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Cartel publicitario "Le chat Noir" de Théophile Alexandre Steinlen. Alexandre SteinlenMUSEO VAN GOGH

Cartel publicitario “Le chat Noir” de Théophile Alexandre Steinlen. Alexandre SteinlenMUSEO VAN GOGH

El Museo van Gogh presenta una exposición compuesta de carteles publicitarios de varios artistas que poblaron las calles de París a finales del siglo XIX e ilustraciones “hechas para coleccionistas privados de la alta burguesía”,según ha comunicado Fleur Roos de Carvalhoa.

“Artistas como Henri de Toulouse-Lautrec trabajaron para dos mundos, el de los coleccionistas privados, que disfrutaban en su casa de obras de arte impresas, y el de los carteles con propósitos comerciales destinados a exhibirse en la calle y que eran vistos por todo el mundo”.

Se dice que la publicidad refleja los gustos de los consumidores de cada época, y a juzgar por los carteles seleccionados por el museo de Ámsterdam, para “Obras de arte impresas en el París de 1900: de la élite a la calle”, el París de hace 120 años era la meca del cabaré y las salas de música en directo.

“Muchas cosas estaban pasando en París por esos años y artistas de medio mundo querían ir allí”, contó la conservadora Roos, lo que concentró el talento de pintores que soñaban con realizar grandes cuadros, pero que también tenían la posibilidad de diseñar ilustraciones para sobrevivir.

“Cuando Pablo Picasso fue a Francia quería convertirse en ilustrador, como Théophile Alexandre Steinlen”, explicó Roos de Carvalho. La intención llevó al malagueño a reproducir en una de sus pinturas del periodo azul, “La habitación azul”, una litografía de Toulouse-Lautrec.

Los carteles del París de finales del siglo XIX frecuentemente se colgaban a gran altura y utilizaban colores vivos e imágenes llamativas para atraer la atención de los transeúntes, invitándoles a asistir a lugares tan diferentes como salas de conciertos o clínicas veterinarias, o incitándoles a consumir licores y colonias.

En otras ocasiones se exponían a la misma altura de la calle, con el riesgo de que fueran arrancados por ciudadanos ávidos de tener una pieza de arte en su casa, indicó Roos de Carvalho.

Uno de los anuncios publicitarios es el famoso cabaré “Le chat noir” (El gato negro), frecuentado por Picasso durante su visita a la Exposición Universal de 1900 y que tenía como una de sus atracciones el teatro de sombras.

El mencionado cartel está presidido por un esbelto gato negro de largos bigotes que, sentado, se gira para mirar al espectador de forma desafiante, una obra diseñada por Steinlen que simboliza el espíritu libre del arte de la época y el carácter provocador del cabaret.

Otro de los rótulos, diseñado por Toulouse-Lautrec, da a conocer un espectáculo de cancán del “Moulin Rouge” y retrata a una bailarina con una falda larga que se mueve por el escenario mientras, al fondo, una silueta de hombres y mujeres anónimos la observan.

El viaje en el tiempo propuesto por el Museo van Gogh, abierto al público hasta el 11 de junio, también traslada al visitante a un área menos conocida de las obras de arte impresas, el de las ilustraciones destinadas al selecto público de los coleccionistas privados.

Muchas de esas obras no se colgaban en la pared, sino que se almacenaban en grandes carpetas y eran admiradas por sus propietarios en la intimidad su casa, algo similar a lo que ocurre hoy en día con los libros de fotografía.

“Los coleccionistas podían contratar una suscripción, así recibían varias. Las obras les llegaban directamente a sus hogares, por lo que las disfrutaban de una forma muy privada”, puntualizó Roos de Carvalho.

A diferencia de los carteles publicitarios, estas litografías y aguafuertes prescindían del texto escrito y podían convertirse en series con una temática común.


El Mundo

  • Hace 110 años que Alberto Santos Dumont consiguió despegar, volar y aterrizar con su aeronave autopropulsada

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El 23 de octubre de 1906, Alberto Santos Dumont consiguió realizar en París un vuelo autónomo de siete segundos a bordo de su aeroplano 14 bis. Los 60 metros recorridos a una altura de entre dos y tres metros suponían culminar con éxito una aventura que había comenzado el verano del año anterior y que cambiaría la historia de la aviación.

Gracias a su ingenio consiguió lo que ningún otro hasta la fecha, despegar con la potencia de su motor sin ningún tipo de ayuda, volar controlando en todo momento la dirección y altura de la aeronave y aterrizar de una forma segura. Aquella gesta significaría el inicio de la aeronáutica moderna.

La capital francesa de comienzos del siglo XX se había convertido en el epicentro tecnológico de la época a raíz de las dos exposiciones universales celebradas en 1889 y 1900. El 8 de junio de 1905, el brasileño Santos Dumont, inventor y piloto de globos y dirigibles, es testigo del vuelo que Gabriel Voisin hace sobre un aparato que planea sobre el Sena con la ayuda de una lancha motora para despegar. Con su máquina, muy parecida a lo que hoy en día sería un hidroavión, el ingeniero francés se eleva 15 metros y recorre una distancia de 150.

Alberto Santos Dumont a los mandos del 14bis. En la foto se puede apreciar la rueda que por medio de poleas hacía girar el timón de dirección y justo detrás, la palanca de profundidad.

Dumont, nacido en el estado de Minas Gerais en 1873 y afincado en París, era ya por aquel entonces muy popular por haber ganado el reputado Premio Deutsch tras realizar un vuelo controlado de 11 kilómetros con un dirigible desde Saint-Cloud a la Torre Eiffel y regreso. Sin embargo, aquel día, mientras observa el vuelo de Voisin sobre el Sena, globos y dirigibles desaparecen de su mente. El nuevo artefacto volador dispara su imaginación e inquietud y le hace reparar en algo evidente: el futuro desarrollo de la aviación está inevitablemente relacionado con el aeroplano.

Pero ni Voisin ni Dumont eran los primeros en apostar por un artefacto con alas. En Alemania, el ingeniero Otto Lilienthal ya había realizado más de un millar de planeos desde 1891, hasta estrellarse mortalmente en 1896.

Justo en las antípodas, en 1884, el ingeniero e inventor británico, Lawrence Hargrave, había experimentado en Australia con cometas en forma de caja con superficies curvas (células de Hargrave). Fue él quien estableció que una superficie curva tiene mayor sustentación que una plana. Hargrave se elevó con ellas hasta cinco metros y su influencia en las siguientes generaciones le ha otorgado la condición de verdadero padre de la aeronáutica.

También los hermanos Wright habían volado tres años antes que Voisin. El 17 de diciembre de 1903, su avión Flyer recorrió 50 metros sobre las dunas de la playa de Kitty Hawk en Carolina del Norte (EEUU), aunque los Wright necesitaron una catapulta para el empuje inicial y colocar el avión sobre un raíl en los primeros metros del despegue. Dos elementos externos que, sin duda, siguen generando discursión entre historiadores y estudiosos en la materia.

Además, los vuelos de los Wright, al contrario que los de sus competidores en el resto del mundo, no se convertían en eventos multitudinarios. Se realizaban ante un reducido número de asistentes y, quizás por eso, el reciente organismo regulador aeronáutico francés, el Aero Club, no contabilizaba ni reconocía los logros obtenidos por los norteamericanos al otro lado del océano.

Santos Dumont, hijo de un ingeniero que alternaba su profesión con la explotación de minas de oro y el cultivo del café, comenzó a interesarse ya de niño por las máquinas que su padre utilizaba en la plantación. Cuando un grave accidente deja parapléjico al padre, la familia viaja a Francia en busca de tratamiento. Allí, el joven Alberto, descubre su pasión por la mecánica al visitar una feria. Su padre decide entonces donarle en vida parte de su fortuna para que pueda centrarse en su formación.

Con 19 años y libre de preocupaciones económicas, Santos Dumont inicia en París sus estudios de Mecánica, Electricidad, Física y Química, y no tarda en sentirse atraído por los vuelos en globo. Con tan sólo 25 años, comienza una larga y fructífera producción de artefactos voladores. Con su primer globo, el Brazil, de seis metros de diámetro, realiza una treintena de vuelos y adquiere la experiencia necesaria para darse cuenta de que, sin la capacidad de controlar la dirección del vuelo, el globo no tendría mayor evolución.

Ese mismo año bate el récord de altitud con su segundo y último globo, L’Amerique, y construye su primer dirigible, el Nº1. Con un pequeño motor modificado de 3,5 caballos, una hélice y un timón, la aeronave con forma de salchicha se convierte en el primero de los 17 dirigibles que llegó a crear.

Con el Nº 6, alcanza el que sería su mayor reconocimiento hasta la fecha, al rodear la Torre Eiffel en un trayecto que requiere el control absoluto de la dirección de la aeronave. Sin duda, un enorme avance para la época.

Pero, tras presenciar el vuelo de Voisin, Santos Dumont centra todos sus esfuerzos en construir su avión, tarea en la que emplea sólo un par de meses. Utiliza los diseños de Hargrave para las alas. El aeroplano tenía forma de T y, al contrario de los aviones actuales, Dumont coloca el timón de profundidad en la parte delantera y, el motor, en la parte trasera del fuselaje.

Dimensiones del 14 bis

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La estructura de bambú y madera con juntas de aluminio estaba forrada con seda japonesa, de gran ligereza y resistencia. La aeronave se completaba con dos ruedas de bicicleta a modo de tren de aterrizaje y un cesto de mimbre desde el que poder pilotar. En total, 290 kilogramos de peso.

El nuevo artefacto recibe el nombre de 14 bis debido a que, para realizar las primeras pruebas de estabilidad y dirección, el brasileño cuelga el avión de su dirigible Nº14. Tras estos primeros test, Santos Dumont cuelga el 14 bis de un cable atado entre dos mástiles para comprobar que las cajas de Hargrave proporcionan la estabilidad necesaria. Se trata del primer simulador de vuelo de la historia.

Alentado por el resultado, el inventor vuelve a amarrar el aparato al dirigible Nº14, esta vez con el fin de probar la dirección y el motor, utilizando la capacidad de vuelo del propio dirigible. Por último, para completar las pruebas, volvió a colgar el avión de un cable y esta vez utilizó una mula para impulsarlo.

Cuando, en agosto de 1906, realiza su primera prueba de vuelo autónoma, comprueba que el motor de 24 caballos no tiene suficiente potencia. Uno de los principales problemas a los que se enfrentaban los aviadores de la época era precisamente el propulsor. Los Wright construyeron el suyo para el Flyer con 12 caballos insuficientes para el despegue.

