«Trinidad», «Bucentaure» o «Victory» ¿Cuál fue el buque insignia más letal de la batalla de Trafalgar?


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  • Analizamos las características del navío más destacado de cada uno de los tres países que participaron en la batalla

trafalgar-buques-composicion-510x909A pesar de que en la batalla de Trafalgar participaron una sesentena de navíos de línea y otros tantos bajeles menores, hubo tres navíos a los que, llegado el momento de los cañonazos, todos los marinos miraron: el «Santísima Trinidad» español, el «Bucentaure» francés y el «HMS Victory» inglés. La razón es que eran los insignias de sus respectivas armadas y, como tal, aquellos que dirigían la contienda. Este viernes, aprovechando el aniversario de la lucha, comparamos los tres.

La gran mentira sobre Nelson, el almirante depresivo que «aplastó» a los españoles en Trafalgar


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  • A pesar de que la historia habla de él como un revolucionario de las técnicas militares, el británico no inventó la táctica que usó contra la armada combinada y era demasiado arrojado
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 Nelson, combatiendo en Trafalgar - Wikimedia

Nelson, combatiendo en Trafalgar – Wikimedia

 

Un hombre valiente, de un ingenio desconocido para la época y un arrojo encomiable. Nadie lo niega. Pero también un adúltero (se acostaba con la mujer de un famoso noble que le creía su amigo), un marino que fue derrotado en repetidas ocasiones por los españoles, y un soldado demasiado temerario al que no le importaba poner en riesgo una flota entera si así lograba doblegar al enemigo. Horatio Nelson es considerado a día de hoy como uno de los grandes hitos de la historia naval de Gran Bretaña. Para ello tuvo a su favor el haber salido vencedor de batallas aparentemente imposibles y, sobre todo, el haber muerto heroicamente en la contienda de Trafalgar luchando contra la flota franco española de Churruca y Lucas. Y todo eso, después de haber servido a sus compañeros la victoria en bandeja de plata. Sin embargo, tan cierto como estos datos es que su leyenda fue engrandecida por los cronistas ingleses quienes, ávidos de encumbrar a este almirante de la «Royal Navy», le dieron a conocer ante el mundo como un experto en humillar a los buques de su majestad católica.

Ahora, pocos días después de que se haya celebrado el aniversario de su victoria sobre la flota española en el Cabo San Vicente (acaecida el 14 de febrero de 1797), desde ABC nos hemos propuesto revisar las grandes batallas de este gran héroe británico. Un personaje cuyo entierro se celebró sin escatimar un céntimo y que se produjo después de que el marino falleciese combatiendo contra el navío de línea «Redoutable» de Jean Jacques Etienne Lucas -más conocido por medir menos de 1,50 metros de altura- en la batalla de Trafalgar. Los ingleses, en 1805, hicieron de su fallecimiento una heroicidad increíble afirmando que había tenido la valentía de dirigirse a la cabeza de una columna de navíos contra la formación enemiga. No obstante, y aunque su táctica resultó revolucionaria para la época, tampoco es mentira que su vanidad le hizo lanzarse el primero contra los aliados y no cubrirse -a pesar de ser todo un icono para sus paisanos- mientras sus hombres luchaban a sangre y cañón contra galos y españoles.

Primeros años y depresiones iniciales

Nuestro protagonista, cuarto hijo de Eduard Nelson (un conocido predicador) y Catalina Suchling, vino a este mundo el 23 de septiembre de 1758 en Burnham-Thorpe, un minúsculo pueblo ubicado en el condado de Norfolk (al oeste del país). Llamado Horatio en conmemoración del popular poeta romano, el futuro gran almirante inglés no se sintió nunca demasiado atraído por los estudios o por las artes, por lo que –después de haber terminado de aprender lo básico en la escuela de Norwich- entró en la marina de manos de su tío materno, un tal Suchling (según parece, los «enchufes» estaban a la orden del día en la «Royal Navy»). El calendario se había detenido por entonces en 1770, y su destino fue el navío de 64 cañones «Razzonable». Con todo, aquel primer trabajo era demasiado aburrido incluso para un nuevo grumete como Horatio, por lo que su familiar le acabó mandando a hacer las Indias Occidentales en un barco mercante.

«Volvió de allí en el mes de junio de 1772, y se unió otra vez en Chatan al Capitán Suchling, su tío, quien mandaba entonces el navío “Triunfo”, en donde le hizo instruir en el pilotage, trasbordándole unas veces a un paquebot o otras a una lancha que iba desde Chatan a Londres, y de Swin hasta Nort-Foreland», explica Juan López Cancelada (un periodista español contemporáneo de Nelson) en su obra «Vida del Vicealmirante Nelson», una traducción de las memorias del propio marino. Todo aquel viaje para arriba, y viaje para abajo, le valió al británico para ir curtiéndose en el manejo de las olas y en el manejo de un barco en costas peligrosas. Algunos historiadores, de hecho, se atreven a decir que Inglaterra le debe a estos trayectos el haber forjado a un marino de la pericia de Horatio.

Horatio Nelson
Horatio Nelson– Wikimedia

Su primera gran aventura la vivió pocos meses después, en 1773, año en que tuvo el honor de acompañar al capitán Phipps en un viaje a través del Polo Septentrional para hallar una ruta hacia el Norte de América. La decisión sorprendió soberanamente a su tío quien, cuando su sobrino entró en la marina, dijo lo siguiente de él: «¿Qué pecado habrá cometido Horace para que tenga que ingresar en la Marina? Lo mejor que le podrá pasar es que, cuando entre en combate, una bala de cañón le vuele la cabeza». Sus palabras no eran crueles, sino realistas, pues aquel niño era enjuto, extremadamente delgado y «debilucho». Con todo, el adolescente se hizo un hueco en la expedición. «En el momento más crítico del viage fue nombrado Comandante de un bote de cuatro remos para ir con 12 hombres a romper el hielo y reconocer las canoas», añade el experto español. Se dice, incluso, que mató un oso polar para enviar la piel a sus padres como regalo.

Con todo, hasta entonces Nelson solo había surcado las olas, pero no se había enfrentado a ningún enemigo borda con borda. Para eso hubo que esperar hasta meses después, en el momento en el que fue destinado al «Seahorse» en el Océano Índico. Sobre su cubierta entró en combate por primera vez y puso a prueba su entrenamiento. Para su suerte, mantuvo la cabeza sobre los hombros. Aunque poco después su penoso estado de salud (probablemente padeció malaria) provocó que tuviese que ser enviado de vuelta a casa. Se dice que en aquellos meses perdió tanto peso que, cuando llegó a las islas, tan solo era un saco de huesos andante (algo que, curiosamente, se repitió en varias ocasiones durante su vida debido a su precario estado de salud perpetuo). A su vez, y según explica la Academia Uruguaya de Historia Marítima y Fluvial en su dossier «Enfermedades y muerte y Horatio Nelson», durante su recuperación sufrió una fuerte depresión de la que nunca terminaría de salir.

Nelson sufrió una depresión tras ser rechazado por la hija de un clérigo

Así lo denotan las palabras que él mismo escribió posteriormente en su diario: «Después de profundas meditaciones en las cuales deseé en más de una ocasión arrojarme por la borda, una racha súbita de patriotismo se encendió en mí y comprendí que pertenecía al Rey y a mi País. Mi mente se complació con la idea y exclamé: “Me parece muy bien, y con la ayuda de la Divina Providencia superaré todos los peligros hasta convertirme en un héroe”». Ese episodio se sucedió antes de recibir su nuevo destino el 24 de septiembre de 1776, cuando fue enviado al «Wolcester» bajo las órdenes del capitán Robinson. Según escribe el cronista español, nuestro protagonista se hizo tan conocido encima de aquel buque que el mismo Robinson solía afirmar que «estaba tan descansado quando Nelson entraba de quarto [hacía su guardia] como si entrase el más antiguo oficial que se hallaba a bordo de su navío».

En apenas dos años vivió dos ascensos. El primero, en 1777, cuando fue elevado a la categoría de teniente. El segundo, en 1779 (el 11 de julio), año en que –con apenas 20 primaveras- se convirtió en el capitán más joven de la «Royal Navy». En los meses posteriores se dedicó a luchar contra la piratería y el contrabando que asolaban las posesiones británicas en las Américas. Un trabajo que –según dicen las malas lenguas- le costó ser licenciado con media paga allá por 1787. Y es que, molestó al oficial equivocado señalándole que hacerse rico en contra de las normas de Su Graciosa Majestad iba en contra de la corona. Oficialmente, sin embargo, se dijo que le apartaban debido a que la paz había llegado a las aguas. Con todo, aquel no fue el único disgusto que tuvo que aguantar su «carcasa» (como solía llamar a su cuerpo) ya que, durante aquellos días, padeció nuevamente una severa depresión acompañada de tensión nerviosa y ansiedad al ser rechazado por la hija de un clérigo. Regresó a la marina allá por 1792, cuando se le dio el mando del «Agamemnon», de 64 cañones.

1º-San Vicente, la torpeza de Córdova le hace Vicealmirante

Si existe una batalla reseñable de entre las decenas que libró Horatio Nelson, esa es la del Cabo San Vicente. Y es que, en ella se ganó sus galones como Vicealmirante gracias a su valentía y arrojo. No obstante, tan cierto como la gallardía que mostró aquel día fue la ineptitud del almirante español –José de Córdova– y su mal planteamiento de la contienda que se avecinaba. Una estupidez que, a corto plazo, favoreció que Horatio obtuviese sus medallas. Para entender esta contienda es necesario retroceder en el tiempo hasta el siglo XVIII. Por entonces España se había convertido ya en la «Espagne» debido a que –más por obligación que por interés- había tenido que ponerse a las órdenes de la «France» para no ser invadida por sus militares. A su vez, nuestro país se había visto obligado a sumar a su lista de enemigos a Gran Bretaña, eterna contraria de los galos.

Deseoso de lucir bien ante sus nuevos «amos», Manuel Godoy (Manolito para los ciudadanos, valido de Carlos IV y, según se rumorea, amante oficial de la reina) ordenó a la flota hispana salir viento en popa, y todo lo demás, hacia el sur de Portugal. El objetivo era acabar con un convoy de apenas 10 navíos de guerra británicos (según le habían dicho sus espías) al mando de John Jervis, un almirante sesentón muy «british» él. Para asegurarse la victoria puso al mando al tal Córdova de 27 navíos de línea y otros tantos buques menores. Pero, vaya con el preferido de los reyes, prefirió que salieran zumbando (o navegando) antes que pertrecharse adecuadamente, por lo que los bajeles adolecían de tripulación, víveres y entrenamiento. Fuera por lo que fuese, el hispano llegó a aguas de Cartagena a finales de enero y, en los primeros días del mes siguiente, partió hacia el Cabo San Vicente, donde esperaba hallar a su enemigo.

El 14 de febrero, día de San Valentín, las flotas se encontraron entre una espesa bruma frente al Cabo San Vicente. Sin embargo, no fue en las condiciones que Córdava hubiese preferido, Y es que, cuando se divisó la primera vela inglesa, la armada hispana navegaba en tres vagas columnas con muchos huecos entre barco y barco (la primera, de cinco bajeles, en vanguardia; la segunda, de dos buques escorados que habían sido enviados a explorar y, finalmente, la última y principal formada por el resto). Esto era algo sumamente peligroso para los españoles, pues impedía concentrar el fuego a la hora de cañonear al enemigo y permitía que los contrarios metiesen hasta la cocina (entre los cascarones rojigualdos) sus propias máquinas de matar. ¿La razón de tan absurda maniobra? El mandamás hispano dejó libertad a sus hombres para moverse sin orden alguno pensando que, con tanta gente como llevaba, era imposible que perdiese la contienda.

