman, autor del trabajo, en una teleconferencia de prensa. “Nuestra dentición no está preparada para eso, por eso los primeros humanos necesitaron la ayuda de las herramientas. Es algo que también le ocurre a otros grandes simios. En nuestro experimento vimos cómo un chimpancé adulto puede tardar 11 horas en consumir un pequeño mono de 4 kilos de peso, del tamaño de un gato, y aunque el cuerpo incluye huesos, cartílagos y otras estructuras difíciles de masticar, la mayor parte del tiempo se requiere para el consumo de carne cruda con una dentición poco afilada”, ha asegurado el investigador.


ABC.es

  • Sucedió hace 100.000 años en Oriente Medio, un cruce en el que la otra especie humana inteligente recibió nuestros genes

 

 Representación de la salida de África de los sapiens hace 100.000 años

Representación de la salida de África de los sapiens hace 100.000 años

La relación entre el Homo sapiens, la especie a la que pertenecemos todos los seres humanos actuales, y los neandertales, la otra especie humana inteligente ya extinta, es un largo e intrincado culebrón antropológico prolongado durante miles de años en el que no faltan los encuentros sexuales y el intercambio genético. E igual que en una de esas historias por entregas, uno no puede saltarse un capítulo si no quiere acabar perdido. El último episodio, publicado en la revista Nature y firmado por un amplio plantel internacional de investigadores, entre ellos varios españoles, resulta fascinante.

Los científicos, codirigidos por Sergi Castellano, del Instituto de Antropología Evolutiva Max Planck en Leipzig, Alemania, han dado un auténtico giro de guion. Han descubierto que hubo al menos dos cruces entre el hombre anatómicamente moderno y los neandertales. Uno en Europa hace unos 50.000 años, que ya se conocía, y otro anterior, completamente inesperado, que se produjo hace 100.000 años en Oriente Medio. Por si fuera poco, hay otra gran sorpresa. Desde que en 2010 Svante Päävo desentrañó el genoma neandertal, es sabido que en esa segunda cita ellos nos transmitieron sus genes, motivo por el que todas las personas de origen euroasiático llevan esa pequeña herencia en su «código de barras» -alrededor del 2% de nuestro genoma es neandertal-, pero resulta que también sucedió al revés: en la primera hibridación fuimos nosotros quienes les aportamos nuestro material genético.

El estudio parte del análisis de los genomas completos de un neandertal y un denisovano (otro misterioso ancestro humano) de las montañas de Altái en Siberia, cerca de la frontera entre Rusia y Mongolia, y la secuencia del cromosoma 21 de un neandertal de la cueva asturiana de El Sidrón y de otro de Vindija, en Croacia. Los resultados plantean un escenario completamente nuevo. Probablemente gracias a un cambio climático favorable, los humanos modernos salieron fuera de África hacia Asia hace más de 100.000 años, una expansión revelada por los restos encontrados en los yacimientos israelíes de Skhul y Qafzeh. Pudieron hacerlo por dos vías: a través de lo que ahora es Egipto e Israel o por la franja del Mar Rojo o el Cuerno de África hacia la Península Arábiga.

 «Muchos creían que fue una migración fallida, sin descendencia, y que no llegaron muy lejos, pero unas herramientas de piedra recuperadas al sur de Arabia y los restos hallados en China recientemente nos dicen lo contrario», explica a ABC Antonio Rosas, profesor de investigación del CSIC en el Museo Nacional de Ciencias Naturales y coautor del estudio. Probablemente, estos humanos modernos se extinguieron más tarde y por eso no forman parte de nuestros ancestros.

Múltiples cruces

«Esos sapiens eran hombres de aspecto robusto y primitivo, que aún recuerdan al Homo erectus; también portadores de rasgos que comparten todas las poblaciones subsaharianas actuales», describe Rosas. Durante ese viaje temprano se produjo la primera hibridación con los neandertales, que posteriormente pudieron desplazarse al sur de la actual Siberia, portando los genes sapiens. Pero no todos los neandertales tienen esas secuencias genéticas. No es el caso de los dos de la Península Ibérica, por lo que puede que esos grupos no coincidieran con los sapiens o, si lo hicieron, no tuvieran descendencia. Nuestra «huella» tampoco aparece en el denisovano analizado.

