La bandera rojigualda cumple 230 años


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  • Carlos III dispuso su uso para la Armada en 1785, ante la confusión del anterior pabellón con otras marinas

    museo naval Banderas del buque de guerra y de los mercantes elegidas por Carlos III en 1785

    museo naval | Banderas del buque de guerra y de los mercantes elegidas por Carlos III en 1785

Hace 230 años, el rey Carlos III disponía por el Real Decreto de 28 de Mayo de 1785 el uso de la bandera de España «rojigualda» para la Marina de Guerra. Aún habrían de pasar casi 60 años para que fuera impuesta como bandera nacional, pero en aquel último tercio del siglo XVIII la «rojigualda» era izada por primera vez «para evitar los inconvenientes y perjuicios, que ha hecho ver la experiencia, puede ocasionar la Bandera Nacional de que usa mi Armada Naval y demás embarcaciones españolas, equivocándose a largas distancias o con vientos calmosos, con las de otras naciones», explicaba el monarca ilustrado.

La Armada utilizaba hasta entonces un pabellón en fondo blanco, con el escudo de armas en el centro, una bandera muy similar a la que izaban en sus buques de guerra otros países bajo gobierno de la Dinastía de los Borbones -España, Francia, Nápoles, Toscana, Parma o Sicilia-, con sus armas reales sobre el paño blanco propio de la Casa de Borbón. Como los estados entraban frecuentemente en guerra entre sí, «se producían lamentables confusiones en la mar, al no poder distinguirse si el buque avistado era propio o enemigo hasta no tenerlo prácticamente encima», explica la web del Ejército de Tierra.

El monarca ilustrado encargó a su ministro de Marina, Antonio Valdés y Fernández Bazán, que le presentase varios modelos de banderas, que fueran visibles a grandes distancias en el mar y éste convocó un concurso y seleccionó doce bocetos que mostró al rey. Carlos III eligió dos de ellos, a los que varió las dimensiones de las franjas, declarándolos reglamentarios el primero para la Marina de Guerra y el segundo para la Mercante.

«He resuelto que en adelante usen mis buques de guerra de Bandera dividida a lo largo en tres listas, de las que la alta y la baja sean encarnadas y del ancho cada una de la cuarta parte del total y la de enmedio amarilla, colocándose en esta el escudo de mis Reales Armas reducido a dos cuarteles de Castilla y León con la Corona real encima…», dispuso en 1785.

En 1793 se ordenó que este pabellón ondeara también en los puertos y fuertes de la Marina. Su uso se extendió en la Guerra de Independencia (1808-1814), pero no fue hasta el reinado de Isabel II (1833-1868) cuando se ordenó que todas las unidades militares españolas utilizaran la misma bandera, con el Real Decreto de 13 de octubre de 1843.

Tanto en el reinado de Amadeo I de Saboya (1871-1873) como en la Primera República (1873-1874) se respetaron los colores. Fue con la irrupción de la Segunda República (1931-1939) cuando se decidió dar un nuevo símbolo al estado naciente. El Gobierno provisional decretó en 1931 la introducción de una banda color morado completando la enseña de «tres bandas horizontales de igual ancho, siendo la roja la superior, amarilla la central».

En 1936 estalló la Guerra Civil y las tropas sublevadas se restableció la bandera rojigualda. El presidente de la Junta de Defensa Nacional, general Cabanellas, firmó un decreto el 29 de agosto de 1936, por el que «se restablece la bandera bicolor, roja y gualda, como bandera de España». Cuando el general Francisco Franco (1939-1975) ganó la guerra impuso definitivamente la insignia. El águila de San Juan se estampó en la tela roja y gualda.

Con la llegada de la Democracia, se buscó una enseña que uniera a todos los españoles y espantara las divisiones del pasado. El Rey Juan Carlos I sustituyó el reglamento franquista por el Real Decreto 1511/1977, que regulaba banderas y estandartes, guiones, insignias y distintivos.

El artículo 4.1 de la Constitución Española recoge que «la bandera de España está formada por tres franjas horizontales, roja, amarilla y roja, siendo la amarilla de doble anchura que cada una de las rojas».