Los «british» aprovecharon el error y formaron para dar hasta en la toldilla a los españoles. Mal empezaban las cosas para los nuestros. Y todo, por la torpeza de Córdova. Un hombre, por cierto, que –según parece- debió hacerse aguas mayores cuando vio el desorden que reinaba en su armada y que el enemigo se dirigía hacia ella, pues ordenó a voz en grito hacer virar a sus buques en redondo para cubrir los huecos que había entre navío y navío. Esta inesperada solución fue todavía peor, ya que –debido a la niebla- los cinco navíos ubicados en vanguardia no vieron las señales y se alejaron todavía más (si cabe) del grupo principal. Jervis se relamió y, sabedor de que tenía las de ganar con aquel caos reinando, puso proa hacia el centro de las dos columnas restantes. A las 11 de la mañana comenzó el cañoneo con la siguiente estampa: la mayoría de los navíos británicos enfrentándose a solo 6 españoles del grupo principal que habían conseguido unirse para resistir a los contrarios.

Batalla del Cabo San Vicente- Wikimedia

Batalla del Cabo San Vicente- Wikimedia

Además de todos los fallos que ya había cometido, cuando comenzó la batalla Córdova no logró enviar órdenes concisas a sus capitanes, lo que provocó que muchos barcos se estorbasen. El «San José» y al «San Nicolás» (dos de ellos) llegaron incluso a embestirse, algo que fue aprovechado por Nelson para lanzarse al abordaje del segundo sin oposición y ganarse sus medallas sobre el «Captain». «Habiéndose enredado en aquella confusión, desmantelados ambos, y habiendo caído los aparejos y velas por el costado, delante de las baterías, tuvieron que suspender sus disparos para no incendiarse con ellos, y quedaron sin defensas. (…) En esta disposición abordó Nelson con el “Captain” al “San Nicolás”, entrando por popa», explica el historiador y marino Cesáreo Fernández Duro en su recopilación de las principales batallas navales españolas.

Nelson acabó entonces con los defensores del navío y usó este como plataforma para pasar al siguiente, el «San José», que estaba a su lado. «Rendido el bajel, sirvió de puente a los ingleses para pasar al inmediato “San José”, no desembarazado aún, y que no estaba tampoco en estado de prolongar la defensa. El general Winthuysen, mutilado en el combate de la Leocadía por una bala de cañón, acababa de ser despedazado por otra, y siete oficiales y 149 individuos de todas clases, muertos o heridos, henchían la cubierta», completa el español. Aquellos dos combates le valieron la victoria a Gran Bretaña, además del ascenso a Vicealmirante a Horatio.

2º-Aboukir, los errores franceses y la victoria inglesa

La segunda contienda que hizo que el apellido Nelson fuese reconocido en toda Inglaterra fue la acaecida en la bahía de Aboukir. Una batalla cuyo origen se remonta al 19 de mayo de 1798. Fue precisamente esa jornada cuando 32.300 hombres, 13 navíos de línea y más de 300 buques menores partieron del puerto de Tolón hacia Egipto comandados por el mismísimo Napoleón (entonces un prometedor general, pero aún no un Emperador). El objetivo de este gigantesco contingente era conquistar la tierra de los faraones y, una vez asentado en la región, tomar la India para fastidiar –cuanto más se pudiera mejor- la que era una de las colonias más prósperas de Gran Bretaña. Un plan que, sobre el papel, parecía impecable. Y es que, además de un gigantesco ejército, el «Pequeño corso» contaba con uno de los buques más grandes del mundo construidos hasta la fecha: el «L’Orient». Este coloso sumaba 120 cañones que podían disparar balas de hasta 15 kilos.

Sin embargo, Inglaterra no estaba dispuesta a permitir las correrías del enano francés, así que envió para contrarrestarle a su flota del Mediterráneo a las órdenes de un viejo conocido nuestro: Nelson. Este, armado con más paciencia que buques, se dedicó a buscar a la flota francesa para enviarla al fondo del mar pues, sin ella, Napoleón perdería el único enlace con su querida «France». «Durante semanas, la escuadra británica recorrió el Mediterráneo, tocando en posibles objetivos de desembarco, desde Siracusa hasta Morea», explica Julio Gil Pecharromán (Profesor de Historia Contemporánea de la UNED) en su dossier «Napoleón en Egipto. Sólo fue un sueño». Ola para arriba, ola para abajo –y mientras los «british» peinaban los mares- los galos llegaron a la costa egipcia a finales de junio y desembarcaron sus fuerzas en los tres principales puertos de la zona: Alejandría, Damietta y Rosetta.

Por su parte, y tras meses de búsqueda, Nelson recibió durante el verano noticias de que la flota gala se hallaba en Alejandría. Viento en popa dirigió sus barcos hacia allí y, ya sea gracias a la providencia o a la suerte, se topó de bruces con ella a finales de julio de 1798 en la bahía de Aboukir –al noroeste de la susodicha Alejandría-. La batalla estaba a punto de sucederse. «Nelson sabía que, sin su escuadra, el ejército expedicionario perdería todo contacto con la metrópoli y que ello comportaría en el fracaso de la estrategia oriental de Francia», añade el experto español en su dossier.

Al amanecer del 1 de agosto, los 13 navíos galos estaban anclados en el interior de la bahía de Abukir por orden de su almirante, François-Paul Brueys D’Aigalliers. La situación no era la idónea para mantener una contienda, pues Napoleón se había marchado tierra adentro con una buena parte de las tripulaciones de los navíos para reforzar sus fuerzas. Con todo, el mandamás gabacho había ideado un plan que consideraba perfecto para resistir cualquier posible ataque enemigo. «Brueys ordenó formar un semicírculo bastante regular, y nuestros 13 navíos formaban una línea semicircular paralela a la rivera», explica el cronista de la época Adolphe Thiers en su obra «Historia de la Revolución francesa». De esta forma, el marino lograba que uno de los lados de sus buques (el de babor, en este caso) no pudiese ser rodeado por los contrarios por estar protegido por la costa. A su vez, estableció que se echara el ancla para, así, evitar los bamboleos provocados por la marejada, los cuales solían derivar en errores fatales a la hora de apuntar.

¿Un plan infalible, verdad? Eso creía él. Sin embargo, la forma de llevarla a cabo, no. Y es que, el almirante francés cometió un error fatal al amarrar la flota, pues no lo hizo lo suficientemente cerca de la costa y dejó una gran área entre la playa y sus barcos. Un espacio en el que se podían «colar» los buques enemigos para rodear por ambas bandas a los «cascarones» franceses y atraparles entre dos fuegos. «Cuando fondeas y te defiendes al ancla sabes que tienes que cumplir dos condiciones: que no te envuelvan por la costa (que no haya calado entre tu barco y tierra) y que no se estorben unos barcos a otros. Los franceses no cumplieron ni una ni otra. Fondearon lejos de tierra pensando en que con eso va a ser suficiente para acabar con los ingleses», explica, en declaraciones a ABC, Víctor San Juan, autor de «22 derrotas navales británicas» (Navalmil, 2014).

Para saber más: Así se hundió el «L’Orient» en Aboukir

Aquel imperdonable fallo le costó la batalla a los franceses pues, cuando Nelson hizo su aparición con su flota ese mismo día, se percató claramente de que, si envolvía a los navíos galos por su lado izquierdo en lugar de lanzarse contra ellos por el centro, lograría que dos de sus buques se enfrentasen únicamente a uno enemigo cada vez. Así lo hizo, y logró una victoria que fue sumamente aplaudida en su país al no perder ni un bajel y hacer estallar por los aires al «L’Orient». Sin embargo, autores como San Juan consideran que –aunque demostró gallardía y tenacidad en el ataque- simplemente se aprovechó de un error enemigo. «En Aboukir hizo algo de manual. Es cierto que Nelson les pasó por encima atenazándoles y solo dejó dos barcos vivos, pero venció más por errores franceses que por aciertos ingleses. Los franceses violaron las normas para combatir al ancla, y cuando el enemigo se dio cuenta ya era tarde. Se aprovechó de un error», completa.

Por otro lado, cabe destacar que Nelson sufrió en Aboukir un ataque de pánico después de que un proyectil le impactase en la cabeza, encima de su ojo bueno. De hecho, la herida fue de tales dimensiones que fue bajado –durante una buena parte de la contienda- a la enfermería para ser atendido. «Al conducir el ala que atacaba por fuera, resultó herido. Pero no era un cobarde, le bajaron para que le tratasen pensando que era una herida mortal, pero resultó que no le pasaba nada serio más allá de que era una herida muy fea, pero sufrió un ataque de pánico», destaca San Juan.

3º-Trafalgar, la mentira de la táctica revolucionaria y el falso mito

Si en el Cabo San Vicente comenzó a ser conocido y en Aboukir demostró sus dotes como estratega, en la batalla de Trafalgar fue en la que Nelson logró convertirse en una leyenda para Gran Bretaña. El origen de esta contienda se remonta a la alianza entre Napoleón Bonaparte (Emperador de Francia desde 1804) y Manuel Godoy (valido de Carlos IV) que España no tuvo más remedio que firmar a comienzos del S.XIX. Por entonces, la que antes era una pequeña obcecación del «Pequeño corso» -desembarcar con su ejército en las costas británicas para acabar con su Graciosa Majestad– se había convertido ya en toda una obsesión que pretendía llevar a cabo. Por ello, el «Empereur» había ordenado formar una flota combinada gala e hispana de 32 navíos (15 «rojigualdos» y 18 napoleónicos) con la que pretendía trasladar, a través del Canal de la Mancha, un gigantesco ejército desde el norte de Francia al sur de Gran Bretaña.

Pero el plan salió horriblemente mal, pues Pierre Charles Jean Baptiste Silvestre de Villeneuve (el almirante al mando de la flota combinada) se vio cercado por Nelson en octubre de 1805 cerca del Cabo Trafalgar (en aguas de Cádiz) por los 27 navíos de nuestro protagonista, Horatio Nelson, quien estaba dispuesto a saltarse el té para no ver su país convertido en «gabaché». Ambas flotas se enfrentaron a cañonazos el día 21 desde buena mañana. La armada combinada, como era habitual, formó una extensa línea con la que cañonear por una banda a los buques enemigos que se aceran hasta ella. La lógica decía que Nelson tendría que hacer lo mismo. Es decir, alinearse en paralelo con ella para, borda con borda, darse de «zurriagazos» hasta el acabose. Sin embargo, el marino inglés prefirió apostar por una estrategia más novedosa: dividió sus fuerzas en dos columnas y se dirigió en perpendicular hacia el enemigo.

La idea de Nelson –que se puso a la cabeza de una de las dos columnas sobre su «Victory»- era cortar la línea enemiga por el centro y, así, hacerse que sus buques se enfrentaran en superioridad numérica a los de la armada combinada. Era un plan similar al que había realizado en Aboukir. Sin embargo, comprendía muchos riesgos. Para empezar, llegar en perpendicular desde la banda implicaba recibir una ingente cantidad de cañonazos antes siquiera de poder estar cerca del contrario. Con todo –y en parte debido a la ineptitud del almirante francés- el destino jugó a su favor y la estrategia salió a pedir de boca, pues las dos hileras cumplieron su objetivo sin sufrir daños severos y terminaron aplastando a la flota hispano francesa.