Santos Dumont conocía los motores disponibles en aquel momento y se decidió por el Antoinette V-8 de Léon Levavasseur, utilizado habitualmente en lanchas rápidas. Los 24 caballos del motor tampoco le ofrecen la potencia necesaria para despegar y Levavasseur modifica uno para obtener el doble de potencia a 1.500 revoluciones por minuto. Tras colocar el nuevo motor de 50 caballos y reducir 40 kilos el peso en la parte posterior del avión, el 14 bis estaba preparado.

Cómo controlar la aeronave

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El 23 de octubre de aquel año, junto al río Sena, en el parque de Bagatelle de París y, en presencia de un consejo técnico y el Aero Club de Francia, Santos Dumont consiguió despegar ayudado tan sólo por la propulsión de su motor Antoinette. Gracias a las células de Hargrave, sus alas levantaron la aeronave y mantuvieron la estabilidad necesaria durante su corto vuelo.

El 12 de noviembre del mismo año, el 14 bis reapareció en el mismo lugar con una importante novedad: con el objetivo de aportar mayor estabilidad se le habían añadido unos alerones en forma de octógono. Santos Dumont mejoró su pilotaje y el rendimiento del aparato logrando volar durante 21 segundos a seis metros de altura y recorriendo 220 metros a una velocidad de 41 kilómetros por hora.

Con estos experimentos y avances, Alberto Santos Dumont, consiguió establecer las bases técnicas que marcarían el rumbo del desarrollo de la aviación y a las siguientes generaciones de aeronautas.

FUENTES: ‘Santos Dumont y la invención del avión’ Henrique Lins de Barros, ‘Las alturas, una biografía de Santos Dumont’ Rodolfo Nunhez y Museo del Aire de Sintra, Portugal


ABC.es

  • Federico Moreno es uno de los integrantes de este batallón al que el Ayuntamiento de Madrid quiere homenajear dándole su nombre a un jardín de la capital
 Uno de los vehículos de «La Nueve» entrando en París - ARCHIVO ABC

Uno de los vehículos de «La Nueve» entrando en París – ARCHIVO ABC

«Eran hombres muy valientes, difíciles de mandar, orgullosos y temerarios». Eso dijo de ellos el capitán francés Raymond Drone, su jefe cuando irrumpieron en París a finales de agosto de 1944. Todos eran españoles, de distintas partes de la geografía e integraban «La Nueve», la 9ª compañía encuadrada en la 2ª División Blindada del Ejército de la Francia Libre. Además, entre los miembros más destacados, había un madrileño.

Se llamaba Federico Moreno y, como los miembros de dicho batallón, era uno de esos republicanos que salieron de España después de la victoria de Franco en la Guerra Civil. Provenían de organizaciones distintas pero todos encontraron refugio en las filas del ejército francés, bando para el que combatieron en la Segunda Guerra Mundial, cuando cosecharon una importante victoria al arrebatarle la capital francesa a los nazis.

Entonces fueron debidamente homenajeados y, de hecho, hasta tienen un jardín con su nombre en París. Ahora, varias décadas después, el Ayuntamiento de Madrid quiere reconocer su labor del mismo modo: poniéndole su nombre a un jardín de la capital. De hecho, para que el reconocimiento cristalice, únicamente falta que el Pleno del Consistorio apruebe esta iniciativa.

«Hombre mesurado»

Junto con sus compañeros, Moreno irrumpió en París, donde por sorpresa no encontraron ninguna oposición, a los mandos de sus vehículos de guerra que, como buenos españoles, tenían nombres como «España Cañí», «Don Quijote», «Madrid» o «Belchite». Causó sorpresa entre los parisinos que, finalmente y tras ver que acudían al rescate, pronto salieron a las calles para celebrarlo.

Al parecer, y también en virtud del general Dronne, Moreno era un hombre que hacía gala de una gran calma, «de juicio mesurado, lúcido y valeroso», aunque no hacía gala de ningún tipo de ostentación. Se especula, también, que era tipógrafo de profesión y socialista de orientación política.


Manuel P. VillatoroABC_Historia

  • Entre 1793 y 1794, multitud de capitanes de navío fueron asesinados por ser monárquicos. Estas muertes dejaron sin militares cualificados al «Pequeño Corso» para combatir contra la «Royal Navy»
 Más de 40.000 personas fallecieron durante el terror francés - Wikimedia

Más de 40.000 personas fallecieron durante el terror francés – Wikimedia

El «terror francés». Este es el término que se utiliza, a día de hoy, para definir el periodo en el que la Revolución Francesa asesinó a miles de galos contrarios a los nuevos vientos de libertad, igualdad y fraternidad. Apenas se desarrolló durante un año (de 1793 a 1794) pero se llevó por delante 40.000 vidas. Muchas de ellas, pertenecientes a los almirantes y capitanes de navío de la Armada del país, quienes sufrieron en sus propias carnes lo que era defender la bandera de Luis XVI y Maria Antonieta. Aquella matanza, aunque útil para los intereses del gobierno, dejó en paños menores a la flota, pues los líderes políticos se vieron obligados a dar el mando de la segunda marina más importante de la época a hombres que no sabían del mar más que su color. A su vez, dichas muertes provocaron que, apenas una década después, Napoleón Bonaparte se tuviese que enfrentar -junto a los bajeles españoles- en Trafalgar a la «Royal Navy» con militares carentes de experiencia y con menos batallas a sus espaldas que un grumete adolescente. Un factor determinante que provocó una de las derrotas más sonadas de la Historia de España.

Para hallar el origen del «terror francés» («terror gabacho», que podríamos decir por estos lares) es necesario hacer retroceder el calendario hasta el año 1789. Por entonces gobernaba «la France» el monarca Luis XVI, quien -además de haber accedido al trono 14 primaveras antes- era conocido por varias cosas… y ninguna buena. Y es que, además de tener un apetito sin fin (algo que le granjeó contar con unos «kilitos» de más y ser comparado, siempre a sus espaldas, con un cerdo), también era tímido y sumamente medriocre en las labores de estado. Lo tenía todo el tipo para enfadar a la corte. «El trabajo intelectual le fatigaba, durmiéndose en el Consejo, al mismo tiempo que había vivido lamentables hechos domésticos que le habían desacreditado», explican varios historiadores en el dossier «Revista mensual de ciencias, letras y artes» editada en 1949 por la Universidad de Chile.

Tampoco andaba el monarca demasiado dichoso en lo referente a sus amores, pues estaba casado con Maria Antonieta, una coqueta y guapísima austríaca que se solía preocupar más por bajarse la falda frente a sus amantes y gastar a sacos el tesoro real, que por el bienestar de su pueblo. Según cuenta el sociólogo y divulgador histórico Adrián Meló en su obra «El amor de los muchachos», la reinona solía pasar los ratos muertos disfrazándose de plebeya y seleccionando a aquellos que, posteriormente y por invitación real, le demostrarían su amor en la alcoba. Que el monarca y su esposa eran un par de desgraciados que no se creían su propio cargo era, por entonces, algo sabido por nobles, panaderos y mendigos. Así lo atestigua el historiador del siglo XIX Albert Mathiez, quien no tuvo problemas en cargar contra Luis, pluma mediante, de la siguiente forma: «En teoría, el monarca, representante de Dios sobre la Tierra, gozaba del poder absoluto. Su voluntad era la ley. Lex Rex. En la realidad no lograba hacerse obedecer ni aun de sus funcionarios inmediatos. Mandaba tan suavemente que parecía ser el primero en dudar de sus derechos».

Con todo, el mayor problema de entonces no era que los reyes andasen de aquí para allá demostrando su incompetencia (algo que hacen hoy en día muchos políticos sin que les cortemos la cabeza por ello) sino que «la France» andaba tambien muy escasa de monedas con las que pagar sus múltiples «gastés». Además, los monarcas preferían usar las mismas en menesteres de su interés que en alimentar a su hambriento pueblo, al cual le sonaban día sí, y noche también, las tripas por no tener nada que meterse entre pecho y espalda tras las pésimas cosechas que se habían ido al infierno. Concretamente, Luis se estaba dejando hasta el último doblón de la cartera en ayudar con armas y hombres a aquellos rebeldes que, al otro lado del Atlántico (en la nueva América, para ser más específicos) habían iniciado una revuelta contra la infame y odiada Inglaterra. Todo ello, por cierto, por obra y gracia de los impuestos (que las luchas no se pagan solas, oiga). Se dice que se gastaron hasta 2.000 millones de libras en esta «aventura militar»

Para colmo de males, a todo este ambiente de tensión se le sumó la llegada de unos nuevos pensadores que proclamaban unas ideas bastante molestas para los monarcas. Estos «ilustrados» (en el sentido más literal de la palabra, pues eran partidarios en cierto modo de esta corriente ideológica y cultural) eran conocidos como jacobinos y buscaban dar una buena patada en el «cul» a aquellos que ostentaban el poder por entonces. Es decir, dar importancia al hombre individual, aquel ubicado en los escalones más bajos de la sociedad. Y eso… ¡En una época en la que el rey consideraba que ostentaba el poder por obra y gracia del Señor! «Los jacobinos creían que la sociedad ideal debería estar constituida en gran parte por hombres como ellos, trabajadores económicamente independientes porque viven de su profesión (son propietarios de su saber) o porque son pequeños productores […] Desde esta situación social era lógico que su pretensión social fuese la igualdad o, más específicamente, el rechazo de las desigualdades extremas», explica el politólogo español y profesor de la Historia de la politología Fernando Prieto en su obra «La revolución francesa».

Comienza la revolución

Con esos precedentes no resultó extraño que, el 14 de julio de 1789, el pueblo se levantase en armas contra el viejo poder representado por el monarca y tomase la Bastilla, el símbolo por excelencia de la opresión. «La Bastilla era la fortaleza medieval de torres macizas y formidable altura que se levantaba en medio de […] París y cuyo uso militar ya no se justificaba. Había sido durante años el bastión de muchas víctimas de la arbitrariedad monárquica, cuando el cardenal Richelieu empezó a utilizarla como cárcel de estado, donde se encarcelaba sin juicio a los parisinos señalados por el rey con una simple carta y se pudrían las víctimas de por vida», explica Dolores Luna-Guinot en su obra «Desde Al-Andalus hasta Monte Sacro». Aquella jornada, los más de 100 soldados a cargo de la defensa de esta pequeña fortaleza tuvieron que resistir durante horas el asedio del pueblo llano que, reforzado por algunos antiguos soldados perteneciente a la Guardia Suiza, lucharon a brazo partido por acabar con hasta el último defensor.