La abadía parisina que acercó a España y Francia


ABC.es

  • Don Ramón Menéndez Pidal decía que las relaciones entre ambos países comenzaron hace mil años en la esquina del templo de Saint-Germain

Esa esquina, esa abadía, la iglesia de Saint-Germain-des-Prés, ha celebrado a finales de 2014 su primer milenario. En un ataque de afectación murciana, Azorín, enviado especial y cronista de ABC, prefería escribir San Germán de los Prados. Sospecho que los turistas que visitan la iglesia, en el corazón más snob de París, ignoran la historia, que Menéndez Pidal contaba con emoción muy prolija.

Hacia finales del año 1014 –ahora se cumplen mil años–, los monjes de esa abadía tuvieron noticia de una matanza de cristianos en la Córdoba musulmana de la época. Ni cortos ni perezosos, los monjes de St.-Germain tomaron una decisión heroica: hacer el viaje de ida y vuelta Córdoba–París, para rescatar los restos, despojos y reliquias de aquellos mártires, finalmente anónimos.

Aquel viaje tuvo una importancia histórica, que Menéndez Pidal fue el primero en subrayar.

Los monjes franceses de la abadía de St.-Germain fueron los primeros en abrir una ruta decisiva en los intercambios culturales de la época. Ellos trajeron a París y difundieron a lo largo del viaje poemillas y canciones que don Emilio García Gómez estudió con fervor: jarchas y zéjeles arábigo andaluces, cancioncillas cristianas y judías, que estaban en el origen de las nociones del amor que pronto florecieron en la futura Francia provenzal y la Italia de Dante.

Las nociones neoplatónicas del amor que venían de Alejandría y comenzaron a difundirse por Almería y el sur italiano sembraron las nociones del amor que fecundaron nuestra civilización. Aventura fabulosa y prodigiosa. Los monjes de la abadía de St.-Germain jugaron un papel sensible en la tarea de roturar y abrir una ruta cultural, Córdoba–París, a pie, a caballo, en burro.

Más de mil años después, la historia y las leyendas donde florecieron nuestras culturas han seguido su curso, dando incontables frutos, que la algarabía audiovisual, y sus ruidos, consiguen ocultar, para nuestra desdicha.

St.-Germain ha celebrado su primer milenario con un docto rosario de conferencias, coloquios, misas, conciertos y un belén voluntariamente modesto. Con un éxito cosmopolita. Grandes especialistas han glosado la historia de la iglesia, evocando las metamorfosis del París y la iglesuca donde comenzó esta historia. Turistas japoneses y californianos se demoran con placer ante la gran imaginería cristiana de la época. No pocos franceses de ultramar se arrodillan piadosos ante el Niño, María, Jesús, el burro y la vaca de un belén sin villancicos.

«El belén de la iglesia de mi pueblo es mucho más grande», me dice Carmen, una señora andaluza que echa en falta el guitarrerío y los villancicos de su tierra.

¿Cuál fue el origen de la hostilidad de Francisco de Quevedo hacia los catalanes?


ABC.es

  • «Son los catalanes aborto monstruoso de la política», recita en una de sus obras. Las redes sociales han rescatado fuera de contexto las citas del poeta del Siglo de Oro, donde se muestra muy crítico con los habitantes de esta región de España
¿Cuál fue el origen de la hostilidad de Francisco de Quevedo hacia los catalanes?

wikipedia | Retrato de Francisco de Quevedo

Madrileño de nacimiento, pero descendiente de unos hidalgos cántabros, Francisco Gómez de Quevedo Villegas se movió durante toda su vida con precariedad por la corte castellana. Para mantener su estatus de poeta oficioso de Madrid, el autor de «La vida del Buscón» tuvo que claudicar en numerosas ocasiones a favor de la opinión impuesta por el Conde-duque de Olivares, al cual no profesaba especial simpatía. Sin embargo, no parece que la hostilidad hacia los catalanes fuera forzada por nadie, sino representativa del clima de opinión que imperó en el contexto de la Sublevación de Cataluña en 1640.

El poeta vivió en primera persona el proceso de decadencia del Imperio español, que en el año de su nacimiento, 1580, estaba a punto de alcanzar su máxima expansión con la conquista de Portugal. No en vano, a su muerte en 1645 el panorama era muy distinto con la rebelión iniciada por los catalanes consumiendo tropas y recursos a un ritmo desconocido en España desde tiempos de la Reconquista.