Aquella estrategia le convirtió en toda una leyenda e hizo que muchos le definieran como un genio de la táctica. Sin embargo, la realidad es que, por mucho que los británicos le hayan hecho pasar a la Historia como un revolucionario, Nelson usó una idea que ya existía y habían utilizado otros tantos marinos antes que él y que se vio facilitado por la torpeza de su contrario, el almirante francés. «Es cierto que el plan era letal, pero Villeneuve se lo puso en bandeja. Además, el francés le contestó con una buena maniobra, la de virada por redondo, que le permitió salvar a un tercio de la armada combinada. Pero hay que tener en cuenta que Nelson había copiado esta táctica naval de otros oficiales: Duncan (que era mejor y más veterano que él) y Lord Hood en Tolón. Estos ya la habían utilizado con éxito anteriormente», explica San Juan en declaraciones a ABC.

Batalla de Trafalgar- Wikimedia

Batalla de Trafalgar- Wikimedia

Por otro lado, el que Nelson muriese en Trafalgar debido a una bala de mosquete (la cual disparó un tirador desde la cofa del navío «Redoutable») permitió que fuese elevado a la categoría de héroe inglés. «La leyenda de Nelson se ha exagerado. Se le ha convertido en un elemento místico, pero no fue el almirante ingles de todos los tiempos. Quizá no esté ni siquiera entre los cinco principales. Sin embargo, todo ha colaborado para hacer que sea una leyenda: desde lo que cuentan los libros, hasta el lugar en el que fue enterrado y cómo. Los imperios necesitan mitos, y Gran Bretaña decidió que Nelson iba a ser su héroe nacional por una serie de casualidades. Tuvo suerte porque Inglaterra tiene otros grandes almirantes como Cunningham, que demostró ser mejor que él», completa el autor de «22 derrotas navales británicas» (Navalmil).

Para el experto español, está claro además el por qué estuvo tan bien considerado en el siglo XVIII Nelson en la «Royal Navy». «Era un capitán combativo, y eso se premiaba y se consideraba mucho en la marina inglesa del siglo XVIII porque anteriormente adolecía de ellos. Se buscaban oficiales agresivos, y él era uno de ellos. También tuvo la suerte de que coincidió en el tiempo con almirantes de gran valía como Duncan o Jervis. Estos inventaron muchas tácticas que él pudo aprovechar y mejorar y que le ayudaron en su carrera. Además, llegó en una época en la que contaba con unos subordinados muy preparados y geniales. Si juntas todo esto con que era un niño prodigio y con que tuvo una muerte gloriosa y heroica, te sale como resultado un personaje con bastante valía y te permite crear un mito. Pero no podemos olvidar que tenía muchos defectos. Entre ellos, era poco reflexivo y se arriesgaba mucho. Cantidad de veces su barco acaba desarbolado porque era demasiado arrojado», finaliza.


 

Tres preguntas a José Luis Olaizola, autor de «De Numancia a Trafalgar. Victorias y derrotas de nuestra historia» (Booket)

1-¿Qué opinión le genera, más de 200 años después, Horatio Nelson?

Nelson fue un almirante que tuvo momentos brillantes, pero también protagonizó actuaciones catastróficas. Algunas de ellas son muy conocidas, como Cádiz o Santa Cruz de Tenerife. Además no tuvo demasiado éxito en su obsesión de cortar el comercio que existía entre las colonias y la Península. Lo curioso es que tuvo la enorme suerte de haber triunfado y muerto en la batalla de Trafalgar, lo que le convirtió en un hito.

2-¿Se ha engrandecido demasiado su mito?

Nelson era un buen marino. Sabía lo que se hacía. Pero la leyenda que se ha creado sobre él es excesiva. Era bastante peor marino que algunos capitanes españoles como Churruca pero, desde siempre, los anglosajones han sabido vender mejor a sus héroes. Nosotros hemos tenido marinos insignes como Juan Sebastián Elcano, que atravesaron mares y conquistaron regiones, pero no sabemos darlos a conocer. Nelson no se merece el excesivo heroísmo que le atribuyen ahora.

3-¿Sabemos en España dar a conocer a nuestros marinos más relevantes?

El problema de España es que no intentamos desarrollar nuestra propia historia. Tenemos cierto complejo de inferioridad en lo que se refiere a estos temas. Un ejemplo es que no ensalzamos a los marinos vascos del XVI y el XVII por temas políticos. Los ingleses y los americanos, por el contrario, han sabido dar a conocer a sus héroes durante la historia. Siempre han vendido bien su imagen.

 

La sangrienta matanza de almirantes franceses que condenó a Napoleón en Trafalgar


Manuel P. VillatoroABC_Historia

  • Entre 1793 y 1794, multitud de capitanes de navío fueron asesinados por ser monárquicos. Estas muertes dejaron sin militares cualificados al «Pequeño Corso» para combatir contra la «Royal Navy»
 Más de 40.000 personas fallecieron durante el terror francés - Wikimedia

Más de 40.000 personas fallecieron durante el terror francés – Wikimedia

El «terror francés». Este es el término que se utiliza, a día de hoy, para definir el periodo en el que la Revolución Francesa asesinó a miles de galos contrarios a los nuevos vientos de libertad, igualdad y fraternidad. Apenas se desarrolló durante un año (de 1793 a 1794) pero se llevó por delante 40.000 vidas. Muchas de ellas, pertenecientes a los almirantes y capitanes de navío de la Armada del país, quienes sufrieron en sus propias carnes lo que era defender la bandera de Luis XVI y Maria Antonieta. Aquella matanza, aunque útil para los intereses del gobierno, dejó en paños menores a la flota, pues los líderes políticos se vieron obligados a dar el mando de la segunda marina más importante de la época a hombres que no sabían del mar más que su color. A su vez, dichas muertes provocaron que, apenas una década después, Napoleón Bonaparte se tuviese que enfrentar -junto a los bajeles españoles- en Trafalgar a la «Royal Navy» con militares carentes de experiencia y con menos batallas a sus espaldas que un grumete adolescente. Un factor determinante que provocó una de las derrotas más sonadas de la Historia de España.

Para hallar el origen del «terror francés» («terror gabacho», que podríamos decir por estos lares) es necesario hacer retroceder el calendario hasta el año 1789. Por entonces gobernaba «la France» el monarca Luis XVI, quien -además de haber accedido al trono 14 primaveras antes- era conocido por varias cosas… y ninguna buena. Y es que, además de tener un apetito sin fin (algo que le granjeó contar con unos «kilitos» de más y ser comparado, siempre a sus espaldas, con un cerdo), también era tímido y sumamente medriocre en las labores de estado. Lo tenía todo el tipo para enfadar a la corte. «El trabajo intelectual le fatigaba, durmiéndose en el Consejo, al mismo tiempo que había vivido lamentables hechos domésticos que le habían desacreditado», explican varios historiadores en el dossier «Revista mensual de ciencias, letras y artes» editada en 1949 por la Universidad de Chile.

Tampoco andaba el monarca demasiado dichoso en lo referente a sus amores, pues estaba casado con Maria Antonieta, una coqueta y guapísima austríaca que se solía preocupar más por bajarse la falda frente a sus amantes y gastar a sacos el tesoro real, que por el bienestar de su pueblo. Según cuenta el sociólogo y divulgador histórico Adrián Meló en su obra «El amor de los muchachos», la reinona solía pasar los ratos muertos disfrazándose de plebeya y seleccionando a aquellos que, posteriormente y por invitación real, le demostrarían su amor en la alcoba. Que el monarca y su esposa eran un par de desgraciados que no se creían su propio cargo era, por entonces, algo sabido por nobles, panaderos y mendigos. Así lo atestigua el historiador del siglo XIX Albert Mathiez, quien no tuvo problemas en cargar contra Luis, pluma mediante, de la siguiente forma: «En teoría, el monarca, representante de Dios sobre la Tierra, gozaba del poder absoluto. Su voluntad era la ley. Lex Rex. En la realidad no lograba hacerse obedecer ni aun de sus funcionarios inmediatos. Mandaba tan suavemente que parecía ser el primero en dudar de sus derechos».

Con todo, el mayor problema de entonces no era que los reyes andasen de aquí para allá demostrando su incompetencia (algo que hacen hoy en día muchos políticos sin que les cortemos la cabeza por ello) sino que «la France» andaba tambien muy escasa de monedas con las que pagar sus múltiples «gastés». Además, los monarcas preferían usar las mismas en menesteres de su interés que en alimentar a su hambriento pueblo, al cual le sonaban día sí, y noche también, las tripas por no tener nada que meterse entre pecho y espalda tras las pésimas cosechas que se habían ido al infierno. Concretamente, Luis se estaba dejando hasta el último doblón de la cartera en ayudar con armas y hombres a aquellos rebeldes que, al otro lado del Atlántico (en la nueva América, para ser más específicos) habían iniciado una revuelta contra la infame y odiada Inglaterra. Todo ello, por cierto, por obra y gracia de los impuestos (que las luchas no se pagan solas, oiga). Se dice que se gastaron hasta 2.000 millones de libras en esta «aventura militar»

Para colmo de males, a todo este ambiente de tensión se le sumó la llegada de unos nuevos pensadores que proclamaban unas ideas bastante molestas para los monarcas. Estos «ilustrados» (en el sentido más literal de la palabra, pues eran partidarios en cierto modo de esta corriente ideológica y cultural) eran conocidos como jacobinos y buscaban dar una buena patada en el «cul» a aquellos que ostentaban el poder por entonces. Es decir, dar importancia al hombre individual, aquel ubicado en los escalones más bajos de la sociedad. Y eso… ¡En una época en la que el rey consideraba que ostentaba el poder por obra y gracia del Señor! «Los jacobinos creían que la sociedad ideal debería estar constituida en gran parte por hombres como ellos, trabajadores económicamente independientes porque viven de su profesión (son propietarios de su saber) o porque son pequeños productores […] Desde esta situación social era lógico que su pretensión social fuese la igualdad o, más específicamente, el rechazo de las desigualdades extremas», explica el politólogo español y profesor de la Historia de la politología Fernando Prieto en su obra «La revolución francesa».

Comienza la revolución

Con esos precedentes no resultó extraño que, el 14 de julio de 1789, el pueblo se levantase en armas contra el viejo poder representado por el monarca y tomase la Bastilla, el símbolo por excelencia de la opresión. «La Bastilla era la fortaleza medieval de torres macizas y formidable altura que se levantaba en medio de […] París y cuyo uso militar ya no se justificaba. Había sido durante años el bastión de muchas víctimas de la arbitrariedad monárquica, cuando el cardenal Richelieu empezó a utilizarla como cárcel de estado, donde se encarcelaba sin juicio a los parisinos señalados por el rey con una simple carta y se pudrían las víctimas de por vida», explica Dolores Luna-Guinot en su obra «Desde Al-Andalus hasta Monte Sacro». Aquella jornada, los más de 100 soldados a cargo de la defensa de esta pequeña fortaleza tuvieron que resistir durante horas el asedio del pueblo llano que, reforzado por algunos antiguos soldados perteneciente a la Guardia Suiza, lucharon a brazo partido por acabar con hasta el último defensor.