«Este descubrimiento representa un paso más en la demolición del anterior paradigma de la evolución humana. Ahora sabemos que ha habido múltiples cruzamientos entre humanos modernos y homínidos arcaicos que han contribuido a acelerar la adaptación de estas poblaciones», apunta Carles Lalueza-Fox, líder del Laboratorio de Paleogenómica del Instituto de Biología Evolutiva (IBE), quien también cree además que «esto ha debido ocurrir también en el pasado más remoto de nuestro linaje, desde hace millones de años».

Los hijos, con los sapiens

Los investigadores todavía desconocen cómo se produjeron esos encuentros entre ambas especies, si fueron varones sapiens y féminas neandertales quienes mantuvieron relaciones, o al revés. «Pero cabe sospechar que los descendientes híbridos, ya sea porque una sapiens se quedara embarazada de un neandertal o una neandertal fuera raptada por unos sapiens, permanecían en los grupos sapiens, y a su vez sus descendientes se cruzaban con otros sapiens», dice Rosas. «Lo que también está claro es que la hibridación fue relativamente frecuente pero cuantitativamente escasa: la transferencia de secuencias genéticas hacia el ser humano es pequeña, de solo un 2%», puntualiza. Sin embargo, las consecuencias llegan hasta nuestros días y es ahora cuando empezamos a descubrirlas. Una investigación de la Universidad Vanderbilt en Nashville (Tennessee, EE.UU.), publicada en la revista Science hace una semana, relacionaba la depresión, la adicción al tabaco, el infarto de miocardio e incluso algunas lesiones cutáneas con la herencia de esos parientes europeos.

El Homo neanderthalensis desapareció para siempre hace unos 40.000 años por causas que todavía son un misterio, aunque quizás la endogamia fue un factor determinante, ya que los neandertales tenían una baja diversidad genética. Cuando por fin pueda ser escrita, esa historia cerrará un capítulo de la evolución humana del que aún hay mucho que contar.

 


ABC.es

  • Investigadores del CSIC han descubierto que las anomalías genéticas halladas en la primera vértebra cervical de esta especie demostraría que la endogamia les llevó a la extinción

 

sinc Primera vértebra cervical, llamada atlas, donde se aprecia la anomalía congénita del neandertal

sinc | Primera vértebra cervical, llamada atlas, donde se aprecia la anomalía congénita del neandertal

Un estudio llevado a cabo por investigadores de CSIC en la cueva asturiana de El Sidrón indica que la endogamia (la práctica de contraer matrimonio personas de ascendencia común o naturales de un pequeño espacio geográfico) pudo ser un factor decisivo en la extinción de los neandertales, la «otra» especie inteligente que compartió con nosotros el continente europeo y que desapareció sin dejar rastro hace cerca de 30.000 años.

La investigación, que se publica en la revista PLOS ONE, indica que los neandertales vivían en grupos pequeños, relativamente aislados y con una baja diversidad genética. Según afirma a ABC el paleoantropólogo Antonio Rosas, que ha dirigido el estudio, «la endogamia, con la consecuente pérdida de diversidad genética fue, sin duda, uno de los factores que contribuyeron a la extinción de la especie. Se sabe, además, que por debajo de ciertos niveles de diversidad genética el proceso se hace irreversible, ya que disminuye la capacidad de reacción de la especie ante eventuales cambios ambientales».

Los investigadores llegaron a esta conclusión tras analizar una serie de anomalías congénitas en la primera vértebra cervical, llamada atlas y que constituye el punto de apoyo del cráneo sobre la columna vertebral.

«El atlas –explica Rosas– forma un anillo de hueso donde descansa el cráneo, y puede presentar una gran variedad de anomalías congénitas en la parte anterior y posterior del anillo. Entre ellas, la más sencilla es la dehiscencia (falta de cierre) del arco posterior en la línea sagital media».

En las poblaciones humanas actuales, esta clase de anomalía se presenta con una frecuencia muy baja, entre el 1% y el 4%. Por eso, las cifras de El Sidrón, donde se han hallado ya 13 individuos, resultan tan sorprendentes.

