Tratado de El Pardo (1728)


El Tratado de El Pardo o Convenio de El Pardo fue firmado entre el reino de Gran Bretaña y España en marzo de 1728 en el Palacio Real de El Pardo en Madrid. Puso fin a la guerra anglo-española de 1727, al resolver los principales puntos de disputa entre los dos Estados, aunque el posterior Congreso de Soissons y el tratado de Sevilla serían elaborados sobre estas bases.

El objetivo británico era firmar la paz con España antes de unirse a una potencial alianza con Austria; sin embargo, los términos acordados por el embajador británico en Madrid Benjamin Keene fueron considerados muy indulgentes por sus superiores en Londres y fueron repudiados, lo que condujo a posteriores discusiones en Soissons que duraron casi un año.

A pesar de los esfuerzos diplomáticos, una nueva guerra estalló entre Gran Bretaña y España en 1739, poco más de una década después de la conclusión de esta paz.

844 – Batalla de Tablada


La batalla de Tablada (Aljarafe, provincia de Sevilla), el 11 de noviembre de 844 (25 de safar de 230) enfrentó al emirato de Córdoba con las huestes de piratas vikingos.

Mientras algunos grupos vikingos saqueaban las poblaciones costeras, Medina Sidonia y Cádiz entre otras, el grueso de la flota remontaba el Guadalquivir. Tras saquear Sevilla durante una semana, los vikingos siguieron internándose. Fue entonces cuando el emir, Abd al-Rahmán II, organizó un ejército para defender sus tierras. Según las crónicas musulmanas, la victoria árabe fue aplastante. Se dice que 30 naves fueron quemadas y cerca de veinte mil invasores perecieron (cifra exagerada, ya que la cifra real oscilaría entre los mil y los dos mil).

Después de la batalla, los supervivientes nórdicos saquearon Niebla y siguieron rumbo hacia la costa noroccidental de África.

Batalla de Tablada
Incursiones vikingas en la península ibérica
Fecha 11 de noviembre de 844
Lugar Cerca de Aljarafe
Resultado Victoria decisiva de las fuerzas emirales.
Beligerantes
Emirato de Córdoba Vikingos

Hallan en Tomares 19 ánforas con 600 kilos de monedas de bronce


El Mundo

  • Se trata de piezas homogéneas que no han estado en circulación
  • Las monedas han sido depositadas en el Museo Arqueológico de Sevilla

 

Una de las ánforas con monedas de bronce halladas en Tomares. EUROPA PRESS

Una de las ánforas con monedas de bronce halladas en Tomares. EUROPA PRESS

Unas máquinas han destapado este miércoles en Tomares (Sevilla) 19 ánforas romanas que contienen unos 600 kilos de monedas de bronce del siglo IV después de Cristo, un hallazgo que los arqueólogos que han trabajado en la zona consideran único en España y quizás en el mundo.

Las ánforas se han encontrado durante unas obras de acometida paralelas al camino interno del parque Zaudín de Tomares, donde las máquinas han dejado al descubierto los recipientes romanos llenos de monedas, según han explicado fuentes de la investigación arqueológica.

Las monedas tienen en el anverso la figura de un emperador y en el reverso diversas alegorías romanas, como la abundancia, y los investigadores han enfatizado que no se ha encontrado nunca tal acumulación de piezas y además tan homogéneas.

Se da la circunstancia de que las monedas, probablemente hechas en Oriente, están “en flor de cuño“, es decir, que no han circulado y por tanto no tienen desgaste.

Las ánforas, algunas rotas y otras enteras, no son las usadas para el transporte de vino o grano, sino de tamaño más pequeño, y estaban en un receptáculo específico habilitado al efecto, que estaba sellado y cubierto con materiales rotos.

La hipótesis inicial de los investigadores es que las monedas estaban acumuladas en ese receptáculo para el pago de impuestos imperiales o para pagar las levas del Ejército.

Las monedas encontradas ya han sido depositadas en el Museo Arqueológico de Sevilla, según han precisado las fuentes.