Motivados también por la necesidad de conseguir pólvora para los fusiles que había robado en la ciudad (la Bastilla contaba en su interior con un gran arsenal) los ciudadanos, más de 50.000 según se dice, no pararon de disparar ni un segundo. Segando y segando las vidas de los defensores. Finalmente, la posición acabó rindiéndose bajo promesa de que ningún militar monárquico sufriría represalias. «Oui, oui…», que debieron decir los atacantes. Pero la realidad fue bien distinta, pues el pueblo capturó al alcaide la prisión, el marqués Bernard-René Jordan de Launay, y, tras arrastrarle por las calles de París (donde, por cierto, recibió todo tipo de gargajos de la boca de sus compatriotas) fue asesinado de la forma más cruel posible: bajo los cuchillos de una turba violenta. «Mataron a su gobernador, lo decapitaron y pasearon su cabeza por las calles de la aterrada ciudad. La Bastilla fue saqueada, incendiada y destrozada», explica el archivista Fernando Báez en su obra «Las maravillas perdidas del mundo. Breve historia de las grandes catástrofes culturales de la civilización». Acababa de comenzar oficialmente la Revolución Francesa.

Las pescaderas asesinas

La movilización no se quedó solo en la toma de la Bastilla y en el paseo de la cabeza del director de la prisión por las calles parisinas, sino que continuó con las políticas revolucionarias de una Asamblea Nacional (un nuevo gobierno) que había sido proclamada antes de la conquista de la fortaleza. La misma había sido constituída por los miembros del «Tercer estado» (aquellos franceses de menor capacidad económica) y buscaba fomentar la igualdad, la fraternidad y la legalidad. «Los miembros del Tercer Estamento se autoproclamaron Asamblea Nacional, y se comprometieron a escribir una Constitución. […] Se declararon como únicos integrantes de la Asamblea Nacional, que no representaría a las clases pudientes sino al pueblo en sí […]. Si bien invitaron a los miembros del Primer y Segundo Estado a participar en esta asamblea, dejaron en claro sus intenciones de proceder incluso sin esta participación», explica la licenciada en Historia Maribel Alejandrina Valenzuela en su dossier «La Revolución Francesa».

Además, la Asamblea firmó la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, una nueva constitución en la que se afirmaba que todos los hombres eran iguales ante la ley. También le pusieron «huevés» y decidieron que no iban a tolerar más que el poder residiese en el rey, por lo que idearon una monarquía constitucional en la que el Luis quedaría plegado a los deseos del pueblo. Lo cierto es que este emisario divino no le dio en los primeros momentos demasiada importancia al alzamiento de las masas en París y a la creación de la Asamblea Nacional. De hecho, hubo que esperar un poco para que Luis se tomara todo aquello con la importancia que requería. Concretamente, hasta que una turba sedienta de sangre -y encabezada principalmente por pescaderas con cuchillos de escamar– entró en su palacio el 5 de octubre dispuesta a asesinar a Maria Antonieta.

Aquel día, el monarca se enteró por las bravas de lo serio que era todo aquello cuando las «poissardes» -armadas con sus cuchillos y una mala uva terrible por la escasez de pan y la subida de precios- se personaron en Versalles, asesinaron a los guardias del palacio cortándoles la «tete» y persiguieron a la asustada María Antonieta por los corredores. Al final, a Luis XVI no le quedó más remedio que aceptar lo que solicitaban aquellas asaltantes. Y más le valió, pues de lo contrario podría haber acabado bajo tierra. Así pues, y con un filo bajo la garganta, el monarca firmó con una sonrisa falsa en los labios la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano. «No preocupare pa -que debió pensar (o algo así)- que rubrico y esto y lo que haga falta para seguir mi vida». Tras el suceso, las tenderas se armaron de valor y obligaron a Sus Majestades a ir viajar hasta París para estar bajo la custodia de la revolución. Curiosamente, varias de ellas escoltaron su carruaje para evitar que huyeran.

Con todo, a día de hoy son muchos los expertos que afirman que aquella revuelta multitudinaria fue instigada por mujeres que no eran meras pescaderas, sino revolucionarias influyentes que aprovecharon el momento de tensión para echar, si cabe, más leña al fuego. «En la noche del 5 al 6, en su mayoría pescaderas parisinas mezcladas con revolucionarias camufladas, disfrazadas de pescadera, querían obtener pan y esperanza […]. Los escasos muertos habidos durante este episodio fueron más bien el resultado de la manipulación sufrida por aquellas mujeres de origen humilde, que en realidad fueron llevadas allá sin saberlo, con fines que desconocían, y el resultado de esta manipulación tuvo un alcance mucho mayor de lo que podían imaginar aquellas mujeres que vendían pescado en París, pues a fin y al cabo significó el principio del fin de Luis XVI y María Antonieta», explica el licenciado en filosofía Josep Pradas en su dossier «¿Las víctimas como precio necesario?».

«Adieu a la tete»

Una vez en París, los monarcas fueron obligados a aceptar la monarquía constitucional y rebajar su poder hasta límites insospechados. Pero los disgustos de Luis solo acababan de empezar, pues tuvo que firmar decretos en los que perdía cada vez más poder. Se ve que el rey andaba hasta la corona de tener que tragarse todo aquello, pues el 21 de junio de 1791 decidió salir por piernas con su esposa de aquel caos para llegar hasta Austria, tierra natal de Maria Antonieta y, desde allí, solicitar el apoyo de un ejército para aplastar la revolución. Sin embargo, el cuento de la lechera le duró poco. Y es que, tanto él como su esposa acabaron siendo atrapados con las manos en la masa cuando apenas estaban a unos pocos kilómetros de la frontera. El guardia que les capturó no podía creer aquello: ¡Los reyes habían traicionado la monarquía constitucional!

Los monarcas fueron enviados a París por un grupo de pescaderas furiosas

Inmediatamente, la pareja fue enviada a París de nuevo. Habían gastado su último cartucho, y les había salido bastante mal. Instantaneamente fueron expulsados del poder acusados de traición. De nada valió que las potencias europeas (entre las que destacaba Austria) declarasen la guerra a la nueva Francia indignadas ante el encarcelamiento de los monarcas, pues no tardó en formarse un ejército popular que acudió al frente para, a base de mosquetazos, repeler a aquellos «malvados monárquicos». Fue en ese momento cuando los revolucionarios decidieron dar un golpe de efecto… matar a Luis para demostrar que la movilización iba a llegar hasta el final. El galo pasó por la guillotina (el instrumento para ajusticiar preferido en el país) el 21 de enero de 1793.

«A las nueve vinieron a buscarle; él salió con su confesor y presentó su testamento […] subió a un carruaje […] Todo estuvo tranquilo; por todas partes reinaba un silencioso terror, y una triple fila de soldados guarecía la carretera. Durante el tránsito, Luis tomó el brevario […] y tomó los salmos análogos a su posición. Habiendo llegado al lugar fatal, y siempre imperturbable […] se quitó su vestido exterior […] y presentó sus manos a los verdugos con una resignación heroica. “Id, hijo de san Luis, subid al cielo”, le dixo su confesor mientras subía al cadalso. […] Los verdugos se apoderaron del rey, y a las diez y media el crimen ya estaba consumado», explica el cronista Michel Pierre Joseph Picot en su obra «Memorias para servir a la historia eclesiástica durante el siglo XVIII». La revolución acababa de quemar su última nave, ya no podían volverse atrás

El inicio de las masacres

Pero la muerte del monarca estuvo lejos de llevar la tranquilidad a Francia. De hecho, avivó el odio de las potencias internacionales que -monárquicas hasta el corvejón- redoblaron sus esfuerzos para acabar con la revolución por las bravas. Aquello les supuso a los gabachos tener que subir los impuestos para evitar ser asediados. «La guerra, a pesar de las victorias sobre Saboya, Prusia y Bélgica, agravó la situación debido a las malas cosechas de los años 1792 y 1793, la tensión política aumentó», explica Carlos Aguilar Blanc (profesor de Filosofía del Derecho y Política en la Universidad Pablo de Olavide) en su obra «El terror de estado francés: Una perspectiva jurídica». La situación terminó de ponerse negra cuando el nuevo gobierno trató de reclutar la friolera de 300.000 hombres para mandarlos al frente en la ciudad de la Vendée. La medida, lógicamente no fue muy bien recibida por los ciudadanos, que se levantaron en armas contra la nueva política. Todos fueron masacrados por las milicias.

La situación cansó al gobierno que, hasta el sombrero de tanto enemigo, comenzó a pensar que había traidores tras cada esquina. Nobles y altos cargos favorables a la monarquía que estaban esperando cualquier momento para dar un golpe de mano y volver a entregar el poder a la familia real. Fue en ese momento cuando comenzaron las purgas masivas de todo aquel que pudiese haber tenido alguna relación, por pequeña que fuese, con la monarquía.

La primera en caer, lógicamente, fue la reina, quien aún permanecía con vida suspirando por la muerte de su esposo. María Antonieta dejó este mundo el 16 de octubre de 1793, día en que su cabeza fue separada de su cuerpo por la «cuchilla nacional» (apodo que recibía la guillotina). Para entonces su belleza ya se había marchitado y, a pesar de no llegar a los 40 años, mostraba un pelo blanco, una figura extremadamente delgada por los continuos disgustos, y un carácter falto de vitalidad. Se cuenta que el pueblo la escupió mientras se dirigía en un carruaje sin capota hacia el patíbulo, aunque no se dejó amedrentar y se mantuvo estoica en todo momento. «Maria Antonieta fue […] conducida al cadalso en una carreta, y no desmintió su firmeza en aquel angustioso trance», explica el sacerdote Antoine-Henri Berault-Bercastel (contemporáneo de la monarca) en «Historia general de la Iglesia desde la predicación de los apóstoles, hasta el pontificado de Gregorio XVI».

A continuación, los revolucionarios -apoyados por pequeños grupos violentos- la tomaron con todo aquel que pudiese oler a monárquico o enemigo del nuevo gobierno. «Se pensaba que era ponsible cambiar la sociedad pero, para ello, había que acabar con los aristócratas, los nobles, los curas refractarios, los monárquicos constitucionales, pero también con los accapareurs (aquellos que especulaban con la comida y la moneda del pueblo) y los oisifs (los que vivían de las rentas no salariales) todos ellos eran culpables de la crisis de abastecimiento de las necesidades más básicas», completa el experto español. Todos ellos fueron asesinados indiscriminadamente por el poder de la nueva política. Ya fuera mediante fusilamientos masivos -cuando la guillotina no daba más de sí- ahogamientos o ahorcamientos. También se hicieron tristemente famosos los «baños de Nantes», un castigo aplicado en dicha región que consistía en meter a los condenados en una barcaza y, una vez que se hallaban en el centro del Loira, hundir aquellos buques con ellos dentro.

Todas estas sanguinarias matanzas fueron favorecidas por el gobierno de la Convención (los revolucionarios de turno) quienes, el 10 de marzo de 1793, aprobaron una ley que establecía que existían dos tipos de delitos por los que una persona podía ser condenada a muerte: económicos e ideológicos. Los últimos fueron los más habituales y los que se llevaron más almas. Pocos meses después se pusieron también sobre blanco una serie de ejemplos que explicaban, pormenorizadamente, todas las personas que debían pasar por el patibulo. En ellos se incluían, tal y como recoge Blanc, los siguientes: «Aquellos que hubiese provocado el restablecimiento de la monarquía o buscado envilecer o disolver la Convención Nacional y el gobierno revolucionario o republicano. Aquellos que hubieran intentado impedir el aprovisionamiento de París, o provocar la escasez de la República. Aquellos que hubiesen secundado proyectos de los enemigos de Francia o favorecido la retirada y la impunidad de los conspiradores y la aristocracia». Y todo ello, sumado a un largo etc.