«De los tres atlas que tenemos en El Sidrón –asegura el investigador a ABC– dos presentan anomalías congénitas, lo cual supone una proporción muy superior a la tasa normal. Sabemos, por comparación con poblaciones humanas actuales y con otras especies de mamíferos, que esta clase de anomalías son muy poco frecuentes, y que suelen aparecer relacionadas con la endogamia».

Causa de extinción

«Si sumamos esta anomalía a otros indicadores de endogamia –afirma Rosas–, como la retención del canino de leche (que no se cae durante la infancia y permanece en edad adulta), las evidencias de que esa práctica pudo contribuir de forma decisiva a la extinción cobra gran importancia».

Los datos resultan coherentes con otras investigaciones genéticas llevadas a cabo tanto en los 13 neandertales de El Sidron, que indican que todos ellos estaban genéticamente muy próximos, como con lo que se sabe de los neandertales en general, «que vivían en grupos pequeños y con baja variedad genética. Esta causa, junto con otras, pudo ser uno de los desencadenantes de la extinción», afirma Rosas.

La misma situación de endogamia también puede darse en grupos humanos modernos, que vivan relativamente aislados en una isla o en valles poco comunicados.

Para el investigador, «una especie con baja diversidad genética está menos preparada para enfrentarse a un cambio climático brusco. Si a eso añadimos la llegada de un grupo nuevo al continente, los Sapiens, entonces la extinción se precipita».

A diferencia de los neandertales, nuestros antepasados directos vivían en grupos mayores y que se relacionaban entre sí, lo que se traducía en una mayor variabilidad genética de la que existía entre los neandertales.

A pesar de que los neandertales lograron sobrevivir en Europa durante 350.000 años, «siempre han funcionado en grupos pequeños», asegura Antonio Rosas, quien aclara que «no es lo mismo endogamia que consanguineidad, extremo que se da en una misma familia. El grado máximo de endogamia es la consanguineidad».

Mientras la consanguineidad puede tener efectos muy rápidos, la endogamia en un grupo pequeño y no necesariamente familiar va mucho más lenta. «Lo que hace, explica Rosas, es que las poblaciones estén cada vez más indefensas ante cualquier adversidad. Es como un virus oportunista, que no te mata él, pero te debilita y te termina matando otra enfermedad. Es lo mismo, pero no en un individuo, sino en una población. Se trata de un fenómenio evolutivo».

 


ABC.es

  • Importantes revelaciones de los TAC realizados a una treintena de calcos con los huesos de víctimas de la erupción del Vesubio en el 79 d. C. Si quieres ver las fotos más espectaculares de la investigación, pincha aquí

 

efe Momento en el que se introduce una de las momias en el TAC

efe | Momento en el que se introduce una de las momias en el TAC

Hace dos mil años no había dentífricos, pero los pompeyanos tenían unos dientes perfectos, gracias a una alimentación sana, con pocos azúcares. Solo tenían un defecto: algunas zonas se encontraban particularmente consumidas, por el uso impropio de romper o cortar objetos con la fuerza de las mandíbulas. Los huesos eran débiles a causa del exceso de flúor en las aguas de los manantiales de los que bebían. Estas son las primeras revelaciones de los análisis mediante TAC (tomografía axial computerizada) realizadas a una treintena de calcos de las víctimas de la erupción de Pompeya en el 79 d.C.

En rueda de prensa se han hecho públicas las sorprendentes imágenes tridimensionales de los restos esqueléticos conservados en el interior de los moldes de yeso, los calcos. En el proyecto de investigación trabajan arqueólogos, antropólogos, radiólogos, dentistas e ingenieros expertos en los escáner-láser. Por primera vez se ha utilizado la TAC en el proyecto para conocer con más fiabilidad la edad, patologías médicas, hábitos alimentarios, ocupación, condición socio-económica y estilo de vida de los pompeyanos.