Motivados también por la necesidad de conseguir pólvora para los fusiles que había robado en la ciudad (la Bastilla contaba en su interior con un gran arsenal) los ciudadanos, más de 50.000 según se dice, no pararon de disparar ni un segundo. Segando y segando las vidas de los defensores. Finalmente, la posición acabó rindiéndose bajo promesa de que ningún militar monárquico sufriría represalias. «Oui, oui…», que debieron decir los atacantes. Pero la realidad fue bien distinta, pues el pueblo capturó al alcaide la prisión, el marqués Bernard-René Jordan de Launay, y, tras arrastrarle por las calles de París (donde, por cierto, recibió todo tipo de gargajos de la boca de sus compatriotas) fue asesinado de la forma más cruel posible: bajo los cuchillos de una turba violenta. «Mataron a su gobernador, lo decapitaron y pasearon su cabeza por las calles de la aterrada ciudad. La Bastilla fue saqueada, incendiada y destrozada», explica el archivista Fernando Báez en su obra «Las maravillas perdidas del mundo. Breve historia de las grandes catástrofes culturales de la civilización». Acababa de comenzar oficialmente la Revolución Francesa.

Las pescaderas asesinas

La movilización no se quedó solo en la toma de la Bastilla y en el paseo de la cabeza del director de la prisión por las calles parisinas, sino que continuó con las políticas revolucionarias de una Asamblea Nacional (un nuevo gobierno) que había sido proclamada antes de la conquista de la fortaleza. La misma había sido constituída por los miembros del «Tercer estado» (aquellos franceses de menor capacidad económica) y buscaba fomentar la igualdad, la fraternidad y la legalidad. «Los miembros del Tercer Estamento se autoproclamaron Asamblea Nacional, y se comprometieron a escribir una Constitución. […] Se declararon como únicos integrantes de la Asamblea Nacional, que no representaría a las clases pudientes sino al pueblo en sí […]. Si bien invitaron a los miembros del Primer y Segundo Estado a participar en esta asamblea, dejaron en claro sus intenciones de proceder incluso sin esta participación», explica la licenciada en Historia Maribel Alejandrina Valenzuela en su dossier «La Revolución Francesa».

Además, la Asamblea firmó la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, una nueva constitución en la que se afirmaba que todos los hombres eran iguales ante la ley. También le pusieron «huevés» y decidieron que no iban a tolerar más que el poder residiese en el rey, por lo que idearon una monarquía constitucional en la que el Luis quedaría plegado a los deseos del pueblo. Lo cierto es que este emisario divino no le dio en los primeros momentos demasiada importancia al alzamiento de las masas en París y a la creación de la Asamblea Nacional. De hecho, hubo que esperar un poco para que Luis se tomara todo aquello con la importancia que requería. Concretamente, hasta que una turba sedienta de sangre -y encabezada principalmente por pescaderas con cuchillos de escamar– entró en su palacio el 5 de octubre dispuesta a asesinar a Maria Antonieta.

Aquel día, el monarca se enteró por las bravas de lo serio que era todo aquello cuando las «poissardes» -armadas con sus cuchillos y una mala uva terrible por la escasez de pan y la subida de precios- se personaron en Versalles, asesinaron a los guardias del palacio cortándoles la «tete» y persiguieron a la asustada María Antonieta por los corredores. Al final, a Luis XVI no le quedó más remedio que aceptar lo que solicitaban aquellas asaltantes. Y más le valió, pues de lo contrario podría haber acabado bajo tierra. Así pues, y con un filo bajo la garganta, el monarca firmó con una sonrisa falsa en los labios la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano. «No preocupare pa -que debió pensar (o algo así)- que rubrico y esto y lo que haga falta para seguir mi vida». Tras el suceso, las tenderas se armaron de valor y obligaron a Sus Majestades a ir viajar hasta París para estar bajo la custodia de la revolución. Curiosamente, varias de ellas escoltaron su carruaje para evitar que huyeran.

Con todo, a día de hoy son muchos los expertos que afirman que aquella revuelta multitudinaria fue instigada por mujeres que no eran meras pescaderas, sino revolucionarias influyentes que aprovecharon el momento de tensión para echar, si cabe, más leña al fuego. «En la noche del 5 al 6, en su mayoría pescaderas parisinas mezcladas con revolucionarias camufladas, disfrazadas de pescadera, querían obtener pan y esperanza […]. Los escasos muertos habidos durante este episodio fueron más bien el resultado de la manipulación sufrida por aquellas mujeres de origen humilde, que en realidad fueron llevadas allá sin saberlo, con fines que desconocían, y el resultado de esta manipulación tuvo un alcance mucho mayor de lo que podían imaginar aquellas mujeres que vendían pescado en París, pues a fin y al cabo significó el principio del fin de Luis XVI y María Antonieta», explica el licenciado en filosofía Josep Pradas en su dossier «¿Las víctimas como precio necesario?».

«Adieu a la tete»

Una vez en París, los monarcas fueron obligados a aceptar la monarquía constitucional y rebajar su poder hasta límites insospechados. Pero los disgustos de Luis solo acababan de empezar, pues tuvo que firmar decretos en los que perdía cada vez más poder. Se ve que el rey andaba hasta la corona de tener que tragarse todo aquello, pues el 21 de junio de 1791 decidió salir por piernas con su esposa de aquel caos para llegar hasta Austria, tierra natal de Maria Antonieta y, desde allí, solicitar el apoyo de un ejército para aplastar la revolución. Sin embargo, el cuento de la lechera le duró poco. Y es que, tanto él como su esposa acabaron siendo atrapados con las manos en la masa cuando apenas estaban a unos pocos kilómetros de la frontera. El guardia que les capturó no podía creer aquello: ¡Los reyes habían traicionado la monarquía constitucional!

Los monarcas fueron enviados a París por un grupo de pescaderas furiosas

Inmediatamente, la pareja fue enviada a París de nuevo. Habían gastado su último cartucho, y les había salido bastante mal. Instantaneamente fueron expulsados del poder acusados de traición. De nada valió que las potencias europeas (entre las que destacaba Austria) declarasen la guerra a la nueva Francia indignadas ante el encarcelamiento de los monarcas, pues no tardó en formarse un ejército popular que acudió al frente para, a base de mosquetazos, repeler a aquellos «malvados monárquicos». Fue en ese momento cuando los revolucionarios decidieron dar un golpe de efecto… matar a Luis para demostrar que la movilización iba a llegar hasta el final. El galo pasó por la guillotina (el instrumento para ajusticiar preferido en el país) el 21 de enero de 1793.

«A las nueve vinieron a buscarle; él salió con su confesor y presentó su testamento […] subió a un carruaje […] Todo estuvo tranquilo; por todas partes reinaba un silencioso terror, y una triple fila de soldados guarecía la carretera. Durante el tránsito, Luis tomó el brevario […] y tomó los salmos análogos a su posición. Habiendo llegado al lugar fatal, y siempre imperturbable […] se quitó su vestido exterior […] y presentó sus manos a los verdugos con una resignación heroica. “Id, hijo de san Luis, subid al cielo”, le dixo su confesor mientras subía al cadalso. […] Los verdugos se apoderaron del rey, y a las diez y media el crimen ya estaba consumado», explica el cronista Michel Pierre Joseph Picot en su obra «Memorias para servir a la historia eclesiástica durante el siglo XVIII». La revolución acababa de quemar su última nave, ya no podían volverse atrás

El inicio de las masacres

Pero la muerte del monarca estuvo lejos de llevar la tranquilidad a Francia. De hecho, avivó el odio de las potencias internacionales que -monárquicas hasta el corvejón- redoblaron sus esfuerzos para acabar con la revolución por las bravas. Aquello les supuso a los gabachos tener que subir los impuestos para evitar ser asediados. «La guerra, a pesar de las victorias sobre Saboya, Prusia y Bélgica, agravó la situación debido a las malas cosechas de los años 1792 y 1793, la tensión política aumentó», explica Carlos Aguilar Blanc (profesor de Filosofía del Derecho y Política en la Universidad Pablo de Olavide) en su obra «El terror de estado francés: Una perspectiva jurídica». La situación terminó de ponerse negra cuando el nuevo gobierno trató de reclutar la friolera de 300.000 hombres para mandarlos al frente en la ciudad de la Vendée. La medida, lógicamente no fue muy bien recibida por los ciudadanos, que se levantaron en armas contra la nueva política. Todos fueron masacrados por las milicias.

La situación cansó al gobierno que, hasta el sombrero de tanto enemigo, comenzó a pensar que había traidores tras cada esquina. Nobles y altos cargos favorables a la monarquía que estaban esperando cualquier momento para dar un golpe de mano y volver a entregar el poder a la familia real. Fue en ese momento cuando comenzaron las purgas masivas de todo aquel que pudiese haber tenido alguna relación, por pequeña que fuese, con la monarquía.

La primera en caer, lógicamente, fue la reina, quien aún permanecía con vida suspirando por la muerte de su esposo. María Antonieta dejó este mundo el 16 de octubre de 1793, día en que su cabeza fue separada de su cuerpo por la «cuchilla nacional» (apodo que recibía la guillotina). Para entonces su belleza ya se había marchitado y, a pesar de no llegar a los 40 años, mostraba un pelo blanco, una figura extremadamente delgada por los continuos disgustos, y un carácter falto de vitalidad. Se cuenta que el pueblo la escupió mientras se dirigía en un carruaje sin capota hacia el patíbulo, aunque no se dejó amedrentar y se mantuvo estoica en todo momento. «Maria Antonieta fue […] conducida al cadalso en una carreta, y no desmintió su firmeza en aquel angustioso trance», explica el sacerdote Antoine-Henri Berault-Bercastel (contemporáneo de la monarca) en «Historia general de la Iglesia desde la predicación de los apóstoles, hasta el pontificado de Gregorio XVI».

A continuación, los revolucionarios -apoyados por pequeños grupos violentos- la tomaron con todo aquel que pudiese oler a monárquico o enemigo del nuevo gobierno. «Se pensaba que era ponsible cambiar la sociedad pero, para ello, había que acabar con los aristócratas, los nobles, los curas refractarios, los monárquicos constitucionales, pero también con los accapareurs (aquellos que especulaban con la comida y la moneda del pueblo) y los oisifs (los que vivían de las rentas no salariales) todos ellos eran culpables de la crisis de abastecimiento de las necesidades más básicas», completa el experto español. Todos ellos fueron asesinados indiscriminadamente por el poder de la nueva política. Ya fuera mediante fusilamientos masivos -cuando la guillotina no daba más de sí- ahogamientos o ahorcamientos. También se hicieron tristemente famosos los «baños de Nantes», un castigo aplicado en dicha región que consistía en meter a los condenados en una barcaza y, una vez que se hallaban en el centro del Loira, hundir aquellos buques con ellos dentro.