La guillotina, los fusilamientos y los ahogamientos se generalizaron

A su vez, todas las garantías procesales fueron suprimidas mediante un texto legal que afirmaba, en primer lugar, lo siguiente: «La prueba necesaria para condenar a los enemigos del pueblo es cualquier especie de documento, sea material, sea moral, sea verbal, sea escrito, que pueda obtener naturalmente el asenso o beneplácito de todo espíritu justo y razonable». El artículo XIII de esta ley iba todavía más lejos: «Si existen pruebas, sean materiales, sean morales, independientemente de la prueba testimonial, no serán oídos los testigos, a menos que esta formalidad parezca necesaria, sea para descubrir cómplices, sea por otras consideraciones mayores de interés público». Es decir, que la ley estaba ideada y preparada para acabar con cuántos más enemigos de la revolución mejor.

Aquellas matanzas, además de crueles, se cobraron la vida de miles y miles de francees, muchos de los cuales se dejaron la vida sabiendo que, a pesar de no ser monárquicos y no haber pensado nunca en política, habían sido acusados por algún desaprensivo sin escrúpulos. Los datos extraoficiales nos dicen que murieron ejecutadas alrededor de 41.000 personas en apenas un año. De forma oficial, el Estado francés registró un total de 16.594 muertes, 2.639 en París. De ellas, solo se conoce el origen de 14.000, 1.000 de las cuales pertenecían a la alta nobleza gala. «Algunos calculan un número aproximado de 2.000 nobles ejecutados y unos 16.000 exiliados de un censo de 350.000», añade el experto hispano.

La matanza de oficiales de la Armada

A pesar de que todos los estamentos de la sociedad francesa se vieron afectados por estas sangrientas purgas, uno de los que más sufrió las persecuciones del gobierno fue el ejército y, más concretamente, la Armada. Esta se vio perseguida después de que una parte de sus oficiales entregaran Toulon (una plaza fuerte ubicada al sur de Francia) a los británicos. Aquel acto, perpetrado por militares realistas que querían que la revolución fuese aplastada, puso en el punto de mira a toda la marinería. «La purga se hizo sobre la armada por razones ideológicas y políticas. Muchos capitanes desaparecieron. Eran mandos incómodos que habían pertenecido a la monarquía borbónica, por lo que decidieron quitárselos de en medio. Algunos tuvieron suerte y emigraron antes de que comenzase la revolución, pero otros no y fueron asesinados sin piedad», explica, en declaraciones a ABC, Manuel Moreno Alonso, Catedrático de Historia y autor de «Napoleón. De ciudadano a Emperador» (editado por Sílex).

Hugo O’Donnell, militar español y miembro de la Real Academia de Historia, afirma lo mismo en su dossier «Trafalgar. Análisis de las fuerzas aliadas (buques, mandos y dotaciones)»: «La Revolución francesa represalió a la oficialidad sospechosa de “realismo” y esta persecución se incrementó a partir de la entrega por una parte de esta de la base de Tolón […] en 1793, con lo que el mero hecho de pertenecer a la aristocracia pasó a convertirse en “crime de noblesse”». No se libraron ni los oficiales más experimentados y que habían servido a Francia durante años. No contaron las victorias, las bajas hechas al enemigo… Tan solo valía ser un firme defensor de los valores de la nueva República francesa. Así pues, se sabe que no fueron pocos los capitanes de navío (uno de los mayores cargos a los que se podía aspirar por entonces en lo referente a la marinería) que fueron expulsados del país o, simple y llanamente, asesinados.

«En la época de la Revolución fueron miles los que murieron por estar conectados presuntamente con la monarquía. El problema es que en Francia no se ha hecho un análisis o un estudio específico en el que se pueda ver como afectó en números eso a la Marina. Se habla del terror de 1793 y de 1794. Allí la cantidad de almirantes que cayó fue enorme. Pero se desconoce el número concreto. En esa época muchos fueron expulsados fuera de Francia y luego ya no se integraron en el ejército de Napoleón. Otros fueron condenados a muerte y fallecieron de múltiple formas. Una era atarles bolas de cañón a los zapatos, lanzarles al agua y esperar a que se ahogasen», explica el profesor universitario a ABC. Los que se marcharon por piernas de la «France» para no dejar este mundo tampoco vivieron demasiado bien -en muchos casos- en el exilio. De hecho, y tal y como afirma Alonso, la mayoría cayeron en desgracia y jamás regresaron a su país.

Otros, por el contrario, decidieron vengarse de la Armada Francesa revolucionaria aliándose con los mayores enemigos de su país. Así lo señala Alonso: «Hubo algunos militares, y hasta generales, que se pasaron a los ingleses. Así quedó atestiguado en sus memorias. Tras las purgas de la Revolución, por ejemplo, uno de los almirantes más destacados de Francia se convirtió en asesor de los ingleses. Otros se asociaron posteriormente con los españoles en la Guerra de la Independecia para dar información detallada sobre las tácticas de Napoleón debido al odio que sentían hacia el Emperador. Con todo, muchos de ellos intentaron regresar a la marina cuando la situación se relajó». Con todo, muchas muertes fueron absurdas, pues se determinó -como pasaba en el mundo civil- que todo aquel que fuese acusado con una prueba medianamente creíble pasaría por la guillotina. Esto hizo que incluso algunos oficiales fervorosamente seguidores de la revolución cayeran bajo la cuchilla.

El fin de Napoleón en Trafalgar

Además de la evidente pérdida absurda de vidas, en lo referente a la Armada francesa el equívoco fue todavía mayor, pues la Revolución asesinó a una buena parte de los oficiales más veteranos (y por tanto, más proclives a la monarquía) y más experimentados. Estas vacantes, como bien señala O’Donnell, se terminaron cubriendo con voluntarios de escaso conocimiento naval, oficiales sin la preparación necesaria para dirigir navíos y políticos de los comités revolucionarios que no sabían nada del mar. Se sembró, por lo tanto, la semilla del desastre en una marina, la francesa, que había llegado a ser la segunda más poderosa del mundo tras la británica. «Los capitanes navales aristocráticos y bien formados, perdidos por la emigración o por las purgas de la acción revolucionaria, no podían ser sustituidos con la misma facilidad que los oficiales de infantería. Además, los ideales de libertad, igualdad y fraternidad eran, probablemente, menos compatibles con los deberes y la disciplina de la vida en el mar que en los campamentos», explica Geoffrey Parker en «Historia de la guerra».

Las tripulaciones tampoco se libraron de estas purgas y fueron muchos los marineros asesinados por navegar en barcos «realistas». Todo aquel «pitote» dejó a la Armada en cuadro, sin oficiales experimentados ni marinos capaces de realizar las tareas más básicas. La situación solo pudo empezar a remediarse en 1798, cuando se detuvieron los asesinatos estatales. Ese año, Eustache Bruix, ministro de marina, tomó varias determinaciones. La primera fue (aprovechando la relajación de los extremistas) recuperar a cuántos más oficiales pudiera del exterior, fueran de la opinión política que fuesen. A su vez, también instauró «cursos» navales para los nuevos oficiales. «La máxima de Bruix era hacer las cosas pausadamente hasta conseguir un nuevo cuerpo de oficiales con verdadera solera. “Demos tiempo a lo que pide tiempo; alarguemos la victoria, queramos una marina y tendremos una marina”, dijo», completa O’Donnell.

No obstante, solo obtuvo una mezcolanza de capitanes antiguos, ensimismados en las viejas tácticas navales, y unos jóvenes revolucionarios que -al no tener ni dea del mar- se dejaron aconsejar por aquellos en lo referente a la mejor forma de combatir. Por lo tanto, no hubo una evolución táctica basada en las nuevas formas de darse de cañonazos contra el enemigo, ideas que sí se estaban fomentando en otros países como Gran Bretaña de la mano de pipiolos (por edad, que no por conocimientos) como Horatio Nelson. Hubo que esperar hasta la llegada de Napoleón Bonaparte (quien tomó el poder en 1799 como cónsul) para que las cosas empezasen a encajar. Aunque, quizá, ya era tarde para una armada francesa a la que le quedaba poco para darse de bofetadas contra los ingleses en el mar. «Se fracasó en el empeño de formar capitanes y almirantes completos, pese a haberse reabierto las escuelas navales, consiguiéndose sólo marinos nuevos con espíritu viejo, pero pero perfectamente capaces de unir su suerte a la de un imperio advenedizo y de profesar una devoción leal por quien estaba a punto de proclamarse Napoleón I», señala O’Donnell.

No obstante -al César lo que es del César- Napoleón fomentó un sistema de ascensos no tanto basado en las ideologías políticas (que, hasta cierto punto, también) como en las credenciales, la valentía y las gónadas mostradas en la lid. También fueron muchos los que, viéndose en la cumbre de su poder, prefieron tocarse las napias que entrenar a sus tripulaciones y obligarlas a mejorar en el uso de las armas. Así lo atestiguaron marinos de la talla de Villaret de Joyeuse, quienes señalaron en su momento que la marina gala era una vergüenza, pues estaba formada por vagos que se preocupaban de tonterías en lugar de mejorar las técnicas de su tripulación. Algo totalmente diferente a lo que hacían los ingleses que, aunque también alistaban en sus buques una marinería formada principalmente por hombres de la naviera mercante, les entrenaban hasta la extenuación en mar abierto para que disparasen con mayor eficacia y rapidez. Los gabachos, por el contrario, prefirieron dejar los barcos en puerto, donde era casi imposible practicar y los grumetes se hastiaban de ir de aquí para allá en puerto. «En realidad, lo que les faltaba y les seguiría faltando a los mandos navales franceses era práctica de largas singularidades y el ejercicio de la táctica de combate de escuadras», determina el experto.

Aquella armada maltrecha, sin oficialidad preparada, ni marinos entrenados, fue la que se enfrentó -junto a los bajeles españoles- el 21 de octubre de 1805 a los experimentados navíos ingleses en Trafalgar siendo derrotada de forma estrepitosa. Según varios autores, debido -entre otras cosas- a la falta de veteranía de sus comandantes. Un claro ejemplo de ello fue el mismo almirante de la armada combinada, Pierre Charles Jean Baptiste Silvestre de Villeneuve, un revolucionario interesado que, debido a la falta de militares experimentados, fue puesto al mando de aquella flota y se vio obligado a vérselas con uno de los marinos más considerados de su tiempo: Horatio Nelson. Este francés nunca debió ser ascendido a pesar de haber protagonizado varios actos de valor, pues no estaba preparado para dirigir a 33 navíos de línea. Pero, simple y llanamente, no había mucho donde elegir.

Y eso, a pesar de que era un interesado pues, aunque era de ideas moderadas, abrazó la revolución para poder ascender. «Silvestre (…) no sólo se apuntó al tumulto, sino que hizo desaparecer de su D.N.I de entonces el aristocrático “de” de su apellido para parecer más revolucionario. Primer síntoma de vulgar chaquetero y trepador. Naturalmente, subió en el escalafón como las balas y en 1.796 fue promovido a contralmirante» afirma Luis Rodríguez Vázquez en su obra «La historia encadenada». «Napoleón ascendió gente joven que venía de la revoluciona debido a que no había mandos superiores. Es curioso que entre los distintos ascensos que ordenó Napoleón a Mariscales, no había ningún marino. Todo ello hizo que la marina francesa cayese en desgracia», añade a ABC, en este caso, el experto español.