Forman parte del proyecto también investigadores españoles, entre ellos el arqueólogo y antropólogo Llorenç Alapont, del Colegio de Doctores y Licenciados de Valencia, quien ha explicado a ABC el cambio y progreso fundamental que se da en la investigación al contar con la TAC: «Las informaciones que hemos obtenido mediante técnicas radiológicas clásicas, es decir, no tridimensionales sino en dos dimensiones, han sido muy valiosas, pero había cosas que se nos escapaban, porque no teníamos las técnicas suficientes para averiguar todo lo que había dentro de los huesos. Hasta ahora podíamos conocer un 25 por 100 de la información que nos daban los huesos de las personas conservadas en los calcos, ahora con las nuevas técnicas podemos llegar a un 90 por 100 de conocimiento». El antropólogo Llorenç nos precisa que se conocerá incluso cómo murieron los habitantes de Pompeya: “Sabremos de una forma mucho más fiable si los pompeyanos murieron por el golpe de calor, por asfixia al respirar las cenizas volcánicas, por las fracturas traumáticas de las piedras que caían o por estar atrapados en las casas”.

Estudios de los calcos en 3D

Los calcos de las víctimas de la erupción del Vesubio se han revelado fundamentales para conocer detalles muy importantes de la vida de los antiguos romanos. Fue solo desde 1858, gracias al método genial introducido por el arqueólogo Giuseppe Fiorelli, que podemos apreciar la impronta que dejó la erupción en los pompeyanos, al obtener moldes de yeso de los muertos. Los cuerpos, al descomponerse a lo largo de los siglos, habían dejado espacios vacíos bajo la lava. Fiorelli los rellenó con yeso líquido introducido a través de los agujeros abiertos en la corteza creada sobre Pompeya tras la erupción. En esa cámara vacía, donde la materia orgánica había desaparecido, Fiorelli obtenía moldes de extraordinaria precisión que reflejaban los últimos momentos de la vida de esas personas. Hasta ahora, gracias a esos calcos podíamos saber de qué males sufrían, de qué manera se curaban y cómo se vivía en una ciudad en la época romana como Pompeya.

Ahora después de utilizar la tecnología 3D sobre aquellos cuerpos sepultados durante siglos por la lava, llega la ciencia médica para desvelar otros secretos. La maquinaria utilizada es una moderna TAC de 16 cortes capaz de hacer un examen de todo el cuerpo en 100 segundos. El antropólogo Llorenç, que coordina el proyecto de investigación de la necrópolis de Porta Nola desde el 2011, y desde entonces estudia los calcos de esa necrópolis, explica a ABC la importancia de investigar con la nueva técnica: «El TAC es un instrumento importantísimo, muy valioso, porque nos da unas imágenes que nos permiten interpretar y ver de una forma muy clara los restos que están dentro de los calcos. Podremos conocer mediante la ciencia antropológica, la edad, el sexo, clase social, enfermedades, traumatismos, incluso teniendo en cuenta el desgaste de los dientes sabremos el tipo de dieta».

Fundamental el estudio de los dientes

Los esqueletos de las víctimas serán objeto de investigaciones específicas sobre los dientes. Desde la antigüedad, los exámenes de los dientes han sido fundamentales en la identificación individual. Así, en la historia de la medicina legal son numerosos los casos de reconocimiento efectuados por medio de la dentadura. Se ha recordado, por ejemplo, el caso de Hitler: las prótesis videntes aparecidas en la radiografía efectuada sobre su cráneo permitieron la identificación con certeza del cuerpo carbonizado. Los elementos dentales constituyen la parte más resistente del organismo humano. Sus características anatómicas, patológicas y terapéuticas son peculiares en cada individuo y, por tanto, un óptimo instrumento de identificación. Por tanto, pueden ofrecer informaciones sobre los hábitos de vida y ocupación.

El antropólogo Llorenç nos precisa que hasta ahora, con las investigaciones realizadas, no se tenían meras hipótesis, sino que contaban con un 25 por 100 de certezas; ahora esa información gracias a la TAC se amplia al 90 por 100, y se sabrá mucho más sobre el estilo de vida de los pompeyanos. Se tendrán muchos más detalles, más fiables. Gracias a los calcos se conocerán más datos sobre el consumo. Por ejemplo: se sabe que en la dieta de los pompeyanos, junto a los más económicos cereales, frutas, nueces, aceitunas, lentejas, pescado local y huevos, se han encontrado también otros productos más caros, como carne y pescado salado procedente de España. Igualmente han aparecido huellas de alimentos muy exóticos, como erizos y mariscos -que en esa época eran importados del extranjero-, flamencos y restos de jirafa.