Todas estas sanguinarias matanzas fueron favorecidas por el gobierno de la Convención (los revolucionarios de turno) quienes, el 10 de marzo de 1793, aprobaron una ley que establecía que existían dos tipos de delitos por los que una persona podía ser condenada a muerte: económicos e ideológicos. Los últimos fueron los más habituales y los que se llevaron más almas. Pocos meses después se pusieron también sobre blanco una serie de ejemplos que explicaban, pormenorizadamente, todas las personas que debían pasar por el patibulo. En ellos se incluían, tal y como recoge Blanc, los siguientes: «Aquellos que hubiese provocado el restablecimiento de la monarquía o buscado envilecer o disolver la Convención Nacional y el gobierno revolucionario o republicano. Aquellos que hubieran intentado impedir el aprovisionamiento de París, o provocar la escasez de la República. Aquellos que hubiesen secundado proyectos de los enemigos de Francia o favorecido la retirada y la impunidad de los conspiradores y la aristocracia». Y todo ello, sumado a un largo etc.

La guillotina, los fusilamientos y los ahogamientos se generalizaron

A su vez, todas las garantías procesales fueron suprimidas mediante un texto legal que afirmaba, en primer lugar, lo siguiente: «La prueba necesaria para condenar a los enemigos del pueblo es cualquier especie de documento, sea material, sea moral, sea verbal, sea escrito, que pueda obtener naturalmente el asenso o beneplácito de todo espíritu justo y razonable». El artículo XIII de esta ley iba todavía más lejos: «Si existen pruebas, sean materiales, sean morales, independientemente de la prueba testimonial, no serán oídos los testigos, a menos que esta formalidad parezca necesaria, sea para descubrir cómplices, sea por otras consideraciones mayores de interés público». Es decir, que la ley estaba ideada y preparada para acabar con cuántos más enemigos de la revolución mejor.

Aquellas matanzas, además de crueles, se cobraron la vida de miles y miles de francees, muchos de los cuales se dejaron la vida sabiendo que, a pesar de no ser monárquicos y no haber pensado nunca en política, habían sido acusados por algún desaprensivo sin escrúpulos. Los datos extraoficiales nos dicen que murieron ejecutadas alrededor de 41.000 personas en apenas un año. De forma oficial, el Estado francés registró un total de 16.594 muertes, 2.639 en París. De ellas, solo se conoce el origen de 14.000, 1.000 de las cuales pertenecían a la alta nobleza gala. «Algunos calculan un número aproximado de 2.000 nobles ejecutados y unos 16.000 exiliados de un censo de 350.000», añade el experto hispano.

La matanza de oficiales de la Armada

A pesar de que todos los estamentos de la sociedad francesa se vieron afectados por estas sangrientas purgas, uno de los que más sufrió las persecuciones del gobierno fue el ejército y, más concretamente, la Armada. Esta se vio perseguida después de que una parte de sus oficiales entregaran Toulon (una plaza fuerte ubicada al sur de Francia) a los británicos. Aquel acto, perpetrado por militares realistas que querían que la revolución fuese aplastada, puso en el punto de mira a toda la marinería. «La purga se hizo sobre la armada por razones ideológicas y políticas. Muchos capitanes desaparecieron. Eran mandos incómodos que habían pertenecido a la monarquía borbónica, por lo que decidieron quitárselos de en medio. Algunos tuvieron suerte y emigraron antes de que comenzase la revolución, pero otros no y fueron asesinados sin piedad», explica, en declaraciones a ABC, Manuel Moreno Alonso, Catedrático de Historia y autor de «Napoleón. De ciudadano a Emperador» (editado por Sílex).

Hugo O’Donnell, militar español y miembro de la Real Academia de Historia, afirma lo mismo en su dossier «Trafalgar. Análisis de las fuerzas aliadas (buques, mandos y dotaciones)»: «La Revolución francesa represalió a la oficialidad sospechosa de “realismo” y esta persecución se incrementó a partir de la entrega por una parte de esta de la base de Tolón […] en 1793, con lo que el mero hecho de pertenecer a la aristocracia pasó a convertirse en “crime de noblesse”». No se libraron ni los oficiales más experimentados y que habían servido a Francia durante años. No contaron las victorias, las bajas hechas al enemigo… Tan solo valía ser un firme defensor de los valores de la nueva República francesa. Así pues, se sabe que no fueron pocos los capitanes de navío (uno de los mayores cargos a los que se podía aspirar por entonces en lo referente a la marinería) que fueron expulsados del país o, simple y llanamente, asesinados.

«En la época de la Revolución fueron miles los que murieron por estar conectados presuntamente con la monarquía. El problema es que en Francia no se ha hecho un análisis o un estudio específico en el que se pueda ver como afectó en números eso a la Marina. Se habla del terror de 1793 y de 1794. Allí la cantidad de almirantes que cayó fue enorme. Pero se desconoce el número concreto. En esa época muchos fueron expulsados fuera de Francia y luego ya no se integraron en el ejército de Napoleón. Otros fueron condenados a muerte y fallecieron de múltiple formas. Una era atarles bolas de cañón a los zapatos, lanzarles al agua y esperar a que se ahogasen», explica el profesor universitario a ABC. Los que se marcharon por piernas de la «France» para no dejar este mundo tampoco vivieron demasiado bien -en muchos casos- en el exilio. De hecho, y tal y como afirma Alonso, la mayoría cayeron en desgracia y jamás regresaron a su país.

Otros, por el contrario, decidieron vengarse de la Armada Francesa revolucionaria aliándose con los mayores enemigos de su país. Así lo señala Alonso: «Hubo algunos militares, y hasta generales, que se pasaron a los ingleses. Así quedó atestiguado en sus memorias. Tras las purgas de la Revolución, por ejemplo, uno de los almirantes más destacados de Francia se convirtió en asesor de los ingleses. Otros se asociaron posteriormente con los españoles en la Guerra de la Independecia para dar información detallada sobre las tácticas de Napoleón debido al odio que sentían hacia el Emperador. Con todo, muchos de ellos intentaron regresar a la marina cuando la situación se relajó». Con todo, muchas muertes fueron absurdas, pues se determinó -como pasaba en el mundo civil- que todo aquel que fuese acusado con una prueba medianamente creíble pasaría por la guillotina. Esto hizo que incluso algunos oficiales fervorosamente seguidores de la revolución cayeran bajo la cuchilla.

El fin de Napoleón en Trafalgar

Además de la evidente pérdida absurda de vidas, en lo referente a la Armada francesa el equívoco fue todavía mayor, pues la Revolución asesinó a una buena parte de los oficiales más veteranos (y por tanto, más proclives a la monarquía) y más experimentados. Estas vacantes, como bien señala O’Donnell, se terminaron cubriendo con voluntarios de escaso conocimiento naval, oficiales sin la preparación necesaria para dirigir navíos y políticos de los comités revolucionarios que no sabían nada del mar. Se sembró, por lo tanto, la semilla del desastre en una marina, la francesa, que había llegado a ser la segunda más poderosa del mundo tras la británica. «Los capitanes navales aristocráticos y bien formados, perdidos por la emigración o por las purgas de la acción revolucionaria, no podían ser sustituidos con la misma facilidad que los oficiales de infantería. Además, los ideales de libertad, igualdad y fraternidad eran, probablemente, menos compatibles con los deberes y la disciplina de la vida en el mar que en los campamentos», explica Geoffrey Parker en «Historia de la guerra».

Las tripulaciones tampoco se libraron de estas purgas y fueron muchos los marineros asesinados por navegar en barcos «realistas». Todo aquel «pitote» dejó a la Armada en cuadro, sin oficiales experimentados ni marinos capaces de realizar las tareas más básicas. La situación solo pudo empezar a remediarse en 1798, cuando se detuvieron los asesinatos estatales. Ese año, Eustache Bruix, ministro de marina, tomó varias determinaciones. La primera fue (aprovechando la relajación de los extremistas) recuperar a cuántos más oficiales pudiera del exterior, fueran de la opinión política que fuesen. A su vez, también instauró «cursos» navales para los nuevos oficiales. «La máxima de Bruix era hacer las cosas pausadamente hasta conseguir un nuevo cuerpo de oficiales con verdadera solera. “Demos tiempo a lo que pide tiempo; alarguemos la victoria, queramos una marina y tendremos una marina”, dijo», completa O’Donnell.

No obstante, solo obtuvo una mezcolanza de capitanes antiguos, ensimismados en las viejas tácticas navales, y unos jóvenes revolucionarios que -al no tener ni dea del mar- se dejaron aconsejar por aquellos en lo referente a la mejor forma de combatir. Por lo tanto, no hubo una evolución táctica basada en las nuevas formas de darse de cañonazos contra el enemigo, ideas que sí se estaban fomentando en otros países como Gran Bretaña de la mano de pipiolos (por edad, que no por conocimientos) como Horatio Nelson. Hubo que esperar hasta la llegada de Napoleón Bonaparte (quien tomó el poder en 1799 como cónsul) para que las cosas empezasen a encajar. Aunque, quizá, ya era tarde para una armada francesa a la que le quedaba poco para darse de bofetadas contra los ingleses en el mar. «Se fracasó en el empeño de formar capitanes y almirantes completos, pese a haberse reabierto las escuelas navales, consiguiéndose sólo marinos nuevos con espíritu viejo, pero pero perfectamente capaces de unir su suerte a la de un imperio advenedizo y de profesar una devoción leal por quien estaba a punto de proclamarse Napoleón I», señala O’Donnell.

No obstante -al César lo que es del César- Napoleón fomentó un sistema de ascensos no tanto basado en las ideologías políticas (que, hasta cierto punto, también) como en las credenciales, la valentía y las gónadas mostradas en la lid. También fueron muchos los que, viéndose en la cumbre de su poder, prefieron tocarse las napias que entrenar a sus tripulaciones y obligarlas a mejorar en el uso de las armas. Así lo atestiguaron marinos de la talla de Villaret de Joyeuse, quienes señalaron en su momento que la marina gala era una vergüenza, pues estaba formada por vagos que se preocupaban de tonterías en lugar de mejorar las técnicas de su tripulación. Algo totalmente diferente a lo que hacían los ingleses que, aunque también alistaban en sus buques una marinería formada principalmente por hombres de la naviera mercante, les entrenaban hasta la extenuación en mar abierto para que disparasen con mayor eficacia y rapidez. Los gabachos, por el contrario, prefirieron dejar los barcos en puerto, donde era casi imposible practicar y los grumetes se hastiaban de ir de aquí para allá en puerto. «En realidad, lo que les faltaba y les seguiría faltando a los mandos navales franceses era práctica de largas singularidades y el ejercicio de la táctica de combate de escuadras», determina el experto.