El aviso de Galdós para evitar un vecino cotilla


ABC.es

  • El moscón presume de ignorancia para buscar de forma reiterativa la información que desea

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Mientras el mundo gira sin aparente importancia, los rumores y las habladurías siguen siendo la principal contrapartida del aburrimiento. Dependiendo de la persona que lo tenga, el tiempo libre puede ser muy dañino, toda vez, que en un planeta conectado de punta a punta, la diversificación del fisgoneo es hoy una realidad. Si las moscas son inevitables pero visibles, los moscones avanzan posiciones de tal forma que van tejiendo una red sin que la víctima haya tenido oportunidad de percatarse.

En esta línea se mueve Pancracio Celdrán, padre de «El Gran Libro de los Insultos», publicado por la editorial La Esfera, quien ve al aludido como un «sujeto inoportuno y pelmazo que da constantemente la lata con el mismo tema, y termina saliéndose con la suya y logrando lo que persigue, murmurando sin cesar entre dientes aquello que sabe que va a molestar a quien lo escucha; individuo que con terquedad y astucia consigue lo que se propone, fingiendo a menudo ignorancia, o haciéndose el tonto».

El célebre Benito Pérez Galdós emplea el vocablo así en su obra Miau (1888):

Al bajar de la visita echaba siempre una parrafada con los memorialistas a fin de sonsacarles mil menudencias sobre los del cuarto: si pagaban o no la casa, si debían mucho en la tienda… si volvían tarde del teatro, si la sosa se casaba al fin con el gilí de Ponce, si había entrado el zapatero con calzado nuevo… En fin, que era una moscona insufrible, un fiscal pegajoso y un espía siempre alerta.

Y es que, como avisa Celdrán, «peores consecuencias tiene el término moscón referido a la mujer, ya que decimos moscona a la que es descarada y sinvergüenza». Por ejemplo, en Cantabria «llaman así a la hembra desvergonzada y pícara».

Tomás Carrasquilla, en La marquesa de Yolombó (1928), hace este uso del apelativo:

¡Qué ofuscamiento el de Doña Engracia! De pronto hace señas y salen al corredor los tres viejos y el moscón de Proto, siempre en cobijo.

 

¿Desde cuándo existe España?


ABC.es

  • San Isidoro de Sevilla elevó nuestro país a la categoría de «Primera Nación de Occidente» en el siglo VI. Una afirmación que mantuvo encendidas las aspiraciones cristianas de crear en la Edad Media una única entidad política en la península
¿Desde cuándo existe España?

ABC | Un heraldo de los Reyes Católicos, en el cuadro que representa la Rendición de Granada

Hispania, que procede de la palabra fenicia «I-span-ya» («Tierra de metales»), fue la denominación que los romanos pusieron a la provincia romana que ocupaba la totalidad de la península Ibérica. Como es habitual con los nombres elegidos por los romanos, la delimitación no respondía a la realidad tribal y se trataba de una decisión meramente geográfica. Hoy en día, aquella provincia romana está ocupada por tres entidades políticas distintas, Portugal, España y el Principado de Andorra, cuyas formas actuales costaron siglos de luchas y alianzas.

Si bien la Monarquía visigoda buscaba la creación de un reino unificado en toda la península Ibérica, los visigodos compartían originariamente el territorio con los suevos, instalados en el noroeste («Galliciense Regnum»), y los bizantinos, que controlaban zonas del sur. Por esta razón, tras unificar la mayor parte del territorio de la España peninsular a fines del s. VI, el rey Leovigildo sólo pudo proclamarse monarca de «Gallaecia, Hispania y Narbonensis». No desistieron los visigodos en su empeño de crear conciencia de una única entidad política y de una monarquía cristiana, como bien recogen las obras históricas del arzobispo San Isidoro de Sevilla –hijo de padre hispanorromano y de madre goda– que en el libro «Historia Gothorum» eleva a España a la categoría de Primera Nación de Occidente. «De cuantas tierras se extienden desde el Occidente hasta la India, tú eres la más hermosa, oh sagrada y feliz España, madre de príncipes y de pueblos», reza el texto de San Isidoro de Sevilla, que se convirtió en lectura obligatoria para todos los príncipes cristianos que habitaron la península durante la Edad Media.