En definitiva, ahora sabemos que los pompeyanos se alimentaban muy bien y que, aun sin utilizar dentífrico, tenían dientes que hoy les hubieran permitido hasta hacer publicidad televisiva.


El Pais

  • El ‘Homo naledi’, descubierto en Sudáfrica, podría haber hecho uno de los primeros rituales funerarios que se conocen

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Se buscan expertos o expertas en antropología, delgadas, bajitas y que no tengan claustrofobia. Este era más o menos el anuncio de trabajo que lanzó hace dos años Lee Berger por las redes sociales. Buscaba gente capaz de meterse por una grieta de 18 centímetros de ancho y sacar a la luz lo que prometía ser un cargamento de fósiles humanos sin igual.

Hoy se han publicado los datos más completos de esa excavación, realizada en la cueva Rising Star, a unos 50 kilómetros de Johannesburgo (Sudáfrica). Los resultados destapan la existencia de una sima con más de 1.500 fósiles humanos entre los que hay al menos 15 individuos. Los autores aseguran que son una nueva especie dentro de nuestro género, que han bautizado como Homo naledi. Naledi quiere decir estrella en sesotho, una lengua local.

Los descubridores creen que aquellos homínidos fueron depositados allí por sus congéneres, lo que supondría un inesperado comportamiento funerario nunca observado en humanos tan primitvos. Todos los restos se conocen gracias al trabajo de un equipo íntegramente femenino que fue capaz de colarse en la estrecha cámara durante dos expediciones. El conjunto es el yacimiento de fósiles humanos concentrados en un solo lugar más grande de todo África y uno de los mayores del mundo, según sus descubridores.

Los fósiles analizados en el estudio / eLIFE

Los fósiles analizados en el estudio / eLIFE

Probablemente lo más apasionante del hallazgo son las preguntas que deja sin responder. Los descubridores dicen no haber conseguido datar los fósiles ni saben cómo llegaron hasta allí todos esos cadáveres. Para llegar hasta la cámara en la que se hallaron hay que recorrer unos 80 metros de cueva, trepar una pared y escurrirse por una grieta que los investigadores comparan con la boca de un buzón, bromeando solo a medias. Esta ruta, totalmente en tinieblas, es la única que existe hoy y, según los estudios geológicos, la única que existía cuando se depositaron los cadáveres. Por el tamaño de los huesos, estos incluyen infantes, niños, adolescentes, adultos y ancianos. Ninguno tiene marcas de traumatismo por una posible caída a la fosa, ni tampoco signos de haber sido devorados por un animal o por su propia especie, como sí sucede en el único yacimiento comparable: la Sima de los Huesos en Atapuerca (Burgos). Apenas hay rastros de ningún otro animal excepto unos pocos pájaros y ratones. En la cueva no hay marcas de crecidas de agua intensas que podrían haber arrastrado hasta allí los restos. Además aparecen partes de los cuerpos en perfecta articulación. Con todos estos datos en la mano, la única hipótesis que queda en pie es la de que alguien los dejó ahí en varios momentos en el tiempo, dicen los autores del estudio. Un ritual funerario que hasta ahora sólo se atribuía a humanos más modernos y con más cerebro.

“Tenemos casi todos los huesos del cuerpo representados varias veces, lo que hace que Homo naledi sea ya prácticamente el fósil de nuestro linaje que mejor se conoce”, celebra Lee Berger, paleaontropólogo de la Universidad de Witwatersrand, en una nota de prensa difundida por las instituciones que han participado en las excavaciones. Tras el hallazgo, en octubre de 2013, ante un montón de huesos tan complejo, el paleoantropólogo comenzó a seleccionar un nutrido grupo de científicos internacionales, la mayoría de ellos jóvenes, para que le ayudasen en el análisis de cada parte del cuerpo de la nueva especie.