Aquella armada maltrecha, sin oficialidad preparada, ni marinos entrenados, fue la que se enfrentó -junto a los bajeles españoles- el 21 de octubre de 1805 a los experimentados navíos ingleses en Trafalgar siendo derrotada de forma estrepitosa. Según varios autores, debido -entre otras cosas- a la falta de veteranía de sus comandantes. Un claro ejemplo de ello fue el mismo almirante de la armada combinada, Pierre Charles Jean Baptiste Silvestre de Villeneuve, un revolucionario interesado que, debido a la falta de militares experimentados, fue puesto al mando de aquella flota y se vio obligado a vérselas con uno de los marinos más considerados de su tiempo: Horatio Nelson. Este francés nunca debió ser ascendido a pesar de haber protagonizado varios actos de valor, pues no estaba preparado para dirigir a 33 navíos de línea. Pero, simple y llanamente, no había mucho donde elegir.

Y eso, a pesar de que era un interesado pues, aunque era de ideas moderadas, abrazó la revolución para poder ascender. «Silvestre (…) no sólo se apuntó al tumulto, sino que hizo desaparecer de su D.N.I de entonces el aristocrático “de” de su apellido para parecer más revolucionario. Primer síntoma de vulgar chaquetero y trepador. Naturalmente, subió en el escalafón como las balas y en 1.796 fue promovido a contralmirante» afirma Luis Rodríguez Vázquez en su obra «La historia encadenada». «Napoleón ascendió gente joven que venía de la revoluciona debido a que no había mandos superiores. Es curioso que entre los distintos ascensos que ordenó Napoleón a Mariscales, no había ningún marino. Todo ello hizo que la marina francesa cayese en desgracia», añade a ABC, en este caso, el experto español.

 


ABC.es

  • El 25 de junio de 1940 Francia se rindió a la Alemania nazi, dando origen al Estado de Vichy
ABC Los nazis izando la bandera con la esvástica en el Arco del triunfo de París

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Los nazis izando la bandera con la esvástica en el Arco del triunfo de París

El nueve de octubre de 1939 Adolf Hitler ejecutó su directiva número seis sobre la conducta de la guerra. Allí se establecía un párrafo que se haría célebre en la historiografía de la guerra:

«Como es evidente que en un futuro cercano que Inglaterra y, bajo su influencia, Francia, no tienen posibilidad de acabar la guerra pronto, he decidido ir a la ofensiva sin perder más tiempo»

El razonamiento del Führer era aplastante: cualquier demora en el inicio de la guerra podría militarizar los Países Bajos y Bélgica y evitar una campaña rápida, basada en la superioridad tecnológica del ejército alemán. En ese sentido, la Alemania Nazi pretendía ya en este documento tomar control directo del norte de Francia para bombardear el Reino Unido, que en la visión de Hitler era su posible gran rival. Churchill hace un buen análisis de cómo la III República francesa no estaba preparada militarmente en su obra «La II Guerra Mundial»:

«Ni en Francia ni en Gran Bretaña habían reparado realmente en las consecuencias de la novedad de que los vehículos blindados pudieran ser capaces de resistir el fuego de la artillería y de avanzar más de ciento cincuenta kilómetros diarios»

De Gaulle había escrito de manera detenida cómo los vehículos blindados iban a dominar en el futuro, pero Petain y los viejos militares franceses confiaban todavía en una guerra de desgaste. La toma rápida de los Países Bajos dependería, entonces, de la moderna tecnología de vehículos blindados alemanes. Dominó al inicio los Modelos Panzer II, para reemplazarse al final por los modelos III y IV. Si se obtenía rápidamente el control de estos lugares, sería imposible cualquier acción la zona industrial del Ruhr, fundamental en la industria militar alemana.

El ataque, así, se iniciaría el 10 de mayo de 1945, luego de posponer constantemente Hitler fechas ante la oposición del comandante Walther von Brauchitsch. Franz Halder, que preparó la operación técnicamente, quiso hacerlo de manera concienzuda, pero Hitler estaba decidido a que la guerra había cambiado y necesitaba nuevas fórmulas. Un plan previo, en el conocido como incidente Mechelen, hizo públicas las líneas de invasión alemana, lo que llevó a una modificación posterior y un sistema de ataques múltiples que arrolló a los aliados.

En poco tiempo los alemanes dominaron Luxemburgo con paracaídas dirigidos por Kurt Student. Se pretendía que los belgas inundaran los canales, pero los alemanes estaban informados y pudieron capturar fortalezas rápidamente. Holanda cayó también poco después, y quedaba como única frontera el río Dyle. La maestría de los alemanes fue poder cruzar alrededor de Bélgica, en un ataque que no previó la inteligencia aliada, y rodear todo el ejército aliado. Por otra parte, la superioridad de la aviación alemana hizo inútil la artillería francesa. Mayo seguirá siendo una mala noticia tras otra para el ejército francés, que con la llegada el 18 de Erwim Rommel dejará de tener cualquier esperanza en la victoria. Según Churchill:

«Evidentemente no tenía sentido que Francia siguiera combatiendo y el mariscal Pétain estaba casi convencido de que había que firmar la paz. Creía que los alemanes estaban destruyendo Francia de forma sistemática y que él tenía la obligación de salvar el resto del país de este destino. Le mencioné su memorándum al respecto que le había enseñado a Reynaud pero que no le había entregado. «No hay ninguna duda —dije— de que Pétain es peligroso en esta coyuntura; siempre ha sido un derrotista, incluso en la última guerra»

En Dunkerque Churchill puedo evacuar a más de 300.000 soldados aliados, pero la suerte estaba echada y Francia caerá poco después. El Reino Unido, según Hobsbawm, viviría solo contra toda Europa de enemiga en «un momento extraordinario en la historia del pueblo británico» con posibilidades de contrataaque «reducidas». Era el inicio de la discutida «Blitzkrieg», en la que se unía el bombardero con vehículos blindados en rápido desplazamiento. La desesperación queda clara en el recibimiento que describe Rommel, cerca de Flers, en la Baja Normandía:

«En los barrios occidentales de Flers pasamos por una plaza atestada, como de costumbre, de soldados y paisanos. De repente, uno de estos últimos echó a correr hacia mi carro enarbolando un revólver, pero los soldados lo detuvieron, impidiéndole disparar»

París capitula

La escasa resistencia, para el 10 de junio, llevó al abandono de París, que se declaró ciudad abierta. Churchill hubo de retirar sus escuadrones, temiendo que las Islas Británicas se quedaran sin protección ante una eventual invasión alemana. Ante esa perspectiva, Hitler comenzó las conversaciones con el mando francés y tan pronto como el 22 de junio se acordó el armisticio en Rethordes (Picardía). El dictador de Alemania obligó a firmar esta paz de conquista en el vagón donde se había firmado el armisticio de la I Guerra Mundial, el 11 de noviembre de 1918. El republicano Paul Reynaud pretendió, en inicio, continuar la guerra en las colonias, pero se le forzó gracias a la presión del héroe de la anterior guerra Philippe Pétain a la dimisión. Su declaración era definitiva:

«El deber del gobierno, cualquier cosa que pase, es permanecer en el país o perder su derecho a ser reconocido. El renacimiento francés será el fruto de este sufrimiento: declaro que me opondré a abandonar el suelo de la metrópoli. El armisticio a mi manera de ver es la condición necesaria para que la Francia eterna permanezca»

Esto dividirá el país en dos: una zona noroeste controlada por los alemanes y una sudeste en las que se establecería el nuevo Estado Francés. Perdía Francia, además, Alsacia – Lorena, la Valonia histórica conquistada por Luis XIV y los viejos territorios de Saboya, que tomó Italia. El país vivió estas condiciones como una humillación y murió con ello la idea de Francia como polo de las libertades frente a los totalitarismos. El exiliado español Chaves Nogales afirma:

«Francia se ha suicidado, pero al suicidarse ha cometido además un crimen inexpiable con esas masas humanas que habían acudido a ella porque en ella habían depositado su fe y su esperanza. Entre las cláusulas del deshonroso armisticio aceptado por el mariscal Pétain hay una que basta y sobra para deshonrar a un Estado; la cláusula por la que el gobierno francés se compromete a entregar a Hitler, atados de pies y manos, a los refugiados alemanes antihitlerianos que habían buscado su salvación en Francia y a quienes el Estado francés había utilizado sin escrúpulo en el simulacro de lucha contra el hitlerismo»

Esa Francia caída, humillada por un ejército invasor, no era una figura nueva: parecía una repetición de los eventos posteriores a la derrota en Sedán (1870). El expresidente François Mitterrand, sargento en este junio de 1940, dejó claro este cambio de paradigma:

«Era un soldado derrotado de un ejército sin honor: tenía el mayor resentimiento a aquellos que lo habían hecho esto posible, los políticos de la III República. Mi sensación de pertenencia a un gran pueblo, grande en la idea de su propio mundo y su estructura de valor, había recibido varios golpes. Yo he vivido a lo largo de los años 40: no tengo nada más que decir»

El filósofo Jean Paul-Sartre, movilizado por el ejército francés en septiembre de 1939, describe en sus conversaciones con su amante Simone de Beauvoir su captura en esta campaña. A inicios de junio, acabó en una villa abandonada tres o cuatro días, y la artillería le alertó que los alemanes estaban cerca. Los oficiales habían abandonado a los soldados, portando una bandera blanca. El último día Sartre fue despertado con las voces y lloros de la población ante la llegada de los tudescos: «fui afuera y recuerdo la sensación de extraña de vivir la escena de película en la que actuaba y que no era verdad». Luego de las amenazas de los soldados alemanes, acabó acorralado junto a un grupo de jóvenes franceses. Rememora que «había un tipo de unidad entre los hombres que estaban allí, la idea de la derrota, la de de ser prisionero, que era más importante que todo lo demás».