Así, la idea de una única entidad «hispana» pervivió en la mitología e imaginario de los escasos núcleos donde la invasión árabe no consiguió penetrar. Pocos años después de la batalla de Guadalete, 711, nada quedaba del Reino Visigodo, salvo pequeños reductos liderados por nobles norteños. A partir de este punto, la denominación de España se entendía, según el bando, como los reinos cristianos o como la zona musulmana. Por ejemplo, en tiempos del rey Mauregato de Asturias fue compuesto el himno «O Dei Verbum» en el que se califica al apóstol Santiago, patrón de la España cristiana, como «dorada cabeza refulgente de “Ispaniae”».

La creación de los estados modernos

No fue hasta el comienzo de la Edad Moderna, con la reducción del poder de la nobleza y el clero, cuando surgen los primeros embriones de estados modernos por toda Europa y los españoles ven cumplida su vieja pretensión. El intento corrió a cargo de los Reyes Católicos, Fernando de Aragón e Isabel de Castilla, que unificaron las dos coronas más poderosas de la península en 1469 y cuyos descendientes heredaron una algarabía de reinos ibéricos que se conocían, entre otras denominaciones, como «las Españas». El Descubrimiento de América y la Conquista de Granada, ambos hechos acontecidos en 1492, están considerados simbólicamente como el origen de la España moderna.

Sin embargo, en opinión de muchos historiadores la unión dinástica no es un hecho suficiente para hablar de una única entidad política, puesto que no existía una integración jurídica. Los Reyes Católicos unificaron la política exterior, la hacienda real y el ejército, pero lo hicieron respetando los fueros y privilegios de sus reinos.

«A mediados del siglo XV, en la Península Ibérica no quedaban más que cuatro reinos cristianos: Portugal, Castilla, Aragón y Navarra. Los cuatro se consideraban originales, distintos, pero hermanos: todos eran españoles. A pesar de las diferencias políticas, existía una solidaridad indudable, compartían la idea de reconstituir la unidad política perdida. Los enlaces matrimoniales estaban destinados a recuperar la unidad peninsular y la boda de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, en 1469, puso los cimientos de ese proceso», argumenta el hispanista Joseph Pérez, quien no duda en otorgar una configuración, identidad y conciencia de España a partir de la unión dinástica.

De una forma u otra, la palabra España pierde su significado meramente geográfico con la unión dinástica. Y aunque todavía no se puede hablar de sólo un reino, la dinastía de los Habsburgo ya utiliza entonces la designación de Rey de España para hacer referencia a sus posesiones en la península Ibérica. Así, Felipe II es denominado desde su nacimiento Príncipe de España.

El 80% de la población era castellana

A raíz de la unión dinástica comenzaron a surgir voces críticas contra la preeminencia de Castilla sobre el resto de reinos que formaban España. Los historiadores catalanes han acusado tradicionalmente a Castilla de apropiarse de la identidad española. En la práctica, la población castellana suponía el 80% de la población y ocupaba tres cuartas partes del territorio peninsular en el momento de la unión dinástica. No es de extrañar, por tanto, que el timón de esta nueva entidad tuviera protagonismo castellano, así como que los escritores castellanos de la época no hicieran distinción entre castellanos y españoles. El historiador Henry Kamen, en su libro «España y Cataluña: Historia de una pasión», recuerda que no se trata de un fenómeno aislado puesto que «en otros países de Europa los regentes políticos del centro territorial, económico o político han tendido siempre a identificarse como el verdadero estado y despreciar a las zonas periféricas».

Sin embargo, la creación de un estado-nación español, tal y como lo entendemos hoy en día, fue un proceso mucho más lento que exigió siglos de un intenso intercambio cultural y comercial entre las regiones españolas. Con la llegada de la dinastía de los Borbones tras la guerra de Sucesión, Felipe V se puso al frente por primera vez del Reino de España.

«España es una nación discutida y discutible», recitó durante su presidencia José Luis Rodríguez Zapatero en una de sus más polémicas declaraciones. Pero, discutida o no, ¿desde cuándo podemos hablar de nación española? La mayoría de historiadores apuntan a la Guerra de Independencia, en concreto a la Constitución de Cádiz de 1812, como el nacimiento de la idea de España como nación. En plena invasión napoleónica, la promulgación de una constitución de corte liberal dejó recogido en su artículo 1 a la «Nación española» como «la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios». El resto del convulso siglo XIX dio forma –con la pérdida de las colonias, las Guerras Carlistas y las sucesivas crisis políticas– al concepto de nación española que tenemos en la actualidad.