La Sublevación de Cataluña tuvo su raíz en la hoja de reformas con la que el Conde-duque de Olivares buscaba repartir los esfuerzos y exigencias de mantener un sistema imperial entre los territorios que conformaban la Monarquía hispánica. Hasta entonces, Castilla había cargado de forma desproporcionada con los compromisos en Europa de la dinastía Habsburgo, y a esas alturas una profunda crisis demográfica azotaba las tierras castellanas. Las reformas fueron recibidas en Cataluña con gran hostilidad. Así, en mayo de 1640 se produjo un alzamiento generalizado de la población del principado de Cataluña contra la movilización de los tercios del ejército real. Esta tensa situación desembocó el 7 de junio de 1640 en el conocido como día del «Corpus de Sangre», cuando un pequeño incidente en la calle Ample de Barcelona entre un grupo de segadores precipitó la revuelta.

«En tanto en Cataluña quedase un solo catalán, y piedras en los campos desiertos, hemos de tener enemigos y guerra», escribió Quevedo sobre un conflicto que se complicó por momentos. Los gobernantes catalanes se aliaron con el máximo enemigo de la Monarquía hispánica: el Reino de Francia. El cardenal Richelieu no desperdició una oportunidad tan buena para debilitar a la corona española y apoyó militarmente a los sublevados. Cuando las tropas de Felipe IV dieron la vuelta a la situación y estalló otra revuelta popular –en este caso, en apoyo a la corona hispánica–, los gobernantes rebeldes forzaron una alianza con Francia, donde Cataluña se constituía en república independiente bajo la protección de Francia. No obstante, ese mismo año, 1641, anunciaron que el nuevo conde de Barcelona sería Luis XIII de Borbón, rememorando el antiguo vasallaje de los condados catalanes con el Imperio Carolingio.

Luis XIII nombró un virrey francés y llenó la administración catalana de conocidos pro-franceses Pronto, la población de Cataluña se dio cuenta de su error. El pulso al Conde-duque de Olivares había desembocado en una guerra cuyos gastos militares estaban financiando ellos, justo la razón por la que iniciaron la revuelta. Durante casi una década, la región de Cataluña permaneció bajo control francés hasta que el final de la Guerra de los Treinta años, y el enfriamiento del choque hispano francés, permitió a Felipe IV recuperar el territorio perdido. Conocedor del descontento de la población catalana por la ocupación francesa, un ejército dirigido por Juan José de Austria rindió Barcelona en 1651.

Mientras tanto en Madrid, donde cada vez era más evidente que el Imperio español se desmoronaba a pasos agigantados, un ambiente de nostalgia y derrotismo invadió el clima de opinión. Francisco de Quevedo, que había renunciado a la corte y estaba retirado en un pueblo de Ciudad Real, apuntó a los catalanes como los causantes de todos los males del imperio, junto a otros muchos autores castellanos. Antes de fallecer el 8 de septiembre de 1645, el poeta dejó escrito: «Son los catalanes aborto monstruoso de la política. Libres con señor; por esto el conde de Barcelona no es dignidad, sino vocábulo y voz desnuda. Tienen príncipe como el cuerpo alma para vivir y como éste alega contra la razón apetitos y vicios, aquéllos contra la razón de su señor alegan privilegios y fueros. Dicen que tienen Conde, como el que dice que tiene tantos años, teniéndole los años a él. El provecho que dan a sus reyes es el que da a los alquimistas su arte; promételes que harán del plomo oro, y con los gastos los obligan a que del oro hagan plomo».

Relación de Castilla y Cataluña

En el contexto de una guerra que costó miles de muertos, la enemistad entre castellanos y catalanes era compartida. En 1640, un diplomático italiano informó que Barcelona se había convertido en «una ciudad sediciosa, rebelde y violenta». El odio flotó en ambas direcciones, sin que al final del conflicto quedaran grandes cuentas pendientes. En 1653, cuando los campesinos de la Cerdaña organizaron una incursión militar para reconquistar el valle que Francia se había negado a devolver al final de la guerra, su grito principal fue «¡Visca Espanya!» en apoyo a su relación con España.