El camino a la resistencia

El trato duro de los alemanes, que de facto dominaban el país en el estilo de los conquistadores con más de 300.000 efectivos, se unió una deuda de cuatrocientos millones de francos franceses. Esta persecución económica derivó inevitablemente en un tipo piratería financiera, que acabó con una población hambrienta y pudo consolidar el germen de una posterior resistencia. Para François Marcot, historiador de la Sorbona, esta viró entre 200.000 y 400.000 habitantes a lo largo de la guerra. Su símbolo fue la cruz de Lorena, utilizada por los templarios por mandato del patriarcado de Jerusalén. El clima parisino, donde sobrevivía «a base de trabajillos», lo describe bien el republicano español Jorge Semprún:

«El París de la Ocupación era la época insensata en la que se iba en pandilla a ver Las moscas de Sartre; en la que, después de haber leído todos los libros, florecía súbitamente en nuestras almas la necesidad de tomar las armas».


ABC.es

  • Don Ramón Menéndez Pidal decía que las relaciones entre ambos países comenzaron hace mil años en la esquina del templo de Saint-Germain

Esa esquina, esa abadía, la iglesia de Saint-Germain-des-Prés, ha celebrado a finales de 2014 su primer milenario. En un ataque de afectación murciana, Azorín, enviado especial y cronista de ABC, prefería escribir San Germán de los Prados. Sospecho que los turistas que visitan la iglesia, en el corazón más snob de París, ignoran la historia, que Menéndez Pidal contaba con emoción muy prolija.

Hacia finales del año 1014 –ahora se cumplen mil años–, los monjes de esa abadía tuvieron noticia de una matanza de cristianos en la Córdoba musulmana de la época. Ni cortos ni perezosos, los monjes de St.-Germain tomaron una decisión heroica: hacer el viaje de ida y vuelta Córdoba–París, para rescatar los restos, despojos y reliquias de aquellos mártires, finalmente anónimos.

Aquel viaje tuvo una importancia histórica, que Menéndez Pidal fue el primero en subrayar.

Los monjes franceses de la abadía de St.-Germain fueron los primeros en abrir una ruta decisiva en los intercambios culturales de la época. Ellos trajeron a París y difundieron a lo largo del viaje poemillas y canciones que don Emilio García Gómez estudió con fervor: jarchas y zéjeles arábigo andaluces, cancioncillas cristianas y judías, que estaban en el origen de las nociones del amor que pronto florecieron en la futura Francia provenzal y la Italia de Dante.

Las nociones neoplatónicas del amor que venían de Alejandría y comenzaron a difundirse por Almería y el sur italiano sembraron las nociones del amor que fecundaron nuestra civilización. Aventura fabulosa y prodigiosa. Los monjes de la abadía de St.-Germain jugaron un papel sensible en la tarea de roturar y abrir una ruta cultural, Córdoba–París, a pie, a caballo, en burro.

Más de mil años después, la historia y las leyendas donde florecieron nuestras culturas han seguido su curso, dando incontables frutos, que la algarabía audiovisual, y sus ruidos, consiguen ocultar, para nuestra desdicha.

St.-Germain ha celebrado su primer milenario con un docto rosario de conferencias, coloquios, misas, conciertos y un belén voluntariamente modesto. Con un éxito cosmopolita. Grandes especialistas han glosado la historia de la iglesia, evocando las metamorfosis del París y la iglesuca donde comenzó esta historia. Turistas japoneses y californianos se demoran con placer ante la gran imaginería cristiana de la época. No pocos franceses de ultramar se arrodillan piadosos ante el Niño, María, Jesús, el burro y la vaca de un belén sin villancicos.

«El belén de la iglesia de mi pueblo es mucho más grande», me dice Carmen, una señora andaluza que echa en falta el guitarrerío y los villancicos de su tierra.


INAH

*** La exposición llega al Museo de quai Branly, en la ciudad de París, donde será inaugura este 6 de octubre y permanecerá hasta febrero de 2015

*** La muestra ha sido admirada por 435 mil 470 personas en las ciudades de México y Sao Paulo

Recibe Francia la muestra Mayas

La magna exposición mexicana “Mayas. Revelación de un tiempo sin fin” fue inaugurada el día de hoy en Francia, en el Museo de quai Branly, donde permanecerá hasta febrero de 2015.

Precedida de un notable éxito de público, admirada por 435 mil 470 personas en las dos sedes donde se ha presentado de las ciudades de México y Sao Paulo, la exposición Mayas. Revelación de un tiempo sin fin llega al Museo de quai Branly, en París, Francia, donde será inaugurada este 6 de octubre y permanecerá hasta febrero de 2015.

La apertura de la muestra en el recinto parisino, compuesta por 385 piezas, ha generado gran expectativa entre el público, que tradicionalmente ha manifestado un amplio interés por las culturas mesoamericanas y, en particular, la maya.

Integran la colección urnas, incensarios, cerámica, estelas, dinteles y máscaras funerarias de jade, así como piezas inéditas, procedentes de hallazgos recientes, entre ellas dos entierros con sus ofrendas, encontrados en Balamkú y la isla de Jaina, en el estado de Campeche.

Organizada por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), la exposición presenta un amplio recorrido de más de tres mil años de historia de los mayas, cuya propuesta museográfica le ha permitido itinerar por diversos espacios.

Asimismo, ofrece la oportunidad de ver piezas únicas reunidas por primera vez, resaltando sus cualidades estéticas y su significado histórico. Las obras representativas de toda el área maya reflejan la capacidad creadora, la sensibilidad estética y la perfección técnica lograda por los mayas.

Entre las piezas más relevantes está el Tablero del trono del Templo XXI de Palenque, del periodo Clásico Tardío (600-900 d.C.), que muestra a cinco personajes que realizan una ceremonia de autosacrificio. Al centro está el famoso gobernante K’inich Janahb Pakal, quien ofrece una espina de raya a su nieto, y otros personajes de la élite maya. También destaca un conjunto de bloques glíficos que relatan varios acontecimientos.

El hombre y la naturaleza es el primer núcleo temático, en el que se aborda la importancia que tuvieron la flora y la fauna en el mundo indígena prehispánico. Algunas plantas, fundamentalmente el maíz, estuvieron ligadas a la sustancia de la que fueron formados los seres humanos. Los animales eran considerados hermanos de los hombres, por lo que existen múltiples representaciones de vegetales y animales, y de seres humanos vinculados con ellos.

Comunidad humana y vida cotidiana es el segundo apartado en el que se muestran diversos aspectos de la sociedad maya, con énfasis en las ofrendas, la indumentaria, los ornamentos corporales y las costumbres alimenticias.

En el módulo El corazón de las ciudades se conjuntan elementos arquitectónicos, escultóricos y pictóricos de áreas ceremoniales de algunas de las grandes urbes mayas, mostrando la diversidad de estilos.

En la cuarta sección, El hombre frente al tiempo y los astros, se exhiben inscripciones de tipo astronómico y calendárico en piedra y estuco, con sus lecturas epigráficas. Asimismo, se integran vasijas y otros objetos con representaciones cosmológicas. Un ejemplo es el Monumento 175 de Toniná, de piedra arenisca, que data del periodo Clásico Tardío, el cual registra una ceremonia alusiva al fuego realizada por el Gobernante 8 en la tumba del Gobernante 1 en la fecha 3 Manik’ 0 Muwaan, equivalente al 31 de octubre de 799 d.C. También muestra la escena de un prisionero.

El siguiente rubro, Las élites gobernantes y su historiografía, presenta a los mayas escribiendo su propia historia, sobre todo la de los gobernantes, a través de inscripciones jeroglíficas que dejaron plasmadas en estelas y otras piezas, y que gracias a los avances en la epigrafía, la mayor parte de estos textos ya se pueden leer.

De este modo, se presentan obras que revelan el ascenso al trono, hazañas guerreras, matrimonios, así como a los personajes religiosos y políticos, que al lado del gobernante supremo, estaban a la cabeza de cada Estado maya.

En Las fuerzas sagradas se explican las ideas religiosas, la veneración a los estratos cósmicos (cielo, tierra, inframundo) y las fuerzas naturales (sol, lluvia, relámpago), y la sacralidad de la vida expresada en figurillas de deidades femeninas y de dioses representados en cerámica, esculturas, urnas, incensarios, etc.

El hombre frente a los dioses: los ritos, es el séptimo núcleo temático que aborda la vida ritual, los mitos cosmogónicos y el culto a las deidades. Entre las piezas representativas de estas prácticas está el Disco de Chinkultik (marcador de juego de pelota de piedra caliza) que data del periodo Clásico Temprano (250-600 d.C.), donde está representado el gobernante Chinkultik con un gran tocado de plumas y flores.

En el último apartado, Entrar en el camino: ritos funerarios, exhibe piezas como urnas, cerámica, joyas, además de máscaras funerarias elaboradas en mosaico de jade, acompañadas de adornos de jade, de concha Spondylus y de otros materiales.

Entre los objetos exhibidos, destacan la Máscara con orejeras de Calakmul, la Máscara funeraria de Dzibanché y la Máscara del cinturón ceremonial de Pakal. En los entierros de los gobernantes, su cara era cubierta con una máscara de jade, material precioso, símbolo de poder, inmortalidad y fertilidad, que buscaba sustituir el rostro perecedero del muerto con un retrato perdurable para conservar su espíritu.

Mayas. Revelación de un tiempo sin fin se conforma de piezas procedentes de 20 museos mexicanos, entre ellos el Museo Nacional de Antropología, el Museo Regional de Chiapas, el Museo de Sitio de Palenque “Alberto Ruz Lhuillier”, el Museo de Sitio de Comalcalco, el Museo Maya de Cancún, el Museo Regional de Antropología Palacio Cantón y el Museo Arqueológico de Campeche Fuerte de San Miguel.


El Confidencial

  • El 25 de agosto se conmemoran los 70 años
Hollande se inclina ante la bandera republicana en el aniversario de 2012.

Hollande se inclina ante la bandera republicana en el aniversario de 2012.

El próximo 24 de agosto, una extraña caravana recorrerá París. Un grupo de franceses y españoles portarán en las calles de la capital francesa las fotos de algunos de los soldados que ese día, hace 70 años, fueron los primeros en entrar en la ciudad para liberarla de sus ocupantes nazis. Franceses y turistas descubrirán que esas fotos en blanco y negro con los rostros de los liberadores son el testimonio, silenciado durante décadas, de que esos soldados que se jugaron la vida por liberar París eran en su inmensa mayoría españoles.

El 24 de agosto de 1944, un grupo de vehículos blindados semiorugas (half-tracks) y tres tanques Sherman entran en la capital francesa por sorpresa. Los parisinos creen en un principio que son parte de las tropas alemanas instaladas en la ciudad; después se dan cuenta de que no, que visten uniformes del ejército de Estados Unidos y que son la avanzadilla de las tropas que devolverán la libertad a París y, por consiguiente, a toda Francia.