 

El «enano» que asesinó al enemigo más infame de España en Trafalgar


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  • Jean Jacques Lucas, al mando del «Redoutable», impidió que Nelson cortase la línea franco española con el «Victory». Su actuación no sirvió para que los aliados venciesen, pero un marinero a sus órdenes acabó con la vida del almirante inglés

 

 El «Redoutable» de Lucas se denfiende a capa y espada contra varios enemigos - Wikimedia

El «Redoutable» de Lucas se denfiende a capa y espada contra varios enemigos – Wikimedia


Muy chiquitín, con cara de no tener a sus espaldas más de 20 primaveras… y con unas gónadas casi tan gordas como el navío de 74 cañones que comandaba en Trafalgar. Dicho así podría parecer que estamos rindiendo homenaje a alguno de los marinos que navegaban bajo la rojigualda en el siglo XIX (los cuales andaban sobrados también de entrepierna, todo sea dicho). Sin embargo, en este caso el honor es para Jean Jacques Etienne Lucas. Un capitán que, a pesar de no hablar castellano y ser un gabacho de «tomé y lomé» (no todo el mundo es perfecto, que se le va a hacer) demostró que su escasa estatura no era un impedimento a la hora de dirigir a la perfección su barco. Así lo pudo atestiguar el infame almirante de la Pérfida Albión Horatio Nelson quien, a lomos del «Victory», se estuvo dando de cañonazos contra el bajel de nuestro franchute varias horas sin poder superarle. De hecho, necesitó la ayuda de otros dos «british ships» para terminar dándole estopa. Le salió caro, pues un mosquetazo perdido del navío del «petit capitán» galo acabó mandándole a cantar el «Good save the queen» al cielo.

Lucas, cuarentón cuando españoles y franceses andábamos y andaban -respectivamente- a bofetadas en Trafalgar, fue uno de los pocos gabachuzos que logró mantener el honor de la «Armée Imperial» de Napoleón aquel infame 21 de octubre. Todo lo contrario que Villeneuve -almirante de la armada franco española- quien, sin hacer honor a su cargo, demostró lo torpe que era dirigiendo grandes flotas al llevar a la derrota a los aliados con sus estúpidas decisiones. Tampoco destacó precisamente por su «valeur» Dumanoir quien, viento en popa sobre su «Formidable», salió por patas junto a otros buques de su escuadra de la «bataille» antes siquiera de soltar un cañonazo sobre los inglesitos. A nuestro pequeño protagonista, por el contrario, ningún oficial cargado de medallas le pudo decir ni «palabré», pues se dejó el alma a bordo de su «Redoutable» en la lid. No en vano el pequeño corso (más alto que el, por cierto) le recibió con honores en la Francia imperial. Lo mismo pasó con Villeneuve, quien le regaló una bocina de mar con la leyenda «A l’intrepide Lucas» después de aquel follón.

Y eso, con una altura bastante escasa para todo un capitán de barco. «En las fuentes se recoge su baja estatura. Parece que medía menos de 150 cm., pero lo que le faltaba de talla lo compensaba con su bravura, sangre fría y ánimo imperturbable», explica, en declaraciones a ABC, Luis Enrique Iñigo Fernández -Licenciado en Geografía e Historia por la Universidad Complutense de Madrid, Doctor en Historia por la UNED y autor de «Breve historia de la batalla de Trafalgar» (editado por «Nowtilus»)-.

A su vez, Lucas fue también uno de los pocos marinos galos que sabía hacer la «o» con un canuto o, en su defecto, hacer que las velas se pusieran tiesas con la llegada del viento. Y es que, después de que Napoleón asesinase a decenas de oficiales tras tomar el poder y convertir Francia en un Imperio, había poco marino lúcido que elegir para armar comandante. «Es necesario tener en cuenta que la antigua Marina Real había sufrido una verdadera purga durante la Revolución Francesa, cuyos líderes consideraban, con razón, que la oficialidad, en especial los “bleu”, o azules, que eran los que de hecho comandaban los navíos, era hostil a la revolución. Pero el resultado fue espantoso. Durante los años posteriores escasearon los buenos oficiales y se hicieron frecuentes los ascensos motivados más por la lealtad revolucionaria que por la competencia técnica. Por desgracia para los franceses, Lucas era más una excepción que una norma», añade el experto.

El pequeño (e infantil) Lucas

Jean Jacques Etienne Lucas llegó a este mundo el 28 de abril de 1764 allá por la Charente-Maritime, una región ubicada al sur este de la «France». Y todo ello, cuando a los padres de Napoleón apenas se les había pasado por la cabeza yacer para concebir al futuro Emperador (quien, por cierto, arribó a la Tierra a la altura de 1769). Pero lejos de centrar la atención en el «petit corso» (el cual sabía del mar su color, y poco más), vale decir que el futuro capitán de navío más pequeñín de la flota imperial nació en Marennes el mismo año en que su país había expulsado a los jesuitas de sus fronteras. Como buen chaval de padre militar (alguacil real, para más datos) alumbrado cerca de la costa, los pasos de nuestro francés se dirigieron inmediatamente hacia los cascarones que, fabricados en madera y metal, flotaban sobre el agüita clara y fresca del Atlántico. Aquello, durante la enésima guerra de los galos contra los ingleses, algo ya habitual en la historia.

«No tenía todavía 14 años cuando su padre le mandó a Rochefort. Ahí fue embarcado como guardiamarina en el “Bathilde”, un barco encargado de escoltar a los convois cerca de la costa. En el mes de mayo de 1779, Lucas subió a “pilotin” en el “Hermione”, comandado por el Conde de la Touche, y, en sus inicios [en este puesto] asistió a la toma de dos corsarios ingleses conseguidos en las costas de la Ile-Dieu después de un combate muy obstinado», explica Joseph François Gabriel Hennequin (marino contemporáneo de Lucas) en su obra «Biographie maritime; ou, Notices historiques sur la vieet les campagnes des marins célèbres français et étrangers». Dos años después, y tras haber sufrido en sus carnes abordajes y disparos de cañón, el navío de Lucas recibió la orden de dirigirse hacia Nueva Inglaterra (en América), donde se pondría a las órdenes del Conde de Guichen. «Lucas hizo esta nueva campaña como voluntario, y en los 28 meses que duró, asistió al combate que esta armada libró el 17 de abril de 1780, a la [contienda] contra el almirante Rodney […] y, en uno de ellos, Lucas recibió una herida grave en el brazo izquierdo», completa el militar.

Ya fuera con el ala dolorida o no, el pequeño (todavía por edad, ya habrá tiempo para llamarle bajito) fue trasladado a la corbeta «Le Jeune Dauphin» en mayo de 1872 y, posteriormente, pasó a la «L’Adour» gracias a sus capacidades marítimas. En la misma, nuestro protagonista casi acabó durmiendo con las algas después después de que el barco se fuera al infierno (o al fondo de las aguas, según quiera mirarse) cerca de la isla de Ré (al oeste del país). En los años posteriores, este marino fue demostrando también sus capacidades navales en los múltiples mandos que dispuso. «Durante los años que van desde 1783 hasta 1791, Lucas fue sucesivamente ayudante del piloto, segundo, y finalmente primer piloto. Fue embarcado en esos diversos grados sobre la corbeta “La Fauvette”, la fragata “La Nereide” y navío “L’Orion”, a bordo de los cuales hizo varias campañas en le Mediterráneo, en las Iles du Vent y en Saint Domingue», determina Hennequin en su obra. En 1792 fue ascendido a «enseñanza de navío» y, posteriormente, a «teniente de navío» en 1794 en la fragata «La Fidéle».

Tras varios meses en los mares, y con la cara callosa ya de polvo y salitre por su extenso tiempo en la cubierta de un navío de guerra, este galo relajó sus ansias de sablazos para -durante cuatro años- dedicarse principalmente a las «delicadas» observaciones astronómicas. Una «mariconerié», que pensarán los falsos machos de pelo en pecho desde sus cálidas camas, después de haber estado partiéndose el morro frente a los lords bebedores de té en una buena parte de las aguas que rodeaban la «France». Pero nada más lejos de la realidad. Y es que, en aquellos violentos años no era raro que se aparcase brevemente el arcabuz y el chuzo (o hacha) de abordaje para cultivar también la ciencia. Y si no, que se lo pregunten al Brigadier Cosme Damián Churruca, vasco de nacimiento y uno de los mejores marinos del momento (aunque esté mal que lo digamos desde estos lares), quien se dedicó tanto a las tortas como a embarcarse en investigaciones en las que lo que primaba no era hacer agujeros a las casacas de los «british», sino desvelar los grandes enigmas de la tierra, el agua, los cielos y lo que se terciase.

El imponente combate de Algeciras

Tras regresar en «La Fidele» a Brest en 1795, Lucas logró nuevamente un ascenso cuando fue enviado al buque «Le Fougueux» (encuadrado en la armada del almirante Morard de Galles). No obstante, su gran patada hacia el escalafón gabacho la vivió allá por 1799, cuando sus décadas al servicio de la marina francesa le fueron recompensados con el traslado al navío de línea «Indomptable» (un portento marino de 80 cañones) como capitán de fragata. Todavía le faltaba un poco para dirigir aquellos imponentes bajeles (los más grandes de la época). Pero amigo, había que tener paciencia, que ya caería la nuez. Aquel era un ascenso y, al fin y al cabo, fue bien recibido por el pequeño francés, quien ya llamaba la atención en las cubiertas de los barcos en los que navegaba por su determinación… y por su escasa estatura.

En 1801, después de que el infame Bonaparte -por entonces Primer Cónsu l del país- favoreciese una alianza entre España y su país para dar de sartenazos a los ingleses, Lucas participó sobre el «Indomptable» en la batalla de la Bahía de Algeciras. La contienda se produjo cuando el «petit corso» ordenó a dos de sus oficiales más lamezapatos fusionarse con varios buques de nuestra «Espagne» para armar jaleo en Egipto, donde los franceses combatían contra los «british» a sangre y cañón. El tratado fue llevado a cabo por pasividad de su real alteza hispana Carlos IV y gracias a la obra de su subordinado y valido Manuel Godoy. Este, en los ratos que tenía libres entre bajada y bajada de enaguas a la reina -con la que, según se comenta, le ponía una buena cornamenta a su monarca-, decidió que era mucho mejor rendirse a las órdenes del «Empereur» que contrariarle.

«En las clausulas adicionales al tratado se dictaron las disposiciones militares, de tal forma que dos contingentes navales galos, al mando de Linois y Dumanoir, saldrían de los puertos de Tolón y Cherburgo para unirse en Cádiz a la escuadra del Almirante Moreno», explica el Coronel Jefe del Regimiento de Artillería de Costa nº 5 Rafael Vidal Delgado en su obra «El fuerte de Santiago y la batalla de Algeciras». La primera parte, como era habitual en los planes de Napoleón, se desarrolló de forma impoluta («Olé mis naricés», que debió pensar), pues logró que la armada gabacha de Linois llegase a aguas andaluzas sin mayor problema con la intención de unirse a los buques hispanos. Sin embargo, a la altura de Algeciras se avisó a la escuadra gala (entre la que se destacaba el «Indomptable» de Lucas, así como otros 3 navíos de línea y una fragata) que la Royal Navy no se había quedado de brazos cruzados y había organizado un contingente para, cañones mediante, mandarles de un tortazo al otro lado del Atlántico.