El error del dicho «Quien se fue a Sevilla…»


ABC

  • No perdió su silla el que partió hacia la capital hispalense, sino precisamente el arzobispo que la abandonó provisionalmente
El error del dicho «Quien se fue a Sevilla...»

juan flores | Palacio arzobispal de Sevilla

Nadie sabe con certeza cuándo y por qué el antiguo refrán de «Quien se fue de Sevilla perdió su silla» pasó de irse de la bella ciudad andaluza a dirigirse a la misma y con su partida voluntaria y en principio provisional, quedarse sin el lugar o el cargo que uno ocupaba y que en su ausencia le ha sido arrebatado.

Eso fue lo que le ocurrió precisamente a Alonso I de Fonseca (1418-1473) por hacerle un favor a su sobrino nieto que pasaría a la historia como Alonso II de Fonseca. Tal y como relata Diego Enríquez del Castillo en su «Crónica del rey Enrique IV», el primero, arzobispo de Sevilla, había logrado que la sede del arzobispado de Santiago de Compostela que había quedado vacante en 1460 le fuera concedida a su sobrino nieto.

No fue una etapa de fácil gobierno. «A don Alonso le tocó en suerte negociar y aun disputar privilegios eclesiásticos que lo enfrentaron con la oligarquía local», señala la biografía de Alonso II de Fonseca del Centro Virtual Cervantes. Otras fuentes añaden que a estas revueltas contribuyó el mismo arzobispo con su mal gobierno y sus abusos que encresparon aún más los ánimos. El hecho es que en uno de los enfrentamientos armados entre la iglesia y los nobles gallegos en 1465, Bernaldo Yáñez de Moscoso tomó preso al arzobispo y lo encarceló en la fortaleza de Vimianzo, en Noya (La Coruña).

Allí pasó recluido dos años Alonso de Fonseca «El Mozo» hasta que fue liberado por las armas, pero se vio obligado a exiliarse de su diócesis durante diez años.

Trueque con su tío

Alonso II de Fonseca acordó entonces un intercambio temporal de sedes con su tío para que éste fuera a pacificar la situación en Galicia. Él se haría cargo mientras del arzobispado de Sevilla, según el acuerdo que con permiso regio y pontificio se llevó a efecto en 1467.

Dos años tardó Alonso de Fonseca «El Viejo» en sofocar las revueltas en la diócesis de Santiago, pero cuando trató de volver a Sevilla para deshacer el trueque con su sobrino, éste se negó a abandonar la silla hispalense, más rica y tranquila según los cronistas.

Enríquez del Castillo narra que de nada valieron los ruegos y razonamientos de Alonso I de Fonseca ni el mandamiento del Papa Pío II que éste solicitó. Hubo que intervenir el mismo rey Enrique quien envió al ejército real al mando Duque de Medina Sidonia y su valido Beltrán de la Cueva. Algunos de los partidarios del avispado sobrino acabaron ahorcados y Alonso II de Fonseca se vio obligado a retornar a Compostela en 1469.

«Sin duda, el hecho hubo de ser muy comentado en la época y pronto fue incorporado al acerbo popular reducido a un simple tópico», señala el filólogo José Antonio Molero en la revista Gibralfaro.

Pedro Felipe Monláu señaló en «Las mil y una barbaridades» (1869) que de esta historia se deduque que «el refrán debe decir que la ausencia perjudica, no al que se fue a Sevilla, sino al que se fue de ella». El olvido de estos hechos y el habitual empleo de la frase hizo que con el tiempo ésta sufriera esta pequeña, pero importante modificación.

Hay quien completa la frase diciendo «… y quien se fue a León, perdió su sillón», aunque según el profesor Molero, «esto último obviamente de origen popular y sin fundamento histórico que lo sustente». Aún hay más adiciones que recoge el Centro Virtual Cervantes: «… y quien fue a Aragón se la encontró», «… y quien fue a Jerez, la perdió otra vez», «…quien fue y volvió, a garrotazos se la quitó», o quien fue a Morón (o a Padrón) perdió su sillón.