De hecho, más allá de estos inevitables episodios de tensión entre los distintos reinos de la península, la relación entre Castilla y Cataluña fue de cooperación mutua desde la unión de las coronas de Castilla y León con Aragón. Como recuerda Henry Kamen en su último libro, «España y Cataluña: Historia de una pasión», en 1479 la ciudad de Barcelona comunicó a Sevilla: «Ahora somos todos hermanos». Fue muy posteriormente, a partir del siglo XIX, cuando algunos autores catalanes comenzaron a culpar a los castellanos y a la unión de coronas de haber causado perjuicio a las iniciativas empresariales de Cataluña durante siglos. Y la propaganda nacionalista sigue argumentando que la castellanización de Cataluña destrozó la economía de la región y atacó su cultura.

«I-span-ya», el misterioso origen de la palabra España


ABC.es

  • Los romanos llamaron Hispania al conjunto de la Península Ibérica, término alternativo al nombre Iberia preferido por los autores griegos. Sin embargo, los historiados sostienen que la palabra es de procedencia fenicia y significa «tierra de metales»
«I-span-ya», el misterioso origen de la palabra España

Wikipedia Teatro romano de Mérida

La palabra «Hispania» tiene su origen en la denominación que servía a la civilización romana para el conjunto de la Península Ibérica, y cuyo significado vinculaban los escritores latinos a «tierra de conejos». Entre ellos Plinio el Viejo, Catón el Viejo y Catulo, quienes citaban las tierras ibéricas como un lugar repleto de conejos, más concretamente de damanes (unos mamíferos parecidos al conejo y extendidos en África). De hecho, en algunas representaciones y monedas acuñadas en «Hispania» suele aparecer una dama con un conejo a sus pies.

No en vano, su raíz no latina advirtió a los historiadores de que con toda seguridad la palabra «Hispania» procede de la fenicia «I-span-ya». Una civilización –la fenicia– heredera de muchas de las colonias mediterráneas griegas, que en torno al siglo V antes de Cristo ya se encontraba fuertemente asentada en la Península Ibérica. Posteriormente las colonias fenicias pasaron a ser controladas por Cartago.

Aunque nunca se han podido encontrar fuentes donde se explique si los fenicios denominaban «I-span-ya» a toda la Península Ibérica o cuál era el significado de esta palabra, a través de estudios filológicos se han podido desarrollar distintas teorías. Según los estudios de Cándido María Trigueros en 1767, el término podría significar la «tierra del norte», aduciendo que los fenicios habían descubierto la costa de «Hispania» bordeando la costa africana, y ésta les quedaba al norte. Así «spn» (sphan en hebreo y arameo) significaría en fenicio «el norte».

Pero la teoría más aceptada en la actualidad sugiere que «I-span-ya» se traduce como tierra donde se forjan metales, ya que «spy» en fenicio (raíz de la palabra «span») significa batir metales. Detrás de esta hipótesis de reciente creación se encuentra Jesús Luis Cunchillos y José Ángel Zamora, expertos en filología semita del CSIC, quienes realizaron un estudio filológico comparativo entre varias lenguas semitas y determinaron que el nombre tiene su origen en la fama de las minas de oro de la Península Ibérica.

Sin embargo, además de la corriente de estudios que ha argumentado el origen fenicio de «Hispania» han existido teorías de todo tipo y condición. Desde principios de la Edad Moderna hasta 1927 se defendió la creencia de que «Hispania» es una deformación de Hispalis, palabra de origen íbero que significaría la ciudad de occidente, y que, al ser Hispalis la ciudad principal de la península, los fenicios y, posteriormente, los romanos dieron su nombre a todo su territorio.

«Tierra de serpientes», para los griegos

Inicialmente, los griegos designaron a las actuales tierras que pueblan España y Portugal como la «Península Ophioússa», que significa «tierra de serpientes». Si bien los romanos creían que «Hispania» era una tierra poblada por los conejos, los griegos la pensaban abundante de este tipo de reptiles. Con los años, los griegos terminaron designando a la península como Iberia, pues «iber» era una palabra que oían constantemente entre los habitantes de la península.

Los españoles que liberaron París, silenciados y olvidados en Francia


El Confidencial

  • El 25 de agosto se conmemoran los 70 años
Hollande se inclina ante la bandera republicana en el aniversario de 2012.

Hollande se inclina ante la bandera republicana en el aniversario de 2012.