Los huesos estaban solo parcialmente fosilizados y algunos estaban a simple vista sobre el suelo de la cueva. El análisis de los restos y su contexto geológico, publicados hoy en la revista científica de acceso abierto eLIFE, describe una especie que hubiera llamado la atención si la viéramos paseando por la calle, pero que ya no eran simples chimpancés erguidos. Los australopitecos son el género del que la mayoría de expertos piensan que surgió el género Homo, aunque hasta hace muy poco había un vacío total de fósiles que permitiese confirmalo. Por su morfología, los naledi parecen estar justo en el límite entre ambos grupos. Medían un metro y medio y pesaban unos 45 kilos. Aún no habían comenzado a desarrollar un cerebro grande (500 centímetros cúbicos comparados con los al menos 1.200 centímetros cúbicos de un Homo sapiens), pero ya tenía un cuerpo estilizado y rasgos humanos, como la capacidad para andar erguidos o unos dientes relativamente pequeños. Sus manos tenían ya el pulgar oponible que permite fabricar herramientas de piedra y sus pies eran muy parecidos a los de los humanos modernos, solo que un poco más planos.

El misterio funerario

Markus Bastir, un investigador de origen austríaco que trabaja en el Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN-CSIC), ha participado en el análisis del tórax del Homo naledi. Junto a Daniel García Martínez, Bastir ha usado tecnología 3D para reconstruir todo el tórax del naledi partiendo de los fragmentos de costillas, vértebras y otros fósiles hallados en la cueva de Sudáfrica. “Nuestros resultados indican que la columna vertebral y el tronco eran muy primitivos, como los de un australopiteco”, explica. “Además, las falanges de sus dedos eran curvas, una adaptación para trepar a los árboles”. Esta mezcla de rasgos es única, lo que les hace distintos de los Homo habilis (hasta ahora considerados los primeros miembros del género Homo, aunque por restos muy escasos) y dignos de que se les considere una nueva especie, explican los científicos.

Por su morfología, los responsables del hallazgo sitúan al Homo naledi justo en el origen del género Homo, en el punto intermedio entre los australopitecos y las especies plenamente humanas como Homo erectus. Esto supondría que vivieron hace al menos dos millones de años y les otorgaría un papel clave hacia la aparición de nuestra especie. Chris Stringer, del Museo de Historia Natural de Londres, que no ha participado en el estudio, apunta otra posibilidad muy diferente. ¿Y si los restos tienen menos de 100.000 años? “Significaría que el H.naledi sobrevivió hasta hace relativamente poco igual que hizo el Homo floresiensis (hombre de Flores) en Indonesia, que también combina cerebro y dientes pequeños”, explica en un artículo de análisis sobre el hallazgo. En ese caso los naledi no serían nuestros ancestros directos y podrían ser un callejón sin salida en la historia de nuestra evolución.

Descubrimiento polémico

El anuncio de las excavaciones de la cueva Rising Star, financiadas en parte por National Geographic, se ha hecho en una rueda de prensa en Londres, la ciudad en la que estos días se encuentran muchos popes de la paleoantropología que asisten al Congreso de la Sociedad Europea para el Estudio de la Evolución Humana. Es posible que el hallazgo tenga allí su primera prueba de fuego, debido a las muchas preguntas que deja abiertas. ¿Pudo una especie de cerebro tan pequeño tener la conciencia suficiente como para sepultar a sus congéneres? ¿Cómo llegaron a la sima en completa penumbra? ¿Por qué no se han podido datar los fósiles con carbono, ADN u otras técnicas, lo que al menos indicaría un rango aproximado de su antigüedad?

Para Juan Luis Arsuaga, codirector de los yacimientos de Atapuerca, el hallazgo es “asombroso”. Sin embargo no comulga con todo, pues cree que la cueva tenía otra entrada en el pasado por la que se pudo acceder al límite de la fosa sin necesidad de luz artificial, lo que descartaría otra de las derivadas sugeridas por el trabajo: que los naledi pudieron usar fuego para llegar hasta allí. Kaye Reed, de la Universidad Estatal de Arizona, opina que sin fechas para los fósiles es “imposible” situar a esta nueva especie en nuestro árbol evolutivo más allá de incluirla en el género “Homo”. Duda también de los argumentos del enterramiento, que sin fechas no son convincentes, dice. “Sus descripciones están bien pero encuentro que sus conclusiones tienen demasiado celo; muchos investigadores quieren que su fósil cambie nuestra visión de la evolución humana. A veces el fósil lo hace y a veces no”, advierte.