Alonso II de Fonseca cedió el arzobispado de Santiago a su hijo, Alonso III, en 1507 y falleció cinco años después. Está enterrado en el Convento de las Úrsulas de Salamanca.

 

¿Desde cuándo existe España?


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  • San Isidoro de Sevilla elevó nuestro país a la categoría de «Primera Nación de Occidente» en el siglo VI. Una afirmación que mantuvo encendidas las aspiraciones cristianas de crear en la Edad Media una única entidad política en la península
¿Desde cuándo existe España?

ABC | Un heraldo de los Reyes Católicos, en el cuadro que representa la Rendición de Granada

Hispania, que procede de la palabra fenicia «I-span-ya» («Tierra de metales»), fue la denominación que los romanos pusieron a la provincia romana que ocupaba la totalidad de la península Ibérica. Como es habitual con los nombres elegidos por los romanos, la delimitación no respondía a la realidad tribal y se trataba de una decisión meramente geográfica. Hoy en día, aquella provincia romana está ocupada por tres entidades políticas distintas, Portugal, España y el Principado de Andorra, cuyas formas actuales costaron siglos de luchas y alianzas.

Si bien la Monarquía visigoda buscaba la creación de un reino unificado en toda la península Ibérica, los visigodos compartían originariamente el territorio con los suevos, instalados en el noroeste («Galliciense Regnum»), y los bizantinos, que controlaban zonas del sur. Por esta razón, tras unificar la mayor parte del territorio de la España peninsular a fines del s. VI, el rey Leovigildo sólo pudo proclamarse monarca de «Gallaecia, Hispania y Narbonensis». No desistieron los visigodos en su empeño de crear conciencia de una única entidad política y de una monarquía cristiana, como bien recogen las obras históricas del arzobispo San Isidoro de Sevilla –hijo de padre hispanoromano y de madre goda– que en el libro «Historia Gothorum» eleva a España a la categoría de Primera Nación de Occidente. «De cuantas tierras se extienden desde el Occidente hasta la India, tú eres la más hermosa, oh sagrada y feliz España, madre de príncipes y de pueblos», reza el texto de San Isidoro de Sevilla, que se convirtió en lectura obligatoria para todos los príncipes cristianos que habitaron la península durante la Edad Media.

Así, la idea de una única entidad «hispana» pervivió en la mitología e imaginario de los escasos núcleos donde la invasión árabe no consiguió penetrar. Pocos años después de la batalla de Guadalete, 711, nada quedaba del Reino Visigodo, salvo pequeños reductos liderados por nobles norteños. A partir de este punto, la denominación de España se entendía, según el bando, como los reinos cristianos o como la zona musulmana. Por ejemplo, en tiempos del rey Mauregato de Asturias fue compuesto el himno «O Dei Verbum» en el que se califica al apóstol Santiago, patrón de la España cristiana, como «dorada cabeza refulgente de “Ispaniae”».

La creación de los estados modernos

No fue hasta el comienzo de la Edad Moderna, con la reducción del poder de la nobleza y el clero, cuando surgen los primeros embriones de estados modernos por toda Europa y los españoles ven cumplida su vieja pretensión. El intento corrió a cargo de los Reyes Católicos, Fernando de Aragón e Isabel de Castilla, que unificaron las dos coronas más poderosas de la península en 1469 y cuyos descendientes heredaron una algarabía de reinos ibéricos que se conocían, entre otras denominaciones, como «las Españas». El Descubrimiento de América y la Conquista de Granada, ambos hechos acontecidos en 1492, están considerados simbólicamente como el origen de la España moderna.

Sin embargo, en opinión de muchos historiadores la unión dinástica no es un hecho suficiente para hablar de una única entidad política, puesto que no existía una integración jurídica. Los Reyes Católicos unificaron la política exterior, la hacienda real y el ejército, pero lo hicieron respetando los fueros y privilegios de sus reinos.