El próximo 24 de agosto, una extraña caravana recorrerá París. Un grupo de franceses y españoles portarán en las calles de la capital francesa las fotos de algunos de los soldados que ese día, hace 70 años, fueron los primeros en entrar en la ciudad para liberarla de sus ocupantes nazis. Franceses y turistas descubrirán que esas fotos en blanco y negro con los rostros de los liberadores son el testimonio, silenciado durante décadas, de que esos soldados que se jugaron la vida por liberar París eran en su inmensa mayoría españoles.

El 24 de agosto de 1944, un grupo de vehículos blindados semiorugas (half-tracks) y tres tanques Sherman entran en la capital francesa por sorpresa. Los parisinos creen en un principio que son parte de las tropas alemanas instaladas en la ciudad; después se dan cuenta de que no, que visten uniformes del ejército de Estados Unidos y que son la avanzadilla de las tropas que devolverán la libertad a París y, por consiguiente, a toda Francia.

Pero la confusión aumenta cuando cada vehículo en los que se desplazan esos oficiales y soldados tiene inscrito en el morro un nombre en español. Los half-tracks bautizados ‘España cañí’, ‘Guernica’, ‘Madrid’, ‘Brunete’, ‘Guadalajara’ o ‘Ebro’, entre otros, son conducidos por militares que portan una bandera roja, amarilla y violeta cosida a sus uniformes. Son los miembros de La Nueve, la compañía de choque de la II División Blindada (DB) del general Leclerc. Se la conocía así, La Nueve, en español, porque 146 de sus 160 componentes eran republicanos españoles, alistados en las tropas de la Francia libre.

La Nueve estaba comandada por el capitán francés Raymond Dronne, que tenía como mano derecha al teniente Amado Granell, el valenciano que fue el primer militar francés en entrar ese día en el Ayuntamiento de París, ya en manos de la resistencia parisina en la que, por cierto, habían participado otros miles de españoles exiliados. En la noche del 24 de agosto del 44, canciones como “Ay, Carmela” y otras pertenecientes al cancionero republicano español sonaron hasta la madrugada en los lugares ‘asegurados’. Pero la liberación de París no había terminado.

Los españoles de La Nueve hicieron frente dentro de la capital a los contraataques y emboscadas de los alemanes que todavía ocupaban la ciudad. El 25 de agosto, el gobernador alemán, atrincherado en el Hotel Meurice con sus tropas de élite, se rindió por fin. Un extremeño, Antonio Gutiérrez, se encargó de mantener encañonado a la máxima autoridad nazi  en la capital francesa mientras esperaba que un militar del rango del alemán se hiciera cargo de él. Von Choltitz le regaló a Gutiérrez su reloj, en agradecimiento por haber respetado las convenciones militares internacionales.

De Gaulle desfila escoltado por españoles 

París estaba ya casi limpia de nazis y colaboradores franceses para que el general Charles De Gaulle pudiera hacer su entrada en la ciudad y simbolizar con su imagen la liberación de la capital, de la Francia que se ponía de nuevo en pie, como escribió Leclerc. El 26 de agosto, el militar que se había exiliado a Londres y que había desafiado a su excompañero Petain, recorría a pie las calles de París, desde el Arco de Triunfo y la Tumba al Soldado Desconocido, hasta la catedral de Notre Dame. Cuatro de los half-tracks de La Nueve fueron los elegidos para abrir el desfile de De Gaulle. Amado Granell encabezaba el cortejo, que recibía los vítores de una ciudadanía en júbilo. Quedaba claro el homenaje militar de De Gaulle a La Nueve y a los españoles que la componían. Pero a partir de ahí, la historia de estos republicanos que habían participado en la guerra civil con apenas 20 años y que se convirtieron en héroes bajo mando francés se silenció y se enterró voluntariamente con una capa de propaganda más fuerte que el cemento, precisamente en el país al que ayudaron a liberar.

 

Ya el día 25, el diario Libération abre en primera con una gran foto del interior del Ayuntamiento, en la que se ve a Amado Granell con el líder de la resistencia parisina. El nombre de Granell no es mencionado, nada se dice sobre los españoles ; el periódico habla de “soldados americanos”. La torpeza de los periodistas no es sorprendente, ni antes ni ahora, y Libération pudo haberse equivocado con los uniformes como los propios parisinos en la calle, pero lo que vino después estuvo bien pergeñado.