Pero la confusión aumenta cuando cada vehículo en los que se desplazan esos oficiales y soldados tiene inscrito en el morro un nombre en español. Los half-tracks bautizados ‘España cañí’, ‘Guernica’, ‘Madrid’, ‘Brunete’, ‘Guadalajara’ o ‘Ebro’, entre otros, son conducidos por militares que portan una bandera roja, amarilla y violeta cosida a sus uniformes. Son los miembros de La Nueve, la compañía de choque de la II División Blindada (DB) del general Leclerc. Se la conocía así, La Nueve, en español, porque 146 de sus 160 componentes eran republicanos españoles, alistados en las tropas de la Francia libre.

La Nueve estaba comandada por el capitán francés Raymond Dronne, que tenía como mano derecha al teniente Amado Granell, el valenciano que fue el primer militar francés en entrar ese día en el Ayuntamiento de París, ya en manos de la resistencia parisina en la que, por cierto, habían participado otros miles de españoles exiliados. En la noche del 24 de agosto del 44, canciones como “Ay, Carmela” y otras pertenecientes al cancionero republicano español sonaron hasta la madrugada en los lugares ‘asegurados’. Pero la liberación de París no había terminado.

Los españoles de La Nueve hicieron frente dentro de la capital a los contraataques y emboscadas de los alemanes que todavía ocupaban la ciudad. El 25 de agosto, el gobernador alemán, atrincherado en el Hotel Meurice con sus tropas de élite, se rindió por fin. Un extremeño, Antonio Gutiérrez, se encargó de mantener encañonado a la máxima autoridad nazi  en la capital francesa mientras esperaba que un militar del rango del alemán se hiciera cargo de él. Von Choltitz le regaló a Gutiérrez su reloj, en agradecimiento por haber respetado las convenciones militares internacionales.

De Gaulle desfila escoltado por españoles 

París estaba ya casi limpia de nazis y colaboradores franceses para que el general Charles De Gaulle pudiera hacer su entrada en la ciudad y simbolizar con su imagen la liberación de la capital, de la Francia que se ponía de nuevo en pie, como escribió Leclerc. El 26 de agosto, el militar que se había exiliado a Londres y que había desafiado a su excompañero Petain, recorría a pie las calles de París, desde el Arco de Triunfo y la Tumba al Soldado Desconocido, hasta la catedral de Notre Dame. Cuatro de los half-tracks de La Nueve fueron los elegidos para abrir el desfile de De Gaulle. Amado Granell encabezaba el cortejo, que recibía los vítores de una ciudadanía en júbilo. Quedaba claro el homenaje militar de De Gaulle a La Nueve y a los españoles que la componían. Pero a partir de ahí, la historia de estos republicanos que habían participado en la guerra civil con apenas 20 años y que se convirtieron en héroes bajo mando francés se silenció y se enterró voluntariamente con una capa de propaganda más fuerte que el cemento, precisamente en el país al que ayudaron a liberar.

 

Ya el día 25, el diario Libération abre en primera con una gran foto del interior del Ayuntamiento, en la que se ve a Amado Granell con el líder de la resistencia parisina. El nombre de Granell no es mencionado, nada se dice sobre los españoles ; el periódico habla de “soldados americanos”. La torpeza de los periodistas no es sorprendente, ni antes ni ahora, y Libération pudo haberse equivocado con los uniformes como los propios parisinos en la calle, pero lo que vino después estuvo bien pergeñado.

Hay palabras que quedan grabadas para la historia y pasan a formar parte de la memoria política de los pueblos. De Gaulle sabía lo que tenía que decir cuando lanzó su famosa proclama: “París, ultrajada, París, rota, París, martirizada, pero París liberada. Liberada por ella misma, liberada por su pueblo con el concurso de los ejércitos de Francia, con el apoyo y la contribución de Francia entera. Es decir, de la única Francia, de la verdadera Francia, de la Francia eterna”.

La reescritura de la Historia 

Ni una palabra sobre los auténticos liberadores españoles. Poco importantes para el futuro, según De Gaulle, que debía enterrar la imagen de la Francia colaboracionista, ensalzar a una Resistencia francesa en la que participaron pocos franceses y hacer frente a los norteamericanos, por una parte, y a los comunistas locales, por otra. Gaullistas y comunistas decidieron, pues, que toda Francia había sido resistente y que sus soldados liberaron París.

Desde entonces, los historiadores franceses, los militares o los periodistas han ignorado el papel jugado por los republicanos españoles en la liberación de Francia. Un silencio de 70 años que pocas obras escritas han intentado romper. Entre ellas, el libro de Evelyn Mesquida La Nueve, ces republicains espagnols qui ont liberé Paris, publicado en español por Ediciones B con el título La Nueve, los españoles que liberaron París. La obra de Mesquida, que fue durante mas de 30 años corresponsal de Tiempo en la capital francesa, recoge la historia de La Nueve y, en especial, las entrevistas que la periodista hizo a algunos de los supervivientes de compañía. El testimonio de esos veteranos es una de las páginas mas emocionantes y tristes de la historia de Francia. Es, también, parte de la memoria de la trágica guerra civil española.

“Un deshonor para Francia”

“Si este año, por el 70 aniversario, Francia no los reconoce, será una vergüenza y un deshonor”. Así se expresa Evelyn Mesquida, que ha contactado con el Elíseo y el Ministerio de Defensa francés para instarlos a participar en el homenaje del 24 de agosto. Según el entorno de François Hollande, el presidente es muy sensible a la gesta de la Nueve, y así se lo han asegurado a Mesquida, que espera que el jefe del Estado dedique unas palabras a los españoles en un discurso que debe pronunciar el 25 de agosto.  Hay que recordar que Hollande ya se inclinó ante la bandera republicana hace dos años, en el consistorio parisino, con motivo del 68 aniversario de la gesta.

También desde el Ministerio de Defensa francés se promete un reconocimiento. Evelyn Mesquida no se fía. Hace años que recorre los archivos de Francia donde el papel de los españoles en la liberación de el país está escrito. Hace años que se topa con el silencio y la animosidad de los altos mandos militares.

La historia francesa de los españoles que partiparon en La Nueve no empieza en París. Comienza tras la derrota republicana y el comienzo del exilio. Cientos de miles de españoles, muchos de ellos combatientes republicanos, pasan la frontera de los Pirineos. Otros huyen en barco hacia las colonias francesas del otro lado del Meditarráneo. En una y otra parte, son encerrados en campos de concentración (por primera vez se les lamó así), donde son apaleados, pasan hambre, frío y sufren enfermedades. A los hombres se les ofrecen dos soluciones: ser devueltos a España o alistarse en la Legión francesa. Así, algunos miembros de La Nueve participaron en combates contra los alemanes antes de la debacle del ejército francés.

Una vez que Petain se alía con Hitler, los españoles intentan por todos los medios pasarse al ejército de de Gaulle, el ejército de la ‘Francia libre’. Muchos participaron en las batallas que han edificado la historia militar francesa en África: Cufra, El Alamein, Bir Hakeim… Los 146 que formaban parte de La Nueve fueron entrenados en Gran Bretaña antes de desembarcar en Normandía el 1 de agosto de1944.  Formaban parte de las tropas francesas comandadas por el general Patton. De ahí los uniformes del ejército norteamericano. Pero su lucha no acabó en París. Los miembros de La Nueve que quedaban con vida tras duros combates en Alsacia y Lorena fueron los primeros también en llegar al último refugio de Hitler, el Nido del Águila, en Berchtesgaden.

Una mayoría de anarquistas 

Que Francia ‘nacionalizara’ su Historia es injusto, pero políticamente comprensible. Como lo es también que la falta de apoyo a estos soldados exiliados se debe muy en parte a que eran en su mayoría anarquistas. Una mayoría de anarquistas comecuras, ateos y anticlericales que no dudaron en contribuir a la compra de una nueva estatua del Sagrado Corazón para la iglesia de la localidad de Ecouché, en Normandía. La vieja escultura fue destruida en los feroces batallas que libró La Nueve contra las tropas alemanas.

Francia no reconoció a los soldados españoles en parte porque eran anarquistas ‘comecuras’ (aunque llegaran a financiar una estatua católica en un pueblo de Francia)

Esos anarquistas, reacios a aceptar órdenes de militares franceses inexpertos o ineptos, respetaron y se ganaron el reconocimiento de Philippe François Marie de Hauteclocque, más conocido como el general Leclerc, un aristócrata católico y profundamente religioso al que los españoles llamaban ‘el patrón’.

Ese grupo de anarquistas enseñó un poco de dignidad también a los exaltados franceses que intentaban robar las botas a los soldados alemanes vencidos, o a los que maltrataban a las mujeres francesas que supuestamente habían confraternizado con el invasor. Para los soldados de La Nueve, esos que perseguían a las mujeres deberían haber luchado contra los alemanes y no quedarse esperando a que los liberaran.

“España es mi madre; Francia, mi novia” 

El único reconocimiento oficial para algunos miembros de La Nueve fueron las medallas y otros honores militares por su labor en el campo de batalla. Amado Granell, el teniente y segundo en el mando de la compañía, recibió del general Leclerc la Legión de Honor con estas palabras: “Si es cierto que Napoleón creó esta distinción para recompensar a los valientes, nadie la merece más que usted”. De Gaulle ofreció a Granell un puesto de comandante en el ejército francés si abandonaba su nacionalidad. Granell le respondió negativamente, arguyendo que “amaba a España como una madre y a Francia como una novia”. Socialista próximo a Largo Caballero, hizo de intermediario entre su partido y Juan de Borbón para facilitar la instauración en España de un sistema monárquico democrático. Granell, entrevistado por primera vez en España en 1970 por Vicente Talón para el diario Pueblo, murió en España en un accidente de tráfico en 1972.

Amado Granell.Amado Granell.

Granell fue el oficial español de mayor grado en La Nueve, pero eso no puede hacer olvidar los nombres de los españoles de la compañía que dejaron su vida desde el desembarco en Normandía el primero de agosto del 44 hasta la capitulación alemana. El libro de Evelyn Mesquida es un homenaje a todos ellos. De los 146 que salieron de Gran Bretaña para “liberar a Europa del fascismo”, quedan hoy dos con vida: el barcelonés Luis Royo, que reside en Cachan, cerca de París, y el almeriense Rafael Gómez, que vive en un pueblo cerca de Estrasburgo. Royo, Gómez, el asturiano Manuel Fernández, los gallegos Víctor Lantes y Cariño López, el valenciano Germán Arrúe, el santanderino Faustino Solana, los barceloneses hermanos Pujol, el madrileño Antonio Van Baunberghen, formado en el Instituto Libre de Enseñanza o el aragonés Martín Bernal, torero conocido como ‘Larita II’ antes de la guerra de España, pensaron, hasta el último momento, como el resto de la compañía, que tras la victoria en Francia y Alemania los aliados los ayudarían a combatir en España.