«A mediados del siglo XV, en la Península Ibérica no quedaban más que cuatro reinos cristianos: Portugal, Castilla, Aragón y Navarra. Los cuatro se consideraban originales, distintos, pero hermanos: todos eran españoles. A pesar de las diferencias políticas, existía una solidaridad indudable, compartían la idea de reconstituir la unidad política perdida. Los enlaces matrimoniales estaban destinados a recuperar la unidad peninsular y la boda de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, en 1469, puso los cimientos de ese proceso», argumenta el hispanista Joseph Pérez, quien no duda en otorgar una configuración, identidad y conciencia de España a partir de la unión dinástica.

De una forma u otra, la palabra España pierde su significado meramente geográfico con la unión dinástica. Y aunque todavía no se puede hablar de sólo un reino, la dinastía de los Habsburgo ya utiliza entonces la designación de Rey de España para hacer referencia a sus posesiones en la península Ibérica. Así, Felipe II es denominado desde su nacimiento Príncipe de España.

El 80% de la población era castellana

A raíz de la unión dinástica comenzaron a surgir voces críticas contra la preeminencia de Castilla sobre el resto de reinos que formaban España. Los historiadores catalanes han acusado tradicionalmente a Castilla de apropiarse de la identidad española. En la práctica, la población castellana suponía el 80% de la población y ocupaba tres cuartas partes del territorio peninsular en el momento de la unión dinástica. No es de extrañar, por tanto, que el timón de esta nueva entidad tuviera protagonismo castellano, así como que los escritores castellanos de la época no hicieran distinción entre castellanos y españoles. El historiador Henry Kamen, en su libro «España y Cataluña: Historia de una pasión», recuerda que no se trata de un fenómeno aislado puesto que «en otros países de Europa los regentes políticos del centro territorial, económico o político han tendido siempre a identificarse como el verdadero estado y despreciar a las zonas periféricas».

Sin embargo, la creación de un estado-nación español, tal y como lo entendemos hoy en día, fue un proceso mucho más lento que exigió siglos de un intenso intercambio cultural y comercial entre las regiones españolas. Con la llegada de la dinastía de los Borbones tras la guerra de Sucesión, Felipe V se puso al frente por primera vez del Reino de España.

«España es una nación discutida y discutible», recitó durante su presidencia José Luis Rodríguez Zapatero en una de sus más polémicas declaraciones. Pero, discutida o no, ¿desde cuándo podemos hablar de nación española? La mayoría de historiadores apuntan a la Guerra de Independencia, en concreto a la Constitución de Cádiz de 1812, como el nacimiento de la idea de España como nación. En plena invasión napoleónica, la promulgación de una constitución de corte liberal dejó recogido en su artículo 1 a la «Nación española» como «la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios». El resto del convulso siglo XVIII dio forma –con la pérdida de las colonias, las Guerras Carlistas y las sucesivas crisis políticas– al concepto de nación española que tenemos en la actualidad.

Los Reyes Magos eran andaluces, según el papa Benedicto


El Periodico

  • En su libro ‘La infancia de Jesús’ asegura que SSMM provenían de Tartessos, una región que los historiadores sitúan entre Huelva, Cádiz y Sevilla
CAMPAMENT DELS REIS MAGS. GIRONA.05/01/10.FOTO:DAVID BORRAT/CLICK ART FOTO

CAMPAMENT DELS REIS MAGS. GIRONA.05/01/10.FOTO:DAVID BORRAT/CLICK ART FOTO

El nuevo libro del papa Benedicto XVI, ‘La infancia de Jesús’, sigue dando qué hablar. Si hace poco nos enteramos, según su texto, que el portal de Belén no tenía ni buey ni mula, en las mismas páginas también da a entender que los Reyes Magos de Oriente eran más bien de occidente, o al menos del occidente conocido entonces, concretamente de Andalucía, exactamente de Tarsis o Tartessos, una región que los historiadores sitúan entre Huelva, Cádiz y Sevilla.

Según Benedicto XVI, la Iglesia ha interpretado los pasajes del nacimiento de Cristo utilizando salmos y textos anteriores, donde se nombra a Tarsis en repetidas ocasiones.

“Que le paguen tributo los reyes de Tarsis y de las costas remotas; que los reyes de Sabá y de Seba le traigan presentes. Que ante él se inclinen todos los reyes”, se puede leer en el salmo 72,10 del ‘Libro de los Salmos’.