Lejos de envainársela, Linois le puso arrestos -poco más podía hacer debido al mal tiempo- y decidió plantar batalla a los soldados de la Pérfida Albión en la bahía de Algeciras. Eso sí, al abrigo de las baterías de tierra rojigualdas y de las lanchas cañoneras españolas (pequeñas, rápidas y desesperantes para los gigantescos navíos británicos). El 6 de junio se repartieron los cañonazos. Aquella jornada, la flota inglesa -formada por 6 navíos de línea y una fragata- atacó a los franco españoles esperando barrerles y, posteriormente, beberse unas pintas. No obstante, Saumarez (al mando de la escuadra) no tardó en percatarse del error que había cometido atacando a la línea defensiva gabacha protegida por los cañones hispanos. Con todo, lo hizo después del capitán del «Pompee», a quien seguro que se le escapó algún «stupid» que otro al ver como su cascarón era desarbolado e inmovilizado por los enemigos por la valentía de su superior. Hubo que remolcarlo para que no fuera capturado. Un desastre en nombre de la su graciosa majestad, vaya.

Tampoco le debió dar las «congratulations» a Saumarez el «Hannibal» que, tras sufrir un constante fuego de los cañones de tierra y del «Indomptable», quedó detenido en medio del mar cual boya. Sin velas con las que moverse y con más agujeros que un gruyere elaborado a conciencia por el mejor artesano. «Poco antes de la una de la tarde, el capitán Ferris del “Hannibal” ordenó arriar el pabellón, rindiéndose e incluyendo en la misma a las tripulaciones de los botes que le había enviado su almirante para desencallarlo», añade Vidal. Tras aquello, la moral de los ingleses cayó a la altura de la punta de las medias de su capitán quien, con un sonoro «goodbye», salió por velas de la zona para evitar recibir más bofetadas de las que ya había soportado su careto. Victoria para los aliados y, más concretamente, para Lucas.

Capitán de navío

Tras haberles dado a los ingleses por donde molestan -y mucho- las berenjenas, Lucas fue propuesto para ascender a capitán de navío. Uno de los mayores cargos a los que se podía aspirar en la marina de la época, pues permitía dirigir las imponentes moles de un mínimo de 74 cañones sobre las que recaía todo el peso en una batalla naval. «El navío de línea, concebido en 1653 […] era ya a comienzos del siglo XVIII el tipo de embarcación predominante en el resto de marinas de guerra europeas. […] Su igualdad en maniobrabilidad y velocidad permitía enfrentar al enemigo en la batalla disponiéndose en líneas por escuadras. Desarrollando de este modo una novedosa táctica que dará el nombre a estos buque: “Navíos de línea”. Se clasificaron en Navíos de 1º clase, con 3 cubiertas y 98-120 cañones -a excepción del Santísima Trinidad […]-; Navíos de 2ª clase, con 2 cubiertas y 74 – 98 cañones; y Navíos de 3ª clase, con 2 cubiertas y 60 – 74 cañones», explica el Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico en su dossier «El navío de línea».

Lucas recibió el mando de un navío de línea de dos puentes, el «Redoutable»s

Nuestro pequeño amigo, por su parte, tuvo la suerte de recibir el mando del «Redoutable», un navío de línea de segunda clase con 74 cañones (que se aumentaron a 78 posteriormente), 55 metros de eslora y 14 de manga. Robusto y relativamente moderno (pues había sido fabricado en 1791), este buque se fogueó en sus primeros años repartiendo estopa mientras escoltaba bajeles aliados cerca de la costa de Francia. Fuera como fuese, lo cierto es que, tras subir sus gónadas a la toldilla de su navío, se convirtió en uno de los capitanes de navío más bajitos de toda la «Grande Armée» (y, como demostró luego, también el que contaba con más narices a la hora de batirse al enemigo).

El hombre sabio

Así quedaron las cosas con nuestro pequeño capitán. Al menos, hasta que el «petit corso» se hizo nombrar Emperador y, hasta el cetro de tener que aguantar a los inglesetes y su «Royal Navy», tomó una de las decisiones más atrevidas de su carrera militar: se propuso llevar hasta Gran Bretaña un ejército de tierra a través del Canal de la Mancha y, una vez allí, acabar con la monarquía de un único y soberano tortazo. Fácil de decir, pero más difícil de llevar a cabo. Y es que, el «petit gabaché» necesitaba reunir una gigantesca armada que hiciese morder el salitre de las aguas a los barcos que los bebedores de té tenían en los alrededores como defensa. En principio aquello no era un problema, pues contaba en sus astilleros con multitud de buques que podían ser reforzados con otros tantos de España (nación a la que no le había quedado más remedio que alinearse contra Gran Bretaña junto a la «France» después de que el líder galo amenazase con asediar la región si no colaboraban). «No quedé más huevés, mon amie», que debió decir Bonaparte a Godoy. Pintaban difíciles para los españoles, que tuvieron que tragar y, encima, dar las gracias por ello.

Vistas las posibilidades, Napoleón decidió que enviaría una flota de 33 navíos de línea hasta las costas inglesas para transportar a su «Armée» de Francia a Gran Bretaña a través del Canal de la Mancha. El mando de la misma le fue dado al almirante Pierre Charles Jean Baptiste Silvestre de Villeneuve. Oficial de profesión, torpe en sus ratos libres. Porque otra cosa no, pero el francés ya había demostrado sus limitaciones en otras tantas contiendas. No obstante, el hombre andaba bien de enchufes, por lo que el Emperador no lo dudó y le otorgó el bastón de poder en la que, en su momento, era la operación naval de mayor importancia. Sin embargo, antes de que sus bajeles pudieran salir del puerto de Cádiz (donde se habían reunido las dos armadas aliadas para dirigirse hacia el norte), los ingleses bloquearon el puerto con 27 buques similares al mando de Horatio Nelson, el terror de los aliafos en los mares, pues ya le había dado buena estopa en Abukir (Egipto) y el Atlántico a la «France». De hecho, dicen las malas lenguas que Villeneuve solía levantarse por las noches sudando en repetidas ocasiones tras tener una pesadilla en la que aparecía el inglés.

Para la flota franco española (formada por 18 buques del Emperador y 15 hispanos) no quedaba más que combatir si pretendían mantener su honor. O más buen para Villeneuve, quien no quería perder el poco respeto que aún le atesoraba Napoleón (el cual no era demasiado, todo sea dicho). Así fueron pasando las horas hasta que viento va, viento viene, el 21 de octubre los bajeles de la combinada salieron decididos a darse de mamporros contra el inglés. Y eso, a pesar de que los «british» contaban con tripulaciones sumamente entrenadas que, según se dice, daban mil vueltas (y una más, de recambio) a las francesas y aliadas. Sabedor de lo cruda que estaba la cosa, Lucas, que formaba en la combinada a los mandos del «Redoutable», tomó la decisión de entrenar a sus hombres en el uso de armas cortas, bombas incendiarias, y en el disparo desde las cofas de su navío al enemigo.

«El capitán era perfectamente consciente, como lo era el almirante Villeneuve, o el propio Gravina, de que la habilidad de los artilleros británicos les proporcionaba una cadencia de tiro y un porcentaje de aciertos muy superior a los de la flota combinada, y en especial a los de los navíos franceses, por lo que entablar con cualquiera de ellos un duelo artillero no podía sino condenar al bajel propio a una derrota rápida y segura. Por ello, entrenar a los hombres en el abordaje y el combate cuerpo a cuerpo parecía al aguerrido capitán francés una opción más ventajosa, y así lo hizo», añade Iñigo Fernández.

No obstante, el entrenamiento que Lucas proporcionó a sus hombres no fue general en la armada combinada, por lo que la mayoría de los marineros (que eran en muchos casos pordioseros, mendigos y enfermos que habían sido llevados a los navíos a punta de bayoneta para completar las tripulaciones) tuvieron que enfrentarse al inglés sin haber disparado un cañón en su vida y sin haber manejado un sable nunca. Otro imprevisto infame que colaboró en la que fue una de las mayores derrotas de la historia de la Armada española en aguas del Atlántico (y una contrariedad que conocían perfectamente los capitanes españoles).

Las gónadas del canijo

A las ocho de la mañana del 21 de octubre, las armadas se encontraron dispuestas para la lucha frente al cabo Trafalgar. La combinada, por orden de Villeneuve, formó una extensa línea para cañonear al enemigo mientras este se acercaba. En el centro de la misma se ubicaron los navíos de línea más destacados. En primer lugar, el «Bucentaure» (buque insignia galo) y el «Santísima Trinidad» (un bajel español que podía presumir de ser el más grandes del mundo). El «Redoutable» se hallaba cerca de ambos, en todo el meollo de la cuestión. Por su parte, Nelson determinó crear dos columnas que cortarían a los enemigos por el centro en perpendicular. La primera comandada por él y, la segunda, dirigida por Cuthbert Collingwood a lomos del «Royal Sovereign». Para dar ejemplo, ambos oficiales dispusieron que ellos irían en cabeza, por lo que se llevarían una buena parte de los cañonazos mientras, viento en popa a toda vela, se acercaban a los aliados para atravesar su formación.

A las 11:40, Nelson gritó sus órdenes a las dos columnas de navíos y todos supieron (como ya suponían, por otra parte) que les tocaba cargar contra el enemigo y llevarse más de un zurriagazo por proa durante el camino. Sin embargo, el Almirante sabía que, en el caso de que llegasen a cortar la línea, repartirían buenos cañonazos entre sus contrarios. Mientras por la mollera del «british» pasaba todo aquello, Lucas se dedicó a dar ánimos a su tripulación antes de la lucha. «A las once la flota izó sus colores El ritmo de los tambores tocaba ‘Aux Drapeaux’. Los soldados presentaron entonces sus respetos a la bandera, que fue saludada por oficiales y marineros con aplausos. Después, todos repitieron siete veces “¡Que viva el emperador!”», explicó el mismísimo Lucas en el informe que presentó a Napoleón después de la batalla de Trafalgar. La suerte andaba ya echada, y lo único que se podía hacer era combatir hasta la muerte. Al fin y al cabo… ¿a dónde podían huir en medio de una inmensa masa de agua?

Según escribió el mismo Lucas, mientras las columnas enemigas se acercaban a ellos se percató de que la armada franco española disparaba horriblemente mal: «Cuando la columna del enemigo empezó a dirigirse hacia nosotros, el “Bucentaure” comenzó a disparar. Pero desde el castillo de proa pude observar que nuestras naves disparaban mal. Me percaté de que todas las andanadas iban demasiado bajas y se quedaban cortas». Pero el galo pudo quejarse durante un escaso tiempo de ello, pues poco después, y a la velocidad del rayo, el «Victory» de Nelson -seguido por toda la columna- estaba encima del centro de la formación aliada. Y es que el almirante británico, que de tonto no tenía ni un pelo de la peluca, había decidido abalanzarse sobre la popa del «Bucentaure» aprovechando que estaba desprotegida debido a que el bajel que debía cubrirle se había quedado rezagado. Aquello podía haber sido un desastre increíble. No obstante, allí esta Lucas para, gónadas mediante, poner su cascarón a rebufo del de su almirante y salvarle, nunca mejor dicho, el culo.

«Nelson, a la cabeza de su columna, había intentado cortar la línea formada por Villeneuve en un punto situado entre el español “Santísima Trinidad”, el barco más grande del mundo, un cuatro puentes de 136 cañones, y el “Bucentaure”, el buque insignia francés. Al no lograrlo, hubo de desviarse y terminó haciéndolo entre el “Bucentaure” y el “Redoutable”, con lo que el navío de Lucas, un ordinario dos puentes de 74 cañones, hubo de enfrentarse al poderoso “Victory”, el navío insignia británico, un tres puentes de gran potencia de fuego, 110 cañones en total», explica el experto español en declaraciones a ABC.