Hay palabras que quedan grabadas para la historia y pasan a formar parte de la memoria política de los pueblos. De Gaulle sabía lo que tenía que decir cuando lanzó su famosa proclama: “París, ultrajada, París, rota, París, martirizada, pero París liberada. Liberada por ella misma, liberada por su pueblo con el concurso de los ejércitos de Francia, con el apoyo y la contribución de Francia entera. Es decir, de la única Francia, de la verdadera Francia, de la Francia eterna”.

La reescritura de la Historia 

Ni una palabra sobre los auténticos liberadores españoles. Poco importantes para el futuro, según De Gaulle, que debía enterrar la imagen de la Francia colaboracionista, ensalzar a una Resistencia francesa en la que participaron pocos franceses y hacer frente a los norteamericanos, por una parte, y a los comunistas locales, por otra. Gaullistas y comunistas decidieron, pues, que toda Francia había sido resistente y que sus soldados liberaron París.

Desde entonces, los historiadores franceses, los militares o los periodistas han ignorado el papel jugado por los republicanos españoles en la liberación de Francia. Un silencio de 70 años que pocas obras escritas han intentado romper. Entre ellas, el libro de Evelyn Mesquida La Nueve, ces republicains espagnols qui ont liberé Paris, publicado en español por Ediciones B con el título La Nueve, los españoles que liberaron París. La obra de Mesquida, que fue durante mas de 30 años corresponsal de Tiempo en la capital francesa, recoge la historia de La Nueve y, en especial, las entrevistas que la periodista hizo a algunos de los supervivientes de compañía. El testimonio de esos veteranos es una de las páginas mas emocionantes y tristes de la historia de Francia. Es, también, parte de la memoria de la trágica guerra civil española.

“Un deshonor para Francia”

“Si este año, por el 70 aniversario, Francia no los reconoce, será una vergüenza y un deshonor”. Así se expresa Evelyn Mesquida, que ha contactado con el Elíseo y el Ministerio de Defensa francés para instarlos a participar en el homenaje del 24 de agosto. Según el entorno de François Hollande, el presidente es muy sensible a la gesta de la Nueve, y así se lo han asegurado a Mesquida, que espera que el jefe del Estado dedique unas palabras a los españoles en un discurso que debe pronunciar el 25 de agosto.  Hay que recordar que Hollande ya se inclinó ante la bandera republicana hace dos años, en el consistorio parisino, con motivo del 68 aniversario de la gesta.

También desde el Ministerio de Defensa francés se promete un reconocimiento. Evelyn Mesquida no se fía. Hace años que recorre los archivos de Francia donde el papel de los españoles en la liberación de el país está escrito. Hace años que se topa con el silencio y la animosidad de los altos mandos militares.

La historia francesa de los españoles que partiparon en La Nueve no empieza en París. Comienza tras la derrota republicana y el comienzo del exilio. Cientos de miles de españoles, muchos de ellos combatientes republicanos, pasan la frontera de los Pirineos. Otros huyen en barco hacia las colonias francesas del otro lado del Meditarráneo. En una y otra parte, son encerrados en campos de concentración (por primera vez se les lamó así), donde son apaleados, pasan hambre, frío y sufren enfermedades. A los hombres se les ofrecen dos soluciones: ser devueltos a España o alistarse en la Legión francesa. Así, algunos miembros de La Nueve participaron en combates contra los alemanes antes de la debacle del ejército francés.

Una vez que Petain se alía con Hitler, los españoles intentan por todos los medios pasarse al ejército de de Gaulle, el ejército de la ‘Francia libre’. Muchos participaron en las batallas que han edificado la historia militar francesa en África: Cufra, El Alamein, Bir Hakeim… Los 146 que formaban parte de La Nueve fueron entrenados en Gran Bretaña antes de desembarcar en Normandía el 1 de agosto de1944.  Formaban parte de las tropas francesas comandadas por el general Patton. De ahí los uniformes del ejército norteamericano. Pero su lucha no acabó en París. Los miembros de La Nueve que quedaban con vida tras duros combates en Alsacia y Lorena fueron los primeros también en llegar al último refugio de Hitler, el Nido del Águila, en Berchtesgaden.