Huelva, Cádiz y Sevilla

Los historiadores ubican la mencionada Tarsis en algún punto de Andalucía, probablemente en la provincia de Huelva, aunque no se descarta que abarcara zonas de Cádiz y Sevilla.

“Así como la tradición de la Iglesia ha leído con toda naturalidad el relato de la Navidad sobre el trasfondo de Isaías 1,3, y de este modo llegaron al pesebre el buey y el asno, así también ha leído la historia de los Magos a la luz del Salmo 72,10 e Isaías 60. Y, de esta manera, los hombres sabios de Oriente se han convertido en reyes, y con ellos han entrado en el pesebre los camellos y los dromedarios”, escribe Ratzinger. “La promesa contenida en estos textos extiende la proveniencia de estos hombres hasta el extremo Occidente (Tarsis, Tartessos en España), pero la tradición ha desarrollado ulteriormente este anuncio de la universalidad de los reinos de aquellos soberanos, interpretándolos como reyes de los tres continentes entonces conocidos: África, Asia y Europa”.

El Papa remite a los textos de Mateo e Isaías para fundamentar su argumentación, pues son los que hablan de los reyes y naves llegadas desde Tarsis.

El Tren Al Andalus reanuda su andadura tras el parón estival


La Razón

El Tren Al Andalus reanuda su andadura tras el parón estival

El Tren Al Andalus reanudó su andadura el pasado 16 de septiembre tras el parón estival. El tren de viajeros más largo de España reinició su marcha desde Sevilla con 60 pasajeros a bordo, llegados de diferentes países para disfrutar de una joya del clasicismo ferroviario y de una ruta de ensueño con paradas en Sevilla, Córdoba, Baeza, Úbeda, Granada, Ronda, Cádiz, Jerez, Sanlúcar de Barrameda y el Parque Nacional de Doñana.

A la espera de que concluya la temporada 2012, el Tren Al Andalus arroja unos datos de ocupación del 92 por ciento. La próxima temporada comenzará en marzo de 2013 y la previsión es que no cuente con intermedio estival con la idea de aprovechar esta época del año para realizar el itinerario ibérico, un recorrido por las ciudades monumentales del norte de España que comenzará en Madrid y se extenderá por Segovia, Ávila, Salamanca, Burgos, Atapuerca, Haro y sus bodegas, Pamplona y Zaragoza, un periplo ferroviario de seis días y cinco noches.

 

Hallado en Guipúzcoa un plano del siglo XV, a escala, de la catedral de Sevilla


Reportaje El Pais

El secreto del gran templo

  • La galería de los Uffizi conservaba hasta ahora el plano más antiguo

actualidad080713.jpgCada gran templo tiene secretos guardados dentro o fuera de sus muros. La catedral de Sevilla, también. En su caso, se trata del plano prácticamente a escala más antiguo de su planta. La guía mediante la que los arquitectos fueron tramando las líneas de la iglesia gótica más grande de la cristiandad, aquella por la que el mundo debía tomar a sus impulsores por locos, acaba de aparecer lejos de su archivo, concretamente en el convento de Bidaurreta (Guipúzcoa).

Dos investigadores, Begoña Alonso Ruiz, especialista en arte tardogótico de la Universidad de Cantabria, y Alfonso Jiménez Martín, maestro mayor de la catedral sevillana, lo acaban de identificar. Hasta ahora, el plano de planta completa más antiguo del templo se hallaba en la galería de los Uffizi, en Florencia. Un trazado de Giorgio Vasari, el Joven, que servía como referencia histórica y databa de alrededor de 1604. Pero el descubrimiento de estos dos estudiosos es bastante anterior. De mitad del siglo XV, obra de algunos de los maestros que concibieron la catedral -Juan Normán o Juan de Hoces, su yerno, o Alonso Rodríguez, que trabajaron en ella después del maestre Ysanbarte o el maestre Carlín-, aportará claves novedosas a la historia de la catedral y de la arquitectura española. “Se trata del plano más antiguo de este lugar. No tenemos duda. Pero es que hay más. Puede tratarse del plano a escala más antiguo que exista de un edificio así en España”, comenta Begoña Alonso.