La batalla esta servida en badeja, y el «petit» Lucas no iba a achantarse. Uno de sus primeros disparos fue, de hecho, glorioso. «La bala dio en el velacho del “Victory”, lo que generó vítores y gritos por toda la nave. Después mantuvimos el fuego, y en menos de diez minutos, el buque insignia británico había perdido su palo de mesana. Mientras tanto, me preocupé de tener cerca la popa del “Bucentaure” [para que el “Victory” no entrara entre los dos navíos]. De hecho, el bauprés del “Redoutable” llegó a tocar la popa de la nave insignia», destacó el capitán.

Borda con borda

Disparó aquí, cañonazo allá, parecía que el «Bucentaure» y el «Redoutable» no tendrían mayor problema para mantener al «Victory» a raya. Craso error, pues el inglés terminó metiendo su proa entre ambos a eso de la una de la tarde y, aunque estaba seriamente dañado, desjarretó una increíble andanada sobre la retaguardia del buque insignia francés que le dejó soberanamente maltrecho y escupiendo un humo negro y espeso. Cortada finalmente la línea, Lucas tiró de arrestos y, dando unos gritos llamativos para alguien de su tamaño, ordenó ponerse borda con borda con el imponente navío británico. Tocaba asaltarlo con infantería, algo que comenzó a la una y diez de la tarde. «Nada podría igualar el ardor de esos héroes en el momento que les anuncié que íbamos al buque insignia de Inglés», añadió Lucas en su texto.

Tras arrimarse al infame británico, comenzó un intenso fuego de fusilería desde el pequeño «Redoutable» que desquició a Nelson, quien probó de primera mano el entrenamiento y la puntería de los hombres de Lucas. «El almirante luchó al frente de su tripulación. Nuestro disparos, sin embargo, fueron tan rápidos y tan superiores a los suyos, que en menos de un cuarto de hora se silenció al “Victory” por completo. Más de doscientas granadas fueron lanzadas sobre el mismo con el mayor éxito,… sus cubiertas quedaron llenas de muertos y heridos. La parte superior de la cubierta se convirtió en un desierto», determinó el capitán. Con todo, lo mejor para los franceses estaba por llegar, pues -aproximadamente a la una y media- un disparo de un tirador francés del «Redoutable» impactó en el hombro izquierdo de Hortio Nelson, el mayor héroe de la marina inglesa. Cuando uno de sus oficiales acudió a comprobar el estado de su superior, el británico fue franco: «Han acabado conmigo Hardy, me han destrozado la columna vertebral». No andaba errado, pues a los pocos minutos dejaba este mundo en la cabina dedicada a los heridos de su navío. Nada se pudo hacer.

Hasta este punto, todo bien para el «Redoutable». Pero poco le duraría la alegría ya que, viendo cuánto sufría su almirante, el navío inglés «Temeraire» acudió en su socorro. «El buque de tres puentes “Temeraire” se acercó en ese momento al “Redoutable” y disparó sobre él todos sus cañones. En efecto fue terrible; cerca de 200 hombres fueron impactados por las balas o por la metralla. El heroico Lucas recibió también una herida, pero como no era muy grave, no dejó por eso de dar órdenes», determina, en este caso, el historiador francés contemporáneo de Lucas. Si la situación se puso difícil por culpa de este bajel, no es necesario definir la desesperación que causó en los franceses la entrada de otro cascarón en la refriega, el «Tonnant», de 80 cañones. «Este se colocó en su popa y lo aplastó [al “Redoutable”] con varias oleadas de enfilada a bocajarro. En menos de media hora, el “Redoutable” fue dejado en un estado lamentable. El capitán del “Temeraire”, viendo el mal estado en el que estaba, instó a rendirse a Lucas, pero este respondió con una andanada de sus fusileros», completa el autor.

Aquel acto de valor fue uno de los últimos que pudo hacer Lucas antes de rendirse, pues -al poco- el gran mástil del «Redoutable» cayó sobre el «Temeraire» tras un cañonazo, lo mismo que sus masteleros. Para colmo de desastres, los oficiales informaron a Lucas de que se había iniciado un incendio en el navío. Así pues, desesperado y sabedor de que ya no quedaba más de su bajel que un cascarón lleno de agujeros, el «petit capitan» bajó la bandera gabacha de su navío en señal de rendición. Eso fue a las dos de la tarde y tras plantar testa a dos «british» superiores a él, y al «Victory», de un centenar de cañones. El pequeño «Redoutable» había cumplido su deber, y con creces. «No solo aguantó su embate varias horas, sino que incluso trató de abordar al “Victory” hasta en cuatro ocasiones. Y no conforme con ello, el pequeño buque francés soportó también el ataque del “Temeraire”, de 98 cañones, cuya presencia lo colocó entre dos fuegos, sellando con ello su sentencia de muerte, ya del todo confirmada cuando a la lucha se suma el “Neptune” inglés», completa a ABC Iñigo Fernández.

Más de 500 marinos del «Redoutable» murieron en la batalla

Las bajas que había sufrido también atestiguaron las narices que Lucas había puesto en la lid. «Desarbolado por completo y con cerca de 600 bajas de una tripulación de menos de 700 (522 de 643), se hundiría al día siguiente como consecuencia de los gravísimos daños sufridos. Pero nadie podría negar que Lucas había hecho mucho más de lo que nadie podía haberle exigido. Al resistir tanto tiempo, sin duda redujo los terribles daños sufridos por su bando, y al ser responsable indirecto de la muerte de Nelson, el almirante inglés, propició el error que su segundo al mando, Collingwood, cometió al día siguiente, al afrontar la pavorosa tempestad que se desató sin tomar las medidas adecuadas, hecho que permitió que varios navíos aliados escaparan de los ingleses que los habían capturado y otros se hundieran, dejando así a los vencedores con muy escaso botín», finaliza el experto en declaraciones a este diario.

Apresado junto con la poca tripulación que había sobrevivido a la contienda, Lucas fue llevado hasta Inglaterra como reo. No obstante, siempre fue tratado con muchísima distinción. Su cautiverio no duró, además, demasiado, pues en abril de 1806 regresó a Francia. El 4 de mayo se presentó a Napoleón en «Saint Cloud» sin saber como le iba a recibir este. Tuvo suerte, pues el Emperador no solo le felicitó, sino que le honró como a pocos de los capitanes que habían vuelto de Trafalgar. A su vez, dijo una frase que marcó al «petit capitan». Explicó a todos que, con más hombres como él, podría haber vencido sin problemas la contienda. Una buena bofetada para Villeneuve, para quien solo hubo reproches. A su vez, le entregó en mano la condecoración de la Legión de Honor, una de las mayores de la época, y le dio el mando del navío de línea «Regulus».

La última aventura de Lucas

Después de Trafalgar, la vida de Lucas puede parecer ya de por sí trepidante. Sin embargo, al pequeño galo todavía le quedaba vivir una última aventura sobre el «Regulus». Esta se sucedió en 1809 cuando, mientras una flotilla francesa en la que encuadra nuestro protagonista y que se hallaba a las órdenes del vicealmirante Allemán, tuvo que resistir en la isla de Aix (al oeste de Francia) el ataque de una gran armada británica. «El 11 de abril de 1809 la armada fue atacada por la flota del almirante Cochrane, compuesta por 12 buques, 7 fragatas, 9 bricks, 6 avisos y cerca de 40 barcos más, de los cuales la mayoría eran brulotes», explica Hennequin.

Durante aquel combate, el navío de línea del pequeño capitán fue uno de los primeros en ser atacado por un brulote de su graciosa majestad (un navío incendiado lleno hasta la cubierta de explosivos con el único objetivo de llegar hasta el enemigo y soltar sobre él toda su fatídica carga). La situación fue infame. «El fuego se extendió pronto en el “Regulus”; ganó el bauprés y toda la parte delantera del buque. La tripulación intentó apartarse de ese brulote con un ardor heroico, y todo ello maniobrando mientras caía una lluvia de proyectiles de todo tipo lanzadas por los brulotes y por los buques enemigos», añade el gabacho.

Lucas agotó la munición justo en el momento en que su enemigo decidió retirarse

Tras media hora de lucha contra aquella bomba flotante, los hombres del «Regulus» lograron desembarazarse de él y, como otros tantos, huir a toda mecha hacia la bahía más cercana para alejarse de los hombres de la Pérfida Albión. Tras su huida, el buque logró anclar en la bahía de «Fouras», pero solo y sin ningún compañero en el que apoyarse. La situación, que ya pintaba soberanamente mal, terminó de recrudecerse cuando, totalmente encallado en la arena de esta playa, Lucas vio aparecer, cortando el horizonte, una avanzadilla británica dispuesto a mandarlo al fondo de las aguas. Aquella jornada, el marino tuvo que aprestarse para volver a vender cara su vida, como ya había hecho en Trafalgar.

«Mientras estaba encallado en esa posición, una flotilla inglesa compuesta por dos fragatas, dos bombardas, seis bricks, una goleta y tres brulotes vinieron el 13 tras el “Regulus”. Lucas hizo establecer plataformas sobre las cuales se montaron dos cañones de 18 que, junto al resto, formaron una batería de seis piezas, con la cual, en el espacio de seis horas, disparó cerca de 450 golpes que lastimaron fuertemente varios de los barcos enemigos. Muchas bombas cayeron a bordo del “Regulus”; una de ellas atravesó el castillo de popa, todo el falso puente, y explotó en la cala; un hombre murió y cinco fueron gravemente heridos. A otro día, Lucas todavía tuvo que sostener un combate que duró cerca de tres horas, en el cual un hombre murió y cuatro resultaron heridos», destaca el historiador galo.

En los 15 días siguientes, Lucas continuó batiéndose en solitario en el «Regulus» contra aquella flotilla inglesa. Sin descanso. Soltando andanada tras andanada. De hecho, se dice que agotó la munición que albergaba su barco justo en el momento en que, hasta la toldilla del ya cincuentón marino francés, el inglés dio la vuelta a sus buques y se marchó con su honor dolorido. «En fin, después de una lucha de 15 días sobre un solo buque que había sido imposible reducir, el almirante inglés, persuadido de que, ahora en adelante, sus esfuerzos serían inútiles, se alejó en la noche del 25 al 26. Habiendo recibido Lucas de “Rochefort” las vituallas que le eran necesarias, entró el 29 de abril en el puerto, donde fue recibido con jolgorio por los habitantes», explica el francés.

Jubilado y muerto

Tras demostrar sobradamente que andaba bien equipado de narices, gónadas y lo que se terciase, Lucas regresó a Brest en 1810, donde recibió el mando del navío de línea «Le Nestor», que conservaría hasta 1816. Ese año, para su desgracia, le obligaron a jubilarse. Contaba por entonces 51 primaveras a sus espaldas y, aunque según se dice, seguía teniendo el vigor de un joven, no le quedó más remedio que dejar a un lado su vida en el mar. No obstante, el dolor por abandonar la carrera marina fue para él supremo, pues se marchó sabiendo que no había logrado el gran objetivo de su vida: ascender hasta el mayor escalafón de la marina. «El disgusto que sintió por ver frenada su carrera antes de ser recompensado con tal ascenso, objeto de su ambición, alteró su salud, y murió en Brest, en el mes de noviembre de 1819, llevándose consigo la estima y los lamentos del cuerpo entero de la marina, pero más particularmente, de los que habían podido apreciar su extrema bravura y sus excelentes cualidades», finaliza Hennequin.