 


ABC.es

  • Un equipo dirigido por Juan Luis Arsuaga identifica cuatro grandes fases de progreso anatómico del hombre moderno
félix ordóñez La Sima de los Huesos es un yacimiento de referencia mundial

félix ordóñez | La Sima de los Huesos es un yacimiento de referencia mundial

Los yacimientos de Atapuerca son los mejores del mundo. Y entre todos los de la sierra burgalesa, quizá el de la Sima de los Huesos sea el más emblemático. De hecho, allí se han recuperado hasta ahora tantos fósiles humanos, con antigüedades de hasta 430.000 años, que un equipo de investigadores, dirigido por Juan Luis Arsuaga, ha decidido elaborar un modelo de evolución del cuerpo humano. Es decir, una especie de «manual» que describa cómo la evolución ha ido formando, característica a característica, la anatomía y las funcionalidades de los seres humanos. El estudio, que aporta luz sobre cómo los neandertales adquirieron sus rasgos distintivos, acaba de publicarse en la revista «Proceedings» de la Academia Nacional de Ciencias norteamericana (PNAS).

Nuestro conocimiento sobre el modo en que ha evolucionado nuestro esqueleto postcraneal (del cuello para abajo) se ha visto hasta el momento obstaculizado por la dispersión geográfica (y cronológica) de las especies de humanos que existieron antes que la nuestra. Pero la enorme abundancia de restos fósiles en la Sima de los Huesos de Atapuerca hace posible elaborar un auténtico «mapa» de las características principales que el género Homo, al que pertenecemos, fue adquiriendo a lo largo del tiempo.

Evolución en cuatro fases

El equipo dirigido por Arsuaga ha elaborado su modelo de evolución dividiéndolo en cuatro grandes fases, o diseños anatómicos funcionales. No en vano, se trata de la mayor colección de fósiles humanos jamás hallada en todo el mundo y, por sí sola, representa una buena parte de todo los que sabemos sobre los rasgos óseos de las especies humanas que precedieron tanto a los neandertales como a los humanos modernos.

Las diferentes estrategias adaptativas adoptadas por los homínidos se reflejan en sus esqueletos. Y, según se explica en el artículo de PNAS, el análisis de los restos de la Sima de los Huesos ha permitido establecer cuatro grandes patrones sucesivos en la evolución del cuerpo humano: el de los ardipitecos, aún arborícolas aunque ocasionalmente bípedos; el de los australopitecos, bípedos por obligación (ya que vivían en extensas sabanas) pero que conservaban aún notables capacidades para vivir en los árboles; el de los humanos «arcaicos», al que pertenecen tanto especies como Homo erectus y los humanos de la Sima de los Huesos (con cuerpos robustos, anchos, más altos que sus antepasados y exclusivamente bípedos); y el de los humanos modernos, de tipo alto, estrecho y esqueleto grácil y esbelto.

Clasificando el tamaño corporal y la forma de los fósiles, los investigadores han encontrado evidencias de que los neandertales pertenecían a la tercera de esas categorías, aunque sus características no surgieron todas al mismo tiempo, sino siguiendo una especie de patrón evolutivo en mosaico, en el que los cambios evolutivos de algunas partes del cuerpo precedieron a los de otras.

El equipo de Arsuaga encontró también que los humanos de la Sima fueron relativamente altos, con cuerpos anchos y muy musculosos, aunque con una capacidad craneal inferior a la de los neandertales. Sin embargo, estos humanos compartían ya una serie de rasgos anatómicos con los neandertales. Rasgos que, por cierto, no están presentes en los humanos modernos, la especie a la que todos nosotros pertenecemos.

Es decir, que a pesar de que los neandertales desarrollaron toda una serie de características propias, algunos de esos rasgos ya estaban presentes en la población de la Sima de los Huesos.

Toda esta información resultará de gran utilidad en el futuro a la hora de situar una especie de homínido en alguna de las categorías propuestas por Arsuaga y sus colegas. Y aportará nueva luz sobre por qué los rasgos humanos son como son, y no de otra manera distinta.

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