Todavía, ambos investigadores andan tomando medida a las dimensiones de su descubrimiento. Su afirmación puede sonar extraña, pero lo cierto es que no siempre han existido delineantes. Hubo un tiempo en que los arquitectos, por norma, no sabían dibujar. “Trazaban los templos a tamaño real, con cuerdas y estacas mediante las que señalaban el lugar exacto de cada piedra”, comenta Alonso. Por eso, un plano a escala, era una rareza, una técnica al alcance sólo de algunos visionarios. “Eran muy pocos los que dibujaban a escala, por eso el gótico fue revolucionario también. No sólo por las formas artísticas, además empezaron a aplicarse estos métodos”, señala Alonso. De hecho, el primer plano de catedrales que se conoce en Europa es el de la Torre de Colonia, que se hizo antes de 1308 y en España, el dibujo de una catedral más antiguo es el de la fachada de la de Barcelona (1408). “Pero planos de planta tan antiguos, hasta el momento, no se conocían”, asegura la estudiosa de la Universidad de Cantabria.

El misterio del hallazgo no deja de intrigar a sus propios descubridores. ¿Qué hacía el plano de la catedral gótica más grande del mundo en un convento perdido del País Vasco, en la otra punta de España? “De eso no estamos seguros. Es lo que tratamos de averiguar ahora”, afirma Alonso. Al parecer, todo comienza con un terremoto. El de Carmona. Se produjo en 1504 y resquebrajó el pilar que sujetaba el cimborrio de la catedral hasta hacer que se desmoronara en diciembre de 1511.

Entonces, el cabildo de Sevilla convocó a todos los grandes arquitectos del momento para que aportaran soluciones al desastre. Fue un duro golpe para un templo que había marcado récords impropios de la época. Como edificio gótico, comenzaron su construcción en 1433. En 1478 vivió una inauguración parcial con el bautizo del infante don Juan, el único hijo varón de los Reyes Católicos, y en 1506 quedó terminada oficialmente, según ha contado Alfonso Jiménez.

Así, a principios del siglo XVI, se presentó con su salón gótico, sin contar las capillas, de 110 metros de largo por 58 de ancho; con sus 6.380 metros cuadrados de dimensión, dispuestos para acoger, apretadas, eso sí, más de 17.000 almas. Después, sólo ha sido superado en dimensiones por dos templos: San Pedro del Vaticano y San Pablo, en Londres.

El rastro del plano, sin embargo, está unido a la caída del cimborrio. “Fernando el Católico y su hija Juana la Loca convocaron a los grandes arquitectos. Por allí pasaron Juan de Álava, Juan de Badajoz, Juan de Ruesga…”. Pero no son los únicos que tienen que ver con el asunto. Anda mandando mucho en la corte también un hombre importante en época: Don Juan López de Lazarraga, testamentario de la reina Isabel, contador de la corona de Castilla y de la Orden de Santiago. Un noble poderoso. “En 1500, este hombre fundamental en la corte había sido el encargado de montar las Cortes en la catedral de Sevilla”, apunta Begoña Alonso.

Fue él quien, según estos investigadores, acabaría llevando el plano a Bidaurreta, donde en 1510 impulsó la construcción del convento, el lugar donde quería ser enterrado junto a su familia. Los arquitectos Juan de Ruesga y Pedro Malpaso lo diseñaron. El rastro del primero, precisamente, dio lugar al descubrimiento del plano. Un trabajo de investigación sobre el maestro de cantería, como eran denominados los arquitectos de antaño, llevó a Alonso hasta el documento. Jiménez -“el hombre que más sabe de la catedral de Sevilla”, dice Alonso- tuvo que verificarlo con ella. Son esas casualidades sin precio que premian la soledad de los rastreadores de legajos y papeles.

En el pequeño archivo del convento de Bidaurreta descansaba ese plano desde hace 500 años: un pliego completo y sin recortar de 46 por 55 centímetros donde caben las 20 capillas y cinco naves con 32 pilares extensos unidos a estribos y pilastras. La guía del templo gótico más grande del mundo escondida y sólo al alcance de los eruditos que habían de identificarlo cinco siglos después. Nadie, ni las propias monjas, eran conscientes de ser custodias de un tesoro semejante: la impresionante anatomía desnuda de la catedral de Sevilla.