Desde que cruzaron la frontera en el 39 no tenían otro objetivo. Los dos supervivientes lo atestiguan. Rafael Gómez, que conducía el half-track ‘Don Quijote’ recuerda que la noche de la liberación de París todos durmieron pensando que “la liberación de España estaba próxima”. Luis Royo, que guiaba el ‘Madrid’, reconoce que él nunca pensó que luchaba por Francia, sino por la libertad. Ambos tuvieron que renunciar a su sueño e integrarse en la sociedad francesa de posguerra. Ni sus compañeros de trabajo ni sus vecinos supieron nunca que esos dos extranjeros habían arriesgado su vida por Francia. El primer reconocimiento político oficial lo recibieron hace diez años, gracias al apoyo de la hoy alcaldesa de París, Anne Hidalgo. 70 años antes de la llegada al Ayuntamiento de esta gaditana, otros españoles ya habían hecho historia en el mismo lugar. Si Francia vive desde entonces en democracia y en libertad es, en parte, gracias a ellos.


El Mundo

  • ARQUEOLOGÍA Un hallazgo insólito que precisa ser restaurado

Una momia egipcia rescatada de la basura protagoniza estos días la última campaña para recaudar fondos de la Fundación del Patrimonio Nacional francés. Conocida como la momia Ta-Iset de Rueil-Malmaison, por el hecho de haber sido descubierta en 2001 en dicho suburbio parisino, se trata de una antigüedad que los expertos datan entre los siglos I y III antes de Cristo y que precisa ser restaurada de urgencia.

¿Cómo fue a parar a la escombrera? ¿Quiénes han sido sus propietarios durante los últimos años y por qué se deshicieron de ella? ¿Quién la trajo a Francia y cuándo? Son algunos de los misterios que rodean la venerable mortaja de lo que aparentemente es una niña de 5 años que habría nacido entre la época de Ptolomeo y la llegada de los romanos a orillas del Nilo.

Según los habitantes de Rueil-Malmaison (en el departamento de Hauts-de-Seine, al oeste de la capital gala), la historia de su momia es digna de las más fantásticas leyendas egipcias. Al parecer, una mujer desconocida llegó en 2001 al Cuartel Guynemer, enfrente del cual hay contenedores para el reciclaje, y preguntó a los presentes dónde podía tirar un voluminoso paquete alargado. «¿Es un muerto?», bromeó alguien. «No, es una momia», explicó la anónima ciudadana.

Para los agentes de Protección Civil, que ya entonces ocupaban esta antigua sede de la guardia suiza, aquello supuso «un auténtico engorro», como bien recuerda Jean-Louis Parichon, presente aquel día y hoy adjunto al jefe del servicio. «Enseguida nos dimos cuenta de que era un objeto extraordinario. Algunos pensaron que podría ser de verdad un cadáver y dudamos en llamar a la Gendarmería. Otros se preguntaban si era una falsificación. Hubo incluso quien sugirió ponerla a la venta en eBay… Al final, decidimos entregarla al Museo de Historia Local», explica Parichon.

Una restauración de 15.000 euros

Durante meses, los eruditos del Museo del Louvre analizaron el hallazgo para determinar que era auténtico. En el pequeño ataúd de madera clara, la radiografía reveló un cuerpo entero de 92,5 centímetros de altura, envuelto en vendas y con el esqueleto bien conservado. Algunas inscripciones funerarias permitieron a los egiptólogos incluso darle un nombre a esta niña que debía de pertenecer a la clase media: Ta-Iset, que en el idioma de los faraones significa La de Isis, en honor a la diosa protectora de la mitología egipcia.

Según las especulaciones de los historiadores, este tesoro podría haber sido traído de Egipto por el General Noël Varin-Bey: un oficial de Napoleón Bonaparte que luego serviría durante dos décadas al servicio del virrey de Egipto, Mehmet Ali, llegando a fundar en Gizeh una escuela de caballería. De vuelta al Hexágono en 1857, el veterano militar se había instalado en Rueil-Malmaison trayendo consigo a Ta-Iset como recuerdo de su larga estancia en aquel país. Luego sus herederos, no sabiendo qué hacer con tan excéntrico souvenir, se habrían deshecho de él.

«Llamada a filántropos: ¿quiere usted contribuir a restaurar una auténtica momia egipcia?», pregunta la web de Patrimonio Nacional. En el site, se explica que los gastos de reparación de tan curiosa antigüedad ascienden a 15.450 euros, de los cuales el municipio correrá con 5.000 euros y la región de Ile-de-France con otros 4.000. El resto habrá de cubrirse con suscripción popular y con dinero de la Fundación, que se ha comprometido a aportar el capital que falte siempre que la iniciativa ciudadana cubra al menos un 5% del coste total presupuestado.

«Esta es la primera vez que abrimos una suscripción para una momia. No tengo duda de que va a ser un éxito dada la historia tan curiosa del objeto», señala Mary Tozer, gerente de proyectos de Patrimonio Nacional. La restauración consistirá en consolidar el cartón y reforzar los textiles del vendaje, además de una limpieza general, y correrá a cargo del Centro de Investigación y Restauración de los Museos de Francia (C2RMF) con sede en Versalles.

Para cuando se complete a finales de 2014, el Museo de Rueil-Malmaison ya tiene preparada una sala especial con todos los requisitos para la óptima conservación de la antigüedad. «Las momias son frágiles y necesitan unas condiciones de almacenamiento óptimas: humedad del 50%, temperatura de entre 18 y 20 grados», comenta a AFP Marie Aude-Picaud, la directora de la institución. Arrancada de su tierra natal hace más de 3.000 años, Ta-Iset podrá entonces descansar en paz. La única diferencia es que dormirá a orillas del Sena, en vez de al borde del Nilo.

Momia hallada en un contenedor en Francia.

Momia hallada en un contenedor en Francia. FONDATION DU PATRIMONIE


El Pais

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Mastaba (tumba en forma de pirámide truncada) de Mereruka (hacia 2300 antes de Cristo), visir del faraón Teti (VI Dinastía). / ISIDORO MERINO

Las cosas se han puesto feas en Egipto, un país maravilloso y fascinante al que recomiendo viajar en cuanto las aguas se calmen. Entre tanto, habrá que conformarse con los tesoros del arte faraónico (algunos, fruto del expolio sistemático de templos y tumbas por aventureros como Giambattista Belzoni) que se exhiben en museos de Europa y Estados Unidos.

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Museo egipcio de Turín (Italia)

En 2006, el escenógrafo Dante Ferretti, colaborador de Fellini y Pasolini, recreó la penumbra de una tumba faraónica para transformar la colección de esculturas del Museo Egipcio de Turín, una de las más importantes del mundo, en un espacio solemne y misterioso donde destaca una figura  sedente de Ramsés II, la joya del museo, fundado en 1824 por el rey Carlo Felice de Saboya con las estatuas, papiros, cerámicas, amuletos, muebles, momias, joyas, objetos domésticos y ajuares funerarios reunidos por Bernardino Drovetti (1776-1852) durante su estancia como cónsul francés en Egipto. Drovetti aprovechó su amistad con el virrey Mohamed Ali para sacar del país  más de 5.000 piezas que vendió por una fortuna.  Excavaciones posteriores, como las que realizaron Ernesto Schiaparelli y Giulio Farina entre 1903 y 1937, contribuyeron a enriquecer los fondos de la colección, que hoy cuenta con más de 26.500 piezas, de las que sólo unas 6.500 pueden ser expuestas.  EL PAÍS / EFE

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Museo Gregoriano Egipcio en los museos Vaticanos. Roma (Italia)

Creado por el papa Gregorio XVI en 1839, buena parte de sus fondos proceden de excavaciones en Roma y   Villa Adriana (Tívoli), lo que demuestra la importancia que alcanzó el culto a Isis, importado de Egipto, durante la época imperial.  Nicho de la Piña, con varias estatuas de la diosa Sejmet. / I. M.

 

Busto de Nefertiti en el Neues Museum

Neues Museum. Berlín (Alemania)

Hace 100 años que la bella Nefertiti,  “señora de la dulzura”, esposa del faraón Akenatón (1353-1336 a. C), llegó a Berlín. Su célebre busto, convertido en canon de belleza, fue  hallado entre las ruinas del taller del escultor Tutmose en el curso de las excavaciones en Tell el-Amarna que dirigía el egiptólogo alemán Ludwig Borchardt; hoy reina altiva desde su pedestal en las salas de arte egipcio del Neues Museum, remodelado por el arquitecto británico David Chipperfield. /ACHIM KLEUKER / STAATLICHE MUSEEN ZU BERLIN

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Metropolitan Museum. Nueva York (Estados Unidos)

Cerca de 26.000 objetos, de un período que abarca desde el paleolítico a la era romana (300,000 a.C.–siglo IV d. C) constituyen las colecciones egipcias del Metropolitan, fruto de las misiones arqueológicas iniciadas por el museo en 1906. La estrella del museo es el templo de Dendur (siglo I a. C.), gemelo del madrileño de Debod y al igual que este, un regalo del Gobierno egipcio por la ayuda en el salvamento de los monumentos de Nubia tras la construcción de la presa de Asuán. Templo de Dendur / WIKIMEDIA

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British Museum. Londres (Reino Unido)

Junto a  tesoros como los mármoles del Partenón (reclamados por Grecia), el estandarte de Ur o las esculturas del mausoleo de Halicarnaso, el edificio neoclásico del British Museum, en el barrio londinense de Bloomsbury, alberga uno de los mayores conjuntos de sarcófagos, papiros y esculturas faraónicas. En él también se exhibe la piedra de Rosetta, que permitió a Champollion descifrar los jeroglíficos. Foto: Juicio de Hu-Nefer. Papiro tebano de la 19ª dinastía. / BRITISH MUSEUM

Escriba-sentado

Museo del Louvre. París (Francia)

El primer conservador del departamento de antigüedades egipcias del museo del Louvre fue Jean-François Champollion, padre de la egiptología moderna. En sus salas se pueden contemplar maravillas como El escriba sentado, una de las obras maestras del Imperio Antiguo, hallada en la necrópolis de Saqqara, cerca de Menfis (en la foto). / MUSÉE DU LOUVRE

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