Una mayoría de anarquistas 

Que Francia ‘nacionalizara’ su Historia es injusto, pero políticamente comprensible. Como lo es también que la falta de apoyo a estos soldados exiliados se debe muy en parte a que eran en su mayoría anarquistas. Una mayoría de anarquistas comecuras, ateos y anticlericales que no dudaron en contribuir a la compra de una nueva estatua del Sagrado Corazón para la iglesia de la localidad de Ecouché, en Normandía. La vieja escultura fue destruida en los feroces batallas que libró La Nueve contra las tropas alemanas.

Francia no reconoció a los soldados españoles en parte porque eran anarquistas ‘comecuras’ (aunque llegaran a financiar una estatua católica en un pueblo de Francia)

Esos anarquistas, reacios a aceptar órdenes de militares franceses inexpertos o ineptos, respetaron y se ganaron el reconocimiento de Philippe François Marie de Hauteclocque, más conocido como el general Leclerc, un aristócrata católico y profundamente religioso al que los españoles llamaban ‘el patrón’.

Ese grupo de anarquistas enseñó un poco de dignidad también a los exaltados franceses que intentaban robar las botas a los soldados alemanes vencidos, o a los que maltrataban a las mujeres francesas que supuestamente habían confraternizado con el invasor. Para los soldados de La Nueve, esos que perseguían a las mujeres deberían haber luchado contra los alemanes y no quedarse esperando a que los liberaran.

“España es mi madre; Francia, mi novia” 

El único reconocimiento oficial para algunos miembros de La Nueve fueron las medallas y otros honores militares por su labor en el campo de batalla. Amado Granell, el teniente y segundo en el mando de la compañía, recibió del general Leclerc la Legión de Honor con estas palabras: “Si es cierto que Napoleón creó esta distinción para recompensar a los valientes, nadie la merece más que usted”. De Gaulle ofreció a Granell un puesto de comandante en el ejército francés si abandonaba su nacionalidad. Granell le respondió negativamente, arguyendo que “amaba a España como una madre y a Francia como una novia”. Socialista próximo a Largo Caballero, hizo de intermediario entre su partido y Juan de Borbón para facilitar la instauración en España de un sistema monárquico democrático. Granell, entrevistado por primera vez en España en 1970 por Vicente Talón para el diario Pueblo, murió en España en un accidente de tráfico en 1972.

Amado Granell.Amado Granell.

Granell fue el oficial español de mayor grado en La Nueve, pero eso no puede hacer olvidar los nombres de los españoles de la compañía que dejaron su vida desde el desembarco en Normandía el primero de agosto del 44 hasta la capitulación alemana. El libro de Evelyn Mesquida es un homenaje a todos ellos. De los 146 que salieron de Gran Bretaña para “liberar a Europa del fascismo”, quedan hoy dos con vida: el barcelonés Luis Royo, que reside en Cachan, cerca de París, y el almeriense Rafael Gómez, que vive en un pueblo cerca de Estrasburgo. Royo, Gómez, el asturiano Manuel Fernández, los gallegos Víctor Lantes y Cariño López, el valenciano Germán Arrúe, el santanderino Faustino Solana, los barceloneses hermanos Pujol, el madrileño Antonio Van Baunberghen, formado en el Instituto Libre de Enseñanza o el aragonés Martín Bernal, torero conocido como ‘Larita II’ antes de la guerra de España, pensaron, hasta el último momento, como el resto de la compañía, que tras la victoria en Francia y Alemania los aliados los ayudarían a combatir en España.

Desde que cruzaron la frontera en el 39 no tenían otro objetivo. Los dos supervivientes lo atestiguan. Rafael Gómez, que conducía el half-track ‘Don Quijote’ recuerda que la noche de la liberación de París todos durmieron pensando que “la liberación de España estaba próxima”. Luis Royo, que guiaba el ‘Madrid’, reconoce que él nunca pensó que luchaba por Francia, sino por la libertad. Ambos tuvieron que renunciar a su sueño e integrarse en la sociedad francesa de posguerra. Ni sus compañeros de trabajo ni sus vecinos supieron nunca que esos dos extranjeros habían arriesgado su vida por Francia. El primer reconocimiento político oficial lo recibieron hace diez años, gracias al apoyo de la hoy alcaldesa de París, Anne Hidalgo. 70 años antes de la llegada al Ayuntamiento de esta gaditana, otros españoles ya habían hecho historia en el mismo lugar. Si Francia vive desde entonces en democracia y en libertad es, en parte, gracias a ellos.